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El otro lado del espejo MÉXICO EN LA MEMORIA DE LOS JEFES DE MISIÓN ESTADOUNIDENSES

(1822-2003)


Selección, proemio y notas de

Óscar Flores

El otro lado del espejo MÉXICO EN LA MEMORIA DE LOS JEFES DE MISIÓN ESTADOUNIDENSES

(1822-2003)

CENTRO DE ESTUDIOS HISTORICOS UDEM

2007


UNIVERSIDAD DE MONTERREY

COMITÉ MEXICANO DE CIENCIAS HISTÓRICAS

Rector Dr. Francisco Javier Azcúnaga Guerra

Presidenta Dra. Verónica Zárate Toscano

Vicerrector de Educación Superior Lic. Rafael Garza Mendoza

Secretaria Dra. María Teresa Jarquín

Director de la División de Derecho y Ciencias Sociales Lic. Jorge Manuel Aguirre Hernández

Tesorera Dra. Josefina Zoraida Vázquez

Directora del Departamento de Ciencias Sociales Mtra. Miriam Hinojosa Dieck Director del Centro de Estudios Históricos Dr. Óscar Flores Torres

Vocales Mtro. Ilán Semo Dra. Alicia Mayer Dra. María Isabel Monroy Dr. Martín Sánchez Dr. Óscar Flores Dr. David Navarrete Mtra. Guadalupe Curiel

El otro lado del espejo Primera edición: septiembre de 2007 Diseño de portada e interiores: Diseño 3/ León García, Erika Rojas, Marco Aurelio Ávalos Díaz. Imagen de portada: El embajador Josephus Daniels y su esposa en traje de charro y china poblana respectivamente. Cuernavaca, México, 1935. Josephus Daniels, Shirt - Sleeve Diplomat, the University of North Carolina Press, 1947. © Óscar Flores Torres © 2007 Centro de Estudios Históricos UDEM © 2007 Universidad de Monterrey Av. Morones Prieto 4500 Pte., San Pedro Garza García, N. L., México, C.P. 66238 Conmutador: +52 (81) 8215-1000. Lada sin costo 01-800-801-UDEM. http://www.udem.edu.mx/ceh

© 2007 Comité Mexicano de Ciencias Históricas El Colegio de México, A.C. Camino al Ajusco 20, Pedregal de Santa Teresa, C.P. 10740, México D.F. Apartado Postal: 20671, 01000 México, 5449-2925 y 26. Quedan rigurosamente prohibidos, sin la autorización escrita de los titulares del “Copyright”, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo públicos.

Impreso y hecho en México Printed and made in Mexico ISBN 978-970-95040-0-2


Proemio

[...] y llego a los campos y vastas salas de la memoria donde se encuentran los tesoros de innumerables imágenes que mis sentidos han recogido de las cosas de la más diversa índole. Allí está escondido todo lo que pensamos, y engrandecemos o disminuimos o cambiamos todo lo que toca nuestros sentidos, y todo lo que todavía no está absorbido por y sepultado en el olvido, yace allí salvo y guardado”1 San Agustín, Confesiones

1. El escrito original en latín es: “et venio in campos et lata praetoria memoriae ubi sunt thesauri innumerabilium imaginum de cuiuscemodi rebus sensis invectarum. Ibi reconditum est, quidquid etiam cogitamus, vel augendo vel minuendo vel utcumque variando ea quae sensus attigerit, et si quid aliud conmendatum et repositum est, quod nondum absorbuit et sepelivit oblivio...” San Agustín, Confesiones, edición crítica y anotada por Ángel Custodio Vega, Libro X, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1998.


Óscar Flores Torres

1. Memoria e historiografía “La memoria fue muy valorada por las grandes culturas, como resistencia ante el devenir del tiempo”, escribe Kart Kohut, refiriéndose a Ernesto Sábato en sus memorias.2 Esta constatación –continúa Kart Kohut- sigue siendo igualmente válida en nuestra época.3 La memoria del pasado está más presente que nunca, lo que se expresa en un sinnúmero de nuevos museos, exposiciones, películas, libros. En el campo de la literatura, se asocia la memoria con formas literarias que evocan el pasado: la novela, el teatro y la poesía histórica, al igual que la biografía y la autobiografía. En todos estos géneros o subgéneros, la literatura linda con su hermana gemela, es decir, la historiografía. Ya San Agustín sabía que no se puede hablar de memoria sin hablar de tiempo. En sus memorias, retoma y repiensa concepciones anteriores de la filosofía antigua de una manera original, que no esta de más tomarlo como referencia. Incluso hasta hoy en día, los filósofos vuelven obligadamente a las Confesiones cuando reflexionan sobre tiempo y memoria. Hablemos del tiempo antes de pasar a la memoria. El problema fundamental del tempo es el estatus del presente, punto movedizo entre el pasado y el futuro. San Agustín diserta sobre este problema considerando las tres dimensiones del tiempo como existentes en el alma: “El presente mirando el pasado es memoria, el presente mirando el presente es la percepción inmediata, el presente mirando el futuro es expectativa”4. O pueden ser meras fechas de calendario tales como el comienzo de un nuevo siglo, o un evento como los atentados del 11 de septiembre de 2002 que dividen nuestro tiempo en un “antes” y un “después”. El presente histórico se puede convertir, de un día a otro, en pasado. Ahora bien, este presente histórico constituye el punto de referencia para la memoria. Empero, ¿qué es la memoria? Volviendo otra vez a San Agustín 2 Ernesto Sábato. Antes del fin. Barcelona, Seix Barral, 1999, p. 18. 3 Kart Kohut, “Literatura y Memoria”, en Istmo, Revista Virtual de Estudios Literarios y Culturales Centroamericanos, Número 9, julio-diciembre de 2004, Casa de los Tres Mundos, Granada, Nicaragua, http://www.denison.edu/collaborations/itsmo/n09/articulos/literatura.html 4 “Tempora ­sunt tria, praesens de praeteritis, praesens de praesentibus, praesens de futuris. Sunt enim haec in anima tria quadam et alibi ea no video, praesens de praeteritis memoria, praesens de praesentibus contuitusm, praesens de futuris expetatio”, San Agustín, Confesiones, op. cot, 1998.

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encontramos –nos dice Kart Kohut- la noción de que no es algo objetivo y fijo, sino sujeto al trabajo continuo de la conciencia que cambia los hechos memorizados y que está, además, siempre expuesta al olvido.5 La memoria individual forma parte de nuestra conciencia y constituye la base de nuestra identidad. Un hombre que ha perdido la memoria ha perdido su identidad. Esta constatación puede trasladarse a las entidades colectivas, incluyendo la nación. De ahí se comprende la importancia de la memoria para las discusiones sobre la identidad de un pueblo. Ahora bien, la memoria individual es, en principio, algo inmaterial, tal como lo es la conciencia, pero que puede ser exteriorizada escribiendo, por ejemplo, un diario o nuestras memorias. En la mayoría de los casos, los historiadores retoman y revivifican el pasado en tanto que contiene las raíces del presente. En este afán de insertar el pasado en el presente podemos observar dos tendencias. Una es rescatar del olvido a un personaje, una época, un acontecimiento del pasado. La segunda tendencia está estrechamente ligada a la primera en tanto que los autores no se limitan a rescatar del olvido a sus personajes, sino que les confieren una nueva significación. Muchas veces escriben explícitamente en contra de la imagen transmitida y presente en la memoria colectiva. Subvertir la historiografía oficial es un lema muchas veces repetido; se escribe para cambiar la memoria colectiva. Un caso particular lo constituye un género histórico que retoma la palabra de memoria como denominación, es decir, las memorias o autobiografías. Es difícil encontrar un denominador común en estas obras, a veces es un examen de conciencia, otras una defensa, otras el anhelo de aprovechar la propia experiencia para el aprendizaje de los lectores. Con estas obras, la memoria individual del autor entra en la memoria colectiva. En contraposición a la memoria está el olvido. En la mitología griega, Lethe, la diosa del olvido, se opone a Mnemosyne, la diosa de la memoria y madre de las musas. El objetivo del presente libro es rescatar de la diosa Lethe a los siguientes actores históricos que dedicaron parte de su vida en escribir y ordenar sus pensamientos para obsequiarlos a la posteridad. Estos autores puestos en perspectiva ayudaran también a redimensionar -en la historiografía mexicana- el significado de su actuación.

2. Memorias diplomáticas Fue en 1825 cuando Estados Unidos nombró a su primer enviado diplomático a México, pero, en los 181 años transcurridos desde entonces, apenas si un puñado de los 52 enviados estadounidenses han dejado testimonios personales de sus andanzas diplomáticas, y lo mismo se puede decir de los representantes 5 Kart Kohut, op. cit.

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de México en Washington. En casi dos siglos los Estados Unidos han enviado 24 ministros plenipotenciarios y enviados extraordinarios (1825-1829 y 18391898), dos Charge d’Affaires (1829-1836) y 26 embajadores a partir de 1898, año en que se elevó a categoría de Embajada la representación diplomática de este país en México. De los 52 enviados estadounidenses sólo seis han escrito y publicado sus Memorias sobre su labor en México y de estas, no todas han sido traducidas al castellano. Ellos son: Joel Roberts Poinsett, John Watson Foster, Henry Lane Wilson, Dwight Morrow, Josephus Daniels y Jeffrey Davidow.

a). Poinsett

El primer enviado llegó a México meses después de consumada la guerra de independencia contra el imperio español. Joel Roberts Poinsett escribió sus memorias en México bajo el título: Notes on Mexico, made in the Autumn of 1822. Accompanied by an historical sketch of the revolution, and Translations of official reports on the present state of that country, [Notas sobre México, hecho en el otoño de 1822. Acompañado por un bosquejo histórico de la revolución, y traducciones de informes oficiales sobre el estado actual de ese país] publicado en Filadelfia en 1824. Ahí afirmó: En ninguna parte del mundo la naturaleza se ha mostrado más pródiga, y en parte alguna de él goza el pueblo de tan pocas comodidades.

Su percepción de los gobiernos de la América Latina –había estado en Chile y Argentina ocho años atrás– era la presencia de gobiernos corruptos, autoritarios y conservadores. Esta es su apreciación al entrevistarse con el emperador mexicano Agustín I. Poinsett llegó al puerto de Veracruz el 18 de octubre de 1822 y se retiró del país en diciembre del mismo año. Durante esta breve estancia escribe sus Notas. Estas oscilan del asombro a la crítica severa, la cual muestra un país poco sólido en sus instituciones y con tendencias al caos y a la corrupción. Si bien es cierto que sus Notas cubren solo este período (1822), Poinsett regresará a México en mayo de 1825 como el primer ministro Plenipotenciario y Enviado Extraordinario de los Estados Unidos en este país, tras triunfar su candidatura sobre la de sus oponentes Andrew Jackson, Thomas Hart Benton y Henry Wheaton. Permanecerá hasta el año de 1829, cuando el presidente Vicente Guerrero exija su remoción del país. Sin duda, fue el enviado estadounidense más culto, viajero y perceptivo de todos los que le prosiguieron. Josephus Daniels, embajador de los Estados Unidos en México entre 1933 y 1941, comentó que Poinsett, fue “nuestro más brillante representante frente a la República Mexicana”. Jeffrey Davidow -embajador en México de 1998 - 11 -


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a 2002- hace igual referencia a Poinsett y a la tradición negativa sobre su labor en México. Para Davidow, el problema radica en un mito fomentado por una fuerte corriente historiográfica de corte nacionalista en México. Davidow describe en sus Memorias una larga charla con un grupo de intelectuales mexicanos: Esa noche también hablamos de los mitos que rodean a la Malinche, la indígena que sirvió a Cortés como guía, traductora, concubina y madre de algunos de sus hijos. Sin ella, Cortés habría sido incapaz de comunicarse y, probablemente, de reclutar a los aliados indígenas que necesitaba para derrotar a los aztecas. Ella fue una parte esencial de la conquista. Para dramatizar la diferencia entre la perspectiva mexicana de la conquista española – como una escena de una prolongada violación – y la visión estadounidense de Europa – como civilizadora del rudo nuevo mundo- basta comparar la manera en que las mitologías de ambos países manejan a la mujer indígena. Pocahontas y Sacajewa son heroínas. La Malinche es una victima, en el mejor de los casos, o una prostituta traidora, en el peor. Como señaló Octavio Paz, cuando la madre fundadora de la nación es vista como una especie de meretriz, las implicaciones psicológicas para sus descendientes son tan fascinantes como perturbadoras. La permanencia del mito histórico es en verdad impresionante. Y, desde luego, cuando se trata del papel de Estados Unidos en la historia mexicana, hay suficientes hechos para promover sentimientos intensos. Uno de los primeros diplomáticos estadounidenses en llegar a México después de la independencia de este país, en 1821 fue Joel Poinsett. Pocas veces se le recuerda en su propio país, excepto por su apellido, que él mismo empleó para designar a la noche buena, la flor de navidad de color escarlata que trajo desde México. En el país del sur, en cambio, Poinsett es recordado por sus intrigas y maquinaciones para apoyar a un grupo de masones en contra de otro en la mortífera batalla por el poder poshispánico. Desde esa perspectiva, Poinsett montó el escenario para un patrón de intervencionismo que, dos décadas mas tarde, dio a como resultado que Estados Unidos invadiera México lo que a esta bisoña nación le costo 40 por ciento de su territorio.

Sin embargo, estas opiniones reducidas a solo un mito sin fundamento por Davidow, no son compartidas por el biógrafo de Dwight Morrow, Harold Nicolson, quién sostuvo que Poinsett hirió la dignidad nacional de México durante su estancia en este país. Por su parte John W. Foster, embajador en México entre 1873 y 1880, solo lo mencionó una sola vez en sus Memorias, y su comentario se limitó a referirse a las instrucciones que le dio a Poinsett el entonces Secretario de Estado, Henry Clay, para […]que se esforzara en obtener la cooperación del Gobierno mexicano en la construcción de un camino que se proyectaba para unir a las dos naciones, desde Saint Louis, por el territorio de los indios, vía Santa Fe, e iguales

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instrucciones se le dieron por el siguiente Secretario de Estado, Martin Van Buren.

b). Foster El segundo diplomático estadounidense que nos legó sus memorias fue John Watson Foster, quién escribió: Diplomatic memoirs. In two volumen, Boston and New York, Houghton Mifflin Company, 1909 [Memorias Diplomáticas. En dos volumenes]. Foster fue un activo político republicano que participó en la cruenta guerra civil de los Estados Unidos (1861-1865), logrando en el transcurso de ella el grado de coronel. Fiel seguidor del presidente Abraham Lincoln y amigo del general Ulisses S. Grant, fue nombrado por este último ministro en México. Su designación lo tomó por sorpresa ya que el mismo Foster comentó: La proposición me dejó atónito. Yo había sentido mucha desconfianza acerca de mi aptitud para desempeñar el puesto que había elegido en la Misión Suiza, siendo que es el más bajo y de menor importancia de los puestos diplomáticos y ahora se me encomendaba la Misión más elevada y difícil en el Hemisferio Americano. Yo dije con toda franqueza al Senador que dudaba muchísimo que fuera prudente aceptar dicho puesto, teniendo en cuenta mi absoluta inexperiencia en diplomacia. En esa época no hablaba yo ningún idioma extranjero, jamás había salido de mi propio país y respecto a Derecho Internacional, no tenía sino un libro de texto. Sin embargo, a pesar de que Foster se manifestó no apto para tan difícil encargo, el balance de su misión fue en mi opinión, positivo. Representó a su país en México de 1873 a 1880, donde logró sanar parte de las fricciones existentes entre la colonia estadounidense en México a raíz de la Guerra de Secesión; realizó comentarios favorables sobre las esperanzas políticas que tenía sobre México y; detuvo las ansias militares y expansionistas de algunas facciones políticas estadounidenses durante la guerra civil en México en 1876 y el primer año de la presidencia del general Porfirio Díaz. Sobre este último político mexicano tuvo los más optimistas comentarios al alabar su capacidad administrativa. Sin embargo no fue tan tolerante en sus comentarios sobre la inseguridad que padecía el país, a pesar de que el viajó por largas temporadas a través del mismo y aceptó no haber tenido ningún incidente al respecto. Es de llamar la atención que los posteriores embajadores estadounidenses que escribieron sus propias experiencias sobre México, jamás lo mencionaran. En otras palabras, su texto ha estado, hasta ahora, fuera de la historiografía mexicana y en consiguiente fuera de la memoria colectiva.

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c). Wilson En el Siglo XX, el tristemente célebre Henry Lane Wilson publicó Diplomatic Episodes in Mexico, Belgium and Chile, Londres, A.M. Philpot, 1927. Wilson fue muy positivo en torno al México porfirista, pero severísimo con la Revolución de 1910 que, a su juicio, hizo aflorar lo violento, salvaje, libertino e incivilizado del pueblo. Un país con dos terceras partes de su población indígena requería de un gobierno fuerte que lo educara e instalara principios políticos de responsabilidad y patriotismo, y no de una “república altruista” y permisiva, liderada por un político ingenuo e incapaz. Wilson en sus Memorias dice: Entre las razas indias, la proliferación de crianza de su temperamento y por consiguiente en las masas, es de cuidado, la pobreza, la ignorancia, y la superstición crecen con una rapidez de alarma. Pues este elemento, constituye dos terceras partes de la población y puede ser entendido fácilmente como una malvada amenaza a las condiciones de un desarrollo ordenado. Aquí se encuentra la malvada raíz de las condiciones existentes, y por lo tanto, amenaza omnipresente, a menos que sean enderezadas por un gobierno fuerte y vigoroso que se mueva en líneas definidas de la política y que, en vez de procurar instalar una república altruista por la educación y la tradición entre la gente, adoptará una política práctica que conducirá a un sistema de educación universal de las ideas políticas, e implantación de un patriotismo que será algo más alto y más noble que el odio al inversionista extranjero.

En efecto, su desprecio por el presidente Francisco I. Madero es más que elocuente en sus memorias. Debido a ese descrédito, decidió intervenir en la política interna, favoreció un golpe de Estado y el regreso de un gobierno fuerte a través del general mexicano Victoriano Huerta. La llegada de la administración demócrata del presidente Woodrow Wilson no lo favoreció y fue retirado en 1913, después de casi cuatro años de permanencia como embajador en México. Su actuación durante los episodios más trágicos de la historia nacional, le acarreó ser acusado en su país de intervencionismo, donde hubo de defenderse ocasionalmente en la prensa estadounidense el resto de su vida. Wilson generó la imagen clásica que existe en México del embajador estadounidense prepotente, siniestro, hostil y despectivo del actuar político. El mismo biógrafo del embajador Dwight Morrow, Harold Nicolson consideró la labor de Wilson como un antecedente negativo en la historia de las relaciones entre ambos países, al escribir: La sospecha que tenia los Estados Unidos en el año 1927, hacia México, era debido a ciertas causas, algunas recientes y otras remotas. Era, en primer lugar, la memoria indeleble de la anexión de Texas en 1844, de la guerra de 1846-1848 (descrita por el General Grant como “una de las más injustas de una nación fuerte contra una nación débil”), y del tratado de Guadalupe

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Hidalgo, como resultado del cual los Estados Unidos adquirió de México más de la mitad del territorio, aproximadamente 619,000 millas cuadradas, representado actualmente por Texas, Nuevo México, Arizona y California. En segundo lugar, la memoria de humillaciones sucesivas impuestas hacia la dignidad nacional de México por Ministros de los Estados Unidos, desde Joel Poinsett hasta Henry Lane Wilson, algunos de los cuales fueron confundidos y otros fueron “bribones incompetentes” del tipo de Anthony Butler.

El fantasma de Wilson ronda a Jeffrey Davidow cuando escribe que a su llegada a México, la prensa mexicana lo comparó con los dos más grandes embajadores norteamericanos villanos en la historia de México. Davidow escribió: La prensa mexicana publicó los obligados artículos de bienvenida y recordó a los lectores la larga tradición de intervencionismo nefario de los embajadores estadounidenses. El primer enviado, Joel Poinsett, fue nuevamente recordado por sus intrigas, al igual que el embajador más odiado y con la peor reputación de todos –Henry Lane Wilson-, para remover viejos temores y prevenir a los jóvenes. Como se sabe, Wilson fue el embajador de Wiliam Howard Taft en 1910, cuando el dictador Porfirio Díaz escapó del país frente a un creciente levantamiento popular. Su partida marcó el inicio de la guerra civil de diez años, a la que México se refiere como su revolución. El embajador norteamericano entendió inicialmente los motivos del derrocamiento de Díaz, pero después su enfado fue en aumento frente al torpe desempeño del sucesor Francisco I. Madero. Aunque éste había sido un revolucionario heroico revolucionario, como presidente resultaba incapaz. El embajador Lane también vio que era hostil a los intereses de las corporaciones. Wilson ayudó a fraguar un golpe que derrocó y puso tras las rejas a Madero. Cuando la señora Madero acudió a la residencia del embajador en busca de ayuda para que su encarcelado esposo pudiera salir del país, Wilson se mostró indiferente y poco servicial. Madero y su vicepresidente fueron sacados de sus celdas y asesinados a sangre fría. Henry Lane Wilson permanece entre los principales villanos de México.

d). Morrow Quien fuera el Embajador entre 1927 y 1930 y estableciera los términos básicos de la relación entre el régimen surgido de la Revolución Mexicana y los Estados Unidos, el banquero Dwight Morrow, no escribió sus memorias, pero Harold Nicholson elaboró por encargo su biografía –basada en las notas del propio Morrow- intitulada Dwight Morrow, Nueva York, Hardcourt, 1935. En ella, ofreció información sobre este cambio diplomático que Morrow llevó a cabo para hacer que Washington pasara de la confrontación y la amenaza sistemática a la aceptación y cooptación del régimen mexicano. - 15 -


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Dwigth W. Morrow fue embajador de su país en México entre septiembre de 1927 y septiembre de 1930. Morrow se encontró a una nación relativamente aislada del contexto mundial, con unas autoridades políticas reacias a establecer un acercamiento con Washington, con un conflicto religioso violento y desbordado y con el asesinato de un presidente mexicano electo. A pesar de este entorno, Morrow mantuvo la calma y logró un entendimiento con la administración de Plutarco Elías Calles. Realizó un pacto con Calles sobre la política petrolera en México y mantuvo unas relaciones amistosas con el bronco vecino del sur. Josephus Daniels, embajador de Estados Unidos en México tres años después que Morrow regresó a su país, escribió en sus Memorias, que el éxito de Morrow se basó en su habilidad para atraer la atención y crear amistades. Sobre la estancia de Morrow, escribió Daniels: La Embajada se convirtió en una especie de cupido, y “todo el mundo ama a un amante,” cuando Lindbergh cortejó y se ganó a Anne Morrow, la talentosa hija de la Embajada. La Sra. Morrow era verdaderamente una Co-Embajadora, cuyo tacto, sabiduría, y cordialidad se ganó todos los corazones, y complació a la gente de México que su hija se volviera maestra en una escuela pública en la Ciudad de México.

Sobre la percepción que tiene la historia de México sobre este embajador, Davidow lo relaciona con mitos incrustados en el folklore nacional. El embajador estadounidense en México y puente entre dos milenios, escribe en 2003 lo siguiente: Afortunadamente, la mayoría de los políticos mexicanos estaban abiertos a reunirse con el embajador estadunidense (sic), lo cual poco tenía que ver con mis habilidades personales. Era el resultado de una percepción extendida de que el representante de Estados Unidos es un actor poderoso en la política mexicana. Se trata, sin duda, de una exageración de la realidad, basada en gran medida en la incapacidad del mexicano de trascender los estereotipos de su mitología sobre el vecino del norte. Ciertamente, algunos de mis antecesores habían tenido un papel importante en algunos acontecimientos de la historia de México. Joel Poinsett y Henry Lane Wilson eran despreciados; en cambio, el embajador que estaba en funciones en 1920, Dwight Morrow, quien más tarde sería el suegro de Charles Lindbergh, así como Josephus Daniels, en los años treinta, no son tan mal vistos conforme al folklore nacional. Sin embargo, se les consideró intrusos en momentos cruciales de la historia de México. La verdad es que la mayoría de los embajadores estadounidenses recientes no se han involucrado en intrigas internas, lo cual no quiere decir que carezcan de influencia en Washington o en México, sino que, tal como sucede con tantos otros elementos de la relación, la realidad es mucho menos colorida que el mito.

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e). Daniels Unos años más tarde apareció la obra del Embajador Josephus Daniels, Shirtsleeve Diplomat (Diplomacia en mangas de camisa), University of North Carolina Press, 1947, un demócrata antiimperialista que presentó un cuadro sorprendentemente positivo de la Revolución Mexicana en general y del cardenismo en particular. Daniels fue un empresario editorial exitoso que tuvo varios encuentros con los asuntos mexicanos. El primero de ellos fue en 1914, cuando desempeñaba el puesto de secretario de Marina en la administración de Woodrow Wilson. Durante su gestión autorizó la toma a sangre y fuego del puerto de Veracruz, así como la administración de los marines del mismo puerto mexicano por espacio de ocho meses. La segunda ocasión que México se cruzó en su camino fue la designación de embajador en México durante la administración de Franklin Delano Roosevelt entre 1933 y 1941. Su desempeño fue altamente valorado por la clase política mexicana gracias a su actitud antiimperialista contra las grandes corporaciones petroleras durante la nacionalización de este energético en 1938.

f). Davidow El que fuera embajador norteamericano en México, Jeffrey Davidow, escribió sus Memorias intituladas El Oso y el Puercoespín. Testimonios de un Embajador de Estados Unidos en México, México, Grijalbo, 2003. El interés por tal suceso fue inmediato. A juicio de Lorenzo Meyer: Hoy, la naturaleza de la relación México-Estados Unidos es, de nuevo, uno de los temas que están en el centro de la discusión nacional. Sin embargo, esta discusión tiene una naturaleza más de posición de principios que de análisis de hechos, discusión de generalidades en vez de posibilidades de acciones constructivas. El libro del Embajador es una oportunidad de enfocar la discusión de tema tan vital hacia lo concreto, hacia la política como arte de lo posible sin olvidar lo deseable. La razón inmediata por la que hoy se está debatiendo en México la forma que debe tener nuestra política hacia Estados Unidos, está relacionada con el cese/renuncia de Adolfo Aguilar Zinser a su puesto como representante de México en Naciones Unidas. Este incidente ha adquirido proporciones insospechadas porque ha tenido lugar en una circunstancia de agresividad estadounidense y vacío mexicano por la imposibilidad de lograr un consenso sobre cuál debe ser la relación con el poderoso vecino del norte.6

6 Lorenzo Meyer, “Una relación que no cuaja”, El Norte, Monterrey, 27 de noviembre de 2003.

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Para Meyer, en la actualidad la frontera mexicano-estadounidense es la región del mundo donde cotidianamente se vive el mayor contraste entre el exceso y la falta de poder, entre la riqueza y la pobreza, entre el instinto de dominio y el de supervivencia, entre la prepotencia y la desconfianza sistemática como políticas nacionales. Esto es un asunto que la política tradicional mexicana trató desde 1911, bajó el esquema de un “nacionalismo revolucionario”, en otras palabras, todos los problemas derivados de esta dualidad intentaron ser resueltos bajo la idea –o más bien coartada- del no sometimiento al imperialismo estadounidense. Sin embargo, México ha entrado a una nueva etapa donde el proyecto nacional influido por el proceso de globalización, muestra un cambio contrastante. La entrada de México al GATT en 1986 y posteriormente la firma del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (en 1992 y su entrada en vigor en 1994), fue sustituido por su antípoda: por una apuesta a favor de la integración económica con Estados Unidos. En esas circunstancias, a juicio de Meyer: […] el nacionalismo mexicano se quedó sin sustento y en la actualidad ni la clase política ni la sociedad han sido capaces de desarrollar una nueva esencia para ese elemento fundamental del proyecto nacional. Como en tantas otras cosas, en materia de nacionalismo, de razón de ser como conjunto nacional, vivimos en la incertidumbre. Con el régimen nacido de las elecciones del 2000, la Presidencia intentó elaborar una alternativa al esfuerzo fracasado de la independencia relativa: el de construir con Estados Unidos una relación de socios, desiguales en extremo, pero socios al fin. Sin embargo, y justamente por las razones expuestas en el libro de Jeffrey Davidow y otras, el nuevo enfoque no cuajó, no logró crear un contenido sustantivo para el proyecto y no pasó la prueba de la realidad. Desde la perspectiva del foxismo, la responsabilidad del fracaso está en la falta de decisión o de plano en la mezquindad estadounidense de no aceptar la oferta mexicana. Desde la perspectiva del ex Embajador, el problema fue la incapacidad mexicana de romper con los moldes antiguos y, sobre todo, de no pagar el precio de poner la casa en orden y armar un auténtico proyecto económico, combatir la corrupción, abrir el País a la lógica de las exigencias de su desarrollo futuro, que tiene que ser dentro del contexto de la globalización y del mercado.7

Lorenzo Meyer y algunos otros analistas internacionales consideran que la visión dada por el que fuera embajador de los Estados Unidos en México entre 1998 y 2002, no es una visión elaborada desde una abierta posición de superioridad moral, intelectual o política, al viejo estilo de Poinsett o Henry Lane Wilson, sino que se coloca al lado de Morrow y Daniels. Sin embargo, el optimismo mostrado por estos últimos embajadores no se refleja del todo en Davidow. Esto se explica porque las circunstancias han cambiado y mucho. 7 Lorenzo Meyer, “Una relación…” op cit., 2003.

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El análisis de Davidow intenta explicar y comprender la muy difícil relación México-Estados Unidos bajo el supuesto de que “ninguna nación en el mundo tiene tanto impacto en las vidas cotidianas de los ciudadanos estadounidenses promedio como México” a fin de proponer soluciones constructivas. La tesis se basa en la explicación de ser naciones y culturas diferentes, pero que debemos llevar la fiesta en paz. Davidow afirma: Somos animales diferentes, como lo son el oso y el puercoespín. El tamaño y peso de Estados Unidos se asoman en forma amenazadora sobre México, y aún cuando estamos en la posición más benigna, nuestro solo peso puede ser abrumador. Avanzamos pesadamente a través del bosque, ignorantes de que nuestro simple paso puede pisotear inadvertidamente a otras criaturas. Y cuando estamos en la peor situación –cuando la falta de visión o generosidad nos conduce a estar menos dispuestos o a mostrar una obstinada renuencia para confrontar la compleja realidad de la relación-, podemos ser un vecino sumamente difícil […] Con frecuencia, tampoco México es el más atractivo de los vecinos. Su hipersensibilidad hacia el oso del norte significa que sus púas de puercoespín están siempre preparadas y que puede volver complicada la cooperación más sencilla. Y su pobreza y sus débiles instituciones generan o agravan los problemas, los cuales se vuelven nuestros, de modo que hay que lidiar con ellos (la migración y las drogas, por mencionar sólo dos). Así mismo, para los políticos mexicanos ha sido tradicionalmente benéfico que los vean infligir cierto daño sobre Estados Unidos. Por lo general, la agresión –que suele ser muy retórica y rara vez real- se controla; hay un puñetazo contundente en el ojo, más que un golpe en el cuerpo. Es cierto que, en algunas ocasiones, los golpes a México han sido una artimaña política útil, aunque de provecho limitado. Por otra parte, los golpes a Estados Unidos por parte de México son un elemento importante de la vida política del país.

El libro aborda varios temas concretos: el narcotráfico y la corrupción que lo envuelve, así como el humillante proceso de certificación en Washington de la cooperación mexicana con Estados Unidos en la lucha contra las drogas, los efectos del 11 de septiembre del 2001 sobre la relación de los dos países, el papel de la prensa estadounidense y mexicana en la percepción de los problemas bilaterales, entre otros. Sin embargo, el tema central el verdadero nudo gordiano, es una discusión e interpretación sobre el problema de la migración de mexicanos indocumentados a Estados Unidos. Finalmente me quedo con los comentarios realizados por Meyer en relación al entorno político y social mexicano que recibe estas memorias, entendidas éstas como la última manifestación de esta trayectoria de alter ego de nuestros embajadores estadounidenses y su relación con México.

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El otro lado del espejo

Al embajador Davidow le irrita el nacionalismo defensivo mexicano de fin del siglo pasado por ser producto de la necesidad del PRI de manipular a la opinión pública, culpar a Estados Unidos de sus propias fallas e impedir el surgimiento de un nacionalismo constructivo, capaz de comprometerse con los puntos de coincidencia de cara al futuro. Y hay que reconocer que el argumento tiene peso, pero lo tendría más si el autor hubiera incluido una consideración sobre el nacionalismo agresivo que hoy domina en Washington y sus posibles consecuencias en la relación con el vecino del sur. México está hoy un poco a la deriva, su clase política está dividida y enfrascada en sus propias y mezquinas luchas; no se encuentra la solución al estancamiento económico ni, menos, hay un proyecto de futuro. En tan gris panorama, obras como la del Embajador Davidow pueden ser punto de partida para debatir y generar ideas en torno al tipo de porvenir que debemos buscar con el país que concentra más del 90 por ciento de nuestro comercio exterior y donde millones de mexicanos buscan, de manera individual y en condiciones tan difíciles como humillantes, crearse el futuro que en su propio país les fue cancelado.8

3. Normas de presentación El material del presente libro está estructurado bajo una presentación cronológica. Cada lectura va acompañada de una breve explicación de la obra, con la información biográfica más sucinta, a fin de que el lector tenga noticia de la cantera de que se tomó el trozo documental, del autor del mismo y de su valor testimonial. Se aspira con ello a fijar la atención del lector sobre los temas fundamentales que se abordan, sobre los problemas cardinales a que se enfrentan y sobre los datos más relevantes de la vida y la obra de los autores de los textos respectivos. El estudio se encuentra dividido en seis capítulos que abarcan comentarios, biografía y el contexto en los cuales se escribieron las memorias de estos enviados diplomáticos estadounidenses en México. De forma paralela, se ha realizado una selección textual de sus obras a fin de que el lector conozca de viva voz lo que pensaban, hicieron y anhelaron estos personajes. El capítulo I se centra en el primer enviado diplomático a este país, Joel Roberts Poinsett; el capítulo II presenta a John Watson Foster, el menos conocido de los seis; el III al embajador manipulador y arrogante arquetípico en nuestra historia, me refiero a Henry Lane Wilson; el IV muestra al banquero diplomático Dwight Morrow; el capítulo V al querido y admirado Josephus Daniels y; el VI y último capítulo, al embajador puente entre dos milenios Jeffrey Davidow quién vivió en México entre 1998 y 2002. Acompaña al final de estos apartados un anexo histórico de los jefes de misión de los Estados Unidos en México que abarca de 1825 a 2007. 8 Lorenzo Meyer, “Una relación…” op cit., 2003.

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4. Agradecimientos No puedo concluir sin mencionar a los colaboradores que han hecho posible este trabajo –ya que siempre he dicho que toda obra es resultado de un trabajo colectivo-, y a quienes va dirigida mi más sincera gratitud. A Carlos Malamud del Real Instituto Elcano y a José María Marín Arce, director del Departamento de Historia Contemporánea de la Facultad de Geografía e Historia de la Universidad Nacional de Educación a Distancia de Madrid. Ambas instituciones hicieron posible mi estancia de investigación en Madrid en el verano de 2004, donde expuse y redacté parte de este trabajo. Agradezco sus comentarios enriquecedores. Al Teresa Lozano Long Institute of Latin American Studies (LLILAS), en especial a Peter M. Ward, y a Bryan Roberts, este último Director del Mexican Center de la Universidad de Texas en Austin, quién me incorporó a su equipo de investigación en 2006. Durante mi estancia en Austin, gracias a la beca del programa C.B. Smith Fellowship, tuve acceso ilimitado a los acervos históricos que resguarda esta prestigiosa institución. A los comentarios precisos sobre John Watson Foster de Miguel González Quiroga. A las autoridades de la Universidad de Monterrey, de quienes recibí su apoyo entusiasta, sin el cual hubiera sido difícil culminar esta investigación. A mis alumnos de los seminarios de Historia del México Independiente y México Siglo XX, de la Universidad de Monterrey, quienes me ayudaron con su entusiasmo, comentarios y discusiones a seleccionar los textos de cada jefe de misión estadounidense en México. Al equipo que me apoyó en el proceso de traducción de los textos de Foster, Wilson, Morrow y Daniels: Ana Teresa Villarreal, Jorge Arturo Ortega Jaramillo, Norma Panzi y Nayelli Alejo. Agradezco igualmente al Comité Mexicano de Ciencias Históricas, a su Mesa Directiva 2007-2009 presidida por Verónica Zárate Toscano por acoger esta investigación en su colección editorial. A todos ellos, con afecto, nuevamente mi reconocimiento. Así pues, ellos son conmigo, copartícipes de mi noble y sincero deseo de que en estas páginas encontrará el lector uno de los objetivos de la historia: contribuir a que los jóvenes lectores tomen conciencia de la complejidad de las cuestiones históricas abordadas y de la necesidad de esquivar soluciones simplistas ante los nuevos retos del México pluricultural de hoy.

ÓSCAR FLORES

Universidad de Monterrey, 2004-2006.

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Joel Roberts Poinsett

Pintura realizada en la administraci贸n del presidente Martin Van Buren (1837-1841), durante la cual Joel Roberts Poinsett fungi贸 como Secretario de Guerra.


I. Joel Roberts Poinsett y el inicio del México independiente

Las ciudades católicas tienen cier­ta ventaja sobre las nuestras por el tamaño y esplendor de sus tem­plos y la cantidad de torres y cúpulas que las adornan. A alguna distancia, [la ciudad de] México supera cualquier otra ciudad de la América del Norte. Joel R. Poinsett


Óscar Flores Torres

Un viajero incansable Joel Roberts Poinsett nació en Charleston, Carolina del Sur, el 2 de marzo de 1779, en el seno de una familia de migrantes calvinistas franceses en segunda generación. Su abuelo Pierre y bisabuelos Pierre Poinsett y Sara Fouchereau, se establecen a fines del siglo XVI en las colonias inglesas del norte de América. El hijo de Pierre, Elisha, se traslada a Inglaterra para llevar acabo sus estudios superiores de médico y regresa graduado a Charleston casado con una mujer inglesa. Este matrimonio proceará cuatro hijos: Susan, William, Eliza y a nuestro personaje Joel R. Poinsett. Poinsett realizó sus primeros estudios en Connecticut. Entre 1796 y 1800 vive en Europa a fin de continuar sus estudios. Asiste a un plantel en Wansworth, Inglaterra, posteriormente se traslada a Edimburgo donde inicia estudios de medicina, los cuales abandona al descubir su gusto por la carrera militar. Toma clases particulares de manejo de armas. En 1800 regresa a Charleston donde su padre le aconseja el estudio de Leyes. Tras un año infructuoso de estudio, decide probar fortuna nuevamente en Europa. Viaja nuevamente entre 1801 y 1803 a Paris, Francia, a Suiza, Italia, y a las ciudades de Viena y Munich, donde conoce a Guillermo von Humboldt, hermano del sabio alemán que vivió en México en 1803, Alejandro.1 Regresa a fines de 1803 a Boston, al enterarse de la muerte de su padre. A juicio de su biógrafo Eduardo Enríque Ríos, recibe una herencia de alrededor de 100,000 dólares, que no compartirá con sus hermanos debido a que dos de ellos habían muerto, y la única sobreviviente, su hermana Susan, muere meses después debido a una grave enfermedad. En este momento inicia una nueva etapa en su vida caracterizada por su juventud, dinero, arrojo –hablaba fluidamente el francés, italiano, alemán y posteriormente el español– pero con un mal que le afectó su salud el resto de su vida: la tuberculosis. Atraído por el viejo continente, decide volver ahí en 1806. Viaja por Suecia y Finlandia y en noviembre del mismo año se exhibe en la corte del zar de todas las Rusias, Alejandro I. Presentado por la aristocracia rusa ante el zar en San Petersburgo, éste lo ve como un personaje exótico venido de la América inglesa, conversa con él e incluso le ofrece que sirva en su ejército. Convive de forma cercana con el círculo más íntimo del zar, la nobleza, la reina madre y la emperatriz. Visita las empresas rusas e incluso hace observaciones para su mejoramiento. Explica a la reina madre la necesidad de máquinas modernas en los telares rusos. Convencida y sin pérdida de tiempo los manda solicitar 1 Alejandro de Humboldt. Ensayo político sobre el Reino de la Nueva España. Estudio preliminar, cotejos, notas y anexos de Juan A. Ortega y Medina, México, Editorial Porrúa, Colección “Sepan Cuantos...”, número 39, quinta edición (primera edición en alemán en 1811 y en español en 1822), 1991.

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a los Estados Unidos. No satisfecho con su encierro en San Petersburgo, residencia del zar y de la nobleza en invierno, decide recorrer con su amigo inglés lord Royston parte del vasto imperio ruso. Se trasladan al Mar Caspio, donde encuentran una comunidad exhuberante en rasgos y cultura, cosacos, calmucos, tártaros, persas, armenios y griegos. Conoce e intiman con el Khan de Kubán, quién agasaja a ambos en exóticas fiestas. Siguiendo la ruta de la seda, sube y baja las montañas de Armenia hasta llegar al Mar Muerto. Recorre Crimea y parte de Ucrania. Llega exhausto y enfermo a Moscú. Aunque la corte rusa le manifiesta la idea que verían con buenos ojos su nombramiento como embajador de su país ante la corte de los Romanoff –comentario realizado por el conde Romazoff-, decide regresar a Prusia, donde es recibido por la familia real en Koenisberg. En 1809 regresa a Washington y se entrevista con el presidente Madison, quién está enterado de sus andanzas. El momento es propicio. Poinsett es una persona agradable, inteligente y buen conversador. Conoce a detalle las ambiciones e intereses internacionales rusos, franceses, prusianos e ingleses. De hecho, su estancia en Europa coincide con el pleno auge del emperador Napoleón Bonaparte y el diseño de su política europea, la cual, era murmuración diaria en todos los gobiernos del viejo mundo, incluyendo particularmente a Rusia. En este escenario internacional, las ambiciones estadounidenses inmediatas estaban en la América española y portuguesa, las cuales manifestaban síntomas de rebeldía e independencia. El viejo imperio español estaba amenazado y las potencias inglesas y francesas estaban al acecho. En este marco internacional es cuando Poinsett ingresa oficialmente al servicio diplomático. En conversación con el presidente Madison, acepta ser nombrado agente comercial en la ciudad de Buenos Aires, Argentina. Su objetivo es -a juicio de Guillermo Gallardo y Eduardo Enríque Ríos- conocer la actividad comercial y económica de la región, a fin de establecer acuerdos comerciales en un futuro. Poinsett se embarca en Nueva York el 15 de octubre de 1810 hacia Buenos Aires. Tras dos meses y diez días de viaje, llega a Río de Janeiro, Brasil. Posteriormente navega hacia su destino final, donde se presenta ante la Junta de Buenos Aires fingiendo ser súbdito inglés. Los representantes británicos en Brasil y Washington se enteran de lo sucedido y envían comunicados a Londres comentando la misión estadounidense de Poinsett en Buenos Aires. Uno de los comunicados publicado por Alberto María Carreño señala: “Está en la América Latina el personaje más sospechoso de Norteamérica”. Sin duda la región presenta una influencia británica considerable, por lo que Poinsett pide a Madison un cargo diplomático de más calibre. En una carta del 30 de abril de 1811, es nombrado cónsul general de los Estados Unidos en Buenos Aires, Chile y Perú. Entre sus logros está una disminución de impuestos aduanales a mercancías estadounidenses, pero no consigue que el comercio de su país se ponga en igualdad de condiciones al trato preferencial dado a Gran Bretaña. En noviembre deja el consulado a un suplente y se traslada a través de los Andes a Santiago de Chile, donde es recibido con entusiasmo por la Junta - 28 -


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de Gobierno que preside José Miguel Carrera. Participa activamente entre 1811 y 1814 en todas las labores insurgentes de la Junta, desde intensificación de cultivos hasta el diseño y construcción de fortificaciones. Sin embargo los insurgentes son derrotados por un ejército español residente en Perú, que desembarca en los puertos chilenos. La junta huye de Santiago hacia Talca y a Poinsett se le cuestiona su actividad más allá de sus atribuciones consulares. Acosado por el gobierno español y por las críticas de los representantes ingleses, regresa a Buenos Aires y de ahí se embarca en septiembre de 1814 a Nueva York. Cuando llega en mayo de 1815 a su natal Charleston, vuelve a saber del insurgente chileno José Miguel Carrera, quién se encuentra en Estados Unidos. Poinsett lo recomienda en los altos círculos gubernamentales para conseguir crédito, armas y voluntarios a fin de proseguir la revolución contra España. Carrera regresa a Chile en 1816 con nuevos bríos, armas y lidereando una expedición insurgente. Cinco años más tarde morirá al ser fusilado en Mendoza. Poinsett informa detalladamente lo que vió y vivió en Sudamérica al Departamento de Estado –cuyo encargado es John Quincy Adams– y al presidente Monroe. Estaba en proceso un tratado de límites con la Nueva España, el cual se firma finalmente en 1819. Este documento conocido como Tratado Adams–Onís por los apellidos de ambos ministros firmantes, estableció la frontera noreste de la Nueva España entre Florida y Texas. A pesar del interés mostrado por la parte estadounidense por Texas, el territorio texano quedó en el Tratado dentro de los confines del virreinato de la Nueva España. Entre 1817 y 1821, Poinsett es electo y reelecto diputado estatal por Charlestton. Posteriormente, llega a ocupar una curul en Washington el 3 de diciembre de 1821. A mediados del siguiente año, Poinsett acepta una misión propuesta por el presidente Henry Clay, que consiste en ir a la nueva nación del sur a fin de informar su situación, así como empezar a establecer relaciones con el nuevo gobierno. Esto incluía una misión secreta no escrita, la adquisición de Texas por los Estados Unidos. Poinsett llega al puerto mexicano de Veracruz el 18 de octubre de 1822 en la corbeta americana John Adams. Antes de descender de la misma, el senador norteamericano espera que su solicitud de recibimiento sea acorde con su puesto. Al enterarse Antonio López de Santa Ana de su llegada, dispone para el visitante una escolta militar para ser conducido con seguridad a la ciudad imperial de México. Igualmente, informa al emperador Agustín I, de la salida del Poinsett rumbo a México a fin de entrevistarse con él. Después de entrevistarse con Santa Ana, sale rumbo a México, vía Jalapa y Puebla. En Jalapa se sorprende por el nombre dado a la vía principal: Sangre de Cristo. Más adelante prueba el pulque, el 24 de octubre ingresa a la ciudad de Puebla y el 27 a la ciudad, sede del Imperio Mexicano. Su llegada a la ciudad imperial de México no puede ser en peor momento político. Recopila información que resalta la debilidad del Imperio, el Congreso - 29 -


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es disuelto por el emperador el 31 de octubre y visita a los diputados presos en el Convento de Santo Domingo, la antigua sede del Santo Tribunal de la Inquisición. Asiste a la instalación del nuevo Congreso Instituyente y escucha el discurso del emperador Agustín de Iturbide. Al día siguiente el 3 de noviembre, acude puntual a la cita con el emperador. Le acompañan el cónsul estadounidense Taylor y dos marinos de la corbeta en la que llegó. El emperador Agustín lo recibe solo a él y dialogan durante algunos minutos. Poinsett aprovecha para hablar sobre el asunto de los límites fronterizos entre ambos países. Aunque Agustín I no muestra gran interés, le dice que intercambie impresiones con su ministro Juan Francisco Azcárate. Tras su entrevista con Poinsett, Azcárate recuerda años después, ante al presidente Guadalupe Victoria como Poinsett trazó en un mapa desplegado, una línea fronteriza ficticia entre ambos países: “Percibí –escribió Azcárate–, que la idea era absorberse toda la provincia de Texas y parte del Reino de León […] tomarse la mayor parte de la provincia de Coahuila, la Sonora y California Baja, toda la Alta y el Nuevo México.”2 Azcárate dudó de las credenciales diplomáticas de Poinsett, así que en una segunda reunión le exigió sus papeles, ante lo cual Poinsett adujo que no venía en carácter oficial, solo era un viajero que externaba sus opiniones. Ante tal respuesta, Azcárate aclaró que el Imperio respetaría el Tratado de 1819.3 Con este comentario, quedó claro para Poinsett que esos territorios no serían cedidos por la vía diplomática. A pesar de ello, obtuvo algunos logros del gobierno imperial: la devolución de capitales norteamericanos tomados por el gobierno en la fase final de independencia; la libertad de los filibusteros que acompañaron a James Long en su incursión por Texas; e inumerables estadísticas y documentos referentes a la política, producción, comercio, población y ubicación geográfica de los mismos. Tras su reunión con Agustín I, Poinsett describe sus paseos por la ciudad imperial. Con ayuda –como el mismo dice en su Advertencia del libro– de las obras de Lorenzana,4 Alzate,5 Clavijero,6 Boturini,7 Mier,8 Robinson9 2 En Alberto María Carreño, México y los Estados Unidos de América: apuntaciones para la historia del acrecentamiento territorial de los Estados Unidos a costas de México desde la época colonial hasta nuestros días. Prólogo de Francisco Sosa, México, Imprenta Victoria, 1922, p.p. 137-141. 3 Ibid. 4 Poinsett se refiere al cardenal Francisco Antonio de Lorenzana y Butrón 1722-1804, quién escribió varias obras históricas sobre México. 5 José Antonio Alzate y Ramírez (1737-1799), quién escribió sobre Gacetas literarias, cultivo de la grana y obras hidráulicas del México virreinal, entre otros tópicos. 6 Francisco Javier Clavijero (1731-1787), su obra más importante fue Historia antigua de México (1780). 7 Poinsett se refiere a Lorenzo Boturini Benaducci (1702-1755), Idea de una Nueva Historia General de la América Septentrional (1749). 8 Servando Teresa de Mier Noriega y Guerra (1763-1827), sus obras son muy amplias y diversas. Véase aquellas que versan sobre la historia y emancipación de México. 9 William Davis Robinson, Memoirs of the Mexican Revolution: including a narrative of the expedition of General Xavier Mina, with some observations on the practicability of opening a commerce between the Pacific and Atlantic Oceans, through the Mexican Isthmus in the Province of Oaxaca, and at the Lake of […] [Memorias de la revolución mexicana: incluyendo una narrativa de la expedición de general Xavier Mina, con algunas observaciones respecto a la factibilidad de abrir un comercio

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y Humboldt,10 Poinsett recorre la ciudad de México y alrededores. Recorre la ciudad através de largos paseos, a pie, a caballo o en carruaje. Visita la Universidad, la Casa de Moneda, los mercados, los templos, el teatro, las tertulias entre otras actividades. Le causa maravilla el espectáculo que ofrece del Valle de México, su luminosidad, sus volcanes nevados, sus bosques y sus lagos. Vislumbra una población compleja donde la mayoría de la población es nativa, sobre esta comenta: Es necesario tomar medidas para educarlos y distribuir tierras entre ellos, antes de que se puedan considerar como parte de un pueblo que vive bajo un régimen de libertad.11

El 11 de noviembre de 1822 sale de la ciudad de México en un carruaje especial tirado por diez mulas. Su recorrido contempla la estancia en el Bajío, la región más productiva y poblada tal vez después del Valle de México. Visita las minas de opulentas vetas, los cultivos y realiza apuntes sobre los canales de desagüe. “En ninguna parte del mundo –escribe– la naturaleza se ha mostrado más pródiga, y en parte alguna de él goza el pueblo de tan pocas comodidades.” Del Bajío parte hacia el norte oriental, al que llega no sin grandes apuros en diciembre de 1822. Su estancia en Tampico y Pueblo Viejo le sirven para poner en orden sus notas y realizar algunas traducciones del español al inglés para el Departamento de Estado. El 23 de diciembre es notificado que la corbeta que espera ha llegado. Tan pronto se sube a ella y enfila rumbo a La Habana con dirección a Nueva York, en Veracruz, Antonio López de Santa Ana se levanta en armas en contra del imperio. En unos meses más, Agustín I sería derrocado y México se convertiría en una República Federal. Si bien ahí terminan sus Notas, Poinsett regresará a México en mayo de 1825 como el primer ministro Plenipotenciario y Enviado Extraordinario de los Estados Unidos en este país, tras triunfar su candidatura sobre la de sus oponentes Andrew Jackson, Thomas Hart Benton y Henry Wheaton. A su llegada, presentó sus credenciales ante el primer presidente de México, el general Guadalupe Victoria. Sus instrucciones eran evitar hasta donde fuera posible la influencia inglesa en los asuntos mexicanos12, buscar adeptos al sistema político republicano americano, buscar privilegios para el comercio con Estados Unidos y por supuesto adquirir territorio mexicano tan pronto entre los océanos pacíficos y atlánticos, a través del istmo mexicano en la provincia de Oaxaca, y en el lago de…]Philadelphia, Lydia R. Bailey printer [1820]. 10 Humboldt, Ensayo… op. cit, 1811. 11 Joel Roberts Poinsett, Notas sobre México (1822). Traducción de Pablo Martínez del Campo. Prólogo y notas de Eduardo Enrique Ríos, México, Editorial Jus, 1950, p. 102. 12 Sobre este asunto, el enviado inglés y buscador de perlas, R. W. H. Hardy, comenta sobre Poinsett “cuyo nombre ha aparecido tantas veces en los periódicos de México, ya sea para alabarlo o para injuriarlo”, véase su obra Travels in the Interior of Mexico, in 1825, 1826, 1827 y 1828, London, Colburn and Bentley, 1829 [Viajes por el interior de México en 1825, 1826, 1827 y 1828, México, Editorial Trillas, 1997].

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las condiciones politicas y económicas lo favorecieran. Poinsett se relacionó rapidamente con los masones del rito York y provocó fricciones con los masones del rito escoces, al cual pertenecía Lucas Alamán, los viejos españoles y los ingleses, particularmente el ministro plenipotenciario inglés Henry George Ward.13 Poinsett tenía instrucciones precisas de su gobierno de modificar la frontera México-Estados Unidos. El interés fundamental era Texas, y sus reuniones con las autoridades mexicanas a fin de lograr la cesión de este territorio fueron infructuosas. Su primer fracaso en esta línea consistió en la firma del primer tratado de Comercio entre México y Estados Unidos en 1826. Efectivamente, el Tratado se firmó pero nunca fue puesto en práctica porque el Congreso mexicano no lo ratificó. Como condición para su aprobación exigió eliminar la cláusula referente a la devolución de esclavos de Texas a los Estados Unidos e incluir una que se aceptara por ambas partes la línea fronteriza estipulada en el Tratado de 1819. Finalmente, la guerra llamada de Freedonia en Texas14 terminó por desalentar sus pretenciones y aceptar en 1828 ante la presión del gobierno mexicano, la ratificación del tratado Adams-Onís. Su actuación diplomática en México fue muy criticada y dos Legislaturas pidieron su expulsión, al grado que en un intento de defender su conducta publicó en 1827 el folleto “Exposición de la conducta política de los Estados Unidos para con las nuevas repúblicas de América”. Durante la administración de Vicente Guerrero fue solicitado su retiro, incluso el mismo presidente se lo manifestó. Joel R. Poinsett salió de la ciudad de México en enero de 1830. Su vida política no acabó ahí. En apoyo al presidente Andrew Jackson y a su conocido antiesclavismo, organizó a los elementos Unionistas en Carolina del Sur durante la conocida crisis de “Nulificación” de 1832-1833. Este último año (1833) se casó con Mary Izard Pringle. Durante la administración del presidente Martin Van Buren (1837-1841), fungió como Secretario de Guerra. En este período gestionó el movimiento coordinado de tropas a través de la red del ferrocarril con destino a la frontera india. El objetivo fue continuar el traslado de los grupos indios al oeste del Missisipi y reducir la fragmentación y dispersión de los cuerpos del ejército, a través de la concentración de sus efectivos en pocas localidades. También logró equipar a los regimientos de artillería de luces con baterías, como lo autorizaba la ley de la organización del ejército de 1821. Al terminar su cargo como Secretario de Guerra (1841), se retiró a sus plantaciones en Georgetown, Carolina del Sur. Un año antes, fue uno de los miembros fundadores del Instituto Nacional para la Promoción de la Ciencia y del Uso de las Artes (1840). Es de hacer notar que su interés por la ciencia y la 13 Henry George Ward, publica igualmente sus apreciaciones sobre su estancia en México en un libro titulado Mexico in 1827, Londres, editado por H. Colburn, 2 vols., 1828. 14 La guerra de Freedonia pretendía la separación de Texas de la República Mexicana.

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botánica lo hizo un gran observador de los procesos de producción y extracción de metales, así como de la contemplación de la naturaleza. Durante sus estancias en México recopiló numerosas piedras, piezas arqueológicas, plantas y aquello que mereciera su atención. Entre los objetos llevados a su natal Carolina del Sur destaca una planta nativa de México y que la tradición dice que la descubrió en Taxco en 1828. Me refiero a la planta llamada nochebuena y conocida en México desde la época prehispánica. Poinsett se llevó uno o varios ejemplares a sus plantaciones y ahí encontraron sitio propicio para su desarrollo en plantaciones de amigos y jardines botánicos. Conocida con el nombre científico de Euphorbia pulcherrima, es popular en los Estados Unidos bajo el nombre de “poinsettia pulcherrima”. Al final de sus días la tuberculosis volvió a debilitar su cuerpo, muriendo por esta causa en Stateburg, Carolina del Sur, el día 12 de diciembre de 1851. Sus restos descansan junto a los de su esposa en el templo metodista de la Santa Cruz en la misma localidad. Se ha hecho una selección de temas relevantes escritas por Poinsett en su libro titulado Notas sobre México (1822), traducción de Pablo Martínez del Campo y notas de Eduardo Enríque Ríos, publicado en 1950 por la Editorial Jus. Esta selección tuvo el cuidado de no sacar de su contexto sus palabras, más aún, se pretendió enriquecer con notas a pie de página, el amplio conocimiento científico y literario que subyace en sus apreciaciones.

Fuentes Joel Roberts Poinsett escribió sus memorias en México bajo el título: Notes on Mexico, made in the Autumn of 1822. Accompanied by an historical sketch of the revolution, and Translations of official reports on the present state of that country, [Notas sobre México, hecho en el otoño de 1822. Acompañado por un bosquejo histórico de la revolución, y traducciones de informes oficiales sobre el estado actual de ese país] publicado en Filadelfia en 1824; posteriormente fue reeditado en Londres por la Editorial John Miller en 1825, 138 páginas; y en 1969 bajo el mismo título en Nueva York, por la Editorial A. Praeger, en un volumen de 359 páginas. Escribió Esposición de la conducta política de los Estados-Unidos, para con las nuevas repúblicas de América (1827) y Contestación del ministro americano a la escitativa de la Legislatura del estado de México (1829). También tenemos parte de sus documentos diplomáticos publicados en 1976 intitulados, The present political state of Mexico: a previously unpublished confidential report on the political condition of México in 1822 / Prepared for the U.S. Secretary of State / Edited and introduced by L. Smith Lee [El actual estado político de México: un informe confidencial previamente inédito sobre la condición política de México en 1822/ Preparado para la Secretaría de Estado de EU/ Corregido e introducción por L. Smith Lee], impreso en Salisbury, N.C. - 33 -


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(1976). Sus Notas se tradujeron al español muy tardíamente en México en 1950 con el título de Notas sobre México (1822). Traducción de Pablo Martínez del Campo. Prólogo y notas de Eduardo Enrique Ríos, bajo el sello de la Editorial Jus, en un volumen de 510 páginas y con un mapa plegado al final del texto. Entre otros libros referentes a su labor como embajador en México están los siguientes: de William R. Manning, tenemos dos textos, el primero es un artículo intitulado “Poinsett´s Mission to Mexico: A Discussion of His Interference in International Affairs” [La misión de Poinsett en México: una discusión de su interferencia en las relaciones internacionales] (1913) y el segundo es un libro con el título Early Diplomatic Relations between the United States and Mexico [Relaciones diplomáticas tempranas entre los Estados Unidos y México] (1916); Dorothy Martha Parton, The Diplomatic Career of Joel Poinsett [La carrera diplomática de Joel Poinsett] (1934); James Fred Rippy, Joel R. Poinsett versatile American [Joel R. Poinsett versátil americano] (1935 y 1972); Francisco Javier Gaxiola, Poinsett en México, 1822-1828 notas de un libro inconcluso Prólogo de José Elguero (1935 y 1936); José Fuentes Mares, Poinsett historia de una gran intriga (1951, 1958, 1960, 1964 y 1975); George Anthony Hruneni, Palmetto Yankee the public life and times of Joel Roberts Poinsett 1824-1851, [Palmetto Yankee la vida y los tiempos públicos de Joel Roberts Poinsett 1824-1851] (1972); y sobre su estancia en sudamérica véase a Guillermo Gallardo, Joel Roberts Poinsett agente norteamericano, 1810-1814 (1984).

1. Llegada de Poinsett a Veracruz El 26 de octubre de 1821, las últimas tropas españolas, al mando del general Dávila, habían evacuado la ciudad de Veracruz y se instalaron en el castillo de San Juan de Ulúa. E1 Ayuntamiento porteño nombró inmediatamente gobernador interino de la plaza, al coronel insurgente Manuel Rincón. Por su parte, las tropas españolas nombraron al brigadier Francisco Lemaur como nuevo comandante de la fortaleza de Ulúa, el 24 de octubre de 1822. Esta es la situación con la que se encontró Poinsett a su llegada a Veracruz el 18 de octubre de 1822. El principal puerto de México se encontraba con dos gobiernos distintos, por un lado la ciudad gobernada por el nuevo gobierno mexicano y la fortaleza frente a ella, por el viejo gobierno virreinal. En su diario anotó lo siguiente. Día 18.—En la noche del 17 tocamos fondo con la sonda, en sesenta brazas de agua y el 18, al salir el sol, vimos la tierra y ¡qué magnífico era el panorama! Se

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veían claramente y se perfilaban nítidamente los contornos de las montañas abruptas que rodean al Pico de Orizaba. Las nubes que flotaban sobre las bases de la montaña y obscurecían las tierras bajas cercanas a la costa, se movían y ascendían lentamente- La cima del Pico de Orizaba, un cono simétrico recubierto de nieve, se erguía enhiestamente sobre las montañas más elevadas. Seguimos deleitándonos con este espectáculo hasta las diez, en que las nubes, al ascender, revelaron a nuestros ojos las tierras bajas. Estas son onduladas, magníficamente diversificadas con cerros y valles, ríos y bosques, y ricamente tapizadas con el profundo verdor de la lujuriosa vegetación del trópico. Nos acercamos a unas cuantas millas del Puerto, hicimos un disparo y viramos en espera del práctico; tras de aguardar en vano por algún tiempo, se envió a un oficial, en un bote, en busca de un piloto. Al bote le marcó el alto la guardia del castillo y después de detenerle un rato se le dijo al oficial que no se le podía permitir llegar hasta la ciudad, sino que se le proporcionaría un piloto para traer el buque al puerto. El oficial insistió y protestó, pero el gobernador del castillo se mostró inflexible y tuvo que regresar a bordo indignadísimo por lo que consideraba una falta de cortesía. El viento era favorable y penetramos a la bahía un poco antes de la puesta del sol. Es de muy fácil acceso. Nuestro comandante visitó primero el castillo, en donde le recibió atentamente el gobernador dándole una satisfacción por lo ocurrido, y explicando que ignoraba si éramos amigos o enemigos, pues se sabía que un agente del gobierno imperial había adquirido una corbeta y le pareció posible que el nuestro fuera ese mismo barco y el oficial y la tripulación imperialistas disfrazados. Con la mayor facilidad nos dio permiso para comunicamos con la ciudad. Es un extraño estado de cosas, pues la ciudad se halla en manos del nuevo gobierno y el castillo en poder del antiguo. Cuando los independientes tomaron Veracruz, hace como dieciocho meses, los realistas se retiraron al castillo de San Juan de Ulúa, desde donde dominan la entrada al puerto y les sería fácil cañonear la ciudad en cualquier momento. Es una fortaleza potente con una guarnición de seiscientos hombres, montada con más de diez piezas de artillería pesada y provista de víveres y municiones suficientes para sostener un sitio prolongado. De día hay comunicación constante entre la ciudad y el castillo y de noche se vigilan mutua y celosamente. El gobernador del castillo permite la entrada de buques mercantes, pero exige un derecho del ocho por ciento sobre los precios de factura del cargamento. El capitán de nuestro buque desembarcó para hacer una visita al comandante de la plaza, yo me quedé tranquilamente a bordo haciendo mis preparativos para bajar temprano al día siguiente. El capitán volvió a la noche encantado con el recibimiento que le hiciera el jefe militar Santa Anna, y trajo con él a dos caballeros americanos que se hallan aquí en viaje de negocios y que hace poco regresaron de la capital. ¡Cuántas dificultades, peligros y privaciones han encontrado, sufrido y vencido! Sin nada que comer, excepto tasajo o carne seca –sin nada que beber, excepto pulque, el jugo fermentado del agave. Ventas carentes de todo lo necesario y horriblemente sudas –las diligencias, máquinas enormes y pesadas que se descomponen a cada rato, jaladas por diez mulas–, ladrones en cada paso de las montañas, gritos y chiflidos, con gran

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consternación de los viajeros. Toda esa noche estuve escuchando seriamente un largo catálago de miserias y peligros a los que habré de enfrentarme, pues he avanzado demasiado para que tan espeluznantes relatos me disuadan de mi propósito.15

Al desembarcar en la ciudad fortificada de Veracruz los comentarios del viajero norteamericano sobre el comercio en México son inevitables. En sus notas, es necesario aclarar que Poinsett maneja varias imprecisiones como es el caso de la conducta española expropiada por Iturbide. A $1.297,200.00 ascendían los fondos de los comerciantes que Iturbide se apropió en octubre de 1822, y que formaban la conducta destinada a Veracruz, y no los “casi tres millones detenidos en Perote” de los que habla Poinsett. En la fortaleza de este nombre, sólo se detuvo como bien dice Eduardo Enrique Ríos la suma de $740,200.00 Día 19. En la mañana desembarcamos en el muelle entre una turba de espectadores odiosos y, tras de entrar por la puerta, pues la ciudad está fortificada en parte, caminamos por una calle limpia y bien pavimentada, sobre aceras de madrépora, hasta la plaza que se halla flanqueada, por un lado, por el cabildo, por el otro, por la iglesia, del tercero por una hilera de comercios al abrigo de soportales de piedra, y del –cuarto lado está abierta. A unas cuantas puertas de esta plaza está la casa del vicecónsul de los Estados Unidos, que nos recibió atenta y cortésmente. Abogado de profesión y comerciante a la vez, encontré muy inteligente y comunicativo a este criollo. De muy buena gana prometió conseguirme el medio de transportarme a Jalapa, asegurándome que podría salir sin demora. Mucho me agradó su casa que, como todas las que viera allí, está bien adaptada a un clima caluroso. Gruesas paredes de piedra excluyen el calor, y los patios (pues cada casa es una construcción cuadrangular con espacio en medio) están sombreados e imparten una sensación de frescura al interior. Los aposentos son altos, con cielos altos y puertas de comunicación; todas las casas son de dos pisos con azoteas planas. El relato que me hizo este caballero sobre la situación del comercio, es deplorable. Al entrar al puerto de Veracruz se paga el ocho por ciento sobre el valor de factura, al castillo; al llegar a la aduana de la ciudad se exige un derecho muy fuerte, de acuerdo con una tarifa que ha adoptado el nuevo gobierno. En dicho arancel se cobran determinados derechos sobre ciertos artículos; pero como se redactó a gran prisa y sin conocimiento bastante de la materia, las mercancías están mal clasificadas y no se hacen distinciones entre mercancías corrientes y finas de la misma especie. Se le impone la obligación a un funcionario de cerciorarse de que la mercancía corresponda a la manifestación presentada por el comerciante, y de tasar los artículos que causan un derecho ad valorem. Si la mercancía es llevada a la capital, se le grava con otro derecho más, o alcabala, del doce y medio por ciento ad valorem. El producto en metálico está gravado con un derecho de exportación y se trae hasta la costa con riesgo considerable, tanto a causa de los bandidos 15 Joel Roberts Poinsett, Notas…op. cit, 1950, p.p., 48-50.

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que infestan los caminos, como por la rapacidad del gobierno mismo. Una pequeña conducta de ciento cincuenta mil pesos fue asaltada y robada hace poco, asesinando a la escolta sin dejar un solo miembro de ella, y ahora se halla detenida una suma muy gruesa, casi tres millones de pesos, en el castillo de Perote, por orden del emperador, siendo probable que sea confiscada en provecho del gobierno.16

A su llegada a Veracruz, Poinsett fue recibido por el hombre que estaría omnipresente en la historia mexicana de la primera mitad del siglo XIX: Antonio López de Santa Anna. La descripción que hace de este personaje es por demás llamativa. El clima y las condiciones malsanas del puerto son narradas por nuestro personaje, no sin dejar de despreciar el nivel profesional de los médicos en estas tierras. De la casa del cónsul fuimos a hacer una visita al gobernador Santa Anna, hombre joven que a la cabeza de las fuerzas dispersas del país, logró expulsar a los realistas de la ciudad. E1 primer intento para penetrar en la plaza se hizo en una noche tempestuosa, cuando la lluvia mojó las municiones de los atacantes, que fueron rechazados. En el segundo intento los realistas abandonaron la ciudad tras de una débil resistencia y se retiraron al castillo. Santa Anna es un hombre de unos treinta años de edad, de complexión delgada pero simétrica, con una fisonomía muy inteligente y expresiva; pero es evidente que sufre de cansancio y de los efectos de un clima malsano. Se hallaba rodeado de oficiales que ostentaban, como él mismo, las insignias de las nuevas órdenes imperiales. La acogida que se nos brindó fue cortés y cordial y cuando nos pusimos de pie para retiramos insistió en que regresáramos a cenar con él. Una cena ceremoniosa española es para mí la más odiosa de todas las cosas y traté de excusarme alegando mi prisa extremada para emprender la partida. Me aseguró que seria imposible empezar el viaje sino hasta avanzada la tarde, ya que na podría estar lista la escolta antes, y me vi obligado a someterme al retardo y a la molestia de ir escoltado, cosas contra las cuales protesté en vano. Todos estuvieron de acuerdo en calificar de inseguros los caminos, de modo que vamos a viajar con la dignidad que confiere el peligro. Debo confesar, sin embargo, que le tengo mucho más miedo al clima; no solamente son peligrosos y poco decorosos el vómito negro y las fiebres biliosas, sino que prefiero caer en manos de los bandidos que dar en las de un médico mexicano.17

La descripción del puerto Veracruz hecha por Poinsett es por demás gráfica de un ambiente nada propicio para vivir. El ministro norteamericano comenta: Al salir de la casa del gobernador nos paseamos por la población. Está compactamente y muy bien construida; es tan extremadamente limpia y pulcra que, del examen interior de Veracruz únicamente, sería difícil explicar 16 Joel Roberts Poinsett, Notas…op. cit, 1950, p.p., 50-52. 17 Joel Roberts Poinsett, Notas…op. cit, 1950, p.p., 52-53.

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las causas de las enfermedades pestilentes que le han dado triste renombre. La ciudad está rodeada de médanos y charcos de aguas estancadas, lo que en el trópico es causa suficiente para engendrar el vómito negro y la fiebre biliosa. Los habitantes y los acostumbrados al clima no están expuestos a la primera de dichas enfermedades; pero todos los forasteros, aun los de La Habana e islas de las Indias Occidentales, están sujetos a este contagio. Ninguna precaución ampara a los extraños contra esta fatal dolencia y han fallecido en Jalapa muchos que sólo pasaron por esta ciudad de Veracruz. Humboldt cita casos de personas que, habiendo desembarcado al llegar, dejaron el bote que los llevó a la playa, abordaron una litera para trasladarse rápidamente a Jalapa, y, a pesar de todo, fueron atacadas por la fiebre amarilla y murieron de vómito negro. Los médicos españoles consideran este lugar como la fuente primitiva de esta enfermedad y pretenden buscar en Veracruz el origen de la fiebre amarilla de La Habana, de las Antillas, de los Estados Unidos y de España. No obstante la apariencia de limpieza de las calles, observé zopilotes y otras especies de buitres que volaban sobre la población posándose en las azoteas, indicación segura de la presencia de materias corrompidas y putrefacción animal. Es muy bochornoso el tiempo, por lo que se teme un viento fuerte del norte. Son tan temidos los “nortes” por los navegantes de estos mares, que Humboldt dice: “Por otra parte, no coinciden las épocas en que reina en Veracruz el vómito prieto y las tempestades del norte; y así, tanto el europeo que llega a México como el mexicano que se ve precisado por sus negocios a embarcarse o a bajar desde la meseta de Nueva España hacia las costas, pueden escoger entre el peligro de la navegacion y el de una enfermedad mortal”. El puerto de Veracruz es muy inseguro. No sólo se halla abierto a los vientos de este cuadrante, sino que el fondeadero es tan malo, que no se considera segura ninguna embarcación a menos que sea amarrada a los anillos fijados para este fin en los muros del castillo. Se reunió un grupo nutrido de oficiales para cenar con nosotros, se nos distribuyó en debida forma y, como es usual en estos paises, nos sentaron a la cabeza de la mesa, tomando asiento el gobernador inmediatamente al lado. La cena se compuso de una profusión de platos que se sirvieron uno tras otro, dilatada y tediosamente. Sentimos placer cuando se dio la señal de levantamos de la mesa para trasladarnos a ver un retrato de Iturbide, en el cabildo. Tengo muchos deseos de conocer a un hombre de quien he oído hablar tanto; pero por este pintarrajo no me puedo imaginar su fisonomía. Sus actos lo revelan como individuo extraordinario; pero por el papel que desempeñó antes de la última venturosa revolución y por su repentino ascenso al trono, me temo que sea extraordinariamente malo. En seguida subimos a la azotea, desde donde pudimos contemplar el espectáculo del puerto. Mientras el resto de la comitiva se divertía espiando a las damas sobre las otras azoteas y en los miradores, muchos de los cuales se alzan desde las casas para facilitar una vista más extensa del océano, el gobernador me llevó aparte para hablarme de sus planes de conquista del castillo. Se proponía bloquearlo por agua, construir una batería en cada

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extremidad del puerto para impedir el paso a las embarcaciones y disponer quién sabe cuántos morteros detrás de la ciudad para arrojar obuses sobre el fuerte. Las baterías de morteros estarían protegidas por las casas de las ciudad, las que, por ser en su mayor parte propiedad de españoles europeos, supone que no será blanco de los fuegos del castillo. Yo esquivé expresar opinión alguna, porque estoy seguro de que este plan de ataque no tendrá éxito. El castillo es muy fuerte; en el invierno, a causa de los violentos, frecuentes y tremendos ventarrones, no será posible establecer el bloqueo de la entrada; se podrían destruir las baterías a voluntad del comandante del castillo y no es probable que el respeto a las propiedades de sus compatriotas, lo lleve hasta sacrificar la seguridad del puesto de que está encargado.18

2. Salida de Veracruz con destino a la ciudad imperial de México Al despedirse del gobernador Antonio López de Santa Anna, el enviado estadounidense inicia el viaje hacia la ciudad de México vía Jalapa. Como buen observador, describe a detalle todo aquello que le llama la atención, transporte, caminos, peones, geografía, entre otras cosas. Son de destacar los comentarios sobre las posiciones militares y sus posibilidades de abastecimiento y resistencia así como las construcciones rurales en pendientes con gran ingenio. Estas últimas son comparadas con su estancia en Chile. Sobre el que sería el primer presidente de México, el general Guadalupe Victoria, Poinsett comentó que en noviembre de 1821 había sido hecho prisionero por conspirar en favor del establecimiento de un gobierno republicano. Meses más tarde lograría fugarse del cuartel en que estaba detenido, salir de la ciudad de Mexico y ocultarse cerca de Veracruz en la hacienda de don Francisco Arillaga, la que abandonó en diciembre de l822, para unirse con Antonio López de Santa Anna en la revolución que este había iniciado contra Iturbide. Note el lector también la descripción de la hacienda El Encero, propiedad en su momento del gobernador de Veracruz. Un poco antes de la caída del sol me dijeron que todo estaba listo para la partida y bajé al patio, en donde hallé una escolta de seis dragones con buenas cabalgaduras, una mula de albarda cargada con mi equipaje y un coche algo parecido a un cabriolet francés, tirado por tres mulas y conducido por un postillón. A este vehículo le dicen “volanta”; la caja está suspendida de correas de cuero retorcidas y en conjunto su apariencia es ruinosa, como amenazando desbaratarse.

18 Joel Roberts Poinsett, Notas…op. cit, 1950, p.p., 53-55.

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Nos despedimos del gobernador; dimos sinceros apretones de manos a los oficiales del barco, por quienes siento cordial simpatía, y partimos al galope. Este paso sólo duró hasta que franqueamos las puertas de la ciudad, entonces se amainó y seguimos al trote, para después caminar a paso lento y tras de recorrer unas cuatro millas nos detuvimos. El camino atraviesa por hondos arenales y nuestras bestias se rehusan a ascender una colina moderada. A fuerza de gritos, latigazos y empujones los hicimos subir hasta la cima, llegando sin más incidentes a Santa Fe, grupo de jacales situado a unas tres leguas de Veracruz, en donde terminan los médanos. En linea recta desde la costa, la llanura arenosa no se extiende más de tres millas; pero el camino a Jalapa contorna la playa en dirección al sur hasta Santa Fe, para después desviarse gradualmente hacia el oeste. Habíamos estado dos horas y media en camino. Aquí mudamos nuestras mulas cansadas y aquí debimos haber cambiado de escolta también; pero tras de esperar algún tiempo nos dio una satisfacción el comandante del puesto por el retardo, que era inevitable, ya que todos los caballos andaban en el potrero. No nos sentimos dispuestos a esperar dos o tres horas, asi es que después de consultar a nuestro cochero acerca del estado del camino, resolvimos seguir hasta la próxima posta y revisando nuestras armas nos pusimos en marcha nuevamente. No podíamos ver muy claramente pero la comarca parecía estéril, con sólo una vegetación escasa de mimosas. El rocío caía como lluvia y mojó nuestra ropa aunque estábamos al abrigo. El camino era tan accidentado que no había peligro de quedarnos dormidos, cosa que considero perjudicial cuando se halla uno expuesto al aire nocturno de este clima pestilente; no asi mi criado que no carecía de firmeza para resistir la inclinación y se quedó dormido encima de su caballo, el que al extrañar las espuelas y los latigazos acostumbrados, se quedó parado. Llegamos a Paso de Ovejas a las cuatro de la mañana y después de esperar un rato enviamos a uno de nuestros hombres para que viera lo que había sucedido, regresando juntos al amanecer, lo que alivió nuestra intranquilidad por la suerte del primero, ya que el cochero había expresado graves temores por su seguridad. Mientras tanto nos habíamos tirado sobre unas bancas, debajo de un cobertizo, y dormimos profundamente no obstante nuestros temores, lo duro del lecho y los enjambres de moscos que se dieron un banquete a nuestras expensas. Día 20,–Nuestros arrieros empezaron los preparativos para la salida al amanecer y, con esa lentitud que les caracteriza, procedieron a dar de comer a sus mulas y arreglar la carga de las acémilas y el carruaje, de modo que no estuvimos listos para salir sino hasta las ocho. Este retardo nos dio tiempo para entrar a un tendajón donde tomamos chocolate y para examinar la hacienda de Paso de Ovejas que es una finca azucarera. La casa principal es de cantera y está a medio terminar, pues se empezó a levantar conforme a un plan muy extenso, antes de la revolución, y este acontecimiento motivó la suspensión de las obras. Estas ruinas están rodeadas de los bohíos19 de los campesinos y por construcciones provisionales de madera para la maquinaria 19 Nombre dado a cabañas, chozas o barracas.

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y almacenes. Las tierras parecen ser muy ricas y productivas, en ellas se habia sembrado maíz, frijol y caña de azúcar. Precisamente cuando emprendíamos la marcha llegaron un oficial y varios soldados que habian venido galopando tras de nosotros toda la noche, insistimos en que se detuvieran para que tomaran un refrigerio y convinimos en esperarlos en Plan del Río, la posta en donde nos proponíamos cenar. Durante dos horas nos zangolotearon por encima de algo que no era camino sino un lecho de rocas, con extensiones miseras de áridas campiñas recubiertas de chaparras mimosas a cada lado. A una distancia de dos leguas del Paso de Ovejas el camino baja, serpenteándola, por una colina escarpada, hasta las márgenes del Rio de la Antigua, el cual atraviesa por medio de un magnifico puente de arcos de piedra, que antes se llamaba Puente del Rey y ahora Puente Nacional y al que conduce una amplia y bien construida calzada. El puente está construido precisamente abajo de la confluencia de dos hermosas corrientes de agua que caen velozmente por encima de las rocas y se hallan separadas por un promontorio elevado y abrupto. Nos detuvimos para deleitamos con este paisaje, el primero que encontramos desde que desembarcamos, que posee algo de bello y de pintoresco. Las riberas del río son escarpadas y rocosas pero adornadas con profusión de arbustos cuajados de flores, que se abren paso a través de las hendiduras de las rocas. El promontorio que marca la confluencia de estos dos ríos fue ocupado una vez por las fuerzas al mando de don Guadalupe Victoria. Como posición militar es muy defectuosa pues es fácil cortarle el acceso a la leña, al agua y a los abastecimientos, y se vio obligado a abandonarla cuando se acercaron los realistas. Frente al puente, de cada lado del camino, hay un pueblo de pequeñas chozas, pues no merecen que se les llame de otro modo. Estas casuchas se construyen clavando pequeñas estacas en el suelo, tan juntas como sea posible. Se amarran con dos tiras de caña o listones que se colocan horizontalmente, una a cuatro pies arriba del suelo y la otra hasta arriba, junto al techo. La construcción de esta parte del bohío es algo difícil de describir. El armazón se liga con largos otates y cañas y pequeños palos; la forma que toma depende de la longitud y calidad de estos materiales. Se ingenian para darle una pendiente muy marcada y bardan el techo con hojas de palma que vierten el agua en forma muy notable. A menudo, en Chile, he visto brillar la luz a través de un techo de hojas de palma cuando caía la lluvia a torrentes, sin observar jamás la más pequeña gotera en el techo. Era un día domingo y al pasar por el pueblo vimos a sus moradores, tosca pero limpiamente vestidos de ropa blanca, sentados frente a las puertas de sus casas, que barren con sumo cuidado y que están sombreadas por enrejados cubiertos de plantas trepadoras. A poca distanda del camino hay una iglesita, construida con la sencillez de las chozas del pueblo, y en frente de ella, debajo de un árbol grande, se había formado un grupo de ancianos que conversaban. El conjunto presentaba un escena muy agradable y nos apeamos de nuestra volanta, demorándonos un rato, para gozar de ella. Al dejar atrás el pueblo nos encontramos sobre una calzada artificial cubierta con un cemento fuerte a base de cal, que se halla todavía en perfecto estado de conservación allí donde es plana la región. Este camino, construido

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a costa de mucho trabajo y dinero, no está trazado muy acertadamente; pasa por encima de colinas que debería haber rodeado y donde hay alguna elevación el ángulo es tan agudo que hasta se deslava, en algunos lugares, la fuerte capa de cemento, quedando casi intransitable el camino por las profundas zanjas excavadas por las fuertes lluvias que caen en el verano y corren por las laderas de los cerros en forma de verdaderos torrentes. El paisaje a ambos lados del camino se hallaba obstruido por densos bosques de mimosas que ostentaban, además de sus propias flores, una variedad infinita de plantas parásitas de colores varios y brillantes y entrelazados por distintas especies de convólvulos y otras lianas trepadoras, en flor todas ellas. A la una llegamos a Plan del Río, pueblo considerable, en donde escribo ahora, mientras mis compañeros duermen la siesta. A la entrada de este pueblo, que se compone de bohíos parecidos a los de Puente del Rey, pasamos por una calzada empedrada y sobre un hermoso puente con arcos de piedra labrada, que salva una corriente ancha y rápida pero muy poco honda, y nos detuvimos a contemplar la rica y lujuriosa vegetación que cubre las márgenes del rio, que son escarpadas y accidentadas. Nos dirigimos a la casa más considerable del pueblo, en donde nos recibió bondadosamente una mestiza limpia, y arreglada que prometió preparamos la comida en un momento. Este bohío consta de tres aposentos, uno para cocina y dos para comedor y dormitorio, supongo, ya que están provistos de vallas de otate colocadas sobre postes enterrados en el piso de tierra y de una mesa y de una banca de pino. Para enterarme de la economía de la casa, seguí a la mujer a la cocina y estuve atento a la preparación de nuestra comida. En el brasero, que lo formaba un cañizo de otate sostenido por cuatro palos, y recubierto todo él por una capa de arcilla, encendió la mujer lumbre de carbón y cocinó los alimentos en ollas y cacerolas de barro, el cual resiste maravillosamente la acción del fuego. Rápidamente recalentó una gallina que habíamos traído, y nos la sirvió con una salsa picante de tomate y chile. Me interrumpió un viajero que venía en camino desde la capital a Veracruz, y me estuvo hablando de la conducta tiránica del emperador, el cual, según mi informante, es un déspota tan empedernido como si hubiese heredado la corona y tuviera derecho legitimo para oprimir a sus súbditos. Al abandonamos para seguir su viaje, el joven teniente que nos había alcanzado en este sitio, me dijo con aire de misterio que creía verdad todo lo que se decía de Iturbide y que el descontento en la provincia de Veracruz era muy general. Nos aseguró que don Guadalupe Victoria, el célebre caudillo revolucionario, estaba oculto en las montañas, no lejos del lugar en donde nos encontrábamos en esos momentos, pues se había visto obligado a huir de México para sustraerse a las persecuciones del usurpador. Me aseguró que la mayor parte de los oficiales de su regimiento eran republicanos y que lo único que les impedía pronunciarse en contra del Emperador, era su coronel, Santa Anna, que ejercía gran influencia sobre la tropa. Las gentes aquí ostentaban el mismo aspecto de limpieza y felicidad que había notado entre los moradores del pueblo de Puente del Rey. Hasta ahora no he visto ni mendigos ni signos de indigencia. Los habitantes exhiben

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todos los matices de color, desde el blanco hasta el negro; pero he visto muy pocos de los primeros desde que salí de Veracruz y ninguno de los segundos. Subimos a nuestra volanta a las cinco y durante dos horas atravesamos por una comarca montuosa y estéril. Antes de salir de Plan del Río las nubes, al acumularse, anunciaban la tempestad y al anochecer estalló con lluvia y viento furiosos, en medio de una obscuridad tan completa que nuestros arrieros se extraviaron y estaban completamente desorientados. Se apearon y tras de andar a tientas por algún tiempo, volvieron y echaron el frágil vehículo por encima de una zanja honda hasta el camino real. Esta sacudida resultó ser demasiado fuerte para las correas de que estaba colgado el coche; se partieron y abajo nos venimos. Cuando logré apaciguar a los arrieros que se inculpaban mutuamente, mostrándose dispuestos a dirimir la contienda allí mismo, compusimos las correas y volvimos a poner la carrocería en su sitio. Nuevamente emprendimos la marcha, sólo para descaminarnos otra vez. Ahora si estaban asustados los arrieros y dejaron de lanzar maldiciones para ponerse a rezar, hasta querían detenerse allí; esto yo no lo consentí y después de un rato encontramos el camino y llegamos, dando tumbos, hasta el pueblo de Encero, a las diez, recorriendo algo menos de seis leguas desde Plan del Río. Nos detuvimos en la primera choza, acogiéndonos la buena mujer de la casa que se levantó para hacernos pasar, muy atentamente, al único aposento de la mansión. Mientras descargaban el equipaje revisé la pieza. De un lado estaba acostado un viajero sobre una enramada de otates; del otro un niño dormía sobre el suelo; el lecho de nuestra huéspeda ocupaba el lado frente a la puerta. Insistió en que nos posesionáramos de él y después de examinar nuestros colchones y encontrar que estaban empapados, resignadamente aceptamos su oferta. Las tiras que rodeaban la cama y sostenían una cortina andrajosa para ocultar a la dama de las miradas de sus huéspedes y protegerla contra el viento que se colaba a través de innumerables rendijas, servía también como colgadera de tasajo. Este es carne de res cortada en luengas tiras y secada al sol; mientras se está curando no hay que exponerla ni a la lluvia ni al rocío y siempre se recoge de noche. Del armazón del catre y de todas las vigas colgaba este manjar a guisa de festones. Día 21.–Comimos nuestras provisiones frías y nos tendimos sobre la cama de la patrona, que no resultó ser un lecho de rosas. Sólo se componía de pedazos de caña dispuestos longitudinalmente y cubiertos con un cobertor; esto lo hubiéramos podido soportar y aun el olor de la carne cruda, pero nos visitaron enjambres tan nutridos de pulgas, zancudos y moscos, que nos alegramos al ver la luz del alba que irradiaba a través del cercado de otates que constituía las paredes del bohío. Es imposible, sin haberlo experimentado, formarse una idea del tormento que implican las sabandijas que se arrastran, brincan y vuelan, en este país. Las chinches y otras cosas peores, sin hablar de las pulgas, zancudos y moscos que pican de noche, y los rodadores y jejenes que lo hacen de día. El jején es un diminuto insecto alado que hace sangrar la cara o las manos tan luego como se posa en ellas, tan diestramente, que la primera noticia que tiene uno del pinchazo es una pequeña pústula sangrienta que

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sigue visible durante varios días, a la vez que la región adyacente se pone hinchada y dolorosa. Mientras se aderezaba nuestro chocolate, nos fuimos a la venta o posada del Encero. Es un edificio bastante amplio y puede haber sido una posada cómoda, pero durante la guerra revolucionaria los patriotas la convirtieron en fortaleza y parece haber sufrido un sitio, pues se encuentra en ruinas. Desde sus muros hay un hermoso panorama del nevado Pico de Orizaba. A las ocho salimos y durante hora y media viajamos sobre el más áspero de los caminos, en ascenso continuo. Delante de nosotros veíamos el Cofre de Perote, montaña escarpada y escabrosa que remata en una roca desnuda cuya forma se asemeja algo a un cofre. A nuestra izquierda se erguía el Pico de Orizaba, cono simétrico de blanco deslumbrador que se levanta a grande altura sobre los obscuros cerros que rodean su base. El Cofre se encuentra a siete mil setecientos diecinueve pies sobre el nivel del mar. El viento del sur soplaba con mucha violencia y pronto nos vimos obligados a ponemos nuestros abrigos, no obstante la lluvia de la noche anterior, nos molestó mucho el polvo. Después de un ascenso de dos horas nos encontramos en una calzada empedrada y pasando por una fértil campiña en donde el cultivo principal era el del maíz, que en altura y tamaño no desmerecía del que se da en Kentucky e Indiana.20

3. Llegada a Jalapa A la llegada a Jalapa, Poinsett nos narra su ingreso a la ciudad “penetramos a la ciudad por la calle de la Pura Sangre de Cristo. A nuestros oídos protestantes suenan algo impíos tales nombres, pero esto no sucede en los países católicos.” En las siguientes lineas las referencias al barón Humboldt son obligadas. De igual forma, el convento franciscano de Xalapa, que tuvo la advocación de la Natividad de Nuestro Señor, no fue construido por Hernán Cortes como lo dice Poinsett. Como bien dice Eduardo Enríque Ríos, lo erigieron religiosos de la Provincia del Santo Evangelio, por el año 1536. En 1541 un terremoto lo dejó inservible y concluyó su reedificación en 1556. Fue demolido posteriormente en 1886, para construir el Parque Juárez. Por otra parte, Poinsett es presentado en la alta sociedad culta de Jalapa, donde encuentra la diferenciación de sexos en una fiesta y el juego de cartas que tanto detestaron los anglosajones protestantes del siglo XIX. Divisamos la ciudad de Jalapa cuya situación es hermosa y cuyos blancos muros y torres contrastaban con el profundo verdor de los cerros adyacentes y se destacaban fuertemente contra el fondo de las elevadas, oscuras y escarpadas montañas que se yerguen detrás de la población. Por algún tiempo 20 Joel Roberts Poinsett, Notas… op. cit, 1950, p.p. 57-65.

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nos deleitamos con este paisaje y penetramos a la ciudad por la calle de la “Pura Sangre de Cristo”. A nuestros oídos protestantes suenan algo impíos tales nombres, pero esto no sucede en los países católicos. Fuimos directamente a la fonda principal cercana al mercado, pero al examinar los aposentos vacantes encontramos que eran tan extremadamente pequeños, sucios y mal ventilados que la dejamos y nos fuimos en busca de otros alojamientos. Tras de solicitarlos dos o tres veces, sin éxito, nos instalamos en la “Gran Sociedad”, en donde solamente se alquilan cuartos a los viajeros que tienen que buscar sus alimentos en otra parte. A esta casa nos llevó un oficial enviado por el capitán general, para conducimos después al cuartel de éste. Por fuera se veía bastante bien, pero las piezas estaban tan sucias que el individuo que las limpió primero tuvo que emplear una pala antes de manejar la escoba. A fuerza de soborno nos hicimos de dos sillas y una mesa y pedimos prestados dos catres de campaña en la posada contigua. Ya provistos de estos artículos de lujo y después de una rápida toilette, salimos a visitar al capitán general Echávarri.21 Me agradó mucho como se nos recibió; la acogida fue franca y cordial, sin ninguno de esos ofrecimientos insinceros a que son tan afectos los españoles. Cuando nos íbamos a despedir nos dijo que aunque su mesa no era de Epicuro,22 la hallaríamos mejor que la comida de la posada y nos rogó que nos quedáramos a cenar con él. Aceptamos su hospitalidad con la misma franqueza con que nos la brindó. Su alojamiento se encontraba frente al convento de San Francisco, construido por Hernán Cortés, con toda la fuerza y solidez de una fortaleza, como es el caso con casi todas las iglesias y conventos construidos en aquella época. Fuimos al convento en donde permanecimos hasta que nos llamaron para cenar, gozando de la vista tan fielmente descrita por el Barón de Humboldt “En este convento se goza de una vista magnífica, descubriéndose desde él los picos colosales del Cofre y de Orizaba, la falda de la cordillera hacia el Encero, Otates y Apazapa, el rio de la Antigua y el Océano”. Al hablar de los alrededores de esta población, dice el mismo autor: Los espesos bosques de styrax, piper, melástomos y helechos arborescentes, particularmente el que atraviesa el camino de Pacho y de San Andrés, las orillas del pequeño lago de los Berrios y las alturas que conducen al pueblo de Huastepec, ofrecen paseos muy agradables.

Jalapa está situada al pie de la montaña basáltica del Macuiltepec. Los cerros cercanos son escarpados y pintorescos, el valle es del verde más profundo y podíamos divisar los helechos arborescentes en las tierras bajas y sombreadas, tan altos como palmas; el panorama abarcaba el Cofre de Perote, la Cordillera que cierra el valle y el Pico de Orizaba, ese hermoso y elevado cono cubierto de nieves perpetuas de blancura resplandeciente. 21 Se refiere al general José Antonio de Echavárri. 22 Echavárri se refiere al famoso filósofo griego de ese nombre y que vivió entre 341270 a.c. Enseñaba que el placer es el fin supremo del hombre, y que todos nuestros esfuerzos deben tender a conseguirlo. El placer, sin embargo, no consistía en los goces materiales sino en el cultivo del espíritu y la práctica de la virtud.

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En la mesa nos encontramos a un numeroso estado mayor, ya que Echávarri es capitán general de las Provincias de Puebla, Oaxaca y Veracruz. También había presentes dos americanos agregados al séquito del general, uno como médico y el otro como ingeniero soi-disant. Yo quisiera, muy sinceramente que nuestros paisanos fueran un poco menos afectos a las “aventuras”, o bien que se habilitaran para ocupar los puestos a que aspiran en otros países, antes de salir del propio. Ciertamente que tienen mayor facilidad que ningún otro pueblo para emprender cualquier género de actividad, pero deberían darse cuenta de que hay ciencias que sí exigen alguna instrucción y conocimientos previos para poderlas comprender y ejercer. Después de cenar dimos un paseo por la población, que no es ni tan limpia ni tan bien construida como Veracruz, pero cuya situación es encantadora y gozamos con tanta mayor satisfacción de sus bellezas cuanto sentimos la seguridad de hallarnos en una región salubre. Toda la comarca abajo del Encero es extremadamente enfermiza. Allí vimos encinos por primera vez, y toda la faz de la naturaleza sufrió un cambio unas cuantas millas antes de que llegáramos a Jalapa. Con algunos trabajos he podido alquilar una litera con sus mulas, para nuestro viaje de mañana, no porque escaseen o sea difícil conseguirlas, sino porque la rapidez de mis movimientos asombra a los apáticos criollos, seguramente que a mi me seria igual que estuvieran listas en tres o cuatro días –seria imposible traerlas antes de los potreros–, que no hay modo de inducir a los arrieros a salir con tal anticipación, etc., etc. La amenaza de comprar las mulas para la expedición venció todas estas imposibilidades y el arriero y dueño de los animales prometió tenerlo todo listo para las diez de la mañana del día siguiente. Una vez arreglado este importante negocio, por la noche regresamos a la casa del capitán general, en donde nos deleitó una magnífica banda militar. Se asomaron muchas damas a los balcones de las casas vecinas y a la banda la rodeaba una multitud de gente de todas clases. La escena se iluminó con antorchas y el efecto era verdaderamente sorprendente debido a la diversidad de vestidos y de colores de los espectadores. Los vecinos de Veracruz acuden a este lugar en el verano para sustraerse al calor, a los insectos y a las enfermedades de las tierras calientes, y en estos momentos se encuentra aquí casi todo el elemento femenino de Veracruz, para evitar los peligros que pudiere implicar el sitio del castillo. Se dice que la sociedad jalapeña es culta y que sus habitantes se distinguen por su gran cortesía y hospitalidad hacia los forasteros. Uno de los oficiales nos convidó a asistir a una tertulia, a lo que asentimos de buena gana. Nos llevaron a una casa en donde había reunidas algunas señoras que tocaban la guitarra y cantaban agradablemente. Me sorprendió no ver a ningún caballero en la sala, pero no permanecí mucho tiempo en la incertidumbre en cuanto al motivo de esta división en la fiesta, pues tras de una conversación en voz baja entre el oficial y la señora de la casa, ésta ordenó a un criado que nos condujera a otra pieza. Con algún misterio nos llevaron por un patio y por un corredor angosto hasta un pequeño salón de juego, con aspecto de caverna, en donde nos encontramos a un grupo numeroso de hombres

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dedicados a tentar a la diosa fortuna en un juego llamado monte. Como sabéis, yo jamás toco una carta, por lo que me es imposible describir el modo en que se ganaban y perdían grandes cantidades de dinero. No hay manifestación de las humanas pasiones que más me repugne que el juego, por lo que muy pronto me retiré para escribir en mi diario. Día 22.–Nos fuimos a pie a almorzar a la posada cercana. Allí había muchas personas sentadas en mesas separadas, no mustiamente silenciosas como en un café inglés, sino platicando alegre y ruidosamente unas con otras. Pronto se nos puso delante un amplio almuerzo, compuesto de cordero asado, un guisado a la usanza del país, una gallina con cebolla, tomate y chile; a este sustancioso manjar se agregó una botella de vino catalán, el cual, para mi gusto, es el más abominable de todos los vinos, ya que es dulce, astringente y nauseabundo. Lo que me divirtió fueron los modales excesivamente despreocupados de los criados de la posada. Uno de ellos, al no poder llegar con la mano hasta el lado opuesto de la mesa/se arrodilló sobre la banca junto a donde yo estaba sentado, y recogió el mantel (que por lo visto se cambia semi-anualmente) chiflando una alegre tonada tan alto como podía, todo el tiempo.23

4. De Jalapa a la ciudad imperial de México Poinsett prosigue su camino hacia la ciudad de México, pasa y describe con admiración a Cholula, los volcanes de Puebla, Rio Frío y el ingreso a la capital. Durante su recorrido queda admirado de la red urbana del valle de México a la cual comenta que: “Las ciudades católicas tienen cierta ventaja sobre las nuestras por el tamaño y esplendor de sus templos y la cantidad de torres y cúpulas que las adornan. A alguna distancia, México supera cualquier otra ciudad de la América del Norte.” En efecto, su admiración es tal que vuelve con este comentario al describir el emplazamiento prehispánico de Cholula, el cual es uno de los complejos ceremoniales más grandes del mundo, en cuanto a su base única interconectada. Antes de la llegada y conquista española, mesoamérica era un complejo de civilizaciones sin precedentes en muchos aspectos respecto al viejo continente. Notese los comentarios de los canales navegables ya perdidos, descritos con destreza por nuestro viajero Día 26.–Salimos a las seis de la mañana, y al dejar atrás la ciudad entramos en una fértil llanura, cultivada en parte con trigo, centeno, cebada, patatas y magueyes, y en parte dividida en potreros en donde los pastos finos llegaban hasta las rodillas del ganado. Al norte del camino se veía la Cordillera de la 23 Joel Roberts Poinsett, Notas… op. cit, 1950, p.p. 65-69

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Malinche, de rocas escarpadas y estériles, cuyas cimas más elevadas estaban ligeramente guarnecidas de nieve que había caído durante la noche. Al sur se destacaban los volcanes de Puebla, los cuales después de descomponer en hermosos matices los rayos del sol naciente, conservaban su blancura deslumbrante al erguirse por encima de una cadena de obscuras montañas que se extienden a lo largo de su base. Cerca de estas montañas se halla Cholula y hacia ella nos dirigimos, dejando a la derecha el camino real a México. A cierta distancia, este teocalli se asemeja a un cerro cónico natural y boscoso coronado con una iglesita. Al acercarnos pudimos distinguir, en su forma, la pirámide y los cuatro pisos con que está labrada, aunque recubierta de arbustos y de cipreses silvestres. Su altura, según el Barón de Humboldt, no es más que ciento sesenta y dos pies, mientras que cada lado de su base mide mil trescientos un pies. Se sube a la plataforma por una escalera de ciento veinte gradas. La pirámide está construida de adobe y arcilla en capas alternadas, y contiene cavidades destinadas a sepulturas […]. Al trazar el camino que recorríamos, de México a Puebla, se hizo un corte a través del primer piso o nivel y se descubrió una cavidad cuadrada en el interior de la pirámide, toda de piedra y sostenida por vigas de ciprés. En este hueco, que carecía de salida, fueron hallados dos esqueletos, algunos ídolos de basalto y unas jarras curiosamente pintadas y barnizadas. Nos apeamos y ascendimos por una escalinata con gradas de piedra hasta la plataforma, cuya superficie es de unas tres mil quinientas yardas cuadradas, en donde se levanta una capillita enmarcada por un bosquecillo de cipreses siempre verdes. Se estaban haciendo unas adiciones al costado Este del templo. Sobre esta pirámide hay una cruz de piedra que según la inscripción que lleva, data de 1666. La vista desde la cima es extensa y magnífica; pudimos ver el Popocatépetl, el Ixtaccíhuatl y el Pico de Orizaba recubiertos los tres de nieves perpetuas, asi como la Malinche o Sierra de Tlaxcala, que surge de una fértil llanura. Abajo de nosotros estaba la ciudad de Cholula, tan nombrada por Hernán Cortés y comparada por él, en sus cartas a Carlos V, con las ciudades más populosas de España. En la actualidad parece sólo un pueblo con apenas más de cinco o seis mil habitantes, pero rodeado de campos de maíz y de agave, simétricamente dispuestos, y de huertas primorosamente cultivadas. En México abundan estas pirámides truncas (teocallis), suponiéndose que fueron obra de los toltecas; todas ellas colocadas de modo de ser visibles desde una distancia considerable. Esa gente erigía sus altares en sitios elevados y sus sacrificios los ofrecían a la vista de todos. El Barón de Humboldt pasó bastantes días aqui dedicado a hacer observaciones astronómicas; os remito a sus investigaciones para la descripción de los teocallis de México. Cuando consulto las obras de este hombre extraordinario me siento inclinado a abandonar mi diario. Ha visto más de este país y lo ha descrito mejor de lo que pueda esperar a hacerlo ningún otro, y no ha dejado casi nada para el viajero del futuro, que no sea el relato de sus propias aventuras y la narración de sus propias sensaciones e impresiones […]. Dejamos este lugar con el sentimiento de vernos obligados a pasar apresuradamente a través de un país tan lleno de cosas interesantes. A la una

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llegamos a San Martín, en donde habíamos esperado gozar de lo que todos los viajeros consideran como la “vista” más hermosa de los volcanes de Puebla. Por desgracia estaban envueltos en nubes y sólo pudimos contemplar la gran cadena de montanas volcánicas que se extiende desde el Popocatépetl hasta Río Frío. En San Martín hay un mesón muy tolerable que se llama “Mesón de la Santísima Trinidad” y el balcón de esta posada es el sitio desde el cual les es dable a los viajeros, en un día claro, disfrutar del hermoso panorama de que tanto se jactan los mexicanos. Aquí también hay una iglesia con un convento, y anexo al segundo hay una huerta amplia y bien cultivada. A nuestra salida de San Martín, en donde almorzamos, atravesamos por una comarca cubierta de piedras sueltas de pórfido y escasamente poblada de pinos y cedros. Ahora empezamos a serpentear por los cerros que separan, el Valle de Puebla del de México, y, a las cuatro, después de cruzar por un puente de piedra sólidamente bien construido, llegamos a un mesón solitario en el Puente de Texmelucan. Podríamos haber llegado a Río Frío, que se encuentra a sólo tres leguas más adelante, si no hubiera sido porque nuestros guías consideraban como peligrosa esa posta. Han sido despojados viajeros en el mesón y se expresaron temores de que el huésped estuviera en connivencia con los bandidos. Henos, pues, en el más execrable de los mesones, apiñados en una pieza muy pequeña carente de ventanas, con el piso de tierra lleno de lodo fresco traído por los zapatos de los arrieros y de los sirvientes, pues las nubes que obscurecían las montañas se precipitan en forma de torrentes de lluvia. Las paredes de la pieza, que una vez fueron blancas, están manchadas con dibujos al carbón y chistes obscenos. La puerta da a un pequeño patio lleno de mulas y nos atolondran las disputas de sus amos. SS e necesita que el viajero posea mucho ardor juvenil para poderse enfrentar de buen humor a todas estas incomodidades. Mi criado se desespera para disponer los colchones, pero con la ayuda de una pala y una poca de paja estaremos resguardados contra el lodo. Día 27.–Vivamente deseosos de llegar a buena hora a la capital, emprendimos la marcha antes del amanecer y como el camino es áspero y peligroso, nuestros guias y los soldados nos precedieron con antorchas encendidas. De este modo atravesamos un denso bosque, subiendo por una cuesta empinada cuya cima alcanzamos un poco antes de que amaneciera. Bajamos al Valle de Río Frío, y cruzamos el río cuya corriente es insignificante, frente al mesón y a una hacienda. Desde este valle la cuesta es empinada y durante algún tiempo continuamos rodeando cerros recubiertos de espesos bosques y alfombrados con una gran variedad de flores silvestres. Por fin llegamos a la cima del paso, que se parece a algunos de los puertos de las montañas Blue Ridge, y después de descender por algún tiempo a través de un bosque espeso, salimos de él a una región abierta y divisamos el valle que se extendía abajo de nosotros, del cual apenas se levantaban las nubes. Nos detuvimos hasta que se hubieran dispersado lentamente descubriendo ante nuestros ojos el extenso Valle de México con sus lagos, sus cerros aislados, sus montanas nevadas y sus campos cultivados, entremezclados con sus haciendas y pueblos. El panorama era magnífico; pero a medida que bajábamos y cabalgábamos por el valle desaparecieron estas bellezas. Las márgenes de

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los lagos son pantanosas y se asemejan demasiado a charcos estancados; los campos no están bien cultivados, los pueblos son de adobe y los habitantes están vestidos con harapos. Pasamos por la Venta de Córdoba, desde donde hay una bonita vista del valle y dejando a nuestra izquierda el pueblo de Chalco, seguimos hasta el pueblo de Ixtapaluca, en donde almorzamos. Chalco se halla situado en la extremidad Nordeste del lago, que es navegable para embarcaciones de fondo plano, desde allí hasta la capital, a través del Canal de Ixtlapalapa.24 Solo muy poco tiempo nos detuvimos en Ixtapaluca y después de pasar por las pequeñas poblaciones de Tlalpizahua y Los Reyes, entramos a una calzada empedrada, de unos ochenta pies de ancho, que pasa por la margen del Lago de Texcoco; toda la extensión del lago, cubierto de blancas gaviotas y otras aves silvestres, se encontraba a nuestra derecha mientras que a nuestra izquierda había tierras bajas y pantanosas con charcos de agua en los que se posaban enormes parvadas de patos silvestres. A medida que avanzábamos me llamaron la atención enjambres de insectos alados muy pequeños y negros que revoloteaban en las zanjas que bordeaban el camino. El viento los impulsaba y eran tan numerosos que al avanzar se asemejaban a una corriente de agua oscura; siguieron por una zanja que conduce al lago ennegreciendo el agua en largo trecho, hasta que se perdieron en ella. A unas dos o tres millas antes de llegar a la calzada divisamos las torres e iglesias de México. La apariencia de la ciudad, a esta distancia, prometía una ciudad grande y bien construida. Las ciudades católicas tienen cierta ventaja sobre las nuestras por el tamaño y esplendor de sus templos y la cantidad de torres y cúpulas que las adornan. A alguna distancia, México supera cualquier otra ciudad de la América del Norte. Un poco antes de llegar a sus muros dejamos atrás el lago.25

5. La ciudad imperial de México A su llegada a la ciudad de México, Poinsett se entrevista sin duda con el general James Wilkinson, célebre –como nos dice Eduardo Enrique Ríos- en la historia de los Estados Unidos por sus actividades antipatrióticas en favor de España, por haber patrocinado las incursiones de Philip Nolan en Texas, asi como por la parte que tomó en la conspiración de Aarón Burr para conquistar gran parte de la Nueva España. Fue el Agente “Número 13” del Gobierno Español. Residió en México desde 1822, hasta su muerte, ocurrida en la Capital de la República el 28 de diciembre de 1825. La narración histórica de la ciudad dada por nuestro viajero no es del todo precisa pero es de notar que conoció la información del Códice Mendocino y a los autores clásicos de la época virreinal. Después de una 24 Ver a Carlos J. Sierra, Historia de la navegación en la ciudad de México, Departamento del Distrito Federal (1968 y 1973), 1984. 25 Joel Roberts Poinsett, Notas… op. cit, 1950, p.p. 87-91

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introducción histórica se concentra en la descripción señorial de la ciudad y de más mórbidos contrastes entre las clases sociales. Durante la revolución, México estuvo rodeado de una barricada de “pisé”, o tierra apisonada, defensa muy débil contra un ejército de línea, pero sí formidable para las fuerzas inconexas que lo atacaran. Penetramos por un paso estrecho y, como siempre, nos detuvo en la puerta el funcionario de la aduana que nos trató con gran cortesía y nos permitió que siguiéramos adelante sin revisar nuestros equipajes. Un poco antes de llegar a los muros empezó a llover y nuestras primeras impresiones al entrar a la ciudad no fueron nada favorables. Los suburbios son muy asquerosos y las casas bajas, construidas de lodo y adobe; pero pronto nos encontramos en una amplia avenida, bien pavimentada y con hermosos edificios de piedra a ambos lados. Fuimos a la “Gran Sociedad”, pues nos habían dicho que era la mejor posada, pero desgraciadamente estaba llena. Tuvimos la misma mala suerte en el mesón a que nos dirigimos en seguida y tras de ir de un lado a otro durante más de una hora y de acudir en vano a seis mesones, paramos en el alojamiento de nuestro compatriota, el General W[...], quien nos recibió del modo más bondadoso. Tiene algún tiempo de estar aquí y nos desvelamos hasta una hora muy avanzada escuchando el interesante relato que nos hiciera de este país. Ahora nos encontramos cómodamente alojados en la casa del Señor W[...] de Filadelfia. Día 28.–Antes de brindaros un paseo por la ciudad, diré algo acerca de sus primeros pobladores y su situación actual. No voy a remontarme a la creación del mundo, ni al diluvio, aunque los habitantes de este país poseen una tradición relativa a ese suceso; pero si empezaré con el año de 1160, cuando los aztecas emigraron por primera vez desde Aztlán, aunque algunos autores pretenden que fue en 1038 y otros que en 1064. Tras de errar de aqui para allá durante un periodo de cincuenta y seis años, llegaron al valle de Tenochtitlan o México. Primero se establecieron en Zumpango, pero poco tiempo después se trasladaron al lado sur de la Sierra de Tepeyacac, en donde se radicaron en el lugar que actualmente ocupan el pueblo y la iglesia de Nuestra Señora de Guadalupe. En 1425 se apoderaron del cerro de Chapultepec. Acosados por los principes de Tlacopan se vieron obligados a abandonar estas posiciones y por un poco de tiempo se refugiaron en un grupo de islotes llamados Acocolco. Habían conservado una antiquísima tradición sobre que habrían de poner termino a sus migraciones y de fijarse definitivamente en donde vieran un águila posada sobre un nopal cuyas raíces atravesaran las hendeduras de una roca. El águila y el nopal designados por el oráculo fueron descubiertos en una de las islas, cerca del lado oeste del lago de Texcoco, en el año de 1325, y sobre esa isla los aztecas levantaron un teocalli, o gran templo, dedicado al culto de su dios de la guerra, Mexitli. En la fecha de la conquista, México era ya una urbe grande y populosa; para la descripción de ella os remito a la Historia de México de Clavijero y especialmente a las cartas de Hernán Cortés a Carlos V, obra de muchísimo interés y que me parece que contiene

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el relato más exacto del estado de este país antes de la conquista. En aquella época la ciudad se hallaba construida sobre varios islotes en el lago, pero ahora dista catorce mil setecientos sesenta y tres pies del lago de Texcoco y algo más de veintinueve mil quinientos veintisiete pies del de Xochimilco. Estos cambios se han efectuado por medios tanto artificiales como naturales. Cuando Cortés tomó la ciudad por última vez, se destruyeron los templos, palacios y casas y se rellenaron los canales con las ruinas. Los árboles que poblaban el valle fueron derribados en su mayor parte por los españoles y la precipitación pluvial anual ha disminuido perceptiblemente. A esta altura la evaporación de los lagos es muy considerable y el canal de Huehuetoca, que comunica los lagos de Zumpango y San Cristóbal con el río Tula, da muy lenta pero constantemente salida a las aguas hacia el océano e impide que dichos lagos desagüen en el de Texcoco. El aspecto de la región cercana a la capital indica que antiguamente estuvo bajo las aguas. Es pantanosa y sólo se puede atravesar sobre calzadas de piedra que se levantan a dos o tres pies sobre el nivel de la planicie. El lago de Texcoco es salado y según los experimentos verificados por el Barón de Humboldt resulta que contiene más muriato de sosa que el Mar Báltico. En la estación de secas los terrenos inmediatos a la capital están cubiertos de una costra de sales eflorescentes. La nueva ciudad que se empezó a construir en 1524, se asienta sobre pilotes. Las calles son bastante anchas y corren casi de norte a sur y de este a oeste, cortándose en ángulo recto; todas están bien pavimentadas y ostentan aceras de losas planas. Las plazas públicas son espaciosas y las rodean edificios de piedra labrada de buena arquitectura. Los edificios públicos y los templos son enormes y magníficos y las casas particulares, por estar construidas de roca amigdaloide porosa (tezontle) o pórfido, tienen aspecto de solidez y aun de esplendor. Son de tres y hasta cuatro pisos, con azoteas planas y muchas de ellas están adornadas con balcones de hierro. Las casas de México son cuadradas todas ellas, con patios abiertos y los corredores interiores ostentan gigantescos tibores chinos con plantas siempre verdes. No están tan bien amuebladas como nuestras casas de los Estados Unidos, pero los aposentos son más altos y espaciosos y están mejor distribuidos. El acceso a las casas es a través de un amplio zaguán a un patio interior, con la escalera frente a la puerta de entrada. Los mejores aposentos, que generalmente están pintados llamativamente, dan sobre la calle y con frecuencia se hallan en el piso superior, sobre el piso bajo. Muchas de nuestras grandes ciudades son más pulcras que la de México, pero ésta tiene una apariencia de solidez en sus casas y un aire de grandeza por el aspecto de este lugar, que faltan en las ciudades de los Estados Unidos; sin embargo, entre nosotros el forastero no ve ese sorprendente y asqueroso contraste entre el esplendor de los ricos y la escuálida penuria de los pobres, que constantemente hiere sus ojos en México […]. He descrito los palacios de los ricos; pero no donde vive la pobreza, la cual no hiere nuestros ojos. Se encuentra bajo los pórticos de las iglesias, en miserables jacalones en los suburbios, o bajo el dosel del cielo. Hay cuando menos veinte mil habitantes en esta capital, cuya población no excede de

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ciento cincuenta mil almas, que carecen de domicilio fijo y de modo visible de ganarse la vida. Después de pasar la noche a veces al abrigo y a veces a la intemperie, salen en la mañana como zánganos para hacer presa en la colectividad, para mendigar, robar y en último caso trabajar. Si tienen la suerte de ganar algo más de lo necesario para su subsistencia durante el día, se van a la pulquería y allí bailan, parrandean y se embriagan con pulque y vino mezcal, que es un aguardiente destilado del jugo fermentado de un agave. Alrededor de las pulquerías y en ellas, pues son galeras abiertas que cubren un espacio de cincuenta o cien pies, se pueden ver por las noches a hombres y mujeres tirados en el suelo durmiendo la mona después de “beber abundantemente.” Esta gente, a quien Humboldt llama zaragates y guachinangos, son más generalmente conocidos por el nombre de léperos. Casi todos ellos son indios y mestizos muy vivos y muy corteses, que piden limosna con gran humildad y que musitan oraciones y bendiciones con rapidez asombrosa. Son rateros y carteristas sumamente diestros y me han referido casos de su habilidad como prestidigitadores que superan las hazañas más acertadas de la grey de uñas largas de París o Londres. Por lo que refiero de los léperos de México, acaso quiera usted compararlos con los lazzaroni de Nápoles. La comparación será favorable a estos últimos, pues están más dispuestos a trabajar, roban menos y no son borrachos.26

Posteriormente, Poinsett da una vuelta por el mercado y le sorprende verlo tan bien provisto. En los mercados de Filadelfía y Nueva York, comenta, se exponía carne fresca en mayor cantidad y en lo general de calidad mejor, pero aquí ve caza en abundancia. Los patos silvestres, aves de distintas clases, el venado y las liebres, y la profusión y variedad de frutas y legumbres excedían de lo que “viera jamás en mercado alguno de Europa o América.” La Alameda y la red de distribución de agua le recuerdan obras similares en Chile y Perú y el palacio virreinal que le es impresionante. Ahí se entrevista con el presbítero José Manuel Herrera, a quién poco favorece en su comentarios. […] [Y] los precios de algunas cosas, que me dieron a entender son los comunes y “corrientes:” carne de res, por veintiocho onzas, doce y medio centavos, camero y ternera chica, doce y medio centavos la libra, huevos, veinticinco centavos docena, pescado procedente de los lagos, de nueve a diez pulgadas de largo, un peso la libra, aves, de cincuenta a setenta y cinco centavos par, pichones, veinticinco centavos par, pavos, de setenta y cinco centavos a un peso– cada uno, melocotones, cincuenta centavos docena, peras, setenta y cinco centavos, las tunas (fruta de una cactácea) veinticinco centavos, aguacates, cincuenta centavos, naranjas, treinta y tres y tres cuartos, uvas treinta y tres y tres cuartos centavos la libra, piñas, doce y medio centavos cada una. A corta distancia de la ciudad se cosechan las frutas del trópico y las legumbres y frutas de Europa se cultivan en las márgenes de los lagos 26 Joel Roberts Poinsett, Notas…op. cit, 1950, p.p., 91-95.

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de Xochimilco y Chalco, por los indios que las traen al mercado en canoas adornadas con flores. Los puestos están enmarcados en flores, a las que son muy afectas todas las clases de la sociedad, para colocarlas en el altarcito de algún santo, patrono de la casa, o para dar realce a alguna fiesta. El mercado está lleno de puestos y las callecillas que lo atraviesan son muy angostas y están obstruidas por una multitud de léperos, a quienes me advirtieron que no tocara, pues sus sarapes hierven de bichos asquerosos. Las calles que rodean a los mercados están llenas de ollas para cocinas y otros menesteres domésticos. Los indios, en todas partes, son muy hábiles para hacer ollas de barro y las gentes aquí las usan en vez de vasijas de hierro o cobre. Del mercado nos fuimos a pie hasta la Alameda, paseo, o más bien parque público, en el que hay trazadas avenidas que divergen de distintos centros y gran variedad de árboles. Las avenidas son lo suficientemente amplias para admitir el paso de carruajes y concurre mucha gente los domingos y días de fiesta. En el centro de la Alameda hay una fuente que recibe agua del gran acueducto que baja desde Santa Fe hasta la ciudad de México. El agua se distribuye a través de canalitos, de modo de regar árboles y plantas, y después se descarga en el lago. Este acueducto, que pasa cerca de la Alameda, tiene treinta y tres mil cuatrocientos sesenta y cuatro pies de largo y se sostiene sobre una arquería de piedra y ladrillo enjalbegada toda ella. El agua proviene de los manantiales próximos a Santa Fe, cerca de la cadena de montañas que divide el Valle de México de los de Lerma y Toluca. Hay otro acueducto, cuya longitud es de diez mil ochocientos veintiséis pies, que trae el agua desde Chapultepec a la ciudad. Los arcos de este acueducto, que son novecientos cuatro, están espaciados a nueve pies seis pulgadas uno de otro y las columnas tienen cuatro pies de grueso. El ancho es como de seis pies y seis pulgadas. La columna de agua tiene dos pies y tres pulgadas de ancho y dos pies de profundidad. Según entiendo, el agua de Chapultepec es la mejor; se afirma que la de Santa Fe contiene una gran proporción de carbonato de cal. La antigua ciudad, Tenochtitlan, tenía asimismo varios acueductos bastante largos; el de Chapultepec fue destruido por los capitanes Alvarado y Olid a principios del sitio y aún pueden verse las ruinas de las obras a través de las cuales se conducían las aguas de un manantial cercano, a Santa Fe. Este acueducto estaba fabricado con tubería doble de barro cocido. Una de ellas servía para conducir el agua mientras que se limpiaba la otra. En Chile y Perú he visto obras muy extensas para llevar agua a las ciudades y para regar las llanuras y los valles. En algunos casos parecen haber sido trazadas con gran habilidad. Se conducía el agua a lo largo de los declives de las montañas con objeto de regar las tierras más bajas, y los terraplanes, sostenidos por muros, quedan todavía en pie como monumentos de la civilización de esas naciones. Día 29.–A las ocho de la mañana de hoy fui a pie hasta el palacio virreinal en la plaza principal. Está construido sobre el sitio ocupado por Cortés después de la toma de la ciudad, precisamente en frente del palacio de Moctezuma.

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Al gobierno le pareció conveniente adjudicarse este edificio para sus propios usos y más tarde se erigió el palacio del Marques del Valle (Cortés) encima de las ruinas del de Moctezuma. Se describe el palacio del monarca mexicano como habiendo consistido de muchas casas bajas pero espaciosas. El del virrey ocupa una superficie muy extensa y se compone de multitud de construcciones cuadradas y patios interiores con escaleras y series de piezas separadas. En uno de estos patios está el jardín botánico. Nos abrimos paso entre piedras y mezcla y albañiles atareados en acondicionar los principales aposentos como residencia imperial, y subimos por una hermosa escalera de piedra hasta el apartamiento que ocupa el Secretario de Estado (Herrera). Nos recibió con suma cortesía en una amplia pieza pintada charramente y pobremente ajuareada. No hay nada notable en su fisonomía, excepto una expresión de astucia que es común entre los de su profesión en este pais. Es sacerdote y fue por algún tiempo agente de los patriotas en la Nueva Orleans. Parecía hombre bien informado y de modales sencillos. A juzgar, quizá temerariamente por esa primera entrevista, este hombre se ha colocado en una eminencia arriesgada y no puede soportar el mirar frente a frente los peligros de su situación. Fue breve nuestra entrevista. El tenia que concurrir al Congreso, a la sazón en sesión secreta para tratar de la propuesta sometida por el Emperador y su Consejo Privado, de disminuir el número de sus miembros. Su Majestad Imperial cree que dista mucho de ser tan fácil mantener sometidos a su voluntad a doscientos miembros, como pudiera serlo si sólo fueran sesenta e insiste en reducirlos a este número. Se hace esta proposición bajo el pretexto de facilitar la tramitación de los asuntos y disminuir los gastos del gobierno. Los diputados reciben ahora un salario de tres mil pesos anuales. Hace poco que el emperador se deshizo de catorce o quince de los miembros más liberales y esclarecidos del Congreso, por medio de la acusación de estar envueltos en un complot contra el gobierno. Fueron aprehendidos y están ahora encerrados en un convento. Ignoro si son culpables. Si es exacto lo que me dicen de ellos es probable que si lo sean; pues ¿qué alma noble y generosa puede soportar con paciencia la contemplación de su patria esclavizada sin hacer un esfuerzo para liberarla y destruir a un usurpador y tirano? El éxito de la medida que ahora se propone convertirá al Congreso en simple instrumento de la voluntad de Su Majestad Imperial. A mi regreso a casa encontré al ministro de Colombia que me esperaba. Se había negado a reconocer al Emperador o a presentarse en la Corte, sin recibir antes instrucciones de su gobierno y su casa ha sido el lugar de cita de los miembros de la oposición y de los republicanos. Se ha creído conveniente acusarle de estar inmiscuido en la conjura y se le ha ordenado que salga del País dentro de seis días.27 De este caballero he recibido muchos informes acerca del estado de esta nación. 27 Catorce fueron los diputados aprehendidos el 26 de agosto de 1822. Cinco más lo fueron días después. De los primeros, algunos quedaron bajo la custodia del Provincial de los frailes dominicos, en el Convento de Santo Domingo. Don Miguel Santa María, Ministro de Colombia, era director intelectual de la conspiración que para derrocar a Iturbide se organizaba en la ciudad de México y fuera de ella. Descubierta en

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Hoy llovió todo el día. Las aguas en este año empezaron después de la fecha acostumbrada y han continuado por más tiempo. Generalmente empiezan en mayo y duran hasta principios de octubre. Esta es una distribución muy afortunada de las estaciones para la agricultura del país. En las costas o tierras calientes las tierras producen dos cosechas al año. En la altiplanicie no hay más que una, pero las lluvias comienzan en la época de la siembra y terminan al principiar la recolección. Son continuas y abundantes y más agua durante los cinco meses de la estación de lluvias en Mexico, que en nuestro país en todo el año.28

La catedral es descrita con gran admiración por Poinsett, quién confunde a la Coatlicue –llamada por él Teoyaomiqui– con la piedra de los sacrificios. La piedra del Sol se encontraba expuesta a un costado de la catedral, piedra donde los nahuas hacían dos computos del tiempo: el Tonalamatl y el Xihuitl. El Tonalamatl constaba de 260 dias y el Xihuitl se componia de 365. Los primeros estudios sobre estas piedras ya las habían realizado el ilustrado mexicano Antonio León y Gama29 y el sabio alemán Federico Guillermo Enrique Alejandro Von Humboldt.30 Día 30.–Hoy en la mañana, inmediatamente después de desayunar, nos fuimos a pie hasta la catedral, que ocupa un costado de la plaza mayor y se alza encima de las ruinas del gran teocalli, o templo del dios Mexitli. La fachada es muy singular. Una parte de ella es baja y de arquitectura gótica mala, la otra parte es de estilo italiano adornada con pilastras y estatuas y es hermosísima. El interior es imponente; es más amplio, más alto y más grandioso este templo que la catedral de Puebla. La distribución es la misma y el altar mayor es un poco menos suntuoso. La cúpula es atrevida y está pintada con muy buen gusto. Las capillas contienen algunos cuadros tolerables y están bien adornadas. En lo general esta iglesia haría buena figura en cualquier ciudad de Europa. Dentro del recinto de la catedral, que se delimita con columnas de piedra y con cadenas, hay una piedra enterrada de tal modo que sólo se ve la superficie. Al excavar a una profundidad de veinte o treinta pies para nivelar la plaza mayor, se descubrieron un gran número de ídolos y otras reliquias de la cultura azteca; entre ellas había una gran piedra con el calendario mexicano agosto de 1822, y habiéndose sabido que, cuando menos una de las juntas de conspiradores había tenido lugar en la residencia del Ministro, se le expidió pasaporte, el 18 de octubre, para que en el término de seis días abandonase el país [Nota del propio Poinsett]. 28 Joel Roberts Poinsett, Notas…op. cit, 1950, p.p., 96-100. 29 Antonio León y Gama. Descripción histórica y cronológica de las dos piedras que con ocasión del nuevo empedrado que se está formando en la Plaza principal de México, se hallaron en ella el año de 1790. Explícase el sistema de los calendarios de los indios, el método de dividir el tiempo, y la corrección que hacían de él para igualar el año civil de que usaban, con el año solar trópico. Noticia muy necesaria para la perfecta inteligencia de la segunda piedra: a que se añaden otras curiosas e instructivas sobre la Mitología de los Mexicanos, sobre su astronomía, y sobre los ritos y ceremonias que acostumbraban en tiempo de su gentilidad. México, en la Imprenta de Don Felipe de Zúñiga y Ontiveros, 1792. 30 Alejandro de Humboldt. Ensayo… op. cit, 1811.

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y una estatua colosal de la diosa Teoyaomiqui, piedra que generalmente es conocida con el nombre de altar del sacrificio […]. En el centro hay esculpida una cabeza en alto relieve, rodeada de grupos de dos figuras, representadas todas éstas en la misma actitud, un guerrero con la mano derecha posada sobre el yelmo de otro hombre que le ofrece flores. Hay una ranura que se dice fue tallada para dejar escurrir la sangre de las víctimas. El Barón de Humboldt opina que esta piedra no fue un altar, sino una de esas piedras llamadas Temalacatl, que se colocaban sobre una plataforma encima de la cual los prisioneros de más alto rango peleaban en defensa de sus vidas. Puestos en el Temalacatl, rodeados de una inmensa multitud de espectadores, estaban obligados a pelear contra seis guerreros mexica, uno tras otro; si tenían la suerte de vencerlos se les ponia en libertad y se les permitía regresar a su propio país; si al contrario, el prisionero era abatido bajo las embestidas de sus adversarios, un sacerdote llamado el Chalchiuhiepehua, lo jalaba, vivo o muerto, hasta el altar y le arrancaba el corazón. El pie izquierdo del vencedor termina en un pico que parece ser alguna especie de arma y la piedra es pórfido. Hay otra piedra más singular aún, incrustada en un muro de la catedral, de modo de exponer toda la superficie de uno de sus lados. Se descubrió al mismo tiempo que la anterior y es también de porfido basáltico, pero es más grande y está cubierta de caracteres tallados en relieve que representan los signos del calendario mexicano. En el centro hay una horrorosa cabeza en medio de dos circulos de jeroglíficos, y afuera de éstos hay tres círculos más, ricamente adornados en relieve. Es sorprendente que los mexicanos hayan podido esculpir esta piedra tan dura con instrumentos de jade u obsidiana.

Tengo a la vista una obra del Padre Alzate con la descripción de este monumento, que pienso traducir algún día. Por el momento os tendréis que contentar con saber que el año civil de los aztecas era un año solar de trescientos sesenta y cinco días, divididos en dieciocho meses de veinte días cada uno y cinco días complementarios, que llamaban “nemontemi”, o vacantes y eran considerados romo de mal agüero, de modo que los niños nacidos en esos días se tenían por desventurados y se les calificaba de infelices. El día empezaba con el amanecer y se dividía en ocho partes. Sólo conocemos cuatro de ellas –la salida y la puesta del sol y sus dos pasos por el meridiano. El mes estaba dividido en cuatro períodos de cinco días cada uno […]. Si queréis una descripción más exacta de esta piedra o saber los nombres de los meses, así como conocer una prolija y erudita relación del calendario y de los anales de los aztecas, que empiezan en una época que

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corresponde al año 1091 de nuestra era, os remito a las investigaciones de Humboldt, a la Historia de México de Clavijero y a Álzate. Aunque fuera yo lo suficientemente industrioso para ahondarme en esta materia no tengo tiempo para ello ahora. La catedral ocupa un espacio de quinientos pies de fondo con un frente de cuatrocientos veinte pies. Frente a este edificio y en el centro de la Plaza Mayor, hay un gran espacio ovalado pavimentado con lozas planas de pórfido y circundado de pilares de granito y barandas de hierro ricamente adornadas, en medio del cual, sobre un pedestal de mármol, hay una estatua de Carlos IV, de bronce. Está admirablemente bien lograda y después de la de Agrippa en Roma y la de Pedro el Grande en San Petersburgo, es la estatua ecuestre de más brío y donaire que jamás haya visto. Fue fundida en México y el artista, señor Tolsá, tuvo éxito con la primera fundición. Hay que reconocerle mucho mérito por haber él mismo modelado, vaciado y colocado una estatua de cuarenta mil quinientas libras de peso, en un país tan desprovisto de recursos en materia de mecánica. Después de esto fuimos a visitar a la familia del conde de Regla. Citado con tanta frecuencia por el Barón de Humboldt a causa de sus extensas propiedades, sus ricas minas y sus enormes haciendas, la casa del conde se asemeja a las ya descritas. Las habitaciones son amplias y bien amuebladas. Nos recibió atentamente la condesa, que es tan hermosa como amable. Parecía ser muy joven, pero había con ella, en la pieza, seis niños. Me contó que entre la nobleza y los ricos son muy frecuentes los matrimonios a edad temprana. No tiene más de veinte años. Su hermana más joven, de sólo dieciséis, es ya madre de dos hijos, y no es raro que las muchachas se casen a los trece años de edad. Esta costumbre existe ahí donde hay grandes haciendas vinculadas y se practica para obtener mayorazgos31 y unir a familias poderosas. Lady Russel, en sus interesantísimas cartas, habla de varios de estos matrimonios precoces en su propia familia y se explaya sobre las negociaciones que los precedieron.32 Pasé algún tiempo conversando con la condesa y encontré que era muy inteligente, asi como enemiga resuelta del estado actual de cosas, el que, según me asegura, es contrario a los deseos de la nación, y opuesto a todo lo que hay de virtuoso y esclarecido en el país. 31 Según las leyes de España, se divide el patrimonio en quince porciones. Primero se rotan tres, o sea la quinta parte del total, después cuatro, o sea la tercera parte de las porciones restantes; esta quinta parte y esta tercera parte se llaman mayorazgo y pueden disponer libremente de ellas los padres; sin embargo, pueden vincularse al primogénito de la familia, como generalmente se hace; pero no se le puede asignar mayor parte del patrimonio, sin permiso de la corona. Las partes que quedan se señalan a los demas hijos. (Nota de Poinsett) 32 Poinsett se refiere a la escritora inglesa Lady Rachel Russell (1636-1723), quién legó a la posteridad sus cartas donde describió con sorprendente detalle la vida y las costumbres británicas de la clase media alta y alta de su época. Las cartas de Lady Russell –al igual que las obras de Jane Austen– son parte de la literatura clásica culta anglosajona. Véase Lady Rachel Russell, Letters of Lady Rachel Russell: from the manuscript in the library at Woburn Abbey, [Cartas de Lady Raquel Russell: del manuscrito exis-tente en la biblioteca de la Abadía de Woburn], the third edition, London, 1774.

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El conde nos llevó a ver sus caballerizas y nos enseñó algunos animales muy finos; cada uno en una pieza separada de doce pies en cuadro y cuidadosamente almohazados. Todos eran caballos enteros de raza andaluza, con cuellos gruesos, cuerpos redondos y miembros bien hechos. Cuando se les monta son muy briosos y vistosos y notablemente rápidos caminando al paso. El precio de los caballos en México varia desde veinte a mil quinientos pesos y el conde de Regla estima su mejor caballo en dos mil pesos. Sus mulas eran muy grandes, pues algunas de ellas tenían de quince a dieciséis palmos de alzada. Se emplean para tiro con preferencia a los caballos, y cuando son de gran alzada, valen mil pesos el par. El mayor lujo del mexicano es tener un coche ricamente pintado y barnizado, tirado por cuatro de estos animales. Aun cuando no se necesiten, se guardan con las guarniciones puestas y enganchados al carruaje: así se quedan parados en el patio desde la mañana hasta la noche. Las guarniciones están algo recargadas con placas de latón y las colas de las mulas se encierran en fuertes bolsas de cuero. En la siguiente mansión que visitamos encontramos a la señora de la casa fumando un cigarrillo. Sacándoselo de la boca con suma desenvoltura, nos recibió gentilmente. Al despedirnos nos invitó a concurrir a sus tertulias, saraos nocturnos, en donde los jóvenes cantan y bailan y a veces toman parte, con los viejos, en juegos de azar que nunca faltan en una reunión en México. Si van a comer juntos, se sientan a jugar antes, y no hay fiesta en la noche en que no se juegue […]. En la tarde salimos a caballo al Paseo Nuevo, ancha calzada que se levanta a unos tres pies sobre las praderas que rodean a la ciudad y plantada de ambos lados con huejoxtles, árboles altos, tiesos y cónicos que en apariencia se asemejan al álamo de Lombardía. El paseo estaba lleno de carruajes, unos que rodaban con rapidez, y otros que estaban formados alrededor de la glorieta en medio de la calzada, en donde las señoras se divierten horas enteras viendo los carruajes que desfilan y saludando, sonriendo y agitando los abanicos a sus amistades que pasan. Esto constituye la diversión de los ricos en las tardes. Las carrocerías de sus coches son grandes, pero de forma elegante y bien pintadas; con demasiado lujo, pues la “Aurora” de Guido, adorna a menudo el tablero de enmedio. El carruaje es muy difícil de manejar; desde el eje de las ruedas delanteras al de las traseras, mide no menos de doce pies y se halla provisto, además, de un saliente de dos o tres pies, adelante y atrás, al que se sujetan las correas de cuero de que está suspendida la carrocería. Son vehículos de movimiento muy suave y pronto me conformaré con el aspecto que presentan. Nos cruzamos con los carruajes imperiales en los que iban Sus Majestades, asi como los principes e infantes, escoltados por las guardias montadas imperiales. Pasaron frente a nosotros tan rápidamente que no pude distinguir las facciones de ninguno de ellos.33

En las siguientes líneas Poinsett nos narra su visita a la Casa del Apartado, a la Casa de Moneda y su experiencia durante el día De Todos los Santos. 33 Joel Roberts Poinsett, Notas…op. cit, 1950, p.p., 101-106.

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Día 31.–En la mañana visitamos la Casa del Apartado, edificio destinado a las operaciones de separar o apartar el oro de la plata. En las minas de Guanajuato la misma matriz contiene oro y plata, por lo que, cuando se entregan las barras en la Casa de Moneda, se ensayan, y si se les encuentra cierta ley de oro, se envían aquí para sufrir el proceso del apartado, que voy a tratar de describiros tal como lo vi ejecutar. La primera pieza a que nos hicieron pasar, contiene una hilera de tinas de forma cuadrada, de unos cuatro pies por lado. Estan revesadas de bitumen para resistir la acción de los ácidos fuertes y están provistas de una tapadera de vidrio para que el operador pueda observar el procedimiento a medida que éste se efectúa. Se amontonan las barras de metal en estas tinas y se les echa encima ácido nitroso a la fuerza de 27. Cada tina tiene un tubo de cristal, bien fijado con brasca, para llevar el gas, a medida que se suelta, a un depósito de agua, en donde se condensa, y al fortalecerse con algo más de ácido se vuelve a emplear. La plata se disuelve por el ácido nitroso y el oro se queda en forma de polvo negro, que se purifica y limpia por medio de lavados repetidos. En el centro de otra pieza había un gran horno circular, alrededor de cuyo interior había retortas recubiertas de brasca, para cerrarlas herméticamente, y llenas del ácido nitroso saturado de plata. El cuello de cada retorta sobresale del horno y está unido al de otra retorta colocada fuera del horno. El ácido es expulsado del primero por el calor y se condensa en la segunda retorta, dejando fuertemente adherida la plata al vidrio. Después de quitar lo más del metal que sea factible, se hacen pedazos las retortas y se muelen hasta convertirlas en polvo impalpable en molinos de piedras. Este polvo se mezcla con “greta” o mineral de plomo pulverizado y todo se funde y se vacía en forma de barras. Estas barras después se ponen en grandes vasijas hechas de ladrillo y ceniza pulverizados, que se colocan en el horno de tal modo que el plomo, al derretirse a una temperatura más baja que la plata, se escurre y deja la plata en la vasija. Había otros salones en donde se fabricaban las retortas de cristal, pero os haré la gracia de no contaros lo que yo tuve que escuchar, al ver el procedimiento entero de fabricar el cristal y soplar las retortas. También se prepara el ácido nitroso en este edificio. Se elabora a base de salitre no refinado, adulterado con muriato, y en consecuencia contiene una proporción considerable de ácido muriático, que se absorbe agregándole nitrato de plata. El muriato de plata que así se forma se descompone fundiéndolo con greta o mineral de plomo. El costo de apartar el oro de la plata se calcula en treinta y siete y medio centavos (tres reales) por cada marco (ocho onzas) de oro. De la Casa del Apartado fuimos a ver la de Moneda, o Casa de Acuñación de México. Los talleres contienen diez juegos de cilindros para laminar las barras hasta darles el tamaño justo. Estos cilindros los mueven sesenta mulas. Hay cincuenta y dos cortadoras circulares; veinte tornillos para acuñar, que se actúan por medio de una pesada palanca movida por dos hombres, y cinco molinos para amalgamar las limaduras y basuras. Periódicamente son cuidadosamente barridas las piezas, escaleras y todas las partes del edificio. Las barreduras que contienen partículas de plata

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se muelen en molinos semejantes a trituradores de casca, hasta hacer un polvo muy fino que se mezcla con mineral de cobre tostado, sal y azogue, y vimos a seis hombres que pisaban la masa con los pies, sobre un suelo de losas. Entonces se lava repetidamente, se echan fuera la tierra y las materias extrañas con el agua, y queda la amalgama pura. En seguida se prensa a mano la amalgama, dándole la forma de triángulos isósceles que se amontonan sobre un horno y se tapan con un amplio recipiente. Al volatilizarse el azogue se condensa en la parte superior del recipiente, que se enfria con agua; la plata se queda en forma de triángulo para después vaciarse en forma de barra. En el último cambio de administración, como no se habían barrido las piezas durante varios años, la operación produjo doscientos mil pesos. Visitamos un salón en donde había varios artistas ocupados en la preparación de tintes; la tesorería y otras oficinas y las caballerizas, que son muy espaciosas y están llenas de mulas. El establecimiento está montado en gran escala y la administración de esta dependencia le cuesta al gobierno no menos de ochenta mil pesos anuales por concepto de gastos ordinarios y corrientes, y muy a menudo otra cantidad más crecida por cargos extraordinarios. El costo de la acuñación, incluso los salarios de los empleados, sólo asciende a doce y medio centavos (un real) por cada marco de plata.[…] Las ganancias anuales de estos establecimientos varían según la cantidad de moneda que se acuña. Cuando no excedía de quince millones de pesos, la utilidad para la Corona era de seis por ciento; dieciocho millones produjeron el seis y medio, y al exceder de dicha suma llegaron al siete por ciento. La Casa del Apartado y la Casa de Moneda unidas, rendían una utilidad anual de más o menos un millón y medio de pesos. Antiguamente había un fondo perteneciente a la Casa de Moneda y el dueño de la plata se llevaba la moneda cargada en las mismas mulas que la trajeron para acuñarla, después de deducir el derecho de braceaje y demás gastos. Esto resultaba muy ventajoso para los mineros, pero el gobierno actual ya ha dedicado el fondo a otros usos y no se recibe el producto sino hasta pasado algún tiempo. El gobierno antiguamente vendía el azogue a los mineros a determinado precio, esto era censurable como monopolio, pero aseguraba en todo momento una existencia de dicha substancia. El gobierno tenia participación no sólo en la venta del azogue, sino en la producción de los metales preciosos, de los cuales la décima parte le tocaba a la corona. El Barón de Humboldt proporciona el cuadro de la acuñación anual en México, hasta el año de 1802 […]. La Casa de Moneda es un amplio edificio de piedra con un frente de trescientos sesenta pies, por doscientos sesenta pies de profundidad. Hay no menos de treinta empleados en las distintas oficinas, quince grabadores, cinco ensayadores y doscientos jornaleros y nunca son menos de cien las mulas que hay en las caballerizas. Casi enfrente de la Casa de Moneda está el Palacio Arzobispal de México, edificio de dos pisos y de bastante amplitud, pero no muy notable por la magnificencia de su exterior […]. Día 1ero noviembre.–He dedicado gran parte de este día, que es la fiesta de Todos Santos, a hacer, o más bien devolver, visitas ceremoniosas. Sir

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Archy puede haberse inclinado más hacia tierra pero no mas frecuentemente que yo en este día. Acordaos, cuando os despedís de un grande de España, de hacer una reverencia al salir del aposento, otra a la cabeza de la escalera, a donde os acompaña el anfitrión, y después de bajar el primer tramo voltead y lo veréis parado en espera de un tercer saludo, que devuelve con gran cortesía y ahí se queda hasta que desaparecéis de su vista; de modo. que al seguir bajando la escalera, si lo entrevéis una vez más, enviadle un beso con la mano y os tendrá por un caballero harto cumplido. Esta será la única ceremonia que tendréis que sufrir, ya que el recibimiento que se os hará será cordial y amistoso. Los caballeros de México no son hospitalarios, en el sentido en que nosotros entendemos la palabra. Pocas veces os convidan a comer, pero os presentan a sus familias, os aseguran que sois bienvenido en todo tiempo, de modo que os convencen de su sinceridad y si los visitáis en la nochecita, os obsequian chocolate, helados y dulces. Si llegáis a ser amigo de la casa, cuanto más a menudo vayáis más gusto les hará recibiros y trataros con bondad y familiaridad. Esto es una digresión; pero la molestia de tanto inclinarme y la bondad sin afectación de estas gentes, era lo que tenía yo en el pensamiento. Al amanecer subí a una de las torres de la catedral para contemplar la planicie del Anáhuac. La mañana era hermosa y la atmósfera clara. Vimos toda la cuenca de México rodeada de cerros y montañas, los lagos y las ricas vegas que confinan en ellos, las iglesias y torres de los pueblos vecinos, los campos cultivados deslindados por zanjas tiradas a cordel, las hermosas huertas y, superándolo todo en interés y belleza, las cimas nevadas de los volcanes de Puebla. Como hoy era día de Todos Santos, la plaza presentaba una escena de mucho ajetreo, pues estaba llena de léperos de calzón blanco, camisa y huaraches, a veces un zarape al hombro, y de personas bien vestidas, charramente engalonadas muchas de ellas con cordones y entorchados de oro y plata. Las calles que desembocan en la plaza estaban henchidas de gentes que se dirigían al recinto en donde se alza la estatua ecuestre. Este lugar había sido cubierto con una lona y provisto de gradas para comodidad de los espectadores. Seguimos a la muchedumbre y pasamos entre largas filas de coches del sitio y magníficos carruajes, hasta el círculo. Aquí encontramos una multitud de gente de todas clases. Damas y caballeros en trajes de gala, con encajes, blondas, alhajas y ricos uniformes, recibían empellones de hombres y mujeres cubiertos de zarapes o vestidos con harapos. Había un palco para la familia imperial que estaba representada por dos malas pinturas, con dos centinelas para alejar al vulgo. Los demás asientos que estaban en alto se hallaban atestados de hombres y mujeres bien vestidos, encantados de poderse exhibir y de contemplar a la muchedumbre que a sus pies se codeaba al dar una sola y eterna vuelta. Pronto nos cansamos de este espectáculo y fuimos a hacer algunas visitas. Al anochecer regresamos a este paseo y me sorprendió ver a varias señoritas, bonitas y bien vestidas fumando tabacos. Yo sabía que era costumbre de las señoras fumar, pero me había supuesto que sólo lo hacían en la intimidad. A mí me parece una costumbre detestable tratándose de señoritas, pero supongo que mi delicadeza es el

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resultado de prejuicios añejos. Según parece no les repugna a los caballeros mexicanos y se susurran declaraciones amorosas y se cambian votos de fidelidad entre nubes de humo –que tienen un poder sobrenatural, y ocurre, según se afirma, que los presagios que señalan, frecuentemente se cumplen. Esta noche a las diez, recibimos la noticia de que la guarnición del castillo de San Juan de Ulúa había lanzado un ataque contra la ciudad de Veracruz. Se dice que los realistas fueron derrotados con grandes pérdidas y que se vieron obligados a reembarcarse precipitadamente, dejando a veintiocho prisioneros en manos de los imperialistas. A mí no me interesan en lo más mínimo los resultados de combates entre realistas e imperialistas en América. Ninguno de los dos bandos merece mis simpatías. 2 de noviembre.–Hoy en la mañana fui al convento de Santo Domingo para visitar a los presos políticos. Pasé frente a los centinelas sin ser interrogado y me llevó al departamento de aquéllos un sacerdote. Fui presentado a todos; pero los que más me simpatizaron, fueron Fagoaga, Tagle y Herrera. Los dos primeros son civiles, hombres bien educados e informados que encabezaban la oposición en el Congreso; digo, de la gran mayoría de ese cuerpo que se oponía a las medidas arbitrarias del Emperador. Se dice que Tagle es un financiero hábil. Herrera mandó un cuerpo de tropas durante la lucha revolucionaria, y cuando era Presidente del Congreso mostró, en varias ocasiones críticas, mucha energía y firmeza de carácter. Esta tarde se inauguró el período de sesiones del Congreso Instituyente por medio de un discurso desde el trono, y salimos inmediatamente después de comer para presenciar la ceremonia. El salón dispuesto para dicho Congreso había sido antes iglesia de los jesuítas. Las galerías son amplias y estaban bastante llenas; pero el salón mismo, con asientos suficientes para doscientas o trescientas personas, tenía un aire de estar vacío y desierto, con solo cuarenta miembros diseminados en toda la extensión. Nos dieron asientos en la galería frente al trono. Como a las seis entró Su Majestad, precedido por una multitud de cortesanos y sirvientes, que llevaban luces, y acompañado por los consejeros y ministros de Estado. Lo recibió una comisión que lo condujo hasta el trono en donde se quedó sentado y leyó un largo discurso en el que expuso las razones que tuvo para haber disuelto el último Congreso e insistió en la necesidad de volver sobre los pasos dados por ese cuerpo y gobernarse por el Plan de Iguala y los Tratados de Córdoba. Hizo una breve exposición del estado de la nación e insistió en que, así como en 1816 se había sostenido un ejército de treinta y cinco mil hombres frente a una numerosa fuerza insurgente que se alimentaba con los recursos del país y destruía sus ingresos, no debería haber dificultades en mantener la actual institución civil y militar. Se explayó algo al hablar de la situación del ejército y atribuyó su condición miserable y su falta de ropa y de haberes, a la negligencia del último Congreso. Después de terminar su discurso escrito, se dirigió brevemente a los miembros, recapitulando con vigor y elocuencia lo que acababa de leerles. En seguida, el Secretario de Hacienda subió a la tribuna y leyó un estado relativo a las finanzas, pero en voz tan baja que me costó mucho trabajo oírle. Entendí que dijo que los ingresos de la Tesorería el año pasado habían ascendido a ocho millones, mientras que los egresos excedieron de trece millones.

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La deducción hecha por Su Majestad, acerca de lo que el país puede soportar, sobre la base de lo que ya ha soportado, no es muy lógica. Este mismo esfuerzo fue el que agotó sus recursos. De este informe del secretario y por lo que me dijeron hoy en la mañana, creo que las finanzas de México están en una situación muy deplorable. Nadie sabe la verdad exacta, y el haberse negado el Ejecutivo a rendir cuentas de las cantidades gastadas, fue una de las causas de las diferencias que surgieron entre el Emperador y el Congreso.34

6. Poinsett se entrevista con el emperador Agustín I Finalmente, después de varias semanas de haber desembarcado en Veracruz, Poinsett entra en contacto con su majestad. Los comentarios vertidos por Poinsett no favorecen al antiguo coronel del ejército español. Día 3.���Hoy en la mañana fui presentado a Su Majestad. AI apearnos en la puerta de palacio, que es un edificio amplio y bello, nos recibió una numerosa guardia y en seguida subimos por una gran escalera de piedra, entre una valla de centinelas, hasta un espacioso salón en donde encontramos a un general brigadier que nos esperaba ahí para anunciarnos al soberano. El Emperador estaba en su gabinete y nos acogió con suma cortesía. Con el estaban dos de sus favoritos. Nos sentamos todos y conversó con nosotros durante media hora, de modo llano y condescendiente, aprovechando la ocasión para elogiar a los Estados Unidos, así como a nuestras instituciones, y para deplorar que no fueran idóneas para las circunstancias de su país. Modestamente insinuó que había cedido, contra su voluntad, a los deseos de su pueblo y que se habla visto obligado a permitir que colocara la corona sobre sus sienes para impedir el desgobierno y la anarquía. Su estatura es de unos cinco pies y diez u once pulgadas, es de complexión robusta y bien proporcionado; su cara es ovalada y sus facciones son muy buenas, excepto los ojos que siempre miran hacia abajo o para otro lado. Su pelo es castaño, con patillas rojizas, y su tez es rubicunda, más de alemán que de español. Como oiréis pronunciar de distintos modos su nombre, os diré que se debe acentuar por igual cada sílaba, I-tur-bi-de. No pienso repetir las versiones que oigo a diario acerca del carácter y de la conducta de este hombre. Antes de la ultima revolución, en la que triunfó, tuvo el mando de una pequeña fuerza al servicio de los realistas y se le acusa de haber sido el más cruel y sanguinario perseguidor de los patriotas y de no haber perdonado nunca a un solo prisionero. Sus cartas oficiales al virrey comprueban este hecho. En el intervalo entre la derrota de la causa de los patriotas y la última revolución, residió en la capital, y en una sociedad que no se distingue por su estricta moral, él se destacó por su inmoralidad. 34 Joel Roberts Poinsett, Notas... op. cit, 1950, p.p. 106-109 y 112-116.

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Su usurpación de la autoridad principal fue de lo más notorio e injustificado y su ejercicio del poder ha sido arbitrario y tiránico. De trato agradable y simpático, y gradas a una prodigalidad desmedida, ha atraído a los jefes, oficiales y soldados a su persona, y mientras disponga de los medios de pagarles y recompensarles, se sostendrá en el trono. Cuando le falten tales medios, lo arrojarán de el. Es máxima de la historia que probablemente se ilustre una vez más con este ejemplo, que un gobierno que no está fundado en la opinión pública, sino establecido y sostenido por la corrupción y la violencia, no puede existir sin amplios recursos para pagar a la soldadesca y para mantener a sus pensionados y partidarios. Sabedor del estado de sus finanzas y de las consecuencias probables para el de la falta de fondos, está desplegando grandes esfuerzos para negociar empréstitos en Inglaterra, y tal es la ceguera de los hombres adinerados de ese país, que es posible que logre su objeto.35 Se han concertado las condiciones de un empréstito y recientemente ha salido un agente para Londres –hay otro más que se prepara a partir rumbo al mismo destino, con toda la pompa de una embajada– y los profesores de botánica y de mineralogía me participaron ayer con gran consternación que habían recibido órdenes de preparar colecciones para su envío a Inglaterra.36 Entre todos los gobiernos de la América española existe un deseo muy fuerte de conciliar a la Gran Bretaña y aunque el pueblo mismo en todas partes siente mayores simpatías por nosotros, los gobiernos intentan uniforme y ansiosamente instituir relaciones diplomáticas y enlazarse con el de la Gran Bretaña. Están temerosos del poder de esa nación y comprenden que sus intereses comerciales requieren el apoyo de un gran pueblo industrial y comercial. Nosotros recogeremos alguna parte del comercio de dichos países, pero la cosecha será para los ingleses. Juzgando a Iturbide por sus documentos públicos, no le considero como hombre de talento. Obra rápidamente, es audaz y resuelto y nada escrupuloso en elegir los medios para lograr sus fines.37

A raíz de esta entrevista, el emperador le pide a Poinsett que intercambie impresiones con su ministro Juan Francisco Azcárate. Juan Francisco de Azcárate y Lezama, en su carácter de presidente de la Comisión de Relaciones Exteriores de la Soberana Junta Gobernativa del Imperio, escribió en 1822, un documento que habría de influir en el desarrollo posterior de la diplomacia mexicana. Este documento que fue publicado posteriormente por el historiador Luis Chávez Orozco en 1932 con el título de Un programa de política internacional, indudablemente sirvió a Iturbide y a 35 Poinsett se refiere a Diego Barry, aventurero ingles que celebró contrato con el gobierno para conseguir en Londres, o en cualquier otro país extranjero, un préstamo de treinta millones de pesos al interés de diez por ciento anual. No obtuvo un centavo. 36 Poinsett se refiere a don Juan Francisco Azcirate, nombrado por el Congreso, ministro en Londres. 37 Joel Roberts Poinsett, Notas... op. cit, 1950, p.p. 116-118.

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su ministro José Manuel de Herrera para orientarse en materia tan delicada y de tanta trascendencia en los futuros destinos de México. A decir de Jorge Flores en “Apuntes para una historia de la diplomacia mexicana. Obra prima, 18101824”, en Estudios de Historia Moderna y Contemporánea de México, Ernesto de la Torre Villar [editor], México, Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas, v. 4, 1972, p.p. 9-62: “Azcárate tenía un nombre célebre. Como regidor del Ayuntamiento de la ciudad de México en 1808 había proclamado, en unión del licenciado Verdad, los principios de la soberanía del pueblo, convirtiéndose así en uno de los precursores de la Independencia. Pero al estallar la insurrección en el pueblo de Dolores, olvidando sus gloriosos antecedentes, había hecho todo lo posible por congraciarse con los realistas, escribiendo apasionadas diatribas contra los insurgentes, actitud que se desvaneció y olvidó en el recuerdo de todos con el triunfo del Plan de Iguala, obra del antiguo partido realista”. Jorge Flores continúa en su escrito con la disección del pensamiento de Azcárate, y de donde he tomado los comentarios siguientes. Volviendo al plan de política internacional esbozado por Azcárate, este comprende varios capítulos. El primero se refiere a la forma en que se ha de tratar a las “naciones de indios bárbaros” que colindan con la frontera septentrional del Imperio: apaches, comanches, lipanes, etcétera. “Es preciso [escribe Azcárate] abandonar todo proyecto de conquista; que el medio mejor es entablar relaciones de comercio y amistad en donde no las hay y conservar las que ya existen.” Siguiendo este punto de vista, algunas de aquellas “naciones” enviaron “embajadas” a la ciudad de México, en donde fueron atendidas […]. El segundo capítulo del documento de Azcárate, define la política que él aconseja seguir con los Estados Unidos. Confiesa que se carecía entonces de mapas y cartas geográficos, con excepción de uno, “diminuto”, que se debía al padre Alzate, un sabio “más apreciado en las naciones extranjeras que en su propia patria”; y otro, “más amplio y exacto”, del barón de Humboldt. La cesión que había hecho España de las Floridas a los Estados Unidos, podía, a su juicio, “ser también la manzana de la discordia” entre los dos países vecinos. “No es perdonable el error político que cometió la España en esta parte” —dice Azcárate—, quien recuerda a continuación que la venta de territorio español está absolutamente prohibida por las Leyes de Partida, y, por lo tanto, el rey de España carecía de facultad para ejecutarla. En consecuencia, el gobierno del Imperio tenía que ver el asunto con muchas reservas. Si el gobierno de Washington solicitare la ratificación del tratado de 22 de febrero de 1819, quedando así fijados los límites entre México y los Estados Unidos, “debería tratarse la materia con mucha lentitud, dándole las mayores largas que se pudieran y cupiesen en la habilidad de las personas destinadas para las contestaciones”. Azcárate completa su pensamiento con estas palabras: “Por ahora conviene precaver todo rompimiento, por estarse organizando, para lo cual necesita tiempo, dedicación y dinero”. Sin embargo, previendo que los Estados Unidos han de empeñarse en pedir la ratificación del Tratado de Onís de 1819, Azcárate conviene en “que sería necesario ratificar el tratado de límites referido”; y sin perder la fe en el porvenir del Imperio, aunque tratando también de escudriñar los posibles peligros, escribe las siguientes líneas: “Temerán - 66 -


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tener por colindante un Imperio que va a ser poderoso por la riqueza metálica, agricultora e industrial; preverán que dentro de pocos años su prepotencia ha de inclinar la balanza a su favor, y querrán evitar las resultas o con la guerra o con la intriga sembrando la discordia.” El autor del dictamen, o plan de política internacional, no cree que la Unión Americana pueda hacer la guerra, por entonces, al Imperio. Más adelante habla de su considerable poder marítimo, que se compone de 62 buques de guerra; del asombroso progreso que se observa en el aumento constante de su población; de la inmensa riqueza potencial de que disponen en las tierras que dedican a la colonización. Los estados [escribe Azcárate] no tienen minas ni han sellado desde el año de 1783, que es la época de su Independencia, las sumas de millones que la Casa de Moneda de México; con todo, en tres años sus ciudadanos estuvieron en proporción de prestarle al Estado de la Unión 55 millones de pesos, cuando en trescientos, en mayores y más repetidas urgencias, los habitantes del reino sólo pudieron hacerlo a la España de 84 millones. Grandes son las ventajas que Azcárate cree factible sacar de entrar en relaciones diplomáticas con los norteamericanos: desde luego, la de conseguir buques para continuar la lucha contra España. Llega, pues, a la conclusión de que, por entonces, lo más importante es darles parte de haberse logrado la Independencia, enviándoles el acta de ella; comunicarles la instalación del gobierno, y los deseos de establecer un comercio útil para ambas potencias. Por último, ratificar el tratado de límites, si la necesidad lo impone. Al tratar sobre el porvenir que aguarda a la provincia de Texas, descubre Azcárate que su conocimiento de la geografía no está muy apegado a la realidad. “Es tan fértil, de temperamento tan benigno, tan rica en metales.” De aquí esas codiciosas miras que sobre ella tienen europeos y norteamericanos. Si por desgracia esa bella provincia saliera de su poder, dice Azcárate, sería una pérdida irreparable para el imperio. “Necesita conservarla por su importancia y para conseguirlo no le queda otro arbitrio sino probarla.” Su consejo es certero, irreprochable. Quizá todavía era el tiempo de que se hubiera seguido, pero con decisión inquebrantable, a marchas forzadas. Después de escrito este capítulo su autor le agregó un apéndice, teniendo en cuenta las más recientes noticias que le habían llegado. En él expone la urgencia que hay de que el Tratado de Onís sea ratificado por los dos países. Es muy importante instar a los Estados Unidos para que tenga efecto pacto tan solemne, a fin de remover todas las cuestiones que de otro modo fácilmente se suscitarán y más sobre territorios tan ricos y feraces como las provincias de Texas, Nuevo México y las Californias. El tercer capítulo del “plan” redactado por Azcárate se refiere a las relaciones con Rusia, país que por sus establecimientos en la costa del Pacífico al norte de San Francisco, entre el Cabo Mendocino y el puerto de Bodega, era entonces limítrofe del Imperio Mexicano. Conceptúa su vecindad muy peligrosa para el futuro de las Californias; y estima que es la hora de cortar el fuego antes de que se convierta en incendio. Para ello concurren las dificultades que tiene por entonces Rusia con Turquía y Austria, y que posiblemente la lleven a una guerra; así como los movimientos interiores de los estados que componen el Imperio Ruso, circunstancia esta última que - 67 -


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hace decir a Azcárate: “Su misma dilatada extensión amaga que este coloso político, por su mismo tamaño, debe precipitarse en la anarquía”. Cree, pues, de absoluta necesidad, que se avise al zar de las Rusias que México es ya un país independiente y listo para reclamar sus derechos; que se celebre entre ambas naciones un tratado de límites; y que se pueblen las Californias, “proporcionando la emigración de la China” o excitando a las familias pobres del Imperio a trasladarse a ellas, dotándolas de tierras y ayudándolas en sus gastos de transporte. A este documento, Azcárate le agregó otros tres grandes apartados: el primero titulado “Relaciones Externas por Dependencia” y que se refiere a la política a llevar hacia las antiguas colonias españolas y que incluía un proyecto titulado “Tan necesario como grandioso” que era un esbozo de política a desarrollar con el lejano Oriente; el segundo llamado “Relaciones Exteriores por Necesidad” y que se centraba en la política del Imperio Mexicano hacia la Santa Sede y; el tercero y último apartado llamado “Relaciones Exteriores por Política” y que comprende las bases en que deberían descansar las futuras relaciones con España, Inglaterra y los nuevos países independientes de América del Sur.

7. Colegio de Minería, iglesias y un paseo por los alrededores de la ciudad de México Poinsett diserta sobre la suspicacia de la población y visita al Colegio de Minería y la Academias de Bellas Artes. Conoce al sabio Andrés Manuel del Río y al eminente botánico Vicente Cervantes. Supongo que estaréis ansioso por saber algo acerca de la revolución, y de los acontecimientos posteriores a ella –pero debéis tener paciencia. Encuentro extremadamente difícil recoger datos. En ninguna parte es fácil tarea separar la verdad de la mentira, pero aquí se dificulta aún más, debido al carácter de la gente, que por naturaleza es suspicaz. Además, apenas tengo tiempo para garrapatear en mi diario; las mañanas y las tardes las dedico a visitar sitios de interés, y las noches a la sociedad, en donde me reúno con unos cuantos hombres bien informados, y algunas mujeres bonitas, que conversan, tocan y cantan de modo muy agradable. Me temo que vais a tener que aguantar la curiosidad hasta que me embarque nuevamente. En alta mar tendré tiempo para arreglar y digerir el materia] que he acumulado. 4 de noviembre.–Hoy, en la mañana, fuimos a ver la Minería, o sea el Colegio de Minas, que en un principio fue magnífico edificio e institución excelente. Creo haberos dicho que las casas generalmente están edificadas sobre pilotes. Debido a la falta del cuidado necesario al colocarlos para

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soportar una fábrica de tan grandes dimensiones, o a algún otro defecto de los cimientos, se ha hundido en diversos lugares, y la fachada está visiblemente fuera de la perpendicular. En el interior está más desfigurado aún el edificio; las paredes cuarteadas y rotas; en algunas partes se han caído los cielos, y aunque apenas se acaba de erigir, su apariencia es la de una casa en ruinas. Uno de los salones en que se sustentaban conferencias está dotado de buenos aparatos científicos; los alumnos residentes eran instruidos en todas las ramas de la historia natural y de la filosofía, y se les preparaba para ser útiles como superintendentes de minas; los conocimientos ahí adquiridos han contribuido en forma esencial a mejorar esa rama de la industria. Se han desviado para otros usos los fondos de la institución, y han cesado las conferencias y los estudios. En uno de los salones hay colección de minerales, pero es muy limitada –asombrosamente escasa, si ponderamos las riquezas del reino mineral en este país. Desde el día siguiente al de mi llegada he hecho todos los esfuerzos posibles para conseguir buenos ejemplares de minerales, pero encuentro que es muy difícil, no obstante la ayuda de Del Rio38, profesor de mineralogía, y de Cervantes39, profesor de botánica, sabios ambos, a quienes menciona honoríficamente el Barón de Humboldt. Aqui no hay modo de comprar muestras, ni tampoco se pueden obtener pidiéndolas a las minas. Sólo se puede reunir una buena colección yendo a esas fuentes de riquezas minerales, y escogiéndolas ahí. Pienso regresar vía Guanajuato, y espero que en esa región del país podré conseguir algunas muestras. Cervantes, él mismo, tiene una vitrina muy valiosa, pero faltan muchos de los minerales mencionados por Humboldt como de los que se encuentran en este país. Subimos a la azotea, o sea el techo plano, en forma de terraza, del Colegio de Minería, y entramos al Observatorio, en donde Humboldt hiciera sus observaciones astronómicas. Los geógrafos le están muy obligados por sus labores, y los navegantes, especialmente, tienen motivos para estarle agradecidos. Ha rectificado muchisimos errores, y cada vez que se han puesto a prueba sus observaciones acerca de la latitud y longitud de distintos puntos a lo largo de la costa, han resultado minuciosamente exactas. Después de nuestra vuelta por el Colegio de Minería, dediqué todo el resto del dia a recibir visitas de miembros del Congreso, los cuales, desde 38 Poinsett se refiera al naturalista español y descubridor del elemento químico “vanadio”, Andrés Manuel del Río. [Madrid, 1764, ciudad de México, 1849] Trabajó en el laboratorio de Antoine Lavoisier de París. En 1795 fue nombrado catedrático de Mineralogía en el Real Seminario de Minería de México. En 1801 encontró un nuevo metal al que designó con el nombre de eritronio (el vanadio), analisis posteriores realizados en Francia –a petición de Alejandro von Humboldt– dieron como resultado equivocado que se trataba solo de cromo. Fue miembro de la Real Academia de Ciencias de Madrid, de la Sociedad Werneriana de Edimburgo y a otras corporaciones científicas. 39 Poinsett se refiere a Vicente Cervantes [Badajoz 1755-ciudad de México 1829]. Médico y bótanico. Más de 300 especies vegetales nuevas clasificadas por él fueron enviadas a la península Ibérica desde el Real Jardín Botánico de la capital de Nueva España; muchas publicaciones salieron de su pluma y numerosos discípulos se formaron en su cátedra. Véase Cervantes, Ensayo a la Materia Médica Vegetal de México, México, Secretaría de Fomento, 1889.

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la disolución de dicho cuerpo, se hallan detenidos aquí bajo algún pretexto, pues se cree que su presencia entre sus electores podría producir efectos desagradables. Están alarmadísimos, no sea que vayamos a enviar una misión a la Corte Imperial, pues temen que al otorgarle el reconocimiento a un usurpador, le demos fuerza moral a la causa de éste. Día 5.–A temprana hora fuimos a la Academia de Bellas Artes, antiguamente escuela de pintura y escultura, pero ahora abandonada y cayendo en ruinas, por las mismas causas que han perjudicado a otras instituciones –la desviación de sus fondos a otros usos, debido a las urgencias del gobierno. Hay una magnifica colección de vaciados en yeso, en excelente estado de conservación, pero es dudoso que sigan asi, por mucho tiempo, ya que falta un tramo de techo precisamente encima de ellos, y las lluvias caen sobre el piso del salón en donde se hallan colocados. El vaciado del Laocoonte es uno de los mejores que yo haya visto. Hay algunos cuadros diseminados, en corto número, sobre las paredes, pero ninguno de ellos vale gran cosa; y vimos una larga hilera de bancas y pupitres, con disenos y modelos para los alumnos, como si ahí los hubieran dejado ayer, siendo el caso que no se han dado clases en este plantel desde hace más de doce meses. Hay un salón de modelado y diseño, del natural, y todas las instalaciones necesarias para el estudiante de las bellas artes.40

Las iglesias y los conventos visitados por Poinsett en la ciudad de México, son Santa Teresa, la de la Encarnación, Santa Inés, Santo Domingo, Espíritu Santo, la de la Enseñanza y la Profesa, entre otras. En seguida nos pusimos a visitar iglesias –no todas las que hay en México, ya que esto habría exigido más tiempo del que pudiera disponer para un solo objeto; pero si las más grandes y más ricas […]. La iglesia de Santa Teresa está muy elegantemente decorada, y su arquitectura es de buen gusto. La de la Encarnación, contigua a un gran convento, es muy rica y suntuosa; sobre el altar mayor hay una pirámide de plata repujada, de cuando menos quince pies de alto. Las iglesias de los conventos de los Carmelitas, y la de Santa Inés, son muy pulcras y bellas. El interior de la iglesia de Santo Domingo, que pertenece a un convento de dominicanos, está magníficamente adornada. Los capiteles de las columnas, y las capillas, están ricamente dorados, y el conjunto reviste un aspecto de gran esplendor. La iglesia del Espíritu Santo es excesivamente llamativa y del peor gusto posible. La iglesia de Santa Teresa es muy pulcra y sencilla. La de la Enseñanza, adscrita a un convento, es toda dorados y resplandores. La Profesa, que forma parte de un convento muy grande, le sigue en tamaño a la catedral, y está muy bien decorada –a decir verdad, los interiores 40 Joel Roberts Poinsett, Notas…op. cit, 1950, p.p., 119-121.

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de todas las iglesias que vimos eran suntuosos, y algunos hasta se podían calificar de magníficos. En el convento de La Profesa vimos una serie de cuadros, que representan el corazón del hombre poseído por el demonio y por los siete pecados capitales, y su regeneración al volver al sendero de la religión y de la virtud. El primero enseña un corazón con una cabeza humana encima de él; dentro están pintados una rana, una serpiente, un chivo, un tigre, una tortuga, un pavo real y un puerco; el diablo está en medio, con un rabo muy largo y una horquilla en la mano. En el segundo cuadro aparecen el diablo y todos estos animales a medio salir del corazón, y una paloma blanca a medio entrar. En el tercero, el diablo y los animales ya van lejos, y la paloma se ha posesionado del corazón enteramente. La iglesia que más me gustó fue la de Jesús María, que depende de un convento de monjas; alrededor del templo se extiende una hilera de columnas corintias con capiteles dorados; la cúpula y el cielo están ricamente decorados y pintados en el mejor estilo, y toda la iglesia está arreglada con mucha elegancia y con el gusto más puro. Frente a los templos y en sus cercanías, vimos un número extraordinario de mendigos, que abiertamente ensenaban sus asquerosas llagas y deformidades, para despertar nuestra compasión. Observé a uno de ellos, envuelto en una gran sábana blanca, el cual tan luego como se dio cuenta de que me había llamado la atención, vino hacia mí y desplegando su abrigo enseñó su persona enteramente desnuda y cubierta de úlceras de la cabeza hasta los talones. A mi no me afectan fácilmente estas cosas, pero el espectáculo repugnante que repentinamente se presentó ante mis ojos me volvió el estómago, y me alegré de hallarme cerca de mi casa. No hay ciudad italiana que contenga igual número de mendigos miserables, ni ciudad en el mundo en donde haya tantos ciegos. Esto, a mi juicio, se debe atribuir a la exposición constante a la intemperie, a la penuria, y al uso excesivo del aguardiente. Son muchos los que han perdido la vista por los efectos de la viruela –enfermedad que antes de la introducción de la vacuna, asolaba con frecuencia a este país y era mortal. En distintas épocas han barrido a México epidemias que se han llevado a enormes masas de su población, y el tifo, la escarlatina y las enfermedades pútridas de la garganta son dolencias que prevalecen entre las clases bajas. Los lagos situados al Sur de la ciudad desprenden de su superficie gas hidrógeno sulfurado, que cuando viene el viento de ese cuadrante se puede oler en las calles de México.41

Aunque Poinsett hace comentarios acertados también los acompaña con disparates como al mencionar que los aztecas representaban el mal clima con una calavera y que los mexicanos se alimentan de arcilla. La visita al castillo de Chapultepec es descrita con gran entusiasmo e interés, así como su entrevista con el Príncipe de la Unión, el padre del Emperador. Conocerá el lector a los evangelistas y una descripción de los cultivos en Xochimilco a principios del 41 Joel Roberts Poinsett, Notas…op. cit, 1950, p.p., 121-124.

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siglo XIX, así como la exageración de los informantes del enviado estadounidense referente a los asesinatos e inseguridad del país. Se considera como malsano este viento, y el jeroglifico con que lo señalaban los aztecas era una calavera. No obstante esta circunstancia, y las enormes extensiones de agua estancada que hay en el valle, son muy raras las fiebres intermitentes, pues las enfermedades que afligen al pueblo parecen ser independientes de causas locales. El “matlazáhuatl” epidemia acerca de cuyo carácter sabemos poco, sólo que respeta a los europeos y a sus descendientes, y limita sus estragos a los indios, desde hace muchos años ya no se conoce en parte alguna del país. Debe haber sido otra enfermedad distinta de la fiebre amarilla o vómito negro, pues estaba restringida a las regiones más elevadas, a la mesa central y a la altiplanicie, y nunca la hubo en las tierras calientes. El hambre, y los males que la acompañan, han diezmado a la población de este país con mayor frecuencia que ninguna otra causa. El suelo es fértil, el clima es benigno, y el hombre, al satisfacerse con poco, y estando naturalmente propenso a la indolencia, siembra y cultiva sólo lo que en años ordinarios le proporciona una subsistencia cómoda. No se hace nunca provisión para las temporadas malas, y cuando las sequias y las heladas prematuras destruyen sus cosechas, salen a los bosques y se mantienen con raíces y frutas silvestres, o comen arcilla, siendo miles los que perecen de miseria y alimentación defectuosa. En todas las ciudades principales hay graneros públicos, y el gobierno hace todo cuanto está en su mano para asistir al pueblo en épocas de escasez, y para contrarrestar los efectos de la imprevisión innata de los naturales del país. 6 de noviembre.–Hoy me he ocupado en gestionar la restitución de una cantidad de dinero perteneciente a ciudadanos de los Estados Unidos, que se habia enviado con la conducta de numerario y quedó detenida en el castillo de Perote. Esta operación resulta extremadamente vergonzosa para el gobierno. Los comerciantes de México pidieron licencias para exportar el numerario desde meses antes, pero se les dijo, por acuerdo del Emperador, que los caminos estaban demasiado inseguros para permitir el transporte de valores algunos a Veracruz; que se habían dado pasos para extirpar a las hordas de bandoleros que infestan esa región del país; que se daría aviso tan pronto como pudieran pasar las conductas sin peligro. Con motivo de esta demora se acumuló una cantidad de consideración, y cuando se dio el aviso se despacharon casi tres millones de pesos a través de la aduana, en donde el dinero causa un impuesto del dos y medio por ciento. En la misma noche en que la conducta salió de México se enviaron órdenes al comandante de Perote de detener el dinero a su paso por allí, lo que se hizo. El emperador, en su discurso desde el trono, al abrir las sesiones de la nueva Junta, insinuó que este dinero se iba a necesitar para atender a las exigencias del ejército, y que pertenecía todo a europeos que ya habían salido del país o que se aprestaban a hacerlo. Han prometido devolver el dinero propiedad de nuestros compatriotas, pero éstos se van a perjudicar grandemente por la demora. Los

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trámites en las oficinas son engorrosos, y tendremos que comprobar en forma fehaciente que esos bienes son nuestros. Los ministros no me ocultaron el hecho de que serán confiscadas, en beneficio del gobierno, todas las sumas de dinero pertenecientes a europeos e incluidas en la conducta. En la tarde fuimos a caballo hasta Chapultepec –cerro aislado, de pórfido, rodeado de la más lujuriosa vegetación. Los sabinos sobrepasan, en circunferencia y altura, a los que crecen en nuestros pantanos fluviales, y el “schinus” (pirú) es más elevado y frondoso aquí, que en ninguna otra parte en donde yo lo haya visto. El “schinus” se parece algo a nuestro sauce llorón, pero es más elegante, y es siempre verde. Las bayas, que son rojas, cuelgan en racimos muy decorativos, son aromáticas y los naturales del país las emplean para sazonar sus alimentos. Hay trazadas avenidas en el parque por alguna distancia alrededor del cerro, sombreadas por estos árboles, y están a un nivel mayor que el de la comarca circundante. La cúspide del cerro está coronada por un castillo construido por el virrey Gálvez42. Del lado que ve hacia la ciudad está fortificado, y del lado norte hay enormes bodegas capaces de contener viveres suficientes para varios meses. Es difícil imaginarse cuál pueda haber sido la intención del constructor, si no la de erigir una ciudadela a la que él o sus sucesores pudieran retirarse en caso de alguna insurrección. Desde este castillo, que se halla muy deteriorado, pudimos contemplar el panorama de toda la cuenca del Valle de México. Delante de nosotros estaba la ciudad, y al sur de ella los lagos de Xochimilco y Chalco. Al norte se divisaban otros lagos más pequeños, los de Zumpango y San Cristóbal, y el de Texcoco algo más hacia el este; separan estos lagos, campos ricos y fértiles, entremezclados con huertas y jardines, y destacan su interés y su belleza, los acueductos, que atraviesan la comarca sobre arcos de gran altura. Las cinco grandes calzadas que conducen a la ciudad están bordeadas de altos árboles; los cerros se hallan cubiertos de campos cultivados y de bosques, mientras que la planicie entera, salpicada de villorrios, pueblos bien construidos y numerosas iglesias blancas y altas torres, contrasta con las abruptas y desiertas montanas que encierran el valle. Más allá surgen los volcanes de Puebla, el Popocatépetl y el Iztaccíhuatl, monumentos tan enormes y magníficos, que los ojos descansan en ellos con renovado deleite. Nos quedamos en este sitio hasta que el hermoso y extenso paisaje se suavizó con las sombras del crepúsculo, y los últimos rayos del sol se descompusieron en preciosos matices desde las nevadas cimas de los volcanes. La refracción de los rayos solares, desde grandes masas de nieve, es algo tan magnífico, que es imposible describirlo, y no hay colores que puedan hacer justicia a la variedad y esplendor de los distintos matices que en algunas situaciones se proyectan sobre el paisaje entero. Este es el único rasgo que pueden tener en común los paisajes de México y de Suiza, pero éste es tan asombrosamente bello, que con frecuencia me recuerda mis primeras 42 Poinsett se refiere al virrey Matías de Gálvez [Maracharaviaya, Málaga, 1717-ciudad de México, 1784], quién murió al inicio de la construcción de este castillo llamado de Chapultepec. Su hijo y virrey sucesor Bernardo de Gálvez [Maracharaviaya, Málaga, 1746-ciudad de México, 1786], fue quién supervisó la construcción, sin embargo, murió antes de su inauguración.

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impresiones de la sublimidad y hermosura de la naturaleza, haciéndome revivir la época encantadora en que caminaba a pie sobre los Alpes. Me encontré a un francés en la terraza, que hacia un dibujo de la ciudad y del valle. Se quejó mucho de la falta de efectos pintorescos, pero esto no era nada sorprendente, pues lo había copiado fielmente, y el primer plan de su cuadro consistía en una larga hilera de árboles y campos de maíz, sin objeto alguno prominente. La ciudad estaba a gran distancia, y el panorama lo completaban áridas montañas, dejando fuera enteramente a los volcanes. Aquí hay una fábrica de armas, propiedad del gobierno. Las armas que se elaboran en ella son buenas, pero un fusil sale costando de veinte a veinticinco pesos, y un par de pistolas de treinta a treinta y cinco. Día 7.–Hoy hice una visita al Príncipe de la Unión, padre del emperador, anciano respetable y venerable, de más de ochenta años de edad. Es de modales francos y ha de encontrar algo molestos los honores que le tributan. Fuimos presentados a Su Alteza Imperial, hija suya -mujer buena y sencilla, que llevaba un vestido de percal con rayas obscuras. Apenas pude aguantar la sonrisa cuando le di el tratamiento (Vuestra Alteza) correspondiente a su rango. Esta gente no se puede imaginar cuan ridícula aparece a los ojos de un republicano, la representación de esta realeza. Al dar mi paseo matutino a pie, bajo los soportales que conducen a la Plaza Mayor, me llamó la atención el cuadro singular que presentaban, que era una mezcla de gente atareada, ociosa ó devota. Los almacenes estaban llenos de comerciantes y compradores. Bajo los soportales había hombres y mujeres que vendían frutas y flores, y figuras de cera que representaban con gran fidelidad los vestidos típicos del país, labor hecha por los indios, y la mejor en su género, que jamás había visto. Los léperos, recargados contra las columnas, tomaban baños de sol; y los mendigos y rapazuelos, que vendían folletos y gacetas, nos seguían con gran algarabía. En medio de esta escena de ruido y confusión observé a dos mujeres arrodilladas ante un cuadro de la Virgen, encerrado en una vitrina, con velas siempre encendidas. Estaban abstraídas y ajenas a todo lo que sucedía a su derredor, y parecían estar real y devotamente absortas en sus oraciones. Mientras yo las miraba, y a la multitud, se oyó el retintín de una campanita, que anunciaba el paso de la Hostia, desde la catedral al lecho de muerte de algún pecador. En un momento todo el barullo se sosegó. Los comerciantes y sus clientes, los léperos y los niños ruidosos, todos se descubrieron y se arrodillaron sobre la acera, quedándose asi hasta que desapareció de vista la Hostia, santiguándose devotamente mientras tanto. Entonces nos incorporamos, y poco a poco volvieron el ajetreo y los gritos. Atravesamos la plaza, en donde hay siempre cierto número de coches del sitio (mejores, en mi opinión, que los “jarvies” y “fíacres” de Londres y París), hasta la estatua de Carlos IV. Allí, sentados en los escalones del recinto, encontramos a una clase de individuos llamados evangelistas. Su oficio es el de escribir peticiones y cartas para las personas que no saben “hacerlo ellas mismas.” Envuelto en su cobertor, y provisto de pluma, tinta y un cesto lleno de papel, el evangelista está listo para proporcionar cartas en verso o en prosa, a todos los que se las pidan. Escuché un rato a uno de dos que escribía una carta a ruego de una bonita muchacha, a la que hábilmente le extrajo lo que sentía.

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Es asombrosa la facilidad con que escriben “estos” hombres. Memoriales a ministros y magistrados, cartas de pésame y felicitación, y billetes que respiran amor y amistad, se suceden unos a otros con rapidez, y parecen costarles poco esfuerzo. Algunos de ellos son improvisadores tolerables –talento que es más común entre la gente de la América Española, que entre los italianos mismos. En la tarde salimos a caballo al Paseo de la Viga, calzada elevada plantada con árboles, pero no muy frecuentada; un canal corre a lo largo de este paseo y conduce a los lagos de Xochimilco y Chalco; estaba atestado de trajineras y canoas qué regresaban del mercado. Subimos a una de las primeras y dos indios velozmente nos impulsaron con pértigas a lo largo del margen de las praderas bajas que bordean el canal. Pronto llegamos al pueblo de Santa Anita, que se compone de unas cuantas chozas con techos de zacate, una iglesia y una pulquería. Ahí nos desviamos para ver las chinampas, jardines de tierra de aluvión, que cultivan los indios para abastecer los mercados de México. Se corta el terreno en paralelogramos, rodeados por estrechas zanjas. Cada paralelogramo mide de cuatrocientos a quinientos pies de largo, y de veinte a treinta de ancho, y está elevado unos cuatro pies sobre la superficie del agua. La tierra extraída de las zanjas sirve para levantar el nivel de la huerta y para fertilizarla. Vimos a hombres que se ocupaban de limpiar las zanjas, de esparcir las malas hierbas sobre los tablares de la chinampa, y otros se servían de azadas, que eran anchas y pesaban como cuatro veces más que las nuestras, con un cabo de no más de dos pies y medio de largo. En estas chinampas cultivan judias y guisantes, chiles, coliflores, alcachofas y una gran diversidad de legumbres y flores. El suelo es una rica tierra vegetal, parecida a las de los pantanos en que nosotros cultivamos el arroz, y como es fácil regar estas angostas cuchillas, producen con gran abundancia. Una gran parte de las tierras bajas que se extienden entre los lagos de Texcoco y de Chalco está ocupada por estas huertas, que cultivan los indios. No tuve tiempo de ir a ver el lago de Chalco, aunque me dijeron que aún se pueden contemplar ahí los jardines flotantes descritos por el Barón de Humboldt. Existían desde antes de la conquista, y en un principio se fabricaban con raíces y juncos, ramas de arbustos y cañas, que todos flotaban juntos y sobre los cuales los indios arrojaban tierra y hierbas desprendidas del fondo del lago. Estas chinampas flotantes se desplazan al impulso de largas pértigas. No es sorprendente que los mexicanos, rodeados de tribus hostiles, hayan construido los jardines flotantes de que habla Clavijero. También los hacían necesarios las frecuentes inundaciones a que estaban sujetas la ciudad y casi todo el valle, antes de la conquista y de construirse el canal de Huehuetoca. Pero ya no se usan. Las chinampas fijas, que fueron las que nosotros vimos, estaban bordeadas de flores, y muy primorosamente cultivadas. A medida que nos deslizábamos al impulso de las pértigas, mis ojos a menudo dejaban de mirar estas cosas, para contemplar el panorama de los volcanes de Puebla, que se ven muy claramente desde estos sitios. Regresamos por el canal de la Viga, y seguimos cruzándonos con barcos

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y canoas que remaban y empujaban tanto hombres como mujeres. Estos indios son mucho más oscuros que los de nuestras fronteras; sus cabellos son lacios y lustrosos; los labios son más bien gruesos, la nariz chica y los ojos inclinados hacia arriba como los de los chinos y mongoles. Sus cuerpos son fornidos y sus miembros nervudos. Generalmente no son de elevada estatura, pero sí son fuertes y activos. La raza no es bien parecida, de acuerdo con nuestros conceptos de lo que constituye la belleza. Las mujeres son menos bien formadas, sus facciones son toscas y, como las europeas que se exponen mucho a la intemperie y trabajan mucho, se marchitan y arrugan a una edad muy temprana. La expresión de todos es melancólica, y son notablemente dóciles y obedientes. Con los europeos son muy sumisos, y son pacíficos y hasta corteses en su actitud hacia sus congéneres. No he presenciado ningún altercado entre ellos, que tenga caracteres de riña. Todos hablan azteca u otomi, y castellano también, en el que se expresan con mucha pureza. Con frecuencia les he inducido a pronunciar el nombre de la capital en su propio idioma, y encuentro que todos ellos lo llaman México, como lo hacemos nosotros, sin darle el sonido español de la x, “Mec-sico”. Teníamos pensado ir al teatro, pero primero fuimos a nuestro alojamiento en busca de nuestros sables, para poder regresar a casa de noche sin peligro. Esta os parecerá una extraña precaución en un país civilizado, pero es absolutamente necesaria. El portero de nuestra casa, al verme salir de noche, recién llegado, sin armas, me censuró por lo que tuvo a bien calificar de temeridad mía; y al informarme averigüé que sí se consideraba imprudente obrar así. Se me dijo que eran numerosos los robos y los asesinatos, y que se habían cometido no menos de mil doscientos de los segundos, desde la entrada a la capital del ejército revolucionario. Al revisar las actas de la primera Junta, me di cuenta de que estos desórdenes constituían materia de frecuentes debates y que se atribuían a la soldadesca. No pude averiguar que hubiera sido descubierto y castigado ninguno de ellos. Sin embargo, la ciudad está alumbrada y guardada por serenos. Las lámparas están provistas de reverberos –y muchas de las calles están mejor iluminadas que las de Nueva York o Filadelfia. Los palcos del teatro estaban llenos de gente bien vestida; la parte delantera del patio, en donde hay butacas, estaba ocupada por caballeros, y la parte de atrás estaba atestada de populacho y soldados, obligados a quedarse de pie durante toda la representación. El teatro tiene la forma de una herradura de caballo, estando el escenario en la extremidad más angosta, de modo que son pocos los espectadores en los palcos que lo puedan ver todo. Hay un balcón que sobresale de cada palco, y en él las damas lucen sus personas y galas muy ventajosamente. La pieza era una traducción de la ópera francesa Ricardo Corazón de León, y estuvo malísimamente representada. Su Majestad Imperial estaba sentado en un palco muy lujosamente amueblado, junto al escenario. Su presencia no animó al auditorio, ni menos inspiró a los actores; y la función se desarrolló pesadamente. Los palcos se alquilan por año, al alto precio de quinientos pesos algunos de ellos, y a menudo sucede que las mejores localidades del patio se toman por año o por mes.43 43 Joel Roberts Poinsett, Notas… op. cit, 1950, p.p. 124-131.

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7. Las ciencias y las letras Del Canal de la Viga a la Biblioteca de la Catedral, la Universidad y al Estado de las Ciencias y de las Letras en México. Por supuesto, no se puede hablar de educación sin mencionar la labor del clero católico en este país. Observe el lector los comentarios sobre la pelea de gallos. En la mañana temprano fuimos a vagar por la margen del Canal de la Viga, mirando las embarcaciones y canoas, cargadas de legumbres y adornadas con flores, que velozmente se deslizaban, luchando los indios para tratar, cada cual, de llegar primero al mercado. Nos paramos sobre un pequeño puente que cruza el canal, y vimos una larga hilera de embarcaciones a ambos lados. Era un espectáculo alegre y agradable. Después de almorzar, al ir a pie a la biblioteca de la catedral, pasamos por las plazas en que están situados la mayor parte de los almacenes de venta al por menor. Se parecen a los bazares del Oriente; están abarrotados de toda clase de mercancías, y atestados de gente de toda condición. Están encerrados en recintos y se cierran las puertas de noche. En la biblioteca hallamos una colección apenas tolerable de libros y algunos manuscritos valiosos. Casi todas son obras de teología. Un volumen contenia una relación del estado de las manufacturas en este país hace treinta años, y muestras de ellas con los precios. Hay ejemplares y precios de telas de seda, lino y algodón importados, y en esta relación se hace constar que los mismos artículos fabricados en México en aquella época, de calidad superior, se vendían a un precio no mayor de la mitad del de los importados. Ya no se guardan aquí las pinturas jeroglíficas, y nos dijeron que las encontraríamos en la oficina del Secretario de Estado. Otra vez nos pusimos a examinar la enorme piedra empotrada en el muro de la catedral. En el centro de ella hay una cabeza, con la boca abierta, armada la quijada superior con una hilera de dientes, y oculta la inferior por una larga lengua, que cuelga hasta abajo de la barba. Esto se supone que representa al dios Tonatiuh (el sol), y está rodeado por ocho radios triangulares. Los círculos y las divisiones concéntricas están trazados con precisión matemática. El círculo de adentro, junto a la cabeza, contiene los signos de los días; el segundo, que consta de veinte divisiones, contiene los signos del Zodíaco; el siguiente, que es más angosto, está dividido en cuarenta secciones; y hay dos círculos más, de mucho mayor anchura, todo ello curiosamente tallado en relieve, muy bien acabado y pulido. La piedra es un pórfido trapeano gris, que es la base del “wacke” basáltico. Contiene hornablenda, cristales delgados de espato vidrioso, y algo de mica diseminada. No contiene cuarzo. Los círculos están trazados de un lado, y cerca del borde de la piedra, que es de forma irregular y aparentemente de peso enorme. En seguida visitamos la Universidad, en donde hay una pequeña colección de libros; el edificio es muy espacioso y la institución está bien dotada, pero en estos momentos hay muy pocos estudiantes. Los profesores, con gran atención, nos enseñaron la capilla y todo lo que quisimos ver, excepto el ídolo

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de que habla Humboldt, como habiendo sido descubierto al mismo tiempo que el calendario y el altar. Nos señalaron el lugar en donde está enterrado bajo el pórtico y sólo vimos las manos o garras. El clero creyó conveniente ocultar a la vista de los indios todo aquello que pudiera recordarles su antigua idolatría, y este ídolo fue re-enterrado inmediatamente después de su descubrimiento. Humboldt obtuvo un acuerdo para que lo exhumaran y pudiese estudiarlo; y os remito a sus investigaciones para conocer la descripción de esta pieza. La Universidad fue fundada en 1551. Está regida por un rector, que nos acompañó en la visita que hicimos a las distintas partes del edificio. En algunas épocas ha habido hasta doscientos estudiantes en un momento dado, pero actualmente son mucho menos los que hay. Además de esta Universidad existen otros colegios de menos categoría, y varias grandes escuelas, que se hallan bajo la dirección del clero regular. La mayor parte de los habitantes de las ciudades saben leer y escribir. No quiero que esto se interprete en el sentido de que incluyo a los léperos también; pero con frecuencia he visto a hombres vestidos con el traje de la penuria extrema, que leían las gacetas en las calles; de éstas hay tres que se publican cada tercer día de la semana, y que se venden al precio de un real (doce y medio centavos) cada uno, y los folletos y hojas sueltas se pregonan y se venden a precios razonables. Existen varias librerías, que ostentan sólo escasas existencias de libros. Los libreros hasta ahora han sufrido todas las desventajas del sistema de prohibición de la Iglesia Católica, pero ya tratan de proveerse de las mejores obras modernas. Los pocos libros que se encuentran en los almacenes son exorbitantemente caros. Hay varias bibliotecas particulares valiosas, y muchos caballeros criollos que han visitado Europa, sienten gusto tanto por la literatura como por las bellas artes. Esto sucede ciertamente con menos frecuencia entre los que nunca han salido de su propio país. Los medios de obtener instrucción eran más limitados; y bajo el sistema colonial había oposición a los estudios liberales. Se enseñaban en los colegios la lengua latina, leyes, teología y filosofía, pero de esta última materia solamente aquello que en opinión del clero se pudiera impartir sin peligro. Para daros alguna idea acerca de la influencia ejercida por esta clase en la ciudad de México, simplemente observaré que hay quinientos cincuenta sacerdotes seglares, y mil seiscientos cuarenta y seis pertenecientes a órdenes monásticas. Humboldt afirma que en los veintitrés conventos de religiosos de la capital hay mil doscientos individuos, de los cuales quinientos ochenta son sacerdotes y cantores de iglesia. Y en los 15 conventos de monjas, hay dos mil cien, de las cuales novecientas son religiosas profesas. En toda la Nueva España se ha calculado en catorce mil el número de clérigos seglares y regulares.44 Como cuerpo, poseen grandes riquezas, pero los salarios que reciben son muy desiguales. Los ingresos anuales de

44 Poinsett exagera al tratar el tema de la Iglesia Católica en México. En 1821 no habia en todo el territorio de la antigua Nueva España sino 3112 religiosos; 2282 sacerdotes del clero regular y 2098 religiosas. Poco después, debido a la ley de expulsión de españoles, muchas monjas, asi como frailes y sacerdotes seculares, abandonaron el país.

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Arzobispo de México ascienden a Obispo de Puebla Obispo de Valladolid Obispo de Guadalajara Obispo de Durango Obispo de Monterrey Obispo de Yucatán Obispo de Oaxaca Obispo de Sonora

$ $ $ $ $ $ $ $ $

130,000.00 110,000.00 100,000.00 90,000.00 35,000.00 30,000.00 20,000.00 18,000.00 6.000.00

mientras que los salarios de algunos curas de pueblos indios apenas exceden de cien pesos. El valor de la propiedad raíz perteneciente al clero no es mayor de dos o tres millones de pesos; y la proporción de los diezmos anuales asciende como a millón y medio. Sus riquezas provienen, más que nada, de las cantidades que se dejan a la iglesia para decir misas y otros objetos piadosos. Dichos legados quedan en su mayor parte, como gravámenes a cargo de la propiedad inmueble territorial; y están hipotecados a favor de la Iglesia total o parcialmente, los bienes de casi todos los propietarios de menor cuantía en México. El monto de los fondos de manos muertas en México, en 1800, ascendía a cuarenta y dos millones quinientos mil pesos; de este total correspondían a la Diócesis de México ..............................$ 9,000,000.00

A la de Puebla ..................................................... .$ 6,500,000.00 A la de Valladolid ..................................................$ 4,500,000.00 A la de Guadalajara .............................................$ 3,000,000.00 A las de Durango, Monterrey y Sonora ...............$ 1 ,000,000.00 Al clero secular para usos piadosos ....................$ 2,500,000.00 A iglesias y conventos a través de todo México, en virtud de legados para usos piadosos ................. $ 16,000,000.00

$ 42, 500,000.00

A nuestro regreso nos detuvimos frente a la Inquisición, edificio muy extenso. Estaba cerrado. Dios quiera que asi siga, o que se dedique a otros usos. Siento cierta curiosidad por examinar el interior de un edificio destinado a un fin de esta naturaleza, y he dado los pasos necesarios para que se me franquee la entrada. Después de comer fuimos a la plaza de gallos. Estaba llena de personas, de todas las clases sociales, afanosamente ocupadas en examinar gallos; cuando se azuzaba a dos de ellos a pelear, circulaban los corredores instando al público a apostar, y recibían el dinero, que se coloca en montones sobre una mesa; me sorprendió ver a individuos envueltos en cobertores y harapos, apostando monedas de oro. Los gallos están armados con navajas y pronto termina la lucha. Entonces los corredores pagan a los gananciosos, que les dan una pequeña propina.

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Las peleas de gallos son una diversión nacional en la América Española, y los gobiernos obtienen ingresos considerables de los palenques. Pronto nos cansamos de esta carnicería y fuimos a la plaza de toros, amplio recinto circular destinado a las corridas. Una compañía norteamericana de espectáculos ecuestres ha erigido un circo dentro del redondel, que es muy espacioso, y la encontramos haciendo hazañas de equitación ante una muchedumbre de espectadores. Habréis visto, supongo yo, algún grabado del interior de la plaza de toros de Madrid. Esta es exactamente igual y casi tan grande. En el redondel hay un círculo de cinco o seis pies de alto, con estrechas aberturas, en donde se refugian los atormentadores del toro cuando éste los persigue. Arriba de esto se levantan asientos en fila, una arriba de otra, para los espectadores de menos categoría, ya que están expuestos al sol. Arriba de estas localidades, hay dos o tres hileras de palcos, llenos generalmente de gente bien vestida. Se calcula en unos dos o tres mil espectadores el cupo de estas localidades, y no se puede concebir un espectáculo más alegre, que el que ofrecen en un día de sol, cuando se hallan pictóricas de damas bien vestidas, que demuestran mayor interés por el tormento y muerte de un toro, del que vos, con vuestros prejuicios, habríais de considerar como decoroso en el sexo débil.45

8. Industria del tabaco Como sabemos, el tabaco es originario de México, las civilizaciones prehispánicas en particular la azteca, habían dado un uso extendido a esta planta. Su expansión a Europa y el gusto de este producto por las cortes europeas, en particular por los británicos, llevaron a sembrar extensas regiones en el siglo XVII en Virginia, en las colonias anglosajonas de América del Norte. Día 9 de noviembre.–Hoy en la mañana fui a la Fábrica de Tabacos, enorme construcción situada cerca de los suburbios de la ciudad. Ahí encontramos a quinientas o seiscientas personas ocupadas en la elaboración de cigarros y puros. Los primeros se hacen con tabaco picado y enrollado en papel; los puros son los que nosotros llamamos “cigars” y son a base de tabaco únicamente. Bajo el gobierno español constituía un lucrativo renglón de ingresos el estanco del tabaco. La hoja que se cosechaba, en su totalidad, sólo se podía vender al gobierno, y para impedir los fraudes, en cuanto fuera posible, se reconcentraba el cultivo en un punto. Los distritos de Córdoba y Orizaba eran los únicos en donde se permitía plantar tabaco. Se destruían los plantíos ubicados fuera de los linderos de los distritos privilegiados. El gobierno arrendaba la venta del tabaco labrado, y los puros sólo se vendían en los estancos reales. Nadie se atrevía a fumar tabacos de su propia elaboración. Este monopolio le producía a la corona de cuatro a cuatro millones y medio de pesos anualmente, fondo que se remitía íntegramente a la tesorería del Rey 45 Joel Roberts Poinsett, Notas… op. cit, 1950, p.p. 133-138.

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de España. Los gastos de la administración de este departamento ascendían a unos ochocientos mil pesos anuales. Al regresar oímos dar las doce en el reloj; todo el mundo se detuvo, se descubrió y musitó una corta oración, o aparentaba hacerlo. La quietud solemne que sucede al ajetreo de una calle concurrida en esos momentos, llama mucho la atención. Los carruajes y las carretas, los jinetes y los peatones, todos se quedan inmóviles; suspéndense los negocios, y todos los ruidos se acallan al primer sonido de la campana. En la mayor parte de los países católicos se observa esta ceremonia a la hora de las vísperas –”la Oración”–; pero este es el primer lugar en donde he visto que toda la gente reza al mediodía. No hay país en Europa o América en donde se cumplan más estrictamente las fórmulas supersticiosas del culto, que en México. A los indios, a quienes difícilmente se les apartó de su idolatría, les encanta mezclar las supersticiones de su antigua religión con los ritos de la Iglesia Católica. Son muy afectos a las procesiones, y a menudo representan la Natividad, la Crucifixión y otros misterios de nuestra santa religión. Esta propensión a representar las cosas del cielo por medio de imágenes objetivas es común en todos los países católicos. Yo he visto representaciones escénicas de la Natividad, en Roma. Nos aseguran que jamás se pierde de vista la distinción entre el símbolo y la cosa que significa; pero no puedo creer que esto sea cierto, en el caso de la multitud ignara de Roma, o de los pobres indios de México.46

9. La Virgen de Guadalupe y el Valle del Anáhuac Es de sorprender que conociendo la leyenda de las apariciones de la Vírgen de Guadalupe, Poinsett no la mencione ni la explique con amplitud y detalle. Además de comentar falsedades como la “aparición del cuadro”. Los aborígenes son especialmente afectos a figurar, en procesiones, vestidos con las armaduras y otras vestiduras de los acompañantes de Cortés. En su imaginación, asocian esta, indumentaria con la majestad y el poder, y les encanta cabalgar en un corcel de guerra, armados de pies a cabeza con yelmo y cota de malla. En la tarde fuimos a caballo a la magnífica iglesia de Nuestra Señora de Guadalupe, construida en el cerro rocoso y árido del Tepeyacac, a corta distancia de la ciudad. Pasamos por una hermosa calzada empedrada, construida en un principio para represar las aguas del lago de Texcoco, además de servir como carretera. En la época de la conquista había cuatro de estos diques, que conducían desde la ciudad hasta la tierra firme. Cortés dice que tenían dos leguas de largo, y que su ancho era el de dos lanzas. 46 Joel Roberts Poinsett, Notas… op. cit, 1950, p.p. 138-139.

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Las que nos son conocidas son las calzadas de Tepeyacac (Guadalupe), Tlacopan (Tacuba) e Ixtapalapa. Humboldt supone que la otra llegaba hasta Chapultepec. La iglesia de Guadalupe, que posee una milagrosa imagen de la Virgen, está ricamente ornamentada. Encontramos a un sacerdote sentado cerca del altar, ante una mesa cubierta de medallas de plata con la Virgen, las que vendía a un precio alto, como talismanes para llevarlos colgados al cuello de los fíeles. En un enorme infolio se relata la historia de este milagroso descubrimiento del cuadro, pero no pienso leerla nunca. Nos contaron que se apareció a un campesino, y le ordenó que comunicara lo que había visto, al arzobispo de México. Se acercó al arzobispado, pero se asustó por la pompa y esplendor que rodeaban al prelado, por lo que se retiró sin acatar las órdenes de la Virgen. A su regreso nuevamente se le apareció la visión, que le reprochó su desobediencia. Pidió alguna señal para demostrar que su misión era de carácter divino, y al día siguiente halló la estéril peña de Tepeyac cubierta de hermosas flores. Se le ordenó que las recogiera, que las presentara al Arzobispo, y que contara lo que había visto. Logró que se le dejara entrar al arzobispado, y cumpliendo las órdenes que le dieran presentó las flores y dijo dónde las había recogido. Una vez corroborado el relató se lo creyeron inmediatamente; se dirigió una procesión al Tepeyac y fue descubierta la imagen de la Virgen. Sin más esperar se construyó el templo, dotándolo con munificencia, y la pintura ha hecho y sigue haciendo muchos milagros. A corta distancia del templo hay una capillita y un manantial de agua mineral.47

La situación de la ciudad de México es descrita aquí por Poinsett, y asegura que se necesita más de tres meses para contemplarla y visitarla a detalle. En la cuenca de México hay dos fuentes de aguas minerales. Esta, o sea la de Guadalupe, y la del Peñón de los Baños, que contienen ácido carbónico, sulfates de cal y sosa, y muriato de sosa. Las del Peñón son muy calientes. Tengo entendido que hay baños arreglados para la comodidad de los enfermos, y que a ellos concurre mucha gente. Cerca del Peñón hay salinas, aunque el agua, después de quitarle la tierra a fuerza de lavados, apenas contiene más del doce o trece por ciento de sal. El procedimiento es muy sencillo. Se forma un montón de tierra, de unos veinte pies de alto, y en la cima se excava un agujero, en forma algo pareada a la de una caldera. Se empuja una caña larga a través de su fondo, de modo de comunicarlo con un recipiente. Se echa al agujero tierra excavada de las márgenes bajas del lago de Texcoco, y se le vierte agua que se escurre hasta el recipiente que está abajo. El licor resultante se lleva a chozas bien cerradas, en donde se somete a la acción del calor. La sal que se elabora por medio de este procedimiento es muy impura, pero con todo y eso se vende a un peso la arroba (veinticinco libras). Está tan cerca ya la fecha de mi salida, que me va a ser imposible visitar este lugar. Es causa de sentimiento infinito para mí, que no obstante 47 Joel Roberts Poinsett, Notas…op. cit, 1950, p.p., 140-141.

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toda la diligencia que he desplegado, voy a dejar muchas cosas sin hacer, y a quedarme sin ver los objetos más interesantes del Valle. Lo que deploro muy particularmente es no haber tenido tiempo para visitar los restos de las pirámides de Teotihuacán, situadas al lado nordeste del lago de Texcoco. Para ver todo lo que merece ser observado por el viajero exigiría una residencia de cuando menos tres meses. Tengo que partir mañana o pasado, de modo que sólo voy a daros una relación escueta de la capital y del hermoso Valle de Anáhuac. Os remito nuevamente a Humboldt, que lo vio todo, y todo lo describió con maravillosa minuciosidad y exactitud; y os exhorto a que tengáis paciencia con sus divagaciones eruditas. Si enlazáis todos los hechos expuestos en su “Ensayo Político Sobre el Reino de la Nueva España” adquiriréis, si no un conocimiento perfecto de este país, sí un concepto mucho más completo de él, que de cualquier otro, a través de cualquier libro de viajes. He examinado, hasta donde me lo permitiera el tiempo, la situación actual de México, comparándola con los relatos que hace Cortés, y estoy convencido de que la nueva ciudad se levantó sobre el mismo sitio que la antigua, y de que las aguas del lago se han ido retirando y secando […]. En todo tiempo fueron los menos profundos los costados sur y oeste del lago. La evaporación, que siempre fue muy intensa, se aumentó, mientras que se disminuyeron las lluvias, al derribar los árboles del valle. La necesidad de pilotes para los cimientos de las casas, y la demanda de madera para construcción ocasionó la destrucción de todos los árboles de los bosques; y los españoles, acostumbrados en su propio país a la falta de madera y de sombra, nunca han hecho plantaciones. A medida que se retiraban las aguas, se desaguaban las tierras para hacer chinampas; y estos cultivos contribuyeron aun más a bonificar el suelo. Se construyeron nuevos diques para represar las aguas, y para impedir que fuese inundada la ciudad, recurriéndose a todos los medios posibles para conservar bien secas las calles de la ciudad, y apropiadas para el paso de carruajes. Lo que más contribuyera a este fin fue el canal de Huehuetoca, construido con el objeto de desaguar los lagos de Zumpango y San Cristóbal. Antes de la terminación de esta obra, las aguas de estos lagos, que en varios pies son las más altas del Valle, en la estación de lluvias desembocaban en el lago de Texcoco. El canal está perforado a través del cerro de Nochistongo, el punto más bajo dentro del circulo de montañas que encierra el Valle; y sus aguas ahora fluyen al rio Tula y por el Panuco hasta el Océano Atlántico. Al recorrer las inmediaciones de la ciudad a caballo, es fácil reconocer las bajas praderas antes recubiertas por las aguas. La sal aún se asoma en forma de eflorescencias a la superficie; y me parece que sería posible seguir los límites anteriores del lago. Se enseña a los viajeros un puentecito, cerca de Buenavista, como sitio en donde Alvarado, en la Noche Triste de la retirada diera un salto que asombró a sus perseguidores, pues de un solo brinco salvó la zanja que cortaba la calzada. Pero aun cuando este punto, estuviera más cerca de la ciudad de lo que está, no probaría que se hubiera cambiado la localización de la misma. El cuento del salto de Alvarado se consideró como una fábula, aun en el

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tiempo de Cortés; y debe ser cuando menos dudosa la tradición relativa al sitio preciso. La catedral se levanta ahora sobre el terreno que antes ocupara el teocalli de los aztecas. Las pruebas indudables de ello las proporcionan los descubrimientos recientemente hechos al hacer excavaciones en la Plaza Mayor. Todo el que examine las piedras y los ídolos sacados de la tierra cerca de la catedral quedará convencido, por su peso enorme, de que los conquistadores no se las llevaron lejos del templo a que pertenecieran. El palacio del marqués del Valle está construido, sobre el mismo lugar en donde estuvo el de Moctezuma. El teocalli y el propio palacio de Moctezuma estaban casi en el centro de la antigua ciudad de Tenochtitlán. El palacio del marqués del Valle, las casas del estado construidas por Cortés frente a la residencia del monarca mexicano, y la catedral, se hallan en la misma posición relativa, y están casi precisamente en el centro de la moderna dudad de México. Las dimensiones del valle o cuenca de México, que es de forma ovalada, según el Barón de Humboldt, miden dieciocho y un tercio leguas de largo, y doce y media leguas de ancho; la superficie es de doscientas cuarenta y cuatro y media leguas cuadradas, de dicho espacio, los lagos ocupan veintidós leguas cuadradas, o sea menos de la décima parte del área total […]. La circunferencia del valle, siguiendo la cresta de las montañas, que lo rodean como un muro circular, es de sesenta y siete leguas. Nunca lo he contemplado sin encontrarme persuadido de que el valle en su totalidad fue antes un lago enorme, y que los cerros aislados de Chapultepec, del Peñón de los Baños, y algunos otros que surgen de la planicie, fueron antes islas en medio de las aguas. De los diversos censos que se han levantado parece que la población de la ciudad ha fluctuado bastante. El de 1790 sólo dio ciento doce mil novecientos veintiséis habitantes. Humboldt la calcula, en 1801, en ciento treinta y siete mil almas […] De este número calcula en dos mil trescientos noventa y dos, el de los sacerdotes, frailes y monjas. Un censo posterior hace ascender la población a ciento sesenta mil personas. Otro, de fecha más reciente aún, la reduce a ciento veintiséis mil. Según todos los informes que he podido obtener, estoy dispuesto a calcular que la población real y efectiva es de ciento cincuenta mil a ciento sesenta mil habitantes […]. Se estima en un cuadro de entre tres y cuatro millas el área de la dudad; y está construida en forma apretada y compacta. Entonces las embarcaciones podrían subir por medio de fácil navegación desde Tehuantepec hasta el pueblo de San Miguel, y pasar a través del canal hasta el río del Paso. Este río afluye al Coatzacoalcos, pero la navegación está impedida por siete raudales. Actualmente hay abierta una ruta de Tehuantepec que pasa por Chihuitan, Llano Grande, Santa María, Petapa y Guichicovi, hasta un desembarcadero sobre el rio del Paso, más abajo de los raudales, en su unión con el rio Saravia. Todos los que han examinado el puerto de Coatzacoalcos lo describen como amplio y muy seguro. Varían grandemente las cifras con respecto a la profundidad del agua en La Barra, pero una fragata, llevada

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por una tempestad desde su anclaje en el puerto de Veracruz, se refugió allí y después pudo salir sin dificultad. El puerto de Tehuantepec apenas merece llamarse asi; solamente pueden cruzar la barra pequeñas embarcaciones, y afuera quedan expuestas a una rada abierta. Las arenas que acarrea el Chimalapa hacen crecer la barra año tras año, y la población de Tehuantepec se halla ahora a cuatro leguas del mar. Por el lado del Océano Pacífico es probable que San Blas se convierta pronto en puerto de mucha importancia. Será más fácil transportar a la costa los ricos productos de Guanajuato y Guadalajara por el gran Río Santiago, y será posible proveer de mercaderías asiáticas a esa región del país, por esa ruta.48

10. La industria La industria no presenta un desarrollo importante, aunque los telares, el tabaco y la minería son la excepción. Casi no hay fábricas de seda en México. Los pañuelos de seda que hacen los indios de la Mixteca y los vecinos del pueblo de Tixtia, cerca de Chilpancingo, se elaboran con la seda de un gusano indígena, y no con la del “bombyx mori”. La industria de elaboración más lucrativa de México es la del tabaco. Las fábricas más extensas de este artículo se encuentran en las ciudades de México y Querétaro. En la segunda de ellas hay empleadas unas tres mil personas, de las que mil novecientas son mujeres. Mensualmente se fabrican aproximadamente 2,500.000 cajetillas de cigarros y 290 cajas de puros, cuyo valor asciende a unos... $185,300. Los gastos mensuales son $31,789. El valor de los puros y cigarros que ahí se elaboran anualmente se calcula en $3,200,000. La fabricación de la pólvora era un monopolio de la Corona, pero el precio de la elaborada en la Real Fábrica era tan alto que se cree que las tres cuartas partes de la que se empleaba en las minas se fabricaba a espaldas de la ley. La fábrica de pólvora está en Santa Fe, en el Valle de México, a tres leguas de la capital. En todas las ciudades se fabrican sombreros, zapatos y sillas de montar y hay varias alfarerías. Uno de los oficios más florecientes es el de la platería, y hay muchos dedicados a el en todas las poblaciones y ciudades de México. Es enorme la cantidad de objetos de plata que se elaboran para las iglesias, y los particulares hacen uso de más cosas de plata que los de la misma clase en los Estados Unidos. Esto se debe a la falta de manufacturas de cristal y porcelana, y al costo y los riesgos de su transporte desde la costa a la mesa central. 48 Joel Roberts Poinsett, Notas… op. cit, 1950, p.p. 141-144 y 147-152.

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En la capital se fabrica hilo de oro y plata para bordados, arte en que descuellan estas gentes. En 1803 el oro labrado ascendía a trescientos ochenta y cinco marcos, y la plata labrada a veintiséis mil ochocientos tres. Existe, además, en la ciudad, una fábrica de naipes, y otra de percales estampados burdos. El estampado se hace con placas de peltre cuadradas, de catorce pulgadas por lado. Los trabajadores de más alta categoría en este establecimiento ganan de cuatro a cinco pesos diarios. Estas mantas burdas se venden a razón de dos pesos por pieza de cinco yardas. En los Estados Unidos se fabrica una calidad mejor al costo de diecisiete a veinte centavos yarda. Hay una gran demanda de manta burda estadounidense en este país, a causa de su mayor resistencia y durabilidad; y cuando se revise el arancel de México de modo de percibir los derechos sobre este articulo de acuerdo con su valor, nuestras manufacturas se convertirán en objetos importantes de comercio. En la ciudad de México se fabrican sombreros de la mejor calidad, así como botas, zapatos y artículos de talabartería de muy buen cuero y excelente acabado. Los muebles en su mayor parte son de cedro y pino, y de calidad tosca e inferior. Los coches si están muy bien hechos, y aunque son algo pesados están elegantemente pintados y barnizados.49

11. El Clero y el Jardín Botánico: el árbol de las manitas El jardín botánico que tanto llamó la atención de Humboldt fue visitado por Poinsett, al igual que el famoso árbol que descubrió Amié Bonplant. El obispo, un fiscal y un provisor, constituían el más alto tribunal eclesiástico, las diligencias las llevaba a cabo el provisor y el Obispo sólo asistía en aquellos casos en que estuviesen interesados hombres de iglesia de alto rango. Los tribunales eclesiásticos se avocaban el conocimiento de todos los casos de naturaleza espiritual, de los concernientes a miembros del clero, así como de los relativos a donaciones piadosas y legados. Los fueros o privilegios eclesiásticos eran amplios; a veces, aunque muy raramente, el fuero era mixto; y cuando el demandante era eclesiástico y el demandado seglar, el caso era visto por un tribunal seglar y viceversa. Las parroquias eran servidas por curas rectorales, mientras que curas doctrinarios oficiaban en las congregaciones y pueblos de indios, que se dividían en doctrinas. Los primeros obtenían sus ingresos de los derechos de bautizo, matrimonio y entierros, que los segundos tenían prohibición de cobrar, pues recibían un sueldo a cargo de la Tesorería. 49 Joel Roberts Poinsett, Notas… op. cit, 1950, p.p. 156-157.

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El espacio público en la ciudad de México. La Alameda en el siglo XIX.

Lucas Alamán (1792-1853). Historiador, empresario, diputado a las Cortes y numerosas ocasiones ministro de Relaciones Exteriores en los gobiernos republicanos de México.

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Martín Van Buren, presidente de los Estados Unidos de América entre 1837 y 1841. Durante su presidencia Joel R. Poinsett fungió como Secretario de Guerra.

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Lorenzo de Zavala (1788-1837), historiador, periodista, activo liberal y uno de los líderes de la logia masónica yorquina, con la cual Poinsett mostró afinidad ideológica. La búsqueda de una sociedad igualitaria lo llevó a fomentar la independencia de la República de Texas de la cual fue su primer Vice Presidente.

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Manuscrito de Lorenzo de Zavala fechado el 3 de junio de 1836 el cual dice: “Tomando en consideración que el presente Gobierno de Texas ha perdido la confianza del pueblo y por lo tanto no es capaz de llevar a efecto sus funciones, tengo que someter mi renuncia como Vice Presidente de la República de Texas”.

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John Watson Foster

Jonh Watson Foster, 1909.


II. John Watson Foster, en busca de El Dorado ahora se me encomendaba la Misión más elevada y difícil en el Hemisferio Americano ni el brillo de la Corte a donde se me envía hará que os olvidemos, ni las nieves de un invierno ruso enfriará en lo más mínimo el calor de nuestro afecto por nuestros amigos del soleado México John W. Foster


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Foster el excursionista John Watson Foster nació en el Condado de Pinke, del Estado de Indiana, el 2 de marzo de 1836. Se graduó en la Universidad de Indiana y obtuvo el título de abogado en la Escuela de Leyes de Harvard. Descendiente en segunda generación de una familia puritana británica –su abuelo fue un inglés, propietario de tierras, quien emigró a América a fin de rehacer su fortuna disminuida a consecuencia de las luchas napoleónicas–, su padre a la edad de diecisiete años, abandonó el hogar en el Valle Mohawk, Nueva York. Decidido a abrirse una carrera en la vida y en donde pudiera proporcionar un hogar a sus ancianos padres, partió solo y a pie, hacia la región del Gran Oeste en busca de un lugar apropiado donde se pudieran obtener tierras del Gobierno. Foster comenta esta larga travesía efectuada por su padre John Foster Dulles: Después de atravesar con la mochila a la espalda el territorio que se extiende hasta Saint Louis, Missouri, resolvió establecerse en Indiana meridional; volvió a Nueva York y cambió la familia al nuevo hogar, donde había logrado hacerse de una extensión de ochenta acres de tierra virgen inculta. Ahí, en una cabaña de trazas construida por sus propias manos, la familia comenzó su nueva vida. Mi padre pronto se convirtió en hacendado en gran escala y reuniendo sus productos y los de sus vecinos, bajaba con ellos por el río White, el Wabash y el Ohio, tributarios del Mississippi, y de ahí a Nueva Orleans; y en la época en que todavía no eran comunes los botes de vapor, volvía a pie a su casa de Indiana distante mil doscientas millas llevando el importe en monedas de oro español. Este oficio hizo que se dedicara al comercio y su estancia en Evansville, en esa época población en desarrollo, que es ahora una ciudad de no escasa importancia. Adquirió cierto grado de conocimientos en Derecho, que inclinó a sus vecinos a nombrarlo Juez de Condado, o Tribunal privativo; era activo como concejal, director de banco y síndico de la iglesia y de la escuela, tendiendo todas sus actividades al mejoramiento de su comunidad. Antes de partir de Inglaterra había trabajado como aprendiz en una librería y con excepción de lo que allí aprendió, sus conocimientos fueron los que él pudo adquirir en las pocas horas de descanso que tenía en su penosa vida. Era asiduo lector, siendo sus libros favoritos la Biblia, Shakespeare y Burns,1 trozos de los cuales recitaba fácilmente de memoria. Se convirtió en ardiente americano tomando parte activa en la política, especialmente en la cruzada anti-esclavista. Mi bisabuelo materno sirvió en el contingente de Virginia del ejército revolucionario. Mi abuelo emigró de Kentucky a Indiana poco 1 Foster se refiere al poeta y literato nacionalista escocés Robert Burns (1759-1796).

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después de haberse constituido en Territorio, desempeñó el puesto de Secretario de su primer Gobernador General Harrison2, tomó parte en la campaña de Tippecanoe3 contra los indios, fue miembro de la Convención que forjó la primera Constitución de Indiana, desempeñó con frecuencia el puesto de Diputado de la Legislatura local. Mi madre murió cuando yo era niño, pero no antes de haber fijado indeleblemente en mi memoria su afecto, su amabilidad, su inteligencia y su vida profundamente religiosa. Rodeado de tales asociaciones y alimentado por la narración de los hechos de tales antepasados, me convertí en hombre.4

El mismo Foster nos refiere en sus Memorias cómo, transcurridos sus estudios universitarios, fue a Cincinnati a trabajar en el despacho de un abogado, ingresó a la Barra de Abogados y posteriormente estableció su residencia en Evansville. Se sintió inclinado a la reflexión de los problemas sociales de su época –en particular sobre el problema de la esclavitud–, hasta que tal inclinación la concentró hacia el campo de la política. He aquí sus comentarios al respecto: Durante mis años de colegio y de edad viril, la agitación esclavista era el asunto político candente. El distrito en que vivía, colindante con Kentucky y colonizado en su mayor parte por personas de Estados esclavistas, simpatizaba con la causa pro-esclavista, pero, siguiendo el punto de vista de mi padre, en el colegio era yo tan ferviente abogado antiesclavista, que estaba clasificado como “abolicionista,” término oprobioso en aquella época y en aquella comunidad. En la campaña presidencial de Fremont, tomé tan activa 2 Foster se refiere a Guillermo Henry Harrison (1773-1841). General que dirigió la batalla de Tippecanoe, gobernador del estado de Indiana y noveno presidente de los Estados Unidos en 1841. Murió de neumonía tras 31 días de ejercer este último cargo. 3 Foster se refiere a la famosa batalla que lleva ese nombre y llevada a cabo en el territorio de Indiana el 7 de noviembre de 1811. La batalla de Tippecanoe fue una batalla decisiva del ejército de los Estados Unidos. Compuesto por más de mil hombres fuertemente armados y conducido por el general Guillermo Henry Harrison, el ejército de los Estados Unidos se enfrentó en esa ocasión en contra de una aguerrida comunidad nativa liderada por el guerrero legendario Tecumseh. Sin embargo, en esa ocasión el líder nativo se encontraba lejos reclutando más tribus para su alianza, por lo que su hermano Tenskwatawa, tomó su lugar. Esta escaramuza produjo 37 soldados norteamericanos muertos y 126 heridos y se desconoce hasta la fecha las bajas nativas –ya que después de la batalla recogieron sigilosamente a sus muertos y heridos. La batalla de Tippecanoe terminó con el sueño de Tecumseh de crear una confederación unificada india. Su hermano, Tenskwatawa mejor conocido como el profeta, había asegurado que las armas de Harrison no podrían lastimar a sus guerreros. Debido a que evidentemente esto no se cumplió, fue deshonrado y huyó a Canadá. A raíz de la batalla, el resto de las tribus que habían logrado una unidad bajo el mando de Tecumseh, se dispersaron. Véase Reed Beard, The battle of Tippecanoe: Historical sketches of the famous feld upon which General William Henry Harrison won renown that aided him in reaching the presidency [La batalla de Tippecanoe: Bosquejos históricos del famoso campo sobre el cual el general Guillermo Henry Harrison ganó el renombre que le ayudó a alcanzar la presidencia], USA, W.B. Conkey Co; 4th ed edition, 1911. 4 John Watson Foster, Diplomatic Memoirs. In two volumes. Volume I, with illustrations, Boston and New York, Hougthon Mifflin Company, The University Press Cambridge, 1909, p.p. 7-8.

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participación, como me lo permitió mi menor edad, y en la animada campaña de Lincoln, en 1860, dediqué una gran parte de mi tiempo a la organización, del Partido Republicano, que en ese tiempo estaba en notable minoría en mi sección y a dirigir la palabra al pueblo en los mítines políticos. Toda mi alma pertenecía a la causa anti-esclavista y cuando, tras de la inauguración del Presidente Lincoln, estalló en el país la Guerra Civil, mi primer impulso fue unirme al ejército de la Unión; pero durante algunos meses me vi coartado en mis actos. Los voluntarios se apresuraron a presentarse en número mayor del que estaba señalado a Indiana. Me acababa de establecer en una casita y solamente una gravísima necesidad podía hacerme abandonar a mi joven esposa e hijo. Además, la milicia no tenía para mí un atractivo especial. Pero apareció el llamamiento del Presidente por trescientos mil hombres, que deberían enrolarse por tres años, vi que el asunto de la rebelión era un conflicto serio y que el llamamiento era más enfático para aquellos que habían profesado afecto a la causa anti-esclavista. Me enganché en el ejército por tres años y sin que yo lo solicitara, el Gobernador Morton,5 que sabía los servicios que yo había prestado en la campaña política de Lincoln, me comisionó con el carácter de Mayor del Vigésimo Quinto Cuerpo de Voluntarios de Indiana. Durante los tres años y medio que presté mis servicios, tomé parte en encuentros muy importantes, tuve a mis órdenes tres diferentes regimientos de Indiana, fui jefe de brigada y de distrito y cuando terminó mi servicio me encontraba a la cabeza de una división de caballería. Serví bajo las órdenes y estuve en contacto y amistad personal con los Generales Grant,6 Sherman,7 Thomas, Bumside y otros jefes de departamento y de cuerpos. Mi vida militar ensanchó en alto grado mi conocimiento de los hombres y me proporcionó más confianza en mí mismo.8

La disciplina en el ejército lo cambió. Foster refiere como el luchar militarmente por una causa social lo llevó a la febril actividad política en la era de reconstrucción nacional. Foster se refiere a esta época de la siguiente forma: El haber tomado participación en cuestiones de partido desde temprana edad, me había desarrollado el gusto por la política y al terminar la Guerra Civil me vi, naturalmente, llevado a tomar profundo interés en las cuestiones de reconstrucción que agitaban al país. Cediendo a esta inclinación, me convertí en editor del principal periódico de mi sección de Estado. Tal puesto proporciona una excelente oportunidad para estudiar las diferentes cuestiones políticas que nacen en el país y sus discusiones editoriales tienden a ensanchar y 5 Oliver P. Morton (1823-1877), amigo de Foster, gobernador de Indiana y hombre cercano de Abraham Lincoln. 6 Ulysses S. Grant (1822-1885), participó en la Guerra contra México (1845-1848), fue el general más famoso de la Guerra de Secesión (1861-1865) y presidente de los Estados Unidos entre 1869-1877. 7 Guillermo Sherman (1820-1891), uno de los jefes del ejército federal durante la guerra de Secesión. 8 John Watson Foster, Diplomatic… op. cit.,V.I, 1909, p.p. 8-9.

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purificar nuestras ideas sobre asuntos políticos. En los años que sucedieron a la guerra continué prestando alguna atención a la organización del Partido y, como ya he dicho, en la campaña presidencial de 1872 me hallaba a la cabeza del Comité Republicano del Estado. Con motivo de la dirección de la campaña del Estado, me puse en contacto personal con muchos hombres prominentes de reputación nacional. Entre éstos se encontraban, de mi Estado: O. P. Morton, R. W Thompson, Schuyler Colfax, Benj. Harrison; de otros Estados, con John Sherman, Henry Wilson, Geo. F. Boutwell, John A. Logan, John H. Hadan. B. H. Bristow, Wm. P. Frye, Zach. Chandler, Carl. Schurtz, Fred. Douglas. Robert G. Ingersoll […] La movida campaña política de 1872 se cerró con la triunfante reelección del General Grant, como Presidente de los Estados Unidos. Indiana estaba clasificada como uno de los Estados dudosos y ambos partidos políticos esperaban con inquietud el resultado de las elecciones de octubre como un índice que marcase la dirección del sentimiento público. Oliver P. Morton, jefe de su partido en el Estado y uno de los más prominentes estadistas de su época, era candidato para ser reelecto como Senador de los Estados Unidos y comprendía que en la contienda se jugaba su existencia política. En el carácter de Presidente del Comité Republicano del Estado, yo dirigí la campaña que dio por resultado la elección de una mayoría republicana en la Legislatura y que de una manera inequívoca mostraba el éxito del Presidente Grant. El Senador Morton quedó muy complacido y una vez que recibió el resultado total de la elección, invitó a la Sra. Foster y a mí a una comida particular en su residencia de Indianápolis. Así que terminó, acompañé al Senador a su despacho privado, e inmediatamente me dijo que a mí más que a ningún otro, se debía la decisiva victoria del Partido y que él, en lo personal, se sentía muy agradecido para conmigo y deseaba recompensármelo. Me dijo que tomara el Libro Azul (que es el registro de los funcionarios federales de los Estados Unidos) y que escogiera el empleo que quisiera y que sin que yo me tomara molestia alguna, él se ocuparía de que se me diese. Contesté que yo no había tomado participación en la campaña con el fin de obtener empleo y que yo necesitaba de algún tiempo para tomar el asunto en consideración; que, sin embargo, él me había dejado una gran libertad de elección y que yo podría elegir un puesto para el que yo no fuera a propósito o que él no pudiera conseguirme. Me contestó que él tenía perfecta confianza en mi capacidad y que con respecto a la obtención del puesto no debía yo preocuparme por eso. Esta última aserción no era una vana jactancia de parte suya, porque entonces no había ningún hombre en el país en quien el Presidente Grant tuviera mayor confianza o a quien quisiera favorecer más.9

La cercanía con el gobernador Morton, y su incansable trabajo a favor del partido republicano en Indiana, recibió como gratificación el ingreso al gobierno federal. Sin duda, considerado por Morton y Grant como un diamante en bruto, por su talento y don político y militar, Foster acarició la posibilidad de viajar a otras naciones y conocer otras culturas. Así lo escribió: 9 John Watson Foster, Diplomatic… op. cit.,V.I, 1909, p.p. 9-10 y 3-4.

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Después de discutir ampliamente el asunto con mi esposa, resolvimos que siendo jóvenes nuestros hijos, una corta residencia en Europa resultaría tan agradable como útil, e informé al Senador que si se pudiera obtener, agradecería recibir el nombramiento de Ministro en Suiza, que en nuestro escalafón diplomático ocupa el puesto más bajo. Por esto se podrá ver que hace treinta años y más, el servicio diplomático presentaba el mismo atractivo a los jóvenes inexpertos, pero ambiciosos, que parece presentar hasta ahora. Al saber mi elección el Senador la aprobó y me aseguró que podía contar con recibir el nombramiento poco después de la reinauguración del Presidente y que podía formalizar mis asuntos dando aquello por sentado. Pero en el transcurso del siguiente invierno recibí un telegrama del Senador Morton pidiéndome venir a Washington. A mi llegada a la capital me informó que había tropezado con alguna dificultad para obtener la Misión Suiza para mí; que el Presidente había prometido a los amigos del actual encargado que podía continuar en el puesto durante el próximo período; pero que él había ofrecido nombrarme para la Misión Mexicana.10

Al escuchar esta propuesta, dejó estupefacto a Foster. ¿Como podía comprometerse a representar a su país en la nación que históricamente presentaba para los Estados Unidos los más cerrados conflictos y pesares? México representaba un reto para cualquier carrera diplomática, era un país desconocido y lejos de estar en el imaginario norteamericano como una nación próspera y amable. La imagen era todo lo contrario, un país bronco y hostil. Hacía solo poco más de dos décadas que ambos países habían escenificado una guerra larga y cruenta. Foster lo comenta de esta manera: La proposición me dejó atónito. Yo había sentido mucha desconfianza acerca de mi aptitud para desempeñar el puesto que había elegido en la Misión Suiza, siendo que es el más bajo y de menor importancia de los puestos diplomáticos y ahora se me encomendaba la Misión más elevada y difícil en el Hemisferio Americano. Yo dije con toda franqueza al Senador que dudaba muchísimo que fuera prudente aceptar dicho puesto, teniendo en cuenta mi absoluta inexperiencia en diplomacia. En esa época no hablaba yo ningún idioma extranjero, jamás había salido de mi propio país y respecto a Derecho Internacional, no tenía sino un libro de texto. Pero el Senador simplemente se sonrió de mi vacilación, reafirmó su confianza en mi aptitud, y dijo que yo estaba mucho mejor capacitado que la mayor parte de los que se nombraban para nuestro servicio diplomático. Me pidió que lo acompañara esa noche para hacer una visita al Presidente, quien, me dijo, conservaba gratos recuerdos de su conocimiento conmigo en el ejército. Nuestra visita a la Casa Blanca fue muy agradable; el General Grant hizo alusión con interés a algunos incidentes de nuestras relaciones militares, pero nada se dijo respecto a mí nombramiento. Volví a mi casa en Indiana y en los primeros nombramientos que se enviaron al Senado, después de comenzar el Presidente su segundo 10 John Watson Foster, Diplomatic… op. cit.,V.I, 1909, p. 4.

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período, se incluyó mi nombre como Enviado Extraordinario y Ministro Plenipotenciario en México.11

Sin embargo, Foster tuvo la oportunidad de cambiar la delegación mexicana por la de Japón. Ante la disyuntiva, el joven norteamericano aquilató su nuevo nombramiento y decidió que lo ofrecido era un gran reto para su carrera política, por lo que rechazó la propuesta de cambio. Foster escribió: Antes de abandonar Washington ocurrió un incidente que ofrecía un aspecto enteramente distinto de mi carrera diplomática. El Senador Morton me informó que el Presidente Grant había resuelto nombrar al Hon. John A. Bingham,12 de Ohio, Ministro en el Japón, y que el señor Bingham le había suplicado me preguntara si, con aprobación del Presidente, querría yo cambiar puesto con él, dejándolo que él fuera a México ya que los dos puestos ocupaban el mismo rango y disfrutaban de los mismos emolumentos. Le pregunté al Senador por qué el señor Bingham solicitaba el cambio y se me dijo que siendo Bingham viejo, temía que por estar Japón tan distante y ser un país con el cual teníamos tan pocas relaciones, olvidaran a los amigos y delegantes de su patria. Reflexionando sobre esto, me vino a la imaginación que la razón era de mayor peso al tratarse un joven que aspiraba a abrirse una carrera en su propio país y me rehusé de aceptar la proposición […]. Después de haber recibido el aviso oficial de mi nombramiento, adquirí experiencia usual de los Ministros recién nombrados. Fui a Washington a ofrecer mis respetos al Presidente, relacionarme con el Secretario de Estado y sus subordinados y para recibir instrucciones. Mi primer visita al Secretario de Estado, Hamilton Fish, no pudo haber sido más satisfactoria o alentadora. Volveré a tener ocasión para hacer referencia a este útil y distinguido estadista. Durante esta visita a Washington experimenté mi primera impresión de una comida diplomática. El señor don Ignacio Mariscal13 era en esa época el Ministro Mexicano residente. Había estado en el servicio de México en Washington casi sin interrupción desde 1863. Y era uno de los diplomáticos más conocidos y útiles de la capital. En esta visita me recibió con la mayor bondad e hizo cuanto fue posible por prepararme una cordial recepción en la ciudad de México. Antes de salir de la ciudad dio una comida en mi honor, a la cual invitó a un gran número de diplomáticos Latino-Americanos y europeos. Como nunca me había encontrado antes en una sociedad de esa naturaleza, confieso que experimenté una sensación de bastante temor y extrañeza donde por todas partes lucían insignias y condecoraciones de nobleza y órdenes y donde los idiomas de que se hacía uso más frecuentemente eran el español y el francés, ninguno de los cuales me era entonces familiar. 11 John Watson Foster, Diplomatic… op. cit.,V.I, 1909, p.p. 4-5. 12 Foster se refiere a John Armor Bingham (1815-1900), republicano moderado que sirvió como diplomático de los Estados Unidos en Japón por 12 años. 13 Ignacio Mariscal (1829-1910), oriundo de Oaxaca, fue un distinguido político y diplomático mexicano durante los regímenes de Benito Juárez, Sebastián Lerdo de Tejada y Porfirio Díaz.

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En esta visita a Washington fue, donde probé con anticipación los deberes que más ocuparon mi tiempo y que me ocasionaron no pocas dificultades durante mi permanencia oficial en México. Me vi atendido por varios ciudadanos americanos, o por sus abogados, que trataban interesarme en reclamaciones contra el Gobierno de México, que tenían por origen perjuicios que pretendían haber sufrido en sus personas y bienes y que ellos sostenían que el Gobierno era responsable. Entre estos visitantes se contaba el General B. F. Butler,14 que en esa época era miembro del Congreso y celebridad política de la Guerra Civil. Cuando yo era estudiante de leyes en la Universidad de Harvard, lo vi con frecuencia en los tribunales de Boston, contendiendo con Rufus Choate y otros abogados de nota. La reputación que entonces tenía de ser un individuo muy astuto, pero no muy concienzudo, le acompañó durante toda su vida y se confirmó por la entrevista un poco prolongada que con él tuve sobre su reclamación, que tenía por origen un contrato que una compañía, de la cual era él uno de los miembros más prominentes, había celebrado con el Gobierno de México para la colonización de la Baja California. El Gobierno mexicano anuló el contrato después de algunos años, basado en que la compañía no había dado cumplimiento a sus condiciones y que en realidad era un proyecto de filibusteros para anexar la Baja California a los Estados Unidos. El General y su compañía causaron muchas molestias al Departamento de Estado pero nunca pudieron determinar ninguna responsabilidad sobre el Gobierno Mexicano.15

Foster arribó a México durante la administración de Sebastián Lerdo de Tejada. El 16 de junio de 1873 presentó sus credenciales al secretario de Relaciones Exteriores, José María Lafragua, eminente abogado, erudito y rancio aristócrata en cultura y modales europeos. Su primera impresión lo impactó y Foster comentó que el resto de las ocasiones con las que volvió a tratar a tan distinguido personaje siempre se comportó igual: fumando su cigarrillo. Sus primeras observaciones directas en México, fueron conocer “la costumbre de los países católicos, el domingo en México se convertía en el día social de la semana”.16 Esta costumbre no era la misma para él y su familia ya que ese día era de observar el domingo como día religioso y de descanso. México presentó inmediatamente un cambio brusco: la carencia de medios de comunicación hacia el exterior. Las noticias llegaban sumamente atrasadas y la vida discurría en un tempo diferente. La ausencia de representantes diplomáticos europeos trajo una gran actividad a su Legación. Ocho distintos países pedían su papel de intermediario para arreglar o hacer llegar información a sus gobiernos o bien a la colonia extranjera: Gran Bretaña, Francia, Austria, Bélgica, Suiza, Rusia, Suecia y Japón. Con excepción del último, el resto eran casas reinantes que se habían distanciado del gobierno mexicano 14 Benjamin F. Butler (1818-1893), general de la guerra civil norteamericana y acusado de filibusterismo en México. 15 John Watson Foster, Diplomatic… op. cit.,V.I, 1909, p.p. 5 y 13-14. 16 John Watson Foster, Diplomatic… op. cit.,V.I, 1909, p. 25.

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debido al fusilamiento en 1867 del emperador Maximiliano de Habsburgo por la administración de Benito Juárez, quién murió en 1872. En 1876 se presentó la revolución de Tuxtepec, la caída del Presidente Lerdo de Tejada y la llegada al poder del General Porfirio Díaz, presentándose, simultáneamente, la coyuntura del reconocimiento del nuevo Gobierno. Un proceso azaroso pero que Foster enfrentó con gran habilidad, ya que el gobierno de Estados Unidos tenía sus reservas y nunca faltaron las voces contra la nueva situación política en México: intrigas, depredaciones en la frontera de ambos países, cuentas pendientes, comité investigador en el Congreso de Washington, complot de políticos norteamericanos para presionar a México solicitándole fracciones territoriales, condiciones para negociar previamente al reconocimiento un tratado, entre oros. Sin embargo, Foster propugna y logra un cambio profundo en los procedimientos oficiales americanos, que finalmente acepta por cambiarse en tratamiento humano, equitativo y respetuoso de nuestra soberanía. Es de llamar la atención su perspicaz observación de usos y costumbres del país, la cual es constante y prolija. Absorbió frecuentemente la atención del ministro, como es usual en este género de las memorias. En tal sentido, como menciona Genaro Estrada “México brindó a Foster amplísimo campo, ya que para un americano del Norte que por primera vez visita países latinoamericanos, a cada paso encuentra exotismos dignos de su comentario, grave o regocijado, profundo o pueril.”17 Foster fue como la mayoría de su clase en los Estados Unidos: un excursionista. Abundan en sus Memorias las relaciones de viajes por la República, a tal punto que él mismo declara haber conocido el país mejor que muchos nacionales. Visita el estado de Veracruz, alrededores de México, Oaxaca entre otros. Del trópico a las montañas y al descubrimiento de un mundo rural que nunca acaba y cambia su faceta en cada rincón y vuelta del camino. Su ojo diplomático también se centra en la política y en la participación ciudadana. Los vicios de la política los atribuye, principalmente a la falta de educación de las masas y al desinterés de los gobiernos mexicanos por subir el nivel de los derechos cívicos populares. Sin embargo no debe dejar de leer, usted, estimado lector, su viaje a Oaxaca. Este es un documento de originalidad descriptiva y de personal observación del medio. “No hay un Estado en la República –comenta Foster– que tenga más objetos y asociaciones interesantes o de atractivo natural para el visitante, que Oaxaca.”18 Cuando Foster desempeñó su misión en México, el país acababa de salir de su larga guerra de Reforma y sus luchas contra la intervención francesa. Era natural que su industria y su comercio, todavía incipientes, se encontraran 17 Las Memorias de Mr. Foster sobre México, con un prólogo de Genaro Estrada, Director del Archivo Histórico Diplomático Mexicano, México, Publicaciones de la Secretaría de Relaciones Exteriores, Archivo Histórico Diplomático Mexicano, número 29, 1929, p. XVI. 18 John Watson Foster, Diplomatic… op. cit.,V.I, 1909, p. 61.

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profundamente decaídos. El diplomático reseña su labor en el terreno del intercambio comercial y sus gestiones por el establecimiento de ferrocarriles, con capital americano, la desconfianza reinante por cuanto viniera del exterior y sus empeños para vencer las resistencias.19 Por otra parte, es importante señalar que Matías Romero, refutó los argumentos del ministro estadounidense –relacionados con la visión pesimista de Foster en cuanto a favorecer las inversiones estadounidenses en México– en su detallado libro con estadísticas, información geográfica, económica y legal.20 Después de representar durante siete años (1873-1880) a los Estados Unidos en México, el Presidente Rutherford B. Hayes (presidente de los Estados Unidos durante el período de 1877-1881) trasladó a Foster a Rusia en 1881. De ambas representaciones habla en los últimos trece capítulos de sus Memorias (capítulos XII al XXIV). Al regresar a Washington se dedicó al ejercicio de su profesión, habiendo desempeñado el puesto de consultor jurídico de la Legación de México y de otras misiones diplomáticas. A partir de 1883 y hasta 1885 representó a su país en España y suscribió, con poderes especiales, diversos tratados entre los Estados Unidos y algunas potencias europeas. Cuando el señor Blame renunció al puesto de Secretario de Estado, el Presidente Benjamin Harrison (presidente de los Estados Unidos de 1889 a 1893) nombró a Foster para desempeñar ese puesto, de cuyas funciones se encargó por dos años a partir de 29 de junio de 1892. Poco tiempo después salía como Agente de los Estados Unidos ante la Comisión de Arbitraje que debía conocer del caso del Mar de Bering y funcionario en París. Se encontraba en esta comisión cuando fue invitado por el Emperador de China para tomar parte en las negociaciones de paz con el Japón. Lugar al que se traslada en 1894. Entre sus últimos cargos diplomáticos están su nombramiento en 1897 como Ministro en Misión Especial cerca de los Gobiernos de la Gran Bretaña y Rusia; fue miembro de la Comisión AngloCanadiense reunida en 1898, Agente de su Gobierno en el Tribunal de Límites de Alaska, en 1903, y representante de China, en 1907, a la Conferencia de La Haya.21 A su regreso a Washington continuó desempeñando funciones de consultor jurídico de la Embajada de México y de otras misiones extranjeras, hasta su muerte en 1917.22 Es meritorio mencionar que Foster prestó varios servicios a la representación diplomática de México en Washington, ya fuera por su ejercicio profesional o bien interviniendo amistosamente para la solución de dificultades en asuntos de ambos países. Su hija fue la esposa del señor Robert Lansing, 19 Chester C. Kaiser, “J. W. Foster y el desarrollo económico de México”, en Historia Mexicana, México, COLMEX, 1957 20 Matías Romero, Report of the Secretary of Finance of the United States of Mexico, rectifying the Report of the Hon. John Foster, Nueva York, G. Putnam, 1880. 21 Michael J. Devine, John W. Foster: Politics and diplomacy in the imperial era, 1873-1917, USA, Ohio University Press, 1981. 22 France Marie Philips, John Watson Foster, 1836-1917, Tesis (Doctor of Philosophy), Alburquerque, N.M., University of New Mexico, 1956.

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Secretario de Estado en la administración del Presidente Wilson (1913-1921), en cuya gestión México se vio involucrado en graves intrigas y dificultades con el Gobierno estadounidense.

Fuentes La obra de Foster sobre materia diplomática es muy conocida en los Estados Unidos. Sus obras principales son: Trade with Mexico: Correspondence between the Manufacturers Association of the Northwest, Chicago, and Hon. John W. Foster, minister plenipotentiary of the United States to Mexico, 1878, 44 p. [Comercio con México: Correspondencia entre la Asociación de los Fabricantes del Noroeste, Chicago, y el Hon. John W. Foster, ministro plenipotenciario de los Estados Unidos en México, 1878]; The annexation of Hawaii: An address delivered before the National Geographic Society at Washington, D.C., March 26, 1897, Gibson Bros., Printers and Bookbinders, 1897, 16 p. [La anexión de Hawai: la incorporación de un territorio antes de la creación de la sociedad geográfica nacional en Washington, D.C., 26 de marzo de 1897]; A century of american diplomacy, begin a brief review of the foreign relations of the United States, 1776-1876, Boston and New York, Houghton Mifflin Company, 1900, [Un siglo de diplomacia americana, el inicio de una breve revisión de las relaciones extranjeras de los Estados Unidos, 1776-1876]; American diplomacy in the Orient, Boston and New York, Houghton Mifflin Company, 1903; [Diplomacia Americana en Oriente], Diplomatic memoirs. In two volumen, Boston and New York, Houghton Mifflin Company, 1909; [Memorias Diplomáticas. En dos volúmenes], The practice of diplomacy Boston and New York, Houghton Mifflin Company, [Práctica diplomática]; Limitation of Armament on the Great Lakes (Pamphlet Series of the Carnegie Endowment for International Peace, Division of International Law, No. 2.), United States, Dept. of State, William S Hein & Co (March 1, 2000) [Limitación del Armamento en los Grandes Lagos]; una biografía de su padre, un volumen sobre arbitrajes en la Corte de La Haya y el folleto Maximilian and his Mexican Empire [Maximiliano y su Imperio Mexicano]. Su libro de Memorias, cuenta con una traducción al español referente solo a los capítulos a su estancia en México, bajo el título Las Memorias de Mr. Foster sobre México, con un prólogo de Genaro Estrada, Director del Archivo Histórico Diplomático Mexicano, México, Publicaciones de la Secretaría de Relaciones Exteriores, Archivo Histórico Diplomático Mexicano, número 29, 1929. Una nueva edición realizada de esta traducción fue hecha en México en 1970 por Editorial Porrúa. Sobre la labor de Foster en México son de destacar los siguientes estudios: Chester C. Kaiser, “J. W. Foster y el desarrollo económico de México”, en Historia Mexicana, México, COLMEX, 1957; France Marie Philips, John - 126 -


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Watson Foster, 1836-1917, Tesis (Doctor of Philosophy), Alburquerque, N.M., University of New Mexico, 1956; y Michael J. Devine, John W. Foster: Politics and diplomacy in the imperial era, 1873-1917, USA, Ohio University Press, 1981, [John W. Foster: Política y diplomacia en la era imperial, 1873-1917]. Para la edición de este volumen se optó por una nueva traducción de parte de la Universidad de Monterrey de temas selectos de su obra Diplomatic memoirs. In two volumen, Boston and New York, Houghton Mifflin Company, The University Press Cambridge, Massachusetts, 1909, 333 páginas.

1. La Misión en México Foster hace mención de sus preparativos para su embarque hacia México. Si bien existía una línea regular entre Nueva York y Veracruz vía la Habana y puntos intermedios, la Marina de los Estados Unidos lo escoltó hasta su nueva misión en un viaje directo de Nueva York al principal puerto mexicano del Pacífico. Mientras permanecí en Washington, recibiendo las instrucciones para mi misión, renové mis relaciones de amistad con el General William T. Sherman, General en Jefe del Ejército de los Estados Unidos en esa época. Al principio de la guerra estuve a sus órdenes inmediatas, reuniéndome con él todos los días en Benton Barracks, St. Louis, cuando se le veía con desconfianza por considerársele perturbado de la razón, porque entre todos nuestros líderes él fue el primero que apreció la magnitud de la rebelión y tuvo el valor de dar a conocer su manera de pensar a las autoridades de Washington. Serví después bajo sus órdenes en la batalla de Shiloh y en el avance sobre Corinto, como también más tarde en Tennessee Oriental. Me recibió en Washington con la cordial hospitalidad que le caracterizaba y en una de nuestras reuniones me preguntó porqué vía pensaba ir a México. En esa época, la única comunicación regularizada de los Estados Unidos del Atlántico era por el vapor que salía de Nueva York cada tres semanas para Veracruz, vía Habana y puertos intermedios, empleándose en el viaje cosa de catorce días. Le dije al General que tendría que irme por esa vía. “Eso no podrá ser,” me dijo, “yo le hablaré a Robeson (Secretario de la Marina) para que mande un buque de guerra a Nueva Orleans que lo conduzca a Veracruz.” Y cumplió su palabra al pie de la letra, pues pocos días después recibí aviso oficial del Departamento de Marina, haciéndome saber que se encontraría en Nueva Orleans buque en la fecha que se conviniera para que me condujera a México. Nueva Orleans trataba en esos tiempos de recobrar su prestigio comercial, disminuido por la guerra y por la era de reconstrucción confiadamente dirigía sus miradas a México en espera de un aumento en el comercio. La Cámara de Comercio, anticipándose a mi llegada me había preparado una recepción, en la que se cruzaron discursos en los que de ambas partes se expresaban grandes esperanzas de un próximo desarrollo y de un provechoso e íntimo comercio entre aquella ciudad y los puertos del Golfo Mexicano, esperanzas tiernamente acariciadas y con frecuencia repetidas en

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estos últimos años, pero que no se han realizado aún. Una comisión de la Cámara de Comercio me condujo a mí y a mi familia, en un cómodo vapor, a la desembocadura del Mississippi, donde teníamos qué encontrar el buque, habiéndonos festejado en la travesía con un suntuoso lunch, que nos resultó un mal preparativo para nuestro primer viaje por mar. A mi llegada a la ciudad de México, me dio la bienvenida en la estación del ferrocarril, mi antecesor, el Hon. Thomas H. Nelson,23 quien me prodigó toda clase de atenciones, aún la inusitada de acompañarme al Palacio Nacional y presentarme con el Presidente, en la ceremonia de la presentación de mis credenciales. Podría él creer que obraba con justificación si me hubiera tratado con fría cortesía, pues ambos éramos ciudadanos del Estado de Indiana y conocidos de varios años. El deseaba permanecer en el servicio, había sido prominente en política por mayor tiempo que yo y podía alegar haber prestado mayores servicios que yo, al Partido. Cuando el Senador Morton me hizo la indicación sobre la Misión Mexicana, expresé mi repugnancia a aceptada por estar ocupado el puesto por un hijo de Indiana y además amigo mío; pero el Senador dijo que el Presidente había resuelto que se efectuara un cambio y que si yo no llenaba el puesto lo llenaría otro. El Sr. Nelson había servido como Ministro en Chile seis años antes de haber sido nombrado para México. Era hombre de gran patriotismo, ferviente americano, notable corno orador, hombre de genial urbanidad y hábitos festivos, lo cual lo hacía popular en los círculos sociales y diplomáticos. No era un hombre de letras, dando esto por resultado que no pudiera controlar los asuntos que se le presentaban; si a esto añadimos cierta trivialidad de carácter, posiblemente eso lo condujo a su retiro del servicio. En diplomacia, lo mismo que en la mayor parte de las ocupaciones de la vida, un estricto apego al deber y el dominio de los asuntos a su cuidado es lo que generalmente conduce al éxito. Yo tuve la fortuna de hallar al frente de la Secretaría de Relaciones Exteriores a un perfecto erudito y cumplido caballero. El Sr. D. José María Lafragua, Ministro o Secretario de Relaciones Exteriores, era abogado de profesión, de elevados vuelos literarios, historiador y estadista de mucha experiencia. Era un tipo correcto del antiguo hidalgo español, de maneras cortesanas, siempre vistiendo flux de fino paño negro llevando al cuello un corbatín tieso y usaba anteojos de color […].24

En su primer encuentro con José María Lafragua, Foster encontró a un hombre fanático del cigarrillo, quién le ofreció compartir esta afición mientras conversaban. Foster le manifestó al ministro Lafragua su desagrado por el cigarrillo pero como buen diplomático le dijo que el humo no le molestaba, e incluso le agradaba, situación que tuvo que soportar cada vez que entabló una conversación con el ministro mexicano. Al final de la larga conversación entre 23 Foster se refiere a Thomas Henry Nelson [1820-1896]. Nació en Mason County, Kentucky. Fue candidato a representante en el Senado por Indiana en 1860, ministro plenipotenciario de los Estados Unidos en Chile de 1861 a 1866 y en México de 1869 a 1873. Murió en Terre Haute, Vigo County, Indiana. 24 John Watson Foster, Diplomatic… op. cit.,V.I, 1909, p. p. 15-17.

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ellos -a través de un intérprete- descrita por Foster en sus Memorias, el ministro estadounidense comentó: Yo contesto: “Asegure Ud. al Ministro, que, por el contrario, el humo del tabaco me es muy agradable.” El Secretario al Ministro: “Su Excelencia dice que, por el contrario, le es muy agradable el humo del tabaco.” Por lo cual poniéndose de pie el Ministro, alarga la cigarrera al Secretario, dirigiéndose a él en español; éste, más amaestrado que yo en los usos diplomáticos, acepta el cigarrillo; el Ministro enciende un cerillo, enciende el cigarrillo del Secretario y otro para si, se sientan y tras de algunas otras preguntas que me dirige, debidamente traducidas por el Secretario, sobre las peripecias del viaje, en que transcurrieron algunos minutos más, se me concedió manifestar el asunto que me llevaba a la Secretaría de Relaciones. En las cien o más visitas que hice al Sr. Lafragua, la conversación que acabo de citar antes, con el episodio del cigarro, se repetía casi invariablemente palabra por palabra. Después de tales visitas descubrí que, o tenía que aprender español, o acostumbrarme al uso del cigarrillo. Opté por la primera alternativa y después de algunos meses de asiduo estudio y práctica, pude sostener una conversación en la Secretaría de Relaciones Exteriores, sin el auxilio de un Secretario y a su debido tiempo comencé a apreciar el valor de poder usar fácilmente el idioma del país cuando se desempeña una misión como la mía. Un diplomático con ambiciones habría aceptado sin duda las dos perfecciones del servicio y hubiera hecho uso tanto de la cigarrera como del idioma. Uno de los asuntos que primero llamaron mi atención, después de haberme instalado en la Legación de México, fue el de relacionarme con la colonia americana. Se me dijo que no había colonia americana que mereciera ese nombre. Es cierto que había pocos americanos residentes en comparación con los que hay ahora. No existía comunicación ferrocarrilera y el tráfico entre los dos países dependía de buques que partían de Nueva York a raros intervalos y viajar por tierra atravesando las regiones fronterizas escasamente pobladas. Tuve, no obstante, poca dificultad en encontrar un buen número de paisanos en la ciudad de México y sus alrededores. En una comunicación al Departamento de Estado en 1875, di el siguiente informe: “El número de americanos adultos que viven al presente en el Distrito Federal (la Capital y sus alrededores) es de cosa de ciento treinta, de los cuales sesenta son cabezas de familia, que representan una población americana de casi trescientos cincuenta. Las ocupaciones de estos residentes, son: Unos cuantos comerciantes, varios maestros y profesores de escuelas públicas y particulares, editores, funcionarios y empleados del Ferrocarril México y Veracruz, ingenieros civiles, administradores de haciendas, mecánicos y obreros.” Presenté mis credenciales al Gobierno el día 16 de junio de 1873 y mandé una invitación a todos los americanos varones cuya dirección pude saber y que estuviesen cerca de la Capital, para que nos reuniéramos el día cuatro de Julio en una comida, en celebración del aniversario nacional. Contestaron mi invitación entre cincuenta y sesenta ciudadanos. El inusitado acontecimiento, que se verificó en uno de los tívolis o restaurants de las

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orillas de la ciudad, atrajo la atención general y favorables comentarios de la prensa del país y extranjera de la Capital. El periódico Two Republics, editado por un americano, dijo: “Fue un alegre festival, desbordante en armonía, patriotismo y compañerismo americano, fastuosa manifestación que no se había presentado en esta Capital en estos luengos años... Este día señala una nueva era de nacionalidad americana en México, que, desgraciadamente, se le había dejado degenerar hasta un grado de insignificancia relativa.” El autor de esta noticia era un Mayor ex-Confederado que prefirió venirse a México a la terminación de nuestra Guerra Civil, antes que vivir bajo el Gobierno restaurado de la Unión. Estuvieron presentes en la comida un buen número de soldados ex-Confederados y ninguno de los que tomaron participación en la fiesta nacional estuvo más entusiasta que ellos. Como índice que señala el objeto que me propuse al dar esta fiesta, me permitirá el lector que reproduzca algo de mi “Oratoria del Cuatro de Julio,” con las observaciones que a guisa de prefacio dije en esa ocasión: Conciudadanos: Dos objetos me propuse al invitaros a que os reunieseis conmigo hoy en esta forma. Recién llegado como estoy, desconozco a todos los ciudadanos americanos que residen en México y he adoptado el método para trabar relaciones con vosotros, regocijándome de haber reunido una concurrencia tan numerosa, inteligente y respetable de paisanos. Se me había dicho que había muy pocos americanos en México y que las ligas de analogía, simpatía y sociabilidad entre ellos eran muy débiles. Estoy convencido que la reunión actual le da un sonoro mentís a esa aseveración. Estoy seguro que lo que es América y lo que los americanos han hecho en la patria y en el extranjero no da motivo para que nos avergoncemos de nuestro país, de nuestra ciudadanía o de nuestra común sociedad. Confié en proporcionar de esta manera una oportunidad para que los americanos se reuniesen, para que nos conociéramos mejor, promover las relaciones sociales y, en cierta forma, elevar el tipo de la ciudadanía americana en el lugar en que actualmente vivimos. Sentí saber que durante muchos años no se había observado generalmente nuestro aniversario nacional por los americanos de México como grupo. No quise que este Cuatro de Julio pasase sin ser conmemorada la Independencia Americana, en que todos los ciudadanos americanos tuvieran una oportunidad para reunirse. Estoy satisfecho de que tan cordialmente hayáis secundado mi deseo. En verdad que jamás ha habido una época en que los americanos hayan tenido mayor motivo de regocijarse de la grandeza y de la gloria de su Patria, que hoy. Jamás ha ocupado un puesto tan espléndido entre las naciones de la Tierra. Nunca en su historia del pasado hubo mayor libertad, una igualdad más perfecta, observancia de la Ley y el orden, difusión de conocimientos y prosperidad, paz y felicidad que la que hay ahora. Y llegando como acabo de llegar de los Estados Unidos, me siento feliz en anunciaros Que las terribles heridas que a nuestro país le infligió la Guerra Civil, están

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cicatrizando rápidamente; el espíritu de conciliación está reemplazando violentamente al espíritu de resentimiento y, con raras excepciones en unas cuantas localidades, hay una tendencia general de parte de todo nuestro pueblo, a contemplar, no el pasado, sino el activo presente y el futuro. La condición transformada del país y de la Constitución son hechos aceptados y bajo la antigua y gloriosa Bandera de nuestros Padres y como nación unida e indisoluble, avanzamos en una carrera de mayor progreso, utilidad y grandeza como nunca lo habíamos hecho antes. Sea cual fuere nuestro partido o nuestras simpatías regionales, estoy seguro que, alejados de nuestros hogares en tierra extranjera, podemos fundidos todos en el más elevado y noble sentimiento de la nacionalidad y consideramos los unos a los otros como miembros de una familia común. Puedo aseguraros que, oficial y socialmente, os reconoceré simplemente como Americanos. Desde ese día hasta el presente, con pocas omisiones, el aniversario nacional se ha celebrado todos los años en la ciudad de México por los residentes americanos y su observancia ha tenido una influencia saludable en mantener vivo el apego a su país y a sus instituciones. Traté de que mi convite obtuviese un valor permanente y al fin de la comida, antes de que los invitados se retiraran, hice la proposición de que se organizaran en forma de sociedad. Les dije que en mi breve estancia, había descubierto que había infelices compatriotas que con frecuencia solicitaban una ayuda necesaria. Con motivo de esto todos los presentes se unieron y formaron la Sociedad de Beneficencia Americana, sostenida por medio de contribuciones anuales, la que ha llegado a ser una bendición para muchos americanos abandonados o enfermos. El excelente Hospital Americano de la ciudad de México es uno de sus vástagos […]. Con objeto de ejecutar la parte que me correspondía por conservar frescas en la memoria de mis conciudadanos las fiestas nacionales de nuestra Patria cuando menos, a mi primera comida de Cuatro de Julio la siguió en observancia la del Día de Gracias de noviembre. Se invitaron para asistir a la Legación en la noche de ese día a todos los americanos residentes o que estuvieran de visita, habiendo concurrido muchos empleados mexicanos oficiales y miembros particulares de la sociedad. Se leyó la proclama del Presidente, y los cánticos patrióticos y la alegría fueron el distintivo de la fiesta. Todo el tiempo que permanecí en México se celebraron tales reuniones en cada Día de Gracias. Con frecuencia asistían el Presidente de la República, los miembros del Gabinete, y del Congreso, del Ejército y de la sociedad. El aniversario del nacimiento de Washington quedó fijado para celebrar la asamblea anual de la Sociedad de Beneficencia Americana y generalmente se daba en la Legación una recepción pública y un baile. Como no había un retrato adecuado de Washington de que se pudiera disponer en la ciudad, los americanos organizaron una suscripción y lograron que un eminente artista mexicano pintase un retrato de cuerpo entero del Padre de la Patria y lo regalaron al Ministro para que adornase la biblioteca de la Legación y para usarlo en la celebración de las fiestas nacionales.

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Ni los pequeñuelos fueron dejados en el olvido. El día de Navidad se reunían en la Legación todos los niños de las familias americanas e inglesas, o de otros residentes que hablasen inglés, para divertirse con el Árbol de Navidad y deportes juveniles. Además de estas reuniones anuales, la Legación abría sus puertas en forma privada todos los martes por la noche, con el objeto de recibir a aquellas familias amigas del Ministro que quisieran visitarla. Los caballeros tenían a su disposición un salón de fumar, donde la Sra. de Foster servía una taza de té y otros refrescos ligeros durante la noche y si el número y calidad de la concurrencia lo justificaba, la espaciosa biblioteca de la Legación se aprovechaba para bailar. Estas vespertinas recepciones semanarias de los martes, nada tenían de extravagante ni de ostentosas, pero resultaban muy populares y llegaron a ser casi uno de los distintivos sociales de la Capital, proporcionando a los residentes y a los visitantes de habla inglesa y a las familias mexicanas, una oportunidad para relacionarse unas con otras, que no se presentaban de otro modo con frecuencia, ayudando de este modo al mejoramiento de las relaciones sociales. Siguiendo la costumbre de los países católicos, el domingo en México se convertía en el día social de la semana. Una vez finalizados los servicios religiosos de la mañana, el resto del día se dedicaba a hacer visitas, dar comidas y a diversiones públicas o privadas, siendo este el día que se escogía para las corridas de toros y los teatros abrían sus puertas en la noche. Los domingos por la tarde recibíamos visitas de extranjeros y mexicanos, pero no las pagábamos ese día, ni aceptábamos invitaciones para asistir a almuerzos o comidas ni las dábamos. En la Patria habíamos tenido costumbre de observar el domingo como día religioso y de descanso y no creíamos necesario abandonar nuestra costumbre. Nuestros amigos de México nos comprendieron pronto y en poco tiempo nos vimos libres del embarazo de visitas o invitaciones. Nos consideraban como un poco raros, pero no por eso llegamos a descubrir que desmereciéramos por ello en su estimación.25

2. La vida social de México En este capítulo, Foster narra las condiciones de aislamiento de México en cuanto a comunicaciones hacia el exterior, la belleza del Valle de México enmarcada por los volcanes nevados, las comidas, la ausencia de representantes diplomáticos de las principales naciones del orbe –esto estaba relacionado por los hechos recientes del fusilamiento del emperador Maximiliano de Habsburgo en 1867- y la reanudación de relaciones con Austria. Lo que más impresionaba al residente extranjero en México en los años de “setenta,” era la carencia de facilidades de comunicación con el mundo 25 John Watson Foster, Diplomatic… op. cit.,V.I, 1909, p.p. 18- 25.

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exterior. El único ferrocarril que había en el país era el del puerto de Veracruz a la Capital, de doscientas sesenta millas de longitud. La única comunicación periódica con Estados Unidos era el vapor que salía de Veracruz para Nueva York, una vez cada tres semanas. El vapor de la Armada Real Británica y la francesa para San Nazario y que hacía el viaje de las Indias Occidentales, tocaba Veracruz cada mes. Durante los primeros años de mi residencia no había comunicación telegráfica con el mundo exterior. Más tarde se estableció una línea por tierra, de un solo alambre, que atravesaba por grandes extensiones de desierto y de territorio escasamente poblado en el Norte de la República. En esa región desprovista de árboles, los postes que sostenían el alambre eran de la clase más débil y eran el lugar favorito en el que el ganado de campo se iba a rascar los lomos. Como consecuencia de esto era mayor el tiempo que la línea estaba tirada por el suelo que funcionando. Me era bastante común recibir la copia confirmatoria de telegramas oficiales del Departamento, por Correo, fechada diez días antes, sin que me hubieran sido entregados con anterioridad los originales. La publicación por la prensa de la Capital de noticias telegráficas, era algo que no se conoció en mi tiempo. Habiendo sido editor y afecto a leer las noticias, antes de partir al empeño de mi misión tomé la precaución de abastecerme de la literatura periódica del día. Me suscribí a dos diarios de mi ciudad natal, a uno de la Capital del Estado, uno de Washington y dos de Nueva York, además de un gran número de semanarios, revistas mensuales y magazines. Cuando llegaba nuestra correspondencia de los ESTADOS UNIDOS por el vapor de Nueva York, una vez cada tres semanas me entregaba literalmente por fanegas y a veces hasta por carretadas. El método para poder leer todas las noticias era un problema serio. Mi esposa, con ese instinto de la mujer de “dar en el blanco,” se apoderaba del periódico de fecha más atrasada, pero con mi entretenimiento metódico comencé por arreglar todos mis diarios por orden cronológico y a leer desde las noticias más atrasadas hasta las más recientes; mas aquella era una tarea fastidiosa y pronto abandoné ese método. El franqueo mexicano en esa época era asunto de importancia. Cada carta de los Estados Unidos, además de nuestro porte interior, debía llevar veinticinco centavos por cada media onza de peso. Este cobro constituía una partida de consideración en la cuenta contingente de la Legación. En aquellos tiempos, la inmensa mayoría del comercio y correspondencia de México era con Europa y para los extranjeros radicados el acontecimiento más importante era la llegada del vapor mensual europeo. “La semana de correspondencia” era un tiempo ocupado para los banqueros y comerciantes extranjeros, es decir, unos cuantos días antes de la llegada del vapor preparando la correspondencia que había qué despacharse y los pocos días que el vapor estaba en el puerto, la correspondencia de retorno de la Capital. En los círculos bancarios y comerciales, todo el mundo se dedicaba a trabajos de Oficina durante la “semana de correspondencia,” pero después de haberse despachado la correspondencia se seguía una temporada de descanso y recreo, que se aprovechaba en celebrar días de campo y excursiones a los muchos lugares atractivos del Valle de México, o aún cruzando las montañas para ir a las ciudades capitales, como Cuernavaca, Toluca, Pachuca, o a Puebla por ferrocarril.

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Un bondadoso escocés poseía una fábrica de tejidos de algodón, a la que estaba anexa una cómoda residencia y un hermoso jardín, que se anidaba al pie de las colinas cubiertas de nieve de los volcanes Popocatepetl e IztacihuatIi, como a diez leguas de la Capital. Allí hospedó al Teniente U. S. Grant y a otros oficiales americanos del ejército del General Scott cuando en vano trataron de escalar el pico del Popocatepetl. Ahí se festejaron en mi época muchos grupos britano-americanos. Texcoco, al otro lado del lago viniendo de la ciudad, era también un lugar favorito para pasar una excursión por dos o tres días. Un festivo molinero francés brindaba hospitalidad en su casa, que estaba rodeada de terrenos encantadores, fuentes y arroyuelos de agua de la montaña. Las ruinas aztecas desparramadas profusamente sobre las vertientes de las colinas, proporcionaban objetos de interés y la hacienda o plantación de un rico vecino español, circundada por vastos campos sembrados de granos y por las plantas que producen el pulque (maguey) prestaba en el camino un lugar de lo más confortable y de ansiado descanso. Al otro lado del Valle, lugar favorito para celebrar kermesses, se encontraba el bello suburbio de San Ángel, donde la corriente que baja de la montaña, recién salida de su nívea fuente, se precipita en forma de cascada; y “El Desierto,” amplio monasterio abandonado, oculto entre la espesura en lo alto de la montaña. Todas estas excursiones por el Valle se efectuaban a caballo, portando invariablemente los caballeros armas de fuego, y cuando en la comitiva se encontraba un Ministro extranjero, el Gobierno enviaba una escolta militar de caballería. En los turbulentos tiempos de la Administración Lerdo y cuando se encontraba en actividad la revolución de Díaz, los salteadores volvían peligrosos los caminos a la vista misma de la Capital y los plagiarios hacían peligrosa la residencia en el campo. Las diligencias del interior las “paraban” con no poca frecuencia y los pasajeros tenían qué entrar a la ciudad vestidos únicamente con periódicos. A mí llegada por primera vez me divirtieron con la espeluznante historia del plagio de un rico hacendado o plantador, casi en la garita de la ciudad, contándome los horribles tormentos a que lo sujetaron para obligar a sus amigos a que dieran el enorme rescate que pedían. Con mucha frecuencia, estos inhumanos forajidos lograban arrancar el rescate, pero en este caso, gracias a la vigilancia del Gobierno, los plagiarios fueron descubiertos e inmediatamente, sin previo juicio, los colocaron contra el paredón y los fusilaron. La situación del país entonces traía a la memoria la época de los antiguos jueces hebreos “cuando,” según cuenta la historia, “el camino real estaba vacío y los viajeros recorrían los senderos;” pero este estado de cosas no disuadía a la colonia extranjera para emprender días de campo y no parecía sino que aquello era un estímulo para las excursiones. Los residentes americanos, ingleses, alemanes y franceses, hallaban entre ellos personas con quienes congeniar, pero no era una tarea fácil abrirse paso entre los círculos elevados mexicanos o españoles. Cuando logramos hablar el idioma y nos familiarizamos más con sus costumbres, ellos comenzaron a asistir a nuestras recepciones en la Legación y éramos huéspedes bien recibidos en sus casas; de este modo, antes que abandonáramos el país, contábamos entre nuestros más afectuosos amigos a las más elevadas clases de la sociedad mexicana. Se observaba cierta reticencia en esta

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sociedad para formar amistades con extranjeros; pero cuando se dominaba, se hallaba que eran de lo más cordial y hospitalarias. La mayor parte de las opulentas familias mexicanas habitaban cómodas mansiones; una vez dentro de un corto número de años, dan una gran “tertulia,” o reunión vespertina, o baile, pero no acostumbraban dar comidas a las que se invitaran extranjeros. En sus haciendas o posesiones rurales, sin embargo, concedían una pródiga hospitalidad, en la que los extranjeros eran con frecuencia huéspedes a quienes gustosamente se les recibía. Entre algunas familias extranjeras y miembros del Cuerpo Diplomático, estaba muy en boga dar comidas, pero el arte culinario era muy limitado en la mayor parte de los hogares mexicanos y los clubs sociales no se organizaron sino más tarde. Cuando había que ofrecer una gran comida o banquete, con frecuencia tenía que recurrirse a los restaurants populares o tívolis de los alrededores. Me acuerdo de una comida que sirvió Porraz, el francés propietario del principal tívoli, por haber causado una viva impresión en todos los concurrentes. Un caballero escocés, de California, casado con una encantadora americana, había pasado algunos meses en México tratando de obtener una concesión ferrocarrilera. En correspondencia de muchas atenciones de que había sido objeto, dio un gran convite, o “almuerzo,” como le llamaron, en este tívoli. Las señoras y caballeros habían sido invitados para asistir a las doce, medio día, pero no se sentaron a la mesa sino hasta la una. La comida consistió de varios platillos, como se acostumbraba en tales fiestas, entreverados con brindis y discursos muy variados. La comida estuvo buena y bien servida, pero un poco fastidiosa, pues no dejamos la mesa sino hasta las cinco de la tarde; el rasgo más saliente fue un hermoso servicio de porcelana de Sévres que Porraz acababa de traer de vuelta de su reciente viaje a Paris y que entonces se usó por primera vez, llamando la atención y envidia especialmente de las señoras. Pero la diversión no había terminado aún, pues nos dirigimos todos al boliche o nos sentamos a la sombra de los grandes árboles del jardín, a fumar, a tomar cordiales o beber té o café. La reunión no se dispersó sino hasta después de las seis y un gran número, nosotros entre ellos, nos dirigimos de prisa a la ciudad a descansar un rato y cambiarnos vestido, pues estábamos invitados por un diplomático a comer con él a las siete, como despedida al escocés proyectista de ferrocarriles. Haciendo grandes esfuerzos pudimos llegar a la casa de nuestro anfitrión a la hora señalada, satisfechos aún del almuerzo del tívoli, siendo introducidos al comedor para ser servidos por Porraz en su nueva porcelana de Sévres, precisamente con el mismo Menú con que se nos había obsequiado en el tívoli ¡una hora antes más o menos! Durante la primera parte de mi estancia en México, el Cuerpo Diplomático era muy reducido. Esto era debido al derrocamiento del llamado Imperio y a la ejecución de Maximiliano. A esos acontecimientos los siguió el retiro de los Ministros inglés, francés, español, austriaco y belga, por haber tenido participación todas esas naciones en la Convención Tripartita de 1861 contra el Gobierno Liberal, o haberse asociado para el sostenimiento del Imperio. Los Gobiernos italiano y alemán, libres de estos enredos, acreditaron sus Ministros ante la República bajo Juárez, y los españoles, que nunca vieron

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con buenos ojos la intervención, poco después enviaron su representante. Estos y un guatemalteco, formaban el Cuerpo Diplomático a mi llegada. Debido a la ausencia de los representantes de las principales potencias europeas, se arrojó sobre los hombros de la Legación de ESTADOS UNIDOS un gran cúmulo de deberes extra-oficiales. De vez en cuando se solicitaban mis buenos oficios ante el Gobierno Mexicano, por ocho distintos países, a saber: Gran Bretaña, Francia, Austria, Bélgica, Suiza, Rusia, Suecia y Japón. Y como a veces le era necesario al Gobierno Mexicano comunicarse con alguno de esos países volvían a solicitarse con ese objeto mis buenos oficios. Con la mayor frecuencia se me pedía que obrara en representación de los intereses británicos. La primera nota que dirigí a la Secretaría de Relaciones Exteriores fue en representación de un establecimiento mercantil y bancario que trataba de presentar una reclamación por perjuicios causados por actos de las autoridades mexicanas. Por toda la República se hallaban establecidos, banqueros, comerciantes y compañías mineras inglesas y durante todo mi período de servicio se me solicitó repetidas veces para hacer representaciones a su favor […]. La población francesa de México era más numerosa que la británica, pero el género de sus negocios no eran de tal naturaleza que reclamara mucho de mi tiempo, aunque con frecuencia se solicitaran mis buenos servicios como en el caso de las Hermanas Francesas de la Caridad […] El distanciamiento diplomático originado por el derrocamiento del régimen de Maximiliano, había desaparecido con el transcurso del tiempo, y durante la feliz administración del Presidente Díaz, todas las principales potencias, no sólo de Europa, sino del mundo, entablaron relaciones permanentes con su Gobierno. Con motivo de los cambios de los representantes y de mi elevado rango, pronto llegué a ser el Decano del Cuerpo Diplomático. Mis relaciones con mis colegas fueron siempre del carácter más cordial. El primer Ministro alemán durante mi residencia, el Conde Gustavo Enzenberg, era un diplomático experimentado y un caballero de ilustración, pero un poco excéntrico. Llevaba muy visibles cicatrices en la cara, las que no eran índice de servicios militares, sino que le habían sido causadas en duelos en sus días de estudiante. A la edad de setenta y seis años se enamoró de su sobrina que tenía menos de la mitad de su edad. Debido a su protestantismo y a su parentesco consanguíneo, hubo qué pedir dispensa de la Iglesia, pues la sobrina era una ferviente católica y él no vaciló en quejarse entre sus íntimos amigos que era un procedimiento muy costoso. La ceremonia del casamiento que se celebró en la capilla particular del Arzobispo, se verificó a las cuatro de la mañana. A petición especial que hizo, el Cuerpo Diplomático asistió a la ceremonia de riguroso uniforme. Como en el servicio de nuestro Gobierno está prohibido el traje diplomático, satisfice al antiguo Ministro asistiendo con el uniforme militar que usaba en el ejército. Como la boda se celebró al día siguiente de nuestro Día Nacional de Gracias, que estábamos celebrando con un baile en la Legación, “la seguimos” y nos fuimos del baile al Palacio del Arzobispo. Puede referirse otra historia de mis relaciones con mi venerable colega porque pone de manifiesto les deficiencias de mi educación y también las condiciones climatéricas de México. El Conde

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era apasionadamente afecto a la música, especialmente la de los maestros alemanes. Un paisano suyo, profesionista de cierto renombre, estaba en la ciudad e invitó a una reunión escogida de sus amigos para escuchar en la Legación una música de cámara. Era la estación de lluvias y como una hora antes del tiempo fijado para la diversión se abrieron las cataratas del cielo y se precipitó tal torrente de lluvia como no había tenido igual durante años. Prácticamente, la ciudad no contaba en esa época con drenaje y las calles se inundaron de tal manera que se hacía peligroso emprender el viaje a la Legación a oscuras. No había qué pensar en que iría Mrs. Foster, pero temiendo que el Conde pudiera sufrir una desilusión de sus otros convidados, resolví asistir, teniendo la intención de presentar mis excusas y escaparme tan pronto como la música hubiese comenzado. Más, ¡yo fui el único de los invitados que comparecieron; ya que eran amenazadores los elementos! Me supuse que se pospondría la fiesta, pero no; la pasión del Conde por la música no permitiría dejar pasar la oportunidad y el recital se ejecutó desde el principio hasta el fin y como no me era posible escaparme como había planeado, me vi obligado a estarme dos horas sentado oyendo música clásica, de la que no podía gozar por estar totalmente desprovisto de educación musical para poder distinguir, si no es con dificultad, una nota o un sonido de otro. Mi invitante, sin embargo, estaba entusiasmado. De buena gana yo me hubiera despedido así que sonó la última nota, pero se había preparado una soberbia cena, y mi hospitalario anfitrión no me permitió irme sino hasta que aquélla estuviese servida. Poco después de media noche logré llegar a salvo a la Legación, para tranquilidad de mi sobresaltada esposa, que desde más temprano había esperado mi llegada. Ya se ha hablado de la renovación de las relaciones diplomáticas con los gobiernos europeos, rotas desde la muerte de Maximiliano. La última en reanudar relaciones fue Austria, cuyo Archiduque había sido tan implacablemente asesinado por el Gobierno Republicano de México. Esta reanudación se debió a las delicadas atenciones del Gobierno Mexicano y a los honores que rindió el ejército cuando tuvo lugar la dedicación de la capilla expiatoria que se levantó en Querétaro en el sitio en que se fusiló a Maximiliano. Extraña secuela ha seguido a la reanudación de relaciones. El primer Ministro mexicano que se nombró para Viena murió allá después de una enfermedad de dos días solamente, cuatro meses después de su llegada, y su sucesor, don José de Zenil, diplomático culto y de experiencia, tuvo un fin más desastroso aún, pues se le halló muerto en su cama una mañana, poco después de haber ocupado su puesto. Probablemente los mexicanos no son demasiado supersticioso, pero han llegado a considerar a Austria como destinada a atraer desgracias sobre su país, no haciendo sino confirmar su convicción los repentinos fallecimientos de esos dos Ministros y Viena ya no la consideran los diplomáticos mexicanos como un puesto deseable.26

26 John Watson Foster, Diplomatic… op. cit.,V.I, 1909, p.p. 26-34.

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3. A caballo entre las montañas Como buen excursionista, Foster inició tan pronto llegó un recorrido por los alrededores de México a caballo. Uno de sus viajes narrados en sus Memorias es el trayecto en el estado de Veracruz entre las ciudades de Córdoba a Jalapa. La magnificencia de las montañas, las viejas haciendas y la hospitalidad mexicana son descritas con holgura. Combinando un estudio del país con el recreo, emprendíamos con frecuencia excursiones o viajes a los Estados más distantes de la República. Uno de éstos fue un viaje de Córdoba a Jalapa, en el Estado de Veracruz. Me encuentro con una narración de él, escrita por mí entonces, en una carta a una de mis hijas, en esa época en una escuela de Estados Unidos. Puesto que da una impresión viva de mi viaje, la transcribo aquí, aunque el estilo es algo familiar:

Veracruz, México, Enero 13 de 1875. Mi querida Edith: Tu mamá y yo estamos ya de vuelta en la Legación después de un largo viaje a caballo, y como se nos presenta la oportunidad de mandar cartas por conducto de un vapor inglés que sale esta tarde para Galveston, me pareció que podría hacerte una rápida descripción de nuestro viaje. Salimos de la ciudad de México hace precisamente diez días y bajamos a Córdoba, a donde llegamos a la una y media de la tarde. El Dr. Russell ya nos tenía dispuestos los caballos y guía, y tan pronto como hubimos terminado nuestra comida emprendimos el viaje, con la intención de hacer la travesía por las montañas hasta Jalapa, más de cien millas distante. Nuestra comitiva se componía de Mamá, el Señor Gibbon, (mi Secretario Particular), yo, nuestro guía y un arriero. Como todo el mundo decía que el camino era seguro, no llevamos escolta, aunque el Gobierno nos la ofreció. Como se nos a iba agasajar en las haciendas del camino, temimos que los soldados fueran una carga para nuestros invitantes. Mamá trajo su silla consigo, pero todos los demás montamos en sillas mexicanas. Habrías gozado de vemos salir de Córdoba, llevando cada uno de nosotros sombreros mexicanos de anchas alas y avíos de montar, y nuestro equipaje atado a la espalda de los caballos de carga, espectáculo nuevo para americanos, llamando mucho la atención aún los nativos. Córdoba se halla casi a tres mil pies sobre el nivel del mar y tuvimos qué ascender ocho mil pies y subir y bajar cordilleras de montañas, a caballo. Apenas acabábamos de salir de los callejones de Córdoba cuando comenzamos a subir, y la brillante luz solar que nos acompañó al salir se trocó en nubes bajas que el viento había repentinamente arrastrado y vimos caer la lluvia en las montañas. Al ir ascendiendo pronto penetramos a la zona de la lluvia, la que nos acompañó durante nuestras últimas diez millas de camino hasta llegar a la posada de nuestra primera noche, mas fue para nosotros una diversión porque íbamos bien cubiertos con nuestros impermeables y las nubes de lluvia, arrastradas sobre las cumbres y picachos, nos proporcionaron vistas especiales.

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Hasta después de oscurecer fue cuando llegamos a la puerta de la hacienda de “Monte Blanco.” Habiendo sido advertido el hacendado, Sr. V., por el Comandante Militar de Córdoba, de nuestra llegada, nos esperaba a la puerta para damos la bienvenida tras de nuestra húmeda cabalgata, habiéndonos recibido alegremente. No bien nos habíamos quitado nuestros impermeables y “charravels,” cuando ya se nos había servido vino, coñac, agua y cigarros, según estilo propio mexicano del que ya has oído hablar. Se nos sirvió una buena comida dentro de un tiempo razonable después de nuestra llegada y nos quedamos sorprendidos de la elegancia desplegada y de lo bien servida que estuvo en este paraje solitario de estas elevadas montañas. Conversamos por una hora después de la comida, durante la cual tuvimos que hacer uso de nuestros conocimientos de español, pues nadie en la casa hablaba una sola palabra de inglés. Se nos condujo después a nuestros cuartos, dotados de cómodas camas, donde disfrutamos de descanso, pasando una buena noche. La casa de esta hacienda fue construida en 1740 y se encuentra aún en buenas condiciones. Nuestra intención había sido partir al día siguiente, al romper el alba, puesto que teníamos que hacer una larga y penosa jornada, pero, como había llovido toda la noche, se nos dijo que las cuestas y barrancas estarían muy resbalosas y que haríamos mejor en esperar hasta después de haber salido el sol. Teniendo en consideración la jornada que nos esperaba, se le añadieron huevos y frijoles al desayuno general de pan y café. Nada habíamos visto de la hacienda la noche de nuestra llegada y nuestra sorpresa y regocijo fueron mayores al contemplar el encantador panorama matinal, precisamente en el momento en que el sol comenzaba a iluminar las montañas y valles cubiertos de verdor. Al partir, nuestro genial huésped no nos permitió que nos despidiéramos, sino que montó a caballo y nos acompañó por su hacienda (de cuatro leguas de larga), hasta la última puerta. Su compañía nos fue tan interesante como instructiva, pues nos habló de todo lo que se refiere al cultivo de los productos, que son café, azúcar, tabaco, frijol y ganado. El camino que nos condujo hasta Jalapa no fue sino camino de herradura, por donde era imposible que pudiera pasar ningún carruaje, caminando siempre cruzando montañas y bajando y subiendo barrancas parecidas a las que viste en Regla, cerca de Pachuca. Se dice que éste es uno de los caminos más pintorescos de México, para recorrerse a caballo. Algunas veces viajábamos por tierra caliente y en seguida, en una o dos horas, alcanzábamos la tierra templada, pero siempre entre bosques de naranjos, plátanos o cafetos, sin perder casi nunca de vista las palmeras. En toda esta región montañosa llueve muchísimo más que en las mesas de México y, por consecuencia, la vegetación es mucho más lozana, verde y exuberante. No se encuentran montañas desnudas como las de las altas llanuras que circundan la ciudad de México y toda esa región, sino que las montañas y valles están cubiertos de una espesa vegetación como la que viste en los alrededores de Córdoba. Después de haber abandonado la hospitalaria hacienda “Monte Blanco,” arribamos repentinamente a un pueblo, aldea compuesta de quince o veinte casas, hermoso por su situación, posado como se halla en la vertiente de la montaña, pero no muy atrayente por sus edificios que en su mayor parte están construidos de otate con techos de paja. Está, sin embargo, rodeado de flores y una vegetación

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tropical (esta región es famosa por sus orquídeas silvestres); el paso por sus callejuelas fue un conocimiento encantador. Una vez fuera del pueblo y habiendo atravesado un llano de dos millas, llegamos a una barranca, no muy profunda, pero que proporciona bellas perspectivas, con una corriente de agua clara en el fondo que se precipita y convierte en espuma al chocar contra las rocas, pero que no es demasiado grande para no poderla vadear a caballo. Después de trepar con dificultad sus empinadas riberas, nos encontramos otra ancha y fértil llanura cultivada y cubierta de indios que araban con yuntas de bueyes. Más allá de la llanura nuestro sendero se volvió a internar en la montaña y allí, cómodamente resguardado al pie de las colinas, se encuentra el pueblo de Coscomatepec, a donde entramos, lugar de cierta importancia, con mil quinientos o dos mil habitantes. A un lado de la plaza se levanta una hermosa iglesia construida de piedra, y en el otro la casa municipal. La mayor parte de sus casas está construida de piedra o adobe (ladrillo secado al sol), con techos de teja, dando eso muestras evidentes de ser una población o ciudad de comodidades, puesto que los pueblos se componen de casas hechas principalmente de otate y con techos de paja. Como nuestro arriero tuvo qué mandar herrar sus caballos de carga, durante nuestra permanencia de una hora tuvimos oportunidad de examinar la población. Lo que principalmente llamó nuestra atención fue que los garitos funcionaban en plena calle. Los mexicanos son muy adictos al juego, si bien me dicen los viejos vecinos que se ha operado en este sentido un gran cambio en favor de la moralidad, entre la gente del pueblo, en esta última generación. Pero nosotros los americanos no podemos criticar con demasiada severidad a nuestros vecinos sobre el particular, si se tienen en cuenta los informes que rinde la policía de nuestras ciudades. Me viene también a la memoria lo que vi en el primer viaje que hice cruzando nuestro país hasta California, el primer año en que se abrió al tráfico el Ferrocarril del Pacífico. En Ogden tuvimos que transbordar como a media noche. Al descender de los carros notamos que la noche estaba iluminada por un gran número de luminarias y en frente de cada una de ellas había una mesa de juego que ostentaba montones de piezas de oro de águilas-dobles ($20.00), los útiles del juego y al dueño invitando a voz en cuello a jugar, apareciendo las mesas con numerosa clientela. Una legua adelante de Coscomatepec llegamos a la famosa barranca de Jamapa, cuyo espectáculo recompensó ampliamente nuestro viaje. Su descenso perpendicular es casi de mil pies y su anchura en la parte superior es un poco más del doble de esa medida, empleando nosotros precisamente una hora para atravesada. Apenas si puedo darte una idea de su belleza y selvática grandiosidad; su angosta vereda para mulas, a lo largo de sus costados casi tajados, camino que fue tallado en la roca viva en la época de los antiguos virreyes españoles, pero que ahora está muy descuidado y descompuesto; la exuberante vegetación que cuelga de los riscos y rocosos lados; el rugiente torrente cubierto de espuma que corre por el fondo y cuyos lados une el sólido puente español; el gran panorama que ofrece la montaña cubierta de nieve, y el verde valle, son impresiones que por largo tiempo recordaremos. Parecía que el descenso era casi perpendicular y visto de arriba tenía el aspecto de que sería imposible bajar a pie, mucho

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menos a caballo, pero logramos salir avante a salvo, aunque mamá con mucha frecuencia decía que ella y el caballo caerían sin duda hasta el fondo del precipicio. Después de cruzar el río por el puente de piedra, que descansa sobre un arco, comenzamos el ascenso; pero éste fue lento y penoso y fatigoso para nuestros caballos que seguían aquel sendero en zig-zag. Era ya casi medio día cuando llegamos a la cumbre y con placer nos desmontamos en la aldea de indios situada en la cúspide de la barranca y saboreamos con gusto el lunch que habíamos llevado, con el aditamento de tortillas calientes (grandes y delgadas tortitas hechas de maíz), que acababan de hacer y que nos sirvió una india. Todavía faltaban tres leguas más qué recorrer para llegar a nuestra posada de noche, sobre un camino tan lleno de atractivos como el que habíamos recorrido antes de medio día, pasando por lomas y valles, hasta que, al ascender una cordillera que se elevaba como dos mil quinientos pies sobre el valle colindante, repentinamente apareció a nuestra vista la ciudad de Huatusco, en el sitio más lleno de romanticismo, sobre una elevada meseta, encerrada, por decido así, las montañas y casi oculta bajo alamedas de plátanos y mangos. Los únicos caminos que conducen al lugar son caminos de herradura; no se encuentra allí ni un solo carro o carreta y probablemente jamás ha existido alguno. Es una de las poblaciones o ciudades de la República más bellamente situadas; es la Capital del Cantón o Distrito, con una población de siete a ocho mil habitantes. Posee una plaza agradable y una iglesia bastante imponente; la plaza es uno de los distintivos de todas las poblaciones mexicanas de ciertas pretensiones y de las ciudades, y la iglesia, o catedral, es el principal atractivo, y alrededor de la plaza se levantan la iglesia, los edificios públicos y las tiendas. En adición a esto, Huatusco posee calles bien pavimentadas y casas particulares sólidamente construidas. La principal casa para esparcimiento de viajeros ostentaba el raro letrero de “Posada Johnson” o, en inglés inteligible, “Hotel Johnson.” El dueño tiene nombre inglés, pero no habla más que español. Su padre se estableció en el país hace más de cincuenta años y casó con una mexicana. El hijo nació en este lugar y es ciudadano mexicano. Como tú nunca has estado en un hotel en este país, puede interesarte la descripción que de él te haga. Toda nuestra cabalgata, en lugar de detenerse en la puerta de la calle para desmontar, como un hotel americano, entró inmediatamente por su hospitalaria puerta abierta hasta llegar a un patio cuadrado y pavimentado, que siempre se halla en las grandes casas mexicanas. Este patio está encerrado por un edificio de un piso, con un corredor o pórtico que ocupa todo el interior que da vista al patio. Los cuartos del hotel están en fila, con una puerta y una ventana que ven al corredor. La parte del corredor que está junto a la cocina, se usa como comedor, pues en este clima cálido es agradable comer “al aire libre.” En el lado opuesto, o en un lugar más distante del mismo edificio, que desemboca igualmente sobre el patio, están las caballerizas, para caballos y otros animales. En esta posada tuvimos buen alojamiento para pasar la noche, con cuartos limpios, cómodas camas y una mesa bastante aceptable, combinación que no siempre se halla en los hoteles del campo o casas de huéspedes mexicanas. Contentos nos pusimos de desmontar y de aprovechar cuantas comodidades nos pudo ofrecer

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mi hostelero Johnson, pues nuestro día de jornada nos había sujetado a dura prueba. Habíamos caminado veinticuatro millas, que equivalían al doble de un buen camino. Tuvimos la fortuna de alojamos en buen tiempo, porque poco después de nuestra llegada comenzó a llover y continuó lloviendo toda la noche sin interrupción. Como consecuencia, nuestro camino quedó en una situación deplorable para nuestra jornada del día siguiente; veredas húmedas y resbalosas sobre estas montañas, pero afortunadamente esta jornada era corta, únicamente de quince millas, para llegar a la célebre hacienda de “El Mirador.” Probablemente te acordarás que el Conde y la Condesa de Enzennberg hablaban con frecuencia de que querían visitar esta hacienda. El año pasado bajaron a Córdoba con intención de dirigirse a “El Mirador” y pasar allá un mes o dos con sus compatriotas, pero recibieron tan malas noticias del camino, que renunciaron al viaje y se volvieron a México. Por esto nos picó la curiosidad de desviamos del camino directo de Jalapa e ir a “El Mirador,” pudiendo de esta manera, a nuestro regreso, comunicarles nuestros informes. Partimos a la madrugada. El camino que sale de Huatusco, después de atravesar una barranca y un río, sigue por las empinadas vertientes de una cordillera que casi imposibilitaba a nuestras cabalgaduras poder subir, pues el lecho arcilloso del camino empapado por la lluvia de la noche anterior estaba tan resbaloso, que no podían afirmar sus pisadas; pero una vez que subimos obtuvimos un panorama espléndido. La niebla de la madrugada que se elevaba del húmedo valle acababa de levantarse sobre la ciudad, la cual se veía iluminada por los rayos de un sol naciente, y, por primera vez durante nuestro viaje, el nevado volcán de Orizaba, elevándose majestuosamente a más de dieciocho mil pies sobre el nivel del mar, era perfectamente visible. ¡Aquello era una hermosa vista panorámica! La niebla como orlada cortina, estaba suspendida sobre la ciudad y el valle, y el volcán, límpido, blanco y solitario, se destacaba por encima como el rey del escenario. Nuestro camino atravesaba una sucesión de lomas, que formaban un incesante cambio de subidas y bajadas pendientes y resbalosas, lo cual volvía la jornada peligrosa y cansada; el temor de una caída quedaba alguna vez compensado con poder andar un corto trecho por la superficie plana de una loma que nos permitía la oportunidad de gozar de aquella vista encantadora. Pero nosotros estábamos enteramente dispuestos a llegar a “El Mirador” y recibir la bienvenida del bondadoso propietario alemán y de su familia, quien, advertido de nuestra llegada desde la noche anterior, nos esperaba con un humeante almuerzo al estilo antiguo, para el cual nos había desarrollado un buen apetito nuestra ruda cabalgata de cuatro horas. Esta hacienda, que es la más bella que hasta ahora hemos visto en México, merece el nombre de “El Mirador!” (perspectiva o vista), pues la habitación está situada sobre cúspide de una colina de forma oval y que domina el campo por muchas millas en todas direcciones. Del corredor de uno de los lados puede verse el volcán de Orizaba en toda su magnificencia y también el Cofre de Perote, que después del de Orizaba, es la montaña más alta de la región; Jalapa, “la ciudad jardín,” arriba, del lado de la sierra y de otro corredor se pueden ver, a sesenta millas de distancia y cuando el día está claro, el embarcadero, el faro de Veracruz y el mar azul.

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Este punto está situado precisamente entre la tierra caliente y la tierra templada, gozando de un clima delicioso. El jardín, bajo un cultivo esmerado, causaba delicia el contemplado, pues no obstante que estamos en el mes de enero, está verde, fresco y florido como si fuera verano. Esta es la hacienda cafetera más grande de la República. En la actualidad tienen sembrados trescientos mil árboles y se proponen plantar este año cincuenta mil más, esperando tener un rendimiento en la actual cosecha de ciento cincuenta mil libras. El padre del dueño escribió uno de los mejores libros que hasta la fecha se han publicado sobre México.27 La familia está formada por personas inteligentes y de mérito. Tres de las hijas y un hijo se encuentran ahora en Alemania en la escuela, y en la primavera, la familia que quedó aquí visitará Alemania, dejarán allá las dos muchachas que están ahora aquí y se traerán a los otros. Todos ellos han leído bastantes obras de alemán y español y hablan inglés correctamente. Se manejaron con nosotros tan bondadosamente y parecieron regocijarse tanto de que estuviéramos en su casa (muy rara vez ven extranjeros), que resolvimos quedarnos otro día para disfrutar de su sociedad, del bello espectáculo, y del delicioso clima. Partimos a la mañana siguiente al amanecer (quinto día de nuestro viaje), porque teníamos que hacer una larga jornada a caballo para poder llegar a la primera hacienda con comodidades que se hallaba sobre nuestra vía y que distaba diecisiete leguas, o sean cosa de cuarenta y cinco millas […]. Después de un recorrido a caballo de tres horas, llegamos a la hermosa ciudad de Jalapa, fin de nuestra ecuestre expedición, habiendo recorrido por todo ciento veinte millas desde nuestra salida de Córdoba[…]. Esta ciudad está considerada como la más bellamente situada de toda la República. Antes de ayer vinimos a este lugar en a diligencia durante la mitad del camino y la otra mitad la recorrimos en un ferrocarril de tracción animal que están construyendo a Jalapa. El viaje en diligencia ha sido el más molesto de los que hasta ahora hemos hecho en México y tu mamá dice que habría preferido haber venido a caballo. Gozamos mucho con nuestra permanencia en esta costa oceánica. Hace provecho aspirar esta fresca brisa marina […]. Córdoba, la ciudad de donde emprendimos la excursión que acabo de narrar, hemos descubierto que es un lugar lleno de atractivos para hacerle cortas visitas, por estar situada en la región más pintoresca, precisamente en la división entre el clima ardiente de la costa y el más vigoroso de la meseta, y de fácil acceso a la Capital por ferrocarril […]. Además de los rasgos que la embellecen por su vegetación, panorama y clima, Córdoba ha sido célebre en la historia política de México de hace luengos años. A principios del siglo diecisiete era el punto donde los virreyes españoles pasaban el invierno, resultando a la vez refugio muy aceptable de las comarcas costaneras azotadas por la fiebre y del enrarecido 27 Foster se refiere a Carl Christian Sartorius, quien escribió en 1858 el libro titulado, México and the mexicans: Landscaper and Popular Sketches con ilustraciones del pintor alemán Johann Moritz Rugendas, amigo del autor y quién estuvo en México entre 1831 y 1834.

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aire de la Capital. En 1821 ce1ebró aquí Iturbide su Tratado o Convenio con el Virrey O’Donojú, que condujo a la Independencia de México y fundación de la República. Aquí fue donde hicieron alto los franceses, ingleses y españoles cuando su expedición tripartita de 1861. Aquí fue donde se estableció una colonia ex-Confederada a la terminación de nuestra Guerra Civil. Un gran número de los soldados de la “causa perdida,” entre ellos los Generales Price, Magruder, Reynolds, Shelby y el Gobernador Isham G. Harris (que después fue miembro del Senado de los ESTADOS UNIDOS) se refugiaron en México, comprendiendo que ellos no podrían sufrir el Gobierno de “las barras y las estrellas.” En 1865, Maximiliano, que se hallaba entonces en la cúspide de su poder, hizo que se separaran y midieran las propiedades para estos refugiados en el Valle de Córdoba, y que constituyeran una Colonia Americana. Estas propiedades habían sido confiscadas por el Gobierno de Juárez como fincas hipotecadas al Clero. A cada cabeza de familia le adjudicó Maximiliano lote de terreno de ciento sesenta acres y a cada hombre soltero uno de ochenta, bajo ciertas condiciones sobre su colonización, mejoras, cultivo, etc. se formó en seguida una colonia de consideración, se nombró Alcalde al Gobernador Harris y se comenzaron a hacer activos preparativos para mejorar las tierras y sembrar. Antes que hubieran permanecido en sus campos el tiempo suficiente para levantar la primera cosecha, una gran partida de Liberales cayó sobre ellos, tomándolos por imperialistas, se apoderaron de gran parte del ganado y de otros bienes y se llevaron a muchos colonos en calidad de prisioneros. Al fin fueron puestos en libertad a condición de abandonar el país y se les envió a los Estados Unidos desde Alvarado y otros puertos del Golfo. Esta batida alarmó de tal modo a los colonos restantes que muchos de ellos abandonaron sus tierras y, a la caída de Maximiliano, casi todos volvieron a Estados Unidos. Y la colonia resultó un fracaso. A pesar del hecho de que los ex-Confederados que habían venido a México se les consideraba como enemigos del Gobierno Liberal, hay buenas razones para creer que el Presidente Juárez habría reconocido el acto de Maximiliano de establecer la colonia, hubiera prestado protección a los colonos en sus títulos y estimulado la existencia y desarrollo de la empresa si se hubiera quedado un número de consideración, pues el beneficio para la nación era manifiesto; pero como no quedaron más que dos o tres en sus tierras, ya fue inútil que el Gobierno continuara haciendo esfuerzos. Si los colonos hubieran sido un poco más constantes, podría existir hoy una grande y floreciente colonia americana en este rico y hermoso valle, ocupados en el cultivo y exportación de sus ricas cosechas. Pero mi opinión es que con el tiempo, cuando se les hubo amortiguado algo la aguda decepción de la “causa perdida,” estos verdaderos americanos de corazón comenzaron a anhelar por volver a sus antiguos hogares y estaban enteramente resueltos a volverse a colocar otra vez a la sombra de la antigua enseña. En mi época, el único antiguo ex-Confederado colono que sobraba era el Dr. Russell, de Alabama (a quien ya he mencionado), que había servido bajo las órdenes del General John T. Morgan, quien por muchos años,

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después, fue el distinguido Senador de Alabama, no pudiéndose encontrar en el Senado de los Estados Unidos un americano más resuelto. El Dr. se había “reconstruido” completamente y llegamos a ser íntimos amigos. Había emprendido el cultivo del café en gran escala y su ambición era no volver a su tierra natal sino hasta que pudiera regresar con un buque cargado con el producto de sus propias tierras. Ese día nunca llegó. Aceptó el dolce farniente de aquel clima y paisaje encantadores; llevaba una vida sencilla; ensanchaba año por año sus posesiones cafeteras; atendía gratuitamente en su habilidad profesional a los males de los sencillos nativos de sus haciendas, y veinticinco años después que abandoné el país, murió de edad avanzada en su casa de Córdoba, grandemente estimado y llorado por sus vecinos y dependientes. 28

4. México bajo el gobierno de Lerdo Sebastián Lerdo de Tejada, entró a la escena nacional al promulgarse la Constitución de 1857, cuando el presidente Comonfort lo designó ministro de Relaciones Exteriores. Congresista posteriormente por un distrito electoral del estado de México, en el que era desconocido, abre un nuevo horizonte a su vida pública, ya que preside el Congreso en tres ocasiones, y por dos la Comisión Permanente. Como presidente de la Suprema Corte de Justicia, se encarga del Poder Ejecutivo a la muerte de Benito Juárez en 1872. Ante este hecho, el Partido Republicano se dividió en preferencias, y los lerdistas triunfaron en las elecciones presidenciales. Reconoce Vicente Riva Palacio, un lerdista convencido, que: “Difícilmente podrá encontrarse en la historia de nuestro país ejemplo de otro gobierno, que como el del señor Sebastián Lerdo de Tejada, en el corto espacio de menos de dos años, haya recorrido la escala de la opinión pública desde la popularidad más espontánea y más vehemente hasta el desprestigio más completo: que haya comenzado por ser la esperanza de una sociedad y haya acabado por sembrar en ella el más terrible decaimiento y la más completa falta de creencias en política”.29 Esta situación la percibirá el perspicaz Foster. En la época en que yo me establecí en México, el país sufría aún a consecuencia de la larga lucha del Partido Liberal contra los clericales durante la Guerra de Reforma, que comenzó en 1857 y terminó con la caída y ejecución de Maximiliano en 1867. Frescos estaban aún en la imaginación pública los días del pseudo-imperio y la trágica muerte del Emperador. Con frecuencia me 28 John Watson Foster, Diplomatic… op. cit.,V.I, 1909, p.p. 35-47. 29 Vicente Riva Palacio, Historia de la Administración de D. Sebastián Lerdo de Tejada, México, Imprenta y Litografía del Padre Cobos, 1875.

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divertían los que habían tomado parte, con las narraciones de incidentes de aquella época de conmociones. El Presidente de la República a quien entregué mis credenciales, Sebastián Lerdo de Tejada, había sido uno de los activos jefes del movimiento liberal o de reforma y se le achacaba generalmente haber sido el que decidió el destino de Maximiliano. No obstante que Juárez, jefe del Partido Liberal y entonces Presidente, era un hombre de gran firmeza de carácter, se conmovió mucho por la interposición del Gobierno de los Estados Unidos en sus esfuerzos para seguir la salida pacífica de Maximiliano del país. Juárez tenía gran estima los servicios que los Estados Unidos le habían prestado a la causa liberal durante la guerra y tenía tendencias a la misericordia; pero el Sr. Lerdo comprendió que la República había sufrido tanto a manos de los monarquistas, que debería infligirse un castigo de tal naturaleza a los jefes del movimiento, que sirviera de una advertencia efectiva contra toda clase de futuros intentos para derrocar las instituciones democráticas del país, y su actitud resuelta fue la que ocasionó la ejecución del jefe del efímero imperio. Lerdo había ascendido a la Presidencia con motivo de la repentina muerte de Juárez en 1872, y precisamente antes de mi llegada, acababa de ser electo por un voto casi unánime para desempeñar otro período constitucional de cuatro años. Uno de los primeros actos de su segundo periodo, fue la promulgación, como formando parte la Constitución Federal, de las que se conocen con el nombre de Leyes de Reforma. Estas leyes habían constituido el grito de guerra del Partido Liberal cuando comenzó de nuevo su lucha contra los clericales de 1858; se les había adoptado como ley en 1859 y después de la caída de Maximiliano habían sido aprobadas por los Estados como reforma constitucional. En 1873 fueron publicadas con toda ceremonia como formando parte de la ley orgánica. Este acto de ser publicadas fue la consumación final de la gran lucha del Partido Liberal. La Reforma estatuye la independencia, uno de otro, de la Iglesia y el Estado, y prohíbe la expedición de leyes que establezcan o prohíban religión alguna; declara que el matrimonio es un contrato civil y concede jurisdicción exclusiva a la autoridad civil para celebrar este o cualesquiera otros actos personales civiles; prohíbe a las corporaciones religiosas la adquisición de bienes inmuebles o de capitales impuestos sobre hipotecas, excepto los que se dedican a determinados actos de la iglesia; anula toda clase de juramentos religiosos y declara ilegal la existencia de órdenes monásticas. Estas disposiciones han sido suplementadas también por leyes que prohíben toda clase de procesiones religiosas y el usar hábitos monásticos en la calle. Yo transmití a Washington la copia de la proclama del Presidente que encarnaba las leyes de Reforma, a las que yo consideraba como el acto que coronaba el triunfo del Gobierno Liberal en su larga contienda con el Partido Conservador. En contestación, recibí instrucciones del Secretario Fish para expresar al Gobierno Mexicano las felicitaciones de los Estados Unidos por la adopción de las reformas, como un gran paso en la senda del progreso, especialmente para una república y que lo que la experiencia de lo que tenía lugar en nuestro país mostraba que estas medidas no habían tendido a debilitar los justos intereses de la religión.

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El Gobierno de México quedó muy complacido con este acto del Secretario Fish; por orden del Presidente Lerdo, el Ministro de Relaciones Exteriores leyó la correspondencia en el Congreso Nacional; el Presidente del Congreso, en nombre de ese cuerpo, expresó la satisfacción con que la asamblea había recibido la felicitación y por voto del Congreso se insertó la correspondencia en el Diario. Este acto llamó la atención general y dio motivo a comentarios en toda la República. Este acto de nuestro Gobierno fue tanto más halagador al Partido Liberal de México cuanto que el Papa de Roma había denunciado las Leyes de Reforma como un impío ataque contra la Iglesia y su promulgación había hecho hervir de nuevo el antiguo fanatismo religioso del país y su odio al Gobierno. Todas las órdenes monásticas y comunidades religiosas se habían disuelto desde hacía algún tiempo y a sus miembros se les había obligado a abandonar el país o dedicarse a otras actividades, con excepción de las Hermanas de la Caridad, a quienes se les había consentido con motivo de su labor humanitaria en los hospitales y asilos similares. Pero ahora que con tanto boato se habían incorporado a la Constitución las Leyes de Reforma, el Gobierno comprendió que para ser consecuente era indispensable que sus disposiciones se pusieran en vigor con toda imparcialidad y se expidieron órdenes a fin de que las Hermanas de la Caridad cesaran en su vocación o abandonaran el país. El Secretario de Estado me dio instrucciones, a pedimento del Gobierno francés, por no haber entonces Ministro de Francia en México, que interviniera en representación de los miembros franceses de la orden, que eran quienes constituían la mayoría, para conseguir una prórroga para su partida. Con gran disposición llené este cometido, pues el Gobierno les concedió todo el tiempo que racionalmente necesitaran. Pero las órdenes del Gobierno hicieron que los adictos a la Iglesia prorrumpieran en nuevas demostraciones de indignación. La oposición se patentizó en forma inconfundible en lo que se llamó las “protestas de las señoras,” documentos que se redactaron con el ostensible objeto de expresar la aflicción por la partida de las Hermanas de la Caridad; pero cuyo objeto verdadero y efectivo era atacar y denunciar el Gobierno actual y debilitar su influencia entre el pueblo. Estas “protestas” contenían gran número de firmas y se publicaron en todo el país, figurando entre ellas los nombres de las esposas e hijas de muchos miembros del Congreso y funcionarios federales, así como los de ciudadanos de significación por su influencia y riqueza. El asunto se discutió con gran aspereza por la prensa conservadora o católica por una parte y por la prensa liberal por la otra. La discusión tuvo por resultado el que se unieran los sostenedores del Gobierno en defensa de las leyes, a las que se consideraba como la consecuencia natural de la gran lucha por la que felizmente había pasado el país. Esta manifestación fue el último esfuerzo concertado del partido clerical hecho públicamente para resistir el que se pusieran en vigor estas importantes leyes. No obstante que la gran masa del pueblo permanece fiel a la Iglesia católica, han aceptado el resultado como un hecho consumado y permanente y los prelados y el pueblo se han acomodado a las innovadas condiciones. La Iglesia misma no ha sufrido materialmente con el cambio. Ha

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pasado una generación después de la promulgación de las Leyes de Reforma como parte de la Constitución y la fe católica parece estar tan firmemente arraigada en el país como nunca. La diferencia notable que se observa sobre el pasado es que el clero ha cesado de tomar parte o tratado de controlar los asuntos políticos de la nación. La larga lucha por la separación de la Iglesia y el Estado que cristalizó con el triunfo de los principios liberales, tuvo una gran importancia en la promoción de la paz y prosperidad del país, pero la lucha no estaba reducida a México en su saludable influencia: se sintió en toda la América Latina. Cuando Juárez y su cuerpo de reformadores proclamaron por primera vez el principio de “Una Iglesia libre dentro de un Estado libre,” la religión católica era la religión de Estado de todos los Gobiernos que se hallan al Sur de los Estados Unidos en el hemisferio occidental, sin tolerancia de ninguna otra. El partido liberal en México daba la batalla de un “Estado libre” en beneficio de todas ellas y hoy, con unas cuantas excepciones, estos Gobiernos están totalmente separados de la Iglesia, prevaleciendo la tolerancia religiosa. Al estudiar las instituciones y costumbres de México, se fijó mi atención desde el principio en los partidos políticos y las elecciones. Habiendo tomado alguna participación en la política de mi país y habiendo estado últimamente encargado de una campaña electoral, me sentía naturalmente interesado en examinar estas instituciones en nuestra vecina república hermana, donde, según la Constitución, el sufragio era libre y universal. Descubrí que, durante los últimos veinte años, el país había estado dividido en dos partidos que luchaban por grandes principios de gobierno que eran de vital importancia para la paz y prosperidad de la nación; pero que esas lides se habían resuelto no por haber recurrido a campañas electorales y a las ánforas, sino que habían apelado a las armas y que el resultado se había obtenido en el campo de batalla. Cuando por el arbitrio de la guerra triunfaron los liberales, los conservadores no tan sólo rindieron las armas, sino que se retiraron de toda participación política y del ejercicio de la franquicia electoral. En lo sucesivo, las campañas políticas se convirtieron en luchas de personas, no de principios, puesto que el partido liberal era el único que tomaba parte en ellas. Y lo que es aún peor, parecía que existía la convicción entre los electores que el partido imperante tenía en su poder el resultado de la elección en favor de su candidato, sin preocuparse de los votos recogidos en las ánforas. De esta manera sucedió que, a la caída de Maximiliano, cuando Juárez se convirtió en candidato para la reelección, los amigos del General Díaz, que eran muy numerosos en toda la República, se unieron en apoyo de Díaz; pero antes de que terminara la campaña pretendieron que se les iba a coartar por la Administración en las casillas electorales o a hacérseles fraudes en la votación, y fundados en eso se rehusaron a tomar parte en la elección, pero en varias partes del país trataron de organizar una revolución armada. Precisamente antes de llegar yo a México, Lerdo había sido declarado electo por una casi unanimidad de votos, habiendo recibido Díaz solamente un voto

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en la capital y unas cuantas docenas en el resto de la República, a pesar de que se sabía que tenía muchos partidarios en todo el país. Durante los siete que permanecí en México, visité con frecuencia las casillas electorales en días de elección, mas nunca vi que un ciudadano depositara un voto y rara vez encontré personal alguno en las casillas, además de los empleados para la elección. Un comerciante americano, que había residido por muchos años en la ciudad de Oaxaca y que se había captado la estimación del pueblo, en contestación a mi pregunta acerca de las elecciones, dijo que una de las casillas se establecía siempre cerca de su tienda y que generalmente él se pasaba la mayor parte del día de la elección charlando en compañía de miembros de la “mesa” (mesa electoral). Me expuso que era una ocurrencia muy rara que algún ciudadano viniera a votar a la casilla, siendo los empleados instaladores de la casilla las únicas personas que votaban, quienes llevaban a cabo el acto con la gravedad más ceremoniosa imaginable. Todo el mundo sabía que las elecciones eran una farsa; los funcionarios que había que “elegir” eran designados por el Gobernador y un grupo especial y la lista de los electos se conocía generalmente antes de tener lugar la elección. En contestación a una pregunta, dijo que a un indio (la inmensa mayoría de la población es de esa raza) no se le podía inducir a ir a la casilla electoral a menos que se le atara fuertemente una soga al cuello y de la otra extremidad se le tirara a cabeza de silla con fuerza suficiente para vencer su resistencia muscular. A mi vuelta a México hace algunos años, después de una ausencia de veinte, me encontré con un muchacho que había sido mi conocido durante mi permanencia como Ministro. Le pregunté acerca de su actual ocupación o profesión. Me dijo la clase de negocio en que se ocupaba, pero añadió “también soy diputado.” Lo felicité. “Sí,” me dijo él, “ a mí no me llamaba mucho la atención, pero D. Porfirio (forma en que los amigos llaman al Presidente) dijo que le gustaría verme en el Congreso.” Representaba un Estado al que nunca había visitado y venía por un distrito del que nunca había oído hablar. Mi colega alemán, profundo observador, discutiendo este asunto conmigo, me dijo: En este país no hay sufragio popular y no puede haberlo en esta generación por dos razones: Primera, la falta de inteligencia de parte de las masas; segunda, la convicción general de que los votos emitidos los manipulan de tal modo las autoridades que no hay seguridad que el resultado salga de acuerdo con los deseos de los votantes. Las masas (los indios) no votan por indiferencia y por ignorancia. Si votaran lo harían en el sentido que les indicaran los sacerdotes, porque tienen sobre ellos grandísima influencia. Los sacerdotes no ponen en juego su influencia, en parte debido a su abstención de la política y en parte por la convicción que abrigan que de nada serviría hacerla en contra de los políticos que están en el poder. La gente instruida no vota, por regla general, por la misma razón, la falta de confianza por el resultado correcto de la votación.

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En mi época, este alejamiento de las casillas era generalmente reconocido por la prensa. La prensa independiente lo deploraba; la oposición achacaba la responsabilidad de esto a lo que se llamaba los actos ilegales y prácticas arbitrarias de la Administración. De un periódico independiente que gozaba de crédito, recorté durante mi residencia lo siguiente: Ayer en la tarde, a la una, el Sr. A. M., diputado, se encontraba en la casilla que tenía la obligación de instalar, cuando un amigo que llegaba le preguntó cómo iba la elección. La contestación fue que nadie había venido a votar por lo que no había podido instalar la casilla. “Entonces tendrás que cerrar la casilla e informar del hecho.” “De ninguna manera,” contestó el Sr. M., “aquí traigo la lista de las personas que debían votar y por ella vaya formar mi lista de escrutinio y dar cuenta con el resultado. Se me mandó que haga esto y no puedo dejar de hacerla.” Garantizamos la exacta veracidad de la anécdota. Estos comentarios sobre la franquicia electoral en México no son aplicables a todas las elecciones; en las elecciones locales y municipales se entra con frecuencia en una campaña animada, en que las ánforas juegan un papel de importancia. Volveré a ocuparme de este asunto cuando pase revista a la administración del Presidente Díaz. Puedo observar, no obstante, que este defecto en el ejercicio de la franquicia no es peculiar de México, sino que es común a las naciones latino-americanas con pocas excepciones. La falta de educación de las masas las hace indiferentes e incapaces de hacer un uso inteligente del sufragio y las prolongadas luchas que siguieron después de su independencia acostumbraron al pueblo a dirimir sus diferencias políticas por medio de las armas. Además, durante su vida colonial no llegaron a gozar en ningún grado del gobierno local autónomo de que gozaron las colonias britanoamericanas. No será antes de que la educación se halle más generalmente difundida entre las masas cuando racionalmente pueda esperarse que esos países se gobiernen haciendo uso de la libertad electoral. La larga lucha que siguió a la separación del Gobierno de la Iglesia Católica Romana, a que me he referido, produjo naturalmente algunas manifestaciones de revuelta religiosa entre el pueblo, con tendencia al establecimiento de congregaciones protestantes, pero ningún nativo prominente o de influencia pareció ponerse al frente del movimiento. Por consecuencia, su dirección la asumieron ministros misioneros de los Estados Unidos. La primera en entrar al campo fue la Iglesia Episcopal Protestante, pero pronto la siguieron la Presbiteriana, la Metodista, la Bautista, la Cuáquera y las de otras denominaciones. Estos movimientos causaron naturalmente oposición de parte de los adictos a la Iglesia Católica. En los primeros días del período del Presidente Lerdo, una delegación de misioneros americanos le hizo una visita para ofrecerle sus respetos y presentaron un memorial solicitando alguna seguridad de su disposición para proteger a los protestantes en el ejercicio de su religión. El Presidente los recibió cordialmente, dándoles una diligente contestación

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que les dejó enteramente satisfechos y cuya sustancia se dijo que era como sigue: Que la Constitución de México garantiza de la manera más absoluta y sin reservas, la tolerancia y protección de todas las opiniones religiosas. Que aunque el fanatismo de otras formas de religión podría algunas veces excitar disturbios populares contra los protestantes, él estaba seguro que la opinión de todas las clases ilustradas de la sociedad favorecían ardientemente una tolerancia completa y que él sería responsable de la conducta de las autoridades que dependieran directamente del Gobierno federal. Que además de la obligación constitucional de proteger la libertad religiosa, el Gobierno tiene placer en manifestar que los maestros de la doctrina protestante se habían distinguido en México por su conducta como ciudadanos respetuosos de la ley, sin que haya negado a su conocimiento un solo caso en sentido contrario; que su labor siempre ha tendido uniformemente hacia la ilustración del pueblo, sin ocuparse de disputas sectarias y contrayéndose a la propagación de doctrinas de sana moral y religión práctica; que el Gobierno no sólo usará de la mayor diligencia para castigar todas las infracciones de libertad religiosa, sino que es altamente de desear que los maestros protestantes lo capaciten para poder tomar medidas eficaces para impedir tales abusos, siempre que haya motivo para temer que ocurran; que él tiene gusto en formar relaciones de amistad con los que tan concienzuda y arduamente se han dedicado a un objeto de utilidad pública. No obstante estas seguridades oficiales, se molestó y persiguió a los protestantes de varios modos. Siempre que se comenzaba a operar en un nuevo campo aquello despertaba oposición y hacía necesaria la intervención de las autoridades, la cual se proporcionaba generalmente de buena voluntad, pero después de algún tiempo cesaban las hostilidades descubiertas. Durante mi permanencia se dieron pocos casos de motines religiosos en que hubiera pérdida de vidas. En un caso asesinaron a un misionero americano. Las autoridades obraron con energía al arrestar a los promotores del motín, pero los juzgados condujeron el asunto con las acostumbradas moratorias. Finalmente, dieciocho meses después de haberse cometido el asesinato, se declararon culpables a cinco personas, que fueron ejecutadas. Esta empresa de las misiones ocasionó la visita a la capital de varios prominentes hombres de iglesia americanos, figurando entre los más distinguidos el Obispo Methew Simpson, de la Iglesia Metodista. Pocos hombres de las iglesias americanas desempeñaron una carrera más útil o poseyeron talentos más eminentes. Fue recibido por el Presidente Lerdo y en el curso de la entrevista éste repitió en síntesis las declaraciones que se acaban de copiar, que el año anterior se le habían hecho a la delegación. El Obispo trató de fijar en la mente del Presidente el gran interés político que tenía el Gobierno en la división de la población en diferentes denominaciones religiosas, en lo que cordialmente asintió el Sr.

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Lerdo. Se le dio la bienvenida como huésped en uno de los banquetes públicos que dio la colonia americana durante su permanencia, al que asistieron el cuerpo diplomático y varios empleados mexicanos […]. Las misiones y congregaciones protestantes están bien extendidas por toda la República. Han desarrollado actividad en la organización de las escuelas primarias y superiores. Están publicando un gran número de diarios religiosos y hacen uso de la prensa con liberalidad. Sus repartidores llevan la Biblia a casi todas las comunidades. Sin embargo, en la predicación es en lo que más confían para la propagación de su causa y a este fin han fundado escuelas de entrenamiento para la educación de ministros nativos. Pero a pesar de su actividad no han hecho grandes conquistas entre los adherentes católicos, o de una manera ostensible haber creado desafecto entre la masa del pueblo y la antigua fe. Su éxito, no obstante, ha sido proporcionado al esfuerzo desarrollado por los protestantes en otros países católicos. A la vez que el movimiento protestante no puede pretender haber tenido éxito entre las multitudes de adherentes, bajo otros aspectos ha obtenido una influencia notable sobre la Iglesia Católica de México. Esta se ha puesto en movimiento por la rivalidad para desarrollar mayor atención a sus escuelas parroquiales y ha modernizado el carácter de la instrucción. La Biblia ya no es un libro cerrado para los católicos. En tiempos pasados, antes del advenimiento del protestantismo, muy pocos sermones se oían en las grandes catedrales e iglesias parroquiales. Ahora se dice un sermón los domingos en la mayor parte de ellas y aún celebran con frecuencia “misiones,” o lo que comúnmente se llama servicios de despertar religioso. El resultado ha sido que las iglesias, grandes y pequeñas, han sufrido una transformación con la introducción de bancas o asientos, que antes eran casi desconocidos, de modo que los fieles pueden oír el sermón con provecho y bajo otros conceptos se las tiene barridas y adornadas. Se ha prestado mayor atención a la educación y preparación para el sacerdocio y los obispos han vigilado más cuidadosamente de la moral del bajo clero. Bajo este respecto, el protestantismo ha resucitado un espíritu de rivalidad en la antigua religión, despertando sus energías a una vida y actividad nuevas. Durante mi misión en México tuve la buena fortuna de encontrarme con el hombre que, bajo muchos conceptos, puede considerársele como el personaje de mayor relieve en la historia de la República, Santa Anna. Comenzó su carrera pública con la independencia y tomó activa participación en casi todos los movimientos que trastornaron el atribulado país, hasta su muerte, en 1876, habiendo sido repetidas veces dictador o Presidente con facultades extraordinarias y a su vez desterrado e impotente. En los Estados Unidos se le conoce mejor por el importante papel que desempeñó en la lucha por la independencia de Texas y durante la guerra mexicana de 1846-48. Su filiación tendía generalmente al lado del partido conservador; pero como no lo molestaban mucho los escrúpulos, con facilidad cambiaba de partido. Debido a sus maquinaciones contra el Gobierno de Juárez, se expidió contra él una sentencia de destierro por ocho años, en 1867, pero en 1870 se publicó una ley general de amnistía para delitos políticos y volvió al país en

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1874, estableciendo tranquilamente su residencia en la Villa de Guadalupe, en los alrededores de la capital. Su vuelta no llamó la atención, fuera de un artículo corto de un periódico.30 Le hice una visita en su modesta habitación, habiendo sido recibido por él cordialmente. Le encontré muy agobiado por la edad; pero conservando aún su porte militar y expresándose con gran franqueza. Sus principales puntos de conversación eran sobre el pasado, hablando con especial interés acerca de su visita a los Estados Unidos, después de su captura en 1836 por los texanos y del buen recibimiento de que fue objeto. Pocos meses después de mi visita se anunció su muerte y se le sepultó tranquilamente como un ciudadano particular, habiendo acompañado sus despojos al cementerio, solamente unos cuantos parientes. Recordando el gran poder que ejerció al frente del Gobierno, nos viene a la memoria el destino de otro guerrero de mayor nombradía: “No fue sino ayer cuando la palabra del César podría haberse enfrentado al mundo; ahora yace ahí y no hay quien sea tan pobre que lo venere.” El año en que murió Santa Anna, D. Carlos de Borbón, pretendiente al trono español, hizo a la capital una visita de unas pocas semanas. Se le recibió cortésmente, excepto en los círculos oficiales, recibiendo atenciones especiales de determinadas personas y familias de origen español, partidarios del antiguo partido conservador de la Iglesia. Parece que el objeto de su visita fue de carácter meramente recreativo. En 1875, en relación con una gira por los Estados Unidos, la Marquesa Adelaida Ristori visitó México y durante su permanencia en la capital tuve gran contacto social con ella. Fue huésped de mi íntimo colega el Ministro italiano, me hizo varias visitas a mi casa y entablaron estrecha amistad ella y la Sra. de Foster. La considero como una de las mujeres más notables que jamás haya encontrado, tanto intelectual como socialmente. En esa época había alcanzado ella el zenit de su fama, colocándose en la primera 30 La entrevista a la que hace referencia Foster, fue realizada el 15 de marzo de 1874 en el periódico El Eco de Ambos Mundos, en esa ocasión Santa Anna fue descrito físicamente por el periodista que lo entrevistó de la siguiente forma: “Un anciano de elevada estatura, de cabeza erguida, vestido con el traje tradicional, compuesto de un ancho pantalón blanco, chaleco de seda amarillo claro, casaca azul con botón de águila dorada, y corbata blanca [...] A pesar de las arrugas que surcan su semblante, y de los pocos cabellos que cubren su cabeza, su paso, aunque lento a causa del pie que le falta, firme y seguro, y su cuerpo erguido y que aún promete resistir algún tiempo a los embates de la edad, hacen que, a primera vista, no represente más que sesenta años. Su cabello, aunque escaso, está todavía negro, y, no obstante el peso de la pierna de palo, camina sin bastón ni sostén alguno.” Saludó con cortesía a sus invitados, tomó asiento en un sofá y explicó la añoranza hacia su país: “He vuelto a México porque el suelo de mi patria me atraía. Cuando las personas con quienes vivía en el extranjero me preguntaban porqué los abandonaba: Voy a reunirme con mi pie, les respondía. Me encuentro en un país casi extraño: todo me sorprende [...] Un anciano de barba blanca que me abrazó en Veracruz es un ahijado mío, a quien sostuve en las pilas bautismales el año de 1822. No tengo ya ambición de ninguna clase: soy enteramente neutral entre todos los partidos, y vengo, como dije a mis huéspedes en los Estados Unidos, a reunirme con mi pie.” Al final de la entrevista, una mujer le hizo entrega de su pierna ya momificada, la cual había guardado su esposo, a raíz de que el pueblo la desenterró y la arrastró entre las calles años atrás. Véase, Óscar Flores Torres, Historiadores de México Siglo XIX, México, Editorial Trillas-Colección Linterna Mágica, número 32, 2003.

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fila de las artistas trágicas del mundo y a quien los grandes monarcas de Europa habían inundado de regalos y cosechado los aplausos del gusto más refinado y artístico de ambos hemisferios. Después de una larga carrera en el teatro se retiró a Roma, con una amplia fortuna, dedicando su tiempo a ejercer la caridad y a la muchedumbre de amigos y admiradores. Celebró con inusitada brillantez su octogésimo aniversario en 1902 y vivió hasta la edad de ochenta y cinco años.31

5. Un viaje a Oaxaca Foster descubre uno de los estados más enigmáticos de México. Su belleza natural compite con el semillero de importantes políticos y militares como fueron los presidentes Benito Juárez y Porfirio Díaz. El viaje a caballo por la Sierra Madre, encontró un país más selvático y despoblado. Sin embargo, Foster agregó: “No hay un Estado de la república que tenga más objetos y asociaciones interesantes o de atractivo natural para el visitante que Oaxaca”. Foster y su comitiva descubren el árbol de Tule, las míticas ruinas arquitectónicas de Mitla y el lugar de la muerte del presidente y valiente soldado Vicente Guerrero. El gobernador recibe a nuestros visitantes con un banquete en su honor en el propio Palacio de Gobierno, un espléndido edificio virreinal. Foster comenta orgulloso que “Nuestra visita a Oaxaca fue, bajo todos los conceptos, satisfactoria y agradable”. Disfrutamos tanto con nuestra excursión de Córdoba a Jalapa que en el siguiente verano emprendimos otra al entonces más inaccesible y más famoso Estado de Oaxaca. Nuestra comitiva estaba formada por el Ministro italiano, Caballero Biagi, el Dr. Richardson y su esposa, de Nueva Orleans, mi esposa y yo. Fuimos desde la capital hasta Boca del Monte en ferrocarril; de allí, el segundo día hicimos la jornada de catorce leguas en diligencia hasta Tehuacán donde encontramos un hotel cómodo; y el tercer día, también por diligencia, cubrimos una distancia de veinte leguas hasta Tecomavaca, con mal alojamiento por la noche. El resto del viaje, como cien millas por el corazón de la cordillera de la Sierra Madre, a la ciudad de Oaxaca, lo hicimos a caballo y empleamos tres días. Las impresiones y escenas fueron muy parecidas a las que tuvimos en el viaje de Córdoba a Jalapa, con dos excepciones, una agradable y la otra lo contrario. Sufrimos menos días de lluvia y las veredas, aunque ásperas, no eran tan difíciles. Por otra parte, no tuvimos tan agradable acomodo durante las noches, pues el país es más selvático y despoblado. Una noche tuvimos qué recurrir a una cabaña de que hacían uso los arrieros que llevan sus atajos y nuestras camas las formamos con hojas de maíz que cortamos en un campo vecino. 31 John Watson Foster, Diplomatic… op. cit.,V.I, 1909, p.p. 48-60.

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No hay un Estado en la República que tenga más objetos y asociaciones interesantes o de atractivo natural para el visitante, que Oaxaca. Este es el lugar de origen de la raza zapoteca, una de las más guerreras, inteligentes y civilizadas de todas las que existían en tiempo de la conquista española. Cortés escogió Oaxaca como parte de las posesiones que le concedió el Rey de España en recompensa por su gran conquista, y él y sus descendientes llevaron el título de “Marqués del Valle” (de Oaxaca). La ciudad se fundó por edicto del Emperador Carlos V, en 1532. Desde el comienzo de la guerra de Independencia ha tenido práctica belicosa: en 1812, el heroico Morelos se las arrebató a los españoles por asalto; Santa Anna la sitió y tomó en 1828; en 1833 sufrió otro sitio; después el célebre sitio de los franceses en 1865 y su captura por Porfirio Diaz en 1866. El Estado se ha señalado por su espíritu independiente y por el carácter belicoso de su pueblo. Fue la cuna de Juárez y el movimiento de Reforma se promulgó aquí, donde recibió su principal apoyo. Fue también el lugar de nacimiento de Díaz. Su primer “plan” revolucionario, o plataforma, de 1871 (Plan de la Noria) y el de Tuxtepec en 1876, se publicaron aquí y de este Estado organizó con los serranos (montañeses) el ejército que derribó a Lerdo, ascendiendo él al poder. De la ciudad de Oaxaca emprendió nuestra comitiva varias pequeñas excursiones en que se empleaban tres días, para ver algunas de las maravillas de la comarca, siendo una de ellas El Tule, gigantesco y maravilloso árbol de ciprés, y a Mitla, para examinar las célebres ruinas arquitectónicas de ese lugar. Nos acompañó el Gobernador del Estado, quien nos declaró sus huéspedes y en todas las ciudades y aldeas se nos recibió con música, fuegos artificiales y arcos de flores. Estos lugares los conoce el público tan bien por los libros de viajes y por los escritos sobre arqueología, que no necesito extenderme sobre ellos. Pero otro de los lugares que vistamos, Cuilápam es tan poco conocido y tan lleno de interés, que exige alguna observación ulterior. Esta aldea se halla a tres leguas al Suroeste de la ciudad de Oaxaca, en los confines del exuberante Valle de Zimatlán. En los siglos anteriores a la conquista española y antes que esta región fuese subyugada por los aztecas del valle de México, esta aldea se hallaba en los linderos entre los reinos rivales de los mixtecos y los zapotecos. En el terreno elevado que se halla al Oeste se levantaba una torre de vigía de los mixtecos, desde donde observaban los movimientos del enemigo. Todavía se conservan entre los indios, cual si fuesen tesoros, muchas tradiciones de cruentos hechos y conmovedores acontecimientos que tuvieron lugar hace siglos en un pueblo, cuyos vestigios de civilización y proezas se encuentran aún en estos valles, que son objeto de nuestro asombro y admiración. Del lado de la antigua torre del vigía de los indios, los frailes dominicos edificaron una enorme iglesia y convento en los primeros días del gobierno virreinal de México, la cual, con sus torres y sólidos muros tiene el aspecto de una fortaleza feudal. Hace mucho tiempo que el convento ha sido abandonado por los frailes y al presente no es sino una inmensa desolación de pórticos, corredores, capillas y celdas de monjes, iguales a las ruinas que se encuentran desparramadas por toda la República, siendo testimonios de

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la desaparecida grandeza y opulencia de la Iglesia. Pasamos algunas horas con gran interés vagando por entre aquellos derruidos edificios abandonados de todos, excepto de los murciélagos que han encontrado ahí un tranquilo hogar; en leer las desvanecidas inscripciones en latín sobre muros estucados; tratando de indagar en las lápidas del cementerio la historia de los antiguos monjes, y en ascender a la cúpula de la iglesia para observar el grandioso panorama del valle que se extendía a nuestros pies y de las montañas que nos rodeaban y nos servían de peana. Una parte de la inmensa iglesia, que se halla en estado de gran deterioro, es usada aún por los aldeanos, ocupando el padre unos pocos de los cuartos inferiores. Guiados por él fuimos conducidos uno de los patios, donde se nos mostró una tumba al nivel del piso, sobre la que había grabadas algunas enormes letras ilegibles que daban muestras evidentes de antigüedad. Los aldeanos tienen a esta tumba la mayor veneración, porque, dicen ellos, ahí fue sepultada Doña Marina, o la Malinche, la famosa intérprete de Cortés, la compañera de los españoles en todas las campañas de la conquista, el instrumento más valioso de su triunfo y una de las mujeres notables del mundo. Su vida fue una vida extraordinaria, como ha dicho un escritor mexicano, que encaja más bien como un capítulo de una novela y no como una seria página de la historia. Se han perdido el alfa y omega de su vida; lo único que se conoce a ciencia cierta es aquella parte media de su vida que se liga con los hechos heroicos del capitán español. Poco se ha dicho acerca de ella después de su casamiento. Ni Bernal Díaz, el historiador contemporáneo, ni Prescott, mencionan sino de modo pasajero la vida que llevó en años subsecuentes. Su nacimiento y su muerte están cubiertos por el misterio y por incierta tradición. Si es cierto o no que esta tumba es su sepultura, esta ruina que se desmorona es un lugar de descanso apropiado para aquella que presenció el derrumbamiento de su raza, este lugar que señala sus encontradas luchas y donde los conquistadores trataron de construir un perdurable monumento de su fe que, también a su vez se ha convertido en polvo. Nos restaba por ver un lugar histórico que no habíamos visto todavía, por lo que pedimos al padre que nos enseñara donde estaba el monumento que indicaba la muerte del General Presidente Guerrero. Nos señaló un campo sembrado de trigo a la espalda del convento; claramente mostraba que no tenía interés en acompañarnos. Es este un acontecimiento que constituye una de las páginas más negras de toda la historia mexicana. El General Guerrero fue uno de los jefes más valientes de la Independencia mexicana, y en 1828 ascendió a la Presidencia, como lo hacen la mayor parte de los mexicanos que contienden en una elección que sigue después de una lucha sangrienta. Había ya tomado posesión y sido reconocido, pero Bustamante, el Vice-Presidente, levantó el estandarte de la rebelión. Lo sostenían muchos de los más prominentes jefes antiguos de la independencia y lo que las armas no pudieron lograr lo alcanzó la traición y el dinero. Guerrero cayó en una trampa al aceptar una invitación para comer a bordo de un buque extranjero, mandado por un genovés, en el puerto de Acapulco, y mientras estaban a la mesa el buque levó anclas y se hizo a la mar, anclando después en un puerto sobre la costa de Oaxaca donde fue puesto en manos de sus contrarios. Se

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dice que esta indigna acción del genovés le fue recompensada con setenta mil pesos. Sus aprehensores celebraron un simulacro de consejo de guerra en este convento, lo condenaron a muerte y lo fusilaron en este lugar el día 14 de febrero de 1831. En seguida, los asesinos posesionados de impío regocijo, volvieron a la iglesia y cantaron un Te Deum por la muerte de este valiente y patriota soldado que había merecido el honor y la gratitud de sus conciudadanos. La ciudad de Oaxaca no sólo muestra las cicatrices de la guerra, sino que casi por todas partes se descubren las huellas de los terremotos, pues este Estado ha sido víctima de ellos más que ningún otro. La tradición de muchas de las terroríficas visitas de este “architerror” del pueblo, que ocurrieron hace siglos, se conservan frescas en la memoria de los nativos. Últimamente han vuelto a tener motivo de recordar sus terribles manifestaciones. Una de las más notables de éstas se verificó solamente tres años anteriores a nuestra visita. Nueve veces se repitió el fenómeno durante el día y esto de modo tan potente y alarmante que los habitantes abandonaron sus casas y huyeron a las plazas y lugares abiertos y aún a los campos en descubierto fuera de la ciudad. Se perdieron muchas vidas y nosotros vimos los efectos en las casas destruidas y en las cuarteaduras de los muros de edificios sólidos. Pocos meses después, en el mismo año, la gente se despertó repentinamente a las cuatro de la mañana a causa de un terrorífico choque que pareció rajar el globo mismo, seguido inmediatamente por un movimiento oscilatorio que duró algunos segundos y al fin por un violento movimiento de trepidación. Son muchos los daños que causan estos terremotos siempre que se combinan los movimientos de oscilación y de trepidación […]. Nuestra visita a Oaxaca terminó con un gran banquete que en honor nuestro dio el Gobernador en el Palacio de Gobierno. La prensa se ocupó de él en términos elogiosos, dando la descripción de los adornos florales, del despliegue de banderas de “todas las naciones amigas de México,” de la música, etc. En esta vez, como todas sus similares, hubo varios brindis y discursos […]. Nuestra visita a Oaxaca fue, bajo todos conceptos, satisfactoria y agradable. Los círculos oficiales y sociales nos recibieron con toda clase de cortesías y atenciones. Reconocieron nuestra presencia entre ellos como una señalada muestra de consideración a su ciudad y Estado y resultó tan agradable para nosotros como para ellos. El Cónsul americano, al escribirme después de nuestra partida, acerca de la agradable impresión que causó nuestra visita, terminaba de la manera siguiente: “Cualquier acontecimiento que verifique aquí en este año llevará la fecha: el año de la visita del Ministro de los Estados Unidos.” El pueblo mexicano es excesivamente patriota y celebra sus fiestas nacionales con mucho entusiasmo. Los dos acontecimientos a que anualmente dan especial importancia son: la promulgación de la independencia por Hidalgo el 15 de septiembre y la derrota de los franceses al atacar Puebla el 5 de mayo. Conmemoran también las batallas del valle de México, que tuvieron por final la toma de la ciudad por el General Scott, asistiendo con frecuencia a la ceremonia el Presidente y su Gabinete. A los americanos les parece un poco raro que se

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conmemoren aun con tan patriótico fervor las derrotas que ocasionaron al país un desastre tan abrumador. Los mexicanos, sin embargo, las ven bajo el mismo aspecto que los griegos consideraban las batallas de las Termópilas, como manifestaciones de afecto heroico y valor bajo las circunstancias más adversas. Deploran las disensiones que debilitaron la defensa nacional contra los invasores y reconocen la falta de habilidad en sus generales, pero sus oradores alaban anualmente a los soldados que combatieron en las filas con heroísmo en una lucha sin esperanza y exhiben su ejemplo como muestra para las futuras generaciones de sus conciudadanos. Pero durante mi permanencia observé pocas señales de enconados sentimientos contra los americanos con motivo de la guerra que privó a los mexicanos de la mitad de su territorio. El tiempo ha ayudado mucho para cicatrizar las heridas de la guerra y así que haya pasado un poco más de una generación, los ciudadanos ilustrados podrán ver que el espíritu que provocó las hostilidades fue la esclavitud; que esa quedó destruida en la guerra civil y que de entonces a la fecha domina en nuestro Gobierno un espíritu diferente, como se manifestó por la simpatía que se mostró a los liberales en su contienda con Maximiliano.32

6. México revolucionario La administración de Sebastián Lerdo de Tejada nunca se consolidó y provocó una inseguridad general en los caminos y en el transporte y compra venta de mercancías -aunque hay que agregar que la percepción de Foster es exagerada en ocasiones. Sin embargo, esta percepción de la realidad es corroborada con una nueva rebelión que terminó por derrocar al presidente Lerdo en 1876. A la rebelión de Porfirio Díaz basada en el “Plan de Tuxtepec” donde desconoció los poderes federales Foster comentó: “La más abundante fuente de donde han brotado las revoluciones que han señalado la existencia independiente de los Estados latinoamericanos, ha sido el empeño de los hombres públicos de esos países para conservarse en el poder u obtener la Presidencia por otros métodos que no los pacíficos y constitucionales. Este ha sido el hecho que se ha destacado más prominentemente en la historia de México y que se confirmó en la época que estamos revisando.”33 Ya he hablado acerca de la inseguridad que existía para la vida y la propiedad en el Valle de México durante los primeros años de mi residencia. El mismo estado de cosas existió, tal vez en forma más grave, durante la mayor parte del período del Presidente Lerdo. No hubo un momento en que estuviera libre de alguna especie de revolución, ya local, ya general. En 1874, después de haber estado Lerdo en el poder por más de un año, arregló una excursión al 32 John Watson Foster, Diplomatic… op. cit.,V.I, 1909, p.p. 61-70. 33 John Watson Foster, Diplomatic… op. cit.,V.I, 1909, p. 74.

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valle de Cuernavaca y a las famosas grutas de Cacahuamilpa, en el Estado de Guerrero, a la cual fueron invitados el Cuerpo Diplomático, los miembros de su Gabinete y otros amigos. En un gran banquete que le ofreció a él y a su comitiva el Gobernador de Morelos en Cuernavaca, el Presidente Lerdo citó el hecho de esta excursión y la presencia de ocho gobernadores de Estados como una prueba de que la paz reinaba al fin por toda la República y que era posible para muchos empleados públicos ausentarse de sus puestos. Parecía olvidarse de la fuerte escolta de caballería que constantemente le acompañaba y de las guardias rurales y del ejército que estaban destacadas en cada ciudad y aldea por las que había pasado. Los trenes del único ferrocarril del país, el de la ciudad de México a Veracruz, llevaban constantemente uno o más carros que ocupaban una escolta de soldados armados. Los hacendados no se aventuraban a alejarse de sus haciendas sin guardia armada, y los más ricos de entre ellos vivían en las ciudades por su seguridad personal. Toda persona de cierta importancia que viajaba “iba armada hasta los dientes.” Las “conductas,” o trenes cargados de metales preciosos, que traían el oro y la plata de las minas a la Casa de Moneda en la Ciudad de México, o para exportación, venían siempre protegidas por numerosas guardias. Era costumbre de los grandes centros mineros, tales como Zacatecas y Guanajuato, el reunir el producto de las diferentes minas en una gran conducta en determinados intervalos y el Gobierno proporcionaba un destacamento del ejército como escolta. Cuando las conductas provenían de lugares distantes, como el Estado de Chihuahua, pasaban varias semanas en el camino antes de llegar a la ciudad de México. Los propietarios de las minas aisladas formaban y pagaban de su peculio las conductas. Presento una manifestación que me proporcionó el gerente de una bien conocida mina que yo visité, situada en las montañas como a ciento veinte millas de la capital: Debido al carácter quebrado del terreno, la remisión por medio de carruajes es impracticable y hay que emplear mulas de carga. El número de los hombres que forma la escolta varía algo, de acuerdo con el valor de la plata. Siempre es preferible mandar una gran cantidad, puesto que el gasto es mucho mayor para una cantidad pequeña proporcionalmente a lo que sería para una cantidad mayor. Una escolta, supongamos, para cincuenta mil onzas de plata, necesitaría de treinta a cuarenta hombres armados, cinco arrieros y veinte mulas de carga. Los hombres que forman la escolta son hombres escogidos cuidadosamente de entre los habitantes del distrito, consistentes principalmente de agricultores en pequeño que cultivan tierra de la Compañía y de los mejores trabajadores de las minas que podían dejar su trabajo sin hacer falta. Siempre es motivo de codicia el que se les mande con las conductas y en consecuencia podemos escoger los hombres mejores y más dignos de confianza. Los guardas tienen que proporcionarse sus propios caballos y subsistencias en el camino. Se toma gran cuidado en que no se sepa por fuera la fecha de la partida de la conducta, debido al riesgo de que tales noticias darían tiempo a las partidas de ladrones para reunirse. Cuando se ha resuelto

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mandar la plata, se dan las instrucciones la noche anterior; a la mañana siguiente, cuando ya es de día, se reúnen en el patio los hombres que se necesitan y reciben armas de la Compañía, que consisten en rifles alemanes de aguja y una pistola grande, proveyéndose ellos de espadas. Ya preparados ellos de esta manera, los arrieros traen las mulas de carga, se entregan las barras de plata envueltas en esteras corrientes y se amarran bien una a cada lado del aparejo. A la llegada de la conducta a la capital se dirigen a la Casa de Moneda sin pérdida de tiempo. El viaje de ida y vuelta ocupa de seis a ocho días. Fácilmente puede verse que este estado de cosas retardaba de modo notable el desarrollo de la minería, que era y sigue siendo la principal industria del país. El comercio tampoco podía adquirir gran vigor. El tipo de cambio entre la capital y las ciudades vecinas se elevaba con frecuencia de tres a cinco por ciento y para las ciudades situadas en lugares apartados de la República ascendía hasta el diez por ciento. He anotado el dicho de que nadie conocerá México sino después de haber pasado un temblor de tierra y una revolución en el país. Respecto a lo primero hemos tenido lo suficiente para satisfacer nuestra curiosidad y el destino nos reservaba presenciar lo segundo en su forma más amplia. Benito Juárez, el gran héroe del movimiento de Reforma, fue electo Presidente de la República en 1858 y continuó al frente del Gobierno durante la Guerra de Reforma y la Intervención Francesa. Después de la caída de Maximiliano, en 1867, se verificó una elección y Juárez volvió a ser electo por cuatro años. Cuando se aproximaba el fin de su período, sus partidarios personales insistieron en que el movimiento de Reforma lo necesitaba aún al frente del Gobierno. Comía yo una vez en compañía, de un humorista mexicano amigo mío. A su debido tiempo se sirvió la “olla podrida,” platillo muy sabroso y popular que se compone de varias carnes estofadas, legumbres y frutas, que invariablemente forma parte de las comidas mexicanas. Cuando la sirvieron a la mesa, dijo: “Como usted sabe, a esto se le llama el Platillo Juárez.” Me mostré sorprendido y pedí la explicación. “¡Ah! si; el Platillo Juárez, porque tenemos a Don Benito que nunca nos deja.” Un gran partido del país se opuso a la reelección de Juárez en 1867, sosteniendo la candidatura del General Porfirio Díaz, quien había alcanzado gran popularidad en la última guerra con los franceses. Como volvió a anunciarse la candidatura de Juárez 1871, los partidarios de Díaz protestaron ruidosamente contra ella, y Lerdo, que había sido Ministro de Relaciones Exteriores de Juárez y desempeñaba entonces el cargo de Presidente de la Suprema Corte de Justicia y, ex-oflicio, Vice-Presidente, manifestó también su oposición. En la elección no obtuvo ninguno de los candidatos, Juárez, Díaz o Lerdo, la mayoría al hacerse el cómputo de votos, confiándose al Congreso la elección, el cual declaró Presidente a Juárez. La más abundante fuente de donde han brotado las revoluciones que han señalado la existencia independiente de los Estados latinoamericanos, ha sido el empeño de los hombres públicos de esos países para conservarse en el poder u obtener la Presidencia por otros métodos que no los pa-

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cíficos y constitucionales. Este ha sido el hecho que se ha destacado más prominentemente en la historia de México y que se confirmó en la época que estamos revisando. A la re-inauguración de Juárez la siguió un pronunciamiento de Díaz, declarando que su elección era ilegal y nula porque había impedido la justa expresión de la voluntad popular por medio de la fuerza y la intimidación oficial, y empuñó las armas al grito de guerra de “no reelección.” Los partidarios de Lerdo siguieron el ejemplo de Díaz en varias partes del país, pero Lerdo en persona no salió de la capital y no tomó parte activa en la revuelta. Toda la nación se convirtió pronto en un campamento militar y se registraron sangrientos combates entre las tropas del Gobierno y los insurrectos en muchas partes del país. El estado de cosas indicaba que el triunfo era de Díaz, cuando, repentinamente, murió Juárez de un ataque de apoplejía el 18 de julio de 1872. El ángel de la muerte resultó ser el mensajero de la paz. Lerdo, como Vicepresidente, asumió la Presidencia; Díaz dio su asentimiento en el acto y al efectuarse las elecciones resultó electo Lerdo para el período constitucional de cuatro años. Se promulgó una amnistía general y pareció que asomaba una era de paz para el país. Díaz vino tranquilamente a la capital después de la elección y vivió en el retiro, manifestando poco interés en los asuntos políticos, aunque había sido electo miembro del Congreso. Se dijo que la administración le hizo proposiciones para que aceptase una misión en el extranjero, lo que él rehusó. Cuando no hubo lugar a duda que el Presidente Lerdo trataba de reelegirse, Díaz salió de la capital y se dirigió a Oaxaca, su Estado natal. Entretanto, el descontento se manifestaba en varias partes del país y los levantamientos locales eran frecuentes. Desde mayo de 1875, el Congreso concedió al Presidente lo que se ha llamado “facultades extraordinarias.” Esta es una especie de legislación bastante común en el sistema de Gobierno de México y otras Repúblicas latino-americanas; pero a la cual nunca se recurre excepto cuando se hallan frente a una revolución alarmante o cuando menos bajo el pretexto de un gran peligro para la nación. Sus características objetables, desde el punto de vista republicano, son que suspende el Poder Legislativo y hace del Ejecutivo un dictador. Este acto del Congreso convenció a los partidarios de Díaz, que su candidato no tendría ninguna probabilidad de obtener la libre expresión de la voluntad popular en la elección presidencial que se avecinaba, y se resolvieron a volver a apelar a las armas. En enero de 1876, se proclamó el “Plan de Tuxtepec” en una de las ciudades montañosas de Oaxaca, de la cual tomó su nombre, denunciando la reelección de Lerdo y nombrando a Díaz como el regenerador del país. Pronto se lanzaron a la revuelta Oaxaca y los Estados circunvecinos, pero el Gobierno envió a la región fuertes contingentes de tropas y Díaz trasladó sus operaciones a la frontera de Río Grande. Todo el país volvió a verse en las angustias de una revolución aún más extensa que la de 1871 contra Juárez y a principios del año comenzaron a sentirse sus efectos en la capital. En abril de 1876 avisé al Departamento de Estado que en casi todos los Estados de importancia se había proclamado la Ley Marcial y que se encontraban en “estado de sitio;” que el Presidente había

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recurrido a imponer “préstamos forzosos” para surtir la Tesorería y acabar con la rebelión; que el ferrocarril de Veracruz había sido destruido en varios puntos por los revolucionarios y que el tráfico se había suspendido desde hacía más de un mes; que las comunicaciones postales con el puerto de mar y con el interior eran inciertas y difíciles; que las diligencias eran detenidas y robadas en todas direcciones y que los viajes por todo el país sufrían grandes interrupciones y eran peligrosos. Los revolucionarios jamás atacaban la capital aunque incursionaban por el Valle y, prácticamente, estábamos encerrados en ciudad y sus alrededores inmediatos. La mayor incomodidad que experimentábamos era tener cortada nuestra comunicación ferrocarrilera con Veracruz y con el mundo exterior. En aquellos tiempos era costumbre entre los visitantes extranjeros venir a la capital durante el invierno y primeros meses de la primavera; pero siempre se mostraban ansiosos por partir antes que la fiebre amarilla comenzase a hacer sus estragos en Veracruz, de donde es visitante regular en verano. En 1876, sin embargo, con motivo de la destrucción de los puentes del ferrocarril por los insurrectos, gran número se vieron detenidos en la ciudad y se comenzó a temer que no pudieran pasar por Veracruz sin exponerse al tan temido azote. Yo también había proyectado que mi familia volviese a los Estados Unidos y visitara la Exposición Centenal de Filadelfia. Además, gran número de las familias ricas mexicanas deseaban salir al extranjero debido al turbulento estado del país. Reservadamente me informó el gerente del ferrocarril de Veracruz, compañía inglesa, que el Gobierno le estaba proporcionando una fuerte escolta de soldados para volver a poner el ferrocarril, en servicio y que cuando ya todo estuviera listo pondrían un tren especial para que se llevara la plétora de viajeros que estaban encerrados en la capital; pero que esto debía hacerse sin que llegara a noticia del público por temor de que los revolucionarios se propusieran capturar el tren, como ya lo habían hecho repetidas veces. Expresó también el deseo de que yo los acompañara, pues creía que la presencia del Ministro americano podría dar mayor seguridad en caso de un ataque al tren. Prometí hacerlo así, pues de todos modos yo tenía proyectado ir con mi familia hasta Veracruz. Cuando todo estuvo dispuesto, los pasajeros se reunieron en la estación y el tren, inusitadamente largo, partió a media noche para poder pasar la parte montañosa y peligrosa del camino con luz del día. El gerente colocó banderas americanas a vanguardia y retaguardia del tren, según dijo en honor mío, pero realmente era para impedir que cualquiera partida revolucionaria se sintiese inclinada a detener nuestro viaje. Los pasajeros viajaban llenos de presentimientos y constantemente estaban alerta del peligro; pero llegamos a Veracruz sanos y salvos y se regocijaron de encontrar que el vapor estaba listo para sacarlos del afligido país. Generalmente se creyó me había puesto en comunicación con los revolucionarios y obtenido la seguridad de dejar paso libre al tren; pero tal circunstancia no tenía fundamento. Siempre recordaré la conversación que tuve en el vapor con un pasajero, uno de los más ricos y respetados ciudadanos mexicanos. Al

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despedirse de mí, me expresó su agradecimiento por la parte que yo había tenido en sacarlo en salvo a él y a su familia de la capital y en seguida continuó diciendo que mi Gobierno era en gran parte responsable de la actual condición desgraciada de su país; que él, en unión de la mayor parte de los ciudadanos solventes y propietarios del país, habían favorecido la venida de Maximiliano y que bajo su régimen había probabilidades de un Gobierno estable, pero que los Estados Unidos habían sido el medio para derrocado. De aquí es que, expuso él, era el deber de mi Gobierno ocupar el país, restituir el orden y darle la misma seguridad, estabilidad y prosperidad de que gozaba nuestro pueblo; que las actuales condiciones no admitían otra solución. Con tristeza se despidió de mí, diciendo que no esperaba volver jamás a su patria. Poco después murió en Europa, pero sus hijos viven aún en México y la era de protección y prosperidad del régimen de Díaz los ha beneficiado muchísimo en los bienes de su padre. Los empleados del ferrocarril, desconfiando de su habilidad para conservar el camino abierto, me aconsejaron que me volviera lo más pronto posible y en la noche de mi llegada salí de Veracruz rumbo a la capital en un tren especial. El tren regular que salió a la mañana siguiente fue descarrilado por una guerrilla que pretendía estar formada por partidarios de Díaz, habiendo sido los pasajeros despojados de sus armas y valores, quemando el tren y levantada la vía. El tráfico quedó suspendido por algunas semanas, hasta que la vía fue arreglada bajo la protección militar, únicamente para volver a ser interrumpida. Durante este periodo tuve qué emplear un correo particular que condujera mi correspondencia a Veracruz, a fin de mantener informado a mi Gobierno del estado de cosas. Después de la llegada del General Díaz a la frontera de Río Grande, estableció su cuartel general en Brownsville, en el lado americano del río, hasta que sus partidarios estuviesen en estado de emprender la ofensiva. El Gobierno de Lerdo presentó queja de esto en Washington como una violación de hospitalidad y abuso de territorio americano, pero no se pudo comprobar la flagrante violación de las leyes de neutralidad. Al cabo de poco tiempo, Díaz pudo reunirse con sus partidarios en el Estado de Tamaulipas, pero habiéndolo derrotado las fuerzas del Gobierno, se dispersaron sus adictos y él volvió a refugiarse en territorio americano. Durante la intervención francesa había pasado por inminentes peligros y escapatorias; pero al presente tuvo que pasar por una aventura que ofuscó a todas las otras que le habían dado tal reputación de osado. Resolvió volver a su casa de Oaxaca y levantar allí el pendón que las fuerzas de Lerdo habían derribado. Se dirigió a Nueva Orleans y allí tomó pasaje, disfrazado y bajo un nombre supuesto, en el vapor correo americano para Veracruz. De paso el vapor hizo alto en Tampico, pero debido a la barra tuvo que anclar dos o tres millas mar adentro. Aquí tomaron pasaje para Veracruz cierto número de oficiales del ejército regular mexicano que conocían bien a Porfirio Díaz y éste adquirió la certidumbre de que lo habían reconocido. De ser esto así, su captura en Veracruz y su ejecución parecían ciertas. Esa noche se tiró al mar, que generalmente hierve de tiburones, calculando poder ganar la costa a nado, pues era un atleta y un gran nadador.

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Pero el grito de “hombre al agua” fue lanzado por el vigía, se botó una lancha y fue devuelto al vapor en presencia de muchos pasajeros. Como el mayordomo estaba enterado en el secreto de su viaje, lo tomó inmediatamente a su cargo, lo escondió y no se le volvió a ver. Al llegar el buque a Veracruz se comunicó a los empleados de Gobierno acerca de su presencia a bordo y la guardia del puerto practicó una minuciosa búsqueda, pero Díaz no pudo ser hallado. Llegó a la playa en salvo en forma que jamás se llegó a saber en público y pronto volvió a aparecer entre sus fieles adictos en las intrincadas montañas de su Estado natal. Después del triunfo de su causa y una vez que Díaz hubo ascendido a la silla presidencial, el mayordomo del vapor, aunque ciudadano americano, fue nombrado para el lucrativo empleo de Cónsul General en San Francisco, el que conservó por muchos años. La presencia entre ellos de su caudillo favorito, dio pronto nueva vida a la menguante fortuna de los revolucionarios, y los montañeses se agruparon bajo el estandarte de Díaz; Alatorre, el más capaz de los generales lerdistas, fué arrojado de Oaxaca y el 16 de noviembre, en una batalla decisiva que se verificó en Tecoac,34lugar situado como a setenta y cinco millas a través de las montañas al Oriente de la capital, las fuerzas de Díaz obtuvieron una victoria completa sobre el más importante grupo de ejército del Gobierno. Cuando estas noticias llegaron a la ciudad, esparcieron la consternación en los círculos administrativos, pues se había hecho creer a Lerdo que sus generales podrían hacer retroceder a Díaz hasta Oaxaca. No obstante, se hicieron preparativos para la defensa de la ciudad; pero el día 20, después de recibirse los detalles de la derrota completa de Alatorre, se abandonaron todos estos preparativos; el Ministro de la Guerra se presentó en persona ante el Congreso y en nombre del Presidente manifestó que el Consejo de Ministros había resuelto que era deber del Presidente conservar hasta el último momento la bandera del Gobierno legitimo y constitucional y que, siguiendo el ejemplo de Juárez, si la necesidad lo obligaba a abandonar la capital, lo sostendría, llegado el caso, en el último rincón de la República. Esto se tomó como un aviso de que el Presidente Lerdo abandonaría la capital y todas las clases de la sociedad se encontraban en un estado de intensa excitación. El General Díaz, después de la batalla del día 16, no apreciando en todo su valor la extensión de su triunfo, había marchado a Puebla a reorganizar su ejército, en preparación de un avance sobre la capital. Si Lerdo y sus fuerzas la abandonaban, habría un interregno de varios días 34 Foster se refiere al general Ignacio Alatorre [Guaymas, 1831-Tampico, 1899] Este exseminarista, luchó en Baja California contra los filibusteros de Walker; en 1854, en Sonora contra Rousset de Boulbon; y en 1856, contra Vidaurri. Durante la Guerra de Reforma, combatió a los conservadores y luego contra los franceses. En 1865 fue ascendido a general de brigada. Participó en la Batalla del 5 de mayo de 1862 en Puebla, donde defendió primeramente el fuerte de Loreto; y después luchó en la toma de Puebla por Porfirio Díaz el 2 de abril de 1867. En 1868, sofocó un cuartelazo a favor del imperio en Yucatán. En 1870 ascendió a general de división. Derrotó la rebelión de La Noria encabezada por Díaz. En 1872 fue gobernador y comandante militar en Puebla; al año siguiente fue jefe militar en Yucatán y gobernó ese estado en un interinato. En 1876, cuando Díaz se sublevó, lo combatió y fue derrotado en Tecoac, tal y como lo comenta Foster. Durante el porfiriato ocupó algunos encargos técnicos. En 1882, fue enviado a una comisión de gobierno a Europa. En 1890 fue designado ministro plenipotenciario de México en Centroamérica.

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antes de que Díaz pudiese encargarse del Gobierno y entretanto, se temía que la ciudad quedara a merced de elementos desordenados y escandalosos. Los bancos y las casas comerciales quedarían expuestos al pillaje. La principal casa bancaria de la ciudad estaba a la puerta siguiente de la Legación y, alarmado por la situación, mi amigo el gerente me pidió permiso para cambiar lo que contenían sus bóvedas a un cuarto adyacente a la Legación, lo que se podría efectuar sin ser observado practicando una horadación en la pared, por dentro, acariciando la idea de que un saludable respeto a la bandera americana disuadiría a una turba de ladrones de entrar en terrenos de la Legación. En la noche del día 20 las tinieblas invadieron la ciudad, creando un sentimiento de tristeza y temor en los habitantes, pues se sabía generalmente que el Gobierno se preparaba a evacuar la capital. Esa noche convidé a algunos de mis paisanos a que se vinieran a la Legación y con ellos a los empleados del banco y al personal de la Legación. A todos ellos les pareció prudente venir armados. No hubo quien cerrara los ojos esa noche de toda la reunión, pero formábamos una alegre compañía pasando el tiempo en jugar whist35 u otros juegos, habiendo cenado muy tarde, o más bien a la madrugada. Esa noche hubo en la capital muchas reuniones por el estilo en las casas bancarias y comerciales. Nuestra vigilancia no tuvo sino dos interrupciones. Un senador me visitó a hora temprana para preguntarme si podría convertirse en mi huésped temporal. Había sido en el Congreso un campeón del régimen de Lerdo y habiendo mostrado mucha animosidad contra el movimiento de Díaz, temía estar expuesto a insultos, si no es que a peligros, a manos de los exaltados partidarios de Díaz antes de restablecerse el orden. Era mi amigo personal y tuve gusto en proporcionarle una pieza en mi casa. Muy temprano, el General …, viejo y valiente soldado, antiguo Ministro de Guerra y vecino mío, vino por idéntica razón a pedirme ser mi huésped, trayendo consigo su corcel de guerra favorito, noble animal que lo había acompañado en muchas campañas. Le di al General mi mejor recámara y el corcel de guerra quedó alojado en el patio de la Legación. Mis dos distinguidos huéspedes permanecieron conmigo por espacio de cuarenta y ocho horas solamente, pero se desarrolló una situación un poco divertida y embarazosa. Estos dos caballeros, aunque ambos hostiles al movimiento de Díaz, eran acérrimos enemigos personales y no se les podía reunir en mi mesa o en el círculo de mi familia; por eso fue que, durante su permanencia, se convirtieron en reclusos voluntarios cada quien en su habitación. La costumbre de que los hombres públicos recurran al auxilio de las Legaciones en tiempos de desorden y revolución, es muy común en las repúblicas latino-americanas; pero mi experiencia en este caso era única, puesto que la Legación proporcionaba al mismo tiempo protección a hombres públicos, fondos de los bancos y caballos de guerra. 35 Foster se refiere al juego clásico de cartas denominado whist. Este juego se extendió en el hemisferio occidental durante los siglos XVIII y XIX, y fue un derivado del viejo juego Ruff and Honours, muy popular en la Inglaterra del siglo XVII. Las reglas son extremadamente sencillas y se juega con cuatro jugadores y un paquete de 52 cartas.

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El día 21 por la mañana se supo que el Presidente Lerdo, acompañado del Ministro de Relaciones Exteriores y de otros miembros de su Gabinete, había salido de la ciudad a las dos de la mañana. Lo acompañaban también algunos Senadores y Diputados del Congreso, el Gobernador del Distrito Federal y un gran número de amigos personales y políticos, escoltado por una fuerza de mil caballos, tomando el camino que conduce a Toluca, capital del Estado de México, a dieciséis leguas al Poniente. La guarnición de la capital se quedó en la ciudad, bajo las órdenes de su jefe. Inmediatamente después de la salida del Sr. Lerdo, se hizo cargo del Gobierno de la ciudad un Gobernador provisional, nombrado de antemano por el General Díaz. La policía municipal, guardias y guarnición federal, reconocieron en seguida su autoridad, continuando su curso habitual los asuntos civiles, sin ninguna aparente interrupción o perturbación en el Gobierno. Durante los dos días y medio que la ciudad permaneció en este intervalo, un sentimiento general de inseguridad y temor de desórdenes había invadido los círculos comerciales y sociales, como ya se ha hecho notar; pero dicho sea para honra de los habitantes, la paz y el orden permanecieron inalterables y las diversas obligaciones policiales y la administración municipal de los negocios se condujeron tan bien como si estuvieran bajo el más rígido y responsable Gobierno.36

7. El triunfo de Díaz El triunfo de la rebelión encabezada por el general Porfirio Díaz contra la administración de Lerdo encontró obstáculos legales, pero fueron rápidamente superados por su superioridad militar. Porfirio Díaz era un viejo combatiente de la guerra México-Estados Unidos (1845-1848), de la Guerra de Reforma (18571861) y de la lucha contra el imperio de Maximiliano de Habsburgo (1864-1867). En esta última guerra civil logró la toma de la ciudad de Puebla un 2 de abril de 1867 y el control de la ciudad de México, para allanar el camino de Juárez al restablecimiento de la República ese año. Durante la presidencia de Benito Juárez fue congresista e intentó en vano en varias ocasiones optar por la silla presidencial. Tras una larga rebelión logró su ingreso a la capital como general victorioso y llamó a elecciones donde resultó ganador en 1877 para el siguiente período de cuatro años. Contra lo pensado, su gobierno provisional resultó altamente eficiente y con gran actividad administrativa combatiendo todo tipo de inseguridad. Rápidamente se ganó el apoyo de las delegaciones extranjeras, incluyendo a Foster. Sin embargo, diferencias en la percepción de esta situación en Washington atrasaron el reconocimiento de su gobierno. Foster se encargó de cambiar esta valoración.

36 John Watson Foster, Diplomatic… op. cit.,V.I, 1909, p.p. 71-82.

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Inmediatamente se le dio a saber al General Díaz el abandono de la ciudad por el Presidente Lerdo. Aquél estaba entonces en Puebla y estando en esa época interrumpido el ferrocarril, él, con una pequeña escolta, se vino por los montes con toda premura, pero no hizo su entrada a la ciudad sino hasta el día 23 de noviembre de 1876, habiendo sido recibido por una inmensa muchedumbre de pueblo con demostraciones de cordial entusiasmo. Era en verdad el héroe del día y resultó ser el pacificador del país. Para la venidera generación, México está destinado a gozar de una era de paz, seguridad y prosperidad sin ejemplo. Lerdo había huido, pero el general Díaz se encontró con una nueva fuente de dificultades. Según la Constitución Mexicana, el Presidente de la Suprema Corte de Justicia era, ex-officio, VicePresidente, siendo su deber, en caso de estar vacante la Presidencia, asumir el cargo. Un mes antes de la caída de Lerdo, el Sr. Iglesias, Presidente de la Suprema Corte, había salido de la capital y desde la ciudad de Guanajuato había lanzado una proclama al pueblo declarando que la elección de Lerdo como Presidente era inconstitucional y nula y que había perdido su cargo con motivo de sus actos ilegales, cuyo cargo asumía temporalmente Iglesias, en tanto se celebraba una nueva elección.37 Un buen número de Estados del interior sostenían a Iglesias y se estaba reuniendo un ejército para hacer efectivas sus pretensiones. Se rehusó a reconocer el movimiento revolucionario de Díaz y éste, inmediatamente después de haber ocupado la capital, marchó sobre él. Pero no hubo necesidad de más combates. El país reconoció a Díaz como jefe de la nación. Además de sus méritos como impetuoso y afortunado general, poseía una reputación de honradez y sinceridad que inspiraba confianza en el público y se comprendía que no solamente se le había impedido llegar a la Presidencia, sino que bajo su Gobierno podía gozar la República de una era de paz que tanto anhelaban los intereses más respetables del país. Las fuerzas de Iglesias se desvanecieron y Lerdo no pudo hallar partidarios en el Oeste. Ambos buscaron refugio en los Estados Unidos dejando a Díaz dueño absoluto del poder. El Sr. Lerdo fijó su residencia en la ciudad de Nueva York, desde cuyo lugar esperaba el resultado de los esfuerzos que en la frontera de Río Grande ponían por obra el Ministro de la Guerra y otros adictos para restituido al poder. Más todos estos esfuerzos fueron inútiles y él permaneció en aquella ciudad hasta el día de su muerte. Pretendía ser él el Presidente Constitucional de la Nación y como índice oficial de un Gobierno legítimo no podía volver al país y recobrar su ciudadanía sin reconocer tácitamente el régimen revolucionario de Díaz, lo cual estaba él resuelto a no hacer nunca. Se convirtió, por lo tanto, en desterrado voluntario de su patria, a la que por tanto tiempo había servido con tanta distinción y a la cual le tenía tanto cariño. No había prohibición para su vuelta ni sus bienes se le habían confiscado, cuyas rentas se le enviaban con toda regularidad a Nueva York. Llevó allí una vida tranquila, casi oscura, pero a su muerte sus restos fueron 37 Foster se refiere a José María Iglesias [1823-1891], quién escribió en el exilio (Nueva York) su versión sobre este acontecimiento histórico. Su obra se titula, La cuestión presidencial en 1876, publicado después de su muerte en 1892.

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trasladados a la ciudad de México y sepultados con señalados honores en el Cementerio Nacional entre los inmortales. Era un caballero culto, hábil abogado y uno de los hombres políticos más útiles de México, habiendo prestado importantes servicios durante la Guerra de Reforma y la intervención francesa. Su gran error fue el de haber querido reelegirse para la Presidencia después de haber denunciado esa práctica y haberse opuesto a la reelección de Juárez. Mis relaciones personales con él en México fueron muy cordiales y parece que le eran muy gratas las visitas que yo le hacía en su retiro de Nueva York. Habiendo recibido el General Díaz la adhesión del ejército de Iglesias y de todos los Estados, procedió a constituirse en autoridad, según lo anunciaba el decreto, de conformidad con los términos de la Constitución, convocando a elecciones para elegir Presidente, Ministros de la Suprema Corte y miembros del Congreso. Sin embargo, el decreto excluía de la candidatura a todas aquellas personas que ya con carácter civil o militar habían hecho algo para reconocer la reelección de Lerdo, que hubieran tomado participación en lo que se llamaban fraudes electorales, o que hubiesen votado en favor de las “facultades extraordinarias.” Estas prohibiciones excluyeron de empleos a más de las tres cuartas partes de los miembros de los dos últimos Congresos y de la Suprema Corte y a un gran número de oficiales civiles y militares, entre los cuales se contaban algunos de los más experimentados y aptos ciudadanos de la República. A los elegidos se les exigía el juramento (protesta) de sostener la Constitución y el “Plan de Tuxtepec,” por cuya disposición final todos los candidatos que resultaban favorecidos tendrían qué reconocer los principios y la costumbre de la revolución tal como lo establecía el General Díaz. La prensa de oposición declaró que estas condiciones eran más odiosas, antiliberales y exclusivistas que los métodos electorales del Gobierno de Lerdo. En las elecciones que se habían verificado unos cuantos meses antes, Lerdo había sido declarado Presidente prácticamente por votación unánime. Como es de suponerse, nadie sino los “porfiristas” (calificativo que se daba a los partidarios de Díaz), tomaron parte en la nueva elección, siendo declarado Díaz electo Presidente por el voto unánime de la nación y los miembros electos para la Suprema Corte y para el Congreso fueron todos de su partido, no habiéndose elegido para el Congreso ni un solo miembro de oposición. El General Díaz volvió a la capital de su expedición contra Iglesias el 15 de febrero de 1877, y volvió a desempeñar las funciones del Ejecutivo, las que durante su ausencia habían sido desempeñadas por uno de sus generales de confianza. Su primer deseo, por lo que se refiere a las relaciones exteriores, fue obtener el reconocimiento de su Gobierno por el de los Estados Unidos y yo tuve qué enfrentarme con este asunto inmediatamente después de su vuelta. Según las condiciones del Tratado de Reclamaciones de 1868, México tenía que hacer el primer pago de $300,000 a los Estados Unidos, por decisión de la Comisión de Reclamaciones de 31 de enero de 1877. Cuando Díaz entró a la capital el 23 de noviembre, se encontró con la Tesorería Federal vacía y

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su primer acto fue pedir prestado a los banqueros una cantidad suficiente para hacer frente a este pago, por el cual préstamo se obligaba su Gobierno a pagar doce por ciento de interés. La aceptación de este pago del Gobierno de Díaz constituiría el reconocimiento de él de parte de los Estados Unidos y la política de éstos era no reconocer precipitadamente un partido revolucionario que se establecía por el derrocamiento de un Gobierno Constitucional. Sin embargo, el Secretario Fish me autorizó para hacer el reconocimiento si se hacía necesario para capacitar a México a cumplir con el tratado y hacer el pago. Pero el Gobierno de Díaz apreciando esta situación, convino en hacer el pago por conducto del Sr. Mariscal, Ministro Mexicano en Washington acreditado por la Administración de Lerdo y ese negocio se evitó por entonces debido al espíritu complaciente del Gobierno de Díaz. A pesar de todo, era evidente que Díaz había creado un Gobierno de facto que era reconocido en toda la República y que era el único Gobierno con el cual yo podía sostener relaciones para proteger los intereses americanos. Resolví por tanto, asumir la responsabilidad de entablar relaciones extraoficiales con él y posponer el reconocimiento formal y oficial hasta que se hubiesen verificado las elecciones y Díaz se instalase como Presidente Constitucional. Al consultarlo con mis otros colegas diplomáticos, convinieron ellos en adoptar el mismo curso. En consecuencia, sin que hubiera de por medio ninguna comunicación oficial sobre el asunto, le hice una visita oficial al General Díaz y a cada uno de los miembros de su Gabinete, la que fue correspondida prontamente, pagándome la visita en la Legación cada uno de ellos y aunque continué tratando negocios con el Ministro de Relaciones Exteriores, mis comunicaciones por escrito iban siempre marcadas con la palabra “extraoficial”. El General Díaz quedó muy contento y agradecido por el paso que había yo dado y en seguida entablé con él muy amistosas relaciones personales. Cuando llegó a la capital se alojó en un departamento muy modesto y pequeño en el Palacio Nacional, edificio federal, de donde era yo frecuente visitante. No se le notaba ese espíritu jactancioso del general victorioso, sino que era modesto en el desempeño de sus deberes civiles del Ejecutivo, mostrando a las claras que pisaba un sendero desconocido y recibía de buen grado consejo y estímulo para el establecimiento de un Gobierno legal y de orden. Habiendo resultado las elecciones de 1877 en favor de Díaz como Presidente y de un nuevo Congreso y Suprema Corte, se tomaron inmediatamente los pasos conducentes a fin de que el Gobierno revolucionario asumiese el carácter de Gobierno Constitucional. Después de haber ocupado su puesto la judicatura y haberse organizado el Congreso, el día 5 de mayo tomó posesión del Gobierno el General Díaz en medio de una gran pompa y prestó la protesta de ley de sostener y defender la Constitución. Sin pérdida de tiempo comuniqué al Gobierno de Washington por telégrafo este acontecimiento y solicité sus instrucciones sobre el curso que tenía que seguir. Desde enero había yo aconsejado a mi Gobierno que, al inaugurarse una forma constitucional, debería reconocerse al Gobierno de Díaz; pero transcurrieron seis semanas antes de recibir las instrucciones que había pedido. Entre tanto y desde que se celebraron las elecciones de febrero, el Ministro mexicano

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de Relaciones Exteriores había dado muestras de gran inquietud y aún de impaciencia por la actitud de los Estados Unidos, respecto al reconocimiento. El General Díaz, después de haberse hecho cargo oficialmente del poder, en febrero, dirigió una carta autógrafa al Presidente de los Estados Unidos ya otros jefes de Estado con quienes México cultivaba relaciones diplomáticas, dándoles parte del acontecimiento. Esta carta no había obtenido contestación del Presidente de los Estados Unidos. Para hacer más grave la situación, todos los otros Gobiernos habían hecho un reconocimiento oficial por conducto de sus Ministros, poco después de la inauguración constitucional. El retardo de parte de los Estados Unidos, además de causar gran decepción, era fuente de muchas dificultades para la nueva administración en México. Muy al principio, después de haberse establecido en la capital el Gobierno revolucionario de Díaz, el Sr. José María Mata, hombre de gran experiencia en negocios públicos, erudito en obras inglesas y estimable caballero, había sido comisionado como Ministro a los Estados Unidos, pero a su llegada a Washington se encontró con que no se le recibiría. Esto hizo que quedara el Ministro de la Administración de Lerdo (el Sr. Mariscal), encargado de la Legación en Washington y todos los Cónsules lerdistas en sus oficinas en todos los Estados Unidos, al mismo tiempo que los partidarios de Lerdo estaban tratando de levantar una contrarrevolución para volver al poder a su jefe. Por ese tiempo tuvo lugar otro acontecimiento que amenazó ocasionar una ruptura irreparable entre los dos países. Por algunos años con anterioridad a esta época, el estado de cosas con motivo de terrenos de la frontera había sido nada satisfactorio. Indios salvajes vivían en ambos lados y no lejos de la línea divisoria internacional. Los indios incursionaban de un lado y otro y se acusaba que las autoridades locales no ejercían suficiente vigilancia para impedir esas depredaciones. Pero el punto principal de las dificultades estaba en la frontera de Río Grande, donde perturbaban la paz no solamente los indios, sino también los contrabandistas y los revolucionarios. Los ciudadanos y las autoridades de Texas enviaban sus quejas constantemente a Washington, pidiendo protección y reparación. A principios de la administración de Lerdo, el Gobierno de los Estados Unidos dio instrucciones, a su Ministro para que notificara al Gobierno Mexicano, que de no reprimirse esos desórdenes se les darían instrucciones a las tropas americanas para que persiguieran a los merodeadores cruzando la línea divisoria y los castigaran. Más tarde, se le pidió permiso al Gobierno Mexicano, con esta mira, pero no fue concedido, emprendiendo éste esfuerzos más vigorosos para reprimir los desórdenes. Lamentaba la situación y obraba sin duda movido por un deseo sincero de poner fin a las dificultades; pero tres obstáculos impedían que las medidas tomadas fueran eficientes. Primera: las difíciles condiciones por que atravesaba la Tesorería impedían el mantener un gran número de fuerzas federales en un lugar distante; segundo: los soldados, que eran reclutados, se aprovechaban de la proximidad de la frontera para desertar, y tercero: el estado de revolución del país hacía más necesaria la presencia del ejército en cualquiera otra parte. Esta situación hizo que las fuerzas federales

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americanas cruzasen la frontera más de una vez en activa persecución de los bandoleros en la época de Lerdo; pero a tales actos le seguía una vigorosa protesta de parte de México. Por algún tiempo después de haber ascendido al poder el General Díaz, estuvo demasiado ocupado en consolidar su administración para dedicar su atención a la frontera de Río Grande, dando esto por resultado que los bandidos y los contrabandistas tenían manos libres. A este estado de desorden hay qué agregar que el General Escobedo, Ministro de Guerra de Lerdo, se había establecido en Texas cerca de la línea divisoria y sus adictos estaban tratando de organizar una contra-revolución. Esto acarreó conflictos con las autoridades de Díaz, quienes en más de una vez persiguieron a los revolucionarios atravesando el río y penetrando a Texas. En vista del estado de turbulencia de la situación, el Secretario de Guerra de los Estados Unidos, con fecha 19 de junio de 1877, expidió una orden al General Ord, comandante en Texas, autorizando a las tropas federales, cuando a su juicio llegase a ser necesario, para perseguir a los merodeadores mexicanos, a través de la frontera y arrestarlos o castigarlos en territorio mexicano. Cuando esta orden se publicó en México, creó la más profunda excitación y tanto los periódicos de oposición como los gobiernistas la denunciaron como un grosero desprecio a la soberanía mexicana y un insulto a toda la nación. El General Díaz, a impulsos del clamor popular, hizo que se girasen instrucciones al General en jefe en la frontera ordenándole que se pusiera de acuerdo con el jefe americano y le ofreciera su cooperación para la supresión del bandidaje y desorden; pero que en caso que las tropas americanas penetrasen al territorio mexicano y ejerciesen jurisdicción, debería él “repeler por la fuerza el insulto que se trataba de inferir a México por la invasión de su territorio.” El día anterior a que se expidiera la orden al jefe mexicano, celebré una notable conferencia con el Sr. Vallarta,38 Ministro de Relaciones Exteriores. Las instrucciones que con tanta impaciencia había esperado del Gobierno de Washington acerca del reconocimiento del Gobierno de Díaz, me habían llegado al fin y se me ordenaba que se las comunicara. Estas órdenes fueron para mí una decepción y yo sabía que darían origen a una situación tirante de relaciones con México. Se me informó que el Gobierno de los Estados Unidos, antes de reconocer al General Díaz como Presidente de México, esperaría hasta estar seguro que su elección era aprobada por el pueblo mexicano y que su Administración poseía estabilidad para sostenerse y voluntad para cumplir con las reglas de cortesía internacional y respeto a los tratados. El despacho que encerraba estas instrucciones contenía una revista de los disturbios de Río Grande, de los perjuicios sufridos por ciudadanos americanos a causa de injustas extorsiones, la prisión de un Cónsul y otros varios motivos de queja, y manifestaba que debía preceder algún convenio sobre estos asuntos antes de proceder al reconocimiento, pues los Estados Unidos, a la vez que buscaban la 38 Foster se refiere a Ignacio L. Vallarta [1830-1893]. Apreciable y talentoso jurisconsulto mexicano que llegó a presidir la Suprema Corte de Justicia de la Nación entre 1877 y 1882. Entre otros cargo públicos fue gobernador suplente en Jalisco, diputado federal, senador, ministro de Gobernación y ministro de Relaciones Exteriores de México.

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amistad y cordiales relaciones con la República hermana, preferirían esperar pruebas de que su amistad sería reciprocada. Después de la lectura del despacho se siguió una larga conversación. El Sr. Vallarta insistió en que el Gobierno del General Díaz poseía todas las condiciones para el reconocimiento, que exigían el Derecho Internacional y la costumbre y citaba el reconocimiento que habían hecho ya todas las otras naciones que mantenían relaciones diplomáticas con México. Por lo que se refería a quejas de los Estados Unidos y reclamaciones de sus ciudadanos, dijo que su arreglo apropiado debía seguir al reconocimiento, especialmente cuando algunas de ellas exigían un tratado o convenios diplomáticos. En seguida se quejó de que había sobrevenido un cambio en la política del Gobierno de los Estados Unidos con el advenimiento del Presidente Hayes, porque mientras el Sr. Fish fue Secretario de Estado se había manifestado una disposición para que una vez que el Presidente Díaz se hiciese cargo del Gobierno como Presidente Constitucional, se le reconocería con tal carácter. Pretendió haber recibido informes particulares de Nueva York y Washington acerca de que se estaba tramando un proyecto para provocar una guerra y anexión de territorio mexicano y que la orden dada al General Ord, que era un anexionista, tenía por fin llevar a cabo esto. Censuró acremente la orden militar del 10 de junio, declarando que se habían descuidado todas las reglas del Derecho Internacional y las prácticas de las naciones civilizadas, tratando a los mexicanos como salvajes, como kaffires de África; que hubiera estado más en su lugar una completa declaración de guerra; que ningún Gobierno podría sostenerse en México por un momento teniendo en su contra la indignación popular, si no rechazara la invasión de su territorio por la fuerza de las armas. Ya se han publicado el informe de esta entrevista y los documentos que con ella se relacionan y no reproduzco aquí mi contestación a lo anterior, en la que traté de conservar la justicia del punto de vista que había tomado nuestro Gobierno. Mi informe sobre lo que el Sr. Vallarta expresó, está muy lejos de dar una idea justa de la intensidad de sus sentimientos. No hay qué dudar sobre la exactitud de su declaración sobre que se había operado un cambio de política respecto al reconocimiento, después de la inauguración del Presidente Hayes y tenía algún fundamento su acusación de que se había formado un complot para provocar la guerra por los disturbios de Texas. Algunos meses después, cuando visité Washington, se me informó de buena fuente que ciertos caballeros, cuyos nombres se me dieron y que tenían un interés especial en el éxito de la administración del Presidente Hayes, habían concebido la idea de que en vista de la tensión del espíritu público creada por los partidarios del Sr. Tilden y del perturbado estado de cosas en los Estados del Sur, desviaría la atención de los tópicos actuales y ayudaría en gran manera a consolidar la nueva Administración si se pudiese emprender una guerra con México y añadírsele a la Unión otra tajada de su territorio.39 El cambio de política respecto al reconocimiento del Gobierno de 39 Foster se refiere a James G. Tilden, candidato a presidente de los Estados Unidos. Tilden resultó vencido en las elecciones que favorecieron a Rutherford B. Hayes,

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Díaz y la vigorosa política sobre la frontera de Río Grande, que se manifestaba en la orden del 10 de junio, en que se autorizaba la entrada a México de tropas americanas, puede explicarse por la existencia de dicho complot. Había otros testimonios que denunciaban lo mismo. En el mismo mes de junio, como cuando tuvo lugar mi entrevista con el Sr. Vallarta, llegaron a México dos caballeros que me traían cartas del Sr. Evarts, Secretario de Estado. Uno de estos era el Sr. Vallejo, vecino de California en la época de su anexión a los Estados Unidos, entonces ciudadano mexicano de origen español, siendo en aquel tiempo un gran terrateniente y que ocupó lugar prominente en la historia primitiva de aquel Estado. Venía acompañado de su yerno, el General John B. Frisbie, americano, de maneras agradables y espíritu enérgico, pero visionario por temperamento. Antes de venir a México visitaron Washington y expusieron su proyecto ante Mr. Evarts y otras personas prominentes en las altas regiones de la Administración, proyecto que era el de ejercer tal presión sobre México, al grado de no dejarle otra alternativa que la de las hostilidades o la venta de algunos de los Estados del Norte de la República. Ellos pretendían que como México estaba muy necesitado de dinero, antes que arriesgarse a emprender una guerra con Estados Unidos y su derrocamiento por el partido lerdista, el General Díaz consentiría en deshacerse de una parte del territorio por una buena suma de dinero. Ellos, como conocedores del idioma y del carácter mexicano, servirían de intermediarios para aproximarse al General Díaz y convenir en las condiciones de compra en forma extraoficial, después de lo cual debían entablarse las negociaciones oficiales. Por extraño que parezca, su proyecto había sido acariciado hasta tal grado que venían autorizados en forma enteramente extraoficial para tratar con Díaz el asunto. Jamás tuvo esto ni la más remota probabilidad de éxito, pero aún la sombra de una probabilidad se destruyó por su misma conducta. Había en Washington demasiadas personas que estuviesen en el secreto; el Sr. Vallejo era un anciano locuaz y tanto él como su yerno estaban tan enormemente engreídos con la importancia de su misión que apenas si débilmente la ocultaban. Los corresponsales de Washington se hicieron del quien por la mayoría de un voto y en aparente fraude abierto –cuando menos esa fue la percepción general en esa nación- fue declarado vencedor. El nuevo presidente Hayes, tomó posesión el 4 de marzo de 1877, y mostró estar ansioso en distraer la atención de la nación sobre el presunto fraude electoral. El mismo día de la toma de posesión, los principales periódicos de Nueva York, Washington y Filadelfia, publicaron comentarios sobre la inseguridad de la frontera con México y llegaron a proponer la necesidad de crear un protectorado en México. Los ataques de la prensa a México continuaron y con ello el reconocimiento –entendida ésta como una acción de presión política-, se postergó. Posteriormente el 17 de julio, el Herald de Nueva York publicó un mapa con los territorios que los Estados Unidos debían anexarse: Baja California, Sonora, Chihuahua, Coahuila, parte de Nuevo León –de la ciudad de Monterrey al norte-, Sinaloa y Durango. Esto agrió las relaciones entre Foster y Vallarta. A pesar de todo, ambos mantuvieron la calma. A juicio de Josefina Zoraida Vázquez, Foster pretendió condicionar por su cuenta el reconocimiento durante el final de la presidencia de Grant, y cuando consideró el momento adecuado, la presidencia de Hayes había iniciado. Véase Josefina Zoraida Vázquez y Lorenzo Meyer, México frente a Estados Unidos (Un ensayo histórico 1776-1988), México, FCE, 1992, p.p. 97-102 y; a Luis Zorrilla, Historia de las relaciones entre México y EUA, 1800-1958, 2 vols., México, Porrúa, 1967.

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secreto y mientras los emisarios venían en camino la noticia se publicó en todo el mundo. El Gobierno mexicano negó con indignación que alguna vez se le hubiese tratado sobre el particular ni de que por un solo momento pudiese dar oído a proposición tan antipatriótica y los señores Vallejo y Frisbie no tuvieron otra qué hacer a su llegada sino negar su misión. Todavía ocurrieron otros incidentes que complicaron aún las relaciones entre los dos Gobiernos. El Sr. Mata se puso obstinado y aburrido por su situación en Washington y pidió que lo relevaran; se envió a que lo substituyera al Sr. Zamacona,40 Ministro de la Suprema Corte, hombre de gran habilidad y muy familiarizado con los Estados Unidos, pero participó del mismo destino y no pudo hacer variar la actitud del Secretario Evarts acerca del reconocimiento. El Sr. Mata rindió un informe a su Gobierno a su vuelta y me dijo que él tenía muy pocas esperanzas de que nuestras dificultades tuviesen un arreglo pacífico. Por la misma época manifestaba yo en mis comunicaciones al Departamento de Estado que en los círculos públicos existía un creciente y amargo resentimiento debido a la tardanza del reconocimiento; que había un sentimiento muy extendido en el país acerca de que nuestro Gobierno estaba inspirado en “su destino manifiesto” para absorber tarde o temprano a todo México y que todo acto positivo de nuestra parte se interpretaba como un plan preconcebido para provocar un conflicto y adquirir territorio. Se me había ordenado por el Secretario Evarts y autorizado por el Presidente, para negociar con México un tratado que comprendiera todos los asuntos en controversia, para arreglar el asunto de la frontera, para ajustar las reclamaciones pendientes, para proteger a los ciudadanos americanos contra préstamos forzosos y exacciones de los revolucionarios y para colocar bajo mejor pie nuestro cambio comercial. En varias entrevistas con el Sr. Vallarta había yo solicitado con premura su atención sobre estos asuntos y habíamos examinado en detalle las diferentes materias; pero se había adelantado poco. Finalmente, obrando por instrucciones del Secretario Evarts, insté por la celebración de un tratado. El Sr. Vallarta expuso el asunto ante el General Díaz y, después de una junta de Gabinete, me informó que se había resuelto no ajustar ningún tratado ni tratar en lo sucesivo sobre ninguna de las cuestiones pendientes sino hasta que su Gobierno hubiera sido oficialmente reconocido; que este acto se pedía como un derecho y que no debía estar precedido de ninguna condición, pues no era ni honroso ni respetable solicitar el reconocimiento. Convencido que el Gobierno de Washington comprendía mal la situación de México y el espíritu del Gobierno de Díaz, durante el verano de 1877 pedí licencia para visitar Washington, con objeto de conferenciar con el 40 Foster se refiere a Manuel M. Zamacona [1820-1885]. Abogado, político y orador nacido en Puebla; fue redactor de “El Siglo XIX”; desempeñó en 1861 la cartera de Relaciones Exteriores en el gobierno de Juárez y dimitió al votar el Congreso la suspensión del pago de la deuda externa; como diputado, encabezó después la oposición a los gobiernos de Juárez y Lerdo de Tejada; ministro de la Suprema Corte de Justicia, ministro plenipotenciario en EUA y candidato a la presidencia de la República en 1880.

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Presidente y el Secretario de Estado; pero al Secretario Evarts no le pareció oportuno que yo abandonara mi puesto. Pasó el otoño y vino el invierno sin que se presentara ningún choque en la frontera de Río Grande, pero sin que se obtuvieran ulteriores progresos de mejoría en la tirantez de las relaciones diplomáticas entre los dos Gobiernos. Se había llevado un esfuerzo ineficaz con el objeto de obtener alguna acción del Congreso de los Estados Unidos en auxilio de la actitud de la Administración sobre asuntos mexicanos, pero un Comité de la Cámara de Representantes estaba empeñado en efectuar una investigación de las condiciones de la frontera de Río Grande, el que tenía como Presidente a un miembro de la Cámara, de Texas, que simpatizaba con la actitud de la Administración. En enero de 1878 fui llamado para comparecer ante ese comité y por instrucciones del Secretario de Estado fui a Washington y rendí mi testimonio ante el comité acerca de la situación de la frontera y sobre la estabilidad del Gobierno de Díaz, así como de su disposición hacia los ciudadanos americanos y sus empresas. El Presidente y el Secretario Evarts quedaron satisfechos por mis declaraciones de que sería mejor no demorar ya por más tiempo el reconocimiento y al volver traje conmigo a México la autorización para ponerme en relaciones oficiales con el Gobierno mexicano. Esto lo efectué remitiendo al Ministro de Relaciones Exteriores una copia de mis instrucciones a ese fin, de abril 11 de 1878, dieciséis meses después de que el General Díaz había entrado a la capital y tomado posesión del Gobierno y casi un año después de haber sido reconocido por las otras potencias. Este lapso había sido de intensa ansiedad para la Administración de Díaz y para mí de gran embarazo personal, pues mi deber era sostener realmente a mi Gobierno y yo no podía dar a entender a los mexicanos que la política respecto a reconocimiento era contraria a mi recomendación y consejo. Inmediatamente después del reconocimiento me invitó el Presidente a un banquete que se dio en mi honor en el Palacio Nacional, para celebrar el agradable acontecimiento, habiendo asistido los miembros del Gabinete y los principales empleados del Gobierno, y a la semana siguiente el Presidente aceptó una invitación para una comida en la Legación, a la que asistieron los miembros del Gabinete, el Cuerpo Diplomático y otros altos empleados. Reinó durante la comida la mayor cordialidad y se alimentó la esperanza de que las dos Repúblicas vecinas hubieran entrado a una nueva era de confianza mutua y amistosas relaciones.41

8. México bajo el gobierno de Díaz Dieciséis meses después de haber tomado el cargo de presidente de la República, Porfirio Díaz fue reconocido por la administración de Washington. Sin embargo, durante su primer gobierno (1877-1880) las tensiones con los Estados Unidos 41 John Watson Foster, Diplomatic… op. cit.,V.I, 1909, p.p. 83-96.

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en cuanto a la deuda externa, la inseguridad de sus residentes en México y en la línea fronteriza, no disminuyeron. Al conocer el Departamento de Estado mi notificación de haberse restablecido con el Gobierno de México las relaciones oficiales, el día 7 de mayo fue recibido el Sr. Zamacona por el Presidente Hayes y entregó sus credenciales que hacía seis meses esperaban en Washington para ser presentadas. Con objeto de no dejar al Gobierno mexicano sin relaciones oficiales mientras se reconocía al General Díaz, el Sr. Ignacio Mariscal, Ministro acreditado bajo el Gobierno de Lerdo, permaneció en su puesto y desempeñó con imparcialidad sus delicados deberes. Había residido por muchos años en los Estados Unidos, primero como Secretario y después como Ministro. El Sr. Mariscal volvió a México en abril de 1878 y permaneció en la vida privada solamente por un corto tiempo, pues el Presidente Díaz conocía demasiado bien su habilidad y experiencia para dejar que el país se viese privado de sus servicios. Fue miembro del Congreso Constituyente y firmó la Constitución de 1857, que inauguró el movimiento de Reforma y que continúa siendo aún el Código fundamental de México. El Presidente Díaz lo nombró miembro de su Gabinete en 1879 y al año siguiente asumió el cargo de Secretario de Relaciones Exteriores, puesto que ha seguido desempeñando con el pequeño intervalo de cuando fue nombrado Ministro en la Gran Bretaña. Su carrera como diplomático no ha sido igualada por ninguno de su generación y pocos hombres públicos de cualquier país han tenido que habérselas con negocios de tanta cuantía o desempeñado sus deberes con tan señalado éxito. Ha continuado sin interrupción como Primer Ministro en el Gobierno del General Díaz y a él se debe en gran parte el crédito de lo que se ha hecho. Otro ejemplo del discernimiento del General Díaz para aprovecharse en su administración de los servicios de los adictos a su antiguo antagonista, Lerdo, fue su conducta para con Manuel Romero Rubio. Este, como Senador, denunció sin interrupción los procedimientos revolucionarios de Díaz y defendió con habilidad la conservación de los métodos constitucionales de Gobierno. Poco tiempo antes de su caída, el Presidente Lerdo lo hizo su Secretario de Relaciones Exteriores y acompañó en el destierro a su jefe denotado y permaneció con él por algún tiempo en Nueva York esperando el resultado de los esfuerzos del General Escobedo para producir una reacción contra Díaz. Cuando fracasaron esos esfuerzos, el ardiente deseo de Romero Rubio para volver a su tierra natal, por las comodidades de su residencia palaciega y los ruegos de su encantadora familia, fueron demasiado fuertes para poderlos resistir por más tiempo y tranquilamente volvió a México, volviendo a ocupar su casa como un ciudadano particular. Tenía un gran círculo de amigos influyentes y era uno de los políticos de más empuje en el país y no transcurrió mucho tiempo antes de que el Presidente Díaz le ofreciese un lugar en su Gabinete. Hay una novela que se relaciona con la familia Romero Rubio, en la que la Legación Americana desempeñó un papel importante y que tuvo resultados y benéfica influencia en los destinos de la República. Esta fue

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una de las primeras familias mexicanas con quienes establecimos íntimas relaciones sociales; la Sra. de Foster y yo y nuestros hijos se reunían con mucha frecuencia durante los siete años que residí allá. Cuando el Sr. Manuel Romero Rubio huyó de la capital en compañía del Sr. Lerdo en aquella sombría noche de noviembre, al despedirse de mí me recomendó a su esposa e hijos en caso que necesitasen protección por el levantamiento que se pretendía en la ciudad en favor de Díaz. Afortunadamente no las amenazó ningún peligro y al visitadas en su residencia a la mañana siguiente las encontré confiadas en su seguridad. A la vuelta del Sr. Romero Rubio, él, su esposa y su hija mayor visitaban con frecuencia la Legación en nuestros martes de recepción irregulares. En una de esas noches el Presidente Díaz nos honró con su presencia. La hermosa y encantadora hija de su implacable enemigo, el antiguo Senador y Ministro del Gabinete, llamó su atención, y pidió a la Sra. Foster que lo presentara con ella, lo cual hizo con cierto temor conociendo la antipatía política que existía. Esta amistad maduró con el tiempo hasta convertirse en enlace matrimonial y la atrayente hija del jefe lerdista llegó a ser “la primera dama del país.” Al país le resultó ser esta una alianza de primer orden. El General Díaz no estaba desprovisto de cultura, pues había sido aprobado en el colegio de su Estado natal y estaba entregado a sus estudios de Derecho cuando la invasión americana de 1847 tuvo lugar, lo cual le llevó al ejército. De allí en adelante su vida entera fue la de un soldado y tenía necesidad de la amable naturaleza de una mujer de refinada educación para que suavizara las asperezas adquiridas en el campo y en el campamento. La Sra. de Díaz era una competente conocedora de la literatura inglesa y francesa, despejada y seductora en su conversación, por lo que la residencia del Presidente se convirtió pronto en el centro principal de la sociedad mexicana. Era igualmente devota católica y miembro incansable en obras religiosas y de caridad. Como cabeza del Gobierno, así como jefe conspicuo del movimiento de Reforma, el Presidente Díaz tenía que ver que se pusieran en vigor las rigurosas leyes contra la Iglesia Católica, pero la suave influencia de la Sra. de Díaz las hacía aparecer menos desagradables a la autoridad eclesiástica. Con la característica familiaridad afectuosa de la raza española, la gente la llamaba con el atractivo nombre de “Carmencita,” pues negó a ser el ídolo de la nación. El sentimiento amistoso y de cordialidad que se manifestó al tiempo del reconocimiento por los Estados Unidos del Gobierno del General Díaz en abril de 1878, fue, desgraciadamente, de corta duración. El fondo sobre el que basaba el Secretario Evarts sus instrucciones para que yo hiciera el reconocimiento, era que el Gobierno del General Díaz se hallaba enredado en la discusión de asuntos de diferencias entre las dos naciones y se encontraba impedido de poder alcanzar un arreglo satisfactorio de estos asuntos por la falta del reconocimiento. Recibí instrucciones para insistir tras el reconocimiento, sobre algunas medidas permanentes de conservar la paz y de inflingir el castigo al bandidaje de la frontera, por una protección más eficaz de los ciudadanos americanos y de sus intereses en México y sobre el arreglo de varios asuntos de reclamación que ya se habían presentado.

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En consecuencia, comencé a tratar de estos asuntos con el Ministro de Relaciones Exteriores y a encontrarme con las demoras que son incidentales en las negociaciones diplomáticas por ser un gobierno nuevo y que no estaba firmemente asegurado en el poder y que disponía de un tesoro escaso; fue entonces cuando las complicaciones que surgieron hicieron las negociaciones más difíciles aún. Escobedo, el General lerdista, había vuelto a visitar Texas y estaba comprometido en el empeño de promover otra revolución en la frontera. El desorden y el bandidaje estaban otra vez en todo su apogeo y durante la primavera y el verano de 1878, las tropas americanas cruzaron varias veces la frontera y entraron a México en persecución o para castigar a los merodeadores. Esto hizo que la prensa de la capital se entregase a un grado de mayor o menor excitación frenética. Volvieron a circular los antiguos rumores de que el Gobierno de los Estados Unidos estaba inspirado en un espíritu hostil y que trataba de llevar a cabo una anexión o establecer un protectorado sobre México. El Gobierno del General Díaz, influenciado hasta cierto grado por el clamor público, suspendió las negociaciones y pidió que se retirase la orden del 19 de junio, por la que se autorizaba a las tropas americanas para cruzar la frontera. El Sr. Zamacona, Ministro de México en los Estados Unidos, al ver que sus esfuerzos para con el Secretario Evarts eran infructuosos, con cierta circunspección diplomática trató de crear un sentimiento público en el país que fuese favorable a México. Su plática ante una convención comercial en Chicago se interpretó como una apelación del Gobierno al pueblo de los Estados Unidos y el órgano oficial de Díaz en la ciudad de México, al informar sobre la reunión, dijo que “distinguidas personalidades habían condenado en alta voz la intriga de la anexión, que de manera tan profunda perturbaba la serenidad de las relaciones entre las dos Repúblicas.” El Sr. Matías Romero, que por tanto tiempo fue el hábil representante de México en Washington, en un periódico semi-oficial que publicaba cuando esta crisis, manifestó como un hecho que “el Gobierno de los Estados Unidos alimentaba sentimientos hostiles hacia México y andaba buscando motivos o pretextos para crear dificultades entre las dos naciones.” Nada podía ser más significativo del estado del sentimiento público en el país que tal lenguaje en boca de un hombre que conocía más bien al Gobierno y pueblo americanos por su larga residencia y amistosos sentimientos. Pocos años después el Sr. Romero volvió a ser el representante diplomático en Washington, en cuyo puesto continuó por espacio de diecisiete años hasta el día de su muerte. En octubre de 1878, informé al Departamento de Estado que la creencia que prevalecía en México era que la situación se resolvía en una guerra. Había tenido lugar un incidente el mes anterior en el que fui participante sin intención de serlo y que proporcionó a la prensa una oportunidad para circular más alarmantes rumores. Es costumbre en México celebrar el aniversario de la Independencia nacional por medio de una festividad pública en la noche del 15 de septiembre, siendo una parte de la ceremonia una reunión que generalmente se celebra

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en uno de los más grandes teatros de la capital y que es presidida por el Presidente de la República, en compañía de los miembros de su Gabinete y otros altos funcionarios. En tal ocasión, se pronuncia un discurso, se recita una poesía, hay cánticos patrióticos y aires nacionales, terminando con el “Grito de Hidalgo” por libertad e independencia. Ese año se me invitó con mi familia y comitiva a la celebración del aniversario, reservando para nuestro uso uno de los mejores palcos. En vista del profundo resentimiento que existía en el país: contra mi Gobierno, temí que mi ausencia pudiera interpretarse mal y asistí a la celebración en compañía del Secretario de la legación y de los miembros de mi familia. La poesía resultó ser una feroz diatriba contra el Gobierno de los Estados Unidos y su actitud en los asuntos que perturbaban entonces al público, poema que fue leído del modo más excitado y que no dejó de conmover al auditorio hasta un estado casi de frenesí. El grito de “Mueran yanquis” se escuchaba en todos los ámbitos de la sala, mezclado con ruidos guturales y maullidos, haciendo con esto que todas las miradas de la concurrencia se fijaran en el palco del Ministro americano. Yo permanecí impasible en mi asiento hasta que la excitación decreció y así que continuaron los números del programa, tranquilamente me retiré con mi familia, dejando al Secretario en el palco. El acontecimiento dio lugar a disparatados rumores en la prensa y en los círculos políticos. Uno era que yo había pedido mis pasaportes para salir del país, rompiendo de esta manera las relaciones diplomáticas; otro era que yo había dejado de ser persona grata y que el Gobierno de México había pedido mi retiro. El asunto se discutía con tal franqueza en los periódicos y aún se advirtió en el “Diario Oficial,” que yo creí que era necesario escribir una nota personal al Ministerio de Relaciones Exteriores, manifestando que yo no había ni por un momento considerado a las autoridades federales responsables de algún modo, por lo que pudiera haber ocurrido en la festividad nacional, y que fuera impropio o descortés para mi país o mi Gobierno y que la demostración podía solamente considerarse como expresión impremeditada de un auditorio heterogéneo en épocas de excitación popular. El Ministro me contestó que mi nota había proporcionado mucho gusto al Presidente, pero que él nunca había creído que yo hubiera dado importancia alguna al asunto, “puesto que conocía tan bien su (mi) elevada inteligencia.” La correspondencia se publicó en el “Diario Oficial,” poniendo esto punto final a los excitantes rumores. Es de justicia decir que la prensa mexicana estuvo unánime en expresar su condenación al autor de la poesía, así como a la demostración, en que se faltó a los más elementales deberes de la cortesía y la hospitalidad. La misma prensa, no obstante, estaba unánime en condenar lo que se acusaba ser la política de los Estados Unidos, de tratar de provocar las hostilidades que tuvieran por finalidad la anexión o el establecimiento de un protectorado […]. La falta de acuerdo entre los Gobiernos de los Estados Unidos y de México y cierta tensión en sus relaciones, se continuó durante todo el otoño e invierno de 1878-79. La administración de Washington rehusó retirar la orden del 1º de junio, pero el paso de tropas americanas a través de la frontera cesó con la vigilancia más eficaz que puso México y, afortunadamente, no tuvo

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lugar ningún conflicto entre las fuerzas federales de los dos Gobiernos, siendo eso lo único que podría dar origen a las hostilidades. Con el transcurso del tiempo, sin ninguna contrarevolución afortunada, el Presidente Díaz pudo robustecer cada vez más su control del poder y mejorar su administración. Los productos de las Aduanas e impuestos tuvieron aplicación más equitativa y el crédito del Gobierno mejoró. Este hecho y la continuación general del orden han dado al Presidente mayor amplitud para hacer frente a lo que la administración de Washington esperaba de él, resultando gradualmente un estado más satisfactorio de relaciones; se retiró la orden de que las tropas americanas cruzaran la frontera y las diferencias tomaron una base diplomática más satisfactoria. Antes de que Díaz terminase el primer período de cuatro años, las relaciones entre los dos Gobiernos se habían hecho enteramente cordiales. Hemos visto que para organizar su revolución contra Juárez primero y contra Lerdo después, el General Díaz hizo de la “no reelección” su grito de guerra. Al constituir su Gobierno, después de la expulsión de Lerdo del país, sometió a los Estados de la República una reforma a la Constitución Federal, prohibiendo la reelección del Presidente de la República o de los Gobernadores de los Estados. Esta reforma fue aprobada unánimemente por los Estados y el Congreso Federal, y el Presidente Díaz la publicó con toda solemnidad en 1878. Fiel a su profesión, el General Díaz se retiró de su cargo al terminar su primer cuatrienio en 1880, y escogió a uno de sus favoritos lugartenientes como su sucesor,42 pero la Administración de éste resultó tan deficiente y corrompida que se elevó un grito general, pidiendo que Díaz volviese a ocupar la presidencia, lo cual hizo. Pudo hacer esto sin ninguna inconsecuencia, pues había transcurrido un período de cuatro años desde que había abandonado el poder. Pero durante su segundo periodo, el país disfrutó de tanta paz y “prosperidad” bajo su prudente y afortunada dirección de los negocios, que volvió a elevarse un clamor general para que continuara en el cargo. Esto podía hacerse constitucionalmente, únicamente derogando la reforma adoptada en 1878 y los Estados se apresuraron con ardor a dar los pasos necesarios. Bajo tales condiciones, el General Díaz habrá permanecido al terminar su actual período, sin interrupción en la Presidencia, por espacio de veintiséis años. Durante estos años el país ha gozado de prosperidad sin precedente y era natural que los habitantes que tan grandemente se habían beneficiado por su administración deseasen que continuara en el poder. Pero yo lo considero como un error de estadista haber cedido por tanto tiempo a sus deseos. Al pasar revista a la historia de México y de otros Estados hispanoamericanos independientes, hemos visto que la principal causa de sus frecuentes revoluciones ha sido el esfuerzo para cambiar sus Presidentes. La entrega de la administración por métodos pacíficos y constitucionales ha resultado en muchos casos un fracaso. Especialmente éste ha sido el caso con México. 42 Foster se refiere al general Manuel González, presidente de México entre 1880 y 1884.

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Hubiera sido un acto prudente y patriótico del General Díaz, el haberse retirado de la Presidencia al terminar su segundo período, dejando vigente la cláusula prohibitiva de la Constitución. Entonces habría estado él en estado de garantizar una elección pacífica para su sucesor y la continuación del buen orden y la prosperidad que él había establecido. El pueblo también habría tenido la oportunidad de poner a prueba su aptitud para gobernarse por medio del ejercicio libre y sin trabas de la franquicia electoral, condición todavía desconocida en México. La benévola autocracia bajo su administración ha resultado en gran prosperidad para el país, pero muy poco ha hecho para educar las masas del pueblo en sus deberes bajo un gobierno republicano. El biógrafo de Pericles, el más grande de los gobernantes republicanos de Atenas, al describir los desórdenes que siguieron a su muerte, hace estos comentarios: “Con su resolución de ser el primer hombre de la ciudad, no dejó lugar para el segundo...Ningunos renuevos frescos brotaron a su sombra. El enseñó al pueblo a seguirlo como jefe, y no dejó tras de sí a nadie que lo dirigiese; destruyó su independencia o cuando menos el funcionamiento mutuo de fuerzas opuestas y a su muerte apareció “el diluvio.” No había quien pudiera sucederle. Una democracia sin grandes hombres es una democracia peligrosa.” Esperamos que no sea esto lo que le pase a México después de la muerte del Presidente Díaz.43

9. Comercio y ferrocarriles El comercio y las comunicaciones terrestres en la República de México y su conexión con los Estados Unidos durante la época de Foster, no variaban mucho con lo que describió el primer ministro norteamericano en este país, Joel Poinsett. Foster intentó estimular la relación comercial entre ambas naciones, trayendo delegaciones de empresarios y turistas de Nueva Orleáns y de Chicago. Los resultados no fueron del todo satisfactorios, recuerda el ministro norteamericano, situación ya muy distinta cuando escribió sus Memorias a principios del siglo XX, cuando los ferrocarriles llegaban a la frontera norte. Durante el desempeño de mi misión en México dediqué gran parte de mi tiempo y pensamientos al mejoramiento de las relaciones comerciales entre los dos países. En ese tiempo el comercio exterior de México era reducido y éste lo hacía principalmente con Europa. Lo reducido del comercio con los Estados Unidos se debía a dos causas principales, a saber: primera, la falta de comunicaciones, y segunda, el carácter revolucionario del país. Con aprobación de nuestro Gobierno traté de negociar un tratado de reciprocidad comercial; pero pronto descubrí que era impracticable. Para establecer reciprocidad comercial, los medios de comunicación debían de ser frecuentes y baratos. Al principio, la única comunicación regular, era la de un vapor 43 John Watson Foster, Diplomatic… op. cit.,V.I, 1909, p.p. 97-107.

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que venía de Nueva York cada tres semanas y después dos vapores al mes de Nueva Orleans. México concedió a esta línea una pequeña subvención, pero el Gobierno de Estados Unidos no concedió ninguna ayuda. En mi informe sobre legislación ferrocarrilera de esa época se verá que el intercambio por ese método no alcanzaba gran favor en México. El carácter revolucionario del país, los cambios de empleados aduanales en los puertos y los actos opresores e irregulares de esos empleados, ahogaban en gran manera el libre comercio marítimo. Gran parte de mi tiempo lo empleaba en presentar ante el Gobierno mexicano quejas de comerciantes y buques americanos y de los de otras naciones cuyos intereses estaban a mi cargo, por cobros onerosos e injusticias de las aduanas. Además, el constante desorden e inseguridad en el país impedían el libre desarrollo de sus recursos y tendía a restringir el comercio. Mientras fui Ministro, dos delegaciones comerciales visitaron la ciudad de México. La primera de éstas vino de Nueva Orleans, en conmemoración del establecimiento de la línea de vapores entre esa ciudad y Veracruz. Su visita fue a invitación de la ‘’Lonja Mercantil” de la capital; recibieron señaladas muestras de atención y hospitalidad de parte de las organizaciones mercantiles y de los ciudadanos particulares más prominentes, siendo festejados con una comida en el Palacio Nacional que les ofreció el Presidente, en cuya ocasión expresó el profundo interés que sentía por el desarrollo de las relaciones comerciales de los dos países. Pero su visita no aumentó de modo sensible el comercio. En enero de 1879, una excursión organizada en Chicago con el exclusivo objeto de promover relaciones comerciales más íntimas, visitó la capital. En su mayor parte estaba formada por turistas; pero había en su seno buen número de representantes de casas comerciales y manufactureras. El Gobierno les proporcionó un edificio adecuado en donde pudieran exhibir sus muestras de productos y mercancías y se les divirtió con excursiones, comidas, un baile y otras muestras de cortesía. Pero esta visita tuvo también poca influencia sobre las condiciones existentes del comercio. Es oportuno hacer notar la historia de la comunicación ferrocarrilera entre los dos países, puesto que su establecimiento ha influenciado grandemente las relaciones comerciales, ya mejoradas y aumentadas. La comunicación entre las dos Repúblicas por una vía terrestre mejorada, que proporcionase libre intercurso y comercio, había sido siempre una medida favorita para el Gobierno de los Estados Unidos. En las instrucciones que acompañaron el nombramiento en 1825 de nuestro primer Ministro, Mr. Poinsett, que las escribió el entonces Secretario de Estado, Henry Clay, se le daban especiales a nuestro representante para que se esforzara en obtener la cooperación del Gobierno mexicano en la construcción de un camino que se proyectaba para unir a las dos naciones, desde Saint Louis, por el territorio de los indios, vía Santa Fe, e iguales instrucciones se le dieron por el siguiente Secretario de Estado, Martin Van Buren. Nada resultó de estos proyectos por muchos años, debido principalmente a la situación revolucionaria de México. A mi llegada al país, el único ferrocarril que se operaba, como ya se ha advertido, era el del puerto de

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Veracruz a la ciudad de México y su construcción había necesitado como veinte años con motivo de la inestable situación del país y la pobreza de su tesoro. El primer paso en serio que se dio para establecer comunicación ferrocarrilera con los Estados Unidos, fue en 1874, por el contrato que se celebró por la Administración de Lerdo con el Sr. E. L. Plumb, que representaba el sistema ferrocarrilero de Texas y era capitalista de Nueva York. En el Congreso se atacó duramente la aprobación de este contrato, basados en que era inseguro confiar la construcción de ferrocarriles en la República a una compañía americana y que era peligroso hacer que el sistema ferrocarrilero de los Estados Unidos se prolongase dentro del territorio mexicano, pues podría hacerse uso de él para otra invasión del país. El Sr. Plumb no había logrado obtener la aprobación de su contrato por el Congreso y de perfeccionar sus condiciones cuando ocurrió la revolución de Díaz, siendo una parte del pregonado plan la anulación de varios de los contratos celebrados por la Administración de Lerdo. El Sr. Plumb, en consecuencia, se retiró del país y los capitalistas que él representaba no hicieron más empeños por obtener la concesión. En 1877 se firmó un contrato por el Gobierno de Díaz con una compañía representada por el General W. J. Palmer, para un sistema de ferrocarriles que uniera la ciudad de México con los Estados Unidos y con la costa del Pacífico. Este contrato halló fuerte oposición en el Congreso, fundada en objeciones muy semejantes a las que se habían usado para combatir el contrato Plumb. El principal opositor era el Honorable Alfredo Chavero, prominente hombre público, sostenedor de la Administración de Díaz y vocero de la Cámara de Diputados. Afirmaba que era “una pobrísima política y mucha falta de juicio establecer dentro de nuestro país una poderosa compañía americana; que siempre debiéramos temer a los Estados Unidos” y dijo que debía rechazarse el contrato porque era “un peligro para la independencia y el futuro del país.” La parte más culminante de su argumentación era la siguiente metáfora: “Id a proponerle al león del desierto cambiarle su caverna de rocas por una jaula de oro y el león del desierto os contestará con un rugido de libertad.” Es de justicia decir del Sr. Chavero y de sus asociados del Congreso que rehusaron aprobar el contrato, que esto lo hicieron en la época que acabo de describir, cuando el país estaba frenético de excitación por las dificultades de Río Grande y la supuesta hostilidad del Gobierno de los Estados Unidos. Vivió lo suficiente para hacer frecuentes viajes a los Estados Unidos, con cuyo pueblo y autoridades entabló las más cordiales relaciones de amistad. Con el restablecimiento de las relaciones amistosas y buena voluntad entre los dos Gobiernos, cesó la oposición a la comunicación ferroviaria internacional y en 1880 se celebraron contratos con compañías americanas, que han dado por resultado el actual sistema de líneas entre las dos Repúblicas. Estas líneas han contribuido muchísimo a la solución de las cuestiones comerciales. Desde que comenzó su construcción se han intentado sin éxito dos tratados de reciprocidad. En 1883, el General Grant y el Sr. Trescot, en representación de los Estados Unidos y el Ministro Romero por parte de México, negociaron un tratado, que ratificado por el Senado y publicado por el Presidente, pero debido a la oposición de intereses especialmente protegidos

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en nuestro país, nunca fue posible obtener la legislación del Congreso para ponerlo en vigor. En 1891 fui autorizado por el Presidente Harrison para negociar un convenio de reciprocidad con México, bajo la tarifa McKinley, de 1890; pero los mismos intereses que había derrotado el tratado Grant-Romero impidieron cualquier arreglo satisfactorio. El establecimiento y multiplicación de comunicaciones ferrocarrileras internacionales, en gran parte, ha suplantado la necesidad de tratados de reciprocidad, como que ellas, más que ninguna otra influencia, han revolucionado las condiciones comerciales y dado a los Estados Unidos su actual gran preponderancia en el comercio de México, que tanto en importaciones como en exportaciones es mayor que el de todos los otros países combinados y muchas veces superior que el del país extranjero inmediato por su importancia. Los asuntos diplomáticos no fueron los únicos que ocuparon mi atención durante mi permanencia en México y yo encontré el tiempo libre y la oportunidad para estudiar otras cuestiones de mayor o menor importancia. Tomé especial interés en el cultivo del café, al que es propicia una gran extensión del país, y traté de saber por qué no había adquirido mayores proporciones como artículo de exportación. Visité Veracruz, Michoacán y Colima, los Estados donde se le cultiva, en mayor escala, en la persecución de mis investigaciones y envié un informe de ellas a mi Gobierno, que se publicó en los informes del Departamento de Agricultura y como documento del Congreso fue reproducido por la prensa, traducido y publicado, haciendo comentarios favorables sobre México. También rendí un informe sobre el cultivo del trigo. El producto principal para la fabricación del pan del país es el maíz, que se produce en todas partes de la República, pero una extensión considerable de las planicies se ha dedicado al cultivo del trigo. La agricultura allá en mi tiempo, se observaba de acuerdo con los métodos más primitivos y se hacia uso de aparatos muy rudimentarios. Algunos de los hacendados más emprendedores trataban de aumentar la superficie apropiada para el cultivo del trigo e introducían maquinaria e implementos americanos. Visité algunas de las haciendas y rendí un informe sobre el particular, informe que atrajo considerable atención en los Estados Unidos. Puede notarse, de paso, que el sistema de ferrocarriles ha sido una verdadera bendición bajo el punto de vista agrícola. La gran mesa, o planicie, depende de la precipitación pluvial para su provisión de productos alimenticios. Desde la época de la conquista española se han producido repetidas carestías, en las que han perecido decenas de millares de personas. En otras ocasiones ha habido años fértiles, a tal grado de superabundancia, que los productos alimenticios no se podían vender y los hacendados casi se arruinaban. No existen en México ríos navegables y el carácter montañoso del país hace difíciles y costosos los fletes. Así es que, con frecuencia había abundancia en una parte y carestía en la otra. A este respecto los ferrocarriles han sido un gran alivio y han vuelto imposibles las carestías. . Entre mis otros estudios, la Asociación Americana de Ciencias Sociales me invitó para que rindiera un informe sobre la judicatura y foro mexicanos. Su sistema judicial, al igual que su sistema político, es muy semejante al de los Estados Unidos. Los Ministros de la Suprema Corte, sin

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embargo, son elegidos por el voto popular por un período de seis años. El Presidente de la Suprema Corte, según la Constitución, es, ex-officio, VicePresidente de la nación; pero lo que pasó entre el General Díaz y el Sr. Iglesias en 1876, que ya dejo referido en mi relato sobre su revolución, condujo a un cambio sobre el particular. Los jueces federales inferiores son nombrados por el Presidente. Hay, como en los Estados Unidos, una clase de abogados solamente. El foro de la capital está formado por hombres educados; después de sus estudios preparatorios tienen qué emprender un curso de seis años en la Escuela de Jurisprudencia, antes de poder comenzar a practicar; en los Estados Unidos se sigue una práctica semejante. A la Suprema Corte se le tiene gran respeto en toda la extensión del país. Yo cultivé mucho relaciones sociales con sus Ministros y con los miembros del foro de la capital y descubrí que, relativamente, su nivel profesional es tan elevado como el de los Estados Unidos. Hice un estudio completo de la deuda exterior mexicana, la que parecía estar en esa época en la más lamentable confusión y envié dos largos informes a Washington sobre el particular, los cuales se publicaron. La deuda principal se había contraído en Londres desde 1823, a la que se le habían agregado de tiempo en tiempo, varias clases de deudas con España, Francia y los Estados Unidos. La historia de estas deudas exteriores era una historia de pagos de intereses por corto tiempo, ocasionados por esfuerzos espasmódicos para restablecer su crédito perdido o por la presión de alguna potencia extranjera, y tras de estos intervalos, largos periodos de suspensión de pagos y disputas con los acreedores, resolviéndose en nuevos arreglos y capitalización de intereses vencidos y estos nuevos arreglos eran pronto seguidos por nuevas suspensiones de pago de intereses. La mayor parte de estas suspensiones y omisiones se debían a los desórdenes y a la bancarrota de la Tesorería, causadas por las frecuentes revoluciones, más bien que a la deliberada mala fe del Gobierno. La deuda pública fue la que ocasionó el pretexto para la convención tripartita de 1861, que determinó el Imperio de Maximiliano. Mi gestión en asuntos de carácter extraoficial, que más llamó la atención tanto en los Estados Unidos como en México, fue una carta que dirigí al Presidente de una asociación de manufactureros de Chicago. Fue ante este cuerpo ante el cual el Ministro Zamacona pronunció su plática a que me he referido y que se tomó como una apelación al pueblo americano de la política que nuestro Gobierno estaba observando. Se me había invitado para que les diera a conocer las observaciones que pudiera haber hecho durante mi permanencia en México, acerca del desarrollo de las relaciones comerciales entre los dos países. En la carta traté especialmente de lo que impedía que existieran relaciones más amplias y que yo atribuyera al carácter revolucionario del país, a la falta de protección a los ciudadanos y al capital americano y a la manifiesta oposición a la unión ferrocarrilera con los Estados Unidos. Mi carta fue enviada al Departamento de Estado, con la petición de que, en caso de ser aprobada por el Secretario de Estado, se remitiese

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a la asociación, lo que se hizo. Se publicó in extenso en los periódicos de Chicago, se reprodujo en el volumen de la correspondencia diplomática y, por resolución del Congreso, se imprimió como documento público.44 De este modo obtuvo gran circulación en los Estados Unidos y fue alabada o criticada según el juicio que se tenía de la política de nuestro Gobierno para México. Llegó a México en una época en que la excitación política contra los Estados Unidos estaba en su período álgido y los comentarios de la prensa fueron casi universalmente desfavorables. El Gobierno le dio tanta importancia que se designó al Sr. Romero para escribir una refutación, la cual apareció en secciones diariamente en el Diario Oficial por varias semanas y se imprimió en forma de libro, llenando trescientas cincuenta columnas dobles de folio completo.45 Era un documento en toda forma, en el que abundaban valiosos datos estadísticos, pero perdía mucho de su utilidad con el fin de compilarlo por ser tan prolijo. La infatigable labor del Sr. Romero y minuciosidad de detalles, la describe una observación que me hizo el Sr. Mariscal, Secretario de Relaciones Exteriores, en una de las visitas que últimamente hice a México. El Gobierno había mandado construir en Washington un edificio para la Legación y habiéndome preguntado él qué tanto se adelantaba en la construcción del edificio, hizo la observación de que esperaba que su terminación estaría próxima, ¡pues los volúmenes y toneladas de despachos que el Sr. Romero le enviaba acerca de él eran suficientes para construir el edificio con el papel que se usaba! Otros varios deberes y prácticas, en adición a las que aquí se relatan, forman parte de la vida de un diplomático. De vez en cuando se celebran matrimonios en nuestra Legación de México. El que la ceremonia se efectúe en la Legación no añade nada a la legalidad o fuerza de la liga de la unión; vale lo mismo si se celebra en una residencia o en un hotel; pero en la fantasía de los hechizados amantes le presta cierto aire de novela y patriotismo. Uno de los de mayor nota durante mi gestión, fue el casamiento de Charles Kingsley,46 el bien conocido teólogo y autor, que vino a México en busca de aventuras y fortuna y encontró su destino en la persona de una joven señorita americana llena de atractivos y perfecciones, que temporalmente residía en la capital. El acontecimiento trajo alrededor de la mesa de la Legación un gran contingente de las colonias americana e inglesa para presenciar la ceremonia y para beber a la salud y felicidad de la dichosa pareja. 44 Foster se refiere a la siguiente publicación: John W. Foster, Trade with Mexico: Correspondence Between the Manufactures Association of the Northwest, Chicago and the Hon. John W. Foster, Minister Plenipotenciary of the U. S. to Mexico, Chicago, 1878. 45 Foster se refiere a la siguiente publicación: Matías Romero, Report of the Secretary of Finance of the United States of Mexico, rectifying the Report of the Hon. John Foster, Nueva York, G. Putnam, 1880. 46 Foster se refiere al escritor británico Charles Kingsley (1819-1875). Fue uno de los fundadores del “socialismo cristiano” y el mayor representante de la novela social inglesa del siglo XIX. Fue capellán de la reina Victoria y canónigo de Westminster. Es autor de una abundante obra (sermones, artículos de propaganda), en la que destacan sus novelas de tesis (Levadura, 1851), sus novelas históricas (Hacia el Oeste, 1855) y sus narraciones infantiles (Los niños del agua, 1863).

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En todas nuestras Embajadas y Legaciones en el exterior es más frecuente que ciudadanos americanos soliciten del representante de su país ayuda o servicios; pero en pocas de ellas son tan numerosas las solicitudes como en México. Me formé el propósito de contestar todas las cartas y de atender a semejantes solicitudes hasta donde me era posible hacerlo sin perjuicio de mis deberes oficiales […]. Los Cónsules americanos en México eran, por regla general, un grupo de hombres dignos de crédito, cuidadosos en el desempeño de sus deberes y patriotas representantes de su país. Durante mi residencia de siete años, únicamente una vez tuve motivo para recomendar un cambio al Departamento. El principal puesto consular entonces era el del puerto de Veracruz y éste era desempeñado por el Dr. Trowbridge, que tenía un honroso pasado de servicios en la guerra civil y era además un estimable caballero. Tenía una interesante familia compuesta por seis miembros: un hijo y cinco hijas. Todos tenían propensión a la música, tocando cada uno de ellos algún instrumento y de esta manera, el Consulado era un agradable punto de reunión de los americanos […]. La principal industria de México había sido por espacio de siglos y continúa siéndolo todavía, el laboreo de minas de plata. En ella se habían formado las grandes fortunas del país […]. Casi todo el mundo hacía inversiones o se aventuraba en minas. Mis colegas los diplomáticos sin excepción, se mezclaban en estas acciones. Yo comprendía, sin embargo, que mi deber era abstenerme por completo de tener ningún interés pecuniario en los negocios […] Es una conducta prudente en un representante diplomático, no estar interesado en algo que tenga carácter de negocios en el país de su residencia y evitar de esa manera complicaciones en las reclamaciones de sus conciudadanos […].47

10. Una visita a los Estados mexicanos del interior En el último año de su estancia como ministro en México, Foster realizó un recorrido por el Bajío mexicano, pernoctando en las ciudades de Guanajuato, Guadalajara, Tepic, Manzanillo y Mazatlán. Después de un viaje por la Sierra Madre, desde aquella última ciudad, llegó a la ciudad de Durango de donde continuó en diligencia a Zacatecas, posteriormente a Monterrey y finalmente Matamoros, lugar donde desemboca el Río Bravo en el Golfo de México. Durante el último año de residencia en México, emprendí un largo viaje por el interior y por algunos de los Estados del Pacífico. Yo había visitado todos los Estados a los que era fácil llegar desde la capital y aún algunos de los más distantes, incluyendo entre éstos Michoacán, Guerrero y Oaxaca, y había 47 John Watson Foster, Diplomatic… op. cit.,V.I, 1909, p.p. 107-120.

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adquirido bastante reputación como viajero, pero yo deseaba conocer más a fondo la gente y recursos de los Estados que son rara vez visitados por los turistas y a los que poco afecta el intercurso con el mundo exterior. En mi época, los únicos métodos para llegar a ellos eran por medio de la diligencia, la desusada diligencia “Concord,” y a caballo […]. Los inconvenientes y molestias del camino se me presentaban con los más negros colores y pocos de mis amigos me animaban a emprenderlo; pero la experiencia adquirida en viajes por el país me convenció de que los peligros eran exagerados generalmente. El Gobierno Federal manifestó satisfacción por mi proyecto y me ofreció toda la protección necesaria. De esta manera, bien provisto de cartas de crédito y de presentación para las poblaciones y ciudades del tránsito, comencé mi viaje el día 26 de septiembre. Proyecté mi partida para esta fecha, porque estando ya para terminar la estación de lluvias los caminos estarían secándose y la vegetación estaría fresca y exuberante. La mejor descripción que puedo hacer sobre mis impresiones, es dando un extracto de las cartas que le escribía a mi esposa, escritas durante camino, cuando existían aún frescas en mi memoria estas impresiones. De Querétaro, al fin del segundo día de mi camino, escribía: Después de tomar la diligencia ayer por la mañana, mi primer ocupación fue trabar conocimiento con los compañeros de viaje. Afortunadamente todos resultaron ser personas respetables. En primer lugar estaba un padre, que pertenecía a la iglesia de la Profesa de México, que viajaba al interior. Era éste un individuo gordo, alegre y comunicativo, buen compañero de viaje y pronto nos hicimos bastante buenos amigos. En seguida había un comerciante de Guanajuato, que volvía de comprar mercancías, mexicano agradable e inteligente, cuya abuela era inglesa. Por fin, un hacendado con su familia compuesta de cinco personas, dos de ellas señoras. Antes de haber recorrido un gran trecho, las señoras pidieron permiso para encender sus cigarrillos y al punto todos mis compañeros echaban bocanadas de humo. Aunque hago de mis compañeros de viaje una descripción que los enaltece, cuando te comunico que todos ellos se servían del mantel en la comida, no obstante que teníamos servilletas, ¡no te formarás una idea muy elevada de su fina educación! La diligencia ha venido bien escoltada en todo el camino por rurales (soldados de caballería) y cuando cruzamos los límites de Querétaro, se nos presentó un oficial con un mensaje de bienvenida del Gobernador; por lo tanto puedes estar segura de que se me cuidará. Por una buena parte del tiempo he venido en el pescante (sitio exterior, junto al cochero) y he disfrutado de un aire delicioso y un bello paisaje. Al entrar a esta ciudad estaba precisamente poniéndose el sol en el valle, formando una vista encantadora. Durante mi permanencia en ésta, de un día, se me han prodigado toda clase de atenciones. A mi llegada estuvo a recibirme una comisión, con un recado del Gobernador invitándome a que me alojara en su casa, invitación que decliné de la mejor manera que pude. En la mañana, el coche del Gobernador esperaba a mi puerta para llevarme a hacer visitas y en la tarde me acompañó a ver varias

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instituciones públicas, y después de visitar un buen número de éstas ¿en dónde crees que nos detuvimos?, en la plaza de toros en donde estaba en todo su apogeo una corrida de toros; pero se me debe hacer la justicia de que no me detuve a ver más que un toro muerto y me alegré de haberme retirado.

Al final del cuarto día de viaje, Foster escribió desde Guanajuato: He quedado agradablemente decepcionado de las comodidades que encontré en el camino. Todas las comidas han sido buenas y todas las noches se me ha proporcionado una cama cómoda. Teniendo que levantarme muy temprano en la mañana, y teniendo que viajar a veces hasta las diez de la noche, la diligencia se vuelve un poco fastidiosa y esta monotonía se interrumpe únicamente por el cambio del asiento interior al del pescante. Una gran parte del viaje ha sido por el Bajío, que es uno de los valles agrícolas más ricos de México y que está ahora adornado con sus mejores galas desde que comenzaron las lluvias. A mi llegada a ésta me pusieron en gran embarazo las urgentes invitaciones del Gobernador y de tres o cuatro comerciantes o propietarios de minas, para quienes traía yo cartas para hospedarme en sus casas; pero preferí llegar al hotel, en donde tendría libertad para ver a toda clase de personas. Mi primer comida de “gran tono” fue en la casa de … siguiendo tus indicaciones, fui de frac; ¡pero fui el único de la reunión que lo llevó! Aunque como la comida se daba en mi honor y venía yo de la capital, me supongo que no desentonó. La colocación fue un poco rara. El anfitrión ocupó la cabecera de la mesa, colocando a su esposa a su derecha, a mí a la izquierda y al Gobernador en seguida de su esposa. Cuando llegué al hotel me encontré con una segunda tarjeta de la Sra. P., que me suplicaba fuera a tomar el té esa tarde en su casa a las seis; pero como yo sé lo que significa en este país “un té,” contesté que tenía qué ir a comer a la una a casa del Gobernador y esperaba me diera ella únicamente una taza de té. Temí que fuera demasiado para mí cuatro comidas en dos días. Entre mis visitas, le hice una al misionero americano protestante de aquí, quien había ido a visitarme a la Legación en México. Su esposa, señora muy recomendable, se encuentra casi aislada socialmente. Me dice que no tiene ninguna compañera de su sexo ni amistades que la visiten. La obra marcha lentamente.

La visita a Guanajuato fue de gran interés, con su situación única en el estrecho valle y el estudio de las minas y las atenciones del Gobernador y otros residentes, que hicieron provechosa y ocupada su permanencia. Recibió iguales atenciones en la ciudad de León. El siguiente lugar de importancia en que se detuvo fue Guadalajara. Extracto algunos párrafos de la primera carta a su esposa de esa ciudad, en calidad de experiencias del camino. Al pasar por Silao, se presentaron a ofrecerme sus respetos y recibir mis órdenes, el Jefe Militar, con un docena de medallas en el pecho, y el Jefe Político; pero como la diligencia no se detuvo más de media hora, no tuve

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órdenes que dar.. .. En Lagos, el Jefe Político había dado órdenes al hostelero de prepararme el mejor cuarto de la casa y cuando traté de pagar mi cuenta, el propietario se rehusó a recibir el dinero, diciendo que ya estaba pagada por el Jefe; pero yo insistí y lo hice recibir el dinero. No quiero que el Gobierno mexicano pague mis gastos de viaje... Al cruzar la línea divisoria para entrar al Estado de Jalisco, comencé a apreciar los efectos de mi amistad con Vallarta (Primer Secretario de Relaciones Exteriores del Gobierno de Díaz.) Este es su país y evidentemente que él ha hecho saber mi llegada, pues las atenciones que he recibido en el camino son casi agobiadoras. En la primera ciudad por donde pasamos, fui objeto de una perfecta ovación, habiéndoseme ido a recibir a las afueras de la población por los empleados que llevaban una banda de música, entrando escoltado por ellos y echándose a vuelo todas las campanas, gran estrépito de cohetes, y todos los habitantes salieron a ver al extranjero. Afortunadamente tuvimos qué permanecer solamente mientras se hacía el relevo de mulas y me alegré de alejarme de aquel ruido de campanas y cohetes, de las miradas de las gentes y de las atenciones de los empleados, a pesar de su buena intención. En otra población donde experimenté una recepción por el estilo y mientras se alistaba el relevo, uno de mis compañeros de viaje se bajó a tomar un refresco y el vendedor le preguntó quién de nosotros era el arzobispo. El pensó, naturalmente, que todo aquel repicar de campanas de las iglesias no podía ser por otra persona sino por el más elevado personaje de la autoridad eclesiástica. Si él hubiera sabido qué clase de hereje era aquel en cuyo honor se hacía todo aquel ruido, sin duda que su disgusto hubiera sido grande. La noche anterior a mi llegada a Guadalajara recibí un telegrama de Mr. Newton, el más prominente ciudadano americano, en donde manifestaba que los americanos residentes deseaban salir a recibirme fuera de la ciudad y que él me había preparado habitación en su casa, y me pedía le informara la hora probable de mi llegada. Le contesté que probablemente llegaría ya muy entrada la noche; que no me esperara y que respecto a mis compatriotas, me fueran a visitar a la mañana siguiente. Este resultó ser uno de los días más penosos de todo mi viaje. Me despertaron a las tres de la mañana y a las nueve tuve qué soportar una recepción oficial y desayuno de ceremonia, con brindis y discursos, lo cual nos demoró. El camino estaba malo y avanzábamos lentamente; además, dos semanas antes habían robado la diligencia y matado a dos pasajeros, lo que ocasionó que las autoridades federales y del Estado nos recargasen con una numerosa escolta. Esto fue el motivo por lo que no llegamos a San Pedro, población distante una legua de Guadalajara, sino hasta después de las once de la noche, y cuál sería mi sorpresa al encontrar que la plaza estaba iluminada, que una larga fila de coches me esperaba, y no solamente estaba allí toda la colonia americana, sino que también el Gobernador del Estado, el General en Jefe de las fuerzas federales, el Presidente de la Suprema Corte, las autoridades municipales, etc. Cansado, empolvado y soñoliento como estaba no pude menos de pensar (no obstante el agasajo que yo apreciaba muchísimo) que eran una gran turba de necios por andar en esa clase de ceremonias a semejante hora de la noche; yo hubiera apreciado mucho más haberme ido tranquilamente al hotel y recibirlos a

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todos a la mañana siguiente, después de tomar un baño, cambiarme ropa y haberme desayunado. No había otro camino qué seguir, que el de cambiarme de la diligencia a un carruaje abierto y entrar a la ciudad en compañía del Gobernador, el General y el Presidente de la Corte. Las autoridades me habían preparado una casa a la que el Gobernador propuso llevarme en seguida; pero yo rehusé de la mejor manera que me fue posible, bajo el pretexto de que ya había aceptado la hospitalidad del Sr. Newton que me tenía preparada. Por más que aprecio todas sus atenciones, prefiero no caer en manos de autoridades mexicanas. Con todas las dilaciones, recepciones, etc., eran las dos de la mañana cuando me fui a la cama, que yo había abandonado veintitrés horas antes. Pero esta mañana me levanté temprano, fuerte como siempre y en aptitud de darte cuenta de mis hechos.

Los cuatro días que permaneció en Guadalajara fueron de gran quehacer y de mucho interés. Después de la ciudad de México, era la ciudad más importante de la República y capital del Estado más importante. La víspera de su partida de allí, escribió como sigue: “Una” gran parte del tiempo que he pasado aquí lo he dedicado a visitar las instituciones públicas, que son más numerosas y de mayor mérito que en ningún otro lugar del camino. Acabo de volver de una gira de inspección semejante, acompañado por el Gobernador. Una de las más importantes de dichas instituciones es el Asilo “Alcalde,” nombre que se le dio por el del Obispo que lo fundó a principios de este siglo. Comprende un orfanatorio, un hospital, una escuela para niños y niñas pobres, un hogar para ancianas, etc. Es muy extenso, pues tiene veintidós patios y es la institución más bien atendida que he visto en México. Este Obispo hizo un bien inmenso al Estado y su obra es una prueba brillante de que no todo el clero católico está formado de ambiciosos de poder y de riquezas. .. Puedo haber hecho mención en mis cartas de León que me ha sorprendido bastante que en cada una de estas dos importantes ciudades del interior, como también en Guanajuato, el Gobierno está empeñado en la construcción de magníficos teatros, en los que se gastarán centenares de miles de pesos, en tanto que ninguna de ellas tiene, hasta donde pude observar, un edificio decente para escuela pública. No me pareció correcto hacerles notar, por más que lo deseaba, que en nuestro país los mejores edificios públicos eran escuelas y que dejábamos para las empresas privadas y compañías la construcción de teatros. .. Hoy tuvo lugar la comida oficial que me ofreció el Gobernador y resultó el festín más elegante que hasta ahora se me ha dado. El Gobernador vino por mí en su coche y me condujo a la casa que había sido arreglada para recibirme y que yo rehusé. Era un edificio cuasi palaciego y allí se efectuó la comida. Hubo, como de costumbre, muchos brindis y discursos llenos de cumplidos sobre nuestro país y su representante. Pronuncié el mismo discurso que en Guanajuato, con ligeras modificaciones que se aviniesen con la localidad. Es el mismo que, según te acuerdas, preparé antes de salir de México he hice que lo pusieran en castellano puro. Espero que para cuando llegue a Mazatlán ya podré recitarlo

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corrientemente. Les gusta muchísimo a los mexicanos oírme hablar en su propia lengua. Mi discurso me trae a la memoria el chiste que se cuenta de Nelson (mi antecesor). Preparó un bonito discurso de campaña política que pronunciaba en todas partes en Indiana, sin variación alguna. En Washington, después de la campaña, al hacer presión para obtener un empleo, se jactaba de haber pronunciado 135 discursos en Indiana durante la campaña. Uno de sus amigos dijo: “No Tom, lo que quieres decir es que pronunciaste un discurso ¡135 veces!” En ninguna parte me han recibido mejor que aquí todo el mundo, y al partir me llevo las impresiones más agradables. La colonia americana es pequeña, pero muy respetable y se han mostrado muy atentos conmigo. Han quedado tan contentos de mi venida que bien vale la pena del viaje por complacerlos. Me formé el ánimo de visitar a todas las señoras americanas, inclusive a las esposas de los misioneros de la Mesa Directiva Americana, que son personas muy inteligentes. Me temo que se sientan muy solas, sin contar con mucho afecto de parte de los otros residentes americanos. Colima, octubre 16.-He llegado a ésta sano y salvo después de tres días y medio de camino de Guadalajara, la mayor parte del cual lo hice a caballo, pues tuvimos que atravesar cuatro barrancas y trepar por un gran número de montañas. Los incidentes del camino fueron muy parecidos a los que tuve antes de alcanzar Guadalajara; desayunos o comidas en toda población de importancia, con repiques de campanas, cohetes y demostraciones bondadosas por todas partes. El panorama que nos presentó el volcán de Colima fue muy atractivo. No estaba en erupción activa como lo está a veces; pero de vez en cuando se levantaba una densa columna de humo que duraba espesa solamente por unos cuantos minutos y la seguía una pequeña espiral semejante a la que sale de una chimenea, hasta que cesaba por completo; pero quedaba suspendida sobre la montaña como por espacio de una hora o más, la nube negra. Al llegar aquí hago el descubrimiento de que necesito limitar mi permanencia a un solo día, pues de lo contrario corro el riesgo de perder el vapor de la costa. El Gobernador pareció muy afligido por la inesperada limitación de mi permanencia, pues él esperaba ofrecerme un banquete y en vez de ello me invitó a tomar una taza de té en el Palacio de Gobierno, que se convirtió en toda una gran cena con asistencia de treinta de los empleados y particulares de más significación, con los acostumbrados brindis y discursos. Manzanillo, octubre I8.-Por fin me encuentro en el Océano Pacífico, después de tres semanas de ausencia de la Legación y de la familia. El viaje de ayer se hizo parte por tierra y parte por agua. Las primeras dieciocho leguas las hicimos en un ligero coche, de muelles, llevando por compañero al Sr. Morrill, el Cónsul. En el lago o laguna, vino a mi encuentro el Sr. Dickman, el Vice-Cónsul, en un bote en que ondeaba una pequeña bandera americana; agradable espectáculo tras de mi largo viaje por tierra. A las 5:30 nos embarcamos en el lago. El sol descendía precisamente tras las colinas que separan el lago del Océano; soplaba una fresca brisa y el suave y rápido movimiento del bote lo sentía delicioso después de los bruscos tumbos de la diligencia y mi cabalgata a caballo atravesando barrancas. La distancia que había qué recorrer era de treinta y cinco millas, distancia que con cuatro

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remeros cubrimos en poco menos de cinco horas. Era sorprendente ver a los remeros sostenerse trabajando durante cinco horas, haciendo a razón de siete millas por hora, sin un momento de interrupción, excepto en dos o tres veces que se detuvieron para tomar un trago de tequila o encender un cigarro, negocio que duraba menos de un minuto. Así que nos hubimos internado bastante en el Lago, el Sr. Dickman sacó un cesto con un lunch, compuesto de jamón, queso, cerveza, galletas y manzanas, todo de California, lo que saboree con deleite. Así que me cansé del encantador paisaje tropical, dominado por las sombras de una noche débilmente iluminada por la clara luz de las estrellas y una luna en creciente, se me preparó una cama en la popa del bote, donde por espacio de tres horas dormí a tres pulgadas del agua, mecido suavemente por el movimiento de los remos. Al llegar me encontré confortable alojamiento en la casa del Sr. Dickman, una de las pocas casas buenas que hay aquí, dando mi cuarto vista a la bahía, de donde soplaba una fresca brisa que atemperaba el calor, el que he sentido algo abrumador por mis viajes por la llanura y en las montañas. Quedé muy complacido con el señor y la señora Morrill. Respeto en alto grado al Sr. Morrill, especialmente porque lleva una vida de acuerdo con la vida cristiana, en esta tierra, donde todas las influencias orillan al descuido del deber o a la Iglesia Católica. Sus padres lo educaron como Bautista-Libre-Albedrío hasta que abandonó la casa paterna a los quince años de edad, sin ser nunca miembro de la Iglesia. Sin embargo, con su familia leía las oraciones todos los domingos por la mañana, desde que está en México (diecinueve años) y, como dice, ha tratado de llevar una vida cristiana. Ahora comienza a ver sus resultados. Como en esta parte del país no hay Ministro Protestante, sus hijos fueron bautizados por los sacerdotes católicos. Una vez que crecieron los ha enviado a la escuela a California y uno tras otro, por propio acuerdo, se han unido allá a la Iglesia Protestante. Él se expresó con gran sentimiento acerca de sus profesiones de fe. Puedo decir que este es el único punto religioso brillante con que me he encontrado entre las familias americanas o extranjeras de la comunión protestante desde que salí de la capital. Generalmente se trata de casos de indiferencia o de adhesión a la Iglesia Católica, con el fin de casarse o por consideraciones mercantiles. Mazatlán, octubre 24.-Arribé a ésta por la Mala del Pacífico y fui tan cordialmente recibido y agasajado por todos los empleados del buque y pasajeros, al modo y con la comodidades americanas, que me sentí como si hubiera vuelto a mi propio país. Al anclar el buque vino a saludarme nuestro Cónsul y el Sr. Kelly, quien, como te acuerdas, nos visitó en México. Su razón social es una de los más antiguos establecimientos ingleses en esta parte del país; insistió en llevarme a su casa, en donde se me atiende no sólo con comodidad, sino aún con lujo. Espero hacer en su compañía un viaje de tres días, mañana por la mañana, al distrito minero de Rosario. Octubre 27.-A nuestro regreso de las minas esta mañana, me encontré a toda la ciudad presa de gran excitación. Antenoche asaltaron esta ciudad y casi lograron tomarla, una partida de revolucionarios (pronunciados.) Un general de apellido Ramírez, que había sido uno de los principales jefes de Díaz, se había disgustado y había reunido la gente con la que atacó la plaza. Si hubiera logrado apoderarse de ella le habría proporcionado el más importante

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puerto de mar de la costa del Pacífico, con un cañonero y dos lanchas de vapor y se habría desarrollado una revolución con todas sus características. Sabiendo que yo tenía proyectado continuar mi viaje por la mañana, el General en Jefe de las fuerzas federales vino a decirme que él no creía prudente que yo saliera para Durango, pues había recibido informes acerca de que una fuerte partida de pronunciados había acampado a ocho o diez leguas de la ciudad, a un lado del camino que yo tenía que llevar; que la pequeña fuerza de caballería que él tenía en la ciudad no formaba una escolta suficiente para mí; que ya había ordenado que se concentrara en ésta toda la caballería que tenía en ese distrito y que dentro de tres o cuatro días ya tendría fuerzas suficientes para hacerme atravesar en salvo. Yo le manifesté voluntad, no obstante, de ir solo, sin escolta, contra lo que él protestó grandemente; pero yo le dije que lo absolvía a él y al Gobierno mexicano de toda responsabilidad y que tomaba el riesgo sobre mí mismo. Yo no quería perder tiempo y, además, si es que iba a haber algún combate, prefería no estar cerca cuando tuviera lugar. Por lo tanto, estoy preparándome para salir en la mañana a mi largo viaje de siete u ocho días, para cruzar la gran Cordillera de la Sierra Madre, a Durango. La Ciudad, noviembre 1º- Hemos llegado por fin a la cúspide de la Sierra Madre, a nueve mil pies sobre el nivel del mar y hemos tomado un día de descanso. Tuve la fortuna de encontrar en Mazatlán un agradable compañero de viaje en la persona del capitán L., noruego, que ha tenido bajo su mando uno de los cañoneros mexicanos y ahora está en comisión para presentarse a rendir informe en la capital. Habla inglés y español y me ha evitado la dificultad del arreglo de alojamientos, comidas, etc. Al salir de Mazatlán anduvimos catorce leguas en un coche rural y en seguida volvimos a ocupar nuestras mulas. Cada uno de nosotros llevaba una mula de silla, una de carga y dos criados montados. Se nos había dicho que no encontraríamos provisiones en el camino, por lo cual nosotros llevábamos una buena provisión de ellas. Para dormir no teníamos en la noche más que una especie de catre, que no es sino un marco colocado sobre cuatro patas o postes, cubierto con tiras de cuero sin curtir, sin cobertores ni almohadas; dormíamos a la intemperie o bajo cobertizos de paja; pero como el clima era caliente no sentíamos ninguna incomodidad, sirviéndonos nuestras mantas para cubrimos y nuestros sobretodos como almohadas. En el camino no encontramos en calidad de comida sino frijoles y tortillas y a veces ni esto, y solamente una vez encontramos una gallina; pero con el té, café y provisiones que llevamos nos la pasamos muy bien. El camino es el más áspero y difícil que jamás he atravesado, casi constantemente subiendo y bajando montañas de las más empinadas; teniendo qué atravesar como doce veces el río de Mazatlán, que es una corriente rápida y profunda, con el temor siempre de llevar un chapuzón. Un día nos sorprendió un chubasco, el primero que sufro desde que salí de México, que aumentó el caudal del río a tal grado, que tuvimos qué esperar hasta la mañana siguiente para poder pasar. El camino no merece el nombre de tal; es simplemente una vereda lo suficientemente ancha para que pase una mula y que a veces se pierde por completo. A veces el sendero era tan angosto y el descenso tan pronunciado, que de buena gana me hubiera desmontado; pero dicen los guías que en tales lugares el pie de la

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mula es mucho más seguro que el del hombre. El panorama está tan soberbio que desafía toda descripción. Creo que bajo este particular he gozado del viaje más que de ningún otro de los que he hecho. La Sierra Madre se compone aquí de una serie de cordilleras de montañas que suben y bajan, por las que tiene uno que pasar, la siguiente más alta que la anterior, hasta que llegamos a la cúspide, poniendo a la vista cada cumbre de montaña un paisaje diferente y superior. Nunca he visto antes una cordillera de montañas y fracciones de valles como éstos. El Sr. A., en cuyo rancho nos hemos detenido, es un ciudadano de Virginia, que se fue a California hace muchos años y se vino a este apartado lugar en 1862, donde ha permanecido desde entonces con variado éxito. Ahora está empeñado en la minería y es dueño de una granja precisamente en la parte más alta de las montañas, a donde alcanzamos las mesetas. Habiendo oído hablar de mi venida, descendió la vertiente una media jornada para salirme al encuentro, y llevarme a su casa, en donde nos ha hecho una cordial recepción. Anoche, después de nuestra llegada, nos dio, entre otras cosas buenas, carne de res en latas, pan americano, abundante leche fresca y la mejor clase de mantequilla, verdaderos bocados de rey después de lo que habíamos pasado en las montañas. En la noche hace aquí bastante frío, por estar más elevado y al Norte que la ciudad de México. El sentarme frente a una chimenea abierta, anoche, tan grandes trozos de pino flamígero, me hizo recordar mis antiguos tiempos cuando vivía en Indiana. Mi viaje por el campo me proporcionó un conocimiento más íntimo de lo que había tenido antes cerca del infeliz estado social y moral que se tiene en estos remotos lugares del país. Entre las clases bajas es de ocurrencia común el que los padres de una muchacha bonita la vendan a algún rico y cuando éste se cansa de ella puede ser tomada por un hombre de clase inferior o entregarse a una vida peor. No es inusitado el que los oficiales del ejército, especialmente en épocas de revolución, se lleven a su paso por el campo y a la fuerza, alguna muchacha agraciada o mujer de las clases bajas que por casualidad les haya gustado. El estado de la moral entre ellos, por lo que respecta a las relaciones matrimoniales, es de lo más infeliz y aún entre las clases elevadas es bastante malo. La gente del rancho tuvo anoche un fandango o baile y nos invitaron a asistir a él. Vi por primera vez bailar el jarabe, que no es muy decoroso. A la mañana siguiente continuamos el viaje y un día antes de llegar a Durango nos vino al encuentro un oficial en representación del Gobernador, llevando una escolta de caballería, habiendo hecho sin guardia militar únicamente la travesía de las montañas de Mazatlán. En Durango pasaron las cosas muy parecidas a como habían pasado en las capitales de Estado que había visitado: cordial hospitalidad de las autoridades y vecinos; revista de instituciones públicas; banquete oficial por el Gobernador; encuentro con algunos antiguos amigos y formación de nuevas y agradables amistades.

Referente a su viaje a Zacatecas y escenas observadas en el camino, escribió lo siguiente: Tenía qué salir de Durango por la diligencia, a las dos de la mañana y mi huésped, el Sr. M., arregló una agradable partida de whist para pasar el tiempo,

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sirviéndose a media noche una elegante cena. Era una larga y fastidiosa tirada de treinta y ocho leguas para llegar a una población graciosamente situada, que lleva el nombre indiano de Chalchihuites. A una legua de la ciudad salieron a encontrarme las autoridades y un gran número de ciudadanos en coches y a caballo, me sacaron de la diligencia y me escoltó hasta la población una comitiva completa, yendo al frente una banda militar, después de haber hecho una salva de artillería como saludo. Se me alojó en la casa principal de la población, donde se verificó una comida oficial con los acostumbrados brindis y discursos. En el curso de la comida supe que se había resuelto dar un baile en mi honor, después de la comida. Como la noche anterior no había dormido nada y durante el día había hecho una jornada tan inusitadamente larga, y teniendo qué partir al día siguiente a las cinco, esta extremada hospitalidad era más de lo que yo podía soportar y en consecuencia, en seguida me retiré, me escapé del baile metiéndome en mi cuarto después de comer. Me encontré en ésta dos familias americanas, muy agradables e inteligentes, que manifestaron gran gusto de verme. Una de ellas vive aquí desde la guerra de 1848. La gran satisfacción que a todas luces ha proporcionado mi viaje a los americanos residentes, ha sido uno de los incidentes más agradables de mi gira. Ningún Ministro ha visitado jamás sus localidades y además de establecer relaciones personales conmigo, ha sido motivo de orgullo para ellos ver que las autoridades mexicanas reconocen tan cordialmente a su país. El Estado de Zacatecas ha sobrepasado hasta ahora a todos los otros en las atenciones y demostraciones hechas en mi honor. Supongo que el Gobernador ha oído hablar de la recepción que se me ha concedido en las otras ciudades y poblaciones y esto le ha despertado su orgullo del Estado. Verdaderamente, mi recepción fue de lo más cordial bajo todos conceptos. En una de las poblaciones, después de la acostumbrada recepción y comida, el Jefe Político sugirió que por cuestión de higiene, antes de irse adormir, saldría bien que fuésemos a dar una vuelta por la plaza y cuál no sería mi sorpresa cuando apareció toda ella brillantemente iluminada, comprendiendo los muros de la iglesia, la torre y todos los edificios que rodean la plaza. La banda marchaba tocando piezas de música y toda la población salió a ver a Su Excelencia el Señor Ministro Americano. La diligencia partió al día siguiente a las tres de la mañana, pues era larga la jornada; así es que me levanté a las dos y media de la mañana, encontrándome a los principales ciudadanos que estaban presentes para tomar chocolate conmigo y decirme adiós. La plaza estaba iluminada aún; yo no supe si la conservaron iluminada toda la noche o la volvieron a iluminar para mi partida. Me volvería fastidioso si continuara sacando extractos de mis cartas para dar detalles del resto de mi gira. Se pasaron cuatro días en Zacatecas, pródigos en hospitalidad y honores y en examinar el gran centro minero. De allí pasé a San Luis Potosí, donde se me prodigaron iguales atenciones. En esta ciudad acepté la hospitalidad de la casa que se me había preparado por las autoridades para mi alojamiento, haciendo con ésta una excepción de como había obrado en otras capitales de Estado, por razones que no es necesario explicar. De allí me volví al Norte otra vez, a Saltillo, la capital de Coahuila; de allí a Monterrey, sede del Gobierno de Nuevo León y por fin

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llegamos a Matamoros, en la frontera con Texas, junto a la desembocadura del Río Bravo. En todas estas ciudades y villas, a lo largo del camino, se me prodigaron expresiones de invariable hospitalidad y cordiales sentimientos para con nuestro país. En Matamoros me encontré al General Ord, antiguo amigo de la época de la Guerra Civil, Jefe del Departamento de Texas, el hombre que había sido causa de tanta indignación del lado de los mexicanos durante los años últimos, con motivo de que sus soldados cruzaban de vez en cuando la línea divisoria y entraban a México, en persecución de merodeadores y bandoleros. Aparentemente había muerto el sentimiento de hostilidad, pues al asistir a las fiestas que se dieron en mi honor por las autoridades mexicanas, se le dio una calurosa bienvenida. El General estaba entonces visitando la guarnición de Fort Brown y los ciudadanos de Brownsville, Texas, nos dieron una comida en honor de los dos, a la cual siguió un baile en Fort Brown. Como en ese tiempo no había servicio regular de buques de pasajeros que tocasen la boca del Río Grande con rumbo a Veracruz, el Gobierno mexicano me hizo el honor de enviar a uno de sus cañoneros para que me llevara de Matamoros a ese puerto. De este modo completé mi gira de cosa de tres mil millas, en la cual emplee casi tres meses, sin haber tenido ningún retardo serio ni acontecimientos desagradables. Poco después de haber llegado a la capital, el Presidente Díaz me invitó a una comida en el Palacio Nacional, a la cual asistieron el Cuerpo Diplomático, el Gabinete y otros altos empleados y tuve la oportunidad, en contestación al brindis del Presidente, de hacer público mi reconocimiento por las atenciones que había recibido de las varias autoridades y ciudadanos. Mi excursión fue de tal modo inusual, que yo obtuve la reputación de todo un viajero y mi regreso dio motivo para que aparecieran varios artículos en la prensa […].48

11. De México a Rusia El alto desempeño mostrado en su cargo de ministro plenipotenciario en México, le dio a Foster credenciales ante la nueva administración en Washington para representar a su país ante la corte más fastuosa del planeta: la corte de los Romanoff en San Petersburgo, Rusia. Antes de partir, Foster participó en la recepción que le dio el gobierno mexicano al expresidente y general Ulysses S. Grant en su visita a México. Pocas semanas después de mi vuelta a la capital de la excursión a los Estados mexicanos del interior, me llegaron noticias a la ciudad, por telégrafo, de que se me había cambiado a la Misión Rusa y que el Presidente Hayes me había nombrado para ese puesto con fecha 19 de enero de 1880. Se 48 John Watson Foster, Diplomatic… op. cit.,V.I, 1909, p.p. 121-136.

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envió mi nombre al Senado al mismo tiempo que a James Russell Lowell49 se le nombraba para trasladarse de Madrid a Londres y se hacían otros cambios diplomáticos de importancia. El nombramiento fue para mí una sorpresa, pues yo no lo había solicitado y no sabía que el Secretario de Estado y el Presidente hubieran pensado en mi promoción. El General Ulysses S. Grant, que había dado la vuelta al mundo, estaba próximo a visitar México con el carácter de invitado del Gobierno de México y yo me consideraba con el deber de permanecer en mi puesto cuando menos hasta que él llegara al país, para presentarlo debidamente con las autoridades. En consecuencia hice la sugestión al Departamento de Estado de que me convendría demorar mi partida e inmediatamente recibí la aprobación a mi sugestión, con permiso para permanecer todo el tiempo que me pareciera más conveniente. Al General Grant se le reconocía en México como uno de sus mejores amigos. Durante la intervención francesa, sus simpatías estuvieron muy en favor de Juárez y los republicanos, y al terminar la guerra civil quedó muy decepcionado de que no se hubiera permitido entrar a México con un ejército y, unido al del Presidente Juárez, destronar a Maximiliano y echar fuera a los soldados franceses. Fue mejor para nosotros como también para los mexicanos, que el método más pacífico, pero igualmente efectivo, de la diplomacia del Secretario Seward, llevase a cabo este resultado, pero los mexicanos tuvieron noticias de las simpatías y deseos del General Grant y se las agradecieron. También cuando fue Presidente trató siempre los asuntos mexicanos con justicia y aún con parcialidad. El Gobierno del General Díaz había sido informado acerca de los señalados honores que se habían prodigado al General durante su viaje alrededor del mundo y resolvió que su recepción en México no fuese inferior a las más distinguidas. Fui a recibirlo a Veracruz y le acompañé hasta la capital, prestándole todos aquellos servicios que pude en las varias recepciones que le hicieron en el camino. Venían en su comitiva la Sra. de Grant, el General Sheridan y su esposa, el Coronel Frederick Grant y su esposa, un secretario y uno o dos amigos más. El Gobierno había escogido uno de los edificios públicos, el más cómodo y suntuoso y lo mandó amueblar en un estilo costoso y adecuado, y este edificio, con todo el equipo necesario, se convirtió en su hogar durante toda su permanencia de varias semanas en la capital. El Gobierno y la sociedad les prodigaron todas las atenciones que el General y su comitiva podían recibir. Entre las más notables de todas fue la que los residentes americanos de la capital dieron en su honor. El discurso del General Grant en esta ocasión fue tan característico por su sencillez y brevedad que lo pongo íntegro. Habló de la manera siguiente: “Ciudadanos de los Estados Unidos y vecinos de México: Me regocija el encontraros aquí y ver los buenos sentimientos que existen entre los hombres de las dos más grandes Repúblicas de este Continente. Espero que se convierta en el emblema de la paz perpetua que existirá entre nosotros. Confío en que nos 49 Foster se refiere al poeta romántico, crítico y escritor James Russell Lowell [18191891]. Lowell sucedió a Longfellow en la cátedra de Harvard. Lowell fue un poeta muy popular, e influyente como primer editor –con fuerte acento antiesclavista- de The Atlantic Monthly y posteriormente de The North American Review.

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beneficiemos mutuamente como bien podemos hacerlo. Creo ser el portavoz de los sentimientos de la gran mayoría de mi pueblo cuando digo que únicamente deseamos la prosperidad para este pueblo y que México mejore y se engrandezca como es susceptible de hacerlo; que llegue a rivalizar con nosotros y marche al progreso al par que nosotros. No sentimos celos, sino que queremos que se nos enseñe como también queremos enseñar.” Permanecí en mi puesto hasta que el General Grant hubo terminado su visita al país y volvimos juntos en el mismo vapor a los Estados Unidos. Mi adiós a México fue del carácter más cordial y tierno. Mi familia y yo recibimos muchas demostraciones de estimación y amistad de todas las clases de la sociedad, tanto oficialmente como en lo privado. Nos dieron banquetes de despedida el Presidente de la República, los miembros del Gabinete, el Cuerpo Diplomático y nuestros amigos de los círculos nacionales y extranjeros. De todas estas demostraciones no fue la que menos me satisfizo la que me dieron mis compatriotas, que debía coincidir con el cuadragésimo cuarto aniversario de mi nacimiento, en que se combinó la recepción de despedida, baile y cena, a la que asistieron todos los miembros de la colonia americana, prominentes funcionarios y muchas familias mexicanas y extranjeras. Entre la concurrencia se encontraban el General Grant y su comitiva, y el General, en un discurso improvisado, se refirió en los términos más afectuosos a nuestra amistad en el ejército y a la elección que hizo de mí para la Misión de México, cuando fue Presidente. Entre los actos oficiales con este motivo, se contaron los regalos hechos por la Colonia Americana como recuerdos de su estimación a la Sra. de Foster y a mí un memorial escrito con hermosas letras de ornato e iluminado, firmado por todos los varones miembros de la Colonia. Mis lectores me dispensarán el, al parecer, egoísmo conque reproduzco […] mi contestación […]. Mi contestación al memorial fue, en parte, como sigue: “No puedo tener confianza en mí al tratar de responder con palabras adecuadas a esta demostración y al testimonio altamente cortés acerca de mi servicio público y mis relaciones sociales y privadas, al que los americanos residentes en México han suscrito. Lo único que puedo asegurar a ustedes, es que es una de las más preciosas experiencias de mi vida y que siempre permanecerá fresca y viva en mi memoria. Ha sido para mi de práctica constante no recibir regalo de ningún valor por ningún servicio mientras desempeño un cargo de influencia e importancia; pero como hoy he presentado al Presidente de esta República mis cartas de retiro y he dejado de tener un empleo donde pudiera obtener alguna recompensa por favores recibidos, Si no es el de la simple gratitud y sinceros agradecimientos, gustoso recibo para mi esposa y para mí estos elegantes y apropiados memoriales, como recuerdos de la aprobación de mis servicios públicos y de mi conducta personal por mis compatriotas residentes, quienes han conocido mi manera de vida y han sido testigos diarios de mis actos. Con tal carácter será nuestro orgullo trasmitidos a nuestros hijos, como reliquias que les recuerden que la amistad existe y que los deberes públicos, cuando se desempeñan concienzudamente, reciben el reconocimiento que les corresponde. No pronunciaré esta noche la palabra “adiós,” pues espero ver a Uds. en sus casas antes de mi partida; pero suplico me permitáis expresar de

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mi parte y de la de mi esposa, a quien estoy seguro, va dirigida la mayor parte de esta demostración, porque la ha ganado mejor que yo, nuestro más cordial agradecimiento por los innumerables actos de bondad y simpatía que hemos recibido en estos felices años que hemos pasado entre vosotros y aseguraros que ni el brillo de la Corte a donde se me envía hará que os olvidemos, ni las nieves de un invierno ruso enfriará en lo más mínimo el calor de nuestro afecto por nuestros amigos del soleado México.” En seguida de la recepción de despedida, fuimos invitados a una reunión que, algunos días después, celebraban los residentes ingleses en la Biblioteca Británica, en donde a la Sra. de Foster y a mí nos hicieron regalos que eran un recuerdo de su estimación, acompañándolos de discursos adecuados a la ocasión. No obstante que yo había representado a un buen número de Gobiernos extranjeros que no tenían relaciones diplomáticas con México, mi principal servicio había sido en favor de los intereses británicos, que eran de bastante consideración en el país. En la capital no había sino una pequeña colonia inglesa; pero formada con gente culta y agradable y que añadía gran brillo a las reuniones sociales de la Legación, donde se les trataba como nuestros conterráneos. No puedo decir que me desagradó mi cambio de México, porque el ascenso a un puesto más elevado significaba un reconocimiento por parte de mi Gobierno de estar satisfecho de mi conducta oficial y me proporcionaba una oportunidad de adquirir alguna experiencia en la vida diplomática europea; pero salí de México con gran pesar y con un sentimiento de tristeza por la separación de tantos queridos amigos con quienes me había apegado muchísimo y de un Gobierno que me había sido invariablemente cortés y atento en sus relaciones personales conmigo. Mi residencia de siete años en México, tiempo más largo que el de cualquiera de mis antecesores, y mucho más largo que la permanencia usual de los diplomáticos americanos en cualquier puesto, me había capacitado para estar íntimamente ligado con su gente y sus costumbres, para participar de su hospitalidad, para apreciar sus muchas y estimables cualidades y para formar afectos que han sobrevivido durante los muchos años que se han sucedido. Mis relaciones con el Gobierno no fueron siempre agradables. Las reclamaciones de americanos por pretendidos ultrajes y tratamiento injusto eran numerosas y yo tenía que hacer un esfuerzo para que las admitiera un Gobierno malqueriente. A veces había una gran tirantez en nuestras relaciones amistosas y parecía que la única solución era el rompimiento de hostilidades; pero nunca perdí la estimación personal de las autoridades mexicanas y cuando salí del país poseía la amistad cordial del Presidente y la de sus asociados oficiales. La construcción de los ferrocarriles ha hecho posible para la Sra. de Foster y para mí hacer varias visitas a México en años posteriores y renovar las agradables relaciones de los tiempos pasados, cuyo recuerdo ha permanecido tan vivo no obstante nuestra residencia y experiencia en muchas otras partes del globo. Nadie se regocija más que nosotros por la paz y amplia prosperidad

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que le ha cabido en suerte a esta hermosa tierra, de cuya época de despertar a una vida nueva fuimos testigos y humildes partícipes.49

49 John Watson Foster, Diplomatic… op. cit.,V.I, 1909, p.p. 137-142.

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Vista de la costa desde el camino de Veracruz a Jalapa. Dibujo realizado por Johann Moritz Rugendas (1802-1855) durante su estancia en México (1831-1834). Al igual que los siguientes dibujos del mismo autor -páginas 203 a 207-, fueron publicados en el libro de Carl Christian Sartorius, México and the Mexicans: lanscape and popular skeches, Londres, Trubner & Co., 1859.

La región de los pinos.

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El volc���กn Jorullo.

Ciudadanos y mercado popular.

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Ă“scar Flores Torres

Indios de tierra caliente.

Baile.

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La Alameda, paseo pĂşblico.

Soldados y proletarios.

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Ă“scar Flores Torres

Captura del toro.

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Henry

Lane Wilson

Henrry Lane Wilson, MĂŠxico, 1913.


III. Henry Lane Wilson y la revolución mexicana ¿Dónde en el mundo ha habido más turbulencia, sobre turnos más violentos del gobierno, más del triunfo, más anatemas de la muerte y derrota? […] A partir de la época de la revolución contra España hasta el establecimiento firme del gobierno del general Díaz, las reglas de México pasan a través de etapas como los fantasmas del imperio del vacuo de Iturbide, de Santa Ana, y del infeliz y desafortunado Maximiliano; junto con una multiplicidad de tiranos vulgares y sangrientos; sacudimiento llevado a cabo sobre los destinos de este país desafortunado, empobreciendo a su gente, y dejando en su estela solamente los ecos de ambiciones decepcionadas y de tristes tragedias. Henry L. Wilson


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Wilson, un embajador intervencionista Henry Lane Wilson nació el 3 de noviembre de 1857 en Crawfordsville, en el estado de Indiana. Hijo de James Wilson, congresista y soldado veterano de las guerras México-Estados Unidos (1845-1848) y de la guerra civil estadounidense (1861-1865), fue igualmente miembro del servicio diplomático de su país. Henry Lane se graduó en el Colegio Wabash en 1879. Interesado desde joven en la literatura del derecho, lo practicó arduamente en su estado natal hasta 1882. En este último año, logró convertirse en el dueño y editor del periódico Lafayette en Indiana. En 1885, lo encontramos junto a su esposa Alice en la localidad llamada Spokane, en Washington, donde continuó con su profesión de abogado y participó en la venta de bonos reales del Estado. Ocho años después (1893), en medio del pánico y depresión financiera que acompañó a la drástica caída de este tipo de valores, su bonanza se vio beneficiada debido a esta situación. Miembro activo del Partido Republicano, ayudó y participó en la campaña política de su hermano mayor John. Su hermano fue miembro de la Cámara de representantes y Senador por el estado de Washington, durante las presidencias de Harrison y William McKinley. Su ingreso en el servicio diplomático, se dio cuando el presidente McKinley lo nombró el 9 de junio de 1897, Ministro Plenipotenciario de los Estados Unidos en Chile, país donde residió hasta 1904. Durante la presidencia Theodore Roosevelt fue nuevamente nombrado Ministro de los Estados Unidos en Bélgica, donde fungió como diplomático entre 1904-1909. El servicio exterior lo requirió nuevamente en el continente americano, y fue nombrado con el cargo de Embajador en esta ocasión en México, el país vecino al sur de los Estados Unidos. Fue Embajador de su país en México durante la administración de William H. Taft (1910-1913) y los primeros meses de la presidencia de Woodrow Wilson (1913).

Su vida en México Durante su estancia en México, Wilson fue testigo presencial del último año de la larga dictadura de Porfirio Díaz (1877-1880 y 1884-1911), del inicio de la revolución mexicana bajo el liderazgo de Francisco I. Madero, la caída de Díaz (mayo de 1911), el gobierno provisional de Francisco León de la Barra (mayonoviembre de 1911), la administración de Francisco I. Madero (noviembre de 1911 a febrero de 1913), el golpe de Estado de febrero de 1913 y los primeros meses de la administración castrense de Victoriano Huerta. Es conocida la - 213 -


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participación de Wilson en la política interna de nuestro país. Particularmente, su papel negativo durante el gobierno de Francisco I. Madero. Para principios de 1912, la política de cautela de parte del gobierno estadounidense pasó a una franca oposición a la política interna llevada a cabo por Madero.1 Entre 1911 y 1912 el país padeció numerosas huelgas obreras que tuvieron cierta tolerancia gubernamental. La reivindicación de los derechos del trabajador afectó de forma constante a las grandes compañías extranjeras, sobre todo estadounidenses. La libertad de prensa y de palabra rebasó con mucho la irrestricta censura del otrora viejo régimen. Las manifestaciones norteamericanas en buena parte de los escritos y la cada vez mayor presión de la burguesía nacional en ascenso, pidiendo restricciones al flujo de inversiones norteamericanas en México, contribuyeron en buena medida a despertar una seria y organizada oposición en el país del norte. La campaña contra México se presentó de innumerables formas. La prensa estadounidense pidió la intervención armada, ante la “incapacidad” de Madero para controlar la situación.2 Las notas de protesta del gobierno de Washington al mexicano, ante las continuas rebeliones e inseguridad de los norteamericanos radicados en México, alcanzaron su punto más agresivo el 15 de septiembre de 1912.3 Por otra parte, la labor del embajador estadounidense, Henry Lane Wilson, coadyuvó a aumentar la presión. De hecho, los representantes diplomáticos europeos estaban acordes con esta percepción. Entre ellos es de destacar al representante diplomático español, Bernardo Jacinto de Cólogan y Cólogan, quién mantenía estrechas relaciones con el gobierno mexicano y con la embajada estadounidense. En una reunión distendida por la ausencia de Wilson en la casa del ministro de Inglaterra, Cólogan y el almirante Von Hintze, ministro alemán, comentaron a mediados de 1912 el futuro viaje de Wilson a Washington. Von Hintze, que había dialogado con su homólogo estadounidense unas horas antes, comentó al ministro inglés Stronge y a Cólogan, que Wilson se ausentaba con licencia de algunas semanas, debido a la situación prevaleciente en el norte de la República, ocasionada por la rebelión de Pascual Orozco. Cólogan criticó el alarmismo del representante norteamericano y escribió al Ministerio de Estado de Madrid sus comentarios sobre la reunión: 1 Óscar Flores, El gobierno de su majestad Alfonso XIII ante la revolución mexicana, México, UDEM-Senado de la República, LVIII Legislatura, Colección Historia, número 1, 2001. 2 Ibidem, p. 65 3 En esta nota se culpaba al gobierno de México “de discriminar a empresas y ciudadanos norteamericanos”. Además de anexar una lista de 13 ciudadanos estadounidenses supuestamente asesinados durante el mandato de Madero. La respuesta del gobierno mexicano fue hecha también en términos duros y en rechazo frontal a tales acusaciones. Friedrich Katz, La guerra secreta en México, México, Editorial Era, 1982, Tomo I, p. 117 y nota 4 de la p. 383.

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Según él (se refiere a Henry Lane Wilson) la colonia americana se sentía alarmada como nunca, aunque luego con esfuerzo consiguió la venida del transporte Buford a las costas del Pacífico, apenas hubo quienes quisieran salir, no obstante ser el viaje gratuito [...] necesitaba prevenir a Taft que no debía dejarse sorprender por los acontecimientos, sino estar dispuesto todo para que las tropas americanas penetren en territorio mexicano en un momento dado, habiendo renovado al cónsul en Chihuahua la orden de que aconsejase a sus compatriotas se refugiasen tras la línea fronteriza [...] Me limité a manifestar que era un nervioso y en extremo excitable.4

El Buford llegó a principios de mayo y recibió órdenes de prestar ayuda, después de los norteamericanos, a ingleses y españoles.5 Casi ninguno de esta nacionalidad acudió al llamado. Tales acciones solo fueron una continua provocación al nuevo gobierno revolucionario y Cólogan estaba convencido que antes de decidir la intervención, el gobierno de Washington lo pensaría más de dos veces.

Por mi parte creo que el gobierno de Washington obtiene su finalidad admirablemente servida por este inquieto y mal dispuesto Embajador (ya lo conocen bien aquí ¿Pero qué podemos hacer?, me decía el Ministro de la Guerra) en estos aspavientos [...] pero ellos mismos son los primeros en creer que México está muy lejos de ser la fácilmente dominable isla de Cuba.6

Las medidas de presión estadounidense hacia el gobierno de México, pidiendo constantemente garantías para sus nacionales, hicieron que su embajador realizara largos y continuos viajes a Washington para conferencias personalmente con Taft. Henry Lane Wilson siempre manifestó en ellas su tendencia a aprobar una posible invasión territorial a México, con el fin de instaurar un gobierno fuerte.7 La apertura política maderista rebasaba los límites concebidos por la administración Taft. Si en algún momento creyeron que seguiría en esencia los mismos lineamientos de Díaz en cuestiones de política, concebida también por las clases medias y altas liberales en ascenso, despertaron temores en el vecino del norte. Los constantes viajes del embajador a Washington hacían temer una conspiración. En la última salida de 1912, Cólogan fue a despedirle y escribió:

4 Archivo del Ministerio de Asuntos Exteriores (en adelante AMAE), Madrid, Cólogan al Ministerio de Asuntos Exteriores (en adelante MAE), Madrid, 1-2557, d-78, México, 5 de junio de 1912. 5 AMAE Madrid, Cólogan al MAE Madrid, 1-2557, d-240, México, 6 de mayo de 1912. 6 AMAE Madrid, Cólogan al MAE Madrid, 1-2557, d-78, México, 5 de junio de 1912. 7 Henry Lane Wilson, le comunicó en una conversación a Von Hintze, que después de la respuesta del gobierno de Madero a la nota norteamericana del 15 de septiembre de 1912, conferenció con el presidente Taft. Ahí Wilson le propuso “o apoderarse de una parte del territorio mexicano y conservarlo o derrocar al régimen de Madero”. El presidente Taft, Wilson y el secretario de Estado Knox acordaron -según Wilson- subvertir el gobierno de Madero. F. Katz, La guerra secreta..., op. cit., p. 117.

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El doce (de octubre) en la noche salió para Washington el Embajador y su esposa con dos meses de licencia, por necesitar descansar, decía él, para pasar el futuro “Christmas at home”, me dijo ella, observándole que si no estaba todavía algo lejos la Navidad [...] Es la tercera o cuarta salida del año, obedeciendo al tejemaneje del Gobierno de Washington, ya que México está muy lejos de ser para todo el mundo y menos todavía para sus intromisiones, Cuba o Nicaragua, aparte de que en lo personal Mr. Wilson, nervioso, inquieto, malhumorado hacia este México erguido (el elemento gobiernista del general Porfirio Díaz lo odiaba), busca aquí un escabel, necesita conferenciar con Taft, promover siempre algo, y por lo mismo teme también no aparecer activo, no tener cómo lavarse inmediatamente las manos [...] El Embajador se mueve mucho, habla a diario en los periódicos, con el Ministro de Relaciones Exteriores, con el Presidente, pidiendo garantías aquí y allá. Esta publicidad constante sirve para que, si algo sucede, todo el mundo sepa en la tierra de antemano no fue culpa suya.8

En efecto, la presión constante de Wilson al gabinete de Madero hizo ver a éste en las ausencias temporales de aquél, un momento de tranquilidad. El embajador exasperaba y el coloso que tenía detrás amagaba. Cólogan por su antigüedad en el cargo, pasaba a cubrir en parte las funciones diplomáticas de Wilson en su ausencia. Soy en su ausencia el Decano del Cuerpo Diplomático, pues parezco destinado a navegar en aguas revueltas [...] esto tiene grata impresión en mis colegas y Ministros de Relaciones (...) no se trata de mi pobre persona sino del contento en verse privado de Mr. Wilson en estos momentos [...]9

A juicio de Cólogan, el haber armado a los residentes estadounidenses y alemanes bajo propuesta de Wilson y Von Hintze, creaba una atmósfera de histeria ajena a la realidad. A pesar de la presión de Wilson para que Cólogan hiciera lo mismo, éste siempre se negó, aunque días antes del derrocamiento de Díaz llegó a simpatizar momentáneamente con la idea de armar a la colonia en la ciudad de México. También el envío de buques estadounidenses y del barco germano de guerra Victoria Luise a las costas mexicanas, en octubre de 1912, tenía el mismo propósito provocador. Toda esta política estadounidense pretendía ejercer la mayor presión posible sobre el gobierno mexicano, ya que en opinión de Cólogan: [...] es todo lo que pueden hacer, una intervención sería desastrosa para ellos pero qué más pueden desear los Estados Unidos que amagar de vez en cuando y ver crecer su expansión económica: 30 a 40 mil norteamericanos ganándose hoy aquí la vida, absorbiendo el 70% del comercio total de importación y 8 AMAE Madrid, Cólogan al MAE Madrid, 1’2557, d-129, México, 18 de octubre de 1912. 9 Ibid.

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exportación (310 745 187 pesos, sobre 454 912 050 pesos), concesiones de Ferrocarril, compras de minas y grandes terrenos [...]10

Para principios de 1912, Cólogan había llegado a apreciar personalmente a Madero. Sus colegas diplomáticos constantemente lo tachaban de maderista, sobre todo Wilson y Von Hintze. Esta estrecha amistad lo haría cometer errores fatales durante la Decena Trágica. En una de las reuniones del cuerpo diplomático para coordinar esfuerzos a favor de la defensa de los intereses extranjeros, Cólogan expresó su total apoyo a Madero ante cualquier tipo de intromisión.11 Así también se lo hizo saber al Ministerio de Asuntos Exteriores en Madrid, cuando le pidieron su opinión sobre la problemática política en México: En cuanto a la situación actual, la verdadera salvación de los pueblos es la ley, y Madero es incontestablemente la legalidad constitucional.12

Sí, una legalidad constitucional acechada tanto en el exterior, como por las fuerzas internas extremas del espectro político nacional. En efecto, para principio de 1913, el gobierno de Madero era ya insostenible a diferencia de medio año atrás, cuando los efectos de los triunfos del ejército federal en el norte contra Orozco, otorgaron el “momento –comentó Cólogan- que puede considerarse el más firme en la Administración del Señor Madero.”13 Sin embargo, el ejército estaba en plena lucha contra sus fuerzas centrífugas ya que “venía imponiendo en lucha con sus propios sentimientos, como antes dije, el respeto al ´poder constituido´, y abortó el alzamiento de Veracruz en Octubre.”14 Las conspiraciones de 1911 y 1912, adolecieron siempre de unidad entre los diferentes sectores que componían la oposición conservadora. Los reyistas, los científicos y algunos sectores del ejército actuaron por cuenta propia, con poco apoyo de los restantes grupos opositores. Pero para el último tercio de 1912, la situación del gobierno de Madero había cambiado. Fue el momento en que la administración estadounidense mostraba una clara hostilidad hacia la política interna practicada por Madero, y éste no había encontrado la fórmula para arreglar la problemática de los numerosos grupos de oposición tanto de la izquierda como de derecha. La oposición conservadora tuvo que endurecerse, buscar la unión y encontrar la seguridad del éxito de la empresa en un apoyo firme del gobierno estadounidense. El propósito era claro, cerrar filas, derrocar al Ejecutivo y hacerse nuevamente del poder político. Una vez en él, se aplastaría con las armas 10 AMAE Madrid, Cólogan al MAE Madrid, 1-2557, d-16, México, 18 de febrero de 1912. 11 Ibid 12 Ibid. 13 Ibid. 14 Ibid.

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las insurrecciones existentes, se crearía un gobierno fuerte y regresaría no sólo la confianza de los inversionistas extranjeros sino de los grupos económicos nativos, ahora seriamente dañados por los continuos alzamientos y huelgas obreras. No había duda que la base para dar el golpe sería el ejército federal. Los conspiradores no se desalentaron y previeron un nuevo golpe el 11 de febrero de 1913, pero como el gobierno se enteró del plan dos días antes,15 éste fue puesto inmediatamente en ejecución.

Wilson y la conspiración Inicialmente, los personajes más prominentes de la conspiración fueron Félix Díaz, Bernardo Reyes y el general porfirista Manuel Mondragón. Aquéllos, desde sus celdas, tomaron participación clave en el plan. El 9 de febrero se sublevaron diversos sectores de la guarnición de la ciudad de México –200 alumnos de la Escuela de Aspirantes, un regimiento de artillería y la guardia de la penitenciaría de Santiago Tlatelolco-; mientras unos se dirigían a la cárcel donde estaban Díaz y Reyes para liberarlos, otros tomaron el Palacio Nacional, el cual fue reconquistado por el general leal al gobierno y ministro de Guerra, Lauro Villar, quien ahí mismo esperó atrincherado al grueso de los rebeldes encabezados por Díaz y Reyes. En un nuevo intento fallido de toma del Palacio por los sublevados, el general Bernardo Reyes murió acribillado sobre su corcel en una inadecuada carga de caballería. Ante el desconcierto por la falta de apoyo de buena parte del ejército que permanecía leal al gobierno, los rebeldes bajo el mando de Félix Díaz se atrincheraron en una vieja fortificación denominada La Ciudadela.16 Con la toma de La Ciudadela inicia lo que la historia mexicana define como la Decena Trágica, que tiene lugar entre el 9 y el 18 de febrero de 1913. Aunque La Ciudadela era una fortificación importante, todo hacía prever que un asalto decidido contra ella por las tropas leales redundaría en el sometimiento de los rebeldes, cuyos efectivos no eran más de mil quinientos hombres. La conspiración perdió la ventaja de la sorpresa y quedó aislada de cualquier ayuda exterior. Pero en lugar de languidecer, los conspiradores encontraron eco en un importante sector del ejército federal. De nueva cuenta, Madero les dejó a los conspiradores en bandeja de plata la oportunidad. Al quedar gravemente herido el ministro de Guerra, Lauro Villar, el presidente otorgó el mando supremo de las fuerzas leales al general Victoriano Huerta. Madero apostó a Huerta para reducir a los sublevados y reconquistar La Ciudadela, pero este general entró inmediatamente en negociaciones con los conspiradores. El 11 de febrero Huerta se entrevistó secretamente con Díaz, 15 Stanley R. Ross, Francisco I. Madero, apóstol de la democracia mexicana, México, Grijalbo, 1977, pp. 267-268. 16 Ibid., p. 270.

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llegando al acuerdo de derrocar a Madero y escenificar el cerco de La Ciudadela durante 10 días, sin hacer ninguna mella a sus ocupantes. Con un plano en su poder de la distribución interna de la fortificación, Huerta dirigió sus baterías a una zona acordada conjuntamente con Díaz para no causarle ninguna baja.17 Los lugares que más resintieron esta medida fueron las casas vecinas que registraron durante el bombardeo centenares de víctimas civiles. Paralelamente, Huerta llevó a cabo innumerables asaltos suicidas a La Ciudadela, enviando en esos ataques frontales sólo a los rurales fieles al presidente, a la par que protegía a la tropa incondicional con la que podía contar.18 Fue en estos cruciales días cuando el embajador estadounidense intervino de manera decisiva. Su participación data desde el inicio mismo de la conspiración, cuando notificó al Departamento de Estado sobre las negociaciones secretas llevadas a cabo entre los insurrectos y Huerta (10 de febrero).19 Dichas negociaciones se efectuaron con el conocimiento de Henry Lane Wilson y éste puso todo su empeño para que Félix Díaz y Huerta llegaran a un acuerdo para derrocar a Madero. Al mismo tiempo, el embajador estadounidense agitó al cuerpo diplomático para desacreditar, amenazar, protestar y aislar al gobierno maderista para obligarlo a renunciar. Wilson, que siempre habló en nombre del “cuerpo diplomático”, sólo se basó en el hábil manejo que hizo del contraalmirante Paul von Hintze, Francis W. Stronge y por supuesto de Bernardo J. Cólogan. Con el apoyo de los representantes de las potencias europeas, desacreditó y marginó a los diplomáticos latinoamericanos que en su mayoría simpatizaban con Madero. La actuación de Cólogan durante la Decena Trágica marcaría por toda la década la imagen que posteriormente tuvieron los revolucionarios constitucionalistas de la colonia española. Mientras los ministros de Inglaterra Alemania se mostraron reacios a aparecer en público –aun teniendo conocimiento de la inspiración– durante esos decisivos días, Cólogan se dejó llevar por las presiones de Wilson y no hubo acontecimiento público donde no creyera que se requería su presencia. La labor practicada por el ministro español quedó francamente fotografiada al lado de los conspiradores, aun cuando fuera el menos convencido de los cuatro diplomáticos –Wilson, Von Hintze y Stronge– de la necesidad de la renuncia de Madero. De hecho, Henry Lane Wilson inició su propia labor de erosión desde el mismo día del levantamiento. El 9 de febrero por la tarde, el embajador citó a todo el cuerpo diplomático en su embajada. Una vez reunidos expuso la gravedad de la situación y la conveniencia de pedir al gobierno dos medidas esenciales: el cierre de los expendios de bebidas alcohólicas y la sustitución en la capital de los soldados regulares por el servicio de la policía. Las medidas fueron aprobadas unánimemente ya que “todas las cabezas hicieron una, signos afirmativos”, 17 Frederich Katz, La guerra secreta… op. cit, 1982, t. I, p. 121. 18 S. R. Ross, Francisco I…op. cit., p. 267. 19 F. Katz, La guerra secreta..., op. Cit., P. 122.

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como lo comentó en sus memorias el empedernido maderista y ministro de Cuba, Manuel Márquez Sterling.20 De esta manera “el Embajador quedó, de su primer éxito, orgulloso” expresó Sterling; si bien para la primera medida había algo de razón, la segunda era de total conveniencia para su propósito: (...) el personal policíaco era de la época de Don Porfirio Díaz, así se marginaba a los soldados revolucionarios y se les daba todo el mando a la policía porfirista que apoyó en gran medida el Cuartelazo.21

Una vez obtenida esta importante concesión, Wilson marginó a la casi totalidad del cuerpo diplomático y sólo mantuvo reuniones con los ministros ya descritos.

Cólogan como interlocutor “humanitario” El 11 de febrero el ministro español, visiblemente tenso, visitó al embajador estadounidense para hacerle “ver la necesidad de no permanecer aislados entre ambos bandos invocando sentimientos humanitarios, pues aunque el resultado concreto fuere por de pronto escaso ó nulo, mucho sería entablar relaciones y tratos”. Wilson escuchó a Cólogan y aprobó su propuesta pero desechó de antemano “reuniones del Cuerpo Diplomático, en que pretendían, dijo, opinar Encargados de Negocios y Ministros sin ningún interés aquí, lo que no estaba dispuesto a tolerar (to bear), convocó a los Ministros de Alemania e Inglaterra (está ausente el francés), y poco después salíamos del Palacio, anunciando además nuestra visita a Félix Díaz para que todos cesaran el fuego”.23 Años después, cuando Sterling pudo leer parte de una declaración confidencial de Cólogan sobre estos sucesos, escribió sobre las maniobras practicadas por Wilson a espaldas del cuerpo diplomático en su nombre: Le estorbaban al Embajador los ministros que no se plegaron a su criterio en la primera junta; y de un gesto imperativo, suprimía la representación en México, a lo menos de tres cuartas partes del planeta.24

La “benéfica empresa” de Cólogan –como la denominó Sterling- se convirtió pronto en un canal más de presión hacia Madero. Tanto a Madero como a Félix Díaz –a quien con su visita colocaba al mismo nivel del gobierno mexicano20 Manuel Márquez Sterling, Los últimos días del presidente Madero. Mi gestión diplomática en México, La Habana, Cuba, Impresora El Siglo XX, 1917, pp. 356-361 21 Ibid. 22 AMAE Madrid, Cólogan al MAE Madrid, “la decena trágica..., op. Cit. 23 Ibid. 24 M. M. Sterling, op. cit., pp. 370-372.

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Wilson les declaró “que vendrían marinos americanos a mantener el orden, si necesario fuere [...] El Presidente nos aseguró –comentó Cólogan- que al día siguiente sería tomada La Ciudadela; Félix Díaz se limitó, en definitiva, a lamentar lo que ocurría por culpa del Gobierno”.25 Entre el 12 y 14 de febrero, Cólogan continuó en estrecho contacto con su homólogo estadounidense, visitándolo varias veces con la garantía de “pared y carreritas” por la inseguridad existente en la calle.26 En esas conversaciones y ante “la gravedad de la situación que crecía a medida que se difería la toma de La Ciudadela”, Cólogan decidió obrar “siquiera una vez por mi cuenta”, y prescindir del embajador pero sirviendo ingenuamente a sus propósitos.27 Ambos acordaron que Cólogan fuera una vez más a buscar los mecanismos de reconciliación entre los dos bandos contendientes, pero con la misma fórmula utilizada por Wilson, “autorizándome a usar -arguyó Cólogan- del argumento de la venida de tropas americanas [...] y esa autorización me sirvió para presentar desde luego al Ministro de Relaciones Exteriores, como después al Presidente y Félix Díaz, el dilema que presentaría la venida de marinos americanos: la humillación y la deshonra”.28 Este argumento lo utilizó Cólogan el 14 de febrero, en un significativo día de actividades sumamente delicadas que contados ministros se hubieran atrevido a desarrollar. El mismo Wilson se cuidaba de aparecer en público. Ese día por la mañana, el ministro mexicano de Relaciones Exteriores, Lascuráin, visitó a Wilson quien lo recriminó y amenazó con la venida de tres a cuatro mil soldados estadounidenses y “entonces –imperativamente vociferó el embajador– yo restauraré el orden aquí”.29 Sin embargo, el ministro estadounidense dijo a Lascuráin que sólo había una manera de evitar esto y era la renuncia de Madero y Pino Suárez ante el Congreso. Al final de la discusión, Lascuráin asintió ante los propósitos de Wilson.30

Cólogan pide la renuncia al presidente Al regresar Cólogan a su casa la noche del 14 de febrero de 1913, comentó: “Caí rendido en la cama, cuando a la una de la madrugada, ya sábado –15 de febrerome despiertan por llamarme urgentemente el Embajador”.31 Wilson envió un coche militar a recoger a Cólogan, “subí misteriosamente a un automóvil con 25 AMAE Madrid, Cólogan al MAE Madrid, “La decena trágica...”, op,cit.; y telegrama cifrado (III) de Cólogan al MAE Madrid, 11 de feb 26 Ibid. 27 Ibid. 28 Ibid 29 F. Katz, La guerra secreta... op. cit., p. 125. 30 Ibid. 31 Ibid.

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luces apagadas, que entre otras personas iba un coronel, a quien no distinguí en la oscuridad, y al que una patrulla dio parte al pasar, de acabar de fusilar cuatro individuos; marchábamos despacio, en silencio y con gran precaución, y al acercarme así a algo sin duda todavía más solemne y grave, pensé no haber perdido el día anterior”.32 El automóvil paró enfrente de la embajada estadounidense. El ministro español bajó e ingresó en ella; ahí se encontraban además de Wilson, Von Hintze y el ministro inglés Stronge. Nada más llegando, Cólogan dio cuenta del resultado de su labor, pero Wilson visiblemente agitado tomó la palabra. Cólogan narró el acontecimiento de esta manera: Mr. Wilson, nervioso, pálido y con gesto excitado nos repitió por centésima vez (pues nunca lo ocultó) que Madero era un loco, un fool, un lunatic, que podía ser legalmente declarado incapacitado para ejercer el cargo; esta situación de la Capital era intolerable I WILL PUT ORDER, nos decía dando un golpe en la mesa; cuatro mil hombres vienen en camino y subirán aquí si es necesario. 33

Su intromisión en las pláticas negociadoras entre los conspiradores quedó claramente establecida al predecir la caída de Madero y el próximo acuerdo entre el ejército leal y los rebeldes. El embajador continuó vociferando: Madero está irremisiblemente perdido, y su caída es cuestión de horas, dependiendo ya únicamente de un acuerdo que se está negociando entre Huerta (estaba en Palacio Nacional al lado suyo como General en jefe) y Félix Díaz; con Huerta me entiendo por el gobetween, correveidile, Cepeda, a quien ni de vista ni de oídas conocía yo (Gobernador más tarde del Distrito Federal, cometió, ebrio tras una orgía, un verdadero asesinato en la cárcel y “desapareció” el año pasado en San Juan de Ulúa, quizás como testigo inoportuno o personaje nocivo por cualquier causa), y para tratar con Félix Díaz va continuamente a la Ciudadela un Doctor americano, cuyo nombre no oí bien ni me ha importado averiguar.34

La conspiración entró en su fase decisiva. Las tropas de refuerzo, en las que ingenuamente Madero confiaba en su lealtad, llegaron a la ciudad de México, pero con el firme propósito de no dar el golpe mortal a La Ciudadela, sino al gobierno revolucionario. Wilson desmadejó toda la trama conspiradora y prosiguió: [...] el General Blanquet (actual Ministro de Guerra) llegó de Toluca con dos mil hombres y en él confía Madero, pero no se moverá y sólo está esperando el momento del golpe –fue en efecto, su batallón predilecto, el 29 (comentó Cólogan), quien lo dio, perdiendo la vida el coronel y el teniente coronel en 32 Ibid. y AMAE Madrid, Cólogan al MAE Madrid, “Relación íntima...”, op. Cit. 33 AMAE Madrid, Cólogan al MAE Madrid, “Relación íntima...” op. Cit. 34 Ibid.

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el tiroteo que hubo en la sala del Palacio en que acorralaron y detuvieron al Presidente–; Madero, continuó diciendo Mr. Wilson, cuenta ya solamente con la insignificante batería del General Ángeles (hoy con Villa), y está doomed, sentenciado.35

Fue en este momento cuando Wilson volteó a mirar al ministro español y propuso una acción que, llevada a cabo por Cólogan, sería el sello final que los revolucionarios necesitaban para sentenciar a los españoles como contrarrevolucionarios. Wilson aseguró que [...] es llegado el momento de hacerle saber que sólo la renuncia puede salvarlo, y propongo que sea el Ministro de España quien por su cargo y por “cuestión de raza” se lo comunique. Poco o nada iba por tanto en el asunto a mis dos colegas, y al mirarme Mr. Wilson, estuve unos momentos callado, pensándolo, y dije en voz baja “está bien” [...]36

El verecundo fallo del embajador estadounidense –que había dado luz verde a la conspiración- volvió a recaer en un trabajo sucio más para el ministro español. Años más tarde, cuando el ministro cubano Márquez Sterling conoció en detalle el acontecimiento, increpó a Cólogan su conducta. Puso el Ministro de la raza su influencia, ¿en la balanza diplomática, a fin de impedir semejante atentado? ¿Hizo siquiera alguna reflexión al ofuscado Wilson, trató de contener en aquella senda, al enfurecido Embajador, analizó las responsabilidades que iban los dos a compartir; tuvo alguna palabra de justicia, de razón, de derecho, de piedad para la independencia de México y para la vida de Madero, negó su concurso a la obra maléfica del verdadero loco? No... Calló, dijo en su escrito... Está bien.37

Por su parte, Cólogan, “sereno pero consciente de lo solemne del momento”, se presentó en Palacio el sábado 15 de febrero a las nueve de la mañana, y a solas con el presidente “le dije a boca de jarro, ambos de pie y estremecidos”: Sr. Presidente, el Embajador nos ha convocado esta madrugada a los Ministros de Alemania, de Inglaterra y a mí, nos ha expuesto la inmensa gravedad, interior e internacional, y nos ha afirmado no tiene V. otra solución que la renuncia [...]38

Inmediatamente Madero preguntó al ministro español qué pensaba al respecto, y Cólogan sin titubear le respondió no tener la duda de que ésa era la mejor salida a su penosa situación. Sumamente indignado por la actitud del ministro español, 35 Ibid. 36 Ibid. 37 M.M. Sterling, op.cit., pp.415-422. 38 AMAE Madrid, Cólogan al MAE Madrid, “Relación íntima...”, op. Cit.

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al cual le profesaba un afecto que siempre le demostró, el presidente le aclaró que “los ministros extranjeros no tienen derecho de injerirse en la política, sé lo que debo hacer y en todo caso, moriré en mi puesto”.39 Visiblemente contrariado, Madero abandonó la sala precipitadamente, dejando solo a Cólogan. Éste salió detrás del presidente para reanudar la conversación, pero al intentar hacerlo el ministro de Relaciones Exteriores, Lascuráin, le anunció al presidente y a su tío Ernesto Madero, que 30 senadores venían a “pedirle dejara mediante su renuncia un nombre prestigioso en la historia”.40 Cólogan se apresuró en despedirse y no había ya de volver más a Palacio durante la Decena Trágica. Por la tarde del mismo día 15, Wilson y Von Hintze hicieron acto de presencia ante Madero, y aquél aprovechó la ocasión para proferir nuevas amenazas, involucrando a Inglaterra, Alemania y España, los cuales –dijo el embajador– estaban dispuestos a “tomar medidas serias”, ante la falta de dureza del gobierno mexicano.41 El 16 de febrero Wilson se entrevistó con Cólogan y le comunicó que Madero le había escrito y telegrafiado al presidente estadounidense Taft, molesto por el proceder del embajador y pidiendo desistiera de una intervención en México. Cólogan le dio la razón a Wilson y estuvo de acuerdo con él en la “torpe” reacción de Madero, “sobrando ya por tanto –comentó Cólogan– toda buena voluntad y todo acto mío”.42 Ese día Cólogan informaba telegráficamente a Madrid haber cumplido sin éxito el encargo del embajador, “voy con presidente le pido renuncia [...] única solución rápida a menos de esperar peligrosa injerencia en política del ejército, leal todavía por honor militar pero íntimamente adverso a Madero”.43 Un día antes –15 de febrero– el embajador de Estados Unidos realizó una entrevista para la agencia norteamericana United Press, publicada simultáneamente en periódicos de París y Madrid. Wilson resaltaba el temor a una epidemia, causada por la gran cantidad de cadáveres en las calles de la ciudad de México. También comunicó que sus informes a Washington eran desoladores, que la guerra en México era muy encarnizada e iba contra “todas las prácticas de la civilización y de las reglas internacionales”.44 39 Ibid. AMAE Madrid, Cólogan al MAE Madrid, “La decena trágica...”, op.cit.; y AMAE Madrid, Cólogan al MAE Madrid, telegrama cifrado, 1.2558, México, 16 de febrero de 1913. en este telegrama, Cólogan manifestó al gobierno de Madrid lo siguiente: “Cumplo encargo del Embajador. Voy con presidente le pido su renuncia. Nuevamente le aconsejo la renuncia, única solución rápida a menos de esperar peligrosa injerencia en política del ejército, leal todavía por honor militar pero íntimamente adverso a Madero. Madero pidió mi opinión sobre lo que proponían los cónsules, sobre su renuncia yo dije que era lo mejor. Contestó: los ministros extranjeros no tienen facultad para injerirse, morirá en su puesto.” En un telegrama cifrado el 18 de febrero, Cólogan comunicó a Madrid que el embajador le aseguro que Huerta depondría a Madero “cuando llegue a un arreglo con Díaz”. AMAE Madrid, Cólogan al MAE Madrid, 1-2558, telegrama cifrado, México, 18 de febrero de 1913. 40 AMAE Madrid, Cólogan al MAE Madrid, “La decena trágica...”, op. cit. 41 F. Katz, La guerra secreta..., op. Cit., pp. 125-126. 42 AMAE Madrid, Cólogan al MAE Madrid, “Relación íntima...”, op. cit. 43 AMAE Madrid, Cólogan al MAE Madrid, 1-2558, telegrama cifrado, México, 16 de febrero de 1913. 44 ABC, Madrid, 16 de febrero de 1913, p. 11.

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El 18 de febrero los conspiradores resolvieron dar el golpe. A la una y media de la tarde Huerta tomó la decisión de detener a Madero. El general Blanquet y parte de su 29° batallón irrumpieron en Palacio en la sala de Consejo donde se hallaba el presidente, además de varios ministros y ayudantes. Tras una pequeña escaramuza, donde resultaron muertos un coronel, un mayor y un hermano del ministro de Gobernación, Madero, el vicepresidente y varios ministros fueron aprehendidos. Apenas el mandatario claudicó ente el ejército federal, el cuerpo diplomático se reunió convocado por su decano, el embajador Wilson, uno de los artífices del golpe. Márquez Sterling no tardó en escandalizarse ante la postura del embajador. De éste comentó, “es de los que hablan lo que deben callar y callan lo que deben hablar. Es el hombre más indiscreto concebible.”45 Visiblemente emocionado y satisfecho por su labor conspiradora, Henry Lane Wilson leyó ante el cuerpo diplomático en pleno, el mensaje enviado por Huerta a su persona. En él, el general en jefe del ejército federal manifestaba, en primer lugar, tener presos “por patriotismo al Presidente de la República y a los miembros de su Gabinete”; dos, “que él no alienta más ambición que servir a la patria”; tres “que le ruega se digne participarlo así a Mr. Taft”; cuatro, “que se lo comunique a las demás Legaciones”; y finalmente, “si ello no es abuso, informe de su aventura a los ´rebeldes´ de la Ciudadela”.46 Ante este singular sometimiento de Victoriano Huerta al embajador de Estados Unidos, este último se atrevió a hablar tal vez lo que debía callar. Wilson comentó al pleno: “Ésta es la salvación de México. En lo de adelante habrá paz, progreso y riqueza. La prisión de Madero lo sabía yo desde hace tres días. Debió ocurrir hoy de madrugada.”47 Sterling escribió en sus Memorias que el embajador “no cabía de gozo y se le escapaban las confidencias. Presentó la lista de los afortunados que integrarían el Gabinete del general Huerta. Y no se equivocó en un solo hombre. Sin embargo, Huerta no era todavía presidente provisional.”48 Ya desde el 17 de febrero, el embajador español en Washington comunicaba al Ministerio de Asuntos Exteriores en Madrid, que aunque Henry Lane Wilson no aparecía “por ningún lado en los hechos de la ´decena trágica´, la prensa norteamericana asegura que el embajador de los Estados Unidos es allí la guía de la situación”.49 El arresto de Madero conmocionó a Cólogan. Inmediatamente al conocer la noticia fue a ver al presidente, a sus ministros –quienes fueron puestos en libertad bajo palabra–, y a sus familias, con el fin de “tranquilizarlos siquiera relativamente”.50 El ejército tomó rápidamente posesión del Palacio 45 M. M. Sterling, op cit., pp. 469-472. 46 Ibid. 47 Ibid., p. 472. 48 Ibid. 49 AMAE Madrid, Riaño a MAE, 1-2557, D-97, Washington, 17 de febrero de 1913. 50 AMAE Madrid, Cólogan al MAE Madrid, “Relación íntima...”, op. cit.

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y de todas las instituciones públicas. Los padres, las hermanas solteras y la esposa de Madero se refugiaron en la legación de Japón, una vez que Von Hintze negó el asilo en la legación imperial a los padres del presidente mexicano.51

El Pacto de la Embajada Por la tarde del fatídico 18 de febrero, Wilson invitó a Huerta y a Félix Díaz a la embajada. El objetivo era evidente, llevar a cabo un pacto bajo la rígida mirada del embajador, de los dos bandos conspiradores. El futuro gobierno que saldría de ahí tendría la inexorable anuencia de Washington, o cuando menos del embajador. Ese día, el ministro cubano llegó a las diez de la noche a la embajada en busca de noticias. Sin proponérselo, sería testigo presencial del llamado Pacto de la Embajada que daría forma al naciente Estado castrense. Al llegar a la puerta del lugar, se encontró con varios ministros extranjeros, quienes al ver salir al embajador le preguntaron por la suerte del presidente Madero. Con descaro indescriptible, Wilson respondió: “Oh, al Señor Madero le llevaran a un manicomio, que es donde siempre debieron tenerlo.”52 De inmediato, Wilson pasó a los ministros de Chile, Brasil y Cuba a un gran salón. Ahí les presentó a los artífices del golpe, Díaz, Huerta y Rodolfo Reyes, futuro ministro huertista, e hijo del general Bernardo Reyes. Sin dar más rodeos, se leyó el texto en el que Díaz y Huerta usurpaban el poder y proponían el nuevo gabinete. Éste se formó con viejos científicos y reyistas, todos empedernidos restauradores del viejo régimen. Concluida la lectura, donde Huerta en evidente posición de fuerza era proclamado presidente provisional –con el fin de llamar pronto a elecciones donde se presentaría Félix Díaz a ocupar la presidencia por acuerdo entre ambos-, los representantes de los dos bandos conspiradores “se miraron fijamente, se hubieran devorado –escribió Sterling-; pero se abrazaron. Y todos, menos los Ministros, aplaudieron. El Embajador exclamó, muy bien, muy bien...”53 Terminada la comedia, Wilson se llevó a Díaz a beber “champaña” por el éxito del “cuartelazo”. Los ministros presenciales quedaron inmóviles ante la trama, el embajador en la puerta de la calle, les vociferó riendo: “Viva Félix Díaz, el ídolo de los extranjeros.” Los ministros le contestaron “como usted guste, Embajador”.54 Con el golpe militar varias personas resultaron afectadas, heridas y asesinadas, como fue el caso del hermano del Apóstol, Gustavo A. Madero, quien murió en manos de la soldadesca. Todo hacía temer que Madero encontraría el mismo fin. El 19 de febrero Sterling pasó por la legación japonesa, donde se encontraban asilados los parientes del depuesto presidente, ahí le entregaron 51 F. Katz, La guerra secreta..., op. cit., pp. 383-364, n. 32. 52 M. M. Sterling, op.cit., pp. 473-480. 53 Ibid. 54 Ibid.

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éstos una carta de petición a Huerta para garantizar la vida de Madero, con el fin de ser aprobada por el cuerpo diplomático. El ministro cubano y el ministro japonés, Horigoutchi, llevaron la petición a la embajada estadounidense, donde se encontraban Wilson, Stronge, Cólogan y el encargado de negocios de Austria– Hungría, George de Pottere. Al entregarle la petición a Wilson, éste “no puede reprimir una mezcla de cólera. Esto es imposible –dijo Wilson–, se oponía a que el cuerpo diplomático acordara esto”.55 Sin embargo, en un momento reflexionó y ordenó que se lo pidieran directamente a Huerta, pero subrayó que no fueran en nombre del cuerpo diplomático. El embajador miró a Cólogan y lo señaló diciendo que él y el ministro de Cuba “podrían ir a Palacio a entrevistarse con Huerta”.56 Sterling comentó, “el Sr. Cólogan, dispuesto siempre a complacer a su colega yanqui, accedió y nos pusimos en camino”.57 Una vez en Palacio, no pudieron entrevistarse con Huerta, pero el general Blanquet los recibió y les dio su palabra y garantía de que Madero no sería hostilizado. Después, hicieron una larga visita al prisionero Madero y a su compañero y vicepresidente José María Pino Suárez. Ambos habían firmado sus renuncias y éstas estaban por ser avaladas por el Congreso. A cambio de ello, los conspiradores les aseguraron que serían escoltados el día 20 al puerto de Veracruz, de donde partirían para Cuba en el crucero del mismo nombre, puesto a disposición por Sterling. El ministro cubano se ofreció a acompañarlos no sólo en el trayecto a Veracruz, sino a la misma isla caribeña. Al despedirse de Madero y Pino Suárez, aquél les agradeció, específicamente a Sterling, sus negociaciones con los conspiradores para obligar dar seguridad a sus vidas. Pero otro compañero de celda, de nombre Felipe Ángeles, no creía en el ilusorio viaje, incluso, en un momento en que Madero dialogaba con Cólogan, le dijo a Sterling: “a Don Pancho lo truenan”.58 La inquietud era extrema y no hubo momento en que la esposa de Madero no se apareciera por la legación española, pidiendo garantías de la vida de su marido. El mismo día 20, con la aceptación de la renuncia del Ejecutivo y del vicepresidente, Huerta conformó su gabinete y se comunicó con el ministro 55 Ibid., pp.482-487. 56 Ibid. 57 Ibid., pp. 488-489. 58 Ibid., pp. 490-496, y AMAE Madrid, Cólogan al MAE Madrid, “La decena trágica...” op. cit. Cólogan refiere en su entrevista con Madero en la prisión de la Intendencia de Palacio Nacional lo siguiente: “Estuvimos más de una hora y nuestra entrevista fue afectuosa, felicitándome de su salida del país, de que él también se mostraba satisfecho. Ahora comprenderá V., le dije en un momento oportuno, toda la sana intención y justificado propósito que me llevaron a Palacio para hacerle saber lo que el Embajador opinaba de su renuncia observación que también había hecho a su señora”. Véase también la importancia que daba Madero a los representantes diplomáticos como garantía de su vida durante su encarcelamiento, En sus diálogos con Huerta, Madero siempre exigió la presencia de alguno de los ministros de Chile, Cuba o Japón. Estos avatares los describe el testigo Federico González Garza, en su libro De cómo vino Huerta y cómo se fue... Apuntes para la historia de un régimen militar, t. I: Del Cuartelazo a la disolución de las Cámaras, México, Librería General, 1914, pp.43-45.

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estadounidense por medio del viejo porfirista León de la Barra, nuevo ministro de Relaciones Exteriores, con el fin de recibir al día siguiente a mediodía al cuerpo diplomático. El viso de legalidad al golpe de Estado lo dio la Constitución mexicana. Ante la renuncia de Madero y Pino Suárez, el ministro de Relaciones Exteriores, Lascuráin, pasó automáticamente a ser nombrado presidente provisional, renunciando de inmediato, y recayendo este honor por ley al ministro de Gobernación, nombrado momentos antes en la persona de Victoriano Huerta. El embajador de Estados Unidos hizo su última escenificación teatral. Convocó al cuerpo diplomático a las diez de la noche del día 20, con el objetivo final de arrancar a los delegados extranjeros el reconocimiento del nuevo gobierno castrense. El escenario estaba dispuesto con el mismo actor principal, Wilson dirige la reunión y pide la opinión de Cólogan, sabiendo de antemano que lo secundará. El ministro español argumentó que los ministros extranjeros no podían negarse a reconocer al gobierno provisional, nacido de la Constitución mexicana, igual que lo fue el del señor De la Barra al renunciar Porfirio Díaz.59 Sin más comentarios al respecto, Wilson propuso y aprobó una comisión redactora para aceptar al nuevo gobierno. Pronunció tres nombres, Von Hintze, Stronge y Cólogan.60 Nuevamente dejó en el camino a los ministros latinoamericanos. Esta práctica tan común del representante estadounidense de reducir el cuerpo diplomático a sólo cuatro legaciones extranjeras de importancia, ya había sido denunciada por la prensa internacional, que no dudaba de la magnitud de la injerencia de Wilson en la problemática mexicana.61 Para el ministro cubano esto fue denigrante ya que “la cuestión mexicana afectaba directamente y profundamente a la diplomacia continental, a la política y a los intereses de las naciones iberoamericanas, y deberían siempre aliarse representadas, por sí mismas, en la constante labor del Cuerpo Diplomático”.62 Al día siguiente, el texto redactado en definitiva por Cólogan, fue leído a nombre del cuerpo diplomático ante Huerta por Wilson, atrevidamente en el idioma inglés.63 El día 20 por la noche, Cólogan y su familia pasaron por la legación de Japón para despedirse de la esposa, padres y hermanas del ex presidente, ya que el salvoconducto para Veracruz se verificaría a las diez de la noche. Pero todo fue inútil, la familia Madero esperó impaciente hasta la una de la madrugada del día 59 M. M. Sterling, op.cit., pp. 524-528. 60 Ibid. 61 AMAE Madrid, Riaño al MAE Madrid, l.2557, d-97, Washington, 17 de febrero de 1913. 62 M. M. Sterling, op.cit., pp. 524-528. Sobre la relación Wilson-Cólogan, Sterling comentó: “Cólogan es hombre inteligente, avezado a los empeños diplomáticos, bondadoso hidalgo. El Embajador lo quiere. Y nunca estorba al Embajador en sus designios. ¡Muy bien!, exclama Mr. Wilson a cada sílaba que lee ufano el Ministro de España, y Cólogan disfruta de una gloria deleznable, es cierto, efímera, sin duda, pero intensa. La gloria literaria.” 63 Ibid., pp. 540-541.

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siguiente en la estación del ferrocarril que partía para Veracruz, sin conseguir ver a Madero y Pino Suárez. Al día siguiente, Von Hintze y Cólogan hicieron todo lo posible por evitar la muerte de ambos. Aunque presionaron a Wilson para que apoyara su empresa, éste no movió un dedo para que el dictamen del gobierno castrense no se cumpliera. En la noche del 22 al 23 de febrero, Madero y Pino Suárez vieron irrumpir a varios oficiales federales en la intendencia de Palacio, donde estaban presos. En el más portentoso sigilo, los militares arrastraron a los detenidos a unos coches estacionados en las afueras de Palacio, ahí los subieron y les dijeron que iban a ser trasladados a la penitenciaría. En el transcurso del viaje fueron asesinados. Oficialmente se anunció que Francisco I. Madero y José María Pino Suárez habían muerto durante ese traslado, en un intento de liberarlos por parte de un grupo maderista armado. Nadie creyó ese argumento, ni los mismos diplomáticos extranjeros.

Cólogan como instrumento del embajador yanqui En un acto de justificación del régimen castrense, el Diario Oficial del 17 de abril de 1913 reprodujo una conferencia de Henry Lane Wilson, tomada de The Springfields Republican, donde hacía alusión a la necesidad del derrocamiento del gobierno maderista y el establecimiento de un “Gobierno fuerte”. La labor de la representación estadounidense tuvo su propia connotación. Wilson comentó: Era evidente que Madero no podía gobernar. Su régimen estaba ya hecho pedazos y se cometían toda clase de atentados. Americanos y otras personas fueron reducidas a prisión y más de cien fueron muertos, sin que hubiera sido instituido ningún proceso a los asesinos. Dice Mr. Wilson que por requerimiento suyo los Ministros residentes en la ciudad decidieron pedir a Madero su renuncia inmediatamente. Madero rehusó, insultándolos. Entonces vino el bombardeo y los diez días de terror en la Capital de México. Pronto las calles quedaron intransitadas por temor a la muerte, a cada hora perpetraban crímenes horribles, y los extranjeros quedaron amenazados no solamente por las balas sino por la epidemia. Dice Mr. Wilson que la Embajada americana se convirtió en el centro de todas las acciones a favor de la humanidad.64

Casi un año y medio después, ante el inminente derrumbe de la dictadura huertista, Cólogan hacía frente a las numerosas críticas que lo señalaban como uno de los artífices del golpe de febrero de 1913. Los hechos eran abundantes, entre ellos, la petición de renuncia que hizo Cólogan a Madero días antes del 64 Diario Oficial, México, 17 de abril de 1913.

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golpe. Todo parecía indicar que el ministro español, también estaba confabulado con la embajada estadounidense. La prensa norteamericana siempre lo tildó de instrumento de Wilson, a lo que Cólogan siempre manifestó que ésas eran “jactancias imperialistas”. En un acto de conciencia, Cólogan manifestó desconocer –como probablemente pudo haber sido- el alcance de la trama que preparaba el embajador Wilson. Cólogan escribió: Mucho he pensado y lo pienso hoy que trazo estas líneas, recordando aquellos luctuosos incidentes, tan vivos en mi memoria como si fueran de ayer. No desconocía que el Señor Madero jugaba una tremenda partida y corría un inminente riesgo cualquiera, pero no podía ser adivino, y al reflexionar tristemente en lo después ocurrido, he sentido siempre en mi fuero interno que mi misión fue buena, que yo habría podido salvar esa vida, que hice bien en aceptar el encargo (del Embajador), y que por el contrario, cabría el remordimiento de haber tenido la ocasión de evitar el trágico fin y de no haberlo intentado por encogimiento, por egoísmo o por falta de corazón.65

Sin embargo, sobre el momento de aceptar la misión propuesta por Wilson, Cólogan escribió en su informe confidencial los parámetros sobre los cuales se vio precisado a actuar del modo que lo hizo, no sin antes increpar la labor secreta que respaldaba Wilson, sin duda desconocida por Cólogan. [...] y dije en voz baja “esta bien”, es decir: está interesado mi honor, puesto que tu, Embajador norteamericano invocas mi cargo y mis vínculos, como pariente cercano escogido para decir al moribundo prepare su testamento, y además, hay dolor en la misión y sobre todo peligro cierto; estás tan penetrado de la conspiración como jefe y zurcidor que vienes a ser ella, son tan irrefutables los hechos y tus demostraciones respecto a la traición de Huerta, a la plena seguridad de Félix Díaz en la Ciudadela (explicándome entonces perfectamente su intransigencia conmigo), a la pérdida inevitable del Presidente Madero, que es cuestión también de corazón y un deber, no ya de amistad sino de humanidad, prevenirlo, salvarlo.66

En las Memorias de su gestión diplomática, Márquez Sterling irrumpe en el tema sobre la diplomacia europea y el intermediarismo yanqui en los países latinoamericanos. Su vivencia en México durante la Decena Trágica, lo hace testigo y partícipe a la vez, de los meandros que encuentra la labor diplomática latinoamericana frente al todo poderoso vecino del norte. Sterling escribió: Vagando en torno a los representantes europeos, la sombra de Monroe, nadie intenta contrariar al Embajador norteamericano. Al romper la tempestad, el europeo se acoge a la diplomacia intermediaria de Mr. Wilson, a quien supone intérprete de su gobierno, sólidamente respaldado por la sesuda Chancillería 65 AMAE Madrid, Cólogan al MAE Madrid, “Relación íntima...”. op, cit. 1914. 66 Ibid.

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de Washington [...] En las relaciones de Europa con la América Latina, ése es el torpe régimen vigente. ¿Podrían negarse aquellos Ministros al dictamen de Mr. Wilson, que oficialmente encarnaba el poderío, la voluntad, el firme propósito, los designios de la Gran República del Norte? El Embajador se alza entre ambos continentes; y ejerce de Supremo Delegado Universal. Necesita libres los brazos para la inmensa responsabilidad que descarga el planeta sobre sus hombros; y no le oponen resistencia los europeos, ni combaten sus prejuicios, ni le preocupa el móvil de sus planes, diplomacia expectante y, en cierto modo, subalterna, estrecha, ambigua, estrictamente profesional, sujeta a resortes fijos y distantes que a veces los propios ministros desconocen.67

La labor de Wilson en estos cruciales días se llevó a cabo a pesar de la negación de su presidente Taft, de amenazar al gobierno mexicano con una intervención armada con el fin de lograr el derrocamiento de Madero. Es cierto que Taft llegó a manifestar su total desacuerdo con la política interior desarrollada por el gobierno mexicano, pero difería aparentemente con su embajador en los métodos propuestos. Sin embargo, su actitud ante las misteriosas actividades del embajador fue siempre de apoyo incondicional a los hechos consumados. También es de remarcar que en Washington se vivía un período de transición. El mes de febrero de 1913 fue el último período presidencial de Taft, ya que el 4 de marzo del mismo año el demócrata Woodrow Wilson tomaría posesión del cargo de presidente, desbancando al militarista Partido Republicano. En su último mes en el poder, Taft se vio inmerso y asediado por innumerables aspiraciones contradictorias con respecto a su política hacia el caso mexicano. Las tendencias que apoyaban una intervención armada como la de su embajador, así como las de no injerencia a fondo en la problemática mexicana, estaban todavía presentes al entregar el poder a un Partido Demócrata que en apariencia se mostraba menos agresivo hacia el exterior. A fin de cuentas, el nuevo gobierno de Woodrow Wilson nunca reconoció como régimen legítimo al emanado del Pacto de la Embajada, simplemente porque había surgido de un evidente golpe de Estado. Además, las muertes de Madero y Pino Suárez no estaban del todo esclarecidas. La postura liberal practicada por Wilson en México, primera cuestión de envergadura en política exterior a la que tuvo que enfrentarse, marcó un nuevo rumbo con respecto a la política practicada por Washington meses atrás. Woodrow Wilson retiró tiempo después a Henry Lane como embajador de México, y ya no le hizo un nuevo ofrecimiento dentro de su administración. En consecuencia, Henry Lane se retiró de la carrera diplomática.

67 M. M. Sterling, op, cit., pp 536-538.

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Wilson regresa a los Estados Unidos Durante la Primera Gran Guerra, Wilson fue presidente de la sección Indiana de la Liga de Fuerzas de Paz, a la cual renunció en enero de 1917, debido a que junto con otros líderes de esta asociación, fue convocado a la alianza mundial propuesta por el presidente Woodrow Wilson. Durante las administraciones de los presidentes Harding y Coolidge, Wilson permaneció sumamente activo en sus negocios, particularmente como consejero de los intereses petroleros del Gobierno de los Estados Unidos en Latinoamérica. De sus memorias como diplomático, escribió un libro Diplomatic Episodes in Mexico, Belgium and Chile [Episodios Diplomáticos en México, Bélgica y Chile], editado en 1927 en Nueva York por Doubleday, Page & Company, 399 páginas. Wilson murió en Indianápolis el 22 de diciembre de 1932.

Fuentes Sobre su labor diplomática tenemos además de sus memorias publicadas en 1927, la documentación sobre su trabajo en el Archivo del Departamento de Estado de los Estados Unidos y en el Archivo de Relaciones Exteriores de México. Además, se encuentra el archivo personal de Henry Lane Wilson, que custodia el Departamento de Colecciones Especiales de la Biblioteca Doheny Memorial de la Universidad del Sur de California, en Los Angeles. Esta documentación fue donada en 1965 a esta institución por John Vajen Wilson, hijo de Henry Lane. Este acervo -que comprende dos pies cúbicos de manuscritoscontiene correspondencia personal, recortes de periódicos y fotografías de la carrera como diplomático de Henry Lane, con particular referencia a las relaciones entre los Estados Unidos y México. La correspondencia de Wilson esta integrada en cuatro principales grupos. El primer grupo (1910-1913), consiste en las cartas personales como Embajador de México. Estas cartas reflejan documentación rutinaria de los negocios de la Embajada, inversiones de la colonia estadounidense residente en México y de Robert H. Murray, un columnista de la revista semanal Harper’s. El segundo grupo (1922-1923) consiste en la correspondencia entre Wilson y William F. Buckley. El tercer grupo (1926-1929), contiene numerosos aclaraciones y respuestas y algunas retractaciones de varios artículos publicados contra su persona. El cuarto y último grupo (1939-1940), evidencia correspondencia de los hijos de Wilson, John Vajen -un banquero- y Warden McKeo -un diplomático-, centradas alrededor de limpiar la trayectoria de su padre, ante las numerosas - 232 -


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críticas publicadas sobre su labor diplomática y política, divulgadas por la revista Time, y por el Saturday Evening Post. Además del libro que escribió el propio Wilson, véase a Ramón Prida, La culpa de Lane Wilson, embajador de los E.U.A. en la tragedia mexicana de 1913 (1913); Luis Manuel Rojas, La culpa de Henry Lane Wilson en el gran desastre de México (1928); Dade Sparks, The career of Henry Lane Wilson as United States ambassador to Mexico, 1910-1913 [La carrera de Henry Lane Wilson como embajador de los Estados Unidos en México, 1910-1913], (1931); Eugene Frank Masingell, The diplomatic career of Henry Lane Wilson in Latin America [La carrera diplomática de Henry Lane Wilson en America Latina], (1957); John P. Harrison, Henry Lane Wilson, el trágico de la Decena (1957); Jorge Flores, Carlos Pereyra y el embajador Wilson (1958); Rudolph Stone Rangel, Henry Lane Wilson and the fall of Francisco I. Madero [Henry Lane Wilson y el ocaso de Francisco I. Madero (1971); Gene Z. Hanrahan, The Madero revolution as reported in the confidential despatches of U. S. ambassador Henry Lane Wilson [La revolución de Madero como reporte en los despachos confidenciales del embajador de EU Henry Lane Wilson] (1976); Gene Z. Hanrahan, The murder of Madero and role played by U. S. ambassador Henry Lane Wilson [La muerte de Madero y el papel interpretado por el embajador Henry Lane Wilson (1981). Su labor como embajador en México es tratado en numerosas obras de historia diplomática. Son de resaltar las siguientes: Edith, O´Shaughnessy, Huerta y la revolución vistos por la esposa de un diplomático en México (1971); Bertha Ulloa, La revolución intervenida. Relaciones diplomáticas entre México y los Estados Unidos, 1910-1914 (1971); Friedrich Katz, La Guerra Secreta en México (1982 y 1999); Óscar Flores, El gobierno de su majestad Alfonso XIII ante la revolución mexicana. Oligarquía española y contrarrevolución (2001) y Eugenia Meyer, John Kenneth Turner. Periodista de México [2005). El material que presento a continuación, es parte de sus Memorias intituladas Episodes in Mexico, Belgium and Chile, editado en 1927. Este libro no ha sido traducido al español.

1. Arribo de Henry Lane Wilson a México Wilson regresa a Washington tras su estancia de casi seis años como Ministro de Estados Unidos en Bélgica. A su llegada se entrevista con el presidente Taft en Washington, a fin de discutir la situación de México y la política del Departamento de Estado. La situación de México y la política a seguir propuesta por el presidente Taft y el secretario de Estado Knox, no fue compartida plenamente por Wilson. En su opinión los Estados Unidos podía tener una influencia más profunda pero eso implicaba un cambio radical en la tradicional - 233 -


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política norteamericana de los últimos 50 años. Una vez que es designado como embajador, realiza el viaje a México, vía Nueva York, La Habana, Progreso, Mérida y Veracruz. De este último puerto se traslada a la ciudad de México por ferrocarril, pasando por Orizaba. Sus impresiones van de la monotonía que presentó el viaje marítimo a la sorpresa que le causa Mérida, a la cual describe como una ciudad limpia, incluyendo su gente, “cosa no muy generalizada en América latina tropical”. El viaje de Progreso a Veracruz es descrito en medio del “polvo, la confusión y el apretujar” propio de este país. Arribé a casa a principios de Enero y después de una pequeña visita a mi madre de edad avanzada y otros parientes en Indiana, regresé a Washington con el propósito de hacer un estudio sobre la situación Mexicana. Tuve la oportunidad de entrevistarme con el Presidente, el cual estaba muy generoso y participativo así como con el secretario Knox y varios oficiales del Departamento de Estado. En esas reuniones, se discutió con poca profundidad las condiciones políticas de México, el departamento evidentemente, había sobrellevado la continuidad de un régimen, el cual había dominado su vida republicana por muchos años. Esa confidencialidad yo no la compartía, porque tenía información acerca de otras opciones, las cuales estaba convencido de que eran viables y estas no causarían daño en las condiciones actuales de disturbios. En febrero de 1910, acompañado de la Sra. Wilson y de mi hijo Stewart embarcamos en el área del Castillo del Moro, un lugar entre Nueva York y Veracruz. Una gran cantidad de amigos de Nueva York vinieron al muelle para darnos la despedida y navegamos para nuestro nuevo puesto en medio de muchas expresiones de cortesía. Durante el viaje, el tiempo fue ideal en todas partes. Había poca gente interesante abordo y, a excepción de la estancia de un día en La Habana, en donde primero conversamos con el Sr. Fred Morris Dearing, el primer secretario de nuestra delegación en Cuba y luego estuvimos con el primer secretario en la embajada en México, y ahora ministro en Portugal, las experiencias del viaje fueron extremadamente monótonas. A nuestra llegada a Progreso, el puerto de Yucatán, un número de residentes americanos vino a bordo a invitarnos a que pasáramos el día en Mérida, la capital. Aceptamos la invitación, así que pasamos el día montando a caballo a través de los campos de henequén y lugares públicos que comúnmente suelen visitar. Encontramos en Mérida una ciudad escrupulosamente limpia, moderna, grande y mejorada por la abundancia que fluye del distrito del henequén, el cual comprende casi toda la mitad meridional del estado de Yucatán. En Mérida, los edificios públicos son cómodos y sus instituciones benévolas y penales darían prestigio a cualquier ciudad. Lo que nos impresionó más era la maravillosa limpieza de la gente, cosa no muy generalizada en América latina tropical; en general, visten simple, las mujeres muestran limpieza con la ropa blanca y las camisas blancas y los pantalones eran tan intachables e inmaculados en los hombres, como la manera de vestir de cualquier piadoso por la tarde en Nueva York. Los hombres y las mujeres son del tipo fino o de la raza proveniente del maya. Son ciertamente distintos hablando racialmente, de la raza azteca de la gran meseta central del México.

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Navegamos por la tarde saliendo de Progreso y llegamos a Vera Cruz la mañana del 28, en medio de una niebla densa que se disolvió gradualmente bajo los rayos de un ardiente sol tropical. El tren para Orizaba lo tomamos en el puerto gracias a la cortesía de un oficial gubernamental mexicano que vino a bordo a ofrecernos la cortesana recepción […] Al llegar a Orizaba el reloj marcaba las once y en plena noche nos obligaron a caminar con nuestras pertenencias más de una milla sobre las calles rocosas a nuestro hotel, ya que ningún transporte estaba disponible. Al día siguiente, a nuestra llegada a la estación del ferrocarril, encontramos que el gobierno mexicano o bien los oficiales ferroviarios no habían hecho ningún arreglo para continuar nuestro viaje a la Ciudad de México. Quizás por esta razón, encontramos […] el polvo, la confusión y el apretujar que ocuparon nuestra entera atención hasta la ciudad de México. Por la tarde, en Ciudad de México, esperamos y encontramos en la estación entre numerosos vendedores a las secretarias de la embajada y a mi criado fiel Clemente, que, con su esposa, nos habían precedido a México. Sin retraso comenzamos la tarea de adquirir el conocimiento de la capital mexicana, sus lugares del interés sus bellezas y su gente.68

2. La ciudad de México Wilson encuentra una ciudad de México impactante. Su centro histórico y sus alrededores son descritos como un remanso de nostalgia de épocas pasadas, la época de Hernando Cortés, de los virreyes españoles, el imperio Habsburgo y la regeneración de la capital durante los últimos años. La Ciudad de México edificada por Cortés ha sido demolida casi enteramente y ahora se yergue la ciudad moderna, con sus amplias avenidas, los parques, los suburbios, así como la gran creación de empresas. Fue afortunado que durante la época de la emperatriz Carlota se haya conectado el área de los negocios y la parte residencial de la amplia y espaciosa avenida llamada Paseo de la Reforma, con el parque y el castillo de Chapultepec y a su vez abierto avenidas a través de distritos no populares. Ahora, el aumento de la población ha cubierto estos distritos periféricos, que hace 25 años, estaban al lado de las tierras de los antiguos lagos mexicanos, actualmente son sitios de viviendas con calles interconectadas, y semejantes a las mejores cuadras residenciales de ciudades europeas y americanas. Las estatuas ecuestres y heroicas adornan las calles […]. Las sombras generosas de los árboles cubren las casas y las protegen y, en la noche, la ciudad se ilumina con la energía eléctrica. Existen un gran número de iglesias romanas antiguas; edificios públicos hechos a escalas magníficas, instituciones benevolentes, colegios y 68 Henry Lane Wilson, Diplomatic Episodes in Mexico, Belgium and Chile [Episodios Diplomáticos en México, Bélgica y Chile], Nueva York, Doubleday, Page & Company, 1927, p.p. 167-169.

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escuelas por cualquier lado. Existen clubs de cualquier índole desde el famoso club de Jockeys, afamado debido a su antigüedad reconocida y su aristocracia tradicional. El club Country, que en la actualidad es un Instituto Americano pero de tipo cosmopolita, es un bello lugar con grandes campos de tenis y de golf: los clubes Americanos, Inglés, Español, Alemán y el Francés, dedicados al servicio social, y el de Reforma, el club Inglés, dedicado al tenis y el football. También existe uno pequeño, pero muy ameno que se llama Paseo Club, en el cual permanecí muchas horas placenteras. En las afueras de la ciudad, a una distancia de diecisiete millas, existen numerosos y bellos suburbios conectados por caminos de asfalto; de estos destacan los campos de Tacubaya, con sus casas antiguas y grandes jardines; mas cerca y con las mismas características estaba Mixcoac, pero es mas pequeño y menos interesante. De lugar en lugar, por un camino estrecho que corría hacia San Ángel, se encontraba un lugar maravilloso, con numerosas casas donde existía un hotel francés llamado Villa de Rosas y un antiguo monasterio, los cuales se habían convertido en un hotel, llamado San Ángel Inn. Después de un tiempo de residencia en la ciudad de México, teníamos exquisitas fiestas en estas hostelerías. Regresando a San Ángel, uno pasa por el camino del viejo pueblo de Coyoacán, en la cual está construida la Iglesia de Cortés y la casa de Alvarado, que probablemente sea la residencia más antigua de toda América. Fue construida por [Pedro de] Alvarado, después de que los españoles establecieron el control de todo México, y es fecha que la casa sigue en pie, siendo propiedad de una mujer americana distinguida llamada Mrs. Zelda Nuttall, cuya hospitalidad se disfrutaba al igual que su amistad. La población de la ciudad de México era cerca de unas 500,000 personas, de las cuales la mitad de la población vivía en condiciones confortables y o comparativamente confortables y la otra mitad sufría condiciones estresantes. Con respecto a la sanidad, la ventilación y el espacio, los sectores mas pobres estaban separados de la civilización, y era de esperarse un gran número de apóstoles, los cuales frecuentemente decoraban el tablero político de México. Estos, tenían una casa de asistencia para la gente más necesitada, y brindaban no solo comida, sino también estaban atentos a las necesidades inmediatas que requerían, como mantener el baño y tratar de brindar esas cosas que no obtenían de la civilización.69

3. Los hombres del presidente Porfirio Díaz La recepción de sus credenciales ante el dictador Porfirio Díaz y su gabinete es descrita con detalle por Wilson. Comentarios de cada uno de los hombres del régimen muestran la suspicacia y la indagación de las redes políticas mexicanas. Mariscal, Limantour, Corral y Molina son diseccionados por este agudo observador. 69 Henry Lane Wilson, Diplomatic… op. cit, 1927, p.p. 169-171.

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El presidente Díaz me recibió a su debido tiempo en una audiencia oficial. Escoltado por el ayudante de campo del coronel Samuel García Cuellar, y acompañado por la totalidad del personal de la embajada, llegué al palacio de gobierno, y pasando por la magnífica escalera de la entrada y a través de numerosos soldados, llegue al salón de audiencias. Ahí fui saludado por el ministro de Asuntos Extranjeros, Sr. Ignacio Mariscal, y conducido hasta la presencia del presidente que estaba parado en el otro extremo del salón de audiencias y flanqueado a ambos lados por los miembros de su gabinete. Sin ceremonia adicional […], tomé y saqué mí manuscrito con el fin de leer mi nombramiento, cuando me di cuenta con horror que mis cristales faltaban. Después de un momento de confusión, entregué mi nombramiento, tras exponerlo tan exactamente como me fue posible recordarlo. Terminado el protocolo y la respuesta del presidente, él mismo me invitó a que me sentara con él por un momento, a fin de tener una conversación informal; si bien esta situación no es común ni formal, me dio la impresión que confirmó en gran medida, la estimación que el mundo ya había puesto en el carácter de este hombre notable. En ese tiempo su mentalidad estaba todavía alerta y la decadencia que mostró poco tiempo después no era todavía evidente […] Esa ocasión fue la primera vez que conocí a José Ives Limantour, ministro de las Finanzas, Ignacio Mariscal, ministro de Asuntos Extranjeros, Olegario Molina, Ministro de Fomento, y a Ramón Corral, Vicepresidente y Ministro del Interior. Todos estos hombres habían rendido servicios valiosos a México pero a su vez estaban destinados a perderse en la revolución que venía. El vicepresidente y ministro del interior, Ramón Corral era un hombre de poco pulimento y de ninguna manera cosmopolita; él era del estado de Sonora, donde tenía una carrera acertada en los negocios, entre otras cosas tratando de manera considerable con intereses americanos. La fuerza de Corral, su valor, y su severa disposición, atrajeron la atención de Díaz y condujeron eventualmente a su elección como vicepresidente con Díaz, cuando se entendía generalmente que lo habían elegido para la sucesión. Antes de que la revolución adquiriera suma importancia, la severidad del vicepresidente Ramón Corral, se convirtió en enfermedad y fue obligado a retirarse de la participación activa en asuntos públicos; se fue a Europa para un tratamiento en curso y murió fortuitamente allí. Si no hubiese sido alejado de la vida pública, la revolución pudo haber sido abortada, pues él se habría ocupado de forma concluyente de los elementos ingobernables. En carácter, él se asemejó más a Díaz que cualquier otro hombre en la vida pública. Jose Ives Limantour, ministro de las finanzas, era una figura interesante. Era de extracción francesa, urbano, pulido, estudiado y entrenado en el arte de gobernar, con todo era un caballero francés digno de la vieja escuela. Tenía la reputación de ser enormemente rico, pero nunca oí sobre él […] irregularidades en su vida pública. Por muchos años, Díaz se apoyó fuertemente sobre la sabiduría y la fidelidad de Limantour, pero en los últimos días de su régimen, los lazos que los unieron se fueron debilitando considerablemente […]. Limantour estaba en un estado constante de aprehensión referente a la actitud del gobierno de los Estados Unidos hacia México y nunca dejó a un

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lado la suspicacia referente a que nuestros motivos eran solamente amistosos en el tono más superficial. Con el advenimiento de Madero él desapareció de la escena, y reapareció más adelante en los bulevares de París. Olegario Molina, ministro de Fomento, vino de Yucatán, donde él fue durante mucho tiempo el terrateniente más rico y más influyente. Él era un hombre reservado de gran dignidad, modesto en su conducta, capaz en la administración, y patriótico y honesto a fondo. Él, desapareció también de la escena, pero nunca he comprendido el invernal exilio que lo confinó.70

4. La Embajada La sede de la Legación es rápidamente remodelada por Wilson. En su interior, la reestructuración administrativa no fue la excepción. La descripción de su personal, de su ubicación y de los cambios realizados forman parte de este relato. La embajada fue instalada en medio de indignos alrededores. Los expedientes eran incompletos, el sistema de trabajo anticuado e inadecuado para ocuparse enteramente de la cantidad de actividades que la embajada requería realizar. Finalmente, el edificio ubicado en la esquina de las calles de Vera Cruz y de Puebla, lo aseguramos para instalar la residencia y la embajada a la vez, donde residimos cuatro años con tempestuosas experiencias. Este edificio llegó a ser más adelante una imagen fija y conocida en el público americano por las numerosas fotografías tomadas durante los días de la revolución. El edificio era del tipo castillo-medieval, impresionante en aspecto y cómodo adentro. Tenía en su interior unos treinta cuartos, los cuales requirieron gran cuidado y supervisión […]. Los salones públicos donde se encontraba la recepción eran dignos y espaciosos. Con el tiempo, los jardines que rodeaban la embajada eran suficientemente grandes y se cultivaron para dar la impresión de una atmósfera casera. Con el tiempo, no se abandonó la tarea de reorganizar el sistema de trabajo y de establecer las reglas definidas para el procedimiento social y oficial, hasta que se alcanzó un grado de eficacia que permitió a la embajada resolver con exactitud y bajar la carga del trabajo que recayó en ella. Sr. Fred Morris Dearing hizo mucho de inmediato tan pronto llegó como primer secretario, y permaneció allí hasta que lo incorporaron al Departamento de Estado. Posteriormente, fue designado a cargo de la división central de asuntos americanos y mexicanos. Sr. Dearing era un ayudante capaz; su trabajo era cuidadoso y concienzudo y sus servicios durante el tiempo que lo unieron a la embajada mostraron un gran valor. Su subsiguiente transferencia al Departamento del Estado facilitó grandemente los intercambios entre Washington y México e hizo posible para el presidente y 70 Henry Lane Wilson, Diplomatic… op. cit, 1927, p.p. 172-174.

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para la Secretaría de Estado una estimación exacta de la situación mexicana. Su remoción por la administración de Wilson de la posición de jefe de la división Latino-Americana a la secretaría de la legación en Bruselas, privó a nuestro gobierno de un oficial experimentado en una gran crisis cuando sus servicios eran de lo más necesarios. Esta injusticia fue remediada felizmente por la administración de Harding, que nombró a Mr. Dearing, First Assistant de Estado y lo envió más adelante como ministro a Portugal. Seria innecesario hablar de los otros secretarios pues estaban en un estado constante de transición. El segundo de la secretaría, Henry F. Tennant rindió todo el tiempo un servicio muy eficiente y especialmente, durante la Decena Trágica. El Capitán Sturtevant, un oficial militar excelente, fue también un ayudante leal y valioso […]. Ocuparse responsablemente de este trabajo y tomar el cuidado de las demandas urgentes hechas sobre la embajada americana en México, exigió constantemente a la mano una fuerza administrativa grande y competente. Sin embargo, había normalmente tres empleados, dos de ellos que eran mecanógrafos, y uno, Luis d’ Antin, estaba a cargo de las traducciones, de los asuntos legales y del trabajo rutinario en las instancias mexicanas de gobierno. La fuerza administrativa de la embajada tuvo constantes vaivenes con el resurgimiento de los innumerables acontecimientos políticos; había ocasionalmente en la embajada hasta seis empleados y en otras ocasiones el número se limitó a solo tres, pero si nos empujaron al límite o fueron reducidos a un número normal, el trabajo existente excedió siempre las horas del día y se extendió a veces hasta más allá de la media noche. Luis d’ Antin vivió un largo tiempo en Tejas, proviniendo de un padre francés y de una madre mexicana. La circunstancia de su nacimiento y de su educación lo moldeó en la lengua, los hábitos, y la psicología de tres razas, pero en su actitud y tradiciones él era indudablemente un mexicano. Sin embargo, su americanismo era muy pronunciado y él tomó invariablemente la opinión americana sobre todas las cuestiones entre los dos países. Él era respetuoso, cortés y generalmente era absorbido con frecuencia por los episodios románticos que lo implicaron en apuros pecuniarios y mentales; sus apuros desaparecían conforme pasaba el día, porque en él, la tragedia de hoy se convertía en la comedia de mañana. Durante el bombardeo de la ciudad de México […] pienso que los nervios de Luis d’ Antin lograron traicionarlo, […] esto se debió a que una de sus últimas conquistas femeninas, había tomado refugio en una parte peligrosa de la ciudad y esta situación lo distrajo entre su deber a la embajada y su enamorada ausente. Debido a esto, él estuvo en continua perturbación hasta el cambio de gobierno. Finalmente, cuando él se recuperó, me fue muy útil en las discusiones triangulares que ocurrieron entre la embajada, [el general Victoriano] Huerta, y [el general] Félix Díaz. Él permanecía todavía en la Embajada [estadounidense] cuando me fui para los Estados Unidos, pero posteriormente se trasladó a Washington y ahí fue contratado como empleado en la embajada mexicana. Durante su estancia ahí, fue sometido a una gran presión -a fin de inducirlo por una fuerte cantidad de dinero-, de dar testimonio falso contra mí. Sin embargo, actualmente estoy tranquilo de decir que él pasó la prueba y siguió siendo leal. El gobierno mexicano le pidió que

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se trasladara a México y fue en este trayecto entre Washington y la Ciudad de México cuando murió. La versión oficial divulgada fue que murió por alguna enfermedad, sin embargo, la versión aceptada es que los que lo acompañaban lo apuñalaron salvajemente hasta su muerte en su propia litera, lugar que en ese entonces se encontraba bajo el control del gobierno mexicano. [Luis] d’ Antin era de un desarrollo errático, exótico, pero una cierta virtud subyacente en la sangre lo hizo leal sobre todo en las horas críticas y por tanto redimió su memoria. El señor Charles B. Parker, hombre de carácter, joven y de cualidades finas, fue el segundo empleado que permaneció fiel a mi lado. Él gozó de mi plena confianza […] Los meses de abril y de mayo fueron dedicados a las hospitalidades otorgadas por los funcionarios del gobierno mexicano y los miembros prominentes de la sociedad mexicana, por mis colegas del cuerpo diplomático, y por los miembros de la colonia americana en México. Las hospitalidades mexicanas eran superficiales, pero las del cuerpo diplomático eran enteramente diferentes, siendo caracterizado por la libertad de formalidad y por una hospitalidad genuina. Estos asuntos fueron interrumpidos por la muerte de Sr. [Ignacio] Mariscal que había servido como ministro de Asuntos Extranjeros en México por unos veinte años y que fue estimado altamente no solamente en su propio país sino también en todas las cancillerías de Europa. Su muerte fue una gran pérdida a la administración de Díaz, que había confiado por años en su muy conocida habilidad en ocuparse de problemas internacionales, y tuvo dificultad posteriormente en encontrar a una persona con el prestigio y la experiencia necesaria para resolver los exigentes deberes que este puesto reclamaba. El señor Enrique Creel, quién fue el sucesor del señor Mariscal como ministro de Asuntos Extranjeros, era hijo de un americano, de un hombre originario de Kentucky, […] que había ido a Chihuahua en su representatividad de cónsul americano y allí se había casado con la hija de Terrazas, el terrateniente más grande del país. El señor Creel aumentó su capacidad económica una vez que heredó los negocios de la familia mexicana. Él fue un hombre de negocios a gran escala y sus amplias transacciones atrajeron la atención de general Díaz, quién le nombró embajador en Washington. Allí, él dejo una impresión innegablemente buena y adquirió tal presencia que le permitió más adelante, rendir útiles servicios a su país. Posteriormente, Díaz se inclinó por seleccionar al señor Creel para que fuera ministro de Asuntos Extranjeros, después de la muerte de Mariscal. Esta decisión fue generalmente aceptada como oportuna y sabia. Aunque habían designado al hijo de un americano, extraño de acuerdo a las tradiciones mexicanas, el señor Creel mostró siempre una gran admiración y afecto para los Estados Unidos, pero nunca se presentó en él una nacionalidad dividida. Mientras que él siempre estuvo dispuesto a ser justo en el trato ante de los intereses americanos, seguía siendo sin embargo mexicano en su punto de vista, y los intereses de su país nativo siempre fueron supremos. Era diestro y capaz en la grandes discusiones sobre los asuntos que se presentaron entre los Estados

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Unidos y México, pero nunca pronunció una palabra o escribió una línea que se pudiera interpretar como provocativa. Tengo y conservo para él un gran respeto, y lamento profundamente las desgracias que han alcanzado a su familia, desgracias que no erosionan […] su integridad. Uno de los asuntos más claros que existía en la organización de los gabinetes mexicanos era el carácter sensible de los titulares de la cartera del Ministerio de Relaciones Exteriores. El señor Mariscal, Sr. Creel, Sr. De la Barra, Sr. Calero, y Sr. Lascurain, que estuvieron sucesivamente a cargo de este Departamento mientras que era yo embajador en México, eran todos hombres de carácter y de situación excelente, honesta y justa en tratar a los diplomáticos acreditados en la capital mexicana y gobernados en su trato por un deseo sincero de servir no sólo a su gobierno sino de mantener buenas relaciones con todos los demás. Estos ministros se diferenciaron extensamente en carácter y en entrenamiento, pero poseídos en un lugar común caracterizado por un animado aprecio por las obligaciones internacionales y un respecto profundo por las tradiciones de la oficina de relaciones exteriores de México. Después del derrocamiento de Madero y la final exclusión de De la Barra del gabinete de Huerta, la oficina mexicana de Relaciones Exteriores dejó de ser una dependencia para el mantenimiento de las buenas relaciones con los gobiernos extranjeros, para convertirse finalmente en un mero canal de propaganda política de los nuevos gobiernos.71

5. Los representantes europeos Wilson siempre reconoció a los europeos como representantes diplomáticos dignos de su compañía, desdeñando desde su llegada, al resto de los diplomáticos, especialmente a los representantes de los países latinoamericanos. Encontré en México como en ninguna otra parte, algunos peculiares diplomáticos de cierto interés. Sir Reginald Tower era el representante británico. Él había estado en México por un cierto tiempo y fue bien conocido de la gente. El señor Tower era una persona alta, delgada, con una cara sonriente y sus maneras eran acorde a ello. Él era exacto y correcto en el funcionamiento de sus deberes diplomáticos, capaz y alerta al ocuparse de cuestiones diplomáticas […]. En el anterior gobierno, me asociaron cercano a él en cuanto a la defensa de algunos intereses comunes y estuvieron igualmente satisfechos con su cooperación inteligente. El señor Tower fue de la Ciudad de México a la República de Argentina, y al finalizar la guerra mundial fue hecho alto comisario en Danzig, logrando una cierta publicidad en la tensa situación del lugar. Por su parte, sir Francis Stronge, irlandés de Belfast y ministro en la Ciudad de México, se había casado recientemente con una señora irlandesa y pasaban por ellos la calma de la madurez respetable. Sir Francis y la señora Stronge eran considerados por todo el mundo gente amable, sin embargo, 71 Henry Lane Wilson, Diplomatic… op. cit, 1927, p.p. 174-180.

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eran impacientes al intentar resolver las exigencias del protocolo diplomático. Sir Francis tenía una pasión para con los loros que lo consumía, y uno de éstos, recolectó de alguna manera la suspicacia que escuchó en sus consejos. Si estaba en el sitio de dibujo, en la mesa, o en la cancillería, uno de ellos estaba siempre presente sobre su hombro […] Durante las horas críticas de la revolución contra Madero, la colonia británica se manifestó impaciente ante este lado excéntrico del carácter de sir Francis, e incluso le cuestionaron ser carente de iniciativa. Fue así como me enviaron por debajo de la puerta de la embajada americana una resolución con numerosas firmas ofreciéndome sus ayudas y pidiéndome incluso la inscripción de sus miembros. Pensé que esto no desearía reprimenda, porque aunque sir Francis pudo haber sido mejor en los caminos más reservados de la diplomacia, él era en absoluto celoso de sus deberes y realmente deseoso de realizarlos, siempre y cuando su antipatía natural al ruido y a la violencia se lo permitía. Nuestro primer colega alemán era Karl von Buentz, que dejó su cargo muy pronto después de mi llegada. Él nos ofreció una elaborada cena oficial, donde recordó la muerte de Mariscal, ministro de los Asuntos Extranjeros, que en alguna ocasión contrajeron ambos un frío fatal. Von Buentz, durante la guerra mundial, participó en la conspiración y la propaganda alemanas en los Estados Unidos, fue arrestado y se le encontró culpable por la violación de nuestras leyes de espionaje. El Almirante Paul van Hintze suplió a Karl Von Buentz como nuestro colega alemán. El Almirante Von Hintze había comenzado su vida como soldado, alcanzando una cierta distinción en la profesión. En el transcurso de su carrera, él entró en el círculo imperial con el favor del emperador, ya que atrajo la atención del mismo por sus finas cualidades y fue llamado a incorporarse al servicio exterior. Antes de llegar a México había sido militar naval adjunto de la embajada imperial en St. Petersburg, una posición importante por ser altamente confidencial y cercana al emperador. Formé una alta opinión del almirante Von Hintze a partir del primer momento en que nos conocimos y esta opinión no tuve posteriormente ocasión de modificarla. Con las innumerables revoluciones contra Díaz y Madero, las cuales culminaron en el bombardeo de la ciudad de México, su comprensión y consejo eran de infinito valor. Mientras que el bombardeo estaba en su apogeo él era especialmente activo y siempre me sentí apoyado por él en las crisis […] Era un patriótico apasionado en el servicio del imperio; habría estado dispuesto a sacrificarse en su favor, pero él no habría favorecido ningún crimen en el nombre del patriotismo. Amó la música y el arte y se colmaba rápido de sentimientos humanos. El Almirante Von Hintze quién hizo de canciller del imperio alemán, supo con anticipación la caída dramática del Kaiser y vio más adelante hechos polvo los estándares imperiales de la aristocracia militante ante el avance de la democracia. Italia fue representada por cuenta de Masiglia, diplomático con entrenamiento y experiencia. Él estuvo en licencia durante el período más crítico, e inmediatamente después del derrocamiento de Madero fue substituido por el barón Carlo de Aliotti, que, en los días anteriores al gobierno provisional de Huerta, era el más activo a favor de un esfuerzo de concertar una acción unida para el reconocimiento de su gobierno. En estos esfuerzos

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el Sr. Paul, el ministro belga, lo secundó, e incluso permaneció en México un largo tiempo después de mi salida, pero finalmente cayó víctima del gobierno ateo y sin ley de Carranza, el cual no tenía ningún tiempo para tratar asuntos diplomáticos y fue puntualmente echado. Carranza era un mexicano del tipo de frases provinciales donde las obligaciones y cortesías internacionales no tenían ningún lugar en su vocabulario. […] El ministro francés, Sr. Paul Le Faivre, y su esposa la señora Le Faivre, eran contribuciones distintas a la vida del cuerpo diplomático; eran ejemplos excelentes de la vieja escuela francesa, combinando extraña cortesía con la gran cultura. El señor Le Faivre permaneció en México hasta mi salida final; él era siempre un colega leal e inteligente, impaciente por cooperar de cualquier manera en las materias que eran de interés común. El ministro español, Bernardo de Cólogan y Cólogan, pertenecía a la vieja escuela española de la diplomacia y había tenido experiencia variada en la representación de su país a través del mundo. Él había sido un ministro católico ante su majestad en China durante el sitio de Pekin y vino a México directo del Imperio Chino. Lo asociaron activamente a mí durante las varias revoluciones […]; él conservó el valor personal y la honradez de la opinión, atributos útiles en grandes emergencias.72

6. El Heraldo, John Kenneth Turner y la colonia americana La colonia americana contaba con su órgano periodístico, El Heraldo Mexicano, que jugaría un papel muy importante durante los días de la revolución y la caída de Madero. De igual forma Wilson se refiere –sin mencionar su nombre– pero de una manera despectiva, al corresponsal estadounidense John Kenneth Turner. Este periodista inició su aventura mexicana en 1908, cuando se entrevistó con revolucionarios mexicanos –Ricardo Flores Magón entre otros- presos en Los Angeles, California. Como sabemos, a Turner le resultó difícil creer que había esclavitud en México como revelaban los magonistas y quiso conocer de primera mano la realidad mexicana. Apoyado por amigos socialistas y haciéndose pasar como inversionista, viaja a los campos de henequén de Yucatán y Quintana Roo (donde laboraban 125 mil mayas, ocho mil yaquis y tres mil coreanos) y a Valle Nacional (cuyas explotaciones cafetaleras consumían 15 mil vidas al año). Tras dos viajes y meses de investigación, Turner construye un retrato ominoso del régimen porfirista: una democracia controlada, huelgas reprimidas, prensa amordazada, militarización y el contubernio de Díaz con el gobierno estadounidense. El largo reportaje fue publicado por entregas en American Magazine, pero tal es el impacto en la opinión pública estadounidense que fue censurada la serie completa por presiones del propio gobierno del presidente Taft. El inicio de la Revolución Mexicana coincide con la aparición de México 72 Henry Lane Wilson, Diplomatic… op. cit, 1927, p.p. 181-184.

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Bárbaro como libro en 1910, donde advierte que en “México está a punto de iniciar una revolución” y previene contra el intervencionismo de Washington. Sobre esta aventura de Turner, Eugenia Meyer hace un interesante estudio biográfico y recoge medio centenar de sus reportajes sobre México, escritos entre 1910 y 1921.73 La historiadora relata sus múltiples viajes para conocer la injusticia y el autoritarismo que vivían los mexicanos. Con información de archivos y entrevistas, cuenta cómo se compromete en la lucha por la libertad y la democracia en México, al tiempo que participa en la creación de sindicatos y periódicos socialistas en su país. En efecto, durante 15 años dedica su pluma y su vida a la causa de los revolucionarios mexicanos y denuncia la injerencia de su gobierno en asuntos internos de México. Con algunos socialistas estadunidenses, Turner ayuda a los magonistas a publicar Regeneración y compra armas y pertrechos para la toma de Mexicali en 1911. Al triunfo del maderismo, se distancia de Ricardo Flores Magón y vuelve al país. Se entrevista con Madero, dialoga con generales zapatistas y escribe apoyando su lucha. Después, se inclinaría por Venustiano Carranza cuando éste rompe con el caudillo del sur; es “un reformador progresista”, dice. A decir de Eugenia Meyer, “Turner no sólo se mostró proclive al constitucionalismo, sino que además empezó a colaborar con la causa. Ello explica en parte su posición frente a la lucha social, Zapata y el Centauro del Norte y del villismo ya en declive”. Su visión del villismo es opuesta a la de su colega John Reed, otro periodista estadounidense comprometido con la revolución. Reed dijo que “Villa podía ser un salvaje, pero era un luchador y les dio a los peones algo más que promesas”. En cambio, Turner lo ve como un hombre “sin escrúpulos” y un dictador en potencia. Titula un artículo “Pancho Villa, el perro mexicano en el pesebre”, donde precisa: “Robo y terror: dos palabras lo describen”. Esos años, Turner mantiene una campaña contra la intervención militar en México y denuncia “las condiciones ilegales y serviles” que Estados Unidos pretende imponer a cambio de reconocer a Álvaro Obregón. De 1921 son sus últimos artículos sobre México. Con su esposa Ethel se retira casi por completo del debate político. John Kenneth Turner muere en 1948 entre la desilusión y el aislamiento. Su México Bárbaro se publicó por primera vez en español en 1955. El mundo americano fue bien representado en la Ciudad de México a través de su prensa. El Heraldo Mexicano, impreso en inglés, estaba en el punto de la excelencia, comparable con los periódicos de cualquier ciudad americana media. El Heraldo era bueno no solamente para México, también fue energía pura para los intereses americanos durante la administración de Díaz. Cuando el antiamericanismo comenzó a tomar el asimiento en México, el Heraldo tomó el soporte valeroso y posiblemente impracticable de defender a no solo a los intereses americanos sino los intereses de cada americano que lo necesitara. Durante las altas mareas del radicalismo, el redactor, Sr. Paul Hudson, fue 73 Véase Eugenia Meyer, John Kenneth Turner. Periodista de México. Editorial ERA, Facultad de Filosofía y Letras, UNAM. México, 2005.

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obligado a salir de México y a abandonar su trabajo. Había corresponsales americanos en abundancia y éstos en los momentos críticos mantuvieron la embajada ocupada, pero con una sola excepción eran discretos y justos. Había entrado en contacto con pocos corresponsales americanos y sin ningunas diferencias durante mi estancia en Chile o Bélgica, pero en México, en donde me enfrenté con problemas difíciles y necesité la ayuda y la comprensión de todos los elementos americanos, algunas de mis vergüenzas más grandes crecieron debido a la actitud malévola de un solo corresponsal.74 A través de los días difíciles que pasé en México, tuve la cooperación cordial de todas las agencias de noticias americanas de distribución y de los corresponsales americanos, con una excepción; esta excepción me causó un cierto malestar personal por su maldad incomprensible, y a sus invenciones y perversiones de su suspicacia sobre el carácter de nuestra diplomacia en México. Él poseía una inteligencia inusual en la invención de historias sensacionalistas que ingeniosamente articuló y juntó en la completa indiferencia hacia la lesión de mujeres y gobierno. Durante una peligrosa crisis, expelí a este corresponsal de la embajada por la conducta no deseada de un americano y un caballero y pedí que él confinara sus visitas futuras allí a las materias puramente oficiales. Él fue después de eso, un incansable enemigo y en por lo menos tres ocasiones, fuera del lienzo entero, fabricó historias, incluso sin base circunstancial, a las cuáles, en la del buen nombre de nuestra diplomacia en México y para la protección de mi propia reputación en los Estados Unidos, me obligaron a añadir la negación oficial y substancial a los periódicos que los habían publicado. Incluso hasta este día, este corresponsal ha inventado la leyenda, persistente en México sobre mí, de ser en parte responsable del derrocamiento de Madero; se ha repetido persistente allí, aunque una decisión de las cortes en este país me ha liberado de tal proceder. El problema de lidiar con eficacia con los corresponsales de periódicos americanos es serio para nuestros representantes diplomáticos, puesto que con la influencia de los periódicos y de los corresponsales sin escrúpulos, la situación se puede conducir al colmo de adoptar una política perjudicial a los intereses de nuestro gobierno. Si la actitud de un corresponsal irresponsable hacia un representante diplomático no tenía ningún otro resultado que daños corporales individuales sobre éste, puede ser que sea 74 Se trataba del periodista John Kenneth Turner -socialista intrépido, talentoso periodista incondicional de la causa mexicana, antiimperialista empecinado y defensor de la autodeterminación de los pueblos. Al ser detenido cerca del Reloj chino de Bucareli, Turner se encontraba recorriendo las calles atestadas de trincheras, animales destrozados y cientos de cadáveres apilados y humeantes. Aunque se identifica como periodista estadounidense, es llevado a la cárcel. Oculta su nombre por temor a que el general Félix Díaz lo descubra como autor del famoso libro que atacó a su tío. Turner logra entrevistarse con el embajador de Estados Unidos, Henry Lane Wilson, quien revela su identidad a sus captores y lo abandona a su suerte, molesto por sus artículos contra el intervencionismo estadounidense en México. Encerrado en la Ciudadela en febrero de 1913, es sentenciado como espía extranjero y condenado a ser fusilado por las tropas del general Félix Díaz. Para su suerte, en tres ocasiones se pospone su ejecución. Sus amigos inician una campaña por su liberación, pero Turner escapa el mismo día en que Wilson reunió al cuerpo diplomático para dar el espaldarazo a Victoriano Huerta, quien a su vez, ordena la captura del periodista indeseable que huyó en barco a su país desde Veracruz. Véase Eugenia Meyer, John Kenneth...op. cit, 2005.

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tolerada, pero debe ser recordado que la equivocada interpretación de los propósitos o de los actos de un embajador o de un ministro baja su prestigio con el gobierno al cual lo acreditan y a ese grado deteriora su utilidad en hacer un buen servicio; por otra parte, la crítica adversa por los diarios caseros influyentes puede modificar las actividades de un oficial diplomático, incluso al actuar estrictamente de acuerdo con instrucciones oficiales. Debe haber libertad completa de la crítica, por supuesto, solamente que ésta debe ser utilizada escasamente y nunca ser abusada […]. La colonia americana en este tiempo era grande y próspera. Había cerca de diez mil americanos en la ciudad de México y, aunque enganchado a todas las ocupaciones e ilustrado de todas las clases de la sociedad, eran, en el entero, ejemplos encomiables de caballerosidad del americano y cortesía de la mujer, exhibiendo las aptitudes más fuertes y mejores de nuestra raza. En los días anteriores a mi residencia, la colonia tenía diferencias con algo referente a la oferta para erigir un monumento a la paz dedicada al presidente Díaz. Miré la acción propuesta como algo no ético e impolítico y finalmente prevaleció sobre la colonia el exponer su aprecio hacia el gobierno de Díaz con la presentación de un monumento de George Washington. Este monumento fue consagrado con ceremonias apropiadas y todavía creo existe en una de las glorietas de la Ciudad de México. Estoy feliz al decir que este acuerdo fue satisfactorio para todos nosotros. Cuando salí de México, existía una amplia evidencia que contaba con la confianza de todos los americanos y de otros nacionales y llevé conmigo un respeto genuino por la colonia y un sentido profundo de la gratitud para su lealtad y de mi parte de haber servido.75

7. Vida en la Ciudad de México y fiestas del Centenario El vetusto régimen de Porfirio Díaz (presidente entre 1877-1880 y 1884 a 1911) celebró con gran jolgorio las fiestas del Centenario del inicio de la Guerra de Independencia contra el Imperio Español. Numerosas delegaciones extranjeras fueron invitadas y durante todo el mes de septiembre de 1910 las festividades envolvieron con gran actividad a la ciudad de México. Después de cinco años de vida en el clima húmedo de Bélgica, nuestras primeras impresiones de México eran encantadoras. La ciudad era hermosa, parqueada con las largas avenidas de árboles, fragmentada por los jardines y los glorietas, coronada por las extensas alturas de las montañas gemelas del Popocatépetl e Ixtaccihuatl (sic), y bañada en una abundancia de la luz del sol o del claro de luna magnífico, mueve profundo la imaginación del recién llegado; estas primeras impresiones no son lejanas sino parecen crecer con familiaridad. 75 Henry Lane Wilson, Diplomatic… op. cit, 1927, p.p. 184-187.

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La vida está hecha esencialmente para soportar el clima y se disfruta fuera de casa en ciertos momentos. Las noches son frías y el aire aumenta después de las cinco en punto. Pero durante el día hay una algarabía por la luz del sol. Los impulsos son pintorescos; los árboles y las flores están llenos de energía y la belleza y las cercanías se dibujan con las numerosas aldeas, clubs y mesones; y los recursos que producen un consuelo a éstos, negaron las alegrías intelectuales de la atmósfera o de la noche de otras capitales. Con cuatro años de residencia, gozamos del estas fases a su plenitud y cuando podía arrebatar un momento al trabajo en la embajada, salí de ella, monte a caballo, conduje, o practiqué deportes en el campo. Hasta el mes de octubre de 1910, encontramos en la Ciudad de México un domicilio agradable y nos fuimos bien satisfechos con nuestras experiencias.[…] En el mes de septiembre [de 1910] el gobierno mexicano celebró con gran pompa y esplendor el centenario de la independencia. Las preparaciones para este acontecimiento fueron hechas a gran escala tanto por el gobierno federal como por los estados. Grandes sumas de dinero fueron otorgadas en publicidad y en asegurar la presencia de la gente notable y distinguida ya que este acontecimiento supuso la coronación de la carrera del presidente Díaz. Casi cada gobierno en el mundo fue representado por los delegados con títulos sonoros que vinieron con sus respectivas comitivas y participado en los festivales que duraron un mes. Había celebraciones, banquetes, globos y ceremonias en una sucesión que fatigaba; los monumentos a las celebridades mexicanas, francesas, españolas y británicas fueron dedicados con ceremonias formales. La colonia americana en esta ocasión, dedicó un monumento a George Washington que, en su favor, fue presidido por el presidente de la república, en la presencia de su gabinete, del cuerpo diplomático y de los extranjeros invitados. Nuestro gobierno había concurrido en estas celebraciones con una delegación grande y distinguida; había dos o tres senadores, un número importante de representantes, delegados del banco, las finanzas y gente en número generoso. La delegación americana fue dirigida por Curtis Guild76 de Massachussets, que llevó hospitalidad y cortesía al límite extremo. Fueron días allí seguidos de fiestas, de esmeros, de monumentos, y de oratoria diplomática que, si él no respondió a ningún otro propósito, marcó por lo menos la impresión que la administración de Díaz escondió un México distinto, el del bajo mundo. La celebración se cerró con la ceremonia impresionante de la apoteosis, seguida por una celebración magnífica, a la cual, el presidente y la señora Díaz presidieron con dignidad una ceremonia verdaderamente monárquica. Díaz fue coronado como la luz y el salvador de México, pero mientras que las aclamaciones de extensos uniformes reverberaban a través de los palacios y de las calles de Ciudad de México, la hora del desastre se dibujaba de noche; la gran estructura que había sido acumulada por la sobriedad, y el 76 Wilson se refiere Curtis Guild Jr. [1860-1915], republicano y miembro de una familia empresarial prominente en Boston en el área del periodismo. Durante la guerra España-Estados Unidos, Guild sirvió como Inspector General de la Habana con el grado militar de general brigadier. Fue Gobernador de Massachussets entre 1906 y 1909. Posteriormente fue Embajador de los Estados Unidos en Rusia entre 1911 y 1913.

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patriotismo de un hombre, no había sido construida lo bastante fuerte para soportar las tormentas que le rompieron posteriormente; del pináculo que Díaz había alcanzado, bajó a un abismo y con él bajó su país.[…]. Sobre la similitud histórica, uno se impresiona con el idéntico signo de los personajes de América Latina como Martí, O’Higgins, Bolívar, Miranda, y finalmente Díaz pasando de gran brío al exilio. En todas las revoluciones alcanzadas; todos fueron elevados a las funciones supremas; todos renunciaron a su brío y todas muertas en el exilio. No era fácil forjar las condiciones severas y su compatibilidad con teorías aceptadas de lo que se considera un gobierno libre; pero, según sus épocas y oportunidades, estos hombres fueron patriotas sinceros y desinteresados, logrando los mejores resultados con los cuales podrían ser alcanzadas las metas actuales. Las repúblicas o los gobiernos ideales no encuentran a menudo nacimiento en la tormenta del conflicto o de la revolución; la práctica de la libertad verdadera viene solamente con paz prosaica y sobria, pero cuando el hierro de la espada se da vuelta adentro, los ganchos de poda y el cañón aherrumbran en el interior. Fueron conducidos todos estos héroes, líderes y constructores hacia el exilio en el nombre de la libertad, pero el de “aquellos” quién los siguió, agregó la tiranía, la autocracia y la confusión.77

8. Dictadura y revolución Wilson no tardó en enviar reportes alarmantes sobre la situación del país. El sistema de gobierno de Díaz no escapó a su severa crítica. Si bien hace un análisis político aceptable de la parálisis gubernamental, también es cierto que sus exageraciones sobre la capacidad de autogobernarse este país son elocuentes. El impacto que tuvieron estas actividades fuera de su ámbito de responsabilidad, las sabemos al influir en la movilización militar del ejército de Estados Unidos a la frontera terrestre con México y la llegada a los principales puertos de naves de guerra estadounidenses. A principio de octubre, después de que se dio el cierre de la celebración centenaria, los alborotos contra los Americanos iniciaron en la Ciudad de México. Honestamente, los alborotos fueron provocados por un mexicano en el estado de Tejas, que responde al nombre de Antonio Rodríguez, pero creí en ese entonces, y todavía creo, que fueron fomentados por ciertos funcionarios del gobierno con el fin de distraer la atención pública del descontento creciente hacia con el régimen de general Díaz. Utilizo la palabra “fomento” con conocimiento de causa, porque no había evidencia en esta época de ningunas diferencias verdaderas entre los mexicanos y los americanos residentes en México. De hecho, creo que valoraban a los americanos por todas partes, como los patrones del trabajo y como encargados de las empresas que 77 Henry Lane Wilson, Diplomatic… op. cit, 1927, p.p. 188-191.

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desarrollaban el país. Por tres días, la Ciudad de México estuvo en la posesión las multitudes con tendencia anti-Americanos que destruyeron, rasgaron y quemaron la bandera americana, así como el insulto y el abuso constante a todo individuo americano que se encontraban en la calle. Asaltaron los clubes americanos, los hoteles, y las casas de negocio conocidas e incluso, los niños de las escuelas americanas en algunos casos fueron atacados. Los clubes americanos pusieron una resistencia eficaz […] Consciente que este movimiento hostil era artificial y diseñado a fin de disimular ciertas condiciones políticas del escrutinio público, tomé pronto métodos severos para contrarrestar sus actividades. Sentía una genuina aflicción de que los americanos que vivían en México, sufrirían de forma obligada para pagar un crimen contra un mexicano en Tejas. Por otra parte, constantemente tenía que quejarme ante el gobierno mexicano de ultrajes de la peor clase contra ciudadanos americanos. En este marco, envié una nota al ministro mexicano de asuntos extranjeros, a fin de llamar su atención a parar al desenfreno vergonzoso que estaba ocurriendo en la ciudad, como fue el quemarse la bandera americana en la presencia de la policía, el de la oficina del Heraldo mexicano, y los varios ultrajes y los constantes asaltos en las calles contra americanos. Ante estos acontecimientos, exigí de la manera más urgente que el gobierno suprimiera rápidamente la violencia de la multitud y exigí el castigo de los que habían cometido estos actos ofensivos. También hice una declaración a la prensa, criticando seriamente a las autoridades locales mexicanas y aconsejando a todos los americanos permanecer fuera de las calles hasta que estuviéramos seguros de su protección […]. Las únicas personas fallecidas fueron mexicanos y éstos zanjaron sus muertes en las manos de las autoridades o de los americanos que actuaron en su autodefensa. Un americano en Guadalajara se opuso con éxito a un ataque contra su hogar ante una multitud de algunos centenares de mexicanos, matando a tres de ellos durante el asalto […]. Ese mismo mes, analizando la significación de estos acontecimientos en su verdadera dimensión, como me fue demostrado posteriormente, envié una nota confidencial al señor Knox, donde predecía el brote temprano de una revolución armada contra el gobierno. Inserto aquí una breve cita de este envío: […] me parece que el examen de la situación nos muestra que nos estamos acercando rápidamente a una crisis en los asuntos de esta nación, el resultado de los cuales debe ser de vital importancia al comercio americano y al capital americano invertido aquí […] Antes de que este envío llegara a Washington, el primer brote de la revolución popular ocurrió en la ciudad. Las causas que precipitaron el movimiento fueron substancialmente las siguientes: 1ro. El sistema de gobierno. Es constitucional en forma pero autocrático en la práctica, esto ofrecía una invitación constante a la agitación política, la diferencia entre la sustancia de la forma, entre la profesión y la práctica,

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favorecía la agitación y la protesta. Teóricamente, México es una república federal similar en la forma a la nuestra, ciertos derechos que son especificados están reservados a los estados y otros derechos que son ejercitados por el gobierno central. Como el nuestro, el gobierno central se divide en tres ramos: el Legislativo, el Ejecutivo, y Judicial, pero esto es una división solamente nominal, pues los ramos legislativos y judiciales están subordinados a la medida del Ejecutivo […] El control del Ejecutivo sobre la judicatura es aún más absoluto que lo ejercitado sobre el ramo Legislativo. Aunque se observa una forma de elección, los nombres realmente los designa el presidente y esto quita todo el poder a los once jueces del Tribunal Supremo y a los jueces de las cortes federales de menor importancia. Teniendo el control de la promulgación de las leyes de la república a través de representantes de su propio elegir, y de la interpretación de las leyes y de la administración de la justicia a través de una judicatura unida, pues no es difícil de entender que el presidente de la república era realmente un autócrata que gobernaba y que gobernaba a través de formas republicanas pero que mantenía su criterio a través el uso de los instrumentos intrínsecamente dispuestos y que pertenecían al Ejecutivo, al ejército y a la policía. El mismo sistema que se tiene en el gobierno central se extiende a los gobiernos de los estados, ya que los ejecutivos son nombrados virtualmente por el presidente, pero sus energías y ambiciones son controladas y circunscritas por un agente personal del Ejecutivo llamado Primer Jefe Político. La energía de estos funcionarios excede a veces al del propio gobernador. En otros aspectos, los gobiernos de los estados son copias exactas del gobierno central, los gobernadores ejercitan su poder sobre las legislaturas y las cortes de los estados así como es ejercitada por el Presidente de la República sobre la Legislatura y las cortes federales. Los instrumentos con los cuales el Ejecutivo aplica su política y mantiene su poder son el ejército y la policía (o rurales). La fuerza militar de la república nunca es suficientemente grande para combatir a un vecino de gran alcance, pero en las manos de un hombre resuelto, autocrático y sagaz ésta se vuelve sumamente extensa para limpiar el país y para mantener el orden y la permanencia de una dinastía. 2º. La creciente impopularidad el régimen de Díaz. Este es resultado de su control por un círculo llamado los “Científicos”. El nombre se aplicó originalmente a un grupo pequeño de intelectuales visionarios y a los reformadores que eran desagradables a Díaz, pero se extendió gradualmente por la idea popular falsa de abrazar a todos los principales partidarios del régimen de Díaz y de la probabilidad de que este régimen se vería continuado bajo de vicepresidente Corral. A quién Díaz y sus amigos habían seleccionado para la presidencia después de la denegación de Limantour para asumir las responsabilidades de la presidencia. Díaz tenía gran confianza en Limantour y gran admiración en sus cualidades morales e intelectuales y habría entregado satisfactoriamente la presidencia en sus manos. Si Limantour hubiera sido seleccionado como el sucesor a Díaz, probablemente la revolución de Madero no habría ocurrido, pues la familia de Madero tenía negocios cercanos y

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relaciones personales con él. Limantour nunca vaciló en su lealtad a Díaz, pero él respaldó equivocadamente las negociaciones con Madero y estas negociaciones resultaron fatales para la administración de Díaz. La crisis de los asuntos mexicanos impactó desde el siglo XIX tanto en la vida de las naciones como a sus instituciones republicanas. Esto se dio por la intervención de Europa bajo la dirección de Francia; el derrocamiento y la muerte de Maximiliano, bajo estas circunstancias, dieron una sacudida eléctrica a las sensibilidades del mundo civilizado; y la impotencia de Juárez trajo un nuevo personaje al campo político. A un hombre que fue destinado a ser más ilustre que cualquier otro mexicano, y que cuya regla era autocrática en carácter pero republicano en forma, y además era sostenerse por treinta años. Soldado de las masas, entrenado en el ejército, rápido en la decisión, firme en propósito, Porfirio Díaz gobernó México autocráticamente y a veces despiadadamente, por treinta años, pero él poseyó honradez personal, lealtad a las obligaciones, un patriotismo verdadero, y un concepto alto de las necesidades y del futuro de México. Su política extranjera era clara y constante a partir de los primeros días de su gobierno; su piedra angular que fue el cultivo de las relaciones más amistosas con el gobierno de los Estados Unidos, se juntó con un estímulo al capital americano y a la política de desarrollar la maravillosa riqueza del país, produciendo beneficios abundantes pero cosechando mayores beneficios para México a la vuelta de los años. Díaz tenía dos políticas domésticas excepcionales: (1) el desarrollo de los recursos materiales del país; (2) la aceleración de la vida moral de la nación. La primera de estas políticas la logró con una alta medida de éxito, y la segunda la habría logrado probablemente pero los años avanzaban y su influencia se fue minando. Él cubrió México con una red de ferrocarriles; convirtió sus recursos por el estímulo al capital extranjero, en forma de remuneración en tierras públicas o exención de los impuestos para la construcción de utilidades públicas; fomentado la fabricación e intereses comerciales; hospitales construidos e innumerables instituciones públicas; crédito mexicano establecido en el país y en el extranjero; y, con su ejército y policía rural, hizo la vida tan segura en una carretera mexicana como en una de las carreteras públicas del estado de Massachussets. Con las herramientas que él tenía en ese momento, intentó establecer la justicia y ningún hombre sufrió por una causa honesta, y los que observaron la ley y guardaron la paz fueron seguros en sus vidas y posesiones; era entendido en éstos, que quién rompiera la ley debía pagar la pena. Si Díaz había despertado el sentido moral de la nación, si él había llevado la antorcha de la aclaración en los lugares oscuros, la historia de México pudo haber sido escrita de forma diferentemente. Con el lapso de los años una disposición de inclinarse sobre la tradición y el prestigio se convirtieron en evidencia y, el sentido de la seguridad, fue llevado con intacta energía, con decisión y precaución. Sin embargo, este vigor fue trasladado a la confianza indolente; el servicio público llegó a ser corrupto o incompetente; la pieza vital del ejercicio de un autócrata se convirtió en una maquina extraviada en números y disciplina. El gabinete de Díaz en los últimos diez años fue compuesto casi enteramente por hombres muy viejos más allá de sus años útiles. El Sr. Fernández, el ministro de la Justicia, estaba sobre ochenta años de edad; el

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General Cosío, ministro de la Guerra, estaba sobre ochenta años de edad; y los Sr. Fernández, ministro de Comunicaciones y Carreteras, el Sr. Molina, ministro de Fomento, y el Sr. Corral, ministro del Interior, estaban cerca de los setenta; los miembros más jóvenes del gabinete, el Sr. Limantour y de Sr. Creel, estaban en la vecindad de los sesenta. El régimen del general Díaz realmente fue dirigido y sostenido por tres hombres: el señor Limantour, el señor Molina, y el señor Corral […]. Sus relaciones con grandes corporaciones americanas y europeas, quizás inevitable, crearon una atmósfera de suspicacia que cegó a la nación al alcance abundante de muchas de las empresas con las cuales él era asociado. Los malos resultados de una larga paz, como lo fueron el embrujo por el poder y sus partidarios, y la desmoralización del ejército y de las cortes, lo convirtieron en el malvado de la república, echando abajo un gran trabajo que finalmente atrajo el descontento popular. 3º. La cuestión agraria. Cuando los españoles terminaron la conquista de México, dividieron el país en estados grandes y los repartieron solo a los españoles. Algunos de estos estados eran tan grandes como Indiana, o Illinois y, aunque el proceso de la desintegración a través de la venta y herencia era muy grande, el suelo nunca alcanzó a su dueño indígena, pero pasó a los americanos, a europeos, y al mexicano blanco. Incluso ahora, los extensos estados con territorios de millones de acres, están en las manos de pocos dueños, mientras que la población indígena está sin propiedad del suelo. Quizás el 80 por ciento de la población de México estaban sin un lugar que habitar […] no podían leer y, mientras que los herederos preservaban las tradiciones y los vicios de los antepasados, estos fueron hechos infinitamente peores por los vicios del hombre blanco. Esta masa de la población nunca se puede atraer a la práctica de un gobierno autónomo y democrático planteado por la revolución. Su elevación al nivel mismo de gobierno, puede ser logrado solamente por la evolución, y los procesos lentos de la evolución se pueden resolver solamente con control por un gobierno central fuerte que trabaja en los extremos sociales a través del medio de la educación universal, el establecimiento del orden y de la justicia, y el desarrollo de los recursos materiales del país. 4º. La judicatura. El problema más difícil que la embajada tuvo que tratar mientras estaba en México, y la queja general más grande en la república, era la incompetente y corrupta judicatura. […] solamente el tener en mente nuestras inversiones en el país, la afluencia constante del capital americano, y el aumento constante de la inmigración americana, es de gran importancia para nosotros saber de que manera se constituyen las cortes, las influencias que las rodean, sus métodos de procedimiento y el carácter de su personal. Es importante saber, 1º, todas las cortes mexicanas son criaturas dependientes de la voluntad del ejecutivo y responsables solamente ante él; 2º, esa opinión judicial no es la expresión de la ley y del precedente sino la voz transmitida del ejecutivo; 3º, de que la estructura legal mexicana, aunque construida sobre el código napoleónico, varía suficientemente para arropar al ejecutivo con energía directa sobre la vida o la característica de cualquier

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ciudadano; 4º, las decisiones judiciales no son concluyentes en cuanto a la ley o aún en cuanto a los hechos. Todas las decisiones deben ser reafirmadas antes de llegar a ser concluyentes en cuanto a la ley y los hechos […]; el 5º, puede haber muchos jueces honestos en México pero no hay independencia. Mientras que estaba a cargo como embajador, me obligué en interés de la protección americana, permanecer constantemente en contacto con la judicatura del distrito federal, el Tribunal Supremo, y los diversos estados. El “único” medio -por su ejercicio de la vigilancia extrema y por la presión sobre el presidente-, era la oficina extranjera, a través de comunicaciones oficiosas a los gobernadores, y por visitas de los representantes de la embajada a las cortes, era posible prevenir la injusticia más grave a los ciudadanos americanos. Muchos de estos casos eran puras tentativas en el robo bajo forma de ley y en algunos de ellos, involucrando millones de dólares de los políticos que estuvieron interesados, que rodearon al presidente y trabajaron la influencia de su nombre pero sin su aprobación. Al defender estos casos con el presidente, con la oficina extranjera, con los gobernadores, y con los jueces, excedí los límites generalmente del procedimiento diplomático y asumí en ocasiones riesgos personales peligrosos, pero entonces pensé, y todavía pienso, que en un país en donde existen tales condiciones peculiares, no hay refugio para un ciudadano americano a que el derecho claro y justo se otorgue, excepto en la energía y la influencia de su gobierno a través de su representante diplomático.78

9. México, su historia y la rebelión de Madero México siempre fue un enigma para nuestros vecinos del norte. Su cultura ancestral, su época virreinal y sus sucesivos gobiernos imperiales, liberales, conservadores. La forma y esencia del mexicano será tema de numerosos estudios filosóficos entre los años de 1930-1950 –Samuel Ramos, Leopoldo Zea, Octavio Paz, por mencionar algunos. Wilson intenta como sus antecesores descifrar este enigma. Su historia, el cruce de etnias diferentes, la influencia de la iglesia católica, el lector encontrará un análisis desde el exterior hacia un acercamiento a nuestra identidad. La colonia, el imperio, y la república virreinal, que han prosperado por trescientos años al sur del Río Grande, en medio de un febril e intermitente desorden, han sido un misterio, político, etiológico y psicológico para la gente americana. Dos mil millas al sur y cientos de millas a lo ancho lavadas por las aguas de dos océanos e irrigadas por las corrientes innumerables que fluyen de sus elevadas montañas, seguían siendo hasta la época de Díaz, un incógnito, un imperio romántico donde vivían millones de gente y donde los productos de 78 Henry Lane Wilson, Diplomatic… op. cit, 1927, p.p. 191-201.

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estas tierras, vertieron riqueza en abundancia extrema. Creció la producción de goma, el arroz, el cáñamo, el café, el azúcar, y el tabaco suficiente para proveer los mercados del mundo; el oro, la plata y el del cobre del suelo, a partir de la época española, habían nutrido los tendones de guerras históricas y habían marcado la caída de dinastías y la subida de repúblicas. Mejor clima saludable no existió en el mundo; es un país bendecido por la naturaleza y por dios, pero ¿para qué? Si el hombre que habita ahí, ha hecho poco. En los siglos alejados en el tiempo, vino a México una inundación de razas de origen desconocido y misterioso que construyeron las extensas ciudades que rivalizaban en magnificencia y abundancia con Sidón, y establecieron una civilización que era la fuente madre de las civilizaciones asiáticas o la heredera de ellas. ¿De dónde vinieron el maya, el Tolteca, y el azteca? es un misterio de las edades. Si su civilización era indígena o su origen remoto proviene de Siria, las fuentes egipcias, o hebraicas son un problema sin resolver. La leyenda y la inscripción simbólica existen, pero la ciencia todavía no ha resuelto el misterio, ni ha establecido cualquier hipótesis determinada que asigne a esta gente su clase racial antigua. Ni puede ella razonablemente asignar a todos el mismo vástago del padre; el maya del sur a veces llamado el indio blanco, está en el carácter mental, moral, y físico distinto al azteca y al superior Tolteca de la altiplanicie mexicana. El indio de los estados mexicanos norteños y de la frontera tiene poca o insignificante afinidad con las otras dos razas, por ser históricamente un descendiente y herencia de las tribus indias de Norteamérica. Estas razas diferenciadas de indios, habitaron México cuando esa figura pintoresca del romance, Hernando Cortés, vino en búsqueda del oro y del imperio. La historia del heroísmo y de la crueldad de este hombre y por lo que hicieron sus soldados y sacerdotes ha sido dicha por Prescott79 y Wallace,80 he ahí descrita por ellos: la forma de obrar en México al aterrorizar a su población con un ejército insignificante en número, incluso cuando era acosado por la conspiración y la rebelión; cómo él finalmente triunfó sobre las razas nativas en el nombre y por la autoridad del melancólico autócrata que habitaba el palacio del Escorial81; y cómo, con la espada, la religión de Cristo fue implantada y el dominio de la iglesia fue establecida. Pero la religión del español fue aceptada superficialmente por las razas nativas, y en todo lo esencial, excepto lo superficial, permanece hoy no mejor, sino peor, en los hábitos y el carácter que tenían cuando Cortes llegó a Veracruz.

79 Wilson se refiere a William Prescott Hickling (1796-1859), History of the conquest of Mexico: with a preliminary view of the ancient Mexican civilization, and the life of the conqueror, Hernando Cortés [Historia de la conquista de México: con una vista preliminar de la antigua civilización azteca, y la vida del conquistador Hernando Cortés], Nueva York, Editorial Harper, octava edición, 1851. 80 Wilson tal vez se refiere a Wallace Thompson (1883-1936), The people of Mexico : who they are and how they live (La gente de México: quienes son y cómo viven), New York, Harper, 1921. 81 Wilson se refiere a al rey Felipe II, hijo del emperador Carlos V.

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Entre las razas indias, la proliferación de crianza de su temperamento y por consiguiente en las masas, es de cuidado, la pobreza, la ignorancia, y la superstición crecen con una rapidez de alarma. Pues este elemento, constituye dos terceras partes de la población y puede ser entendido fácilmente como una malvada amenaza a las condiciones de un desarrollo ordenado. Aquí se encuentra la malvada raíz de las condiciones existentes, y por lo tanto, amenaza omnipresente, a menos que sean enderezadas por un gobierno fuerte y vigoroso que se mueva en definidas líneas de la política y que, en vez de procurar instalar una república altruista por la educación y la tradición entre la gente, adoptará una política práctica que conducirá a un sistema de educación universal de las ideas políticas, e implantación de un patriotismo que será algo más alto y más noble que el odio al inversionista extranjero. Esta visión es proyectada hacia el exterior hasta la actualidad por la historia de México a partir de la época de la revolución contra España. ¿Dónde en el mundo ha habido más turbulencia, sobre turnos más violentos del gobierno, más del triunfo, más anatemas de la muerte y derrota? El patriota y el héroe de hoy hace el fugitivo con un precio en su jefe de la manada, y el vencedor marcha con matanza a la gloria efímera. La energía es agarrada cerca de las manos, pero sus extremos del poseedor es de la carrera en exilio, en la prisión, o por la espada. A partir de la época de la revolución contra España hasta el establecimiento firme del gobierno de general Díaz, las reglas de México pasan a través de etapas como los fantasmas del imperio del vacuo de Iturbide, de Santa Ana, y del infeliz y desafortunado Maximiliano, junto con una multiplicidad de tiranos vulgares y sangrientos, sacudimiento llevado a cabo sobre los destinos de este país desafortunado, empobreciendo a su gente, y dejando en su estela solamente los ecos de ambiciones decepcionadas y de tristes tragedias. La revolución de Madero surgió desarmada del descontento nacional contra el sistema y la administración del régimen de Díaz. Este descontento que ni representó ni que organizó. Madero era una persona comparativamente desconocida que apareció en un momento psicológico [sic] y cosechó lo que tal vez pudo haber sido tomado por hombres más hábiles, fuertes y más capaces si hubieran sido vistas por el ojo público. Su historia anterior había sido la de un iluso de sueños, pero él era más un oportunista que un Mesías; un honesto entusiasta con un cerebro desorganizado. Madero logró esparcir y difundir la literatura de carácter ordinaria pero extremadamente inflamable, para incrementar el descontento en la parte norteña de la república; con la ayuda del capital americano y europeo enlistado en la causa por promesas de concesiones o favores preferenciales y; finalmente, con la ayuda de la fortuna del propio Madero, equipó una fuerza en la frontera que, aunque insignificante en número, constituyó un punto de encuentro para los espíritus insatisfechos y un núcleo de cierta sustancia para la acción ofensiva contra el gobierno. Sin embargo, el carácter de la revolución inaugurada por él era desde su inicio nada formidable ni en números ni en organización. El movimiento ganó su fuerza de la debilidad del gobierno; del bien intencionado pero de perjudiciales pláticas de Limantour quién, habiendo mantenido ciertas relaciones con la familia Madero, fue el designado por el gobierno para ser un intermediario apropiado a través del cual influenciar sus acciones.

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Las fuerzas revolucionarias bajo el mando de Madero, de Orozco, y de otros caciques de la frontera, eran bandidos adheridos a la frontera, vaqueros y aventureros americanos en equipo y número. En los primeros tiempos del movimiento, este fue resguardado por mexicanos y extranjeros como una cuestión fanática e impotente destinada pronto al fracaso debido a la carencia de la ayuda entre los elementos realmente sólidos de la población y de la improbabilidad de la ayuda financiera. Pero mientras pasaba el tiempo, el gobierno se mantuvo inerte y las medidas represivas se retrasaron o carecieron de energía. En esta coyuntura, Gustavo Madero y otros miembros de la familia que probablemente habían permanecido a distancia de la revolución, se unieron al movimiento, y la considerable fortuna de los Madero se alistó a la causa. La ayuda financiera fue obtenida de ciertas fuentes en los Estados Unidos y de Europa, y particularmente de París y Francfort. Los expedientes del Ministerio de Justicia de los Estados Unidos nos revelan conexiones de Gustavo Madero con una compañía petrolera que hace negocio en México y con los activos agentes de una compañía de armas en Washington. Muchos acontecimientos durante el régimen de Madero, confirman abundantemente los rumores que estaban en circulación en las tempranas etapas de la revolución. Con esta ayuda, la organización y la disciplina se convirtieron en victorias de un personaje sin importancia, altamente exagerado por la prensa. Mientras que el ejército de Madero permanecía ganando reclutas y asistencia, la intriga y el descontento se esparció por toda la república, y la poca organización del gobierno rápidamente cayó en el caos. Los intereses americanos en los estados infestados por la revolución a lo largo de la frontera eran extensos, y la alarma y la aprehensión prevalecieron por toda esta región de México. Yo había mantenido informado plenamente al gobierno en Washington, del desarrollo de los acontecimientos y había recomendado una activa observancia de éste y una cierta preparación para las eventuales contingencias. A la par que la situación se tornó más compleja fui al norte para una consulta con el presidente Taft y le di detalladamente la historia de los acontecimientos que ocurrían y de las probables tendencias. El presidente manifestó el interés más profundo, y repasó todas las fases de la revolución completa e inteligentemente. Taft era un firme creyente en Díaz, y no pienso que sean malas interpretaciones de la historia, el decir, que la acción que él tomó posteriormente fue inspirada no solamente por un deseo de otorgar la protección a los americanos que vivían a lo largo de la frontera -basado en la presencia real de nuestras tropas- […] sino también sostener, lo más posible, al gobierno de Díaz contra ataques dirigidos a través de la frontera, y que nuestras obsoletas leyes de neutralidad permitían. Me retiré de la entrevista con el señor Taft confiado de que el gobierno tomaría los pasos conducentes para la protección de las vidas y propiedades de sus conacionales en México. La acción vino más rápido de lo que pronostiqué, pues por la tarde del día de mi entrevista con el presidente Taft, mientras iba en camino a la estación del ferrocarril, leí en las páginas del interior del Evening Star, la nota de la movilización de 20,000 efectivos militares con el objetivo de concentrarse en San Antonio, Tejas. Raramente en la historia de nuestro

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gobierno, se ha tomado acción tan rápida y adecuadamente después de una decisión […] La iglesia católica romana como organización política no existe en México, pero es dubitable si su pérdida de influencia y la persecución de su sacerdocio han tenido un efecto beneficioso en la gente mexicana. Es verdad que hace unos cuatrocientos años, las entonces razas indias que habitaban el país fueron convertidas a la religión cristiana por la espada, sin embargo, el cristianismo fue un substituto benévolo para el barbarismo azteca pagano. Después de la conquista, el reinado de la iglesia católica en México fue generalmente benévolo, fundó iglesias medievales espléndidas, fundó organizaciones de beneficencia, lugares de refugio y dio a la empobrecida población indígena una educación primaria que no podría obtener de ninguna otra fuente. La iglesia fue excluida de su poder, propiedad e influencia por los gobiernos de [Benito] Juárez y de [Porfirio] Díaz, pero ninguno de estos presidentes ni sus sucesores tenían coraje o deberíamos decir ¿suficiente falta de patriotismo? para atentar, o imponer por la fuerza militar un régimen ateo y pagano, teniendo en su origen el propagado bolchevismo. No todos los cristianos están interesados en el futuro de la iglesia católica en México, pero el asunto de un completo despojamiento de la religión cristiana es de igual de preocupante a cualquier denominación protestante como de aquellos que paguen obediencia al Papa. Durante la breve administración [del presidente Francisco León] De la Barra, estoy absolutamente seguro, no tenía ningún otro propósito que mantener la paz y entregar la administración de los intereses mexicanos, al presidente electo bajo las mejores condiciones como fuera posible. El fue entrenado en la administración de asuntos públicos y su presidencia se gobernó por reglas y tradiciones bien establecidas. En este trance, podemos decir, que él estuvo constantemente insatisfecho y horrorizado por los métodos irregulares y la invariable interferencia en los asuntos públicos de Madero y de su familia.82

10. Descripciones de los estados de Guerrero y de Oaxaca Al igual que su antecesor Foster, Wilson visitó los estados de Guerrero y Oaxaca, donde conoció las fructíferas haciendas norteamericanas en la zona. Pasó por Chilpancingo, por Puebla y finalmente llegó a Oaxaca a la cual describió así: “Oaxaca es un sueño de belleza; su clima perfecto y sus alrededores lo hacen un delicioso lugar de descanso para el turista que nunca vendría, pero cuyo agitado espíritu sería arrullado en pacíficos sueños si persistiese en venir. Es una página de España, casas manchadas por el tiempo, callejuelas estrechas y curveadas, emboscadas por misteriosos jardines cubiertos con botones de 82 Henry Lane Wilson, Diplomatic… op. cit, 1927, p.p. 202-207 y 218-219.

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rosas; un toque de color aquí, una fuente por allá, y a lo lejos, una capilla, una iglesia y un naranjal. Con la noche llega la serenata, el retintín de la guitarra, y los miles de sonidos misteriosos que llenan la noche en estas ciudades sureñas, que existen sin el tintineo, los choques y el estruendo confuso de la vida en las ciudades modernas”. Entre la caída de Díaz y la instalación del gobierno de Madero hubo un breve intervalo de tranquilidad que permitió el regreso temporal a los deberes y a los placeres cotidianos. Aprovechándome de estos días, fui por la sugerencia de mi doctor, dos semanas de viaje hacia el interior del país. La invitación de un amigo que representaba a la colonia americana, y que poseía amplias tierras en el estado de Guerrero, vino oportunamente y en compañía con otras personas de México, salimos en un tren especial en una mañana típica de verano hacia ese estado. Después de subir sobre las colinas que están situadas como centinelas entre los estados de Morelos y de México, descendimos en el valle donde prosperan algunos de los estados más grandes y más ricos productores de azúcar en el mundo. Pasando por Cuernavaca, el hogar de verano de Maximiliano y su esposa Carlota, sin duda uno de los puntos más románticos de México, llegamos a Iguala al lado del río Balsas […] punto terminal del ferrocarril. Este río es la línea divisional de los estados de Morelos y Guerrero, una circunstancia que parece fue considerada completamente por las autoridades de este último estado y por el gobernador Damián Flores, quién había llegado exclusivamente a saludarnos. Este permaneció con gran dignidad en el lado de Guerrero, y acompañado por una banda militar que entonaba música, ondeaban las banderas americana y mexicana. Cruzando en bote fuimos recibidos con gran cortesía por el gobernador, y sin más retraso la procesión de automóviles comenzó por la carretera nacional a Chilpancingo, la capital del estado. De ninguna manera puede ser superada la belleza y lo pintoresco de este viaje en automóvil. Avanzamos por cuarenta millas sobre un camino absolutamente perfecto, cruzando sobre cadenas de montañas y bajo puentes naturales con los acantilados rodeándonos a cientos de pies sobre nosotros. Debido al lujoso y llamativo verdor que cubre completamente las colinas en ambos lados, uno se pudo haber imaginado en un recorrido a través de Suiza, por la simple belleza del escenario. Este trecho entre Iguala y Chilpancingo fue definitivamente el más encantador. Avanzando a través de túneles y sobre montañas, en una atmósfera cargada con el perfume del bosque, llegamos a Chilpancingo, un pueblo poco atractivo, del tipo del México viejo, que no ha estado sujeto al proceso transformador de la construcción de ciudades modernas. La inevitable y formidable banda mexicana nos recibió en las afueras de la ciudad y, una vez que hubimos almorzado, fuimos solicitados a inspeccionar una de las escuelas públicas realmente exitosas, establecida durante el régimen de Díaz. Todos los escolares estaban con trajes festivos, con sus caras limpias y brillantes, y excelentes modales. Recibimos la oportunidad de juzgar su habilidad en declamación y otros varios ejercicios, concluyendo con una realmente asombrosa interpretación de “The Star-

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Spangled Banner.” Después de ésta ceremonia y de las visitas a los lugares de interés, continuamos nuestro viaje hacia el Pacífico, esperando llegar al mar, pero cuando estuvimos a punto de llegar nos vimos desalentados por los malos caminos, y volvimos para tomar una noche de descanso antes de retomar la segunda parte de nuestra excursión al estado de Oaxaca, que se encuentra al este de Guerrero y se extiende desde el Atlántico hasta el Pacífico. En nuestro camino hacia Oaxaca nos detuvimos una hora en Puebla, la segunda ciudad de México. Puebla nos recuerda a Lisboa o Montevideo. Puebla es una ciudad atractiva, bien arreglada y decorada con preciosos edificios y casas; los Yankees han estado ocupados aquí, con la electricidad, agua, alumbrado, y han modernizado todo. Fue en Puebla donde Cortes recibió su primera sacudida en su marcha hacia la ciudad de México, además aquí se dieron los primeros signos de revolución contra el gobierno de Díaz.83 Viajamos hacia el sur de Puebla, y esa noche una vez que nos desviamos de la carretera, dormimos bajo la quietud de las estrellas y la suave música del movimiento de los árboles. Con el despuntar del día vienen los deleites del despertar de la vida tropical; cantos de pájaros en los árboles, y las miles de articulaciones del mundo invisible de los insectos. Ese mismo día, antes de la puesta del sol, llegamos a la antigua ciudad de Oaxaca, la residencia final de Cortes quién, como Marqués del Valle, fue enviado aquí a un placentero destierro de la escena de sus batallas y conquistas, me refiero a la ciudad de México. La ingratitud de las repúblicas es proverbial, pero la historia de la ingratitud de las monarquías españolas hacia aquellos que forjaron para ellos un imperio en el nuevo mundo, Colón, Cortes, y Balboa, no es muy placentera. Oaxaca es el lugar de nacimiento de Juárez, Romero, Mariscal, Díaz, y de casi todos los mexicanos sureños que estuvieron involucrados en la vida pública de México. Coincidentemente, la lucha por el control de México parece que siempre ha sido entre grupos norteños y sureños; Juárez, Díaz, Romero, y Mariscal fueron del sur; Madero, Carranza, y Obregón fueron del norte. Los estados del norte de México han sido los menos progresistas y los menos habitados de México; la riqueza, la población, la civilización, y las tradiciones y costumbres se encuentran al sur de San Luis Potosí. La mayor parte del gabinete de Díaz, la mayor parte de la Suprema Corte, y los generales que lideraban el ejército, eran de Oaxaca. Eventualmente el control del destino de México debe descansar en la mitad sur del país. Las razas indígenas que ocuparon la parte meridional de México fueron superiores en civilización, cantidad y organización que aquellas del norte del país. El producto de la mezcla entre estas razas y los españoles fue en toda medida superior a los mexicanos que se encontraban en la frontera o en los estados centrales del norte. La Revolución se afianzó más rápidamente en los mexicanos norteños, debido a que la civilización, tradición racial, y el bienestar eran menores que en el sur del país.

83 Wilson se refiere a la conspiración maderista lidereada por la familia de apellido Aquiles Serdán.

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Oaxaca es una belleza de ensueño; su clima perfecto y sus alrededores lo hacen un delicioso lugar de descanso para el turista que desconoce este lugar, pero cuyo agitado espíritu sería arrullado en pacíficos sueños si persistiese en venir. Es una página de España, casas manchadas por el tiempo, callejuelas estrechas y curveadas, emboscadas por misteriosos jardines cubiertos con botones de rosas; un toque de color aquí, una fuente por allá, y a lo lejos, una capilla, una iglesia y un naranjal. Con la noche llega la serenata, el retintín de la guitarra, y los miles de sonidos misteriosos que llenan la noche en estas ciudades sureñas, que existen sin el tintineo, los choques y el estruendo confuso de la vida en las ciudades modernas. Hacia el oeste, cerca de Oaxaca, se encuentra la mina de plata San Juan, una propiedad americana. Este considerable depósito de minerales, que fue trabajado por los españoles, y posiblemente por los aztecas, está ahora siendo sujeto a la combinación de los modernos procesos del tratamiento de minerales. Abajo, por los canales inclinados, a través de las largas galerías que alguna vez fueron cortadas y martilladas por los españoles y los aztecas en busca del oro, la maquinaria Yankee se mueve ahora con una capacidad gigantesca, y una velocidad increíble. Este trabajo, antes realizado por miles, ahora puede ser realizado fácilmente por unos cuantos cientos. Después de ser hospitalariamente entretenidos por el gobernador, fuimos a una agradable tarde en la plaza pública, donde fuimos presentados con las autoridades y agasajados con una de las mejores bandas de América, dirigida por Germán Canseco, quien escribió “Sobre las Olas”,84 una tonada que ha sido cantada por todo el mundo, recientemente convertida en la popular tonada Three o´Clock in the Morning. Después la banda interpretó un programa de tonadas americanas y dirigió una procesión por la plaza con la música de The Star-Spangled Banner; una ocasión deliciosa y gente muy amable, de la cual partimos al día siguiente con todo nuestro pesar.85

11. Madero entra a la ciudad de México Para Wilson, la nueva revolución estuvo marcada por la envidia contra la clase de gente “que podía ser capaz de administrar científicamente el gobierno; así Limantour, De la Barra, Calero, Creel, Cuellar, Aldape, Landa, Vera Estañol, Toribio Esquivel Obregón, y otros como ellos, fueron echados del suelo 84 Wilson confunde a Canseco como el escritor de “Sobre las Olas”. Su real compositor fue Juventino Rosas. Rosas fue un músico mexicano nacido en Santa Cruz de Galeana, Guanajuato. Sus obras alcanzaron gran popularidad por sus bellas melodías y fácil armonización, entre las que se cuentan: Ilusión Juvenil, Ensueño Seductor, Josefina y Amelia. Pero sobre todo, por su vals Sobre las Olas, conocido en todo el mundo. Como integrante de una compañía de zarzuela, partió hacia Cuba, y allí enfermó de mielitis espinal. Al haber vendido los derechos de su vals “Sobre las Olas” se encontró en la miseria total, y murió el 9 de julio de 1894, cuando sólo contaba 26 años. 85 Henry Lane Wilson, Diplomatic… op. cit, 1927, p.p. 221-225.

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mexicano”. A juicio del señor embajador, no por que hayan cometido crímenes en contra de México, sino por su “evidentemente superior carácter, entrenamiento y educación podrían prestarle un servicio a la patria.” Madero siempre fue para el embajador norteamericano un lunático. A partir de este momento los eventos avanzaron rápidamente. En el séptimo día de Junio, 1911, Madero entró a la ciudad de México como un ciudadano privado, su entrada fue celebrada por una gran multitud, y enmarcada con una ceremonia que recordaba más a un triunfo Romano que a la bienvenida de un héroe democrático. El día de esta entrada espectacular yo envié un despacho a nuestro gobierno, prediciendo la continuación de la revolución y de la probable caída final del gobierno de Madero. Esta predicción estaba basada en la substancial base de la tendencia de las masas mexicanas a desordenarse y a caer en la anarquía, en conjunto con la incapacidad de la plataforma y las políticas de Madero para enfrentar estas tendencias. El cumplimiento de esta predicción no tardó mucho. La revolución que comenzó contra Díaz, continuó contra Madero, y desde la instalación de su administración hasta la hora de su triste y trágica muerte México fue un caldero hirviente de rebelión y violencia, con una total destrucción de la vida y la propiedad. En medio de estas condiciones infelices Madero fue electo presidente –[Bernardo] Reyes fue advertido con violencia de continuar su campaña– por una cantidad de votos insignificante para una población de quince millones de habitantes. Durante el progreso de la elección, Gustavo Madero, quién representaba el verdadero poder en la familia Madero -desafortunadamente un poder malvado en vez de bueno– vino a verme a la embajada, obviamente con el propósito de indagar mi punto de vista sobre la situación política. Le hice notar la actitud de la familia Madero de fomentar la violencia en contra de Reyes y expresé mi opinión de que la reunión de masas contra Reyes, bajo el fomento de la familia Madero podría establecer un precedente que podría producir un fruto amargo en el futuro. El dijo: “Oh, nosotros entendemos a estas masas y las dejaremos llegar lo suficientemente lejos y después las detendremos. Reyes esta a punto de salir de la carrera y las cosas se volverán muy tranquilas muy pronto.” De este modo el Presidente, llevado al poder por una revolución, tomó fuertemente los emblemas de autoridad, antes de ser llamado a enfrentar las tormentas de una nueva revolución, la cual brotó de las cuatro esquinas de México. Esta fue una revolución más genuina que la que se creó en contra de Díaz; la tormenta arrasó a lo largo y ancho de la República, pacificada en algunas ocasiones por dosis homeopáticas de supuestos remedios para problemas locales, pero siempre incrementándose en violencia, y firmemente ayudada por la caída del barómetro de la opinión pública. Villas y plantaciones enteras fueron quemadas, sus habitantes, hombres, mujeres, y niños, masacrados indiscriminadamente; los trenes eran descarrilados y sus pasajeros asesinados sin piedad. Las mujeres eran violadas y los hombres mutilados acompañados de un horror y barbaridad que no encontrarían lugar en las crónicas de las Cruzadas.

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La nueva revolución también estuvo marcada por la fiereza de su actitud contra la clase de gente que podía ser capaz de administrar científicamente el gobierno; así Limantour, De la Barra, Calero, Creel, Cuellar, Aldape, Landa, Vera Estañol, Toribio Esquivel Obregón, y otros como ellos, fueron echados del suelo mexicano, no por que hayan cometido crímenes en contra de México, sino por que con su evidentemente superior carácter, entrenamiento y educación podrían prestarle un servicio a la patria. El régimen de Díaz no estuvo exento de manchas – manchas que son necesariamente inherentes al tipo de gobierno que es aparentemente necesario instalar en México. Su régimen no se completó adecuadamente en todo México, y se hubiera completado en algún tiempo, pero impuso orden y una cierta medida de justicia ante las cortes. Su conducción de la política exterior fue dignificante y patriótica; su manejo de las finanzas nacionales fue ahorrador y ordenado. Comparado con algunos de los gobiernos que lo siguieron, representó una mejor democracia real [...]86

12. Debilidad y vacilación de la administración de Madero Los siguientes comentarios de Wilson muestran su animadversión hacia el presidente de México, Francisco I. Madero y sus colaboradores. Información semejante llenó las valijas diplomáticas hacia Washington durante su estancia en México. Es evidente que su cargo excedió sus atribuciones y creó una percepción caótica de este país. En medio de la espantosa situación revolucionaria, el gobierno federal se mantuvo apático, inefectivo, incluso cínicamente indiferente o estúpidamente optimista. Sus concilios fueron divididos y se movieron en direcciones contrarias de un día para otro por la preponderancia de uno u otro elemento. Con esta justificación, las resoluciones tomadas fueron incoherentes, espasmódicas, avanzando y retrocediendo conforme a la preponderancia de elementos conservadores o radicales o en respuesta a la cambiante voluntad de la opinión pública. Esta fase peculiar de la situación fue debida enormemente al carácter del Presidente que un día fue conservador, otro un reaccionario, el severo vengador de la sociedad contra las brigadas, el tirano que buscó el ojo por ojo y diente por diente –en una palabra, el regreso de Díaz– y al día siguiente un apóstol de la paz, el amigo del pobre, el perdonador de bandidos y criminales notables, y el enemigo de los monopolios, terratenientes, y de las clases privilegiadas. Esta ondulante y errante política finalmente produjo que el Presidente perdiera la confianza y el apoyo de todas las clases, y en sus últimos 86 Henry Lane Wilson, Diplomatic… op. cit, 1927, p.p. 226-228.

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días estuvo sostenido solamente por la simpatía de su numerosa familia, sus oficiales, y la útil apreciación de que los malvados existentes eran menos de los que realmente debieron ser anticipados antes de su caída. En estos últimos meses la creciente impopularidad de la administración de Madero se vio enmarcada con un severo boicot social, en contra de sus funciones oficiales, de todos los elementos de la sociedad mexicana. Las recepciones presidenciales fueron atendidas solo por algunos miembros de los cuerpos diplomáticos y por otros de dudosa procedencia y peculiar apariencia. Tales entretenimientos, por la manera en que se dieron, daban la impresión de ser ferias familiares y fueron conducidas bajo el consejo o de personas cuya presencia fue altamente odiosa para el cuerpo diplomático. Estas fiestas tuvieron un marcado contraste con aquellas del Presidente Díaz, las cuales, aunque simples y democráticas, tenían una dignidad y convocatoria tal, que les impartieron un carácter definitivo. A través de todo el período de la administración de Madero la sociedad mexicana se mantuvo aislada, y las influencias predominantes brotaban de círculos de reciente creación y frecuentemente de origen extranjero. La continuación de estas condiciones anormales puso sobre la embajada un pesado fardo de responsabilidades que me mantuvo atado a mis deberes sin interrupción, recreación, o la oportunidad de descargar las obligaciones ordinarias por la sociedad o la familia. Al inicio del movimiento revolucionario había en México entre cincuenta o setenta y cinco mil ciudadanos americanos, y el capital americano invertido se extendía probablemente al billón de dólares, que es equivalente a decir que el 40 por ciento de nuestra inversión extranjera se encontraba en ese tiempo en México. Conforme la revolución progresaba se volvió evidente a los oficiales representantes del gobierno de los Estados Unidos de que existía un fuerte sentimiento antiamericano provocado, por agitadores, entre los sectores más ignorantes de la población, un sentimiento que, si bien no era compartido por el gobierno, al menos no fue reducido por él. En ninguna situación individual que pueda ser recordada, algún oficial de Madero declaró sobre la desinteresada actitud del gobierno y el pueblo americano o expresó el más pequeño sentimiento de gratitud por los beneficios materiales que la inteligencia y energía americana, y el capital americano, derramó sobre México. En numerosas ocasiones, oradores públicos, la prensa, y todos los organismos capaces de influenciar la opinión pública estuvieron ocupados en inflamar la mente del público y en representar un mayor peligro a los americanos y a la seguridad de sus propiedades. Estas violaciones a los cánones de las políticas civilizadas dieron fruto en una ola de ataques indiscriminados contra todo lo que llevara la estampa de origen americano. Los intereses americanos, adquiridos honestamente, y en los cuales se gastaron enormes cantidades de capital, fueron extensamente atacados sin fundamentos y bajo absurdos pretextos por personas en confabulación con amigos del gobierno, fuimos acosados por impuestos confiscatorios y por la negativa de protección que la más elemental concepción de gobierno hubiera ofrecido. Un gran número de ciudadanos americanos fueron arrestados con cargos frívolos e insuficientes,

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y encarcelados en inmundas e insalubres celdas, donde ni las protestas de nuestro gobierno o la palpable y probada injusticia de su aprehensión pudieron liberarlos. Ciudadanos americanos fueron vil y brutalmente asesinados y ninguna representación diplomática, súplica o tratos sirvieron para procurar el juicio o castigo a los criminales; las propiedades de los ciudadanos americanos fueron destruidas, con solo un oído sordo atendiendo a las quejas y con una negativa a la justicia en la consideración a los reclamos cuyo compromiso era inherente a todas las sociedades civilizadas. Tan extendida fue la persecución hacia los americanos, que en el momento de la caída de Madero, probablemente treinta mil de ellos fueron obligados a abandonar sus casas, fábricas, minas y sus haciendas y retornar a los Estados Unidos, sacrificando propiedades que finalmente alcanzaron en valor la suma de quinientos millones de dólares – para las cuales las probabilidades de compensación son vagas y remotas. Durante las espléndidas administraciones americanas de Andrew Jackson, Abraham Lincoln, Grover Cleveland, William McKinley, William H. Taft, and Theodore Roosevelt, un ciudadano americano viajaba por los mares sin ningún temor en el corazón, salvo el de un mal tiempo u olas tempestuosas. Así, un ciudadano americano en cualquier parte del mundo caminaba en todas direcciones, erguido, con su cabeza hacia las estrellas, seguro en la fe de que si su causa era justa, tenía sobre él y con él el fuerte brazo de su gran gobierno. Cuando los griegos extendieron su comercio y civilización a lo largo de las costas del bello Mediterráneo, el ejército griego y sus galeras se mantenían como centinelas en la puerta de entrada. El comercio y la civilización romana se mantuvieron en la retaguardia y no en la vanguardia de las legiones de Roma. Los implacables dedos del comercio británico alcanzaron todos los mares y continentes, pero el redoble de los tambores británicos había rodeado el globo, y donde quiera que viviera o trabajara o suplicara un ciudadano británico, rico o pobre, sabía que descansaba bajo el vigilante ojo del gobierno británico. Las manos aliadas del Capital y del Trabajo, diseñaron y ofrecieron a los mercados del mundo los frutos del surgimiento americano, la forja, el martillo, y los miles de intrincados mecanismos con que el ingenio del hombre ha contribuido. Para agrandar y estimular estos mercados enviamos agentes extranjeros; de estos agentes surgieron agencias; y de estas agencias surgieron colonias americanas, centros de comercio americanos, expansión y cultura, preservando las tradiciones americanas y la devoción a la bandera americana. Aquí prosperó el granjero americano, el mecánico americano, el maestro, el predicador, el periodista, el abogado, y todos los miles de accesorios de la vida de la comunidad americana – más americanos que los americanos; pioneros de nuestra civilización; los hombres que mostraron al mundo la manera en que la democracia puede ser segura para el mundo. Si estas colonias existen en tierras donde la ley es suprema y la justicia es intachable, funcionan normalmente, pacíficamente, y sin ser remarcadas por los ojos del mundo. Si, por el otro lado, las alas de la aventura comercial, las llevan a países donde la ley es una burla, y donde la justicia se vende en un mercado, entonces ellas no tienen un recurso en las horas de peligro hacia sus vidas o la seguridad de sus propiedades en su propio gobierno.

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La falta de habilidad para procurar una protección adecuada a los ciudadanos americanos, el asesinato de tantos americanos, para los cuales no se obtuvo justicia en ningún caso, la falla por parte del gobierno mexicano para asegurar el arresto, detención, y castigo de los asesinos, la cruel e injusta expulsión de cinco mil ingenieros y conductores americanos de los trenes nacionales, la disposición de atacar los legalmente adquiridos bienes americanos a través de triunfos en los procesos de la corte, el arresto y aprisionamiento arbitrario de americanos con cargos frívolos y la falla de los gobiernos locales para remediar estos abusos, así como las salvajes y bárbaras características del estado de guerra interno, forzó finalmente a nuestro gobierno a tomar una posición decisiva. El quince de septiembre de 1912, la embajada, bajo las instrucciones de Washington envió una nota al gobierno mexicano que no solo mostró la virilidad y atención de la administración de Taft sino que provocó que la administración de Madero enviara a su Ministro de Relaciones Exteriores, el Sr. Lascurain, a los Estados Unidos con instrucciones de hacer concesiones en términos vagos y generales al secretario Knox y también para verse con el presidente electo Wilson con propósitos desconocidos para mí, pero presumiblemente relacionados con la política hacia México de la administración que estaba a punto de tomar el poder. Lo que se le indicó al Sr. Lascurain que dijera al presidente electo puede ser imaginado solamente, pero yo agrego aquí una copia de una instrucción especial telegrafiada relacionada conmigo.

SR. PEDRO LASCURÁIN New York , New York.

Ciudad de México, Diciembre 23, 1913

Antes de regresar aquí sírvase obtener a cualquier costo una entrevista con el presidente electo Wilson con el propósito de insistir en convencer que el embajador Henry Lane Wilson no debe continuar en su puesto. Si es necesario, diga que el gobierno mexicano hace algún tiempo avisó al gobierno de Washington que era una persona non grata, pero que se suspendieron acciones pensando en que el nuevo gobierno pudiera despedirlo sin la necesidad de ninguna representación de este gobierno. Explíquele la situación de México. Por favor responda.

FRANCISCO I. MADERO Este telegrama revela el inestable carácter de Madero. El estaba bajo profundas obligaciones hacia mí por mi simpática actitud en los primero días de su administración y no entendía mi severa actitud más tarde que debió saber era justificada debido a las numerosas ofensas permitidas hacia los americanos por su gobierno. No solo fue cierto esto, sino que, como se hará notar más adelante en este libro, Madero envió una nota tres días antes de su muerte, que ahora se encuentra guardada en el Departamento de Estado, en

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la que espontáneamente dijo que yo siempre había sido un amigo de México. Al tiempo en que el Sr. Lascuráin fue enviado a los Estados Unidos no había razón de antagonismo por parte de Madero hacia mí, exceptuando algún resentimiento por la vigorosa y a veces amenazante forma en que cumplía las instrucciones del Departamento de Estado relacionadas con la protección de las vidas y propiedades americanas. Yo nunca cometí actos ofensivos contra el gobierno mexicano, a menos que el lenguaje con el que fui instruido a usar por el gobierno de Washington pueda considerase una ofensa, y yo no tenía intereses que servir, excepto la protección de nuestros desafortunados compatriotas, sus vidas y propiedades, y el mantener las buenas relaciones entre nuestros dos gobiernos. Se debe agregar que Madero nunca avisó a Washington de que yo era una persona non grata. Ni diplomáticos ni cualquier otro agente del gobierno estuvo dispuesto a asumir la responsabilidad para tan extremo procedimiento.87 El incidente de Lascuráin ocurrió coincidentemente con la sensacional renuncia del Sr. Manuel Calero, embajador mexicano en Washington. El Sr. Calero me informó después que había sido instruido por Madero para informar al presidente electo Wilson que yo era un enemigo del gobierno mexicano, pero que él se rehusó hacerlo, sabiendo que yo había hecho todo el esfuerzo posible de apoyar el gobierno de Madero y que la hostilidad existente se debía solamente a mi vigorosa y no comprometedora actitud en cuestiones americanas. Mientras el Sr. Calero fue el ministro mexicano de Relaciones Exteriores, había mostrado un serio deseo de contribuir en cualquier manera a fortalecer la administración de Madero. Esto fue evidenciado no solo por el testimonio del Sr. Calero sino también por los archivos de la oficina de Relaciones Exteriores mexicana y el Departamento de Washington. En política mexicana el señor Calero fue único en su clase. En las horas de paz monótona él parecía sonar como una nota discordante, pero en momentos de crisis nacional desplegó coraje y presencia. El fue del mejor tipo mexicano, apasionado, elocuente, altamente educado y capaz, de un exageradamente buen corazón y de naturaleza simpática. Condujo los asuntos de la oficina de Relaciones Exteriores de México con coraje y habilidad; no fue tan exitoso como embajador en los Estados Unidos, debido a las peculiares e inconsistentes instrucciones que constantemente le eran enviadas por el gobierno de Madero. Hay que darle crédito que cuando finalmente fue instruido a ocultar la situación en México y a desacreditar los reportes emitidos por la embajada americana, se haya resistido a hacerlo, abandonando su posición y regresando a México, donde valientemente criticó la administración de Madero ante el senado mexicano por su falta de sinceridad y degradante actitud hacia los Estados Unidos. Calero estaba tan constituido que necesitaba estar necesariamente siempre en la oposición. Él nunca estuvo en simpatía 87 Precisamente la misma situación se desarrolló durante la administración del presidente Coolidge. La actitud de la prensa y el gobierno de México era hostil hacia el embajador Sheffield debido a su enérgica defensa de los intereses americanos, pero la insatisfacción paró rápidamente al demandar la retirada del embajador [Nota de Wilson].

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con el gobierno de Díaz, rápidamente perdió simpatía hacia los métodos irregulares del gobierno de Huerta, e incluso siempre estuvo en la oposición de los gobiernos que sucedieron a Huerta. Sus panfletos y artículos sobre la situación mexicana son tan competentes como cualquiera que se haya escrito, y es para lamentarse que tales habilidades no puedan estar al servicio de su país en estos momentos de incertidumbre.88

13. Petróleo Aunque las actividades de refinación se iniciaron en México en 1886, con la instalación de una pequeña planta de refinación en el estado de Veracruz con 500 barriles diarios de capacidad, son entre 1890 y 1915 cuando se construyen las primeras grandes plantas refinadoras. Es el petróleo de México uno de los grandes artífices del nuevo mercado mundial. Las grandes empresas estaban representadas por corporativos estadounidenses y británicos. Wilson comenta este aspecto vagamente. El petróleo comenzó a ser un factor de disturbio en la situación mexicana durante mi tiempo, pero las compañías petroleras fueron hábiles e ingeniosas y lograron protegerse ellas mismas sin crear dificultades. Díaz creía que el petróleo sería un gran factor en el desarrollo de México y negoció con las petroleras con un espíritu de honestidad. Madero jugó con alguno de sus favoritos, pero en esencia su política siguió cercanamente a la de Díaz. Huerta le dio a las compañías petroleras algunos momentos de infelicidad. Él buscaba que pagaran enormemente y de una manera irregular, y sus métodos no eran precisamente del tipo de dar una razón. Ningún representante de las compañías petroleras se acercó a la embajada para buscar una intervención diplomática, pero en una ocasión representantes de todas las compañías se presentaron con el propósito de protestar contra un gravamen extraordinario que les habían impuesto. Después de que el caso se inició, les pregunté a los caballeros si estaban insinuando pedir el apoyo de la embajada como ciudadanos americanos. Como esto era lo que deseaban evitar, mientras que al mismo tiempo solicitaban al embajador que asumiera responsabilidad y actuara de un modo vago e indefinido en su beneficio, nada provechoso se obtuvo de la discusión. Debo hacer notar aquí, de cualquier manera, que las compañías petroleras independientes, que eran representadas en esta reunión por William F. Buckley, que después de todo jugó un activo rol en la defensa de los derechos americanos, tomó vigorosamente la posición de que si las compañías deseaban recibir protección, deberían pedirla como ciudadanos americanos. Visité las regiones petroleras atendiendo la invitación de la Huasteca Petroleum Company, una de las subsidiarias de la Mexican Petroleum Company. En ese tiempo la Huasteca era, con excepción de la Aguila Company, el mayor 88 Henry Lane Wilson, Diplomatic… op. cit, 1927, p.p. 229-237.

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productor de petróleo en México, y sus propiedades eran supuestamente mejor manejadas que otras. Vi algo de los pozos de producción e hice un esfuerzo para entender los detalles del negocio para que en caso de que los eventos en materia de petróleo llegaran a la embajada, yo tuviera algún conocimiento de estos negocios. Mientras que no descubrí nada particularmente revelador referente al negocio de la producción de petróleo, aprendí que esta compañía no solo recolectaba una gran cosecha de utilidades sino que bajo la benevolente y generosa administración de su espíritu director, Edward L. Doheny, el trato dado a los trabajadores nativos y a sus familias no solo era justo, sino que se podría comparar favorablemente a cualquier empresa industrial en los Estados Unidos. Había hospitales, casas confortables, y escuelas para los niños, todas mantenidas al más alto nivel y logrando un espléndido trabajo en el desarrollo de la mente, moral, y modales de esa gente.89

14. ¿Junta o conspiración del cuerpo diplomático? El 15 de febrero de 1913, el embajador Wilson, escribió en su diario lo siguiente. Después del anochecer, Febrero 15, actuando de acuerdo a las reglas de los cuerpos diplomáticos y los sentimientos mexicanos y extranjeros, solicite a los ministros británicos, alemanes y españoles, que están a punto de llegar a la embajada, que consideraran que curso se debería tomar en vista de los horrores que se han incrementado a nuestro alrededor. Nuestro agregado militar el Capitán Burnside, hace unos momentos me había reportado que la Ciudadela no pudo ser tomada con el doble de tropas que presentaban fidelidad al gobierno y que la prolongación de este conflicto solamente resultaría en mayor derramamiento de sangre y destrucción de la propiedad. De la información que me fue proporcionada por mis colegas y otras fuentes, estaba razonablemente seguro que el ejército federal era desleal a Madero y que por pronta acción solo se podía advertir un violento golpe de estado. Los ministros españoles y alemanes, quienes con los ministros italianos, británicos y franceses representan las amplias colonias extranjeras, llegaron a la embajada sin ningún incidente, pero el automóvil que fue enviado a recoger al ministro británico, fue atacado repetidas veces por soldados federales y finalmente fue despojado y robado. Esta experiencia no animó a Sir Francis a hacer el viaje de regreso y se quedó a dormir la noche en la embajada. Como todo el espacio disponible en la embajada estaba ya ocupado, solo le pude ofrecer algunas simples conveniencias a Sir Francis. El durmió esa noche en un sofá en la biblioteca de la embajada. Temprano en la mañana lo desperté con una invitación a ver la escena 89 Henry Lane Wilson, Diplomatic… op. cit, 1927, p.p. 237-239.

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del conflicto desde una de las torres de la embajada. Tan pronto subimos al techo vimos marcas de destrucción en todas las direcciones, pero el silbido de la metralla disminuyó nuestro interés y aceleró nuestro descenso. Cuando mis colegas estuvieron reunidos, les pedí que manifestaran su expresión espontánea acerca de la situación como del curso que se debería tomar para su solución. La discusión se prolongó hasta las tres de la mañana en punto y desarrolló una identidad de opiniones en los siguientes puntos: (1) que la Ciudadela no podría ser tomada con las tropas disponibles del gobierno; (2) que el número de los oficiales federales y una gran cantidad de las tropas eran desleales al gobierno; (3) que la continuación de los disturbios llevaría a una situación adicional de derramamiento de sangre, amotinamiento y actos de pillaje y violencia por el pueblo hambriento; (4) aun cuando Madero lograra arreglos pacíficos y amigables para su retiro probablemente sería derrocado violentamente involucrando la vida de su familia y la de muchos de sus seguidores que fueron en aquel tiempo objetos de antipatía popular; (5) en vista de la situación anormal nosotros deberíamos asumir la responsabilidad de hacer una representación no oficial a Madero solicitándole en el interés de la paz y la suspensión del derramamiento de sangre, que renunciara y entregara los poderes al Congreso. La responsabilidad de llevar esta representación no oficial al presidente, fue asignada a nuestro colega Español primer ministro Sr. Cólogan, quien en representación de su oficina, se dirigió al palacio de gobierno la mañana siguiente, encontrándose en su entrada con una delegación de cuarenta senadores que habían estado con el Presidente con el mismo objetivo y que habían sido muy mal recibidos. El Presidente no recibió nuestras recomendaciones con el espíritu con el que fueron hechas, reprimiendo al primer ministro Español y enviando inmediatamente telegramas a través de la embajada mexicana en Washington a nuestro gobierno, haciéndome cargos de incitar a los cuerpos diplomáticos y arguyendo que probablemente yo estaba tratando de traer tropas americanas a México. Este acto causó la más desagradable impresión en mi como en mis colegas y dio lugar a la siguiente correspondencia que yo pienso revela ciertas características del carácter de Madero mejor que cualquier evidencia lo podría hacer […].90

15. El embajador decide conferenciar con los conspiradores El señor Wilson se erige sobre los bandos rivales, complace a los conspiradores contra un gobierno legalmente constituido y participa sin escrúpulos ofreciendo el edificio de la Embajada para legitimar su traición. Durante el día llegué a la determinación que tenía que tomar un paso decisivo

90 Henry Lane Wilson, Diplomatic… op. cit, 1927, p.p. 262-264. Wilson reproduce en el capítulo XXXIX de su libro una nutrida correspondencia con Madero y Lascuraán, véase las p.p. 264-272.

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bajo mi propia responsabilidad para la restauración del orden. Esta era la situación: dos grupos armados hostiles tenían en su posesión a la capital y toda la autoridad civil había desaparecido; bandas siniestras de saqueadores y ladrones habían comenzado a aparecer en muchas de las calles de la capital; hombres, mujeres y niños hambrientos desfilaban en muchas carretas públicas. Algunos de los 35,000 extranjeros que estaban presentes en la capital cuando se habían desarrollado los bombardeos, parecían buscar protección en las embajadas donde estaban a merced de la muchedumbre o expuestos al fuego indiscriminado que podría comenzar en cualquier momento entre las fuerzas del General Huerta y el General Félix Díaz, así implicando las vidas y propiedad de los no combatientes. Sin haber consultado con nadie, decidí pedirles al General Huerta y a Díaz91 que vinieran a la embajada, la cual como una tierra neutral, garantizaría el buen trato y la protección para las consultas. Mi objetivo era hacerlos entrar en un convenio de suspensión de hostilidades y para que se sometieran al Congreso Federal. Cerca de la hora acordada, el General Díaz, acompañado por oficiales de la embajada y dos o tres personas de su propia selección llegaron a la embajada bajo la protección de la bandera americana. A la entrada él agradeció muy encarnecidamente mis intentos para ejercer mis buenos oficios para lograr la paz. Después de presentarles a algunas damas y otros amigos en la embajada, me traslade a la puerta principal para recibir al General Huerta quien en ese momento entraba a la embajada, oficialmente escoltado bajo la protección de la bandera americana. La escena afuera y en la embajada durante estos intercambios oficiales fue impresionante. Adicionales luces eléctricas fueron colocadas y de ahí todo el escenario fue revelado. Había probablemente unas 20,000 personas abarrotadas en las calles adyacentes a la embajada, y la propia embajada estaba saturada con americanos, cuerpos diplomáticos, y los oficiales de Díaz y Huerta. Era difícil de describir como una escena alegre, ya que estábamos en medio de momentos trágicos, pero no era sombrío; el brillo de las luces, la gallardía de los uniformes y el brillo de las mujeres le daban relevancia a la escena. No perdí tiempo en llevar a los dos Generales a la biblioteca de la embajada, ante mi consternación ellos llevaron un número de guardias y consejeros. Estos llamados consejeros entraron rápidamente en conflictos de palabra presagiando duración indefinida y posibilidades infinitas. Este no era el propósito de la junta y finalmente me vi obligado pedirles a todos con la excepción del General Huerta, el General Díaz y mi ayudante d´Antin, que salieran. Posteriormente les dije a los dos Generales que los había citado a ellos dos únicamente para terminar con las condiciones que habían existido en México durante los últimos diez días, condiciones que habían infringido increíble sufrimiento en la población de la ciudad, que habían causado la destrucción de diez mil vidas y una basta destrucción de propiedad pública y privada; que esas condiciones continuarían indefinidamente a menos que los dos beligerantes resolvieran sus diferencias y se sometieran al Congreso, la única representación del pueblo. Tres veces, cuando la discusión se rompió, 91 Wilson se refiere al general Félix Díaz, sobrino de Porfirio Díaz.

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entré al cuarto y apelando a sus razones y patriotismo los induje a continuar. Finalmente, para forzar una decisión, les dije que a menos que ellos trajeran la paz, la demanda de las fuerzas Europeas de intervenir podría volverse demasiado fuerte como para ser controlada por el gobierno de Washington. Esto tuvo el efecto deseado, y a la una de la mañana, el acuerdo fue firmado depositado en la embajada y una proclamación de cese de las hostilidades fue entregada. Durante esta conferencia, excesivamente dramática en algunas de sus fases, una multitud de miles de personas ansiosas rodeaban la embajada. Dentro de esto estuvo dominado por una discusión animada, una batalla de conflicto de intereses; sin, una basta multitud esperando expectativa, pacientemente, por el anuncio de una decisión la cual concernía tanto a sus vidas, sus propiedades y su país. Cuando finalmente fue anunciado que un acuerdo entre todas las partes había sido alcanzado y que con la autoridad del Congreso el General Huerta sería Presidente provisional y que el General Díaz estaba libre de proclamar su candidatura a la presidencia, las noticias corrieron como fuego a través de la ciudad y fueron bienvenidas con regocijo universal. Aquella noche treinta mil personas desfilaron por las calles de la ciudad de México agradeciendo por la paz y al gobierno americano por haber sido el instrumento que la trajo. El Presidente Wilson consideró el rol jugado por la embajada como una intromisión en los asuntos domésticos de México; personas que descansaban placidamente frente a sus chimeneas algunas veces tienen conceptos curiosos acerca de la conducta que un servidor público debe tener en situaciones críticas y peligrosas. Después de años de una consideración madura yo no tengo ninguna duda en decir que si me encontrara en la misma situación bajo las mismas circunstancias yo hubiera tomado el mismo curso. La consumación de este arreglo yo siento que el más exitoso y difícil de alcanzar de este delicado trabajo que fui llamado a tomar durante la revolución, en la que se detuvo mayor derramamiento de sangre, le permitió a la población de la ciudad retomar sus usuales ocupaciones de paz, y finalmente permitió la creación de un gobierno provisional que rápidamente restauró la paz a través de la república. En mi propia experiencia de 17 años en el servicio diplomático no había desarrollado un acto como este que estuviera íntimamente involucrado con la preservación de un vasto número de vidas humanas. Este único acto es especialmente mencionado y comentado como humanitario y en el interés de la paz por todas las resoluciones públicas relacionadas al rol jugado por la embajada en la revolución y por las cartas de mis colegas. (Ver apéndice V y VI)92

92 Henry Lane Wilson, Diplomatic… op. cit, 1927, p.p. 279-282. El apéndice V que incluye Wilson en sus Memorias, presenta once cartas de prominentes representantes de la colonia americana y británica aprobando su actitud. El apéndice VI incluye cuatro cartas de aprobación a su política -y agradecimientos por la defensa de sus respectivas colonias- de otros tantos colegas diplomáticos. Estos son: de las Legaciones británica, alemana, española y francesa.

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16. Muerte de Francisco I. Madero y José María Pino Suárez Tras favorecer a los conspiradores para derrocar a la administración de Madero, intenta el señor Wilson pedir protección hacia el presidente y vicepresidente de la república derrocados. Sus intentos son infructuosos. Queda la duda ¿realmente hizo todo lo posible por salvar sus vidas? Si tuvo tanta influencia para apoyar una conspiración que tuvo éxito, ¿porqué no podría haber impedido con estos mismos personajes su ejecución? Lea estimado lector, el odio contenido en las palabras de Wilson hacia Madero y su comentario a favor de exculpar al general Victoriano Huerta, de las muertes de Madero y Pino Suárez. Después del derrocamiento de Madero el gobierno de Washington me dio instrucciones para tomar precauciones con respecto a que su vida y la del ex vicepresidente fueran preservadas. En cumplimiento con estas instrucciones visité al General Huerta acompañado del Almirante von Hintze y juntos hicimos las representaciones en el sentido de las instrucciones del Departamento (ver apéndice II, una carta de von Hintze). En esta entrevista el General Huerta nos informó que el ex presidente probablemente sería mandado fuera del país; que un tren estaba listo en la estación para tal propósito y que algunos de la familia de Madero ya estaban abordo. El General Huerta me autorizó a decirle a la Sra. Madero que no se sintiera aprensiva acerca del futuro de su esposo, y que el se comprometía con nosotros a que no permitiría que se le hiciera daño al ex presidente. A mi regreso a la embajada con von Hintze me encontré a la Sra. Madero acompañada de la Sra. Wilson por lo que le hice llegar el mensaje de Huerta. Como una forma de historia debo decir que el tren del que se habló probablemente estaba listo para llevar a Madero y a su familia a la costa, pero debido a la conducta indiscreta del General Velasco, comandante militar de Vera Cruz, y a la instigación telegráfica de algunos partidarios de Madero en la Ciudad de México, accedió a mantener bajo su responsabilidad al desafortunado ex Presidente que posiblemente en el momento presente estaría asegurado probablemente en su casa o en el tren. Ese mismo día fui al ministerio de Asuntos Exteriores con el ministro de Fomento y con el ministro de Guerra a los cuales les solicité que Madero y Suárez fueran resguardados cuidadosamente contra cualquier ataque, y ofrecido a Ernesto Madero, el ex ministro de Finanzas, y a Pedro Lascuráin, el ex primer ministro de Asuntos Exteriores, asilo en la embajada. Al día siguiente de los eventos donde había recibido a la Sra. Madero, ella vino a verme por segunda vez. Ella parecía aun aprensiva acerca del destino de su esposo y de su confort. Durante esta entrevista ella me entregó un pedazo de papel ordinario con una nota escrita por la madre de Madero que yo entendí que fue escrita para mi pero no obstante transmití a Washington sin ninguna alteración. (Ver apéndice III para la carta de la madre de Madero).

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Como pensé que la Sra. Madero seguía aun muy aprensiva nuevamente visite al General Huerta, en compañía del primer ministro Alemán, quien aprobó completamente todo lo que se había dicho y hecho, para dar mayor representación en referencia a la seguridad del ex Presidente. El General Huerta entonces nos informó que su plan original para mandar a Madero fuera del país había sido frustrado por las actividades de la familia Madero cuyos telegramas habían sido interceptados y registrados: que como ahora era el Presidente provisional, él era responsable de la nación mexicana y de lo que pudiera ocurrir y que deberíamos aceptar su palabra de que no estaban contempladas escenas de violencia. Luego me preguntó directamente que pensaba yo, que si no era mejor tener a Madero acusado por el Congreso por violaciones a la Constitución o encarcelarlo en un manicomio. Yo le conteste, con la concurrencia del ministro Alemán, que yo no tenía autoridad para hablar sobre esas premisas y que solamente podía expresar la esperanza de que él hiciera lo correcto para la paz de México.93 Cuando estábamos terminando con la entrevista yo le pedí a Huerta que trasladara al ex Presidente a un alojamiento mas confortable y que se le proporcionara con la comida que el acostumbraba comer y con otras cosas esenciales que necesitaba para su delicado estado de salud. Lo sustantivo de esta entrevista fue reportado a la Sra. Madero, a los cuerpos diplomáticos y a Washington. Hasta ahora yo se que solamente uno de mis colegas, el Sr. Riquelme ministro de Chile, quien estaba íntimamente ligado con la familia Madero tuvo preocupación por el futuro del ex Presidente.94 En la mañana de febrero 23, fui informado que a una hora temprana de la noche anterior el gobierno había aceptado transferir a Madero y a Suárez del Palacio Nacional a la Penitenciaria Nacional; que mientras eran trasladados los autos habían sido atacados y que en la lucha que se suscitó, Madero y Suárez fueron balaceados y muertos por sus guardias. Profundamente consternado por este infeliz evento, yo inmediatamente solicite la suspensión de la recepción diplomática, la cual el Sr. De la Barra el nuevo ministro se Asuntos Exteriores estaba apunto de ofrecer y durante ese día y los días subsecuentes la embajada realizó grandes esfuerzos para saber exactamente 93 Este vago comentario hecho por Wilson, ha sido interpretado por buena parte de la historiografía sobre la revolución mexicana, como una afirmación de que la Embajada estadounidense no protestaría ante posibles medidas extremas aplicadas por parte del gobierno castrense, al presidente Francisco I. Madero y el vicepresidente Pino Suárez. La actitud de repudio hacia Madero que tuvo siempre el embajador Wilson y su sorprendente desinterés por averiguar bajo que circunstancias ocurrieron ambas muertes, confirman esta afirmación. El embajador comentó: “[…] la violenta muerte de Madero debe ser recordada por toda la gente de pensamiento recto, también debe ser recordado que él había renunciado a la oficina de la Presidencia y para el tiempo de su muerte él era simplemente un ciudadano mexicano y de ninguna manera se permitía la practica internacional de intervención diplomática por ningún gobierno extranjero. […] Ciertamente su muerte no debe haber generado mayor tristeza que la muerte de los americanos que habían sido sacrificados durante el régimen de Madero […].” Henry Lane Wilson, Diplomatic… op. cit, 1927, p. 286 94 Este comentario del señor Wilson esta fuera lugar. El ministro español Bernardo de Cólogan y Cólogan, así como el ministro de Cuba, fueron repetidamente a verlo esos días para pedir garantías sobre Madero y el vicepresidente José María Pino Suárez. Ambos escribieron sendas memorias, en el caso del ministro cubano las publicó posteriormente.

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lo que había ocurrido. La evidencia fue que por lo menos veinte personas que aseguraban ser testigos fueron entrevistados pero existió un completo desacuerdo en sus declaraciones y nadie tenía una razonable pista de los acontecimientos. Mientras yo intentaba marcar mi curso, Francisco De la Barra a quien había yo conocido íntimamente por más de diez o doce años, vino a la embajada y en los mas inequívocos términos me informó que ni el gobierno ni el General Huerta estuvieron involucrados en la muerte de Madero; que su muerte fue el resultado de una conspiración organizada de gente cuyos familiares habían sido asesinados durante el régimen de Madero y que debido a su cercano contacto con el gobierno tuvieron la oportunidad de obtener la información de la transferencia a la penitenciaria. El Sr. De la Barra, quien había sido embajador en Washington y después presidente provisional de México, era bien conocido a través de Latinoamérica como un caballero inteligente y honorable, inusualmente humanitario y de temperamento gentil. Yo supe que el no permanecería un día más como miembro de un gobierno cuyas manos hubieran sido manchadas con asesinatos; él indudablemente era honesto, pero probablemente el había sido engañado. Su declaración me impresionó profundamente y como no tenía yo la posibilidad de mostrar evidencias confiables de lo que había ocurrido, adopte el único curso que la inusual situación y las necesidades del momento parecían asegurar: acepte la versión del gobierno y, dependiendo de una mayor investigación solicite la suspensión de una opinión americana. En este hecho fui apoyado por todos los cuerpos diplomáticos y por toda la opinión extranjera y americana en México. Profundamente, como la violenta muerte de Madero debe ser recordada por toda la gente de pensamiento recto, también debe ser recordado que el había renunciado a la oficina de la Presidencia y para el tiempo de su muerte el era simplemente un ciudadano mexicano y de ninguna manera se permitía la practica internacional de intervención diplomática por ningún gobierno extranjero. (Ver apéndice IV para la carta de renuncia de Madero.) Ciertamente su muerte no debe haber generado mayor tristeza que la muerte de los americanos que habían sido sacrificados durante el régimen de Madero […]. Madero era una persona de intelecto poco sólido, de educación y visión imperfectas. Fue un discípulo de la escuela Francesa en política y economía, pero nunca reunió para los usos de aplicación práctica la “praxis” de la filosofía o comprendió en lo mínimo el sentido común profundo que descansa en la raíz de toda opinión política francesa. El llegó al poder como un apóstol de la libertad pero era simplemente un hombre de intelecto desordenado que pasó a estar ante la mirada pública […]. Las responsabilidades de la oficina y las crecientes desilusiones de rivalidades e intrigas quebrantaron su razón completamente, y en los últimos días de su gobierno, durante los bombardeos de la capital, su calidad mental siempre anormal, se desarrolló en un homicida peligroso hacia la locura. Lejos de la gran posición donde su ambición equivocada lo llevó, él se habría quedado indudablemente como un calmado y simple caballero en su país con ideales benévolos y con una vida

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libre de culpa; vestido con el poder principal de la nación, las calidades malas latentes en la sangre o en la raza, salieron a flote forjando su ruina y la de miles de mexicanos. Eventualmente, el mundo entenderá que la muerte de Madero y Suárez fue producida por una conspiración militar en venganza de las muertes del General Ruiz, a quien se le disparó a muerte en el palacio nacional sin un juicio; por el supuesto disparo sin juicio de dos menores cadetes militares; por el disparo de Madero al Coronel Riverol e Izquierdo, y por el encarcelamiento y la muerte del general Reyes. Huerta, en mi opinión, no fue responsable de la muerte de Madero, a menos que él traicionara su intención de transferir a Madero a otra parte, o fue culpable de contribuir a la negligencia de tan inadecuado acompañamiento a su nueva prisión.95

17. Apoyo de la embajada y la colonia americana al gobierno militar Al hacerse cargo de la presidencia el general Victoriano Huerta en febrero de 1913, el embajador nunca dejó de mostrarse satisfecho por su logro. En efecto, Wilson había apoyado a Huerta en su ascenso, había convocado en su embajada a firmar un pacto entre Huerta y los sublevados de la Ciudadela cuyo jefe era el sobrino de Porfirio Díaz, Félix Díaz, a espaldas del gobierno al que había entregado sus credenciales. Recomendó a su presidente Taft, el reconocimiento del gobierno de Huerta, a quién llena de elogios y cualidades en sus Memorias. Sin embargo, un embajador tan suspicaz como él, no deja de asombrar que no mencione con detalle lo violento y sangriento que fue la llegada de Huerta al poder. Los diez días de sitio de la Ciudadela, nunca hicieron mella a los conspiradores, en cambio numerosa población civil murió en los alrededores. Sus primeras tropas fueron masacradas por los hombres de Félix Díaz –ahora sabemos que eran las más leales a Madero-, quién a su vez, durante el sitio, recibió municiones y armamento del mismo Huerta para prolongarlo, e influir el miedo en la población y un sentimiento de incapacidad del gobierno de Madero. Cuando Madero fue arrestado por el general Blanquet, la gente cercana a Madero fue violentamente asesinada, solo hay que recordar al secretario de Gobernación, Gustavo A, Madero quién murió a manos de la soldadesca. Lo mismo sucedió en el interior del país a aquellos que no reconocieron a Huerta como presidente. Para muestra un botón: el cuerpo del gobernador González de Chihuahua, fue encontrado destrozado al lado de las vías del tren. Era por todos sabido que Huerta dudaba de su lealtad, al ser González un ardiente maderista. Sin embargo una cosa es clara, Wilson prefería y se sentía más a 95 Henry Lane Wilson, Diplomatic… op. cit, 1927, p.p. 283-288.

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gusto con un gobierno fuerte, y en la escena latinoamericana este encontraba su quinta esencia en un gobierno militar. Esta actitud lo llevó incluso a mofarse del presidente estadounidense Woodrow Wilson. Es también de llamar la atención que Wilson cae en algunas imprecisiones históricas, cuando por ejemplo comenta que Villa se levantó en armas contra Madero. Inmediatamente después de la instalación del gobierno provisional, la Sociedad de Colonias Americanas y otras organizaciones en México acordaron y enviaron resoluciones para su aprobación por parte de la administración de la embajada, sobre la situación que se presentó durante el bombardeo. También fue resuelto en una junta pública de americanos el enviar una delegación a Washington recomendando, en vista de lo crítico de la situación, mi retención como embajador hasta que la crisis hubiere pasado. De manera paralela, debe ser dicho en este momento que algún tiempo después de la elección del presidente Wilson, pero antes del comienzo de su periodo, envié un comunicado confidencial al vicepresidente electo, el Sr. Marshall, que ha sido mi amigo íntimo desde la niñez, detallándole la difícil situación existente en México, y expresándole mi deseo de retirarme del puesto tan pronto como el interés público lo permitiera. En el memorando ofrecí un consejo acerca de mantener a ciertos oficiales en el Departamento de Estado y ofreciendo mis servicios gratuitos a Washington por el periodo necesario para que mi sucesor fuera instruido en los deberes de su nuevo puesto. Esta carta fue leída por el vicepresidente al presidente y destruida en su presencia. Ninguna de las expresiones y recomendaciones del presidente acerca del caso llegaron a mí, pero eventos subsecuentes demostraron que no tuvo efecto en la administración de la política mexicana. El comité de la Sociedad de Colonias Americanas fue a Washington en abril, y conferenció con el Presidente y con el Secretario de Estado relacionado con los temas en México. El estatuto escrito y hecho por el comité para el Presidente fue posteriormente impreso y se me hicieron llegar copias del mismo. El panfleto contenía la carta que el presidente del comité me había enviado; el telegrama del comité hacia el Presidente y la argumentación hecha ante el Presidente por la delegación; las resoluciones generadas por la reunión masiva de la colonia Americana y por la subsiguiente conferencia de cincuenta ciudadanos americanos líderes; las resoluciones del clero americano (Protestantes y Católicos Romanos) en la ciudad de México; las resoluciones de la colonia Británica, de la Asociación de Hombres Jóvenes Cristianos (YMCA), y la Sociedad Mexicana de Nueva York. Todo esto, junto con las cartas recomendatorias del Presidente Taft, el Secretario Bryan, las cartas tributarias de mis colegas activos en los cuerpos diplomáticos, y la declaración cubriendo la situación completa durante el bombardeo, ejecutada voluntariamente por el personal de la embajada, están impresas en algún lado. (Ver Apéndices V, VI, VII, y VIII.) Es muy gratificante para mí hacer notar aquí, que miembros líderes de la colonia Americana, deseando darle alguna expresión al sentimiento

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general de la colonia, obsequiaron formalmente a la Sra. Wilson, unos preciosos juegos de té y café hecho de plata sólida. Durante todas las trágicas escenas de la revolución, ella fue una ayuda serena, y por su bondad y cortesía hacia todos causó uno profunda impresión. Mientras estos eventos tomaban lugar, el gobierno provisional de Huerta se había instalado y se dedicaba a reorganizar el gobierno y a suprimir la rebelión. La ceremonia de su introducción al poder fue simple. El Congreso fue reunido legalmente por sus propios oficiales y las renuncias del Presidente Madero y el Vicepresidente Pino Suárez fueron presentadas frente a la sesión extraordinaria. Bajo las previsiones de la Constitución Mexicana, el Ministro de Relaciones Exteriores pasa a ser presidente provisional en caso de la muerte o renuncia del Presidente y del Vicepresidente. El Ministro de Relaciones Exteriores, el Sr. Lascuráin, tomó el juramento de oficio como presidente provisional. Su ascensión al poder fue aprobada por el Congreso y, después de haber designado al General Huerta como Ministro de Gobernación, renunció inmediatamente. Por la previsión de la Constitución Mexicana, el General Huerta llegó a ser inmediatamente presidente provisional de la república y su título fue aprobado por el Congreso sin votos en contra. Probablemente un quórum del Congreso haya estado presente, sin embargo esto no esta claro, ya que es un principio aceptado en las leyes parlamentarias que el argumento de no quórum no puede ser planteado a menos que esté basado en un documento de protesta hecho en el momento del procedimiento. El procedimiento oficial en la sucesión de Huerta a la presidencia provisional no difiere en nada respecto a los pasos seguidos en el tiempo en que el Sr. De la Barra fue hecho presidente provisional después de la renuncia del presidente Díaz. Victoriano Huerta fue de pura sangre india, un nativo del estado de Jalisco. En su juventud, su inteligencia y actividad atrajo la atención de gente rica, quienes lo asistieron en su educación primaria, y después se volvieron sus patrocinadores para su entrada en la academia militar de Chapultepec, de la cual se graduó con honores. Fue rápidamente promovido y llegó a ser un completo general de brigada bajo la presidencia del General Díaz, cuya total confianza poseía y a quién se mantuvo fiel hasta el acto final de la resignación y el retiro. Después del triunfo de Madero, pasó por un momento de eclipsamiento, pero sus habilidades fueron finalmente reconocidas y su influencia en los círculos militares siguió creciendo. Después de la derrota y suicido del General Salas, quien fue enviado al norte por Madero para enfrentarse a la rebelión de Orozco, la estabilidad del gobierno de Madero se volvió muy incierta y, muy en contra de sus inclinaciones, Madero se vio a obligado a llamar a Huerta de su retiro para comandar los ejércitos del norte. Sus cautelosas preparaciones, tanto en equipamiento y disciplina, y sus resonadas tácticas, finalmente llevaron a la derrota completa de Orozco, al hundimiento de las actividades militares en el norte, y a la restauración de algún acercamiento a las condiciones normales en los estados fronterizos. Durante esta expedición militar al norte, sucedieron algunos incidentes dignos de ser recordados, ya que sacaron a la luz el carácter de Madero e introdujo en las noticias oficiales por primera vez al célebre bandido mexicano, Francisco Villa.

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Después de que Huerta fue asignado a comandar el ejército de Madero y fue enviado al norte a enfrentar a Orozco, quién se levantó en armas contra el gobierno, un buen número de jefes fronterizos recibieron comisiones y se les ordenó reportarse con Huerta. Entre estos caciques se encontraba Francisco Villa, quién había estado pasando su vida de bandido en las montañas de Durango, un fugitivo de la justicia en tiempo de Díaz pero que rápidamente se ganó la confianza de Madero. Villa se reportó con Huerta pero después guió a sus seguidores en expediciones contra la población civil en las regiones por las cuales pasaba. En ese tiempo muchos de los grandes estados en el norte eran pertenecientes a Americanos quienes, sufriendo injurias a su persona y propiedades por parte de los bandidos uniformados de Villa, se comunicaron a través de los cónsules y directamente a la embajada, pidiendo protección. Yo inmediatamente llevé las quejas a la atención del Presidente [Madero] en una entrevista personal. Él cuestionó la fiabilidad de mi información, diciendo que Villa era un “patriota y honorable caballero”. Entonces yo, en complacencia con los deseos del Presidente, hice una segunda investigación, la cual confirmó los reportes que inspiraron mi representación en la primera instancia. Armado con esta información fui una segunda vez con el Presidente y le di una completa y concluyente información. Para mi asombro el volvió a impugnar el carácter de los testimonios que me habían sido dados y parecía inclinarse a mantener su posición. Yo, entonces le solicité de manera tranquila y formal que “arreste a Villa y que sea juzgado por una corte marcial.” Cuando él se negó a mi petición, le dije que me veía obligado entonces al desagradable recurso de pedir a mi propio gobierno que enviara tropas cruzando la frontera para ofrecer la protección a los ciudadanos americanos que él había declinado darles. El Presidente hizo la observación de que eso significaría una guerra. Yo le dije entonces que “cuando soldados con el uniforme de un gobierno atacaban a personas y propiedades de ciudadanos de un gobierno amigo y cuando la reparación era negada por el gobierno ofensor, se había cometido un acto de guerra.” En cuanto anuncié este discurso un perceptible cambio se dio en su trato y dijo: “Muy bien, Sr. Embajador, arrestaré a ese hombre y lo juzgaré.” Esta promesa fue llevada a cabo. Villa fue arrestado y procesado por una corte marcial precedida por el General Huerta. Fue encontrado culpable de los cargos y sentenciado a ser fusilado al amanecer del día siguiente. Madero, de cualquier forma, interfirió y conmutó su sentencia a aprisionamiento en la penitenciaria militar en la Ciudad de México. De esta prisión escapó Villa finalmente, y se levantó en armas contra Madero cuando este fue derrocado.96 Después de este evento el continuó en revolución contra Huerta. Huerta regresó a la Ciudad de México después de su victoria en el norte esperando ser recibido con honores y aplausos; en cambio, se volvió un objeto de sospechas envidiosas para la familia Madero quienes respetaban sus talentos pero temían su popularidad. En el mes de enero de 1913, Madero me reveló la caída de su confianza en Huerta y lo describió como “un hombre muy malo”. Hasta ese tiempo yo nunca había visto o conocido a Huerta, pero 96 Este comentario no tiene ningún fundamento. Villa era un ferviente seguidor de Madero a quién siempre agradeció el haberle salvado la vida ante el pelotón de fusilamiento que Huerta ya había formado en 1912.

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ofrecí la sugerencia al Presidente de que “en tiempos de problema hombres de su coraje y condiciones deberían mantenerse cerca en vez de alejarlos”. Cuando la rebelión de [Félix] Díaz irrumpió en la Ciudad de México, Madero, otra vez de mala gana, hizo uso del entrenamiento militar de Huerta para enfrentar la emergencia, pero durante el conflicto se mantuvo en las oficinas del gobierno bajo una cuidadosa custodia y virtualmente como un prisionero; puede haber pequeñas dudas en cuanto a que su vida estuvo en todo momento en peligro, y probablemente estas circunstancias plantaron la primera semilla de una rebelión en su mente. Huerta fue un hombre de carácter y coraje de hierro. Tuvo en sus discursos toda la brevedad y penetración de un hombre que ha vivido en los campos en vez de en las cortes. Tenía la persistencia de un indio, insistencia terca, una mente y un cuerpo entrenados para la precisión y disciplina militar; desafortunadamente nunca tuvo entrenamiento en las prácticas civiles o en la ciencia de la gobernación, y tuvo un completo desprecio por ambas cosas. Con este carácter fue capaz, como frecuentemente sucede, de llegar al poder pero, careciendo de sabiduría, entrenamiento, y experiencia para retener eso que había conseguido, cayó rápidamente. Poseía abundantes vicios pero no carecía de grandes cualidades de mente y de corazón. Tenía un inusual talento de elocuencia y suficiente naturaleza diplomática y don de mando para confundir y poner en ridículo “al Puritano del Norte,” como él llamó al Presidente Wilson. Era un devoto católico romano, un creyente del régimen y políticas de Díaz, y, con todas y estas fallas, estoy convencido de que era un patriota sincero y que en tiempos más felices pudo haber tenido una carrera honorable por si misma y completamente útil para su país. Él cayó del poder, víctima de la visión estrecha de la diplomacia Americana, y murió como sacrificio de esa misma envida y egoísmo que, con el poder de grandes personas tras de él, lo atrajo hacia su caída.97 97 Wilson tiene razón en buena parte de esta afirmación. Victoriano Huerta [18541916] renunció a la presidencia el 15 de julio de 1914, y abandonó el país rumbo a Europa. Estableció varios contactos en Alemania y Estados Unidos para regresar a México y tratar de gobernar nuevamente. El gobierno de los Estados Unidos lo mantuvo bajo vigilancia cuando ingresó a su territorio en 1915. El 24 de junio de 1915 Huerta salió de Nueva York a San Francisco. Al mismo tiempo, exiliados mexicanos comenzaron a llegar a El Paso. En Kansas, Huerta cambió de tren y se dirigió a El Paso; sabiendo el número de agentes que habría en ese lugar, Huerta y Pascual Orozco decidieron encontrarse en Newman, 20 millas al norte de El Paso. De allí ambos cruzarían a México por Bosque Bonito, cerca de Sierra Blanca, Texas. Mientras Orozco y Huerta se abrazaban dándose la bienvenida, dos agentes del Departamento de Justicia los aprehendieron por violar las leyes de neutralidad. Bajo fianzas de 15,000 y 7,500 dólares respectivamente, Huerta y Orozco quedaron en libertad, pero la proximidad con la frontera representaba un peligro y así fueron puestos bajo arresto domiciliario. Los hechos subsiguientes se sucedieron con vertiginosa rapidez: el 3 de julio y a pesar de las precauciones, Orozco escapó y con tal motivo la fianza de Huerta fue cancelada y él vuelto a arrestar. Este segundo arresto no debilitó la creencia de que aun sin él la contrarrevolución se llevaría a cabo, sobre todo porque no se sabía el paradero de Orozco y porque los exiliados mexicanos mostraron una gran euforia durante los preliminares del juicio a Huerta. El golpe de gracia a la conspiración culminó con la muerte de Orozco (30 de agosto) y la aprehensión de varios representantes mexicanos en Estados Unidos. Huerta, trasladado a Fort Bliss, comenzó a debilitarse y a beber como no lo había hecho en muchos meses. En noviembre regresó a su casa, de El Paso, para volver nuevamente a la prisión tres días después. En enero de 1916 fue

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Quizás ningún otro gabinete mexicano haya contenido hombre de tan excepcional habilidad y alto carácter como lo hizo el gabinete del General Huerta en los meses iniciales de su administración. La selección de este gabinete no se debe totalmente a la inteligencia o la simpática iniciativa del General Huerta. Cada miembro fue elegido por el General Félix Díaz de acuerdo a los arreglos hechos por los dos jefes [Díaz y Huerta OF] para cuando la paz llegara. Huerta cumplió formalmente con estos acuerdos pero procedió rápidamente para librarse el mismo de un gabinete que no estuviera en simpatía con sus ambiciones y de cual esperaría que no aprobaran su métodos fuera de la ley; si se hubiera mantenido fiel a los acuerdos hechos con Díaz y hubiera retenido en su lado a estos hombres capaces y patriotas bajo cuyo mando su gobierno hubiera sido cómodo, la peligrosa y lamentable interferencia del Presidente de los Estados Unidos se habría topado con una nación mexicana unida y bien gobernada, y la historia de gobiernos fantasmas por parte de bandidos no se hubiera escrito. Este nuevo gabinete fue solícito para la reorganización de los asuntos domésticos del país, y deseoso de traer una pacificación de la manera más rápida posible. El gobierno de Huerta, inició su gestión acompañado de la esperanza de trece millones de mexicanos que buscaban la paz y el orden antes de cualquier cosa. En las etapas tempranas mostró una gran actividad y un marcado deseo de cumplir sus obligaciones internacionales, especialmente aquellas que llevan mucho tiempo pendientes con nuestro gobierno y, de haber recibido un apoyo complaciente por parte del gobierno Americano, el podría haber logrado un efectivo control en cada rincón de la república y miles de vidas y millones en propiedades podrían haber sido salvadas. Después de la instalación de este nuevo gobierno provisional, la administración del Presidente Taft, la cual se mantenía en el poder, aceptó, en principio, la visión de que éste fue constituido legalmente y titulado para su reconocimiento, pero retrasó el reconocimiento con el propósito de asegurar el asentamiento de añejas diferencias con el gobierno mexicano. Entre estas diferencias se encontraba principalmente el caso Chamizal,98 que había estado pendiente por muchos años; el caso del Río Colorado y el Valle Imperial, un caso reciente pero de importancia urgente; el caso Tlalhualilo, que había sido sujeto de correspondencias y negociaciones por diecisiete años; y los casos de daños generales y específicos, quejas generadas por las revoluciones, las específicas que caían claramente bajo las reglas del derecho internacional y las generales que requerían acuerdos internacionales. Sin violaciones a operado bajo condiciones aún no muy claras, muriendo el 13 del mismo mes y siendo enterrado junto a Pascual Orozco, en El Paso. Véase Kenneth J. Grieb, The United States and Huerta, Lincoln, University of Nebraska Press, 1969, p.p. 189-191. 98 A consecuencia de una crecida del Río Bravo, una parte del territorio mexicano pasó del lado estadounidense, este parte se llama El Chamizal. Esto dificultó la definición de la frontera que se estableció en el Tratado de Guadalupe Hidalgo de 1848 entre ambos países. Posteriormente Benito Juárez intentó en vano una reclamación de dicho territorio. Al final de la época de Porfirio Díaz el asunto se llevó a una corte de arbitraje, la cual otorgó la razón a México en 1911, pero debido a la crisis que padecía el país y a la indiferencia del gobierno de Estados Unidos, no se llegó a un arreglo. Fue hasta el 25 de febrero de 1964 cuando se regresó esta parte del territorio a México.

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los secretos del Departamento de Estado, debe ser dicho que el gobierno del General Huerta accedió en un principio a todas las demandas hechas por nuestro gobierno, excepto a aquellas relacionadas a las quejas generales por los daños generados por las revoluciones. En esta instancia en particular yo estaba solicitando, con el apoyo de todos los cuerpos diplomáticos, que una corte internacional debería ser establecida y que debería tener jurisdicción sobre las quejas de todos tipos, independientemente de las previsiones de la Constitución Mexicana. El gobierno de Huerta fue reacio a otorgar este acuerdo a través de este procedimiento, y mientras se llevaba a cabo el debate de esta cuestión con la administración de Taft, salió del poder. Algunos años después, el Sr. Knox me dijo, en el hotel Waldrof Astoria en Nueva York, que si el gobierno de Huerta hubiera concedido nuestras demandas en toda su extensión, a más tardar a las 10 de la mañana del día 4 de marzo, había recomendado al Presidente Taft darle el completo reconocimiento. Fueran cuales fueran las fallas o pecados de la administración de Huerta, hubiera llegado indudablemente bajo las prácticas establecidas en el derecho internacional, al reconocimiento. Cuando se trata de cuestiones de uso y práctica de la ley, el criterio del Sr. Knox era infalible. Philander Knox fue en este sentido una mente maestra en el manejo de las relaciones exteriores. Con las restricciones impuestas por el entrenamiento judicial y las tradiciones, el entendía claramente las direcciones correctas de nuestras relaciones exteriores, su alcance y sus limitaciones; su presentación de una política o la interpretación de los aspectos de una cuestión extranjera era precisa, pero su extenso entrenamiento en leyes y su profunda reverencia al orden y a la tranquilidad en los procedimientos algunas veces afectaron o retardaron el vigor en sus acciones ante crisis agudas. Honesto en los más altos estándares y nutrido de nuestras propias tradiciones, no siempre fue fácil para él entender que las cancillerías extranjeras no actuarían con los mismos nobles motivos. Él evitaba cuestionar la buena fe de los representantes de los gobiernos extranjeros he imbuido con el espíritu de nuestros propios tribunales, de mala gana impugnaba la rectitud de las cortes en otros países. Él fue eminentemente justo, rápido para reconocer sus propios errores, poseía una generosa, amable y encantadora disposición. Los detalles del trabajo en el Departamento de Estado lo cansaban casi hasta el punto de considerarlos insolentes, y huía de ellos frecuentemente como el trabajo ejecutivo se lo permitía; pero, como yo sé, sus momentos de aparente placer los utilizaba en el estudio y preparación de grandiosas políticas de estado y en papeles asociados con su nombre. Involuntariamente dejó el Senado y cuando dejó la Secretaría de Estado regresó a él. Knox fue un político de alto nivel, preocupándose poco por las cosas pequeñas, pero haciéndolo mucho más por aquellas que concernían a la dignidad y prosperidad del país. Fue un devoto aficionado a Roosevelt pero, en la infortunada controversia que se presentó entre Taft y su jefe formal, su ayuda y simpatía fueron totalmente para Taft.99

99 Henry Lane Wilson, Diplomatic… op. cit, 1927, p.p. 289-298.

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El general Porfirio Díaz, presidente de México (1877-1880 y 1884-1911): “En ese tiempo su mentalidad estaba todavía alerta y la decadencia que mostró poco tiempo después no era todavía evidente”.

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El presidente estadounidense, William H. Taft (1909-1913). Durante su presidencia: “un ciudadano americano viajaba por los mares; sin ningún temor en el corazón [...] erguido, con su cabeza hacia las estrellas, seguro en la fe de que su causa era justa, tenía sobre él y con él el fuerte brazo de su gran gobierno”.

El presidente de Nicaragua, José Santos Zelaya, a su llegada a México (1909).

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Bernado Jacinto de Cólogan y Cólogan, pieza clave de la diplomacia española en México durante el estallido revolucionario: “pertenecía a la vieja escuela de la diplomacia española [...] El había sido un ministro católico ante su majestad en China durante el sitio de Pekín”.

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Francisco I. Madero y el vicepresidente José María Pino Suárez. (19111913): “Ciertamente su muerte (Madero) no debe haber generado mayor tristeza que la muerte de los americanos que habían sido sacrificados durante su régimen”

El presidente Porfirio Díaz (izquierda) y el ministro español Bernardo Jacinto de Cólogan (derecha) en las fiestas del centenario del inicio de la Independencia de México (1910).

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Al embajador cubano en México, Manuel Márquez Sterling (arriba), le fue confiado por Felipe Ángeles en prisión: “a don Pancho lo truenan”.

El general Victoriano Huerta Presidente de México (1913-1914): “Fue un hombre de cáracter y coraje de hierro. Tuvo en sus discursos toda la brevedad que ha vivido en los campos y penetración de un hombre que ha vivido en los campos en vez de en las cortes”.

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Woodrow Wilson presidente de los Estados Unidos (1913-1921): el “Puritano del Norte”.

Olegario Molina Solís, ministro de Fomento, aquí con su numerosa familia: “ El era un hombre reservado de gran dignidad, modesto en su conducta, capaz en la administración, patriótico y honesto a fondo”.

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Tropas de ocupación estadounidense desfilan en el puerto de Veracruz (1914).

Emiliano Zapata su nombre no es mencionado por el embajador Henry Lane Wilson.

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Francisco Villa: “quién había estado pasando su vida de bandido en las montañas de Durango, un fugitivo de la justicia en el tiempo de Díaz, pero que rápidamente se ganó la confianza de Madero”.

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Dwight

Whitney Morrow

Dwight W. Morrow embajador en MĂŠxico, 1927.


IV. Dwight Whitney Morrow y la diplomacia ham and eggs Mis Ăşnicas instrucciones son mantenernos alejados de una guerra con MĂŠxico. Dwight W. Morrow


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Morrow, un sutil negociador Dwight W. Morrow nació el 11 de enero de 1873 en Huntington, Virgina Oeste. Su primer trabajo lo realizó entre 1887 y 1891 en Pittsburgh, Pennsylvannia como empleado de oficina en una compañía de carbón. Decidido a superarse asistió al Colegio Amherst (1891-1895) en Massachussets, a fin de realizar estudios donde destacó en el área de derecho. Para junio de 1895, Morrow se graduaba de este colegio con altos honores, cosechando entre otros reconocimientos el magna cum laude, el Phi Beta Kappa, el Betta Theta Pi, el Premio Hardy de Debate, el Premio Bond de mejor orador y el Literary Monthly. Al año siguiente de su graduación, trabajó como aprendiz en la firma de abogados Scandrett & Bartlett afincada en Pittsburgh. Entre 1896 y 1899 fue alumno de la Escuela de Derecho en la Universidad de Columbia. Al graduarse en junio de 1899, juró el cargo de fiscal en Pennsylvania, trabajando los siguientes quince años en la firma de abogados Simpson, Thacher & Bartlett en la ciudad de Nueva York.1 Durante esta etapa de su vida profesional (1899-1914), inició trabajando en la firma como empleado de oficina, logrando ser socio de la misma a partir del primero de junio de 1905. Casado dos años antes con Elizabeth Reeve Cutre, procreó a sus hijos Elizabeth R. Morrow (1904), Anne S. Morrow (1906), Dwight W, Morrow Jr. (1908) y a Constante C. Morrow (1913). Su habilidad para los juicios, las finanzas y su elocuencia en los tribunales llamaron la atención del mismo J. P. Morgan,2-a raíz de una sugerencia de Thomas W. Lamont-3 quién lo invitó y lo incorporó a su firma en 1914. J. P. Morgan padre, murió en 1913, pero Morrow mantuvo una estrecha relación con su hijo y sucesor, J. P. Morgan Jr.,4 a tal punto que Morrow permaneció en la firma hasta 1927. A tan solo dos meses y medio de su ingreso a las oficinas de J. P. 1 Harold Nicolson, Dwight Morrow, New York, Harcourt, Brace and Company, 1935. 2 John Pierpont Morgan (1837-1913) fue uno de los más grandes capitalistas de su época. Estudió en la Agencia de Cambio y Bolsa de Duncan en Nueva York. Al terminar sus estudios entró a trabajar en la empresa financiera de su padre ubicada en Londres y en 1871 ya formaba parte de Drexel, Morgan & Company, empresa que en 1895, paso a llamarse J. P. Morgan & Company. Fue también un destacado coleccionista de arte, que realizó importante donaciones a museos, como podemos apreciar en la sala Pierpont Morgan del Museo Metropolitano de Nueva York. Su biblioteca privada es desde 1924 una institución estatal (Pierpont Morgan Library). 3 Thomas Lamont (1870-1948), fue socio en J. P. Morgan & Company, y un banquero renombrado en el área de las finanzas internacionales. Comenzó su carrera como periodista y llegó a comprar el periódico New York Evening Post en 1918. Cuatro años después lo vendió. Entre ambas guerras mundiales, Lamont fue una gran figura de los negocios en Nueva York y su consejo y ayuda fueron buscados por muchos. Él apoyó las carreras de varias mujeres del alto-perfil, incluso era incondicional del sufragio femenino. Su participación en los Consejos de las Universidades más importantes de los Estados Unidos fue muy apreciado. Fue presidente de la Banca Internacional con inversiones en México en la década de los años veinte. 4 John Pierpont Morgan Jr. (1867-1943), heredero de la firma J.P. Morgan and Company.

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Morgan & Co., fue aceptado como socio de la misma, en Nueva York, al igual que a otras ligadas al corporativo de Morgan como lo fueron Drexel & Company en Filadelfia, Morgan Grenfell & Company, en Londres y Morgan, Harjes & Company con sede en París, Francia.5 A partir de ahí su ascenso en el mundo empresarial -no solo americano sino europeo- fue meteórico. Para 1915 formaba parte de la representación de esta compañía en las Comisiones Financieras en Gran Bretaña y Francia. Un año después, en 1916, celebraba el cierre de un préstamo anglo-francés por 500 millones de dólares. Suma nunca antes negociada y que implicó la creación de una enorme organización, formada sobre la base de 1,570 miembros para la distribución de los bonos. Los administradores de esta nueva empresa representaban a 61 bancos, numerosas empresas y casas inversoras de la ciudad de Nueva York. Cuando llegó el momento de la firma de tan magno convenio, se reunieron en la ciudad de Nueva York todos estos representantes así como de los gobiernos de Gran Bretaña y Francia. En ese instante, Morrow, cedió la palabra al presidente de la compañía, el mismo J. P. Morgan Jr., quién dijo: “Debe confiarse en esta tarea sin importar el riesgo”.6 Años después cerró otra transacción millonaria. En 1921, Morrow representó los intereses de un banco internacional que prestó al gobierno de Cuba la suma de 50 millones de dólares.7 Durante la reconstrucción de Europa después de la Primera Gran Guerra, Morrow trabajó intensamente en la estructuración de los paquetes de numerosos préstamos y ayuda directa de beneficencia a los países europeos. Su presencia en la compañía J. P. Morgan, le facilitó igualmente el ocupar cargos en diferentes Consejos de Administración. Estos iban desde el cargo de administrador del fideicomiso de su antiguo Colegio Amherst, y otros cargos en el mismo a los cuales siempre aceptó por ser una institución que protegió (1916-1931); hasta miembro de la Comisión de Investigación de la Prisión de Nueva Jersey (1917-1918). Otros cargos fueron presidente del Consejo Estatal de Control de Instituciones y Agencias, posteriormente llamado de Caridad y Corrección, dirigido a las instituciones benéficas (1917-1920); Director de la Comisión de Atenuantes de la Guerra en Nueva Jersey; miembro de la Misión de Barcos Americanos, del Consejo Aliado del Transporte Marítimo (Comité comúnmente llamado de Importaciones); Presidente del Comité de Aeronaves y Director de la Fundación para la Promoción de la Aeronáutica. Además fue miembro de los Consejos de administración de la Compañía de empresas de Banco de los Estados Unidos; de la Fundación Corporativa Commonwealth; de la Enciclopedia de Ciencias Sociales; de la Asociación Civil Englewood; de la Compañía General Electric; del Instituto Hampton; del Instituto de 5 Harold Nicolson, Dwight… op. cit, 1935. 6 Harold Nicolson, Dwight… op. cit, 1935, p. 175. 7 Harold Nicolson, Dwight… op. cit, 1935; y Ron Chernow, The House of Morgan: An American Banking Dynasty and the Rise of Modern Finance [La Casa de Morgan: Una dinastía Americana de las Actividades Bancarias y el arribo de las finanzas modernas], Atlantic Monthly Pr., 2001.

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Educación Internacional; de la Asociación Aeronáutica Nacional; del Instituto Nacional de Ciencias Sociales; de la Sociedad de Nueva Jersey de Hijos de la Revolución Americana; de la Asociación de Nueva York para las Condiciones de Improvisación en los pobres; de la Palisades Trust & Guaranty Co.; miembro Phi Beta Kappa; de la Fundación Russel Sage; del Plan Regional para Nueva York y sus Alrededores; de la Escuela de Relaciones Públicas e Internacionales; del Consejo Asesor de la Universidad de Princeton; del Instituto Smithsoniano; de la Sociedad de Cincinnati en el Estado de Nueva Jersey; de la Unión Seminarista Teológica y del Concilio del Bienestar de la Ciudad de Nueva York. Entre los títulos honorarios recibidos por Morrow en el área del Derecho, se encuentran los otorgados por prestigiosas universidades como la Universidad de Rochester (1920), Princeton (1925), Pennsylvania (1926), William Collage (1926), Yale (1927), Brown (1928), Harvard (1928), Darmouth College (1931) y Bowdin College (1931). Las condecoraciones recibidas también manifiestan el grado de compromiso que adquirió en servicio de los intereses de su país, de los países aliados y de la reconstrucción europea. Son de resaltar la Medalla al Servicio Distinguido (Estados Unidos); Caballero de la Legión de Honor (Francia); Oficial de la Corona de Italia (Italia) y Caballero del Real Batallón de Jorge I (Grecia). Aunque dejó de trabajar en la empresa de J. P. Morgan & Co. el 30 de septiembre de 1927, la relación con la misma y en particular con el empresario J. P. Morgan Jr., nunca se perdió. Su retiro de la empresa se debió a que había estado trabajando cerca de la administración del presidente Calvin Coolidge (presidente de 1923-1929). Convencido de la creciente influencia de los Estados Unidos en las relaciones internacionales y sobre todo financieras, elaboró y presentó al nuevo presidente de los Estados Unidos, varios análisis y recomendaciones político-financieras de carácter interno así como de alcance internacional. Fue tal su interés creciente por la política, que el presidente Coolidge se atrevió a hacerle un ofrecimiento: el cargo de embajador de los Estados Unidos en México. Contra lo que probablemente pensó el mismo presidente, Morrow tomó con entusiasmo la idea y se traslado rápidamente el 19 de agosto de 1927 a Rapid City, a entrevistarse con él. Un mes después (20 de septiembre) recibía el nombramiento de Embajador Extraordinario y Plenipotenciario de Estados Unidos en México.8 Conocemos el intercambio de cartas entre Morrow y la empresa J. P. Morgan, así como con sus otros socios de la compañía en la que trabajó por largos años. Esta información que aparece en su biografía, muestra al mismo J. P. Morgan Jr. perplejo por la repentina decisión. Un mes de carteo en ambos 8 Hewitt Hanson Howland, Dwight Whitney Morrow a sketch in admiration with introduction by Calvin Coolidge [Dwight Whitney Morrow un bosquejo en admiración. Con Introducción de Calvin Coolidge], New York, 1930

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sentidos no hicieron desistir de su decisión a Morrow. El propio J. P. Morgan Jr. le pidió de favor que no abandonara el equipo, argumentando que “México tiene la más baja de todas las reputaciones diplomáticas”.9 A juicio de su biógrafo Harold Nicolson, Morrow no solo se encontraba cansado de la vida tan agitada que había llevado hasta ese momento. Sino que también mostraba su usual curiosidad e interés por “nuevos rangos de experiencia, fresca combinación de problemas y personalidades”.10 Fue en ese momento que mostró -de acuerdo a sus escritos y su diario-, una retrospectiva donde mostraba la inmensa deuda que tenía con la corporación J. P. Morgan situada en el número 23 de Wall Strett. En ese momento poseía una posición privilegiada de autoridad e influencia dentro y fuera de la compañía, así como en el mundo de los abogados neoyorquinos. Había realizado numerosos viajes entre Europa y América, se había familiarizado con las reuniones de las altas autoridades políticas y aristocráticas inglesas. Estaba acostumbrado a sentarse a desayunar con Lloyd George y Lord Reading, miembros prominentes del gobierno inglés, con Sir Basil Blackett del Tesoro Británico, con el general Wilfrid Ellershaw del Ministerio de Guerra, así como con Sir Edgard Holden, en referencia a los créditos otorgados a Gran Bretaña y a Francia. En otras palabras, estaba curtido con los problemas financieros internacionales y su relación con la política mundial. Pero estaba a la vez, exhausto de este tipo de vida y aprovechando que poseía una completa independencia financiera, se aventuró a conocer los entresijos de la diplomacia. Y nada más atractivo y retador que un país de donde circulaban los más discrepantes comentarios, donde las grandes empresas americanas y británicas, sobre todo petroleras, tenían intereses enormes, y además, caso insólito para él, este país se había mantenido alejado del contexto mundial. Este país era México. Dwigth W. Morrow fue embajador de su país en México entre septiembre de 1927 y septiembre de 1930. Durante este tiempo no se olvidó de la política internacional y fue Delegado de Estados Unidos en la Sexta Convención Internacional de Estados Americanos en la Habana, Cuba (1928); publicó el Plan Regional de Nueva York y sus alrededores (1929) y participó en 1930 en la Conferencia Naval de Londres. En abril de 1930, regresó a Englewood, y ahí asistió en junio al nacimiento de su primer nieto: Charles Lindbergh Jr. En efecto, su hija Anne Spencer contrajo matrimonio con el famoso piloto cuyo avión “Espíritu de San Luis”, hizo el primer viaje aéreo trasatlántico, me refiero a Charles Lindbergh, quién continuamente visitó México. Sus visitas favorecieron el desarrollo de rutas aéreas y la modernización del correo aéreo en México. Estando en Englewood, Morrow participó en las elecciones primarias para optar por un asiento republicano en el Senado. Aunque regresó brevemente a México, entre agosto y septiembre de ese año, todo indica que estaba dispuesto 9 Harold Nicolson, Dwight… op. cit, 1935, p. 290. 10 Ibid.

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a renunciar a su cargo. Renunció como Embajador en México el 30 de septiembre de 1930. Regresó a Nueva Jersey y finalmente fue electo por mayoría de 200 mil votos en noviembre de 1930. Fue llamado a un doble mandato. Primero por un corto período del 3 de diciembre de 1930 al 3 de marzo de 1931, a fin de cubrir una vacante. Posteriormente el cargo que ganó por votación inició el 4 de marzo de 1931. Aunque inició con gran entusiasmo, no logró terminar su período como senador. El 5 de octubre de 1931, murió a causa de una hemorragia cerebral que días antes lo sorprendió una mañana en su casa, mal que ya no lo dejó recobrar más la conciencia.

Fuentes Dwight Whitney Morrow no logró publicar sus memorias bajo su propia supervisión. Su biografía fue escrita por Sir Harold George Nicolson,11 quien se basó en el amplio archivo de Morrow, que por cierto tenía bien organizado. El libro se titula Dwight Morrow, editado en Nueva York por Harcourt, Brace and Company y cuya primera edición data de 1935, logrando una segunda impresión en octubre del mismo año. Constó de 409 páginas. La imprenta fue Quinn & Boden Company, Inc., Rahway, en N. J. No ha sido traducido al castellano. Actualmente el archivo personal de Dwight W. Morrow se encuentra en la Sección de Archivos y Colecciones Especiales de la Biblioteca del Colegio Amherst, en Massachussets. Este archivo consta de 167 carretes de microfilms de 35 mm, y que cubren el período de 1900 a 1931. De igual forma, contiene 124 pies lineales de documentos, que abarcan el mismo período. El archivo, en general, esta abierto al público y no presenta restricciones al acceso para el uso de investigación. Otros textos relacionados con la vida de Morrow son las obras de su hija Anne Morrow Lindbergh, Bring Me a Unicorn: Diaries and Letters of Anne Morrow Lindbergh, 1922-1928 [Tráeme un Unicornio: Diarios y Cartas de Anne Morrow Lindbergh, 1922-1928], 1972; Hour of Gold, Hour of Lead: Diaries and Letters of Anne Morrow Lindbergh 1929-1932 [Hora del Oro, Hora del Plomo: Diarios y Cartas de Anne Morrow Lindbergh 1929-1932], 1993; Locked Rooms and Open Doors: Diaries and Letters of Anne Morrow Lindbergh, 19331935 [Cuartos Cerrados y Puertas Abiertas: Diarios y Cartas de Anne Morrow 11 Harold G. Nicolson nació en Teherán, Irán, en 1886. De padre diplomático inglés, tuvo estudios privilegiados como lo fueron en el Colegio Wellington y en la Universidad de Oxford, antes de ingresar al servicio diplomático británico. Participó aún joven en las Conferencias de Paz de Versalles en 1919. Combinó su carrera literaria con la política. Fue miembro de la Cámara de los Comunes por el Partido Laborista y Secretario Parlamentario en el Ministerio de Información en el gobierno de coalición formado por Winston Churchill en 1940. Entre otras obras cuenta con las biografías de Alfred Tennyson (1923), Lord Byron (1924) Algernon Charles Swinburne (1926) y King George V (1952).

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Lindbergh], 1993, entre otros de esta autora. Véase también de Susan Hertog, Anne Morrow Lindbergh: Her Life [Anne Morrow Lindbergh: Su Vida], 1996 y de Susan Danly, et.al., Casa Mañana: The Morrow Collection of Mexican Popular Arts [Casa Mañana: La Colección Morrow de Arte Popular Mexicano], 2002. Sobre la labor de Morrow en México véase entre otros a Hewitt Hanson Howland, Dwight Whitney Morrow a sketch in admiration with introduction by Calvin Coolidge [Dwight Whitney Morrow un bosquejo en admiración. Con Introducción de Calvin Coolidge], 1930; Stanley Robert Ross escribió dos artículos uno es “Dwight W. Morrow, ambassador to Mexico” [Dwigth Morrow, embajador en México], 1958; y del mismo autor “Dwight Morrow and the Mexican Revolution” [Dwigth Morrow y la Revolución Mexicana], 1958 y Richard Anthony Melzer, Dwight Morrow’s role in the Mexican Revolution good neighbour or meddling Yankee [La participación de Dwight en la revolución mexicana: buen vecino o intromisión yanqui], 1979. Un análisis detallado de la política hacia México de la administración del presidente Coolige y del papel de Morrow es: Lorenzo Meyer, México y los Estados Unidos en el Conflicto Petrolero, 19171942, 1981: 221-281. Sobre la importancia de la gran empresa que representó Morrow y su influencia en el mundo de las finanzas véase a Ron Chernow, The House of Morgan: An American Banking Dynasty and the Rise of Modern Finance [La Casa de Morgan: Una dinastía Americana de las Actividades Bancarias y el arribo de las finanzas modernas], 2001. El libro titulado Dwight Morrow escrito por Harold Nicolson consta de XVIII capítulos que abarcan: el origen de su familia (capítulo I); sus años de estudio (capítulos II y III); sus primeros años de matrimonio con Elizabeth Reeve Cutre (capítulo IV); su actividad laboral como abogado en diferentes firmas –donde destaca la compañía Morgan y la financiación a la Gran Guerra así como su servicio a la misma en el Consejo de Transporte Marítimo Aliado– y los años de la reconstrucción europea (capítulos V-XII); los apoyos financieros a su vieja escuela Amhersten y a Cuba (capítulo XIII); su relación con Calving Coolidge (capítulo XIV) y finalmente sus años como embajador en México (capítulos XV-XVIII). Incluye once fotografías. Se ha hecho de esta obra una selección de temas notables, siempre con la finalidad de no sacar de su contexto sus palabras. No existe una versión traducida y publicada al español de esta obra, por ello se realizó para este volumen una traducción directa de la primera edición publicada en 1935.

1. Importancia de la misión mexicana de Morrow La designación de Dwight Morrow como embajador de Estados Unidos en México, causó sorpresa entre los que lo conocían, especialmente en J. P. Morgan Jr., con - 300 -


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quién había trabajado trece años. Su fina franqueza, su noble conocimiento de las personas con las que había llegado a negociar grandes tratos, dieron un vuelco a la tradicional diplomacia estadounidense hacia este país. Morrow sabía que era una labor difícil y aceptó el reto. Los resultados iniciales fueron encomiables. La misión de Dwight Morrow hacia México es comúnmente citada por estudiantes de asuntos internacionales como uno de los episodios más instructivos en la historia diplomática moderna.12 Esta opinión debe ser examinada. Su práctico logro en México no fue comprendido, durable o completo. El compromiso que planeó entre los derechos del capital Americano y las aspiraciones del nacionalismo Mexicano no fue profundo ni duradero. Su negociación de un armisticio entre la Iglesia y el Estado condujo a que no se asentara aquella infeliz controversia. Y falló a inducir al Gobierno Mexicano a establecer sus finanzas en un programa de largo plazo en lugar de contratos de conveniencia inmediata. Por lo tanto ¿Porque su misión debe ser observada con tanta importancia histórica? Debe ser comprendido en primer lugar, que México representó en otoño de 1927, un caso de prueba para la política futura de los Estados Unidos hacia toda América Latina. La misión mexicana de Morrow fue un salto para crear un precedente que afectó la política del Departamento de Estado hacia el sur del continente. Esto no fue todo. Debido a la Doctrina Monroe, los Poderes Europeos debían también atender a conformar su actitud a la de Washington. Ellos también, tarde o temprano, seguirían el precedente de Morrow. Este precedente, por analogía, afectaría la política de los Grandes Poderes en tratar con otro país atrasado, pero súbitamente transformados en países altamente nacionalistas. Inglaterra al final encontraría dificultades en adoptar en Persia o China una política esencialmente diferente a aquella que, en México, fue perpetrada por el precedente Morrow. Fue por esta razón que su misión a la Ciudad de México fue vista con ansioso interés por todo el mundo. Él llegó en un momento en que el conflicto entre el imperialismo (sea de la variedad territorial o económica) y nacionalismo (socialista o militarista) alcanzó una etapa confusa. El tratar con el revuelo de las naciones atrasadas, los Poderes capitalistas andaban a la deriva a modo de derrotismo resentido. En primer plano, ellos no estaban dispuestos a defender sus intereses por la fuerza; en segundo plano, no habían llegado al punto donde estuvieran preparados a olvidar sus pérdidas, a llamar a un nuevo trato, y a establecer con los países previamente disciplinados, relaciones de confidencia cooperativa. El manejo que le dio Morrow al problema Mexicano constituyó un experimento en dicha cooperación. No era, desde el punto de vista material, un experimento completamente exitoso; eventualmente era como una demostración de una 12 Ver particularmente Lionel Curtis, “The Capital Question in China,” pp. 255-275, y Profesor Arnold Toynbee, “A Survey of International Affairs,” 1930, pp. 384 [Nota de Nicolson].

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nueva teoría de intercambio entre los fuertes y los débiles he ahí, su inmensa importancia. Morrow partió del axioma que la fuerza o autoridad no debían seguirse observando como la única política; el mostró que por la vía de la conciliación, al menos algo podía ser salvado de la ruina. La mayoría de los Gobiernos se percataron que una política de fuerza no podía tener la aprobación final de sus electorados; los Gobiernos dudaron en rechazar esta política, principalmente debido a aquellos hábitos inculcados de crédito nacional, los cuales eran llamados “prestige”. Morrow, por invención y aplicación de la teoría de “tutela moral” ejercida por los fuertes sobre los débiles, proveyó un antídoto espiritual para la “aparente” perdida del prestigio. Él salvó la cara imperialista. Y como era la cara de su propio gobierno que había rescatado, su teoría puede ser convenientemente examinada en términos de las relaciones entre México y Estados Unidos. Esta biografía no tiene la intención de entrar en un análisis detallado de la política de los Estados Unidos hacia América Latina en general o México en particular; ni se hace el intento para divergir sobre una investigación de la historia moderna Mexicana.13 Pero si el objetivo del lector es obtener alguna concepción satisfactoria de los que Morrow realizó en México, es esencial describir algunas de las ideas e intereses conflictivos que para el año de 1927 pusieron un confuso malentendido a la situación. La explicación que sigue, describe en su esencia, el impacto de una precisa pero visionaria opinión en donde el hecho y la teoría se cruzaron. Morrow fue capaz de atraer teorías actuales, que eran anticuadas y contradictorias, en línea con realidades existentes; y elevar hechos a un nivel en donde podrían ser examinados en la luz, no del prestigio nacional, pero sí de la filosofía humana. Antes de pasar a los hechos, deben ser consideradas las teorías. La Doctrina Monroe, como fue propuesta hace más de 100 años, fue una ordenanza unilateral pura; los Estados Unidos renunciaron a todo derecho de intervenir en Europa debido a que Europa renunció a todo derecho de intervenir en el Hemisferio Oeste. Al término del siglo XIX, la Doctrina Monroe asumió una forma más objetiva e imperialista. Se convirtió en una “doctrina de poder” justificándose con frases como “destino manifiesto” y “seguridad en el Caribe”. Durante el mismo periodo, los capitalistas americanos invirtieron enormes cantidades para el desarrollo de los recursos en América Latina. El Gobierno de Estados Unidos, unas veces insensible y otras de mala gana, derivó en una posición de interferencia constante con los asuntos internos de las Repúblicas del Caribe. Este estado de la cuestión, era ofensivo para la conciencia de los estadounidenses, de los cuales la gran mayoría eran hostiles a todas las 13 El estudio mas amplio del México moderno es “México and Its Heritage” de Ernest Gruening. Para la relaciones diplomáticas entre México y Estos Unidos consulte la monografía de Mr. Frederick S. Dunn llamado “Diplomatic Protection of Americans in México,” “The Mexican Revolution and the United States” de Mr. Charles Wilson Hackett (panfletos de la Fundación Mundial de la Paz, Vol IX, No. 5), y “United States and México” del Profesor James F. Rippy [Nota de Nicolson].

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formas de intimidación política o explotación capitalista. El Gobierno de Estados Unidos se encontró en una falsa posición. En primera instancia, apenas rechazaron el proporcionar protección a vidas americanas y propiedad en casos donde se encontraban en grave peligro; por otra parte, dicha protección ocasionó intervención y con ello la hostilidad de América Latina y la desaprobación de su propio electorado. Fue Dwight Morrow quien trazó el camino fuera del callejón sin salida. El Presidente Wilson rechazó que la Doctrina Monroe fuera explotada con propósitos del “destino manifiesto” o “diplomacia dólar”. Aunque Woodrow Wilson desaprobó fuertemente intervenciones con propósitos imperialistas o económicos, el lo practicó en soporte de sus teorías didácticas y en defensa de aquellos “derechos” que observó como consecuencia de la Ley Internacional a los ciudadanos de Estados Unidos con propiedades en América Latina. El sistema Wilsoniano sancionó el uso del poder con el propósito de “enseñar a América Latina a elegir a los hombres correctos”; perpetuaba un precedente peligroso y hacía poco en colocar las relaciones con América Latina sobre una base aceptable, tanto para los Latinoamericanos como para las grandes masas estadounidenses. El significado de la contribución de Morrow fue que él propuso como axiomas permanentes lo que Wilson intermitentemente avanzó como ideas. Él fue el primer Americano responsable en proclamar con completa claridad que una fuerte intervención, aunque fuera noble su causa, era una “doctrina de poder” y en conflicto con la conciencia de Estados Unidos: fue el primero en poner en claro que los principios nebulosos de la Ley Internacional, mientras brindaban una base de controversia, ofrecían un terreno inestable para su ajuste. Fue el primero en apoyar la contención de Elihu Root14 de que las deudas privadas en países extranjeros no deben ser recolectadas por coerción gubernamental; fue el primero en discutir que la cooperación entre Estados Unidos y América Latina, aunque momentáneamente vista como incierta y decepcionante, al final probaría ser la única política practicable; y fue el primero en demostrar todo lo que se podía lograr con simpatía y confianza como las únicas alternativas posibles para controversias legales o amenazas. La crítica hecha en contra de Morrow (principalmente por empresarios americanos y británicos residentes en México) es que él se acercó al problema desde un ángulo puramente sentimental o idealista y se esforzó en ver las cualidades Mexicanas, quienes en realidad, a juicio de estas críticas, no las poseían. Semejante crítica es un menosprecio hacia la sinceridad e inteligencia de Morrow. Estaba perfectamente consciente que las virtudes y defectos del carácter Mexicano eran diferentes de las virtudes y defectos del carácter Anglo Sajón. No atribuyó estas diferencias a ninguna superioridad de civilización; él los observaba como síntomas de patrones divergentes de culturas. Estaba consciente de que si consideraba las debilidades Mexicanas, empañaría su propio juicio y no lograría nada: el sabía que la forma de esperar un mejoramiento a largo plazo consistía en solamente mostrar a todos, lo mejor del carácter Mexicano. El afecto y respeto que sentía por los Mexicanos era deliberado y sincero; fue su convicción tan sincera lo que le permitió

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ganar la confianza de los Mexicanos y dejar detrás de él un nombre, el cual, entre las personas Mexicanas, nunca sería olvidado. Los Mexicanos sintieron que no había afectación en la actitud de Morrow por lo que lo recibieron tan cálidamente [como algo] que restauró su auto-respeto. “Yo sé,” como Morrow dijo antes de abandonar Englewood, “lo que puedo hacer por lo Mexicanos. Yo les puedo agradar.” Al decir esto, estaba pensando a largo plazo en lugar de realidades inmediatas; y hasta sus críticos más severos fueron callados por su éxito. Con esta introducción es posible pasar de un análisis de teoría, a un análisis de que tan lejos esa teoría fue afectada por y aplicable, a los hechos.14

2. Historia de una explosiva relación Las historia de las relaciones diplomáticas entre los Estados Unidos y México eran sumamente complejas, tensas y de rencor por parte de México. La negativa labor de Poinsett y posteriormente de Henry Lane Wilson, había deteriorado el vínculo común entre ambos países. También hay que agregar la guerra mexicoestadounidense de 1845-1848, la cual nunca fue olvidada como una guerra injusta por el país del sur. Sin embargo, había problemas inmediatos que resolver. A partir de la caída de Díaz y el inicio de la revolución meses antes en 1910, las relaciones entre los vecinos distantes se tensionaron: la frontera de más de tres mil kilómetros se volvió insegura; se rompieron relaciones entre 1913 y 1914 con el dictador Victoriano Huerta; se tomó a sangre y fuego el puerto de Veracruz por los marines en 1914; se dio la expedición Pershing en busca de Francisco Villa, quién en unión de su ejército atacó el pueblo estadounidense de Columbus; y las políticas reformistas agrarias e industriales de los nuevos gobiernos mexicanos afectaron vidas y bienes estadounidenses. Esa era la situación de las relaciones entre los países vecinos cuando fue nombrado Morrow, el cual fue visto como un emisario más de las exigencias estadounidenses. La sospecha que tenia los Estados Unidos en el año 1927, hacia México, era debido a ciertas causas, algunas recientes y otras remotas. Era, en primer lugar, la memoria indeleble de la anexión de Texas en 1844,16 de la guerra de 1846-1848 (descrita por el General Grant como “una de las más injustas de una nación fuerte contra una nación débil”), y del tratado de Guadalupe 14 Elihu Root (1845-1937), es considerado uno de los más grandes administradores de la historia de Estados Unidos. Debido a sus propuestas de concordia en las relaciones internacionales recibió en 1912, el Premio Nóbel de la Paz [Nota de OF]. 15 Harold Nicolson Dwight…op. cit., 1935, p.p. 294-300. 16 Justin Harvey Smith, “The Annexation of Texas,” Vol. I, pp. 62-63 [Nota de Nicolson].

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Hidalgo, como resultado del cual los Estados Unidos adquirió de México más de la mitad del territorio, aproximadamente 619,000 millas cuadradas, representado actualmente por Texas, Nuevo México, Arizona y California.17 En segundo lugar, la memoria de humillaciones sucesivas impuestas hacia la dignidad nacional de México por Ministros de los Estados Unidos, desde Joel Poinsett hasta Henry Lane Wilson, algunos de los cuales fueron confundidos y otros fueron “bribones incompetentes” del tipo de Anthony Butler.18 En tercer lugar, los 32 años dictatoriales de Díaz y la era de explotación económica desde 1884 hasta 1910.19 Existía el miedo de que los Estados Unidos decidieran construir una “Ruta Ístmica” o canal a través de Tehuantepec. Y existían los sentimientos de un orgullo herido que había sido inflamado por la política adoptada en Washington hacia la Revolución Mexicana, culminando con el bombardeo y ocupación de Veracruz en la expedición Pershing de 1916.20 17 Nicolson se equivoca al solo mencionar esos estados, y olvidar que el territorio entregado por México a los Estados Unidos incluyó también los futuros estados de Colorado, Utah y Nevada. 18 Anthony Butler (1787?-1849?) fue enviado por el presidente Andrew Jackson a ocupar el cargo de ministro plenipotenciario –tras la expulsión de Poinsett- de Estados Unidos en México. Permaneció en México de 1829 a 1936, informando a Jackson sobre las intenciones del gobierno mexicano en Texas. Fue un acérrimo partidario de la anexión violenta de Texas a los Estados Unidos. Se fabricó una imagen deshonrosa en los mismos Estados Unidos, donde era calificado como un hombre sin principios y con una vida escandalosa. El mismo Samuel Houston dijo de él en 1832 que “que un hombre solo como él, era capaz de destruir un país” [Nota de O. F.]. 19 El período de Díaz es considerado desde el punto de vista de los revolucionarios Mexicanos de 1910 […] como un periodo de opresión, no tomando en cuenta los inmensos servicios dados al país por Díaz y su Ministro de Finanzas, José Limantour [Nota de Nicolson]. 20 Nicolson confunde dos intervenciones militares en México diferentes entre sí, pero dadas durante la administración de Woodow Wilson. Una fue la toma a sangre y fuego del puerto de Veracruz en 1914, año que los marines controlaron por espacio de ocho meses el puerto, como medida de presión para derrocar al presidente mexicano Victoriano Huerta. Las segunda intervención fue entre 1916 y 1917, cuando una expedición punitiva de diez mil hombres al mando del general Pershing, permanecieron en el estado de Chihuahua durante un año, en busca de Francisco Villa. Villa había atacado el poblado estadounidense de Columbus y el presidente Wilson ordenó su captura, sin permiso del encargado del poder Ejecutivo, Venustiano Carranza. (Nota de O.F.) Las fechas guía en la historia Mexicana son como siguen: 1519-1521 Cortes conquista México 1821 México logra su independencia 1844 Anexión de Texas 1846-1848 Guerra contra los Estados Unidos 1848 Tratado de Guadalupe Hidalgo 1853-1861 Guerra Civil. Juárez y Santa Anna 1861-1863 Intervención francesa 1864 Emperador Maximiliano 1867 Ejecución de Maximiliano. Presidente Juárez 1877-1880 Presidente Díaz 1884-1911 Presidente Díaz 1910-1911 Revolución. Presidente Madero 1913 Asesinato de Madero. Presidente Huerta 1914 Presidente Carranza 1915-1916 Villa y la expedición Pershing 1915 Carranza reconocido por Estados Unidos 1917 Asamblea constitutiva realiza la Constitución 1920 Asesinato de Carranza. Presidente Obregón

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Muchos acontecimientos que reflejan las remotas causas de malentendidos; las causas mas inmediatas surgen de la naturaleza de la Revolución Mexicana de 1910 y del programa anti-extranjero y anticapitalista establecida por la Constitución de 1917. Estos dos factores deben ser examinados en mayor detalle. La Revolución iniciada por Francisco Madero en 1910 fue un renacimiento contra la política dictatorial de Porfirio Díaz, tal y como lo dice su máxima, “Sufragio efectivo: no reelección.” Muy pronto, sin embargo, cuando el dictador abandonó México, la revolución perdió su aspecto político y se convirtió en nacionalista, social y agraria. Madero, con su liberalismo del Siglo XIX, fue casi inmediatamente dejado atrás, de ahí en adelante la revolución dejó de ser un problema para el liberalismo, pero la clase militar se volvió en contra de los extranjeros, terratenientes y los capitalistas. El problema agrario fue el más prominente. Porfirio Díaz, con el propósito de crear una clase campesina y con un deseo de eliminar a sus rivales políticos, hizo decretar en 1890 la expropiación de las villas comunes o ejidos. Este decreto fue ejecutado con extrema brutalidad con el resultado que 134,547,885 hectáreas de tierra comunal, propiedad de una población India o semi india de 14,000,000, pasó a manos de terratenientes españoles o hacendados.21 Estas personas sumaron solamente 834 y sus estados individuales abarcaron, en algunos casos, latifundios que contenía 6,000,000 hectáreas. Los Indios, despojados de sus tierras, se degradaron en siervos atados a las haciendas; de acuerdo al censo de 1910 había 3,103,402 de peones de campo en servicio. Era inevitable que las pasiones de esas personas, una vez que fueron liberadas, no quedaran satisfechas con fórmulas políticas. Carranza22 en el norte y Zapata en el sur encabezaron revueltas contra Madero con el propósito de obtener la restauración inmediata de los ejidos. La realización de este objetivo fue retrasado por una contra revolución conservadora bajo Victoriano Huerta en Febrero de 1913, y el último derrocamiento en 1914 fue pospuesto por la guerra civil, la cual posteriormente rompió entre Carranza, Villa y Zapata. Entre Septiembre de 1914 y Febrero de 1915, La ciudad de 1923 Estados Unidos reconoce a Obregón 1924 Presidente Calles 1927 Llegada de Dwight Morrow 1928 Asesinato de Obregón [Nota de Nicolson] 21 Las estadísticas de 1910 brindan las siguientes figuras de población: Indios 6,000,000, i.e. 39% Mestizos 8,000,000 i.e. 53% Blancos 1,150,000, i.e. 7.5% Estas figuras son muy exageradas para los Blancos [Nota de Nicolson]. 22 En el caso de Carranza, no existe evidencia que se haya levantado contra el gobierno de Madero. Una vez muerto Madero en febrero de 1913, Carranza se levantó en armas contra el régimen del general Victoriano Huerta por ser un usurpador del poder Ejecutivo y no por pedir ejidos. Por lo tanto, este comentario presenta una notoria imprecisión histórica por parte de Nicolson. Esta imprecisión probablemente fue tomada por Nicolson de las Memorias de Henry Lane Wilson, Diplomatic Episodes in Mexico, Belgium and Chile [Episodios Diplomáticos en México, Bélgica y Chile], editado en 1927 en Nueva York por Doubleday, Page & Company, 399 páginas [Nota de O.F.].

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México cambió de manos no menos de 6 veces. Fue con el propósito de buscar apoyo popular contra sus rivales que en Febrero 6 de 1915, Carranza emitió su famoso decreto agrario. Bajo este decreto, no solo aquellas villas que habían sido robadas de sus ejidos iban a ser restituidas, sino que incluso aquellas villas que nunca poseyeron ejidos iban a ser “donadas” con tierras expropiadas de propiedades adjuntas. La ejecución de este decreto fue encomendada a la Comisión Agraria local con el resultado de una jacquerie23 autorizada que se expandió por los estados mexicanos. En Octubre 19 de 1915, Carranza fue oficialmente reconocido por los Estados Unidos y de ahí en adelante los resultados de la Revolución se incorporaron a una forma legislativa. Una Constitución fue sometida a una Asamblea Constitutiva que se reunió en Querétaro en Febrero de 1917 y fue promulgada en Mayo siguiente. Contenía 136 artículos de un avanzado carácter nacionalista, del cual el más importante, desde el punto de vista de esta narrativa, era el Artículo 27. Este artículo anunciaba no solo la nacionalización de toda la tierra, sino también de todo el subsuelo, incluyendo minerales y petróleo. También imponía restricciones sobre la adquisición de propiedad por extranjeros, y estableció en la nación las posesiones de “las instituciones religiosas conocidas como iglesias.” Fue alrededor de este artículo donde radicó la controversia entre México y Estados Unidos entre 1917 y 1927. Es de observar, que la Revolución Mexicana de 1910 siguió la curva clásica de todas aquellas revueltas entre pobres y ricos, cuando tenían lugar en comunidades donde no existía una sólida clase media de carácter neutral. Iniciando como un movimiento intelectual para una libertad política, rápidamente se derramó en un problema por la tierra. Las rivalidades entre algunos líderes les permitió mejorar sus promesas al proletariado, con el resultado que la revolución se balanceó más y más hacia la izquierda hasta que llegó a abarcar un programa completamente nacionalista y Marxista del tipo confiscatorio. Para 1926 la revolución había pasado por su primera fase de oscilación violenta y, bajo el fuerte control de Plutarco Calles, fue firmemente bajando a la segunda fase de consolidación. En ocasiones se había afirmado que fue Dwight Morrow quien transformó a Calles de un revolucionario a un hombre de estado. Dicha afirmación no es verdadera. Lo sucedido fue que Morrow llegó en la etapa final en que la evolución de Calles era más receptivo en base a la experiencia, coraje y observación. Si Morrow hubiera llegado un año antes o 3 años después, su misión Mexicana no hubiera sido el triunfo que fue.24

23 Esta palabra proviene del idioma francés y su uso proviene de la época medieval, a fin de describir las revueltas campesinas en ese país [Nota de O.F.]. 24 Harold Nicolson, Dwight… op. cit, 1935, p.p. 300-304

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3. Antecedentes inmediatos A raíz del asesinato del presidente Venustiano Carranza en 1920, el gobierno de los Estados Unidos no reconoció de inmediato a la administración que le sucedió, debido a que esta llegó al poder gracias a una rebelión armada. El gobierno interino del presidente Adolfo de la Huerta (1920) y el gobierno de Álvaro Obregón, quién llegó a la presidencia a través de las urnas a fines de 1920, provocaron suspicacias en Washington. Después de largas negociaciones entre ambos gobiernos decidieron antes de reanudar las relaciones diplomáticas el arreglo de asuntos pendientes. Entre otros fue el relacionado con la deuda exterior, la creación de comisiones mixtas para investigar las demandas de estadounidenses afectados durante la revolución mexicana, el asunto del petróleo, entre otras. Finalmente a mediados de 1923, se reanudaron las relaciones diplomáticas entre ambos países. El primer embajador después de este distanciamiento fue James Rockwell Scheffield, quién solo volvió a poner tensas las relaciones debido a su actitud altiva y poco tolerante.25 En buena medida, esta actitud de Scheffield era resultado de las posturas políticas contradictorias que se manejaban en el Departamento de Estado. Scheffield, fue retirado de su cargo en 1927, y la administración de Coolige buscó un nuevo embajador. Ocuparía mucho espacio el examinar con detalle las fases sucesivas de indignación y abstención por el que pasó el Gobierno de los Estados Unidos durante aquellos confusos años. Los ultrajes hacia las vidas y propiedades de ciudadanos Americanos fueron flagrantes y frecuentes, y la presión trajo el ejercer apremio a las administraciones sucesivas de los Presidentes Wilson, Harding y Coolidge a intervenir con el propósito de “limpiar a México”, si bien ésta no fue del todo autoritaria, fue ocasionalmente aguda. Que el Departamento de Estado fuera capaz de resistir esta presión habla de su propósito de integridad, y el motivo fundamental de quien era expresado con su acostumbrado estilo puritano, me refiero al Presidente Wilson en su articulo Ladies Home Journal en Octubre de 1916:

25 James R. Sheffield [1864-1938], fue el primer embajador de Coolige en México y patrocinado por Washington y los líderes republicanos y el primero después de la ruptura de relaciones diplomáticas en 1920. Sheffield era un exitoso abogado neoyorquino con una deshogada posición económica. Rápidamente fue acusado por el gobierno mexicano de comportarse como un celoso administrador de las propiedades de la colonia estadounidense y de los potentes intereses petroleros en México. Scheffield nunca escondió sus simpatías por el gobierno de Porfirio Díaz y su desprecio por el nuevo régimen, del cual siempre envió en sus despachos a Washington una imagen totalmente negativa. Sobre la actuación de Sheffield en México como embajador entre 1924 y 1927, véase a Lorenzo Meyer, México y los Estados Unidos… op. cit, 1981; Anita Brenner, The wind that Swept Mexico. The History of the Mexican Revolution, 1910-1942, New York, Harper and Brothers, 1943 y Edmund David Cronon, Josephus Daniels in Mexico, Madison, The University of Wisconsin Press, 1960 [Nota O.F.].

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Estados Unidos puede establecer una paz permanente en sus fronteras solamente por una adopción consistente en acción de los principios los cuales sustentan su propia vida [...] Puedo decir con conocimiento que la mayoría de las sugerencias de acción provenían de aquellos que deseaban poseer México, quienes deseaban utilizarla, quienes miraban a su gente con condescendencia y un toque de desprecio, quienes pensaban que ellos solamente estaban para servir y no para la libertad. Esos hombres no determinaran la política de los Estados Unidos. Ellos no son el verdadero motivo Americano. Los líderes de la Revolución Mexicana no eran agradables para la gente de Estados Unidos ni para el Presidente Wilson y sus sucesores. Ellos interpretaron (y correctamente) como una prueba que los Estados Unidos no declararía la guerra hacia México con el propósito de proteger a los capitalistas Americanos en contra de la política confiscatoria de la Constitución de 1917. Disipado este peligro de sus mentes, prosiguieron en observar todos los intentos del Gobierno de los Estados Unidos de proteger las vidas y propiedades de sus ciudadanos como síntomas de su burguesía y como ultrajes hacia la soberanía Mexicana. Los esfuerzos pacientes del Departamento de Estado para alcanzar por medio de la negociación lo que era muy difícil de concebir por la fuerza, no fue exitoso; las interminables protestas escritas enviadas al Gobierno Mexicano por la Embajada de Estados Unidos, y las manifestaciones violentas ocasionales que aparecían en la prensa Americana, indujo en el Gobierno Mexicano, un modo de obstinación astuto y resentido. Este modo culminó durante la estancia en México del Sr. James R. Scheffield, predecesor inmediato de Morrow como Embajador de los Estados Unidos. Han sido frecuentes los intentos para mostrar los sistemas de Sheffield y Morrow como antitéticos, dibujando aquél como nubes y truenos y éste como toda dulzura y luz. Tal dramatización de diferencias no es correcta ni justa. El Embajador Sheffield fue un caballero de integridad y buen sentido. Su esfuerzo fue para interpretar en términos diplomáticos, o en judiciales, las instrucciones del Departamento de Estado y las declaraciones del Presidente y Secretario de Estado. Estas declaraciones no siempre fueron de ayuda. El Presidente Coolidge proclamó que propuso proteger “las vidas Americanas y los derechos Americanos” en conformidad con los requerimientos de la Ley Internacional.26 Hablando en Nueva York el 25 de Abril de 1927, avanzó en la teoría de que “las personas y propiedad de un ciudadano son una parte del dominio de la Nación aún en el extranjero” y prosiguió debatiendo que permitir a los ciudadanos extranjeros cruzar la frontera, un país ha emitido a dichos visitantes una “invitación tácita” y así limitó el extenderles las salvaguardas generalmente reconocidas por la ley de naciones como obligatorio en un Poder soberano. Charles Evans Hughes27 fue aún más lejos y peleó que cuando un gobierno extranjero fuera incapaz de llevar a cabo las “funciones 26 Discurso al Club Nacional Republicado, Febrero 12, 1924 [Nota de Nicolson]. 27 Nicolson se refiere a Charles Evans Huges (1862-1948), presidente de la Suprema Corte de Justicia de los Estados Unidos. Militante republicano en pro de la intervención estadounidense en el extranjero.

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de soberanía e independencia” un país vecino era justificado por la ley en recurrir a la intervención o, como el Sr. Hughes lo dijo, “interposición de un carácter temporal.” El Secretario Kellogg anunció que cualquier ciudadano estadounidense no podría, aunque quisiera, renunciar a su derecho de recibir protección de su propio Gobierno o absolver ese Gobierno de su deber de acordar dicha protección. El Secretario de Estado fue incapaz de abstenerse de consentir en una lamentable e ignorante explosión en contra del Gobierno Mexicano por sus tendencias: “Bolcheviques” “Los lideres Bolcheviques,” informó al Comité de Relaciones Exteriores del Senado en enero de 1927, “han tenido ideas definidas con respecto al rol que México y América Latina juegan en su programa de revolución mundial. Ellos establecieron como una de sus tareas fundamentales la destrucción de lo que ellos nombraron imperialismo Americano como un prerrequisito necesario para el desarrollo exitoso del movimiento revolucionario internacional en el Nuevo Mundo. De esta manera, América Latina y México son concebidos como una base de actividad en contra de los Estados Unidos.” El espectro de “un México alentador de la hegemonía Bolchevique interviniendo entre Estados Unidos y el Canal de Panamá” tan tontamente mostrado por el Sr. Kellogg alarmó al Senado y ultrajó la opinión Mexicana. La situación fue amargada por el franco estímulo dado por México a los elementos en Nicaragua quienes estaban resistiendo la intervención Americana. Rumores renovados de guerra se hicieron presentes en la Ciudad de México y Washington; y las notas dirigidas a la Oficina Mexicana Extranjera por el Embajador Sheffield fueron regresadas o respondidas en una manera provocativa. No sería correcto decir que las relaciones se convirtieron forzadas y al punto de la ruptura; la opinión Americana estaba ansiosa de no irse a la guerra; todo lo que el Departamento de Estado deseaba era el ser capaz de probar que su tolerancia era justificada tanto en practica como en teoría. El Embajador Sheffield, pacientemente, pero sin éxito, estaba intentando proveerlos con esta justificación. Fue en este periodo que un desafortunado incidente ocurrió. En marzo de 1927 se supo que el Gobierno Mexicano tenía copias en su poder de ciertos documentos comprometedores encontrados en la oficina del agregado militar de los Estados Unidos. Cualquiera que haya sido la verdad respecto a estos documentos, era evidente que su autenticidad fue reconocida por Calles. En este mensaje al Congreso Mexicano el primero de septiembre de 1927, 6 meses antes de la llegada de Dwight Morrow, desahogó su ira en palabras de desafío directo: Para hablar claro, nuestras relaciones con los Estados Unidos [...] desafortunadamente han asumido un carácter indefinido, que frecuentemente se han manifestado en desacuerdos y culminado en controversias. Algunos actos han tenido lugar y han sido observados por el Gobierno Mexicano como deplorables [...] Yo estoy confiando que en el tiempo apropiado un espíritu de buena voluntad y una cordial

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comprensión de nuestros problemas suavizaran las amarguras de esta controversia todavía latente. Dicho lenguaje es inusual en la boca de un presidente de un estado extranjero en referencia a otro. Fue cierto que las relaciones entre la Embajada de Estados Unidos y el Gobierno Mexicano habían llegado a un estancamiento. El Embajador Sheffield llevó los argumentos judiciales del Sr. Kellogg a un punto en donde no podían llegar más lejos; un nuevo trato fue impuesto. Aun así, el Sr. Sheffield no había estado tan consciente y perseverante, tanto que la necesidad de un nuevo trato no lo habría impresionado, como ciertamente lo impresionó después estas palabras del Presidente Calles. No es una exageración decir que el Embajador Sheffield, a un costo de gran disgusto hacia él, había preparado la tierra. Dicho conocimiento no redujo la brillantez con la que Dwight Morrow sembró y cosechó.28

4. Arribo de Morrow como Embajador La designación de Morrow no fue del total agrado de la clase política mexicana. Su relación con J. P. Morgan, le daba una imagen de empresario capitalista duro. Sin embargo, rápidamente ganó el aprecio y la confianza del presidente Calles y sus colaboradores. El nombramiento de un compañero de Morgan como sucesor del Embajador Sheffield no fue bienvenido por la opinión Mexicana. “Después de Morrow,” se escribió sobre un papel, “vienen los Marinos.” El Presidente Calles sospechó que la selección de un banquero prominente implicaba una nueva campaña para la colección de deudas Mexicanas. Ninguno de ellos entendió como un compañero de la casa de Morgan podría intercambiar las ganancias de dicha función por el exilio y complejidades de una misión Mexicana. No pasó mucho tiempo antes que estas ansiedades fueran mitigadas. El Presidente Machado de Cuba escribió una carta personal a Calles asegurándole que Dwight Morrow era el Anglo Sajón más simpático que nunca había existido. Agustín Legorreta29 de Nueva York, incitó a sus compatriotas a recibir a Morrow con los brazos abiertos. Y una vez que su nombramiento fue anunciado, Morrow manejó su propia publicidad con su habilidad usual. De entrevista en entrevista proclamó que no iría a México como un recaudador de deuda sino como un amigo simpático; estaría cuidadoso, dijo, de respetar la dignidad de la nación Mexicana; obedecería a la soberanía local y convenciones diplomáticas manifestado por el Embajador británico en Washington. De esta 28 Harold Nicolson, Dwight… op. cit, 1935: 304-309 29 Nicolson se refiere al banquero mexicano Agustín Legorreta García, dueño del Banco Nacional de México. Véase a Raquel Huerta-Nava, Agustín Legorreta García: Líder Empresarial, México, Vila Editores, 2006.

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manera, se creó un ambiente favorable aún antes de su llegada a la Ciudad de México. Desde el momento de su llegada se hizo obvio, aún para los nacionalistas Mexicanos, que Morrow había ido para aplacar, apreciar y complacer. Su insaciable amistad, su total simplicidad, la exuberancia de su buena voluntad, los dejó cautivados. Él aplaudió su comida, su clima, su agricultura, sus sombreros, sus monumentos, las jaulas de bambú en donde tenían sus loros, sus industrias, su patriotismo, sus volcanes y sus finanzas. Aquí, al final había un norteamericano que no fue patrocinado ni despreciado. El goce de su tarea era contagioso. En el amanecer de su arrojo, bajo las cálidas brisas de aquella credulidad creativa, incluso las más ásperas sospechas se derritieron. Había algo en la personalidad y apariencia de Morrow que, al primer contacto, mitigó todos los sentimientos de inferioridad y evocó de ambas, la sofisticada y la simple, una sonrisa pequeña de casi afecto paternal. Él podía comprar ollas en algún mercado del pueblo, agitando manos con los indios quienes las habían hecho; la intensidad con la que podía examinar aquellas ollas le dio a su gesto una intención más seria que cualquier cortesía demagógica. Su baja estatura, sus ropas desaliñadas, el absoluto colapso de sombrero y pantalones, el curioso contraste entre la lenta deliberación de su bastón y el arrastre de sus pequeños pies, el deleite general y agitación que creó a su alrededor, el anhelo gentil de aquellos profundos ojos azules, su ausencia y autoconciencia, despertó sentimientos como los evocados por el espectáculo de un niño feliz. Después de una receptividad fascinante así inducida, el efecto de sus grandes cualidades de inteligencia y carácter fue dominante. Fue la afección física despertada por su apariencia lo que permitió a las personas admirar su genio sin resentimiento pavoroso. Morrow capturó la imaginación, la simpatía y la completa confianza de las personas mexicanas en una semana. Era muy astuto de un hombre el no darse cuenta que esta impresión favorable debía ser confirmada y perpetuada por algún gesto dramático. En el mes previo, en junio, durante su estancia en la Casa Blanca en Dupont Circle, Washington, tuvo contacto con Charles A. Lindbergh, quien había regresado de un viaje por Paris. Antes de dejar los Estados Unidos, Morrow sugirió a este famoso aviador que un viaje a la ciudad de México sería interesante y de utilidad. La naturaleza de la respuesta del Coronel Lindbergh30 a esta invitación se comunica de la mejor manera en sus propias palabras: Después de regresar de Europa y completar un tour en los Estados Unidos con el Espíritu de St Luis yo quise hacer otro vuelo a gran distancia y sin parar antes de retirar el avión de su uso y colocarlo en un museo. El avión y la máquina estaban prácticamente nuevas y por diversas razones el Espíritu de St. Luis estaba mejor equipado que cualquier 30 Nicolson se refiere al coronel Charles Lindbergh (1902-1974). Charles Lindbergh fue un elemento importante en la consolidación de la línea aérea “Mexicana de Aviación”. Esta aerolínea mexicana creada en 1921 como una aerolínea de transporte de correos y pasajeros, tuvo en su primer avión un Lincoln Estándar (Nebraska Aicraft Co.), cuya primera ruta fue Ciudad de México-Tuxpan.

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otro avión para vuelos largos. Estaba particularmente interesado en las posibilidades futuras de viajes a grandes distancias y quería hacer un viaje bajo condiciones diferentes a los encontrados en el viaje de Nueva York-Paris. El vuelo a México fue hecho durante las noches largas de Diciembre, bajo condiciones de lluvia y niebla durante la noche entera, y sobre un país variante entre grandes montañas y sobre litorales bajos. Quería experimentar con estas condiciones y de ser posible demostrar que el vuelo podría ser práctico bajo ellos. Además del lado técnico yo amaba cualquier oportunidad para volar, particularmente en el Espíritu de St. Luis, y estaba fascinado con la idea de ir a la Ciudad de México cuando el Sr. Morrow hizo la sugerencia. La intención de Morrow era que el Coronel Lindbergh debía llegar a la capital Mexicana en fáciles, aunque muy triunfantes, etapas. El nunca esperó un vuelo sin parar o deseó poner en riesgo una sola pluma del águila por la razón de poca propaganda. El Coronel Lindbergh, sin embargo, persistió en su intención. “Tu me hiciste la invitación,” le dijo a Morrow, “y yo me encargaré del vuelo.” El Coronel Lindbergh salió de Bolling Field a las 12:26 PM de 13 de Diciembre. Grabó sus experiencias como siguen: Después de cruzar las montañas dentro del valle de México, yo no podía localizar mi posición. Había numerosos ferrocarriles debajo pero no podía localizar algunos que correspondieran en mis mapas. Traté, sin éxito, de leer los nombres de las estaciones del tren. Subí a una mayor altitud y obtuve mi posición aproximada de la dirección de la cuenca. Posteriormente volé sobre una ciudad y después de descender en altitud pude leer las palabras “Hotel Toluca” en un costado de un edificio. Encontré a Toluca en mi mapa y tan solo se encontraba a una pequeña distancia de la Ciudad de México. El resto del viaje, según su opinión, fue un viaje ordinario. Pero para Dwight Morrow y el Presidente Calles, quienes habían estado esperando en Valbuena (sic) Fields [los Campos de Balbuena OF] desde las 8:30 AM, el suspenso se encontraba en el extremo. La emoción de ese momento es mejor comunicada citando palabras del diario de la Sra. Morrow: Diciembre 14 de 1927. Lindbergh esta aquí, durmiendo en la Embajada. Ha sido un día emocionante. Salimos a las 8:30 para el campo, manejando con escolta en motocicleta. Había una enorme multitud en el campo cuando llegamos; muchos habían estado ahí toda la noche. Me senté en la cubierta junto al Presidente y Dwight del otro lado. Él era muy simpático pero eran muy evidentes sus nervios hacia Lindbergh. ¡Esperamos, esperamos y esperamos! Muchos falsos reportes y el único reporte era que había pasado Tampico a las 8:50. Todos estaban nerviosos, muchos ni siquiera desayunaron. La Sra. Weddell sirvió

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lonches y limonada de una canasta de picnic. Finalmente escuchamos que Lindbergh estaba en Toluca y 5 aviones aterrizaron para verlo ahí. Él voló sobre nuestras cabezas pocos minutos antes de las 3 – aterrizó exactamente 16 minutos después de las 3. Fue muy emocionante cuando el avión aterrizó. Dwight y Capt. Winslow fue por él al avión y lo trajo en nuestro carro a la cubierta. Dwight lo llevó con el Presidente quien le dio la bienvenida y le entregó las llaves de la ciudad. Lindbergh solo dijo “gracias” de una manera simple. La multitud en el campo gritando con júbilo era indescriptible. Cuando íbamos hacia el carro, casi fueron despojadas nuestras ropas. Dwight, Constance, Lindbergh, el General Álvarez y yo íbamos en el carro, Burke iba manejando. ¡Oh! ¡La multitud en las calles en el camino a la Embajada! Sobre árboles, postes de telégrafo, carros, hasta en las torres de la Catedral. Flores y confeti eran lanzados cada momento. Lo llevamos a la Chancillería y al balcón para que saludara a la multitud. Comió una sopa y tomó un baño mientras que el Staff tomaba un refrigerio. Todos brindamos por él con champaña. Luego salió y conoció a todo el Staff, telegrafió a su madre y vio a los reporteros. Lo dejamos dormir cuando íbamos a la cena para Will Rogers31 en el Club Universitario. Durante la siguiente semana, la Ciudad de México se abandonó al culto del Coronel Lindbergh. El Embajador Sheffield, los magnates del petróleo, Porfirio Díaz, hasta el Tratado de Guadalupe Hidalgo, fueron olvidados. Dwight Morrow estableció los más serios aspectos de su tarea. Se concentró en ganar la confianza y el apoyo del Presidente Calles. “Debo”, le dijo a su esposa, “tener a los Presidentes detrás de mí a cada paso.” En el soporte del Presidente Coolidge ya podía recargarse. “Mis únicas instrucciones son mantenernos alejados de una guerra con México.” El problema del Presidente Calles fue más complejo e incierto. Morrow comprendió este problema con entusiasmo.32

5. Diplomacia de Ham and eggs Morrow y el presidente Plutarco Elías Calles encontraron el modo de entablar reuniones sin tensiones. La convivencia con los programas de gobierno mexicanos, particularmente en las grandes obras de irrigación que tanta fe y entusiasmo dedicaba Calles, fueron el punto en común. Morrow y Calles recorrieron el país inaugurando presas y obras hidráulicas, y esto sirvió para alcanzar acuerdos diplomáticos y de palabra en estas jornadas. 31 La señora de Morrow se refiere a Will Rogers (1879-1935), humorista, actor de cine, periodista, comentarista en radio y habilidoso con el lazo, este hombre de sangre india, fue un gran amigo de Morrow y ahora una leyenda en los Estados Unidos. 32 Harold Nicolson, Dwight… op. cit, 1935, p.p. 309-314

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En aquel entonces el General Plutarco Elías Calles tenía 55 años de edad, habiendo nacido en Guaymas en Septiembre 25 de 1877. Su padre perteneció a una familia establecida en el Estado de Sonora. Su madre era de sangre Indígena. No existe confirmación en ningún reporte oficial de aquel linaje Syrian o Armenian que la leyenda ha añadido a su origen y que le ha ganado el apodo del turco de Guaymas. Pudiera ser la leve semejanza física a Mustapha Kemal33 lo que ha causado el origen y persistencia de esta leyenda. Después de un breve período como profesor, granjero, periodista y guardia de cantina, Plutarco Calles obtuvo un puesto en la policía fronteriza en Agua Prieta. La revolución de Madero le brindó su primera oportunidad y surgió de las primeras batallas con el grado de general. Subsecuentemente se alió con Carranza contra Huerta y antes de caer este último del poder, fue nombrado Gobernador del Estado de Sonora. Posteriormente sirvió como Ministro de Guerra, Gobernación y Trabajo en Gabinetes sucesivos, y contrajo una alianza con el General Obregón la cual se sumaba a un duumvirate.34 En Diciembre de 1924 fue electo Presidente por un periodo de 4 años. En menos de 12 meses ya había reformado toda la administración. Desalentó el soborno y le dio fuerza a la economía. Creó escuelas y un Banco de Agricultura. Fue capaz de pagar 50 millones de pesos de deuda interna y fundar un Banco Nacional con un pago en reserva de 60 millones de pesos. Fue aclamado, y sigue siendo aclamado como el hombre de estado más poderoso que México ha producido desde Díaz. En 1926, sin embargo, los triunfos del primer año de Calles fueron ensombrecidos por complicaciones. Tratando de dar fuerza a la Constitución de 1917, despertó la oposición simultánea de los terratenientes, los Católicos y los Estados Unidos. Al final de 1927 se encontraba su popularidad de algún modo en bajada. Fue en este oportuno momento que Dwight Morrow llegó. Este se dio cuenta que su única esperanza de lograr algo en México era ganar la confianza y apoyo del Presidente de ese país. Fue ayudado en este propósito por su whole-heartedness [toda cordialidad OF] con lo que era capaz de acercarse a personas diferentes a él. Siempre había sido poco sensible a las diferencias más sutiles del carácter humano, un menoscabo que sus amigos aceptaban como un deseo de prueba social. En la vida política y diplomática esta falta de discriminación excesiva es un activo útil. Un hombre mas preocupado de lo que él estaba con lo complejo del carácter humano, pudo haber sido distraído al acercarse a Calles aún con el conocimiento de las diferencias culturales; Morrow penetró por estas diferencias hacia los puntos de similitud; en primera instancia reconoció en Calles a un hombre de carácter e inteligencia; confrontó al Presidente con la misma confianza

33 Nicolson se refiere a Mustapha Kemal Atatürk (1881-1938), fundador de la República de Turquía y primer presidente de esa nación. Mustapha Kemal destacó como héroe militar en los Dardanelos. Posteriormente como comandante militar, logró que su movimiento obtuviera sorprendentes victorias a fin de llevar a su país a la independencia en 1923 y crear la República de Turquía. Este acontecimiento terminó con la dinastía otomana que rigió el país por más de seis siglos. 34 Nicolson se refiere a un gobierno de dos personas.

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con la que pudo haber confrontado al Sr. Stephen Birch.35 La simplicidad de este acercamiento puso realmente relajado al Presidente Calles. Para aquel hombre solemne, sensitivo y suspicaz la falta de psicología inquisitiva de Morrow fue un alivio. Aquí, por fin, había un Americano que confiaba en él, y a quien el también confiaba. Aquí estaba un hombre de una elevada integridad y una mente brillante que estaba dispuesto a tratarlo como algo similar a él mismo. La verdadera soledad del Presidente fue aliviada por tal aparición. La confianza que Morrow inspiraba en aquel hombre fuerte, pesado y guapo fue inmediata, casi emocional y completa. La primera reunión tuvo lugar en Octubre 29, cuando Morrow presentó sus cartas credenciales. La orientación que el nuevo Embajador entregó, salió de la fraseología formal acostumbrada en tales ocasiones. “No podemos fallar,” dijo, “en ajustar preguntas sobresalientes con aquella dignidad y respeto mutuo que debe marcar la relación internacional de dos Estados soberanos e independientes.” Esta declaración fue muy aplaudida. El 2 de Noviembre Morrow fue invitado a un desayuno con el Presidente Calles en el rancho de este último, en Santa Bárbara, 20 millas al este de la Ciudad de México. Un incidente trivial facilitó el éxito de esta entrevista. Calles mandó un mensaje al Embajador pidiéndole que fuera a la entrevista sin la compañía de ningún miembro de su equipo. Morrow respondió que estaba listo en confiar en el intérprete del Presidente. Este último fue el Sr. James Smithers, un amigo cercano de Calles, quien durante el régimen de Sheffield no fue bienvenido en la Embajada. Era obvio que el nuevo Embajador no tenía intención de pararse sobre su dignidad. La primera entrevista privada fue un éxito completo. Lejos de levantar preguntas como el petróleo, propiedades o deudas, Morrow mostró interés y conocimiento en los esquemas de riego del Presidente Calles. La invitación fue nuevamente hecha para la semana siguiente y ésta tuvo lugar el 8 de Noviembre. En esta ocasión Morrow discutió sobre el petróleo pero nuevamente mostró su interés por el sistema de riego fomentado por el gobierno de Calles, quién a su vez lo invitó a que lo acompañara en un viaje de inspección de 6 días por el norte de México. Visitaron la presa de Calles en Aguascalientes y la presa de Don Martín en Monterrey. Will Rogers fue también otro invitado y mantuvo el buen humor. Otra vez el nuevo Embajador se abstuvo de sacar provecho de aquella proximidad para empujar las demandas Americanas. Cuando regresó de su viaje la pregunta sobre el petróleo, como se verá mas adelante, estaba más que arreglada; y su intimidad con el Presidente Calles fue proclamada al mundo entero. Sus impresiones del viaje fueron expresados en una carta privada a Robert E. Olds, Secretario del Departamento de Estado:

35 Stephen Birch (1872-1940), empresario con inversiones en Alaska. Cruzó en 1898 el Glaciar Valdéz con la expedición Abercrombie. La empresa minera que ayudó a edificar fue la Kennecott Copper Mines con inversiones en Utah, Nevada, Arizona, y Chile. Durante 20 años controló el 14 por ciento de la producción mundial de cobre a través de la compañía descrita [Nota de OF].

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En el viaje con el Presidente Calles no busqué una oportunidad para formularle preguntas. Por el contrario adopté completamente su punto de vista. Se veía tan deseoso que yo pudiera ver una de las escuelas de agricultura, algunos de los trabajos de irrigación, y uno de los bancos de tierra [...] El Presidente me dijo durante el viaje sobre un trato sobre las reformas agrarias, y explicó lo esencial que habían sido las reformas a la leyes agrarias. Yo le hice muchas preguntas y estaba orgulloso de mostrar su profundo interés en los problemas de la tierra y su firme creencia en la eficacia de sanar un gran mal por la interposición gubernamental del tipo que tenía bajo su camino [sic]. Uno podía entender muy bien las historias que salían de México. Si un educador viene y observa una de estas escuelas, o bancos, o proyectos de irrigación, creería fácilmente que la nación entera fue transformada. Si fuera a una hacienda en ruinas y viera a los peones fuera de su horario de trabajo, y en una profunda angustia, creería fácilmente que la revolución no trajo nada salvo estragos en su tren. De hecho, la verdad recae en un punto medio. Esta revolución, como todas las revoluciones, fue muy costosa. Empezó cosas nuevas que pudieron ser de gran valor para las personas. Estas nuevas cosas son instituciones experimentales. Algunas de ellas pudieron crecer en instituciones permanentes [...] Desde estos dramáticos gestos de amistad, los periódicos Americanos desarrollaron una historia en movimiento. El Presidente y Dwight Morrow regresaron, encerrados en un afectuoso abrazo, [...] y la invitación fue públicamente extendida al Coronel Lindbergh. México, desde ese momento, fue primera plana en las noticias. En el intervalo antes de la llegada de Lindbergh, los corresponsales atizaron el fuego con historias de esta repentina y hermosa amistad entre el Presidente y el nuevo Embajador. Bajo dichas líneas aerodinámicas como “Diplomacia de Huevos con Jamón”, el desayuno Presidencial había sido difundido por los Estados Unidos. Y luego, semanas después, la controversia sobre el petróleo fue amigablemente tranquilizada, serios observadores sintieron que Morrow había ganado la confianza de Calles con una milagrosa facilidad. Hasta cierto punto, la dramatización de esta amistad fue un pedazo de una política deliberada de parte de Plutarco Calles. La publicidad que recibió fue causa de gran vergüenza para Dwight Morrow. Ya había indicado que Calles había sido guiado por la persistencia jurídica del Embajador Sheffield en lo que se había dado cuenta que era un callejón sin salida. Le dio la bienvenida a la partida del Sr. Sheffield como suministrando una oportunidad para escapar de este estancamiento y no salir mal librado. Sus motivos para invitar a Morrow al viaje al norte por carretera no fueron exclusivamente debido a un deseo de conciliación de las tensiones con los Estados Unidos. También buscaba, en esa semana en particular, demostrar a los Católicos Mexicanos que no podrían buscar la asistencia de Washington.

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El 13 de Noviembre una bomba fue lanzada contra el General Obregón, quien escapó ileso. El Gobierno arregló que la responsabilidad de este ultraje recayera en los Católicos y especialmente en el Padre Pro Juárez y 2 jóvenes miembros de la Liga por la Defensa de la Libertad Religiosa.36 Las víctimas fueron condenadas. El Padre Pro Juárez y sus compañeros fueron asesinados el 23 de Noviembre.37 Una fuerte indignación fue expresada debido a estas ejecuciones y fue previsto que los Knights of Columbus [Caballeros de Colón] y otras organizaciones Católicas iniciaran una revuelta en los Estados Unidos. Fue con el propósito de mostrar esta revuelta que Calles promocionó el viaje a Aguascalientes. Dwight Morrow fue muy criticado en los círculos Católicos y diplomáticos por prestarse a esta maniobra. Se sentía en ese tiempo que él era demasiado simple para darse cuenta que había sido explotado con fines políticos. El estaba muy consciente de las implicaciones bajo la hospitalidad del Presidente. “Fui”, le escribió a Robert Ods, “con repugnancia, porque me di cuenta que algunos Católicos considerarían mi viaje como un respaldo a los actos del Gobierno.” Debatió con su realismo común. Si hubiera rechazado la invitación hubiera sacrificado toda esperanza de ganar la confianza del Presidente Calles y hubiera entregado cualquier cosa a la causa Católica. Al acompañar al Presidente en ese momento hizo más que tan solo crear confianza: puso al Presidente bajo una obligación implícita. La decisión fue una de las más difíciles. Fue con Calles, sabiendo que ese acto podría ser malinterpretado. Un hombre banal le hubiera temido a la acusación de credulidad; un hombre débil le hubiera temido al odio que hubiera resultado; un hombre menos inteligente hubiera fallado en ver que el tema era de importancia fundamental. Al permitirse ser representado momentáneamente como el haber perdonado la ejecución del Padre Pro Juárez, Morrow estableció relaciones con Calles que, desde el punto de vista Católico, fue más que justificado por los resultados.38

36 Nicolson se refiere a la guerra cristera [1926-1929]. Durante la administración de Plutarco Elías Calles, la débil estabilidad política en México se rompió de nuevo en 1926 al enfrentarse violentamente la Iglesia y el Estado. Mientras por parte del gobierno se alentaron de forma innecesaria las corrientes anticlericales, la Iglesia reaccionó en 1926 contra los artículos percibidos como anticlericales de la Constitución de 1917. Estos fueron el 3º, 5º, 27º, 30º y 130º, los cuales fueron declarados injustos y tiránicos. La respuesta del gobierno fue violenta al cerrar escuelas y conventos y deportar a 200 sacerdotes extranjeros. Por su parte, los católicos inconformes se organizaron y crearon la Liga Nacional de la Defensa de la Libertad Religiosa (LNDLR). Las autoridades eclesiásticas decidieron a su vez suspender el culto el 31 de julio de 1926. Esto provocó una espiral de violencia entre ambos bandos, y se dio una guerra civil en una zona bien delimitada, particularmente en el Occidente de México (Jalisco, Guanajuato, Colima y Michoacán) que duró hasta 1929, cuando se llegó a un arreglo de tolerancia definitivo. Sobre el desarrollo de esta guerra véase a Jean Meyer La Cristiada, México, Siglo XXI, 3 vol., 1973. 37 Nicolson se refiere al padre Pro Juárez. El mencionado sacerdote católico, fue una de las primeras víctimas de esta guerra civil autodenominada en México como la Cristiada. Tras ser severamente juzgado fue fusilado creando a su vez un mártir de la causa. 38 Harold Nicolson, Dwigth… op. cit, 1935, p.p. 314-320

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6. Morrow y su equipo de trabajo Como he señalado, muy pronto Morrow logró establecer con el presidente mexicano Plutarco Elías Calles una relación de carácter informal y directa. El objetivo de Morrow –a juicio de Stanley R. Ross39– fue convencer a la clase política mexicana de que no había cuestiones fundamentales en sus programas de gobierno que no pudiera ser conciliado con los intereses de Estados Unidos. Con esta táctica, la influencia de Morrow en el gobierno mexicano fue tal vez exagerada por José Vasconcelos, quién lo acusó de influir y dirigir la política del país.40 Esto se debió a que se rodeó de un gran equipo de consejeros que ayudaron en su política de acercamiento. Sus mismos consejeros creían haber logrado lo que Vasconcelos aseguró posteriormente. El agregado militar estadounidense durante la embajada de Morrow, coronel Alexander Mc Nab, dijo públicamente en un discurso del 23 de abril de 1930, durante la campaña electoral de Morrow hacia el senado, que Morrow “había puesto de pie a México y le había dado un gobierno fuerte […] no hay un departamento gubernamental en México en el que él no haya dirigido y aconsejado. Tomó al secretario de Hacienda bajo su ala y le enseñó finanzas.”41 A pesar que Dwight Morrow poseía una larga experiencia en la negociación internacional, tenia poco conocimiento en diplomacia profesional. Estaba de hecho inclinado en mirar al diplomático con alegría. Se podría referir a los agregados diplomáticos de la Embajada como “empujadores de galletas con la leche mojada en sus labios,” y temió que su propia familia pudiera haber sido impresionada con la grandeza de la embajada, por lo que les inventó un dicho doméstico más, sin sentido, como los que acostumbraba:

Pregunta: Sabe lo que es una Embajada? Respuesta: La casa del Dodo Pregunta: Y quien es Dodo? Respuesta: El Dodo es alguien que esta muerto pero no lo sabe.

Para facilitar el trabajo de investigación intensiva, la cual fue la base de su método, organizó y contrató un equipo privado por su cuenta. Como sus consejeros en comisiones de reclamos, como lo fueron los problemas agrarios y petroleros, se trajo a J. Reuben Clark, quien, dentro y fuera el Departamento de Estado, tenía muchos años de especialización en cuestiones legales. Su 39 Stanley R. Ross, “Dwigth Morrow and the Mexican Revolution”, Hispanic American Historical Review, vol. XXXVIII, 1958. 40 José Vasconcelos, Breve historia de México. Obras Completas, Vol. IV, México, Libreros Mexicanos Unidos, S.A., 1957, p.p. 1684-1695. 41 Harold Nicolson, Dwigth… op. cit, 1935, p. 382.

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viejo colega en el A.M.T.C., George Rublee, se unió a él en Marzo de 1928 y fue un asistente intenso, primero en problemas laborales y después en cuestiones eclesiásticas. Y otro colaborador de los viejos días del Transporte Marítimo, el Capitán Lewis B. McBride, fue nombrado como Agregado Diplomático Naval en la Embajada, pero con el propósito de asistir al Embajador en desenredar la confusión percibida sobre las finanzas […]. Este método diplomático inició en muchos casos particulares importantes, hasta que se tradujo en técnicas convencionales. Uno de los más rigurosos principios de la diplomacia es que todas las comunicaciones con algún gobierno extranjero deben ser registrados por escrito. Dwight Morrow, con el ejemplo del Sr. Sheffield frente a él, determinó el no entrar en ninguna forma de exégesis con los sofistas de la Oficina Mexicana Extranjera; prácticamente todas sus negociaciones fueron hechas de manera oral. Un segundo principio fundamental, el cual Morrow violó, fue el del secreto. Sus comunicaciones con el Departamento de Estado fueron realizadas vía telefónica, un método que no fue solamente costoso sino imprudente. Era bien sabido que sus comentarios eran grabados para la información del Gobierno Mexicano. Una leve protesta ocurrió en una conversación que tuvo con el Departamento de Estado. “Si pasamos nuestro tiempo sintiendo que el objetivo principal de la Embajada es secreto, seremos esclavos de nuestras sospechas en lugar de siervos de nuestros gobiernos.” Una tercera convención diplomática que persistió en ignorar fue que un representante extranjero solo se podía comunicar con algún gobierno por medio del canal de la Secretaría Extranjera. A esta regla Dwight Morrow no prestó atención. No solamente fue directamente con Calles en cualquier suceso importante, pero también invadiría algunos departamentos del Gobierno Mexicano. Este procedimiento es conocido por la terminología diplomática como “corto circuito”; el cual representa una ofensa. Dwight Morrow fue capaz de confiar con impunidad estas violaciones, no por su persistencia, sino porque tanto la Oficina Mexicana Extranjera y el Departamento de Estado estaban muy concientes que los dos Presidentes estaban directamente tras él. Poseía la amistad y confianza de los dos Secretarios en Washington, Joseph P. Cotton y Robert Olds. Las violaciones a estas reglas establecidas no fueron tomadas como ejemplo a seguir por otros diplomáticos. Los principios que violó no son principios tontos: representan la experiencia adquirida de muchos siglos. Morrow puedo haberlos ignorado, pero al final se dio cuenta que estas convenciones era tan sensibles y serias como aquellas que gobernaban la medicina o el derecho. Sus otras innovaciones en la práctica diplomática fueron más ejemplares. Creía en un profundo y prolongado estudio de cada problema. Llevó veracidad a un punto donde excedía lo ordinario y se convirtió en un solicitante escrupuloso de la exactitud de impresiones tanto recibidas como transmitidas. Su tolerancia era solo excedida por su paciencia, su energía era igual a su persistencia. Siempre fue simpático, franco y nunca vano, permitía a la otra persona hablar sin interrupciones y reclamar el crédito completo a algún acuerdo que se hubiera llegado. Raras veces discutía y contradecía; si

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alguna persona expresaba una opinión que fuera chistosa o extrema, Morrow ponía una expresión de asombro. Detrás de todo esto estaba su rectitud, su inteligencia y fuerza […].

He visto, –indicaba Montagu Norman,– el fuerte poder de su personalidad en conferencia con estúpidos y malos pensamientos que fueron para hacer un asentamiento difícil. Podía ser entretenido y agradable. Podía hablar, y era un excelente orador, hasta que el ambiente cambiara y estos hombres que habían sido tan duros trataran de complacer a Dwight llegando a un arreglo. Abordó problemas internacionales con la simplificación que había adquirido durante sus largos años de disciplina como abogado corporativo. Su método ha sido bien descrito por Thomas Lamont: Un cuidadoso estudio de la historia de la situación; un despojo de todo lo no esencial, y luego la reconstrucción y presentación de la situación de una manera simple y convincente. Así fue la maquinaria pesada que fue aplicada al asentamiento de la diferencias entre el gobierno de México y Estados Unidos.42

7. Oro negro Morrow conocía el problema petrolero. Sus instrucciones eran lograr a la mayor brevedad un nuevo modus vivendi, que permitiera a las empresas petroleras no estar enfrentando o esperando nuevos cargos judiciales y legislativos en contra de su actuación en México. La respuesta estaba en una decisión de la Suprema Corte de Justicia de México. A juicio de Morrow, la controversia tenía seis aspectos fundamentales: la limitación de las concesiones a cincuenta años; la inseguridad en la confirmación de derechos en la llamada “zona prohibida”, o sea fronteras y costas; la estrecha definición del “acto positivo”; la imposición de la “Cláusula Calvo”; la determinación sobre las manifestaciones hechas de acuerdo con la orden de Carranza de enero de 1915 constituían o no un “acto positivo”, y el esclarecimiento del carácter exacto de los títulos que los extranjeros poseían sobre todas las tierras adquiridas antes de mayo de 1917.43 Con el apoyo de los petroleros, Morrow le planteó al presidente la solución a través de un fallo de la Suprema Corte. Calles lo aceptó y de este modo la ley sobre el petróleo de 1925 fue modificada sin cambiar directamente el articulado constitucional. La modificación fue colateral ya que fue alterada la ley orgánica del párrafo IV del artículo 27 constitucional y su reglamento. De esta forma el 42 Harold Nicolson, Dwigth… op. cit, 1935, p.p. 321-325. 43 Lorenzo Meyer, México y los Estados Unidos… op. cit, 1981, p. 270.

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Departamento de Estado dio su aprobación. Por ello, Morrow fue considerado en ciertos círculos oficiales de su país -a juicio de Nicolson-, como uno de los diplomáticos más capaces en su momento. Así nació un período de paz denominado el “Morrow Agreement”. Los 4 problemas con los que Morrow tuvo que lidiar fueron el de petróleo, tierras, demandas y deudas. De estos cuatro, la pregunta del petróleo fue el más controvertido y por consecuencia, el más peligroso. Había sido un tema que ocasionaba roces entre el Departamento de Estado y la Oficina Mexicana Extranjera por un periodo de 10 años. Es innecesario para el presente propósito el examinar a detalle los argumentos y contra argumentos que, durante este largo periodo de controversia, avanzaron en ambas direcciones. Se propone solo describir, de la manera más simple, lo que Morrow hizo. El código minero de México en 1783 a 1884 reservó títulos a los minerales en la Soberanía, en otras palabras, al Estado. En 1884, el Congreso Mexicano aprobó el primer código minero después del logro de la independencia. Capitalistas americanos que obtuvieron tierras petroleras, afirmaron que este código despojaba al Estado, del petróleo en tierras privadas y pasaba este titulo a los propietarios de la tierra. México nunca concedió que el código fuera más allá del derecho de explotar los recursos minerales contenidos en el subsuelo e insistió que este derecho no se concedía hasta que el propietario del terreno hubiera realizado un acto positivo dejando en evidencia su deseo de explotar. Fue inevitable que los líderes de la revolución de 1910, ejecutados por sus convicciones nacionalistas y marxistas, debían esforzarse por restaurar la riqueza de la nación mexicana representada por la industria petrolera. El artículo 27 de la Constitución de mayo de 1917 dejaba ver el principio que “en la nación está establecido la propiedad directa del petróleo.” Este principio estaba personificado en la Ley del Petróleo de diciembre 26 de 1925, efectiva desde el primero de enero de 1927. Bajo esta ley, la cual declaraba que el petróleo era una propiedad inalienable de la nación, fue establecido que los propietarios de tierras petroleras que hayan iniciado la explotación antes de mayo de 1917, o hubieran hecho actos positivos indicando su intención de explotar, fueron requeridos para obtener la aprobación de un nuevo derecho en la forma de concesión de 50 años en lugar del derecho perpetuo adquirido. A menos que la nueva concesión fuera aplicada dentro de 12 meses, el derecho perpetuo iba a ser considerado como nulo. Una provisión posterior requería la “Cláusula Calvo” en donde los extranjeros con propiedades en México no podían pedir protección diplomática a sus gobiernos y debían sujetarse a la jurisdicción mexicana. La Ley del Petróleo de diciembre de 1925 fue, en abril 8 de 1926, personificada en una serie de regulaciones, dando poderes de acción e interpretación al Ministerio Mexicano de Industria y Comercio. Por 10 años, el Departamento de Estado trató por cualquier argumento en su poder de convencer al Gobierno Mexicano que la Ley de Petróleo y sus regulaciones representaban una violación a la ley internacional. Reclamó que forzar a los propietarios a intercambiar sus títulos por concesiones por un periodo de 50 años era imponer una legislación retroactiva y confiscatoria.

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Reclamó que el Cláusula Calvo era inadmisible ya que ningún gobierno no podía renunciar a tareas o derechos de protección diplomática. También indicó que las provisiones de la ley y la Constitución Mexicana que impedían a los extranjeros poseer tierras en algunas fronteras y zonas costeras, era discriminatoria. Estos argumentos formaron un intenso intercambio de notas, con el resultado que para octubre de 1927, se había dado un completo estancamiento. Antes de irse para México, Dwight Morrow había estudiado el problema del petróleo. Había llegado a dos conclusiones. La primera fue que el Departamento de Estado no podía obtener sus deseos por medio de amenazas de intervención, ya que esas amenazas no iban a ser tomadas en serio. La segunda fue que, se estaban permitiendo maniobrar en terrenos inciertos y maliciosos. Primeramente estaban solicitando al gobierno mexicano que aceptara las teorías de la Ley Internacional en referencia a las concesiones petroleras, mientras ellos rechazaban esas teorías respecto a demandas por daños ocasionados durante la revolución. Por otra parte, estaban solicitando al gobierno mexicano que se incluyera en sus principios legislativos del petróleo aquellos actos que no estaban reconocidos en las secciones análogas de la Ley de Estados Unidos. Además, en un argumento meramente judicial, los mexicanos podían responder por la dieciochava Enmienda, así como por las Leyes de Tierra de California, por los cuales los Estados Unidos habían pasado y ejecutado la legislación tanto confiscatoria como retroactiva. Morrow decidió, que el único método posible de buscar una solución era buscando esa solución no en los preceptos de la jurisprudencia internacional sino en el área de la ley mexicana municipal. El artículo XIV de la Constitución de 1917 dejaba ver el principio que ninguna legislación debía ser retroactiva. Si se pudiera ganar a la autoridad mexicana para redefinir la Ley del Petróleo al ser de naturaleza retroactiva, luego la ley pudiera ser declarada por los mexicanos como inconstitucional. Esperó, en otras palabras, cumplir su objetivo no por presión externa o autoridad, pero por la operación normal de instituciones mexicanas existentes. Para este propósito él se sirvió ingeniosamente del extremo fino de una cuña. Siempre será recordado el hecho de que bajo la Ley de Petróleo de 1925 los dueños que no aplicaron para la renovación de sus concesiones antes de Enero 1 de 1927 estaban por perder sus concesiones. Solamente una pequeña porción de empresas petroleras foráneas aplicaron a esta regulación, con este resultado en Enero 2 de 1927 las concesiones de varias compañías americanas se hicieron legalmente nulas. El gobierno mexicano analizaba si declaraba nulas las concesiones, finalmente decidieron adoptar una posición media al penalizar compañías recalcitrantes al permitir que el Departamento de Industria, Comercio y Trabajo cancelara los permisos de taladro. Cierto número de compañías decidieron ampararse ante tal situación replicando que lo que hacia el gobierno era inconstitucional. Las cortes locales favorecieron a las compañías en lugar del Departamento de Comercio. Por último se apeló ante la Suprema Corte de Justicia, Morrow se percató de que si a la Suprema Corte confirmaba el juicio de las cortes legales los artículos de la nueva ley serian declarados inconstitucionales por la autoridad suprema de México.

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En la primera entrevista con el Presidente Calles en noviembre 2 de 1927, Morrow cuidadosamente se resistió a hacer preguntas controversiales. Morrow tuvo una segunda entrevista, en esta ocasión privada, realizada el 8 de Noviembre y con anticipación gracias al Embajador, el Presidente Calles estaba preparado para discutir la problemática del petróleo. El Presidente abrió la conversación cuestionando a Morrow si sugería alguna solución para esta controversia diplomática. Morrow contestó que solo era un abogado, no un diplomático y que el problema desde su punto de vista no era ni político ni diplomático sino legal. El Presidente Calles permaneció un rato en silencio al escuchar la respuesta permitiendo que su pesada mejilla marrón se inclinara de lado, y pasó a dar vuelta lentamente sobre su dedo marrón un anillo de plata enorme enriquecido con una gran turquesa. Él entonces pidió al embajador que desarrollara enteramente su tesis. Morrow se lanzó hacia una docta exposición, citando en detalle los actos de los Tribunales Supremos mexicanos en los casos en que la compañía petrolera de Texas involucró el uso de un decreto de Carranza a los derechos de petróleo adquiridos antes de 1917. El embajador insinuó que si una decisión similar se podría dar en la actual coyuntura resolvería de forma importante y satisfactoria todo el asunto sobre el petróleo. El Presidente –registró Morrow–, entonces me preguntó si yo pensaba que la decisión del Tribunal Supremo que sigue el caso de Tejas colocaría la controversia principal en el conflicto del aceite. En otras palabras, si tal decisión quitaría la dificultad principal. Él entonces me sorprendió al decir que tal decisión se podría esperar en dos meses. El Presidente Calles resultó mejor que su palabra. En noviembre 17 de 1927 el Presidente Calles pidió a la Suprema Corte de México que los efectos de los Artículos 14 y 15 de la Ley de Petróleo fueran derogados debido a que su contenido era inconstitucional. El 26 de Diciembre de 1927 el Presidente mandó un mensaje al Congreso Mexicano pidiéndoles que enmendaran los artículos. Un proyecto de ley basado en que los derechos preconstitucionales deberían de ser válidos por la emisión de concesiones sin ninguna limitación. Esto fue ratificado por el Presidente el 3 de enero de 1928. El 11 de enero entró en vigencia. Las regulaciones permitieron que el Departamento de Industria, Comercio y Trabajo entraran en armonía con la legislación. A partir de este momento una nueva y difícil situación arribó: las compañías petroleras realizaron un ensayo sobre las nuevas regulaciones, las cuales Luis Morones, Ministro de Comercio, se rehusó a aceptar. Un nuevo ensayo fue creado por Morrow y Reuben Clark el cual estaba basado en los enunciados hechos en diferentes períodos por ministros mexicanos y no en lo que las compañías petroleras deseaban. Este ensayo fue aceptado por Luis Morones y las compañías petroleras. El 28 de Marzo de 1928, el Departamento de Estado emitió este anuncio: “los pasos que había tomado al gobierno Mexicano traerían aparentemente una conclusión práctica a las discusiones que empezaron hace diez años [...] El Departamento siente, como también el

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Embajador Morrow, que tales preguntas, si nadie las hubiera cuestionado, no hubieran sido asentadas a través de la operación de los departamentos administrativos mexicanos y las Cortes mexicanas.” La esencia del tratado radicó en que el Gobierno Mexicano manteniendo el principio de que el subsuelo es propiedad de la nación, explícitamente retiró su limitación de los derechos petroleros desde 1917 e implícitamente abandonó la Cláusula Calvo. El Gobierno de los Estados Unidos abandonó la emisión de las concesiones confirmadas por el Gobierno Mexicano. También analizaron la interpretación mexicana de los conceptos “actos positivos”. Los Estados Unidos siempre han mantenido el principio de derechos de propiedad, mientras que el Gobierno Mexicano ha mantenido el principio de la nacionalización del subsuelo. Ambos países estaban de acuerdo. Morrow fue considerado por los Estados Unidos como un mago diplomático (distinción reconocida por su labor). En Abril de 1928 fue escrito “Public Feeling” libro de Walter Lippman44 dedicado a Morrow y sus acciones realizadas. La concepción de Morrow sobre su trabajo y logros siempre fue realista. Estaba en shock por la manera en que Calles había tratado al poder Legislativo y Judicial. Desde ese momento gran cantidad de Americanos opinan que Dwight Morrow es el mejor diplomático que los Estados Unidos ha tenido.45

8. El problema agrario Desde fines de 1927, las relaciones entre México y su vecino del norte fueron cordiales como hacía tiempo no lo habían sido. Este período de distensión coincide con la aparición de Morrow en el escenario político mexicano y con el retroceso paulatino del programa original revolucionario. A juicio de Brandenburg,46 durante la estancia de Morrow en México hubo un franco apoyo a la inversión extranjera en desmedro de los capitalistas locales; el sector obrero encontró poco o nulo apoyo durante este período; el anticlericalismo disminuyó y tal vez lo más significativo, la reforma agraria fue detenida. En Enero de 1928 Morrow abandonó México hacia la Habana para acudir a la Sexta Conferencia Internacional de los Estados Americanos. A pesar de que 44 Nicolson se refiere al famoso ensayista y editorialista Walter Lippman [18891974], autor de numerosos títulos relacionados con la estructura de las sociedades democráticas. Lippman realizó años después, en 1947, una serie de artículos sobre el nuevo sistema político mundial titulados The Cold War. Estos artículos popularizaron el concepto que terminó definiendo el nuevo orden mundial después de la Segunda Guerra. 45 Harold Nicolson, Dwigth… op. cit, 1935, p.p. 325-333. 46 Frank Brandenburg, The making of modern Mexico [La construcción del México moderno], New Jersey, Prentice-Hall, Inc., 1964.

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ésta conferencia era de gran importancia, él solo tomó una pequeña parte en las deliberaciones. Su objetivo en ir, entrar en un contacto con el Presidente Coolidge y el Secretario Kellog. Fortificado por su cálido apoyo y motivación, regresó a su puesto el 29 de Enero. Habiendo normalizado la controversia sobre el petróleo, centró su atención a otros problemas importantes como fueron los asuntos relacionados a las tierras, quejas y deudas. De entre todos estos problemas, la cuestión de las deudas llevó prioridad después de su retorno de la conferencia de Londres en julio de 1930, y este problema será examinado en el último capítulo. Con el problema de las quejas él estuvo poco involucrado. Dos convenios fueron firmados en Septiembre de 1923, uno asentando las quejas generales levantadas después de Julio de 1868 y otro para la adjudicación de quejas especiales por pérdidas incurridas por los ciudadanos de los Estados Unidos durante el “Periodo Revolucionario”, de Noviembre de 1910 a Mayo de 1920. La adjudicación de estas quejas fue confiada a dos comisiones mixtas, las cuales dentro de una atmósfera de aspereza y algo de retraso, continuaron sus discusiones a lo largo de todo el periodo de la misión de Morrow. No fue sino hasta después de su partida, cuando la Embajada fue solicitada para intervenir en esta disputa. La cuestión agraria y su impacto hacia los ciudadanos de los Estados Unidos propietarios de tierras en México, le causó una constante preocupación. Sus métodos para enfrentar estos problemas son un claro ejemplo de lo que podría llamarse sus tácticas de aproximación múltiple. Se ha mencionado anteriormente que la revolución de 1910 asumió en algunos casos el carácter de un levantamiento agrario, y entonces, bajo el pretexto de ejecutar la Ley de Tierras de 1925, y las Regulaciones Agrarias de 1926, los comités locales procedieron con actos de arrasamientos y ultrajes. El gobierno de los Estados Unidos no cuestionó el derecho del gobierno mexicano de alterar, por legislación, el sistema de tenencia de tierras en su propio país. Lo único por lo que contendieron fue que esa legislación no fuera discriminatoria con los foráneos y que la justa compensación fuera pagada por todas las tierras expropiadas. Ellos afirmaron después que se estaba ejerciendo una discriminación hacia los ciudadanos americanos, al prohibirles el poseer propiedades a 100 km de la frontera y a 50 kilómetros de las costas marítimas; que la cláusula de Calvo era una violación a la prácticas internacionales establecidas; y que los papeles de propiedad ofrecidos como compensación no tenían valor en sí mismos y estaban basados en un injusto gravamen de los valores actuales. El gobierno mexicano puso muy poca atención a estos argumentos. Al tiempo de la llegada de Morrow, se habían presentado unos 250 casos en que las tierras propiedad de americanos eran tomadas. Él, en el acto, decidió que sería inútil cuestionar los principios envueltos; en cambio, se concentró en modificar la práctica. Para este propósito adoptó muy diferentes métodos. Su primer método fue la presión personal en tercer grado. Él forzaría a los oficiales mexicanos a los que les correspondía acompañarlo, a él o a su staff, a viajes incómodos y exhaustivos, para visitar las escenas de

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tales expropiaciones en el lugar mismo. Mediante este método él fue capaz, en muchos casos, de obtener el regreso de las confiscaciones decretadas por las comisiones agrarias locales. Su segundo método era el estimular los intereses personales del Presidente Calles en cuanto a agricultura científica, sugiriéndole que sus grandes aspiraciones podrían ser mejor alcanzadas si se instituían bancos y colegios agrícolas, y mediante la implementación de zonas de irrigación a gran escala, en vez de dar a peones sin educación grandes cantidades de tierra, las cuales serían incapaces, e incluso poco dispuestos, a cultivar. Su tercer método fue el insistir que las sumas prometidas, en forma de bonos, como compensación, deberían ser cargadas al presupuesto mexicano, y que las confiscaciones no tuvieran lugar cuando sobrepasaran los límites del presupuesto. Su cuarto método fue el animar a los demandantes estadounidenses a tomar acciones por cuenta propia, en todos los casos de ultraje flagrante, en territorio mexicano. Y su quinto método fue apelar por tiempo. La cuestión agraria entera, –escribió él al Secretario de Estado en noviembre de 1927–, parece tan compleja, que yo espero, si el Departamento lo aprueba, ser capaz de persuadir al Presidente Calles de que México ha tomando realmente más tierras de las requeridas por los peones disponibles para trabajarlas, y de que el gobierno mexicano, sin cambiar su política definitivamente podría parar de tomar nuevas tierras y utilizar su energía para mejorar las tierras tomadas y para realizar otras reformas. Mediante tales métodos el problema agrario fue pospuesto y mitigado; aún permanece sin resolver. Mientras tanto, Morrow concentró sus esfuerzos en mejorar sus relaciones personales con el Presidente Calles, con los miembros de su gabinete, y con numerosos grupos de opinión en México. El Ministro de Relaciones Exteriores, Genaro Estrada, era un hombre de cultura e inteligencia; escribió poesía, coleccionó porcelana china, su cama era una reproducción de la tumba de Lorenzo il Magnífico. El señor Estrada tuvo sentido del humor; con él, Morrow estuvo pronto en agradables términos. Con el Ministro de Finanzas, Montes de Oca, Morrow fue capaz de establecer una cooperación; él fue cuidadoso de, antes de tocar los temas de finanzas, resaltar ante el Ministro su alta educación, además de su manejo de la lengua inglesa; Montes de Oca respondió rápidamente a éste método de aproximación. No fue solo con los círculos del gabinete con quienes Morrow entró en tratos personales. Estudió con cuidado, y no sin simpatía, el interesante y de hecho experimental programa del Movimiento Obrero Mexicano, especialmente las teorías y acciones de la importante Confederación Regional Obrera Mexicana, conocida generalmente como la C.R.O.M.; y a su líder, Luis Morones, quién fue en ese tiempo un elemento político de gran influencia. Él incluso aceptó la invitación para comer con los líderes del partido comunista mexicano. Y no perdió oportunidad de entrar en contacto con la gente mexicana.

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Dwight Morrow nunca fue un lingüista. Debido a su intenso interés en Francia, su conocimiento de la lengua francesa apenas sobrepasaba el estándar de Allegheny. Bon accent, él solía decir al señor Briand, pas de vocabularie. Durante sus primeros meses en México él tomó lecciones de español de parte de un profesor de botánica; estás lecciones nunca pasaron de la etapa analítica a la sintética; al final de sus días él podía referirse al estado de Sonora como “Señora”, y sus comunicaciones con Sabino, el mayordomo de la Embajada, con Miguel, su devoto asistente, estuvieron confinadas a gesticulaciones mezcladas con unos cuantos sonidos castellanos. Su amor por México, su apreciación por todas las cosas mexicanas, nunca pasó desapercibido en todas las actividades que él hacía. Él podía caminar todos los días en el parque de Chapultepec, dirigiendo sus rápidos pasos cortos a lo largo de la Calzada de los Filósofos, a lo largo de la Calzada de los Artistas, hacia donde, bajo la gran sombra de los cipreses de Moctezuma la pequeña fuente de Cervantes salpicaba sobre los bígaros y los ladrillos amarillos. Y entonces, en su segundo año mexicano, llegó a Cuernavaca. A cincuenta millas de la Ciudad de México – a mitad del camino entre la meseta central y las regiones tropicales de la costa – se encuentra el pequeño pueblo de Cuernavaca, apiñando sus techos por debajo de la catedral y alrededor de palacio municipal color rosa, él cuál fue la última residencia de Hernán Cortés. Éste es un lugar de agua y rayos de sol, de frutas y flores, de canciones y silencio. Morrow se enamoró de Cuernavaca cuando almorzó con el Ministro Británico, el Señor Esmond Ovey, quién poseía una pequeña casa y un jardín en el callejón conocido como Calle Arteaga. La casa contigua a la del señor Ovey pertenecía a un residente americano, el señor Fred Davis. Él aceptó venderla a Dwigth Morrow y después de una infinidad de complicaciones legales la compra fue completada. La casa, en un principio, no era más que una sola construcción de adobe abierta sobre un pequeño terreno. Morrow pudo adquirir tres, y después cuatro, de los terrenos aledaños a su propiedad. La casa fue extendida: el jardín desarrolló seis pequeñas terrazas flanqueadas por adelfa, heliotropos, árboles de plátano, plumbago, y datura; una pila de baño fue construida en una de las terrazas, y una pequeña torre o mirador fue construido, desde el cual la vista se extendía hacia el norte, hacia los pinares de las Tres Marías, al sur hacia donde la torre de la catedral daba solemnes campanadas contra un plano ámbar o púrpura de las montañas; hacia el este, pasando la pequeña iglesia rosa con dos cipreses, más allá de la pirámide azteca hacia el blanco cono del Popocatépetl y a las masas de nieve del Ixtaccíhuatl [sic]. Morrow llegó a amar esta casa, y sus jardines, más de lo que hubiera amado otra casa jamás. Podía pasar horas enteras eligiendo artesanías mexicanas para decorar sus cuartos, o acomodando jarrones indios y jícaras de agua a distancias exactas sobre los escalones de sus terrazas. Tres diferentes fuentes hablaban con tres diferentes tonos de alegría. Era aquí donde, después de la tensión de la ciudad, él podía encontrar la felicidad y el reposo. Él podía llegar ahí un viernes por la tarde y permanecer ahí hasta el domingo. Podía subir al mirador y observar como la puesta del sol se fundía

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con el verdor atrás de las montañas, mientras dos volcanes brillaban en rosa y violeta hacia el este. La noche, con brusquedad tropical, esparciría su manto pintado de estrellas blancas. De la senda de abajo, llegarían las acolchadas sandalias aztecas, y conforme la noche profundiza en el sonido de los cantos, el latido juncoso de los xilófonos, se levantaría en vuelos y llamas de risas amortiguadas por las palmeras y los humildes tejados. La casa de Cuernavaca, la Casa Mañana47 de su fantasía, permanece aún como propiedad de la señora Morrow y de sus hijos.48 47 Nicolson se refiere a la propiedad existente en Cuernavaca, Morelos, en la antigua y tradicional calle de los Tepetates, luego Arteaga y ahora Morrow, la cual fue adquirida por el embajador de Estados Unidos en México, el señor Dwight Whitney Morrow y su esposa Elizabeth en el año de 1927. Una parte de la casa ya se encontraba construida y posteriormente al adquirir tres propiedades más –como lo dice Nicolson- las unieron con escalones de piedra, arcos de adobe y balaustradas de tabique moldeado (citarilla). Así conformaron una casa con siete patios en la cual cada uno tenía un encanto especial. La entrada era en arco abovedado de rosa laurel y palmeras que llevaba desde la calle al primer patio donde se encontraba una fuente de azulejos sobre la pared que alimentaba de cristalino líquido al segundo patio. En éste se encontraba la alberca, encerrada entre bardas cubiertas de geranios y heliotropos, y enmarcada por un arco de adobe en el extremo sur que conducía, por anchos escalones, al cuarto jardín, bautizado por Elizabeth Morrow como “Delicia Azteca” porque en el mismo se encontraba una fuente de azulejos blancos con antiguos conejos aztecas bailando en el centro. Una porción de este patio formaba el “Jardín Secreto”. Su entrada estaba totalmente oculta, en él se encontraba otra fuente de azulejos amarillos y azules en un extremo, y una “loggia” cubierta en el otro. Fue aquí donde el conde Reneé d’Honnecourt, un amigo austriaco de la familia, pintó “Una vista panorámica de la muy bella y hermosa ciudad de Cuernavaca”, como lo anunciaba un listón sostenido por querubines en la parte superior del cuadro. El quinto y sexto patios tenían una vegetación también muy especial. La casa se construyó siguiendo la línea de los siete pequeños jardines. El entonces vecino, y ya mencionado por Nicolson, Fred Davis, supervisó los planos. La obra fue ejecutada por el maestro de obras de la ciudad, un hombre llamado Pancho Rebollo. La construcción duró siete meses, en el curso de los cuáles la casa tomó su nombre, pues cuando el Embajador Morrow preguntaba a los artesanos que ahí trabajaban cuándo terminarían alguna cosa, siempre contestaban: “Mañana, Sr. Embajador, mañana”. De ahí el nombre que puede verse en la placa que queda en la fachada hacia la actual calle Morrow: “Casa Mañana, por Pancho el Arquitecto, 1928”. Se construyó un ala de servicio y una sala en la pequeña casa original. Se le agregó una construcción larga y baja para los dormitorios, con un corredor con arcos que se abrían hacia la alberca. Una escalera exterior con barandal de fierro trepaba por la pared del jardín, hasta llegar a un gran mirador abierto, de esos llamados “chocolateros”, pues era el sitio ideal para saborear esa bebida al atardecer, gozando del aire fresco y la esplendorosa vista que abarcaba todo el maravilloso panorama del Valle de Cuernavaca. En el patio más bajo se levantó una pequeña casita de huéspedes. Aquí fue donde se hospedaron Frida Kahlo y Diego Rivera cuando éste pintó los maravillosos murales del Palacio de Cortés, financiados por su anfitrión. La mayor parte de las puertas y las ventanas fueron copiadas de las ilustraciones de un libro de casas españolas. Ninguna de ellas estaba espaciada correctamente, sus maderas estaban pintadas de azul oscuro y ostentaban macetas floridas. Notable, comentado y criticado hecho fue que en la sala de estar construyeron una chimenea, quizá la primera en esta ciudad de clima primaveral. Todo el frente del hogar estaba cubierto de azulejo blanco y azul, del viejo diseño de flor de granado. En el año de 1935, el ayuntamiento decidió poner el nombre de Dwight W. Morrow a la primera y segunda calles de Arteaga. Recientemente fue restaurada y en la actualidad funciona como un restaurante, conservando la estructura y la mayoría de los elementos originales, aunque perdió algunos patios y el “jardín secreto”, agregándosele la estructura para el bar. Actualmente, esta propiedad se puede visitar libremente. Véase Morelos. Guía para visitantes, México, Colección La Salle, 2005. 48 Harold Nicolson, Dwigth… op. cit, 1935, p.p. 333-338.

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9. La cuestión religiosa La estabilidad política en México se rompió de nuevo en 1926 al enfrentarse violentamente la Iglesia y el Estado. La crisis que venía desde años atrás, se agravó, en buena medida debido a que el gobierno de la administración Calles, alentó de manera innecesaria las corrientes anticlericales. Un claro ejemplo de esto fue el patrocinio en la ciudad de México de la formación de una iglesia católica mexicana bajo la dirección del patriarca José Joaquín Pérez. La reacción de la Iglesia se manifestó en la publicación en 1926 de una declaración hecha nueve años atrás por el arzobispo José Mora y del Río en contra de la Constitución de 1917. Esta publicación hecha sin la anuencia de su autor, denunciaba como injustos y tiránicos los artículos 3, 5, 27, 30 y 130 de la Carta Magna de 1917. La respuesta del gobierno consistió en el cierre de escuelas y conventos y la deportación de 200 ministros de culto extranjeros. En contraposición se formó la Liga Nacional de la Defensa de la Libertad Religiosa (LNDLR), cuyos dirigentes decretaron un boicot contra el gobierno. Por su parte, las autoridades eclesiásticas decidieron suspender el culto el 31 de julio de 1926. De ahí a la rebelión popular contra las medidas del gobierno fue un paso. A esta guerra se le conoce comúnmente como la guerra Cristera.49 Si bien es cierto que tanto el Vaticano como el episcopado mexicano, nunca dieron su apoyo abierto a la lucha, numerosos sacerdotes se incorporaron a ella. La lucha se concentró, principalmente en los estados de Jalisco, Guanajuato, Colima y Michoacán. Los cristeros –defensores de la libertad religiosa- llegaron a sumar 20 mil hombres armados en 1929. En 1928, Calles inició un acercamiento con representantes del episcopado a petición del embajador Morrow, pero nunca llegaron a una solución definitiva. Peor aún, el asesinato del presidente electo Álvaro Obregón el 17 de julio de 1928, por León Toral, un católico declarado, hizo que se suspendieran las negociaciones. Sería bajo la administración de Emilio Portes Gil, cuando se reanudaron los contactos con la alta jerarquía católica a instancias nuevamente del embajador estadounidense.50 Los acuerdos establecieron la reanudación de los servicios religiosos por parte de la Iglesia, así como la rendición del ejército cristero. El gobierno revolucionario no modificó la constitución, pero se volvió más tolerante. Así fue, como el 30 de junio de 1929, se abrieron formalmente las iglesias al culto regular. Aunque hay que aclarar que la violencia religiosa en México no terminó por completo hasta 1940. El feliz efecto, –escribe Arnold Toynbee–, sobre las relaciones entre los dos países, que la presencia del señor Morrow en la Ciudad de México produjo instantáneamente [...] llegó a ser una de las principales 49 Jean Meyer Barth, La cristiada, 3 vols., México, siglo XXI, 1973. 50 Emilio Portes Gil, Quince años de política mexicana, México, Botas, 1954.

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características de la situación entre México y los Estados Unidos. Más allá del más grande triunfo diplomático que el señor Morrow alcanzó está la contribución que él hizo, por su buen oficio, para la estabilización del conflicto entre el Estado Mexicano y la Iglesia Católica – una empresa extraordinaria y delicada, para un ciudadano estadounidense, que no era católico, para ser realizada en un país donde él era el representante oficial de su propio gobierno.51 Dwight Morrow no estaba bajo ninguna ilusión en el momento de considerar la delicadeza de una intervención de su parte en el conflicto entre la Iglesia y el Estado Mexicano. Estuvo muy atento en el hecho de que, el Gobierno Mexicano Revolucionario, y en particular el Presidente Calles, estaban muy resentidos por el apoyo que la Iglesia había dado a Victoriano Huerta, y por la propaganda conducida, en ambos sentidos, hacia adentro y fuera de México, por los organismos católicos, ya sea nacionales o foráneos. Él estaba consciente de que podría ser inconsistente, para alguien que había proclamado ruidosamente su respeto por la soberanía mexicana, el intervenir en una riña que era considerada en esencia puramente doméstica. Sin embargo él fue empujado hacia esta controversia por cada fibra de su cuerpo. Estaba interesado, desde hace muchos años, en la historia de los conflictos entre la Iglesia y el Estado, y los trabajos de los Obispos Stubbs y Creighton, de Lord Acton y el profesor Maitland, se convirtieron en sus estudios favoritos. La tentación de considerar la controversia mexicana como un problema de historia aplicada era casi irresistible. Lo afligía, además, observar que el 90% de la población estaba sufriendo agudamente, incluso supersticiosamente, por la negación de una religión que ellos anhelaban. Se sintió convencido de que el gobierno mexicano nunca podría restablecer el orden interno, u obtener, exteriormente, el crédito de estar representando un sistema progresivo y civilizado, hasta que el veneno de esta controversia y las condiciones de la disensión civil resultantes, fueran removidos del cuerpo político mexicano. Y detrás de todo esto estaba su persistente pasión por resolver lo insoluble. La lucha entre la Iglesia y el Estado en México data desde tiempos de la Conquista; por tres siglos se ha emprendido la batalla entre las autoridades seculares y eclesiásticas, entre los Virreyes y los Arzobispos. Drásticas legislaciones anticlericales se ha establecido durante el siglo diecinueve por Juárez y sus sucesores; la Iglesia fue privada de sus cortes especiales, sus enormes propiedades, y sus órdenes monásticas. Durante el régimen de Díaz se recobraron algunos de éstos privilegios, pero con la llegada de la revolución socialista de 1910 era inevitable que la vieja legislación sería impuesta con mayor vigor y esa nueva legislación sería introducida limitando la influencia política y educacional que el clero ejercía y disfrutaba. El gobierno pugnaba, con cierta justicia, que el clero mexicano era tan degradado, como corrupto, y tan obscurantista como el de Abyssinia, y que el control, moral y material, que había obtenido sobre la población indígena hacía imposible mejorar los estándares éticos y educacionales de los peones, o el introducir en la República 51 Arnol Toynbee en “Examen de las relaciones internacionales: 1930”, p.p. 384-385.

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la beneficiosa influencia del sufragio universal. La Iglesia argumentaba, con similar justicia, que el hecho de que se dieran abusos aislados no daba una justificación al gobierno de privar al noventa por ciento de la población del consuelo religioso que ellos deseaban incuestionablemente y que la política del Presidente Calles y sus asociados era confiscatoria, atea y no democrática. La Constitución de 1917 estableció que la Iglesia no podría conformarse en una existencia corporativa; no podía poseer propiedades, incluso sus propios templos; no podía impartir educación primaria y; debía considerarse a sí misma como una “profesión” completamente bajo las órdenes de la autoridad civil. Además se aprobó que todas las Legislaturas Estatales pudieran determinar el número de sacerdotes requeridos en cada Estado. Los sacerdotes debían ser mexicanos de nacimiento, no podrían tener cargos públicos, no votarían, y se debían abstener de expresar opiniones políticas. Estas previsiones no se ejecutaron drásticamente hasta principios de 1926, cuando ciertos eclesiásticos, incluyendo al Arzobispo de Guadalajara, fueron acusados de fomentar un levantamiento en el Estado de Jalisco. Las regulaciones fueron publicadas, obligando a todos los sacerdotes a jurar lealtad a la República y a enrolarse en un registro nacional. Los obispos mexicanos, no sin la motivación del Vaticano, prohibieron a los sacerdotes el cumplir con este decreto bajo la pena de excomulgación, publicando cartas pastorales instando a un boicot político y económico contra el gobierno, y ordenando, como el 31 de julio de 1926, la suspensión de los servicios religiosos. “La Liga para la Defensa de la Libertad Religiosa” fue al mismo tiempo organizada entre los fieles, y bandas armadas de “Cristeros” fueron hacia las montañas, desde donde intentaban aterrorizar al gobierno para que se rindiera. Para julio de 1927 los Cristeros habían sido prácticamente suprimidos. A pesar de la altura del levantamiento, su número no superó los 6,000; nunca fueron una amenaza militar seria, pero crearon una atmósfera general de desafección e inseguridad, dañando gravemente el crédito del gobierno de Calles. Así estaba la situación cuando llegó Morrow. En octubre de 1927, antes de su partida hacia México, él fue inducido por el Cardenal Hayes y el Juez Morgan O`Brien para recibir al padre Juan J. Burke, secretario general de la conferencia para el bienestar nacional católico. El padre Burke preguntó si sería posible que él visitara al presidente Calles y poder discutir a nivel confidencial una cierta base para la mediación o el compromiso. Morrow le dio una respuesta evasiva, pero el padre Burke decidió volverlo a ver en enero de 1928 durante la conferencia de La Habana. Ahí, él repitió su sugerencia anterior. Morrow al principio le contestó que cualquier intervención sería enfadosa pero prometía más adelante comentárselo a Calles. En su vuelta a México, Morrow investigó si el presidente aceptaría recibir a un ciudadano americano, un eclesiástico, quién estaba impaciente por discutir con él la controversia entre la iglesia y el estado. Calles consintió; el padre Burke fue notificado; pero en ese momento un rumor sobre la posible entrevista apareció en la prensa americana y Calles inmediatamente retiró su promesa. Morrow esperó hasta abril antes de reasumir su petición. Entonces, él indujo al presidente Calles para que recibiera al padre Burke en

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la fortaleza de la isla de San Juan de Ulúa en Veracruz. Esta reunión se dio el 4 de abril de 1928 bajo el secreto más grande. Al día siguiente, Morrow estuvo presente en la reunión, en la cuál fue bosquejado un acuerdo en la que la iglesia mexicana permitiría la reapertura de las iglesias (o en otras palabras retirar su huelga religiosa) si el gobierno declarara que no era su intención “destruir la identidad de la iglesia” y estaría dispuesto a condescender con los jefes autorizados de la iglesia en México, con respecto al uso de las leyes y de las regulaciones recientes. Este preacuerdo fue sometido por el padre Burke al delegado apostólico en Washington, quién indicó que él pospondría enviarlo al Vaticano hasta que finalizaran los resultados de una conferencia que entonces se estaba desarrollando entre los obispos mexicanos en San Antonio, Tejas. Los obispos a su regreso exigieron que el presidente Calles recibiera a su propio prelado mayor, Monseñor Leopoldo Ruíz y Flores, y confirmara a él las promesas hechas a Burke. Para Morrow, esta propuesta fue una gran responsabilidad y presentaba un alto grado de dificultad lograr que el presidente Calles recibiera a este sacerdote suave y conciliatorio. Una reunión eventual fue arreglada el 17 de mayo de 1928; el arreglo anterior, el cuál consistía en un intercambio de notas, fue confirmado; y Monseñor Ruíz se fue a Roma a fin de obtener la aprobación del Vaticano. Al pasar por Paris, Monseñor Ruíz cometió la imprudencia de dar una entrevista a la prensa. El resultado fue desafortunado. Por un lado, animó a círculos