La ciudad del parche

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Créditos FUNDACIÓN IDEA DIGNIDAD: www.ideadignidad.org Coordinación General: Myriam Pérez Gallo Coordinación editorial, taller de escritura y corrección de estilo: Francisco Ortíz Arroba Autoras: Belén, Daniela, Marnie, Salomé, Isabel, Alejandra, Mónica, Yurani, Nathalie, Nicole, Karla, Karla C., Sandra y Estefanía. Acompañamiento psicosocial: Mónica Rojas, Andrea Andrade, Luz Arpi, Myriam Pérez. Colaboración: Aura Pata, Claudia Macías Ilustraciones: Claudia Patricia Hernández Diseño y Diagramación: David Morillo Quito, Ecuador, septiembre de 2021 Este documento ha sido posible gracias a la colaboración de la Embajada de Francia. Ha sido creado para facilitar la labor de las personas e instituciones que orientan su trabajo o acciones hacia la construcción de espacios y relaciones libres de violencia basada en género.

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LA CIUDAD DEL PARCHE

Por: Karla Cifuentes (Quito) ¡Qué cromáticos son los destinos de mis ojos! de tantos años de peleas, han tornado las paletas carmines embadurnandas de sangre y dolor. Somos la ciudad del parche, en medio de abismos en las

calles, cubrimos trozos de asfalto luego de la burocracia, si llegamos a la cima del papel y atravesamos la apatía. La ira de mis entrañas sépticas, quiere mezclarse con los calderos de cloro y aguardiente, para que mis venas sufran menos en la cólera de los pozos. Somos la ciudad del parche repleta de familias descosidas, rotas, que encubren laceraciones para no ofender al fulano dios de biblias, que en sus sermones nos dice: “¡que las niñas se traguen el cemento mientras las sepultan en secretos que las soterran en sus propios cuerpos!”

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No somos cristales, que se contornean sustractivos a la imagen y semejanza de los cuadros crucificados de sus paredes. Somos la ciudad del parche, con gobernalles tiranos que jalan las cuerdas visibles de sus marionetas, con la “defensa” no dicha de ninguno, porque duelen los hematomas de sus golpes, y están agradecidos del favor consuelo, con sus morros llenos y nuestras caries vacías. Somos la ciudad del parche, un pueblo de papel que se moja bajo gárgolas góticas y montañas avergonzadas de nuestro tamaño. Somos la nación del parche, y ya no le pertenezco.

No acudo aquí para que me devore los ojos por mis pecados consumados. Francamente, no hace falta decir cómo la bilis me endura las tripas, y en mi garganta crece y decrece una bola de carne, justo entre mi amígdala y la úvula.

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Me desdoblo, sintiendo este pánico iracundo. Cada tacto con la sábana me abre los ojos, colapsa mi mente entre el borde de lo impetuoso; me atiborran gusanos, los mismos que, espero, me dejen descansar entre la tierra cuando la hora llegue. ¡Quiero dormir! ser la felicidad de las hojas que cuelgan en los árboles de otoño.

¡Pero vaya hipócrita! si adormezco mi voz después del trabajo para tener una. Soy la niña que sobrevive al volcán ¡Las pesadillas se disipan como nubes! porque el viento libre es mi amante. Soy la niña de las cornisas, la que amarraron a las anclas de los mares, para desprestigiarme, volverme insegura, luego de robarme la identidad e inconarme con prejuicios. ¡Pero yo no voy a tejer parches! mientras me niegan mi derecho a gritarles, porque, maldita sea, ante tantos años de estar en lava, es mi derecho nato. Y me destilan las pestañas, porque me negaron llorarme. No duermo, y no porque mi rodilla un día decidió fotocopiar el corazón y llenarse de fracturas,

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sino porque no soporto la idea de que, con poca mesura, parchemos: a las desaparecidas, las que no volvieron, las que no tienen padre porque ellos huyeron, a las vestidas de bolsas negras plásticas, y a las que su rímel sabe a sangre con puñetazos; no existe nadie que haya aprendido a detener el tiempo. Lloro y me va a dar la gana de llorar por siglos, porque nos acallaron un par de años. Entonces ¡Nunca me dará la gana de parcharme la boca!

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