EL FLAUTISTA DE BIRKENPLATZ1 Yaron Avitov Capítulo tomado del Libro La Flauta de Jaim toca en el Cielo • Yaron Avitov
8. Al día siguiente fue el Día del Holocausto y sentí que era la primera vez que lo estaba conmemorando de verdad. Desde que era niño, cuando hablaban conmigo sobre el Holocausto y sobre mi abuelo y que mi padre había logrado escapar a tiempo rodando por caminos que no eran tales hasta la tierra de Israel con un certificado falsificado, yo siempre percibía que eso no tenía absolutamente nada que ver conmigo y que yo no pertenecía a eso de ningún modo. Pero en ese momento sentí que el Día del Holocausto era como un verdadero examen al que debía enfrentarme. Bien temprano a la mañana Perski pasó por las habitaciones y nos despertó a todos. Estaba tan tenso que, por un momento, me pareció que estaba despertando a los músicos como para la formación matutina. Se veía que no había pegado un ojo en toda la noche, en esta ocasión, no por la mujer que se había escabullido en su cuarto sino por la gran emoción que lo embargaba y la tensión en la que estaba inmerso. Después del desayuno liviano no me olvidé de cepillarme los dientes, un lujo que no tuvo mi abuelo antes de las presentaciones en Birkenplatz, para que no se me acumulara saliva en la boca como consecuencia de la comida que había ingerido y que podría molestarme mientras tocara. Salimos del hotel en silencio, cada uno ensimismado en sus pensamientos y parecíamos yendo a un entierro, no a un concierto. Yo sabía que algunos músicos, además de mí, eran segunda y tercera generación de sobrevivientes del Holocausto y me pregunté si también para ellos sería un día tan significativo. 10.- Nombre ficticio cuyo origen es el campo de exterminio Auschwitz-Birkenau.
Viajamos en un ómnibus especial asignado por los organizadores hasta la rampa de Birkenplatz que todos conocíamos por las fotografías de la época de la guerra. Durante el viaje algunos de los miembros de la orquesta se liberaron de la helada de la mañana, desenfundaron sus instrumentos, comenzaron a afinarlos y, por un momento, esos sonidos se enlazaron con los ruidos del motor, como si lo estuviesen probando. El ómnibus continuó su viaje hasta que se detuvo en los portones del campo. Entré a Birkenplatz cabizbajo, triste y enlutado por mi abuelo que había encontrado allí la muerte sin derecho a una tumba. En su declaración en el juicio, Perski no contó qué hicieron con el cuerpo de mi abuelo asesinado -si lo habían introducido en el crematorio o sepultado en una fosa común- y tal vez no era casual que no había ampliado la información acerca del modo en que murieron los demás músicos, o no quiso saberlo, lo que sonaba más exasperante aún. Por un instante, pude sentirme como mi abuelo en el pasado, cuando llegó allí en tren. El paisaje del campo de Birkenplatz casi no se había modificado desde los tiempos de la guerra -las vías férreas, los edificios, los carteles declarando “Arbeit macht frei”2 y el símbolo del águila que vigila desde lo alto-, a excepción de la tribuna improvisada que había sido instalada frente a la rampa para la gran cantidad de ilustres personalidades invitadas a nuestro concierto festivo y también para los periodistas que cubrirían el evento. Se había decidido que nosotros reconstruiríamos las presentaciones de la orquesta de entonces, que tocaríamos afuera y no en el salón. Tanto Perski como nosotros estábamos preocupados por el frío de finales de invierno que podría atentar contra nuestro desempeño, pero, para nuestra absoluta sorpresa, reblandecidos rayos de sol asomaron entre los jirones de nubes. Perski era un director muy preciso, como si por ser ex kapo hubiera aprendido de los alemanes qué era la precisión. Por suerte, 2.- En alemán: El trabajo libera.
esta vez solo quería ser riguroso en la producción de los sonidos. El hecho de no haber podido pegar un ojo en toda la noche ya no se notaba en él. Estaba repuesto y lleno de energía. A las diez en punto alzó su batuta ante la platea llena de invitados distinguidos y nos hizo una señal para comenzar a tocar. El concierto se inició con el himno de Israel, Hatikvá, símbolo de que, incluso en Birkenplatz, somos un pueblo libre. Después se reprodujo el repertorio completo de los conciertos interpretados por la orquesta del campo durante la guerra. Obras de Wagner, que en Israel no les gusta oír, piezas clásicas y también de música liviana. A pesar de no ser considerada una orquesta de renombre, la escena emocionó a todos y el público, que por supuesto no era un público habituado a conciertos, nos disculpó algunos sonidos disonantes y nos dispensó, aquí y allá, algunos aplausos corteses. Perski, que era muy minucioso, fue menos indulgente con las disonancias y parecía tan enojado que no le faltó mucho para estallar en reproches en medio del concierto. De a ratos levanté la vista de la flauta de latón para echar un vistazo al público. A pesar de que aplaudían en los momentos correctos, me pregunté ¿ Cuántos de ellos habrían sido nazis en su juventud o cuántos son hijos de nazis o simpatizantes? ¿Acaso este concierto especial que estamos brindando aquí significa leal y verdaderamente el triunfo sobre los nazis tal como Perski lo presenta? En pleno concierto empeoró el clima. El sol invernal desapareció detrás de las nubes. Hacía dos horas que estábamos parados tocando y nuestros dedos ya estaban congelados por el frío. Me pregunté cómo mi abuelo logró soportarlo y tocar diariamente ante los nazis. Y en ese momento comprendí fehacientemente por qué mi padre siempre lo presentaba como un héroe, como un soldado que murió con las botas puestas. Aquí y allá caían copos de nieve que cubrían nuestras charreteras blancas. Hubiéramos necesitado abrigos y no trajes, pero era imposible
detener el concierto. Algunos de nosotros empezaron a amargarse y rezongar, pero Perski nos ladraba como entonces: “Ni se atrevan a dejar de tocar y a hacerme pasar vergüenza! ¡El programa no ha terminado!”. Y nosotros nos sentíamos como prisioneros obligados a tocar por sus vidas y no como músicos que eligieron esa profesión por su propia y libre voluntad. Por mi parte, intenté ignorar el frío y las crecientes voces de protesta de los demás músicos que, por primera vez, se atrevieron a insolentarse ante el director. “Es tu oportunidad”, recordé el consejo de Perski, mientras mis labios agrietados continuaban soplando en la boquilla de la flauta de mi abuelo con un fervor que los quemaba. Hacia el final del concierto, Perski nos sorprendió al ordenarme repentinamente tocar un solo: la “Partita para flauta” de Joahnn Sebastian Bach, con la que me había examinado en la entrevista de admisión a la orquesta, como si me dijera: “Vamos a ver qué aprendiste desde entonces”. “El músico Haim Zaks interpretará la “Partita para flauta” que su abuelo Haim Zaks que en paz descanse, integrante de la orquesta de Birkenplatz y asesinado exactamente aquí, en la rampa, amaba tocar”, declaró introduciendo así más emoción en el público. También los músicos de la orquesta parecieron muy sorprendidos ya que no sabían quién era mi abuelo. Además, el cambio en el programa les resultaba un incordio porque ya querían huir del intenso frío y regresar al hotel. Cerré los ojos como suelo hacer cuando toco e intenté orientar los sonidos de la flauta de mi abuelo hacia el cielo. Traté de olvidar el frío, de olvidarlo todo. Pero de mi abuelo no podía olvidarme. Deseé que los sonidos que yo producía resonaran, aunque sea apenas, como los que él tocaba con su inmenso talento. Mi abuelo siempre soñó con seguir tocando, y he aquí que yo estaba interpretando su música en lugar de él y también en su memoria. Aunque la flauta de latón ya estaba gastada y era anticuada, producía sonidos mágicos y por momentos imaginaba que estaba tocando según un pentagrama que mi abuelo me leía desde el cielo.
Mientras tocaba, sentí de repente una profunda y maravillosa liberación que no había percibido nunca. Mis manos ya no estaban congeladas e incluso los sonidos se habían entibiado y cargado de un sentimiento especial que no había vivenciado jamás. Como si se hubiera revelado en mi interior una potencia desconocida para mí. Me elevé junto con los pájaros, muy por encima de el símbolo del águila, y, finalmente, no me sentí como el cadáver de uno de ellos, como siempre me había sentido.
Número de Derecho de Autor: 059409