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Un misterio para dos


Un misterio para dos


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Un misterio para dos María Baranda

Ilustraciones de Rosi Aragóh Okamura ©2010, María Baranda

©Bienes de Consumo Internacional, 2011 Av. Los Ángeles 303 Int. 1-B

Col. San Martín Xochináhuac

02120 México D.F

Primera edición, noviembre de 2011 Dirección editorial: Lorenza Estandía González Luna Edición: Aline Hermida Cortés Cuidado editorial: Georgina Cárdenas Corona Diagramación: Alfonso Reyes Gómez Ilustraciones: Rosi Aragón Okamura Impreso por Cargraphics S.A. de C.V.

' Impreso en México- Printed in Mexico Segunda reimpresión, febrero 2014 ISBN: 978-607-9107-92-5 CC: 28003168

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna ni por ningún medio, conocido o por

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Guatemala, Lima, México, Mianu, Panamá,

editorial.

Quito, San José, San Juan, San Salvador,


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a primera ve q e Martina se comió el almuerzo de Itzela, una bandada de pericos cruzó el patio de la escuela. Hicieron tanto ruido que nadie escuchó cuando Martina tiró las mochilas, corrió al baño, se encerró en uno de los escusados, bajó la tapa, se sentó y desenvolvió rápidamente los sándwiches para comérselos casi de un bocado. Nadie se dio cuenta de nada. Nadie, excepto ltzela, pero no dijo una palabra. Martina jamás había hecho esto antes. Nunca había tomado algo que no fuera suyo. Ni siquiera los lápices de Ana Cristina que todos los del grupo se llevaban. Pero ese día


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lunes algo ocurrió dentro de ella. No fue el hambre, ella siempre llevaba su propio al­ muerzo. Lo que había llamado su atención era que venían envueltos en una servilleta de tela blanca con diminutas flores color naranja bordadas en la orilla. Eso los hacía distintos de los demás que estaban envueltos en simples servilletas de papel o metidos en las loncheras. Y lo diferente siempre es muy atractivo. Cuando Martina dio el primer bocado sin­ tió que un sol se diluía en su lengua. Jamás había probado algo tan delicioso, sin embar­ go, se apresuró a comérselos por miedo a ser descubierta. Al regresar al salón, notó que todos esta­ ban ocupados en sus propias cosas; nadie vol­ teó a verla cuando entró ni nadie dijo nada. Casi inmediatamente sonó la campana del recreo. Sus compañeros salieron atropellada­ mente a recoger su almuerzo, todos menos ltzela, que se había quedado en su lugar para anotar unas cosas en su cuaderno. Ese día pasó muy rápido para Martina. Por la tarde dibujó un cielo azul intenso y un paisaje con palmeras, un lago, dos camellos y una monta­ ña larga e inmensa. La segunda vez que Martina se comió el al­ muerzo de ltzela, el gato de la escuela maulló tres veces. Dos pájaros, que estaban en ló alto de una rama, hincharon el pecho y silbaron ·


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tan fuerte que el sol parpadeó por unos segun­ dos. Nadie la vio ni la escuchó, excepto ltzela, pero tampoco dijo nada. Martina se comió un poco más lento los sándwiches y esta vez le supieron aún más deliciosos. Ella también había traído su almuerzo: pepinos con limón; pero le sabían a nada, a aire, a vacío, después de haber probado el almuerzo de su compa­ ñera. Al comérselos lamentó tener que estar encerrada en el baño donde el piso era de cuadros café con amarillo y el techo de color azul deslavado estaba lleno de humedades. Además, sentada en la taza del baño, lo único que podía ver era la puerta de metal negro que parecía un trozo perdido de la noche. Pensó que lo que acaba de hacer no podía compartirlo con ninguno de sus amigos. En­ tonces el pan se le pegó en el cielo del paladar, el jamón le supo un poco salado y sintió unas ganas muy grandes de salir pronto de ahí. Así es que dobló rápidamente la servilleta de tela blanca con diminutas flores de color naranja ' bordadas en la orilla y salió al corredor donde no había ni un alma. La tercera vez que Martina se comió el al­ muerzo de Itzela, los pájaros no cantaron, el gato no maulló, ningún perico cruzó el cielo apresurado. Era como si el mundo se hubiera detenido. Martina hizo todo con movimien­ tos lentos: era uña experta. Regresó al salón en el momento en que los demás compañeros

salían atropelladamente al patio. Martina los imitó sin·prisa. Acababa de comerse algo de­ licioso y sólo necesitaba sentarse en la banca para que un rayo de sol la hiciera completa­ mente feliz. Pero ese día, un miércoles, Martina se acostó en la banca del patio, cerró los ojos y dormitó un poco. No mucho, porque Lupita y Priscila la invitaron a brincar la cuerda. Martina aceptó de mala gana: sentía la barriga llena. Cuando regresaron al salón, la maestra estaba muy seria y tenía los labios apretados, como si estuviera enojada. Se puso al frente y les dijo: -Alguien se ha estado comiendo el al­ muerzo de ltzela y quiero saber quién fue. ' Hubo un sile�¿io muy largo. Nadie dijo nada. La maestra re itió de nuevo pero esta vez con voz más fuerte: -lQuién fue? Silencio. -iMañana todos se quedan sin recreo! -los sentenció con una voz que hizo temblar los vidrios del salón. Se escucharon fuertes protestas de todo tipo. Incluso Martina empezó a decir: -Yo no fui. -Ni yo. -Ni yo. -Ni que estuviera loca. -Ni yo hambriento.

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Sólo ltzela permanecía sin decir una sola palabra. A la hora de la salida el comentario ge­ neral fue lo injusta que era la maestra. Todos opinaron que lo más probable fuera que ltzela estuviera diciendo una mentira. -Sí, se le nota lo mentirosa en la cara -aseguró Mauricio. Y Lupita, Priscila y Martina la voltearon a ver: -Sí -dijeron a coro-: se le nota. Con ltzela nadie se llevaba. Era la nueva del salón. Había entrado desde principio de año, pero era muy tímida y no había logrado hacer un solo amigo, uno de verdad, uno que le preguntara por la mañana qué había hecho la tarde anterior, si había visto "Princesas en el aire", el programa de la televisión, o uno con quien pudiera intercambiar las estampas del álbum. Nadie sabía de dónde venía, en qué escuela había estado antes ni por qué se había cambiado a ésta. ltzela tenía ocho años, igual que los demás; sabía sumar y mul­ tiplicar mejor que ninguno, leía muy bien y tenía excelente ortografía, memorizaba en un segundo las capitales del país, las del conti­ nente entero e incluso las de Asia y África. Sin embargo, nadie sabía de estas cualid"'ades o ninguno las había notado. Y de todas ma­ neras esas son cosas que importan poco si tienes ocho o nueve años. Simplemente no

le dirigían la palabra, ni ella a ellos, y nunca la invitaban a jugar. Era como una sombra a la que se habían acostumbrado. Así es que el hecho de que alguien se hubiera comido su almuerzo tampoco les preocupaba gran cosa. Esa tarde, a la salida, ltzela quedó olvidada por todos tan pronto se cerró la puerta de la escuela. Por todos menos por Martina.

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' sa tarde Mar tl:ba fue a casa de Tata. Tata era una señora may �r; "como de cien años", decían los niños. Pero no. Tata tenía poco más de cincuenta. Era baja, aunque no mucho; rellenita, pero no tanto. Y eso sí, muy par­ lanchina. Tata se dedicaba a cuidar niños y pollos en el patio trasero de su departamento. A los niños les leía cuentos, los ponía a jugar con montones de trastes de plástico que guar­ daba en unas tinajas de colores y los dejaba disfrazarse con los retazos de trapos y telas que tenía en la repisa superior de su arma­ rio, siempre que se hubieran portado bien, lo que con Tata quería decir: nada de gritos o berrinches. Pero sobre todo, y esto era lo que

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más les gustaba a los niños, los dejaba jugar y corretear por toda la casa. Con los pollos nadie sabía qué hacía, sólo que estaban en su patio y que temprano por la mañana y en la tarde les ponía su alpiste. También daba clases de bordado dos veces a la semana, por lo que en su puerta había un letrero que decía "Primores Tata". Así era conocida en el barrio. Vivía en el mismo edi� ficio que Martina, su hermano Federico y su mamá, sólo que ellos en el tercer piso y Tata en la planta baja. Primores Tata había cuida� do a los niños desde que eran muy pequeños. Federico era un año mayor que Martina, le gustaba mucho el futbol y era un experto en hurones. Su papá se había ido de su casa y nadie sabía ni por qué ni a dónde cuando Martina todavía estaba en la panza de su ma� má y Federico apenas estaba aprendiendo a caminar. Primores Tata solía decir: "al muerto lo que es del muerto y al vivo... todo lo de� más" y eso lo habían entendido los hermanos . como "s1 ya se fue, no es asunto nuestro" � Jamás les había afectado ser una familia de tres, excepto cuando Bernabé, un niño que había estado con Primores Tata por unas se� manas en el verano de hace dos años, les había dicho que los que no tienen papá se llaman huérfanos. Martina le sonó un derechazo que lo derribó inmediatamente. Bernabé no se de� jó y le contestó con un puntapié. Finalmente,

Federico, para defender a su hermana, lo jaló de los cabellqs y le dijo que jamás volviera a decirles eso. Bernabé no regresó y Tata no de� jó de quejarse de la falta de dinero durante varios días. Martina decidió darle sus ahorros. -Sólo tengo veinte pesos, pero con eso te alcanzará -le había dicho abrazándola. Y con ese acto de generosidad Primores Tata olvidó el asunto. Eso sucedió hace mucho tiempo. Ahora, por la tarde, Martina había entrado sin decir ni hola. Se fue directo al armario, sacó de la repisa más alta una larga tela transparente de color rosa pálido, se la amarró alrededor de la cara y se sentó sobre una pila de revistas viejas. A través de la tela, la vida, o sea los problemas, f se veían diferente> at� la volteó a ver pero no comentó nada. Sabí � que algo malo pasaba y que Martina no tardaría en hablar. Y en efec� to, al cabo de unos minutos dijo: -lSabías que hoy en mi escuela hubo un robo? -iPero qué barbaridad! -repuso Tata alzando ambas cejas, a la vez que ensartaba una aguja. -Sí, alguien se robó el almuerzo de ltzela. Y ya van tres días seguidos que sucede lo mis� mo. lT ú qué piensas? -lQué pienso de qué? -respondió Tata. -Pues del robo ... lcrees que el culpable deba ser castigado?

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-Castigadísimo, si alguien se comiera mi almuerzo, no pararía hasta encontrar al res­ ponsable. Pero también le preguntaría por qué lo hizo. _¿y si lo hubiera hecho tan sólo porque tenía hambre? _¿Hambre? Un robo de tres días seguidos no es por hambre, es porque le gustó hacerlo, ¿no crees? -No sé, Tata -respondió Martina muy preocupada. -Quien lo haya hecho ya se convirtió en un ratero profesional -dijo enérgica Tata. _¿y cómo sabrías quién fue? -Eso es de lo más fácil, simplemente mi­ raría a cada uno de mis compañeros directo a los ojos. Dicen que la verdad o la mentira · siempre se notan en la mirada -y al terminar de decir esto, Tata empezó a bordar un lirio de color morado. Martina apretó con todas sus fuerzas los ojos, quizás así se borrara el robo de su mira­ da. Esperó unos momentos y dijo: _¿Siempre, siempre se nota? -No falla. Pero cuéntame de ltzela, ¿quién es? Nunca la habías mencionado -dijo Tata mientras cambiaba de hilo. -Ah, es que no es importante, entró este año a mi escuela. _¿Que no es importante? ¿Cómo puede alguien no serlo? Jamás he conocido a nin·.

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guno que no lo sea. Hasta el señor González Fuentes con lo callado que es, o Paquita la del cinco que no le habla a nadie, o ... -ltzela es diferente. Ella no habla, no juega, no se junta con nadie. -Ah ... será por algo -insistió Tata empe­ zando a bordar de nuevo. -No. Ella simplemente no cuenta -dijo Martina categórica. -lPero qué dices? lCómo que no cuenta? -preguntó Tata mientras cortaba el hilo con los dientes. Martina comenzaba a perder la paciencia. Desenrolló un poco la tela para que Primores Tata la escuchara mejor y dijo: -No entenderías .. . -Ahora me explicas -insistió Tata clavando la aguja con tal fuerza en su bordado que parecía que iba a pinchar el universo entero. -Bueno, es que Itzela no le interesa a nadie. A nadie, nadie, lme oyes? Siempre está callada y lo único que hace es anotar en su cuaderno. -lAnotar qué? Eso parece muy intere­ sante. -Quién sabe, lno ves que nadie le habla? -dijo Martina con impaciencia. -No entiendo. Quizás ltzela sea una investigadora. -lUna qué?

-Una investigadora, una de verdad, de las que anotan todo en un cuaderno de rayas, como dicen los que saben: una natural. -No sé si su cuaderno sea de rayas. Nun­ ca me he fijado. Además todos tenemos cua­ dernos así, no entiendo por qué eso la haría una investigadora. -Mmmmm, yo que tú, antes de juzgar a la gente me aseguraba de saber en realidad quiénes son -Tata dio el último hilván al hermoso lirio, retiró un poco el bordado para admirarlo y sonrió. En esos momentos Martina se levantó de la pila de revistas viejas, desató la tela de su cabeza, la dobló rápidamente, la puso en su lu­ gar y salió con prisa de casa de Primores Ta­ ' ta. Necesitaba saBer" cómo era el cuaderno de ltzela. Llamó por teléfono a sus amigas y ninguna supo responderle. Priscila ni siquiera sabía que tenía uno y Lupita jamás la había visto anotar nada. Mauricio no recordaba ni dónde se sentaba ni junto a quién. Era como si ltzela fuera invisible para el grupo.

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artina soñ o ltzela. Las dos jugaban a preparar unos sándwiches enormes cuando Itzela anotó en un cuaderno: "V éanle los ojos a Martina". En esos momentos Martina se despertó gritando. A la hora del desayuno su mamá le pre­ guntó qué le había pasado la noche anterior. Martina no quiso ni probar bocado y por su­ puesto no dijo nada. Federico aprovechó para comerse el pan con mermelada de su hermana y, además, se bebió su vaso de leche sin que ella replicara. Debía de estar francamente mal, pero a su hermano eso lo tenía sin cuidado, había cosas más importantes en qué pensar:

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Lencho, su hurón, no estaba a la vista. Eso significaba que andaría detrás de los sillones de la sala o quizá trepado en lo alto de la ala, cena, como sucedió la vez pasada en que se comió casi todo lo que había ahí, lo que pro, metía un grito de su mamá y, probablemente, hasta un regaño. Al llegar a la escuela, lo primero que hizo Martina fue buscar a ltzela. Era como si se la hubiera tragado el cielo. No estaba en el patio, en el baño, bajo el árbol, junto a los juegos. Martina imaginó que estaría con la maestra contándole quién se había robado su almuer, zo. Pero al entrar al salón lo primero que vio fue que ltzela estaba sentada en la fila de atrás y con su cuaderno de rayas abierto sobre la mesa. Se dirigió a ella sin pestañear y le pre, guntó qué anotaba. -Todo. -lTodo?, lqué es todo? -quiso saber Mar, tina. -Pues todo. Y luego ltzela se volteó a la ventana cor, tando de esa manera la plática. Se notaba molesta, lo que le dio mala espina a Martina. En el alféizar había un pájaro gris con las alas salpicadas de motas café. Parecía estar muy atento a la conversación de las dos niñas. -lTe pasa algo? -quiso saber Martina. Antes de que ltzela pudiera responder, la maestra la tocó en el hombro para recordarle


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que la clase ya había empezado. Hubo risas burlonas, pero Martina ni caso les hizo. Se fue a su lugar, que estaba en la tercera fila cerca del pizarrón, sin quitarle el ojo a Itzela. Así pudo comprobar que la niña nueva anotaba realmente todo. Todo. Su pluma no paraba. Ese fue uno de los días más aburridos del año. El grupo de segundo se la pasó haciendo planas de no es correcto comerse el almuerzo de mis compañeros. Antes de salir, la maestra les dijo: -Quien se haya comido el almuerzo de ltzela puede escribir su nombre en un papeli­ to y dejarlo en mi bolsa. Martina estaba tiesa como estatua. Era su oportunidad de confesarlo, sin embargo, nada más de imaginarse .la cara de sus compañeros al verla dejar el papel, sintió una punzada en el estómago y decidió no hacerlo. En cambio, se apresuró para alcanzar a ltzela. _¿Quién viene por ti? -le preguntó. -Nadie, me regreso sola -le contestó It­ zela sin siquiera verla a los ojos. _¿Dónde vives? -Por allá -señaló ltzela hacia la izquier­ da, pero ahí sólo estaba El Cerro, una colonia famosa por sus casas de cartón. _¿Ahí?, ¿en esas casas? -le dijo Martina un tanto asombrada. -Sí, en esas casas -contestó Itzela muy molesta.

-Te acompaño -dijo categórica Martina. -No tienes que hacerlo, queda lejos -comentó sorprendida Itzela. -No importa, no tengo nada que hacer �mintió Martina. Sabía que su hermano es­ taría esperándola para regresar juntos. Así es que corrió a avisarle que una amiga la había invitado a su casa. Federico protestó porque él solo tendría que preparar la comida antes de que su mamá regresara del trabajo. Martina no alcanzó a escucharlo, se había apresurado para alcanzar a ltzela. En el camino, las dos niñas se pusieron a hablar y descubrieron que tenían muchas co­ sas en común: a las dos les gustaban los gatos más que los perro�, pr1=ferían salir a explorar y caminar que jugar )uegos de mesa, odiaban el atún y podían comer�e tres platos seguidos de espagueti con crema. Ninguna de las dos tenía papá: ltzela sí, pero no contaba porque sólo lo había visto dos veces en su vida. Esa plática la tuvieron en el camino a casa de ltzela como a las 2.30 de la tarde. Para después de la comida, o sea, a las 3.30, Martina se atrevió a pregun­ tarle qué era lo que anotaba en su cuaderno. -Todo. - _¿Todo, todo? -Todo, todo ... ya te dije -contestó ltzela molesta. -Por ejemplo, llo que sucede en el salón? -preguntó Martina con voz temblorosa.

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-Sólo lo importante. _¿y cómo sabes qué es lo importante? -Porque lo es para mí. Martina no sabía cómo decir lo que tenía en la punta de la lengua, así es que lo dijo rápidamente: _¿Medejasvertucuaderno? -lQue? -lQué si me dejas ver tu cuaderno? -dijo más despacio Martina. Hubo un largo silencio, después del cual ltzela contestó: -No. Nadie puede verlo. Se notaba incómoda. Le propuso a Mar� tina salir a caminar. Fueron a dar una vuelta pot el camino de tierra, ninguna de las dos hablaba. Era como si un muro enorme lleno de silencio estuviera puesto entre las dos. Martina volteó a ver con detenimiento las casas. Eran sencillas y limpias, aun con el piso de tierra; todas de láminas de cartón negro. Esas láminas estaban unidas con clavos y en la punta de cada uno había una corcholata. No se atrevió a preguntarle a ltzela cuál era su uso, no quería que se fuera a molestar o la tomara por tonta. De pronto comentó: -Qué pena lo de tu almuerzo, ¿tienes idea de quién pudo hacerlo? -A lo mejor. -lA lo mejor? ¿Quién?

-Cuando esté segura te digo. Martina sintió una fuerte punzada en el estómago y no quiso seguir allí. Se despidió y decidió irse directo a casa de Primores Tata antes de llegar a su casa. 27


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ata estaba nas señoras bordando un lago azul con patos en la orilla. Martina entró corriendo por la tela rosa pálido. Tata se dio cuenta de que algo malo sucedía. -lY qué pasó hoy? Te noto preocupada -dijo con una voz de sol que todo lo abrazaba. -Sí, un poco --contestó Martina enredán� dose la tela en la cara como siempre que algo le preocupaba. Tuvo cuidado de sentarse de� trás de la puerta que daba a la sala para que las alumnas de Primores Tata no la vieran. Así es que la conversación fue a través de la puerta. -Cuéntame -volvió a decir la voz de sol.


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-Es que . . . -Martina no quería hablar delante de las señoras. Su voz empezaba a romperse en diminutos pedazos de vidrio. Tata dejó la mesa de bordado, se acercó a ella lenta y amorosamente y se sentó a su lado. -Ahora sí, dime qué pasó. Martina le contó lo de la escuela y el cua� cierno de ltzela, y la conversación que habían tenido en casa de su nueva amiga. -A mí me parece que tú sabes algo del ro� bo, ¿me equivoco? -le preguntó con voz sua� ve, tan suave que a Martina le dieron ganas de llorar un poco, poquito, pero se contuvo. -Supongamos que fue un amigo tuyo el que lo hizo, Ho ayudarías? -Bueno, si suponemos que fue un amigo mío yo le sugeriría que lo confesara todo -dijo Tata. -Es que mi amigo no puede confesarlo, dice que su mamá lo castigaría muchísimo. Lo podría dejar sin comer hasta por tres días, Lte imaginas? -Ay, no, eso sería muy cruel. Pero si suponemos que fuera un amigo, entonces le sugeriría que siguiera el consejo de la maestra y que dejara su nombre en su bolsa. Sería lo mejor. -No, no, eso tampoco lo puede hacer. Porque de todas maneras su mamá se ente� raría y no podría escaparse de las crueldades.

Primores Tata pensó por unos momentos. Se rascó la barbilla, se acomodó la peineta que sujetaba su pelo y comentó: -En el papel puede escribirle a su maestra las razones que tiene para no delatarse con su mamá y además prometería no volverlo a hacer. Pienso que la maestra, al leer eso, guar� daría el secreto. Hubo un silencio no muy largo que Mar� tina rompió: -Tata, Ltú crees que ltzela sepa quién lo hizo? La mujer volteó a ver el azul intenso del cielo que se asomaba por la ventana; en un árbol cercano había un pequeño pájaro que tenía en el pecho una' delicada gota roja, co� mo de sangre. Tad .suspiró profundamente y " dijo: -Seguramente que sí -y al terminar de decir esto salió a revisar el trabajo de sus tres alumnas que ya habían comenzado a bordar un hermoso sol brillante y dos patos grises en pleno vuelo. Martina se sentía molesta. Esta vez la tela rosa pálido no la había hecho sentirse mejor. Se la quitó y la guardó en su lugar, después subió de dos en dos las escaleras de su casa. Federico estaba muy preocupado porque Lencho no aparecía. Los muebles de la sala no estaban en su lugar, los libros estaban fuera de los estantes, los cuadros en el suelo, •,

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las sillas volteadas, los cojines desparramados por aquí y por allá, parecía que un terremoto había sacudido su casa. --Te van a regañar -sentenció su hermana. -Más a ti por haberte ido a casa de ltzela. -lY qué tiene? Mamá me da permiso de ir a casa de amigas. -Sí, de amigas, pero no de . . . -Federico no había terminado de decir la frase cuando aventó un cojín contra el vidrio. Lencho ha­ bía sido descubierto-. Y si no quieres que te acuse, levanta todo el tiradero. Martina estaba más enojada, así es que le rugió: -iLevántalo tú! Yo no te ayudo. Y se encerró en su cuarto de un portazo. Federico estaba asombrado de ver el tamaño de su mascota. En sólo un día había au­ mentado el doble de tamaño, el doble de peso, y no podía moverse. Era como si dentro de él hubiera una enorme pelota de futbol. Cuando llegó la mamá se asustó de ver su casa toda tirada y pegó un grito que retumbó en las ventanas. Martina se asomó para. ver qué pasaba. -Ma, lestás bien? -iNo! iQué desorden es este! -Yo no fui, fue Federico. Estaba cazando a Lencho. El grito de la mamá no se hizo esperar. -i Federicooooooooooo!


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El mno salió furioso de su habitación y decidió acusar a su hermana. -Se fue a casa de ltzela, no comió aquí, ino ayudó en nada! La mamá ni caso le hizo, estaba muy can­ sada, había tenido un día pesado en su ofici­ na. Era la secretaria y todo el día le habían dicho "guarde esto, archive aquello, háblele a fulanito" y no tenía ganas de llegar a su casa a recoger y a limpiar, eso le tocaba a sus hijos. Federico siguió quejándose de Martina y Mar­ tina de él. Su mamá se quitó los zapatos, abrió el agua de la tina y se encerró en el baño. Desde ahí les avisó que al salir quería ver to­ do como estaba antes. Los dos hermanos, muy enojados, levantaron y recogieron todo. Mar­ tina no dejó de quejarse de lo injusta que era la vida y Federico no dejó de decirle que cómo se había atrevido a ir al cerro, a casa de lt­ zela. Hablaban al mismo tiempo, ninguno de los dos le ponía atención al otro, parecían una bandada de pericos cruzando el cielo a toda velocidad. Finalmente, después de casi una hora de juntar, levantar y guardar, la casa parecía de nuevo un hogar. Federico le anun­ ció a Martina: -Ya verás, ya verás, me las vas a pagar. Pero a Martina, que tenía tantos problemas en la cabeza, no le importó lo que su hermano decía, es más, ni siquiera lo escuchó.

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l patio nunc�'había parecido tan grande y tan solitario, aunq�e estaba lleno de niños que corrían y gritaban por todas partes. Marti­ na se recargó en el árbol lleno de pájaros grises y negros como la oscuridad más profunda, y miró detenidamente a todos los niños. Busca­ ba a ltzela, pero de ella ni sus luces. Cuando entró al salón la vio sentada en la última fila junto a la ventana. ltzela se veía distraída, miraba para afuera y se chupaba la punta de su trenza. No se acercó a saludarla. Notó que afuera los árboles se movían ligeramente con el viento. En muchas de sus ramas había pája­ ros que tenían el pecho amarillo en forma de una larga lágrima.


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Era viernes y los niños esperaban con ansia el recreo. Su maestra volvió a recordarles lo del almuerzo de ltzela y anunció que, de nue� vo, se quedarían haciendo planas. El malestar fue general, se escucharon voces de protesta y decepción. Fue entonces que Martina escribió un recado para su maestra. Se cuidó de que nadie viera que lo dejaba en su escritorio, no se atrevió a acercarse a su bolsa que colgaba del respaldo de la silla. Durante las clases de Historia, Matemáticas y Geografía, Martina estuvo muy atenta al papel que descansaba en la orilla izquierda del escritorio. N ada lo movía, ni siquiera la voz de la maestra que a veces decía Groenlandia o América sonando como olas de un mar fuerte y tempestuoso. La maestra les había pedido que colorearan un mapa. A la hora de la salida todos los niños se abalanzaron a dejar sus trabajos en el escri� torio de la maestra y a recoger sus cosas. De las primeras en hacerlo fue Itzela. Martina no apartaba la vista de su papel, pero en un mo� mento, con tanto revoloteo, ya no vio dónde había quedado su recado. Quiso alcanzar a ltzela en el patio, sin embargo, cuando salió, ya no estaba, sólo había una nube de polvo y arena seca que se metía lenta en los ojos de todos hasta lograr que vieran un tapiz de luces verdes, rojas, amarillas y blancas y que luego, quién sabe cómo, hacía que tosieran un poco.


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lQu les pasa? -quiso saber sacando la tos de su garganta. -Ayer fuiste a casa de Itzela, Les, cierto? -le dijo molesto Mauricio. -Sí, ¿qué tiene? -lo enfrentó Martina. -LSabías que su mamá limpia la escuela cuando nos vamos? -dijo Lupita. Y repitió:­ La limpia. _¿y que lava la ropa de las maestras? -añadió Priscila con cara de asco. -iY además barre los patios y hace los ba, ños! -continuó Mauricio cruzando los brazos. No, Martina no sabía nada de eso y no le parecía mal. _¿y qué tiene? -respondió ella asombra, da de lo que sus amigos decían y de su voz, esa voz dura, como de vidrios o piedras, que parecía decirle: ya no te quiere nadie. Los tres se dieron la vuelta y decidieron ignorarla, era como si Martina hubiera come, tido una falta terrible por haber ido a casa de una niña hija de la señora de la limpieza. Se sintió dolida, pero también furiosa con sus tres amigos. Entonces empezó a llover. Al principio muy lentamente, unas cuantas gotas suaves que apenas y rozaban la cara de Martina, pero conforme daba pasos rápidos para llegar a su casa, la lluvia fue creciendo en intensidad y la

mojó toda, se le metió en las piernas y en los pies y en las uñas, y le llovió en el sueño y en el pensamiento., adentro, muy adentro, donde se guardan los secretos. Y entonces recordó a ltzela y su casa de cartón e imaginó que la lluvia la mojaba, la inundaba toda. Cerró los ojos, los apretó, y deseó con todo su corazón que no pasara eso. Poda noche Martina pensó que de sus tres amigos no hacía uno solo de verdad. Y meditó en ltzela y en su madre y en la suya propia que también trabajaba, y se dijo a sí misma que ésa era otra cosa que las dos tenían en común. También trató de imaginar quién había podido contarles a sus ex amigos lo de ltzela y pensó en su hermano. P�ro pi siquiera pudo recla, marle nada porque F�derico no estaba. A la mañana siguiente fue a tocar a la puerta de su casa don Miguel, el portero, para compartirles una mala noticia: los pollos de Primores Tata habían desaparecido.

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. ' a primera en bajar las escaleras fue Marti­ na. La puerta de Pri�ores estaba entreabierta y ella barría el patio trasero con mucho empe­ ño, como si en cada movimiento de la escoba quisiera borrar las malas noticias, quitar un tiempo que había pasado y dejar todo como una hoja en blanco en donde se pudiera vol­ ver a escribir una historia. Una distinta. Una donde no hubiera plumas de pollo tiradas por aquí y por allá. _¿Qué fue lo que pasó? -preguntó Marti­ na al tiempo que le ayudaba a jalar la caja de cartón donde guardaba el alpiste. -No sé, es un verdadero misterio. Salí tem­ prano a darles de comer y noté que s·ólo que-


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daban esos dos pollos bien asustados, míralos, hasta parece que hubieran visto al mismísimo diablo. Martina vio a dos pequeños polluelos aga­ zapados en una esquina del patio. En efecto, parecía que algo terrible les hubiera pasado. Y sintió miedo, ese miedo que da algo que no sabemos qué es. Su corazón comenzó a acelerarse. -Tata, lcrees que alguien se los robó? -Definitivamente. Los pollos no suelen escaparse si están bien comidos -sentenció la mujer arqueando las cejas e inclinándose un poco para mirar debajo de una banca. De pronto pareció que el aire se hubiera dete­ nido. Entonces Martina sintió algo dentro de ella, algo así como un fuerte chorro de agua caliente que le subía hasta la cabeza, le salía por las orejas y los ojos en forma de cientos de lágrimas. Y ahí, en el centro del patio, Primores Tata y Martina abrieron los brazos muy lenta. mente hasta dejarlos extendidos y empezaron a girar, a girar despacio como dos rehiletes en un campo de flores de muchos colores. Pare­ cía una danza, una danza de dos personas que decían murmullos de viento, pedazos de cielo, gotitas de silencio que salían de sus brazos y de su voz que lo envolvía todo. Sólo ellas te­ nían movimiento, sólo ellas eran el mundo y el mundo era parte de ellas dos. Martina em-

pezó a gritar muy fuerte, su grito era el motor de un avión que la elevaba cada vez más y más alto hasta tocar las nubes. Tata giraba y giraba y a su alrededor una lluvia de hojas y de pequeñas flores empezó a revolotear, pri­ mero por el suelo, y después subió hasta lle­ gar a la altura de la barda. Todo era arriba y abajo, atrás y adelante. Todo era todo cuando por fin, las dos amigas, lograron detenerse y abrazarse. Tata miró los ojos llenos de agua de Martina y esperó que dijera algo. Porque ella sabía muy bien que cuando los niños hablan es porque tienen algo importante que decir. Y hay que escucharlos. Escucharlos con los ojos y las manos y los oídos y las narices. Con todos los sentidos, porque a veces hay palabras que no s �' o en: se huelen, otras se • tocan, se sienten, y unas más sólo se sueñan, se escuchan adentro de nuestro pensamiento. Y las palabras de Martina eran de las que se oyen con el corazón. A esas sólo hay que es­ perarlas. Así es que Tata se alzó un poco la enorme falda y se sentó justo al centro del pa­ tio. Martina la imitó, le dio las manos y abrió la boca y de ahí surgió una voz como linterna mágica, llena de pájaros multicolores, de flo­ res, de recuerdos, de secretos guardados hasta lo más hondo. Tata la escuchó como se escu­ cha algo importante, algo que nos anuncia un tesoro o la maravillosa profundidad del mar. Cuando Martina terminó de contarle hasta el

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último detalle, Tata se acostó en el suelo para observar el cielo con detenimiento. Martina hizo lo mismo. Al cabo de unos instantes, Ta­ ta dijo palabras que se guardan muy adentro y que sólo deben salir en el momento preciso y con la gente adecuada. Entonces Martina entendió que eso era muy importante, algo que debía de hacer o de decir sólo a su verda­ dera y nueva amiga: a ltzela.

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7.

-Será dificilísimo., -No tanto. -Es que no sé cómo empezar ... -Por el principio, se empieza siempre por el principio. -Pero, Tata, tengo que tener una razón. -La tienes. -lCuál es? -T ú la sabes. -No, te juro que no. -Entonces tápate los oídos y la escucharás. Martina siguió las órdenes de Tata. Y sí, escuchó esa razón, o ese pretexto, por el que se había comido el almuerzo de su amiga tres veces seguidas y decidió ir a verla. Pero no pudo salir de casa de Primores Tata porque


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Miguel, el portero, le había avisado a todos del problema: desde al señor González, tan calla­ do, y a la tímida Paquita, que vivía en el cinco, hasta a los del edificio de enfrente que tantas veces había visto pasar Martina y que no sabía ni cómo se llamaban, incluso a las alumnas de bordado: las de los martes que sólo eran tres y las de los jueves que eran seis pero que habla­ ban como si fueran veintisiete. Todos parecían pájaros de un mismo árbol. Y ahí estaba su mamá, que trataba de consolar a Tata con una humeante taza de café. Y también vio a ltzela y a su madre que iban de camino a limpiar la escuela, pero que al ver tanto alboroto se habían detenido para enterarse de qué pasaba. Y sucedió que Tata abrazó a la mamá de Itzela como si fueran viejas amigas ante la cara de asombro de Martina. -Sí, la conozco -le dijo Tata al oído, ce­ rrándole un ojo y luego volteó a ver a la hija: -T ú debes de ser. . . -Sí, ella es ltzela -se apresuró a decir Martina y la abrazó muy fuerte, tanto que parecía que le iba a romper todos los huesos. Fue cuando Martina notó que Itzela lle­ vaba su cuaderno bajo el brazo. ¿Por qué? O más bien: ¿para qué? Pero no se atrevió a preguntarle ahí, delante de tanta gente. Se fueron a la calle a caminar. Martina hablaba rápidamente, a trompicones, como si quisiera hablar de todo y de nada a la vez. It-


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zela escuchaba en silencio. De pronto le hizo a Martina una pregunta que estaba en la mente de cada uno y que nadie se atrevía a formular: -lQué hace Primores Tata con los pollos? Y a Martina, que pensaba confesarle a su amiga lo de su hurto, se le olvidó todo. Todo. Hasta las razones o pretextos que había tenido para comerse el almuerzo de su ahora querida y gran amiga. Frunció el ceño en señal de que buscaba muy dentro de ella la respuesta, sólo atinó a contestar: -Quién sabe. -lDe verdad nadie lo sabe? -Nadie. Nunca hemos visto qué hace con ellos. -lNo los deja crecer? lSe quedan pollos para siempre? -... (Martina no supo qué responder). -lLos vende? -No sé. -lLos regala? -Puede ser. -Es un misterio. Uno grande. Apenas había terminado ltzela de decir es� to cuando Martina vio que abría su cuaderno y empezaba a anotar algo. -Estoy escribiendo todo para ver si así descubrimos qué pasa con l0s pollos. Y Martina sonrió porque de pronto estaba involucrada en un misterio y eso, definitiva� mente, daba mucha emoción.

Al cabo de unos minutos ltzela se puso de pie. Un papel cayó de su cuaderno. Martina lo recogió y cuando se lo iba a entregar a su amiga esta le dijo: -iMira quién va ahí! Era su hermano Federico que cargaba una caja de cartón. -iFederico! -gritó Martina, pero él corrió más y más.

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8.

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as dos amiga fu ron detrás de él, pero parecía que ocultaba algo porque a cada paso que daba les decía: -iVáyanse, váyanse! Había tomado el rumbo de la escuela, por lo que ltzela sugirió mejor seguirlo sin que él se diera cuenta. Así, cuando él dobló en la esquina, ellas se ocultaron detrás de un árbol y después lo imitaron. Cuando cruzó la ave� nida, ellas también lo hicieron, sólo que unos pasos más atrás. En efecto, iba a la escuela. Lo vieron tocar la puerta y entrar. ltzela hizo lo mismo, le dijo a la cuidadora que su mamá le había pedido que se adelantara a barrer los


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salones. Las dos niñas entraron dispuestas a sacar las escobas y los trapeadores. Pero en realidad buscaban a Federico. No estaba en los salones de abajo ni en la Dirección. Itzela co� rrió al laboratorio. La puerta estaba abierta. No le fue difícil asomarse y ver que el her� mano de Martina estaba tapando su caja con algunas batas. -¿Qué haces? -le preguntó. Federico dio un brinco que casi toca el techo. -iSalte! No puedes pasar. -T ú tampoco -le respondió su hermana que había escuchado todo y en esos momen� tos entraba. Federico se puso muy nervioso al ver a las dos niñas. -El maestro de Biología me pidió un en� cargo y se lo traje. Me pidió que no le dijera a nadie. -iQué raro! -comentó Martina. -Bueno, mejor nos salimos. Adiós -dijo ltzela guiñándole el ojo a su amiga. Y las dos bajaron de prisa las escaleras. Una vez abajo, se metieron al baño de niñas. -Es obvio que no nos va a dejar ver qué tiene en la caja, pero podemos esperar que se vaya y entramos, üe parece? -Sí, me parece -respondió Martina emo� donada.


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Sin embargo, no fue tan fácil entrar al sa­ lón de Biología como habían pensado. Fede­ rico se había llevado la llave, además de que tardó bastante en irse. Tuvieron que quitar una de las rendijas de la ventana que estaba junto a la puerta para que ltzela, que era más pequeña que Martina, pudiera entrar por ahí. Su asombro fue muy grande al ver que en la caja no había nada. Sólo un montón de pelos negros y grises y un extraño y repugnante olor.

9.

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artina sugi �.i a su casa. Quizás ahí estuviera su hermano y podrían espiarlo, ver qué se traía entre manos. Su decepción fue enorme al saber que no estaba Federico. Se tumbaron en la cama de Martina para hablar y pensar. ltzela contó que de grande le gustaría ser detective, una de las mejores, de las que viajan por todo el mundo para descubrir secretos entre países. Dijo que había visto una vez una película de espías en la que una mujer sabía quiénes querían hacer una gran guerra y que gracias a ella se había logrado detener todo a tiempo. Martina em­ pezó a palidecer. Se dio cuenta de que Tata


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tenía razón: su amiga era una investigadora natural, de esas que lo saben todo nada más con mirarte a los ojos. Y sintió miedo, un mie� do terrible, uno que le erizó hasta la última punta del cabello. Entonces decidió hablar: -Itzela: yo sé quién se comió tu almuerzo. Silencio. Mucho silencio. -Dije que yo sé quién se comió tu almuerzo. -Sht. Escucha -dijo ltzela poniendo su dedo en la boca en señal de silencio-: alguien viene. Las dos amigas se quedaron completamen� te quietas. En efecto, alguien había entrado en la casa. _¿Mamá? -preguntó Martina. Nadie respondió. Decidieron asomarse al pasillo. La puerta del cuarto de Federico estaba cerrada. Se acer� caron con sigilo y pusieron la oreja para escu� char qué pasaba. Martina no aguantó y giró la perilla de la puerta. Todo estaba muy des� ordenado, pero de Federico, nada. De pronto ·escucharon ruidos en la cocina. Corrieron. _¿Qué haces? -le preguntó Martina a su hermano. -Tengo hambre -contestó Federico al tiem� po que metía en su mochila un montón de lechuga, zanahorias y coles. _¿y desde cuándo te gustan las verduras? -iQué te importa! -respondió apresurado. --¿A dónde vas? -quiso saber su hermana.


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-iQué te importa! -volvió a responder Federico. -iLe voy a decir a mi mamá! -amenazó Martina. -iQué te importa! -repitió a gritos Fede� rico. Y de un empujón se abrió paso hasta la puerta, que cerró de un portazo. Una vez solas, las amigas revisaron el re� frigerador. -También se llevó la leche, las calabazas y hasta iel queso! lCrees que mi hermano piense vivir en otro sitio? ltzela no respondió inmediatamente. Se tomó su tiempo para abrir la alacena, volver a revisar los cajones del refrigerador y hasta le echó un vistazo al fregadero. Martina la observaba con detenimiento, al fin y al cabo ella era la investigadora. -lY? -Bueno .. . -empezó a decir ltzela con un poco de seriedad-. Me parece que tu hermano ·está alimentando a alguien más. Alguien que no necesita cubiertos ni platos, pero la quién le encantan las verduras crudas y los lácteos? -lLos lácteos? lO sea, la leche y el yogurt? -Yo diría el queso. Después de un breve silencio Martina gri� to entusiasmada: -iLencho, Lencho, Lencho! -lQuién es Lencho?

-Su mascota, su hurón . .. lo que no en� tiendo es por qué lo tiene en otro lugar. Mamá sí deja que lo tenga aquí, siempre y cuando no salga de su cuarto, porque ... -lSe come todo lo que encuentra? -En efecto. Hubo una vez en que devoró lentejas, frijoles, toda el azúcar y hasta los chocolates que mamá guarda en el bote de hasta arriba de la despensa. iEs un glotón! _¿y sólo come verdura? Me refiero a que les vegetariano nada más? -Creo que sí... en realidad no me fijo nunca qué le da de comer mi hermano ni a qué horas. Es que Lencho huele horrible. -iVamos a su cuarto! -pidió ltzela. Entraron cuidándose de no pisar lo que . ¡ estaba en el suelo: plumones, calcetines, pan� ' talones, libros, cuadernos, revistas, papeles de dulces, una cáscara de plátano y hasta ila pasta de dientes! -iGuácatelas! Mi hermano es un asco, si mamá viera esto ... -comentó Martina con cara de horror. -Yo creo que algo pasó aquí. iMira! -dijo ltzela al tiempo que recogía varias plumas de color amarillo pálido. Las dos amigas se voltearon a ver y no di� jeron nada más. Salieron y fueron a echarse a la cama de Martina. -Nunca me lo imaginé -dijo Martina con voz de sollozo-. Lencho jamás había hecho algo igual.

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-Tendremos que avisar. _¿A quién? -Pues a Primores Tata -sentenció ltzela al tiempo que se despedía.

62.

Esa noche, cuando Martina se quitó la ro� pa, cayó al suelo un papel. El mismo que se había caído por la mañana del cuaderno de ltzela. Martina sintió una punzada en el es� tómago: era el recado que ella había escrito para su maestra.

10.

M

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artina baj ca i volando las escaleras. Entró a casa de Primores Tata y la encontró sentada, bordando, como si nada hubiera su� cedido. _¿Qué pasa? -preguntó Tata muy tran� quila. -Es que ya sé quién se comió tus pollos -dijo Martina tratando de retomar la respi� ración. -Pues cuéntame todo, todo. Y entonces Martina contó lo mejor que pudo cómo fue que ella e ltzela habían resuel� to el misterio de la desaparición de los pollos. Cuando terminó, Tata le dijo:


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-Me preocupa tu hermano. ¿Dónde es­ tará? Martina trató de pensar cuál sería el refu­ gio que Federico eligió para su hurón. Pero por más que se esforzaba no lograba imági­ narse dónde podría estar. lEn casa de algún amigo, en el parque, en el cementerio, en la calle, habría regresado a la escuela? Entonces hizo lo que Ta ta le aconsejó: esperar. -Es lo mejor. -¿Qué dirá mamá de todo esto? -Me imagino que se enojará, pero mira, los animales son así. .. No es culpa de tu her­ mano. -Oye, Tata, ¿qué haces con lo pollos? -Nada. _¿Nada? ¿Se quedan pollos para siempre y nada más? Ta ta soltó una larga carcajada. -iNo! Los pollos, como los niños, crecen. Sólo que más rápido. Pero no son míos. _¿y de quién son? -preguntó intrigada Martina. Cuando iba a responder entró corriendo Federico. -Vaya, vaya, otro que viene con la prisa del viento. ¿Qué pasa? Martina no lo dejó hablar : _¿Dónde estabas? Ya sabemos que fue Lencho.

Federico no respondió. Entonces Tata dijo con su voz de sol: -Lo importante es que estás aquí, que viniste. Lo de los pollos . . . -iTe los pagaré! -replicó Federico. -No, no, lo que pasó fue cosa de animales, ¿entiendes? Unos a otros se cazan, se ace­ chan, se devoran. Es la ley de la naturaleza, yo sé que no fue tu culpa. -iPero él lo dejó salir! -enfatizó Martina. -Lencho se los hubiera comido tarde o temprano -dijo Tata con mucha paciencia. _¿Qué haces con los pollos?, he los co­ mes? -preguntó Federico. _¿Comérmelos? iSi no son míos! Yo sólo los cuido. . ¡ Los niños se voltearon a ver asombrados. -Como le estaba contando a tu hermana, los pollos son del señor González. Él no puede tenerlos en su departamento. Sólo el mío tie­ ne patio, por eso me pidió el favor. -Y él, ¿qué les hace? -quiso saber Federico. -T iene una pollería. -Ah. -Ah. -Pero volviendo a tu hurón, regrésalo a casa y cuídalo mucho -sentenció Ta ta arre­ glándose el pelo. Fue cuando los hermanos notaron que traía puesto su vestido de flores ' rojas, el elegante. '

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-Tata, la dónde vas? -quiso saber Mar­ tina. -Me invitaron a dar una vuelta. _¿y eso es importante para ti? -preguntó Martina. -Creo que sí. . . -respondió pensativa Tata. Entonces Martina fue por la tela rosa pálido y se la dio a su querida Tata. -Te puede ayudar -dijo Martina. Entonces Tata se la echó en los hombros. -lEstá bien así? -preguntó. En ese momento sonó el timbre. Era el señor González que venía por su amiga. Los niños no dijeron nada, pero se voltearon a ver con una enorme sonrisa. .

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1 1.

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l lunes por la mañana la maestra le dijo al grupo de segundo: -Quiero que sepan que ya supimos quién se comió el almuerzo de ltzela: fue un gato. Todos los niños se voltearon a ver sorpren� didos. Sólo Mauricio se atrevió a decir: -iQué injusto! iPor un gato nos queda� mos sin recreo tres días! _¿y cómo se supo que fue el gato? -quiso saber Lupita. -Gracias a que ltzela estuvo observando con mucho cuidado -respondió la maestra. Entonces todo el grupo volteó a verla con interés. -Esta semana haremos un paseo al bos� que, aprovecharemos así la clase de Biología ' pero también disfrutaremos de un día de cam�


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po -comentó la maestra y se escucharon voces de contento. Todos sonreían y comentaban la buena suerte que les había dado un gato salido de quién sabe dónde. Sólo Martina volteó a ver a ltzela con cara de interrogación . Pero ltzela estaba muy ocupada anotando algo en su cuaderno. A la hora del recreo, las dos amigas salie� ron a jugar tomadas de la mano. No les im� portó que Lupita, Priscila y Mauricio no les dirigieran la palabra. Para ellas el mundo era ahora un buen sitio donde jugar juntas y, qui� zá, poder resolver un nuevo misterio. Martina le apretó la mano a ltzela con fuerza y le dijo: -Gracias. ltzela la volteó a ver con una enorme sonrisa y ie entregó un regalo. Martina lo desenvolvió rápidamente y su cara se iluminó. Se puso de un color rojo ardiente al ver de qué se trataba: ·era una servilleta de tela blanca con diminutas flores color naranja bordadas en la orilla. En� tonces le apretó la mano aún más fuerte. -lTe puedo preguntar algo? -le dijo Mar� tina a su amiga. -Claro. _¿Qué dibujas en tu cuaderno? -Ah, ven, te enseño -dijo ltzela jalando a Martina hacia el salón.


Ahí, ante los azorados ojos de su amiga, le mostró algunas de sus largas listas de palabras que decían : Alondra Cardenal 72

Golondrina Jilguero Mielero Perico Primavera Reyezuelo Urraca

Junto a cada nombre había un hermoso dibujo del pájaro que le correspondía. -A todos los he visto pasar por aquí -le contó emocionada Itzela. Cuando sea grande, además de ser una buena investigadora, quiero saber todo sobre aves y buscar a las que están a punto de des� aparecer. -iQué emocionante! -respondió Marti� na-. Es buena idea, puede ser como descubrir un misterio. Y sonrió.


' Torre de papel

�orma

Un

misterio para dos

Itzela es la niña nueva en el colegio. Sin embargo nadie quiere hablar con ella, ni acercársele. Y es que Itzela es tan tímida que no sabe cómo hacer amigos. lSerá que los demás no la quieren como amiga por ser hija de quien es? lCuál es la verdadera razón? Por su parte, Martina quiere entender esas preguntas después de un incómo­ do incidente. . . el robo de los sándwi­ pueden resolver ése y otros misterios?

ches de Itzela. lSerá que las dos niñas

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Ma,ría Baranda

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Nació en la ciudad de México, en 1962. infantil y juvenil. Ha recibido los premios Cue.nta con varios libros de literatura Castillo de Lectura (2001 y 2004) ; el

Barco de Vapor (2003 ) ; el FILIJ (2004) y (2008). Es autora también de libros de

fue elegida en la Lista de Honor de IBBY poesía publicados en México, España, •

Canadá, Bélgica e Irlanda, por los que ha sido galardonada. Es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte. Invisible en la colección Torre de Papel En Editorial Norma tiene publicado Amarilla.

Rosi Aragón y orgullo es ilustrar, lo que ha sido

Nació en Culiacán, Sinaloa. Su pasión

y reconocimientos. Ella fue la primera motor para ganar numerosos premios

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www.librerianorma.com

ilustradora mexicana participando en la feria de Bologna. Actualmente trabaja tanto las técnicas tradicionales, como las digitales.

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Un misterio para Dos  

Libro de María Baranda

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