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I

Se abre el taller

Diego Rodríguez de Silva y Velázquez abrió su taller mientras los innumerables relojes de los Reales Alcázares daban las nueve de la mañana. Lo recibió el consabido olor a aceite de linaza, que, aunque al pintor de cámara le resultara familiar y hasta reconfortante, podía molestar a alguna de las muy principales personas que esperaba recibir aquel día, todas ellas tan delicadas como próximas a la familia real. Por eso se dirigió antes que nada a las ventanas y, descorriendo los pesados cortinones que las cubrían, abrió sus postigos, dejando que la fresca brisa del Guadarrama inundara la sombría estancia y se llevara el aire viciado. Era a principios de primavera y ya no hacía frío, aunque el sol estaba cubierto por leves celajes que atenuaban su rigor. En fin, un día ideal para pintar. Ayer no se había podido por la recepción de los grandes, y anteayer, por la cabalgata, y mañana, cualquiera sabía, lo mismo aparecía el embajador de Trebisonda o, simplemente, hacía un tiempo de perros y faltaba la luz, o le volvían a mandar a El Escorial. El caso era que había que aprovechar como fuera aquella jornada. El Rey hacía tiempo que le venía urgiendo para que acabara de una vez el dichoso retrato de familia que pensaba 5


colocar en su propio despacho, un lugar privadísimo que ni los cortesanos más encumbrados habían conseguido ver, salvo en raras ocasiones. Retratar a la favorita del Monarca, su hija Margarita, rodeada de sus damas y sus bufones, puede que se le antojara tarea ardua. Desde luego, lo era. Y con mayor razón teniendo en cuenta que el cuadro, de más de dos por tres metros, iba a tener prácticamente un solo espectador, el egregio padre de la criatura, quien, precisamente gracias al frecuente trato con su pintor de cámara preferido, había acabado por ser bastante versado en la materia y poco menos que un crítico implacable. Menudo riesgo. Quizás don Diego sintiera aquella mañana el peso de tal responsabilidad y por eso su expresión resultara sombría. O acaso no fuera solo la dificultad de la obra en sí, sino que ese no le parecía el mejor momento para acometerla. A sus cincuenta y siete años, tal vez aquel sevillano, menudo y fino, se sintiera viejo, cansado, incluso algo enfermo, mientras contemplaba abstraído el efecto de la luz lechosa de aquella mañana de primavera sobre los arbolillos del Jardín de los Emperadores. De ahí vendría entonces ese aire apático, ese gesto ausente, esa mirada cargada de melancolía, que se podían apreciar a simple vista. O era posible que, en esos momentos, echara de menos, una vez más, su adorada Italia, donde, según se decía, se lo había pasado mejor que bien y de donde había tenido que regresar muy a su pesar, apremiado por el propio Felipe IV. De hecho, ahora mismo debería estar de nuevo allí. Pero Su Majestad se lo 6


había prohibido expresamente por lo mucho que se demoró la última vez. Para el pintor, probablemente harto de sentirse medio ignorado en una corte que se iba tornando más fría y protocolaria a medida que el Monarca envejecía, sin duda debieron de ser días felices aquellos de su segundo viaje italiano. ¡Qué recibimiento! Aclamado en Roma por los artistas más renombrados de su tiempo, se le concedió ingresar en la Academia de San Lucas y en la de los Virtuosos del Panteón. El Sumo Pontífice –al que se había permitido regalar un soberbio retrato– le hizo objeto de mil atenciones y le trató con asombrosa familiaridad. Hasta comentaban los maldicientes que se había enamorado allí… La cuestión era que tenía motivos de sobra para estar a gusto en la Ciudad Eterna y a disgusto en la caótica y sucia Villa y Corte…, pero así estaban las cosas. No era el caso defraudar al Rey de las Españas, del que además se consideraba amigo personal, quien, a la vuelta de ese viaje y para templar la exasperación de ambos, le había nombrado inspector general de obras y aposentador mayor de palacio, el más alto honor al que podía aspirar en aquella corte alguien, en definitiva, plebeyo. No. Ni muchísimo menos. De bien nacidos –decía el viejo refrán–, agradecidos. Y más que nunca, ahora, que estaba pendiente de un expediente de nobleza que le permitiera ingresar en la Orden de Santiago. Aparte de que le había cobrado sincero afecto a aquel Habsburgo, débil y obstinado, caprichoso y elegante, del que dependía hacía más de treinta años, en los que nunca dejó de protegerlo y aun de tratarlo con magnanimidad. 7


Primero –hizo memoria el artista– había sido el cargo de ujier de cámara, luego, el de ayuda de guardarropa, y después, el de ayuda de cámara de Su Majestad; por las mismas fechas –en el cuarenta y tres– le hizo además superintendente de Obras Reales. En fin, toda una carrera cortesana de la que no podían presumir tantos, conque no había más remedio que mostrar hidalguía… Pero ¡qué hermosa era Italia! Mirando ahora el lejano perfil de la sierra de Guadarrama, quiso pensar que tiempo y espacio no existían y que lo que estaba viendo eran los Apeninos, y en su rostro impasible se dibujó una débil y triste sonrisa. La borró un escalofrío. Comenzó a cerrar la mayoría de las ventanas. Se estaba ocupando, poco después, de reproducir con sumo cuidado, corriendo cortinas, la luz exacta con la que había estado pintando dos días antes, cuando le sorprendió la llegada de Salomón, el viejo mastín español de pelaje leonado, que, poniéndose justo donde le correspondía, se echó pesadamente al suelo. Otra sonrisa, menos triste que la anterior, afloró a los labios del pintor. Y no pudo evitar distraerse e ir a acariciar la peluda cabezota del perro, mientras le decía cariñosamente: –Sí, sí. Ven aquí, tú, mi viejo compañero. Tú, el más paciente de mis modelos, aparte del único puntual, claro. Y qué espectador tan ideal, siempre respetuosamente silencioso. En verdad, muchos en esta corrompida corte debieran aprender de ti, servidor honesto, criado fiel. 8


Lanzaba el mastín tiernas miradas y placenteros ayes, como si entendiera y contestara a tan afectuoso saludo. Interrumpió el idilio un taconeo, que se acercaba presuroso repicando de sala en sala. Pronto, en la puerta del fondo del penumbroso obrador, apareció María Agustina Sarmiento, la menina de la infanta Margarita. Llegaba envuelta en el frufrú de sus enaguas de seda y parecía flotar en una nube de perfume. Se le notaba demasiado que acababa de blanquearse la cara con albayalde, repintarse los labios y darse colorete. –Buenos días, mi señor don Diego. –Buenos días tengáis vos. Ya os he dicho otras veces, mi querida doña María Agustina, que no es necesario…, en fin…, retocarse tanto para venir a posar, vaya. Que esos mejunjes desvirtúan el noble tono de la piel, aparte de ser insanos. Pero, hijita mía, si con el color y la juventud de los que vos gozáis sobran los afeites. –Vuesa merced, si no me regaña por algo, revienta. Como siga así, le va a acabar pasando lo que a Su Majestad, que se le va agriando el talante a medida que se hace mayor. Jesús, qué pena tan grande. Y lo peor es que, además, le tengo que dar una mala noticia: me parece que hoy tampoco va a venir Su Alteza la Infanta. –¡Pues estamos apañados! ¡A ver, qué… demonios pinto ahora! –Digo yo que podríais pintarnos a los demás; los demás también salimos en el cuadro, ¿no? –¡A los demás os tengo más que vistos! Meses hace que estáis acabados. Pero esa niña…, ay, esa niña… 9


–Esa niña malcriada, decidlo, don Diego, no os embaracéis, que estamos en confianza… Casi los atropellaron Maribárbola y Nicolasillo Pertusato, que acababan de irrumpir en la estancia corriendo, como locos, uno en pos de la otra. Se pararon en seco, en sus respectivas marcas, y Nicolasillo, haciendo una reverencia teatral, enfatizó con voz engolada: –Es que la infanta Margarita… –¡Tiene en el culo una espinita! –soltó Maribárbola desternillándose de risa. –Seguro que por eso es tan inquieta –apostilló el niño enano, volviendo a acampanar su chillona voz. –¡Tan puñetera! –concluyó la bufona con uno de los gestos, verdaderamente espeluznantes, que solía componer–. ¡Y tan coqueta! –¡A callar, desvergonzados! –bramó el buen Velázquez, amenazándolos con un puñado de pinceles que estaba ordenando. –Déjelos, don Diego –intervino María Agustina–, si este par de monstruos de la naturaleza no tienen arreglo. El mejor desprecio es no hacerles aprecio alguno. –Habló Agustina Sarmiento… –apostilló entonces, solemnemente, el malévolo Pertusato. –¡Que fue a cagar y se la llevó el viento! –remató groseramente la mordaz Maribárbola. Ya se iba hacia ellos el pintor, armado de un largo tiento, cuando lo contuvieron, por un lado, Marcela de Ulloa, guardadamas de la Infanta, y por el otro, la menina Isabel de Velasco, que 10


acababan de llegar, acompañadas por Diego Ruiz de Ancona, también guardadamas. –No os exaltéis, maestro pintor –trató de tranquilizarle la madura doña Marcela–. Mirad que lo que ellos quieren es justamente sacar a la gente de sus casillas. Si no, no serían locos. –Locos o cuerdos, juro que yo los haré entrar en razón… –Pero no les sigáis el juego, señor aposentador –le exhortaba también, dulcemente, Isabel–, calmaos al punto. Venga, tomaos un traguito de esta agua tan fresca que ha traído doña María Agustina, que, además, dicen que tiene propiedades salutíferas. Vamos, vamos, no os acaloréis, que luego la tomáis con eso de que no os gusta lo que os sale y nos dais la mañana. Pero ¿qué necesidad tenéis vos de quemaros la sangre por los dichos de dos fenómenos? –Sí… –cedió el artista–, mejor será que tengamos la fiesta en paz –aunque enseguida preguntó, visiblemente contrariado–: Vamos a ver, que alguien me explique cómo es eso de que hoy tampoco viene la Infanta. –A mí no me miréis –le replicó María Agustina–; solo he oído que no viene y nada más. –Yo sí que lo sé –aclaró doña Marcela–. Su Alteza no viene porque dice que se aburre de pasarse aquí las horas muertas como un pasmarote. –¿Cómo que se aburre? –dijo don Diego, poniendo cara de extrañarse sinceramente. –Pues aburriéndose, señor mío. ¿Acaso vuesa merced no se aburre nunca? –Jamás, gracias a Dios. 11


–Bueno, es que los artistas… ya se sabe. –¿Qué se sabe? –Pues eso… En fin, que se pasan la vida… –hizo un expresivo gesto doña Marcela– en otras esferas, vaya…, en la luna, diría yo. Pero la cuestión es que nuestra pobre infantina se aburre. Se aburre mortalmente. Y anoche se lo contó a su padre después de la cena. Lo sé porque estaba presente. ¿Y sabéis lo que dijo Su Católica Majestad? –¿Qué dijo? –preguntó don Diego, intrigado. –¡Que le cuenten cuentos! Eso fue lo que dijo. Y añadió al punto: «Que le cuenten lo que quiera, cualquier cosa, con tal de que mi chiquitina no se aburra». –A ver, como todos los padres –comentó el artista con expresión seráfica. –¡Nada de como todos los padres! –le replicó la de Ulloa–. La mayoría de los padres saben educar a sus hijos; en cambio, el Rey, nuestro señor, dicho sea con todos los respetos, no hace más que malcriar a fuerza de mimos a esa pobre niña. –Con razón, porque es preciosa –insistió el pintor. Por lo bajo, el pertinaz Nicolasillo se dirigió a su compañera, la bufona: –¡Ay, qué preciosa infantilla! –Más tonta que una polilla –volvió a rematar la fea Maribárbola. Menos mal que el maestro no los oyó. Estaba saludando a José Nieto, aposentador como él, que acababa de llegar y sí había escuchado las últimas frases. –Nada, mi buen Velázquez, que tendrá vuesa merced que hacer memoria y recordar cuentos de cuando era chico. 12


–¡Eso me faltaba a mí! –replicó don Diego–. Canas me han salido pintando en esta corte para que ahora tenga que contarle cuentos a esa… mocosa. –¡Pero si en el fondo os encanta! –le advirtió riéndose doña Isabel. –Sí, la verdad es que sí, ¿para qué lo voy a negar? En el fondo siento por ella la misma debilidad que su padre… No lo puedo evitar…, lo reconozco –y enterró la cabeza en su paleta. –Pues que conste que yo no pienso contar ningún cuento –sentenció la Sarmiento–. Soy hija del conde de Salvatierra y marqués de Sabroso, caballero de Calatrava y capitán general de artillería. No soy ninguna comedianta, ni ninguna… cuentacuentos. ¡Pues hasta ahí podíamos llegar! En la sala se hizo el silencio. Estaban ya en sus sitios, sobre las marcas de tiza, colocados cada uno en la situación precisa que el cuadro requería. Todos sabían de memoria una actitud que se había repetido durante meses. Don Diego levantó los ojos de su paleta y pensó que el tiempo se había detenido. Pero ¿qué hacer sin la Infanta? ¿Le tocaría terminar de memoria también este retrato, en el que quería precisamente poner toda la viveza que solo aporta la verdad? Afuera cantaban los pájaros. Había en el aire aquel día una especie de magia; flotaba en el ambiente algo que quizás algunos percibían ya, aunque, si se les hubiera preguntado, no habrían sabido decir qué era.

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II

Aparece Su Alteza

Se escucharon carcajadas infantiles, carreras y ladridos de perrillos falderos, que hicieron que Salomón se levantara, receloso. Pocos segundos después apareció Su Alteza Real, despeinada, congestionada, jadeante, con el guardainfante torcido, la amplia falda arremangada de cualquier manera y una media caída. Llegaba rodeada de unos cuantos gozquecillos histéricos y ladradores, que se apresuraron a incomodar al paciente mastín. –Creíais que no vendría, ¿eh? ¡Pues he venido! ¡Para que veáis! Se subió rápidamente la media, se alisó la falda de cuatro manotazos, enderezó el guardainfante, buscó en el suelo las marcas de sus pies y adoptó su pose. María Agustina e Isabel le recogieron hacia atrás, como pudieron, la sedosa melena, de un rubio pajizo. Salomón, que no había parado de gruñir amenazadoramente, lanzó uno de sus roncos y poderosos ladridos y los advenedizos se marcharon despavoridos. –¿Estoy bien así, maestro pintor? –preguntó la Infanta, no sin cierta coquetería. –Perfecta, Alteza, os sientan de maravilla esos coloretes tan naturales, fruto del ejercicio y no del artificio –y se quedó mirando a doña María Agustina. 15


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Siete historias para la Infanta Margarita - C / Miguel Fernández Pacheco  

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