Entre el sueño y la vigilia

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Créditos FUNDACIÓN IDEA DIGNIDAD: www.ideadignidad.org Coordinación General: Myriam Pérez Gallo Coordinación editorial, taller de escritura y corrección de estilo: Francisco Ortíz Arroba Autoras: Belén, Daniela, Marnie, Salomé, Isabel, Alejandra, Mónica, Yurani, Nathalie, Nicole, Karla, Karla C., Sandra y Estefanía. Acompañamiento psicosocial: Mónica Rojas, Andrea Andrade, Luz Arpi, Myriam Pérez. Colaboración: Aura Pata, Claudia Macías Ilustraciones: Claudia Patricia Hernández Diseño y Diagramación: David Morillo Quito, Ecuador, septiembre de 2021 Este documento ha sido posible gracias a la colaboración de la Embajada de Francia. Ha sido creado para facilitar la labor de las personas e instituciones que orientan su trabajo o acciones hacia la construcción de espacios y relaciones libres de violencia basada en género.

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ENTRE EL SUEÑO Y LA VIGILIA

Por: Nathalie Forero Perdomo (Quito) “Canto pal’ que está despierto Y pal’ que nada en su llanto, Canto pal’ que tiene miedo, Pero, es capaz de enfrentarlo, Canto pa’ bien y pa’ mal Y cantando me levanto, Canto por necesidad.” Canto pal que está despierto,

Muerdo (2016).

Estaba conmigo a cada paso, lo tenía como el aire para respirar, me daba seguridad, me respetaba, me protegía, pero en aquel instante en que desapareció, lo necesité como nunca antes. Con su ausencia, yo misma asistía a mi declive. Presenciaba, cada vez y con asombro, cómo permitía acciones y

comportamientos humillantes para mí que me disminuían y me ponían en peligro. Creo que estaba en un letargo irrazonable. Afortunadamente, ese inquilino que llevamos adentro —como dice Mafalda— es decir mi conciencia, no me dejaba dormir, me decía preocupada que debía recuperar mi dignidad: ¿De quién me escondía? ¿De qué huía? ¿Por qué me culpaba y me arrepentía? ¿Por qué tenía

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miedo? ¿A razón de qué había provocado situaciones que ponían en peligro mi integridad? ¿Qué había hecho mal al confiar en esa persona? Mi inquilino interior tenía razón. Al ver arrebatada mi dignidad, puse todo mi empeño en recobrarla y desde ese momento me valoré como quizá nunca lo había hecho. En ese largo caminar, tuve como postulado definitivo romper el silencio y afrontar todas las consecuencias que esto supondría. Iba por mi dignidad y nada me iba a detener para recuperarla. Con todas las fuerzas de que fui capaz, comencé mi búsqueda. Los días que vinieron a esta decisión fueron aún más angustiantes. Sin parar, dudé, llamé, escribí, toqué, corrí, salté, narré, lloré, caí, grité, susurré, canté, temblé... De una orilla, la más vetusta y retrógrada, me juzgaron, me silenciaron, se ocultaron, desistieron, se callaron, me interrogaron, me invisibilizaron, me culparon, me destruyeron, se burlaron, no creyeron, me señalaron muchas veces de exagerada, melindrosa y ¡mentirosa! Sin embargo, de otra orilla, fui vista, escuchada, legitimada, comprendida. Allí, me sentí segura y constaté que mi búsqueda era justa, y que como yo, había cientos de mujeres rompiendo el silencio y los ciclos de violencia, haciéndolo por ellas mismas y por todas nosotras.

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Poco a poco, desde esa orilla, entre corazón y lágrimas, iba recuperando mi confianza, mi seguridad. Este era el apoyo que me hacía falta después de tanto dolor, buscando la dignidad, que en silencio y con malvada astucia se me había arrebatado. Más que oída, fui escuchada y visibilizada con cuidadosa atención. Aquella orilla atenta, me respaldaba en los pasos siguientes para recuperar mi humanidad. Como saliendo de la caverna, vi con más intensidad los colores, escuché con más claridad los sonidos. Ahora, atisbo con sutileza un gesto que, disfrazado de cortés, es egoísta y violento, entiendo mi lugar y mi valía porque llegué a amarme como no lo había hecho antes, acompaño a la mujer valiente que se ha forjado en mí, aquella que constata que el silencio también hace cómplices. Toda esta experiencia fue como si hubiera despertado completamente de aquella pesadilla que me había tenido muda, amedrentada, insegura, ante barrotes inmóviles, fríos, sordos, ególatras, insensibles y negligentes.

En el pequeño intersticio entre el sueño y la vigilia, la angustia de perder mi dignidad fue la misma que me impulsó a recobrarla. Ahora estoy despierta, atenta y satisfecha del camino recorrido; dispuesta a proteger la dignidad humana para vivir en un mundo visto de colores fosforescentes y de sabores intensos. Siento que el mundo todavía vale la pena.

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