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LA PREGUNTA

«¿Dónde estoy?» De la respuesta depende todo lo demás. Quizá la verdadera gran pregunta no sea «¿Quién soy?», sino esa otra. Quizá, para ser alguien, necesites saber antes dónde lo eres. Y dónde deseas serlo. Como si hubiese partido hacia la montaña, he traído en una pequeña mochila algo de comida, agua, una libreta, una carpeta llena de apuntes, una brújula y unos prismáticos. Pero estoy a menos de dos kilómetros de mi casa, y a solo unos cientos de metros de uno de los barrios más densos de mi ciudad. He venido a pasear. A escribir. Tengo a mis espaldas la Torre de Hércules. Llevo un rato sentado en esta roca. Escucho el murmullo de las olas. Las voces de las gaviotas sobre el acantilado. Aguardo la salida inminente del sol.

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EL ALBA

He elegido para venir un día algo inusual aquí en primavera. La previsión es que hoy la brisa sea muy suave y esté casi despejado. Antes de sentarme, he paseado por el borde de los acantilados. Desde que todavía era noche cerrada. Mi intención era asistir al nacimiento y la dilatación del alba. Comencé a las seis y media de la madrugada en la zona justo al norte de la Torre, entre esta y el mar. Es el mejor lugar para que los ojos se te acostumbren a la oscuridad. El monte de O Faro te oculta las luces de la ciudad, tanto que, si miras hacia este lugar desde punta Herminia, de donde acabo de llegar, puedes comprobar cómo una sombra se extiende hacia el océano; tam­ bién la línea nítida que, como un horizonte, la separa de donde la iluminación urbana sí impregna la atmósfera. Me fui alejando de la Torre para admirar su fanal y su haz cuádruple. Su rotación, inversa a la de las agujas de un reloj, como en una infinita cuenta atrás, sucedía bajo un firmamento saturado de estrellas. No recordaba que se pudiesen ver tantas desde aquí. Había retenido la idea de que la contaminación lu­ mínica solo dejaba ver las más brillantes. La Vía Láctea se distinguía con claridad. Casiopea se cernía sobre el cabo Prior. Orión estaba acostado, como si ya durmie­ ra. Encima del fanal de la Torre, Júpiter brillaba con intensidad. Mis pris­máticos me revelaron sus cuatro lunas mayores: Gani­ medes, Ío, Europa y Calisto. No las diferencié, claro. Demasiado lejos. Ahí estaban, pues, padre e hijo; Zeus (Júpiter, arriba) y Heracles (Hércules, en la Torre). Un satélite atravesó con prisa el tercer cuadrante del firmamento. Al oeste, algo más allá de por donde estarían las islas Sisargas, todavía invisibles, se ponía una 12


luna parcial pero enorme, tan incandescente como un pan de brasas. Focos y luces de navegación revelaban los pesqueros que fae­na­ ban mar adentro. Conté 24. Un enorme transatlántico se dirigía entre ellos hacia el puerto de Ferrol. Solo dos elementos reflectaban la levedad de todas aquellas luces: la espuma que batía la línea de costa y las silenes, unas florecillas de acantilado en forma de copa diminuta. Era como si Ganimedes, el copero de Zeus, las hubiese llenado en exceso de un néctar de fulgor muy sutil. Al derramarse por sus bordes, se había cristalizado, formando pétalos. Ya en punta Herminia, me detuve a admirar cómo las pulsa­ciones del faro se reflejaban en la estrecha ensenada de O Xogadoiro. Si solo miraba hacia allí, era como si todo el espacio bombease una lumbre plateada para que saliera el sol. Advertí el alba por primera vez mientras más y más pesqueros salían del puerto de A Coruña. Sus ronroneos y los pantocazos de alguna lancha se mezclaban con el fondo arrullador del mar y cada vez más voces de aves: los silbos aflautados de los mirlos, los chasquidos de las tarabillas comunes, los breves estribillos me­ló­­­ di­cos de los colirrojos tizones, los borbotones eufóricos de los cho­chines, las agudas tildes de los acentores comunes, los la­dri­ dos de las gaviotas. Una estrella luminosa de enorme tamaño atravesó el cielo y se desintegró sin dejar apenas estela. Decidí que era un buen presagio. Se iban perfilando los vértices líquidos de las olas. Venus asomó a través de la lupa del éter. Comprobé con los prismáticos cómo parte de su esfera permanecía a la sombra. Parecía una media luna diminuta. Diez minutos más tarde ya se delineaba con nitidez, hacia el norte, todo el horizonte marino. A mi alrededor comenzaban 13


a revelarse los colores. Dos submarinistas se me acercaron, me saludaron, observaron las rompientes y deliberaron acerca de si bajar hacia O Redondo, O Cabalo o A Rabaleira. Se alejaron sin haber acordado nada. A los pies de la Torre se encendía de amarillo el tojal. Quería presenciar la salida del sol desde más alto, así que vine hacia aquí. Por el camino cantaba una curruca cabecinegra. Aparecieron los primeros paseantes con sus perros, también varios corredo­ res. Los mirlos desayunaban entre la hierba. Las toperas orlaban la senda como túmulos pequeños y oscuros. Un gato termina­ ba su ronda con gesto frustrado. Las flores de las arcthotecas y de las malvas arbóreas permanecían cerradas. Me crucé con un hombre mayor que paseaba con un transistor pegado a una oreja. Levanté muchos pardillos vulgares que buscaban semillas e insectos por los prados. Ascendí por una de las trochas que atajan en fuerte pendiente por entre el tojal. Llegué a esta roca. Me senté. Escribí todo esto sin perder de vista, con el rabillo del ojo, el contorno lejano de los montes por donde enseguida va a asomar el sol.

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EL TEMPLO DEL ELIXIR

Para comprender un lugar, hay que pasearlo. Antes de llegar, durante cada visita y después de ella. Una y otra vez, recogiendo sensaciones e ideas como quien herboriza la flora de un valle. Sembrando sus semillas para saber cómo germinan. Sentándote a verlas crecer. Quedándote dormido ante ellas. Soñando entonces con seres de fábula que brotan de sus ramas. Despertándote en el futuro, y también en el pasado, mientras tu voz te cuenta historias que ignorabas haber olvidado. Los auténticos comienzos y finales de todas las historias con­ vergen hacia un mismo lugar. Ese lugar se contempla desde aquí. Un relato universal, compartido por todo tipo de culturas y denominado por el antropólogo Joseph Campbell «periplo del héroe» o «monomito», cuenta cómo alguien parte lejos de su tribu, comarca o país en busca de conocimiento. Si su actitud y carácter son los adecuados, regresa tiempo después con un mensaje vinculado a una introspección. En el viaje habrá con­ templado, además, alguna maravilla. La narración de su peripecia merecerá para siempre la atención de los suyos. Cuando escribes, aspiras a algo así. Para redactar tu narración o poema, debes apartarte de tu grupo, encerrarte en tu torre de marfil. O montarte tu propia road movie. Cuando regresas, lo haces con un texto para tu gente. Hoy jugaré a que la Torre de Hércules sea mi torre de marfil y su entorno, los paisajes que recorreré en mi road movie. Mi ve­ hículo serán mis pies; mi motor, mis divagaciones. ¿Dónde acabará este texto? 15


¿Lo tienes tú? ¿Dónde estás? Emerge por fin el sol de ese horizonte sinuoso. Estoy en mitad de la ancha frontera entre dos hemisferios: el oscuro y el iluminado. Asoma más y más. Ante mí, su altura astronómica deja de ser negativa para convertirse en cero justo antes de ser positiva: cosΦ = - tanλ tanδ, donde Φ es el ángulo horario, siendo λ la latitud del lugar y δ la declinación solar. Las flores del tojo se encienden al contraluz como farolillos. En las más próximas se precisa su vello, nítido y suave. Las hilachas de algunas telarañas prendidas en las espinas parecen desprendidas de unos chales de seda nocturna que alguien tendrá que zurcir. Los helechos recién brotados entre las ruinas de los del año pasado desenrollan sus tallos en una exhibición a la vez de gimnasia sincronizada y extrema dilación vegetal. Se mueven, aunque yo no lo aprecie. La piel de mis manos, mientras escribo, me resulta a esta luz nueva más joven de lo que es. Las vuelvo, desplegando en sus palmas los mapas de mil senderos. Hacia donde señalan mis dedos, unas pocas nubes destiñen su pudor granate. Sobre las rocas se avivan los matices de las manchas de liquen. Un escarabajo alargado y metálico, un carábido, pasa veloz junto a mis botas. Una tarabilla común se posa a unos metros de mí. Sus ojos escrutan la distancia inmediata. Su pecho, orientado al oriente, no volverá a ser de un rojo tan intenso en todo el día. Levanto mis prismáticos y la admiro como si fuese el primer pájaro jamás 16


creado, como si acabase de brotar de esa rama en forma de flor mágica capaz de volar y cantar, causar la muerte y engendrar vida. Se desprende, se eleva hacia el cielo, captura un insecto volador y se posa en otra rama. La convexidad de sus ojos oscuros me rebota un brillo repentino. Luz. Al mismo tiempo, onda y partícula, medida de la velocidad cósmica y reto a nuestra comprensión. Somos fotones. Los que ahora inundan este lugar desde ese oriente cegador partieron del sol, a ciento cincuenta millones de kilómetros de distancia, hace poco más de ocho minutos. Antes viajaron durante casi diez millones de años a través de las entrañas incandes­centes de nuestra estrella, rumbo a su superficie. Entonces saltaron al espacio. Los siento acceder a mí. No solo me acarician, sino que me penetran, lo mismo que a cuanto me rodea. Casi nada sería como es sin ellos. Estamos hechos de un elixir lumínico cocinado muy lentamente en un alambique solar, libado por la vida vegetal y transformado por ella en fuerza vital. Fotosíntesis. ¿No merecen ya solo por esto bosques, prados, matorrales, huertas o cualquier otra forma de frondosidad verde adquirir sin tardanza condición de templos? He amanecido un poco chamán. La lista de los pueblos que han adorado al sol a lo largo de los milenios es casi tan larga como la distancia entre nuestro planeta y el astro. Abarca desde las barcas solares del Neolítico europeo hasta el sanguinario misticismo de los aztecas, pasando por los sumerios de Mesopotamia, los adoradores de Suria en la India o de Helios en Grecia y, más tarde, en Constantinopla, donde Juliano el Apóstata lo declaró divinidad única, Deus Sol Invictus, 17


y tantas otras devociones en Roma, China, Indonesia… En el Egipto de los faraones, Ra era un hombre halcón con un disco solar sobre la cabeza. En la Irlanda precristiana, el sol se vincu­ laba a la diosa femenina Áine, asociada al solsticio de verano. En cuanto a la Navidad cristiana, no coincide por casualidad con el solsticio de invierno. En su hermoso Cántico del hermano sol, o Cántico de las criaturas, escrito pocos meses antes de morir, san Francisco de Asís agra­ decía así la existencia del astro: Alabado seas, mi Señor, en todas tus criaturas, especialmente en el Señor hermano sol, por quien nos das el día y nos iluminas. Y es bello y radiante con gran esplendor, de ti, Altísimo, lleva significación. Hoy poca gente alaba al Sol aunque, por otro lado, cada día son millones las personas que, en todo el planeta, en impreme­ ditada y multitudinaria ceremonia, invocan sus rayos para estar más morenas. Muchas lo hacen con devota solemnidad ritual: despojo de prendas, unción con aceites, quietud contemplativa. Ya quisieran muchos oficiantes una entrega similar de sus feli­ greses. Todas las culturas, también, han definido espacios físicos por su magia trascendente. Templos. Recintos habitados por el vértigo más honesto: el que nos asoma al abismo indescifrable de nuestra condición y la de cuanto es. Su emplazamiento nunca fue elegido al azar, pues era mucho lo que dependía de esa decisión. 18


Han sido templos lugares como claros en bosques, cuevas, montañas, lagos; más tarde, construcciones humanas… También muchos promontorios destacados sobre el mar. Como este. Se ha sugerido que este pudo haber sido uno de aquellos lugares mágicos, un ara solis. Que los romanos habrían levantado aquí un faro, además de para señalar un puerto de abrigo, porque ya habría antes una construcción, cuya función habría sido servir de referencia para no extraviar otro tipo de camino. En su cúspide, ¿ardería ya una luz? La primera referencia histórica que se conoce del faro roma­ no la escribió el historiador Paulo Orosio entre los años 415 y 417. De antes solo tenemos el testimonio mudo de la propia Torre, los restos arqueológicos de su alrededor y la famosa piedra que se halló a su pie, inscrita con la leyenda «MARTI / AUG. SACR. / C. SEVIUS / LUPUS / ARCHITECTUS / AEMI­ NIENSIS / LUSITANICUS EX VO.», según la cual su arquitecto habría sido un tal Cayo Sevio Lupo, lusitano. Por el momento no existe prueba alguna de que, antes de la segunda mitad del siglo i de nuestra era, o principios del siglo ii, existiese aquí otra cosa que un monte abierto al viento. ¿Se rindió aquí culto a los fotones? Imagino aquel templo originario. Es primitivo, esencial. Lo rodea un extenso bosque sagrado de árboles altos y rectos que ni los temporales son capaces de cimbrear. Cuatro escalones anchos dan acceso a un vestíbulo pálido que… ¡Eh! ¿Qué es eso? ¡Mira! Una sombra infantil corre entre sus columnas, jugando al es­ condite con un fuego fatuo. Ríen. Voy tras ellos.

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BRÚJULAS Y LABERINTOS

Me siento como quien ha comprado la entrada para una des­ mesurada pinacoteca y duda hacia qué ala dirigirse para iniciar su visita. Los cuadros cubren las paredes de arriba abajo, sin apenas separación entre ellos. Nadie en la institución los ha ordenado por épocas, países, escuelas ni autores. Algunos son pequeños como pulgares; otros, tan inmensos que no se advierte su final. Echo a andar confiado en que sabré detenerme ante los adecuados, al menos para mí. Obviaré por ignorancia o desinterés muchas obras maestras. Jamás tendré tiempo de visitar toda la colección. No avanzo mucho. Casi enseguida tengo a mis pies un gran mosaico circular que representa una rosa de los vientos. Fue instalado por Xabier Correa Corredoira en 1994. Muchas personas ignoran la situación de los puntos cardinales. Es del tipo de información que ha perdido gran parte de su función práctica para la vida urbana, salvo cuando toca comprar o alquilar un piso, a fin de saber, en este caso, si sus ventanas recibirán o no la visita del sol y a qué horas. Yo no estoy a gusto si no sé dónde está el norte, me encuentre donde me encuentre, ni siquiera en el interior de un cine. Voy dando pasos sobre el mosaico. Los pueblos en él representados son, de sur a norte, pasando primero por el oeste y regresando por el este: Tartessos, Irlanda, Escocia, la Isla de Man, Gales, Cornualles, Bretaña y Galicia. Correa, además de con su nombre en gaélico, ha identificado a cada uno de ellos con una imagen. Siguiendo el mismo orden: calavera, trébol, cardo, trisquel, serpiente alada, cáliz, la huella de un armiño y una vieira. 20


Sur, sudeste, este, nordeste, norte, noroeste, oeste, sudoeste, sur otra vez. Dicen que quien decidió estos nombres fue el em­ perador Carlomagno en el siglo viii o ix. La primera ilustración conocida de una rosa de los vientos, similar como todas a esta, pertenece al Atlas catalán de 1375, el más importante de cuantos se elaboraron en la Edad Media. El autor (se atribuye al judío mallorquín Cresques Abraham) dibujó la rosa sobre el mar, justo al oeste de Galicia. Sus pétalos se llaman, de norte a nordeste, tramuntana, grego, leuante, laxaloch, metzodí, labetzo, ponente y magistro. A su derecha delineó con notable detalle la misma costa que se divisa desde este promontorio: el litoral de Ferrolterra, el golfo Ártabro, Bergantiños y las islas Sisargas. La primera ilustración de la Torre es más antigua, de en torno al año 1085. Está en el Mapamundi del Beato del Burgo de Osma. El otro faro que se muestra en ella es el de Alejandría. Ninguno más. Si giro y giro sobre este mosaico con los ojos muy cerrados y hasta casi marearme, ¿hacia dónde acabaré mirando? Allá voy. No ha funcionado muy bien. De tan bajo, el sol me ha avisado en cada giro dónde está el este. Eso es trampa. Me detengo. Descubro que estaba a punto de acabar entre unos tojos. La última vez que me perdí de verdad fue en un laberinto como ese. Sus muros vegetales, cuajados de espinas afiladas, casi me llegaban al pecho. Me había metido en aquel tojal conven­ cido de que sería capaz de salir sin demasiado problema. No contaba con que, bajo su espesura, el piso estaría formado por rocas separadas por profundos huecos. Mi intención era llegar al borde de un acantilado para comprobar si, como sospechaba, había allí una colonia de cormoranes moñudos por descubrir. 21


A los 20 minutos ya había perdido todo interés en aquellas aves. Es más, comenzaba a maldecirlas. Mi única preocupación era cómo volver atrás. A cada paso hundía una pierna en aquel ma­ cizo de espinas tanteando si bajo él habría o no donde pisar. La próxima vez, pensé, traeré un bastón. Por supuesto, no hubo una próxima vez. Aquella fue una de esas experiencias tan imborra­ bles que merece la pena preservar como únicas. Los símbolos laberínticos más antiguos que se conservan están aquí en Galicia. Los arqueólogos consideran que los gra­ bados de Mogor (Marín, Pontevedra) y de otros petroglifos gallegos fueron creados hace unos cuatro mil años; lo cual, por supuesto, no quiere necesariamente decir que se inventaran aquí, pero sí que quienes aquí vivían en ese tiempo se fascinaban ya por el tipo de garabatos complejos que solo uno o dos milenios después empiezan a aparecer representados en las islas británicas, Portugal, Marruecos, Cerdeña, el norte de Italia o Grecia y que, a partir del Imperio romano y en la época medieval, se extende­ rían ya por toda Europa. En esas marcas enrevesadas de hace cuatro milenios, solo la yema de tu dedo puede jugar a extraviarse. De hecho, no se pierde aunque, en algún momento, pueda tener esa sensación. Cuanto hace es recorrer un camino de curvas casi concéntricas, como si descifrara el enredo de una culebra (recientemente se ha propuesto que, de hecho, representan a estos animales y no a laberintos), sin tener que optar nunca entre dos o más opciones. Aun así, vienen a representar la esencia de lo que más tarde sería, por ejemplo, la obra de Dédalo en Creta, el lugar de donde Teseo, tras dar muerte al Minotauro, solo pudo salir gracias al hilo de Ariadna. He leído que el origen etimológico de la palabra laberinto podría ser precisamente minoico; también que los primeros la­ berintos reales representaban complejos pasos de danzas rituales o incluso ceremonias de coronación, que alcanzaron el Atlántico 22


tras la emigración hacia aquí de pueblos del Mediterráneo oriental. En fin, que también yo hubiese hecho bien en traer conmigo algún hilo como el de Ariadna, en este caso argumental, para saber regresar de tantas digresiones como este paseo me invitará a tomar. El problema vendrá, seguro, cuando me meta en algún asunto espinoso. Ya veré entonces cómo salgo. Saco una brújula de mi mochila. La compré hace unos treinta años. Hace mucho que no la utilizo. Al salir de su pequeño estuche, se muestra agitada, como un viejo sabueso deseoso de demostrar que todavía es capaz de marcar piezas. Me señala el norte con ese leve temblor que parece un indicio de vida. Inevitablemente, me llevo la mano a uno de los bolsillos frontales de mi cazadora, saco mi teléfono móvil y los comparo. Desde que se popularizó el uso del GPS y tenemos acceso inme­ diato a una cartografía digital extraordinaria, las brújulas se han convertido en instrumentos ancestrales. Aquí, un ingenio de un tiempo aún primario. Aquí, un aparato «inteligente», según hemos convenido en denominarlo a invitación de sus fabricantes. «¿Eres inteligente?», le pregunto. El móvil se lo piensa un instante, sin parpadear. A continuación responde con 373 000 resultados. Su actitud me provoca un vértigo pegajoso. Tengo en mis manos una terminal conectada con la más fenomenal biblioteca de conocimientos, ignorancias y falsedades jamás disponible hasta ahora y, a la vez, un nodo de emisión con el que alimentar esa biblioteca con mis propios textos, imágenes y sonidos. ¿Me hace más inteligente a mí este artefacto? Como cual­ quiera, nunca tuve tantos datos almacenados y al alcance de una caricia; tampoco tantas posibilidades de que mis mensajes alcancen, potencialmente, a tantas personas a la vez. Comencé a manejar este aparato en edad madura. Según la célebre idea de Marshall McLuhan, los medios nos transforman: «Modelamos 23


nuestras herramientas y luego ellas nos modelan a nosotros». ¿He sido ya «modelado» por mi teléfono «inteligente»? Por mi brújula sí lo fui. Hice muchas excursiones y viajes orientado por ella y un mapa. Algunas noches incluso sueño que aún lo hago. Tecleo y busco. «Lat. 43º 23’ 13,3923’’ latitud norte, Long. 8º 24’ 17,9519’’ longitud oeste», me responde el móvil. La aguja imantada señala olas. «Aquí el norte está hacia mar adentro», parece querer decir con ese gesto elemental. Caigo en la cuenta de que, cuando se erigió la Torre, ni siquiera este instrumento había sido inventado. Hasta entonces, y durante siglos, la humanidad navegó orientándose por los relieves de la costa, el uso de sondas y el astrolabio, aquel aparato que extraía tu latitud a partir de la observación del movimiento de los astros en el cielo nocturno y que sustituiría después el sextante, más preciso a través del cálculo combinado de la hora del día y la elevación del sol sobre el horizonte. Cuando Paulo Orosio mencionó por vez primera la Torre de Hércules, desde este puerto llamado por entonces Brigantium podías navegar a cualquier otro del Imperio mediante cómputos de astrolabio. El mundo conocido se extendía entonces hacia unos límites mucho más estrechos que hoy, también mucho más distantes. El creciente comercio marítimo precisó en el Atlán­ tico, como antes en el Mediterráneo, de un sistema de señales luminosas y de expertos en su manejo. Durante mucho tiempo, se encargaron de esto personas que aprendían su oficio de quienes habrían de sustituir. La primera escuela oficial de torreros de España se estableció aquí, en A Coruña, en 1849. Cuenta Francisco Tettamancy cómo estudiaron en ella 150 alumnos y que dedicaban a sus prácticas «dos horas por la mañana y otras dos por la tarde, excepto los días festivos; haciendo, además, guardia con el torrero de servicio 24


todas las noches cuatro alumnos, que alternaban, según turno acordado por el profesor, y continuaban a la mañana siguiente, después de apagado el Faro, con las faenas encomendadas a los torreros para la noche inmediata, consistentes en la limpieza de los metales de la lámpara de servicio y parte óptica de la linterna exterior e interior, cúpula, cámara de iluminación y de servicio, almacén de aceite y herramientas, terminando estas labores con el barrido de estos departamentos, incluyendo el de la extensa escalera del Faro, a partir del zócalo». Cinco años después, el Gobierno decidió cerrar esta escuela y trasladarla al faro de Matxitxako, de donde, en 1863, también desaparecería, para instalarse en la calle del Turco (hoy Marqués de Cubas) de Madrid, donde más tarde sería asesinado Juan Prim. Es de imaginar que los alumnos dispondrían allí de una formación eminentemente virtual, que se diría hoy. Luego se sustituyó aquel adiestramiento de secano por unas oposiciones a funcionario del Estado, que incluían un período de prácticas en los faros. Hoy estos edificios, bien es sabido, se van vaciando de perso­ nal; de los torreros, de sus familias, de sus ayudantes y amigos. El último farero de la Torre vivió en ella con los suyos veintiséis años. Ya no se habita así. Ya no hace falta alguien noche y día. Tres técnicos se encargan de este y otros muchos faros a la vez. Al mismo tiempo, y aunque el GPS orienta a la gente del mar, las señales de luz siguen siendo fundamentales. ¿Acabarán por apagarse algún día o terminarán siendo solo un bonito atractivo turístico? Hoy se pretende transformar muchos faros en hoteles de lujo que solo podrán disfrutar algunos bolsillos, a pesar de ser patri­ monio de todos. Una decisión que define, por sí sola, a quien la haya discurrido y a quien la ejecute. Y a quien la tome por acertada. Guardo mi brújula y mi teléfono.

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La torre - Antonio Sandoval Rey  

Faktoría K de Libros. Colección Vitamina N. Castellano

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