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Primera edición, 2019 © 2018, Ruth Gordillo Moscoso. © 2019, Par Tres Editores, S.A. de C.V. Fray José de la Coruña 243, colonia Quintas del Marqués, Código Postal 76047, Santiago de Querétaro, Querétaro. www.par-tres.com direccioneditorial@par-tres.com ISBN de la obra 978-607-8656-12-7 Diseño de portada © 2019, Itzel Arzate Palacios. Se prohíbe la reproducción parcial o total de esta obra, por cualquier medio, sin la anuencia por escrito de los titulares de los derechos correspondientes. Impreso en México

Printed in Mexico


Ruth Gordillo es potosina de corazón. Actualmente reside en la ciudad de Querétaro en donde estudió la maestría en Arte Contemporánea de la UAQ. Imparte clases, participa en talleres de lectura y redacción para empresas; es fundadora de dos clubes de libros. Fue ganadora del segundo lugar del Concurso de cuento Endira 2016. Actualmente participa en el curso de narrativa del CEART, bajo la dirección del escritor Fernando Tamariz.


Para MartĂ­n, Braulio y Daniela, este libro tambiĂŠn es suyo.


De mi cuerpo putrefacto surgirán las flores. Y yo estaré en ellas… Edvard Munch.

Todos los secretos están guardados en un mismo cajón, el cajón de los secretos, y si develas uno, corres el riesgo de que pase lo mismo con los demás. Delirio, Laura Restrepo.

Hablemos de todo, menos del tiempo que se escurre entre los dedos. Vetusta Morla.


Mi padre Mis padres, Marce y Julio, se casaron por necesidades particulares. La de él es sabida por todos y reconocida tristemente por él mismo: no puede estar solo, con tres matrimonios en su haber, no acaba de entender que la soledad es lo suyo. –La soledad te cae bien –le he dicho, pero papá asegura lo contrario, que necesita estar con alguien, que vivir solo le cae de peso. Es sorprendente cómo logra evadir su realidad, la manera de pasar por la vida demostrando que nada le importa y, que los eventos que suceden, son sencillamente «simples sucesos», así les llama. Dice que todo mundo arma mucho alboroto por trivialidades, que a cualquiera le pasan. Como si nadie supiera lo mal que le ha ido en sus intentos por mantener una relación. De la primera, lo único que logró fue una depresión tan miserable que lo mantuvo en estado catatónico durante dos meses, dejó de probar alimento, su única temporada de fumador, sus manos de por si esqueléticas se convirtieron en dos garras negras que escarbaban las paredes sin descanso, no contestaba las llamadas de sus hermanas, que conociéndolo, pensaron que había desconectado el teléfono a propósito. Mi abuela, bastante mortificada, fue a buscarlo y lo encontró en su departamento hecho un ovillo, abandonado por su mujer y peor aún, a su suerte; pensó que ahí nomás quedaba como recuerdo del hombre que había sido. La abuela dice que parecía un renacuajo largo y seco con la mirada extraviada, arrojando babas y escupitajos sin control, reaccionando por momentos 9


únicamente para mascullar lamentos que nadie entendía, pero que dolían sólo de oírlo. Siempre prudente, la abuela evitó los comentarios sobre la enorme cornamenta que lo decoró en los escasos meses que duró su matrimonio. Su compadre Paco lo supo desde el principio, las constantes desapariciones de su mujer duraban días, que a la cuenta se convertían en semanas. –Y ahora, ¿dónde anda tu mujer, Julio? ¿En otro viajecito de trabajo? –se atrevía a preguntarle en esas noches de dominó y copas. –¡Y a ti, qué chingados te importa! –contestaba chasqueando la boca–. ¿A poco yo te ando preguntando por mi comadre? Paco ya no decía nada, sonreía y cambiaba la plática, los dos conocían la respuesta. Papá, sin embargo, pudo no darle tanta importancia y seguir en lo suyo, hasta que ella por fin regresó una noche para llevarse sus cosas y abandonarlo definitivamente, avisándole con un portazo. De la segunda, carga con la locura convertida en fantasma y, que irremediablemente lo acompaña a todas partes; pesadillas interminables lo mantienen al borde de un precipicio imaginario, sin darle tregua ni fecha de caducidad. Su segunda mujer, Linda Rocío, enloqueció de amor, de obsesión, o de ambas; persiguió y acosó a papá de una manera enfermiza, asfixiante, no pasaba un día sin hacerle al menos cuarenta llamadas a su consultorio, al principio las contestaba, después decidió ignorarlas para mantener algo de cordura. ¡Qué ironía!, el cornudo de la historia anterior, el que llegó arrastrando un costal repleto de no muy buenos recuerdos, ahora era acusado de ser infiel, difícil situación, pues papá buscaba en ella, sobre todo, la confianza no obtenida en su fallida experiencia, sin embargo, lo que encontró fue a una mujer atormentada, enferma de celos, llena de melancolía, hastío y locura, que confundió el amor con obsesión extrema. 10


Mi padre lidió con todo esto y con la monserga de someterse diariamente a la humillante inspección que su esposa Linda realizaba como parte de un extraño ritual. Linda Rocío lo esperaba pacientemente en la entrada del departamento sin importarle en lo más mínimo la hora en que llegara para revisarle sin piedad alguna: auto, teléfono, maletín, cuello de la camisa, bolsillos; en seguida pasaba a hurgarle determinadas zonas del cuerpo, buscando indicios de amores clandestinos, rastros de urgencias en esa piel que consideraba de su propiedad sin permitirse imaginarla de otra manera. Ninguna de las infinitas promesas de fidelidad y amor eterno pronunciadas por mi padre pudieron acabar con las intrincadas telarañas tejidas en su mente, no hubo manera alguna, así que, derrotado y muy agotado, papá decidió alejarse por unos días de Linda y su insistente calvario, no sin antes llevarse una sustancial dosis de insomnios, dudas malditas e incendios que lo quemarían eternamente, pues a ella, y aquí hago total énfasis, a pesar del tormento en que vivían, llegó a amarla hasta el delirio.

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Linda Rocío Cualquier evento que se repite, se convierte en simple rutina. Todos los días, Linda Rocío espera a Julio en el portal de su casa. Lo ve bajar del auto, tomar su maletín y caminar por la banqueta. Pacientemente, espera a que llegue a la puerta y sin más lo detiene en el umbral para dar comienzo al «ritual», así lo llama. Lo revisa de arriba a abajo, apachurra y desliza su nariz sobre el cuello tenso, tal vez logre identificar algún aroma escondido. Procede a desnudarlo lentamente, inspeccionando cada espacio, cada pliegue de ese cuerpo que considera suyo, pero que pudiera esconder marcas obtenidas en otros brazos. Julio no se mueve, permanece rígido con los zapatos clavados al suelo, cierra los ojos, aspira profundamente e intenta controlarse, casi lo logra. Sus brazos tensos denotan la desesperación. Ladea la cabeza buscando su mirada. –Escúchame Linda, ¡ya basta! ¿Cuándo dejarás de hacer estas ridiculeces? Los vecinos se entretienen con tus locuras, ¿no me oyes? Míralos… nos espían a través de las persianas, se burlan de nosotros. ¿No entiendes que no te engaño? Que ni siquiera me quedan ganas de hacerlo. Mi amor te pertenece muñeca, ¿es tan difícil que me creas? Alterado, intenta zafarse de las manos-tenazas que a fuerza de repetirlo saben a conciencia de esa misión. La mujer ignora el reclamo, continúa en su frenético registro, paso a paso, con los ojos enfebrecidos, repite palabras ininteligibles, mantiene un diálogo personal. Ensimismada se regaña, recapacita y contesta. Moviendo la cabeza de un lado a otro, termina. Entra a la casa 13


cargando el maletín de Julio, a quien ha dejado afuera en trusa y calcetines, expuesto a la mirada morbosa de algunos vecinos que aún suelen asomarse descaradamente a la ventana, y junto con Linda, realizan la degradante inspección. Julio la ama. La duda no existe. Sin embargo, está cansado. Una relación insostenible. «Si sigo con esto voy a terminar más loco que ella», piensa. Desolado, ha tomado la decisión de alejarse y vivir en un piso cercano para no perder contacto. –No se cuánto tiempo… pero necesito estar solo –lo dice entre dientes casi arrepintiéndose–. Me hace falta recapacitar y tranquilizar las cosas. Desea que de igual manera, Linda haga lo mismo. Sin embargo, su mujer no se detiene y continúa, traspasa la línea que sutilmente marca el límite. Linda Rocío no entiende, no acepta razón alguna por la que Julio ha decidido abandonarla. No puede dormir, cinco días han pasado desde que Julio la dejó, los insomnios son interminables. Lo imagina desnudo, rendido en la cama, a su lado viéndola, velando sus sueños, acariciándola, reinventando sus cuerpos en la obscuridad durante horas, besándola hasta quitarle el aliento, o tal vez, dormido entre sus piernas rehaciendo noches pasadas, suspira: –¡No me dejes! –dice lastimosamente, en un susurro, apretando los dientes dentro del hueco de labios grises, en seguida lo grita–: ¡mi ángel! ¿Dónde estás? Agitada, se incorpora de un impulso, quiere verlo pero no lo encuentra, la soledad es la única que se asoma. Desesperada deambula por las habitaciones. Las voces la atormentan. Inicia nuevamente la búsqueda: la sala, la cocina, revisa también en el jardín, pero no hay un mínimo rastro. El deterioro es alarmante, la misma camiseta vieja amarrada a la cadera, los shorts de mezclilla, el cabello sucio y revuelto, totalmente alunada transita como una loba herida rumiando un amor perdido; algo se des14


garra en su interior, dialoga, gruñe furiosa, las voces, las voces que nunca se callan, la mirada salvaje contrasta con sus ojos marchitos, nunca tan tristes. Lo que sucede a continuación lo ha repasado en sueños recurrentes. Todo parecería resuelto. Linda regresa a la recámara, entra y observa detenidamente cada espacio, reconociendo cada rincón, se envuelve de sombras, llena sus pulmones dando un largo respiro, lo hace sin prisa. Sus movimientos emulan una danza que repite sin permiso a equivocarse. En el brazo izquierdo acuna a su muñeco, con la mano derecha toma el revólver pequeño de concha nacarada, cargado y guardado con mucho cuidado (para lo que se pueda ofrecer), en el tercer cajón de la cómoda de madera que entre los dos pintaron en ese tono de cielo inmenso: azul cobalto. Así, muy despacio, siguiendo un marcado ritmo inexistente, Linda Rocío entra al clóset dando fin a su coreografía imaginaria, cierra la puerta. Ahí apretada, sintiéndose segura, opta por jalar el gatillo. Hace un solo disparo, uno justo al corazón. Julio no deja de pensar en ella, toma el teléfono, le llama en la mañana del quinto día que llevan separados para saber cómo está, llama para decirle: –¡Linda, te extraño, no soporto estar sin ti! A pesar de su locura inquietante, de tantas noches oscuras, de sus infinitos reclamos; reconoce ante todo que está jodido sin ella, suspira al recordarla. Impaciente espera, no obtiene respuesta. Decide buscarla, inventará cualquier pretexto; bastará con verla. Se imagina mordiendo sus labios ardientes antes de que intenten decir algo. Necesita sentirse nuevamente entre sus brazos, reconocerse en sus ojos tristes, aferrarse para no seguir perdido. Tiene la llave, entra y la llama: –Linda, Linda, ¿dónde estás? –nadie responde. Como un reptil, la angustia se desliza por su espalda y se estaciona en las piernas, sacude sus entrañas, lo ahoga, el latido 15


en las sienes le avisa que algo ha pasado. Siente el vientre entumecido, buscando llega a la bóveda, la cama con la colcha azul revuelta, dos almohadones blancos; mira hacia el piso, hacia la mancha púrpura del líquido viscoso que se desliza por debajo de la puerta, la orilla se pinta de rojo intenso que contrasta con el azul de las paredes. Abre la puerta. Ahí la encuentra, acurrucada, abrazada a su muñeco. La sangre escurre y forma un charco alrededor de sus zapatos.

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Mis padres Mi padre considera el perdón como algo inalcanzable, lo sé. Acabado por la muerte de su adorada Rocío, encontró consuelo en los brazos de otra mujer que apareció en su vida por una suerte de encantamiento. Ella lo escogió y él simplemente se dejó llevar como el eterno comodín en que suele convertirse cuando la vida lo invita a diluirse. Sin darle la mínima importancia de quién se trataba, encontró incluida la cuota recomendada de tortura, quien lo acomodara en un lugar donde, según papá, debe estar y sobre todo, donde debe permanecer. Con esa carga tan pesada, nuevamente y por tercera ocasión lo hizo, volvió a casarse, y esta vez, con Marcela, mi madre. La necedad y la oportunidad fueron las razones por las que mamá casó o mejor dicho atrapó a papá. Lo encontró hecho jirones y por alguna casualidad se convirtió en costurera de remiendos sentimentales, echó doble costura como toda una experta, unió, uno a uno los mil retazos en los que papá se había convertido y, sin dudarlo, lo remendó a su lado.

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Ese tiempo que no se siente  

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