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LUNA NUEVA No. 37. Agosto de 2011 Lic. Mingobierno Res.081 de 1993 ISSN 9121-666X EDITOR Omar Ortiz CONSEJO EDITORIAL J.J. Guzmán Abella Omar Ortiz Pionono González Carolina Urbano FOTOGRAFIA LUNA NUEVA Andrés Vergara Carrera 27A No. 32-54 Teléfono 224 5781 Tuluá, Valle del Cauca, Colombia Navegando en LUNA NUEVA Omar Ortiz Forero, DIRECTOR. http://omarortiz.blogspot.com/. EDICIONES VIRTUALES http://luna-nueva-revista-poesia. blogspot.com/ DISEÑO E IMPRESIÓN Feriva S.A.

Por las hendijas..........................................................4 Arguedas: Su corazón, rey entre sombras...................5 El arma de la palabra...............................................11 Intempestivas sobre la creación poética...................15 Prisioneros de duros espejismos...............................21 Al son del corazón...................................................28 Poetas colombianos nacidos en los años cincuenta...........................................28 Omar Ortiz........................................................31 Samuel Jaramillo................................................34 Piedad Bonnett..................................................37 Santiago Mutis Durán........................................40 Amparo Osorio..................................................43 Eduardo García Aguilar......................................46 Rómulo Bustos Aguirre.......................................49 William Ospina..................................................52 Julián Malatesta..................................................55 Gustavo Adolfo García.......................................58 Fernando Linero.................................................60 Ángela García....................................................63 Juan Carlos Galeano..........................................66 Fernando Herrera...............................................69 Jaime Londoño...................................................71 Victor López Rache............................................73 Una generación sin rostro..................................77 Poetas colombianos nacidos en la década del sesenta....................................77 Nuevas voces.....................................................91 Daniel Moreno López........................................91 Karina Rendón...................................................95 Leandro Loaiza..................................................97 Juan David Ochoa...........................................101 Luz María Chávarro.........................................104 En el Nochero........................................................106 Un habitante del séptimo cielo...........................107 Una estrella de cinco puntas y la caida del hombre.........................................................109 Desde la errancia...............................................111 Una mirada a Cequiagrande...............................113 Las palabras poco a poco: el poema...................115

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Contenido

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Por las hendijas

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Omar Ortiz

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Sí, proseguimos iluminando pequeños espacios. El que existe entre la ranura y el marco de la ventana. La cortina que no vela el luminoso pero angosto sol. La cotidianidad que nos sorprende en la mirada de un felino. La poesía, entonces. Como cualquier renovado milagro Luna Nueva llega a su número treinta y siete preparando el ánimo para celebrar el año que viene sus veinticinco calendarios de labor ininterrumpida. Proponemos como agenda festiva a la conmemoración de este aniversario el presente número que trae un texto que reúne poetas de los años cincuenta preparado por el poeta mexicano José Ángel Leyva. Un ensayo sobre los poetas nacidos por las mismas calendas, escrito por la rigurosa pluma de Víctor López Rache, poeta y estudioso del quehacer poético contemporáneo. Otro ensayo del crítico Santiago Espinosa quien le ha dado a dicho arte las calidades de disciplina y buena escritura, hasta hace poco olvidadas en nuestro medio, sobre los poetas nacidos en los años sesenta. Una significativa muestra de “Nuevas Voces” en la poesía colombiana y como antesala de este interesante recorrido por nuestra lírica actual: una crónica de Carlos Vidales sobre el gran escritor peruano José María Arguedas al cumplirse cien años de su nacimiento, seguida por las palabras que Gustavo Álvarez Gardeazábal pronunció al recibir el doctorado Honoris Causa en Literatura otorgado por la Universidad del Valle, como homenaje a su trayectoria de escritor y a su novela Cóndores no entierran todos los días a cuarenta años de publicada, y reflexiones que lindan entre la poesía y el ensayo del poeta Julián Malatesta. Palabras que se miran en la geografía andina y habanera fotografiada por Andrés Vergara y que transita por los senderos de nuestras páginas como un homenaje a nuestro fértil y maravilloso mestizaje. A todos nuestros colaboradores y a ustedes lectores, muchas gracias.


Arguedas: su corazón, rey entre sombras*

Aquel helado mediodía de agosto, José María miró a través de la ventana y dijo: — Ese sujeto debe estar muriéndose de frío. “Ese sujeto” era el árbol del jardín. Yo pensé, viendo brillar los claros ojos de Arguedas, que el enorme vegetal había sentido la fraternal preocupación del novelista. Porque José María era capaz de establecer con los objetos de la naturaleza —animales, plantas, ríos, montes—, una comunicación de espontánea camaradería. Todas las cosas respondían a su llamado, sencillamente porque respondían desde su propio corazón. “Oh corazón, rey entre sombras...” José María amaba ese poema de Javier Sologuren. Abandonado en la infancia, recogido y amado por los indios comuneros de los Andes peruanos, blanco entre indios hasta la adolescencia, indio entre blancos desde la juventud hasta la muerte, transitando en la vida, como por una escalera, todas las capas, estamentos y clases sociales del Perú, indio paria, indio comunero, indio obrero, cholo de servicio, empleado mestizo, profesor universitario, eminente antropólogo, gloria de la literatura, admirado, adulado y temido por la aristocracia limeña, rubio de ojos azules con corazón de indio, testigo estremecido de los seculares dolores de su pueblo, protagonista íntimo de su propia obra, habitante y constructor de los

Publicado por primera vez en Estravagario, Revista Cultural de “El Pueblo” de Cali, N° 39, página 1, domingo 19 de octubre de 1975. La viuda de José María Arguedas, Sybila Arredondo, sufrió cárcel oprobiosa durante largos años en el Perú, bajo condiciones inhumanas. Fue finalmente puesta en libertad en 2002. ** Escritor y periodista. Profesor jubilado de la Universidad de Estocolmo. En sus múltiples exilios por Latinoamérica tuvo la oportunidad de ser secretario personal de Arguedas. Vive desde 1980 en Suecia. *

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Carlos Vidales**

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cuentos infernales y mágicos de Diamantes y pedernales , del trágico y solemne Yawar Fiesta, de la desconsoladora y tenebrosa novela El Sexto, de la inmensa ternura de Los ríos profundos y del riguroso estudio social de Todas las sangres, él había conocido tinieblas más hondas, más terribles que las sugeridas por el poeta: “He aquí que te he escrito, feliz, en medio de la gran sombra de mis mortales dolencias”, habría de decir al líder campesino Hugo Blanco, una semana antes del suicidio. Era un niño apenas cuando su padre, abogado de pobres, perseguido por los grandes gamonales, debió dejarlo en manos de crueles parientes:

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Él subiría la cumbre de la cordillera que se elevaba al otro lado del Pachachaca; pasaría el río por un puente de calicanto, de tres arcos... Y mientras en Chalhuanca, cuando hablara con los nuevos amigos, sentiría mi ausencia, yo exploraría palmo a palmo el gran valle y el pueblo; recibiría la corriente poderosa y triste que golpea a los niños, cuando deben enfrentarse solos a un mundo cargado de monstruos y de fuego... Así nos contó José María esa separación en su novela Los ríos profundos. El 17 de mayo de 1969 le confesaba a su diario íntimo: “A mí la muerte me amasa desde que era niño, desde esa tarde solemne en que me dirigí al riachuelo de Huallpamayo, rogando al Santo Patrón del pueblo y a la Virgen que me hicieran morir...”. Siete días antes había escrito: “Anoche resolví ahorcarme en Obrajillo, de Canta, o en San Miguel, en caso de no encontrar un revólver. Ha de ser feo para quienes me descubran, pero me he asegurado de que el ahorcamiento produce una muerte rápida”. Mientras el suicidio madura definitivamente en su cerebro, José María va dando forma también a su última novela. Dicen los mitos antiguos de Huarochirí que el mundo consta de una parte de arriba y una parte de abajo. Estas dos partes se unen, de vez en cuando, gracias a dos zorros que conversan relatándose los pormenores de sus planos respectivos. Ese diálogo entre El zorro de arriba y el zorro de abajo es cabalístico, esotérico, pleno de ingenio y poesía. Arguedas introduce estos dos zorros en su novela: ellos le dan el título y le permiten explicar cómo “la parte de arriba”, la sierra peruana, se volcó hacia la costa, hacia “la parte de abajo”, en el auge tremendo de Chimbote, el gran puerto pesquero del Perú. Entretejidos con el hilo central de la


Yo era apenas un misti, un blanco. Esa comunicación con el mundo no humano sólo despertaba en mí una indefinida ternura. En cambio, él, entendía: era un indio, un indio quechua que además de haber sido moldeado por la experiencia secular y colectiva de los suyos, hombres que viven fundidos al corazón del universo, enredados al alma del orden natural, había también quedado solo —débil cachorro de hombre— en medio de “un mundo cargado de monstruos y de fuego”. Desde pequeño, buscando refugio, había puesto los sentidos atentos en el rumor de la hoja, el silbo del pájaro, el pulso imperceptible de la piedra, porque los hombres “algo nos hicieron cuando más indefensos éramos; yo recuerdo muchas cosas, pero dicen que las más peligrosas son aquellas de las que no nos acordamos. Así será”. Así será, pues. Pero su risa explosiva ha quedado para siempre resonando dentro de mí; él tenía una carcajada que casi siempre le hacía perder el equilibrio. La repitió muchas veces ese miércoles, la antevíspera del disparo fatal; porque aquella noche, en un prodigio de simulación, la charla de José María fue feliz, ocultando su ya resuelto designio de matarse. Pero también, durante los largos meses que en su casa viví, habíamos hablado de otras cosas que esa noche no recordamos. “El marxismo, decía, me dio disciplina, pero no mató en mí lo mágico”. Amaba a Melville, Dostoievsky, Guimaraes Rosa, García Márquez. Rulfo, el gran mexicano, era cuento aparte:

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novela aparecen los diarios íntimos de Arguedas; por ellos nos enteramos del proceso interno en cuyo cauce se va precisando el suicidio. Entretanto, José María llega al más alto grado de comunicación personal con la naturaleza. Allá en la casa de Los Ángeles, en las afueras de Lima, yo le vi conversar frecuentemente con los perros de sus vecinos: Tarzán, Nerón, Laila, Poncho, Chalaco, El Doctor. Pero entiéndase bien: Muchas veces he conseguido jugar con los perros de los pueblos, como perro con perro. Y así la vida es más vida para uno. Sí; no hace quince días que logré rascar la cabeza de un nionena (cerdo) algo grande, en San Miguel de Obrajillo. Medio que quiso huir, pero la dicha de la rascada lo hizo detenerse; empezó a gruñir con delicia, luego (cuánto me cuesta encontrar los términos necesarios) se derrumbó a pocos y ya echado y con los ojos cerrados, gemía dulcemente...

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¿Quién ha cargado a la palabra como tú, Juan, de todo el peso de padeceres, de conciencia, de santa lujuria, de Hombría, de todo lo que en la criatura humana hay de ceniza, de agua, de pudridez violenta por parir y cantar, como tú? Y es que “la palabra, pues, tiene que desmenuzar el mundo”. Es el zorro de abajo quien habla así, en la última novela de Arguedas. Y dice:

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El canto de los patos negros que nadan en los lagos de altura, helados, donde se empoza la nieve derretida, ese canto repercute en los abismos de roca, se hunde en ellos; se arrastra en las punas, hace bailar a las flores de las hierbas duras... ¿no es así?

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El zorro de arriba responde: Sí. El canto de esos patos es grueso, como de ave grande; el silencio y la sombra de las montañas lo convierten en música que se hunde en cuanto hay. Y el zorro de abajo: La palabra es más precisa y por eso puede confundir. El canto del pato de altura nos hace entender bien todo el ánimo del mundo. Mientras los dos zorros dialogan haciéndonos conocer por qué el idioma de la naturaleza es, para los hombres del mundo quechua, más claro e inteligible que el idioma que brota de la boca humana, José María compone y recompone su novela. Cambia el orden original de los capítulos, corta mitades de página para trasladarlas de sitio con ayuda de la cinta transparente, intercala sus diarios íntimos. A veces parece confundirse y anota en mitad del relato: “¿A qué habré metido estos zorros tan difíciles en la novela?”. Ha estado trabajando en el libro en Santiago de Chile, donde, según dice, “soy feliz y escribo sin interrupciones”. Lee a sus amigos capítulos enteros de la obra. Escucha sugerencias. Pide consejos. Acepta transformar una y otra vez los nombres de los personajes. Consiente en dar a conocer la armadura, el esqueleto, la gestación íntima de la novela. Búsquese otro ejemplo parecido de humildad y modestia intelectuales en la historia literaria de América. No se encontrará.


En agosto de 1969 regresa al Perú con la estructura de la obra resuelta y el plan del suicidio en plena ejecución. Se reintegra a la Universidad. Los hechos políticos producidos en los claustros —luchas de facciones, incomprensiones, sectarismos—, acentúan la depresión de su ánimo. Pero no olvida sus afectos y convicciones profundas, y escribe:

Cuando unas gentes, los yanquis, pretendieron inmolar en Vietnam al pueblo entero con máquinas de fuego, a fuego construidas, cuando creyeron que así podían dominar el mundo, el pueblo de Vietnam, con el sólo vigor de sus manos eternas, los ha hecho correr hasta la luna. Pero los estados depresivos son más frecuentes ahora. En los primeros días de noviembre decide dejar la novela como está. Envía con Sybila, su compañera, un ejemplar de su libro Todas las sangres, al dirigente campesino Hugo Blanco, preso desde hace cinco años en la cárcel- isla de El Frontón, retribuyendo así el relato que Blanco le enviara para animarlo, al saberlo decaído. Es entonces cuando Hugo Blanco escribe a José María una carta en quechua, agradeciéndole el obsequio. Es un mensaje lleno de esa ternura que sólo los indios de los Andes saben dar —” taytay José María, padrecito mío”— y que transforma la depresión del novelista en una exaltación embriagadora y contagiosa. Esa noche nos amanecemos José María, Sybila y yo. Ebrio de alegría, Arguedas nos lee una y otra vez la misiva de Hugo Blanco. Trasladamos la traducción al papel. A cada instante, José María exclama: “¡Es un indio! ¡Puro indio!” Sí. Con él podía entenderse. Jamás se conocieron personalmente, pero Hugo Blanco lo había comprendido mejor que los mejores críticos, mejor que sus mejores amigos mistis. Él era de los suyos: “hermano Hugo, querido, corazón de piedra y de paloma... hermano Hugo, hombre de hierro que llora sin lágrimas: tú, tan semejante, tan igual a un comunero, lágrima y acero”.

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Al pueblo hermano de Vietnam, llameante. A este pueblo que, en el medio mismo del mundo, en la edad del espanto, nos hace conocer que el fuego que hizo el hombre con su mano sigue ardiendo en el fuego de sus manos.

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El suicidio se posterga. La respuesta al hermano Hugo, también escrita en quechua, deberá ser un mensaje de esperanza y de solidaridad, pero también una despedida cuidadosamente redactada para que su significado profundo sólo pueda descubrirse después de la muerte: Yo no estoy bien, no estoy bien; mis fuerzas anochecen. Pero si ahora muero, moriré más tranquilo. Ese hermoso día que vendrá y del que hablas, aquel en que nuestros pueblos volverán a nacer, viene, lo siento, siento en la niña de mis ojos su aurora; en esa luz está cayendo gota por gota tu dolor ardiente, gota por gota, sin acabarse jamás...

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La noche de aquel miércoles, cuarenta y ocho horas antes del disparo fatal, José María me preguntó sobre la posibilidad de publicar su breve y conmovedora correspondencia con Hugo Blanco. Quería que fuese una revista de izquierda, extranjera, Punto final, la primera en dar a conocer esas cartas. Pensaba que ello ayudaría a la campaña internacional en favor del indulto para el líder campesino. Me comprometí a adelantar mi previsto viaje a Santiago de Chile para cumplir sus deseos, y de común acuerdo fijamos la fecha de mi partida: sería el domingo siguiente. Pero el viernes se desató la tragedia.Mañana se dirá, tal vez, que lo mató el cansancio, la incomprensión o la neurosis. Pero mientras existan los “pongos”, los siervos de la tierra; en tanto suene en el aire “el rezo de las señoras aprostitutadas, mientras el hombre las fuerza delante de un niño para que la fornicación sea más endemoniada y eche una salpicada de muerte a los ojos del muchacho”; mientras los indios de las punas sean “piojosos, diariamente flagelados, obligados a lamer tierra con sus lenguas”, mientras existan la injusticia, la humillación y el oprobio, habrá muchos Arguedas muriendo y renaciendo sin cesar en el doliente pero algún día victorioso corazón de los que sufren. Sí: “tremenda y deslumbrante la aurora me mataría, si yo no llevase, ahora y siempre, otra aurora dentro de mí”, era la frase de Whitman que Arguedas repitió incansablemente durante nuestras largas conversaciones. Porque habiendo perdido hasta la fe en sí mismo, jamás perdió la fe en el porvenir de los suyos. José María se disparó un balazo en la cabeza el viernes 28 de noviembre de 1969. Pero durante cinco días terribles estuvo aún latiendo su poderoso corazón, rey entre sombras.


El arma de la palabra*

Cuando mi abuelo Marcial Gardeazábal, el viejo librero de Tuluá, envió a Hamburgo una carta a Salvador Rozenthal, su proveedor de papel, ofreciéndole que se saliera desde la convulsionada Alemania para huir de la persecución de Hitler contra los judíos, y que viniese a vivir a Tuluá, en mi familia y en mis genes se marcó un precedente de generosidad y de protección contra los perseguidos, que no ha dejado de acompañarme a lo largo de mi vida. Cuando mi otro abuelo, don Pablo Álvarez Maya, bajaba borracho, montado en una mula rucia, por los canalones de la cuenca de El Porce, allá en la lejana Antioquia y le gritaba al diablo, respaldado por los pulmones de sus casi dos metros de contextura, que allí iba él, le abriera campo o le saliera para enfrentarse, se abonaron a mis genes el atrevimiento y la envergadura para llamar las cosas por su nombre y no temblar ante ningún poderoso. De la combinación de esos genes heredados, de la cultura libresca del Gardeazábal, de la capacidad ilimitada del minero jugador y alicorado del Álvarez, viene buena parte de lo que hoy, en esta mañana, la Universidad del Valle reconoce al entregarme tan honorifico galardón. No he sido más que alguien que ha querido ayudar a todo el que lo solicita. Alguien que salga a defender al perseguido. Alguien que se ha atrevido a lo imposible y ha resistido sin temor los embates de los poderosos. No soy más. El resto me lo han facilitado los amigos que siempre me han

Este escrito corresponde al discurso pronunciado por el escritor para recibir el Doctorado Honoris Causa en Literatura otorgado por la Universidad del Valle.

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Novelista vallecaucano. Su obra literaria es reconocida por el manejo del tema de la violencia en Colombia, especialmente con la novela Cóndores no entierran todos los días.

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Gustavo Álvarez Gardeazábal**

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rodeado para leer mis libros, para oír mis herejías o para apoyarme a pasar los profundos baches en los que he caído.

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No escogí el hacha de mis mayores ni me puse detrás de un mostrador a vender libros. Empuñé el arma de la palabra y esgrimí la espada de la literatura para meterme en los vericuetos de la vida. Me asomé por estadios que los más puristas consideraron equivocados. Afronté las consecuencias de hurgar en la memoria colectiva. Pagué los errores de ser un vallecaucano en medio de la revolución del narcotráfico. Sentí frente a mis narices la construcción tajante de una gran pared que frenó en seco mis posibilidades del ejercicio político. Pero aquí estoy, leyendo un texto escrito. Un texto tan vital y tan fruto de mi manera de entender la vida, de mi manera de asumir el devenir, que este acto no puede ser otra cosa distinta a mi refrendación del eterno carnet de escritor que llevaré hasta el día en que ustedes me entierren en el cementerio Libre de Circasia.

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He sido escritor desde cuando comencé a dar pinitos en la desaparecida Facultad de Filosofía, Letras e Historia y Oscar Gerardo Ramos acaudillaba con habilidad monstruosa una pléyade de ilustres profesores europeos y norteamericanos que financiaban la Ford y la Rockefeller. Seguí siendo escritor cuando usé los abalorios de la política para convencerme de que la realidad supera la ficción. No he dejado de ser escritor, aunque ya la gente no lea. No he dejado de pensar como escritor aunque todos me han creído perdido en otros berenjenales y últimamente me creen subsumido en las ondas hertzianas de un programa que combina el humor con la verdad que nadie más cuenta. Ser escritor imprime carácter y con ese carácter me quedé desde aquellos años remotos cuando publiqué mis primeros cuentos en La Estafeta Literaria de Madrid o en la revista Mundo Nuevo de París. Y los publiqué sin salir de este terruño. Y fui leído y admirado y criticado sin ir a pagar tributo al mundillo bogotano y sin hacer sellar mi pasaporte para honrar a los marxistas de París, que escogían quiénes podían ser escritores, y quiénes no, en Latinoamérica, después de García Márquez y Vargas Llosa. Nunca tuve agente literario y las traducciones al chino o al alemán, ya no sé cuántos idiomas, las logré por la generosidad de quienes me leían y yo, despreocupado, las autorizaba desde mi pequeña Olivetti. Tal vez fue un error de provinciano fotuto que me ha impedido mayores glorias o más bien fue una actitud desdeñosa de intelectual satisfecho con nada, pero nunca tuve agente literario. Así y todo, el tiempo ha pasado y ac-


tuando como el mejor crítico ha seleccionado para siempre a Cóndores no entierran todos los días.

Es posible que en la decantación ineludible de la historia, yo no quede sino como el autor de un solo libro. Pero no creo que fue un esfuerzo perdido haber hecho, en otra docena de novelas, la radiografía de todas las manifestaciones del poder en la segunda mitad del siglo XX en estas tierras vallecaucanas. He hecho mis novelas y mis ensayos sobre el terruño. Mi espacio literario, el novelístico y el investigado ha sido siempre este valle, otrora idílico, que no tuvo derecho a recoger las cenizas de Jorge Isaacs y se sigue deleitando en cortarnos la cabeza a todos los que hayamos intentado sobresalir. No he sido más que el novelista vallecaucano y me siento infinitamente orgulloso del oficio. Hoy estoy aquí en Buga, la ciudad madre de la vallecaucanidad, porque mal podría un provinciano de tiempo completo perderse en las entrañas del monstruo citadino de Cali para revestirse de doctor. Y no estoy en Tuluá porque en esa ciudad, de la que he sido su escritor y su alcalde una y otra vez, hay por estos días un coro creciente encabezado por su burgomaestre para llamarme Satán porque he tenido la entereza de preguntar sobre quienes están matando a fusil en sus calles, cuando allá nadie ha declarado una guerra. En otras palabras, que estoy soportando en carne propia lo que Gertrudis Potes aguantó en mi novela. Estigmatizado como satanizador. Desconocido como cabeza orientadora. Impedido de opinar sobre el solar tulueño para salvar mi vida, enmudezco al final de mi existencia convencido de que es mejor dejar a que el tiempo pase para que las fatuidades se dispersen y yo, parado en la puerta de mi casa del barrio Sajonia, vea pasar antes de morirme a los generadores de la ignominia, entumecidos y empaquetados en las cuatro tablas de la historia. He vivido tanto, tan intensamente y desde tan temprana edad. Me he equivocado tantas veces, he acertado tantas otras. He subido a los

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Hace ya cuarenta años que esa novela vio la luz en las prensas barcelonesas de Joseph Vergés, el antiguo dueño de la Editorial Destino. Mientras más años pasan, más editan este libro, tanto los piratas como los legales, y mientras más viejo me vuelvo, más veo que estudian lo que allí se dice, y oigo y leo a profesores y estudiantes sobre ella, y lo que es peor, más se parece lo que cuento en Cóndores a la realidad que nunca se acaba en este país.

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pedestales de la gloria y bajado a las profundidades de la miseria. He tenido con qué y me han hecho falta varias veces las cosas elementales para sobrevivir. Pero triunfador o derrotado, en la cúspide del poder o en la soledad de una celda carcelaria, siempre he sido el mismo. El mismo niño terco asomado a la ventanita de la casa paterna, mirando desde allí la realidad que los demás no fueron capaces de contar. Espero que cuando llegue la muerte, esté mirando desde esa ventana y haya podido contar todo lo que he visto.

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Buga, 14 de mayo de 2011.

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Intempestivas sobre la creación poética Julián Malatesta*

Quienes tienen la osadía de aventurarse en el camino de la creación, saben que la jornada es ardua y que las destrezas del oficio afinan en el tiempo sus rudos instrumentos. El poeta penetra el mundo de las palabras, juega con ellas en el acoso del lenguaje ordinario, las cambia de lugar, las intercambia y deforma para conocerles de cerca sus amagues, sus visos de colores, sus flexibilidades y sutiles sugerencias. En esta práctica se le van los días, hasta que el orfebre de las palabras empieza a olvidar, a dejar negligentemente de lado todo lo aprendido, a abandonarlo en ese lugar extraño de la memoria que es el olvido. Y sólo cuando esto tiene ocurrencia, cuando el artesano se descubre inerme ante el lenguaje y lo suficientemente vulnerable para ser provocado por él, sucede la revelación poética. El conocimiento se ha retirado de los modos comunes para aprehenderlo, se ha despojado de los moldes, de sus portales de acceso y sus ordinarias formas del consumo; sólo ha dejado en el poeta un método inusual para manifestar su presencia: la intuición. Así el creador descubre que sólo en situación puede moldear las formas que le otorga el olvido, y que el acontecimiento poético sucede como revelación.

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Poeta. Profesor titular de la Escuela de Estudios Literarios de la Universidad del Valle.

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La revelación poética

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La poesía es develamiento

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Ya es de uso común la idea, según la cual, el poema indaga, en el imaginario de una época, los modos como suceden las pasiones de los hombres y mujeres que la habitan y la hacen posible. Digo que es de uso común, por cuanto hoy se le otorga al poema la condición de documento, material desde donde es posible rastrear las visiones de mundo y comprender las aciagas y en ocasiones gozosas maneras de acontecer de la sensibilidad. El calificativo común, también obedece a la idea popular, que jamás ha dejado de ser cierta, y que afirma que el poema habla de nosotros, desnuda nuestra intimidad, hace pública nuestra búsqueda secreta y delata los hábitus de una generación. Cuando leemos un poema entre nuestros amores, allegados, conocidos, e incluso ante los anónimos habituales y casuales asistentes a una de nuestras lecturas, de alguna manera, colocamos en la subasta de las interpretaciones gran parte de nuestra historia íntima; pero lo que caracteriza al efecto poético es que con los fragmentos de nuestra identidad afectiva se desnuda el sensorium de una comunidad y se hace pública su historia. La poesía sucede como develamiento, hay en ella un impúdico desnudarse del cual todos participamos.

Los modales de la memoria En la memoria de un hombre suele hallarse el inventario afectivo de populosas ciudades, la cuenta minuciosa de los días agobiados por las jornadas del coraje; las alcohólicas noches de tabernas; las reyertas en los callejones del comercio clandestino; los amores efímeros, perdidos en las nobles palabras que inventaron la promesa; la amistad, ese viejo modal que no cambia y que aún sirve para conocer el mundo; los barcos viejos encallados como ballenas moribundas en los puertos; los marinos en ejercicio y los que ahora con el sol a sus espaldas se retiran a la orilla; los largos viajes que no dejaron predecir la fatalidad ni


auguraron la dicha; la guerra, sus hambrunas y la devastación de territorios. Todo suele hallarse en la memoria de un hombre, Todo lo guarda él en su lugar más íntimo: el olvido, que se sabe, es la memoria indócil que el hombre no controla.

La salida del mundo sagrado siempre fue comprendida emocionalmente como un desalojo. El hombre perdía para siempre la protección de los dioses; sin ellos ya no tenía quién supliera sus necesidades, quién atendiera sus íntimos anhelos ni quién edificara de antemano y sin su participación las tareas a cumplir en el devenir de los días. Este desencanto situó al hombre frente al primer eslabón de la libertad, ahora debía confiar sólo en sus potencias, en su capacidad de inquirir, de indagar y de instalar significados; ahora debía asistir a un nuevo episodio de su vida, pasar de ser un necesitado a constituirse como un ser necesario, alguien con obligaciones adquiridas en el seno de la comunidad. La poesía registró este suceso, cantó jubilosa este penoso tránsito del hombre libre, se hizo a su lado para acompañarlo en sus descubrimientos y mitigar su sed en los momentos más arduos de zozobra. Así el hombre hizo práctica de lugar, se aplicó en sus invenciones, definió cuál era la verdad y cuál el error, qué era lo bueno y qué era lo malo e hizo instituciones capaces de dirimir estos conflictos del pensar y de la convivencia. Desde entonces, guiado por estas definiciones, el hombre ha asistido a todas las guerras y ha querido acomodarse en el escenario de todas las pacificaciones. Sólo el espíritu romántico, en medio del triunfo de la modernidad, advirtió a tiempo la fatalidad que se cernía sobre el destino del género humano. Del antiguo diálogo con los dioses, ahora el hombre sólo luce un fragmentado murmurar religioso, una precaria devoción que lo encarcela en las porcelanas y yesos de los íconos que se subastan en el comercio de estampas. Quizá los románticos habían intuido que tras la ufana

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La experiencia poética

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ostentación de la invención tecnológica y el autoritario ejercicio de la razón, se ocultaba una profunda debilidad, al hombre libre se le escurría de sus manos la libertad, ninguna de sus invenciones lograría otorgarle plenamente la certidumbre de su condición u ofrecerle la serenidad de espíritu; y aunque el hombre moderno se obstinara en mantener vigentes los principios guías de su civilización, tarde o temprano estallaría la pregunta: ¿Soy necesario para mí mismo?

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Es desde este agudo interrogante desde donde se inicia la restauración, desde donde se intenta restablecer el diálogo perdido. Conversación antigua que no puede rememorar la colectividad terriblemente agobiada de intereses y agitada de ambiciones, pero que resulta un atributo de la individualidad recientemente conquistada y anhelante de una explicación. Una individualidad educada en el desencanto de la modernidad, que ahora anhela el despojo, que voluntariamente quiere la renuncia y aspira a iniciar el eterno retorno.

La poesía mística Cuando el hombre acontece como poeta, el mundo adquiere la certeza de poder oír su propio relato, de escuchar su trajín y su maniobra. Sentimos que ese hombre posee la virtud de hacernos transitar de la vivencia que es fugaz, a la experiencia que posee los visajes de lo eterno. Quizá por ello en los pueblos africanos se venera al anciano que siempre es un cantor, que su labor es ser poeta y se concibe como el guía espiritual de la tribu. Un antiguo proverbio sentencia: cuando muere un anciano, cuando muere un poeta es como si se hubiera incendiado una biblioteca. Este ser extraordinario, al que se le ha otorgado el privilegio de cantar la historia de su tribu, de grabar en la memoria de las futuras generaciones el innumerable pasado y de educar en el oficio de la percepción a los jóvenes iniciados en la palabra, es un individuo que le pertenece a la comu-


nidad, que es entrañable a ella y que conoce de cerca la fiesta y la desolación. La poesía mística, entendida así, es la restauración de ese diálogo ancestral con la memoria de los pueblos y con la palabra de sus dioses.

Se ha dicho con calculada precisión que en toda obra de arte acontece una biografía, los arduos itinerarios de un hombre o de una mujer, sus huellas en la avara sucesión de los días. Pese a los esfuerzos de la crítica moderna por situar al autor lejos de su propio producto, y conducir al episódico consumidor de la obra de arte, a restringir sus vínculos con lo que ella pone de manifiesto, quienes se aventuran en el universo inconmensurable de la poesía, no pueden evitar cierta condición heroica que los conduce a establecer filiaciones, complicidades y a buscar un diálogo con esa autoridad que aún lejos del texto, intuyen llena de palabras, pletórica de imágenes y sobre todo portadora de una vida memorable, que fragmentariamente hace su aparición en la obra. Quizá esto explique la pasión de los buenos lectores por las minuciosas biografías, que siempre son un rastro de identidad, un espejo donde el lector vuelve sobre sí mismo, realiza sus anhelos y con cierto deleite indaga en sus frustraciones. La razón que se obstina en fijar su atención en la obra, no logra disuadirnos sobre las imposibilidades de establecer la conversación con el autor; quizá porque se halla en la condición del poema, iniciar ese diálogo entre lector y autor, dos seres anónimos que se dan cita a través del texto, y que tienen el voluntario propósito de intercambiar documentos y materiales de su propio pasado. Esto explica la lectura, o mejor, hace de la lectura una necesidad. Pero es preciso constatar que este encuentro lo facilita la historia, dicho de otro modo, la tradición. Lector y autor son reos de su tiempo, las dos orillas del río de Heráclito y el texto las aguas que corren y no se detienen.

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Un extraño diálogo

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Anhelo de verdad Quizá por ese anhelo de verdad que sembró la religión entre los hombres, éstos se aplicaron a la tarea de obtener el sentido único de la escritura y su esfuerzo sólo concluyó en una sujeción moral que empobreció los textos e hizo superflua toda lectura. No obstante un buen lector es díscolo, aun aquel heroico que sufre y goza como propios los incidentes que narra el documento, o ese otro que erudito y culto se esfuerza por mantenerse a distancia del hechizo que el texto provoca, en ambos se ejercita de modo natural el hermeneuta, que es sin duda un rastreador de la palabra, alguien que no anhela la verdad pero que orienta su pesquisa en la búsqueda de esa entidad que le otorga inteligencia a la escritura: la intención.


¿Prisioneros de duros espejismos?

La poesía carece de época y edad, lugar y género… ¿cómo opinar sobre la generación de la porción de tiempo en que uno ha nacido? Sin embargo, nos hermanan circunstancias externas a la poesía. Violencias simultáneas, travesías por los altibajos de una realidad alterada; en fin, debemos crear en una época de veloz transición tecnológica, cultural y visual que, día a día, genera cambios en la forma de abordar lo inaprensible de nosotros mismos. ¿Hubo la reacción que toda generación debe tener con sus predecesores? Fue tímida en la concepción del mundo y notoria en la construcción de la frase, el tono y el manejo de la palabra. A movimientos anteriores el despliegue de sus hazañas humorísticas les permitió el triunfo gracias a la seductora espontaneidad que, irremediablemente, con el paso de los eventos se hunde en la nada. Esta experiencia aconsejaba aproximarnos a la poesía de manera individual y discreta. La gama de lecturas a nuestro alcance nos salvó de ser imitadores fanáticos de figuras internacionales de culto. En la juventud ya habíamos comprendido que es mejor ser un poeta –sencillamente poeta– con una voz propia que un famoso con visiones y sonoridades prestadas. Siendo sinceros, no alcanzamos el ostentoso título de relevo generacional. Leímos, no para ver nuestros poemas como los únicos, sino para entender que antes de nosotros existía la poesía, algo grave de aceptar en un poeta joven. Nos habían precedido Roca, José Manuel Arango, Quessep, Obregón, Cote Lamus, Mutis, Aurelio Arturo, autores fundamentales y, si la poesía se pudiera medir en años, bastante cerca a nosotros. Tan cerca que en pocas décadas se sabrá quiénes, del siglo XX, fuimos poetas y

Poeta. Premio Nacional de Poesía Imaginación para un nuevo milenio, 2000. Premio de Poesía Universidad Externado de Colombia, 1990.

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Víctor López Rache*

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quiénes fuimos tenidos en cuenta porque teníamos acceso a editoriales, universidades, amigos, influencias. ¿Será que no se salva ningún poeta de los nacidos en el lapso propuesto por Luna Nueva? La incursión de la poesía escrita por mujeres logró consolidarse gracias a su visión del mundo, a su autenticidad, a su preparación intelectual. Se expresan con libertad y no acuden a sensibilidades adquiridas en la subasta de las glorias de la poesía; lo confirma la obra de Piedad Bonnett, Orieta Lozano, Mery Yolanda Sánchez. Claro, en antologías y selecciones, a cambio de ciertas famas, uno quisiera ver más, por ejemplo, a Clemencia Tariffa, Nana Rodríguez y Amparo Inés Osorio. Alrededor del año 2000, creo, alguien calificó a los poetas nacidos a partir de los 50, como la Generación Trasparente. Hasta ahora no se sabe si se refería a que eran poetas sin un espacio visible o profesaban una ética. De afán se podría decir que predominaría un comportamiento ético. No tenemos profesionales del exilio, lo cual nos habría dado notoriedad. Carecemos de anarquistas oficiales, lo cual nos habría concedido el derecho a la irreverencia aplaudida por los risueños del poder. Carecimos de temperamento para convertir nuestros poemas en una marca y, tal vez, ningún publicista nos lo habría propuesto; pues en todas las épocas la poesía ha carecido de amplias clientelas. Descifrando las realidades de nuestra alterada realidad, me atrevo a aventurar lo siguiente: a falta de leer nuestros libros, nos consideraron invisibles porque nos correspondió transitar impensables y veloces cambios. La imaginación nos decía que el mundo estaba incompleto mientras un oído escuchaba que la inspiración no existía y el otro que la poesía había muerto; un dedo ardía en las teclas de la finada máquina y el otro se paralizaba en el computador; un pie fatigaba el pavimento y otro retrocedía en el mundo virtual; el papel nos decía adiós y las pantallas táctiles, sin tocarlas, nos enceguecían; las violencias importaban armas capaces de eliminar el alma y a la vez ponían de moda el sicario, palabra y sujeto de épocas precristianas. Esta simultaneidad de mutaciones nos ha negado la fortuna de mantener nuestro ser concreto en un lugar de dimensiones visibles para ojos enseñados a ignorar lo impalpable de la vida y los mundos ocultos de la poesía. Están enseñados a vernos tan poco que, a nosotros mismos, nos ha correspondido preguntarnos si estamos vivos. Y no puede, ni podrá ser, de otra manera. Debimos vivir una época en que no se puede vivir y, sin embargo, somos tan persistentes que, todavía, intentamos reafirmar nuestra existencia escribiendo poesía.


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A falta de leer nuestros libros, también, nos pudieron considerar Trasparentes porque fuimos ajenos al poder que todo lo oficializó. A pesar de las condiciones peligrosas para la libertad de sentir, vivir e imaginar, permanecemos lejos de la fantasía oficial (cero inspiración en figuras de la pantalla); alérgicos a la clandestinidad oficial (nada de aduladores de la subversión); reacios a glorificar la delincuencia oficial (ni un versito a burócratas y políticos); adversos a los dogmas espiritistas (ninguna plegaria de justificación a los desmanes de Dios). La falta de reverencia a los distintos tentáculos de la oficialidad cada día nos dejaba sin opción y, para completar, nos desligamos de mitos ancestrales y parroquialismos urbanos. Tampoco imitamos tonos declamatorios ni humorísticos; el enojo del poeta de negro llorón nos arrebató una sonrisa y nos causó honda pena la pose satisfecha del versista de la diplomacia; las músicas cansadas y los espejos ciegos no fueron nuestras guías; aún nos cuesta aceptar que las metáforas son eternas y su número inmutable; comprendimos que a un creador le es mejor tener hijos literarios y no padres, cuyas herencias los lectores cobrarán sin consideración. Cuánta angustia nos causaría que señalaran a un compañero de generación como el mejor poeta colombiano del siglo XVIII porque escribe como escribió aquel poeta en el siglo XVIII. Las conexiones anteriores a un ensayista o a un crítico no les serviría como sustento para llamarnos Trasparentes, menos cuando a ninguno de los poetas del 50 (según estadísticas, pasan de los cien) se le ocurrió, siquiera, proponer un manifiesto que, luego, permitiría ponerles calificativos. Fue otro de nuestros aciertos; pues encerrar a unos autores en un membrete es decir que no hubo ninguno, así se mencionen tres o cuatro como nombres sobresalientes. Los gestores culturales sufrieron una mutación súbita en sus inexplicables emociones y, mientras caía hasta el Muro de Berlín, ellos levantaban duras fronteras alrededor de la poesía. Pálidos vimos llenar plazas de toros con poetas sin un verso. Parques enteros con auditorios prestos a aplaudir sin oír, sentir, entender. Supimos de concursos temporales en que llegaban decenas de miles de trabajos remitidos por personas que jamás habían leído a un poeta. Para los creadores raras veces ha habido un instante en los medios masivos de distorsión. Festivales y encuentros nos dieron la oportunidad de asistir, en vivo, a aquello que los expertos llaman literaturas comparadas. Pero si exceptuamos a los poetas de obra incomparable con las conocidas en lo largo del siglo, sobre todo,

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sirvieron para comprobar que los poetas colombianos, con trabajos muy superiores, carecen del espacio y la fama de sus pares extranjeros; basta leer las memorias sin la encendida pasión que profesamos a todo lo extraño a nuestra integridad. Algunas de esas sorpresas literarias del turismo internacional, incluso, han sido alquiladas como jurados del único concurso –más generador de envidias que de poesía– que el Ministerio de Cultura celebra cada dos años en un país de casi cincuenta millones de habitantes. Siendo tan usureros con los estímulos a la creación, ¿por qué, más bien, no editarán poemarios para que pueda haber una valoración y un diálogo entre lectores, poetas y críticos? Tamañas ocurrencias, a algunos, nos hicieron comprender que el arte de la palabra también es de los vencedores. Y mientras el capricho de los vencedores sea el criterio, las antologías serán manipuladas, las colecciones vergonzosas, los premios capciosos. Y lo grave: mientras el arte de la palabra también sea de los vencedores, a la imaginación sincera le será imposible expresarse y la poesía seguirá despojada de sus misterios. Y lo más grave: mientras el arte de la palabra también sea de los vencedores, en otros ámbitos, el pavor será elevado a ideología sagrada. En un mundo de normas sujetas a los humores de lo vigente, es ridiculizada la belleza que inventan los creadores atemorizados en su encierro. Por ello comprendimos que la voz personal, la hondura, la revelación, la vitalidad de un verso, normalmente, están divorciadas de los escenarios del presente. Mucho más cuando los espacios cada día se cierran en detrimento del desarrollo de los talentos. Se cierran aunque la globalización brinda la esperanza de acceder a los dones de la ubicuidad; pero brillar, al mismo tiempo, en Bogotá, México, Buenos Aires, Madrid, torna la apertura de las fronteras geográficas en barreras espirituales para actores distintos a los amos del comercio, la delincuencia y la frivolidad. Así mismo comprendimos que el sello definitivo de un autor también puede ocurrir en sus últimos intentos y, confiando en esta posibilidad, en un anonimato superior al de nuestras publicaciones iniciales, no dejaremos de buscar la poesía en el mundo invisible, en las violencias, en objetos, en experiencias cotidianas, en las distintas variables del amor. De lo contrario, nuestra falta de terquedad le ocasionaría un rompimiento a la tradición de siglos, y ello nos concedería el rótulo de Trasparentes; pero no de poetas. Para tener plena certeza debemos esperar a que cesen los espejismos que todo lo nublan. O los fingidos espejismos.


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Los desplazamientos que, sin movernos, hemos sufrido a lo largo de la vida han sido pocos para anularnos la capacidad de dudar y, entonces, antes que el vértigo le cause otra alteración a nuestra conciencia, es justo preguntarnos: ~¿Corremos el riesgo que conlleva la creatividad, o, nos acomodamos a los moldes de épocas superadas? ~¿Nuestros poemas poseen niveles de complejidad mental y emocional, estilística y temática? ~¿Tenemos la dicha de leer escritores universales en contra del gusto, la comodidad, el prestigio, la familia? ~¿Nos amparamos en alguna institución, privada u oficial, para ostentar la poesía como adorno de nuestra personalidad ávida de culto? ~¿Descubrimos nuevos misterios para no agotarnos en los que han hecho posible la poesía vigente? ~¿Inventamos un mundo y somos fieles a él sin importarnos sus abismos? ~¿Cultivamos la humana memoria como resistencia a la supermemoria de internet cuyo fin es estimular el olvido? ~¿Tomamos la palabra para enfrentarnos, solos, contra la moda, la tradición y, en especial, contra la poesía y nosotros mismos? ~¿Convertimos en poesía las alteraciones ocasionadas al espíritu y la realidad o poetizamos como dicta el decoro de la academia que no causa ni percibe molestias? ~¿Intentamos la necesaria violencia de lenguaje, trasgresión a la gramática, trastornos a los significados y recursos literarios? ~¿Nuestros poemas parecen escritos por un pulso correctamente formado en talleres, facultades de literatura y recetas al alcance de un clic? ~¿Si el ambiente y la época determinan la poesía, entonces, Villon y Vallejo, por ejemplo, poetizaron en un tiempo y un entorno más propensos a la poesía que los nuestros? ~¿Somos autocríticos hasta el punto de eliminar lo que nuestra seguridad intelectual considera superior a la poesía consagrada? ~¿La sensibilidad insumisa, inherente a los poetas auténticos, nos ha llevado a sentir la felicidad de liberarnos de condicionamientos visibles e invisibles?

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La falta de distribución ha impedido leer, siquiera, un libro de cada autor de la larga centena; sin embargo, el respeto incondicional a los poetas, la irrevocable confianza en la poesía y el egoísmo generacional, me dicen, sí, claro, sí. Y como una opinión no pretende emular a las laureadas Tesis con mínimo 199 bibliografías, de comienzos de la década propuesta por Luna nueva, se podría citar a Samuel Jaramillo, 1950; Omar Ortiz, 1950; Santiago Mutis, 1951; Julio César Arciniegas, 1951; Guillermo Martínez, 1952; su forma de poetizar nos recuerda que el poema, como el helecho, no necesita de flores para ser bello. Estos poetas están más cerca a los de la década precedente que a los poetas de los umbrales del 60 como Flobert Zapata, 1958; Robinson Quintero, 1959. Por ello es absurdo hablar de generaciones y fronteras temporales cuando se trata de aproximarnos a los cultivadores de la poesía. Julián Malatesta, 1955; Felipe Agudelo, 1955; y Armando Rodríguez, 1956, serían el punto de equilibrio junto con Rómulo Bustos, 1954, cuya obra es reconocida dentro y fuera del país, y a quien debemos agradecerle versos como los siguientes: Has construido un buen vacío ponlo ahora sobre tu corazón y aguarda confiando en el paso de los años. Además del resultado del buen vacío que por fin certificará nuestro paso por la tierra, mi fe irrestricta se basa en lo siguiente: La poesía ha existido sin poetas, sin territorios, sin alfabetos oficiales e, incluso, sin lengua; en cambio, los espejismos pueden nublarlo todo de acuerdo con las dinámicas del equipo interdisciplinario de mercadeo y publicidad. Y mientras este dinamismo alcanza el máximo punto de la curva en que desaparecen espejismos y novelones, ojalá exista algún aventurero del lenguaje, la imaginación y la paciencia que, a falta de editoriales, tenga sus libros invernando en los archivos del silencio. Sería un acto de dignidad con el oficio del poeta: prolongar la esencia de la poesía en el anonimato, como sucedió con Aurelio Arturo, Carlos Obregón, Silva y, como ha sucedido, con poetas inevitables del resto del mundo. Esta tradición milenaria debe prolongarse para sonrojar la espectacularidad, los aplausos carnavalescos y las tiernas cadenas del afecto perverso que, a través de internet, convierten las neuronas en plastilina. Si ello no está sucediendo, no tendríamos poetas importantes para la historia de la poe-


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sía; pero con lo poco que nos ha concedido leer la nula distribución de las reducidas publicaciones, sin duda, tenemos poemas indispensables para la memoria. Y, ay, Señor de los Vacíos, la insobornable lectura que hacen los años, elimina las colecciones de finas pastas y con un par de poemas consagra a aquel poeta que las alucinaciones del presente habían refundido en las injusticias del aislamiento y la marginalidad.

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Al son del corazón

Poetas colombianos nacidos en los años cincuenta

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José Ángel Leyva*

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En Colombia, como en la mayoría de los países latinoamericanos, no es usual ya hablar de generaciones, tal como lo hacen los críticos, para referirse a grupos de poetas que, unidos o no por motivos estéticoideológicos, coincidieron en periodos cuando la aparición editorial de sus obras marcó, de alguna manera su vocación literaria, sus búsquedas estéticas, sus discursos poéticos, o bien porque representaron colectivos ligados a principios y actitudes existenciales y escriturales. Quizás ello responda a la desaparición o mengua de consignas y capillas cerradas, a tribus excluyentes y beligerantes, no obstante advertir sedimentos de todo ello en nuestros mundillos literarios. Tal vez suceda también que el crecimiento de las ciudades dificulta, mas no evita, la reunión periódica de escritores, sin dejar de lado la diversificación de los centros culturales que dinamizan las provincias, sobre todo en naciones inclinadas al centralismo político, demográfico y cultural. Hace ya un par de decenios, el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (CONACULTA), de México, dio curso a la colección editorial Los cincuenta, con la intención de publicar a los poetas, dramaturgos, narradores, ensayistas y críticos que nacieron justo en ese periodo de 1950 a 1959. El resultado fue un abultado catálogo que da fe de la productividad de quienes entonces rondábamos los treinta o de quienes frisaban los cuarenta. Hoy, la mayoría son personas de sesenta años o poco más de cincuenta. Hallo que el tiempo nos identifica por rasgos comunes a las vivencias de la madurez más que de la juventud de nuestras obras poético-literarias. Por ejemplo, en México fue determinante la vivencia del movimiento estudiantil de 1968 para quienes nacieron a inicios de la década de 1950, pero no para quienes nacimos hacia el final de ésta, *

Poeta y periodista. Nació en Durango, México en 1958. Co-director de la Revista de Poesía Alforja.


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que teníamos entre diez y nueve años. La conciencia estuvo más ligada a los golpes militares de América del Sur y Centroamérica y el arribo de miles de exiliados. Más tarde nos identificaría la caída del real socialismo. Así, entre la consigna y el desencanto, entre la utopía y el escepticismo, entre el deseo y la realidad, se engarzan edades y publicaciones, se exhuman olvidos y se entronan mitologías, como las que encarna el cincuentero Roberto Bolaño. Un icono de nuevas generaciones de lectores y escritores, que da el justo tenor de lo latinoamericano, cosmopolita y universal por derecho. Con sus diferencias, los poetas colombianos nacidos en ese decenio, tienen mucho en común con los mexicanos, aunque tal vez advierta, desde mi humilde conocimiento de la poesía colombiana o desde lo epidérmico de mi análisis, que aún son tributarios de las generaciones anteriores, no tanto del nadaísmo como de sus antecesores inmediatos y con un referente fundamental que es Aurelio Arturo. Acusan una intención más formal, más ligada a la tradición que a la experimentación, pero eso no es más que una impresión que demanda de mi parte un estudio más riguroso para poder sostenerlo o negarlo. Parto en gran medida de la propuesta editorial de Fernando Herrera Gómez, él mismo coetáneo de sus antologados: Modelo 50. Panorama de poetas colombianos nacidos en la década de 1950, Editorial Universidad de Antioquia, 2005. Como lo hizo Herrera, Eduardo Langagne, creador de aquella colección mexicana titulada Los cincuenta, publicó en Brasil, antes que en su patria, Dentro del poema (poetas mexicanos nacidos entre 1950 y 1959), pero ya antes Evodio Escalante y Jorge González de León habían hecho nóminas de poetas nacidos en ese decenio para situarlos en la madurez creativa. En todo caso, hacer antologías, o antojologías como gusta denominarlas Samuel Gordon, ha sido la práctica más común en nuestro país no para forjar un canon crítico, sino para salvar a unos y ponderar a otros sin más argumento que los afectos o las animadversiones. Lo extraliterario domina sobre la poesía, premia o condena; el tiempo es el antologador más crítico y objetivo. Es curioso, porque la antología la hizo Fernando Herrera por iniciativa del embajador cultural de México en Colombia, Fabio Jurado, para la revista Fractal, del mexicano Ilán Semo, y a mí, mexicano, me la propone Omar Ortiz para su publicación Luna Nueva del Valle del Cauca. La muestra de Herrera nos da un panorama generoso y menos acotado que el ejercicio que me pide Omar Ortiz, ciñéndome a un manojo de

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poetas de ese decenio, unos diez o doce máximo. Prefiero entonces deshacer el juego de la decena y el decenio por una docena. En México tenemos presente el significado sangriento de La Decena Trágica encabezada por el general Bernardo Reyes, padre del gran escritor Alfonso Reyes. Recojo la invitación o provocación cultural de Omar Ortiz más como un tributo a la poesía colombiana que como un lance canónico desde fuera, siguiendo el camino marcado por el mexicano Ramón López Velarde, al son del corazón.

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Omar Ortiz (Bogotá, 1950)

Nadie sabe si es cierto. Pero dicen algunos viejos y sabios que el ajedrez nació en la imaginación de un cacharrero turco que vio huir a su mujer con un soldado lombardo. A la moza, le apasionaban los estandartes que identificaban las fuerzas del patrón de su amado. El infiel se consoló pensando que su artificio, Alá sea loado, duraría más que amores traicioneros de berberisca casquivana. Lo encontraron pasadas las mil y una noches completamente loco, muriendo de amor.

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(De Las muchachas del circo)

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Hernán Moreno

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Al salir de un garito, donde fui esquilmado por cuatro tahúres que me aliviaron de todos mis bienes, una muchacha que Dios tentó con la piedad, me hizo el regalo de un poema anónimo que quiero que mis deudos inscriban en el patio de los geranios. Escúchenlo con recogimiento: “Nunca he visto la flor del tabaco, la imagino azul como el humo en invierno. Del cáñamo conozco su hoja áspera, su abrumadora semilla, y presiento que florece en el sueño. Sé que la flor del opio es un cocodrilo Que devoró a un mendigo en Times Square. Pero los rosados pétalos que guardan el vino del deseo, los mismos que cantaba Kayyán. son la más refinada creación de la sabiduría”.


Lavo con lejía y flores de naranjo. Aún así no puedo desvanecer los secretos. La ropa enseña el alma de sus dueños, sólo hay que saber leer en el cuello doblado, en el brillo del calzón, para no mencionar intimidades. No hay arcanos para la lavandera, por eso me huyen quienes disimulan fraudes y engaños. Y eso que en mi boca no se cuecen novelas, pues estilo el recato. Una pequeña mancha puede esconder el azufre de la desventura. Las piedras del río ya no golpean mis pequeñas historias.

El zaguán La lluvia cae entre la calle y el patio, y estoy sola, esperando. ¿Qué luz filtra la higuera de los trece años en esta sombra hecha para la guarda y no para la entrega? Olvidado el viejo columpio a la penumbra del mango, tú, ¿provocarás la risa del viento en mi vientre? Descúbreme el secreto agua que mojas la calle y el patio ahora que estoy sola, esperando.

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Tránsito Martínez

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Samuel Jaramillo (Bogotá, 1950) (De Casa que respira)

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Llamado Estoy a punto de dormirme. Pero cuando me desmorono lentamente por el plano inclinado que desciende hacia ese lecho de niebla, en el borde siento con nitidez una presencia.

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Alguien muy triste está sentado en el rincón más oscuro de la habitación. Palpitante, enciendo la luz del velador. No hay nadie. El rincón en el cuarto sus paredes blancas encaladas se exhibe desafiantemente vacío. Insisto en dormirme. Pero en medio de la gruesa mancha de la sombra unos ojos, tal vez, también insisten en estar. Ahí están. Callan en el silencio grueso. No lloran. Pero una tristeza sin agarraderas los abruma.


Son dos veces ya. De modo que me levanto y despierto a mi abuelo. Él y yo nos llamamos Samuel, así que el abuelo me recuerda la historia: Samuel cree ser llamado una y otra vez en el sueño por su maestro Elías, hasta que descubre que es Dios quien lo reclama. Contéstale a él directamente A la tercera vez, es el consejo de Elías. La casa de Bahareque y tejas respira bajo la noche. Blanca la cal, verde la madera, la casa parpadea soportando la corrosión de una luna iracunda. Hace un mes murió mi padre en la selva lejana, dejando una gran interrogación. ¿O es en esta noche desolada en la que ha muerto? Ha muerto muy lejos. En la selva. ¿No es impensable que haya muerto mi padre? En el próximo julio iba a cumplir treinta y siete años. En medio de la selva el cuerpo de mi padre debe estar siendo empapado por la lluvia sin pausa.

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Agitado. Apretado por la garganta, vuelvo a encender la luz. Nadie otra vez. La silla callada con mi ropa. La mesa en la que escribo. La habitación entera me enrostra su vaciedad.

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Allá, en la selva, siempre llueve sin importar la que abajo sea mojado.

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Tengo sólo doce años, pero comienzo a comprender que mi padre, como todos los muertos, ha perdido. No podré reprocharle nada por no estar. Si crezco sin él, ¿es su culpa? Pregunto: ¿es su culpa? Hace un mes murió mi padre. Pero es como si hubiera muerto esta noche. Esta noche entiendo que va a faltar, y que mis recuerdos suyos tampoco podrán negarse a recibir la usura de la lluvia incesante.

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Por eso tal vez esta tristeza que abruma. Por esa tristeza que no tiene de dónde uno la pueda agarrar. De vuelta a mi habitación acechado de nuevo por las sombras agazapadas en las paredes de cal de esta casa, me pregunto por el sentido de las palabras de mi abuelo. Él es un hombre sin señores y sus palabras siempre tienen algún rumbo. Y mi padre era su hijo. ¿No es impensable que en la selva lejana haya muerto mi padre dejando una gran interrogación? Vuelvo a mi cama y apago la luz. Intento dormir pensando en la lluvia en la mitad de la selva. Y en lo que quiso decir la historia de Elías y de mi abuelo. La historia de Samuel y sus tres llamados.


Piedad Bonnett (Amalfi, Antioquia, 1951)

Cuando irremediablemente debo detenerme en tu umbral, allí donde comienzas, donde acabas, donde quiere sembrar mi fuego un incendio indomable, la palabra es apenas una muleta rota, una pobre agonía aleteando. Y si en la plana miseria de los días entra a saco la muerte, abrupta siempre, como un toque a la puerta en una madrugada, y sin embargo el sol cumple su cita sin hacer aspavientos y el estornino canta sobre el árbol, como un puño que pega a una pared inútil nace la palabra, y sorda. Y si de pronto un viejo olor inaugura la tarde y ese niño que eras te saluda azul desde su eterno paraíso, y no logras saber cómo era el rostro de tu padre, en su siesta o en su hora, la palabra cómo tartamudea, cómo tiembla como una brújula que ha perdido el norte.

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Miserias de la palabra

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Si la luna es tan luna que sube la marea del corazón, naufraga la palabra. Si la mirada roza la piel y hace nacer el deseo, se quema la palabra.

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Si Dios tira sus ases, trampea alegremente en tus narices, escapa la palabra.

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Y sin embargo, para llamar la luna, para hablar del deseo, para llorar a Dios, como una vieja meretriz desnuda impúdica se ofrece la palabra.

Asedio Si te ponen miedo mis ojos ausentes, mis ojos noctámbulos, mis ojos dementes... León de Greiff No me culpes. Por rondar tu casa como una pantera y husmear en la tierra tus pisadas. Por traspasar tus muros, por abrir agujeros para verte soñar. Por preparar mis filtros vestida de hechicera, por recordar tus ojos de hielo mientras guardo entre mis ropas un punzón de acero.


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A la hora de la siesta un toro que escapó del matadero entró a la casa de puertas abiertas. Sus patas resbalaron en las baldosas del zaguán antes de que en los corredores iluminados de geranios se oyera su jadeo desconocido, el estruendo de su cuerpo inocente. Por las habitaciones frescas de sombra erró con una furia ebria, devastando un universo de cosas minúsculas, de flores de papel y pocillos y sillas vacías, hasta llegar a ese cuarto final al que el silencio temeroso había huido. La niña, en su precario escondite sabía que era un sueño. En la quietud del tiempo detenido podía escuchar el latir atolondrado de su pecho, su retumbar acompasado como de pasos de bestia en la penumbra.

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Por abrir trampas y clavar cuchillos en todos los caminos. Por salir en la noche a la montaña para gritar tu nombre y por manchar con él los blancos paredones de las iglesias y los hospitales. Hay en mí una paloma que entristece la noche con su arrullo. Mi noche de blasfemias y de lágrimas.

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Santiago Mutis Durán (Bogotá, 1951) La mala parca No se trata del inconveniente .......... de morirse de reventarse ..... el pecho ..... y ya o de oír recorremos ..... lenta ..... la enfermedad comiéndose lo nuestro, lo mío como un animal nocturno No, no es la falta de aire .......... de repente el hundirse en el barro oscuro .......... y ahogarse Es esta Mísera llevándose a rastras la gente


humillándola fuera de la tumba dejándoles esa cara que no es la suya llenándolos de espanto, de gritos clavados como puñales ..... rotos ..... sin brillo No, tú no tienes modales tal vez porque a las malas te los llevas hechos un costal sucio ..... llorando

El bosque blanco Un alma empañada de júbilo Un alba de cenizas llorando sobre sus pechos desnudos El afán de las desdichas La esperanza, algo, brillando en el aire El olor del campo Poleas y cuerdas en el bosque de los campanarios El canto de maderas, el fuego, las flores Las hojas cubriendo los senderos El agua de acequias como espejos La fraternidad La vigilia El esplendor de las lámparas Las fugaces sombras El bosque blanco de los días Las guirnaldas… Todo es incienso

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y a nosotros que nada hacemos contra tu saña nos escupes con su sangre en la boca ................. desafiándonos

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El inquilino Algunas veces nos basta con ver para ser libres   así sea sólo unos instantes   los suficientes para sentir el aleteo de ese más allá que nos habita     Luna Nueva No. 37

La jauría

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No podemos detenernos ni conservar nada Avanzamos como la sorda jauría de un ejército invasor sin poder retener nada a nuestro lado   Así el olvido Vamos todos cantando hacia la muerte  


Amparo Osorio (Bogotá, 1951)

Íntima errancia

Nos llega a veces el recuerdo triste de un dios pulverizado que borró sus huellas. Todo es fatiga fuga trazos de una luna tardía. Nadie nos dijo, nadie que veníamos a este dolor y estamos.

Génesis Cuando partir conjugue los nombres de la hiedra, y la sombra así quebrada en dos

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La boca muerde tierra oculta espanto. La mirada interroga. Borra cruces. Olvida nombres.

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mitad ceniza mitad milagro… ¿dónde Tú el imposible?

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Igual muere la huella

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El viento esculpe rostros y tú que vigilas la hierba desconoces ahora los indicios de toda eternidad. Fuera de ti, no hay raíces posibles. ¿Cómo nombrarte sin que crezca la muerte?

Derrumbe Se acumulan los días, los años la erosión de la vida nos echa encima su balandra y vamos hacia el despeñadero. Pasa la sombra... pasa y mira y vuelve a acomodarse. Una luz de farol bordea la penumbra. Es la ciudad: me digo. La sombra se adelanta no quiere compartir mis pensamientos pero lee la esquina, los escombros los pasos solitarios y el eco de esos pasos mucho antes que sorprendan a mi cuerpo. El funerario pájaro del tiempo aletea en el aire. Las ruinas del amor se precipitan.


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Quiero cerrar los ojos. Quiero que s贸lo el viento pase y nos lea el poema de la errancia, que nos diga al o铆do sobre la honda pena que hoy irrumpe en el alma del saxo. que el viento, s贸lo el viento...

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Eduardo García Aguilar (Manizales, 1953)

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Golden Gate

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Sólo el recuerdo de mi ciudad, cuya memoria sintetiza los vientos y la niebla fugaz que la cruzan, ayuda a sostenerme en el invariable precipicio de la noche. Sus olores, mil veces compartidos; la brillantez de sus nevados, colocados en la cima de la cordillera; el vago olor a cafeto y a plátano deletrean mis ansias de ella. Al caminar por el Golden Gate, de noche, retomo la luminosidad de mi existencia y aprendo a manipular el soterrado infortunio que me puebla. La alegría del bullicio primigenio, el recuerdo de un monte o el ajado mirar de un abuelo tambaleante, retornan para salvarme y dar aliento. Aquí, en San Francisco, reposando dentro del sueño que mis ojos vieron años antes, vuelvo a saludar la madrugada, a sentir el suave venteo de las olas y a comprender que el mundo es una grieta en cuyo fondo hay un continente de sorpresas. Estoy aquí comprobando que podría estar en otra parte, o no estar, da lo mismo. En las calles tupidas de flores, en el declive que me lleva al restaurante chino, escribo el epitafio que me acecha desde hace muchos siglos. En el puerto no comprendo a los turistas. Soy extraño a esa euforia que los conduce al insomnio del destiempo y los vuelve caricaturas horrendas de la dicha. La mía es sencilla, azar de dados. La belleza de las luces se refleja en el tremolar de las aguas de la bahía. Sausalito brilla, su bullicio me aqueja. Cruzo el puente y desciendo en la más absoluta oscuridad hacia la carretera destapada. ¿Dónde está ella? ¿Vendrá? Cierro mis ojos y me dejo llevar por la noche. Ciertos insectos cantan bajo las hojas. Siento pasos sobre la maleza. Es ella, mi ciudad, de nuevo, como cada noche, acogiéndome con sus infantiles olores y recuerdos. Berkeley, California, 1980.


Ciertos caminos conducen a las ciudades iluminadas. Después de viajar y viajar sin rumbo preciso encuentras un recodo y observas destellos de mil focos, el ajetreo de una actividad desconocida para ti. Es más fácil entonces sortear precipicios, vadear ríos caudalosos, selvas húmedas en donde te acechan fieras y zancudos. Cada día que pasa ves más cerca la ciudad de las luces. Algunos de sus templos se perfilan en el horizonte y puedes escuchar la música que se interpreta en sus plazas. Vienes de otro mundo y llegas a uno nuevo. Mil brazos salen a recibirte en triunfo y las trompetas resuenan para el extranjero. Quien llega no podrá volver al sitio de partida.

Luna Nueva No. 37

Pena del extranjero

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Luna Nueva No. 37

El arte de estar lejos

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La ciudad cuyas piedras contienen tantos siglos marcados de voces y derrotas la ciudad siempre nueva y siempre repetida en viejos continentes o zonas desahuciadas A ella vuelvo con la misma tediosa soledad que nos obliga a continuar el viaje que un día nadie entre la sombra inició tras las arcadas Aquel tiempo de piedra detenido en el eco sacude su modorra entre el silbido monótono del viento y un ave sin destino comunica su aurora a los pasantes Callejones de hielo fuentes que manan aguas de mansedumbre un asesino impune que carga su pecado Aquí otra vez se repiten los ecos y las sombras y una mascarada sin música acecha por las rejas el instante que un día programaron Camino y sin embargo el sol parece relucir para otras sombras sin cuerpo que deambulan hastiadas de estar lejos


Rómulo Bustos Aguirre (Santa Catalina de Alejandría, Bolívar, 1954) Hay alguien que yo sé morándome A J. Arleis fraternos en la demora de la dicha

Hay alguien que yo sé morándome Arrastra sus alas de ángel sonámbulo Como quien busca una puerta entre largos corredores Triste de sí Pulsando inútil las cuerdas más dulces de mi alma Quizás me existiera desde siempre ¿De qué ancho cielo habrá venido este huésped que no conozco?

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Crónica de las horas Crónica del sueño

Luna Nueva No. 37

A Deisy A Dalmiro

Si bajara los párpados lentamente con el recuerdo del color amarillo caerían las frutas más altas de los árboles Si anudara los dedos sobre la espalda se detendría el viento y vería sus alas y la red invisible con que se envuelve las hojas y las arrastra Si diera un paso hacia atrás estaría otra vez en la otra tarde


y vería a la madre en la blanca ceremonia de las sábanas Si peinara hacia adelante mis cabellos crecería el agua de los espejos y se ahogarían todas las imágenes Si soplara sobre mi mano cerrada dejando un ojo de aire se abriría un ojo de aire y por allí pasaría un barco o una manada de caballos Si agitara los brazos estaría en el cielo de los barriletes y los pájaros Si ahora me diera una vuelta sobre el cuerpo ¿en qué otro sueño despertaría?

Luna Nueva No. 37

Vuelo y construcción del caballo de palo

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A Fernando Linero Del matarratón más puro lo cortarás de un palo llovido por las lluvias de mayo de la vara más alta para que ya esté acostumbrado al cielo A la mitad del día lo cortarás con el agudo canto de tres grillos labrarás sus ancas y en sus patas traseras soplarás el soplo de la sábila Cuida que no esté cerca una mujer muy vieja mirándote de espaldas pues su mirada podría enfermar su vuelo Sobre el techo de tu casa la dejarás tres días Entonces sujétalo Pero no con la mano sino con el aire de la mano como si tu mano estuviera soñando Ahora sólo ten cuidado de no tropezar con las nubes o el asombro de los callados pájaros.


Una vez en un sitio

A Pedro Blas

Luna Nueva No. 37

Una vez en un sitio vi un muchacho que bailaba con los ojos cerrados Casi no tocaba los pies con la tierra su piel era oscura y hermosa sin mácula alguna Entonces me dije: ¿Cuánto durará su danza?

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William Ospina (Tolima, 1954)

Luna Nueva No. 37

En las mesetas del Vaupés

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Qué son las canoas sino los árboles cansados de estar quietos. Qué son los postes de colores sino los árboles hundiendo sus raíces en el cielo. Qué son los puentes colgantes sino los árboles jugando con el vértigo. Qué son las alegres fogatas sino los árboles contando su último secreto. Follaje de las ondas que va quedando atrás con el golpe del remo, Follaje de sonidos que en torno de los postes enardece al guerrero, Follaje de invisibles caminos que comienza en el confín del puente, Follaje de humaredas que ascienden en desorden entre las titilantes orquídeas. Con granadillo hice el bastón para espantar a los malos espíritus. Con la madera del Caobo hice las cuentas de un collar para tu pecho oscuro. Con fruto seco del Tekiba hice la copa en la que le ofreciste el agua. Con la madera del laurel hice esta flecha.


El condenado en la pirámide Piedra a piedra la tierra busca el cielo. Paso a paso hacia el sol suben mis plantas. La brasa de la vida aún palpita en mi pecho. Y ocioso está en la piedra el cuchillo de piedra. Si eres toda la vida, ¿para qué necesitas mi corazón? Si eres el fuego inmenso, ¿para qué necesitas esta brasa?

El geólogo Aquí hubo un mar hace un millón de años. El hombre no lo sabe, mas la piedra se acuerda. Pártela: hay un cangrejo en sus entrañas, Todo de piedra ya, forma magnífica Que se negó a ser polvo. Ante el peñasco y el guijarro, piensa Que acaso fueron seres dolorosos, Sangre y pulmones palpitantes. Entre la ciega roca Y el trémolo extasiado de la salamandra Tan sólo hay tiempo.

Nietzsche Está muriendo un Dios en el centro de un ópalo del color del crepúsculo. Está muriendo una hoja de hierba en el pecho de Cristo. Está muriendo una rosa en el aire estancado de la catedral de Maguncia, traspasada en el aire por una quemante aguja del sol.

Luna Nueva No. 37

Cada peldaño me borra un recuerdo, Y cuánto se parece a mi alma esta sombra alargada y quebrándose Sobre las últimas piedras del mundo.

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Luna Nueva No. 37

Está muriendo una llanura donde retozan embriagados leopardos. Está muriendo un ángel sobre un glaciar blanquísimo. Está muriendo un barco lleno de ancianos en una colina del cielo, en un aire cargado de delfines livianos y azules. Está muriendo una cúpula bajo el asedio de las mariposas. Está muriendo un lupanar lujoso y sonoro de besos enfermos. Está muriendo mi corazón bajo los crueles halcones del olvido de Lou. Me estoy borrando en sus pupilas bellas y esperanzadas como lienzos.

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Está muriendo un pájaro en un bosque de nubes. Está muriendo una lucha glacial bajo mis sábanas de seda. Algo muy bello está borrándose por las bahías de mi infancia. Algo muy triste calla en sus violines.


Julián Malatesta (Miranda, Cauca, 1955)

En mi casa he despachado a todos los inquilinos, desalojado a los arrendatarios de mis propiedades, concluido procesos de lanzamiento, y sólo tú ocupas el cuarto principal, el local más rentable, allí donde tenía previsto instalar un almacén de aventuras, donde pensaba montar una tienda de peligros ocasionales. Contigo he perdido el buen juicio en los negocios.

En el puerto de Santa Lucía Ese navío está loco. Ayer se le vio con rumbo al sur, luego lo vimos pasar tras la estela del sol recogiendo noche en su quilla. Ahora gira y gira cerca de los cayos, si arrecia el viento hay riesgo de que rompa sus maderas. Ese navío está loco. Lleva un cadáver a bordo y el capitán no ha querido arrojarlo al mar. El hombre se ha pegado a la botella y tiene en desorden la cabeza; el muerto en cubierta danza, agita la memoria del barco y enloquece la brújula.

Luna Nueva No. 37

Razones de propietario

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Ese navío está loco. En el puerto de Santa Lucía –la patrona del ciego-, deambulan los tripulantes desalojados del oficio, aunque tienen pericia y conocen la faena, nadie les da empleo, las navieras no perdonan que hayan abandonado el navío.

Luna Nueva No. 37

Memoria de Merich

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Con el agitado escándalo de las verduleras y de los vendedores de legumbres, penetrábamos las olorosas bodegas de las cocinas, allí nos agenciábamos rústicas cazuelas con moluscos y crustáceos, y compartíamos con viajeros y mercaderes el duro mediodía ardiendo en los alimentos. Luego nos desnudábamos en el cuarto de hotel, cuando la tarde hundía sus remos en las rojas olas, entonces el mar nuestro se agitaba y yo como un náufrago en su cuerpo me aferraba a acantilados y arrecifes o buceaba en sus aguas y extraía estrellas fugitivas que saltaban con esquirlas brillantes en su playa. Un fuego invisible, apenas palpable por los dedos, prendía hogueras en su isla, gemía su tierra, como debió ser en el origen, danzada por gnomos y duendes y sátiros, cabalgada por potros aún no domesticados, golpeada de alas por criaturas del aire. Era su blanco cuerpo de avena derritiendo minerales, era Neruda husmeando en el frágil verso que la evoca,


era mi cuerpo anhelando ser vencido por su fuego, era un eclipse de carnes en la hoguera.

Anhelo verla con toda su luz bajo el ocaso.

Luna Nueva No. 37

Mas la bella Merich ya no acude a la cita, ahora es una isla que navega sola.

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Gustavo Adolfo Garcés (Medellín, 1957) Desayuno

Para Evelio Rosero

Luna Nueva No. 37

No acabas de pensar que el chocolate es el primer alimento del día cuando ya te asombra el cuchillo

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esa palabra cortante con hoja y mango.

El ángel malo El primer verso tiene carta blanca El segundo un hambre devoradora El tercero es un animal enorme El último verso excede nuestras fuerzas.

El tiempo Se supone que algo hace el tiempo que anda dicen unos otros que vuela otros que depende de la ocasión que de tiempo en tiempo es una cosa y otra muy distinta intempestivamente Estos versos fueron escritos a intervalos.


El insecto El insecto va de viaje por el muro. Parece que goza de todas sus facultades y no teme ningún peligro nada hace pensar en plazos o vencimientos. Dicen que fue larva y que ha sufrido diversas transformaciones.

La última invención fue la lluvia Esta noticia hermosa del cielo. Entonces la nostalgia cambió de bien perdido y las voces del agua cantaron la oración.

Luna Nueva No. 37

Las voces del agua

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Fernando Linero (Santa Marta, 1957)

Luna Nueva No. 37

Asuntos ajenos

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La ciudad está sola frente al puerto. El horizonte está solo frente a la ciudad. En la tarde, cuando las alimañas salen a tomar el fresco, tropiezo al azar con antiguos asuntos ya casi ajenos. Escucho pasos que se pierden en el mosaico de una vieja casa; voces que entre el olor de los toronjiles se extravían. Bajo la luz de los Alisios la razón apura a grandes sorbos un pálido sol. Es evidente que otro es el efecto del atardecer sobre un corazón que sabe de la fragilidad de los días. En la ciudad de ladrillos y salitre ya la noche delira sobre los tejados. Las sombras callan mientras escuchan la respiración del mar, como a un animal inmenso que duerme. Me detengo una vez más en la imagen de los tamarindos perfectamente dibujados en el recuadro de la ventana y me pregunto por la alegría de mis diez años, por el vértigo, por esa pesadumbre que olía a mar. En la tarde, cuando las alimañas salen a tomar el fresco y los niños se apretujan alrededor de las espermas, tropiezo al azar con antiguos asuntos.


Nocturno

Invierno El agua resuena en la noche, moja lo incierto. Lentamente teje el insomnio.

La casa sin ti Sin tu presencia la casa apenas vive. Y en ese modo de ser agua y noche ella se mueve con su parafernalia de frascos y libros prestados y con ese estilo que tienen los amigos al tocar la puerta. Si no estás en la casa no sé cómo amarrarme los zapatos. Incapaz de un dos más dos, en el balance diario ceniceros sucios, matas tristes. Y en ese modo de ser fuego y aire la casa se mueve en una turbamulta de objetos lamentables. Sin tu presencia la casa apenas vive.

Luna Nueva No. 37

Hiere la oscuridad total antigua como el desasosiego como el agua de octubre. Penetra dura la sombra despidiendo olor de eucaliptos olor de angustia distante. Viene la noche plena y al ánimo invade y estremece.

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Luna Nueva No. 37

Noviembre Sin alas y huérfano de mar noviembre posa su pie sobre los montes. Sin fuerza en el viento se encorva sobre los perros que olisquean la mañana. Y lo que ahora se quema es noviembre: el “no todo está perdido”, el tiempo y la palabra. Lejos del juego y de la euforia se mete en el domingo. En la boca duele su soso alimento y en los urapanes el canto del gorrión.

62 Noche de San Silvestre Cada año es una pequeña muerte. Con su llegada empezamos de nuevo a morir. Cada año es una cruz, heroicamente triste. Limpiando la hojarasca del ya ido descubro sin embargo residuos de algo parecido al contento: las palomas alineadas en el tejado irregular de un viejo edificio.


Ángela García (Medellín, 1957) Declaración del silencio

Nuestro abrazo nunca es pasado Es un tronco de árbol de centurias Que cada poco entrega todas sus hojas Al hambre de la tierra Encendiendo nuevas raíces En lo descompuesto Danza de agua rotante Aire rotante Modo del anhelo que no muere Denso como la tierra Leve como el aire Como aquella oscura Como este etéreo Algo me une a ti Firme como un orden natural.

Luna Nueva No. 37

Algo firme me une a ti Como una consanguinidad Arroyo escondido En el cambio estacional

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Se habla en voz alta al oído de los sordos o cuando la atmósfera ensordece Se habla en voz baja al oído de los niños y a los que ensueñan como lo hacen entre sí los enamorados

Luna Nueva No. 37

Pero nunca es tan alta la voz como cuando un ángel o un demonio nos habla al oído en voz baja

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Acordes de cuerpo y voz Nadie vio a los que Giordano llevaba en su interior cuando habló No ardieron en labios prestados los que venían de lejos

Pese al morro de pavesas de Bruno lo portado pervive Cada vida no es más que tiempo asignado a un nombre como turno de luz Y la Voz es lealtad que ningún barullo oculta al oído fino.

Luna Nueva No. 37

La hoguera que fue vida no se extinguió en la hoguera que fue muerte

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Juan Carlos Galeano (Amazonia, 1958)

Aprendizaje

Luna Nueva No. 37

Con los primeros fogonazos de la guerra y agujeros en las paredes mis padres corrieron a la selva. Para salvarme me pintaron con los colores de una guacamaya y me dejaron viviendo entre los indios.

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Mi hermano creció en la ciudad estudiando la vida interior de las piedras y silbando música clásica. Cuando me trajeron de vuelta, mis padres leían los periódicos y la casa brillaba en los espejos. Por mi parte, era feliz mirando los informes meteorológicos.

Cometas A Iván Oñate Por falta de papel para hacer las cometas, echábamos a volar nuestras ventanas. Las ventanas con sus delantales blancos nos decían lo que miraban. Pero los indios que veían volar nuestras ventanas no tenían ni casa ni ventanas para echar a volar siquiera una cometa. Era natural que los indios quisieran hacer volar alguna cosa. A cambio de pescado podrido, los gallinazos que volaban en círculos se dejaban amarrar un hilo al cuello y les servían de cometas a los indios.


Mesa

A Luis Moro

Muchas veces la mesa sueña con haber sido un animal. Pero si hubiera sido un animal no sería una mesa. Si hubiera sido un animal se habría echado a correr como los demás cuando llegaron las motosierras a llevarse los árboles que iban a ser mesas.

Con sus cuatro patas la mesa podría irse de la casa. Pero piensa en las sillas que la rodean y un animal no abandonaría a sus hijos. Lo que más le gusta a la mesa es que la mujer le haga cosquillas mientras recoge las migajas de pan que dejan los niños.

Paisajes A Suzanne Chávez-Silverman Una vez había un paisaje que salía con su río, sus animales, sus nubes y sus árboles. Pero a veces, cuando no se veía por ningún lado el paisaje con su río y sus árboles, a las cosas les tocaba salir en la mente del muchacho. Claro que si no aparecen ni el paisaje ni el muchacho, el río se queja, Los árboles se quejan, Las tortugas y otros animales se quejan… (Se supo de unos árboles que mataron a una jovencita por desnudarse en la mente del muchacho).

Luna Nueva No. 37

En la casa una mujer viene todas las noches y le pasa un trapo tibio por el lomo como si fuera un animal.

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También las tortugas que salían en su mente, lo acusan de vivir ahora en las nubes. “Nada más natural que de tanto ir y venir desaparezcan unos ríos, desaparezcan unos árboles”. Comentaron unas nubes que vivían muy tranquilas en la mente del muchacho.


Fernando Herrera (Medellín, 1958)

En cualquier lugar puede ocultarse el miedo. Buscas detrás de las cortinas, en el armario, entre las sábanas, buscas debajo de la cama a ese cruel rostro indescifrable que gime con el viento, que acecha en el casi imperceptible temblor de los cristales, que ríe entre los leños. Buscas, en vano buscas a ese ser despiadado que habita los álgidos nervios del agua, la oscuridad de la casa vacía, que habita la palabra que no se atreve a pronunciar tu garganta desde la noche más horrible de tu infancia.

La carroza de piedra Por algún sinuoso sendero de la memoria ha regresado a esta noche la enorme piedra negra que para los días de la infancia fue carroza. Como si una droga temeraria me guiara hasta el ensueño, he vuelto a verme sentado con mi amigo en el pescante, fustigando con varas de bambú a los temblorosos caballos hundidos en el fango.

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El miedo

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Luna Nueva No. 37

Y los venerables líquenes se han convertido en joyas apetecibles para los villanos por su maciza heráldica de plata.

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Otra vez, como en la ilusoria huida de aquel tiempo, al ver nuestro oscuro carruaje varado entre la hierba, he dirigido con mi amigo la mirada hacia lo alto, y hemos visitado de nuevo, como hace tantos años, por entre el variable paisaje de las nubes, las azules y olvidadas comarcas del cielo.

Arizona En estas estériles llanuras donde antes el humo fue palabra entre los hombres ahora el asfalto el ruidoso desasosiego de las máquinas o la radio que repite descoloridas canciones de amor en la gasolinera desolada Nadie podrá usurpar jamás sin embargo su vasta morada a los reptiles en cuyo encendido ocaso crepitan milagrosamente los cactus y las zarzas.


Jaime Londoño (Bogotá, 1959)

Para variar estamos en guerra Contra los zancudos porque nos hurtan los sueños Contra las polillas porque juegan con la luz descrestando nuestro asombro Contra las cucarachas porque a hurtadillas reciclan las sobras de nuestra noche Contra los mosquitos porque nos roban la pereza y elevan por el aire la metáfora de nuestra sangre Contra las pulgas porque envidiamos sus volantines de fiesta y sus gambetas en las cuevas tibias de las colchas Contra los piojos porque piensan por nosotros y conocen los lugares secretos de nuestras calvas Para variar estamos en guerra, a veces nos matamos para combatir la rutina.

Poesía La poesía es un oráculo: ten cuidado al leerla en voz alta, ten cuidado al interiorizarla, no le des ese pan a la memoria,

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Guerra I

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y sobre todo, cuida lo que dices cuando te lances a esgrimir versos, que la poesía es un oráculo terrible, así como da la vida, da la muerte.

Tristeza

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Siempre habrá un Moisés que se escape de los párpados y se aleje por los canales en busca de la sequía.

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Quizá en la otra orilla tenga alegrías menos imaginarias y halle en sus muelles y caminos las certezas que ha perdido. Cada Moisés se calienta los labios con las máscaras de frío y pronuncia en monosílabos los cantos que se trizan. A veces se acerca a la risa con el miedo luminoso en la mirada a la espera que la dicha no se torne en látigo. El Moisés que emerge de los ojos no tiene una jauría de crédulos que lo acompañe al exilio. Antes de entrar al sueño saca la cabeza de los ojos.


Víctor López Rache (Toca, Boyacá, 1959)

Qué les diremos a los hijos cuando nos pregunten ¿qué sucedía en su entorno mientras se enamoraban? Qué le diremos si dejando el juego exclaman ¿y bailaban bajo el cielo tembloroso con relámpagos de aviones fantasmas? Cómo será nuestro semblante cuando nos miren a los ojos y en silencio entendamos que nos siguen preguntando. Y qué les dirás tú que ignorabas el quejido de las sombras mientras encerrabas tu humanidad en el espejo para cumplir las citas luciendo la levedad de la belleza permitida. Yo concentraré la mirada en la insignia extranjera de mi plato y silenciando con mi grave tono la música de fondo añoraré un líder superior a Dios para apurar la pereza de la luz. Pero en la próxima comida volverán con las preguntas. No soporto seguir viviendo.

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Los cómodos

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Sin peldaños

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Para admirar el ritmo de tu cuerpo tomé de espaldas la escalera. Si tus brazos eran llamas Yo subía un paso, si tu cintura convocaba la voluptuosidad del movimiento subía otro paso para mirarte en línea recta desde la húmeda luz de tu corona; tú bailabas y yo subía sin advertir que tras mis pasos iban desapareciendo los peldaños. Y cuando una equivocación de la orquesta te hizo revelar que ningún pie de bailarina resiste el peso de las ilusiones quise regresar a darte aire: pero la desaparición de la escalera ya había extendido el vacío entre tu imagen y mi cuerpo.


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Las puertas de la nada

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Esta casa en apariencia fue construida a la medida de nuestras angustias y nuestras esperanzas.

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En sus adentros antes del beso juzgamos que ni el afecto podría separarnos y cuando niños vivimos un sufrimiento llamado paraíso. Bastaba pensar el ocio para iluminar sus ventanas. Después de cerrar los espejos para conservarnos inmutables un vaho aleve fue entrando lento, y el optimismo no pudo devolver los relojes y en un instante nos sorprendió el miedo de millones de años. Pero no intentemos buscarle una salida: En torno a nuestra casa calladamente se extienden círculos de fuego.


Una generación sin rostro Poetas colombianos nacidos en la década del sesenta

A los poetas nacidos en los sesenta les tocó en suerte una búsqueda en el vacío. Y en esa conversación anémica, escrita desde la soledad de lo perdido, quizás sea de donde nazcan sus mejores poemas. No hay que olvidar que estos poetas comenzaron a publicar sus libros en los ochentas y noventas, un periodo de crisis culturarles y abulias, parálisis de todo tipo. Puede que nunca antes se haya presentado una situación tan desgarrada y ambigua en la poesía colombiana, de un descreimiento en las posibilidades del mundo, y, al mismo tiempo, un doble descreimiento en las posibilidades del lenguaje para reunir o agujerear ese mundo. Sin la esperanza o la desilusión de sus antecesores -quizás sin la aventura y la conciencia lingüística de sus predecesores-, estos poetas se encuentran en la dolorosa medianía de escribir sobre un entorno que saben derrotado, defraudado desde el principio, que en el fondo no les preocupa como conjunto ni para asumirlo ni para transformarlo, y deben hablar sobre estas cosas en la herida de unas palabras que han perdido su carácter ritual. Cansadas de giros y tradiciones. Gastadas por el uso y el abuso de los medios. Basta una rápida enumeración para constituir la crónica de un desgarramiento. Pauperización de la cultura popular en las ciudades y en los pueblos, lo que confinó a la poesía a un diálogo puramente intelectual, sin válvulas de escape en el habla cotidiana. Crisis de los medios y los programas

Crítico, periodista y profesor. Egresado de Literatura y Filosofía de la Universidad de los Andes.

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Santiago Espinosa*

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estatales en su atávica confusión de cultura y entretenimiento, lo que llevó a la disolución de la crítica de los periódicos y de buena parte de las librerías. En este sentido la aparición de las nuevas tecnologías sólo ha conseguido una dispersión difusa de las mismas dificultades.

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En el caso colombiano no puede pasar de soslayo la alarmante bancarrota de editoriales y periódicos. Revistas y cinemas, cafés literarios o canales culturales. El derrumbe de toda una era latinoamericana que vio en la cultura la posibilidad de otra vida, y terminó en el cinismo de las industrias culturales y el exotismo comercial como eje temático. Este giro le agregó a la ya considerable dificultad de los tiempos una dificultad real para sobrevivirlos dignamente a través de la escritura.

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A lo ocurrido en la esfera de lo público habría que señalar un academicismo progresivo de las artes, que entre la muerte del autor –Roland Barthes- y un miedo congénito al compromiso, terminó en muchos casos por concebir el poema como un mero artefacto, sin capacidad de reacción ante la barbarie ni huella de personalidad. El libro de poemas terminó por concebirse como un “proyecto bibliográfico”, y no como el resultado espontáneo de una violenta desconexión con la realidad o la memoria. Soluciones foráneas como el neobarroquismo o la mal llamada poesía de la experiencia, podrían ser dos caras de la misma miseria. Una tratando de sobrevivir a la academia en el autismo del que enrarece las formas, le saca filos a los huesos. Otra en la falsa ingenuidad de una inocencia libresca, confesional, y donde “en cuya elocuencia la honestidad se tornó falsa”, para usar la expresión de Auden. Ambas posibilidades confinarían el lenguaje de muchos de estos poetas a un onanismo exasperante, y ante la masacre y del desgarramiento colombiano me atrevería a decir que este desdén se tornaría reprochable. ¿Cuántos de estos poemas no dejan al final de la lectura esa tremenda sensación de abandono, de algo que pudo ser y se perdió para siempre? Desgano y asepsia de las relaciones. Mierda pop debidamente empaquetada. Mentes de cubeta, a la deriva de ciudades o de aulas. Televisión y más televisión. Un exceso de televisión. Desaparición de cualquier utopía política o humana, personal o colectiva. Al punto que se podría pensar que en este relativismo estético el todo vale del verso sería también el todo vale de la vida misma. No en vano buena parte de esta poesía ha perdido su vocación de crítica para entrar los dominios de una retórica sin protesta, que no tiene la sensibilidad o la imaginación suficiente para


dolerse en la andadura de los otros, o simplemente para alumbrar en el lenguaje la deriva de sus tiempos.

Y el hastío de la mirada cobija otras atmósferas: ineptitud generalizada para ver los fenómenos de la naturaleza, su visión instrumental de los temas y las referencias pertenecen a la misma lógica que destazó el medio ambiente. Una ceguera libresca, pues el academicismo les impide ver en los libros o en el arte amistades genuinas, y si acceden a ellos lo hacen con la apetencia del que devora cenizas. Quizás sea por eso que la voz de buena parte de estos libros se escuche desde lo hondo de un pozo. El poeta parece solo, usurpado en su aislamiento. Desterrado del mundo en su desprecio y desterrado de una poesía en la que ya no cree del todo. Así, sin la incapacidad de verse en los rostros de los otros, ante la imposibilidad de ver en lo poético un espejo perdurable, estos poemas en prosa viven su propia “inflación creativa”, para usar la expresión de Brodsky. Se escriben en cantidad y por todas partes. Se escriben bien y muy fluidamente. Y de pronto esto ocurre porque ya no hay dolor en la cesura de las palabras. Ningún riesgo en las búsquedas que engendraron las imágenes, ni vértigo ni alegría. Sólo la amarga fluidez de lo que ya no tiene vida. Incluso muchos poemas parecen un certamen de ingenio, y desde allí el poeta nos guiña el ojo desde el fondo de la simplicidad. En medio de este naufragio es que aparecen los poetas del sesenta, tratando de encontrar su rostro en el vacío. Buscándose un rumbo. Inventándose. Como ocurre casi siempre el trabajo de estos poetas es de carácter solitario. No hubo periódicos o revistas que reunieran sus trabajos. Muchos de ellos ni se conocen entre sí. En la deriva de sus voces pensar en un manifiesto o una estética coherente sería falsearlos por completo. Al revisar voces como las de Jorge García Usta o Ramón Cote, Vito Apushana o Gabriel Arturo Castro, puede que lo que más sorprenda sea precisamente esa dispersión, la ausencia casi absoluta de rasgos de familia. Si existe algo que los reúna quizás sean las condiciones mezquinas de un país y de una época que limita o condiciona sus propias búsquedas, y a las que de alguna manera estos poemas aparecerían como respuesta.

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Los mundos interiores se han vuelto en muchos casos mercancía pública, mera referencia. Simulación del tono en el lugar donde algún día estuvo el alma. La calle terminó por convertirse en una instantánea repetida, y sus vocablos resuenan sin ninguna propiedad, como una película extranjera doblada hasta el cansancio.

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Con algo de ironía, la situación de esta poesía sin rostro coincide con un desconocimiento casi total de estos poetas. De los que prácticamente no se ha escrito nada, y cuyas obras son bastante desconocidas aún en los medios literarios. Sin embargo, no son pocos los rostros que han buscado responder a este vacío. Muchos de ellos con poemas muy bellos, como es el caso de Jorge Cadavid, Rafael del Castillo, Juan Felipe Robledo, Pablo Montoya, Hernán Vargas-Carreño, Luz Helena Cordero, Antonio Silvera o Luis Mizar Mestre, por sólo mencionar algunos. Ciertos nombres incluso nos sorprenden con libros enteros, que revelan una voz propia o un mundo personal dentro del mundo. Es el caso de Vito Apushana y su Contrabandeo sueños con arijunas cercanos, actualización de la cultura Wuayú entre la arena y los sueños, los poemas del Corazón de Dios de Jorge Mario Echeverri, que aparecen como un conjunto de plegarias para un mundo indolente, La quinta del sordo, de Nelson Romero, una bella serie de ese latido del mundo que fue Goya, o el caso de Libros de los metales de Alejandría, colección de misterios forjados con malicia y delicadeza por Carlos Alberto Troncoso. Todos estos nombres están y guardan su propia resistencia. Pero si se tratara de observar obras, poetas que han venido sosteniendo una voz durante varios libros aun a pesar de las dificultades, que de alguna u otra manera ofrecen un cuerpo como alternativa para la deriva de sus tiempos, quizás cinco nombres sobresalgan: Jorge García Usta, Carlos Patiño Millán, Gabriel Arturo Castro, Ramón Cote y el cubano Alberto Rodríguez Tosca, que aunque no haya nacido en Colombia ha vivido en Bogotá por más de diez años, y merecería ser incluido dentro de los poetas colombianos por su influencia y sus reiteradas alusiones a las circunstancias de nuestro país. A ellos quisiera dedicarles algunas palabras dispersas, devolverles un rostro.

Jorge García Usta Si tuviéramos que hablar de un heredero directo de la poesía de Héctor Rojas Herazo, su afán de reanimar la vida en las aldeas y los cuerpos, al hombre desde “el barro de la inocencia”, este sería Jorge García Usta, nacido en Ciénaga de Oro en 1960, y muerto prematuramente en el 2005 en la ciudad de Cartagena. Desde sus primeros libros, Noticias desde otra orilla (1985) y Libro de las crónicas (1989), se ve la actitud del que quiere restituirle a los patios y a las calles, al mar y las mujeres de su tierra, la dignidad usurpada por


una época sin arraigos. Hacer de sus asuntos y sus propios linajes una épica luminosa: “un patio con nísperos/ donde el miedo y la alegría aleteaban/ como pájaros ante el primer sol”, nos dice en su poema Cédula, o le canta en este otro al gran Alejo Durán, como si de un nuevo comienzo se tratara: “endulzas la hombría más antigua,/ tu voz recuerda la importancia de los árboles,/ y logra del monte/ un arte de orígenes, más allá de todo hombre”.

Tiene razón Rómulo Bustos cuando destaca que en medio de una poesía egótica, clausurada en sus burladeros interiores, la poesía de García Usta se diferencia de las otras por la presencia de lo otro, su compromiso genuino con los rostros ajenos. En estos versos respira la solidaridad del que vino a estas tierras para quedarse, y esto ocurre en un país que más que un mestizaje es un cruce de desarraigos. Dice en el poema a su ciudad natal, Ciénaga de Oro: “No sé si el polvo en algún otro mundo/ será esta cosa triste, festejable./ Vengo de Ciénaga de Oro./ Mi corazón es obra municipal./ Me conformo con músicas baldías”. Por supuesto, no es esta poesía amorosa la del que exotiza la miseria de sus tierras en realismos mágicos. Que ve lo propio con los catalejos ajenos y falsea la historia en un Caribe de maravillas. Nada de eso. La celebración de García Usta se va poblando de drama con el transcurso de las páginas, como lo señala acertadamente Bustos, evidenciando acaso que su fervor es nostálgico, que sus dominios son dominios perdidos, y “el río no es lo que se ve,/ sino lo que se recuerda”. Es aquí cuando esta poesía de sabores locales, a la manera de Jorge Teillier, se vuelve una crónica conmovedora de un abandono, una búsqueda dolorosa de un país que se perdió, o que nunca existió plenamente al margen de los recuerdos. Esta unidad de lo propio y lo pasajero, lo épico y lo elegiaco, puede que encuentre su mayor expresión en el que podría ser el más bello libro de García Usta, El reino errante, poemas de la migración y el mundo árabes. Todo el libro es una genealogía conmovedora de los árabes que

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El mar. Una muchacha. Conversaciones sobre béisbol. Su patria es la infancia en el Caribe y hacia ella vuelven sus palabras como un mar “que corcovea”. Si se alude a retratos ajenos como Jaques Prevert o Heráclito de Efeso, Paul Klee o Gauguin, se habla de ellos como de antiguos forasteros, visitantes de la niebla, por los que el poeta siente amistad como sienten amistad por los árboles y las canoas, los niños.

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arribaron a los pueblos del Caribe colombiano. Un ajuste de cuentas con los fantasmas, pero ante todo el hallazgo de un lenguaje que es él mismo una errancia por el olvido, cruce de sangres, memoria revelada en las cenizas de lo pasajero. En sus últimos libros García Usta volcó su mirada hacia lo íntimo. Las huellas de la memoria y del amor en su memoria. Y algunos poemas logran esta inmersión con gran acierto. Pero su fiesta era de este mundo, en la vecindad de la intemperie y de las costas, las plazas y los amigos. Sus mejores poemas aparecen en el mundo del Sinú y de la Ciénaga, ese rincón de luz que tuvo que abandonar con su muerte tan prematuramente, y que a la sombra de sus palabras venía siendo masacrado por los grupos paramilitares hacia esos mismos años.

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Carlos Patiño Millán

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Poesía dura, sin ambages. Nos habla desde la contención más áspera como un adiós de humo. Con estos poemas, como ocurre muy pocas veces, sentimos que la escritura es el último resultado de una amputación dolorosa. Amputación del pasado y de los sueños perdidos. Amputación con la memoria y con una ciudad. Amputación de un lenguaje que pudo volar y ahora es ceniza, golpe de huesos, esquilas o vestigios de una ansiedad desmoronada: “Destinos del otro, aguas broncas de la inundación, furiosas de miembros arrancados de tajo”, concluye en alguna parte. Poeta y cuentista. Periodista experto en medios audiovisuales. Carlos Patiño nació en Cali en 1961, y desde 1992 ha venido publicando una obra que ya consta de seis libros de poemas y tres libros de cuentos. Muchos de ellos han obtenido premios dentro del país. En lo que se puede constatar, su obra ha tenido un carácter propio desde el comienzo, con muy buenos poemas en todos sus libros, especialmente en Hotel Amén, libro que ganó el Concurso Nacional de Poesía José Manuel Arango, y que fue publicado por la Universidad Nacional en 2007. Hotel Amén es una suerte de diario pasado a cuchilladas. Fragmentos dispersos de una pérdida. Pareciera que el poeta más que recuerdos o relumbres nos deja una colección de despedidas. Escribe y va sentenciando su distancia de la ciudad: “…ni Juan ni José. El agua se derrama a mediodía”. Se despide de los recuerdos: “Esa tarde ya no existe. Las sombras y los caminantes van cada uno por su lado”. Se despide del amor bajo un fardo de desilusiones: “ningún otro cielo. Tu enorme cuerpo


En una generación de poesía con excesos de retórica, la sequedad de Patiño recordaría la honestidad lacerante, verdades desnudas. Quizás en las palabras para hablar de su pérdida hay ecos o rasgos de una pérdida generacional, cuánto hay de muerto en todos nuestros asuntos. Puede que lo mejor de su poesía sean esos instantes en que la amputación de su sensibilidad coincide con un país que está igualmente amputado, que naufraga en una violencia que cercena y olvida los cuerpos sin vuelta o redención. Son estos momentos en que esta estética de cortes y de heridas se vuelve una protesta encarnada. Una metáfora hiriente del sinsentido. Se dice en el poema Sabanas de Córdoba: “….no son cuerpos. Cosas. Nada…Enterrados, los muertos vivos estremecen la sabana aún horas después de la desbandada de los asesinos”.

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vacío se encarga de no dejarme ver la luz de la mañana”. Se despide de su mismo lenguaje, lacerado e irónico, siempre irónico, hasta las aguas más dolorosas del humor negro: “Para el poeta, el idioma ha dejado de existir por más que remede demonios que vomitan signos. Tú ya no puedes, quítate la máscara, deja de confundir incautos; así que me desnudo, para nadie más visible”.

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Escritura al margen de las palabras. Su lenguaje se sitúa entre el puro decir, sin más pretensiones que el querer decir algo, y una atmósfera indecible que circunda la punzada de estas imágenes. No hay regresos, tampoco consuelo, “las palabras arruinan el poema que no debería ser otro asunto que silencios”. Y sin embargo Patiño escribe. Traza el papel con sus navajas, hiere. Como en su poema del muerto en el río Magdalena, sus trazos en el papel podrían ser esa mano que flota y vuelve a enterrarse, un gesto que detrás de los dolores y el despojo se resiste en secreto a la disolución. Y escribe, dice. Muestra en su áspera despedida que no está del todo muerto, que como lo dice en algún poema, “Muerto. Aun respiro. Me abrazo a mí mismo pues soy lo único que queda”. De pronto sea por esto que el libro comienza y termina con dos autorretratos. En el fondo esta poesía nos sorprende como una afirmación de la identidad. A la manera de Yannis Ritsos, el poeta se niega a naufragar del todo, quiere buscarse un rostro así sea en los pedazos.

Gabriel Arturo Castro En el umbral de los misterios, en las regiones de la conciencia en la que moran los hechizos y los salmos, donde lo sagrado y lo profano manan de un mismo crisol alucinado, de ahí nace la poesía de Gabriel Arturo Castro: crítico y ensayista, antropólogo, nacido en Bogotá en 1962, y que actualmente vive en Ibagué. Aunque su obra no es demasiado extensa, la aleación de sus materiales conforma ya una alquimia original, que se defiende por sí sola en libros profundos y decantados. Es el caso de Alquimia de la media luna (1996) y especialmente Tras los versos de Job, ganador del premio Porfirio Barba Jacob en el año 2009. Tras los versos de Job. Como lo insinúa el título el carácter de este libro será el de una colección de salmos truncos. Señales o reclamos que provienen desde lo oscuro, pero que saben que no hay sombra o justicia al otro lado de las palabras, que después de Job ya nadie bajará a darnos consuelo o a responder por nuestras súplicas. Y sin embargo en ese mismo acto de injuriar, imaginar, crear o reclamar, se cifran las posibilidades de nuestra libertad, aún al margen de todas las certezas. La voz de estos poemas deambula en la duda de los ciegos: “escudriño. En los ojos del ciego está mi sangre/ y la madre de sangre ajena”, asume la poesía como una errancia por el misterio, y de ahí sus enormes


posibilidades creadoras, pero también su fracaso al tratar de encontrar en las palabras un sosiego duradero: “podrás oír el ruido de las herraduras cuando hayas depuesto tu cólera”.

No hay resultados en las búsquedas, sólo un pausado trasegar en el misterio, pero que nos permite explorar regiones desconocidas de nuestra propia andadura. A la manera de Carlos Obregón, Castro se exilia en sus dominios interiores, sin certidumbres, sin esperar nada a cambio, pero en ese gesto rescata una interioridad que se pensaba perdida, un refugio transitorio para el lenguaje en tiempos en que las palabras viven la enfermedad de los abusos, se dicen y se pregonan sin ningún sentido, alejadas de su poder original. Muchas de estas blasfemias interiores podrían entenderse como un cuadro simbólico de nuestro propio tiempo, y el exilio de este tipo de poetas sea el de todos los que quieren salvar sus palabras en medio del vértigo. Ante la situación, exilio, y en el exilio una resistencia a los sistemas, como lo recordaba T. W. Adorno en su Minima moralia. En el encuentro de un lenguaje apartado del mundo, en la travesía de un viaje imaginario, existiría la posibilidad de no envilecer en las lepras contemporáneas. Poder navegar en el misterio y así “perdurar de asombro”, para citar a Carlos Obregón.

Ramón Cote Para estos tiempos de fragmentación y desgarramientos, pérdidas y vacíos, puede que pocas imágenes sean tan sugerentes como esa Bogotá de demoliciones y olvidos que aparece en la poesía de Ramón Cote, nacido en la capital en 1963. Especialmente en los ámbitos de su entrañable Botella de papel (1998), ese “catálogo de las extinciones,

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Para Gabriel Arturo Castro la libertad es libertad de imaginar, de atreverse a blasfemar desde el secreto de su alquimia, así ya no haya nadie a quien blasfemar. Así estemos del todo solos y la palabra sólo sea un espejo oscuro. Sabe que su lenguaje es falible, impenetrable a la comunicación, pero en su misma fragilidad refleja la huella de secretos ancestrales u olvidados resplandores. A la búsqueda de esas resonancias, navegando en el misterio, la palabra de este poeta se vuelve resistencia mágica. Una suerte de rito fabulado que nos recuerda el poder del lenguaje en nuestras vidas. El papel del misterio en un mundo que en su afán de verdades últimas terminó por desangelar el mundo hasta su destrucción.

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liturgia de las presencias desaparecidas”, para usar las palabras del libro del poeta y librero Guillermo Martínez.

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Ante los ritmos de una ciudad enferma que todo lo desplaza, que cifra sus dinámicas en demoler lo demolido y luego construir sobre la herida, desterrando a los fantasmas a pica y progreso, el poeta de estos versos contrapone una memoria desde los vestigios. Trata de darle un alma a lo perdido recordando la olvidada heráldica de los oficios en desuso. Devolviendo el fulgor a los escombros. Como los niños de sus poemas comprende “que las casas demolidas son el único lugar indicado para inventar sus ceremonias”.

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El repartidor de carbón. La Zapatería. Los vendedores de corbatas. El fotógrafo de los parques o el afilador. Los taxis y las bicicletas de carnicería. La prosa de estos versos, bajo un aire casi caballeresco, devuelve el carácter sagrado a las cosas más cotidianas. Recuerda las infinitas liturgias de lo pequeño. Los rostros y circunstancias de lo que fuimos y en silencio destrozamos, de lo que arrasamos en nuestra propia esquizofrenia. Ante el vacío, Cote Baraibar recuerda la presencia de los fantasmas. Resiste en la imaginación como los brujos o los niños. Y en este gesto devuelve la ternura a una ciudad indolente, como si de un Carl Sandburg se tratara. La diferencia es el que el poeta de Chicago canta y protesta en el vértigo de la construcción, Cote Baraibar reza y evoca frente al polvo de las demoliciones, nos recuerda que sobre los vivos, a la manera de Walter Benjamín, pesaría el fardo informe de las desilusiones de los muertos. Como en su momento lo hizo Luis Vidales, Cote Baraibar vuelve a observar a Bogotá con los ojos de los niños, pero a la vuelta del tiempo sus ilusiones ya no serían los ámbitos cotidianos sino el despojo. Esa actitud nostálgica más que un lamento le ofrece a lo perdido una merecida oración, un reconocimiento, así sea para mostrarnos a todos que también estamos hechos de objetos y presencias abolidos, que lo que a diario matamos podría ser lo que más nos define. En época de vacíos Cote Baraibar recordaría el papel de las herencias. Este réquiem de los derrumbes aparece como un espejo reflexivo, podría señalar el origen de la frustración y el desarraigo de una ciudad que derrumba siempre el lugar de sus antiguas ilusiones. En los Fuegos obligados (2009), ganador del premio Unijaca de Poesía, su más reciente libro, vuelve a aparecer la dinámica de un tiempo demoledor, su papel en una ciudad: “…de esa ciudad nada queda/, ni el rastro,


ni el perdón del recuerdo./ Apenas perdura una carrilera que ni siquiera es capaz/ de llevarme a lo perdido”. Pero antes que nada es este libro un delicado breviario sobre un tema insoslayable en la poesía de hoy y de siempre: la dialéctica entre la memoria y la fugacidad del tiempo. Aquí se destacan varios poemas, especialmente los de la tercera sección del libro, Invierno y una acacia roja, donde el lirismo a veces etéreo de estas páginas encuentra su anhelada sugestión.

Tanto Botella de papel como Los fuegos obligados, cada cual en su tono, conformarían una poesía que se ha ganado un puesto propio en esta generación. En su búsqueda de la memoria, “entre vestigios y fulgores”, el poeta de estos versos de alguna manera se negaría a decir con Artaud que “el alma no ha sido más que un viejo refrán”.

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Todo el libro aparece en el relente, como en la fugacidad de una vida misma. Pero esta poesía no es meramente una “poesía de la experiencia”. Existe una conciencia lingüística que supera lo anecdótico de esta denominación. La conciencia de que somos en un lenguaje ajeno y heredado, -Cote Baraibar habla de la poesía como de “La Tirana-, y en el que nuestra propia experiencia más que autismo o vaso de recepción es una suerte de deriva compartida.

Alberto Rodríguez Tosca A lo largo de estos últimos años se ha señalado muy poco la influencia de este poeta cubano en las generaciones posteriores. El estrago que en ellos han causado sus poemas. Las nuevas miradas que se trajo en sus exilios voluntarios. Frente a una poesía colombiana que más o menos se ha mantenido en una misma gama de registros, Rodríguez Tosca trajo la fuerza de una lengua desconocida, heredera quizá de Virgilio Piñera y de la mejor tradición cubana. En su poesía habría una imbricación entre el habla y la reflexión, el canto y el cuento, un juego de asociaciones de una plasticidad y unos alcances que descontando ciertos casos aislados quizás nunca se habían presentado antes con tanta intensidad. Rodríguez Tosca nació en Artemisa, La Habana, en el año de 1962, y desde su primer libro, Todas las jaurías del rey, publicado en 1987, fue destacado como una de las voces más significativas de la nueva poesía cubana, obteniendo el premio David de Poesía. Llegó a Bogotá en 1994 en el marco del Festival de Poesía de Bogotá, y terminó por quedarse en la capital sin tiquete de regreso. Desde entonces ha participado en varios

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talleres y proyectos editoriales, y ha publicado tres libros de poemas: El viaje (2003), Escrito sobre el hielo (2006) y Las derrotas, que aunque fue publicado en Cuba podría ser el más bogotano de todos sus libros, pues es el exilio del mismo poeta, sus pérdidas y simultaneidades, lo que traza el espacio móvil de este libro extraordinario. Entre el humor y el drama, el juego y la dureza, pareciera que el poeta de estos versos hubiera creado una nueva dimensión para hablar del dolor. Su tono, una suerte de ironía quejumbrosa que ríe y se retrae, se duele y se sonríe, asume la derrota y se compadece de los victoriosos. Esta capacidad del lenguaje, su aterradora diversidad, aparece de una manera particular en los poemas de Escrito sobre el hielo, pero especialmente en Las derrotas, uno de los libros más importantes de la poesía colombiana reciente, y me atrevería a decir que algún día será una pieza infaltable para el que trate de comprender la poesía latinoamericana de comienzos de siglo. Sobre Las derrotas escribe en el prólogo Rafael Alcides, uno de los grandes poetas cubanos del siglo XX: “es tan bueno que asusta. Yo no sabía que se podía escribir así, Alberto, no lo sabía. Ni me lo imaginaba.”. Y no es para menos. El libro, de comienzo a fin, es un ajuste de cuentas con la memoria en el filo de la vida, un esfuerzo del poeta por entenderse en el mundo como el resultado no de los logros, sino de las pequeñas derrotas que lo precedieron. Derrotas vividas y propinadas. Derrotas por lo hecho y hasta por lo no hecho, pues pareciera que aquí, como en la filosofía de Wittgenstein, las posibilidades irrealizadas, acaso imaginarias, acechan tanto como las realizadas. Cada poema un día, el libro, cuatro semanas. Cada poema un tanteo del poeta en las regiones del miedo y del dolor, una errancia por los rostros, los puertos, las mujeres y los afanes, pero que siempre -maldición del marinero- conducen de nuevo al espejo del poeta. Ya lo decía Joyce: “Si Judas sale esta noche sus pasos le llevarán hacia Judas. Cada vida es muchos días, día tras día. Caminamos a través de nosotros mismos, encontrando ladrones, fantasmas, gigantes, ancianos, jóvenes, esposas, viudas, hermanos enamorados. Pero siempre encontrándonos a nosotros mismos”. Aquí el poeta canta y escenifica a la vez. Se confiesa y luego finge, borrándonos las fronteras entre lo vivido y lo creado, lo leído y lo sufrido. Quizás sea Alberto ese “mentiroso que dice la verdad” del que hablaba Mallarmé, “el poeta fingidor” del que hablaba Pessoa, y que nos muestra


su yo como una entidad roturada y diversa, a la vida en la ambivalencia que la hace propiamente humana. Tiene razón Alcides cuando dice que este libro, más que un diario, que un enorme testamento del exilio, es un “cataclismo humano”.

Pero también hay, y quizás sea éste el mayor mérito del libro, el hallazgo de un tiempo dentro del tiempo, distinto al de los relojes del banquero y del publicista de esperanzas. Alberto Rodríguez Tosca, como los grandes maestros de la música, nos devuelve la duración de la vida en su horror y en su belleza. Nos recupera una visión de lo temporal que en la complejidad de su secuencia, entre los ires y venires, contrapuntos y cortes, rompe la idea de una historia lineal, de ese hacer fila que es el rasgo más característico de esta modernidad ramplona que borra los rostros hasta el unanimismo. Hay pues, un tiempo de los derrotados, por oposición al tiempo de los victoriosos que hoy reinan: “emprendedores”, “exitosos”, “ganadores”, “arribistas”, “realistas”, y que en Colombia o en Cuba ya han dejado demasiada sangre, demasiados olvidos bajo las fosas. De ahí que este libro, memoria de unas derrotas personales, autobiográficas si se quiere, sea también un testimonio del siglo ido, de una generación que “he visto izar las banderas y quemarlas después”. Un siglo en el que, como también lo dice Rodríguez Tosca en alguna parte, “las mejores mentes de mi generación dilapidaron en un grito todo el silencio que necesitaron después para salvar la patria de los padres”. Al leer estos poemas nos queda la sensación de un hombre que escribe con todo el cuerpo, sensibilidad e inteligencia, imaginación y vísceras, intuición e instinto, y es el papel una especie de cartografía sísmica donde las fuerzas danzan. Con los buenos poemas solemos tener la sensación de que se crea un mundo, un eco en el eco de las palabras. Con Alberto tenemos la sensación de que es el mundo mismo el que late en el verso, no un mundo propio sino el mundo. Ese que ronda en torno a esta poesía donde el habla popular y las referencias, la vida y el canto, todo el

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Hay una Bogotá violenta, azarosa, que pocas veces se ha visto en los poemas, y que el poeta, quizá gracias a su destierro, puede comprender como la ciudad de huidas y desarraigos que también es. Nos dice en alguna parte “Si, esta ciudad no es mía, pero tampoco de quienes la heredaron. Es del alba, es del sueño, es de la noche. Por eso hoy todos nos pusimos las galas de extranjero para salir a caminar”.

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fantasmario de voces que también nos constituye, pasan por el poema dejando una enumeración de derrotas. Poeta del vencimiento y los trabajos perdidos. Como Beckett, el aire de sus asuntos se alimenta de fracasos. Y sin embargo sorprende que un poeta de restas tenga un lenguaje que funciona por acumulación, por suma y no por abstracción. Alberto Rodríguez Tosca, se podría decir, gana pérdidas y suma restas. Esta situación paradójica encuentra su expresión en un lenguaje que opera como el de los barrocos, en la concentración de los elementos, pero cuyos materiales son los fraudes y las miserias más comunes, no la palabra abstrusa, sino las voces y los enunciados más simples del habla cotidiana. Este poeta colombo-cubano, a su propia manera y desde sus propias carencias, constituye los conjuntos más ricos y complejos con los elementos más pobres y sencillos. Y en ellos el dolor, el miedo. La esquizofrenia de tiempos y de espacios que depara el exilio. Quizá esta época de vacíos y derivas encuentre en este homenaje a las derrotas su máxima asimilación, también su estremecedor diagnóstico.


Nuevas voces Daniel Moreno López (Bogotá, 1984) Canción de las bestias

Cantan cantan los árboles quietos ya se van se van despidiendo Canta la bestia sus llamas sobre la noche y tú ¿a quién imploras?

Más de lo debido Los pueblos de las hormigas trabajan todo el tiempo, más de lo debido deben olvidarse casi siempre de los juegos sueños de niños que se entrelazan con la frigidez adulta. Los pueblos de hormigas se cansan se cargan los lomos

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Cantan, cantan y cantan azules los pájaros detienen al abismo en su eterno revés

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más de lo debido deben pagar fuerte por el permiso favor de dejarlos vivir para cargar el peso del pan.

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Los pueblos, como las hormigas madrugan y no descansan más de lo debido, sólo se tocan ya sólo con obscenidad cuando se cruzan en la carrera contra el tiempo contra el pan contra el sueño contra la ternura que las hormigas se cuidan de sufrir, porque a lo mejor saben que si se detienen el sueño es más real que el pan que las madruga.

Fotofinish El asesinato del deseo muerta la guía la sexualidad del psiquiatra se trunca y descansa la familia Un presidente sin control (incontrolado) Un criminal sin control (descontrolado) Si el enfermo está tranquilo respira ciudadano come tu comidita


que tu mundo soltó al muerto bajo el huracán

Y claro, al final sonríe que la sexualidad se para que el presidente come que el deseo cadáver ya no mata que el mundo intranquilo respira que el presidente controla, ciudadano que el criminal muerto ya no relame que el presidente se repite en halagos de familias descontroladas Sonríe al final, insecto, que si lo falso se repite no te suelta, todo está controlado.

Transparencia El papel tiene miedo. Míralo. Tanto espacio, pálido, tan débil que las palabras se pesan antes de apoyarlas aquí. El papel está asustado. Escucha. Sólo fantasmas se pasean

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Y duerme, y suspira con calma mirando la fotocopia del insecto que se repite y repite sus alas relamidas por falsos halagos

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se quedan con él. Papel, cadáver expuesto se te da como es con todas sus vidas sabores olor muertos patas infinitas; el papel te da y te quita transparencia. Tiene miedo. Míralo. La vida no es allí.

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Karina Rendón (Sevilla, Valle del Cauca, 1984)

Sobras de la tarde

Un paso al laberinto de mi muerte, no muerdas más las horas de este desencuentro para fatigar la libélula que duerme entre tu altar y mis versos. Arranca del espejo esta triste deshora, lame el deseo, la soledad que me corrompe.

Pasatiempo Deshojar palabras Y dejarlas correr por la alcantarilla

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De qué lugar has venido a beberme los ojos irritados, a contarme las sobras de la tarde.

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Alas de tango Una vela se enciende Entre el tango y la noche. Por un instante Bailo con la soledad.

Oda a las gotas de lluvia

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Hay tanto dolor En las gotas de lluvia.

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Besan el asfalto Y mueren, Se apagan con cada lámpara del parque. Al día siguiente Nadie recuerda El aguacero.

Explosión Se estremeció Su sueño Con el último Estallido de la guerra Sobre su cabeza. Ahora yace Como un escombro más Que se adhiere Al polvo De la catástrofe.


Leandro Loaiza (Filadelfia, Caldas, 1987) Cuando suena el teléfono

examino su cara de malestar, jamás espera una buena noticia. Ellos, los otros, han inventado nuevas formas de apretarle las ataduras a distancia. En cuanto cuelga, yo me acerco, tomo su cabeza con ambas manos, leo sus ojos hermosamente tristes y beso su mordaza.

Sobre la piel puedes sentir el calcio, palpas cada forma y sabes que dentro de tu cuerpo hay un esqueleto. Sonríes. Son tus dientes parte de esa muerte que quiere salirse con cada alegría. Callas y vas cerrando el ataúd.

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A Laura

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Poco a poco

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fue devorando toda la torta, primero a dedazos de crema, luego a puñados que tragaba enteros… Cuando al final sólo quedaban unas cuantas harinas, pasó su lengua seca hasta ampollarla y romperse el plato contra la cara.

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Su única tranquilidad fue saber que el cuchillo aún estaba limpio. To Mr. George W. Bush

Mira mis pies están sembrados en la tierra firme, no hay vértigo. Toca mis manos, no hay en ellas temblores ni convulsiones. Mira mis ojos, no están inyectados y brillan como el agua limpia. Vivo sin abismos, sin tics nerviosos, sin delirios nocturnos. Camino, respiro,


duermo bien, hago mi trabajo con algún esmero. Siente mi rostro, abraza mi cuerpo, estoy ahí, comienzo a sentirlo... ¿lo sientes?

de entrar en tu cama, pero una palabra sucia bastará para salvarme. Devoto a tu religión, que se haga tu voluntad en mi tierra y en tu cielo.

Hemos cavado unas zanjas en la tierra todo alrededor sólo con tres palas y una carreta. Un metro cincuenta de hondo por uno de ancho. Se nos ha dicho que mañana a la hora indicada podremos saber si son trincheras o fosas.

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Yo sé que no soy digno

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100 Soy un hombre de fe, y creo en Dios… …y en el ratón Pérez, Pie Grande y El Coco.


Juan David Ochoa (Cali, 1987)

Ante la fuerte irradiación del sol, ante la misma luz, el alarido atemporal del parto resume los jadeos y el sudor de los extensos ejércitos del hombre, el mismo grito entre los siglos. los vestigios de un tifón son el residuo de la rabia liberada entre la tierra, la misma resonancia en el espacio sordo. las lágrimas históricas son nimias, agua misérrima en el mar. Después de los gobiernos de la amnesia entre los hondos intervalos del tiempo, después de los relevos de la muerte en los imperios del polvo, después de los estruendos de la ira, el mismo suspiro ante el secreto ineluctable, la misma travesía entre los mitos y los ruidos, el miedo universal, el mismo final, Ulises.

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Oriente

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Sangre

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No sospechó el vacío de ese rio cálido y vital que ensancharía el ruido y violaría la extensión de los espacios. La herencia electrizada y roja en las resurrecciones de la piel, en intervalos de la carne, en los relevos de la voz sobre los días y las eras de la tierra, en la humareda de las guerras desbordada con los gritos, en las memorias y la euforia, entre la cópula alumbrada por la excitación y los jadeos expansivos. Opacada por la fiebre en los azotes de la cólera y sus tigres, sus anguilas sedientas en el siglo de la muerte. la catarata del calor en las vertientes del tiempo, ardiente y principal hasta el infarto de la luz y sus eclipses

Alejandría Otra antigüedad hubo en la tierra antes del odio. Después y previo al fuego de la rabia Hubo ciudades de tinta disecadas entre siglos divididos. Otro universo interpretado por la estirpe de las voces perdidas. esas gargantas de calor en la humareda de la amnesia en que la tierra se esfumó junto a los cuerpos y la sangre y los sonidos. Todos los hombres y los gritos silenciados por la ira la luz hambrienta, El día en que el espacio abortó toda la historia


Hubo cuerpos, habrá cuerpos aquí, atemporales, Una masacre es un pigmeo más en el desierto. Hubo gritos, habrá gritos aquí, un vendaval estrepitoso de zumbidos en la orgia de las eras violentadas y azarosas. Un cromatismo efímero de acentos y de lenguas, Un turbulento soplo deformado de los rostros Que serán y los que han sido, La resonancia circular de los camellos, Napoleón y su bullicio de caballos, Aquí los faraones al sol. Hubo voces, Hubo silencios aquí, habrá otro roce voluptuoso del viento después del exterminio

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Pirámide de Guiza

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Luz María Chávarro (Agrado, Huila) Hierba tejida En el árbol florido la suntuosa cosecha.

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¡Es hora de soltar! nuestras hijas, el viento aplaude en las ramas y ellas, entregan el tesoro.

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Viajan por septiembre de color tiritando abrazan la hierba deseosa de abrigo. Sobre el chal los ojos del transeúnte se cierran a tiempo enmudecidos.

Noche Llueve cada gota vuelo de gráciles pies. Llueve sobre paraguas ojos y dientes extasiados iluminan la escena. Llueve pasos serios, vacilantes recién llegados a la vida forasteros.


Llueve gotas se hacen espejo fulgor de los cuerpos erguidos embrujo suspendido en aplausos.

Tintineo de las llaves en la cerradura, restos de la tarde en el desayuno, huye una mosca la planta ilumina el estante, se balancea la cortina y toca su frente - única caricia que ha tenido hoyen la canela, el olor del pasado también el polvo los cuadros vacíos el anillo marcado, Íntima su espalda en la pared la mirada fija sobre el tejado se entrega al ensueño.

Canasto y pan Inicia el día, la tela en el canasto bordea redondeces ¿qué traes?, la madrugada en los ojos. El dorado sabor a leña visita cada casa. Así creció junto al viejo canasto.

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El día va a descansar

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En el Nochero

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Un habitante del séptimo cielo

Título: Un habitante del séptimo cielo Autor: Fabio Martínez Programa Editorial Universidad del Valle, Cali 2011, 168 páginas

La edición completa en bilingüe, francés-español, la dedicamos, en esta ocasión, en coedición con la Universidad del Valle, a la novela Un habitante del Séptimo Cielo del escritor colombiano Fabio Martínez, quien hala en la carreta de sus creaciones varios textos de ficción, como también ensayos de carácter histórico, donde se incluye una biografía de Jorge Isaacs, autor de María, primera novela romántica de América Latina, y una novela histórica publicada recientemente por la Editorial Norma, y titulada: Balboa, el polizón del Pacífico. La crítica literaria ha empezado a manifestarse en torno de este libro de Martínez, en cuyos rasgos se percibe una atmósfera de lo transgeográfico; igualmente el trasterramiento hace asomos mediante el sueño de la añoranza valiéndose de los respiros que empiezan a aparecer cuando pasando los años se piensa en la lejana tierra de los juegos

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Efer Arocha

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infantiles y de esa juventud que le corre la cortina a la vida para poder mirar mundos desconocidos. Son los primeros elementos que el lector latinoamericano, viviendo en París, encuentra en la condensada página. Sobre Un Habitante del séptimo cielo, el poeta Juan Manuel Roca ha dicho: “Fabio Martínez mezcla en su marmita belleza y sordidez. Los cuatro ciclos del libro: Verano, otoño, infierno (donde los personajes pasan una rimbaudiana temporada) y primavera, forman un fresco de esa ciudad tantas veces mitificada”. Fernando Cruz Kronfly anota: “Se trata de una novela estupenda, muy bien escrita, sobre un tema siempre vigente relativo a los desencuentros culturales y de la vida cotidiana entre Latinoamérica y Europa”. Ignacio Ramírez dijo: “La novela de Martínez se defiende de tal manera que es habitual que en los encuentros literarios, tanto en Colombia como en el exterior, alguien haga referencia a ella para ilustrar la vida de los artistas latinoamericanos en Europa”. Carlos Patiño Millán, por su parte, sostiene: “Un habitante del séptimo cielo se leerá como el otro lado de Rayuela, como un testimonio valiente de quien reivindica la nada, el desgaste, el embale, la rumba y la baba como actitud vital”. En la ficción del Séptimo Cielo los valores estéticos, que son las categorías que niegan o afirman la perdurabilidad de la creación literaria, empiezan a bosquejarse en el ardor de la vida parisina en tanto que placer y sufrimiento; por ello, puede ser el libro en cierto sentido de cada uno de los que nos encontramos aquí. Un habitante del séptimo cielo es el libro de los latinoamericanos en París.


Una estrella de cinco puntas y la caída del hombre

Título: El mecanógrafo del parque Autor: Julián Malatesta Escuela de Estudios Literarios Universidad del Valle, Cali 2011, 115 páginas.

Las vanguardias dejaron abierto un umbral entre las tradiciones, no sólo de origen europeo occidental sino de cualquier civilización, y el porvenir, como un horizonte de libertad encerrado en las murallas de la propia obra. Julián Malatesta instala el parque de la creación en ese umbral, el poeta es el mecanógrafo que revive y funde varias tradiciones, se perciben ecos del copista medieval como artesano del proceso de fijación de las palabras sobre la hoja, del escritor antiguo inspirado por los dioses y del poeta místico, del autor por encargo que quizás, en tiempos remotos, halló su máxima actuación durante el Antiguo Régimen, y cuya figura más sobresaliente es el escritor Cyrano de Bergerac, en la representación romántica creada por Edmond Rostand y, también, se manifiesta una tradición de orden social mucho más reciente, la de los escribanos y tinterillos que han poblado las plazas prin-

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Cristina Valcke

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cipales de nuestras ciudades pero que, poco a poco, son desplazados por pequeños negocios de barrio. En clave de pregón, el poema Cinco palabras funda la estética del libro. La simbología del cinco nos pone en la pista de la simetría pentagonal que está en la base de la proporción áurea. Asentar la creación artística sobre el número cinco, expresa de modo sutil una filiación a los principios clásicos del arte. Con cinco palabras, el pentagrama queda trazado para la notación poética, el hombre resonará entre las manos de la mujer que hace casa y la identidad del señor construida en la vida pública, es decir, fuera de casa, a donde llega con sus piernas que representan caminos, y, esta música también fluirá desde las rutinas verbales de la joven que obedece a la idea del amor. A través de tres llamados, el mecanógrafo del parque dibuja la silueta del ser humano, cuatro extremidades y la cabeza, la estrella de cinco puntas que guía su carta de navegación. Pero, además, están las calidades de las palabras, las primeras son las domésticas, las hogareñas, las segundas son las de la forja, las del trabajo, las de la técnica, y las terceras son las del amor domado, rutinario. En ningún caso, el pregonero pide para su oficio la palabra asombrosa, la inusual. El lector encontrará, como en toda verdadera obra artística, la extraña sensación de estar contenido de algún modo en el universo de sus páginas, de ser nombrado aún con palabras ajenas y distantes en un idioma conocido, entrañable, originario, de ser la presencia de la ausencia. La revelación será identificarse como el transeúnte de la plaza que, sin advertirlo, fue capturado en el lienzo y la fiesta será reconocer los fantasmas y sus voces, el diálogo atemporal de la tradición.


Desde la errancia

Título: Corazón de Piedra Autor: Antonio María Flórez Littera Poesía, 2011 37 páginas.

La escritura y el amor están signados por el despojo. La primera porque siempre termina con un acre sabor de fracaso y el segundo porque es solo el preludio del desamor. Esto parece intuirlo muy bien Antonio María Flórez desde su doble condición de manizaleño y peninsular, dos atributos para en definitiva no ser de ninguna parte. Si en Desplazados del paraíso, poemario que obtuvo en el 2008 el Premio Nacional de Poesía “Ciudad de Bogotá” y del que la Editora Regional de Extremadura realizó una bellísima edición en el 2010, el poeta nos lleva por todas las callejas y vericuetos del abandono amoroso tan cercano a la sombra que nos nutre y devora para reafirmar finalmente su desarraigo exclamando: “¿Y la mujer que amabas?/Las aguas me llevan ciudad adentro,/y la dejo atrás, sin nunca irme./Desterrado del paraíso.” En Corazón de piedra, el poemario que nos ocupa, el sentimiento de

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Omar Ortiz

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destierro tiene que ver con el mundo que a velocidades insospechadas vamos perdiendo. La clave la encontramos desde el epígrafe que antecede el primer momento del libro y que tiene que ver con La carretera, esa desoladora novela de Cormac McCarthy, en la que dos personajes, padre e hijo y un carrito de supermercado, como única pertenencia, nos preparan para asumir el inevitable desastre de esta civilización bárbaramente depredadora. El poeta también asume el hollín y los escombros que ya pisamos y nos dice, “Y allí dejan la huella/sobre el polvo,/ la hierba húmeda y el barro;/siempre la misma medida de sus pasos,/la idéntica certeza/de un andar cansino/hacia lo desconocido/por esa ruta que marca/la certidumbre de un rastro sin dolientes,/de un destierro sin objeto,/de un agrio acaso sin sustancia/en el largo viaje hacia/los confines de lo ignoto./Deben seguir./El sendero está plagado de alimañas,/de enemigos sin nombre ni rostro./Los buques al norte y los trenes al oeste,/así lo anuncia el viento,/pero intuitivamente se dejan ir./El viaje es muy largo./Y anhelan llegar./Pero no es fácil burlar por el camino/a los justicieros aurigas de las tinieblas.” Porque así como los millones de desplazados que sufren nuestra inclemente geografía sin que nadie se informe de su tragedia, el hombre contemporáneo lleva ya en sus entrañas la tierra que ha ayudado a calcinar. Y así dice el poeta, “Cada día que vivimos/es una farsa,/cada paso que damos una mentira./Todo esto es un burdo engaño.” En Corazón de piedra asistimos desde una poética desoladora a la visión de las ciudades que ya empiezan a arder ante nuestros ojos.


Una mirada a Cequiagrande

Título: Cequiagrande Autor: Omar Ortiz Editorial Universidad de Caldas, Manizales 2011 58 páginas.

Hace algún tiempo, en el prólogo que le hiciera a Los espejos del olvido, el libro de Omar Ortiz publicado en 2002, afirmaba que su poesía siempre nos deja el sabor de alguien que no se traiciona a sí mismo y que no resulta tampoco traicionado por las palabras, esas piedras del edificio de todo discurso que, como las adormideras, se abren al tacto de un buen creador. Lo mismo pienso ahora al leer Cequiagrande, pero aquí hace un giro afortunado para contarnos y cantarnos sus andanzas por el mundo. Suma a su geografía espiritual muchos mapas de viajes. De su San Bartolomé de Tuluá, entre un olor de geranios y la pólvora de un bandolero conservador con nombre de pájaro carroñero, nos trae la risa de las muchachas y un loro imprudente, un pajarraco verde amaestrado en dar vivas al partido liberal. El tono de cosa hablada, quizá libado en la tradición oral a la que el poeta atiende con humilde respeto, como lo

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hacía Juan Rulfo con el habla de su pueblo, le dan a los poemas de Ortiz una atmósfera de cercanía, de una vigilancia refractaria a poner lejanías entre su palabra escrita y su palabra leída, entre los dos lados del catalejo que son el emisor y el receptor. “Tres pisos había entre los gitanos y mi inocencia”, dice en su poema sobre los zíngaros del pueblo y es como si nos dijera que hay tres eslabones entre la magia y la mirada inocente, tres pisos que él ha subido para hacer de su asombro de niño una divisa cercana, atravesada por hechos sorprendentes. Es la suya una poesía que funciona por ensalmo, una suerte de epifanía de lo cotidiano que empapa una a una sus voces. Prueba reina de esta afirmación puede seguirse en uno de sus más bellos poemas de Cequiagrande, titulado precisamente Cotidiana, pero también se hace presente en poemas que nos traen la evocación de Nico, su hermano muerto que, como el hermano de Vallejo, parece hacerle “una falta sin fondo”. Todo esto sería solo un anecdotario si Ortiz no tuviera el don de penetrar en las corrientes de lo cotidiano para darles una vuelta de tuerca, un giro de ironía o de ternura, esas dos caras de una misma moneda que no son tan antípodas como parecen. Pero no solo México vibra al fondo de sus poemas. También, como en una banda sonora escucha los paisajes peruanos, como quien oye el silencio de Arguedas: Cuzco y sus sembradíos de quina o la Arequipa de piel volcánica y más allá la olla olorosa a viandas y a rocoto de doña Dorotea Quispe en Paucartambo, todo expresado en apretadas estaciones. Sí, son poemas como estaciones. Como escalas. Como el soplido de caracol en los labios de los mamos arhuacos. Señalo todas estas señales y gentes de Cequiagrande porque las creo, si no únicas, sí las más secretas y amorosas y persistentes noticias traídas a nuestra poesía de parte del olvido. Es este un libro rumoroso, una prueba más de la vitalidad de la palabra de Omar Ortiz, que nos lleva a visitar parajes y seres de la memoria mestiza, por lados de Anapoima y del Chicamocha, de paisajes de nuestra geografía engarzados a las voces de sus gentes, como Aída Quilcué, que nos habla desde Tierradentro y desde una Cequiagrande del feroz desplazamiento y de cómo “caminamos con muchos muertos, al hombro con muchas tristezas”.


Las palabras poco a poco: el poema

Título: A la sombra animal Autor: Javier Naranjo Fondo Editorial Universidad EAFIT Medellín 2011 53 páginas.

A la sombra animal refrenda un periplo de gran concentración tanto en el mundo propio del poeta como en las circunstancias que le dictan, con un halo de profundo misterio, las verdades que ratifican la certidumbre de las dudas, de lo efímero, hasta de lo risueño que se torna a todo a instancias de la vida. La brevedad de este lenguaje no es la falsa economía de la nada, sino la brega intensa por decir lo esencial sin hacer del verso un plano de acertijos, una mala pasada. Este poemario, aporta una voz fresca a nuestra poesía. Una voz que, con la sutileza y la certidumbre del tono menor, apunta a una esencialidad y un rigor como debe ser la buena poesía. Heredera no del verbo excesivo ni aun de la flagrante imaginación, sino de la cauta voz que, como quien pule el hueso, da en lo justo, en la palabra llena.

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Luis Germán Sierra

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LUNA NUEVA. No. 37. Septiembre 2011  

LUNA NUEVA. Revista para nocheros. No. 37. Agosto 2011.Revista de Poesía. Tuluá, Colombia. Director Ómar Ortiz. NTC … Edición virtual de la...

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