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Campo y cielo

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Relatos de infancia

a e Biblioteca i Popular o Digital u Artesanal

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Cuaderno Nยบ 35


a, e, i, o, u. Biblioteca Popular Digital Artesanal. Este libro puede ser reproducido total o parcialmente, por todos los medios conocidos, dando fe de su origen y no ser con fines de lucro. Se entregarán como “Noticia de creación” un ejemplar a dos bibliotecas populares. 1ª edición año 2005 2ª edición 2011

Correo: carlosdos77@yahoo.com.ar www.noticiadecreación.blogspot.com

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Dedico estas vivencias, con todo mi coraz贸n, a mis queridos nietos y sobrinos nietos. Violeta

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A manera de prólogo En el mundo de mis brisas infantiles están el colmenar del abuelo Feliciano, las claras estrella que titilaban en los ojos de mis dos abuelas, el chisporroteo de los leños en la chimenea, las deshojadas transparencias del agua del arroyo Gená. Ven, lector amigo, caminemos juntos unas horas, disfrutemos de los arco iris del cielo de Entre Ríos. La autora

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La pajarera azul ¡Qué casa más alegre y más linda es la casa de Violeta! En la parte de atrás, saliendo de la galería, se cruza un inmenso patio cubierto por un parral que viene y va, trepando por un armazón de hierro cóncavo, el cual en verano brinda uvas para el paladar y frescura para retozar. Y después si… el gran jardín, donde todas las flores del abecedario perfuman el aire, deleitan la vista, mientras en dos canteros bordeados por quinientos pensamientos, se pueden leer dos nombres: Carlos-Ana, los nombres de papá y mamá. Pero lo que yo quiero hacerles conocer es la pajarera azul. Ella está hacia el este de los jazmineros blancos, junto al laurel. Sostenida por sus cuatro patas de madera, con sus tres pisos superpuestos, encontramos en el primero a los canarios, en el segundo a los cardenales y en el más pequeño, debajo del techo a dos aguas, el Señor Zorzal, gran trovador entrerriano. “Cuando amanece, los pajarillos Siempre alegran con sus gorjeos, Así debieran hacer las gentes Agradeciendo un nuevo día. Nadie, nadie guarda rencores Sólo amor en sus corazones… Para que luego, Dios muy contento Les colme el alma de bendiciones.”

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Y así canta la madre esos versos de su invención, seguida por sus niñas: Violeta, Susy y Mabel. Sostiene en su mano derecha una jarra de agua y en la otra una bolsita con alpiste. Las nenas ayudan con las hojitas de fresca lechuga y rodajas de zanahoria de la quinta del abuelo Feliciano. -¡Pobrecitos! ¿Tienen calor? ¿Tienen hambre? -Si, si… Pi… pío, piiiiii Las nenas se miran y se preguntan: -¿Quién gorjea así? ¿Son los pajaritos o es mamá Ani? ¡Cómo pian todos juntos con ella! Hay algunos que tuercen la cabecita hacia un costado para escuchar mejor. Sus ojitos negros se quedan fijos, expectantes y luego contestan: -Pí, pío, piii, pío –como preguntando ¿Quién es? -Soy yo –contesta Anita- aquí tienen su comida, a ver, a ver… ¡Cómo han ensuciado todo! Mañana los cambiaré de piso y cepillaré las maderas con agua y jabón. Latitas vacías de sardinas son sus comederos son sus bañaderas. Las limpia una por una, les cambia el agua y provee de alpiste. -Bueno, bueno, ¿me dan las hojas de lechuga? Las va colocando entre los palillos donde ellos se posan o entre los agujeros del alambre. Los pájaros están de fiesta. Se bañan, retozan, picotean. Ya no trinan, están muy ocupados. Mabel, con sus pequeñas manitas, se prende del tejido para observar mejor. Un canario se asusta. Como mamá aún no ha cerrado la puerta de la pajarera azul, escapa presuroso. Pero hete aquí que no sabe adonde ir. Por suerte no se aleja demasiado. Se posa suavemente en la hoja de una palma en forma de abanico, ésta tiene una o dos metros de altura. 10


Y ahora permítanme esta pequeña reflexión. Cada vez que camino por los paseos públicos de Buenos Aires, al ver una palmera de Canarias, tal es el nombre de la especie , me parece ver al canario de mamá balanceándose, sin decidirse a volar. En tanto que nuestros bisabuelos si que lo hicieron desde allá, cruzando el inmenso mar… Mamá nos dice: -¡Nenas, nenas, salgan pronto de acá! -¡Violeta! Llevala a Mabel detrás del laurel. Quietitas, no hagan ruido, no quiero que se escape, no sabría vivir en libertad. Y lo llama, le habla: -Pí… piii, piii… Los demás pajaritos, que ni se han enterado de la fuga, continúan comiendo vorazmente. La madre insiste pacientemente y ante el asombro y la respiración contenida de las tres hermanitas, el canario regresa a su nido, a la pajarera azul. En ese instante se acerca la querida Leoni diciendo: -Apúrate Anita, tu suegra pregunta por vos. Dejá esos pajaritos, yo te los atiendo. -No, gracias, Leoni. Ya he terminado. Su delgada figura se vuelve entera a sus hijas. -Vamos, mis amores, vamos a tomar la leche con pan casero y dulce de zapallo, mañana volveremos. Mientras sigue la fiesta en la pajarera azul.

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Sólo fue un susto “¡La bocina! ¡La bocina!... ¡Llega papá!” Violeta deja la revista que estaba mirando y sale corriendo para ir a recibirlo. Ya está anocheciendo, a la entrada del negocio, como siempre: caballos, carros, jardineras y sulkys. Algunos gringos que han estado esperando mercaderías salen del negocio, para comprobar aliviados el arribo de Quinteros. La niña pasa entre ellos casi sin ser vista. Su padre ha frenado el camión para que saquen una jardinera de la entrada. Entonces ella aprovecha y de un salto se trepa al estribo del vehículo. Pero su padre no la ha visto y arranca nuevamente; con el impulso y tomada por sorpresa cae al suelo debajo de una de las ruedas del camión. ¡Cuidado! ¡Pará Quinteros! – comienzan a gritar los paisanos. El padre frena nuevamente. Los que estaban jugando al truco o tomando una copa han salido curiosos. Doña Carmen cierra los ojos y se deja caer en su silla detrás del mostrador, no para descansar sus piernas, sino porque está temblando y ruega: ¡Dios mío! ¡Mi nieta! La confusión y el pánico se apoderan de la mayoría, nadie se atreve a ir a buscar a la niña. ¡Sí! Alguien de su sangre grita: -¡Carlos! Da marcha atrás que yo la saco. Es el abuelo Feliciano. El único del montón que se acerca para sacarla de abajo de las ruedas del camión. 12


Mamá Ani ha escuchado: “A violeta la pisó el camión de Quinteros.” Entonces ha escapado hacia el jardín, ha salido desesperada y se ha puesto de rodillas en uno de los senderos, elevando los ojos llenos de lágrimas hacia el cielo, sollozando, mientras balbucea: -¡Dios mío! ¡Que no sea verdad, que no quede estropeada mi nena! ¡Mi nena! Mientras tanto abuelo Feliciano alcanza la nieta a su hijo. Todos están expectantes. El padre, con su sentido optimista de la vida, formula con voz alta y clara, dando alivio: ¡No ha pasado nada! ¡Sólo fue un susto! Entra con Violeta en brazos al negocio, la niña llora dolorida por su pierna que fue mordida de costado, la rueda no tocó el hueso pero dejó sus marcas de dibujo romboidal selladas en la carne magullada. El rostro de Quinteros está más rojo que un tomate, sus negros ojos centellantes de emoción, sus fuertes brazos con las muñecas temblorosas. Va hasta la galería, se sienta en una silla de hierro pintada de amarillo y revisa las piernas de su hija, mientras ordena: -¡Leóni! ¡Una palangana con salmuera! En ese momento regresa la madre llorando mientras dice: -¡Carlos! ¡Carlos! ¿Qué pasó? -Nada mujer… No seas tan floja… Solamente la pierna derecha, la mordió la rueda y fijate los dibujitos que le ha marcado. Mamá Ani mira emocionada a su hija, se abraza a los dos. Leoni alcanza las compresas de salmuera y los tres la atienden, la miman, mientras mentalmente dan gracias a Dios porque sólo fue un susto con mayúsculas. 13


Un accidente espinoso Los días de vacaciones en el campo se pasan como un soplo. ¡Tan entretenidos son! Sin embargo sus primos no piensan así. -Vos porque venís una semana o diez días y te vas, pero acá, nosotros siempre pastoreando las vacas, con lluvia o con sol andando a caballo –le dicen. ¡Qué lindo! –murmura Violeta- ¡Quiero andar a caballo! -Hoy no podemos le contesta su primo Blas. Están pastando en el campito. -¿Y la petiza? -Está renga, ¿o no lo sabías? -¡La yegüita de mi mamá! Esa quiero –insiste Violeta. De mi mamá –le replica el Negro enojado- Ya sabemos que abuela Alba se la regaló a tu mamá, pero nosotros la cuidamos, le damos alfalfa y la bañamos. Es más nuestra que de tu mamá. A Violeta le saltan las lágrimas, su amor propio herido la hace llorar. Entonces Titín se conduele y dice: -No seas zonza, no llorés –y continúa- che, Negro, se bueno… traéle el tordillo para que de unas vueltas, mirá que triste está. -Pucha… ¡Estas puebleras son más lloronas! -A mí me gusta que venga la Susy a pasear; ella nunca llora, y hasta me ayuda mejor que Blas.

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Al sentirse menospreciada en su modo de ser con respecto a su hermana menor, Violeta sigue llorando más fuerte. Está bien, le voy a traer el tordillo ¡Qué jorobar! Y se va rumbo al corral masticando una hierba y rezongando sin cesar. No le hagas caso, se hace el machito para darse importancia como mi papá. Pronto viene con un caballo, tironeándolo del cabestro. -Che ¡Pero está en pelo… ¡ - dice China. -Y bueno, que se arregle, traéle un cojinillo. China coloca uno sobre el lomo del animal y dirigiéndose a Violeta le ordena: ¡Vení, subí! No, así no ¡Lo quiero ensillado! -¡Qué pretenciosa la pueblera! O andás así o me lo llevo. ¡No, no! ¡Por favor! ¿Sabés que pasa? Después la cola me duele. ¡Hace tanto que no ando a caballo! – se lamenta y agrega – Esperá… Titin ¿por qué no me traés el almohadón del sulky? -¡No, Violeta! ¡Te vas a caer! -Sí, si yo se andar y con el almohadón no me dolerá la cola. -Bueno, si vos te encaprichás… Y ya está Violeta trepada al alambrado, junto a un poste esperando que le arrimen el transporte de tracción a sangre. -Dale, China ¡Arrímalo! –implora. Negro y Blas observan la escena sentados en el pasto, socarronamente, sin perder detalle. China arrima el animal pero cada vez que Violeta va a saltar, se mueve, se aleja. 15


-¿Será posible ¡Qué mañero es! -¿Te crees que el caballo es tonto? El sabe que lo querés montar –grita Titín. -Ayudáme a subir, Blas. -¡No! –le contesta éste, ya que se ha confabulado con su hermano mayor. Gira nuevamente China llevando al tordillo de las riendas y lo acerca al poste por quinta vez. “Ahora o nunca” piensa Violeta, uniendo la acción al pensamiento. Una vez montada sobre el caballo, lo talonea un poco y comienza a alejarse al trote. “¡Por fin!, piensa. ¡Qué hermoso es cabalgar! Voy a ir al galope para demostrarles a ésos que sé andar lo mismo que Susy” Azuza al animal y comienza a galopar. Pero he aquí que el caballo se mete entre unas matas espinosas y al impulso del galope son despedidos por un lado, el almohadón, y por el otro, la pequeña jinete. Los primos al principio se ríen pero luego, al escuchar los gritos de dolor, corren asustados hacia el lugar. -¿Se habrá roto alguna pierna? –se preguntan Blas y Negro arrepentidos de haber estado tan antipáticos con la prima pueblera, le ayudan a incorporarse. Si le sucedió algo ¡qué remordimiento! Mientras tanto ella grita más y más fuerte. -¿Qué te pasó? –preguntan jadeantes. -¡Mi cola, mi cola! –clama desesperada. -Miren… justo el caballo la tiró arriba de estas espinas de cepa ajonjera. ¡Blas!, ¿Negro! Busquen al tordillo que China y yo la llevamos.

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El sol declina sus rayos en el cielo azul, el tordillo insobornable relincha satisfecho, todos emprenden el regreso al hogar. - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - -Tía Maruca, condolida por el accidente espinoso de su sobrina, la lleva a un dormitorio y le dice: -Ponéte con la cola para arriba. -¡Ay, tía! ¡Ay, tía! – se queja ésta.. -Tené paciencia nena, que ya te saco las espinas. Bajáte la bombachita. También la nona está en la pieza, apesadumbrada, y murmura: -Io non posso sacarte las espinas, mi bambina, non vedo niente. Violeta de verdad sufre y se desahoga huyendo: -¡Ay abuela! ¡Ay abuela! En ese momento, tío Luis asoma la cabeza por la puerta de la habitación y pregunta con picardía: -¿Puedo ayudar en algo? -¡Qué vergüenza, tío! ¡No mire, váyaseee!!! Verdaderamente es un espectáculo risueño ver la colita redonda y colorada sobre la cama, toda pinchada por punzantes espinas mientras tía Maruca, reina de la paciencia, prosigue, con una pinza de depilar las cejas, desespinando a su sobrina, “la pueblera”.

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¡La hora del baño! -¡Violeta!... ¡Violeta!... –llama mamá Leoni. -Acá estoy mamá… contesta de inmediato. -Andá a buscar a Susy y a Mabel que están jugando en la terraza. -Sí, mamá –asiente mientras se dirige a cumplir el pedido de su madre. Las hermanitas están jugando con arena, arena que abunda en su casa ya que siempre se están haciendo ampliaciones; hay un constructor que vive en el galpón desde hace un año. Los bancos de cemento del jardín, el reborde de los canteros, la terraza, el baño instalado con la ducha, (como nadie tiene en el campo de la vecindad), es el resultado de Tomás Bukosich, de nacionalidad checoeslovaca. Susy ha hecho una gran montaña, otras más pequeñas con túneles comunicantes, como le ha enseñado papá Carlos. Mabel, al ver a Violeta, se pone de pie y pisa sin querer un túnel de Susy. Esta le da un empujón y la hace caer al suelo. Anita escucha el llanto de la nena y viene a ver que pasa. Consuela a Mabel , la toma en sus brazos y la lleva hacia el baño. Ya todo está preparado. Hay un fuentón muy grande con agua previamente calentada con el sol de enero. El día es muy hermoso, los pájaros retozan en el bebedero de las aves de corral.

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Pasaron los años, Violeta creció y actuó en el pequeño escenario de su Escuela Juan José Viamonte.

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Por suerte aparece Leoni para ayudarla. Trae una inmensa jarra de agua de lluvia. Violeta ya ha sido jabonada y la blanquecina espuma corona su cabeza. -Pasate al otro fuentón , linda –ordena Leoni. Violeta siente deslizar suavemente el agua por sus cabellos, su espalda, su cola redonda, sus piernas… ¡Qué agradable sensación de felicidad experimenta! Ahora mamá está jabonando a Susy y con la esponja refriega sus rodillitas coloradas por la fricción. En ese momento llega tía Chila, gordita, de estatura mediana, ojos marrón oscuro, como sus cabellos, cutis blanco, de unos veinticinco años. Es hermana de Carlos; después de intercambiar los saludos del cariño, pues ella vive en la casa de la colina, comienza a vestir a Violeta. Ya están las tres hermanitas limpias y perfumadas. ¡Cuánto talco y colonia Brancato les han puesto! -Vení, Violeta, que te peino –dice mamá. Encima del tocador hay tres cintas almidonadas de organza color rosa. La tarea del peinado es obra exclusiva de la madre. Mientras tanto, Leoni está calzando unas zandalitas a su regalona Susy. -A ver mi ñatita, dame el piecito. -Verdaderamente tiene la nariz como su abuela, doña Carmen. -Si –afirma tía Chila- y tan linda como Azucena Maizani, que canta tan hermosamente nuestros tangos. Ninguna de las dos hubiera imaginado que, con el paso de los años, su pequeña nariz crecería mucho para su gusto, y Susy decidiría hacerse cirugía estética. -¡Qué cabello rubio tiene Violeta! Igual al padre – exclama Leoni y agrega – en cambio mi regalona tiene el pelo castaño como yo-, mientras le da unos besotes tan sonoros que arrancan risas cantarinas. 21


-A ver, mi tacuarita, te toca el turno- musita mamá. -Vean, vean… por más talco que le he puesto sigue negrita. -La sangre se hereda –señala Chila- tu papá era morocho ¿no, Anita? -Así es, alguna tenía que salir al abuelo Gerónimo. -Bueno, a portarse bien y a no ensuciarse los vestiditos lindos, ¿eh? ¡Las niñas relucen como tres gemas encantadas! ¡Cómo las disfrutan los ojos tan queridos!

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La vida en un hilo Enfrente de la casa y del respectivo negocio de Ramos Generales, hay un gran espacio abierto de unos cien metros de longitud. Las huellas de los carros, sulkys, caballos, de algunos Ford “A” y camiones, han dibujado un semicírculo, de los tantos vehículos que se detienen en el negocio de Quinteros, para vender o comprar mercadería. Es como si fuera la entrada y salida de autos de una Estación de Servicio, algo parecido. Violeta recuerda a unos hombres que cavaron profundamente un pozo muy grande; allí colocaron un tanque debajo de la tierra. Su padre o los dependientes (como los llamaban) atendían el surtidor de nafta. Saliendo de la casa y caminando en línea recta, se atraviesa ese rectángulo de tierra que antes he mencionado, después del camino real y por fin el paso a nivel, que corresponde a la vía del ferrocarril, donde aún pasan trenes desde Concepción del Uruguay a Paraná. A la derecha del paso a nivel hay un pequeño andén de piedras, que fue colocado por solicitud del padre de Violeta, porque en los años de 1940 no había empresas de ómnibus, todos los lugareños viajaban a otros pueblos en el cochemotor. Después de cruzar la vía, continúa un angosto camino que baja suavemente hasta un lugar donde se acumula el agua cuando llueve, por ese motivo se hace un

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gran barrial, y han debido construir un terraplén con troncos que todos llaman fajina. Luego asciende unos quinientos metros hasta una lomada, donde a la izquierda se levanta la casa de los abuelos, en la cual se lee una inscripción: “La humilde” Este trayecto se realiza diariamente muchas veces, ya que abuela Carmen ayuda a Carlos en el negocio, es la cajera que controla la entrada y salida de los pesos fuertes. Entonces va y viene cuatro veces diarias. En tanto que su hija, tía Chila, lo hace dos veces todas las tardes, para escuchar las novelas en la radio o charlar con Leoni y su cuñada Anita. Viole conoce muy bien ese camino antes mencionado, tiene cuatro años y ya incursiona audazmente por los alrededores, ignorante del peligro que merodea por todas partes. Son las once de una mañana tibia y soleada, ella camina por los senderos del jardín detrás de una mariposa color naranja, pronto esta se aleja hacia la calle, la niña la sigue y comienza a correr, entonces tropieza con su triciclo y cae sobre una veredita de ladrillos, levanta la vista y la mariposa ha desaparecido. Pero ahí está su hermoso triciclo de metal colorado, monta decidida en él y comienza a pedalear con fuerza. Papá, su primer maestro, le había enseñado en la terraza de cemento de su casa como debía hacerlo. Al principio, ella hacía el impulso con los dos pies a la vez, y el triciclo no se movía, pero su papá con esas manos tan inmensas, tomó sus piececitos junto con el pedal y le enseñó a dar la vuelta completa. Cuando alguna vez se tumbaba al inclinarse demasiado, al tropezar con algún terrón o cascote, él se reía estrepitosamente, entonces ella se daba perfecta cuenta de que un tropezón no era tan importante.

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Y ahí tenemos, dale que dale, con sus piernitas en movimiento. -¡Qué lindo es andar por la bajadita! Nada a la vista. Pero sí… ahí está… la mariposa color naranja… Ahora con el triciclo podrá alcanzarla. Pedalea y ríe, sus ojitos ya la tienen prisionera. Pero… ¡Qué mala suerte! Se va por la vía, vuela como atraída por las brillantes paralelas de sus brazos sin fin. Ella se baja de su triciclo, sube al andén casi corriendo, ve al insecto detenerse sobre una margarita silvestre, entonces salta y cae sobre el primer diente pinchante del guardaganado de hierro. Trata de incorporarse, pero la pulserita de su zapatilla está enganchada. Comienza a forcejear y… nada. El llanto estalla incontenible, tiene miedo, tiene bronca, ha perdido su primera batalla. El sol cae de plano sobre la tierra y los animales. Ya es la hora del mediodía. Anita tiene el almuerzo casi a punto. Irma, la muchacha, prepara la mesa vestida de cuadros azules y blancos. -¿Cuántos cubiertos? –le pregunta. -A ver… Carlos está en la colonia, come en lo de Fornasari, mi suegra sí… Leoni, vos, Latur, Luisito y la nena, yo… somos siete. -¡Violeta! Nadie contesta. -Irma ¿viste a la nena? -¿A cuál? -¿No me escuchás? –pregunta Anita. -¡Susy está con Leoni en la cuna, en la pieza de costura! –dice Irma- Violeta, hace un rato andaba en triciclo por el jardín… Entonces la busca en el almacén, en el galpón. Doña Carmen comienza a ayudarla. 25


Cada una por su lado grita: ¡Violeta, Violeta! Sólo el sonido del pitar del tren se anuncia, avisa su proximidad al paso a nivel, por si alguien cruza. Entonces Anita sale corriendo a la calle. Coloca su mano sobre la frente como una visera para ver mejor y allá, en la loma, ve ropa blanca que se agita como una bandera al viento. Es tía Chila, que ha escuchado el grito desesperado de la niña y trata de avisar de este modo el drama que se avecina. Anita se percata del peligro que corre su hijita y comienza a correr hacia el lugar. Ve que el tren carguero se acerca lentamente pero seguro de su ruta. Las piernas de la madre no responden, los nervios hacen que ruede por el suelo, pero se vuelve a levantar… Y así, arrastrándose desesperadamente, llega junto a su pequeña clamando: “Virgen del Huerto! ¿Ayúdame, te imploro! Está comprobado que el ser humano, ante una situación límite, saca fuerzas no sabe de donde; tal vez fue ayudada por los ángeles, porque de un tirón arranca a Violeta de las garras de la muerte. El tren pasa tranquilamente, su máquina no conoce las tragedias humanas. No podía saber que dejaba atrás, a un costado de la vía, una madre temblorosa que apretaba muy fuerte a su hijita, mientras su corazón, pájaro herido… quería escapársele del pecho. Tampoco nadie escuchó el gemido de sus labios musitando: “Gracias, Dios mío…”

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La siesta interrumpida Violeta y Susy siempre andan juntas. La mayor tiene seis años y la segunda está próxima a los tres añitos. En este verano caliente de 1941 juegan en los jardines sin parar. Se persiguen una a la otra, corren, se caen, se levantan. La mamá le pide a Violeta: -No la dejes sola a Susy, no la pierdas de vista. Son las tres y media de la tarde, plena hora de la siesta provinciana. Abuela Carmen dormita en una hamaca de nogal lustrado, sillón que tiene esterillas en el asiento y el respaldo. La madre avisa que “se va a tirar un rato”, rendida de tanto trajinar en ese caserón. Entonces Leoni, su amiga y dama de compañía, la tranquiliza: -Andá tranquila Anita, me voy a sentar debajo de los árboles, mientras ellas hacen casitas con los ladrillos del abuelo Feliciano. Allí, junto a los limoneros y naranjos hay mucha sombra, porque están circundados de perfumados paraísos. Una brisa tibia y juguetona les acaricia el rostro, entonces Leoni ordena: -Nenas, levantemos las alas-, Las tres alzan los brazos hacia el cielo para refrescarse un poquito. La solterona, como todos la llaman en la Colonia “La humilde”, se sienta en un banco de piedra y cemento construido por el albañil Bokosich, que hace un año trabaja 27


para el papá de las nenas y vive ahí, durmiendo en los galpones. Cuando el polaco termina algún trabajo importante. Anita le pide a su esposo: -Carlos, ¿puede hacerme el albañil el borde de los canteros para los rosales blancos? -Sí, mi patroncita, como usted mande- y le da un beso en la frente. Ella muy contenta se va cantando una canción de su admirado Gardel. Pero volvamos a las niñitas traviesas y bonitas. Allí están armando sus casas de ladrillos de verdad, porque los hicieron las manos laboriosas de tío Víctor y el Cholo. Violeta hace las divisiones de los dormitorios y la cocina. Susy resoplando va y viene, viene y va, trayendo los pedacitos, recortes que los peones desechan. Dame ese pedazo más grande, pide Viole a su hermanita. -Esperá… me pica. -¿Te picó un mosquito? -Bichito- contesta Susy. -La cocina más grande, para muchos- indica la mayor y directora de la construcción. -No- replica Susy- mamá, papá, vos y yo-¿Y Leoni? Pregunta desconcertada Violeta. -¡No quiero! Y pisa un ladrillo rompiendo la cocina. Me gusta una cocina grande –entonces le da un empujón y la pequeña cae al suelo y llora con mucha fuerza. -¿Basta!- se enoja Leoni, aclarando- Es la hora de la siesta- y con voz suplicante agrega- Dejála Viole, como ella quiera la cocina, si empieza ¿quién la hace callar? La buena mujer suspira aliviada, las chiquitas se han calmado. Esto piensa mientras se abanica fuertemente 28


con una pantalla de cartón con la agarradera de madera. Tiene pintado el negocio de Ramos Generales con el nombre de la familia muy conocido en Entre Ríos. De pronto Leoni dice: -Sigan jugando un rato solas, voy a buscar una revista y regreso enseguida. Apenas ella se va, Susy pide: -¡Quiero caramelo! -No- replica Violeta- abuela Carmen no permite que comamos a cada rato. -Sí- insiste- quiero Tita. Violeta recuerda que las galletitas están bañadas en chocolate y ya siente el dulce sabor en la boca. -Bueno- le contesta, y continúa- vení, vamos. Al trotecito por los senderos del jardín, mientras las palomitas torcazas, o de la Virgen, como las nombran en esa zona, llegan a la galería. -Despacito- susurra Violeta- abuela duerme en su sillón, cerca del almacén. Susy se pone el índice sobre la boquita y asiente con su cabeza. Penetran en el negocio. ¡Cuánto silencio! Sólo el tic-tac del reloj se escucha. La mayor alza en sus brazos a la hermanita, mientras se apoya en el mostrador. -¡Sacá los caramelos, pronto, cuidado con la tapa del frasco! Susy lo destapa y saca un paquete de caramelos de dulce de leche, Violeta siente miedo… ¡si se despertara la abuela…! -Apúrate, Susita- ruega. -Esperá, tenéme, ¡quiero Tita! De pronto el reloj comienza a dejar oír sus campanadas, tan, tan, tan, tan, cuatro piensa Viole, (como

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también la llaman a veces). Han terminado su operativo. Se reparten las golosinas y echan a correr. Abuela Carmen se ha despertado al escuchar al señor reloj y al mismo tiempo oyó el deslizar de la tapa del frasco de vidrio. Entonces da comienzo a la persecución de sus nietas. Ella es fuerte y robusta, cincuenta y cuatro años bien plantados , le permiten dar pasos más largos que los de sus pequeñas nietas. Rápidamente son atrapadas al perder ventaja. -¡Violeta, dame esos caramelos! Ella se los da vencida, agachando dócilmente la cabeza. -¡Susy; las galletitas! Pero la menor se resiste. Las Titas son suyas, ella las sacó del frasco. Papá la deja comer todo lo que ella quiera. ¿Por qué la abuela es mala? Mientras esto piensa, aprieta fuertemente las galletitas, las tritura, las hace pedacitos. Entonces sí… la abuela se pone furiosa ante la reacción de la mocosa. La levanta de un brazo, la apoya en su amplia cadera y la lleva pataleando para el interior de la casa. Violeta corre detrás de las dos para defender a su hermanita o por curiosidad ante la actitud de la abuela. Leoni con un par de revistas en la mano observa la escena impotente y murmura: -¡Vieja mezquina! Mamá Ani ha escuchado el alboroto y finge dormir. Además está extenuada y con un embarazo de dos meses. Su suegra le merece respeto y no quiere intervenir. Papá Carlos se ha levantado y no le da importancia al hecho. Su madre sabe poner límites.

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Doña Carmen lleva a la niña a la pieza de huéspedes, la coloca sobre una de las camas y le da un par de zapatillazos en la cola. Susy grita desaforadamente, descarga su bronca. Violeta mientras tanto llora en silencio, parece que a ella también la estuvieran castigando, atina a rogar: ¡Déjela, abuela! ¡Salí de acá!- y muy enojada le dice- ¿Querés que te pegue a vos también? Ah… y ya lo saben: que sea la última vez que interrumpen a siesta de su abuela.

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El heladero Son las catorce horas. El almacén está cerrado. La casa silenciosa. Los mayores duermen la siesta de enero. Mabel, la más pequeña, también Violeta y Susy están en el comedor más pequeño, el de las baldosas con flor de lis, aprovechando la frescura de su piso brillante y mirando revistas. Alguien las acompaña, y es Hugo, un primo de la ciudad de Concepción del Uruguay. Tiene siete años, pasa unos días de vacaciones en el campo de abuela Carmen, junto a sus primitas. El niño es muy hermoso, tiene los ojos y los cabellos muy oscuros, y el rostro ovalado. Sin embargo en su frente se marca suavemente el entrecejo, , el mismo que su padre tiene ya indeleble, a causa de su carácter nervioso. De pronto se escucha, túuuu, túuuu… es el sonido de la corneta de don Miguel. Los tres niños tiran la revista sobre el piso, se miran y dicen juntos:”¡El heladero!” Se escucha más cerca la corneta: tu, túuu. Los tres se ponen de pie. Hugo pregunta a su prima mayor: -¿Tenés plata? -Si –contesta Violeta- en el cajón. Hugo insiste: -¿En qué cajón? -En el almacén, ¡sos pavote! ¿Dónde puede ser? -¿Y tu abuela te deja sacar?

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-No, pero ella se fue a su casa de la colina. Mamá si nos deja. -Bueno, vamos –ordena Violeta. La madre, mientras tanto, ha escuchado a don Miguel y aparece con Mabel en sus brazos. -Esperen -les grita- Yo voy con ustedes. Van al negocio, abren el cajón. “¡Cuánto dinero”, piensa Hugo. Monedas relucientes de níquel, billetes de un peso marroncitos, con sellos verdes. La madre saca unas monedas y empuja el cajón debajo del mostrador. Salen al patio exterior, allá junto a los postes del alambrado. Se les hace agua la boca ante la proximidad del delicioso manjar. Y ahí está el carro pequeño, con sus varas fuertes, sostenido por un caballo blanco, bonachón. -Buenas tardes, don Miguel –saluda mamá Ani. -Muy buenas tardes para usted, señora. Contesta, mientras se toca cortésmente su gorra gris. También su saco es del mismo color, sus pantalones y alpargatas, negras. Los chicos miran a don Miguel. Mejor dicho a su nariz grande y colorada. Hace mucho calor. Gruesas gotas de sudor se deslizan por su rostro. Pero él se las seca con un pañuelo blanco. -¿De cuánto señora? A ver… uno de diez centavos. -De crema y chocolate –solicita Violeta. -Y a vos Hugo, ¿qué te gusta? -También de crema y chocolate. En su carrito sólo hay cuatro tachos de helado. El más solicitado es el de chocolate, luego crema vainilla, banana y limón. Sin embargo es un lujo y una buena suerte que un hombre como Don Miguel haya tenido la feliz idea de 33


fabricar y vender el mismo sus helados, ahí en medio del campo, a dos km. de Estación Herrera, en el año 1943. -Y usted, Doña Anita, ¿de que gusto lo quiere? -De limón, porque sino mi hígado se enoja. -¿Y para la tacuarita? -Uno de crema de cinco centavos, será suficiente para ella. -Los cuatro años de Mabelita están prendidos de la falda de su mamá. Es tan pequeñita, parece de dos años. -¿Cuánto es, Don Miguel? A ver, tres de 10 y uno de 5, son 35 centavos. ¿Qué fiesta con tan pocas monedas! Sin embargo no todos los colonos podían darse ese gusto. Los pobres hubieran preferido un kilo de carne por ese dinero. Don Miguel se despide, sube al pescante de su carro diciendo: -¡Hasta el jueves! Comienza a soplar su corneta y el caballo blanco su trotar. Mamá Ani se va a sentar debajo de los paraísos en unos sillones de mimbre. ¡Qué dulce paz de siesta con helados! ¡Armonía de gorriones bullangueros que nunca queda en el olvido!

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Mi primer maestro La madre ha pensado que su niña Violeta ya está grandecita y tendrá que estudiar. Tiene cinco años y es muy vivaz. Ya puede empezar. Irá de Benito, el primo de Carlos. Benito Meriano, maestro escolar. Tiene alumnos particulares de cualquier edad. El primer día la acompaña su mamá. Después de cruzar el camino real y el paso a nivel, hacia la derecha penetran por un caminito que tiene un sendero marcado en diagonal. Recorren esos quinientos metros y ya se encuentran ante la inmensa arboleda que casi siempre rodea las casas campesinas. Unos perros bonachones las salen a recibir y como buenos guardianes, ladran a mandíbula batiente. Sale Benito a recibirlas y las saluda diciendo: -¡Adelante, adelante! ¿cómo les va? Pasen, pasen. El maestro es un muchacho recién recibido, de unos veinte años, con ansias de enseñar. Su cabello es rubio, escaso, con dos entradas presaturas en las sienes, como todos los Meriano, que al cumplir los cuarenta años están casi pelados. Su mamá le da un beso y le dice: -Andá, Violeta, que Benito te llevará con los otros gurises. Mientras tanto ella se va a despedir de la tía de su amado Carlos y madre del novel maestro.

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Benito la lleva a una sala inmensa de piso de ladrillos colorados; hay allí una mesa larga, interminable; a ambos lados bancos de madera de la misma longitud. Todos la miran y ella se siente empequeñecida. -Sentáte acá –le indica Benito y agrega -¿trajiste la pizarra? Ella recuerda las palabras de mamá: “aquí tendrás que escribir, portáte bien. Con este trapito humedecido borrás lo que te sale mal” Benito le enseña unos palotes. -Hacé así, de arriba hacia abajo, de arriba hacia abajo. Le toma la mano, le ayuda. ¡Qué fácil es!... -¡Maestro, maestro!... –otros chicos lo reclaman. -¿6 x 6? -La tabla, Elvira, hay que estudiar la tablaY otros: -Me olvidé de dividir, ¿a cuánto le está? Serán doce niños de diversa edad. Ella es la más pequeña, sólo a su madre se le podía ocurrir mandar a su nena temprano a escribir. Están los Fornasari, los Presentti, los Rodríguez, algunos son parientes, primos segundos le dicen. De pronto Violeta se estremece. Aparece un perro enorme en la sala. -¡Sultán! Vení acá –le ordena Benito- ¡Al que se mueva lo mordés! Ya los palotes le salen torcidos, su mano tiembla; ni pestañea. Después de dos horas interminables, en las cuales tuvieron un solo recreo en el patio perfumado de azahares de naranjos, regresa a su casa. Sigue el caminito con reborde de margaritas silvestres.

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Todavía el sol entibia su pequeño cuerpo amorosamente. Los teros revolotean en la tierra arada buscando las isocas, pero parece que la persiguieran a ella dando picotazos y la asustan con su agudo e interminable “teru… teruu… teruu”. -¡No seas zonza! –le había dicho tío Víctor- los teros no hacen nada si no se los molesta. Hermano sol, hermanas aves, ¡la acompañarán por siempre, por siempre en su existencia! En su casa no hay llaves, empuja la puerta, ya que solamente se pone la tranca en la parte interior antes de ir a dormir, la cual es sostenida por dos herrajes. Entra y encuentra a Leoni cosiendo a máquina en el comedor. -¡Hola, linda! –la saluda- ¿cómo te va? ¿cómo te fue en la escuela? Se le acerca, toma su carita entre las manos tan suaves de crema Hinds y le da un sonoro beso. -Andá, andá a contarle a tu madre cómo te ha ido – y regresa a la costura. Anita está en la cocina recortando muñequitos de papel blanco, para adornar los estantes de los envases tan variados. ¡Hola, Viole! –y le ordena suavemente- guardá la pizarra en el aparador de la salita y apagá la radio. Ella hace lo que le pidió su mamá y regresa a la cocina. ¡Qué bonito quedó todo! ¡cuánto sabe su mamá! -Contáme, ¿qué te enseñó Benito? -Tengo que hacer palitos y palitos. -Sí, sí, los palotes, ¿te salen bien? -Sí, pero me canso. -Bueno, ¡ya te acostumbrarás! Andá a lavarte las manos para tomar la leche con tus hermanitas. -Sí, mamá –le contesta obedeciéndole. 37


Va afuera, cerca de la bomba hay una palangana de agua limpia sostenida por un trípode de hierro. Violeta piensa: “le contaría que hay un perro malo, que me asusta mucho, pero se van a reír de mí. Mejor se lo digo otro día.”

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Se termin贸 de imprimir en San Andr茅s en febrero de 2011.

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Campo y cielo