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Segundo Concurso de Periodismo

Peruanos Construyendo futuro

Segundo Concurso de Periodismo

Peruanos Construyendo futuro


Peruanos Construyendo Futuro Segundo Concurso de Periodismo


Las historias detrás de las obras Desde que llegamos al Perú, hace ya treinta años, teníamos muy en claro nuestra labor: impactar de manera positiva todas las comunidades donde trabajáramos. Sabíamos que una central hidroeléctrica, una carretera o un canal de irrigación no significan nada si no hay detrás un grupo de personas que haga de esa obra parte de su vida. Así como un libro sin lectores no es más que papel y tinta. Cinco años después de nuestro exitoso Concurso Nacional de Periodismo “Talentos Anónimos”, que mediante notables crónicas nos permitió descubrir a personas consagradas al servicio de su comunidad, consideramos que había llegado el momento de repetir la experiencia. Esta vez, con los resultados de nuestro Segundo Concurso de Periodismo Odebrecht “Peruanos Construyendo Futuro”. El pedido fue, nuevamente, que la mirada de los concursantes se centrara en las personas: aquellas para quienes trabajamos, los hombres y mujeres que han mejorado su calidad de vida y sus expectativas futuras gracias a nuestras obras en el Perú. ¿Por qué promover un concurso de periodismo como este, que retrata las vidas de personas que trabajan con humildad para forjarse un mejor futuro, en vez de otros temas más mediáticos? La respuesta está en uno de los principios fundamentales de la Tecnología Empresarial Odebrecht, que es la “confianza en la personas, en su capacidad y en su deseo de evolucionar”. Desde 1979, nuestro deseo ha sido honrar esas palabras. Creemos en promover la investigación honesta y transparente, y aquí están los resultados: un conjunto de historias que son la prueba objetiva de que estamos en el camino correcto. Historias en las que asoman aquellos valores que asumimos como nuestros: la educación mediante el trabajo, la descentralización, la responsabilidad social. El desarrollo, en suma. Con frecuencia escuchamos hablar de desarrollo de una manera tal que oculta los rostros de las personas. De gente que, desde su comunidad, ha esperado a veces décadas por la construcción de medios para mejorar sus vidas. Nuestro trabajo es facilitar su superación. Por eso seguimos construyendo infraestructura en el Perú. Por eso seguimos ayudando a contar sus historias. Las diez crónicas periodísticas de las siguientes páginas se reparten entre los diversos puntos del país en los que hemos trabajado desde un inicio. En ellas hallará personas, y también personajes. Adelante, conozca con nosotros las historias detrás de las grandes obras. Jorge Barata Gerente general Odebrecht Perú


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Jurado

Julio Villanueva Chang Director fundador de la revista Etiqueta Negra. Fue redactor principal de El Comercio. En 1995 obtuvo el premio de la Sociedad Interamericana de Prensa en la categoría Crónicas. Ha sido becario de la Fundación para un Nuevo Periodismo Iberoamericano. Es profesor del Taller de Crónicas y de Periodismo Literario de la UPC. Ha publicado Mariposas y murciélagos (1999) y Elogios criminales (2009).

Jaime Bedoya García M. Periodista y escritor. Actualmente es editor general de la revista Caretas, donde labora desde hace casi veinte años y tiene a su cargo la columna “Mal menor”, en la que aborda temas políticos y de miscelánea. Es jurado permanente del concurso “El cuento de las 1.000 palabras”, organizado por la revista. Ha publicado los libros Ay que rico (1991), Kilómetro cero (1995) y Mal menor (2004).

Raúl Vargas Periodista de oficio, con más de cuarenta años de experiencia en el medio. Estudió Educación y Literatura y es aficionado a la gastronomía. Trabajó como editor de la revista Caretas, en la cual colabora hasta hoy como columnista. Actualmente se desempeña como director periodístico de RPP Noticias. Es reconocido como un gran entrevistador, conversador y por su buen dominio de la escena radial.

Hugo Guerra Arteaga Periodista, abogado y analista político de reconocido prestigio nacional e internacional. Fue conductor del programa “Vértice” de Canal N, subdirector de El Comercio y directivo de su sección editorial desde mediados de la década de 1980. Luego de trabajar veintisiete años en El Comercio, pasó los últimos cuatro dedicado a ejercer como catedrático y consultor, pero siempre vinculado al periódico como columnista. Desde octubre del 2008 es editor central de opinión del diario.

Úrsula Freundt-Thurne Freundt Decana de la Facultad de Ciencias de la Comunicación, directora de la carrera de Comunicación y Periodismo y directora del Fondo Editorial, en la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas. Es licenciada en Ciencias de la Comunicación y ha seguido estudios de Gestión Estratégica de la Educación Superior en la Harvard Extension School/UPC. Es vocal del Tribunal de Ética del Consejo de la Prensa Peruana y miembro del Consejo Latinoamericano de Acreditación de la Educación en Periodismo.


Índice Con el volante bajo el brazo Eduardo Venegas Villanueva Primer lugar

Los pequeños artistas de Pasallapampa Víctor Díaz Suárez Segundo lugar

Campos de verde esperanza Óscar Miranda Troncos Tercer lugar

Un quijote en las alturas José Antonio Vadillo Vila Cuarto lugar (compartido)

Volando alto Beatriz Camargo Lanatta Cuarto lugar (compartido)

La energía de dos mundos Andrea Baracco Vargas Quinto lugar

El retorno José Calderón Torres Sexto lugar (compartido)

Pasos para crecer Pamela Barrionuevo Alosilla Sexto lugar (compartido)

El anuncio que le cambió la vida Laura Gonzales Sánchez Séptimo lugar

“3 amores” y una esperanza Lilia Loo Talla Octavo lugar

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Con el volante bajo el brazo

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La historia de cuatro “mujeres batalla” que lo dejaron todo para cambiar su destino.

Eduardo Venegas VILLANUEVA PERIODISTA


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Por su buen desempeño, Breny fue seleccionada en el 2008 para trabajar en Angola. Mientras Breny Loza caminaba en junio de este año por las calles de Luanda, Angola, pensaba que estaba en Lima. Veía casas de diferentes tamaños, edificios por doquier y mucho tráfico. Dentro de ese paisaje, sin embargo, unas manchas negras llamaron su atención. Eran restos de balas, incrustados en cada casa, rascacielos y lugar donde miraba. Al voltear la esquina, las ruinas de un edificio destruido le dieron la bienvenida. Asustada, tomó un carro y se fue a su campamento. Por el camino, unas banderas blancas y carteles de “campo minado” acabaron de asustarla. Breny recién comprendía lo que había leído en Google sobre los rezagos de la guerra civil en Angola. Por su buen desempeño, Breny fue seleccionada a finales del 2008, junto a otras tres chicas, para trabajar en Angola. Eran obreras en la construcción del tramo 3 de la Carretera Interoceánica en Madre de Dios, pero tenían algo en particular que las hacía especiales: habían aprendido a manejar gigantescos tractores, retroexcavadoras y volquetes, algo no muy usual en su género. Estas cuatro “mujeres batalla” de las lejanas ciudades de Azángaro (Puno), Oxapampa (Pasco), Quillabamba (Cusco) e Iberia (Madre de Dios), aunque no pasan de veintiséis años, dejaron todo y le sacaron la vuelta a su destino. Han pasado dos años desde que, en mayo del 2007, empezaron a trabajar en la selva peruana. Hoy, tres de ellas aplanan la nueva carretera hacia Catumbela, una provincia angoleña. Heidy, la menor del grupo, con boletos en mano, decidió quedarse en Lima.

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Con valor y bajo la consigna de hacer que su familia tenga un futuro mejor, trabajó en la chacra de sus padres hasta llegar a la mayoría de edad. Hizo el servicio militar y tentó la suerte de cachuelo en cachuelo: vendió pasajes en terminales informales, fue ambulante, vendedora de ropa en unas galerías e incluso la hizo de mesera en un chifa de mala muerte. Un día cualquiera, mientras regresaba a casa con unas cuantas monedas en los bolsillos, una voz ruidosa llamó su atención. La radio del pueblo anunciaba la convocatoria para la construcción de una carretera en Madre de Dios. En su vida Blanca había cogido un martillo, pero algo en ella la impulsaba a trabajar. “Hice mi mochila y pensé en ir de vacaciones por unas semanas. Jamás imaginé que esto me fuera a pasar, que terminaría manejando, y mucho menos una excavadora”. Ingresó a la obra sin imaginar que encontraría el amor. Pero aún no estaba lista para ser feliz. Un día, mientras regresaba al campamento, una mala noticia destruyó su corazón. Su pareja había muerto en un accidente. “De pequeña yo quería llevar una vida normal, sana, con una pareja, trabajar ambos y ser más. Lamentablemente, en una obra mi esposo falleció, y con él mi sueño. Creo que estaba resignada a sufrir como mi mamá en la chacra”, dice Blanca. La vida continúa. Mientras guardaba luto, un capataz le preguntó, adrede, si quería aprender a manejar una excavadora. No lo pensó dos veces, y a inicios del 2008 ya estaba sentada sobre tremendo armatoste. Blanca volvía a sonreír.

Blanca Cruz: “Esta máquina la maneja este pechito” Blanca Cruz tiene veintiséis años, piel trigueña y acento típico de la sierra. Antes era campesina. Natural de Quillabamba, en el Cusco, tiene cinco hermanos a los que abraza solo tres veces al año, pero a quienes ve todos los días al abrir su billetera. Hace año y medio enviudó.

Pero el camino, al igual que la tierra que removía, no era nada fácil. La naturaleza agreste no fue el gran obstáculo. Había algo peor: un hombre machista dispuesto a meterle cabe. “Los hombres se ponían envidiosos porque nosotras estábamos manejando una máquina pesada, pensaban


“Cuando me dijeron que viajaba, me alegré, pero no imaginaba qué tan lejos estaba. Jamás había subido a un avión”.


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que les estábamos serruchando su puesto y nos dejaron de lado”. Blanca comenzó a practicar con más ganas y lo hacía cada vez más rápido. Hasta que una vez, mientras trabajaba cerca de un río, la máquina se empezó a resbalar, se volteó y cayó al agua. La muchacha solo atinó a saltar, pero en vez de hacerlo hacia afuera, quedó atrapada con la excavadora encima. Blanca se recuperó y desde ese día se ganó el respeto de todos. Tanto así que fue una de las seleccionadas para viajar a Angola a capacitar a otras mujeres que, como ella, sueñan con conducir enormes camiones en medio de la carretera. “Cuando me dijeron que viajaba, me alegré, pero no me imaginaba qué tan lejos estaba. Jamás había subido a un avión, y ahora conozco Lima, Sao Paulo, Luanda y Huambo. No está mal”, me comenta entre risas por teléfono. Su estadía en Huambo –a una hora en avión desde Luanda– durará hasta finales de agosto. En septiembre regresará a ese país con una visa de trabajo por cinco meses. Antes, volverá quince días al Perú, tomará un bus y meditará hasta

llegar a Quillabamba, sobre sus hermanos, su destino en África y si el amor algún día volverá a su vida.

Heidy Guizado: “La música la traigo yo” Es la menor del grupo. Tiene veinte años, piel blanca, curvilínea figura y usa lentes. A su corta edad, ya domina todo tipo de tractores, palas mecánicas y cargadores frontales. Su ligera apariencia esconde a una mujer de hierro. Natural de Villa Rica, Oxapampa, tiene tres hermanas y un enamorado celoso, y prefiere mil veces una máquina a un cuaderno. Por esa razón, no lo pensó dos veces cuando su padre le propuso trabajar en Madre de Dios. “La primera vez que operé un tractor fue a los catorce años. Mi papá me estuvo enseñando y lo dejé por los estudios. Hasta ahora, que lo volví a coger de nuevo”. Durante todo el 2008, se levantaba a las cinco de la mañana para ir al baño y darse un fresco duchazo. La joven se hace un fuerte nudo en el pelo, se pone su uniforme anaranjado, me mira y me pregunta si el casco le queda bien. En menos de diez minutos, la coqueta Heidy sale a comer


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su desayuno, digno de la antidieta: una potente sopa de trigo, arroz con pallares, un vaso de quinua y dos panes. A las seis ya estaba frente a su tractor, asentando la tierra por donde millones de peruanos viajarán en unos años rumbo al gigante brasileño. Heidy no la ha tenido fácil. También ha sufrido la indiferencia y el recelo de los hombres. “Aprender fue muy difícil, porque los varones no te quieren ayudar, pero así nomás tienes que aceptarlo. Menos mal que yo ya sabía algo y, poco a poco, fui ganando terreno”. Sin embargo, por su linda apariencia, en la obra la mayoría de los chicos se morían por ella, dice, la enamoraban, insiste, le enseñaban más tiempo que a otras el abecé de la mecánica. Pero Heidy no se dejó. Prefirió extrañar. Gusta del amor de lejos mientras tiene como amante a una fiel aplanadora. Cuando terminaba su trabajo, prendía su laptop –una computadora llena de música– y junto a sus amigas le cantaban al amor traicionero: “Ahora hay otro en mi vida, que curó mis heridas, me devolvió la alegría que daba por perdida”. Sin embargo, algo inexplicable pasó en su vida. En el momento en que Heidy tenía que viajar a Angola, algo en ella la hizo dudar y, con boletos en mano, se dio media vuelta y se quedó en Lima. Ya no se conecta al Messenger. Sus amigas no la han vuelto a ver.

abrió un restaurante. Fue precisamente mientras se aireaba con un periódico por el sofocante calor, que descubrió un anuncio en letra multicolor. “Se necesitan hombres y mujeres para obra de construcción. Lugar: Nueva Arequipa”. Cerró el diario y dos horas más tarde estaba en un colectivo rumbo hacia el lugar. Escuchar a una mujer hablar de partes de autos sorprende a cualquiera. Me habla de cambio de aceite, de la transmisión, del motor, de las fallas, y no entiendo nada. Se sube a la excavadora, se abrocha el cinturón y sus manos se mueven a mil. La veintena de botones empiezan a funcionar, frena, recoge tierra, jala la palanca hacia atrás y el brazo de fierro bota desmonte. Abre la puerta, pisa la llanta y se baja. Pese a ser amiga de los demás operarios, tampoco se salvó de las críticas. Sin embargo, la sonrisa de su pequeña fue su principal motivación para seguir adelante. “Me decían: las mujeres no pueden, son para la casa, qué van a hacer allí. Te mandan indirectas, y te duele. Lloré mucho, pero poco a poco me fui tragando mis lágrimas”. Gracias a su pericia con las máquinas, su nombre también estaba en la lista de viajeras a Angola. Nayda no lo creyó, pensaba que era otra de las bromas de sus compañeros. Pero cuando le pidieron su pasaporte no le quedó otra que llorar de emoción.

Nayda Mamani: “Nadie se interpone en mi camino” Sin conocer la sierra ni la costa, Nayda Mamani cruzó el Atlántico y a esta hora debe estar en su retroexcavadora recordando el indómito paisaje africano. A sus veinticinco años le ha ganado la partida a miles de mujeres peruanas que luchan por una oportunidad. Ella es de Iberia (Madre de Dios), y por su casa se construirá la Carretera Interoceánica. Tiene la piel tostada, un metro ochenta de estatura, y no pronuncia muy bien la letra j. Su pequeña hija de nombre bíblico, Sara, la acompaña siempre. Es madre soltera, enésima víctima de un hombre que la abandonó cuando se enteró de que iba a ser papá. Sin embargo, eso no le preocupa ni le baja la mirada. Ganas de luchar tiene de sobra, y fue por eso que se animó a trabajar de nuevo. En Iberia, Nayda puso un negocio de ropa que se fue a la quiebra. No le importó. Volvió a confiar en su destino y

Los primeros días de septiembre Nayda viajará por segunda vez a Angola. Esta vez por cinco meses, como sus otras compañeras. Se ha despedido de su pequeña, de su madre y de la mala suerte. Ya “fala” portugués y sabe que donde terminan las banderas blancas no debe pasar porque puede volar en pedazos. Se ha acostumbrado a comer frejoles y las frutas del lugar, aunque por nada del mundo olvida su cecina, su tacacho y encomendarse a su patrón San Juan, o, como ella dice: “San Fuan”.

Breny Loza: “La que manda acá soy yo” La puneña Breny Loza me espera sonriente en el hall de un hotel de La Victoria, en Lima. A mediados de septiembre se regresa otra vez a Luanda, y confiesa que ya se acostumbró a ver todo negro: los hombres, la comida, incluso las ratas. Tiene veinticinco años y es la más baja de todas. Está a cargo de sus diez hermanos y es madre soltera de dos hijos: Abel y Carolina.


“Jamás imaginé que esto me fuera a pasar, que terminaría manejando, y mucho menos una excavadora”.


a


Estas mujeres han volteado la historia de sus vidas. La sonrisa en su rostro no siempre fue tan feliz. Cuando dio a luz a su segundo hijo, Breny era mesera y ganaba cincuenta soles al mes. Tenía que madrugar desde las cinco de la mañana y trabajaba hasta las once de la noche sin parar. A veces, sus patronas no tenían plata y regresaba sin un céntimo a su casa. Eran tiempos de cólera. Ha trabajado en diversas ciudades: Azángaro, Juliaca, Puerto Maldonado e Iberia. Es una “mil oficios” que se la buscó para que sus pequeños puedan vivir tranquilos. Entró a la obra por el periódico y desde entonces solo se concentró en hacer cada vez mejor su trabajo. Primero fue paletera: hacía señas de “pare” o “avance” a los camiones. Después, ayudante de capataz. Le daban miedo las máquinas, pero tenía un raro feeling hacia la más grande. Le pidió a uno de los operarios que le enseñe. Cuando se subió, no sabía qué hacer con todos los botones y palancas. Al cabo de dos meses, agarró confianza, y desde enero del 2007 maneja tractor, excavadora, volquete, rodillo y cualquier vehículo que tenga ruedas gigantescas. “Ya no tengo temor a nadie. Si tengo la máquina, tengo confianza; si el capataz me dice algo, yo lo hago”, dice Breny.

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Sin embargo, en el amor todavía no ha encontrado la felicidad, y de eso prefiere no hablar. Aunque asegura estar en su mejor momento y que varios angoleños la pretenden, sabe muy bien que no se quedará por mucho tiempo allí y prefiere no involucrar sentimientos. Breny escucha kizomba, la música típica de Angola. Aún no puede comprender el porqué de los orificios dejados por las balas en las paredes de las casas, que por el ansiado poder la gente mate como si nada, que la mayoría porte un arma y que todo, pese a que hay bastante vegetación, sea gris. Estas cuatro mujeres han volteado la historia de sus vidas. Y pensar que hace unos meses el temor dominaba sus manos y las empujaba a dudar de lo que eran capaces. Nadie creía en ellas, pero el coraje de sus corazones fue el motor que día y noche las alimentó de fuerzas para emprender un sueño que hoy da sus primeros frutos. En la otra orilla del Atlántico ya se escucha el rugido de ese motor que las hizo fuertes. Si se malogra, paran y lo arreglan. Nada las detiene y sus manos ya no tiemblan frente al timón. Angola las recibe, y con ella un camino sin fin de ilusiones.


Los pequeños artistas de Pasallapampa

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Tras los pasos de un grupo de niños artistas de la Cordillera Occidental.

Víctor Díaz SUÁREZ PERIODISTA


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Hace tiempo, en Chiclayo, escuché y vi a una treintena de niños provenientes de la Cordillera Occidental. Además de cantar a la perfección, tocaban diversos instrumentos y danzaban. Odebrecht había apoyado su formación artística. Nunca más los volví a ver, así que decidí ir tras sus pasos. En Chiclayo, y con este frío que penetra, madrugo para tomar el microbús a Olmos. A las cinco de la mañana, hay ya cinco personas en sus asientos. Media hora después, salimos hacia nuestro destino. Amanece, y leo la historia reciente de nuestro país sin ponerme a llorar, relatada en El Perú de Yerovi: la leyenda de Monos y Monadas. Con el mar de anécdotas hilarantes, de ironía e ingenio, pierdo la cuenta de la distancia y el tiempo. A las siete de la mañana ingresamos a Olmos. Antes, el sol ha caído de lleno sobre mi asiento. En pleno invierno, cuánto se extraña este brillo en Chiclayo; cuán desconocido es en Lima, me digo. A esa hora, en el parque principal de Olmos me recibe una banda de música. Me recibe es un decir, porque los quince integrantes de la banda “Señor del Cautivo” tocan por su cuenta en una retreta que un director de orquesta conduce y que a esa hora, en el centro de la pérgola, solo escuchamos tres parroquianos sentados y uno de pie, yo. No obstante, pienso que es buena seña si voy en busca de un elenco artístico infantil de Pasallapampa. Durante el intermedio, pregunto a los tres por Pasallapampa. Ninguno sabe dónde queda. Cruza una camioneta del Control de Carreteras de la Policía Nacional. Nada. Lo mismo hago con un mototaxista. Menos. Camino por la calle principal e ingreso a la comisaría. Un joven policía dice que recién está conociendo la zona; entra y le pregunta a su compañero más antiguo. En la luna. Por lo menos me darán razón en el terminal de pasajeros que van a los distritos, pienso. Pero Pasallapampa parece no existir en su mapa mental de tantos caminos recorridos. Felizmente me topo con un chofer del colectivo Olmos – Porcuya, kilómetro 38 de la carretera al campamento central del Proyecto Olmos. “Yo paso por el lugar; está en toda la pista”, me asegura. El colectivo retoma la vía que va a Chiclayo, al Sur, y se desvía al Este por el cruce de Olmos, a la carretera de penetración a la Selva. La vía Olmos – Río Marañón está asfaltada y con pequeños tramos encalaminados, por los huaycos. En el trayecto, a los costados, varios carteles llaman a cuidar el medio ambiente. Es un primer anuncio de la presencia empresarial de Odebrecht. A bordo del auto, que debe ser para seis personas pero carga a nueve, se escucha: “Ay, qué le voy a hacer, a este hombre que se

cree el galán del mundo...”. En la parte posterior, apretados de a cuatro, yo incluido, tres pasajeros se emocionan con la canción que Marisol ha popularizado y tararean: “...si estaba con mi vecina, con mi hermana, con mi prima...”. Felizmente, media hora después, al llegar a Pasallapampa, cambia el ritmo musical de todo el camino. Escucho de un niño unas letras nunca oídas: “Dicen que verde es el color de la esperanza; Lambayeque, así serán tus tierras, un verdor...”. Ahora me explico por qué a Pasallapampa no lo conocen en Olmos: es un caserío de la frontera entre Lambayeque y Piura. Pertenece a este último departamento, en el distrito de Huarmaca, provincia de Huancabamba. La quebrada del río, a la altura del kilómetro 12 de la carretera Olmos – Río Marañón, es prácticamente el límite, señalado por una línea imaginaria que va por la Cordillera Occidental. Pasallapampa está 14 kilómetros más arriba. Desciendo en el kilómetro 26 de esta vía de penetración. A la izquierda solo hay cerros. A la derecha, unas diez casas de adobe y calamina, formadas en hilera a la vera de la pista, desoladas, sin nadie a la puerta. Cada cierto tiempo, solo el rumor de un vehículo que viene y otro que se aleja. Más allá, el abismo. Abajo, una explanada de hangares bien distribuidos, que desde lo alto parecieran una maqueta en miniatura. Desde aquí se leen las letras de molde impresas en las faldas del cerro: “Odebrecht Perú, Proyecto Trasvase Olmos”. Si quisiera llegar al campamento en línea recta, cortando camino y descendiendo entre ramas y piedras, solo me separarían quinientos metros. Si caminara a pie por la carretera, lo haría en dos kilómetros. Concesionaria Trasvase Olmos, empresa de Odebrecht constituida el 2004, suscribió a través del Gobierno Regional de Lambayeque el Contrato de Concesión para ejecutar por 247 millones de dólares el Trasvase del Proyecto Olmos por un plazo de veinte años. El trasvase consiste en construir el Embalse Limón –43 metros de altura– y el Túnel Trasandino –20 kilómetros de longitud–. Las obras se iniciaron en marzo del 2006 y deberán concluirse el 2010. Pasallapampa está cerca a la salida del Túnel Trasandino. Cuando Odebrecht llegó, en la zona habitaban cuatro familias, unas doscientas personas. El caserío fue formado por cuatro residentes, entre ellos Máximo López Ventura, quien desde hace veintiún años es el profesor y director de la Institución Educativa 20078. Máximo me cuenta que siendo jóvenes se preguntaron por qué los niños caminaban tanto para ir a una pequeña escuela, kilómetros más arriba. Como cursaba los primeros ciclos de


Educación en la Escuela Normal de Chiclayo, le propusieron la enseñanza de los pequeños. Después, por decisión del sector Educación, le encargaron dirigir el plantel, hasta la fecha. Los otros fundadores son Teodoro Flores, Pablo Ventura y Atanasio Flores, ya fallecido. El nombre de Pasallapampa, o Pacaypampa, obedece a que donde está el campamento de Odebrecht había una pampa con árboles de pasallo o pacay. Los árboles son frondosos, pero solo en épocas de lluvia. Cuando el clima es seco, sus troncos y ramas se secan, pero al tiempo vuelven a florecer.

La música del pueblo Antes del 2007, un coro de niños musicalizaba con villancicos la noche de Navidad de Pasallapampa. Desde que Odebrecht se instaló allí, mostró especial interés por brindar apoyo a la institución educativa. En una de esas actuaciones los vio la asistenta social Evia Horna, lo que motivó que el 2008 la empresa contratara a dos profesores de arte. Así, entre muchas actividades de Responsabilidad Social, esta se denominó “Desarrollando Talentos”. El objetivo era incrementar el nivel artístico de los pequeños. Los martes y jueves, Moisés Espinoza se dedica a enseñar danzas folclóricas –huaino, marinera, danzas de la selva, etcétera– y José Coronado, cómo interpretar mejor con instrumentos. Ahora el coro lo integran dieciséis niños; algunos también forman el elenco de danza. Odebrecht les donó guitarras, zampoñas, charangos, flautas dulces, quenas, tambores,

etcétera, y la vestimenta. También les construyó en el plantel un local especial para el arte, así como una cocina y su almacén para guardar los instrumentos y trajes. En Pasallapampa, Jonathan y Junior son los primeros niños que diviso. Ambos son miembros del elenco musical que ha dado realce a esta tierra. Uno entona la canción que llama mi atención. Luego, su hermano le hace coro: “Dicen que verde es el color de la esperanza; / Lambayeque, así serán tus tierras un verdor. / Agüita que has de pasar por mi terruño, / riégame este valle donde he puesto mi ilusión. / Chiclayanita, toma este sueño, ponlo en tu tierra y espera; / verás el fruto brotar un día; será un orgullo, sí. / Lambayecana, verás tu tierra muy optimista y alegre; / todos tus hijos verán progreso; nuestro trabajo, sí”. El tema le pertenece al profesor Coronado. Jonathan, que está en sexto grado, tiene once años de edad y su hermanito, de primer grado, nueve. Dicen que los seleccionaron porque les gusta la música y avanzan más en sus tareas. Jonathan quiere ser doctor –en Medicina, afirma–, pues desea curar a todos los enfermos. Junior sueña con ser ingeniero, para construir edificios y apoyar las próximas obras de Olmos. Su padre, Jesús López, trabaja en el túnel del Proyecto, en el área de mantenimiento de línea férrea. Jesús se siente orgulloso de tener dos hijos muy inteligentes y está satisfecho del apoyo que se les da para que sigan siéndolo. Tiene dos hijos más con su esposa, Sandra López. Ante mi indiscreción, dado el apellido López,


aclara: “Con mi esposa no somos primos”. Más tarde, caigo en la cuenta de que de los dieciséis niños que actualmente conforman el elenco artístico, quince tienen el mismo apellido López, paterno o materno, aunque muchos no son parientes; como no lo son tampoco las muchas familias López de Pasallapampa.

cultivaba yuca, plátano y frejol. Ahora la gente se proyecta a sembrar café para la exportación; algunos cosechan veinte a treinta quintales en una hectárea, que llevan hasta Chiclayo para exportar. Los pobladores se han dado cuenta de que su zona, en las alturas, es propicia para este cultivo.

Guiado por Junior, no encuentro en su casa al profesor. Domingo al fin y al cabo, en compañía de su hijo, Christian, don Máximo acaba de enrumbar a las alturas, a la chacra a la que dedica la mañana. Su esposa, René Guadalupe Sotelo, le pide a Junior que lo ubique. Rato después, Christian vuelve sin su papá y sin Junior. Su madre le pide que regrese, pues una persona espera a su padre. Le dice que suba al cerro y desde ahí lo llame. En efecto, Christian asciende unos quinientos metros de la montaña y de sur a norte, al viento, grita:

De Piura con amor

–¡Papáaaaaaa..., te buscannnnnnn...! ¡Vennnnnnn...! Veinte minutos después, por un escarpado cerro que da al norte, el profesor desciende hacia la carretera. Dada su contextura y agilidad, no demuestra la edad que tiene. Ha sido deportista y sigue en ese mismo ritmo entre la pizarra, las tizas, sus alumnos, su familia y la huerta que posee a kilómetro y medio en lo alto del cerro, en la planicie, donde cultiva menestras y frutales. Bajo un sol que reverbera desde el cenit, don Máximo me revela que Pasallapampa se caracteriza por sembrar frejol, especialmente el bayo, y arroz, básicamente para el autoconsumo. Antes solo se

Para el lugar en que están y su entorno, todos los niños con quienes conversé demuestran una vivacidad asombrosa. Responden de inmediato mis preguntas y no se “chupan” cuando les pido tomarles una foto. Sin desprenderse de su perrita, “Chocolate”, Christian Max López, hijo del profesor, me cuenta que toca flauta y charango y es danzarín. Tiene trece años y cursa el quinto grado. Desde los ocho comenzó su actividad artística, aunque quiere ser ingeniero. Lleva un polo blanco en el que está impresa la misma leyenda que aparece en el aula de música de su colegio: “Programas de Responsabilidad Social, Desarrollo Sostenible, Odebrecht, Proyecto Trasvase Olmos”. A Jocelly Flores López le apasiona tocar la flauta desde cuarto grado. Ahora está en sexto, y en sus ratos libres se sienta afuera de su vivienda a contemplar el paisaje. Los cerros hacen eco a su sonido y ella sigue inspirándose en “El cóndor pasa”, de Daniel Alomía Robles. A sus once años, no sabe aún qué quiere ser de grande. Es la última de cuatro hermanos, dos ya en secundaria.


El grupo de artistas, de seis a once años, pertenecen a unas quince familias que los apoyan. Encontré a Kelly Milagros López Ramón, de diez años, fungiendo de ama de casa y cargando a su sobrinito de un año. Estudia quinto de primaria. Desde pequeña le encanta bailar, y por eso la escogieron para danzar huaylas. Es la última de diez hermanos y quiere ser enfermera. Cuando fui a ver a Máryori Yulisa de la Cruz López, su madre lavaba en una tina en la puerta de su casa. En el interior, en un rincón, ante una pared cubierta con láminas educativas, Máryori hacía su tarea. Ella es la primera de dos hermanos. Tiene nueve años y cursa el cuarto grado. Baila, canta y toca flauta. Quiere estudiar en la universidad, pero aún no decide qué. Su papá, José de la Cruz Barrios, trabaja en Producción en Odebrecht y se siente feliz de que su niña sea artista en potencia. “Espero que con la música y el apoyo, mañana, más tarde, lleguen a ser personas muy especiales”, dice. Bien seriecita ella, le pido a Sindy Yanely López Lizana que sonría para la foto. Tiene once años y cursa el sexto grado. Baila, canta y toca la flauta. No sabe lo que quiere ser de grande, pero está contenta de haber viajado hasta Chiclayo acompañando al coro de su colegio. Aunque los niños son piuranos de nacimiento, como artistas aún no han pisado ningún escenario importante de Piura. No me extraña, considerando que prácticamente se hallan en el “fin del mundo” –si así se puede llamar al límite en el que habitan–, a unos 150 kilómetros al sur y a tres horas de distancia de Huarmaca, la capital distrital de Huancabamba, a la que pertenecen. Por ello, paradójicamente, tienen más relación con la Región Lambayeque, y especialmente con Chiclayo, a pesar de que desde donde están hasta esta capital hay 141 kilómetros de recorrido, y de allí a Olmos, solo veinte minutos. Últimamente lograron los primeros lugares y un premio pecuniario en el concurso de danza y marinera organizado en su centro poblado. A

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fines del año pasado, Odebrecht organizó una presentación en el Centro Comercial Real Plaza de Chiclayo y también en la explanada del Museo Tumbas Reales de Sipán. En septiembre tienen previsto ir a la fiesta de Huarmaca. Esto aún está por confirmarse, y se espera la respuesta del alcalde distrital para la movilidad y los viáticos. Pero al alcalde, Mártires Lizana Santos, no se le ve desde agosto del 2008, cuando inauguró la electrificación rural del caserío. Los habitantes del centro poblado se muestran orgullosos de que una delegación de estudiantes, sus hijos, dé la cara por esta tierra. Se sorprenden por cómo los pequeños han sobresalido en el arte y logrado tamaño desarrollo instrumental y musical. El grupo de artistas, de seis a once años, pertenece a unas quince familias que los apoyan, y, según el director del plantel, el coeficiente de estudios es normal, pues a los que egresaron, sus promedios les permitieron continuar estudios secundarios. No pude reunir a todos los pequeños, pues sus viviendas están dispersas y distantes. Pero ellos representan a Milagros Nataly López Flores, Wilder Ventura López, Joel López Ramón, César Kevin Atunga López, Yessenia Analí López López, Eddy López López, Ronald Yeison Purizaca López, Katherine Leonardo López y Ruth Ventura Flores. Esta última, Ruth, de once años, vive en el kilómetro 30 de la carretera Olmos – Río Marañón. Desde allí baja diariamente al colegio, en un recorrido de más de tres kilómetros a pie. De regreso a Chiclayo, me pregunto: ¿Cómo no apoyar a estos niños que se esfuerzan por ser cada día mejores y que han demostrarlo serlo? La Responsabilidad Social falta en autoridades y empresas, porque, ¿qué habría sucedido si nunca nadie se hubiese detenido a prestarles atención con los oídos con los que se les oyó, y a brindarles un apoyo como el que se les dio buscando construir así su futuro?


Campos de verde esperanza

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Un viaje con Andrés por los sembríos que nacieron con Chavimochic.

Óscar Miranda TRONCOS PERIODISTA


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Hasta hace una década, estas tierras eran pampas desérticas. No había agua. “Hace diez años nomás todo esto era pampa”. Andrés está aferrado al volante de su vieja pick up Datsun del año 82 mientras me señala, con la diestra, las extensas manchas verdes que se vienen abajo desde los cerros de Virú, en el kilómetro quinientos treinta y pico de la Panamericana Norte. Son sembríos de espárragos, pero también de palto, maíz y ají páprika, y se extienden por varios miles de hectáreas. “Aquí no había nada. No había agua, pues. Solo Nicolini y Talsa, que tenían pozos tubulares. El resto... uuuhhh, desierto... hasta Trujillo”. Ya casi es mediodía y, aunque no deja de sonreír, Andrés Sebastián Saavedra –33 años– está preocupado. Las doce es la hora señalada para el almuerzo en la mayoría de empresas agroindustriales de la zona. Cientos de obreros dejan la dura tarea de sembrar la tierra, desbrozarla o cosechar sus frutos, y se yerguen, estiran y avanzan hacia los comedores instalados en sus respectivos campos, donde los esperan los táperes con comida que Andrés y otros como él les tienen que haber dejado ya, colmados y calientes. Pero Andrés está algo atrasado, y por eso mete tercera y pisa, y la ajetreada Datsun ruge, mientras abandona intempestivamente la carretera y se interna por una trocha lateral, como quien se dirige hacia el mar, tan cercano. “Oe, oe, ¿has dejado su comida del Pancho Rico?”, sale del altavoz del celular, mientras avanzamos en medio del polvo que levanta el camión que nos precede, cargado de leche. “¡John! ¡John!”, le grita Andrés a su hijo, quien está en la tolva de la camioneta en medio de un centenar de bolsas con táperes. “¿Cuántas bolsas dejaste en Talsa? ¿Le dejaste al Rico?”, le pregunta. El muchacho, de dieciséis años, le grita que dejó cinco y que no sabe si una de ellas era la del hambriento Francisco. “Cinco”, repite Andrés y luego se dirige al celular: “Tá bien, eran cinco, ahí está el de Rico. Que agarre el que no tiene etiqueta”. El camión se mueve con una pachocha que pone a prueba el buen humor de Andrés, y después de un par de bocinazos

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se hace un lado y nos deja avanzar. Si alguien nos viera desde arriba, un helicóptero digamos, algún turista curioso, vería una destartalada cafetera roja avanzando a toda máquina en medio de inmensos campos verdes que llegan hasta el océano. ¿Adónde irá con tanta prisa?, se preguntaría, seguro.

*** Lo que dice Andrés es cierto. Hasta hace más o menos una década, la mayor parte de las tierras que rodeaban la provincia de Virú, en la Región La Libertad, eran pampas desérticas en las que casi nadie se atrevía a sembrar nada por la sencilla razón de que no había agua. Apenas un par de empresas –Sociedad Agrícola Virú (de la familia Nicolini) y Talsa– se aventuraban a cultivar espárragos, usando pozos tubulares para sorber de las profundidades el agua que necesitaban. Los pequeños agricultores, que cultivaban sobre todo maíz, se las arreglaban como podían. Eran tiempos difíciles. Las cosas cambiaron una vez que el proyecto de irrigación Chavimochic terminó de hacerse realidad, en 1997. La obra, construida por la empresa Odebrecht, fue una verdadera proeza de la tecnología, pues consistió en traer las aguas del río Santa, en las cordilleras de Áncash, hasta la costa liberteña, a través de un canal de 150 kilómetros de longitud que comenzó a regar un total de 75.000 hectáreas de campos nuevos y en uso. Adicionalmente, Chavimochic sirvió para abastecer de agua potable a Trujillo y de electricidad a varios poblados de la zona. Para esa época, Andrés Sebastián todavía no vivía en el centro poblado Víctor Raúl Haya de la Torre, en las afueras de Virú, sino en el caserío de Huancaquito Bajo, junto a su madre y a sus seis hermanos. Con el agua llegaron a la zona un conjunto de empresas que se habían adjudicado las tierras a través de subastas y que comenzaron a dar color a los yermos tendidos a ambos lados de la carretera. Andrés se enganchó en una de ellas como operador de tractor, y, cuando la empresa cerró, consiguió trabajo en otra como responsable de un grupo de agricultores que cosechaban ají páprika.


La vida cambiaba rápidamente en Virú por entonces. Los centros poblados Víctor Raúl Haya de la Torre y California fueron llenándose de hombres y mujeres que llegaban de Huamachuco, de Santiago de Chuco, de Pallasca, de Chimbote, pero también de Talara, Tumbes, Arequipa y hasta de Puno, atraídos por el trabajo que empezó a abundar en los campos de cultivo. California, que a fines de los noventa contaba con medio millar de habitantes, llegó al año 2009 con más de seis mil. Víctor Raúl cuadruplicó su población y superó los doce mil. A Andrés no le iba mal, pero creía que podía irle mejor. Él dice que nunca le gustó mucho aquello de depender de alguien y que lo suyo siempre fue ser su propio jefe. Por eso decidió cambiar.

*** Arsenio Juárez Peláez –37 años– llegó a Víctor Raúl Haya de la Torre en 1996, cuando la ola migratoria todavía no empezaba. Cuando comenzaron a llegar las empresas agrícolas y la gente encontró trabajo en los nuevos campos, decidió que en lugar de seguir ese camino, pondría un negocio. Una pequeña tien-

da, solo una bolsa de arroz, otra de azúcar, un saco de papas, galletitas y dulces. Había comenzado con cien soles de capital. En un mes y medio ya había multiplicado por diez esa suma. Víctor Raúl crecía. Todos los días llegaba alguien a buscar trabajo en los sembríos. Encontré a Arsenio en el local municipal del centro poblado. Es el alcalde. Es aprista, pero en su oficina no se ve por ningún lado la típica foto del Presidente de la República. Dice que en el fondo sigue siendo independiente. Todavía recuerda cómo se animó a entrar en la política. Trabajaba en la rehabilitación de las obras del Proyecto Chavimochic que quedaron dañadas tras el fenómeno El Niño, en 1998. Un ingeniero de la constructora, brasileño, le pidió sus datos y se extrañó cuando Arsenio le contó que no había teléfono en su poblado. “Es que tenemos unas autoridades que no hacen nada”, se justificó, lamentándose. “¿Y usted vive allí?”, le preguntó el ingeniero. “Sí”. “Ah...”, dijo el técnico brasileño, y luego se quedó callado. Solamente horas después, Arsenio, como en una revelación, tomó conciencia de lo que había significado ese diálogo. “Así


que en la elección siguiente competí y me hice teniente alcalde. Y luego alcalde, y le gané, uuuuh, de lejos al segundo”.

a los trabajadores. Cuando, poco después, me encuentre con Andrés y conozca su vida, le daré completamente la razón.

Arsenio Juárez es uno de los comerciantes de Víctor Raúl que crecieron económicamente mientras su localidad lo hacía demográficamente, pero no es el mayor. Es verdad que donde hace doce años construyó su ranchito de caña hoy se levanta una vivienda de tres pisos hecha de material noble, y que su bodeguita es ahora un amplio establecimiento donde se puede encontrar ropa, calzado y útiles de oficina. Pero hay otras familias, como los Chuquimango, que aprovecharon el desarrollo que trajo la agroexportación para incursionar en diversos negocios, en particular el transporte de pasajeros y de carga, y hoy son dueñas de varias tiendas, camiones y omnibuses.

***

“¿Sabe cuánto cuesta una casa aquí en Víctor Raúl?”, me dijo Arsenio en su oficina. “Puede llegar a los treinta mil soles. Y no hay. Yo en mi tercer piso le alquilo cuartos a ocho familias. Así es en todos lados. No tiene idea de cuánto creció esto”. Luego me diría que una de las formas más ingeniosas de aprovechar la presencia de las agroexportadoras es llevarles comida

La camioneta frena haciendo sonar la tierra del camino y John baja de un salto con media docena de táperes, que deja frente al portón cerrado de uno de los campos de Talsa. En unos minutos, algún trabajador saldrá a recogerlos. John hace lo mismo en los portones de los sembríos de Ecus, El Palmar y Camposol. Sin embargo, más adelante, Andrés ingresa con camioneta y todo a otro campo de Talsa, que empezamos a recorrer a lo largo de sus más de cien hectáreas. A un lado de la trocha veo surcos de lo que me parece arena de playa. Andrés me explica que cuando ya va a brotar el espárrago, cortan el arbusto y cubren la planta con arena, para que el tallo salga blanco. “Otras veces lo dejan al aire libre, para que se ponga verde”. Comenzamos entonces una discusión sobre la increíble popularidad que estas delicadas plantitas han conseguido en el mundo. Desde el 2007, el Perú es el líder global de la exportación de espárragos, y sus principales compradores son los Estados Unidos y España. Andrés me comenta que desde que comenzó


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“Esto era todo pampa, sabe, ¿no?”. la crisis internacional la exportación del producto cayó –luego lo confirmo con fuentes oficiales: en el primer semestre de este año se redujo un 22 por ciento con respecto al 2008, según Prompex–, y que eso ha hecho que algunas empresas dejen de sembrarlo, lo que ha afectado el empleo en la zona. Pero eso, por ahora, no parece inquietarlo demasiado. Cuando llegamos a uno de los comedores del campo de Talsa –un gran toldo bajo el cual se han instalado un par de mesas y algunos troncos que hacen las veces de bancas–, ya hay varios trabajadores esperándolo. “¡Don Andrés, mi almuerzo, don Andrés!”, se le acercan. Muchos lo conocen desde el tiempo en que trabajó en la empresa BPM, en la siembra de ají páprika, y quizá no entendieron cuando un día, allá por el 2001, sin pensarlo demasiado, decidió renunciar para venderles a ellos sus almuerzos. Lo primero que hizo fue poner operativa la viejísima moto de su hermano. Montado en ella, se apareció en el campo de BPM, muerto de vergüenza, con dos táperes con comida preparada por su señora. Unos días después, los pedidos superaban la docena, y así, todo fue creciendo. No solo vendía menús, sino que también llevaba a los trabajadores la comida que les preparaban sus propias familias. Tres años después, se compró su primera station wagon, de segunda, que vendió al cabo de seis meses para comprar otra un poco más moderna. Hace medio año se deshizo de aquel vehículo para adquirir otra station, seminueva, junto con la pick up roja que me ha llevado de paseo por estos campos. Mientras utiliza la camioneta para repartir los almuerzos, alquila el automóvil a un conocido, que lo usa como colectivo en la ruta Virú – California – Víctor Raúl y le paga 35 soles diarios. Sumando lo que obtiene con el reparto de comida en la docena de empresas agroexportadoras que visita diariamente, Andrés recibe en promedio unos 3.800 soles de ingresos mensuales. “No está mal”, le digo, y él solo sonríe, mientras mantiene la vista fija en el camino. Hemos llegado al campo “José Miguel” de BPM, donde acaba el recorrido de Andrés. Los trabajadores lo reciben con más entusiasmo que en las anteriores paradas, quizá porque son los que más tiempo de espera llevan o porque aquí es donde, usualmente, Andrés apaga el motor y se acomoda para almorzar, junto a varios otros “almuerceros”. Es el único con una

camioneta; todos los demás reparten la comida en motos. Ese hecho, sumado a su honestidad y don de gentes, le ha servido para que lo elijan dirigente de su asociación. Andrés me cuenta que a medio kilómetro están los sembríos de Edson El Cheta Domínguez, el ex jugador de Universitario de Deportes convertido, desde hace unos años, en un próspero agroexportador. Él, como tantos otros, llegó a estas tierras para hacer negocio y tuvo éxito. A su manera, eso fue lo que ocurrió también con Andrés, al fin y al cabo. Las chacras de espárragos, ají páprika, palto, pimiento piquillo y de tantos otros productos de agroexportación, le cambiaron la vida. Vemos los cerros que sirven de frontera a los cultivos. Detrás de ellos corre el canal madre de Chavimochic. “Esto era todo pampa, sabe, ¿no?”, me dice “El Piurano”, otro almuercero, que se ha acercado a conversar con nosotros. “Eso es lo que me estuvo contando Andrés”, le digo. “Esto ha cambiado un montón. Aquí no había agua”, agrega. Luego, nos quedamos los tres en silencio. Se está bien aquí. Un inesperado sol de invierno nos da un calorcito que se agradece. Los frutos de ají páprika que cuelgan a nuestro alrededor se sacuden con el viento.

El proyecto La constructora Odebrecht ejecutó el proyecto Chavimochic en dos etapas, entre 1988 y 1997, con una inversión total de 574 millones de dólares. La primera etapa, en el valle de Chao, significó la habilitación de 52.000 hectáreas de cultivos. La segunda etapa, en el valle de Virú, logró lo propio en otras 23.000. Actualmente, está en proceso la subasta de tierras para la tercera etapa del proyecto, en el valle de Chicama.

Algunos datos Para el año 1995, las ventas de los productos de agroexportación de la Región La Libertad totalizaban 18 millones de dólares. El año 2008, las exportaciones superaron los 350 millones de dólares. Las principales empresas agroexportadoras son Camposol, Sociedad Agrícola Virú, Danper y Talsa. Actualmente, el proyecto Chavimochic da empleo directo a más de 40.000 personas y beneficia en total a 160.000.


Un quijote en las alturas

Un profesor de matemáticas está dispuesto a matar a un inca para que su pueblo se

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vuelva un lugar con desarrollo turístico. Eso sí, no le pida que se convierta en alcalde.

José Antonio Vadillo VILA PERIODISTA


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Quisquis tiene 42 años, es casado y profesor de matemáticas.

Esta mañana, el general inca Quisquis está rabioso y podría ordenar que nos maten. En la colina desde donde emboscará a los ejércitos del inca Huáscar, Quisquis observa la ramificación del Capac Ñan, el Camino Inca, que llega hasta el pueblo. Nada. Entonces da la orden a un chasqui posmoderno, de jeans y zapatillas, para que corra y vea qué es lo que pasa allá abajo, ¿por qué demora tanto en llegar? Mira impaciente su reloj mientras el sol empieza a bendecir con fuerza los andenes de tiempos preíncas que nos rodean. Son las 9 y 20 horas y ya deberían haber empezado con la escenificación, pero falta el regidor que tiene que prestar su cuerpo y alma al papel del Hijo del Sol. “Parece que Huáscar está ‘huasca’”, bromea uno de los soldados, un chiquillo al cual celebran los demás mientras se ponen sus túnicas, prueban los escudos de triplay, tiemplan los pasadores de las ojotas. También se espera que llegue ya la coya de Huáscar, Chucuy Huaypa. Al general Quisquis no le queda otra que bromear con sus tropas, y habla con ellos en quechua y castellano. Tal vez tampoco venga la madre de Huáscar, Aragua Ocllo. No les han querido prestar los trajes de ñustas, le confirmaron en el local de la Asociación de Turismo y Cultura de Andamarca (Adeturc). El general Quisquis es en realidad Pascual Flores Tito. Tiene 42 años de edad, es casado y profesor de matemáticas. Por tercer año consecutivo, Pascual actúa en la escenificación de la obra “La muerte de Huáscar en Andamarca”, escrita por el historiador Hugo Vallenas. Los adolescentes que lucharán cuerpo a cuerpo como formidables guerreros incas son alumnos de la Institución Educativa “Glorioso Amauta”, el único colegio secundario del distrito de Carmen Salcedo-Andamarca, Provincia de Lucanas, Ayacucho. Pascual está nervioso porque será el primer año que monten la obra sin la presencia del autor del texto, quien se ha disculpado por no hacer las quince horas en bus desde Lima, subiendo de Nazca hasta Puquio y de ahí tomando un desvío que conduce hasta esta pequeña ciudad a 3.500 metros sobre el nivel del mar.


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A las seis de la mañana, Pascual tomó el micrófono y anunció que Huáscar moriría antes de las once.

II A las seis de la mañana de hoy, 24 de agosto de 2009, Pascual tomó el micrófono y anunció que el inca Huáscar moriría antes de las once, en la cercana ciudadela preínca de Caniche. Lo asesinarían antes de que en el pueblo se inicien las procesiones de San Isidro Labrador, el santo patrón de los campesinos, pues hoy es el primero de los dos días principales de la Fiesta del Agua o XI Qatun Yaku Raymi y XIV Semana Turística 2009. No por menos, la Fiesta del Agua es la principal actividad para los andamarquinos. Más importante que la Navidad, Semana Santa o el aniversario mismo del pueblo. El dato lo corroboran las decenas de cajas de cerveza y gaseosa con que hasta la madrugada continuaban abasteciéndose los pocos negocios del lugar. En este municipio del sur ayacuchano no hay radioemisoras. Toda la música proviene de los restaurantes, que aprovisionados de reproductores de DVD, ofrecen las últimas novedades del huaino con arpa de letras “cerveceras”. Existe una única señal de televisión, que la municipalidad matiza con la programación de diversos canales. A este pueblo, que coquetea casi todas sus noches con una temperatura de cero grados centígrados, solo entra la señal de los celulares de una empresa de teléfonos. La señal de Internet es casi inexistente en Andamarca.

Hace casi cuatro años, Pascual gestionó el ingreso del programa Internet Rural. El primer año, como fue gratis, no hubo problemas. La cosa fue el segundo año: Andamarca debía pagar una mensualidad, de alrededor de doscientos dólares, y se debía cobrar por el uso de las cabinas. Algunos empezaron a decir que Pascual lucraba, y la municipalidad sacó otro proyecto de Internet que luego pasó a administrar la I.E. “Glorioso Amauta”, pero la señal es tan voluble que es mejor no hacerse muchas ilusiones. Ahora Pascual prefiere encogerse de hombros cuando se habla de Internet. Su esposa, Rosalvina Pariona, una puquiana con la que lleva veinte años y tiene tres hijos, le pidió que no se vuelva a meter en el tema. La deuda con el famoso Internet Rural la tuvo que asumir la familia. Sería raro que alguno de los 3.200 vecinos de Andamarca diga que no conoce la voz de Pascual o la de su esposa. Ambos son más famosos que la ruda desde que empezaron a hacer anuncios por los altoparlantes. El servicio inicialmente era solo para avisar a los pobladores que alguien los estaba llamando a la cabina telefónica que los esposos Flores tienen en casa, a media cuadra de la plaza de Andamarca. Pero luego, por una cuestión de necesidades comunicacionales, se convirtió en el medio principal, en reemplazo de la radio o la prensa, que no se asoman por acá. Brinda información importante para los vecinos: hay padres que piden a sus hijos que se “apersonen” de una vez a casa, o alguien que pregunta si algún vecino ha visto en sus chacras un carnero de tales y cuales características, verbigracia.


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III A las seis de la mañana, decíamos, Pascual contó los detalles de la obra, que empieza con un acto breve que sintetiza aquel octubre de 1532, cuando en la batalla de Chontacajas –cerca del actual Huánuco– las tropas de Huáscar fueron vencidas por las de su hermano, Atahualpa, quien al año siguiente ordenaría conducirlo en secreto de Cusco a Andamarca, tierra de los rucanas, para asesinarlo. Paradójicamente, Atahualpa moriría tres meses después en Cajamarca, a manos de los españoles. Finalmente, llega el regidor que dará vida a Huáscar, y Pascual respira aliviado. Apura a la gente para empezar de una vez la función, aunque algunos alumnos han faltado por desinterés. La escenificación busca posicionarse como el nuevo atractivo de las festividades del Qatun Yaku Raymi. Pero los propios andamarquinos aún no asumen el proyecto como algo importante para la comunidad. Piensan que todo es para alimentar el ego y los bolsillos de Pascual, y eso a él le fastidia, pero otras voces lo animan a seguir haciendo cosas por el turismo en Andamarca. Si Pascual se hizo Quisquis, fue para motivar a los alumnos para que ensayen y cumplan los diversos roles que necesita la obra, escrita toda en quechua, y que transcurre, primero, en el Camino Inca y, luego, en la ciudadela de Caniche, al otro lado del pueblo. Lo que aún pocos en el pueblo saben es que “La muerte de Huáscar en Andamarca” fue escrita por el historiador Vallenas a pedido de Pascual. Era una idea que tenía por años: montar una obra en la que se cuenten los hechos narrados por los cronistas, quienes dicen que en Andamarca asesinaron al inca Huáscar. Si bien en la sierra peruana existen varios pueblos llamados Andamarca, el del sur ayacuchano tiene elementos que indicarían que aquí ocurrió la historia, la cual señala que la cabeza de Huáscar fue arrojada a las aguas del río Yanamayu. El Andamarca de Lucanas está bañado por el río Negro Mayo, y en quechua yana significa ‘negro’. Una teatralización de los hechos le daría a Andamarca la importancia que merece, pensaba Pascual insistentemente, pero necesitaba alguien que la escribiera. Por cosas del destino, conoció a la señora Zoila Munar, una limeña residente en Francia, a quien le contó su inquietud. Ella lo contactó hace cinco años con su amigo del colegio, Hugo Vallenas. “Señor Vallenas, quiero que me apoye para presentar la escenificación”, le dijo a bocajarro. El historiador no le aseguró nada, pero a los meses le dijo que se haría cargo de la obra. Casi


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un año después, el intelectual se comunicó diciendo que ya la tenía casi lista. La montaron por primera vez en el 2007. “El único problema que tengo es que no puedo movilizar a la gente, no tengo peso político”, me dirá Pascual horas más tarde. La comunidad le ha propuesto apoyarlo si candidatea, pero él les ha dicho que todavía no. “Primero tengo que terminar mis proyectos, porque si soy alcalde tendré que dedicarme al cien por ciento y ya no tendré tiempo”, dice. Sus proyectos son el desarrollo del turismo en Andamarca. Pascual es el presidente de Adeturc, que con ayuda de la municipalidad y de algunos particulares ha confeccionado la vestimenta y utilería que necesitan para la escenificación de la obra. Hace seis años, antes de formar Adeturc, creó con algunos amigos otra asociación, Andatur. “Siempre tuvimos esa intención de hacer algo como privados para atraer el turismo, porque la autoridad, en veinticinco años, nunca ha hecho nada”, cuenta. Andatur tuvo corta vida. En una asamblea general la comunidad los criticó, dijeron que todos deberían formar parte de Andatur. Los miembros de la asociación renunciaron y Pascual se quedó solo, como un astronauta. Y dejó de hacer cosas por el turismo. Al tiempo, llegó desde Lima un paisano, Carlos Fernández. Le dijo que estaba yendo por el camino correcto y lo convenció de reflotar Andatur. Entusiasmado, Pascual convocó y reunió a 45 andamarquinos empeñosos, interesados en una única misión: promover el turismo. Como cosa del destino, llegó la ONG andahuaylina Cusichaca Trust y les ayudó a crear legalmente la asociación ese 2005. Como Andatur ya estaba registrada por un privado, tuvieron que mudar de nombre a Adeturc, Asociación de Turismo y Cultura de Andamarca. El primer gran reto fue desarrollar los servicios turísticos.

Por entonces, en Andamarca solamente existía el Hotel Municipal, con un servicio pésimo. Amante de la historia y el turismo, Pascual dio el primer ejemplo y creó en casa un hostal, el Miski Puñuy, ‘dulces sueños’ en quechua. “Ahora ya estamos un poco mejor preparados”, saca pecho Pascual. Cinco afiliados de Adeturc han creado sus propios hostales y Andamarca ya cuenta con una capacidad hotelera de 43 habitaciones. Además, la municipalidad está construyendo un hotel, que se suma al que construyó hace un par de años en la zona con mejor vista a los andenes –en El Mirador–, que costó más de 250.000 nuevos soles pero aún no funciona por un tema de seguridad: no cuenta con cerco perimétrico.

IV Para Pascual, la señora Zoila Munar se ha convertido en un hada madrina para sus iniciativas por el desarrollo de Andamarca. Viene todos los años para la Fiesta del Agua. Gracias a ella han conseguido apoyo para elaborar algunos proyectos con la École Supérieure des Sciences Economiques et Commerciales (Essec). Gracias al apoyo de los franceses, ya recuperaron seiscientos metros del ramal del Capac Ñan que se desprende del camino principal inca. Cada metro lineal lo construyen poco a poco, porque cuesta alrededor de tres mil nuevos soles, que financia Essec con un microcrédito. La meta es recuperar todo el ramal del Camino Inca que se desprende de las alturas y llega hasta Andamarca. En una de las esquinas de la plaza de Andamarca, se encuentra el local de Adeturc. Tiene una biblioteca con libros donados, abierta gratuitamente a los niños y adolescentes del poblado. El local es una casona de dos plantas donde Pascual está haciendo realidad uno de sus sueños: que los niños y jóvenes recuperen el arte tradicional de la cerámica, que el pueblo perdió con la llegada del aluminio. Ya hay un


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convenio con los colegios, y los alumnos trabajan la educación artística aquí en el taller. Essec se encarga de pagar al maestro a cargo de los talleres. Este año, en las fiestas, se pusieron a la venta por primera vez las artesanías. Pascual sabe que falta mejorar la técnica, pero la idea es que los turistas nunca más se vayan con las manos vacías. En el segundo piso, han creado el Museo Lucanas-Valle Sondondo, que tiene desde piezas cerámicas precolombinas, que los propios vecinos les regalaron, hasta tres momias rucanas, algunos mantos y diversos objetos republicanos. Los objetos primero estaban a la intemperie, pero la institución francesa que los apoya les donó los exhibidores para que las piezas no se deterioren. El cronista indígena Guamán Poma de Ayala vivió hace casi quinientos años en este mismo valle de Sondondo, y en el museo hay un maletín rudimentario, de cuero de vaca, que se cree que pudo haberle pertenecido. Adeturc quiere que su museo, con alrededor de quinientas piezas, sea reconocido como parte de la red de museos del país. Pascual ha ido hasta Huamanga, y la oficina ayacuchana del Instituto Nacional de Cultura (INC) les quiere cobrar siete dólares por registrar cada pieza, monto que es imposible de pagar por la cantidad de objetos que tienen. El INC de Ica solo les pide que paguen el registro de un grupo de objetos, todo lo que se necesita es que el INC de Ayacucho los reconozca, pero Pascual está seguro de que esto no sucederá. “Los de Ayacucho Norte nos miran a los de Ayacucho Sur como un hijo no deseado. Por eso es que Lucanas siempre quiere pertenecer a Ica”, comenta. Solo le alegra que este año, finalmente, el INC haya construido el cerco perimétrico de la ciudadela de Caniche. Y hace votos para que nuestro texto lo lea algún alto funcionario del INC en Lima, pero eso dependerá del destino.

¿De dónde nace esta pasión de Pascual?, nos preguntamos. En casa todos los utensilios de la cocina los hacía su papá, que era artesano y también se llamaba como él. Pero Pascual no tiene muchos recuerdos de su papá, porque este murió cuando él tenía seis años. El profesor ha vivido casi toda su vida en Andamarca, salvo dos años que tuvo que salir debido al terrorismo. Primero, lo detuvieron y lo llevaron a Puquio. Allá estuvo 45 días, los peores de su vida, torturado por el Ejército, que le pedía información. Tuvo la suerte de que un tío suyo tenía dinero y pagó para que lo sacaran. Entonces tuvo que vivir en la Costa. Andamarca es cuna de los danzantes de tijeras. Cuando recién se casó, Pascual fue un “ñahui”, cargo de aprendiz por el que todos los hombres casados pasan según la tradición. En algún momento el pueblo le pedirá que sea “cargonte” o mayordomo. Pascual dice que aceptará con mucho respeto, y también que contratará a los danzantes de tijeras, arpistas y violinistas, para alegría del pueblo. Son las once de la mañana y, con unos minutos de retraso, el inca Huáscar finalmente ha sido ejecutado en la ciudadela de Caniche. El general Quisquis habla en quechua, ríe sonoramente e intercambia opiniones con el general Challcochima. En su mano carga la cabeza decapitada del inca muerto. Los atahualpistas han ganado la guerra. Hay algo de público que aplaude la escena final de la escenificación. Cuando se quita el traje de Quisquis, Pascual dice que este año hubo pocos turistas en la escenificación. Es optimista. Cree que con el documental que filmaron y dialogando más con el alcalde y la comunidad, se puede ir mejorando el tema turístico. Total, ya se hizo lo más difícil: poner la primera piedra.


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Volando alto

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Una historia de progreso en una ciudad ayacuchana, en palabras de su protagonista.

Beatriz Camargo LANATTA PERIODISTA


A las cinco y media, salíamos a la pista para esperar a que alguien nos llevara a Puquio.

Mi nombre es Paulina Quispe Licla, tengo veintidós años y soy de la ciudad de Pampachiri, Provincia de Lucanas, Departamento de Ayacucho. Toda mi secundaria y mi educación superior las hice en Puquio, capital de la provincia. Estudié en el colegio Nuestra Señora del Perpetuo Socorro y aunque no fui tan buena alumna –lo reconozco–, mis habilidades en la cocina y en los telares eran excelentes. Cada vez que en mi familia celebrábamos algún acontecimiento, mamá nos llamaba a mi hermano y a mí para delegarnos funciones: a él, juntar la leña para poner las ollas, llevar y encerrar a los animales en el corral; y a mí, obviamente, como mujercita, arreglar la casa y ayudarle en la cocina. Mi papá se ocupaba de conseguir todo para tales fechas, y mamá supervisaba la labor de las señoras que le ayudaban con la casa. Recuerdo que mamá me levantaba a las cuatro y media para que la ayudara a preparar el desayuno y que este estuviera listo para cuando mi hermano y mi papá llegaran de la chacra. Luego, ambos, mi hermano y yo, salíamos a las cinco y media a la pista para esperar a que alguien nos llevara hasta Puquio y tratar de llegar temprano al colegio. Claro, la mayoría de las veces llegábamos tarde porque no teníamos la suerte de que alguien nos recogiera, y siempre aparecíamos en la lista de los tardones. Creo que, por esa parte, nunca nos comprendieron. Una vez tuvimos que venir entre ovejas y carneros. Fue terrible. No tanto por la compañía, sino porque el olor era tan fuerte que se impregnó en nuestros uniformes. Imagínense a nuestros compañeros burlándose de nosotros. Lo único que yo hice fue ignorarlos, pero mi

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hermano terminó el día con un moretón en el ojo. En otra ocasión, vinimos en la parte de atrás de la camioneta de unos gringos, y literalmente llegamos “blancos” a la ciudad, porque nos cayó todo el polvo del camino. Recuerdo que en el cumpleaños de mi mamá invité a mi profesora de Comunicación para que fuera hasta mi pueblo. Creo que sus papás eran paisanos de mis abuelos. Ese día arreglé como nunca mi casa, preocupada de que debía quedar bien porque “ella” iba a llegar. Estaba nerviosa, ansiosa. Cuando mi profesora llegó, toda mi familia estuvo pendiente de ella, era como si hubiera llegado alguna autoridad. Ese día bailamos, cantamos música de mi pueblo, comimos la comida típica de ahí, y me di cuenta de que cuando la costumbre y la cultura son las mismas, no hay fronteras ni geográficas ni sociales entre las personas. Pero nuestra preocupación era que la profesora pudiera regresar a la ciudad. Salimos de la casa con mi mamá y caminamos hasta la carretera para esperar la buena voluntad de algún chofer para llevarla. No pasó mucho tiempo y la camioneta del hospital la recogió, supongo que porque la conocían. Por las tardes, cuando llegaba a casa, que era alrededor de las cuatro de la tarde, me esperaba siempre un delicioso almuerzo. Lo que más me gustaba de las comidas eran las conversaciones que teníamos mi mamá, mi hermano y yo, con la abuela y el abuelo. Ellos nos hacían recordar tiempos pasados mejores, cuando no había tantos adelantos científicos ni tecnológicos, cuando las personas realmente se valían


Mi hermano y yo les contábamos de lo que había en “la gran ciudad”.


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Nos causó mucha alegría saber que íbamos a contar con una pista nueva. 63

de las cosas que la vida y la naturaleza les proporcionaban, pero, sobre todo, vivían en comunidad, preocupándose unos de otros, como una gran familia en la que sus vidas transcurrían sin envidias ni rencores. Los valores siempre se habían practicado, no solo dentro de las familias sino también en la comunidad. Mis abuelos escuchaban con mucha atención lo que mi hermano y yo les contábamos acerca de las cosas que había en “la gran ciudad”: carros, mototaxis, tiendas, computadoras, celulares, en fin, todo lo que una gran ciudad tiene. Se quedaban entre pasmados y pensativos, entre queriendo o no conocer y ver ese mundo tan extraño para ellos. Mamá y papá ya habían ido a la gran ciudad, claro, a comprar algunas cosas para la casa y los animales. Pero no les gustaba, era como si presintieran algún peligro, o algo parecido, entre esa masa de gente. Terminamos la secundaria, y mamá y papá decidieron que debíamos estudiar en el instituto tecnológico o en el pe-

dagógico de la gran ciudad. A mí no me gustaba mucho la idea, porque no sabía de qué se trataba el ser maestra; mi hermano, en cambio, estaba feliz, porque a él siempre le había gustado lo mecánico, armar y desarmar cosas. Así que él postuló a mecánica y yo a profesora de educación inicial. En paralelo a esos tres meses de estudio absoluto había ocurrido un acontecimiento del cual no nos habíamos percatado: la culminación del asfaltado de la carretera de Pampachiri a la gran ciudad de Puquio. Por lo que después nos comentó papá, habían estado poniendo tierra, pavimentando los sesenta kilómetros de la pista. A nosotros nos causó sorpresa, pero también mucha alegría, el saber que íbamos a contar con una pista nueva y que nunca, nunca más, nos íbamos a llenar de polvo al ir a la gran ciudad. Pero nos alegramos más aún cuando nos enteramos de que iban a inaugurarla pronto.


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Compramos los prospectos tres meses antes del examen y los dos nos dedicamos a estudiar mucho durante todo ese tiempo. El día del examen, ambos nos levantamos temprano para justamente poder llegar a tiempo. Felizmente, ese día nos recogió una empresa de transportes que una vez por semana veíamos pasar por ahí. Me despedí de mi hermano después de bajarnos del ómnibus: yo me tenía que ir por un camino y él debía ir hasta la otra salida de la gran ciudad. Acordamos encontrarnos a la una de la tarde para regresar juntos a casa. Las cuatro horas que duró el examen me parecieron una eternidad. Cuando llegamos, mamá, como siempre, nos esperó con un almuerzo exquisito, y apenas nos sentamos, uno a uno empezamos a contar cómo nos había ido en el examen. Teníamos que volver al día siguiente para saber nuestros resultados. Y así lo hicimos. Nerviosos, pero muy confiados, nos acompañamos para ver las notas. Cuando llegamos al pedagógico, el tumulto era terrible. Tuvimos que esperar a que se fuera un poco de gente para al fin ver mi nombre. Me hice un espacio para poder llegar al pizarrón, y grande fue mi sorpresa cuando vi que, increíblemente, ¡estaba en primer lugar! Abracé a mi hermano y lloré, lloré mucho, no sé, de la emoción, de los nervios, de la alegría, era una mezcla de muchos sentimientos encontrados. Volví a ver mi nota y, con el convencimiento de haber ingresado, con mi hermano nos fuimos al tecnológico. También allí, una cantidad de gente impresionante. Entre ellos reconocí a mi compañera de carpeta en el examen. Creo que, así como yo, ella había venido con su hermana a ver los resultados. Esperé a que mi hermano localizara su nombre y me dijera cómo le había ido. Cuando vino, su expresión no me gustó, pero ahí nomás me abrazó, me alzó y gritó: “¡Ingresé!”. Fue tal el susto que me dio, que casi lo pellizco. Corrí a ver su nombre en el listado, y sí, estaba en el puesto doce. Mamá me había dado un sencillo para comprarnos algo, así que con mi hermano decidimos caminar por la gran ciudad, para conocerla más de cerca, observar a la gente que iba y venía, apurada creo yo, por las calles angostas. Nuestras vidas habían dado un giro inesperado y muy rápido, e íbamos a pasar muchos años, gran parte de nuestras vidas, en esa gran urbe de personas y modernidad. Vimos un montón de mototaxis parados alrededor de la plaza, muchos restaurantes, tiendas que vendían los dulces más inimaginables. Los jóvenes como nosotros reían, hablaban en voz muy fuerte con sus amigos o compañeros, algunos tomados de la mano,

otros abrazados. Decidimos comprarnos un helado de veinte céntimos cada uno y, comiéndolos, nos fuimos hacia la carretera para regresar a casa. A medida que nos íbamos acercando, vimos mucha gente parada al borde de la pista. Pensamos que se trataba de un accidente o algo parecido. Pero cuando llegamos, nos quedamos asombrados al ver dos “combis” estacionadas y a un señor hablando muy seriamente. No comprendimos nada de lo que dijo, pero nos dimos cuenta de que algo grande estaba pasando. Luego, al escuchar a las personas, supimos que ¡estaban inaugurando la nueva ruta de combi Puquio – Pampachiri – Puquio! De pronto, empezaron a tocar un arpa y un violín, y la gente empezó a bailar. Sin pensarlo, nos unimos a ellos. Después de media hora, un señor muy enternado nos comunicó que, por ser el primer día, el pasaje iba a ser gratis. Con mi hermano no lo pensamos dos veces y nos subimos a la combi. ¡Ufff! ¡Qué suavidad! Era la primera vez, en toda mi vida, que iba a regresar a casa como gente, y en el camino me puse a llorar de la emoción, pensando que ya nunca más llegaría tarde a ningún sitio, que nunca más olería a oveja, que nunca más llegaría “blanca” ni sucia, que nunca más tendría que pararme en el frío, o en el sol, en la lluvia o en el granizo, a esperar que alguien por compasión me llevara o me trajera de la gran ciudad, que nunca más se burlarían de mí. ¿Saben? Al día siguiente, ya no tuve que levantarme a las cuatro y media de la mañana. Dormí una hora más. Luego me levanté, me alisté, desayuné y con mi hermano salimos de la casa y nos fuimos al paradero de la combi. Estábamos felices por muchas razones: nuestra familia era maravillosa, éramos estudiantes de educación superior, era nuestro primer día de clases y, lo más importante, no íbamos a llegar ni sucios ni tarde. Por primera vez en muchos años, pude apreciar el inmenso y fascinante paisaje que había en ese tramo de camino a la gran ciudad. Por primera vez, pude apreciar y valorar todo lo que mi familia había hecho por nosotros. Por primera vez, comprendí y asimilé todas las historias que los abuelos nos contaban de la gente, del pueblo, de Pampachiri, y le agradecí a Dios por todo lo bueno que me había dado hasta ese momento. Al día siguiente, domingo, se me ocurrió hacer algo que nuestros antepasados habían hecho siempre: ir a pie hasta la gran ciudad. Con mi hermano alistamos leche en nues-


tras botellas de plástico y pusimos cancha en nuestros bolsillos. Tomamos desayuno muy ansiosos por salir lo antes posible a esa aventura. ¡Nos demoramos tres horas y media en llegar! Llegamos exhaustos, con sed y sin nada para comer, porque todo lo habíamos devorado en el camino. Pero fue algo fascinante, porque en el camino pudimos apreciar, tocar, respirar todo lo que la naturaleza nos ofrecía: plantas, animales, frutas, aves, agua. Obviamente, vimos pasar una infinidad de carros que iban a la gran ciudad, y por primera vez no sentimos angustia de ver que no nos recogían, al contrario, les pasábamos la voz cada vez que nos alcanzaban. Al llegar, descansamos un rato y luego nos pusimos en la cola para tomar la combi de regreso. Han pasado cinco años desde aquel día en que tuve esa sensación de tranquilidad al regresar a casa en una combi. Mis abuelos ya no están. Fue muy triste verlos partir. Nos habían acompañado prácticamente toda la vida, habían llenado muchos espacios, pero, por sobre todo, nos inculcaron muchos valores que ahora doy gracias de tener y practicar. Estoy haciendo mi tesis para graduarme como

profesora de Educación Inicial. Durante todo ese tiempo conocí a gente que me ayudó a superarme aún más, cultivé amistad con mis compañeras de salón, asumí por dos años consecutivos el cargo de delegada, pero, sobre todo, nació en mí ese deseo de superarme aún más, de estudiar y especializarme en mi carrera, de ser una excelente maestra para poder así guiar a mis alumnos en ese proceso de aprendizaje en el que el nivel inicial es tan importante para el desarrollo del niño. Nació en mí el deseo de volar alto. Aprendí a valorar aún más las pequeñas cosas, los detalles, aprendí a tolerar a mis mayores, a mis profesores y a quienes contribuyeron a que hoy sea lo que soy. Quizás, de aquí a unos cuantos años, trabajando ya, me case y a mis hijos les enseñe lo mismo que mis padres me enseñaron: saber querer y aceptar lo que Dios y la vida nos pueden brindar, sin quejas ni regaños, sin comparaciones ni envidias, sino con mucha alegría y el deseo de ser alguien mejor en la vida. Les enseñaré a convivir con el progreso, con la tecnología y con nuestras costumbres, siempre bajo la mirada de Dios y practicando los valores que nuestros ancestros nos enseñaron.


La energía de dos mundos

Si un proyecto de infraestructura integra objetivos en una comunidad, esto es mucho

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más evidente en el caso de una carretera, sobre todo si está en la frontera.

ANDREA Baracco VARGAS PERIODISTA


Llama la atención la forma en que una carretera puede cambiar la manera de ver la realidad. Estoy en el avión y, a pesar del frescor del aire acondicionado, el calor de Madre de Dios me sigue abrasando. Para mí, este sentir es reflejo de las oportunidades que se aproximan –como la lluvia–, y que tal vez esta región aún no ve por completo. Mientras el avión sigue subiendo, los ríos van desapareciendo allá abajo, y, en el aeropuerto, los turistas que abarrotan la salida demandan más destinos como este. Ahora, desde el Cusco, los turistas llegan en avión en apenas treinta minutos y por tierra en solo seis horas, porque tienen la Carretera Interoceánica. Cuentan con más vuelos y pueden escoger entre muchas más opciones. Días antes de comenzar el viaje, me preguntaba quiénes podrían relatarme, en esas lejanas tierras, cómo se sienten con la mayor conectividad ofrecida. Encontrar a esas personas fue difícil y exquisita tarea, ya que lo que comenzó como una labor, culminó además como una experiencia de vida. Nada se compara con llegar a la tierra donde en 1963 murió el poeta Javier Heraud, luchando por un sueño que tal vez ahora no lo realice su ideología sino el mercado. Si bien abruma la cantidad de turistas que arriban al mismo tiempo, uno no deja de alegrarse. Los carros nos esperaban para poder conocer la Carretera Interoceánica y a los habitantes de cada rincón del Tramo 3 –Madre de Dios – Iñapari era la ruta que conocería–. ¡Cómo imaginarme que los encuentros iban a ser tan variopintos! Pienso que conversar con varias personas del lugar y conocer parte de su vida, equivale a intuir de antemano la historia futura de toda esta zona, porque es indagar en las razones que pueden ayudar al crecimiento de cada pueblo. Aunque ellos no lo hayan notado, yo ya conocí al menos parte del futuro de este lado de la Selva.

Los rostros de la Interoceánica Lo encontrado en este lado materdino de la selva llama la atención aún más por la forma en que una carretera puede

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cambiar la manera de ver la realidad. Últimamente, el nororiente peruano tuvo enfrentamientos sociales que sacudieron el país. Pero en esta región de reservas naturales como el Manu y Tambopata, la calma contagia y el progreso se olfatea como un queque en la cocina antes de salir del horno. La zona es tan diversa como sus recursos. Es posible encontrar empresarios y hombres de negocios conversando en algunos de los hoteles de Madre Dios, o reconociendo la zona en sus camionetas; jóvenes materdinos rumbo al trabajo o saliendo de noche; muchos turistas rumbo a sus albergues alejados del centro de la ciudad; entre otros. Todo esto es distinto. Para llegar al otro lado de Madre de Dios, se debe llegar a la otra orilla del río con nombre de región. Las camionetas tuvieron que cruzarlo sobre plataformas. Sinceramente, en un comienzo pensé que quizá no llegaríamos. Añoré el inexistente puente Billinghurst y bendije la nueva carretera. Paradójicamente, aquí hay detalles que al mismo tiempo revelan el progreso, el olvido y también la oculta riqueza. Desde que llegué, pensé que la ciudad no iba a ser un ejemplo de inversión, ni pública ni privada. Sin embargo, al conocer la cantidad de albergues que se había instalado para los turistas y ver la posibilidad de que otros más entren a operar, mi perspectiva cambió. A esto, sin embargo, se sumó mi desilusión al ver el mirador de la ciudad de Tambopata, ese que había costado dos millones de soles y tenía cuarenta metros de altura. Yo lo había visto antes en fotos, en esas clases de Economía que me hablaban de cómo podía mejorar la inversión en infraestructura.

El trabajo y autonomía de los Cardozo Abraham y Alfonso Cardozo cambian maneras de pensar, anhelan el progreso. Los hermanos trabajan en la zona fronteriza desde diferentes ángulos, pero con un mismo fin: buscar el desarrollo de Iñapari, la última ciudad peruana antes de llegar a Brasil, y, con ello, el de toda Madre de Dios.


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Alfonso es alcalde desde el 2007. Su manera de hablar y el intercambio de ideas me hacen pensar en funcionarios destacados, aquellos a los que se recuerda por sus obras. Encuentra muchos obstáculos para avanzar, pero igual lo logra. Abraham, por su parte, es un empresario exitoso y emprendedor. Trabaja en su propia empresa, Madera Acre, que tiene una competidora en el lado brasileño, Madeira Acre, aunque no es la única: sus principales competidores son la informalidad y la tala ilegal. Pero él no ve las dificultades, sino la oportunidad del recurso y de la región. Al escucharlo hablar, podría identificarse a un gurú de la administración nacido en Madre de Dios: cuenta con planes en ejecución por consolidarse y otros en gestación. El optimismo y el esfuerzo de ambos son ilimitados. “Acá nos sentimos más hermanados”, enfatiza Alfonso, el alcalde, cuando le pregunto qué encontró al otro lado, en la frontera brasileño-boliviana (ciudad de Cobija, zona de Pando), a solo unos kilómetros de Iñapari. Para hablar con él, tuvimos que esperar un poco más de lo usual, ya que constantemente se reúne con otros pobladores y dirigentes con el fin de mejorar la situación de los menos de doscientos pobladores del lugar. Funciones de alcalde. Acá en la frontera peruana el calor ya no es agotador; el clima es cálido, y el verde y frondoso paisaje de árboles regala tranquilidad. “El modelo de Cobija es un modelo que no deseo para mi pueblo, es un modelo de zona franca, de subsidios”, dice Abraham, el empresario. En Cobija, la gente trae reales, pero se manejan tipos de cambio a discreción, contrariamente a lo que buscan los Cardozo para esta frontera, cada uno desde su ángulo de acción. Como ellos mismos señalan: “Venimos trabajando en un modelo de parque industrial, desde el gobierno y la empresa, para dar valor agregado a lo que se venda a Brasil”. Para Alfonso, su tierra está tan vinculada con Brasil como con el Perú. La relación de ambos países en esta zona es de convivencia y supervivencia en un entorno fuerte y armónico. Acá las similitudes y coincidencias culturales son enormes. Todos hablan portugués, y en algunos colegios también se practica. Los carros –en su mayoría Volkswagen– no cuentan con placa peruana, sino brasileña; las casas son similares; y ¿qué decir de los grandes vínculos familiares que hoy se conectan aún más con la nueva ruta

de asfalto? Es inevitable sentir un aire de confusa binacionalidad. El alcalde nos invitó a tomar un “cafezinho”, como le dicen al lonche u “hora del té” los brasileños, pero este no consistía en el típico café, sino en refresco helado de copoazú, una fruta selvática riquísima de sabor más que agradable. En esta ocasión, el fruto provenía de la propia casa del alcalde. Este cultiva varias hectáreas del fruto y de otros más, tan sabrosos como suelen ser los frutos peruanos. Conocer su huerto es una delicia culinaria, médica y turística. Tiene ajíes que sonrojarían al más inexperto y curioso. Alfonso sigue una rutina que comienza a las cinco de la mañana, para trabajar la tierra, y a las ocho ya está en la municipalidad para comenzar el trabajo de la oficina. La vida para él es una serie de actividades placenteras como estas. Su dedicación cambia lo que es rutina por un gusto continuo. En su charla, me comenta que lo que más ha visto comerciar con Brasil son todos los materiales relacionados con la construcción, como piedras, cemento, maquinaria, mientras que los vecinos peruanos compran productos de panllevar. El burgomaestre está trabajando con la Cancillería peruana para legalizar aún más el comercio transfronterizo entre ambos países, y también para mejorar otros temas como la trata de personas. Me da la impresión de que cuando habla mezcla el portugués y el español. Me confunde, porque el origen de su apellido no me recuerda nada hispánico, pero él se siente muy local. Una muestra más de que es imposible desvincular los lazos geográficos y culturales entre ambas naciones. Abraham me cuenta que en la época de la explotación del caucho, en la zona no había más que cuatro familias, las cuales quedaron totalmente desarticuladas luego de esta etapa. Por ello, hoy los Cardozo se sienten de una generación de varias nacionalidades, incluso la europea. “Tenemos toda una mezcla de patrias desde las épocas de abundancia económica local”, agrega Abraham. Pero la vida en la frontera hoy es otra historia. A pesar de los esfuerzos peruanos a través de la Cancillería, solo Brasil ha propuesto un documento para el ciudadano fronterizo; así el tránsito será aún más fluido y beneficiará a aquellos que usen la carretera desde Puerto Maldonado. Sobre todo, en el caso de los pobladores de Iñapari, las requisitorias y


“La carretera va a dar a los productos el valor agregado que hoy no existe”, señala Abraham.

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los controles no fomentarían tantas demoras ni inconvenientes para el paso de carga de un lado a otro. Los choques con la aduana, según relatan, complican el intercambio.

National Geographic había pasado por aquí. Comprobé entonces que no solo a mí me había sorprendido la energía del empresario y el alcalde materdinos, y la de su localidad.

“La carretera va a dar a los productos el valor agregado que hoy no existe”, señala Abraham con su enérgica charla. Los hermanos destacan que un punto importante es el aprovechamiento de las contraestaciones de cosecha de cada país. “Hasta en eso deben estar juntos ambos países”, interviene Abraham. En efecto, tienen más de una razón para ser buenos vecinos.

Para Abraham, lo más importante de la zona es el desarrollo del negocio maderero. Actualmente, en Brasil ya no cuentan con grandes hectáreas de bosques, porque estos han sido reducidos para la actividad ganadera; por ello, el empresario de los Cardozo observa y prevé una demanda aún mayor que la actual de parte de los brasileños, que tienen un déficit de materia prima. Para él, ahora el tema es mantener la actividad fuera de la influencia de la ilegalidad y las malas prácticas: “Al contar con madera certificada está implícito el buen manejo del desarrollo forestal. La misma lógica funciona con la piscicultura”.

Después de la madera, la acuicultura está revelando su más fuerte potencial con las piscigranjas en Iñapari y los convenios para establecerlas con empresarios brasileños. Además de eso, los Cardozo ven una oportunidad tecnológica desde el gobierno y la empresa, ya que en Brasil es más accesible la tecnología para mejorar los alimentos, a un menor precio. Y qué decir del turismo: operadores de ambos países quieren aprovechar la oportunidad de la interconectividad. Abraham asegura que esto se podrá concretar en algunos años. Los brasileños están interesados en invertir en turismo, se han dado cuenta de que ya no existen los obstáculos de la Amazonía y los Andes para comunicarnos. “El pase de la Amazonía a la sierra, para ellos es espectacular. Desde Mazuko cambia completamente el paisaje”, resalta Abraham gozoso.

Buen comienzo “Igualdad entre vecinos” fue uno de los puntos que destacó Abraham al hablar de negocios. Recientemente vendió unas hectáreas de terreno a unos chinos, quienes, muy discretos ellos, terminaron siendo una corporación interesada en vender en la zona y no interactúan con los locales. En general, veo que a Abraham no le gusta que le mientan, sino que inviertan. En la conversación descubrí que era un apasionado del negocio maderero, y que anteriormente

Tengo que reconocer el sentimiento agridulce –aunque me embarga también la alegría– al ver que ellos solos han avanzado tantas obras en la zona, uno como autoridad y el otro como empresario. Pude comprobar que su fuerza es inacabable. Me quedan miles de kilómetros por recorrer para darme cuenta de cómo son nuestras fronteras. Pero acá, en Iñapari, guardo la esperanza de que mi próximo recorrido, ahora en la nueva línea que recorre Madre de Dios y llega a Rio Branco por la nueva carretera, sea distinto. Ellos habrán recorrido más veces la Interoceánica y yo habré aprendido portugués. Mientras sueño cómo será mi próximo paraje en Madre de Dios, en el avión se anuncia la llegada a Lima. ¡De vuelta al cielo gris y al Jorge Chávez! Sin embargo, el gris del cielo no opaca mis ansias de volver, de saber que, por más lejos que esté, existen un empresario y un alcalde que, sin muchas herramientas ni ayuda, saben cómo hacer las cosas bien. Conocen los recursos del país más que yo, más que nadie que yo haya conocido, más que cualquier libro que haya leído.


El retorno La Carretera Interoceánica rescata y pone en vigencia culturas olvidadas, para beneficio

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de los moradores más pobres de Cusco y Madre de Dios.

José Calderón Torres PERIODISTA


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La Carretera Interoceánica, lejos de sepultar los restos culturales, ha empezado a seducir miradas. En Los dioses en el destierro, Heinrich Heine se introduce en los reinos de ultratumba para describir la reacción de las antiguas divinidades romanas frente a un hecho inapelable: la supremacía del cristianismo, que toma lugar sobre sus anteriores dominios. Resistiéndose a morir, los dioses emprenden un éxodo hacia un misterioso pero confortable exilio donde, lejos de extinguirse, aguardan el momento del retorno, aunque en realidad, y para asombro del lector, jamás se fueron del todo. En los selváticos territorios entre Cusco y Madre de Dios, Veaaget era el Ángel Bueno, y Toto, el Ángel Malo, de los nativos mashcos. Dos divinidades en su exilio que se resisten a desaparecer, y a las que, por el contrario, la historia las regresa a contracorriente. Hace décadas que los aborígenes de esta selva abandonaron sus tierras y que sus dioses se desplazaron al destierro. Los mashcos, sanguinarios pero diestros en la lanza y la navegación, y conocedores de los misterios del más allá, se internaron en lo más profundo de la selva, pero la verdad es que la mayoría fueron conquistados por la Iglesia y absorbidos por las ciudades, donde se pulverizaron sus heréticas creencias. Esta es la historia de cómo estos dioses extraviados pueden, también en el Perú, arreglárselas para experimentar un regreso, no solo asegurando su permanencia en el tiempo, sino ofreciendo una posibilidad de vida y resguardo de su memoria para los herederos de sus viejos dominios. La construcción de la Carretera Interoceánica Sur, lejos de sepultar los restos culturales enterrados por décadas en su trayecto entre la sierra del Cusco y las selvas amazónicas –en parte esquilmado por la fiebre del oro y del caucho­­­­­­­­–, más bien ha empezado a seducir miradas, como la de este cronista, convencidas de que el llamado Antisuyo, lejos de ser el mundo de la nada, era un crisol de culturas capaz de desdibujar los límites incas, al parecer por la imposibilidad de estos de dominar a los temibles mashcos y otras naciones de aborígenes, defensores de sus tierras y cuyas memorias inesperadamente reaparecen.

Amarus, ukukus y Shajaó Pero no solo hablamos de una cultura. El historiador Pablo Macera, al referirse a los amarus incaicos de Marcapata –a 3.100 metros sobre el nivel del mar–, los califica como “médicos que una vez al año recorren el camino de Marcapata a Ocongate y Ccatcca para de allí bifurcar hasta Checacupe – Sur o hacia Urcos – Cusco. No son precisamente médicos. Les temen quienes están en falta; los esperan quienes tienen alguna necesidad”. Cada mes de junio, la fiesta del Quyllur Rit’i atrae a miles de fieles. Junto a la carretera puede verse la peregrinación de devotos disfrazados de ukukus, una especie de hombres-osos-alpacas que suben hasta la cima del nevado Ausangate en señal de entrega y bajan de ella pesados trozos de hielo. La Interoceánica abunda en seres raros, personajes olvidados como el sanguinario mashco Shajaó, quien, cansado de ser el terror de la selva, asesino en serie y dueño de un harén de mujeres que arrebataba a sus adversarios, y temeroso del dios cristiano tras dar muerte a un fraile, se entrega a los sacerdotes dominicos y acaba sus días en una gélida cárcel de Puno. La cultura brota a borbotones, y uno se pregunta por los antiguos nativos de la zona, que se incrustaban hasta cinco puntas de chonta en los labios para mostrar un aspecto terrorífico a sus enemigos. ¿Es que alguien escuchó hablar de las ishiwembáe, las brujas mashco que, tocadas por Toto, desarrollaban una metamorfosis ontológica que les daba poderes malignos que debían ocultar hasta su muerte, y que consagraban su vida a la preparación de brebajes y despachos negros de medianoche, para aniquilar a quienes aparecían en sus sueños de éxtasis, para lo cual recogían pelos, restos de cusmas o túnicas, de corteza de árbol, de cigarrillos, y todo lo que pertenecía a sus víctimas, sabiendo que allí estaba parte de la vida por destruir? “Esa misma noche o durante la siguiente, al son del canto por el que se comunica con sus letawa, entra en éxtasis y se dirige a la bóveda celeste a entrevistarse con la konánaGae, quien en su morada destruye los paqal y los ki’e de los elementos, cuyos cuerpos destruyen la


Las culturas vivas se benefician al ser conocidas. 85

totalidad de las konánaGae en la tierra”, relata Mario Califano en su estudio antropológico “Las brujas mashco y pigala”. Pero no solo reinó el mal en este mundo fantástico por presentar, pues la figura del soñador hace el contrapeso, al encarnar al auténtico “cazador de brujas mashco”, cuyo poder es aun superior al de los chamanes que, como él, luchan por el bien. El soñador o embayorokéri, durante el sueño, ve el wanokiren de la ishiwembáe, y lo que la bruja hace. El cazabrujas, en una experiencia onírica, es conducido hacia a ella por animales. La bruja, al ser descubierta, es capturada, luego atada a un palo y cubierto su cuerpo de ortigas venenosas. Por último, es asfixiada con una liana y su cráneo es destruido con una macana, con lo cual se aniquilarán sus maleficios y así se salvarán vidas.

decidió unirse a la expedición por la Interoceánica que organizó este cronista, sin saber que sería la primera clienta del día de la señora Jacinta, quien en quechua le ofreció artesanías de tantos colores como la imaginación pueda dar, hechas por sus manos, las mismas con las que sujetaba sus trenzas, que escapaban de su montera negra y naranja. Sin la Carretera Interoceánica, nunca se habrían encontrado Kathia y Jacinta. La primera no habría tenido cómo llegar; la segunda, porque le habría sido imposible pensar en vender algo en el verano de lluvias, cuando no van turistas. Luego nos enteramos de que, como ella, unas cien familias de la zona de influencia del Corredor Vial Interoceánico Sur reciben capacitación en el mejoramiento de artesanías ecológicas de alta calidad, con ayuda de la Corporación Andina de Fomento (CAF) y la Asociación Odebrecht.

Los otros beneficiarios La carretera abre la posibilidad de mirar la punta del iceberg de culturas aún por descubrir, estudiar y conservar. Viajando por la ruta interoceánica, es claro que otras culturas aún vivas se benefician al ser conocidas. Desde los amarakaeris de Colorado y los ese’eja del poblado de “Infierno”, famoso por sus chamanes experimentados en conducir un reunificador viaje de ayahuasca, hasta los moradores de las comunidades alpaqueras de las gélidas cumbres de Ocongate, entre quienes está Jacinta, que se resiste a dejar su montera, pues mantener su identidad ahora es vital para la venta de sus artesanías a los cada vez más numerosos visitantes del nevado Ausangate. Kathia Balmer, ecologista y ciudadana suiza, pese a estar imposibilitada de caminar desde niña, razón por la cual usa muletas,

Una información de la CAF señala que se busca que los artesanos alcancen estándares de calidad y productividad, y organicen un sistema de mercadeo que asegure que esta actividad les sea sostenible en términos económicos. Si ya llegan en verano y en muletas, cuántas más posibilidades habrá en el invierno seco y soleado, tiempo de campamentos y escaladas de montaña. Igualmente, en las cercanías del nevado Ausangate, luego de acampar en las faldas de la montaña sagrada de los incas, se ven alpacas de raza pura alimentándose. La razón de que el pastoreo se realice a esta altura –nos dice nuestro anfitrión, vecino de la zona, que vive en una de las semienterradas y empedradas viviendas rodeadas de ichu– es que el frío ayuda a que los animales desarrollen una fibra más larga y sedosa, lo que mejora el precio. Además, desde hace un tiempo los alpaqueros


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decidieron hacer un esfuerzo por mejorar la fibra y optaron por la castración de las llamas, pues al cruzarse con las alpacas generaban una degradación de la fibra y un menor valor comercial. Con motivo de la construcción de la carretera, hoy se capacitan mil familias de quince comunidades de los distritos de Ocongate y Marcapata, con un proyecto piloto de desarrollo de capacidades productivas de gestión de los criadores de alpacas de Quispicanchi. Esto es una mejoría.

Mirador del cambio climático Además, ante la cercanía de los nevados, es muy factible que muchas personas puedan observar y tener mejor noción de uno de los mayores problemas que azotan hoy en día el planeta: el cambio climático. Los pobladores de este radio no saben bien qué es lo que pasa, pero coinciden en que el nivel de las nieves de sus apus ha bajado tanto, que este año ni siquiera los pabluchas o ukukus se han atrevido a seguir el ritual de la fiesta de Quyllur Rit’i, que consiste en subir a la cima y bajar un trozo de hielo, debido a que el nevado donde yace la “Estrella de las Nieves” se está quedando sin nieve.

Los habitantes de Marcapata, San Lorenzo o Quincemil, ahora cuentan incluso con líneas de transporte –¡desde Lima!–, y algún ahorro en el trayecto Cusco – Puerto Maldonado, pues un pasaje terrestre cuesta cincuenta nuevos soles, ocho veces menos que un vuelo de treinta minutos. Hace tres años, viajar del Cusco al pueblo de Mahuayani –a 4.100 metros sobre el nivel del mar–, punto de encuentro de los peregrinos del Quyllur Rit’i, era una odisea. En el mejor de los casos eran ocho horas de viaje, fuera de caminar cinco horas hasta la meseta. Con la Carretera Interoceánica, asfaltada en la mayor parte de su trayecto hasta este punto, el viaje se ha reducido a tres horas. Las ventajas permiten un mayor flujo de fieles del Señor de Qoyllur Rit’i, quienes incluso pueden hacer el recorrido de ida y vuelta en una sola jornada, algo imposible no hace mucho. Ocongate siempre fue remoto, pero rico en leyendas, que reaparecen, como las prácticas chamánicas que ya son parte de la oferta turística, así como el alquiler de caballos.

La odisea Antes, el camino desde el Cusco a Madre de Dios era frecuentemente borrado por la furia e inestabilidad del río Araza. La brecha lodosa que bajaba desde el Cusco abunda en leyendas sangrientas, como la de los aventureros que, en negociaciones aún por conocer, lograban alianzas con los nativos mashcos para extraer el oro del río Colorado o Inambari, aunque a riesgo de ser traicionados y muertos por ellos, cuando no por la uta –a la que le encanta el sudor humano–, los otorongos o los derrumbes. Hasta hace tres años, viajar por tierra del Cusco a Puerto Maldonado, solo ofrecía una alternativa: a bordo de un camión cisterna. El viaje era tortuoso. Las olas de gasolina y petróleo lamían el piso de acero sobre el que se acurrucaban los viajeros pobres de estas zonas. Congelándose por el frío nocturno de los Andes orientales –a 5.000 metros sobre el nivel del mar–, debían aguantar el interminable traqueteo a tolva descubierta. La travesía que realizamos a bordo nos permitió fotografiar la dureza de la vida de los pueblos interoceánicos, y descubrimos que el viaje de Urcos a Puerto Maldonado podía durar de tres días hasta dos semanas, aunque se trate tan solo de cuatrocientos kilómetros, trayecto que hoy, pese a que la carretera no está concluida, se ha reducido a apenas algo más de un día.

De igual manera, mirar la brusca naciente de la selva desde el pueblo de Marcapata es un espectáculo sin par y de grandes posibilidades para el turismo, por lo que ya está en marcha la construcción de un mirador. Cuando este cronista, gracias a la carretera, pudo hacer una escala de dos días en Marcapata, tuvo la oportunidad de fotografiar un matrimonio en quechua oficiado por un sacerdote danés. El ritual cristiano fue en el bellísimo y antiquísimo templo colonial, donde las mujeres se sientan a la derecha y los hombres a la izquierda. Tras la ceremonia, acudimos a la fiesta “en privado”, con ofrendas de orquídeas enanas de la zona y hojas de coca, y una mesa en la que abundaban papas nativas, charqui y cerveza, que afiebraba las danzas del viejo Antisuyo. La comunidad celebró la llegada de la modernidad al recibir nuestro regalo: un CD con las fotos que reprodujimos en nuestra laptop en plena fiesta. “Igual a la que usan los ingenieros de la carretera”, comentaron. Si se monetiza el acceso a estas tierras por su valor turístico, así como agrícola, puede significar una posibilidad de crédito antes inimaginable, tal como sucede en el poblado de Santa Teresa, en la carretera Cusco – Quillabamba.


Negocios ecológicos Bajando al caluroso poblado de Quincemil está José, un colono reciente de la costa, decidido a probar en la siembra de sacha inchi, el grano rico en Omega 3 que sigue alimentando a los nativos de la selva peruana y cuyo aceite es muy cotizado en el mundo. Paradójicamente, en la agrestería verde de San Lorenzo aparece un hombre rubio en un restaurante de menús. Es un ruso de Siberia, experto en la reparación de helicópteros y maquinaria pesada en general. Se llama Alexander. El siberiano de bigotes rubios dice que ya es peruano porque se casó con una peruana, y que sus hijos son peruanos. La Interoceánica le ha dado una posibilidad de trabajo y el privilegio del que no gozan sus paisanos dedicados a la industria del gas, que “viven” a 30 grados bajo cero, mientras que él trabaja en un paisaje con arroyos donde refrescarse frente a los 35 grados de temperatura.

Retorno de los dioses La ruta es ya una gira cultural y ambiental que, ofertada turísticamente, brinda actualidad a los rituales del Antisuyo, develando las culturas Mashco, Amarakaeri, Matsiguenga o Ese’eja, pero que también recupera la epopeya de los pioneros que entraron a la selva buscando oro y tejieron historias que aún los viejos de Marcapata relatan con estremecimiento. Estos

hombres de leyenda se jugaron la vida y se las cobraron a la de los nativos, perdiéndose meses o años en los lavaderos de oro, y reapareciendo como fantasmas, en retornos fastuosos, cargados con dos o tres pomos llenos de pepitas y polvo de oro, desparramados en los lenocinios del Cusco antes de volver al infierno verde.

Lo que se viene La palabra ‘Interoceánica’ empieza a desenterrar historias que dan valor al pasado y presente de una geografía diversa, atrayendo miradas y expectativas. Esto es un beneficio comprobable con el buscador Google. Si antes no existía ningún resultado con las palabras ‘Carretera Interoceánica’, hoy en día este muestra 186.000 links en 0,78 segundos. La Dirección de Turismo de Cusco calcula el paso de unos 60.000 turistas brasileños anuales por esta ruta. Mitos, creencias y dioses, lo que hace ricos a los pueblos, cobran vigencia y despiertan una enorme curiosidad por saber qué había en ese Antisuyo secreto, en el que Veaaget, el Ángel Bueno, y Toto, el Malo, se salieron con la suya al no desaparecer. Sus nombres retornaron a estos territorios saqueados, vilipendiados, como si el relato de Heine reflejara, más bien, una verdad universal: que ante los avatares de la Historia, los dioses solamente se van a un destierro, ya que la muerte, en realidad, no existe.


Pasos para crecer

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De cómo la vida de un albañil de Ocongate cambió con la construcción de la Interoceánica.

Pamela Barrionuevo Alosilla PERIODISTA


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La asamblea empezó, para que todos votaran por quienes debían trabajar primero, y uno fue Santos. Se había dedicado desde hace mucho a realizar trabajos de techado de casas, a veces estucados de paredes, y su rutina principal era hacer adobe para la construcción de casas, entre las que estaban la de sus compadres y las de la comunidad de Ccapana. Santos, de 33 años, tenía un hijo y una esposa a quienes alimentar, y los trabajos que realizaba eran muy esporádicos. Viajaba al Cusco, donde tenía un padrino para quien hacía cuartos en un gran terreno cerca de San Jerónimo. Su hijo de seis años lo acompañaba para pisar el barro con paja y hacer una buena mezcla en los moldes para adobe. Un fin de semana, Santos regresó a Ocongate y vio en la plaza mayor gente extraña, camionetas paradas en la puerta del municipio, y maquinarias poco conocidas en la parte del río Mapacho. Los jóvenes de diecisiete años y más, y los adultos, hacían extensas colas, decían que para trabajo. También había chicas. En la puerta del campamento, unas señoritas con casco blanco apuntaban los datos de todos. Entonces Santos decidió preguntar: “¿Para qué se anotan?”. Y le respondían: “Es para trabajar como peón en la Carretera Interoceánica; ahora ya toca que hagan la pista por este lado”. Así que decidió ponerse en la fila. Eran las ocho de la mañana y el sol estaba fuerte. Algunas señoras aparecían en la cola con su mate de cebada y sus papitas hervidas con queso para vender. Había algunos que decían: “Guaa, no creo que me escojan para trabajar, dice que están pidiendo secundaria completa”. Otros comentaban: “Cuando entras a trabajar en la Conirsa, te dan ropa nueva, además de que duermes en los cuartos del campamento. Mi primo ha estado en Ccatcca seis meses y dice que les dan también zapatos”. Pasó la mañana. Eran las cuatro de la tarde cuando al fin le llegó el turno a Santos. Le preguntaron sus datos generales y le dijeron: “Estamos empadronando de acuerdo a las comunidades por donde pasará la Carretera Interoceánica. Luego tendremos reunión con los presidentes de cada comunidad, y ustedes ele-

girán quiénes tienen mayor necesidad de trabajar. Será rotativo, para que todos tengan oportunidad de trabajo”. Con esa información, se fue a su casa y le dijo a su esposa lo que estaba pasando en Ocongate. Ella respondió: “Ojalá entres como obrero, si además sabes abrir huecos. Eso nomás tienes que hacer bien, y te van a llevar más allá de Ocongate para hacer más trabajos. Así me ha dicho la comadre; su hijo está así desde hace tiempo, dice”. Llegó el día de la reunión en Ccapana. Había una señorita y un ingeniero que hablaba quechua y castellano, que dijo las cosas que se harían en los trabajos de la carretera. Habló de obras de arte, de zanjas, y dijo: “Ustedes escogerán quiénes serán los primeros en trabajar; luego se les rotará con los que falten; así todos tendrán trabajo y no habrá problemas”. Después de que se fueron los ingenieros, la asamblea empezó, para que todos votaran por las quince personas que debían trabajar primero, y uno de ellos fue Santos. A las dos semanas, el presidente de la comunidad y las quince personas escogidas estaban esperando en la puerta del campamento. Apareció el ingeniero y los hizo entrar hasta su oficina, los presentó a otro ingeniero encargado de hacer “obras de arte”, y le preguntó al presidente: “¿Todos son buenos trabajadores? Porque no quiero que falten o vengan borrachos. Si llegan así al trabajo, el capataz me avisará y yo los cambiaré inmediatamente; así que quiero gente trabajadora. Ustedes estarán en el frente de Tinki. Los llevaré al almacén para que les den sus implementos para trabajar”. Todos murmuraban en quechua, porque la mayoría de los ingenieros no entendían. Así, un lunes los llevaron al comedor del campamento. El desayuno fue una sopita de caldo blanco con su pedazo de carne y sus cuatro panes, dos con mermelada y los otros dos para la sopa, además de un cafecito para el frío. El carro salió a las seis de la mañana del campamento. Todos estaban vestidos con sus implementos de seguridad. El capataz empezó a llamar lista, y repetía: “Está prohibido comer cualquier cosa antes del


“El almuerzo era consistente”, recuerda. almuerzo. Vendrán los de APC y les darán un fiambre a media mañana, o un refresco, así que no se compren otros alimentos”. La jornada había comenzado, y Santos no se acostumbraba a las botas ni tampoco al casco, que a veces se le caía. A mediodía, APC, concesionario encargado de la alimentación, les trajo sus almuerzos: era una sopa de fideos con su pollo, y el segundo, estofado de res, además de dos vasos de refresco. “Ese almuerzo era consistente, y nos daban una hora para descansar”, recuerda. Luego el frío empezaba otra vez, pero las casacas térmicas los abrigaban de los vientos y del clima, pues a veces llovía mucho. Dos meses después, lo trasladaron como vigía. No estaba familiarizado con la radio. Tenía que estar atento a lo que le decía su compañero del otro lado, para dar pase a las camionetas o a algunos volquetes que trasladaban material para otro frente de la carretera. “Un día, mientras estaba tratando de escuchar lo que me decía el otro compañero, en la radio se escuchó la conversación de otros ingenieros, que decían tener reuniones en las comunidades y acordaban el horario para ir a conversar; pero eso pasó solo un día”, cuenta, y prosigue él mismo con el relato de su historia.

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Cuando era fin de mes, había un bus que nos dejaba en el Cusco, para cobrar nuestro sueldo. La primera vez que bajé me dieron una tarjeta de plástico que no sabía cómo usar, y le pregunté a la señorita de Relaciones Comunitarias para que me ayude. Ella me llevó con uno de los trabajadores del banco, y así saque mi dinero. Con mi primer sueldo compre pollito para comer con mi esposa y mi hijo. Había buen trato, no me quejo, el horario de trabajo siempre se respetaba. A veces venían los de construcción civil y decían cosas en contra de nuestro trabajo, pero no les hacía caso. A los de mi grupo siempre nos trataban de hacer firmar papeles, pero como no sé leer bien, nunca firmaba nada, solo los escuchaba, y nunca los entendía.

En sus propias palabras

Los turnos de noche eran de seis de la tarde a seis de la mañana. A medianoche nos traían ponche con panes con mantequilla y mermelada para el frío, a veces una sopita de pollo; pero siempre me llevaba un termo con café que me preparaba mi esposa, mas canchita con queso, con eso me aguantaba hasta la hora en que venía el bus a recogernos para llevarnos al campamento y tomar el desayuno. Luego descansaba.

Al cuarto mes estuve en una de las canteras del Mapacho. Llevaba la cuenta de las volquetadas de material que sacaban del río. Salían como quince a veinticinco volquetes, y tenía que tener cuidado, porque había siempre una persona del municipio de Ocongate que contaba conmigo. Eran muy bulliciosos mis paisanos, porque a veces tomaban la carretera sin saber de qué se trataba. Había un “enano” que no era de Ocongate, que les movía a la gente, y ellos se dejaban nomás. Siempre era pelea con él.

Hace dos años que no trabajo en la Interoceánica, pero con lo que gané allá pude hacer mi casita en San Jerónimo. Mis hijos estudian en un colegio y ya no estoy preocupado por si viene o no el profesor a enseñarles. Me ayudó bastante estar en la Conirsa. Ocongate ya no es más pueblo, ahora ya no viajo en cisterna para mi pueblo, ahora me subo a un bus y viajo tranquilo por una carretera.


96 Peruanos Construyendo Futuro

Hace dos años que no trabajo en la Interoceánica, pero con lo que gané pude hacer mi casita.


El anuncio que le cambió la vida

Estaba escrito: ella sería castañera como su madre y como su abuela, pero un anuncio

09 se encargó de cambiar su destino.

Laura Gonzales SÁNCHEZ PERIODISTA


Su destino, casi irremediable, era continuar siendo castañera en Madre de Dios. El aroma de los castañales lo tuvo impregnado en la nariz durante más de veintisiete años, desde que estaba en el vientre de su madre. Creció recolectando el preciado fruto seco porque su progenitora y su abuela así lo hicieron. “No había vuelta que darle”. Su destino, casi irremediable, era continuar siendo castañera en Madre de Dios, pero una información que recibió en la Municipalidad Distrital de Las Piedras, localidad de Planchón, Provincia de Tambopata, cambió su vida. De eso hace ya dos años. Irian Villaroel Díaz, natural de Puerto Maldonado, madre soltera, con un hijo –ahora de nueve años–, pasó de vivir entre los bosques amazónicos, la chacra y el hogar, a trabajar en uno de los proyectos de ingeniería más modernos y complejos del mundo: la Transoceánica del Sur. Pero, como si no fuera ya bastante, también a luchar por encontrar “su” espacio, ese que en muchos escenarios está vetado para las mujeres. Después de todo, una mujer peón entre hombres, no hace más que romper –y abruptamente– con el paradigma de que en la construcción civil los únicos artífices de una obra son los del llamado “sexo fuerte”. Es tan difícil cambiar esa mentalidad como lo es vencer la agreste naturaleza amazónica.

El anuncio decisivo Recuerda con estricta precisión el día en que llegó al municipio preguntando por ese trabajo que su madre le había comentado. “Están recibiendo chicas para trabajar en la Transoceánica”, le dijo. Ella no esperó a escuchar dos veces lo mismo y se fue en busca de la convocatoria. Los requisitos eran tan sencillos como tener secundaria completa y residir en la zona. Irian sumaba a su hoja de vida el saber manejar moto y tractor. Después de empadronarse y de ser evaluada en conocimientos básicos relacionados con sus aptitudes manuales, visuales y matemáticas, pasó a la entrevista personal. En la recta final demostró su preparación innata para trabajar en equipo, una de las condiciones principales que exigía la empresa empleadora. Lo había aprendido en el día a día, sin darse cuenta, mientras recogía del suelo los cocos de castaña con sus cuatro hermanos y su madre.

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La aceptación definitiva para cubrir una de las vacantes de peón, sin embargo, aún no estaba dada. Fueron quince días de larga espera, pero, como bien dicen, “lo que está para uno, está para uno”. Y lo del trabajo estaba para ella. Nada sabía de la empresa que empezaba a operar en la zona, tan solo que se construiría una carretera para unir Perú con Brasil. “Eso es lo que todo el mundo decía en Puerto, y eso fue lo que se me grabó por siempre”, cuenta esta mujer con su acento inconfundible de habitante de la Selva. Luego supo que su contratación para un campamento del Tramo 3 –que cruza la Provincia de Tambopata y continúa hasta el acceso al Puente de la Integración sobre el río Acre, en el Distrito de Iñapari, frontera con Brasil y Bolivia– obedecía al “Programa de Formación de Mujeres en Operación y Mantenimiento de Equipos” de Conirsa, el consorcio responsable de la ejecución de los 710 kilómetros de carretera en la zona sur del Perú. Meses después, esta iniciativa ganó el premio “Destaque 2008” en el rubro Responsabilidad Social. El reconocimiento lo otorga Odebrecht y concursan proyectos de todos los países donde opera la constructora. Es más, el programa generó tantas expectativas que los medios de comunicación escrita y audiovisual del mundo fueron a su encuentro. La National Geographic, tan “exquisita” para colocar en agenda temas, encontró más de un ángulo a la noticia. A Irian el entusiasmo y las ganas de salir adelante la acompañaron durante los meses de formación y capacitación, tiempo suficiente para que los instructores del programa identificaran al detalle sus potencialidades. Pasó por las diversas áreas, empezando por la de Lubricación, que comprende el lavado, engrase, cambio de aceite y abastecimiento de combustible de la maquinaria. Más adelante, pasó al área de Operación de Equipos, con el fin de conocer el funcionamiento de cada uno, y a la de Laboratorio; y durante seis meses se plantó en el área de Movimiento de Tierras, que se encarga de limpiar, eliminar desmonte, preparar plataformas, cortar terreno para disminuir las pendientes, y un largo etcétera.


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Había llegado el momento de hacerse respetar.

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A la mujer se la respeta

Un ángel de la guarda

Los desafíos que iba enfrentando eran de diferente índole. “Cosas del pasado”, dice, con una voz que suena más cerca de la anécdota que de la resignación.

Irian ahora está lejos de su madre, su hijo y sus hermanos. Precisamente por su experiencia en el área de Movimiento de Tierras, fue llamada a Sechura, Piura, donde la constructora Odebrecht Perú viene desarrollando un puerto en el distrito de Bayóvar para la exportación de fosfatos cuya producción está a cargo de la compañía Vale do Rio Doce de Brasil. Las obras comprenden: una zona de descarga, faja transportadora y zona de secado. “Por estos días estamos haciendo zapatas estructurales para emparejar la plataforma que soportará hornos de novecientas toneladas”, nos dice con tono de solvencia profesional empírica.

“Me sacaban hasta la madre a veces, pero solo a veces”. Lo que sí se había convertido en costumbre era escuchar comentarios de sus compañeros, como aquello de que “las mujeres son para la casa” o “no tienes marido que te mantenga”; y no faltaba un atrevido que deslizara: “Si no tienes marido que te mantenga, yo lo puedo hacer; hasta te puedo poner empleada”. Eso sí que es fuerte, y así lo sentía ella, porque le traía a colación otro de los mitos con respecto a las mujeres de la Selva –que están siempre predispuestas a mantener relaciones sexuales–. Había llegado entonces el momento de hacerse respetar. “Lo hice varias veces como mujer, porque el machismo siempre quiere ganar”, olvidando incluso uno de los preceptos que le enseñaron desde niña: “que a las personas no se les debe gritar”. Especialmente viene a su memoria un episodio en el que casi se va a las manos con un compañero, soldador, que la acosaba permanentemente. “Me insistía todo el tiempo. Yo le decía que tenía pareja, y no entendía con palabras. Un día me encontró con rabieta y casi le pego. Se puso a llorar. Fue la última vez que me fastidió”. “Después de defenderme, sentía que mi autoestima crecía”. La definición de la palabra ‘autoestima’ la aprendió en alguno de los tantos talleres que dictaba el consorcio, en especial en los referidos a desarrollo personal, y ahora la pronuncia cada dos por tres. Y es que cuando uno deja de estar cerca de los suyos, necesita reafirmarse para soportar la ausencia.

Esta vez, la segunda parte y el traslado de escenario de la historia de la mujer que decidió ir a contracorriente de su destino, empezó con un correo electrónico. “Recibí un correo de mi ángel de la guarda, que me ofrecía la oportunidad de seguir desarrollándome en otro lugar que no era el mío. Después de conversarlo con mi pareja, decidimos dejar Puerto Maldonado y venir a Bayóvar”, nos dice victoriosa. Su ángel tiene nombre propio. Se trata de Rosana López, una de las encargadas de Relaciones Comunitarias de los proyectos que ejecuta Odebrecht, “que siempre está a mi lado para darme fuerzas y ánimo”. Lo dice agradecida, pero con voz entrecortada, porque ¿quién puede desarraigarse tan pronto de su lugar de origen?

La capataza La voz que nos habla de su familia, de su ángel de la guarda, de sus planes a futuro, nada tiene que ver con la de capataza, cargo que temporalmente desempeña en ausencia del capataz, por estos días de permiso. La una es suave, taciturna; la otra es grave y firme, como se requiere para hacer llamados de atención, aun-


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que en ella eso sea ocasional. “De vez en cuando les digo a mis compañeros, mayores en edad, que no podemos desperdiciar el tiempo. Al menos yo no puedo hacerlo, porque de aquí me voy volando a mi curso de lectura de planos”. Su única prioridad es seguir avanzando. Ya volteó la página en la que aparece vinculada su vida a la castaña, al punto que le es imposible recordar cuándo empezó a recolectarla. “Creo que desde que nací”, nos dice, mientras intenta encontrar en su memoria algún atisbo de este inicio, sin mayor éxito. Quizás fue antes de tener la capacidad de sorprenderse con la inmensidad de estos árboles –su altura es de entre cuarenta y cincuenta metros–, desde donde caían los cocos de castaña, que a veces se convertían en asesinos. Porque el impacto de su caída, debido a la altura, podía propiciar una muerte. “Ocurrieron varios casos”. Felizmente no en su familia, que tenía que trabajar durante tres meses, de diciembre a febrero, en estos menesteres.

Mala pasada “El trabajo era muy duro”, entre otros factores porque el clima se encargaba permanentemente de jugarles una mala pasada. “Los meses de cosecha llovía con fuerza y nosotros rezábamos para que días antes de la Navidad no sucediera eso”. Si tenían suerte, juntaban más castaña y la secaban para venderla rápido, y con eso la familia podía comprar todo lo que alcanzara con mil soles. Irian miraba lo que se había comprado en casa y era imposible dejar de dirigir su vista hacia las manos de su madre: amarillentas, cuarteadas y con los dedos rajados a causa de la recolección de castaña. No podía evitar sentir pena mezclada con impotencia. Una sensación que hasta ahora le dura; le rompe el alma. Y tus manos, ¿no estaban cuarteadas? “Casi no, porque mi mamá bonita me enseñó un secreto, a usar la castaña podrida, que es muy aceitosa, para frotarme los dedos, y si había heridas, las cicatrizaba de inmediato”. Y ella, ¿por qué no utilizaba su propia receta? “Porque ya estaba acostumbrada, pero no quería verme a mí así”. A María Díaz, su madre, no le importaba cuidar su apariencia, lo único que le importaba era conseguir el sustento diario. “Mi familia es humilde, y yo crecí sin mi papá, con mis abuelos. Y aunque no puedo ni debo renegar del trabajo de castañera, sí he de decir que no lo extraño para nada. Agradezco que la compañía me diera la oportunidad para ser otra cosa, y que también

ahora el ingeniero de Sechura confíe más en mí, porque siento que me valoran”. Quién podría negarle a Irian una oportunidad. Es una niña impetuosa, sin la malicia de un adulto a pesar de sus veintinueve años. A todo lo que hace y se le encomienda le pone ganas, y tiene las condiciones de una líder: buena comunicadora y motivadora. Por lo pronto, convenció a su pareja de acompañarla a Sechura, con el argumento imbatible de “trabajar juntos para un futuro”.

Amor de madre Ese futuro es un proyecto empresarial en el que también están incluidos su madre y sus hermanos, con quienes habla cada domingo “interminables horas”. También lo hace con Joaquín, su hijo, que vive en Arequipa con sus abuelos paternos, y a quien dejó marchar porque era consciente de que no tenía las posibilidades económicas para sacarlo adelante y atenderlo mientras estaba en Madre de Dios trabajando en los castañales. Eso le duele, y mucho. Hemos tocado la fibra más sensible de su ser. No entra en detalles. Calla unos segundos y, como el ave fénix que resucita, levanta la voz y dice: “Quiero recuperarlo. Ahora sí, con lo que gano puedo mantenerlo”. Todas las mañanas, mientras se viste con su uniforme de tela gruesa anaranjada y sus zapatos con punta de acero, piensa en lo mismo: en recuperarlo. Llegará el día, y pronto. Irian tiene más posibilidades materiales ahora, pero, lo que es más importante, inagotables recursos espirituales. “He madurado muchísimo. He crecido también en estos dos años”. Joaquín será, más tarde, cuando crezca, el hijo orgulloso. Sabrá reconocer en su madre a la mujer que contribuyó a cambiar estereotipos sobre la participación femenina en el espacio laboral, pero, sobre todo, entenderá que todo sacrificio tiene su recompensa. Y cuando estén juntos nuevamente, madre e hijo, todo será absoluta felicidad. Ya no importará si es en Arequipa, en Sechura o en Puerto Maldonado, aunque lo más probable es que sea en la selva, donde Irian piensa constituir una empresa de exportación de castañas, en la que, lo tiene claro, no trabajarán ni ella ni su familia en la recolección; porque el olor de este fruto se puede ir del olfato, el trabajo de las manos también, pero lo que se lleva en las venas, eso es imposible de quitar. Todos volvemos de una u otra forma a nuestras raíces. Irian no es la excepción.


“3 amores” y una esperanza

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Vivían entre la impotencia de tener y no tener, hasta que llegó el agua y con ella la oportunidad.

Lilia Loo TALLA PERIODISTA


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“Conocí a Juana cuando éramos chiquitos. Crecimos pensando en nosotros, en el futuro”. Me asomo tímida, y me mira. Nos quedamos mudos unos segundos. Me analiza a lo lejos; pienso en que mi aspecto le causa desconfianza. Mi sonrisa lo calma, y responde de la misma forma. Levanta su brazo derecho y me grita: “¡Bienvenida, pase señorita!”. Si ‘mágico’ es el adjetivo que recibe este tesoro de tierra, debe ser, además, por su prodigiosa gente. A cinco kilómetros de Chepén, en el asentamiento de Calera, encuentro a Edilberto Gallardo Correa, firme e incuestionable manifestación de lo mencionado. Su voz gastada de genio anciano, conocedor de vida, maestro entre vecinos y dolor olvidado, me irradia seguridad. Sé que tiene algo que contar. Me siento a su lado y nos presentamos. Le pregunto por su familia. Me responde, satisfecho, con una sensación de gusto y presunción, que solo vive con su esposa. “Mis hijos ya se han ido, todos casados. Uno de ellos ya me ha hecho abuelo de dos criaturas”. Se asoma Juana, su esposa, con una mirada risueña que empieza con una risilla traviesa. Me ofrece un refresco para soportar el intenso sol, que mata todo líquido que existe cerca. Acepto gentilmente. Mientras saboreo el contenido, miro alrededor, entre el vaso y el ambiente. Y luego al frente, adonde Edilberto no deja de observar. Le pregunto qué mira, y él me responde simplemente: “El agua”. Caminamos unos metros, sin decir nada, solo sintiendo esa brisa caliente que toca a cada individuo bajo su brillo. Se encoge y se pone en cuclillas. Lo imito. Introduce su mano tosca, brusca, seca, que parece haber sido violentada, tal vez en un pasado encuentro contra la tierra, en un desesperado excavar en busca de agua, de anhelo de acertar en un grado de humedad. La siente, la mima, poco le falta para arrullarla; yo la miro y la dejo caer. A partir del año 1988, aproximadamente, entró en operación el reservorio Gallito Ciego, con el objetivo de permitir la regu-

lación de las descargas del río Jequetepeque desde la parte baja de Tembladera hasta este lugar. Pero no fue sino hasta 1994 que empezó la construcción del Canal de Irrigación Talambo – Zaña, que permitió incrementar la disponibilidad del agua al reducir un 75 por ciento de los escurrimientos hacia el mar, lo que permitió el almacenamiento del recurso. Nos incorporamos. De regreso, me cuenta que recuerda perfectamente el año en que ocurrió. “Vinieron a pedirnos permiso aquí a la Calera Alta. Todos respondimos con miedo y hasta con furia para pelear. Pensábamos que nos quitarían las tierras, secas pero nuestras. Poco había para uno, ya no se podía pensar en mejorar, sino en sobrevivir”. Le pregunto por su edad. Me dice que “muchos”, para no declararse viejo aún. Su esposa muestra desaprobación y le dice: “Dile la verdad”. De forma astuta y vivaracha, responde: “Cuatro años menos que ella”. –Conocí a Juana cuando éramos chiquitos. Crecimos pensando en nosotros, en el futuro. Cuando quisimos estar solos, sus papás nos ayudaron. Nos dieron plata para hacer la casa. Juntamos barro y construimos. No había plata para adobe, muy caro. Había terreno, pero qué hacer, si ni para beber teníamos. Trabajaba construyendo, obras que salían por ahí. Juana ya estaba embarazada, y pena me daba dejarla. Éramos pocos acá. Entre los vecinos nos apoyábamos. No se peleaba, no había razón. ¿Para qué pelear, si todos teníamos la misma necesidad? La vecina me la cuidaba cuando salía. El sol calcinante tocaba su piel a diario, lo acariciaba con una dulzura perversa hasta que engendraba gotas de sudor en su cuerpo. Las hendiduras en su maltratado rostro lo justifican. Se asemeja a la corteza de un árbol gastado, con grietas que le servían de muralla contra algunos holgazanes que no sabían luchar por los suyos. Su amor y constancia lo hacían prestarse un burrito y caminar dos kilómetros bajo el quemador sol por unas cuantas latas de agua que sacaba del río.


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Las ojotas gastadas, la tierra seca y ardiente, y el escaso amparo que le daba un sombrero, le originaban ampollas inclementes en los pies, una resequedad viciosa en los labios y un nuevo color de canela incinerada en la piel. Juana, con mirada perdida, recuerda también. “Mis papás querían que sembrara. Pero ni agua teníamos nosotros. De la pampa no sale nada. Los poquitos animalitos que me regalaron se morían. Su carne ya no servía. No había a veces qué comer”. Me tomo dos segundos y transformo sus palabras en imágenes. Un desierto fulminante se enciende en mi mente, una tierra gruesa y pedregosa lo acompaña. El pampón es envidioso, codicia color y frescura. Muchos dicen que la tierra es reflejo de tu conciencia. Tal vez en la otra vida no pagaron completamente sus deudas, pero si hablamos de presente, no creo en el dicho. Los dos merecen una selva de vegetación. Los agitados repasos por tiempos viejos hacen que se le oscurezcan los ojos, como viviendo nuevamente el dolor, el malestar desesperante que hace que las sensaciones se vuelvan penetrantes, la impotencia del tener sin tener, y no poder. La injusticia vuela lejos de sus vidas, pero el recuerdo nubla los más hermosos momentos con una delgada capa de hielo seco. Un camote o unos granos de frejol que compartían entre las vecinas, saciaban el hambre depredador que consumía su interior. Expresan ira al revivir la imagen de una tierra vacía, sin color, sin fuerza, sin alimento, inútil sin su ingrediente principal.


“Mis papás querían que sembrara. Pero ni agua teníamos nosotros”.


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Herida con lo que les tocó vivir, pregunto discreta e inserviblemente: “¿Qué hicieron?”. Edilberto me mira, cansado, abatido y casi sin energía: “Fui fiel a una esperanza. Ellos nos habían prometido agua sin exigirnos algo. No podían engañar. ¿Con qué? La ilusión era lo único que nos había dado el destino”.

Llegan los vecinos. Al parecer estaban preparando una celebración. Me avergüenzo por mi venida sin previo aviso. Juana prende leña y me inspira vigor. “Hoy celebramos nuestro nuevo techo”, revela, justa y convincente. “Mi avance es de ellos también”, comenta de forma complaciente, insinuándome que debo unirme al festejo.

Se derrumban la alegría, el regocijo, la calma. Me desespero. Temo no poder recobrarlos de su trance defectuoso. Cambio de tema. “¡Un cebichito para la mesa, Sra. Juanita!”, pronuncio enérgicamente para arrinconar toda la pena que causé con mi curiosidad. Ella corre a la cocina, se le dibuja una colita de sopera en los labios y dice contenta: “Ya va señorita, para chuparse los dedos”.

Una pareja de esposos y una criatura me extienden la mano. La niña corre tras el pato más grande, y tropieza con una pieza de madera rústica. Su madre la levanta y lee “3 amores”, la deja sobre la mesa y le advierte a su hija que tenga cuidado.

Dejo pasar unos momentos para que sosieguen su ira o el temor a ser víctimas nuevamente. Quiero darles protección o confianza ante tan temible vuelta al pasado, pero miro a mi alrededor y me fijo en la realidad. Ellos se han levantado del suelo seco. Ya nada más les pasará. Miro la cocina. Edilberto me invita a pasar. Ingreso a la casa y veo que es un mundo característico. Los colores y funciones parecen estar invertidos: la pared alberga un sinfín de clavos que sostienen vasos, tazas y hasta ollas; la mesa acoge verduras recién cosechadas; las paredes instalan colores rojo, verde y azul por su forro cobertor y una mácula negra que abraza toda una esquina. Percibo fuertes aleteos. Cuando lo advierten, me instigan a que averigüe de qué se trata. Abro la puerta trasera, que da a las hectáreas que ha recuperado la familia. Una fascinación me rodea; pierdo la cuenta entre tanta pequeñez corriendo. Patos, pollitos, gallos, perros, y hasta una garza, me dan la bienvenida. Ruidos mezclados con risas; hermosos sonidos, deleite para el espíritu. El dueño los deja salir con la señal de un palmazo. Aletean todos simultáneamente, y hasta yo tengo ganas de correr o volar. Me contagio de esa espontaneidad. –Ya tengo comida para ellos y ellos para mí. Ahora el pescado o el pollito están en mi plato. Parece que el agua quería que le pidiese permiso para prosperar. Ya no se me mueren, viven más, creo –añade el acertado personaje–.

Las mujeres a un lado, y los hombres para otro; observo el particular movimiento. Me siento con las féminas y cuchicheamos pícaras. “¿Recuerdas, comadre?”, conversa doña Juana, confiada y entregada al viento que sopla, “antes ni había sombra para que se amparen los niños”. La vecina me cuenta que miraban a los obreros que venían a ejecutar el canal con algo cercano al recelo, por la desconfianza, supone. “Unos ingenieros gentiles eran”, insinúa. Sonrío cómplice y volteo a echarle un vistazo a los varones de la otra mesa. “Es lo que dicen las demás vecinas, claro”, nos reímos juguetonas. –No eran malos. Respetuosos con nosotros. Sabían que éramos iguales que ellos. Muchos han venido prometiendo lo que añorábamos, burlándose de nuestra situación. Solo pedíamos un apoyo para crecer. Sus palabras se me incrustan como dos clavos en las manos. Me gustaría que algunos sangren conmigo al escuchar lo que ellos aclaman. Nunca mendigaron, no exigieron, no pugnaron con odio. Viven con un espíritu celestial, sin rencores, sin malicia ni peleas, ayudándose constantemente. Persigo cada una de sus palabras. Ambas parecen olvidar que estoy presente. Las acoso, las observo; termino por admirarlas. Estalla la comadre Juana, comentando vanidosa que tiene un ahorrito para comprarse electrodomésticos. “Ya mis chacras dan frutos. Vendo mi maíz y saco alguito más para mí”. Pienso en que las cosas han cambiando mucho respecto de lo que eran antes. Siento renovación, aprecio, reconciliación. Una infalible comunión. Parece que el suelo, enfadado por tan poca atención, soltó pequeñas grietas que se asemejan a gritos de auxilio. Rendido y abatido, sintió el llanto de los olvidados y se tornó


“Mi avance es de ellos también”, dice la doña. paciente, tanto que ahora, desesperado al tomar agua, hace brotar de sus ramas frutos; esta vez, dos veces al año. Les agradece a su manera, con lo natural y lo vegetal. Vuelvo a Edilberto. Lo molesto porque no deja de brindar con chicha de jora. Sospecho que no solo celebra su esfuerzo puesto en el techo, sino también el tener otra oportunidad.

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Están listas las agradables yucas sancochadas. Las retira del fuego. Las sirve en un sencillo plato de plástico que parece despegado de la pared. La comida emana un olor característico, es algo aromático. No es romero ni orégano; no pienso analizar más. Su sabor me seduce, como gata en celo al pobre macho. “Mis respetos, doña Juana, ni Gastón Acurio las hace así”, la halago. Sonríe ingenuamente, sin saber que el mencionado chef ha quedado por debajo de sus habilidades.

–¡Señorita, acompáñeme! –me hace señas mi doña de 67 años–. Nos juntamos en la esquina, donde su pequeña cocina a leña nos abrasa. Me confiesa que sueña con “3 amores”. Recordé vivamente la duda que ya me había sembrado el madero con el que se tropezó la pequeña

Pienso y asiento, tiene razón la doña: “Mi avance es de ellos también”. No solo habla de sus vecinos. Se refiere también al pueblo de Talambo y sus alrededores. Ya han recuperado sus tierras, sus pampones que cambiaron por majestuosas pinturas de verde radiante, que en ocasiones atraen más que su cielo divino.

–¿Qué es “3 amores”? –pregunto–. Mientras revuelve el contenido de la olla con el cucharón, me explica con detalle, tanto, que me hace volar a un mundo irreal. ¿Imaginas un lugar cálido, con un brillo solar penetrante, tanto que te hace ver el ambiente como de oro; una piscina celeste a pocos metros que te espera con un agua refrescante que expulsa pedacitos de amarguras, juegos de colores que esparcen burbujas divertidas de risas contagiosas? Así llegó a mí su mensaje, su recado de esperanza, de sueño e ilusión, que no está lejos de cumplirse. Ese mundo era reflejo de la felicidad que la hacía vibrar: sus tres hijos.

Poniéndole empeño, agradecen silenciosamente a los que los ayudaron, a quienes les dieron agua para salir del agujero huraño y desértico donde cayeron. Porque finalmente el agua se quitó la máscara y la oportunidad apareció. Han pasados varias horas. Prometo regresar a verlos nuevamente. Olvidamos los fuertes apretones de manos: los abrazo a ambos. Pienso en lo pesado que será el trayecto de regreso, y en la tradicional y vana rutina de la semana. Me lamento. Volteo, los veo y les digo: “Última yuca y me voy”.


Copyright © Odebrecht Perú Ingeniería y Construcción S.A. Primera publicación: 2009 Edición general: Odebrecht Perú Ingeniería y Construcción Fotografía: Jorge Mpaka / Max Cabello / Miguel Bellido / Raúl García / Renzo Giraldo / Soledad Cisneros Diseño y diagramación: Axis Consultores Editor titular del proyecto editorial: Odebrecht Perú Ingeniería y Construcción S.A.C. Víctor Andrés Belaunde 280 – Of. 502, San Isidro Primera edición: 2009 Tiraje: 1.000 ejemplares Esta obra se terminó de imprimir en Lima, el mes de noviembre del 2009, en la planta de Impresiones Gráficas Biblos S.A. Jirón Morococha 152, Surquillo Hecho el Depósito Legal en la Biblioteca Nacional del Perú Nº - 2009-14534 Quedan terminantemente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares de la presente edición, bajo las sanciones establecidas en las leyes vigentes sobre la materia, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo público.


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