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Para Alejandro García González

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José Ramón Muñiz Álvarez

“SONETOS Y OTRAS TROVAS DE LOS SIGLOS” PARA ALEJANDRO GARCÍA GONZÁLEZ “Introito prosístico para un amigo” Los clásicos nos dictan sus palabras, y, en ellas, contenidos, encontramos extraños pensamientos de otras épocas. Los siglos han volado, como vuelan los negros estorninos por el aire que llora los otoños desolados. Y el paso de los siglos aun conserva la magia de esas voces que encendieron la luz que no fue dada a los más necios. No es cierto que este tiempo en que vivimos presente más nobleza que los días lejanos que admiraron a los césares. La voz de los imperios se ha apagado con los republicanos que nos compran con oro falso y falsas democracias. Las cosas más auténticas que hallamos nos llegan de unos tiempos tan remotos que haremos de dudar si son historia. Yo sé que tú conoces esos logros que hicieron que esta Europa empobrecida luciera con el brillo de mil soles. Yo sé que lo valoras, que no dudas, que te mantienes firme y que defiendes que tiene su valor el mundo antiguo. También lo digo yo, y, como lo sabes, comprendes que yo siempre me intereso por cosas que son viejas como el mundo. La llama de los clásicos nos llega de un tiempo tan lejano que imagino que fue un momento duro, pero clave. Y quienes habitaron ese tiempo no hablaron con desprecio de los brillos que ofrece a los saberes la memoria: entonces los más jóvenes


sabían seguir la explicación de los más viejos y amar en ellos viejas tradiciones. Quizás la vieja Roma mantenía la llama de una Grecia en decadencia que fue más grande en tiempo más lejano. Y aquella Roma es madre de estas tierras: el mundo del romance y los juglares nació de aquella herencia, sin saberlo. Los clérigos de entonces mantenían en viejos monasterios esos textos que habitan hoy las nuevas bibliotecas. Y todo ese saber es patrimonio que no sabe apreciar el estudiante que vive obnubilado con lo nuevo. Yo quiero recordar, como tú sueles, los tiempos más difíciles, los años de esfuerzo y de ilusión en las lecturas. No solo los romanos y los griegos, los viejos trovadores, por ejemplo, son parte que revive en nuestras voces. Te puedo hablar, si quieres, de esas veces que pude amar, discreto, algún romance cantado en viejas zonas de mi tierra. También los escuché en esa Castilla que es árida y hermosa, pero parda, y huele a pan y a vino en cada parte. El fuego invita siempre, en bodegones, al canto de los viejos romanceros que vuelven a dar vida a los castillos. También te puedo hablar de aquellos siglos que ardieron con valor en las Américas, después de las hazañas del guerrero. Los viejos españoles, ambiciosos, hicieron de su imperio como un himno de gloria y decadencia al mismo tiempo. El siglo de sor Juana es ese siglo que pudo ver a Góngora y Quevedo reñir en verso bueno en la metrópoli. Y el caso es que, del modo en que ese Góngora, tal vez un buen Quevedo, Lope acaso, los clásicos latinos nos alientan. Igual que tú, conozco la poesía tejida con paciencia por Virgilio, si bien en traducciones mejorables. Y a Ovidio yo lo tengo por bandera, que


es uno de los grandes, cuando cuenta relatos mitológicos curiosos. No es esta época pobre y orgullosa, los años que nos tocan, por desgracia, momento para el auge en la cultura. ¡Quién no quisiera ver el Siglo de Oro, los griegos, los rapsodas que cantaron a Ulises al comienzo de las letras! ¡Y todo pese a Wolf, que suponía que nunca existió Homero, que las gentes hilaban los relatos del folclore! Tal vez haya una corte principesca de siglos venideros o pasados que acoja a los que sienten la poesía. Pero he de referirte, en este punto, que no es verdad que el tiempo que nos toca lo pone fácil al ingenio cauto. Lo digo porque amantes de las letras, cantores y prudentes en el arte de dar vida a lo bello se abandonan. Hoy día nadie paga la poesía ni quieren escuchar ya los curiosos romances de las gestas legendarias: el Cid, el conde Dirlos y Guarinos acaso son palabra en el olvido. Y acaso don Quijote y su bravura son cosa de otro tiempo en estos días de ruidos y violentas discotecas. Y, huyendo de esos ruidos insolentes, prefiero imaginarte en los ensayos, cantando con tu grupo lo diverso. En ese repertorio tan extraño parece haber belleza, y el folclore se mezcla con las músicas más cultas. Mas luego, en el retiro de tu casa, cansado tras jornadas tan intensas, un poco de lectura es algo bueno. Por eso he de ofrecerte estos sonetos: son signo de un amor a la cultura que va quedando atrás, triste y pacata: el viejo testimonio de maneras de hacer las trovas bellas con la rima, de hacer el verso hermoso y bien ritmado. Sonetos, espinelas, silvas libres podrán entretener, si las aceptas, las horas más tediosas que da el ocio. Tal vez, benevolente, me respondas que soy capaz de


hilar imitaciones de artistas que lo fueron otras veces. Algunos me dirán –quizás tú mismo- que no es justo robar un arte bello, pues ese es el jardín de los más grandes. Yo pienso que el ejemplo de esos clásicos no debe fatigarse a la deriva, perdido por los mares de la nada. Serás lector, en fin, de estos sonetos, labrados no sin algo de trabajo, y algunos versos más que los arropan. Tú sabes que el soneto es buena cosa, que es bello hallar momentos solitarios y darse a la lectura del soneto. No importa si contienen estrambotes, si muestran el más alto epifonema o tienen más profundas reflexiones. Siguiendo los ejemplos del Barroco, paréceme correcto hacer sonetos, y hacerlos como hicieron esas gentes. Pero, si hay gran virtud en los sonetos, que son exhibición de cualidades, no quieras rechazar cosas distintas: en este caso, quiero que recibas, con los sonetos mismos, otras piezas diversas que pudieran divertirte. Y no has de ser severo si haces crítica: supón que todo cuesta algún trabajo, que nunca es cosa fácil la poesía. Las voces esmeradas de poetas lucharon por alzarse en la batalla con la palabra libre y levantisca. Queramos prisionera a la palabra en esa cárcel bella de la estrofa que canta con amor a lo perfecto. Soneto I La escarcha pura conquistó los suelos, el prado y sus malezas, los verdores, los robles que soportan los rigores de brisas que dibujan raros vuelos. La luz del alba que alcanzó los cielos, hiriéndolos con claros resplandores,


el hielo denunció con sus colores, no lejos de los tristes arroyuelos. El brillo saludó, desde la altura, haciendo la promesa no debida que hablaba de la tarde del verano. Y supo despertar la nieve pura el eco perezoso que dormida la pudo ver perderse en lo lejano. Soneto II No pudo alzar sus brillos con la helada que quiso prisionera en sus cristales la llama cuyos raudos vendavales voceros son del viento y la invernada. Mas pudo ser sensible a su llamada, que el alba, reflejando manantiales, granizo halló por todos los cordales, las cimas de la sierra al fin nevada. Y, al recordar los días de deshielo, soñó el regreso pronto a sus parajes el árbol moribundo de otros días. Y supo imaginar por ese cielo los negros estorninos en paisajes que ignoran esas horas siempre frías. Soneto III Hablemos nuevamente del hechizo que llega conquistando la ventana, del hielo que nos llega a la mañana, si quieren los inviernos su granizo: el viento lo hace suyo a cada rizo, lo llena alegre el alba si, temprana, romper lo ve la sierra con desgana


y el llano que lo sabe tornadizo. Hablemos de la luz de su pureza, dejada al alba clara que lo mira, que sabe la belleza en su blancura: cubriendo va su hielo la maleza, la luz del alba dice que delira y advierte sobre el suelo la blancura. Soneto IV Los años de la vida van en vano dejando atrás su gracia y la alegría que espera silenciosa donde, fría, la nieve va cubriendo monte y llano. El brillo silencioso en lo lejano hallaron del crepúsculo aquel día las gentes, al cruzar la serranía, tras ver morir el astro soberano. Camino hizo la noche de camino por la montaña triste y por los valles que saben del destino de la vida. Por eso el que camina peregrino y rumbo y paso pierde por las calles su fin advierte donde el mal anida. Soneto V Las sierras y sus cimas encrespadas, mirando los abismos de la tierra, parecen un castillo que se cierra detrás de cordilleras alejadas. Los cielos nos anuncian las nevadas y llegan otra vez, con dura guerra, a valles donde quiere ya la sierra las horas del inverno secuestradas.


Las cumbres vio la brisa, cuyo hielo tomar quiso el picacho desolado que un cielo azul espera nuevamente. Veréis correr, llegado ya el deshielo, las aguas del riachuelo alborotado que saber desbordarse en su torrente. Soneto VI Diréis que en el cantón de los Grisones, después de la estación que se eterniza, el cielo va vistiendo su ceniza sus negros y callados nubarrones. Son estos los abismos, las prisiones que lloran con la nieve primeriza, si llega ya la brisa y se desliza, debajo de los altos farallones. Hallar las cosas desde tanta altura nos da el orgullo de mirar el mundo sin vértigo, al buscar en el abismo. De nuevo nuestra fuerza se apresura en raros pensamientos, si, profundo, Heráclito retorna hacia sí mismo. Soneto VII Mirad en los castillos de la helada la escarcha que derrite sus colores, callada bajo claros resplandores, si vence sus bastiones la alborada. Mirad ese palacio y la nevada que sabe de los altos miradores, vecinos de los viejos surtidores nacidos del deshielo y de la nada. Mirad ese rincón donde el verano


vendrá para librar ese paisaje cautivo del invierno de la sierra. Castillos son en este mundo ufano, si no palacios bellos de un linaje que en hielo su rincón callado cierra. Soneto VIII El brillo de un ocaso pendenciero pudimos ver en donde, derrotados, sus rayos se sintieron fatigados después de recorrer tanto sendero. El vuelo de las llamas del lucero, si corre por el cielo, entre dorados, nos muestra sus colores apagados, heridos por el beso del enero. La noche es el abismo más profundo que aguarda ese silencio que bosteza después de desplomar el occidente. Y, viendo su lucero moribundo, sus luz rendida sobre la maleza, el aire se hace triste de repente. Soneto IX La vieja soledad de los caminos nos llama nuevamente a su tristeza, que somos, caminando la maleza, en este valle raros peregrinos. Tal vez como viajeros anodinos nos ven cruzar en pos de la certeza que el desaliento quiso, la dureza de vientos que se agitan repentinos. Mirad donde se agita ese milano dichoso si, al mirarnos desde arriba,


veloz sigue su vuelo por la altura. El aire cruzará, correrá ufano, sabiendo que, sin fe, la llama viva miramos del ocaso que se apura. Soneto X No puede seguir triste ese camino que busca los umbrales de la muerte el que se desespera donde advierte los pasos que lo vuelven peregrino. De la fortuna gris se ve vecino el necio caminante cuya suerte en desfavorecido lo convierte, torciendo de este modo su destino. Por eso es el amor rara esperanza que sufren los que siguen el sendero en el que caminar es imprudencia. Mirad que todo gira y todo danza, que sigue hacia ese sino traicionero que miente con su mal y con su ciencia. Soneto XI No pudo ver más nieve por los suelos en medio de los viejos robledales, que todo advirtió triste entre cristales callados bajo el brillo de los cielos. En cambio, al escuchar los arroyuelos, sus ecos, cuando quieren los cordales decirlos entre fuertes vendavales, sus voces sospechó con sus deshielos. Y supo que las nieves, su blancura, su llamas y el color de su reflejo, habrían de perder esos bastiones.


Y el verde tomaría aquella altura, señor de cada luz, si es oro viejo prefiere reflejarse en sus mansiones. Soneto XII El viento se agitó en el desconcierto del valle en que la luz de la alborada halló el hielo en la cima alborotada del monte silencioso, mas despierto. Y vimos despertar el aire muerto, vencido por el eco que, en la helada, dispuso, con su aliento, en la nevada, forjar entre los hielos su desierto. Partieron ya los viejos estorninos que fueron a buscar otros lugares, las cumbres alejadas de esta sierra. El aire quiso darles los caminos que pueden alcanzar, sobre los mares, regiones olvidadas de la tierra. Soneto XIII Sabed que es en el bosque codicioso el beso de la escarcha y que, dañinas, los robles van cubriendo, las encinas, sus alas por el aire perezoso. El hielo, con su aliento silencioso, sabrá vencer en montes y colinas, amigo de las horas peregrinas que llegan si el inverno es alevoso. Y ved que no recuerdan los lugares el baile que describen, en su vuelo, bandadas y bandadas de estorninos. Quizá los hallaréis donde los mares


los muestran agitados en su cielo, buscando otro rincón, otros caminos. Soneto XIV El alba habrá de hallar en la nevada reflejos de sus brillos, su belleza, en tanto que despierta con pereza la llama de sus luces reflejada. Será triste fijarse en la hondonada, el hielo que la cubre y la dureza que atrapa los paisajes con destreza en el momento vil de la invernada. Y, yendo de camino, los senderos los parques mirarán donde el ocaso esparce sus dorados y su llama. Crepúsculos diréis en los oteros y el tiempo que se ciñe, siempre escaso, donde el ocaso triste se derrama. Soneto XV La luz resplandeciente se hizo beso en un jardín de hieles, pues el mundo, corriendo hacia el ocaso en un segundo, la luz del alba quiso en un exceso. Y el viejo peregrino, en su regreso, contempla, en lo lejano, moribundo, el rayo del ocaso, que, profundo, un surco ha de dejar bajo su peso. Y hieren sus colores donde, herido, renuncia, al acabar sus andaduras, el sol entre sus brillos relucientes. Mayor es el dolor de las alturas que miran el crepúsculo vencido


tras sierras encrespadas y valientes. Soneto XVI El hielo en las alturas se hace hermoso para el que busca mares en un cielo, conceptos sobre el ser donde está el hielo, razones del vivir más angustioso. Y sigue, indagador, en el reposo del viejo pensativo y el consuelo de hallar una razón a tanto duelo, y ver la luz del ser y ser gozoso. Mayores podrán ser para la ciencia los grandes argumentos, las razones que pueden desvelar un sinsentido: vivir hace más falta que nociones extrañas para hablar de la existencia, y versos que recuerden lo vivido. “Los viejos azulones” Los viejos azulones emprenden el camino, nos dejan para siempre, cuando buscan lugares alejados de los nuestros, rincones apartados que sienten esa brisa que no hiere, distinta del invierno que nos toma. También los estorninos sabrán alzar el vuelo; un vuelo que los lleva a otras regiones, un vuelo caprichoso que los lleva a zonas cuyo clima será en sus alas beso silencioso que no corta con filos ni con nieves.


Nosotros, sin embargo, tenemos que quedarnos y ver cómo descienden, con apuro, violentos, los granizos que se esparcen, que corren por el suelo, jugando a alzar su canto, un canto cuya voz es comprensible si sabes entender bien su lenguaje: ¿No escuchas la amenaza que esconde la belleza del canto del granizo en este invierno que aviva nuestra sed del tiempo bueno? No dice que la muerte derribe viejos robles ni venga con el hacha contra el álamo que aguarda, junto al río, los deshielos. Nos habla de tu muerte, del tiempo que te queda, del tiempo que me queda, si es que muero, vencido por el tiempo y por las furias que trajo la tormenta que hiela ya el cabello que fue joven un día y ya es anciano, igual que tú y que yo, junto al crepúsculo. “Palabras de la niñez” Habremos de saber lo que hemos sido: no quiero que olvidemos la importancia que tuvo la niñez para nosotros, pues ella nos premió con sus regalos: las aguas abundantes del deshielo, la escarcha que se esparce por los prados, la nieve que nos llega en la invernada, y acaso la esperanza del granizo


que vimos arrojado con violencia, después de un marzo triste y silencioso. No habremos de ignorar lo que nos dieron: tenemos que entender que aquellos bosques cuajados de humedades son la vida de aquellos años dulces que tuvimos: las hojas del helecho en el otoño, las aguas cristalinas de los charcos, el barro en las orillas del arroyo y acaso la esperanza de imposibles, de sueños y de extrañas fantasías al ver volar veloz al ratonero. Y están también la playa y sus arenas: a veces imagino que los mares nos abren una puerta a la aventura que no hemos apreciado los románticos: la espuma de las olas en las costas, las voces y el rumor de la galerna, las horas de silencio y de sosiego, y acaso los piratas que supuso la voz de nuestro genio, siendo niños en años tan distintos a estos años. Sabed que hay bucaneros todavía: los vieron los antiguos marineros que cobran la pensión y que caminan mirando las orillas de los mares: las algas de la zona del sargazo, las bestias y dragones de otros siglos, los barcos del vikingo a la conquista, y acaso alguna página perdida del libro de Salgari nos enseñan que hay mares en el fondo del espíritu. Y habremos de buscar en las cavernas: la hondura de la tierra nos atrapa con esa oscuridad que se hace mística,


buscando en las profundas oquedades: la noche de la tierra y su sigilo, la roca que se esconde entre la sombra, los lagos que se ocultan en la piedra, y acaso ese silencio penetrante que sabe a muerte y mira, desolado, sus rutas nos sorprenden de camino. “Los viejos edificios” Los viejos edificios mantienen la hermosura que vieron otras décadas, sus bellos corredores, sus paredes, balcones y ventanas que cuentan el pasado igual que los abuelos nos relatan historias del ayer, aquellos días perdidos para siempre, los tiempos de otro tiempo, pues, sin duda, los tiempos han mudado y las personas de entonces ya no están entre nosotros. La nueva primavera traerá gentes curiosas, distintas a nosotros, y así comprenderemos que este tiempo que vino a nuestras manos, en vez de ser regalo fue el préstamo mezquino que nos dieron para arrancarnos todo lo que queda del aire que respirado, del aire que tenemos mientras corre la suerte a sus lugares, que la muerte no habrá de perdonar lo ya vivido. Y sé que ese momento


de nuevas primaveras es un momento extraño, mezclando con la aurora ese crepúsculo que viene con tristeza, que hiere con sus luces y elogia con el oro que le dieron a los que, abandonados en la sombra, sabrán que es noche ya, que todos los caminos son peligro, que lobo llega todos los inviernos y solo han de escucharse ya los cárabos. Son unos mentirosos los viejos sacerdotes, los sabios de otro tiempo, los mismos que otras veces veneramos por libros que nos dictan extrañas falsedades, pues todos los filósofos nos mienten, jugando a ficcionar mundos soñados que no tienen sentido ni lógica que valga, pues no existe salida de la vid que no sea la muerte que nos toma para siempre. “Yo sigo la vereda” Yo sigo la vereda de viejas humedades que los bosques albergan al momento del ocaso. Me pierdo en los caminos y quiero imaginar que estoy gozando del mundo, de la vista, del entorno. También sienten fatiga las piernas que sostienen al viajero que quiso explorar llanos y montañas.


Comprendo que el aliento se torna en desaliento si el camino se vuelve interminable con la noche. A veces me imagino perdido en unos valles alejados, hermosos como densos son sus bosques. Allí las sensaciones se vuelven algo extraño para todos aquellos que recorren sus paisajes. Hay grandes desazones en ese lugar mágico que llora como hace el caminante en sus caminos. Es un rincón que habita quizás en el espacio incomprendido que no fue nunca espacio, que fue tiempo. A cada paso siento que hay alguien tras de mí, que me vigila, que no es parte de mí y está conmigo. Y pienso que pudiera tratarse de un curioso personaje que gusta de burlarse a cada rato. Quién sabe si es Silvano, si acaso es el Busgosu, que, en Asturias, arranca a las mujeres del camino. Me dice la prudencia que tal vez mi locura me acompaña por estos valles verdes pero tristes. Yo sé que es la tristeza que juega a perseguirme nuevamente, pues sé que este camino ya se agota. No ignoro que estoy solo, que debo ser yo mismo el compañero que viene tras de mí como inquietándome. O son, probablemente, tensiones que uno tiene en la aventura


de ser en esta senda un peregrino. Y entiendo que mis miedos disfrutan, sin dejar de acompañarme, de todas las penurias que soporto. Quizás es un demiurgo que juega, caprichoso, con nosotros, negándonos verdades merecidas. Acaso es solamente la llama de un temor de aquellos tiempos dejados en la infancia más remota. Posiblemente es algo que no pueden nombrar los que conocen su vuelo, verso tierno y melancólico. Tal vez es un misterio que no ha de conocer el que lo sufre, como la piedra herida por el musgo. “Las densas humedades” Las densas humedades que vieron en los bosques las gentes del pasado regresan nuevamente en el otoño, hablándonos quizás de esas nostalgias que viven atrapadas en el sueño, que hieren con su aliento, dejado atrás, perdido, como un fantasma serio que corre por los grises y las sombras que saben recordarnos que no somos y no habremos de ser lo que ya fuimos. Son esas humedades que se hacen melancólicas, tal vez desconcertantes, llegados a una edad en que no somos


tan viejos para vernos como ancianos ni vive en nuestro ser el alma joven que vieron los castaños, los robles de la zona, tal vez los eucaliptos de una niñez lejana y peregrina, viajera, aventurera en el camino del tiempo que, sin prisas, nos estafa. Son esas humedades que vuelan, como un guiño, mostrando su reflejo y el brillo de la luz, más bien escasa que llega al sotobosque, que se filtra igual que en las vidrieras de la iglesia, cayendo suavemente, llenando la negrura de aquellas catedrales que vieron esos siglos del pasado, lejano y extraviado como aquellos momentos de niñez que se nos fugan. Son esas humedades que arrancan, con apuro, dolores en el pecho, igual que ese disparo que destroza la vida de los malos en novelas que no hemos de buscar en bibliotecas, si vienen a anunciarnos los fieros cañonazos del viejo bucanero que ataca, ya al final de la película, los barcos de una armada mal armada que escapa sin orgullo por los mares. “Hablemos de la herida”


Hablemos de la herida que teje lentamente la llama del crepúsculo, que busca su horizonte y el vuelo de sus brillos, que, fugaces, se rinden a la noche que los mata, nombrando, a cada rato, las horas que transcurren, que vuelan en el aire, que buscan las alturas igual que los colores del cigarrillo rubio que se agota, que muere en ese ascenso sin sentido, perdiéndose en la nada; quizás los ratos tristes que admiran impresiones que habitan en la mente que esconde los susurros de un tiempo fatigado por los pasos que habrán de acelerarse en un camino que muere en el desierto; tal vez esos veranos que saben a la brisa que anuncia nuevos días, quizás esos otoños callados y dolientes en el aire, vencidos y amargados como un viento que no supo rendirse. Así adivinaremos tesoros escondidos de tiempos olvidados que amamos, sin saberlo, y habremos de encontrarnos con las joyas que hirieron nuestros ojos con un brillo callado en estos días,


un brillo que fue bello, que tuvo, como el oro, valor para el que pudo mirar tanta hermosura, los claros resplandores que nos muestran a veces, los recuerdos, si reviven, si pueden despertarnos, pues suelen los recuerdos venir a devolvernos vivencias que dejaron de ser, como otras veces, razón para la vida y para el ánimo, motivo de regusto y de jactancia de tiempos miserables, capaces de escaparse, como esos gatos grises que, huyendo de sus dueños, se van de sus hogares con el sigilo cruel de los traidores que ayer encanecieron nuestras barbas, no faltos de malicia. Y, si es que hiciere falta, digamos, si es preciso, que somos poca cosa, que somos, solamente, como un aire febril que vuela bajo y acaba terminándose, de golpe, perdiéndose en la nada: sepamos que la muerte nos busca a cada rato y habremos de encontrarla, después de este camino, quién sabe si escondida en ese beso que llega a nuestros labios y los calla con un gesto tan dulce;


también que los recuerdos que asisten al que sueña son todo lo que tiene la gente que los busca; la gente que, anidando su pasado, lo añora porque sabe que el presente no es nunca un asidero. Y es cierto que no es firme la roca que pisamos el aire que nos llena, que habita los pulmones y sabe alimentarnos con la vida que el tiempo robará, con sus antojos, quizás sin explicarse. De todo lo demás no diré nada. “Dejadme recordar” Dejadme recordar aquellos años dejados para siempre en la distancia, perdidos como el barco que en los mares, buscó el rincón sagrado que no existe. Dejadme recordar aquellos días de playas y de sol, de tardes bellas que no han de regresar en lo futuro ni habrán de consolarme cuando sueñe. Dejadme que reviva, en todo caso, quizás para perderme en la tristeza los tiempos impregnados de emociones que no podrá sentir el alma triste. “Dicen mal de los amores” Dicen mal de los amores los que saben sus caminos,


que del dolor son vecinos los más altos trovadores. Y el alba y sus resplandores podrán contaros mejor ese daño que el amor teje con gesto tacaño, que jamás es poco el daño si lo llora un trovador. De modo que su lamento siempre es fácil de entender para el que en una mujer quiere ver el firmamento. Porque dice de su aliento que tiene, como la flor, la inocencia de un albor cuyo color es extraño, que jamás es poco el daño si lo llora un trovador. Así que, desde la aurora, todo es llorar para el triste que las torturas resiste, si son las penas que llora. Porque, si todo enamora al que siente tal amor, debe sufrir el dolor que habrá de tornarlo huraño, que jamás es poco el daño si lo llora un trovador. “Pues llega al fin la alborada” Pues llega al fin la alborada, cuyo su brillo ceniciento contempla al amor sediento donde nace la invernada,


y porque quiere la helada darle la mejor guarida, sabrá bien abrir la herida ese ciego que nos mata con esa flecha barata con que nos roba la vida. Y, pues lo quiere el hechizo que dibuja en la nevada su blancura alborotada sobre un suelo de granizo, ya que, con ser tornadizo, lanza la flecha perdida, sabrá bien abrir la herida ese ciego que nos mata con esa flecha barata con que nos roba la vida. De modo que la belleza de la luz de la mañana que se avecina temprana sobre la densa maleza, al deshacer la dureza de la nieve derretida, podrá verlo abrir la herida, pues ese ciego nos mata con esa flecha barata con que nos roba la vida. “El que va de romería” Hablemos del desengaño como suele, con contento, el que entona ya el acento para denunciar el daño. Y no es caso tan extraño para haber tanto demente,


porque sé de tanta gente que insiste en la tontería, y el que va a la romería muchas veces se arrepiente. Y, pues bueno es ser sensato y mostrarse con prudencia, no es el beber buena ciencia ni para el agua es el gato. Pero, si en ese arrebato, existe quien bebe un mar, diré yo, como solía, que el que va de romería lo tendrá que lamentar. Y, si sabrosa es la llama en que se enciende el licor, será el placer más dolor para el que en sí lo derrama. Será como el mar que brama lo que tenga en la cabeza, porque siempre fue torpeza beber tan en demasía, y el que va a la romería con la bebida tropieza. De esta manera es consejo que siempre tendrá valor no ingerir mucho licor y ser sabio como el viejo. Y, si acaso es que el pellejo del buen vino os apetece, pensad que siempre perece el necio por su osadía, si es que va de romería y en la barrica amanece. Y si dicen que nos cura esta infausta medicina,


os diré que contamina lo que el alma tiene pura. Porque sabed que la apura el más triste enamorado presto a olvidar, derrotado por esa melancolía que lo ve en la romería como un chuzo alborotado. “Quieren los enamorados” Quieren los enamorados,, resignándose en su fuego, el desdén del niño ciego que los tiene gobernados. Y, porque son desdichados en las lides del amor, por quejarse del dolor y acogerse a un raro fuero, ven, a la orilla del Duero, cómo impone su rigor. Y, pues esperan amores esos necios sin fortuna, esperando ver la luna saben sufrir sus furores. Y, esperando los colores del alba y su raro brillo, porque suele ser sencillo confesarlo con esmero, suelen referirlo al Duero, que repite su estribillo. Y, pues es triste el destino de quien sufre esa pasión, os diré que es la traición el final de ese camino.


Y es el amor tan mezquino que no es cosa que no duela al que triste se desvela por el afán traicionero que va pregonando el Duero a los mozos de Tudela. Así que podréis decir que, despiadado, el amor nos contagia ese fervor que nos arranca el vivir. Y, dispuestos a sufrir, soportando tanto mal, porque el destino fatal hace al amor embustero, os diré que cuenta el Duero sus desdichas y su mal. “Suele el mundo murmurar" Suele el mundo murmurar y es dichoso el que murmura, que, murmurando, se apura lo que se puede contar. Pero el caso es que, al hablar la verdad de cada historia, dicen los viejos labriegos que aquí paz y después gloria. Por esa razón es bueno advertir que los rumores, entre las gentes mejores no debieran ser veneno. Y, de ser comento ameno, si decirlo no concibo, será lo mejor gritaros: “¡cada mochuelo a su olivo!”.


Porque saben los rumores extenderse en cada plaza, que así la verdad desplaza la llama de sus furores. Que a los buenos labradores, a pesar de su memoria, dicen siempre a los más mozos que aquí paz y después gloria. Y, pues la gente comenta, temer tanto a un letrillero no es lo justo, que no es fiero quien no sale de la cuenta. En todo caso, si intenta criticar lo que yo escribo, he de gritar, con enojo, “¡cada mochuelo a su olivo!”. De modo que es repetir cuanto os digo y cuanto sé, pues es, a lo que se ve, mi manera de decir. Y, si hablar es delinquir, de una razón amatoria dicen las viejas del pueblo que aquí paz y después gloria. Y, aunque a mí no me interesa deshacerme de enemigos, no escribiré a los testigos con la mejor letra impresa. Que, si luego a alguien le pesa, puesto está el pie en el estribo para decir al que venga: “¡cada mochuelo a su olivo!”. Pues se sabe que es verdad que toda verdad mentida es la razón de la vida,


sin ser una falsedad. Y es bueno por caridad, en cada cosa notoria, olvidar lo sucedido y aquí paz y después gloria. Y, al acabar el relato de forma desenfadada, no he de enojaros en nada si no me vendo barato. El caso es que mi recato da para más, pues esquivo, digo a la gente que pasa: “¡cada mochuelo a su olivo!”. “El más digno gobernante” Las verdades decir pudo (que todo es decir verdades), el viejo duque a su dueño, supuesto que no la sabe. Y dicen que, con confianza (como si fuera a su padre), la verdad escuchar quiso a quienes se la regalen. Y, si es la verdad regalo, pues que por la boca sale, por patrimonio del pecho, le habrán de decir verdades. Y, si verdades le dicen, pues escucharlas es lance, no temen los que las gritan que su príncipe se espante: -Tened, tened vuestras voces, pues, escuchando los lances que decís de la batalla,


cosa son que yo no aguante: que todo es hablar de guerras, que todo es hablar de sangre, de arqueros crueles que lanzan a los que tienen alcance. Y no es justa tanta muerte ni noble será el que se place con la muerte de la gente, en circunstancias iguales. Mejor escuchando estaba a trovadores que saben deleitarme con sus cantos y a los graciosos juglares. La gente del rey lo escucha, y pronto dan en turbarse, pues nada de las batallas quiere saber quien los vale. El rey, que escucha a los nobles en un caso semejante, en el pecho un dolor siente, pues del muchacho es el padre. Y, porque siente vergüenza, que mal es avergonzarle, vengarse quiso primero y luego justificarse. Y así le dice al muchacho los discursos que le nacen del pecho más indignado y de la intención más acre: -No habrán de heredar mi reino los que las armas no saben, los que la guerra no quieren, los que se sienten cobardes. Si vos no podéis con ello, que Dios me diga y me ampare,


mas, de no ser vos guerrero, habréis de meteros fraile. -Sabed, padre-le responde-, que no he de mudar mi traje por la brillante armadura, sino por seda de amante. Que amo el versar, la vihuela, las esparzas y romances, que no las guerras violentas y lo que no son dulces artes. El rey lo oyó enfurecido, que, molesto de escucharle, le dijo con son severo: -Ha de heredarme tu paje. El paje, oyendo lo dicho, sintió su pecho turbarse, pues era razón de duelo que viniera él a heredarle: -Siervo soy, mi soberano, por la ley del homenaje, para pensar tal supuesto, que es exceso delirante. Y, mostrándose insistente, porque suele así mostrarse, dijo: “será mi capricho que venga a heredarme un paje. Pues el príncipe heredero, tan dispuesto a traicionarme, dice no querer las armas. Mas así contestó el paje: -También soy yo su vasallo, y la ley del homenaje me obliga a ser fiel al amo ante el que quiero inclinarme. Y díjole el rey al príncipe,


oyendo palabras tales, del buen paje satisfecho las palabras que le nacen: -El reino quiere valientes, quiere a las gentes leales, los que sepan defenderlo con su vida, y tú no sabes. Aprende, ya que eres príncipe, de este muchacho que es paje, que no todo es hacer versos y cantar a las beldades. Allí don Marcos estaba, y, al escuchar a los grandes, supo lo que discutían, queriendo quedar al margen. Pensó que entrar en el juego no era cosa interesante para un hombre inteligente que tales rumores sabe. Y, por hacerse el discreto, se anuncia al llegar delante del rey, que, como era propio, nunca dudó en inclinarse. -Advierta en vos, gracia suma de las altas majestades, la de un monarca y del hijo que bravo es como su padre. Pero el rey, que era avisado, oyéndole halagos tales, suspiró por un momento, y calló sin saludarle. Y supo el príncipe entonces de la astucia de su padre, del interés de don Marcos y de gentes semejantes.


Y quiso escuchar al duque y saber de los leales, que, defensores del reino, protegían a su padre. Y, apartando a las mujeres, trovadores y juglares, juró hacerse para el reino el más digno gobernante. “Quiso el duque su caballo” Despertó con gesto airado quien con apuro el vestido quiso ponerse, gritando a sus vasallos y amigos. Y también pidió el caballo, y, al salir de su castillo, lo vieron cruzar los valles cabizbajo y pensativo. Y no hallaron que su paso fuese el del hombre con brío que va de caza temprano por los bosques y caminos. Que no piensa en la aventura quien, pensando en amoríos, pronuncia un nombre callado que le turba los sentidos: -La muerte sois de mis ojos y también de mi vacío, si vacío el pecho siento, desde que así me extravío. Pues supo el amor sus flechas regalar a un triste niño que miente sus alas blancas al dejarme malherido.


Por vos ya soy su vasallo y lo soy vuestro en Cupido, que si es el niño el amor, yo soy para vos mendigo. Y porque a su fe me abrazo y sin derecho os suplico el amor que no merezco, he de decirme vencido. Estas palabras el triste pronunció, siendo atrevido, que pidió lo que no tuvo y de ello anduvo sentido. Porque no volvió al palacio, porque no volvió al castillo, que el amor lo volvió loco con la maldad de su hechizo. Y dicen que no volvió nunca, puesto que siempre se dijo que nunca más lo encontraron, y que ni muerto ni vivo. Pero muerto ya lo estaba por el amor que deshizo la esperanza de su pecho y lo llenó de capricho. “Pues era un hombre de rango” Pues era un hombre de rango el que, al llegar la mañana, recorriendo los caminos la luz sorprendió del alba (porque dicen caballero al que, con la amanecida, al recorrer los senderos pudo ver la luz del día),


no pudo menos que, triste, entregarse a esas nostalgias de los recuerdos de antaño, viendo la cumbre nevada (porque, triste el caballero, lleno de melancolía, recordó pasados tiempos viendo nevada la cima): -Vos, señora, no quisisteis, después que tanto os amaba, desposaros por mi dicha cuando os quise dar el alma (pues no quisisteis, señora, cuando el amor lo pedía, entregaros a mi pecho para daros yo la vida). Así el destierro me place, porque, en mi yegua alazana, bello es buscar los parajes en el momento del alba (que parecen, si os lo digo, al ver cómo nace el día, mas hermosos los lugares donde va la yegua mía). Así se expresó su pecho, que pudo ser voz del alma que por amores callados fue a buscar la nueva patria (pues dicen del caballero que el alma suya decía por su pecho las tristezas, buscando la luz del día). “Habló de amores don Carlos”


Habló de amores don Carlos, pues que dijo que la amaba, que en el jardín del palacio, sus amores declaraba: “Sois vos, para mi ventura, quizás para mi desgracia, mi propia muerte, mi ocaso, firme promesa del alba”. Y, estas palabras oyendo, puesto que tal le contaba, no quiso guardar silencio la pureza de la dama: “Sabed don Carlos que siempre son más prudentes las damas cuando temen a las gentes que de tales cosas hablan”. De amores habló don Carlos, que, pues tanto la quería, del palacio ante las rosas tales palabras decía: “Para mi fortuna sois, quizás con ser la mentira, la noche que me da muerte, la aurora que me da vida”. Y, si estas palabras dijo, ella, que mucho sabía, por no entrar en el engaño, de este modo respondía: “Habéis de saber, don Carlos, que prudentes son las niñas que no suelen darle crédito a necias descortesías”. Habló de amores el joven, que amores pidió don Carlos, al decirle sus amores


en el jardín del palacio: “Sois vos para mí la dicha, quizás el destino infausto, esa vida que es el alba y esa muerte que es ocaso”. Y, en oyendo este comento, porque sus labios callaron, silencio guardar no quiso la que así le ha replicado: “Sabréis, don Carlos, que siempre es un prudente cuidado a los que dicen requiebros no venir a hacerles caso”. Don Carlos amores tristes, melancólico, le dijo, en el jardín de las rosas, a las puertas del castillo: “Sois para mí la hermosura, aunque también sois el frío que hiela mis mocedades y da muerte al que ha nacido”. Y, pues oyó sus palabras, respondiendo con hastío la doncella al caballero, estas palabras le dijo: “Sabed don Carlos que siempre es prudente en el camino quien escapa a estas palabras y a sus locos desatinos”. “Habló el mancebo en la corte” Habló el mancebo en la corte, sin prudencia, que, insensato, pronunció raras palabras


como quien es tan osado: -Sabed vos, señora mía, que vive el pecho cansado en quien los amores sufre, si para vos es vasallo. Y, pues soy vasallo y sufro, ya que ante vos condenado he de llorar esta pena, quiero también publicarlo. Por eso mis labios dicen lo que ayer adivinaron en vuestro desdén mis ojos, que viven acobardados. La condesa, que lo escucha, su voz oyó y, con espanto, al mirarlo amenazante, su misiva ha pronunciado: -Malhaya el muchacho necio que se atreve, descarado, a hablarme de amor y vicio, siendo tanto mi recato. Y el caso es que el imprudente, pues que vive resignado, mira sin miedo a la cara, que no es propio en un muchacho. Mas, porque soy desdeñosa, que así decís que es mi trato, sabré en mi alcoba cautivo al que me acusa del daño. Ya se van para la alcoba, ya se van para ese tálamo donde el conde halló la dicha de ser hombre afortunado. Dijo entonces la condesa, que su voz hubo escuchado:


“Arráncame ya la blusa y demuestra que eres bravo. Y sé digno de un marido al que pronto arrebataron el rey, la guerra y los moros, cuando partió a lo lejano”. Allí respondiera el mozo, que dichoso ha contestado: “Pues soy cautivo en el lecho, no tengáis mayor cuidado: Es locura amar la celda donde vivo resignado y habrá de estar en presidio mi espíritu todo el año. Sabed, señora, que hay presos que, pues cautivos se hallaron, amaron el cautiverio y encerrados se quedaron. Sois vos, señora, las horas en las que vive enredado el corazón que se entrega, el que gime resignado. Y así a vuestros pies me rindo, que, dichoso y derrotado, vuestro amor hago mi cárcel sin mostrarme despechado.” “La canción del crepúsculo” -¿Qué arranca las sombras que esconden su aliento con esas cortinas que alcanzan el suelo? -Las llamas del alba, mostrando el reflejo


que nace temprano, llenando los cielos. -¿Y qué es ese brillo que luce, violento, llenado de llanto los cantos y versos? -El oro que enciende, callado, a lo lejos, la voz del ocaso que hiere a los viejos. -¿Y qué es lo que miras -preguntó al abuelocon esa tristeza, los días de invierno? Las risas burlescas y el raro contento que enseña en el rostro, al fugarse, el tiempo. “Encuentro con el duendecillo” “Las aguas abundantes de fuentes cristalinas que manan dulcemente les dan el alimento a los arroyos que corren, con apuro, que saltan entre montes elevados, buscando las llanuras del paisaje, si acaso han de morirse en playas alejadas y arenosas. Son aguas transparentes que dejan ver las piedras que existen en el fondo de raros manantiales que recogen el agua del granizo, tal vez de las nevadas del invierno que llena cada cumbre, pues los meses no apuran su camino, se van sin prontitud, quieren quedarse. Y existen aguas frías, las aguas cuyo hielo maltrata, despiadado las rocas de los montes y montañas que sienten los azotes del viento, de la


escarcha y las tormentas frecuentes en los tiempos desdichados que ven cielos cubiertos de negros nubarrones furibundos. Después, los ríos corren, se escapan como el ave que vuela, que planea, que cruza, sin esfuerzo, el ancho espacio, y el aire se hace joven, alegre, o tal vez triste, como el niño que llora enamorado como el hombre que sigue con su llanto del tiempo de una gris adolescencia. Correr por las llanuras es bello para el río: se siente poderoso buscando viejos mares alejados, se siente poderoso soñando la belleza de la espuma que puede dar su golpe con violencia no lejos del cantil, muy lejos de los bosques y colinas. Correr por las llanuras es bello para el río: sus aguas cogen fuerza, creciendo más y más en su camino; sus aguas cogen fuerza, bebiendo de regueros y de arroyos que vienen de lo lejos, de lugares tal vez insospechados, perdidos en las sierras innombrables. Os puedo hablar acaso del tiempo y los caminos, de todas las colinas que puede hallar el agua, si es que mira las cosas cuando avanza, dejando atrás regiones, por el cauce que sabe conducir las aguas mansas a reinos siempre nuevos, que siempre son los mismos, pese a todo. Os puedo hablar acaso del tiempo y los caminos, de todos los rincones que puede hallar el curso de ese río que busca libertades que no podrá soñar, si es que lo cierran, eternas carceleras, sus orillas, acaso esas orillas que buscan ese mar azul y libre.” Son estas las palabras que dijo sin temor el duende a los muchachos, los cuales se quedaron sorprendidos de ver esa apariencia tan rara y anormal, tan llamativa como lo suele ser la de los bichos extraños de los cuentos, tal vez de las leyendas de otras épocas. Hablaba señalando aquel arroyo


triste, acaso mortecino, nacido en esas cumbres tan agrestes que pronto ven la prisa del agua cuando salta en las cascadas, del agua malherida en los torrentes que caen hacia los valles, volviendo sus colores azulados. Y entonces comprendieron que hacía algunas cosas extrañas y curiosas que escapan a la lógica científica, que niega la existencia de seres que aparecen, a su gusto, y vuelven a perderse de manera acaso inadvertida, obrando como sabios hechiceros. Y entonces fue más fácil soñar con hadas bellas en bosques escondidos y hablar de los dragones de los cuentos, los cuélebres quizás, lagartos asturianos que se esconden en cuevas y que buscan, en la noche, difuntos que comer, cadáveres tal vez, gentes sin vida. “El caminante” El que camina sereno por estos rincones y se pierde a su gusto, no lejos de las orillas del arroyo (mansas y calmadas), ante el correr rumoroso, consciente de las bellezas del paisaje, ejercita los ojos más que las piernas y se detiene a pensar en la belleza de todo lo creado, si es que lo creado tuvo un Creador. Por eso el caminante, el hombre que, peregrino, se pierde por los lugares más diversos y se recrea, extasiándose en la belleza de la naturaleza, sin ir de aquí para allá en busca de ningún misterio, comprende que el misterio es constante, que por donde camina se esconden criaturas de todo signo a las que es preciso adivinar. Porque el paso poco discreto del excursionista disuade, muchas veces, a las aves, cuyo canoro trino entretiene la soledad,


inútilmente, si nadie está presente para escuchar tan bellos cantos. El cuclillo canta bellamente al amor sin saber de la belleza, ignorando que su canto es bello para el ser humano, que es, precisamente para quien no canta. Lo mismo puede decirse del jilguero, de los gorriones, del cárabo, según se adentra la noche. Pero el caminante, un hombre prudente entre todos los hombres prudentes, puesto que no existe razón alguna para faltar a la prudencia, ya que el hecho de caminar es una forma de vida saludable, si bien inculca un poco de locura en quien ya tiene cierta alma de poeta, sabe también de los peligros, y, si bien no acaba de adentrarse el otoño, pronto habrá que sospechar al lobo por los mismos caminos, o al más preocupante jabalí. Y del jabalí habréis de saber que tiene más peligro que los lobos, pues raro es el lobo solitario que se acerca al ser humano. Antes bien, el lobo teme al hombre y se aparta de su camino, del mismo modo que los extraterrestres que descienden de la nave e imponen pavor al ser humano (si es que está bien creer que de un platillo volante, pongamos por caso, pueden bajar marcianitos). El lobo teme al hombre, que no al jabalí, que suele andar perdido entre la densidad y que puede librar su furia brutal, atropellando de manera mortal al que se ponga por delante. No obstante, la vida urbana es tan peligrosa como adentrarse en la umbría del bosque y dejarse llevar por su encanto, pues es en las ciudades donde puede caernos de la altura esa teja mal colocada en un tejado. Eso por no hablar del material que se desprende, los útiles y las herramientas que tienen los obreros que trabajan colgados en un andamio.


Por eso en el bosque es menos imprudente, en una época de retroceso de las bestias, temer al lobo, y mucho menos al oso, que es un animal de lo más infrecuente. Dicen que los antiguos romanos son los introductores del culto a la humildad campesina, como se puede apreciar en los antiguos poemas que escribieron algunos autores latinos. Pero lo cierto es que ese tópico de la vida retirada al que luego cantaría nada menos que fray Luís de León en sus versos, ya en castellano y en época renacentista, ya estaba inaugurado por los griegos en los tiempos del autor de los “Idilios”, un tal Teócrito, menos conocido que el célebre Virgilio, que es el autor de las “Bucólicas”. El gusto por apartarse del mundo urbano es algo que merece análisis, y el caminante, que es pensador, medita sobre ello en este ambiente que lo predispone a uno a lo filosófico, porque, en su intimidad, la senda relaja y la mente se expande y llega el momento para pensar. Dentro de cada uno de nosotros hay un pensador, y el caminante de este bosque, que soy yo y que eres tú, se ve necesitado de respuestas, porque es en el camino donde uno encuentra todas las preguntas. El ser humano, piensa el caminante, es una criatura social. Esto, que no es ni bueno ni malo, lo acerca, por ejemplo, a los lobos, el peor enemigo al que el hombre ha hecho frente en épocas pretéritas. Hoy es fácil pensar que el lobo ha perdido la batalla y nadie imagina que esta criatura sea un peligro para ninguno, si bien hubo un tiempo en que el lobo era temible. En cualquier caso, el lobo es sociable, puesto que vive con animales de su misma especie, y los descendientes de los lobos han sido domesticados


por el hombre: los perros. El hombre primitivo supo ya crear sus primeras aldeas, dejando atrás la vida trashumante, de modo que, de esta forma, estableció lo que iban a ser las primeras ciudades. La tribu, sin embargo, existía antes, ya antes de la civilización el hombre gozó de una vida social. Y piensa el caminante, piensas tú o tal vez pienso yo, amigo lector, que caminas por estas líneas con tus ojos, tan peregrino como yo, que las voy escribiendo, que, en efecto, las urbes inhabitables son producto de este gusto por el hombre de no estar aislado, de no estar apartado de los demás, de no sentirse solo. Y el hombre, en esa cercanía que da la convivencia con los otros, halla la comodidad que necesita, pues más servicios dan que el yermo el pueblo y las ciudades. Pero, por cierto, el ser humano no se siente satisfecho sin esa escapada al campo, sin esa huída a la naturaleza de la que procede. Algo en nuestro interior se depura cuando vamos caminando. Sí, es cierto, hay algo en nosotros que se purifica y que se depura, algo que nos hace sentirnos bastante mejor, que nos lleva a una calma y a un estado letárgico que nos libera de las tensiones de diario. Esto ocurre en esas caminatas en las que tú y yo también, como nuestro caminante, nos perdemos en la oscuridad del bosque, cerca de las cumbres de las montañas de la sierra, donde, por cierto, no se ven esas cumbres elevadas que quieren rasgar el cielo. El hombre ha perdido algo que necesita recuperar. Es algo que busca en ese mundo apacible, distinto de las ciudades, que, pese a tener todo lo necesario, contaminan nuestros estados de ánimo. Es fácil sentirse lleno de la ciudad, asqueado, porque la ciudad carece de la calma que ofrece el campo, ese


auténtico pulmón verde del espíritu, si realmente hay espíritu. Y el caminante descubre entonces que es a sí mismo al que busca en la soledad del paisaje, como tú y yo, que nos buscamos siempre en el paisaje. En efecto, es una llamada ancestral que nos lleva a los instintos naturales que quedaron reprimidos siglos atrás. Se han constreñido y es necesario que regresen esos instintos emparedados en nuestras células, en los bastoncillos de nuestras células, que nos hacen escaparnos, llegados los periodos vacacionales, buscar otro paisaje y abandonar el paisanaje urbanita en pos de esa soledad que permite la reflexión interior a la que, en esos momentos vacacionales, regresamos. Y ¿dónde está el caminante? Pero el lugar donde está el caminante interesa menos que cómo está el caminante. En todo caso, estemos donde estemos, tú y yo, como el caminante, no estamos en la playa que querríamos, no estamos en el monte que querríamos, no navegamos esos mares que tampoco nunca nos dieron a elegir. Y uno se va intrépido, si puede, y, de no ser así, uno sueña que se va intrépido (que eso sí se puede), y habla de mares nunca vistos y de vivencias que no son suyas y es preciso imaginar, porque uno busca la libertad perdida del paraíso perdido. Por esta razón hay poetas, novelistas y literatos, y, porque hay sueños, yo escribo y tú lees, y lees lo que escribo, buscando en ello esa libertad perdida que queda en el paraíso que se te antoja. Nuestro caminante se ha internado en el bosque para subir a lo alto de la montaña, nosotros nos hemos enredado en la oscuridad de una metáfora para buscar una verdad inaccesible. Y por eso no ha de extrañaros que un albergue a dos kilómetros de


altura sobre el nivel del mar, un día de tormenta y de nevada, resulte el refugio más prometedor para los locos humanos que recorren el raro paisaje de su existencia. En medio de la borrasca también se deleita el ánimo violento de la criatura salvaje a la que han convertido en ese ser doméstico que trabaja en la oficina. Es posible que esto sea un desvarío de los imbéciles que escriben o de los tontos que leen. Pero solamente los tontos creerían que es imbécil quien toma la palabra, si realmente, tiene algo que decir, y, si es que alguien lee, solamente un idiota podría tomarlo por tonto. ¡Pero sí que es cierto que el mundo está lleno de gente vacía! El caminante no es de ellos, y tú y yo tampoco, puestos en la ruta del caminante, cuando, desde nuestro mirador, hallamos el mundo de los demás diminuto, si es que acaso no han querido subir tan arriba. El refugio en la nieve, las densas marejadas, la tormenta de arena en el desierto, el granizo y el viento, el terremoto y todo lo inhóspito son solo una cara, no necesariamente desagradable, por cierto, de un mundo elevado en que también hay calma, también serenidad y hechizo, cuando llegan los deshielos y un amanecer cuajado de belleza nos saluda con su beso para llenar de poesía todo lo que pide el aliento de la poesía sobre sí. El caminante ha escalado montañas y descendido a los valles para ver más allá del rascacielos de los raquíticos, alejándose de la vida común, tal vez este fin de semana. La vida, indudablemente, pide tintes de aventura. “Presentimiento”


No porque el aire doliente del otoño, que viene, antes de tiempo, en los días de septiembre, como un visitante inoportuno, semejante a esos viejos que están cansados de caminar, tenga el valor de volver a hacerlo y te roce, desenfadado y burlesco, vayas a pensar que es realmente otoño y que ya ha llegado el tiempo de las lluvias y de las matanzas, y que, con ese tiempo de matanzas y de lluvias, el cielo ha de oscurecerse como el preludio orquestal de un momento fatídico, porque, si bien es cierto que el cielo se oscurece como la música gris de una triste obertura, todavía el verano no ha muerto, y, en vez de llorar amargas lágrimas por los fracasos de ese estío, todavía tendrás (pero no para siempre) momentos en que pisar la arena suave de las calas frente a un mar que se menea y cuyas espumas invitan al baño de la vida, justamente antes de esos días en que se hace hermoso, pero no alegre, ver el pardo y los amarillos en los follajes de las frondosidades. Imagina que este tiempo que todavía se nos regala debe ser hermoso para que no cometamos el terrible sacrilegio de dejar escapar al ruiseñor de nuestro tiempo, libre entre las ramas, dichoso en las alturas, si es que gime, negándonos el canto que primero apreciamos en el jilguero y que nos hizo querer esas frondas que esperan una muerte inexorable; que, a fin de cuentas, y, como consecuencia inevitable de los hechos que se precipitan, nosotros también dejaremos de ser tiempo para beber en las escarchas tristes de la noche, igual que los ocasos que, en un último intento de grandeza legan el oro de su fuego a los firmamentos en que se consumen para encontrarse, de golpe, sin aviso, en el sueño mismo de la muerte.


Y, mientras la vela de la vida se apaga, porque veremos desaparecer el mundo que nos ha sido prestado, que no dado, por deidades desconocidas (quién sabe si demiurgos o si extraños duendecillos que se burlan detrás de cada segundo), piensa que la vida todavía es vida mientras se desliza, y que no has de llorar tu muerte ni lamentar la angustia de extinguirte, si es que no vas a sobrevivirte a ti mismo para ver tu ruina. Y, aunque no se trate de saber vivir o de saber morir, porque nadie ha dicho que haya que demostrar nada a ninguno (que eso es lo que, en todo caso, suelen los generales hacer con los guerreros a los que se envía en la batalla), pediré que tu templanza te baste para algo que es tan hermoso como difícil, que, no en vano, hay que ser poeta y filósofo, hay que ser valiente y guerrero, para llegar a este punto oscuro de la noche y encarar un sol moribundo que sigue queriendo ser bello: el sol de septiembre es un sol bajo que no hace daño a la vista y los colores apagados del mes son, en esta tierra nuestra, la metáfora de un destino que ya suponíamos… Y no lo olvides: cuando el tiempo te consuma, ya nada importará nada, ni tú importarás a los mismos que te lloran. ¿Qué te importa, pues, tu propia muerte? Pero que no deje de importarte la poesía que te acompaña al final del camino en que sigues tus pasos errantes, esos pasos donde has tenido luces y alegrías, porque, incluso para morirse, lo debe hacer uno con grandeza, poniendo en ello (para no ser de mal gusto), todo el esfuerzo que el actor pone cuando pisa las tablas del escenario, solo, quizás, para que le pagues con la mueca de tu risa. No olvides que eres un actor en este juego que no comprenderemos ni siquiera ahora, cuando nos toca hacernos a la idea de


que todo cuanto amamos estará a nuestro alcance, pero no para siempre, y que pronto seremos la calma de otro ocaso bello en las alturas. 2015 © José Ramón Muñiz Álvarez “Sonetos y otras trovas de los siglos” Tercera parte: “Prosas líricas”


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