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Mis parientes y el álbum familiar

Miguel Ángel Izquierdo Sánchez (Con fotografías de cuatro generaciones)

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Mis parientes y el álbum familiar Por Miguel Ángel Izquierdo Sánchez

Edición a cargo del autor.

Fotografías tomadas de álbumes de Jorge C. Izquierdo Bravo, Leticia Díaz de León, Miguel Izquierdo Viamonte, Lorena Arámburo, Kristy Ayala Hall, Cecilia Ayala, Rocío del Castillo, Susana Azuara, Maricela Figueroa Zamilpa, Alicia Argüero, Luis Valdes Grabaluz, y de otros familiares.

Derechos reservados, México, 2017.

Se reciben sus comentarios sobre la obra en: izquier1953@gmail.com

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Introducción

A los dieciocho años (por los años setenta), platicaba con mis hermanas sobre lo afortunados que habíamos sido en la familia de mis papás, al no haber en ella ningún pariente accidentado o difunto antes de tiempo y según nosotros, todos los vivos gozaban de buena salud. Seguíamos con ese recuento cuando empezamos a preguntarnos: ¿y qué fue de la hermana mayor de mamá? No pudimos contestar. Pero sí sabíamos que había muerto joven. Tuvimos que rectificar poco a poco: ¿se acuerdan del tío Juan, hermano de mi mamá?, parece que se suicidó. ¡Ey! ¡También lo hizo pocos años después tía Tere, la gemela de mamá! En unos segundos, el panorama familiar nos cambió por completo. El cuadro ya no era tan feliz, ni siquiera tranquilo. Digamos que se nos presentaba más humano, por no decir tormentoso. Pero ciertamente no había respuestas claras, producto de los mensajes vagos que habían llegado a nosotros en la niñez. Ya en el año 2000, necesitado de respuestas más precisas, hacía esta petición a mis familiares: Demando a los parientes mayores, tíos, primas y primos, que cuenten lo que saben de esas dos mujeres hermosas y un amoroso tío que ahora sabemos por cierto que se suicidaron, pues nos dejaron sin su cariño, y a la mirada serena de mi abuela Lupita sin la mitad de sus hijos. Si lo cuentan, los queridísimos parientes chicos, nuestros retoños, podrían también aprender de aquellas vidas y sus causas suicidas silenciadas. Antes que eso, ¿pueden decirnos si mis tíos habrán dejado recado para nosotros? Así que a manera de rompimiento con típicos comportamientos familiares de silenciar o teñir en especial hechos trágicos, he venido preguntando qué sucedió con ellos y con otros parientes, ampliando los temas, sin quitar su lugar a los trágicos. Toda familia tiene sus claroscuros, sus fuertes contrastes y falsas concepciones, a veces cultivadas por el silencio familiar. Me ha llevado decenas de años resolver algunas de las preguntas que nos hacíamos desde jóvenes, dado que muchos de nuestros mayores han preferido callar, y otros 3


más, como recurso psicológico de defensa, olvidaron lo sucedido de los eventos traumáticos que vivieron. Digamos que esas eran algunas motivaciones para hurgar en el pasado familiar, pero hay otras. Me maravilla el humor de mis parientes, el mismo que no se me da y quisiera algún día conseguir. Tanto me entusiasma su sabiduría y uso del lenguaje, que mi primer libro/antología (Tallas a la tanquianera) fue producto de la atenta escucha de las voces de increíbles mujeres y pobladores de la huasteca, parientes de Susana mi esposa y míos, a quienes admiro y de quienes no paro de reconocer su ingenio y dotes orales. Más allá del uso del lenguaje, me sorprende el concepto del mundo que implican, el que rían de sí mismos, gran paso hacia la sabiduría. Preguntando aquí y allá, con parientes y vecinos he venido coleccionando anécdotas y bromas, “puntadas”, relatos de sucesos que dan sabor y picardía a la experiencia familiar, salidas ante situaciones críticas que fueron dibujando una rica y variada experiencia vital, tanto identitaria, como de lo que no quisiera ser o experimentar. A todas las tías y parientes que han aportado noticias aquí recogidas, mucho les agradezco sus aportaciones puntuales.

El cuadro resultante de esta colección siempre provisional, como supongo el de toda familia, resulta complejo, y en algunas partes aleccionador. Acompaño los textos con fotos del archivo de mi padre, complementando con otras de parientes que nos han compartido algunas suyas. Al hacerlo, la obra se vuelve colectiva, transgeneracional, y como ahora pretendo, pública. Tengo por cierto que otros, al abrir las ventanas de nuestra experiencia, aprenden y logran prevenir problemas que ya hemos vivido. Ojalá siga siendo así y a la inversa. También sigo convencido del aporte que brinda el análisis de las imágenes al conocimiento de las personas y sus relaciones, por eso tienen su espacio privilegiado en el libro. La obra digital está concebida para ir creciendo con nuevos textos y fotos. En ella irán apareciendo otros parientes, con sus dones y genialidades, sus virtudes, como sus situaciones dilemáticas. De todos ellos aprendemos, por eso, conforme nos demos tiempo, se les hará su espacio. Ahí vamos.

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Los bisabuelos, abuelos y tĂ­os que se fueron

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Los bisabuelos Chuchita y Antonio Izquierdo La familia de la bisabuela Chuchita Vivanco provenía de Zacapu, Michoacán. Ella casó con el bisabuelo Antonio Izquierdo, de Río Hondo, Estado de México y se establecieron en Ciudad de México, en el barrio de Santa Julia. Tuvieron cinco hijos y dos hijas. Dos de ellos, siendo jóvenes, se batieron en duelo y ahí murieron. Así se arreglaban las diferencias por allá de los años cuarentas. Chuchita tuvo fuerza suficiente para resistir su violenta pérdida. Lo que nos llega de ella son noticias de que preparaba chochos para curar a parientes y vecinos y que solícita atendía a las mujeres en sus partos. No importaba que fuera noche o de madrugada, se hacía acompañar de algún nieto soñoliento y tomando sus toallas y sábanas, iba a donde la llamaran por el rumbo de Tacuba, entre los campos y sembradíos, hasta los jacales de las parturientas. Sus hijos le reclamaban: “¿a dónde va tan noche?, luego ni le pagan”. Chuchita tenía la respuesta en los labios: “ellas no están para pagar, sino para que les den”. Así era, comúnmente regresaba agotada de los trabajos de parto, con sábanas para lavar y de vez en cuando, con una gallina. Ocasionalmente le enviaban un marranito en agradecimiento. Su corazón era muy grande: acogió en su casa al nieto Luis, homosexual. Del bisabuelo se sabe que era maestro rural, y que para ir al trabajo, lo vestía Chuchita, con su único y sencillo traje. Por lo visto el que nos vistan, es parte constitutiva de la herencia familiar.

La bisabuela con hijo, nuera y nietos.

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Los bisabuelos Lidia Árciga y Antonio Bravo ¿No es mérito mayor, que hayan tenido diez hijos, todos de gran humor? Además tan inteligentes como para reírse de sí mismos. Eso nos debe hacer pensar en lo mucho y valioso que aportaron sus padres Lidia y Antonio. Pocas noticias tenemos de los bisabuelos, salvo que Lidia venía de Michoacán, que él era empleado en la Secretaría de Fomento como fotógrafo, que continuamente tenían dificultades en pagar la renta de su casa, y que a él debemos las finas fotografías de las bodas de mis abuelos Aurora y Cipriano. Digamos de paso que estos afanes documentalistas, nos vienen de él, escanciados con las gracias de sus descendientes. (Fotos de la familia Bravo Árciga, el bisabuelo, y una boda de su hija, 1924)

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La firma de Antonio Bravo aparece en la anterior foto de 1924, que se constituye en una fuente para quien ande en busca de ropas estilo “vintage” usadas en la colonia Santa Julia. También documenta los juegos entre militares, vean si no la mano de uno de ellos sobre la cintura de otro que se cisca por ello (el cuarto en segunda fila de adultos de izquierda a derecha). Al parecer, entre los chiquillos y jóvenes de las primeras dos filas, están todos los hijos de Lidia y Antonio. Al centro ella y su consuegra Chuchita Vivanco.

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Nuestros abuelos Lupita Aguilar y Juan Sánchez Cañas

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De ellos sabemos que eran campesinos, de fina y dura madera, generosos y trabajadores. Él era originario de Calacuaya, cultivaba plantas medicinales y especias, que los hijos de sus vecinos iban a comprarles en puñados que costaban cinco centavos, allá en los años cincuenta. Tenía además sus vaquitas cuando se hubo avecinado en el barrio de Santa Julia, en la ciudad de México. La familia era toda una empresa los fines de semana, cuando servían la barbacoa preparada en hasta cuatro hornos bajo tierra, que el abuelo alimentaba con leña y cubría con pencas de maguey. Mientras él vigilaba su cocimiento, las mujeres de la casa bullían en los preparativos de la vajilla, las mesas, los refrescos y los atoles. Era una fiesta ayudarles en la tarea, que por lo visto ellas empezaban de madrugada, para atender a veces a cientos de comensales.

Ellos criaron a tía Lucha, tía María, a los tíos Beto, Juan, a las gemelas Tere y Pita y a tío Álvaro. La vida debió ser difícil para quien tuvo que alimentar a siete hijos y a sí mismos como pareja. El concepto y las consecuencias del trabajo nos han llegado desde ellos, como nos ayudará a entender el devenir de sus hijos, más adelante, en varios casos trágico. Con todo, no olvido las hermosas plantitas de pensamientos en sus jardineras, el calor y el sentimiento de cariño a los pies de mi abuelo, mientras leía el Excélsior, cuando le ronroneaban sus gatos, y en la sonrisa comprensiva de mi abuelita, como en los apapachos de las tías.

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Explorar el corral y las bodegas de trebejos en su casa, era toda una aventura, que anhelĂĄbamos repetir cada semestre, para lo cual viajĂĄbamos en tren durante doce horas, desde San Luis PotosĂ­.

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El General Cipriano Izquierdo según relataba su hijo Pianís A sus 88 años, en medio de los avances de la demencia senil, con gran pérdida de memoria a corto y largo plazo, nuestro padre Pianís recuerda casi a diario más escenas o vivencias de su admirado y violento padre que de su suave y adorada madre Aurorita. ¿Por qué es así? Una de ellas es que protegía y creía más a su hermana, la hija mayor, que a él, por lo que no era poco frecuente que recibiera sus cintarazos y manotazos. Pero ese hecho, que pareciera estar asociado con dolor, lo escenifica con visible entusiasmo y gusto por platicar acerca de su padre, como algo admirable en él, hombre fuerte, impositivo, violento a veces y autoritario. No hay contradicción en Pianís, es (fue) su padre, pues lo considera vivo en sus olvidos. Otra escena que describe de vez en cuando, como buen beisbolista que fueron uno y otro, es cuando su padre se robaba la tercera base: sumamente ágil, fintaba al pitcher buscando su error, lo interpelaba contra lo permitido por el reglamento, lo provocaba con palabras, lo distraía, no lo dejaba en paz hasta que lograba desquiciarlo. Esa era el momento justo para robarle la base, sabía que venía enseguida el error del pitcher.

En una ocasión en que Cipriano estaba en tercera base y pretendía robarse el home, le gritó al pitcher: “tira a primera base, tira a primera”, como si fuera de 12


su equipo, con toda su autoridad. El inocente pitcher cayó en el garlito, lo obedeció y Cipriano llegó victorioso a home, antes que el pitcher se diera cuenta del engaño que le había jugado. Suele ser ese el robo más difícil en béisbol, que logró más de una vez con sus astucias y artimañas, como de conocimiento psicológico de las debilidades de los pitchers ante su imponente personalidad. Eso lo platica Pianís como una hazaña de su padre, como si lo homenajeara en el momento que lo platica.

Asociada con esa jugada, cuenta otra más violenta. Al robarse la segunda base, Cipriano llegaba barriéndose y con el propio impulso de su velocidad, se levantaba en un movimiento contínuo para banderillar materialmente la espalda de su contrincante con sus puños y con el cuerpo entero dramatizando la artística posición de colocar las banderillas a un bravo toro, representado por quien a sus pies intentaba ponerlo fuera de juego. Era esa toda una provocación pública y notoria, redoblada por sus risotadas, que ante la mala cara del segunda base completaba golpeando la voz: -

¿No te gustó? Pues si no te gustó lo resolvemos como quieras– mientras el Coronel se arremangaba la camisola en son de pleito a puñetazos.

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Una de dos, el segunda base defendía su dignidad enfrentándose a las bofetadas o sólo refunfuñaba continuando el juego. Aún así, Cipriano continuaba su lidia, muy condescendiente: -

Como tú quieras, ¿eh?

Alguno caía en la ira y empezaba el pleito ahí en el medio del campo de juego, junto a la segunda base. Pronto, por la fuerza y velocidad de los ganchos y jabs del zurdo Coronel, acababa con el contrario y venía uno de los compañeros del derrotado a hacerle el quite, que también era pronto noqueado o dejado sin aire. Y así otro y otro. Alguna vez Pianís contó hasta seis tirados a puñetazos. Pero la tensión no sólo estaba en el campo de pleito. Pianís estando en las tribunas, desde el inicio de la primera pelea tenía la orden del entonces Coronel, luego general de infantería, de acercarse discreta como rápidamente al lugar del pleito con la pistola calibre 45, imposible de ser escondida en su enclenque cuerpo y que llevaba para su padre, “por lo que se ofreciera”. Y efectivamente algunas veces se le ofreció, cuando estaba ya agotado, con los nudillos ensangrentados o cuando se le venían varios contrarios al mismo tiempo para contraatacarlo. Entonces Cipriano daba la orden a su hijo: -

Trae pa´ca…

Pianís debía darle el arma de inmediato, desenfundada, so pena de ser apaleado más tarde. Cipriano tomaba la 45, cortaba cartucho apuntando al cielo, remachando su provocación: -

¡Ora sí, pásele quien guste!

Recorría con mirada burlona a cada uno de sus contrincantes, retándolos con todo el cuerpo y sobradamente con la lengua, repartiendo ofensas y desafíos. 14


-

¿No van a querer?

Así acabó más de un partido de béisbol, con sus trifulcas y bravuconadas. Me intriga por qué mi padre recuerda o recordaba tanto estas escenas, no con expresión de miedo o terror, o de desprecio. Pues Pianís añade a menudo: -

¡Ay mi padre!

Lo dice con movimiento de desaprobación en su cabeza, pero a la vez subiendo las cejas o alargando la boca, presionando los dientes. Está viviendo esas angustias infantiles, está reviviendo a su padre.

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La abuela Rorra Viviendo en Lago Bolsena, con siete chamacos y un fugaz Coronel por marido, lo más común era que a Aurorita, la Rorra, se le escaparan descalzos niños y niñas para ver el mundo en sus alrededores. Eso hacían Peranza y Chuy para ir a aprender a hacer tortillas con Chuchita Villagrán, su generosa rentera, cuya vecindad pululaba a un lado. De repente, un característico chiflido del Coronel Cipriano les advertía que habían roto las reglas y que debían regresan corriendo a casa, no sin antes recibir a la entrada sus cintarazos por andar de chincualeras descalzas. Seguido estas salidas tenían como colofón altas temperaturas e inflamadas anginas por la noche. Mientras la Rorra las curaba con tortillas y tomates asados, calientitas, puestas por cuellos y pies, maldecía: – Aparte de dar lata todo el día, les da temperatura por las noches. Y lo peor es que ni se mueren... De ese colorido era su humor.

Estando en sus setentas, y su marido con un poco más, él le dijo con amor tardío: -

Cuando me muera quiero que me entierren junto a ti.

Ella respingó con la señal de una cruz en su mano zurda: -

¡Ni lo mande Dios! ¡Quedarás muy lejos de mí y volteando para otro lado! 16


El tío Lupe Izquierdo Vivanco Según lo describen nuestros parientes memoriosos, el tío Lupe Izquierdo Vivanco era, además de exageradamente honrado, todo un galán. Gustaba vestir traje gris, camisa blanca, vistoso sombrero Tardán oblicuamente colocado, que en conjunto le daban elegancia a su delgadez. Su figura era inestable, no paraba de moverse de un lado a otro, nervioso, ágil y acomedido.

Visitaba en esa ocasión a su hermano Cipriano y a su esposa Aurorita, en la casa de Av. Juárez de SLP, en tiempos en que no salían de ese cascarón sus sobrinos Rafa y Nacho. Diariamente, tempranito a las 6:30, el muy coqueto tío Lupe se ponía el traje y salía “a chulear”, a cuanta empleada doméstica de buen y regular ver barría las banquetas embaldosadas sobre la Calzada de Guadalupe. Aquella vez hizo otro tanto tío Lupe: se puso la camisa, el saco, y se acomodó el sombrero a su muy peculiar estilo, de barco a la deriva. Salió de conquista y muy cerca, a media cuadra, encontró a la primera joven en edad de merecer 17


sus atenciones. Ella estaba de espaldas, entretenida con la escoba sobre las canteras rosas. Le lanzó su mejor anzuelo: “de la mano de una hermosa como tú cualquiera me envidiaría caminando por la alameda; paso por ti al anochecer, ¿qué te parece?” Volteó la doncella a verlo y con incontenida risita medio oculta entre sus manos, dejó caer la escoba. Eso obligó al tío Lupe a buscar en su cuerpo el origen de tan obvia burla. ¡Había salido sin pantalones de la casa! ¡Sus rayados calzones era todo lo que cubría unas flaquientas piernas de fideos! En un par de zancadas llegó de regreso a casa del Coronel, sin voltear para nada, como mula con ojeras, no lo fueran a ver otras vecinas. Tocó la puerta de fierro y desde la ventana superior, lo divisaron a escondidas Rafa y Nacho. No por eso le abrieron, haciéndose los dormidos. Dicen que de ahí salió el dicho: “para aprender a chulear, uno se ha de preparar”.

(Tío Lupe, con sus hijos Lázaro y Virginia, con Rorra y Cipriano)

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El tío Heliodoro Izquierdo Vivanco I Para quienes no lo conocieron, el tío Helio era puntualísimo, formal, trabajador, poeta, periodista, entusiasta ferrocarrilero, y cuando jubilado siempre andaba con prisa para seguir ofreciendo su servicio gratuito a otros de su gremio. Tenía más de 76 años, cuando por todas sus virtudes, el líder sindical de los ferrocarrileros potosino lo designó responsable de dar la bienvenida a todos los invitados a la fiesta navideña anual, seguro de que estaría a tiempo y con su porte digno cual más, coronado por bombín. Nadie mejor que él para tal comisión. Era un jueves y el tío Helio se bañó y perfumó como nunca, y dado el frío de la temporada, se puso su largo abrigo negro, elegante, a tono con el evento. Salió apurado de casa de Elenita y Sam, y para acortar terreno evitó las pocas banquetas que había por la colonia,

lanzándose

por en medio de los

muladares, solares y terrenos en construcción. Usaba lentes gruesísimos, por su baja visión, por eso no alcanzó a ver una zanja que estaba en uno de los lotes vecinos y fue a dar a su fondo. Salió de ahí todo enterrado. Del esfuerzo por salir de la zanja, le surgió una gran necesidad que le hizo regresar a casa. Sam se sorprendió al verlo de vuelta y cuando le ofreció sacudirle el polvo, éste no se dejó por la prisa mayor que tenía de ir al baño. El tiempo corría y tío Helio, un Izquierdo, había prometido llegar puntualmente a la fiesta, de modo que a la salida, nuevamente se negó a que Sam le limpiara el polvo de su ya no tan elegante abrigo. Pasó de carreras frente a Sam, quien alcanzó a percibir un olor fétido. Extrañado, insistió al tío que se dejara limpiar el abrigo. El puntualazo de tío Heliodoro no iba a permitirse llegar tarde por un simple abrigo polveado, de modo que siguió su paso firme con todo y bastón. Sam se quedó con la idea de que algo andaba mal en el tío. Don Heliodoro llegó a tiempo a la fiesta navideña, cumplió cabalmente su compromiso de saludar cortésmente a todos y cada uno de los invitados y al terminar la cena, regresó a casa, acompañado de su pestilencia. Entonces no tuvo más que 19


dejarse examinar por Sam. Al quitarse el abrigo aparecieron los restos de una gran torta color café, regados entre el abrigo y el pantalón: ¡se había zurrado en el abrigo al no quitárselo para obrar! Por eso es que desde entonces, Sam dice de quien comete algún error: ¿te cagaste en el abrigo?

II

La silla del tío Heliodoro Hermosa, fuerte y a sus quizás noventa años, esta silla de encino está por emprender su sexto cambio de casa, por lo menos, y al momento de prepararla para su desarraigo me pregunto por qué ha resistido hasta hoy, mientras veo su voluntad de aguantarnos otros veinte años. Como el tío Helio, sigue derechita, bien acicalada, resistente, no se asusta ante los cambios. Como él, se adapta a las circunstancias y personas, siguiendo su trabajo de toda la vida: soportar y apoyar a escribientes, haciéndoles cómodo su quehacer, para que se sientan seguros y así llegar a muchos lectores. Llegó a la casa de los abuelos de la calzada de Guadalupe desde Tlahualilo, en un camión gigante, repleto de muebles de los tíos Conchita y Heliodoro. Dos perros enormes, lanudos, les acompañaban, y a éstos, millares de garrapatas. La abuela Aurorita gritó desde la cocina al saberlo: “que se los lleven de inmediato”, sin siquiera verlos. Con dolor, tío Helio se despidió de ellos, como

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nosotros, chiquillos que empezábamos a encariñarlos con esos juguetones, a los pocos minutos de conocerlos. La silla entró a aquél cuarto de visitas, que fue refugio de tantos parientes, Jando, Anita y Tere Bravo entre ellos. Ahí se instaló el tío con su máquina de escribir Remington, desde la que producía medio millar de gacetas ferrocarrileras para todo el país, puntualmente depositadas en correos, mes a mes. Los niños nos esmerábamos por ayudarle en su empeño cotidiano, incluso cargando los paquetes de revistas embalados, sabedores de que alguna propina saldría de sus bolsillos. Ferronales, era el nombre de aquella gaceta, del que tío Helio era productor, redactor, reportero, distribuidor y editor. De ese espacio pasó al cuarto abandonado de mis hermanos, en la privada de Montes de Oca, desde donde el caballero de bombín y bastón, cortés y sobradamente trabajador, tecleaba muy temprano para cumplir su cometido de vida. De su máquina salían acrósticos, sonetos y poemas para la abuela Aurorita, panegíricos para su hermano militar al que “no le hacía justicia la revolución”, agradecimientos versados para sus protectores, Lupita y tía Elena, Sam y Pianís. Tan cumplida como él, la silla seguía bien parada, erguida, obedeciendo las bellas líneas de su diseño original de un ebanista desconocido, de impacto transecular por su excelente oficio. Por eso tuvo fuerza suficiente para viajar de ahí a Cuernavaca, a dos casas antes de llegar a la mía, pasando por la de mis padres, donde seguía fungiendo de acompañante fiel de una Remington. Está por irse al departamento de mi hija y dudo en dejarla ir. Merece unas caricias en la despedida y mis agradecimientos. Cuando eso hago viene a mí, muy precisa, la imagen de tío Heliodoro escribiendo, y como sorpresa anexa, me salta la pregunta de si no heredo de él el gusto por escribir, tras años de contemplarlo sentado en ella, durante mi infancia, sonriendo ante sus textos, travieso a veces. Es muy posible, me convence tal revelación. Con pesar, la subo al carro que se la lleva, y al acomodarla patas arriba, descubro un mensaje dejado veinte años atrás: “Esta silla de encino perteneció al Coronel Heliodoro Izquierdo Vivanco y a tía Conchita. Fui por ellos a Tlahualilo”. La letra, no hay duda, es de Pianís. Me viene al instante el recuerdo

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de que él la barnizó con especial cuidado, como trataba al tío Helio. Arrepentido, la bajo del camión, se quedará con nosotros. Gracias otra vez. Aquí estás escribiendo a través de mí, tío Helio.

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Ernesto Juan Bravo Arciga I En la fiesta del cumpleaños 75 de mi papá, el tío Juan, un ochentón, me pidió que lo llevara al baño a orinar. Su hermano Pancho, de similar edad y que junto estaba, se nos juntó diciendo: No hay mexicano que vaya solo a orinar. Ahí vamos pasito a pasito, yo en medio de los dos, llevándolos sosegadamente del brazo. En eso tío Juan me pregunta: Hijo, ¿no traes un microscopio? Desconcertado por su pregunta, inocentemente le respondo: No tío, ¿para qué lo quieres? – El que lo necesita es tu tío Pancho, para ver si se la encuentra ahora que va a orinar. Carcajeamos los tres de su científica ocurrencia.

Como verán su humor se hereda. El tío pasó sus últimos días en casa de Carlos su hijo, y al comentarle que sentía que se aproximaba la muerte, Carlos le atajaba: Aguántate a que regreses a tu casa, van a decir que te trato mal si mueres en la mía. Insistía el tío con el tema, y Carlos le replicaba: Siquiera aguanta hasta que te den la segunda parte del aguinaldo. Así seguían bromeando entre los dos, uno acercando, otro alejando la fecha definitiva.

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II Cuenta la tía Peranza, que en toda la familia llamaban “ojo alegre” al tío Juan, pues siempre estaba listo, bien peinado y vestido, para agradar a las bellezas, más si eran jovencitas. Ya setentón, fue llevado a la terminal de autobuses para viajar a San Luis a ver a su hermana la Rorra. Su hijo Carlos lo embarcó hasta el asiento, dada la corta vista del tío. Al despedirse, tío Juan expresó esperanzado: – ¡Ojalá me toque de compañera una jovencita! Minutos después, para su colosal suerte, se acercaban a su asiento una señora mayor y su hija, una preciosa jovencita. Mientras se despedían una de la otra, el tío vaticinaba: “Que me toque, que me toque”, al tiempo que armaba su galana sonrisa, encantadora. Se despidió finalmente la hija de la madre y tomó su lugar al lado de tío Juan, diciendo: – Vete sin apuros, mamá, al cabo me tocó este ancianito inofensivo. Ese dictamen le pegó fuerte en el orgullo, al apuesto galán: le quitó las ganas de coquetear.

III Del tío Juan son las dos pinturas que aquí presento como herencia familiar en varios sentidos: una acuarela con el entonces Coronel de Caballería, el abuelo Cipriano (derecha), y una pintura al pastel con el mismo abuelo. En tanto pinturas de gran calidad al paso de los años, nos siguen acompañando y las admiramos. En tanto recuerdo de una etapa de guerra, no deseamos se repita, 24


aunque de hecho la estamos viviendo soterradamente. El sentido que más pesa sobre mí, como herencia familiar, es el gusto por la pintura, por pintar y dibujar. ¡Gracias abundantes, tío Juan!

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El tío Pancho Bravo Árciga Alegre, fumador empedernido, mezcalero de botella en el buró nocturno –para librar la noche–, bromista hasta las cachas, el tío Pancho estaba encamado en el hospital casi rendido. La hermosa tía Elvira, la Güera, le acompañaba a su lado, tras varios días de desvelo por cuidarlo. Tío Pancho le hizo una petición, con voz debilucha: – Güerita tápate un momento los oídos. Ella, inocente, le preguntó para qué. El tío volteó hacia la enfermera, muy galán: – Oye chula, mañana te llevo al cine, y te compro palomitas. Unos momentos después, moría, en el clímax de la picardía, divertido.

Lo recuerdo llegando con tía Güera a SLP, en camión urbano, con un par de bolsas de mandado. Ese era todo su equipaje, ligero. Venían de pasear por Michoacán y era turno de visitar a mis abuelos, jugar dominó y mezcalear en tanto. Como jubilados activos, ejercían el deporte de viajar, repartiendo bromas y risas por doquier. De cualquier asunto insignificante nos sacaban la carcajada a sus sobrinos nietos. ¡Es una valiosa herencia!

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Tío Jando I Tío Jando, hermano de nuestra abuela Aurorita, se había convencido finalmente de que el alcohol era un veneno para la salud, prueba de ello era que lo tenía en etapa terminal. Resolvió por eso lanzar una cruzada para que todo cristiano y pagano se enterara de tan endemoniado peligro. Cada que tenía a su alcance una bebida alcohólica propia o ajena, le ponía una etiqueta con la calavera cruzada por un par de huesos y la palabra "PELIGRO" en rojo. Eso hacía también con las botellas que compraba. Y para demostrar que la suya era una campaña sincera y responsable en bien de la humanidad, se bebía escrupulosamente, muy sacrificado, sus botellas etiquetadas, antes de que llegaran a bocas de otros tan serios peligros. Héroe nacional injustamente desconocido, soltero, sin hijos, arrostró tantos daños para darnos vida. ¡Brindemos por él!

II

Jando era un viejo tartamudo y chimuelo que se mantenía pintando flores en cortinas, vaciando pequeñas casitas en yeso y luego pintándolas para su venta en el mercado. Sus gastos eran pocos, aparte de las botellas de veneno. Compraba semanalmente billetes de la lotería, que guardaba sin revisar si habían sido 27


premiados en la fecha del sorteo, para darse sus sorpresas a final de año. Ese era su regalo personal de navidad, toda una ceremonia que empezaba por sacar de un baúl los periódicos del año y buscar en ellos los resultados, tarea que le podía tomar ocho días, considerando que aprovechaba para irse acabando el veneno del mundo acumulado en el año. Al visitarlo los niños del barrio, le adivinaban de qué color eran las flores que estaba pintando, sin necesidad de verlas. –Hoy está pintando de naranja las flores, Don Jando. –¿Pe–pe–pero co–co–cómo lo–lo saben? – se admiraba o pretendía admirarse de ellos. –Por sus ojos – le contestaban unos; por sus cabellos, le contestaban otros. Le adivinaban porque al estar chimuelo y no tener dientes para detener la lengua, ésta se le salía y se le había hecho más larga. Junto con eso, mientras pintaba, adelgazaba con saliva sus pinturas, poniendo el pincel cargado de colores, sobre su pronunciada lengua. Lo que no podía hablar, lo expresaba en coloridos ramilletes que engalanaban las cocinas y salas de sus clientes más atrevidas. Se le daba el color, escanciado con alcohol. El estar chimuelo no le impedía disfrutar gustos de dentones. Cuando se le antojaba masticar caña de azúcar, reunía a sus sobrinos y a los amigos de éstos y los llevaba a comprarles a cada uno trozos de dulce caña, que cada uno recibía de sus manos como regalo. Se sentaba en las bancas circulares del atrio del Santuario de Guadalupe, y como era el anfitrión, imponía la única regla: –La–la tie–tie–nen que–que ma–mascar fue–fuerte. A–a–aquí, fre–frente a mí, o ya–ya no–no les vue–vuelvo a co–co–comprar su ca–caña. Niños y niñas hacían competencias por rasgarlas y mascarlas lo más fuerte que podían, aunque les chorreara el jugo por las comisuras de la boca. El chimuelo gozaba con verlas masticar, imposibilitado de hacer lo propio. Era un masoquista de gusto cultivado, hasta en la suerte, pues se enteró muy cerca de morir, que había ganado dos veces la lotería, cuando le faltaban dientes, hígado y días, para gozar las mieles de su destino chimuelo. 28


La tía Tere Bravo Árciga I Tía Tere, hermana de mi abue Aurorita, anduvo en sus últimos años de visita entre unos y otros parientes, de ciudad en ciudad. Soltera, platicadora, muy acomedida con sus anfitriones, era por demás agradable recibirla y jugar con ella a la canasta. Jamás llegaba de visita con las manos vacías, traía siempre consigo un regalo sencillo, pero muy bien seleccionado y lo entregaba como si nada, muy desprendida. Para cualquiera, al saber que ya no trabajaba a sus setenta y tantos años, era obvio que aquello debía ser un sacrificio sobre su pequeña pensión y más se lo agradecía. Ocurrió que la abuelita Aurora recibió a otra hermana de visita y después de los apapachos mutuos, se sentaron en el comedor, para la botana. Alrededor estaban varias comoditas con vajillas y adornos domésticos, de esos que uno compra como artesanías en viajes de placer. La visitante, sorprendida, preguntó a Aurorita: -

¿Cómo llegó aquí ese plato decorado que compré en Michoacán? ¡Tiene la despostillada que le hicimos en mi casa!

Aurorita, incómoda, dio su versión: -

Es el regalo que me trajo en su última visita Tere.

-

Pues hermana, busca qué te falta, y ya te diré si entre los regalos que me lleva después de visitarte no estará eso mismo conmigo.

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II Tere cuidaba por temporadas de su hermano Jando. Ambos solteros, se divertían entre sí. Se presentó la ocasión de asistir juntos a una fiesta y Jando le dio dinero para que se comprara un vestido y un sostén. Tere, sabiéndose sin pecho, le preguntó con qué lo iba a llenar. Jando, experto artesano, resolvió que llenarían las copas con borra. Eso hicieron y en las pruebas resultó una adecuada solución.

Ya estando en el baile, Jando, muy apurado, se acercó a su hermana mientras Tere bailaba, colocado enfrente de ella, tras el bailador, haciéndole peculiares señas. Tere embelesada, no lo veía y cuando finalmente notó sus señas, no atinaba a su mensaje: Tere traía una copa por arriba y otra abajo, en evidente y muy penoso desequilibrio. Jando cerró el caso sudando, por etapas: -

Her–her–mana., po- por po–poco nos de–des–cubren.

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Los tĂ­os paternos

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Tía Zita Izquierdo I ¿Alguien grabó la extraordinaria carcajada de mi madrina Zita y nos la puso en este sitio? Sería un gran aporte a la humanidad, no sólo para la familia, que nos enseña todo un modo de ser, y un medio para burlarse de lo que a otros agobia. Luis, hermano de Miguelito Moreno, aquel niño que conmigo disfrutaba estar a los pies del General, recientemente me preguntó así, tal cual: "¿Y qué es de una tía de ustedes que soltaba unas carcajadas inconfundibles?". Como ven, muchos más tienen esa huella en su cerebro, distribuyámosla a muchos más.

II Las dos Zitas Izquierdo

Mi madrina y tía Zita es la fuente directa de esta historia. Cursaba ella la escuela primaria, allá en su barrio de Santa Julia, por los años novecientos treinta. Era alumna del sexto grado y ya contaba con ese fuerte carácter que la caracteriza. Avanzado el ciclo escolar, ingresó una nueva alumna presentada por el profesor como Zita, de cuerpo fuerte y mayor que mi madrina. No le gustó ni su talante y menos su igual nombre. Ahí empezó la rivalidad. Al día siguiente al pasar lista, resultó que el apellido de la nueva también era Izquierdo. Eso era demasiado para soportarlo. Al primer recreo una a otra se acercaron para dar tremenda pelea. Y así, como programadas, cada uno de los 32


siguientes días se batieron furiosas, en el patio escolar. Ninguna iba a ceder espacio o presencia a la otra. Los pleitos, jaloneos y amenazas mutuas, no cesaron hasta que la “nueva” faltó a la escuela, definitivamente. La noticia corrió como fuego por el barrio y la escuela: se había suicidado. Mi madrina no dudó al verla, como a un espejo, desde la primera vez: “era mi media hermana”.

III Dos hermanitos: Zita y Nacho

Durante sus años de estudiante de medicina en la ciudad de México, el tío Nacho vivió en casa de su querida hermana Zita. Ella lo consentía de mil maneras, cuidando que su ropa estuviera limpia y bien planchada, propia para un futuro médico y que sus alimentos los tomara calientitos. De hecho hasta le vigilaba el sueño al trasnochado practicante. Terminada una de esas siestas reparadoras, Nacho salió apresurado con su bata blanca al turno vespertino de guardia médico. Habiendo subido al elevador, de esos con reja que requerían operador uniformado, éste se atrevió a preguntarle al jovenazo Izquierdo:

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¿A poco se va así como está al hospital? – ¿Y por qué no?, comentó Nacho, feliz con su bata nueva. – Pues yo no me iría así, aunque va bien combinado de blanco, cara y ropa, creo que me vería ridículo... Nacho se tocó la cara, luego olió sus dedos, era talco de bebé el que le habían espolvoreado profusamente por la cara, cual payaso barato. – ¡Ah pinche Zita! Tuvo que regresar al departamento para lavarse.

III Meses después, en el DF, noviando Nacho en una tarde romántica, tras la lluvia, se detiene la chica a la que acompañaba, furiosa, reclamándole: – ¿Cómo te atreves a presumir frente a mí las fotos de tus novias? ¡Y en grande! – ¿De qué hablas? – ¡De la foto que traes pegada en la gabardina! Nacho se quitó la gabardina y descubrió, pegada con diurex, sobre su espalda, la foto de otra amiga que suponía escondida entre sus ropas, de tan secreta. Mientras la novia se le iba, él enrumbaba a casa de Zita para arreglar cuentas, mientras guardaba junto a su pecho la bendita foto motivo de la reyerta.

IV 34


Pasaron años y Nacho iba por segunda vez a la Paz, a donde le aguardaba una bella paceña, recién conocida, Aurorita. El galán, al saber que se consolidaba una oportunidad de trabajo en aquella ciudad, de prisa, encargó a Zita hacerle la maleta, con sus mejores ropas. Quería mostrarse galán, tal como era. Llegó Nacho a la Paz, y al instalarse en el cuarto que le asignaron de la casa de asistencia, empezó a sacar sus ropas para colocarlas en el ropero: sólo traía calzones y calcetines agujereados, pantalones remendados, suéteres con hoyos en los codos, camisas luidas. No venía su ropa de vestir. – Me la vas a pagar, inche Zita...

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Tío Chato Izquierdo Bravo I Era tan hombre, que de puro amor daba a sus sobrinos y parientes hombres su besote en la mejilla, hombres jóvenes y mayores. Ahora lo platico, pero por años fue sólo un rico sabor de saberse querido, amado, así, nada más. Pero en el fondo lo admiraba particularmente pues en mi barrio y en mi familia inmediata, no había visto esa manifestación amorosa de hombre a hombre, lo que hacía tan, tan especial, a tío Chato. Era algo inconcebible o mal visto entre jóvenes y niños, reservado a la intimidad familiar. Pero en Chato era un acto público, ante decenas de personas a la llegada del transbordador o del avión con nosotros, como quien presume estar rebosante de dicha.

II Llegó tío Chato conmigo al Deportivo Cardenales y como cuando era niño me dijo en una tienda grande de La Paz, “busca la chamarra que más te guste, te la voy a regalar”, esa vez, ya de adulto y tenista, me quiso dar la mayor satisfacción: “busca a la mejor pareja de tu club y rétalos, tu tío Chato te hará ganador”. No esperaba tanto, ciertamente me hizo fluir la adrenalina con su seguridad. Ahí estaba la pareja de jóvenes, casi invencibles, en sus veintitantos. Entramos a la cancha, sin haber jugado antes con él de pareja. De inmediato tomó el mando, cariñoso, cuando cometí la primera doble falta: 36


-

Usted meta el primer servicio, compañero. De nada sirve una falta a máxima velocidad. Meta la bola, yo me encargo del resto.

Novato como yo era, temeroso de ir a la red, me corrigió más delante: -

No se me atasque allá atrás como mula, los dobles se ganan en la red, véngase para acá adelante, mi amigo.

Efectivamente él sabía jugar dobles e intimidar a sus contrincantes. Pero no con sus 90 kilos y sus brazos y muñecas de doble ancho, vellosas, sino por su oportunidad y tino al cruzarse como buen delantero y acabar el punto apenas tocaba la pelota. Su mejor golpe lo daba precisamente al cruzarse: en movimiento pegado a la red, ponía la raqueta sobre su singular barriga y al contacto, con esa fuertísima y gruesa muñeca, “mataba”

la pelota,

amortiguando su velocidad hasta llevarla a una caída vertical, rarísima, que no he vuelto a ver en otros doblistas. La dejaba caer a diez o quince centímetros de la red, casi sin bote, en las narices de sus contrincantes. Estos, que esperaban de un hombrón como él una fuerte volea, se cubrían el cuerpo, rígidos, protegidos, de modo que no podían reaccionar a una pelota inocente que se dormía frente a ellos. Eso lo hizo una y otra vez, hasta que llegamos a estar 5–5. Me hervía la sangre, estábamos cerca de la hazaña, y él por demás seguro, presionando, motivador. Yo en máxima tensión, como nuestros adversarios. Perdí mi servicio en los nervios. No por eso me echó la culpa, sino que comentó al final, cuando perdimos: –Yo quería darle su gusto, compañero, pero se nos fueron. Era todo un doblista, aguerrido, ganador.

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Tío Rafa I

Tío Rafa, a la merienda con sus hermanas y hermanos, chiquillos de bocas hambrientas, estaba listo para comerse anticipadamente conchas y hojaldras, cuernos y semitas. Cuando ellos se daban cuenta de que se había acabado el pan de dulce, estaba listo para consolarlos, mientras les daba pedazos del bolillo que sobraba, diciéndoles: – Durito pero segurito. Eso merendaban.

II El fisioterapista Aborrezco los masajes y fácilmente olvido por qué. Para recordar los motivos debo cada vez hacer un profundo ejercicio de rememorar no con el cerebro, sino con el cuerpo que los ha sufrido. Ahí está el primero, recordado por mis vértebras lumbares. Me disponía a jugar un partido de tenis con mi tío Rafael –él siempre tan competitivo–, cuando vio que me contorsionaba ligeramente para calentar esa zona lumbar y preguntó de lleno: -

¿Tienes algún problema?

-

Un terapista físico me ha dicho que mientras no cambie mi revés de dos manos a una, con el que giro toda mi cintura, no dejaré de padecer de dolor y de torceduras en las lumbares.

-

Ahorita mismo lo curo, mi amigo. Mi mamá Concha me hizo quiropráctico desde muy joven, verás que te hago sentir bien en un dos por tres. 38


Lo dijo convincente, como todo un experto. Yo sabía para entonces que en su vida había ejercido diferentes profesiones y que sabía de esto y de aquello. Di por creerle mientras me ordenaba a su modo: -

Recuéstate en el pasto boca abajo, ahora mismo te curo.

Ambos dejamos nuestras raquetas y el bote de pelotas a un lado. Yo me recosté y me extrañó que no se arrodillara para darme masaje o acomodarme los huesos. Siguió ordenando desde las alturas, bien parado: -¡Relájate! Extiende tus brazos a un lado de tu cuerpo, ¡relájate! ¡Cierra los ojos! ¡Flojito, ponte flojito! No me gustó nadita escuchar esa expresión, típica de las enfermeras que están por inyectarte, pero obedecí apremiado por su voz mandante, cerrando los ojos.

En eso salió por mi boca todo el aire de mis pulmones y quedé sin habla. Imposible moverme, menos gritar para pedir ayuda. Me concentraba en respirar y averiguar qué me estaba pasando. Una masa ultrapesada me compactaba contra el piso y me impedía mover. -¡Flojito, mi amigo, no vaya a moverse! –seguía ordenando una voz que era de mi tío. ¡Ah! Entonces era él allá arriba de mis costillas y equilibrándose sobre mi espina dorsal, con todos sus noventa kilos transitando con sus tenis desde mi cintura hasta mi espalda alta. Daba pequeños pasos hacia arriba, cerca del cuello y regresaba hacia el coxis. Mis vértebras percutían como quijada de burro en canción huapanguera. Las escuchaba por mis oídos y además por el eco que llegaba hasta mi cráneo. 39


-Ya merito, amigo. ¡Aguántese! Un poquito más –eso lo escuché pronunciado con un dejo divertido, como que estuviera gozando una jugada maestra. Yo no paraba de sentir un tanque metálico encima, hasta que cesó el aplastamiento. Antes de poder reclamarle, tuve que ir recuperando lentamente la respiración, mientras me sentaba y trataba de comprender lo que había sucedido. -¿Qué tal mi amigo? ¿A poco no te sientes ahora totalmente recuperado? ¡Párate y te reirás de tus males pasados! ¡Y gratis, no te voy a cobrar! Lo hago de puro agradecimiento porque me invitaste a jugar tenis contigo. Se había retirado unos metros, previsor de cómo pudiera yo reaccionar. Precaución necia: yo no tenía más fuerza más que para susurrar, aun empleando toda mi energía y aliento, con coraje: -¡Pinche tío traicionero!

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Tía Chuy Izquierdo I Chuy y sus enamorados ¡La tía Chuy acaba de llegar de Chicago! Seguramente traerá muchos de los discos que le gustan, forrados de plástico, oliendo a nuevecitos. Está muy alegre, se le ve en sus labios gruesos y grandes, siempre bien pintados. Baja por la escalera con los discos, e inicia la ceremonia, como si fuera una misa, de poner el primer disco, con las manos lavadas, y luego otro, mientras mirando hacia el techo y a lo lejos, dará por bailar, y si tengo suerte, me invitará a bailar con ella, aunque mis zapatos a veces se atoran entre sus pies. Satchmo, dice con letras muy grandes en la portada del primer disco que pone. Es un negro ojón, con sonrisa enorme, como la de ella, y una trompeta entre sus manos. Todo está escrito en inglés, que no entiendo, pero que intento leer: Louis Armstrong Orchestra.

A la primera pieza se pone a bailar. Le estorban sus tacones, por eso se los quita, para resbalar por el piso de hule. Su falda vuela para un lado y otro cuando da vueltas. Sus brazos suben y bajan, a veces como que se apoyan en un hombre invisible, pero como si ahí estuviera bailando con ella. Brillan como sus dientes blancos, sus uñas rojas, que van por el aire alargando su cuerpo. Me hace feliz. Cuando de suerte la encuentra así mi papá, baila con 41


ella mientras se preguntan uno al otro, ¿te acuerdas del baile en La Lonja? ¿te acuerdas de la banda de tal? Sólo entre ellos se entienden, hablan de músicos y cantantes, salones de baile a los que él llevaba a sus hermanas y a mi mamá, a veces con sus novios, y bailaban por horas. Estoy sentado junto al sillón de mi abuelo, con las piernas en cruz, y la cabeza apoyada entre mis manos, admirándola. Los niños no podemos tocar los discos, pues como dice ella, “los pueden rayar”, o “se les pueden caer y romperlos”. Es cierto, una vez a escondidas tomé uno y al caer se rompió. Lo tuve que tirar a la basura en un muladar para que nadie supiera. Lo extrañó un tiempo, luego lo volvió a comprar.

A sus sobrinas y sobrinos, si tenemos suerte, nos puede dejar limpiar los discos que están muy usados con un cepillo de seda suave, que hasta nos dan ganas de pasarlo por el cachete. Se sienten cosquillitas. Eso tenemos que hacerlo sobre la mesa, bien sentados, y ella a un lado. Ahora pone un disco que dice Nat King Cole. Me deja leer la envoltura mientras lo coloca en el tocadiscos y me pregunta: – ¿No es hermoso? Es otro negro con una boca enorme, muy simpático y elegante. Yo creo que le gustan los negros. Seguro que si lo pone muchas veces, como hace con todos los que le gustan, me voy a aprender las canciones, porque este cantante 42


pronuncia clarito todas las palabras, las puedo distinguir, no como otros. Como que mi tía ahora baila más rápido, tanto que tiene que quitar la mesita del centro para poderse mover por toda la sala. Su cabeza se inclina para un lado y sus hombros para el otro. Ahora da más giros y giros, su brazo abraza su cinturón ancho, y el otro lo levanta con la mano abierta, mirando para abajo, mientras sus pies van y regresan, ahora muy lentamente. No soy negro, pero aunque ella admira a muchos cantantes y los oye horas y horas todos los sábados y domingos, y abraza sus discos pegados al pecho, cuando sea grande le voy a decir que me voy a casar con ella. Así tendrá con quien bailar todas las horas que quiera, y volaremos de un lado a otro, dando vueltas y vueltas, como ella lo hace cuando está sola, y yo la miro callado, pero feliz de verla tan alegre.

II La herencia que nos dejó Tía Chuy – ¿Qué están haciendo chamacos? Esa fue la pregunta en voz alta que nos hizo ella entrando al garaje de la casa de mis abuelitos. Los seis primos guardamos silencio. Desde segundos antes todos excepto yo, tenían las manos atrás. Su mirada nos recorrió, la sentí muy fuerte. “Fu fu”, es lo que le contesté, con los dedos de mi mano derecha simulando detener un cigarro sobre la boca, según dicen mis hermanos, pues yo de eso no me acuerdo. El silencio cómplice de los demás, hermanos y primos, se volcó unánimemente amargo sobre mi respuesta. –¡Ajá! ¡Conque están fumando! Esa fue la siguiente frase de mi tía, con expresión de sonrisa burlona, pasando su vista por cada uno de nosotros y asintiendo. Cada quien escondía en las manos, por la espalda, una colilla, tomada de los ceniceros de la casa, abandonados por Lupita Robles, la graciosa amiga de mis tías Chuy y Peranza y por ellas mismas. Eran los restos de los deliciosos y mentolados Lucky Strike o Pall Mall, de importación, llegados por Tampico, de donde los traía Lupita para gusto de sus cuatas.

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– ¡Pues si tienen ganas de fumar, su tía Chuy les va a dar de fumar!, – nos dijo alegremente, bonachona. Eso dicen que dijo, también mis hermanos, pues yo no me acuerdo. En eso sacó de su fina cigarrera de cuero, una cajetilla de las dos que portaba, y ante nuestros ojos incrédulos, nos fue pasando a cada uno un cigarro entero, mentolado, extra-largo, y luego empezó a prendérnoslos con su elegante encendedor de gasolina. ¡Qué increíble tía! Ningún adulto nos había dado en la vida tan delicioso regalo, ni siquiera en navidad. Si ya la admirábamos, con esa sorpresa se nos hizo radiante, única en la vida. Paladeamos en silencio el cigarro, nadie entre nosotros cruzaba palabra. Era un gozo entrecortado, a medias, pues hacíamos lo prohibido frente a una persona mayor, invitados por ella. Acabamos el primero y renovó su alegría: – ¿Les gustó, verdad? Tomen otro, enterito para que no anden recogiendo colillas chupadas y con secretos ajenos. Nos los fue encendiendo amablemente. Ándenle, nos animaba. El segundo nos supo rico, no tanto como el primero, pues el silencio colectivo le quitaba sabor al mentol, como su alegría inusitada. Acabado el segundo, nos encendió el tercero. Más de uno de nosotros se resistía, pero nos incitó a seguirle: – ¡Ándele! Son mentolados, finísimos, les van a gustar. Uno por uno, empezando por los más chicos, hasta el mayor, que tenía ocho años en su haber, nos sentimos mareados. La barda de la cochera ayudó a mantenernos en pié. – Ya no tía, siento ganas de vomitar,– dijo uno, y los demás, con ojos perdidos o dolor en el estómago, se rindieron, suplicando terminar con el juego de fumar. Yo me acuclillé sintiendo que me caía. De eso sí me acuerdo, pues para entonces ya tenía tres años y tres cigarros, lo que es mucho más que sólo tres años. Al despertar del letargo, esa misma tarde, decidí firmemente dejar de fumar, y creo que lo he cumplido. Pero eso no quitó que siguiera admirando a mis tías fumando sus mentolados, riendo jocosamente, pero no creo que por los cigarros.

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Tíos Elenita y Sam (cuento fundamentado) Por toda la colonia en que habitan los tíos Elenita y Sam, son sabidas y reconocidas las virtudes de Sam. Hombres, y mujeres, jóvenes y niños vecinos, han recibido sus amables atenciones y cuidados, solícito como es él para apoyar a quien lo necesita, usando sus dotes y capacidades sobradas para desfacer entuertos y arreglar averías domésticas, como sugerir un buen consejo matrimonial.

Así que se imaginarán ustedes que continuamente es motivo de plática la enorme ristra de oportunos y desinteresados servicios que ha prestado. Como aquella vez que visitaron varias vecinas a Elenita, entonces enferma y postrada en cama. Una a una fueron tomando la palabra, muy agradecidas, y la primera, una viuda: -

Es un santo. A mí me ayudó tantas veces a mover a mi marido cuando estuvo encamado. ¡Yo no podía! ¡Qué amable ha sido!

Le siguió una casada abandonada: -

Viendo que ya no me quedaban energías para barrer mi banqueta, él lo hace por mí desde hace años. ¡Estoy eternamente en deuda con él! Es un prodigio de vecino.

Una casada se atrevió:

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-

Cuando hemos estado enfermos, pasa a diario a preguntar si se nos ofrece algo, y no ha faltado vez que nos traiga tortillas, o pan, o nos haga algún mandado.

El listado fue creciendo en voz de las demás presentes: “¡Apenas lo conocen! Es un dechado de virtudes: barre la casa y lava los baños y los trastes, plancha y va de compras por el mandado”; “Repara al momento asuntos de plomería, las fallas eléctricas y la plancha”; “ Es ahorrador, no gasta en chucherías y tiene la casa bien ordenada para su reina Elenita”. La siguiente ya fue una alusión personal, que iba aclarando el rumbo de la conversación: -

¡Qué bendición Elenita, contar con un marido así, tan fuerte y derechito, tan colaborador y galante!

El atrevimiento de casadas, abandonadas y viudas, para referir las virtudes de Sam, iba tomando un giro de unos temas de servicio a otros directos sobre su persona, arrebatándose una a otra la palabra, para exaltar la magnitud de tan gran aprecio por él. Elenita, salió entonces de la confusión propia de su enfermedad pasajera, y arribó en ese punto, a esta claridad cristalina: -

Si creen que a mi muerte heredaré a Sam a la que mejor se exprese de él, mucho están equivocadas. No se darán ese lujo inconmensurable. Primero se irá él y yo me quedaré aquí para que ustedes sus 46


beneficiarias, compensen en mi persona al menos un poco todos los cuidados que les ha dado. La que siembra y cultiva, debe cosechar.

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Para viajeras, la tía Peranza Ella ha vivido en muchas ciudades, aprendido a ambientarse a todos los climas y personas y a salir adelante con lo que esté a disposición. Es de memoria prodigiosa. De hecho me ha dado noticia de nuestros ancestros que he incluido en estas crónicas. Algunas claves de su estilo viajero están aquí.

Al llegar a un nuevo lugar, no espera a que la paseen, pues ella tiene la iniciativa basada en un método infalible: se sube al primer camión a su alcance y viaja hasta su terminal. Después de inspeccionar el rumbo, emprende el regreso por la misma ruta. Eso repite cada fin de semana, hasta aprenderse todas las líneas locales en todas las direcciones del transporte público. Por supuesto que en el viaje, aprovecha para preguntar y aprender de los pasajeros, hombres y mujeres, de quien se deje abordar. Casi por llegar a las terminarles, se aproxima a los choferes, a quienes les viene bien la plática en la soledad de sus volantes. Así por ejemplo, procedió al llegar a Cuautla: - ¿Dónde me recomienda para comer barbacoa? - En el mercado, si gusta la llevo, está a unas dos cuadras. - Ah, se lo agradeceré, y le invito un taquito. Habiendo comprado sus tacos, surge la pregunta: -Y ahora, ¿dónde nos sentamos a comer? 48


-Aquí a un lado en los tepaches. No cobran, está incluido al pedir de beber. - ¡Pues bebamos y comamos! - Mire, aquí nos hacen espacio. - ¿Y qué le dirá su esposa, si le van con el chisme de que anda comiendo y bebiendo con una desconocida? - Pues si me reclama, le diré que andaba trabajando, y que no está mal comer y beber para poder trabajar, y menos si es de gorra. ¿Verdad que así no hay ni quien le corra?

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Pepe Ayala, Pianís y Chema Rodríguez Tú creces escuchando que tu padre y sus compadres se dicen mutuamente “compadre del alma” o “compadre sagrado” y es como si te hablaran de variedades de malteadas: de fresa, de chocolate, y ya. Te acostumbras y no sabes qué se quieren decir, salvo que se lo dicen con mucho afecto y abrazándose con una sonrisota y palmadas en las espaldas, mientras tú los miras desde allá abajo. Ve tú a saber por qué lo hacen. Así se trataban Pepe Ayala, Chema el joyero y Pianís, y también con Toño el panadero del barrio de Santa Julia. Te presentaban como hijo de uno de ellos y los demás ya te tratan como su propio hijo, fueras o no su ahijado. Te daban cuelga, te tomaban de los cachetes y pasaban sus manos por tus cabellos, acariciándote y jugando.

Algo de necesidad tenían unos de los otros que se extrañaban ya desde jóvenes. Así fue cuando en sus treinta y tantos, Chema fue hospitalizado con tuberculosis. Su hermana había muerto de eso y él también estaba infectado, infectado como de pobreza. Se enteraron sus compadres Pepe Ayala y Pianís, y compadres del alma como eran, pronto quisieron visitarlo en su encierro. Estaba estrictamente prohibido. La nave de los tuberculosos en el hospital de Tlalpan tenía especial vigilancia para que nadie los visitara y ninguno se saliera sin ser dado de alta. La situación era insoportable para sus compadres. Sin poder visitarlo ¿cómo dejarlo solo, sin libros para leer como acostumbraban de

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niños y jóvenes, aislado entre otros tan o más enfermos que él? No iba con ellos ese descuido. Armaron su plan. Pardeando la tarde se saltarían las altas rejas, buscarían desde las ventanas su cama hasta encontrarlo y pasarle unos libros, ese era un importantísimo deber a cumplir. Es que eran compadres del alma. Allá fueron Pepe y Pianis, uno fuerte y bajito, otro flacucho y alto, complementarios para lo que se ofreciera en su sagrada empresa. Brincaron las rejas, Pianís elevando a Pepe, Pepe con sus potentes brazos jalando a las alturas a Pianís. Sigilosamente fueron buscando la ventana que estaba más cerca de la cama de Chema, conforme al plan que habían imaginado por los relatos de doctores y enfermeras. Las ventanas estaban a mediana altura. “Chema, Chema”, vocearon suavemente a su compadre. Después de varias llamadas se asomó un sujeto, casi espectro, con una mínima sonrisa que apenas se dibujaba desde los músculos faciales que le quedaban. ¡Era Chema! Chema no podía hablarles, no le quedaban fuerzas para hacerlo. Quizás no tendría tampoco fuerzas para levantar un libro. Sólo su vaho infectado impregnó el vidrio por el que gesticulaba. Otra vez hicieron equipo sus compadres: Pianís volvió a elevar a Pepe para que éste entregara un lote amarrado de novelas a Chema. Sin fuerzas para sostenerlos, Chema los dejó caer a sus pies, luego los levantaría. Lo importante estaba en ellos. Sabía que era su última oportunidad de leer el alma, en los rostros amorosos de sus compadres.

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Tío Pepe Ayala Bocanegra Doña Leonardita era una mujer extraordinaria –dice Pianís–, muy buena mujer, –dice Pita–, que además de mantener a sus hijos, ejercía el liderazgo en el taller que tenía en su humilde casa, dentro de los lavaderos de Calle Onega en Santa Julia. Enseñaba costura a señoras y señoritas que maquilaban como ella, con paciencia para las otras, pero con prisa en su propio trabajo, como experta que era. Pero sobretodo, era una gran lectora de literatura, gusto que heredó a Pepe, el mayor de sus hijos. Compartía libros, los comentaba, rolándolos con quien tuviera similar interés. Pepe los compraba usados en el centro del DF, de paso cuando recogía cortes de ropa y trajes para trabajar con el equipo también a su cargo. Pepe, a pesar de ser bajito y delgado, era el jefe de toda una palomilla de Santa Julia, a la que dirigía por su capacidad organizativa y su fuerza moral, superior a la de otros más altos, más voluminosos, o de más estudios. La vida ruda y la asidua lectura le habían dado más lecciones que a otros, que aunados a su tesón, lo hicieron conducir a atrabancados y briosos, a pasivos e inteligentes, a estudiados e iletrados. Era muy afable, dice Pita, era nuestro líder, dice Pianís, a pesar de que tenía voz quedita.

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Sacó adelante a sus hermanos Raúl, Fidel, Alicia, y a decenas de vecinas junto con sus hijos, a quienes dio chamba o protegió, cuando estuvieron en necesidad. Era correoso, dice Pianís. Empezaba por ahí de las siete de la noche a hacer ejercicio con barras y pesas hechizas, junto con toda su bola de seguidores, y uno a uno se iban agotando, casi derritiendo, sin aguantarle el paso al Flaco, que terminaba de hacer el suyo cerca de las doce, más fuerte que todos. Imagínenlos en el corazón de Santa Julia, en un rincón del taller de joyería de Chema o en la casa de Pianís, al trío de adolescentes lectores: Chema, Pianís y Pepe, leyendo Los tres mosqueteros de Dumas y los que le siguieron: Veinte años después, El vizconde de Bragelone. Toda una serie de novelas de vaqueros de Zane Grey; las novelas de Julio Verne y Walter Scott, siempre animados por Pepe. Pepe Ayala Bocanegra era sabio, por eso sonreía y hacía reír, sosegadamente. Nunca aparenta lo extraordinario que es, dice Pianís entusiasmado, como si lo viera, sabiéndolo aún vivo.

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TĂ­o Jaime Bravo, torero (cuento)

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I Ha muerto un gran torero. No por una cogida de toro de lidia, de las 25 que tuvo y que le dejaron charrasqueado todo el tórax y piernas, sino por vil accidente debido a un bache en la carretera. En la funeraria están reunidos cientos de personas, entre ellas, parientes, periodistas, ganaderos, toreros y sus cuadrillas de mozos, gente de la farándula y personas que hacen especial el encuentro fúnebre: demasiadas mujeres emperifolladas que fueron sus amantes, exesposas, y esposa, ahora todas de alguna manera viudas. Los diálogos en voz baja se suceden: -

Sigue siendo hermoso hasta en su caja de muerto – comenta Glafira, su amante esporádica de la colonia Escandón, guapísima treintona de curvas escandalosas.

Se dirigía a Rina, sentada a su lado. Eran extrañas entre sí como otras decenas de mujeres presentes. Rina, una modelo novata, aspirante secreta a Miss México le respondió, con auténtica zozobra: -

Hermoso, impredecible, cariñoso, esquivo. No alcancé a conocerlo. Me había asegurado llevarme a las portadas de las mejores revistas.

Frente a ellas, otro par de mujeres, del otro lado de la caja, avanzaban en su plática, midiéndose mutuamente con miradas laterales:

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-

Me visitaba los martes si estaba en México, menos los martes 13, pues según él, había que guardar abstinencia en martes trece, era muy supersticioso.

Se trataba de Claudia, una judía adinerada de Polanco, viuda desde los diecinueve años, ahora en sus veinticinco. Claudia escogía y compraba los elegantes trajes del mejor casimir inglés, que Jaime lucía con envidiable porte. Claudia terciaba para platicar con Julia, a quien el matador visitaba los martes trece, y los días primos de los meses con martes 13. Tuvo que contenerse para no revelar algo tan incómodo a su otra vecina de asiento y de penas. Más distantes del féretro, en el patio de la funeraria, y por ello con voz más alta y segura, dialogaban tres mujeres norteñas de gran escote, exageradas pinturas en ojos, labios y carnes que revelaban pasadas guapuras y presentes satisfacciones. Eran un trío de meretrices caras con las que el torero había crecido en su adolescencia, –entonces nuevas putas– a quien acabaron de criar, enseñaron y pulieron en todo goce carnal y con quien intercambiaron primaverales sudores, primero individualmente, luego en colectivo, con pases de pecho, molinetes, banderillas y estocadas. Eran las doce del día. Gracias a la abundante afluencia de tantos aficionados a la fiesta brava, la prensa y familiares que las distraían a su paso, la tensión entre éstas y otras mujeres no tomaba otro rumbo que la cuidada plática.

Chucho, el mozo de espadas del torero, gran hombre de su confianza, era el único que las conocía a casi todas. Él cuidaba con esmero la agenda para que su patrón no equivocara las fechas de acercarse a ellas, y cada vez más seguido (por efecto de acumulación de citas), debía recordarle el nombre y cumpleaños de cada una, sus flores preferidas y su capricho favorito. Por otra 56


superstición del matador, de no tocar dinero, Chucho también era quien llevaba su cartera, y en caso de que se acabaran sus recursos monetarios, era el obligado de prestarle para sus correrías. Ahora estaba además a cargo de las gestiones funerarias junto con la familia de Jaime.

Aparentemente ensimismado, Chucho sufría sin duda dolido por la pérdida de su patrón, con quien había viajado por el mundo ya más de veinte años. Recordó en eso, que Jaime le había advertido hacía un par de años: -

Yo me muero antes de los cuarenta, no voy a hacerme de canas ni de arrugas. El día que se me caigan los párpados o que me salgan patas de gallo junto a los ojos, me pego un tiro o me aviento de la torre latinoamericana.

Chucho miró entonces hacia Felisa, mujer adusta, orgullosa, quien no se iba a rebajar a platicar con sus probadas contrincantes: Rosa a su derecha y Mirna a su izquierda. Felisa había llegado de Guanajuato esa madrugada, a escondidas y con lentes oscuros. “Voy a llevar flores al panteón donde están mis difuntos abuelos”, avisó a sus parientes. Era la esposa de un afamado criador de puercos, más ocupado en boñigas y gallináceas que en los intereses amatorios de su Felisa. ¨Mi marquesa”, le llamaba el torero, al tiempo que la nalgueaba tras unas chicuelinas y gaoneras. “Mi vieja cueruda”, le llamaba su marido. Para Felisa, valía tomar riesgos con ese guapo torero, lenguaraz y divertido que sí sabía vestir fino y olía a exquisita lavanda. Felisa misma la escogía y 57


compraba. “Una marquesa no está para oler a chanchos”, le demandaba el torero. Rosa vivía en Tequisquiapan, a media hora en camioneta del rancho de su marido, criador de toros de lidia, a quien el torero encargaba desde la frontera norte, los toros más bravos, pero de cuernos truncos o lastimados, para serles cortados previamente a la lidia, ante los ojos de los gringos que no soportarían ver a un galán de su talla y garbo, destripado por puntiagudos cuernos. Rosa atendía al torero cada vez que su marido se quedaba dormido por beber en demasía mientras escuchaba incrédulo y festivo, las anécdotas del matador por puterías y plazas de toros, farándulas artísticas y políticas. Mirna era para el matador, la perfección de mujer con sus veinticuatro años, medidas y prendidas perfectas, ojos grandes y tiernos, jalicienses,

pechos

generosos, ávidos de succiones. Recientemente contratada como símbolo sexual de la mejor cerveza de México, combinaba inocencia con curiosidad, entrega con remilgos, caprichos sexuales y guiños de castidad. Las lágrimas de Mirna no eran interesadas, eran lágrimas auténticas, fluidas. También eran auténticas las humedades de sus zonas erógenas, que iban en aumento conforme su maestro de estoques le iba enseñando desplantes taurinos, entre arrumacos. Junto al féretro pasaban brevemente las mujeres más discretas de los correríos del torero. Eran las menos interesadas en dejar evidencias. Su presencia era pasajera, como las visitas que recibían de su galán. Se aproximaban para darle el último beso, justamente cuando alguno de los familiares se acercaba a revisar el estado del difunto, y para aparentar ser uno de ellos.

II Conforme habían llegado las mujeres examantes del torero, en su mayoría se habían dirigido a presentar sus condolencias a Chucho, con quien tenían trato periódico, no así con la familia del matador. Él les indicaba quiénes eran los parientes, para que también les dieran consuelo. Con tal frecuencia ocurrieron esos acercamientos precisamente a él, antes que a nadie, que se dio cuenta hasta entonces de la importancia de su lugar en la vida de Jaime.

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Así como tenía asignada la tarea de administrar las citas y visitas a sus damas, ahora le tocaba administrar su despedida. Se preguntó acongojado: ¿qué lugar merecían cada una en la sala funeraria, en la procesión, en la bajada de la caja mortuoria, en las palabras de despedida? Todas le habían dado un trato de hermanas, de suma confianza. Jaime lo enviaba de avanzada a las ciudades en que había de torear o filmar para hacer los preparativos necesarios. Les avisaban mediante telegrama o llamada telefónica. Ellas por lo regular le daban alojamiento a Chucho, uno o más días, mientras llegaba su amante. Lo consentían. Algunas hasta lo saludaban en sus alcobas, sin mayor recato, arreglándose frente a él, mientras lo saturaban de preguntas incontestables, que había aprendido diestramente a esquivar, con singulares quites como torero que había sido, dejando bien parado a su venerado patrón. Le preguntaban ya una, ya la otra, casi siempre después de invitarle un par de copas: ¿con quién aprendió a hacer el amor de esa manera?, ¿de quién le viene tanta ternura al acariciar?, ¿de quién heredó su buen humor?, ¿por qué se juega la vida en cada lidia de toros?, ¿se cree inmortal?, ¿a quién quiere más de sus mujeres?, ¿cuál es su preferida?, ¿sus papás son tan guapos como él?, ¿cuántas amantes tiene?, ¿dónde aprendió tantos chistes y bromas?, ¿es verdad que fue trapecista?, ¿la actriz tal, es más bella que yo?, ¿es invento suyo que tuvo una marquesa por amante?, ¿es cierto que se suicidó frente a él una de sus más bellas mujeres, una actriz?

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Se sumía más en su angustia: ¿a quién de ellas darle preferencia? Una proveía a Jaime de calzado, otra de mascadas, una más de lociones. Aquella de pisacorbatas. Ah y una muy especial, de esclavas y relojes de gran marca, que solían terminar en el Monte de Piedad o con usureros prestamistas por las ciudades que pasaban. No podía soportar tanta carga, habiendo recibido a lo largo de los años finas y glamorosas atenciones de unas y otras, cuando más las necesitaban, estando de viaje y sin mayores recursos. ¡Que decidieran los familiares! Estando en ese trance, volvió a él la conciencia de que esa misión de avanzada le salvó la vida: de haber viajado con el torero estaría muerto como él, en un velatorio más humilde, dejando en el desamparo a sus hijos y esposa. ¿Quién me contratará ahora? Yo mismo soy un desamparado, se dijo. No tengo opciones. Estaba cabizbajo, ensimismado. En eso el administrador de la funeraria lo sacó de su mutismo. -

¿Con quién me arreglo para la firma de los documentos y el pago del servicio? No tarda en partir el cortejo.

Dudó, dudó más de un minuto a quién acudir, si a la viuda, a alguna de las ex esposas, si a la que últimamente aportaba más a los gastos del matador, si a la familia. El administrador tuvo que insistir: -

¿Quién va a firmar?

Chucho no pudo más. Se dirigió a los familiares de Jaime, ellos tendrían cabeza para decidir, no estaba en él resolverlo. Lo había hecho ya por muchos años, en mayores trances morales en la vida de su amado patrón, casi hermano, e ídolo. ¡Que la Virgen lo ampare!

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Los tíos maternos, Sánchez Aguilar Despedida al tío Beto Sánchez Ahí estaba una masa depositada en una plancha helada de la morgue pestilente, a la que me enviaron para verificar si el difunto era mi familiar. Junto a ella me plantó un empleado con su pedimento de rutina: a ver si lo identifica. Hasta ahora caigo en la cuenta de que me lanzó un reto: reconocer a un humano a partir de los despojos del encontronazo entre su cuerpo andante, con la trompa de un apurado camión urbano por una esquina de Clavería.

Estaban esparcidos los restos de su boca, silenciada en la familia, usada si acaso para

beber alcohol. Bien dibujadas tenía las huellas del abandono,

bordeadas por overoles zurcidos de mezclilla. Atravesaban su pecho las cicatrices de regaños y reconvenciones. Hondo habían calado por sus ojos botados los ninguneos de seres a los que había dejado de mirar a su paso. Los pliegues y fracturas de sus brazos y piernas revelaban sus últimos años de vagabundeo, con los olores zigzagueantes del alcoholismo. Por su ancha frente se adivinaban hermosos vestigios de las bendiciones de mi abuela Lupita.

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Sí era mi tío Beto. Por mi parte debía resolver el destino de su cuerpo. ¿Quién era yo a los 20 años para decidir sobre el asunto? Para entonces el tío hacía años era un ajeno en la familia. Un extraño desde muy atrás, en su silencio juvenil, sombra en el traspatio, presencia invisible y escondible en su propia casa, incógnita de la vida familiar, pintito en el arroz. No me alcanzó el dinero para enterrarlo. He tardado treinta y tres años en desenterrar ese recuerdo. ¿Será porque ahora empiezo a sentir cómo me van brotando los rastros de su silencio?

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La tía Lucha Sánchez Aguilar: preguntar a las fotos de familia. Con un poco de tiempo, atención y disciplina, más otro tanto de información, uno puede hacer hablar a las fotografías, interrogándolas sobre los sujetos fotografiados, sus acciones actuales y futuras, respecto del tiempo en que se tomaron las fotos. Otro tanto hacen las personas sensibles, intuitivas, que “leen” el rostro de las personas, y coligen de sus expresiones, posibles actos, caracteres, tramas y amenazas. A pesar de estar congelados los momentos en el tiempo por una o varias fotografías, aun así pueden darnos respuestas, así sean provisionales, hipótesis sobre las formas en que enfrentan la vida las personas fotografiadas. Veamos un par de ejemplos que no dejan de darme vueltas por la cabeza. Dos fotos “de familia”, en que la primera impresión es que están celebrando su encuentro, tras breve separación física. En una, aparecen hermanas, mamá y nieto. En la otra, cinco años después, aparecen además de ellas, otros tres nietos, nosotros.

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Preguntemos a las fotos: ¿por qué sólo ellos? ¿falta alguien? ¿por qué falta alguien? Hay mil motivos para que no estén todos los Sánchez Aguilar (nuestros tíos), pero van algunos que remiten a más preguntas. Falta Alvarito, con síndrome de Down. ¿Lo escondían de las fotos o tenía sus dificultades llevarlo al patio? Falta tío Beto, en conflicto por años con su padre (nuestro abuelo), excluido de la familia en muchos sentidos, espacialmente y a ciertas horas del día, del contacto con la familia y por supuesto, de la foto. Falta Juan, el apasionado médico, quien seguramente estaba trabajando, se entiende, como su hermana María, casada. Sigamos preguntando, en dirección en la que más duele: ¿Por qué tía Lucha en ambas fotos está en un extremo (derecho)? ¿Por qué no está ligada con alguien más de la foto, sea abrazándole, sonriéndole? ¿Por qué su mirada se desvía de la cámara? ¿Por qué ese profundo seño, común en ambas fotos, con diferencia de cinco años? ¿Son esas meras coincidencias o tienen relación con su posterior suicidio? Todas estas preguntas son para advertir a mi amada familia, que es posible dedicar un tiempo a examinar nuestras fotos. Capaz que al hacerlo, descubrimos lo que no pudieron quienes nos precedieron, por desconocer la lectura de fotos y facial: la tía Lucha, la del ceño, se suicidó un año después de la segunda foto. ¿No la dejó su padre casarse con su novio? ¿Por qué mi abue Lupita dijo que ya se imaginaba que eso podría suceder? ¿La presionaban para que dejara su soltería? No vieron su gesto permanente, que aparecía en su rostro desde años antes, ni su desapego evidente con los suyos. Fue la primera tía que perdimos de esa horrible manera. Ahí empezamos a ser huérfanos de tíos, tras un disparo certero.

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Tía Mary y tío Juan Sánchez Aguilar Cada visita a casa de tía Mary era un agasajo. Me consentía cualquier capricho fuera en el desayuno o en la comida, me dejaba hojear por horas su enciclopedia de más de cien volúmenes, husmear por sus vitrinas con minúsculas piezas en lladró y cerámica, sus pequeñas espadas de Toledo. Todo acompañado de su amorosa sonrisa comprensiva, como de niña, con sus ojos vivaces y relucientes a sus ochenta y tantos años. Así me recibió esa mañana, ofreciéndome el desayuno que se me antojara. Me decidí por unos huevos con chorizo y de postre un flan napolitano. Me pidió: -

Antes de que te sientes a desayunar, entra a la bodega con muebles y cuadros que estaban en la casa de mis papás y llévate todo lo que quieras para ti y para mi hermana Pita. Todo lo que quieras.

Lo dijo como una orden. Caminé unos diez pasos para llegar a su bodega. En la semioscuridad noté que estaba llena, repleta de muebles y objetos varios de la hermosa e inolvidable casa de mis amados abuelitos y tíos, hermanos de mi madre.

Súbitamente, entre la confusión de enseres y antiguallas que coleccionaba tío Juan, me vino el recuerdo nítido de dos cuadros que desde mi infancia identificaba con mis abuelitos y con su casa de Lago Trasimeno. Esos dos cuadros portaban mi más fuerte lazo material y espiritual con ellos. Tuve la esperanza de que por ahí estuvieran, arrumbados entre la mar de objetos, y me

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puse a buscarlos, como posesionado. Estaba convencido de que no necesitaría nada más y mi vista no podía buscar otra cosa. Empecé por abrirme paso entre maderos finamente tallados y enlacados de la cama y cómodas azules, con bordes de rosas, de mi abuela Lupita. No cabrían por supuesto en nuestro pequeño departamento de hermanos solteros, ni la cama de encino antiguo, de mi abuelito Juan. Hice a un lado las vitrinas con vidrios biselados que solían guardar finas vajillas, copas de cristal cortado de Bavaria y de otras ciudades europeas. Por ahí detrás vi un marco. Moví otros muebles y sillas del lujoso comedor, apiladas sin orden, hasta que pude llegar al cuadro. El marco estaba bañado en oro, era semicircular y contenía un abanico de factura japonesa, con un paisaje mítico, de otros siglos. No era lo que con ansia buscaba y seguí moviendo los muebles de la sala y en un rincón aparecieron otros cuadros.

Alcancé antes de llegar a ellos, un hermoso crucifijo de unos treinta centímetros de alto, tallado en marfil, impecable, que parecía preguntar malherido, “¿por qué me has abandonado?”. Estaba montado en madera cubierta de terciopelo. Era el que uno vería entrando a la izquierda, en el cuarto de la abuelita. Dudé en tocarlo, me distraía del propósito principal, de mi entrañable recuerdo. Me acerqué brincando al siguiente cuadro de 50 x 40 cms. Era un “Divino Rostro”, con inscripción en latín del año 1750. La cara y el cabello de Cristo, estaban ensangrentados por la corona de espinas. Se trataba 66


del gran cuadro que colgaba del muro principal del cuarto de mi abuelito Juan. Había sido encargado en especial pedido por tío Juan a su galerista. No era eso lo que más me llamaba. Moví dos cabeceras de cama y ahí atrás estaban los dos cuadros que me hicieron saltar el corazón, sin saber exactamente por qué. Los fui sacando con sumo cuidado entre la mar de muebles desarmados y los coloqué para mi vista, en el muro exterior de la cocina de tía Mary, quien preparaba un suculento desayuno. Me sorprendí al mirarlos con detenimiento, después de ocho años de no verlos. Estaba absorto ante ellos cuando salió al pasillo tía Mary, preguntando: -

¿Sólo eso quieres llevarte?

-

Sí tía –contesté sin voltear a verla.

-

Pero la bodega está llena, ¡llévate todo lo que quieras!

-

Sólo quiero estos dos cuadros, tiita.

Debí estar empecinado y desatento a los ojos de ella pues tuvo que ordenarme: -

Está bien si eso quieres pero además anda a la bodega y llévate el Divino Rostro y la Virgen de Guadalupe, por ahí están. Quiero que se los lleves a mi hermana Pita.

Le hice caso con desgano, sintiendo que me quitaba del gran placer de contemplar mis cuadros. Consideraba que ya me había dado el gran regalo y quería encontrar una explicación de por qué me tenían atrapado. El resto de lo sucedido en su casa consistió en desayunar, con mínima plática de cómo se dio pausadamente la salida de todos los muebles de casa de sus padres –mis abuelos– y sus preguntas amorosas de cómo seguía mi madre, su hermana menor. Antes de dejarla me ayudó a proteger con una sábana vieja y periódicos, los cuatro cuadros que me había entregado y al despedirnos, en la puerta de su casa, todavía insistió con su bellísima sonrisa de niña traviesa que descubre los chocolates escondidos: -

¿Te quieres llevar algo más? Toma lo que quieras.

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Yo sentía que llevaba un tráiler pesado, con carga infinita de recuerdos y emociones que me remitían a nuestra infancia de visitas a casa de mis abuelitos maternos. Me bastaba y sobraba aquél cuarteto de cuadros, ligados íntimamente a mis amados ancestros.

Llegué a nuestro departamento. Procedí a guardar con cuidado los que estaban destinados a mi madre. Me ocupé de limpiar los “míos” y no tuve dificultad en colgarlos de inmediato en los muros desnudos de la sala– comedor. Ese sería su lugar, me dije, y pasé a sentarme en el sillón ubicado frente a ellos. Hasta ese preciso momento volví a la tierra liberándome del rapto y pude gobernar mi conciencia con la pregunta: -

¿Por qué escogí estos dos cuadros entre tantos muebles y antigüedades?

Sentí como por instinto la necesidad de recostarme en el sillón. En esa postura resultó muy familiar la contemplación de los cuadros y el orden en que los había colocado: a la izquierda la mujer con su mandil, reclinada, lavando la ropa sobre piedras planas del arroyo, a la derecha aquel hombre ajado, con sombrero, adusto y adolorido. Ahora tengo veinte años. La última vez que los vi debió ser a los 12 años. ¡Estaban colocados del lado izquierdo, entrando a la sala de mis abuelos, frente a un elegante sillón. ¡En ese sillón me sentaba a contemplarlos largamente de niño! Quizás entre almohadas para no caer del sillón. Sin duda, aprendí a hacerlos míos desde esa posición, acostado, luego recostado, más adelante sentado. Sí, en la mujer mayor veía a mi abuelita, con su delantal, siempre trabajando, preparando algo a sus nietos visitantes. Sí, al viejo aquél lastimado lo daba por mi abuelo Juan, campesino de Calacuaya, avecinado seguramente por alguna contingencia, que lo llevó a esta ciudad de México, devoradora de campesinos de sus inmediaciones. ¡Tenía la respuesta! Regresaban los abuelos conmigo, de alguna manera los recuperaba en esos cuadros, ¡venían a vivir con nosotros y podían acompañarnos por siempre! Por eso no busqué al Cristo de marfil, ni al Divino 68


Rostro, ni a la Virgen de Guadalupe. Por eso pasé de largo ante las antiguallas de plata y las esculturas en bronce, en mármol o lladró.

Me asaltó una evidencia: ¡fue mi tío Juanito! Sí, mi tío Juanito, médico suicidado por ahí de sus cuarenta años. Él fue quien adquirió cada una de esas antiguallas, esculturas y pinturas, auténticas obras de arte. Hasta entonces recordé con qué gusto, siendo nosotros pequeños, nos explicaba nombres y orígenes de sus adquisiciones con apoyo y consejo de expertos galeristas, que cuidaban la originalidad de las piezas antes de comprarlas. Por su parte, él cuidaba su ubicación, en el conjunto arquitectónico de la casa que construyó para sus padres y hermana. Estaba claro. Él compró esos cuadros. Los compró a un paciente del corazón. Me paré y fui a buscar su firma: Pablo O´Higgins, como estaba escrito en uno y otro grabado. En el reverso del que representaba al viejo, se lee además: Dimas, campesino de Cuautla al perder su cosecha. Entonces me asaltó su pesar, mi gran pesar: nos quedamos sorpresivamente sin el amoroso tío Juan siendo adolescentes. Sólo se nos dijo entonces que tenía un gran tumor cerebral y que había preferido suicidarse a ser una carga sin vida consciente para sus padres y hermanas. Con los años, mi padre me contó que a él lo llamaron para identificar a su cuñado y compadre. Tenía que reconocer, entre la dispersión de la masa cerebral sobre una pared del consultorio, causada por un solo disparo, el espíritu noble, amoroso y adolorido de tío Juanito. 69


Tía Tere Sánchez Aguilar Se sabe que las pérdidas mayores, traumáticas, tardan mucho en procesarse o en definitiva, pasan al olvido como recurso para sobrevivir. Eso ha ocurrido con mi madre Pita cuando le preguntamos por su gemela Tere. Algo así significó a mi padre, pues era por demás lacónico cuando le pedíamos lo mismo. Nuestras preguntas empezaron siendo muy inocentes, púberes: ¿por qué se mató mi tía?, ¿cómo se mató? Mi madre respondió con periódicas y largas etapas de depresión. Su mirada se iba, se olvidaba de sí misma, pasaba de la actividad febril al abandono de su persona. Ya no era ella y tardábamos meses en recuperarla. Aún existen lagunas anchas y profundas en su memoria selectiva, cargadas de negaciones. Supongo que también por eso es que este relato es el último que redacto para el libro que lo incluye, por no atinar qué tratamiento dar al suicidio de tía Tere, cuando aún hay respuestas pendientes a mis reiteradas preguntas a parientes que la conocieron y le sobrevivieron. Vuelvo a buscar en las fotos del álbum familiar indicios de su carácter, su belleza, sus alegrías, que eran tal cual las de mi madre, y no alcanzo a comprender qué le llevó a dispararse en el abdomen, encerrada en un baño de vapor y cómo es que la encontraron pasado todo un día de búsqueda. Me ha ayudado a entenderla un tanto elaborar el cuento con doble final del trío de enamorados que hizo con mi madre y mi padre. También el recordar su acento y sus cariños, como su clara letra en las largas cartas que intercambiaba con mi madre. Era muy solidaria, se ocupaba de apoyar a sus vecinas en pobreza, en cuidar de su hermano Juan como a sus padres. Se casó ya mayor y ahí estuvo su quiebre con la vida, en una relación que por lo visto no pudo soportar. Su llanto y desdicha debieron ser insoportables, aún siendo creyente y en esencia alegre. Su llanto debió agotar también las lágrimas de mi madre, que olvidó cómo llorar.

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Me pregunto si en las depresiones de mi madre se expresaban las tribulaciones de su difunta gemela, pues eran así de capaces de comunicarse desde lo profundo de sus sentimientos gemelos. Recuerdo a aquél médico que llegó a casa y se encerró unos minutos con mi madre para gritarle que por sus hijos, si no por ella, debía dejar su mutismo, su abandono y silencio depresivo. Eran tiempos en que los siquiatras no comprendían su depresión específica. Recuerdo también que por entonces, mi padre nos encargó esconder todos los cuchillos filosos, las tijeras, navajas y objetos punzocortantes que teníamos, previniendo lo peor. Pero olvidaba que cualquiera podía comprar en la tienda de la esquina unas navajas de rasurar, famosas por hacer muy bien la tarea. Tardamos años, decenios, para conseguir un diagnóstico siquiátrico que nos aseguraba que el perfil de nuestra madre no era de un suicida.

Ahí están ella y su gemela, guapísimas, adolescentes, jóvenes, y otra tiempo adelante, ya casados y abrazadas por mi padre. ¿Fue violencia marital lo que llevó a tía Tere al suicidio, a un año de casada? ¿No estaba preparada para el matrimonio?

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Mis padres Acostumbrado a ver a mis padres como pareja de toda la vida, en estos meses que me he zambullido en los álbumes de fotografías familiares, me encuentro con tales evidencias que me obligan a verlos como terna: mamá Pita, su gemela Tere, y mi padre, enamorado de las dos. De ahí que mi abuelo Juan Sánchez Cañas, campesino de Calacuaya avecinado a Santa Julia, cultivador de plantas medicinales y preparador de barbacoa, tuvo que ponerle este dilema a mi padre: Pianís, ya basta de salir a jugar con las niñas. Defínite por una de ellas, no te voy a dar a las dos. De ahí el siguiente cuento con dos finales, en que he cambiado los nombres de ellas.

Las gemelas de Jorge

Ir por cinco litros de leche al establo de Don Juan era para Jorge mucho más que un deber casero, hiciera frío o calor. Era la oportunidad de jugar unos minutos con las gemelas, hijas de Don Juan, pequeñitas de tres años, con cuatro años menos que él. Gustaba mientras le despachaban, escondérseles entre las jardineras que rodeaban una pileta, llenas de pensamientos, y más allá, en medio de los cultivos de yerbas de olor que tenía el más renombrado cocinero de barbacoa de la colonia Santa Julia.

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Voy por miel –decía Jorge, desconcertando a sus vecinos, pues llevaba en mano una garrafa para leche. Sólo él sabía del deleite que era estar con ellas. Entre juego y juego, los tres consiguieron ganarse mutuamente afecto incomparable, en el que no cabían otras personas más, como la confianza de Don Juan, campesino celoso y reservado. A los 12 años de las gemelas, ya las dejaba salir con Jorge y sus hermanas Zita y Esperanza, a andar en bicicleta por los campos de cercanos a Chapultepec. O les permitía salir a jugar el volibol con él, al atrio de la iglesia más cercana. Tanto cariño les tenía que Jorge llegó a preguntarse a los quince años si podría casarse con las dos, pues no cabía en sus sueños separarse de ninguna de ellas. Somos como un trébol– solían decir para entonces, colocándose mutuamente esas plantitas en sus cabezas.

Con los años de conocerlas creía haber aprendido algunas diferencias entre ellas, al menos las del espíritu. Apenas ellas lo notaban, armaban un ardid para engañarlo actuando opuestamente al rasgo que él creía haber identificado que les diferenciaba. En cuanto a sus apariencias, nunca resolvió los acertijos que le ponían para adivinar cuál era cuál, las veces que vestían y se peinaban idénticas. Gozaban con verlo perplejo, mirando ya a una, ya a otra, esperando la menor señal para adivinar quién era Luisa y quien Lola. Un juego que 73


empezó a complicar las cosas entre las gemelas fue invento de Luisa, cuando salió a recibirlo, diciendo que era Lola, y cuando más tarde salió Lola, y Jorge la llamó Luisa, se armó la discusión entre las hermanas. Una se vengaba de la otra reiniciando días después el mismo juego, para perjuicio de su gemela. –Me lo voy a pagar– le dijo una a la otra, después de una discusión de ese género, queriendo decir “me la vas a pagar”. Con esa frase los tres carcajearon e hicieron las paces entre ellas. En delante era esa su frase mágica para salir de disgustos. Pero los juegos de identidad tomaron otro rumbo cuando Jorge terminó sus estudios y tuvo que preparar su viaje a otra ciudad donde había conseguido empleo. Entonces supo que debía tomar una gran decisión, la más importante de su joven vida: a cuál de las gemelas pedir en matrimonio a Don Juan. Para ayudarse a resolver su enorme duda, quiso avisarles al mismo tiempo de su pronta partida. Creyó que alguna pista vendría de parte de una de ellas, que le ayudara a elegir, pues él era incapaz de definirse. Creía amar a ambas, sin distinción. Sospechaba que era querido también por las dos gemelas. Entonces, ¿por cuál decidir? De visita en casa de las gemelas, ahí donde pasaban alegres ratos platicando, junto a la pileta, les dijo que en dos meses saldría a trabajar fuera de la ciudad de México. En un momento en que Lola fue a atender un encargo de su madre, Luisa aprovechó para darle la clave que buscaba: -

Lola se pondrá tristísima de tu partida, te ama.

El rostro de Jorge se iluminó, y completamente emocionado, dio a Luisa un beso en la frente, henchido de agradecimiento porque creyó haber resuelto su dilema. Pediría a Lola, se dijo, sin mirar a Luisa, quien continuaba con los ojos cerrados, tragando el sabor más amargo por haber dicho aquellas palabras que la alejarían para siempre de su amado. Ella se sabía más fuerte que Lola, por eso resolvió cederlo. No soportaría ver sufrir a su propia alma, la de Lola, la suya, tan afines eran una y otra. Cuando abrió los ojos, Jorge se despedía rumbo a su casa y no alcanzó a ver las lágrimas que derramaba desde su corazón. Serían su secreto, un secreto que ni a su otra alma podría compartir. No tenía ya más a partir de ese momento, con quién llorarlo. Su premio había 74


sido el primer beso de Jorge para cualquiera de ellas, ya señoritas de dieciocho años. Los dos meses siguientes los ocuparon junto con sus familias en los preparativos de la boda. No fue sino hasta el momento de despedirse para viajar a la luna de miel, que Luisa estuvo tan cerca de Jorge como para que él le dijera conmovido: -

Toda mi vida te lo agradeceré, Luisa.

Ella no tuvo fuerza para levantar la vista, apenas pudo articular un adiós con mirada baja y una media sonrisa.

En delante, separadas por cientos de kilómetros, Lola ponía al tanto a Luisa mediante largas cartas de su vida con sus hijos y con Jorge. En cada una de las cinco veces que estuvo esperando un hijo, cuando Lola avisaba a Luisa que estaba embarazada, el mismo día salía carta de Luisa para Lola preguntándole si estaba embarazada, pues tenía ya varios días sintiendo todos los síntomas que su gemela. Siete días después, tantos como tardaba el correo entre la ciudad de México y San Luis Potosí, al leer sus respectivas cartas, las dos se reían de gozo al saber que seguían siendo una el espejo de la otra, y que compartían idénticos sentimientos, a pesar de la distancia y del tiempo pasado.

Pasados dieciocho años desde la separación de las gemelas, cuando todo iba normal en sus familias, una llamada telefónica de larga distancia interrumpió la sobremesa de Lola, Jorge y sus hijos. Jorge tomó la bocina y escuchó un mensaje sin pronunciar palabra. Cuando Jorge estaba a punto de llorar, Lola le 75


preguntó: ¿ha muerto Luisa, verdad? Sin voltear a verla, colgando el teléfono, Jorge asintió. Se abrazaron, sintiendo que faltaba Luisa para completar el trébol. Dando a Lola un beso en la frente, Jorge dispuso: -

Preparemos las maletas. Nos vamos a México de inmediato.

No soltó la mano de su amada durante las doce horas del viaje en ferrocarril. Imaginaba que corría tomado de la mano de las dos gemelas y que juntos los tres se escondían de un mundo amenazante que se empeñaba nuevamente en separarlos, entre los alfalfares cercanos a los campos del Pensil.

(Fin del primer relato. El segundo final va así, a continuación del último párrafo). Cuando anunciaron en el tren la llegada a la estación de Puente de Alvarado, Lola no pudo contenerse y así habló a su marido: -Por lo que más quieras, perdónanos. Te hemos engañado todos estos años. Yo soy Luisa, ha muerto Lola. Ella nos vio cuando me besaste en la frente, después de haberte dicho que ella te amaba. No soportó ese dolor. En el acto supo que no podría permitir que fueras de nadie más, sino mío, nunca de ella. No creyó mi explicación. Así que me convenció de cambiar identidades. Ódiame si quieres, yo siempre te amé y te he seguido amando. Pero te pido que la perdones, ella fue siempre la más noble.

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Pita y su sueño I Estoy tratando afanosamente de hacer un listado de las circunstancias en que haya visto sentada a mi mamá o bien que no estuviera trabajando o haciendo algo con sus manos. Con muchas dificultades llego a tres: al visitar a enfermos o a vecinas cuando le dan un asiento, al comer, y al jugar cartas. No he encontrado otro momento por más que busco. Asociado con este recuento, me saltan las invitaciones que diario, durante más de sesenta años, le ha hecho mi padre, al terminar de comer: -

Tómate una siestecita.

Pita responde: -

Las mujeres no hacemos siesta, eso me enseñó mi papá. Una mujer no nació para eso. Mejor espantamos las moscas y el sueño. O tejemos, o regamos las plantas.

Desde su asiento reclinable de descanso, mi padre insistía: -

Siéntate entonces a descansar un momento, Pitita.

Ella respondía invariablemente: -

Las mujeres no se sientan a descansar.

Su padre había muerto al menos veinte años atrás y seguía dominando su diario quehacer, implacable. Implacable era ella consigo misma, no se perdonaba ni cinco minutos de descanso. Cuando le pregunto qué recuerda de su padre, intentando saber un poco más de su pasado, de inmediato contesta, casi cortante: -

Mi papá me quitó el sueño desde niña. Nos levantaba a las cuatro de la mañana para ir a trabajar en el molino de la tortillería. Yo tenía sueño, pero nos obligaba a ir. No me regresaron mi sueño. II

Impedimentos cognitivos ¿Qué edad tiene su mamá? –me preguntó el notario–, porque si es de más de setenta debe certificar un geriatra que no tiene impedimentos cognitivos y que cuenta con la capacidad para testar. 77


Esa fue su primera condición, que debíamos atender antes de visitarlo. Aparte de cubrir los demás requisitos, debía hacerse presente el geriatra y atestiguar en la notaría, su valoración, en caso de ser positiva. Así que fuimos a la revisión del experto, en su consultorio, que estaba en un segundo piso. Mi madre no se quejó al subir la escalera, exageradamente empinada. Yo subía cuidándola y escuchando rechinar las coyunturas de mis rodillas, por cada uno de los escalones. Él nos recibió muy amable en el pasillo, nos hizo entrar y sin más, me advirtió que en delante dejara a mi madre en sus manos, que no contestara por ella, pues todo lo que seguía formaba parte de la prueba de sus capacidades. Le obedecí, no tenía opción. La observó caminar sola hasta que tomó un asiento junto al escritorio. Al notar su debilidad auditiva, subió el volumen rezonablemente, e inició el interrogatorio: – ¿Cómo se llama? – Guadalupe Sánchez Aguilar.

El médico inició el registro en un formato específico para esta prueba, con recuadros para anotar puntuaciones a cada reactivo. -

Doña Lupita, ¿cuántos años tiene?

-

Nací en el veinticuatro –fue su respuesta.

-

Vamos a ver cuántos años tiene: del veinticuatro al dos mil son…

Silencio de mi madre. Condenado como estaba, me sentía una más de las esculturas clásicas, desnudas y mudas, del consultorio.

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-

No importa, Lupita. Del veinticuatro al dos mil son sesenta y seis años. Y del 2000 al 2013, ¿cuántos años son?

Pita continuaba su mutismo. El geriatra tuvo que contestarse: -

Del dos mil al 2013 son 13 años, y con los 66 que llevábamos, ¿cuántos años suman?

No logró sacarle una palabra. Dejé momentáneamente mi función de efigie para buscar algún gesto en el rostro de mi madre. Ella seguía en su largo silencio, de años. -

No se apure, Lupita, usted tiene 79 años. Setenta y nueve años – repitió, mientras asignaba un cero a un renglón–, ahora vamos a realizarle otras pruebas, párese por favor.

Pita se levantó, y fue atendiendo cada una de las instrucciones que le daba: extender sus brazos hacia el frente y mantenerlos así por varios segundos. Lo hizo perfecto, sin temblor alguno en sus manos, no con mi temblorina. Giró sobre sus pies, dos vueltas. ¡Muy bien!, no como yo, que me mareo con una sola vuelta, buscando de inmediato algún apoyo. Después, ya sentada, fue haciendo las pruebas de reflejos en cada rodilla y brazo. ¡Excelente!, iba admirándose el médico, mientras su secretaria le asignaba los puntos merecidos, en los renglones correspondientes. -

¡Tiene la presión de una jovencita! –dijo el doctor, y yo pensé, mejor que la de mis hermanas.

Luego se admiró de su ritmo cardiaco y dije para mí: mejor que el de todos nosotros, sus hijos. -

¡Sus pulmones están muy limpios! –yo le completé en silencio: sin los silbidos de los nuestros.

Siguió así explorando y alabando su condición física. Yo me preguntaba si de hacerme la prueba, alcanzaría siquiera la mitad de sus puntos. Preferí quedarme con la duda, no fuera que valorara mi riñón hecho departamentos y mi hígado congestionado. La regresó a la silla frente a su escritorio para pasar a la “sección de pruebas cognitivas”. 79


La primera consistía en una serie de restas, a partir del número 140, restando siete cada vez. Mi madre fallaba tres y atinaba una de cada cuatro. Finalmente tuvo tres aciertos consecutivos cuando llegó al 21, al 14 y al 7. ¡Muy bien!, dijo alegremente el médico, para su consolación. Luego le preguntó el nombre del presidente de México y no supo la respuesta. Estuve a punto de abrir la boca para sugerirle que le preguntara por las más de ochenta reglas de la canasta, al derecho y al revés, pero su mandato de silencio no me lo permitió. Preguntó luego por los años en que habíamos nacido sus hijos y sólo logró aproximaciones. Otra vez me aguanté las ganas de sugerirle que le preguntara por cada una de las cartas que habían llegado al pozo lleno, al término de una mano de baraja, lo que nadie de mis conocidos era capaz de recordar y ella sí, casi en cada mano de todo un partido. Pero me estaba vedado participar en su contienda, en su terreno. Enseguida volvió a darle ánimos y procedió a leer en voz alta los puntos que había logrado para calcular el gran total: cero, cero, cero, uno, dos, dos, uno, tres, dos, dos, tres, uno, uno, dos, dos, uno, uno, uno, cero, cero y cero. -

Tiene un total de veintitrés puntos, señora Pita, y son necesarios veinticuatro puntos para pasarla.

Volviendo hacia mí, comentó: hay visos de impedimentos cognitivos para poder testar. Pero podemos referirla a un colega para que lo verifique, así que todavía ésta no es conclusiva. La referirá con uno de mis colegas, de toda confianza. Le voy a dar sus datos. En eso procedió a firmar su dictamen. Mi mamá dijo entonces, como sin nada: -

Tengo 89 años.

Algo no le cuadró al médico y revisó su primera anotación. -

¡Cómo! ¿No tiene 79 años?

-

Tengo 89.

-

A ver…

Ahora el médico hizo sus cuentas en silencio, una segunda vez y una tercera vez. Tuvo que reconocer su error: -

Ciertamente Lupita, de 1924 al 2013 son 89 años. Déjeme corregir el total, tiene un punto más, suma 24 puntos. 80


Volviendo otra vez hacia mí, reafirmó: de todos modos con 24 puntos se presume que puede haber impedimentos cognitivos. Mi mamá en ese punto añadió, indiferente: -

Suman 25 puntos.

-

¿Cómo?

-

Suman 25 puntos.

El geriatra, rascándose con la pluma entre sus pocos cabellos, totalmente sorprendido, volvió a realizar sus cuentas, en silencio, un par de veces más. Su voz fue mucho más baja. -

Cierto, doña Lupita. Suman 25 puntos. Entonces no hay impedimento cognitivo.

Eso lo dijo cabizbajo, en franca derrota, viendo una y otra vez sus cuentas. Nos despedimos, por mi parte con ganas de hacerle un certificado, firmado por ella.

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PianĂ­s, nuestro padre.

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El profe de matemáticas. En otro libro (Estampas y relatos de viaje, citado al final), he dedicado un capítulo a las divertidísimas y aleccionadoras anécdotas surgidas en sus años ochenta, cuando padecía demencia senil. Va ahora una de sus años de profesor. El Inge Izquierdo, como le llamaban, era profesor de matemáticas en la prepa y en algunas carreras de la UASLP. Le gustaba dar completas sus clases y atender a sus estudiantes para que ellos aprendieran. Si ellos no se sentían a gusto en sus clases les invitaba a que salieran de las aulas. Así que por ahí de inicios del año escolar 1970, cuando vio que repetidamente uno de sus alumnos reprobaba los exámenes mensuales de álgebra y estaba abstraído en otro mundo durante sus clases, resolvió abordarlo personalmente. Puso cariñosamente su mano sobre el hombro del joven, diciendo: – Julio, siempre estás distraído, papaloteando en otros asuntos. Parece que no se te da la escuela. No pierdas más el tiempo en ella: busca lo que te interesa y échale ganas cuando lo encuentres. ¡Es lo que más te conviene! Ya no vengas a clases. – Pero mi papá quiere que estudie, no me deja hacer otra cosa… – Dile que hable conmigo, yo lo convenzo. Esto no va contigo. – ¿De veras, maestro? – ¡De veras Julio! Ya no regreses y si él insiste, dile que venga, yo me encargo.

Pasaron los años, y por ahí de 1978, el Inge seguía con sus clases matutinas en la prepa. En una de ellas, cuando más frío hacía y él estaba en plena clase, 83


se escuchó un fuerte claxon como de un tráiler, desde el estacionamiento. Insistían en tocarlo. El Inge era conocido por salir de su salón cuando alguien escandalizaba por ahí en los pasillos, para acallarlo. Eso hizo al sonido molesto de aquél claxon. Salió y entre los pocos autos de los profesores, destacaba un enorme tráiler, sonando el claxon. Gritó desde el pasillo, haciendo eco con sus dos manos: – ¡Deja de molestar, estamos en clases! El conductor del tráiler sabía que eso iba a suceder. Dejó de escandalizar mientras ubicaba el salón al que regresaba el profesor que lo increpó. Bajó del móvil y fue a esperarlo a la puerta del aula. Terminó la clase. Salía el Inge del salón, y de inmediato Julio lo abordó con un abrazo: – ¡Mi maestro! El profesor le respondió como usualmente: –¡Quiúbole, muchachote! – ¿No se acuerda de mí? – ¿Cómo voy a acordarme? Apenas he tenido unos tres mil estudiantes. – ¿No se acuerda que me aconsejó dejar la prepa y buscar lo que me interesara y hasta se ofreció convencer a mi papá para que me dejara ir tras ello? ¡Soy Julio, su exalumno! – ¡Ah qué bien Julio!, ¿y cómo te ha ido? – Ahorita verá cómo me ha ido. ¡Venga conmigo y le muestro! – ¡Voy a dar otra clase, luego será! – ¡Deme sólo cinco minutos y luego lo regreso a su clase, mi maestro! – A ver qué me quieres mostrar… El Inge se dejó llevar. Julio lo atrajo hasta el estacionamiento. Ahí el entregó las llaves de la unidad, justo al lado del asiento del conductor, ordenándole: – ¡Manéjelo maestro, es mío! ¡Quiero que lo maneje! – ¿Cómo que es tuyo? – Sí, usted me dijo que buscara lo que me interesaba y que le echara ganas y eso hice, siguiendo su consejo, maestro. – ¡Ah caray! Sí que has trabajado duro para hacerlo tuyo, eres muy joven. – ¡Súbase y manéjelo, maestro, deme ese gusto! 84


– ¡Pero si no sé manejar tráileres, Julio, te lo voy a chocar! Julio carcajeó. Le concedió que no lo manejara a cambio de subirse al asiento del conductor mientras él tomaba el asiento contiguo. Le explicó lo elemental para manejar tal gigante. De pronto el Inge recordó que debía dar su siguiente clase y quiso despedirse. Julio lo atajó: – Sí mi maestro, ya lo dejo, pero no sin antes regresarle el gran consejo que me dio y que me ha favorecido para toda la vida: cuando vaya en su auto, con o sin su familia y un tráiler se le acerque o lo amague, ¡déjelo pasar, maestro! ¡déjelo pasar! Olvídese de las normas de tránsito, olvídese de las reglas del buen conducir y de su derecho de vía. ¡Salve su vida! Los traileros tenemos la consigna de nuestros patrones de salvar al tráiler y no al coche que nos estorba en el camino. Así de simple, mi maestro: es más caro un tráiler que cualquier cristiano o grupo de cristianos en su auto. Tenía qué decírselo, maestro, tenía qué decírselo. Nadie me hizo tan gran favor. Se despidió Julio con otro abrazo fuerte, dejando al Inge estupefacto. Efectivamente, el Inge observó que su Dodge gris, modelo 49, casi de acero, era una nada contra aquél poderoso tráiler que estaba a su lado. – ¡Te felicito mi muchachote, ahora tú eres mi maestro!

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Mi segunda madre: Chela Argüero De haberse permitido mujeres militares a mediados del siglo pasado, Chela tendría años siendo Generala de División, pero no una cualquiera mandona o arbitraria, que abundan, sino una gran Comandante amorosa, dicharachera, pendiente e impulsora de cada uno de sus soldaditos y soldaditas. De haberse permitido mujeres Papas, también desde entonces, Chela habría sido Papa, vendido todas sus propiedades suntuarias para en gran medida contribuir a mermar seriamente la pobreza en el mundo. Su ejemplar acción habría impactado en otros gobiernos que al menos por orgullo, habrían hecho algo colaborando con su causa. No se dieron esas condiciones, pero Chela ha hecho maravillas con todos los seres a su alrededor, criando a centenas, orientando a millares, jalando al orden social a tantos descarrilados, dándoles noticias y consejos de cómo salir de conflictos menores y mayores. Lo ha hecho con gracia, incluso divirtiendo, hasta carcajeando, continuamente mostrándonos a unos y a otros que a veces nos ahogamos en un vaso de agua. Es práctica en extremo, veloz y astuta, es directa a cual más: tiene ese don de leer en el rostro congojas y dilemas de quien se acerca, y tras unas cuantas preguntas directas al corazón, aventura soluciones varias, acordes con la gravedad o simpleza del caso.

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Chela tiene toda la vida comunicándose diariamente por teléfono con su hermano Rubén, para contarse mutuamente chistes, que luego replica en la ocasión propicia, para romper cualquier solemnidad y sacar al afligido de su mayor apuro. Lo hace con histrionismo, tacto y oportunidad, es maestra consumada en eso. Chela está ahí atenta a diario, feliz de seguirnos haciendo la vida llevadera, divertida y vivible.

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Hermanos y primos

Arturo y Javier Eran las cinco de la tarde, de un martes seguramente, porque los papás de Jacobo habían salido al cine y su hermano no había regresado aún del trabajo. “Tenemos que apurarnos”, dijo él, para que no lo regañara nadie en su casa al descubrirnos en su sala, escuchando sin permiso el fonógrafo. El aparato era de su hermano y sólo él podía usarlo, pues los niños sólo servimos para descomponerlos, como decían los mayores. Entramos de carrera, silencitos, los ocho seleccionados por él para escuchar el disco que ese verano le habían traído de Estados Unidos. Era de un grupo muy famoso, unos melenudos de pantalones acampanados, “muy mal ejemplo”, diría si lo supiera, cualquier mamá de nosotros o vecina. A mí lo que me atraía era la casa, que no pude conocer pues la sala estaba luego luego, entrando a la derecha. Por más que quise asomarme al patio y ver qué había más allá, el jalón que dio mi hermano Javier a mi camisa me arrastró hacia la sala con todos. Nos quitamos los zapatos y los dejamos a la entrada para no ensuciar la alfombra. Por supuesto que no nos sentaríamos en los grandes sillones de la sala, que como en todas las casas del barrio, estaban forradas con sábanas para protegerlas del polvo. Aunque yo siempre pensé que las protegían de nosotros los chamacos, pues nunca dejaban que nos sentáramos en ellos. Cada quien tomó su lugar, como en la iglesia, y como en ella, hubo un encargado de oficiar. Yo era monaguillo y fácil supe que ahí el sacerdote era Jacobo. Su voz se imponía a la de todos los demás, mayores que yo, iguales en edad que él, incluso a la del capitán del equipo de fut que ahí estaba y era mi hermano Arturo. Jacobo sacó con mucha paciencia el disco de su forro, y se puso a limpiarlo ligeramente con un trapito, delicadamente como si fuera un cáliz. Todos seguíamos obedientes, en silencio.

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Al mayor de nosotros le permitió sostener la portada, pues sabía un poco de inglés e iba a explicarnos qué decía. Jacobo colocó el disco y entonces nos dispusimos a escuchar las canciones, casi tan incomprensibles como los cantos en latín de la misa.

Todos ellos tenían entre 14 y 16 años, yo apenas 10. Era el más pequeño, pues mi mamá no dejaba salir a mis hermanos sin mí. Yo pagaba mi presencia con las burlas de todos ellos a mis camisas desfajadas y con los jalones que daban a mi “brochita”, el copete que mi abuelo ordenaba al peluquero que siempre me dejara. Unos estaban hincados, otros sentados sobre sus talones. Cuando uno recargó su cabeza en un asiento de la sala, lueguito lo regañaron los demás: ¡compórtate, Luis!, le ordenaron en un susurro unánime para no interrumpir la música. El pidió perdón de inmediato. Nos lo habían advertido: quien no se comportara no volvería a ser invitado a escuchar discos. El riesgo era muy grande, pues nadie más en toda la colonia tenía esa posibilidad de escuchar discos, ni aunque fueran adultos. La misa avanzaba, yo me dediqué a observar a los demás. Aellos sí les gustaba esa música, como lo veía en sus ojos agrandados, en las reverencias que hacían y en los comentarios queditos que cruzaban, señalando tal o cual cosa del forro en su portada o en alguna palabra que captaban en inglés. Yo también identifiqué algunas palabras y oraciones: lov mi du; ailovyu; pi es ailovyu; lisen; camanbeibi; Ana; bois en guerls, y otras. No era tan difícil el inglés, me dije, pues no tenía derecho a comentar, pero sí a quedarme callado.

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Cuando el cantante y el coro empezaron a gritar: ¡aaaAAAAGuau! ¡Camancamanbeibi!, todos ellos se miraron entre sí, movían el cuello hacia los lados, luego lo estiraban con todo y sus brazos. Yo creo que antes la habían escuchado sin mí, porque se les oía muy parejos, al concelebrar con esos gritos desaforados, como decía el capellán, cuando criticaba a los que pasaban con sus bocinas vendiendo colchones junto a la iglesia. Escandalizan, decía él. Así escandalizarían todos ellos, a no ser porque no les dejaban gritar en la casa de Jacobo. Terminamos de escuchar el disco. Salimos como llegamos: muy calladitos. Miré hacia el patio que no pude conocer, pensando que la siguiente vez inventaría que necesitaba ir al baño para explorarlo, aunque no tuviera ganas. Dimos gracias, como cuando salíamos de la iglesia. Apenas se sintieron en la calle, Arturo y Javier con los otros, empezaron a gritar como los greñudos del disco, mientras otros hacían como que tocaban la guitarra o la batería y pronunciaban: ¡Camancamancamanbeibi! Yo les puse las cruces, bendiciéndolos: habían enloquecido.

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Celina, al salir de la cárcel

Martes y jueves por la tarde–noche, daba clases gratuitas de danza a las reclusas interesadas. Para llegar a la cárcel caminaba por la Calzada unas cuantas cuadras desde mi casa y lo mismo de regreso, ya de noche, con la satisfacción de ayudar en algo a aquellas mujeres. Me complacía especialmente ver sus sonrisas y reconocer en ellas la posibilidad de expresarse con sus cuerpos, a pesar de las rutinas carcelarias y de su pasado lleno de obligaciones familiares, supuestamente femeninas, que negaban sus cuerpos. Lo sórdido de sus relatos, se matizaba con las bromas mutuas, y con los sueños que abrigaban para sus hijos, externos y lejanos. De alguna manera, se liberaban danzando.

Aquella noche también salí feliz de la sesión, de prisa, poniéndome una falda sobre la malla negra. No necesité el suéter, la noche conservaba el calor de la tarde. Salí deseando buenas noches a los guardias del portón principal, mientras los silbatos de los centinelas cruzaban sus avisos de alerta desde las atalayas. Caminé firmemente sobre la Calzada. Pronto escuché pasos que me seguían, de alguien que debió estar escondido entre los pinos. Apreté el paso para asegurarme del movimiento del otro. Efectivamente, alguien me seguía. Di por trotar sin gran prisa, oyendo que también apretaba el paso mi perseguidor. Nadie estaba a la vista para pedir ayuda. Ninguno de los muchachos amigos 91


del barrio andaba por ahí. Era necesario correr, pues sentí el apuro del otro a mis espaldas. La evidente persecución me hizo girar de prisa: el tipo estaba a dos brazos de alcanzarme. Con toda ligereza, lancé una patada extendiendo la pierna derecha cuanto pude, como en las clases de ballet. Oí el golpe seco sobre sus genitales. El hombre voló por el impulso que traía y cayó a mis pies, inánime, como un feto. Sentí compasión de verlo inerme, por mi causa. Estuve a punto de agacharme para ayudarle a levantarse, pero una repentina intuición me dijo que había que correr en ese momento. Cuando crucé por los arcos del monumento a los Niños Héroes, pude voltear hacia la Calzada. El fulano seguía tirado sobre las baldosas. A sesenta metros de él, los guardias de la cárcel dialogaban con sus silbatos: “sin novedad, seguimos alerta”.

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Los poderes de Tere Mi hermana Tere lo ha demostrado a lo largo de muchos años: tiene sus poderes mentales. Se concentra, proyecta y avanza hacia sus metas. Ahí está la foto en que desde pequeña, hace oración y anuncia su siguiente paso. Pero un hecho que no deja de maravillarme, es el siguiente. Nostálgico mi papá, visitaba cada dos o tres meses a parientes y exalumnos en SLP, viajando desde Cuernavaca. Habían pasado ya diez años desde que vendió su añorada casa de la colonia Niños Héroes, la que había diseñado y construido tras largos años de ahorros y esfuerzos, y le dio por aventurarse a tocar su puerta, con suerte y le permitieran sus actuales dueños, pasar a recorrerla, y con ello, penetrar en sus memorias y sudores, cuarto por cuarto. Eso hizo con tanto tino que estaban ahí los propietarios y atendieron amables su legítimo pedido de tomar aire para seguir vivo, a partir de lo que tanto había significado en toda su vida. Caminaron con plática amena, iniciando por los jardincitos frontal y lateral, luego hacia adentro, por las plantas baja y alta: el balcón, la escalera perfecta, los hermosos tragaluces, lo que había sido su entretenido taller de carpintería. Pasaron por el comedor y luego llegaron a la sala, ambas adornadas con finas yeserías. Ya con plena confianza, la dueña le preguntó: - Oiga Don Jorge, ¿a ustedes no les pasó algo raro en esta casa? - ¿Cómo qué cosa? - Pues por ejemplo que de noche les movieran los cuadros. - ¿Cómo? - Sí, la noche de hace como un mes, nos aparecieron los cuadros de sala y comedor reubicados, no como los teníamos. Investigamos y nadie de la casa los cambió. Eso fue durante la noche. Fue muy raro y no podemos explicarlo aún. Mi padre debió ponerse lívido, pero trató de disimular, respondiendo que mientras ahí vivimos, nada especial, raro o extraordinario nos sucedió. Terminó su visita, ya sin concentración en el momento y apuró la salida de la casa de sus querencias. Necesitaba tiempo a solas para explicarse lo sucedido. 93


Llegó a Cuernavaca aún asustado. Al recibirlo, de inmediato me platicó la vivencia, añadiendo: -

El asunto es que hace un mes, me platicó Tere que soñó con nuestra casa de San Luis, y al recorrerla, le pareció que estaban mal colocados los cuadros de la sala y el comedor, y los tuvo que reacomodar. Ya te imaginarás cómo quedé cuando me contó la dueña de la casa, su propia versión. ¡No lo puedo creer!

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Susana y Maricela, amigas Cuando Sus le dió a Maris la noticia de que nunca tuvo la edad que toda la vida creyó, sino que siempre tuvo un año más, Maris la paró: – A ver, a ver, barajéamela más despacio, de qué hablas. –Me acabo de enterar por el juez de mi pueblo que no tengo 59 años sino sesenta. El acta de nacimiento con la que me he movido toda la vida estaba equivocada, pues estoy registrada oficialmente una año antes, y no hay vuelta de hoja, esa es mi edad. –No puede ser, Susana, debe ser un error. ¿Cómo te atreves a quedarte así como si nada te hubiera pasado?

(Foto de Maricela Figueroa Zamilpa)

– Es la verdad, no hay más qué sacar mi credencial de descuentos por senectud sorpresiva, adelantada o atrasada, como quieras verla. Esa ventaja al menos le veo, descuentos en viajes, en el predial, en el cine… –¿Cómo te atreves a darte por vencida? Yo en tu caso ni lo platicaría, de purita vergüenza. Así, de un segundo a otro, tener un año más, no es para contarlo, menos para presumirlo como tú. – Lo cuente o no, ya lo tengo encima, mejor lo platico y se me va pasando el susto. – Imagínate cómo hubiera reaccionado Tricia, si ella fuera la agraviada. ¡Le daría depresión de inmediato y no la volveríamos a ver! ¡No podría soportarlo jamás! 95


– Pobre, sería para ella un golpe fulminante a su orgullo. – ¡Y a Clara! menopausia.

Le caería peor que si su suegra la visitara en plena Iría directo a demandar al juez por su atrevimiento, le

gritaría con rabia de qué se iba a morir y seguro que no regresaría hasta que le diera un acta confirmando su actual edad, así fuera falsa. – El juez que cometió el error ya está muerto. –Pues demandaría a sus herederos hasta la tercera generación, de ser necesario. Pero si eso le sucediera a Cinderela, te aseguro que se pondría a llorar sin consuelo hasta deshidratarse, pero nunca tendría fuerza para decirnos qué le pasó, si acaso diría gimoteando, ¡no es justo!, ¡no es justo! – Pero al menos pararía de llorar para comer y tomar fuerzas. – Sí pero sólo para seguir llorando.

Ahora que si eso le pasara a

Licha…

(Foto de Luis Valdes Grabaluz)

Y sin parar siguió la plática de lo que pareciera una tragedia para Maricela, y un hecho consumado, para Susana.

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Corolina´s Carols con los Ayala–Hall Un ratón de campo, dos conejos dentones, dos parejas de ostentosos cardenales, seis gorriones, diez palomas mañaneras, una docena de jóvenes codornices escoltadas por sus nerviosos papás y cuatro catarrientos turistas mexicanos, hemos sido amorosamente hospedados por estos días de Navidad, en la casa Carolina de la familia Ayala Hall. Sólo faltó mamá osa y su travieso osezno, que por consideración a los Ayala, pues tanto visitante les llovió, dejaron sus paseos por este jardín trasero para echarse en lo profundo del bosque una siesta de varios meses. Puntualitos a las tres de la tarde de esta Navidad, nos damos cita para convivir en su mesa. Con aspavientos, las palomas mañaneras se columpian sobre el repleto servidor de semillas en forma de casita, que pende a media altura, fuera del alcance de los gatos, esos oportunistas del hambre ajena. Con los empujones de las palomas, se esparcen por el pasto variedades de semillas para todo ser viviente y volante. Como dicen por acá, el que primero se forma, es el primero en servirse. Por eso es que se adelanta Don Ratón campero, que solitario y sin decir gracias a las palomas, se despacha las semillas más grandes. Siempre hay un prietito en el arroz. Enseguida bajan las palomas, indiferentes a la grosería del ratón. Prefieren responderle con guante blanco en actitud de “para todos hay en esta mesa”. Aparecen entonces los elegantes y copetudos cardenales diciendo “buen provecho”, acompañados de sus discretas damas de color marrón. Primero pasan a comer ellas, directamente al servidor. Luego pasan sus caballeros, alumbrando con sus túnicas rojas la escena. A un lado, los gorriones se han colado a comer sin anunciarse en esta fiesta. Todos somos bienvenidos, hasta los amigos de “Nabor, el de la orquesta”. Los conejos, esos orejudos comensales, presiden la mesa adornada con mantel de pasto–sepia. Nadie les disputa sus platillos, pero sociables como son, gustan comer acompañados y en silencio. Entre plato y plato, eructan a la hindú, reconociendo la calidad de los platillos servidos. Educados, al hacerlo se tapan la boca con ambas manitas. 97


Sólo las desmañanadas codornices han venido temprano a comer aparte, por los recelos de sus padres de mostrar a vecinos y visitantes, a sus preciosas jovencitas. De nada valieron las súplicas de las señoritas codornices para que fueran presentadas en sociedad, dejándolas sentarse a

compartir la mesa

navideña con la gente del bosque y de la ciudad. “Yo a mis hijas me las llevo”, se oyó murmurar a papá codorniz, mientras volteaba vigilante su estirado cuello hacia todos lados, al empujar hacia el bosque a sus núbiles bellezas.

De ver comer dan ganas. Y tanta ternura y amor hay en esta escena de convivio campestre, acompañada de coros alusivos desde la sala, de divertidos como calientitos regalos repartidos al pie del árbol, del nacimiento y del carrusel navideños, que los visitantes, transportados por los amores prodigados por Kristy, Rico y Cipriano, revivimos aquellas idílicas navidades de Avenida Juárez 820, con la entrañable familia Izquierdo Bravo, de Santa María del Río 120, con la generosa familia Díaz de León Izquierdo. Ya escucho el dominó sobre la mesa de juego, las bromas entre los compadres, suegros y yernos. Contemplo después de olfatear, desde debajo de la mesa, la transparencia del galón de mezcal a los pies de los tíos. Meto a escondidas en mis bolsillos, las colillas de cigarros mentolados que dejan descuidadas las tías Chuy, Lupita Robles y Chela, mientras ellas me apartan de escuchar sus jocosas pláticas. Sigiloso, robo de la cocina un birote al que le pongo romeritos preparados por Abue Agrorita, como le decíamos. Es hora de ir a preparar cuetes con Rico al Jardín de los Niños Héroes, a un lado del Santuario, en SLP. Se cumplieron tanto el añorado sueño navideño de Rico como los amorosos afanes civilizatorios de Kristy.

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Amenazas celestiales de Ricardo Ayala Celi y una amiga potosina visitaban La Paz por allá en los setentas y preguntando aquí, indagando allá por el Fideo, dieron finalmente con la cabaña del Encantu, como Pitita había rebautizado para la posteridad a Rico Ayala. El primo las paseó en su troca por los mejores panoramas de La Pa´, por el Coromue´, por Pichilingue y por aquellas hermosas “colinas del Sur, junto a las playas del mar Bermejo”, como deliciosamente anunciaba un locutor local de entonces. Las paseó hasta que creyó haberlas cansado, disponiéndose por su parte a ir a trabajar después del mediodía.

En eso ordenó como General

celoso: Se quedan aquí en la cabaña y no se les ocurra usar la troca. Me esperan para salir juntos a pasear. Al retirarse, por si la indicación no estaba clara, alcanzó a repetírselas apuntándoles con el dedo índice, inclinando la cara y con la ceja erguida. Ellas por supuesto que le dijeron “¡cómo crees!”, echando la cabeza para atrás, y por supuesto también que cuando la troca les hizo ojitos, decidieron arriesgarse a desobedecerlo, en especial por el modo de su insistencia. Tomaron las llaves de la troca y ahí van montadas de aventura secreta a buscar a la parvada de paceños que poblaba el Coromuel.

Llegaban a ese relajante paseo cuando extrañamente sintieron como que desde el cielo, un rostro irascible de ceja erguida se les inclinaba, que un dedo con firmeza las señalaba, sensación que las forzó a orillarse, parar la troca y levantar la vista al cenit, desde donde justamente a unos cincuenta metros de altura, provenían además unos poderosos gritos que les recriminaban: “les dije que no la tomaran, se me regresan de inmediato a la cabaña con todo y troca”.

Electrizadas, descubiertas in fraganti por el omnipresente instructor de paracaidismo acuático apellidado Ayala,

con la amenaza de un castigo

celestial que les pesaba sobre los hombros, ahí van de regreso las amigas potosinas, sin haber enseñado sus bikinis más que a los no tan jóvenes asientos de aquella tentadora y condenada troca. 99


Receta para que un Izquierdo logre entrar a Inglaterra Digo a mis parientes hombres y demás interesados en ingresar legalmente a Inglaterra, teniendo algo de Izquierdo en la sangre: Primer paso, depílense las cejas, las tienen negras y tan pobladas como árabes. Segundo paso: enderécense las narices, las tienen tan aguileñas y varoniles como de árabes. Tercer paso: píntense y aláciense el pelo, pues lo tienen azabache y cortado en caireles, como auténticos árabes. Cuarto paso: háganse unas puntadas en los ojos para hacerlos chiquitos, pues los tienen grandes y hermosos, como descendientes de árabes que son. Cumplido todo lo anterior, no olviden evitar caminar como genuinos árabes, de la mano de otro árabe, si es que de verdad les place entrar a Inglaterra.

Luego nos dicen si lo lograron.

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Sergio Díaz de León Izquierdo

¿Cómo explicar que Sergio ha llegado a dirigir en sucesión por lo menos doce enormes plantas de la industria química en diez países y sigue aumentando su lista? Desde hace años cuando llevaba la mitad de esos logros, me intrigaba su brillante trayectoria profesional y le pregunté: ¿cómo son tus juntas directivas? Contestó: -

Duran de media hora a una hora, cuando más. Las hago temprano, al iniciar la jornada, en un salón sin mesas ni sillas: todos estamos parados. El que habla tiene que presentar en pocas palabras, el problema a resolver, sus iniciativas para hacerlo y no hacernos perder el tiempo a los demás.

¡Vaya que tiene estilo!, me dije. ¿Y cómo se han opuesto a tu llegada a la dirección de empresas los que ahí estaban? -

Varias veces le han preguntado a sus dueños, rechazándome: ¿cómo este mexicano me va a mandar a mí? Les he dicho a los dueños: o ellos o yo, no acepto la duda, vine a mandar, para eso me contrataron.

Y una y otra vez lo ha conseguido. Lleva además registradas 25 patentes, válidas para NAFTA, 11 mundiales y 14 regionales, dos de ellas grandes éxitos comerciales en telas. Sólo le falta dirigir alguna planta en el continente Africano, en todos los demás ya lo hizo. En dos de esos casos le tocó arrancar de cero las fábricas, entrenando al personal de todos niveles, tanto en China como en Arabia Saudita, con un cuerpo de expertos traductores a su disposición. ¿Qué materia creen que era la peor para él en la prepa? Química. ¿Cuál creen que fue su promedio de licenciatura? Miren bien: 7, sí siete. ¿Acabó de un tirón la licenciatura en ingeniería química? No, no. La interrumpió un par de veces, pues de entrada no le convencía, él quería ser músico (de hecho lo ha sido desde niño y compositor). Cuando la suspendió se fue de bracero a los Estados Unidos. Allá vendió periódicos, pintó casas, la hizo de mesero, vivió en 101


un sótano, hasta que se dio cuenta en la segunda vez que no iba a lograr gran cosa sin estudios. Cuando regresó a la UASLP terminó la carrera a velocidad endiablada, con excelentes resultados y pudo ir a realizar prácticas profesionales a una planta química en Querétaro durante dos veranos. Ahí lo descubrieron unos alemanes y cuando terminó la carrera, fueron por él a contratarlo a su escuela, recién salido, antes de tomar sus vacaciones. Le pregunto a qué le atribuye sus grandes logros y contesta sin dudarlo: -

Son tres “pes”: pasión, propósito y un chingo de perseverancia. Así sin más.

Como ven no habla de grandes conocimientos, promedios, grados o posgrados. Son tres “pes”, tres lecciones para padres e hijos en busca de claves para salir adelante en la vida.

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Pepe Castillo Argüero Mi primo Pepe amaba la Sierra del Chichinautzin, sus olores y sabias. La visitaba por la noche, una vez a la quincena, como enamorado, y se acostaba con ella, recorriéndola lentamente con su motocicleta, en cada una de sus curvas, por la carretera libre de la ciudad de México a Cuernavaca. Respiraba hasta henchir sus pulmones, con las transpiraciones de pinos, encinos y oyameles de la serranía, desde lo alto de las hondonadas. Era su aliento vivificante para resistir los embates de la ciudad y su vorágine de masas. Como un descanso para recorrerla una segunda vez en cada visita, pasaba a saludarnos a Altavista, en Cuernavaca, para regalarnos su mirada esmeralda, de mar sereno, y su voz amorosa como pausada. Tomaba un cafecito preparado por Susana a eso de las siete u ocho de la noche, hora en que llegaba, y tras la breve y cariñosa plática, como la de su mirada, emprendía el regreso hacia sus amadas.

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El novio Nachito I La noche de los maitines, nos tenían reservada una reunión entre las familias de Lulú y Nachito. Ahí llegamos puntuales y fuimos dándonos los cariñosos abrazos y besos de reencuentros y primeros encuentros. De inmediato, apenas íbamos entrando en tequilas (quizás previendo que nos pasáramos de ellas), Nachito nos abordó a sus tíos apilados a su alrededor: –¡Dime en una palabra tu consejo sobre el matrimonio! Lo dijo abiertamente, con esa su mirada sincera y sumamente atenta. ¡Qué rico que la confianza suya en nosotros se expresara ahí mismo, para empezar! Fuimos uno a uno entrándole a la valiosa oportunidad que nos daba: amor, comunicación, consenso, confianza… Luego ya unos, ya otros, detallaban con explicaciones, su síntesis atrevida. Él nos seguía, interesado en dar lo mejor de sí, y aprovechando con todo esta ocasión que nos dábamos mutuamente, para abrir nuestros corazones. ¿Qué mejor entrada a una fiesta, no sólo familiar? El efecto Nachito, le llamaré a ese recurso, por la lección que nos dio de humildad y confianza.

II A la mañana siguiente, después de haber servido el desayuno a más de veinte parientes, nuestras señoras se habían ido a arreglar a los cuartos para la misa. Los maridos platicábamos en el comedor cuando Nachito tocó la puerta y como Rey que espera a que lo vistan y atiendan sus plebeyos, con los brazos 104


levantados, pidió su desayunar, pues le urgía irse a la sesión de fotos y le sobraba hambre y temor de ensuciarse. Vestía todo blanco el muy galán, inmaculado, no podría yo decir que virgen. No se atrevía a reposar sus brazos en la mesa. La limpiamos como pudimos. Seguía con las manos arriba. Nos miramos los maridos unos a los otros, sin las señoras al lado, y tuvimos que poner manos a la obra, o en el caso de Ricardo, la lengua a la obra, pues él empezó a dar las órdenes: -

¡Caliéntenle las tortillas y el mixiote! ¡Pónganle un babero para que no se manche el traje! ¡Apúrense porque se le hace tarde!

Le queda muy bien a mi primo dar órdenes, supongo que también se las da al espejo. Conseguimos una elegante toalla azul mojada como sustituto de babero, se la amarramos al cuello, y el novio seguía dejándose atender por su corte, viéndonos hacer, muy contento. Pues ahí tienen a Oscar y a mí intentando calentar mixiote, cecina, tortillas, frijoles, enchiladas potosinas y adivinando primero cómo encender la estufa. Rico en su importantísimo rol, ordenando. Por nuestra parte, entre los tres, superamos la prueba. El novio salió de ahí bien comido, agradecido y sin mancha. ¡Anímese otro novio! Pero antes, como recomendaba mi suegra Vange a sus nietas, bisnietas y tataranietas, muy moderna ella a sus noventa y tantos años, “antes vivan con ellas…”

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Un valiente, un hombre Aquella mañana de domingo, día del 80º cumpleaños de tía Peranza, hacíamos sobremesa después del desayuno tanquianero que Sus ofreció a nuestra familia. En eso, un hombre, un hombre valiente cual más, se atrevió a decir su verdad, frente a todos nosotros, hombres y mujeres ahí reunidos: – Sam, necesito ayuda, necesito que oren por mí. Hubo un brevísimo silencio. Por décadas, si no es que por toda la vida, la nuestra y de nuestros ancestros, habíamos sido educados los hombres a no manifestar debilidad ante nadie, ni ante mujeres ni menos ante hombres, así fueran de la familia. Se suponía implícitamente en el modelo familiar de hombría, que era propio de hombres expresar fuerza y autocontrol, en ningún momento debilidad. Ese era el patrón aprendido en el día a día, eso era ser hombre. El tío Sam, con su gran sabiduría, invitó a Edgar, el gran hombre, a sentarse a la mesa con nosotros, los Izquierdo Estrada, los Mitre Díaz de León, los Díaz de León Izquierdo, los Izquierdo Azuara y quien quedaba de los Izquierdo Bravo. Nos dijo con una calma que nos inspiraba a orar solidariamente, a dejarnos conducir por él: – Tomémonos de las manos, vamos a orar por Edgar. Cerró los ojos, y con suave voz y segura palabra que emana libre por sus labios en tales ocasiones, nos fue llevando por los senderos de la comprensión del otro, del necesitado, del que pide ayuda, del que en su necesidad clama por encontrar su camino.

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Uno a uno, los presentes nos hicimos parte del rito. Por las manos circulaba entre nosotros el amor que cada uno agregaba al cuidado de Edgar, lo reenviaba al ritmo vibrante de las peticiones que encarnaba tío Sam de nuestro colectivo. Orábamos por el primo, el hermano, el nieto, el hijo, por un aparentemente débil joven que se estaba convirtiendo, mientras cerrábamos los ojos en oración, en un gigante. Sí, había aprendido antes de los veinte años lo que otros seguimos sin aprender pasada toda la vida. Ya había aprendido a tener un poco de humildad y a reconocer que hombres y mujeres somos frágiles y falibles, que necesitamos de los demás para levantarnos, que estamos ahí abajo, necesitados de ayuda. No esperó a estar solo para pedirla. Ante todos y con todos pasó de mostrarse endeble a agradecer la fuerza que le dábamos, haciéndonos grandes también con él. Pero es mayor su hombría, es un valiente entre todos nosotros, y lo ha probado cumplidamente, sin vencer a otros en una guerra sin sentido, se ha lanzado a una guerra de gran valor que a muy pocos es dable ganar, venciéndose a sí mismo.

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Nuestros hijos y mis suegros

Neto rico y Neto pobre A los seis años, Ernesto hizo su primera visita sin nuestro acompañamiento, a sus primos de la ciudad de México. Regresó contento a los tres días, por todo lo que había visto y aprendido, por todos los juguetes que pudo conocer y experimentar. Su primera reflexión ante nosotros fue: Somos pobres. Mis tíos son ricos. A los pocos días, hicimos junto con otros niños del barrio un paseo a la loma de enfrente, bajando por la barranca del Tecolote, y subiendo hasta llegar a la siguiente. De ida como de regreso, Neto iba atento a todo a su alrededor, a las formas de ser y vivir en la barranca por sus cientos de pobladores. Al llegar de vuelta a casa, comentó: Somos ricos, somos muy ricos.

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¡Nos ha nacido una hija! Nos llegó hermosa y saludable, llena de vida. Es deportista y le encanta la montaña, pasear por los bosques y escalar las alturas. Le fascina ver desde las cimas hacia el horizonte, pues no le asustan las alturas, sino que se templa con ellas. Es alegre, le gustan los colores y comparte sus alegrías con un precioso ramillete de amigas y amigos que le aman. Tiene a sus padres que la adoran y nos ha aceptado como sus padres también. Organiza sus planes para el futuro, es estudiosa y trabajadora. Llegó hablando otra lengua, suave y a la vez firme, deseosa de comunicarse y de comprender a los otros. Ella, la hermosa Anne Liss y Neto están enamorados, gozando de todas las emociones de los que descubren que se aman, listos para enfrentar todos los retos que la vida presenta a estas valientes parejas. Se sienten apoyados por sus familias, disfrutan con ellas todos sus bellos dones, como las enseñanzas que han heredado. ¡Nos ha nacido una hija!

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Ere y nuestra ración de postre Acabamos de comer. Ahora damos paso a la ceremonia del postre. Ere se levanta a sacarlo del refrigerador, pues es su turno. Se trata de un pay Carlota, de limón con galleta, decorado con rajitas de durazno. Susana nos entrega nuestra ración muy bien servida, dejando más de tres cuartas partes sobrantes en el molde refractario. Está delicioso, lo comemos en lo que parece una sucesión infinita de pequeñas cucharadas, intentando dar permanente gozo al paladar. Nos miramos en complicidad Ere y

yo, extendiendo en silencio al mismo

tiempo el plato para recibir una segunda ración, como decimos, muy merecida por habernos portado muy bien en este día. Viene la primera advertencia de Susana sobre los efectos en la salud por abusar en azúcares, en su jerga nutricional, la que aceptamos dócil y calladamente, como quien dice, “es la última y nos vamos”. ¡Mmmmmm!, nos hacemos eco Ere y yo, mientras miramos perdidamente al firmamento, como si estuviera sembrado de hileras de postres de esta delicia, al tiempo que nos protegemos mutuamente de cualquier robo, por el cachito que nos queda, con la mano haciendo covacha sobre el plato.

Pero todo gozo se acaba. Me paro discretamente, trayendo semillas de amaranto en una cuchara sopera bien copeteada. En un descuido de Susana, se la rocío a una parte del postre en el platón, y ante su mirada sorprendida argumento con rapidez: tú dices que si agregamos semillas a comidas pesadas, transportan consigo lo que no nos beneficia, así que el tercer cachito de postre no nos hará daño. En eso sirvo para Ere y para mí nuestra tercera racioncita, que luce beneficiada de los saludables agregados del amaranto morelense, lo que nos da tranquilidad de conciencia pero risa primero incontenible, luego más serena, pues le he pagado a Susana con la misma moneda con que amorosamente nos alimenta. ¡Requetemmmm!, rumiamos Ere y yo, la adaptación regional que estamos inaugurando al de por sí codiciado postre. 110


– No tienen remedio, –dice Susana al retirarse de la mesa para descansar, dejándonos a los coyotes amarrados con longaniza en el terreno de caza. Es Ere la que ahora ataca: – Ustedes me han enseñado que debo terminar todo lo que empiece, y como soy muy obediente, ¡manos a la obra!, ¡venga para acá lo que resta de este pay! Y como va, nos sirve con precavida justicia por mitades el tercio que resta de este manjar que prometía deleitarnos durante por lo menos dos días más. Nos miramos traviesamente, con la boca llena, pensando a qué ficticia visita achacaremos la súbita terminación del postre, pues no hay mascotas en esta casa que la hagan de chivo expiatorio. Perdón porque no les dije desde el inicio, ¡buen provecho!

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Abuelita Vange, o de cómo empiezan y pueden terminar las guerras Era el año 1993. Por todo el país se había iniciado la privatización de los ejidos y pululaban poderosos intereses para deshacer las asociaciones de ejidatarios y toda organización que frenara ese proceso antisocial. El Presidente del Comisariado Ejidal de Tanquián, Heliodoro Azuara, era de los convencidos de que la unión campesina debería conservar como firme propósito la producción ejidal, con riesgo que las familias se quedaran sin medios de vida, en caso de vender sus parcelas. Por ese motivo lo mandaron asesinar quienes estaban urgidos de comprar secciones del ejido. Eso hicieron una noche, cuando merendaba, ante los ojos de su familia. Doña Vange, mamá de Helio, tras escuchar la trágica noticia de los jóvenes familiares encargados de comunicársela, reaccionó maldiciendo a los asesinos y deseando su inmediato castigo. Apenas eso pronunció, su sabiduría tomó el mando, ordenándoles: -

No quiero que las manos de ninguno de ustedes se manche de sangre por eso. Ya perdí a un hijo, no quiero perder a ninguno más, ni que otras mujeres de este pueblo queden viudas o sin hijos. Dejo en manos de Dios su castigo.

Su entereza en los días de la mayúscula pérdida, su convicción y orden directa, paralizó la animosidad de sus jóvenes familiares, los desarmó.

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Años después, leo en un libro francés especializado en resolución de conflictos, que gran cantidad de guerras iniciaron justo a partir de un crimen entre vecinos, incluso entre familiares. Pero más sorprendente para mí, es la afirmación en el mismo libro, de que guerras que habían durado décadas, o estaban por empezar, han terminado cuando las mujeres, o una mujer, decide con la sabiduría de Doña Vange (con apenas dos grados cursados de Primaria), que cede la muerte de su hijo a cambio de terminar las rencillas y venganzas que traerán muchas más muertes a sus familiares y vecinos. Sabia Abue Vange, te debía este mínimo homenaje.

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Don Licho, Rey A mi difunto suegro Félix Azuara, a quien sigo conociendo.

Don Licho era un bebedor empedernido, capaz de extender sus borracheras por más de un mes, en especial si se prestaban sus amigos y conocidos a gorrearle rondas de cervezas o licor de caña, una vez que él invitara generosa y estratégicamente la primera. Le daba por quedarse dormido entre un cuete y el siguiente, en medio de la parranda, ya fuera sentado sobre las mesas metálicas de las cantinas o sobre el suelo de las banquetas. Podría pasar una recua completa encima de él y no lo despertaría, si acaso aprovecharía su paso en el ensueño para pedir “sírvanme otra copa”, y seguiría dormido, con el pico en posición de beber o chupar. Sus compinches de parranda del pueblo de Tanquián, cansados de acomodarlo y reacomodarlo para que durmiera a gusto, como de su retahíla de gases que superaba al tronidero en conjunto del grupo, resolvió jugarle una broma, que comandó Don Félix Azuara. “Hagámoslo Rey de Tanquián”, propuso. Todos seremos sus súbditos y haremos sus caprichos y antojos. Vistámoslo de rey y vistámonos de duques, príncipes y condes. Hagamos de las niñas y niños sus pajes y practiquemos en hacerle la corte para el momento en que despierte nuestro rey. Como pudieron, con la complicidad del cantinero y dueño del único billar de Tanquián, y de los niños que pasaron por ahí haciendo los mandados, lo engalanaron con ropas de dama, al estilo medieval, con medias rotas de ancianas y cuello de frivolité, tomado de un largo de mesa de sala. Lo metieron en un corset de quinceañera que tuvieron que adaptar con cuerdas extra de cáñamo para que alcanzaran su ancho torso. La falda la hicieron de crinolina rosa, de quinceañera. Lo coronaron con la parte superior de un bote de hojalata, de los que se usaban para transportar manteca, recortando sus picos con tijeras del herrero, miembro de la comparsa. El rey no volvía de su extravío, y pareciera que cooperaba con el teatro poniendo flojas piernas y brazos.

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Debió medio despertar por las ropas apretadas a su cuerpo y por el calor de esa tarde ardiente de verano, arriba de los cuarenta grados en la cantina–billar. El mismo Don Félix, autodenominado “Duque de Azuara”, con capota de aguacero pintada con cal para el efecto, y coronado con otro aro de hojalata adornado en sus puntas con chiles verdes, lo introdujo a su nuevo y regio estado, reclinando su cabeza hasta casi las rodillas: -

¡Alteza serenísima y pedísima: ordene usted qué prefiere para cenar! Tenemos para vuestra esencia jícamas con semillas de orejón, pemuches en barbacoa y yuca con ron.

Don Licho no pasó de echarle un vistazo, seguía adormilado. Medio minuto después volvió a abrir los ojos y escuchó similar recibimiento: -

¿Su majestad ha disfrutado suficientemente su hedionda peda? – esto lo dijo dibujando galantemente con la pluma de guajolote que le trajo uno de sus hijos´, una larga “h” manuscrita en el aire– ¿le servimos acosiles en aguachil para cenar?

En ese momento, por acuerdo general, todos los conspirados reclinaron el cuerpo en señal de sumisión ante su rey, gesto que lo hizo eructar ruidosamente, de sorpresa. -

Su Alteza es rey de Tanquián: debe estar a la altura de su divino reinado y nunca eructar. Dada la urgencia debe taparse la boca –le corrigió con sigilo, al oído, el Duque de Azuara.

-

¿Qué chingaos dices, pinche Félix? –interrumpió Don Licho.

-

¡Alteza! Soy el Duque de Azuara, y vuestra majestad Licho Primero. Se encuentra usted en el trono de Tanquián, al que le hemos llevado por aclamación popular y llamado divino, ¿no es así, regia corte tanquianera?

-

¡Viva el rey Licho Primero! –corearon todos sus súbditos, leyendo discretamente las consignas que habían preparado para acabarlo de despertar, y continuaron– ¡Largo sea su alcohólico reinado! ¡Infinitas las tandas que invite a sus compañeros de parranda!

Los de la primera fila terminaban cada consigna con golpes en el suelo de los tacos de billar, como presentando armas. Los demás golpeaban efusivamente 115


con botellas de cerveza, las polvosas mesas de lámina de una marca de cerveza tradicional. Don Licho Primero no salía de su asombro, ni podía bajar de la frágil silla metálica que tenía por trono, montada sobre la barra de la cantina. Lo escoltaban dos fuertes ejidatarios con capas tomadas de cortineros hechos trizas de viejos. Habían batallado para llevarlo hasta tales alturas y sostenerlo sentado mientras despertaba. -

¡Ora putos!, ¿de qué se trata? –comentó el rey con los ojos bien abiertos.

-

Alteza pluscuamperfecta, vuestra excelsa condición nos obliga a presentar a usted a cada uno de sus humildes servidores, dispuestos a dar la vida por usted, con gracia y sorna, ahora y en la hora de vuestra muerte.

Continuó el Duque de Azuara su intervención, ahora para nombrar a los miembros de su distinguida y bebedora corte: -

Ante su majestad, dobla la cerviz el Conde de Tenerife, vasallo de muchas leguas, reconocido abigeo de hatos propios y ajenos, pues no distingue entre unos y otros. Entrega a su señoría tres mulas y dos borricos, a cambio de dos hectáreas de tierras vega, junto al río Moctezuma. Le conviene el trato su majestad, dígale que sí, no hay mulas más aguantadoras que las del Conde de Tenerife.

-

Se parece a Tarsicio, el lanchero de La Purísima – comentó el rey–, mejor dame tres botellas y llévate las mulas, Conde de Tenerife – resolvió el rey.

-

¡Urra, urra! –fue el grito unánime, bien preparado por todos los celebrantes de tal ceremonia. Los vecinos de la cantina se iban acercando a aquello, convertido poco a poco en ruidoso jolgorio.

-

A los ojos de su obtusa dignidad, dobla la testuz el Príncipe de Tampacán, que le entrega como tributo dos arroyos, tres ojos de agua y un caballo de un cuarto de milla. Sólo pide a cambio una concesión para operar una barcaza que permita cruzar el Pánuco en el temporal. Concédasela Majestad, le conviene a ojos cerrados.

-

Tiene un aire a Huicho, el caporal del Rancho El Chulo, camina igualito que él, patizambo. Dale eso que quiere el tal Pínchipe, pero 116


que nos traiga un lechón en vinagre para botanas, no puedo con la cruda. ¡Quiero ir a miar, déjenme ir! -

Los reyes no orinan hasta congraciarse con toda su corte, tiene que esperar unos minutos más, majestad –le advirtió el Duque de Azuara, en tanto sus guardias lo apretaban por los antebrazos, más para sostenerlo, que para impedirle bajar.

-

¡Ah carajo! ¡No me está gustando eso de ser rey con la vejiga rebosando!

-

Aguántese tantito su regia majestad, y será llevado al trono por sus guardias pretorianos.

Confabulados y visitantes, iban llegando con más productos en calidad de ofrendas y tributos para su rey.

La condición para aproximarse, era venir

disfrazados y dispuestos a seguir el rol que les asignaran, congraciándose sumisamente con su majestad. -

A los pies de su majestad, llega el virrey de Tampicol. Le ofrece de regalo diez cargas de mula con piloncillo por año, a cambio de permiso para comerciar sus productos en todo su reino, desde Tampico hasta Ciudad Valles, desde Tancanhuitz hasta Ébano. ¡Es una ganga, majestad, acéptela!

-

Que me mande 10 cajas de ron y le dejo comerciar hasta Pánuco. Lo dijo con gran desprendimiento, pues nunca había salido más allá de Pánuco, de manera que creía que nada podía estar más lejos que tal poblado.

-

Para hacer un intermedio en sus arduos trabajos de gobierno, su muy intensa briaguedad, ¿permite que unas doncellas bailen para usted en pelotas?

-

¿Ahora mismo? ¿´On tan ellas? – eso pronunció llevando el cuerpo al frente, buscándolas con rojísima mirada.

-

Las mandamos traer, si eso complace a su hidalguía y libidinosidad, muy señor mío.

-

¡Tráiganlas ya! – ordenó en el primer acto voluntario de su reinado, sobándose las manos.

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En eso, ante todos, se vio un goteo contante que salía de su asiento, amarillento. –¡Qué putas! –escandalizó encolerizado Nando, el cantinero– ¡Mira Félix a lo que nos llevan tus historias ideáticas!

¡Bájenlo de ahí que me

arruina el negocio! En volandas, sus guardias lo bajaron rápidamente y lo escoltaron hasta el orinadero del solar contiguo. ¡Haz lo tuyo, pinche rey mión! –le espetaron. La algarabía de grandes y chicos, beodos, crudos y abstemios, no paraba de oírse en el bar. Las mujeres de las casas vecinas desde sus poltronas se iban haciendo cómplices de la trama. Mientras regresaba el rey, los conjurados repasaron su guión. Se oyó entonces un grito desde el vecino lote baldío, que hacía las veces de mingitorio: -

¿Cómo chingaos se quita esto?

–se refería al corset que no le

dejaba evacuar a su solemne modo. Cuando regresó, era el turno de presentarle a las damas: -

¿´On tan las chamacas, pinche Félix? –fue lo primero que pronunció al regresar, tambaleante aún, Don Licho.

-

¿Pero su beodísima alteza, qué lengua es esa?

Si bien soy su

súbdito predilecto, he merecido de usted el ducado de Azuara como para que me trate usted así. Las damitas no querrán presentarse ante tan burdo y lerdo rey, ¡modérese majestad! -

Déjate de pendejadas, ¿´on tan ellas? ¡Te estoy mandando que las traigas!

Eso lo dijo mientras lo elevaban nuevamente a su trono, ahora improvisado sobre tres capas de cartones de cerveza, apiladas colectivamente por instrucciones de Don Nando. -

¡Eso majestad! ¡Asuma su mandato ordenando lo que le plazca! ¡Sus caprichos y voluminosas necesidades serán cumplidas! Hacen ahora entrada para deleite de su inmarcesible majestad Licho Primero de Tanquián, marqués de Tancuayalab y El Higo, las bailarinas más deliciosas del condado: Michi y Chichi. 118


Los nombres tuvieron su efecto atractivo sobre el rey, como sobre los recién llegados que no sabían los detalles del número siguiente. Don Nando activó la sinfonola con una moneda para que se escuchara la canción “Acércate más”. En eso, de espaldas, hicieron lenta y cachondamente entrada por la puerta principal, un par de semidesnudas, meneando con lentitud sus caderas, al ritmo de la canción. En sus cabezas llevaban altos tocados llenos de flores de papel de china, blancas y rosas, de las que suelen llevar los niños a la iglesia en el mes de mayo. Sólo un delgado hilo anunciaba lo que pudiera ser su sostén, y sus calzoncitos eran minúsculos. Su majestad alargó exageradamente el cuello, para verles mejor. Los guardias debieron detenerlo para que no cayera desde sus alturas. Quienes las vieron más de cerca empezaron a tratar de contener las carcajadas. Quienes las iban reconociendo se doblaban de risa. El Duque de Azuara, haciendo gala de extremo control, ordenó: -

¡Orden en la corte! ¡Paso a las princesas del Nilo, traídas en chalán desde África meridional para ser desposadas por nuestro garañón rey, urgido de descendencia!

Su regia majestad, Don Licho Primero inclinaba la cabeza para un lado y otro, buscando la clave para captar los dechados de aquellas princesas, que imaginó hijas

de Milo, el tendero del vecino pueblo de La Pendencia, en

Tampamolón. -

¡Que las traigan hasta aquí!, no alcanzo a verlas bien, menos a tentarlas –fue la segunda orden del rey.

-

¡Su orden será cumplida, como su regia concupiscencia! –afirmó el Duque de Azuara– ¡que se acerquen las divas del Nilo!

Las susodichas se siguieron acercando tentadoramente de espaldas y al estar a tres brazadas de Don Licho Primero, mostraron la delantera de sus cuerpos. El rey las examinó profusamente, de arriba abajo, subiendo una ceja, luego otra y tensando sus cachetes y cuello, desconcertado, gritó: -

¡No me engañan, no son las hijas de Don Milo, son unos putos baratos de la choza de San Martín. ¿No les ven los pelos en las piernas y los bigotes? ¿Qué reinado es éste que no tiene unas 119


chamacas para el rey? ¡Bájenme de aquí que hace años no me tomo una cerveza y me estoy muriendo por una! Sus poderosos guardias no se aguantaron más las risas, lo que marcó el inicio de las risotadas de todos los congregados: parroquianos consuetudinarios, visitantes casuales, niñas y niños disfrazados para la ocasión, ancianas vecinas que no resistieron el alboroto creciente por el drama organizado en la cantina sin puertas. El Duque de Azuara cerró la obra singular con una loa final: -

¡Hágase su voluntad, cuetísimo rey de Tanquián, estruendoso gasificador entripado, prístino consumidor de toda clase de licores producto de los cañaverales de la Huasteca! ¡Cerveza para todos con cargo a las arcas de su magnificencia! ¡Que viva muchos litros Don Licho Primero!

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Otros parientes I Suegras de armas tomar

Varias de mis sobrinas tanquianeras, si no es que la mayoría, son de armas tomar. Más de una ha resuelto con su fuerza los embates de maridos o pretendientes que se han pasado de la mano con ellas. Otras además de eso, saben emplear estrategias de disuasión preventiva, que les aseguro en caso de que no funcionen, las llevarán a entrar en guerra con quienes les ofendan. Va una de esas estrategias. Z, platicando de lo que haría en caso de que su yerno golpeara a su hija, le advirtió: si golpeas a mi hija lo peor no será que ella se divorcie de ti. ¡Soy yo la que me voy a divorciar de ti y no habrá quién me pare para darte en la madre! Inteligente, se lo dijo cuando ya estaban casados. Luego se preguntan por qué hay maridos disfuncionales. De ahí el uso frecuente del dicho “mejor de aquí huyó, y no aquí quedó”.

II

Un par de parientes

Desayunaba con mi pariente Fernando en un restorán de Cuernavaca, esperando la llegada de mi esposa y Nato, su primo político, un ganadero que nos visitaba por primera vez y a quien sólo ella conocía. Entretanto, en nuestra plática, Fernando brincaba de un tema a otro, haciendo gala de tener opinión firme sobre cada uno de ellos: golpeaba con el dedo índice sobre la mesa, justo cuando estaba en el clímax de su argumento. Si le daba mi opinión sobre un asunto, no había yo acabado de hacerlo cuando ya saltaba él reafirmando la suya para cerrar el tema, en definitiva. Cuando terminamos de desayunar, por fin llegaron mi esposa y Nato, justo cuando Fernando tenía que retirarse para trabajar en su despacho de abogados. Nos presentamos y luego ellos permanecieron sentados mientras mi 121


esposa y yo nos encaminamos a la caja a pagar los desayunos. La caja se había descompuesto unos momentos antes, por lo que nuestros parientes tuvieron escasos cinco minutos para platicar entre sí, por primera vez. Le dije a mi esposa: ni modo, ya habrá otro día para que se conozcan mejor. Pagamos y los llamamos para irnos cada uno a lo suyo. Nos despedimos, concertando una siguiente cita para convivir entre todos. De camino a nuestro auto, Fernando me llamó aparte hacia el suyo, “para darme un recado”. En voz baja, muy preocupado, me alertó: -

Cuídate de ese Nato, te lo digo yo que he tratado con tanta gente difícil, defraudadores y timadores, con potentados y mafias empresariales, con gente mañosa y cabrones de toda ralea. Su mirada es muy dura, no le des ni tantita confianza.

Fue todo lo que me dijo y se retiró. Me pareció uno más de sus juicios fáciles, nada más por hablar, sin fundamento. ¡Apenas si tuvo unos minutos para platicar con él! Regresé a nuestro auto. Se habían ya subido mi esposa y Nato. Apenas entré, éste me habló desde el asiento trasero, con su débil voz: -

Oye Miguel, aunque tú no lo sepas, y poco o nada me conozcas, yo los estimo mucho a ustedes dos. No te molestes por lo que te voy a decir. En mis negocios he tratado con gente bruta: zorros y lobos, marrulleros y

auténticos truhanes. Los tengo bien medidos. Sé

cuando echarles un pial para amarrarlos, cuándo golpearlos con la cuarta para ahuyentarlos y cuándo aventar al aire un plomazo para que ni se acerquen. Sé lo que te digo y quisiera protegerlos a ustedes dos. Por eso voy a pedirles que se cuiden mucho de Fernando tu pariente. Te lo digo por su mirada, es de verdad para desconfiar. Sudé frío. De camino a casa, no usé el espejo retrovisor, por miedo a ver la mirada de uno sobre la del otro y a mi esposa y a mí, siendo atravesados en el medio. En la noche, cuando tomábamos en calma un té, de cara a nuestros árboles frutales, me confesó Nato que estaba aproximadamente a un mes de morir. 122


Entonces supe a quién creerle y me atreví a mirarlo a los ojos. Su cara era verde cenizo. No se andaría con cuentos a esos extremos de la vida. No se desearon mal, pero ambos murieron de lo mismo.

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El que esto escribe visita un balneario Teníamos años de no visitar cierto reconocido balneario, nuestro favorito para acampar cuando los hijos eran pequeños, con sobradas diversiones y seguridad. Así que la excusa de llevar a unos parientes a conocerlo fue ideal para rememorar aquellas andanzas y fogatas. Había sido remodelado recientemente, en jardines y albercas, como en diseño y disposición de sus espacios, por lo que pronto califiqué como muy buen trabajo el realizado. No era yo fácil en mis apreciaciones arquitectónicas, con experiencia de haber años atrás enseñado a un arquitecto que habíamos contratado para hacer una escalera hacia nuestro segundo piso. Se había pasado toda una mañana y las cuentas y trazos “no le daban”. Tuve que darle su clase y en 15 minutos estaba listo el trazo.

A otro más, le enseñé, con el falso techo acabado en tejas, que éstas se colocaban exactamente de la manera inversa a la que las había mandado poner, para que el agua bajara por encima de ellas y no por debajo de ellas… A mediodía de inspeccionar los aciertos de arquitectos y alarifes, como todo ser humano, llegó la necesidad de tirar aguas. Llegué al enorme baño y con prisa, entré buscando los mingitorios. ¡Vaya sorpresa! Estos eran de una sola pieza, colada en granito oscuro, muy elegante y curva, jamás vista por mí. Empecé a vaciar lo acumulado, volteando a un lado y otro, reconociendo sus los méritos de la obra. Algo no me 124


cuadraba: la altura, demasiada para el promedio de un mexicano promedio. Se habían pasado unos cinco centímetros. Peor, no había lugar para que los niños, con mejor altura, orinaran cómodamente. ¡No aprenden estos arquitectos y diseñadores de muebles! Esa fue mi acerva crítica, la única al conjunto. En eso entró un desconocido al baño y me gritó al grado de asustarme: -

¿Qué hace orinando en los lavaderos, viejo cochino?

FIN

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