revista Matadero 22 Exstinctio

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Matadero 22





Revista Matadero 22

Escuela de Arte León Ortega Avda. Escultora Miss Whitney, nº 56 21003 Huelva, España www.escueladeartehuelva.com ISSN 2603-7831 Año 2022


MATADERO 22 -- Exstinctio

Coordinación y redacción: Departamento de Extensión Cultural y Promoción Artística

José Francisco Corrales en colaboración con María Ángeles Crisol y Elvira Camacho.

Diseño y maquetación: El Libro Feroz

Portada: Begoña Ruíz

Contraportada: Celia Urbina

Platalea leurocodia

Editorial: Javier López

Fotografías e ilustraciones:

Alumnado y profesorado: Elvira C. Muriel, Karla Michelle Sánchez, Laura Ganuza, Lucía López, Marina Recuero, Raquel Pino, Maria Paz Piozas, Danna Quintero, José F. Corrales y José Miguel Acuña. Mural: Cristina Dacosta, Rocío Garrochena, José A Neto, Alicia Nieves, Amparo Portero, Blanca Romero y Lourdes de la Villa.

Ex-alumnos y colaboradores: Noé Garrido, Gabriel de la Riva, Helena Llanos, Carmen Campos, Erick Alcántara, María Pedro, Tropo Tropo (Montse Viangre y Eduardo Rodríguez), Jesús González y Chencho Aguilera.




Exstinctio


María Pedro




ÍNDICE María Pedro/Tortuga -- pág. 12 Departamento de Extensión Cultural y Promoción Artística/La llama que se apaga -- pág. 15 Erick Alcántara/Pájaros -- pág. 16 Javier López/Editorial -- pág. 17

//EALO// Danna Quintero -- pág. 23 Mural: Varios artistas -- pág. 24/25 José Miguel Acuña -- pág. 27 Laura Ganuza -- pág. 28/29 Elvira C. Muriel -- pág. 31 José F. Corrales -- pág. 32/33 Lucía López -- pág. 34 María Paz Piozas -- pág. 37 María Recuero -- pág. 38 Karla Michelle Sánchez -- pág. 41 Raquel Pino -- pág. 42

//Colaboraciones// Jesís González y Chencho Aguilera -- pág. 50/51 Carmen Campos -- pág. 52/53 Gabriel de la Riva -- pág. 54/55 Helena Llanos -- pág. 56/57 Tropo Tropo -- pág. 58 Noé Garrido -- pág. 60



Escuela de Arte León Ortega

La llama que se apaga Extinctio: la llama que se apaga poco a poco. Extinctio, es el lema de la nueva revista Matadero 22. La publicación crea una continuidad necesaria con el número anterior Arte con conciencia haciéndose eco de especies en peligro de extinción o vulnerables. Con referencias del entorno más cercano, como el Paraje Natural Marismas del Odiel, la sierra de Aracena y Picos de Aroche o el entorno de Doñana, y desde una expresión de la belleza diversa, alumnos y alumnas junto a ex alumnado y seleccionados colaboradores han mostrado la precariedad de lo que se puede perder para siempre. Fragilidad, riqueza, variedad formal y cromática, un equilibrio sutil se desprende de todas las creaciones gráficas y textos que conforman este número de la revista. Agradecemos a todos los participantes su aportación, manteniendo viva esta publicación y seguros de haber dado un paso más en la restauración del contrapeso entre el ser humano y la naturaleza de la que es parte inherente. Una parte que crea, tiene conciencia, puede ayudar a crearla.

Departamento de Extensión Cultural y Promoción Artística. 15


Erick Alcantara


Javier López

Uno de los rasgos que mejor define a nuestra época es que hemos sido capaces de asimilar y aceptar que gran parte de las ramas de la ciencia son altamente funcionales e instrumentales; una vez nos sirvieron para romper las cadenas de la humanidad, pero ahora son usadas para per­petuarlas y fortalecerlas.

Por el contrario, existe una ciencia que quizás pueda restaurar y trascender el carácter liberador de las ciencias y filosofías tradicionales: la ecología. La ecología trata del equilibrio de la naturaleza. Ya que la naturaleza también incluye a la humanidad, es la ciencia que trata básicamente de la armonización entre la naturaleza y la humanidad. La ecología es una ciencia crítica pero también es una ciencia integradora y reconstructiva. Las cuestiones que trata la ecología son imperecederas ya que no pueden ser ignoradas sin poner en cuestión al mismo tiempo la viabilidad del planeta, incluyendo la supervivencia de la propia humanidad. Quizás hemos asumido que la humanidad es manipulable, al igual que los elementos que la conforman; pero la ecología muestra, sin ambages, que la totalidad del mundo natural -con sus aspectos, ciclos, e interrelaciones- echa por tierra toda idea humana de convertirnos en los dueños del planeta. La destrucción moderna del medioambiente es de una dimensión global. El parasitismo humano perturba todavía más la atmósfera, el clima, los recursos hídricos, la tierra, la flora y la fauna de cualquier región; perturba virtualmente todos los ciclos básicos de la naturaleza y amenaza con minar la estabilidad del medio ambiente a escala mundial. 17


Javier López

La humanidad ha producido desequilibrios no sólo en sus relaciones con la naturaleza, sino también entre los mismos seres humanos, en la estructura misma de la sociedad. Lo que observamos a día de hoy es una crisis no sólo de la ecología natural sino también de la ecología social. La sociedad moderna, especialmente como la conocemos en los Estados Unidos o Europa, se ha organizado alrededor de enormes núcleos urbanos en un extremo, una agricultura altamente industrializada en el otro extremo, y, recubriendo ambas, un burocratizado y anónimo aparato estatal. La carga que este tipo de sociedad urbanizada y centralizada pone sobre cualquier área continental es enorme. Desde la perspectiva de la ecología, la humanidad ha simplificado el medioambiente. Las ciudades modernas son la máxima representación de las intromisiones regresivas de lo sintético en lo natural, de lo inorgánico en lo orgánico, y de lo artificial, de estímulos elementales en lo variopinto y naturalmente salvaje. Este proceso de simplificación del medioambiente humano que lo vuelve cada vez más vulgar y básico, tiene una dimensión física y también una cultural. La humanidad está desmontando la pirámide natural que la ha sostenido; está deshaciendo todo el trabajo de la evolución. La esencia del mensaje reconstructivo de la ecología puede ser expresado en una sola palabra: diversidad. Desde una perspectiva ecológica, el balance y la armonía en la naturaleza, en la sociedad, se alcanzan no por medio de la estandarización mecánica sino por su contrario, la diferenciación orgánica. 18


Javier López

Cuanto mayor es la variedad de presas y depredadores, más estable es la población; un ambiente más diversificado en términos de flora y fauna, es menos propenso a la inestabilidad ecológica. La estabilidad es una función en relación con la complejidad, la variedad y la diversidad: si el medio ambiente se simplifica, y la variedad de animales y plantas se reduce, las fluctuaciones en la población se vuelven más marcadas y tienden a salirse de control. Tienden a alcanzar la proporción de pestes. Debemos, por lo tanto, permitir un mayor espacio a la espontaneidad natural, para que las diversas fuerzas biológicas eleven la situación ecológica.

Javier López, Aracena, 2022

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En las selvas del Amazonas y en las altas cordilleras de los Andes vi cómo, de un polo al otro polo, hay una única vida, animada como por un único aliento, que se despliega en piedras, plantas y animales y en el pecho henchido del ser humano.

Alexander von Humboldt

Para la mente apagada, toda la naturaleza es plomiza. Para la mente iluminada, el mundo entero está en llamas y destella luz.

Ralph Waldo Emerson


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Danna Quintero


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Mural: Varios artistas

Especies representadas: Suaeda vera, Platalea leucorodia, Akis saltesiana, Plegadis falcinellus, Pancratium maritimum, Phoenicopterus roseus, Salicornia ramosissima, Pandion haliaetus, Limoniastrum monopetalum y Numenius phaeopus.


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Aegypius monachus

José Miguel Acuña



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Milvus milvus

Laura Ganuza


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Elvira C. Muriel


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Lynx pardinus

José F Corrales


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Numenius arquata

Lucía López


Netta rufina

Maria Paz Piozas


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Alcedo atthis

Marina Recuero


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Neophron pernocpterus

Karla Michelle Sánchez




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Hydrobates pelagicus

Raquel Pino



Colaboraciones



Puedes lanzarte al suelo y estirarte sobre la Madre Tierra, con la firme convicción de que eres uno con ella y ella contigo. [...] Siempre y eternamente solo hay un ahora, un ahora que es uno y el mismo; el presente es lo único que no tiene fin.

Erwin Schrödinger


El último de mi estirpe Cuando yo no esté, todo habrá terminado; la memoria de nuestro paso por la Tierra desaparecerá, diseminada por los vientos cargados de ceniza y tristeza. Los refranes no podrán regocijarse por nuestra sombra cobijadora, ni habrá espacio para cimentar los nidos de los pájaros; no se volverán a colgar los columpios desde donde abandonarse al vértigo de la felicidad, ni podrás pararte a descansar, apoyando tu dolorida espalda en mi tronco. Cuando yo no esté, el aire se preñará de añoranza al no poder silbar por entre la frondosidad de mis ramas; sin mí, la savia se pudrirá en la tierra yerma; dejaré un enorme hueco de ausencia imposible de rellenar, ni siquiera con lágrimas de arrepentimiento. Cuando yo no esté, solo quedará muerte, destrucción y desconsuelo. Así que, baja el hacha, caminante, y piensa en lo que ocurrirá cuando el último de mi estirpe desaparezca.

Jesús González

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Chencho Aguilera


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Carmen Campos


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El pino de la Atalaya Cuando dibujé a este gigante caído me invadía un poderoso sentimiento de nostalgia. El caso es que ese sentimiento es difícil de explicar, pues yo no había conocido a este inmenso ejemplar de Pinus pinaster en su plenitud vital. Por ello deduzco que este pino encarna para mí a todo un mundo de naturaleza silvestre que sucumbe inexorablemente. Los restos del pino de la Atalaya se encuentran en el término de Galaroza, municipio que forma parte del Parque Natural Sierra de Aracena y Picos de Aroche. Sucumbió por una tormenta en febrero de 2013. Había crecido a 683 metros sobre el nivel del mar. Medía más de 6 metros de diámetro en la base, y 4 metros a 1,30 de altura. Alcanzaba los 27 metros de altura. Era un símbolo para la localidad y figuraba como un árbol singular de la provincia.

Gabriel de la Riva

Hice este apunte in situ en febrero de 2019.

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Helena Llanos


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De Torillos y ladrillos TRoPO trOPo, 2022 (Montse Vinagre y Eduardo J. Rodríguez). Fotografía de Jorge Garrido. "La extinción del torillo andaluz (Turnix Sylvaticus) en España fue consecuencia de la sustitución de las zonas de matorral mediterráneo y de agricultura tradicional por otros ambientes urbanos derivados del desarrollo de la industria turística, así como por plantaciones forestales y cultivos intensivos de regadío."

Extracto del LIBRO ROJO DE LAS AVES DE ESPAÑA 2021 (SEO Birdlife)

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TRoPO trOPo


Memoria de barro y tótem

Hay un lugar donde, en el atardecer, el sol se posa en la silueta del alcornoque como la garcilla bueyera se posa en el caballo. Allí me crié, en el corazón de la Reserva Biológica de Doñana, en la casa de Martinazo. Una atalaya blanca en medio de la llanura salvaje, con su azotea y el nido de cigueña en su cúspide.

La vida en Martinazo era una aventura diaria. Lo extraordinario era ordinario: el lince venía a comerse mis gallinas, a las que yo idolatraba. La situación se glorificó tanto que mi madre acabó tirándole las pinzas de la ropa al lince, después de que este hubiera cazado una hembra de gamo adulta a escasos metros de la casa y se hubiera encarado con mi hermano pequeño, entonces más pequeño que el lince, entre otras cosas. Ahí quedó el único niño traumatizado por un lince ibérico sobre la faz de la tierra. Aquél tendedero desde el que mi madre disparaba las pinzas, tan arcaico como dos palos sujetando un alambre, se alzó aún más ilustre cuando el actual rey de España, Felipe, tuvo que levantarlo, bragas y calzoncillos incluidos, como adversidad inesperada en el camino hacia mi coleccción de cráneos, que iba a enseñarle. Pero esa es otra historia. El caso es que, sin duda, la realidad supera a la ficción. Lo que llamamos ficción es, de hecho, una combinación creativa de referencias ya existentes. Los límites de la imaginación son los límites del mundo. Pero era la realidad la que se estaba imponiendo: en Martinazo, yo no tenía perro, sino zorro, una zorrita entrañable llamada Linda, rescatada de cazadores y criada a biberón. En la azotea decidió vivir con nosotros un gigantesco buitre leonado, bautizado Gordibuitri, que descendía con sus dos metros de envergadura a recibirnos cuando bajábamos del todoterreno a la vuelta del colegio. Cortés por lo general, protagonizó algún comprensible malentendido. Unos amigos vinieron de visita y se tendieron con mis padres a sestear en el llano. Las siestas primaverales en el llano de Martinazo podían ser interpretadas como un drástico genocidio, qué iba a saber él. Viendo cómo Gordibuitri descendía en círculos, los desperté con el buitre casi encima, que se abalanzaba en simpáticos saltitos. Supongo que para Gordibuitri fue presenciar una resurrección. Más allá, mi abuela vivía en un campo con una mona, la mona Lisa. Un cercopiteco de cara verde, 58



rescatado otrora de un circo abyecto. La mona cenaba en la mesa con mi abuela y dormía con ella, rebuscando en su pelo. Pero a mí me odiaba. Era mi archienemiga. Hoy su cráneo me espera enterrado a la sombra de una antigua palmera. Pero eso también es otra historia. Entre aquellos lares fui creciendo. Incontables horas de mi día a día pasé con una red y un bote en el Caño de Martinazo y lagunas temporales circundantes, fascinado por el mundo extraterrestre que se escondía bajo las aguas. Peces, anfibios, pero, sobre todo, invertebrados acuáticos: escorpiones de agua, escarabajos predadores, fósiles vivientes. La cuadra de Martinazo quedó inundada de terrarios y acuarios, por los que pasaron confortables vacaciones innumerables criaturas, desde víboras a grillotopos, que luego volvían, más gordos, al lugar del que fueron abducidos. Y allí fue creciendo y creciendo una tupida barba, y, por cuestiones de la vida, empecé a pasar largas temporadas solo. Explorando y escribiendo. Allí empezó la teoría filosófica que hoy ya tiene manifiesto. Está escrito. Y en lo material, la realidad desbordaba. Cada día emprendía largas peregrinaciones por el horizonte indómito. A todos los puntos cardinales. Me arrastré por las cuevas de zarza que forman los templos de los jabalíes y los ciervos. Muchos acuden allí a morir, en lo profundo. Con la tribu de los jabalíes fui confraternizando. Hasta tal punto que, cuando salía a la puerta de la casa, invocaba hacia el horizonte salvaje y allí aparecían, corriendo hacia mí, mis cuatro amigos jabalíes: Pumba, Timón, Pequeñito y Periferio. Los acariciaba y mimaba con cariño. También me hice amigo de un zorro salvaje, algo más distante, pero que también acudía a mi silbido, cuestión tumultuosa, porque a la misma llamada aparecían los jabalíes por un lado, el zorro por otro, y una gata en medio que los jabalíes temían, todos juntos en el patio de la casa en apoteósica estampa. La gata, bautizada Doña Anita, apareció un día escuálida, quizás transportada por accidente en el motor de un coche desde el mundo exterior. En aquel ambiente inverosímil se hizo carismática. Su maullido sonaba como la berrea de un ciervo, lo que se crió escuchando. Impuso su ley a los jabalíes, que le temían. Con el zorro, que era lo más parecido que había conocido a su especie, trataba de entablar amistad o noviazgo, revolcándose sugerente ante su mirada desconcertada. A 60



Doña Anita le dio por unirse a mis largas expediciones por el coto. Y ahí estábamos, en maravillosa estampa, la gata Doña Anita y yo recorriendo las lagunas ignotas, la marisma, el monte infinito, escalando alcornoques ancestrales. Cuando llegábamos a casa, a la caída de la tarde o ya de noche, se tumbaba en la puerta exhausta. Entonces, en el apogeo del salvajismo, llegó el exilio, de cuyas circunstancias no quiero acordarme. Ya no queda nadie en Doñana. Solo algún último indígena que la lleva dentro, más allá. Peripecias laberínticas ocurrieron, y, tras viajar por el mundo y conocer tribus extrañas, como son todas las tribus humanas, encontré la tierra prometida en el exilio. En las montañas de la Sierra de Aracena, donde hace algo más de un año había una cuadra abandonada, ahora está mi choza, en un valle, junto a un arroyo. Aquí se está creando un nuevo mundo. Vivo con Luciérnago, gato de tres patas que sube conmigo a los árboles y a la cima del monte, loco genial, ejemplo para todos. Con Pícaro, gato de cuatro patas, guardián ejemplar de todos, corazón insuperable. Con Camellita, cabra que se cree perro, a veces mono, la cual si me despisto está en la mesa de mi salón comiendo mi pan. Y un burro nonato está en camino. Si es macho, se llamará Atlas, el titán que sostiene el mundo sobre sus hombros. Si es hembra, Atenea, diosa de la sabiduría, como reivindicación. Juntos haremos la entrada triunfal en Aracena y recorreremos el mundo. Compañeros de piso son también salamandras y tritones que esquivo por el suelo de la choza. Un chochín ha anidado en un hueco en la piedra, arriba de la puerta. Las golondrinas han criado en el salón. El jabalí se está acostumbrando a mi presencia. La oropéndola resuena en los chopos con su canto selvático y exótico. El ruiseñor predica solitario en la noche de la montaña. La soledad no existe. Mi agua corriente es un manantial inexplicable. Hay océanos dentro de la montaña. Al manantial de musgo y agua cristalina acudo con mis garrafas. La montaña provee. Uno de estos días, mi abuela Mercedes vino a visitarme por sorpresa. La magnitud de este acontecimiento no puede entenderse más allá de la idiosincrasia familiar. Mi abuela es un ser especial. Siempre lo ha sido. Ve lo que otros no ven. Ha sido, y es, una maestra para mí. Buena parte de mi esencia se la debo a ella. 62



Y vino mi abuela, y, mientras todos los anteriores huéspedes definían aquel mundo incipiente con palabras como "primitivo" o "prehistórico", mi abuela se quedó mirando aquél manantial, y me dijo: "Noé, lo que tú estás haciendo aquí es algo futurista." El ermitaño tiene su choza. Donde había un océano de zarza, se están abriendo las aguas del mar verde, y habrá un huerto. Pero esto no es un fin, sino un medio para un fin. El fin es la creación de mi obra. Ora et labora es la regla. Muchos me preguntan que por qué me he alejado. Les respondo que no me he alejado, sino acercado. Un día, en medio del desierto del Sáhara, en una expedición con los aissaoua, los encantadores de serpientes, (sí, también es otra historia), le pregunté a mi padre que por qué yo me llamaba así. Se tomó un silencio, me miró, y me dijo: "porque no había otra opción". Pues bien, así es mi vida; no porque yo crea que la vida deba ser así, sino porque no hay otra opción. Lo que es, es. Eso es aquello que llaman destino, llegar a ser lo que se es. Para lo cual hay primero que descubrir quién se es. Mi nombre es Noé. Noé de Martinazo, Noé de Doñana. Todo tiene sentido. Solo es el principio. El horizonte es grande.

Noé Garrido (Texto y fotografías)

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El árbol que a unos hace llorar de alegría, a ojos de otros solo es una cosa verde que se interpone en su camino. Algunos en la naturaleza solo ven ridiculez y deformidad, y esos no me servirán de guía. Y otros la naturaleza apenas la ven. Pero a ojos de la persona imaginativa, la naturaleza es la imaginación misma. Tal como uno es, así ve.

William Blake


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