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del Cuerpo de Caminos, compañero querido o esperado, amigo o deseonacido, quienquiera _que seáis, se a cual fuere vuestra condición, edad o . ......, muehas gractas. ., cat egona

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Los editores de este libro, compa-

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/ nspector general o Ingeniero Jefe

¡ ñeros de promoción de Juan B. i ¡ Uriarte, del gran Ingeniero a cuyo .¡ ¡ enaltecimiento póstumo está dedica- ¡ i do, os agradecen profundamente el i i sacrificio de unas pesetas en su ad- i i i i................ . i ,.,........................................................... _. .....................

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quisición, y tanto, o más, os agradecerán el de unos minutos en su lectura. Con uno y con otro realizáis una buena acción, un acto de justicia. Si sois Ingeniero de Caminos, realizáis además un acto de compañerismo sano, tan sano, que la buena obra no queda empañada ni empequeñecida por la parte que en vuestra contribución material y afectiva tome el sentimiento de colectividad, el más puro y desinteresado espíritu ·de clase.

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estéril el sacrificio que os pedimos, y en parte habéis realizado ya. Respondemos de ello con el grandísimo interés que nos impone el recuerdo de un entrañable afecto.

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No os arrepentiréis, tampoco, de haber pasado vuestra vista por los renglones de este libro. Si no le conacíais os le harán conocer, y si le conocisteis perpetuarán en vuestra memaria la de un hombre bueno entre los buenos, útil, capaz, inteligentisimo, producto exquisito del esmerado e intenso cultivo de una naturaleza fuerte y recia; de un hombre que con su trabajo obscurecido por la modestia, callado, discreto y prudente como la Ciencia misma, honró al Cuerpo de que formó parte rindiendo a la Sociedad en que vivió inestimables beneficios y enriqueciendo a la Patria.

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demandas. Uriarte derrochó en nuestro trato los tesoros de su gran corazón, como derrochó en sus trabajos los de su extraordinaria inteligencia. Tenemos, pues, para con su memoria una deuda de cariño, de gratitud afectiva, que nunca podríamos satis/acer sin el auxilio de vuestra concurrencia. Nuestras fuerzas,-bien escasas por cierto,-necesitan algún apoyo, y ninguno tan sólido y tan firme como el que nos ofrecen vuestra conformidad y vuestra ayuda. Nuestro será el impulso, el esfuerzo inicial, pero a vuestro apoyo se deberá en definitiva el verdadero valor de este merecido homenaje, porque ,f sin él, todos nuestros esJuerzos serían ejercidos en el vacío sin efecto.

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C ada ano de nosotros ha elevado en su corazón un monumento perdarabie al excelente amigo, al buen compañero; uniéndonos para hacer nuestra la iniciativa del que lo fué con mayor intimidad y más expresiva constancia, y .dirigiéndonos a vosotros, aspiramos a elevarle por encima de nuestras cabezas y a prolongar/e más allá de nuestras vidas, como tributo justo al f naeniero que b perdió la suya en los días de su mayor eficacia, y estímulo ejemplar de los que han de _venir impulsados por la acción implacablemente renovadora del tiempo, a sustituirnos en el grato cumplimiento de la misión señalada a nuestra propicia actividad por las necesidades, la salud y el porvenir de España.

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provocar en la juventud de hoy y de mañana los generosos impulsos de aquel noble estímulo, el monumento inmaterial que elevamos a la memoria de Uriarte habría alcanzado la altura soñada sin riesgo de ruina o de quebranto porque, entre todas, solamente las obras del espíritu y del sentimiento, por ser ingrávidas, pueden resistir la acción aniquiladora del tiempo.

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de reparar la falta de asistencia moral y material, el olvido cruel, con que la Sociedad deja abandona dos en su 01fandad, a los hijos de quien consagró a servirla su inteligencia, su trabajo, su salud y su vida. Aquélla contribución será silenciosa, ésta anónima. ¡Nada de actos públicos ni de listas de nombres! Los evitamos por respeto a la modestia sincera de nuestro llorado compañero y al sentimiento profundo de su noble familia, duramente castigada por la desgracia que tanto nos afecta.

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El tiempo borra esos nombres y con ellos el recuerdo de la contribución personal; sólo queda el de con-

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junto, el del tributo colectivo. Y siendo as!, ¿por qué no renunciar desde luego, y para siempre, a toda expresión de agradecimiento? C uando sean hombres y mujer esos niños que apenas han conocido a su padre, cuando las pólizas de seguro infantil a que dedicaremos el produeto Integro de la venta de este libro sumado al de nuestro buen deseo, empiecen a rendir su interés, solamente sabrán que los amigos y compañeros, todos los compañeros, de aquel que les dió ser y nombre, y para ellos trabajó sin lograr la única ambición que pudo sentir, se las dedicaron como testimonio de un cariño y de una estimación merecidos.

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Y por próspera que sea su fortuna y feliz su vida-¡Dios haga que lo sean!-estimarán mucho más que cualquier otro ingreso, el rendimiento, forzosamente escaso, de esas pólizas. Con él recibirán algo que les recordará al padre perdido y que por ser exclusivamente debido a su bondad y a sus méritos les servirá de consuelo constante, de ejemplo eficaz y de guía seguro por los caminos que conducen al Bien. T. Mattínez Quiroga Rafael Vegazo Mancilla Juan Sánchez Torres Joaquín Caja/ y Lasa/a Anniba/ González de Riancho Manuel Lorenzo Pardo

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muerte, cuando acaece temprana o prematuramente, cuando castiga a la gen• te joven o a la que se encuentra en la plenitud de la vida, suele ser certera en su obra fatal de selección. Bien lo ha sido ahora. En fecha muy reciente nos ha arrebatado a Uriarte y con él una de las esperanzas mejor fundadas de la ingeniería española ; des de ciertos puntos de vista la mejor fundada, quizá. Hemos perdido uno de los mejores ingenieros y entre los mejores, el mejor, el más bueno.

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No me ciega el recuerdo de un canno intensísimo y fraternal. Sus varios Jefes, todos los compañeros de estudio y de ejercicio, sus actua 1es socios, para quienes la muerte de Uriarte debe haber revestido proporc10nes de catástrofe, algunas personas más, las pocas que le trataron, y entre ellas nuestros antiguos profesores, pueden dar fé.

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no es un desahogo del amigo, del hermano afligido por la desgracia y cuyo dolorido corazón necesita, como de un bálsamo, del eco bondadoso, o al menos tolerante, que en toda persona bien nacida encuentran en casos tales las alabanzas más efusivas o más sinceramente exageradas. Es una justicia que debía hacerle uno de sus compañeros, y que le hago yo, el que lo fué inseparable durante la carrera

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En cualquiera de los contados mgemeros que comenzamos en 1903 nuestra vida profesional podría ser un deber la justa alabanza del compañero perdido ; creo que en mí es, además, un derecho, y lo ejerzo en cuanto el estado de mi espíritu, aturdido aun por la brutal violencia del golpe, lo consiente. Porque todos los que formamos aquella mínima y unida promoción teníambs una predilección afectiva común,-Uriarte,-y de todos fué Uriarte el mejor amigo y compañero, pero mío lo fue' hasta el punto de soldar nuestras vidas y nadie meJ· or que yo conoció la extensión de su bondad y el verdadero alcance de su poderosa mteligencia.

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ello, al realizar este acto de justicia dolorosamente grato y al tributar al excelente e insustituible amigo este homenaje postrero de afecto entrañable, habré de mezclarme, por fuerza, en los recuerdos de una juventud que con él ha desaparecido ya definitivamente.

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Nuestros compañeros más proximos en

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categoría profesional y edad, los contemporáneos, los que siempre nos vieron juntos y llegaron a no explicarse una separación momentánea, encontrarán justificada esta mención personal ; los demás sabrán perdonar una falta cometida en momentos de sinceridad afectiva. Bien seguro estoy de los primeros, de los nuestros; es más, lo estoy, de que al leer el título y la firma de este recuerdo dedicado al amigo común, algunos ojos se arrasarán, como los nuestros, de lágri-

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mas, y de que, como tantas veces entonces, coincidiremos ahora en la cordialidad del sentimiento que constituía, y constituye aún, el lazo más fuerte de nuestra unión. Y me entrego al juicio de los restantes lectores, confiando en su benevolencia y en que, para alcanzarla, bastará la necesidad de proporcionar a estos recuerdos el interés que sólo puede tener lo vivido, y, para merecerla, el buen propósito .

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Mucho podría decir de él, mucho más de lo que diré,--con no ser poco,-para revelar su carácter y dar una idea de la simpatía que le rodeaba ; pero quizá nada tan expresivo como el recuerdo de una frase habitual entre nosotros.

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dad, en seguida, tan pronto como quedaba satisfecho el inmediato deseo del abrazo, del saludo efusivo, - tal vez antes,-nuestra pregunta era : -.:.Qué sabes de Uriarte?

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Y sobre él versaba, invariablemente, una gran parte de nuestra primera o de nuestra única conversación. Recordábamos su buen humor constante, su jovialidad infantil y creíamos oir su risa característica e Ínolvidable. Con frecuencia, casi siempre, le nombrábamos por uno de esos remoquetes estudiantiles que suelen ser signo de familiaridad y prueba de buen talante. Los de Uriarte lo eran al mismo tiempo de reconocimiento por nuestra parte de una aptitud rara o poco común. El más corriente entonces y más duradero después, ha sido

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geólogo y naturalista español de ese nombre, de D. Casiano del Prado. El, correspondía a las muestras generales de afecto con sencillez, sin alarde alguno, sin dar importancia tampoco a sus propias afectuosidades y atenciones, disimulándolas cuando no podía ocultarlas, y si ni aun disimularlas podía, justificándolas de cualquier modo, porque lo que hacía era espontáneo, natural, y el agradecimiento a1eno le hubiera avergonzado o molestado.

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con fuerza irresistible, era inútil la pretensión de retenerle un solo día más ; llegaba a Madrid en el primero de clase y solía aligerar el trabajo de los últimos, si era práctico o gráfico y tenía por tanto el carácter de faena fijada, para adelantar el regreso. Pero a pesar de esta arraigada e invariable afición, que ha durado tanto como su vida, permanecía en Madrid durante todo el curso y allí pasaba los escasos días de fiesta o asueto que los alumnos dis&utábamos en las épocas de Carnaval y Semana Santa. Creo que no fueron aquéllas las únicas que pasó en Madrid, pero recuerdo con fijeza que pasó las primeras Navidades, las correspondientes al primer año de Escuela, y las pasó perseguido por la nostalgia de su tierra y de su casa, por aquella nostalgia que le acometía con fuer-

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sejos de su familia; temió las consecuencias de un retraso posible. No sé; pero es lo cierto que, contra toda su voluntad, no se ausentó como esperaba hacerlo. Realmente, eran entonces tan breves las vacaciones, aun las más largas, las de Navidad, que mereda la pena de pensarlo bien antes de emprender un viaje largo y

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costoso+. precipitado y poco compensador de la molestia y del sacrificio. No todos se marchaban, más bien por el contrario, eran pocos los que lo hacían. Se iban los muy acomodados o los que te-

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nían relativamente cerca a sus familias.

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lativamente próximos, - solo relativamente,-muy distintos. Entonces los alumnos de la Escuela de Caminos no teníamos resabios o costumbres adquiridos en otros centros oficiales de enseñanza; no sabíamos el camino del Ministerio de Fomento y mucho menos conocíamos los pasos que, dentro de él, es preciso dar para conseguir de Ministros y Directores Generales complacientes, vacaciones y permisos no señalados en el reglamento interior de la Escuela o ampliaciones de las reglamentarias negadas sistemáticamente por el Director en cumplimiento de su más elemental deber. Entonces se cumplía el re g fa m e.n to, - muy riguroso a la razón,-en este, como en todos sus preceptos, sin la menor sombra de transgresión y sin la más insignificante tolerancia.

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¿ Era así por rigidez del director, por

su gran autoridad y prestigio, o por respeto nuestro al Claustro de la Escuela, - aquella grave y temida Junta de Profesores,-y a los Jefes Superiores del Cuerpo?, ¿ o era principalmente debido al reducido y fácilmente manejable número

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de alumnos, y al encogimiento que lleva consigo la continuidad de un régimen ajeno a toda influencia exterior, régimen que se iniciaba en el primer examen del largo

:~;~á:; :~~~:f: ;~: :~:; !~; aquel director, aun siendo memorables, tenían escasa influencia, y aun aseguro que la del medio ambiente, propio de la Escuela, se ejercía sobre él, como sobre los profesores y como sobre nosotros mismos.

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rios como el excelente D. Leonardo Tejada, quien solamente oía lo que no contrariaba al Reglamento, tan aureolados de una justificada fama de rigidez como don Pedro Pérez de la Sala,-el Director por antonomasia de nuestras generaciones,-y sin embargo, ha habido esas ampliaciones y permisos que nosotros, no solo ignorábamos, sino que hubiéramos reputado imposibles, inverosímiles, y que tal vez hubiéramos rechazado entonces, como rechazan ahora, todavía, los aldeanos rusos, la posi-

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go refiriéndome, duraron diez días; ni uno más ni uno menos. El día 22 de Diciembre estábamos en clase, y el día 2 de Enero volvíamos a entrar en el1a, faltando una ínfima parte del número total de alumnos. Porque el faltar a clase constituía en cierto modo un derecho, según aquel reglamento, pero un derecho no ampliable por causa alguna, y tan restringido, que todos procurábamos no hacer uso de él, reservándole en previsión de las posibles contingencias del porvenir como se puedan reservar las provisiones de boca en un viaje largo por el desierto, o los fondos escasos en una vejez improductiva. Algunos alumnos hacían en la primera

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parte del curso, un alocado despilfarro de sus contados derechos, un verdadero derroche de su provisión, y era después de ver ... y de compadecer, porque no había posibilidad de remedio,-las angustias de los últimos meses, de los últimos días, de aquellos días reservados por los previsores para aliviar el rudo trabajo final a que nos sometía la necesidad de prepararnos para la dura prueba de un detenido examen. Alumno había que llegaba al final del curso sm el menor asomo de derecho ; era un paria, un verdadero esclavo; víctima de su propio aturdimiento, de su imprevisión, m siquiera podía llegar tarde a clase, porque la falta de puntualidad se computaba también,-¡ ay !-como una tercera parte de la de asistencia y bastaba, por tanto, para pasarse perdiendo el derecho a examen, la asignatura, y con ella, el año.

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En los últimos días del curso, las carreras que solíamos dar para evitar la antipática, odiosa y esteril falta de puntualidad, que iba agotando en pura pérdida., sm compensación alguna, el resto de derecho disponible, eran desenfrenadas, exigían un gran vigor físico y aun teniéndolo hacer uso de él en un esfuerzo supremo. Hombres formados, casi respetables, mcapaces de la menor incorrección de forma en la calle, corrían por la de Atocha, por la de Alfonso XII, el Retiro o el Prado, como lo pueda hacer un chico en sus juegos más agitados o un mal torero en la plaza, y llegaban a la Escuela con la angustia reflejada en el semblante, la pálida frente cubierta de un sudor frío, los brazos caídos por la fatiga y la emoción, los oj.os desencajados por el miedo. Y hay que advertir que en aquellos mo-

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. mentos de verdadero apuro, el coche de punto apenas servía para nada. Cualquiera de nosotros hubiera dejado muy atrás al mejor caballo de tiro subiendo la cuesta de Claudio Moyano o la rampa de la Escuela; además, había que tomarle y dejarle, que discutir con el cochero qmzá, perdiendo así un tiempo precioso, probablemente decisivo. E n cuanto a los tranvías, que entonces eran de tracción animal, de marcha muy lenta y frecuencia muy escasa, nos inspiraban el mayor desprecio. Si no nos fiábamos de los caballos particulares, libres, estimulados por la competencia, ¡ cómo íbamos a fiarnos de aquellas mulas sometidas a una pesada y monótona reglamentación, a la rutina de un recorrido único y unas paradas fijas y eternas, de aquellas pobres mulas sin estímulo y sin iniciativas, espe-

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c1e de funcionarios de la collera y el tirante! De ningún modo. Cuando la necesidad aprieta de veras nadie escatima el esfuerzo propio y en cambio todos desconfiamos del ajeno. La llegada precipitada, anhelante, del alumno retrasado, acosado por la inevitable marcha del tiempo, era, por otra parte, bastante socorrida. ¡ Hasta de la tiranía del reloj, a mi juicio la más feroz de todas, se lograba sacar un buen partido! Los había diestros, verdaderos especialistas en la materia, maestros en el difícil arte de excusar la salida al encerado, la temida conferencia, sm faltar... y sin confosarse.

Al principio del curso bastaba al efecto con llegar tarde ; siempre había un ahorro de dos tercios de falta, que no era despreciable, y mientras el alumno favorecido

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daba de sí en la pizarra lo que podía, quedaba algún tiempo para echar una ojeada febril, una ojeada intensiva, de enorme rendimiento, a las últimas hojas de la lección señalada,. . . por si acaso. Pero andando el tiempo, cuando el final del éurso y la terminación de los últimos vestigios de derecho a la falta, se aproximaban, había que aguzar el mgemo; era forzoso afinar muchísimo más. Y se afinaba, ¡ vaya s1 se afinaba! Alumno había que teñía rigurosamente cronometrados los más insignificantes movimientos del profesor, de tal modo, con tan justa y matemática exactitud, que acertaba a abrir la puerta de la clase, cerrada ya por el ordenanza, en el preciso momen• to de ser nombrado en la diaria lectura de la lista. Cuando el profesor llegaba a un sitio


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fijo,-al último rellano de la escalera, por ejemplo,-el alumno arrancaba al trote largo y seguía un itinerario bien estudiado para llegar jadeante, sin aliento, con fuerza apenas suficiente para decir con voz imperceptible, casi por senas: ·Servidor! - ¡ Qué profesor hubiera sido capaz de

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hacer levantar y salir a la plataforma a un joven de tan formal aspecto, de apariencia tan seria, y tan visiblemente descompuesto! Ninguno. Aun cuando lo tuviera muy premeditado. El corazón humano está naturalmente predispuesto a la ternura y a la compasión, y el de los profesores de la Escuela no era tan duro como se decía y como permitía creerlo algún hecho aislado. Buena prueba de ello ofrece el que referimos;

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te de su elasticidad ; algunos se manifestahan contrariados, otros se llevaban el gran susto, pero ninguno llegaba a la deforma-

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ción permanente.

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y reposado, no solía correr, ni por necesidad ni por cálculo. Asistía a las clases asiduamente y con puntualidad holgada, de modo que, aun cuando sus facultades físicas eran sobresalientes,-tanto, por lo me-

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nos, como las intelectuales,-no hacía uso de ellas para estos menesteres . Salía de su casa con oportunidad y llegaba a la Escuela con anticipación para dar a los alumnos menos asiduos o peor preparados, el ligero baño que solicitaban, la explicación o la aclaración que pedían. Lo hacía todo sm precipitación ni apresuramiento, con la mayor tranquilidad; llegaba siempre a tiempo, lo mismo con su persona a las clases o a los lugares y horas convenidos, que con sus trabajos a los exámenes y pruebas, y lo hacía sin el menor esfuerzo aparente, sin descomponerse nunca . Para no correr, sin duda, se quedó en Madrid durante aquella primera Navidad, que cierto profesor tuvo la peregrina idea de amenizar, dándonos,-para que no nos pareciera demasiado larga, por lo vis-

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narnos una pérdida irreparable al pnmer desliz, nos _fué impuesta por no acudir a

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clase el 2 de Noviembre, el día de las Animas.

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Los veteranos de la Escuela nos advirtieron de que en tal día no había clase por antigua costumbre, aun cuand~ en el reglamento no figurase como festivo. Puestos a optar entre la costumbre y el reglamento _debíamos seguir la primera, sin intentar una consulta cuyo resultado desfavorable estaba descontado. Se nos aseguró que lo mismo había ocurrido otros anos, pero que la costumbre se había impuesto sin protestas de nadie. Para nosotros fué aquella advertencia, que agradecimos mucho, un sólido artículo de fé.

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¡ Cual no sería nuestra sorpresa cuando vimos al día siguiente en la lista, frente a nuestros nombres, la enorma D roja,

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cuyo verdadero alcance tuvimos así ocasión de conocer! Resultó que la falta más grave había sido la de nuestro curso, la del primero, porque algunos veteranos habían asistido a clase, no obstante su pretendido convencimiento, a pesar de su aparente seguridad, de modo que solamente la nuestra era colectiva. Se estimó oportuno y necesario hacer un escarmiento. --Si ahora hacen eso,-se decía,-¿ qué harán más adelante? Hicimos cuanto supimos para evitar o dulcificar la mala nota: explicamos lo pasado, prometimos para el porvenir. ¡ Protestas vanas que no dieron el menor resultado ! Allí quedó en nuestro expediente aquella pintoresca nota de color, desusada, rarísima, inquietante, constituyendo una amena-

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cación, ni remedio alguno. Incurrió en otra falta semejante en el mismo curso, se le

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impuso otra D., como consecuencia de ella se le formó expediente, y fué expulsado de la Escuela con pérdida de todos sus

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derechos.

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lia de aquel alumno lo era mucho,-fueron capaces de evitar que se cumpliera rigurosamente el fallo reglamentario, automático e inexplorable, de la Junta de profesores. Hubo aliún revuelo en la opinión, por-

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que el caso se hizo público, la Prensa se ocupó de él, pero sin duda tenía entonces menos poder que ahora, y cuanto se hizo resultó inútil. La autoridad del Director sometida a una dura prueba pareció tambalearse, pero salió de ella firmísima, verdaderamente robustecida. El fallo, completa, rigurosamente reglamentario, era justo. Lo era dentro de la rigidez impersonal de los preceptos, pero lo era también en otro sentido más humano, porque un profesor bueno, hombre caballeroso de recta y delicada conciencia, condenado por la fatalidad a ser causante de la sentencia en cumplimiento de sus deberes, había aconsejado primero y suplicado después al obcecado alumno, que no cometiera aquella falta que, aun siendo leve, tendría para él funestas cansecuenc1as.

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teníamos bien distribuídos; el Real en primer término, algún otro teatro también y luego excursiones, paseos, bailes en casa de D: Rosa... y aun quedaban muchísimas ratos, los más sugestivos quizá, dejados al azar, ratos que lo mismo podían ser pasados en la Real Casa de Campo con la Memoria de Gauss en la mano, que en el Museo de Reproducciones o en el Arqueológico, que en la Bombilla, en "El Bisturí" o en Relatores, clásicos bailes de los estudiaiites de M edicina a donde nos llevaba la amistad de uno, muy relacionado conmigo, que nos acompañaba con frecuencia y nos imponía un culto a T erpsícore, del que, a decir verdad, no fuimos nunca excesivamente devotos.

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esperanzas! ¡ Ilusiones propias de la imaginación juvenil que se adelanta a los sucesos del día para vivir en plena aurora del venidero! La realidad suele no confirmar las esperanzas, pero la Juventud no ha tenido aun tiempo de enterarse de la triste realidad y siempre las acaricia, las alienta, y en ellas y de ellas vive. Entonces, como siempre, la realidad fué bien distinta. Todo, absolutamente todo, quedó en proyecto porque en el primer día día en las · ·' d e vacac1on, y d e ese pnmer

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primeras horas de la mañana, caí yo en-

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fermo. No habíamos contado con mi salud, que es excelente mientras la sostiene el trabaJO, pero que peligra en cuanto la necesidad de realizar éste termina. Entonces, como tantas veces después, disfruté de la triste suerte de aprovechar bien el asueto,

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evitando las faltas que en otro caso hubiera cometido sin remedio. Mi enfermedad, aun siendo leve, duró tanto como la vacación; no inspiraba grandes temores, pero exigía algún cuidado y para prestármele renunció Uriarte, sin el menor sentimiento, a la párte que por dasificación y por indudable derecho, le correspondía en el bello y magnífico plan de

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los días pasados. Allí, conmigo, cerca de mi cama y al lado de mi madre, callado unas veces para no turbar mi descanso, entreteniéndome otras con su buen humor y felices ocurrencias, pasó la Nochebuena, la N avidad .. , los días esperados con ilusión tan grande. Mi familia le excitaba a que se marchara, a que los aprovechara en deseansar y divertirse, pero en balde; no sólo se

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quedaba, smo que trató de convencernos y hubo, por fin, que admitir la explicación, sin darle crédito, de que allí lo pasaba mejor que en ningún otro lugar, que no sabía a donde ir, y que esperaba la vuelta de los patrones a su casa para acudir a ella; y así, simulando que hacía tiempo, hubo noche en que se marchó de la mía, donde había cenado ... , a las ocho de la manana.

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he oído después a D. José de cuya conversación inimitable siempre resultaba el retrato magistral, perfecto, de alguien, retrato trazado en unas cuantas frases que definían con gran precisión y vigor otros tantos rasgos o perfiles característicos del personaje retratado, --casi siempre real,-y, sobre todo, cuando oí el de D. Laureano Figuerola, luchador enérgico en su vida pública, tierno y UANDO

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sentimental en su intimidad, me he acordado de Uriarte. Refería D. José, con singular gracejo, la escena de una entrevista con Figuerola celebrada en la casa de éste, y por sorpresa, en un día memorable, de gran pasión política, en un día señalado para una actuación enérgica y decisiva del gran repúblico. Le_ encontró leyendo afanosamente y atribuyó la lectura y el aislamiento en que se había encerrado para entregarse a ella, a la necesidad imperiosa de templar y afilar las poderosas armas de su férrea dialéctica. · Hubo de extrañarle, sm embargo, la mal disimulada timidez, más aún, el visible rubor que revelaba aquella fisonomía de tan enérgicos, serenos y nobles rasgos, y fijó su atención, muy distante al princi-

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pio de la conversación, en la torpe y vac1lante maniobra de D. Laureano. Había cerrado el libro y lo tenía en la mano, apretado contra el cuerpo, procurando hacerle desaparecer en el fondo de un bolsillo notoriamente pequeño.

No hubo forma de evitarlo; el libro cayó al suelo y Echegaray, más ágil, pudo recogerle y enterarse con rápida mirada de su título antes de ponerle en manos de su avergonzado dueño. Era un tomito de poesías, pero no de poesías épicas y grandiosas, sino de exquisitos versos de un tierno poeta, favorecido por las Musas y amado por la muJeres románticas de su tiempo. Figuerola, sorprendido en esa lectura, trató en vano de ocultar lo que él creería una debilidad, como ocultarían las suyas el gladiador antiguo o el aventurero de siem-

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día sus debilidades afectivas y familiares, que en el fondo sentía como pocos, ocultándolas con un aparente dominio de su sensibilidad, tras una máscara de socarronería bonachona que para mí, como para todos los que le conocían bien, era completamente transparente, tan transparente como el más limpio cristal. No ya en el fondo, muy cerca de la superficie, a flor de piel, estaba el corazón sensible del compañero bueno, del amigo entrañable, apenas cubierto por aquella apanenc1a burlona y aquella sonrisa conatante.

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Apenas pudimos darnos cuenta del comienzo, pero pronto advertimos que la cosa se iba poniendo seria por momentos y, con gran extrañeza por nuestra parte, que, a pesar de la locuacidad q.ue era natural en los dos, callaron en seguida para dirigir!e cada cual a su sitio. Aún les vimos hablar un poco a la salida de clase y, como es natural, dimos por terminada la cues-

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No podía ser. Tratamos de disuadirle; era una locura, una verdadera tontería, algo que no merecía la pena de ser tomado en seno a pesar de la tenaz insistencia de nuestro decidido compañero. Jamás Uriarte extremó tanto el repertorio de sus ocurrencias. Los chistes brotaban a torrentes de su boca, se excitaba con su propia nsa. ¿ De dónde iba a sacar R., y menos aún nosotros, muchísimo menos ricos que él, a la altura en que estábamos del mes, el dinero necesario? Había que alqui-

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lar,-porque en comprarlas no podía pensarse,-unas pistolas, -tal vez unos sables. ¿ Y el coche? Porque el coche, sobre todo si el duelo era a pistola, era de rigor; indispensable, completamente indispensable. Además hacía falta un médico y sobre todo que llevara un botiquín bien provisto, porque podía suceder ,-siempre en el supuesto de que el arma elegida fuera de fuego,-que resultáramos heridos todos los padrinos. Nos disputamos el puesto de R. y hay que reconocer que con sobrado motivo. ¡ Era el único seguro ! Nuestro amigo parecía no ou los chistes y se mantenía firme en su digna actitud. Reconoció sin esfuerzo que no guardaba a su paisano V. el menor rencor, pero estaba decidido. Para obligarnos al cumplimiento de nuestra misión llegaba hasta a la amenaza.

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volvamos a él, sin nueva pérdida de tiempo, porque le interrumpimos en el momento más culminante. No esperamos mucho. A los pocos m1nutos creímos oír la voz de V. que esperaba ya o que llegaba entonces con sus compañeros de casa. Y ellos eran en efecto. El alumbrado público era escaso y pálido. La luz del único farol que por allí había nos atrajo y a su pié se desarrolló

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rarle. Nos adelantamos los padrinos para cumplir las formalidades de rigor y ultimar algunos detalles. Los protagonistas se habían separado prudentemente y permanecían en la sombra esperando el momento. La solución, el arreglo buscado, no llegaba. Y a no podía ser ; era tarde. No sé como fué, y mucho menos recordar qué frase o qué palabra sirvió de pretexto a Uriarte para recordar lo pasado. Lo cierto es que, con la natural sorpresa de los amigos de V._, se encaró con uno de ellos, con el más fuerte, con el que apenas había desplegado los labios ni en las anteriores entrevistas ni en aquélla.

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Ví claro lo que me tocaba hacer. Uriarte había dejado a mi cargo al padrino más... accesible, un muchacho excelente, muy discutidor, pero pacífico. Poco a poco subió el tono de la reyerta y la lucha de los tres Horacios y los tres Curacios por la dirección del ejército romano hubiera quedado empequeñecida allí, seguramente, si no hubieran intervenido con oportunidad como amigables mediadores, los presuntos combatientes de antes. Se rompió el hielo y nos separamos reconciliados, aunque un poco cohibidos; todos lo estábamos menos Uriarte, cuya alegría se manifestaba con expansiones y risas que rebasaban los circunspectos límites de su buen humor habitual. Al tiempo de separarnos, R., nos prometió una convidá que por el momento no podía ofrecernos por razones ya conocidas;

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i pero antes de que llegara la nueva y esperada remesa paternal de fondos, R. y V. eran más amigos que nunca y no era cosa d e record ar, y mueh o menos d e recordarles, lo pasado. La con-vidá quedó en promesa. En el fondo existía alguna rivalidad entre ellos, rivalidad que todos excitábamos un poco con nuestras bromas, y que tenía

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por causa la gran semejanza en el temperamento dicharachero y ocurrente de los dos. Pero desde entonces nadie celebró la

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gracia de R. como V.,, ni rió de mejor gana con las ocurrencias y los cuentos famosoS. de V. que R.

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de nuevo al poco rato para regalarnos con lo único que podíamos tomar en aquellas circunstancias. . . un café. Al día siguiente nos presentamos en la Escuela tan limpios de pecado como de ciencia ... ; pero la Justicia Divina siempre encuentra el instrumento adecuado para salvar a quien lo merece, y entonces se valió de Sánchez Torres cjue sufrió un oportuno beneficio, es decir, que se pasó toda la mañana en la pizarra. Y su asidua aplicación nos libró a todos de un serio compromiso. Por supuesto, para Uriarte, ni sus grandes esfuerzos para evitar el encuentro, ni la generosa elección de padrino, tuvieron la menor importancia. ¡ Una broma más!

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del porvenir y la cuerda afectiva hacía 01r el penetrante timbre de su voz por entre las bromas y las risas. Uriarte se decía fuerte y me defendía, de toda posible debilidad, advirtiéndomela con tiempo para que huyera de ella oportunamente. En realidad, lo que hacía era disimular la suya buscando la fortaleza que le faltaba en la sugestión de sus mismos argumentos. Ocultaba de este modo la parte sentimental y afectiva de su corazón con un instintivo decoro espiritual, delicado y de buen gusto, que no todos sus amigos habrán tenido ocasión de conocer

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y de juzgar.

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.......... -.....................................................................¡ t »t.. eoren-..o 'Pardo 13 .............................................................................................. ... t i i• un gran tijeretazo en el ala izquierda. A ! través de las bromas conque festejaba su ¡t elección y, sobre todo, la edad de la novia i elegida puede penetrar hasta el fondo. La ! herida era grave, muy grave, no solamente ! tenía el ala rota ; el tiro le había llegado al , ¡t corazon. ¡ No tardó mucho tiempo en confesarme, i respondiendo a una pregunta mía: •

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lidos conocimientos a la honradez y seriedad de unos paisanos suyos. Cuando las obras que realizaba lo exigían, en ellas estaba, - retirado también, -resolviéndolo todo, acudiendo a todo, proyectando, construyendo, administrando y liquidando a un tiempo, hasta que la situación de los trabajos le permitía volver al rincón familiar que no podía dejar sin gran dificultad y mal disimulado sentimiento.

E Nlos últimos años,

siempre que se me presentaba ocasión,-y los viajes de Zaragoza a Reinosa me han proporcionado varias, - iba a Galdácano para ver a Uriarte y pasar en la intimidad de su casa todas las horas disponibles. El, hacía lo mismo y de este modo, no solamente no se aflojaron los antiguos lazos de nuestra amistad, sino que se apretaron más al extenderse a nuestras nuevas familias.

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hizo más, y fué acompanarme en una excursión a pié que en otras circunstancias o épocas hubiera sido larga y penosísima, pero que en su compañía, no solamente no lo fué, sino que tuvo la singular virtud de rejuvenecernos unos cuantos años llevándonos por arte de magia a los mejores de nuestra vida. Antes de dar por terminado el proyec.

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L os preparativos se hicieron

con el mejor humor, tomando en ellos buena parte Santolaria, un sobrestante afecto a mi servicio y antiguo colaborador de mis trabajos que deseaba ser de la partida. Comenzábamos a recordar algo olvidado o, por lo menos, muy desvanecido por la acción del tiempo y las necesidades de la vida. Era condición indispensable hacer el viaje a pié,-sobre este extremo no había duda posible. - Además, como solos no podíamos ir, debíamos llevar muy poca gente y esa de gran confianza y muy poca edad, uno o dos muchachos. La principal dificultad estaba en que necesitábamos una caballería por lo me-

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rios paquetes de papeles, planos, mapas y libros. Porque en alquilarla no podíamos pensar. ¡ Quién nos la hubiera dejado para una cosa así! ¡ Y qué hacíamos de ella al término de nuestro viaje! ¡ A quién se la entregábamos en Miranda! La casualidad vino providencialmente en nuestra ayuda. Gracias a ella supimos que se vendía una yegua en un pueblecito próxuno a Reinosa y corrimos a verla dispuestos a comprarla por acciones ; pero antes de llegar fuimos advertidos de que el verdadero propósito del dueño era el de licenciarla. Quedamos perplejos; nuestra ilusión se desvanecía ; pero seguimos, nos quedaba aún alguna esperanza. ¡ Quién podía asegurar que la venta no era una torpeza, una verdadera injusticia !

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• prueba estática sin vest1g1os de flecha permanente. Al día siguiente, que era el de la partida, vivía todavía, y vivió el otro y el otro ... y es posib le que viviera aun si no la hubiéramos vendido, porque.. . forzoso es confesarlo, también nosotros la vendimos. La atendimos y cuidamos mientras nos servía con exquisita solicitud, y creíamos al hacerlo que librábamos a la humanidad de un justo reproche de ingratitud, siendo así que lo que estábamos haciendo era defender nuestro capital como buenos accionistas. Quien nos hubiera visto taparle los ojos en los peligrosos pasos de Colina, para evitarle zozobras y sustos, ayudarle en las cuestas, aun a costa de nuestras espaldas, para que la carga le fuera más llevadera,

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bernos disputadod eldhlonor de conservar1a como recuer o e v1aJe en premio de su buena voluntad y de su abnegación. Llevaba algún día sufriendo de un achaque que no era grave, y mucho menos prematuro, pero que le dificultaba bastante los movimientos hasta el punto de quitarles toda su gracia natural. Dispuestos a hacer por nuestra parte todo lo posible porque se curara, aprovechamos el paso por T respaderne para llamar a un profesor veterinario. Tardó algún tiempo en acudir, porque sin duda no quería dar crédito a las seguridades que . le daba el chico que le avisó, de que no éramos gitanos, pero acudió al fin dispuesto a prestar a la Coronela los buenos servicios de su profesión. No hizo más que verla, sm tratarla apenas, quedó prendado de sus excelentes con-

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diciones morales y nos propuso la compra, ofreciéndonos cuatro duros a quemarropa para no dejamos reflexionar. Aceptamos sin querer escuchar sus crueles explicaciones, explicaciones de profesional, de disector, que sabe lo que vale la piel, lo que valen los cascos ... ; la vida, que prometió conservar, estaba tasada en ... un duro. Salimos de T respaderne acosados por los remordimientos ... ¡pobre Coronela!. .. , pero salimos a buen paso para no presenciar el inevitable arrepentimiento del veterinario.

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¡1ristes recuerdos!

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recuerdos de aquellos días felices acuden a mi memoria en confuso tropel como tantos otros que evocan la presencia, la palabra, la mirada y el gesto, del amigo inolvidable e insustituible.

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la perspectiva de un fracaso, angustias venciclas por la suerte muchas veces, pero muchas veces también por el ingenio. F ué tan íntima la amistad y tan asiduo el trato, que hoy no puedo ree;ordar nada

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tez~ y de amargura que el tiempo no podrá borrar por completo. Ni recuerdo grato, ni esperanza firme, porque el compañero constante y fiel, el amigo sincero e invariable, el consultor efi.caz, voz de la propia conciencia y auxiya

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buscó el lucimiento, la nota brillante, el éxito momentáneo, pero no dejó un solo día de estudiar su lección, aun cuando conociera ya la materia de que en ella se trataba y no excusó ni escatimó ninguno de los trabajos incluídos en el plan de estudios, aun cuando no los considerara indispensables para la formación de su cultura técnica. Cumplía los deberes escolares sin esfuerzo, pero sin gran entusiasmo. Jamás fué sorprendido por un profesor, pero muy pocos llegaron a oír de sus labios una lección expuesta de modo expresivo e irreprochable. Era preciso preguntarle, acosarle, obligarle a decir lo que sabía, y sabía bien, pero que consideraba secundario o poco interesante. Los profesores solían quedar perplejos cuando trataban de calificarle; la prime-

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lía al lasciate ogni speranza vor qui entrate. ¡ Pobre del que llegara a transponer el umbral de aquella puerta maldita ! El acceso al ejercicio de la profesión deseada, al término de la carrera escolar, se había cerrado para él, y jamás el fracaso rotundo y definitivo de ilusiones largo tiempo acariciadas,-y cuyo verdadero valor se conoce, como el de la salud, cuando se han perdido,-y el abandono forzoso de los empeños de la juventud, han sido buenos guías para salir, atravesando las tiniebias, a la luz de un nuevo día sonriente. Uriarte, por supuesto, estaba por su sólida preparación técnica, absolutamente mmunizado contra estos temidos peligros. No se descuidaba, como dejamos dicho, en el cumplimiento de sus deberes, pero en caso de necesidad o de apuro, una simple lectu-

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ra o una exposición verbal rápida le permitían mantenerse en el tono habitual de sus conferencias, y el talento suplía entonces la falta de la preparación diaria y personal en la medida necesaria para conquistar la satisfactoria nota de Bien. Nunca tuvo esas malas notas que salpicaban otros expedientes escolares más accidentados, proporcionándoles un encanto semejante, según expresión de un compañero buen observador y gran comentarista, al de un lunar en un bello rostro ; a lo sumo algún profesor escrupuloso, bien penetrado de la talla intelectual del alumno, rebajaba con un subíndice la categoría de la nota, para apercibirle de la observada falta de atenta preparación ; pero era mucho más frecuente lo contrario, es decir, que el profesor después de aplicar la nota que correspondía a la primera impresión, la me-

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jorara añadiéndole uno o más acentos. La forma descuidada, el desaliño, la falta de efectos en la exposición verbal de las lecciones, que eran en él tan naturales, imped ían la aplicación de la nota suprema, pero la siguiente era escasa para hacer justicia al mérito positivo, extraordinario, de las respuestas, y el profesor se veía obligado a mejorarla de aquel modo, único ya a su alcance. Algunos, como nuestro egregio maestro de Mecánica Racional, el respetado, admirado y querido Portuondo, añadían los acentos en forma ostensible con un gesto enérgico de satisfacción que compartíamos los alumnos aplaudiendo en silencio ; otros, como el recto y escrupuloso F reart, o como el rigurosísimo Mendizabal, los aplicaban después de salir los muchachos, en forma de rectificación de un juicio insuficientemente justo.

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reveló la excelente preparación matemática de Uriarte, la gran copia de conocimientos adquiridos por impulso propio, aunque favorecido sin duda por la vibrante inquietud mtelectual excitada en su bien dispuesta mte_ligencia por un gran maestro y gran matemático, el ilustre Krahe ; pero no tarda-

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pre incapaces de seguir. Conforme iba avanzando en el curso de

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la carrera, su atención iba evolucionando y su cultura ascendiendo por grados sin perder en intensidad o, como si dijéramos, en E volumen, ra algo así como una pirámide formada por hiladas sucesivas y desiguales, en las cuales la disminución de la base quedaba compensada por un rápido crecimiento de la altura. Sobre la amplísima base matemática indispensable a todas las Ciencias, se apoyaba la físico-química que sirve, a su vez de apoyo al conocimiento de la Naturaleza, conocimiento que es tanto más profundo y extenso cuanto más amplia es la base ofrecida por las hiladas inferiores. Después fué concretándose, estrechándose, pero adquiriendo alturas extraordinarias, según iba pasando de la técnica general a la especialidad y, dentro de ella, a la especialidad individual que Uriarte sintió antes de terminar sus estudios oficiales y cultivó des-

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pués, encontrando una envidiable y armónica solución de su vida, una solución que tanto afectaba a su inteligencia y satisfacía sus gustos, como cumplía las aspiraciones derivadas de íntima manera de sentir . Los compañeros de promoción y estudio de Uriarte, asistíamos con curiosidad a esa evolución de sus aficiones en cuya evolución, el cambio de asignaturas, de curso y de métodos, o sea la parte reglamentaria y formulista de la enseñanza oficial, tuvo una influencia lejana. La falta de coincidencia de sus actividades intelectuales con las materias suces1vament~ señaladas en los programas oficiales, daba a sus estudios una marcada apariencia de desorden. Aparentemente los hacía siguiendo tan solo los impulsos de su voluntad; pero este aparente desorden de su vida intelectual, de sus curiosidades insa-

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greso y practicó después en los laboratorios de la Sociedad Española de Explosivos a

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los que, por la proximidad de su casa y por el empleo de su padre, tuvo fácil acceso, y lo mismo sucedió con la Electricidad,· otras veces, en cambio, completaba y profundizaba el conocimiento de las asignaturas des-

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pués de aprobadas, como hizo con las Matemáticas en general y con la Geología.

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ciables, con frecuencia ajenas a toda necesidad del momento, obedecía a un proceso autodidáctico que dominó y superó al plan oficial durante el curso de la carrera, y ha seguido dominando después de terminada, a las imposiciones de su ejercicio profesional.

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Los que mejor creían conocer los programas de ingreso y podían, por tanto, darse perfecta cuenta del profundo conocimiento que de ellos tenía Uriarte, veían con extrañeza, más bien con asombro, que él seguía cultivando la Geometría y el Análisis, especialmente la Geometría, pero una Geometría nueva para nosotros, completamente distinta de aquella carpintería esquemática, sin horizontes intelectuales, que se nos obligaba a practicar sin vacilación, pero sm extralimitaciones peligrosas. Para mi fué aquello como la apertura de una puerta al campo y en su compañía salí a respirar el aire libre en rápidas correrías por la Geometría de la posición y noeuclídea, por las obras de Cauchy, Abel y Gauss. Conocimos a Riemann y W eierstrass, mejor dicho me los presentó Uriarte, cuyo espíritu práctico, esencial, profunda-

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mente práctico, se daba clara cuenta, quizás instintivamente, de que con la aprobación del Cálculo infinitesimal y de aquella Geometría descriptiva contemporánea de Napoleón I, no habíamos adquirido derecho a lanzar el Basta de Matemáticas, hoy tan en boga, y que tomado al pié de la letr;i de un modo general o personalmente prematuro, a tantos ingenieros excelentes dejae ensos, no so lo para a lcanzar en bera in df neficio propio, gran provecho para los prestigios del Cuerpo y positivo bien de la Nación, el justo renombre a que en otras condiciones de preparación se hubieran hecho merecedores, sino hasta para el conveniente ejercicio de la profesión. En Uriarte, esta primitiva afición no fué inconveniente para tomar el rumbo verdaderamente práctico que sus actitudes le señalaban. Familiarizado con las abstraccio-

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nes filosóficas de mayor complejidad imaginativa, las abandonó sin esfuerzo y sin olvido, adquiriendo una gran práctica en el cálculo concreto, el de uso habitual y cotidiano. Así, el más complicado proceso numérico contenido en los ejercicios a que nos sometía la rigurosa exactitud apetecida por D. Serafín Freart, o los problemas electrotécnicos, no siempre reales, de D. Juan Alonas Millán, se desarrollaban en sus manos con la naturalidad de que cualquier operador hace alarde en una simple multiplicació~on la misma facilidad supo prescindir, llegado el caso, del rigor analítico y numérico, haciendo aplicación con claro instinto de lo fundamental, de lo que obedece a leyes comprobadas e inmutables y dejando de lado las curiosidades y novedades discutibles y movedizas a pesar de ser insa-

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N o era Uriarte un apasionado, ni siquiera un imaginativo. Sus condiciones intelectua-

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les características eran la percepción fácil, el juicio claro y justo, el análisis certero y profundo. No se podrá citar, quizá, un rasgo genial, un destello deslumbrador de talento,-aun teniéndole tan grande, - pero mucho menos podrá recordar nadie una equivocación, un error notorio, porque no era posible que en ellos incurriese y mucho menos que los sostuviera por ignorancia. Una luz interior iluminaba, en efecto, en su privilegiado cerebro todas las cuestiones con tan absoluta claridad que no había en ella penumbras y mucho menos sombras. Estas condiciones de inteligencia y de carácter ejercieron sobre mi temperamento una gran influencia que fué creciendo con la intimidad del trato y llegó a ser decisiva. Creo sinceramente que la influencia fué mutua y que la amistad nació y creció nutriéndose del agrado con que cada uno veía

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ces impulsiva, encontraba un sedante, un freno, un verdadero descanso, en el juicio perspicaz, sereno y reflexivo ; la ~eflexión analítica, un estímulo en el apasionamiento. Poco a poco llegamos a transmitirnos nuestras respectivas aficiones y a comunicarnos nuestros sentimientos. Uriarte, llegó a adquirir inclinaciones artísticas que no tenía y a disfrutar con la emoción de lo bello intensa, sinceramente, tan sinceramente como llegué yo a participar de sus aficiones científico-naturalistas. Cultivando estas aficiones estaba Uriarte en su propio terreno, en él se movía con desenvoltura y seguridad sorprendentes; en cambio se le veía titubear, vacilar, en sus juicios sobre cualquier manifestación artística, ya fuese literaria, gráfica o plástica; solamente en las

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cuestiones musicales, que conocía bien, tenía opiniones perfectamente formadas ; pero esta vacilación, debida a una preparación escasa, desapareció bien pronto. Leyó, asistió a conferencias, visitó Museos; al poco tiempo hablaba de estas cuestiones con suficiencia y sostenía sus juicios perfectamente orientados ya. Su propensión al análisis derivaba sus nacientes aficiones hacia la crítica; razonaba sus predilecciones y las sentía de un modo consciente, aunque sin vehemencias, apreciando el mérito relativo de todo, pero rechazando lo que, aun siendo genial, carecía de corrección o de técnica. Mi actitud solía ser distinta a pesar de las numerosísimas coincidencias de

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tantemente juntos durante largas temporadas, tuviéramos siempre tema de conversación y de controversia que se prolongaba con frecuencia más de lo justo, a costa de las horas de sueño, de las de estudio y aun de otras dedicadas por la mayor parte de los compañeros a las distracciones propias de la vida estudiantil. Cualquier día del curso, a las horas de paseo en los de fiesta , por la noche en los sábados y vísperas, en los de repaso antes de iniciar el estudio, pasábamos largo rato mano a mano en sesiones interminables dedicadas a discutir las cuesti'ones más variadas; a veces aún prolongábamos la conversación dando vueltas a la última manzana de casas o parados delante de la puerta. En esos días críticos del repaso forzado para el examen, cualquier tema desviaba nuestra atención fatigada y nos servía de

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descanso y hasta era frecuente que nos hiciera perder la parte más saneada de la sesión, las mejores horas. Hubo noche en que comenzábamos a estudiar lo que nos interesaba a las doce, y aún a la una de la madrugada, después de haber consumido las primeras horas en cultivar una cualquiera de nuestras aficiones.

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L primer punto de contacto fué la Ma-

temática, el más duradero, tanto que no llegó a borrarse, y desde luego el que nos consumía más tiempo y nos interesaba más, fué la Música, que cultivamos juntos poniendo él una gran competencia, que no se daba a conocer en su descuidada e incarrecta ejecución material, y yo una grandísima y delirante afición, más distante aun de la escasa y torpe práctica de un arte cuyo lenguaje no conocí en la in f ancia. Nuestras predilecciones musicales corres-

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crítica y literaria, creíamos ver el aspecto que más convenía a nuestras respectivas y, como siempre, complementarias maneras de

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juzgar y de sentir. Empleábamos los diversos nombres usados por Schumann en sus escritos y hasta nos llamábamos por ellos, dando a entender que nuestro aspecto preferido era el verdadero, el que mejor revelaba y exteriori-

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Eusebius, íntimo y sentimental amigo del apasionado y vehemente Florestán. El, que cultivaba a Chapín casi en secreto,-como Figuerola la lectura d e aquellas tiernas poesías,-creía ver en el fragmento dedicado por Schumann en su C arnaval al gran poeta del piano, una d emostración, quizá pretenciosa, pero evidente, d e superioridad ; yo, · sin negarla, veía en aquellas frases de melancólico ensueño el más rendido homenaje, el d el renunciamiento, siquiera fuese momentáneo, de la propia personalidad, en honor del artista a qmen tanto admiraba Schumann. , . Los dioses menores de la mus1ca eran más discutidos todavía y lo mismo ocurría con la pintura y la escultura. El ano en que nos tocaba la clásica exposición bienal de Bellas Artes, teníamos la perspectiva de una primavera agitada. Allí hacía yo alar-

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por lo que pueda contribuir a completar la figura moral de Uriarte, eshozada al principio, considero necesario, o por lo menos oportuno, referir las condiciones en que tuvo lugar el comienzo de nuestra mayor intimidad. F ué en el primer año de la Escuela, en esos días del comienzo de curso en que empiezan a dibujarse las aptitudes de los alumnos y los juicios y preferencias de los profesores.

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Entre los alumnos se establece en segmda un pugilato por los primeros puestos que los profesores suelen, o solían, alentar con la manifestación más o menos ostensible de

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-·--·-·~·~·~·~·~·~·~·~·-·-·-·-·-·~·ocurre generalmente, no hay mayoría decisiva,-ya que una perfecta unanimidad es muy difícil,-los dos o tres muchachos aparentemente favorecidos,-real y profundamente perjudicados,-toman la cuestión a pecho y se entregan a una competencia agotadora con satisfacción de los profesores y gran expectación por parte de los compañeros, que asisten complacidos a un espectáculo que consume en provecho suyo gran parte de la atención de la clase. Todos los demás pueden pasar sin gran esfuerzo y desde luego sin agotamiento, los campeones no; necesitan mantenerse a una altura considerable y constante. El menor descuido, ese descuido que es inherente a la condición humana,-hasta los dioses duermen,-y que a ciertas edades, sobre todo, es tan natural y tan dispensable, es fatal para ellos. Por grande que sea su

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ecuanimidad, y desarrollado que tenga el sentido de la rectitud y de la justicia, el pro f esor opuesto se aprovecha del descuido para aplicar, muy justamente en apariencia, la mala nota que tal vez no hubiera puesto a otro menos significado, pero que sufre el pobre candidato voluntario o involuntario con la zozobra consiguiente, como castigo a su debilidad o a su engreimiento.

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aquel primer año el pugilato se entabló, más que entre nosotros, entre los profesores y alumnos partidarios de cada uno, y sufrimos, como las habrán sufrido tantos, esas justicias injustas de que hablaba. Pero nuestra amistad, iniciada ya, erecía por días , se hacía por momentos más sincera y más íntima ; al poco tiempo estudiábamos juntos, siempre lo mismo y con la misma extensión, íbamos a clase igualmente preparados y si, a pesar de todo, reN

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sultábamos protagonistas del espectáculo anual, lo éramos sin gran interés y aun con cierta vergüenza. El verdadero causante de esta encantadora situación fué ... el carácter de Uriarte, es decir, su franca y desinteresada bondad, su modestia absoluta. Por mi parte, confieso con rubor que sentí la vanidad espoleada por los compañeros, animada o sosnid a por las preferencias de algún profesor, y esa vanidad, este estéril estímulo de amor propio, quizá frente a otro me hubiera llevado a una lucha desastrosa para mi temperamento y para mi carácter no formado aún, tal vez para mi salud en edad tan crítica; pero Uriarte con su falta de ambición, con su amistad sincera, con su modestia, me obligó y me desarmó. Me entregué por completo a quien de tal modo se hacía acreedor a mi afecto y se

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mera vez. Conforme habíamos estudiado durante todo el curso estudiamos entonces e hicimos los últimos trabajos forzados. Repasamos juntos sin separarnos más que para

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comer y dormir, y algún día m para comer ; estudiamos las mismas horas, las IlllSmas lecciones igual número de veces, buscando deliberadamente aquello en que el otro estaba peor preparado para insistir sobre ello o redoblar la atención. Y llegó el turno a la Física y a la Química, es decir, a las asignaturas que constituían el verdadero fuerte de Uriarte. Eran entonces esas asignaturas, y especialmente la Química, cuyo curso casi por completo teórico resultaba intensísimo, de un repaso muy penoso y difícil. lbamos vendidos, sin seguridad alguna. El que había tenido un buen curso, esto es, buenas calificaciones en todas las salidas, tenía alguna tranquilidad, alguna esperanza ; pero yo lo tenía muy desgraciado y, por otra parte, el profesor era justamente partidario de Uriarte; su predilección a jui-

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c10 de la generalidad era muy notoria. Y o lo creía así también y el mismo Uriarte participaba de la creencia . En pocos días desperdicié un enorme pánico, y a mi juicio de entonces el caso no era para menos; llegaba con alguna ventaja a aquel último examen del año, con ventaja difícil de salvar con una diferencia de notas, porque aquel profesor no pasaba de los dos o tres puntos, y como la superioridad de curso, de conocimientos y, sobre todo, de reputación química, de Uriarte, no era de unos cuantos puntos sino de todos los de una recta o de un conjunto, más o menos numerable, de rectas, veía que el suspenso eliminador se cernía sobre mi cabeza. Era algo verdaderamente amenazador, un suspenso suspendido, como si dijéramos. En esta situación de ánimo había comen-

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i mados inorgánicos, y la seguridad de que en un caso de apuro podíamos ofrecernos a analizar cuantitativamente y a dar el nombre de lo que pudiera presentársenos procedente de nuestro laboratorio, nos devolvió la tranquilidad de espíritu y el buen humor. estábamos más animados nos vimos sorprend idos por la visita del buen Q. que venía a tantear nuestra fortaleza. Hacía días, bastantes días, que no le veíamos ; se había sumergido con el libro de texto, le había leído y repasado varias veces y venía loco, su cabeza era una caldera de vapor en marcha. Como se ofrece la tierra de promisión le invitamos a seguir nuestro plan, pero inútilmente; no nos fué posible convencerle. En cambio C

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delE~~=~eñado y paternal Q. había abierto una grieta en el hielo, pero Uriarte, el propio Uriarte, era el que me había salvado

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des, enormes, saltos de alegría y diciendo a voces, a gritos, que Q. había acertado también. Si no recuerdo mal su examen versó sobre el azufre, el ácido sulfhídrico,

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prunero, y por las de cobre después. Y allí si que hubo ocasión de sacar a relucir el trabajo de aquellos días pasados. Contesté con aplomo y seguridad y salí seguro

con su decisión, su buena fé, su desinterés y su amistad. Esperé su salida con impaciencia. No fué larga; al poco rato, mucho antes de lo que pudiéramos pensar, salía dando gran-

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para preguntarme por las sales de calcio

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obtuvimos,-no merecimos,-la misma calificación, tres puntos. En realidad cinco correspondían a Uriarte; y me reservo uno porque el gran trabajo, qmza excesivo, desde luego equivocado, que el pánico nos había obligado a derrochar, me habían hecho acreedor al aprobado. ¡ Con menos esfuerzo aprobaría ahora la T eología, la lengua árabe, la Obstetricia ... cualquier cosa ! Las apariencias suelen ser engañosas y entonces lo fueron; la igualdad de calificación representaba, indudablemente, una superioridad de mi examen que no correspondía a la realidad. De otro modo se hubiera acusado una diferencia que estaba P~ el ánimo de todos, y más que en el de ninguno, en el mío.

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supuesto Q. , el bondadoso y querido amigo, verdadero precursor de los detectives pseudo-científicos, ho1y tan en boga, no acertó ninguna de las preguntas que él mismo había de sufrir. Pero" salió adelante a pesar de ello, y es que por encima del acierto humano, independientemente de él, hay una Justicia Suprema que no se . preocupa tanto de los conocimientos de Química como de la bondad de los sentimientos y de la generosidad de las mtenciones. Los puntos de calificación son como la salud que, contra todo deseo del que OR

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poco merecía menos.

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lo y de la inspiración, excita como ninguna otra la fantasía de los muchachos, esa fantasía creadora y constructiva que es patrimonio de la juventud, fantasía que conservan a lo largo del tiempo algunos temperamentos elegidos, dotados del envidiable privilegio de no envejecer nunca, y falta en los que jamás fueron jóvenes, ni siquiera en los primeros años de su vida. Nosotros no fuimos, ciertamente, una excepción de la regla; por el contrario, vivíamos años propicios al desbordamien-

to del entusiasmo y le experimentamos.

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aquella, la época que siguió inmediatamente a la triste y luctuosa del desastre de España. Se hacía una crítica dura del pasado, todos los valores eran sometídos a una severa revisión que pudo y debió ser escrupulosa e implacable y no llegó a ser justa, a fuerza de ser sistemática.

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Est as voces espe r anzabdas yl esftimudlantdes on o e eran 1as que más 11ega an a nuestra conciencia, las que nos arrastraban y movían nuestro deseo, porque con frecuencia se nos emplazaba como ingenieros del porvenir a realizar la gran obra de transformación nacional. El ingeniero de Galdós, la sugestiva

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entonces ocupaban, casi por completo, la atención de las gentes y en particular de las clases gobernantes: y que, por desgracia, han seguido predominando, constituyendo un pesado lastre para el progreso económico y social. Pero en la mayor parte, con abrumadora superioridad numérica, eran aquellas

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también personal. Creíamos en el porvenir de España, y confiábamos en contrihuir a él eficazmente. ¡ Era una pretensión bien disculpable entonces y que quisiéramos vemos obligados a disculpar con gran frecuencia en lo que nos que de de vida!

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paración. En estos atisbos del porvenir todos coincidíamos en atribuírselo brillante a Uriarte, en quien reconocíamos la concurrenc1a de los méritos más positivos. Para nosotros, para sus compañeros de promoción, para los que le conocíamos bien a fondo, era indudable que Uriarte estaba destinado a realizar grandes empresas, a adquirir una gran notoriedad, a conquistar un prestigio sólido y firmísimo, porque volvíamos la vista a nuestro alrededor, le comparábamos con los demás alumnos, con nuestros contemporáneos y encontrábamos siempre a favor de Uriarte una gran superioridad en talento, buen juicio, conocimientos, carácter y simpatía. Cada cual en su deseo de trabajar, de actuar, de materializar sus ideas y aspira-

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c10nes, aunque la ambicionara y estuviera dispuesto a perseguirla, podía dudar de su propia eficacia; pero de lad de Uriarte, no. Cualquiera de nosotros po ría necesitar de la asistencia de la fortuna en forma de ocasió~ propicia, de Jefes inteligentes y des~::::::d:: !e n::~ii::~:. ª!:c::!~:sq;::: circunstancias le bastarían sus propios medios para llegar a ser un gran Ingeniero. Era, por decirlo así, nuestro campeón; cuando los alumnos de otro curso, anterior o posterior, hacían valer o presagiaban los méritos o el éxito de algún compañero, nosotros, sm dudarlo m discutirlo, hacíamos invariable manifestación de fé en la gran superioridad del nuestro.

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algunos han llegado a ocupar pos1c10nes brillantes, otros desempeñan cargos importantísimos en la profesión, en la política, en la vida social; Uriarte en cambio, apenas se había dado a conocer, vivía una vida retirada y obscura ; por otra parte sin que se borrara el afecto que en un tiempo le habíamos tenido, la mayor parte de los compañeros han dado albergue en su corazón a otros nuevos, más intensos quizá; han tenido ocasión de sentir nuevas admiraciones y predilecciones, han cambiado de impresiones y de medio, han experimentado nuevas sensaciones ... ; algunos ni siquiera le han vuelto a ver desde los tiempos de la Escuela ... ; y, sin embargo, a pesar de todo, por encima de todo, ha subsistido aquella arraigada idea de superioridad, aquella gran confianza en los talent-0s de Uriarte, aquella seguridad en la


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exactitud de sus juicios y en la pefecta claridad de sus ideas . Y así como entonces le augur&bamos un gran porvemr, aseguramos hoy, con plena conciencia de nuestra afirmación rotunda y terminante, que el Cuerpo de Caminos ha sufrido con su muerte una gran pérdida, una pérdida difícilmente reparable.

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terminar la vida escolar que crea tantos y tan fuertes lazos de afecto , los muchachos que han convivido durante tanto tiempo, que han soportado las mismas fatigas e iguales sinsabores, que tantas veces han reído por análogas causas y encontrado en el trato recíproco la más constante y fecunda de alegría, suelen separarse sin conceder al momento toda la importancia que tiene; cegados por la satisfacción

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que proporciona el logro de un prolongadísimo y acariciado deseo, no pueden darse cuenta del verdadero carácter del momento. Y, sin embargo, esa separación, que suele pasar inadvertida, es definitiva, o muy poco menos. Sucede lo mismo en todas las carreras, sobre todo en las oficiales, pero más que en ninguna en la nuestra, porque es el cuerpo material de la Nación, en toda su amplitud geográfica, el verdadero objeto de nuestra actividad, y es preciso desarrollarla en sus más apartados rincones. Los servicios del Estado constituyen numerosos pero pequeñísimos núcleos, en los cuales, rara, rarísima vez, llegan a coinci-

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des materiales y espiritulaes que absorben la atención y el tiempo. Ni aquella está ya, como antes, a la completa disposición del companero, m suele haber lugar para de~ dicársela. Alguna antigua amistad, en otra época íntima, se ha en&íado por un desengaño supuesto, para el cual no había el motivo más insignificante. En tales casos la nueva, inmotivada e injusta impresión, borra el recuerdo del tiem~ po pasado y la proximidad casual, en lu~ gar de hacer brotar de nuevo la intimidad antigua, la desvanece definitivamente. _L os muchachos que se separan al térmi~ no de su carrera, no pueden darse cuenta

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et "astilrantacgo" C oMo las plazas que debíamos ocupar a nuestra salida de la Escuela eran de ayudante, según dijimos, y como este Cuerpo no había sido reorganizado aún, las vacantes eran muchas y había, por tanto, donde escoger. Podíamos hacerlo con libertad, sin traba ajena, pues se nos prometió atender nuestras solicitudes por orden riguroso de lista. Lo mismo Uriarte que yo, no buscábamos más que un servicio verdaderamente ' . y Ia Je ºfatura d e un Ingemero . mte. tecmco

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ligente y acreditado, sm preocuparnos lo más mínimo por los rendimientos posibles, comodidades ... Pedimos dos plazas en el Norte que tenían residencias próxi~as, entregando, según se nos había indicado, las correspondientes peticiones firmadas en el Negociado de Personal de Obras Públicas del Ministerio de Fomento , y no dimos paso alguno para alcanzar la más leve sombra de influencia. ¡ Para qué! No era necesario hacer nada para conseguir lo que, por la fuerza de la costumbre, se nos reconocía como un derecho. Puestos de acuerdo le ejercimos y nada más. Los demás compañeros presentaron también sus correspondientes peticiones o las enviaron para ganar tiempo, y todos creímos que la entrega de los nombramientos sería inmediata, qmzá cosa de horas; pero pasaban los días, las semanas

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incluso, y los nombramientos no llegaban. Poco a poco habíamos llegado a reunirnos todos en Madrid, porque los ausentes entían una impaciencia bien justificada e hicimos allí la vida característica de los cesantes, de los empleados en expectación de destino. Nos faltaba la Escuela; en un rato de asueto, en un solo día de fiesta, habíamos encontrado hasta entonces más di tracción que en todos aquellos interminables días de espera.

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fin, un día, Uriarte y yo, más decididos o más impacientes, nos dirigimos al Ministerio dispuestos a prescindir de la diaria visita al Negociado del Personal, a presentarnos al Director, al Ministro, a quien fuera necesario, para poner en claro nuestra situación que ya iba resultando desagrad~ble.

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mer vuelo, en la primera salida, podría dar fé. El viaje de prácticas había decidido directamente la suerte de uno e influído indirectamente en la de varios. Sin sospechar entonces cuál podría ser aquella razón tan fuerte, la aceptamos como explicación. No podíamos dudar de la amistad, de la buena intención, de aquel compañero. . . y nosotros menos que ninguno, porque nos había dado repetidas e indu-

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do ejercicio, en inmediato contacto con una realidad administrativa, bien distinta por cierto de la ingenieril de nuestras ilusiones. Desconcertados por la sorpresa, acometidos por la duda y la vacilación, por el temor de no poder desempeñar la función a

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que se nos destinaba, temor tan fuera de razón como nuestra inconsciente confianza de antes, todos vimos con extrañeza que a Uriarte le alcanzaba el cambio. Mientras hacíamos las cuentas del trimestre o formábamos con los datos suministrados por los camineros, un estado de frecuentación de una carretera o del desgaste de su firme, o cuando comprobábamos por encargo del Ingeniero encargado de un informe o del oficial de la sección de Fomento de la Jefatura, la identidad de una escritura de compra-venta, con la copia unida al expediente, pensábamos en Uriarte a quien tal vez acabábamos de escribir en un momento de desahogo afectivo o de quien habíamos tenido carta aquella mañana. ¿Se encontraría Uriarte en situación semejante? ¿Estaría también ocupado en el servicio de conservación de carreteras, en

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función subalterna y mecánica, sometido a las imposiciones de una organización desconocida? También lo estaba. Era una verdadera desilusión. Las cartas menudeaban; eran extensas y deseadas, en cada una se esperaba recibir la alentadora noticia de que alguno había cortado las amarras para volar por su cuenta. Nos parecía haber caído en una trampa cerrada por una fuerte red de malla tupida, que era forzoso romper. Porque sucedía que aquellos Ingenieros a cuyo lado debíamos practicar la función ingenieril y bajo cuyas órdenes íbamos a iniciamos en la burocrática, completamente desconocida por nosotros, no nos encamendaban el servicio que hubiéramos deseado prestar. Los Jefes eran los primeros en considerarnos como algo transitorio, provisional y pasajero, como verdaderos o:yentes de la

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mos algún tiempo, un tiempo que nos pareció eterno, pero que en realidad fué para casi todos muy breve. Poco después, al ser reorganizado el servicio hidráulico, se nos invitó a formar parte de sus plantillas. Uriarte y yo aceptamos sin vacilación, con verdadera alegría, y fué para él su traslado a la División del Duero un buen paso; allí intervino en la redacción de varios trabajos interesantes. Los demás compañeros iban avanzando también, aunque más despacio. Practicaban ya, se les encomendaba algún trabajo técnico, tenían personalidad entre los futuros

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En cuanto a mí, había cambiado de oficina y de postura en el mismo lugar de residencia, pero nada más. No solamente no dí' entonces un solo paso hacia adelante, sino que me ví obligado a retroceder, pues hube de dedicarme a dar de nuevo clases de Matemáticas conforme lo había hecho en compañía de Uriarte en los pasados tiempos de la Escuela.

1ormaclón del Ingeniero

P OR fin, después de la pérdida casi completa para Uriarte y absoluta para mí, de una nueva temporada, vino la redención. El deseado ramo de olivo, me llegó en una carta cariñosísima de dos alumnos de d m1 mayor intimi ad, Manolo Anillaga y Fausto Elío, confirmada poco después por

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otra de un profesor benemérito y de grata memoria, admirado y querido por todos y que tuvo en diversas ocasiones para mí atenciones y desvelos paternales, de D. Vicente de Garcini, nuestro profesor de Máquinas y Mecanismos. El caso era el siguiente: D. Leonardo Torres Quevedo, cuya notoriedad acababa de recibir un impulso cordial y decisivo con los artículos reveladores y divulgadores de Echegaray, reclamaba la ayuda de un ingeniero joven para acometer ciertos trabajos integrantes del plan que se había trazado al recibir por vez primera una subvención oficial. No es propio del lugar referir cómo llegué a encontrarme aparentemente agregado a la Jefatura de Obras Públicas de Madrid, aun cuando en realidad encerrado en un laboratorio y contribuyendo a la dirección de

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un taller mecánico en el cual todos, incluso los empleados de carácter administrativo, excitados por el contagioso ejemplo del Director ilustre, que solamente vivía para aquellos, trabajábamos con verdadero empeño, con solícita y rigurosa asiduidad. Entre ·tanto, Uriarte seguía en la División del Duero, prestando su concurso a un trabajo oficial poco activo. Así pasó algunos meses hasta que se le presentó una excelente ocasión de salir. Uno de los compañeros, el meJor acomodado quizá, que conocía la poca fortuna de nuestros primeros pasos y que, por haber ocupado una de las plazas de aspirante que nosotros deseábamos pero que le cedimos de buen grado, se creía obligado a favorecernos indistintamente, nos brindó por encargo de un ingeniero muy reputado, D. Alberto Corral, un puesto a su lado, el

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mismo que acababa de dejar Izquierdo al pasar al Canal de Aragón y Cataluña, donde debía adquirir bien pronto tan grande como justa nombradía. Uriarte aceptó en seguida sm reparar en la absurda, pueril y antirreglamentaria amenaza de la pérdida de unos derechos conquistados día por día en nuestra Escuela y que por nadie podían ser negados. Se fué a Santander y, como era de esperar, en cuanto se vió desembarazado de la tupida red administrativa, empezó a trabajar con actividad y fruto excelente. En aquella época en que el hormigón armado era aun un coto cerrado, calculó y construyó infinidad de obras de esta fábrica en el ferrocarril de la costa, cuya contrata tenía Corral, estudió saltos, los ejecutó, montó maquinaria ... en una palabra, comenzó a realizar sus deseos, a desentume-

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lo que necesitaba ; al poco tiempo se había formado definitivamente; era un mgeniero de cuerpo entero. Pude apreciarlo en seguida, tan pronto como dispuse de unos días de descanso para mi asidua labor del Centro de Ensayos de Aeronáutica, y pude ir a verle a Santander. Le encontré en plena faena y ví que se movía con absoluto dominio de la técnica profesional, con grandísimo desembarazo. Asistí en su compañía por primera vez al espectáculo de la vida ingenieril en el propio medio en que se desarrolla, en plena obra, en mitad del campo, y regresé a Madrid con un gérmen de nostalgia que, contra toda mi voluntad, luchaba con el e~traRA

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Y ya en Monzón, soltadas las suaves, pero firmes amarras que nos sujetan a Madrid a cuantos allí nacimos o allí pasamos los años de la niñez, me entregué de lleno a la vida profesional activa sin más sentimiento que el de dolor, vivísimo, que me producía la gravedad del estado en que había dejado en Madrid a mi única hermana. Terminó su vida antes de que acabara yo el trabajo que me encomendara D. Rogelio de Inchaurrandieta, a la sazón Director del Canal, y hube de volver a Monzón para darle fin en amargos días que me parecieron anos. Al terminar quedé dolorido por la profunda desgracia reciente y completamente desorientado. Había perdido la plaza en comisión de Madrid y no podía volver, por tanto, al Centro de Ensayos, donde de todos modos hubiera podido estar poco tiem-

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po ya, pues el ascenso, es decir, el ingreso definitivo en el Cuerpo, que se había retrasado mucho más de lo previsto, no podía estar lejos, y claro es que, en estas circunstancias, toda gestión hubiera sido baldía. No estaba, por otra parte, en disposición de ánimo para hacerlas y, sobre todo, no podía contar con la intervención personal de D. Leonardo T arres Quevedo, quien se encontraba en Bilbao preparando las experiencias definitivas de su telekino . Profundamente desanimado y sin más aspiración que aliviar la soledad de mis padres, acepté el ofrecimiento de un solícito amigo, quien gestionó y obtuvo para mí una plaza en la Jefatura de Obras públicas de Guadalajara. La desempeñaba entonces D. Ricardo Aguilera, una persona excelente que se hizo bien cargo de mi situación y, tanto para ali-

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viarla, como para no alterar por breve tiempo la marcha del servicio, no me lo dió activo; me anunció la entrega de un trabajo de gabinete, pero llegó el ascenso sin recibirlo. Uriarte, mientras tanto, seguía trabajando en Santander y trabajando bien; desde allí me escribía con frecuencia dándome cuenta de lo que iba haciendo. Y o me la daba al mismo tiempo de su completa formación ; hasta tal punto llegué a adquirir el convencimiento firme de que había alcanzado un alto grado de eficacia, que le escribí un día aconsejándole que cambiara ya de situación. Conocía al detalle las condiciones en que trabajaba y aun cuando eran satisfactorias,, y sobre todo lo habían sido mucho, me parecía que podía aspirar a más, que estaba en disposición de trabajar por su cuenta, de ocupar una plaza de

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había tenido ocasión por entonces de apreciar el verdadero valor de esos trabajos que, aun desempeñados como los había realizado Uriarte, bajo la dirección de un ingeniero acreditado, responsable de su gestión y árbitro del éxito, constituyen la única ejecutoria del aspirante a RECISAMENTE

un cargo ingenieril. Se trataba en aquella época de formar con nuevo personal facultativo español el organismo técnico que hoy rige con notoria brillantez, a pesar de todas las circunstancías adversas del momento, el destino de la, grandes empresas ferroviarias. En el umbral de los despachos que han ocupado después tan justa y dignamente, se encontraban ya D. Félix Boix y D. Ra-

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con una remuneración muchísimo más modesta de lo que la gente suele creer. La realidad inevitable, realidad que no podía ni quería ocultar, me colocaba en una

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gran distancia, muy lejos, muy adentro, a Uriarte. Observaba la distancia, me parecía mucha, y lo era en efecto ; hoy puedo apreciarla bien, confirmando la impresión de entonces. De lo que no podía tener la idea

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siguiente, porque la desdichada y cruel prolongación de nuestro aspirantazgo había provocado un gran remanso. Entonces no nos reunimos ya en Madrid; cada cual tenía una aspiración bien definida, un rumbo perfectamente marcado. Algunos gestionaron y obtuvieron la plaza que deseaban ocupar sin moverse del lugar donde se encontraban y deseaban quedarse; otros no hicieron gestión alguna porque les era indiferente la clase y el lugar de un destino al cual iban a renunciar inmediatamente. Los únicos desacomodados, desorientados, éramos Uriarte y yo, Uriarte por haberse despedido de Corral, y yo porque no había dejado aún de estarlo. Fuimos los únicos que acudimos a Madrid como en otros tiempos. Allí estábamos, no para pedir ni para gestionar nada,-nuestras aptitudes y capacidad en este terreno eran entonces y •

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Uriarte resignado y bien dispuesto, y yo satisfecho, cuando un ofrecimiento imprevisto vino a hacernos concebir la esperanza de ser destinados al mismo servicio, a intervenir en el mismo trabajo y en un trabajo especial, activo, interesantíSTABAMOS,

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guno apetecía para sí, y mucho menos gestionaba, un puesto accidental de tan gran compromiso. Me figuro qu~ entre los Jefes, de cuyo número debía salir el verdadero responsable, sucedía lo mismo; entre nosotros y más especialmente entre los que nos encontrábamos en los últimos peldaños de la escala profesional-¡ ni pensarlo siquiera! Nuestra actitud era la de perfectos ojalateros... ¡ ojalá acierten y ganemos! , decíamos. Pero en las altas esferas del Ministerio y del servicio no se había pensado del mismo modo y era precisamente entre nosotros, entre los más jóvenes, activos y entusiastas, donde se intentaba encontrar los colaboradores más eficaces. Pronto pudimos convencernos. Un día de aquellos, próximo ya al de nuestra partida

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hacia los respectivos destinos, D. Antoni-0 Sonier, a cuya casa nos llevaba alguna vez la común afición a la música, me envió un recado urgente manifestando deseos de hablar conmigo cuanto antes. Me faltó tiempo para acudir; conociendo como conocía a mi profesor, sabiendo que su tranquila serenidad es solo comparable con su inteligencia, no podía tener la menor duda de que la razón causante de aviso tan urgente - era poderosa, de gran interés, y de que ese gran interés me afectaba exclusiva y personalmente. En efecto, había recibido el encargo, como profesor que era, y muy autorizado, de la Escuela, de dar nombres de ingenieros noveles para la famosa y comprometida comisión, y había dado el de Uriarte y el mío. Corrí a casa de Uriarte y a los pocos

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:~c::~~ªt!: ~~~::ha::Udov::~:~::te: darme lugar a exponer la tibieza de mi deseo, las dudas que me ofrecía el peligro de perder una plaza que debía al azar, pero que realizaba mis asp1rac1ones personales y familiares. Salimos disgustados, mohinos; Uriarte sobre todo. Sentía sin duda lo mismo que

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en los tiempos de la Escuela había sentido yo cuando él recibía un trato injusto por parte de algún profesor, porque, el que se me había dado en su presencia lo era ; tan . inJusto como innecesario. Y lo era tanto más cuanto que yo había ido al Ministerio con la tarjeta en la mano, llevado por un respeto y un agradecimiento tan sinceros como merecidos, pero sin ambición alguna, sm pretensiones de ninguna clase y sin más aspiración personal que la d e· ver realizado el suspirado deseo de trabajar, y entonces de trabajar en la compañía, que me alentaba y valorizaba, de mi excelente y queridísimo amigo. Hube de hacer presente a Uriarte mis dudas de la víspera, mi sincera indecisión fundada en obligaciones de índole familiar, sagradas para mí, y darle seguridades completas d e mi conformidad para que él acep-

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la plaza en la Comisión, la separación era ya inminente. Uriarte, debía salir en seguida y así fué; se marchó, dejándome en Madrid entregado a las reflexiones a que su presencia no daba lugar y abrumado por su pesadumbre. Entonces s1 que podía darme perfecta cuenta de nuestras respectivas situaciones. Jamás la diferencia me pareció mayor. Uriarte estaba sólidamente preparado, había adquirido ya la destreza profesional y el aplomo que solamente el ejercicio proCEPTADA

porciona, e iba a ponerlos a prueba con éxito indudable, porque la ocasión era verdaderamente propicia. Y o .debía comenzar por los primeros pa-

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bre que ha viajado mucho y conoce bien la vida de otros países, de lo que pueda decir acerca de ellos quien no se ha movido del suyo y habla por impresión de lecturas; y, recíprocamente, que mis preocupaciones del momento interesaban a muy pocos, tan pocos, que podían contarsé, y aun sobraban dedos, con los de una mano. Tenía la sensación de que llevaba puesta una etiqueta invisible para los demás, pero perfectamente legible para los de mi clase, una etiqueta que no había de poderme quitar jamás por completo. De nada me serviría moverme siempre a ras de suelo para borrar el concepto de aeronáutico en que injustamente se me tenía, y digo mjustamente, porque lo triste del caso era que mi escasísima y superficial competencia en los problemas del aire no podía ofrecerme la menor compensación ; pero era in-

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dudable que se me había calificado y que me iba a costar buen trabajo borrar el calificativo. Yo era ya aeronáutico, como es b ravo e l luchador que mereció alguna vez ese adjetivo, aun cuando haya hecho después un uso exagerado de la antiespasmódica, y es agudo el cronista que acertó por casualidad a reflejar en un escrito una vibración popular, aun cuando lo sea tanto como la punta de un colchón de matrimonio burgués y acomodado, o como es honrado el comerciante o negociante que ha cumplido los plazos convenidos y las apariencias sociales, aun cuando después de acreditado lo falsifique todo, desde la Verdad hasta su propia sombra.

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remordimiento, un sueldo decoroso, un emolumento merecido, una indemnización justa! Ha pasado mucho tiempo y en su transcurso he tenido ocasión de realizar trabajos muy numerosos y variados; pues bien , no he terminado uno solo sin hacer un balance íntimo y riguroso, y muchas veces me he hecho las mismas preguntas-¿ Acabo de realizar una función formulista y reguladora, restrictiva de actividades ajenas tal vez, o he defendido el interés general y público de las acometidas del egoismo y del interés particular?-¿ He prestado a mi país un servicio real y positivo ?-¿ He logrado crear o descubrir con mi trabajo alguna riqueza latente o ignorada? Esta es mi duda constante y mi preocupación frecu~nte, preocupación adquirida, como digo, en aquella época de riguroso auto-análisis provocado por adver-

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de la competencia de aquel s\.lbalterno modesto y sencillo, dócil y leal. ingenuo y trabajador, a quien no conocía antes de nombre, pero de quien no se ha olvidado ni se olvidará fácilmente. En unos cuantos meses realizó aquella Comisión el arduo trabajo que se le encomendara. Recorrió y reconoció toda la cuenca hidrográfica, acopió datos numerosísimos hasta entonces dispersos y los puso a contribución desbrozando de un modo magistral, concienzudo y definitivo, el camino que hoy recorren brillantemente los ingenieros encargados de ejecutar aquellas importantísimas obras de riego. F armaban parte del plan propuesto, doce pantanos distribuídos por la cabecera de la cuenca y por el curso de los principales afluentes de la margen derecha , o sea de los que proceden de la zona andaluza

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rar con gran fortuna. Esta fué su principal labor de proyectista y aun cuando esta especialidad, mejor dicho, este aspecto de la función ingenieril, no era la que meJ· or cumplía a la carac-

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terística modalidad de sus excepcionales aptitudes, a la íntima naturaleza de su temperamento y de su inteligencia, más comprensiva y analítica que creadora, la llevó a cabo con una competencia extraordinaria y con un elevado rendimiento, práctico, positivo, de los cuales repetidas veces, tantas como he tenido ocasión de escucharle, he oído expresivos elogios al Ingeniero Jefe, señor Martínez y Ruiz de Azua.

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terminar su trabajo en la Comisión de estudios del Guadalquivir, obtuvo Uriarte, como recompensa, un destino en la Jefatura de Obras Públicas de Orense, a donde jamás pensó ir, donde nada le atraía ni podía retenerle. Pero allá fué y en aquel destino inesperado permaneció algunos meses, trabajando sin duda, pero sin hacer cosa de gran provecho por falta de oca-

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sión y aun de tiempo. La efectividad de la labor en un servicio, y sobre todo en un servicio oficial, es algo que no se 1mprovisa fácilmente; hay, en efecto, en todos ellos, aun en los más similares, un factor geográfico cuya asimilación es lenta por fuerza. De aquella época, solamente recordaba Uriarte en sus conversaciones, las que había tenido durante sus obligados ocios de Orense, con un antiguo amigo, compañero de estudios o repetidor del Colegio de Valladolid, donde había cursado el Bachillerato, gran músico, quien le enseñó entonces una colección de deliciosos fados recogidos en frecuentes viajes a Portugal. El trabajo profesional, s1 es que alguno pudo llegar a hacer, no había dejado huella alguna. No podía seguir así mucho tiempo y,

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un trabajo más adecuado a sus facultades. Esta vez fué D. J. Eugenio Ribera, quien le propuso un empleo en la activa orgamzación técnica de su casa. En cuanto recibió la noticia , sm que me<liara decisión alguna por su parte,-como era natural, pues desconocía las condiciones materiales en que se le ofrecía el empleo,-y como demostró después no aceptándolo, tomó la determinación provisional de pedir la baja en el servicio activo. Y una vez libre de la servidumbre oficial y a los pocos días de todo compromiso con Ribera, adoptó, por fin, la postura definitiva, la que correspondía a sus verdaderos deseos y realizaba una ilusión que indudablemente venía acariciando largo tiempo, que acariciaba ya mucho antes de ir a Orense.

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nueva vida de Uriarte se inició así con una obra de verdadera importancia. No es del caso referir las cündiciones en que fué planteado este asunto y en que fué adjudicada la construcción al contratista Sr. Ereño. Lo cierto es, que Uriarte quedó asociado a él para la realización de las obras, en Junio de 1907. Por la misma época iniciábase también la construcción de varios embalses, unos con cargo a fondos mixtos facilitados en parte por los pueblos, regiones o entidades oficiales interesados y en parte por la Hacienda pública, otros al cargo exclusivo de los presupuestos generales de la Nación. Para dirigir esas obras, siempre difíciles, eran designados los ingenieros más caracA

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terizados y más aptos. El nombramiento de Director de cualquiera de ellos, equivalía a un título de capacidad y suficiencia ¡ y en verdad que todos aquellos Directores, mgemeros acreditadísimos, encanecidos en el servicio oficial, lo merecían ! El único que oficialmente carecía de títulos, era Uriarte .. Pero tampoco los necesitaba; para ejecutar la obra, dado su carácter particular y el cargo que en ella tenía, le bastaba el de Ingeniero y aun es posible que hasta éste sobrara; con saber construir había bastante. Las obras fueron llevadas con gran actividad y quedaron terminadas en un plazo brevísimo, en un plazo que hoy asombraría a muchos, si otras semejantes fueran ejecutadas por una empresa americana. En 1909, diez y ocho meses después, estaban dispuestas para la explotación.

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tadas, las de vanos embalses contemporáneos suyos, quizá más antiguos y, sin embargo. aquellas obras tan rápidamente rea}izadas, eran de consideración comparable a Ia que han tenido y tienen las que han corrido a cargo de la Administración del Estado. La presa de embalse de mampostería ciclópea y paramentos cuidadosamente aparej_ados, decorada con sobriedad y acierto, tiene una altura de 25 metros y una longitud de 250 metr,os. El canal elevado, del salto, es corto, unos 500 metros, pero muy capaz, pues deriva las aguas del Tajo, regularizado parcialmente por el embalse que crea la presa. La central es verdaderamente importante; constituye uno de los primeros manantiales de energía hidroeléctrica que abastecen al mercado de Madrid. La instalación completa comprende cinco grupos, cuatro de 4.000 HP. y uno de

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acertada y activa gestión por el actual Marqués de Urquijo,-que hoy lleva también el título de Marqués de Bolarque,-D. Estanislao de Urquijo, que entonces representaba a su difunto padre en este asunto. Estos sinceros y generosos elogios transcendieron al pequeño mundo profesional y a su Prensa, en la cual se hizo de ellos, con ocasión de la publicación de varios artículos divulgadores, una calurosa mención. Al mismo tiempo que de la dirección inmediata de los trabajos ocupábase Uriarte también de la administración de las obras, de las compras de materiales, maquinaria y medios auxiliares diversos. El mismo, iba a Madrid periódicamente para recoger y llevar a Pastrana y Almonacid de Zorita, al lugar de las obras, el dinero necesario para los pagos; de ahí la frecuencia de sus viajes, que hacía por los

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medios más elementales e incómodos con tal de no perder el tiempo, y de nuestras celebradas entrevistas en la Corte. Excusado es decir que Ereño y su socio Urigoitia, quedaron satisfechísimos de la colaboración de U riarte y que la tuvieron mayor al ver que se asociaba a ellos definitivamente aportando a la nueva sociedad su gran inteligencia, su acreditada pericia y además, la cantidad en metálico que le alcanzara por la participación reconocida en los beneficios de la contrata. Es posible, y aun más que posible, muy probable, que la esmerada e inmejorable ejecución de las obras de Bolarque, causa principal de las felicitaciones que Uriarte mereció, redujeran bastante la cuantía de esos beneficios; hubieran podido ser mayores y seguramente lo hubiesen sido con es~ mero menos escrupuloso o con ejecución

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que antes hice entre las obras de Bolarque y las de otras presas de embalse y canales de riego realizados o en plazo de realización, por la Administración · pública, dedúcese desde luego, una confirmación terminante de cuanto suponíamos acerca de las facultades de Uriarte y de lo mucho que de ellas podíamos esperar, pero sobre todo se deduce una demostración palmaria de la injusticia en

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che de energías devoradas, de paciencia, de dominio de sí mismo, que se necesita en aquéllas para dar el más pequeno paso. La lentitud dista, pues, mucho , de ser resultado de la comodidad o de la inepcia. El paradógico efecto tiene una sencilla explicación; en toda obra hay que atender y cumplir exigencias de dos órdenes muy distintos: las inevitables, las que vienen impuestas por la obra misma, y las que proceden de una organización administrativa desconfiada, excesivamente celosa de las atribuciones escalonadas de sus funcionaríos; y estas últimas exigencias son siempre mucho más imperiosas, más absorbentes, más desconsideradas- y crueles. En las obras particulares, si hay dinero abundante,-y claro es que cuando no lo hay no es frecuente que sean emprendidas,-no puede ocurrir más que una de estas dos

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tad ; y esa lucha sin cuartel consume en todos los elementos integrantes de esa Administración, pero sobre todo en el ingeniero, la mayor parte de sus energías, la parte más jugosa de su imaginación y de

su inteligencia. El ingeniero que realmente lo es, qmere avanzar, desea realizar una misión actid va, prestar un servicio eficaz, pero las ificultades surgen bajo sus mismos pies, no encuentra un palmo de tierra verdaderamente firme donde apoyarlos. Más o menos tarde, según el temperamento, llega a cansarse de andar fatigosamente por una senda tan angosta, tan escurridiza, tan llena de espinas y de abrojos, y se separa de ella para seguir un camino más fácil y seguro. Dos tiene ante su vista y ambos lo son; s1 es ingeniero de veras se rebela y se va, pero también puede llegar a someterse y

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en tal caso se transforma en funcionario . El Director del Pantano de Guadalcacín, ilustre por más de un concepto, acosado por la necesidad de defender la gestión de sus compañeros de profesión y de cargo, y aun la suya propia, tan torpe como injus• tamente atacada, ha dicho mucho más de lo que pudiéramos decir nosotros. Es una dificultad más, y no pequeña, porque hay temporadas en las cuales el meterse con las obras hidráulicas y con sus sufridos directo• res, se pone francamente de moda. Es verdaderamente triste que hombres de tan extraordinario mérito, españoles verdad~ ramente esclarecidos, como González Quijano, necesiten defenderse de los ataques de la ignorancia disfrazada con razones, pero lo es mucho más que esta necesaria y pa· triótica defensa alcance a ese ente impersonal e invisible, aunque efectivo, perfecta•

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las obras de Bolarque, se estableció Uriarte en Madrid, donde se casó y vivió, instalándose en un pisito de la calle de Cuchilleros, allá por Puerta Cerrada, que amuebló de la manera más pintoresca que puede imaginarse. ERMINADAS

En aquel nido, alegre como una mañana de Abril, donde Uriarte pasó las dulzuras de su luna de miel, reía todo ; reían las paredes limpias de todo adorno, iluminadas por torrentes de luz, por el sol que entraba sin obstáculos por los balcones y ventanas completa y continuamente abiertos; reían los libros y papeles, los planos, mapas, estados y memorias, al verse acompañados por los sencillos y deliciosos cuentos tan del gusto infantil del ama de la casa ; reían los platos y cacharros sorprendidos por usos inespera-

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visión Hidráulica del Ebro, presentó Uriarte algún reparo, pero el jefe, D. Alejandro Mendizábal, nuestro excepcional amigo, interesado por mis referencias, puso en conseguirlo tan gran empeño, que logramos convencerle y aun ilusionarle, pero nuestros esfuerzos resultaron inútiles. Ante la amenaza de ser destinado al último rincón, otra vez a Orense, quizá, retiró la solicitud de remgreso. Aun presentó otra poco después, es decir, envió a la Dirección General de Obras Públicas, un escrito sumamente original, absolutamente nuevo, y verdaderamente memora ble. Se limitaba a decir, después de las

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formalidades de rúbrica, que seguramente le facilitaría el secretario del pueblo, que si le destinaban a Vizcaya para desempeñar una plaza que había vacante en Bilbao, ingresaría en el Cuerpo, y si no, no. El documento causó verdadera sorpresa en el Ministerio, algo así como la entrada de un niño de pecho en la sala de juego de un Casino, o de una mujer alegre en una reunión de disciplinantes; pero aun fué mayor la mía cuand o ví que en carta oficial o comunicación, firmada por el Director General de Obras Públicas, se le pedía una declaración terminante de si deseaba o no deseaba ingresar en el servicio activo. Repitió Uriarte el concepto, que por cierto estaba muy claramente expresado, y aun recibió una segunda carta a la cual contestó retirando la instancía. ¡ Estaba visto que querían comprometerle I Además, aun no había entrado, y ya

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todo esto la sociedad constructora seguía constituída. Cuando salió a subasta o concurso la ejecución de los ferrocarriles transpirenáicos, pudo presentar pliegos perfectamente estudiadoq por U riarte, que fueron admitidos. Primeramente fué el tercer trozo del ramal de la estación de Zuera a la Venta de Turuñana (vía Canfranc) y muy poco después el de Ripoll a Puigcerdá, una línea de empalme, la explanación de la estación internacional de Ribas, varios caminos y otras obras menos importantes. En el primer ferrocarril. en el aragonés, se trataba de un problema de organización de trabajos; no se presentó duran~e _la ejecución, dificultad alguna. No así en el otro, el de Ripoll. En este, a pesar de ser muy

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corto el trozo adjudicado, las dificultades fueron muchas y muy grandes, pero todas quedaron satisfactoriamente vencidas. En el trozo del ferrocarril de Ripoll, construído por Uriarte, figuran, entre otras obras menos importantes, las siguientes: dos túneles naturales y nueve artificiales para paso de lastras deslizantes: un puente de un solo arco, de 25 metros de luz sobre el río F reser, en un acentuado recodo que exigía una obra de planta curva muy cerrada: otro puente de gran oblicuidad, formado por dos arcos de 12,75 metros de luz, sobre el mismo río: otro de tres arcos de 1O metros sobre el barranco de Angelats: avenidas con pasos superiores para paso de las carreteras de Barcelona a Ribas y de Ribas a Burguera, muros de elevadísima cota, enormes desmontes ... En definitiva, el coste del trozo no distó mucho de la elevada cifra de un mi-

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Caminos, por expreso deseo del profesor que durante muchos años ha desempeñado la cátedra de Construcción general. de D. Ricardo Boguerín, a cuyo competente juicio ofrecía gran interés el ingenioso despiezo de una de las bóvedas. Para dar una idea de la forma en que cumplió Uriarte en estos trabajos todas sus obligaciones y compromisos diversos, bastan los siguientes renglones copiados de una carta que el corresponsal de _la Revista de Obras Públicas en Bilbao, reprodujo en su nota necrológica. La carta es de D. Telmo Lacasa, Ingeniero de la Comisión de los Ferrocarriles T ranspirenáicos, Director o encargado de aquellas obras, y dice así:

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por encargo de la Dirección técnica de las poderosas sociedades hidroeléctricas, Ibérica y Española, un importante cargo profesional. Como desde luego supuse, y aun creo que me atreví anunciar, no aceptó. Se excusó sin dar lugar a que mediara una sola palabra sobre sueldo y ventajas materiales. Verdad es que pocas hacían falta para aceptar o rechazar el ofrecimiento, pues quien me daba el encargo podía hacerlo y le dejaba en libertad para que él mismo las señalara. En la misma carta en que se negaba de una manera rotunda y lacónica, expresaba su conformidad previa con cualquier encargo de construcción de obras que las indicadas sociedades tuvieran a bien hacerle. Construir, aun cuando fuera por cuenta ajena, era la libertad, la independencia máxima; un cargo, por importante que fuese

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era la servidumbre, muy dorada tal vez, pero servidumbre al fin, y él no la aceptaba por móviles de interés. Siguió en su sociedad, casi familiar, que era una prolongación de su propia casa, y que le proporcionaba una libertad de pájaro que él aprovechaba para salir del nido lo menos posible. Más recientemente hizo proposiciones para ejecutar unas interesantes obras en la Rioj a, pero no fueron aceptadas y nos vimos privados de una satisfacción común, pues rrus obligaciones me llevan hacia aquellas tierras con gran frecuencia. En cambio, se le presentó ocasión de demostrar que su contestación al ofrecimiento de la Hidroeléctrica era sincera, encargándose de la construcción del salto del Torina, importante obra que ejecuta en dicho río, en Bárcena de Pié de Concha, pre;

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vmc1a de Santander, la Sociedad Electra de Viesgo. Se trata de un salto de 450 metros de altura, regularizado por un embalse cuya presa medirá 42 metros de altura y 145 metros de longitud. El canal tiene un desarrollo de 5.600 metros y se apoya sobre terrenos muy accidentados. El aspecto técnico del asunto le había preocupado bastante, según pude apreciar por la naturaleza, variedad y número de los datos y referencias que más de una vez me pidió, pero llegó a plantearlo muy bien. Se proponía realizar aquel trabajo con gran actividad y confiaba en terminarlo en plazo muy breve. La casa y la familia le atraían más que nunca porque había realizado, ¡ al fin ! el anhelado deseo de tener una hija. ¡ Todos sus hijos eran varones I Por otra parte. su salud bastante que-

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brantada en los últimos tiempos por el rudo trabajo de las obras, y poco favorecida por el clima del Nervión, había mejorado hastante, se había fortificado en el tónico ambiente de la montaña santanderina. Era feliz, completamente feliz. El nac1miento de la niña había colmado sus deseos. Le vivían los padres, que adoraban en el hijo único, y apegadas como él al terruño, las hermanas no le habían abandonado tampoco. Su vida, modesta, pero sm zozobras, porque no tenía ambiciones, ni sentía más deseos que los satisfechos, era para él un placer y el porvenir una promesa, porque estaba en camino de asegurar el de ·sus hijos. En esa época de plenitud, y en los mejores días de ella, es cuando hizo la muerte, siempre vigilante, su trágica e inevitable aparición. La traidora epidemia gripal, que

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tantas penas y dolores, viudeces y orfandades, ha sembrado en toda España y que tan duramente castigó a Bilbao en el pasado otoño, nos le arrebató certera. Murió en Galdácano en medio de los suyos, rodeado de todos los amores que tanto merecía y asistido por el anhelante deseo de un pueblo que pedía su vida a Dios, con el mismo fervor conque después ha rogado por el eterno descanso de su alma. Y ese pueblo,-su pueblo,-todo él, sin distinción de clases ni de edades, unido por el sentimiento a la familia, como siempre lo estuvo en el corazón de Uriarte, acudió emocionado a rendirle en un acto memorable, de sobria e imponente austeridad, el último tributo de su sincera admiración y de su ferviente cariño.

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certidumbre de que Uriarte falta no ha podido incorporarse aún a la marcha nor-

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El corazón, profundamente herido, se rebela, e impone a la imaginación aturdída y a la razón, que en vano pretende resignarse, una realidad hipotética y fabtástica, prolongada más allá del momento actual, hacia un porvenir quimérico.

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mal de mis ideas.

Sin poderlo evitar, me complazco en esas quimeras con el doloroso goce que sienten al remover y mostrar sus abiertas heridas, cuantos sufren un pade~irniento moral. Pero ahora no puedo hacerlo; me lo impide, imperiosamente, el temor de causar grave daño a los que llevan en el corazón, heridas mucho más profundas que la mía.

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L recuerdo, en cambio, puede llegar a

ser un consuelo.~uando el tiempo haya cicatrizado esas heridas, o cuando los primeros y más agudos dolores hayan pasado,-para los que ya han dejado atrás la fuerza de una vida feliz, o para los que se encuentran hacia la mitad de su curso. Quizá sea, en un mañana relativamente prÓXImo, una satisfacción, para los que se inician en ella y no han alcanzado, por tanto, la edad en que se empieza a padecer dolores y a sufrir ausencias. El deseo vehemente de proporcionar ese consuelo y de dejar grabada en la imaginación de esos niños un grato recuerdo de su excelente padre, es el que ha sostenido mi voluntad en un empeño que hubiese sido superior a mis fuerzas, sin el cordial concurso de los compañeros de carrera y de estudios de Uriarte y míos.

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-·-·--·-·-·-·-·-·-·~·~·~·-·-·~·-·~·- '¡• Para todos es un lenitivo del sentimiento que no se extingue, la esperanza de ver lógrado ese deseo común; para mí, la escritura de estas páginas ha sido un desahogo sentimental que sin duda necesitaba y que me ha consolado ya, como consuelan las lágrimas en los momentos de mayor an-

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Páginas Falta de disciplina . . .

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Debilidades afectivas

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¡ Padrinos l.. . . . ... Las alas cortadas...

70

La verdadera vida

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¡Rejuvenecidos!... ¡ T ristes recuer d os .t . . .

78 85

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CU~TURA

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II EL ALUMNO Las notas de clase...

91

Proceso autodidáctico

98

Afinidades complementarias

106

Rivalidad frustrada... .. .

n6

El examen de Química...

120

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I\FICACIA

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III EL INGENIERO Nuestro optimismo

137

La fé en Uriarte . ..

146

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El "aspirantazgo" ¡ Buen principio l. .. Formación del Ingeniero

El ingreso en el Cuerpo. ..

178

La etiqueta aeronáutica...

186

Desconfianza . . . . . . . . . . . .

I 91

·1 Hacia

Los riegos del Guadalquivir otras tierras !

201

El salto de Bolarque

205

En Galdácano... . .. . . .

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f orzosa...

150

Los ferrocarriles transpirenáicos... La última obra JlSPJlRANZA

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Páginas

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La promoción de I903 ... .. . Viaje de prácticas

III

Faro del cabo de Peñas. .. . . . . . . . ..

56

Viaje por el Ebro IV

Preparando una comida

V

La Aldea de Ebro... . ..

72

Paso por La Puente del Valle ...

80

VI

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40

Salto de Bolarq11e VII VIII IX X

Plano fotográfico Vista general del embalse ...

96 104

Presa y origen del canal. ..

II2

La presa con los desagües abiertos .. . Canal y aliviadero de superficie ...

120

XI

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XII

Tuberías de carga... . . . . . . . ..

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XIII

Emplazamiento de la Central...

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Central

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XV

Sala de máquinas

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Viaducto oblicuo sobre el río Fresser.

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Viaducto sobre el barranco de Angelats y túneles... . . . . . . . . . . . . . . . . . .

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PRECIO: 7'60 PESETAS

Uriarte : recuerdos de la vida de un gran ingeniero  

Uriarte : recuerdos de la vida de un gran ingeniero / M. Lorenzo Pardo.

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Uriarte : recuerdos de la vida de un gran ingeniero / M. Lorenzo Pardo.