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El conflicto de lo frรกgil

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1 El conflicto de lo frágil Puede que la vida pase ante nuestros ojos sin sacarle el partido que esperábamos, tal vez nos hayamos quedado dormidos para algunas cosas importantes y luego, como en una cadena, nos encontremos cómodos dentro de nuestras limitaciones. Una cosa lleva a otra, se empieza aceptando los márgenes y por algún perezoso motivo, todo nos parece suficiente. Algo así le pasaba a Glue Antías, por algún motivo se veía una persona aburrida, sin conversación inteligente, sin chispa, sin posibilidad de sorprender ni de impresionar, sin embargo, con la llegada de aquella navidad tan esperada, todo pareció cambiar en algún modo. Para mucha gente recién llegada de vacaciones, el invierno no es una parte del año que desearan mantener en el calendario. A pesar del tiempo desapacible, Glue se puso el abrigo y se dirigió a la estación de tren para recibir a su mejor amigo, al que hacía mucho que no veía y que llegaba del extranjero. Había sido un día difícil intentando ponerlo todo en orden para que su amigo, con el que iba a compartir el piso por un tiempo, se sintiera cómodo. Había ordenado y limpiado, había llenado la nevera y había sacado su bicicleta estática de la pequeña habitación que iba a ocupar. Cuando se aproximaba la hora de llegada del tren creyó que se ahogaba, pero le dio tiempo a hacer compras antes de salir para la estación. Una espesa niebla lo cubría todo, esperó un taxi delante del portal y se le quedaron los pies fríos. Se abrochó el abrigo hasta el cuello y tuvo que sacar un pañuelo de papel en varias ocasiones para sonarse un incómodo moquillo líquido, suelto y molesto, que le ocupaba la nariz en ese momento y que amenazaba con gotear. Tenía una respiración ruidosa; era el efecto de la humedad. Con todo estaba más animada de lo que era normal en ella. Se hizo de noche de pronto, sin previo aviso y sin haberlo esperado. Mientras tanto, el taxista evitaba los baches cubiertos de agua de lluvia y seguía las luces frotándose los ojos y se ofreció para poner música navideña, sonó Frank Sinatra y Bing Crosby; Glue se encogió de hombros. Con voz trémula señalo que la persona a la que había ido a buscar estaba esperando delante de la puerta de la estación, sentada sobre su maleta y moviendo la mano alegremente. Ella pasó la punta de los dedos sobre el bao del cristal para poder verlo y el taxi se detuvo delante de aquel hombre sentado sobre su maleta. Hubiese sido más fácil aparcar en el sitio habilitado para taxistas, pero lo hicieron a pie de acera, justo delante del hombre que agitaba los brazos y haciendo esperar a otros conductores que empezaron a insultarlo. Puso la maleta en la parte de atrás y al subir al taxi dijo, “se me han quedado los pies helados. Estas preciosa Glue”. El taxista dijo que el coche no tenía calefacción pero la verdad era que no le gustaba ponerla porque le levantaba dolor de cabeza. En una esquina, unos jóvenes delante de un edificio en construcción quemaban maderas dentro de un enorme bidón oxidado. En la avenida más grande, justo en dirección al centro de la ciudad, un grupo de niños cantaban canciones navideñas delante de una tienda de juguetes, pero llevaban las ventanillas perfectamente cerradas y no podían oírlos. El taxista conocía perfectamente el camino de vuelta, era suficiente con seguir las luces de los comercios iluminados sin salir de la avenida. 2


El taxista no dejó pasar mucho tiempo después de ver que se saludaban efusivamente para intervenir. Demostró ser un racista sin piedad cuando hizo un comentario despectivo sobre unas mujeres extranjeras que pedían en la puerta de un centro comercial. Dijo que deberían ir a su país porque su pobreza los hacía pobres a todos. Ni siquiera esperó respuesta ni fue tan prudente de suponer que su racismo no era compartido. Bajó la ventanilla y gritó algún tipo de insulto, todo muy incómodo y ausente de alguna profesionalidad. Acabó murmurando algo entre dientes que los pasajeros no pudieron entender. Entonces Glue se percató de un tatuaje militar en su cuello, parecía un arma y el emblema de un regimiento, se limitó a hacer un gesto a su amigo con los ojos y Sammy puso las palmas de las manos boca arriba y se encogió de hombros como un signo inconfundible de interrogación. -Cualquier día entrará uno de esos tipos en el taxi y tendré que mandarlo a su país -aseguró el chófer con desprecio depresivo. -No creo que deba preocuparse por eso, ellos no usan taxis. Pero puede echarme a mi, vengo de trabajar en un país extranjero. -Su caso es diferente. No perjudica la economía -dijo aquel hombre muy convencido-. Tendría que ver las cosas que hacen estos. Lo ensucian todo, y no les importa romper los bancos del parque para quemar la madera... ese tipo de cosas y otras mucho peores. No creería si le contara lo que he visto en esta misma avenida entre los árboles y detrás de los contenedores de basura, todo tipo de porquerías. Después de haber trabajado en el extranjero y haber sentido aquel mismo discurso allí, por seres tan despreciables como aquel, no estaba para muchos discursos. Le pidió que aparcara y que los dejara allí mismo; ya no quedaba mucho para llegar al portal de Glue y ella estuvo de acuerdo en dar un paseo. -No te preocupes -dijo ella-, estas cosas no suceden con frecuencia. Después de un largo viaje, Sammy estaba cansado, y además estaba la maleta, pero no quería seguir un minuto más en el taxi. -Supongo que tengo un aspecto desolador, no he podido afeitarme en el tren, lo que sin duda ayudaría un poco -reconoció Sammy al mirarse en un escaparate-, sin embargo tengo que decir que estoy muy contento de estar aquí y dar este pequeño paseo a tu lado. Glue tenía, al menos, veinte años más que él, pero se sentía muy coqueta y alagada. Había cosas que le consentía a Sammy que no le consentía a ningún otro hombre, y cosas que él le decía que podían sonar ordinarias pero que aceptaba sin rechistar. Puesto que Glue era su mejor amiga, él siempre estaba dispuesto a bromear y en el pasado habían tenido algo que no había durado demasiado, pero ya parecía haber concluido. -No te preocupes, ya llegamos y nadie te va a ver. -Esta noche o estoy para visitas. -Hablando de visitas, mañana en cuanto te levantes, tendremos que ir a ver a Ruhe. No se que problema tiene con los pagos de su casa y quiere verte, ya lo sabes. Después de encontrar trabajo en el extranjero, Sammy se había enfadado con su madre, o mejor dicho, ella se había enfadado con él, o tal vez fue mutuo, ni ellos lo tenían claro en la memoria. Estuvieran un año sin hablarse, y en ese tiempo, todo lo que Ruhe llegó a saber de él fue a través de Glue, y eso él nunca lo supo. Por otra parte, al contrario de lo que muchos creen de los que trabajan fuera, apenas había ahorrado, y aunque tuviera dinero suficiente, le agradaba la idea de seguir viviendo con Glue, como había hecho en el pasado, y cuando ella se lo ofreció no tuvo dudas sobre eso. La madre de Sammy era una mujer muy conservadora y tenía su casa como un museo, lo que no favorecía que Sammy se encontrara cómodo allí, y ese era uno de los motivos de que se hubieran distanciado tanto. Después de dormir tantas horas que casi pierde la memoria, Sammy se levantó consciente de la visita que le anunciaran, no podía eludir verla a pesar de los reproches que le esperaban, pero 3


además, necesitaba coger algo de ropa y unos discos viejos que quería tener a mano. Por supuesto, a todos les quedó muy claro desde el principio, que no tenia pensado instalarse en casa de su madre por muy necesitado que estuviera. Y Glue tuvo la impresión de que la señora quería seguir viviendo sola, porque en ningún momento de la conversación, por el tiempo que duró la visita, hizo alusión a ese tema, y ni siquiera quiso preguntar dónde se iba a alojar su hijo. A sus treinta, Sammy tampoco estaba para dar demasiadas explicaciones, y no deseaba enfadarse con su madre el primer día de su vuelta. Pero había algo importante que había detonado su regreso de forma precipitada y tenía que ver con la hipoteca de su casa. Aquella mañana, Glue le contó algunas cosas acerca de como marchaba todo, sobre las protestas de su madre por sentirse sola -cuando todos sabían que no deseaba, ni soportaba, compartir su vida con nadie., las quejas por la falta de atención y lo difícil que se hacía el día a día, cuando las piernas fallaban para cosas tan simples como hacer la compra, los problemas con los vecinos y como estaba cambiando el barrio al volverse más peligroso, al menos a sus ojos, los problemas de salud y lo poco que le gustaba su médico, la preocupación ante una anunciada bajada de pensiones, y mientras Glue le relataba algunas de las conversaciones de los últimos meses con Ruhe, en su paseo matinal se iban acercando a la casa de la señora. Sammy parecía aburrido, no estaba precisamente deseoso de aquel tipo de conversaciones que, por otra parte, parecían ineludibles. No le desagradaba como actuaba y pensaba Glue al respecto, sino que comprendía perfectamente sus preocupaciones, e incluso después de haberla escuchado con atención durante más tiempo del que hubiese imaginado, permanecía en silencio dispuesto para todo tipo de analisis al respecto. Glue lo miraba y comprendía su preocupación y que no quisiera hablar de ello, por eso se cayó y caminaron el tramo final de la calle, en silencio. Después de su salida al extranjero, por primera vez, Ruhe y Glue parecieron congeniar, y Ruhe utilizó a la amiga de su hijo para seguir en contacto con él y saber como le iba. Estaba convencida de que nada podría sacarlo de aquella cárcel de convicciones que lo llevaran tan lejos y que debía comprobar por sí mismo que no se trataba de ningún triunfo aceptar aquel cambio tan radical. A Glue le gustaba recibir sus cartas porque no le gustaba usar el teléfono, era agradable que se confesara sobre el papel de un modo que no haría en persona o usando su propia voz, incluso tipos de gran formación académica eran incapaces de expresarse con semejante frescura; ella lo sabía porque había trabajado durante un tiempo para una editorial de libros de texto, y eso la había marcado para siempre. A pesar de la corrupción sistemática de algunos escritores, y de la influencia que sobre ella marcaran al leer sus novelas con la avidez en que lo hacía, no podía dejar de reconocer que las cartas de Sammy tenían una humanidad y una conexión con su realidad que las volvían mucho más interesantes que cualquier ficción. Y aquello había sucedido durante dos años de rutinas irrenunciables, además de las inseparables visitas de su madre para saber más de él y que le contara en que se había metido, como le iba en cada momento, o sus últimas amistades. Le gustaba escuchar a Glue desarrollando las ideas de sus cartas sin que él llegase a imaginar en ningún momento que aquellos encuentros se producían, sobre todo porque nunca esperaría de la soberbia religiosa de su madre, que se rebajara a salir de su “refugio nuclear” e interesarse por su vida, teniendo que, para ello, en cierto modo mendigar un poco de información de una mujer a la que apenas conocía. Ruhe les contó los pormenores de sus problemas económicos hasta donde ella entendía. A Sammy le sorprendía ver como se expresaba y las reacciones de su amiga ante aquella avalancha de palabras con virtuosas pretensiones, incluso ella misma se había visto alguna vez intentando expresarse mejor de lo que su fluidez lo hacía posible, pero conocía sus límites y eso no sucedía con frecuencia. Ruhe estuvo muy agradecida por su interés, tal vez en exceso, y eso llevó a Sammy a acortar su visita, mientras su madre se deshacía en en elogios y agradecimientos, lo nunca antes visto. A partir de aquel momento se vieron comprometidos en la solución del problema, porque si algo era evidente, eso era que Ruhe, por si misma no sabría salir de aquel atolladero y que a la vuelta de unos meses, el banco se quedaría con su casa. Desde entonces, Sammy se decidió a visitar a algunos parientes para 4


intentar juntar el dinero que le hacía falta, y entre ellos estaba su hermano Filipo, al que no veía hacía tiempo, el angustioso tío Feodor, hermano de su madre, y la tía segunda Karina, prima de su madre, sobre la que recaían muchas esperanzas porque era una persona lo que se dice “con posibles”. Fue tan rápido en pensar y organizar algunas de visitas que le dio a su propósito un sesgo casi religioso, tenía que pedir sin poder asegurar a los que le ayudaran que algún día podría devolverles el dinero. Se trataba entonces de una situación de caridad, y eso le llevó, a ojos de todos, a aceptar a regañadientes que el cura jesuita de la parroquia, Smithy Leblanque, amigo de su madre desde hacía muchos años, también podría echarle una mano,. Mientras vivía en el extranjero, la madre de Sammy había tenido episodios de falta de memoria, llegando a perderse en medio de la ciudad en días de lluvia pesada y eso había sido un motivo más para precipitar su vuelta, aunque nunca lo reconocería. Tenía todos los achaques de una mujer mayor y al salir de un comercio de ropa en el que había pretendido, sin conseguirlo, comprar un impermeable, se vio en la calle sin saber donde se encontraba y sin ser capaz de volver a su casa. Las chicas de la tienda le llamaron un taxi y la ayudaron a recordar su dirección, cuando por fin pudo encontrar sus llaves y entrar, se sentó en un sillón y se mantuvo allí sentada sin moverse durante, al menos, una hora, el tiempo que le llevó recuperar se de aquel episodio que ella atribuyó a falta de riego. “Me quedé sin sangre en la cabeza” repetía cuando contaba lo que le había pasado, sin dar la oportunidad a ningún médico de decir otra cosa. Tal vez la causa más notable de sus dolores de rodillas y cambios de ánimo, debería haberlas buscado en su edad, pero estaba convencida de que necesitaba moverse con frecuencia porque su corazón no movía la sangre de forma conveniente, lo que si así fuera, en todo caso también requeriría de dejarse analizar y reconocer que era una mujer de edad avanzada. Uno de los vecinos de la señora Ruhe, tenía una antigua pendencia con Sammy desde que era un estudiante, y aquel día lo vio entrar de vuelta a la casa de su madre, después de perderlo de vista durante años. Siendo muy joven, Sammy no había sido siempre un chico modelo, aquel hombre lo acusaba de pasar por su propiedad con frecuencia molestando a su perro, lo cierto era que para llegar a la boca del metro por allí se ahorraba unos minutos de oro cuando iba tarde para el instituto. Y como discutieran insultándose, aquello terminara en una tremenda pelea en la que aquel modélico ciudadano rompiera un dedo y le quedara torcido para siempre. Todo había sido muy sórdido y violento, pero lo que más le molestara al vecino de los Ruhe, fueron los insultos proferidos por el muchacho, al que consideraba de una clase inferior; sin embargo, la venganza tan ansiada por él iba a tardar en llegar. Había creído que no lo volvería a ver y no podría cumplir su promesa de hacerle todo el mal deseable, pero cuando aquella tarde vio a Sammy entrar en casa de su madre, se apostó detrás de un árbol para salir a su encuentro. Era un tipo que solía vestir con ropa caqui como si se tratara de un militar retirado, lo que todos pensaban que era bastante probable, o eso o como si buscara en un aspecto marcial una pretendida hombría. Cuando lo vio, Sammy intentó recordar todo lo malo que hubiera entre ellos, y supuso que seguía siendo el mismo mezquino al que no soportaba porque nunca se había interesado por nadie y le había dado la espalda a los que lo habían necesitado, nunca había simpatizado con ninguna causa que ayudara al planeta, a los pobres, a los sin techo, ni nada parecido, muy al contrario se había manifestado beligerante con los inmigrantes y los músicos callejeros como si esos dos grupos humanos fueran sus enemigos principales, en resumen, un ser despreciable al que no podía ver. En un minuto volvió a construir la imagen que se había hecho de él desde su infancia para ser consciente de aquello ante lo que se encontraba, un tipo egoísta que celebraba las fiestas nacionales y patrióticas izando su bandera en el jardín y soltaba a su pastor alemán para que los repartidores de publicidad no llegaran hasta su puerta. Le dijo a Glue que fuera delante y lo esperara en la boca del metro, y cuando hubo desaparecido, salió pavoneándose delante de aquel individuo a sabiendas de que era la peor provocación que le podía hacer, más que un gesto obsceno o un insulto. Creyó verlo detrás de las cortinas de la planta baja, con la puerta principal abierta y a través de en una rendija, se movía y parecía seguirlo a cada paso de tal manera que, en un 5


momento, vio con claridad aquella cabeza engominada girar sobre los ojos rojos de ira. Sammy se movió para mirarlo mejor, y en ese momento, El señor patriota hizo un gesto con la uña de su dedo pulgar alrededor del cuello, y Sammy sólo lo pudo interpretar de una manera, ¿aquel tipo deseaba su muerte?, pero no se atrevía a salir de sus casa en su busca y eso le pareció muy cobarde; digamos que quería hacerle el mayor daño posible pero sin que nadie lo notara, ¡menudo personaje! Le sonrió y siguió para reunirse con Glue. -Todo el mundo parece empeñado en mostrarme cual es mi lugar, pero si yo no lo sé, ¿cómo lo van a saber otras personas? -dijo Sammy mientras veía a través de una ventanilla como el metro entraba en una nueva estación y reducía su marcha- ¿Hace mucho que sabes lo de Ruhe? -He tenido contacto con ella, pero no te quise preocupar con sus cosas hasta que no fuera totalmente necesario. -Me lo ocultaste. -No te lo tomes así, fue sólo que no quise preocuparte. Tenías tus sueños puestos en que todo saliera bien allí y me contabas de tus nuevos trabajos. En aquel momento no hubiese sido lo mejor alarmarte y crearte una inseguridad sobre tus planes, que al fin son lo que nos mantiene en marcha, sin sueños no somos nada. No fue una ocultación en toda regla, por así decirlo. -Fue premeditado. -¿Por qué haces conjeturas acerca de las intenciones que no conoces? Vuelve a la tierra, estás molesto, nada ha sido tan malo estando tú tan lejos. Lo importante ahora es solucionar el problema. Además, no va a ser fácil, la gente que conocías ha seguido con sus vidas, has pasado años sin verlos. No puedes llegar ahora como si nada hubiese pasado apelando a los viejos sentimientos y lazos que se han debilitado. En aquel tiempo el metro había contratado guardias de seguridad que estaban por todas partes y que perseguían a los que pasaban el día dando vueltas o buscaban donde dormir, a los que pedían en las puertas de entrada, a los que vendían relojes, anillos o pulseras de segunda mano que no eran de oro, a los carteristas y a los jóvenes que habían bebido y que se divertían molestando a los solitarios. Tal vez se pudiera justificar la necesidad de tanta seguridad, pero a Sammy no le gustó aquel cambio. Él ni siquiera quería recordar que en otro tiempo había corrido por aquellos pasillos y había cambiado de vagón sólo por divertirse jugando a esconderse de sus amigos, porque no iban al metro sólo por diversión, pasaban allí dentro también horas aburridas fumándose las clases. Glue intentó explicarle que la crisis lo había cambiado todo y que la sociedad control estaba en marcha, a pesar de que algunas cámaras de vigilancia habían sido golpeadas o pintadas con espray. Lo dijo sin expresar el desprecio que sentía por los que lo querían tener todo controlado, porque la vida normal de las personas, la que debía realizarse necesariamente al salir de sus casas, para ella también formaba parte de su intimidad y aunque nadie lo compartiera, debía ser respetada. Glue conocía la sonrisa falsa de los políticos cuando intentaban convencerlos de la necesidad de aquellos cambios, la falta de sensibilidad dramática con los que habían perdido la posibilidad de llevar una vida normal e integrarse en el sistema, y eran acorralados y perseguidos para que se movieran a otros sitios en los que fueran menos visibles. Entonces salieron del vagón, anduvieron por un túnel largo y estrecho y se confundieron con gente trabajadora que apuraba el paso subiendo una escalera interminable que los llevaba al exterior, justo el centro de la ciudad, en una plaza de centros comerciales y boutiques. Sammy controlaba su paso y la dejaba ir adelante o se ponía a su altura, pero no quería que pareciera que le pedía más energía ni vitalidad. En otro tiempo le desesperaba que fuera tan lenta, la miraba y se lo decía esperando una respuesta airada. Tras una relación como la que ellos tuvieran, y a pesar de haber renunciado a seguir comprometidos sentimentalmente, había llegado a entender que debía hacer eso, o esperar o ponerse a su paso, pero no molestarla con sus exigencias. Al final lo había entendido y se había convencido de que si seguían siendo tan buenos amigos, era porque había renunciado a sus exigencias. Creía en ella porque nunca había dejado de ayudarlo, y la diferencia de edad, sin embargo no hacía que viera esa ayuda como la de una madre o una hermana, era una mujer 6


y hacía esfuerzos para no verla con deseo, tal y como hiciera en otro tiempo. Ella notaba esa dedicación y resistencia, y también lo apreciaba por eso. Todas las mujeres aprecian que los hombres que las desean sean capaces de renunciar a sus aspiraciones a cambio de ser sus amigos. Él era joven y atractivo, compartía con ella sus más íntimos pensamientos, hablaban de todo con una libertad difícil de encontrar y entender sin ser pareja, ella lo valora, ¿qué más podía desear? Tal vez no fuera a durar para siempre en aquellos términos, pero vivía el momento, y era muy apreciable poder vivir y sentirse pendiente de su atención. Filipo vivía en las afueras, y sólo se acercaba a la ciudad a menos que fuera imprescindible, por eso deberían haber decido visitarlo más adelante, sin embargo, fue la primera elección y se fueron moviendo hasta la estación de autobuses de cercanías, para poder visitarlo. Era un tipo rudo, poco convencional, casado con una mujer físicamente flexible y alta, que había sido gimnasta en su juventud y tal vez ese era el rasgo más sobresaliente y todo lo que a Sammy se le ocurría poder decir de ella, mientras le daba un poco de conversación a Glue de camino para su casa. Su hermano también había sido deportista, en la universidad era de los mejores en lucha greco-romana y lucha libre, y eso le había granjeado mucho respeto: ser respetado en un ambiente tan competitivo no era fácil y había sido muy importante para él. 2 Los amigos del silencio Mientras él hablaba, ella recordaba un episodio que tuviera con su exmarido no hacía más de una semana. Había aparecido después de dos años de no saber nada de él y como no tenían hijos, le resultaba totalmente innecesario saber como le iba, y mucho menos escuchar sus quejas. Él apareció de pronto sin previo aviso, timbró y al abrir la puerta allí estaba, con aquel aspecto deplorable y una voz triste que no conducía a nada bueno. Se trataba de una presencia lastimera y poco deseada en aquellos términos. Lo dejó pasar y tomaron café, pero no entendió la visita hasta que empezó a quejarse. Estaba pasando por un mal momento, deprimido y sin saber que iba a ser de su vida. Glue ya no tenia nada que ver en eso, hacía cinco años que se separaran pero intentaba no tratarlo como a un desconocido. Aunque nunca se lo dijo, le notaba que la culpaba de la ruptura y eso era motivo suficiente para desear “sacárselo de encima”, pero era una mujer paciente y los años le habían enseñado a ser condescendiente, lo que resultaba muy conveniente en esos casos, aunque la pusiera en una situación de falsa superioridad que no le gustaba a nadie. Además, ella sabía que todo aquel resentimiento llegaba de una mal entendida veneración. Siempre había tenido una elevada opinión de su belleza, la miraba como el resultado estético de todas las mujeres que había deseado, un compendio de todos los modelos televisivos y de las revistas que compraba, y al perderla, todo lo físico de su relación lo llevó a aquella amargura que mostraba mientras sorbía de la taza que ella le había puesto delante de los ojos para que cogiera. De entre las relaciones que se rompen por diferentes motivos, de las que no se superan, las peores son aquellas en las que una de las partes, veneraba a la otra con auténtico amor estético y en las que, a su vez, se había olvidado de la entrega y las nuevas necesidades. Se conocieran en un viaje a la playa, un verano en el que todo el mundo parecía escapar de su ciudad para situarse cerca del mar. Glue iba con una amiga y él viajaba solo, pero compartían agencia y la coincidencia de fechas les hacía compartir el tren, la piscina y también se sentaban juntos para comer y cenar en el restaurante del hotel. Ella, desde el principio había interpretado sus impulsos equivocadamente, y había creído que se inclinaba por los encantos de su amiga, más joven y mejor 7


formada. Sin embargo, cuando volvieron a su ciudad, después de tomar el sol juntos, pasear a la luz de la luna e ir de compras por los centros comerciales del centro, se sentían tan unidos que ya no dejaron de llamarse y comenzaron un tórrido romance que culminaría en una ceremonia civil de matrimonio. Él parecía tan enamorado que cualquier muestra de afecto lo interpretaba como una revelación de amor eterno. Todo aquel derroche de amor lo recordaba con sorprendentes detalles para convencerla de que la había tomado siempre en serio, mientras ella miraba el reloj y sopesaba la posibilidad de cambiar de domicilio para forzarlo a “pasar página” y le permitiera también a ella, descansar de sus depresiones. No estaba segura de que no fuera a aparecer en cualquier momento mientras Sammy estaba en casa, lo que sería incomodo, y tendría que darle alguna excusa para no recibirlo, pero ya le estaba empezando a molestar que recurriera a los buenos momentos pasados para seguir reclamando un poco de atención. “Al menos podemos seguir siendo amigos”, le decía sin esperar respuesta y ella lo miraba suspirando. Sammy parecía empeñado en desafiar la autoridad desde muy joven. Esta vez los detuvo un policía para pedirles la documentación porque se acababa de producir un atraco en una sucursal bancaria no muy lejos del lugar en el que se encontraban. Llevaba prisa y no estaba de humor. -¿Tenemos aspecto de delincuentes? -le soltó al policía que, posiblemente sólo buscaba justificar su presencia en aquel lugar, sobre todo cuando sus superiores pasaban en un coche que se deslazaba lentamente. -Se trata de un urgencia, debería ser usted un poco más amable y colaborar -le respondió mirando su carnet de identidad y sin apreciar la cara de indignado que le ponía Sammy. Al cabo de unos minutos, seguían su camino en dirección a la casa de Filipo. Glue lo miraba sorprendida. -Si sigues tratando así a los policías, vamos a tener un problema. -Es superior a mi, lo siento. Lo que antes era una reacción inconsciente, en los últimos años se ha convertido en rabia hacia el orden establecido, y sobre todo a los “perros” que lo guardan. Resultaba muy convincente en el papel del resentido al que la sociedad sólo le había dado golpes, el papel de humillado al que no le habían dejado otra salida. Al hablar de la policía todo en el él era grave y trascendente, no admitía bromas con eso, nunca le habían hecho ningún bien, y posiblemente se guardaba para él alguna escena de juventud en la que no había salido bien parado. En aquellos años, las manifestaciones estudiantiles se habían multiplicado y en alguna ocasión había pasado la noche en la comisaria en espera de poder declarar, lo que aquella noche sucedió, le dijeron o le hicieron, o lo que pasó por su cabeza, nunca nadie lo sabría. Glue ya conocía ese resentimiento de antes, pero no le restaba ni un gramo del aprecio que le tenía, si su relación sentimental, una vez no había funcionado, había sido por otros motivos más personales. Ella había decidido frenar su romance en el momento más excitante y en el que Sammy estaba más motivado, no había sido muy delicada en eso, pero entonces no deseaba que él pudiera aferrarse más a aquella relación y su pasión parecía no tener freno y ser creciente. No le resultó extraño entonces que decidiera separar sus caminos buscando trabajo en el extranjero. Él creía que la diferencia de edad había influido en aquella decisión de ruptura. Era como si Glue pudiera imaginarlos a los dos unos años después y que la imagen que sacara de su imaginación fuera sórdida y dolorosa, no había futuro en cruzar la barrera de los sentimientos cuando se entra en esa edad en la que ya no hay razón para grandes romances que se alarguen en el tiempo. -Eres encantador, no puedo ver nada malo en ti a pesar del rencor que expresaban tus ojos al ver al guardia directamente -le dijo-. Tú siempre fuiste muy comprensivo con mis rarezas y eso lo valoro. Me hizo muy feliz que siguieras contando conmigo a pesar de todo lo pasado. Creo que se me nota que deseo ser merecedora de la confianza que me demuestras y que te sientas cómodo. Otros hombres en una situación similar a la tuya, hubiesen puesto una distancia entre los dos, y no me refiero físicamente, que eso sí que lo hiciste. Cuando nos conocimos tu eras muy influenciable y te excitabas con facilidad, tuvimos nuestra historia y lo recuerdo con ternura, debemos quedarnos con 8


eso. La casa de Filipo estaba cada vez más cerca y no había espacio para una conversación larga ni tratar el tema en profundidad, tal vez por eso ella decidió decir aquello, sin dejarle mucho margen para la respuesta. -Recuerdas a Glue -le dijo Sammy a su hermano mientras ella le ofrecía la mano para que él se la estrechara-. Es mi mejor amiga. -Recuerdo que erais más que amigos. -Somos sólo buenos amigos. -Esta bien -concluyó Filipo y los dejó pasar abriendo la puerta de una enorme casa que parecía un museo, “¿quién es?”, se oyó la voz de Andreia desde la cocina, a lo que el marido respondió, “es mi hermano, tenemos visita”. Y se sentaron en unos enormes sillones blancos en el salón. Andreia se acercó a saludarlo intrigada por una visita que no sucedía con frecuencia. No ocultaba que estaba preocupada por la alfombra que había mandado recientemente a la tintorería y les veía los zapatos con descaro porque quería saber si estaban lo suficientemente limpios para que siguieran allí sentados, además, no veía razón para no poder realizar aquella entrevista en la cocina. Con la excusa de tomar un café los fue llevando a la cocina y allí sentados comenzó una reunión en la que Sammy fue muy directo y les explicó la difícil situación económica que pasaba su madre. Andreia los observaba como se observa a los extraños porque, verdaderamente, nunca había tenido oportunidad de estrechar lazos familiares con el hermano de su marido, ni siquiera con la madre de su marido ni con ningún otro miembro de su familia. Había en ella esa frialdad que convierte a la gente muy comedida y pretendidamente educada, en actores gesticulantes con un enorme vacío sobre sus hombros. -¿Recuerdas el día de nuestra boda? -preguntó Filipo desde sus casi dos metros de altura mientras permanecía en pie-. Estuvimos viendo las fotos recientemente, y hablando de ti. Andreia, no sabía que habías estado trabajando en el extranjero y me extrañó que volvieras tan pronto. -No tenía pensado hacerlo aún, pero creí que debía volver ahora. En cualquier caso, nunca está del todo descartado volver a intentarlo. ¿Cuánto tiempo hace que no ves a Ruhe? -No nos llevamos bien, tú lo sabes. Nunca nos llevamos bien. No la veo desde antes de tu partida. -Tú madre es una mujer muy difícil Sammy -intervino Andreia sin obtener demasiada atención. -¿Nunca te habló de sus problemas? Está a punto de perder su casa -advirtió-. Supongo que todo lo que está sucediendo es más importante que esa falta de entendimiento, o lo que sea que rige vuestra relación. Tiene un carácter muy fuerte, yo también he tenido ocasión de comprobarlo, pero sigo visitándola, tal vez crea que es una obligación. No sé. -No te voy a decir que fuiste su preferido, porque también tuviste tus diferencias con ella en el pasado. Es como si no le gustaran sus propios hijos. Nunca procuró que nos sintiéramos cómodos en su propia casa y no nos demostraba ninguna simpatía, nada especial que pudiera promover un acercamiento. Yo siempre fui muy emocional y me dolía especialmente. Pero supongo que no estamos aquí para juzgarla, en los peores momentos siempre surgen los reproches. -He hecho un cálculo y pensado en quién estaría dispuesto a ayudarla. Poniendo todos un poco de nuestra parte... -Nosotros también necesitamos el dinero -intervino Andreia de nuevo-. Debería de haber llevado la cuenta de sus gastos. -En cualquier caso no se trata de de lo que pudo hacer o de cómo va a responsabilizarse en el futuro de sus gastos, que de eso también hablaremos más adelante. Ahora hay que salvar la casa de las garras de los bancos. -Hace mucho que la gente ya no piensa así. Cada uno debe llevar su carga, Cuando murió mi madre mi situación también fue difícil, dejó deudas y cargas que tuve que asumir. Nadie me ayudó entonces -advirtió Andreía que parecía no estar dispuesta a ayudar-. Nadie vino a preguntarme lo qué necesitaba. 9


-Debo parecer un tonto mendigando un poco de ayuda, pero es mi madre, y es la madre de Filipo -estuvo a punto de decirle a Andria que se callara, pero se mordió la lengua. Después de que Filipo se casara habían pasado diez años, y era la segunda vez que estaba en su casa y la primera había sido el día de la boda, ni siquiera una visita formal. Por supuesto, era evidente para todos que aquella visita no se produciría si no considerara realmente importante el motivo que lo había llevado hasta allí. -Creo que no podremos ayudarte esta vez. Ahora si no os importa voy a cambiarme de ropa, íbamos a salir justo en el momento que habéis llegado. No debemos suspender nuestro paseo de la tarde, es una cuestión de salud. Cuando estés libre ven a ayudarme a poner las zapatillas -concluyó despidiéndose. Los dos hermanos se miraron sin saber que decir mientras Andreia se alejaba. Sammy era el más fuerte de los dos, aunque su apariencia física era menuda. En el momento que había entrado por la puerta, una enorme simpatía los recorrió, como si durante mucho hubiesen estado echando de menos verse y no lo hubiesen hecho sin un motivo reconocido. Sammy miró por encima del hombro de Filipo y suspiró. -Es mejor que nos vayamos. Al menos lo hemos intentado. -Un momento -dijo Filipo mientras se dirigía a la mesa para extenderle un cheque-. Ella no tiene por qué saberlo. Nunca. -Siento haberte manchado la alfombra -dijo Sammy con cinismo. -Ella tiene la casa como si fuera su museo, yo sólo me dejo llevar. Un momento antes de la reacción decidida de su hermano, la desolación que sintió Sammy estuvo a punto de hacerle decir algo de lo que sin duda se iba a arrepentir, pero se contuvo y fue lo mejor. Filipo les llamó un taxi, les ofreció unos pasteles que él mismo había hecho el día anterior y les abrazó antes de despedirse desde el porche. Ya nadie recordaba una despedida tan formal porque los tiempos iban cambiando y todo el mundo decía “ciao” en un sucio italiano que se sacaba a los malos vecinos de encima. Ni siquiera al salir para el extranjero había besado o abrazado a nadie. Era una costumbre en desuso, pero Sammy creyó que debía mantenerse en la familia, al menos después de lo reconfortante que le resultó después de aquel momento. “Empieza a no quedar nada de la formalidad de los viejos afectos”, le dijo a Glue mientras subían al taxi y se dirigían al centro, el lugar donde vivía el extraño tío Feodor, funámbulo en su juventud y pensionista a tiempo completo después de los sesenta. Su imagen, después de tanto años, podía haber cambiado. Ni siquiera estaba seguro de poder reconocerlo o de que sus tío lo reconociera a él. No sabía si andaba bien de memoria a su edad, o si estaba tan demacrado y sordo y que su visita no resultara inútil. Le gustaría encontrarlo como lo recordaba, siempre dispuesto a desafiar las normas, cuestionando las prohibiciones y el orden establecido, viviendo fuera de lo políticamente correcto, en lugar de un hombre anciano, apergaminado y derrotado, tal y como lo imaginaba después de lo que su madre le contara de él y lo mal que se encontraba en los últimos tiempos. Cuando e visita a un anciano al que no has visto en diez o quince años, lo cierto es que no sabes si las persona que te vas a encontrar es la misma que una vez conocieras. La vida le arrebata la fuerzas, las ilusiones, los sueños, el futuro y la posibilidad interacción con lo que les rodea, aunque sólo sean los muebles de su habitación y los familiares más inmediatos. En tales casos, suelen transmitir una imagen dolorosa para el que ya haya pasado por la situación de vivir y ver consumirse a un anciano día a día, y no poder hacer nada por evitarlo. Feodor siempre había sido un buen hombre y comunicativo, y a pesar de eso, Sammy había perdido todo contacto con él, pero sabía que su madre lo había visitado en ocasiones señaladas para ambos, posiblemente difuntos, navidad y su cumpleaños, y como era habitual en ella apareciendo sin avisar primero, ni una llamada de teléfono, tal y como Sammy y Glue estaban dispuesto a hacer ahora. La imaginación de Sammy lo llevó a pensar en un hombre que ya no se levantaba de cama, en su último momento, respirando con dificultad, sacándose las flemas con pañuelos de papel y pidiendo que lo 10


ayudaran a levantarse para poder orinar en una palangana. Sin embargo nada era tan grave, ni de lejos. Feodor conservaba su capacidad de levantarse cada día y salir a la calle si lo deseaba, podía vestirse, asearse y hacerse algo de comer, si lo deseaba, aunque contaba con la ayuda de una señorita que le mandaban los servicios sociales y que le hacía la compra cuando se lo pedía. A pesar de esa buena expectativa, tal y como les contó la portera antes de que pudieran pasar al ascensor, Feodor había ido a urgencias porque se había golpeado un dedo con un martillo intentando poner una cuadro. Ella misma le había llamado a un taxi y le había escuchado maldecir un par de veces al gobierno de la nación porque le habían congelado la pensión en los últimos días. Aquel inconveniente convertía su pretensión en un mero accidente. Pedirle ayuda a quien también la necesitaba era demasiado hasta para Sammy, había empezado a compadecerse del anciano antes, ni siquiera, de ver como se encontraba, y sobre todo tener en cuenta, que acudía a él cuando necesitaba ayuda sin haberlo hecho antes y en tantas ocasiones como hubiese sido necesario preocuparse por como le iban las cosas. Sammy se había alejado de todo, se había encasillado a sí mismo como un ser poco tratable, y eso no funcionaba cuando intentaba volver de su retiro emocional. En ese momento de su vida, muchos lo habían considerado un fugitivo de la realidad y otros, familiares y viejos amigos, ni siquiera sabían si seguía con vida (pero como siempre había sido considera como un ser extraño y difícil de entender, pues ya no sorprendía). Sammy, era consciente de ello, en los últimos diez años se había convertido en una sombra. Aunque llevaban una mañana ajetreada, estaban cansados y no habían comido nada en las últimas horas, decidieron ir hasta el hospital central y probar a mirar en urgencias. Hubo suerte y allí lo encontraron, saliendo con un dedo vendado y cubierto de esparadrapo. Feodor lo reconoció enseguida y cuando Sammy le habló, no pudo por menos que darle dos besos, como hacía cuando era un niño y como si a sus ojos aún no hubiese crecido. La sorpresa de verlo tan fuerte y animado, fue suficiente para que Sammy se encontrara mejor, pues de camino para el hospital había estado preocupado por como lo pudiera encontrar. Y en ese momento, después de charlar un rato, hubo tiempo para interesarse por otros familiares, por la madre de Sammy y él le señalara que estabs bien de todo, pero que pasaba por apuros económicos. Feodor nunca se había casado y sus parientes consideraban que debido a esto tenía mucho dinero ahorrado. A Sammy le molestaba especialmente pedirle dinero a un anciano porque no sabía si le podía hacer falta en el futuro, pero le dijo que llamara Ruhe, que hablaran de sus dificultades y que la ayudara en lo que pudiera. No quiso aceptar en este caso, ser portador de dinero. Aún más, le hicieron la compra en el súper y le llenó el congelador sin aceptar que pagara la cuenta. Aquella visita sirvió sobre todo, para reencontrarse con su realidad, la de sus mayores y lo apartados que los tenía. En aquella acción de llevarle la compra de una semana a casa, hubo algo de remordimiento no dejaba de frotarse las manos con nerviosismo evidente. Que para mucha gente fuera normal permitir que la gente mayor viviera sola aunque no tuviera familia directa, como mujer o hijos que lo visitaran, para Sammy no excusaba no haber pasado antes a charlar un rato con Feodor, y eso no hacía más que rechazar una sociedad que considera un estorbo a los ancianos y que pronto lo haría con los hijos. “Los afectos no están de moda”, le dijo a Glue mientras se despedían. Por supuesto, seguía preocupado por obtener el dinero necesario que detuviera el desahucio de Ruhe, pero durante el tiempo que habían pasado comiendo con Feodor y después, en el súper y ordenando la compra en las alacenas de su piso, lo olvidó por un instante. Durante la comida, Feodor manifestó “no sé por qué me has traído aquí, no me gustan estos sitios. Siempre como en casa”, y lo comprendió cuando el camarero puso mala cara porque tardaba no se decidía por ningún plató y lo estaba retrasando en otros pedidos. Casi crea un conflicto violento. “Haga usted el favor de no volver a esta mesa y mande a otra persona, no creo que pueda llegar a entenderme”, le dijo. Y se levantó a punto de irse, lo que hubiese sucedido si no fuera por la rápida intervención de Glue que lo ayudó a sentarse y lo calmó, “no se preocupe, nosotros le pediremos lo que quiere, si nos dice lo que desea, ¿pescado?, Vale pescado. Todo está bien”. Era un hombre de convicciones puras, de 11


irrrevocables decisiones y dañado por la forma tan rápida y radical en la que le había resultado envejecer, y a pesar de eso, se dejó mimar por la dulzura de Glue. Para él, ya no se trataba de ser el desconocido solitario que le gustaba, aquel al que siempre había aspirado. De pronto se mostraba con una fuerza que quería colaborar, ser tenido en cuenta y olvidarse de si mismo. Parecía que a su edad, lo más importante era la opinión que pudiera tener de sus propios actos, estar orgulloso de de ser quien era, y al tiempo esperaba mucho también de los demás, quizás demasiado en el mundo en el que aún se desenvolvería unos cuantos años más. De nuevo, Sammy estaba animado, su segunda visita le había reportado una gran satisfacción, además del compromiso de Feodor, se trataba de conocerlo mejor, de apreciar su punto de vista acerca de las cosas del mundo y volver sobre su parte más humana y sociable. Los tres habían disfrutado de aquella comida. Hacía mucho que Glue no veía reír a Sammy como lo hizo entonces, y posiblemente no volvería a suceder en mucho tiempo. No cabía duda al respecto, podía haber otro tipo de diversiones más primitivas, la diversión de las fiestas a las que habían estado yendo los últimos años había sido más explícita y entregada, pero escuchar las bromas con los que se arrancó Feodor, eso había sido tan magnífico como inesperado. El espectáculo animado de Feodor contando chistes verdes era algo totalmente nuevo e inesperado para su sobrino, que lo recordaba como un hombre regio y serio; en algún momento había cambiado y nadie se había enterado. Hasta el nuevo camarero que les pusieron parecía divertirse con el anciano y no reprimía su risa si se encontraba cerca de la mesa y los demás también reían. “Fue una comida magnífica, gracias por todo Feodor” le había dicho Sammy mientras rememoraban los mejores momentos sentados en las rígidas sillas de la cocina de su piso. Aquel día todos alrededor de Sammy empezaban a estar un poco más felices... todos menos Fachisti, el vecino de su madre que se apostaba en la calle detrás de una farola demasiado estrecha para evitar que su prominente estómago no se viera. Sammy se percató enseguida de su presencia, ¿era posible que aquel tipo los hubiese seguido hasta allí durante horas y hubiese esperado pacientemente a que salieran por aquella puerta? Al menos eso denunciaban las colillas de bisontes a sus pies. Sammy no era capaz de explicarse una cosa así. De nuevo, le pidió a Glue que se adelantara, le escribió una dirección en un papel y le dijo que se encontrarían allí en una hora. Se trataba de un taller de automóvil, pertenecía a la prima de su madre Karina, y Sammy había llevado su coche allí cuando aún no se había quedado sin él por no poder pagar los gastos. Sammy sabía que intentar hablar con tipos como Fachisti no daba resultado, y por lo que parecía sus intenciones no eran las mejores, así que esperó a que Glue desapareciera al girar en otra calle y a continuación lo abordó. -¿Qué quieres? ¿Por qué me sigues? -¡Aparta! -respondió Fachisti, que al verse descubierto intentó crear una atmósfera adecuada a sus deseos, con una teatralidad inesperada-. ¡Socorro, este hombre quiere agredirme! -dijo cogiéndolo por la maga de su gabardina, exhibiendo el dedo que Sammy le había roto años atrás, rígido torcido como un garfio. Tal vez todo aquello se trataba de un intento muy poco inteligente de poner a los transeúntes de su parte antes de comenzar una pelea. “El me golpeó primero”, decía mientras levantaba su su puño. O tal vez, estaba pensando en que si era acusado tendría más posibilidades en un juicio de ser considerado la víctima; todo lo que se le ocurría a Sammy pensar acerca de su proceder, era de una pobre moral de hombre vencido por la vida en busca de un enemigo real que lo hiciera sentirse capaz de nuevo. Sammy cogió su brazo con fuerza y le pidió que se fuera sin problemas, no estaba en su idea rogar porque la paz del mundo empezara allí en aquel momento. Algunos vecinos empezaban a detenerse y observar la disputa. Sammy lo miraba con el ceño fruncido pero guardando la serenidad. No deseaba que nadie interviniera, pero la diferencia de edad era significativa y no quería que aquello pudiera desmandarse. Empezó a enojarse, y cuando perdió la paciencia lo empujó y lo tiró sobre un charco de lluvia sucia de invierno. Salió corriendo con la seguridad de que no podría seguirlo esta 12


vez, mientras Fachisti gritaba, “¿lo han visto, lo han visto? Me ha agredido, ha sido él, me ha agredido”. Estaba intentando llamar la atención lo más posible y sólo conseguía que algunos se rieran de él mientras maldecía entre diente y juraba, “ya te cogeré bastardo, ya te cogeré”. Fachisti procedía de un tiempo de niños sin padre, hijos de la guerra y el desamparo, y aunque él no fuera uno de ellos, había crecido en aquel habiente en el que todo se reducía a la defensa de la patria y el orgullo por los caídos. Crecían convencidos de sus posibilidades y ocultando sus debilidades, eso era un bien precioso para ellos, al mismo nivel de sus más íntimos, inconfesables deseos, pero al mismo tiempo, se volvían pendencieros y violentos. Era por todo esto que Fachisti no sólo estaba dolido por su dedo roto, por los insultos y arrogancia de Sammy, se trataba de aquella necesidad de orden miliciano y de enseñarle cual era su sitio; se consideraba llamado a enseñarle a cada uno cual era su lugar y a los que sacaban su cabeza por encima de la raya que lo definía, había que cortársela -metafóricamente hablando, claro está, si bien en el caso de Sammy, ya nadie sabía...-. El día se había presentado difícil pero prometedor. Quedaba una buena tarde para pasar por el taller de la tía Karina. Todo el mundo parecía feliz, era como si algo sucediera que animara a ello, como si las tormentas solares hubieran cedido y eso pudiera hacerles sentir un bienestar inesperado. Sammy no sabía nada de tormentas solares, pero tenía la firme convicción de que eran las culpables de sus migrañas, así que cuando entró en el taller, acompañado por Glue, pensó que a su tía le pasaba lo mismo, porque lo recibió con una enorme sonrisa y dándole besos hasta que manchó sus mejillas de grasa. De ningún otro modo podría explicarse aquel buen humor y la apariencia juvenil y vibrante de su rostro. Era posible que se debiera sólo a su alimentación a base de fruta, avena y compuestos naturales de todo tipo, pero además, a su estructura física embutida en aquel sucio mono de trabajo y portando en una mano una llave inglesa, nadie adivinaría su edad. Fue una suerte que llegaran en aquel momento, el día en que Karina se acababa de reincorporar de su viaje de novios, se acababa de casar por cuarta vez y no la hubiesen encontrado un día antes. Podría haber terminado sus días dedicada a atender su negocio, sin ninguna otra distracción, pero era una mujer inquieta y de imaginación sin límites. No había nada de delirante en un matrimonio a la tercera edad, ni siquiera esperó que se extrañaran cuando les presentó a su marido, que salió detrás del motor de un Volkswagen, sucio y feliz, como era de esperar de un recién casado. Aquel muchacho al que Karina llevaba alrededor de cuarenta años estaba preparado para enfrentarse a las miradas de extrañeza de todos los amigos de su nueva mujer, sobre todo porque había crecido en un barrio marginal y había convivido con el rechazo toda su vida. Poseía ese nervio mezclado con una sonrisa poco natural que avisaba de no bromear a menos que se estuviera seguro de no ofender, así que lo saludaron y exhibieron una sonrisa sin entrar en preguntas incómodas. Tan sólo una pequeña oportunidad al quedarse tarde y solos en el taller una noche de primavera, hizo saltar la chispa de la pasión desenfrenada de los dos. Sammy apretaba los dientes imaginando a su tía sentada sobre aquellas llaves fijas y manchándose el trasero mientras intentaba besar a aquel joven atlético que la cogía en peso como si se tratara de una jovencita de veinte años. Cuando Karina supo que era exactamente lo que quería y esperaba de aquella situación decidió no demorarlo más y en apenas un par de meses estaban casado y viviendo juntos, todo un récord a los ojos de Sammy. Aquella situación hizo recapacitar a Glue y llevarla a reconocer íntimamente, que había sido muy tonta al dejar marchar a Sammy por su diferencia de edad, cuando delante tenía un caso mucho más radical ejecutado sin complejos y con la valentía necesaria al enfrentarse a los estereotipos sociales. Ella le llevaba veinte años a Sammy pero nadie se daría cuenta si no fuera por la forma tan formal en que ella trataba todos los temas de conversación, con él y con extraños, era la mujer de otro tiempo y lo sabía. Glue no había llegado directamente al taller, lo había buscado y había dado unas vueltas por el lugar. Había llegado tarde y no era la primera vez que le pasaba, buscaba una dirección y daba vueltas pasando varias veces por el mismo sitio sin terminar de situarse o saber donde se encontraba, y eso incluso le había pasado en lugares que conocía desde hacía mucho tiempo. En una calle aledaña, cerca de una parada de taxi vio pasar a lo lejos a Sammy y lo siguió hasta allí. Tampoco se 13


encontraba muy despejada a esas horas de la tarde y arrastraba ligeramente lo pies, lo que era una señal de su cansancio. Entonces recordó que en el colegio le llamaban “la tardona” y fiel a su apodo, una vez que supo del lugar al que se dirigía, dio media vuelta sin ser vista y paró en una cafetería a tomar un café. No fueron más de cinco minutos, pero “la tardona” fue fiel a su apelativo, tan doloroso en otro tiempo. Glue seguía enamorada de él y sabía que todo aquello debería haber terminado mucho antes, pero parecía tener un imán para sus ex. Podría haber acabado mal, tal y como hacen otras parejas para no volver a verse nunca más, ponen una barrera de rencor que les hace vivir de espaldas a los buenos recuerdos y sólo tener en cuenta los sinsabores de sus amores pasados. Desempeñaba su papel con absoluta fidelidad, pero en el caso de Sammy iba más allá, una espina le había quedado clavada en el corazón y no podía dejar de mirarlo con aquella ternura. Se decía que no habría nada de malo en volver, pues el amor es lo único que lo justifica todo, y le daba mil vueltas y terminaba una y otra vez por contenerse y disimular. No hay nada de lógica en el amor, se va cargando sin motivo alguno y de pronto se desata contra todo pronóstico, nadie podía haberlo imaginado se dicen los contendientes de tan desigual enfrentamiento de posibilidades. “No pretendía impresionarte”, le decía con frecuencia Sammy, y ella sabía que era así, pero la seducía sin remedio ni piedad y se había dejado llevar hasta que decidió que no podrían aguantar demasiado. La diferencia de edad es una condición insuperable para alguna gente, sin embargo, en el caso de Karina, parecía justificarlo todo. “No tengo tiempo que perder, la vida pasa”, se decía mientras seducía a su marido cada noche. Había días en los que Glue escapaba de casa para ver a Sammy a escondidas. Yerry no se enteraba de nada porque no le notaba aquel brillo en los ojos, ella tomaba la puerta y no volvía hasta un par de horas más tarde. En esos casos, al llegar a casa le daba una excusa cualquiera y el se concentraba viendo el fútbol en la televisión, o simplemente lo encontraba durmiendo a pierna suelta. En aquellos días, Sammy trabajaba en una cafetería pero nunca lo visitaba allí, quedaban en algún parque o en otra cafetería, pero nunca cerca de aquella en la que él trabajaba. Él era muy conocido por su trabajo, ponía cafés a media ciudad, y la otra media pasaba por delante del escaparate mirando hacia adentro. Tan sólo en una ocasión en el que no la esperaba, estuvo dando vueltas a la manzana hasta que lo vio salir. Otro de los camareros que la vio pasar varias veces por delante de la puerta, le dijo que pasara que la invitaba, pero no le hizo caso, ni siquiera se molestó en responder. Le hacía falta dinero y Sammy se lo prestó, se la encontró en la calle, sin saber que llevaba allí un buen rato esperando. Yerry nunca supo de donde sacó el dinero, le dijo que lo tenia ahorrado y él se lo creyó... Al menos pudieron pagar el alquiler y la luz. Más tarde, después de su separación, murió el padre de Glue y ella recibió una inesperada herencia; suficiente para no volver a tener que pedir dinero para pagar el alquiler. ¿Qué podía haberle parecido más chocante que haber recibido su herencia un día después de pedirle el préstamo a Sammy? Sobre todo si tenemos en cuenta que se sintió tan agradecida y sensible, que aquella fue la primera noche que se acostó con él. No fue nada romántico, lo acompañó a su apartamento y en menos de una hora había vuelto a casa y le había hecho una tortilla francesa con jamón a Yerry. No solía hacerle la cena, pero aquella noche se sentía tan feliz y tan culpable a la vez, que creyó que era lo menos que podía hacer por él. Volvió a ver a Sammy justo delante del taller, entre coches rotos o desvencijados, había dado una vuelta buscando a Glue y cuando la vio ya no esperaron para entrar. Karina era una mujer agradable y muy habladora. Cuando pasaron a la oficina se sentaron en un sillón que se hacía cama y se sentaron en él mientras Karina lo hizo en una silla delante de la mesa llena de facturas y fotos viejas. -El sillón está un poco hundido, el Toni vivió aquí muchos años antes de casarnos -dijo refiriéndose a otro marido que tuviera un par de años antes y como no la entendieron tuvo que aclarar que los hombres iban y venían en su vida como un carrusel, pero que ya se encontraba un poco cansada de jugar con ellos y su actual marido iba a ser el definitivo-, no es un barrio muy seguro y me hacía falta un vigilante, así que nos pareció buena idea. Al fondo de la oficina había un pequeño retrete con lavabo y una puerta sucia; Sammy aprovechó para ir a orinar, pero puso mucho cuidado al coger el 14


pomo redondo porque estaba manchado de aceite. -No tiene cierre cariño, pero no te preocupes, nosotras cuidamos de que nadie se meta contigo -le dijo la tía Karina girando la cabeza en su dirección-. Me quedé embarazada al mismo tiempo que mi hermana de Sammy, y tuve que abortar, si no fuera así ahora tendría un hijo de su misma edad y hubiesen crecido juntos. -¿No volvió a intentarlo? -preguntó Glue sabiendo que tocaba un tema delicado. -No, nunca más quise quedar embarazada. Durante el primer matrimonio, mientras estaba en estado, mi primer marido se lo pasó en el bar. Nunca volví a conocer otro hombre tan egoísta como aquel, ni los que me duraron apenas unos meses. Los hombres de hoy en día se han vuelto muy flojos. Tu y Sammy... ¿Sois pareja? -preguntó. -Lo fuimos durante un tiempo y no nos iba mal. No me preguntes por qué lo dejamos, no existió ningún motivo grave. Fue una decisión caprichosa por mi parte, y como el se lo tomó con normalidad... Seguimos muy unidos. -No quiero agobiarte con esto pero, ¿vais a volver? Curiosidad familiar, ya sabes. -No lo sé, estuvo en el extranjero, desde su vuelta estamos como amigos, pero creo que aún nos agrada estar juntos. En ese momento, Sammy salió del lavabo subiendo la cremallera de su pantalón y metiéndose la camisa por dentro. -Está bien, una cosa menos que hacer en el día de hoy -dijo. Karina encendió la luz, se trataba de un fluorescente que daba una luz blanca y poderosa para un espacio tan pequeño y los tres parecieron palidecer. Karina era tal y como Sammy la recordaba, una mujer que no le daba demasiadas vueltas a las contrariedades, si no tenían solución, pues no tenían solución, y pasaba a otra cosa. Una máquina retumba al fondo, pero podían conversar sin demasiados problemas. Como si Sammy no deseara dejar para el último momento el motivo de su visita, explicó a la hermana de su madre que a pesar de irle bien en todo lo demás, Ruhe tenía un problema con el banco y que como todo el mundo sabe, los banqueros no tienen piedad. Inexplicablemente, Sammy era de ese tipo de hombres que no terminaban nunca de crecer, delgados, rasgos faciales poco pronunciados, ojos grandes y peinándose con un casi ridículo flequillo. Empezó a notar que Glue aún se sentía atraída por él por la forma en la que lo miraba mientras hablaba con su tía. Sin embargo, conocía bien a Glue y sabía que nunca se dejaba llevar por un deseo espontáneo, que le daba varias vueltas a todas las cosas y si eso era así, no había forma de saber que lugar ocupaba en sus pensamientos, o dicho de otra forma, en que vuelta iba si estaba pensando en él. Hablaron un rato largo de Ruhe en aquella oficina, Karina contó algunos recuerdos graciosos que tenía de ella y trataron de analizar aquella despreocupación por todo lo material, y la ausencia total de capacidad para organizar sus gastos y sus cuentas. Excepto por ir cada mes a cobrar su pensión, lo que le llevaba buena parte de la mañana en la cola del banco, el resto pensaba que se pagaba solo. No se trataba de ninguna manera de mala intención, ella se gastaba su dinero olvidando los gastos contraídos previamente y eso le traía muchos problemas. -Tu madre es un ser maravilloso. Un día le dije que era la mejor hermana del mundo, y lo sigo pensando -empezó Karina-. En aquel tiempo todo lo que yo pudiera decirle era poco, acababa de divorciarme de mi segundo marido y me consoló como si yo fuera su hija. Yo creía en ella sobre todas las cosas, si me permitís la expresión, como los católicos creen en su dios. lo dicen mucho, “sobre todas las cosas”. Nunca nos peleamos, ¿cómo no iba yo a ayudarla? Pasaré a hablar con ella y veré lo que puedo hacer, os dejaré allí el dinero, pero si no sois capaces de juntar el resto, decírmelo. Por desgracia, el dinero lo es todo, y por suerte, en este momento tengo suficiente. Entre todos la ayudaremos y saldrá de sus problemas con los bancos. Karina se emocionó, de pronto convertía sus obligaciones en la oportunidad de sentirse cerca y aproximarse a su madre, tenía que poner todo de si para estar tan cerca de su hermana como lo 15


estuviera en otro tiempo. Pero en ese momento, aunque sólo fuese una anciana sin demasiadas preocupaciones, ya no podía dejar de pensar en el tiempo perdido. Ya no podía considerar que su matrimonio y su reciente joven marido, fuera lo primero, ni aunque eso afectara a esa pasión que nacía entre los dos, ni aunque tuviese que divorciarse de nuevo. Su marido tendría que aceptar que compartiese sus amor y los momentos que pasara con él, con las ausencias que ya adivinaba que serían muchas, por visitar a la hermana que tanto quería y que había dejado de ver por pura costumbre. Así iban afectando a todos, las visitas que Sammy iba realizando. No hacía tanto tiempo de su separación, si se veía con ternura y, aunque no acostumbrara a lamentarse de sus errores, Cada vez que Glue miraba a Sammy, todas sus emociones se ponían a funcionar reconociendo ese extremo. Haberlo perdido de vista el tiempo que estuviera fuera no había dejado de encender sus pasiones, cada una de sus cartas por anodinas que fueran, excitaba de nuevo su interés por volver a verlo y ese momento había llegado. Y ahora, aunque seguía sintiéndose preparada para lo que tuviera que venir, incluido el desenfreno sexual que en otro tiempo vivieran, todo había sucedido tan deprisa y estaban tan sumergidos en solucionar aquel lío, que apenas le quedaba tiempo para pensar en plantear otra cosa. La solución al problema avanzaba rápidamente, estaban satisfechos con el resultado, parecía que reunirían la cantidad sin mayores contratiempos y ya sólo les quedaba visitar al cura jesuita Smithy Lablanque. Sammy lo conocía de antes y concertó una cita por teléfono, pero no lo visitarían hasta el día siguiente. Lo que no podían imaginar es que el vecino de la señora Ruhe, Fachisti el incansable, estaba tan irritado que no paró un momento de intentar tener algún dato que lo condujera hasta él, y antes de que su llamada se produjera, ya había pasado por la vicaría para preguntar por el domicilio de su humillante rival. Como si su pasado de servidor patriótico le otorgara un valor especial, o como si su imagen de ciudadano ejemplar fuera más apreciado delante de Smithy y su predicamento, que en las oficinas municipales, consiguió que el cura soportara su excitación y algunas palabras malsonante mientras le hablaba y preguntaba sobre los Ruhe, y más concretamente sobre Sammy y su paradero. “Es necesario que lo encuentre, ese muchacho es un veneno para nuestra sociedad”, y cuando decía sociedad se refería al orden políticamente correcto y a la necesidad de que los “ciudadanos de bien” hicieran todo lo necesario por hacer cumplir las leyes. Aquella tarde, justo antes de entrar en el metropolitano, Sammy quiso volver a visitar a su madre para tranquilizarla y Glue dijo que haría unas compras y que se verían después en el psio. Pero aunque pasó la tarde a paso firme de un lugar a otro porque deseaba llegar a casa antes que él, lo cierto es que se enredó viendo vestidos en boutiques y Sammy tuvo que esperar por ella en la puerta porque aún no le había dado una llave. Subieron en silencio la escalera como si fuera una obligación mantener aquella vitalidad que los había llevado todo el día, y ahí también fue ella la que demostró estar más acostumbrada, y más en forma a pesar de los años. Hubiese sido mucho mejor llegar antes y preparar algo de comer, se sentía culpable por tenerlo en la puerta con ese frío, en la noche que acababa de caer. A veces pasa que nuestra vida entra en bucle anodino del que no podemos salir, la rutina seca todos nuestros sueños y nos limitamos a vivir, aceptamos respirar como mal menor. De pronto todo cambia, y en un sólo día suceden más cosas de las que podemos asimilar, renace la sorpresa; esto era lo que le acababa de pasar a Sammy y se sentía feliz de que así fuera. Cuando la historia de nuestra vida se renueva y todo vuelve a suceder, reaccionamos con la oportunidad de conocernos a nosotros mismos. Inexplicablemente, en los momentos más duros todo se pone a prueba y eso parece llevarnos a comprender como funciona el universo -o como no funciona si admitimos su parte más destructiva-, y lo que tiene que ver con nuestras vidas. Pero no había sucedido nada tan malo ni radical, inexplicablemente el rato que esperó delante del portal a que Glue volviera de sus recados, fue muy revelador. Estaba especialmente a gusto a su vuelta, y empezó a menospreciar el país extranjero que lo había acogido y con el que, si embargo, no había congeniado. En aquellos minutos de demora, creyó que todo podría volver a ser como antes, pero su forma de renunciar y de 16


aceptarlo, cuando Glue había querido romper, le hacía tener dudas de lo que sentía acerca de ella. Posiblemente, no fuera amor. Descubrir esto lo enfrentó con sus sentimientos y emociones, ¿era posible que fuese un tipo tan enrevesado y poco de fiar? Ella siempre lo excusaba, después de todo no se creía mejor que él. Cada vez que él se había cuestionado a si mismo en voz alta, Glue lo había defendido hasta convencerlo de que el mero hecho de hacer autocrítica quería decir que era bueno; mejor que la mayoría de la gente. Incluso aquella tarde, en la que apenas habían tenido tiempo de hablar, Glue había aprovechado una oportunidad en el metro para decirle que aquello que estaba haciendo era digno de un buen hijo, y que lo valoraba. Ella sabía que tenía sus debilidades, que a veces bebía más de la cuenta o que había frecuentado a una mujerzuela a la que había conocido en plena calle, sabía que le costaba enamorarse aunque lo fingiera y que se creía el hombre más egoísta del mundo aunque no lo era en absoluto, y menos mal que no aspiraba a ser perfecto como algunos repeinados a los que había conocido en otro tiempo. Era suficiente para ella, o lo era todo, según como se mirase; no quería renunciar a él, pero no sabía si podría retenerlo sin comprometerlo de nuevo. Por muy nervioso y activo que fuera, en lo que tenía que ver con ella sabía contenerse y ser paciente, y eso era más de lo que necesitaba para empezar una nueva etapa, que, al fin, era lo que parecía que estaba sucediendo. De camino a casa, una vecina la paró para indicarle que como cada año, asociación del barrio haría una fiesta navideña una semana antes de navidad y que estaba invitada. Aquellas fiestas, ya lo había podido comprobar en años anteriores, no eran exactamente fiestas burguesas. Su esencia era popular, con vasos y plato de plástico, dulces caseros y vino y sidra barata. Todos acababan bastante perjudicados al final, cantando agotados y contándose problemas personales en un momento en el que sólo le iba a servir de desahogo y que a la mañana siguiente seguirían estando ahí. El problema de esas fiestas, según Glue lo veía, era que a pesar de no tener criados para poner la mesa, lo que se solía hacer en la sala de juntas de la asociación de vecinos, algunas mujeres que trabajaban en la fábrica de conserva, se empeñaban en ponerse sus abrigos de pieles y sus joyas, porque era una de las pocas ocasiones que podían hacerlo en todo el año. Hubiese reaccionado violentamente por la falta de comprensión que esa actitud destilaba con otros que no tenían la misma suerte, pero sobre todo, a Glue, aquellos que intentaban parecer lo que no eran, le parecían extremadamente ridículos. La imaginación se le ponía a cien, y aunque en la fábrica de conservas pagaban bien, sabía que muchas de las casas de aquellos nuevos ricos asalariados -por así llamarles, si después de todo era lo que ellos pretendían-, eran casas húmedas y viejas como las otras casas sociales que habían dado vida al barrio desde siempre, y que por mucho empeño que pusieran en ello, tendrían que utilizar sus abrigos para estar en casa y no pasar frío. No era una pensamiento deseable, ella nunca había pensado en una masa de gente toda igual y los que se salían de la norma daban un colorido kitch al total que era muy deseable, sobre todo para artistas visuales como los pintores o los fotógrafos. Siempre había huido de lo convencional, pero la reunión vecinal de navidad del barrio, la superaba. “¡Es absurdo comer turrón barato en platos de plástico con abrigos de pieles, y eso sería lo de menos, pero cuando se arrancan con los villancicos no lo soporto!”, pensaba cuando ya podía ver a lo lejos la figura de Sammy esperando y fumando un pitillo delante de la puerta. Se detuvo para lamentar su retraso y buscar las llaves en su bolso, llevaba algunas bolsas y él la ayudó. Parecía cansada, no era extraño, pero también decaída y tuvo dudas acerca de si sería más serio de lo que parecía. En un hilo de voz le dijo que había llamado a Soyoku, su exmarido y le explicó la razón, él la había estado buscando y quería hablar con ella; también le contó que una vecina le dijera que se pasara toda la tarde esperándola delante de aquella misma puerta. Y a continuación le soltó que podía encerrarse en su habitación y que no tenía que soportar sus elucubraciones si no lo deseaba. Después de mirar la cara que le puso a ese comentario, añadió que si lo deseaba podía estar con ellos, nadie se molestaría por eso. Añadió que tenía días en los que se ponía muy pesado y que no se hacía responsable de nada. Imposible entender lo que quería decir con “pesado”, o a donde llegaba el significado de esa palabra. Es se trataba de temer que tramara algún 17


discurso en su contra; tal vez no supiera que él se encontraba allí, pero Sammy prefería estar un rato con ellos y ver como se desenvolvían. No sabía si eran celos, y se repetía que no estaba enamorado, pero cuanto más lo hacía, más crecía su interés por aquella reunión. Todos tenemos al menos dos formas de enfrentarnos a los contratiempos, uno más pausado y reflexivo y otro más visceral y desafiante. Glue solía exhibir su paciencia por encima de todo, pero su lado más primitivo existía aunque permaneciera mucho más tiempo oculto. No le resultaba fácil superar el día siguiente a una fuerte discusión, se le quedaba mal cuerpo y todo era peor cuanto más apreciaba a la persona con la que había discutido. Eso tal vez se debía a que le daba un sentido trascendente a todo. Sabía que mucha gente ni se acuerda de las discusiones al día siguiente, pero ella seguía dándole vueltas al día en que le había dicho a Soyoku que todo había terminado, o también, al día en que le había dicho a Sammy que podían seguir viviendo juntos pero debían acabar con la parte sentimental. “Con diez años más no estaré segura de poder retenerte, por eso prefiero dejarlo ahora, ¿es tan difícil de entender?”, le había resumido gritando. Además de aquello, estaba su necesidad de sentirse ocupada y desear volver a trabajar en alguna cosa. Después de eso, él había buscado trabajo en el extranjero, y, aunque habían seguido en contacto, nunca se había arrepentido tanto de haber sido tan directa.

3 Los años no condenan Sammy enseguida observó que Soyoku era u tipo bastante anodino y que no tenía mucho interés en salir adelante en la vida. No tenía trabajo pero tampoco parecía demasiado interesado en buscar uno, pertenecía a ese tipo de hombres que caen de pronto en una desidia galopante que los va consumiendo. Aquella noche no se sinceró con Glue porque él estaba delante pero se quejó de que todo lo iba mal y que intentaba salir adelante como podía. No era fácil mantener una conversación equilibrada con un hombre así, en absoluto, y aún más, si de Sammy dependiera “no le daría tanta bola”. Se enrollaba en sus cosas como una serpiente moribunda. Pero allí estaba, compartiendo la noche de cháchara con Glue y su ex, no iba a renunciar de pronto después de saber lo que se cocía allí, como si estuviera tutelando sus decisiones. Pero había que echarle paciencia para asumir aquellas dos horas que duró la reunión. Casi tuvieron que ponerle su abrigo en la mano y hacerle ver que era tarde y estaban cansados. Así las cosas, Sammy volvió a sentir que Glue lo miraba cuando creía que él no se daba cuenta, lo observaba con ensoñación como si lo situara en otro entorno para hacerse una idea de como funcionaría allí, tal vez en zapatillas, fumando una pipa y leyendo el periódico, ¿sería eso posible? ¿Podría ella llegar a imaginar cosas semejantes? Fue en ese momento, un minuto antes de irse a dormir, que ella se mostró más dulce de lo que recordaba y bajó todas sus defensas para agredecerle que hubiese estado en la reunión y hubiese conocido a Soyoku. Perecía tener un profundo sentimiento, un afecto inesperado e inspirado en aquella presencia, que al fin, a él no le había parecido para tanto. Entonces ella lo besó en la mejilla mientras le acariciaba la otra mejillas con la mano y se fueron a dormir. Esa noche, sin saber de donde le vino, como si se hubiese tratado de una imposición del sueño, o aún peor, de su propia imaginación, se le vino desearla como no lo había hecho desde su separación. No tenía la fuerza suficiente para resistirse a un sueño, pero si podría hacerlo si pasada la noche, con el nuevo día el desafío de la realidad lo buscaba en su principiante somnolencia. Se levantó a media noche y estuvo leyendo hasta que la primera luz del día entró por la ventana, se comió una 18


chocolatina que había guardado de su gabardina y se entretuvo mirando a los taxistas ir tomando posiciones en la parada. Evitó pensar en Glue y se centró en el cura Smithy Lablanque, del que no tenía demasiadas referencias, aunque lo había visto un par de veces. Si su madre había sido tan generosa con él como recordaba, justo era que él le devolviera una parte de esa generosidad en un momento tan difícil. De haber sabido que pensaba así, su tía Karina le hubiese dicho lacónicamente, “tu no conoces a los curas”, y no la hubiese sacado de ahí, pero hubiese sido una advertencia suficiente. Se volvió a meter en la cama intentando dormir una hora más, pero cuando se levantó eran más de las diez de la mañana y Glue había salido y había comprado bollos, la casa olía a café recién hecho y estaba sentada leyendo el periódico del día, perfectamente arreglada y lista para lo que el día le pudiera deparar. -Me casé con un inconformista -dijo Glue mientras él se servía un café-. ¿Cómo pude vivir sin darme cuenta? -Lo querías, eso suele volvernos muy ciegos. Además, estabas demasiado cerca y no tenías perspectiva. Tal vez conmigo te pasó lo mismo y aún no te has dado cuenta... -No digas eso. La única culpable de nuestra rotura fui yo, tu te portaste con mucha elegancia. Nadie sabe lo que me pasó por la cabeza, ni yo misma lo sé -lo interrumpió porque no deseaba que pensara libremente al respecto y pudiera hacerse una idea equivocada. Le temía a su imaginación, y tal vez, temía que pudiera acertar porque se avergonzaba de sentirse tan mayor y nunca se lo había dicho, pero empezaba a estar claro-. Es posible que temiera que encontraras otra mejor, pero sigues aquí. -Sí, pero sigo aquí -él, de nuevo, no era del todo sincero. Se había escrito con una chica durante algún tiempo, y estaba deseando verla, pero de eso no iba a decirle nada. Al fin y al cabo, cuando empezó a escribirse con aquella otra mujer, ellos ya no eran pareja. Sin embargo, al observar ahora sus reacciones, sus miradas y sobre todo, la dulzura con que lo había besado la noche anterior, empezaba a creer que se había precipitado. Alrededor de la parroquia había casas importantes, grandes, soleadas y bien construidas, todo lo que una parroquia necesita para sobrevivir con donaciones. Recorrieron aquel lugar en el que Sammy había estado otras veces acompañando a su madre, pero de eso hacía mucho. Se preguntó si el motivo de sus desencuentros se debiera a una visión tan diferentes de la religión, la políticas migratorias, los rechazos políticos, la disciplina y otros dogmas en los que ella parecía inamovible. Smithy Lablanque los estaba esperando y sin saber de qué se trataba el asunto que los convocaba, y después de su conversación del día anterior con Fachisti, no se sentía muy receptivo. Pero como es sabido, la falsa amabilidad de los curas es notables, aunque desde el principio tengan muy claro que no te ayudarán les pidas lo que les pidas. También cabía la posibilidad de que Sammy quisiera hacer un descargo de conciencia, en cuyo caso lo escucharía en confesión y a continuación le mandaría rezar diez ave Marías y cinco padrenuestros, hasta ahí si que podía llegar. Glue comentó acerca de los hombres encorbatados y trajeados que subían a sus grandes coches de marca sin apenas dejar sitio para pasar, al cruzarse con ellos. Dieron una vuelta por el barrio porque la arquitectura era sobresaliente y eso demostraba un fuerte talento artístico, pero no tenía necesariamente nada que ver con los burgueses que las ocupaban. Las casas de los irlandeses estaban especialmente engalanadas para navidad porque nadie era más religioso que ellos, decían, y lo querían demostrar al aproximarse la navidad. Era en los paseos, Sammy lo recordaba de siempre, cuando Glue lo escuchaba con más atención, lo dejaba soltar todo lo que tuviera que decir, incluso lo que se le ocurriera en el momento, sin interrumpirlo. Se ponía en modo stand by, sin correcciones, sin añadir nada, sin contraindicaciones. Se sentaron en el banco de piedra delante de la iglesia para tomar aire antes de entrar y allí el le contó que hubo un tiempo en que su madre iba a misa con frecuencia, y que se había sentado en aquel banco alguna vez, esperando para llevarla a casa. Smithy Lablanque salió de la iglesia y se acercó para hablar con ellos, por algún motivo supo que se trataba de la cita concertada el día anterior. 19


Es difícil saber cuando un cura te engaña, sus pensamientos están protegidos como se protegen las contraseñas. No hay síntomas ni señales que los delaten, porque incluso en el caso de que no tengan nada que ocultar sin sin mostrar emociones y con esa voz de no haber roto un plato en su vida. Sammy sabía como eran ese tipo de personas, había conocido algunas de ellas y no todos eran curas, claro está. No le hizo falta preguntar como iba la madre de Sammy con su vida, porque él voluntariamente le contó todo creyendo que él los ayudaría. La verdad era que no había sido idea suya y que su madre le sugirió que hablara con él porque ayudaba a mucha gente. Seguramente ayudaba a los más pobres que se acercaban a la parroquia dándoles un bocadillo alguna vez, pero por su silencio, no hizo falta mucho más, Sammy comprendió enseguida que no les iba a ayudar. Aquel cura que pasaba de los sesenta parecía demasiado apuesto y preocupado de su imagen para ser lo que se esperaba de él. El ridículo pelo, completamente blanco y peina hacia atrás como algunas estrellas de Hollywood lo hacían e los años cincuenta, le daba una aspecto que no deseaba pasar desapercibido, además estaba aquella piel tersa bajo la que se adivinaban las cremas antiarrugas, y para terminar, los dos enormes anillos de oro, uno con un cristo y otro con una virgen, todo muy adecuado. Posiblemente no había un ápice de grasa en su cuerpo, o así lo anunciaba aquella piel de buena calidad que sólo se daba en gente que cuidaba su alimentación hasta el extremo. Como todos los hombres, puesto en fila esperando un pelotón de fusilamiento, encorvado por el miedo, con la cabeza rapada y desnudo, parecería menos que un perro callejero, pero allí delante, perfectamente estirado y cambiando su ropa interior cada día, su aspecto era poderoso sin necesitar más que hablar en un hilo de voz de falsa compasión. Glue lo miraba como si estuviera viviendo una alucinación. No fue una conmoción cuando el cura de la forma más educada, pero sin dar una excusa, rechazó ayudar. Se limitó a decir que la iglesia no entraba en ese tipo de problemas. No tardaron más de un cuarto de hora en terminar la reunión. Para terminar el abrió un cajón y les dio un rosario pidiéndoles que se lo hicieran llegar a Ruhe, y a ellos les dio unos calendario con San Lorenzo pidiendo que le dieran la vuelta a la parrilla. La madre de Sammy ya no iba a esa iglesia, tenía otra más cerca de su casa. Años atrás, había sido chocante verla pasar delante de sus vecinos y no entrar con ellos en misa, para darse una caminata y acudir al sermón de Smithy. Tal vez se había tratado de un enamoramiento, los curas suelen ser hombres bastante coquetos, y con frecuencia algunas, y otros jovencitos, mujeres se enamoran de su pretendida espiritualidad, pero nunca lo confiesan. Si eso sucedió, ella supo mantener las distancias y nunca dio motivos para las habladurías, sin embargo, había que reconocer que era muy extraña y fatigosa, aquella conducta. Cuando volvía a casa, aún tenía tiempo de leer la biblia y hacerle algunas apreciaciones acerca del sermón del día a Sammy. Recitaba con fuerza en la voz y emoción disimulada, algunos pasajes de la traición de judas con frecuencia, que era la parte de la historia de Jesús que más le gustaba. “El nuevo testamento es la historia de una traición”, repetía, “todo lo que sucede es una preparación para ese momento”, matizaba con su alma de poeta. Por supuesto, Ruhe no podía adivinar cuánto molestaba a Sammy aquella conducta, y continuaba comentando acerca del cura y las conversaciones que tenía con él, hasta que conseguía que Sammy saliera de casa con la excusa de ver a algunos amigos con los que había quedado. Parecía como si los curas se pasaran la vida esperando los momentos de debilidad de la gente inocente, para meterles un rosario en la mano; lo que no podían sospechar era que después de la visita de Fachisti, había hablado con algunas vecinas de confianza y les había preguntado por la inclinación política de la señor Ruhe. Podía estar tranquilo, ella no era una comunista. Otra cosa, sin embargo, que no pudo aclarar fue por qué su hijo nunca la había acompañado a misa, y eso le hizo albergar muchas dudas acerca de él. Después de todo, las sospechas de Fachisti podían ser ciertas y que quería que aquella reunión se alargara más de lo necesario. Por algo de lo que el cura dijo, Sammy se dio cuenta de que había estado preguntando por su familia en el vecindario. En lo traidor que puede ser un cura era en lo único que podía pensar en esos momentos, en como habían vendido a muchos resistentes durante la guerra. Acudían a ellos pidiendo 20


ayuda y protección, y los hacían hablar y hablar hasta que sabían donde se escondían, entonces se lo decían a las autoridades; ha pasado en muchas partes del mundo. Todo muy callado, muy discreto, sin que nadie lo supiera, en conversaciones a puerta cerrada. Pero del mismo modo que se sintió deprimido por la entrevista con el falso galán de alzacuello, en un minuto, Sammy se sintió eufórico cuando Glue le dijo que también quería ayudar y que tenía suficiente ahorrado para aportar lo que faltaba. -Ya has hecho suficiente. Creo que si mi tía se estira como espero, no hará falta más -le dijo con un tono de indudable agradecimiento. -¿Suficiente? ¿Tan pronto? -preguntó ella que no conocía las cuentas que él llevaba escritas en una simple hoja cuadriculada. Sabía que la cantidad no era tan preocupante después de todo, pero aún así su expresión de sincero compromiso invocaba que alguien le permitiera ser parte de aquella familia que acababa de conocer y le resultaba tan cercana. También tenía la esperanza de que Sammy estuviera siempre cerca de ella, y quería establecer los cánones de una nueva relación. -¡Por supuesto, lo hemos conseguido! -respondió mostrando su dentadura tan amplia como era en un gesto de satisfacción. De ninguna manera se le habría ocurrido pensar que pudiera ser de otra manera, pero no tan rápido -. Todo está aquí, en este papel. En realidad el cura era una excusa para poder decirle a mi madre que le había pedido ayuda, y porque ella quería que lo hiciéramos, pero desde el principio sabía que iba a decir que no. Creo que todo lo que ella quería era saber de él, y voy a tener que decirle que sigue siendo el mismo encantador de serpientes del pasado. Glue lo miró intrigada, pero no creía que las palabras de Sammy ocultaran nada grave. Tal vez aún le faltaba algo de dinero, pero él sabía como conseguirlo sin implicarla. Por supuesto, él siempre había intentado buscar lo mejor para todos, era de ese tipo de hombres que tiene su propia idea de como han de levar las cosas, sin dar demasiadas explicaciones. Era el momento de irse, Glue y él estaban a punto de abandonar la sacristía, donde habían sido atendidos. El cura hacía que había salido y cuando Glue se asomó detrás de los visillos para verlo, pudo comprobar hasta había llegado animándolos en la falsedad de sus palabras. Allí estaba, en el jardín exterior saludando a Fachisti y a sus tres amigos, “los guardianes de la moral”. Les señalaba hacia la ventana desde donde ella miraba. Llamó a Sammy y el profirió una terrible maldición que resonó en los cimientos del infierno, un súbito acento de instintiva rabia por no haber previsto aquella crueldad. Debían demostrar su ingenio y envitar enfrentarse a aquella fuerza bruta que no buscaba nada bueno. -Uno de ellos lleva gafas oscuras, tal vez para no ser reconocido, y otro se ha puesto guantes. Los de los guantes ya lo he visto antes en los guardias de seguridad de los centros comerciales, se los ponen cuando va a haber follón, pero con este frío cualquiera podría pensar que no es por eso -afirmó Sammy. -Podemos llamar a la policía -dijoGlue. -No. Prefiero que no. Tengo multas pendientes y casi prefiero vérmelas con éstos. Al principio creyó que Glue no estaba preparada para salir corriendo, pensó que no debería haberla metido en aquello, sin aclarar el peligro que corría, visto lo persistente que podía se Fachisti, pero lo cierto es que ni él mismo había imaginado que se lo encontraría allí. Vio la expresión de emoción frente al riesgo de Glue y comprendió que se sentía nerviosa pero viva a la vez, y que de alguna forma que nadie entendería, estaba disfrutando frente a aquel peligro. Los ojos dulces y castaños lo miraban con confianza, asegurando que de él dependía salir de aquel laberinto y que sólo él podía darle solución. -Los haré correr detrás de mi. No te preocupes. Espera a que desaparezcan, a la izquierda en la siguiente calle hay una parada de taxis. No te detengas hasta que estés dentro y vuelve a casa. Aquella mañana fue la más sofocante que recordaba en los últimos años. Sammy tuvo que saltar la verja de hierro con puntas de lanza, se le enganchó el abrigo y tuvo que deshacerse de él. Al actuar 21


así, buscaba huir, pero también poner a prueba a sus perseguidores, porque conocía sus condiciones físicas que sabía que eran buenas, pero no las de ellos. Tanto de una forma emocional, como desde la más irreflexiva de sus decisiones, tener a aquellos tipos corriendo detrás era más peligroso de lo necesario, pero no podía hacer otra cosa, dejar de correr era el desastre. Entró en un centro comercial y ellos lo hicieron detrás. Él chocaba con algún cliente, pero ellos, al correr en grupo parecían dispuestos a chocar con todos, carritos y stand promocionales. Eso le proporcionó alguna ventaja. Uno de sus perseguidores se estampó contra una puerta de cristal y se levantó sangrando por la nariz. Glue le había dado las llaves y eso era un nuevo compromiso, aunque no una relación sentimental; así lo veía. Cuando consiguió despistar a los nazis, se dirigió a casa de Glue y en la puerta del portal miró la llave y la agitó mientras la miraba pensando que al menos aquello marcaba una nueva diferencia. Nadie conocía donde estaba, ni siquiera Smithy Lablanque y su tropa de fisgonas dispuestas a darle la más delicada información -Sammy había hecho un examen para entrar a estudiar en un taller profesional años atrás. Era un lugar dependiente de las subvenciones eclesiásticas. Le había salido relativamente bien, y cuando ya creyó tener su plaza le habían llamado diciendo que otro compromiso previo lo hacía imposible. Siempre creyó que los curas habían pedido informes en el vencindario- “Funcionan así”, se decía sentado en las escalera mientras cogía fuerzas para subir y acabar su carrera matutina. Su paradero era totalmente secreto, y ni su madre, a pesar de su contacto con Glue en el pasado, sabía donde vivía. Eran cómplices una vez más y Glue quiso celebrarlo. Era su forma de soltar la tensión de los últimos días, descongeló medio pollo en el microondas y lo puso al horno, después el se divirtió contando como resbalaban aquellos tipos en el suelo recién fregado del centro comercial y sobre todo, bebieron vino, una botella de vino siciliano que ella guardaba en una vitrina como quien guarda un santo en un altar. Se lo comieron todo, y lo acompañaron con puré de patata y tomates. Al acabar quedaron como en un estado de inconsciencia y se sentaron juntos en un sillón del que lo único que sobresalía eran sus dos panzas llenas a reventar. Fue entonces cuando observó que ella, de nuevo, lo miraba atentamente. -Quiero que te quedes -le dijo frotándose la frente con fatiga-. Quiero decir de forma indefinida. -Bueno, si eso es lo que quieres... Por fortuna no tengo otros planes, no he reservado nada en ninguna otra parte. No soy un gran tipo, pero me gusta dejar las cosas claras, no tengo a donde ir y me vendrá bien por un tiempo, después ya veremos. -No te quiero tener como un amuleto. A mi también me haces falta y estoy pensando en volver a trabajar. Me ha ofrecido algo en una galería de arte. -¿Algo? -preguntó sin convicción. -Tengo una amiga que expone en su galería los cuadros de artistas que aún no son reconocidos pero pueden llegar a serlo en cualquier momento. Toda una aventura. Necesita alguien que le ayude en el proceso, y eso quiere decir hacer de todo, desde abrir la puerta, hasta ayudar a los operarios a colgar los cuadros. Me gusta creer que sería una supervisora, tendría que ver que todo estuviera bien para cuando ella le dé el visto bueno. Pero, no creo que pueda decir que voy a cobrar una gran cantidad. Suficiente para una temporada. -Pero no te hace falta... -Sería una forma de ponerme de nuevo en marcha. Creo que busco un cambio, pero sólo lo creo. No estoy segura de nada, como siempre. -Mira Glue, eso tenemos que hablarlo con más detenimiento. No quiero ser la causa que cambie tu vida. Tienes tus costumbres y tu comodidad. Fue en ese momento cuando Sammy se dio perfecta cuenta de Glue era tan delicada y vulnerable como una mariposa, pero lo que le resultó aún más revelador fue derivar en su propia inseguridad. Eso le hizo sentir incómodo consigo mismo y ella nada tenía que ver con esa incomodidad, al contrario, ella representaba la seguridad que echaba de menos y no pudo negar esa verdad que lo venía carcomiendo desde su vuelta; la necesitaba. No tuvo que esforzarse para aceptar la idea inicial 22


de quedarse una temporada. Tanto si le gustaba como si no, ella iba siempre por delante. El juego del amor y de los afectos es un castillo de naipes, sobre todo en lo que concierne a la otra persona. Uno sabe cuando parar si nota que no le va bien, pero sigue adelante y a ciegas cuando se trata del amor ajeno. Tal vez no estaba siendo cuidadoso con eso y sabía que podía causarle un gran daño si la decepcionaba, por eso, una y otra vez le repetía, “es algo provisional, aún no sé qué voy a hacer con mi futuro”, y aceptaba la dulzura de sus besos de buenas noches.

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el conflicto de lo frágil  

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