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heart coffee

de Akrim Lirsart

le de los guisos de mi abuela, de los hábitos de lectura de mi mamá, de los inventos anti-asaltos de mi tío Jorge o de los regalos de mi tía Amparo... Así de patética puedo ser cuando tengo tiempo libre. Por suerte para mi hipotético interlocutor, cada vez que marcaba el número (55-26-33-26), una voz plaguienta me informaba: “el número que usted marcó no existe”. En diciembre –culpemos al frío, a las navidades, a la disminución en la carga de trabajo– el ocio se combinó con una nostalgia perniciosa. Una mañana estaba, además de melancólica, sola y aburrida, esperando la hora de salida del trabajo. Además tenía hambre, y soñaba con un buen plato de ropavieja con harto chícharo, de ésa que nadie sabe hacer como la hacía mi abuela. Casi sin darme cuenta, tomé el auricular del teléfono y marqué como se me estaba haciendo costumbre: 55-26-33-26. No tardó la grabación: “Lo sentimos. El número que usted marcó no existe”. Entonces, no sé por qué, lo marqué como me lo había aprendido, como se marcaba antes: 5-26-33-26. Para mi sorpresa, me dio tono de estar llamando. Mayor sorpresa: alguien contestó. —¿Bueno? —la voz se me hizo muy conocida. Pensé en colgar, pero me ganó la curiosidad. —Bueno… —respondí casi en un susurro, sintiéndome aterrada y ridícula a la vez. —Mijita, ¿ya vienes? Te estamos esperando. —¿Mamá Lupita? —pregunté, al no quedarme dudas: era la voz de mi abuela. —¿Qué pasó, doña Caquel Cato Miau? ¿Ya vienes? Hice ropavieja. Se escucharon ruidos, murmullos y volvió al auricular la voz de mi abuela. Era clara, nítida, como si estuviera a mi lado, como si sus labios estuvieran a pocos centímetros de mi oído: —Dice tu madre que le traigas algún libro y que no te tardes. No me da demasiada pena confesar que un temblor incontrolable me hizo tirar el teléfono. Cuando lo recogí, lo único que se escuchaba en el auricular era el tono de dar línea. Y mi curiosidad tiene un límite: no me atreví a marcar de nuevo, ni a pasar por mi ex-casa a la salida del trabajo. Pero sé que un día voy a llamar. Y que si me contesta mi abuela, y vuelve a invitarme, no podré decir que no. Iré con ella y con mi madre, lo sé, a comer ropavieja.

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Venecia

de Akrim Lirsart


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