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Primera edición, 2019 © 2019, Alan Flores Sánchez. © 2019, Par Tres Editores, S.A. de C.V. Fray José de la Coruña 243, colonia Quintas del Marqués, Código Postal 76047, Santiago de Querétaro, Querétaro. www.par-tres.com direccioneditorial@par-tres.com ISBN de la obra 978-607-8656-22-6 Diseño de portada © 2019, Itzel Arzate. Se prohíbe la reproducción parcial o total de esta obra, por cualquier medio, sin la anuencia por escrito de los titulares de los derechos correspondientes. Impreso en México • Printed in Mexico


Alan Flores es un escritor mexicano nacido en el estado de Jalisco en el año de 1986. Desde que tiene memoria, le ha gustado contar historias, pero no fue hasta su etapa de preparatoria que comenzó a tomarse su pasión en serio. Pasó los siguientes años escribiendo historias, algunas incompletas que nunca vieron la luz y otras lograron captar interés mediante páginas de Internet, hasta que en 2012 decide buscar el profesionalismo en su pasión logrando, en 2014, publicar su primera novela: Pompós, a la que le siguió en 2016 La paz del zmeu – El encuentro. Actualmente escribe en su sitio web artículos respecto al mundo de la literatura, reseñas literarias y de vez en cuando cuentos, a la par que sigue trabajando en nuevas novelas de distintos géneros literarios.


Capítulo I Hacia una nueva vida

Sintió una leve sacudida producto de haber pasado sobre un tope a exceso de velocidad. La sacudida no fue lo bastante dura para causar daño, pero sí para despertar a los que iban dormidos, en especial a la persona que dormía en el asiento número veintiuno de aquel autobús. Parpadeó un poco, se quitó los audífonos y se estiró hasta donde le permitió la corpulencia de la persona que iba a su lado. Miró por la ventana pero fue en vano, ya que no podía ver nada aparte de su fantasmal reflejo y las luces rápidas de los vehículos que pasaban a gran velocidad en el carril contrario. Metió la mano a su bolso para sacar su smartphone, lo encendió con la intención de ver la hora y vio que eran casi las diez de la noche, su viaje de tan sólo cinco horas desde Guadalajara a Querétaro se alargó casi ocho horas. «Maldito regreso a clases», pensó furiosa. Si no fuera porque había mucha gente queriendo regresar a clases para la siguiente semana, ese sábado no hubiera habido tanto tráfico y ella no habría tenido que estar atrapada ocho horas en un autobús sentada al lado de un hombre que olía a que nunca en su vida escuchó de ese producto llamado desodorante. Pero tampoco es que hubiera tenido mucha elección: en su nuevo trabajo en Querétaro le requirieron que llegara con el pasaporte pues había la posibilidad de mandarla a Estados Unidos y en México, siendo el trámite tan estúpidamente burocrático, únicamente pudo agendar una cita para realizarlo el viernes anterior, así que viajar antes no era mucha opción. 5


Continuó mirando la pantalla de su teléfono y se detuvo en la imagen que tenía de fondo de pantalla: era ella en la playa, en compañía de algunos de sus muchos sobrinos. Se tomó la foto unas semanas atrás cuando fue con algunos familiares a la playa para despedirse de su vieja vida antes de iniciar la nueva. Se miró en la foto: su altura inusual para una mujer, su largo cabello rubio, sus ojos verdes, su piel tostada (por lo general blanca, pero no pudo evitar broncearse por el sol en esos días) y por sobre todo, su sonrisa fingida. Se preguntó si alguno de sus familiares habría notado que estar rodeada de las familias de sus hermanas sólo hacía que el sufrimiento por el que pasaba en aquellos momentos fuera peor. Antes de irse a la playa tuvo un noviazgo bastante largo, nada más que cinco años, con un patán que respondía al nombre de Adolfo. Durante los primeros cuatro años de relación, se creyó la fachada de que era el hombre perfecto, que estaba ahorrando para casarse con ella y conseguir una casa donde vivirían juntos. Pero para cuando inició el quinto año de noviazgo, empezó a notar que Adolfo nada más le daba largas a las promesas de boda, así que comenzó a investigar y descubrió que su querido novio no sólo no había tenido un trabajo estable en los últimos cinco años, sino que además su mamá todavía lo mantenía y como cereza en el pastel, ella no era su única novia. Lo terminó en el acto sin que a él pareciera afectarle en lo más mínimo, pero para ella sí que fue un duro golpe: cinco años no pasan en balde y ya no era una jovencita, era una mujer de treinta años bien cumplidos, y es justo decir que los muchachos ya no buscan a una treintañera para formar una familia. «Debí haberle hecho como mis hermanas y dejar que un idiota me embarazara a los diecisiete años», se dijo casi por enésima vez ese verano. Aparte de ella, sus padres tuvieron cuatro hijas más: Carmen, Ana, Lucero y Flor, en ese orden y todas menores que ella. Y como si fuera una especie de maldición familiar, todas ellas salieron embarazadas a los diecisiete años con su consecuente 6


boda. Ella deseaba casarse y tener una familia más que nada en la vida… pero no quería ser como sus hermanas, desperdiciando su juventud y viendo su vida limitada por cuidar niños. Por eso decidió que, antes de formar una familia, viviría su vida al máximo, vería hasta dónde podía llegar y así lo hizo: terminó la carrera de Licenciatura en Informática y consiguió un gran empleo en una compañía de consultoría en Guadalajara. No había conseguido un departamento en la ciudad y continuó viviendo en casa de sus padres, en la pequeña ciudad de Ocotlán, por orden de su papá: al hombre no le parecía bien que una señorita viviera sola en una ciudad como Guadalajara, y además, con Ocotlán estando a una hora de la capital del estado, ella podía ir y venir sin problemas en su propio auto. Y claro, durante ese tiempo conoció a Adolfo, con quien pensó que pasaría el resto de su vida hasta que… bueno… Tras el rompimiento con Adolfo se deprimió, pero su tristeza no duraría mucho, pues durante esa misma semana su jefe la llamó a su oficina. Resultó que la compañía había abierto una sucursal en Querétaro y querían que se fuera para allá en calidad de supervisora del área de atención al cliente de un proyecto relacionado a un banco de Estados Unidos. Harta de todo, aceptó en ese mismo momento. –¡Pero qué buena noticia mija! –dijo Alma, su madre, cuando les dio la noticia en casa–. Luego de lo que te hizo pasar Adolfo, igual y Dios te dio un cambio de aires para que encuentres lo que de verdad te mereces. Suspiró. Era cierto que todo se dio de forma demasiado conveniente, como si de verdad Dios hubiera dejado de lado su importante agenda para resolverle un poco la vida, ¿pero de verdad sería capaz de encontrar en Querétaro alguien que se interesara por una treintañera? Tal vez sería mejor resignarse y dedicar el resto de su vida a vestir santos. En ese momento sonó su celular con el tono que había designado para los mensajes de WhatsApp. Miró quién lo enviaba, era Paulo. El mensaje decía: 7


¿Por dónde vienes? Gruñó un poco ante la vista del mensaje, seleccionó en su teléfono el Google Maps y tras ver su ubicación contestó: Según Google estoy por San Juan del Río. Si no hay mucho tráfico, estás a una hora de distancia. Va, aquí te espero :). Contestó con un frío «Ok», guardó el teléfono de vuelta en su bolso y recargó la cabeza contra el cristal. Paulo era la persona con la que viviría por un tiempo al llegar a Querétaro. Hacía como veinte años, su madre había asistido a unas clases de cocina que se impartían en un club en Ocotlán y entre todas las demás mujeres que iban, su madre hizo buena amistad con una señora que tenía un hijo, Paulo, dos años menor que ella. En toda su vida, nunca conoció a un niño como Paulo; callado y cuando hablaba lo hacía tartamudeando, sin interés por los deportes y siempre cargando una libreta donde garabateaba cosas horribles que según el niño eran dibujos. Un niño de esos que son el blanco de las bromas de otros niños, o como se le dice hoy en día, bullying. Y al menos en las clases de cocina de sus madres, era ella la que se encargaba de hacer miserable la vida de Paulo. Pero dos años después se enteró de que la familia de Paulo estaba en Ocotlán por el padre de éste, pues el señor Vallejo era un médico que trabajaba para una compañía que abría centros de atención médica para familias de escasos recursos. Tras dos años en Ocotlán, el centro cuya apertura coordinó el señor Vallejo en esa ciudad estaba listo y lo siguiente era regresar a su oriunda Querétaro. Ella pasó los siguientes años sin hablar de o con Paulo, contrario a su mamá pues ambas madres se mantenían en contacto, al grado de que la familia Vallejo había asistido a las bodas de sus hermanas, aunque Paulo siempre brilló por su ausencia. 8


Cuando se hizo oficial que se iría a vivir a Querétaro, lo primero que hizo su madre fue contactar a la mamá de Paulo para preguntar si podía ayudarle a conseguir alojamiento, pero rápidamente la madre de Paulo sugirió que, ya que Paulo vivía solo desde hacía un tiempo, igual y su hijo podría permitirle quedarse sin problemas en su casa hasta que ella encontrara departamento propio. Días más tarde, la madre de Paulo llamó e informó que su hijo no tenía problemas en tener a alguien más viviendo en su casa por un tiempo. Todo iba viento en popa, aunque ella tenía el horrible presentimiento de que toda esa situación era un complot de ambas madres para al fin tener nietos, pues por alguna misteriosa razón, Alma no dejaba de repetir que a sus veintiocho años, Paulo todavía estaba soltero y sin compromisos. Y eso era lo que más le molestaba de la perspectiva de vivir con Paulo. ¿En serio a él le haría gracia ya no digamos intimar, sino vivir con alguien que le hizo la vida miserable durante dos años? Si ella estuviera en los zapatos de Paulo, en definitiva la situación no le haría gracia. Pero bueno, solo habría que soportar lo que Paulo quisiera hacer para vengarse hasta que lograra encontrar una casa propia. Pasó una hora más de viaje y vio que el oscuro paisaje fuera de la ventana cambiaba por edificios muy elegantes y calles más elaboradas. Revisó Google Maps y confirmó que ya estaba en Querétaro. Miró la ciudad desde la ventana, no logrando evitar sentirse emocionada. Esta era la primera vez que salía de Jalisco y la ciudad más grande en la que había estado era Guadalajara. Si bien era cierto que ambas ciudades tendrían sus similitudes, al ser ambas capitales de estados, no pudo evitar sentir que había algo diferente en Querétaro. Ya llegué. Mandó en un mensaje de WhatsApp a su mamá y a Paulo. 9


El autobús condujo un par de minutos más por calles curvadas hasta que llegó a un gran edificio que parecía una letra U, la central de autobuses de Querétaro. No pudo evitar sorprenderse por lo grande que era y la cantidad de autos que había ahí. El autobús tomó su camino y se introdujo en los andenes. Tomó las cosas que subió con ella y se apresuró a bajar para no esperar mucho en lo que le daban sus maletas. Tras pelear con una señora gorda para ver a quién le daban primero sus cosas del maletero, tomó sus dos grandes maletas rosas y se introdujo a la central, esquivó a unas personas hasta que… –¡Gloria! –exclamó alguien tras ella. Gloria se giró para buscar a quien le había llamado y ahí, frente a ella, estaba Paulo, pero el muchacho no era para nada lo que esperaba.

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Capítulo II Una sonrisa nocturna

–¡¿Paulo?! –exclamó Gloria sorprendida al ver a la persona frente a ella. Paulo se veía flacucho, con el pelo largo, lacio y rubio, y con sus ojos cafés, pero su rasgo más distintivo era su altura; Gloria era alta, casi tanto como un hombre, pero Paulo… el muchacho apenas sobrepasaba el hombro de ella. Sin embargo, no era el físico del muchacho lo que la sorprendió, sino la expresión que tenía en el rostro en ese momento: sonreía con sincera felicidad. –¡Gloria, cuánto tiempo! –exclamó acercándose a Gloria con un entusiasmo que ella no esperaba–. ¿Cómo estuvo el viaje? Gloria notó que Paulo ya no tartamudeaba como cuando era niño. –Agotador –fue lo único que pudo decir. Ante esa respuesta, Paulo se exaltó. –¡Ah, perdón! –se disculpó acelerando un poco la voz y pasándose una mano por la nuca–. Imagino que un viaje con retraso será muchas cosas, pero nunca algo divertido. Y ahora Paulo se disculpaba. Gloria se encontraba confundida. Desde que se hizo a la idea de que viviría con él, se mentalizó para recibir un trato muy frío por su parte, pero en su lugar, Paulo se estaba comportando como si ella fuera una amiga que no veía desde hacía unos días y no su bully de la infancia. Mientras Gloria trataba de salir de su asombro, Paulo tomó las maletas de su invitada. 11


–¿Nos vamos? –preguntó comenzando a caminar fuera de la central. Ella asintió y le siguió. –¿Y dónde dejaste tu coche? –preguntó Gloria una vez fuera de la central. –¿Mi coche? –preguntó Paulo riendo un poco–. Yo no tengo coche. –¡¿Eh?! ¿Por qué no? –preguntó Gloria sin poder creer que alguien de la edad de Paulo no tuviera auto. –Bueno, es sólo que no lo necesito –explicó Paulo como si no fuera la gran cosa–. Le pedí a un amigo que nos hiciera el favor de llevarnos a la casa, pero como tu autobús se retrasó y él tiene cosas que hacer mañana, lo mandé a su casa. Gloria no sabía qué le impresionaba más, si la insinuación de que Paulo estuvo horas esperándola en la central o que el muchacho no tenía forma de regresar a su casa. –¿Entonces cómo vamos a irnos a la casa? –preguntó Gloria sin dejar de ver a su guía. Paulo sonrió como si fuera a decir un chiste. –Pues en taxi. Paulo paró uno que acababa de llegar a la central, y tras intercambiar unas palabras con el taxista, regresó con Gloria, tomó las maletas y con un gesto le pidió que se apurara a subirse al taxi. Gloria así lo hizo mientras él acomodaba las maletas en el maletero para luego subir al asiento del copiloto. Tras darle la dirección al taxista arrancaron fuera de la central. Mientras Paulo le iba dando direcciones extras al taxista, Gloria se dedicó a mirar por la ventana. No se veía mucho pues era de noche, pero incluso con la poca visibilidad, no pudo evitar sentir un sentimiento cálido, como si la ciudad le diera la bienvenida y la invitara a quedarse ahí por mucho tiempo. El taxi entró a una colonia que se veía muy tranquila y con las instrucciones de Paulo llegó hasta una calle amplia, pero empedrada y que se veía algo solitaria. Se detuvieron frente a una casa de un piso entre una gran bodega y un terreno baldío. 12


Mientras Paulo le pagaba al taxista y bajaba las cosas del maletero, Gloria se dio un tiempo para examinar la casa: la fachada parecía una gran L, del lado derecho tenía un pequeño pero bien cuidado jardín que podría hacer la función de una cochera y que terminaba en una ventana, mientras que del lado izquierdo estaba una pared con una particularidad, tenía una cortina de metal en el lado que daba a la calle. En ese momento Gloria recordó que su madre le había dicho que Paulo tenía un negocio propio, así que con toda seguridad ese lugar debía ser donde lo tenía. Ahora que lo pensaba, esa era otra de las cosas que no se molestó en investigar de su anfitrión, ¿en qué trabajaba? Pero tras pensarlo unos segundos, realmente no le importó: de seguro terminaría enterándose de todos modos. –¿Vamos? –le preguntó Paulo cargando con las maletas y ésta asintió. Paulo avanzó hasta la entrada de la casa, que constaba de una puerta de madera y una reja de metal, buscó sus llaves en el bolsillo y cuando las encontró, abrió las dos puertas. Tras encender la luz la invitó a pasar. Gloria miró la casa y la evaluó. Ahí donde estaba era una sala comedor con tres muebles frente a un centro de entretenimiento y una televisión de pantalla plana que tenía conectadas varias consolas de videojuegos, al lado tenía un comedor de mesa redonda junto a un trinchador con varios platos y botellas de diversos licores. Esto la sorprendió, no esperaba que alguien como Paulo bebiera. «Bueno, al menos ahora tenemos algo en común», pensó. A su izquierda había una habitación cerrada que de seguro llevaba al negocio, a su derecha tenía la cocina con una puerta que salía a un patio con una lavadora y una secadora de ropa. Y al fondo, aún a su derecha, otras dos puertas. –¿Y qué te parece? –preguntó Paulo sacando a la mujer de sus pensamientos. –No está mal –dijo ella todavía explorando el lugar con la mirada–. ¿En cuánto te salió todo esto? 13


Paulo rió. –Gratis. Gloria se sorprendió por la respuesta. –Mi abuelo me la heredó al morir –le explicó Paulo viendo su expresión. –Oh, lo siento –se excusó ella bajando la cabeza–. No lo sabía. Paulo volvió a reír. –No te preocupes, ya lo superé. Son cosas que pasan. Ahora, por favor sígueme –dijo y tomó las maletas. Gloria siguió a su anfitrión y volvió a mirar las botellas en el trinchador, pero desde ese ángulo más cercano, notó algo más que llamó su atención. Ahí casi en el fondo del mueble se encontraba una botella gris con letras doradas en la superficie, las cuales decían: Asterí. Los ojos de Gloria se abrieron como platos y no pudo evitar acercarse al trinchador y casi pegar su cara contra el cristal. Una botella de Asterí, uno de los licores más caros y por sobre todo deliciosos del mercado… pero que de todas las botellas en el mueble, era la única que no estaba abierta. –¿Pasa algo? –preguntó Paulo notando su comportamiento. –¡Tienes una botella de Asterí! –exclamó Gloria todavía sin creer lo que veía. –Sí, ¿por? –preguntó Paulo sin entender aquellas intenciones. Gloria se reincorporó tratando de no ser tan obvia y preguntó: –¿Por qué no la has abierto? Paulo solo rió. –Porque todavía no es el momento. Gloria quedó confundida por la respuesta, pero ya no dijo nada más. –Ahora ven, quiero mostrarte tu cuarto. Paulo entró a la habitación de la derecha, la que estaba junto a la entrada al baño (Gloria dedujo eso porque había un lavamanos al lado de la puerta) y encendió la luz. Dentro, Gloria vio una habitación simple, que constaba de una cama, un buró y un clóset. 14


–Usaba este cuarto como bodega –explicó Paulo–, pero lo dejé lo más limpio que pude para que lo uses. –Gracias –dijo Gloria revisando el lugar con la mirada. –También puedes decir que el baño de junto es sólo para ti –continuó Paulo–, casi no lo uso porque tengo baño en mi cuarto, así que no tendremos que estarnos peleando por él. Paulo notó que ella ensanchaba su sonrisa por este detalle. –¿Pasa algo? –preguntó él. Gloria, desvió la mirada. –Bueno, no puedo negar que me alegro ante la perspectiva de tener un baño propio –confesó–. En casa, aunque ya sólo estábamos mis papás y yo, seguía siendo una lata compartir el único baño de la casa con dos personas. Paulo rió ante el comentario. –Bueno, ya con eso te dejaré descansar –dijo Paulo–, ¿o quieres cenar? –La verdad estoy tan cansada que aunque tuviera hambre, preferiría dormir –contestó Gloria bajando los hombros. –¡Oh!, bueno, en ese caso ya te dejo –dijo Paulo–. Tienes que descansar porque mañana tenemos mucho que hacer, sólo tienes un día para conocer la ciudad antes de iniciar tu nuevo trabajo. No querrás perderte tratando de llegar a la oficina, ¿verdad? Gloria negó con la cabeza. –Ok, y si necesitas algo, estoy en la habitación de al lado –dijo Paulo saliendo–, con confianza. Buenas noches. –Buenas noches –respondió Gloria mientras la puerta se cerraba. Ya al fin en soledad, se dejó caer en la cama. Miró sus maletas y pensó en desempacar, pero el cansancio era más fuerte, así que sólo sacó su ropa para dormir y tras cambiarse, se metió a la cama. Antes de apagar la luz, tomó su smartphone con la intención de ponerlo a cargar, pero vio que tenía un mensaje de su madre respondiendo su aviso de haber llegado a Querétaro. Gloria respondió el mensaje y casi de inmediato obtuvo como respuesta 15


una llamada de ésta, queriendo saber los detalles del viaje, de Paulo y la casa, sobre cómo era el muchacho y cómo la había tratado. Gloria no tuvo el corazón de decirle a su madre que estaba cansada y que quería dormir, así que estuvieron charlando hasta muy entrada la madrugada cuando al fin el sueño las venció a ambas.

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La gloria de enamorarte  

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