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KAREL CAPEK

LA GUERRA DE LAS SALAMANDRAS Ilustraciones:

HANS TICHA Tr a d u c c i รณ n : A N N A F A L B R O V ร


La guerra de las salamandras

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No debe fiarse de las habladurías de los nativos, muchacho. Alguien dio a ese golfo el nombre de bahía del Diablo, y desde entonces los batacos le tienen miedo. Eso es lo que pasa —añadió el capitán, golpeando la mesa con su gruesa palma—; allí no hay nada, muchacho, eso es una evidencia científica. —Lo es, señor —corroboró el mestizo que había ido a la escuela en Badjoeng—, pero ningún hombre cuerdo tiene nada que buscar en la bahía del Diablo. —¡¿Cómo?! —gritó el capitán Van Toch, rojo de ira—. Cubano asqueroso, ¿crees que me voy a asustar de tus diablos? ¡Ya lo veremos! —añadió, levantando con dignidad sus ciento veinte kilos de peso—. No voy a perder el tiempo contigo cuando tengo que ocuparme de nego­ cios. Pero ¡recuérdalo bien! En las colonias holandesas no existe diablo alguno; si lo hubiera, sería, en todo caso, en las francesas. Allí es posi­ ble. Y ahora, llámame al jefe de esa maldita tribu. No fue preciso esperar demasiado a la referida autoridad. Estaba sentada en cuclillas junto a la tienda del mestizo, chupando caña de azúcar. Era un hombre de cierta edad, completamente desnudo, aunque muchísimo más delgado de lo que acostumbran ser los jefes europeos. Tras él, un poco retirada para conservar la distancia apropiada, estaba sentada en cuclillas toda la aldea, incluidos mujeres y niños, esperando seguramente que los fueran a filmar. —Escucha, viejo —le dijo el capitán Van Toch en malayo (podría haberle hablado también en holandés o inglés, porque el muy hono­ rable viejo bataco no sabía una palabra de malayo, y todo el discurso del capitán tenía que traducírselo el mestizo de cubana y portugués; pero, por alguna razón, el capitán consideraba el malayo la lengua más ade­cuada)—. Escucha, viejo, necesitaría algunos muchachos grandes, fuertes, valientes, para que viniesen conmigo a pescar, ¿comprendes? A pescar. El mestizo lo tradujo y el jefe movió la cabeza afirmativamente, para demostrar que comprendía. Luego se volvió hacia el amplio auditorio y tuvo con su gente una conversación, con evidente éxito. —El jefe dice —tradujo el mestizo— que toda la aldea irá con el señor capitán a pescar donde quiera.


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La guerra de las salamandras

CapitĂĄn Van Toch

Mestizo de cubana y portuguĂŠs


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de un pensionado femenino de Lausana, la cual, con extraordinaria energía e incansable entusiasmo, propagaba por todo el mundo su noble lema:

¡Dad a las salamandras la debida educación escolar! Durante mucho tiempo se topó con la incomprensión del público, mientras llamaba la atención incansablemente sobre la natural dispo­ sición de las salamandras para aprender, y sobre el peligro que podría correr la civilización si las salamandras no recibían una educación moral razonable. «Tal como se extinguió la cultura romana bajo la invasión de los bárbaros, se extinguiría también nuestra cultura si hubiera una isla en el mar con seres a los que se hubiese impuesto un yugo espiritual que les pobrecillas; saben hablar, contar y ser terriblemente útiles. ¡Pero son tan feas!

Madeleine Roche

Que haya salamandras, con tal de que no haya mar­ xistas.

No tienen alma. Si la tuvie­ ran, tendríamos que recono­ cerles igualdad económica con el hombre, lo que sería absurdo. Henry Bond

Kurt Huber

No tienen sex-appeal. Por eso mismo, no tienen alma. Mae West

Decididamente, no tienen alma. En eso se parecen al hombre.

Tienen un interesante es­ tilo y técnica de natación, podemos aprender mucho de ellas, sobre todo, en la nata­ ción a grandes distancias.

Tienen alma lo mismo que cada ser y cada planta. ¡Gran­ de es el misterio de la vida!

G. B. Shaw

Tony Weissmüller

Sandrabharata Nath


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Tras las huellas de la civilización

impidiera su participación en los más altos ideales de la humanidad de nuestros días.» Estas palabras las pronunció proféticamente en las seis mil trescientas cincuenta conferencias que dio en clubes femeninos por toda Europa y América, lo mismo que en Japón, China, Turquía y otros países. «Si queremos mantener la cultura —decía—, debe ser por medio de la instrucción de todos. No podemos gozar tranquilamente de los frutos de nuestra civilización y de nuestra cultura mientras existan a nuestro alrededor millones y millones de seres desgraciados e inferiores man­ tenidos artificialmente en la ignorancia. Lo mismo que el lema del siglo XIX fue la liberación de la mujer, la consigna de nuestra era debe ser:

¡Dad a las salamandras la debida educación escolar!» Gracias a su elocuencia y tenacidad increíble, madame Louise Zimmerman movilizó a las mujeres de todo el mundo, consiguiendo la suficiente ayuda económica para crear en Beaulieu (cerca de Niza) el Primer Liceo para Salamandras, en el que los renacuajos de las salaman­ dras que trabajaban en Marsella y Toulon aprendieron lengua y literatura francesas, retórica, comportamiento en sociedad, matemáticas e historia de la cultura10. Menor éxito tuvo la Escuela para Salamandras de Menton, en la que, especialmente, los cursos de música, cocina dietética y trabajo   Véase el libro: Madame Louise Zimmerman, sa vie, ses idées, son oeuvre (Alean). Citamos de dicha obra los recuerdos de una salamandra que se contaba entre sus primeros discípulos: 10

N

os recitaba fábulas de La Fontaine sentada en nuestro estanque sencillo, pero limpio y cómodo; sufría, desde luego, a causa de la humedad, pero nada le importaba, entregada como estaba por com­ pleto a sus tareas de enseñanza. Nos llamaba mis pequeños chinitos porque, lo mismo que los chinos, tampoco podíamos pronunciar la erre. Al cabo de algún tiempo se acostumbró tanto a ello, que pronunciaba su nombre «Zimmelman». Todos la adorábamos, y los pequeños que no tenían todavía desarrollados los pulmones, y, por lo tanto, no podían salir del agua, lloraban al no lograr acompañarla durante sus paseos por el jardín de la escuela. Era tan comedida y amable que, según sé, solamente se enfadó una vez. Fue cuando nuestra joven maestra de historia, en un día calurosísimo de verano, se puso el traje de baño


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competentes vigilasen, para que se respetaran con relación a las salaman­ dras, las prescripciones policiales y veterinarias válidas para cualquier otra clase de animal. su satisfacción—. ¿Todavía están colgadas en la torre del puente las cabezas de los señores checos ajusticiados? —Hace tiempo que no —le contesté (lo reconozco) un poco sorprendido ante aquella pregunta. —¡Qué lástima! —exclamó la sala­ mandra con simpatía—. Era un extraordinario recuerdo histórico. Clama al cielo que tantos recuerdos notables fueran destrozados en la guerra de los Treinta Años. Si no me equivoco, la tierra checa quedó entonces convertida en desierto, cubierta de sangre y lágrimas. —¿A usted le interesa nuestra historia? —exclamé lleno de alegría. —Desde luego, señor —aseguró la salamandra—. Sobre todo, la catástrofe de la Montaña Blanca y la esclavitud de trescientos años. He leído mucho sobre todo ello en este libro. Deben estar ustedes muy orgullosos de su esclavitud de trescientos años. Fue una gran época, señor. —Sí, una dura época —expliqué yo—, época de opresión y de cólera. —¿Y gimieron ustedes? —preguntó nuestro amigo con gran interés.

—Gemimos, mientras sufríamos indescriptiblemente bajo el yugo de nuestros opresores. —¡Cuánto me alegro! —suspiró la salamandra—. Mi libro lo dice así, exactamente, y estoy muy contento de que diga la verdad. Es un libro precioso, señor, mejor que la Geometría para cursos superiores. Me gustaría poder visitar un día el lugar histórico en que fueron ajusticiados los señores de Bohemia, como también otros sitios donde se cometieron cruentas injusticias. —¿Por qué no visita nuestro país? —le propuse de todo corazón. —Por desgracia, no es tanta mi libertad —contestó. —Nosotros la compraríamos —exclamé yo—. Quiero decir, por medio de una colecta nacional podríamos proporcionarle los medios... —Mi agradecimiento más sincero —murmuró nuestro amigo, visiblemente conmovido—, pero he oído decir que el agua del Moldava no es muy buena. «¿Sabe usted? Sufrimos disentería en aguas turbias. —Después meditó un momento y añadió—: Tampoco podría abandonar mi querido jardín.


Jaromír Seidl-Novomestský Jindriša Seidlová-Chrudimšká

Boleslav Jablonský


Título original: Válka s Mloky © 1936, del texto: Herederos de Karel Capek © 1987, 2008, de las ilustraciones: Hans Ticha Aufbau Verlag GmbH & Co. KG, Berlín © 1987, de las tipografías: Hans Ticha y Peter Birmele © 1981, de la traducción:Herederos de Anna Falbrová © 2018, de esta edición: Libros del Zorro Rojo Barcelona - Buenos Aires - Ciudad de México www.librosdelzorrorojo.com Dirección editorial: Fernando Diego García Dirección de arte: Sebastián García Schnetzer Edición: Martín Evelson Maquetación: Camila Madero Corrección: Sara Díez Santidrián Con la colaboración del Institut Català de les Empreses Culturals I S B N: 9 7 8 - 8 4 - 9 4 7 7 3 4 - 1 - 9

Depósito legal: B - 2 6 1 0 6 - 2 0 1 7

Primera edición: febrero de 2018 Impreso en Letonia por Livonia Print S. I. A.

No se permite la reproducción total o parcial de este libro, ni su transmisión en cualquier forma o por cualquier medio, sin el permiso previo y por escrito de los titulares del copyright. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual. El derecho a utilizar la marca «Libros del Zorro Rojo» corresponde exclusivamente a las siguientes empresas: albur producciones editoriales s.l. LZR Ediciones s.r.l.


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La guerra de las salamandras  

Karel Čapek. Ilustraciones de Hans Ticha.

La guerra de las salamandras  

Karel Čapek. Ilustraciones de Hans Ticha.

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