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Lucho Verdes

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UN GATO AZUL

Opalina Cartonera


“Arbología I. Un Gato Azul” Lucho Verdes Opalina Cartonera 2014 Edición a cargo de Jhon Bacanalés Diseño por Francisco To+ Impreso en Santiago de Chile por Opalina Cartonera Primera edición Contacto autor: luchoverdes@hotmail.com www.luchoverdes.cl Este libro se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercialSinDerivadas- 3.0 Unported Se permite la reproducción parcial o total de la obra sin fines de lucro y con autorización previa del autor


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UN GATO AZUL


Hace tiempo que no leo ni veo nada porque me ofende que todo estĂŠ tan mal. Y hasta las personas lindas me dan rabia. Charly GarcĂ­a.


I

Somos individuos cuáticos y voraces. Pintamos con la lengua las luces de los faroles. Nos borramos las huellas dactilares y silbamos canciones medio muertas. Nos tocamos un buen blues siempre al caer la tarde cuando los pájaros creen cantando que todavía está amaneciendo. Pintamos de rojo una por una las hojas de nuestros árboles hasta deshollejar las yemas de nuestros dedos (ya sin identificación) y desdentamos los adoquines de las calles interminables, casi siempre repletas de personas y muchedumbres a medio vivir saltando. Nos despiojamos uno por uno los sueños y nuestras cabezas son tibias. Decidimos guardar silencio cada vez que el reloj marca las doce en punto del medio día de cada día de la semana solo por el simple gusto de quedarse callado. Somos tramposos. No usamos paraguas. Nos gusta mirar la luna cuando está de día. Juntamos pestañas en cajetillas de cigarro vacías. Fumamos y fumamos con dramatismo y alevosía. Miramos con descaro las caras sonámbulas de los transeúntes en los vagones del metro y en los pasillos de los supermercados. Caminamos por la ciudad noctámbulos, las avenidas nocturnas tal vez sean nuestro único consuelo. Las borracheras necesarias, el desprecio ante todo. Pero igual creemos en algunas cosas. En las enfermedades. Nos enfermamos cuando nos miran, nos enfermamos cuando miramos. Enamorarse es enfermarse. Por eso se nos pasa la vida sin entender nada. Por eso siquiera la muerte nos hace sentido. Y somos pálidos, al límite de lo que la carne permite. Estamos solos. Vamos recogiendo las bolitas del suelo. Las bolitas parecen ojos. Las bolitas parecen lágrimas...

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Bolitas

Caían y caían de sus ojos Las bolitas de cristal Abundantes Como una cascada Y a pesar De haber sido paridas por un llanto Igual en su centro Llevaban colores Como si fuesen olores, recuerdos O descascarados fragmentos.

Esferas De centro mágico De simple textura inalcanzable De interior inexplicable Esferas Queriendo ser ojos Y ojos Hundiéndose de pena. ¡Ahí! Justo en el rincón del parpadeo Donde se anuda la tristeza Nacían como capullos Las bolitas preparadas Para irse derramando. Y la gravedad estrepitosa Las hacía revolotear Cuando chocaban con el suelo 10/Lucho Verdes


Las hacía rebotar, las hacía caer Solo por caer Solo por el vértigo y el instinto De romperse. Caían y caían de sus ojos Las bolitas girando Como planetas de ensueño Cada una en su ritmo Cada ritmo en su giro Las bolitas cayendo Entrechocadas por su ímpetu afanoso De reventar el suelo En un estruendo secreto De sollozos y murmullos. ¡BOLITAS CAUDALOSAS! Diríase que son lágrimas Pero las lágrimas Solo son para los ojos vulgares.

Las bolitas derramadas por sus ojos Y los rincones granizados Los cristales esparcidos en mil colores Los colores amontonados en este vacío Y este vacío ahora repleto. Y las esquinas esquirladas Y las palabras y los abrazos Un Gato Azul/11


Y los fragmentos Y los pedazos despedazados Y los muros arropados de silencio Y el silencio arropado por las sábanas Y las sábanas que después serán la piel Y un refugio para esconder Todo lo que te vaya sobrando Y las bolitas recogidas Y lo que de vida Vaya quedando Para seguirme muriendo Mientras te sigo Y te sigo esperando.

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II

Las tĂłrtolas parecen de papel cuando se echan a volar. Las baratas crujĂ­an en el suelo cuando mi abuelo las pisaba a pata pelĂĄ. Las lombrices cuelgan del pico de los zorzales cuando se hace de tarde en el patio de mi casa. Los gorriones anidaban en el naranjo cuando llegaba la primavera. La polilla tejedora vive en lugares oscuros y resguardados cuando se siente amenazada*. Los gatos salen arrancando cuando nos acercamos de imprevisto Algunos gatos son azules: *(wikipedia)

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Un Gato Azul La primera vez que lo vi quedé anonadado. Perplejo. Venía yo de regreso a casa y él estaba echado en medio de la calle. Se acicalaba lentamente, con una voluntad infinita, imperturbable, una paciencia y precisión propiamente felinas. Se vio ligeramente interrumpido por mi presencia, se detuvo, me estudió por dos segundos y muy calmadamente continuó con su faena (demás está decir que ese lapso de tiempo, de dos segundos, solo determina la realidad de lo acontecido desde mi punto de vista humano y aferrado a lo sucesivo, no la realidad ni la perspectiva del gato que claramente están fuera del tiempo). Era realmente hermoso. Su pelaje de color azul, un azul eléctrico, desbordante, sus ojos eran completamente negros, casi al borde de la locura y de lo mágico. Su tamaño era comparable con el de los otros gatos ordinarios, pero su presencia llenaba terriblemente todos los espacios posibles. Recuerdo que aquella tarde fue un tanto extraña. Algo ligeramente cambió en mi vida desde el día en que lo conocí. Mayor fue mi sorpresa cuando me percaté de que pese a la particularidad de su increíble pelaje, y su belleza única, casi divina, nadie en la cuadra se había dado cuenta jamás que era de color azul. Las vecinas lo alimentaban como si nada, pasaba completamente inadvertido, recibía el mismo trato que el de los demás gatos del barrio. La única que sabía de su color azul era la Coja de la esquina. Lo sé solo por intuición, una corazonada; nunca me lo dijo, pero cuando la saludaba, me miraba con inquietud. Sospechaba de mí. Sabía que yo sabía que ella sabía que era azul.

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Parece que era adicto a la luna, siempre estaba plantado con una propiedad envidiable en la misma esquina. Yo salía de madrugada a trabajar y me lo encontraba ahí mirándola. Absorbiendo con sus ojos la profunda noche, la noche, la luna, las grietas de la acera, las grietas de la luna, los círculos del tic tac que le resultaban tan ajenos, los bordes, las luces del alumbrado público, la oscuridad, y el silencio que a esa hora habitaba en la ciudad; las manillas de las puertas, las puertas de las casas, las casas con sus ventanas, y el barrio entero. El tránsito en las avenidas aledañas, el caos y la calma, el descanso nocturno y el ajetreo del día, el día de hoy, el de mañana y el de pasado. Todo extrañamente le pertenecía. ¡Criatura desmesurada!, todo lo consumía el azul de su pelaje y el estruendo negro de sus ojos, ¡todo!. Mis pupilas, la lentitud de mis parpadeos y de mis pasos, el vértigo de mis caídas, la palidez de mi rostro, la palidez de mis huesos, mis pulsiones, mis zapatos, los cordones de mis zapatos, en fin, cada elemento que yo creía propio se diluía abruptamente cuando lo veía. Todo era definitivamente suyo. Desde cuando lo encontré por primera vez, reposando en medio de la calle, lo seguí viendo todas las mañanas por un período aproximado de dos meses. Los primeros encuentros fueron cálidos y cercanos. Recuerdo la primera mañana cuando pasé por su lado, se dejó acariciar por mis manos, y me regaló ahí el azul de su pelaje como un tesoro. Lo guardé como tal y ya nunca más pude sacarlo de mi cabeza. Pero entonces, algo comenzó a inquietarme. Transcurrían los días y ya se transformaba en un hábito el pasar por su lado y verlo. La ruta que tomaba yo para ir a trabajar me obligaba a pasar por su esquina. Siempre estaba ahí, azul bajo la noche, esperándome. Su actitud ya había dejado de ser indiferente conmigo, y cada vez que me veía buscaba mis ojos con urgencia, como queriendo decirme Un Gato Azul/15


algo comenzaba a intimidarme y yo comenzaba a evitarlo. Trataba de no mirarlo y pasaba lo más rápido posible por su lado. Me perturbaba la magnitud de su existencia, el negro de sus ojos, el azul en su pelaje y el hecho de que nadie más e excepción de la Coja y yo supiéramos de su color me atormentaba aún más. ¿Cómo nadie se iba a dar cuenta que en el barrio vivía un gato azul? No lograba entenderlo. Comencé a lidiar con la idea de hallar la forma de sacarlo de mi vida, no quería verlo más pero no podía evitarlo. Mientras caminaba urdía planes para poder desviarme del camino y por fin lograr evadirlo, pero me era imposible. Siempre terminaba arrepintiéndome y me inventaba cualquier excusa para, igual, atravesar la misma esquina y mirar nuevamente su pelaje y sus ojos. ¿Por qué?, ¿Por qué me buscaba?, ¿Por qué me esperaba? Me resultaba tortuoso tratar de descifrar aquel secreto que me asechaba cuando con sus ojos me hipnotizaba. Aquellos fueron los días más confusos que recuerde. Se me caían las lágrimas como cristales a cada paso, la angustia como tambor, mis ojos extraviados, mi andar se volvió errante, mi vida entera parecía un horrible nudo, ciego, apretado, tenso, irreparable. Fue una noche de esas terribles cuando todo esto terminó. Llovía, aún siendo verano y trataba de quedarme dormido mientras imaginaba las gotitas de agua escurriéndose por el techo y por los muros de mi casa silenciosamente. Yo solía dejar la ventana un poco abierta para sentir el olor de la tierra mojada. Estaba conciliando el sueño, cuando de pronto, irrumpe en el momento más vacío de la noche. Como si se rompiera un espejo en mil colores entra maullando en mi habitación, quejándose y desafiando a mis perros, quienes respetando el secreto pacto que mantienen con los hombres, trataban desesperadamente de desgarrarlo 16/Lucho Verdes


con ladridos y aullidos. La agilidad del gato, le permitió burlar la emboscada y se coló por la ventana hasta zambullirse en los pies de mi cama. Sobresaltado por aquel estallido, y por el repentino peso en mis pies, me desperté agitadamente. Lo vi, azul a los pies de mi cama, mirándome también un poco asustado. Yo desorientado, y en un momento de desvarío, febril y violento, lo tomé bruscamente del pellejo, caminé descalzo por el pasillo, en seis pasos llegué a la ventana que da a la calle y lo lancé con fuerza sin mediar consecuencias. Lo putié, nunca iba a imaginar que putearía a tan sublime criatura, pero así no más fue. Me senté en el borde de mi cama y comenzó a invadirme de nuevo la angustia con sus tambores, de nuevo las lágrimas, de nuevo el temblor en mis manos, de nuevo sus ojos, de nuevo su color. Arrepentido y aún confundido, me vestí y salí torpemente de mi casa. Aún llovía, encendí un pucho con dificultad, y caminé ansioso hasta llegar a la esquina de siempre. Me costaba respirar. Me puse en frente suyo como nunca antes lo había hecho y lo encaré por fin. Lo miré a los ojos, el me miró tranquilo, dominaba la situación con una altivez que ni en un ser humano había visto jamás, pero esta vez lo sentí distante, decepcionado de mi brusca reacción, y de mi abrumadora torpeza. Fue entonces cuando me dijo eso que había intentado revelarme durante todo este tiempo. Me dijo: -¡Cuando te enamoras te enfermas! No hay nada más que pueda decirte, ¡Enamorarse es enfermarse!, ¡Enfermarse! Lo siento, Eso es todoMe lo dijo como lo diría un gato azul, no con palabras ni gestos, ni en un lenguaje fantástico ni nada de eso. Un Gato Azul/17


Simplemente me lo dijo. Pudo haberme contado más, pero entonces adiviné que ya no era digno de sus secretos ni de sus ojos, ni mucho menos de su color azul que lo hacía tan especial. Nunca comprendí la naturaleza ni la dimensión de mis encuentros con él. No le di jamás el valor ni la importancia que merecía una situación como esta. Tal vez si me hubiese atrevido a mirarlo antes, si hubiese decidido creer antes… Así lo entendió él también. Entonces me miró por última vez, con lástima, dio media vuelta, orgulloso, deslizó la cola en medio de la noche, agitó el humo de mi cigarro y se marchó. Fue la última vez que lo vi. A la mañana siguiente amaneció muerto, yo mismo vi cuando un basurero lo arrojó al camión. Fui tan cobarde que ni siquiera me sentí apenado por su deceso. Tal vez por despecho, o de picado ni siquiera quise que me conmoviera su muerte. Las viejas de la cuadra dicen que lo envenenó la Coja de la esquina porque le meaba el jardín. Yo sé que en realidad lo mató porque ella también escuchó sus secretos, y tampoco pudo con ellos. La debilidad es tan propia de nosotros, los humanos. La magia y la verdad solo habita en los gatos azules. Con el devenir del tiempo, de las cosas y de la vida misma, lo fui borrando poco a poco de mi memoria, y su peculiar revelación, también hice pasar al olvido. Hoy por primera vez lo recuerdo, azul bajo la noche. Azul sobre el tejado.

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“Arbología I. Un Gato Azul” de Lucho Verdes se terminó de imprimir en el mes de febrero del 2014 en los talleres de editorial Opalina Cartonera www.opalinacartonera.blogspot.com

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