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Mario Garfias Pacheco

Los

C a b a ll o s de Arena 1


Los Caballos De Arena

Relatos Mixtificaciones UtopĂ­a Desesperada


A un รกrbol solitario


Esos caballos de tiempo, de hielo, de diamante que se pierden en el horizonte. Esos caballos de arena que en la landa ya son geolog铆a. Roc铆o de crines que emerge por las noches del Ponto agitando los belfos y con dos fanales en la altiva cabeza d贸rica. (An贸nimo S.III A.C.)


Los Caballlos de Arena Mario Garfias Pacheco

Inscripción Nº 51.091 del Registro de Propiedad Intelectual, del 17 de Abril de 1980

Derechos reservados

Primera Edición Junio 1999

P E R S E PO L I S

Producciones Publ i citari as

Composición y diagramación: Persépolis Producciones Editoriales IMPRESO EN CHILE / PRINTED IN CHILE Ninguna parte de este libro puede ser reproducida, transmitida o almacenada, sea por procedimientos mecánicos, ópticos o químicos, incluidas las fotocopias, sin permiso del Editor, excepto citas en revistas, diarios o libros, siempre que se mencione la procedencia de las mismas.

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Prologo

Mario Garfias, Escritor y Periodista

Mario Garfias Pacheco fue un periodista brillante que nació en 1920 y murió en 1980. Hombre del siglo XX. Afectado en su niñez por diversos achaques físicos, aprendió a leer, en horas de convalecencia, recortando y juntando letras sacadas de titulares de diarios y revistas. Ya en posesión del medio, sintió la seducción de autores como Víctor Hugo, Julio Verne y Rubén Darío. Escribió poemas de corte romántico en estilo casi parnasiano. Escribió fábulas orientales en tiempos de Mariano Latorre y de Antonio Acevedo Hernández. Hizo sus estudios regulares en la Escuela Federico Errázuriz y en el Instituto Nacional. Antes de los 20 años trabajaba como reportero en el 7


diario “El Sol”, obra de Rodolfo Jaramillo y René Silva Espejo. Alumno del escultor Raúl Vargas en la Escuela Nacional de Bellas Artes, abandonó estas labores para incorporarse al elenco de cronistas y reporteros de “Las Ultimas Noticias”. En corto lapso se distinguió como uno de los mejores. Byron Gigoux James, director que había convertido su diario en una verdadera escuela de grumetes del periodismo, le confirió la responsabilidad de la jefatura de informaciones de la primera edición después de probar sus aptitudes en el despacho de la segunda. ¿En qué consistía entonces ser buen periodista? En saber leer y escribir con atendible propiedad. En tener especial olfato para captar un hecho noticioso. En tener criterio equilibrado para apreciar las consecuencias de la publicación de una noticia. Todo esto requería, obviamente, de una preocupación seria, con acceso pormenorizado a las fuentes del conocimiento. Se supone que la experiencia constituía una carta de crédito para tales menesteres. No tardó el crédito de los años en ser desplazado por el dinamismo de la juventud más cultivada. En esta pléyade, dominada por individuos excepcionales como Santiago del Campo, Luis Hernández Parker, Orlando Cabrera Leiva, René Olivares, Juan Emilio Pacull, Gonzalo Orrego Salazar, José Dolores Vásquez Muruaga, Mario Planet, Hernán Millas, Rafael Otero y Hugo Goldsack, el nombre de Mario Garfias alcanzó muy luego el alto prestigio de la cultura y la eficacia. En 1947, al hacerme cargo de mi primer puesto en el diario del cual él era editor general de informaciones, me asombró la rapidez con que este hombre tan joven era capaz de reunir y organizar hasta en sus menores detalles los elementos del despacho. Garfias sustentaba la virtud triple del cronista atractivo, del titulero afortunado y del organizador exacto. Escrutador ávido de la historia, nutría su espíritu, siempre insatisfecho, con la lectura de Teodoro Mommsen y de los más grandes investigadores clásicos. No era dado, curiosamente, al examen minucioso de lo muy criollo en el ámbito de la historia. Cuando arribó por primera vez a Londres o a París sorprendió a sus compañeros de viaje por el conocimiento acabado que ya tenía 8


de cada uno de los puntos que visitaban. Apasionado memorialista de una Europa que había vivido en sueños, suscitaba el goce de quienes lo oían con el relato magnífico de asuntos de otros tiempos. Entre los escritores españoles, su preferencia por don Pío Baroja era manifiesta. Lo leía y releía. Para él Balzac y Baroja eran los mejores novelistas de todos los tiempos. Dejaba de mano el alcance que le hacía el estricto Edmundo Concha en el sentido de que Baroja tenía una prosa descuidada. Para Mario Garfias las aventuras de Aviraneta no necesitaban de prosa muy cuidada. En 1948 o 1949, en el estudio de su casa, situada en la calle Eduardo Llanos, de Ñuñoa, me leyó un capítulo de una novela que consideré de un realismo moderno y vigoroso. Esta novela se llamaba -recuerdo bien- “Cambiaron los días”. Lamentablemente, los originales de tal obra de juventud desaparecieron con el paso de los años. He llegado a pensar que el propio autor resolvió en algún momento eliminarlos. Los cuentos que forman el presente volumen -“Los caballos de arena”- los escribió Mario Garfias en trance de muerte, en una agonía que se extendió por tiempo largo. Lo vi en no pocas ocasiones, torturado hasta las llagas por la enfermedad que nos lo arrancaría de este mundo antes de cumplir 60 años, esmerarse en la construcción de una frase, en la búsqueda de un adjetivo, en la composición de un instante preciso. En su “Diccionario de la literatura chilena”, Efraín Szmulewicz, magnánimo editor de este volumen en su calidad de gran amigo del autor, escribe lo que sigue: “Dejó una nutrida labor en cuentos y novela. Escribió ensayos sobre temas literarios. En una correspondencia entre Luis Sánchez Latorre (cuñado de Garfias) y Ernesto Sábato, este último consideró indispensable editar las obras del escritor en comento. Sin embargo, hasta ahora no se ha llevado a cabo esta tarea, lo que es lamentable para las letras chilenas, en consideración a su calidad”. Bien dicen que la justicia tarda, pero llega.

Luis Sánchez Latorre 9


I Relatos


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Las Montañas Inmóviles

Su hijo lo había llevado al pie de las montañas hasta el límite donde en invierno se aventuraban a bajar las águilas. En el primer momento, al querer erguirse, temió desfallecer y las rodillas se le doblaron como si quisiera caer de hinojos para orar. Pero su hijo lo sujetó con mano firme, y, con una voz misteriosa por él desconocida, le dijo apuntando al frente: - mira, papá, son las montañas que veías desde la clínica. El asintió en silencio aunque durante unos minutos, cegado por la luz que se extinguía sobre los picachos más lejanos, no pudo ver nada. A esa altura el aire era tibio y lo golpeaba dulcemente como al frágil tallo de una flor o una simple hoja de hierba. Los olores que le alcanzaban allí, a media ladera, lo embriagaban. Era un licor desconocido, con rostros y rojos soles, que tal vez había bebido en el tiempo infinitamente remoto de la juventud. Las montañas no eran tan altas como había su13


puesto tantas veces desde el lecho. Habían sido su anestésico cuando llegaban las silenciosas figuras de blanco armadas con su arsenal para cortar y pinchar. El se evadía entonces hacia las montañas azules (vaya, si ahora eran marrón con verde e incluso rojas), donde nadie podía encontrarlo. Empezó a correr un cierzo helado, una especie de calígine que vomitaba la ciudad rencorosa contra el muro arbóreo y pétreo. El valle abajo pareció súbitamente oscurecerse. La claridad se había ido hacia occidente y sólo retenía algunos corpúsculos de la delgada franja blanca que marcaba el limes de la alta cordillera. Mas el cielo era ya casi negro, un pizarrón transparente sobre el cual una mano invisible estampaba las primeras letras destellantes de la noche. Constancio suspiró con dificultad, es tiempo de bajar - díjose como hablando a sí mismo. Y su voz, al decir bajar, cobró ahí, con las luces encendiéndose abajo, un sentido que pareció enteramente nuevo. Se acostumbró a la montaña. Cada vez que Oliverio (sí, como uno de los Doce Pares) tenía tiempo, le pedía que lo llevara a los “cerros”. Raramente alguien más los acompañaba. Mejor así. Su compromiso personal con la soledad era sólo suyo. Un pacto inconsciente firmado en las profundidades de su alma. Y cada vez subían más alto, hasta la frontera donde cambia la vegetación y el bosque espeso se convierte en la flora enana y rastrera que se apega a la piedra como el microorganismo marino a las grandes rocas batidas por el oleaje. Este también era un mar. Un océano suspendido entre el cielo y el llano expectorante con sus tósigos y delirios. Ahora Constancio tenía más colores en el rostro como si se le “pegaran” los de la naturaleza. Tal vez hasta estaba más robusto aunque siempre era una quebradiza caña infinitamente frágil. Y casi siempre parecía ver más que lo que tenía ante la vista. Así ocurrió una tarde en que las camoanas se intercambiaban mensajes aéreos a través

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de todas esas alturas humanizadas. Habían hecho un alto en el regreso junto a un risco de vértigo para admirar al rey del bosque, una altísima araucaria cuyo tronco, en los últimos metros, lucía desnudo para rematar en una especie de enhiesto moño. Constancio dio un sordo grito y se tambaleó. Oliverio, temeroso corrió hacia él. La emoción le remecía como una descarga eléctrica. - Mira, mira, dijo apuntando a la cima del árbol. Oliverio aguzó la mirada pero no vio nada. - Sí, insistió porfiadamente el padre, ¿no las ves?. ¡Las plumas!. Son las plumas. Mi bisabuelo las descubrió aquí mismo cuando abajo no había valle, nada, sólo ermitas de adobes y rucas. - ¿No había valle?. La voz de Oliverio salió como un hilillo. No habría ciudad en el valle querrás decir, reaccionó. - Tú no entiendes, no había valle - reiteró tercamente el padre. Esas son plumas indias. Si las vieras creerías que son las alas de un águila, acaso hasta de un ángel, ironizó sombríamente. Durante la guerra las colgaban en la punta de los árboles como cartel de desafío. Y la distancia se llenaba de hogueras que ordenaban encender los caciques y toquis. Sí, los de sangre antigua las vieron. Era la guerra. Es la guerra. Después se hundió en un melancólico mutismo y no quiso hablar más. Ni mientras descendían ni en casa donde se enfundó en un altivo silencio. Visitaron otra vez la montaña para subir hasta una altura increíble. El auto arañaba el suelo reseco adhiriéndose a él como una oruga. Parecía una locura seguir adelante. Pero el padre, con acento apenas audible, le acicateaba: - Más, más alto. Las estrellas ya estaban a la mano. No había montañas, sólo sombras azulosas, negras. Tampoco percibíanse ya árboles ni plumas. Oliverio, sobrecogido, al borde del pánico, paró el 15


motor. Mas su temor era injustificado. A su lado, inmĂłvil, Constancio reposaba apaciblemente. TenĂ­a los ojos fijos en las montaĂąas.

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La Viejecita de las Alternativas

La viejecita tenía una profesión inquietante: programadora de guerras. Ella lo decía de otro modo. Anterior, por sus ochenta años, a la era de las computadoras, explicaba que su trabajo consistía en construir maquetas de guerras posibles. Todo era un problema de factibilidad, de oportunidad y de alternativas. La impersonal jerga ingenieril, en su boca bonachona, adquiría una tonalidad desconcertante. - ¿Y qué guerras prepara ahora?, le preguntó divertido su sobrino Max, mi amigo (Terminábamos de almorzar y ella ya cabeceaba). Todavía no lo sé bien, contestó con su curioso cloqueo. Tengo en barbecho dos guerras pequeñas en el Medio Oriente que podría cambiar por una guerra de mayor peso en el sureste de Asia. Otra gran alternativa podría ser un buen conflicto en Sudamérica, tierra casi virgen de campos de batalla: en esta eventualidad sería una intraguerra que... (sus ojos terminaron de cerrarse). 17


- Bueno, bueno, profirió con sorna mi amigo tomándola de un brazo: es mejor que se vaya a la cama y se duerma su gran siesta soñando con sus inofensivas guerras. Gerardo vendrá otro día para hacerle el retrato que desea y gozar con su sabiduría bélica. Era un sábado. Al día siguiente, cuando los diarios salen más gordos con el peso acumulado de toda una semana, no pude dejar de pensar en la regocijante anciana. Los comentaristas militares, lo que no era muy novedoso, señalaban como ardientes focos de conflictos inminentes las áreas descritas por la tía Amalia. “Pero hay otras alternativas”, concluían los análisis. Siempre ese resonante vocablo como una puerta abierta a todos los vientos. El lunes llegó con sus opacidades, su anticipado cansancio, su impenetrable cortina de tedio. A eso de las 10 se sintió un ruido distante como si incontables cazadores se hubiesen dado cita en pleno centro para abatir los rollizos zorzales que devastaban los huertos citadinos. ¿En qué momento cambió todo?. Cuando miro hacia atrás, a ese tiempo tan lejano - anteayer - enrolado como estoy ahora casi espontáneamente en el pelotón H3x12, me resulta totalmente imposible discernir el instante de la transición. - Vea que está ocurriendo, le había ordenado el jefe de las sucursales a un estafeta. El jefe de las sucursales era también cazador y la posibilidad de una excursión cinegética en la propia capital le hacía mover sensualmente las narices como una pantalla de radar mientras en el espejo de sus ojos se reflejaban las grandes áreas verdes convertidas en deliciosos cotos de caza. Pero no hubo necesidad de que el estafeta averiguara nada. Al asomarnos por los grandes balcones del edificio vimos una línea oscura que se desplegaba y se replegaba igual que una serpiente a lo largo de toda la calle y de la cual salían unas súbitas luces, bengalas quizás, que detonaban sordamente. Era una música nueva que 18


los más jóvenes habíamos principalmente escuchado en las películas de Sam Peckimpah. Advertimos un hecho extraño. El cielo, que había amanecido radiante, se cubría de negras nubecillas trashumantes que rápidamente generaron una especie de niebla a todas luces tóxica que nos empapó a todos los ojos de desconsoladas lágrimas. Pero todavía no sabíamos por qué estábamos llorando. Fue en ese mismo instante cuando vimos aparecer un doble piño de destartalados y ruidosos camiones, basureros tal vez, que bloquearon nuestra calle por sus dos extremos y de los que saltaron numerosos hombres pintorescamente vestidos que corrieron hacia la sinuoso línea negra y se sumergieron en ella. Sólo entonces vinimos a darnos cuenta de que la serpiente no sólo la formaban hombres sino también una profunda trinchera tan perfecta como las zanjas que periódicamente encargan los alcaldes que se suceden en el gobierno comunal. Algunos de esos individuos, que parecían haberse revolcado en pintura por las manchas de su ropa, indicaron hacia nuestro edificio. Resonó un golpe seco, como cuando cae un roble, y pronto varios de ellos estuvieron entre nosotros husmeándolo todo, asomándose a los balcones y apartando calladamente, como a objetos, a las mujeres histéricas que los ensordecían a preguntas. ¿Tienen terraza?, preguntó el que parecía hacer de centurión. Le indiqué en silencio la escalera y corrió hacia ella, seguido por un gordo que se asemejaba como una gota de agua a otra, sin cambiarle siquiera la edad, a mi compañero de primaria, Segismundo Guelfain, “Tripitas”. El jefe de cuentas corrientes, siempre aficionado al misterio, quiso llamarme la atención, pero lo paré sin contemplaciones: adivinaba que de aquí en adelante ya no habría cuentas corrientes y menos un jefe para manipularlas. ¿Pero qué es lo que está pasando? gritó entrando a la oficina, pálida de indignación, la secretaria del tercer gerente. ¿Quiénes son estos individuos y con qué derecho

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se meten en una institución privada?. Sí, ¿qué está pasando?, la acompañaron a coro todas las oficinistas. Y, con especial deleite, repitieron: Somos una institución privada, somos una institución privada. Los hombres, más sobrios o más temerosos, nos contentamos con asentir sin levantar la voz. En ese instante regresó el centurión con “Tripitas”, y sin percatarse siquiera de la gritadera femenina dio una orden seca y precisa: A ver, Wilson y tú Fernández, instalen un puesto de observación allá arriba. Necesitamos saber quién domina el río y nos han dejado sin transmisiones; parece que impregnaron la atmósfera con partículas de níquel o qué sé yo. Los dos hombres corrieron a cumplir la orden y sólo entonces intuí que podía tratarse de guerreros y no de universitarios porque los juguetes que portaban se parecían extraordinariamente a las armas que uno ve en el cine. Un cañoncito corto, especialmente me fascinó: habría hecho la felicidad de mi hijo Pepito. Me conformé con retenerlo en la memoria para incluirlo después en algún cuadro. Sobre la guerra de los treinta años, posiblemente. La secretaria del tercer gerente, luego de su ataque histérico, había caído en una altiva depresión - muy explicable por el poco éxito que había tenido - y era observada con irrestricto desprecio por otra funcionaria, más fina y fría, lo que también era lógico, porque se trataba de la secretaria del segundo gerente. Su entereza obró de manera hipnótica. Todo el mujerío dejó de gemir y murmurar y en el silencio parecieron crecer los estampidos que llegaban de afuera. Los hombres, no hay para qué repetirlo, nos habíamos mostrado ejemplares en todo momento: a todos se nos entró el habla desde que descubrimos abajo la reptante serpiente humana. Pero ahora fue otra cosa. En la misteriosa calma que se produjo en la oficina, mientras todos aguzábamos el oído, el tiempo pareció eternizarse como cuando el director fija súbitamente la cámara en una escena y los actores (en este caso nosotros), quedan

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congelados e inmóviles en el gesto en que los sorprendió la orden. El deshielo se produjo por una imprecación frenética. Eran Wilson y Fernández que gritando “nos han atrapado” aparecieron como una exhalación por la escalera. Vienen por el río y aquí se juntarán con la columna del sur, alcanzaron a añadir mientras desaparecían hacia la calle. ¿Pero quiénes vienen? ¿Quiénes?, clamó exasperado el primer gerente apareciendo detrás de los combatientes que arrojando sus armas ya corrían fuera del edificio. - Ellos ¿comprende?, los enemigos, los invasores, dijo un defensor. ¿Pero qué invasores? Explíquese. La voz del primer gerente era autoritaria y su calma pareció contagiar al centurión que, con sus arreos, también emprendía la retirada. - Mire, la verdad es que no sabemos nada: ni quiénes son, ni de dónde vienen, ni por qué nos atacan. Se nos ordenó: aquí está vuestra línea de batalla, defiéndanla. Pareció reflexionar: es como si se tratase de una simple alternativa. Después se abalanzó en pos de sus hombres que se habían confundido en la serpiente, que ahora, se desintegraba a ojos vista en un desordenado y general sálvese quien pueda. En la batahola uno de los cañoncitos había quedado abandonado. Lo tomé y corrí hacia la puerta de servicio del Banco. No se veía a nadie por allí y susurrando temerosamente “soy D’Artagnan, soy D’Artagnan” mientras me colocaba el cañoncito al cinto como si fuese una espada, me alejé de esa peligrosa zona de trabajo. Sentí unos ligeros pasos detrás de mí. Era Leticia. Te acompaño, me dijo tomándose de mi brazo; era más de lo que podía soñar. Repentinamente, sin que tuviera conciencia de la hora, se había hecho de noche. En una intersección una luz cegadora nos detuvo y una voz preguntó ¿Quién vive? ¿Amigo o enemigo? Déjame hablar a mí, le advertí a Leticia: y, elevando 21


el tono, contesté “amigo”. (El trabajo bancario difícilmente produce héroes). ¿Y la señorita? Es mi mujer, contesté con todo desparpajo. ¿No será partidaria del enemigo? volvió a interrogar el centinela. No señor, contestóle ella prestamente, lo que tampoco le costó nada desde que no sabía quién era el enemigo. Nos llevaron al puesto de comando, donde el Jefe, un guerrero de rostro impenetrable, desmentido por su afable voz. Lo primero que me preguntó fue si en el edificio del Banco había francotiradores (vaya, había caído en el otro bando). Acto seguido quiso saber si yo creía que atacarían el palacio y dio un suspiro de alivio cuando le dije que no me parecía posible porque, por lo que había visto, carecían de armas pesadas. Ahora - comentó como hablando consigo mismo - todo depende de los constitucionalistas y, por supuesto, de la brigada de Grouchy. Imprudentemente, sin darme cuenta, exclamé: Eso creo, señor. ¿Por qué lo cree así? ¿Tiene algún fundamento? Sus ojos brillaron. Jamás mi cerebro había funcionado tan velozmente haciendo cábalas. Aventuré: está claro, de otro modo no tendríamos fuerza para dar el golpe final. - Veo que hemos adquirido un estratega, sonrió el jefe. De golpe, sus sospechas se habían disipado. Ordenó entregarme una metralleta y una campera pintarrajeada y, cuando ya me retiraba, advirtió mi cañoncito al cinto y sus sospechas volvieron. ¿Y eso?, inquirió. Cuando le conté que era un trofeo arrebatado al enemigo, se divirtió tanto que allí mismo me ascendió a jefe de decuria. Y aquí me tienen. En el pelotón H3x12. Han pasado varios meses de valerosos avances y retrocesos en un perímetro no mayor de ocho a diez cuadras y nadie sabe todavía nada. Se rumorea que la guerra será larga y sangrienta, pero es lo cierto que hasta ahora la única sangre que he visto es la de una que otra hemorragia nasal provocada por esta pestilente atmósfera que nos envuelve en una continua penumbra. Logré permiso para enviar a

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Leticia donde mi hermana Lucía, con quien vive Pepito. Si hubiera podido le habría enviado el cañoncito. Sólo ruego porque cuando llegue a tenerlo éste no sea sino artículo de juguetería y museo. Si pudiese comunicarme con mi amigo Max le pediría que le hiciera dos o tres preguntas a su anciana tía Amalia, si es que vive todavía. Pero me temo que estemos en bandos opuestos aunque no sepa cuál es uno ni otro, lo que a la postre viene a ser lo mismo. En medio de esta nueva rutina, peor que la de los escritorios, una sola cosa me atemoriza: que todavía pueda surgir alguna otra novedad de la palabra alternativa.

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El Mar Eterno

Cuando menos podía decirse que la pareja era extravagante. Tan ceñidos ambos en sus elegantes bluejeans de ciudad en medio de ese paisaje imponente de lejanas montañas nevadas y espesos bosques. Los crucé justo al terminar de descender la colina. Ella me miró fugazmente - también yo andaba bastante estrafalario - y ambos al unísono me preguntaron para dónde quedaba el mar. - Exactamente detrás de este empinado cerrito que tendrán que darse el trabajo de subir, les contesté de buen humor. Y agregué: ¿Van a pescar? - Sí, pero agua, dijeron ellos sin pizca de ironía. No pude menos que informarles que podían ahorrar el viaje porque a unos pocos metros había una excelente vertiente. - Gracias (otra vez ese tono de consigna), pero el agua que necesitamos es mucha.

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- ¿Tanta como para llenar ese bidón?, inquirí apuntando el pequeño envase que llevaba él y que llamaba la atención por una encarrujada tubería que parecía volver y volver interminablemente sobre sí misma como las vueltas de una oreja. Los dos sonrieron sin responder. - Entonces tal vez el agua del mar no les alcance, les grité. - No hay problema, nos alcanzará, me respondieron con la mayor seriedad del mundo mientras se alejaban. Pasé tres noches bajo mi carpa india y entre los árboles alimentándome de truchas y codornices. Y cuatro o cinco veces entre sueños, me pareció escuchar un lejano gluglú. La última noche se desató una violenta tempestad fuera de temporada y oí mugir el océano con tanta fuerza como si estuviera a sus orillas. Pero el fenómeno terminó tan rápidamente como llegó. A la mañana siguiente todo estaba seco y, más que seco, reseco. Pensé en la pareja desconocida y me dije que después de una noche tan tempestuosa era tiempo de saber de ella. Me alejé del bosque que había adquirido un tono polvoriento y mustio y empecé a subir la colina. Me invadió un desagradable cansancio como si me faltase el aire o este careciera del porcentaje adecuado de humedad. Alcanzar la cima fue un sacrificio pero, por fin, ya estaba arriba. Tendí la vista buscando a mis amigos pero no pude verlos en toda la extensión. Y mientras los buscaba mis ojos, más bien mi cerebro se negaba a ver lo que veía. Pero tuve que rendirme a la realidad. Hasta el límite del horizonte el mar había desaparecido y en su lugar refulgía un yermo desierto de sal despiadadamente azotado por el sol.

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Los Pinos de Roma

- ¿La misma habitación? - Sí, la misma habitación. No bien estuvo en su cuarto del familiar albergo de Vía Nazionale, Andrónico se asomó al balcón y miró hacia la inmediata Plaza de la Esedra. Trajeado como para intervenir en una ópera, un carabinieri resplandeciente como un centurión montaba guardia frente a la inmensa stazione capturando las fáciles miradas de las ragazzas. Andrónico respiró profundamente. Era el mismo perfume de siempre. El aroma persistente de los pinos de Roma parecía haberse albergado en el cuarto - su cuarto - para no abandonarlo. Era para él la primavera, la giovanezza. Si hubiera escuchado en la Appia Antica una voz que le decía ¿Quo Vadis, Andrónico?, habría contestado sin vacilar: A ver a Giulieta. Se habían encontrado hacía poco más de un mes, él sintiéndose un joven Goethe bárbaro de otra ribera y 27


ella sólo lo que era: una sencilla muchacha provinciana de Volterra que echaba moneditas en la Fontana Trevi para volver alguna vez a Roma. Difícilmente se habrían separado. Si no hubiera sido porque él había tenido que regresar rápidamente a su país, todavía estarían juntos. Pero ahora, salvados los obstáculos, había vuelto rápidamente para encontrarla donde él sabía que estaría. Su perfume, cuando menos, como anticipado heraldo, allí estaba esperándolo. Se metió en una de esas disparatadas bañeras italianas que parecen para prenatales y renovado, fresco y juvenil, se vistió con un traje tan liviano como sus pensamientos. Luego se miró en un espejo imaginario para arreglarse el nudo de la corbata y quedó satisfecho de la imagen que vio. Igual que los pinos, era también el mismo de siempre. Salió al aire tiberino y caminó con paso decidido cruzando piazzas y rincones donde borbotaba el agua de las fuentes hasta internarse en un dédalo de callejuelas detrás de Santa María in Cosmedin. Detúvose por fin, fatigado, frente a un inmueble descascarado igual a las casas de inquilinato del tiempo de los Césares. No había timbre y golpeó briosamente con el puño un deteriorado portón que acusó el castigo de su mano chirriando agudamente sobre sus goznes. Después de unos instantes que le parecieron un siglo y en que el calor subía varios grados, se abrió una ventana y una robusta vieja desgreñada gritó con voz estentórea y evidente desagrado. ¿Qué quiere?, ¿qué busca?. - La signorina Giulieta, per favore. - ¿Qué Giulieta? - Giulieta Fornarelli. - Aquí no hay ninguna que se llame así. ¿Cuántas veces se lo he dicho?, rezongó la mujerona al mirar a su interlocutor. - Ma, signora, si esta es su dirección; yo mismo he venido a dejarla aquí el mes pasado. 28


- Y yo le digo por enésima vez que habito aquí hace más de diez años y nunca he conocido a nadie de ese nombre. Y la vieja cerró abruptamente la ventana para no continuar tan enojoso diálogo. Andrónico vagó horas y horas por los lugares donde transcurriera su idilio. El crepúsculo lo encontró en los jardines del Pincio y ese cromático incendio de colores pareció exacerbar su melancolía. Giulieta perdida. tal vez para siempre, en el multitudinario océano romano, pensó. Lentamente descendió hacia la Piazza del Popolo y de allí enfiló por la Vía del Babuino eludiendo la alegría mecánica de Vía Véneto. El perfume de los pinos lo perseguía ahora dolorosamente. Sin embargo por alguna razón misteriosa, esa noche durmió como una piedra, sin sobresaltos, tal como si Giulieta, al desaparecer, hubiese traspuesto y dejado atrás hasta la región de los sueños. Al día siguiente parecía otro hombre. Vistió su tenida más juvenil - americana ajustada con pañuelo rojo italiano en el bolsillo superior y pantalones livianos - y bajó ágilmente a la conserjería. ¿Algún recado para mí?, preguntó al empleado que se dislocaba en itálicas salutaciones. - Nada, signore Andrónico, nada todavía. - Bene, bene, si una signorina pregunta por mí que me espere, vuelvo en media hora. Y cruzó deportivamente la entrada. - ¿Quién es ese curioso conquistador?, inquirió sonriendo malévolamente una otoñal turista sin disimular su curiosidad. - Signora, no me pregunte nada, si es toda una aventura romántica, enternecedora, dijo el conserje sobándose las manos. - Hable pronto, hombre, exclamó ella acuciándolo. - Sí, súbito, signora, madame. Cuentan que el signore Andrónico - así se llama - vino aquí por primera vez hace muchos años y trabó amistad con una muchachita, tal vez una modistilla. Se enamoraron y vivieron uno de 29


esos idilios de que sólo parecen capaces los jóvenes. Mas el romance no duró. El tuvo que volver a su país por una revolución o algo así y cuando regresó a Roma ella o se había vuelto a su provincia o había encontrado otro enamorado. Ah, la eterna inconstancia del corazón femenino, comentó el hotelero, olvidado de la turista por filosofar sobre secretos del corazón de la mujer. - ¿Y entonces?, dijo ella expectante, incitándolo a retomar la historia. - Sí, sí, scusi, madame, se disculpó él recordando la obligación de todo buen conserje. Bueno, entonces ocurrió algo extraño. El empezó a volver todos los años por esta fecha. Se instala en este hotel, donde se encontraban, y luego sale a buscarla con tanta seguridad como si hubiesen concertado una cita. Cada vez es como si fuese la primera, como si no recordara en absoluto que Giulieta se esfumó en una nebulosa al igual que tantas otras Julietas. Dícese que sólo cuando sube la escalerilla del avión que lo devolverá a su tierra se le ve triste, como si en esa ocasión única tomara conciencia de la realidad. - ¿Y cuanto dura esto?, preguntó la turista. - Veinte años, signora, veinte años. En ese momento volvía Andrónico, jovial, deportivo, exaltado. -¿Algún recado de la signorina que espero?, interrogó al conserje sin mirar a la extranjera. Pero ésta sí lo miró: su rostro era el de un anciano decrépito cuya ropa juvenil exhalaba el acre y persistente perfume de los pinos de Roma.

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A la Sombra del Sol de Castilla

Don Alonso de Sanlúcar levantó la celada de su yelmo y dejó que el cierzo y la ventisca lamieran su rostro. Echó una mirada en torno. La tierra era pelada y fosca y aparecía cubierta por una película de cristal sobre la cual resbalaban las destrozadas botas de los conquistadores. Al frente, hasta donde alcanzaba la vista, se desplegaba un oscuro y desmelenado océano que arrojaba una llovizna invernal que hería como millares de agujas. Al capitán lo empujaba más la ilusión que el oro aunque no supiera de adónde sacaba su energía. Creía que el pabellón de España debía llegar siempre más lejos, a donde fuera imposible. Había partido desde el principio, desde el mar de los Caribes, y ahora acampaba con un puñado de maltrechos aventureros comidos por la fiebre y las privaciones donde no se conoce el sol. En el último Confín... Era un largo camino. Su acero sevillano había decapitado ídolos que pedían carne humana y, a pesar de los 31


años transcurridos, conservaba todavía el sabor amargo de la Noche Triste, entre las lagunas de Tenochtitlán perseguido por los guerreros de Moctezuma. En Cajamarca vio llorar igual que un niño al último Inca sobre sus montones de oro y plata que no rescataron su vida y después, impulsado por esa sed del alma que nada podía saciar, había partido tras la arrugada centella de Almagro atravesando desiertos y florestas donde encontró a los salvajes más bravos de las Indias. Hasta que la tierra empezó a deshacerse bajo sus pies y las montañas se abalanzaron sobre las aguas reflejando en su cambiante espejo el diamante de sus ventisqueros. ¿Era el país de los Atlantes, una nueva Ultima Thule en el otro extremo de la tierra? En las Hibueras un pintarrajeado hechicero le había dado a probar hongos sagrados y tuvo entonces una visión que ya no le abandonaría: la del País de Irás y no Volverás con que jugaban los niños de su patria. Allá - le había vaticinado el salvaje con tono triunfal - tu espada mellada y carcomida no te servirá de nada. Un día entero había permanecido en la choza del hechicero adornada con cabezas de jaguares y pájaros multicolores, pero fue como si hubiera vivido un año en otro mundo. - Mira bien, le había dicho el jefe brujo en su incoherente castellano. Y él había obedecido y había visto. Una ciudad tan grande como las de Europa con techos que resplandecían al sol. - Es Cíbola, la Ciudad de Oro, gritó como un ebrio. Habría querido ver eternamente esa visión. Mas entonces el hechicero moviendo su roja garra frente a sus ojos, le había dicho: - despierta, extranjero, y la imagen se había disipado como un sueño. -No, no es aquí, añadió, donde encontrarás Cíbola, es allá, indicando hacia el Sur. A cientos de leguas, donde no existe la selva sino un desierto frío y el cielo ruge como el dios M’Obote y las montañas crujen y se despedazan entre sí como frágiles juncos. Es ahí: en el fin del mundo. Y ahí estaba.

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Pasó revista a sus hombres, tropa harapienta cubierta de despedazados cueros y enmohecida ferretería. Las deslumbrantes armaduras medievales con que salieron de España mostraban la dentellada de todo un continente hostil: hombres y fieras y el orín vertiginoso de los trópicos. Y ahora el hielo y la lluvia, el invierno final de la tierra. No se inquietaba por sus compañeros. Eran duros y estaban alucinados por ese oro inquietante que llevara el Almirante a la Corte. Ni el diablo ni los salvajes lo atemorizaban. Mas aquí, frente a este mar inmenso, los enemigos eran invisibles, como si aún durase el efecto de la droga del hechicero de las Hibueras, mientras en el campamento expiraba en su “lecho de rosas” Cuathemoc, el último emperador del Anáhuac. Sintió que el corazón se le helaba al examinar a sus hombres y una ráfaga de recuerdos lo azotó con su perfume. Triana en el insondable pasado con su mujer y ese futuro conquistador que, pensaba, alguna vez lo acompañaría a las incontables tierras del Almirante. Dio un largo suspiro. El encantamiento seguía en pie. Aun con esos maltrechos y diezmados guerreros desafiaría al océano para descubrir entre sus impolutas montañas que se hacían y deshacían la Ciudad de Oro que otros buscaran en los lentos ríos ecuatoriales. Después de caminar por estepas infinitas en que un día era igual al otro y donde se tenía la impresión de una quietud absoluta por la enloquecedora uniformidad del paisaje, habían alcanzado la orilla de un anchuroso río de altas olas que el mareante de la mesnada afirmó que era más bien una manga, una mancha de océano. No había árboles en toda la extensión y tuvieron que recorrer muchas leguas a la redonda para encontrar unos pocos ejemplares raquíticos de una madera durísima que parecía petrificada por el hielo. Con tan limitados medios y los restos de una embarcación que habían utilizado en parte del periplo armaron en unas cuantas semanas el más

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primitivo bergantín que se hubiera visto hasta entonces en tierra de Indias. Lo llamaron “San Esteban”, por corresponder al onomástico de ese santo. La tropa, sin embargo, lo bautizó popularmente como la nave de los mendigos, tal era su apariencia. Pero era un mendigo resistente. Aunque una tempestad casi lo deshizo, la embarcación, buena marinera, resistió valerosamente. Y ahora estaban más allá de ese tormentoso estrecho frente a otra mar más vasta sobre la que derivaban, como espejismos, incontables montañas de hielo. Transportar el bajel desde tanta distancia había sido otra hazaña increíble que puso a prueba la fortaleza y el ingenio de todos. Un cadetito extremeño recién llegado de su nativa Cáceres, y a quien engancharon en Perú, inventó unas ruedas que facilitaron la operación. Rodrigo de Barrameda era un gallardo mozalbete encargado por su madre con ojos llorosos a Hernando Pizarro y a quien no arredraban los peligros. Desaparecido el hermano del conquistador, había quedado sin destino y no trepidó en enrolarse en la hueste de don Alonso. La alegría del Guadiana cantaba en sus pupilas. No ocurría lo mismo con la mayoría. El corazón de muchos rapaces buscadores de oro se encogía con el espectáculo. No así el del capitán Sanlúcar. A pesar de sus largos años en climas hostiles dos visiones lo reconfortaban: la de Cíbola y la de su hogar en la sevillana Triana. A la tercera noche de estar en esa nueva y colérica ribera creyeron ver fantasmagóricos fuegos y al día siguiente un grupo de exploradores, con los ojos desorbitados, aseguraron haber visto cabalgando a la distancia unos monstruosos seres, mitad caballos, mitad hombres. Volvían las leyendas. Después de las Amazonas de la gran selva ahora los centauros. Acudió a la mente de don Alonso la leyenda de San Brandam y del País del Hielo donde se acaba la tierra, de todos los fantasmas que incubara la imaginación medieval y que aquí, en las Indias, parecían materializarse. Tuvo que recordar que era un Adelantado 34


de España, un Capitán de Castilla, para no retroceder. En esta tierra a medio hacer que sólo era una antesala del gran océano austral no podía prender la vida, todo era destructor y enemigo. No había oro, ni comida, ni recursos de ninguna clase. Era el fin donde ya no hay más mundo. Hasta la jungla con su veneno y sus fieras era más acogedora. Pero él sabía, sí, sabía que detrás de esos altivos muros de nieve y de silencio tenía que estar Cíbola, la Ciudad de las cien cúpulas áureas que tantos buscaron sin encontrar más que la muerte. Ellos se apoderarían de sus tesoros y volverían a cruzar la mar para ser príncipes y marqueses donde sólo fueran hidalgos ricos en sueños pero no en doblones. Febrilmente se hicieron los preparativos finales, se reforzó y calafateó el débil bergantín, se embarcaron víveres, pertrechos, armas y abundante provisión de agua del cielo, porque la lluvia suplía la falta de ríos. Sólo iría la mitad de la gente, quince o veinte, porque la embarcación no tenía más capacidad. Naturalmente se escogió a los más avezados y diestros. Cuando todo estuvo listo el capitán decretó tres días de espera por si el tiempo mejoraba aunque con sus toscos instrumentos deducía que en ese austro pavoroso sólo reina el trueno y el invierno. El penúltimo día, en una meseta barrida por los vientos donde se levantó una tosca cruz, fray Fermín ofició una misa en la que todos comulgaron y fueron absueltos graciosamente de sus pecados pasados y futuros. Después esperaron la noche para dormir y pasar de la consoladora inconsciencia a la gran aventura. Esperaron, pero transcurrieron las lentas horas que preceden a la acción y la noche no llegó: sólo una penumbra lechosa que permitía leer un texto al aire libre. En el cielo por Occidente o tal vez por el Sur - ¿conocían acaso exactamente su posición cuando la brújula bailaba locamente? - una mágica alborada rosa se mantenía suspendida como una inmensa guirnalda navideña. Milagro, se dijeron los na-

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vegantes, y pensaron que era un feliz presagio. Mas otros, los menos, temblaron al suponer que esa roja franja era la entrada del infierno. Al amanecer la cenefa había cubierto la mitad del cielo y sobre un mar apaciguado, como un mar muerto, los conquistadores con don Alonso y con el nombre de Castilla en los labios, se embarcaron en el San Esteban. Lágrimas corrían por los surcos de las envejecidas mejillas de los que quedaron en tierra. ¡Que buena marinera se mostraba la nave de los mendigos! Su abigarrada proa hendía las ondas sin esfuerzo. Una delicada brisa hinchaba sus velas como pechos de mujer enamorada. Por primera vez, aquí y allá, se veían trozos de un cielo purísimo, mientras hacia el lejano horizonte el incendio se agigantaba. Un fiordo les abría paso hacia el infinito de ese mundo helado flanqueado a ambos lados por enormes castillos de cristal de misteriosas formas. Y en tanto surcaban velozmente el mar libre algunos gigantes, con sonido horrísono, se desprendieron de la enorme masa y avanzaron hacia ellos como galeones sin rumbo. - Oremos, que Dios nos guía, ordenó don Alonso, y todos, con los ojos alucinados prendidos en los blancos navíos a la deriva, elevaron sus preces al Altísimo cantando con voz serena. Sus voces todavía resonaban firmes y viriles cuando uno de los palacios transparentes, nimbado de oro, rozó, deteniéndolo, al San Esteban, cuyas jarcias crujieron y se desplomaron. - Es Cíbola, es Cíbola, clamaron los castellanos al advertir el dorado resplandor que los anegaba con su luz. - Es Cíbola, confirmó el capitán Sanlúcar saltando seguido de sus hombres al abordaje del viajero blanco mientras el bergantín, despedazado y roto, se hundía en el seno inmaculado de la montaña de hielo. (Relato dado a conocer por el conquistador Rodrigo de Barrameda a su regreso de las Indias)

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La Vertiente del Mediodía

Los hombres tenían la misma cara de las reses cuando las llevan al matadero. Ojos huidizos, tez cenicienta y mandíbulas contraídas. Se adivinaba en sus bocas un río inagotable de estertores que pugnaba por desbordarse. Todos parecían querer empequeñecerse, hacerse invisibles. Y por contraste el terror los perfilaba más. En cada uno de ellos - aunque ya eran una masa invisible - se advertía la ineludible angustia de ser mortal. El terreno era abrupto, de sierra, bien que ya llegaban hasta allí los vapores tórridos de la gran selva que se descubría desde la altura como ondulante y verde océano cenagoso. Los hombres, más que marchar, se arrastraban espiando como animales espantados los rostros de sus carceleros. Estos tenían también - autómatas cansados - el gesto macilento y vencido de los condenados. Los prisioneros avanzaban en silencio, mientras como un mar los

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envolvía el creciente rumor selvático y sus narices percibían en el aire letal su vegetación pútrida cada vez más próxima. Longo también veía su existencia como una larga marcha. No quería pensar en lo que estaba por ocurrir, pero igual las imágenes martirizaban su cerebro como un enjambre de abejas. Miró a su compañero cuyo cuerpo temblaba por la malaria. Sus ojos también estaban muertos pero, no obstante, creyó descubrir en ellos un leve fulgor. Casi sin mover los labios susurró: - Hay que huir, corre cuando lleguemos al borde de la selva. En el otro no hubo ni un estremecimiento. Habían alcanzado el pie de un pavoroso risco, un farallón granítico. El suelo aparecía ya cubierto de arbustos y descendiendo, a pocos pasos, estaban los árboles: la espesa lobreguez de la manigua. Los ojos quemados de Longo divisaron una vertiente cuyas aguas discurrían cándidas entre la verdura. ¡Alto! gritó una voz que sonó ridículamente pueril. Los fantasmas se detuvieron. Contra el muro, aulló la misma voz anónima. Así que era ahí. Bajo el sol del mediodía. Entre la nieve y los mosquitos. Longo miró el cielo, alto, sin una nube. Entonces algo estalló en su pecho y dando un alarido salvaje saltó hacia adelante. ¡Corran! Hubo un momento de desconcierto, un extraño silencio, y luego el estruendo. Sentía el zumbido de las balas igual que serpientes que silbaban en sus oídos. No supo si alguien lo habría seguido, miró de soslayo mientras seguía zigzagueando entre los primeros árboles, y vio con asombro una multitud que corría junto a él. Pero no eran hombres, eran niños. Y entre ellos iba él mismo. Le pareció natural y siguió corriendo. Ni siquiera se extrañó cuando una voz dijo a su lado ánimo, papá, y descubrió que era su pequeño Arístides. Mas el niño se desvanecía de pronto como el resto de la multitud. Dio entonces un gran grito porque tampoco veía al frente la vertiente que lo guiaba. Pero no, ahí estaba, sólo 38


que la había dejado atrás, a su espalda. En su espalda. El agua era tibia y restañaba el dolor y el cansancio arrastraba al lecho verde de la tierra. No se resistió y sus rodillas se doblaron como en la iglesia cuando niño. Para orar.

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La Piedra Roja

- Juguemos a algo nuevo, propuso Fernán. La tarde se hundía en el mar y su verde azuloso la envolvía en sus últimas luces. Cogió una piedra rojiza, ovalada como un huevo de paloma, depositada por la última oleada de la bajamar. Millones de años la habían labrado molécula a molécula. - Imaginemos que esta piedra estaba en la frente de un ídolo en una ciudad india que se hundió entre las aguas. El poder del dios de ella provenía: poder de vida y de muerte, y sobre todo poder mágico, sobrenatural. Acarició lentamente el guijarro con deleite sensual. Bien, dijo acariciando sus labios esa gema pétrea, ¿qué les parece que sea nuestro totem?. Todos le obedecerán, a través de mí, naturalmente. Seré su Ka (doble egipcio) y hablará con mi voz. ¿De acuerdo?. 41


El grupo asintió en silencio, pero una de las muchachas emitió una risita nerviosa. ¿No se convertirá en dictador?. Sería delicioso. Me gustaría que me esclavizaran; por desgracia nací después de Hitler y al Fhürer no le atraían las hembras emancipadas. Fernán miró hacia la casa que empezaba a iluminarse. Había una melena rubia en una cabeza que portaba un cuerpo frío de Afrodita cardíaca que lo esperaba entre blancas e hidrófilas sábanas neuróticas. ¡Diana! casi gritó de pasión. Pensó en las necedades que se le ocurrían a Mari, esa chica fantástica. Culpa de su marido y de sus millones, ciertamente, de ese bueno de Gregorio que le daba gusto en todo. ¿Cómo no va a estar descontenta, insatisfecha?. Diana es distinta: reconcentrada y ardiente, pero también sumisa y carente de frivolidades. Mari levantó la piedra al sol, como una ofrenda, que relampagueó como la perdida corona de Cuathemoc. Ahora viene la adoración, ordenó. Cabeza en tierra y ojos fijos en mí. Durante cinco minutos me concentraré en la gema y verán su pasado en mis pupilas. Bastará con que ustedes miren reconcentradamente y con fe en mí. Siguió con la vista el farol chinesco que ya era un punto en el mar y musitó sordamente: “Veo una caravana que hace un alto ante una puerta de bronce, resuena un gong, la puerta se abre, la caravana entra, yo entro, ¡qué plaza inmensa, qué perfumes, qué oros!. La voz de falsete de Fernán había adquirido cadencias monocordes, su recitación se hizo estentorosa, sus pupilas brillaban. - Estúpido, masculló Sempronio el graduado de medicina, pero sus rodillas temblaban. Observó a sus compañeros. La graciosa curva del cuerpo de Mari se desenvolvía a su lado como un arco eólico: pero el polo de su deseo estaba en otra parte, junto a una luz que ya rompía la sombra detrás de las dunas. Con desdén volvió la mirada hacia el chaman de 42


vacaciones. Fernán jadeaba. “El humo de los pebeteros no deja ver nada y ahora la nube se abre, qué horrible figura de mujer. Inmensa. Y la piedra, oh, es un ... Calló empapado en sudor. Ahora nadie sonreía, seguían arrodillados. Un estremecimiento asaltó su cuerpo. Su estatura violentamente fue acortándose para mirar casi a ras el azul con ojos ciegos. Del grupo se levantó un sollozo. ¿Quién sabe?. Pudo ser un golpe de risa. Mari se levantó y empezó a recitar, curiosa Casandra en tanga. El ídolo ha sido depuesto por su amante y ahora soy yo la diosa. La traslúcida y diminuta tela que apenas la cubría hacía de ella una estatua de bronce. La piedra roja estaba ya en sus manos. La esgrimió como un arma y apretó con puño de hierro el brazo de Fernán ordenándole: Toma y mata. Después estalló en una carcajada. Le arrebató la piedra, la arrojó al mar sin estrellas y gritó: Se levanta la función. Todos a restregar los ojos y en fila india, como sombies, marcharon hacia la casa de las dunas. Diana dormía más bella que nunca. No respondió a sus múltiples voces. Un hilillo de sangre salía de su boca entreabierta. Sempronio no dijo nada, pero Fernán los sorprendió a todos: La maté yo. Fue la ultima palabra que se le oyó y la última vez que se le vio. Dicese que le han visto en ocasiones sobre las arenas negras. La baja marea devolvió la piedra roja pero no idénticamente igual.Su tamaño es el doble y en las noches apacibles emite, al tocarla, un misterioso sonido, como una cajita de música.

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Laberinto con Goma de Mascar

Noviembre 3 Qué ciudad descangayada y jaibona, querido Fermín. El Imago Mundi. Inabarcable y épica como la Pampa. Intrincada como una judería medieval y espaciosa como el punto Omega. Siempre despierta como ese sultán de las Mil y Una Noches sediento de cuentos. París, Nueva York y Nápoles abrazados al amparo turbio del lento río maloliente y musical. ¿Sabes, amigo? Aquí la calle es la casa. He visto a los ancianos en medio del ajetreo jugando ajedrez en las plazas verdiazules. Ancianos de jockey y lentes quebrados con estrafalaria catadura de calabreses y sicilianos transbordados como remonta y sin retoque, por encima del Charco, para criar la nueva raza que releve a las gastadas huestes de Martín Fierro y Don Segundo Sombra. Tal vez hasta de Facundo Quiroga, el Tigre de Los LLanos. Otro Caseros. Decrépitos gavilanes genoveses de ojos desesperadamente celestes manejando la baraja como 45


si hubieran cruzado exclusivamente para eso el Atlántico. Y los niños, Fermín, los niños, saltando en las fontanas bajo los chorros que manan de los pechos de las venus de piedra o de los cupidos que hacen pis. Y el milagro de las Isabelitas, que cuando estallan las luces navegan desde los cien barrios porteños hasta Florida y Lavalle oyendo el corso de piropos que enciende de contorneo y fricciona su piel desbordándola de deliciosos temblores. ¡Qué pirotecnia! Tienes que darte un salto hasta esta ciudad increíble, con sus días para desvalijar librerías y sus noches sofocantes, benditas, donde en verano hay que dormir en las terrazas como Dios nos echó al mundo y las baldosas arden como las mismísimas arenas africanas y todos y todas andan incendiándose, aunque las ordenanzas municipales y hasta los montoneros lo prohiban. Ya ves. Yo voy en el día decimoquinto y me siento tan perdido como si estuviera en un kasbah de un millón de meandros que diera vueltas y revueltas sobre sí mismo, tal como si el mismo Dédalo hubiera metido mano en él y después intervenido Le Notre, con su verde jardinería cartesiana y su imperturbable arquitectura a la que no se le mueve un pelo. Noviembre 7 Ver demoler una catedral no es un espectáculo desdeñable. Fuimos con los muchachos a mirar cómo pulverizaban “El Viejo Almacén”, con el acompañamiento de los alaridos melancólicos de Edmundo Riveros, cuya cara entristecida sugería más que nunca un trozo de acuchillada roca andina. Casi al lado levantaban un rascacielos de cuarenta pisos para humillar al Kavanagh y a los gardelianos fanáticos que habitan en pocilgas en el desaparecido y siempre reaparecido Mercado del Abasto. ¡Qué jolgorio! Las pibas callejeras y los ociosos infaltables se detenían a mirar y aplaudir cada golpe de piqueta al templo del 46


tango y a cada estucazo al “rasca”. Y no me lo creerás, ché Fermín (¿ves?, ya se me pegó el bichito), algo único, el circo Barnum el mismo día. El espectáculo funambulesco del Cono Sur. Entre percantas y taitas, veo aparecer de pronto, con estos ojos que se ha de comer la tierra, a un pulcro viejecito de negras gafas y muy peripuesto, que agitaba su bastón en el aire como un náufrago y recitaba pavadas, arrastrado casi en vilo por tres fornidos jayanes. ¿Adivinas quien era? Borges, el superdotado Borges, llevado como quien dice en calesita, víctima de la historia universal de la infamia, emergiendo, quizás, de qué sabático informe sobre ciegos. ¿Borges? Indudablemente, aunque Sábato se me metiera por medio. Pero no hay equivocación posible. Sábato es más joven, más flaco y menos pelado, aunque algo tribunicio, con una facha de italiano vitriólico que no se la puede, aunque sea sencillote y nada de arillero. J.L.B. es más empaquetado y compuestito, algo demodé, con su imponente estampa de caballero anglolusitano venido a menos y reventando de nóbeles orgullos heridos. Una fiesta, viejo. Cuando los jayanes pasaban por mi lado casi corriendo, le grité caballerosamente al santo de las andas: “Salve, Hacedor”. Y estoy seguro de que una sonrisa se insinuó sobre sus desdeñosos labios intelectuales, porque imaginé que extendía una especie de protector saludo urbi et orbi sobre este respetuoso servidor. Noviembre 10 Babilonia no estuvo en Mesopotamia. Babilonia está aquí, amigo. Noches pasadas regresaba al hotel desde el teatro de títeres (te juro, un bestiario completo, hasta tú estabas con tu naricita de Cyrano), cuando me detiene una morena preciosa y perfumada, como sucursal de Dior, para proponerme una transacción comercial. Cuatro “palos”. Junto con mencionar la cifra se abrió el abrigo y debajo no había nada, es decir, todo. Era un maniquí en 47


su vitrina. Del asombro se me llegó a caer el chicle. (dos en uno, por supuesto). Le dije que era demasiado; en todo sentido, tu entiendes. En respuesta ella tuvo algunas expresiones descorteses para mi madre, a quien ni siquiera conoce. Visto lo cual opté por hacerle una respetuosa pero fría venia y dejarle el lugar a un otario más sediento que yo. Bien sabes que tampoco soy exageradamente lascivo, lo que es fiduciariamente ventajoso cuando se está entre tanta bella babilonia. Para consolarme de la ofensa me comí un plato de tallarines con tuco Pesto. Noviembre 12 Por fin: una tarde libre. Sueño. Sueño. Sueño para disipar los malos sueños. Diez horas fuera del mundo y sus impredecibles tentaciones. Noviembre 13 Día de renovación. Osiris que resucita, vuelve a la luz y reconstruye su cuerpo después del espantoso viaje por las tinieblas. Me he apartado subrepticiamente del grupo, (sí, ya lo habrás comprendido, estoy en un tour, luego te hablaré más de él) y vagando al azar he dado con un laguito encantador, sito Palermo. Infinidad de niños jugando. Multicolores barquitos deslizándose sobre las aguas inmóviles como si estuvieran citados para un Lepanto. Una visión que, sentimental como soy, casi me reventó de ternura el corazón. Malo para la salud. Apenas me percaté cuando un airoso bergantín pasó junto a mí, las velas desplegadas. Tal vez a rescatar un tesoro en Yucatán. Le di un violento manotazo y el esquife, con el impulso que llevaba, fue a hundirse unos metros más allá. Nadie vio el naufragio. Tampoco supe quien era su dueño. ¿Por qué lo hice? - preguntarás. Contramedidas. Tengo que combatir mi morbosa sensibilidad. 48


Noviembre 15 Aprovechamos otra tarde libre ¡libre! para vagar por el Tigre en pos de yacarés enanos. Dicen que a veces se cuelan de contrabando para echar una mirada al Obelisco. No es imposible. Es poco lo que no arrastran las aguas del Paraná al casarse con el Uruguay. Desde anofeles hasta contagiosas nínfulas. Cada vez que Timoteo - uno de los compañeros de tour - me gritaba “mira, Bonifacio, mira”, creía divisar un tigrecito; pero no, eran las rayitas de un traje de baño. No estaba bien ni tampoco mal. Sólo que prefiero a las pibas con cuadros que con rayas. Cuando nos retirábamos trillando con nuestros zapatones los sucios ribazos, sorprendimos a un tipo calvo que flotaba sobre las aguas aceitosas. Tenía los ojos cerrados y no movía un músculo. Parecía rígido, yerto, pero no se hundía. ¿Rigor mortis? También tenía un cigarrillo apretado entre los labios del que se escapaba un anémico hilillo de humo. Guardándonos los comentarios para nosotros, nos reunimos con Flavio y Armancia a tiempo de alcanzar a beber el té en la atmósfera sedante de la confitería La Ideal, donde los acordes de un órgano bien temperado nos transportaron al apacible mundo victoriano. Qué paz después de la algarabía arbórea del Tigre y sus tigres. El cielo vuelve a ser azul y mi alma pura. Noviembre 16 El suceso de ayer ha exhumado de mi memoria un recuerdo profundamente soterrado. He leído, no sé donde, una extraña costumbre de tiempos del rey David. Cuando alguien cometía un crimen mientras el sofocante viento del Sinaí azotaba Israel, el asesino no recibía el castigo adecuado a su culpa. La ley consideraba a ese viento un atenuante, como si en el fondo el huracán de 49


las arenas rojas fuera el verdadero asesino. Pero no sé por qué te cuento esto. Con razón podrías acusarme: Macabro estáis, amigo, Bonifacio. Y no sería mentira.

Noviembre 20 Cementerio de la Chacarita. Cipreses negros. Verdes naranjos. Y sobre la tierra con su mantel de flores, blancas cruces humildes. Campestre, agraria, esta Chacarita ¿chacrita? me recordó el Cementerio de Montmartre atalayado desde el puente que lo señorea como un mirácolo y por el que uno cruza como si cruzara por encima del Erebro. Aquí todo es más lejano, más austral. Sin anunciarse asoma una brisa cálida que pronto se convierte en ventolera. Y los árboles se inclinan, se desgajan, parecen saludar a huéspedes invisibles. Un gerente de ojos morunos golpea la tierra endurecida con una piqueta frágil. Me acerco y observo distraídamente. El gerente suda. Está mudando muertos que quedaron en desuso y cuyos deudos también emigraron. Un impulso irrefrenable me cosquillea las manos, se me trasmite al alma. ¿Puedo? - pregunto indicándole la herramienta. Sin contestarme me entrega el hierro. Su mango está húmedo y pegajosos. Y golpeo la película resbaladiza del suelo que se abre como un fruto. A los pocos minutos también yo sudo. Mas no en vano. Emergen algunas flores cristalizadas. Osamentas. Hasta un torpe esbozo de calavera. Quisiera ser capaz de cogerla entre las manos, acercarla a los ojos y recitar con el cansado príncipe el inagotable estribillo. Mas no tengo el valor, suelto la piqueta y me alejo lentamente, disimulando el impulso de correr perseguido por la mirada distante del gerente panteonero. Sí, es indudable: sigo macabro.

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Noviembre 25 Improntu británico. Entre sueño y sueño, pero despierto, escucho el ronco cuerno de los cazadores del Antiguo Régimen y su feroz grito cinegético. ¡So - ho! Y estoy en el Soho. (Oh, qué mal se duerme en este hotelucho de plaza Miserere) ¿Recuerdas, Fermín? Pero me engaño. Tu no nos acompañaste a Londres, de París te fuiste a Italia. ¿Cómo olvidarlo si de regreso no hacías más que hablar de lungoteveres y Lungarnos, de horribles estatuas buenas sólo para cementerios, de campaniles y agotadores museos de viejo. Estabas obsesionado por las piernas de las romanas, producto específico del masaje de las siete colinas, y, públicamente, confesabas que el perfil senatorial de las florentinas despertaba en tí hambrientos complejos infantiles. Creo que de todos modos conociste el hecho. Justamente prodújose en esa foresta pétrea de mil vericuetos que se abre en abanico bajo la mirada del Eros de Picadilly Circus. Un circo, ciertamente. Y un dios con alas como corresponde a un pueblo de ángeles (Y el Papa exclamó en el mercado romano de esclavos apuntando a los bárbaros rubios: “Not angli, sed angeli”). Aquí, esta noche, enredado entre sudorosas sábanas mercenarias - lo sé, debería estar lejos con el resto en el pulcro hotelito de Lavalle -, lo he recordado todo nítidamente. Golden Square. Un café “negro”, al paso; por algo el Soho es latino. Y luego derivando sin rumbo por Sharterbury Street, inside So-ho. (Otra vez la trompa de caza). Eramos tres. Tu compatriota, Baltasar y Adrian Paderborn, ambos del esforzado gremio de contadores. No de cuentas corrientes, sino de propicios números pitagóricos. No sabes cuanto nos costó contener a ese ángel celestial que es la Valeria, pobrecita. ¡Pero qué diablos! Esa noche queríamos a las angelitas en tierra. “¿Y si fuéramos a ...? propusieron los chilenitos. Y ya estábamos en el cuesco del Soho. Zoológico sin rejas.

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Habíamos llegado a Windmil y el espectáculo valía el gasto de suela. Etéreos rubitos maquillados con rostro de poster, girls de largas piernas ruborosas y profesional neceser en mano, violinistas itinerantes, vejetes whiscosos disfrazados de Doriancitos, pero sin baladas. Un hada con varita sin virtud nos indicó la escalera en un plebeyo dancing subterráneo, donde caímos quickly en manos de un escuadrón de beldades cosmetizadas. Antes de que nos diéramos cuenta, cada uno tenía las nalguitas anglicanas de su Queena estampadas sobre las rodillas. La muerte, viejo. Infortunadamente la fiesta duró poco. Alguien gritó “mi billete”, y por diez devaluados pounds tuvimos que escapar del boliche a la guerra y perseguidos por los arañazos de las defraudadas reinas que en un santiamén mostraron más garras que un mandarín. Qué indignación, Fermincito. De puro frustrado me aparté del group y recalé, más solitario que el llanero, en el café Monicó para calentar, o enfriar (como gustéis, decía William) el cansado cuerpo. Cuando se descolgaba la noche, la hora del Yard, me atrajeron el neón y unas fotos que se burlaban de las corrientes de aire. Entré a ese paraíso cuando caía justamente la última hoja de parra de una ebúrnea anglosajona. En el intermedio pude advertir que la concurrencia era babélica. Junto a los gentlemen no faltaban los caftanes ni esas sábanas de baño - albornoces creo que los llaman con que los beduinos juegan a las ánimas en sus cotizados arenales. Milagro de los petrodólares. El nudismo esconde pocos secretos. Una máscara veneciana o una antigua tapada limeña son más misteriosas que las destapadas de Saint-Tropez. Al empezar la nueva tanda opté por retirarme. En la oscuridad me costó bastante salir. Un mamotreto singular fue el obstáculo que me obstruyó el paso. Su cabeza se apoyaba contra el respaldo del sillón del espectador de la fila siguiente y tuve que hacerlo a un lado descortésmente cuando no escuchó mis requerimientos.

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Y ahora, muérete. Leo al día siguiente en el Daily News que un turista había sido asesinado ahí mismo, en ese Club de Old Compton. Con una aguja o algo así, porque - “elemental, Watson” - no tenía herida a la vista. ¿Te imaginas? Tuvo que ser el tipo que empujé porque no me dejaba pasar. Sentí que la isla, a prueba de sismos, se remecía. En todo el resto de la semana londinense, ni una pista. Un reportero burlón lo llamó el crimen del chicle porque en la solapa de la chaqueta de la víctima, aplastada y a medio consumir, se encontró una de esas abominables gomas que hacen la delicia de los pibes. Pero lo más horrible estaba por suceder. El destino sólo esperaba que estuviese con un pie en el estribo del avión. Fue nuevamente el News el que trajo la escalofriante noticia: una mujer asesinada, también sin marcas visibles, en un cuarto de hotel de Wardour Street. Creo que ya adivinas el resto, la presencia de la espantosa goma de mascar. La tenía implantada como una tarántula sobre un seno. Y por supuesto: ni un indicio. ¿Qué más puedo contarte? Esta isla despide efluvios maléficos aunque huela a lavanda en flor. Junto al Támesis vagan todavía los fantasmas de la Torre, de Jack el Destripador y del malvado doctor Morienty, que en “combina” con un tal señor Conan Doyle mató a uno de mis grandes amigos ingleses. Es la maldad bajo el sol como dijo la empolvada viejecita A.C., otra amiga mía. Después de esta serie sangrienta tiemblo hasta de sentir las campanas del Big Ben. Reclamaré a The Times.

Diciembre 3 Estoy soñando junto a la ribera, ché Fermín. Me repongo con esta música porteña de los furores de Albion. Si tu prestas atención tal vez también oigas algo a pesar del 53


muro andino. Es la queja de los carcomidos remolcadores. El susurro de sus sirenas que me llega como un graznido penumbroso de gaviotas como si una voz murmurara a mi oído. Y para mí solamente. Niebla del Riachuelo y ese tango que yo bailaba con una morocha titulada de sacerdotiza en un bodegón de Caballito que se me ha perdido y hoy no puedo encontrar. Lamento único de todos los viejos pontones que ya nunca más navegarán, de los barcos de mil puertos cuya madera, como carne vieja, se desintegra y se cubre de verdes barbas imitando a Neptuno. Seguro que es la magia del recuerdo. Ahora mi mente da una vuelta de campana y en mis ateridas orejas, más remoto pero más metálico, resuena el tractrac de los fuertes cordajes y bruñidos fierros de los transbordadores y avispados flipers de Manhattan. Ah, Carlitos, si vivieras también vivirían todavía tus rubias de Neu York, esas “deliciosas criaturas perfumadas”. También mis ojos han pegado un salto mortal y sobre el horizonte surge desvelado el capitán Ahab disparando arponazos contra el lomo en escorzo de la gran Ballena Blanca. Desearía saber quién soy yo. ¿El viejo torrencial con su idea fija o la inmortal Moby en quien se consuma el destino humano? Inquisición ociosa. Los rascacielos se han esfumado en lontananza, como por efecto de un “raspaje” nuclear, y todo es nuevo, entresoñado. Las visiones cambian, se aceleran, y veo un timón con arabescos novecentistas que gira y gira. Vertiginosamente. Ocultando y revelando rostros, fragmentos de paisajes, llamas de Patmos, partituras de cantatas. ¿No habré caído entre las ruinas circulares?. Voy a perder el conocimiento, sólo atino a repetir: “Soy yo, soy yo el culpable”. Diciembre 20 ¿Te extrañó mi silencio de semanas? Acaso pensaste que había evacuado Baires. Pudo ser. Me persiguen. 54


No sé como, pero es así. No me equivoco. Es la misma malignidad del otro lado del “gran charco”. El lamento angustioso, todavía, del cuerno de los cazadores que cobraban cruelmente sus piezas en la foresta de Rambouillet o el bosque de Devon. Aquí es como si la reverberación de esa pampa abstracta, sin horizonte, nos atrapara en su espejo relampagueante para quemarnos como quien quema la hierba. Soy Ahab y la Ballena. Déjame organizar estas notas, por momentos parecen incoherentes, en que no se distingue bien lo que es epístola de lo que es apunte para mí. Temo que en ocasiones te lleguen textos cambiados que te sonarán absurdos, y también yo, para manejar mis visiones, me enredo con los informes y anécdotas más elaborados (¿tal vez hasta míticos?) que te hago llegar. Imagino que este juego de equívocos puede haber puesto en tus manos un material que linda con el delirio. Pero dejémoslo pasar. Si este tiempo de silencio no ha sido interrumpido por algunos de esos informes caóticos y en parte fantasiosos, acaso no te haya contado como empezó a erosionarme el “grupo” bonaerense. Rompimos con el infierno a la vista y el vacío que me correspondía fue peor que una golpiza. Mas no me amedrenté. A mi nadie me echa ni parto como un perro con la cola entre las piernas. En los malos momentos miro el rectángulo inferior de mi banderita y todo lo veo del color que ve el toro. Supongo que el factor decisivo fue la mayoría femenina. No faltaban ni candidatas para el romance ni para la insidia. Y los hombres, casi todos sin mundo, pequeños profesionistas esclavos y sin fantasía, no lo hacían menos mal. Desde un primer instante yo proclame urbi et orbi mi soltería a perpetuidad para librarme de conflictos. No quería malentendidos. ¿Qué iba a hacer si una de las compañeras de tour se enamoraba de mí? Mi ideario ghandista me impide hacer sufrir. Las lágrimas de mujer, además, me enloquecen, tú me conoces, pierdo la cabeza, no sé que locura puedo llegar a hacer. Está, también, el 55


problema del arte en la pasión. La mujer lo detesta porque es mineralmente terrestre. Esa ordalía de las medias palabras, donde se juega mañosamente a los delirios verbales, es para ellas griego antiguo. He ahí un tema para tesis académica. El bello animal maniqueo, del que los varones no podemos prescindir, ignora los refinamientos de un universo que tiene infinitamente más colores que los que se le suponen al arcoiris. También, Fermín, está la dignidad de la voluntad y hay momentos ¡oh, Sófocles! en que ésta no retrocede ante la voluntad de los dioses. ¿Cómo rendirse ante estas pudorosas señoritas que viajaban para escapar de sus enrejadas cajas pagadoras, sus pupitres de colegialas maduradas a destiempo o de las eternas columnas del Debe y el Haber?. Fue un suceso repugnante como el martirio de Juana de Arco el que precipitó mi alejamiento. Una romántica perdida, Susana, un ángel de alas entumidas, entregó su alma a un bacán. Pesquisantes infinitamente hábiles, no como gritones del Federal o los torpes de la “Compañía” hacía tiempo que seguían sus huellas cuando, para su gozo, la descubrieron cenando en el Centro Extremeño con una especie de gallego agitanado. Fue el punto de partida para torturarla malvadamente con sinuosas alusiones. Como a un peligroso criminal le pusieron guardia de punto y después, simulando que ella no les oía, difundieron entre el mayoritario mujerío intimidades escabrosas de sus escapadas a un pisito azul en Cangallo. Susana se ajó como una flor y a los pocos fieles nos anunció que regresaba. No supimos - la delicadeza impidió preguntárselo - si a la otra banda o al charretero que, luego se confirmaría, no era sino un repugnante bacán que la quería para subvencionar el alquiler de su bulincito. ¡Ah, tango que me hiciste mal...!

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Diciembre 22 - (Sólo para mí) Una aventurilla sin importancia. Nos juntamos en el parque Lezama y ella (¿cómo se llamaría?) encontró el césped como una alfombra persa. Díjele que la comparación era desafortunada por el ortodoxo rigor de los imanes. No los había oído mentar, se irritó, y el idilio casi terminó ahí. Pero nos amistamos de nuevo, fuimos al “Coliseo” y, como no estaba emparentada con Pueyrredón, me aceptó comer en “El Espineto”. Al día siguiente, Tigre. En una de esas cabañas de tablones embreados que alternan con coquetos bungalitos, nos atigramos sin resentimientos. ¡Qué mujer, amigo! Algo desconcertante sucedió, que aún no me explico. Cuando la tigresa encogía las garras, me miró por primera vez a los ojos. Y fue como si descubriera algo, qué se yo. Se apartó violentamente de mí y salió huyendo desnuda al aire libre. Fue tal mi asombro que no atiné a nada. También, tengo que confesártelo, un miedo indescifrable se apoderó de mí. No volví a ver a la piba. Unicamente quisiera encontrarla para obligarla a que me cuente qué la atemorizó en mí.

Diciembre 28 Esta noche haré una visita al cielo. El cielo es pelirrojo y de ojos azules. Se llama Claire. Antes quiero andar y desandar el camino. Son las 5. Las 5 en punto de la tarde. No sé por qué te cuento esto que parece inútil. La hora. ¿Qué importa el tiempo? Verás. He pasado por situaciones en que sólo me repetía una frase: - Que pase, que corran las horas. Mas el tiempo era como una masa viscosa, inmóvil. También el espacio se adelgazaba, mutábase en un laberinto en que nadie te tendía un hilo como Ariadna. Entonces no esperaba sino el gran deshielo que haría añicos 57


el acuario que me aprisionaba. ¡Cuantas veces no fue al revés! El tiempo que vuela, que no da ocasión ni siquiera para subirnos a ese tren que parte justo cuando llegamos al andén. Entre ambos tiempos he transitado muriéndome y desviviéndome, como ese tigre que Borges asegura que es él y que somos todos. ¿Borges? Tal vez otra clave que se me escapa, mientras del Paraná-Guazú soplan bocanadas de un reino que se pudre en la espesura selvática y que vienen a golpear contra este bosque de piedra. Hoy es el tiempo lento. Seis horas exasperantes para encontrarme con ella, la diosa nibelunga. Estas callecitas de barriada donde tasco el freno son herméticas como el alma de una muchacha sin sueños. A veces, entre sus muros agrietados y sus tintineantes techos de chapas de calamina, surge un transminante perfume que sólo emite la Gracia. He aquí ahora otro pasaje que no conocía, anguloso como una cubierta calleja veneciana. (También desde aquí se siente resollar el agua). Sin un árbol. Ni para un perro necesitado. Geométrica simplicidad zen. Es “el suburbio que reina en todo el mundo”. Me siento otro. He llegado frente a un portón ferrado y agujereado como muro de ajusticiados. Soledad absoluta. Quizás fue así en épocas pasadas cuando La Mazorca. Tal vez ahora no. Un ruido me sorprende. Acorto el paso. Oigo roncas voces infantiles. Casi sin querer me detengo. Una voz más profunda profiere sentenciosamente: -”Mickey Mouse, se te ha encontrado culpable de traición al caudillo del Justicismo. ¿Tenés algo que alegar en tu favor?” Aguzo el oído mas no percibo respuesta alguna. El mismo tono vuelve a elevarse: -”Se te condena entonces a la pena máxima. Cúmplase la sentencia”. Intrigado no resisto más y entreabro el portón. Hay cuatro niños entre siete y diez años. Ni me hacen caso. Tres están sentados en fila como un areópago, con la mirada fija en un pequeño juguete mecánico, una especie de portal en cuya cima relumbra una hoja triangular. El cuarto, junto a la maquinita, es el mayor. Sus pupilas son

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aceradas y su boca sonríe con una ternura ambigua, de Robespierre muchacho. (Míralo en el Museo de Versalles, el retrato de Adelaida Guiard). Al mirar sus rasgos, más bien un rasgo, el frío me invade. No puede ser el juego, típicamente infantil. Mas me engaño. No es un juego. Observo que el mayor tiene amarrada con un cordel, como a un perro, a una ratita blanca que tiembla imperceptiblemente. Los ojos de fakir del tribunal están clavados en el animalito. Monsieur Verdoux acusa sentir la tensión concertada de todas esas voluntades. Es el poder. Trato de apartar la vista pero no puedo, estoy agarrotado. El acto es relampagueante. “Sansón” coge a la ratita, la amarra sobre la cubierta, da un veloz tirón de cuerda y la cuchilla cae seccionando el mísero cuerpo. Huyo y mientras huyo casi grito: - ¿Entonces era verdad, Julio Cortazar, era verdad que conociste la guillotina aquí junto al Plata y no en París, donde ahora sós todo un señor escritor francés? Y la luz, al sol, se hace en mi cerebro. El ejecutor era pelirrojo. Como Claire. A quien veré esta noche.

21 de Febrero Y he aquí lo increíble, Fermín. (No te hablo a tí sino a mí, este es mi secreto). Durante tanto tiempo has sido mi “confesor” que no puedo eludir tu nombre ni en estas revelaciones que acaso no revelen nada. ¿Claire? No sé qué sería de su cuerpo. Mis perseguidores están a la puerta. Sus autos silenciosos, empavonados como una Lugger, se han aglomerado noche a noche en jauría en el Pasaje La Piedad. No hay fuga posible. Transcurren horas. Luego Parten. Guerra de nervios, Fermín, tal vez desde la boite con sus ríos de lujuria. Esta noche la sangre me advierte que es la última. 59


Sangre. Ese es el código. Un carnaval en rojo. Los recuerdos empiezan a desbrozar hacia arriba. Se elevan como súcubos teratológicos o esos arquetipos que amansaba la maquinita de moler del cerebro del Dr. Jung. Estoy en un sedoso lugar de estruendo, de copas cristalinas, de santa ira, una High Society turbia pintada de oro viejo. Todo el mundo embalado en la pista, emparejado, sudando. Y yo salgo a esta pista pululante apretando el talle de mi criolla. Es alta y de color vikingo. Sí. Es la pelirroja. ¿Y qué? Hago lo que se me antoja. Giro en el baile como un loco. Todos me miran, mejor nos miran, vorazmente. Un hombre horrible - un erizo de frac - hace gestos obscenos detrás de ella, no sabe que lo descubro por los espejos. Mi corazón es un cristal. La mano del bruto, como una goma de mascar derretida, violentamente se implanta sobre la gloriosa nalga de mi amiga. Mis ojos son una nube negra, dos delirios que arden. Mi puño se abate sobre el truhán que se convierte en una piedra seca sobre la alfombra. Todos luchan, caen, se levantan. Otra vez el velo rosso. Con la mina del talle me “spiro” sin rumbo. ¿Y después? Ah, si el Señor me iluminara en esta sombra. Todo es fluir de imágenes. Recordarás la Facultad. Oníricas. Rondan como visiones que se construyen, destruyen y reconstruyen. Exactamente, esos caleidoscopios con que nos divertíamos en la adolescencia y en que tú eras un as. Lástima; no verás estas notas. Los mismos coches embetunados, rampantes, me esperan puntualmente a la entrada de mi Pasaje, pero nos dejan pasar. Hay aquí una laguna, horas sin huella. Como si la mujer reapareciese absurdamente. Reposa sobre un lecho, desnuda, es todo un vellocino de oro. Duerme, sin duda. Otra cruel pesadilla. Luego los hombres de rostro enmallado penetran mudos, sin ojos, para trocar mi destino en un engranaje de no sé qué plano. Ella, Claire, es un gran hibisco del cual mana

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una fuente que cubre su cuerpo de rocío. No sé lo que ha pasado. Acaso la enviaron así, como Ofelia, de la boite. No me atrevo a mirar a los fantasmas. Pero mi curiosidad me arrastra con su sortilegio. Es más fuerte que yo, que la vida, que mis raíces. Sobre la piel, un sello gomoso, blanquecino. Las babas del vudú que con el arma invisible del “agoume” marca con el crimen a sus escogidos. Empiezo a caer de costado. Oigo campanas y, distante, el gran grito del cazador: Soho. El desfiladero, atino. Las máquinas solitarias están ahí, sin cerrarle el camino. Una portezuela se abre. No sé más.

Febrero 28 En Santiago Fermín esperaba. Hacía tres semanas que Bonifacio le había anunciado que regresaba. Luego, silencio. La impaciencia lo invadió. “Te lo contaré todo allá”, le anticipaba. Calculando, el vuelo tenía que ser el que ya partiera de Ezeiza. El 200 de Aerolíneas Argentinas. Desilusión de aeropuertos. Bonifacio, el alegre escurridizo, no apareció. Ni ese día ni los siguientes. Tenaz, Fermín habituóse a convivir entre alas. Cara al sol perseguía a los fulminantes transatlánticos del aire. “Llegará al fin”, decíase. Ese afortunado de Bonifacio, ya lo veo - pensó luego - estará ahora mismo con una hembra millonaria que lo tiene domado entre brocatos y sedas de Chine en un bulincito imperial. Ni aún así perdió la esperanza. La imagen del bulín se apagó. Volvió al vejámen de los aeropuertos, encandilado por mil máquinas. También de jaurías de autos de ébano. Mas ninguna puerta se le abrió. No percibió susurro alguno, ninguna voz como la de la Poucelle.

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su vida.

FermĂ­n ya no es el mismo, lleva un misterio en Y todavĂ­a espera.

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La Marea del Sapo Verde

Sentía que lo mecían violentamente, pero no acababa de salir de su somnolencia. Escuchaba gritos y voces a su alrededor como si estuviera en medio de un alborotado gentío. Por fin abrió los ojos, pero no vio mucho. Lo asaltó un temor: ¿Estaría ciego?. Le pareció que algo le obstruía la vista. Alguien le sujetaba las manos, pero dio un manotón y la venda saltó lejos. Entonces lo vio todo. Estaba en la calle, su propia calle, que aparecía abarrotada de camiones, de autos, de vehículos celulares. A él lo subían entre otras personas a un camión gris, militar. Divisó al abogado León que se agitaba y gruñía, a la señora Santis que gritaba, al arquitecto García que miraba hacia todos lados desconcertado. A lo largo de la espaciosa calle, decenas y decenas de personas como él eran arrastradas, golpeadas.

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Los captores vestían una curiosa casaca, como esos desechos del ejército norteamericano que circulan por todo el mundo. Al cinto llevaban una cartuchera con revólver. En la bocamanga, sobreimpreso, un sapo verde. Había unos altoparlantes que atronaban. No entendía nada. Miró a los aporreadores. Ninguno tendría más de quince años. ¿Alguna broma estudiantil? Cerca de su grupo aparecían Johnny, el hijo de los diplomáticos vecinos, Javier, el sobrino de la directora de la escuela, y otros más cuyas caras no recordaba bien. También alborozadas niñas con el mismo uniforme. Súbitamente se hizo un silencio absoluto y todos los “sapos” levantaron el rostro al cielo mientras se llevaban la mano al pecho de forma que recordaba el saludo islámico. Un transmisor más potente, montado en uno de esos grandes furgones de televisión, pregonó estentóreamente: Atención, atención, miren a la pantalla. Se iluminó una de las paredes del vehículo y empezaron a sucederse incontables otras escenas de pesadilla. Lazaro Klein identificó en medio del atronador barullo La plaza de la República, el Congreso, el Museo Nacional, La Avenida de Los Héroes. Los gritos que acompañaban la proyección creaban un atmósfera de circo romano. Bien, Klein pensó que era tiempo de que la broma terminara. ¿O sería...? No, un sapito de unos diez años, con una aguja de insectario, le pinchó una pierna y el dolor fue bien real. ¿Pero y la policía? ¿Por qué no interviene la policía? Repentinamente pensó con sobresalto en su hijo. Tal vez a esa hora durmiera y no supiera nada de esta mascarada estúpida. Vio entonces espantado que arrastraban a tirones, como un saco, al viejo juez Sando, el Juez de Menores. Entrevió cerca una cabeza ensortijada. Gustav... alcanzó a exclamar, y un bofetón del hijo del Gerente del Banco, un atlético adolescente de facciones angelicales, le cerró la boca saltándole un diente. 64


Gustavo soltó al médico de la familia que empujaba sin miramientos a otro furgón, se acercó a él, y sin alterarse, casi paternalmente, le reconvino: Ves, viejito tonto, ahí tienes. Durante años nos majaderearon con sus Dostoievski y otros inmortales paranoicos y sus consejos de matar al padre para ser uno mismo. Ahora vamos a ser nosotros mismos, sonrió. ¿Pero no comprenden que pronto llegará la policía, que con unos cuantos disparos al aire los ahuyentarán? Y si no es la policía serán el ejército, la aviación, qué se yo, hasta los bomberos. ¿La policía, los soldados? Ahí los tienes, papá. Lazaro volvió el rostro al tiempo que aparecían largas filas de motociclistas y pelotones uniformados. Todos los uniformes tenían la clásica chaquetilla con el consabido sapo verde. Ningún soldado ni policía tendría más de dieciocho años. ¿Y los oficiales, la tropa adulta? Los madrugamos, viejo, los pillamos durmiendo. A su lado el viejo juez empezó a quejarse de nuevo. Bien maniatado ya, miraba con ojos vidriosos. Aulló convulsivamente ¿pero los aviones, los barcos, las centrales nucleares? ¿quiénes las manejarán? ¿estos pequeños? Un niño mayor rió alegremente. No te preocupes, Geronte: los volaremos. Este será un mundo sin demasiadas maquinitas, sólo que nos sirvan a nosotros. Un grito más agudo sonó entonces. Un grupo del Jardín de Infantes, como una nube multicolor, tironeaba a la Directora del establecimiento. Klein divisó entre las niñas a su pequeña Anita. La mujer se defendía como loca, pero era débil y las niñas muchas. ¿Donde me llevan?, sollozaba. Al Jardín de Infantes, corearon a una voz las pequeñas: todas las “profes” quedarán allí. Los furgones que se repletaban partían inmediatamente. En toda la ciudad la cacería proseguía, aunque había comenzado al amanecer. Los niños eran como 65


legiones de hormigas: surgían de todas partes, disciplinadamente, organizados en nutridas escuadras. También conforme al parecer a un plan, destrozaban y trataban de quemar monumentos, escuelas, museos, bibliotecas. Las calles aparecían intransitables y una nube espesa colgaba ya sobre la ciudad. Por segunda vez en el curso de esa hora extraña, se hizo un silencio absoluto. No se oía volar una mosca (Klein casi pensó: ni croar un sapo, aunque la sola idea lo espantó). Veinte o treinta enormes altoparlantes de camiones militares empezaron a vocear a decibeles: Esta es una revolución mundial... Esta es una revolución mundial. Terminó el mundo de los viejos. Todos los mayores de veinte años son viejos. Se acabó. Al basurero los viejos. En estos mismos momentos, en todas partes, los niños nos hemos tomado el poder. ¡Vivan los sapos! - Adelante, Sapo Verde - Voran, Gruner Frosch - Avanti Rospo Verde - Naprijed, Zaba Zelen - Avant, Crapaud Vert - Forward, Toad green La última visión que tuvo Lázaro, antes de que les vendaran a todos la vista y el camión arrancara, fue la de una inmensa bandera que se elevaba sobrepasando los mayores edificios, adornada con el omnipresente batracio. Un himno nuevo, con algo de canción de cuna y llanto infantil, ensordeció los oídos de los cautivos, mientras el vehículo se alejaba hacia un destino que nadie siquiera quería imaginar. Pronto los frenos chirriaron, la máquina patinó, dio dos o tres barquinazos y se detuvo. Sintió que lo empujaban hacia la salida, un rayo enceguecedor deslumbró sus ojos a pesar de la venda.

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Y cayó, cayó. Todavía seguía cayendo cuando oyó voces que provenían de un remoto pasado, familiares, cálidas, y percibió suaves roces en la frente y las mejillas. Sus oídos despertaron y escuchó indistintamente una voz que lo hizo temblar. Despierta, papá, llegarás tarde a la oficina. Era Gustavo. Abrió totalmente los ojos, incrédulo. Su mujer entraba en ese instante con una taza humeante de café. Creo que Gustavo tiene razón: ya tendrás que marcar rojo. ¿Rojo? No, era verde, verde, un horrible sapo verde. ¿Quién podría creerle? Salió a la calle, pero no se dirigió a la oficina. Empezó a vagar sin rumbo por la ciudad. Todo estaba en órden, impecable, reluciente. Lo acometió de pronto un impulso de echar a correr: unos niños, riendo y haciendo piruetas, avanzaban hacia él. Los escrutó temeroso al pasar por su lado. Eran los colegiales de siempre. Descubrióse luego frente al Jardín de Infantes, que tenía un manto de césped al aire libre. Se detuvo en seco. Pero no había nada que temer. Aprovechando el sol, las maestras habían sacado a jugar a los niños, que gritaban gozosos. Miró a las educadoras. Los ojos de las jóvenes estaban húmedos. Dos o tres de súbito, se cubrieron el rostro con las manos convulsivamente. Klein creyó oír un sollozo contenido. Entonces apareció la directora, demacrada, y lo saludó apenas. Su rostro parecía expresar una pregunta imposible. Lázaro aceleró el paso como si huyera. Un deseo incontenible de encontrar otra vez el regazo de su madre estalló en él. Otros hombres y mujeres pasaban por su lado, taciturnos, mirando sigilosamente en todas direcciones. Entre ellos, trastabillando, ebrio acaso, divisó al viejo profesor Canesa de Física, un sabio. No pareció reconocerlo, su barba blanca se agitaba, mascullaba incoherentemente. Y 67


Klein, sin entender nada, creyó oírle decir en su jerigonza al tiempo que se alejaba. “Fisura del tiempo... tangentes imposibles... paralelas que por una vez se encuentran en el continuum...”. Se sentía viejo de mil años y la horrible opresión en el pecho subía. Sin saberlo había llegado al Parque Botánico. Como un anciano se derrumbó sobre un banco, mientras de algún ámbito invisible le llegaba un himno desconocido que sólo había escuchado una vez temblando. Elevó los ojos al sol que subía en el horizonte y un sabor agridulce a sangre inundó su boca. Su lengua buscó restañarla y la misma lengua le reveló el hecho: le faltaba un diente. Entonces, como cuando se rompe una presa, una ola convulsa estalló en su alma. Y lloró, lloró, interminablemente, como el niño que descubre súbitamente que el mundo es un lugar pavoroso repleto de fantasmas.

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La Estatua que Miraba al Norte

Donde el mar hierve y Eolo construyó su hogar para soplar todos los vientos, al norte de Sicilia, se extiende un puñado de islas que incita a soñar con algún puente óseo tendido en el pasado a la península por los cíclopes. En algunas de ellas la fragua de Vulcano jamás descansa. La atmósfera es espesa, irrespirable. El azufre y otros elementos, fundidos y gasificados, forman un halo semipenumbroso raramente rasgado por el sol. La tierra, quemada y estéril, parece un rostro dolorosamente cribado por la viruela. Quién dude de la existencia del Infierno debe visitar algunas de sus puertas de entrada - o de salida - en este archipiélago tan atroz como fascinante. A una de estas Rodas calcinadas sin siquiera nombre, tan pequeña es, arribó una mañana un hombre alto, de perfil aquilino y ojos de antracita. Un extranjero, seguramente, un nórdico.

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El patrón de la barca que lo condujo desde Palermo, preocupado, le advirtió mientras desatracaba del primitivo muelle: - Señor, la marea sube aquí más rápidamente que en las demás islas y nadie puede respirar este veneno sino unas pocas horas. Dígame en cuanto tiempo vengo a buscarlo. El sonrió levemente. - Gracias, pero no se preocupe: pronto vendrá un amigo en su yate para seguir a Taormina. Me interesa conocer unos vasos cretenses descubiertos allí recientemente. El padrone calabrés no se preocupaba de antigüedades y otras roñoserías sino de tener todos los días para la polenta: pero sabía que su patria, además de por los museos, era célebre por esas cosas que habían dejado enterradas los antiguos y que los extranjeros chiflados invadían Italia para admirarlas. Eso justamente le llenaba la olla a tipos como él. No se preocupó más del signore de mirada fulgurante. El extranjero quedó solo sobre el peñón sulfuroso mirando la vela que se alejaba y seguramente volvió poco después a su país. Sus cuentas de hotel, primero en Nápoles y después en Palermo, habían sido canceladas, no tenía amigos conocidos y se carecía de su dirección en su patria. Fue olvidado. Otro hombre, más distante, también sería pronto olvidado. Vivía en Kofka, sobre el golfo de Finlandia, y se llamaba Piero Kusino. El exótico nombre Piero había sido una fantasía itálica de su padre. Se trataba de un hombre del montón, de unos cuarenta años, un típico empleado. Sin mujer, sin hijos, sin parientes. Colmado, en desquite, de divinidades mitológicas. Era funcionario de un pequeño museo helénico y discurría cotidianamente entre dioses y semidioses desnudos en ese frío mundo septentrional tan distinto del de sus inasequibles amigos. Desde que el hombre es mortal y transcurrido un suspiro vuelve a ser un modesto puñado de elementos y 70


soñadores cristales, Piero muchas veces había deseado ser la estatua de alguna de esas divinidades que, aunque el mármol también muera, son eternas como el mito. Un día, sin haberse hecho anunciar, un malestar. A la semana siguiente, un dolor. El dolor creció, cobró vida propia, se hizo intolerable. Finalmente el despacho del médico, un conocido. A la cuarta visita, asediado, el médico bajó los ojos. Sí, admitió, medio año: pero él leyó la verdad: tres meses, acaso menos. Había que apresurarse. Ni Finlandia ni su helado vapor le convenían. Sicilia es, como en los días de la magna Grecia, la luz. Y esa luz atrae a la gente como a las moscas. Las turbas de turistas que la miran, admiran y pisotean su suelo, también quieren deslizarse por su piélago por donde, hace dos mil ochocientos años apenas, deambuló el astuto Ulises. Uno de estos tours, por la misma fecha, se detuvo brevemente en Volcano, Salina y Estrómboli y pasó a la vista de otros peñones envueltos por su niebla verdosa. El vaporetto ya iba a enfilar hacia Reggio, en la península, donde pensaban pernoctar, cuando alguien dio un grito señalando con el brazo. Una figura se alzaba en el más pequeño peñón. El capitán hizo atracar y un reducido grupo saltó sobre la caliente escoria. Un arqueólogo y tres estudiantes eran de la partida. La estatua se erguía en el vértice del peñón, medía a simple vista aproximadamente un metro ochenta y seguramente era de bronce. La recubría una espesa pátina verde, dura como el diamante, como si los siglos hubieran depositado sobre ella, en capas sucesivas, las sedimentaciones de todos los humores de la atmósfera y el mar. Su rostro estaba vuelto hacia el norte. - C’est estraordinaire, exclamó el arqueólogo, intensamente agitado. - Vean (dirigiéndose a sus alumnos): Se trata sin discusión de un ejemplar perfecto de arte etrusco. Su perfil disiparía cualquier duda, es típicamente de ese pueblo, los antiguos piratas tirrenos, cuando la historia los encuentra

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instalados en la actual Toscana. Su voz tembló de emoción. - Tal vez el hombre que sirvió de modelo a esta bella estatua se contó entre los fundadores de Roma. Entre todos trataron de levantar la escultura para llevarla a un museo, pero fue imposible. El tiempo y la lava la habían soldado al suelo tan fuertemente como si estuviese sujeta por un pedestal de hierro. El capitán dio la partida porque allí la marea subía muy rápidamente. Cuando el vaporetto se alejaba, una romántica y otoñal norteamericana comentó: ¡Qué lejos parece mirar!

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En el Final era el Verbo

- Santo Tomás también se equivocaba - decíase mientras caminaba felinamente rumbo a su oficina. No basta ver para creer, nuestros sentidos son imperfectos y engañosos, nos hacen ver en el cielo mundos que desaparecieron hace millares de años y nos ocultan evidencias que están frente a nuestros ojos. Sólo cabe la duda metódica. Un programa completo de desconfianza absoluta que ponga todo en tela de juicio. Y no dudar únicamente de lo que nos parece extraño, de lo externo y ajeno. Hay que ir al corazón de nosotros mismos y de nuestra precaria aventura terrestre. También a lo más obvio. ¿Por qué tengo que creer a pie juntillas que el ser en sí y que hay en mí, anterior a todas las convenciones sociales, tiene que ser uno y el mismo con el hombre que responde civilmente al nombre de Miguel Drouet, es casado, tiene cuatro hijos y oficia de alarife - así consta en el registro de profesionales de la orden - en la ciudad capital de un país que dice 73


llamarse Chile. Supongamos que es mentira, que yo soy otro ¿quién lo sabría desde qué, si se acepta por un convencionalismo que soy quien soy, otro convencionalismo tan válido (o no válido) como el precedente podría determinar que ello fuese mentira? Del mismo modo Chile podría no ser Chile excepto por su ilógica y porfiada insistencia en querer serlo. No nos remontemos tanto. Detengámonos en el hogar. Mi mujer ¿es mi mujer? Siento a veces que no es mía en absoluto. Más bien es de Tomás, mi amigo. Otro santo de “ver para creer”. Con su verba inagotable él la posee más que yo con mis títulos de propietario legal. Y hay que ver como lo escucha ella: hipnótica, ebria. Si las palabras tuviesen efectos biológicos hace tiempo que Adriana sería adultera. Mi mujer, por si ustedes no lo saben - tal vez como todas las mujeres - es dulce, colérica, buena, malvada, fría, apasionada, tímida, osada. Es todo y nada. En suma: una buena esposa. Todo depende de la cuerda que se pulse en ella. Sospecho que Adriana, también como yo, piensa a veces que es otra. Y que en más de alguna ocasión se habrá preguntado sobre mí: ¿Pero es mi marido? Nuestros hijos, en cambio, si que no plantean problemas de ese tipo: definitivamente no son nuestros hijos, son alojados, pensionistas, conocidos, cualquier cosa, menos hijos. ¿Qué acaso no los quiero? Profundo error. El hábito de querer es tan viejo que nadie puede eludirlo. Se quiere incluso a un gato, a un conejo. Con mayor razón a seres que presumen de racionales y que a veces andan con terribles caras de pensadores. Eso es lo que más distancia: el célebre “yo pienso” que siempre tienen a flor de labios. Si se conformaran con ser naturales y no llamaran pensamientos a sus gustos y obsesiones, podríamos entendernos mejor. Pero tal como son, es difícil. Uno especialmente me preocupa, es Sertorio: todos lo encuentran igual a mí y yo mismo, cuando lo miro, me siento peligrosamente despojado de mi identidad. Otra carta contra el mimismo. Miguel se había pasado diez cuadras de su oficina

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por culpa de su vocación monologante. Dio media vuelta para desandar camino con el firme propósito de aventar cualquier especulación gratuita. Inútil. Más fácil le hubiera sido dejar de respirar. Es el surmenage, se diagnosticó severamente. Los hombres de buena salud (otra vez en funcionamiento la maldita “tejedora”) piensan el mínimo y carecen prácticamente de ideas. Son puro automatismo, puro reflejo, verdaderas estaciones repetidoras. Hablan como propio lo que leyeron en el periódico, escucharon en la radio o vieron en la televisión. La impronta de las imágenes es la más fuerte. Y con esta sabiduría refleja ellos se esponjan como grandes gatos, son porosamente dichosos. Es lo que Weinninger - un desgraciado, por lo demás - llamó juiciosamente tercería. Pensamientos y sentimientos de rebote generados por la productiva industria de las emociones que las compañías transnacionales manejan con presupuestos millonarios. La teleserie es el triunfo supremo, la máxima creación sustentada en la infinita capacidad de secreción lacrimal de las grandes multitudes. Drouet hizo un paréntesis y se miró a sí mismo. ¿Y yo? ¿Pienso realmente? ¿Siento de verdad? ¿No seré también tributario del sublime negocio? Lo que supongo más intrínseca y entrañablemente mío y surgido de la hondura de mi ser como flor sin par podría no ser sino un producto de mi oposición, de mi combate contra la absorbente masificación. En tal caso sería asimismo subsidiario, un fruto de cuanto rechazo. (Ahora Drouet se había pasado cinco cuadras en la dirección opuesta, pero no se dio cuenta: el riesgo que descubría era demasiado grande, casi un asunto de vida o muerte). Hay una forma - siguió discurriendo - de que nada de lo que tomo por cierto sea tangible: es que yo, Miguel Drouet, sea intangible. La voluntad es todopoderosa, ha hecho a los mesías, a los santos, a todos los seres que se han elevado por encima del rasero común. Si yo pongo primero en duda mi existencia y enseguida, por un mi-

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nucioso análisis de eliminación sistemática, adquiero la certeza de que soy una ficción, de que no existo, automáticamente dejaré de existir. Pues bien (se habló a sí mismo en voz alta) desde este momento descarto mi existencia, no existo más. “¿Qué dice?” - atragantóse un sujeto que pasaba por su lado. Luego miró en todas direcciones desconcertado, hizo un breve ademán para detenerse, pero luego siguió caminando, ahora velozmente y con ojos despavoridos, mientras mascullaba entre dientes: “Decididamente estoy loco”.

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El Genocida de la Discoteca

Cuando llegó la policía todo estaba consumado. No quedaba nadie. Sólo el barman parapetado tras la barricada de cientos de botellas de ambarino licor. El negocio era pequeño y elegante como una bombonera. También carísimo. Todo cubierto de espejos. Usted miraba cualquier lado y la pared le devolvía su efigie reproducida mil veces. Malo para la siquis, ¿verdad, inspector? Y el sargento miró inquisitivamente al oficial, que, quizás por que desconcertante transmigración, tenía un inquietante parecido con un pesquisante médico vienés. - Su informe, sargento. Hechos. Relate cuánto ha logrado saber. - Era un sicópata, masculló abruptamente el subordinado, mirando con respeto casi profesional el bulto horizontal que había sido transportado provisionalmente al cuartillo y que aparecía cubierto a medias por una sábana sucia en un rincón. El sargento hesitó. Imagino que odiaba a todo 77


el mundo como si le debieran algo (esto lo dijo bajito al sentir el peso de los ojos del oficial.) Creo que tal vez unas cuantas víctimas. Un resentido, “comprende”, subrayó acentuando el tono. Sacó un pañuelo rojizo y se enjugó la cara. El ambiente sofocante, ecuatorial. ¡Diablo de clima, diablo de ciudad envenenada! masculló entre dientes bajo el gesto reprobatorio del jefe. - ¿Y qué pasó luego - preguntó severamente el inspector? El sargento extrajo de un bolsillo inverosimilmente profundo una minúscula libretita, y como un escolar que recita una lección leyó pomposamente: - Serían aproximadamente las 22 horas cuando nuestro hombre entró con paso inseguro al sitio de la tragedia. A todas luces bebido o dopado. Se sentó en el centro de la sala con gesto hosco. La música atronaba y el barman asegura que lo vio apretarse las sienes como para no escuchar. Claro, con tales ritmos. - Sargento, la lengua, la lengua, limítese al caso. - Bien, señor, todo ocurrió con extrema naturalidad, sin advertencia previa. El hechor, que acababa de sentarse, dio súbitamente un tremendo puñetazo que casi partió la mesa. Karateca, seguramente. Luego lanzó una risotada estridente, y, con un pistolón que apareció en sus manos, empezó a disparar en redondo - según el barman - tal como ocurre en una caravana que se defiende de un ataque de pieles rojas. - ¿Y qué más? Las lunas de las paredes cayeron despedazadas y la sangre se confundió con los cristales pulverizados. El sicópata (otro gesto respetuoso al yacente cuerpo) se reservó para sí la última bala de su arma. ¿Pero cuando usted llegó todavía respiraba? - Daba las últimas boqueadas. Tuve aún más suerte: alcancé a registrar sus últimas palabras. “Muertos, todos muertos, decenas de muertos”, susurraba mientras se le iba la vida.

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Una sonrisa sardónica distendió los tensos rasgos del sargento. - Vea lo que son las cosas. Fue la burla de los espejos multiplicando incontables veces las figuras. Literalmente un espejismo. ¿El número real de víctimas? Ríase: en el local sólo había dos parejas. Cuatro personas. ¡Le dije ya que era muy caro! Escuchóse una suerte de sordo mugido desde el rincón del despacho. Algo se movió debajo de la sábana y una voz tenue, teñida por la vergüenza, dio un sollozo: ¿cuatro solamente? Después un hilillo sanguinolento silenció sus palabras. Freu... empezó el sargento, más no siguió. La mirada del oficial, fría como la muerte, también lo condenó al silencio.

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La Noche del Minotauro

“Que toda la vida es mito y los mitos ¿mitos son? (Anónimo siglo XVIII)”

El monstruo, bufando, saltó hacia adelante impetuosamente y su rojizo ojo de cíclope perforó las profundidades del laberinto. El repentino mugido estremeció a David, sumergido en la lectura de “El Toro de Minos”, de Leopardo Cottel, y el fuerte envión hizo saltar de sus manos el libro. Una mujer, sobresaltada, dio un corto grito y miró a los demás pasajeros, avergonzada, como disculpándose. Lo más inconfortable fue que un pequeño de unos tres años inició una interminable sesión de lloriqueos. El libro había caído abierto y, al recogerlo, los ojos del joven, distraídamente leyeron estas líneas: “El Rey Minos, 81


habiendo sometido a Atenas, le exigía como dueño y señor un tributo anual que consistía en doce nobles de ambos sexos para sacrificar al Minotauro”. Al observar a los escasos pasajeros del vagón, no más de quince o veinte, el joven, desconcertado, se sorprendió pensando que, a simple vista, el número de ambos sexos, descontando a los niños, era relativamente el mismo. Rió silenciosamente de su inclinación a la fantasía. - Qué necedad, díjose. La hora era la culpable de los escasos pasajeros (Aunque no de la equiparidad de hombres y mujeres, le susurró - insistente - su mente prelógica). Algunos vagones iban incluso desocupados. A las 9:45 sólo viajaban los privilegiados que tenían ocupaciones menos madrugadoras, y, como ocurre corrientemente en tales casos, también mejor rentadas. No era su caso, ciertamente, pero por razones distintas. Aunque fuese Assistent Editor del Evening Monitor, su diario sólo llevaba pocos meses de vida como para que sus sueldos pudiesen ser espectaculares. Era ya un milagro que hubiese mantenido la cabeza a flote, sin ahogarse, en la difícil selva pantanosa de Fleet Street. El tren corría ahora suavemente, sin acordarse de lo viejo que era, por las profundas entrañas del gran Londres. Lo mismo podría haberlo hecho por las de Lhasa o Candía, nadie habría notado la diferencia. Debían llegar a la estación de Chancery Lane a las 9:56, con el tiempo justo para que David entrase a su oficina a las 10 horas y tomara el control del diario que salía a la circulación a las 16:00 horas, exactamente cuando la primera gran oleada de empleados y otros asalariados inundaba las calles al cabo de cumplir su tediosa jornada cotidiana. La máquina volvió a rugir (iban vagón por medio de ella) y el ferrocarril se detuvo un par de segundos en Tottenham, se abrieron las puertas silenciosamente y de su carro descendieron cinco o seis pasajeros. Ahora sí que quedaron doce, pensó inconscientemente. Y como si hubiese pensado en voz alta miró inquisitivamente a la joven sentada a su lado. Pero en el rostro de ella no hubo 82


un gesto que delatara extrañeza. Era un rostro corriente, agraciado, como se ven en cualquier calle de Londres. Lo importante eran sus ojos. Tenían un brillo de valor y audacia, de aventura. La acompañaba un chico de unos diez años, hermano, seguramente, que no había dejado de mirarlo y comentarlo todo desde que subieron. Un típico chico de televisión, suspiró para sí mismo. Muy inglés, también: de una especie de morral asomaban tres dardos que, bien empleados - reflexionó en ello mecánicamente - podían llegar a ser un arma eficaz. La personalidad del resto de los compañeros de viaje parecía menos acusada, al menos externamente. Hacia una de las puertas se agrupaban cuatro muchachos cortados por la misma tijera, sobria pero elegantemente trajeados, que denunciaban a la legua la marca de la City: no obstante sus finas ropas y modales, seguramente no eran sino mensajeros de ese tabernáculo del gran dinero. Dos o tres asientos más adelante iban tres jovenzuelas desinhibidas que no podían hablar sin reírse y gesticular y que intercalaban frecuentemente expresiones cockney a su entrecortado lenguaje. Empleaditas de alguna tienda de esas de “all for one cent”, seguramente. Un alegre ramillete silvestre de abigarrados colores y perfume popular. También había una joven de unos treinta años, casada, de aspecto lejano y distinguido; dos comadres sin sus críos cuya inagotable charla semejaba un ronroneo electrónico; un caballero de unos setenta, muy rígido en su macfarlane, a todas luces un militar retirado, y una beldad otoñal que coqueteaba con un individuo juvenil, pero no joven, de aspecto vulgar y hasta tosco, provincial, que se denunciaba hasta en el más mínimo movimiento como vendedor viajero de alguna gran casa comercial de Manchester o Glasgow. David, al terminar su examen, los contó inconscientemente. No, no eran doce. Tuvo que hacer un esfuerzo para no reírse abiertamente de sí mismo. Soy un verdadero Walter Mitty (*), pensó. En ese instante, el tren se detuvo en 83


Holborn Kingway pero el pasaje se mantuvo igual, nadie descendió ni subió a su vagón. En siete minutos más estaría bajando en Chancery Lane para entrar a su periódico a la hora señalada. Pero el destino tenía señalada otra cosa y esos siete minutos se inscribirían en un tiempo mucho más largo y con una dimensión infinitamente distinta. Miró su reloj. Hacía tres minutos que pitiando suavemente el tren dejara atrás Holborn. David hizo ademán de semilevantarse para ordenar los papeles de su portadocumento y guardar en él “El Toro de Minos”, cuando sonó la campana de alarma y un violento barquinazo lo lanzó sobre su asiento. Alguien se había colgado de la alarma y no la soltaba apremiando al maquinista que, con los frenos a fondo, hacía trepidar al corto convoy, que por fin se detuvo violentamente, acezando, como un atleta contenido en plena carrera. Hubo un instante de expectación, se abrieron las puertas y algunos pasajeros, temerosamente, miraron hacia afuera, hacia el pavoroso túnel cuya negrura sólo rompía una tenue claridad procedente de las escasas y macilentas luces que lo flanqueaban a largos trechos y que en extensos sectores no funcionaban. Pasaron dos o tres minutos en el más absoluto silencio. La joven distinguida se apretaba la frente con la mano izquierda, al parecer para reprimir los nervios. El militar retirado meditaba tras la solución, aparentemente, de un intrincado teorema. Las chicas populares cuchicheaban más bajo y miraban temerosamente hacia el suelo negro de más allá de las puertas abiertas del vagón. El vendedor escenificaba gestos de bravucón ante su bella. Pero todos estaban mudos, esperando. De pronto, procedente de la máquina, un ruido, una especie de forcejeo. Y luego, un golpe seco, como de caída, un alarido salvaje que se dibujó en un estertor agónico, y un violento chisporroteo acompañado del res(*) Personaje del escritor norteamericano James Thunber, que continuamente se evade de la prosaica realidad para asumir en su imaginación roles heroicos. 84


plandor de un relámpago. El anciano soldado dio un salto inusitado hacia la puerta, se contuvo a la vista de los mortíferos rieles, y con un vigor y una violencia que nadie habría supuesto en él, gritó hacia las sombras ¿Qué está pasando?... ¡asesinos! Y se quedó frente al socavón con su cuerpo rígido. Ninguna voz contestó. Volvió a su asiento y se derrumbó sobre él, agotado, con el rostro blanco y sin vida. David quiso correr hacia él, pero su mirada lo detuvo. No imploraba compasión sino respeto por lo que había sido. Campañas en la India, en el paso Khyber; marchas y contramarchas en Burma; tal vez cabalgatas junto a Allemby en Mesopotamia, imaginó románticamente. La espera y el silencio se hacían angustiosos. Todos miraban hacia las puertas como si de pronto pudiese aparecer por ellas algún indescriptible monstruo. David se inclinó hacia la muchacha de ojos audaces. - ¿Qué le parece, señorita...? - Smith, Doris Smith. No sé, puede ser un accidente, quizás. La interrumpió su hermano con la mirada brillante. Son secuestradores, lo mismo que en un film sobre el subway de Nueva York. Mataron al maquinista y ahora nos llevarán a algún desvío para pedir rescate por nosotros. ¡Se los apuesto! Como confirmando la fantasía del chico, el vagón crujió levemente, las puertas se cerraron y el tren reemprendió la marcha. Pronto corrían a una velocidad vertiginosa e indudablemente en otra dirección. De otro modo ya habrían sobrepasado la estación de David. Las estaciones y las luces fueron haciéndose cada vez más escasas a medida que el tren aceleraba peligrosamente y que el vagón empezaba a oscilar como una lámpara azotada por el viento. Todos se miraban sin atreverse a sacar la voz pero todos, por su palidez, daban la impresión de estar pen85


sando en qué podría traerles el destino en los próximos minutos. No tuvieron mucho que esperar. ¡Las luces! gritó uno de los atildados mensajeros de la City. ¡Miren las luces! Lentamente, como en un farol de gas, disminuía la intensidad de la luz. Hubo un súbito click y un grito sordo de todos y el vagón quedó totalmente en sombras, arrastrado por manos desconocidas que lo sumergían cada vez más profundamente en el vientre de la inmensa ciudad. Tan repentinamente como había comenzado, la loca carrera terminó entre gemidos de los ejes de los vehículos sometidos a la máxima presión. Suavemente, las puertas volvieron a abrirse. Pero ahora, sin luz, por ellas entraba la noche y el miedo. Todos miraban hipnotizados esos espacios abiertos, que ahora les parecían insoportablemente grandes, a través de los cuales podría materializarse cualquier horror. Durante algunos instantes reinó la calma, como si una sombra mágica hubiera congelado hombres y cosas. Después se insinuaron unos ruidos lejanos como de dragón y unos resplandores mortecinos parecieron deslizarse por el túnel reptando y apagándose como fuegos fatuos. David, hablando casi confidencialmente pero con voz audible para todos, exclamó dirigiéndose a los pasajeros: - Creo conveniente que nos agrupemos al fondo del carro lo más juntos posible. Así tendremos más posibilidades de defendernos de lo que sea. Si alguno tiene una idea mejor, que la dé a conocer. Nadie contestó, pero todos fueron reuniéndose en un atemorizado grupo que, como los polluelos, buscaban en quién protegerse. Pero, milagro. Bastó que alguien se arrogara el mando para que bajara algo la intolerable tensión y el miedo fuera menor. - Otra cosa, agregó el joven. ¿Tiene alguno de ustedes una pistola o un arma similar, cuando menos una cortaplumas? No, nadie tenía armas de fuego, pero varios sí cortaplumas. Una de las empleaditas tenía un largo esti86


lete con el que tal vez intimidaba a los galanes demasiado atrevidos, y el hermanito de Doris, Mike, como buen explorador, nunca se desprendía de su cuchillo de caza. David, fiel pacifista, se sentía estratega organizando a sus despavoridas huestes. - Ahora, los que están armados colóquense en el círculo exterior del grupo. Serán nuestra primera línea de defensa. Hay que estar ojo alerta con la puerta más próxima. Estas puertas son automáticas pero también, entiendo, tienen un sistema manual. Si lo descubriéramos y pudiéramos cerrarlas estaríamos más seguros. Pero no hubo tiempo de intentarlo. Se produjo un ruido como de rata, una voz gritó: alguien subió al vagón, y todos creyeron divisar una sombra borrosa que se diluía en el vano de la última puerta del otro extremo del carro. - No se muevan, gritó David, que por primera vez sintió desde muy hondo el compromiso de un gran hombre, mientras de un salto se plantaba en el centro del vagón con la temblorosa lucecilla de su encendedor en la mano. Los más valerosos le imitaron y pronto parecía que se estaba celebrando una ceremonia religiosa. - No, aquí no hay nadie, proclamó David. Ha sido una alucinación. Y volvió a su puesto en el grupo. Como para desmentirlo, del fondo del vagón comenzó a levantarse un suave trepidar, una respiración que no tenía nada de humano, un resoplido mecánico y acompasado. Un grito incontenible, histérico, salió como una ráfaga del grupo, seguido de entrecortadas exclamaciones. “Oh, Dios mío, qué está pasando, ¿dónde estamos realmente? Tanta sombra, tanta negrura, esto no puede ser Londres, ni Inglaterra, ni Europa, esto es el infierno... tal vez otro mundo. ¿No dicen que en la tierra hay puertas que llevan a otra parte... el Triángulo de las Bermudas... qué se yo...”, sollozó. Era la dama otoñal cuya resistencia se había quebrado. Mientras la pobre mujer caía en una especie de sopor, David y el pequeño grupo que automáticamente le 87


había seguido, con el oído atento, trataban de identificar el extraño ruido que llegaba del extremo del carro y que por momentos parecía plañir, bramar sordamente. Mike y Doris, casi arrastrándose, se habían acercado a ellos. David sintió que la mano de la muchacha se cerraba nerviosamente sobre su hombro y no supo por qué ese gesto de confianza le dio más valor, como si ahora - aunque esa actitud no tuviera otra significación que el temor por la aventura que vivían - sintiese que tenía una razón más directa para luchar contra el horror que les rodeaba. El insidioso sonido parecía por momentos un leve bufido, un rasguñar, como si unas pezuñas rasparan suavemente el piso. ¿Era tal vez un ofidio? ¡Miren! gritó entonces el pequeño Mike sin poder contenerse mientras de la garganta de todos los pasajeros surgía un gemido de terror. David se tocó para ver si no sufría una pesadilla, si lo que tenía al frente no era fruto de la fiebre. Surgiendo de la sombra, sin que nadie supiese cómo, había frente a ellos un monstruo de ojos llameantes que rascaba el piso agitándose acompasadamente mientras un horrible bufido metálico salía de sus entreabiertas fauces. Su caparazón era rojiza y todos pensaron instantáneamente en la mortal fiesta española. Pero su alzada superaba a la fiera de cualquier ruedo. - ¡Gran Dios, si es el toro de Minos, el Minotauro, exclamó David! apretando el brazo del militar, que se había agazapado a su lado. Todos empezaron a retroceder hacia la puerta más allá de la cual les esperaba la electrocución. Mientras, el toro volvía a mugir bamboleándose mecánicamente. El periodista y los hermanos se pegaron al suelo como gusanos, pero no retrocedieron. Comprendieron que era ahora o nunca. Los dardos, pidió el joven. En otro tiempo, cuchicheó, fui campeón: el problema es darle medio a medio de sus endemoniados ojos. Mike asintió, 88


temblando. En la semipenumbra se vio su figura que se alzaba repentinamente del suelo, bailaba acrobáticamente enfrentando al monstruo, luego levantaba el brazo y arrojaba el arma. El dardo dio exactamente en el lugar escogido y entonces ocurrió lo más extraño del mundo. El monstruo pareció retorcerse, su bramido se convirtió en un largo silbido, se apagaron los rojizos ojos y, en la sombra, la horrible figura se disolvió ante los ojos de todos como en un espectáculo de prestidigitación: pronto hasta el silbido se apagó subsistiendo sólo un sordo ronroneo agónico. - No se acerque nadie, advirtió David. Todavía no sabemos de qué se trata y pueden ocurrir muchas cosas. Reagrupémonos mejor en nuestro rincón y veamos qué podemos hacer. Ahora pensemos cómo podemos dar a conocer nuestra ubicación a las autoridades del “metro” que estarán hace tiempo buscando este tren perdido. ¿Se les ocurre algo? - El Walkie Tolkie de Mike, gritó triunfalmente Doris. - Cómo, ¿Mike tiene aquí un Walkie Tolkie? - Sí, contestó éste alborozadamente, como todo buen scout, mientras se lo entregaba a David. Este lo examinó rápidamente. - Excelente, tiene el alcance suficiente, sin contar que a estas alturas estarán recorriendo todas las líneas. Lo extraño es que todavía no nos hayan descubierto. - ¿Saben con qué nombre transmitiremos? Con el de Minotauro: es, por si no lo saben, el nombre de este tren; ya conocen las aficiones mitológicas de nosotros los ingleses, que a veces resultan corroboradas por los hechos. A pesar de que la situación aún era dramática y no sabían si saldrían de ella, no dejó de cosechar una que otra sonrisa. La incomprensible desaparición del monstruo, para la que David ya parecía tener una hipótesis, había animado hasta a los más timoratos. 89


Fueron pasando los minutos, diez, treinta, cincuenta, y todos se turnaban para perifonear con su voz más potente: “Aquí, Minotauro, aquí Minotauro. Secuestrados”. Habían casi perdido las esperanzas y los rostros estaban nuevamente tensos, cuando les pareció sentir voces lejanas. Iban a gritar llamando, pero todos a un tiempo se detuvieron ante un mismo temor. ¿Y si fueran los secuestradores?. Pero no, las voces eran muchas y luego fueron inconfundibles. Alguien, pisando fuerte, saltaba a la máquina, al coche vacío. Súbitamente el vagón se iluminó profusamente y todos pestañearon durante un rato como cuando se emerge de una larga noche. No había sido corta en realidad. David miró su reloj. Eran las catorce horas. Pero si le hubieran preguntado a todos cuánto creían que había durado la pesadilla, habrían dicho que la mitad de una vida. “Está muerto y el asesino también”, se escuchó una voz próxima al tiempo que cuatro hombres penetraban al vagón. - Gracias a Dios señores, están vivos, exclamó el que los encabezaba, que se presentó como inspector de la vía. Sabíamos - añadió - que tenían que estar extraviados en algún túnel en desuso o un desvío, pero nunca se nos ocurrió que el asesino hubiese traído el tren a este callejón sin salida. ¿Saben? lo llamamos el “desván de los muertos”. Todos miraban a sus salvadores sin comprender claramente que la pesadilla había terminado, que el Minotauro había mugido por primera y última vez en las entrañas de Londres. David, entretanto, estaba en otra ocupación. De pronto estalló en una carcajada homérica ante el desconcierto de sus compañeros. Observen, dijo: éste era el toro de Minos. Y mostró una piel rojiza, de plástico, unas brillantes bolitas de cristal, y una especie de minúsculo motorcito o dínamo que aún ronroneaba. Un monstruo de juguete. ¿No es genial? El asesino tenía mente infantil. Sin embargo ¿por qué todo? ¿Por qué tanta gratitud? El inspector los llevó caminando hasta la máquina. Se había desconectado la electricidad de los rieles y en el 90


suelo, cubierto a medias, aparecía una figura retorcida: el conductor, que en su lucha con el asesino cayera a la vía electrocutándose. ¿Y el asesino? Estaba ahí todavía, en el lugar que había usurpado para emprender una carrera que terminaría con su muerte, al descubrir que iba a estrellarse contra el muro, y golpearse contra el volante cuando detuvo bruscamente el tren en el “desván de los muertos”. Era un hombre canoso, distinguido, de aspecto espiritual y facciones atormentadas. Lo más lejos posible de la imagen tradicional del asesino. El absurdo y el misterio parecían persistir. Mas todo se aclararía en un segundo. El inspector le pasó a David, ya como periodista, los documentos del hechor. Era Jonathan Silver, profesor de Historia Antigua del Colegio Leicester en Road. Entre los papeles había una tarjeta con fecha del año anterior, que indicaba que había estado con tratamiento siquiátrico, pero que su mal era benigno y se traducía más bien en fobias. Pronto pudo reconstituírse la historia completa. El día anterior por la mañana el profesor Silver había decidido visitar a una hija en Maindenhead, cuyo chico de siete años era su debilidad. En la tarde había entrado a una juguetería y, de repente, toda su normalidad se había desvanecido abruptamente. Mientras examinaba un autito, sus ojos habían caído sobre un monstruo de plástico de impresionante apariencia y realismo. Era un toro que despedía fuego por los ojos y bufaba, buscando con sus pezuñas el piso. El profesor no vio el toro de juguete, vio al Minotauro acechando y sorprendiendo a sus víctimas. Al que no vio fue a Teseo, que lo venció, ni a Ariadna que le ayudó a escapar del laberinto. Se olvidó totalmente de su nietecito y tomó cualquier tren subterráneo, el de la suerte para el grupo que vivió la aventura. Lo que importaba era devolver el Toro de Minos a su laberinto y hacer que se cumpliera el mito. Todo ocurrió como lo planeó con loca minuciosidad. Tocó la alarma en un vagón vacío. Con sus botas de goma saltó luego sobre la vía, se apoderó del control del tren, lanzó al 91


Minotauro en un coche al azar para que hiciese su cosecha de terror y después de una carrera desenfrenada por el laberinto que encontró algo distinto del que construyó Dédalo, fue, gratuitamente, a matarse, tal vez al experimentar un segundo de lucidez, tratando de evitar que el convoy se estrellara contra la pared de roca del desvío en que lo escondió. El nieto de Maindenhead seguiría eternamente esperando su autito. Se llevaban ya los dos cuerpos, había llegado la policía y las víctimas del Mito se reunirían pronto en las oficinas de Scotland Yard para entregar su versión. Todos se sentían unidos por un hilo secreto. El hilo de Ariadna, según David. Después formarían, ingleses al fin, un Club del Minotauro. Pero dos del grupo sentían más profundamente el vínculo surgido del horror del Laberinto donde estuvieron perdidos. Y en la profundidad de sus corazones, ya habían resuelto, cuando mataron al Minotauro, que nada debería separarles si sobrevivían a la aventura. Por fortuna Dionisios no había acompañado al toro a Londres. Entretanto había algo que hacer y sólo David podía hacerlo. Eran las 15 horas, pero aún quedaba tiempo si las prensas esperaban unos minutos de nervioso tecleo. El Evening Monitor salió ese día media hora más tarde, pero valía la pena: no tuvo un solo ejemplar devuelto. El público que gracias a las Public School aún no olvidaba totalmente los mitos clásicos, devoró esa historia de la resurrección del Minotauro, encerrado esta vez en un laberinto que no estaba en una soleada isla mediterránea sino en una brumosa isla del Mar del Norte. Y todo porque un erudito profesor había enloquecido leyendo la historia de la civilización minoica igual que don Quijote enloqueció de tanto soñar con historias de caballería. A nadie le cabía duda alguna de que el monstruo había muerto en los subterráneos del “metro” de Londres, pero de todos modos los bramidos del toro cretense seguirán atormentando, por largo tiempo, los sueños nocturnos de quienes sufrieron el mito en carne propia. 92


La Belleza del Infierno

Estoy cansado de la pobreza; haré un pacto con el Diablo para ser rico proclamó Aurelio con tono altisonante, levantando los ojos hacia lo alto, donde el follaje de ceibos y plátanos orientales separándose, simulaba un verde pasadizo a través del cual se veía el cielo. Todos rieron con buen humor y alguien exclamó: -No seas loco. El Diablo no permite que le tomen el pelo. Además - comentó con acento sabihondo la bella Bianca - el demonio no esta de moda sino en el cine. Cualquiera sabe que no estamos en la Edad Media. Freya, la de los cabellos rojos, lanzó una risita nerviosa. Es más todavía, aseveró burlona: el Diablo no existe. Pero Camilo, el primo de Aurelio, prefería no jugar con lo desconocido. El Diablo es sólo un símbolo, expuso; el pecado de la maldad está arrinconado en el corazón del hombre, siempre listo para despertar, manufacturar 93


verdugos en serie y montar hornos crematorios y campos de exterminio. - Todos ustedes se equivocan, dijo Aurelio, no pretendo jugar. ¿Para qué quiero un alma después de muerto? De poco me servirá entre los gusanos del reino de las sombras. Ahora, en cambio, la riqueza me puede dar todo lo que deseo. Y entre los vivos. - Sí, vino, mujeres y canto - subrayó con retintín Camilo. Pero los oídos de Aurelio no lo escucharon. Sus pupilas buscaban inconscientemente la deseable forma de Bianca sin descubrir a Freya que lo miraba admirativamente. Alzó hacia el sol cenital los brazos con gesto teatral como un sacerdote durante el oficio. Su voz tornóse ronca, solemne: - Oh, Satán, ten piedad de mi larga miseria y escucha mi plegaria y mi ruego: si me das los reinos de este mundo, te entregaré mi alma mortal y pecadora después de muerto. Lo juro. Un cuervo azuloso salió de entre los árboles aleteando pesadamente como si aplaudiera sus palabras. Aunque hacía calor y nadie era supersticioso, un leve estremecimiento los sacudió a los cuatro. Se habían quedado mudos y el día, tan radiante, pareció perder repentinamente su esplendor. - No hubieras debido hacer esta mascarada - reconvino Camilo con el ceño fruncido. Siempre fuiste frívolo, pero hay ciertas cosas que es inconveniente remover. - ¿Remover qué? Desvarías, primito, si no creo en la vida eterna menos creo en Satanás. ¿Qué importa entonces prometer cualquier cosa? Días y semanas transcurrieron y la riqueza no llegó. Aurelio se olvidó del pacto, Camilo de sus reprensiones, las jóvenes de ambos. Al cumplirse un mes del picnic, una inusitada carta. Venía de Bahía, Brasil. No conozco a nadie ahí - díjose Aurelio. Seguramente es una equivocación. Pero no, era para él. La firmaba un abogado, el señor Anselmo Da Costa Maqueira. La epístola, traducida a conversación, 94


habría sido la siguiente: ¿Es usted el señor Aurelio Figueredo? Sí. ¿Sus padres eran Marcelo Figueredo y Delmira del Cabral? Si. Entonces no cabe la menor duda. Mi difunto cliente, don Pastor Figuereido y Abreu, le ha dejado a usted, su único pariente chileno, una parte importante de su cuantiosa fortuna. - ¡Diablo! exclamó Aurelio. La pregunta sobre el monto ardía en sus labios, pero se reprimió. No tuvo que esperar mucho para saberlo. La cuantía era a nivel brasileño. Dos millones de dólares. Para sus aspiraciones era tener el mundo en sus manos. Mas el proceso no estaba completo. Había un requisito ineludible: si el heredero era soltero debería casarse. Mientras no lo estuviese el legado esperaría aunque no por mucho tiempo: sólo dos meses. Plazo perentorio. ¿Pero de dónde surgía el vínculo con el magnate? Tres hermanos Figuereido habían llegado de Cintra al Brasil en la época de los bandeirantes. Uno se había esfumado en el sertao, otro había seguido a Chile, a ser pobre, y, el tercero, el menor, había hecho fortuna. De estos últimos, como fin de raza, descendían Aurelio y el difunto. Y de ahí la preocupación de don Pastor porque su pariente y heredero chileno fuera casado. Para que la estirpe Figuereido, o Figueredo, no desapareciese. Aurelio cayó entonces en un torbellino que no habría creído que existiese sino en las novelas. El señor Da Costa Maqueira, con toda la documentación en orden para que entrase en posesión legítima de la herencia, debería estar de vuelta en Santiago al filo del fatal plazo de dos meses. Y sólo quedaba una semana. Corriendo de aquí para allá, gajes de la riqueza, el ofuscado heredero no había tenido tiempo de detenerse a pensar en que mujer podría convertirse en su compañera para ayudarlo a gastar esa fortuna que le caía del cielo. ¿Del cielo? Sin duda, el no creía en el infierno. Tampoco en el demonio. Entonces recordó el día del picnic y la risa le afluyó espontánea al

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pensar en su pacto con el diablo. Qué coincidencia, meditó. También, como cuando se invierte la proyección de una película, vio nítidamente a sus compañeros de paseo, Camilo, Bianca, Freya. Ahí estaba: ya tenía esposa. Bianca, Bianca, suspiró desolado su corazón, en tanto su imaginación trazaba el delicado perfil del cuerpo de la joven. Cuando el jurista brasileño regresó con los tesoros de Creso en un documento cargado de sellos, él estaba a punto de convertirse en hombre casado. Se convirtió al día siguiente. Inmediatamente después partió a Río de Janeiro. Allí, junto al cálido mar de Guanabara, se celebró la ritual noche de bodas con sus ofrendas y propiciaciones. ¡Graciosa y ardiente Freya! Era como tener a la misma Afrodita entre los brazos; pero a las pocas horas, confusamente, entrevió un desastre. Ella era incansable y él, aunque joven y vigoroso, no era un semidios olímpico. Sus deleitosos abrazos, en que muy luego la iniciativa era suya, se prolongaban interminablemente. Y, sin que Aurelio alcanzara a recuperar la respiración, ella reemprendía sus ardientes juegos. El sentía que su terso cuerpo le succionaba la médula, que sus huesos mismos se fundían, que terminaría por perder hasta la última gota de savia, de sangre. Fue entonces cuando descubrió algo peor: no experimentaba placer. La hoguera en que se consumía era fría, sin lumbre. Ese agotamiento de la mente y el cuerpo, siempre dulce, sólo conducía ahora a una estéril y solitaria tundra donde el amor mismo ya no era más una transfusión de sangre y una luz renovada en el alma. Lo que no podía entender era por qué milagro tenía energía para responder a sus inagotables exigencias. Pero la consumación estaba próxima. Cuando una niebla rojiza nubló sus pupilas, comprendió que respondía por puro automatismo, por reflejo; por la vigencia de ese legado atávico que ata al hombre con un pasado confuso en el que su supervivencia, en un mundo poblado de crueles garras, sólo estaba garantizada por su capacidad genésica. 96


La luz del día penetraba en la habitación cuando, tras el último asalto, cayó de bruces sobre el lecho, sin aliento, como si sobre sus espaldas pesara la roca de Sísifo. A través de sus ojos entrecerrados vio a su lado el despiadado verdor de los ojos de Freya, su caudalosa melena como una bandera roja, sus turgentes senos que se erguían otra vez agresivos oprimiendo su flanco, su impetuosa grupa que se agitaba como una hermosa fiera blanca. Y como si le llegara de otra tierra y otro cielo, tal vez desde ese día del pacto, oyó su voz cristalina y sin inflexiones: -¿Sabes quién soy, verdad? Si - asintió él con odio y miedo - mientras en sus pupilas atormentadas, sin hacer caso de su alma que le gritaba no, empezaba a encenderse otra vez el deseo.

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Safari en la Ciudad

La metamorfosis se produjo de la noche a la mañana. Los Olid, como otros millares de familias, se durmieron ese día en una gris ciudad de clima templado y se despertaron en una ciudad tropical. Los niños se levantaron temprano, era un domingo (Javier no lo olvidaría), y él sintió sus gritos alborozados desde el jardín. - Papá, papá, ven: mira qué pájaro más bonito. Con el sueño todavía rondándole se asomó al balcón y vio posado sobre el plátano - el árbol que distinguía su casa en toda la cuadra - a un tucán de reluciente plumaje. Cuando Ricardo y Susanita quisieron acercársele, graznó amenazadoramente y agitó señorialmente su curvo pico. Todos recordarían después que ese “boom” de la naturaleza había tenido un prólogo; pero ese domingo, súbitamente, a la gente le pareció que por arte de magia 99


alguien había decorado su ciudad con las flores y los colores del paraíso. El preámbulo, aunque prolongado, había sido casi insensible, lo que explicaba la ceguera general. Primero una intensa temporada de lluvias, un diluvio controlado tras el cual la tierra parecía reventar de agua como un durazno jugoso. Luego ese calor ecuatorial que hacía florecer la sonrisa en el rostro de las mujeres, siempre más friolentas que los hombres, con el sol colgando quieto en el diáfano cielo como un enorme farol chinesco. Cualquiera habría jurado que se mantenía más tiempo que el habitual allá arriba. Algo estaba cambiando, era distinto, pero la ciencia permanecía en silencio, mientras los periodistas especulaban y las adivinas se entregaban a sus rentadas cábalas. Magazines seudocientíficos hablaron de variaciones del eje terrestre, de problemas en la alta atmósfera, de ozono más ozono menos, de mayor radiación ultravioleta. En fin, de todo lo acostumbrado cuando realmente no se sabe nada. Después de esa bochornosa noche dominical nadie podía ya engañarse. Como si se hubiese producido un súbito cambio de utilería en un teatro del absurdo, la escenografía de siempre había sido escamoteada y substituida por la del mundo tropical. Parques y jardines aparecían adornados con una vegetación exuberante y hasta los anémicos árboles de las calles céntricas, en pugna siempre con el concreto, cubríanse ahora de un denso follaje verdeazulado. Para orgullo de los vecinos era en los jardines de las casas donde la naturaleza lucía más gloriosa. Las especies tradicionales, sin secretos para nadie, refulgían con colores nuevos y de una intensidad que hería la vista. En este cuadro tal vez lo más desconcertante era la aparición de una flora enteramente desconocida. Toda esta vegetación lujuriosa servía de marco a una inusitada zoología menor también inédita: infinidad de insectos de mil formas distintas, cromáticas mariposas, minúsculos y

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murmuradores seres volantes y reptantes que pululaban por todas partes. Capricornio es muy hermoso - díjose Javier, pero pensó que también resultaba algo inquietante. ¿No lo crees así? le preguntó a Lorna, su mujer. - Bueno, hace calor como todos los años por esta época, acaso un poco más, pero no veo nada tan raro - respondió ésta. Puso una mirada de compunción. Perdóname, pero estoy muy ocupada. Y escapó hacia la cocina. -Como siempre, monologó enfurruñado Javier; felices las amas de casa pompeyanas, no deben haber visto la erupción del Vesubio sino cuando la lava estaba en el atrio. Pero en los próximos días se produjeron algunos incidentes que ni las dueñas de casa más domesticadas pudieron ignorar. Balanceándose rítmicamente, como un marinero recién bajado a tierra y que todavía sufre el vaivén del mar, fue visto en el Parque Metropolitano un gran mono que contemplaba ansiosamente los árboles en busca seguramente de alimento. No era un mono cualquiera, un tití o un macaco, sino un chimpancé. Y en el centenario ombú de ese mismo paseo una joven creyó divisar entre su denso follaje unos ojos malignos que atisbaban y que no pudo precisar a qué animal correspondían. Y así, como un lento trabajo de zapa, el miedo empezó a apoderarse de la gente. Javier dormía poco por esos días. Oía revolverse en su cama a Lorna, que hablaba y se quejaba en sueños. El calor se había estabilizado pero ni aún así podía acostumbrarse a él. Su sangre hervía. En la oscuridad, mientras la casa dormía, los fantasmas llegaban a asediarlo desde infinitas lejanías, más allá de su infancia. Era como si las dormidas divinidades de las profundidades de la tierra y el mar, esos misteriosos espíritus ditónicos que lo desvelaron en su adolescencia, volvieran a rondarlo otra vez, pero ahora corporizados. Volvían con esas formas vegetales desbordantes que se agitaban envolviéndolo como una túnica

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porosa. Una maldad incalculable parecía emanar de esa naturaleza desbordante que reconstituía el escenario del pasado. Era la silva antigua que retornaba, el majestuoso wald que antaño cubrió continentes completos y del que emergió un ser peludo armado de un garrote. Una noche despertó angustiado. Antes de abrir los ojos alcanzó a ver un calvero iluminado por la luna, unos helechos gigantes, un curso de agua negruzca y lenta. Abandonó a su mujer entre dos sueños y se tendió sobre un sillón en la terraza. La Vía Láctea, siempre lechosa y apaciguante, derramaba una luz rojiza y amenazadora. Todo estaba en calma, tibiamente congelado; mas ya no había la bendita paz de antes. Infinidad de entrecruzados ruidos tejían como un tenue cascabeleo, un incansable cuchichear: la selva que vibraba. Con los nervios tensos percibía la lenta respiración de la noche. Cara al cielo sintió de pronto que la bóveda celeste se abalanzaba sobre él, que las estrellas se desgranaban como guirnaldas de un árbol navideño. Un alarido rompió el silencio inesperadamente. Era un lamento casi humano. Imaginó que él mismo había caído presa de las mandíbulas de una fiera carnicera, ahí mismo, en su confortable y seguro refugio civilizado. Supo que vendría algo más y no se equivocó. Como una tempestad se levantó en la distancia, más allá del río, un rugido sordo y prolongado. El rugido de un rey que desafía a quien pretenda arrebatarle su víctima. En puntillas, con el corazón encogido, Javier regresó al dormitorio. Pero hubo también momentos hermosos, como cuando los dos niños, en la huerta, daban rienda suelta a sus aficiones de botánicos improvisados, revisando tantas especies nuevas que pronto harían las delicias de los profesionales; o como cuando mamá dijo “qué rico, tendremos frutas más grandes este verano” y Susanita, al sorprender en el antejardín al primer macaco columpiándose en una rama, exclamó riendo “miren, igual que en las películas de

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Tarzán”. Infortunadamente no fue sino un breve interludio. El trueno estalló súbitamente, sin hacerse anunciar. Unos automovilistas que debían viajar al Sur habían tenido que devolverse portando una increíble noticia: el camino virtualmente no existía. Un alud vegetal, impenetrable como un manto, ni siquiera dejaba adivinar la cinta del pavimento. Nadie lo había comprendido enteramente, pero empezaba entonces una de esas novelas en que los exploradores tienen que abrirse paso a machetazos en la manigua. Porque no se trataba sólo del camino al Sur. La autoridad, aunque a regañadientes, tuvo por fin que admitir la verdad: la capital se encontraba aislada, atrapada en medio de un cerco verde. No quedaba sino la comunicación por vía aérea. Y aún ésta restringida. Cuando Javier salió a recorrer la ciudad con Ricardo comprendió las razones de esta limitación. Caminaron en medio de un escenario de sorprendente belleza. En todas las áreas verdes crecían libremente hibiscos, orquídeas, heliotropos y nenúfares, una flora lujuriosa que exhibía el arcoiris completo. Flanqueando las calles, hasta ayer grises, se erguían los bananos y los caobos, las buganvilias y los flamboya. Hasta descubrió un árbol de teca. Insensiblemente habían dejado atrás el casco central. En las vecindades del aeropuerto un cordón militar los detuvo. “No se pasa”. ¿Por qué? inquirió Javier consciente de la futilidad de su pregunta. - Ordenes, contestó secamente el soldado: y en sus pupilas él creyó descubrir un fulgor de miedo. Por eso en el cielo sólo se veían helicópteros, porque los aviones ya no podían despegar, las pistas habían quedado sepultadas por la incontenible invasión vegetal. Regresaba a casa cuando oyó la noticia por los altoparlantes: ley marcial. A las pocas horas la censura había caído como un lápida sobre los medios de comunicación. Antes de que las voces exteriores se apagaran muchos alcanzaron a oír lo suficiente para comprender la inmensidad del peligro: todas las ciudades estaban atrapadas por un anillo vegetal,

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un mar que se desplazaba rítmicamente y que a cada nuevo oleaje cubría más tierras. La última noticia que alcanzó a llegar del extranjero venía de Washington y revelaba que los jardines del Capitolio contenían ahora algo más que cerezos en flor. En el hecho se había convertido en un lugar tan impenetrable y peligroso como el alto Amazonas, lo que justificaba que - con el peculiar estilo del periodismo norteamericano - la información concluyera con una frase para la historia: Es la primera gran selva americana dentro de la jungla de cemento. ¿Y en casa? Todos preferían callarlo pero nadie dejaba de pensar en qué habría sido de la gente de las pequeñas comunidades, de los distantes caseríos y villorrios dispersos de sur a norte, que se vio sorprendida por la inesperada marea verde. Los menos fuertes y emprendedores ya habrían seguramente sucumbido. Los otros, aunque la contienda fuera desigual, estarían luchando por sobrenadar en medio de la inundación. ¿No había ocurrido lo mismo en las edades olvidadas? Cuántas hecatombes para que la tierra llegara a ser un hogar relativamente seguro. Y ahora la rueda del destino había dado otra vuelta completa. Javier no pudo menos que reflexionar sobre la ironía mayor. Mientras todos pensaban en la guerra nuclear como en el gran riesgo, el viejo sol, eterno dispensador de vida, preparaba sus baterías. Le había bastado con aumentar en un milmillonésimo el fuego de sus rayos para poner en riesgo de muerte a la humanidad. Llegaron días febriles. La ciudad estaba en pie de guerra y el gobierno conminó perentoriamente a la población a sumarse a la batalla contra la naturaleza. Los arbustos y las plantas crecían constantemente de modo monstruoso y había que mutilarlas y podarlas sin descanso para que las calles y aún las casas no se convirtieran también en selva. Los insectos, algunos descomunales, eran el otro enemigo más visible. Pero había muchos seres más feroces disimulados entre la maraña contra quienes no valían ni los machetes ni los pulverizadores. Dos hombres fueron 104


encontrados despedazados en el cerro en el camino a la Virgen y un vagabundo que escapó apenas contó haber visto en el mismo lugar tres o cuatro grandes gatos pintarrajeados. Después de eso, grupos fuertemente armados empezaron a patrullar los antiguos “pulmones” de la capital y poco a poco la gente se acostumbró a los balazos y a una atmósfera de perpetua cacería. Todavía no se desencadenaba el pánico pero todos comprendieron que estaba llegándose al punto crítico. Cuando al volcarse un bote en una laguna de recreo del Parque del Libertador unos veloces cuerpos escamosos enfilaron hacia los accidentados, los espectadores horrorizados sintieron que ese punto ya había sido alcanzado. No fue así al menos para la familia Olid. Ese mismo día en que los caimanes surgieron en plena ciudad como una imagen de los pantanos ecuatoriales, Javier y Lorna, desde el balcón sobre el antejardín, miraban hacia la distancia como si esperasen descubrir de pronto que todo no había sido sino un sueño demasiado prolongado. Susanita, abajo, jugaba con una nueva muñeca a la sombra del enorme plátano cruelmente mutilado por el machete, arma ahora infaltable en todos los hogares. En el alma de Javier no había ni un resquicio de paz. Saber qué pasaba por la mente de Lorna era más difícil. Su ser no era intelectual, las ideas se formaban en él más lentamente y por caminos a veces extraviados, aunque cuando estallaban tenían la fuerza de un huracán. Pero esa tarde en que - quizás por qué - sus pensamientos volaban hacia la parábola del paraíso terrenal, Javier, al mirar por azar a su mujer, no tuvo duda de que sus pupilas traducían el horror más extremo. Siguió la dirección de su mirada y él también temió que el corazón se le paralizara. Un cuerpo largo y sinuoso se desenroscaba desde lo alto del plátano hacia la pequeña sin producir el más mínimo ruido. La sensación de irrealidad de la escena era tal que por una fracción de segundo Javier permaneció inmovilizado como

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si lo hubiesen hipnotizado. Sólo por un instante. Con un esfuerzo angustioso de la voluntad logró liberarse y, casi sin hacer puntería, apretó el gatillo de la pistola que ahora era su fiel compañera. La horrible cabeza de la pitón pareció desintegrarse y el poderoso cuerpo negruzco volteó varias veces sobre sí mismo hasta quedar tendido como un carruaje roto encima del césped. Mientras Lorna cogía en sus brazos a Susanita, Javier, sin medir la altura, saltó al jardín y como quien corta caña empezó a destrozar con su machete cuanto árbol y arbusto encontró a mano. Terminó exhausto y con las ropas destrozadas y una luz distinta en sus ojos claros. Al día siguiente por la noche el gobierno emitió una orden terminante: nadie debía desplazarse más allá de su barrio, nadie debía visitar los parques. Casi inmediatamente se supo la razón. En las grandes áreas verdes que oxigenaban la ciudad por el sur y el oeste se levantaban inmensas llamaradas y un concierto de rugidos se confundía con el crepitar del incendio y el ruido seco y preciso de las armas de fuego. Pero alguien, que tomara anteriormente su decisión, había partido esa mañana de solitario safari a la mayor de las selvas: el Parque Metropolitano. - Cuídate, le había recomendado Lorna mirándolo partir con un rostro que después de la salvación de Susanita adquiriera rigidez de máscara. Y Ricardo, que no pudiera vencer su oposición para acompañarlo, le había entregado el cuchillo de caza de su atuendo de scout. Javier también portaba un rifle de repetición y - arma curiosa y arcaica - una pequeña maza cribada que rematara a gran precio en una época en que le fascinaban los estudios medievales. Sonrió. De las justas caballerescas a la selva de una edad de piedra que pugnaba por resucitar era un destino harto raro. - Volveré pronto, voy cerca - prometió sin pensar siquiera en lo que decía. Lo cierto es que no sabía a qué

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iba ni por qué iba. Desde que viera a la serpiente retorciéndose junto a Susanita algo había cambiado en su espíritu aunque no supiera de qué se trataba. Descubrió que el “metro” no funcionaba pero que aún circulaban algunos buses destartalados que podían acercarlo a su meta. La poca gente que se veía caminaba mustia y atisbaba temerosamente en todas direcciones. Se divirtió con esa actitud timorata que le pareció absurda. Difícilmente podía pensar el hombre civilizado que el destino le depararía la oportunidad de ir de cacería en su propia ciudad. La idea era macabra pero bastante justa. La ciudad que advertía al lento discurrir del vehículo sólo le recordaba vagamente al hogar donde había vivido tantos años. La miraba con asombro y desamor de extranjero que, a la inversa del nativo, no guarda ni recuerdos ni vivencias que liguen un pasado entrañable con el presente. El bus no llegaba sino a unas diez cuadras del “frente”. Más allá de una barrera formada por sacos de arena y resguardada por unos pocos soldaditos, se abría la tierra del miedo. El río era el límite. Tuvo que recurrir a un ardid para salvar la trinchera. Oculto detrás de unos automóviles abandonados, cogió un puñado de piedras y lo arrojó lo más lejos que pudo. Los centinelas se descuidaron moviéndose unos pasos en esa dirección y él, como un fantasma, pudo cruzar el puente y escabullirse en la verde espesura. Sintió unos disparos detrás de él, pero no se volvió a mirar. La primera sensación fue distinta de lo que esperaba. No había agitación sino más bien un espectral silencio. Sólo un apagado y sordo rumor, una especie de cuchicheo a coro en diapasón menor de un millón de voces distintas, secretas, invisibles pero no menos presentes. Nunca había imaginado que los árboles pudieran ser tan altos y corpulentos. Tampoco había concebido una trama vegetal más inextricable y espesa, con lianas, bejucos y arbustos entrelazados en todas direcciones como tentáculos. El sol todavía debía estar alto y sin embargo ni uno de sus rayos

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penetraba la espesura. Javier experimentó por primera vez después de los dos últimos y agobiantes meses una impresión de libertad y de placer que recorría todo su cuerpo como la gracia cuando cae sobre los bienaventurados. Contrariamente a lo que hubiera creído lo envolvió una sensación de frescor y de paz. Ningún plazo futuro, ningún recuerdo ni aprensión lo obsesionaban como en esas noches indescriptibles de su hogar durante las cuales los alfileres de los nervios le punzaban hasta el cerebro. Sentíase desnudo de todo y, al descubrir en un relámpago esta sensación, tiró lejos la camisa aunque cuidando de salvar el viejo vicio, los cigarrillos (Un vicio por lo demás de salvaje, de piel roja pensó automáticamente). Era como si en él palpitara un sol que buscaba unirse a otro sol, tal vez a los ríos de savia que estallaban en esa desbordante vida vegetal. A medida que se adentraba en la manigua sentía que no sólo entraba a un hábitat sino también a otra edad. Contagiado por el silencio súbito (para el civilizado sólo las máquinas son ruido) se deslizaba medio agachado, con el puño apretando el mango del cuchillo en la actitud ancestral del cazador primitivo. Y entonces, sin detenerse a pensarlo dos veces, sintió que debía despojarse del fusil. Sin dilación lo arrojó a una verdosa ciénaga y casi no alcanzó a mirar cuando las turbias aguas se cerraron sobre él sepultándolo. Como impulsado por un dios corrió hacia donde la maraña abría paso a un calvero. Empujado por el mismo impulso se izó hasta las alturas de un gigantesco ceibo. Fue una maniobra oportuna. Escuchóse un amenazante ronroneo seguido de un rugido y en el claro de la selva aparecieron dos leopardos, el primero con los restos sanguinolentos de un gamo entre las fauces y el segundo, conforme los indicios, dispuesto a disputarle su presa. Hubo un relampagueante centelleo de fieros ojos verdes y luego la visión de dos ágiles cuerpos enlazados persiguiendo el

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hocico de cada cual la cabeza del otro. Javier no respiraba. Ni por un momento su mano se deslizó a la culata de su pistola. Miraba fascinado ese duelo a muerte que no podía terminar sino con la muerte. Los feroces rugidos se transformaron en estertores, los violentos saltos en débiles movimientos; por fin, el silencio y la inmovilidad. Las dos violentas máquinas de carne y hueso, equiparadas, habíanse destruido recíprocamente, y dos hermosas pieles moteadas estaban disponibles para adornar los muros de alguna mansión. Pero para él al menos el Safari no había terminado. Otra vez crujió el follaje. Javier, a punto de descender para recoger los trofeos del duelo, se detuvo expectante, invisible. No eran otras fieras sino guardias voluntarios. Mira, gritó uno, qué enormes animales. Nos ahorraron una peligrosa faena. Y ambos avanzaron hacia los leopardos aunque sin dejar de apuntarles con sus rifles como si no tuvieran la certeza absoluta de su muerte. En lo alto del ceibo, con las mandíbulas tensas hasta dolerle, Javier monologó con la impavidez de una grabación magnetofónica: “Unos pasos más y estarán debajo de mí. Entonces, justo entonces, saltaré sobre ellos y antes de que caigamos los tres al suelo con el impacto esta maza destrozará la cabeza del rubio y este puñal se hundirá hasta el mango en la espalda del moreno". El incendio de esa noche se apagó al borde del calvero. Y las patrullas que se aventuraron al día siguiente en la manigua medio carbonizada del Parque Metropolitano, afrontando el calor y el olor a la carne quemada de las fieras, encontraron tres cuerpos humanos cerca de los leopardos. Uno de los hombres estaba vivo, herido levemente a puñal en un hombro. A otro, una especie de indio semidesnudo, una bala le había perforado diestramente el corazón. El tercero tenía destrozado el cráneo. Junto a él se encontró una maza de hierro. Un arma medieval - dictaminó un profesor de historia que integraba la patrulla. - Indudablemente lo mató el indio, dijo uno de 109


los patrulleros: ya van seis indios que encontramos en esta selva. - Sí, dijo el profesor cuya mirada se había detenido sobre el salvaje semidesnudo. Sí, efectivamente fue el indio. El sociólogo Javier de Olid. - Creo que ahora, - musitó bajando la voz - empieza la peor batalla de la guerra contra la selva.

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La Estrella en el Hielo

- Anímese, don, eche una manito, mire que aquí las noches con el Estrecho en la espalda son más bien frías y el juego enciende la sangre. - Gracias, don, estoy bien así, no se me da la mano para las cartas. Este juego, que también es fuego, me basta. Sonrió imperceptiblemente acariciando una botella caliente de cerveza. - Como usted mande, es su gusto, don. ¡Qué frío ni frío! La taberna - posada, hotel, pulpería, todo en uno - era en cincuenta kilómetros a la redonda una isla de calor y la única luz en el yerto páramo. ¡Tierra del Fuego! Y tan gélida y apagada. El viento corría sobre el desierto ovejero en rondas onduladas como si meciera un campo de trigo aunque debajo no hubiera nada. Llegaba desde los hielos, desde el Mar de Drake, más allá todavía, donde hay una noche de seis meses y otro día consiguiente;

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pero da lo mismo, porque nadie lo aprovecha ni para dormir un sueño sin orillas ni para trabajar demencialmente y hacerse norteamericano, millonario. El afuerino, en su mesa solitaria, contemplaba con curiosidad sus manos cual si recién las descubriera. Podrían haber servido para algo real: tocar el piano, mujeres perfumadas, gruesos fajos de billetes de banco. Y sólo esto, pensó con desmayo. Había llegado esa misma tarde desde Ultima Esperanza ¡esperanza!, ya anocheciendo. Misiones neblinosas siempre, como esa tierra y ese clima, vagas indefinidas. Topografía sin destino, para archivarse, sondajes, mediciones que no se usarían nunca, informes que pasarían bajo los ojos sonambúlicos de un funcionario para acabar entre los dientecillos de las ratas. ¿Y qué? Pagaba el fisco, el fisco lo pagaba todo, hasta las deudas impagas. Era el tonel nacional sin fondo. Se decía que el fisco era Chile. Si lo era qué rico parecía el pobrecito Chile, menesteroso de pe a pa, por más que los comprensibles patrioteros de orillas del Mapocho proclamaran - entre uno y otro cóctel - que sólo era asunto de ponerle el hombro e imitar a los nórdicos. Hasta ahora el parecido sólo se veía en el clima. Otro trago de cerveza y a través del vidrio de la copa unos ojos humildes que lo miraban por encima del mostrador, esponjosos, aprisionándolo desde que entró a la sala acompañado por veinte metros cúbicos de aire subpolar. Evocación detrás de las manos inútiles del destino que pudo ser. Una mueca se rompió en su boca. Cada vida - pensó - es lo que es. Más allá de los sueños, de las palabras. Oratoria fácil que no cambiaba nada. ¡Carajo! masculló con rabia; pero su rostro permaneció impasible. Las ilusiones perdidas nunca se pierden totalmente, pero el frío cristal del hielo, en la estepa patagónica destila una película que todo lo narcotiza y no permite sino la vida en suspensión. Rogelio alguna vez soñó con ser algo distinto que un afuerino, trashumado entre las distintas luces de

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este desierto azotado por los relentes antárticos. ¿Por qué no podía esperar un puesto de preponderancia en la provincia, quizás en la propia capital? Era joven, lúcido, de palabra convincente. Pero el camino que se abría se le cerró de súbito abruptamente. Se restregó los ojos como para ahuyentar los fantasmas. La mujer ideal quedó extraviada entre los focos de la gran ciudad. Ese destino, que se llamaba Amalia, no supo o no quiso esperar. El nuevo itinerario había empezado entonces. Fue cazador de focas, ovejero, geólogo, comerciante al por menor, cualquier cosa con tal de tender un muro que le obturase definitivamente el pasado. Pero el cerebro es un instrumento inimaginable, un rayo láser que todo lo penetra, que acepta el perdón, pero no el olvido. -¿Otra cerveza? La mujer de ojos tristes le sonreía sin esperanza. Miró su copa. No se había dado cuenta, pero estaba vacía. Recordó: prohibición absoluta de tener la copa vacía con temperatura bajo cero. Sí, gracias, me vendrá bien para tener sueños felices. Ella no pareció entenderlo. ¿Sueños felices?, preguntó temerosamente. El hizo una mueca burlona. Exactamente, respondió más para si mismo que para la mujer. Cualquiera puede tenerlos en este lugar donde sólo vive el viento. Ella volvió a mirarlo, pero ahora con abierta extrañeza. ¿Sólo el viento?, inquirió repitiendo sus palabras con asombro. Había una especie de candor animal en su desconcierto, en su manera de mirarlo todo entero, como si lo evaluara, no sólo al rostro como hace la gente educada. Tal vez como se contempla a otro animal, al antagonista. Y sin embargo su gesto delataba una ternura compulsiva, zoológica, una mezcla de humildad y de impudor que se hacía perdonar por el sólo hecho de existir, como una roca 113


que no necesita excusarse por ser lo que es. Tenía cara de niña, con esa sensualidad espontánea de la infancia, plantada en un sólido cuerpo de mujer con autonomía propia. Es como la mujer del viento - divagó fugazmente Rogelio. El líquido se enfriaba en la copa, lo sentía congelarse al apretar sus dedos en torno a ella como si ciñese una cintura femenina. -¿No le molesto, verdad?, preguntó la mujer casi en un murmullo ansioso. Sus pupilas estaban húmedas, como las de los perros cuando los mira el amo. El esbozó un gesto indefinible que podía interpretarse por un no. Su atención momentánea por ella habíase desvanecido. Era otra vez el rebaño, la estepa sin orillas. Geología pura. El ventarrón estaba dormido allá afuera. No presionaba ya puertas y ventanas con la misma actitud de los hombres violentos que poblaban su desarbolado reino. Otra vez vivía el pasado. Evocó una noche de excursión en la montaña, cuando muchacho, con su padre. Tendidos sobre la hierba fragosa le había dicho: ¿Qué escuchas? Y él había tendido el oído sin oír nada. En su mirada brilló la extrañeza, con la pregunta brincándole en los ojos. Entonces su padre le había explicado. -Bien ¿qué esperabas? Es sólo eso: el silencio. Quién es capaz de escucharlo podrá encarar los pesares del mundo hasta cuando parece que todo ha naufragado. Sí, su padre era más sabio que sus humanidades, que esa docta universidad que lo había exiliado al morir él repentinamente y caer sobre sus hombros ese peso y ese hastío que comúnmente sólo soportan sin doblarse los hombres adultos. Fue también cuando se esfumó Amalia. Suerte puerca, masculló regresando al presente. Los jugadores cabeceaban, mientras las cartas dormían, o se habían ido tras sus rebaños. La luz, ya opaca, parecía gastada igual que un cuerpo enfermo. La mujer de ojos tristes había desaparecido, más de algún modo era como si su forma estuviese presente, como si bastase encontrarse entre hombres solos para percibir

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cuan monstruosa era la soledad, cuan incompleta podía ser la humanidad. -Bien, don, yo me evado - exclamó el patrón asiendo un candil. Su cuarto - añadió - está listo para cuando usted guste: la Adelina se encargó de dejarlo como una bombonera ¡ah, estas mujeres! Sonrió con malicia, pero Rogelio no desfrunció el ceño. -Se agradece, don, pero si usted no se opone saldré a echar un vistazo al “ultimo modelo” para calentar los músculos. El cielo era una pantalla de cine. No soplaba ni una bocanada de aire, pero las estrellas parecían desplazarse vertiginosamente, en enormes guirnaldas, hacia un espacio distinto, todavía increado. Rogelio creía verlas alumbrando con su yerto fulgor misteriosas ciudades encantadas con castillos a la deriva flotando entre los témpanos polares. Y más lejos aún a las eternas llanuras blancas. Si por milagro allí hubiese habitantes, hombres vivientes, tendrían que ser gigantes, no pigmeos como él, como todos en las latitudes donde reinaba la máquina, la civilización. El Ford-T, reliquia incólume de esos pigmeos, lo esperaba; inexplicable animal surgido del fondo de la tierra. Con su capuchón de nylon, recubriéndolo para protegerlo de los colmillos del frío, parecía un pequeño brontosaurio superviviente de otras edades. Encandilado, Rogelio dio una última mirada al cielo estrellado y volvió a la posada. Como pasar del cosmos al pesebre. El dormitorio era modesto, pero cálido, con unos carbones como ojos de cíclope consumiéndose en el tosco hogar de ladrillos terrosos. Se tiró sobre la cama que gimió con ternura femenina, pero el sueño no llegó. Al abrigo de los cobertores su mente se reactivaba, volvían las visiones, la nostalgia de las aglomeraciones multitudinarias. Sentíase otra vez desterrado de una vida que le parecía más rica y grávida. Su mirada, que ya se adaptaba a la oscuridad, 115


sondeó febrilmente el negro cielo de la habitación como si pretendiera seguir entre las sombras el hilo imaginario de su existencia. ¿Pero qué era eso? Todo su ser se puso tenso. El ruido era casi imperceptible, no más que un especie de murmullo reptante, como un sigiloso hesitar. Abrió los ojos hasta sentir que le dolían y contuvo la respiración. Sintió, más que vio, abrirse la puerta y oyó una voz tímida, un susurro que decía: soy yo, Adelina. De la entrada a la cama no había sino dos pasos. Ella los traspuso en un segundo. Rogelio, sin decir nada, levantó el cobertor y le dejó hueco. Ella se acurrucó junto a él, desnuda. Pajarillo indefenso. Pero Rogelio permaneció inmóvil, de espaldas, una estatua que no denunciaba su vida sino por su respiración entrecortada. Transcurrió un instante interminable. Luego percibió en la cara el vaho caliente que despedía la respiración de Adelina, enseguida su boca que oprimía la suya ávidamente, con una especie de angustia, como si se jugara en ello la vida. Sintió el acoso de su cuerpo pidiendo desesperadamente una respuesta. Y cuando él contestó ciegamente - lo descubrió como un relámpago - Amalia no estuvo presente en esa agonía que lo vaciaba entero de alto a bajo. La piel de ella exhalaba un aroma a estepa invernal. Se encogió y se tensó luego bajo él con una ternura subhumana, atávica, de animal perseguido. No pronunciaron palabra. En ese gran vacío sólo sus cuerpos hablaron, infatigables, como si todo el amor olvidado de infinitos seres sin destino se hubiese encendido en ellos. Cuando volvió la quietud fue como si la noche de afuera, con sus retazos de luz pulsando sobre el hielo, hubiese penetrado al tibio cuarto. El adivinó sus ojos buscando en la oscuridad su mirada. Y le sonrió con gesto posesivo, casi cándido. Entonces ella dijo una frase sorprendente: No era verdad. El se irguió, nuevamente rígido, duro: ¿Qué no era verdad? Oh, nada, mañana te cuento, duérmete ahora. Y se abrazó

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a él haciéndole sentir el bulto de sus pechos menudos. ¿Cuanto tiempo transcurrió?. No lo supo con exactitud, pero cuando despertó era ya el alba. Una niebla lechosa se insinuaba por el alto tragaluz. Adelina no estaba, pero sí el hueco que ocupara a su lado. Saltó del lecho, vació un jarro de agua sobre su cabeza y se asomó a un espejo de marco dorado, esplendor de otros tiempos. Vio casi un rostro distinto, como si la perdida jovialidad hubiera vuelto. Era ya tiempo de marcharse. Un perfume procedente de la cocina lo condujo donde Adelina. También su mirada era otra. Había desaparecido su humildad ovejuna y de sus ojos surgía un brillo altivo. Era una ovejita anoche - pensó alegremente Rogelio - y ahora parece un soldado victorioso. -Tu café humea, indicó ella, con la naturalidad con que se dirige una mujer a su marido en un matrimonio que lleva muchos años. Yo te acompañaré - dijo sentándose a su lado y mirándolo con curiosidad. -Gracias, contestó él ¿sabes? tengo que apresurarme. Me he demorado demasiado en esta estación: creo que lo comprendes ¿verdad? Ella asintió en silencio, pero sin angustia. -Si, replicó, pero no importa: yo no te olvidaré. Tampoco yo, declaró Rogelio. Mas sabía que ambos mentían, que no podía ser, pero que tampoco eso contaba mucho. Sus soledades habían coincidido en un mismo punto y momento en el oleaje del espacio y del tiempo y ese era un milagro que raramente se producía más de una vez cada cien años. -¿Sabes?, comentó Adelina - si vuelves por aquí ya no serás afuerino. Y rió francamente, mostrando su intacta dentadura de animal saludable criado por las ventiscas australes. El antediluviano Ford despedía vapor como una cafetera o un burrito mojado. Volvía al camino. Y tal vez las grandes ciudades ya no estuvieran tan lejos, aunque ya no 117


sabía si quedaban al norte o más al sur aún. Y si lo estaban, ¡al diablo con ellas! - pensó sin amargura. Adelina le ofreció sus labios y él la besó suavemente, con recato. Entonces se acordó. Y entre el estruendo mecánico, mientras el motor bufaba, le gritó casi al oído: ¿Qué no era verdad? Ella se ruborizó por primera vez: Ah, una tontería, unas amigas que me habían dicho que el amor de los hombres de la ciudad era distinto. La cara de Rogelio se aniñó: ¿Y era distinto? -No, alcanzó a decir ella, justo cuando el autito arrancaba. -No distinto, pero sí mejor. En el cielo se apagaba la última de las estrellas frías.

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El Espejo

No conocía al asesino. Sólo sabía, por la investigación, que era calvo y rechoncho y que cojeaba del pie izquierdo. Alguien creyó verlo escapando después del doble crimen y ese fue el incierto retrato hablado que de él entregó la policía. Pero él sabía algo más: que de cualquier modo lo encontraría. Así tuviera que buscarlo hasta el fin del mundo y de sus días. Por eso seguía en la casa de los horrores donde fueran encontrados ambos cuerpos. Un obstinado presentimiento le hacía creer como a los viejos policías, aunque él era médico cirujano, que el asesino volvería al teatro de su hazaña. Nadie olvida el lugar donde se ha sido señor de vida y muerte. El tampoco olvidaría ese escenario macabro. Todo delataba una lucha desesperada de las víctimas mientras la vida huía de sus venas. Sus cuerpos, acuchillados con

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rara perfección, habían aparecido entre muebles despatarrados y lámparas y bibelotes destrozados. Parecía que una tromba hubiese pasado por la casa inmutable donde transcurrió siempre su vida. Pocas cosas se habían salvado. Una, esa mecedora en que se acunaba; otra, ese enorme espejo francés frente al cual tantas veces se mirara sin verse desde la mecedora. Una reliquia de la infancia que retenía porfiadamente la imagen de Raúl niño, el rey de la casa. Su hermano idolatrado. ¿Podría haber imaginado ese trágico fin? Su pecho emitió un sonido de animal vencido, sin ningún parecido con un sollozo. Pero entonces tornó a ver el cuerpo quieto de ella, tan blanco, y una raya lívida, violenta, cruzó sus pupilas como una cicatriz. -Hortensia, hesitó como si la tuviera a su lado y le hablara confidencialmente. Tal como cuando en las noches de gran viento ella no podía dormir y con su voz y su mirada más impersonal y distante le pedía que le hablara y le hablara, interminablemente, hasta que caía en la inconsciencia y rodaba hacia una noche sin orillas. Serían vengados. Habían muerto juntos por un misterioso azar y un hombre que todavía no tenía sino un rostro improbable debería pagar por esa pesada ausencia que había arrojado sobre su alma. El tiempo se había disipado igual que agua que cae sobre la tierra. Habían transcurrido meses. Quizás años. Había agotado todos los medios, dinero, esfuerzo, ingenio, pero todo en vano. No importaba. El asesino estaba cerca. Adivinaba su presencia como un tumor maligno, como un veneno en el aire. Estaba seguro de que ahora vendría. Miró al frente y sintió que el corazón le dolía a morir, temió sofocarse, se levantó pesadamente, casi resbaló, pero se repuso y avanzó al encuentro del asesino calvo y rechoncho que renqueaba derechamente hacia él.

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Rey de París

Cuando llegaba al Quai des Orfevres una muchacha de boina, a la que miró sonriente - ¿no sonreían también los árboles? - le sacó la lengua. Denota excelente salud, comentó Pedro: se ve que no es ni griega ni romana. ¿Qué?, reaccionó ella agresivamente. - Está claro, dijo él: no parece lengua muerta. La jovencita bajo al muelle con gesto enfurruñado, como si quisiera disimular la risa, y Pedro descubrió repentinamente que tenía una imperiosa necesidad de embarcarse para cualquier parte. Ambos subieron, ella sin mirarlo y muy digna, a un bateau mouche que estaba a punto de partir. Ambos también se acodaron en la borda aunque ella cuidó de mantenerse distante. El la observó. No era una belleza, como tanta parisiense. Tenía una carita alargada y era más bien esmirriada. (“Pero tiene algo”, pensó recordando el poema de Baudelaire). Desatracaron y ella seguía distante: parecía que el 121


viaje terminaría sin que se rompiera el hielo. Y de pronto, francamente, ella volvió el rostro hacia él con una semisonrisa. Pedro recuperó el ánimo. -Mademoiselle, no pretendo importunarla, pero compréndame. París, el río, la soledad. Soy extranjero y no tengo con quién conversar. Ella rió ahora abiertamente. -Gran novedad, exclamó; muéstreme alguien que no sea extranjero en París. Entre los pasajeros de este barquito me temo que soy casi la única nativa. La verdadera extranjera soy yo. (Ahora había otra luz en sus ojos, una ironía desencantada). Los dos se habían aproximado insensiblemente para hablar. El Sena se bifurcaba. Las Islas, la cuna de la ciudad. Pedro contuvo el aliento. Rogó humildemente: ¿Puedo apretarle la mano? Sólo un instante, como si fuera un saludo. La muchacha frunció el ceño: ¿Y su promesa, monsieur? El mostró con la mirada la Cité y sus piedras venerables. ¿No comprende? Tengo que sentir una mano, cualquiera, sería lo mismo si fuera la de un amigo. - Bueno, accedió ella. Vous étes un amí. Insensiblemente sus dedos se desanudaron cuando dejaban atrás San Luis pero él sintió durante largo rato la tibieza de su piel. Annette era profesora de castellano. Licée Angelique, Rue Condorcet. Pedro dio un suspiro de alivio: poder conversar en su propio idioma. Le contó que era latinoamericano, latin, como dicen las mandíbulas masticadoras de chewingum, comentó. Ella celebró con gesto cómplice la ocurrencia. Annette creía que era español. Lo soy, explicó él, pero nací en la otra orilla. Soy Guzmán de los Guzmanes. Capitán de los Tercios de Castilla. Peleé en Flandes y en Italia. Fui soldado de don Juan de Austria. Miró soñadoramente el agua en movimiento. Si no fuera por el Gran Conde que 122


nos derrotó en Rocroy, tal vez sería Rey de París. Mas digo tonterías: prefiero un París francés que un París español. Ella le escuchaba con asombro y con una pizca de incredulidad. - Pero su patria ¿no la ama? - protestó: eso es feo. - Sí, la amo y le pertenezco: pero mi hogar más antiguo está aquí, en Europa, junto al Mediterráneo. Cuando pequeño oí cantar a las sirenas y nunca he podido olvidarlo. ¿Sabe usted cómo son las sirenas? Conocí una que había desertado y que ya no sorprendía a los navegantes. Como quien dice, una sirena retirada. Ella me profetizó que nunca podría olvidar mi origen, que siempre tendría que volver. Por eso ahora estoy en París. Pero no sólo en el París actual, puedo pasearme por el tiempo. Vea. En este momento estamos en la Edad Media. (Donde en realidad estaban era en lo alto del campanario mayor de Notre Dame). Pedro acarició la cabeza de una gárgola como si se tratase de un gato regalón. Tendió el oído. Escuche los clamores de la multitud. Es el viejo pueblo de San Luis. Los desheredados de siempre. La “corte de los milagros”. Desde abajo parecía llegar un rugido múltiple. Annette creyó oír un nombre. ¡Esmeralda! ¡Esmeralda! La noche ya estaba sobre la tierra y las teas alumbraban las toscas facciones de los hombres y las caras macilentas de las mujeres. Como islas, entre la multitud miserable, una que otra muchacha agraciada tocada con sus mejores prendas. El efecto era tan perfecto que Annette miró con miedo a Pedro. - ¿Eres brujo? le preguntó en voz baja arrimándose a él. Pero el aguafuerte ya se disolvía , la fantasmagoría se disipaba. La luz volvía al mundo. Seguía siendo de día y allá abajo discurría una riada de apacibles burgueses y turistas ávidos provistos de sus instrumentos bélicos: cámaras fotográficas, grabadoras, diarios de viaje. No había ya peligro de que Cuasimodo apareciera por un recodo de la interminable escalera de caracol para colgarse de las campanas y llamar 123


a la lucha contra los arqueros del Rey Cruel. Todo terminó en una estrepitosa carcajada. - ¿crees ahora que oí cantar a las sirenas y que la maga Circe me enseñó sus trucos? - preguntó Pedro. Annette se había quedado silenciosa y parecía meditar. El tomó su rostro entre sus manos y la miró a los ojos. Luego descendieron como si volaran por los desgastados y brillantes escalones. El aire, abajo, era frío y tonificante. Se había levantado el viento y los árboles de Cours la Reine gemían como mujeres enamoradas. Vagaron al azar andando y desandando camino. Un sol pálido, hacia el poniente, avanzaba desde los Grandes Bulevares por sobre el reino verde del Bois. Como rocío caía sobre la ciudad, dulcemente, la pátina del crepúsculo. Mas allá del Pont des Arts penetraron otra vez en el tráfago urbano. Pedro sintió un escalofrío y se subió el cuello de la chaqueta. Con sus lentes de gruesos marcos negros y sus bigotazos también negros, parecía otra quimera más de Notre Dame bajando desde lo alto. Annette caminaba ensimismada, su cuerpo muy junto al suyo, con su manita como una golondrina dentro de su áspero puño. Se diría un corazón entregado en custodia. Un autobús los condujo hacia el este, hacia el horno crepitante donde resonaron los tambores del temible arrabal revolucionario, Saint Antoine. Bordearon la columna de Julio pero Pedro, en vez del esbelto obelisco vio las negras troneras de la Bastilla escupiendo fuego en ese día ardiente de verano que modificó el mundo. Tenía la sensación de estar penetrando en las entrañas ardientes de la ciudad. Descubría un París sin esplendores imperiales, el París de la agonía monárquica, ¿quién sabe?, acaso el de los propios reyes merovingios. Edificios deshilachados, vetustos como el tiempo. Calles penumbrosas donde el invierno y la miseria hacían estragos. Un ánimo frívolo lo asaltó. En alguna parte, hacia el noroeste, se empinaba la república de Montmartre. Pigalle. 124


La Place Blanche. Los molinos de luces ya debían de estar girando. Insinuó un rumbo. ¿El Follies? Ella bocetó un gesto irónico pero comprensivo. ¿Quieres conocer mejor lo que ningún extranjero y pocos parisienses conocen? - Es, como si te dijesen, una follie totalmente distinta, casi incomprensible. Había una nota de pasión en la voz de Annette que lo sorprendió. Habían llegado a Grenelle y el aire era ahora denso y frío como si tuviera cuerpo. Pedro, no sabía por qué, se sentía igual que cuando - raramente - asistía a un oficio religioso. Una edificación inmensa atrajo su mirada. Con sus muros amenazantes y descascarados, como si infinitas lluvias los hubiesen lamido, parecía una fortaleza medieval. Tuvo la impresión de que el tiempo había dado marcha atrás. Leyó en la fachada: 1485. La época de Juana de Arco, de Gilles de Rais, el barón Barbazul, de Borgoñeses y Armagnacs. Pero la historia de esta mole de piedra era intemporal y ajena a la heráldica. Simple y válida para todos los tiempos. Albergaba el sufrimiento humano. Es un hospital de ancianos - le susurró al oído Annette, casi acariciándole con sus labios. El mostró en sus ojos su extrañeza y una pregunta silenciosa no alcanzó a salir de sus labios: ¿Y qué vienes a hacer tú? Ella le sonrió levemente, con el gesto de quien comparte un secreto. En la ferrada puerta un gnomo de hilarante rostro les hizo una reverencia. Bon soire, mademoiselle Annette. Su voz cálida y profunda lo rescataba de la burla de la naturaleza desnudando una bondad que su infortunado físico se encargaba malignamente de ocultar. Dirigió un guiño amistoso a Pedro y se apartó para dejarlos pasar. Un atrio inmenso iluminado por vitrales donde cabían todos los santos, se disolvía en interminables corredores flanqueados por melancólicos árboles que parecían estar ahí dando sombra desde los tiempos de Santa Ge125


noveva. El hospital era un antiguo convento del Cister, que también funcionaba como asilo, atendido por sonrientes y silenciosas monjas de la caridad. Jamás él había estado en un lugar así donde las piedras parecían animadas, vivientes. El mismo viento que los asaltara junto al Sena revoloteaba aquí por los corredores despertando confusos rumores, que ora subían ora bajaban de intensidad como una conversación cuchicheada en un diapasón indescifrable. - ¿Te gusta? - le preguntó ella. El asintió con la mirada. No sabía explicarse lo que sentía, esa emoción que lo embargaba casi hasta las lágrimas, cuando a la inversa era una sensación de alegría la que dilataba sus pulmones y hacía palpitar su corazón como si estuviera frente a un misterio gozoso. Ella lo condujo de la mano. Amorosamente. Atravesaron inmensas estancias donde reposaban viejos adormecidos y ancianitas que miraban plácidamente, todos sentados en poltronas y sillones de mimbre. Los rostros petrificados se iluminaban al ver a Annette y una estela de voces frágiles les perseguía: Bon soir, petit, bon soir. Algunos miraban con cariñosa malicia a Pedro y confundiéndolo en su afecto lo saludaban también gentilmente: -Bon soir, monsieur. Para Pedro persistía el enigma. ¿Qué hacía allí Annette? ¿Enfermera? ¿Cruz Roja? ¿Auxiliar? Ninguna de las respuestas que se daba le convencía. ¿Entonces?... extraño París. Había creído encontrar una aventura y ahí estaba, en un lugar que mitigaba los dolores y miserias de la ancianidad. La Babilonia moderna encerraba esta Tebaida de Caridad. Quizá cuantos otros misterios encerraría. Eran los misterios de París. Pero él no estaba desilusionado. Al contrario. Cualquier desenlace amoroso le habría parecido ahora una profanación. Esta revelación le llegaba muy adentro. Era una experiencia intransferible. El amor de los cuerpos, tan importante siempre, no era una rareza, podía encontrarse 126


en múltiples esquinas donde soplara la soledad. La mesa nunca estaba desprovista en tales casos. No así este amor, este culto de las almas de ágape. Siempre llevándolo de la mano, como si fuera un pequeñuelo, Annette lo condujo finalmente a un pabellón con grandes ventanales por donde ya empezaba a penetrar la noche. Doble fila de blancas camas. Todos muy viejos y casi enteramente amarrados al lecho. La vida estaba en los ojos. La muchacha se detuvo junto a un ancianito esmirriado cuya mandíbula temblaba. Y bien, tío Grandmaison, hoy luce usted muy bien, tanto como cuando cuidaba su finca de Artois, ¿cierto? Las pupilas temblorosas escondidas en el pergamino del rostro destellaron, la voz del anciano, como si llegara salvando un laberinto, sonó apenas perceptible. Un cuento, petit: el del Rey Santo. Pedro creía estar soñando. La ronca voz de Annette recitaba una leyenda áurea. “Erase la douce France donde San Luis, al pie del roble de Vincennes, impartía justicia por parejo a pobres y ricos como un monarca bíblico”. Se apartó para ocultar su emoción. Entonces este era el secreto: Annette consolaba a los ancianos contándoles cuentos. - Sí, cuentos infantiles puntualizó ella mientras se alejaban del viejecito que ya se quedaba dormido con una expresión de paz en el rostro. - ¿Infantiles? - Sí, infantiles. Los cuentos clásicos: Pulgarcito, Blanca Nieves, Caperucita Roja, El Gato con Botas. Al oírlas es como si revivieran, como si la infancia se les viniera nuevamente a la memoria. Tal vez así se sienten otra vez niños, adolescentes, hasta jóvenes. Y olvidan la vejez. - Pero el repertorio tiene que agotársete pronto, ¿qué haces entonces? Annette hizo un gracioso mohín. - Pues, les invento otros cuentos: no sabes cuántos han salido de mis labios que nunca fueron escritos. El monstruo que vivía en el bosque devorando niños y que se 127


hizo bueno cuando los cazadores le perdonaron la existencia, pero le mataron al monstruito su hijo. El feroz guerrero vencido, que perdió un reino y se retiró a la soledad de la selva donde fue más feliz que lo que nunca pudo serlo en su trono conversando con los animales salvajes que lo seguían como corderillos. La hermosa princesa que por sus maldades fue condenada a mostrar en su cara lo que había en su corazón y de la que todos huían al descubrir que se había convertido en una horrenda bruja. Annette miró soñadoramente. Ah, son decenas de historias. La que más les gusta es una, mitad verdad y mitad mentira. La de Santa Genoveva, que para salvar París de los vikingos, hizo desfilar por el Sena bajo las flechas bárbaras una procesión de barcas tripuladas por mujeres y niños y en la mayor de las cuales, profusamente iluminada, iba una efigie de la Virgen con el Niño en brazos. Los terribles paganos, al ver un gesto de valor tan inaudito, no dudaron de que el poder del Dios de los francos era enorme y se alejaron hacia el mar en sus veloces drakars. Ambos habían quedado silenciosos. Era ya noche afuera, pero adentro destellaba una isla de luz. Te acompaño a la puerta, dijo ella: yo me quedaré esta noche aquí. Hay muchos viejitos en el Pabellón Orleans que esperan su mísera ración de ilusiones. Su tono fingía jovialidad. Se cruzaron con una bandada de jóvenes monjitas cuyas albas cofias se agitaban como flotantes alas. Eran reideras y alegres y movieron la mano en cariñoso saludo al pasar junto a ellos. Parecían gráciles veleros empujados por el viento marino. Pedro partiría mañana, pero sintió que justo en ese momento su corazón se iba con esas velas, que ya estaba cruzando el océano. En el sombrío pórtico, Annette, siempre sonriente, le ofreció sus labios, que él apenas rozó. Nada tenía que deshacer el hechizo. Su día además no terminaba y él todavía era Rey de París, aunque un trepidante pájaro lo esperara para arrebatarlo por los aires como otra alfombra maravillosa. 128


El Niño que Escribía Historias

- ¿Que escribes Jaimito? - Historias, tía, historias. - ¿Pero historias sobre qué? - Sobre todo. Cosas que le ocurren a niños, a muchachos como uno, a jovencitas, a sus padres. Insinuó un gesto de picardía y se estiró con dificultad en la cama. - También cosas que le ocurren a tías como usted cuando quieren mucho a sobrinos - bajó la voz y los ojos, como hablando consigo mismo. - A sobrinos que tal vez se vayan. Lía desvió la vista y su tono sonó artificialmente frívolo: Adelaida dice que el doctor te encuentra mucho mejor. - Sí, es lo bueno de los doctores, siempre nos encuentran mejor: estudian para eso. ¿Sabes, tía? En la antigua China la gente le pagaba mensualmente a los médicos por no enfermarse, por estar sano. Cuando alguien 129


se enfermaba se invertía el papel: era el médico el que tenía que pagarle al paciente. Dicen que la mayoría de la población gozaba de excelente salud. Pero no critiquemos a los médicos, que no son Dios. Al mediodía pasó a visitarlo su compañera de curso Anamaría. El, como siempre, trazaba su escabrosa caligrafía sobre páginas y más páginas. Una lucesita sarcástica reía en sus pupilas veteadas de cristales verdosos; pero sus dedos parecían más afilados que de costumbre. Se repitió el diálogo casi exactamente. - ¿Qué escribes Jaime? - Historias, Anamaría, historias. - ¿Nada más que historias? - Nada más. - Aún así, cuéntame alguna. - Es difícil, verás, yo escribo un poco como si me dictaran. Pero en todo caso he ahí algunos temas: un padre que pierde a su hijo; una novia que se queda sin usar su traje blanco, porque el novio desapareció, no se aclara cómo; un mal hijo pródigo que aunque vuelve junto a sus padres, no hace sino añorar la vida que llevó lejos del hogar. - ¿Y todo eso lo inventas tú? - Sí, aunque sólo a medias: ya te dije, hay una voz que me habla, como si tú escucharas otra vez a tu mamá, contándote cuentos igual que en la infancia. - ¡Qué hermoso! Pero agotador también ¿No te parece? - Según, yo tengo todo el tiempo que quiera, al menos mientras esto dure. Más tarde, ese mismo día, llegó a verlo una delegación del colegio: Deroso, el mejor alumno, y Frankel y Maruri, sus mejores amigos. ¿Qué haces Jaime? ¿Siempre escribiendo? - Siempre. Ultimamente viajo mucho. Vean, Roberto, de 15 años, se escapa de su casa donde lo quieren poco o nada, se embarca de polizonte en un barco que 130


lleva pertrechos para los aliados en la segunda guerra mundial, la nave es apresada por los nazis que la desvían a Marsella, a la vista de Tolón asisten a la autodestrucción de la flora francesa, y, aprovechando el caos, ponen rumbo al sur y llegan a Argel donde ya han desembarcado los angloamericanos, en Argel Roberto y un joven francés con quien había trabado amistad descubren una conjura nazi para volar los depósitos del puerto, Roberto es felicitado por el mando aliado y, aumentándose la edad, consigue enrolarse con el Octavo Ejército Británico, sobre un carro de combate, en una revista de victoria, ve una mañana al jefe legendario, a Montgomery, después en Tripolitania... pero no hay después. Todavía no lo he terminado. Si alcanzo a hacerlo se los contaré. Los muchachos protestaron, querían saber el desenlace. Sólo Deroso, el sabio, disentió. ¿Qué mejor desenlace que la aventura misma, que ver todo eso? ¿Quién de nosotros no hubiera querido estar en el pellejo del afortunado Roberto? Anamaría volvió pronto. El fulgor de los ojos de Jaime se había intensificado. También su extraña vitalidad que era como un resplandor corporal. Algo casi táctil. Con la niña entró una fresca vaharada del mundo externo, ese del que Jaime estaba ahora desterrado. Su pelo era como un casco de oro arrancado de las sementeras. Jaime paso por él su mano con admirativo deleite desanudando con su gesto una pálida sonrisa de sus labios. - Te voy a contar un cuento - dijo - un cuento más bien simple. En un reino a orillas del mar - sí, sé que así empieza Anabell Lee - había dos adolescentes que se amaban, pero no lo sabían. Y así vivían, tristes y desencantados sin escuchar los cantos de los trovadores ni gozar con el vuelo de las mariposas. Entonces sonaron trompetas (“Peligra la patria y al grito de guerra los hombres se matan”), a él le pusieron un uniforme, le dieron un arma y le mandaron a las marismas de Flandes. Edgar se llamaba y no volvió. Pero antes de dormirse en el fango, en ese 131


minuto de fuego, descubrió que amaba a su amiga y que la dicha había pasado por su lado sin que la reconociera sino cuando ya era tarde. Y ella, Rosal se llamaba, que esperó en vano, semanas, meses, mientras su corazón languidecía, descubrió también, cuando ya no le quedaba sino la soledad, lo mismo que descubriera Edgar entre la música de los obuses. - ¿Y qué fue de Rosal, preguntó Anamaría? - Mi cuento no me lo dice, un velo oculta las peores desgracias. Jaime sintió un ligero estremecimiento en la mano que oprimía la suya. Habría querido mirarla, pero no se atrevió. El color del angelus inundaba el cuarto y sobre el picacho cordillerano más alto se fundía el último rayo de sol. Una parte del mundo todavía estaba con luz y la otra ya estaba en sombra. El estaba en el lado de la sombra. Los días siguientes reinó una extraña agitación. Tenía la sensación de que la gente no acababa de irse cuando estaba otra vez de vuelta. La tía Lía, el viejo y querido profesor Sempronio, sus primos Incháustegui, Deroso y compañía, la Josefa, la fiel cocinera, hasta su enemigo “personal” el gordo Santiago, que lo acusaba de difundir el pernicioso idealismo en el colegio. Tenía la impresión de que todos estaban o muy silenciosos o preguntándole constantemente: “qué escribes, Jaimito, qué escribes Jaimito”. Pero él ya no escribía: soñaba. Una tarde en que estaba mejor que nunca y cuando todos se había ya marchado, le pidió a su mamá que le corriera los visillos de la ventana. Quería ver el azul del cielo. Ella, con su invisible andar de duende, accedió a su deseo. Luego bajó para darle un encargo a la cocinera, pero en realidad para esconder su rostro lejos de sus ojos. Se demoró más de lo que hubiera creído. Cuando volvió la mirada de Jaimito se perdía en la distancia, los ojos muy fijos y abiertos. Pero el cielo que miraban ya no era azul sino negro. 132


Pumpum

Pum-Pum-Pum gritó Oscarito apuntando a mamá, papá y la señora Otokar que estaban sentados en el living. La señora Otokar era una vecina que había venido hacía un instante a pedir prestada una sartén. - Tú también juegas, tío Jaco, exclamó el niño al ver entrar al hermano de mamá: ven, siéntate. - De acuerdo, pero déjame saludar antes. No pudo hacerlo. Los tres habían inclinado la cabeza - la señora Otokar hacia adelante y los padres hacia el lado como insinuando una caricia - y una mancha roja se extendía lentamente sobre sus ropas domingueras. - Ahora te toca a tí, tío, dijo Oscarito con gesto juguetón, levantando la pistola. Nunca, desde que lo asaltaron en el San Cristóbal, Joaquín había dado tal salto. En un santiamén estuvo junto a la puerta que, ¡maldición! estaba quizás por qué 133


con pestillo. Sentía que el corazón se le escapaba del pecho y en eso oyó los pasos de su sobrinito que lo llamaba plañideramente. La escalera, se gritó a sí mismo, como loco. De tres trancos, acrobáticamente, estuvo en el segundo piso, junto a un balcón. De una sola mirada midió la altura por si podía escapar por ahí. Demasiada. Y el tiempo muy breve. Casi seguro que junto con tocar tierra, tal vez, aturdido, Oscarito alcanzaría a hacerle pum pum. Sin pensarlo dos veces se encerró en el cuarto de baño, que era la habitación más próxima, y echó el cerrojo. Oscarito ya estaba al otro lado de la puerta. - No seas malo, tío Jaco, juega un poco conmigo, abajo nadie quiere hacerlo. Joaquín sintió una especie de risa, o sollozo, al que casi le hizo involuntario eco al pensar en su pobre hermana, tan silenciosa en el living junto a su marido y una desconocida. Pero no podía permitirse el lujo de perder la sangre fría. - Oscarito, exclamó en el tono más tranquilo que pudo simular. Vas a dejar inmediatamente esa pistola en el suelo. Yo abriré la puerta, te la guardaré en mi bolsillo y entonces podremos jugar a hablar por teléfono ¿Qué te parece? - Bueno, dijo la voz susurrante del pequeño: abre. Con infinitas precauciones, sin dar el cuerpo, Joaquín estiró la mano he hizo sonar la llave en la cerradura. Se produjo un golpe sordo, la puerta se estremeció y un espejo de cuerpo entero ubicado enfrente de ella se hizo añicos. Joaquín sintió que la temperatura había subido a cuarenta grados e inconscientemente pensó que, por fortuna, su sobrinito parecía no haber visto en la televisión destrozar un cerrojo a tiros. - Me engañaste, Oscarito, dijo con su voz más 134


acusadora: cometiste una fea acción indigna de un hombre. - Y tú también querías engañarme, tío, rió el niño. Querías que te entregara la pistola para dejártela para ti. Después se produjo un intervalo de silencio, como si el pequeño se hubiera alejado, y Joaquín lo sintió silbar más distante. Acaso se enfrascara en otro juego y lo olvidara. De todos modos no se atrevería a intentar abrir la puerta. Con la pistola en la mano representaba la muerte segura; ya había visto la puntería que se gastaba. Además, desvariaba. Oscarito no era sino un niño. Suponerle una mente diabólica y perversa sólo delataba el estado de su propio cerebro por la tragedia que había visto y el atolladero en que se hallaba. Del niño no había la menor señal. Había que encontrar una solución. Y rápidamente. La ventana del baño tenía vista a la casa vecina pero su altura no permitía aventurarse por allí aunque si hubiera podido descolgarse por allá de un salto podría haber saltado la pandereta y ponerse a salvo donde la infortunada señora Otokar. Frente a la ventana empezó a evaluar posibilidades. Entonces como una aparición milagrosa, divisó al jardinero de la casa vecina que, arrastrando su manguera, llegaba para regar ese lado del jardín y tal vez para salvarle la vida. Pero el jardinero se aplicaba tan acuciosamente a su tarea que pasaban los minutos y su mirada ni por equivocación se detenía en la ventana donde Joaquín hacía los más desesperados gestos por atraer su atención, menos llamarle por miedo a la perspicacia de Oscarito que ya podía estar de nuevo rondando cerca con su implacable pistola con silenciador en la mano. La pistola con silenciador que, junto con una neurosis incurable, eran lo únicos souvenirs que se había traído de Vietnam el hombre que ahora estaba sumamente callado en el primer piso. John, el papá de Oscarito. ¿Qué hacer? Y entonces otro milagro. Salido de las nubes salió un avión que enfiló hacia la casa: Picó sobre 135


ella tan bajo que parecía que iba a caerse. Inevitablemente, los ojos del jardinero, siguiendo su arriesgada acrobacia, se encontraron con Joaquín que, de medio cuerpo, le hacía frenéticas señales. Una vez que el jardinero hubo comprendido que el loco que le hacía señales le pedía que esperara un momento, Joaquín buscó desesperadamente en sus bolsillos hasta encontrar un papel en blanco. Con gruesos caracteres escribió un escueto mensaje. “Llame a la policía. El niño anda con una pistola y ya ocurrió una terrible desgracia. Apresúrese”. Miró hacia todos lados y al final cogió la esférica tapa de un frasco de perfume. Enrolló el papel en torno a ella y suspendido sobre la ventana, lanzó el envoltorio como un proyectil al jardín vecino. El trabajador la recogió intranquilo, desdobló la hoja, y al leer el mensaje dio un salto, hizo un gesto a Joaquín y salió corriendo hacia la calle. Joaquín sintió un chasquido seco muy próximo a su cuerpo y oyó una voz infantil que le reprendía: Nuevamente querías engañarme tío Jaco. Para el segundo chasquido Joaquín ya estaba en el suelo, sobre las heladas losas del cuarto de baño. Ahí se quedó, sin pensamiento, como si hubiera subido una montaña a la carrera, sólo con el oído vivo. Pasó un tiempo que le pareció infinitamente largo y, de pronto, sirenas policiales, carreras, pasos nerviosos. Por fin una voz más alta que decía: Ya tenemos el arma y el niño está tranquilo. Como si volviera de otro mundo, Joaquín introdujo la llave en la cerradura y la puerta se abrió. Dos policías alcanzaron a sujetarlo cuando estaba a punto de derrumbarse. Lo último que sintió mientras todo se le nublaba fueron los desconsolados rezongos de Oscarito que se quejaba: Nadie quiere jugar conmigo. Nadie quiere jugar conmigo.

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Rodolfo y la Princesa

Volvía en puntillas a su dormitorio cuando un ruido en el cuarto de Rodolfo la detuvo. Era como un forcejeo, un rumor remoto de batalla distante. Oyó, contenida, una risotada, y también contenido, un estertor como un sollozo que se quiebra. Después, el silencio. Un estremecimiento recorrió de alto a abajo su esbelto cuerpo blanco al comprenderlo todo. Rodolfo, querido Fito - musitó con angustia. Imaginó su rostro frágil y fino: y la piel correosa y el corto cuerpo prieto de la muchacha de servicio. La anegó una piedad profunda por el niño y por sus diecisiete años difíciles. En puntillas, como si en sus manos hubiese caído un secreto de vida o muerte, se alejó de la puerta del dormitorio de su primo. A la hora de almuerzo todos callaban. Rodolfo

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miraba bajo, sombrío, con una angustia irrevocable dibujada en sus facciones infantiles. La muerte, invisible, parecía aletear en el comedor de sólidas caobas, rondando, escogiendo una presa. Mónica entrecerraba los párpados, no quería mirar, otra vez esa piedad lancinante de la noche era como una pesada piedra que se hubiera encerrado en su pecho impidiéndole respirar. La criada, de ojillos mongólicos (ella los veía cubiertos por una película de burla), servía eficazmente a la mesa; cada uno de sus movimientos parecía una provocación, un ritual de su soma en estado puro, elemental. Cuando colocaba un plato frente a los hombres se inclinaba innecesariamente y sus abultados pechos casi se derrumbaban sobre la mesa, desafiantes, como si los estuviera ofreciendo. Mónica, locamente, creía descubrir un acuerdo secreto entre ella y su tío Ataulfo, un acuerdo que alcanzaba a Rodolfo y unía con un lazo vergonzoso a la mucama y a ese ejemplar de magnífico bruto sanguíneo, de pelambrera de oso, que comía como un ogro y que cuando alzaba impensadamente sus redondos ojos selváticos descubría inesperadamente una inocencia de niño o de fiera. Su tío desarmó con un gruñido el compacto silencio. Adelina, lleva mejor al chico al médico, que no vaya hoy al colegio: está mal, no sé de qué, tal vez de la cabeza. Lanzó una carcajada simiesca, celebrando su chiste, que hizo trepidar las copas, mas nadie coreó su grueso humor. Adelina asintió displicente, incierta, con la eterna semisonrisa lánguida que nunca abandonaba sus labios finos. Era una mujer pálida, linfática, extensamente perfumada, cuya existencia transcurría entre salones de belleza y tecanastas, y tan bondadosa como prolijamente inútil y superficial. De todos modos tenía teorías. Le fascinaba o creía que le fascinaba el arte y disertaba largamente de lo que había visto por el mundo, Pompeya por ejemplo, que había visitado ese verano, la casa dei misteri con sus flagelantes,

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el matrimonio místico con Dios, pero en el fondo el amor pleno (decía bajando la voz), la unión de los sexos. Y la palabra amor sonaba en sus labios irreal y melancólica como si nombrara una entidad abstracta, algo que jamás hubiese conocido y que no llegaría a gustar nunca. Escrutó a su hijo, cariñosa pero sin mostrar inquietud, tal vez miraba a través de él a las petrificadas divinidades pompeyanas. Rodolfo les había dado tantas zozobras con su femenina fragilidad, su cambiante humor, sus mutismos, su amor a la soledad. El postre terminaba, estaba ya por llegar el café: pero Mónica se levantó (un cuerpo esplendoroso coronado por un rostro enigmático y unos helados ojos verdes que no permitían adivinar nada, veinticuatro años sin fervores ni pasión, casi estériles, como si estuviera cautiva en un acuario y bajo un hechizo), y se excusó levemente con sus tíos. Como siempre, la Universidad con sus vagos cursos que nadie sabía para qué podían servir: Economía de los grupos minoritarios, Historia de la involución paralela del progreso, Literatura comparada de Oriente y Occidente. Tampoco desdeñaba trabajar en veloces traducciones que se pagaban muy bien y en dar lecciones varias. Desde el rincón de la fiera peluda, cuando la muchacha abandonaba el comedor, partió un gruñido admirativo. Adelina no lo oyó, seguía limándose sus largas uñas con un rostro de profunda concentración. Rodolfo, huraño, no estaba en espíritu en la habitación, ya estaba en la noche. Y otra vez, era ya de noche. Su dormitorio parecía una lóbrega cámara de tortura alumbrado apenas por un difuso resplandor proveniente del exterior. Los mil rumores de la noche lo traspasaban como flechas indias. Sordos ladridos que contestaban otros sordos ladridos en un Morse aún intraducido. Croar de ranas románticas. Una mujer que lloraba todas las noches, no sabía dónde. La eterna riada de las máquinas que galopan sin destino en pos de

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una cita, de un descanso, acaso tantas veces del último. Y un grito disonante, cuasi humano, tan grotesco como hermoso era quien lo emitía: el pavo real de un vecino, albo como el manto de un emperador. Rodolfo imaginaba que su caja craneana estallaría súbitamente en mil pedazos, pero no le importaba: mejor, así terminaría esa terrible opresión, esa lava fundida que descendía hasta su corazón y se lo quemaba, esa sangre espesa que golpeaba como marejada sus sienes. Un ruido distinto y casi inaudible, que el percibió con la funesta lucidez del enfermo, sonó entonces muy próximo. ¿Venían por fin a buscarlo? Ahora no tenía nada. El ruido se disipó frente a su puerta, creyó oír una respiración entrecortada, anhelante, la puerta fue abriéndose lentamente, una elevada figura penetró por ella, avanzó hasta su lecho, se detuvo junto a él, una mano infinitamente suave cerró el grito a punto de estallar en sus labios, unas ropas cayeron al suelo como un remolino de plumas, un cuerpo blanco y suntuoso se tendió de espaldas a su lado sin rozarlo - grácil perfil de cordillera con volcanes y hondonadas y henchidas flores - descargando ráfagas tibias contra su cuerpo que temblaba, unos dedos increíblemente táctiles acariciaron su frente y sus labios, recorrieron levemente su pecho, su plexo, se detuvieron allí. Ahora Rodolfo sentía que la sangre fluía más lentamente desde arriba, que sus sienes se distendían, que las lancetas que torturaban su cerebro se desvanecían, que la horrible lava sobre su corazón se disolvía. Su cabeza, rápidamente, se enfriaba, mientras una ola tibia lo envolvía y arrastraba, mientras un río cálido empezaba a bajar primero lentamente la montaña, pronto aceleraba, luego su caudal se hinchaba con los deshielos de la primavera, serpenteaba entre la floresta y la tierra caliente, que palpitaba, irrumpía impetuoso por desfiladeros floridos, estallaba por fin con el estruendo de un torrente, decrecía y se apagaba en un cielo de paz, de beatitud. Todo dormía ahora, el río se había

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hundido y fundido dulcemente en el mar. La aurora se demoró ese día en llegar al dormitorio de Rodolfo, pero su luz se quedó en él, semanas, meses, años tal vez. Su primer rayo cayó sobre su rostro dormido y descubrió una boca entreabierta que sonreía levemente. Después bajó y sobre su pecho desnudo iluminó unas hebras de oro que parecían temblar todavía. Aunque no lo contó, Rodolfo había sido visitado por una Princesa del Norte portadora de regalos incalculables. Debió de ser una princesa de los bosques porque la habitación estaba impregnada con el perfume resinoso que despiden árboles y flores cuando sobre ellos cae el rocío y los acaricia la lluvia. Rodolfo, que en adelante nunca dejó de sonreír, anduvo también largo tiempo con el mismo perfume.

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El Gangster vá al Templo

Tal vez era el ronquido de los monos. Tal vez el bisbiseo de un ofidio. Era como una vaga música de castañuelas, de crótalos, que desgarraba la paz del templo que dormía envuelto en una especie de niebla rojiza como espuma de algodón. Pero la causa era otra. El ruido, leve pero insistente, lo producía un martillito acolchado que golpeaba rítmicamente sobre la cabeza de un diminuto cincel. El martillo lo esgrimía la mano de un hombre que estaba encaramado sobre una escalera de tijeras adosada al costado del voluminoso cuerpo de una deidad de más de siete metros de altura. Ahora, con su vehículo escondido entre frondosos baobabs, Harry estaba por fin cara a cara frente a la inefable sonrisa de Buda, que soñaba seguramente con las delicias del nirvana. Pero naturalmente no era el príncipe Siddartha

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quien le interesaba. Cuando contempló el rubí sobre su impoluta frente sintió que se le cortaba el aliento. Bajo el haz de luz de su pequeña linterna fue como si la joya estallase con la intensidad de un sol rojo. Por un momento, cegado, temió que ese incendio de luz lo delatara, pero nada interrumpió el silencio del templo. De pronto, en el compacto silencio, un rumor distante y difuso, casi inaudible. Puso oído atento y por un momento creyó que se había equivocado, pero no, ahí estaba: algo como un lamento, como un cántico plañidero. Se pasó la mano por la frente, húmeda y fría. No cabía ya duda. A la lejana melopea se sumaba un resplandor que temblaba cadenciosamente como si numerosas luces tenues como mariposas se agitaran en una onda empujada por el viento. Era indudable: había caído en una trampa. Seguramente lo acechaban. Tal vez hasta lo venían siguiendo desde Mandalay. ¿Por dónde huir? No le importaba abrirse paso a tiros, pero las puertas de la pagoda quedaban justo por donde avanzaba la fantasmal procesión. Siempre serían muchos para un sólo hombre aunque se tratase de un avezado profesional entrenado en Chicago. Apretó con furia la negra culata de su Luger y un rosario de maldiciones salió de sus delgados labios. Súbitamente, como si la escena hubiese sido enfocada por un “zoom”, los rapados monjes casi estuvieron encima de él. Se había engañado, no se trataba de una ronda sino de varias. Todas, ora se acercaban ora se alejaban de Buda como si cumpliesen un rito enteramente incomprensible para un occidental. La ronda más próxima, iluminada por las antorchas surgió en pleno frente a los ojos del gangster. Harry sostenía con una mano las herramientas y con la otra la pistola. El bonzo jefe levantó la mirada hacia lo alto y todos lo imitaron. Lo observaban, mas sus ojos parecían ciegos. El tiempo estaba detenido y ellos seguían mirándolo sin decir nada ni dejar de danzar rítmicamente.

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El buscador de tesoros creyó enloquecer. Esas pupilas impasibles, esos labios que musitaban incansablemente la misma monocorde oración, sí, era eso - contuvo un grito - querían hipnotizarlo. Algo se rompió entonces en el mecanismo del autómata sabiamente entrenado para matar. -Atrás, atrás - gritó. Ahora Harry reía convulsamente. No me vengan a mí con brujerías, malditos fanáticos. Pero sentía que la mano que apretaba la pistola perdía elasticidad como los miembros de un artrítico. Los bonzos no parecían oírlo, seguían acercándose, alejándose, igual que astros inmutables que cumplieran en el cielo su propia trayectoria dentro de órbitas preestablecidas. Y repentinamente la ronda se detuvo. Seguramente la ceremonia había terminado. Diez rostros, carentes de cualquier emoción, se volvieron hacia él. Con el más profundo respeto los monjes rodearon la elevada estatua del príncipe, y el gangster quedó en medio del corro. - Por última vez, aulló Harry levantando el arma: si alguien se acerca más lo mato. El bonzo jefe pareció salir de un sortilegio y por primera vez miró a los ojos del extranjero. Con voz suave pero resonante, en depurado inglés, exclamó semisonriente: -No te aconsejo, hijo mío, que dispares. Este templo tiene una extraordinaria acústica y un balazo aquí sonaría como una bomba y despertaría a las serpientes que se enfurecen cuando las sacan bruscamente de su sueño. ¿Serpientes?, preguntó Harry, sofocando un gesto de terror. Y el cincel y el martillito cayeron de su siniestra golpeando el piso con un ruido ahogado. - Sí, hijo mío, son por tradición los guardianes más antiguos y seguros de este antiquísimo templo. ¿Pero qué deseas - añadió? ¿Acaso el rubí? Es una piedra maravillosa, pero para Buda no vale nada. Somos sus adoradores los que insistimos en cubrirlo de oro y pedrerías cuando él desdeñó toda riqueza. ¿Qué quieres? Nuestra alma pecadora no se libra de la frivolidad. Harry escuchaba sin entender nada, su mente era

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un páramo, pero las palabras del sacerdote caían sobre él aprisionándolo en una realidad inextricable. Le parecía que sus certezas se esfumaban, que estaba desnudo en medio de un océano pronto a devorarlo. La voz calmada, en medio de esa penumbra espectral, era balsámica, adormecedora. -Suelta esa inútil pistola que ni siquiera podrías usar, tornó a decir. ¿No es cierto, hermanos? Y todos, uno a uno, los bonzos fueron contestando sí, pero - un increíble más - algunos lo hicieron en inglés, otros en francés, el de más allá en alemán, uno en ruso, dos en español y uno en italiano. El gangster creía estar soñando. Porque todos se presentaban con una sonrisa cálida en los labios. Y había un hermano John, un hermano Dimitri, un hermano Egmont, un hermano Pablo, un hermano Luigi, un hermano Jean Louis era una legión extranjera mística perdida en la selva birmana. Sin que Harry el rápido se diera cuenta el anciano sacerdote había trepado junto a él. -Mira, hermano de Chicago (¡también sabía eso!), no es golpeando como se puede soltar el rubí. Basta con presionarlo, así. Y la fulgurante piedra, en un instante, rebrilló en la mano del bonzo que la depositó en el suelo. El norteamericano se abalanzó sobre el rubí con la sensualidad de un avaro que para seguir viviendo necesita acariciar el objeto de su adoración. Los bonzos lo observaban en silencio. El sumo sacerdote parecía meditar. Harry, con la delicadeza de un enamorado, tembloroso de pasión, palpó la piedra. Luego quiso tomarla para llevársela. Olvidó todo, que estaba en una trampa, que los enemigos eran muchos. El único obstáculo - absurdo, estúpido - fue el peso de la joya. Un bloque de granito habría sido más liviano. Era como si estuviese soldada al suelo. ¿No sería algún encantamiento de los fanáticos? Si era así, también obraba sobre él: se sentía vacío, despojado de energía y de furia. Sólo un deseo subsistía de sus viejas pasiones: mirar eternamente ese rubí aunque no pudiese ser suyo, vivir

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junto a él acariciándolo, experimentar su presencia como un sol cálido lejos del cual el mundo le parecía despojado de todo sentido. Ya ni siquiera le interesaba su valor. Como un tumor maligno la angustia le oprimió el pecho y el dolor desfiguró sus facciones. -Sufre, hermano, sufre, le aconsejó el anciano. Es bueno. Cuando llegamos aquí también sufrimos. Como tú, ninguno de nosotros pudo apoderarse de la piedra para hacerse rico. Ahora en cambio sentimos que no pesa más que una lágrima. Una lágrima de sangre. ¿Ves? Y le indicó la frente de Buda donde, lentamente, se coagulaba una gota roja. La ronda se había reanudado, las lucecitas de los bonzos se alejaban como mariposas sonámbulas, y Gautama volvía a dormir con su eterna sonrisa bienaventurada. En la sombra creciente, era imposible saber si el hombre que estuviera a sus pies se había ido o si alguna otra luciérnaga habíase incorporado a la procesión que seguía girando, girando, en espera del relevo de la luz del amanecer.

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El Tío que fue al Kalahari

- Cuéntanos tío cuando fuiste al Kalahari. - Bueno, pero Fernandito que es tan astuto y ya toca la guitarra que nos diga antes lo que sabe de ese desierto. - El Kalahari - recitó Fernandito - es un desierto reseco y muy desierto, custodiado por leones que sufren una permanente insolación. Está en el Africa del Sur y antes de que llegara el tío Aurelio era prácticamente desconocido. - No tanto, gruñó sonriente el hombrón de bombachas y blando sombrero alón, todo un Garibaldi por el brillo de su mirada. Los cinco niños lo rodeaban admirativamente aunque habían escuchado la historia infinidad de veces. Los Sicomoros y los Baobabs resplandecían de humedad en la lánguida Plaza de los Libertadores. Ellos también, pero ni pizca que los afectaba. Aurelio volvió a sonreír. 149


- Bien, ahora cuénteme alguno el tamaño que tiene el desierto. - ¡Inmenso! la respuesta fue general. - Sí, ¿pero de qué porte? ¿Como el de Gobi? ¿El de Atacama? (¡pscht, chileno, comentó Pepito). ¿Acaso como el del Sáhara? Hugo, el mayor, decretó con orgullo que era el más grande de todos porque lo descubrió el tío. Aurelio al fin tuvo que recontar una vez más su aventura, que lo enajenaba y arreando el bullicioso niñerío regresó a casa para cebarse un mate y descabezar una siesta. Luego, cuando amainara el resplandor dorado (no soportaba el sol), bajaría por la Avenida de los Magnolios con sus silenciosas mansiones estilo colonial americano con un injerto “exótico” sudamericano para corregir por enésima vez los originales del libro que le daría fama imperecedera: Un Sudamericano en el Infierno del Kalahari. Pensar que él había estado en Africa lo enajenaba. No se había enterado de que hablaba en voz alta y casi embistió a un caballero de Jipi Japa que subía en sentido contrario. - Que... alcanzó a decir el otro, pero se detuvo súbitamente con rostro cordial. ¡Don Aurelio!, que grato encuentro. Alcancé a oír sus palabras. El Kalahari indudablemente debe de ser maravilloso. Y el antiguo explorador y el maestro de la Escuela, don Sofanor, siguieron juntos bajo una súbita llovizna tropical, que caía con un sol de fuego. Aurelio, bajo su chambergo rissorgimento, tenía la impresión de que los sesos se le derretían y le fallaba el entendimiento. Entonces le parecía imposible que él, el hijo del poeta local, el estanciero venido a menos don Venustiano de Tarsis, casi inválido en la umbría mansión de Clemátides, vencido por el recuerdo de una hija que se fuera con un tahur de Buenos Aires o de Santos por esos mundos de frigoríficos y de montañas de cafetales hubiere realizado tal hazaña. 150


Al hijo le cabía restaurar el lujo colonial y el libro sería la llave, el primer paso. ¿Y después?. Conferencias, visitas al extranjero, acaso la colaboración pedida por los organismos internacionales para una Sección Kalahari en los Museos de los Desiertos. Suspiró hondamente y sus ojos negros, con algo del coraje del niño, despidieron fulgores. El destino hace jugadas asombrosas. Cómo habría podido imaginar que cuando su padre lo envió a correr mundo a Europa, conforme a la vieja tradición criolla, éste estaría esperándolo en un recodo de París. Nacían los sports y los elegantes de Champs Elysées, de levita y pantalón ajustado, pedaleaban locamente haciendo cabriolas y saludando a las bellas cobijadas por la foresta de los jardines de las Tullerías. La motocicleta, esa bicicleta de segunda generación, hacía su debut triunfal chirriando horriblemente y despidiendo nauseabundos vapores de nafta. El público popular lo aceptaba espontáneamente, pero la élite, britanizada, la rechazaba. Aurelio cayó bajo su magia y el cielo de París lo vio hacer sorprendentes piruetas. La prensa mundana habló de él, el criollo que reemplazaba el caballo del llanero y del gaucho por el centauro que saltó desde los ríos cenagosos del Amazonas y las pampas al Faubourg. Lo entrevistaron y Aurelio, con orgullo americano, declaró que montado en ese ingenio era capaz de ir al fin del mundo. Los periodistas son enredosos y enganchan a la gente en las peores locuras. ¿Hasta el fin del mundo?, insistieron. ¿Aun al Polo o a los desiertos? Sí, a los desiertos, respondió Aurelio imperturbable. ¿A qué desierto? - volvieron a la carga. La asociación de ideas fue inmediata, efecto de la lectura de esa mañana del Ilustrated London News. Al Kalahari, replicó sin vacilar, pensando en una especie de vacío Sáhara. La palabra estaba dada. Alea Jacta Est. Los empresarios, con su olfato de siempre, dijéronse: he aquí nuestro hombre, él “lanzará” definitivamente nuestro vehículo, la mejor moto del mundo. El hijo de Martín Fierro, 151


de Artigas, del doctor Francia (¡admirable!: ¡Francia!) para la hazaña del siglo en la máquina del siglo. Los sloganes nacían espontáneos. Ahora Aurelio ya estaba solo, como el primer hombre, junto a un frágil montón de fierro en un continente más hostil, listo para ahogarse en un mar de arena del tamaño de Francia. Monsieur Le Page, el más poderoso industrial, lo había atado a un contrato que nadie rechaza: el de la gloria. Habría podido llegar por la ruta más natural bordeando todo el occidente africano después de Gibraltar. Aprovechando la apertura del Canal de Suez, prefirió el itinerario más romántico, el de los lusitanos que iban a las islas tras las especies. Fueron largos y tediosos días siesteando sobre las aguas hirvientes del mar Rojo y entrar al Estrecho de Madagascar. Pocos uniformes blancos, funcionarios coloniales de Salacot de drill, embutidos en sus uniformes de rigor. El crucero fue largo pero lo sintió como un suspiro: su mente estaba llena de imágenes con un solo nombre: Kalahari. Cuando menos se lo esperaba, una costa baja y pantanosa, casi flotante, que no parecía tierra firme, un cielo lívido, algunas figuras de ébano brillantes y violáceas. En lontananza, una sombra inmensa, ambigua, tal vez Lourenco Marquez. Secundado por un boy, Aurelio desembarcó su valioso equipo. La mejor moto del mundo: Soleil. Se le había provisto hasta de un toldo para mitigar la lluvia del fuego celeste que ahí abundaba. Un par de fusiles de repetición capaces de abatir a un rinoceronte o a un león al saltar. ¿Para qué? había preguntado Aurelio con irritación. En el Kalahari no hay fieras de que defenderse. El señor Le Page lo había mirado furiosamente. Mon cher Aurelie, necesitamos tener un héroe vivo y no un mártir muerto. De este modo lo había cargado también con algunas salvas menores y tantos cartuchos que parecía para una nueva guerra. El resto del equipo 152


era el corriente: víveres concentrados, y agua que por supuesto no alcanzaría para mucho si antes no descubría algún pozo. Sólo se podía conjeturar desgraciadamente si existiría alguno en este gran Vacío o la Tierra del Miedo, como le llamaban los zulúes. Desde Lorenzo Marquez un trencito que parecía pintado por el aduanero Rouseau, lo llevó traqueteando entre nubes de calientes mosquitos y a través de una floresta animada por pequeñas bestezuelas que exhalaban horribles berrinches cuando las brillantes ruedas metálicas las pulverizaban. Los bananeros, con sus grandes hojas como parasoles eran apartados violentamente por el trencito que se desplazaba cansinamente. Los pasajeros nativos, cubiertos con géneros multicolores se asomaban medio cuerpo afuera de la ventanilla y cogían al azar enormes frutos. No supo cuánto duró el viaje. Súbitamente el tren se detuvo. Era para él el fin de la línea. Una vía que corría unos metros paralela subía ahora hacia el norte, donde a la distancia, como una inmensa nube traslucida, se adivinaba una ciudad europea: Pretoria. Aurelio se sintió un enano, solitario sobre una tierra verde y sudorosa y junto a los restos de una destartalada estación en cuyo recinto, como si fueran cabras, pastaban antílopes de ensortijada cornamenta. Sólo su equipaje, reunido al azar, le daba una sensación de civilización. Se congregaban los cargadores para el safari hasta la ribera del Kalahari. Precisando hasta los Goberones, el último puesto de avanzada en esa remota Bechuanalandia. Por primera vez usaría la moto maravillosa manufacturada en Vincennes. Se agachó para examinarla pero una bomba de líquido lo interrumpió. Monsieur Aurelieu. Era un hombre alto, cetrino, negroide elegantísimo. Hablaba en una especie de lingua franca. Muchos colonizadores, seguramente, habían atropellado la vida femenina de su ascendencia. 153


Vengo de Pretoria, explicó. Periodista Sam Tolousse, para servirle. El Star de la gran ciudad me envía a entrevistarlo. Aurelio hizo un gesto hosco. Diga. Queremos saber a qué viene al Kalahari. Es un secreto. ¿Un secreto? Malo, malo. Asunto para la autoridad. Lo retendrán. El criollo comprendió que había dado un paso en falso. Era lo que menos deseaba. Digamos - rectificó - que busco un tesoro. ¿Tesoro? Peor aún. Cuando mañana salga en mi diario la noticia, decenas de sabuesos seguirán diariamente su rumbo. Aurelio lo miró sin disimular su angustia. Toda su aventura terminaba antes de empezar. La promoción de la moto era la gran noticia que se reservaba para el final. Así estaba cuando una idea, como siempre, rompió las tinieblas. Amigo periodista, usted se engaña como le pasaría a cualquiera. Diga a sus lectores que este joven de las Pampas del otro lado del mundo busca aquí un tesoro distinto, que no es de oro ni de pedrerías. Lo que busco es la soledad de un mundo distinto, con más cielo que el paisaje más colosal, sin fieras, sin odios, único en su silencio. Creo que sólo así es posible encontrar a Dios. Aurelio estaba transfigurado, parecía un antiguo vate. Y monsieur Tolousse también se había emocionado. El sudor ahora no sólo manaba de sus albas ropas sino que enturbiaba sus ojos. ¡Bravo, bravo!... Gritó echándole los brazos al cuello y su aliento a ajenjo. Es usted un héroe, y todos los lectores del Star hablarán pronto del idealista y valeroso joven americano. Y así fue. El safari se puso en marcha, encabezado por Aurelio montado en su increíble moto, y ningún percance se sucedió hasta llegar a las orillas de un gran río: el Limpopo. Desde allí a la ciudad de Kayengue la marcha, aunque era bastante larga, parecía un paseo. La caravana se deslizó 154


entre sus pintorescos muros que ya soportaban un calor seco, como anunciando el cambio de escenario. Aurelio paró la moto en Kayengue en una espera inquieta del alba. Cuando el cielo se encendió por el este estaba listo para el asalto. Al salir del poblado y quedar atrás las últimas casas, una especie de niebla ardiente le azotó el rostro. En lontananza se divisaba una especie de nube rosa. Todavía demoró un rato y como si hubiera saltado de un planeta a otro, bajo sus pies había una línea roja tan nítida que parecía pintada. Era ya el desierto del Kalahari. Una emoción inexplicable lo sobrecogió. Las arenas se extendían hasta donde alcanzaba la vista. Desmontó un instante y echó una mirada en torno con más orgullo que Balboa mirando desde lo alto el Atlántico y el Pacífico por él en ese instante descubierto. Fue su oración de conquistador. Como el sol ya se elevaba, extrajo la toldilla y la colocó en su nave del desierto. Rugió el poderoso motor y arrancó como una llama. No estaba seguro si seguiría a Goberones, que no tenía más interés para él, o si cortar en diagonal, buscando siempre el noroeste, donde le atraía más la tierra. Por horas y horas, mientras declinaba la luz, se deslizó velozmente sobre esa arena inmutable, que sólo cambiaba de tonalidad a medida que el cielo se oscurecía. Una que otra roca fragmentada por las variaciones térmicas, rompía la uniformidad del paisaje. No hacía calor. Aurelio sabía que esa tibieza se convertiría en un frío espacial cuando fuera plena noche. Escogió pues un risco más elevado y junto a ese muro lunar levantó su pequeña carpa. La costumbre, cuando el cansancio le cerraba los ojos, hízole encender a la entrada un pequeño fanal como buque extraviado en el océano ¿mas quién podría atacarlo? Su manual era definitivo: no había en el Kalahari ni salvajes ni fieras. Salió al aire libre un minuto antes de desplomarse sobre la litera. La atmósfera, vaporosa, en movimiento, parecía dibujar aéreos fantasmas. Y un ruido lejano pero espeso, como de gong, parecía llegar desde las estrellas con gemidos, gritos, tal vez hasta rugi155


dos informes. Se sonrió. Un desierto es como un inmenso espejo reflectante. Tal vez era el “fantasma” de una gran ciudad - Pretoria, capital de Johanesburgo -, que le traían las arenas rojas a su ambiciosa soledad. Entró a su tienda y no supo más nada. Se sucedieron dos días más sin novedades. A esas velocidades, corriendo siempre en línea recta, debía estar ya muy adentro del Kalahari. Decidió torcer al norte para ver si el terreno cambiaba. Echó una mirada en redondo. Una ligera ventisca amarillenta ondeaba sobre el manto arenoso, infinito. Era ya entrada la tarde, pero el sol no se movía. Parecía un sangriento rubí o un ídolo hindú o egipcio. Siguió corriendo en la noche creciente como si necesitase sentir el ronroneo ya familiar de la máquina para saber que no estaba solo en el universo. Pernoctar en la misma coordenada y, al alba, con las estrellas empalideciendo, emprendería el nuevo rumbo. Veló hasta bien avanzada la sombra de la noche sólo rota por el foco de su máquina, devoró distancias como un bólido. El cansancio al fin lo venció y cuando cerraba los ojos en su confortable carpa tuvo la absurda sensación de percibir un perfume de flores, un relente de un mundo cuajado de verdor y colores. Era el décimo día de su estada en Africa. Como siempre, esa mañana, allí estaba el sol. Todo era igual. En la tierra no, algo había pasado que una tenaz modorra no lo dejaba percibir. Sus ojos tampoco, semivelados, discernían bien el fenómeno. Tambaleante se aventuró unos pasos fuera de la carpa y entonces - ¡oh locura! - unos gallos cantaban. Pero las gallos no eran de ficción aunque tampoco existían. Mirándolos atentamente desde pocos metros había cuatro monstruos como Gárgolas, uno de unos treinta centímetros, que no habría sido capaz de concebir la más desatada imaginación. Cuando, sin dejar de observarlos, retrocedió algo, movido aún por el horror las misteriosas fierecillas volvieron a cacarear, y Aurelio,

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observando sus tristes ojos repujados en una rugosa piel azulada debajo de su cresta dentada y sus colas que se agitaban espasmódicamente, ya no tuvo duda: los monstruos eran dragones o fantasmas de esas fieras legendarias. Las sorpresas increíbles no terminaron allí ese amanecer. Los dragones gallos desaparecieron tan fugazmente como habían aparecido. Había sido un simple reconocimiento del extranjero. También eran guardianes de esta tierra como eran los leones, según rezaba la tradición. Los monstruos eran un detalle, lo que vio ahora no. El Kalahari se había evaporado. Su tienda estaba clavada medio a medio entre la línea roja y una tierra café verdosa que se extendía hasta el más distante horizonte. Durante su última frenética galopada había dispersado las arenas. Ahora al frente, se alzaban pequeñas masas verdosas que se espesaban a la distancia, dejando adivinar la vida vegetal, incluso animal, por la visita que recibiera. Podía ser un gran oasis, pero no lo creía por numerosos síntomas, principalmente por el aire fresco y húmedo que respiraba. Era una delicia presentir el agua, las flores todo cuanto hace amable la vida. Mas este espectáculo sin embargo no era una compensación. Estaba como si hubiera recibido una golpiza. Es un golpe bajo, repetíase. Una gran estafa si el Kalahari era un fraude, unos pocos cientos de millas de arena y no un gran desierto como decía la geografía. Su periplo había sido en vano , un fiasco, y él no era ni más ni menos que un estafador. Su honor ya no valía nada. ¿Qué diría papá en su villa de las Clemátides? ¿Y los admiradores de todo el mundo que seguían el rastro de su aventura en las columnas de los diarios?. Nunca más se atrevería a hacer gracias sportivas en el bois vestido de inglés o acompañar a una dama a la Butes Chaumont. Pero Aurelio era un bravo barón de pelar y no bien el desaliento se atenuó ordenó su equipaje y, sin vacilar enfiló su máquina hacia el nuevo país que se abría ante él. El desierto era ya una ilusión lo que tenía al frente era ahora lo que le interesaba. Caía la tarde y el escenario cambiaba por minutos. El terreno re157


cubierto por una hierbecilla cada vez más verde y cortada por sotos y macizos de retorcidos arbolillos estilo japonés ondulaba continuamente como si lo golpeara el viento de distantes cordilleras. Supuso de pronto que había derivado profundo hacia el interior del continente y que ya no sabía que podía encontrar. Tuvo una corazonada y sacó el compás. Con precisión absoluta éste le reveló que estaba sobre la franja de Capricornio. Era el calor del trópico no del acalorado desierto el que azotaba su piel. No tuvo tiempo de reponerse de su admiración. Un trompeteo múltiple, un estertor en que había angustia y fiereza, lo paralizó. El trompeteo sonoro se repitió dos o tres veces forzándolo a pegarse sobre la hierba como si quisiera hacerse invisible. Por primera vez, era la llamada de la selva, las voces ancestrales del bestiario inmemorial. Pero nada debía detenerlo. A media milla advirtió una masa grisácea. Aceleró el motor y en un instante estuvo junto a ella. Sus manos se aflojaron sobre el manubrio y la moto, por inercia, se detuvo volcando. Su cerebro era una confusión y de esa confusión surgieron unos enormes elefantes entrelazados como luchadores japoneses, tal vez muertos ya, seguramente los gladiadores cuyos bramidos llegaron a sus oídos aterrándolo. El joven de las llanuras sudamericanas había sido testigo próximo de una de esas luchas implacables que tienen por escenario la gran selva tropical. Era un privilegio y un orgullo para su casta que sólo buscaba reverdecer sus blasones. Mas la sorpresa no terminaba ahí. Cuando Aurelio se acercó más casi no creyó lo que veía y tocaba: los elefantes eran de piedra. Ahí, en ese pequeño calvero, descubrió un refinado grupo escultórico que por sus airosas curvas y perfección en el tallado parecía modelado por artistas del Asia sudoccidental. ¿Qué civilización había nacido y muerto en esa insondable selva donde hoy sólo hervía la vida salvaje? Se durmió como un trompo y al despertar tuvo la impresión de que había montado en sueños en su vehículo

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y subido otras cuantas millas hacia el norte. Tan diferente el paisaje. Estaba como encerrado entre la manigua tropical, lujuriantes baobabs, elevados helechos y un inextricable tejido de lianas de un verde intenso que llegaba a ser negro. Trémulas orquídeas y enormes hibiscos palpitantes, casi humanos, se alzaban en las márgenes de un lánguido río ululante de cocodrilos, tal vez un afluente del poderoso Limpopo. Con sus bártulos, no sabía cómo, estaba tendido en esa playa verde junto a su carpa desplegada. La tierra y el agua zumbaban de vida y rumores y chillidos, aunque predominaba una nota sonora que se expandía hasta el cielo, como si alguien muy distante pulsara un órgano gigante. Aurelio estaba hechizado. Veía rellados depredadores y diminutas alimañas que comían entre sus pies, pero nada parecía conmoverlo. El éxtasis tenía que romperse. Escuchó como un pesado vuelo y una negra pantera saltó sobre él sin rozarlo y fue a dar al río sobre el lomo acorazado de un cocodrilo de poderosa cola. Los ojos del saurio se incendiaron súbitamente. Las mandíbulas del gato funcionaban como un fuelle. Pero el saurio, en su elemento, arrastró a su adversario a las aguas profundas de donde regresó sin jinete y con un brillo sardónico en sus crueles ojillos. Desde entonces el rifle y los pistolones siempre estuvieron a mano de Aurelio. El joven descubrió con angustia que el problema se agravaba. Entrar en Africa había sido fácil, salir parecía difícil. Su moto, dromedario sin par en las arenas ahora le servía más bien de peso y estorbo. Lo peor es que los problemas hacíanse ya urgentes. Sobrevivir en ese vivero de fieras, era lo primero. Con maderos y bejucos construyó rápidamente una maltrecha cabaña y a la noche encendió una fogata que alejaba algo los gruñidos por el atávico miedo de las fieras al fuego. Mas aún así, hasta dormido, se sintió toda la jornada cercado por el anillo de fieras listas para saltar sobre su garganta. Lo recibió un sol cruel y fulgurante, fue a revisar su equipo y entonces el cielo se oscureció repentinamente. Escuchó como el sonido de 159


una varilla que se quiebra, una especie de cascabeles y una gota de sangre que estampaba su rodilla. Entrevió a la distancia una gruesa liana que reptaba vertiginosamente hacia la espesura. Sintió que la parálisis aumentaba por momentos. Casi inconscientemente, con el filo del puñal, hizo sobre el punto bermejo una dolorosa cruz. Y luego chupó, chupó, como nunca había chupado, ni cuando bebé. El momentáneo alivio, mientras desfallecía, le permitió enrojecer la hoja metálica en la inextinguida fogata y aplicar a la picadura el hierro candente. Se salvó de sentir la sangre achicharrando como un buen bife de su tierra. Entonces él ya no oía, veía ni sentía nada. Aurelio entró por el camino de la serpiente en un mundo de visiones, fantasmagóricas, difícil de describir y aún de creer. No supo cuando tuvo conciencia de que algún esbozo de percepción, difusa aún, había penetrado en él. Oía voces, figuras difusas, pero nada lo asombraba. Sentía como si lo hubieran metido en una enorme choza húmeda. Enormes guerreros de lanzas amenazantes habían bailoteado en torno a un espeso brasero una danza cadenciosa. Sus gritos eran histéricos en la noche. ¿Sería de noche?. Un rostro dulce se inclinó sobre él tratando de abrirle la boca para hacerle comer una pasta verdosa que había salido del brasero. Intentó resistir, pero había una luz inmensamente humana en esos ojos y sus pechos, como negras flores tropicales, rozaban su piel. Cerró los ojos y entregó su alma a los dioses africanos. Unos jóvenes de una expedición inglesa, vadeando un lento río, divisaron de pronto un risible espectáculo. Una piragua discurría aguas abajo, cubierta por un esmerado toldillo de bejucos. Sobre ella un blanco dormitaba al parecer apaciblemente. Lo más desconcertante, sobre la ligera cubierta se veía una espléndida moto. ¿Qué te parece Johny? - dijo el más alto. Mecánica en el Kalahari. Aquí hay un misterio. - Sí - asintió silencioso Johny. El misterio se aclaró no bien Aurelio, ya repuesto,

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pudo contar quién era y su misión. Cuando dijo melancólicamente que había fracasado, porque el desierto apenas tenía arena, los ingleses se rieron y lo palmotearon calurosamente. ¿Fracaso? Era la mayor victoria, pues justamente había deshecho un largo infundio demostrando que el Kalahari era un reservario de vida. En pocos días el joven subía por la costa occidental de Africa caleteando hacia Europa. Recepción apoteósica. Contratos, ofertas de todo tipo. Mas súbitamente la nostalgia del mate y sus caballos lo hizo abandonar todo y el viaje al terruño fue más largo que todos. Y ahora se había quedado dormitando con sus recuerdos avivados por sus sobrinos. Llegó la noche y él seguía ahí, en su calurosa terraza de la vieja mansión. Cuando dieron las once, de capa y cambergo, se escurrió silenciosamente hacia cielos e infiernos que sólo él conocía. Esa vida aventurera hoy dormida siguió funcionando automáticamente durante un tiempo; pero los recuerdos volvieron más intensos con una noticia. En el diario local de su amigo Braga se anunció que pasaría por la ciudad un célebre explorador africano que había estado en el Kalahari. El pueblo batió palmas. De igual a igual, el héroe de casa podría encontrarse con el extranjero para ilustración de grandes y chicos. El suspenso duró varios días. Infortunadamente, nadie conoce las contradicciones del destino. Una fiebre maligna, tal vez la malaria, tumbó en cama al coloso que en su delirio no pudo recibir al ilustre trotamundos. Un modesto anofeles le robó a la villa el honor de aparecer en la prensa internacional. La población lloró el mal de Aurelio como si se hubiese muerto. Y tal vez había muerto treinta años antes. En el Kalahari.

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II Mixtificaciones


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El Oso Impío

El oso era una de esas fieras que acompañan a los titiriteros para divertir a los niños y a las poblaciones rurales. Tenía que ser salvaje porque ningún Panda ni bestia ha estado en el Artico y regresado a la civilización. Pero ahí estaba bailoteando torpemente en el corro de oficiales del campamento que lo aplaudían como si fuese el Barnum o el Gran Circo de Moscú. Mirando escrupulosamente sus impíos ojillos enrojecidos enmarcados por su densa y valiosa piel, una duda asaltó al canadiense, el capitán Simons. Esos gestos apachonados, esos aires terriblezcos - inexistentes habitualmente en el Panda - delataban al asesino nato. El clima empezó a variar y todos penetraron en la estación meteorológica, incluido el oso. Este depredador no era tan peligroso sabiéndolo tratar. En la alta noche el capitán contempló como una rosa blanca destellando en

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el Cenit. El círculo de los que sabían se cumplió. Lo creyó el coronel Sir Percy y el coronel Nekrasov. Decidieron perseguir continuamente su rastro en la nieve. Y encontraron la prueba. La jauría ensangrentada que teñía de violeta el cristal. El gran banquete fue al pie del muro de la infranqueable Barrera de Ross. Fue el peor desastre en su transportación animal, con víveres desaparecidos y roídos. Nuestros oficiales concluyeron que el enemigo tenía que morir. Por el bien de todos. Era él o ellos. Pero el oso era astuto como mil diablos. No debía descubrirlos. Procedieron sabiamente. Tendiendo una red china. Dominados por el miedo, como estaban, se entregaron despreocupadamente al baile. Simons había atrapado un lobezno que estaba tiernito y la mitad de la presa, separada para él, había sido impregnada de veneno. ¡Repugnante! Mas la suerte de muchos y de todo estaba en juego. Los comprometidos sabían que estaban bajo el ojo inescrutable de los cielos. El oso sentía al lejano abuelo cazador. En lo mejor de la reunión el Panda se paró con toda su elevada estatura y lanzó horribles quejidos. Todos se levantaron también como para escapar temiendo un ataque del monstruo. Pero aún no llegaba el instante. Hubo una pausa, un estertor que imaginaron era el mortal, y la fiera arrojó lejos de sí mesa y sillas y, desgarrando la carpa, salió al aire frío. Nekrasov, desatinado, en medio de un loco furor, apuntó la pistola que trató de desviar Sir Percy. Mas la bala, dos, tres, se escucharon con pavoroso retumbar. El hielo se había quebrado y por un costado corría un río tan ancho como el Támesis. Todos corrieron a sus orillas por si asomaba, ¡Dios me perdone!, pero un gluglú se cerró como carcel mecánica a sus espaldas dejando estremecido a todo el campamento. Apareció detrás de las empalizadas el general. Se detuvo con gesto displicente y les dijo: Tendrán que pagar por esto... Ellos lo miraron despectivamente de alto abajo: “No hable usted de cosas que no entiende”.

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El Ultimo Cantar de los Cantares

Los dos reyes se encontraron en lo alto del monte Moria. En el cielo, sin una nubecilla, resplandecía el glorioso sol de la primavera israelita. Salomón era el más viejo. Sus ojos ahora sin brillo no miraban ya sino la tierra como implorándole su materna acogida. Hiram, el fenicio, conservaba asomos de audacia en la apostura y todavía acariciaba ilusiones: soñaba con navegar en sus cóncavas naves y aspirar el aire de futuro que - según le informaban - soplaba ahora desde Occidente, donde surgían de la Muy Verde poderosos estados isleños. El aire era cálido en la tarde jerosimilitana y esclavas envueltas en transparentes gasas aparecieron sobre la gran terraza de pórfido con refrescos y frutas en cinceladas copas de alabastro y fuentes de oro macizo. Esa morena, bromeó Hiram mirando a Salomón, podría ser tu sulanita. Y al decirlo una ráfaga de concupiscencia pareció golpearlo de alto a abajo. El autor de El Cantar de 167


los Cantares no movió un músculo. Desde donde estaban dominaban el templo, la Casa de Jahvé. El mayor monumento a la gloria de Salomón. - Animo, amigo mío, exclamó el soberano de Tiro. Mira en derredor. ¿Acaso no es cierto, como tú escribiste, que “ha pasado el invierno, hanse mostrado las flores en la tierra y el tiempo de la canción es venido”?. Salomón, el más sabio de los hombres, agachó la cabeza y no contestó nada. Pero Hiram volvió a la carga tratando de levantar la moral de su antiguo compañero. - He leído tu admirable Eclesiastés, tan ponderado por la crítica internacional, y creo que los juicios se han quedado cortos (Fugaz relámpago en las pupilas del rey israelita). No soy un especialista, pero para mi gusto supera en profundidad y belleza a la filosofía de otro gran pensador coronado, el emperador Marco Aurelio. Salomón dio un largo suspiro como si saliera de su ensimismamiento; mas el fenicio no quería perder su turno de hablar. - Pero, ¡ay! Salomón, creo que tu Eclesiastés, con toda su hondura distorsiona tu propia realidad vital, es infiel a tu rica experiencia y sólo trasluce este presente que las canas y las arrugas no hacen alegre. Reflexiona: pontificas, admirado amigo, sobre la vanidad. Y afirmas que todo es vanidad, vanidad de vanidades, que no hay ni provecho ni nada nuevo debajo del sol, que en el fondo da tanto ser sabio que necio, pobre que rico, feliz que infortunado, que ni aún de noche reposa el corazón del hombre. - Cierto, muy cierto, pero eso ¿significa algo? Tú mismo inválidas esta sombría filosofía del desencanto cuando expresas que para todas las cosas hay sazón y todo tiene su tiempo: Y entre todos esos tiempos apuntas a los que nos dan la clave: tiempo de amar y tiempo de aborrecer. Salomón daba ahora la impresión de oír y una nube se formaba en su frente. Hiram, sicólogo intuitivo, detectó el cambio en el aire. Y con la franqueza que abor168


dó siempre sus negocios, le dijo: - Confírmame que tengo derecho a hablarte así o desde este momento cerraré mis labios. Sus palabras arrancaron al rey judío de su ensueño. Y su mirada, que tal vez perseguía el rostro de la flota que le traía el marfil, los metales y los simios y pavos reales de Tarsis y del oculto país de Ofir, se posó cálidamente en el monarca Tirio. - No te engañas, compañero de juventud, dijo. Eres el único que puede decirme sin reparos cuanto pienses de mí. Pero ten compasión de este anciano y no traigas a su recuerdo las imágenes de sus años felices que sólo acrecientan su dolor. Mientras Salomón descargaba su corazón, Hiram también se veía a sí mismo joven y vigoroso al frente de sus navíos de cedro hendiendo las olas de los siete mares. Mas su recuerdo era alegre y estimulante como el vino del las colinas de Hebrón. No podía callar ante su acongojado amigo. ¿Acaso no es verdad que fuimos felices, maravillosamente felices? ¿No es verdad que la vida nos sonrió durante mucho más tiempo que al común de los mortales? No, Salomón, lo que fue no es mentira por mucho que hoy no sea, ni la mujer es más amarga que la muerte como pregonas actualmente. Es siempre como la de tu Cantar de los Cantares: “Su ombligo como una taza redonda que no le falta bebida; su vientre, como un montón de trigo, cercado de lirios; sus dos pechos, como cabritos mellizos de gamo”. Y tampoco es mentira que tú fuiste ese amado que venía saltando sobre los montes, brincando sobre los collados, semejante al gamo o al cabrito de los ciervos. - ¿Negarás este pasado porque el presente no puede ser sino el que es cuando se ha vivido largamente? ¿No recuerdas a Balkis y su peregrinación para conocer al rey más grande de la tierra? ¿Habría sido mejor ser infortunado entonces, cuando reventabas de virilidad y fantasía, que ahora que ya no puedes gozar como antaño?

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Medita sobre los que son desgraciados no en uno de tus tiempos eclesiásticos sino en todos. Es triste reconocerlo, pero es así: la sabiduría de nosotros, los viejos, es una sabiduría de fin de la vida, no sirve para los que tienen todo el camino por delante, a veces ni siquiera enseña a bien morir. Tu Eclesiastés - y perdóname nuevamente es más la reacción del que ha quedado al margen de los placeres que la meditación del pensador angustiado por la condición humana. - Otra prueba más de la tragedia que representa la vejez es que sea tu proveedor, tu arquitecto, tu marino, quien se atreva a decirte estas cosas. ¿No vale más la lección de Job, que mientras más calamidades caían sobre su cabeza, más bendecía a Jehová?. El fino y bronceado rostro de Hiram había adquirido un curioso resplandor. Mientras hablaba el fenicio los ojos de Salomón, menos velados, observaban en derredor como reconociendo el escenario de sus grandezas. Dio un largo suspiro y profirió en voz baja y entrecortada, como si las palabras le costaran un esfuerzo enorme: - No puedo culparte por pensar así. Un gran rey no debe terminar su vida lloriqueando como un empleadillo cualquiera sobre el esplendor perdido. Sí, evoquemos mejor - como tú dices - esos días arrogantes en que el corazón latía con violencia, la sangre circulaba más rápida y las manos no parecían hechas sino para acariciar la carne femenina, las sedas y las perlas. Ah, fiel amigo ¿te imaginas mi vida entonces? Setecientas esposas reinas y trescientas concubinas cual más bella tuve en mi palacio. Hiram ironizó alegremente: Demasiadas para servirlas como se merecían y no quedar mal con ninguna. La rosa florecía ahora en los dos rostros cansados. - ¿Sabes, Salomón?, dijo el fenicio mirando hacia la casa de Yahvé. Eres un rey que ha construido para la inmortalidad. Aunque mañana tu templo sea destruido, como casi todo lo que levanta el hombre, su recuerdo no 170


se olvidará de la memoria de la humanidad y en más de algún momento futuro, tal vez de otra tierra, seguirá viviendo. Su magnificencia, el pacto con Dios que simboliza, hasta su valor intrínseco, deslumbrarán a los hombres por lo menos durante mil años. Mis jóvenes y emprendedores economistas de la nueva escuela, tan indispensables en un país de mercaderes como el mío, han hecho una estimación “a futuro” (así dicen ellos) del valor que le asignará la posteridad, y estiman que éste nunca podrá ser inferior a unos dos mil quinientos millones de dolores. La cifra es inmensa, pero yo no la encuentro exagerada si consideramos todo el metal precioso y las maderas inapreciables que demandó su construcción. Ni siquiera han incluido en ella el valor de la mano de obra, que estos aprovechados especialistas, que manejan cabalísticos números, suponen que será otro importante factor por el cual la historia no lo olvidará. El rey de Tiro habíase ido ensombreciendo, algo le preocupaba. Ah, estos economistas - dijo como si mirara muy lejos. - Quiero revelarte un secreto, Salomón: No siento tener que irme pronto de este mundo. El futuro me atemoriza. Veo venir tiempos muy distintos. Tiempos en que el buen oro, los rebaños y las cosechas valgan menos que esas estólidas columnitas de cifras que levantan mis economistas con la misma solemnidad que si estuvieran celebrando un oficio religioso. Cuando los interrogo sobre ellas, a mí, que soy su rey, me contestan con evasivas y casi despectivamente. Y yo, en vez de enojarme, me asusto. Esa gente conspira, amigo mío, pero no para apoderarse de un trono ni de muchos tronos sino para algo más grande y mucho peor. No sé qué, pero a veces siento que estoy por adivinarlo. - Por de pronto creo que nuestro tiempo se está acabando. Y que nuestro mundo - Israel, Tiro, Saba - se irá con nosotros. ¿Para qué entonces entregarnos por anticipado a la negra filosofía de la angustia y el desencanto, para

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qué caer en el ateísmo existencial? Mientras aún queda vino en nuestras copas y danzan estas doncellas de Sarón, proclamemos con tu mejor estilo aunque nos tiemble la mano: “Como panal de miel destilan tus labios, oh, esposa; miel y leche hay debajo de tu lengua; y el olor de tus vestidos como el olor del Líbano”. Al día siguiente, en una blanca nave veloz como un pez espada, Salomón vio partir a Hiram hacia el norte. El rey de Tiro, erguido como un conquistador, iba en la proa que se hundía en las verdes aguas. Al monarca sabio, que cumplía cuarenta años de reinado, sólo le quedaban meses de vida y él lo sabía. Sabía también que Israel sería partido y repartido, porque Jehová, ahora implacable, se lo había anunciado. Pero ni el cataclismo próximo ni los dolores de la carne borraron de sus labios, desde entonces hasta el fin, la sonrisa de los bienaventurados. El hombre mortal que recibió la tierra fue el Rey del Cantar de los Cantares, no el del Eclesiastés.

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Madame Bovari da la Vuelta al Mundo

- ¿Sabe usted la increíble noticia? Han visto a Emma en París. - ¿Emma en París? Qué disparate ¿Olvida que fuimos juntos al cementerio a dejarla en su triste tumba? ¡Pobrecilla! - Lo sé, lo sé, sé que es un disparate, como usted dice, mas ese es el hecho. - Pero tiene que ser un error, una persona muy parecida que fue confundida con ella. - Difícil, casi imposible, replicó el boticario. Cualquiera podría haberse equivocado, pero no monsieur Flaubert. - ¿El?, dijo casi sin aliento el cura ¿uno de los grandes culpables? - Sí, fue monsieur Flaubert quien la vio. Y no diga eso, añadió Hommais. Emma se lo debía todo. Incluso la 173


vida de él mismo estuvo en peligro con todo este drama. Culpe al maldito Rodolfo, a León, al propio Bovary, por su indiferencia y abulia. - Y acaso también a usted por haberle vendido el veneno ¿No es así? - replicó malignamente el sacerdote. Pero monsieur Hommais no le contestó y el cura no insistió. La noticia parecía haberlos atontado. No se levanta uno de un ataúd en Ry y se va a París para ser visto paseándose por la capital. El paréntesis ahora fue largo. Ambos estaban abrumados. Luego la curiosidad se sobrepuso en el cura. - ¿Donde la vio? A Emma o a la mujer que se le parecía. - Monsieur Flaubert cuenta que desembocaba por las Campos Elíseos frente a la estrella cuando la vio venir en su dirección con su apariencia inconfundible: la provinciana en París. Hasta juraría que lo miró a los ojos reconociéndolo cuando se encontraron, ambos tratando de cruzar la plaza. - ¿Y por qué no la detuvo, no le habló? El maldito tránsito, el frenético tránsito moderno. Temió ser arrollado si se detenía en mitad de la calzada. Imagínese. Un sábado por la tarde. Cientos de landós, de cabs, de coches de la Daumont, de carrozelas importadas de Italia. Caballos piafantes, troncos de fina sangre, equitadores a la inglesa, cazadores africanos. Se explica su temor. Los dos hombres volvieron a callar como si persiguieran un espejismo. Veían simultáneamente a Emma en Ry y en París, en el campo normando y paseando por los jardines de las Tullerías. Pero la doble imagen era tan precaria, atentaba en tal medida contra la lógica y la geometría más elementales, que no hallaban que decir. Imposible racionalizar un fantasma. ¿Pero y Emma? Sí, Emma estaba en París. Desde hacía medio año. Cualquiera de los que la saludaban casi a diario podían certificarlo. Ante todo los treinta o cuarenta inquilinos 174


y el conciergue de cierto inmueble donde habitaba en rue Varennes, y la propia policía en cuyo cuartelillo más próximo, conforme a las ordenanzas, había tenido que inscribirse al llegar a la capital. Allí constaba que Emma Bovary, procedente de Picardía (¿cómo de Picardía?, dirá usted de Normandía), sí de Picardía, vivía en el número tanto de la calle del Arrondisement tanto. La información era precisa y categórica. Monsieur Flaubert, ese hombre que fue más que un padre para Emma, no había visto visiones, aunque sí tal vez un fantasma corporizado. Su sicología, lo mismo en París que en Ry, tampoco era distinta. Era la típica provinciana romántica, pueril y colmada de vagas ensoñaciones. Una mujer frustrada e insatisfecha, con fijaciones de adolescente, habría sido el dictamen de la ciencia moderna. La misma tonta burguesa que se sentía heroína de novela, que se alimentaba de interminables folletones, que esperaba sin esperanzas al héroe romántico, desesperado - un Julián Sorel, un Fabrizio - y que sólo encontraba a un infeliz escribiente, un egoísta propietario rural o un sonámbulo como Carlos Bovary. ¿No se había suicidado para escapar de toda esa espesa realidad? Emma sonrió. El polvo del tedio que cae sobre las vidas grises carcomidas por la rutina (quién sabe si sobre todas, hasta las más agitadas) había recubierto su alma de una capa que al fin le impedía respirar. Abandonó entonces su pueblo picardo con el corazón ligero. Y como todos los caminos llevan a París, héla ahí instalada desde el principio en rue Varennes. Cuando concurre a la policía, como provinciana, y le preguntan su nombre, da el primero que se le ocurra, el que estaba a mano en su mente: Emma Bovary. Lo acababa de leer en la obra de un joven autor desconocido que la había hecho llorar. El personaje era ella misma, era como si el novelista hubiese pintado su vida, su propio drama. Al leerlo y releerlo había terminado por asimilar los gestos de esa heroína de novela. No había mentido en la policía. Física y anímicamente era Madame Bovary. El espejo de 175


su cuarto se lo confirmaba. Y felizmente en esa época la autoridad no exigía infinitos certificados. En París le fue mal, como a tantos; no había príncipes azules, sólo burgueses panzudos que la perseguían con su salacidad. Tuvo dos o tres aventurillas, pura epidermis. Y aún eso, apenas; nada llegaba al alma. Otra vez el polvo del hastío comenzó a recubrirla. Entonces la divisó monsieur Flaubert. Fue el último que la vio. Ese tránsito frenético de los Campos Elíseos. Una niebla la envolvió en su gloria con el Arco de Triunfo al fondo. Gritos, chirriar de ejes, bestias piafantes. Y Madame Bovary sobre la calzada. Otro sepelio. A lo largo de un siglo cuántas idas entre la provincia y París, entre París y la provincia para devolver a su tierra unos restos románticos. Hasta que dejó de existir monsieur Flaubert, adonde fuera, estuvo encontrando a Emma Bovary. Los que saben mirar y ver todavía la encuentran. En cualquier parte del mundo.

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Los Acróbatas del 29

-Observa atentamente, Dale vuelta, que aunque vivas mil años no volverás a ver un espectáculo como este. Mientras el Abate Coignard hablaba, un hombre que había saltado desde un cuadragésimo piso caía a tierra en vuelo libre entre un revoloteo de espectadores y vehículos. -Si no fuera algo tan doloroso, sería de admirar parábola tan perfecta, comentó el Abate en tono apesadumbrado y cubriéndose los ojos para no ver el cuerpo que se esparcía como un monigote de aserrín sobre el concreto. En las ventanas y azoteas de varios rascacielos se advertían otros puntos como insectos que acumulaban seguramente valor para dar el gran salto. Parecía una escena de los “Clavadistas” de Acapulco aunque abajo, infortunadamente, no hubiese agua. Dale vuelta, que miraba a todos lados espantado,

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gimió como un niño: Pero Maestro, ¿en qué ciudad de lunáticos hemos caído? ¿...No serán mas bien acróbatas del circo Barnun que ensayan alguna presentación? -No, hijo mío, musitó Coignard; aquí no se trata de ningún circo a no ser del circo romano. Volvióse a otro rascacielo que orillaba el Hudson y dijo: - Mira a ese pájaro sin alas que está por saltar. Lo reconozco. Es el rey del acero y en segundos descubrirás que el acero es más blando que el cemento de la calle. ¡Crac! El muchachón se tomó la cabeza a dos manos. No entiendo, no entiendo, ¿qué le sucede a esta gente para que haga tales locuras? -Muy sencillo. Son millonarios, jugaron a la Bolsa y lo perdieron todo. Entonces no hallan otra salida que saltar. ¿O sea que esa Bolsa de que Ud. habla es una especie de “la bolsa o la vida”? - Has entendido perfectamente, muchacho: ya eres economista. - Si, pero no comprendo que un millonario no pueda seguir viviendo porque deja de serlo. Podría trabajar en cualquier cosa menos mortífera que su Bolsa. - ¿Trabajar?, dices. Ah, amigo mío, cuan ingenuo eres. Un millonario no puede trabajar, sería contrario a su naturaleza. Lo curioso es que, hasta que asume su dignidad, es el ser más laborioso del mundo. Este gran país está repleto de millonarios que empezaron lavando platos o voceando periódicos. Ningún esfuerzo los detiene hasta llegar a lo alto de la pirámide, o mejor, del rascacielo. Desde entonces se convierten en inválidos que no vivirían ni una hora si no tuvieran un ejército a sus órdenes. - Pero que profesión tan peligrosa querido maestro, dijo Dale vuelta, siempre tan cerca del vacío. - Si, es una actividad en que ciertamente acecha por todos lados el vacío, reflexionó el Abate. Dale vuelta parecía entregado a una difícil meditación. Por fin expresó con fría resolución: Nunca seré 178


millonario. -No me cabe la menor duda, hijo mío, comentó sonriendo Coignard. Empezaba a oscurecer. El Abate echó una mirada furtiva hacia los rascacielos de Wall Street grises como acorazados de guerra y dio un suspiro de alivio. -Menos mal que la función terminó por hoy. Al término de la jornada de trabajo la autoridad ordena cerrar ahora con llaves los edificios para evitar volantineros a deshora. -¿Y no pueden saltar desde su casa?, preguntó Dale vuelta. -Imposible ningún millonario se suicidaría sino desde su santuario: su sala de directorio. Sería como pedirle que comiera sin tener un hombre a su espalda. Ea, Dale vuelta, levanta ese ánimo dijo el Abate. Mañana volvemos a cruzar el Atlántico. Allá por lo menos nuestros millonarios tronados rara vez se suicidan acaso porque su fortuna les llega en herencia con el linaje y no se amargan en conquistarla. Además, los edificios no son tan altos como para llamarse impíamente rascacielos e incitar al temible pecado de la soberbia.

(Con licencia de Anatole France)

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Los Años del Caracol

No supo cuando traspuso un imprecisable arco de acero vidriado y se encontró adentro. Observada desde un aerostato la estructura habría parecido una pirámide excavada verticalmente, un reverberante zigurat caldeo. (¿Amenofis, Nabunasar?) La temperatura era solar, con una mezcla de sudores y perfumes: almizcle, piel humana, Carven, Lavanda. La multitud, silenciosa y ronroneante, se atropellaba trastabillando por el terraplén en espiral. Una sonoridad difusa escoltaba musicalmente al público por esa escalera que parecía conducir a los infiernos. Pero no era el infierno el que aguardaba allá abajo en la sima, a cincuenta u ochenta metros de profundidad. La plataforma - ¿realmente en tierra firme? - simulaba más bien el Paraíso. Colmada de olores y colores era la imagen del paisaje edénico. Palpitantes hojas tropicales se esponjaban como lenguas al contacto de invisibles caricias. Eran

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enormes astas de ventiladores que derramaban un aliento espeso y dulzón, casi obsceno. Los cuernos rituales del caracol se erguían como antenas para captar la melodía de otros mundos. Toda esa onda voluptuosa masajeaba a esa hinchada humanidad manducatoria instalada en ese proscenio ecuatorial. El calor modelaba nubes y de esas nubes, como en el desierto, surgían alucinaciones: cuerpos velados, cuerpos desvelados. Dyomedes ya no veía sino desnudos, mujeres vestidas estrictamente con el collar de la esclavitud en el cuello. Naturalmente se trataba de sus ropas color carne. La procesión, hipnotizada, descendía hacia el Paraíso por esa calzada que se desenvolvía como el baniano de Buda. Parpadeaban las luces rojinegras de las boutiques y otros zocos cuyas sacerdotizas eran misteriosas jovencitas con cara de princesa egipcia. Las secundaban, ofertando su inútil mercadería, mocetones despechados, ambiguos, uno de los cuales fue áuriga de Delfos y el otro posó para el mármol de Antinoo. ¿De qué lado estaría la Providencia? Este mundo enclaustrado había saltado fuera de los goznes del espacio-tiempo. Afuera tal vez estaba el desierto porque adentro ya soplaban sus ráfagas y los ojos escocían con la arena. Era, definitivamente, una isla; una isla con olor a la especie mujer. Como golpeada por una ola de terror la multitud se agitó sinuosamente. La vieja Serpiente. En los rostros, empero, no había miedo sino una fría impotencia. Hombres y mujeres desfilaban como sonámbulos disfrazados a la última moda, aquella que se exhibía en los bazares. Entonces, desde un lugar indefinible, multiplicada por cien altoparlantes, una voz emitiendo órdenes comenzó a pregonar impasible: “No apresurarse, todos saldrán en su debida oportunidad, unos antes, otros después. Los que hayan entrado hace tiempo, claro está, lo harán primero. Es lo justo. Estudien su Código. Su Código. La casa 182


certifica que nadie se perderá por lo menos alguna Navidad”. La luz se hizo en Dyomedes. Cuando penetró por la puerta tebana le entregaron una tarjeta. Era un Código Azul. Rezaba: “AF3H-Constelación del Cisne-Anexo, medidas corporales incluidas por si el visitante no alcanza a partir de Caracol” Lo mismo que leer sánscrito. Fue a echar mano de la tarjeta para examinarla otra vez y entonces una mujer juvenil que le sonreía largamente, le apretó el brazo. ¿Sabes una cosa? Tú no escaparás ni mañana ni pasado. Y los hombres escasean porque los trapos atraen más a las mujeres. Tenía ojos de antracita, largas piernas y una sonrisa de niño castigado. Parecía tan joven como se lo permitía su maquillaje, pero lo era: debajo de la túnica sus pechos se erguían como limones sin exprimir. Dyomedes le sonreía beatíficamente, sin entender nada. Eh, murmuró por decir algo. Ella, al fin, pareció descubrir su ignorancia. -¿Acaso no leíste las noticias anoche? El Caracol es hoy el área más poblada de la tierra. En los últimos meses han entrado miles y miles de tipos y tipas. Imposible ahora una evacuación masiva. También una operación aérea, el tirabuzón de aire caliente produciría un desastre y las mandíbulas de las flores ¿no sabías que son antropófagas? terminarían por destrozar los helicópteros y la gente: comen indistintamente carne o metal. La computadora tiene la fórmula de los muros que son indestructibles; pero alguien la saboteó irreparablemente. Cautivo. Y a metros de una calle. De mil calles de una prosaica ciudad. Absurdo. La razón de Dyomedes vacilaba “¿Y cómo volveré para almorzar con mi mujer y mis hijos que me están esperando?” - rumió desatinadamente. Lorena sonrió opacamente. Me temo, dijo, que esa comida tendrás que aplazarla por varios años. Vi tu Código. Yo saldré el próximo año pero tú ¡pobrecito! (a Dyomedes le corría el sudor por los ijares), todavía tienes cuatro años 183


adentro. El Cisne es de las peores constelaciones. (Con razón odio los horóscopos) - Pero no te preocupes demasiado. La administración lo ha previsto todo. Hay houses para matrimonios, con o sin niños, o petit appartements para solitarios que no resistirían la soledad. Hay para todos los gustos. Con decoraciones abstractas o del kamasutra y el anaga-ranga. Mira si no son confortables. Lo empujó hacia una puerta que se abrió silenciosamente y el jardín y la agitación desaparecieron de sus ojos y de sus oídos. Lorena era todo lo que había adivinado, y más aún, y hundiendo su cabeza dolorida en su piel tibia sintió que, por lo menos, la sentencia había sido atenuada en un año. La comida en casa, obviamente, tendría que reanudarse la próxima década.

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La Niñera y la Esposa

Norbert Wiener (todos los de la executive class se llamaban así) miró con indisimulado orgullo a su hijo en brazos de su niñera. Tenía razón. En la línea de los mandos medios era una persona importante, con código. El nombre común era un emblema de aristocracia. Provenía tal vez de un atavismo genésico, de algún César olvidado bajo su propia fama; pero él no lo sabía. Su cerebro carecía de la correspondiente neurona. Era asunto de la Entomac. el Supergobierno, que lo había creado así. Algunos la tenían y conocían cosas que él ignoraba, pero carecían de otras que Norbert poseía y que seguramente habían contribuido a su posición. Tenía un hermoso color bronce, que era la última moda, y unos ojos de antracita superendurecida. Un magnífico ejemplar de la nueva sociedad. Volvió a mirar a su hijo. El bebé emitió un suave ronroneo. ¿Andaría algo mal en su compleja estructura?

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Imposible. La ciencia había progresado extraordinariamente y los ejemplares que salían fallados se autodestruían sobre la marcha, espontáneamente. ¡Qué extraordinario mundo el que le había tocado en suerte! Iban ya en la sexta generación. El no podía recordar hacia atrás sino hasta la tercera. Su categoría no tenía asignado más margen de pasado. Sabían sólo lo que tenían que saber y todo marchaba a la perfección. ¿Qué más podía desear? Tenía una “salud de fierro” y una casa amplia y reluciente. Un tablero enorme que se extendía a lo largo de todas las paredes lo mantenía permanentemente conectado con el Centro Universal de Informática. Otro privilegio no desdeñable de la masse media. El colmo del status era tener un hijo, porque se trataba de algo enteramente superfluo. Esposa no, porque por acostumbramiento y por el problema habitacional se seguía viviendo en pareja. Algunos, es cierto, se saltaban el hábito y tenían varias esposas aunque eran mirados como antisociales, porque aumentaban el consumo de energía eléctrica. Paradójicamente, reminiscencia de épocas pasadas, Wiener había sido primero padre y después marido. Lo insólito consistía en que el hijo había llegado antes. Pero no había tal originalidad sino una simple cuestión de entrega de materiales. De ahí la niñera a la que después se acostumbró. Total, pasear un bebé era tarea para una sirvienta, no para la esposa de un ejecutivo. Al encargarla a Norbert le ocurrió algo curioso. Todos los días la pedían a la Sección Mujeres y punto. A los dos o tres días, según fuera la demanda, les llegaba un impecable ejemplar a prueba de golpes e idéntico al marido. Desde entonces eran dos para controlar los instrumentos de la casa de indestructible cristal ionizado en que habitaba su clase. A él no le bastó procedimiento tan simple. Tenía una idea in mente que intrusamente se paseaba entre sus

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circuitos mentales. ¿De dónde provenía? De una cosa que en la segunda generación llamaban revistas ilustradas. Lo extraño es que él no podía o no debería haber podido tener recuerdos de una segunda generación. Otra vez, seguramente, algún retazo neurótico deslizado de contrabando en su cerebro. El recuerdo era como una descarga extra de energía y remecía toda su estructura con una ola tibia. En esa revista había visto ejemplares distintos, con más curvas que rectas y sin la cabeza desnuda. El dependiente lo miró sospechosamente cuando le expuso que quería una esposa con la cabeza cubierta por crines como de caballo (sí, todos conocían aún los caballos) y unos pequeños globos blancos como los que había visto en el laboratorio de vivisección de especies en vías de extinción. ¿Pero no es usted un cuarta generación? - le preguntó inquisitivamente. El eludió la respuesta con habilidad dándose media vuelta para observar un espectáculo que se desarrollaba en la calle: unos mensajeros de la EXN que avanzaban relucientes al sol. Así ahora tenía una esposa y un hijo. En un acceso de orgullo, e impulsado quizá por qué ancestro, se golpeó el pecho. Pero calculó mal su fuerza y casi cayó al suelo sobre el piso de ferrolatex. Suerte que nada se perdía entonces. Los seres estaban programados para reconstruirse y construir otros seres semejantes indefinidamente. El vientre generador y regenerador era la llamada Gran Madre, a la cual, cuando se sentían morir, volvían atraídos por el “instinto”. (Indudablemente alguna forma de magnetismo) Entró a la estancia la esposa. Era una walkiria. Alta, rubia, de curvas rotundas. Le sonrió con dulzura, gesto ahora desconocido que él también había hecho copiar al encargar su fabricación. Ella se dirigió al ventanal y él se puso a su lado con un gruñido de contento que se tradujo en algunas finas chispas. La niñera, con el pesado bebé en los brazos, levantó los ojos hacia la pareja con una mezcla

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de admiración y miedo. Ellos no la advirtieron. Estaban distraídos viendo las escenas de la calle, por lo menos la parte de ellas que les permitía la disposición de sus pupilas. Hora de la servidumbre. Recolectores de basuras, mandaderos, lecheros, repartidores de pan. El Gran Consejo había querido que subsistieren estas costumbres, aunque no se necesitara ni pan ni leche, y nadie habría osado siquiera pensar que era un absurdo. En ese momento el pequeño chilló y los ojos de Wiener se detuvieron sobre él y la niñera. Y descubrió entonces algo que no había visto hasta ese momento y que lo aterrorizó: la niñera se parecía a su mujer. Era inevitable. La criada era humana como todos los ciervos que caminaban por las calles en ese glorioso día de sol del Año Cien del Imperio Mundial USAURSS.

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El Ombligo

Despertó sobresaltado. Tal vez un ruido o un mal sueño. Encendió la luz y desde la lejanía del comedor le llegaron tres campanadas metálicas. Su mujer se revolvió en la cama próxima, articuló dos o tres frases incoherentes y siguió durmiendo. El se sentó, expectante, sin saber por qué. Percibió una especie de borboteo que parecía surgir de su propio cuerpo. Inclinándose trató de aplicar el oído cerca de su abdomen. No oyó nada pero sus ojos, impensadamente, cayeron sobre su ombligo. Acercó más la vista. Nunca se había detenido a observarlo. Sus bordes corrugosos lo hacían parecer la boca de un volcán. Se inclinó todavía un poco más y todo cambió súbitamente. El ya no estaba persiguiendo el rastro de un lejano ruido, acaso una llamada que llegaba desde un obscuro agujero de carne. Estaba - no sabía cómo -

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metido de cuerpo entero dentro de un cono inmenso. Quiso volverse atrás pero no pudo. La altura le dio vértigo. Nunca había descendido por la chimenea de un volcán apagado y la experiencia le resultó aterradora. Mas siguió adelante. Poco a poco el círculo de luz allá arriba fue empequeñeciéndose y lo envolvió la penumbra. Aún así veía bastante. No supo en qué momento tocó fondo sobre una masa blanduzca y gelatinosa de la que manaba una luz fría. Era transparente y tuvo la impresión de que debajo debía estar la clave de todo. De cualquier modo no pudo abrirse paso y lentamente inició el ascenso por los acantilados. Cuando finalmente pudo despegar los ojos del abismo y estuvo afuera, todo le pareció un sueño o una locura. Pero sabía que no había sido tal. Apagó la lamparilla eléctrica y se durmió sintiendo el mismo curioso borboteo. La noche siguiente no necesitó encender la luz. Debía de ser aproximadamente la misma hora cuando se despertó otra vez bruscamente y al instante ya estaba sumergiéndose en el profundo cráter. Ahora todo fue distinto. La masa gelatinosa se abrió como una compuerta dejándole paso y se cerró después sobre él. El piso se convertía en cielo. Casi no sintió desconcierto de encontrarse con el infinito. Era un infinito acuoso y tampoco se extrañó de poder respirar en él sin necesidad de oxígeno. Una claridad lechosa parecía impregnarlo todo. Se asombró al descubrir que su vista no alcanzaba a divisar el horizonte. Millares de formas imprecisables se deslizaban veloces y silenciosas en medio de ese caldo azul verdoso. El casi no les prestó atención. Se sentía como en el corazón de una catedral sumergida y jamás había experimentado tanta paz y conformidad. Descubrió la fuente casi sin darse cuenta. Una columna surgente que se elevaba hasta perderse de vista para afluir tal vez sobre la superficie de otro océano. Un chorro de luz la bañaba esporádicamente como eleván-

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dola hacia las alturas. Advirtió que el ambiente en sus proximidades era más denso y tibio. Por centenares los vagos y relampagueantes seres de las profundidades se zambullían en su hirviente espuma desapareciendo para siempre. Tampoco sintió necesidad de preguntarse qué ocurría con ellos. Estaba ahí, en paz, y bastaba. En el futuro se le ahorraron las azarosas excursiones. No bien percibía el borboteo y ya estaba en el caldo de esas aguas profundas. ¿Era acaso el cielo? Aparentemente su vida no cambió. Bajo la luz diurna era externamente el mismo aunque la doble conciencia no lo abandonara. El día era de su mujer, su trabajo, hijos, parientes. La noche le pertenecía al mundo submarino. - Tienes algo distinto, le decían sus amigos, bien que su mujer nunca pareció notar en él nada extraño. - Bah, tonterías, contestaba él con su sonrisa distante y beatifica. Pero era cierto. Su espíritu habitaba ya definitivamente en la floresta abisal al pie del cálido surtidor que escondía celosamente su indescifrable secreto. Nadie, sin embargo, advirtió nunca nada.

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La Multitud

Descendió del Metro, caminó hacia la salida y - ahora con los ojos abiertos - lo asaltó el sueño que lo perseguía hacía tiempo por las noches. La multitud lo arrastraba con fuerza irresistible. Había visto la escena tantas veces, bien que siempre truncada, que sabía dónde estaba el peligro. ¡El cuello de botella!, gritó. Pero nadie le hizo caso. Una mujer de ojos salvajes (¿cómo advirtió en ese pandemonio que era hermosa?) le dio un codazo que lo hizo trastabillar, acercándolo más al abismo donde corrían los oscuros y aceitosos rieles. Fue un segundo. Manoteó en el vacío y cayó justo detrás del último vagón del tren que ya estaba en movimiento. - ¡Qué desconcertante!, comentaron algunos pasajeros. El tren venía casi desocupado y no descendieron aquí más de cinco o siete personas; pero él gritaba y agitaba los brazos como si una multitud lo envolviera y arrastrase. 193


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El Literato Descarriado En el Monte

Sonó otro tiro, el último. ¡Basta! gritaron los asaltantes. Los hombres del Literato no matan, cobran tributo. Los defensores fueron saliendo al sol, pestañeando por la violenta luz de Junio. Entre ellos el alcalde, macizo y ventrudo, con cara reidora; el cura, de ojos nocturnos y fríos; el guardia municipal, apenas un niño; el boticario y el maestro, con aires de intelectuales en destierro, y que con sus ojos de pájaro miraban desdeñosamente a los guerrilleros, no obstante su visible temor. Todos olían aún a pólvora. Junto con apagarse los disparos empezaron a abrirse postigos y a desatrancarse puertas. Pronto las comadres más curiosas y los niños más arriesgados asomaron la nariz frente al descascarado edificio de la Alcaldía. Resonó una orden dirigida a los prisioneros. - Atención, que llega el jefe. Sobre un vigoroso ala195


zán, la boina sobre los ojos y el sable al cinto, apareció con rostro ceñudo el cabecilla justo al tiempo que las campanas del domingo redoblaban en la iglesia. El Literato se detuvo con gesto sorprendido al escucharlas, se creyó que iba a decir algo, después recordó seguramente qué día era y, en silencio, desmontó de un salto y avanzó hacia el grupo. - Bien, señores, ha sido una hermosa marcha forzada para conocer esta antigua y noble villa de Altzea. Esperemos que haya valido la pena ¿no lo cree usted así, señor alcalde? Y sus pupilas, como puñales, se paseaban por el batido grupo de vencidos defensores, tratando de identificar al jefe comunal. - Martín Teillechea, para servirle - dijo este por fin, adelantándose y mirando hacia todos lados con sus ojillos astutos. - Somos un pueblo pobre pero acogedor, de gente de trabajo: nos confiamos a su espíritu de justicia para no sufrir daños. El Literato frunció el ceño al oírlo, pero pronto su gesto hosco se disolvió en una socarrona semisonrisa. Tenía una mirada desilusionada, una barbilla agresiva levemente barbada y más parecía un erudito profesor de metafísica descarriado en el monte gruipuzcoano que un despiadado jefe de cuadrilla, carlista, liberal o simplemente bandolero. Contestó rápidamente. Cuente con ello. No les pasará nada. Dejen sólo la Caja donde está para retirarla mañana al amanecer. ¿Dónde podría estar mejor que en este edificio? No se advirtió burla en sus ojos. No creo añadió - que sea mucho pedirles amparo por esta noche en el pueblo, aunque fuera al aire libre: peor es el monte. Ah, y otra cosa, para tranquilidad de todos: garantizo la conducta de mis hombres, me conocen bien, dijo mirándolos sombríamente y haciendo palidecer a sus secuaces. - Ahora pueden seguir con sus ocupaciones habituales, aunque espero el placer de conversar más tarde con algunos de ustedes. 196


A esa altura los muchachos habían repletado la plaza y un grupo que se distinguía por sus bribonadas gritó provocativamente: ¡Viva el Literato! desatando un breve relámpago de orgullo, que se apagó casi inmediatamente, en los ojos del cabecilla. Pasadas pocas horas era como si el pueblo se hubiese olvidado del pavor que le produjo la llegada de la cuadrilla. Los hombres del Literato, despojados de su aura terriblesca, se comportaban como apacibles lugareños. Algunos descansaban a la sombra de los corpulentos árboles de la plaza, otros más inquietos, recorrían las escasas tiendas haciendo compras como turistas, un grupo, en fin, se había refugiado en la fonda y charlaba bonachonamente con el patrón, don Elizabide, quien los atendía personalmente disimulando sus aprensiones con su jovialidad profesional. El Literato tampoco parecía ya el avezado aventurero que, en una continua elasticidad de la voluntad, viviendo permanentemente al acecho, surgía de entre los matorrales para atacar e incendiar un poblado, eludiendo siempre a la tropa que lo perseguía. Ahora habría podido pasar por la imagen del buen burgués. Al atardecer, en casa del alcalde, que aunque era masón se hacía cruces pensando cómo podría recibir a semejante visitante, la velada tuvo todo el carácter de una reunión familiar. Estaban los notables, el párroco, el boticario, el maestro, el propietario de la única industria, las esposas de tres de los presentes y las dos sobrinas del cura. La mayor, Grashi, era una morena garbosa y marisabidilla que para todo tenía réplica oportuna. La otra, Mari, era lejana y neblinosa como el horizonte del paisaje vasco, y sus ojos intensamente azules y soñadores parecían reflejar los celajes del Cantábrico. El Literato, como si nunca hiciese otra cosa que pasárselo en sociedad, mantenía en vilo al auditorio relatando pasajes de su aventurosa vida como si contara

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historias triviales. Mari lo contemplaba de reojo, entre admirativa y temerosa. ¿No era pecado el extraño interés, acompañado de un cosquilleo, que sentía al escuchar sus condenables hazañas? El boticario, que entre frascos y recetas se sentía convocado por la filosofía, pretendió arrojar un balde de agua fría al éxito de público que estaba obteniendo el cabecilla. Como ya había perdido el temor al descubrir que no era un sanguinario, le dijo con cierta cómica solemnidad: - Creo que usted, señor Literato, es un desencantado y siempre es malo no tener ilusiones aunque se viva en la violencia del monte. Una nube pasó por la frente alta y despejada del aventurero; pero fue sólo un segundo. Sus ojos, algo separados, se iluminaron de ironía. - Excelente, maestro farmacólogo, pero creo que se equivoca. Siguiendo su propio juego: ¿La ilusión no es ya la desilusión? ¿La desilusión no es ya germen de la misma ilusión? Lo remito a mi maestro Nietszche, que con este aire húmedo puede ser extraordinariamente nutritivo. El párroco se comía al Literato con sus ojos de fuego. No pudo soportar más. Pero su vida, señor, su vida. Se ve que es usted hombre de muchas artes ¿por qué entonces eligió la ilegalidad con sus desafueros y riesgos? - ¿Por qué, me pregunta? La respuesta es simple y volvemos a Maya, como diría un hindú. Soy el fruto de una ilusión, de un sueño cándido y heroico, infantil y brutal. Un sueño guerrero que durante mucho tiempo guardé dentro de mí como una de esas piedras preciosas incrustadas en el frontal de un santo. Por fin el sueño se hizo realidad. Y aquí estoy. Quizá porqué nadie deseó seguir haciendo preguntas, pero todos sintieron como si una onda de incontenible nostalgia los arrastrara muy lejos. Hasta el cura, fugazmente, imaginó que su vida pudo ser otra, como la de todos, con hijos, con una mujer, sin tener que mirar 198


de reojo, como un pecado, esa carne siempre deseada y prohibida. El boticario también díjose, por un instante ¿por qué no pude ser un Pasteur? Y el maestro se sintió un Pestalozzi asesinado en la cuna. El son del tamboril convocó al anochecer al baile a toda la villa, como si ignorase o despreciara la presencia de los partidarios. Y nadie se estremeció ni de sorpresa ni de temor al ver danzando gravemente entre ellos, con la chica más guapa del pueblo, al jefe guerrillero cuya cabeza estaba a precio. Adivinen quién era esa chica. Cuando con las sombras llegó la paz a Altzea, los centinelas vivaquearon bala en boca en la plaza y el resto de la partida, se acomodó en la Alcaldía. El Literato tendió unas mantas en el despacho alcaldicio, y, mientras sus ojos tardaban en cerrarse, alcanzó a leer los títulos de unos pocos libros ubicados en una pequeña estantería: La tierra de Euskadi, El mundo es así, Fantasías Vascas (*), La casa de Aizgorvi, Zalacaín el Avent.... Antes que se apagaran las estrellas, la tropa estaba lista para partir sujetando a las humeantes cabalgaduras de las que emanaba un penetrante olor a vida familiar. El dinero de las arcas municipales estaba bien asegurado, repartido ya, en las faltriqueras de los asaltantes. - Avanti, ordenó el cabecilla - recordando tal vez un ancestro italiano. Y la cuadrilla, disciplinadamente y en silencio, dejó atrás las últimas casas, sumergiéndose entre las masas de nubes aborregadas que corrían por entre los árboles desnudos, cuyo ramaje negro parecía una humareda. Nadie en el pueblo los oyó partir. Iban por los senderos húmedos, monte arriba, cuando los vecinos más madrugadores escucharon tiros a la distancia y comprendieron que los guerrilleros los habían abandonado y que algún escuadrón, alertado por alguien del pueblo, había llegado unos minutos tarde para sorprenderlos en pleno sueño. (*) Espasa-Calpe Argentina 1952 Colección Austral (Ver págs.10-11)

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Echándose cualquier cosa encima, los hombres salieron al aire frío de la madrugada para descubrir de qué lado llegaba el ruido del tiroteo. En su lecho de inocencias, Mari despertó a su prima Grashi y, con el oído atento, le dijo: ¿Oyes? Los persiguen. - Ojalá no los alcancen, exclamó Grashi: es tan simpático. - ¿Quién?, preguntó Mari, sonrojándose, ¿el Literato? - Si, él, respondió la prima. Ambas se quedaron un instante en silencio, con la mente en el monte, mientras el ruido del combate se apagaba. Mari, por fin, no pudo resistir la tentación. - ¿Pero quién es el Literato ¿Como se llama? - Creí que habrías oído su nombre cuando lo dijo anoche don Martín. - Se llama Pío Baroja.

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Carnaval Imperial

Todos los scholars née Britania, bien nutridos con porridge y tocino, salieron a la calle gritando desesperados y con el llanto corriéndole sobre sus rosadas mejillas: “Mambrú se fue a la guerra y ya no volverá”. Pero cuando llegaron las noticias de las Alemanias con las victorias del héroe, los mismos escolares - flor y nata de las public schools - volvieron a salir a las calles del Imperio para arrojar al aire minúsculas gorras grises mientras a los señorones del Alto Tribunal se les caía la empolvada peluca. Mas la gran fiesta fue cuando el inmortal guerrero, encima de una cureña embanderada y escoltada por destacamentos de fieros y cobrizos sikhs, que miraban el féretro con mezcla de temor y respeto, volvió para reposar bajo los cielos orgullosos de la Isla. Todo el mundo estuvo en la calle como en el Jubileo de la Viuda de Windsor, que

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todavía espera su turno para entrar en escena. Se distinguía entre la linajuda concurrencia a un marinerito de terciopelo que aún no navegaba ni en fragatas ni en columnas de piedra, el little boy Horace Nelson. Y más atrás, desgreñado todavía por el asalto a Portobello, aparecía, coloradote y a punto de reventar de condecoraciones el Draque, Sir Francis Drake, a quien la Reina Virgen ahí mismo ungía caballero con su espadón corsario. Y muchos, muchos más. Menudos squires y monseñores. Poderosos Lores y Baronets. Allí estaban Clive de la India con el diamante Gran Mogul en la mano; y Cecil Rhodes afirmado en Africa como en un sillón; y Kitchens batiendo a los ayatolahs sudaneses seguido por Mr. Kipling que, con un negro a la espalda y entonando "La Carga del Hombre Blanco", soportaba los azotes indistintos de Stanley contra él y su compañero de ébano. Pero el más brillante era Wellington, el Duque de Hierro, que galopaba más allá del Alto de la Alianza gritándole “le gané yo, le gané yo”, al encerdado prusiano Blucher, mientras un grisáceo hombrecillo enfermo se perdía en lontananza con el Gran Libro de la Historia Universal bajo el capote. Entonces la Reina Ana propuso “tomémonos un retrato de familia” y todos - excepto el aguafiestas de Lawrence de Arabia - con el rostro sonriente y entonando el Britannia Rules de Waves, acordonaron el alegre catafalco de Mambrú desafiando los magnéticos disparos de los flasches. Por las mejillas de los scholars descendían nuevamente ríos de lágrimas, pero esta vez de felicidad, del tamaño del Nilo y del Ganges, del Eufrates y del Misissippi. Sólo faltó el General Gordon que aún no había nacido ni muerto en Karthum.

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Dos Hombrecitos Idénticos

Un hombre pequeño, de levita gris, miraba con un catalejo, desde el acantilado, sumido al parecer en sus sueños. Había gente temerosa que lo contemplaba a respetuosa distancia. De pronto surgieron tres palurdos de aspecto torvo y extrañamente trajeados que se abalanzaron sobre él sin que los intimidara su mirada glacial. Los espectadores, atónitos, no se atrevían a respirar y menos a intervenir. Vieron cómo se debatía entre los rústicos que finalmente lograron arrastrarlo hacia un cochecillo cerrado cuyos caballejos se perdieron en sólo instantes tras una loma. A la misma hora, separado por escasas millas de mar, otro hombrecillo idéntico, de rostro marmóreo y actitud, indumentaria e instrumento similares, estudiaba la lejanía haciendo girar en treinta grados su catalejo hacia la izquierda.

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Unos lugareños, algunos burgueses, otros labriegos y artesanos observaban, como quien mira a Jehová, al personaje sin atreverse a acercársele un paso. Pero un humilde pequeño de ensortijados bucles, que parecía hijo de rey, se aproximó a él sin temor y le dijo categóricamente: Tu sei l’imperatore. El mármol se estremeció, los ojos azules se humedecieron. Y el hombrecillo se inclinó sobre el niño y revolvió sus dorados cabellos. El catalejo, que había quedado en tierra, enfocaba la costa ligura. El personaje volvió a cogerlo y su mirada se detuvo por fin en tierra francesa: Frejus. Allí desembarcaría.

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Los Sueños Trocados

En la víspera de Austerlitz y Waterloo Napoleón tuvo dos sueños que a la larga le hicieron perder su Imperio y terminar sus días en Santa Elena. En el primero vio avanzar una línea roja incontenible que arrollaba a sus bravos granaderos y oyó, hacia el final, una voz estentórea que gritaba: “La Guardia muere pero no se rinde”. Al día siguiente amaneció sombrío asediado por tristes presagios aunque sólo su inconsciente retuvo las imágenes de ese sueño de derrotas sepultado profundamente. Sobrevino la batalla (la de los tres emperadores) y es inútil repetir lo conocido. Austerlitz, con su sol iluminando las águilas francesas, es la victoria clásica de la gesta napoleónica. El otro sueño fue muy distinto y con resultados también harto diferentes. En su vivac de Waterloo, la víspera de la batalla, el Emperador mostrábase tan seguro

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y tranquilo como siempre. Sabía que tendría al frente a Wellington pero, aunque lo respetaba, no le concedía talla para ser su adversario. Todavía no nacía la fama de una raza canina: el bulldog. Llegó la noche, entregó su directiva a sus mariscales y se tendió en su tienda a descansar tres o cuatro horas sobre su incómoda cama de campaña. Tuvo un sueño rosa fatal. Veía al sol disipando la niebla y rebrillando sobre los charcos de esa lluviosa primavera belga. Y, oculta en un bosquecillo, descubría a la caballería de Ney que, a una orden del soldado “bravo entre los bravos”, como él lo bautizara, saltaba sorpresivamente como un alud sobre rusos y austríacos y en media hora, con su empuje irresistible, sellaba la más grande victoria, tan perfecta y armoniosa como un teorema de Euclides. Hecho curioso: en el sueño no aparecían ni los ingleses ni los prusianos, los unos porque tal vez un hado bondadoso había querido reservar su último sueño como Emperador y los otros porque en realidad los ignoraba como combatientes. Pero ingleses y prusianos existían. El Duque de Hierro asistía a esas horas a un baile que daba en Bruselas la Duquesa de Portland y, entre sonrisas y cortesanías, recibía de sus ayudantes minúsculos mensajes sobre el enemigo, mientras un airoso corcel negro lo aguardaba para cabalgar al campo de la Belle Aliance a reunirse con sus aliados. Y al tiempo que Wellington danzaba prodigando requiebros a las damas, más como un petimetre que como el empecinado guerrero que era, su aliado el príncipe Blucher, el siniestro húsar “cojo”, corría por los caminos de Flandes gritando “mata, mata”, lo que al gran señor inglés, elegante y algo esnob, le producía una vivaz repugnancia. Napoleón salió de su tienda radiante como el joven de Marengo. El dulce y engañoso sueño pesaba sobre su ánimo aunque no lo recordara. Revistó a sus soldados que lo aclamaban, les habló como un padre habla a sus hijos, les espetó algunas frases célebres de las que tenía

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inagotable provisión en los bolsillos de su capote. Ignorante del destino, ninguna contenía alusión a las pirámides, como ocurrió en el Nilo, a pesar de que era un Imperio faraónico el que se venía abajo. Empezó Waterloo. Toda la fuerza, el coraje y denuedo de la coalición, se mella contra la invencibilidad francesa. Entonces, sordos tambores: por el flanco más débil surge el cojo implacable con sus prusianos que, como siempre, tienen mil humillaciones que vengar. Desbaratado el día anterior se le creía vencido, y aquí está para salvar al ya debilitado Wellington. Grouchy, en cambio, Marqués del Antiguo Régimen y Mariscal de los Cien Días, que debería estar presente con su caballería, andaba perdido sin que le dijera nada el cañoneo que oía a corta distancia y que hacía temblar de impaciencia a sus generales. Veinte años de inteligencia se pierden en unas pocas horas de inepcia. Los mariscales no dejan error por cometer. Muchos reaccionan ya más como reyes y príncipes que como soldados. Hasta el emperador parece haber perdido su visión de águila. Lo han traicionado los hombres y un fantasma: un sueño. Decide entonces lanzar todo su peso contra las líneas inglesas antes de verse desbandado. Pero los casacas rojas resisten flemáticamente. Es Ney finalmente quien sella su destino. Desobedeciendo órdenes, frenético, lanza oleada tras oleada de la caballería, hasta las reservas, contra la inexpugnable línea de Wellington, situada justamente en las alturas de la Belle Aliance. Hundiéndose en el fango, en un loco galopar cuesta arriba, los franceses son barridos como en una cacería y en unas pocas horas miles de jinetes y corceles debatiéndose en la agonía es todo cuanto resta de la gallarda caballería napoleónica. Entonces, por primera vez, la Grande Armée flaquea, es hendida y diezmada y aunque los franceses se baten como paladines de Carlomagno son arrollados y muerden el polvo y el fango. La estrella de Napoleón se hunde en el barro de su último campo de batalla, mientras

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el Emperador, como un sonámbulo, la busca en el cielo, donde no se ven de día. ¿Llegó a conocer Napoleón alguna vez esta trampa que le había tendido el inconsciente? Sí, en Santa Elena, casi al fin de su vida. Durmiendo, el destino quiso que reviviera ambos sueños en conjunto, pudiendo descubrir así la enigmática burla de que había sido víctima. Al despertar, con esa clarividencia que da la muerte próxima, pudo precisarlos prolijamente como en una pantalla de cine. Supo así que el hado fatal que en la víspera de Waterloo lo engañó con la visión anticipada de una gran victoria pasada, Austerlitz, lo había hecho perder su imperio. “Fue mi estrella que se apagaba”, meditó sombríamente. Pero se engañaba. Ni Napoleón ni nadie tuvo ni tendrá nunca una estrella. Sólo en la poesía y en los cuentos infantiles hay estrellas personales; también en los horóscopos para que alguien cobre un precio por el candor de las ilusiones. Lo que en realidad tuvo Napoleón fue un cometa, un resplandeciente viajero sideral que vieron también algunos magos y que demoró cuarenta y ocho años en cruzar el firmamento de la tierra. ¿Divisó él su último resplandor cuando desaparecía rumbo a otras constelaciones para volver algún día anunciando otras terribles grandezas? Parece que no. Se presume que sus ojos ya estaban ciegos. Pero no todo en él era silencio. Cuando el doctor Corvisart levantó sus pupilas y musitó quedamente “el emperador ha muerto”, sus oídos, ensordecidos y apagándose, alcanzaron a oír un lejano redoble de tambores.

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La Voz Ubicua

Seis mil esclavos, clavados en seis mil cruces, cubrían decenas de kilómetros de la Vía Apia. Así terminaba la sublevación de los humillados y ofendidos encabezados por el gladiador Espartaco. Con los esclavos de media Italia el rebelde Tracio había levantado un abigarrado ejército cuyos triunfos habían conmovido los cimientos del edificio de la Loba. Su lema fue “vivir libres o morir”. Y como la libertad se mostró esquiva, ahora morían lentamente bajo la mirada arrogante pero curiosamente sombría de los legionarios de Craso, el triunviro. Un multimillonario que fundara su fortuna especulando con tierras y sangre. Pronto el general tendría su triunfo y, como imperator, un soldado iría a su lado tirándole de la alba toga y diciéndole: “Recuerda que eres mortal”. No demoraría mucho en comprobarlo. Desfilaban rítmicamente los soldados y a su

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paso una nube de sangre, sudor y hierro envolvía a los agonizantes como un sudario. Distraídamente los ojos de un soldadito recién enrolado, casi un niño, cayeron sobre uno de los crucificados que ardía al sol y cuyos labios, al pasar junto a él, modularon una frase enteramente incomprensible: “Señor, por qué me has abandonado”. Pero ese día el soldadito parecía estar bajo un hechizo. Porque al mirar los claros ojos del torturado creyó ver fugazmente en ellos, como en un espejo, en medio de un torbellino de cuerpos, a un resplandeciente general de dorada coraza que, desarzonado, mordía la arena del desierto mientras que, como un lejano eco de las palabras del esclavo, salía de su boca expirante el mismo misterioso y desolado clamor. “Señor, por qué me has abandonado”

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La Dama de Monovar

Don José golpea levemente con los nudillos de su mano la puerta de doña Isabel y grita con voz asordinada: - ¿Está ahí, doña Isabel? Y desde adentro le contesta la voz cristalina de doña Isabel: - Sí, aquí estoy, don José. Y aparece doña Isabel con su rostro de camafeo clásico. Es una mujer que dejó atrás los cuarenta, alta y más bien delgada pero con formas, vestida de negro y bella todavía, cuyo pecho se alza rítmicamente como si meciera una trémula ilusión. Una sonrisa melancólica ilumina sus facciones. - ¿Qué quería usted de mí, don José?, dice doña Isabel quedamente, como si tuviera vergüenza de levantar la voz. Don José querría decirle que de ella lo quiere 211


todo, pero no dice nada. Don José es un pequeño filósofo que esconde sus sentimientos como si fuesen un tesoro entregado a él en custodia, como si no fuesen suyos. A cambio dice: - Sí, la quería a usted, doña Isabel, para hablarle de su hijo Pablito, que me han dicho que quiere trabajar y que si no encuentra aquí acomodo en Monovar, pueblo sin horizonte, buscará un lugarcillo en Madrid. Por los profundos ojos de doña Isabel pasa un relámpago de miedo. Esos bellos ojos negros que a don José lo enamorarían si don José fuese capaz de admitir que él puede enamorarse. Pablito es el único recuerdo que le quedó de su fugaz matrimonio con el lindo don Joaquín, que la abandonó para irse a América, para convertirse en indiano. Ah, si don José pudiera ayudarla a no separarse de él. Es cierto, don José puede ayudarla y se lo comunica. Pablito ya no tendrá que irse a la tentadora Villa y Corte donde tantos peligros acechan a los jóvenes. La estancia donde están es austera y horra de innecesarios adornos. Mas los sillones son amplios y sólidos, de ennegrecido nogal, de líneas visigóticas. Doña Isabel sueña mientras afuera la tarde se duerme. Pablito trabajará en la Notaría de don José y entre los dos lo cuidarán. ¿Entre los dos? Sin saber por qué doña Isabel sabe que así será. Adivina días apacibles y sin nubes con ese hijo del alma convertido en dueño de casa a la espera de los cambios que lleguen. ¿Qué cambios? No intenta adivinarlos, pero es como si una gran alegría estuviese a punto de estallar en su corazón. Don José la mira sin decir nada. Se han quedado silenciosos, mirando hacia la calle que se llena de luces, más allá de ellos mismos, como si ambos participaran en un misterio gozoso. (Tentativa de acuarela azorinesca con tácito permiso de Don José Martínez Ruiz)


III UtopĂ­a Desesperada


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Primavera con Señoras Reiteradamente Amadas que Ahuyenta al Demonio y sus Edecanes y Volatiliza los Misiles Nucleares

La primavera monta rigurosamente sus jardines al pie de los Andes el 21 de septiembre, pero las bellas señoras impacientes, pueden ser señoritas, tienen el mismo derecho, la estrenan en avant premier la noche anterior para acusar al frío del invierno si por azar se topan por la mañana con algún signor Boccacio y su lengua deslenguada, que al ver sus caras arreboladas les diga qué ojeras, madonas mías, ustedes se portaron mal anoche, y ellas de pura espontaneidad agradecida les contestan, más todavía, nos portamos muy bien y hasta que llegó el alba, y él se excusa, perdón encantadoras señoras, señoritas, y permítanme que las felicite porque a mí también me gusta portarme mal, cuando puedo, y de un corro que se ha ido formando sale una voz, diez, cien voces, y a mí y a mí, voces con rostros serios, cándidos, sensuales, púdicos, místicos, y otra voz ronca que grita, y quiero, y a quien no le gusta lo bueno, y todos ríen y saltan infantilmente y bailando entran en un cuadro de Boticelli, y arman rondas 215


entre nardos y caracolas, y el pintor recubre con su pincel sus tristes vestiduras y recubre con gasas transparentes su piel iluminada, el mejor traje, y la danza y el cantonno los agotan, mas caen sobre el césped, se levantan, y cada vez se demoran más en levantarse, y en el glorioso suelo los gritos se convierten en grititos, en susurros armoniosos, en entrecortados suspiros, en entrecortados suspiros de boca a boca, en un viento húmedo de lenguas vivas, no muertas, en una celeste lluvia súbita que aniega los cuerpos y los santifica en unos gatitos que en unos meses gatean fuera del cuadro, y el mundo amante, amándose siempre, y la tierra que tiembla al amarse, se lo dijo Marpia al gringo Hemingway, y el amor que va del labio al alma, y que de tanto amarse, descansar y volver a enlazarse hace que nadie deje de ser hermano de nadie, y es un amor nuevo, nuevo como fue siempre, se llama fraternidad humana y lo bendice el Padre, amaos los unos a los otros, y seguid aún subiendo, y el amor será aire de justicia, libertad, droit de l’homme, y Teillard más arriba todavía con su noósfera enseñando que espiritualizarse es espiralizarse, y otra vez el amor hinchándose grávido de coraje para derrocar a Satán y sus edecanes que escapan a lomo de pezuña, y la esperanza abierta de par en par de que no quedará centímetro cuadrado que no ocupe el amor, y la certeza de que su sola luz desarmará la estructura molecular de los crueles metales de la muerte, de la guerra, y el placer de admirar los rostros estupefactos de los traficantes cuyas máquinas infernales se han volatilizado con su poder y su oro, y que el Pacto de Varsovia y que la OTAN y que la Muralla China, y el amor que subirá hasta el mismo cielo volado por los misiles para trocarlos en rocío que regará la tierra liberada, y que contar saber y contar hay que saber, que el milagro ocurrió en primavera, primavera, cuando las bellas señoras o señoritas, todas tienen el mismo derecho, anticiparon en una noche la hora gozosa, desde entonces Amor Amante reina en los cielos, en la tierra y en todo lugar, y el dolor fue olvidado por los siglos de los siglos, 216


y este cuento se acabó y no pasó por un zapatito roto, porque de eso se trataba, y adío, adieu, hasta la próxima primavera con un diluvio universal de amor que dure cien años sin soledad, y que pueble y repueble eternamente de gracia ¡oh divina! gio venniza los cuadros de mi amigo Sandro, donde se libran algunas de estas briosas batallas ora veleidosas ora heroicas, siempre santas.

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Fe de Mentiras No me Excuso. Estas Mentiras, Para el Fabulador, son Verdades


Indice General Prologo................................................................................................... I

I.-Relatos Las Montañas Inmóviles............................................................13 La Viejecita de las Alternativas...............................................17 El Mar Eterno.................................................................................... 25 Los Pinos de Roma........................................................................ 26 A la Sombra del Sol de Castilla.............................................31 La Vertiente del Mediodía........................................................ 37 La Piedra Roja.................................................................................... 41 Laberinto con Goma de Mascar.......................................... 45 La Marea del Sapo Verde........................................................... 63 La Estatua que Miraba al Norte........................................... 69 En el Final era el Verbo................................................................73 El Genocida de la Discoteca................................................. 77 La Noche del Minotauro............................................................81 La Belleza del Infierno................................................................ 93 Safari en la Ciudad......................................................................... 99 La Estrella en el Hielo................................................................111 El Espejo...............................................................................................119 Rey de París........................................................................................121 El Niño que Escribía Historias............................................129 Pumpum..............................................................................................133 Rodolfo y la Princesa..................................................................137 El Gangster va al Templo.........................................................143 El Tío que fue al Kalahari........................................................149


II.- Mixtificaciones El Oso Impío.....................................................................................165 El Ultimo Cantar de los Cantares.....................................167 Madame Bovari da la Vuelta al Mundo.......................173 Los Acróbatas del 29...................................................................177 Los Años del Caracol..................................................................181 La Niñera y la Esposa.................................................................185 El Ombligo.........................................................................................189 La Multitud .......................................................................................193 El Literato Descarriado En el Monte..............................195 Carnaval Imperial..........................................................................201 Dos Hombrecitos Idénticos................................................. 203 Los Sueños Trocados................................................................. 205 La Voz Ubicua................................................................................. 209 La Dama de Monovar................................................................211

III.- Utopía Desesperada Primavera con Señoras Reiteradamente Amadas que Ahuyenta al Demonio y sus Edecanes y Volatiliza los Misíles Nucleares.............215 Fe de Mentiras.................................................................................218


Mario Garfias Pacheco

P ara expresar el afecto a un hom-

bre como Mario Garfias Pacheco (q.e.p.d.), no hace falta mayor esfuerzo. Basta la inspiración que despierta su personalidad de amigo, inteligente, talentoso y permanentemente jovial. Como amigo, jamás se podría dudar de su lealtad y disposición al consejo exacto; como individuo inteligente, Mario tenía poca rivalidad en la profesión de periodista y fuera de dicho medio, ya que su cultura rebasaba las exigencias de un trabajo en el que era reconocido como superior. Poseía una cultura general vasta y un criterio a prueba de cualquiera disyuntiva. Aunque se enfrentara con interlocutores mayores en edad cronológica, siempre sonreía con la certeza de que su argumento tendría eco positivo, no obstante - y eso es indispensable tomar en consideración - su actitud no poseía características de pedantería. Todo lo contrario: caminaba y conversaba con todos en el tono de igualdad. Sin embargo, personalmente, yo, que me sentía orgulloso de ser considerado su amigo, lo sentía como maestro... He aquí mi homenaje y satisfacción de poder editar la presente obra de sus textos inéditos, a sabiendas que han de servir de placer estético y mensaje humano. Sobre el contenido, ya se pronuncia, con su claro criterio literario, Luis Sánchez Latorre (Filebo). Efraín Szmulewicz.

Los Caballos de Arena - Mario Garfias Pacheco  

Relatos, Mixtificaciones y Utopía Desesperada, escritas por el destacado periodista chileno Mario Garfias Pacheco (1920-1980), en donde se c...

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