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El viaje –Antología personal–

Hernán Vargascarreño


El viaje -Antología personalSegunda edición ISBN 978-958-58388-3-3 Ediciones Exilio: Bogotá-Zapatoca Primera edición: Universidad Industrial de Santander, 2012 Segunda edición, ampliada: Ediciones Exilio, 2014 Tiraje: mil ejemplares Imagen de portada: Preludio a la siesta de un fauno, cartel diseñado por Leon Bakst en 1911 Impresión: Editorial Gente Nueva Tel: 3202188, Bogotá, D.C. Impreso en Colombia/Printed in Colombia Los poemas de la presente antología pueden ser reproducidos por cualquier medio siempre y cuando se pida su respectivo permiso al autor a quien pueden contactar en el correo poetasalexilio@gmail.com


Del

libro

PaĂ­s Ă­ntimo

(2003)


Trenes

Para El Guardagujas, de Juan José Arreola

1 Una estación que ve llegar trenes rojos trayendo como único pasajero la noche; un día el sueño se cumple: llega el tren rojo, se baja la noche, y se instala para siempre en la estación del olvido. 2 Los trenes que siempre han pasado silenciosos, vacíos, y en su última ventanilla un niño muerto dibujándome un adiós con su mano triste. 3 O el tren perdido, el que nunca regresó y tampoco llegó a su destino;

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dicen que ahora es un fantasma; a veces aparecen sus huellas en los sembrados. 4 Los trenes deseados, los que nunca humearán; alguna vez nos despertará su estrepitosa presencia ante el asombro de la Muerte. 5 El tren transparente, repleto de hermosa gente transparente; ahora pasa cada nueve lunas ante el estupor de los aldeanos, pero nadie lo comenta por temor a que los crean locos. 6 El guardagujas perverso; el que enredó los hilos metálicos e instauró el Caos. 7 El maquinista de sueños que añora su oficio en la última estación.

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Cómo anhela que los rieles vayan más allá de su memoria. 8 El vendedor de boletos que una tarde vino a comprarse a sí mismo un boleto sin regreso. 9 El tren de los dioses. Pasa solo una vez. Alguien se baja, gira la aguja, borra la memoria de los hombres y todo vuelve a empezar de la Nada. 10 El pregonero de rutas que jamás ha subido a un tren. 11 El tren que sueña con ser tren; cada vagón una pesadilla y su único pasajero yo mismo; una vez se bajó y vino a tomar el café conmigo; desde entonces compartimos la misma tumba.

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12 El tren de los cuerdos. El que sí pasa puntual todos los días; el que regresa con mercancías y pasajeros nuevos; hoy ha llegado con un cargamento de ataúdes importados, veinte prostitutas vestidas de monjas y cien cerdos blancos y hermosos; ese tren nunca lo espero, sin embargo, es el único maldito que me humilla con su presencia.

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Estancia Quien aprende a amar los altos muros de su casa, los lamentos que allí persisten, los perros ancianos y silenciosos que se niegan a morir, aquellos peldaños que ya nadie sube, los ruidos de la cocina y el espectro de la madre ofrendándonos el café y su bendición, le será fácil aceptar –mas no comprender– que esa, ya no es su casa, sino los altos muros de su tumba.

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Morada La casa que se resquebraja dentro de mí nadie la habita; nunca una luz ni una ventana abierta; ¿qué señales de vida la mantienen en pie? Tiene la parquedad que solo dan los años y hay rosales viejos que nadie sembró y que nadie poda. Tampoco yo quiero ocuparme en limpiar su entrada repleta de hojas secas que felices se pudren. El alma de la casa que me habita no me pertenece, y no acepto sus reproches, porque nunca le prometí una familia que no tengo. En su soledad, ella ha tenido que imaginarse sus habitantes espectrales delirando en sus falsos laberintos; y sola tendrá que desmoronarse bajo el universo; morirá como suelen morir los hombres cuando en su vanidad han comprendido la desolación de su miseria. Y no moveré un solo dedo para evitarlo. No fui yo quien levantó sus abominables fortalezas.

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Para hacerse a una casa que podáis estar en esta casa como la música está en el instrumento. Úrsula Le Guin

Ignora los bancos y sus políticas predadoras. De retales, escombros, desechos de la humanidad, puedes proveerte. La elección del sitio ha de ser clave: nada de vecinos. En su lugar planta árboles de variadas especies; pronto se poblarán de frutos y voces que no hablarán mal de tus miserias y protegerán tu casa de los malos vientos. Un salón cómodo y aireado en el que quepan tus pocos amigos alrededor de la chimenea, grandes ventanales, corredores y un altar para los libros. Piedra a piedra, madero a madero, lo conseguirás. Para cuando tu fortaleza haya germinado la casa estará lista. Ella te empezará a habitar y pronto te convertirás en su fantasma. Acostúmbrate a su terquedad a la evidencia de sus muros a los crujires de su estructura. Hernán Vargascarreño

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Un día cualquiera hablarán el mismo idioma aromado por los jardines que tus manos cuidarán. No añores la inmensidad del mundo e indaga mejor la vastedad de tu propia casa, de tu pensamiento. Para eso los gatos ayudan mucho; permíteles refugio. Recibe cuanto quieras la memoria de tus padres y amigos que ya no están; la visita de tus hermanos y bienvenidos, entre ellos el amor. Pero libérate pronto de sus presencias para añorar el sabor de la compañía y permitir el reencuentro a la distancia del tiempo. Presta atención a los cuidados y reparaciones que toda casa requiere. Amístate con tus palabras; el lenguaje siempre ha sido una especie de salvación. Sumérgete humano en su luz y en sus sombras, en sus lacónicas respuestas. Y solo para cuando estés preparado húndete en su sueño liberador de rencores. Podrás reconocer entonces que has erigido y habitado la estancia que todo nos ofrece: la Poesía.

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Infancia 1 Recuerdo cómo jugábamos a las palabras suicidas –que de algún modo habitan al niño– las estallábamos contra los muros de las noches, hacíamos un jardín con ellas, nos lanzábamos a su silencio absurdo y moríamos abrazados a su dolor. 2 Un día perdimos al tiempo en los linderos del bosque; ¿podrá algún canto atraerlo a mi gruta? Oh la oración infantil que perturbaba la sangre, cómo huyó de los labios, cómo nos liberó de los años… 3 Acudieron a la cita mis juguetes destrozados y el pequeño fantasma abandonado en ellos;

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¿dónde las manos que me los ofrecieron? ¿qué de su imperio inaugurando formas? Esta superficie brillante que violenta mi garganta fue alguna vez un sueño para mí; ¿por qué no me reconoce y aligera esta muerte? 4 Ya se sabía de la luna y su abusiva permanencia; ya habíamos entonado el último canto a los divinos; ¿para qué volver de la muerte si el aroma de las azucenas nos esparce por el campo? –olfatos hay que pasan y nos acunan en su memoria– 5 Los niños jugaban a la ronda en un jardín sin colores ni aromas –de sus caritas tengo el recuerdo de sus juegos silenciosos– Los niños insistían en el martirio; ya habían olvidado que eran pequeños muertos.

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6 Por agosto elevábamos cometas y echábamos al agua barquitos de papel; una tarde cómplice todos nos hundimos en silencio y ya no hubo más agostos; ¡qué seductor era el estanque! ¡qué solas y tristes quedaron nuestras madres! 7 En invierno éramos felices; el río se desbordaba y los muertos soñaban bajo el agua; las mamás nos protegían en los altillos y quemaban ramo santo; por días teníamos a papá con nosotros mientras el agua bajaba furiosa con señales de otros pueblos que no conocíamos; –esos inviernos ya no existen ahora que soñamos bajo flores silvestres– Aún mamá viene los domingos a rezar sobre la tumba, y mientras reza, sus manos viejas y piadosas arrancan la maleza que brotamos. Hernán Vargascarreño

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La poesía Para Mick Jagger

La poesía nos presta sus asombros, sus devaneos, las formas irrepetibles de una tarde, ese leve temblor de aquellos labios que hemos deseado en secreto, o cualquier otro deseo por fatuo que sea. Algunos creen poseerla; ignoran que la poesía es hermana de la demencia; no se deja poseer; es ella quien posee, quien acoge. Podemos ver a través de ella, pero no atravesarla. Su esencia no permite el otro lado, tampoco el de acá; no hay portones, pestillos, aldabas. No se entra o se sale de ella. Se está o no se está. Momentáneamente puede ser un espejo. Pero ya. No da lugar a vanidades; solo a reconocimientos no muy alentadores. También es una sombra que pasa, o una luz, da lo mismo. Se piensa entonces en un espíritu o algo así; y hacemos bien en pensarlo. Para acercarse a ella hay que profesar actitudes místicas, demenciales o pasionarias. Quienes lo hacen están muy cerca; han tenido sus roces con sus bellezas y sus crueldades. La invitan a su mesa y ella acepta

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el pan y el vino. Pero no el pan y el vino en sí, sino la idea del trigo hecho alimento y la idea del licor hecho amistad y locura. Y quien se resigne morirá lejos de su canto. Hemos de seguir intentando con la poesía, haciendo trueques con ella, intercambiando afectos, deshonras, nimiedades. Tal vez un día nos deje en casa un poco de su luz, o en la mano uno de sus talismanes, o en el pecho, una pócima de su dolor.

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Oficios contra la poesía Persuadir a cierto cuchillo para que ignore el pan y solo se ocupe de los enemigos. Abrir los ojos de los muertos que se resisten a ver las vísceras del infierno. Dirigir la flecha al corazón del único guerrero que podría liberar a su pueblo. Desparramar sobre cierta palabra tierna un olor pestilente y ocre para que sea abandonada por los hombres. Advertirle a un iluminado del mal su secreta vocación para crear el Caos. Pintar de verde pútrido el rostro de los ahorcados. Abrir las fauces del Terror solo por capricho de los dioses ignorados.

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Provocar en un varón –que desdeña la dicha por temor a su virilidad– el Deseo acendrado en los labios de un muchacho. Cimbrar el último estertor en el bello ciervo desangrado por los bellos tigres. Purificar el lecho al que nunca podrán llegar una pareja de amantes que se consumen sin poder acariciarse. Bruñir el odio mortal entre dos hermanos para que al otro lado del Universo renazca un dios perverso. Cavar mi propia fosa y morirme en los demás una y otra vez sin poder abrazar mi propia muerte. … Venenoso Cicatero Retorcido y Malnacido Amo de las miserias: ¿cuántos viles oficios más tendremos que soportar contra la Poesía?

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Para atrapar un insecto sin atraparlo Procura conocerlo bien, escrutarlo y fijar sus mínimos detalles. Entrarás en sus enormes ojos y contemplarás la vida desde ellos. (Aquí uno empieza a sentirse miserable) Intentar su chillido, su llamado a las criaturas que pueblan las tardes de los árboles; copular religiosamente y dormirse entre las ramas abrazando la noche. Una vez en tu memoria podrás atraparlo suave… serenamente. Mantente inmóvil, silencioso, y desecha todos tus odios. Escucha los susurros de la felicidad, la terrible armonía del universo; permítele desplegar su vuelo por tu averiada memoria; si es preciso, expande tus estrechas fronteras tanto como sea necesario. Al final, repentino, volverá a la desolada eternidad. Aquí empieza a doler la libertad. Pero ya no importa. Nunca podrás olvidar su vuelo.

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Los raros Aunque rara vez caen, van por ahí dando traspiés contra todo, remendando la soledad, coqueteándole a los árboles o prefigurando en las nubes terribles e ingenuas batallas de diablillos enamorados; los otros, solo se ocupan de ellos cuando de criticarlos se trata, pues no saben entrar en la inmensa posibilidad de sus actos y de sus palabras; cargan siempre un extraño dolor difícil de definir y sus abrazos ni son programados ni pretenden ser otra cosa; cuando los obligan a trabajar son objeto de burla por su encantamiento, mas ignoran su inteligencia atenta al mínimo susurro del viento; en mi casa suelen dejarse caer algunos: los vecinos cierran sus narices creyendo que huelen mal, abren sus ojotes ante sus vestimentas y agudizan sus oídos para tratar de entender lo que nunca entenderán (mis vecinos, que son horribles, se mueren de envidia, enferman y van al médico, pero el médico no les halla nada porque los otros siempre han sabido camuflar cualquier vergüenza); pero sigamos con los nuestros: si sientes tristeza, puedes contar con ellos, si quieres hablar de cosas insignificantes, también, pero nunca trates de enjaularlos en lo que llaman

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“una personalidad estructurada”, pues solo los otros soportan semejante suplicio; un maúllo, una palabra vieja, una luna despistada, un capullo de nada, un amorcito ajado, todas esas cosas y muchas más puedes hallar en sus bolsillos o en sus pupilas si tienes el privilegio de tratarlos; para el sexo son música-marea-brasas, dan tanto como quieren recibir y saben compartir el dolor hasta volverlo trizas; tienen el don de ubicuidad, y sin proponérselo descrestan y desenmascaran a los moralistas sin moral; cuando miran el agua son agua cuando se echan sobre la tierra son tierra cuando prenden un fuego son ellos los que arden y así sucesivamente con todas las cosas bellas y feas; y con el mismo silencio con que se embelesan observando cómo una arañita entreteje su universo, se duelen con los perros callejeros ante la crueldad diaria y se instalan frente al mar para soñar que siguen vivos; por eso es imposible vestirlos de etiqueta o llevarlos a un club social (sin que sean asociales) o hacerles una propuesta deshonesta (como el matrimonio)… pero invítelos a un vino o a elevar una cometa o a descifrar el llanto de los árboles envejecidos…

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Nunca verás sus nombres en tarjetitas de presentación ni tendrán jamás una chequera, ni los oirás hablar sobre la devaluación o sobre la “primura” de sus hijos, que cuando los tienen, los creen pájaros y los empujan a la libertad; y tendrás que esforzarte para entender cuando te hablen de… la melancolía de una fruta el olor de los arreboles la belleza cadavérica del amigo que acaba de morir. Los raros (todos) ellas y ellos, me han salvado enviándome unas alas cobrizas, una nuez como brújula, un trocito de noche, unos ojos para transparentarlo todo y una bebida hecha de ganas de amar tan grandes como de morir; esos abalorios, esa pócima de amor y muerte, aún me mantienen en pie ante la rapacidad de los otros. Los raros ¡ay los raros! sin ellos, no podríamos asistir al aleteo de la Belleza.

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A la vida vine a vivir A la vida vine a vivir. Que no me falte la sagrada carne ni el espíritu que la hace bella; que tu mirada sea siempre el espejo donde me pueda revelar; que jamás jamás me abandonen los dioses de la poesía y los avatares para llegar a ella; que la noche no me niegue nunca sus alas de vuelos alucinógenos y que el día no me aplaste con sus esplendente verdad. Que nunca me olvide agradecer lo recibido y el ingenuo narciso que deje asomar de ninguna forma sea malintencionado; que el deleite del vino me secunde siempre el fragor de la amistad; que por el umbral de mi casa entren menos fantasmas y más seres reales, pero con la condición de que posean la belleza que ilumina la poesía; que el universo aleje de mí –lo más remoto posible– a mezquinos y fanáticos, maulas y malnacidos, y que a cambio, no me falten tus deseados labios que llevarme a la boca, ni los árboles y sus cantos de pájaros, ni el misterio de los gatos

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o la hondura de la música y los atardeceres. A la vida vine a vivir. Pero no me lo hagan tan difícil, que tengo pocas fuerzas y estos tiempos son realmente precarios. Abran paso. No estorben, no malquisten. Déjenme alucinar con el horizonte de los sueños y no metan zancadilla solo por envidia, que soy yo quien debo gozar mis propias alegrías y mis íntimas tristezas. Miren que la vida regala poco y todo lo cobra generalmente por adelantado. Abran paso. No estorben. No jodan. A la vida vine a vivir.

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Confesión Que no tengo personalidad ni quiero tenerla Rafael Cadenas

Me confieso culpable de entender más a los animales que a las personas de solazarme días enteros ociosamente mirando pasar las nubes mientras el mundo trabaja y trabaja de haber tenido serios deseos de matar a unos cuantos de no ser rápido para tomar decisiones y pasar como un tontazo cuando no entiendo lo que hablan a mi alrededor, por ejemplo, la teoría literaria, el índice dow jones, la ley de educación, etc de no haber aprendido a pintar para evadirme con el furor o la tristeza de los colores de aburrirme soberanamente de desconfiar de los alumnos que pretendan ser más imbéciles que yo de no haberme fugado de casa cuando chico y haber vuelto unos cuantos años después convertido en prestidigitador o en trapecista de no abrazar ninguna religión más que la naturaleza y su poesía viva

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de llorar cuando al alma le venga en gana aunque últimamente eso ya no esté de moda de tener pocos amigos y muchos amores idos de soñarme a veces Don Quijote Minotauro Atila o la hetaira más hetaira de la gran decadencia griega de jamás ofrecer la otra mejilla/ sin antes sacar el arma que siempre llevo conmigo de haber declinado con el hachís /porque es tan difícil conseguirlo de no saberme bonachón ni estable ni dócil de creer en el delirio en la insania en el caos de no ser inteligente ni sagaz tanto como despistado amnésico y abúlico de haber sido feliz/ solo hasta la adolescencia de que los demás me confundan conmigo cuando en realidad me he pasado la vida sin encontrarme de haber abandonado mi familia y ser incapaz de convivir con alguien de hablar solo o con los perros o con la lluvia o con los muertos de detestar el trabajo con horarios tanto como los pésames y las condecoraciones del gusto por abandonarme en mi hamaca y repasar inútilmente en ella la película de mi vida de haber deseado muchas veces que un enorme enorme meteorito se estrelle contra la tierra

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y ¡zas! todo (y todos) quedemos convertidos en pavesas, en polvillo del universo de amar a Emily a Charles a Kavafi a Dalí de haber preferido ser un gusano en el buen sentido y apetito de la naturaleza de haber llegado a los cuarenta y seguir vivo usurpando el oxígeno que otro aprovecharía mejor de no saber engañar a los demás (que de mí me encargo yo) de aullarle a la luna y querer ser una sombra nada más… en fin, que soy culpable culpable de sentirme débil olvidado ajeno prestado presa de dichas y desdichas, aquí, entre todos ustedes, cuando aún (dicen) puedo dar la cara, pues una vez me haya ido ni del hedor mío podré sentirme culpable.

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Poema para mi amor que es un animal Aparte de vertebrado, mamífero, carnívoro, bípedo… el ser humano también es un animal cruel y bello, si no, que lo diga mi pecho, el pobre pecho oculto bajo la ropa, la piel y la armazón de huesos, atrincherado de pavor ante mi amor que sin piedad ni consideraciones me ha desnudado su cuerpo, pero no su alma, y me ha enseñado las cicatrices de sus sangrientos combates. Mi amor que es un animal y observa al igual con ojos de serpiente salamandra lobo o lechuza. Mi amor que es un animal y habla la voz de los pájaros. Mi amor que hace guaridas y las abandona, que muda de piel que respira en un gamo que planea en un buitre que duerme en un tigre que abriga y tiembla en una pajarita. Mi amor que instintivamente es un animal y nada sin treguas en las aguas de mi memoria.

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Mi amor que es un ave fénix cada mañana que despierto de la muerte, y es un vellocino bajo el sol y es un unicornio con la tarde y es un dragón bajo la luna. Mi amor que gruñe gorjea muge brama aúlla chilla piafa y desgarra mis entrañas para exhibir mis vísceras como trofeo. Mi amor que es un animal casi humano y fue bien parido el día en que nacieron libertades nubes vientos y olas. Mi amor que jamás ha conocido una jaula más que su propio cuerpo y nada sabe de cazadores y domadores y mucho sabe de árboles y ríos. Mi amor que husmea aceza atisba se agazapa se arrastra salta ataca destroza y devora. Mi amor que huye de sí día y noche después de habernos saciado en el hambre de la soledad y en el dulce misterio de los cuerpos que se unen. Ese amor, ese amor animal, ¿bajo qué forma o qué vuelo estará preparando su siguiente celada?

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Posibles víctimas que me escuchan, si alguien, alguno de ustedes, por azar, por buena o por mala suerte tropiezan con su animalidad ronroneando la tarde, atisbando el tibio sol que penetra el mar o abandonándose a las ramas de un envejecido árbol, descríbanle, por favor, mis rugidos, mi desolación, mi mirada que ya no ve más que sus propios ojos de fuego; llévenle el mensaje de mi carne y de mi espíritu que en celo anhelan de nuevo frotarse en su almizcle. Intenten con un silbido suave, un trino, un gorjeo, un canto extraño, cualquier tonada noble que no tenga palabras para que pueda entender.

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Viajeros 1 Hoy hemos emprendido el viaje en un vapor de principios de siglo; el puerto, que era nuestro único equipaje, sin más señales que su silueta, inmutable, nos ha abandonado. 2 Una luna de agua se ha instaurado sobre los pasajeros; alguien desde la proa canta en un idioma quejumbroso. –Cómo se aleja el vapor fantasma río abajo– Aquí nadie escapa al sesgado beso de la irrealidad. 3 Una mujer sin edad va con nosotros huyendo de la muerte. Ha olvidado ya sus oficios de hechicera, sus poderes para crear el caos o la belleza. Ignora que este vapor ya no existe, que todos somos aparentes actores simulando apenas trozos de vida.

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4 El viajero principal, a diferencia de los demás, ni huye ni refunfuña. Entregado a su destino se deja llevar, a veces callado, a veces canturreando salmodias espesas, rapsodias que prodigan misterios y lo hacen majestuoso. Con sus lamentos nos arrastra a todos. El deseo de ser sus aguas nos alucina. Entretanto, la mar en su sabiduría lo espera. Y con él transcurren ya sus presentimientos de esa muerte de esa dicha de ese azul. 5 Vana es la intención del viajero que agazapado me acompaña. Me acosa con el deseo de huir sin perder su identidad ni sus pasiones. Palpita y repta dentro de mi ser. Creyéndose prisionero ejerce bien su oficio de verdugo. ¿Dónde las rutas que nos separen? ¿Qué poder hemos de implorar para abandonarnos?

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6 Y con todos nosotros, el viajero de siempre, el tiempo, su sueño que nos consume para evitarnos el terror de lo Eterno; el que levanta y destruye pueblos y conoce de memoria los vacíos rostros de dios; el que engaña a los hombres obsequiando veleidades, pobres grandezas de la miseria humana. El tiempo, con sus caprichos y resabios ofreciéndonos la palabra y su memoria con la certeza de que nada pierde, de que todo vuelve a él, a su equipaje siniestro, a la idea que lo nombra. El viajero que no sabe morir y en venganza reinventa cíclicamente su juego: nos crea nos abandona nos aniquila. Agraciados que somos, finalmente. Pasajeros de última clase. Mendicantes. Pobretones que no tenemos cómo regresar del viaje a su vacío.

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Tu viaje a la soledad de tu noche Para merecer los caminos del mar el hombre ha de ser su propia nave guiado por el pensamiento y la perplejidad de su lenguaje. Cualquier punto servirá como partida llevándose como equipaje a sí mismo, su carga delirante de recuerdos, su pasión apuntando a la deriva y su doliente Itaca fulgurando en la memoria. Nada más acorde con los sueños que la aventura del infortunio; nada más certero que la propia incertidumbre y su íntimo dolor enfrentándose a su rostro; despertarse una mañana en tierras lejanas y encontrarse en una mirada que nunca volveremos a contemplar; descubrir que no es el atavío de la palabra poética lo que nos desconcierta sino su huella y su música profunda asestando nuestros sueños; avanzar herido hacia un puerto imaginado buscando alivio y protección; en fin, saborear la desazón de nuestro destino al cruzar el umbral de otras vidas desconocidas cuyas miserias nos están anhelando tanto como nuestras ilusiones. Solo hay que dejarse ir, desnudar ciertos temores, sentirse, como lo somos, dueños de nada, y creer con vehemencia que el universo todo lo provee,

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desde la dicha del amar y ser amado, hasta el faro de la muerte vislumbrándonos en su justo momento. Para alucinar los caminos del mar solo faltas tú como viajero. Aférrate a tu nave y no permitas que su quilla estalle antes de tiempo. Arrea su última vela, así esta sea tu propia alma. En una de las tantas rutas podremos cruzarnos; reconoce esta mano hermana, que más que un adiós dibujado a la distancia, alentará tu viaje a la soledad de tu noche.

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País de agujeros 1 He ahí la llave para abrir la jaula de las palabras. Acércate, que no vacile tu mano al liberarnos. 2 Aquí nadie puede lanzar la primera piedra, no porque no haya culpables en este país de agujeros. Ya todos estamos muertos bajo las piedras. 3 Y si alguna tarde nos volviese a traer el trino de un pájaro o el celo de un animal, no hagamos caso de ella ni de sus señuelos; es una vieja costumbre con la que suele engañar a los muertos.

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4 Esperas a la víctima en el cadalso de tus ojos; el brillo filoso del hacha tiembla en tus manos y en el miedo. –Me ves llegar –Ejecutan la sentencia ¿Por qué no escucho el alborozo de los espectadores? 5 Que los árboles persistan en su antigua agonía, que de mi boca verde se siga deslizando este país de hormigas que se pudre en silencio. 6 Clausuremos las ventanas ahora que hemos decidido ignorar la puerta. Afuera el mundo no es tan grande ni tan feliz como parece. Alguien que no es la muerte nos engaña desde siempre.

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Del

libro

Piedra a piedra

(2010)


Visiones marinas Al puerto de Santa Marta El mar no está en la orilla, está en el hombre  Héctor Rojas Herazo 

1 LA MAÑANA derrocha su esplendor

de bandadas de mariposas amarillas. Todo aquel que las observe en la memoria salva la suave angustia del crepitar de sus alas gravando su vuelo en el aire del instante. Pasarán toda una semana bordeando el mar y anunciando el sueño de su vuelo.  Luego solo pasarán tras el recuerdo… o tras la huella de un poema cuando la belleza reclame el amarillo para su propio sueño.    2  TODA LA LUZ del mundo sobre la bahía dividiendo con su espectro este reino que se balancea en la canícula: el tan deseado color del mar y la catástrofe de la ciudad que bulle.  Y nosotros, míseras señales del paisaje, extraviados en el limbo de su luz Hernán Vargascarreño

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mordiendo el aire seco a sabiendas de su riesgo. 3  MIRA CÓMO el silencioso vuelo

de los pelícanos nos balancea. Cómo esa línea que no existe en el horizonte del mar nos reclama y nos limita.   Aves presas de ninguna fuga somos cuando no alcanzamos tanto azul, cuando no sabemos cómo desplegar las alas que lastradas llevamos a nuestras espaldas.   Para qué estos alados deseos que no saben hollar distancias.  4  CONTEMPLEMOS

la serenidad de los árboles frente a la bahía, sus alas secretas y sus cantos grávidos de enigmas que no podemos descifrar. En las tardes, suelen empinarse para ver el mar. Pero nada revelan de sus avistamientos.  Herméticos, como son, enredan al rumor de sus follajes lo que no debemos entender. 

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Mudos nacemos –murmuran calladamente– con su grito enterrado que no reclama ecos. 5  LLUEVE en el trópico.

El mar sacude sus tormentas secretas y en maderos arroja sus vestigios de furia a lo largo de las playas, su abecedario de confusiones divinas intraducible a nuestros ojos. Serenamente, durante varias jornadas, vemos a los pescadores recogiendo una a una las preciosidades de ese lenguaje yerto.  Y ante el asombro de cualquier mañana sobre las playas vuelve a reinar la murmurante brillantez del eterno poema:  ese pausado diálogo de oleajes iniciado en la larga noche de todos los tiempos.    6  AQUÍ ESTÁN todas las rutas. Nadie lo sabe.  Van y vienen sobre los rizos del mar ondulando los tremores del mundo y haciendo de los vientos los ecos del deseo.    Hernán Vargascarreño

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Para alguien están demarcadas. Algún ojo avizor las hará suyas. Almas encerradas que precisen el destierro han de encontrar aquí  su bajel.  Solo tienes que seguir la ruta demarcada dentro de tu pecho. La indeleble ruta que no sabe a dónde ir.    7  NAVEGUEMOS ahora que el día  estalla toda su soberbia sobre el mar.  Subamos a la nave algunos recuerdos para tener de dónde asirnos cuando las tinieblas sean toda la luz que nos anime.  Una playa puede servir como quimera. O la ventana por la que miramos el mundo por vez primera, o el roce de unas mejillas que adoramos y sabemos de memoria.  Huyamos ahora que nada cabe en este día.  8  ES LA HORA en que la tarde

suelta sus pájaros oscuros y los esplende al filo del recuerdo.

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Marialucías, les dicen, pero ese nombre no va con ellos. Dilatados por la luz ya suave, regresan a sus nidos recordándonos el día ya gastado y abandonando al tedio a la retina la sombra de sus veloces lirios negros.  Sus tórridos y grávidos graznidos tasajean la tarde quemando los silencios que solo el mar se atreve a traducir.  Y nada podemos hacer una vez los escuchamos. Sus gritos nos socavan y nos convierten en sórdidos reclamos a la vida.  9  PARTEN YA los barcos.  

Se van con la certeza de que nunca volverán porque este día yace muerto.   Los que nos quedamos, los que nunca nos atrevemos a partir, nos vamos tras su estela presintiendo en su larga noche los débiles relámpagos del olvido.   Es la hora más fatal de la desdicha al creernos pasajeros de quimeras sin siquiera vislumbrar la huida.  Hernán Vargascarreño

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10 OLVIDEMOS la bahía dormitando

bajo la noche del universo sin ciudad, sin parroquianos, sin nosotros. Tallemos a la distancia las dichas repetidas de su mar verde-azulado.  Abandonémosla bajo su propio espectro soñándose en un punto del orbe y sacudiendo ante sus aguas los pájaros, ramajes y delirios bajo el designio de los dioses inclementes.  Alguna crueldad ha de ocultar tanta dicha si llevamos la bahía en nuestro viaje.  Y aunque lejos –como un espejo del olvido– se vislumbre ahora el mar de mis pupilas, su angustia sigue rugiendo profunda en el abismo de mis noches. 

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Partidas Mas volver debe el alma…  Volver a la morada suya antigua Luis Cernuda 

I  Vuelvo al inicio de mi viaje. Regreso al final de todo hombre sabiéndome soñado.  Me despojo de esta máscara que tanto talla y me ajusto al rostro apacible de la Nada.  II  Me voy despidiendo de todos ahora que nadie me ve;   poco a poco he aligerado las valijas: libros, trastes, ropas y asuntos que ya no puedo soportar porque mis fuerzas son livianas, y no conozco dónde sueñe el puerto que urde un tramo de mi tiempo desde siglos antes de nacer.  III  Mil veces hice las valijas, previne rutas y estaciones, Hernán Vargascarreño

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me atafagué de ropas para inviernos, de barbitúricos para noches desoladas;   agarré de allí  a un amor y de más allá  me despedí de los paisajes que siempre presintieron mis huidas;  pero nunca partí  porque huí antes de la hora y me quedé mirando cómo se alejaba el barco que nunca se alejó,  el barco que se llevó  lo que retuve a fuerza de luchar y pactar con los recuerdos.  IV  Mañana asomará  la hora precisada.  He dicho adiós a los vecinos que solían saludarme cuando estaban vivos;  abrí la puerta de la jaula a los pájaros que nunca apresé: soltaron vuelo;  me deshice de mis duelos, de mis huesos, de un tanto de mí  para poder ser espantajo, y saludé como siempre a las nubes y montañas engañándolas para que no sepan que me voy.    V  Qué hacer con este día que ahora pesa. Cómo borrar el regusto de este atardecer y no ver los pájaros que ya vuelven a sus nidos ni escuchar sus gritos de días ya gastados.  Para mañana me alisto sin afanes,

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El viaje –Antología personal–


me pongo todo lo que no tengo, desecho todo lo que me falta. Pero mañana fue un día, hace años… Ya no recuerdo cuándo.  VI  Concebí el libro que no soñé  mientras el alma se evadía  en el lenguaje de los cuerpos;   deshice los versos que no escribí  –y que ahora leo– cuando soñaba sabiéndome despierto;   buscando su silencio leí el mundo hacia atrás borrando tonadas que aprendí, pasos que olvidé,  palabras que no soy y no puedo cantar.   Todo es vano. El pasado es más presente que el ahora.  VII  Perdí mi ruta sin moverme de mi puerto, aposté al lujo de amar y gané tres veces en mi vida, mis tres amores van conmigo y no sé cómo ocultarlos, todos llevan su mirada delatora: otra vida más dichosa.  Estas manos conocen tu última morada, cuerpo casi mío que a veces confundí  con el ulular de la noche;   Hernán Vargascarreño

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navegué en tu sangre a brazo fuerte y tuve miedos, arrié velas, erigí  casa y dormí bajo sus árboles; de sus ramajes imité  algunas trinadas para alejar la larga sombra del ahorcado matutino;   sentí crecer los hijos que de tanto no ser ya son ancianos y hasta el final acaricié  fielmente el lomo de mis perros;  pero nada era mío, salvo el irme permanente; perdí mi ruta sin moverme de mi cuerpo.  VIII  Para ayer me preparé  … porque mañana. Para huir de mí  me puse un nombre … porque yo. Para este día me alisté  … porque me fui.  IX  El itinerario no lo sé, pero hay estaciones presentidas: en Amherst, una mujer de lino blanco me espera en su jardín; bajo sauces de voces shakesperianas beberemos en vajilla silenciosa aterradas pócimas de Eternidad. En Lisboa el anfitrión será  el caballero, su sombrero y sus compinches, heterónimos de saudades 50

El viaje –Antología personal–


coreadas a una voz que me aguardan en el puerto desde este navío del más allá. Alejandría me avistará en plena tarde de piel acanelada; velaré  con el tahúr griego, y alegres por la noche mediterránea gozaremos en aquella mancebía babélica de juveniles dioses vivos. La cita de mi adolescencia es con el golfo más golfo de París; a escondidas de Verlaine ofreceremos placer a los mejores postores; ¡Nada de poesía esa noche, solo hachís, sodomías y blasfemias! Hacia Persia me uniré  a una caravana de contrabandistas para libar vino en Nishapur y cantar con el viejo y sus  mujeres el firmamento de sus mejores rubaiyyat. En el Oriente puro rozaré la luna llena en aguas del río Amarillo. Para entonces, habré  ganado las alas de atravesar el tiempo y podré  servir de lazarillo al ciego eterno; con cuánto dolor escucharé  de sus labios algunos cantos a la muerte de Patroclo, con cuánto pudor escucharé su diálogo con otro ciego de su estirpe, el suramericano que ahora esplende en un laberinto de Ginebra, con cuánta dicha  entenderé que a través de los milenios toda la humanidad solo ha cantado un único poema. 

Hernán Vargascarreño

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X Vuelvo al inicio de mi viaje. Regreso al final de todo hombre sabiéndome soñado.  Me despojo de esta máscara que tanto talla y me ajusto al rostro apacible de la Nada.  Pero mañana fue un día, hace años… Ya no recuerdo cuándo. 

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El viaje –Antología personal–


Del

libro

Tempus

(2014)


En torno a Horacio –Adriano, ahora que los tañedores descansan y liras, cítaras y caramillos parecieran soñar la música, prosigue hablándome sobre el Tiempo. –Caro Antínoo, ven, recuéstate a mi lado: El Tiempo es solo una ilusión perenne. Por ejemplo, ahora mientras escuchas, mientras hablo, muere un enigma, crece una caricia, nace una monstruosidad. Ser feliz, en este instante, es más sustancial que medir las horas. Nosotros somos el tiempo, Antínoo, esta leve brisa de abril que apenas nos acaricia.   A propósito, nuestro poeta Horacio nos legó algo valioso sobre el tema:   “Para destruir la ansiedad de la espera –el tiempo ya escapa por entre estas palabras– gocemos. Róbate el minuto. No deposites la más mínima fe en el instante que viene.”   Sí. Gocemos. Robémonos el instante.

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Como nosotros, el tiempo también es un viajero, solo que él lo hace a perpetuidad y su Sueño nos inmola para ofrendarnos el alivio del olvido. El tiempo, el mismo que ha depositado en mis manos este Imperio para que yo batalle contra el mundo, o la serena floración de tus labios para que me doblegue ante los misterios del amor. ¿Quién puede enfrentarse al tiempo, Antínoo, quién asirle siquiera una guedeja de sus oscuros cabellos? Es él quien enceguece con obsequios veleidosos, permite gozar de efímeros palacios, vapulea a su antojo y luego nos arroja a sus vastas oquedades.   Si nos balanceamos en su juego, acariciamos sus días y lunamos sus noches, si nos dejamos arrullar por sus ocasos y tratamos de no entender, solo así, Antínoo, sucumbiremos esplendentes al espectro de su vana apariencia.   No temas más, lirio de los dioses, fragancia de la tarde, hace mucho que el tiempo y sus secuaces

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El viaje –Antología personal–


han fraguado nuestro olvido, y mientras ese instante demore su llegada, el devenir esculpe, abundante y lento, la dicha entre nosotros. Gocemos. Robémonos el instante.

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Soledades Me purifico en tu cuerpo. Asisto en su leve temblor a ungidas formas de la belleza: misterios, honduras que arden en el deseo y sucumben en la humedad de los labios. Leves somos, abatibles pájaros al azote de la ventisca. Al oficiar la vida tallamos la muerte y a su silencio nos entregamos.   ¿Qué ritual podría cantar este temor de entregarnos libres, ansiados, dolorosos ? Callamos… bajo la noche que nos ilumina ya nada se resiste a las sombras: puro asombro, abismo y soledad en el abrazo de dos soledades.  

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El viaje –Antología personal–


El instante Antínoo, apresta tu oído para las Ideas del poema, para su Música leve. El instante suele ser eso: destello, brevísima ofrenda. Has de percibirlo, aprehenderlo y traducirlo entre las líneas del poema. Con exquisita calma vendrá luego el laborioso oficio de quien pule en su intimidad una piedra preciosa. No olvides ni postergues los sagrados ritos de tus oraciones. Celosos como son, los dioses acogerán con primor tus ofrendas más puras. Y de nuevo le otorgarán a tu Palabra –mañana, en otros instantes similares– las Riendas, la Belleza al viento y la Fuerza que la Poesía tanto nos solicita.

Hernán Vargascarreño

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Guerreros Quiso la dicha que me blandiera en el arco fuerte de tus brazos bajo la tibieza que deshace agonías y redime fuegos entre las sombras; ¡Ah libador de densas cejas negras¡ tú posees el secreto de dar dolor sin dolor, y sabes bien cómo ahuyentar los recuerdos cuando estorban; ¿qué dios zozobró en tus sueños? ¿qué fauno se ovilla dentro de ti? Advierte la tarde y verás los árboles iniciando su destierro sin retorno; las bestezuelas, inocentes, moribundas, abrevando en el olvido; y aquellos hombres y aquellas mujeres que miran sin mirar pero aniquilan con sus pupilas; una tenue palabra de tu aliento detendría esta alucinación que pretende devorarnos. Vamos, espiga tus brazos, tu leve sonrisa, empuña esa luz que guardas bajo tu camisa y con tu andar animal despliega el almizcle que amansa las esfinges.   Son las seis de la tarde pero eso es solo una ilusión del tiempo; un polvillo de oro está cerniendo sobre

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El viaje –Antología personal–


este puerto; el mar recaba tus pies y acepta tus lunares como sencillas ofrendas; los vastos elementos de tu carne y de tu palabra me redimen y auscultan el espasmo y el ardor con que la tarde se alimenta. –Cuando estoy entre tu cuerpo quisiera que mi pulso fuese solo una ilusión; pero tú estás ahí, tatuándome con tu calor, doblegándome con tus formas y con esas extrañas lágrimas que mana tu piel. ¿Quién osaría ahora callar el aliento de las caricias?–   Abandona ya la guerra. Apresta tus armas invisibles. Desata los nudos del Dolor. El mundo espera acezante y a lo lejos alguien aún entona la rapsodia de la Vida.   La noche enerva sus criaturas y tú sigues batallando, batallando solo contra el horror, oteando mi lecho mientras me destrozo y me desangro entre los sueños. Es el justo y liviano momento para que el olvido entre y rumie su lento oficio.  

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Que al clarear no me falte tu mirada que no me falten tus garras ni el ardor de tus dos únicas armas: el abrazo amigo y el corazón desnudo. ¿Qué recogeré de mis despojos cuando emerja de los sueños? En ellos he vislumbrado la única palabra que podría salvarme, pero la he destruido por horror a la salvación. Sigo creyendo en tu delirio y en el cuerpo mío que tus manos llenan.   ¡Ah libador de febriles encantos¡ guárdate bien de los malos dioses, de sus máscaras, de sus bestias doradas, que todos ellos siempre los han preferido inocentes como el lirio, elementales como tú.

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El viaje –Antología personal–


Homérica Evocar tus antepasados griegos, Antínoo, sin solazarnos en el hontanar de la poesía, sería como ignorar los designios de los dioses. Por eso hoy te he hablado profusamente de Homero, dios y mortal en la Palabra, pueblo hecho canto en un espíritu para exaltar la gloria y el dolor de sus héroes. Así pues, para terminar esta velada de plenilunio, mientras tú pulsas la lira con tus amigos y el vino sosiega la plenitud de los cuerpos, te cantaré un diálogo que compuse en mis días de juventud, en el que Patroclo y su amigo Aquiles, tremolantes sobre la playa, se celebran mutuamente bajo la noche troyana, ungen en vino sus viriles cuerpos acanelados y presagian sus mutuas fatalidades días antes del encuentro con la Parca: –Aquiles, pronto heredarás mi sombra, soberbio astro de mi noche; en tus manos vivirá mi huella que servirá de refugio a los desposeídos; cuando cantes tu desdicha entenderás este aroma que brota de mis palabras. Hernán Vargascarreño

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Un imperio se levanta de una piedra, los dioses exhiben sus látigos pecaminosos, muchos guerreros mueren con mi nombre entre sus labios bajo las estrellas que observan desde su vértigo. Basta una mirada para el hilo de la vida y un gesto para la huella de la muerte. Cae una lluvia de brillantísimos venablos dentro de mi corazón; a los pies la sangre dibuja el cielo, y tú eres el cielo y la pradera, extraviado y diminuto en tu propia guerra. Guarda tu lágrima para el sacrificio, ordena tus cabellos, unge tus miembros y deléitate en el vino que prolonga la agonía, ya se acerca Casandra con sus manos llenas. Cuando la tarde oculte su herida ella te entregará mi muerte con el perfume de los heliotropos. –Patroclo, no temo a nadie más que a mí mismo, mi brazo ha conocido la furia de los hombres; tú te dejas amar con mis ojos de fuego mientras te refugias en la patria de mi pecho. Conozco la sed de los condenados, la balanza que permite la vida en su horrible oscilación.  

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El viaje –Antología personal–


Pronto la playa quedará sola delirando con el aliento de la guerra, y seré entonces el adivino que mira al cielo y no prefigura nada. Y para qué las libaciones. Nada doblegará la brisa cuando la muerte acaricie tu lomo; tú también eres mi sangre, pequeño dios destronado, recibo las palabras que vas creando para mí. Impasible el olvido decapita las últimas estatuas, los dioses vuelven a esgrimir sus mortíferas sonrisas. Nada cambiará tu destino, Patroclo, la Parca te acariciará con el temible bronce de Héctor y muchas generaciones conocerán mi dolor; que bajen ya las tempestades a instaurar su inagotable reino. Moriremos bajo los designios de la luna; el fuego de nuestra pira orientará a los marinos extraviados, y yo, infortunado, también escucharé a Casandra cuando su vaticinio cierre para siempre mis ojos blanquísimos de fuego.  

Hernán Vargascarreño

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Dos cuerpos Dos cuerpos que se anudan, que esplenden extraviados de un pasado todo silencio, todo música perpetua, ha tiempo en sus raíces ya buscaban la pura savia que la tierra estila para jaspear de sangre y de blancura los pétalos que se abren asombrados. Dos cuerpos que se vencen esculpidos por los dioses como purísima ofrenda de hibiscos, atónitos se asilan en su noche universal entre lentas y tímidas caricias. Dos cuerpos que todo dan y nada piden porque pedir no existe en las alturas, gravitan ahora con la sola angustia, con el tremor del rayo presentido, con el frágil deseo a cuestas y el único secreto del llamado de saberse amados tras la entrega.

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El viaje –Antología personal–


Guerrero El guerrero ha perdido el camino a casa; Los dioses del amor, silenciosos, apenas una brisa, condolidos lo contemplan.   Mas a su alrededor solo precisa vislumbrar un asombrado desierto; lo más importante lo ignora:   Ni el camino ni la patria existen ya. Ni siquiera él.

Hernán Vargascarreño

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Poesía Gracias Poesía, por desbrozar de malas sombras mis tantos caminos transitados y permitirme la voz de los vientos para nombrar y exaltar tus dones; por haberme fraguado en barro un corazón de hombre: bitácora de dichas y tristezas terrenales. Todo cuanto recibo del universo en ti lo confío, Poesía, por saberte mi religión y mi coraza. Si poco te he podido ofrendar, te regocijo en el fulgor de la lluvia y te celebro entre tus árboles, en los gritos de tus pájaros, en toda luz y en los sueños que tus días y tus noches me prodigan. Confieso que siempre te presentí en mis solas soledades y amé tu piel en el dulce misterio de los cuerpos que abracé y que me abrasaron. 68

El viaje –Antología personal–


A tu manto me acojo y tu nombre invoco, Poesía: que tu música serene mis saudades, alivie el colosal fardo del tiempo y acalle tanto falso canto de sirenas. Protégeme de mi propio olvido y no sueltes nunca mi mano. Loada sea tu esencia.

Hernán Vargascarreño

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Amantes Esa melodía que talla el tiempo con su sabia lentitud de olas nocturnas… Ese poema que se esculpió entre dos cuerpos y que siempre estuvo latente bordeando labios o preservando una mirada… Esta clara sensación de agonía ante el eco de una voz consumiéndose, y la fatal circunstancia que los separa y que los une tornándolos en dioses extraviados, tal vez sea la verdadera, la infalible, la secreta salvación de los amantes ante las invisibles ruinas del tiempo.

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El viaje –Antología personal–


Estancia La casa inunda con sus enormes estancias. En los patios, la lluvia abandona sus huellas somnolientas. Sin temores los gatos entran y cazan pájaros que montes y vientos prodigan. Escucho mis pisadas de animal cuando la luna invade corredores. Advierto tus roces entre el jardín cortando tus hierbas favoritas. Así el olvido, que sin afanes extiende sus raíces. Un encuentro presentimos. Los dos lo sabemos. Cualquier instante podría tropezarnos. Pero, qué ha sucedido con el tiempo dónde estamos dónde estás quién de los dos partió primero.

Hernán Vargascarreño

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Oración a un dios desconocido Donde quiera que seas o no seas en este universo que ilimita y sueña el pensamiento. Allí donde brote una flor translúcida íntegramente ignota a nuestros sentidos. Tras el confín de los fines, si hay un fin. En una piedra incandescente amasada de sustancias que no calcinen nuestras manos. Dentro de un ser de absoluta belleza indefinible capaz de ennoblecerlo todo con su única presencia. En un dolor que no respira en nuestra vida. Sobre un viento extraño que agite y se revele a otros árboles presentidos, tan frescos tan vívidos como aquellos que desde la infancia reverdecen. En el grito de un pájaro que traspasa noche detrás de un mundo que no vemos… pero que existe tan real como esta mano que acaricia el vacío.

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El viaje –Antología personal–


Allí donde el sueño de los sueños tenga su morada y nadie sepa quién es… pero sea soplo de la Dicha, habrá un dios desconocido esperando nuestros votos. Me acojo a tu sabia Inexistencia, oh Dios de los Vacíos, a tu posible Sustancia e Insustancia de la Nada en medio del relámpago que atraviesa al Corazón.

Hernán Vargascarreño

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Para escribir un poema Observar la levedad de un pájaro sobre una rama en flor; desgajarla –sin siquiera atreverse a desgajarla– y con esa ilusión convocar ciertas palabras con su invisibilidad hacia el azur. Un vino sobre la mesa, servido para nadie, convoca los espíritus. La fragua de la rama en flor, su memoria de cantos de pájaros, la imagen del vino ofrendado sumados al más secreto talismán de tus posesiones, hará que las palabras se asomen a curiosear. Lo demás es cuestión de orden, belleza y salutación de dioses. Como lo que no existe, el poema se posará en el vado del silencio solo un brevísimo instante: Criatura de alas transparentes. Preciosidad que huye de las jaulas.

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El viaje –Antología personal–


Ilusión de frágil destello que tiembla en el aire justo al momento de su invisible vuelo. Adriano, te queda ahora media vida para llevarlo a las palabras.

Hernán Vargascarreño

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Tempus El Tiempo ha logrado doblegar este cuerpo enfermo y envejecido. Batalló siempre mi alma entre los más exquisitos placeres; gloriosas esencias me prodigó el amor, encuentros con la más absoluta Belleza. Y muy a menudo se debatió mi espíritu con el suicidio, ese vino con que siempre me sedujo la Poesía. Por alcanzar la belleza pude resistirlo todo –con mínimas fuerzas y copiosas lágrimas– todo pude resistirlo, menos el horror que siempre tuve de mí mismo. Ahora que la muerte me ofrece sus cómodas vestiduras, me incomoda más este otro que me habita: el mismo que duda al entregar su espíritu por horror ante la más absoluta soledad.

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El viaje –Antología personal–


Último fuego El último fuego de la noche se está extinguiendo: es la muerte que llega. Acógela, poeta, así como hiciste tuyas las miradas y la voz que por momentos te hicieron feliz, o los cuerpos en que te deleitaste en la Belleza. Llévate el implacable recuerdo, el sabor del beso que diste sagradamente, el dolor de los que no pudiste recibir y solo en sueños se te revelaron.   Levanta el alma y entra glorioso al reino donde acaba la tristeza, allí donde el rostro amado será tu eterna memoria. Goza íntegro ese precioso instante justo antes de entregar tu espíritu a los dioses. Nada te despertará. Nunca más.  

Hernán Vargascarreño

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Poemas

inĂŠditos


Alabanza al yo Reconociendo, por justas razones, que no está bien escribir con tanto yo, yo te celebro, Yo mío, con mis acostumbrados ritos privados que nos evitan molestar a los demás. Sin embargo, dígnate no trastornarte por lo que te voy a decir cara a cara: Eres irredento, patético en tu melancolía y horriblemente previsible en tus miserias. Por estar adosado a tu propio pellejo has dejado de ver y saborear medio mundo. Y cómo te has ensañado en aquel al que ocupas, cómo lo has hecho cabalgar sobre los años profusos en dichas pírricas y en abundantes derrotas, cómo te has solazado en tu propio vino y cómo me has abandonado cuando he querido retorcerte el cuello por haber sido cobarde ante los riesgos. Date por cumplido y por rey de tu propia sombra si gobernar te place sobre lo que no sabes siquiera amar. Estamos a la par y nada nos debemos. Somos al mismo tiempo ciegos y lazarillos el uno del otro.

Hernán Vargascarreño

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Sabes que he sido la mano y tú la piedra cuando hemos deseado que las ondas sobre el agua nos dibujen lentamente tanto olvido. Cuando te hayas hundido en el fondo del estanque sé que te volverás a acomodar tranquila y socarronamente en el barro que siempre he sido.

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El viaje –Antología personal–


Inútil oficio En la distancia frágil de la página el animal es rastro, sólo fuga: cuaja entonces inútil el poema. Armando Rojas Guardia

Sé que llaman inútil este oficio que ejerzo con la palabra. No me preocupa tanto como la ausencia del colibrí que todas las mañanas viene al árbol de ciruelas que se asoma a mi ventana. En qué solitarias faenas se ocupará hoy. Poco me llaman la atención los reveses de este mundo –tan lejanos a la libertad de la poesíasi eso no impide el paso de las nubes haraganas sobre este pedazo de tierra que llaman patria. En cambio, la voz de la Poesía nos llama desde todos los tiempos, y debo estar atento así las condiciones de mi gente sigan siendo las menos libertarias.

Hernán Vargascarreño

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¿Lo ven? Divagando en ociosidades casi olvido al colibrí, que sigue sin venir al árbol que me habla desde hace algunos años. Inútil oficio este, incapaz de hacerlo aparecer, casi inmóvil, rompiendo el aire con su belleza y su descarada iridiscencia, y de paso, haga hablar al ciruelo de otros temas que no me apenen tanto, como el trabajo de ser un árbol entre los pájaros o su fundamental oficio de parir sensuales frutos.

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Kavafis Puliendo un poema en un bar le han dado las seis de la tarde sin dar con una palabra que precisa. Mira hacia la calle y ve fulgir el tiempo en un muchacho que pasa despreocupado. Y no sabe a qué prestar más atención, pero sabe que los dos son vitales a su angustia. Guarda sus papeles y sale tras el joven –inocente él de las miradas que lo abrasan– Solo el fuego gris de una mirada indefinible le basta y regresa al bar. Ahora poema y muchacho han unido su belleza en el papel. La palabra precisa, anhelada y buscada, deambulará en la mirada del mancebo por alguna callejuela del puerto, pero alguien habitado por la Palabra la ha signado con pasión en las líneas de un poema. Enciende un cigarro, apura un trago fuerte y se prepara con más ánimos

Hernán Vargascarreño

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para el cuerpo del placer de la noche alejandrina. Casi un siglo después joven y poeta son mísero pasado que corroen el alma de este lector, pero el poema, sigue tremolando su viva pasión entre mis manos.

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Los hermanos Vendrá el hermano con un ángel y un niño: mirarán simplemente mis ojos y arderán en silencio. Héctor Rojas Herazo

Llegan cierto día a visitarte, a espantar y conjurar tus males invisibles y a obsequiarte algo de sus puras alegrías. Vienen llenos de hijos todos extraños para ti. Vienen de lejanas jornadas y de otros países, cada uno con su propio fardo de durezas y sus penas apenas presentidas. Alrededor de la mesa los reúne y los hermana los gestos del padre hace tiempo ido. Te tornan entonces más humano sus palabras y el vino y el sueño te cobijan con toda su bondad para evitar las crueles despedidas. Llegan cierto día tus hermanos.

Hernán Vargascarreño

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Ciertas tardes. Ciertas noches. Solo en sombras. … Cuando al alba paladeas el fuerte del café al mutismo ya se han marchado los hermanos. Extraviadas en la estancia, por todos los rincones, se adivinan sus sombras de levísimos silencios.

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El viaje –Antología personal–


Madre y poesía Contémplala, Poesía. Mírala entre su jardín evocando a sus hijos lejanos y pidiéndole a los Dioses su protección. Suavízale cierto rubor que deja asomar cuando solo se concentra en el más débil: ese iluso que erige Palabras al viento, cosecha Soledades y alimenta Quimeras. No permitas que abatida por sus tantos años la Sombra que siempre merodea la cobije en el entresueño de sus plegarias inconclusas; vela porque hasta sus mínimas e íntimas faenas se solacen en la dicha de los deberes cumplidos. Mira que toda su vida, reciamente batallada, nada más se le ha ido en ofrendar y en amar. Sé bondadosa con ella y perdónale sus aires. Preserva en toda su ancianidad el Poder con el que espanta pesares y adversidades y concédale bendecir uno a uno sus hijos antes de que clausure suavemente las inmensas puertas de su Casa. Ah… no la descuides ni un momento, Poesía. Mantén atenta tu preciosa mano para que el último de sus pasos sea el serenísimo de sus días.

Hernán Vargascarreño

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A cambio, te seguiré ofrendando mi vida haciendo menos amargas y más visibles tus palabras. Protégela bien, Poesía, que es mi Madre, y de ella provienen tus Vendimias.

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Palabras Me refugio bajo la sombra de la palabra árbol. La palabra pájaro despliega sus alas para que la tarde huya tras su vuelo. Entro a la palabra casa, recorro sus estancias y me aposento en el más íntimo de sus dominios. Dices gato y mi mano acaricia el felpudo lomo de sus letras. Susurramos agua y al instante vadeamos los felices riachuelos de la infancia. Evocamos poesía

Hernán Vargascarreño

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y el estremecimiento erige sus batallas. Adiós, me dices, y ya somos sombra del pasado.

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Pasa el tigre Para Eduardo Lizalde y sus tigres

Por este verso camina un tigre… –en la memoria de quien lo ha visto levita sin tiempo y sin pavor– Sus rayas ondulan contra toda prisa aterrando con su biológica arquitectura y humillando todo arte humano desde Altamira hasta este siglo desalmado. Por este verso se extingue un tigre… Su invisible estela ya fulgura indecisos negros y amarillos. Por este verso pasó un tigre… –las ramas, conmovidas, apenas si respiran tanta ausencia– Y aunque el tigre ya no volverá podrás regresar al primer verso para verlo pasar de nuevo ahora con su otro aire: más liviano más lejano más hermano a la Belleza. Hernán Vargascarreño

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Poesía He pasado casi toda la tarde contemplando el horizonte, entredormido, sin hacer nada, con un libro a medio leer entre mis manos, las palabras saltando solas y yo preguntándome naderías respondiéndome ociosidades. Tal vez buscando el poema, no sé. Ahora que abandono el jardín para aposentarme algo sentí que pasó sobre mí, una especie de sombra que me ha hecho detener sorpresivo y expectante. Pero nada he podido avistar más que el leve movimiento de las ramas. Tal vez toda la tarde estuvo conmigo tallando su oficio, calladamente, ignorándome mientras oreaba sus secretos, y ahora también ha partido hacia sus aposentos de carne y sueños. La esquiva terrible. La hermosa prudente. La letal.

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Heredades No te has que quedado solo; estos huesos que son tu cuerpo, que van y vienen de memoria tamizando una sombra incierta, son los huesos de tu madre, de tu padre. Ese guerrero hermoso que disipa tus tinieblas y que aún se debate y esplende dentro de tu sangre mientras feralmente batallas contra tu hora más cobarde, es el hijo que siempre te negaste a tener. Esta tarde en que lees sus nubes juveniles, las débiles sombras de sus árboles y su sol que entra y te lacra suavemente, es la misma tarde de toda la infancia fulgurando sus preciosas revelaciones intactas. Alrededor de esta mesa en la que cenas acompañado de un poema de Montejo –al que lees y relees en la mesa del poema– aparecen en silencio tus cuatro hermanos, ceñudos y viriles, en plena juventud, protegiéndote de toda orfandad.

Hernán Vargascarreño

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Y más adentro, como si nada, latiendo desprevenido entre su nicho: el Corazón horadando cauce. Y mucho más adentro retozando su libertad en sus prisiones: la empecinada Alma que no abandona su poema. … No te has quedado solo, Heredad. Algunos van contigo y a otros los seduces. Pero a todos nos espera el mismo olvido, el mismo abismo.

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Retrato 1 Sesenta kilos –contando esta alma que no pesa nada– Casi cincuenta años bien vividos, bien gastados –así el recuerdo me devuelva gustoso al libertinaje de la adolescencia o al juego de la infancia alucinada–. Fumador, libador, edónico, desconfiado, cetrino, cumplidor de su deber, de sus deudas y todavía cumplidor de años aunque la vida me incumpla muchas citas. Buen dormir, buen comer, buena circulación. Mala memoria, malas pulgas, malos estos tiempos. Apenas inteligente, apenas alegre, apenas atrevido, casi ciudadano. Amante, amado, celado y celador. Mal padre, mal tolerante, pésimo tío. Café fuerte, sexo fuerte, cigarros fuertes y fuerte esta mi débil resistencia contra el Estado castrador. Hernán Vargascarreño

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Anticatólico, antipolicial y en lo posible poco anticuado. Profeso la poesía, profeso mi profesión de libertario y profeseo como maestro ante hordas de jóvenes que ni quieren saber ni saben quiénes son: arduo trabajo para bajísima mesada. Lector de libros, lector de nubes, lector de rostros, y a veces, lector del tabaco y de la borra del café. Soñador, soñado y soñante, pero también hacedor, hecho y haciente. Cada impulso me arrebata una energía pero a su vez ese desgaste me renace. Preparo mis días futuros viviendo lo mejor este presente. Es decir, si alguna muerte hay que alistar, que me encuentre dignamente humano, amado, resistible a su abrazo, fiel a su olvido profundo. Nada de embelecos de última hora. Que el corte de cuello sea limpio, exacto, ante la tarde que seguirá brillando su hermosura. El juego ha sido sencillo: Nada tenía. Todo lo tengo. Nada tendré. 98

El viaje –Antología personal–


Poema desvanecido Aquí iba la palabra Amor y otras lamentaciones menores. Ya las taché. Enseguida había escrito Ilusión, pero quedó anulada por pretenciosa. Luego asenté Tristeza o algo así. La acabo de eliminar. No borré la palabra Soledad porque me apenó su indefenso esqueleto. Solamente quedó la pulcra Nada… con la invisible sombra de su Soledad.

Hernán Vargascarreño

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Sonata del olvido Corre el tiempo sobre tu miseria, corre sin mirar atrás ni detenerse en nimiedades; en vano tiembla tu esperanza y el olor del cuerpo que siempre te ha perseguido sin que siquiera lo sospeches. De algún lugar salta la ronca voz del exilio para sacudir tu sombra, para extraviar recuerdos que harían acezar tu dulce desvarío. De nada valen ya las oraciones ni las rapsodias al albo de los dioses. Alguien ha marcado con ceniza esta hora de este día inaplazable, alguien que exige los gemidos que ahora bullen y te niegas a vaciar. Si solo el leve suspiro de un animal rastreara tu abandono, su vaharada aplacaría toda llaga al horizonte; pero ya es tarde, todas las bellezas que no te reconocieron en este día huyen en manada hacia el ocaso. Mañana, el peso del deseo, quizás,

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ilumine tu mirada, y te entregue entre el aroma de los ĂĄrboles el olvido que tu dicha necesita.

HernĂĄn VargascarreĂąo

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Contenido

Del libro País íntimo (2003) Trenes 5 Estancia 9 Morada 10 Para hacerse a una casa 11 Infancia 13 La poesía 16 Oficios contra la poesía 18 Para atrapar un insecto sin atraparlo 20 Los raros 21 A la vida vine a vivir 24 Confesión 26 Poema para mi amor 29 que es un animal 29 Viajeros 32 Tu viaje a la soledad de tu noche 35 País de agujeros 37 Del libro Piedra a piedra (2010) Visiones marinas Partidas

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Del libro Tempus (2014) En torno a Horacio 55 Soledades 58

Hernán Vargascarreño

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El instante 59 Guerreros 60 Homérica 63 Dos cuerpos 66 Guerrero 67 Poesía 68 Amantes 70 Estancia 71 Oración a un dios desconocido 72 Para escribir un poema 74 Tempus 76 Último fuego 77 Poemas inéditos Alabanza al yo 81 Inútil oficio 83 Kavafis 85 Los hermanos 87 Madre y poesía 89 Palabras 91 Pasa el tigre 93 Poesía 94 Heredades 95 Retrato 1 97 Poema desvanecido 99 Sonata del olvido 100

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El viaje –Antología personal–

EL VIAJE. Hernán Vargascarreño. 2014  

EL VIAJE –Antología personal– Hernán Vargascarreño Ediciones Exilio, 2014 . Segunda edición Ampliada NTC ... edición digital-virtual ED...

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