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Galería nocturnA

Antología de historias del Taller de Narrativa del Ceart Tijuana Año 2017-1


Los miembros del Taller de Narrativa del Centro Estatal de las Artes de Tijuana agradecemos tu lectura. Si te interesa saber más sobre la antología y sus autores, o quieres ser uno de nosotros, recibimos tus comentarios en eltallerdehistorias@gmail.com

Galería nocturna. Antología de historias del Taller de Narrativa del Ceart Tijuana, año 2017-1 Primera edición digital, junio de 2017 Diseño editorial: Néstor Robles (Monomitos Press) Ilustración de portada: Key to Dreams, de René Magritte

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional.

hecho en tijuana


Galería nocturnA Una guía de ruta.................................................................. 5 Néstor Robles Abril Arzave El banquete............................................................................ 9 Aquí creemos en Satanás................................................... 13 Claudia................................................................................. 17 Operación a hoyo abierto.................................................. 21 Diana Campos El país no va a cambiar porque tú pintes una pared...... 27 Ave de dos pulgadas........................................................... 31 Una guerra perdida............................................................ 35 El abismo............................................................................. 39 Aldo Curiel El planeta verde (novela en construcción) Recapitulación.................................................................... 45 Capítulo 3. Reino de serpientes........................................ 46 Christian Rivera Terapia de grupo................................................................. 61 Tejedoras del cosmos......................................................... 65


José Luis Rodríguez Trejo Semillas de esperanza........................................................ 83 Avery A. V. Los catastóficos himnos del ayer...................................... 97 El monstruito de papá......................................................101 Monstruo. Monster. Monstrum. Mostro.......................113


Una guía de ruta Adelante, pasen, sean bienvenidos a esta galería nocturna de historias. Mi nombre es Néstor Robles y seré su guía. Mucho gusto. Desde 2015 he sido coordinador del Taller de Narrativa del Centro Estatal de las Artes de Tijuana, en donde he tenido la fortuna de conocer a grandes contadores de historias en busca de un mapa de ruta para aterrizar las ideas que a veces quedaban suspendidas en el espacio. En estas páginas encontrarán una muestra de minificciones y cuentos de seis escritores capaces de comunicarse con los habitantes de otros planetas —diría Murakami— que lograron completar el primer curso de 2017: Abril, Diana, Aldo, Christian, Trejo y Avery. Un aplauso. Síganme, por favor. A su derecha encontrarán el humor negro y ácido de Abril Arzave —experta en operaciones de corazón— que explora el tema del amor y la convivencia familiar. Piérdanse también en el abismo de los ojos de Diana Campos cuando se mira en el espejo y en sus mundos oníricos habitados por metáforas de un estilo único, peculiar, con una pesada crítica social. A continuación, aborden la nave de la tripulación M-1217 de Aldo Curiel, que sigue desarrollando la 5


aventura en busca del Planeta Verde, y rescata a sus héroes de un reino de serpientes. A su izquierda, conozcan a Christian Rivera, guionista en busca de un estilo narrativo propio a través de una terapia de grupo de personajes obsesivo-compulsivos, y la exploración de la mitología kiliwa aterrizado a un mundo contemporáneo. Por su parte, José Luis Rodríguez Trejo — ­ Trejo— nos presenta diez semillas de esperanza, en donde le da voz a gente común que lo mismo puede agradecer a la vida y buscar luz en la penumbra. Finalmente, teman, porque el platillo fuerte del miedo lo sirve Ever Valenzuela —Avery—, heredero de la estética de Lovecraft y King, con sus historias macabras que siguen la estructura clásica del cuento de horror y los catasróficos himnos del ayer. Esta Galería nocturna se une a Gazapos y Encuentros y finales del mundo, las pimeras antologías de minificción y cuento, productos del presente taller. Gracias por acompañarnos y formar parte de este recorrido fantástico que apenas despega, pues el viaje del escritor nunca termina: se alimenta de la lectura y la reescritura. Aquí tienen ustedes la llave de los sueños. Nos vemos en la siguiente emisión, con gran expectativa de las historias venideras. Néstor Robles Junio de 2017

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Abril Arzave


Abril Arzave Ochoa (Tijuana, 1998). Estudié la preparatoria en el Colegio de Bachilleres del Estado de Baja California donde tuve la oportunidad de participar en los concursos de cuento de la escuela. A los 12 años descubrí mi gusto por la escritura, cuando de tarea me dejaron escribir un cuento me di cuenta de que era algo que siempre quería hacer, pues la idea de crear personajes darles historia o crear todo un mundo con criaturas, naciones, religiones, etcétera. Lo encuentro algo fascinante. Soy fan de las historias de fantasía (tales como El señor de los anillos) y ciencia ficción (Star Wars).


El banquete

1 Ese veintiuno de abril, un hombre tocó a la puerta. —Vengo a pedir la mano de una de sus hijas. Eugenio, padre y amo de la casa, miró al sujeto con ceño fruncido, le examinó: un rostro joven escondido debajo de una melena tipo George Harrison. Ojos castaños que miraban al oponente con miedo. Vestía el mejor traje que le pudieron prestar. Portaba anillo en mano. —Espere aquí. Dando media vuelta, entró a la casa, miró a sus hijas con intriga. ¿Quién de ellas se había atrevido a romper las reglas? Les pidió que se pusieran en fila, para luego entrar a su oficina y tomar la escopeta. —Ya puede pasar. Asustado, el joven Romeo temblaba. —¿Con cuál de todas ellas te quieres casar? El joven observó a las nueve muchachas buscando al amor de su vida. —Con la menor de todas. El asombro se hizo presente. Las miradas se centraron al final de la línea. Ahí estaba ella, por primera vez se atrevía a revelar el secreto que había estado guardan9


do desde los trece años. Ahora, era una mujer de dieciocho y las cosas habían cambiado. Papá le apuntó al pretendiente con el arma. Ella corrió, colocándose en medio de los hombres y mirando con desafío señor de la casa. Eugenio miraba con enojo a su hija, pero bajó el arma y estrechó la mano del muchacho. 2 Tanto tiempo buscando una pareja con cuerpo perfecto, hasta que encontró una con un bello cerebro. Ese día supo que no necesitaba más. 3 ¿Cansada de dar todo y no recibir nada? ¿De qué te cancelen a último momento? ¿De las relaciones donde al principio todo es color de rosa pero que al final del año todo se pinta de negro? ¿Harta de que nunca se dé cuenta de que estás enojada? ¿Buscas una relación sin esas “amiguitas” que sólo existen para chingar y cagar la relación? ¡Pues yo tengo el remedio perfecto! Un amor espontáneo, rápido y sencillo, donde puedo saciar tu necesidad de ser amada en unos momentos de pasión. Sí; tú, yo, y la cama de un motel. 4 —Hubo un tiempo en el que el hombre tenía dos caras, cuatro brazos y cuatro piernas. Entonces, Zeus, temiendo que el ser humano fuera más poderoso que él, le partió a la mitad y desde entonces vivimos buscando 10 • Abril Arzave


la parte que nos falta. Y ahora vengo aquí, armándome de valor para contarte que tú, la más bella de todas las mujeres, eres esa mitad que me falta. ¿Qué dices? ¿Nos vamos a tomar algo, tomados de la mano y siendo felices restregándole al dios del trueno que, por fin, unas de sus creaciones se han encontrado? —No jodas, eres feo y no me gustas. 5 Siempre se preguntaba: ¿Por qué cuando he amado siento un fuego que me hace cenizas las entrañas? ¿Por qué me tarda tanto en llegar esa persona destinada a caminar a mi lado? ¿Por qué siempre daba todo a la persona equivocada? ¿Por qué tenía que ser él siempre el enamoradizo? ¿Por qué él debía tomar la iniciativa de entablar conversación con la persona amada? ¿Por qué su corazón ya tenía dueña y, sin embargo, él no era dueño de ningún órgano latente? La respuesta estaba en todas aquellas preguntas: iba demasiado rápido. Demasiado intenso. Demasiado entregado. Demasiado desesperado. Entonces lo entendió y comenzó a ir despacio, templado, sutil. 6 Habían pasado tres años desde su último encuentro, cuando eran pequeños e idiotas, cuando eran otras personas. La había conocido buena, sumisa e inocente y ahora la había vuelto a ver: estaba ahí totalmente distinta: Mejor maquillada. Mejor vestida. Más sonriente. Más feliz. Sobre todo estaba con alguien que le hacía feliz. Tan feliz que cuando sus ojos se encontraron, estos

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no brillaron como hacía tres años atrás. Le había perdido. Quizás ese era su karma: haber amado a quien no le ama, por no haber amado a quien le amó. La había perdido y él ya lo sabía. Ahora, después de tanto tiempo, él ansiaba volver a tener a esa niña buena que, ciegamente, le ponía el mundo a sus pies. Pero cuando él tocó a su puerta diciéndole que estaba arrepentido por el pasado y esa historia que les había marcado para siempre, ella le rechazó. Porque es así la lógica del ser humano: desear lo que ya no tenemos.

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Aquí creemos en Satanás Abajo tu padre grita: —¡El perro se ha cagado en la puerta! —¡Ay, ya! Ahorita le limpio, no tienes por qué gritar. —¿Qué chingados le dan de comer a este animal? ¡Está aguado y apesta! Carajo, eran mis zapatos nuevos, ¡me costaron bien caros! —Cállate, ni que tú hicieras unas pinches rosas. Ya, pónlos sobre la lavadora, pero… ¡así no! ¡Me la vas a manchar! ¡Ay, amor! —Amor. Incluso tu madre enojada recuerda que ama al enojón de su marido—. Te pasas de veras, para todo quieres hacer un alboroto. —Voy a llegar tarde, el programa empieza a las meras cinco y ya son las cuatro cincuenta. —¿Para qué te levantas tarde? Dejaste sonar la alarma desde las tres, no sé para qué la pones si no te vas a despertar. Arriba escuchas la discusión e imaginas la escena, después tu propia alarma suena. —¡¿Quién ya se despertó?! —Aunque la pregunta parece como si fuera para ti y para tu hermana, realmente va dirigida a ti, ella se sabe tu horario de memoria. Apenas tus pies tocan el suelo ella dice—: ¡Eve, anda, ven a limpiar la mierda del perro! Allá vas. Con la melena de león. Los ojos cerrados y unas ganas enormes de volver a la cama. Pero no, bajas a 13


la cocina donde la señora de la casa tiene cientos de menjurjes con los que lavar absolutamente todo. Los ves. Las botellas que en su tiempo contenían soda ahora contienen algo que, si los bebes, te puedes morir. Entonces estiras la mano, intentando no tocar las botellas de vino que yacen al frente. Tomas la botella de color más extraño, la traes hacia ti sin tener cuidado alguno, tiras la primera botella que toca, manchando el piso con su contenido, ahora, gracias a ti la casa huele a mierda y vino tinto. —¡¿Qué se cayó?! Mierda, piensas. De manera instintiva tomas con la mano derecha los vidrios que flotan sobre el mar guinda, pero aquello fue un error, estos te cortan. Tu madre llega a la escena. —¡Ay, niña! ¿Por qué nunca tienes cuidado? Que tu padre ni sepa porque se va a encabronar, esa botella se la había dado el contador. ¡Ven! ¡Levántate! Tienes cortada la mano, no las piernas. Creo que tenemos vendas, ¿tenemos vendas? ¿Cómo que no te acuerdas? Mójate, ya vengo. Mientras estás ahí, viendo como el fregadero se pinta de rojo, reflexionas. Tu madre tuvo todo el tiempo para limpiar la cagada del perro y, así, evitar el desastre del vino; pero no, a ella también le gusta hacer alboroto. —Es tu mano buena, no vas a poder escribir. Ni modo, no irás a la escuela. Pero lavas el baño, recoges ese cuarto, barres la escalera, bajas los papeles, le echas cloro al cancel de la regadera, luego lavas el patio... bueno, eso no, pero sí saca al perro que el pobrecito nunca sale. —¿Y cómo esperas que haga todo eso si tengo una mano vendada? —Tienes la otra, mamacita. Mamacita, ahí está la palabra prohibida que viene acompañada de ese tonito mamón, que sólo ella puede usar pero tú jamás. 14 • Abril Arzave


Cuando el reloj marca las ocho con treinta, vez a la mujer que te dio la vida salir con sus leggins fosforescentes, sus tenis deportivos y la blusa pegadita que dice zumba. Es tu momento, tienes una hora para hacer dos cosas: uno, todo lo que te ordenó hacer o, dos, tumbarte en el sillón y dormir un rato. Haces la segunda. Pero en ese momento tocan a la puerta y allá vas. —¿Diga? —Hola ¿qué tal? buenos días, mire disculpe que le vengamos a molestar tan temprano, ha de estar en el mero desayuno, ¿verdad? Pero mire que nomás nos robaremos unos segundos de su tiempo, mire, venimos aquí hasta su humilde hogar, como verá somos Testigos de Jehová y venimos esta mañana a hablarle sobre la palabra de nuestro señor… —¡Aquí creemos en Satanás! Gritas, pues estás hasta la madre.

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Claudia El teléfono sonó aquella mañana. Amelia dormía en mis brazos cuando tuve que ingeniármelas para contestar. —¿Diga? —Amor, por favor, escucha… Esa voz. —¿Claudia? —Mira, me equivoqué, ¿está bien? Tenía miedo y me preocupaba lo que dijeran los demás, me preocupaban mis padres, mis amigos, pero ya no importa, estoy lista. Por unos momentos sentí que me abandonaba mi alma, que el tiempo se detenía para volver a mis años de universidad, cuando era joven, lleno de sueños y con esas ganas de comerme el mundo. —Pero ya es demasiado tarde —respondió esa parte de mí que aún estaba en la realidad. —Nunca es demasiado tarde. Entonces aparecieron esas ganas de levantarme del sofá, tomar mis maletas y ese dinerito escondido debajo del colchón, llevarme el auto, tocar la puerta de su casa y fugarnos para vivir esa vida que debimos darnos en la universidad. —¿A dónde nos vamos? —¡A donde quieras! ¡Puedo salir a donde sea en este mismo momento! 17


—No cuelgues —dije dejando a mi hija en el sillón—. ¿Nos vamos del país? ¿Un lugar perdido en el bosque o la playa? —Sabes que siempre me ha gustado la costa. —Excelente, conozco un lugar, podemos quedarnos unos días ahí, luego fugarnos a otra parte. —No puedo creerlo ¡estoy muy ansiosa! —Yo también, amor, yo también, después de tantos años por fin viviremos juntos. El cierre de la maleta se corrió por completo. Estaba listo, era el momento perfecto: mi esposa no estaba y la niña dormía tranquila. Caminé por el pasillo hasta la puerta. —¿Tantos años? No seas exagerado, apenas si pasaron seis meses. —¡¿Cuáles seis meses?! Llevamos separados desde que terminamos la universidad, han pasado diez años… —abrí la puerta. —Estás perdiendo la cabeza Armando. —¿Quién es Armando? —Disculpa, ¿qué acaso ahí no vive Armando Quinteros? —No, aquí sólo vivo yo: Juan García. ¿No eres Claudia Rodríguez? En ese momento todo se volvió más claro: Claudia, mi Claudia, tenía una voz más suave y melodiosa, aquella era de una joven de no más de veintitantos años. —No, soy Claudia Ramírez… ups, perdón: número equivocado. Cerré la puerta. La niña comenzó a llorar. Mi esposa llegó a casa. —¿Y esa maleta? ¿Ibas a alguna parte? —La iba a tirar, está toda rota por dentro. 18 • Abril Arzave


—¿De verdad? Pensé que estaba buena, qué lastima... La niña ya se despertó. El teléfono volvió a sonar. —¿Juan? Aquella sí era su voz.

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Operación a hoyo abierto Llovía. Los expertos del clima anunciaban que era la peor tormenta en lo que iba del año. Se suspendieron las clases, cerraron los negocios y por primera vez en todo este tiempo que la vida rige sobre la tierra, las calles se quedaron completamente vacías. Los ignorantes podrán jurar que nadie en su sano juicio saldría a la calle, pero yo conocí a alguien que sí. Era listo, era muy listo. Me citó en la glorieta, justo ahí en donde nuestras colonias se fusionan y crean la avenida principal. Me pidió, sin tener que rogar —pues sabría que caería en su trampa—, vernos a las tres, justo cuando la lluvia caía con todo su poder. Como dije, era listo. Quizás demasiado. A pesar del frío y el terrible tiempo, me arreglé, me maquillé e incluso peiné mi cabello mejor que en los días pasados. También me bañé del perfume más caro y oloroso, para que jamás pudiera olvidar mi esencia, porque, aunque el escenario no era el más romántico, yo ya sabía qué era lo que se avecinaba: me diría que, después de todo este tiempo de conocernos, algo despertó en él dándose cuenta de que siempre ha estado enamorado de mí. Era obvio. Así que le mentí a mi madre y me escapé de casa. Me la jugué para con una mano sostener el paraguas y con la otra manejar la bicicleta, todo eso, bajo el mismísimo Armagedón. 21


Cuando llegó, dejé que hablara, que me contara cada parte de su día, lo bueno y lo malo. Dejé que se riera, que se pusiera serio, incluso que no dijera nada. Mientras yo, con el corazón latiente. La cara sonrojada. Las pupilas dilatadas. Me comía cada parte del momento. Grababa su rostro. Volvía a contar sus pestañas. Las arrugas que se le hacían al reir. La sonrisa, la bella sonrisa que me enamoró desde el primer día que lo vi. Fui paciente, aunque el ansía me devoraba en vida, poco a poco sus pausas y el nerviosismo se iban haciendo presentes. Me preparé. Éste era el momento que tanto había imaginado en mi cabeza. Por fin, después de tres años de conocernos, se daría cuenta de que yo siempre fui la indicada. —Cuando te me declaraste, te rechacé —empezó. Eso había sido tanto tiempo, cuando éramos tan niños, tan idiotas. Ahora las cosas habían cambiado. ¿Cuál era la necesidad de recordar el pasado? —Te dije: “Tú no me gustas, me gusta alguien más”, ¿recuerdas? Sólo pude asentir. —Bueno, pues me gusta alguien que tú y yo conocemos desde hace mucho tiempo. Su mirada se clavó sobre mi hombro, entonces me giré, y detrás de mí estaba quien decía ser mi mejor amiga, apuñalándome con un picahielo en el mero corazón, sonriendo y sintiéndose orgullosa por la traición que acababa de cometer. No les bastó con herirme. Cuando caí manchando todo el asfalto de rojo, hicieron un agujero en mi pecho sacándome el órgano latiente. Lo tuvieron entre sus manos y cual pelota de futbol jugaron con él, se rieron, se besaron, se abrazaron, mientras hacían trizas mi corazón que ciegamente les había dado. Sólo la luna fue testigo de mis gritos, de mi llanto y de cómo golpeaba la puerta del mismísimo Satanás, pidiéndo22 • Abril Arzave


le que les castigara de la peor manera posible, aunque aceptó mi petición, no sé si por lastima o por el mero gusto de torturar personas, no estaba del todo contenta, pues seguía golpeando su puerta, aunque éstas hacía rato que estaban cerradas. Mamá llegó gritando que dejara de golpear el asfalto. No era consciente de lo horrorizada que estaba mi madre al verme ahí: con un agujero en el pecho, las manos hechas desastre, el corazón mutilado en la acera y de antemano, verme llorar con un dolor imparable, pues en realidad no era por él por quien lloraba, era porque la persona en quién más había confiado en todo este tiempo, se había atrevido a engañarme, a mentirme con una falsa amistad para luego irse feliz por la vida. Mamá me cargó como mis primeros días en este mundo, me colocó dentro del auto, después fue por la bicicleta y, por último, usando una bolsa como guante tomó mi corazón muerto. Su cara de asco era la misma que hacia cuando tomaba una mierda de perro. En la sala de urgencias me miraban con terror, era como si jamás en sus vidas hubieran visto a alguien con un hoyo en el pecho. —Esto es grave —sentenció el doctor. Mamá sólo pudo palidecer más de lo que ya estaba, al verla en tal estado el hombre de bata blanca se dedicó a explicar—. Mire, señora, el corazón de su hija fue asesinado. Por el estado del órgano —hizo una pausa asomándose al agujero—, y lo negro que se ha puesto el interior del cuerpo, no cabe duda que fue un asesinato por traición. Ahora bien ¿Quién te hizo esto? —sus ojos me examinaban, tensé la mandíbula, tomé con fuerza la sabana, sentí un fuego y una rabia que me consumía. —Una zorra malparida. Sabía que mi estancia en el hospital sería de días o quizás de semanas, mamá atendió cada una de mis súplicas, Galería nocturna • 23


fue a casa a recoger mis libros, el celular y ropa ya que las batas de hospital no iban conmigo. Un día, el doctor llegó con una bonita caja de regalo. “A ver si esto te planta una sonrisa”, dijo. Era un nuevo corazón, aunque de segunda mano —¿o será de segundo cuerpo? Sabía que iba a servir, pues claro, no podía quedarme sin un órgano latiente toda la vida, aunque la idea me parecía interesante. Para mala suerte del doctor, no sonreí. En el momento de la operación, unos veinte estudiantes estaban ansiosos en la sala. Me veían con intriga, lástima, asco, pero sin importar lo que fuese que yo les produjera, no dejaban de mirarme. El doctor en jefe les explicó mi situación a como él entendía que habían sucedido los hechos; sin embargo, estos se alejaban por mucho de la realidad. Mientras estaba ahí como una mesa donde ponían y quitaban los platos sólo pensaba en si el diablo se estaba divirtiendo con esos dos en lo más profundo del averno. La operación a hoyo abierto se llevó a cabo ese martes quince de octubre a las dieciocho horas con rotundo éxito. Los estudiantes se peleaban por el hilo que cocería mi herida pasa así dejar una bella y enorme cicatriz en mi cuerpo. Las visitas, los mensajes, los globos y las flores llegaban todos los días. Verdaderos amigos que había hasta llorado al saber de mi situación y que habían hecho frente a los culpables, tomaban mi teléfono grabándose y escribiéndome notas de ánimo, hasta que un día el almacenamiento no pudo con más. Entonces me dediqué a eliminar todo lo que no servía, es decir, todo aquel recuerdo que aún conservaba de los cabrones que me habían lastimado. Porque quizás la vida es así, como la memoria de un teléfono: se deben eliminar algunos recuerdos para almacenar otros.

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Diana Campos


Diana Campos López (Tijuana, 1997). Soy la tercera de seis hermanos. Cursé el bachillerato en la Preparatoria Federal Lázaro Cárdenas., donde participé y gané mi primer concurso de cuento. Escribo porque entiendo la vida desde la lectura y no puedo sentir que existo si no me leo.


El país no va a cambiar porque tú pintes una pared

Un rebelde S tenía una lata de pintura y rayó con un esténcil la imagen de un puerco en la comisaría. —Ser joven es ser ingenuo —alguien le dijo una vez—. El país no va a cambiar porque tú pintes una pared. S. pensó en eso mientras las macanas lo golpeaban. Ser joven es ser ingenuo, pues mientras lo apaleaban hasta el inconsciente y su rostro ya no asomaba juventud, sólo pudo pensar que necesitaría más pintura. El primer beso M lloraba en su habitación, el amor de su vida la había golpeado. Pensó que tenía que escapar, denunciarlo, buscar libertad. Pero le avergonzaba admitir que no existía el amor. Aquel primer golpe le pareció un beso. Él la besó todo los días. Repleta de tanto amor se quitó la vida.

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No y jamás Cansado de que lo utilizaran aprendió a decir no y jamás volvió a decir otra palabra. En la guerra, cuando las tropas enemigas lo encontraron, le preguntaron si quería vivir. La promesa Prometieron los cinco nunca condenar su libertad. Abandonaron la escuela y el buen futuro que sus padres querían. Huyeron de casa y vagaron por un tiempo, todo les parecía un sueño. Cuando con la vida de calle les presentaron la realidad ya era muy tarde, habían faltado a su promesa. La lucha contra las armas D, pacifista, prometió luchar contra las armas. Cuando ella se marchó sin él y encontró en sus manos un arma, supo que quien sostiene una debía morir; no sin antes matar. Informe de gobierno El presidente dio en vivo el informe de gobierno. Cuando terminó de decirlo nadie le aplaudió. —Eres muy rencoroso —le decía su mamá cuando era niño. Una nueva reforma azotó al país. —También tú los serás— respondió.

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Feminazis —¡Feminazis! —gritaba en unísono la multitud. —¡Viejas exageradas! —a las chicas no les gustaba que las insultaran con lo que no eran. Su ideología estaba clara. —¡Feminazis! ¡Feminazis! —el insulto las golpeaba. —¡Feminazis! ¡Feminazis! —gritaba la multitud desde la hoguera mientras ellas acomodaban su labial y la esvástica en su hombro.

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Ave de dos pulgadas El mundo como lo conocemos dejó de existir, mucho se escribió sobre el futuro; en el mejor de los escenario el futuro sería una maravilloso espacio de autos voladores y ropa extravagante, la recaída del desastre de la moda, era divertido imaginarlo. También se pensó en la extinción de la felicidad, una globalización de máquinas que gobernaría al mundo. El abandono de Dios. Pues bien, todo pasó. Los autos voladores nos dejaron estupefactos. Aún seguíamos mirando al cielo cuando ya era gris. El desastre de la moda fue el regreso de la moda pasada. Ya no había nada más que ponerse. Las máquinas desde su sumisión nos controlaron a todos, les conectamos nuestra felicidad. Cuando el sistema colapso no supimos cómo reiniciarla. De Dios nadie ha sabido nada. ¿Cómo describo mi situación? Creo que cuando todo se hizo polvo también nuestra voz, como neandertales, lo desconocido no tenía nombre. Por eso se extinguieron las palabras. Miro y a donde quiera que vea, hay vergüenza. Esta máscara de oxígeno que traigo puesta se la quité a un niño pudriéndose de contaminación pero más débil, yo sabía que iba a morir pronto, tenía yagas en el cráneo y los piecitos partidos de cal; los labios costrosos y los ojos amarillos como un drogadicto en su última fase. Seguramente su candoroso padre se sacrificó 31


dándosela, que de nada le servía más que para alargar su miseria un par de días. Ahora respiro mejor y esos dos días que le quité al niño yo los viviré el doble. Es justo. Con el empolve —así se le llamó a esta era porque nada más se podía ver— llegó un extremo grado del sentido de justicia. Si tú comías y yo no, justo era matarte para yo comer. Justicia era: lo que sea por sobrevivir. Me encontraba acostado bajo el sol sobre lo que antes pudo ser una alberca, pero ahora sólo era tierra, seca y cuarteada, ácida para dar algo. El circular que observaba tras mis parpados me mareaba con un sabor que no podía nombrar. El infante cadáver apestoso al otro lado, que ni la carroña quería, mostraba su piel chupada al hueso como crujientes palillo, que podía sostener con una mano. Y a mí me ardía el estómago. La justicia dentro de mí se comía con ácido las paredes para sobrevivir. Más y más, el niño me pareció que embarnecía y su carnita requemada perdía la mugre. Y sus deditos se volvían tiernos y la cal era sazón. Me disponía a degustar el mejor manjar en muchos días cuando, revoloteando, un pajarillo chocó en mi cabeza y cayó. Entre mis manos la tomé: bellísima ave de dos pulgada, suave como nada en esta tierra seca, que mis dedos pudieron sentir. Sus plumas eran todo el arte perdido. Mirarlas me trajo la inmortalidad que los artistas proclamaron. Nada podía con el arte ni el fin del mundo. Abanicaba sus alas de costado sin poder volar. Sabía que estas aves eran vanidosas, que si detenían sus alas un segundo morían. Se miraba radiante, viva, fresca, lo último que miraría así en mi vida. Después mi antiguo platillo me pareció un tronco seco que me incitaba a comerlo para vengarse pero no caería en su trampa yo respiraba menos sucio que el resto y no moriría por comer si llevaba tantos días vivo sin hacerlo. 32 • Diana Campos


Mi milagro, un trozo de su carne, me limpiaría la sangre, me comería las plumas y sus alas zumbantes y sería como regresar al pasado: no más futuro, sólo felicidad. Lo deseaba, lo quería al instante, lo quería ya. El ave empezó a revolotear. Casi creía que se me escapaba. De un golpe la enterré en la arena y nada se movió. La había matado, ensuciado en el lodo, la había podrido con mi ser. Esto era el futuro y esto fue el pasado. Un susurro me dijo que la desenterrara. Desesperado lo hice, sus alas aún se movían, lentas como un palpitar. Le di mi máscara de oxígeno y la envolví ahí de modo que el aire más sucio no la molestara. La cargué por el desierto en busca de una gota de agua para que bebiera y en el camino le conté historias del futuro. Un rosal le dije, le prometí lo que no había; un jardín, una fuente para aves. El ocaso se acercaba y a mil millas ni el rumor de un alma. Tenía la nariz tapada, respiraba asmático por la boca, llegaba el fin. Me senté un momento y abrí la máscara de oxígeno, ahí la encontré tan débil como yo, la justicia moderna dictaba quién debía vivir. Le di una lágrima a beber y vivimos los dos.

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Una guerra perdida De pie frente al espejo intentaba tranquilizarme apretando la mandíbula mientras mi garganta ardía. Quería ver cómo me miraba al borde del llanto. Mi rostro expresaba fatiga y disgusto. Tristes eran mis labios, siempre hacia abajo. Mis ojos con la misma gravedad brillaban como las estrellas fuera de lugar. Abrí muchos los ojos absteniéndome de parpadear para evitar que el brillo goteara. Enfoqué la atención en mi pupila y me di cuenta de algo muy curioso: no podía ver ambos ojos a la vez, verme directamente como cuando retas a alguien o esperas una respuesta sincera. El alma, lo decían todos, ese tobogán oscuro en el centro desemboca en un alma. Intenté con gran fracaso enfocarme en ambos ojos pero mi vista se perdía en el limbo. Una teoría llegó a mi mente como si fuera un archivo que pesa de bases que lo sustentan. Tenía yo, dos almas. Hice recuento de mi vida como quien está a punto de morir. Mi niñez solitaria con una amistad que nadie conocía. La sombra que me acompañó en la vida. El huésped en mi rincón donde me creía la única. Era ella, la otra alma. Asustada la busqué en mis ojos. ¿Quién eres tú? ¿Eres buena? ¿Eres mi amiga? O viniste a maldecirme. 35


No obtuve respuesta. Parada frente al espejo del lavabo, gritándole al reflejo, había otra teoría que pesaba de bases pero que no aceptaría por miedo a adoptarla. Miré de nuevo mis ojos, tristes como dijo mamá, y a punto de llorar como afirmaba papá. Como una isla la imagen se volvió, el iris la única tierra lo demás el mar que inundó. Y sin dejar de verlos vi un navegante que batallaba en medio de la tempestad llegar a tierra firme. —Deja de llorar para que pueda aparcar. La tormenta disminuyó y el pequeño navío llegó a la costa. Extraño no fue verlo abrazar la tierra que eran mis ojos café sino darme cuenta que su barco era en realidad sus propias alas que había acomodado para sobrevivir. Me acerqué al espejo para alcanzar a verlo mejor, temía parpadear y perderlo. Entonces lo vi, sentado en la orilla, un hombrecito de alas con una gabardina militar apretado por un cinturón de vinil. Su rostro no era humano pero expresaba —increíble— sensibilidad y nubes en su mente. Parecía fatigado después del naufragio: ¿había llegado a casa o estaba perdido? —¡Tú! —le hablé señalando con el dedo. El hombrecito pareció escucharme hizo un gesto reflejo pero evitó voltear a verme. —¡Sí! ¡Tú! ¿Me escuchas? —ignorándome de nuevo agacho la cabeza—. Sé que me escuchas, ¿sabes dónde estás? No obtuve ningún tipo de respuesta. Tenía un aspecto terriblemente triste, dolía verlo abrazando sus rodillas como un militar cansado de matar. —Ese mar es mío —le dije—, lamento la lluvia, noches oscuras y el diluvio, es que… —mi voz se quebró—. No sé cómo hacer que no llueva. Las aguas comenzaron a agitarse el pequeño militar se levantó asustado alejándose del mar. 36 • Diana Campos


—¡Alto! No temas, lo siento, es que me he puesto triste, ¿sabes lo que es eso? El mar se calmó y el hombrecito pareció tranquilizarse. Seguía sin voltear a verme. Miraba el mar parecía encontrar en el fondo una puesta de sol. —La tristeza es una enfermedad que tienen los humanos —continué—, quizá los dioses, quizá tú. Parecías triste sentado a la orilla, como yo los inviernos ¿Qué haces ahí? ¿Te sientes solo? ¿Has perdido una guerra? ¿Has perdido a tus amigos? ¿Creen que estás muerto? ¿Quieres volver a verlos? El intruso en el iris de mis ojos comenzó a decir si con la cabeza como si le dolieran los oídos de escuchar. Lloraba. Qué dolor es perder un alma, cuánta sangre me estaba pidiendo el corazón. Aquel ser me suplicaba algo que yo evitaba entender pero que no pude negar cuando me vio fijamente, cerré los ojos. Me vi llorar. Me vi matar. Incapaz de perdonar. Me vi sola. Había perdido una guerra. Había perdido a mis amigos. Quería volver a verlos. Cuando abrí los ojos ya no estaba. La tormenta se había llevado todo. Me sequé la cara y pensaba dormir cuando la brisa entro por la ventana. Comenzaba a llover. Rápido me puse el abrigo y salí a la calle. —¡Tú! —escuché una voz entre las nubes.

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El abismo Estoy sola en una gran casa en medio del bosque, invadida de eco y pisadas en la planta baja. Aquí puedo correr todo lo que quiera pero nunca salir. Si miro al este o si corro al oeste para cambiar la vista no logro nada. Más allá de los árboles está la vida. El ruido nunca llega de fuera, siempre es dentro de la casa donde no puedo dormir. Hay un demonio huésped que se ha retirado, mi casa es su asilo y yo su enfermera. Me eligió a mí porque había espacio de sobra. Puede pasearse por todas las habitaciones, y lo hace: brinca de una en otra, no le importa el desorden que deja ni que yo tenga que limpiar. En las noches no deja de gritar azotando las puertas. Parecemos un matrimonio destruido. Lo que más me lastima es cuando saca las fotografías, con un fuerte viento las riega por toda la casa, ahí estoy yo feliz. Me tiembla la mirada al verlas, no quiero mirar. Cierro la puerta y corro a abrazarlo: —Demonio, no me dejes salir. Vuelo todos los días en una hora (entre el té y la cena). Caigo, siempre duele, es una caída familiar y ya no la odio ni la lleno de reproches, sólo me arrastro hasta poder levantarme. Acomódo mis huesos quebrados y en lugar de intentar dormir me subo al techo esperando la mañana para poder saltar, así transcurren mis días en este confinamiento sin puertas. A veces pienso, mien39


tras me escondo detrás de un arbusto, que hay una cerca electrificada de esas que no se ven; y apenas intente salir me quemaré las manos. Miro el límite con desconfianza porque no sé dónde está y no sé a qué distancia me quemaré. Por eso merodeo siempre cerca de casa. Hay a dos metros punto veintitrés centímetros al Este, un árbol de guayabas que siempre tiene frutos. Cuando están verdes debo comerlos aunque me escalden la lengua y me den dolor de estómago toda la tarde. Hay momentos tranquilos donde pelo tomates de la planta que está a un metro cincuenta y un centímetros norte. La tarea me absorbe la energía de más que en mis manos me hace temblar, mientras escucho en la estancia al demonio tocar el piano. Tardes tranquilas hasta que me toca saltar. —¿En qué cuarto dormirás hoy? —le pregunto tranquila. —En el que te afecte más —me resigno a su respuesta. —¿Saltarás hoy? —me pregunta mientras desliza sus dedos en una nota alta. —Qué más puedo hacer. Subo al techo con el sabor a anís en la boca. El sol calienta pero no quema. El borde no me causa vértigo ni la caída dolor. Regreso adentro con las heridas llenas de insatisfacción. —Subo de nuevo —le aviso. Él prepara sus cuchillos sin ponerme atención. Me siento en el techo y miro las estrellas. Pienso en qué se sentirá ser una estrella muerta, aluzando como un suspiro que nunca cesó. Cuando logre morir quiero ser sólo exhalación y nunca más existir. Empieza a erizarse mi piel y me preparo para el viento que llega… otra vez. Escucho las puertas azotarse, los traste estrellarse contra la pared, el demonio que grita mi nombre como si le debiera algo. Lo estoy pagando, sé que lo pago. Se 40 • Diana Campos


escucha más furiosos que lo habitual. Quiere que baje. Y bajaré, qué puedo hacer si la caída no me mata y él me trata como presa de gato. Me quedo en el techo como protesta y en el día me entierra sus uñas. —Dios —rezo en medio de la tempestad—, yo moriría en la cruz por los pecado de todos (si tú me lo pidieras) y no sería un acto de amor. Su rugido amenaza desde el interior, ha roto las ventanas y el piano tocó su última nota. La lluvia ha deshecho el tapis y el fuego quemado las fotografías. —¡No más! —Voy a escapar. Pero si salto estaré muy débil para correr, debo bajar por la escalera de adentro, tal vez pueda correr más con los huesos quebrados que cruzar todo ese fuego. Lo que sea que ocurra debe cambiar algo: si un árbol se cae y un hueco veo entre los demás, habrá valido la pena. Tomo todas las fuerzas que un ser cansado de temor puede y suspiro como la luz de una estrella. Con el aire retenido corro escalera abajo sin un plan. Con los ojos cerrados recorro la casa que ya conozco y sólo pido a mis pies que aguanten un poco más. No presto atención al ruido, ni a los vidrios que se han encajado en todo mi cuerpo, a las paredes calientes ni al resbaladizo piso en el que apenas puedo correr. Voy a salir. Poco antes de llegar a la puerta me encuentro con él, no como un demonio sino como mi padre. Agacho la cabeza y espero su regaño. La sombra de su altura me cubre completa y sus brazos me rodean hasta el abismo. Cuando me suelta, levanto la mirada: no es mi padre a quien abrazo, no es él quien ha venido a salvarme; el demonio me engaña para que no escape. Acepto su mentira y le doy las gracias; sin más, se mueve de la puerta despejando el paso. Abierta de par en par se ve a lo lejos una luz que no vi antes. ¿La ciudad? Exhalo. Galería nocturna • 41


Aldo Curiel


Aldo Curiel Rivera (Tijuana, 1992). Me gusta mucho ir al cine y de conocer sobre películas y de la gente que trabaja en ellas. Mis pasatiempos son escribir, leer a veces, ver televisión, jugar videojuegos y navegar por internet donde hago mis investigaciones sobre cualquier cosa que me gusta. En 2015 tomé el taller “Cómo escribir una teleserie”, con Hilario Peña, en el Cecut. Ahí me enseñaron los elementos fundamentales para darle vida a mi historia y a los personajes.


Planeta Verde (Fragmentos de una novela en construcción)

Recapitulación Capítulo 1. La misión inicia Es el año 2515, donde ahora la Tierra es un planeta hostil con pocos sobrevivientes. A pesar de tener tecnología ultra avanzada, todos sufren en una atmósfera tóxica causada por la contaminación. Por suerte ya se empleó una solución: con los recursos naturales que les quedaban, los usaron para fertilizar y cultivar la luna, creando una especie de granja para la Tierra llamada Planeta Verde. Los protagonistas de esta historia, conformada por el biólogo Alberto Rodríguez, la capitana Amanda Jackson, el primer oficial Sato Hikari, la piloto Ashley Taylor-Johnston, el médico oficial Hans Gutenberg y la ingeniera Frida Ralesh, forman parte de la tripulación M-1217 para recolectar recursos naturales para preservar la Tierra. Pero un accidente causa que Alberto se separa de la tripulación y sea el primero en aterrizar en este hermoso, pero salvaje miniplaneta.

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Capítulo 2. La extraña alienígena Luego de estrellarse en el Planeta Verde, Alberto se adentra a una salvaje zona selvática donde se encontró con diferentes animales híbridos. Algunos trataron de devorarlo, pero fue salvado por una alienígena con apariencia de planta. Mientras fue invitado a su cueva, la tripulación aterrizó en esa zona para buscarlo. Se separaron en dos grupos: Amanda y Sato como el grupo A, mientras que Hans, Ashley y Frida fueron el grupo B. El grupo B fue el primero que encontró a Alberto, pero debido a una imprudencia causada por Ashley, destruyó la cueva donde vivía la alienígena. Después de ser atacados por una serpiente de mar, la alienígena protegió a la tripulación. No teniendo a donde ir, la alienígena fue aceptada como un miembro más de la tripulación M-1217 y la llamaron Syris. Capítulo 3. Reino de serpientes Dos niñas estaban en el zoológico de alta tecnología de Neo World City, formado por los animales atrapados por los Recolectores en el Planeta Verde. La primera niña tenía 11 años, de piel blanca y cabello rubio con dos coletas. La otra tenía doce, de cabello recogido y de piel obscura. Estaban en la sección de focas voladoras, en donde las focas nadaban, y luego salían del agua para extender sus alas y planear alrededor. —Mira, Ashley, ¿no son hermosas? —preguntó Frida. —Aburrido —respondió Ashley—. Ni siquiera vuelan rápido. Ashley volteó hacia la sección de serpiente gigantes y fue hacia allá, separándose del grupo. —¡Mira, van a lanzar granizo de sus bo…! —exclamó Frida cuando volteó y notó que Ashley no estaba—. ¿Ash? 46 • Aldo Curiel


Ashley estaba en la sección de serpientes donde había una cobra gigante dentro de un gran cilindro de cristal resistente. Frida finalmente llegó. —Ashley, tenemos que regresar al grupo —dijo Frida. —¿Bromeas? —preguntó Ashley—. ¡Estas criaturas son más cool que las focas! Entonces vio al alimentador de la cobra abriendo la puerta del elevador que usa para subir al tope del cilindro. —Mira esto —dijo Ashley, sacando una canica y desligando una de sus coletas. Usó la liga como una resortera para tirarle la canica a la cabeza del empleado, dejándolo inconsciente. —¡Ashley! —regañó Frida. —Sólo quiero verla desde arriba —dijo Ashley entrando al elevador y Frida se sintió obligada a seguirla. Las dos niñas estaban en el tope del cilindro y vieron a la enorme cobra dormida. Pero los barandales eran demasiado altos para ellas. Frida se resbaló y cayó hacia adentro del cilindro. —¡Frida! —gritó Ashley. Por suerte, Frida cayó en un montículo de arena. El impacto hizo que despertara la cobra gigante y miró a la pequeña con ojos feroces. La cobra se balanceó para atacar a la niña y la pequeña hindú gritó con todas sus fuerzas. Frida despierta violentamente de su recuerdo. Lo primero que hizo fue revisar el itinerario de la misión del día siguiente. La tripulación planeó ir a la zona desértica para cazar serpientes. Frida se sentía muy asustada por el miedo a las cobras. Amanda, Sato, Alberto, Ashley y Hans están en la zona desértica para recolectar serpientes. Galería nocturna • 47


—¿Podría preguntar por la ausencia de la ingeniera Ralesh y la alienígena Syris? —preguntó Sato. —Ralesh pronto llegará, pero Syris debe quedarse en la nave —respondió Amanda. —Descubrimos que Syris es sensible a temperaturas desérticas —explicó Alberto. —Además, no creo que ella esté lista para ayudarnos en nuestras misiones —comentó Ashley—. Ayer batallamos para explicarle cómo ponerse ropa humana. Aún cree que las panties son sombreros. —Qué gracioso, me recuerda a mi hija —replicó Alberto—. Bueno, menos la parte de la ropa interior de sombrero. De repente una serpiente salió del suelo arenoso y Ashley la atrapó con antes de que atacara a Al. —De nada —dijo Ashley—. Por cierto, ¿para qué recolectamos serpientes? —Verá, Señorita Taylor-Johnston: el veneno de estas serpientes tienen propiedades que, al eliminar las toxinas que dañan al ser humano, se transforman en medicinas —explicó Hans. —Oh, sí, tiene mucho sentido —opinó Ashley con sarcasmo. Luego apareció otra serpiente que casi muerde a Ashley, pero Sato la atrapa. —¿Cuándo tomarás esta misión con seriedad? —preguntó Sato. Finalmente apareció Frida, usando un traje antiradiación. —Estoy lista —dijo Frida. —Amiga, estamos cazando serpientes, no explorando una mina de plutonio —comentó Ashley. —Es-ta-ré a sal-vo —dijo Frida, costándole trabajo en respirar. 48 • Aldo Curiel


—Ingeniera Ralesh, ¿me podría explicar la vestimenta incompatible para la misión de hoy? —preguntó Amanda. —Me siento... segura —respondió Frida, sintiéndose con calor inmenso. —Obviamente te la pusiste para protegerte de las serpientes —opinó Ashley—, deberías quitártelo. —Tiene razón la piloto, le doy permiso para ausentarse para la misión —ordenó Amanda. —Pero... —Mejor hazle caso —aconsejó Alberto. Frida regresó a la nave, para que ellos continué. —¿Acaso nadie actúa con profesionalismo? —preguntó Sato. —¿Y acaso tú no te cansas de ser un pesado? —preguntó Ashley—. Por si no lo saben, Frida tiene un gran miedo a las serpientes. —Eso no contesta mi pregunta —dijo Sato. —Hikari, le recomiendo que continuemos con la misión, ¿de acuerdo? —preguntó Amanda. De vuelta en la nave, Syris estaba viendo caricaturas. Una en particular: My Little Seahorse, que eran unos coloridos y mágicos caballos de mar. —Hola, Syris, ¿qué estás viendo? —preguntó Frida hasta que vio el televisor—. Oh, un clásico, lo veía mucho de niña. Un caballo de mar violeta, con una marca de diamante, estaba hablando con una amarilla, con una marca de estrella rosa. —No lo entiendo, Starfish, ¿por qué no quieres entrar con nosotras a la cueva de erizos de mar? —dijo el caballo de mar violeta. Galería nocturna • 49


—Diamond, me aterran los erizos —dijo Starfish—. Mucho, desde que era muy pequeña. Frida sólo vio esa escena de la caricatura y suspiró. —Sabes, Syris, aun no entiendo por qué me eligieron para la misión —dijo Frida, sentándose a lado de Syris—. Digo, sé que me eligieron para mantener la nave. Sin embargo, todos participan en las misiones. Seguramente no me eligieron por mi valentía, no soy la más valiente del grupo. Ashley, por otro lado, no le tiene miedo a nada. Ella siempre me protegía de los peligros cuando éramos niña. Syris se le acercó a Frida y le tocó su frente para ver sus recuerdos con Ashley. En una de ellas, estaban en un zoológico, cuando se metieron en problemas por unas serpientes. Y no se habían visto hasta a los 18 años en la Universidad Universal de Neo World City. Syris dejó de tocarla y le sonrió. —Alberto tiene razón, tienes un poder increíble —comentó Frida, mientras que Syris sólo se limitó a reírse. Regresando al desierto, la tripulación ya casi estaba por terminar la recolección de serpientes. —Llevamos 223 tipos de serpientes, nos faltan uno: la cobra púrpura de manchas rojas —dijo Aberto—. Debo recordarles que es una especie muy rara, imposible de encontrarla. —Nada es imposible, seguro lo encontraremos en un dos por tres —dijo Ashley hasta que vio una cola de serpiente moviéndose: era púrpura con manchas rojas—. ¿Ves? Se los dije. —Déjame agarrarla yo, Ashley —dijo Alberto. —¿Por qué? —preguntó Ashley. 50 • Aldo Curiel


—Porque tu descuido de niña malcriada podría arruinar la misión —señaló Sato. —Comandante Hikari, es suficiente. Un insulto más y queda suspendido en la siguiente misión —advirtió Amanda. —Está bien, capitana, sé que cuando lo estropeo, lo estropeo en grande —dijo Ashley. —Sólo lo tomaré con mucho cuidado y le sacaré el veneno —dijo Alberto, acercándose a la cola. Cuando lo agarró, la cola jaló a Alberto con todo y cuerpo hacia la arena. —¡Al! —gritó Hans. —¡No fue mi culpa! —se defendió Ashley—. ¡La serpiente lo jaló! —Nadie te está culpando, pero debemos salvar a don Alberto —dijo Hans. De repente, un remolino de arena movediza rodeó a nuestros héroes, haciendo que se las tragara la arena. Todos terminaron dentro de un pasillo subterráneo. —¿Qué es este lugar? —preguntó Ashley. —No hay tiempo de saberlo, debemos encontrar al biólogo Rodríguez —señaló Amanda. —¡Don Alberto! —gritó Hans. —Enviaré una señal de auxilio a Frida para que nos saque de aquí —dijo Ashley, activando una alarma de auxilio con su reloj. Pero los sonidos que producía el reloj, hicieron aparecen unas criaturas diferentes a los que habían visto antes: unas serpientes antropomorfas. Tenían cuerpos humanos, pero con cabezas de serpientes y usaban taparrabos. También portaban lanzas con puntas de flechas y cerbatanas. Uno de ellos rápidamente les disparó con dardos antes de que ellos pudieran reaccionar y sacar sus pistolas láser. La tripulación se desmayó y fueron capturados por las bestias. Galería nocturna • 51


En la nave, Frida y Syris se quedaron dormidas hasta que despertaron por el reloj de Frida. —¿Uh? —Frida despertó y vio la alarma de emergencia—. No puede ser. Frida y Syris salieron para buscar a la tripulación. Por suerte para Syris, ya era de noche y podía estar en el desierto. —Qué raro, la señal me dice que están cerca, deben estar... oh no —dijo Frida, viendo debajo de la tierra—. Seguro que hay serpientes. Pero Syris le tocó el hombro y puso una cara de tristeza. —Tienes razón, la tripulación cuenta conmigo —determinó Frida—. Iré por la excavadora. Pero Syris dio un salto muy alto y luego giró de cabeza como un taladro para excavar la arena. Creó una entrada hacia el pasadizo. —Vaya que estás lleno de sorpresas —elogió Frida. Las dos caminaron por el pasadizo, mientras Frida admiró la arquitectura. —Me pregunto si recolectores anteriores construyeron estos lugares —comentó Frida—. Me recuerdan a los interiores de las pirámides de Egipto que leía en los libros electrónicos. Es una pena que ya no existan, siempre he querido visitarlas. Syris percibió algo y se adelantó. —¡Syris, aguarda! —pidió Frida, acelerando el paso. Cuando Syris se detuvo, se encontró ante un precipicio. —Demonios, nunca cruzaremos —maldijo Frida. Pero Syris notó unas estalactitas en el techo. Estiró sus brazos para alcanzar una de ellas. —¿Quieres que me columpie contigo? —preguntó Frida, mientras Syris sólo sonrió—. De acuerdo. No nos dejes caer. 52 • Aldo Curiel


Se columpiaron desde el precipicio hasta el otro extremo y cuando se soltaron, lograron aterrizar en el otro lado. —¡Lo hicimos! —festejó Frida y volteó hacia Syris—. Sabes algo, debo agradecer a Alberto de haberte encontrado. Syris sólo sonrió y continuaron con su camino. Mientras tanto, Alberto abrió los ojos. —Amigos, despierten, por favor —ordenó Alberto. —Ugh, siento la resaca, pero no recuerdo haber bebido —comentó Ashley. —¿Dónde estamos? —preguntó Amanda. Apareció una serpiente antropomórfica en taparrabo, mirando a la tripulación como prisioneros. —¿Qué rayos es eso? —preguntó Ashley. —Es “quién”, y dudo que sea humano —respondió Sato. —Es más que obvio, Einstein —se burló Ashley. —Silencio —ordenó Amanda, mientras miró a la serpiente—. ¿Qué quieres de nosotros? Pero la serpiente habló en un idioma muy extraño las siguientes palabras: —On necenetrep a ortseun onier (traducción: No pertenecen a nuestro reino) —dijo la serpiente. —¿Disculpe? —no entendió Amanda. —Is on nos Ekans, al erdam Arboc sol árimusnoc (traducción: Si no son Ekans, la madre Arboc los consumirá) —advirtió la serpiente guardia. —No te entendemos ni una maldita palabra, cabeza de reptil —insultó Ashley. —Oerc euq út ráres al aremirp (traducción: Creo que tú serás la primera) —se rió y se fue. Galería nocturna • 53


—Okay, creo que hablé de más —comentó Ashley—. No soy muy responsable sin Frida a mi lado. —No te preocupes, Frida, ya debe de estar buscándonos —dijo Alberto. Frida y Syris llegaron al siguiente obstáculo: una habitación llena de picos. —De acuerdo, esto se tornó de difícil a imposible —comentó Frida—. Ni siquiera sé cómo ellos podrían cruzar de aquí a allá. Pero Syris deslizó sus brazos hacia el suelo y descubrió que los picos bajan si se deslizan como serpientes. Estiró su brazo para deslizarlo como serpiente y ver qué camino es donde se puedan bajar los picos. —Vaya, ¿habrá algo que no puedas hacer? —preguntó Frida, muy impresionada. Pero cuando todos los picos del suelo se bajaron, el techo, que también tenía picos, empezó a bajar. Las dos corrieron lo más rápido hacia la puerta, pero Syris tropezó y la mezclilla de su pantalón se atoró con un pico que no alcanzó a bajar. Pero Frida la jaló para liberarse y finalmente salieron antes de ser aplastadas. —Otra prueba imposible superada, parece que lo peor se encuentra más a fondo —comentó Frida. En el trono del reino, las serpientes antropomórficas realizaron una ceremonia de sacrificio para la tripulación. —Esto no me gusta nada —comentó Ashley. —Creo que Frida no alcanzó a salvarnos —dijo Alberto. —¡No digas eso! ¡Frida jamás dejaría que nos pasara nada malo! —defendió Ashley. 54 • Aldo Curiel


—Pues, temo que esta parece ser la excepción —comentó Sato. Las serpientes comenzaron a tocar los tambores, los cuáles se escucharon desde donde se encontraban Frida y Syris. —Debemos estar cerca, rápido —aceleraron el paso. Desde el trono, surgió la gobernante del reino: una cobra gigante morada de manchas rojas. —No puedo creerlo... —comentó Hans. —No debí jalarle la cola —se arrepintió Alberto. —Im roñes Arboc, el someh odíart nu eteuqnab arap recafsitas us otitepa (traducción: Mi señor Arboc, le hemos traído un banquete para satisfacer su apetito) —chasqueó los dedos. Los guardias agarraron a Ashley para llevarlo ante la gran cobra. —¡Oigan, oigan, no me toquen con sus escamosas manos! —exigió Ashley. —¡Oicifricas! ¡Oicifricas! (traducción: ¡Sacrificio! ¡Sacrificio! ¡Sacrificio!) Arboc estaba a punto de comerse a Ashley, hasta que recibió un rayo láser en el ojo. Todos voltearon para ver de dónde provenía el láser y descubrieron que había sido Frida la que jaló el gatillo. —¡Nadie se come a mi mejor amiga o a ninguno de los míos! —declaró Frida. —¡Alnerútpac! (traducción: ¡Captúrenla!) —ordenó el guardia. Todos dispararon sus dardos hacia Frida, pero Syris se interpuso para recibir los dados, lo que causó que se desmayara. —¡Syris! —toda la exclamaron. —¡Miserable! —gritó Frida, dándole otro dispara a Arboc. Galería nocturna • 55


Pero Arboc lo esquivó y se acercó a ella para encararla. Trató de morderla, pero Frida maniobró para esquivar las mordidas venenosas. Arboc finalmente la agarró con su cola y abrió la boca para devorarla. Al ver esto, Frida recordó una vez más la última vez que se enfrentó a una serpiente gigante cuando era niña antes de ser rescatada por los de seguridad. Con todas sus fuerzas, Frida sacó su brazo donde tiene el arma láser y le disparó a uno de los colmillos. El colmillo se separó de su boca y Arboc sintió un gran dolor. Frida se libró y vio el colmillo gigante en el suelo. Los guardias que presenciaron el combate, se arrodillaron con respeto ante Frida. Hasta Arboc, sin uno de sus colmillos, se sintió mucho más dócil. —¿Qué ocurre? —preguntó Frida. —Eidan acnun es aíbah odatnerfne etna artseun anier (traducción: Nadie nunca se había enfrentado ante nuestra reina.) —explicó el guardia—. Secerem ortseun otepser (traducción: Mereces nuestro respeto). —No sé qué quisiste decir, pero exijo que liberes a mis amigos, incluyendo a mi amiga de planta —apuntó Frida a Syris. El guardia chasqueó los dedos para que las serpientes extrajeran el somnífero de los dados que Syris recibió. Syris finalmente despertó, pero muy confundida. Las demás serpientes liberaron a la tripulación. —Supongo que no se molestaran por un poco de veneno, ¿no? —preguntó Alberto. Las serpientes no sólo permitieron a Alberto extraer el veneno de la serpiente gigante, pero también le dieron una especie de roca redonda de color roja. —¿Qué es eso? —preguntó Frida. —Anu artseum ed ortseun otepser (traducción: Una muestra de nuestro respeto) —respondió la serpiente guardia. 56 • Aldo Curiel


—Hay que aceptarlo, seguro vale billones de créditos digitales —dijo Ashley. —Piloto, creo que la capitana debe decidir —intervino Sato. —No sabemos qué podría contener la roca —opinó Amanda. Syris la agarró y al tocarlo, Syris dio una gran sonrisa y abrazó la piedra. —Pues parece que a Syris le gusta —apuntó Ashley. —De todas formas, la analizaremos —dijo Alberto. —Debo reconocer su valor, ingeniera Ralesh —reconoció Amanda—. Le debemos nuestra vida. —Todo con tal de mantener a mis compañeros a salvo —dijo Frida. —Ahora sólo falta salir de aquí —dijo Sato. Arboc golpeó el techo para abrí un agujero hacia la salida. —Perfecto, creo que estás criaturas son extrañamente amables —opinó Frida. Con ayuda de la serpiente reina, la tripulación subió a la superficie, mientras que las serpientes se arrodillaron. —Sosuli (traducción: ilusos.) —sonrió la serpiente guardia con una sonrisa maligna—. Otnoro al aírc árecan y sol áraroved onu rop onu (traducción: pronto la cría nacerá y los devorará uno por uno). De vuelta en la nave, se mostró el final del episodio de My Little Seahorse, que Syris y Frida estaban viendo. Donde los personajes estaban fuera de la cueva de erizos de mar. —Gracias por salvarnos de esas venenosas criaturas, Starfish —felicitó Diamond a Starfish. 57


—No hay problema, Diamond, cuando se trata de la seguridad de mis amigos, el miedo es sólo una distracción —explicó Starfish la moraleja del episodio. —Bueno, ¿quién quiere jugar fútbol de cangrejos? —preguntó una caballo de mar anaranjado, mientras sostuvo in cangrejo pequeño. —¡No te atrevas a hacerle daño a ese crustráceo, Sunny! —advirtió Starfish. —¿Qué? ¡Era sólo una broma! Toda la tripulación se rió.

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Christian Rivera


Christian Valente Rivera Flores (Tijuana, 1990). Desde niño he sido apasionado por el cine y todo lo relacionado con relatar. El crear historias me ha servido, a lo largo de mi vida, como válvula de escape de la cotidianidad y también como método de diversión. Estudié la Licenciatura en Cinematografía en la udci (20092012), perfilándome en la rama de guión cinematográfico. En 2015 resulté ganador de la cuarta edición del concurso estatal “Descubre BC 2015: Historias Extraordinarias”, organizado por la Secretaria de Turismo de Baja California, con el guión Erick y Zarco. Durante la séptima edición del Festival Internacional de Cine en el Desierto 2017 (ficd), mi guión titulado La cigüeña fue parte de la selección oficial en la categoría de Mejor Guión de Cortometraje Latinoamericano. Actualmente estoy en periodo de aprendizaje sobre narrativa —sin dejar de lado el guión cinematográfico—, ya que estoy interesado en conocer e intentar escribir de todas las ramas de la literatura posibles hasta encontrar mi propia voz, pues he reafirmado que el mejor medio para expresarme es a través del lápiz y papel.


Terapia de grupo

El contador Despierto. Mi techo tiene ocho manchas de moho. Son seis pasos de mi cama a la salida del departamento. Diez pasos de la puerta hacia las escaleras. Un peldaño, dos peldaños, tres peldaños, cuatro peldaños, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez, once, doce, trece, catorce, quince… Ansiedad social To to to dos en esta habita taa taa ción me están mirando. Seguro deben estar pensando lo peor de de de de mí. Piensan que soy la pe pepe peor escoria del mundo, lo sabía, no debí ve ve ve venir. Desorden de integridad corporal Siempre he tenido esa sensación de sentirme incompleto, algo me hace falta para estar bien conmigo mismo o quizá ¿algo me sobra?, ¿será mi pierna izquierda? Sí, eso debe ser.

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Capgras Esta mañana todo era normal. Desperté en mi casa, en mi cama, pero con un hombre que lucía idéntico a mi esposo. Sin embargo, no era él. Debo aplaudirle que era un excelente actor. Lo imitaba casi a la perfección, pero le falló un detalle: mi marido sí me ama de verdad. En cambio, este maldito impostor no, pues mi esposo jamás me hubiera encerrado en este asqueroso manicomio. Tricotilomanía Martha se siente sola, le hacen bullying en la escuela. Martha sabe muy bien que la única salida a sus problemas es tomar mechas de su cabello y arrancárselas para sentir ese placer y liberación que tanto necesita. Misofonía El infernal ruido que hacen los comensales en este restaurante está a punto de hacer que me explote la puta cabeza. ¿Que acaso no pueden masticar en silencio? ¡Cállense!, ¡cállense!, ¡cállense todos!, ¡ya cállense!, ¡shhhh! Agorafobia El último garrafón de agua está vacío. El calor es insoportable. Tendré que salir a la calle por agua: ¿al exterior?, ¿afuera?, pero ¿y qué tal si me da un ataque de taquicardia como la otra vez o ganas de vomitar? ¿Y si pierdo el conocimiento? ¿Qué haré si me sucede eso precisamente hoy? No, aquí en casa nunca me siento mal. Creo que mejor tomo agua de la llave. 62 • Christian Rivera


Bulimia El demonio de la gula se apoderó de mí una vez más. Lo sé porque siempre que se va, deja rastros de lo que me obligó a hacer. Esta vez descubro que la mesa está llena de envolturas de chocolates, dulces y migajas de pan. Su intención siempre ha sido hacer que luzca como una peleadora de sumo, pero no se lo voy a permitir, ni hablar a devolver todo lo que me hizo comer antes de que se conviertan en calorías. Delirio místico Las voces celestiales me indican el camino que debo seguir para triunfar en esta lucha por guiar a estas ovejas descarriadas. Cada día una nueva señal me confirma que yo soy el elegido, el único apto para cumplir con esta misión divina, porque muy pronto seré el sucesor de Jesucristo, el nuevo mesías, el nuevo salvador. Amén. Gérmenes Uno siempre debe de lavarse bien las manos antes de comer, después de ir al baño, después de usar el celular, después de jalar el cordón de las persianas, después de ponerse los zapatos, después de amarrarse la corbata, después de abrir la puerta, después de escribir con una pluma, después de saludar a alguien con un apretón de manos, después de…

Galería nocturna • 63


Tejedoras del cosmos

Fisura Durante el medio día el sol abrazaba la ciudad con fuerza. La música de Nortec se escuchaba por casi toda la avenida Revolución. El aroma de los hot dogs, hamburguesas y tacos se respiraba por las esquinas, acompañados del sonido de las carnes friéndose en las planchas de los carritos. Los comerciantes de souvenirs se desgastaban en arrojar sus mejores anzuelos para atraer a algún transeúnte hacia sus locales. Un grupo de amigos estadounidenses se subieron a la carreta de Paco. Los cinco jóvenes se colocaron unos enormes sombreros de paja de palma para la foto y el más alto de los amigos alzaba una botella de tequila. El fotógrafo se colocó en posición para inmortalizar el recuerdo mientras Paco, el burro-cebra, masticaba un elote sin preocupación alguna. El lente enfoco la felicidad de los chicos, pero el flash de la cámara capturó el momento preciso en el que los sombreros de los retratados salieron disparados hacia arriba, seguido de los cinco jóvenes, tras de ellos la carreta y por último Paco, como si fueran absorbidos 65


por alguna fuerza proveniente de las cúspides. El perímetro de la extraña fuerza o lo que fuese, se expandió unos metros más haciendo levitar algunos carros que transitaban por la calle. Los conductores de los vehículos que iban detrás de los que flotaron, frenaron con brutalidad creando carambolas. El fotógrafo, impactado, siguió con la mirada el trayecto de todo lo que estaba siendo aspirado hacia el cielo, poniendo mayor atención en cómo se perdía entre las alturas su mimado amigo y compañero de trabajo, Paco. Mireya Mi maau dice que los 16 es una edad privilegiada y crucial, porque cuando ella vivía entre la etnia kiliwa, a ese periodo debía elegir su rol en la comunidad. A partir de este año debo decidir qué camino tomaré. Hace semanas cumplí los 16 y si tuviera que decidir ahora mismo, elegiría ser piloto de avión o astronauta o algo más disparatado: un ave. Siempre he soñado con volar, especialmente con hacerlo cerca de la luna. Como tuve que dejar las clases hace años (pero no los libros), creo que la única opción que me queda es esperar a que me salgan alas. Aunque no me quejo de mi vida, después de todo aún tengo conmigo a mi maau —o como la llamarían en español, abuela—, que, a decir verdad, es lo único que tengo. Todas las mañanas nos levantamos a las cinco de la madrugada cuando el gallo de los vecinos canta. Tomamos un poco de atole, preparamos tacos con las sobras de cualquiera que haya sido el guisado del día anterior, y salimos con nuestra mercancía hacia una esquina del puente peatonal más concurrido de la ciudad. Salimos muy temprano porque tardamos un buen en el camino y no precisamente por vivir lejos, sino por66 • Christian Rivera


que debe ser muy difícil andar por el mundo con una sola pierna. Por eso le tengo paciencia y admiración a mi maau, Isela. Siempre que voy a empezar a quejarme de algún problema, me dice que me calle el hocico y que debo agradecer que estoy completa y sana, así no hay nada que pueda detenerme. Hoy no nos fue tan bien que digamos en la vendimia, pero al menos nos dio para comer otro día más. Intento doblar la vieja sábana con cuidado mientras mi maau, apoyada por su bastón, recoge en un morral desgastado las muñecas y servilletas que sobraron. El sol está por esconderse. Recorremos nuestro camino de siempre para tomar la calafia que nos llevará a casa. Durante la espera en la parada de camiones, algo llama mi atención: en el escaparate de una tienda hay varias televisiones sobre las repisas, formadas en varias hileras, todas de diferentes tamaños, pero con algo en común: sintonizan el mismo canal. El reportero del noticiero dice que está ocurriendo un hecho inexplicable desde hace varias horas. Todo el que se acerca a cierto punto de la Calle Cuarta, es elevado hacia las alturas. Para probarlo lanza una piedra a ese punto de la calle y, ante el asombro de las personas que observaban alrededor de la cinta amarilla, la roca flota hasta el cielo. Estando como hipnotizada por el reporte no me di cuenta que mi maau me estaba llamando para subir a la calafia. Aullido de coyote Una puntada tras otra puntada, estambres e hilos de diferentes colores que convertimos en flores, frutas y animales bordados en servilletas de tela. Galería nocturna • 67


Hebras que pasan a través del orificio de la aguja. Enrollar y tirar hasta que las bolas de estambre tomen la forma de muñecas. Maau y yo tejemos de manera sincronizada, como si estuviéramos conectadas, pero a pesar de que hacemos esto casi todas las noches, cada una de nuestras creaciones tiene una esencia única y especial. Si alguna de nuestras muñecas de días anteriores se descose, inmediatamente la arreglamos. Antes de dormir le unto una crema medicinal a maau en el muñón que reemplaza a su pierna izquierda. Me lastima ver sus muecas de dolor. En plena oscuridad y silencio de la noche, caigo vencida por el sueño, hasta que a lo lejos escucho un aullido que poco a poco se transforma en una voz de trueno que retumba en mi cabeza. La voz dice: “Mireya, ven conmigo”. Un escalofrío recorre mi cuerpo e intento abrir los ojos, pero es inútil. La voz continúa pronunciando mi nombre mientras yo con todas mis fuerzas trato de despegar los parpados. La voz se acerca cada vez más y más. Un aliento remueve mi cabello. Sea lo que sea está junto a mi cama. Una mano áspera toma la mía. Abro los ojos. Mi rostro es golpeado por ráfagas de viento. No puedo creer lo que miro. ¿Mi sueño se cumplió o debo estar soñando? Bajo mis pies se encuentra Baja California, se mira como un brazo, tal y como lo dibujan en los mapas. Volteo a mi lado derecho para descubrir que un hombre con rostro de coyote es quien me sostiene y me lleva volando por el mundo. Curiosamente no siento miedo, al contrario, siento una inmensa paz, como si me sintiera protegida. 68 • Christian Rivera


De un fuerte jalón que casi me arranca el brazo, me lleva hasta lo que parece ser China o quizá Japón. En realidad, no sé diferenciar los rasgos de la gente que vive en esos países. Entre gritos y uñas rotas que inútilmente se aferran a las orillas de los edificios más altos, la gente amarilla flota en dirección al espacio, así como sucedió este día en Tijuana. El hombre coyote tira de nuevo de mi mano. Un enorme chorro de agua se eleva al cielo. Miro hacia abajo para descubrir que son los canales de Venecia los que están siendo succionados por el cielo. Lo que alguna vez fue un bello lugar lleno de góndolas, ahora se redujo a simples calles húmedas. El coyote me mira a los ojos y, sin mover los labios, me dice: “Salva la creación”. En caída libre llego hasta mi cuarto y freno a pulgadas de mi cama, como si me hubieran puesto en pausa con el control remoto. Me veo a mí misma dormida. Maau abre la cortina de mi cuarto y despierto en mi colchón. Veo hacia el techo, pero mí otra yo ya no está, al parecer nos volvimos una de nuevo. Le cuento lo que miré a mi maau y a causa de eso, el sueño se nos escapó. Yo, sentada frente al espejo, observo con atención el reflejo de mi maau tejiéndome una trenza con mi extenso cabello negro. Ella me revela que no he sido la única en haber visto al coyote Mlti Ipaa Jala, y el hecho de que me haya visitado esta noche, tiene una fuerte razón. El relato de Isela En el principio de los tiempos, cuando no había más que pura oscuridad, llegó Mlti Ipaa Jala, que quiere decir coyote gente luna. Nadie sabe de dónde vino realGalería nocturna • 69


mente, algunos dicen que llego de una tierra cóncava y amarilla. El señor coyote era brilloso, como si fuera una constelación o estuviera rodeado por luciérnagas. Entre tanta soledad y silencio, el coyote hombre sacó de su pecho, hojas de i’jip de tabaco y se puso a fumar mientras contemplaba la oscuridad hasta que se dejó vencer por el sueño, sin percatarse que, durante su siesta, el humo del tabaco creó veredas, caminos de tierra y el cielo. Al darse cuenta de lo que había creado, dio cuatro fumadas y con el humo que expulsó creó una montaña para cada punto cardinal. A cada montaña le asignó un animal guardián: A la montaña del norte le asignó a la codorniz, la del sur le asignó al venado, la del este al gato y, por último, a la montaña del oeste le tocó al pez. Mlti Ipaa sabía que faltaba algo para el pez, pues esté no se veía contento, así que lleno sus cachetes con agua de un pequeño charco que se formó en el ombligo de la negrura. Escupió cuatro buches de agua, uno para cada punto cardinal, formando cuatro mares. También creó a los primeros cuatro kiliwas con barro y los tatemó en cavernas que uso como hornos, para endurecerlos y darles vida. Nosotras somos descendientes de alguno de esos cuatro primeros kiliwas. Nuestro padre Mlti Ipaa creó al sol con el vapor que salía de su boca y con esto iluminó su creación, pero al poder verla en su totalidad, se dio cuenta que faltaba algo, por esa razón creó a varios animales para rellenar el mundo. Todos convivían en paz: excepto los borregos cimarrones, quienes siempre se comportaron antipáticos y fueron desplazados por los demás animales y los kiliwas. Los cimarrones se aislaron en formaciones rocosas viviendo como ermitaños. Esperando, sólo esperando el momento oportuno para destruir la creación. 70 • Christian Rivera


El mundo parecía perfecto, pero no lo era. Las cosas empezaban a caerse hacia el espacio. No había nada que protegiera el firmamento de quedarse en su lugar. Mlti Ipaa se sacrificó usando su pellejo para crear una bolsa de cuero que rodea al planeta. Esta bolsa impide que nos caigamos del mundo. Por eso es que nuestra raza le debe mucho al dios coyote. Cuando la creación o el pueblo kiliwa son amenazados, él escoge a uno o varios kiliwas como defensa. Durante mi juventud, varios de mis coterráneos y yo fuimos elegidos para luchar contra algunos enemigos. —Maau, ¿tú fuiste una guerrera? —interrumpe Mireya. —Así es, participé en batallas muy violentas —dice la anciana mientras se da unas ligeras palmadas en su muñón—. Pero no siempre las peleas son físicas, a veces son espirituales. Y esa visita que esta noche tuviste, mi niña, fue un llamado de guerra. Es tu decisión responderlo o ignorarlo. Dudas y lágrimas No dormimos el resto de la noche. En vez de eso salimos más temprano de casa para buscar otro lugar para trabajar, pues el puente que normalmente usamos para las ventas, ya no nos da buenos resultados del todo. Elegimos ponernos en la esquina de un centro comercial concurrido. Casi toda la mañana me estuve equivocando a la hora de dar el cambio a los clientes, por lo que mi maau tenía que intervenir de inmediato. Quisiera creer que es por la desvelada, pero no es así. El llamado de Mlti Ipaa ocupaba gran espacio en mi cabeza, que no me cabían más pensamientos, quería ayudarle a mi deidad, pero tampoco quería perder algún miembro de mi cuerpo, como le pasó a mi maau. No imagino contra que Galería nocturna • 71


amenaza quiere que me enfrente y la incertidumbre me pone de nervios. Si acepto, sería como lanzarme de un acantilado con los ojos cerrados, sin saber si hay rocas abajo. Mi miedo y mi honor luchan cuerpo a cuerpo. Me pregunto quién resultará vencedor. El Sol nos quema a mi maau y a mí. El calor desprende los olores del bote de basura que tenemos al lado. Las moscas se alborotan y rondan sobre los deshechos y el sitio, pero eso no impide que el aroma de la pizza recién hecha del local que está cruzando la calle nos despierte el apetito. Mis tripas rugen, pero aún no juntamos lo suficiente como para comprar algo para almorzar. Una pequeña se interesa en una de nuestras muñecas de estambre. La niña se agacha para tomarla del tendido. De pronto un viento que viene del cielo empieza a llevarse a las personas, que van pasando por la acera, hacia las alturas como si la gravedad hubiera desaparecido. La fuerza intenta arrastrarme hacia arriba, pero mi maau me sostiene de la mano y a su vez ella se sostiene de la cerca del estacionamiento del centro comercial. Logro tomar a la pequeña de la manga de su blusa con todas mis fuerzas. La niña asustada se aferra a mí como un koala a la rama de un árbol. El viento es tan potente que remueve nuestros cabellos a su antojo. Nuestras muñecas, sábana y el poco dinero que ganamos ya deben estar entre las nubes. La resistencia de la niña se agota. Su expresión de terror y sus ojos humedecidos me arrancan el corazón, de igual forma que la extraña energía me la arrebata del brazo. Unos hombres desde adentro de la cerca logran sacarnos del punto de succión a mi maau y a mí. 72 • Christian Rivera


Mi maau me abraza como si no me hubiera visto en mucho tiempo, feliz de que estemos a salvo, pero yo no puedo dejar de llorar. La expresión de esa pequeña probablemente me seguirá hasta el fin de mis días. Azul neón La luna fulgura en su máximo esplendor. En la soledad de mi habitación, a pesar de estar en completo silencio, escucho ecos de los gritos de la niña retumbando en mis oídos. Con coraje rompo unos periódicos viejos, por no haber dado un poco más de mí para salvarla. Ni hablar. No hay nada más que pensar. He tomado mi decisión. —Señor coyote, señor coyote, Mlti Ipaa, quiero ser una de las protectoras de la creación —conjura Mireya con osadía. La habitación se llena de humo. Mlti Ipaa se revela al disiparse el humo que despide de su tabaco. Su mirada es apabullante. Su voz grave la escucho en mi mente. —Un enemigo ancestral está rompiendo la bolsa de cuero que mantiene las cosas y los habitantes del planeta en su lugar —dice el gran coyote sin mover los labios—. Por ser una excelente tejedora necesito tu ayuda para que cosas la bolsa cerrando las fisuras. Puedo ver en tu alma que serás capaz de cumplir con la encomienda que te doy. No podrás ver la bolsa con tus ojos terrenales, deberás estar desdoblada para poder verla, hay batallas que no pueden lucharse en estado físico. Yo te ayudaré, sólo recuéstate. Nerviosa, espero. Su mano traspasa la boca de mi estómago y jala como si arrancara una planta de raíz, extrayendo mi cuerpo astral. Ahora soy ligera como una pluma. Puedo flotar en el aire. Una frescura me recorre como si estuviera recién Galería nocturna • 73


bañada. Brillo de color azul neón. Me veo dormida en mi cama. Mlti Ipaa toma mi mano y, atravesando el techo, me lleva al exterior. Todo se ve más luminoso y algunas cosas no se miran iguales. Los dos flotamos en el aire. Mlti Ipaa me entrega una aguja de plata. —Con esta aguja podrás coser la bolsa de cuero, pero necesitarás de estambre cósmico —advierte. —¿Y dónde está el estambre? —Tendrás que conseguirlo. Se encuentra en el templo de la montaña del Este. Sólo debes volar hacia aquella dirección, y sobre la montaña más alta verás el templo. —Quítaselo al dueño, tienes que ser muy astuta para lograrlo, pues es muy egoísta con sus pertenencias. —¿Tienes algún consejo que darme? —pregunta nerviosa. —Toca nueve veces para poder entrar y toca seis veces para poder salir, pero lo más importante —enfatiza el coyote—: no dejes que te toque con sus garras. Confío en ti. Recuerda el destino de la creación esta en tus manos, hija mía. —¿Debo pelear con el dueño o más bien con eso? Mlti Ipaa desaparece sin previo aviso. —Vaya, qué reconfortante —refunfuña Mireya—. ¿Garras?, ¿a qué se referirá con eso? —se pregunta con intriga. El templo del Este Dicho y hecho, Mlti Ipaa dijo que inmediatamente vería el templo al topar con la montaña del Este y así es. El templo se encuentra incrustado entre las rocas, luce bien bonito, diría yo, y hay una enorme puerta de ma74 • Christian Rivera


dera llena de rasguños. Empiezo a preocuparme. Vuelo hasta la puerta, respiro profundo, me gustaría que mi maau estuviera conmigo. Bien, aquí vamos. Toco la puerta nueve veces y ésta se abre. Una luz tenue se escapa del interior. Entro. El lugar tiene antiguas esculturas de cerámica. Una alfombra amarilla llena de pelos, cubre el suelo. Camino por un enorme pasillo en el que hay rasguños por todas las paredes. Percibo el trino de varias aves. Al final del pasillo hay un salón lleno de jaulas con pájaros de varios tipos. —Oh sí, mi querido ruiseñor, prr, fue muy bonito escucharlo todos los días, pero ahora prefiero que cante en mi estómago —dice una voz suave y en tono sarcástico. Un gato pardo, enorme como un hipopótamo, mete su garra en la jaula de un gran ruiseñor, que aletea intentando escapar, pero es inútil. Después de unos segundos es devorado por el gato. Dejo escapar un murmullo ante la lastimosa situación. El gato con plumas en la boca, para las orejas en señal de alerta. ¡Me escuchó! Me llevo las manos a la boca y retrocedo despacio sólo lo suficiente para después irme corriendo. La siguiente sala está llena de cojines, algunos rasgados y otros muy bien cuidados. Corro y me resbalo con una bola de pelo húmeda, el gato debió haberla expulsado hace poco. Frente a mí hay una caja con estambres de varios colores. —Prrr, miau, ¿quién anda hay? —pregunta el gato de manera juguetona—. Acaso será un ratoncito, mmm, yam, yam. El gato ríe burlonamente y camina con elegancia sobre los cojines. Pasa al lado de mí, pero no logra verme, la arena de su caja me cubre casi completamente. El gato se lame la Galería nocturna • 75


pata derecha con delicadeza, camina y se sienta sobre la caja de arena, a tan sólo unos centímetros de mí. El gato comienza a escarbar hasta hacer un pozo, sus garras están a punto de tocarme, pero se detiene. Al parecer el pozo que hizo es lo suficientemente grande. El gato comienza a hacer sus necesidades. Aprovecho para salir de la arena. Corro sigilosamente hasta las bolas de estambre, tomo rápidamente el estambre rojo, pero al quitarlo la montaña de estambres se derrumba. El gato enfadado voltea. Hacemos contacto visual. Sus ojos me miran como si yo fuera un pollo asado o un filete de pescado. Intento volar, pero no puedo, ¡qué rayos!, ¡maldita sea!, aquí no puedo volar. —Desgraciada humana, devuélveme mi estambre favorito. Nomás deja que termine y ya verás —amenaza el gato mientras continúa con sus necesidades. Corro a toda prisa con el estambre en manos hasta llegar a la puerta, toco una, dos, tres… el gruñido del gato se acerca a toda velocidad y se lanza contra mí, pero lo evado. Corro por todo el templo. El felino me persigue como un cazador a su presa, intenta rasguñarme con sus garras, sin éxito, en vez de eso tira todas las cosas del templo a su paso. Llego hasta un salón. Pienso rápido. tomo un jarrón y lo lanzo al candelabro que está colgado en el techo y éste comienza a mecerse. Me escondo detrás de un buró. El gato llega al salón y al entrar no hace más que lo que su instinto le dicta. Como hipnotizado por el baile del candelabro intenta alcanzarlo con sus garras. Aprovecho el momento para llegar a la puerta. Toco una, dos, tres, cuatro, cinco… El veloz animal viene de nuevo a toda prisa con sus garras listas para atacar… Seis. La puerta se abre. Salgo inmediatamente. Tras de mí se cierra la puerta en la nariz del gato travieso. 76 • Christian Rivera


En la inmensidad Con la oscuridad de la noche me doy cuenta que el estambre es rojo fluorescente. Miro hacia arriba y vuelo hasta llegar al manto estelar. De repente soy detenida de rebote. Descubro que se trata de una capa de cuero rojizo transparente: la bolsa del pellejo de Mlti Ipaa. Recorro la superficie de la bolsa hasta que encuentro la primera fisura. Del orificio de la bolsa continúan cayéndose pedazos del planeta hacia el espacio exterior: árboles, autos, rocas y algunos animales. Espero el momento en el que ya no se salga nada y con cuidado meto la punta del estambre rojo en la aguja de plata y comienzo a coser la fisura. Puntada tras puntada, tal como me lo enseñó mi maau, siento como si estuviéramos reparando juntas alguna de las muñecas. El viento continúa succionando, pero al ir cerrando el agujero, pierde fuerza y deja de atraer objetos grandes y pesados. Recorro todo el círculo de la tierra, reparando las rupturas de la bolsa de cuero. Casi termino. Antes de llegar al último agujero veo que un borrego cimarrón embiste la bolsa de pellejo tratando de hacerle otro hoyo más. El animal de cuernos curvos me mira. Me petrifico sin saber qué hacer. El cimarrón da un bufido y se lanza contra mí intentando embestirme. Lo evado una vez, pero no logro esquivar el segundo impacto. El dolor del golpe se siente igual que como si estuviera en estado físico, sólo que no sangro y no me deja moretones. Vuelo en zigzag tratando de librarme del animal, pero no es tan fácil. La velocidad del borrego cimarrón es impresionante. Después de pensar unos segundos me lanzo en picada. El cimarrón va tras de mí. Una vez que estoy a punto de tocar el suelo me elevo otra vez, igual que un halcón, pero el cimarrón no logra detenerse y se estrella en la tierra. Galería nocturna • 77


Floto en el aire un momento observando al cimarrón incrustado en el suelo. Al parecer ya no volverá. Me dirijo a las alturas, aliviada y con un peso menos, pero esa sensación agradable es cortada de forma abrupta por un berrido. El borrego cimarrón se dirige a mí a toda prisa, con sus ojos rojizos, llenos de furia. Me elevo lo más rápido que puedo hasta que me acorrala contra la capa de pellejo. Cierro los ojos para no ver el momento en que sus cuernos se me claven. Los segundos transcurren, pero el impacto no llega. El cimarrón chilla. Abro los ojos y me encandila un destello de luz azul neón: se trata de mi maau. —¡Mireya, cose la fisura lo más rápido que puedas! —dice Isela. Noto que Maau tiene sus dos piernas. Ella es envuelta en una luz de color azul convirtiéndose en un ovalo luminoso. De su centro sale disparado una especie de rayo en dirección al cimarrón, pero el animal lo evade. Intento coser rápidamente el agujero mientras una batalla de embestidas y luces se libera debajo de mí. Una puntada, otra puntada y así sucesivamente. Los nervios me ponen la mano trémula, provocando que tarde más de lo usual. Resiste, maau, ya casi termino. Un árbol se eleva rumbo a lo que queda de la fisura. El cimarrón embiste a mi maau haciéndola que se golpeé contra el árbol que va subiendo. El golpe la deja aturdida. El cimarrón se aprovecha y la embiste con una fuerza descomunal. Mi maau y yo tenemos contacto visual. Me lanza una sonrisa cálida y empieza a desmoronarse en varias centellas de luz que se dispersan por el cielo como estrellas. La melancolía me llena por dentro al grado que no encuentra otro escape más que a través del llanto. Curiosamente en este estado mis lágrimas son 78 • Christian Rivera


plateadas. Entre sollozos termino de cerrar la fisura. El árbol que estaba por salir al espacio a través del agujero, deja de flotar y desciende. El cimarrón sonríe satisfecho y se lanza contra mí, listo para atravesarme con su cornamenta. Llena de coraje, espero el momento preciso. El cimarrón está a pulgadas de mí. Coloco en posición la aguja de plata y el animal se la encaja entre sus cuernos con su propia fuerza. El cimarrón se desintegra en chispas de luz que se extinguen durante la caída al suelo. Extiendo los brazos y, de espaldas, me lanzo en caída libre mientras derramo lágrimas plateadas que van marcando mi descenso como líneas punteadas hasta que regreso a mi cuerpo físico. Despierto en la tierra inhalando profundamente como si me faltara el aire. Me levanto de la cama. Corro a la habitación de mi maau y la descubro acostada sobre la vieja cama: no respira. La carta Pasaron dos días para aceptar que maau ya no despertará y mientras la acomodo, descubro que tiene una nota de papel hecha bola en su puño derecho. Tomo la carta y la leo: Mireya, si estás leyendo esto es porque no logré sobrevivir a la batalla. Me duele haberte dejado sola en la ciudad mas no en el mundo. Busca mi tierra natal, la comunidad kiliwa en Arroyo de león. Quedan muy pocos y sé que nunca te llevé para que los conozcas, pero ellos te recibirán bien. Sólo llévate el contenido de la cajita que te puse en el buró y te reconocerán como mi nieta. Ve y trata

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de reforzar nuestras raíces. No dejes morir nuestra raza. Sé leal a Mlti Ipaa. Tú eres una esperanza para el futuro. Siempre te cuidaré donde sea que este. Te quiere tu maau.

Destruida emocionalmente reviso la cajita que está en el mueble y al abrirla me llevo la sorpresa de que en el interior se encuentra una turquesa azul. Cuando uno de nosotros moría, antiguamente se nos incineraba junto con nuestras pertenencias y nuestro hogar. Yo estoy segura que eso hubiera querido mi maau. Le doy un último beso en la frente. Basta con unos cerillos para hacer arder la casa de madera, cartón y lamina. Las llamas crecen conforme me voy alejando. En mi trayecto paso junto al local de electrodomésticos, donde tienen el escaparate lleno de televisiones. Sólo escucho, sin detenerme, al conductor del noticiero, quien informa que el extraño fenómeno cesó sin explicación alguna, atribuyéndoselo a un milagro. Destrozada pero a la vez decidida, tomo el rumbo hacia el sur con la esperanza de encontrar el camino correcto que me lleve a la tierra de los de mi raza, dejando atrás las huellas de mis huaraches sobre las aceras de la ciudad.

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José Luis Rodríguez Trejo


José Luis Rodríguez Trejo. Nací en Mexicali. Resido en Tijuana desde los dos años de edad. Aquí he hecho mi vida. Aquí se desarrolló mi familia y descansan mis padres. Tengo estudios de arquitectura y soy un empleado común. Sin antecedentes en creación literaria, ahora me incorporo de manera formal a esta actividad. Una añeja inquietud latente, encuentra un medio de expresión. Mis ideales, sueños y fantasías, a través de las palabras pueden convertirse en semillas. Quisiera ser un sembrador de sueños; no sólo depositados en la tierra del esparcimiento, sino también en esas de la meditación, la conciencia; para que encontrando suelo fértil, broten como flores y frutos. Pero éste es un trabajo de equipo; cada cual aporta su terreno al cultivo. Las utopías, como los sueños, pueden motivarnos a crear juntos nuevas realidades… mejores que las que vivimos.


Semillas de esperanza

¿Civilización? Hace una década, en la selva de Chiapas, vivían el niño Chac y su familia. Era un lugar de prístina e inmaculada belleza; exuberante vegetación; abundante fauna; una zona escarpada, cruzada por un caudaloso río. En él vivían escasas familias en forma primitiva, habitando chozas. Cazaban; recolectaban plantas y frutos para sobrevivir. Sus ropas estaban hechas de fibras naturales de la región, y su calzado eran guaraches sencillos. No conocían la tecnología. La familia de Chac, la constituían otros cuatro hermanos niños y sus padres. Era notorio el respeto a la naturaleza; entre sí, y la obediencia de los hijos. A los niños desde pequeños se les enseñaba a colaborar en las tareas domésticas; de recolección, y caza. En contraparte, pasaban largos ratos jugando entre gritos y risas. Ya fuera con juguetes hechos de maderas y fibras; con lagartos y arañas; corriendo; trepando a árboles; imitando el canto de las aves, o zambulléndose en los remansos del río. Los padres de Chac estaban atentos a su vida y la de sus hermanos, satisfacían sus necesidades primarias y les daban afecto genuino. 83


Por otro lado, sus creencias incluían politeísmo y chamanismo, así como manifestaciones extrasensoriales, todas ellas extrañas para las sociedades modernas. Los jefes de familia varones ejercían su autoridad de manera patriarcal con tintes de machismo. Al final… vivían en paz y con alto grado de armonía entre ellos y con la naturaleza. Un día, siendo Chac adolescente, ante la insistencia de un hermano de su padre que vivía en la gran urbe, fue enviado allá. Para estudiar y tener oportunidades, decían. En un año de estancia en la ciudad, Chac conoció por primera vez la contaminación; la delincuencia; la drogadicción; la falta de respeto, solidaridad y generosidad hacia el prójimo. Vio abismales diferencias entre ricos y pobres. Sufrió discriminación e injusticia. Transcurrido ese tiempo, Chac, cargado de ansiedad y entusiasmo, regresó a casa. Llegó corriendo. Abrazó y besó a sus padres. Luego a sus hermanos, con quienes al instante salió a jugar, una vez que se quitó su ropa de ciudad y sus zapatos. Después de un rato de juego y andar por la selva, se sentaron en un montículo con una preciosa vista panorámica y les dijo: —La ciudad es muy grande y tiene cosas bonitas, pero hay cosas malas; y cosas que no entiendo. Es raro, en una cajita que llaman radio, oí una canción, que decía: “Quiero ser civilizado como los animales”. Sal y oro En un pequeño y rústico puerto pesquero del Pacífico mexicano, el pescador de abulón y su hijo adolescente, se hicieron a la mar, como de costumbre, en su vieja lancha motorizada. Llegando al punto de pesca, se sumergió, buceando a pulmón, como es tradicional para ellos, mientras 84 • José Luis Rodríguez Trejo


su hijo se quedó en la embarcación como receptor de las piezas capturadas. Al buscar las preciadas conchas, divisa un objeto raro que yace en el fondo del mar. Lo toma y emerge rápidamente a la superficie. Sube a su lancha, lo revisa, dándose cuenta que es un pequeño joyero, que en su interior guarda joyas y monedas muy antiguas, que parecen ser de oro. Lo muestra a su hijo y le pide que lo guarde en una caja que llevan para objetos personales. El muchacho, sin hacer aspavientos, y con mucha naturalidad, obedece al padre. Éste se detiene a pensar un momento. Hace algunas conjeturas en su mente: Quizás es un pequeño tesoro. Podría resolver muchos problemas con él. A lo mejor podríamos salir de la pobreza. Podría darme gustos que nunca he podido tener. Le ha invadido un incipiente entusiasmo. Enseguida, su mente se pone en blanco, y él por unos instantes se paraliza. Luego reacciona, y se dice a sí mismo: ¡Aguzado José! No te aceleres. Cuánta gente no ha hecha tantas tonterías por el brillo del oro. Familias que se han desecho por la fuerza de la codicia. No te dejes deslumbrar por una riqueza real o imaginaria, porque si pierdes la cabeza por ella, habrás perdido más de lo que ganes. Acuérdate de lo que te dijo aquel hombre: “Los bienes son para hacer el bien”. ¿Acaso no es un tesoro tener una familia que te quiere; un trabajo que te gusta; y la oportunidad de disfrutar de la naturaleza? Ya veremos. Tranquilo. Después de uno breves minutos de haber estado sumido en sí mismo, vuelve a la realidad. —¿Cómo se siente, mijo? —Bien, pa’. —Seguimos, pues. Tenga cuidado. Mantenga estirada la cuerda de la jaula para comunicarnos. Galería nocturna • 85


Después de verlo a los ojos, le da un beso en la mejilla. Se lanza nuevamente al agua para sumergirse en la búsqueda de abulón. En aquella inmensidad azul, por lo pronto, la sal le ganó la batalla al oro. Como cualquiera Descansando el fin de semana, tirado en el sillón, estoy pensando: Perdí mi empleo, el cual no me satisfacía. El dinero ahorrado se va agotando. Tengo varios compromisos económicos. El porvenir luce incierto. Mi familia emigró, estoy solo. No tengo un amigo a la mano para compartir mis penas. Empiezo a sentir tristeza profunda. Mi corazón empieza a apachurrarse con la abrumadora problemática. Cual persona, sus brazos están cansados por la carga. La mente reacciona con el brío que dan los recuerdos de aquellas pequeñas o grandes victorias del pasado; los fracasos superados, y las realizaciones conseguidas. Le tiende sus brazos al corazón para ayudarle a resistir. —Si no podemos ambos, tendremos que salir a buscar ayuda —le dice. Reacciono, me levanto del sillón, voy a mi cuarto, me pongo pants y tenis, y me salgo de casa para dirigirme a correr a la playa. El cuerpo va en busca de luz para el alma.

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Polacos Prometo cumplir, y hacer cumplir, la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, y las leyes que de ella emanen. Y si así no lo hiciere, que la Nación me lo demande. En el recinto legislativo, los polacos tricolores aplauden frenéticamente, mientras en millones de hogares el abucheo se da con la misma intensidad, al estar observando por televisión el ungimiento del tlatoani azteca. El evento, que en el ideal colectivo, sería solemne y esperanzador, se transformó en farsa cínica, hiriente y aburrida. A cuatro años de distancia de tal suceso, el frankenstein creado por los alquimistas electorales, en complicidad con los ciudadanos convenecieros e inconcientes, ya ha dejado una huella de daños gravísimos, y nos movemos entre los escombros. Lucha externa e interna La guerra por el control de los almacenes de hormonas sexuales continúa. El Imperio del Dinero y Placer, ha intensificado por todos los medios, el bombardeo a la República de la Naturaleza y La Evolución. Como era de esperarse, ya ha traído un cúmulo de heridos, incapacitados, enfermos y muertos. Evidentemente, los más dañados son los jóvenes soldados que van al frente de batalla, y no los otros que están mejor pertrechados en las trincheras. Es clara la importancia de esta guerra. Las hormonas son necesarias para la preservación de la vida y su disfrute, pero nocivas cuando se vuelven una plaga.   Galería nocturna • 87


Estela El Cielo la envió. La cigüeña aterrizó y vió la luz… y trajo Luz. Fue la niña Estela. Luego creció y fue la señorita Estela. Se lanzó a la vida con una aguja y un hilo como herramienta. Llegó el día en que se transformó en madre y señora Estela. Su vocación primordial había llegado. Su único proyecto de vida se había trazado. Supo cobijar bajo su manto, a quienes albergó primero en su corazón y luego en su vientre. No sólo cultivó la carne y los huesos de ellos; sembró en sus almas semillas, esperando que algún día dieran flores y frutos. Ahora es doña Estela. Sin cuerpo presente, su espíritu vive en mí. No fue perfecta aquí, como yo; así, mi corazón la erigió como su Reina. El cordón umbilical que nos une, sigue vivo, y me sigo alimentando de ella. Mi tierra, ¿cuál? Emigré buscando nuevos horizontes. Un mejor futuro para mi familia. Hoy vivo de este lado. Allá, nací y crecí. Me crió mi familia. Tuve mis amigos. Algunos años de escuela. Festejé las tradiciones. Disfrute del monte, la playa… la libertad. Pero el trabajo era escaso, y el que había tenía salarios de miseria; comíamos mal; teníamos poca ropa. Fuimos seis hermanos y mis padres con duras penas podían sostener la familia. Con dificultades lograbas llegar a la secundaria, que era el nivel escolar máximo que existía cerca de mi pueblo. 88 • José Luis Rodríguez Trejo


Vivíamos en una pequeña y vieja casa de adobe que mis abuelos le heredaron a papá. El cacique del pueblo tenía el control de casi todo, y su palabra era ley. En los veintitantos años que viví allá, no vi progreso en el pueblo. Ha sido la tierra de lo no posible. Acá trabajo duro cinco o seis días por semana. Hay suficiente comida para mi familia. Tengo tres hijos. Cursan, el nueve, la high school, y el colegio. Tengo casa y carro nuevesón a crédito. Hay muchos lugares para divertirse: parques, jardines, estadios. Existen muchas y buenas escuelas. Hay oportunidades variadas. Valoran el talento y la habilidad. El gobierno, en general, sí respeta y hace valer la ley. El desarrollo y progreso son evidentes. ¡Claro, no todo es miel sobre hojuelas! Existen problemas graves: la drogadicción, el libertinaje sexual, el intervencionismo internacional, el capitalismo salvaje y otros. Hay explotación al migrante informal. En algunos lugares soy discriminado. Algunas cosas me hacen sentir ajeno a esta tierra y a esta gente. Sin embargo, la gente buena —que es la mayoría— y las oportunidades y servicios que se ofrecen, me hacen sentir bien. Esta es la tierra de lo posible. El dilema es grande. A pesar de todo, hay añoranzas por mi tierra y por mi gente. La nostalgia del pasado no ciega mi visión del futuro. El presente de mi país de origen no mata la ilusión de que un nuevo cielo lo cubra, el sol brille, y el agua caiga, haciendo germinar todas las semillas latentes que han estado sobre su suelo. Agradecido, a pesar de todo, mi corazón guarda gratitud por lo vivido allá y acá. Por ello, me atrevo a decir que, quizás, ahora, esta tierra es tan mía, como aquella donde nací. Galería nocturna • 89


Al final… el alma es universal… y la especie humana es una sola. Milagro Ayer él tenía el hábito de fumar, emborrachar, y trasnocharse. Hoy tiene el hábito de correr, cuidar su alimentación y es una gallina en su horario de dormir. Algunos conocidos le preguntan: —¡¿Cómo le hiciste, para ese cambio tan radical?! —Dos infartos cardíacos hicieron el milagro —les dice. —¿No te parece un precio demasiado alto? —Pues sí. En la vida, por no razonar, y agudizar el ojo, con frecuencia, cambiamos oro por espejos. Mimetizada Alma Pérez García vive sola en la calle, desde hace algunos de sus cuarenta y tantos años de edad. Duerme sobre la banqueta, teniendo como colchón, unos trozos de cartón, y cubierta con un par de cobijas harapientas y periódicos. Andrajosa, sucia y maloliente, no motiva el acercamiento de nadie. La gente la supone loca, y no es así. Tiene cierta lucidez; su plática insinúa algún grado intermedio de educación familiar y académica. Es, simplemente, una persona que perdió su familia, quedó sola. Fue introvertida, casi sin amigos. No encontró en el momento oportuno, una mano y una palabra de apoyo. Creyó perder motivaciones para luchar lo suficiente; para tener propósitos; para encontrarle sentido a su

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vida. Paradójicamente, todavía conserva ese pequeño, gran impulso, para luchar por sobrevivir. Aunque sea a nivel de piso, ella lucha. Sin haber perdido la razón —aún— seguramente su cerebro y su corazón, han forjado un escudo o mecanismo de defensa, para poder resistir una situación tan miserable. ¿Cómo sobrevive?, me pregunto. Los transeúntes pasamos y la ignoramos, generalmente. El policía, se hace de la vista gorda. Para la autoridad, es invisible. Ella esta mimetizada con la banqueta. Es un ser humano que pasó a formar parte del paisaje urbano. Las estaciones del año, que para la mayoría tienen un efecto en la actividad y el ánimo, los planes y la búsqueda del bienestar; para ella, quizás sólo signifiquen: Quitarse unos harapos de encima en época de calor; taparse con más periódico en época de frío, o conseguir unos plásticos para protegerse en tiempos de lluvia. En su condición actual, todo es invierno. Así se lo indica el frío de la banqueta y de la indiferencia humana. Tal vez la primavera llegue, cuando un semejante se interese en conocerla y escucharala. El verano, cuando otro, le ayude a satisfacer sus necesidades básicas al menos. El otoño, cuando uno más, la saque de su situación, le ayude a reconocerse como persona y construir su nueva vida. Un nuevo invierno llegará, cuando el calor de un hogar la acoja, y pueda distinguir, ahora sí, entre el estar adentro, y el estar afuera. Mientras tanto, me pregunto, y lanzo la interrogante al aire: ¿cómo le hacemos? Cuando esta palabra tenga respuesta, el sugestivo nombre de ella, recobrará sentido, para sí… y en nosotros.  

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Identidad errónea Él y ella tienen un encuentro en el hospital. Él está impactado al verla. Luego de unos instantes, habla con voz vacilante: —Hola… Disculpa que no te salude de mano. Tú entiendes. Estoy nervioso. —No te preocupes. Por ahora no tengo órdenes sobre ti. Responde ella serena. —Sí. Agradezco tu actitud —responde él. Luego, misteriosamente se tranquiliza y sigue—: Si me lo permites, quisiera platicar contigo sobre tu identidad y tu poder. Creo que te identificamos de una manera errónea. Hay mitos sobre ti. —Está bien. Soy quien soy. He existido, existo y existiré, mientras el Creador no cambie las reglas. Estoy más allá del bien y del mal en mi persona… no en mi trabajo. Te escucho. —Te representamos como una mujer esquelética a imagen de un humano inerte. Pero tú tienes vida, de alguna forma; tu trabajo así lo demuestra. En cuanto a ser figura femenina, tengo mis dudas… pero bueno, gestar la vida, equilibrar la naturaleza también son papeles femeninos. ¿Por qué no habría de asignársele esta responsabilidad? —Sólo soy un emisario y ejecutor de órdenes superiores, que está por encima del género. —¿Y quién te puede dar órdenes? —El Creador único, en forma directa; o en forma indirecta a través de la energía de las leyes de la naturaleza y de las leyes universales. Y… algunas acciones del hombre —responde ella. Luego él continúa: —Creo que eres como el operador del control del suministro de energía vital, y quien abre la puerta ha92 • José Luis Rodríguez Trejo


cia otra forma de existencia, quizás mejor que la tenemos aquí. Claro, la vida, a pesar de su dolor e infortunios, es bella y tiene momentos felices, por lo tanto, asusta la posibilidad de perderla, o que se esfume en los que aprecias. La justicia, o justicia divina que debiera estar presente, según supongo, para que recibas la orden de actuar, es algo que no logro comprender: ¿Por qué muere un niño? ¿Por qué una persona buena, que hace y lucha por el bien, muere prematuramente? ¿Por qué muere gente inocente en las guerras? ¿Por qué tantos malechores viven? Y podría continuar… —Recuerda que yo mencioné a fuentes de señales que yo puedo recibir, para presentarme y actuar. No olvides que una de ellas es la responsabilidad humana. Mi trabajo no es bien visto por los humanos, pero es parte del diseño universal. —Bien. Por el momento, te pido de favor, me dejes solo, está por llegar el médico. No sé si vaya a existir otra oportunidad de conversar; espero que cuando tomes mi mano y me conduzcas al otro lado de la puerta, tenga respuestas a las dudas que ahora quedan, y comprenda mejor tu trabajo. Tu cercanía me recuerda todas las cosas por hacer aquí. —Nos vemos —se despide ella, esfumándose al instante. Los signos vitales del paciente se han vuelto a normalizar en los aparatos del quirófano.

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Avery A. V.


Ever Antonio Valenzuela Valle (Avery A. V.) nació en Guasave, Sinaloa, pero se crió la mayor parte de su vida en Tijuana. En sus ratos libres le gusta tocar el piano y la batería, siendo su favorito el segundo. La lectura también es uno de sus pasatiempos, tomando el tema de lo sobrenatural y el suspenso en primera instancia. Su afición a la lectura y a la creación de historias comenzó en segundo grado de secundaria, después de escribir un relato de terror para una antología de la escuela. Desde entonces ha escrito varios cuentos, tanto largos como cortos, y uno que otro inicio de novela.


Los catastróficos himnos del ayer

¿Qué más da? Estos días mi vida ha sido una basura. Mi marido me dejó después de la muerte de nuestro primer bebé. Pero no fue mi culpa. Sólo fue un pequeño descuido: contesté el teléfono mientras le daba un baño. ¿Qué sabía yo que se iba a caer y se iba a ahogar? No fue mi culpa. Pero aun así me dejó y dejó que me descuidara. Ahora tengo un peso demencial y a mi hijo muerto en brazos. Ha pasado sólo un mes y ya parezco una vaca. Últimamente he pensado mucho en el suicidio, pero no creo que me atreva. Aunque sé que a muchas personas les agradaría la idea. No me estiman como antes. De todos modos, si mi vida es tan miserable, ¿qué más da? Camino a casa El autobús es de lo más lento. Está lleno hasta el tope y huele bastante mal. Frente a mí, dos hileras más allá, una mujer se retuerce incómoda en su asiento. Pero yo diría que el hombre que está a su lado es el incómodo. La mujer ocupa caso los dos asientos. 97


Ella se levanta de su lugar a pesar de la velocidad a la que vamos y se encamina hacia la puerta con un bulto en brazos. La abre y, tomándonos a todos por sorpresa, se lanza hacia afuera. El único motivo Jack maneja a una velocidad de 120 kilómetros por hora. Va camino a casa, pensando en el suicidio. Su vida ha sido una pesadilla desde que se casó con Wendy. Ella nunca está contenta con nada. Ni siquiera cuando le lleva flores. Incluso lo ha sacado de casa porque, según ella, la está engañando con otra. Y eso es totalmente falso. “¿Suicidio? ¿Muerte accidental?”, piensa distraído. Frente a él va un autobús a una velocidad menor y le saca la vuelta por el lado derecho. Entonces se acuerda de su hijo. El único motivo por el cual no ha tomado la decisión de morir las últimas veces que se lo ha planteado. Su hijo… Está dispuesto a llegar a casa y abrazarlo, pero muere a medias de ese pensamiento. Una mujer saltó del autobús, creando un aparatoso accidente. En el bosque Un grupo de niños, tomados de las manos: —Jugaremos en el bosque mientras el lobo no es… Gritos. El hombre que vendió el mundo Acabo de hacer el mejor trato de todos los tiempos: vendí el mundo. El hombre que me lo compró dijo que te98 • Avery A. V.


nía grandes planes para hacer con su nueva adquisición. Y no lo dudo. Es una buena persona. Sólo me preocupan sus cuernos. ¿Qué es la vida? Miedo colectivo. Directo al infierno El hombre más rico del mundo posee todo lo que más quiere e incluso lo que no. Hasta el muy bastardo lleva cargando a la muerte en su espalda. Una mujer sin igual Los monstruos son tenebrosos, macabros, malévolos, etcétera. Algunas mujeres poseen probablemente alguna de esas características. Mi esposa no. Ella viene del mismo infierno. El hombre de la capucha negra Camina por las calles oscuras en busca de personas. Todos escapan tan sólo verlo. Pero lo único que él quiere es entablar amistad… y matarlos, porque, como dice la canción: “quisiera tener un millón de amigos y así a todos poder matar”. O algo así le enseñaron de niño.

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Directo a sus fauces Mi profesor de literatura nos dejó una tarea desde la semana pasada. Yo no la hice. Veo cómo se acerca lentamente hacia mí mientras abre va despegando poco a poco sus labios, dejando ver sus horrendos colmillos. Sé lo que se avecina.

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El monstruito de papá

2 de septiembre de 1977 —Sé una buena niña y tráele una cerveza a papá. Sentado en el sillón y viendo un partido te fútbol, el señor McMorton no necesitaba más que una lata de su cerveza favorita y una larga noche sin tener que ir a trabajar al día siguiente para sentirse como un niño en navidad. Cada viernes por la tarde era así desde que era un adolescente y se sentaba a ver el partido con su padre. No encontraba mejor momento para hacerlo que ese. Y pobre del que lo molestara mientras estaba en el paraíso. Su escopeta no estaba colgada en la pared como simple adorno. Tenía el coraje para usarla. —Buena Nara —dijo mientras tomaba la fría lata de la mano de su hija y le revolvía los oscuros cabellos con la otra—. ¿Quieres sentarte a ver el partido con tu viejo? Nara McMorton, vestida con una de las playeras largas de su padre (le quedaba como un espantoso vestido gris), lo veía con ojos inocentes mientras pensaba en la respuesta. —Creo que no, papi —contestó finalmente—. Tengo mucho sueño. 101


—Como quieras, cariño. ¿Quieres que te acomode en la cama? —preguntó sin quitar la vista de la pantalla y destapando su bebida. —Lo haré yo sola, pero gracias. —Buena Nara. Y por cierto, ¿lista para el siguiente viernes? —¿Viernes? —Sí, es tu cumpleaños. No creas que olvido las cosas tan fácilmente… ¿Cuántos años cumples? —Cuatro, papi. —Sí, cierto. Bueno, ve a la cama. Ya es noche. —Sí, papi. Mientras Nara subía las escaleras que conducían a su habitación, escuchó la voz de su padre diciendo: —No olvides que te quiero, mi niña. —No lo olvido. Yo también te quiero. Y sin más, subió las escaleras del modo que sólo una niña de casi cuatro años lo sabe hacer: sujeta con una mano al barandal y levantando sus pequeñas piernas con un poco de esfuerzo para llegar al siguiente escalón. “Yo también te quiero”, pensó Nara mientras llegaba al segundo piso. “Te quiero mucho, papi”. 9 de septiembre de 1980 —¿No te puedes quedar en casa y faltar al trabajo sólo por hoy? —Lo siento, cariño. Sé que es tu cumpleaños pero ya ves cómo son las cosas en la construcción. Te lo compensaré el fin de semana, ¿sí? —Está bien, papi. —Buena Nara. Después de que el señor McMorton saliera de la casa, Nara se quedó sola y “desprotegida”, como le gusta102 • Avery A. V.


ba decir. Odiaba cada vez que su padre se iba al trabajo y era un día especial para ella. Cumplía siete años, y siete años para una niña (o al menos para Nara) son de los mejores. Sobre todo si era el momento en que te enseñarían a disparar por primera vez. Pasados unos minutos, Nara se alejó de la puerta y tomó camino hacia la cocina, donde se preparó un sándwich de mermelada para irse a sentar al sillón a ver algún programa interesante. No tardó en decidirse por Los Picapiedra. —¿Qué hacer cuando no sabes qué hacer pero quieres hacer algo pero no sabes qué es ese algo pero lo quieres hacer? —dijo antes de darle una mordida a su sándwich. Era su pregunta favorita, y estaba segura de que la había inventado y que nadie más la conocía en el mundo. Ni siquiera en la escuela conocían la frase. Se la guardaba para sus momentos en solitario como ese, cuando quería hacer algo… pero no sabía qué. Quizás sólo necesitaba ir a la escuela, aunque nunca lo hacía en su cumpleaños gracias a su padre, que decía que era un día especial que no se debía echar a la basura yendo a la escuela a gastar energía. Después de todo, Iván McMorton siempre había odiado asistir a clases, sobre todo en días de exámenes. Pero fue en ese tiempo que conoció a Mary Jackson y con quien procreó a Nara… y siempre la odió incluso después de haberla asesinado. Media hora más tarde, Nara cayó dormida y no supo nada de sí hasta que llegó su padre del trabajo casi a las diez de la noche. —Un día duro, ¿eh? —preguntó burlón Iván mientras despertaba a su hija. —No sabía qué hacer, así que… —No importa, cariño. Ve a dormir que mañana sí hay escuela. Galería nocturna • 103


—Está bien, papi. Esa noche no se lo dijo, pero en verdad lo quería. 13 de septiembre de 1980 —Hoy será un día largo, ¿me crees? —preguntó el señor McMorton a su hija mientras le ayudaba a atarse los cordones de las botas. —Por supuesto que te creo —contestó Nara con voz de alegría. —¿Y por qué me crees? —Porque tú nunca mientes y porque eres el mejor, papi. “Qué hermosa niña tengo aquí”, se dijo el señor McMorton. “Una hermosa chiquilla”. —¿Iremos al bosque de Roanoke? —preguntó Nara al mismo tiempo que saltaba de la cama y se ponía su chaqueta café. —Claro, cariño. Estamos muy lejos como para ir al bosque de Newborn. Además, dicen que está embrujado. —¿Embrujado? —Así es. Las personas más viejas dicen que una bruja quemó casi por completo el pueblo de Newborn allá por 1830, pero los vecinos se ayudaron entre sí para vencer al fuego. —¿En serio? —Completamente en serio, cariño. —¿Y cómo lo sabes? —Bueno, pues porque son historias que se van contando de generación en generación. —Ah... ¿Y a mí no me quemará una bruja? —No, cariño. Por supuesto que no.

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El bosque era enorme, sin ningún lugar para aparcar el auto a menos que uno se adentrara lo suficiente por entre los pinos y estacionara en medio del aparente camino formado por varios neumáticos a lo largo de los años. Todo era verde y la atmósfera se sentía mucho mejor de lo que se sentía en el pueblo de Roanoke. Se sentía limpio y apacible. El cielo incluso parecía tener un tono más vivo y sustancial. —Aquí aparcaremos —dijo Iván a Nara mientras frenaba y metía la palanca de cambios hasta el fondo, en la gran P, como decía la pequeña niña. Los dos bajaron de la camioneta y tomaron las provisiones: Nara con una bolsa de pan blanco y un frasco de mermelada, su padre con una hielera llena de sodas y agua. Ambos llevaban una cachucha idéntica de color negro y un pantalón a juego. Se adentraron varios metros en el bosque hasta que encontraron el lugar perfecto. Cuando pusieron las cosas encima de un tronco caído, el señor McMorton se percató de lo que les hacía falta: la escopeta. —Ya regreso, cariño. No te muevas de aquí —dijo con prisa y salió disparado hacia la camioneta. Nara, por su parte, vio hacia todas partes los enormes pinos y arbustos que había en el bosque. Más allá parecía que los troncos se juntaban cada vez más, tornando el lugar un poco oscuro. Aun así no se asustó. Había aprendido a no temerles a los monstruos desde los tres años y así seguiría siendo. Los monstruos no significaban nada para ella. —Nara, ¿dónde estás? —escuchó que la llamaban. —Justo aquí, papi. No me he movido. —Qué interesante bosque —exclamó el señor McMorton—. Creí que estabas en un lugar y ahora que seguí mis pisadas de vuelta, no estabas. ¿Segura que no te moviste? Galería nocturna • 105


—Ni un centímetro. —Por un momento creí que no te encontraría. —Pues aquí estoy, papi —dijo alzando los hombros y haciendo una cara de “no sé qué me estás diciendo”. —¿Tienes hambre, Nara? Ya es un poco tarde. —Sí, eso creo. Entonces se sentaron en el tronco donde habían dejado las cosas y se pusieron a hacer los sándwiches de mermelada que tanto les gustaba a ambos. Media hora más tarde se adentraron un poco más en el bosque para ver si encontraban algo qué cazar. Y lo encontraron. —¿Lo ves, cariño? —Sí, lo veo. Pero… —Ahora, esto es lo que vas a hacer —dijo mientras se agachaban detrás de un gran arbusto, y le explicó cómo meter los cartuchos y asegurarse de que no tuviera el seguro puesto. Después de eso, le enseñó a ponerse el arma sobre el hombro y a apuntar con precisión—. Parece que ya estás lista. Puede que el arma te lastime un poco al disparar, así que te ayudaré con eso. Iván se puso detrás de su hija y apoyó ambas manos por encima de donde Nara las tenía puestas. —Ahora apunta. —Pero, papi… —Tú sólo apunta. No tengas miedo que aquí estoy yo. Nara obedeció más por el amor incondicional que sentía por su padre que por el miedo de esa mirada tan penetrante por debajo de sus cejas. —Hazlo. Y lo hizo. El golpe no fue tan fuerte gracias a que su padre sostenía gran parte del peso de la escopeta. De lo contrario, se habría dado un buen golpe y probablemen106 • Avery A. V.


te habría caído de espaldas. El sonido la dejó aturdida por unos segundos. —No era tan difícil, ¿eh? —preguntó Iván mientras salía de entre los arbustos y se encaminaba directo hacia el cuerpo. Cuando ambos llegaron, vieron a un hombre tendido en el suelo. Estaba más que muerto. La cabeza estaba esparcida por todas partes y la sangre salía a borbotones de lo que quedaba del cuello. —Tu primera víctima, pequeño monstruo —dijo felicitando a la niña y poniéndole una mano en el hombro. Nara vio al pobre hombre en el suelo y lo único que pudo sentir en ese momento fue una extraña sensación que relacionó de inmediato con la satisfacción. 6 de septiembre de 1985 Nara estaba completamente emocionada de que casi fuera su cumpleaños. Ansiaba salir a matar, pero para entonces las cosas habían cambiado un poco. —¿Qué es eso de que no iremos al bosque el lunes? —preguntó Nara con un tono de molestia. —Lo siento, cariño. La policía ya sospecha de los asesinatos. —Pero, ¿cómo pueden saber que somos nosotros? —Ha habido comentarios sobre eso. Más vale que nos quedemos como estamos por el momento. ¿Entiendes, Nara? —Sí, entiendo. Con un beso de despedida, Iván McMorton salió de la casa y subió a su camioneta, donde guardaba un arma parecida a la escopeta pero de menor calibre. Iván, para despistar un poco a los policías del pueblo, iba de vez en cuando al bosque para asesinar a uno Galería nocturna • 107


que otro grupo que se encontrara. Ya era muy obvio que sólo fueran en una fecha específica cada año. Nara, sentada al sillón en aquella tarde de septiembre, pensaba en lo diferente que sería ese año sin salir al bosque. —Mi propio camino —dijo en voz baja mientras cambiaba de canales. Pasados unos minutos, fue a la cocina para prepararse un sándwich, pero se detuvo un momento al observar el cuchillo de cocina que estaba en el cajón. Sus ojos brillaron con el fulgor del titanio. El sol lo hacía resplandecer de una forma casi mágica. Nara tenía una definición para eso: perfección. Nunca había sentido tanta fascinación por un arma. Ni siquiera por la escopeta de su padre. —¿Qué hacer cuando no sabes qué hacer…? Dejó a un lado la bolsa de pan blanco y salió con el cuchillo metido debajo de las mangas de su blusa azul. Cruzó la calle y caminó por la acera hasta llegar a la casa de Meg, esa que le había estado molestando desde que se conocieron en la escuela. “Tonta, Nara” era uno de los adjetivos que más usaba para describir a su compañera. No era original ni mucho menos algo que le doliera, pero estaba harta de escucharla decir eso frente a toda la escuela. Tocó la puerta, primero asegurándose que no hubiera nadie en las calles o alguien en las ventanas, y esperó con las manos a su espalda. —¿Quién es? —se escuchó que dijo una voz dentro de la casa. Era la madre. —Soy Nara McMorton, señora Janey. La señora Janey abrió la puerta con la misma inocencia que usó Nara al hablar. 108 • Avery A. V.


—¿Sí, cariño? Pero Nara no dijo nada y le insertó el hermoso cuchillo en la garganta. —Con su permiso —dijo Nara mientras dejaba a la mujer contorsionarse en el suelo y pasaba a la sala. —¿Qué haces tú aquí? —preguntó Meg indignada. —Sólo haciendo una visita. —¿Mi mamá te dejó entrar? —Algo así. —Vete de aquí antes de que llame a la policía, Nara estúpida. Nara no dijo palabra y sacó el cuchillo de su espalda. —¿Qué haces con eso, Nara? —preguntó con miedo su interlocutora. —Nada. —Es en serio… Un grito llenó la estancia. 9 de septiembre de 1990 —¿Te acuerdas, Nara? —preguntó su padre desde la sala mientras destapaba una cerveza. —¿De qué? —inquirió Nara. —De cuando nos encargamos de esos oficiales en el bosque. —Ah, eso. Después de un tiempo de investigaciones, los oficiales del pueblo habían caído en casa de los McMorton a hacer preguntas. Varios de ellos pensaban fervientemente que eran los culpables, pero no encontraban las pruebas suficientes todavía. Algunas piezas no encajaban en el enorme enigma. Y los McMorton fueron más inteligentes para deshacerse de ellos. Tanto, que mataron a los oficiales que más sospechaban de ellos y nadie lo Galería nocturna • 109


supo. Todos creyeron que habían muerto por manos de alguien más. Cinco años después, Nara era casi toda una mujer. Su cuerpo se había acomodado como era debido y los hombres le sobraban por todas partes, aunque ella los desechara como si no significaran nada. No estaba interesada en los amoríos. O al menos no por el momento. Siendo muchos los crímenes que cometieron entre 1980 y 1990, estaban más que extasiados por la sangre. Ese era el color de la felicidad, según le había dicho Nara a su padre una vez después de haber apuñalado a un muchacho que quiso abusar de ella en el verano de 1988… Y había comprendido algo desde entonces. —Por cierto —dijo Nara, sacando el cuchillo favorito del cajón—, creo que ya soy un poco mayor para comprender qué fue de mi madre. ¿No lo crees? —Puede ser que sí, cariño. —Entonces… —Yo la asesiné —contestó sin más. “Lo sabía”, pensó Nara. —¿Por qué lo hiciste? —Bueno, pues porque era un maldito dolor de cabeza. —¿No la querías? —preguntó en un tono de voz más elevado. Se acercaba a la sala. —Por supuesto que la quise, hasta que se puso como vaca la muy estúpida. —¿Eso fue después de tenerme a mí? —Por supuesto Nara. Pero… ¿A qué vienen tantas preguntas? —Bueno —comenzó a decir. Estaba detrás del sillón en el que estaba su padre—, es que hace un tiempo comprendí... sentí algo, y lo comprendí sin buscar explicación en ninguna parte. —Bueno, dímelo para ver si yo lo entiendo, cariño. 110 • Avery A. V.


—Tiene que ver con asesinar. Es esa sensación cuando ves los sesos de alguien volar por todas partes o eso que yo siento al apuñalar a un inocente. Se le conoce como locura, ¿no es así? —Sí, eso creo. —Entonces seguí pensando en ese sentimiento y en las demás personas. ¿Habrá algo dentro de mi cabeza que me obliga a hacerlo? —Para serte sincero, creo que nunca había pensado en eso. —Mientes —dijo, y le cortó el cuello de lado a lado sin que siquiera se percatara de ello —. La locura se hereda, padre. Y ese sentimiento que te obligó a matar a mi madre es el mismo que me mueve como un títere para hacer lo mismo contigo. Lo supe entonces y por eso no quería comprometerme con ningún hombre. Sabía que mis hijos me matarían en algún momento determinado. Iván McMorton lloraba. Intentaba decir algo pero no salían más que gemidos de su boca. —La sangre llama, señor McMorton, y esta vez ha sido a su puerta. Dejándolo en donde estaba, Nara limpió el cuchillo y subió a su cuarto a ponerse ese vestido blanco que tanto le gustaba a su cita. —Me voy, padre. Vuelvo antes de las diez. No te preocupes, que me divertiré. Con su bolso café colgándole del hombro y con el cuchillo dentro, Nara McMorton se encaminó a lo que sería un día lleno de posibilidades.

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Monstruo. Monster. Monstrum. Mostro. ¿Y si te dijera que eso que soñaste se puede salir de tu cabeza? No me creerías. ¿Y si te dijera que esa cosa espantosa que soñaste puede seguirte después de que te despiertes? No te gustaría escucharlo, ¿verdad? Bueno, ¿a qué persona cuerda sí? Por supuesto, a mí no me importaría. En el mundo hay muchos tipos de personas locas. La mayoría de nosotros no reconocemos que estamos locos, pero hay otros tantos que no lo pueden ocultar. Un claro ejemplo es el señor Wallace, de Blindspot. Y otro claro ejemplo es el señor Edgar Allan Poe quien, en su cuento “El corazón delator”, nos da una clara explicación de que él no está loco pues, ¿a qué loco se le ocurriría proceder con tanta cordura y explicarnos su plan con tanta tranquilidad? Claramente, el final nos dice otra cosa. Pero esa ya es otra historia que pueden investigar por su cuenta. No pienses mal de mí, en serio. Que mis pensamientos no te confundan y te hagan pensar que estoy loco o que soy un grosero. Porque no lo estoy, ¿verdad? No, por supuesto que no. Eso sería decir demasiado. Y cuando alguien dice demasiado, no le conviene que lo escuche yo. 113


Disculpa que divague un poco. Ya hasta casi me parezco a ese viejo de Wallace, que en paz descan... ¿Ya murió? Como sea, no espero que te importe. Monstruos. Qué forma tan más maravillosa de llamarlos. Pero, ¿por qué no simplemente podemos verlos y llamarlos Eso? ¿No sería más fácil? Puede que sí. Monstruo. Monster. Monstrum. Mostro. Lo he dicho antes y lo seguiré diciendo: los sueños son el motor de la imaginación. Pero en este caso son el hacha que corta tu cordura. ¿Por qué? Porque vienen a cazarte. Las cosas pasan por una razón, ¿no lo crees? Porque yo, en verdad, sí lo creo. De otro modo, ¿por qué las cosas son como son? ¿Por qué no simplemente son de otra manera y ya? Exacto, son preguntas que no se pueden contestar así de fácil. Está la relación de causa y efecto. La causa es lo que pasó hace varios años; el efecto, lo que ha seguido pasando y pasará después, incluso cuando ni tú ni yo sigamos vivos. Las cosas de este tipo seguirán sucediendo. Te lo puedo asegurar, pequeño. Una vez fui a un lugar llamado La Bufadora. Es un bonito lugar para ir de turista y comprar suvenires. Ahí hay, o había, un puesto donde venden cosas marinas, como caballitos de mar, peces diablo, conchas... Uno pensaría que es un puesto normal como los otros… pero yo no lo creo. Al fondo a la derecha, un monstruo vive. La primera vez que lo miré me pareció un traje de buzo ordi114 • Avery A. V.


nario. Vestía con un traje completo —de buzo, claro— de lo que parecía ser plástico, con dos guantes y un par de enormes botas, contando por supuesto el casco… De tan sólo mencionarlo se me pone fría la espalda. Esa primera vez que lo miré, lo hice por un largo tiempo. Tanto, que la señora que atendía ese puesto me preguntó si me encontraba bien. Tranquilamente le dije que el traje me había cautivado. Ella me confesó que eso no la hacía sentir muy cómoda. Me dijo que a veces sentía que se movía, que la observaba. No lo dudé ni por un segundo. A veces sigo teniendo pesadillas en las que el buzo me persigue… Los monstruos viven en las paredes, ¿sabías…? No, tal vez no. ¿Has escuchado el crujir de una casa en la noche? Son ellos. Son los monstruos, aunque muchas veces lo atribuimos a que es normal y que en todas partes sucede. Viven de la oscuridad. Viven del miedo. Viven justo sobre tu cabeza e incluso al lado tuyo. Y, muchas veces, debajo de tu cama o dentro del armario. Se alimentan de tus peores miedos y toman forma de ellos, aunque algunos otros prefieren salir en su forma original, lo cual es mucho peor. Algunos monstruos suelen ser completamente blancos, con dedos enormes, sin ojos y con una extraña lengua partida a la mitad… Otros pueden tener largos cuernos en forma de espiral y estar llenos de pelo café oscuro, con unos ojos tan negros como la más profunda noche… Y también están las criaturas de la oscuridad: criaturas pequeñas y grises con ojos y dientes negros que salen a pasear en tu casa a altas horas de la noche, Galería nocturna • 115


brincando de un lado para otro como si bailaran, pero por supuesto que no bailan. No, claro que no. Son muchas las especies de criaturas que hay. Todas ocultas en diferentes agujeros. No sé si te has dado cuenta en las noticias… No, no creo que lo hayan pasado en las noticias. Como sea, en Laketown se está abriendo el suelo. De las profundidades saldrá un túnel que conecta éste mundo con el mundo de los oscuros, esos que habitan en los agujeros de Jinette y muchos otros que están por ahí, ocultos entre las tinieblas. Estoy casi completamente seguro de que el señor Lancaster se encargará del caso, si no, lo hará uno de sus investigadores. El punto es que nadie saldrá vivo de eso. Los espíritus siempre ganarán en este mundo, como bien lo demostró el padre Strauss en 1945, en Rivertown. El pueblo quedó completamente destruido. Inexplicablemente, así han sido las cosas desde aquel incidente con la familia Birdwhistell en 1830. Algo parece haber pasado el primero de enero de ese año que ha hecho que todas estas cosas pasen. Pero muy probablemente esté equivocado. Nunca se puede estar seguro con respecto a los demonios... o de los pensamientos de uno. Cuídate de esos extraños sonidos en tu habitación. Cuídate de las sombras y de los crujidos que se escuchan detrás de la puerta. Porque una vez que las escuchas, no te dejarán en paz. Incluso pueden llegar a comunicarse contigo. No te conviene contestarles. Lo mejor que puedes hacer cuando escuches el crujir de una puerta o el sonido de las paredes al moverse, es salir huyendo y gritar por ayuda. De lo contrario, no saldrás de esa.

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Hace frío. Adivina en dónde estoy. Te aseguro que te puedes dar una idea. ¿No? Bien. Estoy en La Bufadora, de nuevo. Me encuentro justo en la entrada y te puedo decir que es espeluznante mirar la calle vacía perderse hacia la izquierda. El clima está un poco frío y el cielo está gris. Las nubes amenazan con empezar a llover. Camino con paso calmado mirando a todas partes, atento a cualquier movimiento. Nada. El único ruido es el que emiten mis zapatos al caminar. Por todo lo demás, parece tranquilo. Pero hay algo que me inquieta mucho. No es normal que un lugar te haga sentir oprimido, pesado, asustado, sin tener motivo. Bueno, creo que yo lo tengo (el motivo, quiero decir). Por fin puedo ver una cortina abierta, y ahí me dirijo. Y supongo que sabes qué es lo que estoy buscando. Subo el escalón y entro. A ambos lados se supone que debe haber caballitos de mar, conchas y otras cosas marinas más a la venta, pero no hay nada, excepto en el techo. Me dirijo al fondo y, por encima de mí, acechándome, veo a las mantarrayas y las cabezas de tiburones observándome cuidadosamente… y el buzo… no está. ¡Crash! Escucho que algo se rompe a mi izquierda y el corazón me empieza a latir desbocado. Me entra el pánico. Pum, pum, pum… Escucho el sonido de las botas de hule al chocar con el suelo. Todo el local comienza a temblar. Pum, pum, pum…

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Más cerca… pum, pum, pum… ¡Más cerca! No lo soporto más y salgo del lugar, no sin antes alcanzar a ver al buzo, asomándose por una puerta, observándome con sus ojos brillantes desde dentro del casco. Al salir me encuentro con una persona en la calle y desesperadamente trato de decirle que huya, que escape, que la cosa… que Eso vive. Sigo mi camino. De repente, siento que estoy en el suelo (he caído sin darme cuenta) y una llanta me pasa por encima de la pierna derecha y avanza lentamente hasta mi estómago, hasta mi pecho, hasta mi cabeza. Al cabo de unos segundos, ya estoy muerto. “Carta a los monstruos” – 28/10/94 Esta carta no es más que tinta esparcida en un trozo de papel. No tiene un motivo explícito. Sólo que no dejo de pensar en esos sonidos que escucho por las noches. Estoy muerto de miedo. Admiración es lo que siento por este señor llamado Lovecraft. Sus monstruos me han mantenido atemorizado por más de dos décadas. Por las noches no puedo dormir por estar pensando en ellos. Muchas personas más han contribuido mucho en mi cordura. Por algo las personas comienzan a creer que me estoy volviendo loco. 118 • Avery A. V.


Y muy probablemente estén en lo cierto. “Ellos” me buscan en las noches. Me llaman por mi nombre y me murmullan al oído. Dicen cosas que me hacen temblar. Cosas que me hacen estremecer del miedo. Me asusta estar volviéndome loco de verdad. Yo creo q Dejaré de escribir por ahora. En mi sótano he estado escuchando sonidos extraños. Me iré de aquí. Esta carta fue encontrada por el agente Vega, del Departamento de Investigaciones Paranormales, en la casa del señor Woodman.

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Otros títulos de la colección Encuentros y finales del mundo Antología de ficciones mínimas del Taller de Narrativa del Ceart Tijuana, año 2016

Gazapos Antología de historias del Taller de Narrativa del Ceart Tijuana, año 2016


Esta primera edición digital de Galería nocturna. Antología de historias del Taller de Narrativa del Ceart Tijuana, año 2017, se editó y se compartió en diciembre de 2017 por Monomitos Press.

Si deseas obtener un ejemplar impreso, escíbenos a monomitospress@gmail.com

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Adelante, pasen, sean bienvenidos a esta galería nocturna de historias. Mi nombre es Néstor Robles y seré su guía. Mucho gusto. Desde 2015...

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