a product message image
{' '} {' '}
Limited time offer
SAVE % on your upgrade

Page 1

Cristina Pacheco Ilustraciones de

Diana Tiznado

A

INSTITUTO TEPEYAC CAMPUS COACALCO 2019-2020

PRIMARIA33 NOMBRE: MAURO URBAN SOLANO MATERIA:


LoQ.ueleo· ..... LA CHISTERA MARAVILLOSA

D. R. ©del texto: Cristina Pacheco, 2004

La chistera marauillosa Cristina Pacheco Ilustraciones de

Diana Tiznado

D. R. © de las ilustraciones: Diana Tiznado, 2004 Primera edición: 2013

D. R. ©Editorial Santillana, S. A, de C. V., 2018 Av. Río Mixcoac 274, piso 4, Col. Acacias 03 240, México, Ciudad de México

Segunda edición: abril de 2018

ISBN: 978-607-01-3865-2

Reservados todos los derechos conforme a la ley. El contenido y los diseños íntegros de este libro se encuentran protegidos por las Leyes de Propiedad Intelectual. La adquisición de esta obra autoriza únicamente su uso de forma particular y con carácter doméstico. Queda prohibida su 'reproducción, transformación, distribución y/o transmisión, ya sea de forma total o parcial, a través de cualquier forma y/o cualquier medio conocido o por conocer, con fines distintos al autorizado.

www.loqueleo.com/mx

_

SANTILLANA'

·Este libro se terminó de imprimir en abril de 2018 en Grupo Editorial Raf S.A. de C. V. Abasolo Num 40 Col. Sta Ursúla Coapa, Ciudad de México, C.P. 04650 Del. Coyoacán

LoQ.ueleo· .....


Comienza la aventura

Con mucha frecuencia oigo decir que ya nada es como antes: ni la ciudad, ni la comida, ni las casas, ni los juguetes, ni los amaneceres. Quizá los abuelos de hoy tampoco sean como los de otros tiempos. Quien ten­ ga, o haya tenido, abuelos como los míos debe sentir­ se muy feliz. ¿Quieren saber cómo se llamaba mi abuelo? José María Encarnación Pedro Antonio del Niño Jesús. Como siempre andaba deprisa, le decíamos Papá Taño. Si nos hubiéramos dirigido a él por sus seis nombres, habría ido muy lejos antes de que termináramos de pronunciarlos.


Mi abuelo era sabio en su oficio: planchador de

que, además de quitarles las hojas secas y felicitarlas

ombreros. En su taller guardaba infinidad de plan­

por sus retoños, a veces les cantaba canciones que ja­

has, unas de madera y otras de metal. Con ellas

más repetía ni he vuelto a oír. Sospecho que Mamá

había aprendido a trabajar y al cabo de los años las preciaba como si fueran sus amigas.

Leonor las inventaba. Una vez mi papá se enfermó. Para que mi mamá

Antes de que Papá Toño se convirtiera en abuelo

pudiera cuidarlo, mis abuelos se ofrecieron a hospe­

pasaron muchos años y le sucedieron todas las cosas

darme en su casa. Nunca había vivido lejos de mis

imaginables. La más importante fue haberse ena­

padres, así que me asustó la idea de la mudanza aun­

morado de Leonor. Nunca me dijo dónde se conocie­

que fuera por muy poco tiempo. Pero la noche en que

ron, sólo que su matrimonio fue en la iglesia de San

mi mamá preparó la maleta me sentí tan importante

Jerónimo. Tuvieron una hija: Gracia. A los diecinueve

como un marinero a punto de emprender una larga

ños ella se casó con Rubén. Rubén y Gracia son mis padres. Nací un 6 de febrero; por eso me bautizaron con el nombre de Gonzalo.

travesía. Antes de cerrar mi equipaje, mi mamá me pre­ guntó si no deseaba que me empacara alguno de mis

Ahora les hablaré de mi abuela. La recuerdo peque­

cuentos, la matatena, el trompo o mis camioncitos.

ñ.a y delicada como un ave. Sus ojos grises eran muy

Le respondí que no. Los marineros no llevan juguetes

brillantes. Las trenzas blancas formaban un colum­

a sus aventuras por alta mar.

pio sobre su espalda. Vivía adorando las plantas de

La mañana siguiente, antes de partir, fui a despe­

su jardín. Tempranito iba a saludarlas y en la noche

dirme de mi padre. Lo besé y le recomendé que toma­

las visitaba para desearles buenos sueños. Me consta

ra sus medicinas aunque supieran mal. Prometió se-

8

9


guir mi consejo y me anunció que el señor Pioquinto me llevaría a casa de mis abuelos. El nombre de Pioquinto me resultaba tan chistoso que reí al oírlo. Papá me dijo que era incorrecto bur­

La emoción del viaje me apretaba el estómago. A las diez, cuando apareció el señor Pioquinto, lo tomé de la mano y lo arrastré a la calle, ansioso por comen­ zar mi aventura. Mi madre dijo:

larse de una persona mayor, sobre todo tratándose de

-Saliste tan apresurado como tu abuelo.

un amigo de mis abuelos. Seguí riendo incontenible

El recuerdo de aquellas palabras me devuelve la

y apenas tuve aliento para explicar el motivo de mi

frescura de una mañana de mi infancia, el color ama­

hilaridad:

rillo del tranvía, el tintineo de su campanita, la can­

-Cuando oigo el nombre de ese señor, recuerdo

ción metálica de las ruedas sobre los rieles y la sombra

la forma en que nuestra vecina llama a sus pollitos

de los fresnos donde empezaba a mecerse el invierno.

para darles de comer: "Pío, pío, pío". Mi papá celebró mi ocurrencia, pero me hizo pro­ meterle que iba a controlarme cuando llegara mi fu­ turo acompañante. El señor Pioquinto era de mediana estatura, hue­ sudo, calvo y pálido. Llevaba sombrero hongo, lentes sobre la punta de la inmensa nariz y varios paliaca­ tes enredados al cuello. A todo eso agréguenle un saco y unos pantalones demasiado cortos que deja­ ban ver sus calcetines siempre desiguales. 10

11


La casa y su jardín

En cuanto subimos al tranvía, el señor Pioquinto se durmió y fui yo quien tuvo que cuidarlo para que, vencido por el sueño, no se clavara de narices contra el asiento delantero. Mi responsabilidad no me im­ pidió pegar la frente a la ventanilla y mirarlo todo como si jamás hubiera visto personas, calles, tien­ das, coches. .,;,Gat

� ..

Mi asombro era natural: a mis cinco años y nueve meses, por primera vez viajaba sin mis padres más allá de mi colonia. Aquella experiencia me sirvió para entender que el mundo era mucho más grande de lo que había imaginado.


Al fin llegamos a San Jerónimo. Todos los huer­

No fue nada fácil beber poniendo la boca en el

tos estaban salpicados de florecitas lilas y amarillas:

filo del vaso adonde siempre apunta la nariz. Debo

"herencia del otoño", según mi abuela. Los tejocotes

de haberme visto muy chistoso porque todos reían.

y las nochebuenas me recordaron que estaba cerca la

Me compuse, pero terminé bañado en agua dulce. Mi

Navidad y sentí nostalgia por mis padres.

olor despertó el apetito de las abejas y para escapar

Mis abuelos me esperaban a las puertas de su

de ellas entré corriendo en la casa.

casa. Corrí para arrojarme en sus brazos. Mamá Leo­

Por contarles mi primera aventura en San Jeróni­

nor me preguntó si tenía hambre. Papá Toño me besó

mo no les he dicho cómo era la casa de mis abuelos.

y luego se dirigió a su amigo:

Hecha de adobes, tenía un solo piso. En el tejado, re­

-¿Cómo se portó el niño, Pioquinto?

cubierto de musgo, brotaban plantas silvestres. La

Apenas escuché el nombre me entró un nuevo ata­

cocina olía a maíz y a leña; el resto de los cuartos,

que de risa y enseguida otro de hipo. Saltaba como si

a jabón y a tela nueva. En las ventanas las cortinas

me hubiera tragado una rana y me dolía el estómago. El

blancas dejaban entrar la luz del sol.

señor Pioquinto intentó librarme de la incomodidad:

Lo más bello era el jardín. En cada esquina había

-Traga mucho aire, tápate la nariz, cuenta hasta

un árbol. En sus troncos se enredaban campanitas

diez y suelta la respiración.

azules, hiedras muy finas y espárragos. Todo lo de­

Obedecí sus recomendaciones. Inútil: seguía sal­

más estaba repleto de plantas y flores muy diversas.

tando. Mamá Leonor fue a la cocina y regresó con un

Durante la mañana su olor a miel atraía a los chupa­

vaso de agua muy azucarada:

mirtos, a las mariposas, a los mosquitos de agua y,

-Si lo tomas al revés te calmarás. 14

como ya se habrán dado cuenta, a las abejas. 15


Al fondo, entre el lavadero y el cobertizo para la leña, descubrí una puerta hecha con tablones muy viejos, como las que aparecían en algunos de mis cuentos. Verla despertó mi curiosidad:

-Es polvo de luna -dijo Mamá Leonor. -N o: son los sueños felices que ya se acercan -corrigió Papá Toño. El señor Pioquinto, quien se quedó a pasar el día

-¿Qué hay allí?

con nosotros, aprovechó la ocasión para mostrarme

Papá Toño y Mamá Leonor se miraron igual que

sus conocimientos:

mis papás cuando deseaban ocultarme algo. Eso me intrigó todavía más y corrí hacia la puerta. Mi abuela me impidió abrirla:

-Lo que brilla es la panza de un insecto que se llama luciérnaga. Ésa era la verdad, pero hasta la· fecha sigo prefi­

-No debes entrar allí. Sólo hay muebles y trastos

riendo la explicación que me dieron mis abuelos. No

inservibles. No he tenido tiempo de aseado y habrá

lo olviden: las luciérnagas son polvo de luna: nues­

mucho polvo. Respirado te haría daño y no quere­

tros sueños felices que se acercan.

mos que tú también te enfermes. Las noches en el jardín eran perfumadas, mági­ cas. El resplandor de las primeras estrellas desataba un concierto de grillos. Cuando el cielo oscurecía aún más iban apareciendo lucecitas de un amarillo verdo­ so entre las ramas. Al descubrir semejante maravilla pedí que me ex­ plicaran de dónde salían los resplandores. 17


Mi primera lección

A la mañana siguiente desperté tarde. Me sentí bien cuando mi abuelita me dijo que como el día estaba muy fresco no iba a bañarme. Acabé sintiéndome aún mejor al ver mi desayuno sobre la mesa: jugo de lima, leche con canela, quesadillas y buñuelos con miel de piloncillo. Cuando me lo terminé todo dejé a mi abuela lim­ piando la casa y me fui al taller de Papá Toño. Allí no había nadie más que él, por eso me sorprendió tanto oírlo hablar mientras limpiaba el ala de un bombín gns. -Papá Toño, ¿con quién hablas?


-Ah, lo hice otra vez -respondió mi abuelo asentando la escobetilla sobre la mesa-. No puedo evitarlo: a veces converso con mis planchas. -Yo también les platico a mis juguetes -le pedí a mi abuelo que me subiera al banco cercano al suyo-: ¿Dónde compraste tus planchas? -Eran de mi padre. -Entonces deben de ser viejísimas. -Sí, pero no las cambiaría por nada del mundo. -¿Aunque te ofrecieran un tesoro como el de los piratas? -Ni así. Valen mucho. Enseguida me puse a analizar las planchas, inten­ tando descubrir su valor. Me pareció que no tenían ninguno porque las de madera se notaban muy des­ gastadas y las de fierro se veían tan negras como el anafre donde Papá Taño las calentaba. Decepciona­ do, salté del banco y me alejé pensando que a veces resulta muy difícil entender a los adultos. Papá Taño adivinó mis pensamientos: 20

-Con estas planchas trabajó mi padre. Cuando las toco siento que acaricio su mano. Los ojos de mi abuelo se llenaron de lágrimas. Al darse cuenta de que lo miraba sacó su paliacate, se sonó como si tuviera una corneta en la nariz y siguió trabajando. Entonces me acerqué más a él, tiré de su mandil de carnaza y lo obligué a inclinarse para que pudiera hablarle al oído: -Abuelo, de grande quiero ser planchador de sombreros. -No, tú irás a la escuela. -¿Crees que vaya a gustarme? -¡Te encantará! -¿Como a ti? Mi abuelo suspendió su trabajo y se me quedó mirando en una forma muy rara: -Mi madre murió cuando yo era muy pequeño. Entonces, como no tenía a nadie con quien dejar­ me, mi padre decidió que nos mudáramos a su taller. Ocupaba la parte baja de una accesoria y nosotros 21


nos acomodamos en el tapanco. Mis juguetes eran los

que fueras mi maestro en el planchado de sombreros.

moldes, los carretes de �lilo, las escobetasde lechu­

Seré tan bueno como tú. Mi mamá siempre dice que

guilla, las bandejas, las planchas. Jugando, jugando

eres el mejor.

me convertí en aprendiz. Luego mi papá se enfermó de reuma y, bajo sus indicaciones, tuve que encargar­

Mi abuelo enrojeció y sus ojos se llenaron otra vez de lágrimas.

me del taller, siempre con la esperanza de que al año

-¿Por qué lloras?

siguiente iría a la escuela. Ése también era su anhe­

-Porque dijiste algo muy bello.

lo. N o llegó a realizarlo. Poco después de que cumplí

-¿Qué cosa?

trece años, él murió. Como no sabía hacer otra cosa,

-Lo descubrirás cuando seas viejo y tengas un

conservé el taller. -¿Nadie te ayudó? -No, pero no me sentía solo. En aquella accesoria, junto a la mesa y las herramientas que durante tantos años utilizó mi padre, era fácil imaginar que él me acompañaba.

nieto tan lindo y bueno como tú. Sacó su paliacate y volvió a sonarse como antes. Luego me dio mi primera lección: -Este molde donde se ponen los sombreros se llama "hormillón". Este fierro, "bajador". Nunca creí que fuera tan difícil y tan minucioso

-¿De veras no sabes leer ni escribir? -pregun-

planchar un fieltro. Tampoco imaginé que, pasados

té. Mi abuelo bajó la cabeza, como si estuviera aver­

los años, tocaría las viejas planchas sólo para ha­

gonzado-. No te preocupes. Yo tampoco sé. Cuando

cerme la ilusión de que estrechaba la mano de Papá

aprenda, si quieres, te enseño. Pero antes me gustaría

Toña.

22

23


A media mañana llegó al taller el señor Pioquinto.

Cuando se fue me sentí dichoso de recuperar toda

Llevaba tres sombreros puestos encima del suyo, por

la atención de Papá Toño. Él, en cambio, no parecía

lo que se topaba contra los muebles. El temor de que

tan contento.

volviera a darme hipo me quitó las ganas de reír.

-¿Qué te pasa?

-Conseguí estos tres fieltros. Uno es de Torcua­

-Nada, hijo -se quedó un ratito callado y luego

to Pineda y dos, de Chano Revilla. No quieren que te

volvió a hablar-: Bueno, a ti sí puedo decírtelo: cada

demores tanto como la otra vez. Les urge tener sus

vez tengo menos clientes. Si no fuera porque Pio­

sombreros con forros nuevos, limpios y planchados

quinto se la pasa buscándomelos, hoy, por ejemplo,

para antes de la primera posada.

no habría tenido ningún sombrero que arreglar.

-No te preocupes, diles que se los entregaremos

-¿Y cómo los busca?

a tiempo -sonriendo, mi abuelo le guiñó el ojo a su

-Se mete en todas partes y allí donde ve a un

amigo-: ¿No ves que ahora tengo un ayudante de

hombre con el sombrero manchado le dice: "Una per­

primera?

sona

El señor Pioquinto se enjugó la frente con uno de sus paliacates:

taaan importante como usted no debe ir por la

calle con semejante adefesio. Si quiere, puedo llevarle su prenda al taller de don Antonio Rico. Se lo dejará

-¿No irás a soltarle las planchas a semejante mo­

mejor que nuevo". El problema es que cada día hay

coso, verdad? -enseguida se despidió, bajo promesa

más señores que salen a la calle con la cabeza descu­

de volver en cuanto localizara otros sombreros que

bierta. Cuando todos hagan lo mismo no habrá tra­

necesitaran arreglo.

bajo para mí, y entonces, ¿qué haré?

24

25


-Pues otra cosa. -Sabes que sólo conozco este oficio y que me lo enseñó mi padre. Si dejo de planchar sombreros será como abandonarlo a él también. Algo muy triste, ¿no· te parece? En ese momento oímos a Mamá Leonor conver­ sando con sus plantas. Mi abuelo se me acercó y me habló en voz baja: -Nunca he tenido secretos con tu abuela pero prométeme que no le dirás ni media palabra de lo que acabamos de hablar. Si sabe que estoy preocupado se entristecerá, dejará sus cantos y sus flores ya no serán tan lindas. -Lo prometo -chocamos las manos y me sentí tan importante como la noche anterior, cuando mi madre me hizo la maleta y emprendí mi primer viaje por el mundo.


Juego de espejos

A las seis de la tarde mi abuelo cerró el taller y se puso a ordenarlo todo para el día siguiente. Mientras él iba de un lado a otro, levantando y guardando trozos de fieltro y herramientas, me divertí probándome uno de los sombreros que había llevado Pioquinto. Al ver­ me, mi abuelo gritó: -Espera, no te lo quites -se acercó a la ventana y llamó a mi abuela-: Corre, mujer, ven pronto. Mamá Leonor apareció enseguida, asustadísima y secándose las manos en el delantal. -¿Le pasó algo a mi. ..? -no terminó la pregunta y su cara brilló de alegría.


-¿Qué te parece tu nieto con sombrero? -le pre­ . guntó Papá Toño. -Muy guapo -Mamá Leonor retrocedió y, sin

sonas. Al darme cuenta de que no era así tuve mu­ chas ganas de saberlo todo acerca de ellos, en espe­ cial cómo habían sido de niños.

dejar de observarme, dijo-: Así te verás de grande,

Más tarde, a la hora de la cena, les pregunté si en

cuando ni tu abuelo ni yo estemos aquí para mirarte.

el cuarto de los muebles viejos guardaban los ropones

-¿Adónde se irán? Papá Toño abrazó a Mamá Leonor y ella se refugió en su pecho: -Adonde se fueron mis padres y mis abuelos -respondió ella, suspirando.

y chambritas que habían usado cuando eran bebés. Nunca los había visto reír tanto y por eso me costó trabajo entenderle a mi abuela cuando me preguntó de dónde había sacado esa ocurrencia. -Me puse el sombrero y ustedes se imaginaron

-¿Es muy lejos?

cómo seré de grande. Ahora yo necesito saber cómo

-Lo sabrás después, cuando llegue tu día. Para

eran ustedes de pequeños. ¿Tienen fotos?

eso falta mucho, mucho tiempo. -¿Dónde los encontraré? -Donde estaremos siempre: en tu corazón -respondieron los dos. Nunca antes había considerado la posibilidad de

-Ninguna porque cuando éramos niños no se usa­ ban -contestaron de nuevo al mismo tiempo. Me pareció imposible, sobre todo pensando en la cantidad de fotos mías que mis padres conservaban n álbumes.

que mis abuelos pudieran morir. Pensaba que mi

Sonó el teléfono. Era grande, negro y pesadísimo.

amor hacia ellos los hacía diferentes de las otras per-

Apenas pude levantarlo. Me puse feliz cuando oí la

30

31


voz de mamá. Dijo que me extrañaban mucho y que mi padre se había tomado sus medicinas. Me pregun­ tó qué tan contento estaba con mis abuelos. -Mucho, pero dime: ¿cómo eran ellos cuando te­ nían mi edad? -¿De verdad quieres saberlo? Entonces haz lo que te voy a decir: ve a su recámara y mírate en el espejo del tocador. Seguí su recomendación ¡y nada! Acabé por pensar que mi madre me había mentido. Al cabo de los años comprendí que sus palabras eran verdaderas: aho­ ra que soy viejo veo en mi rostro el de mis abuelos. Miro mis fotos infantiles y los encuentro a ellos como cuando eran niños. Desde aquella noche entendí la vida como un her­ moso y fascinante juego de espejos.

32


Las burbujas y un sueño

Al día siguiente dejé de interesarme en el taller de mi abuelo y decidí explorar el jardín. Mamá Leonor se alegró de que la acompañara mientras, cantando, re­ gaba sus plantas. Aquello

sí era fantástico. Las catarinas rojas y ama­

rillas caminaban despacio sobre las ramas cargadas de rocío. Quise tomar una, pero emprendió el vuelo antes de que pudiera sentirla entre mis dedos. Molesto por el desaire, le grité: -¡Tonta, fea! Mamá Leonor, sorprendida por mi arranque de furia, corrió hacia mí:


-Gonzalo, ¿qué te pasa? ¿Quién te ha hecho eno­ jar tanto? -La catarina: no quiso jugar conmigo. -Más bien creo que la asustaste. Para ella, tan pequeñita, tú eres el Gigante de

Los tres frijoles mági­

cos -respondió mi abuela. La idea de ser visto como un gigante provocó mi instinto de cazador. Hincado, me puse a remover la hierba. De pronto, en una piedra descubrí una concha listada que se movía despacio, dejando atrás un hilo brillante. Feliz por mi descubrimiento grité: -Abuela, ven a ver qué cosa más rara. -Es un caracol -señaló la concha-: Esto es su caparazón. -¿Es su vestido? -Y también su casa. -¿La carga siempre? -Sí. -Le pesará mucho. -No. Es parte de su cuerpo.

-Quiero que salga para ver cómo es. -Imposible -mi abuela se dio cuenta de mi contrariedad-. Trata de entender: es como si yo quisie­ ra arrancarte tu sombra. Ella irá contigo adondequiera que vayas. -¿También cuando sea grande? -Sí, porque crecerá como tú. Me levanté y vi mi sombra dibujada en el suelo. Me moví y ella también lo hizo. Durante un buen rato estuve jugando a que mi sombra era una nueva miga. No tuve tiempo de ponerle nombre porque una lagartija pasó corriendo entre mis pies. Me tomó por sorpresa y pegué tal salto que ca_í sentado en un charco, con todo y mi sombra.

r

Eso tampoco me gustó y lamenté no haber car­ gado con mis juguetes. Con mi camión de madera marillo y verde habría podido acarrear montones de tierra para hacerle un castillo a mis soldaditos de plomo. En medio de esas reflexiones me encontró mi huela: 37


-Mi vida, ¡te caíste! Levántate, vamos a que te

Fue una mañana muy divertida pero tan fatigosa

ponga otro pantalón porque si no te vas a enfermar

que tomé una siesta. Soñé que atrapaba una burbu­

de la garganta.

ja y que, agarrado de ella, subía hasta una nube blan­

Fuimos a mi cuarto y me cambié, pero seguí malhumorado.

una pareja de ositos cafés. El oso vestía saco de cua­

Mamá Leonor se dio cuenta y me preguntó si no me gustaría que me enseñara a hacer burbujas. -¿De qué?

ca y pachona. Allí encontré a mis abuelos jugando con

�>

-Espera y lo verás.

dros y sombrero, como los que planchaba Papá Toño. La osa tenía corona y falda salpicada de flores, como las que habÍa visto en el jardín de Mamá Leonor. En mi sueño mis abuelos y los osos se acercaron a

La seguí a la cocina. Llenó de agua una cazuelita,

la orilla de la nube para darme la bienvenida: "Gon­

le dejo caer un trozo de jabón y me ordenó que lo

zalo, pasa: es hora de comer". Sentí que tocaba la

revolviera todo mientras ella iba por un carrg_te de

suave garra de la osita cuando me desperté y vi a mi

hilo. Salimos al patio y allí me dio instrucciones: -Mojas un lado del carrete y soplas por el otro: ¡así! El aire se llenó de esferitas brillantes que daban vueltas muy despacio antes de estrellarse en el suelo

buelo de pie junto a la cama y a mi abuela inclinada, partándome el cabello de la frente: -Gonzalo, hijo, 'es hora de comer. -Mamá Leonor te preparó algo muy rico -dijo Papá Toño, acercándose más.

y convertirse en una mancha oscura. Luego cambia­

La sensación de flotar en la nube aún no se des­

mos de lugar: yo soplaba por el carrete y Mamá Leo­

vanecía, así que me enderecé y me puse a analizar­

nor iba tras las burbujas, riendo.

lo todo. Me alegró ver el ropero, el buró, el sillón, la 39


máquina de coser y el banquito donde mi abuela se

-Es sólo una pequeña feria. Investigué y me di­

sentaba a bordar todas las tardes.

jeron que este año tampoco habrá circo -Papá Toño

-¡Qué bueno que todavía están aquí en la casa! -grité mientras abrazaba a mis abuelos. -¿En qué otra parte íbamos

acarició el hombro de mi abuela-: Tranquila, Rufo ?

no volverá, y si lo hiciera . . .

1. estar? -preguntó

Mamá Leonor. No le respondí. Salté de la cama y fui a lavarme las manos porque estaba hambriento. D�s­ ' pués de todo, mi viaje en sueños había sido muy largo.

-¿Quién es Rufo? -pregunté lleno de curiosidad por ese nombre tan raro. _

-Sshh, no es nadie. Cállate y vamos a la feria

-me ordenaron los dos.

Como el día anterior, mi abuelo dio por terminado

En la plaza había otros juegos: me subí a las tacitas y

su trabajo a las seis y propuso que saliéramos a pa­

al avión. Luego recorrimos los puestos. En uno me com­

sear. El viento arrastraba el olor de las castañas y el

praron un caballo de cartón; en otro, un payaso que

carbón. Mucho antes de llegar a la plaza vi 1?-s luces

trepaba por una escalerita de madera; y en el último,

que adornaban la rueda de la fortuna. Les pedí a mis

dos buzos de vidrio que se hundían o flotaban dentro

abuelos que me llevaran a la feria. Otra vez se mira­

de una botella. Recordé la burbuja de mi sueño y pedí

ron como cuando deseaban guardar un secreto.

que volviéramos a casa. A mis abuelos les pareció muy

-¿Crees que sea prudente? -preguntó Mamá Leonor en voz muy baja. Mi abuelo cerró los ojos para reflexionar y nos pi­ dió que lo esperáramos un momento. Se alejó cami­ nando muy rápido. Al volver dijo:

raro. ¿Qué niño no desea que le compren más juguetes? Tengo la respuesta: el que anhela volar en una burbuja de jabón. Cuando llegamos a la casa tomé un vaso de leche y corrí a la cama. 41


-¿Estás enfermo? -dijo mi abuela, siempre pre­ ocupada por mi salud. -No. Estoy bien. Sólo quiero dormir. Era verdad: tenía la esperanza de continuar el

do, muchos años después, volara al cielo para encon­ trarme con ellos. -¿Nada más con nosotros? -preguntó Mamá Leonor.

sueño matutino. No lo conseguí pero a la mañana si­

-Y con mis papás y con tus abuelos y con todos ...

guiente, en cuanto desperté, fui a pedirle a mi abuela

-dije vagamente pero no mencioné a los osos porque

que hiciéramos burbujas. En secreto deseaba poder

ya los había olvidado. Mi abuela me aconsejó que en

meterme en una y llegar hasta la nube pachona.

vez de soñar tanto la ayudara con el arreglo del jar­

Mamá Leonor me respondió lo que menos me esperaba: -Primero te bañamos, luego desayunas y des­ pués juegas a lo que quieras.

dín. Tardamos muchísimo porque ella se detenía a conversar con cada planta y a cantarle. Cuando termi­ namos se me ocurrió que jugáramos a las escondidas. Mamá Leonor se ofreció a buscarme primero. No

-A las burbujas de jabón -insistí.

tardó ni cinco minutos en dar conmigo. Después le

-¿No te gustaría que te enseñara otros juegos?

tocó ocultarse a ella. Fue difícil atraparla. ¿Sabes en

Yo sé muchos muy divertidos. -No, quiero hacer burbujas.

dónde se había metido? Entre los costales de leña ordenados bajo el cobertizo.

-¿Por qué tanta insistencia? Le conté a Mamá Leonor mi sueño y el deseo de continuarlo. Dije que necesitaba ver de cerca la nube y ponerle una marquita, así no me equivocaría cuan42

43


Tatzio y Niní

Cuando otra vez me llegó el turno de esconderme, decidí hacerlo en el único sitio en que mi abuela no me buscaría: el cuarto prohibido. Empujé la puerta y chilló como el gato de mi vecina cuando por acciden­ te le pisaba la cola. Por una ventanita entraba algo de luz. Sentí miedo, pero no era el momento de retroceder, sobre todo por­ que oía la voz de Mamá Leonor cada vez más cerca: -Nueve, ocho, siete... ¡Allá voy! Sin tiempo para elegir un mejor refugio, entré en el gran ropero que ocupaba casi toda una pared. Aproveché el momento en que mi abuela se alejó


para hacer a un lado las ropas que, colgadas en gan­

ropas y sin dejar de mirarlos me preguntó-: ¿Cómo

chos, me sofocaban. Entonces mi mano tropezó con

los encontraste?

una caja de cartón. Pensé que estaría llena de retazos o de herramientas. Cayó al suelo, se abrió y de ella

Le conté mi aventura en el ropero, pero me pa­ reció que ella no me escuchaba. Iba a repetírsela

salieron dos bultitos.

cuando volvió a preguntarme:

Intrigado, abandoné mi escondite para ver de qué se

-¿Habías visto dos ositos más lindos que éstos?

trataba. Enseguida reconocí a los dos ositos que había

-Sí, en mi sueño de ayer por la mañana. ¿Recuerdas que te lo conté?

visto en mi sueño. Para asegurarme, los levanté, corrí

-¿Cómo iba a olvidarlo? -Mamá Leonor apretó

hasta la ventana y los observé bajo la luz. ¡Eran ellos!

a los ositos contra su pecho y fue a sentarse en una

En ese momento volvió a acercarse Mamá Leonor:

vieja mecedora junto a la ventana.

-Gonzalo, ¿dónde te habrás metido?

-¿De quién son?

Tenía tantos deseos de mostrarle mi hallazgo que

-De tu abuelo y míos.

le grité:

-Pensé que los abuelos no jugaban.

-Aquí, en el cuarto de los muebles viejos. Mira lo

-Recordar es el juego de los viejos. A los dos nos gusta muchísimo contarnos la historia de Tatzio y

que... El grito que lanzó mi abuela me impidió seguir ha­ blando y solté a los osos, como si me quemaran las manos. Oí un chillido: -Es la madera -dijo Mamá Leonor mientras tomaba los juguetes. Con delicadeza les arregló sus

·

Niní. -¿Así se llaman los osos? ¡Qué nombres tan ra­ ros! ¿Ustedes se los pusieron? -No. Fue su dueño. 47


-¿Y cómo se llamaba él? -Rufo. Era domador, un malvado -Mamá Leonor miró hacia la puerta y habló en voz más baja-: Por fortuna se encontraron con Tiquico. -¿También era domador? -¡Ni Dios lo mande! -mi abuela dio tres golpes en el brazo del sillón y, ya más tranquila, volvió a sonreír-: Tiquico era un gran mago. -¿Dónde lo conociste? -Aquí, en el taller de t� abuelo. -¿Y cómo llegó? -Te lo contaré todo si dejas de hacer tantas preguntas. Escúchame bien.


Tiquico y los osos

Era diciembre. Tu abuelo tenía mucho trabajo, como siempre que se acercan las posadas, y decidió que a partir de las siete de la noche no recibiría a ningún otro cliente. Escuchamos golpes a la puerta. Taño me dijo que no abriera. Enseguida se repitió el llamado, sólo que más vigoroso. Tu abuelo reiteró su orden y casi al mismo tiempo oímos una voz agitada: -Por favor ábranme, se los suplico. Comprendimos que se trataba de algo grave. Taño corrió a la puerta y cuando la abrió cayó en sus bra­ zos un hombre muy delgado, vestido con capa roja,


levita y pantalones negros y un sombrero altísimo que lo hacía parecer del doble de su estatura.

, -Señor, ¿qué le sucede? -dijo tu abuelo, esforzandose para no caer también. El desconocido apenas tuvo fuerzas para murmurar: -Cierre la puerta, si Rufo me ve. .. La expresión angustiada del hombre se acentuó cuando oímos un rumor de cascos y ruedas en la ca­ lle. Fui a cerrar la puerta mientras tu abuelo ayuda­ ba al recién llegado a sentarse. Me acerqué y le ofrecí algo de beber.

.,

-No, gracias, ya estoy bien. Me agité mucho con la carrera -suspiró aliviado. Acariciándose el som­ brero de copa añadió-: Esta vez sí nos llevamos un buen susto, ¿no les parece? Taño y yo nos mirábamos sin comprender lo que sucedía. El desconocido se levantó, entrechocó los ta­ cones de sus zapatos de charol y me ofreció su mano:

52

-Me llamo Tiquico -luego se dirigió a tu abue-: No sé cómo podré pagarle lo que ha hecho por esotros. Las piernas de Tiquico se doblaron. Por fortuna lcanzó a sentarse antes de caer. -Usted no está bien. Sería bueno que vinie ra el édico -recomendé. -No es necesario. Me sentiré mejor si descanso n poco. Tiquico echó una larga mirada al taller, vio las lanchas, el bajador, los hormillones, los frascos de oma arábiga y los sombreros. Entusiasm ado, se le­

vantó y caminó de un lado a otro:

- ¡Es el lugar que buscaba! Ah, si pudiera decírse­ lo a mi Eco -golpeó con suavidad el ala de su som­ brero y suspiró-: El viaje ha terminado. -¿De qué habla? -le preguntó tu abuelo. Tiquico se quedó pensando unos minutos antes de responder:

53


-¿Podría encargarse de mi sombrero?

pués de tantos años de estar juntos, el momento de

Tu abuelo inspeccionó la chistera:

la separación fue durísimo.

- Con gusto, pero tendrá que dejármela por lo menos dos semanas. No se ofenda, pero se ve que

Tu abuelo no se dejó impresionar por las lágrimas de Tiquico:

necesita una buena lavada y quizás hasta cambio de

-¿De quién huye? Espero que no sea de la justicia.

forro. ¿Me permite verla?

-No, todo lo contrario: huyo de la injusticia.

Tiquico retrocedió: -Usted no me comprende. Lo único que deseo es que guarden mi sombrero. Es algo especial -Tiquico

En la calle se escucharon otra vez rumores de cas­ cos y ruedas. De un salto, Tiquico se escondió al otro lado del mostrador:

sacó de su bolsillo una tarjeta de colores y se la entre­

-¿Oyen? Es el Gran Rufo. Su olfato nunca falla.

gó a Toño. Él se puso bajo el foco y leyó en voz alta:

De seguro olió a Tatzio y a Niní. Si toca, no le abran;

-Tiquico. Mago, prestidigitador e ilusionista.

pero si le abren, díganle que no me han visto, que

Me pareció algo tan maravilloso que aplaudí y

jamás han oído mi nombre.

apunté con el dedo al enorme fi�tro de Tiquico:

-Por eso es tan grande. Seguro . que lleva en la copa todas sus mascotas.

Comprendimos que el mago hablaba en serio y no le pedimos mayores explicaciones porque frente al taller alguien rugía:

-Ya no. Antes de tomar la decisión de huir, libe­

-Bolo, Pipino, abran bien los ojos. Estoy seguro de

ré al conejo Raymundo, a la paloma Josefina y a Tim

que ese mago tonto anda por aquí. Lo pescaré y lo obli­

y Tom, los ratones gemelos -gimió Tiquico-. Des-

garé a que me devuelva a mis osos. ¡Peludos malagra-

54

55


decidos! Me abandonaron después de que en mi circo

El Gran Rufo hizo restallar su látigo y sus caballos

se hicieron célebres -el hombre soltó una carcajada

partieron al galope. La calle quedó en silencio y Tiqui­

horrible-. Pero los haré pagar por todo el daño que

co salió de su escondite acomodándose el sombrero.

me han hecho. Una voz pequeña y temblorosa lo interrumpió:

-Se ha ido, pero volverá; lo conozco. Tenemos que darnos prisa.

-En esta calle no se ve un alma. Vayamos a la

-¿Qué hay que hacer? -se apresuró a decir tu

plaza. Allí hay muchos puestos de golosinas. A Tatzio

abuelo, emocionado de verse envuelto en semejante

y a Niní les encantan.

aventura.

-Cállate, Bolo, y sigue mirando.

-Algo muy sencillo -respondió el mago-: Guar­

-Hace frío. ¿Por qué mejor no buscamos maña-

dar mi sombrero hasta que yo vuelva, y si no. . .

na, cuando haya luz y haga un poquito de calor? -Pipino, ¿cuántas veces te he dicho que no hable�

Despacio se quitó la chistera, la miró con ternura y la estrechó contra su corazón:

si yo, el Gran Rufo, no te lo ordeno? En castigo, cufn­

-No se preocupen. Aquí estarán seguros.

do lleguemos a la carpa escribirás mil veces: "Debo

-¿Nos habla a nosotros? -le pregunté.

mantener la boca cerrada mientras el Gran Rufo no

-No, a Tatzio y a Niní -Tiquico dijo unas palabras

me ordene lo contrario" -el domador guardó si­

extrañas, lanzó la chistera al aire y al cabo de unos

lencio unos segundos y agregó-. Quizá Bolo tenga

segundos la recuperó. Luego metió la mano en la

razón, vayamos a la plaza. Pero mantengan los ojos

copa del sombrero y sacó dos maravillosos ositos de

bien abiertos, que para eso les pago.

felpa color café.

s6

57


Siempre me han fascinado los trucos pero aquél me pareció tan extraordinario que olvidé el peligro que corría el mago: -¡Qué hermosos juguetes! Son tan perfectos que parecen... Tiquico terminó mi frase: -¿Reales? Pues sí, usted tiene razón. -Ya no entiendo nada -confesó Papá Toño, enfadado. -Lo entenderán, si me permiten contarles una historia. Es larga. ¿Podríamos sentarnos en el jardín? Hace mucho que Tatzio y Niní no disfrutan de un lu­ gar tan precioso. -¿Tatzio y quién? -repetí. -Niní. Así se llaman los osos. La noche era fresca y estrellada. Entre hojas y ra­ mas refulgían las luciérnagas. El concierto de grillos enmarcó el relato de Tiquico.

sB


El Gran Circo de Rufo

"No conocí a mis padres. Me crié en un orfanato. Cada 24 de diciembre la Asociación de Damas Cari­ tativas nos ofrecía una fiesta. Era divino recibir re­ galos, comer golosinas y divertirnos con pastorelas, )

conciertos y juegos. "Una Navidad, hace muchísimos años, el regalo especial consistió en una función de circo. Desfila­ ron payasos, acróbatas, un domador de perros y un mago. Su cabellera y sus barbas eran completamen­ te rojas, de allí su sobrenombre: Flama. Encima de la levita llevaba una capa y en la cabeza, un sombrero


altísimo. Todo aquello me fascinó tanto que desde el

" La promesa no me alegró, sobre todo porque veía

momento en que el mago apareció en el escenario no

a mis compañeritos divertirse con sus juguetes nue­

pude quitarle los ojos de encima. Lo extraordinario

vos. Disgustado, caminé hasta la reja y me puse a mi­

es que él tampoco dejaba de mirarme y hasta llegué a

rar la calle. De pronto sentí que alguien me tomaba

pensar que actuaba sólo para mí.

del hombro. Era Flama. Se despojó de su chistera y

"Antes de terminar su presentación se acercó a

me la ofreció: 'Acéptala, es mi regalo. Este sombrero

preguntarme qué me gustaría ver salir de su sombre­

está lleno de maravillas'. Le pregunté si dentro había

ro. Contesté rápido: 'Un arco iris'. No dijo nada más.

otros arco iris y me respondió: 'Eso y mucho más. Allí

Extendió su capa sobre el fieltro, metió la mano, sacó

están guardados tus más secretos anhelos y todos los

siete rayos de luz, cada uno de distinto color, y con

caminos del mundo. El primero que sigas te conduci­

ellos formó el arco iris. Flotó en el aire unos minutos

rá a tu destino'.

y luego se desvaneció. Sentí mucha tristeza, como si el mundo entero se hubiese oscurecido.

" Tomé el sombrero y le pregunté por qué me lo obsequiaba. El mago suspiró: 'Estoy viejo y esa pren­

"Doña Consolación, presidenta de las Damas Ca­

da necesita una cabeza joven y soñadora como la

ritativas, le pidió a Flama que, por ser la estrella

tuya. Anda, recíbela antes de que me arrepienta'. Lo

del circo, nos entregara nuestros regalos. Yo, que era

obedecí. Flama me hizo una gran caravana y antes

el más alto, ocupé el último sitio en la fila, así que

de esfumarse en el aire me dijo: 'Dentro del sombrero

cuando llegué a la mesa de los obsequios no quedaba

están las palabras mágicas. Aparecerán en tu mente

ninguno. Doña Consolación ofreció enviarme al día

en cuanto las necesites. Ahora prepárate a recibir lo

siguiente un trenecito de cuerda.

más valioso de mi sabiduría: el conjuro especial. Sólo


podrás pronunciarlo dos veces, una al derecho y otra al revés. No lo malgastes. Empléalo cuando la situa­ ción sea de vida o muerte'. "Todo me daba vueltas y estuve a punto de caer desmayado. Flama me tendió la mano: 'No tengas miedo ni le digas a nadie lo que hemos hablado. Cie­ rra los ojos, concéntrate y escúchame bien'. Mientras él murmuraba el conjuro especial yo sentía que las palabras iban cayendo en mi memoria como gotas de lluvia en el fondo de un pozo. Cuando abrí los ojos el magnífico Flama se había esfumado. "Me quedé un buen rato pensando en lo que aca­ baba de sucederme y llegué a la conclusión de que quizá todo hubiera sido una broma de Flama para compensarme por no haber recibido juguetes. Cier­ to que no tenía soldados ni caballos de cartón como mis compañeros, pero en cambio era dueño de una hermosa chistera. Me la puse y corrí al patio, seguro de que provocaría la envidia de los otros asilados; sin embargo ellos, al verme, se echaron a reír.

"Ofendido, huí a mi cuarto y anhelé con toda mi alma alejarme del orfanato y llegar a un sitio en donde nadie se burlara de mí. Llorando, me que­ dé dormido. Cuando desperté vi que estaba en una plaza rodeado de niños que me miraban llenos de curiosidad. "En ese instante se me ocurrió golpear la copa del sombrero, como había hecho Flama. Fui el primer sorprendido de que aparecieran el conejo, la paloma y los ratones gemelos. Muchos días después, cuando entramos en confianza, me revelaron sus nombres: Raymundo, Josefina, Tim y Tom. " Ése fue mi primer acto de magia. Me sentí feliz cuando escuché aplausos, gritos de admiración y el tentador sonido de las monedas cayendo a mis pies. Las guardé en mis bolsillos y emprendí mi camino, dispuesto a encontrar un merendero donde comprar una buena cantidad de buñuelos y pambazos. "Como tenía miedo de que las Damas Caritativas hubieran dado aviso de mi escapatoria, decidí dor6s


mir en el campo. Mirando las estrellas recordé las palabras de Flama: 'En el primer sendero que tomes encontrarás tu destino'. Volvió a encantarme la idea de ser mago. En medio de mi entusiasmo advertí que mi nombre no era adecuado para mi nueva pro­ fesión. "En el orfanato sólo estaba registrado como Ti­ burdo. Ya que carecía de apellidos y siempre estaba hambriento, todo el mundo me llamaba 'Tiburcio­ Quiere-Comer'. Pensé que, juntas, las primeras tres sílabas hacían un buen sobrenombre: 'Tiquico'. "Para no alargar mi relato sólo les diré que pasé dos años actuando en calles, plazas, jardines. Me iba muy bien. Ganaba dinero y aplausos pero vivía con el temor de que las Damas Caritativas dieran conmi­ go. Se me ocurrió que un buen sitio para esconderme, trabajar y vivir era el circo. "Aferrado a mi sueño iba de un lado a otro, dis­ puesto a descubrir

mi escenario. Una noche muy

calurosa de agosto me vi perdido en el oriente de 66

la ciudad. Había unas cuantas casas, una tiendita y una capilla a medio construir. Pensé en refugiarme allí cuando, en plena oscuridad y sobre un terreno inmenso, vi los estandartes del Gran Circo de Rufo. "Creí que soñaba pero entendí que todo era real cuando escuché barritar a un elefante. Me acerqué corriendo y descubrí otra figura fantástica: un came­ llo. Había visto esos animales sólo en los libros' así que mirarlos de carne y hueso me llenó de asombro y de alegría. "Mi dicha se terminó cuando sentí un golpe en la espalda y escuché un vozarrón: 'Muchacho, ¿qué quie­ res? ¿Qué estás haciendo aquí? ' Temblando, giré. Re­ trocedí al ver a un hombre muy corpulento vestido con uniforme de domador. Mi pánico aumentó cuando el gigante levantó su látigo y profirió una amenaza: 'Me dices quién eres o te hago pedazos la espalda'. En el orfanato había aprendido el significado de semejantes palabras y para evitar el peligro me presenté: 'Soy el mago Tiquico'. 6y


"Rufo soltó una carcajada tal que todos los ani­

seda, se abrió paso hasta llegar junto a Rufo: 'El pro­

males del circo -perros, gallinas, caballos, palomas,

grama se enriquecería muchísimo. En el primer cua­

monos- se alborotaron. Entonces tuve una ocu­

dro, yo; en el segundo, Tatzio y Niní; en el tercero, este

rrencia: levanté los brazos, troné los dedos y todo

joven. . . Perdón, ¿cómo dijiste que te llamabas?'. Me

quedó en silencio. No di tiempo a que Rufo se repu­

presenté.

siera de la sorpresa. Le arrebaté su látigo, lo hice res­

"Lina, la mujer barbuda, apareció atusándose el

tallar, repetí el conjuro que me dictaba el sombrero

bigote y, con la voz más dulce que jamás he oído, mur­

y el abominable flagelo se convirtió en una hermosa

muró emocionadísima: 'Suena precioso, precioso. To­

serpiente de plata.

dos querrán venir a ver a Tiquico el mago'. La familia

"A mis espaldas escuché aplausos y manifesta­ ciones de asombro. Eran los integrantes del circo,

de enanos formó un círculo y se puso a corear: 'Que se quede, que se quede, que se quede'.

quienes, ante los gritos de Rufo, habían ido a ver qué

"Esa misma noche me convertí en miembro del

pasaba. El domador quiso ahuyentarlos: 'Todo está

Gran Circo. Por órdenes de Rufo, Pipino me asignó un

bien. Vuelvan a sus carromatos. Y tú, como te llames,

lugar junto a una jaula. Estaba tan oscuro que en su

¡largo de aquí! '.

interior sólo alcancé a ver dos bultitos, uno muy cerca

"Me quedé inmóvil. Pichín, el jorobadito, se acer­

del otro. Por la mañana descubrí que se trataba de

có a su patrón: 'Piénsalo bien, Rufo, hace mucho

dos osos color café: Tatzio y Niní. Al acercarme a ellos

tiempo que no presentas números de magia y al pú­

sentí que me sonreían pero sus ojos estaban tristes.

blico le fascinan'. Raida, la bailarina de los pies de

Luego comprendí el motivo.

68


"Tatzio y Niní hacían de todo: trapecio sin red, malabares, equilibrio, aros de fuego y al final baila­ ban charlestón vestidos de etiqueta. Sus actuaciones eran difíciles y peligrosas. Quienes se divertían mi­ rándolas de seguro pensaban que los ositos eran re­ compensados con buenos alimentos, miel, un baño tibio y un lecho mullido. ¡Nada de eso!, y para colmo, sufrían amenazas por parte de Rufo: 'Si mañana el público no les aplaude más que hoy, los venderé a un zoológico o los mandaré a una escuela de veterinaria para que experimenten con ustedes'. "No tengo que decirles que Tatzio y Niní hacían su trabajo con absoluta perfección: las advertencias del domador eran una terrible injusticia. Para compen­ sarlos, durante las madrugadas practicaba mi magia sólo para ellos. Entonces me aplaudían sonrientes y llenos de entusiasmo. "Recorrimos muchas ciudades. Íbamos tan rápi­ do que no alcanzábamos a saber dónde estábamos ni

70

qué fecha era. A pesar de tantas fatigas, yo me sen­ tía feliz; en cambio, Tatzio y Niní se veían más y más decaídos. "Cuando al fin conquisté la confianza de Rufo, le pedí que me permitiera encargarme de los ositos. Me fascinaba llevarles su desayuno, bañarlos, arreglarlos para las funciones y luego, cuando emprendíamos el viaje a otra plaza, vestirlos: a él, con su sombrero y con su saco de cuadritos; a ella, con su corona de flo­ res y su chalina rosa. "Les digo que no nos dábamos cuenta de cómo transcurría el tiempo. Vine a notarlo una noche que, en plena función, Niní cayó exhausta. El público que antes le había aplaudido se burló y silbó. Tatzio gi­ mió desolado. Sentí tanta pena que, sin permiso de Rufo, entré en la pista y me puse a hacer magias con Tatzio y Niní: a ella la convertí en cascada, magnolia y mariposa; a él lo transformé en rana, oso hormi­ guero, lagartija y luego lo devolví a su figura original.

71


La ovación fue impresionante. Todos gritaban: '¡Bra­ vo, Tiquico, bravo!'. "Más tarde quise convencer a Rufo de que mi éxito se debía a la colaboración de Tatzio y Niní. Lejos de convencerlo, aumenté el disgusto del domador hacia los os�s y aquella misma noche ordenó separarlos: Niní se quedó sola en la jaula y Tatzio durmió a la intemperie, amarrado a una estaca. Indiferente a los gemidos de Niní, Rufo la amenazó: '¡ Cállate, bestia! De nada servirá que chilles. Estarás lejos de Tatzio una semana. Esto es sólo una advertencia. Si vuelves a equivocarte los mantendré separados por el resto de sus miserables vidas'. "Fueron siete días horribles. Los ositos se pasaban la noche dando vueltas y suspirando. Desvelados y temerosos, durante las funciones cometían un error tras otro. Recordé mi vida en el orfanato y mi esca­ patoria. Entonces decidí huir con Tatzio y Niní a un sitio en donde nadie volviera a torturarlos ni a ofen­ derlos. Pero ¿cómo? Rufo conocía mi cariño por los 72

animalitos y me vigilaba para que no les diera olosi­ ? nas ni consuelo. " Pasé mucho tiempo pensando en cómo sacar del circo a mis amigos. En caso de que lográramos bur­ lar la implacable vigilancia de Rufo, quedaba otro problema: ¿cómo pasar inadvertidos? Quien nos vie­ ra, tarde o temprano le daría a Rufo pistas para en­ contrarnos. "Mientras maduraba mis planes las cosas fue­ ron agravándose. Tatzio y Niní perdían fuerza y en la pista fallaban, entorpecidos por el miedo: el peor enemigo de humanos y animales. El público perdió interés en los ositos y Rufo puso su nombre en el úl­ timo renglón de los programas. En cambio decidió imprimir el mío en primer lugar y con letras cada vez más grandes. " Con eso el malvado Rufo revivió mi temor de que alguna de las Damas Caritativas del orfanato, atraí­ da por mi fama, me descubriera si relacionaba mi nombre profesional con el que ellas habían repetido 73


tantas veces: Tiburcio-quiere-comer. La posibilidad

paloma, chasqueó sus alas: 'Tengo una idea: ¿por qué

de que Tatzio y Niní pudieran acabar en un zoológico

no los escondes en la copa de tu sombrero?'.

o en un laboratorio me horrorizaba tanto como la de verme otra vez en el sombrío asilo.

"Tim y Tom, los ratones gemelos, aclararon que en la copa de mi chistera apenas cabían los cuatro: ¿de

"Una noche, al concluir la función, entré en mi ca­

dónde iba a sacar espacio para dos nuevos huéspe­

rromato y me tiré en la cama, agobiado por el peligro

des? Todos callamos hasta que al fin Raymundo tomó

que nos acechaba. Cerré los ojos pensando en quién

la palabra: 'He vivido mucho tiempo, más del que te

podía aconsejarme sobre cómo salir del problema. Sin

imaginas, dentro de esa copa. Creo que sería muy

darme cuenta tomé el sombrero que me había quita­

saludable para todos que me mudara al País de los

do y me puse a tamborilear sobre su copa. En un se­

Sueños. De esta manera, aunque un poquito incómo­

gundo aparecieron el conejo, la paloma y los ratones

dos, Tatzio y Niní podrían instalarse en mi lugar'.

gemelos. Me habían dicho sus nombres -habilidad

"Tim y Tom protestaron: 'Sería terrible no ver­

que atribuí a un cruel entrenamiento a base de casti­

te más'. Josefina se acercó y los cubrió con sus alas:

gos y recompensas- pero jamás imaginé que fueran

'Pienso lo mismo que ustedes: yo tampoco podría

capaces de razonar.

vivir un minuto lejos de Raymundo'.

"Raymundo, el conejo, fue el primero en maravi­

"Al conejo se le enrojecieron las mejillas de emo­

llarme: 'Hemos leído tus pensamientos. Quieres irte

ción. Josefina entrecerró los ojos: 'Creo que hay una

con Tatzio y Niní. Está muy bien, pero conocemos a

forma de evitar nuestra separación: viajemos los cua­

Rufo y él los perseguirá a donde vayan'. Josefina, la

tro juntos al País de los Sueños. ¿Les parece bien? Ejem:

74

75


después de todo, tampoco somos ya tan jóvenes'. Ray­ mundo, Tim y Tom estuvieron de acuerdo. "Les agradecí a mis fieles colaboradores su buena voluntad pero me negué a permitir que abandona­ ran la que siempre había sido su casa. En ese preciso instante oímos que alguien se acercaba. Mis amigos apenas tuvieron tiempo de regresar al sombrero. La puerta de mi carromato se abrió de golpe y apare­ ció Lina, atusándose la barba: 'Tiquico: tienen que huir. Sólo así podrán escapar del horrible proyecto de Rufo'. "Le pedí a Lina que se calmara y me dijera a qué se refería. Lo que escuché en labios de la Mujer Barbu­ da me heló la sangre: 'Rufo está hablando con

mister

Mond, el dueño de un cabaret. ¿Sabes por qué lo hizo venir?: para venderle a Tatzio y a Niní. A Mond le pa­ reció magnífico tener a los ositos en la variedad de medianoche fumando, bebiendo enormes vasos de li­ cor y bailando. Con tan mala vida, morirán. ¡Sólo tú puedes salvarlos! '. '¿Cómo?', pregunté.

"Lina no me respondió porque otra vez escucha­ mos pasos y risas. Eran Rufo y Mond, quienes iban hacia la jaula de Tatzio y Niní. Quedaba a cincuenta metros de mi carromato y aunque corriera con todas mis fuerzas no alcanzaría a llegar y liberarlos antes de que cayeran en manos de su nuevo dueño. " Tuve una inspiración: me quité el sombrero, so­ plé sobre su copa y apareció el camino al País de los Sueños. Raymundo, Josefina, Tim y Tom surgieron después vestidos con ropa de viaje. Cuando vi sus ma­ letines ya no me cupo ninguna duda de que habían estado siguiendo mis pensamientos. "Tras una rápida y emotiva despedida, y la promesa de esperarme en el País de los Sueños, emprendieron su viaje. Mi instinto me dijo que era el rp.omento de utilizar el conjuro mágico especial: me quité la chis­ tera, me incliné sobre la copa y pronuncié al derecho la fórmula secreta. "Comprendí que había logrado mi objetivo cuando escuché los gritos de Rufo: '¡Malditos osos! ¿Dónde es77


tán? Alguien los ayudó a escapar. ¡Auxilio, socorro, llamen a la poli�ía! ¡Búsquenlos, atrápenlos: son míos! Por todos los demonios: ¡quiero mis osos! '. "Lina me hizo ver que en cuanto se recuperara de la sorpresa Rufo interrogaría a todo el mundo, en especial a mí. Entonces me calé el sombrero, me en­ volví en mi capa y me encaminé a la salida. Antes de abandonar el carromato deposité en manos de Lina el más hermoso ramo de gardenias: 'Te acompañarán siempre', dije. Suspirando, la Mujer Barbuda me arro­ jó un beso: 'Para el más gentil de todos los caballeros'. "Me eché a correr. Aunque me alejaba del circo a gran velocidad, durante algunos minutos seguí escu­ chando las amenazas de Rufo: 'En todo esto veo la mano de Tiquico. Ni crea que se burlará de mí. Juro sobre la fiereza de mi corazón que lo perseguiré hasta el fin del mundo, y cuando logre que me diga en dón­ de escondió a Tatzio y a Niní, obraré mi venganza, mi terrible venganza sobre esos miserables animales'.


"Un relámpago partió el cielo en dos, cayeron las

caso tiene que te acompañe? Me voy a dormir'. Vi al

primeras gotas de lluvia y yo seguí corriendo hasta

pequeño remolino acostarse en una telaraña y ense­

perderme en el corazón de la noche. Allí me refugié

guida escuché sus tremendos ronquidos.

y me dormí, tranquilo porque sabía que en el interior de mi sombrero Tatzio y Niní estaban a salvo.

"Subí la escalera. Labrada, hecha de maderas finí­ simas, me llevó a un corredor. Me detuve y miré una

"A la mañana siguiente seguí mi camino, tratando

infinita serie de habitaciones. Elegí la última. Era in­

de alejarme lo más posible de Rufo. Evitaba ser vis­

mensa y su puerta daba a una terraza con pilares de

to y tomé por veredas y atajos solitarios. Durante la

mármol rojo. Desde allí contemplé, iluminado por la

marcha oía los gruñidos de Tatzio y Niní.

luz de la luna, un espléndido paisaje. Quise compar­

"En la noche vislumbré las ruinas de una mansión.

tirlo con Tatzio y con Niní. Me quité el sombrero, me

Era de piedra. Estaba rodeada de árboles copudos, ro­

incliné sobre su copa y cuando iba a pronunciar al re­

sas de Castilla y toda clase de flores silvestres. Por los

vés el conjuro mágico me di cuenta de que no podía

muros subían hiedras oscuras. La puerta estaba en­

recordarlo.

tornada y entré: 'Buenas noches. ¿Hay alguien aquí?'.

"Atribuí el olvido al sobresalto, el cansancio y so­

'No, nadie', respondió mi Eco. Nunca antes lo había

bre todo la falta de comida. Repetí el movimiento

oído y no me confié. Despacio y de puntitas recorrí

y otra vez no pude recordar el conjuro. Me asusté

el vestíbulo y los salones de la planta baja. Cuando

muchísimo. De pronto, para mi sorpresa oí una vo­

al fin comprobé que no había nadie más que yo, oí

cecita que salía de mi chistera: 'Soy Niní. Tatzio y yo

de nuevo la voz de mi Eco: 'Te dije que esto está de­

queremos saber si estás bien'. La verdad no esperaba

sierto, pero no me creíste. Si no confías en mí, ¿qué

semejante sorpresa: '¿Ustedes pueden hablar?'. Ahora

Bo


Tatzio parecía el sorprendido: 'Siempre lo hemos he­

ciadamente era imposible acercarme al circo sin po­

cho, sólo que antes nadie nos oía. Para eso hay qu

ner en peligro a los osos. Niní no se dio por vencida:

tener un corazón enorme, como el tuyo. Late muy,

'Tal vez el conejo, la paloma y los ratones alcanzaron

muy fuerte: ¿pasa algo malo? '.

a escucharte'.

"Fui sincero y les pedí su ayuda: 'Olvidé la se­

" Medité un segundo y deseché la posibilidad: cuan-

gunda parte del conjuro mágico. Sin él jamás podré

do declamé el conjuro Raymundo, Josefina, Tim y

regresados a su anterior condición y sólo podrán salir

Tom iban camino al País de los Sueños, del que no hay

del sombrero en forma de juguetes'. Niní aplaudió: 'A

retorno y al que yo aún no tenía permiso de llegar.

t?do el mundo le gustan'. Tatzio la reprendió: 'Los ju­

"Derrotado, llorando, les pedí perdón por el daño

guetes no hablan. Ya no podremos comunicarnos con

que les causaba con mi olvido. Los osos dijeron que

nuestro amigo y tampoco volveremos a la floresta'.

un buen descanso me haría recuperar la memoria.

"Tatzio tenía razón. El panorama era sombrío.

Me pareció una magnífica idea y me tendí en la te­

Volví a suplicarles que me ayudaran a recordar. Des­

rraza. Para hacerme conciliar el sueño, Tatzio y Niní

pués de un largo cuchicheo dijo Tatzio: 'Lo siento, no

cantaron maravillosas canciones de cuna que nunca

podemos hacer nada por ti. Cuando ,pronunciaste el

había oído.

conjuro mágico al derecho nosotros dormíamos en

"Por la mañana me despertaron los pájaros. Posa­

nuestra jaula y tú estabas en el carromato. Piensa:

dos en las columnas y en las ramas de los árboles le

¿había alguien más?'.

daban la bienvenida al nuevo día. Sentí pena de que

"Recordé que en aquel momento Lina estaba junto

mis amiguitos no pudieran deleitarse con semejan­

a mí. De seguro había oído mis palabras pero desgra-

te maravilla y volví a intentar el conjuro mágico al

82

(


revés. ¡Inútil! Me tiré al suelo y chillé, pidiéndole a Dios clemencia.

"Durante unos minutos oí a Tatzio y a Niní ir de un lado a otro. Cuando al fin se detuvieron, Tatzio

"Fue un momento terrible. Lo superé gracias a la

me dijo: 'Aquí está todo lo que necesitas: el arco iris,

bondad de Niní: 'Tiquico: no te desesperes. A Tatzio

las serpientes de plata, las magnolias, los arrecifes de

y a mí nos hace muy felices vivir juntos, no impor­

coral, las gotas de lluvia, los aros, las mascadas, el río

ta que sea en el interior de un sombrero. Por cierto:

de estrellas y los elefantes azules que tanto te gusta

¿has estado dentro de esta copa alguna vez?'. Dije que

mostrarles a los niños'.

no y ella se apresuró a describirme el lugar: 'Es tibio

"Estaba sorprendido por la serenidad y la buena

y agradable. Sus antiguos moradores no alcanzaron

disposición de mis amigos para adaptarse a su nueva

a llevarse sus cosas. Tenemos de todo: una cama, un

vida. De todos modos, temeroso de lo que pudieran

gran ropero, una cajita verde, un silloncito y en el

contestarme, les pregunté: '¿Han pensado en qué suce­

último rincón un jardín repleto de luciérnagas. Es­

derá con ustedes cuando me llegue la orden de viajar

taremos muy bien mientras tú recuerdas el resto del . COnJUrO '.

al País de los Sueños? Ya les dije que si antes no logro

" Tatzio también se mostró solícito:. 'Además te se­

rán para siempre en mi sombrero o, en el mejor de los

remos útiles. Has sido muy bueno y generoso con no­

acordarme del conjuro mágico al revés, ustedes vivi­ casos, regresarán al mundo como simples juguetes'.

sotros. Para corresponderte, y en vista de que ya no

"Tatzio y Niní se pusieron a deliberar en voz baja

tienes al conejo, a la paloma y a los ratones para que

y en un idioma que me resultaba incomprensible. Al

te asistan en tus magias, nosotros lo haremos'.

cabo de unos minutos, que me parecieron siglos, Niní

as


pidió mi atención: 'Después de tantos años de ser ex­

"Tatzio recomendó que buscáramos un buen es­

hibidos en el circo nos hará bien un poco de soledad. Si

condite para mi sombrero. Niní se burló de él: 'Eso

alguna vez queremos salir al mundo, te lo diremos: no

se le ocurre a cualquiera. Lo difícil es dar con el sitio

importa que salgamos en forma de juguetes'.

adecuado. Quiero decir, un lugar donde a nadie le lla­

"Aquellas palabras tan nobles y generosas no me

me la atención ver un sombrero tan grande'.

tranquilizaron. Me sentí aún más triste de pensar

"Los tres nos quedamos pensando en la forma de

que, a causa de mi olvido, la naturaleza fuera a per­

resolver el dilema. De pronto, desde la tela de araña

der aquellas dos magníficas criaturas. Tatzio adivinó

donde se mecía, mi Eco gritó: 'Ey, Tiquico olvidadizo:

mis pensamientos: 'No debes ser tan pesimista. Qui­

tengo la solución. Te la daré si me regalas algo con

zás antes de que viajes al País de los Sueños logres

qué divertirme. Las noches aquí son muy largas y

recordar el conjuro mágico al revés. Pero si no ocurre

lo serán todavía más cuando te vayas con todo y mi

así, ni te preocupes: nos iremos contigo'.

voz. ¡Demonios! Me quedaré mudo otra vez'.

"Les dije que eso no dependía de mí. Los ositos

"En vista de que no podía evitar que mi Eco re­

lanzaron un gemido que me remitió a sus padeci­

gresara al silencio, decidí compensarlo con un buen

mientos en el circo y la odiosa figura de Rufo. En­

obsequio. Abrí mi capa, levanté el brazo derecho y

tonces me asaltó un nuevo temor: 'Si cuando yo

agité la mano hasta que de cada uno de mis dedos

emprenda el viaje al País de los Sueños el domador

escurrió una gota de azogue. Al caer producían un

encuentra mi sombrero, de seguro, en venganza por

gracioso tamborileo sobre el piso de madera.

nuestra huida, lo destruirá. Entonces, ¿qué sucederá con ustedes? '. 86

"Vi al remolino abandonar la tela de araña. Pri­ mero dio vueltas en derredor de los charquitos pla87


teados. Luego se hundió en el primero y las paredes

lla mañana emprendimos la caminata por el mundo

quedaron salpicadas de notas musicales que entona­

en busca de nuestro refugio.

ba mi Eco, ebrio de felicidad.

"La travesía ha sido larga, divertida y sorprenden­

"Era el momento de hablar: 'Veo que estás muy sa­

te. Lo único malo es que nunca he logrado recordar

tisfecho con mi regalo. Entonces, ¿qué esperas para

el conjuro mágico al revés y que el infame Rufo ha

recomendarnos el mejor escondite'. Un poco desali­

seguido nuestras huellas. Su olfato le indica dónde

ñado a causa de la velocidad con que giraba, mi Eco

estuvimos y lo guía hacia donde vamos. Por eso llegó

respondió sin mirarnos: 'El mejor escondite es el que

a San Jerónimo.

está a la vista de todos: busquen el taller de un plan­ chador de sombreros'.

"Es la primera ocasión en que Rufo y yo coincidi­ mos en el mismo sitio y a la misma hora. Esta casua­

"Me pareció una idea magnífica. Tatzio y Niní la

lidad significa que estoy a punto de recibir la orden

celebraron aplaudiendo con entusiasmo. Aquel soni­

de irme al País de los Sueños. Quizás antes de llegar

do me recordó las glorias del circo pero también la

allá logre acordarme del conjuro mágico al revés. Si

amenaza de Rufo y decidí que partiéramos de una

es así, volveré a este taller para cantarlo y mis ositos

vez. Dejé a mi Eco chapoteando en un goterón de

podrán vivir libres en la floresta. Por desgracia, no

azogue, bajé la escalera y salí al huerto.

puedo saber cuándo ocurrirá ese milagro".

"Al abrigo de los árboles, me di un buen banquete de frutas mientras que Tatzio y Niní hacían lo mis­

A tu abuelo y a mí nos pareció terrible que Tatzio y

mo dentro de la chistera. Satisfechos y alegres, aque-

Niní tuvieran que permanecer años esperando aisla-

88


dos y sin poder comunicarse con nadie. Entonces le

abuelo y yo muy pronto emprenderemos el viaje al

pedí a Tiquico un favor: ''Antes de irte, ¿podrías sa­

País de los Sueños. Cuando eso ocurra, te llevarás la

carlos del sombrero convertidos en juguetes? Prome­

caja con el sombrero. Prométenos que lo guardarás

to que no se los mostraré a nadie y que jugaré con

hasta que Tiquico regrese.

ellos a diario, aunque sea un ratito". Tiquico se quitó el sombrero, pronunció un con­ juro y enseguida aparecieron en la chistera los dos osos de felpa. El mago los estrechó contra su corazón. Así permaneció mucho tiempo. Luego me entregó los juguetes y le dio el sombrero a tu abuelo: "Cuídelo mucho. No permita que caiga en manos del malvado Rufo. Ahora, si me lo permiten, me iré. Les dejo mi agradecimiento eterno y. . . ". El mago levantó la mano y aparecieron en el cielo ramilletes de estrellas. Tu abuelo, Tatzio, Niní y yo pasamos el ·resto de la noche

J

contemplándolas. Durante muchos años sólo Toña y yo supimos la historia de Tiquico, Tatzio y Niní. El hecho de que hayas descubierto nuestro secreto significa que tu

90

91


Fin de la aventura

Poco después de aquella conversación llegaron mis padres. Maravillados de que en tan poco tiempo hu­ biera crecido tanto, hicieron planes para el retorno a casa. La perspectiva me ilusionaba pero también me entristecía separarme de mis abuelos y de los ositos. La noche antes de emprender el viaje esperé des­ pierto hasta que el reloj de la iglesia tocó las doce campanadas. Amparado por la oscuridad volví al cuarto de los muebles viejos. El ropero estaba abier­ to. Descubrí la caja de cartón y levanté la tapa. En el fondo del sombrero, muy cerca uno del otro, per­ manecían inmóviles Tatzio y Niní. Los saqué de su


escondite y los abracé. Aún recuerdo la fuerza con que latía su corazón. La mañana siguiente, mientras mi madre y Mamá Leonor hacían la maleta, me quedé un buen rato en el jardín mirándolo todo, como si quisiera grabarme en la memoria cada tronco, cada rama, cada hoja. Luego entré en el taller de mi abuelo. Él, sonriendo, se apre­ suró a ocultar algo bajo el mostrador. Mi interés por ver qué era desapareció porque noté que Papá Toño estaba triste. Para alegrarlo le recor­ dé que yo también iba a dedicarme a planchar som­ breros y le juré que volvería a pasar una semana con ellos. Mi abuelo me sonrió. En silencio, permaneci­ mos mucho tiempo mirándonos, quizá porque los dos

maravilloso: un sombrerito idéntico al de Tiquico. Me lo puse y salimos a la calle. La estación del tranvía estaba muy cerca. Mis abue­ los decidieron acompañarnos hasta allá. A medio ca­ mino me detuve y me volví a mirar la casa. Entonces vi algo maravilloso: Tatzio y Niní, desde la ventana, agitaban sus garritas en señal de despedida. Desde entonces han transcurrido muchos años. Guardo en la memoria cada minuto de los días pasa­ dos junto a Mamá Leonor y Papá Toño. Trasladé su jardín a mi corazón. En él, a la sombra de mi recuer­ do, duermen mis abuelos, acompañados por Tatzio y Niní.

sabíamos que pronto él y Mamá Leonor iban a em­ prender el viaje al País de los Sueños. Llegó la hora de la despedida. Mi abuela me regaló una cajita de Olinalá y una nuez de Castilla con un hermoso paisaje en miniatura. Papá Toño me dio algo

94

95


Índice

Comienza la aventura . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

La casa y su jardín

. . . . . . .

.

. . . . .

.

. . . . . . . . . .

.

. . . . . . . .

.

. . . . . . . . . . . . . . .

7 13

M 1. pnmera 1eccwn . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 19 .

'

Juego de espejos

. .

. . . . . . . . . . . . . .

Las burbujas y un sueño Tatzio y Niní

.

. . .

.

. . . .

..

. . .

.

. . . . .

.

. . . . . . .

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

.

.

. . .

. . . . . . . . .

.

. . . . . . . .

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

29 35 45

Tiquico y los osos . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 5 1 .

El Gran Circo de Rufo . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 6 1 Fin de la aventura . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 9 3


Cristina Pacheco Nació en San Felipe, Guanajuato, pero vive en la Ciu­ dad de México desde los cinco años. Es autora de más de una decena de libros y su trabajo periodístico le ha valido numerosos premios, como el Premio Nacional de Periodismo 2001, otorgado por el gobierno mexi­ cano, además del reconocimiento del público por dar a conocer la voz de los merios escuchados.


Aquí acaba este libro escrito, ilustrado, diseñado, editado, impreso por personas que aman los libros. Aquí acaba este libro que tú has leído,

el libro que ya eres.


La c histera marau illosa Cristina Pacheco I lustraciones de Diana

Tiznado

La casa de los abuelos de Gonzalo guardaba secretos fascinantes: un jardín donde habitan los sueños que ya vienen, burbujas de jabón que suben hasta el País de los Sueños . . . pero había algo más: dos encantadores ositos de felpa y un enorme sombrero.

www .Loqueleo.co m/mx

LoQueleo· ......

_

SANTILLANA.

Profile for Noel Urban

La Chistera Maravillosa - Cristina Pacheco  

Libro infantil

La Chistera Maravillosa - Cristina Pacheco  

Libro infantil

Profile for noelurban
Advertisement