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UN ANIMAL EXTRAORDINARIAMENTE RARO Zackarina vivía en una casa junto al mar con su madre y su padre. La casa era pequeña, pero el mar era muy grande y, en el mar, puedes bañarte, al menos en verano. Y ahora era verano; había sol y hacía calor, así que Zackarina quería bañarse. Pero había un problema. No la dejaban bañarse sola, y al padre de Zackarina no le apetecía acompañarla hasta la playa. –Ahora mismo no tengo tiempo –dijo–. Es que tengo que leer el periódico. Y se tumbó en la hamaca con un periódico grande y crujiente. Era tan grande que el padre casi desaparecía debajo de él, como si lo tapara una manta. Solo sobresalían los pies; unos pies increíblemente aburridos, pensó Zackarina; unos sosos pies de padre que no querían ir a bañarse.

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–Pues yo me voy a la playa de todas formas –anunció ella. –¡Bien, bien! –contestó su padre. –Porque voy a cavar un hoyo –explicó Zackarina– en la arena, y va a ser una trampa, y tú te caerás dentro. –¡Ah, muy bien! –respondió su padre entre los crujidos de las hojas del periódico. Zackarina se dio cuenta de que ni siquiera la había escuchado. Siempre decía eso cuando no escuchaba: «¡Ah, muy bien!». –¡No! –dijo ella–. De muy bien, nada. ¡Muy mal! Se fue a la playa y empezó a hacer un hoyo en la arena con las manos. Al principio, la arena era clara y la sentía seca y caliente, pero luego resultó más húmeda, y oscura y fría. Zackarina se tumbó boca abajo y miró dentro del hoyo. ¡Qué profundo era! ¡Qué trampa tan buena acababa de hacer! En realidad, le dio un poco de pena que su padre tuviera que caerse en ese profundo y espantoso agujero. «Aunque él se lo ha buscado», pensó y sacó tres puñados más de arena. Y entonces ocurrió. Algo se movió en el hoyo. Zackarina lo notó claramente y retiró la mano con rapidez. Sí, ahí dentro había algo, ¡seguro! Al fondo del todo.

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La arena se puso como a temblar y, acto seguido, fue cayendo hacia los lados y, de pronto…, de pronto algo asomó, algo que era negro y que brillaba un poco. Enseguida vio qué era. Un hocico; un hocico que olfateaba y olisqueaba, que escarbaba en la arena y resoplaba. –¡Papá! –gritó–. ¡Hay un hocico en mi hoyo y está vivo! –¡Ah, muy bien! –dijo su padre desde la hamaca entre crujidos de papel. ¿Muy bien? La verdad es que Zackarina no estaba tan segura. Eso dependía totalmente del tipo de animal al que estuviera pegado el hocico. ¿Y si fuera un animal salvaje? El hocico salió un poco más y, luego, otro poquito más. Zackarina retrocedió a gatas mientras contenía el aliento. El animal ¡estaba subiendo! Del hoyo salían rasponazos y chirridos hasta que, por el borde, fue asomándose una cabeza… Pero ¿qué animal era ese? No se trataba de un perro; eso estaba claro, aunque se parecía a un pastor alemán, pero solo un poco, y daba la impresión de ser mucho más salvaje. Y no era muy peludo. Tenía la piel más como la arena, como la arena dorada del desierto. El animal miró a su alrededor y, naturalmente, descubrió a Zackarina.

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–Ya veo –dijo al tiempo que asentía despacio con la cabeza, y Zackarina oyó que se trataba de un macho. –Has sido tú quien ha cavado el hoyo –continuó–. Bueno, vamos a ver: entonces debes de ser un tejón, ¿verdad? Ella no se atrevía ni a decir que sí ni que no, así que se quedó callada. El animal suspiró. –¡Qué bichito más raro! –dijo–. Cava como un tejón, pero se ha quedado mudo como un pez. Dio un brinco y, ¡zas!, salió del hoyo: cuatro patas y un cuerpo y una cola que se movía de un lado a otro. Se acercó a Zackarina, que se hizo un ovillo mientras pensaba: «¡Socorro, va a comerme!». Pero no la comió. Se limitó a olisquearla, y no solo por todo el cuerpo sino también a su alrededor. Zackarina no pudo evitar echarse a reír. ¡Le hacía cosquillas! –¡Ajá! Relinchas –constató–, así que debes de ser un caballo. O ¿quizá has cacareado? En ese caso, seguramente eres una gallina. El animal ladeó la cabeza, pensativo. –Una gallina muy curiosa, por cierto, que no tiene plumas –añadió–. ¡Ay!, por mi alma y el honor de mi cola, que eres un animal de lo más extraño. Zackarina ya no aguantó más tiempo callada: –No soy ninguna gallina –explicó–. Soy una persona.

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El animal sonrió con mil dientes afilados, blancos como las conchas de mar. –¡Justo lo que he dicho! –exclamó–. Un animal de lo más extraño. Se revolcó un rato en la arena para luego tumbarse todo lo largo que era al lado de Zackarina. El arenoso cuerpo brillaba como el oro bajo el sol. –Yo, por mi parte, soy un lobo de arena –aclaró el animal–. ¡Muy buenos días! Soy de lo más extraordinario y también extraordinariamente bello, ¿verdad? Zackarina no sabía qué pensar en realidad. Era la primera vez que conocía a un lobo de arena. No tenía claro si estaba muy asustada o muy contenta. –¿Qué comes? –preguntó con prudencia–. ¿Comes… personas? –¿Personas? ¡Puaj, no! –respondió el Lobo de Arena–. Sobre todo, me alimento de los rayos del sol y la luz de la luna, porque la luz de la luna te hace requetesabio. Yo lo sé todo. –¿Todo en el mundo entero? –preguntó Zackarina. –Todo en todos los mundos, y todas las respuestas a todas las preguntas –contestó el Lobo de Arena. Zackarina intentó pensar en una pregunta superdifícil que ese engreído lobo no pudiera contestar, sobre el espacio o algo así, o sobre los hormigueros. Pero, cuando abrió la boca, le salió una pregunta totalmente diferente:

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–¿Por qué –empezó–, por qué mi padre siempre tiene que leer el periódico? –¡Ja! Una pregunta muy fácil –dijo el Lobo de Arena–: es que lo han embrujado, ¿no lo ves? –¿Embrujado? –repitió Zackarina. –Sí, o como hipnotizado –explicó el Lobo de Arena–. Sus ojos se han quedado pegados al periódico, a esas pequeñas y negras letras, y ahora no puede liberarse. Esa respuesta no le gustó nada a Zackarina. No quería a un padre que se quedara pegado a un periódico el resto de su vida. –Tranquila –dijo el Lobo de Arena–. Yo lo liberaré. Tomó carrerilla y salió pitando. Como un remolino de arena en una tormenta, se fue directo hacia la casa y la hamaca y le arrancó el periódico de las manos al padre. Las hojas del diario se alejaron revoloteando sobre el mar como si fueran pájaros grandes. El padre se cayó de la hamaca y dio en el suelo con un ruido sordo mientras pensaba: «¡¿Un lobo?!». –¡Zackarina! –gritó–. ¡Me ha dado una insolación! ¡Tengo que bañarme! –¡Por fin! –respondió ella. Y el mar era grande y azul, y se bañaron mucho rato, hasta que se les arrugaron los dedos. Entonces volvieron a casa, tomaron té y jugaron a las cartas, sin hacer más trampas de las necesarias.

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Pero, en el hoyo de la playa, estaba tumbado el Lobo de Arena pensando, pensando en las personas y en los padres y en otros animales extraĂąos.


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El lobo de Arena C - Asa Lind / María Elina  

Kalandraka. Sieteleguas. Castellano

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