Gelsomino en el país de los mentirosos C - Gianni Rodari / Pablo Otero

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Gelsomino responde al pasar lista, marca un gol y se estrena como artista

Esta es la historia de Gelsomino tal como él mismo me la contó. Aunque me había metido medio kilo de algodón en las orejas, casi me quedo sordo tras escucharla entera. ¿Por qué? Pues porque la voz de Gelsomino es tan estridente que, cuando habla sottovoce, por llamarlo de algún modo, incluso los pasajeros de los aviones a reacción que vuelan a diez mil metros de altura sobre el nivel del mar y de su cabeza pueden oírla. En la actualidad, Gelsomino es un renombrado tenor, célebre en todo el mundo, y posee un nombre artístico altisonante y algo pomposo que no vale la pena mencionar aquí, porque lo habréis leído cientos de veces en los periódicos. De niño lo llamaban Gelsomino, y este es el nombre con el que aparecerá en nuestra historia. Así pues, había una vez un niño como los demás…; bueno, no, quizá un poco más enclenque que el resto, el cual, desde sus primeros chillidos, demostró estar dotado de una voz asombrosa. Cuando Gelsomino nació, la gente del pueblo se levantó en plena noche creyendo haber oído las sirenas de las fábricas que llamaban al trabajo, pero solo era el bebé que, como todos los recién nacidos, lloraba para ejercitar su voz. Por fortuna, Gelsomino enseguida aprendió a

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dormir desde la noche hasta la mañana siguiente, como hacen las personas respetables, excepto los periodistas y los vigilantes nocturnos. Su primer alarido sonaba a las siete en punto, justo a la hora en que la gente debía despertarse para acudir al trabajo. A partir de entonces, las sirenas se volvieron inútiles y, de hecho, acabaron por oxidarse. A la edad de seis años, Gelsomino fue a la escuela. El maestro pasó lista y, al llegar a la letra «g», llamó: –Gelsomino. –¡Presente! –respondió con entusiasmo el nuevo alumno. Al instante, se oyó un estallido y cayó un alud de pedazos: la pizarra se había hecho trizas. –¿Quién ha tirado una piedra a la pizarra? –preguntó el maestro, alargando la mano para coger la vara. Nadie respondió. –Volveré a empezar con la lista –dijo el maestro. Y, en efecto, empezó de nuevo por la letra «a» y, al decir cada nombre, añadía esta pregunta: –¿Has sido tú quien ha tirado la piedra? –¡Yo no! ¡Yo no! –contestaban los niños, asustados. Cuando llegó a la letra «g», también Gelsomino se levantó y respondió con franqueza: –Yo no he sido, señor… Pero antes de que le diera tiempo a pronunciar la palabra «maestro», los cristales de la ventana acabaron igual

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de rotos que la pizarra. En esta ocasión, el maestro había mantenido los ojos bien abiertos y estaba seguro de que ninguno de sus cuarenta alumnos había utilizado el tirachinas. –Habrá sido alguien desde fuera –concluyó–, alguno de esos mocosos que, en lugar de venir a la escuela, van a buscar nidos. Como lo pille, lo agarraré de una oreja y lo llevaré a la Policía. Aquella mañana, el asunto no pasó a mayores. Pero, al día siguiente, el maestro pasó lista una vez más y llegó de nuevo al nombre de Gelsomino. –¡Presente! –contestó nuestro héroe mirando a su alrededor, muy orgulloso de estar en la escuela. «¡Cataplum!», le respondió la ventana. Los cristales, colocados por el bedel tan solo media hora antes, cayeron al patio. –¡Qué extraño! –dijo el maestro–. Los desastres siempre ocurren cuando llegamos a tu nombre. Muchacho, ya entiendo lo que sucede: tienes una voz demasiado aguda, una voz que hace que el aire se agite como un ciclón. Si no queremos que la escuela y todo el pueblo se desmoronen, de ahora en adelante tendrás que hablar en voz baja. ¿De acuerdo? Gelsomino, rojo de vergüenza y de confusión, intentó protestar: –¡Pero señor maestro, yo no he sido!

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«¡Cataplum!», le respondió la pizarra nueva, que el bedel había comprado aquella misma mañana. –¡Ahí está la prueba! –concluyó el maestro. Al ver las lágrimas que se deslizaban a mares por las mejillas del pobre Gelsomino, se bajó de la tarima, se acercó al chico y le puso la mano en la cabeza en actitud paternal. –Hijo mío, escúchame bien: una voz como la tuya puede causarte terribles problemas o convertirse en la clave de un brillante porvenir. Por ahora, será mejor que la utilices lo menos posible: la palabra es plata, pero el silencio es oro. Desde ese día, Gelsomino sufrió las penas del infierno. En la escuela, para no provocar más accidentes, siempre tenía un pañuelo metido en la boca, pero, incluso a través de aquel obstáculo, su voz sonaba tan fuerte que sus compañeros debían taparse los oídos con las manos. El maestro le preguntaba lo menos posible, pues sabía que era un buen estudiante y estaba seguro de que conocía las respuestas correctas. En casa, tras el primer incidente en la escuela (que contó a su familia cuando estaban en la mesa, lo cual supuso una docena de vasos hechos fosfatina), le habían prohibido terminantemente pronunciar ni una sola palabra. Para desahogarse, tenía que caminar hasta campo abierto, lejos del pueblo: a los bosques, a la orilla del lago, a los pastos... Tras cerciorarse de que estaba solo y de que

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había puesto suficiente distancia entre él y los cristales de sus paisanos, se tumbaba en el suelo, boca abajo, y empezaba a cantar. Al cabo de unos minutos, la tierra se agitaba: topos, lombrices, hormigas, todos los animales del subsuelo huían a kilómetros de distancia, pensando que se avecinaba un terremoto. Tan solo en una ocasión Gelsomino descuidó sus habituales precauciones. Era domingo, y en el campo de fútbol se disputaba un partido importante. A pesar de que él no era un gran hincha, poco a poco el juego le fue calentando la sangre. En un momento dado, el equipo de su pueblo, animado por los enfervorizados gritos de sus seguidores, pasó al ataque. (No sé muy bien qué significa «pasar al ataque» porque no tengo mucha idea de fútbol, pero Gelsomino utilizó estas palabras al contármelo. Seguro que vosotros, si sois lectores de periódicos deportivos, las entenderéis.) –¡Hala! ¡Hala! –gritaban los hinchas. –¡Hala! –gritó también Gelsomino, a pleno pulmón. Justo entonces, el lateral derecho le lanzó un pase al centrocampista, pero, en pleno vuelo del balón, se vio como este, impulsado por una fuerza invisible, se desviaba y acababa estrellándose en la portería contraria, tras colarse entre las piernas del guardameta. –¡Goooool! –se desgañitó la multitud. –¡Menudo tiro! –comentó alguien–. ¿Habéis visto qué disparo? ¡Calculado al milímetro! ¡Tiene una bota de oro!

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Gelsomino, al volver en sí, se dio cuenta de que había armado un buen lío. «No hay duda, el gol lo he marcado yo con la voz. Tengo que estarme callado, si no, ¿dónde quedará el deporte? Ahora debo marcar un gol del otro lado, para que empaten», pensó. En el segundo tiempo, en efecto, se presentó una ocasión favorable. Cuando los jugadores contrarios pasaban al contraataque, Gelsomino gritó y empujó la pelota hacia la portería de sus paisanos. Con gran dolor de su corazón, se entiende. Aunque ya habían pasado muchos años, al relatarme este episodio, Gelsomino añadió: –Habría preferido cortarme un dedo antes que marcar aquel gol, pero no me quedaba otro remedio. –Cualquiera en tu lugar habría hecho que ganase el equipo de sus amores. Cualquier otro sí, pero Gelsomino no: él era leal y sincero como el agua clara. Y así creció, hasta convertirse en un jovencito no muy alto, a decir verdad, sino más bien canijo, y más flaco que gordo, un físico acorde con el significado de su nombre, pues si a un enclenque como él le hubieran puesto uno más pesado, se habría convertido en un jorobado a causa de semejante carga. Hacía ya tiempo que nuestro protagonista había dejado la escuela para ser un campesino más. Y así se habría quedado y no habría nada especial que contar de él, de no haberle ocurrido la desafortunada aventura que ahora conoceréis.

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Que no se entere el vecindario de tu talento extraordinario

Una mañana, Gelsomino se dirigió a su huerta y vio que las peras estaban maduras. Las peras suelen comportarse así: trabajan y trabajan sin decirte nada y, cuando una mañana vas a verlas, ya han madurado y es hora de recolectarlas. «¡Qué lástima no haberme traído la escalera! –pensó Gelsomino–. Iré a casa a buscarla y, de paso, traeré también la pértiga para sacudir las ramas más altas.» Pero en aquel momento se le ocurrió una idea, una especie de capricho. «¿Y si probara con la voz?», se preguntó. Y, medio en broma medio en serio, se plantó debajo del árbol y lanzó un grito: –¡Abajo! «Cataplún, catapumba, pumba», le respondieron las peras, lloviendo a su alrededor a cientos. Gelsomino se colocó debajo de otro árbol y repitió la maniobra. Cada vez que gritaba «¡Abajo!», las peras se desprendían de la rama, como si estuvieran esperando aquella orden, y se precipitaban al suelo. El resultado puso a Gelsomino de buen humor. «Un trabajo que me ahorro –concluyó–. Qué pena no haber pensado antes en utilizar la voz en lugar de la escalera y la pértiga.»

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Un campesino que cavaba en la huerta de al lado, al verlo desprender las peras de aquel modo, se frotó los ojos, se pellizcó la nariz, volvió a mirar y, cuando se aseguró de que no soñaba, corrió a llamar a su mujer: –¡Mira! ¡Mira esto! –le dijo temblando–. ¡No cabe duda de que Gelsomino es un brujo! La mujer echó un vistazo y cayó de rodillas, exclamando: –¡Es un santo! –¡Te digo que es un brujo! –¡Y yo te digo que es un santo! Hasta aquel día, marido y mujer casi siempre habían estado bastante de acuerdo, pero en aquel momento él cogió la azada y ella la horca. De pronto, cuando se disponían a defender con las armas sus respectivas opiniones, el campesino propuso: –Vayamos a llamar a los vecinos. Que lo vean también ellos y nos den su parecer. La idea de correr a llamar a la gente y tener ocasión de cotillear un rato convenció a la mujer de soltar la horca. Antes del atardecer, todo el pueblo estaba al tanto de lo sucedido, y los vecinos se dividían en dos bandos: uno sostenía que Gelsomino era un santo; el otro, que era un brujo. Las discusiones crecieron como las olas del mar cuando sopla el mistral. Incluso se produjeron peleas y hubo heridos, leves, por suerte; uno de ellos, por ejemplo, se quemó con su propia pipa porque, en el ardor de la disputa, se la había metido en la boca por la parte

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de la cazoleta. Los guardias no sabían a quién detener y, en realidad, no apresaron a nadie. Se limitaron a pasar de un grupo a otro intentando tranquilizar a ambos bandos. Los más exaltados se dirigieron al peral de Gelsomino: unos para llevarse algún recuerdo, ya que era una tierra bendita; otros, para saquearla, ya que era una tierra embrujada. Gelsomino, al ver a toda aquella gente corriendo, creyó que se había declarado un incendio en algún sitio y cogió un cubo para ayudar a apagar las llamas. Pero la gente se detuvo ante su puerta y Gelsomino los oyó hablar de él. –¡Ahí está! ¡Ahí está! –¡Es un santo! –¡Ni hablar! ¡Es un brujo! ¡Lleva ese cubo para hacer magia! ¡Mirad! –¡Por favor, mantengámonos alejados! ¡Si nos arroja algo de eso encima estamos perdidos! –¿Algo de qué? –¿Acaso no lo veis? ¡Es un ser infernal! ¡Todo lo que toca lo atraviesa de parte a parte y no habrá médico capaz de tapar el agujero! –¡Es un santo! ¡Es un santo! –¡Te hemos visto, Gelsomino! Le ordenas a la fruta que madure, y madura; le ordenas que caiga, y cae. –¿Os habéis vuelto todos locos? –preguntó Gelsomino–. Solo se trata de mi voz, que provoca la misma onda expansiva que cuando sopla un ciclón.

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