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¿HASTA CUÁNDO, DIOS? Cuando el sufrimiento llega sin previo aviso

JOSELO MERCADO


CONTENIDO Prefacio a la serie �������������������������������������������������  5

1 Sufrimiento en el mundo �����������������������������  7 2 ¿Sufrimiento o inconveniente?������������������  17 3 El evangelio�������������������������������������������������  27 4 El evangelio y el sufrimiento���������������������  37 5 Sufrimiento y corazones preparados���������  49 6 Lo que necesitamos�������������������������������������  57 7 No temas �����������������������������������������������������  67 8 Vas a morir… enfréntalo para la gloria de Dios �����������������������������������������������������������  75 9 El sufrimiento y las relaciones�������������������  81


I SUFRIMIENTO EN EL MUNDO

Cuando era niño, mi papá me llevaba frecuentemente a ver peleas de boxeo. Como buen puertorriqueño, gran parte de la cultura era ser fanático de los campeones mundiales que salían de nuestra pequeña isla. Además, mi papá practicó este deporte y, por consiguiente, era parte de mi herencia seguir el mismo camino. Mi papá siempre compraba los mejores asientos, así que podía ver la acción desde cerca. En esta etapa de mi vida no sigo tanto el deporte, pero si algo aprendí durante años de ver peleas de boxeo de primer nivel, es que el golpe más devastador no es el más fuerte, es el que no se ve venir. La mayoría de los boxeadores se preparan para recibir golpes y asi9


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milarlos, ellos pueden recibir golpes contundentes si saben que serán golpeados. Por otro lado, un golpe no tan fuerte que viene en un ángulo que toma de sorpresa al boxeador, puede ser devastador. Muchas veces el sufrimiento llega a nuestras vidas como ese golpe devastador que no esperábamos. Nunca planeamos sufrir, no decimos casualmente: «Sería bueno sufrir un poco la próxima semana». El sufrimiento llega sin invitación. Con frecuencia nuestras vidas parecen ir por el camino correcto y de repente llega la noticia inesperada. Puede ser un diagnóstico que no esperabas, una enfermedad crónica de un hijo, un distanciamiento con un ser querido, un hijo que no está siguiendo los valores que le enseñaste, la pérdida del trabajo que has tenido durante 20 años, un virus que azota el planeta. Estas situaciones son reales, y tienen un efecto profundo en nuestras vidas. Cuando sufrimos, nuestra mente se turba, nuestro estado físico es afectado. En esos momentos necesitamos un lugar donde podemos recibir la ayuda que necesitamos. Acostumbramos a huir del sufrimiento y a tratar de protegernos lo más posible del mismo. Los adelantos tecnológicos y médicos han ayudado a prevenir muchos de los males que eran comunes hace tan solo 200 años. Nuestra sociedad siente como derecho propio el tener salud, vivir largas vidas y no experimentar mayores problemas. En cambio, D. A. Carson, en su libro ¿Hasta Cuándo Señor?, sugiere que un creyente no debe preguntarse si va a sufrir o no; más bien


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11 debe preguntarse cuándo va a sufrir. Vivimos en un mundo caído, donde cada uno de nosotros experimentaremos los efectos de la caída que nos conducirán al sufrimiento, ya sea en forma de una enfermedad, la pérdida de un ser querido, relaciones rotas, dificultades financieras o de alguna otra manera. Dado que todos tendremos que enfrentar la realidad del sufrimiento, necesitamos una perspectiva bíblica para enfrentar esos momentos para la gloria a Dios. Debemos prepararnos para que las verdades del evangelio nos sostengan en los momentos difíciles. En un mundo donde gran parte de la población tiene acceso a comodidades, debemos tener una perspectiva correcta de lo que es el sufrimiento. Comúnmente existe una idea equivocada al respecto, y llamamos sufrimientos a nuestras inconveniencias. Por ejemplo: «Mi auto no enciende», «No encuentro una casa para alquilar cerca de mi trabajo», «El televisor está fallando» y cosas similares son más bien inconveniencias. Los sufrimientos son aspectos que experimentamos por causa del pecado en el mundo. Enfermedades crónicas; dificultades en las relaciones; la muerte de un ser querido; la persistente rebelión de un hijo; falta de recursos para proveer las necesidades básicas; maltrato; abandono. Estos son verdaderos sufrimientos, y la gran mayoría los hemos experimentado de una forma u otra. Todo sufrimiento es consecuencia de la caída. Vivimos en un mundo donde experimentamos los resultados del pecado del hombre. Algo


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importante que todos debemos de saber es que nosotros también hemos aportado a la caída. La caída es el evento que leemos en Génesis 3, donde el primer hombre, Adán, se rebeló contra Dios y sus estatutos. La consecuencia de esta relación es que todos los hombres cargamos las consecuencias de ese pecado, ya que Adán era nuestro representante en el Edén. Sé que puedes pensar que es injusto, pero veremos más adelante que tenemos salvación por un representante ante Dios, Cristo. Dios castigó la rebelión de Adán con la muerte. Con este evento llegaron los efectos del pecado en el mundo, incluido el sufrimiento. La Biblia enseña en Romanos 8 que la creación gime por ser redimida. Parte de los efectos del pecado de Adán es que la creación sufrió cambios debido al pecado. Podrías preguntar: ¿Qué culpa tengo yo por lo que hizo Adán? Entiendo tu pregunta, pero la realidad es que todos hemos hecho lo mismo que Adán hizo. Todos, de alguna forma u otra, nos hemos rebelado contra Dios, esto es a lo que la Biblia llama «pecar». La Biblia afirma que al cometer el más pequeño pecado somos merecedores del juicio de Dios por la eternidad. Quizás te parece un poco extremo, pero es debido a que no comprendemos la santidad, la perfección y la pureza del Dios infinito. Merecemos ese juicio porque nuestro «pequeño» pecado, no es pequeño cuando lo cometemos contra un Dios infinito. Si por la misericordia de Dios entendemos el concepto de que todos hemos pecado y merecemos el juicio de Dios, será más fácil procesar el


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13 sufrimiento. Entonces podremos entender que Dios no nos trata como merecemos, sino que es bueno y nos bendice. En lugar de asombrarnos cuando sufrimos, deberíamos de estar asombrados de que no sufrimos tanto, porque lo que merecemos es sufrimiento eterno. Lo impotente es que Dios nos ha dado un remedio para que evitemos el más grande sufrimiento que podemos enfrentar. Jesús sufrió en la cruz, no solo como un ejemplo de amor, sino también para tomar el sufrimiento que tú y yo merecíamos, para que aquellos que ponen su confianza en Él no tengan que sufrir en la eternidad. Por eso nuestros sufrimientos nos conducen a encontrar esperanza en el sufrimiento de Cristo. Cada sufrimiento nos debe recordar el pecado y, por consiguiente, ayudarnos a mirar con mayor determinación a la cruz y a nuestra necesidad de redención. Nuestro enemigo no está en las circunstancias difíciles, sino en el pecado y su efecto dañino que puede tener en nuestra alma. En medio del sufrimiento, nuestra tendencia es querer que este desaparezca. Sin embargo, durante este proceso, lo más importante es velar por nuestras almas y así evitar desviarnos por la influencia del pecado. El sufrimiento puede traer duda, amargura, desánimo y estas cosas podrían ser enemigos de nuestra alma. Debemos tener claro que, aunque el Reino se está estableciendo, todavía no está completamente establecido. Las promesas de «no más enfermedad, no más dolor, no más llanto» (Apoc. 21) se cumplirán cuando se establezca la Nueva Jeru-


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salén. No obstante, muchos creyentes tienen una escatología que, sumada a la tendencia de «visualizar» de la Nueva Era que se ha infiltrado con el evangelio de la prosperidad, ha llevado a muchos a creer que los efectos de la caída deben ser revertidos en el presente si lo «declaramos» con suficiente determinación. Sí, los sufrimientos terminarán. Todos y cada uno de ellos. Pero lo harán el día en que Jesús vuelva por Su pueblo.

Oramos con fe La Biblia nos muestra que debemos orar sometidos a la voluntad de Dios. Por lo tanto, no debemos tratar de manipular a Dios con nuestras oraciones. Al mismo tiempo, tenemos que cuidarnos de no ir al otro extremo y no tener fe en Dios cuando oramos. En medio de nuestras peticiones, debemos considerar que Dios desea bendecir a sus hijos. La parábola de la viuda (Luc. 18) y la parábola del amigo impertinente (Luc. 11) nos guían a orar persistentemente y con fe en el Señor. Por consiguiente, nos sometemos a la voluntad de Dios cuando oramos, pero esto no debe ser impedimento para también orar por sanidad, provisión o alivio. Sabemos que Dios es capaz de hacer milagros y que desea mostrar Su poder. Pero, así como Dios quiere mostrar su gloria por medio de sus milagros, también anhela glorificarse en que sus santos perseveren durante las pruebas.


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Nuestro enemigo en el sufrimiento Los Salmos nos muestran en múltiples ocasiones que uno de los principales problemas del creyente durante el sufrimiento es que primeramente se entrega a sus emociones en lugar de a la verdad del evangelio. En el sufrimiento nos sentimos solos y olvidamos que Dios nunca se aparta de nuestro lado. Además, sentimos que Dios no nos ama y olvidamos Su gran muestra de amor al morir por nuestros pecados. Nos olvidamos del evangelio. El salmista siempre escapa de esta condición al contemplar las misericordias de Dios. El Salmo 13 es una muestra de cómo podemos procesar el sufrimiento: ¿Hasta cuándo, Señor, me seguirás olvidando? ¿Hasta cuándo esconderás de mí tu rostro? ¿Hasta cuándo he de estar angustiado y he de sufrir cada día en mi corazón? ¿Hasta cuándo el enemigo me seguirá dominando? Señor y Dios mío, mírame y respóndeme; ilumina mis ojos. Así no caeré en el sueño de la muerte; así no dirá mi enemigo: «Lo he vencido»; así mi adversario no se alegrará de mi caída. Pero yo confío en tu gran amor; mi corazón se alegra en tu salvación. Canto salmos al Señor. ¡El Señor ha sido bueno conmigo!


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Observamos que el salmista no está en negación. Él clama a Dios por alivio, pero también, como vemos en los versículos 3 y 4, pide fuerzas para darle gloria a Él en medio del sufrimiento. Es importante tener esta doble perspectiva: pedimos alivio, pero también clamamos por piedad para reflejar la gloria de Dios en medio de la prueba. Al final del salmo, observamos que el salmista se ampara en verdades que son eternas y que no cambian (vv. 5-6). Tus enemigos pueden parecer estar ganando la batalla o tu cuerpo puede desgastarse, sin embargo, la misericordia de Dios nunca cambia. Este salmo nos enseña que el motivo de nuestra alabanza está en la promesa eterna y no en el alivio temporal.

Dios es mejor El Salmo 73 muestra al salmista en medio del sufrimiento y cómo al experimentar la presencia de Dios, cambia su perspectiva de envidiar al impío por una de estar satisfecho en Dios. Al final de este salmo leemos que no envidia a los impíos, sino que anhela a Dios: «Para mí el bien es estar cerca de Dios. He hecho del Señor Soberano mi refugio para contar todas sus obras» (Sal. 73:28). Lamentablemente, es común que en medio del sufrimiento olvidemos mostrarles a los que sufren, con amor y paciencia, que Dios es mejor que todo lo que esa persona pueda desear en el momento de la prueba. Él es el más glorioso, el que más satisface y a quien más necesitamos. No


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17 es erróneo desear alivio y consuelo en medio del sufrimiento, sin embargo, querer conocer más a Dios y ser más como Cristo es mejor, porque Él es mejor. Debemos prepararnos para el sufrimiento porque sufrir es inevitable en este mundo. La mejor forma para hacerlo es creer y experimentar el hecho de que Dios es mejor que todo; Su gloria y resplandor es lo que necesitamos. Cuando estamos satisfechos en Él, ya sea en medio de la abundancia o del sufrimiento, le damos sentido a las circunstancias, porque al final Él se lleva la gloria y vivir para Su gloria le da sentido al sufrimiento. Solo podemos sufrir con esa esperanza cuando vemos cómo nuestro Salvador sufrió por nosotros para que no seamos esclavos de nuestros anhelos, sino para que vivamos para darle honor a quien honor merece. «El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no habrá de darnos generosamente, junto con él, todas las cosas? […]. Porque todas las cosas proceden de él, y existen por él y para él. ¡A él sea la gloria por siempre! Amén» (Rom. 8:32; 11:36).

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¿Hasta cuándo Dios? (muestra) - Joselo Mercado  

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