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DIRECCIÓN EJECUTIVA Ana Monges B.J. Sal SELECCIÓN EDITORIAL Sergio Chacón Erick Hernández DISEÑO CREATIVO Y MAQUETACIÓN Mike Santa

mundo de escritores @mundodeescritores @mundodeescrito1

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mundodeescritores2019@gmail.com


E DITORIAL

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espués de la maravillosa acogida del primer número que ha contado con miles de descargas en todo el mundo, el equipo de Mundo de Escritores se complace en presentar la segunda edición de nuestra Revista Digital para el mes de marzo. Esta vez nos sumergimos mar adentro y os traemos, por segundo mes consecutivo, una nueva aventura Como todos habéis visto, un lema central gobierna el tema de la revista este mes. Nuestra idea es que, a partir de este momento, un hilo conductor guíe los escritos y, de paso, os motive a escribir nuevas historias y os suponga un reto porque de eso se trata también la revista: de que nos ayudemos a crecer entre todos. Para este mes, el tema central es el mar. El inmenso mar. Hemos escogido este contexto de entre las múltiples posibilidades que barajábamos por su enorme fuente de poder y de inspiración. Recuerdo la cita de Andy Dufreene en mi película favorita, basada en una novela de Stephen King, The Shawshank redemption: ¿Sabes que dicen los mexicanos del Pacífico? Que no tiene memoria.

Ese era su ideal, su destino soñado. Su esperanza. Cuando todo para él se había convertido en un

pozo negro (acusado injustamente del asesinato de su mujer y condenado por ello a cadena perpetua), la imagen sanadora del Pacífico en su cabeza le daba fuerzas para seguir adelante. De igual manera es imposible no recordar a Hemingway y a su El viejo y el mar o a Ahab en Moby Dick. O a tantos y a tantos otros. El mar, el océano. Ese universo inexplorado es y seguirá siendo fuente de inspiración, una que ha dado pie a nuestra segunda edición, llena de calidad que esperemos os guste tanto o más que la primera. Aprovechamos para agradecer el trabajo de Mike Santa, el diseñador que se ha encargado de toda la maquetación de este número y de la portada subiéndose al equipo de gente que hace la revista posible. Nuevamente, gracias a todos los que habéis participado, hayáis salido en la revista o no, porque os hemos leído a todos y nos ha costado mucho seleccionar. Os invitamos a que participéis en el mes de abril, donde se dará lugar a nuestra III edición.

Un afectuoso saludo, el equipo de

Mundo de Escritores

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Bora bora Foto: @Mariamichelle Recurso de pixabay

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Entre vista

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Entrevista

David Arcos Pacheco

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Por B.J.Sal

David Arcos Pacheco, es un placer tenerte en esta segunda edición de la revista Mundo de Escritores. Para empezar, me gustaría te presentaras a los lectores y que nos contaras un poco sobre ti y tu lado más personal, cómo empezaste en esto de la escritura, si te dedicas a ello en exclusiva… Encantado de estar con vosotros. Bueno, soy malagueño y siempre he vivido aquí, en la capital. Esta es una ciudad bastante inquieta culturalmente y desde muy joven estuve siempre inmerso en diferentes actividades e inquietudes de este estilo: cuentos y relatos que enviaba a diferentes concursos locales, fanzines y revistas literarias, teatro, cortometrajes, cómics, grupitos de rock… Siempre a un nivel muy aficionado, con los amigos y eso. Se puede decir que todo lo que fuese contar una historia a mí me interesaba, desde niño. El “vehículo” para hacerlo no era tan importante; una canción, un cuento o un cómic es lo mismo en síntesis: una historia.


Comienzas en esto de la escritura con "DENTRO (Un cuento post-apocalíptico)" que publicas en 2019. Me gustaría que nos contaras algo sobre el libro, como nace la idea y en qué te inspiraste para contar un cuento sobre el día después del fin del mundo. Pues lo cierto es que totalmente de casualidad... o no, no lo sé. Todo lo que ha rodeado “Dentro” ha sido muy mágico. En resumen, después de muchos años sin escribir nada (más de 15), dedicado a trabajar y mantener a mi familia, abrí un blog, más por aburrimiento que otra cosa y empecé a subir algunos relatos cortos. Uno de ellos, nacido sólo con la intención de ser eso, un relato corto ambientado en un post– apocalipsis, comenzó a crecer. A la gente le empezó a gustar y me animaron, casi se puede decir que “me empujaron” a continuarlo. Y acabó siendo una novela corta… y será mucho más, porque ya estoy con la segunda parte. La novela en sí conjuga varias cosas; me ha fascinado siempre ese escenario; un mundo donde las leyes y normas sociales que nos atan en el mundo real desaparecen, donde los personajes que creas pueden ser completamente puros y libres y si tienen instinto asesino será un despiadado asesino, si su naturaleza es ayudar a los demás lo harán. Nada ata a los personajes. Por

otro lado me apetecía, dentro de ese mundo, contar una historia pequeña, sencilla. En “Dentro” no hay grandes héroes que van a salvar al mundo, sólo dos supervivientes cualesquiera que se encuentran y unen sus fuerzas para sobrevivir, nada más. Más reciente es tu segunda novela, “ARDE”, con una temática algo diferente pero que promete tanto como la primera. Cuéntale a los lectores qué van a encontrar en ella. Sí, después de “Dentro” (y aunque ya andaba rumiando sus continuaciones) me apetecía cambiar y embarcarme en algo mucho más real y cercano en cuanto a escenario. Recuperé un viejo manuscrito que escribí hace más de 15 años y que estuvo todo ese tiempo olvidado en un cajón y decidí que, tras una profunda y laboriosa reescritura, la historia que quería contar estaba ahí. “ARDE” no es autobiográfica pero sí que en su ambientación es muy “mía”. Habla de mi ciudad, de mis bares, de mis amigos… Aunque la historia principal es completamente inventada (a Dios gracias). En cuanto a ésta, la trama principal, me cuesta definirla. Es una novela que sobre todo habla de la obsesión y de la curiosidad enfermiza que deriva en esta. Me gusta definirla (no sé si acertadamente o no; los lectores dirán) como un “thriller emocional”.

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Algo que nos interesa mucho en este espacio es conocer los motivos que llevan a un autor a autoeditarse como ha sido tu caso por el momento. Cuéntanos cuál ha sido tu experiencia en ese sentido y si te planteas en algún momento decantarte por las editoriales. Cuando terminé “Dentro” no sabía muy bien qué hacer con ella. Pese a los halagos que recibía de mis “lectores cero” que me animaban a publicarla, me parecía un salto demasiado grande pasar de la nada a intentar publicar una novela. Alguien me habló de las formas y diferentes opciones de autopublicación y tras ver algunas me decanté por Kindle–Amazon. La verdad es que estoy muy contento y en el caso de “Dentro” (“ARDE”

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acaba de salir y es pronto para valorarlo) ha funcionado muy bien, mejor de lo que yo esperaba. Pero sí, creo que sobre todo ésta, “Dentro”, ya ha cumplido su ciclo en autopublicación y estoy en conversaciones con varias editoriales para publicarla bajo un sello. Sobre todo pensando en sus continuaciones (será trilogía) y que me gustaría algo más “en serio” para ellas. Pero la experiencia en Kindle–Amazon ha sido muy buena y para autores noveles lo recomiendo completamente. Todo es limpio y sin trampa ni cartón. Con “ARDE” finalizado, ¿Qué nuevos proyectos tienes entre manos? ¿Cuándo podremos ver tus próximos trabajos?

Bueno, ya me he adelantado y os he contado que estoy trabajando en la segunda parte de “Dentro (un cuento post– apocalíptico)” de la que no avanzaré mucho salvo que será una novela más extensa y compleja, con varios niveles de narración. Como ya he dicho, lo que tengo pensado es una trilogía y su tercera parte ya la tengo bastante esbozada. Pero entre la segunda y la tercera parte también tengo un pequeño y loco proyecto del que aún no diré nada; está demasiado “verde”. Sólo que no es novela, es ensayo. Ya lo iré adelantando en nuestro grupo. Aunque eres relativamente nuevo en el grupo Mundo de


Escritores, nos gustaría saber cómo llegaste a él y qué opinión te merece. En una sección que va para clásico te vamos a poner en un apuro para que nos digas al menos una cosa que te guste y otra que no te guste de lo que has visto hasta ahora. Pues lo conocí gracias a una amiga de redes sociales que me habló de vuestro grupo de Facebook. No lo conocía, la verdad es que por Facebook me muevo poco, mi “selva” es Twitter. Pero ha sido una agradable sorpresa, estar entre un grupo de gente que comparte tu pasión, dudas y sueños. Creo que está muy bien llevada y ahora con esta “revista online” creo que vais a dar otro buen salto. Lo que más me gusta es esto que he explicado. ¿Lo que menos? Me cuesta encontrar algo; bueno, hay a veces comentarios de gente muy pagada de sí misma pero en fin, somos escritores, algo de presumidos tenemos todos, si no, no pensaríamos que lo que escribimos “deben” leerlo los demás, ¿no? Este segundo número de la revista está dedicado al mar. Siendo de una ciudad costera como

Málaga, ¿qué sensaciones te evoca? ¿Crees que ha influido en tu obra de alguna forma? Estoy seguro de ello. El mar está en el ADN de mi persona y seguramente de lo que escribo, aunque sea de forma subconsciente. Me ocurrió una cosa sorprendente con “Dentro”. Releyéndola una y otra vez para ir cimentando la continuación, tomando notas y apuntes para luego no caer en incongruencias, me di cuenta de algo. Algo de lo que para nada había sido consciente escribiéndola, simplemente así salió. Me di cuenta (y los lectores verán que es cierto cuando la lean) de que el agua siempre está presente en la historia; los personajes siempre están cruzando ríos, caminan por playas, navegan en barcos… Y si no es así, llueve. Siempre el agua. Es curioso cómo funciona nuestra cabeza cuando escribimos.

de la revista, aportando alguna cosita. Y me veréis por el grupo de Facebook y la cuenta de Twitter a menudo. A la gente del grupo solo les diré dos cosas. La primera que no duden en compartir sus dudas o consejos, que no dejen que algún comentario fuera de tono les corte; la mayoría de la gente que participa es estupenda y amable. Y la segunda, que escriban. Un escritor siempre escribe, no importa qué, bueno o malo. Escriban.

¡Gracias David!

David, ha sido un placer tenerte con nosotros y poder conocer más en profundidad tu obra. Por último y como despedida, manda un mensaje a todos los escritores del grupo. Gracias a vosotros y por supuesto que intentaré participar en cada número

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Santa Marta Foto: Jorge Restrepo Colombia

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Relatos 11


Luciana Gurciullo Por

Jugaré

en el mar

Relato

Sus días de vida y ensueño comenzaron en una familia amable, donde encontró todo el amor que necesitaba. Era hermosa con sus ojos claros siempre abiertos y su largo cabello de hilos de nylon, su sonrisa amorosa y mirada tierna; era, en realidad una muñeca llamativa, todo aquel que la viera se sorprendía de su encantadora imagen. Tenía un gran sombrero de color rosa, que le daba un toque de majestuosidad, también su vestido y zapatos eran de ese color. Su cuerpo flexible se acomodaba a todas las posturas. Parecía disfrutar de cada juego que su niña le proponía, y respondía con su rostro feliz a cada invitación o salida. Algunas veces estaban afuera en el pasto, y otras en el dormitorio. Fuese donde fuese, el contexto se repetía, siempre imaginaban que estaban en la playa. El mar era su lugar de lecturas y sueños. Aquel espacio lejano y desconocido era propicio para sus aventuras. La pequeña con su muñeca compartían el alma.

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Todos los días la niña disponía de sus elementos de juego y la rodeaba con ellos, por supuesto no faltaban la sombrilla, un bolso, el mantelito para merendar y otros accesorios; sin embargo, el más importante era el libro, ese elemento mágico y poderoso, que las llevaba a viajar. Su pequeña dueña la vestía, la peinaba, le contaba a dónde irían, así, después de ubicar cada juguete, las dos se deleitaban con la lectura de un cuento. Mientras tanto la muñeca soñaba; tanto en verano como en invierno gozaban de las más intrépidas situaciones, imaginariamente, cerca del mar. Eran las mejores amigas, la niña le contaba, además de leerle historias, que un día no muy lejano la llevaría a conocer el mar. Eso le habían prometido sus padres, ya que en aquel tiempo no podían porque la pequeña estaba muy enferma, pero cuando recuperase su salud, todos viajarían a disfrutar de aquel bellísimo paisaje anhelado. Juntas reían y recorrían las playas con los relatos más graciosos y felices, en las pausas repetía que las historias del mar son las mejores, según ella había escuchado decir a su padre; y, por supuesto lo creía con toda su alma. Sólo debía sanarse y entonces podría hacer como los personajes de los cuentos que leía. Dentro de las lecturas su audacia no tenía límites, por eso, a pesar de que en algunas ocasiones los peligros eran terribles, en compañía de su muñeca se sentía invencible, no había marea ni tormenta que no pudiese enfrentar. Allí corrían, gritaban, se escondían y participaban de las más bellas historias, siempre en el mar. Los días eran cortos para aprovechar tantas vivencias, desapariciones, hallazgos, luchas y triunfos. Junto a los protagonistas solucionaban los inconvenientes, y a pesar de todos los sufrimientos que padecían, siempre podían vencer los desafíos. Con el correr de los días la salud de la niña no mejoraba y los médicos sugirieron a los padres disfrutar de su compañía y concederle todos los deseos que pudiesen. No quedaban posibilidades, la pequeña pronto los abandonaría. Ellos hicieron todo aquello que estuvo a su alcance; sin embargo, las características de la enfermedad no les permitían demasiado. Por eso habían invertido dinero y tiempo en acercarla a las actividades a través de los libros, su gran biblioteca era un mar de posibilidades, para que pudiera jugar y vivir. Desde allí navegaba y su vida había tenido momentos de felicidad. Cuando sus fuerzas menguaron sus padres intentaron alejarla de los juguetes, ya no podía manipularlos, sólo debía descansar. Fue entonces cuando ella les pidió lo más importante de la vida que le quedaba.

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Suplicó con sus últimas fuerzas que no le sacaran su muñeca, al contrario, ella la necesitaba más que nunca. Les dijo que escucharan con cuidado, era demasiado trascendental lo que les debía decir. Primeramente era indispensable que la vistieran con prendas iguales a las de su muñeca. Lo más parecido posible. Así lo hicieron, ella fue vestida y calzada como indicó y le colocaron un hermoso sombrero rosa, ahora, era como su muñeca. Confesó a sus padres a qué obedecía el pedido, explicando lo que había leído en todos los libros: los niños triunfan, no existe un final para ellos. De esta manera la niña les contó que no temía a la muerte, sino que había encontrado, como lo hacen los protagonistas de las historias, la forma de burlarla. Sus padres escucharon asombrados que ella tomaría el lugar de su muñeca y así viviría por siempre con ellos. Sólo había un requisito, las dos debían estar juntas en el momento en que la muerte llegara, en ese instante la niña entraría en el cuerpo de la muñeca y entregaría el alma de su juguete amado en lugar de la propia. Cuando la pequeña los saludó con un hasta siempre, se aferraron a la idea de que había podido lograr lo que les contara horas atrás, es decir, vivir en el cuerpo de su muñeca y que allí estaría. Luego de despedir sus restos, un silencio ensordecedor habitó la casa y cubrió sus vidas. Después de que pasaran algunos días, recordaron la promesa que le habían hecho a su hija de viajar al mar. Intentaron hacerlo para aliviar tanta angustia que los consumía; y antes de salir, pasaron a saludar al recuerdo de su niña. Al entrar al dormitorio de la pequeña encontraron que la muñeca estaba acomodada con un bolsito listo para salir de paseo. Se miraron y sin decir nada la llevaron con ellos al mar. Al llegar sin pensarlo demasiado, se dirigieron a la playa llevando consigo a la muñeca, jugaron toda una tarde con ella y rieron recordando a su niña en los días más felices. La pequeña cumplió su deseo como se lo propuso una vez: Jugaré en el mar

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Abel Edgar Hassan Ledesma Por

Parada de seguridad Relato

En el mar la vida es más sabrosa... En el mar te quiero mucho más... tarará larara laralá... Carlos feliz cantaba y tarareaba mientras se ponía su traje de buzo de neopreno, al tiempo que, de reojo, admiraba las curvilíneas y acuadinámicas piernas de Mirella, su compañera de buceo, piernas perfectas para vencer la resistencia del agua y avanzar ágilmente por el arrecife para disfrutar el espectáculo marino. En ese momento agradecía al Dios Neptuno la regla básica del buceo: "nunca bucear solo, siempre hacerlo con una pareja" y ella era en ese momento la pareja perfecta, ninguna duda tenía de ello. Una vez que se enfundó su traje de neopreno, se acercó

a ella para ayudarle a subir el cierre del suyo, había imaginado hacer lo contrario, pero con el cierre de su vestido y en su habitación, no en aquella embarcación, pero ese era el principio de la aventura. Esa era la primera inmersión programada del día, pero para él sería la segunda, pues ya se había sumergido, aún sin el equipo de buceo, en el mar azul de sus ojos profundos. Colocó el chaleco compensador a la botella de aire comprimido. Tarará... Colocó el regulador, larara... Giró por completo la perilla permitiendo la salida de aire y retrocedió media vuelta. Se colocó el regulador en la boca y comprobó que estuviera en perfecto funcionamiento. Checó la presión en el manómetro, 3000 libras de presión. Larará...

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Ella seguía sus pasos armando su propio equipo. El la ayudó a colocarse en la espalda el chaleco compensador con la botella de aire comprimido apropiadamente ajustada.

Los rayos del sol jugueteaban con los inquilinos del arrecife. Un pez ángel del tamaño de una llanta de bicicleta pasó frente a ellos presumiendo su esplendor.

Luego se colocó el cinturón de lastre con cuatro plomos de medio kilo cada uno, a continuación, se equipó con su botella de aire con ayuda de Regino, el capitán de la embarcación.

Carlos encontró un pepino de mar, lo tomó y se lo mostró a Mirella, luego lo devolvió cuidadosamente a su sitio original, al lado de una estrella de mar y un erizo.

Finalmente, ambos se pusieron las aletas y el visor y a la cuenta de tres se lanzaron al agua a paso de gigante. Voltearon hacia Rigoberto indicando que todo estaba bien. Se sumergieron en el agua, compensaron la presión de sus chalecos y se dirigieron al arrecife, en una especie de nado sincronizado, muy cerca el uno de la otra.

Mirella llamó la atención de Carlos para señalarle el nado lento de una gran tortuga.

Carlos la condujo hacia la base del faro donde el choque de las olas genera un ir y venir de corrientes marinas que se sienten con mayor intensidad, las fuertes piernas de Mirella hicieron su mayor esfuerzo. Luego se alejaron del faro para llegar a una pared rocosa desde donde descendieron varios metros para llegar al arrecife formado por grandes colonias de coral de diversas formas y tamaños.

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Cardúmenes de peces de diferentes formas, tamaños y colores realizaron su pasarela opacando con sus diseños a los más afamados diseñadores de moda de las grandes metrópolis. De repente apareció una pareja de delfines, que se acercó a saludarlos, la pareja dió varias vueltas alrededor de ellos, realizaron algunas piruetas para finalmente alejarse perdiéndose de vista en el horizonte azul rey del océano. Una anguila apareció de repente alterando el pulso cardiaco de ella, indiferente y altiva la anguila solo los esquivó y siguió su camino.


Ambos disfrutaron como enanos de la hospitalidad del arrecife y de sus cordiales anfitriones por aproximadamente veinticinco minutos. Habían acordado permanecer hasta que sus botellas de aire comprimido llegaran a las 500 libras de presión. Él checó la presión en su manómetro, y le indicó a ella que era momento de terminar con el paseo marino para realizar una parada de seguridad, procedimiento necesario al final de la inmersión para reducir la cantidad de nitrógeno residual antes de emerger a la superficie.

un largo beso, hasta quedar literalmente sin aliento. Le colocó el regulador en los labios, ella lo tomó y aspiró otra bocanada de aire, lo retiró y lo volvió a besar.

Habían acordado una parada de seguridad de tres minutos a una profundidad de entre tres y cinco metros de la superficie, ya que bajarían un poco más treinta metros de profundidad en el arrecife. Era el momento que él había estado esperando. Para él era el clímax de la inmersión. Al ascender al nivel acordado él se colocó frente ella, y literalmente flotando en el mar de manera vertical, la abrazó por la cintura con una mano izquierda, ella respondió el abrazo, él aspiró una gran bocanada de aire, se sacó el regulador de la boca con la mano derecha y lo soltó, luego le quitó el suyo a ella y sin soltarlo, ladeo hacia su hombre la cabeza y le dio

Luego de la segunda inmersión programada y la “necesaria” segunda parada de seguridad. Regresaron al muelle. El vaivén de la barca al surcar el agua hacia juego con el vaivén de sus emociones, ambos deseaban pisar tierra firme para volver a sumergirse en una tercera parada de seguridad en la inmensidad de su habitación.

Repitieron dos o tres veces más este procedimiento, era necesaria e indispensable la parada de seguridad. Finalmente ascendieron, rompieron el espejo de agua, y ya en la superficie del mar realizaron la seña internacional de Ok. El capitán de la barca, de cabellos rubios teñidos por el sol, se acercó a ellos para ayudarlos a subir a la embarcación.

Mientras tanto, él iba susurrándole al oído: En el mar la vida es más sabrosa, en el mar te quiero mucho más, tarará larara laralá...

Autor: Abdel H. Ledesma.

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Arima Rodrí guez Vega Por

Trozos de espejo Relato

La luna, nítida y resplandeciente, acaricia la quieta superficie del agua regalándole una blanca estela de luz que permanece inmóvil, flotando, tal es la calma que esta serena noche ofrece a mi secreta playa de arena blanca, mi marea de aguas tibias que parece arropar con blandos brazos a quien penetre en su interior. En su orilla es necesario despojarse de todo aquello que pese en la memoria y en el alma para entrar ligero a sus aguas, casi podría sentirse que las tenues olas ofrecen la posibilidad de comenzar desde cero una nueva etapa de la vida. Sin embargo, es acto obligado recoger al salir del resguardo de sus aguas todo aquello que se abandonó en la orilla. El mar es solo un oasis temporal donde aprender o donde descansar. Con suma lentitud, comienzo a quitarme la ropa, intentando dilatar el momento previo de meterme en el agua. Quiero saborear la liberación de despojarme de toda idea y recuerdo que pesa en mi cabeza. Me dirijo hacia la quieta orilla y poco a poco voy rompiendo la estela de luz con las turbulencias que mi cuerpo origina. La sensación es tan sumamente agradable y reconfortante que siento como si liberara la carga que durante milenios he llevado sobre mis hombros. Mis sentidos, que se encontraban alerta hasta hace unos instantes, comienzan a adormecerse lentamente y a

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caer en una cómoda penumbra que me ofrece descanso. Mi tacto queda anulado con la suave tibieza del agua. Me recuesto hacia atrás y mis músculos se van relajando plácidamente, no necesitan ya tensarse, no siento ni tan siquiera mi propio peso dentro de la acogedora ingravidez del mar. Introduzco mis oídos en el agua dejando así de escuchar el suave murmullo que proviene de la brisa y anulando por completo mi sentido del oído. Mis párpados se cierran, la escasa luz de la noche es incapaz de atravesarlos. Con este gesto termino de aislarme de cuanto me rodea. No siento nada, no oigo, no veo. Ahora puedo concentrarme en escuchar y ver mi interior, podré estar a solas con mi propia persona sin un estímulo externo que me distraiga; mis ojos, mis oídos y mi piel se agudizan en un último intento de percibir algún estímulo, captar cualquier sonido, cualquier roce, pero incapaces de ello, se adormecen y se relajan, dejan de funcionar. Ya estoy a solas, mis recuerdos han quedado en la orilla junto con mi ropa. Ahora puedo escarbar en lo más profundo de mi mente, sacar aquello que se encuentra escondido hacia la superficie. Ya he liberado, entre las aguas, las cavernas de mi cabeza para que pueda aflorar aquello que el prudente centinela ha tenido oculto durante todo este tiempo. Una visión comienza a tomar forma: camino confusamente por una habitación llena de espejos, pero no quiero mirarlos porque tengo miedo de lo que voy a encontrar en ellos, así que camino a tientas buscando una salida con los ojos clavados en el suelo. El agobio comienza a aumentar de manera alarmante, el silencio de la sala ensordece mis oídos. Un deseo irresistible, casi indomable, de alzar la vista hacia los espejos entra en lucha con mi miedo. Los toco con las manos buscando una salida a esta desesperante situación. La contienda de mi cabeza me impide pensar con claridad, me nubla la mente y me hace jadear y sudar, llevándome hacia el abismo del agotamiento. Finalmente, la intensa lucha que durante horas o días, no sabría decir su duración, se ha debatido en mi interior, finaliza. Mi curiosidad vence a mi miedo y, con una angustia que me acelera el pulso hasta casi hacerme estallar las venas, alzo la mirada con inmenso pavor. Cada milésima de segundo que tardo en elevar la vista es como un martilleo que retumba por mi cuerpo haciéndolo temblar de sobrecogedor y asesino terror.

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Por fin, mi mirada encuentra su reflejo en el espejo, veo mi imagen. Se me hiela la sangre y el corazón deja de latir por unos instantes. El horror inunda mi cuerpo y un ahogado grito consigue salir de mi atorada garganta. La imagen que el espejo me devuelve no soy yo. La persona del espejo es alguien ajeno a mí, nunca le había visto. Siento una incontrolable impotencia: no puedo demostrar a nadie, ni tan siquiera a mí misma, que esa no es mi verdadera identidad. A la impotencia de quien se siente preso de por vida sabiendo su inocencia, le suceden la ira y el rencor hacia aquello que se ha llevado mi reflejo. Lo robó en algún momento de mi vida y lo hizo añicos. Cada uno de los trozos debió disolverse en el aire, fundirse con el viento, hacerse invisible e inalcanzable y dejar, por tanto, de existir. Sólo me resta resignarme tristemente a vivir con mi reflejo actual, el que no es mío. Pero aún conservo, en ocasiones, la posibilidad de cerrar los párpados y pensar en cómo soy en realidad gracias al mar. Ahora abro los ojos y miro hacia la profundidad de la noche, regreso así a la quietud de mi playa en calma. Me incorporo y comienzo a salir del ensueño que el agua me ha ofrecido. Mis pasos se dirigen ahora hacia la orilla, mi mirada huye de la superficie del agua porque quiero que durante un rato más, la última imagen que vi en mi interior permanezca en mis retinas. Necesito que mi verdadero rostro perdure en mi memoria antes de que la vida cotidiana vuelva a diluirlo entre sus manos. Cuando la imagen de mi faz se estropee volveré al mar a recuperarla.

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Ilustración lithium3studio.com


Isabel Hernández Por

EL COLOR DE MI MAR Relato

Cada mañana al clarear el alba, Felipe salía con su barco a pescar, con los otros pescadores del lugar; unos seis o siete botes de no más de cuatro metros de longitud, que faenaban en compañía, en la zona pesquera a unas dos millas de la isla donde habitaban. Sobre las doce del día regresaban al pequeño puerto pesquero, y depositaban la pesca en la pequeña lonja del mismo puerto del pueblo marinero, donde las mujeres acudían a comprar el pescado fresco para preparar la comida del día. Los pescadores satisfechos llevaban el escaso caudal al núcleo familiar para hacer frente a los menesteres del hogar. Algunos días, antes de llegar a puerto, se repartían la pesca con el fin de que todos pudieran llevar algo a casa. Habían hecho un pacto de amigos y compañeros y lo respetaban con la equidad justa según la palabra dada en el pacto. Todos tenían mujer e hijos pequeños, que vivían de la pesca, excepto Felipe que se había casado hacía poco tiempo con Claudia y, querían esperar un poco para tener un hijo. Claudia trabajaba en una peluquería hasta las seis de la tarde, y ganaba poco, pero ayudaba a Felipe para los gastos de la casa. Además, quería ahorrar algo, con la ilusión y el fin de poseer su propia peluquería.

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Felipe y Claudia eran unos enamorados del mar, y al atardecer cuando estaba el mar quieto les gustaba pasear por la orilla y, algunos días se subían al bote y se adentraban en los recovecos de la costa volcánica negra azabache que resaltaba en el color azul del mar. Navegaban y, allá donde les venía bien llegaban hasta el recodo, se tiraban al agua y se quedaban abrazados en la orilla, disfrutando de la belleza del lugar que se complementaba con las bellas palabras del amor que se susurraban como dos enamorados. Solían ir al recodo de la caleta porque siempre estaba solitario y la paz del lugar los embelesaba. Cuando regresaban siempre llevaban una bolsa llena de objetos que encontraban por las orillas que transitaban, decían con ironía que las olas devolvían todo aquello que no era del mar. Claudia era esbelta, de cabello largo dorado y ojos azulados que a veces cambiaban a grisáceos; solía decir:—“mis ojos son del color de mi mar” , “el mar también cambia de color”—, y frases similares; parecía una sirena de la que Felipe estaba prendado y, la cuidaba con orgullo, mimo y esmero, a pesar de sus toscas manos de pescador, la acariciaba y ella se derretía y, al mismo tiempo sentía temor de que pudiera ocurrirle algún contratiempo que ahuyentara esa paz, armonía y placidez que sentían cuando estaban juntos. Felipe se miraba en sus bellos ojos cada amanecer, cuando marchaba a la mar le traspasaba el horizonte de su deseo infinito de regresar a puerto para encontrarse con ella, era su razón de vivir; le enamoraba todo de Claudia. Le gustaba la manera de concretar el color del mar, de su mar. La policromía marina reflejaba el color de su mar, y le dejaba entrever su estado de ánimo según el color con el que ella lo definía. Felipe estaba muy atento al color que ella refería: añil o marino, gris, azul cielo, turquesa, verdoso esmeralda, blanquecino, … para detectar la alegría, tristeza, júbilo, o cualquier otra emoción que él pudiera ayudar a potenciar o reparar. Deseaba que su amada no se entristeciera por nada y le dejaba notas en el espejo o en la cama, a veces en lugares recónditos que la hacían reír a carcajadas cuando las encontraba; él disfrutaba mirándola como si ella no lo supiera; disimulaba y con el peciolo del ojo lo veía, y la llenaba de ternura; entonces lo dejaba que él se hiciera la ilusión de que la engañaba como a una niña. En realidad, ella era una niña para él, mucho más joven. Él fue su primer amor y no quería desencantarla, decepcionarla o que se afligiera, no soportaba verla triste. Por ello inventaba historias del mar, y se las contaba

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por las noches y, también durante los paseos que daban cuando navegaban por los recodos de la costa agreste de lava bruna. Una de las historias que le gustaba escuchar era la de “la sirena y el pescador”, se la había contado en infinidad de ocasiones, pero ella siempre ponía la misma atención como si fuera la primera vez. Siempre se la repetía idéntica sin la más mínima variación, como si la tuviera grabada en su mente y su voz la narrara con el mismo tono, no sabía por qué ocurría eso. La historia era ficticia, se la había inventado, pero ella la veía real y le gustaba tanto que a pesar de haberla oído tantas veces no se la quería aprender solo para que él se la contara una y otra vez. Decía que si se la aprendía ya él no se la contaría más y eso la entristecía. “Una mañana muy temprano, aún no había salido el sol, estaba sentado, con la caña de pescar plantada, en su barquito blanco con la lista azul añil; pensativo y con la mirada traspuesta en el horizonte, solo veía el mar azul que no se distinguía del cielo, y percibía el arrullo del piélago salpicando la nave. La brisa marina lo envolvió y, se quedó embelesado, suspendido en el tiempo. Los demás pescadores estaban alejados unos de otros, ensimismados en su pesca; y, él se perdía en la inmensidad del mar, cuando sin saber cómo, vio en el agua un remolino brillante, como un espejo, que reflejaba una imagen, igual a Claudia, la misma cara, los mismos ojos y el mismo pelo de Claudia. Felipe se impresionó tanto que fue a darle la mano para subirla a la barca, y en ese instante vio que era una sirena; ella lo agarró fuertemente y cayó al agua, entonces los dos, desaparecieron en el mar”. Cuando regresó de su ensoñación, la caña la tenía doblada con un pez grande que había picado el anzuelo; no pudo reaccionar, y al rato el pez se soltó y la caña volvió a su estado normal. Aún está cavilando si la historia fue real o la soñó. Esa era la leyenda que tanto le gustaba a Claudia y cuando Felipe se la contaba abría tanto los ojos que pareciera que se le salieran de las órbitas. Un día Claudia le contó a Felipe que no le importaría desaparecer en el mar con él, como la sirena. Ella también lo amaba y le escribía poemas mientras lo esperaba. Claudia había estudiado y, sabía inglés, llamaba al mar: sea, y al barco de Felipe, boat, y, fantaseaba con palabras en inglés, Felipe terminaba aprendiéndolas y jugaban a adivinarlas. La que más le gustaba era: love. Se reían como si siempre existiera esa fábula en sus vidas, pero la realidad siempre regresa, a veces inesperadamente.

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Claudia seguía empeñada en conseguir su propia peluquería y estaba buscando un saloncito en la avenida del pueblo para alquilarlo y con los ahorros que guardaba empezar con su ilusión y poco a poco ir equipándola. Una tarde, Marta, la peluquera donde Claudia trabajaba habló con ella, porque había enfermado y necesitaba tiempo para los tratamientos. Le propuso alquilársela por un tiempo. Claudia se solidarizó con Marta por su enfermedad, pero sintió como un regalo del cielo, poder alquilar la peluquería, ya montada y con una clientela que ya la conocía; sin pensarlo ni consultarlo con Felipe asintió y disimuló todo lo que pudo su alegría ante Marta. Cuando llegó a su casa se lo contó a Felipe y este se alegró de que por fin había conseguido lo que ella deseaba. Claudia se enfrascó de lleno en la peluquería, contrató a una manicurista por horas, y tanto trabajaba que apenas tenía tiempo para estar en casa. Llegaba muy de noche, cansada y sin ganas de hablar. Felipe se iba a la cantina que había en el puerto, con algunos compañeros de pesca y, allí pasaba las horas, llegando a casa tarde y de mal humor quizá por la bebida, o la soledad. Ya sus vidas cambiaron y no había la complicidad; ni el roce que se producía en los paseos por los recodos marinos de la costa agreste; ni tampoco los poemas de amor que ella le escribía; ni las risas con las palabras en inglés que él buscaba en el diccionario de su estantería; ni las notas escondidas que él le dejaba escondidas por la casa cada mañana. Ahora había más comodidad y más dinero, pero ese amor puro se escondió en lo más profundo de sus vidas. Transitaban como sonámbulos por la casa, no tenían nada que decirse, ya no le contaba las historias del mar, ni ella le hablaba de los colores de su mar. Felipe salía al amanecer y ya no tenía prisa por regresar, nadie le esperaba, sentía que comía y dormía solo. No lograba hablarle, siempre estaba cansada y cuando ella se levantaba ya él estaba en el mar, en su refugio. Todo lo dejaban para otro día, pero ese día no terminaba de llegar y a Felipe se le colmó el alma. Una mañana partió solo, no esperó a sus compañeros, solo se llevó algunos poemas para leerlos mientras pescaba, y unas pastillas, y, en su barco sentado los leyó recordando el ayer; apenado por tantas palabras de amor que ya no existían para él. Ese día no pescó nada, navegó hacia uno de los recodos solitarios donde tantas

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veces arrumbaron juntos, quien sabe con qué intención. Se debió quedar adormilado en la barca porque no regresó al puerto con la pesca. Los compañeros alarmados salieron a rodear la isla, pero se saltaron el recodo y no lo encontraron. No sabían como decírselo a Claudia que estaba ajena a lo sucedido, trabajando en su peluquería con sus clientas habituales, y de bromas y risas con la manicurista. Cuando llegó a su casa no le extrañó que Felipe no estuviera ya que, a esa hora siempre estaba en la cantina del puerto. Se preocupó cuando tocaron a su puerta, dos pescadores y le contaron lo sucedido. Entonces, Claudia se alborotó y rogó que la llevaran a buscarlo que, ella los guiaría hacia el rincón donde seguro lo encontraría. Salieron en bandada por el mar azul pálido del atardecer, bordeando la isla; unas seis barcas guiadas por el pescador más antiguo y Claudia. Se le empañaba la mirada y, casi enmudecida le hacía señas al pescador para que se acercara hacia la orilla del recodo; el mar estaba quieto como si se hubiera detenido al pasar las barcas, todas en silencio. Al girar divisaron la barca de Felipe en la orilla y, desesperada Claudia se lanzó al agua y nadando llegó hacia el cuerpo tendido en la caleta donde siempre tomaban el sol. Felipe estaba allí, dormido, entumecido y mojado por el agua del mar que batía sus pies una y otra vez. Claudia lo sacudió con fuerza y lo abrazó dándole su calor. Su corazón aún latía, y cuando abrió los ojos le sonrió y los cerró de nuevo. En la barca estaban los poemas y la caja de somníferos, vacía. El pescador lo envolvió en la manta y lo acomodaron en la barca; las lágrimas de Claudia le caían a borbotones sobre el rostro de Felipe, él le apretó la mano sin decir palabra. Lo llevaron al puerto y allí lo esperaba la ambulancia avisada por los otros pescadores. Felipe se recuperó, pero lo más importante para él fue que rescató el amor de Claudia y, volvió a esconderle notas, a navegar por los recodos de la isla, y a mirarse en sus ojos color de mar, mientras leía los poemas que ella le escribía. Y, durante mucho tiempo le siguió contando las “historias del mar” a su sirena de cabello dorado, sonrisa serena y alma enamorada. Isa Hdez.

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Alfredo Martí n Gómez

Por

GEOGRAFÍA DEL RECUERDO Relato

Si quid mea carmina possunt, nulla dies unquam memori vos eximet aevo. Virgilio: Eneida

Si fuese redactor de guías turísticas y tuviera que escribir sobre el pequeño pueblo pesquero de la costa catalana donde pasé los primeros diecisiete años de mi vida, afirmaría que son tres sus atractivos. Dos de ellos, claros ejemplos de los encantos que caracterizan esas latitudes, son los reclamos que, desde los años ochenta, atraían a decenas de nuevos turistas estivales cada año. A saber: el famosísimo espigón, tan infinito en mi memoria que aún comunica continentes, otrora puerta de entrada a peligrosas y salvajes tierras desconocidas, escenario de mil y un juegos infantiles, además de refugio de primeros besos adolescentes y lugar de encuentro y desencuentro de numerosos y cambiantes amores de verano; y la lonja y el mercado adyacente, que abastecen a los pueblos de la zona, y que dotan a la localidad de un colorido y una vida pintoresca muy atrayentes a ojos del turista metropolitano.

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Con todo, y sin desmerecer en nada a los dos focos de atención anteriores, para mí la mayor atracción del pueblo nunca podría aparecer en esa guía, entre otras razones, porque ya dejó de existir, y es muy posible que, cuando todos aquellos compañeros de juegos que crecimos juntos dejemos para siempre este mundo para seguir su estela, su recuerdo muera con nosotros. Tal vez por eso escribo hoy, para recuperar de la eternidad al viejo Vicente o, mejor dicho, con la vana ilusión de proporcionarle una inmortalidad que, pese a todo, sé que es imposible. Pero es que la historia de Vicente es de aquellas que merecen ser contadas: hijo, como casi todos nosotros, de una familia de pescadores, desde muy joven demostró tener una sensibilidad especial, como si hubiese venido al mundo equipado con esas antenas de especie que solo tienen los grandes artistas y que lo facultaban para ver lo que para los demás era simplemente inexistente por invisible. Quienes lo conocieron desde su infancia, como mis abuelos, siempre contaban que Vicente, además de tener una mirada de esas que te leen el alma, era un ser, por encima de todo, en extremo inteligente. Absorbía lo que se le explicaba con facilidad y naturalidad pasmosas, de modo que, más pronto que tarde, la nimia enseñanza que todos los niños de aquella época recibían, limitada al catón y a las cuatro reglas, se le quedó pequeña. Ya no se trataba únicamente de que fuese una esponja, sino que generaba saber sin necesidad de haberlo recibido antes, tal era su capacidad de entendimiento del mundo y sus entresijos. Fue el empeño de su madre, que ya adivinaba algo especial en su hijo, el que finalmente convenció a su padre de alejarlo, pese al sobresfuerzo económico que les supondría, del oficio paterno y enviarlo a casa del senyor Basili, que era algo así como el sabio reconocido de aquellos lares y que habitualmente se ocupaba de la educación de los hijos de algunos burgueses que residían por la zona. Y una vez allí, devoró con fruición todos los libros que el viejo tenía en su biblioteca. En especial se interesó en los clásicos grecolatinos y en aquellos manuales que versaban sobre filosofía natural ―cuánto llegamos a disfrutar mientras mirábamos las estrellas durante las interminables noches de agosto y el viejo Vicente nos iba nombrando los nombres de los astros y las

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constelaciones, y nos recitaba, cual rapsoda, los mitos clásicos que explicaban su formación―. Y demostró grandes dotes para la música. De hecho, con el transcurrir de los años, llegó a dominar con virtuosismo varios instrumentos, aunque él, más amante de madrigales que de odas y siempre más cercano a la aldea que a la corte, se decantó por el acordeón. Y esa es la imagen imborrable que de Vicente guardo en mi memoria, la del viejo sentado en su sillita de playa, con su acordeón, a la puerta del mercado o en la plaza Mayor, siempre vestido con sus característicos polos a rayas y sus inseparables sandalias, con su sombrero en el suelo, a su lado, a la espera de la voluntad agradecida del turista desconocido o de la solidaridad del vecino conocido. Porque lo cierto es que Vicente, pese a lo mucho que prometía y a la insistencia de sus padres y del senyor Basili, jamás abandonó el pueblo en busca de la fortuna que, al parecer, abundaba en la gran ciudad. Según contaban los vecinos, la razón de que no siguiese el mismo camino que el resto de chicos de su edad era que había decidido permanecer al lado de su madre cuando su padre fue engullido por el mar una noche de tormenta algunos años atrás. De ese modo, combatía la viuda soledad materna con su compañía, su afecto y su conversación, e intentaba paliar la exigua pensión que ella recibía con lo poco que ganaba gracias a su inseparable acordeón y a las clases particulares que impartía a los escasos estudiantes del pueblo, yo entre ellos años más tarde ―porque como no podía ser de otra manera, heredó la toga de su viejo maestro una vez que este murió. Y aunque todos en el pueblo siempre creyeron que su marcha sería un hecho el día en que su querida madre falleciese, Vicente jamás partió. Se convirtió en testigo musical de todos los que partían y de los pocos que acababan por volver, y en eterna compañía de los que allí seguían, amarrados al espigón, al mercado, a la lonja y a su acordeón. El amor no quiso que partiera antes y el amor, caprichoso, no quiso que lo hiciera después.

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Porque fue el amor, siempre el amor, según me confesó él hace ya muchos años en una de aquellas conversaciones tan amenas que intercalábamos entre lección y lección, o al final de estas, el que frenó cualquier impulso de cambio. Porque Vicente, tan sensible como era a la naturaleza humana, tenía que acabar enamorándose. Y se enamoró, vaya si se enamoró. Tal como él mismo contaba, todo sucedió uno de esos días de agosto tan parecido a los demás que nada hacía presagiar que el destino de una persona fuese a ser alcanzado por el antojadizo chispazo del amor. La jornada transcurría con absoluta normalidad: los turistas, capitalinos la mayoría, aunque de tanto en tanto aparecía algún grupo de franceses, lo admiraban como a una atracción turística más y premiaban cada una de las canciones con que los obsequiaba aquel joven ―porque yo alguna vez también fui joven, aún recuerdo que me decía― de aspecto jovial y sonrisa interminable con unas monedas. Y así iban pasando las horas y consumiéndose la mañana, y ya se había calado el sombrero y se disponía a recoger, sillita, acordeón y todo, cuando la vio por primera vez, acercándose por el paseo marítimo que iba a morir a las puertas de la lonja y el mercado. Iba vestida únicamente con un sencillo vestido color amapola de esos que suelen ponerse encima del bañador entre el trayecto que separa el mar de la ducha reconfortante, que contrastaba con la delicadeza de una piel blanca ligeramente asalmonada, como si el mismísimo Sol no hubiese querido maltratar a tan maravillosa criatura, aunque tampoco pudiera resistirse a acariciarla. Sus delicados pies, descalzos, hacían que la naturaleza misma se estremeciera de placer con cada nuevo paso que daba sobre la parte del paseo que aún restaba sin pavimentar. Cuando llegó a su altura, la joven se detuvo y, clavando sus preciosos ojos sobre él, le preguntó con una dulce sonrisa y en un correcto español salpicado de galantería francesa si llegaba a tiempo de que tocase algo para ella. ¡Claro que llegaba a tiempo!, rememoraba Vicente con ojos brillantes, ¡Si la llevaba esperando toda mi vida!

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Y ese primer encuentro se convirtió en cotidiano todos los días que restaban de verano. La joven de origen francés y el joven acordeonista se convirtieron en estampa habitual del pueblo todos los mediodías. Y acabó el verano, y con el verano las vacaciones, y con las vacaciones las visitas de la chica. Pero a ese verano le siguió otro, y a ese otro aún otro más, y luego otro más, y sus encuentros se hicieron más frecuentes y numerosos: empezaron a compartir primeras horas, además de mediodías, y atardeceres, y cálidos paseos a la luz de la luna de agosto hasta el espigón. Sin embargo, lo que para ella era una bonita amistad forjada para siempre en la admiración, la confianza y la sinceridad mutuas, para Vicente se fue convirtiendo, si no lo fue ya desde un primer momento, en algo mucho más profundo. Y finalmente, armado de valor y apremiado por la urgencia de aquel penúltimo mes de agosto que ya languidecía, le confesó su amor a aquella francesa que acostumbraba a veranear en su pueblo. Pero sus sentimientos no eran correspondidos ni podían serlo por razones que Vicente jamás le confesó a nadie. Todo lo reducía, citando a Ortega, a una limitación por circunstancia. Al verano siguiente, el último en que se volvieron a ver, la chica apareció en el pueblo en un avanzado estado gestación, cargando, quizá, con aquello que hemos llamado circunstancia. Y ella y Vicente se despidieron, como siempre, con un abrazo, una sonrisa y una caricia en el espigón, pero esta vez en lugar de dos respiraciones entrecortadas que se encontraban fueron tres. Así es como yo conocí a Vicente muchos años después, aunque él ya me conociese de mucho antes, y así es como lo dejé de ver cuando nos trasladamos, años más tarde, a la capital. Hasta ahora, que por fin he vuelto al pueblo pesquero que me vio nacer y crecer, y que lo vio morir a él, según reza la lápida al lado de la que esto escribo, hace más de treinta años. Y no tengo ni idea de cómo fue su vida hasta el último de sus días, pero lo imagino sentado en su sillita, con uno de sus polos a rayas y su sombrero, a la puerta del mercado o la lonja, o en el espigón, armado con su inseparable acordeón y oteando el horizonte en espera de aquella francesa cuya circunstancia hizo imposible cualquier otro final para esta historia.

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Lourdes Pineda Villegas Por

UNA FOTOGRAFÍA JUNTO AL MAR Relato

Adrián caminaba de un extremo a otro del mirador tratando de no asomarse al borde del acantilado. El mar le causaba un miedo tan profundo como las simas abisales que se ocultaban bajo las aguas. En su opinión, aquella masa viva engañaba a simple vista. Al mirarla sólo pensaba en metros de caída hasta un fondo ciego, sepultura de todo tipo de cosas. Imaginaba barcos podridos, aviones destrozados y toneladas de basura de una humanidad que vivía confiada en su minúscula porción de tierra. Algún día el mar se los comería, lo tenía muy claro: avanzaría sin piedad recuperando su espacio y ahogándolos a todos. No habría arcas de Noé, tan sólo agua salada. Aprensivo, desvió los ojos hacia el reloj de pulsera para confirmar que su contacto llegaba tarde. Odiaba la impuntualidad casi tanto como el mar por lo que volvió a escudriñar la carretera. Cincuenta minutos después, el ruido de un motor le puso sobre aviso. —Siento el retraso— dijo el alemán con cara de no lamentar nada. —¡Llevo aquí casi una hora!— contestó nervioso. —Cosas que pasan, amigo. ¿Ha traído el dinero?

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Con un gesto de la barbilla, Adrián señaló la bolsa en el asiento del copiloto. —Perfecto. Ahora escúcheme con atención: mañana recogerá a su esposa en el trabajo. Ella saldrá al mismo tiempo que su jefe, que encontrará el coche estropeado. Como se conocen, usted se ofrecerá a llevarlo a casa. Al pasar por el acantilado se pararán aquí con la excusa de hacer una fotografía. En ese momento apareceré yo y me ocuparé del asunto. ¿Ha quedado claro? Adrián tragó saliva y asintió. Rosalía ya había llegado cuando él abrió la puerta. —¿Cómo ha ido el día, mi amor?— le preguntó con ternura. —Mal. Su mujer trajinaba en la cocina preparando la cena. —¿Te ha dicho algo?— insistió Adrián. —No— contestó mientras pelaba unas zanahorias, sólo me mira fijamente, sin pestañear. Y sonríe cuando me nota el temblor en las manos. Es como la calma que precede a la tempestad, va a hacerlo de nuevo y yo no podré negarme. Al notar el miedo en su voz, él se acercó para abrazarla y le dijo: —Me he citado con el alemán, el que me recomendaron. Mañana todo habrá terminado.

Ella guardó silencio sin necesidad de añadir nada más.

Llegado el momento, Adrián recogió a su esposa en el aparcamiento de la aseguradora para la que trabajaba. Hicieron tiempo hasta que su jefe, un cincuentón engominado, se introdujo en el coche. Cuando la avería del arranque fue obvia, se acercaron con naturalidad. —Buenas tardes, don Bernardo ¿algún problema? -preguntó Adrián. Rosalía mantenía la mirada clavada en el salpicadero.

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—Eso parece— contestó enfadado —Acabo de llamar a la grúa, pero dicen que tardará una hora. —¿Le acercamos a su casa? Creo que vamos en la misma dirección. Tras un instante de vacilación, el jefe ocupó el asiento trasero. Durante el trayecto, los dos hombres mantuvieron una conversación intrascendente hasta que pararon en el acantilado. —Será un minuto— dijo Adrián —Por favor, háganos una foto, siempre me ha gustado el atardecer sobre el mar. El jefe transigió y Adrián agarró a su mujer por la cintura para el posado. Al poco llegó el alemán en una motocicleta. Parecía un turista entusiasmado con las vistas y se ofreció a hacerles una fotografía conjunta. —Vamos— insistió, y después les saco una individual con ese fulgor anaranjado de fondo. —Si me hace una fotografía con mi secretaria la podemos poner en la oficina— dijo el jefe sonriendo mientras le pasaba a Rosalía el brazo por los hombros. Ante la expresión de angustia de su esposa, Adrián no se resistió más. —¡Hágalo ya!— le gritó al alemán. En una fracción de segundo, el sicario se abalanzó sobre don Bernardo y lo empujó por el acantilado. No lo vieron caer, tan sólo escucharon sus alaridos y el sonido del golpe contra las rocas que sobresalían del agua. Adrián también gritaba presa de la excitación hasta el momento en que el alemán lo agarró del cuello. —Pero qué…— balbuceó por la presión. Rosalía, que hasta entonces había guardado silencio, se acercó a él para mirarle a los ojos. —¿Cuánto hace que te conté lo de los abusos?— siseó— ¿tres años? Pero no me permitiste abandonar el trabajo, mi sueldo era esencial para que tú continuaras pintando esa asquerosidad de cuadros que

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nadie compra. Tres años de miradas lascivas, comentarios soeces y roces malintencionados que para ti no fueron suficientes hasta que las cosas pasaron a mayores. Porque ocurrió lo inevitable: acabé violada en su despacho y callada como la zorra que no soy bajo amenaza de hacer pública una relación inexistente. Supongo que viste peligrar mi sueldo el día en que casi me enveneno con los ansiolíticos. Además, la reputación de cornudo tampoco le gusta a nadie, ¿verdad? Calló unos segundos perdiendo la mirada en la cada vez más difusa línea del horizonte. —No me sirve denunciar por agresión sexual,— prosiguió— nadie me creería. Tampoco me vale el divorcio porque no pagarías ni por la mitad de lo que me has hecho. Tengo una solución mejor: me quedo con tu seguro de vida (sí, te lo saqué hace una año), con mi puesto de trabajo y con la tranquilidad de que ya no dependeré de ningún cabrón. Y no te preocupes por la policía, está todo amañado para que parezca un accidente. Ese mar que está a punto de engullirte tiene las corrientes más fuertes de todo litoral, no os van a encontrar ni los cangrejos. Miró por última vez a su esposo y regresó al coche para abandonar el lugar. Una vez solos, el alemán aflojó la presión y, entre pataleos, arrastró a Adrián hasta el precipicio. —Lo siento amigo, no es nada personal— dijo encogiéndose de hombros-, ella me ha pagado más. Tras la caída al vacío, el cielo se fundió en negro y Adrián supo que el peligro nunca estuvo en el mar.

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Yolanda C arrillo V. Por

UN MAR TURBIO Relato

Llegamos a Cartagena, ansiosas de pisar sus calles carcomidas, en un afán de acomodar nuestros pasos a los adivinados en sus grietas, asombrarnos de sus casas viejas creadas tal vez con nostalgia de otras tierras, y a contemplar su mar… respirar ese mar caliente tan cerca de nosotras. Imaginábamos aguas de un azul profundo, o con variantes de azules tenues, grises, ¿de plata?, pero nunca de aguas opacas, y menos marrones, como si la tierra se hubiera mezclado temerosa de su inmensidad. Con desencanto aún no resuelto nos embarcamos en una lancha lista para varios pasajeros. Había que internarse más en ese horizonte y descubrir, tal vez, ese otro azul figurado. El bote nos dejó en una isla. Arena, unas palmeras tímidas y rodeando el espacio un mar sucio, revuelto, oscuro.

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Elegimos una sombra hecha de hojas de palma y extendimos nuestras pertenencias. Era inevitable sentarnos frente al mar, mirarlo en esa mañana deslumbrante, con ojos entornados y dolidos de sol. No teníamos prisa. El ambiente húmedo hacía temblar el día. Estar solamente. Después del letargo internarse en el mar era una decisión obligada. Los paseantes se encaminaron uno a uno resueltos en una algarabía súbita. El lugar quedó casi vacío. ¿Acaso dije que no sabía nadar? Adivinando mi indiferencia impuesta, se acercó un nativo para ofrecerme ayuda. ¿Usted cree?, respondí escéptica. ¡Vamos!, me dijo, ni lo piense. Me acerqué con pasos cautelosos por tantos intentos fallidos, y avancé hasta que mis pies perdieron el asiento de arena. Extendí mis brazos, moviendo a compás uno y otro, entrando y saliendo en ritmo recordado; mis piernas en balance, una y otra. Brazos y piernas sosteniendo mi cuerpo en esas aguas. ¡Me engañaste!, gritó él. No respondí, sólo podía atender a ese vaivén de mi cuerpo en libertad absoluta con el origen olvidado. Nadé largo trecho en la comodidad cómplice de mi encuentro conmigo misma. Ahí, en ese mar obscuro, del color de la tierra, cálido, extraño a los estereotipos del mar azul, recordé el principio de todo. La vida.

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Andrés Dí az Mata Por

BAJO LAS OLAS 1

Relato

Después de este día no quedará rastro alguno de mí, salvo esta carta. Intentaré explicar los sucesos que me llevaron a cometer un piadoso crimen contra mis seres amados y sellar así mi destino final, pues me he entregado al anhelo irrefrenable de hundirme en las negras profundidades del mar... No espero que entiendan del todo mis motivos pues yo no logro aún comprenderlos cabalmente, más ansío que así ocurran las cosas. Tampoco espero que crean —ojalá así fuera— en lo que estoy por relatar, pero juro que es la verdad, y aunque mi palabra carezca de valor o sentido en este momento, afirmo que he sido testigo de oscuras y lúgubres maravillas ocultas bajo las aguas de la bahía… Trataré de describir cuanto pueda acerca de mis visiones pero advierto que he captado escenas para las cuales no he hallado todavía las palabras más adecuadas. Quizá solo las culturas cuyas creencias se apeguen al animismo posean apenas los conceptos correctos de los que, por ahora, carece mi vocabulario.

1. Dedicada al Axolotl de J. Cortázar, al Dagón de H.P. Lovecraft y a los Árboles petrificados de A. Dávila.

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No diré mucho sobre mi persona, salvo que nací y viví tranquilamente durante cuarenta y seis años en Baja California, estudiando sus mágicas costas; soy biólogo y trabajo dando clases en una escuela pública; también tengo una esposa e hijos a los que amo inmensamente y a quienes… he debido quitarles la vida, pese al amargo dolor de mi corazón. Lo hice para evitarles sufrir los descomunales horrores que se avecinan y que me fueron expuestos por las aguas marinas — podré parecer mezquino, pero el mar se ha ganado mi ciega veneración ya que me ha revelado mi misión ultraterrena... Puedo decir, sin el mínimo temor a errar, que pocas cosas hay en la naturaleza que puedan resultar tan imponentes y fascinantes como el mar, capaz de hacernos sentir, a nosotros los mortales, infinitamente diminutos ante su inmensidad; efímeros ante su incesante vaivén; desdichados ante su inconmensurable poderío… Ejerce una fuerza terrible y magnífica sobre el espíritu humano, evocando su curiosidad al reafirmarle una y otra vez su casi absoluta ignorancia acerca de los misterios que entrañan las insondables aguas bajo sus ajetreadas superficies y que, a veces, es mejor desconocer. No pocas son las almas que han sucumbido a merced del océano, en las costas o en altamar… Sin embargo, acompañando a esa vertiginosa sensación al contemplar las olas azotando con violencia sobre las playas, siempre viene consigo la fascinación por su belleza… su magnífico encanto —a veces insidioso—, que atrae a los hombres: miles han tratado de explorar sus profundidades con equipos de buceo, con submarinos o batiscafos... ¡Ingenuos! ¡No habrá jamás tecnología que permita a la humanidad develar sus secretos! ¡Nadie más que los elegidos podremos conocerlos! ¡Ay de aquellos que se muestren altaneros e irrespetuosos ante el mar! Este puede ser severo... Cuando atrapa a los incautos con su cántico antiguo o pintando sus aguas de colores mágicos es entonces que los mortales se vuelven presa de terrores demenciales… Varios han sido los navegantes y pescadores quienes me advirtieron: «No se fíe jamás del mar… puede ser un cruel embustero, un monstruo ruin, que resguarda sus secretos con recelo y con vileza…». Efectivamente: el océano puede ser hostil hacia los impertinentes curiosos, pero he comprobado cuán benévolo y piadoso trata a sus fieles, esos a los que nos cautiva apasionadamente su sola visión...

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Dos noches antes, tras una dura jornada, me bebí varias copas en un bar cercano. Después quise librarme de mi etílico mareo visitando la playa para refrescarme con la húmeda brisa salina antes de volver a casa. Eran casi las siete cuando arribé a una solitaria zona, más allá de la ribera, donde las olas llegaban tranquila y suavemente sobre la arena. Tomé asiento. Vi un par de pelícanos volando al ras del agua y recogiendo algunos peces con sus alongados picos antes de seguir su trayecto hacia el ocaso. El sol se ocultaba a la distancia, perdiéndose detrás de numerosas nubes que abarrotaban el horizonte, causando un espectáculo pintoresco de bellos y magníficos colores anaranjados, rosados y violetas… ¡Ah! ¡Nunca me había parecido más espléndido el paisaje en toda mi vida! Tras décadas de aburrida rutina en esta demencial y despiadada vida moderna, esa era la primera vez que volvía a disfrutar el contraste de los sublimes colores naturales y los oscuros tonos que adquiría la marea. Permanecí sobre la ensenada, apreciando cada matiz, cada brillo, cada destello, para luego ver cómo estos desaparecían y se opacaban conforme el cielo ennegrecía y las nubes se alejaban llevadas por el viento. Con el trascurrir de los minutos comencé a percibir un eco en el rumor del oleaje, con su rítmico vaivén: una especie de susurro vocal que surgía entre la blanca espuma… Mientras llegaba la noche y paulatinamente el mar se transformaba en un óleo oscuro, empecé a perder la noción del tiempo. Sentí que había entrado en algún tipo de trance y vi detenerse las manecillas de mi reloj de mano. Estaba completamente solo, contemplando solemnemente las negras aguas, tan negras como el firmamento donde algunos ojos brillantes empezaron a abrirse, irradiando un fulgor milenario, mucho más antiguo que todos los océanos. No sé cómo ni por qué pero... en ese momento, al mirar las brillantes estrellas, ¡estas comenzaron a… caerse del cielo! ¡Sí! ¡Todas se desprendieron del cielo y descendieron lentamente hacia el horizonte, hasta perderse en el mar! Y ahí, entre las tranquilas olas, millares de luces tintinaban ahora bajo la superficie, cual si se tratase de un inmenso banco de medusas fosforescentes… Por si fuese poco, las aguas avanzaron entonces sobre la arena hacia mí pero, aunque no logro entenderlo, bordearon los contornos de mi cuerpo, rodeándome, devorando la playa entera y

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arrastrando consigo los destellos de esas luces, brillando como espectros que susurraban… He dicho bien: ¡susurraban con arcaicas voces, más viejas que cualquier galaxia! Oí esas voces, las sentí desde mi piel y hasta mis entrañas: esas voces acuosas con siniestros ecos cavernosos; voces inmortales que me llevaron al borde de la locura pero que, a la vez, me produjeron un sosiego innombrable… Las aguas continuaron elevándose hasta cubrirme en una especie de domo o burbuja vacía; entonces las voces me instaron a acompañarlas para hundirme en el océano, a dejarme guiar hasta las profundidades del abismo, donde ellas me revelarían todos sus secretos: antiguos secretos heredados por las estrellas de todos los rincones del universo, desde los inicios del cosmos... Sentí entonces, en el trance, que el tiempo y el espacio se distorsionaron, «dislocándose», conforme observaba aquella escena. Creí percibir todos los tiempos simultáneamente: la creación de la materia y el fin de la existencia… Las miles de voces estelares, todas ellas distintas pero siendo siempre una misma, me hablaron al unísono desde la indisoluble sustancia consciente que eran, son y serán: los fantasmales ecos del universo, un todo pensante más allá de la diminuta y frágil comprensión humana, con una sabiduría superior a la que el hombre jamás llegaría a alcanzar. Me revelaron la proximidad del apocalipsis mediante atroces escenas en mi mente: supe entonces que pronto los océanos se alzarán sobre la Tierra, sacudiendo las profundidades del subsuelo, cubriendo al mundo entero para reclamar una vez más y para siempre su dominio absoluto, ahogando consigo los burdos e insignificantes logros del hombre, al que recriminaban su actual falta de cordura y de humanidad. Pero el mar se mostró piadoso conmigo: me indicó que, antes de compartirme sus conocimientos, debía volver a casa al despertar del trance, despedirme de mis seres amados y robar sus vidas para evitarles el calvario de la venidera devastación por los tsunamis colosales. «Es esta una misión y una prueba», dijeron las voces… Desperté horas después, todavía en la playa, cerca de la media noche. Volví a casa, extasiado y conmovido e hice lo que las clementes aguas me indicaron… Pueden tildarme de loco y asesino, o decir que soy un desquiciado más en este mundo decadente que se pudre

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poco a poco, y pensar que he optado por huir de la justicia, pero pronto los hechos demostrarán que tengo la razón… Hoy partiré nuevamente a la solitaria ensenada; caminaré sobre la arena, sentiré las pequeñas olas lamiendo mis pies con su fría lengua transparente; me enfilaré hacia el mar y entonces me entregaré a él, para unirme a su inmensidad azul y negra, para ser parte de la incesante danza del oleaje. No me busquen, no gasten fuerzas para recuperar mis restos pues para cuando hallen esta carta, mi cuerpo, mi alma y mi sustancia pertenecerán por completo a las oscuras aguas marinas... Nunca jamás me sentiré efímero ante el inexorable paso del tiempo. Me disolveré en la entidad eterna y trascenderé los límites de mi piel y de mis pensamientos, uniéndome a la infinita consciencia que habita la totalidad de los océanos, desde sus hondos resquicios más allá de fosas y trechos, hasta sus turbias superficies que siempre han reflejado el brillo de las estrellas, esas que dotaron de vida y razón al mar, y luego este al planeta entero, originalmente infértil e insensible... Me dejaré llevar hacia las profundidades por los ecos espectrales, emergidos del abismo marino y cósmico, que me han indicado mi destino para salvarme de la futura destrucción total. No pertenezco más al mundo terrestre: acudiré al llamado de las olas. Cuando lean estas palabras restarán sólo meses, acaso años, para que el fin de los tiempos llegue y las aguas arrasen con todo rastro de nuestras civilizaciones, barriendo cada vestigio de nuestra existencia, borrándolo todo, como las huellas de mis pies desnudos sobre la arena. Adiós y buena suerte. Desde ahora… seré uno con el mar.

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Por Daniela Barragan

LA SENSIBILIDAD DEL MAR Relato

Eres como el mar cuando lo tocan los primeros rayos de sol, calmas tus silencios cual si fueran débiles. Te veo ir y venir cual ola inmensa que agita el viento, tan soberbia y tirante. Tan frágil como la espuma. Extiendes tus aguas en completa armonía, perder la paz, nunca había sido tan bello. Enervé mi sangre con la textura salada de tu belleza, entumí mi legua por tragos hondos de profundidad. Te he mirado fijamente, eres cristalina, transparente hasta los pies. Te toco, y me prometo que no guardas nada, pero, cuanto más te admiro, más descubro tu inmensidad. Padeces de infinita grandeza, de rincones turbios y adictivos, somos como la arena cuando caminas, frágiles y ligeros. Si te vieras…

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…Si nos vieras. ¡Imposible! Imposible sofocar y enamorar al mismo tiempo con tanta furia. Eres la creación más altanera, te has reído de mis nervios en cada movimiento. Jamás he podido acariciarte seguro de mis pasos. Tus momentos de tranquilidad son una burla de mi confianza. Me asusto cuando te veo en calma. Vivo atemorizado de no poder descubrirte nunca. Pero la realidad, es que no te puedo dejar, pienso en ti cuando me agobian mis males, lo he dejado todo siempre, con la esperanza de un día volver a que me abracen las olas. No importa cuántas veces me traiciones yo quiero morir sumergido en tus adentros. Quiero que cada resto de mi piel regrese a ti cuando yo desaparezca. ¡No me dejes por favor! No quiero olvidar tus sonidos. Ni la textura de mis pies mojados. No quiero que el sol te coma la belleza. Ni que mis imprudencias te lastimen. ¡PERDONAME! Perdóname por no cuidarte, perdóname por ausentarme tanto tiempo, no hago más que pensar en mi regreso cuando me alejo. Te prometo que algún día vendré, para nunca más partir. Viviré en tus bordes mis últimos respiros, me teñiré el pelo del color de tus corales, de sales me voy a alimentar, desde la orilla te amo voy a gritar. Mi esencia va a flotar en cada espacio de tu grandeza, enseñare a mi alma a nadar, que por tus tierras yo quiero andar. No importa que por cariño en un instante de las piernas tu me tragues, me iré contento, y habré pintado en la arena…

…“QUE EL AMOR EXISTE”

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Santorini Acuarela Por azazelok Rusia

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NOVELA

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OLIVIA Sinopsis: Olivia está cansada de su rutina habitual de vida. Un día decide añadir un hábito nuevo que le cambiará, poco a poco, la vida por completo. Va descubriendo el gran poder que tiene el amanecer sobre el mar y sobre su cuerpo y mente.

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PaulaPor Merino C astillo NOVELA

Capítulo 1 “El amanecer” Había optado por intentar adquirir nuevos hábitos, mucho más saludables a los que estaba acostumbrada. Digamos que no tenía una vida muy activa; trabajo, casa, trabajo, casa y algún evento excepcional. No era 1 de enero, ni se había propuesto cumplir metas que, al final, siempre terminan con el mes de marzo. No creía en esas cosas. Ni comía las doce uvas, ni pedía deseos, ni se comprometía con ella misma para cumplir ningún propósito y luego frustrarse. Aquello lo hizo durante años, por tradición y más que nada por contentar a la familia. Tonterías que se hacen hasta que llegas a una edad en la que dices “¿Pero por qué?” Hace tiempo que dejó de creer en eso y en otras muchas cosas. Igual que no le hacía falta que fuese 14 de febrero para tener un detalle con Fran, su casi marido. Odiaba que la sociedad capitalista marcara la personalidad de las personas o, al menos, lo intentara. Odiaba el consumismo por el consumismo; odiaba ver a una multitud de gente agolpada en la puerta de cualquier tienda que tuviera un cartel de “Rebajas”, preparados para el inicio de la carrera; preparados para la guerra. Preparados, listos, ya. Y odiaba la palabra <<odiar>>. Prefería regalar sin motivo alguno, un 23 de marzo, un 15 de agosto. Detalles inesperados, regalos por amor, cenas por sorpresa, (y conste que no me estoy refiriendo en exclusiva al ámbito de la pareja). Deseos porque sí, que pudiera pedir cualquier día del año, el que le diese la gana, en cualquier soplido. “Sosa” la llamaban algunos, “pasota” otros. No. Era ella, era Olivia, podéis llamarla rebelde si queréis, pero el poder del capitalismo no le atrapaba en absoluto. Lo haría ella con él cuando la viniera en gana. Y punto.

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Bien, pues para la elección de su nuevo hábito saludable, había tenido que dar muchas vueltas previamente a la cabeza, era bastante meticulosa. Cuadrar los horarios con su trabajo, el tiempo que quería compartir con Fran, no olvidar las quedadas mensuales con las pocas amistades que la quedaban y ese tipo de cosas que también van surgiendo en el día a día. No quería que interfiriera en su vida de manera incómoda, pero sí quería incluir algo en su nuevo intento de estilo de vida saludable de algún modo. No le gustaban nada de nada los gimnasios, por tanto, no era una opción. Cada vez que se había apuntado a alguno, no había durado más de dos o tres meses. La desquiciaba el postureo de la gente que la rodeaba; las fotos en los espejos marcando abdominales y bíceps, las miraditas entre algunos que, claramente, tan sólo iban a ligar, la gente que se sentaba en las máquinas y se ponía a hablar por whatsapp… No, no era una opción. Descartado cien por cien. Tras darle muchas vueltas, decidió que la mejor opción sería levantarse una hora y media antes todas las mañanas. De esa manera, la daría tiempo a salir a correr un poco, o a trotar, o siendo sinceros, inicialmente a andar. Luego podría volver a casa, darse una ducha y aún la daría tiempo a desayunar tranquilamente leyendo las noticias del día. El primer día que lo hizo se felicitó a sí misma por haber tomado esa decisión y haberla cumplido, aunque al menos hubiera sido un solo día de momento. La luz del amanecer era increíblemente bonita y eso la motivaba a continuar con aquel nuevo hábito al día siguiente. Olivia vivía a unos 2 kilómetros de la playa y, aunque el primer día no consiguió llegar a ella, poco a poco fue acercándose un poco más. En 10 días, esa luz del amanecer reflejado en el mar le atraía tanto, que ya no pudo dejar aquello que se convirtió en una agradable adicción. Caminaba de lado a lado de la playa. Olvidó el propósito de terminar corriendo, o al trote; le bastaba con pasear. Disfrutaba tantísimo caminando descalza sobre la arena a aquellas horas en las que no había ni un alma por allí, que decidió que su plan de vida saludable sería ese. Sencillo, bonito, en calma, pura paz. Y desde luego lo era, física y mentalmente. Desde entonces se dio cuenta de que llegaba al trabajo con otra actitud, mucho más amable, más positiva, más en armonía. Algunos compañeros incluso le preguntaron si es que tenía algo que contar. ¿Tan larga llevaba la cara a la oficina antes de todo

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esto? Debería ser espantoso verla llegar anteriormente si todo el mundo quedó extrañado ante esa nueva Olivia. Y así debía de ser por lo visto. Dentro de lo cotidiano, no acostumbraba a relacionarse mucho con los compañeros. Allí parecía que cada uno iba a lo suyo; aunque de vez en cuando hacían algún pequeño corillo alrededor de la máquina de café. Pero qué pereza eso de socializar en el trabajo. En realidad, tampoco es que su trabajo la llenara por completo, quizá por eso no le apetecía relacionarse con ese círculo. Había estudiado periodismo y trabajaba para una editorial de una de esas revistas que no eran para nada de su gusto. Su tarea diaria consistía en realizar pequeños artículos acerca de lo que estaba al día. Es decir, las influencers de moda, algunas entrevistas con youtubers que tenían millones de seguidores, las tendencias de la época del año que estaba aún por llegar, etc. Y no, como ya habréis adivinado, sabía que no era el trabajo de su vida y para nada se sentía realizada en él. No era ella. Y necesitaba sentirse ella. Lo que sí sentía era un gran alivio cuando salía de la oficina, imaginándose ya en la cheslón de su casa, viendo cualquier serie con Fran o charlando de cualquier tema. Con él sí podía hacerlo. Eso fue lo que la enamoró de él. No tenían conversaciones banales sobre las mentiras de las rebajas o el reality del momento. Podían empezar conversaciones con cualquier gracieta o con cualquier frase sin mucho sentido, pero pronto aquello siempre se convertía en horas de conversaciones tremendamente interesantes. Muchas veces no estaban de acuerdo en muchas cosas, se ponían demasiado intensos…pero eso les enriquecía mucho más como pareja, pues terminaban entre risas y caían rendidos y abrazados hasta la mañana siguiente. Soñaba con que algún día la llamasen de alguna otra editorial para, lo que ella consideraba, un trabajo de verdad. Algo que la llenara, tanto las horas como la mente. Últimamente, eso la carcomía un poco por dentro, aunque no lo había comentado con nadie. Olivia para sus cosas era muy suya, la costaba sincerarse por completo sobre lo que tenía dentro, fuera cual fuera el tema que la tenía revuelta en ese momento. Reservada, prudente… No le gustaba que nadie se preocupase por ella. Lo prefería así. Esa noche, se quedó dormida recostada sobre el pecho de su chico, y soñaba con la brisa del mar que iba a sentir nada más despertar. Definitivamente, se había convertido en su adicción.

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Sinopsis Guillermo, escritor y periodista de Barcelona, apasionado buscador de tesoros escondidos en antiguos libros de texto, se tropieza en una oxidada librería del barrio el Raval con una primera edición de la novela El viejo y el mar. El maltratado libro esconde entre sus líneas, la travesía por alta mar de un joven pescador de Lanzarote que en 1953, obligado por las circunstancias políticas y económicas de España, decide emprender en un viejo velero de pesca, y junto a una cincuentena de tripulantes, un arriesgado viaje hacia el Caribe. Las anotaciones hechas, al tenor del carboncillo, en las páginas del libro le permiten a Guillermo reconstruir la olvidada historia y convertirse, sin proponérselo, en el artífice de un apasionante y conmovedor desenlace. Basada en mil historias reales, La mirada del mar es una novela sencilla, mágica y cálida sobre la determinación, el valor, la fuerza del destino y los secretos que puede esconder el mar.

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Fidel Ángel Salgueiro Pérez Por

NOVELA

El buquinista del Raval En los enclaves de Barcelona existe un pequeño espacio en el Raval donde las historias de los libros se entrecruzan. Es un lugar donde es posible encontrar, para la venta o el intercambio, cientos de manuscritos, miles de textos, en cuyas páginas amarillas y envejecidas por la acción del tiempo se esconden historias dentro de otras historias y de la propia narrativa, Quienes visitan la tienda del buquinista son capaces de soñar con museos imaginarios, bibliotecas quiméricas, travesías en alta mar, tesoros escondidos. Es un lugar para la magia, para dejarse llevar por las mil y una historias, y tejer, con el hilo de esas mismas historias, la red de una trama cautivadora. Cambios, ventas y reventas de libros alimentan la imaginaria biblioteca del librero, un argonauta que va arrojando al mar el sortilegio de las frases y oraciones escritas en cada uno de los libros que allí se encuentran.

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El buquinista es un hombre de algo más de setenta años, cigarro en la comisura de los labios, camisa verde, pantalón beige. Su barba blanca y poco arreglada le da un aire de ser un profundo conocedor de los libros y de las personas que los buscan. La venta y el intercambio de libros usados es para el librero del Raval una cuestión de superstición, maña y destreza; él sabe que quienes compran textos antiguos son una suerte de arqueólogos o bienaventurados buscadores de tesoros con la habilidad de dar con la obra perfecta, en las condiciones correctas y al precio adecuado. Los libros viejos son capaces, a través de frases, anotaciones y marcas hechas en sus páginas, de narrar otras historias además de la propia. Eventualmente esas historias hacen a los ejemplares tan apetecibles como las ediciones de antaño, raras o descontinuadas, dignas de adquirirse. Guillermo, uno de esos bienaventurados buscadores de tesoros escondidos, como en otras ocasiones, se acercó hasta la librería del Raval atrapado por ese incontrolable impulso que siente el que desea encontrar un tomo antiguo, sin saber exactamente cuál. Entró al pequeño espacio que olía a polvo y a libros antiguos. Su presencia fue anunciada por un colgante de bronce de campanas viento de carillón. Desde que entró en la oxidada librería, el buquinista lo fue observando con mucho detenimiento desde detrás de sus gafas redondas, hasta que se animó a preguntarle: —¿Qué libro estás buscando? —Realmente no lo sé; busco un libro antiguo con una historia dentro de otra historia. El buquinista salió del mostrador y se dirigió a un estante ubicado en uno de los cuatro laterales de la estantería. Buscó entre las pilas de libros allí depositados, algunos de los cuales estaban incompletos debido a que habían perdido hojas como el árbol pierde la suyas en otoño, y la gran mayoría tenía las páginas amarillentas y con puntitos negros, indicativo de que, a los libros como a las personas, el tiempo y la edad les llueven, y les cambia el cabello, el rostro o la presencia.

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Su búsqueda fue calmada, la hizo como un pequeño ratón de librería, inquieto y tenaz, dotado de una intuición infalible y de un ojo certero que sabe lo que está buscando o desea encontrar. Primero lo hizo en los montones de textos exhibidos hacía afuera, reparó rápidamente en el desorden y luego se sumergió en otro montón de libros. A simple vista era imposible para Guillermo tener la certeza de qué libro estaba buscando. Revolvió y peinó todas las obras, las registró con los ojos de un experto hasta que, al fin y con aire triunfador, extrajo un ejemplar de tapa dura. Lo alzó con una de sus manos, y le comentó a Guillermo: —Quizás estés buscando algo así —lo dijo convencido de que su intuición y su conocimiento de quienes leen libros antiguos son suficientes herramientas para saber lo que la gente busca. Acto seguido se lo entregó, y se retiró al mostrador de la tienda dejándolo a solas con el libro para que conversase con él. Quiso el destino, o la propia acción del tiempo, que Guillermo se tropezase con uno de esos libros que son capaces de hablar desde la portada. Tenía la tapa de piel y estaba algo carcomido por las puntas y relleno de miles de puntitos negros, algo maltrecho y golpeado —y es que la edad y el tiempo, dejan huellas y cicatrices que hablan mucho de la intensidad con la que las personas, o los libros, han vivido—. Pese a su estado, se trataba de un libro con un brillo especial, con mucha magia interior, tenía un algo inexplicable que invitaba a su lectura. Abrirlo representó para Guillermo tropezarse con una historia dentro de una historia. En la página de inicio, la que usualmente está en blanco y tiene en el pie de página el año de la publicación en números romanos y el nombre de la editorial que lo ha editado y lanzado al mercado, tenía la inscripción, algo borrosa y entumecida por la acción del tiempo, de tres párrafos de unas ocho o diez líneas escritas a lápiz de carboncillo, y justo al final del texto el nombre de quien lo había redactado.

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Lo leyó detenidamente. Lanzarote, 23 septiembre de 1953. Es temprano. He preguntado la hora, son las tres de la mañana. Mi madre siempre dice que esta es la hora menguada porque es opuesta a la hora en que murió Cristo, es la hora de los brujos, los aparecidos y las ánimas en pena. Estamos próximos a zarpar desde un clandestino puerto de Playa Bonanza. Es luna llena, lo cual hace que nuestra embarcación tenga forma y nosotros tengamos rostros. No es algo bueno, la Guardia Civil está al acecho. Es la razón por la que estamos en silencio. La quietud y la calma permiten que cada uno de nosotros escuche la respiración y perciba los miedos, sentimientos y acelerados latidos del compañero que tiene al lado. Todos somos hombres, entre veinte y treinta y cinco años, y todos estamos muy tristes. A Playa Bonanza siguen llegando personas para abordar una chalupa a remos que nos conducirá a nuestro velero fantasma, Libertad. Quienes lo hacen vienen acompañados de sus hijos, a los que sostienen de la mano, de sus esposas, de sus novias, de sus madres o de sus hermanas. Las mujeres lloran en silencio, son lamentos cargados de congoja, de sabor a dolorosa despedida. Muy en su interior, todas ellas desean que este viejo velero de madera no llegue a zarpar, que un fuerte temporal no le permita salir de la ensenada o incluso que les impida abordar la lancha de embarque, que no exista la posibilidad de decir adiós o buen viaje. Esta noche el mar nos observa de modo penetrante intentando desafiarnos; el destello de su mirada golpea la orilla con el desaliento de la partida. Su oleaje asciende y desciende retador, invitándonos a un baile donde el tiempo, la marea y la esperanza son los músicos. Es mi deseo que aquellos que quienes vamos a viajar en este barco de pesca sigamos juntos para siempre. A lo lejos veo a mi mamá, junto al padre Mario. Con seguridad le estará pidiendo a Dios y a su Virgen del Carmen que nos proteja… Tengo el corazón desgarrado, me da pesar no volver a verla.

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Cristóbal


Finalizada la lectura del párrafo, en la mente de Guillermo, de modo acucioso e inquisitivo, surgieron instintivamente muchos interrogantes: ¿Quién pudo ser el escritor de aquellas líneas?, ¿su primer lector?, ¿uno de sus varios lectores? Y ¿quién era él?, ¿un tejedor de vidas e imaginaciones?, ¿una suerte de argonauta en busca de un vellocino de oro, o un viajero del tiempo? Decidió hojearlo rápidamente y descubrió que en su interior había muchas anotaciones hechas a mano, escritas unas veces entre líneas y otras veces entre páginas, por todos los espacios en blanco del libro. Eran cientos de pequeñas anotaciones, difusas por el tiempo, trazadas al tenor de un lápiz de carboncillo y conectadas mediante una línea con párrafos del propio libro que habían sido subrayados o encerrados en un círculo. Como si lo escrito a carboncillo estuviese tomando palabras o frases de la novela, a modo de claves para su interpretación. Si se hubiese tratado de una lectura reciente, muy probablemente las oraciones subrayadas o encerradas entre círculos corresponderían a líneas destacadas con un resaltador verde o amarillo fosforescente, indicativos de que ese conjunto de palabras, por alguna razón, habían impactado al lector. Las anotaciones escritas en los espacios en blanco de la página, al final de esta, al principio o en los costados, y conectadas mediante una línea con resaltados, serían claves desarrolladas por el propio lector con algún fin. Los pequeños escritos, que, igual que el libro, estaban bastante erosionados y por la acción del tiempo no terminaban de borrarse, dejaban pistas sumamente atractivas. Era como si el tiempo se hubiese convertido en aliado de su furtivo escritor para evitar que su historia, oculta entre las líneas del viejo libro de tapa dura, sucumbiese ante el olvido. Esa era la parte mágica del negocio del buquinista. Los libros, a pesar de los años, no sufren de pérdida de memoria, siempre cuentan lo que deben contar, y quien los lee, dependiendo del momento de la vida por el que esté atravesando, los entiende con esas circunstancias y vivencias. Incluso algo que había aprendido el librero era que la perspectiva cambia con la edad o con una segunda lectura.

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Las anotaciones, efectuadas en diversos momentos, parecían ser comentarios y vivencias de su escribidor, compartidas de modo cómplice con el libro. ¿Qué significado tendrían todas y cada una de aquellas anotaciones? ¿En qué idioma hablaba el viento? ¿Qué nacionalidad tendrían las tempestades? ¿De qué país venían los aguaceros? ¿De qué color eran los relámpagos allí mencionados? ¿A dónde iba el trueno cuando moría? La única manera de saberlo era llevándose consigo aquel manuscrito. Pero ¿qué lo hacía tan especial? Guillermo estaba al frente de la primera edición de la obra El viejo y el mar, publicada en 1953, que en su interior escondía otra historia del mar. Enganchado con el texto que acababa de leer, volvió a preguntarse quién podía haber sido Cristóbal, a dónde se dirigía y por qué debió dejar a su madre. Era curioso. Más allá de tratarse de un libro que se había visto obligado a leer en sus años escolares y que le había encantado, o de ser la primera edición de tapa de cuero de la laureada novela, lo convertía en un tesoro, lo que realmente había llamado su atención, era la nota de comienzo y todo lo que esta encerraba. Para él se volvió necesario conocer y saber más de aquella odisea. Volvió a examinar el libro, esta vez despacio, con la avidez del que desea descubrir el detalle de las cosas, tratando de encontrar algún papel escondido que saliese de entre sus desgastadas páginas, que todas y cada una de las palabras escritas a lápiz, en el desgastado y amarillento papel, se derramasen una por una al piso y lo ayudasen a construir una historia con un significado, revelarle algún secreto, darle pistas de que efectivamente se trataba de una historia escrita usando como claves oraciones de un libro para narrar otra historia. La única forma de descubrirlo era llevándose el libro. Lo tomó entre sus manos y se aferró a él como queriendo evitar que otra persona intentase arrebatárselo. Caminó hacia el sencillo mostrador de la anticuada tienda. Fue con la intención de pagar y salir con el libro lo más rápidamente posible. De frente al aparador, le hizo señas al buquinista. En ese momento se percató que el librero era un hombre de avanzada edad; también le transmitió la

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impresión de que se trataba de una persona con muchos años en el oficio de vender y comprar libros usados. —Me llevo este ejemplar de tapa dura de El viejo y el mar. ¿Cuánto cuesta? —¡Excelente elección la que has hecho! —Realmente la has hecho tú, como si supieses lo que andaba buscando… —¡Ja, ja, ja, ja! —soltó una hilarante carcajada—. Son muchos los años en el oficio, más de los que puedo recordar. Soy un pescador que vive frente al océano de los libros. He aprendido a conocer a los libros y a sus lectores… Lo que tienes en tus manos es la primera edición de tapa cuero de El viejo y el mar, de cuando nadie imaginaba que llegaría a ser la novela más leída de Ernest Hemingway. »Por ser una primera edición podría tener un mayor valor, pero algún despistado lector se ocupó de llenar sus páginas de subrayados y anotaciones con lápiz…, y eso le quita precio. Yo adopto libros que nadie quiere y les encuentro familia, cuando llegan a mí en ese estado me duele, y tardo mucho en encontrarles un hogar. En fin. —Hizo una pausa y luego exclamó—: Son tres euros. Guillermo tomó un billete de diez euros y se lo entregó, no sin antes preguntarle: —¿Podrías decirme cómo llegó a tus manos este libro? —Yo compro y vendo libros usados. Fui a visitar un piso en Barcelona donde estaba a la venta un lote que había pertenecido a un anciano canario fallecido recientemente. Sus hijos estaban liquidando varias cosas, entre ellas una increíble colección de libros de escritores como Hemingway, Salgari y Carlos Fuentes. Y uno de los libros es el tienes en tus manos. » Cuando vi que era la primera edición pensé: «¡Vaya! ¡Qué suerte! ¡Tengo oro entre mis manos!». Luego, al revisarlo con detalle y observar la cantidad de anotaciones que tenía, caí en la cuenta de que estaba algo… bueno, ya sabes… Solo espero que puedas sacarle provecho.

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Guillermo se mantuvo pensativo y, mientras escuchaba el relato del buquinista, empezó a construir una historia, a hilvanarla y a darle sentido y coherencia. Desde ese momento Cristóbal comenzó a ser construido como personaje. Además de lo que escondía el libro escrito a carboncillo, también sabía que el autor era canario, que se había embarcado en un velero llamado Libertad en un clandestino puerto de Lanzarote, y que muy probablemente había muerto de anciano en Barcelona. De nuevo le vinieron a la mente los inevitables interrogantes: ¿Qué lo hizo salir de Canarias? ¿Por qué lo hizo de modo clandestino? ¿Sería un delincuente? ¿Tal vez era un militante republicano o socialista que partía rumbo al exilio? ¿Sería una más de esas tantas historias de emigrantes de la posguerra de la que sus padres hablaban con frecuencia? ¿Qué lo trajo a Barcelona? Se había tornado interesante para Guillermo descubrir aquel enigma. Todas aquellas incógnitas lo retrotrajeron por momentos a los relatos de sus padres y, aunque no tenía una respuesta para esa inmediata conexión, hicieron que recordara sus palabras. «Durante los primeros años de la dictadura franquista, además de mucha represión y hacer cola para obtener los alimentos básicos a través de las cartas de racionamiento, muchas cosas se compraban en el mercado negro, la peseta valía muy poco, no alcanzaba el dinero. En los rostros de la gente había desilusión, ganas de marchar, de irse a cualquier lugar. Era común ver llegar a Barcelona andaluces, aragoneses, gallegos y asturianos bien para buscar trabajo en las acerías o en la industria de los trenes, o bien para tomar un barco con destino a América latina; Argentina, Uruguay, Venezuela y México eran los destinos más comunes. Otros partían a Alemania e Inglaterra. En esos años todos andábamos en la búsqueda de la esperanza. Fueron años muy duros». Guillermo conocía esas historias porque él mismo era fruto de una de ellas. Había nacido en Barcelona, hijo de padre andaluz y madre aragonesa; quizá por esto último tenía tan presente el drama de las personas que se marchaban dejando atrás el pueblo, sus historias, sus amistades y su vida.

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Ambos habían llegado a la metrópoli catalana tal y como lo hicieron miles de emigrantes del mundo rural en la España de los años cuarenta y cincuenta. España era un país que había quedado devastado a causa de una cruenta guerra civil a finales de los años treinta, y escasamente a mediados de los cincuenta fue cuando comenzó su lenta recuperación. Barcelona, además de ser de las primeras ciudades en levantarse, contaba con un puerto que junto a los de Almería, Bilbao, Cádiz, Coruña, Gijón, Las Palmas, Málaga, Palma de Mallorca, Santa Cruz de la Palma, Santa Cruz de Tenerife, Santander, Valencia y Vigo, estaban autorizados por el gobierno de Franco para facilitar la emigración. Aunque más de la mitad embarcaban en el puerto gallego de Vigo, el de Barcelona era el siguiente en importancia, lo cual abría posibilidades para emigrar, sobre todo a América del Sur. Eso, sin duda, hizo de la capital de Catalunya, una ciudad de encuentros, en cuyos rincones y calles nacieron cientos de miles de historias de amor y amistad entre miles de personas que, venidas desde muy lejos, incluso de otros continentes, pudieron conocerse, encontrarse y reinventar sus vidas. Esa magia está presente en Barcelona. Ernest Hemingway consideraba Barcelona una ciudad con mucho encanto para el amor; alguna vez escribió que la Rambla de Barcelona era el paseo más bonito y espectacular de toda Europa. Y estaba en lo cierto. Para Guillermo, Barcelona era todo eso. De contextura más bien delgada, Guillermo trabajaba como periodista en un medio digital, actividad que compaginaba con la de profesor universitario y la de aprendiz del oficio de escribidor. Llevaba años intentando concluir una novela sobre su abuelo, un aragonés sindicalista y socialista, uno de los tantos héroes anónimos de la república, fusilado por los nacionales en Montjuïc. Aquello lo había marcado. Su otra afición era la lectura de novelas, en particular de los clásicos. Solía caminar un día que otro a la semana por las distintas librerías especializadas en vender libros usados y antiguas ediciones para encontrar eso que él llamaba «algún tesoro».

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Algunas veces tenía suerte, como la vez que adquirió una edición de tapa de cuero del año 1920 de la novela Historia de dos ciudades, de Charles Dickens, y que exhibía en su sala con mucho orgullo, o cuando compró la primera edición de Homenaje a Cataluña, de George Orwell, muy desconocida entre sus lectores, más acostumbrados a la Rebelión en la granja y a 1984, o cuando se tropezó con la novela de Emilio Salgari, El corsario negro, que lo había inspirado a escribir un cuento sobre la fascinación del mar. El azul profundo del piélago siempre lo había cautivado, por eso su hogar y refugio se encontraban en Castelldefels Platja, en un piso frente a la costa en el cual, y donde durante todo el año, dormía acompañado por el murmullo de las olas. El mar, desde muy niño había ejercido sobre él una especial fascinación, viviendo en Barcelona y teniendo de anfitrión al Mediterráneo, temprano había descubierto que el infinito manto de agua salada era fuente inagotable de cuentos y leyendas, en los que serpientes de mar, pulpos gigantes, corsarios, islas y barcos fantasma eran los protagonistas de novelas, guiones de película, programas de televisión, o simplemente la inspiración de juegos infantiles, a la orilla de la playa, de miles de niños en primavera y verano. Así que, para Guillermo, el libro de El viejo y el mar que acababa de comprar, muy a pesar de los párrafos escritos a lápiz de carbón, era un motivo de orgullo, y en esta ocasión, al igual que con los otros tres libros, sentía que había sido afortunado en extremo. No era solo por la novela en sí misma, sino por la historia escrita a lápiz, sobre el papel, en cuyos inicios se hablaba del mar y de un barco fantasma. Con todas esas cosas en la cabeza, Guillermo recogió el cambio del billete de diez euros, y se apresuró a salir, dejando atrás aquel rincón de libros que se negaban a morir. Continuó caminando por el Raval con destino a la calle dels Àngels, subió por el Museu d'Art Contemporani en dirección la Ronda de la Universitat, y desde ahí se dirigió a la Gran Vía de les Corts Catalanes, para luego subir por la calle Balmes y, a la altura de la calle Provença, desplazarse a la Rambla de Catalunya. Al llegar a ese punto, miró el reloj, pensó que aún tenía bastante tiempo por delante para ir a su casa, y decidió ir a un bar de tapas que conocía, muy acogedor, con una terraza

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de toldo rojo donde, por fortuna, encontró un sitio libre. Era un turístico y acogedor local ubicado entre la calle Còrsega y la Rambla de Catalunya, que además le quedaba cerca de la estación de ferrocarril, donde podría tomar el tren para ir a casa a una hora en la que los vagones del ferrocarril no fueran tan abarrotados de personas. Pensó que tenía suficiente tiempo para tomarse una deliciosa cerveza helada, y mientras lo hizo aprovechó para leer el libro. En España, y en Barcelona con más fervor, no existe nada más placentero que tomarse una cerveza, un café o una copa de vino en una codiciada terraza, sobre todo en primavera y en verano, cuando a los que visitan la ciudad les queda muy claro por qué la capital de Catalunya está considerada la ciudad con el mejor clima de toda Europa. Todas las bondades del Mediterráneo se refugian en cada uno de sus rincones. Sentado, le hizo señas al camarero. El joven empleado del bar, cuidadosamente peinado, se acercó con una carta a preguntarle: —¿Desea comer? —No. Solo tráigame una cerveza, por favor —ordenó en catalán, y precisó sin reparar en algo adicional—: Muy helada. El sabor helado del líquido amarillo y con espuma blanca en el tope lo redimió. Abrió el libro por la primera página en blanco y decidió releer el escrito que minutos antes había revisado en la librería. Extrajo del bolso de cuero gris que cargaba consigo una libreta y un bolígrafo y empezó a hacer las primeras anotaciones de pasajes y personas: «Lanzarote, la madre, el padre Mario, un barco fantasma, veinte o treinta hombres». Le dio un sorbo a la cerveza y pasó la página para entrar en el primer capítulo, donde se encontraban las dos historias, la editada de Hemingway y la escrita a carboncillo por Cristóbal. Por su mente continuaban cruzándose muchas ideas y cientos de interrogantes. Fijó su atención en el primer párrafo subrayado y, además, envuelto en un gran círculo.

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Entristecía al muchacho ver al viejo regresar todos los días con su bote vacío, y siempre bajaba a ayudarle a cargar los rollos de sedal o el bichero, y el arpón y la vela arrollada al mástil. La vela estaba remendada con sacos de harina y, arrollada, parecía una bandera en permanente derrota. La línea que seguía a este párrafo conectaba con la siguiente apostilla de Cristóbal: Trabajaba de sol a sol y como casi todos los hombres, jóvenes y niños de Playa Blanca y de los pueblos vecinos, lo hacía en la pesca, aunque pude haber escogido hacerlo en la vendimia y la agricultura, pero no soy hombre de campo. En las mañanas, cuando estaba en tierra, bajaba a la costa para alistarme en cualquiera de los botes que salían con el alba a pescar cerca de las costas de África del Norte, lo hacía para tratar de llevar algo de pescado a casa y así ayudar a mamá a darle de comer a mis hermanos. La comida que conseguíamos mi madre y yo debía ser racionada, el dinero no alcanzaba para nada, pasábamos hambre. Yo sufría mucho viendo a mi madre salir todos los días a buscar algo que hacer para alimentar a mis hermanos menores. Debía ayudarla para que sus manos descansaran y volvieran a ser sutiles y suaves. Nuestro barco, el Libertad, es un pequeño navío de ilusión, que nos ofrece la posibilidad de llegar a un lugar de esperanza llamado Venezuela. Con ese párrafo, la mente de Guillermo continuó hilando una fábula sobre el infinito océano azul, una historia que en sus inicios le resultaba parecida a la de los cientos de refugiados que llegan a las costas europeas en búsqueda de una mejor vida, para lo cual se atreven a cruzar el Mediterráneo en improvisadas embarcaciones, más peligrosas que cualquier otra cosa, y a recorrer en muchos casos, unas veces por suerte y otras por azar, las mismas rutas de navegación que fenicios, griegos y romanos surcaron hace más de tres mil años. Era agradable estar allí al sol, en aquella terraza, disfrutando de una cerveza bien fría, de la cual tomó otro trago, mientras hacía otras anotaciones y continuaba con la lectura. Un nuevo párrafo del libro subrayado:

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Se sentaron en la terraza. Muchos de los pescadores se reían del viejo, pero él no se molestaba. Otros, entre los más viejos, lo miraban y se ponían tristes. Pero no lo manifestaban y se referían cortésmente a la corriente y a las hondonadas donde se habían tendido sus sedales, al continuo buen tiempo y a lo que habían visto. Cristóbal, en carboncillo, había enlazado el subrayado con otra nota personal: Mi contacto con Facundo ocurre en febrero de 1953, en el bar del pueblo. Tres de mis amigos de la infancia conversaban animadamente sobre la posibilidad de embarcar en un barco fantasma con destino a Venezuela. Antonio, el hermano de Jonay, se encontraba en la capital de aquel país, trabajando como albañil en una importante obra de construcción. Como la mayoría de los canarios yo había escuchado hablar de Venezuela como un sitio donde se ganaba dinero, sus habitantes te recibían con los brazos abiertos y había muchas oportunidades. El viaje costaba cinco mil pesetas las cuales debían dársele como pago al organizador de estas travesías, que en nuestro caso resultó ser Facundo. «¡Así fue como empezó todo!», especuló Guillermo en su interior. Luego consultó el reloj. Su tren partía en diez minutos así que cerró el libro, lo metió en el bolso de cuero gris, le hizo señas al camarero para que le trajera la cuenta y abandonó el bar. Caminó rápido en dirección a la estación del tren en Passeig de Gràcia y se dirigió hacia la plataforma a esperar su transporte. Los cuarenta minutos del trayecto los aprovecharía para seguir leyendo.

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Poesía

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MIRABA POESÍA

Manuel Serrano Funes Por

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Sobre la playa miré en la lejanía el mar tranquilo que apenas dejaba montañas blancas de pequeñas olas avanzando sin miedo hasta la orilla. El firmamento se escondía tras gruesas nubes plomizas y la luna dormía, en silencio, acunada por las estrellas.

La oscuridad impedía ver qué era mar, qué era cielo. Y yo miraba hacia ese punto no sabiendo qué buscaba o qué podía encontrar.


BALLENAS DEL PACÍFICO POESÍA

Jorobadas preciosas Negras, blancas y moteadas Seres inmensos y mágicos Que grácilmente se elevan en medio del océano Para nuevamente dejarse caer en la inmensidad azul

viajando juntas desde el sur del continente Raro Lyne HastaYubartas las costas de Nuqui, Bahía Solano o Buenaventura Para venir a alumbrar en altamar Toda una maravilla de la naturaleza Chamiel Que se repite cada año, de junio a septiembre

Por

Temidas gubartelas al origen de múltiples leyendas Monstruos marinos como los llamaban los nativos Cuyo canto resuena en el grandioso Pacífico Todavía un enigma por resolver ¡Cuántas cosas se ocultan en el océano! Bellas ballenas Las más grandes del reino animal Bellas ballenas Las más alegres de todas

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NOSTALGIA DEL MAR POESÍA

Un ápice de tu encanto para mi sed ataviar, vaivén que viene del mar cautivo en mi desencanto.

Sheila Patricia Fernández Dí az Por

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Te sumerges y el quebranto: espuma de mis latidos despierta un gemir dormido, en sus olas, vuelto lecho, y otra vez este despecho naufraga sin ser oído.


QUISIERA SER POESÍA

Quisiera ser eterna como el mar: sé que aunque sus olas desmayan en la arena él arremete y nunca deja de clamar, pues su pasión vibra, aun si la marea es serena.

Julia Meso Ramí rez Por

Escuchar en murmullo a las sirenas y a la arena hacerla crepitar, que el vaivén de las olas danzarinas, impetuosas, no dejen de gritar. Tantas historias acunan las mareas, como yo con amigos que alenté: en la vorágine del amor y las peleas siempre surge algún episodio de fe. Y como el mismo mar, que regurgita desechos, limpiando sus aguas de las desventuras, quisiera despejar mi vida de posibles despechos, para gozar a pleno las aventuras. También como ese mar, que acaricia horizontes, deseo que mis vivencias no tengan fronteras, para navegar con la astucia de los polizontes días y noches enteras… ¡Sí !... Quiero ser como el mar, brioso y salado, para permanecer en el recuerdo colectivo: así estará pleno mi libre espíritu alado que gozará por haber cumplido el objetivo, ¡Tan soñado!

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Ariel Roberto Dietz Por

OLAS DEL MAR

POESÍA

Entre las olas del mar y médanos del desierto, hay sales acumuladas de naufragios y de encuentros, de tempestades atroces y de atardeceres nuestros de soles embellecidos y de nubarrones lentos. Sirenas de lejanos cánticos, fragancias de anclas y maderos. Algas de mar profundo. Faro altivo de marineros. Caracolas rosadas de besos y sueños Cristales marinos, lágrimas del cielo. Espumas de plata y trigo, azulados rizos de estrellas poseen tus cabellos.

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Cementerios marítimos de hondos entierros. Nuestras huellas en la arena, pasos lentos de cangrejos. Gaviotas que vuelan en lo alto. Piedra dura que se ablanda, por los años y los recuerdos Golpes de olas al corazón, de naufragios y de encuentros Entre las olas del mar y médanos del desierto, hay sales acumuladas de naufragios y de encuentros, de tempestades atroces y de atardeceres nuestros de soles embellecidos y de nubarrones lentos. Sirenas de lejanos cánticos, fragancias de anclas y maderos. Algas de mar profundo. Faro altivo de marineros. Caracolas rosadas de besos y sueños Cristales marinos, lágrimas del cielo. Espumas de plata y trigo, azulados rizos de estrellas poseen tus cabellos. Cementerios marítimos de hondos entierros. Nuestras huellas en la arena, pasos lentos de cangrejos. Gaviotas que vuelan en lo alto. Piedra dura que se ablanda, por los años y los recuerdos Golpes de olas al corazón, de naufragios y de encuentros

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DIME MAR POESĂ?A

Dime mar que se siente con tantas vidas en tus entraĂąas, riquezas naturales belleza en las profundidades.

Noemi Rubiano Por

Dime mar que se siente cuando el sol con sus rayos, desde la aurora al ocaso te acaricia con agrado. Dime mar que se siente cuando el viento con un soplo, transforma tus olas tranquilas en oleajes tumultuosos. Dime mar que se siente sentir el reflejo de la luna, peinĂĄndose en tu espejo jugando a las escondidas. Dime mar que se siente cuando el proceder del humano, intoxica tu alma con deshechos que emana. Dime mar que se siente cuando aclamas con furor, el grito de socorro y nadie acude a tu favor.

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ME - Mar - 2020  

Revista Mundo de Escritores - Año 1 - Numero 2 - Marzo 2020

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