Por qué llora la maestra C - Gonzalo Moure

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Larga carta de amor a las cartas largas

Todas las personas que hemos hecho de escribir nuestro oficio, antes hemos sido –y seguimos siendo– grandes lectoras y, en primer lugar, pequeñas lectoras, pues casi siempre nos enganchamos a la lectura en la infancia. Esta afirmación también es cierta a la recíproca: todas las personas que aman la lectura, sobre todo si la aman desde la infancia, son escritoras en potencia. Y no solo en potencia: cada vez que, al leer un libro, reflexionamos o fantaseamos sobre su contenido, prolongamos de alguna manera la tarea de quien lo escribió; nos convertimos en sus colaboradoras/es invisibles. Y, si esto vale para todos los (buenos) libros, vale especialmente para este, que nos invita de forma expresa a hacerlo nuestro, a prolongarlo, a convertirlo en sustento de otros escritos (como este mismo prólogo, sin ir más lejos). Decía Jean Paul, el gran escritor alemán del siglo xviii, que los libros son largas cartas que escribimos a amigos desconocidos. Y, si eso vale para todos los libros, vale doblemente para este, en el que el autor se dirige a ti en segunda persona, te interpela directamente –lo advierte desde el subtítulo mismo– con su larga carta de amigo que ama la literatura y quiere compartir contigo ese gran amor. Y, si vale para todos los autores y autoras lo del enganche con las lecturas de infancia, vale doblemente para quie-

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nes nos dedicamos a la mal llamada literatura infantil, y muy especialmente para uno de los mejores, como sin duda es Gonzalo Moure. Mal llamada literatura infantil, sí, porque, salvo algunos álbumes especialmente dedicados a quienes están aprendiendo a leer, no hay libros solo para niños. En todo caso, hay libros solo para adultos, puesto que hay temas y enfoques que difícilmente pueden interesar a los más jóvenes. Pero cualquier cosa que pueda interesar a un niño también puede y debe interesar a un adulto; por eso decía Michel Tournier que literatura infantil es la que también pueden leer los niños. Y, abundando en la misma idea, C. S. Lewis aseguraba que no vale la pena leer un libro a los diez años si no vale la pena releerlo a los cincuenta. El anterior párrafo parece un mero inciso para justificar lo de «la mal llamada literatura infantil», pero es –o pretende ser– algo más que eso. Pretende ser el preámbulo de una afirmación que tal vez parezca exagerada o gremial, pero que este libro demostrará con creces: nadie mejor que un autor de (la mal llamada) literatura infantil para animar a escribir a los jóvenes (o no tan jóvenes) y para acompañarlos en sus primeros pasos. Y nadie mejor que uno de los mejores. Uno de los mayores elogios que se puede hacer de un libro, sobre todo si lo hace un escritor profesional, es decir, o pensar sin atreverse a decirlo: «¿Por qué no lo habré escrito yo?». Esto lo pensé varias veces mientras leía el manuscrito de Por qué llora la maestra. Pero, al terminarlo, me dije, y este es un elogio aún mayor: «Es mejor que lo haya escrito Gonzalo, pues solo él podía haberle añadido ese plus de entusiasmo y experiencia que dimana de una vida entera dedicada, no solo a narrar magistralmente,

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sino también a “magisterar” narrativamente con sus innumerables encuentros, charlas y talleres». «No dejaremos de explorar y, al final de nuestra búsqueda, llegaremos al punto de partida y conoceremos el lugar por primera vez», dice T. S. Eliot, una cita que bien podría encabezar este libro, que nos invita a explorar nuestra vida, nuestra memoria, para redescubrir sin fin ese continuo punto de partida y de llegada que es el presente. Este libro admirable nos enseña a escribir y a leer, también a quienes llevamos mucho tiempo haciéndolo; porque, en última instancia, nos invita –de una forma encantadora, que hace imposible declinar la invitación– a pensar y a sentir, a «mirar para ver», como diría Machado; nos invita a convertirnos en activos protagonistas de todas las historias y, lo que es más importante, de nuestra propia historia. Para hacerla de todos. Carlo Frabetti

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Lees y te gusta leer, ya lo sé. Y también sé que te gustaría escribir porque, de no ser así, no estarías leyendo esta carta. Querer escribir es ser humano, en toda su profundidad. En tiempos remotos, antes de que se inventara el alfabeto y, con él, la lectura y la escritura, los humanos ya contábamos historias alrededor de una hoguera. Y esa transmisión de historias, reales o inventadas, permitió llegar a descubrimientos que nos han hecho como somos. Entre esos descubrimientos, el de la escritura es sin duda el mayor, porque permitió llegar a mucha más gente que la que escuchaba en torno a la hoguera. Y no solo eso: la escritura era también un vínculo entre el pasado, el presente y el futuro. El ser humano es el único ser vivo en la tierra que puede contar lo que ha visto, oído o imaginado. Deberíamos ser llamados Homo dicens, «hombre que cuenta», y no Homo faber, «hombre que fabrica», porque otros animales, a su modo, también fabrican, como el pájaro su nido. Lo que nos hace únicos es la capacidad de contar. Puede que el delfín, la ballena o el águila sean seres más felices que nosotros, porque no piensan en ayer ni en mañana, solo en hoy, en ahora, pero ninguno de ellos puede contar a sus semejantes nada de lo que piensa, nada de lo que le pasó,

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de lo que vio en su último viaje por tierra, mar o aire. Y, por eso mismo, es incapaz de plantearse cambiar el futuro; se limita a vivirlo como individuo en el segundo presente. Imagina un caballo que una mañana logra escapar del cercado, corretea por los alrededores y encuentra una yegua en otro cercado. Galopa a su alrededor, la invita. La yegua salta también y los dos juntos se van a galopar por una playa cercana. Levantan la espuma de las orillas, se enamoran, sienten la felicidad. Pero sus dueños los descubren, los atrapan y devuelven al caballo y a su yegua a sus cercados. El caballo, o la yegua, se acerca a sus compañeros de encierro. Pero no puede contarles la aventura que ha vivido. Los cambios en las demás especies son lentos, lentísimos, según las leyes de la evolución, mientras que nosotros avanzamos a toda velocidad, a medida que compartimos experiencias e imaginamos soluciones y avances, a medida que nos contamos cosas. Eso es la literatura, un inmenso laboratorio (tú mismo eres parte de él) en el que se experimenta con el alma humana, con la vida, tratando de hacernos mejores, y también con el pasado y el presente buscando el mejor futuro posible. Si el caballo y la yegua pudieran contarles a los demás lo que han vivido, todos buscarían la forma de hacer lo mismo. No pueden decirles a los demás caballos a qué sabe la libertad. Tú sí que puedes. Por eso hemos conseguido mayor libertad y, por eso, los caballos la han perdido. Porque solo nosotros podemos hablarles a otros humanos de la libertad. Querer contar está en nuestros genes. Mi generación ya ha escrito (casi) todo lo que tenía que escribir. Ahora te toca a ti. Puede que nosotros aún escribamos algo, pero me importa mucho más que surjan nuevas escritoras y escritores

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como tú. Siento una enorme curiosidad por saber qué escribirá tu generación, qué escribirás tú. Nunca en la historia de la humanidad, nunca, se ha escrito tanto como se escribe ahora. Miles y miles (tal vez millones) de jóvenes y adultos escriben, y son leídos; a través de los blogs literarios, talleres de escritura e incluso en plataformas creadas para sacar partido a esa inmensa marea de escritores. Dentro de una hora, podrás leer lo que alguien en Cuba o en Australia está escribiendo ahora mismo, mientras me lees. Por eso no estoy de acuerdo en lo que tantas veces se dice ahora: que se lee menos que nunca. Puede que sea verdad en términos de ventas de libros, tal vez, pero es que la lectura está cambiando, ya ha cambiado. Si escribes, ya no necesitas atravesar la barrera de las editoriales para ser leído; te basta con abrir un blog. Y esa marea es imposible de manejar, y eso es muy bueno. La literatura se está democratizando, ya se ha rebelado y, si el siglo xx fue el siglo de la lectura, el siglo xxi será, ya lo está siendo, el siglo de la escritura. ¿Qué saldrá, qué nacerá de esa forma libre y salvaje de escritura, qué cambios provocará en el pensamiento humano, qué futuro hará posible? Porque vosotros sois mi futuro, si lo piensas. Cuando yo era niño, y cuando ya era joven, no podía imaginar un futuro como el que hoy vivimos; por ejemplo, los libros. Por aquel entonces, muchos libros estaban prohibidos; en los colegios no había biblioteca, y un gran número de escritores tenían que vivir en el exilio. El colegio era triste, y lo recuerdo en blanco y negro, mientras que lo que leía lo recuerdo en color. Leíamos para entretenernos, sí, pero también para ahuyentar la angustia, para vivir otras vidas, para ser un poco más felices, para sentir los colores.

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Hoy, tú vives en un mundo lleno de brillo, de vida. Así que no necesitas los libros para sentir el color. Los necesitas por algo más. Ese «algo más», tan humano, me interesa, me apasiona. Porque, cuando empieces a escribir en serio, estarás escribiendo el futuro, ese futuro que soy incapaz de imaginar. Sí, tú, y todos los libros y dispositivos electrónicos que te rodean, sois el futuro de aquel niño que fui. Y, si entonces el libro era casi la única salida que tenían nuestros sueños (piensa que yo no conocí la televisión hasta los doce años, que no había Internet, ni teléfonos inteligentes, ni videojuegos…), ahora tienes todas esas diversiones al alcance de tu mano. Así que quieres escribir porque te sale de dentro, porque sientes la necesidad de hacerlo. Esa es la clave. Todo lo demás, en realidad, sobra. Lo único que puedo ofrecerte es mi manera de escribir, que no tiene por qué ser la mejor. Llévame la contraria, demuéstramelo. Ese es el reto que te lanzo. Pero dejemos eso de momento. Vayamos a lo que te importa, a eso por lo que has abierto este libro. No pretendo darte una fórmula, porque escribir no es como cocinar. Yo no te puedo dar esa receta, porque no sé qué ingredientes vas a usar, qué ingredientes puedes usar, ni qué condimentos puedes añadirle. Eso es cosa tuya. De eso se trata, de «cosa tuya»: dulce o amargo, con más azúcar o menos, con más o menos sal. Si te interesa más la vida urbana que la naturaleza o, al contrario, tu guiso será distinto que el del otro. Si basas tu tiempo libre en los videojuegos, no escribirás lo mismo que quien se dedica a leer. Y así con cada modo de vivir: deportista o sedentario, familiar o independiente, animalista y vegano o lo contrario, por no hablar

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de la inclinación sexual, si eres romántico o escéptico, si te consideras conservador o progresista, feminista o tradicional, pesimista u optimista. Todo eso será la materia prima de tu guiso literario. Y el resultado de tus gustos e inclinaciones no será ni mejor ni peor; será distinto. Es la suma de todos esos puntos de vista e inclinaciones la que hará posible ese plato, ese futuro. Un guiso que estoy ansioso por probar. ¿Empezamos? Venga, sí, empecemos. Las grandes preguntas son el qué, y el cómo. Y, para llegar a eso, empecemos por

la mirada (tu mirada). El «qué» es la pregunta más importante. Si te sientas frente al ordenador, o con una libreta en las rodillas y el bolígrafo en la mano, y comienzas por preguntarte «¿qué escribo?», lo más seguro es que el cuaderno, o el ordenador, siga vacío. La respuesta no está dentro de la página en blanco, por más que la mires, sino dentro de ti. Y fuera. En la vida. Recibo algún correo al mes con primeros intentos; casi siempre un primer capítulo, o poco más. En ocasiones es algo interesante, pero, en la mayoría de los casos, ya se ve en el título que se trata de algo ya leído, o ya visto; algo inspirado en libros de fantasía, magia, dragones, tesoros ocultos o superhéroes. Cuando lo leo, se suele confirmar esa primera impresión. Con excepciones, claro, pero pocas. Por eso me he decidido a escribirte esta carta, para que te enfrentes a la pregunta «¿y qué escribo?» de otra manera.

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Mozart, el genial músico, decía que él, en realidad, no componía. Que salía a la calle y miraba la sonrisa de una muchacha, el trote ligero de un caballo, el paso vacilante de un anciano con su bastón, que escuchaba el rumor del viento en los árboles o el repiqueteo de la lluvia en los tejados. Y que luego volvía a su piano, y tocaba en él lo que había visto y oído y, después, lo escribía en el papel pautado. Que él no era, en realidad, más que un intermediario. Haz lo mismo. Sal, mira, mete dentro de tu mente lo que te haya gustado o, al contrario, lo que te haya disgustado y, después, ponte a escribir, no antes. Dicho de otra manera: escribe de lo que hay a tu alrededor, y de todo lo nuevo que encuentres, lo sorprendente, lo misterioso, lo que todavía está por descubrir. Hace unos años, una ilustradora muy joven me pidió un texto para ilustrarlo. No tenía ninguno, pero en el camino hacia nuestra cita se me ocurrió que podría dibujar un parque en doce momentos seguidos. Con niños, madres, paseantes, alguien leyendo en un banco, animales… Un parque. Se lo dije. «Sí», dijo ella, «pero ¿qué…?». Le conté seis o siete historias, improvisadas, que se podían dibujar sin palabras. Una niña lee en un banco; se acerca con timidez un niño. Le da una flor. La niña la tira, sin levantar los ojos del libro. El niño se va, triste. La niña se vuelve. Se levanta. Coge la flor, corre tras el niño, le toca el hombro. Le da la flor, se toman de la mano y siguen caminando. Cosas así, destellos visuales. Siete historias, sin palabras, dentro del parque en el que hay muchas más personas. Que el «lector» las mire. Sin poder evitarlo, se convertirá en el escritor. Será él quien traduzca las imágenes en palabras, en sentimientos, en pensamiento. ¿Por qué tira la flor la niña? ¿Por

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qué después se arrepiente? E igual con todas las historias, las que le conté a la ilustradora, y las que cada cual inventa. Así, con las doce láminas, es muy sencillo. Y cada cual interpreta esas imágenes a su manera. ¿Por qué entonces es tan difícil «ver» una historia en la vida? Solo hay que mirar en el vagón de metro, en la terraza de un bar, en la acera de esa calle en la que estás, a través de la ventana. Tú eres diferente a los demás; todos lo somos. Miramos el mismo mar, la misma nevada, pero cada uno ve una ola distinta al romper, un copo de nieve traspasado por la luz. Esa visión tuya es única, y es lo que nos tienes que contar. Asegura un famoso fotógrafo que se suele decir que lo importante para hacer una fotografía es la mirada, pero que él no está de acuerdo, que lo importante es ver. Es una cuestión de matiz, sí, pero puede que tenga mucha razón. Ver. Es verdad, todos vemos, pero se trata de mirar y ser capaz de ver algo, de descubrirlo; algo que sea importante para nosotros, que nos emocione, que nos revuelva de una manera u otra. De ahí, de esa capacidad de mirar para ver, nace una buena fotografía, un buen relato, una buena novela, una buena sonata, un buen cuadro. Oyes a alguien. Te dice cosas; te habla de su vida, que no es la tuya. Ahí hay algo, siempre lo hay. Pero ¿lo escuchas, le escuchas? Voy a poner un ejemplo. Fue en un taller que improvisé en el desierto de La Guajira, en Colombia. Les dije a los niños y jóvenes que escribieran algo breve, muy breve. «Pero ¿de qué?», preguntaron. Y, pensando en Mozart y en la sonrisa de la muchacha, les dije: «De algo que hayáis visto hoy, que os haya gustado, que haya despertado una emoción en vosotros, vuestra curiosidad». Después de unos minutos de reflexión, empezaron a recitar sus microrrelatos, y estaban muy bien. Una niña de la etnia wayú que

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estaba en un rincón, junto a la ventana, levantó la mano. «Dime», le dije. Se levantó y dijo: La mariposa vivió un día, pero gozó toda una vida.

Me quedé perplejo, porque no podía creer que lo hubiera escrito en aquel momento. «¿De dónde has sacado eso?», le pregunté, estúpido de mí. Ella me miró y respondió, un poco enfadada por mi desconfianza: «Usted nos ha dicho que escribiéramos de algo que hubiéramos visto hoy. En ese momento he mirado por la ventana; entonces he visto a una mariposa que se topaba con el cristal y, luego, se alejaba volando hacia las flores. Y he pensado eso, que tal vez mañana se haya muerto ya, pero… ¡qué lindo volaba!». ¡Eso es! Escribir es eso. Mirar o escuchar, ver, emocionarse, contarlo. Traspasar esa emoción al lector. Y, si lo piensas, el relato de la niña de La Guajira es toda una historia. Con diez palabras y una coma, cuenta toda una vida. Hay emoción; hay vida, un personaje; hay muerte. Y contiene también filosofía. Es todo un ejemplo, lo mires por donde lo mires y, para mí, no tiene precio. Le había pedido que hiciera una historia de menos de veinticinco palabras, y cumplió a rajatabla. Pero su pequeña historia de solo diez podría ser la semilla de una novela. Veinticuatro horas de gozo, se podría llamar. Así nacen las grandes novelas. Una chispa, apenas nada. Y todo. Mirar, ver, escuchar. Te propongo que empecemos por ahí, por un relato superbreve, un microrrelato de menos de veinticinco palabras, porque me gustaría que, desde el principio, entendieras la importancia de la mirada, y el relato brevísimo es una buena herramienta para

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entender esa importancia. Nadie, nadie, ha escrito un libro que merezca la pena si su historia no ha nacido de una emoción. Puede que sea porque uno ha visto algo en un telediario, o en una noticia de Internet. Puede que sea porque, de camino al trabajo o a clase, se ha cruzado con cualquiera, o ha visto algo que sucedía en la calle, o en un balcón. O porque ha conocido a alguien, o se ha cruzado con un desconocido en el metro, en el autobús, o en cualquier otro sitio. Dicen que Cervantes tuvo que pasar una noche en un calabozo manchego y que, en la misma celda, había un tipo un poco loco que deliraba y juraba que era un caballero andante. Ahí puede que naciera nada más y nada menos que don Quijote. No sé si es verdad, pero parece posible. Es posible. ¿Prefieres pensar que Cervantes se sentó delante de su mesa, con la página en blanco, y se puso a pensar qué podía escribir? ¿Que todo fue fruto de su imaginación, que nació de su mente, sin nada que desencadenara la historia? Yo no. Puede que lo del calabozo sea una leyenda; tal vez conocía a gente que leía los libros de caballerías y vivía en un mundo irreal, y trató de escribir algo divertido sobre eso, quién sabe. Pero, leyendo los dos tomos, no cabe duda de que Cervantes era un gran observador, y lo demuestra capítulo tras capítulo de su gran libro. Así que estoy seguro de que don Quijote, de una u otra manera, nació de su observación, de su mirada. Algo vio que desencadenó su monumental novela. Supongamos que sí, que quería escribir sobre la alienación de muchos lectores, como ahora podríamos escribir de la alienación de muchos perdidos y aislados en su pantalla. Pero sigamos suponiendo: sí, quería escribir sobre eso, pero no sabía muy bien cómo. Hasta que vio al chalado en la celda y, zas, nació Don Quijote de La Mancha.

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Volvamos al relato superbreve. Tiene otras ventajas que nos van a venir muy bien. Nos enseña, por ejemplo, a medir y elegir bien las palabras que usamos al escribir. Mi madre, que fue mi mejor maestra, decía que no usara más palabras de las necesarias, que le dejara espacio al lector. «Todo lo que no hace falta sobra», decía. En una historia de menos de veinticinco palabras, apenas hay la posibilidad de cambiar o añadir una sola. Si se la quitas, se cae. Si se la añades, se complica, se emborrona. O cambia, ya verás. Un pequeño milagro. Así podemos comprender, de la manera más fácil, la importancia de cada palabra en la escritura. Lo descubrí cuando escribí un microrrelato sin saberlo, después de ver la foto de un león en la tapa de un cuaderno. El león me pareció fascinante, así que escribí esto tan solo, como si fuera una nota, una idea: La gacela pensó que el león era hermoso, un segundo antes.

Me gustó: había personajes, amor, tensión, suspense y, por fin…, muerte; una historia tremenda, una novela ¡en once palabras! Para mí, fue un descubrimiento. Recordaba, claro, relatos como el tan conocido (y manoseado) de Monterroso –«Cuando desperté, el dinosaurio todavía estaba allí»–, pero no me había dado cuenta del potencial de aquello. Después empecé a pensar mucho en mi «novela» de tan pocas palabras; me identificaba más con la gacela que con el león, pero a veces me preguntaba si yo no había sido alguna vez un poco león. Un día la escribí en una pizarra, en una reunión con niños lectores. Les explicaba eso, que no se podía quitar o añadir nada de mi novela de once palabras. Pero, de pronto, una de las niñas dijo: –Sí, se pueden quitar dos palabras. –¿Sí?

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–Sí –me aseguró. –¿Cuáles? Se levantó, se acercó a la pizarra, cogió el borrador y quitó dos palabras; las más pequeñas, sin aparente importancia. Cuatro letras, en realidad. La y el. Quedó así: Gacela pensó que león era hermoso, un segundo antes.

Luego se alejó un poco para mirar la pizarra, se acercó de nuevo, borró la ele de león y la volvió a escribir, pero con mayúscula: «L». No dijo nada más. En la pizarra se leía: Gacela pensó que León era hermoso, un segundo antes.

Nadie dijo nada durante casi un minuto, hasta que sus compañeros se pusieron a aplaudir. Y yo también. Lo que yo había escrito parecía un documental de naturaleza, una historia muchas veces vista. Tenía el añadido del momento en el que la gacela se queda fascinada delante del que sabe que la puede matar, sí. Pero, quitándole aquellas dos palabras, solo cuatro letras, era más, mucho más. Se había convertido en una historia que podía suceder en un colegio, un instituto, un concierto, una discoteca. La gacela convertida en Gacela, el león convertido en León. El peligro, quién sabe cuál. O mejor: cada uno, tú o yo, podemos imaginar cuál es ese peligro. Y las palabras «un segundo antes», de pronto, permiten imaginar muchas más alternativas que la muerte de la gacela animal. Así fue como me di cuenta de la importancia de cada palabra en la literatura, como si fuera una fórmula matemática, o un conjuro. Y que a veces menos es más. No te obsesiones pues con

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escribir mucho, sino con escribir con precisión. Cuando escribas un relato breve o una novela de quinientas páginas, da igual: con precisión, sin rodeos, sin fuegos artificiales. Aumentar no siempre sirve para mejorar, aunque a veces sea así. Porque otras veces quitar hace que el texto sea mejor. Como el árbol cuando lo podas, que se hace más hermoso y armónico. Y aquella «mininovela» también me confirmó que la literatura consiste en provocar emociones y que, si se consigue, ya no hace falta más. «Todo lo que no hace falta sobra.» Lo que puedes contar con veinticinco palabras no necesita veinticinco líneas. Lo que puedes contar con veinticinco líneas no necesita veinticinco páginas, y lo que puedes contar con veinticinco páginas no necesita doscientas cincuenta. Mi madre añadía: «Quítalo». Aquella niña del borrador y la pizarra parecía saberlo muy bien. Cuando alguien me dice «Estoy escribiendo y ya llevo X páginas…», me echo a temblar. No importa cuánto, sino qué. Recuerdo un texto que atribuyen al escritor norteamericano Ernest Hemingway, pero que nos sirve muy bien para entender que solo seis palabras nos pueden arrancar una lágrima. Su microrrelato dice así: Vendo zapatos de bebé, sin usar.

Cuántas (y qué terribles) cosas nos cuenta Hemingway con seis palabras. No solo nos habla de un drama, de la muerte. La palabra «vendo» encierra otra tragedia, no menos grande. No, el escritor norteamericano, en esta ocasión, no necesitó más palabras para contarnos todo eso. Así que…

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espera un poco. Sí, estamos a punto de empezar. Pero antes me gustaría que pensaras un poco en tu vida. Qué te gusta, qué te disgusta. O en lo que has hecho hoy, qué cosas te han sorprendido, qué te ha llamado la atención. Y, mejor aún, busca en tu memoria lo último que te haya emocionado. Que te haya hecho reír, o rabiar («Cuánto odiaba los golpecitos de mi padre en la puerta del baño, por la mañana. Ahora los echo de menos; los echaré de menos siempre»), que te haya dado miedo o vergüenza, que te haya fascinado o enamorado de alguien. Puede ser algo importante, o muy simple. En eso consiste «la mirada». Tu mirada, distinta a todas, con un matiz que nadie más que tú posee. No te sientas inferior a nadie. Sí, yo he viajado a lugares fascinantes, pero seguro que tú conoces otros que yo no. O qué sé yo, tal vez tu abuela te enseñó cómo plantar y cuidar una tomatera o tu abuelo a hacer el nudo de un anzuelo, y yo no tuve la suerte de conocer siquiera a tres de mis cuatro abuelos, y a la cuarta apenas. Eso que tú tienes en tu memoria no lo tengo yo; no lo tiene nadie más. Parecido, puede, igual no. Si quieres escribir de verdad, antes tienes que conocer tu mirada y tu memoria. Y valorarlas, saborearlas. Y, lo que es más importante, tienes que cultivarlas, hacerlas más y más profundas, ir siempre un poco más allá. Un escritor es, más que nada, su capacidad de mirar y escuchar. Luego está su (tu) capacidad de imaginar, de rellenar, por ejemplo, la coma de Gacela y León, o la del relato de Hemingway. Pero la imaginación es una herramienta tan solo y está por debajo de la de ver y escuchar, la de captar cosas importantes en la vida. A veces un detalle dice mucho más que la fotografía completa y minuciosa.

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Hace ya bastantes años describí un faro a los niños que querían hacer un taller de poesía. Se lo describí tal como lo había visto el día anterior. Una tarde de tormenta, la despedida de una amiga a quien nunca volvería a ver. El faro en el que habíamos quedado, blanco con franjas negras, asomado al mar, más tenebroso que nunca. Las olas rompiendo contra las peñas, los rayos rasgando el cielo, los truenos retumbando en el cielo. La lámpara del faro dando vueltas en lo más alto, el haz de luz en la lluvia, una pequeña construcción en la que había una campana de las que se usaban antes para avisar a los barcos en los días de niebla, pero a la que habían quitado el badajo porque ya no se usaba, la moderna bocina que había sustituido a la campana, las gaviotas haciendo piruetas contra el viento, la hierba alta meciéndose con el viento. El dolor de la despedida, el desgarro. Bien, les propuse que con todo eso escribiera cada uno una poesía. Les daba una semana. Volví. Y lo habían hecho más que bien. Eran poesías muy románticas, preciosas. Algunas cortas, otras largas en las que se describía casi todo lo que yo les había contado una semana antes. Después de cada poesía aplaudíamos todos. Pero había un chico, Miguel, que no decía nada. Al final, era el único que no había leído su poesía. Se lo dije, intentando no presionarlo. Hasta que dijo, sonrojándose, que solo había escrito dos versos. «No importa», le contesté, tratando de animarlo; «si quieres, lee los dos versos, y podemos acabarla entre todos». Miguel ni se puso de pie. Apenas se le oyó. Le pedí, por favor, que lo volviera a leer más alto.

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Y lo hizo. Esto es lo que había escrito: Una campana que no suena, toca el silencio.

No levantó los ojos. Tal vez temía que los demás se burlaran de él. Pero no, todos estábamos en silencio. Ocho palabras. Y una coma. Y en esa coma cabía… No, no cabía: ¡estaba! En esa coma estaba todo lo demás: el faro, la luz, las gaviotas, las peñas, las olas, la lluvia, la bocina, la hierba. No había escrito ni hombre ni mujer, ni desgarro, ni tristeza. Pero, de una manera prodigiosa, lo había contado. Todo. «Una campana que no suena, toca el silencio.» Pocas veces he oído o leído algo tan bello. Disimulando una lágrima, y arrugando en el bolsillo el poema que yo también había escrito, le di las gracias. Y le dije a Miguel que su poesía tenía solo ocho palabras, pero que era inacabable, que con solo aquel pequeño fragmento contaba todo lo demás que yo les había descrito, pero que era, sobre todo, un enigma inagotable. Que podías pensar en su poesía toda una vida sin llegar a una solución. ¿Verdad, o mentira? Una campana que no suena, no toca nada. Pero es verdad: toca el silencio. Pero ¡no toca nada! Pero toca el silencio. Añadí que me gustaba tanto su pequeño poema que lo elegiría para que estuviera en mi lápida, cuando me muera y me entierren. En estos momentos me anima a seguir escribiendo porque, si no escribo, «toco el silencio», y debería animarte aún más a ti porque, si no llegas a tocar la campana, tocarás el silencio. El poema de Miguel es casi un problema de física cuántica porque, como en ella, la verdad y la mentira son indistinguibles y, por ejemplo, me hizo pensar en «la escalera de Penrose».

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Miguel no sabía nada ni de física cuántica, ni menos de la escalera de Penrose, y puede que tú tampoco, así que aquí la tienes.

Ya ves, es una escalera por la que desciendes siempre (o por la que subes), sin principio ni final, y el poema de Miguel es una forma literaria de describirla, aunque no la conociera; es, por tanto, mucho más que un poema, o que un haiku (un haiku es una poesía breve de estilo japonés); por ejemplo, este de Yamaguchi Sodō: Esta primavera en mi cabaña Absolutamente nada Absolutamente todo.

Es precioso, todo un clásico, y muy famoso. Tampoco hacen falta más palabras. Pero el poema de Miguel, sin ser un haiku (es más bien un koan), ni una paradoja visual como la de Penrose, no es menos precioso. A mí me gustan los tres. Ya ves: Miguel tenía diez años cuando escribió su poema. Yamaguchi era un poeta consagrado, y Penrose un famoso matemático. ¿Cuál de los tres es mejor? ¿Cuál dice más: la escalera, el haiku o el poema de Miguel? Eso es lo más interesante de estos textos hiperbreves: que el tuyo puede ser mejor que el mío, o el

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mío mejor que el de un escritor importante. Como el poema de aquel niño, comparado con el de Yamaguchi Sodō, o la escalera de Penrose. Eso es la mirada, tu mirada, la que te hace tan único como a Miguel, la que hará único lo que escribas; así que no copies lo que otros ya han escrito. Mira, escucha, descubre, descúbrete. Por eso creo que por ahí, por un buen microrrelato o micropoema, se empieza. Y es una buena base para llegar a algo, para valorar tu propia potencia creativa. Le doy mucha importancia a este primer paso; creo que es casi indispensable. Te pido que no sigas leyendo esta carta sin intentar escribir un relato brevísimo, porque aprenderás mucho de ti mismo, y será la base para continuar con retos más grandes. Como ya te he dicho, mira a tu alrededor, y mira dentro de ti. Es decir, lo que ves, o lo que has visto, y las emociones que eso despierta en tu interior. Voy a recurrir a algunos ejemplos más. En otro taller, este en una ciudad italiana, un grupo de chicas y chicos de unos catorce años, estudiantes de Español, intentaban hacer su relato de menos de veinticinco palabras. Como siempre, los más decididos fueron regalándonos sus pequeñas historias. Y, como casi siempre también, estaban muy bien; nos servían y nos estimulaban a todos. Pero, igual que en el caso de Miguel, había una chica que tampoco decía nada. Y ya solo quedaba ella, de modo que se lo dije. «Solo quedas tú.» Con la cabeza baja, dijo que no se le ocurría nada. –Seguro que hay algo. Movió la cabeza negando, como toda respuesta. Entonces le pregunté:

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–¿Qué te gusta? ¡Seguro que hay algo que te gusta, no sé, la música, la montaña…! Ella pareció dudar por vez primera. Levantó los ojos hacia mí, y me dijo: –Me gustan los caballos. Por cierto, a mí también, y mucho. Así que sonreí: –¿Montas, tienes caballo? Y entonces se produjo el milagro cuando, imponiéndose a su timidez, contestó, sin poder ocultar que los ojos se le llenaban de lágrimas: –Yo tenía un caballo, pero lo vendieron. ¡Ahí estaba! En la sala se produjo un silencio absoluto. Sin darse cuenta de que lo estaba haciendo, la chica italiana nos había contado una historia emocionante… ¡En siete palabras! Siete palabras en las que no sobra ninguna, ni tampoco falta ninguna. Esa es la primera lección: en una novela, aunque sea imposible hacerlo hasta ese extremo, no tendría que faltar ni sobrar tampoco ninguna palabra. El ideal sería que hiciéramos eso con los miles y miles de palabras de una novela, lo que no creo que haya conseguido nadie. Pero tiene que ser un ideal, un objetivo. Ya llegaremos a eso más adelante, porque ahora estamos en el relato superbreve, el microrrelato, y en él sí que se puede conseguir de la manera más sencilla; así que volvamos al taller en Alessandria. No le quise preguntar nada a la chica, porque aquello que había dicho, sin ser consciente de que estaba escribiendo en el aire un relato magnífico, lo contaba todo. Todo lo importante. Yo tenía un caballo, pero lo vendieron.

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En la primera parte de su «novela», en cuatro palabras, hay una historia de felicidad: «Yo tenía un caballo». No hacía falta más para imaginarlo todo. Me recordó de inmediato la frase, tan conocida, escrita hace ochenta años y pico por una escritora danesa, Isak Dinesen: Yo tenía una casa en África, a los pies de las colinas de Ngong.

Yo tenía una casa en África; yo tenía un caballo. En la frase de Isak Dinesen hay, como en el relato de la chica italiana, una indescriptible nostalgia. Es la nostalgia de la persona que había detrás del seudónimo, porque en realidad se llamaba Karen Blixen; que, en efecto, llegó a Kenia el año 1914 y tuvo una granja en la que cultivaba café. Su frase es magnífica, y de ella nace la novela Memorias de África, que luego fue llevada al cine. Pero no es un relato; es solo un principio. Necesitó una novela larga para explicarnos toda esa nostalgia que encerraba su frase inicial. La novela de siete palabras de la muchacha de Alessandria lo cuenta todo en tres palabras más: «pero lo vendieron». Queda, por supuesto, toda una historia que contar. En esa coma que separa la frase, «Yo tenía un caballo, pero lo vendieron», hay infinitas posibilidades, y cada uno de nosotros podríamos escribir una novela explicando esa coma, qué es lo que pasó, quiénes vendieron el caballo, por qué, qué hizo la protagonista para tratar de impedirlo. Nadie, ni el más famoso escritor del mundo, podría contarnos mejor que ella esa historia. Porque era de ella, porque era su historia. Vivida. Sufrida. Es verdad, pero basta con las siete palabras y la coma para comprender el gozo y el dolor. Cuatro palabras para la felicidad, tres para el drama. Una maravilla.

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No te pido a ti una maravilla, porque es solo un ejercicio. Pero quién sabe. Ya casi lo tienes todo. O no, claro, necesitas algo que contar, y es posible que, a primera vista, te parezca que no tienes nada tan hondo que contar como lo que tenía la chica italiana. Pero seguro que lo hay. Aleja de tu mente la duda; no pienses si le parecerá profundo a los demás, sino en si lo es para ti. Busca, deja que afloren tus sentimientos y tus emociones. Ahí es donde entran tu mirada y tu memoria. Recuerdo a una estudiante de Español en Canadá, de otro taller, que tal vez estaba enamorada del chico equivocado, porque recurrió a dos nombres inventados para ocultarse tras ellos y poder insinuar un pensamiento terrible: Reina quería matar a Rico, pero lo amaba.

Una chica más, esta en mi propio pueblo. Bastante mayor que las otras. Quería contar la tragedia de la pérdida de memoria de alguien cercano; por otra parte, un hombre encantador, con un pasado y una historia personal maravillosos. Y escribió, en el taller de relatos breves que estábamos haciendo, esta historia de 23 palabras: Quizá no recuerde lo que hizo ayer, pero sus pies nunca olvidan el camino al puerto, y con una sonrisa sale a pescar.

¿Qué podríamos quitar, qué palabra? Ninguna. ¿Qué podríamos añadir? Nada. Con veintitrés palabras basta. Cuánta admiración, cuánto amor, cuánta pena y cuánta belleza. Toda una vida. Dos. Pero es probable que, con todos estos ejemplos, te esté dando una idea demasiado solemne de la escritura. No, en ella cabe

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todo; cabe lo serio, pero cabe también lo divertido, el humor. En cualquier caso, el relato será tal como tú eres, tal como te gusta mirar la vida. Es posible también, para huir de la solemnidad, el humor, la ironía, el sarcasmo, como aquel que escribió la biografía más breve de un santo que se conoce: «Sanseacabó». Un hombre inolvidable, José Trenor, un artista tan secreto como discreto, dejó tras él una obra escultórica única y un puñado de relatos, muchos de ellos muy breves. Y su mirada estaba cargada de ironía. Sus fuentes estaban en la vida, en su capacidad para observar y escuchar. Algunos de sus relatos rayan en lo surrealista, pero no me cabe duda de que este, como todos en realidad, no se lo inventó, sino que surgió en alguna cocina, en alguna tertulia o en la barra de algún bar. Después de todo, la vida es la que tiene imaginación; nosotros mismos somos fruto de esa fascinante imaginación de la vida. Este es el relato de José Trenor: Me dijo Alejo: Estaba afeitándome en la cocina, cuando miré por la ventana de la corrala y vi un pingüino. Naturalmente, bajé y lo maté.

Y subrayaba la palabra «naturalmente». En la comarca en la que vivía José, en la costa del Cantábrico, es imposible que haya pingüinos, porque solo viven en la Antártida, en el extremo sur del mundo. Pero ¿quién sabe? Tal vez el pingüino vino en un pesquero que hubiera estado por aquellos mares y quedó atrapado en una red, y los pescadores decidieron lanzarlo al agua frente al pueblo de Alejo (y de José) antes de entrar a puerto, y el pobre animal llegó hasta la corrala del vecino. Lo vio

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y, naturalmente, bajó y lo mató. Como ves, toda una historia en veinticinco palabras justas. Y toda la ironía del mundo cargada sobre la palabra «naturalmente». Sin ella, el relato tendría un sentido distinto; sería peor. La tremenda importancia de una sola palabra. Así que ya estás listo para este primer ejercicio. No busques nada trascendente; limítate a lograr contar una historia en veinticinco palabras o menos. Con lo primero que tengas a mano, a tu alrededor o dentro de ti. No esperes que esté a la altura de los ejemplos que he puesto. Puede que sí, puede que no. Tal vez escribas algo buenísimo, pero no lo intentes o esa búsqueda te paralizará. A lo mejor acabas de oír en la radio el resultado de la lotería. Entonces vas y escribes: «Le tocó la lotería, y se hizo pobre». Ocho palabras, pero una historia, gracias a la paradoja de «se hizo pobre», en lugar de la frase hecha «se hizo rico», que sería lo normal. Voy a comprar el pan. Mientras voy y vengo, asómate a la ventana. Mira, ve. [...] Ya he vuelto. Por cierto, en el camino he visto a una mujer joven que caminaba llevando a su lado una bicicleta. Durante años, muchas veces, la veía con quien debía de ser su madre. Caminaban entonces las dos, con la bicicleta a su lado. Nunca las vi hablar, pero había algo muy tierno y solidario entre ellas. Hoy iba sola. En realidad, ya van muchas veces que la veo sola. Meses tal vez. Así que, pensando en esto que estoy escribiendo, he ideado un pequeño y triste relato: Solía verla subir al pueblo con su madre, las dos llevando su bicicleta al lado. Hoy la he vuelto a ver, pero ahora iba sola.

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Cuento las palabras. Veinticinco, de nuevo. No importaría nada que tuviera alguna más, por supuesto. Lo de las veinticinco palabras no es más que una indicación. Lo importante es que cada uno de los ejemplos que he puesto encierra un relato. Alguno, una novela entera. Tanto que te diría que sería una buena costumbre que, antes de escribir una novela, tratáramos siempre de concentrarla en un microrrelato. Hace muchos, muchos años, cuando era un joven que soñaba con escribir, como tú, escribí: «Un pie lo tiene cortado, el otro no». Algo tan abstracto que podía llevarme a cualquier cosa. De hecho, era el principio de la primera novela que intenté escribir. Luego pasaron muchas cosas (era muy, muy joven) y dejé aquella novela. Más de treinta años después, estaba frente al folio en blanco (en realidad el cuaderno, en un avión), sin saber cómo comenzar a escribir lo que tenía en mente (lo que había vivido, nada menos que en el Tíbet, donde estuve cerca de la muerte), pero no sabía cómo. Yo viajaba en un avión, de vuelta a casa, y a mi lado había un árabe con su túnica blanca; ocupaba dos asientos y se masajeaba los pies. Me acordé entonces de aquel principio, y lo escribí, a ver qué pasaba. Y lo que pasó fue una de las novelas que más me satisfacen entre las que he escrito. El pie cortado empezó a dibujar a un personaje clave, un tipo generoso y valiente que hacía cosas increíbles con un pie artificial como, por ejemplo, escalar montañas. Y eso me llevó a un hijo que admiraba a su padre y gozaba cuando lo llevaba con él a la montaña. En la frase no estaba el resumen de la novela, pero sí el de gran parte de ella. Así que ahora cierra un rato este libro y abre tu pensamiento. Un relato hiperbreve te está esperando. Ponte alerta. No nece-

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sitas siquiera el cuaderno o el folio, pero, si lo prefieres, ábrelo también y escribe tu novela-miniatura. Supongo que lo has conseguido. Si no, ¿debes seguir leyendo? Es una buena pregunta. Yo te diría que no, pero no te lo prohíbo, ni mucho menos. Tal vez en el siguiente paso te encuentres mejor; puede que te sea más fácil. Ni todos escribimos igual, ni mis ideas sobre la escritura son mejores que las de otro cualquiera. Pero voy a suponer que sí, que lo has escrito. Ahí tienes tu primera «novela». Cuenta las palabras. Mide la fuerza de cada una, el papel que juega cada una en la arquitectura de la pequeña (o gran) historia que has escrito. Es como una puerta románica de arco. Si quitas una sola piedra, la puerta se cae; si añades una, pierde su armonía: tampoco sirve. Y usa ese mismo análisis cuando escribas algo más largo, porque tu objetivo tendrá que ser el mismo: que no se caiga, que no pierda armonía. Ahora, asegúrate de que cada coma o cada punto está en su sitio, y de lo que contiene. Como la coma de la chica italiana que amaba a su caballo. «Yo tenía un caballo, pero lo vendieron.» Porque es una coma que encierra todo un mundo, sucesos, drama, dolor, recuerdos, emociones. Y ya que estamos, antes de seguir avanzando hacia un relato más largo, hablemos de la puntuación, que es lo mismo que hablar de

la respiración. Los puntos, las comas, el punto y coma, todos los signos de puntuación, son la respiración de la literatura. En realidad, la literatura es la transcripción de la palabra oral. Si estás contando

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algo en voz alta, puntúas sin usar signos, con pausas e inflexiones, a veces mínimas. Venga, empecemos. Guarda tu relato brevísimo, y sigamos. Di algo en voz alta contando, por ejemplo, lo que has hecho esta mañana, cuando te has despertado. No lo escribas; solo dilo. Ve marcando las pausas que hagas en la narración: una pausa breve suele ser una coma. Una larga, después de concluir una acción, suele ser un punto. O más bien: tiene que ser un punto. A medida que hablas, imagina esas comas y esos puntos. Ahora, como no puedo escuchar lo que has contado, voy a escribir una frase cualquiera, quitando la puntuación. La primera que me viene a la mente, como si fuera la tuya: El perro se agachó cogió la pelota entre sus dientes y se la llevó a Daniela que sin darse cuenta de que le estaba pidiendo que se la tirara otra vez se dio la vuelta y se fue.

Escríbela en tu cuaderno. Léela en voz alta. Marca las pausas, respira la frase, entona, y las comas aparecerán por sí mismas. Ponlas, como las has puesto en tu texto. Yo las pongo también. Mira ahora si coincidimos o no, si hemos puesto las comas en el mismo sitio: El perro se agachó, cogió la pelota entre sus dientes y se la llevó a Daniela, que, sin darse cuenta de que le estaba pidiendo que se la tirara otra vez, se dio la vuelta y se fue.

Ahora, voy a hacer lo mismo con una frase más compleja: Aquel hombre tan soberbio y tan pagado de sí mismo que creía que siempre tenía razón pasó el final de su vida pensando en la última frase que pronunciaría para la posteridad pero en el último instante sintió un flato y lo último que dijo fue perdón.

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