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Cuadernos de biblioteca

Relatos para PASARLO DE MIEDO 5


Relatos para PASARLO DE MIEDO 5


Cuadernos de Relatos nº 12 Colección dirigida por Josefina López Con la colaboración de Carmen Veliilla

PRIMERA EDICIÓN, 2014 Ediciones de la Biblioteca Departamento de Edición Maquetación: Mª Pilar López Pérez IES Goya Avd. Goya, 45 50006 ZARAGOZA


Esta historia la soñé Germán Lahoz, 3º ESO

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sta historia la soñé cuando tenía cuatro años y nunca he olvidado el horror que me inspiró. Durante la cena mi madre y yo habíamos estado hablando de hacerse mayor, de independizarse y de comprarse una casa o alquilar un piso. Cuando me fui a la cama esa noche soñé con ello. Es la peor pesadilla que he tenido en mi vida, y no la he podido olvidar. Ahora que ya soy un adulto, sigo recordándola y puedo afirmar que ha condicionado toda mi vida. Desde esa noche cambié de idea, pues no hay ningún problema por vivir con tus padres algún tiempo más. En mi sueño aparece un señor mayor al que no conocía de nada. Era mi vecino. La ventana de la habitación de mi nuevo piso, daba justo enfrente de la suya, pero dos pisos por debajo. Me acuerdo de que al principio del sueño él era una persona normal que solía salir todas las mañanas a dar un paseo y se iba a comer algunos días al restaurante que habían abierto hacía poco tiempo debajo de nuestra casa. Pero también era un poco extraño porque casi no hablaba y, a veces, cuando volvía de trabajar, lo veía mirando por la ventana que daba frente a mi dormitorio. Al principio yo no le di mucha importancia porque estaba muy ocupado en organizar mi nueva vida. De repente, una tarde todo cambió, siempre que pasaba por mi habitación allí estaba él, con la cabeza ligeramente ladeada, mirándome desde su ventana. Al principio no le di más importancia -porque casi siempre estaba haciendo lo mismo- pero pasaban los días y seguía ahí, mirándome, examinándome. Me empezó a molestar porque yo creía que me estaba espiando y lo veía como una invasión a mi intimidad. Decidí ir a comprar unas cortinas que solo dejaran pasar la luz y así por lo menos evitaría la tentación de mirarlo, pero fue inútil porque aunque yo no lo viera, sabía que estaba ahí, mirando fijamente. Notaba su presencia. Al final acabé hartándome, me armé de valor y fui a hablar con él para preguntarle por qué hacía eso y cuáles eran sus intenciones. Salí de mi piso, subí en ascensor hasta el último piso, donde él vivía, y cuando fui a llamar a la puerta me di cuenta de que la cerradura estaba forzada y la puerta abierta. Entré en su casa violentamente y al principio me mareó un intenso y nauseabundo hedor. Entré en la habitación con paso decidido y allí seguía él, en la ventana desde la que se veía mi habitación. Empecé a hablarle pero ni me miraba, ni se movía. Entonces le grité y, cuando quise girarlo para que por lo menos diera la cara, se desvaneció como una pluma en el suelo. ¡ESTABA MUERTO! Tenía la cara muy pálida, más de los que se apreciaba por la ventana y los ojos abiertos…

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En ese momento me desperté dando un brinco sobre la cama, supongo que por el tremendo susto que me había llevado. Estaba sudando y con la respiración acelerada. Tardé unos minutos en tranquilizarme, el resto de la noche no pude dormir tranquilo y al día siguiente se lo conté todo a mi madre y a mi padre. Es el sueño que mejor recuerdo, sin duda. Ahora tengo 30 años y tengo un piso, sí, pero intento estar lo más posible en casa de mis padres, por si acaso.

Andrea Stoica

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El jardín de los eternos Sara García, 3º ESO

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os jardines del cementerio eran los más hermosos del pueblo. Avancé entre las plantas de brillantes colores, todas perfectamente cuidadas; desde luego, el jardinero, fuese quien fuese, se ganaba el sueldo con creces. Lo cierto es que nunca nadie del pueblo había visto al encargado de mantener el lugar. De vez en cuando, desde el camino al monte, se adivinaba una furgoneta blanca y repleta de símbolos de la empresa, pero nada más. Continué caminando agachada y alerta, pues no quería que me pillaran, aunque, a decir verdad, no lo creía posible: los había despistado en la encrucijada del puente. Esta vez sería yo quien ganase y les daría una lección a esos estúpidos orgullosos. Oteé el horizonte por encima de los rosales blancos y rojos, necesitaba encontrar algún lugar donde esconderme. El juego acabaría al anochecer y quería ver sus caras de miedo cuando me vieran aparecer en la Plaza Mayor, y es que el escondite era un juego de niños, pero yo me lo tomaba en serio: me encantaba esa sensación que te recorría de arriba abajo cuando tu perseguidor pasaba justo al lado de tu guarida sin verte siquiera. Atravesé unos llamativos geranios y por fin encontré lo que buscaba. Me dirigí hacia la pequeña construcción que sobresalía del mar verde. Tenía el tejado negro típico del lugar y estaba hecha con unas piedras claras y desgastadas, se intuía que era muy antigua. Unos arcos enmarcaban una puerta de madera oscura que daba la impresión de llevar años cerrada y unas hiedras tapizaban sus paredes exteriores. Me erguí, tensé los músculos y comencé a correr lo más rápido que pude, llegué al edificio casi sin aliento y derrapando me agarré a la anilla de metal que colgaba de la puerta y empujé con todas mis fuerzas. No pasó nada. Me apoyé y eché todo mi peso. Nada. Los pies resbalaban sobre la piedra y aquello no se movía. Me aparté y con la respiración entrecortada miré la puerta. Parecía que ni siquiera la hubiese tocado, entonces me acordé de Arquímedes y me puse a buscar una palanca. Conseguí arrancar una barra de hierro que estaba medio suelta de una de las rejas que cubrían las ventanas y la metí entre la puerta y su marco. Después de hacer fuerza un rato la puerta cedió y conseguí acceder al interior. Estaba en penumbra, por las ventanas se filtraban retazos de luz naranja del atardecer que le conferían un aspecto mágico. Los muros estaban repletos de inscripciones en diversos idiomas, algunos los conocía como el latín, el griego y el castellano antiguo, había varios textos escritos en lenguas orientales, y otros simplemente me resultaban completamente desconocidos. A su vez, la sala estaba llena de espejos de todos los tamaños y formas, y co5


locados de todas las maneras posibles, en el techo, en las paredes, apoyados e incluso esparcidos por el suelo. Lo más extraño era que estaban todos rotos, solo había uno intacto. Presidía la estancia, colgado justo en frente de la puerta y un rayo rojizo incidía en su brillante superficie que parecía ondularse como si de agua se tratase. Cerré la puerta a mis espaldas y caminé hasta un rincón con pocos cristales, me senté y me dispuse a esperar, ya quedaba menos para que el sol se escondiese y yo pudiese salir triunfal de este sitio tan raro. Debía de llevar unos minutos aguardando; se me hicieron eternos. Y el sol seguía sin caer. Parecía que alguien lo hubiese clavado en el firmamento a conciencia y, por más que tratase de evitarlo, mi mirada se dirigía una y otra vez al misterioso espejo. Me abracé las rodillas, crucé las piernas y cambié de postura como otras mil veces pero el objeto seguía atrayéndome. Al fin me decidí a acercarme, lentamente me incorporé y encaminé mis pasos hacia él. Me detuve y alcé una tímida mano para tocar su acuosa superficie mientras observaba mi reflejo. Acaricié el cristal con un dedo, dibujando figuras. Fue un poco decepcionante. “La verdad es que me esperaba más”, pensé. Poco a poco apoyé la palma de la mano y entonces noté que algo cedía, era como si el espejo se pudiese abrir. Empujé con aprensión y de pronto se produjo una fuerte ondulación y mi mano se hundió en el reflejo quedándose atrapada. Asustada tiré del brazo, pero solo conseguí meterlo hasta el codo, parecía que fuesen arenas movedizas. Probé a quedarme quieta conteniendo la respiración, mas era como si algo tirase de mí hacia el otro lado. Aterrorizada comencé a gritar y el espejo me tragó. *

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Me desperté sobresaltada, chillando y sudorosa. Miré a mi alrededor. Estaba en la habitación de los espejos, en el mismo rincón. Todo estaba exactamente igual. “Uff”, pensé, “menudo sueño, ¡casi parecía real!” Me froté los ojos, cansada, y esperé a que se me pasase el susto. El astro rey seguía ocupando el mismo lugar en el cielo, lo extraño es que parecía que habían pasado horas, ¿tan poco había dormido? Me quedé quieta sin saber qué hacer cuando lo oí. Parecían ¿llantos? Y… ¿pisadas? Miré por la ventana pero esta estaba situada en un ángulo que solo me permitía ver los montes y los jazmines. Suspiré y me volví hacia la puerta, no sin antes echarle una temerosa mirada al espejo que continuaba tal cual lo recordaba antes de dormirme. Abrí la puerta y lo que vi me dejó sin habla: por todas partes había personas, algunas lloraban frente a las tumbas, otras tenían la mirada perdida y la melancolía pintada en el rostro, una minoría vagaba sin cesar escrutando los jardines, como buscando algo; algunas vestían como en los 80, otras llevaban calzas y túnicas como en la edad media, había quienes vestían como en la actualidad. Nadie me miró, cada uno seguía a lo suyo. Aquello no me gustaba, de modo que me dirigí a la salida. “¿Acaso sigo soñando?”, me pregunté, ¿de dónde había salido toda esta gente? El camino de gravilla parecía no tener fin, cada vez que doblaba una esquina esperando ver la vieja verja de hierro que me sacaría de este infierno, solo encontraba más y más gravilla delimitada por hermosas plantas. El sol naranja me cegaba a veces, haciéndome tropezar.

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Me crucé varias veces con transeúntes. Me dirigían miradas desesperadas o de compasión. Divisé a un hombre que lloraba desconsoladamente junto a una alegre fuente, se encogía en un torpe intento de pasar desapercibido. Vestía tan solo unos harapos manchados de sudor, pero su apariencia era aseada, no llevaba barba y su pelo seguía perfectamente cortado. Me acerqué y me acuclillé a su lado. -¿Por qué llora, hombre? -deposité una mano en su hombro.- Vuelva al pueblo, pronto anochecerá. Vamos. Levantó la cabeza y me dirigió una mirada desquiciada. -No se puede salir, niña… estamos condenados… es peor que el infierno…balbuceó-. El sol no cae… nada muere…nada nace… ¿por qué?, ¿por qué a mí? Se agarró a mi brazo tan fuerte que tuve que reprimir un gritito. -¡No lo sé! ¡Por favor, no lo sé! Dígame qué sitio es este, ¿qué está pasando? Pero él volvía a retraerse en sus pensamientos diciendo incoherencias. Conseguí zafarme de su tenaza y me alejé a trompicones. Continué caminando enfrascada en mis pensamientos, pues no paraba de darle vueltas a lo que había dicho ese pobre loco. ¿Qué era eso de que no se podía salir? Eso era imposible, todo termina, todo lugar tiene sus límites. Llegué a una plazoleta que tenía un comedor en el centro. Me senté en una silla, ensimismada, hasta que una voz familiar me devolvió al presente: -Dios mío, tú también. ¡No! Me volví y vi a mi abuela… Se suponía que había desaparecido hacía años. Estaba igual que en mis recuerdos, incluso tenía puesta la misma ropa que llevaba la última vez que estuvimos juntas. La miré incrédula y se sentó junto a mí. -¿Cómo has llegado? ¡Oh!, cariño, tenías toda la vida por delante, ¿por qué entraste en el cementerio?, ¿por qué tocaste el espejo? -me acarició la cara y me recogió un mechón tras la oreja. -¿Qué está pasando, abuela? ¿Qué es este sitio y qué haces tú aquí? Estabas desaparecida -repuse sin contestar a sus preguntas. Su rostro se nubló por un momento y cogió aire. -Verás, querida, este sitio es llamado El Jardín de los Eternos. Es un lugar de estancamiento, una vez entras ya no puedes salir nunca. No vas a envejecer, no cambia nada, aquí no nacen bebés y… tampoco muere nadie. Este es un paraje cruel, del que no se puede escapar. Hay quienes lo aceptan como yo, muchos optan por rezar por sus difuntos durante toda la eternidad y luego están los que son incapaces de creer que algo así les pueda estar pasando, y enloquecen, o se pasan su existencia recorriendo los caminos en busca de una salida. Lo mejor será que lo aceptes lo antes posible, la resignación es el mejor modo para aguantar cuerdo el máximo tiempo posible. Yo la observaba boquiabierta, no conseguía asumir sus palabras, era una realidad espantosa, demasiado horrible como para ser cierta.

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Tenía que escapar, no podía rendirme tan fácilmente. Seguro que encontraba la forma de huir. Me levanté con tanto ímpetu que la silla se cayó y en la cara de mi abuela se dibujó una mueca de compasión. La odiaba, ¿cómo podía mirarme así? ¿Cómo podía decirme que estaba condenada, que mi destino era el peor, y pretender que no intentase cambiarlo? Debía empezar a moverme, ponerme a buscar. Y cuando volviese al pueblo me encontraría con mi familia, mis amigos, les contaría lo sucedido y nos reiríamos de la aventura, me acostaría y al día siguiente volvería al colegio. Comencé a correr sin rumbo fijo. Salí de la plazoleta para adentrarme en el laberinto de brillantes colores. Las flores que antes se me habían antojado hermosas ahora me resultaban repulsivas; sus tallos parecían querer cogerme y arrastrarme hasta la oscuridad que se adivinaba entre el follaje. Avanzaba desorientada en una carrera sin pausa. Cada vez que me caía arañándome palmas y rodillas, me levantaba, no sin esfuerzo, y reanudaba mi maratón. No sé cuánto tiempo había estado deambulando, cuando me detuve. Me senté apoyada en una lápida, preguntándome qué estaría pasando en el pueblo: mis padres, mis hermanos. Debían de haber pasado días desde que me escondí en el cementerio. No los volvería a ver más. Pensarían que había desaparecido como la abuela. Evoqué el recuerdo de sus caras, los momentos que habíamos pasado juntos, el sonido de sus voces... Unas lágrimas surcaron mis mejillas. Estaba viviendo una pesadilla, pero seguía sin tirar la toalla. Decidí continuar caminando, tratando sin éxito de memorizar las direcciones que tomaba. Era como una marioneta, ya no me importaba saber a dónde me dirigía. La pena me consumía por dentro. Seguí arrastrando los pies mientras leía los epitafios de las lápidas. Ninguno tenía la fecha de la muerte, todos compartían un interrogante. De repente, una tumba llamó mi atención. Era modesta, decorada con unos pequeños dibujillos y tenía unas flores enmarcándola, pero lo que me sorprendió fue que esa lápida tenía escrito en grandes letras ¡MI NOMBRE! Me dio un vuelco al corazón al leer mi fecha de nacimiento seguida de ese maldito símbolo y lo único que pude hacer fue caer de rodillas y llorar hasta que se me acabaron las lágrimas, me quedé llorando por mi suerte, llorando por la vida que había perdido.

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La plaza de las ánimas Jesús Bescós 3ºD ESO

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erdí el último autobús y tuve que caminar hasta la Plaza de las Ánimas. Eran ya más de las diez de la noche y por la calle no quedaba nadie. De camino, vi al mendigo que siempre decía: “No vayas hacia allí, no vayas”. En ese momento un escalofrío me recorrió todo el cuerpo, pero no le di importancia. Unos metros más allá escuché unos pasos rápidos como si alguien me siguiera, me di la vuelta y no había nadie. Los volví a escuchar y allí lo vi, mis sospechas eran ciertas, me estaba siguiendo alguien o algo: era un pequeño perrito al que le faltaba una pata. Como no veía a nadie que pareciera ser su dueño, decidí cogerlo y llevarlo a casa. Me preguntaba si el perrito estaría a gusto conmigo pero me pareció raro que le faltara una pata. Pensando en lo que le podía haber pasado no me di cuenta de que estaba llegando a la Plaza de las Ánimas. Rufo, que era como yo había llamado al perrito, empezó a ladrar sin control. Conseguí acallarlo y allí enfrente pude divisar entre una extraña niebla una sinuosa sombra, como las de las películas. Me resultaba familiar: esa extraña sombra me recordaba al carnicero del pueblo que días atrás había perdido a su hija en un trágico accidente de coche. Me fijé bien, parecía que estaba depositando a alguien a los pies de la estatua, se agachó y a mis oídos empezaron a llegar unas palabras parecidas a las de los libros antiguos que solía leer el abuelo cuando íbamos a visitarlo. En ese momento me acordé de lo que me contó mi abuelo antes de morir. Me dijo que en la noche del treinta y uno de octubre, si alguien depositaba el cuerpo de un ser querido por el que estuviera dispuesto a dar la vida en el regazo de la estatua de la Plaza de las Ánimas, sería devuelto a la vida. De repente un haz de luz iluminó el cuerpo de la niña que estaba en la estatua. La sombra cayó al suelo y la niña se levantó de forma rara: sus heridas seguían a la vista y cojeaba de forma extraña. Se giró de repente, emitió una especie de chillido y echó a correr hacia mí. Yo, asustada, corrí como nunca lo había hecho y me fui hacia casa de mi amiga Lola. Cuando estaba en el portal de su casa empecé a golpear su puerta. Ella bajó medio dormida y pasé sin su permiso, di un portazo y le dije a Lola que cerrara con llave. Le expliqué lo que había sucedido y empezó a burlarse de mí. Le dije que asomara la cabeza por la ventana. Dio un grito y echó a correr escaleras arriba y yo detrás de ella. De repente se oyó el resquebrajar de cristales de la ventana, el miedo me recorrió entera y empezamos a chillar como locas. Era como si nadie nos oyera, nos callamos un momento para ver si oíamos algo. Al no oír nada nos relajamos un poco, pero en seguida se volvieron a escuchar ruidos. Las escaleras 9


crujían y, cuando lo que fuera que había ahí empezó a golpear la puerta con una fuerza inimaginable, las bisagras empezaron a saltar, primero la de arriba y luego la de abajo. La puerta cayó al suelo bruscamente y el ser que estaba ahí atacó a Lola. Yo estaba aterrorizada, el miedo me había paralizado y no sabía qué hacer. El cuerpo de Lola yacía en el suelo de la habitación, mientras el ser maligno se acercaba hacia mí. Suspiré y dije: “Este es el fin.”

Sandra Burillo

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El reflejo Sila Ascaso Vettre, 1º de bachillerato D

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ra domingo por la tarde y Linda se encontraba en su habitación haciendo los deberes que tenía para el día siguiente. Tenía dudas sobre un ejercicio de física, y recordó que los apuntes del año anterior estaban guardados en el desván, así que se puso la bata y subió. Nunca se había sentido cómoda en aquella fría habitación mal iluminada, atestada de trastos polvorientos apilados en montones que llegaban al techo abuhardillado. Encendió la luz y retiró algunas cajas, lo que levantó una nube de polvo que la hizo estornudar. De pronto, una rata salió corriendo y le rozó las piernas. Del susto, Linda dio un respingo, se inclinó hacia atrás y chocó contra un viejo espejo de cuerpo entero. Lo contempló mientras se levantaba y le sorprendió comprobar que, a pesar del polvo que cubría todos los muebles, el espejo estaba impoluto. Constaba de una estructura de madera cuya función era sostener el peso del marco macizo, también de madera, con espirales talladas rodeando la superficie pulida. Se miró en él. La luz del crepúsculo que se filtraba por la pequeña ventana del fondo le daba de refilón, confiriéndole un aspecto misteriosamente bello a su cara. Le gustó aquella imagen, tanto que se quedó mirándola absorta durante un rato. Cuanto más la miraba, más le gustaba. De pronto, el sonido del timbre la sacó de su ensoñación. ¿Tan pronto habían vuelto sus padres? Miró el reloj y se dio cuenta de que llevaba una hora allí arriba. Con las manos entumecidas bajó de nuevo a la planta inferior. Durante la cena, no podía borrar de su cabeza la imagen reflejada en el espejo, y pensó en subir otra vez. No sabía por qué, pero quería, más bien necesitaba, ver aquella imagen de nuevo. Nada más terminar de cenar subió corriendo al desván y se sentó frente al espejo. Sintió alivio, como si llevara mucho tiempo sin respirar y cogiera una bocanada de aire. Se apoyó en un viejo baúl, cerca del espejo. Poco a poco se le cerraron los ojos y se quedó dormida. Cuando despertó, la luz del sol le daba en la cara. ¿Qué hora sería? Bajó al salón y se dio cuenta de que era lunes y debería estar en clase hacía un par de horas. Se vistió corriendo y salió hacia el instituto. Se sorprendió pensando en su reflejo durante todas las clases. Pero, ¿qué narices le pasaba con aquel espejo? En cuanto llegó a casa sintió su atracción. De pronto, se olvidó del hambre, del sueño, del cansancio. Solo quería mirar aquel espejo. Su propio reflejo se

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veía tan misterioso como bello, a pesar de que sabía que no era ella realmente. Se dio cuenta de que aquello era una especie de adicción: pasaba días y noches delante de él, sin comer, sin dormir. Pasaban los días y se hacía más difícil resistirse a él. Cada vez se acercaba más a la superficie lisa y fría. Necesitaba estar cerca de aquella imagen, fusionarse con ella. Aquella noche volvió a subir, pero cuando los rayos del sol despuntaban por el este, Linda no bajó de aquel desván.

Leonor Bescós 12


Estamos esperando…

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Beatriz Muñoz Herreros, 1º de bachillerato F

odos los domingos solíamos pasar el día en la casa de campo de mis abuelos. Se trataba de una casa muy antigua y solitaria, situada al final de un camino desde el que tan solo se divisaban los campos, de distintos colores según los cultivos. Allí el viento soplaba fresco y nos deleitaba con los distintos aromas de las flores silvestres. Era el entorno perfecto para reunirnos con la familia y contar las anécdotas de la semana. Pero ese domingo no fue un domingo cualquiera… El sol empezaba a desaparecer por los campos, indicando que llegaba el final del día y que debíamos regresar a nuestras casas. Ordenamos todo lo que habíamos extendido, cerramos la puerta con llave y nos despedimos con miles de besos como solíamos hacer habitualmente. Montamos cada familia en nuestro coche hasta que nos dimos cuenta de que no arrancaba. Lo sorprendente era que ninguno de los vehículos funcionaba y tuvimos que volver a la casa para ver cómo solucionábamos el problema. Todo era muy extraño… y así empecé a darme cuenta de que algo no iba bien. Desde el interior de la casa, podíamos observar cómo el cielo empezaba a cubrirse de nubes muy negras. Eso solo podía indicar una cosa, y es que una gran tormenta llegaba. Y así fue. A la media hora todas las ventanas de la casa empezaron a cubrirse de miles de gotitas. Mis primos pequeños estaban muy asustados por la situación, pero mi abuelo lo supo arreglar convenciéndolos de que pronto la tormenta pasaría y podríamos volver a casa. Aunque los mayores presentíamos que el problema no era la tormenta… De hecho, no ocurrió lo que mi abuelo dijo. Un gran relámpago llenó todo de luz y, a continuación, un gran estruendo hizo temblar las paredes. Se apagó la luz. Y el miedo empezó a invadirnos, aunque nadie se atrevía a reconocerlo. Solo los más pequeños, que comenzaron a llorar. Tan solo encontramos una vela paran poder alumbrar nuestros rostros desencajados. Nos encontrábamos en el comedor de la casa, sentados y pegados unos a otros, sin saber qué hacer ni qué decir. Estábamos todos muy asustados, pero en especial mi abuela. No paraba de temblar, hasta que nos confesó la historia de la que había oído hablar a sus padres: —Hace más de trescientos años, en la casa de campo vivía una familia. El padre sacaba a pastar a las ovejas de los vecinos del pueblo, y la madre, con los hijos, se encargaba de cultivar la tierra. Un día, sin saber por qué el padre dejó de ir a cuidar a los animales. La madre y los hijos tampoco trabajaban

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los campos. Al cabo de unos días, durante los cuales nadie supo nada de esta familia, los vecinos, alarmados, decidieron entrar en la casa para encontrar alguna respuesta a este misterio. Lo único que encontraron fueron los cuerpos sin vida de aquella familia tan querida de todos. Mi abuela, asustada, terminó contándonos que hasta entonces se rumoreaba en el pueblo que el espíritu de la familia seguía en la casa y que, en las noches de verano, cuando algunos vecinos solían pasear por los caminos, en las proximidades de la vivienda se podía escuchar entre susurros el nombre de cada uno de ellos. Cuando terminó de contar esta historia, comenzamos a escuchar unos ruidos muy extraños alrededor de nuestras cabezas. La llama de la vela comenzó a moverse como si fuera movida por el viento… Su luz se hacía intermitente, y por segundos todo quedaba a oscuras. Yo estaba muy asustada y me abracé a mi madre. Comenzó a hacer mucho frío y unas sombras de formas inexplicables andaban por la pared. El gran espejo que estaba al lado de la chimenea se hizo añicos. De repente noté como si una manta me atrapara y que los párpados me pesaban. Tenía mucho sueño y, a pesar del momento de terror que estaba viviendo, me dormí. Desde aquella noche no hemos vuelto a despertar. Tan solo esperamos la llegada de otra tormenta cuando otra familia venga a disfrutar de un día de verano en el campo.

Lucía Isiegas

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Tras una noche de fiesta María Beltrán, 1º de bachillerato D

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ra una lluviosa noche de invierno. Serían las cinco de la mañana cuando decidí volver a casa. Todo estaba completamente a oscuras, la única iluminación eran las tenues luces de las farolas y los letreros fluorescentes de las tiendas, que aportaban a la negrura de la noche un color amarillento. Tenía los dedos de los pies helados, hasta tal punto que era un total desafío intentar andar con paso firme y seguro. Aunque debido al cansancio y al alcohol que había ingerido no tenía la capacidad de percibir pequeños detalles, pude notar una sombra que se prolongaba a lo largo del suelo hasta mí; era grande y deforme, no parecía una sombra cualquiera. Asustada, me giré hacia atrás y, para mi sorpresa, no había nadie detrás de mí. Miré al suelo esperando encontrar la sombra, pero había desaparecido. Decidí aligerar el paso hasta llegar a la estación de taxis, donde podría coger un transporte para llegar a casa. A mitad de camino avisté un taxi que se encontraba en el lado derecho de la calle; corrí hacia él con la esperanza de poder escapar de aquella sombra. Una vez dentro del taxi cerré la puerta y le dicté la dirección de mi casa al taxista; esto me hizo sentir más segura. Mi sorpresa fue que el vehículo no era conducido por nadie real. Se podía apreciar la silueta inconfundible de un hombre, pero solo era eso, una silueta del negro más intenso que podía imaginar, que incluso resaltaba sobre la oscuridad de la noche. Por un segundo pensé que el alcohol estaba influyendo demasiado en mi imaginación, pero tampoco había bebido tanto. Abrí la puerta del coche con brusquedad y salí del coche tal como había entrado, corriendo. Mi condición física no era la ideal, así que tuve que parar para descansar y cobrar aliento en un rincón oscuro, oculta entre unos arbustos. Totalmente desorientada, escogí la calle en la que más iluminación había, sin saber que esa misma calle iba a ser la última que pisara en toda mi vida. Mientras caminaba con paso nervioso y tembloroso, mi mirada se paseaba errática sobre los recovecos y callejones que iban a pareciendo ante mí. Cuando pensaba que todo había acabado, ocurrió lo inevitable. Un susurro que parecía no venir de ninguna parte captó mi atención. Aunque al principio no se apreciaba con exactitud lo que decía, tras detenerme para conseguir una mejor percepción pude identificar una frase que se repetía una y otra vez: “No tengas miedo…”

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Levanté la cabeza y allí estaba, delante de mí; era ella, la sombra. Se alzó sobre mí amenazante, terrorífica, engulléndome con su negrura. Mis pies retrocedieron un paso hacia atrás, tropezando, de manera que caí de espaldas. Mi cabeza se quebró con un ruido seco y contundente al chocar contra el bordillo de la acera. Un reguero de sangre salía de mi cráneo y se mezclaba con el agua de lluvia que discurría por la orilla de la acera hasta desembocar en una alcantarilla, por la que se escapaba mi vida camino de las cloacas. Lo último que pude ver fue una especie de sonrisa dibujada en el rostro de la sombra. Mi cuerpo nunca fue encontrado.

Ana Ruíz

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Ciento siete Pilar Oñate, 1º de bachillerato F

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se día llovía como nunca antes había visto. Estaba de paso por aquel pueblo, así que no tenía dónde resguardarme de la terrible tormenta. Empecé a buscar un lugar donde pasar la noche, y tuve suerte ya que, a los diez minutos de caminar bajo aquella lluvia torrencial, vi un pequeño hotel con aspecto agradable, perfecto para pasar allí la noche y olvidarse de frío y la humedad que acechaban fuera. En el momento de entrar, una sensación extraña, mezcla de inseguridad y terror, me invadió. Como no encontré motivo alguno para ello, le eché la culpa al mal tiempo y a un incipiente catarro. No esperaba lo que iba a sucederme. Llegué temblando, aunque poco tardé en entrar en calor. En seguida me atendieron, les expliqué mi situación y me dieron una habitación, la número 106. Cogí la llave y me dispuse a subir, cuando me advirtieron que no prestase atención a la habitación sin número contigua a la mía. Mi decisión de hacer caso al recepcionista apenas duró unos instantes. Un minuto quizás. Lo dudo. Decidí, pues, echarle un vistazo después de acomodarme. Llegué al pasillo correspondiente y, efectivamente, los números saltaban del 106 al 108, sin pasar por el 107. Entré, dejé mis cosas, me di una ducha bien calentita y busqué algo seco que ponerme. Cuando acabé, salí al pasillo para averiguar qué ocurría con la puerta que, por lógica, debía ser la 107. Era una puerta como las demás, no parecía tener nada especial. Me enfrenté a ella. Pensé en llamar, pero mis impulsos se adelantaron a la razón y me vi con un ojo puesto en el hueco de la cerradura. A duras penas vislumbré lo que había en esa habitación, aunque me di cuenta de que estaba casi vacía. Era como mi habitación, pero tenía las paredes completamente blancas, de un blanco sucio, no tenían ese ridículo papel de mi habitación. También había una figura humana, sí. Una figura femenina que se mantenía en pie, de espaldas a la puerta, mirando a la ventana, viendo la lluvia caer. Llamé a la puerta para ver si me abría, pero nadie lo hizo. Volví a mirar por la cerradura y un ojo inyectado en sangre me clavó la mirada. Desde ese momento, ya no recuerdo nada más. Solo sé que mi familia ya no me lleva flores allí.

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El fantasma de El Pueyo de Jaca Inés Jiménez, 1º de bachillerato F

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uenta la leyenda que en un pueblecito del Pirineo aragonés habitaron durante el siglo XIX unos marqueses. Un buen día la marquesa se quedó embarazada y dio a luz a dos preciosos gemelos, Úrbez y Victorián. Tras el nacimiento, el padre de los niños decidió contratar a una institutriz para el cuidado y la educación de sus hijos. Esta era la hija de un noble inglés, llamada Celina. Celina cuidaba muy bien de ellos y atendía a todas sus necesidades, por lo que no tardó en encariñarse con los pequeños y los trataba como si fueran hijos propios. Una de las varias aficiones de Celina era tocar el piano. De hecho, tenía un cuarto dedicado únicamente a dicho instrumento, en el que se pasaba horas y horas tocando para los niños. El día de Todos los Santos Celina dio un concierto para la gente del pueblo y de los alrededores, en el que interpretó su pieza favorita, “Pavana para una infanta difunta”, de Ravel. Unos días después de su concierto, la institutriz se llevó a los niños a dar un paseo. Cuando llegaron a la confluencia de los ríos Caldarés y Bolatica, se sentó en una roca y comenzó a leer. Enfrascada en su lectura no se dio cuenta de cómo, poco a poco, el cochecito en el que iban los gemelos se alejaba de ella y se dirigía al río. Cuando se quiso dar cuenta ya estaban en el agua; desesperada, se lanzó a rescatarlos sin pensárselo dos veces. Tres días más tarde los tres cadáveres fueron encontrados en el río Gállego. Desde entonces se dice que el espíritu de Celina sigue en la casa, pues algunos turistas afirman haber escuchado el sonido del piano por la noche, tocando “Pavana para una infanta difunta”. Otros dicen que el día de Todos los Santos Celina sale al jardín a pasear, como solía hacer con los gemelos. Hoy en día esta casa es el albergue de El Pueyo de Jaca, al que acuden numerosos turistas, incluso se organizan en él campamentos de verano. Pero cada 1 de noviembre el albergue se reserva únicamente para Celina.

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El libro de las almas

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Santiago Torrijo Kalimulina, 1º de bachillerato E

n verano, unos amigos deciden pasar un fin de semana en una cabaña que pertenecía a unos hermanos del grupo. La cabaña estaba en mal estado ya que nadie la había visitado en mucho tiempo. Estaba perdida en los bosques, cerca de un lago, y era amplia, lo suficiente para alojar a cinco jóvenes. Los primeros en llegar fueron Billy y Mandy. Billy era un chico alto y rubio. No era muy atractivo, pero tenía un aire misterioso que lo hacía interesante. Mandy era una joven afro-americana del Sur. Eran pareja desde hacía unos cinco años. Al llegar, decidieron explorar la zona. Descubrieron un pozo detrás de la cabaña, sacaron unos bocadillos y decidieron esperar a los demás sentados allí. Al poco tiempo llegaron los propietarios: Jimmy -el hermano mayor, que venía acompañado de Susan, su novia- y Julia, la hermana pequeña. Julia era la menor del grupo. Tenía dieciséis años, pero era bastante tranquila para su edad. Susan, en cambio, era una atractiva pelirroja que no se había adaptado del todo al grupo y esperaba congeniar con los amigos de Jimmy en esta corta experiencia. Los tres divisaron a la pareja que comía al lado del pozo. Tras saludarse y charlar un rato, decidieron dedicarse a la limpieza de la cabaña. Extrañamente, la casa estaba por dentro en bastantes buenas condiciones. Las paredes parecían firmes y el baño estaba sospechosamente limpio. Aun así, arreglaron los pequeños desperfectos y decidieron irse a dormir. *

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Un grito a medianoche alertó a los jóvenes. Todos salieron corriendo de sus habitaciones. La única que faltaba era Julia. Estaba claro entonces: el grito era de la hermana pequeña y provenía de debajo de la casa. Al entrar al salón, Jimmy divisó en medio del suelo una trampilla que no había visto en sus anteriores visitas. La trampilla estaba abierta y, al oír otra vez el grito de la pequeña, no se lo pensó dos veces y saltó al agujero. Sus amigos lo siguieron temerosos. La trampilla se cerró estrepitosamente tras ellos. No tenían salida. Todo estaba oscuro y el miedo se palpaba en el ambiente. En el sótano hacía demasiado frío. Había una puerta en una de las paredes y, a pesar de la oscuridad, se podía distinguir que estaba totalmente podrida. No parecía tener ningún tipo de cerradura, por lo que no debería estar cerra-

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da. Jimmy se acercó. Puso su mano sobre el pomo de la puerta. Estaba caliente, casi quemaba. *

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Julia ya no podía gritar, o al menos su cuerpo no podía. Entendía que había bajado al sótano y había encontrado una extraña habitación, pero ahora solo veía un ser delante de ella. Una criatura roja con cuerpo humano y cabeza de carnero. Era alto y ancho y la miraba con sus ojos negros. Ella seguía gritando, pero no se oía nada. *

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Ninguno de los amigos decía nada. El hermano de Julia se disponía a abrir esa puerta y descubrir el misterio que encerraba. Jimmy la abrió finalmente. Era terrorífico. La habitación estaba iluminada por trece velas del mismo tamaño, que estaban sobre una mesa negra. En el centro de la mesa había un libro cerrado rodeado por un círculo blanco que se distinguía perfectamente. Julia yacía en el suelo, estaba inconsciente. Billy, que había estudiado medicina, se acercó corriendo al cuerpo inmóvil de la joven e intentó reanimarla sin éxito. Mandy y Susan se habían quedado petrificadas a causa del miedo. Jimmy parecía hipnotizado por el libro. El hermano se acercaba lentamente a la mesa negra y abría el misterioso artefacto arcano. Las páginas finales estaban en blanco. Poco a poco se acercaba a las del principio. Algo empezó a aparecer en aquellas páginas. Todo estaba lleno de nombres. El último escrito era el de su hermana Julia y en la portada figuraba una combinación de números y el título: “666 Ánimas”.

Juan Ciorda

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El punto de vista de un demonio nómada Julia Longás, 1º de bachillerato D

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ené juega en el jardín. Su madre está en casa y su padre podando unos árboles. De repente, se oye un grito de mujer proveniente de la vivienda. Los dos corren dentro. Nené intenta seguir a su padre con sus piernecitas. Un nuevo grito de la madre, más escalofriante que el primero, les indica hacia qué parte de la casa tienen que dirigirse. Cuando llegan al dormitorio principal, la mujer está en el suelo, ovillada en posición fetal. Los ojos rojos por el llanto miran hacia el infinito. Las pupilas dilatadas. El pelo desordenado. Las manos protegiendo la cabeza. Murmura cosas que el resto de la familia no alcanza a comprender. El marido, horrorizado ante esa imagen, se arrodilla al lado de ella, la abraza y la mece en sus brazos susurrándole palabras tranquilizadoras que de poco sirven. Por su parte, Nené se ha separado de sus padres y se ha colocado frente al espejo. Aferrado a su oso de peluche, contempla, sin hacer gesto o sonido alguno, la imagen que ha quedado plasmada y que ahora lo mira. Al lado de su reflejo está el de su madre, pero no como él la conoce, no es exactamente ella. Su pelo es grisáceo, está tan delgada que se le marcan todos los huesos. Parece un cadáver. Tiene una media sonrisa y de la boca le caen gotas de sangre. Nené no parece asustado, por el contrario, parece bastante tranquilo. —Mamá, papá –dice. Sus palabras flotan en el aire.- ¡Mamá, papá! –Por fin los dos se han calmado. Se vuelven hacia el niño, que mira el espejo. La mirada del padre se posa en el espejo, la madre ha vuelto a esconder la cabeza. Ahora el reflejo de la madre ha desaparecido y, por el contrario, está el del padre, con las mismas características que el anterior reflejo. Se pone en pie frente al espejo. Su yo viejo agranda la sonrisa, de su boca empieza a salir más sangre. A la vez el padre comienza a gritar y a ponerse pálido. Cae al suelo junto a su mujer, y hace lo mismo que ella, presa del pánico. Nené sigue sin inmutarse frente al espejo. Aparecen los dos reflejos, que comienzan a fusionarse dando lugar al reflejo del niño, tal y como es. Va acercando la mano al espejo y, cuando lo toca, absorbo todo su ser y me cuelo en su cuerpecito. No es gran cosa, pero puedo entrenarlo para matar, y ya que no había conseguido meterme en el de sus padres, quizá sea una excelente manera de comenzar el entrenamiento. 21


Y, para ir terminando, como a los depredadores les gusta jugar con sus presas antes de matarlas, quizĂĄ si a tu lado comienza a haber asesinatos sangrientos y tĂş sobrevives, ÂĄenhorabuena!, eres el plato estrella, la guinda del pastel, el prĂłximo cuerpo donde hospedarme.

Natalia Fresneda

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Lo que no se ve

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Laura de Luis Leonarte, 1º de bachillerato F

l agua de la lluvia golpeaba fuertemente los cristales de las ventanas del hospital y el resplandor de los relámpagos alumbraba la oscura habitación. En ella se encontraba una mujer que había dado a luz hacía pocos días, y a su lado, en una cuna, una niña que miraba fijamente a un rincón donde no llegaba la luz que emitían los relámpagos. Pasaron los años y aquel bebé se convirtió en una niña de apenas cinco años que esa tarde se entretenía mirando las imágenes de un libro. Su madre había salido un momento y su padre estaba trabajando. Una fría corriente se coló por la ventana del salón e hizo estremecerse a Alma. —No, hoy no quiero jugar –fueron las palabras que susurró la niña. Un escalofrío le recorrió la espalda, ahora se podía escuchar el ruido de los árboles provocado por el viento. “No, hoy no”, volvió a repetir Alma, alzando el tono de voz. El ruido de los árboles se volvió más intenso, y el calor descendió considerablemente en el salón. “Déjame”, dijo Alma entre sollozos. En décimas de segundo, un estruendo retumbó por toda la casa, el viento cesó y la temperatura volvió a normalizarse. Alma, asustada, se encerró en su habitación, olvidando el libro encima de la mesa. Pensó que allí estaría segura. Cuando regresó su madre, se atrevió a salir de su cuarto y, tiritando todavía, se sentó en el sofá con los ojos fijos en el televisor apagado. El viento volvió a levantarse y la madre de Alma, que lo había sentido, cerró las ventanas. Otro escalofrío recorrió el cuerpo de la niña mientras la temperatura descendía considerablemente. “Desaparece”, susurró Alba entrecortadamente. Su madre, alertada de la bajada de la temperatura, fue a comprobar el termostato, pero el ruido de las ventanas al abrirse la sobresaltó. —Alma, ¿qué ocurre? –preguntó a su hija que seguía inmóvil en el sofá. —No quiero, ¡no quiero verte más! –gritó Alma entre lágrimas. Su madre, preocupada, se acercó a ella pero, de repente, toda la casa se quedó a oscuras. El ruido del viento aumentó, comenzó a llover y el sonido de los truenos retumbaba en toda la casa. De pronto, un ruido seco, un chillido y un golpe. Silencio absoluto. Ya nada volvería a la normalidad.

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Pesadilla Ana Remiro, 1º de bachillerato D

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oy es 1 de noviembre, día de Todos los Santos. Me despertaré tarde y haré un gran desayuno, me pondré elegante e iré a limpiar las tumbas de mis padres. Llego al cementerio y está lleno de gente, todo el mundo quiere velar a sus muertos. De repente tengo una sensación de abandono. Desde que mis padres fallecieron hace siete años, trato de sobrellevar cada día que pasa, pero no siempre puedo mantenerme y caigo. Caigo en profundas depresiones en las que solo encuentro consuelo y algo de paz cuando empiezo a sentir los efectos del antidepresivo, una calidez que me calma levemente. Pero cuando ese calor empieza a esfumarse la ventisca reaparece cada vez más fuerte. He cambiado, ahora nunca sonrío. No sé por qué pero me da la sensación de que me quedo sin tiempo, así que corro. Todo el mundo me mira, pero yo corro. No encuentro las tumbas. Doy vueltas y vueltas pero no las veo. Empiezo a sentir frío, ese frío interior que no se calma con un jersey ni con una bufanda. Todo da vueltas y casi no puedo respirar, correr me ha fatigado. Trato de apoyarme, pero calculo mal la distancia y caigo con un golpe seco. Abro los ojos. Ahora, silencio. Ya nada da vueltas y el frío ha menguado. Me incorporo pero ya no estoy en el cementerio. Despierto en la misma estancia que estos últimos siete años, las mismas paredes, las mismas grietas… Necesito ubicarme, encerrada se pierde fácilmente la noción del tiempo. Miro el calendario, aunque en realidad ya sé qué día es. Durante estos siete últimos años he tenido esta misma pesadilla todos los primeros de noviembre. Empieza un nuevo día en la prisión psiquiátrica de Santa Bárbara. Con este ya serán 2.648 días durante los que habré lamentado haber asesinado a mis padres.

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Prefiero la vida real

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Ana Celaya, 1º de bachillerato F

i vida no podía seguir así, ¡cada noche la misma pesadilla!

A las once de la noche, de manera ritual, cada día me dormía con el ruido de los últimos wasaps sonando en mi móvil. Pero cuando el reloj de esa vieja iglesia románica que hay en la plaza de al lado de mi casa marcaba las doce, empezaba la ceremonia. Me hallaba junto a un lago, con los cabellos sueltos, ondulados, y un camisón viejo de color gris ceniza con olor a naftalina. La luna llena… preciosa. El cielo de una negritud amenazante y la niebla, como en cualquier película que se precie, cubriendo hasta mis pies descalzos y dando un aspecto misterioso a la noche. De repente, ese grito de cada noche. La voz no era clara ni constante, solo se oía por momentos, pero era seguro que pedía socorro. Casi gateando, me acerqué hasta la orilla del lago, atormentada por aquel grito. El reflejo en el agua de mi rostro blanco me asustó. Desfallecida, esquelética, no parecía yo. Emitía vacilantes palabras para que la voz, que parecía venir del otro lado del lago, se sintiera atendida. Las fuerzas me fallaban. Todas las noches la misma impotencia. La niebla fue levantando y me permitió vislumbrar los perfiles de un bosque tupido, con numerosos ojos de búhos atentos, vigilando la noche en sus ramas. Intenté caminar con las escasas fuerzas que me quedaban, pero me resultaba casi imposible. De repente, un ejército de arañas gigantes salió del fondo del lago. Eran miles, feas, terroríficas, y portaban hachas y cuchillos. Pero eran sobre todo sus sonrisas las que me producían más sensación de pánico. No sabía qué hacer, las fuerzas me fallaban. Me escondí tras unas rocas, y una vez que habían pasado todas, la voz del lago me iba resultando más familiar… Entonces descubrí la verdad: la voz que se oía de fondo era la mía, era yo la que pedía auxilio. Mi confusión era máxima… ¿Qué significaba todo esto? De manera fiel, mi despertador sonó como cada mañana permitiéndome volver a la realidad. La sonrisa volvía a mi rostro y, como cada día, me prometía que, si algo necesitaba, lo compartiría con mis amigos y no permitiría que esa pesadilla me acompañara noche tras noche. Prefiero la vida real a las pesadillas que pueblan la noche, ese es mi reto.

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Un cuerpo extraño

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Isabel Gil de la Fuente, 1º de bachillerato F

pagué el proyector y recogí los trabajos de mis alumnos, introduje la mano dentro de mi cartera y alcancé las llaves del aula. Con todos los bártulos en la mano me dirigí hacia la puerta y la cerré tras de mí asegurándome de que la cerradura y el picaporte no estaban sueltos. Miré el reloj y me di cuenta de que no llegaba a tiempo a la cena con mi mujer, se lo prometí y una vez más iba a llegar tarde. El trabajo me consumía la mayor parte de mi tiempo libre pues me encantaba pasar tiempo con los chicos adentrándome en la historia, resolviendo sus dudas y respondiendo sus curiosas preguntas, una de ellas, en concreto de mi alumno más aventajado, me hizo pensar más de lo normal; gran parte del camino a casa le estuve dando vueltas. Creí que había sido una buena idea cambiar por un día la temática de las clases e innovar con el tema de la licantropía. Desde muy pequeño siempre me había interesado todo lo relacionado con seres mitológicos, fantásticos y de leyenda. Especialmente me sentía atraído por los hombres lobos. Compraba y leía libros, los devoraba, me apasionaban, disfrutaba. Y sí, sigo disfrutando como un crío, por eso me gusta compartir mis gustos con los alumnos, ellos son los que mejor me escuchan y hacen de mis días un juego. Encendí la radio y sintonicé una cadena con música “lounge”, en realidad no me gusta ese estilo, pero necesitaba algo lento y suave con lo que alejarme de todo pensamiento inoportuno, excepto que iba a llegar a casa y cenaría con mi mujer. Las manos sobre el volante me sudaban, tenía calor y frío al mismo tiempo, un escalofrío me recorría de arriba abajo y de repente se paró el coche en medio de la carretera. Giré la llave una y otra vez y el coche seguía igual que antes, resumiendo, me había dejado tirado en plena carretera, una fría y oscura noche de noviembre. Salí del coche, coloqué el triángulo rojo y me puse el chaleco reflectante. Me mantuve durante varios minutos de pie tratando de contactar con una grúa, pero sin éxito, no recibí respuesta alguna. Un sonido acompañado de una ventana emergente azul apareció en la pantalla de mi teléfono, batería baja decía, y yo, mientras, pensé que no había peor momento para que esto sucediese. La temperatura descendía cada vez más y mis huesos empezaban a sentir el frío; recordé una manta que guardaba debajo del asiento del copiloto y fui a por ella. Me la eché sobre los hombros y me apoyé en el maletero tratando de ponerme en contacto con una grúa por segunda vez, pero para mi

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desgracia no hubo resultado. Mis ojos se cerraban poco a poco, era algo más de medianoche y me dolían bastante las piernas. Entre pestañeo y pestañeo vi una figura borrosa al final del camino; un bulto enorme, negro, con cierto vaho alrededor suyo, parecía una respiración y por lo que pude observar bastante agitada. Volví a cerrar los ojos, la cabeza me daba vueltas, la figura se acercaba cada vez más a mí. Todo parecía fruto de una pesadilla, pero lo que estaba viendo era muy real. Unos feroces ojos me miraban desde la lejanía, la luna casi llena se reflejaba en ellos, un pelaje espeso y negro iba dando botes sobre el suelo y cuando ya estaba tan cerca que podía sentir su aliento, cuatro grandes colmillos se abalanzaron sobre mí haciendo que perdiera el conocimiento. Lo próximo que vi era la luz del día, lejos de mi coche, solo veía las copas de los árboles del frondoso bosque, hojas que caían lentamente hacia un yo tumbado sobre el húmedo suelo, totalmente fuera de lugar. Me sentía una persona nueva, diferente, más ágil, más fuerte. Tenía hambre y sed pero había otro aspecto que predominaba en mi lista de prioridades, encontrar mi coche y volver a casa. Una vez me incorporé, eche a andar y divisé a unos cuantos metros más allá mi coche, eso significaba que iba en la dirección correcta. Me alegré bastante de verlo mi, pero al rato caí en la cuenta de que la noche pasada no arrancaba, así que decidí seguir el camino que me quedaba hasta casa; esta se situaba en una urbanización que se caracterizaba porque todas las fachadas laterales estaban pintadas de color rosa. Pronto divisé las peculiares fachadas y apreté el paso cada vez más. Una vez estuve frente al número 145, toqué el timbre efusivamente y me recosté sobre la pared esperando a que se abriera la puerta. Deseaba ver a mi mujer, abrazarla y compensarle por la noche perdida del día anterior. Lo primero que vi fue la cara enfadada de mi mujer, abrió la puerta y se alejó casa adentro dejando que entrase. Tardé unos minutos en reaccionar y, una vez dentro, gritó desde el salón: -¡Cierra la puerta! Hasta bien pasadas las siete de la tarde no mantuve una conversación con ella, se le veía distraída, confusa y sobre todo de muy mal humor. En mitad de la cena le conté todo lo que me había ocurrido la noche anterior, no pareció creerme mucho; resignada, dejó la servilleta sobre la mesa y abandonó el comedor. Mientras yo recogía los platos, ella subía los escalones camino del dormitorio a un paso más lento de lo normal, arrastrando los pies sobre la moqueta. Me di mucha prisa en recoger todo y me fui rápidamente a la cama quedándome dormido al instante. En medio de la noche noté un fuerte dolor en el pecho que me sobrecogió por completo, haciendo que me levantara de un salto. Noté una tensión dolorosa en todas las articulaciones y todos los huesos me crujían a la vez, notaba que mi piel se estiraba, sentía mi cuerpo extraño. Un martilleo dentro de la cabeza no me dejaba pensar y una fuerza interior, desconocida hasta ese momento, surgió de mí haciendo que al momento me arrepintiera de lo que allí había sucedido. Mi mujer yacía muerta a mis pies, un gran charco de sangre cubría la moqueta, se veían salpicaduras sobre los finos cristales de la ventana, los bajos de la cortina estaban manchados de color burdeos y mis ojos admiraban la belleza de la luna llena a la par que mi cerebro seguía procesando la curiosa pregunta de aquella mañana. 27


El hombre de la máscara

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Laura Sáez Martínez, 1º de bachillerato E

ran las vacaciones de Navidad y, como cada año, mis padres y yo fuimos a casa de mis abuelos para reunirnos allí con toda la familia. Ellos vivían en una ciudad del norte del país, en un pequeño chalet de las afueras. Cuando llegamos, la casa estaba decorada como en una película: las ventanas bordeadas de luces parpadeantes de colores y el olivo del jardín, adornado con guirnaldas, como si de un abeto se tratase. Tan solo faltaba que todo se cubriera de nieve, pero aquel día apenas había nevado. Podían verse montoncitos de nieve sucia bajo las ruedas de los coches y en las ventanas, el resto de la nieve ya se había derretido. A las nueve todos estábamos sentados a la mesa, esperando a que mis tíos trajesen los entrantes y las ensaladas. Durante la cena todos hablaban, cada cual más alto; mi padre contaba una anécdota y, mientras, mis primos pequeños contaban chistes. Yo no sabía muy bien a qué parte de la mesa pertenecía, si a la de los niños de cinco a nueve años, o a la de los adultos. Simplemente escuchaba. Después de cenar, me senté con mis primos en el sofá mientras los adultos seguían hablando en el comedor. Encendimos la tele y a nadie pareció importarle ver la misma película que los dos años anteriores. Podían variar un poco la programación navideña. Me pareció ver algo en la ventana. Alguien. Era un hombre y parecía no tener cara, como si llevase una máscara blanca. Estaba mirando a través de la ventana y gesticulaba como si llamase a alguien: “Ven, ven.” Aquel hombre miraba a mi prima Raquel, de cinco años. Ella se levantó del sofá con intención de obedecerle. Rápidamente me adelanté y cerré la puerta con llave. No iba a entrar ni salir nadie. Oí los golpecitos del hombre en el cristal de la ventana, y fui a correr las cortinas mientras llamaba a mis padres, a mis tíos y a mis abuelos, uno por uno. No parecían oírme. Cuando llegué a la ventana, él ya no estaba allí. Y cuando sujeté la cortina me di cuenta de que Raquel no estaba en casa, sino en la acera, sentada y mirando al cielo. ¿Cómo habría llegado hasta allí si las ventanas están protegidas con rejas? Llamé a mi familia más alto, necesitaba ayuda. Decidí salir yo misma a buscarla y, cuando me di cuenta, yo estaba en la calle y mi padre me observaba desde la ventana con el ceño fruncido. Entré de nuevo en casa.

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—Está en el salón con tus primos. ¿Qué pasa? ¿Por qué gritabas? —¿Qué? -Miré al sofá y, efectivamente, allí estaba, pero algo había cambiado en su cara: llevaba la máscara del hombre. Fui hacia ella. —¿Estás bien? –Esperé respuesta pero no la obtuve. Raquel estaba más pendiente de la película que de mí.- Raquel, ¿cómo has salido? ¿Estás bien? Llevé mis manos a su rostro, pero no sentí máscara alguna sino su piel, sus mofletes rechonchos y sus hoyuelos. No tenía sentido, yo veía su cara totalmente blanca, como la de un fantasma. Pensé que me estaba volviendo loca. Subí a la habitación que tiempo atrás perteneció a mi madre y me eché a dormir con el objetivo de despejarme. Tan solo habían pasado tres cuartos de hora cuando todos mis primos vinieron a despertarme. —¡Es la hora de abrir los regalos! –gritaban. Los seguí. La noche transcurrió como las navidades pasadas –abrimos nuestros regalos, aguantamos la sesión de fotos de mi familia y los pequeños se quedaron dormidos después de haber abierto sus regalos-, con la excepción de que yo seguía viendo a la pequeña Raquel con aquella máscara. Hoy es 24 de diciembre y he vuelto a casa de mis abuelos. Al entrar en la ciudad, mientras iba en el coche, me ha parecido ver al hombre de la máscara cruzando la calle.

Víctor Berges

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Índice Esta historia la soñé .............................................................. 3 Germán Lahoz, 3º ESO El jardín de los eternos .......................................................... 5 Sara García, 3º ESO La plaza de las ánimas .......................................................... 9 Jesús Bescós 3ºD ESO El reflejo ............................................................................. 11 Sila Ascaso, 1º de bachillerato Estamos esperando… ............................................................. 13 Beatriz Muñoz, 1º de bachillerato Tras una noche de fiesta ........................................................ 15 María Beltrán, 1º de bachillerato Ciento siete ......................................................................... 17 Pilar Oñate, 1º de bachillerato El fantasma de El Pueyo de Jaca ............................................. 18 Inés Jiménez, 1º de bachillerato El libro de las almas .............................................................. 19 Santiago Torrijo, 1º de bachillerato El punto de vista de un demonio nómada ................................. 21 Julia Longás, 1º de bachillerato Lo que no se ve .................................................................... 23 Laura de Luis, 1º de bachillerato Pesadilla .............................................................................. 24 Ana Remiro, 1º de bachillerato Prefiero la vida real ............................................................... 25 Ana Celaya, 1º de bachillerato Un cuerpo extraño ................................................................ 26 Isabel Gil, 1º de bachillerato El hombre de la máscara ....................................................... 28 Laura Sáez, 1º de bachillerato


Esta edición no venal, con fines pedagógicos y hecha para su distribución entre el público lector del Instituto de Enseñanza Secundaria Goya de Zaragoza, reúne una selección de los relatos escritos por alumnos de ESO y Bachillerato como parte de las actividades de la Semana de la Literatura de Misterio y Terror, celebrada del 25 al 31 de octubre de 2013.


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Cuaderno relatos miedo