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LUNA NUEVA

ONCE MIRADAS A LA POESÍA COLOMBIANA

ANTOLOGÍA MÚLTIPLE


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LUNA NUEVA: ONCE MIRADAS A LA POESÍA COLOMBIANA


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Omar Ortiz Forero Compilador

Luna Nueva, once miradas a la poesía colombiana Antología múltiple

Tuluá, 2007


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LUNA NUEVA: ONCE MIRADAS A LA POESÍA COLOMBIANA

Luna nueva: once miradas a la poesía colombiana / Compilador: Omar Francisco Ortiz Forero; ilustrador Antonio Zamudio. -- Cali: Omar Francisco Ortiz Forero, Impresora Feriva, 2007. 190 p.: il.; 24 cm. ISBN 978-958-44-0884-6 1. Poesía colombiana – Colecciones. I. Ortiz Forero, Omar Francisco, comp. II. Zamudio, Antonio, il. Co861.08 cd 21 ed. A1118507 CEP-Banco de la República-Biblioteca Luis Ángel Arango

© Omar Ortiz Forero 2007 Luna Nueva Cra. 26 No. 27-60 Teléfono: (2) 224 4876 Tuluá (Valle) ISBN: 978-958-44-0884-6 Obras de carátula y separador: Antonio Zamudio Diagramación: Departamento Arte y Diseño de Feriva S.A. Impreso en los talleres gráficos de Impresora Feriva S.A. Calle 18 No. 3-33 PBX: 524 9009 www.feriva.com Cali, Colombia


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Contenido Luna Nueva, veinte años de complicidades

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EL PARAÍSO EN BLANCO Víctor López Rache

XII (En la cárcel) Canción del que fabrica los es espejos Carta en el buzón del viento Cercanía de la muerte La estación perenne Viajero Sequía Canción de la vida profunda

Carlos Obregón C. Obregón Juan Manuel Roca J.M. Roca Giovanni Quessep Eduardo Cote Lamus Fernando Charry Lara Aurelio Arturo Porfi rio Barba Jacob

14 15 16 17 18 19 20 21 22

MIS DIEZ POEMAS Juan Manuel Roca Epístola mortal Los desposados de la muerte Canción del ayer Presencia del ritmo Picardía angelical Amantes Nocturno Responso por la muerte de un burócrata Llanura de Tuluá Conversación con W. W.

Eduardo Carranza Porfi rio Barba Jacob Aurelio Arturo Luis Vidales Ciro Mendía Jorge Gaitán Durán Álvaro Mutis

25 29 31 32 34 35 36

Héctor Rojas Herazo Fernando Charry Lara Jaime Jaramillo Escobar

37 40 41


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POESÍA Y ALQUIMIA Orietta Lozano ¡Oh piedra! Regreso Qué noche de hojas suaves El deseo Me pierde la canción que me desvela Desnudo Li-Po La línea Lamento

Luis Vidales Laura Victoria Aurelio Arturo Héctor Rojas Herazo Giovanni Quessep Luis Aguilera Raúl Gómez Jattín Luz Helena Cordero Antonio Zibara

44 45 46 47 48 49 50 51 52

POEMAS QUE SE HAN QUEDADO GRABADOS EN LA MENTE Jaime Echeverry Balada del mar no visto, ritmada en versos diversos Tarde de verano Canto del extranjero Una carta rumbo a Gales El hueco Apólogo del Paraíso A Cali ha llegado la muerte Lluvias Si los muertos entierran tier tierran a los muertos (fragmento)

León de Greiff Luis Carlos López Giovanni Quessep Juan Manuel Roca Luis Vidales Jaime Jaramillo Escobar Emilia Ayarza Aurelio Arturo

55 57 58 61 62 63 64 67

Fernando Mejía Mejía

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ANTOLOGÍA PERSONAL Santiago Mutis El recluta E cantor (fragmento) El Imprecación del hombre de Kenya La casa entre los robles Testimonio Caravansary - Invocación Si mañana despierto Silva Salón Colonia Tierra dura

José Asunción Silva Aurelio Arturo Jorge Zalamea Héctor Rojas Herazo Fernando Charry Lara Álvaro Mutis Jorge Gaitán Durán Eduardo Cote Lamus Juan Manuel Roca Luis Aguilera

73 75 77 79 81 82 87 88 91 93


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DISCULPAS PARA ESCOGER UNOS POEMAS Gustavo Álvarez Gardeazábal La espera Nodriza Mujeres de otro día Soneto a Teresa Aviso a los moribundos Los inadaptados no te olvidamos, Marilyn Te hubiera amado Verde mar Albatros

Antonio Llanos Aurelio Arturo Arturo Camacho Ramírez Eduardo Carranza Jaime Jaramillo Escobar

96 97 98 100 101

Jotamario Arbeláez Fernando Charry Lara Meira del Mar Omar Ortiz Forero

104 106 107 108

TRAS UNA NUEVA LECTURA DE LA POESÍA COLOMBIANA Julián Malatesta Las dos cabezas La hora cobarde Sonetín Elegía a Leyla Kháled Cantos de hombres (final) Declaración de amor Estancias del tiempo En el cañón del Patía La lectura en tinieblas Una muchacha de San Petersburgo

Guillermo Valencia Porfi rio Barba Jacob León de Greiff Meira del Mar Aurelio Arturo Helcías Martán Góngora Juan Manuel Roca William Ospina Buitrago Jotamario Arbeláez Omar Ortiz Forero

111 114 117 118 120 122 123 124 126 127

LISTADO PLURAL Rómulo Bustos Aguirre En tono menor Luis Carlos López Cinematografía nacional Luis Vidales Morada al Sur Aurelio Arturo La noche de Jacob Héctor Rojas Herazo Mohirología Álvaro Mutis En la Luna que he contado Giovanni Quessep M Momentos José Manuel Arango Mester de ceguería Juan Manuel Roca Problemas de la estética contemporánea Jaime Jaramillo Escobar El disparo final en la Vía Láctea Raúl Gómez Jattín

131 132 133 137 143 146 147 148 149 151


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POESÍA DEL SIGLO XX EN COLOMBIA, UN SIGLO SEPULTADOS Álvaro Marín

Nocturno III (Formentera) –Alguien habla en el silencio El suburbio del ídolo Poema sin rima pero con metro Pájaro Nocturno de los marineros

José Asunción Silva Carlos Obregón Eduardo Cote Lamus Héctor Rojas Herazo Juan Manuel Roca Giovanni Quessep Emilia Ayarza

156 158 159 161 167 168 170

LECTURA PERSONAL Lucía Estrada Amén XXXVI Biblioteca de ciegos Jacob y el ángel Mi casa Casa de piedra

Álvaro Mutis José Manuel Arango Juan Manuel Roca Giovanni Quessep Felipe García Quintero Andrea Cote

174 175 176 177 178 179

CONSIDERACIONES SUPLEMENTARIAS Samuel Vásquez Una palabra Hombres se echan a las calles Parábola Razones del ausente

Álvaro Mutis José Manuel Arango Giovanni Quessep Darío Jaramillo Agudelo

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Luna Nueva, veinte años de complicidades Hace veinte años Ángela Lucía Chaguala, una muchacha de Tuluá, me hizo una propuesta insólita: “Hagamos una revista de poesía”, dijo. Creo que la miré como si estuviera loca, porque inmediatamente agregó: “Yo me encargo de conseguir la publicidad y tú te responsabilizas del contenido”. Y así, en un arrebato femenino, que ya se sabe son los que mueven el mundo, se gestó esta quijotesca tarea que parecía a todas luces imposible. Porque aun hoy, algunos incrédulos de oficio todavía fruncen el ceño al enterarse de que la revista tulueña ha resistido cuatro presidentes de la República y uno que repite, como afi rma el poeta Juan Manuel Roca exaltando la heroica periodicidad de la publicación en una geografía tan cercana a la violencia, a la sangre, y tan arisca a los asuntos del espíritu y la belleza. Pero es que los escépticos nunca cuentan con el valor de la amistad, ya que son precisamente los amigos y las amigas quienes hacen posibles los sueños, las fecundas labores de la imaginación. Sin ellos, sin los que desde un comienzo se solidarizaron con este empeño y sin los que se han ido sumando en la travesía, seguramente no hubiéramos podido avanzar más allá de los primeros balbuceos. Cómo no recordar la dedicación que María Isabel Borrero le entregó a la revista (luego de que Ángela Lucía abandonó la faena para dedicarse a tener hijas), cuando se le ocurrió pedirles a conocidos artistas que facilitaran sus trabajos para ilustrar las páginas de Luna Nueva y ella diagramó con paciencia de relojera los primeros veinte números, cuando ese trabajo era cuestión de bisturí y pegante, elementos con los que se iba armando lo que se llamaba el arte final.


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Cómo no mencionar la complicidad de Grace Price, quien se desempeñaba como funcionaria de la Imprenta Depar ta mental del Valle y donde levantábamos gratuitamente los tex tos que María Isabel convertía en páginas de poesía. Fue además fundamental para que llegáramos a esta celebración el acompañamiento de poetas como Antonio Correa, Juan Manuel Ponce, Juan Manuel Roca, María Mercedes Carranza (q.e.p.d.), Guillermo Bernal, Gabriel Arturo Castro, Celedonio Orjuela Duarte, Víctor López Rache, Samuel Vásquez, Fernando Rendón, Ángela García, Gabriel Jaime Franco, Norman Muñoz, Edgar Hernán Ramírez, Paulina Vinderman, Jaime Quezada, Luis la Hoz, Alberto Rodríguez Tosca, Rómulo Bustos, Felipe García Quintero, Horacio Benavides, Julián Malatesta, Eva Durán, Hernán Vargascarreño, Andrea Cote, Horacio Salas, José Ángel Leyva, Leticia Luna, Orlando López Valencia, Rafael del Castillo, Guillermo Linero, Ana Milena Puerta, Rodolfo Alonso, entre otros. De artistas plásticos que ilustraron algunos de nuestros números, entre ellos Fabián Rendón (q.e.p.d.), Omar Rayo, Antonio Zamudio, Leonel Góngora (q.e.p.d.), Kike Lalinde, Darío Villegas. Quiero aprovechar la efemérides para resaltar la generosa persistencia de J.J. Guzmán en estas ocupaciones, el arribo de Pionono González a esta comunidad de fantasiosos, y, cómo no, la siempre jodona fraternidad de Gustavo Álvarez Gardeazábal; y agradecer a los lectores de poesía y a los que apoyan económicamente con sus pautas este deber con la palabra, el que nos permitan tener tan queridos amigos, tan hermosas amigas y la alegría de constatar que a pesar de tanta barbarie, este mundo y este país valen la pena. Finalmente, debo referirme a esta particular antología que me sugirió el poeta Víctor López Rache, cuando en el lobby de un hotel bogotano apurábamos uno que otro whisky en el marco del encuentro “Alzados en Almas”, hace más o menos tres años y que acogí con entusiasmo. Ya que no se había hecho en Colombia una selección antológica de poemas, se les solicitó a doce poetas y narradores colombianos los diez poemas que en su personal gusto consideraran los mejores de la poética nacional a partir del siglo XX. Fruto de tal pedimento es el presente trabajo, donde los poetas y narradores convocados cumplieron a cabalidad con el encargo, salvo Meira del Mar, aquejada por inconvenientes maluquerías. A ella, nuestro cariño y respeto. En el material allegado se encuentran inevitables coincidencias que anotamos así: La estación perenne, de Eduardo Cote Lamus, enviado conjuntamente por Víctor López Rache y Gustavo Álvarez Gardeazábal; Canción


OMAR ORTIZ FORERO

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de la vida profunda, de Porfi rio Barba Jacob, seleccionado en común por Víctor López Rache y Orietta Lozano; Amantes, de Jorge Gaitán Durán, coincidió en los envíos de Juan Manuel Roca, Jaime Echeverri y Álvaro Marín; Responso por la muerte de un burócrata, de Héctor Rojas Herazo, escogido a la vez por Juan Manuel Roca y Samuel Vásquez; Llanura de Tuluá, de Fernando Charry Lara, coincide en los poetas Juan Manuel Roca, Lucía Estrada y Samuel Vásquez; El deseo, del mismo Rojas Herazo, también fue coincidente en las poetas Orietta Lozano y Lucía Estrada; Si mañana despierto, de Jorge Gaitán Durán, fue del gusto común de Santiago Mutis, Lucía Estrada y Samuel Vásquez; Cinematografía nacional, de Luis Vidales, fue señalado por Rómulo Bustos y Álvaro Marín, que coinciden también con Morada al Sur Sur, de Aurelio Arturo, junto a Lucía Estrada; Mester de ceguería, de Juan Manuel Roca, fue concurrente en Rómulo Bustos y Samuel Vásquez. Es necesario precisar que en las coincidencias registradas se publica el primer poema recibido y que el orden de aparición de los convocados en el libro tiene que ver con el orden de llegada de los textos solicitados. Se les ofrece entonces a los amantes y estudiosos de la poesía un invaluable texto, múltiple y cambiante, como una especie de calidoscopio poético que dialoga entre sí en una maravillosa galería de espejos que nos atrapa y sorprende. OMAR ORTIZ FORERO Tuluá, marzo 6 de 2007


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El paraíso en blanco Víctor López Rache Los poemas que he seleccionado son los que sé de memoria, o los que estoy tratando de no olvidar. Tal vez persisto en llevarlos conmigo porque, desde el colegio, he oído que la poesía es la única actividad que puede expresar el mundo desconocido y anima a emprender los caminos de la curiosidad. Claro, la memoria exige unos requisitos: misterio, ritmo, unidad, mensaje, y una extensión no superior a dos páginas de una libreta de bolsillo, donde los poemas pueden invernar mientras se van tornando parte de la vida. Además, la memoria es imposible sin la ayuda de los sentidos. Entonces, los poemas deben causarme algún resquemor en la sensibilidad. La gratitud a mis primeras lecturas me alentó a incluir la Canción de la vida profunda, a cambio de mejores poemas del mismo autor y de otros autores; pero superiores a mi limitada memoria. La ausencia de textos de escuelas y personajes que han moldeado la imaginación colombiana no se debe a los cambios inevitables que van afrontando las generaciones. Se debe a la injusticia de mi memoria con las personalidades que perduran a través de antologías obedientes al gusto ocasional, a la comprensible admiración al talento familiar y, sobre todo, a través de la visión excluyente de los cómplices culturales de los sucesivos gobiernos. La memoria, también, nos vuelve extremistas. Había seleccionado un famoso poema de amor, de un autor de Mito; pero, a última hora, mi memoria me aconsejó dejarlo en paz, porque casi confunde la atmósfera y tres versos con el sello poético de un Nobel latinoamericano. A las anteriores falencias se suma la naturaleza extraña de la memoria: cuando no le falta autoestima le sobra egoísmo. Por eso, los que deben completar la decena de poemas sugerida por Luna Nueva son autoría de poetas nacidos a partir de los cincuenta. Pero el lector de sensibilidad justa y memoria serena los puede adivinar. Finalmente, la memoria humana no es el paraíso en blanco que espera llenarse con textos de autores sobrados de pública inmortalidad.


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XII Extranjero: esta es la pasión del ángel: despertarse en la ribera del instante, solitario entre las palabras y las piedras. Cuando sólo existe el árbol de la noche, nos basta lo que existe y el tiempo son las torres que enfrente al mar esperan el exilio nocturno de los viajes, el silencio del claustro. Su voz son estas cosas, estas horas que hablan con el sol del verano, retornando en la tarde a su nombre duro y verdadero como retorna en los oídos la violencia del viento o el mar que nos invade. He aquí el tiempo de las manos renovado en la noche cuando la palabra muere. Escucha: entre la yerba, la santidad del mundo y las preguntas hoy cantan la soledad de cada paso. Vivir es ser su cuerpo, que la mirada viaje en su distancia como un ave sin rumbo entre las rocas y luego irse, exiliado, y más allá de la piel, desde las torres, desde el mar hasta el ángel ser la ruta del viento, alejarse y perderse en el silencio que nos puebla. Extranjero: el ruido del bosque es el poder de un solo instante, el nacimiento de las voces que te hablan. Quien se habita es el desierto: su soledad es nuestra. CARLOS OBREGÓN


VÍCTOR LÓPEZ R ACHE

[En la cárcel] En la hora en que mueren los malditos, los huesos lanzan un vasto grito de ceniza mientras gime el viento bonachón y enorme con un hosanna blanco de rebeldes palomas. Quieta la noche, del aire apenas viene un sonido cansado de barcos que se alejan y hogares donde se ama, un sonido que crece hacia adentro hasta tocar el alma. Giran las sombras, voy hasta mí mismo, me persigno y elevo las palabras. Esta noche de ascuas enlutadas, me basta la pupila en la celda donde fumo una pipa de hartura y de deseo y luego, respira un hondo espacio salir del tiempo, estar bajo otro cielo. Basta el viento y poseer su origen. Aquí, sin nadie, entre estos muros. CARLOS OBREGÓN

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Canción del que fabrica los espejos Fabrico espejos: Al horror agrego más horror, Más belleza a la belleza. Llevo por la calle la luna de azogue: El cielo se refleja en el espejo Y los tejados bailan Como un cuadro de Chagall. Cuando el espejo entre en otra casa Borrará los rostros conocidos, Pues los espejos no narran su pasado, No delatan antiguos moradores. Algunos construyen cárceles, Barrotes para jaulas. Yo fabrico espejos: Al horror agrego más horror, Más belleza a la belleza. JUAN M ANUEL ROCA


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VÍCTOR LÓPEZ R ACHE

Carta en el buzón del viento Sin saber para quién, Envío esta carta puesta en el buzón del viento. Oscuros hombres han merodeado a mi puerta Con gabanes abultados por la escuadra de una lugger, Y en la noche, mientras leía a mis viejos poetas enlunados, Una legión de sombras ha roto mi ventana. No son duendes. No son fantasmas los habitantes de este ebrio rincón del mundo, Y sin embargo, Nos hemos visto dando nombres propios a un vacío: Hay un poblado de hombres desaparecidos Y es frecuente escuchar en las calles y en los bares A las gentes que hablan de abandonar un país como un barco que [naufraga. Sin saber para quién, Escribo esta carta puesta en el buzón del viento, Desde una nación donde alguien proscribe el sueño, Donde gotea el tiempo como lluvia envilecida Y la risa es condenada por traición a los espejos. No sé a quién pedirle que abra su ventana Para que entre esta carta puesta en el buzón del viento. JUAN M ANUEL ROCA


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Cercanía de la muerte El hombre solo habita Una orilla lejana Mira la tarde gris cayendo Mira las hojas blancas Rostro perdido del amor Apenas canta y mueve La rueda del azar Que lo acerca a la muerte Extranjero de todo La dicha lo maldice El hombre solo a solas habla De un reino que no existe GIOVANNI QUESSEP


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VÍCTOR LÓPEZ R ACHE

La estación perenne Tu cuerpo desnudo brilla bajo los relámpagos como antes bajo mis manos. Todas las estaciones están en tu cuerpo. La primavera comienza su esplendor en tu abrazo y concluye en tu boca entreabierta, exultante. Todos los ríos del mundo están en tu cuerpo, confluyen en ti en el momento en que el animal más bello del bosque —el ciervo, por ejemplo— bebe de ti y se contempla. Tu piel es el límite del fuego donde se refugia el ardor del verano. Rojas llamas te inundan. Se mezclan los elementos y tu cuerpo se curva, hay más aire en tu boca y mi cuerpo sediento busca en ti salida, la libertad, los deseos. Se anudan en ti los olivos del mundo y ardes como una lámpara. Somos un cuerpo solo luchando contra la muerte. El otoño se riega en tu cuerpo como vino rojo en la mesa. Tus muslos descansan en el borde del mundo. Vuela una paloma de tu pecho a mis manos. Después miramos los dos, de alegría cansados, como a chimenea en invierno, el fuego pasado y tu piel que brilla bajo los relámpagos. EDUARDO COTE LAMUS


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Viajero La extrañeza del lugar aunque lo imaginaba. Lo interminable del instante y lo áspero. Un comedor vasto como el hastío. Mas aquí, en reposo, el mudo mantel, el atardecer junto a la sombra de los recuerdos en el rostro. Obstinada la hora le encierra, solitario, y al hermano que llora bajo sus pensamientos. Un sitio siempre ajeno como el amor, un lento salón que a los fantasmas del viaje, en bandadas, aparece de súbito con lámparas y memorias. Conversaciones, alas, palabras apenas, rumor en torno. Una cucharada a los labios con un remordimiento y sobre la mesa, inmóvil, desconocida, la silenciosa blancura de sus manos. Quisiera despertar de entre los muertos mientras la hora sórdidamente huye. Lo piensa mientras a su alrededor la mosca del sueño, el periódico, el volumen ardiente de una falda, no importa qué cuerpos o miradas, la tenaz ola de melancolía también les llega, y en procesiones nocturnas los huéspedes no duermen sino avanzan con equipajes, entre espejos y blancos uniformes, sonrientes, solos, sonámbulos, por carrileras, a pie, enlunados, al subterráneo final de los trenes sin nadie. FERNANDO CHARRY LARA


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VÍCTOR LÓPEZ R ACHE

Sequía Porque la sed había herido toda cosa, todo ser, toda tierra de hombres… Y nunca más volvería la lluvia. Y moría la aldea en el silencio de bronce. Los flacos perros alargaban sus lenguas [hasta las galaxias. ¿Y sólo en secreto saben hablar los bosques? Y la sed enseñaba palabras procaces, era un recuerdo de savias y frutas, era un lirio de hielo abierto en todo el cielo. Y dijo el hombre: aquí junto a mi lecho perros de sed y fuego saltan a mi garganta... Pero más allá de las lontananzas oigo venir la lluvia danzando jubilosa con violetas y rosas, la siento venir en distancias de años, sus pies menudos, finos y saltarines. Si lloviera en la aldea, sobre los valles que bostezan secos, si lloviera sobre las alfombras del monte, sobre la noche de rocas amarillas. Una delgada aguja había, perdida, en la profusa sombra, una agujita de agua. Y la joven madre cobriza inclinada y desnuda como hoja de plátano, prendido de sus senos tiene un hijo de barro, otros días los cielos tímidos descendían a picotear los granos en su palma de greda. ¿Dónde el agua desnuda, el agua que brilla y canta? El agua es en la noche como una luz opaca. Y esa palabra húmeda sonando lejos en el monte. Ese fresco tambor no se sabe en dónde. AURELIO ARTURO


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Canción de la vida profunda El hombre es cosa vana, variable y ondeante... Mont aigne

Hay días en que somos tan móviles, tan móviles, como las leves briznas al viento y al azar. Tal vez bajo otro cielo la gloria nos sonríe. La vida es clara, undívaga y abierta como un mar. Y hay días en que somos tan fértiles, tan fértiles, como en abril el campo, que tiembla de pasión: bajo el influjo próvido de espirituales lluvias, el alma está brotando florestas de ilusión. Y hay días en que somos tan plácidos, tan plácidos... –¡niñez en el crepúsculo!, ¡lagunas de zafi r!– que un verso, un trino, un monte, un pájaro que cruza, y hasta las propias penas nos hacen sonreír. Y hay días en que somos tan sórdidos, tan sórdidos, como la entraña oscura de oscuro pedernal: la noche nos sorprende con sus profusas lámparas, en rútilas monedas tasando el Bien y el Mal. Y hay días en que somos tan lúbricos, tan lúbricos, que nos depara en vano su carne la mujer; tras de ceñir un talle y acariciar un seno, la redondez de un fruto nos vuelve a estremecer. Y hay días en que somos tan lúgubres, tan lúgubres, como en las noches lúgubres el llanto del pinar. El alma gime entonces bajo el dolor del mundo, y acaso ni Dios mismo nos pueda consolar. Mas hay también, ¡oh Tierra!, un día... un día.. un día en que levamos anclas para jamás volver... Un día en que discurren vientos ineluctables. ¡Un día en que ya nadie nos puede retener! PORFIRIO BARBA JACOB


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Mis diez poemas Juan Manuel Roca Al intentar elegir los diez poemas que más me gustan de la poesía colombiana del siglo XX, un verdadero “tour de force”, un pedido al que sólo cedo por ser una propuesta de Luna Nueva, me veo repasando libros y antologías, desempolvando versos y sensaciones. Es una difícil prueba que acepto con intenciones de ser justo en mis apreciaciones, aun si provienen de poetas que me presentan dificultades de lectura en la totalidad de su obra. Sin orden cronológico ni de preferencias señalo los diez poemas: 1. Epístola mortal, de Eduardo Carranza, alguien cuya poesía no estimo, pero que en la madurez de su vida escribió este conmovedor poema, sin la sacarina habitual de sus versos. Es una enternecedora visión de la muerte y de la fugacidad del tiempo. 2. Los desposados de la muerte, de Porfi rio Barba Jacob, cuyo tono evocador y despojado de vocablos estentóreos tiene un acento que repercutirá en algunos poemas de Aurelio Arturo. 3. Canción del ayer ayer, de Aurelio Arturo, uno de los más bellos poemas de la lengua, que hablando de la música es música en sí misma y donde, como en el poema de Barba, los nombres propios de personas cercanas son exaltados a un plano mitológico. 4. Presencia del ritmo, de Luis Vidales, un poeta al que sólo se ha atendido en su libro vanguardista de 1926 ante la pobreza total de sus versos inscritos en el realismo socialista, pero que tiene una zona mal explorada en la que hay poemas de gran belleza como el que elijo. 5. Picardía angelical, de Ciro Mendía, porque dentro de la misma estirpe burlesca de Luis Carlos López, pero con mayor sutileza, logra un poema que mezcla cierta inocencia y una mirada perversa a la vez, para señalar el erotismo de un ángel.


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6. Amantes, de Jorge Gaitán Durán, porque es quizá el primer poema erótico que en Colombia asume un lenguaje moderno, lejos de cierto parnasianismo que aparece en Rash Isla o en Barba Jacob y en tantos otros antecedentes, cuando tratan el amor corporal. 7. Nocturno, de Álvaro Mutis, un espléndido y rumoroso poema que no sólo describe nuestra geografía física sino también espiritual. Es quizá, junto a Morada al sur sur, de Arturo, el poema que mejor exalta nuestro paisaje. 8. Responso por la muerte de un burócrata, de Héctor Rojas Herazo, que es como un aguafuerte de la vida y de la muerte del hombre corriente, de los mendrugos que entrega la existencia gris de un oficinista. Es un poema estremecedor, entre amoroso y burlesco, quizá un réquiem por la vida cotidiana cuyo tono aparecerá después en el poema de Jaime Jaramillo Escobar (X-504) titulado Aviso a los moribundos. 9. Llanura de Tuluá, de Fernando Charry Lara, por la atmósfera de trágica belleza suscitada ante la presencia de una pareja muerta, hombre y mujer, vistos al borde de una carretera. Es un cuadro de la violencia sin rastro y sin rostro, que me resulta el poema más inquietante de tan amargo y difícil tema en Colombia. 10. Conversación con W.W W.W., de Jaime Jaramillo Escobar. Un coloquio con Whitman le sirve para hacer burlas de la prepotencia del hombre y de la zoología o heráldica que se supone lo engrandece. Una verdadera pieza maestra de la poesía coloquial.


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JUAN M ANUEL ROCA

Epístola mortal Leopoldo Panero, in memoriam ...y no hallé cosa en qué poner los ojos que no fuese recuerdo de la muerte. Quevedo

Miro un retrato: todos están muertos: poetas que adoró mi adolescencia. Ojeo un álbum familiar y pasan trajes y sombras y perfumes muertos. (Desangrados de azul yacen mis sueños). El amigo y la novia ya no existen: la mano de Tomás Vargas Osorio que narraba este mundo, el otro mundo... la sonrisa de la Prima Morena que era como una flor que no termina desvanecida en alma y en aroma... Cae el Diluvio Universal del tiempo. Como una torre se derrumba todo. ...“Las torres que desprecio al aire fueron”... Voy andando entre ruinas y epitafios por una larga vía de cipreses que sombrean suspiros y sepulcros. Aquí yace mi alma de veinte años con su rosa de fuego entre los dedos. Aquí están los escombros de un ensueño. Aquí yace una tarde conocida. Y una rosa cortada en una mano y una mano cortada en una rosa. Y una cruz de violetas me señala la tumba de una noche delirante... Ojeo el “Cromos” de los años treinta: lánguidas señoritas cuyos pechos salían del “Cantar de los Cantares”, caballeros que salen del fox-trot, sonreídos, gardenia en el ojal (y tú, patinadora, ¿a quién sonríes?).


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LUNA NUEVA: ONCE MIRADAS A LA POESÍA COLOMBIANA

Y esos rostros morenos o dorados que amó un niño precoz perdidamente. Amigos, mis amigos, mis amigos, compañeros de viaje y no-me-olvides: Teresa, Alicia, Margarita, Laura, Rosario, Luz, María, Inés, Elvira... con sus pálidas caras asomadas en las ventanas desaparecidas... Panero, Souvirón y Carlos Lara, Pablo Neruda y Jorge Zalamea, Jorge Gaitán y Cote y Julio Borda, Mario Paredes, Mallarino, Alzate... en sus asientos desaparecidos: están aquí, no están, pero sí están: (¡oh margarita gris de los sepulcros!)... ... “Sólo que el tiempo lo ha borrado todo como una blanca tempestad de arena”. El que primero atravesó el océano volando solo, solo con su arcángel, y aquel en cuya frente ardía ya el incendio maldito de Hiroshima, los guerreros que al aire alzan el brazo y la palabra libre como un águila y aviones y estandartes y legiones pasan cantando, pasan, ya van muertos: adelante la muerte va a caballo, en un caballo muerto. La tierra es un redondo cementerio y el cielo es una losa funeral. El Nuncio, el Arzobispo, el Santo Padre hacia su muerte caminando van: nadie les grita: ¡detened el paso! que ya estáis a la orilla: el precipicio que cae sobre el Reino del Espanto y en cada paso vais hacia el ayer y de un momento a otro cae el cielo hecho trizas sobre vuestras altezas... Somos arrendatarios de la muerte. (A nuestra espalda, sigilosamente cuando estamos dormidos,


JUAN M ANUEL ROCA

sin avisarnos se urden muchas cosas como incendios, naufragios y batallas y terremotos de iracundo puño... que de repente borran de este mundo el rostro del ahora y del ayer, llámase amor o sangre y ojos negros... Y nadie nos había dicho nada. Alguien sabe el revés de los tapices, digo, de vuestra vida, y es el otro, el fantasma, quien lo teje...). Las niñas de Primera Comunión de cuyas manos vuela una paloma, las blancas novias que arden en su hoguera, días y bailes, reyes destronados y coronas caídas en el polvo, la manzana y el cámbulo, el turpial, el tigre, la venada, los pescados, el rocío, mi sombra, estas palabras: ¡todo murió mañana! ya está muerto. El polvo es nuestra cara verdadera. Los presidentes y los generales asomados al sueño del poder sobre un río de espadas y banderas llevados por las manos de los muertos, el agua, el fuego, el viento, la sortija, los ojos que ofrecían el infinito y eran dueños de nada, los cabellos, las manos que soñaban... ¡“fueron sino rocío de los prados”! La Dama Azul, las flores, las guitarras, el vino loco, la rosa secreta, el dinero como un perro amarillo, la gloria en su corcel desenfrenado y la sonrisa que ya es ceniza, el actor y las reinas de belleza con su cetro de polvo, el bachiller, el cura y el doctor recién graduados que sueñan con la mano en la mejilla: muertos están, si que también las lágrimas: Todo fue como un vino derramado

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LUNA NUEVA: ONCE MIRADAS A LA POESÍA COLOMBIANA

en la porosa tierra del olvido. Tanto amor, tanto anhelo, tanto fuego: dime, oh Dios mío, ¿en cuál mar van a dar? “¿Los yunques y troqueles de mi alma trabajan para el polvo y para el viento?” Por el mar, por el aire, por el llano, por el día, en la noche, a toda hora, vienen vivos y muertos, todos muertos, y desembocan en el corazón donde un instante salen a las flores, los labios delirantes y las nubes y siguen tiempo abajo, sangre abajo: ¡somos antepasados de otros muertos! Todo cae, se esfuma, se despide, y yo mismo me estoy diciendo adiós y me vuelvo a mirar, me dejo solo, abandonado en este cementerio. Allá mi corazón está enterrado como una hazaña luminosa y pura. Miro en torno, los ojos entornados: todos estamos contra el paredón: sólo esperamos el tiro de gracia: todos estamos muertos, muertos, muertos: los de ayer, los de hoy, los de mañana... sembrados ya de trigo o de palmeras, de rosales o simplemente yerba: nadie nos llora, nadie nos recuerda. Sobre este poema vuela un cuervo. Y lo escribe una mano de ceniza. EDUARDO CARRANZA


JUAN M ANUEL ROCA

Los desposados de la muerte Michael Farrel ardía con un ardor puro como la luz. Sus manos enseñaban a amar los lirios y sus sienes a desear el oro de las estrellas. En sus ojos bullían trémulas luces oceánicas. Sus formas eran el himno de castidad de la arcilla, suave y fragante y musical. Bajo sus bucles rubios, undosos y profusos, parecían temblar las alas de un ángel. Emiliano Atehortúa era muy sencillo y traía una infantilidad inagotable. Su adolescencia láctea, meliflua y floreal, fluía por las escarpas de mi madurez como fluye por el cielo la leche del alba. Cuando le vi en el vano ejercicio de la vida me pareció que me envolvía el rumor de una selva y me inundó el corazón la virtud musical de las aguas. Hay almas tan melódicas como si fueran ríos o bosques en las orillas de los ríos. Guillermo Valderrama era indolente y apasionado. Como un licor de bajo precio, la vida le produjo una embriaguez innoble. Sus formas pregonaban el triunfo de una estirpe. Había en su voz un gluglú redentor y su amante le llamó una vez “el Príncipe de las hablas de agua”. Leonel Robledo era muy tímido bajo una apariencia llena de majestad. En el recóndito espejo de su ternura se le reflejaba la imagen de una mujer. Toda su fuerza era para el ensueño y la evocación. Le vi llorar una vez por males de ausencia y me dije: hay una tempestad en una gota de rocío, y, sin embargo, no se conmueven los luceros...

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Stello Ialadaki era armonioso, rosáceo, azulino, como los mares de Grecia, como las islas que ellos ciñen. Efundía del mundo algo irreal, risueño, fantástico. Se le veía como marchando de las playas de ensueño que rozaron las quillas de Simbad el Marino, hacia las vagas latitudes por donde erró Sir John de Mandeville. Cuando le conocí tuve antojo de releer la Odisea, y por la noche soñé en el misterio de las espigas. ¡Evanaam! ¡Evanaam! Juan Rafael Agudelo era fuerte. Su fuerza trascendía como los roncos ecos del monte a los pinos. Alma laboriosa, la soledad era su ambiente necesario. Sus ilusiones fructificaban como una floresta oculta por los tules del “todavía-no”. Sus palabras revelaban la fuerza de la realidad, y sus actos tenían la sencillez de un gajo de roble. PORFIRIO BARBA JACOB


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Canción del ayer Un largo, un oscuro salón rumoroso cuyos confines parecían perderse en otra edad balsámica. Recuerdo como tres antorchas áureas nuestras cabezas inclinadas sobre aquel libro viejo que rumoraba profundamente en la noche. Y la noche golpeaba con leves nudillos en la puerta de roble. Y en los rincones tantas imágenes bellas, tanto camino soleado, bajo una leve capa de sombra luciente como terciopelo. La voz de Saúl me era una barca melodiosa. Pero yo prefería el silencio, el silencio de rosas y plumas, de Vicente, el menor, que era como un ángel que hubiese escondido su par de alas en un profundo armario. Mas, ¿quién era esa alta, trémula mujer en el salón profundo? ¿Quién la bella criatura en nuestros sueños profusos? ¿Quizá la esbelta beldad por quien cantaba nuestra sangre? ¿O así, tan joven, de luz y silencio, nuestra madre? O acaso, acaso esa mujer era la misma música, la desnuda música avanzando desde el piano, avanzando por el largo, por el oscuro salón como en un sueño. (A ti, lejano Esteban, que bebiste mi vino, te lo quiero contar, te lo cuento en humanas, míseras palabras: Cuando estás en la sombra, cuando tus sueños bajan de una estrella a otra hasta tu lecho, y entre tus propios sueños eres humo de incienso, quizá entonces comprendas, quizá sientas, por qué en mi voz y en mi palabra hay niebla). Un largo, un oscuro salón, tal vez la infancia. Leíamos los tres y escuchábamos el rumor de la vida, en la noche tibia, destrenzada, en la noche con brisas del bosque. Y el grande, oscuro piano, llenaba de ángeles de música toda la vieja casa. AURELIO ARTURO


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Presencia del ritmo No era un recuerdo, era un perenne ritmo cayendo, pálido, entre la voz y el sueño. Interesando a las cosas o dándoles su color, manso, cayendo, fluyendo, con su olvido persistente de días lejanos, cielos claros, noches de amor, otras vidas vividas. No. Era solo, limpia, insinuantemente, un ritmo. Era un ritmo, no más, entre la palabra y el silencio. Actuante, tenaz, indicativo, hablando acaso de mil presencias muertas, un grito sin saliva, un apretón de manos, ¿en qué planeta?, un cruce de caminos, ¡qué sé yo!, la cadencia del llanto o sangre blanca. Pero no. No era llanto o grito, era solamente un ritmo. Era tan sólo un ritmo, algo sin valor o casi nada. Sin oficio en la razón o en la fecha de algún gozo. Lejos de cuanto está aquí y al tocarlo ya no es. La nube, el paso, el agua, el gran periódico del Cosmos. Ninguna de esas minucias. Era un ritmo tan solo. No era una orden de triunfo o derrota. Era un gozoso, manso ritmo cayendo sobre el nocturno vigilante de la sangre, sin el tropiezo de la noche verdadera del pie ciego. No era un azar, nada aleatorio ni inseguro. Era un ritmo, era tan solo un ritmo limpio y generoso. No era una música adormecida o despierta de otro tiempo. Ningún recuerdo en mí de viejas marchas crecidas. No era odio o amor, interés o abandono o el saber llevar [un nombre como una inscripción o anticipo de lápida a la manera de [todos. No. Era un ritmo, un dulce ritmo visitante, solo un ritmo. No era voz de hambre o hartazgo ni esa alusión premonitoria de llevar tierra en las plantas y cielo en nuestros ojos.


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JUAN M ANUEL ROCA

No era modestia, no era tolerancia de nuestra condición de [presos ni siquiera el estar solo en ese punto del ser donde alguien [aúlla. Era sencillamente un ritmo, sin dolor ni hambre ni sed. Digo, repito, me ha llegado un ritmo esta mañana. Un ritmo sin congoja que ignora el afán, ni exige lucha ni [trabajo ni la tristeza de abotonarse y desabotonarse en una vida, ni si es condición del ser humano morder con la palabra. No es dulce ni es amargo, violento o suave, alegre o triste. Es un ritmo, un ritmo, y ahora ha venido a mi compañía.

LUIS VIDALES


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Picardía angelical Siempre cuando la amada resolvía desnudarse y al lecho irse cansada, el Ángel de la Guarda, qué bobada, de la alcoba al momento se salía. Loco por ver su desnudez rosada mirar por las rendijas sólo hacía, y si caer las ropas él oía, lucía al punto un ala chamuscada. Cierta noche aquel ángel inocente en un espejo vio desnudo, ardiente, ese cuerpo de Venus dominguera. Y del amor oyendo su consejo, esperó que la dama se durmiera, tornó a la alcoba y se llevó el espejo. CIRO M ENDÍA


JUAN M ANUEL ROCA

Amantes Somos como son los que se aman. Al desnudarnos descubrimos dos monstruosos desconocidos que se estrechan a tientas, cicatrices con que el rencoroso deseo señala a los que sin descanso se aman: el tedio, la sospecha que invencible nos ata en su red, como en la falta dos dioses adúlteros. Enamorados como dos locos, dos astros sanguinarios, dos dinastías que hambrientas se disputan un reino, queremos ser justicia, nos acechamos feroces, nos engañamos, nos inferimos las viles injurias con que el cielo afrenta a los que se aman. Sólo para que mil veces nos incendie el abrazo que en el mundo son los que se aman mil veces morimos cada día. JORGE GAITÁN DURÁN

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Nocturno Respira la noche, bate sus claros espacios, sus criaturas en menudos ruidos, en el crujido leve de las maderas, se traicionan. Renueva la noche cierta semilla oculta en la mina feroz que nos sostiene. Con su leche letal nos alimenta una vida que se prolonga más allá de todo matinal despertar en las orillas del mundo. La noche que respira nuestro pausado aliento de vencidos nos preserva y protege “para más altos destinos”. ÁLVARO MUTIS


JUAN M ANUEL ROCA

Responso por la muerte de un burócrata Se te ha borrado súbitamente el mundo como la lámpara que trasladan a otro aposento. Ahora son tus tres eternidades de sombra pues tus sentidos se enfrentan a una nueva inocencia. Déjame, hermano mío, humedecer mi alma con la lluvia de tus células bajo la piedra. Déjame ahora aspirar el olor que tuviste un domingo, el olor de tu traje ese domingo con lilas, cuando descubriste, con ternura parecida al remordimiento, la cintura de tu mujer al desnudar una naranja frente al retrato de tu padre. Déjame recordar el puntito de grasa en tu corbata de hombre numerado cuando acariciabas la silueta de una artista de cine con tus dedos azorados en la gaveta del escritorio. Déjame, ¡oh, burócrata!, llorar por tus quincenas atrasadas y tus piyamas demasiado sucias y por las imperceptibles cicatrices que dejaron en tu rostro las sucesivas liturgias del jabón y la cuchilla de afeitar. Porque ahora eres profundo y hermoso como un camino recordado desde otro país. Ya no buscarás tu nombre, hermano mío, con tu apellido equivocado, en la modesta narración de un cumpleaños en el último rincón de un periódico. Ni alisarás el cristal de tus lentes mientras un monarca de papeleta te amonesta por el pecado de retrasarte contemplando la mañana perfumada por el mugido de los eucaliptos. Ni llorarás por la huella de las estaciones sobre un adiposo libro de contabilidad. Ahora, pariente delicado del gusano y el ángel, te disuelves levemente mientras el calendario revolotea sin sentido sobre las excrecencias farmacéuticas que dejaste sobre tu lecho. Ya ha terminado el suplicio de los ruidos y los sabores que circundaron la monotonía de tus sesenta años. Ahora –hombre alimentado por tantos y tan diminutos mendrugos– has alcanzado, ¡por fin!, la gloria de la putrefacción

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pues tu nombre es apenas un poco de tinta que deshace la lluvia sobre el cartel de una esquina o la rúbrica dibujada en el papelito que acaban de arrojar a la canasta de los desperdicios. ¡Qué lejos, ahora, tu mechón sobre la frente y la furiosa erección de tus células cuando olfateabas el abrigo de una secretaria abandonado en el lavabo de tu oficina! ¡Qué lejos ahora la fruta al mediodía, la revista semanal bajo la axila y el zumbido de las moscas en tu ventana de convaleciente! ¡Qué distante queda ahora de ti el cinematógrafo de tu barrio y la solterona que todos los días espera frente a tu puerta el bus de las tres de la tarde! ¡Qué absurda te debe resultar en la cal del silencio la distancia que media entre tus párpados y la mejilla del amigo cuando escuchabas la súplica de un préstamo a la puerta de un ministerio! Acá has dejado la hojarasca de tus tarjetas timbradas, las medias zurcidas en la maleta de tu tía, la palabra tul que pronunciabas cuando estabas triste. Acá has dejado un bulto vago, la memoria de una tos, el gesto de tu mandíbula cuando presentías el ácido de un limón en la vitrina de un restaurante. Desde tu ausencia, desde la estrella que empieza a temblar en la penumbra de tus zapatos con tacones comidos, te veo ahora, poderoso y desnudo como la madera, eterno ya, tranquilo, con el paraíso conquistado a través del purgatorio de tus copulaciones solitarias. Te veo –¡oh, dolorosamente extraño; oh, dulcísimo niño mío!– en un círculo donde la destrucción tiene la belleza y el orden que hace vibrar el oculto lirio de las estatuas. Te veo, aureolado por un ascua magnífica, en el centro de tu gran llaga,


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santificado por la crepitación de tus líquenes, impartiendo un nuevo ritmo a la lombriz y al estiércol. Y acá arriba, ¡Dios mío, acá arriba!, entre árboles y casas e impalpable ceniza, tu nómina buscándote como un perro enlutado. H ÉCTOR ROJAS H ERAZO

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Llanura de Tuluá Al borde del camino, los dos cuerpos, uno junto al otro, desde lejos parecen amarse. Un hombre y una muchacha, delgadas formas cálidas tendidas en la hierba devorándose. Estrechamente enlazando sus cinturas aquellos brazos jóvenes, se piensa: soñarán entregadas sus dos bocas, sus silencios, sus manos, sus miradas. Mas no hay beso, sino el viento, sino el aire seco del verano sin movimiento. Uno junto del otro están caídos, muertos, al borde del camino, los dos cuerpos. Debieron ser esbeltas sus dos sombras de languidez adorándose en la tarde. Y debieron ser terribles sus dos rostros frente a las amenazas y los relámpagos. Son cuerpos que son piedra, que son nada, son cuerpos de mentira, mutilados, de su suerte ignorantes, de su muerte, y ahora, ya de cerca contemplados, ocasión de voraces negras aves. FERNANDO CHARRY LARA


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Conversación con W. W. “El sapo es una obra maestra de Dios” Walt Whit man

Viejo, no te burles, que Dios hizo lo que pudo. Además, el sapo no es la medida de Dios, evidentemente, pues el elefante es un monstruo más grande con su larga nariz, y el hombre un monstruo todavía más grande, por tador a dos manos de [su alto falo, de cuya punta beben las jirafas del crimen, y quien, no contento con su estatura, ha levantado estatuas suyas gigantescas sobre altísi mos pedestales, pero entonces se han levantado también estatuas de Dios igualmente altas y arrogantes, ya que Él no quiere ser menos que el hombre. ¿Y has visto en cambio a los sapos u otros animales levantándose a sí mismos monumento alguno o siquiera una tumba? Sólo tienen estatuas los animales que el hombre ha tomado por compañeros, como el caballo, y eso porque aparece montado encima de él para hacer más alto su pedestal; y el perro por la comprensión sexual que hay entre los tres: Dios, [perro y hombre. Y las figuras de águilas y de leones porque el hombre siempre ha aspirado a ser un animal feroz y de rapiña; eso, claro, lo sabemos, pero la hormiga no reconocería un monumento a su laboriosidad, ni la abeja un monumento a la hormiga, y menos la rana: no la nombres, la pobre rana que se pasa gritando en las lagunas para decir que está allí, igual que tú y que Dios, que es el que más grita. Pobrecito Dios, ¡y tú burlándote! Si creó a los poetas, ¿por qué no podía crear también la rana? ¿No creó a la tortuga?


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¿y al armadillo que es una tortuga torturada? ¿Es que Dios no creó sino sólo monstruos? ¿Y qué otra cosa podía hacer? Dices que tu amante no es un monstruo, pero yo le veo diez uñas [afiladas, y un pene como una sanguijuela pegado a ti toda la noche; [no charles, Walt, tómate esa cerveza sin mojarte la barba, viejo marrullero, andando empeloto por las calles de Manhattan delante de los aprendices durante un sueño que tuviste una noche cuando te acostaste un poco ebrio. Conque la rana es una obra maestra de Dios, ¿no? ¡Entonces, yo también! Y si yo soy una obra maestra de Dios, entonces Dios tiene que ser muy pequeño, un artista muy malo, francamente. JAIME JARAMILLO ESCOBAR


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Poesía y alquimia Orietta Lozano “Toma mi corazón, que sea lavado”. Estas palabras las enuncia el poeta para ofrecerse; los poetas escriben deviniendo ciclones, ballenas, agua, niebla, infierno, cielo. Hay que olvidar el rostro, inventar el rostro de todo un pueblo: “Yo soy otro”. El poeta se abre a una suerte de transmutación, su propio ser es habitado por todas las cosas, por todos los misterios del universo. No siempre la palabra justa es verdad en la poesía; es necesario un ritornello, una vibración extraña, misteriosa, la alquimia de todas las voces que rondan otros territorios, otras sombras. Decir, por ejemplo, la brisa con olor a azufre del sendero infernal asciende hacia la luz del bosque prohibido; crear un mundo subterráneo, silencioso, como el tiempo en que la piedra meteórica anunció la telúrica noticia del porvenir. Como no hay explicación para satisfacer un deseo de selección, he elegido no desde el ángulo del que escribe, sino desde la perspectiva de quien lee; a esta selección solitaria en su tiempo, extranjera en su lengua, a ese don de voces; balbuceo que devela la zona subterránea, el territorio recóndito, las regiones próximas al centro del alma manchadas por la maldición de la poesía: “Soy de raza inferior por toda la eternidad”. Esta es la sensación que quiero generar al lector, con estos amigos iluminados, perdidos, solitarios, los que dejan el aullido en el bosque intemporal, que acuden al llamado del corazón de las tinieblas; a la alquimia y a la gracia de la hermandad, a esa suerte de cofradía que persiste imperturbable, ensimismada en su propia contemplación.


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LUNA NUEVA: ONCE MIRADAS A LA POESÍA COLOMBIANA

¡Oh piedra! ¡Oh, pobre piedra! Yo quisiera saber desde qué época nebulosa del mundo estás dormida. ¿Por qué vives dentro de ti misma? ¡Oh piedra! ¡Oh, pobre piedra! Yo espero el día –el día maravilloso de una nueva etapa– en que vas a salir de tu largo sueño. Y será bello verte. Pues para entonces moverás las patas y sacarás lentamente la cabeza y ante los hombres asombrados empezarás a arrastrarte por el mundo. LUIS VIDALES


ORIETTA LOZANO

Regreso Vuelo otra vez a ti con las pupilas hondas de paisajes, vine a buscar quimeras y regreso con un sabor de lágrima en los labios y un temblor de cansancios en el beso. No pienses que estoy lejos. Es tan solo la estepa interminable la que impide mi vuelo; pero mis alas son tan blancas como el día en que tocada de nevados tules te di en hostias rosadas la milagrosa comunión del cuerpo. Ábreme, pues, los brazos; voy de nuevo A tus ojos de sombra, A tus manos leales, A tu boca de fuego. Llevo para tus labios fatigados el opio de mi angustia, soy la misma: solo que ahora ciño un collar de crepúsculos y un anillo de inviernos. Pero eso no importa. Soy juventud, soy vida, soy deseo. Soy nieve dúctil en tus manos suaves y llama en el contacto de tu aliento. Ábreme, pues, los brazos, aunque lleve un amargo de lágrima en los labios, y un temblor de cansancios en el beso. LAURA VICTORIA

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Qué noche de hojas suaves Qué noche de hojas suaves y de sombras de hojas y de sombras de tus párpados; la noche toda turba en ti, tendida, palpitante de aromas y de astros. El aire besa, el aire besa y vibra como un bronce en el límite lontano y el aliento en el que fulgen las palabras desnuda, puro, todo cuerpo humano. Yo soy el que has querido, piel sinuosa, yo soy el que tú sueñas, ojos llenos de esa sombra tenaz en que boscajes abren y cierran párpados serenos. Qué noche de recónditas y graves sombras de hojas, sombras de tus párpados: está en la tierra el grito mío, ardiendo, y quema tu silencio como un labio. Era una noche y una noche nada es, pregona en sus cántigas el viento: aún no oigo tu anhelar, tu germinar melódico y tu rumor de dátiles al viento. Y he de cantar en días derivantes por ondas de oro, y en la noche abierta que enturbiará de ti mi pensamiento, he de cantar con voz de sombra llena. Qué noche de hojas suaves y de sombras de hojas y de sombras de tus párpados, la noche toda turba en ti, tendida, palpitante de aromas y de astros. AURELIO ARTURO


ORIETTA LOZANO

El deseo El deseo es vegetal pide caminos aire quiere temblar en fruto suspenderse pide un cuerpo abonable pide un labio pide comer y ser comido quiere entrabarse y gemir con ramas duras. Gime por ser quiere temblar sentirse palparse desde dentro saberse entre las cosas respirando. Quiere el viento y el ala quiere el día quiere el follaje de su fuerza obscura brillando entre la luz hoja por hoja. Es vegetal por eso: por su destino de tiniebla y cielo porque rompe y emerge porque sube porque la muerte sufre con su anhelo. H ÉCTOR ROJAS H ERAZO

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Me pierde la canción que me desvela ¿Quién se ha puesto de veras a cantar en la noche y a estas horas? ¿Quién ha perdido el sueño y lo busca en la música o la sombra? ¿Qué dice esa canción entretejida de ramas de ciprés por la arboleda? Ay de quien hace su alma de esas hojas, y de esas hojas hace sus quimeras. ¿De dónde vienes, madrigal, que todo lo has convertido en encantada pena? Ay de mí que te escucho en la penumbra, me pierde la canción que me desvela. GIOVANNI QUESSEP


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ORIETTA LOZANO

Desnudo A solas con tu desnudez me quedo, a solas, sin contar en los dedos lo que pasa, ya no cuento, sumo tu corazón y sobra el resto. Y para saber cuál es la tierra en que cabemos juntos, cierro los ojos y tu cuerpo basta. (En ti confluyen los puntos cardinales, tu piel me orienta y no conozco patria). Pero en el espejo de tu cara miro que en otra luna escondes la muerte en sueños que me aguarda pues soy aquel y el mismo desde entonces al que una vez vencieras con besos como espadas. LUIS AGUILERA


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Li – Po Las flores del duraznero han caído a la grama Tienen algo de caracola o de piel sonrosada El viejo poeta chino se levantó muy temprano y triste ha sorprendido el desastre del viento. Anoche se embriagó con unos nuevos amigos que anduvieron muchos días para conocerlo Todavía conserva en el bolsillo el poema escrito con afecto por uno de ellos en la mano una copa de vino y bebe emocionado mientras mira las flores. Ha escrito tantos versos como ha podido y siente a la muerte vigilándole los pasos. Beberá todo el día y al anochecer la luna lo llamará en silencio a mirarla borracho a perseguir su brillo entre las hojas húmedas en el reflejo sobre los montes lejanos y en el agua del río Amarillo la mirará más hermosa que en lo alto del cielo y borracho creerá realizado el milagro de tocarla y mirarla de cerca y besarla. Y Li-Po va en busca de la luna en el agua del río Amarillo de donde nunca jamás Li-Po volverá. R AÚL GÓMEZ JATTÍN


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ORIETTA LOZANO

La línea Alguien pregunta por la línea que separa al blanco del vacío, aquella que puede trazarse entre una pregunta y el silencio. Esa frontera que se pinta con los dedos en el aire y dura un soplo, un parpadeo. Alguien pretende pintar el cuerpo del alma. Quizá un destello, un pez en la mirada. Líneas tan solo en el papel, en las cercas, en los muros, en más papeles. Nuevamente el universo dicta su lección: no hay límites, finales o comienzos. Las paredes están para que los ojos no huyan, para que no puedan montar al caballo desbocado. La línea soluciona el dilema. No existe, pero muchas cosas no existen y nos salvan la vida. La línea, esa respuesta del lápiz a la incertidumbre. LUZ H ELENA CORDERO


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Lamento Si se tratara de una simple música para adormecer a la serpiente; pero el flautista llora la desdicha de un mundo desnudo, fatal, una vez perdida la inocencia. ANTONIO ZIBARA


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Poemas que se han quedado grabados en la mente Jaime Echeverry Los poemas solicitados por Luna Nueva causan problemas. Resultaría más cómodo y fácil citar los nombres de los diez poetas más importantes del siglo xx. Muchas veces el valor poético está en el conjunto, en la obra completa de un autor y en su influencia o significación en ese período de la historia de la poesía colombiana. Seleccionar diez poemas es mucho más arduo, aunque, en definitiva, al ser una consideración personal se subraya el gusto. Resulta, pues, una selección caprichosa. En principio se acude a la memoria. Poemas que se han quedado grabados en la mente. Luego se recurre a los poemas que uno ha visto reproducidos con mayor frecuencia en antologías o, a veces, citados o recitados en conversaciones entre amigos. También se consideran aquellos que han tenido cierta proyección más allá de las fronteras. Para seleccionarlos he optado, claro, desde mi gusto particular, por los poemas que trascienden sus límites o los de su autor. Es decir, aquellos que superan limitaciones de género, creencia religiosa o militancia política. Es irrelevante quién sea su autor, si hombre o mujer, aunque tengo que señalar que al ver mi lista en cierto momento y ver que no había incluido ninguno escrito por mujeres, me puse en la tarea de revisar la obra de algunas y sólo encontré uno que superara las barreras señaladas arriba. Entre los poemas del siglo pasado que me causaron alguna impresión, bien por su composición, su sonido o su sentido puedo encontrar la Balada del mar no visto, ritmada en versos diversos, de León de Greiff, por su sonoridad. El sentido crítico y la acidez lúdica de Luis Carlos López se concentran en el soneto Tarde de verano. La limpidez de la composición, la musicalidad y el profundo sentido humano de Canto del extranjero, escrito por Giovanni Quessep. Una carta rumbo a Gales es quizá uno de los mejores poemas del más significativo poeta vivo de Colombia, Juan Manuel Roca. En nuestra literatura sólo se registra un vanguardista, Luis Vidales, y a él le debemos El hueco de Suenan timbres, aunque podrían figurar otros de los cuatro del único poeta colombiano seleccionado por Borges para el


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LUNA NUEVA: ONCE MIRADAS A LA POESÍA COLOMBIANA

Índice de la nueva poesía americana (Sociedad de publicaciones El Inca, Buenos Aires, 1926). Otro poeta inscrito en un movimiento contestatario es X504, pseudónimo de Jaime Jaramillo Escobar; de su libro Poemas de la ofensa este Apólogo del paraíso es uno de los que prefiero. A pesar del esfuerzo por encontrar poemas significativos escritos por mujeres, sólo puedo incluir A Cali ha llegado la muerte, de Emilia Ayarza, por su fuerza emotiva y por su moderada manera de expresarla, sin sentimentalismo y sin retoricismo alborotado. Lluvias, de Aurelio Arturo –un nombre que parece un pseudónimo–, uno de los poemas de su última producción, publicado en su librito Un país que sueña, contiene las virtudes de este gran poeta: lenguaje límpido, imágenes impresionantes de una gran sencillez y serena emotividad. Creo que Amantes, escrito por Jorge Gaitán Durán, es uno de los más bellos poemas amorosos de Colombia. Aunque poco reconocido y poco difundido, Si los muertos entierran a los muertos, del poeta caldense Fernando Mejía Mejía, reúne, a mi entender, los requerimientos que he anotado para figurar entre los diez poemas colombianos del siglo XX.


JAIME ECHEVERRY

Balada del mar no visto, ritmada en versos diversos No he visto el mar. Mis ojos –vigías horadantes, fantásticas luciérnagas, mis ojos avizores entre la noche; dueños de la estrellada comba; de los astrales mundos; mis ojos errabundos familiares del hórrido vértigo del abismo; mis ojos acerados de viking, oteantes; mis ojos vagabundos no han visto el mar... La cántiga ondulosa de su trémula curva no ha mecido mis sueños; ni oí de sus sirenas la erótica quejumbre; ni aturdió mi retina con el rútilo azogue que rueda por su dorso... Sus resonantes trombas, sus silencios, yo nunca pude oír...: sus cóleras ciclópeas, sus quejas o sus himnos; ni su mutismo impávido cuando argentos y oros de los soles y lunas , como perennes lloros ¡diluyen sus riquezas por el glauco zafi r...! ¡No aspiré su perfume! Yo sé de los aromas de amadas cabelleras... ¡Yo sé de los perfumes de los cuellos esbeltos, y frágiles y tibios; de senos donde esconden sus hálitos las pomas preferidas de Venus! Yo aspiré las redomas donde el Nirvana enciende los sándalos simbólicos; las zábilas y mirras del mago Zoroastro... Mas no aspiré las sales ni los iodos del mar.

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Mis labios sitibundos no en sus odres la sed apagaron: no en sus odres acerbos mitigaron la sed... Mis labios, locos, ebrios, ávidos, vagabundos, labios cogitabundos que amargaron los ayes y gestos iracundos ¡y que unos labios –vírgenes– captaron en su red! Hermano de las nubes yo soy. Hermano de las nubes, de las errantes nubes, de las ilusas del espacio: vagarosos navíos que empujan acres soplos anónimos y fríos, ¡que impelen recios ímpetus voltarios y sombríos! Viajero de las noches yo soy. Viajero de las noches embriagadas; nauta de sus golfos ilímites, de sus golfos ilímites, delirantes, vacíos, –vacíos de infinito..., vacíos...– Dócil nauta yo soy, y mis soñares derrotados navíos... Derrotados navíos, rumbos ignotos, antros de piratas... ¡el mar! Mis ojos vagabundos –viajeros insaciados– conocen cielos, mundos, conocen noches hondas, ingraves y serenas, conocen noches trágicas, ensueños deliciosos, sueños inverecundos... ¡Saben de penas únicas, de goces y de llantos, de mitos y de ciencia, del odio y la clemencia, del dolor y el amar...! ¡Mis ojos vagabundos, mis ojos infecundos...: no han visto el mar mis ojos, no he visto el mar! LEÓN DE GREIFF


JAIME ECHEVERRY

Tarde de verano El rico es un bandido. San Juan Crisóstomo, la sombra que hace un remanso sobre la plaza rural, convida para el descanso sedante, dominical... Canijo, cuello de ganso, cruza leyendo un misal, dueño absoluto del manso pueblo intonso, pueblo asnal. Ciñendo rica sotana de paño, le importa un higo la miseria del redil. Y yo, desde mi ventana, limpiando un fusil, me digo: –¿Qué hago con este fusil? LUIS CARLOS LÓPEZ

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Canto del extranjero Penumbra de castillo por el sueño Torre de Claudia aléjame la ausencia Penumbra del amor en sombra de agua Blancura lenta Dime el secreto de tu voz oculta La fábula que tejes y destejes Dormida apenas por la voz del hada Blanca Penélope Cómo entrar a tu reino si has cerrado La puerta del jardín y te vigilas En tu noche se pierde el extranjero Blancura de isla Pero hay alguien que viene por el bosque De alados ciervos y extranjera luna Isla de Claudia para tanta pena Viene en tu busca Cuento de lo real donde las manos Abren el fruto que olvidó la muerte Si un hilo de leyenda es el recuerdo Bella durmiente La víspera del tiempo a tus orillas Tiempo de Claudia aléjame la noche Cómo entrar a tu reino si clausuras La blanca torre Pero hay un caminante en la palabra Ciega canción que vuela hacia el encanto Dónde ocultar su voz para tu cuerpo Nave volando Nave y castillo es él en tu memoria El mar de vino príncipe abolido Cuerpo de Claudia pero al fin ventana Del paraíso


JAIME ECHEVERRY

Si pronuncia tu nombre ante las piedras Te mueve el esplendor y en él derivas Hacia otro reino y un país te envuelve La maravilla ¿Qué es esta voz despierta por tu sueño? ¿La historia del jardín que se repite? ¿Dónde tu cuerpo junto a qué penumbra Vas en declive? Ya te olvidas Penélope del agua Bella durmiente de tu luna antigua Y hacia otra forma vas en el espejo Perfil de Alicia Dime el secreto de esta rosa o nunca Que guardan el león y el unicornio El extranjero asciende a tu colina Siempre más solo Maravilloso cuerpo te deshaces Y el cielo es tu fluir en lo contado Sombra de algún azul de quien te sigue Manos y labios Los pasos en el alba se repiten Vuelves a la canción tú misma cantas Penumbra de castillo en el comienzo Cuando las hadas A través de mi mano por tu cauce Discurre un desolado laberinto Perdida fábula de amor te llama Desde el olvido Y el poeta te nombra sí la múltiple Penélope o Alicia para siempre El jardín o el espejo el mar de vino Claudia que vuelve

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Escucha al que desciende por el bosque De alados ciervos y extranjera luna Toca tus manos y a tu cuerpo eleva La rosa púrpura ¿De qué país de dónde de qué tiempo Viene su voz la historia que te canta? Nave de Claudia acércame a tu orilla Dile que lo amas Torre de Claudia aléjale el olvido Blancura azul la hora de la muerte Jardín de Claudia como por el cielo Claudia celeste Nave y castillo es él en tu memoria El mar de nuevo príncipe abolido Cuerpo de Claudia pero al fin ventana Del paraíso GIOVANNI QUESSEP


JAIME ECHEVERRY

Una carta rumbo a Gales Me pregunta usted, dulce señora, Qué veo en estos días a este lado del mar. Me habitan las calles de este país Para usted desconocido, Estas calles donde pasear es hacer un Largo viaje por la llaga, Donde ir a limpiar luz Es llenarse los ojos de vendas y murmullos. Me pregunta Qué siento en estos días a este lado del mar. Un alfileteo en el cuerpo, La luz de un frenocomio Que llega serena a entibiar Las más profundas heridas Nacidas de un poblado de días incoloros. ¿Y el sol? El sol, un viejo drogo que ha lamido esas heridas. Porque, ¿sabe usted, dulce señora? Es este país una confusión de calles y heridas. La entero a usted: Aquí hay palmeras cantoras Pero también hay hombres torturados. Aquí hay cielos absolutamente desnudos Y mujeres encorvadas al pedal de la Singer Que hubieran podido llegar en su loco pedaleo Hasta Java y Burdeos, Hasta el Nepal y su pueblito de Gales, Donde supongo que bebía sombras su querido [Dylan Thomas. Las mujeres de este país son capaces De coserle un botón al viento, De vestirlo de organista. Aquí crecen la rabia y las orquídeas por parejo, No sospecha usted lo que es un país Como un viejo animal conservado En los más variados alcoholes, No sospecha usted lo que es vivir Entre lunas de ayer, muertos y despojos. JUAN M ANUEL ROCA

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El hueco Mis versos dicen: Hueco único sitio habitable. Casas. Casas. Casas. Huecos interrumpidos por paredes y puertas. Huecos divididos en cuadros. Mi vida mi vida transeúnte está llena de las troneras de las horribles cavernas que las casas les hacen a los huecos. Y ya no puedo borrar en mí la sensación de los huecos de la ciudad encerrados en los cajones de los cuartos. LUIS VIDALES


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Apólogo del Paraíso Eva, transformada en serpiente, ofreció a Adán una [manzana. Fueron arrojados del Paraíso, pero ellos llevaron semillas [consigo, y Adán y Eva encontraron otra tierra y plantaron allí las [semillas de paraíso. Podemos hacer siempre el Paraíso alrededor de nosotros dondequiera que nos encontremos. Para eso sólo se requiere estar desnudos. JAIME JARAMILLO ESCOBAR


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A Cali ha llegado la muerte No. Ni la sangre de polvo. Ni el rumor de las venas sub-terrestres. Ni los ojos de antiguas polillas vagabundas. Ni los hombres de párpados doblados. Ni la casulla del viento. Ni la tierra pintada de frutos en la tarde. No. Nada. Ni el sexo que comienza en la lengua de los niños. Ni los pastores de culebras. Ni las esquinas infieles sobre las ventanas. Ni la dignidad de los trapiches sostenida en el breve equilibrio de la caña. Ni el transparente río que se hunde por los muslos de Cali. No. Nada. Ni las almadías del sueño. Ni el somnoliento camello de la cordillera. Ni el monólogo amarillo del sol en el espacio. Ni la paz de los escarabajos. Ni la mariposa pintora. Ni el grillo concertista. Ni la boñiga de oro. Ni los geranios, ni las bicicletas que absorben con sus esponjas de silencio la tibia pereza de los muros No. Nada. Ni el candor de las escuelas que traza palotes de ausencia [en los tableros. Ni los borrachos que miran fijamente a la ventera y le derraman el corazón entre las trenzas. Ni las polleras de los siete-cueros. Ni la barba de cristal de los torrentes. Ni los panales detrás de las ortigas ni los bueyes de artificial melancolía. No.


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Nada pudo detener la muerte. Llegó a Cali navegando y los corceles del Océano Pacífico la saludaron volcando sus belfos espumeantes en la playa. Llegó por el pito de los buques por las banderas de los guacamayos por el ojo de las agujas que remienda el pudor de las modistas por la voz de los muertos en los árboles por los billetes rubios por el alma incolora de los camioneros por los ojos trasnochados de los naipes por la felina displicencia de los grandes por la rosa ignorante por el paisaje de zapatos sin huella. Llegó sin pasaporte y cruzó la frontera caminando sobre el miedo rosado de los niños por el clavicordio dorado de los campanarios por el pelo de agua dulce de los cocos por la sencillez de los pueblos donde los campesinos y las almojábanas se encaran con el sol y los mendigos pegan su coto a las ventanillas del tren. Llegó sin autorización de los muertos que se salieron de sus tumbas a protestar en un mitin putrefacto y amarillo. Llegó por en medio de las garzas los taladros por entre el múltiple corazón de pitahayas por la flor que se colocan las solteronas tras la oreja por los solares donde hacen venias al viento los interiores parroquiales y un tulipán oye misa diariamente. Por cerca de los gallos que creen en la blancura de los huevos por los tejados donde los zuros escriben la epopeya de los celos y los gatos y la luna forman siete lechos y un violín. Invadió los palacios, las haciendas los ranchos y las niñas de capul.


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Invadió el cielo y sus altos corderos extraviados. Invadió la secreta desnudez de los cadáveres. (La ciudad era un racimo de plomo derretido y la muerte le salía a bocanadas). La historia de Cali dejó de ser un río deliberadamente puro por cuyas ondas los días eran barcos de vidrio. El rojo fue una lluvia sostenida en el aire y entre los montes de cristal la sangre dibujará para siempre vitrales en la sombra. ¡Hay que llorar desesperadamente! EMILIA AYARZA


JAIME ECHEVERRY

Lluvias Ocurre así la lluvia comienza un pausado silabeo en los lindos claros de bosque donde el sol trisca y va juntando las lentas sílabas y entonces suelta la cantilena así principian esas lluvias inmemoriales de voz quejumbrosa que hablan de edades primitivas y arrullan generaciones y siguen narrando catástrofes y glorias y poderosas germinaciones cataclismos diluvios hundimientos de pueblos y razas de ciudades lluvias que vienen del fondo de milenios con sus insidiosas canciones su palabra germinal que hechiza y envuelve y sus fluidas rejas innumerables que pueden ser prisiones o arpas o liras pero de pronto se vuelven risueñas y esbeltas danzan pueblan la tierra de hojas grandes de flores y de una alegría menuda y tierna con palabras húmedas embaidoras nos hablan de países maravillosos y de que los ríos bajan del cielo olvidamos su treno y las amamos entonces porque son dóciles y nos ayudan y fertilizan la ancha tierra la tierra negra y verde y dorada. AURELIO ARTURO

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Si los muertos entierran a los muertos… (fragmento) Cuando la última palabra horade la rocosa altura de los montes, flotará en el olvido el vaho pestilente de los muertos y el sollozo punzante de los vivos. Entonces, nada ni nadie podrá medir el tiempo. Si los muertos entierran a los muertos estaremos perdidos. Ya no tendremos tiempo para yacer sobre el olvido. Ya no tendremos tiempo para ver nuestros nombres huyendo como niebla desde los obituarios. Los muertos deben ir caminando hasta el sepulcro, porque los muertos ya no podrán estar sobre los vivos, y los vivos estaremos cansados de estar muertos. Entonces, si los muertos entierran a los muertos, no morirán los vivos, porque estarán alegres de su muerte. FERNANDO M EJÍA M EJÍA


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Antología personal Santiago Mutis “Cuando la muerte es inminente, la palabra –cada palabra– se llena de sentido. La sentimos nacer al fin grávida, indispensable. Esplende lo que por años había sido nuestra duda: su fasto, conquista del mundo. Nombramos la centella que nos mata: el mundo es una palabra. No hay tiempo entonces que perder y esta experiencia última, única, nos resarce de toda patria”. JORGE GAITÁN DURÁN

murió en el siglo XIX, sí, pero muy a sus finales, y antes de cumplir los ¡32 años!; y su “Aserrrín / Aserrán / Los maderos de San Juan...” fue la voz de mi madre nombrando a Colombia en nuestro exilio mexicano, cuando yo tenía cinco años. Siempre pensé que era un juego, una adivinanza, un decir anónimo, popular, que venía por el aire... con noticias de un paraíso. También oí en la voz de las mujeres de mi casa su versión de uno de aquellos tenebrosos cuentos infantiles: “... Entonces se fueron al baile / y dejaron sola a Cenicentilla. // Se quedó la pobre triste en la cocina, / de llanto de pena nublados los ojos, / mirando los juegos extraños que hacían / en las sombras negras los carbones rojos. // Pero vino el Hada que era su madrina, / le trajo un vestido de encaje y crespones, / le hizo un coche de oro de una calabaza, // convirtió en caballos unos seis ratones, // le dio un ramo enorme de magnolias húmedas, / unos zapaticos de vidrio, brillantes, / y de un solo golpe de la vara mágica / las cenizas grises convirtió en diamantes”. Aunque yo no conocía –ni aún quiero hacerlo– de encajes ni crespones, y ahora los sabemos peores que ridículos –como ya lo parecerán las modas de hoy y algunos de sus motivos de llanto–, la manera en que sonaban las palabras me sorprendía. La “musicalidad” en la poesía suele ser insoportable, pero puede también convertirse en el oscuro ritmo con que avanza la corriente y sus aguas, y yo eso lo sentí por primera vez en Silva: eran las palabras de un encantamiento, de un conjuro; algo que no volví a valorar hasta cuando leí “Morada al sur”. Por eso no podría comenzar esta antología sin al menos mencionar a Silva, que por rigor debería abrir con su “Nocturno” (“Y la luna llena // Por los cielos azulosos, infinitos y profundos esparcía su luz blanca”); aunque bien podría Silva iniciar una antología del siglo xx... con su poema “El recluta”.


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Aurelio Arturo (1906-1974) ha sido querido por cinco generaciones de poetas. Profundamente melodioso, rico en dones y en sensibilidad, mágico e íntimo como la llama de una vela. Él mismo escogió como su poema emblemático Morada al sur sur, por el embriagador ascenso de sus mareas. “El cantor”, poema que Arturo presentó primero como inconcluso (1936), y que más tarde recortó y abandonó al “reutilizar” algunos de sus versos –y finalmente no incluyó en su libro– es una metáfora de buena parte de su obra –la de su amor a la naturaleza–, donde él hace bellamente explícitos muchos de los motivos de su canto, con palabras tal vez de don Alfonso Reyes, donde “el mundo mismo le parece como un sensitivo jardín. Llámese el cantar Ninoyolnonotza: ...yo, yo, el cantor cantor, recogí todas las flores... y me apresuré a levantar mi voz en un canto digno... en donde no hay servidumbre”. (1915) Jorge Zalamea (1905-1969), traductor de Eliot, Joseph Conrad, Faulkner, Sartre, Prevert... y, sobre todo, de la poesía de Saint-John Perse, no tiene hoy quién defienda su poesía, dejándola a merced de sus “errores”. Personalmente, encuentro fascinante su altanería, su poesía acusatoria, su vigoroso alegato contra los déspotas, su poderosa voz levantada contra un tiempo infame, que aún no termina. Su quincenario Crítica, su Poesía olvidada e ignorada, mucho me enseñaron como para dejarme ahora arrastrar contra su grandilocuencia, contra sus excesos de dignidad, su absoluta falta de servidumbre o resignación, contra su sonora retórica, contra su altivez... en legítima defensa, engallado frente a una clase política y un sistema que se apoderaron de tierras, aguas, hombres y de todo el futuro. Su libertad zarandea esa poesía temerosa, indecisa, tibia, llena de renuncias, que se ríe con miedo o a escondidas, embalsamada por las academias, que tánto han conspirado contra “los hechos vivos”, “los cereales vivos”, trocando “la verdad vital en conserva”, “eludiendo siempre los hechos ineluctables de la vida, las cosas entrañables del hombre”. Zalamea acechó el pavoroso vaho del Poder, su hedor, el asco, el denso aire que se marchita en sus corredores y se pudre en el centro de su laberinto. Ese es el desafiante pregón que celebro en su poesía, como también la última pregunta que nos arrojó y a la que aún no hemos dado respuesta: “¿Por qué no perciben los demás este hedor?”. Héctor Rojas Herazo (1920-2002). Su poesía –un lugar para el hombre, un salmo oscuro, “Yo, el culpable”– todo lo conoce, todo lo nombra; es fraterna y brutal, porque ha vivido. Nada podemos ocultarle, a todos nos llama por nuestro nombre: lo que nace, lo que se pudre, la hondura, la enfermedad, la luz de los mejores días, la orfandad, lo más dulce...; por


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eso su palabra es plena, porque nombra todas las heridas. Su verdad es bella, terrible, dolorosa, desnuda. El hombre, en él, es un animal para la muerte, la guarda en su pecho, muy adentro, desde siempre, y empaña lo que toca con su desafiante rezo, desollado, inconcebiblemente humano. Fernando Charry (1920-2004) es un riguroso y justo ensayista; su sensibilidad poética me parece ahora estéril, una obra desvaída, y –como él mismo– ajena a toda vitalidad; hoy lo pienso como un poeta aterido, agónico, atento sólo a la muerte, pero maestro al nombrarla; de su parca obra escogería cualquiera de los tres poemas dedicados a Ella, o todos, que para mí son su obra completa. Sin duda, Charry es un caso insólito en nuestra poesía: inepto para la vida, maestro ante la muerte (con la excepción de su mediocre poema a la muerte de José Eustasio Rivera). Álvaro Mutis (1923) es el despertar de los sentidos y del paisaje colombiano, de la cordillera y sus acantilados, sus cascadas, sus altos páramos, las tierras de calor, sus grandes árboles y el chillido de los loros (“Al amanecer crece el río, retumban en el alba los enormes troncos que vienen del páramo”) (1947); “Bajo la verde y nutrida cúpula de un cafeto y sobre el húmedo piso acolchado de insectos, supo de las delicias de un amor brindado por una mujer de las Tierras Bajas” (1953); “Hoy ha llamado en mí / el griterío de las aves que pasan en verde algarabía / sobre los cafetales, sobre las ceremoniosas hojas del banano, / sobre las heladas espumas que bajan de los páramos / golpeando y sonando / y arrastrando consigo la pulpa del café / y las densas flores de los cámbulos” (1965); “Al llegar a la parte más alta de la cordillera, los camiones se detenían en un corralón destartalado... La niebla cruzaba la carretera, humedecía el asfalto que brillaba como un metal imprevisto e iba a perderse entre los grandes árboles de tronco liso y gris, de ramas vigorosas y escaso follaje, invadido por una lama... en donde surgían flores de color intenso y de cuyos gruesos pétalos manaba una miel lenta y transparente” (1981); cito estos versos, porque el poema que he escogido se aparta de su esencia; pero su poesía abreva también en el mito y la historia, está obsesionada con “la ruina del tiempo”, el exilio, el esplendor de algunas ciudades otoñales, grandes personajes vencidos y gentes que llevaron la materia menos olvidable de sus días hasta los abismos tutelares del arte... para penetrar en “una nueva comarca humana” (Rojas Herazo). Me gusta la fuerte y subterránea corriente de su idioma, en “olas lentas como el aceite”.


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Jorge Gaitán Durán (1925-1962) estremece la palabra escrita, la empaña de realidad, de vida; la mancha, la hace cortante, peligrosa, hiriente, turbulenta, y al mismo tiempo reflexiva, crítica... ética. Tanto le exige Gaitán a la poesía que en muchos casos la convierte en un riesgo, y a veces la ahoga con sus propias manos, salvo en el hermoso “caso” de Si mañana despierto (1961). A Gaitán Durán le debemos mucho como editor, ensayista, crítico, traductor... y poeta. Eduardo Cote Lamus (1928-1964). Su poesía está fuertemente custodiada por la abigarrada lucidez del agudo descreimiento del crítico Hernando Valencia Goelkel. Sin embargo, yo no frecuento su poesía, aunque está poblada de destellos. Para mí, Cote es el escritor del bello Diario del Alto San Juan y del Atrato. Entre los poemas suyos que Valencia Goelkel califica de espléndidos, no están Silva ni Elegía a mi padre, los únicos que para mí lo son.

*** Ya va siendo hora de que aceptemos que Luis Aguilera, Juan Manuel Roca, Giovanni Quessep... reemplacen a Valencia, a Carranza, a Rogelio Echavarría, a Charry, a Cote, porque no son poetas de un gran poema –lo cual es deslumbrante– sino porque hace diez, veinte, treinta años vienen haciendo una obra, una obra con más mundo o belleza o verdad, que sí compromete nuestros días, nuestras preocupaciones, nuestra sensibilidad, nuestros enfrentamientos, nuestra vida, hecha jirones, de luz y tierra, de afrentas y deslumbrantes encuentros. Los territorios conquistados por quienes son nuestros contemporáneos, no suelen recibir nuestra admiración ni nuestro compromiso con su entrega, con su entereza, con su magnífico desafío, con su voz, puesta a prueba mil veces y mil veces íntegra y altiva en su hermosa afi rmación, y también en su derrota, destino que desde siempre parece le es propio al arte, el gran exilado de los estruendosos desaciertos de estos tiempos, lacerantes de maravillas, ofensas y servidumbres.


SANTIAGO MUTIS

El recluta Hasta que manos piadosas Algún sepulcro le dieron, Al bajar de la cañada Junto a las matas de helecho, Destrozada la cabeza Por una bala de Remington; Con la blusa de bayeta Y la camisa de lienzo, Un escapulario santo Colgado al huesoso cuello, Los pantalones de manta Manchados de barro fresco, Las rudas manos crispadas, Los ojos aún abiertos, Y la sangre, ya viscosa, Pegándole los cabellos, Estuvo toda la noche De aquel combate sangriento Abandonado el cadáver Del pobre recluta muerto. ¿Su nombre ?... Un oscuro nombre... Difunto Fuan Abudelo, Cuando hablan de la campaña Lo nombran los compañeros... ¿Su madre ?... Una pobre madre, Que en el rancho, al pie del cerro, Abandonada y estúpida Pasa los días inciertos. ¿Su vida ?...Una oscura vida, La vida vaga de un cuerpo, Que fue tranquila y sin odios Hasta en el cuartel infecto, Do penetrado de frío, Que le calaba los huesos Y que tiritar le hacía Bajo el bayetón deshecho, Conoció toda la angustia De largas noches sin sueño,

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Y de tristes soledades. El pobre recluta muerto. Los soldados que seguían En titánicos esfuerzos, De Egipto a los arenales Y de Rusia a los desiertos, Al hombre de ojos de águila Y de caprichos de hierro, Tenían tras del reñido Batallar, largo y supremo, En cada voz, un halago, En cada mandato, un premio. Mas del Capitán Londoño, Que fue su Jefe en el Cuerpo, Sólo conoció dos órdenes De detención y de cepo, Un planazo en las espaldas Y el modo de gritar ¡juego! Hasta la tarde en que, herido En el combate siniestro, Cayó, gritando ¡adiós, mamá! El pobre recluta muerto. JOSÉ ASUNCIÓN SILVA


SANTIAGO MUTIS

El cantor (Fragmento) Yo soy el cantor, el hombre que canta a los cuatro vientos, un hombre de corazón diciendo tornátiles palabras, a la sombra de la noche mirífica, a la sombra de sus párpados lentos. Yo soy el cantor. Cantaré toda cosa bella que hay en tierras de hombres, cantaré toda cosa loable bajo el cielo. Cantor, cantador, de ritmos prestidigitador. Si una hoja se mueve en los bosques, yo lo sabré. Sólo yo, el cantador. Sólo yo he de recogerla. Haré de ella un ave, o lo que quiera, haré de ella un pajarillo y lo pondré en mi canción como en un valle. Porque yo soy el cantor y canto toda cosa. Canto la luz. Y canto la sombra y el amor. Pero la boca de las mujeres la cantaré mil veces. Yo haré bellas canciones para todos. Para el bueno y el malo, el procaz, el maldiciente, el torvo, el santo, el mendigo, el simple... Le regalaré una canción a una mujer perdida, le regalaré una linda canción o una moneda. Entre mi bosque de palabras ligeras, con mi corazón atado a un cielo de rosas,

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yo canto todas las canciones que sean buenas, todas las canciones entre los días, al viento. Canciones desnudas para doncellas divinas, no de sedas, no de linos, aun más inconsútiles. Guirnaldas de palabras, sartas de sílabas... Y canto los días, como a vientos de oro los canto, como a vientos que elevan su polvareda hasta el cielo de tumbo azul, fulgente. Yo canto las noches. Con sílabas os haré claros de bosque. O de esos cielos gastados, mariposas vivaces. Canté una vez una mujer antaño, en un antaño ignoto la canté. Y en su ciudad aún es linda, aún es joven la linda mujer, por gracia de mi canción. Porque yo canto toda cosa loable bajo el cielo. Yo el cantor, el cantador, de ritmos prestidigitador. AURELIO ARTURO


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Imprecación del hombre de Kenya ¿Y si me da la gana de ir al río? ¿Y si me da la gana de empinarme más que la jirafa? ¿Y si me da la gana de hacerme con la piel del leopardo un [escudo y con su cola un penacho? ¿Y si me da la gana de ganarle en la carrera al antílope? ¿Y si me da la gana de espantar al león con sólo un grito [y una rama encendida? ¿Y si me da la gana de hacer del elefante mi amigo? ¿Y si me da la gana de cazar al cocodrilo con sólo [un palo aguzado? ¿Y si me da la gana de los sortilegios? ¿Y si me da la gana de palpar todo mi alto cuerpo cobrizo? ¿Y si me da la gana de macerarlo en aceites? ¿Y si me da la gana de coronar mi cabeza con multicolores [penachos cimbreantes? ¿Y si me da la gana de hincar los dientes en la fruta, en la pulpa de la niña o en el hombro de mi enemigo? ¿Y si me da la gana de llevar a la mozuela al lugar [en que el bosque canta? ¿Y si me da la gana de oler sus axilas entre las altas [hierbas? ¿Y si me da la gana de husmear su sexo asaltado [por las escolopendras? ¿Y si me da la gana de bailar con ella la nocturna [danza del amor? ¿Y si me da la gana de escuchar su dulce queja? ¿Y si me da la gana de que los gallos salvajes se esponjen [en torno nuestro? ¿Y si me da la gana de que en los largos pezones de [la niña se posen las luciérnagas? ¿Y si me da la gana de que toda la tribu muestre sus dientes [de coco, riendo con mi hijo recién nacido? ¿Y si me da la gana de ver a centenares de niños jugando [con las frutas, el lodo y las palmas? ¿Y si me da la gana de oír a las mujeres de la aldea [piloneando el millo? ¿Y si me da la gana...? ¿Y si me da la gana de trepar hasta la cima del monte [Kenya para ver desde allí mi país, todo mi país, toda mi gana?


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¿Y si me da la gana de tenderme al sol para medir con mis hombros y mis riñones y mis piernas toda mi tierra, [mi tierra, mi tierra, mi tierra nativa? ¡Ay, ay, ay! ¿Dónde está esa tierra, la que fue mi tierra, mi tierra [propia? Apenas le alcanza el día al sol para lamer con su lengua caliente esa tierra, toda la tierra que rodea al que fue mi monte Kenya,. y el kenyata no tiene ya de su tierra con qué hacerse [una estrecha casa de muerto. ¿Y si no me da la gana...? ¡Gana de mi libre gana! JORGE ZALAMEA


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La casa entre los robles A un ruido vago, a una sorpresa en los armarios, la casa era más nuestra, buscaba nuestro aliento como el susto de un niño. Por sobre los objetos era un dulce rumor, [una espina, una mano, cruzando las alcobas y encendiendo su lumbre [furtiva en los rincones. El sonido de un hombre, el retrato, [el reflejo del aire sobre el pozo y el día con su fi rme venablo sobre el patio. Más allá las campanas, el humo de los cerros y en un dulce y liviano confín, entre la brisa, el pájaro y el agua levemente cantando. Todos allí presentes, hermano con hermana, mi madre y la cosecha, el vaho de las bestias y el rumor de los frutos. Adentro, el sacrificio filial de la madera sostenía la techumbre. Una lluvia invisible mojaba nuestros pasos de tiempo rumoroso, de fuerza, [de autoridad y límite. Pasaba el aire suavemente, buscaba sombras, voces que derramar, respiraba en los lechos, dejaba entre los rostros su ceniza dorada. Era entonces el día de hojas, de potente zumbido, el día para el cántaro, la miel y la faena. Como un don de reposo llegaba a nuestro cuerpo la noche con su carga de remotas espigas. Nuestro pan, de anhelado resplandor, nuestro asombro

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y las lámparas derramando sus ángeles [sin prisa en los espejos. Como un hombre que anhelara su parte, su sitio en nuestra mesa, el viento dulcemente flotaba en los manteles. La quietud de los muebles, las voces, los caminos, eran todo el silencio de la noche en el mundo. Llenando de inaudible presencia las paredes, habitando las venas de pie frente a las cosas. Buscaban nuestras manos un calor circundante e indagaban los ojos otra piel impalpable. Algo de Dios, entonces, llegaba a las ventanas, algo que hacía más honda la casa entre los robles. H ÉCTOR ROJAS H ERAZO


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Testimonio Eran vísperas del crimen del empedrado, La tarde, El sol caído violentamente hacia el oeste, Cuando, desde balcón a la plaza, Veías Negros jinetes cruzar. Remotos, pálidos, silenciosos, Iban En lento paso morado, En procesión de monstruos fugitivos, Y su vacilación el sitio a donde Llevar duelo. Cayendo crepúsculo a su alrededor, Con pisadas secas, Con aturdimiento, entre el polvo, Podías creerles Sonámbulos que cruzaran con cuchillos Su sombra. Los recuerdas, atroces de frío Y de noche, caer Sobre frágiles chozas Entregadas Como el desnudo de sus vírgenes, Quebrar cuerpos, manchar de sangre muros Y luego perderse, Tigres sin pesadillas, Tras el aullido del aire y las muertes. En todo lugar la huella solitaria: Los harapos, el filo de sus dientes, la tiniebla. FERNANDO CHARRY LARA

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Caravansary Para Octavio y Mari Jo 1 Están mascando hojas de betel y escupen en el suelo con la monótona regularidad de una función orgánica. Manchas de un líquido ocre se van haciendo alrededor de los pies nervudos, recios como raíces que han resistido el monzón. Todas las estrellas, allá arriba, en la clara noche bengalí, trazan su lenta trayectoria inmutable. El tiempo es como una suave materia detenida en medio del diálogo. Se habla de navegaciones, de azares en los puertos clandestinos, de cargamentos preciosos, de muertes infames y de grandes hambrunas. Lo de siempre. En el dialecto del Distrito de Birbhum, al oeste de Bengala, se ventilan los modestos negocios de los hombres, un sórdido rosario de astucias, mezquinas ambiciones, cansada lujuria, miedos milenarios. Lo de siempre, frente al mar en silencio, manso como una leche vegetal, bajo las estrellas incontables. Las manchas de betel en el piso de tierra lustrosa de grasas y materias inmemoriales, van desapareciendo en la anónima huella de los hombres. Navegantes, comerciantes a sus horas, sanguinarios, soñadores y tranquilos. 2 Si te empeñas en dar crédito a las mentiras del camellero, a las truculentas historias que corren por los patios de las posadas, a las promesas de las mujeres cubiertas de velos y procaces en sus ofertas; si persistes en ignorar ciertas leyes nunca escritas sobre la conducta sigilosa que debe seguirse al cruzar tierras de infieles; si continúas en tu necedad, nunca te será dado entrar por las puertas de la ciudad de Tashkent, la ciudad donde reina la abundancia y predominan los hombres sabios y diligentes. Si te empeñas en tu necedad... 3 ¡Alto los enfebrecidos y alterados que con voces chillonas demandan lo que no se les debe! ¡Alto los necios! Terminó la hora de las disputas entre rijosos, ajenos al orden de estas salas. Toca ahora el turno a las mujeres, las egipcias reinas


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de Bohemia y de Hungría, las trajinadoras de todos los caminos; de sus ojos saltones, de sus altas caderas, destilará el olvido sus mejores alcoholes, sus más eficaces territorios. Afinquemos nuestras leyes, digamos nuestro canto y, por última vez, engañemos la especiosa llamada de la vieja urdidora de batallas, nuestra hermana y señora erguida ya delante de nuestra tumba. Silencio, pues, y que vengan las hembras de la pusta, las damas de Moravia, las egipcias a sueldo de los condenados. 4 Soy capitán del 3° de Lanceros de la Guardia Imperial, al mando del coronel Tadeuz Lonczynski. Voy a morir a consecuencia de las heridas que recibí en una emboscada de los desertores del Cuerpo de Zapadores de Hesse. Chapoteo en mi propia sangre cada vez que trato de volverme buscando el imposible alivio al dolor de mis huesos destrozados por la metralla. Antes de que el vidrio azul de la agonía invada mis arterias y confunda mis palabras, quiero confesar aquí mi amor, mi desordenado, secreto, inmenso, delicioso, ebrio amor por la condesa Krystina Krasinska, mi hermana. Que Dios me perdone las arduas vigilias de fiebre y deseo que pasé por ella, durante nuestro último verano en la casa de campo de nuestros padres en Katowicze. En todo instante he sabido guardar silencio. Ojalá se me tenga en cuenta en breve, cuando comparezca ante la Presencia Ineluctable. ¡Y pensar que ella rezará por mi alma al lado de su esposo y de sus hijos! 5 Mi labor consiste en limpiar cuidadosamente las lámparas de hojalata con las cuales los señores del lugar salen de noche a cazar el zorro en los cafetales. Lo deslumbran al enfrentarle súbitamente estos complejos artefactos, hediondos a petróleo y a hollín, que se oscurecen en seguida por obra de la llama que, en un instante, enceguece los amarillos ojos de la bestia. Nunca he oído quejarse a estos animales. Mueren siempre presas del atónito espanto que les causa esta luz inesperada y gratuita. Miran por última vez a sus verdugos como quien se encuentra con los dioses al doblar una esquina. Mi tarea, mi destino, es mantener siempre brillante y listo este grotesco

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latón para su nocturna y breve función venatoria. ¡Y yo que soñaba ser algún día laborioso viajero por tierras de fiebre y aventura! 6 Cada vez que sale el rey de copas hay que tornar a los hornos, para alimentarlos con el bagazo que mantiene constante el calor de las pailas. Cada vez que sale el as de oros, la miel comienza a danzar a borbotones y a despedir un aroma inconfundible que reúne, en su dulcísima materia, las más secretas esencias del monte y el fresco y tranquilo vapor de las acequias. ¡La miel está lista! El milagro de su alegre presencia se anuncia con el as de espadas. Pero si es el as de bastos el que sale, entonces uno de los paileros ha de morir, cubierto por la miel que lo consume, como un bronce líquido y voraz vertido en la blanda cera del espanto. En la madrugada de los cañaverales, se reparten las cartas en medio del alto canto de los grillos y el escándalo de las aguas que caen sobre la rueda que mueve el trapiche. 7 Cruzaba los precipicios de la cordillera gracias a un ingenioso juego de poleas y cuerdas que él mismo manejaba, avanzando lentamente sobre el abismo. Un día, las aves lo devoraron a medias y lo convirtieron en un pingajo sanguinolento que se balanceaba al impulso del viento helado de los páramos. Había robado una hembra de los constructores del ferrocarril. Gozó con ella una breve noche de inagotable deseo y huyó cuando ya le daban alcance los machos ofendidos. Se dice que la mujer lo había impregnado en una substancia nacida de sus vísceras más secretas y cuyo aroma enloqueció a las grandes aves de las tierras altas. El despojo terminó por secarse al sol y tremolaba como una bandera de escarnio sobre el silencio de los precipicios. 8 En Akaba dejó la huella de su mano en la pared de los abrevaderos. En Gdynia se lamentó por haber perdido sus papeles en una riña de taberna, pero no quiso dar su verdadero nombre.


SANTIAGO MUTIS

En Recife ofreció sus servicios al Obispo y terminó robándose una custodia de hojalata con un baño de similor. En Abidján curó la lepra tocando a los enfermos con un cetro de utilería y recitando en tagalo una página del memorial de aduanas. En Valparaíso desapareció para siempre, pero las mujeres del barrio alto guardan una fotografía suya en donde aparece vestido como un agente viajero. Aseguran que la imagen alivia los cólicos menstruales y preserva a los recién nacidos contra el mal de ojo. 9 Ninguno de nuestros sueños, ni la más tenebrosa de nuestras pesadillas, es superior a la suma total de fracasos que componen nuestro destino. Siempre iremos más lejos que nuestra más secreta esperanza, sólo que en sentido inverso, siguiendo la senda de los que cantan sobre las cataratas, de los que miden su propio engaño con la sabia medida del uso y del olvido. 10 Hay un oficio que debiera prepararnos para las más sordas batallas, para los más sutiles desengaños. Pero es un oficio de mujeres y les será vedado siempre a los hombres. Consiste en lavar las estatuas de quienes ama ron sin medida ni remedio y dejar enterrada a sus pies una ofrenda que, con el tiempo, habrá carcomido los mármoles y oxidado los más recios metales. Pero sucede que también este oficio desapareció hace ya tanto tiempo, que nadie sabe a ciencia cierta cuál es el orden que debe seguirse en la ceremonia.

Invocación ¿Quién convocó aquí a estos personajes? ¿Con qué voz y palabras fueron citados? ¿Por qué se han permitido usar el tiempo y la substancia [de mi vida? ¿De dónde son y hacia dónde los orienta el anónimo destino [que los trae a desfilar frente a nosotros?

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Que los acoja, Señor, el olvido. Que en él encuentren la paz, el deshacerse de su breve materia, el sosiego a sus almas impuras, la quietud de sus cuitas impertinentes. No sé, en verdad, quiénes son, ni por qué acudieron a mí para participar en el breve instante de la página en blanco. Vanas gentes estas, dadas, además, a la mentira. Su recuerdo, por fortuna, Comienza a esfumarse En la piadosa nada Que a todos habrá de alojarnos. Así sea. ÁLVARO MUTIS


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Si mañana despierto De súbito respira uno mejor y el aire de la primavera Llega al fondo. Mas sólo ha sido un plazo Que el sufrimiento concede para que digamos la palabra. He ganado un día; he tenido el tiempo En mi boca como un vino. Suelo buscarme En la ciudad que pasa como un barco de locos por la noche. Sólo encuentro un rostro: hombre viejo y sin dientes A quien la dinastía, el poder, la riqueza, el genio, Todo le han dado al cabo, salvo la muerte. Es un enemigo más temible que Dios, El sueño que puedo ser si mañana despierto Y sé que vivo. Mas de súbito el alba Me cae entre las manos como una naranja roja. JORGE GAITÁN DURÁN


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Silva A Camilo de Brigard Silva Como irse a la habitación más oscura de la casa y allí desterrarse y ser orgullo hasta la humildad; como las noches en placer extranjero, sin idiomas, buscando con ojos voraces la mujer más sencilla, entonces la más cruel porque se haya visto deseada; como hundirse hasta la conciencia y encontrar que las culpas son más densas que el alma, y obligarse a la resignación; igual que preguntar por un amigo y saber que desapareció desde la infancia: así fue Silva rechazado peor que los insectos. Lo imagino con la rabia como un hacha entre los dientes queriendo abrirse paso entre la vida, de tan densa, tratando de inculcar en la sociedad que acompañaba el obrar noblemente y el buen gusto; pero ellos, hijos de las masturbaciones y de la vanagloria, sólo sabían de las sílabas a golpes de dedo e ignoraban la armonía y el mundo de las palabras. Su juventud fue el conocimiento de la poesía o el hallazgo de la soledad. La risa de Verlaine también fue mueca en Silva, y por su rostro, tenso como el salto de un tigre, cruzó la sonrisa cuando la piel se le fue llenando de palomas. Porque triste es querer aquello que es mortal; más le vale al hombre aceptar su fracaso desde los abuelos o esperar con el calor sofocante y brutal y sin el menor soplo de aire, y sentir que un ave inmensa pugna desde el centro de la tierra por salir, y que la carne se agrieta como Cúcuta después de los temblores y ver que todo es claridad o sombra y que todo se traspasa como las manos al fuego. Hasta la misma poesía a Silva le fue adversa. A veces uno piensa que su sepulcro eran sus huesos, arbitrariamente erguidos como ley en su estatura.


SANTIAGO MUTIS

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Pero a Silva el cuerpo le quedaba estrecho como un muerto con ataúd pequeño, como esos muertos que van creciendo en los velorios y hacen crepitar la madera. La gana de no vivir, el desconsuelo, el paso de la dificultad a un nuevo abatimiento, el desvivirse y creer, la enfermedad del siglo, el doctor y sus dogmas como látigos, la inconformidad y también el no creer. Como flecha que crece en el árbol hasta estar madura para el arco, como árboles que por tanto contemplarse desbordaran el río: la muerte que nació contigo, y la vida, ese otro nombre de la muerte, te llenaron hasta inundarte, hasta saber que en ti no había sino naufragio: que tu olfato combatía con el gusto, tu ojo contra los objetos, las manos contra sí mismas y enemigas del tacto, el silencio contra tu oído, tus sueños contra la memoria, que tu pie derecho no era aliado de tu pie izquierdo, que cada músculo era un desafío contra tus huesos, que el olvido no llegaba, y que el futuro, la perpetua contienda, estaba lleno de vencimientos, y el asco... Ahora conoces los cambios de la naturaleza. Pero, ¿cuántas veces renaciste en las flores silvestres? ¿Qué casco de potro la sal de tu sangre endureció? ¿Relinchó acaso cuando supo que coceaba a un muerto? Ahora, dentro de la tierra, ¿trabajas en algún metal que estallará como conjuro para los días de la solemne restitución de los vivos? Humillado por la misma poesía que no supo defenderte tu presencia está en las palabras que se fugan, en la noche que llega sin saber detenerse.


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No se llore la muerte porque la muerte es una compañía, ni la vida, sino las que de nosotros nacerán, Y a los hombres que vinieren y a nosotros, Dios nos guarde, ahora, y en la hora de nuestro nacimiento, amén. EDUARDO COTE LAMUS


SANTIAGO MUTIS

Salón Colonia Me asiste la impresión de que entre vuelta y vuelta, o tras el final de cada danzón, la muerte brilla en un clarinete. Es una dulce Babilonia que se arrastra tras la madeja del baile. Un hombre de gran bigote y aires de proxeneta parece aligerar sus culpas mientras baila. Bajo los reflectores espejea su chaleco negro de oscura mariposa. Una anciana danza mirando al cielo del salón. Lo hace con una mirada de beatitud, como si la espiara en cada giro la Virgen de Guadalupe. Todo parece ocurrir en vísperas de la muerte. Hay una atmósfera de quietud y de lavanda, un aire en el que hacen pareja el antiguo dolor y el nuevo olvido. En cada giro del danzón regresan los días de esplendor, es como si el pasado girara en la pista. Cómo bailan. Giran en una lentitud de carrusel. en algo que parece Una secreta coreografía de la muerte. No pocos bailadores parecen venir del caballete clínico de Cuevas, trazados en una técnica mixta de lápiz e impudicia. Pero no hay nadie que sea mortal mientras baila un danzón. Pugnan las alas por florecer en una espalda encorvada, regresa el caballo de la juventud, como si aún galopara en las praderas del pecho. Es posible que la mujer del traje blanco viaje todos los viernes desde la modistería del barrio hasta la gloria. Seguro que ha contado en su collar el paso de los días que conducen a un salón que la colma de una levedad de sueño y de velero. Hay en el aire algo de belleza muerta e insepulta, algo inocente, más cercano al templo que al burdel.

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De pronto, tras los pasos del alba, el portero del paraíso como un ángel del destierro anuncia que debemos irnos antes que encienda las luces del salón. Aún ignoro si fue una noche irreal o una fisura en el tiempo. JUAN M ANUEL ROCA


SANTIAGO MUTIS

Tierra dura El mundo se acumula extrañamente de tiempo en tiempo, abriendo mapas a sueños que prontamente pasan. Mas no hablo del mundo actual que nos habita sino de aquel que huye por nosotros para darle a la muerte su paisaje. Cava el silencio en el silencio mismo la milenaria soledad de las estatuas. Poco queda del hombre: tan sólo el hombre y esta tierra dura levantada en tumbas, sobre las que en vano tantos sembraron árboles sin sombra. No hay aquí, entonces, un solo lugar para el descanso ni un solo sitio del que no se tema dar el paso y no encontrar la huella. Nada viene vivo de ayer, ayer no existe. Y esa arena levantisca que a diario pisa el caminante, pudo muy bien haber sido el exilio de un tiempo que pasó y que mucho antes de nosotros se detuvo. LUIS AGUILERA

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Disculpas para escoger unos poemas Gustavo Álvarez Gardeazábal Escoger cuál poeta nos llegó alguna vez más allá del olvido y se quedó tintineando para siempre en la memoria, no es difícil tarea cuando ya vamos más allá de los sesenta años y revisamos con cuidado cuantos malos recuerdos hemos borrado de la memoria. Escoger entonces a Antonio Llanos y a Meira del Mar, es rendir tributo a los dos extremos de la versificación impactante. Llanos jugueteó con el misticismo para hacernos sentir románticos desfasados. Meira no ha dejado de golpear con la fuerza del caracol en las profundidades marinas. Seleccionar a Charry Lara, a Carranza y a Camacho Ramírez es arbitrio mínimo de parte de quienes creemos que los consagraron sus versos y los inmortalizaron los años. Sacar aparte a Aurelio Arturo o a Omar Ortiz es hurgar en el rescoldo de un horno en donde a bastonazos de prosa han cuajado poesía inolvidable y apetitosa. Hacer aparecer a X-504 y a Jota Mario es aceptar que hice parte de una generación que ellos martillaron a punta de versos e imprecaciones para intentar desde muy jóvenes convertirse en íconos indelebles del panorama poético colombiano. Pero incluir a Cote es manifestación extrema de mi admiración mayúscula por quien, después de tantos años de leer tanta poesía colombiana, ha sido el mejor y tendrá que seguir siéndolo hasta que aparezca quién lo destrone.


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La espera Aquí me tienes esperando que tu navío eche las anclas mas en el cielo de los mástiles no están los palos de tu barca. Viejo lobo de un mar lejano, corrió entre céfi ros mi infancia y con la miga de mis sueños encendí mi pipa dorada. Fue mi padre un dulce marino (ardía el sol entre sus barbas . . .) que me enseñó desde pequeño a hablar en ritmo de baladas. Siempre en el mar dormí en la noche y al despertar en la alborada entre gruñidos y linternas las naves se balanceaban. Y aquí estoy esperando un barco que del paisaje de mi infancia cargado venga con mis sueños y ancle en mi riba desolada. Las gaviotas saben mi historia. Mi padre Ulises se llamaba... ANTONIO LLANOS


GUSTAVO Á LVAREZ GARDEAZÁBAL

Nodriza Mi nodriza era negra y como estrellas de plata le brillaban los ojos húmedos en la sombra: su saliva melodiosa y sus manos palomas mágicas. ¿O era ella la noche, con su par de lunas moradas? ¿Por qué ya no me arrullas, oh noche mía amorosa, en el valle de yerbas tibias de tu regazo? En mi silencio a veces aflora fugitiva una palabra tuya, húmeda de tu aliento, y cantan las primaveras y su fiebre dormida quema mi corazón en ese solo pétalo. Una noche lejana se llegó hasta mi lecho una silueta hermosa, esbelta, y en la frente me besó largamente, como tú; ¿o era acaso una brisa furtiva que desde tus relatos venía en puntas de pie y entre sedas ardientes? *** Tú que hiciste a mi lado un trecho de la vía, ¿te acuerdas de ese viento lento, dulce aura, de canciones y rosas en un país de aromas, te acuerdas de esos viajes bordeados de fábulas? AURELIO ARTURO

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Mujeres de otro día Estas mujeres fueron bellas; en las orillas de su alma anchos paisajes balancearon su ardor de inéditas distancias. Eran como tierras sin nombre en espera de ser llamadas, llenas de palmeras fragantes que vibraban al sol como arpas. La brisa errátil de los trópicos les despeinaba las miradas dispersas hacia el horizonte como un rebaño de cabras. Su cuerpo tenso como un arco se erguía sobre la esperanza lleno del intenso temblor de la flecha no disparada, y todas se iban apagando esperando al que no llegaba. Estas mujeres fueron bellas, y había una que yo amaba. Yo tenía siete años dulces como el corazón de la caña. Senos morenos como nísperos, ojos de estrella y voz de agua, ella ardía como una esencia esperando al que no llegaba; yo tenía siete años dulces y aún no tenía sino alma, y la veía consumirse mientras mi instinto se alargaba. Un día yo tuve veinte años, llenas de fuerzas las entrañas y corrí loco tras la estrella de aquel mito de mi infancia; ya tenía instinto y deseo; podía ser el que no llegaba.


GUSTAVO Á LVAREZ GARDEAZÁBAL

Llegué cuando ya se caían como sauces sus miradas, cuando sus cabellos barrían las cenizas de la esperanza que volaban sobre sus ojos en un lento otoño de lágrimas. Estas mujeres fueron bellas y envejecieron como ramas que se cortan para la hoguera que ha de hacer la vida más clara. Hoy yo tengo veinte años fuertes como banderas desplegadas, hoy ya mi instinto y mi deseo se erigen al sol como lanzas y, cuando paso, estas mujeres que fueron bellas en mi infancia, murmuran resignadamente: así era el que no llegaba. ARTURO CAMACHO R AMÍREZ

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Soneto a Teresa Teresa en cuya frente el cielo empieza como el aroma en la sien de la flor; Teresa la del suave desamor y el arroyuelo azul en la cabeza. Teresa en espiral de ligereza y uva y rosa y trigo surtidor; tu cuerpo es todo el río del amor que nunca acaba de pasar, Teresa. Niña por quien el día se levanta, por quien la noche se levanta y canta en pie, sobre los sueños, su canción: Teresa, en fin, por quien ausente vivo, por quien con mano enamorada escribo, por quien de nuevo existe el corazón. EDUARDO CARRANZA


GUSTAVO Á LVAREZ GARDEAZÁBAL

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Aviso a los moribundos A vosotros, los que en este momento estáis agonizando [en todo el mundo: os aviso que mañana no habrá desayuno para vosotros; vuestra taza permanecerá quieta en el aparador como [un gato sin amo, mirando la eternidad con su ojo esmaltado. Vengo de parte de la Muerte para avisaros que vayáis preparando vuestras ocultas descomposiciones: todos vuestros problemas van a ser resueltos dentro de poco, y ya, ciertamente, no tendréis nada de qué quejaros, ¡oh príncipes deteriorados y próximos al polvo! Vuestros vecinos ya no os molestarán más con sus visitas [inoportunas, pues ahora los visitantes vais a ser vosotros, y de [qué reino misterioso y lento! Ya no os acosarán más vuestras deudas ni os trasnocharán [vuestras dudas e incertidumbres, pues ahora sí que vais a dormir, ¡y de qué modo! Ahora vuestros amigos ya no podrán perjudicaros más, ¡oh afortunados a quienes el conocimiento [deshereda! Ni habrá nadie que os pueda imponer una disciplina que os hacía rabiar, ¡oh disciplinados y pacíficos [habitantes de vuestro agujero ! Por todo esto vengo a avisaros que se abrirá una [nueva época para vosotros en el subterráneo corazón del mundo a donde seréis [llevados solemnemente para escuchar las palpitaciones de la materia. Alrededor vuestro veo muchos que os quieren ayudar [a bien morir, y que nunca, sin embargo, os quisieron ayudar [a bien vivir. Pero vosotros ya no estáis para hacer caso de nadie, porque os encontráis sumergidos en vosotros mismos [como nunca antes lo estuvierais, pues al fin os ha sido dado poder reposar en vosotros,


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en vuestra más recóndita intimidad a donde nadie [puede entrar a perturbaros. Ciertamente, vuestro suceso no por sabido es menos [inesperado, y para algunos de vosotros demasiado cruel, como [no lo merecíais, mas nadie os dará consolación y disculpas. De ahora en adelante vosotros mismos tendréis que [hacer vuestro lecho, quedaréis definitivamente solos y ya no tendréis [ayuda, para bien o para mal. Vosotros, que no soportabais los malos olores, [ahora ya nadie os podrá soportar [a vosotros. Vosotros, que no podíais ver un muerto, ahora ya nadie os podrá ver a vosotros, os ha llegado vuestro turno, ¡oh maravillosos ofendidos [en la quietud de vuestra aristocrática fealdad! Tanto que os reisteis en este mundo, mas ahora sí que vais a poder reíros a todo [lo largo de vuestra boca, ¡oh prestos a soltar la carcajada final, la que nunca [se borra! Yo os aviso que no tendréis que pagar más tributo y que desde este momento quedáis exentos de [todas vuestras obligaciones, oh próximos libertos, ¡ cómo vais a holgar ahora [sin medida y sin freno! Ahora vais a entregaros a la desenfrenada locura de [vuestro esparcimiento, no, ciertamente, como os revolcabais en el revuelto [lecho de vuestros amantes, sino que ahora seréis vosotros mismos vuestro más [tierno amante, ¡sin hastío ni remordimiento! Tomad vuestro último trago de agua y despedíos de vuestros parientes porque vais a celebrar el [secreto concilio


GUSTAVO Á LVAREZ GARDEAZÁBAL

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en donde seréis elegidos para presidir vuestra propia desintegración y vuestra ruina definitiva. Ahora sí que os podréis jactar de no ser como los demás, pues seréis únicos en vuestra inflada podredumbre, ¡ahora sí que podréis hacer alarde de vuestra [presencia ! Yo os aviso que mañana estrenaréis vestido y casa y tendréis otros compañeros más sinceros y laboriosos que trabajarán acuciosamente día y noche para [limpiar vuestros huesos. oh vosotros, que aspiráis a otra vida porque no os [amañasteis en ésta: yo os aviso que vuestra resurrección va a estar un [poco difícil, porque vuestros herederos os enterrarán tan hondo [que no alcanzaréis a salir a tiempo [para el juicio final. JAIME JARAMILLO ESCOBAR


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Los inadaptados no te olvidamos, Marilyn Ahora que los gusanos han echado sobre tu cuerpo la primera palada de olvido ahora que vives debajo de Los Ángeles sin necesidad de siquiatras ahora que el hueso altivo de tus caderas es puro polvo en una caja y puro polvo son tus nalgas diseminadas por el suelo de raso de tu tumba ahora que la totalidad de tu cuerpo cabe en la más pequeña de tus polveras ahora que las uñas de tus pies disgregadas como planetas muertos y los tacones de platino de tus zapatillas de gala se doblan entre canastas de champaña bajo el peso terrible de la ausencia de tu talón de Aquiles ahora que en tu ropero las polillas han hecho lo propio con tus trajes olorosos a fiesta en Beverly Hills a Chanel número 5 a los cinco dedos de una mano ahora que el millonario excéntrico que alquiló la mansión que habitabas en Brentwood ha dejado de buscar tus axilas en los rincones de la sala y organiza con sus invitados un safari de rinocerontes en el Perú ahora que el siquiatra que te atendía se ha declarado en quiebra y para pagar sus impuestos está escribiendo tus “Memorias” y además porque a sus tres esposas les hacen mucha falta los doce mil dólares mensuales que le pagabas de honorarios ahora que las pastillas soporíferas que tomaste se agotan rápidamente en las farmacias como canciones de cuna definitivas ahora que hasta en las cintas viejas de celuloide se están cerrando tus ojos cansados de soportar tanta pestaña tanta vigilia tanta viga Ahora que ya nadie sabe quién era Norma Jean Baker porque las Baker Norma Jean abundan en los directorios telefónicos ahora que los 188.000 millones de psicópatas ya no te ven en sus sueños en inglés con leyendas en castellano como una bruja de Salem volando sobre un bate de béisbol ahora que la obra dramática de tu exmarido sobre tu vida ha quedado en tablas ante los críticos de Broadway y ha dejado para siempre de alumbrarte el sol de los fotógrafos oh gata llena de misterio sobre el Mercedes


GUSTAVO Á LVAREZ GARDEAZÁBAL

Benz del olvido en este pequeño país latinoamericano que se llama Colombia vivimos varios poetas inadaptados que no queremos olvidarte (tú Marilyn fuiste más importante para nosotros que la doctrina Monroe) y que nos acordamos de ti cuando sale la luna sobre los “Jaguares” cuando bajamos deslizándonos por las pasarelas del jet cuando leemos en la prensa que Dalí ha hecho de tus senos una escultura de gavetas cuando pasa por nuestro lado veloz como una sirena una ambulancia blanca de dos pisos y nuestras mujeres gritan en lo más alto de los ascensores a veces como ahora te elevamos una oración por qué no te elevamos en una oración en un réquiem en un antirréquiem en un responso sabemos nosotros de estos nombres sólo que cada hombre ora a lo que más ama sobre todo si lo que más ama está muerto y es entonces cuando queremos acostarnos bocabajo en el cementerio de Westwood para sentir el cosquilleo en nuestros poros púbicos de las lanzas de hierba que crecen desde tus ingles norteamericanas ahora que estás muerta y reposas enquistada sin muchas esperanzas en la resurrección de los cuerpos en ese pequeño lugar que es como el ombliguito de América luego de haber vivido entre reflectores y niebla entre almacenistas y magnates entre dramaturgos y policías entre los espejos y el espejismo del amor J.M ARIO ARBELÁEZ

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Te hubiera amado Te hubiera amado, perfil solo, nube gris, nimbo del olvido. Con el misterio de la mirada, bajo la tormenta oscura de las palabras, en la tristeza o puñal de cada beso, hasta la ira y la melancolía, te hubiera amado. Ay, cuerpo que al amor se resiste no ofreciendo su nocturno abandono a unos labios. Sobre su piel la luna inútilmente llama, llama inútil la noche y el sol, inútil llama, lame con una lengua sombría sus dos senos. Te hubiera amado, rostro donde el día toma su luz hermosa. Frío, dolor, nube gris de siempre, como un relámpago entre el sueño amanecías sonámbula y bella atravesando una aurora. Tarde naval sobre el azul se extiende. En el sueño del horizonte todo se olvida. Vive tú aún, secreta existencia, mía como el deseo que nunca se extingue. Vive fuerte, relámpago que un día amanecías, llama ahora de nieve. Mírame aún, pero recuerda que se olvida. FERNANDO CHARRY LARA


GUSTAVO Á LVAREZ GARDEAZÁBAL

Verde mar I De tanto quererte, mar, el corazón se me ha vuelto marinero. Y se me pone a cantar en los mástiles de oro de la luna, sobre el viento. Aquí la voz, la canción. El corazón a lo lejos, donde tus pasos resuenan por las orillas del puerto. De tanto quererte, mar, ausente me estás doliendo casi hasta hacerme llorar . . . II ¡Mar! Y es como si, de pronto, se hiciera la claridad. Ángeles desnudos. Ángeles de brisa con luz. Cantar del agua que danza una zarabanda de cristal. Islas, olas, caracoles. Grito blanco de la sal... Y el corazón, de latido en latido, dice: ¡mar! M EIRA DEL M AR

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Albatros Frente a la ventana, el viejo marinero Sueña las ballenas que navegan por su alma Y que su ojo feroz no arponeó. Su corazón es de verdad el único Cementerio marino. No el del poema. El que viaja en esa pequeña ola Que rueda lentamente por su mejilla OMAR ORTIZ FORERO


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Tras una nueva lectura de la poesía colombiana Julián Malatesta La poesía colombiana en el siglo xx, para nuestro más íntimo regocijo, tuvo una expresión luminosa y dio lugar a acontecimientos que trasformaron de un modo radical el devenir de nuestras letras. Este ejercicio, guiado quizá por la arbitrariedad del gusto, me ha permitido tener un acercamiento a la poesía más allá de la obstinada mirada académica, en pos de aquellos poemas que en su apreciación más inmediata pudieran conmover, asombrar y tal vez activar el recuerdo de mis lecturas iniciales. Por esa razón, esta extraordinaria idea de hacer un libro con lo que algunos poetas consideramos lo mejor de nuestra poesía contemporánea, no es un ejercicio de exclusión, sino que se constituye en el duro y generoso oficio de incluir, quizá con desaciertos, pero en todo caso, con la honestidad de nuestro entusiasmo. Todos los que participamos de este oficio de leer escribiendo nos vamos llenando de supersticiones y prejuicios que determinan en gran parte nuestro gusto. De esa manera los poemas que propongo a los lectores de autores como Guillermo Valencia, Porfi rio Barba Jacob, León de Greiff, Meira del Mar, Aurelio Arturo, Helcías Martán Góngora, Juan Manuel Roca, William Ospina Buitrago, Jota Mario Arbeláez y Omar Ortiz, tienen desde mi punto de vista algo en común: el privilegio de la imagen como elemento constitutivo del poema, que conduce a que los excesos retóricos se restrinjan –aun en la consideración de los movimientos literarios en que algunos poetas militan o en los diálogos que establecen con la tradición– y eso da lugar a una poesía precisa, sin afeites de seducción y ajena al artificio de los efectos, con un lenguaje que no teme a la rudeza y al encuentro con esa palabra singular y única que el poema reclama. Se halla también la presencia de una poesía donde la ironía es el dispositivo para interrogar las oscuridades de nuestro tiempo y cuyos alcances políticos no envilecen su condición estética. Incluyo del mismo modo una poesía amorosa desalojada de los habituales escarceos de la pasión, es decir, sutilmente evasiva de los lugares comunes que la bisutería de la tradición ofrece.


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Anhelo que estos poemas instalen un nuevo diálogo con la obra de sus autores en la perspectiva de promover una renovada recepción de sus trabajos poéticos. Sería de esperarse que poetas que han caído en la deshonra de los inanes análisis académicos o en el adocenamiento de las cómodas lecturas oficiales puedan ser rescatados de esa ignominia. Un ejemplo típico es Aurelio Arturo, al que se le endilga un azucaramiento desmedido y una fragilidad de amanerado, cuando su obra expresa con mucho vigor el coraje y la faena del hombre poblando su tierra. Tengo la impresión de que hay poetas que están anhelando una lectura hecha con sangre tal como lo pensó Nietzsche: escribe con sangre que la sangre es espíritu. Las lecturas que campean en los cenáculos oficiales y que desconocen u ocultan el ímpetu de ruptura que activa a toda obra de arte, han producido un daño en las letras colombianas del cual no es posible reponerse si no emprendemos la recuperación de nuestros poetas desde un campo intelectual autónomo. Los herederos de ese modo de entender nuestra propia literatura invaden la industria editorial de versos cuya fragilidad y desaliento apenas perciben la sociedad y la época en que habitan.


JULIÁN M ALATESTA

Las dos cabezas Omnis plaga tristitia cordis est et omnis malitia, nequitia mulieris. EL ECLESIÁSTICO

Judith y Holofernes (Tesis) Blancos senos, redondos y desnudos, que al paso de la hebrea se mueven bajo el ritmo sonoro de las ajorcas rubias y los cintillos de oro, vivaces como estrellas sobre la tez de raso. Su boca, dos jacintos en indecible vaso, de la sutil esencia de la voz. Un tesoro de miel hincha la pulpa de sus carnes. El lloro no dio nunca a esa faz languideces de ocaso. Yacente sobre un lecho de sándalo, el asirio reposa fatigado; melancólico cirio los objetos alarga y proyecta en la alfombra... Y ella, mientras reposa la bélica falange, muda, impasible, sola, y escondido el alfanje, para el trágico golpe se recata en la sombra. *** Y ágil tigre que salta de tupida maleza, se lanzó la israelita sobre el héroe dormido, y de doble mandoble, sin robarle un gemido, del atlético tronco desgajó la cabeza. Como de ánforas rotas, con urgida presteza, desbordó en oleadas el carmín encendido, y de un lago de púrpura y de sueño y de olvido, recogió la homicida la pujante cabeza.

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En el ojo apagado, las mejillas y el cuello, de la barba, en sortijas, al ungido cabello, se apiñaban las sombras en siniestro derroche sobre el lívido tajo de color de granada... y fingía la negra cabeza destroncada una lúbrica rosa del jardín de la Noche.

Salomé y Joakanann (Antítesis) Con un aire maligno de mujer y serpiente, cruza con rápidos giros Salomé la gitana al compás de los crótalos. De su carne lozana vuela equívoco aroma que satura el ambiente. Danza todas las danzas que ha tejido el Oriente: las que prenden hogueras en la sangre liviana y a las plantas deshojan de la déspota humana o la flor de la vida, o la flor de la muerte. Inyectados los ojos, con la faz amarilla, el caduco Tetrarca se lanzó de su silla tras la hermosa, gimiendo con febril arrebato: “Por la miel de tus besos te daré Tiberiades”. Y ella dícele: “En cambio de tus muertas ciudades, dame a ver la cabeza del Esenio en un plato”.

*** Como viento que cierra con raquítico arbusto en el viejo magnate la pasión se desata, y al guiñar de los ojos, el esclavo que mata apercibe el acero con su brazo robusto. Y hubo grave silencio cuando el cuello del Justo, suelto en cálido arroyo de fugaz escarlata, ofrecieron a Antipas en el plato de plata que él tendió a la sirena con medroso disgusto.


JULIÁN M ALATESTA

La lumbre que viene del lejano infinito da a las sienes del mártir y a su labio marchito la blancura llorosa de cansado lucero. Y –del mar de la muerte melancólica espuma– la cabeza sin sangre del Esenio se esfuma en las nubes de mirra de sutil pebetero.

La palabra de Dios (Síntesis) Cuando vio mi poema Jonatás el Rabino (el espíritu y carne de la bíblica ciencia), con la risa en los labios me explicó la sentencia que soltó la Paloma sobre el Texto divino. “Nunca pruebes –me dijo– del licor femenino, que es licor de mandrágoras y destila demencia; si lo bebes, al punto morirá tu conciencia, volarán tus canciones, errarás el camino”. Y agregó: “Lo que ahora vas a oír no te asombre: la mujer es el viejo enemigo del hombre: sus cabellos de llama son cometas de espanto. Ella libra la tierra del amante vicioso y ella calma la angustia de su sed de reposo con el jugo que vierten las heridas del santo”. GUILLERMO VALENCIA

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La hora cobarde Ya no es la flébil brisa de la inquietud fecunda la que remueve al paso tus huertos interiores y en torno de ti mismo la vida entera inunda de dulces y suaves y trémulos dolores. Ya no es la desazón que tenía fragancias de floridos pensiles en tiempo sosegado, y que dejó su miel en todas tus estancias... ¡Es el viento que mueven los mares del pecado! Es un furioso viento, un invencible viento de amor airado y trágico, de vinos, de alegría; y por oculto azar oyes cada momento las voces de la muerte y el canto de la orgía. ¿Qué manos implacables segaron la cisterna que ayer nutrió las puras raíces de tu vida? ¿Quién empañó el tesoro de tu virtud interna? ¿Quién apagó en la noche tu lámpara encendida? Vas bajo las tinieblas con un andar incierto, entre vanos amigos e impulsos desleales, a un indeciso término del horizonte abierto donde gustar tus ochos pecados capitales. Has trocado la lira de las cuerdas de oro por la hembra sensual y frívola y extraña, perpetuamente ajena, pero que te brindará sus dejos de bacante y el ominoso encanto de su carne morena de exóticos afeites y de un olor picante. De vez en vez y apenas en tu noche profunda, surge de entre las danzas y el vino y el clamor, borrosa en el recuerdo de un aire extenuado, la página primera de algún poema amado que no escribirás nunca... “Cantaba el ruiseñor...”


JULIÁN M ALATESTA

Y alzas a mí tus manos que tejían los hilos suaves de los versos en la quietud antigua, y el mirar de tus ojos cobardes e intranquilos que el genio alumbra aún con una luz exigua. Yo... ¿cómo te diría mi propio pensamiento, si mi propia virtud de llama pura no sé por qué persiste ni cómo la sustento: cómo marcarte un término entre el laurel y el vino si yo mismo no encuentro mi estrella y mi camino? Si ya mi juventud presiente la cercana hora otoñal, de fuerza menguante o abolida, y tengo la recóndita tristeza inenarrable de aquel que entra en la muerte sin conocer la vida. ¡La Vida, la profunda Vida trémula y loca! La de verdad: ¡La Única, de brillo transitorio, que escancia sus almíbares en nuestro vaso frágil y dora nuestras frentes con un fulgor ustorio! La que vertió sus rojos vinos pródigamente, la que dejó sus mirras en todos los altares, y holló todos los légamos y vio todas las rutas y a quien su acerba espuma dieron todos los mares. ¡La sola grande y trágica que bajo el sol fecundo no hay huerto que no agite ni hoguera que no encienda, la que en impulsos bárbaros, al golpe de un acero, duplica con la sangre su intensidad tremenda! ¡Vivir!... Quién me diría que este recogimiento conventual y grave que fija mi destino, y la penumbra tosca que envuelve mi aposento, no valen mucho menos que un vaso de bueno vino; y que este afán cansado de cruzar las historias vastas y resonantes, en pos de un gesto oscuro, saturará mi espíritu de miel y de fragancia; y que es vivir la vida saber la de esos héroes que pasan enfilados a un siglo de distancia;

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que vale más un claro poema de sutiles palabras imprecisas y ritmo claudicante, que la mujer jocunda que llega tras las danzas a dejarnos el beso sonoro e insinuante... Yo, cómo expresaría mi propio pensamiento, si mi sola virtud de llama pura no sé por qué persiste ni cómo la sustento... ¿Cómo marcar un término entre el laurel y el vino, si yo mismo no encuentro mi estrella y mi camino? PORFIRIO BARBA JACOB


JULIÁN M ALATESTA

Sonetín Advino ahora Lilia, de los ojos de absenta, los muslos luengos y las piernas finas, el busto en flor (¡Oh! las breves colinas de róseos picos!) y la boca cruenta, y el nido lauto donde amor se asienta, tibio, ardoroso, en medio a las endrinas crenchas y a las fragancias venusinas! ¡Oh lauto nido amante! ¡Oh boca lienta! Advino ahora Lilia, de corazón combusto, sensorio audaz, espíritu sin trabas, y esa escultura ígnea, ágil, en furia. ¡Oh Lilia!, excepcional copa en que gusto hieles, mieles y témpanos y lavas. ¡Amor, sosiego, paz: amor, ardor, lujuria! LEÓN DE GREIFF

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Elegía de Leyla Kháled Te rompieron la infancia, Leyla Kháled. Lo mismo que una espiga o el tallo de una flor, te rompieron los años del asombro y la ternura, y asolaron la puerta de tu casa para que entrara el viento del exilio. Y comenzaste a andar, la patria a cuestas, la patria convertida en el recuerdo de un sitio que borraron de los mapas, y dolía más hondo cada hora, y volvía más triste del silencio, y gritaba más fuerte en el castigo. Y un día, Leyla Kháled, noche pura, noche herida de estrellas, te encontraste los campos, las aldeas, los caminos, tatuados en la piel de la memoria, moviéndose en tu sangre roja y viva llenándote los ojos de sed suya, las manos y los hombros de fusiles, de fiera rebeldía los insomnios. Y comenzaron a llamarte nombres amargos de ignominia, y te lanzaron voces como espinas desde los cuatro puntos cardinales, y marcaron tu paso con el hierro del oprobio.


JULIÁN M ALATESTA

Tú, sorda y ciega, en medio de las ávidas zarpas enemigas, ardías en tu fuego, caminante de frontera a frontera, escudando tu pecho contra el odio con la incierta certeza del regreso a la tierra luctuosa de que fueras por mil manos extrañas despojada. Te vieron los desiertos, las ciudades, la prisa de los trenes, afiebrada, absorta en tu destino guerrillero, negándote el amor y los sollozos, perdiéndote por fin entre la sombra. Nadie sabe, no sé, cuál fue tu rumbo, si yaces bajo el polvo, si deambulas por los valles del mar, profunda y sola, o te mueves aún con la pisada felina de la bestia que persiguen. Nadie sabe. No sé. Pero te alzas de repente en la niebla del desvelo, iracunda y terrible, Leyla Kháled, oveja en loba convertida, rosa de dulce tacto en muerte transformada. M EIRA DEL M AR

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Cantos de hombres (Final)

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Son los hombres ásperos, Son los hombres tristes que se confunden con las bestias y con los árboles bajo el cielo [creciente. Son los hombres cantando sus canciones de nubes y caminos, cantando su añoranza de tierras anchas. Bajo nubes cantan sus canciones. Y abren el horizonte porque su huella es fuerte y dolorosa. Dulces como bestias pacíficas, recios como árboles, con su planta o la pezuña de sus caballos le abren caminos a la tierra. Tierras y tierras cantan bajo las nubes. Tierras anchas que se los tragan y los hacen retama humilde de sus vastedades, y los hacen dulce rumor de sus soledades, tierra suya, arena suya, soplo de sus vientos.

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Sus corazones son nudos violentos, la sangre viene de muy lejos, ¡y hay tanta tierra bella tras esas lejanías! Sus corazones son nudos de caminos, de caminos de huellas.

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¿Alguien recogerá la hoja, de la arena, para volverla al árbol? Dejad caer lo que está maduro y al viento hacer canciones de lo que ha sido. Son los hombres casi bárbaros,


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con un hondo corazón asilo de estrellas, son los hombres ásperos que aman sus nubes y aman sus caballos. Oiréis sus canciones bajo las nubes cuando las vastedades son polvaredas de oro, o cuando el horizonte son las nieblas y las grandes [lluvias. Oiréis sus canciones que les forman cauce a los [ríos, que les forman raudales a sus rápidas barcas. ¿Qué cantan los hombres bajo las nubes, qué cantan en cauce doloroso al gran viento? Cantan al viento el rastro de sus corazones. Cantan al viento, y de pronto, ellos son, todos, el viento, ¡son el viento del mundo! AURELIO ARTURO


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Declaración de amor Las algas marineras y los peces testigos son de que escribí en la arena tu bienamado nombre muchas veces. Testigos, las palmeras litorales. porque en sus verdes troncos melodiosos grabó mi amor tus claras iniciales. Testigos son la Luna y los luceros que me enseñaron a escribir tu nombre sobre la proa azul de los veleros. Sabe mi amor la página de altura de la gaviota en cuyas grises alas definí con suspiro tu hermosura. Y los cielos del sur que fueron míos y las islas del Sur donde a buscarte arribaba mi voz en los navíos. Y la diestra fatal del vendaval y todas las criaturas del océano y el paisaje total del litoral. Tú, sola entre la mar, niña a quien llamo: ola para el naufragio de mis besos, puerto de amor, no sabes que te amo. Para que tú lo sepas yo lo digo ¡y pongo al mar inmenso por testigo! H ELCÍAS M ARTÁN GÓNGORA


JULIÁN M ALATESTA

Estancias del tiempo Una palabra se diluye, como la nieve de la tiza En la oscura noche del tablero. La madre se fue mientras arde el pebetero Y la noche de ayer ya se hace noche: Cruzaron los reyes que abdicaron del tiempo. Musgosa y verde, se desdibuja Una pared de la casa abandonada. Jinetes de la guerra de los mil días Descabalgan sus caminos O quizá entran para siempre en una cantina sin salida. Mientras arde el pebetero El tiempo trabaja su secreta mampostería, Como esos hombres, que entre el golpeteo De una carambola en el billar, se deshacen sin remedio. Se marchitan los amores Y la novia que espera en el umbral de alguna iglesia No ve las telarañas que se adhieren A su ramo de azahares, a su velo. Un ejército de sombras marcha Hacia la guerra del olvido Lo despiden brazos al aire, manos que no existen. Los hombres van, tachonados de medallas Que en el rincón de un anticuario Sobrevivirán a sus dueños. Cruzan los Tamerlán, los Führer, Mientras las tropas muertas se atrincheran. JUAN M ANUEL ROCA

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En el cañón del Patía Esta es la tierra estéril que hace más de cien años engendraba serpientes, torvos hombres oscuros con pupilas de tigres y prestos al degüello, los poderosos dioses y las blancas esfinges. Por estas polvaredas viajamos hacia el sur, entre estanques podridos una legión sedienta, soñando que bastaba la exaltación de un jefe para guiar a millares contra España. Los áridos caminos olvidaron la multitud disuelta como el montón de arena que un puño encierra en vano. Por leguas, por semanas de fiebre y de osamentas, indios y deserciones diezmaron nuestro ejército y los tres hombres últimos entraron solitarios en la plaza enemiga, porque el planeta tiene, como el hombre, ruindades. Y estos son los lugares malvados de la Tierra y los negros espinos que crepitan al sol son como frases viles en labios de un verdugo. Aquí he vuelto. No entiendo por qué quiero estos llanos secos, ese peñasco sombrío que entre nubes descuella como el lomo de un escualo gigante sobre la cordillera. Algo me trae ahora bajo este sol sin bordes que asesina los ríos y alarga las raíces, a probarme en el lomo de los potros, cruzando la extensión sin caminos. Esta es la tierra estéril, pero tras las cuchillas ardientes donde tiemblan aldeas que se llaman La Quebrada, Arboleda, y tras el bronco río que burla en la hondura, está el mundo de Arturo, crecen bosques fragantes donde él vio descender la luna en las pupilas de una noche morada. Allá se ahondan fértiles colinas y las vagas cavernas de Berruecos donde aún resuena el eco de la oscura emboscada y el joven Mariscal desconcertado cae a ver morir el cielo tras un anillo de árboles.


JULIÁN M ALATESTA

Allá está el valle fértil, la tierra pensativa donde el país termina. El Santuario en el centro de las aguas brumosas. Una ciudad de iglesias a los pies del volcán que se pierde en las nubes. Pero aquí están la fiebre, la soledad, el polvo. Aquí he vuelto, a los hondos cañones de hombres tristes donde el maíz se abrasa en una luz de escombros. El día es del color de los huesos desnudos y en las almas hastiadas germina la discordia, pero al atardecer, cuando la luz vencida desagua por la orilla occidental, la tierra se olvida de sí misma bajo el rosado cielo y todas las leyendas con la luna, exaltándose cubren el fi rmamento. En la noche incontable, mientras van las estrellas hacia el otro horizonte, oigo encenderse en fábulas los labios de los viejos, oigo el hosco rumor de los cerdos dormidos y el silencio en que el campo brutal se purifica mientras hablan su idioma los pesados planetas. WILLIAM OSPINA BUITRAGO

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La lectura en tinieblas Mi padre no me dejaba leer la Biblia ni el Manifiesto Comunista para que no gastara la poca luz que podía pagar para la casa. Me quitaba el bombillo y dormía con él bajo la almohada [remordiéndole la conciencia pero al pie de la cama de mi cuarto también roncaba la nevera e instalado a los pies de mi cama con la nevera abierta leía de la medianoche a los gallos de la crucifi xión de San Pedro cabeza abajo, de la lapidación de Pablo en Listra y de la pasada por la espada de Santiago en los Hechos [de los Apóstoles. de las tripulaciones de Panait Istrati, las duras prisiones de Nazim Hikmet y las torturas de Julius Fucik en su reportaje al pie del [patíbulo, hasta que se me helaban los huesos. J. M ARIO ARBELÁEZ


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Una muchacha de San Petersburgo Ana Ajmátova casó con un poeta, Nikolai Gumiiliov, fusilado por orden de Yezhov, Jefe de policía y mal sujeto. Su hijo. Lev Gumiláov, murió en la cárcel a los veinte años. De ella habló mal Maiakovski Antes de suicidarse, pero le perdonamos. Ana Ajmátova sufrió el terror. Compuso Réquiem para que no olvidáramos. Pero nuestras mujeres que ven morir sus hijos, sus novios, sus esposos, asesinados, no pueden leer más que la lista diaria de los muertos. Lloran de rabia, de impotencia, mientras cierran la tapa de los féretros, y de su alma. Por eso hoy les hablo de Anna Ajmátova para que sepan que no están solas en su congoja. OMAR ORTIZ FORERO


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Listado plural Rómulo Bustos Aguirre Dentro de la inevitable pluralidad de elementos que entran en juego en una selección de este tipo, una consideración intenta guiar este listado: la del poema como lugar (o no lugar) paradójico donde conviven irradiación imaginaria y fuerza reflexiva; el poema como imagen pensativa. El resto, es decir, todo, es pleno ejercicio del derecho a la subjetividad. 1. En tono menor (Luis C. López). No profeso especial devoción por la poesía de mi coterráneo; sin embargo, su aporte indiscutible a la erradicación de una doble y sabida tendencia endémica en nuestra tradición lírica: solemnidad y retoricismo, me dicta el primer poema del listado. Se trata de un poema apacible y lleno de ternura; sin duda, el menos tuertolopezco de los poemas del Tuerto. 2. Cinematografía nacional (Luis Vidales). La modernidad lírica colombiana entra definitivamente a territorio del siglo XX (todo lo anterior es siglo XIX, incluidos el Tuerto, De Greiff y Barba Jacob) de la mano de Vidales: flexibilidad estructural del poema, vuelo imaginativo, humor, cotidianidad y frescura idiomática. Salta a la vista en este poema la cercanía de las estéticas demoledoras de Vidales y el Tuerto (y desde luego, la distancia, en lo que va del “amargo dejo” del uno, al instrumentario lúdico del otro). 3. Morada al Sur (Aurelio Arturo). Este poema es un pájaro que canta por sí solo. Es el Simurg. El pájaro que es todos los pájaros (al menos en la ornitología nacional). 4. La Noche de Jacob (Héctor Rojas Herazo). Todo el poema está concebido como un tenso y sostenido campo de batalla verbal donde lo que está en juego es la salvación o la derrota del hombre. La hondura existencial es el sello de fuego y arcilla de este espléndido texto, como de toda la obra poética de Rojas. 5. Mohirología (Álvaro Mutis) Poema de fuerza singular que emana de las resonancias de lo sacro despojado de su sacralidad, pero que sigue fulgurando a través de la ritualidad de la forma. Aquí espejean Mutis y el Rojas Herazo de Responso por la muerte de un burócrata. Retórica de


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la buena (en ambos casos), es decir, puesta al servicio de la intensidad, no como vana joyería. 6. Si se nombra la blancura / De la luna que he contado (Giovanni Quessep) Se trata, en cierto modo, de poemas gemelos. Bellas muestras del poema como música pensativa: a través de finos ritmos, imágenes y eufonías se despliega una suerte de manifiesto poético centrado en la musicalidad del olvido y la precariedad de la palabra. Rara modernidad la de Quessep: trágica desolación engastada como joya en un (dos) poema(s)-joya(s), y uno no puede sino pensar en el acertijo de Góngora cuando alude a aquel ave “que dulce muere y en las aguas mora”. 7. Momentos (José Manuel Arango). Sugestividad y economía de la palabra, finura del trazo y la mirada, perplejidad del que mira. Precisión de la imagen para capturar un instante que se desborda, que se abre a una vasta significación. Goce doloroso o impasible del que lee. Por su luz y su filo conceptual este poema se podría describir con cierta figura del I Ching: la mordedura tajante. 8. Mester de ceguería (Juan Manuel Roca) Acentuando líneas, perfilando acentos, en la poética de Roca cuyas claves son movilidad y lúdica (¿hay acaso imaginación estática?, advierte Bachelard), se observa el triunfo de vetas fundantes de la propuesta de Vidales. Transfiguración. La piedra esquiva de lo real es piedra angular para el salto imaginario, apertura a la realidad más real: la metáfora. Poema de atmósfera y amaestrado onirismo. El imposible rostro de la poesía se oculta y se desoculta, y el lector sigue, como ciego, la estela de su sonido, de sus silencios. 9. Problemas de la estética contemporánea (Jaime Jaramillo Escobar). Por los modos narrativos, el prosaísmo, el humor, el desenfado, se dejan ver aquí las andaduras del Tuerto y de Vidales. Del bello y nostálgico y analogizante Simurg ya solo quedan, tal vez, los restos de una sola pluma que sigue cantando, instalada definitivamente en la ironía. 10. Disparo final a la vía láctea (Raúl Gómez Jattín). Con Gómez Jattín ocurre el hecho inquietante de que lo obsceno obtiene estatuto lírico en la poesía colombiana. Considero este poema una de las piezas más singulares de la poesía erótica colombiana. Además de dar entrada a un Eros distinto (cosa que, per se, por supuesto, no hace mérito suficiente) están la fuerza de las imágenes (más sorpresivas que sorprendentes) y la honda percepción del Ser en su soledad originaria.


RÓMULO BUSTOS AGUIRRE

En tono menor ¡Qué tristeza más grande, qué tristeza infinita de pensar muchas cosas!... ¡De pensar, de pensar! De pensar, por ejemplo, que hoy tal vez, Teresita Alcalá, tu recuerdo me recuerda otra edad... Yo era niño, muy niño... Tú llegabas, viejita, cucaracha de iglesia, por la noche a mi hogar. Te hacía burlas... Y siempre mi mamá, muy bonita y muy dulce, te daba más de un cacho de pan... Tú eras medio chiflada... Yo pasé buenos ratos destrozando en tu casa, cueva absurda de gatos, cachivaches y chismes... ¡Oh, qué mala maldad! Pero ya te moriste... Desde ha tiempo te lloro, y al llorarte, mis años infantiles añoro, ¡Teresita Alcalá, Teresita Alcalá! LUIS CARLOS LÓPEZ

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Cinematografía nacional Por el cielo amarilloso de linterna pasan las nubes colombianas. Y cómo se les nota que no habían ensayado antes. Los árboles –por ser la primera vez que trabajan en cine– aparecen tiesos, cohibidos, amanerados. Pero el Salto de Tequendama lo hace con naturalidad como si tuviera una larga práctica en cinematógrafo. Por los alrededores de Bogotá merodea la Luna. ¡Y qué Luna! Es una Luna barnizada de blanco y con instalación propia. Afuera el cielo de la noche oscuro, ampuloso, es un inmenso gongorismo. Luego veo la Luna. ¡Oh! ¡Oh! ¡Les saca a los transeúntes sus fichas antropométricas contra el muro! ¡Son como clichés quemados que huyen! Y en el salón de la noche yo aplaudo las películas incoherentes de este Pathé Baby. LUIS VIDALES


RÓMULO BUSTOS AGUIRRE

Morada al Sur -IEn las noches mestizas que subían de la hierba, jóvenes caballos, sombras curvas, brillantes, estremecían la tierra con su casco de bronce. Negras estrellas sonreían en la sombra con dientes de oro. Después, de entre grandes hojas, salía lento el mundo. La ancha tierra siempre cubierta con pieles de soles. (Reyes habían ardido, reinas blancas, blandas, sepultadas dentro de árboles gemían aún en la espesura). Miraba el paisaje, sus ojos verdes, cándidos. Una vaca sola, llena de grandes manchas, revolcada en la noche de luna, cuando la luna sesga, es como el pájaro toche en la rama, “llamita”, “manzana [de miel”. El agua límpida, de vastos cielos, doméstica se arrulla. Pero ya en la represa, salta la bella fuerza, con majestad de vacada que rebasa los pastales. Y un ala verde, tímida, levanta toda la llanura. El viento viene, viene vestido de follajes, y se detiene y duda ante las puertas grandes, abiertas a las salas, a los patios, las trojes. Y se duerme en el viejo portal donde el silencio es un maduro gajo de fragantes nostalgias. Al mediodía la luz fluye de esa naranja, en el centro del patio que barrieron los criados. (El más viejo de ellos en el suelo sentado, su sueño, mosca zumbante sobre su frente lenta). No todo era rudeza, un áureo hilo de ensueño se enredaba a la pulpa de mis encantamientos. Y si al norte el viejo bosque tiene un tic-tac profundo, al sur el cuervo viento trae franjas de aroma. (Yo miro las montañas. Sobre los largos muslos de la nodriza, el sueño me alarga los cabellos).

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-IIY aquí principia, en este torso de árbol, en este umbral pulido por tantos pasos muertos, la casa grande entre sus frescos ramos. En sus rincones ángeles de sombra y de secreto, en esas cámaras yo vi la faz de la luz pura. Pero cuando las sombras las poblaban de musgos, allí, mimosa y cauta, ponía entre mis manos, sus lunas más hermosas la noche de las fábulas. * Entre años, entre árboles, circuida por un vuelo de pájaros, guirnalda cuidadosa, casa grande, blanco muro, piedra y ricas maderas, a la orilla de este verde tumbo, de este oleaje poderoso. En el umbral de roble demoraba, hacía ya mucho tiempo, mucho tiempo marchito, el alto grupo de hombres entre sombras oblicuas, demoraba entre el humo lento alumbrado de remembranzas. Oh voces manchadas del tenaz paisaje, llenas del ruido de tan hermosos caballos que galopan bajo [asombrosas ramas. Yo subí a las montañas, también hechas de sueños, yo ascendí, yo subí a las montañas donde un grito persiste entre las alas de palomas salvajes. * Te hablo de días circuidos por los más finos árboles: te hablo de las vastas noches alumbradas por una estrella de menta que enciende toda sangre: te hablo de la sangre que canta como una gota solitaria que cae eternamente en la sombra, encendida: te hablo de un bosque extasiado que existe sólo para el oído, y que en el fondo de las noches pulsa violas, arpas, laúdes y lluvias sempiternas. Te hablo también: entre maderas, entre resinas, entre millares de hojas inquietas, de una sola hoja:


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pequeña mancha verde, de lozanía, de gracia, hoja sola en que vibran los vientos que corrieron por los bellos países donde el verde es de todos los colores, los vientos que cantaron por los países de Colombia. Te hablo de noches dulces, junto a los manantiales, junto a [cielos que tiemblan temerosos entre alas azules: te hablo de una voz que me es brisa constante, en mi canción moviendo toda palabra mía, como ese aliento que toda hoja mueve en el sur, tan dulcemente, toda hoja, noche y día, suavemente en el sur. -IIIEn el umbral de roble demoraba, hacía ya mucho tiempo, mucho tiempo marchito, un viento ya sin fuerza, un viento remansado que repetía una yerba antigua, hasta el cansancio. Y yo volvía, volvía por los largos recintos que tardara quince años en recorrer, volvía. Y hacia la mitad de mi canto me detuve temblando, temblando temeroso, con un pie en una cámara hechizada, y el otro a la orilla del valle donde hierve la noche estrellada, la noche que arde vorazmente en una llama tácita. Y a la mitad del camino de mi canto temblando me detuve, y no tiembla entre sus alas rotas, con tanta angustia, una ave que agoniza, cual pudo, mi corazón luchando entre cielos atroces. -IVDuerme ahora en la cámara de la lanza rota en las batallas. Manos de cera vuelan sobre tu frente donde murmuran las abejas doradas de la fiebre, duerme. El río sube por los arbustos, por las lianas, se acerca, y su voz es tan vasta y su voz es tan llena.


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Y le dices, repites: ¿Eres mi padre? Llenas el mundo de tu aliento saludable, llenas la atmósfera. –Soy el profundo río de los mantos suntuosos. Duerme quince años fulgentes, la noche ya ha cosido suavemente tus párpados, como dos hojas más, a su follaje [negro. * No eran jardines, no eran atmósferas delirantes. Tú te acuerdas de esa tierra protegida por una ala perpetua [de palomas. Tantas, tantas mujeres bellas, fuertes, no, no eran brisas visibles, no eran aromas palpables, la luz que venía con tan cambiantes trajes, entre linos, entre rosas ardientes. ¿Era tu dulce tierra cantando, tu carne milagrosa, tu sangre? * Todos los cedros callan, todos los robles callan. Y junto al árbol rojo donde el cielo se posa, hay un caballo negro con soles en las ancas, y en cuyo ojo líquido habita una centella. Hay un caballo, el mío, y oigo una voz que dice: “Es el potro más bello en tierras de tu padre”. * En el umbral gastado persiste un viento fiel, repitiendo una sílaba que brilla por instantes. Una hoja fina aún lleva su delgada frescura de un extremo a otro extremo del año. “Torna, torna a esta tierra donde es dulce la vida”. -VHe escrito un viento, un soplo vivo del viento entre fragancias, entre hierbas mágicas; he narrado el viento; sólo un poco de viento. Noche, sombra hasta el fin, entre las secas ramas, entre follajes, nidos rotos –entre años– rebrillaban las lunas de cáscara de huevo, las grandes lunas llenas del silencio y del espanto. AURELIO ARTURO


RÓMULO BUSTOS AGUIRRE

La noche de Jacob I Tienes aquí el potente oleaje del mineral, de la palabra, de la distancia y de la noche. Sobre nosotros, temblando como un vasto filo, el vidrio y la espuma de tus alas, tu resplandor más agudo y sonoro que la muerte. Estás entre el hombre y Dios y las formas estallan, se retuercen, te revelan fronteras que rechazan tu vuelo. ¡Oh, tú, mimado por el delirio y el lujo de la luz, vaporoso y flotante, feliz entre la música que difunde tu enigma! Tú, la más leve criatura de un abril cuyo aroma no ha descendido aún sobre los gajos y el fragor de la tierra. Contra ti la distancia, el terrón, el torvo ceño de la casa, del peltre, de la madera y de la hoja, porque las normas en derrota son creadoras de tu soplo inaudible, porque divides, porque en un fino sitio tu voz rema en un aire donde Dios nos olvida. Tener dientes, aquí, velados por el humo, mordiendo secamente la paloma y la espada, el hierro con los ojos, con las manos la llama. Tenerte –¡oh, ángel!–, despojar tu sonrisa, nutrirnos de una dicha que fue nuestra, que un agosto del tiempo robaste a nuestra sangre. ¡Ay!, ¡nosotros respondemos por tu vuelo! Ahora es el colibrí sobre las cañas, ahora es el alba, ahora es la mujer que requiere a su hijo entre miles de hijos que la miran llorando. Ahora es la alcoba y el retrato y la pared para el retrato. Ahora es el nosotros, lo que muere, respira, se sacude y recuerda, el nosotros que anulas con tu fuego invisible.

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II Los fi rmes dioses, los hoscos, ya por siempre humillados en esta cópula de ceniza y de luz de nuestros miembros, simple y sin embargo temible y hermosa como la sombra del sol entre las yerbas que acaba de enrojecer una batalla. Este mundo tejido por el ocio innominado y poderoso igual al más amplio trabajo. Terrón a terrón, hoja por hoja, cabello por pelusa y un pájaro cualquiera festejando lo oscuro, la dicha, la victoria final de sabernos mortales. Amplia, repito, es esta fina música, este viento modulado en llovizna, este clamor de las estatuas con sus brazos segados y sus huecas pupilas alimentadas por mendrugos de lluvia. La orgía esencial nos ha contaminado mirando, sentados, aquí bajo el almendro, o entre el círculo que alimenta el aceite de las lámparas y derrama un tufo de murciélago y de hombre sobre el altar, cómo asciende la vida y del poro, regresando a la sangre, busca su muerte antigua, la penumbra de las costillas y el origen de un estiércol que ahora navega en la espuma de nuestro nombre. Regreso de mí, de lo mío, de mi pecho, a lo tuyo, al brillo y al odio de tu hombro, al lunar y la mosca, a la mueca que no tiene ni sábado ni martes, al querubín de azúcar que fabrican mis huesos. III En el apogeo de la madera o en el triunfo de la carcoma; en la molicie del gusano que arrienda una estación entre la [pulpa y en el ojo del padre que oye crujir por vez primera las caderas de su hija cuando un toro de trapo implora dulcemente por la gota que titila en su corpiño; por el gozne podrido de la carreta;


RÓMULO BUSTOS AGUIRRE

por lo que vendo y compro y ruego y lloro y suplico santiguando furtivamente al diablillo que me hace cosquillas en la sala de cine. Por todo esto quiero hacer mi feroz confesión, lo que aún resto por decir, con mi nariz, con mi terror y con mi duelo. IV De cada uno de nuestros cabellos ha de nacer una espina, de cada suspiro ha de nacer un acto, cada gesto en nosotros responde por un sueño. ¡He aquí entonces, reunido, nuestro placer entre las cosas! He aquí nuestro movible clamor. Santigüemos la tierra, bauticemos el piélago y el sitio en que hemos de demorar y separarnos. Contemos avaramente nuestro botín, nuestras henchidas glándulas, nuestros brazos mojados. Sacudamos hermosamente el sitio de nuestra cabeza y gocemos el trofeo de nuestro sudor en el instante en que el deseo, por fin rendido, se alimenta en nosotros como el humo de un salmo. V Han desnudado un dios entre mis aguas, entre mis venas han degollado un dios y han puesto en mis rodillas el filo de una temible claridad. Estoy solo. Por eso miro las barracas, la espuma armoniosa en las espaldas de los bañistas, el tesoro fabricado por un diminuto escarabajo. ¡Éste es mi placer en lo tactable! Dichoso el que olvida entre las rocas aquel ahogado de listada camisa,

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su lengua atravesada por la aguja del mar, el frenesí de morder un nevado plumaje entre la brisa, sus cuatro garras en el bramido de la escollera. Dichoso. Sí, mil ojos como espadas mugirán a su lado, mil laderas de otoño, mil claridades en busca de su sueño. Y tú sobre los valles, entre lámparas, asustado de vernos, de mirar nuestro polvo con su furia sellada. Yo te he visto, ángel, en el nardo, en el zapato, en la dentadura de mi tía. Te vi una tarde dura entre los ojos de un caballo. Pero siempre temblando, aterido, extranjero, con tu camisa apócrifa y tus alas negando la inocencia del mundo. VI Tres veces he sido golpeado duramente y mi frente guarda la memoria de una espada como relámpago atesorado por la raíz y la energía de mis [dientes. Llegas como oscuro caballo entre sudados símbolos y una paloma difunde tu sexo más allá de las hojas y te extiende como un país de olor sobre los objetos y los rostros que te aspiran callados. Manos sagradas perciben la potestad de tu nariz, el ansia divina de tus glándulas, tus cascos triturando vastos girasoles para licuar el alba. La luz parte de ti como un pájaro hambriento y aletea entre nosotros, nos desnuda en el día, nos muestra batallando con la arena y la noche. Hemos visto entonces un bosque vuelto sobre sí mismo como un hombre dormido y hemos sentido tu flotante respiración, tu deseo en los objetos que nombramos con amor, el regocijo de tus bordes en un labio que aniquilamos sin alegría. ¡Tu odio es superior a tu fuerza!


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Ciego, nos arrasas en holocausto que nombra, deshaciéndolas, cada partícula de estupor, cada larva de sueño que se enciende en nosotros. VII Tu presencia es, siempre, siempre, una estación imprevista. Somos inferiores a la energía de tu secreto. Somos intrusos de un orden que aniquilamos [con nuestra llegada. Desconocemos la pureza como un país abandonado [en la noche y somos cómplices de la brisa y la piedra, de la yerba, [del amor, de los hilos del día confabulados contra el ojo y la sangre. Propiciamos, viviendo, un juego de pedirnos guedeja [por estrella, hueso por voz, saliva por ceniza. ¡Ay!, ni madera ni mejilla ni casa, inútiles y sagrados como el aire de un templo. (La escalinata daba al mar, era viernes, agosto dulcemente navegaba en un lirio del comedor, más allá los caballos transportaban el día, cuerpos tan finos como ángeles, ángeles silenciosos nos miran llorando.) VIII Como un perfume era todo el suplicio de mis propios ecos, más alto, aún, más dividido, más exacto que el ave al dibujar la totalidad de nuestro albedrío con su simple pasar de la luz al silencio. Porque he grabado mi derrota en el viento he conquistado mi derecho, mi terror venturoso, la oferente alegría de cruzar mi palabra y mirarme encendido más allá de mis ojos. Estoy aquí (mi lumbre entre las cosas, el cielo, mi avidez, el suspiro). Estoy aquí (la escalinata daba al mar, doy a un jueves, el tiempo deliraba entre húmedos ramajes).

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Y estoy allá, lo siento (el ángel iniciaba su vuelo, temblaba, evaporándose, en un lúbrico sueño de verdura y espuma). Clamoroso clamando por el labio, lo redondo, por la cepa dorada, por la pluma que apresura el verano, clamando, desdichado, por la miel que olvidaron en mi gota de sangre. Me tomo de mí mismo pacifico mi pulso y junto mi mañana con mi noche para hacer madrugada y ver en lo que piso y elaboro mi por fin, mi llegada, mi alcanzado destino de rocío. Pero los dioses tiñen cada amanecer con la sangre [del hombre. H ÉCTOR ROJAS H ERAZO


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Mohirología Un cardo amargo se demora para siempre en tu garganta. ¡Oh, detenido! Pesado cada uno de tus asuntos, no perteneces ya a lo que tu interés y vigilia reclamaban. Ahora inauguras la fresca cal de tus nuevas vestiduras, ahora estorbas, ¡oh, detenido! Voy a enumerarte algunas de las especies de tu nuevo [reino desde donde no oyes a los tuyos deglutir tu muerte y hacer memoria melosa de tus intemperancias. Voy a decirte algunas de las cosas que cambiarán para ti, ¡oh, yerto sin mirada! Tus ojos te serán dos túneles de viento fétido, quieto, [fácil, incoloro. Tu boca moverá pausadamente la mueca de su [desleimiento. Tus brazos no conocerán más la tierra y reposarán [en cruz, vanos instrumentos solícitos a la carie acre que los [invade. ¡Ay, desterrado!, aquí terminan todas tus sorpresas, [tus ruidosos asombros de idiota. Tu voz se hará del callado rastreo de muchas y [diminutas bestias de color pardo, de suaves derrumbamientos de materia polvosa ya [y elevada en pequeños túmulos que remedan tu estatura y que sostiene el aire sigiloso [y ácido de los sepulcros. Tus fi rmes creencias, tus vastos planes para establecer una complicada fe de categorías y [símbolos; tu misericordia con otros, tu caridad en casa, tu ansiedad por el prestigio de tu alma entre los vivos, tus luces de entendido, en qué negro hueco golpean ahora, cómo tropiezan vanamente con tu materia en derrota. De tus proezas de amante,

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de tus secretos y nunca bien satisfechos deseos, del torcido curso de tus apetitos, qué decir, ¡oh, sosegado! De tu magro sexo encogido sólo mana ya la linfa [rosácea de tus glándulas, las primeras visitadas por el signo de la descomposición. ¡Ni una leve sombra quedará en la caja para testimoniar tus concupiscencias! “Un día seré grande...” solías decir en el alba de tu ascenso por las jerarquías. Ahora lo eres, ¡oh, venturoso! y en qué forma. Te extiendes cada vez más y desbordas el sitio que te fuera fijado en un comienzo para tus transformaciones. Grande eres en olor y palidez, en desordenadas materias que se desparraman y te prolongan. Grande como nunca lo hubieras soñado, Grande hasta sólo quedar en tu lugar, como testimonio de tu descanso, el breve cúmulo terroso de tus cosas más minerales y tercas. Ahora, ¡oh, tranquilo desheredado de las más gratas especies!, eres como una barca varada en la copa de un árbol, como la piel de una serpiente olvidada por su dueña [en apartadas regiones, como joya que guarda la ramera bajo su colchón astroso, como ventana tapiada por la furia de las aves, como música que clausura una feria de aldea, como la incómoda sal en los dedos del oficiante, como el ciego ojo de mármol que se enmohece y cubre de [inmundicia, como la piedra que da tumbos para siempre en el [fondo de las aguas, como trapos en una ventana a la salida de la ciudad, como el piso de una triste jaula de aves enfermas, como el ruido del agua en los lavatorios públicos, como el golpe a un caballo ciego, como el éter fétido que se demora sobre los techos, como el lejano gemido del zorro


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cuyas carnes desgarra una trampa escondida a la [orilla del estanque, como tanto tallo quebrado por los amantes en las tardes de verano, como centinela sin órdenes ni armas, como muerta medusa que muda su arco iris por la [opaca leche de los muertos, como abandonado animal de caravana, como huella de mendigos que se hunden al vadear una charca que protege su refugio, como todo eso ¡oh, varado entre los sabios cirios! ¡Oh, surto en las losas del ábside! ÁLVARO MUTIS


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En la Luna que he contado En la Luna que he contado Leve de nombre y memoria En la rosa casi historia Del jardín imaginado Todo ilumina en pasado Todo florece en perdido Músicas de lo que ha sido O irrealidad del que cuenta Blanca luna o rosa cruenta Contar es ir al olvido. GIOVANNI QUESSEP


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Momentos 1 Los carboneros sobre el río Los troncos negros brotan retorciéndose y avanzan desde las orillas Un insecto de plata raya el agua. 2 Mide un jeme tal vez ese cuerpo de forma de cuchillo de cuarzo Toda ella está hecha para predar: la boca el ojo vivo La sabaleta: un ágil coletazo. 3 Entonces hay un vuelo (brusco, rasante) como un tijeretazo sobre el agua Un martín pescador Sólo veo su dorso azul oscuro cuando se va. 4 Soy un intruso en este reino de crueldad [inocente. JOSÉ M ANUEL ARANGO

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Mester de ceguería I Desde la terraza, a la hora en que el sol cernía picos de pájaros azules, mi madre y yo mirábamos el patio en la casa de los ciegos. II Los niños ciegos reemplazaban el balón por una caja de lata y jugaban con el ruido. Cuando el ruido rodaba hacia algún lugar del patio, los niños lo perseguían, lo pateaban corriendo entre las sombras. III Mi madre y yo en la terraza. Y abajo, ángeles de la sombra corrían [como locos tras del ruido. Después nuestra casa era una jaula. Mi madre paseaba por la alcoba limpiando el ojo a los [retratos de sus muertos. Yo escuchaba el deslizar de las sombras en la estancia. IV Entre árboles que levitaban su floración oscura, la casa nos guardaba de la tarde tempestuosa. Y ya de noche, acomodado al recinto del sueño, como un ciego perseguía el ruido de agua de aquella mujer desconocida. V Preguntaba por la extranjera, sin pensar [que somos extranjeros en el sueño. Me paseaba con un gorro de cascabel por jardines lluviosos, escuchando el techo piafante de un establo o un ruido de Biblias [en los cuartos vecinos. VI La noche me tatuaba. JUAN M ANUEL ROCA


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Problemas de la estética contemporánea La magnitud de la humanidad pesa sobre cada uno de nosotros, y sentimos profundamente a los antípodas pateando sobre nuestro corazón. De modo que no es extraño que andemos como unos cristos abofeteados en busca de una cruz [para apoyarnos. Habiendo subido a lo alto de una colina una noche, ante mí se extendía la ciudad como una piel de tigre. Y en el licor de las copas cintilaban las lucecillas [de tres almas. La última era la mía, alma siempre sobrante y solitaria. Por el aire volaban dentelladas y entonces apareció [el diablo y me dijo : “Te lo daría todo si postrado me adoraras”. Ser el dueño del mundo es lo mismo que no tener nada, pues el error existe en todo y siempre [nos engañan. Mis jeans y mi chaqueta no se pueden cambiar por un edificio de cinco pisos ni por un puesto en las oficinas del Gobierno. Prefiero andar derrotado por los alrededores de talleres de mecánica y cobertizos de carros. Allí todos tratan de poner en sus vidas las mejores cosas que pueden, y así recogen una flor, una novia y un espejo. Este esfuerzo colectivo me enternece y de pronto, sin darme cuenta, le sonrío a la gente como [un perro. Una mañana andaba un hombre desnudo por las [calles de la ciudad. La policía lo metió a la cárcel pocas horas después, como a todo hombre que intenta ser feliz. Porque todo lo que no está dentro de la ley [está fuera de ella. Y dentro de la ley no puede haber un hombre desnudo porque la ley es hecha por los representantes de los propietarios de las [fábricas de tejidos.

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Como tampoco puede haber un hombre con hambre porque el hambre del pobre es resbalosa. A la puerta de un pequeño restaurante donde entré un día se paró un hombre hirsuto que después de mirar se fue diciendo: “¿Conque comiendo, eh? ¡Me alegro, me alegro!”, y su risa cayó sobre la sopa como una araña negra. Bandadas de muchachos en las calles buscando el [alimento andan en las ciudades perseguidos por un golpe [tremendo. Pequeños señores de traje negro y de ojos perfumados [y crueles los acechan. Los muchachos les roban algún suéter y unos zapatos viejos. El fabricante de rosquillas puede al menos comérselas, pero el que sólo sabe hacer poemas, ¿qué comerá? Si una pregunta no tiene respuesta lo mejor es cambiar de pregunta y de problema. Para eso hay petulantes que nos dicen: “¡Dedícate a la estética!” JAIME JARAMILLO ESCOBAR


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El disparo final en la Vía Láctea En el cielo profundo de mis masturbaciones ocupas ese ámbito de deseo irrefrenable y voraz Inagotable y tierno que te devora el sexo Aunque tú no lo sepas tu cuerpo habita el mío Y es tan mío como no pudo serlo allá en la realidad. Es mío cuando yo te deseo. De esa misma manera impalpable y eterna como ese libro es tuyo, como yo soy de ti Habitamos el ocho doble infinito de los dos universos el ocho de los círculos El que parece dos astros hermanos y gemelos El que parece dos ojos, dos culos cercanos El que parece dos testículos besándose Cuando llegas a mi cielo estoy desnudo y te gustan las columnas de mis piernas para reposar en ellas, y te asombra mi centro con su ímpetu y su flor erecta y mi caverna de Platón carnal y gnóstica por donde te escapas hacia la otra vida. Y en ese cielo te entregas a ser lo que verdaderamente eres. Agresión de besos. Colisión de espadas. Jadeo que se estrella como un mar contra mi pecho, locura de tus ojos orientales alumbrando la aurora del orgasmo mientras tus manos se aferran a mi cuerpo y me dices lo que yo quiero y respiras tan hondo como si estuvieras naciendo o muriendo Mientras nuestros ríos de semen crecen y nuestra carne tiembla y engatilla su placer hacia el disparo final en la Vía Láctea En las sábanas de nuestro cielo hay nubes perfumadas de axilas y delicados residuos del amor. En la almohada el hueco que tu cabeza ha dejado oloroso a jazmines y en mi alma y mi cuerpo el inmenso dolor de saber que desprecias mi amor ¡Oh, tú, por quien mi vida renació dentro de la lumbre de la muerte! R AÚL GÓMEZ JATTÍN


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Poesía del siglo XX en Colombia, un siglo sepultados Álvaro Marín Si se piensa en la poesía del siglo XX en Colombia como expresión y continuidad de nuestra creación literaria, vista como cuerpo, pero también como imagen y reflejo de la creación artística del país, encontramos los aportes que recogen un importante legado, no sólo de la creación colombiana, también se expresan un tiempo y un mundo sensibles que pueden llevar a afi rmar, por ejemplo, que el poeta Barba Jacob quien publica en el siglo XX, tiene una sensibilidad y un mundo espiritual más propios de los dos siglos anteriores que del siglo XX; lo mismo se puede decir de Luis Carlos López a pesar de sus labor diplomática y el reconocimiento elogioso de Unamuno. Es realmente Silva, muerto en el diecinueve, quien inaugura la poesía colombiana del siglo XX; la publicación póstuma de su obra en 1923 da cuenta de una sensibilidad y una mentalidad que renueva el mundo espiritual de la cultura colombiana; su Nocturno tercero es inevitable en términos de cambio y actitud mental en cualquier antología del siglo XX en Colombia. Luego vendrá Suenan timbres, de Vidales, que reafi rma la ruptura con la añeja mentalidad centenarista y la presunción parnasiana, exotista, de Guillermo Valencia. Una poesía de ideas, crítica y reflexiva a la vez, que expresa ese extrañamiento del mundo propio de la poesía de ese siglo con dos interrogantes: siglo XX, como dice un poema de su amigo Cardoza. Cinematografía nacional es el poema de Suenan timbres que registra mejor esa conciencia nueva del mundo a la que se refería su amigo Luis Tejada, conciencia enfrentada a la tiesa y amanerada cultura de la época. Poetas singulares son Aurelio Arturo y Carlos Obregón, dos soledades creadoras. Aurelio Arturo, en su profunda singularidad expresiva, logra una de las mejores obras de la poesía colombiana. El poema que abre Morada al sur es el que mejor nos habla de la geografía humana de ese país verde, hecho de sueños y follaje, ese país rural que ha sido Colombia por largo tiempo. Sobre el mismo paisaje de Arturo, Carlos Obregón nos muestra el registro de su panteísmo cósmico, sobre una fértil y a la vez


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desolada realidad. La sed es el ámbito de sus reflexiones místicas del ser y el tiempo expresadas bellamente en el primer poema de El tiempo contemplado. Otra yunta de poetas son Jorge Gaitán Durán y Eduardo Cote Lamus; juntos dan continuidad a esa tradición reflexiva que es el mayor logro de la poesía colombiana del siglo xx. Gaitán Durán fue quien mejor expresó la escisión y crisis de la cultura colombiana; su poema Amantes, entre el erotismo y la muerte, esboza la sensibilidad escindida del ser humano. También Cote, quien siempre ve “cenizas donde está la vida”, nos deja una intensa obra reflexiva. Se dice con frecuencia que Estoraques es su más lograda expresión, y aunque en Estoraques encontramos una bella poesía que le sirve a Cote para expresar poética y filosóficamente la ruina, –tal como ocurre con Celia se pudre de Héctor Rojas–, personalmente me impresiona más el poema Alguien habla en el silencio, profundamente alucinante; lo mejor que se puede decir es que es poesía este poema que hace parte de La vida cotidiana. Ya que en el siglo veinte en Colombia no hubo una sólida corriente cultural, los poetas como los bueyes se dieron enyuntados: Roca y Rojas Herazo son el otro apareo de final de siglo. No hubo realmente a través de todo el siglo ‘sociedad colombiana’, esto hizo que algunos poetas buscaran la hermandad más que la sociedad de poetas. Efectos de la guerra, se dirá. También podrá decirse que los poetas colombianos del siglo xx son todos poetas de la guerra. De Rojas Herazo su mejor poema es Celia se pudre; hay quienes todavía obstinadamente dicen que es una novela, pero si Celia con sus apretadas mil páginas en arial ocho desborda cualquier antología, entonces puede ir Agresión de las formas contra el ángel en el último fragmento de El suburbio del ídolo, que es un alegato por el estigma de ceniza, por el halo de muerte ligado a la vida. Roca, contemporáneo espiritual de Rojas, escribió Carta rumbo a Gales, muy bien logrado y resonado poema que expresa el conflictivo entorno colombiano; pero el Poema sin rima pero con metro va más allá del entorno real y literario para dar en el trazo de un sugestivo lirismo narrativo que bordea la veta de una rica tradición reflexiva de la poesía que viene de Vidales, Gaitán Durán, Eduardo Cote y el mismo Rojas Herazo. Giovanni Quessep escribió un poema titulado Pájaro, que da cuenta de la reflexión poética de Quessep. Este poema sencillo, pero profundamente reflexivo, nos habla de un poeta complejo que se expresa en una escritura elevada, pero de sobria entonación. Emilia Ayarza publicó en 1956 Voces al mundo; parte de este libro es un registro de la violencia de los cincuenta en Colombia que se expresa en el poema Nocturno de los marineros,


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bello poema dedicado a un hombre enterrado vivo en una playa de Tolú. También podría ser este poema la metáfora de nuestro siglo xx: Colombia lo vivió como un siglo de sepulturas, como la larga noche de un país entero enterrado vivo.


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Nocturno III Una noche, una noche toda llena de perfumes, de murmullos y de músicas [de alas, una noche en que ardían en la sombra nupcial y húmeda las luciérnagas [fantásticas, a mi lado, lentamente, contra mí [ceñida toda, muda y pálida como si un presentimiento de amarguras infinitas hasta el fondo más secreto de tus fibras te agitara, por la senda que atraviesa la llanura florecida caminabas, [y la luna llena por los cielos azulosos, infinitos y profundos esparcía su luz [blanca, y tu sombra fina y lánguida, y mi [sombra por los rayos de la luna proyectada sobre las arenas tristes de la senda se juntaban y eran una y eran una ¡y eran una sola sombra larga! ¡y eran una sola sombra larga! ¡y eran una sola sombra larga! Esta noche solo, el alma llena de las infinitas amarguras y agonías de tu muerte, separado de ti misma, por la sombra, por el tiempo y la [distancia, por el infinito negro, donde nuestra [voz no alcanza, solo y mudo [por la senda caminaba, y se oían los ladridos de los perros a la luna, a la luna pálida y el chillido de las ranas, sentí frío, ¡era el frío que tenían en la alcoba tus mejillas y tus sienes y tus manos adoradas, entre las blancuras níveas de las mortuorias sábanas! Era el frío del sepulcro, era el frío de la muerte, era el frío de la nada... Y mi sombra por los rayos de la luna proyectada iba sola iba sola ¡iba sola por la estepa solitaria!


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Y tu sombra esbelta y ágil, fina y lánguida, como en esa noche tibia de la muerta primavera, como en esa noche llena de perfumes, de murmullos y de músicas de alas, se acercó y marchó con ella, se acercó y marchó con ella, se acercó y marchó con ella... ¡Oh las sombras enlazadas! ¡Oh las sombras que se buscan y se juntan en las noches de negruras y de lágrimas! JOSÉ ASUNCIÓN SILVA


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(Formentera) Desciende hasta la carne el peso de las nubes, humo de sol de par en par mordido. La simiente madura su silencio, socavada la noche en las raíces y gira su oración en torno a la espiga. Tiempo de metal grave, cuerpo hendido. El mediodía aviva un hambre eterna y el ojo padece un fuego ausente como insecto lunar que vive en tierra. Muros de cal ahogan el sonido, crecen las sombras y las voces duermen. El tacto se calcina abierto hacia las piedras y hondamente gravitan las horas bajo el polvo. La piel conoce el tiempo, el pulso de la tierra. Un gusto de desierto surge entre los labios. Por la isla quemada caminan los caballos, cascos duros de anhelo bruñidos por los años. Día vertical, nulo de esperanza como aljibe sin agua. Está a fondo la carne. Dan vueltas lentamente las aspas del molino y el viento muele el trigo con fervor milenario. Los párpados esperan que las horas los venzan con su fardo profundo, que la noche borre las huellas de los pasos. Ningún ayer del mar queda en las riberas, tan sólo restos roídos por las olas. Formentera se aleja barrida por el viento, desierta, castigada. El faro de la Mola en vano cava el aire en busca de la noche. El mar sólo es presente renovado en los ojos, eco eterno y sin fondo. Soledad en la luz. Gira el tiempo en las aspas. Se espera, se trascurre. El tiempo está en la carne. CARLOS OBREGÓN


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Alguien habla en el silencio A Luis Raúll Rodr Rodríííguez guez Lamus

En otra edad el silencio fue una piedra hueca en el fondo del mar. Desde entonces por el silencio va un atajo que conduce a la soledad, y el tiempo allí, sin su máscara de días, tiene la frente llena de miedo. Hablo del silencio del hombre. Si todo se mira en dirección contraria al curso de las [aguas, es decir, de la primavera, lejos ya del movimiento, cuando se piensa no en el hacha sino en sus tajos y palpando escombros, sueños migratorios rompe uno a hablar con lo irremediable, se verá que hay un sonido que se evade por los puños hasta lo más íntimo del alma. Hablo del silencio del hombre; ese que se quiere vencer, comunicarse al menos. La mujer delante y con sus grandes ojos lentos. Al mirarla uno se pregunta cómo era de espiga; y uno la mira, cuidadosamente le da nombres, y uno mira las mismas caricias que prodiga hasta subir por ella, hasta cubrirla como una hiedra: y todo para concluir que hay dos cuerpos, dos almas, dos silencios, dos soledades infinitamente distantes. El muro. Los muros. Y más muros separando. Hay un muro encallado delante de los brazos, o nada. Ahora cuento un cuento: Alguien una noche, al ir camino de su casa, vio a la luz del farol una mujer que en él se recostaba. Como esas que uno sale a buscar, sin rumbo fijo, hermosísimas, y que nos esperan desde hace mucho sin saberlo. Así, al

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acercarse ella nada dijo. La tomó en sus brazos y tampoco ella dijo nada y desapareció, y en las manos de él sólo quedó algo como polvo de alas de mariposa. Así es la entrega y la soledad, porque allí también suceden encuentros, fantasía, dolor como un potro. Allí donde antes el silencio tuvo nombre de piedra hueca. Por eso vengo hablando del silencio del hombre. EDUARDO COTE LAMUS


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El suburbio del ídolo También en tu mutismo, en tu rostro comprimido en el portal, está el liviano sueño de la lombriz bajo el naranjo y el esplendor con que tus hombros embistieron la cosecha en un día de verano. Entonces el polvo –la fina caña meciendo sus pelusas en [el tiempo– era, apenas, la inicial del año, el silabario y la puericia de la luz, la naciente fatiga que llameaba los árboles y dejaba en tus ojos un celaje de miel que fácilmente –¡oh, bucles tuyos dorados por tanto [silencio!– podías confundir con la dicha. Pero ahora el pájaro ha acabado de trinar y los parientes duermen en la alcoba vecina y el coleóptero ha finalizado su tarea en el interior de la [alacena. Estás como un ángel que acaba de sorprender una mueca [de Dios, o como una fruta en la mano derecha de un combatiente. Casi podrías tocar la pureza con elevar un poco la punta de tu nariz ¡oh enlutado monarca contra tanta extensión victoriosa y [extraña! La felpa oscura de tus manos ha recabado la arena, has hecho penitencia frente al perfil de tu madre, has atesorado el bostezo con que saludaste a la mosca que un miércoles, a las cuatro de la tarde, defecó en tu primera libreta de estudiante y ahora recuerdas a la damita inglesa que estornudó antes de desaparecer por el porche de un consulado. Pero es más, has revivido aquella escena del estoy bien, me siento completamente normal y recordabas a Pericles, a las Cíclades, al puerco espín, al doctor Bomson y al puñado de abril sobre una rosa.

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Creías, con deleitosa seguridad, llegada la hora de tu reposo pobre, pobrísimo forastero, esófago indefenso entre chalecos de pana y sonrisas de [confitura. (Y aquella canción de la muchacha de flácido traje, la que besaba los gatos bajo tu balcón y le ponía un nombre de pájaro a cada transeúnte: “Me han herido, me han herido en el centro de mi alma, voy a morir de nada con dos amapolas verdes pudriéndose en mi pecho”.) Y después, rayando tristemente la pared de un museo, sollozabas y te decías: “Soy blando, alguien ha llamado, estamos en la tierra, lo sé por el ruido de esta luz seca que me aplasta las sienes”. *** Esto fue antes de la furia. Porque después todo lo devoró un monstruoso sopor, una vocación que emergía simplemente de todas las cosas dispuestas a un íntimo e ineludible sacrificio. Mientras tanto –mientras el almendro y el sombrero de paja y los mediodías de hilo lavado se preparaban para aumentar la colosal aniquilación– llegó octubre como una bestia ubicua sobre las siembras. Era el color de un olor, la lluvia mil veces evaporada en cada rostro, la ceniza que acumula el hastío en los ojos de cada moribundo. No hablaremos del trueno que nos dividió para siempre. Ni haremos memoria de la madera rendida en holocausto. Tampoco hablaremos del temblor que obscureció el mar cuando pareció suspenderse en el horror de un presentimiento. Pero esto, en sí mismo, sería el tema para que nuestras voces –la orgía de nuestro suplicio– amenguaran la victoria de tanta confabulación. Porque el centavito de panela y la risa del loro y el olor dental de nuestra tía y la camisola de la parturienta inflada por el viento del atardecer, no son suficientes ahora, de nuevo entre el lujo de las cosas vivientes, para que nuestra totalidad haya


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emergido del naufragio. Tampoco el decoro de dos brazos amainando el oleaje de un salmo desde el barquichuelo de un púlpito. O el suspiro cargado de agonía con que nos decidimos a afrontar la necesaria resignación. Hablaremos de un mes o de un año por siempre recatado, aún más allá del esfuerzo de nuestras palabras, en el más audible y doloroso follaje de nuestra memoria. *** ¡Oh, joven dios!, el rito ha sido consumado. Tus rodillas han sido enjoyadas por el jacinto y sobre tus hombros hemos rociado un liviano aceite [de mar que te hace fosforecer dulcemente entre la sombra. Ante ti como en el día del relámpago con el húmedo regocijo de una flauta domando tu risa entre las cañas. Tu respiro de anciano y de niño fue asumido y en cada uno de nosotros se ha repetido el esplendor con que embelleciste la madrugada de tu descendimiento. Diariamente te nutrimos con los gajos que sombrean el enigma de la tribu y hombres graves amamantan tus vasos y clausuran voluntariamente su albedrío con el índice que divide tu rostro. ¿Qué decir en tu honor de la paloma que tiembla como un cuchillo de nieve sobre la frente del supremo arrendador de absoluciones?, ¿o de los jóvenes que atraviesan transfigurados por el símbolo el límite de oro de los anillos del desposorio? ¿Y por qué no recordar, en este instante de suprema [alegría, el orgullo de nuestros embajadores cuando hablan de la luz rielando sobre tus caderas de amatista? Estás aquí –¡oh, eterno!– nunca abandonarás este cárdeno litoral

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ni estrecharás tus hombros en la delgadez del vuelo ni esparcirás el óxido del desencanto sobre las crines de nuestros guerreros. Hemos comprado tu hospedaje con la vergüenza de una honda determinación y he aquí que empiezas ya a dorar el plinto siempre adolescente donde reposas en la divina grasa de tu presencia. Como un gimiente toro te sentimos celando la geometría del estado, mordisqueando suavemente la ley, iluminando con el diminuto disco de tu sexo el vasto jeroglífico de nuestros orígenes. Nunca, nunca, te suplicamos, embellecidos por la [esclavitud, dejes de aromar con tu aliento la molicie del notario, del sacerdote y el gerente ni el augusto silbo de las fábricas prodigando gotitas de azafrán al amanecer. ¡Oh, señor; oh, amo; oh, costoso y hermosísimo lirio por siempre alimentado en el estiércol de nuestra fastuosa e inmarchitable [humillación! *** Entonces la ciudad (sólo ahora lo deduzco) tenía una luz sin fondo, una penumbra herida como si un vasto crimen amenguara sus lámparas. El río soplaba fugitivo más allá del amor, de las voces, su sonido vibraba de espalda a nuestra sangre. Vino ella (me recordaba un vago objeto de mi niñez, algo marchito en las miniaturas de un libro, una tímida culpa entre los muslos de un compañero lustroso como un río bajo la Luna). Después tornaríamos a lo nuestro: al esqueleto del pan, al sudor de agosto, a la muerte lamiendo nuestros bordes de fósforo.


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*** Aquel mediodía duro (la luz estaba tensa como la frente de un guerrero) cruzamos el dintel clausurado. Detrás quedaban las hojas, los vapores humanos, el ruido de múltiples, orgiásticos y anónimos elementos flotando sobre la piedra de la ciudad. El recinto era un vaho de humedad y tibieza derramando en las baldosas y los velos un ambiguo olor a caballo y murciélago. Penetrábamos a otro ser (lo sabíamos con una seguridad parecida a la ignominia), a su sangre, a la palpitación de sus vísceras en silencio. Un jardín brillaba en el fondo con su energía de aluminio, con sus estatuas y su ramaje desdibujados por un relente de grasosa putrefacción. Cuando apartamos el último velo el corazón temblaba en nuestros labios como una nuez con alas. Entonces lo vimos allí –gordo, inmemorial y rosado– con sus ojillos de toro semientornados sobre su cabeza sagrada. Un leve resuello derramaba pequeños granos de ámbar sobre su piel deleitosamente amasada por el ocio. Era blando, cálido, bochornosamente efuminado entre esa luz que emanaba de su presencia como un sudor de oro. *** Y si este aire, mío y tuyo, dejase de vibrar en busca de un rostro más, mucho más puro que nosotros, nosotros los que, encendidos, afinamos un ímpetu extranjero, un símbolo –tal vez ya clausurado– y del cual somos, apenas, el ámbito breve, el pretexto para su terca odisea, ¡oh fulgente enemigo, verdugo armado de árbol y labio y niño y piedra!, ¡oh tardes que plegáis sobre nosotros el humo en que evaporamos el estigma de nuestra ceniza!, no efundiremos jamás nuestro total perfume. De esta experiencia –este ver y oír, caer y levantarnos– surgiremos heridos. Nuestra llaga terrestre no ha de sanar pues un día

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con una voluntad de la cual ha huido nuestra memoria [despavorida, aceptamos nuestra sed y la anticipación de nuestro [suplicio. Y henos aquí, tostados por un fuego que alimenta el secreto de nuestra [propia aniquilación. ¡Ay, todo debería ser transparente! Entonces la muerte, ese lado de nosotros que no podemos explorar con nuestra flácida agonía, abriría a nuestra sangre, a nuestra furia de sentirmos [segados, un terrible horizonte superior a los ángeles. ¡No más, no más esta asfi xia enemiga! Oh, espacio, oh, arena desconocida y poderosa, objetos y seres que contra nosotros oponéis vuestra distancia impenetrable. Espumas, rostros, follajes que dibujáis el día, ¡dadnos, por fin!, la razón de nuestras alas destruidas. H ÉCTOR ROJAS H ERAZO


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Á LVARO M ARÍN

Poema sin rima pero con metro Lamentable que este poema no ocurra en tiempos de grandes bailes. Las bocas del metro arrojan a las calles que circundan las vecindades de La Bastilla gentes que de tanto ir bajo tierra, en la fosa común, tienen el hábito de hablar a solas. Creo que a veces no reconocen su voz. Lamentable que estas líneas no ocurran en tiempos de asombro. Porque he oído violinistas, fagotistas, grandes virtuosos mal vestidos y peor comidos en el metro, tocando para los muertos. ¿Y si el vagón en el que voy fuera una prolongación rodante del cementerio de Pére Lachaise? ¿Y si estos seres fueran, en el parpadeo de las puertas que se cierran y se abren, presencias de un fantasmario recogido en papeles que huyen por la calle Vivianne, la calle del viejo conde del otro mundo, del otro monte, el arisco montevideano? ¿Así que asisto al jubileo de los muer tos? ¿A esta bella escenografía de catedrales y parques, de jardines y puentes por donde los seres más vivos que cruzan lo hacen en el pasado? Lamentable que este silabario no ocurra en un mayo que se fue con sus muros levantiscos, sus barricadas, quizá el último canto de cisne de los vivos. Porque ocurre hoy. Y el hoy ya no enarbola banderas. Ya no lleva cuchillos bajo el turbante. Ni siquiera hay, maese Apollinaire, quién robe Monalisas. Lamentable escribir un poema en el que un ángel ve sus alas quebradas en las puertas de un vagón del metro y desciende obediente cuando llega a la estación donde se aplastan los milagros. Ah, señor Apollinaire, usted que dijo que la rutina y la vejez son nuestras armas enemigas: sepa que acá se rumia la rutina, se asientan la vejez y sus resabios. La calle Morgue, buen nombre para todas las [calles. JUAN M ANUEL ROCA


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Pájaro En el aire hay un pájaro muerto; quién sabe adónde iba ni de dónde ha venido. ¿Qué bosques traía, qué músicas deja, qué dolores envuelven su cuerpo? ¿En cuál memoria quedará como diamante, como pequeña hoja de una selva desconocida? Pero en el aire hay un patio y una pradera, hay una torre y una ventana que no quieren morir y están prendidos de su cola larga de norte a sur. En el aire hay un pájaro muerto. No sabrá de la tierra ni de esta mancha que todos llevamos, de las máscaras que lapidan, de los bufones que hacen del Rey un arlequín perdido. ¿Quién lo guarda, quién lo protege


Á LVARO M ARÍN

como si fuera la mariposa angélica? Pájaro muerto entre el cielo y la tierra GIOVANNI QUESSEP

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LUNA NUEVA: ONCE MIRADAS A LA POESÍA COLOMBIANA

Nocturno de los marineros (Alegro sacrificado por la violencia y enterrado vivo en las playas de Tolú). Definitivamente Juan Antonio te cosieron la muerte a las espaldas como un vil retazo. Tú ibas por la playa y eras negro y tu piel de cangrejo embetunado le ponía un ardiente negativo al mar. Ibas a tu casa con la mano crispada en un billete cuyos bordes derramaban pan y cuyo fondo era tu lengua en los zaguanes o tu aliento en la memoria de los latigazos. Ibas a tu casa con el hambre de guardia en el gaznate y la tarde escondida entre tu pelo con toda la dificultad de su esfumino. Ibas negro, inmensamente mentiroso en tu belleza, con tus palmas rosadas y tus dientes de lento cocodrilo humano que le abrían horizontes de nieve a tu sonrisa. Ibas dispuesto a fornicar, a no pensar en las ojeras de tu madre –argollas colgantes– o a tenderte en el suelo con tu hijo menor y mostrarle las manos del aire en el espacio sosteniendo el corazón del colibrí. Ibas solamente a bañarte los pies o las axilas, a poner un tabaco entre tus labios que escribiera frases de sueño con el humo. Ibas desprevenido con tus llagas como rosas sobre el hombro y las tinieblas de tu raza desbordando el rostro por las tibias ventanas de tus poros.


Á LVARO M ARÍN

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Ibas de bronce, con un retazo de luna en el bolsillo y la tinta de tus pies dando a la playa el último compás de tu estatura. Venías desprevenido –como los colegiales– sin saber que la arena contaría mañana la historia de tu sangre a los moluscos. Lo único blanco que tenías –tu mente– estaba en el bosque de Ruth, donde el delirio había instalado su incendio permanente, o apenas se enroscaba en la certeza de que era el cuerpo del mar muy bien azul como era azul la cara de los cielos. Ibas pensando en que eras negro o simplemente un hombre con sal entre la patria, un poco de brea en la memoria y el amor en la pauta de su camisa a rayas. Y pensaste en ti como un sudor, como un callo, como un sueño dormido entre un farol, como un barco que lleva un puerto entre los ojos o un velero cuyo vientre trae su blanco embarazo de cerveza. ¿No es cierto que tu sueño era un árbol, Juan Antonio? ¿Que tu sueño era mirarte en los espejos redondos de tu negra, e hilar de noche su cuerpo en un ovillo y lograr un muchacho con tu nombre? Sí. Era tener una casa –lenta de tablas como peces muertos– donde una calle cualquiera entregara a diario su mensaje gris. Era tener una mesa con jarros y con velas para tatuar la quietud de tus vigilias en el pecho caliente del alcohol. Tú no pensabas en coger la muerte como una flor en el tallo de un niño. Tú no querías castrar a tu vecino. Tú no querías que el fuego en el techo de nadie pusiera un retoque amarillo entre tus ojos. Tú no querías acostarte absorto con el nombre de Dios entre la lengua


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y amanecer con el sabor de un crimen en la boca. Tú no podías segar la risa de la tierra para que el mar llorara sus lágrimas de vela. Tus hombros de proa, tu pelo de red tus ojos de batracio, no eran las noches sin párpado de los contrabandistas ni la lujuria verde de los asesinatos. Eran los pueblos con su plazuela de viajes. Eran los claros días del uno hasta diciembre. Eran la viuda en cada puerto de los marineros –aquella que cuenta sus brújulas de ausencia con un cierto candor melancólico de aguja. Tu cuello de cilindro, tu risa de cal, la abrupta geografía de tus brazos, la sangre carmelita de tu abuelo, no eran la barbarie agazapada bajo el oscuro manto de tu piel. Eran quizás la tristeza de un viejo capitán cuyas manos con nudos marineros construían en tus ojos de grumete absorto botes de vela en miniatura. Te dieron muerte a medias. Te sembraron un gusano en las arterias cuando aún era tu sangre un lento río. Y se sirvió en la playa tu banquete negro cuando del pico de los gallinazos salió la semilla de tu corazón. Cadáver fluvial. Hombre de sombra. Un desigual silencio de llanura guardará tu estertor bajo la tierra. Y no olvides una cosa, Juan Antonio: tu color se cometió desde la muerte ¡la noche en que sólo fueron blancas las estrellas…! EMILIA AYARZA


Á LVARO M ARÍN

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Lectura personal Lucía Estrada Siempre que se trata de escoger las obras más influyentes de una época determinada, o bien, como en este caso, los poemas que a nuestro parecer dan cuenta del gran valor de algunas voces que nos acompañan, se ingresa, más allá de un criterio académico establecido, en la región íntima de una lectura personal. Así pues, los poemas que aquí propongo son los que, a la luz de mi propia experiencia de la poesía, conjugan toda una visión de nuestro tiempo y nos acercan a un diálogo real con el mundo, con su misterio y su inaplazable necesidad de nombrarse en cada uno de nosotros. Junto a poetas como Aurelio Arturo, Jorge Gaitán Durán, Fernando Charry Lara, Juan Manuel Roca, Giovanni Quessep, José Manuel Arango, Álvaro Mutis y Héctor Rojas Herazo, quiero también celebrar las nuevas voces, entre ellas, las de Felipe García Quintero y Andrea Cote, pues con el vigor, la frescura y la transparencia de su escritura, han ganado un espacio importante en la actual poesía colombiana.


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Amén Que te acoja la muerte; que te acoja la muerte con todos tus sueños intactos. Al retorno de una furiosa adolescencia, al comienzo de las vacaciones que nunca te dieron, te distinguirá la muerte con su primer aviso. Te abrirá los ojos a sus grandes aguas, te iniciará en su constante brisa de otro mundo. La muerte se confundirá con tus sueños y en ellos reconocerá los signos que antaño fuera dejando, como un cazador que a su regreso reconoce sus marcas en la brecha. ÁLVARO MUTIS


LUCÍA ESTRADA

XXXVI A veces veo en mis manos las manos de mi padre y mi voz es la suya un oscuro terror me toca quizá en la noche sueño sus sueños y la fría furia y el recuerdo de lugares no vistos son él, repitiéndose soy él, que vuelve cara detenida de mi padre bajo la piel, sobre los huesos de mi cara JOSÉ M ANUEL ARANGO

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Biblioteca de ciegos Absortos, en sus mesas de caoba, Algunos ciegos recorren como a un piano Los libros, blancos libros que describen Las flores Braille de remoto perfume, La noche táctil que acaricia sus dedos, Las crines de un potro entre los juncos. Un desbande de palabras entra por las manos Y hace un dulce viaje hasta el oído. Inclinados sobre la nieve del papel Como oyendo galopar el silencio O casi asomados al asombro, acarician la [palabra Como un instrumento musical. Cae la tarde del otro lado del espejo Y en la silenciosa biblioteca Los pasos de la noche traen rumores de leyenda, Rumores que llegan hasta orillas del libro. De regreso del asombro Aún vibran palabras en sus dedos memoriosos. JUAN M ANUEL ROCA


LUCÍA ESTRADA

Jacob y el ángel A cada paso mío se oculta lo que soy, el otro que me persigue en sueños y aun en la vigilia. ¿Cómo hallar esa historia escrita por mí mismo? ¿Cómo decir su nombre para que nadie sepa que estoy solo? Quiero callar; tal vez en el silencio se revele su rostro que presiento semejante a un país que no he olvidado; así podré vivir al menos, terminar esta farsa de dos desconocidos, aunque su hechizo venga desde el origen y la primavera. GIOVANNI QUESSEP

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Mi casa Mi casa, como el desierto, no tiene techo ni puerta, sólo [boca. Mi casa, como la piedra, no posee vigas ni cimientos, sólo [una mano empuñada la sostiene. Esta casa la he construido quitando ladrillos y entregando mis huesos al vacío que resta. La casa es oscura como mi voz en sus corredores. Vivo en la casa que camino. La que acecho y me persigue como el gusano tras la carne enferma. A cada grito se levanta; con cada silencio la destruyo. FELIPE GARCÍA QUINTERO


LUCÍA ESTRADA

Casa de piedra Era corriente y deslucido y mohíno el ademán con que dábamos la espalda a la casa de piedra de mi padre para ondear faldas floreadas y de luz en nuestro puerto desecado. Por primera vez y sin nodriza, bordeábamos la arcada de la tarde, todo para no ver las manos de piedra de mi padre oscureciéndolo todo, apresándolo todo, sus palabras de piedra y cascarrina lloviendo en el jardín de la sequía. Y nosotras en fuga hacia calles blanqueadas y farándula de mediodía y ellos repitiendo en la puerta de piedra: catorce años, falda corta, zapatos rojos sin usar. Éramos en avidez musical y de fasto y malabares, ante la lustrosa acera, antes de quedarnos parados y sin voz para ver la desolada estampa, la ruina.

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Pues el silencio, que no el bullicio de los días, atraviesa. El silencio, que son treinta y dos ataúdes vacíos y blancos. ANDREA COTE


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Consideraciones suplementarias Samuel Vásquez Esta selección fue hecha con el método falible y placentero del lector común: el gusto. Pero como algunos de estos poetas tienen más de diez poemas que me gustan, tuve la obligatoria necesidad de acudir a consideraciones suplementarias. Por ejemplo, el poema Responso por un burócrata, de Héctor Rojas Herazo, fue escogido entre otros suyos por su anterioridad, oportunidad y originalidad, es decir, por ser un poema pionero que resume y supera toda la fallida estética nadaísta posterior. El poema Llanura de Tuluá, de Fernando Charry Lara, por la fina y magistral reunión de opuestos que genera una atmósfera de ambigüedad, la cual otorga una gran delicadeza a un tema como el de la violencia. Mester de Ceguería, de Juan Manuel Roca, por ser donde introduce, por primera vez en un mismo poema, temas que habitarán su universo poético a lo largo de los años: los ciegos, el barrio, la noche. Parábola, de Giovanni Quessep, porque es bello como otros poemas suyos, pero este es más largo y prolonga la belleza. Es decir, he escogido estos poemas porque me gustan y me dan la oportunidad de agradecer a estos poetas su hermosa y compañera palabra.


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Una palabra Cuando de repente en la mitad de la vida llega una palabra jamás antes pronunciada, una densa marea nos recoge en sus brazos y comienza el largo viaje entre la magia recién iniciada, que se levanta como un grito en un inmenso hangar abandonado donde el musgo cobija las paredes, entre el óxido de olvidadas criaturas que habitan un mundo en ruinas, una palabra basta, una palabra y se inicia la danza pausada que nos lleva por entre un espeso polvo de ciudades, hasta los vitrales de una oscura casa de salud, a patios donde florece el hollín y anidan densas sombras, húmedas sombras, que dan vida a cansadas mujeres. Ninguna verdad reside en estos rincones y, sin embargo, allí sorprende el mudo pavor que llena la vida con su aliento de vinagre-rancio vinagre que corre por la mojada despensa de una humilde casa de placer. Y tampoco es esto todo. Hay también las conquistas de calurosas regiones, donde los insectos vigilan la copulación de los guardianes de sembrados que pierden la voz entre los cañaduzales sin límite surcados por rápidas acequias y opacos reptiles de blanca y rica piel. ¡Oh el desvelo de los vigilantes que golpean sin descanso sonoras latas de petróleo para espantar los acuciosos insectos que envía la noche como una promesa de vigilia! Camino del mar pronto se olvidan estas cosas. Y si una mujer espera con sus blancos y espesos muslos abiertos como las ramas de un florido písamo centenario, entonces el poema llega a su fin, no tiene ya sentido su monótono treno de fuente turbia y siempre renovada por el cansado cuerpo de viciosos gimnastas. Sólo una palabra. Una palabra y se inicia la danza de una fértil miseria. ÁLVARO MUTIS


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SAMUEL VÁSQUEZ

Hombres se echan a las calles I Los hombres se echan a las calles para celebrar la llegada de la noche un son de flauta entra delgado en el oído y otra vez son las plazas lugares de fiesta donde las niñas que cruzan con la espalda desnuda las miradas de los cajeros adolescentes repiten los movimientos de un antiguo baile sagrado y en la algarabía de los vendedores de fruta olvidados dioses hablan II Repetido naufragio de los parques en el anochecer la hora en que cerrado por el roce de un ala sombría el corazón desciende a frías moradas JOSÉ M ANUEL ARANGO


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LUNA NUEVA: ONCE MIRADAS A LA POESÍA COLOMBIANA

Parábola Estaba seguro por el vuelo de las generaciones Que era una posibilidad legendaria Oyó contar a los soldados del rey Historias que brotaban de la mano del tiempo O se perdían en la penumbra Donde la Flor de Loto confabulada con su blancura Para tejer el olvido Que habría de salvarlos de la ignominia y la guerra La que él consideraba la más extraña de las fábulas Lo perseguía desde su infancia La oyó contar a su padre al borde del fuego Mientras la nieve de todos los caminos Terminaba en sus mejillas angulosas La oyó contar a los sacerdotes al pie de los verdugos Cuando la cabeza del sentenciado traidor o amante Rodaba como una flor de madera Soñó la historia o la leyenda Y algunas veces despertó con la sensación del olvido [entre los ojos O sus manos tocaban una columna Como si la piedra no fuese más que un cuello de paloma Pero la leyenda que atraviesa los siglos No resulta más que una leyenda Transcurrieron milenios sucediéndose las dinastías Los pueblos soportaron el hambre y la peste Reyes brutales o invasores sanguinarios No hicieron más que multiplicar el sueño De los devoradores de lotos Y las sectas se multiplicaron Y hubo divisiones y grandes matanzas Entre los mismos que mantenían la fábula Como el hilo de una madeja perdida entre un laberinto de [juguetes Sólo existía una posibilidad de que naciera la Flor de Loto En cualquiera de los jardines


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SAMUEL VÁSQUEZ

O en el más apartado de los bosques Sólo una posibilidad de salvación Que el destinado la encontrara en el tiempo Antes que comenzara a marchitarse Un loto entre millones de lotos Sólo entonces comenzaría a olvidar A deshacer la historia de su vida y la de los demás La historia de la nieve y la piedra Del dragón y la mariposa Del hermano o el enemigo A destejer el destino como quien deshace un dibujo Grabado por agujas milenarias en la carne torturada Así comenzaría desde la primera letra del tiempo A contarlo de nuevo Hasta olvidar su nombre y el nombre de todo ser A nombrar la leyenda y transformar la fábula [en el mundo real Pero ¿quién podría aseverar que la Flor de Loto La única posible No era ya un puñado de polvo en el verano Desde hacía un minuto o quizá siglos? ¿Cómo preservar durable una esperanza semejante a un castillo Construido sobre la punta de una aguja? Por eso cuando empezó a comprender que olvidaba Cuando ya no pudo repetir el nombre de un país o de un pájaro Creyó que era un sueño como tantos otros Y se dispuso a soñarlo Pero su sueño era la posibilidad legendaria Lo que tocaron sus manos empezó a olvidarse y recordarse Y los objetos se convirtieron también En portadores de olvido No pudo reconocer las puertas ni el patio de su casa A los que confundió con un ciervo blanco que volaba [en la noche No pudo reconocer las armas de los soldados Ni el rostro del verdugo Y comenzó a nombrarlos con palabras de un lenguaje distinto Que lo expusieron a la burla y la lapidación Y la espada se llamó luna o álamo Y la Luna o el álamo se llamaron espada GIOVANNI QUESSEP


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Razones del ausente Si alguien les pregunta por él, díganle que quizá no vuelva nunca o que si regresa acaso ya nadie reconozca su rostro; díganle también que no dejó razones para nadie, que tenía un mensaje secreto, algo importante que decirles pero que lo ha olvidado. Díganle que ahora está cayendo, de otro modo y en otra parte del mundo, díganle que todavía no es feliz, si esto hace feliz a alguno de ellos; díganle también que se fue con el corazón vacío y seco y díganle que eso no importa ni siquiera para la lástima o el perdón y que ni él mismo sufre por eso, que ya no cree en nada ni en nadie y mucho menos en él mismo, que tantas cosas que vio apagaron su mirada y ahora, ciego, necesita del tacto, díganle que alguna vez tuvo un leve rescoldo de fe en Dios, en un día de sol, díganle que hubo palabras que le hicieron creer en el amor y luego supo que el amor dura lo que dura una palabra. Díganle que como un globo de aire perforado a tiros, su alma fue cayendo hasta el infierno que lo vive y que ni siquiera está desesperado y díganle que a veces [piensa que esa calma inexorable es su castigo; díganle que ignora cuál es su pecado y que la culpa que lo arrastra por el mundo la considera apenas otro dato [del problema y díganle que en ciertas noches de insomnio y aun en otras en que cree haberlo soñado, teme que acaso la culpa sea la única parte de sí mismo que [le queda y díganle que en ciertas mañanas llenas de luz y en medio de las tardes de piadosa lujuria y también borracho de vino en noches de lluvia siente cierta alegría pueril por su inocencia y díganle que en esas ocasiones dichosas habla a solas. Díganle que si alguna vez regresa, volverá con dos cerezas [en sus ojos


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SAMUEL VÁSQUEZ

y una planta de moras sembrada en su estómago [y una serpiente enroscada en su cuello. Y tampoco esperará nada de nadie y se ganará la vida [honradamente, de adivino leyendo cartas y celebrando extrañas ceremonias en las que no creerá y díganle que se llevó consigo algunas supersticiones, tres fetiches, ciertas complicidades mal entendidas y el recuerdo de dos o tres rostros que siempre vuelven a él en la [oscuridad y nada. DARÍO JARAMILLO AGUDELO


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Nuestros seleccionadores VÍCTOR LÓPEZ R ACHE Nació en 1959. Abandonó la carrera de Economía para dedicarse al estudio y la creación literaria. Obras: Sin espejos, Premio Nacional de Poesía Imaginación para un nuevo milenio, 2000. La casa, Premio Nacional de Poesía Ciudad de Bogotá, 1992. Otra orilla de luz, 1985. Obtuvo en 1990 el Premio de Poesía Universidad Externado de Colombia. Poemas suyos han sido incluidos en distintas antologías. Ha sido comentarista de libros, escribe ensayo y su trabajo habitual es en prosa. JUAN M ANUEL ROCA Nació en Medellín, en 1946. Entre sus libros destacamos Luna de Ciegos, Ciudadano de la noche, La farmacia del ángel, Las hipótesis de Nadie, en poesía; en novela Esa maldita costumbre de morir y el libro de cuentos Las plagas secretas. Libros de ensayos, Museo de encuentros y Cartógrafa memoria. Entre otros premios ha obtenido el Premio Nacional de Poesía Ministerio de Cultura, en 2004 y el Premio José Lezama Lima, Cuba, 2007. Es doctor Honoris Causa en Literatura por la Universidad del Valle. ORIETTA LOZANO (Cali-Colombia) Ha publicado los siguientes libros de poesía: Fuego secreto, Memoria de los espejos, El vampiro esperado, El solar de la esfera, Antología amorosa, La máscara del agua, Luz circular de la palabra y la novela: Iluminar. Iluminar Ha sido galardonada con los Premios Nacionales de Poesía Eduardo Cote Lamus y Aurelio Arturo. JAIME ECHEVERRI (Manizales, 1943) Escritor y psicoanalista. Es autor de los libros de cuentos Historias reales de la vida falsa, Las vueltas del baile y Versiones y perversiones, reeditado por esta misma editorial en 2007; y de las novelas Reina de picas y Corte final. SANTIAGO MUTIS (Bogotá, 1951) Libros publicados, en poesía: Afuera pasa el siglo y Dicen de ti, entre otros. Director de la revista Conversaciones desde la soledad. Libro de cuentos, Relámpagos de la ciudad, catorce conjuros. Libros sobre pintura: El visitante, Eduardo Ramírez Villamizar, Saturnino Ramírez y Guillermo Wiedemann.

GUSTAVO ÁLVAREZ GARDEAZÁBAL (Tuluá, 1945) Autor de novelas como Cóndores no entierran todos los días, El bazar de los idiotas, El divino, llevadas al cine y la televisión. Fue el primer alcalde por elección popular de su pueblo natal, diputado y gobernador del departamento del Valle. Comentarista d iario de la opinión nacional.


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JULIÁN M ALATESTA (Miranda, Cauca, 1955) Ha publicado los libros de poemas Hojas de trébol (Hai Kues), Alguien habita la memoria, La cárcel de Babel, Cenizas en el cielo. Obtuvo el premio de ensayo Jorge Isaacs en 1996, con Presencia de la poesía china y japonesa en algunos poetas latinoamericanos. También es suyo el libro Poéticas del desastre: aproximación crítica a la poesía del Valle del Cauca en el siglo XX. Profesor Titular de la Escuela de Estudios Literarios de la Universidad del Valle. RÓMULO BUSTOS AGUIRRE Si alguna fantasía me resulta especialmente sugestiva es la de poseer una catedral gótica para uso personal (la de Colonia, si fuera posible). De niño tuve algo parecido: la alta bóveda del ramaje del árbol camajorú. En realidad solo vi su fantasma. las ramas ya no estaban allí. Pero siguen soñándome. La vida me ha regalado algunos buenos amigos que (para no incurrir en la vieja retórica de la modestia) no creo desmerecer, y un par de libros que reunen mi labor poética: Palabra que golpea un color imaginario (1996) y Oración del impuro (2004); el resto de mis asuntos se lo reparten Bach y el éxtasis de la música africana. ÁLVARO MARÍN Hechizado por la poesía de César Vallejo y Miguel Hernández publiqué mi primer libro de poemas con el título de Jinete de Sombras en 1992. La publicación fue un reconocimiento que me hizo la Casa de Poesía Fernando Mejía de Manizales, luego fui invitado al diario El Espectador ectador de Bogotá para colaborar con notas sobre cultura y literatura en el Magazín Dominical dirigido por Marisol Cano y coordinado por el poeta Juan Manuel Roca, medio que jugó un papel crítico importante en la vida cultural del país en los años noventa. El hechizamiento con la literatura y la poesía fue mayor cuando leí a los poetas Cardoza y Aragón y José Lezama Lima y a los narradores Macedonio Fernández y Alejo Carpentier. Tenía en este tiempo una lectura de escritores europeos, pero el acercamiento interesado a la expresión latinoamericana fue para mí una revelación de sentido histórico y poético a la vez LUCÍA ESTRADA (Medellín, 1980). Ha publicado los libros de poesía Fuegos nocturnos, Noche líquida, Maiastra, Las hijas del espino (Premio de Poesía Ciudad de Medellín, 2005) y El ojo de Circe (Antología Colección Universidad Externado). Hace parte de la Organización del Festival Internacional de Poesía de Medellín y del Comité editorial de la revista literaria Alhucema, de Granada, España. SAMUEL VÁSQUEZ (MEDELLÍN, 1949) SE

QUED Ó EN

MED ELLÍ N

ORGANI ZAND O B I ENALES, EXP OSI CI ONES, TALLERES D E ARTES P LÁSTI CAS Y

M ÚSI CA, Y D ED I CAD O A LA I M P OSI B LE TAREA D E AGREGAR P OESÍ A AL P ROSAI CO TEATRO COLOM B I ANO.

HA D I RI GI D O D I ECI SI ETE OB RAS D E TEATRO Y P UB LI CAD O LI B ROS COM O El sol negro, Raquel, historia de un ggrito silencioso y Erratas de fe. Hace dos años su gran editor, el fuego, imprimió doce libros suyos.

LUNA NUEVA,  

LUNA NUEVA, once miradas a la poesía colombiana. ANTOLOGIA MULTIPLE Omar Ortiz Forero, Compilador. Se les ofrece entonces a los amantes y...

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