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Departamento de mostros perdidos 1


Réquiem por Tijuana Edición digital, 2015 D. R. © Néstor Robles D. R. © Monomitos Press Tijuana, B. C., México http://monomitospress.blogspot.mx Twitter: monomitospress Diseño y edición: Néstor Robles Ilustración de portada: Miguel Paredes Colección Departamento de Mostros Perdidos

Hecho en Tijuana / Impreso en Mexicali Made in Tijuana / Printed in Mexicali


un solo de violín mientras me hundo en el aislamiento

Q

I don’t expect you to understand after you cause so much pain. But then again you’re not to blame you’re just a human a victim of the insane. Isolation, John Lennon

Es cierto, lo confieso: hace mucho que no sueño. Antes lo hacía a diario, lo disfrutaba; ahora me da risa cuando escucho la palabra. Ese término ya no existe en mi vocabulario, por lo menos en mi estancia. Arribé a Montezul para escribir una novela. Eché el ancla en esta cálida tierra hace más de tres meses. Carajo: es increíble pensar que no duermo bien desde entonces. Un insomnio terrible me ha invadido. Eso no es malo, no, al contrario: me da oportunidad de escribir más y disfrutar el día y la noche sin desperdiciar el tiempo en dormir y soñar. 7


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La costa de Montezul es paradisiaca. La cabaña en donde me hospedo se ubica en una zona tétrica, rodeada de muchas palmeras y árboles tropicales, digna para una catástrofe de película de horror. Era propiedad de mi familia, la que perdí en un accidente de avión. Por eso no vuelo. Además, en Montezul no hay aeropuerto. Si quieres venir debes tomar un tren, un camión o manejar tu propio vehículo. Después de que mis papás se hicieron polvo en el cielo cuando la avioneta explotó en pleno despegue, la única familia restante eran mis libros. También tenía a Lennon, un magnífico pastor alemán que me regalaron antes del accidente. La semana pasada, cuando me dirigía a la playa para tomar el sol y zambullirme un rato en el mar, lo encontré atropellado a media carretera: tenía los ojos fuera de sus cuencas y el hocico lleno de sangre; sus intestinos emergían de una panza marcada con huellas de neumáticos. Quise saber qué desgraciado-hijo-de-puta había pasado por encima. Le espanté las moscas, lo agarré de la cola y lo arrastré fuera de la carretera, dejando un rastro de sangre. Fui a la cabaña por una pala y escarbé un pozo para enterrarlo. No lloré. Acabé exhausto. Necesitaba ponerme en forma. Decidí salir a correr al malecón. Esa noche sucedió algo patético que me hizo creer en las casualidades. Mientras corría, pensaba en cómo resolver el rumbo de mi novela, pues me encontraba en un punto de 8


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bloqueo-sin-salida. Cuando el sol se puso, me senté en una banca para descansar y disfrutar la vida nocturna de Montezul. La música de los antros empezó a aturdirme y me levanté dispuesto a regresar a mi hogar-dulce-hogar. Era increíble la diversidad de gente deambulando. La mayoría eran ancianos. Enérgicos todos, llenos de juventud. Me detuve a mirar a un hombre más joven encimando piedras. Era un trabajo difícil. Tardó casi media hora en colocar la quinta roca sin derribar a las demás, una encima de otra. Por eso le di una moneda. No fue mucho pero así como recibió una de mí, recibiría quinientas o mil más. Ese hombre se iría a casa feliz para alimentar a su familia, si es que tenía una —a lo mejor estaba solitario como yo y necesitaba satisfacer sus necesidades alimenticias o viciosas—. Qué más da. Le arrojé la moneda a la canastilla y sonó como si hubiera una fortuna. Sospechas comprobadas. Una mano cálida aterrizó en mi espalda. Una voz femenina me susurró palabras sucias. Fueron palabras sucias de placer, palabras de ramera tratando de conquistarme para comprarla. Acepté la oferta. La autosatisfacción se tornaba aburrida. Se llamaba Eva: una mujer huesuda, horrible. Aún no sé qué me convenció. Seguramente fue la forma de introducir la lengua a mi oído. Además, eso me ahorraba el esfuerzo de la conquista —pudo haber sido gratis— y yo ya estoy viejo para andar de Casanova. Caminamos 9


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juntos y pasamos cerca de un puesto donde vendían cadenitas, llaveritos y todo tipo de souvenirs. Le compré una pulsera con su nombre bordado. Al ponérsela, noté la arruguez de su mano, las uñas descuidadas, llenas de mugre. Cuando terminé de sujetársela alrededor de la muñeca vi una cicatriz. Seguimos caminando y ella se colgó de mi brazo. Le conté que era escritor. Reaccionó con ¡Wow!, los escritores me excitan. Por supuesto que no le creí: ella sólo quería mi dinero. Bajamos a la calle empedrada, detuve un taxi. Al abrir la puerta alcancé a escuchar una hermosa melodía emitida por las cuerdas de un violín. La solté, corrí en dirección de la música. En menos de un minuto llegué al lugar de origen de la armonía: un círculo de gente rodeaba a una diosa frotando las cuerdas. Quise tenerla a ella en el lugar de Eva, que ya me había alcanzado y se me enredaba del brazo. Prefería sentir la agraciada y suave mano de la violinista sustituyendo la áspera y desabrida de la ramera. Demasiada gente. Demasiados viejos. En medio del tumulto: ella, con movimientos delicados, como felino relamiéndose, tocando el violín. No siempre obtienes lo que quieres. Por eso no dudé en comprar el disco de promoción de la violinista. Me resigné. Ya no tiene caso agüitarse. Quise irme de ese lugar lo más pronto posible. Quise cogerme a Eva de una vez. La jalé de la mano mientras regresábamos 10


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al lugar donde habíamos abandonado el taxi. Detuve otro. Abordamos. A pesar de haber dado instrucciones detalladas al chofer de cómo llegar a mi cabaña del horror, el muy pendejo se pasó de largo. Instantes después de haber dado el croquis mental, Eva se abalanzó contra mí para iniciar a besarme, a lamerme toda la cara con su lengua rasposa. Su aliento a atún hizo percatarme de la idiotez del chofer: la empujé a un lado y le grité al conductor. Dio media vuelta disculpándose. Llegamos a mi cabaña. Nos bajamos. Me negué a pagarle. Eva se rió. El chofer, un calvo flacucho, se bajó del auto y trató de golpearme. Esquivé el intento y le contesté un puñetazo en la nariz. Le manaba un río de sangre de un tabique roto-seguro. Chillaba como cachorro. Tanto rojo me recordó a Lennon. Pobre. Cambié de opinión. Le pagué. Se fue maldiciendo. Eva no paraba de carcajearse. Adentro, Eva la ramera me preguntó dónde estaba el baño porque necesitaba «arreglarse» para mí. Eso sería un milagro. Su problema físico no tenía remedio, pero lo interior es lo importante ¿no? Yo sólo pensaba en poner el disco que había adquirido hace más de media hora en el malecón. Estaba ansioso por escuchar esas mágicas cuerdas. Abrí el aparato, inserté el disco, me acerqué a la ventana, vi penumbra, cerré los ojos a la primera percusión. 11


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Un chistido me distrajo y volteé para descubrir el cuerpo desnudo más horroroso que mis ojos han soportado. ¿Qué chingados hacía con esa mujer en mi cabaña? Se me acercó, comenzó a acariciarme otra vez con su lengua espinosa. No hubo de otra: me dejé llevar imaginando a la violinista… Escuchaba la música mientras sentía la humedad de Eva… Me movía al compás de las percusiones… Pero comenzó una canción que me recordó a mi perro Lennon: la mano agraciada tocaba «Imagine». Vi claramente su imagen: allá en Tijuana, en el barrio donde crecí, Lennon era el único can que podía atrapar un platillo volador en el aire; recordé su mirada feliz y somnolienta cuando escuchaba la máquina de escribir; oía sus aullidos en los gemidos falsos, exagerados de Eva. Abrí los ojos; lo vi ahí sentado, meneando la cola, tripas de fuera, agazapándose para recibir una caricia en la cabeza. Cerré los ojos. Embestí violentamente para terminar. Fue nada. Eva se recostó en mi pecho. Su pelo apestaba a tierra húmeda. La besé. —Ay, ay, ay, eso estuvo exquisito. Definitivamente debemos volverlo a hacer. Un silencio largo, entre respiros de agotamientos, se apoderó de la cabaña. —¿Qué piensas? —me preguntó. Pensaba en la muerte. Pensaba en Lennon. Seguía escuchando sus aullidos. 12


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—Nada. —Oye, puritita curiosidad… ¿Qué escribes? —Nada importante. Estaba escribiendo una novela policíaca en donde un perro pastor alemán sería el héroe. Pero el pobre ya está muerto, al igual que mi novela. —No eres de aquí, ¿verdad? Hasta entonces me percaté de su voz: era melodiosa, diría que seductora. Cerré los ojos y traté de seguir su hilo de conversación. —No, arribé a Montezul a escribir una novela. —¿Pero de dónde vienes? —De Tijuana, según yo vine huyendo del caos para buscar inspiración. —¿Tijuana? Siempre he querido irme para allá. Dicen que hay mucha chamba. ¿Cuándo te regresas? —Tengo que terminar la pinche historia. —Oh… ¿y ya mero terminas? —El héroe se murió, ya no tiene chiste. —Qué mal… pero no se te hace un final interesante: digo, siempre gana el héroe, aquí le das un giro a las historias convencionales. Noté un antecedente de experiencia como lectora. Quise profundizar más. —¿No se te hace graciosa la muerte? —Pues, no… se me hace normal. Todo tiene un fin, ¿no? 13


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—¿Eso crees? ¿La tomas meramente como una etapa de la vida y ya? ¿Nunca te has preguntado qué hay más allá? —Espero que no haya nada más, con esta vida he tenido suficiente. Imaginé toda su vida pasada: sus fracasos, sus logros, sus secretos sucios. Aposté que ella tenía muchos de esos. Ya me estaba cayendo bien. —Cuando recién llegué aquí estaba infestado de ratas. No me dejaban dormir —le confesé. —Guácala… —¡En serio! Justamente aquí, donde acabamos de coger, había un nido. Estaba en medio del colchón. Así que, como no podía dormir, me la pasaba velando y escribiendo. Las cabroncitas no me dejaban: o corrían para esconderse en otro lugar en busca de comida, o roían cualquier cosa o chillaban de la nada al unísono. Lennon se la pasaba correteándolas, una vez lo mordieron, je. Así me la pasé un par de semanas sin dormir hasta hartarme. Bajé al centro a comprar veneno y todo tipo de trampas. La primera vez que una cayó, chilló hasta aturdirme. Me dio lástima y la sumergí en agua, mientras Lennon y yo la vimos ahogarse. Era del tamaño de mi mano, la cabrona. Cuando mordieron la nariz de Lennon, las ataqué con más furia y disfrutaba el rito de-la-trampa-al-agua. Y así me fui chingando una por una, hasta que por fin una noche, 14


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no hubo más ratas. Las extrañé. Y ya no podía escribir, je. ¿Gracioso, no? —¿No podías escribir? —¡No! Me acostumbré tanto a ellas y me dejaron con un terrible insomnio, y ahí nos veías a Lennon y a mí, velando y escuchando música. —¿Lennon? —Lennon era mi perro… —Ahhh, perdón. Yo… —…sí, hoy lo encontré… —… odio a los perros… —… —…desde que uno casi me mata de una mordida. Mira… —me mostró su mano derecha y volví a ver esa cicatriz grotesca en su muñeca—. Hablando de muerte y de plagas, hoy en la mañana atropellé a uno, y me dio mucho gusto pasar por encima de ese desgraciado. Yo vivo un poco más hacia arriba de la carretera, como a quince minutos de aquí. Discúlpame si te gustan mucho, pero es que ya me tienen hartos de tanto que les encanta perseguirme. —¿Tienes carro? —Sí, tengo una Jeep, y todos los días bajo a comprar de comer o a ver qué se ofrece, ¿no? El desgraciado me correteaba ladrando y queriendo devorar mis llantas. Hasta hoy que le di en la madre. ¡Hasta yo sentí el crack de sus huesos! No más corretiadera ni ladradera. 15


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Sentí nauseas, me levanté, fui al baño. No necesitaba otra rata muerta en mi cama. Vomité. Salí, me vestí, le pedí que hiciera lo mismo. Hay mujeres feas, pero ésta era horrible. Una aberración, una grosería a la naturaleza. Sabrá dios qué pecado cometió en su otra vida. Cuando terminó de vestirse le pregunté si le gustaría acompañarme a la playa. Sonrió y me tomó de la mano. Había luna llena. —¡Qué bella noche! Me recuerda a… La oía pero no la escuchaba. Mi concentración se mantenía en Lennon. En mi cabeza rondaba la idea de acabar con Eva. Quise tener un auto para hacerle lo mismo que le hizo a mi cachorro. De haberlo tenido, hubiera pasado por encima de su cuerpo una y otra vez. Y eso no me hubiera bastado. —… ¿Tú qué dices? —¿Qué? ¿De qué? —De irnos juntos pa’ Tijuana. Te ayudo a terminar la historia. Para que veas que es en buena onda, no te voy a cobrar. Gratis para ti todas las veces que quieras. Pero llévame cuando termines. —Oh, pues… pues está bien… me parece justo… Eva rió de emoción, colgándose de mi cuello con sus flacos brazos, lamiéndome el cachete. Llegamos a la costa y Eva corrió hacia el mar. Caminé despacio por la arena, pensando en cómo hacerlo. Si nos ponemos a analizar el ambiente cualquier 16


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objeto es un arma: pateé algo duro, me lastimó el dedo. Aguanté maldecir como acostumbro hacerlo a cualquier obstáculo en mi camino. Recogí la roca pensando en aventarla lejos y fue como si en mi cabeza se hubiera eliminado un foco. Volteé hacia la luna. Cuando bajé la vista, Eva venía corriendo hacia mí, con un brillo rojizo en sus ojos. —Está bien fría. Vente, si te metes, me meto… Me jaló del brazo y corrimos como un par de niños. Ella reía como nunca había visto reír a una mujer. Fue como sentir por primera vez: el mar, las olas, la arena en nuestros pies, el olor a algas, el paisaje nocturno: todo era armonioso. Menos ella. La detuve. —¿Qué pasa? —Oye, Eva, querida… —¿Si, mí adorado escritor…? —¿Qué raza era el perro que atropellaste esta mañana? —Ay, de los peores, un pinche nazi. Sonreí con falsedad. Levanté el brazo y dejé caer mi mano de piedra sobre su cabeza: bufó. La luna llena se reflejaba en sus ojos: los tenía abiertos, la frente teñida en rojo. Dejé caer la roca otra vez y quedé conforme al escuchar el crack de su cráneo. La arrastré hacia el mar para que él decidiera qué hacer con ella. 17


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Tuve que regresar a mi cabaña. Destrocé todo lo escrito. Cientos de hojas arrugadas y hechas bolas se fueron a un bote, en donde se consumen en cenizas en éste momento. Y yo estoy aquí recostado en la cama. Solo. El estéreo emite un dulce solo de violín. Me recuesto y escucho «Imagine». Sonrío. Afuera, a lo lejos: maullidos y aullidos me corean. Los párpados se me apagan. Hay rasguños en la puerta. En un rincón de la cabaña alcanzo a escuchar a una mosca zumbar por su vida.

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una mirada en el espejo del laberinto de los tigres

Q

1 Los rugidos. El reflejo: el rostro horrible, demacrado. No encuentro la salida. Ya estoy cansado. No creo poder resistir más. Si los tigres me alcanzan, es el fin. 2 Comenzó aquella madrugada, cuando afinaba detalles de mi último guión, que me soñé. Es algo complicado: lo que quiero decir es que me vi caminando por una calle oscura y me topé conmigo mismo. Lo miré. Me miró. Luego nos vomitamos mutuamente. De la impresión, creo yo. Desperté y el sabor a vómito me quemaba la garganta. Me levanté a enjuagarme la boca y mientras 19


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me miraba al espejo me pregunté si habría alguien igual a mí que soñó con encontrarme y despertó con sabor a quesadillas y salsa. Me pareció una pendejada y recordé a Borges: sus historias me estaban sugestionando. Antes de caer dormido tuve la esperanza de volver a encontrarme. 3 Caminaba por la misma calle oscura, desolada. Un sendero largo que se extendía hasta el infinito. No pude despertarme. Estaba seguro de que si abría los ojos, terminaría: imposible. Entonces apareció la misma sombra que pertenecía a mi otro yo. Se me acercó, receloso. Mantuve la distancia por si decidía volver su estómago otra vez sobre mí. Él hizo lo mismo. Le dije Hola para entablar una conversación. No me contestó. Me levantó las cejas. Parecía no entender. Emitía palabras en un idioma que no alcancé a distinguir, un dialecto de palabras agresivas. Moví la cabeza en señal de desaprobación y levanté los hombros para hacerle entender que no comprendía. La semejanza me pareció aterradora. Noté que su piel era blanca, no morena como la mía. Sus ojos, azules. Si no fuera por eso, no podrían distinguir quién es quién. Fue frustrante no poder comunicarnos. Se me ocurrió una idea: le dije que me esperara mientras le hice una señal con las dos manos. Apreté los ojos con fuerza y cuando los abrí, la oscuridad seguía, pero mi Otro Yo ya no estaba. 20


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El haz rojo de los números del despertador me aclaró que había regresado. Eran las 3:33 de la madrugada. Aún había tiempo. Inmediatamente me levanté de un brinco y corrí al librero para extraer un Atlas Mundial. Regresé a recostarme. Me acobijé con el libro en el pecho y cerré los ojos para intentar dormir de nuevo. No pude. Me acomodé de lado, boca bajo: nada. Ya no me podía dormir. Encendí el televisor para arrullarme. Me alegré porque estaban pasando La Guerra de las galaxias en el cable. Ya no me quería dormir. Quería ver la explosión de la Estrella de la Muerte. 4 Un destello de luz me hizo abrir los ojos. Lo había logrado: estaba dormido: Atlas en mano. ¿Y mi Otro Yo? No sabía. Un chistido me hizo voltear. Ahí estaba: recostado sobre el suelo con las manos detrás de la cabeza, a manera de almohada. Me sonrió, burlándose, viendo en su muñeca un reloj inexistente. Me hizo sentir bien a gusto estar conmigo mismo. Le dije que se acercara mientras abría el Atlas, buscando un mapamundi para saber de dónde era. Spielberg lo hizo con Eliot y E. T. Siempre funciona. Le indiqué con mi dedo la esquina superior de la península de Baja California: Tijuana, le dije como si estuviera hablando con un niño de cinco años: Ti-jua-na: mientras me tocaba el pecho, haciéndole saber que yo 21


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estaba ahí. Luego lo señalé a él para decirle ¿Tú? ¿Dónde? Un silencio enigmático siguió después. Mi Otro Yo me tiró el libro de un golpe, enojado. Me asusté, retrocedí listo para defenderme. Él se señaló el pecho con su dedo índice y lo movió hacia mi frente. Luego el silencio fue interrumpido con una carcajada estruendosa de mi gemelo, carcajada que se convirtió en un pitido constante, molesto: mi despertador reventaba en tonos agudos. 5 Abrí los ojos para tratar de retener la mayor posible información sobre el sueño, parecía haberse borrado de mi mente. Sólo recordaba pequeños cuadros sin sentido. Unos ojos azules. Un Atlas. Me pregunté dónde había quedado el libro. Revisé toda mi cama. No estaba. Me pareció absurdo pensar que se quedó atorado en el sueño. No había tiempo de especular porque tenía una cita en el Sanborns del Río con el equipo de producción de Una mirada en el espejo del laberinto de los tigres, mi tercer guión que estábamos a punto de filmar. Iba tarde. Me preparé rápido y salí. 6 Llegué veinte minutos tardísimo. Desde la entrada alcanzaba a ver a mis compañeros, molestos, mirando sus relojes, moviendo sus cabezas, bebiendo sus cafés. Sentí 22


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una mano que me tomó del hombro. Volteé para ver a una mujer muy atractiva. Disculpa, ¿Ron?, me preguntó. No, contesté, pero dentro de mí deseaba serlo para seguir hablando con ella. Oh, perdón, me dijo mientras me tocaba el pecho apenada con su mano, muy blanca. Es que eres igualito, de ¡verdad! Sonreí. Nada más que Ron está güero y tiene los ojos azules, pensé que se había bronceado. Flashazo de mi sueño inmediato. ¿Estudiaste Psicología? No, contesté, Literatura. Oh, bueno. Un grito llamando mi nombre me hizo voltear. ¡Cabrón, qué esperas!, me amonestó el director. Ese soy yo, le dije a la mujer atractiva, tengo que irme. Bueno, mucho gusto. Me dio su mano de leche y dio media vuelta, dejando una estela de perfume de violetas. En verdad era atractiva. Me acerqué a la mesa. ¡Hasta que! ¡Ya era hora! ¡Buenas noches! Bienvenido, dijo el director, estamos discutiendo sobre la parte que queremos recortar del guión. ¿La de la mujer desnuda siendo devorada por un tigre frente a un espejo mientras se carcajea? Esa, precisamente. ¡No!, defendí mi escrito: esa es la escena clave de toda la pinche película, ¡no pueden cortarla! Es que la censura está cabrona todavía. ¡Cuál censura!, ¿que no han ido al cine últimamente? Está bien, mira, te voy a explicar: es que queremos tener un rango más alto de audiencia, si metemos esa escena nos la ponen R: si la quitamos, automáticamente es PG-13. Pero la esencia de la película se pierde, digo, ¡no me chinguen!, esa escena 23


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fue la inspiración para todo el guión. Mira, Ramírez, te entendemos, pero queremos conseguir unos millones aquí, por favor. Me levanté porque no resistí que mutilaran mi obra de arte y les dije que era suficiente, que esperaba mi paga, pero que ya no contaran conmigo. Me dirigí a la salida con la esperanza de encontrarme a la mujer que me confundió con alguien que soñé. ¿Cómo puede ser?, me pregunté. Ella se había esfumado. 7 Llevaba horas sentado tratando de dormir. Seguía obsesionado con el sueño y quería llegar al fondo de la situación. Me tomé unas pastillas somníferas. En el frasco había un dibujo de un borreguito saltando una cerca. Enfoqué mi atención en el felpudo animal. Noté cómo me volteó a ver. Me enseñó unos filosos colmillos lanzándose a mi cara. 8 Cuando caí del sillón ya estaba en la oscuridad de nuevo. Me levanté. No vi nada. ¡Ron!, empecé a gritar: ¡Ron! El sonido de unos pasos llamó mi atención. No alcanzaba a distinguir de dónde venían. Todo el espacio infinito comenzó a llenarse de esa marcha. Luego silencio. Luego una risa. Estaba detrás de mí. Volteé para toparme con él. ¿Ron?, le pregunté. Entonces su risa se desvaneció ins24


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tantáneamente. ¿Cómo sabes mi nombre? Mi Otro Yo habló español, con un acento extranjero. Lo adiviné, le dije, tu nombre. ¡Cómo!, me gritó, empujándome, ¡No puedes saber mi nombre! Estaba como loco, preocupadísimo. Conozco tus miedos, desgraciado, los conozco muy bien. ¿Mis miedos? Llevo años metiéndome en tus sueños. ¿En mis sueños?, ¿para qué? No debes de saberlo, no se supone que debes de saberlo, ¡mucho menos mi nombre, carajo! No entendía nada, Explícame, le exigí. No entenderías, no, me hiciste reprobar, nunca debí haber hecho contacto contigo. Me estaba asustando la forma en la que me miraba. ¿Oyes eso?, me preguntó Ron. Escuché: unos rugidos cercanos. Mi corazón empezó a alterarse. En estos años que llevo conociéndote he descubierto tus miedos, son tres, los tigres son uno: sé que de pequeño fuiste a un circo y presenciaste cómo devoraron al domador sus tres enormes felinos, ¿pues adivina qué?, morirás como él, pero para hacer esto más divertido, estarás en un laberinto, ¿te acuerdas?, ¿la vez que te caíste a la alcantarilla y nomás no encontrabas la salida debajo entre toda la mierda de Tijuana?, y como bono, mi querido Ramírez, habrá miles de espejos por todo el laberinto, nunca se me ha olvidado la vez que soñaste que te levantabas al baño y cuando encendiste la luz y volteaste al espejo, viste qué eras en realidad: un monstruo, ¿te acuerdas?, me hiciste reprobar, cabrón, me hiciste reprobar, pero no te voy a dejar ir, oh no, vas a sufrir, pinche Ramírez: vas a sufrir. 25


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Mientras me leía la sentencia, la inmensa oscuridad se convirtió en un laberinto lleno de espejos, en donde se escuchaban los ecos de los rugidos. Retrocedí y tropecé. En el piso encontré el Atlas que había dejado. Ron estaba molesto, muy molesto. Pude verlo en esos ojos azules y en el tono rojizo que estaba tomando su piel. Comencé a agitarme, temblaba. Vas a sufrir, me dijo, vas a sufrir. Y se desvaneció. El lugar se convirtió en un coliseo. Alrededor de él aparecieron hombres y mujeres vestidos como monjes. Son los que están ahí parados, observándome. Entre ellos alcancé a ver a la mujer atractiva del Sanborns. A Ron ya no lo he visto. Yo tengo que despertar. Pero no puedo. Me he pellizcado, me he dado madrazos en la cara con el Atlas. Pero nada. 9 Nada. Corro. Ya estoy cansado. No creo poder resistir más. Los rugidos están más cerca. No quiero voltear a los espejos. Pensé que a lo mejor me iba a despertar de la impresión, pero me miré en el más cercano: mi rostro estaba horrible, demacrado. Corro tratando de encontrar la salida. Si los tigres me alcanzan es el fin. 10 El fin: haber tomado triple dosis de pastillas somníferas. Hasta ahora, ya he perdido un brazo y sigo esperando 26


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que las condenadas pĂ­ldoras del borreguito terminen su efecto. Cuchicheos. Aplausos. Rechiflidos.

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lu n a de co se c ha Q

I see the bad moon arising I know the end is coming soon. John Fogerty

¿Cuáles pueden ser las últimas líneas que un escritor puede redactar para alcanzar la inmortalidad y la salvación? No tengo la menor idea. Estoy demasiado agitado para pensarlas. Ya viene. La siento. La escucho. No tarda. Y, sin embargo, sigo sin saber qué escribir. No importa. Me siento preparado. Tengo que apresurarme. Que esta carta sirva de testimonio para que comprendas mi tragedia. Creo conveniente relatar todo desde el principio… El pequeño poblado se encuentra ubicado en una planicie montañosa alejado del caos de la ciudad y un clima estupendo —ni mucho calor ni mucho frío— reina en la época de verano. El lugar perfecto para retirarse una 29


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temporada a escribir, pensó Carlos al escuchar la descripción salida de la sensual boca gacela de Elena Alamar, su editora, sobre Montezul. Carlos había publicado su primera novela, Uno de estos días, que había resultado ser un rotundo éxito de ventas hasta producir lo suficiente para comprar su primer auto, trasladarse al pueblo y rentar un búngalo dónde hospedarse. Sin nada más qué hacer en Tijuana —esa ciudad que lo estaba volviendo loco— decidió partir con una maleta, una guitarra, su imprescindible laptop y muchos discos grabados: aproximadamente le esperaban seis horas de camino. Pasado el mediodía, Carlos alcanzó a leer un anuncio oxidado que apenas dejaba apreciar un par de montañas dibujadas con una luna en medio dando la bienvenida a Montezul: «El lugar del eterno descanso y los sueños azules». Carlos sonrió al leerlo pensando en la originalidad del texto, jamás se le hubiera ocurrido. Sacó una libreta de bolsillo en donde escribió la frase. Siguió adelante. Los Credence le acompañaban cantando «Bad Moon Rising» en su estéreo. El lugar era seductor. La soledad parecía ser el huésped número uno. Ella y algunos ancianos que rondaban el supuesto Centro de calles empedradas y numerosos locales cerrados. Los vejestorios se detenían a mirarlo pasar sin emitir gesto alguno. Sólo sus ojos parecían brillar de un gusto ajeno a Carlos. Hilillos de sudor resbalando por la frente. Se detuvo en la 30


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primera tienda que encontró abierta para comprar algún líquido embotellado. Buenas tardes, joven, le recibió una voz aguardentosa. Buenas tardes, señor. Buscó con la vista el refrigerador. Sacó una bebida roja. ¿Esto qué es, no tiene Gatorade?, preguntó Carlos, extrañado. No señor, aquí hacemos nuestras propias bebidas, es un té de frutas. Qué folclóricos, pensó el escritor, y al instante lo destapó bebiendo un largo trago. De su cartera extrajo un billete para pagar y un pedazo de papel en donde tenía apuntada la dirección del búngalo. No eres de aquí, ¿verdad? El vendedor vestía camisa de manga larga a cuadros rojinegros, un pañuelo, rojo también, amarrado en la frente. Era muy moreno con un rostro víctima de varias cicatrices. Su pelo canoso, largo, estaba amarrado a manera de cola de caballo. Su mirada seria y profunda preocupó a Carlos. Cuando el viejo terminó de darle una explicación detallada de cómo llegar al búngalo, puso un bote de sal en el mostrador. Yo no pedí sal, señaló Carlos. Ya sé. Es un regalo, acéptelo: la necesitará. Fue la respuesta. Ese viejo me hizo pensar que haber venido a Montezul no había sido una buena idea. Debí de haber regresado en ese mismo momento. ¿Qué otra señal necesitaba? ¿El lugar del eterno descanso?; los ancianos; ninguna mujer a la vista; el viejo del paliacate; la sal. No. Nada bueno iba a salir de esto.

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De vuelta al auto no evitó quitar de su mente el rostro lleno de arrugas y cicatrices. El bote de sal rodaba en el asiento trasero. El ponche lo refrescó hasta la última gota pero el calor seguía insoportable. Siguió la dirección del mapa trazado por el Caracortada de la tienda hasta que por fin llegó a su búngalo. Rezó para que hubiera aire acondicionado. Como le había dicho la preciosa Elena, la llave estaba debajo de un trozo de madera marcado con una «x» que formaba parte de la estructura del piso. Abrió. Antes de entrar, dio un vistazo rápido al vecindario: un par de enanos arrugados jugaban canicas a dos casa de la suya; un anciano los vigilaba desde una silla mecedora; un hombre dormido en una hamaca; polvo volando en el viento caliente. ¡Pinche calor! Una sala acogedora con sillones y una mesa en el centro decoraba el interior de su hogar temporal. Una superflua chimenea para la ocasión. Una pequeña cocina integral. Un baño enorme. Un cuarto con armario y una cama matrimonial, muy blanda. No estaba mal. Lamentablemente no encontró aire acondicionado, pero en cuanto advirtió los abanicos de techo, los prendió sin dudar. No hubo necesidad de salir el resto del día: la despensa estaba llena. Además, acostumbraba vivir encerrado hasta que alguna situación de emergencia lo hacía abrir el seguro de la perilla. Cuando el sol cayó, su luz amarilla fue reemplazada por una azul hollywoodense. Jamás en su vida Carlos había visto una luna llena tan enorme. 32


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Esa primera noche no pudo dormir, ni siquiera terminó de escribir un par de páginas. Antes de recostarse, abrió la ventana para recibir el nocturno aire fresco. Se sentó en el cómodo sillón para encender su laptop dispuesto a redactar algunas líneas de inicio. La pantalla quedó en blanco por unos minutos. Carlos parecía ido. Unas ganas de sentir un cuerpo curvilíneo le hicieron tomar su guitarra y tocar un blues, esperando que la inspiración llegara a los dedos. Un maullido lo interrumpió. La curiosidad de conocer al felino que le coreaba lo hizo levantarse para asomar la cabeza por la ventana. Total oscuridad. El maullido sonó de nuevo, esta vez detrás de él. Carlos giró para descubrir a un gato blanco sentado en el sillón. Un ejemplar apuesto para los cánones felinos. Ojos azules. El gato comenzó a ronronear al sentir la mano acariciarle su cabeza. Eres un chiqueado-hijo-dela-chingada, bájese, ¡ándele! Lo puso en el piso alfombrado. Dispuesto a escribir, fue interrumpido porque la bola de pelos blancos le saltó encima oprimiendo klghvvvd4yzxaqxcv con sus pequeñas garras. Aprende a escribir primero. Lo bajó otra vez. El felino volvió a saltarle encima. Carlos lo bajó. El gato saltó. Carlos bajó. Gato saltó. Carlos bajó. El gato saltó pero ahora se le restregaba en el vientre con un ronroneo exaltador. Carlos lo tomó entre sus manos alzándolo hasta donde sus brazos lo permitían. Tenía un círculo de manchitas negras alrededor del pecho. ¿Qué quieres? Un miau fue la réplica. 33


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Carlos se rió estrechando al minino en sus brazos. El gato le lamía el rostro con su lengua. Hacía cosquillas, raspaba. Percatándose de que el animal no le dejaría escribir, optó por sacarlo. Afuera el gato le observó con sus penetrantes ojos azules por unos segundos. Luego desapareció en la oscuridad. Carlos cerró la ventana. Regresó al sillón. El cursor seguía parpadeando sin respuesta. Tocó otra canción. Las ganas de escribir desaparecieron. Era mejor descansar. La bañera estaba tan espaciosa que, por primera vez, Carlos sintió vergüenza de su propio cuerpo. Se sentía indefenso bajo el agua fría. Ya en cama, listo para arroparse, cerró los ojos. El silencio fue arrullador al principio: sin sirenas escandalosas de patrullas o ambulancias, ningún disparo ocasional, sin bajos musicales estruendosos de fiestas nocturnas, sin gritos, sin ladridos, sin ni siquiera grillos. ¡Bendito silencio! Carlos comenzaba a irse, su inconsciente le expulsaba imágenes amorfas en blanco y negro pero un toquido le hizo abrir los ojos. ¿Quién chingados a esta hora? Los toquidos se volvieron insistentes. No tuvo más remedio que levantarse a abrir. Una vieja huesuda, chaparra, jorobada: Buenas noches, joven, espero no molestarlo tan tarde. Vestía un chal negro que le cubría la cabeza y los hombros; su sonrisa era amable, su voz de canario. Estaba descalza. Carlos le preguntó qué sucedía. Sólo pasaba para ver si no tendría un puño de sal que me regalara. El rostro 34


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arrugado del Caracortada le apareció en la mente: La necesitará, le había dicho. Le dijo que sí tenía, que iría por ella. Adelante, joven, es usted muy amable. Carlos fue a la cocina en donde había dejado el bote de sal. ¿Para qué la quiere?, tuvo que preguntarle. Por la luna llena, joven ¿qué no sabe? No, no sabía. La anciana le explicó que de la luna llena provenían la protección y el poder. Seguramente estaba loca. Le ofreció todo el bote de sal pero ella exigió que echara un puño en su mano derecha y se la entregara en la izquierda. Así lo hizo. Le entregó la sal directamente de su mano. La anciana la lamió. Sonrió. Muchas gracias, muchacho, es usted una buena persona. Bienvenido. Que la luz lo proteja. La ermitaña dio media vuelta y desapareció como el gato entre la noche. Aquello debía ser una costumbre local y el anciano de la tienda lo sabía muy bien. Se tranquilizó. Regresó a la cama para tratar de dormir un poco. Entonces apareció la bella Elena Alamar, a quien Carlos había deseado desde que la conoció. Cada vez que veía su precioso cuerpo de gacela se aguantaba las ganas de arrancarle la ropa y poseerla de forma animal. En su sueño, Elena caminaba desnuda dentro de un huracán, luego comenzó a gritar en pleno embeleso sexual. Qué rostro. Qué gritos. Carlos abrió los ojos. El grito había traspasado los muros del sueño. Los gemidos de placer seguían sonando, parecían provenir del búngalo vecino. Vaya noche de 35


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conciertos. Los gritos agudos, femeninos, siguieron y siguieron con pequeños lapsos de silencio. Qué energías de cabrón, exclamaba Carlos. Terminó por masturbarse pensando en Elena. Luego rasgueó la guitarra hasta que los gritos cesaron. Ya amanecía. ¡En serio! Duró toda la noche. Me pregunté quién sería aquél poderoso vecino. Vaya sorpresa me llevé al ver salir un rostro familiar, un rostro que había visto cientos de veces en solapas de libros. ¡Era él! Se despedía de una atractiva mujer de pelo negro y largo. No pude distinguir su rostro porque mi mirada se concentró en sus jugosas caderas. ¿Cómo es posible? ¿De dónde sacó tanta energía ese viejo? Por algo lo admiro desde la preparatoria. El joven no pudo evitar preguntárselo. Huy, mi amigo, si supieras los milagros que logra el Viagra. Además, ésta no es la única arma para la guerra. También tenemos cinco amiguitos en cada mano y otro más dentro de la boca, contestó lo anterior agarrándose la verga y haciendo movimientos rápidos, obscenos, con su lengua de un lado a otro. Terminó con una carcajada. Carlos estuvo satisfecho: en realidad era Ignacio Serrano: su escritor favorito. Fueron juntos al café Perro Azul y coincidieron, no sólo con el antojo de un expreso doble para iniciar el día, sino también en haber elegido Montezul como lugar de retiro para escribir. Sólo ellos, un par de locos escritores, 36


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tomaban una bebida caliente en un día tan caluroso. En realidad eran los únicos en el lugar. No le sorprendió que el mesero fuera un decrépito añejo que despedía olor a próxima muerte. No importaba, hoy era su día de suerte: estrechó manos con su influencia más grande. Apenas sabía de qué hablar con él. Carlos conoció la literatura de Serrano por Sepultura universal, el sexto libro del veterano escritor. Lo obtuvo en una tienda de libros usados de Tijuana. En una sola noche lo terminó y fue cuando decidió ser escritor. Le contó de esto y recibió un halago del Maestro por su primer libro. Serrano confesó haberlo leído también en una noche y entonces se decidió a seguir escribiendo. El humor de Ignacio era justo como lo imaginó. Entonces se detuvo en la imagen de su ídolo. Se estaba riendo a carcajadas de un chiste que contó. Carlos no había prestado atención pero, por amabilidad, sonrió. Ignacio Serrano estaba viejo. Tanto como los habitantes de Montezul: el pelo escaso, casi calvo; rostro de tez apiñonada, poblado de arrugas; dientes amarillos, oxidados. Sólo sus ojos reflejaban esa fortaleza capaz de coger por toda una noche. Encendieron un cigarrillo. Tiene que decirme el secreto, Ignacio. Le rogaba Carlos, esperando obtener el lugar dónde encontrar mujeres como la que había despedido esa mañana. ¿Cuál secreto, mi amigo?, contestó el muy misterioso. ¿Dónde la encontró? Desde que llegué no he visto morritas más que puros vejestorios decrépitos. La sonrisa de Ignacio 37


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se borró de repente. Su mirada despedía enojo. Carlos estaba apenado. El viejo escritor le hizo una seña para que se acercara. Le susurró al oído, como si el lugar estuviera atiborrado de personas chismosas, un contraataque: Chinga tu madre… La contestación de su ídolo le dejó helado. Sintió que perdía una gran amistad de años. Carlos se disculpó. Entonces, el señor Serrano estalló en carcajadas. ¡No mames! Mejor vete a cortar esa greña. Ignacio se levantó. Carlos lo miró alejarse. Un gran tipo, Ignacio Serrano. Tenía razón: mi cabello parecía una trinchera. Decidí seguir su consejo. Pregunté al mesero por la peluquería más cercana. El anciano me contó que la única del pueblo estaba en el Centro. Si todo lo sucedido anteriormente lo hubiera tomado como señales que me decían Mejor lárgate, al estar en el local, las señales me rogaban que me quedara. El sol, al igual que la luna, se miraba más grande de lo habitual para Carlos. Como salido de un sueño. A pesar del cansancio por haber caminado seis cuadras kilométricas, dio con la Estética Natural. Adentro se encontraba un anciano más (nada sorprendente) en espera. Hojeaba una revista. Detuvo su acción para mirar con esa mirada local a Carlos. Después de revisarlo de arriba abajo, regresó a su lectura. Cuatro sillas giratorias adornaban la estética. Solamente una estaba ocupada, un carcamal 38


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afeminado aplicaba un tinte rojo a una ermitaña. Otro hombre, no tan viejo, esperaba impaciente en otra de las sillas. Su pelo estaba recortado y, al parecer, le faltaba algún retoque final. ¿Dónde estaba el, seguramente, otro anciano peluquero? Carlos tomó una revista para imitar a su compañero paciente. Resultó ser una revista de ciencias. Abrió sus páginas al azar y su atención se concentró en un artículo que hablaba sobre nahuales. «Los cambiadores de forma mexicanos», les llamaba el autor, brujos que tenían la capacidad de transformarse en animal. Un dibujo de un hombre convirtiéndose en un coyote o algo parecido ilustraba el artículo. Miró a los viejos presentes para comprobar que no lo observaban. Arrancaría la hoja para agregarla a su colección de ideas para escribir. Cuando doblaba el papel para meterlo a su bolsillo, una puerta se abrió: la mujer hizo acto de presencia. Carlos pensó en otra típica escena hollywoodense: cámara lenta; una sonrisa; un suave abrir y cerrar de ojos; música de piano en el fondo. Ella saludó, Hola, en seguida te atendemos. La velocidad normal de veinticuatro cuadros por segundo regresó. Que se tomara su tiempo. Con tal de contemplarla, que se demorara todo el día. Era joven. Demasiado. Quizá en sus veinte. Su piel era blanquísima. Qué gran alivio fue ver una piel viva de nuevo. Su atuendo consistía en unos zapatos negros, ligeros, unos jeans despintados color azul, pegadísimos, debajo 39


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de la cadera. Carlos no desperdiciaba ninguna oportunidad para mirarla. Un vientre liso y delgado. Una camisa negra, pegada también, mostraba unos senos pequeños, redondos. A la medida. Su cuello largo detenía un rostro angelical con ojos de miel. Muy hábil ella con sus manos. Otro anciano entró. Se sentó a un lado de Carlos. Y así estuvo algunos minutos: en medio de la vejez.Formaba un equilibrio perfecto. Vida. Muerte. Old man, look at my life, I’m a lot like you were, tarareó en su mente. La joven terminó con su cliente que no despegaba sus ojos de aquel curvo trasero. El hombre le dio una propina demasiado elevada para el juicio de Carlos. Ella le regresó el favor con un sensual guiño. El hombre salió feliz. Lamentablemente, no era el turno de Carlos de ser acariciado por las manos de la mujer. El anciano a su lado se levantó y se sentó en la silla giratoria de… ¿cómo se llamaría? El carcamal afeminado terminaba de detener el tiempo por algunos meses a la otra anciana con un lavado final de pelo. Qué bien le queda el color, doña Rubí. La viejecita soltó una risilla de hiena. Pagó y salió. Joven, le hablaba a Carlos, su turno. Oh, no. Carlos no desperdiciaría su turno. Excusándose con tener una enorme necesidad de ir al baño, le cedió el lugar al anciano restante que esperaba. El viejo, serio, no agradeció. Carlos entró al baño, sin antes sentir la mirada miel de la mujer. Ya adentro, aprovechando la ocasión, orinó. Luego sacó su 40


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libreta de bolsillo. Escribió algunas apuntes sueltos. Se miró en el espejo, trató de peinarse. Era inútil. Al salir, la belleza joven lo estaba esperando. El otro cliente quintañón ya no estaba. Gracias, gracias, gracias. La sensación de los dedos suaves de la mujer en los cabellos de Carlos lo adormilaban. En un movimiento de ella para cortar un mechón, sintió sus pechos redondos apretarse contra su hombro. La excitación habló por él. Me relajas, dijo para iniciar la conversación. Se llamaba Selene, y no encontró ningún problema en presentarse debidamente. Selene le acarició el rostro y sus labios carnosos le besaron la mejilla tan apretadamente que un hilillo de saliva se estiró hasta desaparecer. Le tomó la mano. Sonrió, sus caninos eran afilados. Mucho gusto, Carlos. Con ese beso me mató. No exagero. Cuando Selene terminó con mi pelo, le pregunté a qué hora salía. Me contestó que a la hora que yo quisiera. La llevé al café donde bebí con Serrano. ¡El condenado Serrano! En fin, la charla resultó ser muy agradable. Después de un par de horas me llevó a caminar por el mísero centro del pueblo que, a su lado, me parecía el paraíso. Anochecía. La invité a mi búngalo. Aceptó. La pareja entró al recinto. Muchas risas. Selene era agraciada. Carlos le invitó un trago. Ella eligió una cuba, le encantaban las cubas. Carlos se sirvió vodka. ¿Tocas?, preguntó una Selene entusiasmada cuando vio el estuche 41


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de guitarra. Se abalanzó con un salto impresionante contra el instrumento y se la dio a Carlos. Tócame algo bonito. Okey. Carlos bebió todo el vodka del vaso. Titubeó por un momento pensando en qué canción tocarle. Una luz lo hizo voltear a la ventana. Otra vez había luna llena. Enorme. Azul. La luna. ¿Qué canción? ¿Acaso «Blue Moon»? ¿O tal vez «Mr. Moonlight»? Como un espasmo, sus dedos se deslizaron casi hasta el final del brazo de la guitarra y rasguearon una suave melodía: «Harvest Moon», de Neil Young. ¿Qué mejor rola pudo haber elegido para la ocasión? Comenzó a cantar, siempre con su mirada en los ojos melados de Selene. Come a little bit closer, hear what I have to say, just like children sleepin’ we could dream this night away. Selene lo besó con profunda calidez. Sus ojos hechizaban. But there’s a full moon rising, let’s go dancing in the light. Las caricias desaparecieron la ropa. Hacía calor. We know where the music’s playing, let’s go out and feel the night. Se cogieron salvajemente en el piso alfombrado de la sala. Una y otra vez. Selene gritaba unos gemidos muy familiares. Pensó en la mujer de Serrano, pero la tibieza de la penetración era mortal. Because I’m still in love with you, I wanna see you dance again. Selene se le montó. Carlos le notó unos pequeños lunares en su pecho izquierdo, alrededor del pezón rosado. Los recorrió con la lengua. Recordó al gato de ojos azules de la noche anterior. Sus cuerpos sudaban 42


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chorros. Because I’m still in love with you, on this harvest moon. Le clavaba sus uñas en la espalda, le mordía el cuello con sus afilados dientes. Él le regresaba la caricia y gritaba más fuerte cada vez. When we were strangers, I watched you from afar. Carlos quiso detener el tiempo, ser un abismo. When we were lovers, I loved you with all my heart. Selene seguía gritando cuando Carlos se vino. But now it’s getting’ late, and the moon is climbin’ high. Abrió los ojos para ver el rostro de su lasciva compañera. Selene jadeaba. I want to celebrate, see it shinin’ in your eye. Ella también abrió sus sibilinos ojos: uno era miel, el otro, azul. Sonreía. Pedía más, Carlos, me matas, más. Because I’m still in love with you. Carlos se tocó la cabeza. Sintió nauseas. Ella estaba desesperada. Le lamía todo el cuerpo, el rostro: su lengua raspaba. Carlos la empujó. I wanna see you dance again. Argumentó que se sentía mal. Selene exaltada preguntó que si acaso no le gustaba. Carlos tuvo que mentir. Selene le gritó ¡Loco! Él temió estarlo. Because I’m still in love with you. La concupiscente Selene abrió la ventana y saltó para perderse en la oscuridad. Le pareció ver una silueta felina on this harvest moon. Carlos corrió a vomitar al baño. Mojó su rostro reflejado en el espejo. Piensa, Carlos, piensa. Todo tenía que ser lógico. ¿Por qué no salió por la puerta? Mientras se vestía, encontró la hoja arrancada de la revista en su pantalón y leyó el encabezado: Nahuales. Cambiadores 43


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de forma mexicanos. Corrió a la recámara. Se sentó al pie de la cama. Sacó su libretita e hizo unos apuntes rápidos. Escuchó ruidos. Se asomó por la ventana. Selene tocaba a la puerta de Serrano. No abras, susurraba Carlos. Ignacio abrió. La gata y su ídolo se besaron hasta llegar al punto de casi cogerse en la intemperie. Entraron. Decidí salir sin pensar más que Selene era una mujer gata. El artículo era la respuesta. ¿Acaso podría ser? Supe que los nahuales cambian cuando quieren. No es por maldición, es una técnica, es magia. Me acerqué a la ventana de Ignacio. No se veía ni se escuchaba nada. Las luces estaban apagadas. La luna estaba enorme. Carlos focalizaba para tratar de distinguir algo entre la oscuridad del interior. De pronto le pareció ver un bulto deslizarse por el cuarto. Unos aullidos comenzaron. Aullidos combinados con maullidos. Carlos volteó para descubrir de dónde provenían. Se escuchaban por todos lados. Un ladrido seguido de un golpe en la ventana. Un par de ojos rojos, brillantes, le observaban. Carlos escuchó la explosión de cristales. Sabía que el perro, coyote, bestia, o lo que fuera, lo estaba siguiendo. Alcanzó la puerta de su búngalo. La aseguró. Cerró la ventana. Los gruñidos y rasguños trataban de traspasar su fortaleza. Necesitaba un arma. A un lado de 44


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la chimenea había un par de azadones. Tomó uno. Los aullidos seguían. De nuevo sacó su libretita. Luego observaba la ilustración del artículo, el hombre convirtiéndose en ¿perro? Un ronroneo le hizo voltear. Selene. Miau. Sólo había regresado por su pupilente. Le preguntó que dónde lo dejó. ¡Eres una perra! No, cariño, el perro es el de afuera. Selene seguía desnuda. Agachada, oliendo la alfombra. Al parecer había encontrado su pupilente. Se lo puso. Atrás, los rasguños eran constantes. Selene se burlaba. Carlos trató de azotarla con el azadón, pero de un salto malabárico lo esquivó. La puerta fue derribada. Un perro sin pelo, un escuintle gigante se le abalanzó. Con un movimiento rápido le enterró el pico en las costillas. El escuintle soltó un violento chillido. Quedó ahí tirado. Selene gritó como un bebé, atacó a Carlos con sus filosas garras en el rostro, en el cuello. Le alcanzó a dar un puñetazo en su rostro blanco. Selene le atacó la yugular. Le arrancó la garganta. Se desangró. Entre delirios pensó en el pobre Ignacio Serrano, su héroe, su amigo. Seguramente fue devorado por el escuintle descomunal. También pensó en su editora. Quiso escribir algo, pero no tuvo las suficientes energías. Sólo pensó que hubiera sido mejor quedarse en la caótica Tijuana, mientras se perdía en el pezón rodeado de lunares de Selene.

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Te pregunto otra vez: ¿Cuáles pueden ser las últimas líneas de un escritor? Lo ignoro. Lo importante es que hayas entendido lo que pasó. Dirás que fue un crimen pasional: Carlos Díaz enloqueció de celos al encontrarme con Selene. A ella la golpeó. Yo recibí este piquete por defenderla. Selene contraatacó rasguñándolo. ¿Las mordidas? Un coyote que bajó del cerro oliendo su sangre. Todo sea por conservar nuestro secreto. Yo no quería lastimarlo, que quede claro. Sólo le mostraba el poder que pudo haber alcanzado. ¡Ya había pasado la prueba de la sal! Hubiera sido un gran discípulo. Lástima. Pero que este incidente no sea excusa para dejar de recomendar Montezul a tus escritores, sabes que no soy el único. Adjunto a esta carta te envió algunas notas de Carlos recuperadas de su ridícula libretita que me parecieron hilarantes, espero y las disfrutes tanto como yo; también está el manuscrito de mi última novela. La titulé Luna de Cosecha, como la canción que tanto les gusta a mis cachorritas. Encárgate de ella como lo hiciste con todos mis libros, sé que harás un buen trabajo. Dejemos que ese sea mi pase a la inmortalidad; de la salvación, Selene se está encargando. Me despido entonces, mi querida Elena, el dolor de costillas es insoportable, el frío también. Cuando leas esto probablemente ya esté unido con la naturaleza. Ten en mente que todo tiene su propósito, nada sucede por coincidencia. 46


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Descansando eternamente y soĂąando azul (a nadie se le hubiera ocurrido), Ignacio Serrano.

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vi vi e n do la gu e r r a

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In the morning when you wake up There are planes flyin’ in the sky Loading bombs made to brake up All the lies in your eyes War song Neil Young

Conocí al viejo Neil días después del bombardeo en el Puerto de San Diego. Fue a principios de este verano infernal cuando nuestro gobierno mexicano abrió sus puertas con resentimiento y disgusto a cualquier estadounidense que hubiera sobrevivido los atentados masivos que recibió su país, nuestra vecina nación del norte. Me lo topé por casualidad pidiendo limosna en una esquina de la Avenida Revolución, que apenas se estaba recuperando de los efectos secundarios de las bombas. Mantuvo una sonrisa todo el tiempo que me estuvo narrando cómo se salvó de las explosiones: estaba ofreciendo un concierto 49


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en un bar cuando sucedió y su primera reacción fue correr. Así fue como llegó por acá a Tijuana: corriendo. Cuando supe que tocaba rock and roll insistí a mis padres en albergarlo en casa. La primera en resistirse a la idea fue mi mamá por desconfiar de un hombre viejo, güero, con greña larga, vestido como vagabundo. Pero mi padre no pudo negarse, pues al abrir sus puertas a un gringo extraño le daría buena imagen en su próxima campaña para gobernador de la ciudad. Mi capricho de buen samaritano se cumplió. Mi propuesta consistió en alojarlo con la condición de que me enseñara a tocar. Solamente por eso. En realidad a mí me importa una chingada la situación de su país. En mi casa le exigí que me enseñara a tocar algo: cualquier canción. Me arrebató la guitarra, una copia fiel a la Epiphone electroacústica color cherry red con negro que Lennon usó en sus primeros días de Beatle. Neil comenzó su lección en un inglés anciano: la traducción es mía, por supuesto. Lo primero que tienes que hacer antes de tocar una guitarra es pedirle permiso. ¿Ya lo hiciste? Me burlé. Le dije que una guitarra no siente porque no tiene vida, que si alguien tenía que pedir algo era ella porque si yo no la tocaba no existía. Sus pequeños ojos negros se abrieron. Su boca se enchuecó. Me harté de que me mirara como si le hubiera dicho a un creyente devoto que Dios estaba muerto. Le comenté que si me 50


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había mentido para quedarse en mi casa no había problema, lo entendía: si no sabía tocar, estaba bien, pero no tenía porque ponerse poético para impresionarme. Siguió disparándome balas con esa mirada seca mientras me entregó de mala gana la Epiphone y salió de la casa sin decir nada más. Pinche gringo idiota. Igual que todos: se creen que se la saben de todas-todas pero sólo sirven para tragar hamburguesas, ver televisión y hacer la guerra. Al día siguiente platicamos en clase de nuestras experiencias con nuestros exiliados inquilinos. A Jorge, mi mejor amigo, le tocó alojar una familia de cinco güeros. Eran una pareja con tres hijos: dos varones y una mujercita que estaba como quería. Todos soltamos la risa. Miguel, en cambio, confesó haber negado la entrada a un flacucho norteamericano. El huesudo hombre le rogó por un vaso de agua y en vez de eso, le dio uno con una mezcla especial de detergentes. Lo siguió con la vista y disfrutó cómo vomitaba sus intestinos y se revolcaba en el piso. Se lo merecen, decía enojado. El profesor lo sermoneó por su actitud denigrante. Mi compañero salió del salón, ofendido. Por mi parte, les conté de mi invitado: un pseudorockanrrolero quien juraba que debía pedirle permiso a un objeto de madera para dominarlo. Algunas risillas resonaron en el aula, pero se callaron cuando Ortega habló. Un suceso extraordinario, puesto que el gordito ese 51


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que suele sentarse hasta el rincón con el preciso apellido de Ortega, nunca habla ni opina. Por eso todos quedamos asombrados. El señor tiene razón. Es como una amante, hay que conocerla, hablarle, pedirle permiso para crear la armonía. Fue todo. Se calló y siguió dibujando sus figuras monstruosas que gozaba plasmar en su cuaderno. Para romper el silencio quise pasarme de simple y remarcar algunas manías de Neil, como por ejemplo su tono country al hablar y, ¡ah, sí!, ese sombrero ridículo de paja que nunca se quitó desde que llegó. Logré mi cometido: se burlaban mientras gozaba por dentro mi triunfo. El fofo Ortega fue el único que me ignoró. Imbécil. Me las iba a pagar. Saliendo de clases,Jorge me confesó un pequeño secretillo: había desvirgado a su gringa inquilina. ¡Diecisiete años! ¿Te imaginas? Sangró como si la hubiera apuñalado. Sí. Lo imaginaba. Y el recrear la roja escena me excitó a niveles extremos. Le pedí que me la presentara y no se opuso. Entonces vimos al gordo cruzando el puente a la parada camión. Jorge y yo nos miramos y al parecer la misma idea nos pasaba como un cometa por la mente y estaba a punto de estrellarse en el planeta Ortega. Apresuramos el paso para alcanzarlo. El gordo se tambaleaba de un lado a otro. Siempre con sus pantalones 52


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de carpintero y su chamarrita de gorro color guinda. Le grité ¡Cerdo! pero siguió caminando. ¡Mira qué cabrón!, se quejó Jorge. Justo detrás del mantecoso, decidí jalarle del gorro. Ortega volteó y me lanzó una mirada linchadora. Traía puestos unos audífonos blancos. ¿Qué escuchas? Jimi Hendrix. Lo visualicé caminando muy campante con esa guitarrita de Hendrix en la cabeza sin ninguna preocupación. Me preguntó qué quería y yo no sabía cómo seguir la broma. Se me ocurrió preguntarle si en realidad pensaba eso de tratar a la guitarra como amante. Por supuesto. ¿Tú que sabes? Fue le momento oportuno: Jorge lo tomó del cuello y yo acerté en su redonda y grande nariz. Cuando quiso defenderse logramos tirarlo por el puente con un esfuerzo colosal y vimos cómo un tráiler lo arrollaba. Es en esos momentos cuando siento que la vida vale la pena, cuando puedes matar sin ser asesino: sonreí mientras seguí al gordo Ortega abordar un camión y desaparecer entre el tráfico. Se llamaba Natalie. Platicamos sobre ella todo el camino. Según Jorge, sus padres estaban trabajando y sus procreadores también estarían fuera arreglando su situación legal. El plan era sencillo: él se llevaría a los hermanos a caminar al parque mientras la dejaba cocinando algo. 53


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Yo estaba en la esquina, detrás del gran roble, escondido, esperando la señal. Cerca de ahí comencé a escuchar una melodía suave que me distrajo. Era un bonito arpegio. Luego logré distinguir una armónica. Mis pupilas se dilataron. Arriba del roble había un nido de ruiseñores que contestaban los coros. ¿De dónde provenía esa balada? Un chiflido me sacó del trance. Era la señal. Corrí hacia la puerta trasera de la casa de Jorge. Todo está arreglado. A lo que vas y ya. La música seguía resonando como fondo cuando entré. No sé cómo se arreglaron ni cómo la convenció, pero ahí estaba en la sala: desnuda: invitándome a agasajarme dentro de su capullo de rosas. Me desnudé en el tramo que me dividía de la gloria dejando un caminito con mis migajas de tela por si acaso entraba algún intruso, pudiera yo reconocer fácilmente el camino de regreso. Ella ni siquiera parpadeaba. Me le acerqué, tembloroso. La cocina olía a sopa de fideo con bastante ajo. Una tetera silbó. Su cuello desprendía un aroma dulce. Cerré los ojos. Sin pedir permiso entré en ella. Estaba seca. Batallé al principio y dolía. Natalie, repetí su nombre en voz baja: Natalie. Pronto sentí una deliciosa humedad. Tuve que observarla en el acto: su rostro seguía inerte, con los ojos abiertos. Me percaté que la calidez no era producto de su flujo. Escurría toneladas de sangre. Estaba muerta. 54


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Sentí nauseas, perdí el equilibrio, caí de nalgas. ¡Natalie!, le grité. La sangre seguía manando. Mis ojos fueron cejados por la luz que de repente se encendió como presentando un gran acto de magia. Eran los padres de Jorge que entraron junto con los gringos, los creadores de esa preciosa criatura que permanecía inmóvil escupiendo sangre por su sexo, y me miraban fijamente. Luego escuché el chiflido de Jorge. Era la señal. Una señal que ignoré para seguir la música que me había distraído momentos antes. El chiflido siguió en vano del otro lado. Me guié por mi agudo oído hasta descubrir la procedencia de la melodía. Gran sorpresa me llevé cuando vi al viejo Neil, sentado en el asfalto con las piernas cruzadas y su sombrero de paja en el piso esperando tragar algunas monedas. Sus greñas largas y canas se mecían en el viento al compás de una armónica y, sí, mi guitarra. ¡Vaya si sabía tocar! La canción era de protesta. Me compadecí del pobre veterano: ahí teníamos a un músico que cantaba en contra del gobierno más poderoso del mundo: supuestamente: ahora todo es incierto. Me fui a casa pensando en la imagen sangrienta que me perdí. Natalie: repetí el nombre en voz alta con la esperanza de que el viento le comunicara mis deseos de conocerla. Idea inútil, puesto que ella no entiende el español. Estuve seguro de que el viejo Neil diría algo 55


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así como que El viento habla un lenguaje universal, un lenguaje del tacto que todo mundo entiende. Esperé que fuera cierto el pensamiento que imaginé en la cabeza del anciano. Llegando a mi habitación me dirigí a la computadora y pude chatear con Jorge. Le dije que no tuve intenciones de caer en su sangrienta trampa. Me escribió que no sabía de qué estaba yo hablando y que yo me lo perdí: Natalie estaba muy sabrosa. Probecho, le escribí con falta de ortografía sin ganas de corregirla y cerré la sesión. Sólo pensaba en la piel blanca y los ojos azules de Natalie. ¿O verdes? Ni siquiera estaba seguro del color de sus ojos. Nunca la había visto y me estaba enamorando. Prendí el televisor para despejar la mente pero tres de cada cinco comerciales me bombardearon con sus toques sensuales. Sólo restaba una cosa por hacer en estas situaciones: el baño. Cuando salí de mi motel simulado, Neil había llegado contento con las noticias: América (esa manía de llamarse América como si fueran los dueños del continente) estaba fuera de peligro. Ya podemos regresar a casa. Le dije Felicidades, pero que no se iría sin enseñarme esa canción que me debía y le sorprendí tocando en la calle con mi guitarra. ¿Ya le pediste permiso?, contestó con una lacónica sonrisa. 56


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No. Y lo tenía qué hacer. Primero dije: ¿Me das permiso de tocarte? Y su estruendosa carcajada me hizo sentir estúpido. Acabas de recibir una bofetada: ¡Convéncela! Estuve a punto de romperle el instrumento en su cara pero me detuvo su siguiente sugerencia: Imagina que es una mujer que te gusta mucho. El amor de tu vida. ¿Cómo le declararías tus sentimientos? ¡Me dejas tocarte! Son pendejadas. Automáticamente la imagen desconocida de Natalie apareció ante mí. ¡Ajá!, hay alguien, ¿verdad?, puedo saberlo por tu mirada, dijo triunfante. Cerré los ojos, tomé la guitarra de la cintura y le susurré: No te conozco y ni siquiera sé cómo eres, pero puedo confesarte que te amo, ese olor tuyo me enloquece y me invita a rozar tu bello cuerpo. Espero no te ofendas y que juntos podamos sacar los tonos más hermosos. Abrí los ojos. Neil me vio con una complaciente sonrisa. Profundo, chico. Profundo. Es toda tuya. La menor, Do, Re y Sol: ya no me necesitas. Y se fue sin decir nada más. Me senté en el piso de la sala y toqué. Algo sencillo que a pesar de su monótono ritmo se escuchaba bello. Natalie. De repente me percaté de la noticia del gringo viejo: ya podemos regresar a casa. Ese «podemos» la incluía a ella. 57


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Salí corriendo a la calle para rogar alcanzar a la güerita desconocida. Tuve que atravesar una masa de gente que protestaba por algo y obstruía la vía pública. Saqué el celular y le marqué a Jorge para preguntar si seguía con la gringuita pero no me contestó. Apresuré el paso. En el camino estuve a punto de ser atropellado por un Mercedes negro. Ese incidente no me detuvo: a la vuelta de la cuadra estaba mi destino. Toqué desesperadamente y el mismo Jorge me abrió. Natalie. ¿Qué? ¡Natalie! ¿Dónde está? ¡Ah!, se acaba de ir con sus jefes. ¿Qué? ¿Cómo? En un Mercedes precioso, un clásico, ¿sabes que no usa gasolina? ¡Usa diesel! Dato inútil. Lo dejé hablando sólo y regresé cabizbajo a casa. Ahora, cada vez que enciendo el televisor y escucho que hay un hombre que puede ponerle fin a la guerra, sonrío maliciosamente pidiéndole a algún ser supremo que no. Que no se acabe, que permita otro exilio. Eso es lo que pienso antes de cerrar los ojos y dirigirme a mi pequeño refugio antibombas de ensueños. Apago el televisor y sigo viendo las explosiones. 58


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Por las noches sue帽o con Neil tocando mi guitarra y su arm贸nica. Y con Natalie: no tiene rostro y sin embargo escucho su carcajada. En el fondo, veo claramente c贸mo se va elevando una nube en forma de hongo y la imagen se desvanece lentamente a negros.

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el devo r a dor de hist o r i a s q

1 —Aquí se entra a trabajar a las nueve de la mañana — aseguró el hombre casi calvo, casi puro hueso, sentado en la silla giratoria de piel, con sus brazos sobre el escritorio y los dedos entrelazados—. Me gusta la puntualidad. Ni un minuto menos ni un minuto más. Exagero, por supuesto, pero sabes a lo que me refiero. No me agrada que vengan corriendo con chorros de sudor escurriendo por la frente, ni que entren a mi oficina con pretextos absurdos. Como sabes vengo llegando y mi nombramiento no ha sido bien recibido, pero me da gusto que te hayas tomado la molestia de venir a esta entrevista, Federico. Desde que llegué no pensé en nadie más que en ti para 61


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dirigir buenos eventos literarios, que buena falta hacen a esta pinche ciudad, ¿no crees? Pero, bueno, olvidemos los protocolos y esas mamadas. Hablemos de cosas más interesantes. Cosas imprescindibles. Verás, también pensé en ti porque escribes. Tienes ya dos novelas agradables y sé que tienes una tercera en proceso. Debo admitir que tus historias anteriores me sorprendieron y me llenaron de vida, y muero por escuchar de qué trata esta tercera. —Pues, de entrada le agradezco que haya pensado en mí, señor, y le aseguro que trataré de llenar el puesto de una forma eficaz —Federico nunca se ha sentido tan pequeño en un oficina. —Okey, okey, estoy seguro de que lo harás. Ahora, cuéntame tu historia, por favor. —Con el debido respeto que se merece, señor Núñez, en ese sentido soy un poco supersticioso. Verá, no me gusta contar la trama de mis novelas antes de ser publicadas porque siento que les cae la sal y ya no salen. Me pasó con un libro de cuentos que sigo sin publicar. —Mira, Federico, te voy a ser honesto. En este puesto necesito a un buen narrador. Y bueno, como ya lo has confirmado en tus primeras publicaciones, lo eres. Sin embargo, necesito escuchar esta nueva historia para saber que sigues manteniendo el toque y asegurarme de que estoy tomando la decisión correcta. —Pero, señor, le pido que respete mi decisión… —Mira, cabrón, hagamos un trato —Núñez golpea 62


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la mesa con la palma de su mano derecha—, cuéntame tu historia y tu libro de cuentos sale este mismo trimestre. ¿Cómo la ves? —Pues así cambia la cosa, señor Núñez. —Ándale, pues, así me gusta: dejaras de ser escritor —se burla entre dientes. —Pero, ¿por qué no le platico mejor mis cuentos? —Insiste. —¡Porque no, Federico! Porque necesito la historia larga, ¿entiendes? Cuéntame de qué se trata tu puta novela —Núñez se levanta alterado. Su piel es blanquísima. Gotillas azules le resbalan por la frente. —Pero es que no entiendo por qué la insistencia, señor, no tiene por qué alterarse. ¿Está sudando? —Sí, Federico, estoy sudando. Además del pinche calor, tú me estás colmando la paciencia. Mira: sé que tienes broncas de evasión de impuestos. Cuéntame tu novela y no vuelves a pagarle ni un sólo pinche peso al gobierno de lo que ganes. —¿En serio puede hacer eso? —Eso y mucho más. —Ya, pues, chingue su madre. —Chingue su madre. Cuéntame: ya —Núñez se acomoda en su sillón de piel. —Bueno, por dónde empiezo… este… es que es una historia compleja, una historia muy experimental, narrado desde todos los puntos de vista: la primera, la segunda 63


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y la tercera, ¿no? Es la historia de dos amigos: un escritor y un doctor que se conocen desde la secundaria y se enamoran de la misma mujer. Entonces la historia está narrada desde sus tres puntos de vista para completar el difícil panorama que es la vida. Es un una novela con toques eróticos en donde el threesome es constante. —¿Y qué más pasa? —Pregunta Núñez impaciente, con los ojos cerrados mientras da un larguísimo suspiro. Los suspiros incrementan de intensidad conforme la historia narrada por Federico avanza. Mientras Federico está embelesado contando su nueva novela pasa por alto la metamorfosis de Núñez, que parece excitado como si alguien le estuviera dando una deliciosa felación. Al punto del orgasmo, Federico interrumpe su novela. —Y por supuesto que no le voy a decir en qué termina, si no, no la va a comprar —Núñez abre los ojos. Son más redondos, más grandes: una niebla los habita—. ¿Se siente bien, señor Núñez? —No… —contesta mientras se levanta de su silla— . No me siento bien. De hecho, lo estaba disfrutando. Necesito saber el final. Dime el fi al, cabrón, en qué se termina. ¿Se va a morir? ¿Ella fue? ¡Dime! —Y este último grito es un chillido estático. Acto seguido, se planta frente al escritor y con una garra lo levanta del cuello. Federico patalea en el aire. Piensa que Núñez no se veía tan alto, por lo menos no lo parecía, ni que tuviera serios problemas de caries mientras 64


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sus fauces se abren acomodándose al grosor de su cráneo y es devorado de un sólo mordisco. Núñez deja caer el cuerpo inerte de la joven promesa literaria. Saborea la gelatinosa masa encefálica mientras respira agitado. Un último suspiro sin fondo. Sonríe. —Mmmta… una historia convencional con un final predecible. Buena por lo menos para unos días. No entiendo por qué un narrador no puede renovarse y resistirse a contar: para eso están. No entiendo. Nunca lo entenderé. 2 Esteban es un escritor emergente de veinticuatro años recién egresado de una licenciatura en letras. Comentarios como: ¿Y eso para qué es? ¿En qué vas a trabajar? ¿Vas a comer libros o qué?, son comunes desde que tomó la decisión de entrarle a la literatura. Yo quiero escribir, piensa, quiero escribir y vivir de lo que escribo. Asqueado de sus compañeros de generación se ha topado con la realidad de que en México no vives de lo que escribes si no eres parte de una pequeña mafia. Yo quiero ser un sicario de mentes, entonces, piensa: volar varios sesos con mis historias. Pero sus historias nada más han volado sesos de algunos jurados locales y no han trascendido. Por supuesto que no ha logrado publicar un libro. Su vida mejoró 65


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cuando, por recomendación, entró al departamento editorial de El Centro de Estudios de la Línea y por un año hizo lo que le gustaba y le pagaron por hacerlo: leer y corregir manuscritos. La crisis quiso que hubiera recorte de presupuesto y su cabeza fue la primera en caer. Desempleado de nuevo, endeudado hasta las nalgas esperando el prometido ascenso. Por eso cuando recibe un correo electrónico personalizado ni más ni menos que por el polémico Rogelio Núñez, director del Fondo de Sapiencia, citándolo para una entrevista de trabajo no dudó en confirmar el encuentro. Como requisitos indispensables pide que el postulado sea escritor con licenciatura y una novela publicada o —preferiblemente— inédita. Esteban Toribio se siente un Felipe Montero y tiene ganas de celebrar. —Ya estuvo, pues, no era la gran cosa —grita Esteban mientras se levanta a poner canciones a la rockola. Hay un disgusto general porque alguien puso a Paulina Rubio. A Esteban le toca ser el mesías y su dios se llama Bob Dylan. Un ¡Yeah! colectivo levanta los vasos a su salud y baja al compás de «Like a Rolling Stone». —Pinche Esteban, no seas ojete —le reclama en broma un camarada de la universidad con el que bebe. —Es que es la neta. Tijuana no ha perdido a un gran narrador. Hay cosas mejores y adivinen a quién le va a tocar la chamba de promoverlos. 66


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—¡A ti, cabrón! ¡Salud! —A mí, cabrón. Mañana tengo la entrevista con Rogelio Núñez y, seguramente, a partir del lunes ya tenga mi nueva oficina y toda la madre. Qué pinche Federico ni qué Federico: Esteban, wey, Esteban, ¡a wuevo! —Wey, el cabrón tiene mérito, dale su reconocimiento. Su primera novela no tiene madre. —Bueno, sí, pero… pero ya, ¿no?, para qué invertir tiempo discutiendo qué le pasó, pues. A lo mejor se quiso perder porque se dio cuenta que es malo —risas lo celebran. —Yo creo que se fue para San Francisco, ya ves que siempre andaba alardeando que quería estar donde nació lo beat —otra voz opina. —Pues ya ven lo que salió en El Fronterizo, que es un probable secuestro y nada más esperan la llamada pidiendo rescate. —Sí, cabrones, no duden que al rato lo vayan a encontrar descabezado por el Río. De una mesa contigua se levanta una mujer altísima y prodigiosa. Se coloca detrás de Esteban. Los compañeros callan. Le levantan las cejas en señal de advertencia. Carraspeos. Esteban voltea y se topa con un par de pechos monumentales. —Hola, hola. Esteban: un gustazo conocerlas a las dos. ¿No se quieren sentar? La mujer le da una bofetada, haciéndolo caer hacia atrás con todo y silla y derramar el vaso en el pecho: 67


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—¿Qué pedo? —Alcanza a balbucear mientras cae. —¿Se están divirtiendo, hijos de la chingada? —La neta, sí —dice Esteban mientras se levanta—, hasta que llegaron tu amigotas, pinche Roxana. A todo esto, ¿qué te traes? —Federico Morelos era un buen hombre… es un buen hombre. Donde quiera que esté no se merece que estén jugando con su desaparición. Les pido más respeto. —¿A poco daba tan buenos jales para que te pares a defenderlo? —¿Qué? Pinche puerco. Cuídate. —¿Que qué? ¿Me estás amenazando? —No, en serio: cuídate. La última vez que lo vi fue la mañana que desapareció. Tenía una entrevista de trabajo. —Bueno, pues bien por él, a lo mejor lo consiguió y la condición era irse del país o no sé qué chingados. Lo que sea me viene valiendo pito. —Era con Núñez, del Fondo de Sapiencia. La mesa se queda muda. Hasta Dylan se calla. Por un breve momento Esteban medita lo que acaba de escuchar. —A lo mejor no le dieron el puesto y se aventó al Río… —No tienes remedio, Esteban: eres un pinche morrito de cinco años. Con permiso. Cuando apenas Esteban se sienta y bebe un sorbo directo de la caguama, Roxana le grita desde la puerta: —Ah, y sí, maricón, sus jales eran para Guiness, no 68


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como los tuyos, pinche borracho pendejo. Las carcajadas de los presentes atacan a Esteban, quien durante la noche se dedica a beber en silencio, escuchando y tolerando cualquier porquería de la rockola. En el camino de regreso a casa, Esteban se duerme y sueña que una bola gigante de piedra lo sigue mientras conduce por la Vía Rápida. Llega a casa a las tres de la madrugada y se duerme sin desvestirse ni quitarse los zapatos. Luego sueña que se sienta en un sillón giratorio de piel y lo hace girar y gira y gira y gira y no lo puede detener. 3 —Pásale, Esteban, bienvenido. Ponte cómodo. —Buenos días, señor Núñez. Gracias. —¿Cómo estás? —Bien, bien, señor, ¿y usted? —Un poco cansado, Esteban. Verás, toda la semana he tenido entrevistas y nomás no encontramos al indicado. Espero que tú seas el bueno. —Yo también. —Bueno. Dice aquí que has tenidos varias lecturas en festivales, fuiste corrector de estilo y… ah, sí, lo más importante: una novela inédita. Cuéntame. —Sí. Se llama Bestias en revolución. La escribí durante la beca estatal, hace como tres años pero no me ha convencido. Sigo apretando tuercas. 69


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—Ah, sí, típico, ¿no? La primera novela que nunca está lista para soltarse a la primera, sí. ¿De qué trata? Me encanta el título: promete mucho. ¿Es una historia de horror?, ¿una novela policíaca o de aventuras? Cuéntamela, Esteban. Estoy muy interesado. —Bueno, es que la trama es un poco larga y compleja. ¿Tiene tiempo? —No, Esteban, no tengo tiempo. Es lo que menos tengo y para eso necesito que me cuentes. Quiero decir que seas conciso: inicio, desarrollo y desenlace: fácil. —Eso es muy cierto: tiempo es lo que nos hace falta. —No tienes idea. —Es una novela de horror ubicada en Tijuana. Es una historia de mujeres lobas que se convierten cuando tienen un orgasmo. Estas morras son teiboleras, ¿no? La maldición la trajo una que vino de un pueblo sureño ficticio, pero eso no se sabe hasta el final. ¿Se siente bien, señor Núñez? —Sí, sí, sí. Sigue, sigue. —¿Está sudando? —No, Esteban, continúa. —¿Le duele la cabeza? —No, Esteban, continúa. —¿Lo estoy aburriendo? —¡No…! —Núñez abre los ojos y casi están nublados por completo. Respira agitado—. Esteban, por favor: necesito que sigas narrando. 70


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—Bueno, Bestias en revolución es al mismo tiempo una novela negra. La trama sigue a un policía que investiga la aparición de los cuerpos de hombres desnudos en los bares y tables de la avenida Revolución. Paralelamente hay una mujer coprotagonista que se ve obligada a bailar para pagarse la universidad. Ella se infecta. ¿Está seguro que quiere que continúe? —¡Sí! —Núñez se levanta: más flaco, más arrugado, más alto—. ¿Este detective y esta mujer se conocen? ¿Cuál es su relación? —Este… sí, se conocen eventualmente. Se enamoran pero no pueden estar juntos, por lo menos ella no quiere porque sabe que cuando se venga se lo va a chingar. —¿Y qué pasa al final? ¿Sí se lo chinga? —No… bueno, en la última parte están cogiendo bien y bonito hasta que ella se viene y se convierte en loba, pero el policía se la hecha antes de que se lo chingue. Luego se mata porque se dan cuenta de que está infectado. No se convierte pero puede infectar a otras morras. En fin, es una alegoría de las enfermedades venéreas, ¿no? En total son como cien páginas. No es mucho. Núñez se sienta lentamente. Respira agitado. Sus ojos recuperan el color normal. —¿Se siente bien, señor Núñez? —Muy bien, Esteban, muy bien. Gracias por compartir tu historia. Espera la llamada de mi secretaria. —¿Es todo? 71


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—Es todo. —¿Pero no me va a entrevistar? —Lo acabo de hacer, Esteban, gracias. Tengo más citas esperando. Conoces la salida. Gracias por compar tir tu tiempo—. Esteban confundido. Rogelio sonriente. Esteban sale del Fondo de Sapiencia con dolor de cabeza. Hasta el sol le molesta. Siente cruda. Vomita. Recibe una llamada: una invitación a salir de peda. No gracias, dice, hoy no, me siento mal, terrible. ¿Cómo te fue en la entrevista?, le preguntan. Bien, supongo, quedaron en llamarme. Uy, es mala señal. Bueno, te cuidas. Descansa, Esteban. Esteban llega directo a su cuarto. Duerme. Nada más se levanta a orinar y vomitar. Luego ya no puede conciliar el descanso. Entre sueños escucha una risa. Los ojos nublados de Rogelio Núñez lo acechan como el ojo de Sauron. Durante las siguientes semanas la pasa en la cama. La fiebre se apodera de su cuerpo y no lo deja levantarse. Un par de amigos lo visitan pero Esteban se queda dormido fácilmente en medio de las pláticas incoherentes. Al igual, Esteban trata de escribir pero le salen historias sin sentido, palabras con faltas ortográficas. Se queda viendo idiotizado la pantalla y los ojos de Núñez lo siguen acechando. Le parece verlos entre las letras, que parecen escribirse solas, y le dicen «Necesitas un trabajo. Regresa al Fondo de Sapiencia». 72


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El joven decide darse un regaderazo. El agua lo altera. Se da topes contra la pared hasta quebrar unos azulejos. La sangre se mezcla con el agua y forman un remolino rojo que desaparece por el desagüe. Se desmaya. La casera lo encuentra moribundo. Despierta en cama. Un vendaje alrededor de la cabeza. Ya no siente tanta fiebre. Se levanta. Sale al patio a fumar un cigarrillo. Se queda viendo la puesta del sol. Mi nombre es Esteban Toribio, se dice, y soy escritor. No tengo inspiración. Necesito tiempo. Tal vez un empleo me distraiga. Necesito pagar la renta. Tengo que llamarle a Núñez. 4. Una nota encontrada en el blog de un narrador ¿Qué está pasando con la literatura mexicana? ¿A dónde se han ido nuestros cuentistas y nuestros novelistas? Hay sobrepoblación de poetas. Lo peor de todo: poetas malos. Un amigo me dice que para ser poeta se necesita ser viejo y sabio. Pero ser viejo no es garantía. Sabio tampoco. Igualmente llama la atención la desaparición de tantos escritores. Los rumores dicen que se han autoexiliado y publican bajo el anonimato en algún lugar de Sudamérica o Europa. No lo creo. Alguien se está deshaciendo de ellos: su nombre es Rogelio Núñez. No es coincidencia que desde que ocupa la silla del Fondo de Sapiencia el primer escritor muerto haya aparecido en el Río. Así sucesivamente, a lo largo del año de su servicio en Tijuana, 73


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más de sesenta escritores han aparecido en el mismo lugar y con la misma marca: descabezados. ¿En dónde están sus cabezas? No es posible que crímenes así continúen ocurriendo y sigan impunes. Si tú que estás leyendo esto conoces al culpable o, ya ni la chingas, tú eres el culpable, tengo un mensaje para ti: detente o desaparece. Tres comentarios de la entrada. Mandíbulas escribió: No mames. Le están haciendo un favor a la ciudad: pinches mamadores del presupuesto estatal. Síganselos echando. Caradepapa escribió: Juarjuarjuar, eso es todo, pinche mandíbulas, que se los chinguen a los cabrones. Anónimo escribió: Narradores críticos como tú son los que se necesitan en el Fondo de Sapiencia. ¿Por qué no te das una vuelta? Tienen vacantes. Lleva currículum. Una buena trama para novela es indispensable. 5 Esteban Toribio decide regresar. Siente la necesidad de un trabajo urgente. Si debe pedir de rodillas, lo hará. Entra a la oficina de Núñez, éste lo recuerda al instante. —Esteban, pasa, qué gusto. ¿Qué se te ofrece? —Nada. Sólo vengo a preguntar qué sucedió con la vacante. 74


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—Uy, pues fíjate que se lo dimos a otra persona. ¿No te llegó el correo? —No, señor. —Puta, qué lástima. ¿Y… qué puedo hacer por ti? —Necesito trabajo, señor Núñez. ¿De casualidad tiene algo? —Ahora que lo preguntas, sí. —¿De verdad? —De verdad, Esteban. Pero cuéntame, cómo va tu novela. Ya la terminaste. —No, señor, no la he terminado. —¿Y eso? —No he tenido tiempo de escribir. He estado enfermo. Necesité reposo. —Oh, me apena escuchar eso. Y tienes alguna otra historia en mente. Me encantaría escucharla. —Señor… no tengo nada ahorita. No se me ocurre nada. —Qué pasó, Esteban, ¿tan difícil es? —No se me ocurre nada. —Qué lástima. Talento desperdiciado. Eres otro pinche pendejete que se cree con habilidad de narrar. Narrar no es fácil, querido Esteban. Se necesita una maestría para hacerlo. Tu caso es muy triste. Vete, ándale, ponte a vender chicles, lavar carros o escupir fuego: no tienes talento. —Señor, necesito algún trabajo decente. Lo que sea. Me acaba de decir que tiene algo. 75


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—Pues sí: necesito a alguien que se encargue de barrer y recoger todo el desmadrito que dejan en las presentaciones. Muy educaditos todos pero pinche marranero dejan. —Suena interesante, señor. —Te advierto: no hay paga. Te voy a dar unos bonos para que comas, pero no hay paga. —¿Y cómo voy a pagar los gastos de casa? —Si quieres puedes venirte a vivir al cuarto de la azotea. —De acuerdo, señor. —Bueno, ve con el jefe de intendencia y dile que te dé una escoba. —Claro, señor, claro. —Una cosa más, Esteban. —Lo que sea, maestro. —En esta carpeta hay una lista con foto de algunos narradores. Tu misión es sencilla. Necesito que cuando localices a uno en los alrededores lo mandes conmigo. Diles que les tengo una propuesta de publicación. —Muy bien, maestro. Lo haré. —Gracias, Esteban. Pórtate bien. Si cumples puede haber un ascenso. Esteban sale. Rogelio se lame los labios. 6 Tener conciencia de que tienes poder te corrompe. Eso le pasó a Esteban. Después de un par de meses de 76


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llevarle narradores a Rogelio, se decidió que podía ser parte de su guardia privada. Regelio tiene muchos enemigos y debe cuidar su pellejo ancestral. Esteban acepta gustoso. Con el correr de las puestas de sol olvida que alguna vez quiso escribir. Esteban agrede. Le encanta usar su macana, dejar moretones, romper quijadas. Esteban abusa. Lo hace porque tiene hambre. La lista que recibió de Rogelio casi está completa. Algunos de ellos entraron y salieron por la puerta de la oficina. De otros ya no se supo nada. Lo que en Esteban sigue despierto es la semilla de la curiosidad. Por eso, cuando esta tarde se encuentra con Roxana Solís en la librería del Fondo de Sapiencia, recuerda aquella noche, meses atrás, que lo llamó maricón. Al mismo tiempo trata de recordar la última vez que despertó a lado de ella u otra mujer. Sus ojos se pierden en la abertura del escote de Roxana. Vuelve a sentir esa cosquilla en el escroto. Y no evita invitarla a pasar a la oficina de Núñez. Tiene una oferta de publicación para ti, Roxana. Ella se sorprende. ¿Qué te pasó, pinche Esteban? Esteban se mira por primera vez en el refl del aparador: más flaco, más calvo, más jorobado, dientes amarillosos. Cuando voltea, Roxana ya no está. Alcanza a verla bajar hacia el sótano, en donde Núñez quiso remodelar su oficina. La sigue. A estas horas no hay nadie deambulando por el inframundo. El pasillo está oscuro, salvo por la tenue luz 77


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que se cuela por la puerta a medio cerrar de la oficina de Núñez. Se detiene ahí minutos que siente como horas. Alcanza a escuchar la voz de Roxana y Núñez. Cuéntame tu novela, le pide el jefe. Roxana le cuenta una historia. Esteban recuerda que él también tenía historias. La de Roxana es aburrida y cursi. No le cuesta nada decir el final, no tiene chiste, pero aun así se niega. Esteban sale del trance cuando escucha un grito. Se apresura a la puerta y es testigo de la decapitación por las fauces de Núñez. Entonces recuerda esos ojos negros. Esas garras. Esos colmillos. Esteban huye. Sube a su cuarto de la azotea. Por primera vez se da cuenta de que es un chiquero en donde la mezcla de excremento, orines y sobras de comida echada a perder se unen para hacer un festival de perdición. Esteban vomita. Esteban quería a Roxana. La amó, hasta que lo dejó por Federico. Esteban necesita ponerle fin a esta historia. 7 —Adelante. —Buenas noches, señor Núñez. La oficina está casi en penumbras. El señor Núñez gira en su silla de piel lentamente. —Buenas noches, Esteban. ¿Qué haces aquí tan tarde? —Siento molestarlo, pero es urgente. 78


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—Esteban, muchacho, sabes que si no se trata sobre noticias de las personas que están en la lista que te di, hablar contigo no es nada urgente. —Lo siento, señor, pero es que se me ocurrió una historia. —¿Una historia? ¿De verdad? ¿Cómo? —Me vino de repente, señor, por algo que acabo de ver. Está basado en hechos reales —un largo silencio se divide en las miradas de Rogelio y Esteban. Un manchón de sangre es visible en la camisa del jefe. —Basado en la realidad, ¿eh? Una historia. Bueno. Siendo así, cuéntame, ya sabes que una publicación siempre se puede arreglar. —Bueno. Esta es la historia de un escritor emergente que recibe un correo electrónico con una oferta de trabajo. La acepta gozoso. El entrevistador resulta ser un viejo monstruo que le pide le cuente su novela. Lo hace con todos. Los que cuentan sus historias salen pero ya no pueden escribir. Los que no cuentan la historia son devorados. Rogelio ni se inmuta: —Interesante. Muy original. ¿Y en qué termina? —Todavía tengo ciertas dudas de por qué le encanta escuchar historias, pero de una cosa sí estoy seguro. —¿De qué? —Reclama Rogelio mientras se levanta, da vuelta al escritorio para posarse enfrente del empequeñecido escritor. 79


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—No tengo por qué contárselo. Es de mala suerte contar el final sin haberla publicado. —No se puede quedar así, Esteban.Toda historia necesita un final. Dímelo o de todos modos lo sabré. —Bueno. Es un final inesperado: el entrevistador se muere. Rogelio se carcajea. Su risa se va distorsionando hasta formarse un seseo de canal de televisión sin señal. Esteban lo resiste. —Ese final no me gusta. No me convence. Dime otro más interesante. Atrévete a innovar. ¿Qué les pasa a los narradores de tu generación? ¿Tanta mierda de televisión, Facebook, Twitter y demás pendejaditas del Internet les ha frito la cabeza? —Se aparece una nave espacial. —¿Una nave espacial? ¿Y qué pasa? —Es final sorpresa. Rogelio se encorva y sus extremidades se han vuelto huesos largos, cubiertos de escamas. Su rostro ahuevado. Su boca enorme, varias hileras de dientes. La garra de Rogelio lo levanta del cuello. Le huele el interior del oído. Lo prueba con la lengua picuda, lo saborea. —Hay algo allí… algo impredecible —entonces sus fauces se abren del tamaño del grosor del cráneo de Esteban y a punto de devorarlo se escucha unos golpes en la puerta. 80


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—Rogelio, ¿se puede? —pregunta la voz de una mujer. El monstruo regresa su hocico a su estado natural y voltea hacia la puerta. Esteban aprovecha la distracción y con su macana asesta un golpe certero en la mandíbula, haciéndolo caer y emitir un chillido de dolor. La puerta se abre. Entra la mujer. Rogelio inconsciente en el piso. Un chorro de líquido azuloso se resbala del hocico. Ella corre hacia Núñez. —No te acerques, es peligroso —advierte Esteban. Luego la reconoce. Es Elena Alamar, la famosa editora. —Estará bien. —Tenemos que matarlo —Esteban se levanta, toma su arma y a punto de dar el golpe de gracia en la testa de la criatura, Elena lo detiene con gran destreza. Le arrebata el arma. Le da manotazo en el pecho, lanzándolo hacia la pared. —No entiendes nada. No tienes derecho. —¿Qué traes? Este culero descabeza escritores. Tenemos que destruirlo. —Sólo necesita historias. ¿Es mucho pedir? Necesita escuchar buenas historias. Si se niegan a compartirlas tenemos que hacer lo que tenemos que hacer para seguir vivos. Seguir en este espacio. Nos gusta la banalidad de esta dimensión. —¿Historias? —Sí, simples y llanas historias. ¿Quieres escuchar una? Existen seres que se mueven entre dimensiones, 81


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universos paralelos o como los quieras llamar. ¿A poco crees que en la que vives es la única? —Elena continúa mientras se desnuda a paso de gato—. Todos se alimentan de diferentes energías. Unos del odio, de la venganza. Otros del amor, de los orgasmos: como yo. El que se apoderó de Rogelio se alimenta de historias. Fue el primero en traspasar el portal. Recibió una frecuencia proveniente de una leyenda que contaba un chamán yoreme a su comunidad. Era una buena historia, una historia sobre la creación del universo. No dudó en apoderarse del cuerpo de un joven indio. Ellos sí eran buenos narradores. Ahora están casi extintos, como muchos de nosotros. No queda más que tomar los puestos culturales para tener acercamiento a los poco narradores en la faz de esta dimensión. Es lo que mantiene el equilibrio. Nos estamos muriendo, Esteban. Nos estamos desvaneciendo. Y ya sabes lo que dice la canción: que es mejor quemarse que desvanecerse. Entonces, qué: ¿tienes una buena historia que contar? Narra ahora o calla para siempre. Elena totalmente en cueros se monta sobre Esteban. Lo besa. Lo posee mientras cambia de forma: se vuelve más larga, más alta, más delgada, más huesuda, más escama: más salvaje. 8 De Esteban no queda más que un cuerpo sin cabeza y sin verga. Lo encuentran en el Río, envuelto en un cobertor. 82


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Sólo se publica una nota en la sección roja. Se menciona que fue escritor y que se ha sumado a la larga lista de descabezados sin resolver. También que pudo estar indirectamente vinculado a los ajustes de cuenta entre mafias culturosas de la ciudad. Coda Manuel Ortega es un escritor emergente de 19 años al que se le acaba de ocurrir una idea para su primera novela: una historia de horror basado en los descabezados. Desde la mañana teclea la trama pero es interrumpido por un mensaje en su bandeja de entrada del Facebook: una oferta de trabajo del Fondo de Sapiencia. Hoy es mi día de suerte, publica en su muro mientras sale con destino a la entrevista. Lo recibe el mismísimo Rogelio Núñez. El mismo pero con una quijada desviada, cubierta de gasas que denotan un líquido azuloso. —Cuéntame una historia —balbucea. —Precisamente hoy se me ocurrió una. Pero creo que es muy larga y compleja. —No te preocupes, Manuel. Tengo tiempo. Pero eso sí: nada de secretos en la trama. Manuel comienza a narrar. Rogelio cierra los ojos. Se lame los labios. Suspira. Siempre hay tiempo para una buena historia.

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el negro cósmico Q

The black mirror knows no reflection It knows no pride or vanity It cares not about your dreams It cares not about your pyramid schemes. Black mirror Arcade Fire

i. fundar el fundadores […] creo que aquí abajo hay un muerto, apesta […] […] aquí abajo, por el bulevar Fundadores […] […] en medio, donde hay muchos arbolillos […] Las denuncias son anónimas. La estación le avisa a la unidad 3328, la única que ronda cerca, para que vaya a revisar. Los agentes Esteban Macías y Alberto Huerta acceden, malhumorados: los tacos tienen que esperar. Al llegar al Fundadores, Alberto está a punto de vomitar por la pestilencia. 85


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¡Su puta madre! Esteban se carcajea: Pinche Beto, lo más seguro es que sea un puto perro atropellado. No mames, Esteban, un perro muerto no huele tan horrible, tiene que ser humano. Perro, hombre o vieja, lo que sea, ya está bien muerto y no le va a hacer nada, no sea joto: órale, a revisar, de aquí lo cuido. Pero a ti te va a tocar buscar la cabeza, ¡eh! La noche anterior explotó una tormenta que fue muy bienvenida por la gente: los truenos y relámpagos no tanto. Alberto baja a duras penas el sendero empinado, enlodado. Espacios así hay muchos que el municipio ha olvidado, dejando a la naturaleza crecer a su antojo. Arriba, Esteban fuma un cigarrillo mientras dirige el tráfico con una mano. Los automovilistas que pasan cierran sus ventanillas inmediatamente a causa del olor que Esteban disimula con el humo del tabaco. Alberto voltea buscando a Esteban pero sólo distingue las luces rojiazules de la sirena, girando. Del otro lado, algunos ojos curiosos se asoman por los ventanales elegantes de la Juárez. El tufo anda cerca y es repugnante. Alberto no lo soporta más. Se tapa la boca con el antebrazo: en momentos así, el tufo de sus axilas sin desodorante es preferible a este olor a muerte. Pero el muerto nunca aparece. Alberto regresa a la cima, mareado. 86


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¿A qué huele entonces, chingado? No sé, no hay nada, baja tú si quieres. Esteban empuja violentamente a Alberto. Baja: o por lo menos trata de bajar con decencia: cae rodando por culpa de un pedazo de tierra húmeda que se desprende. Alberto no alcanza a escuchar sus gritos. Rueda y rueda y llega al fondo. El olor es tan intolerable que Esteban tiene que volver el estómago, mirando hacia arriba después de cada escupida para asegurarse de que nadie lo ve. Fueron las vueltas de la caída, se repite a sí mismo: las vueltas. Querer aguantar el dolor no le deja sentir que su tobillo está torcido, hasta que termina de vomitar. ¡Alberto!, grita. Alberto no escucha, el tráfico que dirige con maestría es denso. Esteban decide echar un vistazo alrededor: sillones rotos, colchones, botes, botellas, bolsas de plástico. Muchos arbustos y pasto seco. El olor tiene que venir de las bolsas. O entre los cacharros. Un pinche perro va a ser, por un pinche perro me chingué el pie, piensa Esteban. Cojeando se acerca a las bolsas de basura y sólo espanta a una rata enorme que corre a esconderse debajo de un sillón. Su chillido cesa al instante. Toma una pata de una silla rota que está a su alcance y va hacia mueble. Le da varios golpes, pero la rata no sale. Con el brazo libre, Esteban le da vuelta al viejo sofá y no hay nada. Nada, salvo un punto negro. El punto negro brilla, si se ve fijamente parece ondear en espiral. Esteban trata de 87


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tocarlo con el palo, pero al hacer contacto el objeto retumba, dejando escapar un sonido: como de chispas después de un corto circuito. El olor es apestoso. El policía acerca su cabeza y olfatea un par de veces. Luego salta de miedo. ¿Qué pedo, pues? Hijo de tu madre... ¿Te asuste?, se carcajea Alberto. Creo que encontré el muertito: acércate. Alberto se acerca y al inhalar casi vomita también: ¡No mames! ¿Qué es? Ni puta idea, viejo. Alberto trata de tocarlo con un dedo pero Esteban intenta advertirle sobre el corto circuito. ¡No pasa nada, hombre! Acto seguido pone el dedo en el punto negro. ¿Ves? Y no maldice hasta que se da cuenta que su índice ha desaparecido, dejándole un muñón cercenado, como si un láser le hubiera rebanado el dedo.

ii. la cacho y el colorado La guapa conductora del noticiero vespertino muestra imágenes de los distintos puntos negros que empezaron a aparecer por todos los rumbos de la ciudad. Rogelio cambia de canal, buscando algo entretenido, pero todos los canales se han puesto de acuerdo: noticias y más noticias. Rogelio casi muere de risa cuando ve el reportaje del policía que perdió su índice. Por mordelón, hijo de 88


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perra, Rogelio repite en voz alta, mientras bebe de un bote de Tecate light. En otro canal, una grabación casera muestra a unos scouts escalando el Cerro Colorado con la intención de agregar tres palabras de piedras pintadas de blanco al mensaje bíblico que algunos creyentes ociosos lograron reunir: Jesucristo es el señor. «De los anillos» es lo mejor que se les ocurre poner a las muchachos de pantaloncillos cortos. Pinches geeks odiosos, piensa Rogelio, mejor que se pongan a trabajar los hijos de su ñoña madre. En la pantalla de plasma los muchachos suben hasta la antena que adorna la punta del cerro y se quejan de la pestilencia. ¡Ah!, entonces es por esa madre: Rogelio da otro sorbo a su cerveza. El movimiento de la cámara en mano deja mostrar un punto negro, casi platinado, que está consumiendo la vegetación. El conductor advierte: Las imágenes que verá a continuación son reales, no tienen efectos ni trucos. A uno de los scouts se le ocurre aventar a uno de sus compañeros, un niño regordete que rueda y de repente desaparece al tocar la masa negra. La mancha crece un poco más. Rogelio: turulato. Si esto fuera una viñeta, veríamos un foco encendido arriba de su cabeza. ¡Marcela! ¿Ahora qué quieres, Rogelio? Estoy ocupada. ¿Quieres ir a dar una vuelta? ¿A dónde, Rogelio? 89


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Por ahí, mi amor. Hace mucho que no salimos a dar la vuelta. ¿Te acuerdas que cuando recién andábamos salíamos para todos lados? Ay, Rogelio, no empieces con tus mariconadas. Te acompaño nomás porque tengo que ir al Calimax a comprar algo para la cena de mañana. Pero si mañana me voy de viaje tempranísimo, mi amor, no necesitas hacer de cenar. Marcela guarda silencio. Se ha delatado. Por fi sonríe Rogelio. ¿Para qué buscar más pistas además de los chupetes en los muslos que le encontró a su adorada Marcelina pan y vinaza y un ajeno perfume masculino en su precioso cuello? Su paciencia ha cobrado frutos: ahora o nunca. ¿Y a dónde vamos, pues? Por ahí, mi canelita, te quiero enseñar la naturaleza. Rogelio enciende su Mercedes. Marcela no le habla en todo el camino: no hace falta escuchar sus últimos deseos. Afuera comienza a nublarse. iii. viaje al centro de el florido

El cielo cubierto por una densa capa de nubarrones grises adorna un camino lleno de cadáveres de pichones, pajarillos silvestres y cuervos. Dicen que el aire es tóxico, pero los pulmones de Daniel y Arturo siguen funcionando. Es como en Encuentros cercanos del tercer tipo, aseguran 90


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mientras pedalean más rápido. Les encanta salir a pasear en la bicicleta mientras tararean el soundtrack completo de la escena del escape de E.T. Hoy suspendieron las clases en la secundaria y tuvieron que brincarse las bardas de sus casas para escapar del tedio casero: sin televisión, sin internet: qué aburrido: qué hueva. Estoy emocionado, Arturo. ¡No manches!, ¿crees que yo no? ¿Será verdad? Tiene que ser verdad, Daniel. Mira las nubes. Siguen pedaleando un poco más. Su destino: llegar a la Univer que está cerca de su privada. Es un edificio de cuatro pisos a la orilla del circuito del Florido donde viven. Dejan las bicicletas tiradas a media calle. La cerca no está tan alta. No tienen que burlar ningún tipo de autoridad: al parecer el guardia se suicidó y ahí está tirado, boca bajo, con la pistola en mano. No les interesa ver a un muerto: de esos hay todos los días en las noticias. Llegan hasta el último piso del edificio y se las ingenian para subir a la azotea, en donde la vista es la mejor del rumbo: donde antes había pasto, arbustos, tierra y cerros, ahora está siendo reemplazado por un espejo negro, hipnotizador. Allá, en una esquina son testigos de cómo un perro roñoso está devorando a un gato atropellado y luego es consumido por el espejo. Se tapan la nariz. Tú primero. No, tú. Los dos juntos. 91


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¿A las tres? A las tres. De verdad crees que… ¿crees que viajemos en el tiempo? ¡Tenemos qué! Es un hoyo negro, el video que vimos ayer en Youtube está muy claro. Sí. ¿A dónde crees que nos lleve? La neta, no sé. ¿Al pasado? Mejor al futuro: quiero manejar un carro volador. Mejor a otra galaxia. Sí, tiene que. Estás temblando. Nervios, nada más. ¿A las tres pues? A las tres. Una dos tres Daniel salta dando un grito de emoción, luego de terror. Arturo, temblando todavía, no quiso saltar hasta ver qué le sucedía a Daniel. Cuando su mejor amigo toca el fondo del espejo negro, el grito se desvanece después del flashazo. Arturo retrocede. Lento, tomando viada, imagina lo que va a sentir. ¿Dolerá? A punto de echar carrera, topa con la otra orilla de la azotea. Trata de equilibrarse pero cae de espaldas hacia el piso de concreto. Su cabeza se estrella. Arturo se está yend a otro mundo: a otra galaxia, tengo que. Viaja con una sonrisa en el rostro. El concreto empieza a cuartearse: las venas que antaño eran color marrón, ahora se tornan negras. 92


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iv. un rapidín en el parque morelos

Una tormenta eléctrica está a punto de desatarse. Apenas hace tres días, la ciudad estaba teniendo la peor sequía de la historia. Después de la aparición de los puntos negros, la situación es clara para Alma y Ernesto: el fi está cerca: alguien nos está borrando. Ahora lo que les preocupa es aventarse una última sesión amorosa. Están corriendo por el parque Morelos, buscando un punto verde. Esquivan los lagos platinos que están consumiendo a la naturaleza. ¿O ella nos está consumiendo a nosotros? Lo discutieron antes de decidir salir de casa y cumplir un último deseo. El concierto de animales cautivos les distrae: Ya para qué los dejamos libres, le dice Ernesto a Alma, si ya están muertos de todos modos. Pero Alma le dispara esa mirada y él no puede objetar. Está bien, pues, vamos a abrir sus jaulas. Los simios ni dan las gracias, gritan, saltan, corren y desaparecen. Una pareja de zorros se refugian en un hoyo subterráneo, los reptiles hacen lo mismo. El aviario está vacío, ni para qué. El lago: panteón de patos silvestres. Billy, el tigre, ruge, está hambriento. Sí sabes que si le abrimos lo más seguro es que nos quiera tragar, ¿verdad? Sí, Ernesto, es lo más seguro, pero ábrele, mira qué hermoso animal, déjalo correr afuera de ese pinche cuartito marrano, estoy seguro que con las ganas que traemos podemos correr más rápido, le dice mientras le aprieta el miembro y lo besa frenéticamente en la boca. Después de un apretón de nalgas, Ernesto abre la jaula 93


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del tigre. Huyen despavoridos. El tigre los ve alejarse: regresa a su cuartito, se recuesta a esperar: su instinto le dice que no tiene caso. Ernesto y Alma alcanzan a distinguir un bendito punto verde. En el camino van dejando un rastro con sus ropas. Ahora corren desnudos por un Edén en decadencia. Rápidamente se tiran al pasto y se dedican a navegar sus cuerpos. Ya no hay necesidad de palabras. Antes del supuesto fi cumplen su fantasía: hacer el amor en público, en el pasto, al aire libre. Las nubes negras como espectadoras bastan. Sus ojos en sus ojos. Ella toma el pene rígido de Ernesto y pareciera que el introducirlo en su húmedo hangar hubiera desatado la explosión de materia negra, que los absorbe. Réquiem por el último pedazo verde de la ciudad y un minuto de silencio.

v. beso negro en un balcón del cachas Los hijos de doña Paty tratan de comunicarse con ella para ver si está bien, pero la línea del teléfono ya no funciona. Ella se aburré de esperar y decide salir a fumar un cigarrillo al balcón de su casa. Es el clima el que le hace recordar un viejo amor: el hombre que se había ido al otro lado con la promesa de volver y nunca lo hizo. Aquella vez también estaba nublado. Siempre se ha considerado una mujer cursi y a doña Paty le gusta imaginarse en una película. La escena le parece perfecta: las nubes negras, piensa, retratan mi 94


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amargura; el agua que están a punto de soltar es la carga que traigo aquí dentro; la desaparición de los cerros y la vegetación representan el fin de mi juventud; la materia oscura es todo el odio, el rencor por él. Luego ve un puntito negro que se acerca a lo lejos. Es él. Sí, tiene que ser él. El remordimiento lo hizo volver antes de que todo esto termine, quiso verme por última vez. El punto negro se va acercando y va devorando todo a su paso. Antes de terminarse el cigarrillo, la punta se apaga con las gotas de agua. Pero estas gotas queman. La piel de doña Paty empieza a derretirse. Te perdono, cabrón hijo de la chingada, te perdono. El punto negro se posa frente a ella y la besa.

vi. la presa está lista Lo que siempre ha temido la ciudad: una presa seca. Ahora cubierta de un mar sólido negro, platinado, ahora se ha convertido en una perfecta pista de aterrizaje. Tijuana entraría en pánico. En realidad el pánico está a punto de terminar.

vii. la línea de fuego Los misiles empezaron a caer en el puerto de San Diego al atardecer. Él no cierra los ojos como los demás soldados. No quiere cerrarlos. El espectáculo es entretenido: 95


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tanques, cazas estrellándose, soldados gringos disparando a todos los que quieren cruzar la frontera, pensando que del otro lado no ha pasado nada, mares de gente prendida en fuego. ¿Entonces fueron los gringos los culpables de esta mamada?, piensa Manuel, soldado mexicano de veinte años. ¿O fueron los putos terroristas? No sabe. La gente se está volviendo loca, quiere salvarse. ¿De qué? ¿De lo que inevitablemente van a conocer algún día? Pinches miedosos de mierda, si supieran mi historia, si supieran que mi familia fue asesinada vilmente por miembros del ejército, allá en mi natal Chiapas. Si por eso quise unirme a las fuerzas armadas de México: para vengarme. ¿De quiénes? No sé. Pero no está demás dejarlo salir, esta es la ocasión. El soldado grita, pero nadie voltea a verlo. Prepara su rifl y empieza a buscar un blanco: cualquiera. Pum, dispara: un anciano. Pum, otra vez: una mujer con un bebé en brazos. Otro avión cae en picada, produciendo una nueva explosión. Unos misiles vuelan como respuesta de los ataques. Manuel dispara otra vez: un compañero de armas. Las balas se le acaban. La lluvia ácida empieza a bombardear a los sobrevivientes. Manuel no cierra los ojos.

viii. la ciudad un pastel La noche cae y las últimas llamaradas se desvanecen lentamente, como si un gigante hubiera soplado la vela 96


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que adornaba un delicioso, pero fétido y delirante pastel negro.

ix. fronterizo en playas El escritor está sentado en el malecón con una Bohemia en mano. Le da un sorbo a la botella. Antes de salir de casa se le había ocurrido llevarse su laptop para escribir pero ¿ya para qué? Ningún aparato electrónico funciona. ¿De qué voy a escribir? De nada. De la Nada. Primero las zonas verdes se convierten en nada. Ahora las zonas azules se convierten en nada: el mar, Mi mar: Fa mar, Sol mar, La mar, Si mar, Do mar, Re mar, Mi mar. Ya no hay olas, puras montañas de peces. La Nada empieza a beber y comer: Hambrienta hija de la chingada. El escritor saca una pistola. Camina hacia el bordo, hacia el faro. Le dispara varias veces a la puerta: para derribarla. Sube, a pasos lentos, no tiene prisa. ¿Ya para qué? El faro, como todo, ya no funciona. Al otro lado del bordo ya no hay nada, salvo el manchón maloliente. Le da una última y profunda bebida a la cerveza. ¡Ahhh! Chingao. Luego coloca la punta del arma en su cabeza: esta fiesta ya se acabó. Entonces aparecen allá arriba, de entre las nubes: enormes naves triangulares. Cuando tocan la superficie, cuatro patas alargadas se aferran, sosteniendo la estructura piramidal. Luces de colores y vapor: un montón. 97


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¿Vendrán del lado oscuro de la luna? ¿Serán arañas de marte?

x. el espacio exterior El planeta ya no es azul. Desde el espacio exterior un hipnótico color negro platinado cubre la mayor parte. Las demás pirámides están a punto de aterrizar. Sus pilotos: unos entes como antropoides sin pelaje ni piel, de músculos y nervios de cables y alambre, que bajan a explorar su monótona adquisición.

xi. la última esperanza El primer astronauta mexicano que logró volar a la luna tiene una semana tratando de comunicarse con Houston. Desde la base espacial, Gustavo Ramírez vigila su antiguo planeta, que ya no es más que un inerte balín oscuro. Más de un centenar de objetos piramidales no identificados lo sobrevuelan. Lo acompañan en su meditación dos tripulantes: una preciosa rubia con cerebro y buenas órbitas, se llama Rosemary y se la ha pasado chillando desde que comenzó todo. Ah, también está Scott, racista, hostigador, siempre tratando de intimidarlo. Gustavo, el capitán, no dice nada, sólo los observa. ¿Qué hacer en estos casos? Nunca le dieron instrucciones ni entrenamiento en caso de una 98


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¿invasión extraterrestre? ¡Chingado!, piensa Gus: pero si esas son jaladas de productores y directores hollywoodenses. Sin embargo, heme aquí dirigiendo ésta base: ¡un mexicano en el espacio! Si Yo no fuera Yo: no me la creo. So: what are we gonna do, captain? I really don’t know, Scott, shut up, I’m trying to think. There’s has to be something we can do, Gus, habla Rosemary. I know, ‘mija, I know. I’m thinking, darling. Pienso, pienso, pienso. Y Gustavo sigue pensando y pensando y pensando.

xii. en honor a la verdad En honor a la verdad, a Gus no se le ocurre una mejor idea que: 4 terminar el día lanzando por la ventanilla al estorboso Scott… 3 regresar a la tierra con la bella Rosemary…

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2 derrotar a los putos monos aztecas intergalácticos y sus pirámides voladoras; por último, su parte favorita: 1 reproducirse con Rosemary para recuperar su civilización… Este es un final perfecto para Gus: ¿por qué fastidiárselo?

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Llegaste aquí: imagino dos escenas: terminaste la colección de cuentos o te los saltaste para ver si tenía algo importante qué decir. No. En realidad, Réquiem por Tijuana es un mero recuento de historias que me estuvieron cazando en mis años de cimarrón. Las he puesto de manera cronológica, de acuerdo al momento en que fueron concebidos. En ellas aparece una Tijuana en donde la literatura de la imaginación es posible y se asoma un esbozo de un pueblo fantástico que aún me persigue, y lo seguirá haciendo: Montezul. «Un solo de violín mientras me hundo en el aislamiento» fue la primer historia «seria» que escribí; una primera versión mereció un segundo lugar en un concurso literario universitario (2006), ésta se ubicaba en Puerto Vallarta, lugar en donde imaginé este suceso y que luego trasladé a Montezul. «Una mirada en el espejo del laberinto de los tigres» fue el resultado de un interesante ejercicio en donde rendimos tributo al master Borges, por supuesto, realizado en una clase bajo la tutela de la maestra Carmen Castañeda, a quien básicamente le debo mi salvación cuando me convenció de que me cambiara de Comunicación a Literatura (2006). Gracias. 120


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«Luna de cosecha» lo escribí para un concurso de cuento fantástico. Perdió. Meses después recibió una mención honorífica en otro concurso literario de la uabc (2008).Es la historia donde se concibió Montezul: el lugar del eterno descanso y los sueños azules. ¿Qué haría Neil Young en Tijuana? «Viviendo la guerra» fue mi respuesta.Se publicó en Tijuana es su centro (Kodama Cartonera, 2010). «El devorador de historias» forma parte del volumen tres de los Cuadernos de sangre. Antología de cuento de horror bajacaliforniano, primera publicación de El Lobo y el Cordero (2011) y única del género en la ciudad. «El negro cósmico» obtuvo el primer lugar del concurso universitario de cuento de ciencia ficción y se publicó previamente en los Minibúks, Temporada I: Ciencia ficción hecha en México, coordinados por Pepe Rojo (amigo y mentor) y su Taller(e)media, editados por la uabc; un segundo tiraje se coeditó con el Cecut (2010/2012). Las minificciones que componen el Bonus Flash Fiction tienen una suerte distinta. Las primeras tres obtuvieron también un segundo lugar del primer concurso de minificción de la uabc en 2007, año muy productivo en ficciones súbitas gracias a la tutela de Víctor Soto Ferrel. «La estructura de una historia» se publicó previamente en esa pequeña revista llamada Magín (¡salud, banda!). El concurso contó con un jurado local de lujo: Heriberto Yépez, Luis Humberto Crosthwaite 121


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y Rafa Saavedra, a quien saludo y abrazo desde aquí. «Crónica florida: boleto a la luna» y «Nostalgia por la guayina: espíritu de la carretera» se publicaron en Tijuana en 120 palabras, de Nortestación (2010). Las restantes forman parte de la antología de mini(ciencia) ficción Desde aquí se ve el futuro, otro proyecto concebido por la mente de Pepe Rojo, y segunda antología de El Lobo y el Cordero (2012). Esta colección de cuentos y minificciones es un réquiem a una época, una primera etapa profesional, una manera de pensar. Hasta ahora no he encontrado mejor forma de contar historias que a través de la literatura de la imaginación. Me ha atrapado: conquistado. De entre tantos, estos cuentos le deben todo a José Agustín, Luis Humberto Crosthwaite, Pepe Rojo, Emiliano González y Clive Barker. Demos larga vida a la literatura fantástica y démosle el reconocimiento que merece. Estas páginas fueron patrocinadas por el Departamento de Mostros Perdidos, colección que inaugura esta nueva aventura editorial llamada Monomitos.

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Sobre el autor Néstor Robles nació en Guadalajara (1985) pero deambula las calles de Tijuana desde que tiene memoria. Siempre quiso ser astronauta pero es narrador, guionista, editor y bibliotecario. Lic. en Lengua y Literatura de Hispanoamérica (UABC). Diplomado en Producción Cinematográfica (CECBC). Becario del FOECA (novela, 2006-2007), del PECDA (cuento, 2011-2012) y del Fonca (cuento, 2014-2015) en la categoría Jóvenes Creadores. Ha publicado minificciones y cuentos en las revistas Magín, Espiral, Hotel, Zarabanda y Penumbria, así como en las colecciones de Página por día (Nortestación, 2008) y Ciencia ficción hecha en México (Taller[e]media/UABC/Cecut, 2009/2010). Historias suyas aparecen en las antologías Tijuana es su centro (Kodama, 2011), Tijuana en 120 palabras (Nortestación, 2011), Cuadernos de Sangre. Antología de cuento de horror bajacaliforniano (2011), Desde aquí se ve el futuro. Antología de minicienciaficción (2012), Penumbria, Año I (Ediciones KGB/Penumbria, 2013), Alebrije de palabras. Escritores mexicanos en breve (BUAP, 2013), Cruzando al otro lado (del milenio). Cuento bajacaliforniano de entresiglos (Nortestación, 2014), Futuros por cruzar (Artificios, 2014) y forma parte de las antologías virtuales Minificción Mexicana y La imaginación en México. Réquiem por Tijuana es su primer libro de cuentos.

Sobre MonomitoS Monomitos es una editorial independiente de ediciones digitales e impresión bajo demanda especializada en la narrativa gráfica, de horror y ciencia ficción. La colección Departamento de Mostros Peridos reúnes historias de autores que exploran la literatura de la imaginación. Visita: http://monomitospress.blogspot.mx


Réquiem por Tijuana de Néstor Robles se imprimió en septiembre de 2012. Esta edición digital fue publicada el 23 de abril de 2015, conmemorando el Día Mundial del Libro y del Derecho de Autor.


Réquiem por Tijuana - Néstor Robles  

Réquiem por Tijuana es una colección de seis historias (más 11 flash ftctions) en donde la literatura de la imaginación es posible en la ciu...

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