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ISSN 2339-4234

Órgano informativo de la Asociación de Salas de Artes Escénicas de Medellín Edición No. 46 - Octubre/2016 - 10.000 ejemplares - Distribución gratuita

100 años del nacimiento de

Peter Weiss Escritor y artista alemán nacionalizado sueco. Weiss nació en Nowawes, cerca de Berlín, el 8 de noviembre de 1916. Cuando los nazis tomaron el poder, su familia emigró a Gran Bretaña en 1934 y dos años después a Checoslovaquia, donde estudió dibujo en Praga hasta 1938; el año siguiente fijó su residencia en Suecia. Weiss adquirió la nacionalidad sueca en 1948 y escribió en este idioma sus primeros poemas y sus primeras obras dramáticas para la radio, pero se hizo famoso internacionalmente como escritor en alemán y como militante contra la intervención de Estados Unidos en Vietnam. Ya en la madurez, empezó a escribir novelas tan particulares como La sombra del cuerpo del cochero (1960). La primera obra teatral de Weiss fue Persecución y asesinato de Jean Paul Marat representado por el grupo teatral del hospicio de Charenton bajo la dirección del Señor de Sade, también conocida como Marat/Sade, que explora las consecuencias de la libertad y la revolución. La siguió El sumario (1965), sobre el campo de exterminio de Auschwitz, Trotski en el exilio (1970) y otras obras donde se discuten aspectos morales referidos a los medios para hacer la revolución. También adaptó para la escena la novela de Kafka, El proceso. Además escribió cuatro novelas, dos libros sobre el Vietnam y numerosos ensayos, dirigió varias películas, e ilustró varios libros. Murió el 10 de mayo de 1982 en Estocolmo. © M.E. Fuente: http://www.epdlp.com/

Foto: Jugasago

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Felix Londoño

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40 años de La Libélula Dorada

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Inmigrantes teatro

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Formación de públicos

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Me acuerdo de Memo Vélez


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Medellín en Escena

Asociación de Salas de Artes Escénicas

emblemáticos de la ciudad. La plataforma de negocios permite que cada año se realicen entre 1.000 y 1.500 encuentros de negocios entre oferta y demanda de productos y servicios de la música.

Asociados Casa Clown CasaTeatro El Poblado Colectivo Teatral Matacandelas Corporación Artística La Polilla Corporación Artística Ziruma Corporación Carantoña Corporación Caretas Corporación Casa del Teatro Corporación Cultural Canchimalos Corporación Cultural Nuestra Gente Corporación Cultural Vivapalabra Corporación La Fanfarria Elemental Teatro El Teatrico de Medellín Exfanfarria Teatro Fundación Circo Medellín Teatro Barra del Silencio Teatro El Trueque Teatro Oficina Central de los Sueños Teatro Popular de Medellín Junta Directiva Teatro Oficina Central de los Sueños Elemental Teatro In-fusión Teatro Corporación Artística La Polilla Corporación Caretas Dirección Administrativa Ana Cecilia Hernández Gallego Revisor fiscal Darío Calderón Corrección de estilo Catalina Trujillo Consejo Editorial Cristóbal Peláez Iván Zapata Jaiver Jurado José Félix Londoño Coordinación editorial Karen J. Crespo Diagramación DH Diseño Acompañamiento Planeación Local y Presupuesto Participativo Olga Jácome Secretaría de Comunicaciones Alcaldía de Medellín Impresión Carvajal S.A. Contacto periodico@medellinenescena.com www.medellinenescena.com

Evento apoyado por el Ministerio de Cultura Programa Nacional de Concertación Cultural

NOTAS NOTASEN ENESCENA ESCENA 15

de Estímulos para el Arte y la Cultura 2016, de la Secretaria de Cultura Ciudadana de Medellín.

sede que abriremos a partir de este evento. Queremos celebrar nuestro próximo septenio en una casa propia, para el disfrute de todos ustedes. Nuestra sede está ubicada en el municipio de Bello, Cra 49 No. 55-11 Tel: 596 7283

EDITORIAL Se acerca CIRCULART «Solo donde hay tumbas hay resurrecciones». Friedrich Nietzsche Acaba de publicarse en Bogotá el tercer tomo de Teatro y violencia en dos siglos de historia de Colombia, del maestro Carlos José Reyes, con el auspicio del Ministerio de Cultura; un testimonio claro y profundo de lo que ha sido el papel del teatro colombiano en el registro, la vivencia y la documentación del conflicto a través del arte teatral. En principio, de forma social, relatando las costumbres de la época; posteriormente, de manera panfletaria en momentos de gran represión, para luego trasplantar lo político a las puestas en escena y encontrarnos hasta hoy con los más diversos lenguajes y estilos, dando nuevos aires a la dramaturgia nacional y mundial. La historia reciente del teatro colombiano data de setenta años y en ella se resume el compromiso que han tenido los artistas del país en develar, poetizar o documentar la violencia. Cientos de obras ilustran, claman y ponen de manifiesto múltiples formas de narrar ese conflicto rural y urbano que en lo corrido de estos años ha sembrado de muerte este país. El poder simbólico de las palabras y del gesto ha permitido no solo a los artistas hacer catarsis, sino a millones de ciudadanos y campesinos que sobrevivieron los tiempos más oscuros y que no renunciaron a la vida, pudiendo, a través del teatro, entender el origen injusto de esa violencia y reconocerse como sujetos históricos de transformación. Por otro lado, en

una nación que guarda su desgracia en la mirada, que pese al terror desatado y la ignominia impuesta de tantos años no ha logrado hacer el duelo de sus muertos, y que además fuese asolada por la peste del insomnio y del olvido como bellamente lo expresará García Márquez en Cien años de soledad, el arte, el teatro, fueron bálsamos necesarios para ese antiguo dolor. Duelo que aún permanece y que nuestra sociedad no ha hecho. Hoy, cuando todo apunta a que se escribirán nuevas páginas en la historia de este país, los escenarios del teatro colombiano, que durante tantos años han puesto de relieve esta guerra, se preparan a renovar sus repertorios con otros asuntos, uniéndose a la voz de miles de espectadores que desean pasar esa página y adentrarse en una nueva, con posibilidades distintas, donde la equidad, el respeto y la vida sean la puesta en escena de una nueva Colombia. Cuando salga este periódico, el pueblo colombiano, ya habrá tomado su decisión por el Sí o por el No, y sea lo que fuere, desde nuestra asociación, que ha sido testigo de múltiples procesos, no solo autísticos, sino gremiales y políticos, expresamos una voz colectiva por la paz, porque es uno de los mejores argumentos para la creación artística. Porque el arte es un sentimiento que no requiere refrendación, que está en la piel de los artistas, o, como diría Jean Cocteau: «El arte nos salvara».

Del 11 al 13 de noviembre se realizará la séptima edición de CIRCULART, el mercado cultural para la música latinoamericana, que reunirá profesionales de Iberoamérica y el mundo en la ciudad de Medellín. CIRCULART es la plataforma profesional de la industria de la música más importante de Latinoamérica, en la que se encuentran representantes del ecosistema de la música, reuniendo en un solo lugar, artistas, productores, empresarios, académicos, periodistas, emprendedores, sellos disqueros y múltiples organizaciones que trabajan dentro de la convergencia de la cultura y los negocios, para establecer un diálogo proactivo sobre el desarrollo de la industria musical. El mercado cuenta principalmente con tres componentes. La Zona de Negocios, donde se intercambian las ideas, se generan negocios, se capitalizan oportunidades, se crean vínculos y redes de trabajo y creación. La Zona Académica, espacio de reflexión que se ha convertido en referente para los agentes del sector y tiene como eje central la innovación, la creatividad, el marketing, las tendencias, el presente y el futuro de la música. Y el Festival Showcase, que año tras año se consolida como un lugar para el descubrimiento de importantes talentos y nuevos sonidos de toda Latinoamérica. Circulart atrae anualmente más de 1.500 agentes pertenecientes a diferentes sectores del negocio de la música, cuenta con la participación de 20 países, programa de 15 a 20 conferencias y pone en escena 35 presentaciones de artistas nacionales e internacionales, en lugares

La Fanfarria recibe condecoración Caretas está de festival Noveno Festicolorín Colorao … este cuento ha comenzao. Desde el 14 y hasta el 30 de Octubre arranca el festival de títeres y cuentería para niñas y niños en la ciudad de Medellín, con funciones en veredas y en la parte central del corregimiento de San Cristóbal, en el Teatro Caretas, el Teatro Popular de Medellín, el centro de desarrollo cultural de Moravia y el Centro Comercial Mayorca. 12 artistas en escena y 36 funciones dirigidas al público infantil y para toda la familia de Medellín y el corregimiento San Cristóbal. Esta novena versión, este sueño hecho realidad, es una apuesta al quehacer de la imaginación. No se pierda esta gran oportunidad para gozar de los maravillosos trabajos artísticos de Títeres Darío Pío, el Cantante Alejo García, Títeres de Lucila de Bogotá, Títeres Orandantes, Títeres Caretas, Teatro El Telón de Barranquilla, Títeres Sol y Luna y las cuenteras Katerine Pombo y Lelis Sierra. Te n d r e m o s t a m b i é n u n a exposición didáctica de títeres que estará rotando por las veredas y la parte central del Corregimiento San Cristóbal. Un recorrido por las técnicas de manejo del teatro de títeres a cargo de los titiriteros Rodolfo Gómez y Lelis Sierra de la Corporación Artística Caretas. Este es un proyecto ganador de apoyos concertados de la Convocatoria

El pasado 8 de septiembre el Secretario de Cultura Departamental de Norte de Santander, Cesar Ricardo Rojas Ramirez, hizo entrega de un reconocimiento simbólico a La Fanfarria por sus 44 años de trayectoria en la escena cultural de Colombia y por sus aportes al teatro del país. Igualmente agradeció su presencia y destacada participación en el XIII Festival de Títeres de Cúcuta, con la obra El negrito aquél en funciones en el teatro municpal de Cúcuta y en el Teatro Arlequin en Los Patios.

Teatro Galeón Siete años de navegación A propósito de nuestro primer septenio, queremos invitarlos a ustedes, nuestros amigos, seguidores, colaboradores, estudiantes, conocidos, colegas para que nos acompañen en la celebración de nuestro cumpleaños N° 7 (cumplidos oficialmente el pasado 23 de septiembre), en un GRAN FESTÍN ARTÍSTICO, donde nos acompañarán invitados de distintos lugares. La cita es el sábado 15 de octubre desde las 8:00 p.m. y hasta las 4 a.m. Les recomendamos adquirir su boleta con antelación. Es con aporte voluntario para contribuir al fondo pro-

Oh marinheiro Vuelve en corta temporada entre el 20 y el 29 de octubre en la nueva sala del Teatro Matacandelas de jueves a sábado. 26 años cumple este montaje del gran poeta portugués Fernando Pessoa, quien escribió sobre su dramaturgia: “Mi drama estático O marinheiro está bastante cambiado y perfeccionado, el final, especialmente, está mucho mejor. Tal vez no haya quedado una cosa grande, como yo entiendo las cosas grandes, pero es algo de lo que no me avergüenzo, ni creo que me avergüence nunca.” Del drama estático O marinheiro dijo, en cierta ocasión, un lector: "Hace el mundo exterior totalmente irreal" y, de hecho, así es. Nada más remoto existe en la literatura. La mejor nebulosidad y sutileza de Maeterlink es grosera si se compara. O marinheiro, el drama que comienza con gran sencillez, aumenta gradualmente hacia un límite terrible de terror y duda que crece y crece hasta llegar a absorber el espíritu de las tres veladoras, el ambiente de la misma habitación e incluso el vigor que el día tiene para nacer. El final de esta obra contiene el más sutil terror intelectual jamás visto. Un pesado manto cubre a las veladoras cuando ya no tienen a quién hablar, ni razón para hacerlo.


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Entrevista ENTREVISTA 3

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José Félix Londoño

«El que intima conmigo en el teatro, ya entra a ser parte de mi vida» Por: María Camila López Isaza Tú, el sembrador de sueños y de cosechas, el poeta de los plenilunios y las cabañuelas, con tu rostro bruñido por huracanes y rudos soles, remendado y puro como un espantapájaros en mitad del arado, en mitad del cielo, en la inmensidad del silencio. Gonzalo Arango

Es común escuchar la expresión «una casa de puertas abiertas» para describir un espacio que recoge la calidez de quienes lo habitan y el deseo de regresar una y otra vez a él. Pues bien, el recinto que hace siete años alberga el quehacer escénico de José Félix Londoño y su grupo revive aquella frase en su sentido más literal, no sin unos toques simbólicos que han sabido darle cuerpo a lo que él mismo llama su tercer hijo: El Trueque. Abiertas permanecen día y noche las tres grandes ventanas que acompañan la fachada y la puerta que da acceso al teatro. Abiertas para no cortarle el rumbo a la luz de las primeras horas de la mañana y las últimas de la tarde. Abiertas para que entren las voces, el ruido y las Foto: Sara Jurado

bocinas, sonidos a veces tan necesarios para combatir el aislamiento. Abiertas para sentarse a husmear un rato, a ver la gente pasar o, simplemente, a esperar que empiece la función. Sería más conveniente, por tratarse de una entrevista, empezar hablando de quien dará respuesta a ella. Sin embargo, el espacio hace también al personaje, y es esta casa de puertas abiertas la gran hazaña de Félix Londoño: escenario de la angustia y la creación; de la memoria y los anhelos. Hogar de cada imagen que cuelga en las paredes y morada de todos los personajes que ha representado. Esta casa de puertas abiertas es hoy su guarida, su escape y su más grande desafío.


ENTREVISTA 4 Entrevista

El barrio, la calle y el guiño constante de una historia violenta ya bien conocida en Medellín, son recuerdos encumbrados en los relatos de infancia de José Félix Londoño. «Yo vengo de Manrique City (risas). Toda mi vida viví allá, como hasta los dieciocho años. Me tocó esa época álgida, de sicariato. Una zona muy tocada al lado de todas estas plazas de vicio». Los rezagos del conflicto lo acercaron, más temprano que tarde, al terreno de la incertidumbre y la pérdida. «Muchos amigos muertos en esas épocas […] amigos de colegio, de pilatunas. A mí me tocó ver toda esa transformación de peladitos que jugaban bolas y fútbol con uno, y después andaban en sus motos. Afortunadamente, nunca me llamó mucho la atención ese mundo. He perdido bastantes amigos ahí». Una familia numerosa con ocho hermanos y la figura de un padre riguroso y protector —responsable directo de su llegada al teatro— amortiguaron la rebeldía que sacó a este muchacho de un par de colegios, incluso del militar, y lo condujeron lento pero seguro, a un oficio para el que, afirma, ya venía signado. «Cuando mi papá hablaba de ese mundo y de las veladas de teatro que hacían, a mí me empezaba a llamar la atención. Mi papá empezaba a declamar, y yo también, como por instinto, por herencia, empecé a declamar en el colegio. Me empezaron a llamar “El actor”, y yo me la creí. Yo soy director por obligación, porque alguien tiene que coger la batuta, pero a mí me encanta es la escena. Mi esencia es de actor». La gran lección de don Hernán, su padre —que al principio pareció más bien un castigo—, fue sacarlo definitivamente del colegio tras varios intentos fallidos de ajuiciarlo. Fue esa la oportunidad que tuvo Félix para afinar su relación con la escena de una manera empírica, intuitiva, genuina. «Una época dura porque yo quería terminar el bachillerato, entonces me tocó ponerme a trabajar en un almacén de mecánica en el día, por Barrio Triste. Salía a las cinco de la tarde de volear todo el día, a estudiar en la nocturna. Allá iba era a dormir. Entonces empecé a manejar el grupo de teatro de la nocturna, eso fue un éxito […]». Nuevamente, el padre adquiere en esta historia un rol titular. Perceptivo y al tanto de las inclinaciones de su hijo, dio el empujón final para que la tradición de historias narradas en la infancia y esa primera formación dramática en los montajes de barrio que él mismo organizaba, calaran definitivamente en Félix, esta vez con la posibilidad de constituirse en un

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proyecto concreto. «Mi papá tiene un almacén de antigüedades, yo trabajaba con él, y un día llegaron unos muchachos que estudiaban Teatro en la de Antioquia. Yo no tenía ni idea de que existía esa carrera, y llegaron a alquilarle unas cosas para una obra. […] lo bonito del caso es que, cuando yo llegué por la noche, mi papá me había comprado el formulario para la inscripción […] Empecé en la de Antioquia, pero no me conformaba porque yo sentía que allá no estaba todo el teatro. Entonces pasaba por la sede de El Fisgón, en Prado, y me pegaba a la reja a mirar los ensayos […] Un día Héctor Lorza me vio ahí parado y me dijo, “venga, entonces, y empiece a hacer teatro”. Y empecé con Héctor a conocer el verdadero mundo del teatro, ya no desde la universidad, sino desde el hacer […]». Con Lorza, personaje decisivo y primer gran maestro en la escena, Félix hizo parte de las últimas búsquedas estéticas de El Fisgón, paso fugaz que sería referente en su trabajo con El Trueque. «Me tocó un episodio muy triste que fue sacar las gradas de El Fisgón y entregarlas en Prado. Alguien estaba montando un teatro allí, y Héctor se las donó cuando se cerró la casa. Entonces tengo esa imagen cargándolas, como terminando el grupo. Fue muy duro, pero no había forma de seguir manteniendo esa casa». El Trueque

Lo que inicialmente fue un ejercicio universitario constituiría la génesis de un proyecto colectivo que ya sobrepasa la década de existencia. Tres muchachos inexpertos, un nombre improvisado y las líneas de Marco Antonio de la Parra. «En quinto semestre, en la Universidad de Antioquia, montamos El ángel de la culpa […] Cuando decidimos hacer una temporada de la obra, el primer grupo de teatro que me abrió la sala para presentarme fue Exfanfarria, aquí mismo. Era una cosa como premonitoria […] Yo lo montaba con antigüedades de mi papá, una cosa superrealista. Es muy bonito porque mi papá me prestaba las cosas, y él decía: “Voy a ir a ver esa obra”. ¡Jum! Cuando viene a ver El ángel de la culpa, y hay un texto donde dice: “Los anticuarios, viejos pervertidos que se ganan la vida vendiendo mierdas que ya no le sirven a nadie”. Yo no sabía si suprimir ese texto porque mi papá estaba en primera fila […] Insultando al patrocinador, pero tocó serle fiel al texto ahí». «Estábamos montando, cuando llegan de El Colombiano para hablar de la obra […] Terminamos la

entrevista, entonces me dice el señor: “Bueno, ¿y cómo se llama el grupo?”. Nosotros no habíamos pensado en g r u p o . Yo l e d i j e : “ N o , s o m o s estudiantes de la de Antioquia”. Él me dijo: “Yo qué voy a poner eso, estudiantes no. Póngale un nombre ya”. Y yo dije: “El Trueque”. Fue una cosa ahí que se me ocurrió. Los muchachos por la noche llegaron y les conté. Casi me matan: “¡El Trueque, qué nombre tan marica!”. Les dije: “Entonces por qué no estaban aquí montando, güevones. Después lo cambiamos”. Y hasta el sol de hoy […] Ya uno después empieza a buscarle la justificación. No habíamos pensado ese nombre nunca, sino que me ponchó ahí. El Trueque. Intercambio: me das, te doy”. Después de tres semanas de temporada en la sede de Exfanfarria, comenzaron a circular como grupo por la ciudad. «Entonces empezó El Trueque a rodar por los teatros y por bares; empezamos a presentarnos en todas partes. Después yo empecé a dar clases en el TPM, y allí se fundó una semillita porque con algunos estudiantes empecé a montar ejercicios. Empecé […] a invitarlos, a seducirlos y montamos una obra muy bonita, La marquesa de Larskpur Lotion, que se estrenó en Matacandelas, cuando El Cantadero todavía no era El Cantadero. Ahí presenté El corazón delator, El ángel de la culpa […] Éramos un grupo sin técnica, muy empírico, muy desde la pasión […] Ensayábamos en las casas, en un parqueadero del apartamento de Pilar —una chica que estuvo en El Trueque cinco años—. Era muy chistoso, porque éramos montando la obra, llegaba un carro y había que parar el ensayo […] A veces los niños bajaban a ver los ensayos y era muy bonito. Ensayábamos en el parque del Teatro Pablo Tobón, en la Exfanfarria cuando nos prestaba el espacio, aquí montamos Roberto Zucco». Aparte de la actividad que empezaba a gestarse con El Trueque, su participación en The New Gangsters B.F.A. y Eros y Thánatos, de Hora 25, le enseñó la disciplina de su oficio y la experiencia de un grupo consolidado en la ciudad. «El quehacer está en las tablas […] Yo creo que uno se queda con la fuerza en escena, lo riguroso que era Farley para el trabajo, y la literatura. Ahí c o n o c í a M a c b e t h , d e Wi l l i a m Shakespeare, y ya eso es una fortaleza. Con él estuve varios años; hicimos varias temporadas». Siete años con sede En la buhardilla donde conversamos reposan las obras de

Dostoyevski, T. S. Elliot, José Martí, Tadeus Argüello, Ionesco, Luigi Pirandello, Chéjov y, por supuesto, las de Bukowski y Gonzalo Arango, dos de sus grandes cómplices en el teatro. Su biblioteca la complementan títulos de Velásquez, Da Vinci, Monet, Renoir y Van Gogh. Es su espacio más íntimo, el que alberga su rutina matutina leyendo la prensa, tomándose el tinto y fumándose, de vez en cuando, un Pielroja sin filtro. Es imposible ignorar los ojos saltones en la fotografía de su hija María Antonia. Con ella y el segundo bebé que llegará en unos meses, ha desechado viejos discursos, descubierto una nueva dimensión en el amor y emprendido un camino desafiante como padre. En el escritorio que da a la ventana, frente a un árbol de níspero, se han construido las dramaturgias más representativas de El Trueque. Con una cortina roja —que abierta o cerrada determina si está o no para el mundo— y los vestuarios de sus personajes cuidadosamente guardados, la buhardilla de Félix es quizá uno de los espacios de la sede que más anécdotas conserva —en otros tiempos fue la habitación matrimonial que compartió con Ana María, su esposa, su actriz, su más aguerrida compañera—. Allí está la historia de los primeros días en una casa que ha servido de sede al teatro de Medellín por más de tres décadas —no solo la habitó Exfanfarria, también el Pequeño Teatro en sus inicios—, a la que llegaron casi por azar, por suerte y por una cuota de astucia de principiante. «Uy, yo me lo soñaba. Nosotros sí buscamos muchos lugares antes. Ya estábamos mamados de ensayar en parqueaderos y de guardar la escenografía en todas partes […] Cuando decidimos tener sala, empezamos a buscar. Estaba Carlos Santa, el director de Fractal Teatro. Él hizo el diseño de luces de Roberto Zucco, estaba formando su grupo también y dijimos: “Vamos a buscar casas”. Nos hacíamos hasta competencia, era muy bonito. Entonces en esa búsqueda, donde es ahora Exfanfarria, vimos el cartel de “Se arrienda”. Yo fui a preguntar con Ana y me dijeron: “No, para acá ya viene otro grupo”. Yo me imaginé que era Fractal Teatro y pensé: “Este güevón se nos adelantó”». No era Carlos Santa el próximo arrendatario de la sede, era Exfanfarria que se iba de la casa ubicada a solo unos pasos de La Playa y del Teatro Pablo Tobón Uribe, para mudarse a otro espacio. ¿El problema? Debían quedarse dos meses más para cumplir el contrato. Fue entonces cuando Félix consideró una propuesta bastante

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Me acuerdo de Memo Vélez Nuestro error fue creer que Guillermo Vélez Mejía era inmortal. Su gesto y su voz huracanada, rabiosa, nos daban la imagen de un vikingo indestructible. Decidió ocultarse al anochecer del pasado viernes 2 de septiembre. Estos Me acuerdo, a la manera de Perec, decimos, se hacen necesarios aunque los ausentes queden libres y seamos nosotros quienes nos empeñemos en perpetuarlos, vanamente. Todo en él era una historia, una magnífica puesta en escena que le salía como por arte de magia —¡brujo tenía que ser!— en el momento preciso. Era imposible quitarle la mirada, observar embelesados ese desborde de energía que le era tan propio, escucharlo y pensar: «¿Cómo coños sale tanta inteligencia de semejante loco?». El autor de apodos perfectos, el cuerpo de innumerables personajes y el más grande contador de anécdotas era pintor, pero lo suyo era puro teatro. Un auténtico histrión que no pudo haberlo dicho mejor: «El rostro es el escenario donde está el drama de la gente; el elemento dramático está expuesto en los ojos. ¿Qué mejor teatro que los ojos?». A vos, Memito, a tu exceso de existencia, te celebramos en esta edición.

Me acuerdo que siempre narrando algo metía la muletilla «póngale pues cuidao» Me acuerdo de su forma de llorar y leer una y mil veces Los mineros, de César Vallejo. «Saben, a cielo intermitente de escalera, bajar mirando para arriba, saben subir mirando para abajo». Me acuerdo que siempre que conducía a Monpirry, su carro, se volvía muy mamón hablando de modos de conducir, de partes del tránsito, de velocidad moderada, de un primo —o un amigo o un conocido—, que lo partieron por no llevar el cinturón —o luces apagadas o papeles caducos—. Me acuerdo que en sus momentos de alegría de pronto se detenía, hacía pucheros, soltaba lágrimas y nos decía: «Prometanme que cuando me muera no me van a dejar meter en un cajón, me axfisiaría. Me ponen sobre una tabla y en la Plaza de Bolívar de Manizales me creman con dos mil kilos de marihuana, pa que se traben todos. No se les vaya olvidar ponerme una foto de Lucho Herrera» Cristóbal Peláez G. Me acuerdo recibiéndome, sin conocerme, con un abrazo y con una mesa llena de comida, pendiente de que todos comiéramos bien y diciendo: «Ssírvanse máss». Me acuerdo de su casa donde no había un solo espacio en la pared sin

algo bello colgado, sus pinturas, sus collages, su panal de avispas, con su libro de poesía de César Vallejo encima de la mesa de la sala, decía que todos los días leía un pedacito. Me acuerdo de su carita de niño emocionado disfrazándose de RompePecho, poniéndose los pañales, colgándose a su muñeco Chuky y pintando la espiral en su barriga. Ana María Giraldo, «la guerrillera silenciosa». Me acuerdo de su puntería con los pinceles, los lanzaba a un frasco con agua a casi dos metros y siempre acertaba. Jaiver Jurado G. Me acuerdo que antes de presentarle a una nueva novia debía prepararla una semana para que no se fuera a traumatizar con lo que le pudiera decir. Y alguna vez una de esas novias se me enojó porque ya me estaba poniendo intenso de tanto prevenirla. Se la presenté al fin y a la media hora ya le estaba diciendo cualquier cantidad de bestialidades, entre ellas que le soliviantara las güevas. La pobre niña salió llorando, asustada. Ese día entendí que Memo era el mejor filtro para elegir a mis novias. Me acuerdo que cuando bebíamos se elegía al encargado de acostarlo, no se podía olvidar el radio debajo de la almohada, el balde para la orinada, descalzarlo, dejarlo en calzoncillos y reunir a las chungas (perritos schnauzer). Me acuerdo que le decía cualquier cantidad de barbaridades a mi hijo de seis años y remataba diciendo: «Es que a los niños hay que enredarles

la cabeza, hay que ponerlos a pensar». David Jaramillo. Sobrino. Me acuerdo de sus miadas eternas y sus risas y sus trabas y sus borracheras, el mejor anfitrión del mundo, el único místico del universo que no era un charlatán. Wil Zapata. Me acuerdo de Memo hablando en lenguas extrañas, haciendonos brujería, para recibir buena suerte. Me acuerdo de Memo contándonos con infinito amor cómo había hecho la serie de pinturas Heterónimos de Pessoa, en Lisboa. Me acuerdo de sus ahogaitas asmáticas conversadas que provocaban nuestras risas y nuestra petición de «¡Más ahogaitas, Memo!». Me acuerdo cuándo fui invitado a conocerlo, la expectativa casi no me deja dormir. Para todos los nuevos en Matacandelas conocerle era como un rito de iniciación, pues se sabía que después ya uno no sería el mismo nunca más. La noche llegó en su casa finca y el grupo comenzó a jugar y a hacerle notar mi condición de cachetón; le pregunte inocentemente: «Memito, ¿te parece que yo soy cachetón?», y él me respondío: «¡Para nada, Buñuelín!, pero hágame el favor y me lleva este par de papitas ahí en la boca!». Las risas de todos todavía me resuenan. Juan David Correa. Me acuerdo que cuando me levantaba me cantaba: «Fruuuuna de mi alma, mi amor queriiiido». María Paz Vélez, hija.

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provechosa para ambas partes. «Le pagué los dos meses de arriendo, ellos se pasaron para allá, se llevaron todo y nos dejaron las gradas quince días. Ahí fue donde empezó El Trueque a programar como loco, a pintar esta casa como un jardín infantil, de mil colores. Éramos niños, éramos un kínder, uno no sabía qué hacer […] La emoción de tener casa. Hicimos un primer festival donde se presentaron casi todos los grupos […] Cuando llegamos a esta casa, parecíamos el flautista de Hamelín con sus ratones atrás, todo el mundo pintando paredes; esto nos lo entregaron vacío. Pero también la sede empezó a depurar el grupo, empezó a exigir otras cosas […] Yo empecé a enseñar; vivía de enseñar teatro en colegios. El primer año lo sostuve dando clases en el Isolda Echavarría. El segundo año ya pudimos hacer temporadas […]». Para este doliente de su grupo, cada traspié ha sido escuela y evolución. Es inevitable el dejo de nostalgia con el que trae de vuelta esos días de rebusque, trasnocho y esfuerzo descomunal. «Para mí son inolvidables esas noches con Ana vendiendo una cerveza, porque al otro día era el almuerzo de los actores para poder ensayar, los pasajes de los muchachos. Fue muy duro, porque muchos actores se fueron, el grupo vendía algunas funciones, entonces no faltaban los que decían que esa plata había que repartirla; no pensaban en la casa. No había esa conciencia. Fue una época dolorosa pero necesaria para el grupo […] Yo pienso que ahí empezamos a dar los primeros pasos, pegaditos de la familia que ha sido un gran apoyo. Al papá de Ana le debemos muchos arriendos; a mi papá le debemos mucha escenografía. Entonces era una cosa de caminar con bastón. Como decía Malcolm Lowry: “Con una mano escribo; con la otra me sostengo”». Confesiones de un best-seller casi imposible Siempre admiró la novela de N a b o k o v. H a b í a v i s t o l a s d o s adaptaciones cinematográficas, pero nunca una teatral. Su decisión de llevar Lolita a la escena encontró no pocas reticencias en el gremio. «Era un reto más personal de algo que nos gustaba, un placer estético por la novela como tal […] Varias personas me dijeron: “Eso es un best-seller, hombre, ¡qué te vas a poner a montar eso!” […] Bueno, la montamos y resulta que ha sido un best-seller del El Trueque [risas]». tero temporada es, Poner esta: Óobra ar Boen Foto sc prácticamente, asegurar una sala llena, bien sea de espectadores repitentes o de

curiosos que apelan al componente erótico y provocador que suscita inevitablemente el nombre de Lolita. «En Casa Teatro El Poblado hicimos récord de taquilla, devolvieron gente. Es una de las obras que más gusta de El Trueque. Fue un reto muy grande porque montarla nos costó por ahí ocho meses dándole duro, trabajándole, buscándole, investigando […] Después de Lolita vino nuestro Pasajero a Betania». Gonzalo: el hombre, su padre y un colchón Un bar de Guayaquil es la primera imagen del montaje. Un hombre solo, sentado en una de las mesas, acompañado de su cigarrillo Pielroja, es la entrada a ese retrato sin pretensiones de un Gonzalo Arango en el personaje que pocos han escudriñado: el de hijo. Un año tardó este montaje en ser estrenado. La duda rodeó por un buen tiempo a Félix hasta que, finalmente, el encuentro amoroso con el escritor y poeta andino ocurrió. «En realidad, la que llega con Gonzalo Arango es Ana María […] Yo leía a Gonzalo Arango pero no me atrapaba, no me tocaba tanto como para decir: “Voy a escribir una obra de teatro sobre él”. Pero tampoco desestimaba la propuesta de Ana, entonces empecé a leerlo en mis ratos libres. Pasaron muchos años, montamos otra cantidad de obras, pero yo no me atrevía, no me jalonaba tanto Gonzalo Arango. Algún día, en esas lecturas esporádicas, me vine a leer la prensa, a fumarme un cigarrillo, a tomar tintico —las ventajas que tenemos de hacer lo que nos gusta, que lo hacemos cuando queremos—. Tomé un libro, Nada de antología, de Gonzalo Arango, y encontré ese poema al padre y fue una iluminación. Yo creo que ahí me dio donde era […] De hecho, quería dejar de escribir sobre el padre, porque es un tema que me ha inquietado siempre, será por la misma relación con el mío. Roberto Zucco es un joven que asesina a sus padres; Bukowski es un joven que enfrenta a su padre; El ángel de la culpa es la muerte del padre […] y me encuentro con ese poema: A mi padre, quien con su bondad, desbordó los moldes de la gloria. Y eso fue como darme en la sien. Lo leí y le dije a Ana: “Ya sé por dónde cogemos a Gonzalo Arango”. Y lo cogimos por el padre [risas]». «…inmediatamente, esa figura de él en el bar me dio la imagen poética del inicio. Y entonces de ahí partió Pasajero a Betania […] Vamos a abordar a Gonzalo Arango desde su biografía, y de una me generó la imagen

Foto: Cortesía


ENTREVISTA 6 Entrevista

cuando habla de que él iba con el colchón a acompañar al padre a que cogiera la flota a Betania y que se sentaban a tomarse un tinto en un bar de Guayaquil. Me dio el espacio, me dio la relación, una cosa muy bella […] Me conseguí un colchón, lo envolví, puse una mesa en el escenario, un taburete y prendí el cigarrillo Pielroja… —ahí fue que empecé a fumar Pielroja—, el tintico, y a contar desde ahí. Muy literal, como empieza el poema. Empecé a abordar el personaje desde ahí. Me enamoré de Gonzalo Arango. A través de ese poema empecé a leer su obra, a investigar […] Uno sabía que le iban a reclamar toda esta parte del nadaísmo, pero yo desde que inicié con el poema, dije: “A mí me interesa es el hombre, su biografía, ese Gonzalo Arango que hay detrás de toda esa máscara que se ha construido de él”. […] Gonzalo como hijo, como hermano, no como nadaísta. De hecho, en la obra hay una negación al nadaísmo, se insinúa, se corta cada vez que va a haber nadaísmo, porque meternos en ese mundo sería abordar otra estética […]». Una vez superado el reto del estreno, vendría el más decisivo de todos: la familia del autor. No la buscaron, pero ella los encontró. «Me dio miedo porque me habían comentado que ya la familia estaba cansada de que la figura de Gonzalo la estuvieran trayendo aquí y allá, con la visión del mechudo quema libros y todo el cuento […] A los quince días del estreno, suena el teléfono. Yo contesto y me dicen: “Mirá, para reservar quince boletas para la obra Pasajero a Betania […] Yo soy cuñada de Gonzalo Arango. La familia quiere ir a ver qué hicieron con el colchón del papá […]”. Jueputa susto. Eso fue un viernes. Yo no me aguanté eso solo y le dije a los muchachos: “Muchachos, viene Amparito” […] Amparito pa mí es una figura; había leído las cartas a Amparito, la relación con ella […] Vinieron como veinte personas, empezaron a entrar primero los hermanos. La primera que se acercó fue ella. Yo empiezo sentado y el público se va acomodando […] Entonces lo primero que hace Amparito es que viene y se acerca, me mira, rompe cuarta pared y dice: “Bueno, al menos se parece”. Cuando dijo eso, yo dije: “¡ah, ahí voy ganando. Empezamos bien!” Después de la función aplaudieron a rabiar, lloraban, nos abrazaban, trajeron botellas de vino […] Fue una aprobación total, Amparito nos dio los derechos de Gonzalo Arango […] Esa ha sido una de las obras más representativas». El gran logro de Pasajero a Betania fue «instalar todo a

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través de la palabra; instalar el espacio, el tiempo. Dramatúrgicamente fue un acierto muy grande porque me facilitó empezar a crear todo el intertexto con los poemas, los cuentos, para concluir con ese encuentro del padre». El insepulto

Más allá del goce estético y literario que induce a llevar un texto a las tablas, para Félix hay un ineludible componente personal que, por uno u otro lado, termina permeando cada una de sus producciones. La imponente figura paterna que ha marcado una línea —siempre variable, diversa— en sus montajes, termina por convertirse en un asunto universal que genera empatía con el espectador. En el caso de El insepulto, o yo veré qué hago con mis muertos, el reconocimiento es para ese segundo padre que fue su hermano mayor, y de quien no sabe nada hace más de veinte años. «Es una obra que habla del conflicto armado en Colombia, que yo hago en homenaje a él porque, devolviéndonos a la infancia, mi hermano fue la persona con la que compartí […] Era con él que pasaba la mayor parte del tiempo […] Es otra historia totalmente distinta sobre la cual también pudimos hacer un trabajo de campo bastante grande; lastimosamente aquí teníamos todo el material. Digo lastimosamente porque aquí estaban todas las versiones de las víctimas sobre la desaparición, la muerte, prohibir enterrar a un ser querido. Fue una obra muy dura en la que, en principio, no quería actuar […] porque quería hacer un homenaje a mi hermano, porque para mí él es el insepulto. Yo no la monté por moda, o porque hay que hablar del suceso, de las víctimas. Desde que leí Antígona en la universidad, me identifiqué con ella por esa búsqueda que tuve de mi hermano; para mí él era Polinices y yo era Antígona. Entonces tenía esa idea hace mucho tiempo en la cabeza. Cuando empecé a montarla, lógico, no es el único ser desaparecido en Colombia, me tocaba hablar de los desaparecidos, ahí va uno al universo, entonces empecé a desplazar mi conflicto al conflicto de Fabiola Lalinde, de Flor María, de El Carmen de Viboral, de muchas personas que han pasado por lo mismo de una forma más violenta […] Empezamos a hacer el trabajo de investigación, a hablar con víctimas y encontramos esta bella puesta. Es una analogía de Antígona. […] empecé a hacer la dramaturgia y creo que fluyó por la experiencia, por tener esa carga de tantos años. Eso se deslizó de la mano a la pluma, y de la pluma al papel, como se dice. Fue una

obra escrita con dolor, con sangre. Es una obra que me causaba miedo que la viera mi familia, porque ha habido un silencio en cuanto a mi hermano, no hicimos como estas mujeres que buscaron; nuestra situación era distinta […] Fue una obra escrita con mucha conciencia de lo que estaba haciendo […]». Un proyecto que muta y renace «Ha pasado mucha gente; unos que duran mucho tiempo, algunos que ojalá se queden por siempre. Ahora el grupo tiene una base sólida. Hay actores que han sido de planta y que siguen estando ahí […] Hay otros que decidieron cortar rotundamente y también es válido, pero que hicieron su aporte y estoy muy agradecido. Siempre serán de El Trueque. El que intima conmigo en teatro, ya entra a ser parte de mi vida». Con una docena de obras montadas desde que llegaron a su primera sede —una cantera de creación para Félix— en 2009, El Trueque tiene hoy una línea estética definida en permanente construcción, que va desde el trabajo colectivo y la creación escénica, hasta la relación con el público. Con respecto a este último, la cosa es clara: nunca se cancela función. «Sí hay un actor, hay un espectador. Hay teatro. Yo no cancelo, así no haya espectador. Hago la función, no como ensayo; es calentar la obra […] nos importa mucho el público, pero eso también es parte de la línea estética de El Trueque: hacemos teatro para nosotros. Es un ritual; eso es lo que nos ha mantenido: el respeto por el espectador. Por un espectador que haya tiene que haber función». Desde el abordaje de los temas, apunta: «Hay una preocupación, una angustia creadora: para qué escribo, cómo lo escribo. Para mí es muy importante desde dónde lo escribo […] Yo creo que las obras son eso: lo que has vivido, lo que te ha transmitido un autor; la literatura con la que te encontrás también es influyente […] Hay obras o autores que lo tienen a uno atrapado desde esa misma línea poética […] La relación con el padre es universal; la muerte, el amor. Y todas mis obras están en ese círculo […] No hay excusa para no escribir, no hay excusa para no crear […] Hay que tener referentes artísticos, literarios; si yo no hubiera leído Antígona no hubiera sabido cómo hablar de mi hermano; tengo la sombra de Sófocles acompañándome […] Mi teatro siempre trata de contar una historia. Muy aristotélico: principio, desarrollo y

final. A mí no me gusta ese teatro que confunde». Antes que director o dramaturgo, Félix Londoño es actor de vocación y formación. El escenario se lo robó y, aún después de tantos años, sigue crispando su cuerpo y su alma. Sacarlo de allí será difícil; está convencido de que la pelea se da desde la escena. «El desborde es la creación. No montar por montar, pero sí montar mucho». Y pa rematar… Una maña: «El orden. Soy muy cansón con el orden; que haya un lugar agradable para la creación, la decoración de la casa, los cuadritos». Otra maña: «Leer la prensa; venir y tener mis ratos libres por la mañana —la única que ha hecho que cambie eso es María Antonia, que viene y me hace bajar—. Me puedo quedar cinco, seis horas perfectamente […] Cierro ese teloncito y a escribir […] El tinto es una maña, no me puede faltar. El cigarrillito Pielroja. No muchos, pero más o menos uno diario». Un recuerdo en la buhardilla: «Un día que estaba escribiendo Pasajero a Betania y se me ocurrió meter el texto de la confesión. De una me paré a contárselo a Ana y aquí, desprevenido, me devolvió esta viga. Un totazo tremendo. Ahí mismo se me vino una frase de Bukowski: “Si se lo tienes que leer a tu mujer, ni lo intentes”». Me gusta Despertar en la mañana al lado de mi hija. Los actores apasionados e inquietos. El teatro que cuenta historias. Dostoyevski, Bukowski. Poe. Mi esposa. Ver teatro. El fútbol. El tinto en la mañana para leer la prensa. Un Pielroja sin filtro de vez en cuando. Joaquín Sabina y la música romántica. No me gusta Quedar mal parado para una venia. Los actores perezosos. Los actores impuntuales. Un actor sin preguntas. La injusticia. Las camas en los teatros. El tinto frío. las nuevas/otras tendencias. Los concejos de cultura. Los apagones reiterados en la escena. Foto: Sara Jurado Foto: Cortesía

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Formación de públicos o cómo luchar por el espectador de cada día Por: Jaiver Jurado Giraldo Foto: Sebastián Villegas

Esta es una pregunta más vieja que el miedo: ¿cómo lograr que la gente asista al teatro? Desde Grecia, cuando se celebraban los festivales de teatro que duraban hasta quince días y en los que se aforaban en los anfiteatros diariamente hasta 17.000 personas, que en un gran ritual asistían a las obras de Esquilo, Sófocles y Eurípides los grandes trágicos, se requirieron medios de convencimiento, modos de comunicación y logística, para que estos eventos se realizaran. Era una labor titánica, supongo. Creo que así ha pasado a lo largo de los tiempos. A veces, cuando me preguntan por la formación de públicos, en broma, les hago un cuentico: Hace unos años, un equipo de arqueólogos, excavando en las ruinas de lo que pudo ser la Biblioteca de Alejandría, encontraron unos papiros escritos en griego antiguo y que con mucho esfuerzo lograron traducir. Llevaban por título: Importantes recomendaciones para la formación de públicos en Atenas. En Colombia, donde el teatro es un arte tan joven —ochenta años acaso de historia más activa, entendiendo que hubo expresiones sueltas durante los periodos de la colonia y la república que juntas nos hablan de la importancia que ha tenido este arte en la conformación de una cultura nacional y que está más claramente expuesta en Estudios sobre la historia del Teatro en Colombia, de Marina Lamus y en los tres tomos que ha publicado el Ministerio de Cultura Teatro y violencia, en dos siglos de historia de Colombia, del maestro Carlos José Reyes—, muchas y muy distintas debieron ser las formas de convocar a los diversos públicos en aquellas épocas, algunas de estas inusuales ya, otras simpáticas por su ingeniosidad. Claro está que las obras eran condicionadas por costumbres y hasta por leyes del momento. Aterricemos entonces en Medellín y miremos la historia reciente. Hace treinta años existían unas cinco salas de teatro con programación permanente y unos quince grupos de teatro con cierta dinámica en el panorama cultural de la ciudad. No había asomos de políticas públicas, ni

acuerdos en defensa de lo artístico, y, contrario a lo que se piensa, era el sector privado el que con sus ideas y recursos apoyaba las iniciativas nacientes. Para el Estado simplemente éramos sospechosos, ya que nuestro legado sindical, estudiantil y panfletario no podía perdonarse —hoy creo que aún permanece ese pasado como un lastre para muchos gobernantes—. Medellín apenas salía de su letargo de provincia, era una ciudad promesa en la actividad industrial y comercial, aún la vocación turística no aparecía, cada que llegaba a la bella villa un gringo, todos nos quedábamos boquiabiertos. Después de la gran hecatombe que fueron el Estado de sitio y posteriormente el narcotráfico, con sus consignas de terror, luego de la Constituyente, donde aparece la Ley General de Cultura, el país y nuestra ciudad resurgieron como el fénix de las cenizas, un rico movimiento social, cultural y artístico dio al traste con la exclusión y el marginamiento, los artistas fueron clave en ese devenir y el público fue acercándose cada vez más al teatro y reconociendo a sus artistas. Desde la creación de la Secretaría de Cultura Ciudadana, en 2002, el gobierno, los artistas y gestores culturales tuvimos un cambio de mentalidad que hoy se mantiene en progreso. En estos últimos dieciséis años —en tan poco tiempo—, con la voluntad política de alcaldes y la formalización del sector, surgieron políticas culturales, que dieron vía libre a programas como Salas Abiertas, Agenda de Ciudad, portafolios de fomento y estímulo a la creación y organización y planeación de grandes eventos de ciudad, entre otros. Hoy, haciendo un balance, contamos con más de 35 teatros de pequeño y mediano formato y 4 grandes teatros; aproximadamente existen 100 grupos de teatro que trabajan permanentemente y crean una afluencia mayor de públicos a las sedes y los equipamientos culturales (63) que han construido los últimos gobiernos: un sistema de bibliotecas, parques biblioteca y UVA, que han impulsado un concepto de arquitectura social de encuentros, lo que permite que el arte y la cultura lleguen a todos los rincones de la ciudad, sin

distingo. Sin embargo, el acelerado desarrollo trae consigo problemas y fenómenos producto de la inexperiencia, de rezagos de viejos estilos de gobernar, de apatía y confusión ante la invasiva modernidad que hoy nos toca asumir. La gratuidad que pone mensualmente más de 8.000 boletas para entrada libre, los eventos institucionales como Feria de las Flores, Fiesta del Libro y la Cultura, Festival Internacional de Tango o Carnaval de Luces, operados por el gobierno local, y que también llevan la marca «gratis», genera inconformidad en el sector y, en especial, una inquietud: ¿cuál es el papel de la Secretaría de Cultura Ciudadana? ¿Fomentar el arte y la cultura de la ciudad desarrollando políticas públicas en defensa del patrimonio, los artistas y el acceso del público u organizar eventos? Hoy, tras llevar a cabo la XII Fiesta de las Artes Escénicas, producto del esfuerzo de veinte importantes teatros de la ciudad y otros de Antioquia, evento que trata de resolver ese asunto del espectador de cada día, del fomento, del acceso, observamos un panorama diverso y múltiple, cruzado por políticas aún incipientes, por el desconocimiento de estos grandes esfuerzos y que se ven reflejados en presupuestos bajos frente al devenir del arte y la cultura de la ciudad. A pesar de que nuestra ciudad tiene el presupuesto más alto en cultura del país, todavía no ha creado una verdadera cultura teatral, ni se ha conectado arte y educación de forma concienzuda y planificada como principal dinámica para crear ese ciudadano crítico, respetuoso del otro y del entorno. Ahora que el país asume retos históricos como el proceso de paz, tanto artistas como Estado permanecemos inmóviles viendo los acontecimientos. La tarea no solo es de este último, es también el cambio de mentalidad de los primeros. Hay destellos organizativos y de movilidad como los que proponen el teatro y los músicos de la ciudad, ideas, leyes en proceso, pero con todos los esfuerzos que hagamos la tarea estará incompleta si no llega el soberano espectador al rito que propone el arte en la ciudad.


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Medellín en Escena

Inmigrantes Teatro: un equipaje lleno de historias y sueños creativos

NACIONAL NACIONAL

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Libélula Dorada, cuarenta años ya

Por: Iván Zapata R. En 2014, un puñado de jóvenes del Oriente antioqueño, en vez de sembrar un árbol, leer un libro o tener hijos, decidieron hacer algo diferente: conformar una agrupación teatral —que al final, y todos los que tenemos grupos de teatro lo sabemos, es igual a sembrar muchos árboles, leer muchos libros y tener, así como con los hijos, muchas angustias económicas pero también muchas satisfacciones creativas—. Nació entonces la Corporación Inmigrantes Teatro, entidad sin ánimo de lucro ubicada en el municipio de Rionegro y dedicada al estudio, la investigación, la experimentación y la práctica de las artes escénicas desde un proceso de creación y formación profesional que les permite ofertar a la región obras teatrales de calidad, aportar a la formación de públicos y convertirse en un referente teatral desde el ámbito local hasta el nacional. Actualmente cuenta con dieciséis integrantes en la planta principal y doce en semillero. El nombre Inmigrantes Teatro lo eligieron, según ellos: «Al ver que cada uno de los miembros que fundaba el grupo en sus inicios veníamos migrando de otros grupos en los cuales habíamos estado antes de comenzar este proyecto».

Llevan apenas dos años de trabajo y ya cuentan con un variado repertorio, entre el que se cuenta: Farsa y justicia del señor corregidor, de Alejandro Casona; Cuentos dulces para niñas hipoglicemicas, de Juan David Pascuales; Cepillo de dientes, de Jorge Díaz; Cita a Ciegas, de Mario Diament; y Un planeta para vivir, que es de creación colectiva; entre otras obras; todas bajo la dirección de Ferney Giraldo, un rionegrero que empezó hace doce años a hacer teatro en Marinilla —en el grupo Giros— y que se ha pasado su vida teatral emigrando e inmigrando, es decir, girando, yendo y viniendo por el intrincado camino del arte. Además de su ya consolidado portafolio, en 2016 los Inmigrantes lograron otro objetivo: abrir las puertas de la primera sala de teatro del municipio de Rionegro —a media cuadra del parque principal—. Allí llegaron con todo su equipaje creativo para mostrarlo en una programación permanente todos los fines de semana y convertirlo en un espacio de formación, goce estético y proyección, no solamente de sus propuestas, sino también de otras agrupaciones de las artes escénicas regionales, nacionales e internacionales.

Foto: Cortesía

Directorio Medellín en Escena Cra 42 54-50 Centro - 239 81 25 medellinenescena@medellinenescena. com La Polilla Calle 23 76-85 Belén - 343 36 27 info@lapolilla.org Caretas Cra 126B 61A-71 San Cristóbal 427 06 98 caretas@une.net.co La Fanfarria Cra 84 42C-54 La América 250 92 30 fanfarria@une.net.co El Trueque Cra 40 50B-32 Centro - 217 26 05 eltrueque@teatroeltrueque.com

Ziruma Calle 64 39-18 Villa Hermosa 284 34 62 arte-ziruma@hotmail.com Carantoña Cra 75 24-47 Belén - 343 40 22 corporacioncarantona@gmail.com Exfanfarria Calle 50B 39-36 Centro 217 83 64 exfanfarriateatro@gmail.com Elemental Teatro Cra 42 44-46 Centro - 217 63 75 teatroelemental@gmail.com El Teatrico Transv 39B Circular 2-46 Laureles 411 88 78 reservas@elteatrico.co Nuestra Gente Calle 99 50C-38 Santa Cruz 258 03 48 nuestragente@une.net.co

Canchimalos Calle 47 80-37 Floresta - 448 97 40 culturacanchimalos@gmail.com Matacandelas Calle 47 43-47 Centro - 215 10 10 matacandelas@matacandelas.com Viva Palabra Calle 55 43-63 Centro - 239 61 04 corporacionvivapalabra@yahoo.com Teatro Popular de Medellín Calle 48 41-13 - Centro 216 62 62 teatrotpm@une.net.co Casa Clown Cra 44 69-71Manrique Central 211 65 70 colectivoinfusion@gmail.com

Barra del Silencio Calle 45C 75-151- Velódromo 413 55 83 barradelsilencio@gmail.com Oficina Central de los Sueños Cra 43 52-50 - Centro - 239 41 79 teatrooficina@une.net.co CasaTeatro El Poblado Cra 47B 17B sur-30 - Poblado - 321 11 00 info@casateatropoblado.org Circo Medellín Cra 53 30A-155 Cerro Nutibara 265 23 69 info@fundacioncircomedellin.com Casa del Teatro Calle 59 50A-25 Prado Centro 254 03 97 administracion@casadelteatro.org.co

Han pasado cuatro décadas vividas con intensidad. Recurrir a la memoria es como sumergirse en un pozo profundo que cada vez se torna más oscuro. Pero a la hora de contar y tratar de explicar lo que teje de manera misteriosa la propia vida, podemos decir con trazos breves, que nuestros orígenes nos llevan al Teatro Cultural del Parque Nacional, donde, siendo muy jóvenes, en 1974, César y yo, ilusionados con la idea de hacer teatro de actores, nos inscribimos en un curso de tres meses dirigido por el grupo de teatro Acto Latino. Dos años más tarde, en ese mismo lugar, el grupo de títeres El Biombo Latino, auspiciado por Colcultura, funda la primera escuela de teatro de títeres del país. Allí, en el curso de un año que duraba este proyecto de educación titiritera, adquirimos nuestras primeras herramientas, montamos Préstame tu sombrero, nuestra primera obra con cinco integrantes de la escuela y, al final, fundamos junto con Manuel Martínez nuestro grupo La Libélula Dorada. Nuestras siguientes obras fueron La rebelión de los títeres y Los héroes que vencieron todo menos el miedo. A partir de allí el vuelo fue continuo, pero nuestro peregrinar por los lugares de ensayo muy inestable y diverso. En sus inicios lo hicimos en la sala estrecha de nuestra casa, en un salón alterno del auditorio León de Greiff de la Universidad Nacional, en una pequeña alcoba que nos alquiló el Teatro Taller de Colombia, en su primera sede en el barrio La Candelaria; luego, en una casa por nosotros arrendada en la población de Villa de Leyva, en la sede del centro del Teatro Libre, en la casa de ensayo del grupo de música indígena Yaky Kandru, en un bar llamado Barroco, o de nuevo en nuestra casa en el 7 de Agosto; hasta que logramos, gracias a nuestro trabajo y nuestro propio esfuerzo, conquistar los recursos suficientes para poder alquilar un apartamento en un tercer piso, muy cerca al Palacio de Nariño y a una calle de viejas prostitutas, en donde permanecimos durante una buena suma de años. Hasta que por fin la buena fortuna y nuestra batallada trayectoria nos permitieron ser ganadores de los premios de solidaridad de la Fundación Ángel Escobar. Gracias a ello adquirimos una casa propia en el barrio Alfonso López Norte,

donde hicimos funciones en el patio, o talleres en el garaje, y por medio del programa de Salas Concertadas, logramos construir una sala con capacidad para ciento veinte personas. Desde entonces, con más de veinte años de estar abierta, contamos con una programación continua, que enriquece el panorama cultural y alternativo de nuestra ciudad en diversas expresiones del arte. En cuarenta años, que pueden bien ser media vida, hemos tenido que enfrentarnos a una sociedad donde la ignorancia y la frivolidad, tanto del Estado como de sus ciudadanos, no son el más vivo ejemplo de sensibilidad artística y crecimiento del espíritu. El subdesarrollo es también un estado del alma. ¿Qué podemos esperar de una sociedad adulta que todavía condena a muchos de sus niños a morir de hambre y abandono, o por la violencia, o la indigencia? Los presupuestos más altos aquí siempre han estado al servicio de la guerra. Nosotros, en contravía, nos hemos ocupado de forjar un espacio para la imaginación, pero no muchas veces nos hemos estrellado contra la indiferencia. Lo que nosotros hacemos nos cuesta y nos pide convicción, constancia y disciplina. Vivimos en un territorio minado por el odio y la codicia. Las relaciones humanas están viciadas. Nos falta mucho desde el punto de vista ético para forjar un mundo de verdad más humano, más allá de la avaricia, la competencia, la desconfianza con el otro, o la ulcerada envidia, que ennegrece corazones. Todo eso sumado, de una u otra forma, visible o invisible, son aspectos de esa dificultad. Menos mal hemos sobrevivido y persistido, gracias a que por encima de nuestros desfallecimientos, el entorno cruel y enfermo que nos rodea, o las propias miserias personales, hemos creído que nuestra causa a favor de la imaginación más que necesaria, es imprescindible. Lo que nosotros hemos hecho forma parte de esa gran utopía que es la paz. Los espacios artísticos siempre son territorios de paz, de confraternidad, de comunión, de cohesión social. El lenguaje del arte invita a la libre confrontación pacifica de las ideas, al debate público. Nosotros desde que comenzamos hemos alentado y sostenido ese espíritu. Nuestras obras, sin pretender ser didácticas o moralistas a

ultranza, son formativas, fortalecen valores éticos que nutren los lazos de ayuda mutua, el respeto por el otro, la libertad, la justicia y la convivencia no violenta. Como seres humanos no estamos exentos de contradicciones, dudas o debilidades. Forjar una empresa donde la ilusión o la belleza son el objetivo primordial, es una exigencia que demanda de nosotros mucha energía y por lo mismo mucha tensión. La creación no es un remanso, un campo sublime situado en una tierra edénica donde no existe el dolor, ni el conflicto. De tal manera que en este mundo real que nos gobierna hay deseos encontrados, luchas, crisis y pasiones. Y ese remolino, sumado a las veleidades propias de un país para nada apacible, puede en algún momento incontrolado inocularse con fuerza y desalentar o entorpecer una tarea común. Pero más allá de lo que nos haya podido desbordar, o hacer desfallecer, lo cierto es que ha imperado una inteligencia bella, creadora y colectiva, cuya sustancia poética se convierte gracias a la constancia y a la bondad del tiempo, en memorable. Eso para nosotros es también un triunfo de nuestro ideal poético, porque hasta ahora hemos sido superiores a nuestras crisis y en eso también reside nuestra fuerza. Quizás nuestra mayor fortuna, y nuestra mejor virtud, haya sido no perseguir una idea arribista del éxito. Nunca tuvimos una mentalidad de triunfadores, ni formaba parte de nuestras aspiraciones, ni nuestras ambiciones artísticas, alcanzar ese pedestal. Lo que hemos hecho es el fruto dulce de sueños honestos, por los que muy pocos apuestan la vida, y por ellos hemos vivido y trabajado con intensidad. Más bien abrazamos la utopía, las causas perdidas, o la fraternidad con los vencidos, con los derrotados de siempre, con los que no tienen poder, con los de abajo. Pero no por ello renunciamos a la fe, al humor, a las convicciones éticas y estéticas. Hacemos lo que queremos y lo que podemos con entrega y sinceridad. Es eso lo que nos ha movido y de nuestros posibles fracasos también hemos aprendido, porque la maestra vida siempre da lecciones. No, no tenemos la clave del éxito, como dice Ciorán: «El éxito no es más que un malentendido». Y hasta ahora, lo más claro que sabemos es que si el barco se hunde, nosotros nos hundimos con él.


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Fotos: Sebastiรกn Villegas y Jugasago

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Periódico Medellín en Escena No. 46  

Órgano informativo de la asociación de salas de teatro de Medellín

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