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Reivindicación de la polémica

Fabián Corral B. -Editorial reproducido con la autorización del autor-

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n el declive moral e intelectual que vivimos, la polémica ha sido una de las principales victimas. Su desprestigio y su confusión con el vituperio, corren parejos con la devaluación de la capacidad crítica, con la renuncia a las libertades y con la increíble caducidad de la vergüenza. Los polemistas se extinguieron, los suplantaron otros que no valoran la función de la palabra como flecha cargada de sutileza, como mensaje de inteligencia, como opción de racionalidad. No hay polemistas y ese es un mal signo. Su desaparición implica que la mediocridad ha triunfado, que el ascenso de la insignificancia ha barrido las diferencias, y que se impone el estilo de las masas que gritan, de los áulicos que llegan, de los dogmáticos que apuestan a las alabanzas de los jefes. La reivindicación de la polémica como instrumento intelectual, de la crítica como opción de los individuos libres, de la discrepancia como signo de dignidad, puede parecer tarea inútil en un país acosado por la coyuntura y abrumado por la propaganda, envenenado por la intransigencia y la adoración a los amos, en un pueblo que, además, viene de larga tradición autoritaria y de viejos hábitos caudillistas. Pero, esa reivindicación es tarea esencial para que la democracia sea forma de vida, y no pretexto para un discurso. Sin polémica, la democracia es imposible porque ella, cuando es verdadera, vive esencialmente de la tolerancia, de la respetuosa admisión de los argumentos ajenos. Vive de la discusión y no del silencio indigno de los temerosos. En el proceso de devaluación que vivimos, obnubilados con paradójicos festejos, se confunde la polémica con la capacidad de vejamen, con la habilidad descalificadora, con desprecio a quien no comparte las consignas o las tesis. Pero, la polémica no tiene ni lejano parentesco con tan folclóricas costumbres. Al contrario, ella es inteligente batalla de ideas, esgrima de elegancia discursiva, antítesis que choca con el dogma, verdad que se dice, idea que se propone. Y, como de la discusión nace la luz, no hay duda de la fertilidad intelectual de la polémica, de su función en la política, de su tarea en hacer ciudadanía. Sí, ciudadanía, que es vocación de libertad y tolerancia, y no militancia irracional tras la enseña de un bando. Hay, pues, que trabajar en la restauración de la polémica, en su función purificadora de las disputas. Por eso, resulta significativa la propuesta que hizo Pablo Lucio Paredes, Director del Instituto de Investigaciones Económicas de la Universidad San Francisco, con motivo de la publicación de su libro y de la presentación del tercer número de la revista del mismo Instituto que se titula, precisamente, Polémika, en alusión al compromiso académico de hacer de ella ejercicio de alto nivel intelectual, respetuoso intento de entenderse a pesar de las diferencias.

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Las ilustraciones de la presente publicaci贸n son obra y propiedad de Francisco Villarreal, profesor fundador de la Universidad San Francisco de Quito.

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Galo Abril Rompiendo mitos: Manual para revolucionarios

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Gabriela Calderón El futuro del Liberalismo clásico

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Juan Fernando Carpio ¿Tiene futuro el liberalismo?

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Diego Quiroga El relojero ciego y su mano invisible

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Fabián Corral ¿Caducó el liberalismo?

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Felipe Ribadeneira Apuntes kantianos sobre el futuro del liberalismo

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Alberto Dahik Sobre el Futuro del Liberalismo Clásico

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Leonardo Sempértegui La Importancia del Liberalismo Clásico para la supervivencia del Estado de Derecho

Esteban Laso ¿Qué futuro tiene el liberalismo clásico? Del “liberalismo restringido” al “liberalismo ampliado”

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Eduardo Valencia El devenir errático del Liberalismo Clásico

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Pablo Lucio Paredes Los “fantasmas” del liberalismo

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María Cristina Vallejo Los límites físicos del libre mercado

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Tomas Mandl El neoliberalismo, el liberalismo clásico y la búsqueda de la verdad en el diálogo político

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Pablo Zambrano ¿Tiene futuroel Liberalismo Clásico?

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José Isidro Morante ¿Tiene futuro el Liberalismo Clásico?

+ Invitado UTPL

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Tangya Tandazo Arias La regionalización económica del Ecuador

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Galo Abril Ojeda PhD - Corporación para la Investigacion Energética gconsuec@uio.satnet.net

Rompiendo mitos

“un manual para revolucionarios”

Convencidos de que acusar a la corriente ideológica particular de los diferentes gobiernos, sin referencia a la realidad histórica de la economía en sus diferentes etapas de desarrollo, conlleva el riesgo de alejarnos de la posibilidad de encontrar soluciones relevantes.

Ciertos “males” causados durante la “larga noche neoliberal” de los que se acusa a la derecha se producen durante administraciones de izquierda. A pesar del liberalismo clásico de ciertos gobiernos, en ninguna de las etapas conducidas por ellos se fomentó sistemáticamente el desarrollo de mercados. Los mercados administrados por el Estado mantienen precios y tarifas políticos debido a confusiones en el diseño de políticas públicas y a consideraciones coyunturales. La ineficiencia empresarial y la ineficiencia económico-social continúan. Preocupa la incesante cultura rentista, la eliminación de la productividad en la asignación de recursos, la institucionalización del sistema de prebendas y el desaliento de la iniciativa privada. 8


Introducción Según sus críticos, el sistema capitalista, el liberalismo clásico, las políticas neoliberales de ajuste estructural aplicadas en países en vías de desarrollo, solo han profundizado las lacras sociales que caracterizan a sus sistemas1. En Ecuador, se afirma, la pobreza creciente, la concentración agravada del ingreso y más lacras sociales han sido el resultado de los programas de ajuste estructural aplicados durante la “larga noche neoliberal” (Correa, R. 2010, pp. 37-53)2. Según esta visión, el sacrificio exigido a lo largo de décadas de ajuste se expresa en una deuda social de magnitud considerable cuyo pago requiere romper, “revolucionariamente”, las bases de dicho sistema. Por su lado, los defensores del mercado, del liberalismo clásico, acusan a la intromisión del Estado en los procesos económicos, a las políticas públicas inapropiadas, en muchos casos “populistas”, de inhibir la iniciativa individual, desalentar la inversión, entorpecer el libre comercio, con consecuencias funestas para el proceso de desarrollo. Tal intromisión estaría causando distorsiones e ineficiencias que deterioran las posibilidades de inversión necesarias para sostener un sólido proceso de crecimiento económico, garantizar el empleo pleno, los ingresos y su mejor distribución, indispensables para eliminar la pobreza y caminar hacia una sociedad de bienestar (Lucio-Paredes, L. 2010). En este artículo intentaremos dilucidar si en la ausencia de desarrollo ecuatoriano las políticas económicas aplicadas por los diferentes gobiernos han jugado un papel preponderante, si esas políticas respondieron a uno u otro tipo de sistema económico afín con la ideología particular de cada gobierno, si tales políticas se aplicaron al fulgor de circunstancias transitorias, o si fueron el resultado de bien definidos, y socialmente acordados, objetivos de estabilización y desarrollo. Convencidos de que acusar a la corriente ideológica particular de los diferentes gobiernos, sin referencia a la realidad histórica de la economía en sus diferentes etapas de desarrollo, conlleva el riesgo de alejarnos de la posibilidad de encontrar soluciones relevantes. En el análisis nos remontamos a los acontecimientos desde inicios del siglo pasado, con particular énfasis en aquellos vividos a partir de1972 con la bonanza petrolera.

Entre Mitos y Realidades: escenario económico y políticas públicas En retrospectiva, se puede observar que el Ecuador, alejándose de un sistema feudal, hizo su ingreso al siglo XX asimilando las reformas políticas y económicas introdu-

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cidas por el liberalismo, una de cuyas reformas, el “Código de Comercio”, dio un giro institucional a favor de un crecimiento económico impulsado por las exportaciones agrícolas. En la primera parte del siglo XX, la economía era mayoritariamente de subsistencia y en lo externo, su principal producto agrícola de exportación, el cacao, aunque marcó una época de bonanza, no tuvo mayor impacto en el desarrollo económico de la nación. En línea con la escuela “institucionalista” que subraya la importancia de las políticas internas, podríamos sostener que la carencia de una organización económica, social y política a la época jugaba un papel central en la lentitud del desarrollo3. Las reformas institucionales promulgadas luego de la “revolución liberal”, en la década de los años 20, mejoraron la capacidad de gestión del Estado. Con la revolución Juliana (julio de 1925) Ecuador dio algunos pasos relevantes hacia la conformación de una entidad económica estructurada, al organizar parte de la institución del Estado y mejorar su capacidad de gestión, pero no mejoró la aptitud de la economía para sortear hábilmente los cambios en los mercados externos y preservar al mismo tiempo la estabilidad interna. No fue sino en la década de 1940, en conexión con la expansión de la producción y exportación de banano, que se inicia un progreso en cuanto a mejorar las precondiciones de desarrollo4. Al igual que otros países latinoamericanos, en el marco de una Política Industrial y siguiendo las recomendaciones de la CEPAL, el Ecuador adoptó durante la década de los años de 1950 una serie de medidas que luego constituyeron la base del esquema de “sustitución de importaciones” tendiente a ahorrar divisas extranjeras e incrementar la autosuficiencia industrial como plataforma para lograr un desarrollo autónomo y estable. En 1957, la Ley de Fomento Industrial dirigida a la protección y robustecimiento selectivo y gradual de las industrias nacionales, determina prioridades y define incentivos para las diferentes actividades de acuerdo con el Plan Nacional de Desarrollo. La reforma agraria introducida en 1964 fue el comienzo del fin para el sistema de minifundios, de la red de minúsculas parcelas de tierra para los indígenas arrimados a las grandes haciendas. Esta reforma, aunque de resultados inicialmente cuestionados, reemplazó con el tiempo las relaciones tradicionales por relaciones capitalistas, ampliando las posibilidades de desarrollo de una economía de mercado. La producción y las utilidades de las exportaciones se mantuvieron en manos privadas, el sector privado conducía totalmente el proceso de acumulación. En esta etapa, la productividad laboral mostró signos de progreso, con tasas de crecimiento mayores al promedio latinoamericano.


Es importante recordar que en esta etapa las ganancias de las actividades petroleras se mantuvieron bajo el control del Estado. La nacionalización de la producción y comercialización del petróleo crudo y procesado dio lugar a una asignación política de las rentas petroleras que llegaron a representar más del 10 por ciento del PIB.

Auge Petrolero, 1972-1980: ¿bendición o desgracia? Cuando a partir de 1972, bajo el régimen de la Junta Militar de corte nacionalista, se inicia el auge petrolero, la economía aparentemente encuentra el “gran despegue”. Los campos petrolíferos descubiertos a finales de la década de los años sesenta, estaban en pleno desarrollo en 1972 cuando el Sistema de Oleoducto Trans Ecuatoriano (SOTE) se construyó. De haber tenido poca o ninguna participación, con la nueva infraestructura petrolera las exportaciones de petróleo llegan en 1973 al 53 por ciento de las exportaciones totales, nivel que mantuvieron hasta inicios de la década de 1980. El rápido crecimiento de los ingresos por exportaciones de petróleo, los nuevos créditos internacionales, la Inversión Extranjera Directa (IED), los acuerdos regionales de comercio que conceden tratamiento preferencial a las exportaciones ecuatorianas junto con la asignación discrecional de industrias al Ecuador (desde el Pacto Andino), abrieron nuevas rutas para el crecimiento económico y el desarrollo.

… la participación directa del Estado obstruye las posibilidades de alcanzar tanto la eficiencia empresarial como la eficiencia-económico social, vital para el desarrollo económico.

… los sacrificios fiscales, prebendas tributarias, crediticias, cambiarias, subsidios y transferencias, controles de precio a los alimentos y restricciones al libre flujo de mercancías o al comercio internacional, de temporales (en razón del argumento de apoyo a industrias “infantes”) pasaron a ser permanentes con adicionales distorsiones de mercado y efectos contrarios a los objetivos propugnados.

Los nuevos recursos de exportación petrolera, la accesibilidad al financiamiento internacional que ellos garantizan y el despliegue de la batería de elementos de apoyo al desarrollo industrial dinamizan la producción5. Las tasas de crecimiento promedio anual del PIB fueron del 11.4 por ciento entre 1972-1976 y del 5.2 por ciento entre 1977-1981 cuando dicha bonanza termina. En promedio, el crecimiento económico de la década fue de 9 por ciento. Al observar la participación sectorial en la evolución del PIB entre 1972-1981 se encuentra que la agricultura, silvicultura, caza y pesca reducen su participación del 22 por ciento en 1972 al 13 por ciento aproximadamente en 1981, con un crecimiento promedio inferior al 3 por ciento anual, evolución típica de las fases iniciales de los procesos de industrialización. La manufactura, apoyada en la sustitución de importaciones, creció al 6 por ciento anual durante el periodo: 12 por ciento entre 1972-1976, 7.5 por ciento entre 1977-1981, declinando a finales del periodo con un crecimiento negativo de -1.2 por ciento, momento de la crisis de 1981, que pone en duda la firmeza del proceso de industrialización bajo el esquema aplicado. Si se mira al coeficiente de industrialización, medido en términos de la variación de la producción industrial en relación a la producción total en la economía, se encuentra que éste osciló entre 1.6 y 1.1 reflejando un modesto grado de industrialización e incertidumbre futura. A esta evolución, de 1972 a 1981, contribuyeron mayoritariamente las “ramas industriales modernas” intensivas en maquinaria importada con poca utilización de mano de obra; el incremento en el uso de mano de obra en la industria fue de 37

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por ciento, superior al del sector agropecuario pero inferior a la del resto de sectores. A pesar del 175 por ciento de expansión de la producción industrial, la utilización de mano de obra en el sector se mantuvo constante, a un 9 por ciento del total de mano de obra utilizada en la economía. Durante el periodo indicado las exportaciones de la industria aumentaron un 600 por ciento; su participación en las exportaciones totales de la economía, incluidas las de petróleo, pasó del 7.1 por ciento en 1976 al 38.6 por ciento en 1982. Empero, el objetivo de mayor autosuficiencia nacional, y mayor generación neta de divisas, no se cumplió. La “balanza comercial” del sector mantuvo un déficit creciente a un ritmo del 3.6 por ciento anual (el valor de la importación anual de maquinaria, equipos e insumos para la industria fue siempre superior al de sus exportaciones) y fluctuó alrededor del 11 por ciento del total anual de la producción industrial, reflejando una elevada dependencia de la generación de divisas de otros sectores y de ahorro externo. Es importante recordar que en esta etapa las ganancias de las actividades petroleras se mantuvieron bajo el control del Estado. La nacionalización de la producción y comercialización del petróleo crudo y procesado dio lugar a una asignación política de las rentas petroleras que llegaron a representar más del 10 por ciento del PIB (BCE, Cuentas nacionales No 11 e informes de Estudios Fiscales, 1983). Desde 1972 estas rentas se han distribuido a los gobiernos seccionales, ministerios, empresas e instituciones públicas y al sector privado, principalmente a la industria, en el marco de la estrategia de “sustitución de importaciones6. Los gastos del sector público no solo sirvieron para aumentar el gasto corriente que se triplicó entre 1972 y 1983, sino también para inversiones destinadas a mejorar y ampliar la infraestructura física del país, particularmente a través de las empresas públicas en lo que a sectores estratégicos respecta, constando entre los más “beneficiados” el sector eléctrico y telecomunicaciones. En los sectores estratégicos el Estado sustituye al mercado y sus señales son reemplazadas por decisiones políticas. La administración política de estos sectores, que perdura hasta nuestros días bajo consideraciones sociales, establece precios y tarifas subsidiados alejados de sus costos reales (de los costos marginales de corto y largo plazo) con distorsiones severas. Entre otras, al no permitir cobertura de costos en las empresas públicas, los precios y tarifas políticos además de la iliquidez empresarial y situación de virtual quiebra, indujeron un mayor consumo de los bienes y servicios prestados, generando mayor escasez y necesidad de nuevas inversiones que abultaban la deuda externa. Es decir, la participación directa del Estado obstruye las posibilidades de alcanzar tanto la eficiencia empresarial como la eficiencia-económico social7, vital para el desarrollo económico. Como las empresas públicas incumplen los compromisos de servicio de los préstamos adquiridos, el

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Estado como garante primero los subroga, para a la postre condonarlos aportando significativamente al déficit fiscal que se vuelve crónico8. En cuanto a la política industrial, la consolidación y aplicación de la “sustitución de importaciones”, se llevó a cabo a pesar que desde años atrás ésta había sido ya probada como fallida en varios países en desarrollo9. En el Ecuador, los sacrificios fiscales, prebendas tributarias, crediticias, cambiarias, subsidios y transferencias, controles de precio a los alimentos y restricciones al libre flujo de mercancías o al comercio internacional, de temporales (en razón del argumento de apoyo a industrias “infantes”) pasaron a ser permanentes con adicionales distorsiones de mercado y efectos contrarios a los objetivos propugnados. La política industrial con la ingerencia directa del Estado actúa en lo comercial, cambiario y financiero. En lo comercial, además de restricciones directas e indirectas a las importaciones competitivas con la industria naciente nacional, favorece la importación de bienes de capital e insumos, elevando artificialmente el grado de competitividad de los productos industriales nacionales frente a los extranjeros (Abril Ojeda, G. op. cit. pp. 18-34). Indirectamente, la industria fue favorecida por el control de precios impuesto a los productos alimenticios, mientras los de los bienes manufacturados podían fluctuar libremente, afectando al consumidor en general y a los productores del agro en particular (lo que indirectamente genera una transferencia de recursos al sector industrial). En lo cambiario, la paridad fija sobrevaluada de 25 sucres por dólar mantenida por el BCE desde los años 60 hasta mayo de 1982 favorece las importaciones de bienes de capital e insumos. Por la crisis de la época, el BCE ajustó la paridad inicialmente a 33 sucres por dólar y luego la devaluó periódicamente en función de los desequilibrios externos. La paridad fija, aunque afectó las exportaciones nacionales no petroleras, favoreció la importación de bienes de capital e insumos para la industria durante más de dos décadas, contribuyendo al cumplimiento de uno de los objetivos de la política industrial. En lo financiero, el BCE teniendo como brazos ejecutores a la CFN y BNF principalmente, consolida una estructura de canalización de recursos con criterios políticos. El banco aplica una asignación selectiva de recursos de inversión con base en 55 líneas de crédito y 13 tasas distintas de interés, del 2 al 15 por ciento, diferenciada por objeto del crédito (para importación de bienes de capital, insumos y materia prima, o exportaciones), sector de la producción, tamaño de la unidad productiva, origen de los recursos, canal de colocación, región y más10. Entre 1970 y 1981, la participación de la industria en el crédito total pasó del 19 al 27 por ciento, con un crecimiento promedio anual cercano al 11 por ciento. Durante el mismo periodo, la participación del sector agropecuario se mantuvo constante y la del sector comercial se redujo del 59 al 43.8 por ciento. En una dimensión regional, los propósitos


de incrementar la provisión de recursos a lugares fuera de los cantones de Quito y Guayaquil, no fueron cumplidos. Los sectores rurales y el resto de ciudades no solo que no aumentaron su participación sino que la redujeron al mismo tiempo que Quito y Guayaquil la incrementaban. En cuanto a la movilización de ahorro nacional, los resultados del cuadro financiero descrito fueron adversos. Aunque el mayor volumen de ingresos de la exportación petrolera indujo un mayor crecimiento del ahorro, alrededor del 20 por ciento anual y superior a los históricos, éste no fue suficiente, o quizá no fue “suficientemente reciclado en la economía local” para satisfacer el volumen de inversión realizado durante el período. Con empréstitos internacionales y emisión monetaria, el BCE se transforma en el gran proveedor de recursos al sector; entre 1972 y 1980 las obligaciones del Sistema Bancario en el BCE crecieron un 300 por ciento (Memorias del Gerente General, BCE, 1983). La producción petrolera y las divisas que ésta genera atraen a la banca internacional y sus tasas de interés, menores a las del mercado privado nacional, inducen a los sectores público y privado a contraer créditos en moneda extranjera. La deuda externa ecuatoriana, de USD242 millones en 1970 se elevó a USD5,870 millones en 1981, incrementando la presión fiscal y su peso sobre la balanza de pagos, donde solamente el pago de intereses subió del 1 al 4 por ciento del PIB (Informe a la Junta Ejecutiva del Fondo Monetario Internacional, FMI, 1982). Resulta importante anotar que no necesariamente el dramático incremento de la deuda externa se produce en razón de la aplicación de políticas de corte neoliberal, sino todo lo contrario, en el marco de políticas estructuralistas favorables a una conducción centralizada del Estado. El incremento de divisas extranjeras por las exportaciones de petróleo y el endeudamiento externo, los préstamos locales subsidiados por la banca estatal otorgados a tasas de interés negativas en términos reales y el aumento desmedido del gasto público, crean en el país una sensación de solidez económica irreal que se deteriora a finales de la década. En conclusión, se encuentra indicios que permiten argumentar que el auge petrolero, “una bendición, amenazaba con terminar transformándose en una desgracia social”.

Retorno Democrático: crisis, moratoria, refinanciamiento de deuda externa El primer régimen democrático no demora en sentir la finalización de la bonanza petrolera y sus estragos. Como acabamos de sugerir, cuando a partir de 1980-1981 caen drásticamente en el mercado mundial los precios del petróleo y de los tres productos agrícolas de exportación, banano, café en grano y azúcar, suben las tasas de interés y

las puertas para nuevos préstamos en el exterior se cierran, el crecimiento económico incluido el industrial inician un descenso irreversible que muestra los efectos adversos de la política aplicada. El PIB real, de haber crecido entre 1970-1981 a un promedio anual cercano al 9 por ciento, cayó al 2 por ciento en 1982 y a -3.3 por ciento en 1983. El sector más afectado fue la agricultura que de haberse mantenido en virtual estancamiento en años anteriores cae en un 27 por ciento en 1983. Considerando el crecimiento poblacional del 3 por ciento anual más la inflación de 60 por ciento en 1983 y de 39 por ciento en 1984, uno puede advertir que el ingreso per cápita disminuyó drásticamente. Las cifras oficiales de entonces indicaban una tasa de desempleo abierto del 12 por ciento, mientras otras indicaban un desempleo en áreas rurales del 25 por ciento y un subempleo cercano al 50 por ciento. El riesgo de entrar en liquidación se hizo presente para un gran número de empresas, en especial las dirigidas al Pacto Andino debieron cerrar; estimaciones diversas señalaban que no menos de un 40 por ciento de la capacidad instalada de las empresas se encontraba subutilizada (Abril Ojeda, G. 1986). La crisis en referencia reflejó que la economía y el sector público riesgosamente se habían vuelto “petróleo dependientes”. Al caer los precios del petróleo en 1981, el valor exportado de petróleo que en 1979 había llegado al 54 por ciento de las exportaciones totales y al 39 por ciento de los ingresos fiscales, cae dramáticamente aportando a una crisis fiscal de magnitud que tiende a volverse crónica. El déficit del sector público llegó al 1 por ciento del PIB, principalmente en razón del incremento en el servicio de deuda externa. A término del periodo de gobierno, finales de 1984, el monto total de la deuda externa ecuatoriana había crecido a USD 7,100 millones, 5,000 de los cuales corresponden a deuda comercial de corto plazo11. Antes de la primera renegociación de la deuda externa, el pago de intereses y amortización de capital correspondió a un 70 por ciento del total de ingresos por exportaciones (ibid)12. En las condiciones señaladas el sector externo de la economía se deterioró rápidamente. Para 1981, el déficit en cuenta corriente de la balanza de pagos llegó a USD1,091 millones, equivalente a un 8 por ciento del PIB. El pequeño superávit de la balanza comercial no fue suficiente para cubrir el déficit alcanzado por la balanza de servicios. Ese año, los desembolsos por deuda externa llegaron a constituir el 16 por ciento del PIB y los pagos por servicio de la deuda a 15.4 por ciento (a inicios del auge petrolero, en 1974 esos rubros habían sido 4.2 y 3.6 por ciento, respectivamente; BCE, Memoria 1982). Para 1983 los reembolsos no pagados al sector privado por el BCE, USD300 millones, por anticipos del sector privado a las importaciones de bienes y servicios, una medida adoptada en la crisis por el Gobierno Nacional para restringir su flujo, refleja la es-

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casez de reserva monetaria internacional o gravedad de la crisis. El superávit de balanza de pagos mantenido durante la bonanza petrolera, para 1983 se transformó en un déficit que se volvió crónico. La reserva monetaria internacional que como señalamos mantuvo un nivel de USD 500 millones, cayó a menos de USD100 millones al inicio de 1984. Esto acontece a pesar de una reducción significativa de las importaciones controladas a través de una batería de restricciones (anticipos a las importaciones, mini devaluaciones y prohibiciones diversas). En consecuencia, la moneda local empezó a depreciarse rápidamente, luego de haberse mantenido en 25 sucres por dólar desde los años 60, en el mercado controlado por el BCE se incrementó a 67 o 96.5 sucres a finales de 1984 dependiendo del segmento considerado y hasta los 110 sucres por dólar en el mercado libre. En lugar de reconocer los graves efectos de las distorsiones que las decisiones políticas causan en los mercados, el gobierno “demócrata cristiano” (de centro derecha) profundiza la ingerencia política en el quehacer económico, no solo interrumpiendo el libre comercio como acabamos de señalar, sino también alterando directamente el funcionar de otro de los mercados fundamentales, el mercado cambiario. Con la esperanza de controlar el déficit de la balanza de pagos, las autoridades monetarias instalan un complejo sistema de tipos de cambio múltiple, en conjunción con un ajuste preanunciado de la paridad cambiaria, “crawlingpeg”. Fijando la paridad sucre-dólar, el esquema reconoce: un mercado oficial del BCE al que aplica el preanuncio de la paridad que al 10 de agosto de 1984 llegó a 67.2 sucres por dólar; un mercado de intervención controlado por el BCE que partiendo de una base de 42 sucres por dólar se ajustaba de acuerdo con la evolución del tipo de cambio en el mercado libre y que el mismo día de establecido llegó a 96.5 sucres por dólar; y un mercado libre cuya paridad la “fijaban libremente” las fuerzas de mercado. Dependiendo de la clasificación como esenciales, no esenciales pero necesarias o de lujo que las autoridades otorgaban, las transacciones, eran asignadas a uno u otro mercado. Los efectos nocivos del esquema cambiario no se hicieron esperar. Además de deprimir los niveles de transacciones externas, el esquema dio paso a una “fuga” de capitales hacia el exterior (en pocos días los depósitos de ecuatorianos en bancos de Miami se habrían incrementado en USD 850 millones) floreciendo transacciones ilegales de magnitud: sobrefacturación de importaciones y subfacturación de exportaciones para guardar el excedente de dólares y comercializarlo en el mercado libre a una paridad creciente, o para colocarlo en los mercados financieros del exterior13. La Reserva Monetaria Internacional neta que en razón de los fallidos esfuerzos de control del deterioro de la paridad cambiaria había sido prácticamente liquidada por el BCE, llegó a niveles negativos cuando en agosto de 1984, al instalarse el nuevo Gobierno, esta vez “social cristiano” (de derecha) habían obligaciones de pago inmediato superiores a los USD 400 millones.

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… la bendición petrolera arriesgaba transformarse en una desgracia social, trazando la cancha para la “larga noche neoliberal” que estaba por iniciarse teniendo como preludio largos periodos de oscuridad y desencanto.


Lo importante, según las declaraciones gubernamentales, no era eliminar solamente las razones de un déficit fiscal creciente, sino eliminar las distorsiones causadas a los mercados y sentar las bases para recuperar a los precios como señal e instrumento que permita tender a una óptima asignación de recursos, mejor distribución del ingreso, y la eficiencia económico-social.

Una coyuntura desfavorable, junto a objetivos de largo plazo altamente cuestionados en su cumplimiento, dejaba en el camino empresas en riesgo de liquidación14, sectores de la producción severamente afectados, una caída del ingreso real con impacto sobre la distribución del ingreso y una vulnerabilidad incrementada del sistema económico, síntomas de descoordinación entre políticas de estabilización y desarrollo. Observación que fortalece nuestra idea acerca de que la bendición petrolera arriesgaba transformarse en una desgracia social, trazando la cancha para la “larga noche neoliberal” que estaba por iniciarse teniendo como preludio largos periodos de oscuridad y desencanto.

Gobiernos Subsecuentes: sucretización, renegociación de deuda externa, estabilización vs. estrategias de desarrollo El Gobierno entrante, social cristiano, afecto a una “economía social de mercado”, en coalición con el partido liberal, encuentra al momento de su instalación en agosto de 1984, una situación coyuntural en deterioro: en 1983 el crecimiento del PIB fue de -3.3 por ciento, con fuertes diferencias sectoriales (la agricultura cayó un 27 por ciento), la inflación bordeó el 60 por ciento que para un crecimiento demográfico a la época cercano al 3 por ciento anual significó un drástico deterioro del ingreso real, el desempleo urbano superó el 13 por ciento (algunas estimaciones indicaban un desempleo superior al 25 por ciento en zonas rurales, particularmente en las costeras afectadas por el fenómeno “El Niño) y el subempleo el 50 por ciento, la reserva monetaria internacional se encontraba virtualmente sin recursos (USD100 millones en “caja” con obligaciones de pago inmediato superiores a los USD 300 millones). Antes de que la primera renegociación de la deuda externa se lleve a cabo en 1985, más del 70 por ciento de las exportaciones debía ser canalizado al pago de intereses y amortizaciones. En promedio, para 1985-1989, el 69 por ciento de las exportaciones anuales debía ser usado para el servicio de deuda externa, situación que señala la razón para que el gobierno anterior se haya visto forzado a entrar en moratoria de pagos. En esas condiciones, el Gobierno declaró la necesidad urgente de revisar el sistema de créditos subsidiados, las exenciones tributarias, las transferencias de recursos a unidades improductivas, los subsidios al consumo, la diversidad de precios para un mismo bien o producto (controles de precios y tasas de interés en el caso del dinero) y la multiplicidad de tipos de cambio para diferentes actividades de producción y consumo. Lo importante, según las declaraciones gubernamentales, no era eliminar solamente las razones de un déficit fiscal creciente, sino eliminar las distorsiones causadas a los mercados y sentar las bases para recuperar a los precios como señal

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e instrumento que permita tender a una óptima asignación de recursos, mejor distribución del ingreso, y la eficiencia económico-social. En el corto plazo, la política de estabilización aplicada por el gobierno mostró resultados apreciables, el crecimiento del PIB de – 2.8 por ciento en 1983, llegó a 4.2 por ciento en 1984, a 4.3 en 1985 a 3.1 en 1986, -6 por ciento en 1987, a 10.5 por ciento en 1988, entrando luego a una tendencia declinante con un estimado para 1989 de cero por ciento. Al revisar la evolución del sector industrial, se encuentra que la manufactura y la construcción mantuvieron tasas negativas en 1984 y 1986, reflejando las dificultades de recuperación, claro reflejo de factores estructurales más profundos que iban más allá de la crisis coyuntural. Si bien hasta 1987 el desempleo se redujo con tasas inferiores al 9 por ciento de la población económicamente activa (PEA) luego recuperó niveles superiores al 10 por ciento, con un subempleo del 50 por ciento, alrededor de los cuales la economía ecuatoriana se ha mantenido en adelante. La inflación anual bajó del 60 por ciento en 1983 a 25 por ciento anualizada a finales de 1984, 18 por ciento en 1985, a partir del cual adquiere una tendencia creciente que la lleva al 50 por ciento anualizada a junio de 1988. La balanza de pagos, de haber reflejado una clara mejoría inicial, sobre todo con la refinanciación de la deuda externa, vuelve a deteriorarse cuando el superávit de la balanza comercial cae de los USD 1,360 millones alcanzados en 1985 a USD 39 millones en 1987. A ese deterioro contribuyeron todas las ramas exportadoras pero particularmente la petrolera, que de USD 1,824 exportados en 1985 baja a USD 739 millones en 1987, tendencia que se profundiza en 1988. Entre los factores explicativos a esta evolución, encontramos la caída de las exportaciones petroleras afectadas por la ruptura del oleoducto con el terremoto de 1987 y la caída de los precios del petróleo que llegaron a niveles alrededor de USD10/barril, acabando definitivamente con la bonanza petrolera. Pero también jugaron un papel importante en el proceso, el desmedido gasto corriente del sector público en consideración a los reducidos ingresos petroleros, la falta de ajuste a las nuevas condiciones dejadas por los desastres naturales, inundaciones y terremotos, con una política monetaria de adaptación pasiva basada en recursos de emisión monetaria para cubrir los desmanes fiscales. Para los fines de nuestro análisis es importante resaltar la continuación de elementos nocivos para el desarrollo durante éste periodo, tales como la variabilidad del crecimiento económico reflejo de una política de estabilización infructuosa, la elevada dependencia del petróleo (o no repuesta del sector industrial a pesar de los grandes esfuerzos de la política industrial referida) y la ausencia de mecanismos de protección a la variación de factores

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externos. Los precios y tarifas de orden político mantenidos en los sectores estratégicos y la ingerencia estatal en los mercados productivos claves continuaban aportando a la erosión de las posibilidades de desarrollo. En agosto de 1988, un nuevo Gobierno, esta vez social demócrata se instala en el país. Para corregir el panorama desalentador descrito, la política económica del Gobierno se centra en la estabilización, recuperación del crecimiento, control de la inflación que se desborda y eliminación del déficit de la balanza de pagos. Como herramienta fundamental utiliza a la política fiscal, controla el gasto público induciendo austeridad fiscal (particularmente en lo que se refiere a los ajustes salariales, racionalización de personal en las empresas y entidades públicas y limitación a nuevas inversiones). Intenta disminuir la presión sobre el presupuesto público reduciendo el servicio de deuda externa, “incumpliéndolo” selectivamente, con lo que aísla al país de los mercados financieros internacionales. Los resultados de la política de estabilización se reflejan en un crecimiento del PIB de 0.3 por ciento en 1989, 3 por ciento en 1990, 5 por ciento en 1991 y 3.6 por ciento en 1992. Si bien a partir de los bajos niveles registrados antes del inicio de la recuperación petrolera, por la subida de los precios del petróleo a raíz de la “Guerra del Golfo” entre 1990-1991, se observa una recuperación del crecimiento, esta recuperación tiende a declinar luego por el estiaje que afecta al sector eléctrico entre 1991-199215. A pesar de los controles de precio y acciones heroicas como las de “ferias populares” la inflación recuperó un ritmo creciente, rebasando el 40 por ciento anual, con tendencia a duplicarse a finales del periodo de Gobierno, en 1992. Las tasas de interés entraron en un comportamiento históricamente singular, con altibajos marcados que en momentos superaban el 100 por ciento. Los controles del tipo de cambio con la intervención directa del BCE no surtían efecto y la devaluación expulsó la paridad cambiaria a valores superiores a los 1,000 sucres por dólar en poco tiempo, retroalimentando la inflación y expectativas desfavorables en un circulo vicioso. El aislamiento de los mercados financieros internacionales, además de paralizar inversiones vitales para la economía nacional, desalentaban la inversión extranjera (IED). El plan de desarrollo presentado, como la mayoría de planes elaborados en el Ecuador, más allá de la mitad del periodo de Gobierno, no llega a aplicarse de manera significativa. En lo social, las mejoras de los niveles de alfabetización son destacables; los intentos de reforma de la seguridad social solo quedaron en planteamientos. Concretamente, el cambio de rumbo ideológicamente implementado produce también resultados adversos. La dependencia al petróleo y las variaciones de condiciones en el mercado internacional continuaban definiendo la trayecto-


Se intenta una coordinación entre políticas de corto y largo plazo, entre estabilización y desarrollo, con la ayuda de una “Agenda para el Desarrollo”, elaborada con métodos de planificación estratégica que define problemas, factores causales y soluciones estableciendo prioridades con objetivos definidos y acciones para el corto y largo plazo, identificando a la autoridad responsable encargada de su cumplimiento; un ejercicio diferente en Ecuador hasta ese entonces.

ria económica ecuatoriana. Las variaciones del crecimiento económico y de las otras variables económicas reflejaban desequilibrios cada vez más profundos. En agosto de 1992, se produce un nuevo cambio de Gobierno, un regreso pendular hacia una ideología liberal, hacia un desarrollo del mercado. En este caso, en cuanto a la orientación y manejo de la política económica, se marcan diferencias apreciables: mayor espacio a las fuerzas de mercado, reducción de la ingerencia estatal en mercados claves como el monetario y cambiario, apertura a la inversión privada en los sectores estratégicos y sobre esa base el arranque de un proceso de reforma del Estado (“modernización”) con alcances ambiciosos que en lo fundamental no se cumplieron. Se intenta una coordinación entre políticas de corto y largo plazo, entre estabilización y desarrollo, con la ayuda de una “Agenda para el Desarrollo”, elaborada con métodos de planificación estratégica que define problemas, factores causales y soluciones estableciendo prioridades con objetivos definidos y acciones para el corto y largo plazo, identificando a la autoridad responsable encargada de su cumplimiento; un ejercicio diferente en Ecuador hasta ese entonces. En sectores claves se introdujeron reformas contundentes: los flujos de divisas de actividades privadas, exportaciones e importaciones, dejaron de ser administradas por el BCE que mantiene solo lo correspondiente al sector público. En el mercado cambiario la paridad se fija en función de las variaciones de mercado dentro de una banda con límites máximos y mínimos, apoyada en la participación directa del BCE a través de las mesas de divisas y de dinero que a su vez aportaban a la fijación de las tasas de interés en el mercado (que caen y se estabilizan sustancialmente). En lo fiscal, se lleva a cabo un estricto programa de austeridad, tendiente a lograr un superávit en el Presupuesto General del Estado, a través de: reducción del gasto corriente que libera recursos para inversión, reducción de personal redundante en todo el sector público, venta de activos “improductivos”, ajustes salariales en función de la inflación esperada, limites al nuevo endeudamiento externo en función de plazos y condiciones y la segunda reestructuración de la deuda externa que generó un ahorro y facilidades de pago sustanciales para el Ecuador.

Independiente de la ideología de los gobiernos, o de sus ambiciones políticas si no la tuvieron, la falta de soluciones relevantes a los verdaderos problemas que hemos resaltado a lo largo de este trabajo se repite permanentemente.

Los resultados de esa política fueron claramente favorables. El mercado cambiario se estabilizó a un tipo de cambio de aproximadamente 1,600 sucres por USD, la reserva monetaria internacional subió a límites no registrados (superiores a los USD 1,500 millones) entre otros por el retorno del ahorro de ecuatorianos que había “fugado al exterior”, la IED retornó al país y aunque lentamente sobrepasó los USD500 millones contribuyendo a un crecimiento estable del PIB que se mantuvo alrededor de una tendencia del

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3.5 por ciento promedio anual para el período. La inflación revirtió su tendencia bajando a niveles cercanos al 15 por ciento anual, el desempleo en promedio para el periodo fue inferior al 10 por ciento de la PEA y el salario real de los trabajadores que en 1992 (gobierno anterior) había caído a USD 63 por mes promedio subió a USD 150 en 1996 (CONADE, pp. 15-18, 1998). Conjunto de resultados estos que contribuyeron a reducir la pobreza durante el periodo gubernamental de manera significativa e inusual para nuestra economía (León, M.; Vos, R., 2000). La inestabilidad política y económica vivida a partir de la administración gubernamental que acabamos de referir, impide un análisis particular de las políticas implementadas por cada gobierno en adelante. Sin embargo, podemos constatar que la discrecionalidad en el manejo de fondos públicos, la emisión inorgánica de dinero, la adaptación pasiva de la política monetaria a la mala conducción fiscal, desbordó en problemas inflacionarios recurrentes donde los mercados financieros cambiarios y del trabajo llevaron la peor parte. La crisis bancaria de 1999 abre llagas sociales profundas constituyéndose en una bomba de tiempo cuyas fuerzas acumuladas por varios años de desaciertos en el manejo económico y político profundizan las deficiencias estructurales hasta aquí señaladas. Independiente de la ideología de los gobiernos, o de sus ambiciones políticas si no la tuvieron, la falta de soluciones relevantes a los verdaderos problemas que hemos resaltado a lo largo de este trabajo se repite permanentemente.

Resumen y Conclusiones Una primera observación de los eventos económicos y políticos revisados a lo largo de este texto señala que buena parte de los males económicos y sociales que nos agobian se producen independientemente de la ideología de los gobiernos de turno. De izquierda o de derecha, en Ecuador los gobiernos que han producido avances significativos en la conducción del Estado han generado a la vez profundas distorsiones al sistema económico, alterando la naturaleza misma de las entidades e instituciones claves para el desarrollo. En varios casos, parte de los “males” causados por los ajustes estructurales durante la “larga noche neoliberal” de los cuales se acusa a los gobiernos de derecha se producen también durante administraciones políticamente de izquierda, ideológicamente contrarias a los principios de mercado. Por otro lado, a pesar de que la ideología de ciertos gobiernos fue marcadamente de corte liberal, encontramos que en realidad en ninguna de las etapas conducidas por ellos se llegó a fomentar sistemáticamente el desarrollo de los mercados, lo que hubiera permitido a los precios y tarifas acercarse a cobertura de costos, al punto de eficien-

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cia económica empresarial. Los mercados tradicionalmente manejados por el Estado mantuvieron y mantienen precios y tarifas políticos debido a confusiones comunes en los hacedores de políticas públicas y a una alta tendencia a consideraciones políticas coyunturales16. La ineficiencia económica de las empresas estatales se dio y continúa dándose, independientemente de la orientación política de los gobiernos. En términos de precondiciones de desarrollo preocupa la incesante cultura rentista, eliminación de la productividad como principio legítimo de asignación de recursos, institucionalización de un sistema de prebendas, el desaliento de la iniciativa privada, disminución del ahorro interno reciclado en el sistema, el aumento de la dependencia de recursos públicos (de emisión inorgánica y de préstamos internacionales), incremento de los niveles de discrecionalidad en la toma de decisiones y el irrespeto a las reglas de juego que perduran hasta nuestros días. Entre mercado libre e intervencionismo central existe un gran espacio para ambos. Mercados regulados sobre criterios de eficiencia, con participación de empresas públicas, privadas nacionales, extranjeras y mixtas, bajo las mismas reglas de juego y con el fomento de la competencia y la productividad del capital y del trabajo, han mostrado el mayor de los éxitos en cuanto a eficiencia económica, justicia social, estabilidad política y bienestar general, fundamentos de una verdadera soberanía. Las advertencias observadas al revisar los efectos de los procesos políticos y económicos proveen luces conductoras para enrumbar de mejor manera nuevos esfuerzos; para alcanzar los propósitos sociales buscados, evitar los desaciertos observados en este ensayo constituiría un “verdadero logro revolucionario”.


Notas

Liberalismo entendido en su clásica concepción, delineada en los albores del siglo XIX, cuyo principal objetivo es la libertad en diferentes áreas, alcanzada a través de igualdad para los ciudadanos ante la Ley, donde la intervención del Estado en su libertad de acción se limita a un mínimo, aún en el ámbito económico, en el que las fuerzas del libre mercado predominarán. Concepto ajustado posteriormente, entre otros, por John Stuart Mill, en una suerte de inspiración reformatoria que aceptaba una cierta protección contra fuerzas económicas superiores con base en la aplicación de una legislación de carácter político-social (Bonniers, 1970). 1

A juzgar por diversas declaraciones, el epíteto “larga noche neoliberal” apuntaría a las políticas y efectos de los programas de ajuste estructural aplicados especialmente a partir inicios de la década de 1980 para fomentar el crecimiento económico y el empleo. Programas de ajuste que incluían medidas tendientes a: alcanzar la eficiencia económica a través de intentar corregir las distorsiones sobre precios y tarifas de bienes y servicios originados en esquemas donde estos eran y continúan siendo fijados por decisiones políticas; generar espacios para la eliminación de subsidios generales y subvenciones, de manera que precios y tarifas, respondiendo a costos reales de producción, contribuyan a una mejor asignación de recursos y a reducir la presión sobre los presupuestos públicos; y a limitar la participación directa del Estado en la producción de bienes y servicios de los sectores considerados estratégicos, en muchos casos, abriendo espacios para la participación de la inversión privada en esos sectores. 2

Entre los factores explicativos a la lentitud del desarrollo económico en la primera parte del siglo XX se encontraba el aislamiento geográfico de las regiones (levemente disminuido al terminarse de construir el ferrocarril entre Guayaquil y Quito a inicios de siglo), la fragmentación y reducida extensión del mercado interno y un sistema político débil y desorganizado (Abril Ojeda, G. 1990a, pp. 176-180).

por ciento del PIB, nivel que se mantuvo hasta finales de la década. Entre 1975-1979, aunque los volúmenes de producción de petróleo permanecieron constantes, la permanente mejora de los términos de intercambio hizo que los ingresos reales por exportaciones crecieran en más de un 30 por ciento. Entre 1972 y 1980, la tasa de crecimiento promedio anual del valor real de las exportaciones fue del 8.6 por ciento y aunque el de las importaciones fue del 12.5 por ciento, por el flujo de divisas de préstamos internacionales e IED, la Balanza de Pagos mantuvo un superávit que en promedio permitió mantener reservas monetarias internacionales correspondientes a 5 meses de importaciones aproximadamente. Solamente en lo que corresponde a “certificados de abono tributario” entre 1970-1981, la subvención anual a la industria privada superó el 45 por ciento de sus inversiones totales y el 24 por ciento de sus exportaciones. 6

Conviene en este punto diferenciar el concepto eficiencia económico-social (nivel macroeconómico) de eficiencia empresarial (nivel microeconómico). El primero se refiere al punto en el que la economía en su conjunto ha alcanzado una “óptima asignación de recursos”, sin desperdicio económico (el uso de los recursos físicos y humanos en su mejor alternativa de rendimiento) que en términos de la teoría del bienestar económico se conoce como el punto de “eficiencia económico-social” (Bohm, P. 1972, pp. 11-12). El segundo, se refiere a la ganancia, al alcance de los costos mínimos de producción a nivel de empresa, de unidades de producción, a la eficiencia común, conocida como eficiencia económico-empresarial. 7

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La construcción de una infraestructura básica para el funcionamiento de los mercados se realiza con mayor fuerza con el auge del banano entre 1940-1969. La construcción de nuevas vías de transporte vial fortalece las relaciones sierra-costa, la movilidad laboral y el desarrollo de nuevos mercados marcan un hito histórico para el desarrollo económico ecuatoriano. 4

En 1974, la cuadruplicación del precio internacional del crudo elevó el superávit de balanza comercial al 5 por ciento del Producto Interno Bruto (PIB). Para 1975 con el auge de precios, las exportaciones petroleras llegaron a un 34 5

Por ejemplo, INECEL participó de las rentas petroleras en un porcentaje fijo de las exportaciones anuales que recibía en sucres, a un tipo de cambio que a inicios de 1983 se congeló a una paridad de 57 sucres por USD. A partir de esa fecha, con tarifas eléctricas que por más de una década se mantuvieron a un tercio aproximadamente de su valor real, junto con pérdidas técnicas y negras (hurto de energía) del 24 por ciento en promedio del total de energía generada y una facturación vencida superior del 15 por ciento, las finanzas de INECEL se pulverizaron. En esas condiciones la empresa con sus ingresos no cubría siquiera costos operativos, tampoco honraba sus pagos de deuda externa ni del combustible utilizado en la generación térmica para cumplir los programas de mantenimiento de su parque generador e infraestructura en general. Ante esas circunstancias los organismos financieros internacionales congelaron todo apoyo financiero al sector hasta que un programa completo de reestructuración del mismo fuera puesto en marcha. Por razones políticas ello no ha podido 8

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realizarse hasta la presente fecha. Excepto por proyectos hidroeléctricos como San Francisco y Mazar construidos 20 años después de diseñados y al adquisición de turbinas, el Plan Maestro de Electrificación “guardan el sueño de los justos”. El esquema de “sustitución de importaciones”, aplicado desde la década de los años de mil novecientos cincuenta en diferentes países en vías de desarrollo, del Asia y algunos latinoamericanos, con base en incentivos a “industrias infantes” y selectividad sectorial de corte estructural, rara vez cumplió los objetivos planteados (Little, I., Scitovsky T., Scott, M; 1970).. 9

Las distorsiones causadas en este caso no solo tuvieron que ver con la eliminación de la productividad como indicador legítimo en la asignación de recursos a las actividades productivas, sino con el desarme de la institucionalidad pública y el florecimiento de la discrecionalidad en la banca pública. El BNF, la CFN, al conceder créditos sin referencia a la rentabilidad de los proyectos pronto acumularon una cartera vencida de elevadas proporciones. A pesar de ello, estos bancos continuaban operando, girando cheques contra sus cuentas vacías en el BCE que los pagaba automáticamente; una especie de créditos automáticos cubiertos con emisión inorgánica de dinero. Por su lado, buena parte de los beneficiarios de los créditos adquirieron una cultura de no pago, acusando a las crisis y desastres naturales de la imposibilidad de hacerlo, exigiendo la condonación de deudas que se volvió recurrente. Los costos monetarios de tales acciones no fueron cubiertos por la caja fiscal como debía ser el caso sino absorbidos por el BCE, conformando parte del abanico de gastos de naturaleza fiscal que éste cubría con recursos que la entidad no poseía (recursos de emisión inorgánica) gasto que por su naturaleza se denominó “cuasi fiscal” (Abril Galo, 1990b). 10

Conviene señalar que hasta mediados de los años 70 un 80 por ciento de la deuda externa ecuatoriana era con organismos financieros internacionales como: Banco Interamericano de Desarrollo, Banco Mundial y AID, en términos blandos, 1 a 2 por ciento de interés, 30 a 40 años de amortización y 15 años de gracia. 11

Equivalente también a un 250 por ciento del capital y reservas de todo el sistema financiero o a un 50 por ciento de los depósitos bancarios. 12

Simultáneamente, el contrabando llegó a niveles nunca vistos, prácticamente todos los productos de prohibida o 13

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restringida importación habían disponibles en el mercado negro de Quito y Guayaquil. Un elevado número de empresas, en particular las dirigidas al Pacto Andino tuvieron que cerrar (la crisis financiera internacional y del mercado de materias primas afectó por igual a los países miembros que actuaron cerrando sus fronteras a la competencia de productos importados, incluidos los de sus propios socios; con lo que la coordinación económica y apertura comercial dentro del Pacto termina). 14

El incremento de los precios del petróleo permitió la acumulación de reservas internacionales en el primer “fondo petrolero” constituido con la pasajera bonanza que llegó a algo más de USD 900 millones a inicios de 1991. Cuando el primer estiaje entre 1991-1992 afecta severamente la capacidad de generación eléctrica nacional, reflejando la baja confiabilidad del sistema, el Gobierno confía en parte de esos fondos para salvar la emergencia. Cuando la adquisición de nueva generación debía hacerse a fin de año, los fondos de emergencia ya no estaban disponibles. 15

Generalmente se confunde los conceptos de eficiencia empresarial y económico social por que a veces a los dos niveles, macroeconómico y macroeconómico (individual y social, respectivamente) el concepto coincide, “lo que es bueno para PETROECUADOR es bueno para el país”. Pero en muchos casos, o en la mayoría de veces esa similitud no es aplicable. Por ejemplo, dar de baja una línea férrea porque genera pérdida empresarial sin medir el impacto social de su cierre, podría estar lejos del óptimo económico-social buscado. A menudo, se toma decisiones de esa índole por que se cree que al tomar en cuenta principios empresariales se actúa en función de los intereses sociales cuando en la realidad se los podría estar afectando. Muchas veces también, se cree que el concepto de eficiencia está en conflicto con valores como “justo”, “distribución equitativa del ingreso”, “estándar cultural elevado”, “buena naturaleza”, “ambiente laboral o residencial sanos” y más cuando por lo general es todo lo contrario: alcanzar una elevada eficiencia económico social, por regla general, permite elevar o potenciar esos valores. Esto se da por que también a menudo uno se confunde al mirar solo aspectos nominales o monetarios y no la valoración de las cosas en su uso más eficiente, el raciocinio de costos alternativos. Lo que olvidamos o no observamos es que la eficiencia económico-social tiende a considerar la valoración de los cambios económicos, directos e indirectos, de todos los individuos y no solo las consecuencias directas o materiales de esos cambios (Bohm, P, op.cit.; Sen, A. 1987). 16


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Gabriela Calderón de Burgos Columnista de El Universo gcalderon@cato.org

El futuro del liberalismo clásico*

El futuro reto del liberalismo clásico es demostrar la superioridad de los órdenes espontáneos frente a los órdenes planificados – de diversas ideologías— que buscan eliminar la incertidumbre en la vida. Para empezar esa difícil tarea, el liberalismo debe primero aclarar qué es y qué propone. ¿Qué entendemos los liberales por libertad? ¿Cuál es la filosofía política del liberalismo? ¿Qué tienen que ver los liberales con el ‘neoliberalismo’, con la izquierda, con la derecha? A eso se debe el presente ensayo.

* Para propósitos de este ensayo, “liberalismo clásico” y liberalismo serán utilizados de manera intercambiable.

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Introducción El liberalismo clásico suele sufrir del deterioro en el uso del lenguaje, ser confundido con el conservadurismo e incluso el fascismo y ser acusado por la izquierda y los conservadores de carecer de bases morales. Todo esto contribuye a una generalizada percepción distorsionada e incluso falsa de lo que el liberalismo clásico es y propone. Es necesario señalar estas distorsiones para evitar que sea tan fácil para aquellos que proponen esquemas colectivistas —de derecha o de izquierda— construir “hombres de paja”1 con los cuales despojar al liberalismo clásico de cualquier relevancia en el futuro. Algunos liberales han ignorado los fundamentos filosóficos del liberalismo mientras que se limitan a conocer la teoría económica detrás de las políticas públicas que proponemos. Hacerlo solo deja el territorio moral y ético abierto para los no-liberales. Empecemos con la palabra libertad. Isaiah Berlin analizó dos de los muchos conceptos de la libertad en su ensayo “Dos conceptos de libertad”2: la negativa y la positiva. De acuerdo a Berlin, la negativa es la libertad del individuo para elegir cómo administrar su vida sin coacción arbitraria de otros. La positiva es el deseo del individuo de ser su propio amo, libre de cualquier fuerza externa, lo cual es bueno porque incluye el deseo de los individuos de mejorar su calidad de vida. La libertad negativa es negativa porque para tenerla no se requiere que otros hagan algo, solamente que no interfieran arbitrariamente con la acción del individuo. Vivimos en un mundo en que realizar un fin implica el sacrificio de otros fines (el “costo de oportunidad”), y es por esto, dice Berlin, que “los hombres le dan tanta importancia a la libertad de elegir”3. Y esa elección libre solo puede suceder si somos libres de la coacción arbitraria de otros: si tenemos libertad negativa. El concepto de la libertad positiva, según Berlin, puede derivar —dentro del contexto político— en la búsqueda de la concentración de poder al considerarse la coacción como una herramienta necesaria para organizar la sociedad hacia la consumación de un objetivo determinado4. El `buen vivir’, la igualdad de ingresos, la felicidad, etc., todos son objetivos que pueden ser elegidos como prioridad por aquellos que detentan el poder. Pero no olvidemos que perseguir un solo objetivo como sociedad elimina la libertad del individuo para elegir por sí mismo. Además, no confundamos las cosas, decía Berlin, “La libertad es la libertad, no igualdad o justicia o cultura, o felicidad humana o una consciencia tranquila. Si la libertad de mi mismo o de mi clase o nación dependen de la miseria 1 Falacia que consiste en atribuirle al interlocutor argumentos que este nunca esgrimió.

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¿Qué entendemos por libertad? “Hay pocas tareas menos agradecidas en el presente que aquella tan esencial de desarrollar una base filosófica sobre la cual el desarrollo a futuro de una sociedad libre debe instalarse”. –F.A. Hayek


de un número de otros seres humanos, el sistema que promueve esto es injusto e inmoral”5. Tom Palmer presenta un interesante experimento mental para demostrar el problema con considerar a la riqueza o condición de vida como un sinónimo de la libertad: “Considere la vida del alemán promedio en 1927 y en 1939…Los alemanes de 1939 tenían Volkswagens y Autobahns;…de hecho, tenían acceso a la riqueza robada de los judíos. Tenían más ‘libertad positiva’, uno podría decir, si uno todavía estuviese inclinado a considerar la riqueza como ‘libertad’. ¿Pero tenían más libertad? Había una dictadura de un partido; la prensa era censurada; el movimiento era restringido; y la gente vivía con miedo, miedo del ejercicio del poder arbitrario”6 Y Palmer argumenta que esto no solo se aplicaba a los alemanes judíos si no también a los no judíos y hasta los más entusiastas nazis, porque “todo aquello que ellos disfrutaban dependía del poder arbitrario del Fuhrer”.7 6

Darle el poder al Estado de promover directamente la libertad positiva solamente puede suceder si al mismo tiempo se reducen las libertades individuales. Berlin consideraba que “La Revolución Francesa, como todas las importantes revoluciones, fue, al menos en su versión jacobina, tal erupción del deseo de libertad ‘positiva’ de auto-dirección colectiva por parte de un grupo grande de franceses que se sintieron liberados como una nación, aunque el resultado fue, para un considerable número de ellos, una severa restricción de sus libertades individuales”8.

La filosofía política del liberalismo El problema del liberalismo, según Douglas B. Rasmussen y Douglas J. Den Uyl9, viene de ciertas características de la filosofía de la Ilustración: “particularmente aquellas que involucran rechazar las concepciones neo-aristotelianas de la comunidad, la verdad ética y la sociabilidad”. Rasmussen y Den Uyl consideran que basarse en estas características de la filosofía de la Ilustración le da argumentos a aquellos que acusan al liberalismo de “pobreza ética” y de “minimalismo” o “escepticismo moral”10. A esta crítica, Rasmuseen y Den Uyl contestan que: “…no es apropiado decir que el liberalismo es una ‘filosofía política normativa’ en el sentido usual. Es más bien una filosofía política de metanormas. No pretende guiar la conducta individual en la actividad moral, sino regular la conducta de manera que se puedan obtener condiciones bajo las cuales la acción moral puede ocurrir”11. De ahí se deriva la aseveración de que el liberalismo es la única doctrina social que busca “distinguir la política de la moralidad” . La “cultura de la libertad”12 de la que ha-

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bla Mario Vargas Llosa nos obliga a defender principios de libertades individuales aún cuando el uso de esas libertades por parte de algunos individuos resulte en cosas que nos parecen moralmente desagradables o incluso repugnantes. Para un liberal no tiene nada de extraño defender la despenalización de las drogas, oponerse a la prohibición del matrimonio homosexual, exigir un Estado secular mientras que en su casa aconseja a sus hijos que no consuman drogas, los lleva a la Iglesia y preferiría que se casen con un miembro del sexo opuesto. El liberalismo clásico está basado en una teoría de derechos que difiere de la teoría de derechos que se ha plasmado en la Constitución ecuatoriana. Los derechos prescriptivos, es decir, los que buscan garantizar la obtención un resultado material específico (derecho a la educación o derecho al ‘buen vivir’) no forman parte de los derechos que el liberalismo cree que un gobierno debe proteger. El gobierno liberal debe limitarse a proteger los derechos negativos: la libertad, la propiedad y la búsqueda de la felicidad, como diría Thomas Jefferson en la Declaración de la Independencia de EE.UU.13 Rasmussen y Den Uyl conceden que: “El orden liberal podría permitir que la gente viva vidas sin virtud o excelencia de cualquier tipo. Pero, al limitarse a fijar el contexto (como ha sido definido por el derecho individual a la libertad), el orden liberal provee una estructura político/legal que permite a todos la posibilidad de la virtud moral en un contexto social. En cambio, el orden no-liberal, ya sea de inspiración de izquierda o de derecha, debe negar aquella posibilidad para algunos individuos o grupos. La verdad es que cualquier orden político/legal que no está basado en el derecho individual a la libertad debe practicar el canibalismo moral hasta cierto grado”.14 El liberalismo clásico aunque considera la libertad individual como el principal fin de un sistema político/legal, no es anti-social ni anti-comunidad. A esta objeción Rasmussen y Den Uyl argumentan que es precisamente para fomentar la cooperación social entre individuos con proyectos de florecimiento distintos que el liberalismo propone un sistema político/legal de metanormas que no estén parcializadas a favor de determinado grupo de proyectos de florecimiento15. Es decir, no se le da el poder al gobierno de favorecer (u obstaculizar) el florecimiento de determinados individuos y se le entrega el poder de proteger la libertad de cada individuo, para que este pueda actuar moralmente. Es en esa libertad para elegir de actuar moralmente (o inmoralmente) que el liberalismo se distingue de las demás filosofías políticas. Eso implica un gobierno limitado a la protección de libertades negativas básicas. Un gobierno mucho más limitado del que existe en gran parte del mundo hoy y mucho más limitado del que propondrían socialistas o conservadores.

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El uso del lenguaje Según el abogado peruano Enrique Ghersi, el debate político no se rige por la lógica sino por la retórica. Y en esto los liberales han sufrido grandes derrotas en la historia reciente.18 Hoy, particularmente en los países en vías de desarrollo, el liberal ha sido tildado de ‘neoliberal’. Si analizamos el diverso grupo de líderes (León Febres Cordero, Carlos Menem, Carlos Andrés Pérez, Ernesto Zedillo, etc.) que han merecido tal adjetivo, veremos que el ‘neoliberalismo’ carece de significado y ha servido más bien como un epíteto con el cual descalificar a cualquier política pública o persona o gobierno que se diferencia del socialismo convencional. Y al ‘neoliberalismo’ se le culpa de todos los males en el mundo en vías de desarrollo. A pesar de que si se dieron reformas liberales durante los noventas estas muchas veces se combinaron con políticas públicas tales como un irresponsable manejo de la deuda o un gasto público desenfrenado que nunca han sido promovidas por el liberalismo clásico. De esta manera, se pretende asociar a los liberales con políticas o gobiernos que nunca hemos respaldado o defendido. Por ejemplo, el hecho de que respaldemos como principio general la privatización de empresas estatales, no significa que estemos de acuerdo con la transformación de un monopolio público en uno privado (TELMEX, por ejemplo). Es más fácil utilizar epítetos en lugar de argumentos. Por eso se ha proliferado el uso de la palabra a tal punto que pocos se detienen a pensar qué significa. Se titulan libros, ensayos, conferencias en contra de este “hombre de paja” que en realidad lo que ha logrado es oscurecer el debate ideológico.

La izquierda y la derecha Pero el debate ideológico se enturbia más si consideramos la falsa disyuntiva: izquierda versus derecha. Se enseña en facultades universitarias alrededor del mundo (puedo atestiguar que esto se enseña así en EE.UU. y en Ecuador) que las posturas políticas se distribuyen entre dos polos y se sugiere que los más “objetivos” y moderados están en algún lugar entre esos dos polos. Dentro de esta falsa disyuntiva, a los liberales clásicos se los suele ubicar en la derecha junto con los conservadores y algunos radicales de izquierda hasta intentan identificar al liberalismo (y a casi cualquiera que se opone a sus ideas) con el fascismo. Ya hemos dedicado considerable espacio en este ensayo a explicar qué es el liberalismo. Ahora consideremos a sus supuestos amigos: el fascismo y el conservadurismo.


“…Si el pensamiento corrompe el lenguaje, el lenguaje también puede corromper el pensamiento”. —George Orwell16

El fascismo es aquel sistema en el que el Estado permite que la propiedad privada exista nominalmente pero en la práctica usa y dispone de la propiedad de cada ciudadano. Sheldon Richman, editor de la revista The Freeman, recuerda que en los 1920s y 1930s el fascismo era visto como el feliz punto medio entre el capitalismo y el socialismo. “El antagonismo de los líderes fascistas hacia el comunismo ha sido mal interpretado como una afinidad con el capitalismo”, agrega Richman19. No obstante, en la práctica el comunismo no se distinguió mucho del fascismo20. Ambos sistemas eran colectivistas y por ende tenían como enemigo común al liberalismo clásico, ya que este siempre le da prioridad al derecho de la minoría más pequeña: el individuo. El conservadurismo, decía el conocido economista y pensador liberal Friedrich A. Hayek, “jamás nos ofrece alternativa ni nos brinda novedad alguna”. El conservador aprecia el orden de las cosas y le atribuye este orden “la permanente atención y vigilancia ejercida por las autoridades”. Además, agrega Hayek, “El conservador, por lo general, no se opone a la coacción ni a la arbitrariedad estatal cuando los gobernantes persiguen aquellos objetivos que él considera acertados”. La razón por la cual los conservadores se distinguen de los liberales, decía Hayek, es porque aunque suelen tener principios morales muy arraigados “carecen de principios políticos que les permitan colaborar lealmente con gentes cuyas valoraciones morales difieren de las suyas”21. Donde el liberal no admite la coacción de alguien por razones de moral o religión, el conservador si lo admite.

“Un ‘neo’ es alguien que es algo sin serlo, alguien que está a la vez dentro y fuera de algo, un híbrido escurridizo, un comodín que se acomoda sin llegar a identificarse nunca con un valor, una idea, un régimen o una doctrina. Decir ‘neo-liberal’ equivale a decir ‘semi’ o ‘seudo’ liberal, es decir, un puro contrasentido. O se está a favor o seudo a favor de la libertad, como no se puede estar ‘semi embarazada’, ‘semi muerto’, o ‘semi vivo’”. —Mario Vargas Llosa17

La escritora Virginia Postrel indica que el reto a futuro del liberalismo no es el socialismo o el comunismo sino más bien la ideología que ella ha tildado de ‘stasis’. La disyuntiva que ella propone es aquella entre un sistema liberal que permite la evolución espontánea e impredecible de la sociedad y un sistema que busca mantener el orden, la estabilidad en la sociedad. Postrel considera que el reto más difícil al que se enfrenta el liberalismo clásico hoy no es el llamado a más justicia por parte del socialismo sino: “el argumento de que los mercados son disruptivos y caóticos, que hacen el futuro impredecible, y que sirven a demasiados valores diversos en lugar de servir a un solo ‘mejor camino’. El reto más importante a los mercados hoy no es la ideología del socialismo sino la ideología de stasis, la noción de que la sociedad buena es aquella en la que hay estabilidad, es predecible y hay control. El rol del Estado, bajo esta perspectiva, por lo tanto , no es tanto redistribuir la riqueza tanto como desplazar, dirigir o acabar con la evolución impredecible del mercado”.22

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Postrel señala críticos del liberalismo de izquierda y de derecha cuya principal preocupación es que el sistema espontáneo y tolerante del liberalismo puede derivar en la erosión de valores morales y de modos tradicionales de vivir (derecha) o la destrucción del medio ambiente (izquierda). Sobre estos últimos Postrel señala con preocupación la adopción del “principio de la precaución” en políticas públicas—particularmente en las políticas ambientales.23 El principio de la precaución es un método bajo el cual, considerándose todos los potenciales daños de algo e ignorando sus potenciales beneficios, se decide prohibir el desarrollo de ese algo. Este principio es una receta para detener la innovación y adaptación, precisamente lo que ha permitido que el ser humano mejore su calidad de vida a lo largo de la historia de la humanidad.

La cruzada ambientalista El economista Deepak Lal señala a un sinnúmero de organizaciones no gubernamentales que respaldan diversas causas ambientales como los principales promotores del “nuevo dirigismo” estatal24. Lal considera que dado que el conocimiento científico acerca del impacto que las actividades humanas han tenido sobre el medio ambiente es extremadamente limitado, la histeria y el fatalismo presagiado por los ambientalistas no está basado en hechos sino más bien en una fe secular. Lal considera al movimiento ambiental: “un movimiento religioso secular involucrado en una cruzada global para imponer sus ‘hábitos del corazón’ al mundo…Esta versión moderna de la cruzada del cristianismo ha intercambiado la salvación de almas por la salvación de la Nave Tierra”25. Aquí vale señalar que los liberales no consideran irrelevante la protección ambiental. Lo que sucede es que la concepción liberal de ella es muy distinta. Los liberales creen que la mejor manera de promover la salud ambiental es asignando derechos de propiedad, reconociendo que la información es descentralizada, permitiendo la competencia y el florecimiento de un mercado de bienes y servicios para la protección ambiental. Además, los liberales son optimistas acerca del futuro y creen que la mejor estrategia es adaptarse a los cambios ambientales —con nuevas tecnologías que serán posibles en un mundo cada vez más rico—en lugar de tratar de prevenirlos. La historia de la humanidad demuestra que esto ya ha sucedido.26 En 2007 el Presidente de la Republica Checa, Vaclav Klaus dio un discurso27 en el que enumeraba las ideas que él considera que caracterizan al movimiento ambientalista. Aquí presento algunas: Desconocimiento en el poder de la mano invisible del libre mercado y una creencia en la omnipotencia del dirigismo estatal.

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Desconocimiento del papel que juegan importantes y poderosos mecanismos e instituciones económicas, principalmente los derechos de propiedad privada y los precios, como una protección efectiva de la naturaleza. Una concepción equivocada del significado de los recursos y de la diferencia entre los potenciales recursos naturales y los verdaderos que pueden ser utilizados en la economía. Un pesimismo maltusiano acerca del progreso técnico. La promoción del llamado principio de la precaución, el cual maximiza la aversión al riesgo sin prestar atención a los costos [o los potenciales beneficios]. Una creencia en el predominio de externalidades en la actividad humana. Una subestimación del aumento del ingreso y de mejoras en el bienestar a largo plazo, lo cual resulta en un cambio

fundamental de la demanda hacia la protección ambiental y es demostrada por la llamada Curva Ambiental de Kuznets. Esta lista encaja en lo que describía Postrel como la principal amenaza a futuro del liberalismo: el miedo a lo impredecible, a lo nuevo, a lo que está por venir. Lo preocupante es que esto ha permeado también el debate acerca de la reforma financiera tanto en EE.UU. como en Europa. El liberalismo si tiene un futuro y ese es despojar a los individuos del miedo a lo desconocido y contagiarlos de un optimismo no solamente acerca del potencial del individuo de actuar moralmente aún cuando tenga la libertad para elegir no hacerlo, sino también de adaptarse mediante la innovación y el progreso económico a un futuro impredecible.

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Notas 1 Hayek, F.A. “The Intellectuals and Socialism”. The University of Chicago Law Review (Primavera 1949), pp. 417-420, 421-423, 425-433. 2 Berlin, Isaiah. “Two Concepts of Liberty” en Four Essays on Liberty (1958). Oxford: Oxford University Press. 3 Berlin, 1958. 4 Berlin, 1958. 5 Berlin, 1958. 6 Palmer, Tom. “Liberty is Liberty”. Cato Unbound. 12 de marzo de 2010. Disponible en: http://www. cato-unbound.org/2010/03/12/tom-g-palmer/liberty-is-liberty/ 7 Palmer, Tom. 2010. 8 Berlin, 1958. 9 Rasmussen, Douglas; Den Uyl, Douglas. Norms of Liberty: A Perfectionist Basis for Non-Perfectionist Politics. 2005. Pennsylvania State University Press. 10 Rasmussen, Douglas; Den Uyl, Douglas. 2005. 11 Rasmussen, Douglas; Den Uyl, Douglas. 2005. 12 Vargas Llosa, Mario. “The Culture of Liberty”, p. 371-378 en The Libertarian Reader. Boaz, David. 1997. Free Press: New York, NY. 13 “La Declaración de Independencia de los Estados Unidos de América”. Cato Institute. Disponible en: http://www.elcato.org/node/4095. 14 Rasmussen, Douglas; Den Uyl, Douglas. 2005. 15 Rasmussen, Douglas; Den Uyl, Douglas. 2005. 16 Orwell, George. “La política y el lenguaje inglés”. 1946. Disponible en: http://bioinfo.uib. es/~joemiro/teach/material/escritura/Politicayidioma.pdf. 17 Vargas Llosa, “El liberalismo entre dos milenios”. Discurso dado en Valencia, España en el 2001. Disponible en: http://www.ieep.org.ec/PDFs/122-IDEAS%20DE%20LIBERTAD%20No.%2057.pdf. 18 Ghersi, Enrique. “El mito del neoliberalismo”. Cato Institute. 29 de septiembre de 2004. Disponible en: http://www.elcato.org/node/1243. 19 Richman, Sheldon. “Fascism”. The Concise Encyclpedia of Economics. Disponible en: http://www. econlib.org/library/Enc/Fascism.html. 20 Reynolds, Alan. “Fascismo y marxismo: El rechazo de la libertad”. Cato Institute. 31 de agosto de 2006. Disponible en: http://www.elcato.org/node/1842. 21 Hayek, Friedrich A. “Por qué no soy conservador” en Los fundamentos de la libertad. 1998. Unión Editorial: Madrid, España. 22 Postrel, Virginia. “After Socialism”. Reason. 1 de noviembre de 1999. Disponible en: http://reason. com/archives/1999/11/01/after-socialism. 23 Postrel, Virginia. 1999. 24 Lal, Deepak. “The Greens and Global Disorder” en Reviving The Invisible Hand: The Case for Classical Liberalism in the Twenty-First Century. 2006. Princeton University Press: Princeton, New Jersey. 25 Lal, Deepak. 2006. 26 Ver Goklany, Indur M. The Improving State of the World: Why We’re Living Longer, Healthier, More Comfortable Lives on a Cleaner Planet. 2007. Cato Institute: Washington, DC. 27 Klaus, Vaclav. “Environmentalism and Other Challenges of the Current Era”. Cato Institute. 20 de abril de 2007. Disponible en: http://www.cato.org/pub_display.php?pub_id=9301.

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Juan Fernando Carpio Profesor de Economía en la USFQ jfcarpio@mises.com

¿Tiene futuro el liberalismo?

La naturaleza, para ser comandada, debe ser primero obedecida. Francis Bacon

Perdemos la libertad una vez que la gente llega a creer que el fin justifica los medios. Paul Craig Roberts

El liberalismo sólo tiene futuro como visión de la sociedad y doctrina política si se vuelve a fundamentar en la justicia, si recoge las enseñanzas de la Escuela Austriaca sobre el proceso dinámico de creación y asignación de recursos que sólo es posible en libertad y si recoge los aportes de pensadores audaces (retomando su tradición radical y anti-establishment) como Murray N. Rothbard. De otro modo seguirá en retirada, obsesionado con la eficiencia y concediéndole a algún socialismo (los de derecha “moderados”, inclusive) su curioso alegato de estar de lado de la justicia y el progreso, cuando la historia humana demuestra claramente todo lo contrario. El liberalismo es el fundamento de la paz y el progreso y debe darse una nueva mirada a sí mismo y salir –más ambicioso y fortalecido- a recuperar la imaginación de quienes buscan un mundo mejor. 30


El liberalismo es una doctrina política donde el ser humano individual tiene un espacio de autonomía frente a la sociedad y a los entes que digan representar a aquella -el Estado en particular. Dicha autonomía requiere de un ámbito legal/culturalmente reconocido para el control de recursos que parten del propio cuerpo y los bienes obtenidos pácificamente. Es por ende, el elevar la intuitiva noción de “no-robar, no-matar” a nivel global en una sociedad: lo que no está permitido y uno no se permite hacia los demás (ir con una pistola a quitarle recursos al vecino para financiar una guardería u hospital de nuestra preferencia; impedirle modificar o incluso destruir su cuerpo y bienes materiales; imponerle una religión o forma de alimentarse; forzarle a participar de la defensa común) tampoco se le permite a un grupo de individuos que se llame a sí mismo el Estado y nos entreguen una bandera, una historia oficial y nos hagan cantar un himno nacional. Pero esa visión tan simple e intuitiva, pero con implicaciones tan potentes, ¿tiene futuro? No, a menos que …

1.- Vuelva a girar en torno a la justicia y no a la “eficiencia” Hay una tendencia a pensar que una sociedad de gobierno limitado o contractual y mercados libres, va a ser más eficiente pero que un sistema socialista será más justo. En esto los propios liberales no han sabido colocar a la justicia como valor principal, por encima de consideraciones utilitaristas como crecimiento o eficiencia. En esto es indispensable hacer notar que el liberalismo es la única doctrina política que no se basa en una visión de cómo los seres humanos deberían ser o podrían ser (pensemos en el comunismo, fascismo, el democristianismo, socialcristianismo y el resto de socialismos) sino en un reconocimiento de la naturaleza de la realidad y la naturaleza humana. Por eso el liberalismo siempre ha estado atado a la Economía como ciencia auxiliar: el liberal siempre puede respaldarse en “lo que funciona” o “lo que no funciona” para respaldar sus argumentos a favor de la libertad. Lo que ocurre es que cuando se decide cualquier cosa (y las doctrinas políticas

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versan en concreto sobre la toma de decisiones en una sociedad) se decide sobre personas y recursos, por lo cual el liberalismo halló en la Economía no sólo una fuente de validación, sino sobre todo de comprensión, sobre lo que la sociedad misma es y sobre todo lo que no es1. Si en algo han sido hábiles los socialistas (y en casi nada más, vale decirlo) es en una formidable campaña de Marketing desarrollada a lo largo de los últimos 150 años … . 1 Los conservadores suelen hablar de un deus ex machina y los socialistas de una especie de alma colectiva, pero ambas nociones son perfectamente innecesarias para explicar la emergencia de sociedades humanas. Como expuso Ludwig von Mises en el que quizás es el libro de ciencias sociales más importante del siglo XX, “La Acción Humana”, la sociedad responde a la necesidad razonada de los individuos de integrarse a la división del trabajo pues es siempre y en todo lugar, más productiva que el trabajo autárquico. El resto de beneficios son consecuencia de dicha especialización y no las causas de la misma. Dice von Mises: “La gente no coopera bajo la división de trabajo porque ame o deba amar a los demás. Cooperan porque es lo que mejor sirve a sus propios intereses. Ni el amor ni la caridad ni ningún otro sentimiento de simpatía sino el egoísmo rectamente entendido es lo que originalmente impele a los hombres a ajustarse a sí mismos a los requerimientos de la sociedad, a respetar los derechos y libertades de los demás hombres y a sustituir con cooperación pacífica a la enemistad y al conflicto.”


John Locke, el filósofo inglés, sintetizaba las formas de propiedad en tres: apropiación original (colonización de un recurso sin propietario ni uso comunitario previos), producción (alteraciones deliberadas y recombinaciones de recursos propios o usados con autorización del propietario) e intercambio (y herencia).

Esas tácticas publicitarias de alto impacto a lo largo de 6 generaciones que han acorralado y acomplejado a los defensores de la libertad individual. Si en algo han sido hábiles los socialistas (y en casi nada más, vale decirlo) es en una formidable campaña de Marketing desarrollada a lo largo de los últimos 150 años. Toman una etiqueta (“socialista”) que suena humanista y enfocada en la sociedad. Tacharon a sus oponentes de “capitalistas” o apologistas del Capital (esto por la vieja clasificación de los factores productivos en Tierra, Trabajo y Capital) y ellos se situaron -según ellos- del lado del Trabajo (por eso en Inglaterra los proponentes del estatismo se agrupan en el “Labour” Party y en Brasil el Partido dos Trabalhadores dice representar sus intereses de “clase”). Posteriormente y para distanciarse de sus primos hermanos, empezaron a llamar “fascistas” a todos quienes no desearan participar de La Gran Marcha, como describió Milán Kundera al socialismo. Esas son sólo dos tácticas publicitarias de alto impacto a lo largo de 6 generaciones, pero dos de las que más han acorralado y acomplejado a los defensores de la libertad individual2. Los liberales han estado en franca retirada durante todo ese siglo y medio, salvo la aparición ocasional de lumbreras como Lysander Spooner, el Herbert Spencer inicial, H.L. Mencken y otros héroes marginales.

¿Qué sostiene el liberalismo? “Como miembro de aquella pequeña tribu a la que tenía que pertenecer para sobrevivir, el hombre era todo menos libre. La libertad es una construcción de la civilización, que ha liberado al hombre de los obstáculos del pequeño grupo y de sus humores momentáneos, a los que incluso el jefe tenía que obedecer. Lo que hizo posible la libertad fue la gradual evolución de la disciplina de la civilización que es al mismo tiempo la disciplina de la libertad”. F.A. Hayek

Racionalismo humilde en vez de racionalismo ilimitado El liberalismo -dicho de otro modo- no es sino la aplicación de la razón a los problemas y límites de la naturaleza humana misma. A diferencia de Descartes y los “raciona2 Dicho sea de paso: si algún sentido tiene el término “neoliberal” (sí, otra de esas etiquetas para atacar a quienes les superan en comprensión económica) podría ser el describir a un liberal que basa su defensa de la sociedad abierta y el mercado, en argumentos tecnocráticos.

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listas” franceses que pensaron que la razón humana individual o de un puñado de iluminados, podía no sólo entender sino diseñar sociedades enteras (a esta postura se le conoce como constructivismo), los liberales españoles (pues hispano es el término y no anglosajón como creen los anti-liberales) y algunos siglos luego los liberales franceses, belgas y los manchesterianos, aplican la razón a los problemas sociales siempre teniendo en cuenta de que la razón misma tenía limitaciones. Estas limitaciones implicaban entender que el conocimiento está disperso entre muchas mentes y que instituciones abrumadoras por su complejidad y alta calidad como las del Derecho Romano, se debían al hecho de que era el fruto no-coordinado pero coordinado “espontáneamente” de muchísimas mentes en el tiempo. Por eso Bruno Leoni en su “La Libertad y la Ley” (1958) equipara los sistemas legales iusnaturalistas y consuetudinarios (ambas cosas) al Mercado en la Economía, mientras que un sistema de legislación positiva con innumerables leyes y regulaciones, era lo mismo que el Estado. Así como la ley, otras instituciones vitales para la sociedad como son el lenguaje, el dinero, el contrato, la empresa, la banca, evolucionan mejor cuando no hay un diseñador ni planificador central sino que los actores recogen paulatina y marginalmente los avances e inquietudes de cada época.

Derechos Naturales Si la historia nos pudiera enseñar algo, nos enseñaría que la propiedad privada está inseparablemente ligada a la civilización. Ludwig von Mises Donde los conservadores basaron siempre su defensa de la propiedad privada, la familia y otras instituciones que les son caras en una divinidad que otorgaba derechos, y los socialistas buscaban justificar en cambio al poder (el enemigo de los derechos, por antonomasia) en base a grandes planes o sueños colectivos, los liberales han hecho algo bastante distinto. El liberalismo parte de reconocer que existe tal cosa como una naturaleza humana (somos primates avanzados, antes que cualquier otra cosa) que es la de un ser creativo y creador, que requiere de un espacio de control exclusivo (propiedad) para ser propiamente humano. Pero además esa propiedad no puede adquirirse sino respetando iguales mecanismos de obtenerla a otros, o no habrá concepto posible de justicia. John Locke, el filósofo inglés e inspirador de lumbreras liberales como Jefferson, Madison y Paine, sintetizaba dichas formas en tres: apropiación original (colonización de un recurso sin propietario ni uso comunitario previos), producción (alteraciones deliberadas y recombinaciones de recursos propios o usados con autorización del propietario) e intercambio (y herencia). Esas tres grandes formas

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son pacíficas y permiten obtener propiedad sin violar el derecho de otros en similares circunstancias.

Una autentica noción de justicia: el fin no justifica los medios Franz Oppenheimer, sociólogo autodenominado de izquierda, escribe “El Estado” (1914) y separa las dos formas irreconciliables3 de ganarse el sustento en sociedad. 1.- Hallar, producir o intercambiar (nada casualmente, lockeanos) a los que llamó los medios económicos. ó 2.- Esclavizar, estafar, robar, a los que llamó los medios políticos. Concluye Oppenheimer que el Estado es, en suma, el aparato de los medios políticos. Es la única organización en una sociedad (salvo la excepción de mafias o extorsionadores individuales) que puede generarse un mediante la fuerza impuesta sobre los ciudadanos. Todo el resto de organizaciones requiere del auspicio consensual de quienes las sostienen. Por eso, cuando el liberalismo busca limitar o desmantelar al Estado, lo que busca simplemente es evitar la expoliación, el saqueo masivo, que se realiza a diario a los individuos que componen una sociedad. Si Locke está en lo cierto sobre las formas legítimas de obtener propiedad, entonces el socialismo/estatismo no es nada más que el robo legalizado (y lo son sus mecanismos: impuestos, inflación y deuda pública), como ya lo señaló el insigne economista francés del s.XIX, Frederic Bastiat.

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“El Estado, totalmente en su génesis, esencialmente y casi totalmente durante las primeras etapas

de su existencia, es una institución social, forzada por un grupo victorioso de hombres sobre un grupo derrotado, con el único propósito de regular el dominio del grupo de los vencedores sobre el de los vencidos, y de resguardarse contra la rebelión interior y el ataca desde el exterior. Teleológicamente, esta dominación no tenía otro propósito que la explotación económica de los vencidos por parte de los vencedores. Ningún Estado primitivo conocido en la historia se originó de otra manera.” - Franz Oppenheimer, “The State”


Esta división del trabajo vertical implica que, en sociedad, algunas personas cargaban ahora con el riesgo empresarial y que otras en cambio si bien tenían un “límite” de sus ingresos hacia arriba en buenas épocas, también tenían un “límite” hacia abajo en las malas. Es por eso un pacto, y no una estratagema de los capitalistas para quedarse con la “plusvalía” que les correspondería a los asalariados.

El Pacto del Capitalismo “El valor económico del trabajo de un hombre está determinado, en el Capitalismo, por un solo factor: el consentimiento voluntario de aquellos con la voluntad de comerciar con él a cambio de sus productos o de su trabajo.” Ayn Rand La pretensión científica de Marx recibe golpes fulminantes con los “Principios” de Carl Menger (1871) y “Karl Max y el cierre de su sistema” de su alumno Eugen Böhm-Bawerk (1896), aunque no fuesen nunca conocidos sino en circulos intelectuales continentales. No es sino hasta la publicación de “Capitalism” de George Reisman (1996) en que se entiende que ni siquiera ese error fue original de Marx. Fue Adam Smith (ironías de la vida) quien deja confundidos los roles del capitalista y el administrador, pero sobre todo que claramente sugiere que la forma originaria del ingreso es el salario. En realidad, en una sociedad pequeña o primitiva, no es el salario lo que se obtiene al salir a la feria el domingo. Se obtienen pérdidas y ganancias. El salario sólo aparece cuando alguien (el capitalista) ofrece a alguien más (el asalariado) un ingreso fijo que no existiría de otro modo. Aparece así la clase media: grandes números de personas que podían darse el lujo de no estar pendientes de un taller, fábrica u oficina, porque vendían sus servicios laborales a cambio de un salario. Ese ingreso estable entonces traía estabilidades de otro tipo a millones de familias. Es cierto, los asalariados no reciben4 parte de las ganancias, pero tampoco iban a tener que cargar con las pérdidas. Esta división del trabajo vertical implica que en sociedad algunas personas (distintas cada año y en cada generación, dicho sea de paso pues son roles y no “clases” en el sentido marxista del término) cargaban ahora con el riesgo empresarial y que otras en cambio si bien tenían un “límite” de sus ingresos hacia arriba en buenas épocas, también tenían un “límite” hacia abajo en las malas. Es por eso un pacto, y no una estratagema de los capitalistas para quedarse con la “plusvalía” que les correspondería a los asalariados. El capitalista es quien usa fondos previamente ahorrados por él y por otros, para generar proyectos de largo plazo donde, sin importar el éxito o fracaso comercial futuro, se le ofrece una oportunidad de ingresos certeros a otros. Su existencia nos evita cargar con el riesgo empresarial a cada uno de nosotros, como nos pasaría en condiciones más primitivas. Reisman además, siguiendo a Bastiat y la novelista-filósofa rusa Ayn Rand, nos enseña que existe una pirámide de habilidades, donde el “fuerte” de la economía le transmite 4 Salvo en marcos legales aberrantes como el del Ecuador, que ahora podemos comprender, eran de inspiración marxista en lo laboral en este y otros puntos concretos.

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su fortaleza al “débil” ya que el mercado no sólo nos provee de más y mejores bienes de consumo, sino de producción también (computadores personales, procesamiento de textos, etc) así como un know-how empresarial perfectamente adaptable entre países e industrias. En otras palabras, el que los mejores y más ambiciosos estén arriba en la pirámide productiva, eleva la productividad de quienes estamos abajo de ellos. No se trata de un efecto trickledown sino de uno pull-up, literalmente. Es por eso que el Capitalismo, el sistema que permite ampliamente el ahorro, inversión y creación de proyectos comerciales, y que es el rostro económico del liberalismo, es un sistema justo y altamente productivo, que ofrece cada año mejor calidad de vida para sus participantes. Como dice el liberal Johan Norberg: la injusta distribución de riqueza en el mundo se debe sencillamente a la injusta distribución de Capitalismo. Cuando un territorio abraza el liberalismo político, el Capitalismo empieza a mostrar sus bondades5.

2.- Conozca mejor a sus adversarios (aparentemente) mejor fundamentados Visiones irreconciliablemente enfrentadas: liberalismo y socialismo Si (como piensan los socialistas) la tendencia natural de los seres humanos es tan mala que no resulta seguro permitir la libertad de la gente, ¿cómo es que la tendencia de estos organizadores es siempre tan buena? Frederic Bastiat El problema, como no podía ser de otro modo, inicia con Karl Marx. Este adalid de los “trabajadores” que nunca trabajó ni quería tener por ningún motivo a los mismos cerca de sí, cambió el mundo para peor por medio de sus escritos. A no dudarlo un estupendo ensayista, Marx toma las peores doctrinas de las ciencias sociales de su tiempo y las funde en un edificio conceptual capaz de suscitar grandes pasiones (tomen nota, liberales) pero fundamentalmente errado y destructivo, dondequiera que se lo intente llevar a la práctica. Estas doctrinas son: 1.- La teoría cuasi-laboral del valor de los llamados Economistas Clásicos británicos, que es lo suficientemente ambigua como para que Marx pueda deformarla para que parezca que el valor (la riqueza percibida o riqueza a secas,

pues sin valorador no hay valor) se le es atribuido a un bien mediante el “trabajo”. 2.- Una teoría de la explotación basada en el punto (1), para decir que entonces quienes trabajan son explotados por quienes les ofrecen ocasiones de ingreso fijo (salarios). La idea, en otras palabras, de que existe una clase trabajadora y una clase parasitaria/ociosa que le explota mediante la plusvalía arrancada a los trabajadores a través del salario. Se debe culpar no sólo a Adam Smith, sino sobre todo a David Ricardo y James Mill que si bien fueron pensadores brillantes en ciertas áreas, fueron claramente obtusos en otras: Jean-Baptiste Say estaba en contacto epistolar con ellos y les hablaba del empresario innovador, gestor, inversor, etc. pero no fueron capaces de incorporar sus hallazgos teóricos por incapacidad o falta de voluntad de complicar su propio edificio intelectual6. La idea original de una clase explotadora es más bien de los liberales del siglo XVIII, cuando veían que quienes pagan impuestos son explotados por quienes viven de aquellos. Pero si había -en el imaginario de Marx- un robo al pagar salarios “incompletos” (es decir, no compartirle ganancias a quien no asume riesgo empresarial ) entonces la idea de la justicia social7 tendría sentido. Desde luego, no lo tiene. No hay injusticia alguna en un despegue dispar de naciones, localidades o individuos dado que somos distintos no sólo en talentos, sino sobre todo en talantes. 3.- El historicismo alemán: la idea de que cada era o “modo de producción” requiere su propia teoría económica y sociológica. No existirían -según los historicistas de todas las épocas- leyes económicas o principios que describan el funcionamiento de las sociedades, sino en “cada contexto”. Es la vieja idea de que “eso funcionaba entonces, pero ahora ya no es así”. Desde luego es una idea reñida con miles de años de Jurisprudencia, tres siglos de Economía y muy bien fundamentados hallazgos de las disciplinas evolucionistas. 4.- El positivismo legal francés: poniendo de cabeza la sabia y clásica visión del Derecho Romano de que en el ámbito privado todo lo que no está prohibido está permi6 Todo eso para que luego neoclásicos de la Escuela de Chicago como Ronald Coase “descubran” en las últimas décadas que hay tal cosa como una firma (empresa) y que tiene un accionar central en la economía moderna. En el sistema keynesiano en cambio, heredero también de ciertas vertientes británicas, tiene una marcada ausencia de análisis sobre el emprendedor y su rol.

7 El apelativo “social” se usa para subvertir –en clara clave gramsciana- cualquier término al que se le adjunte. Justicia y justicia social son irreconciliables, tanto como lo son derechos y derechos sociales, estado de derecho y estado social de derecho, y así sucesivamente. Sin duda alguna la batalla por los significados (“liberalism” en Estados Unidos fue usurpada por los socialdemócratas) es vital también para

5 Véase: “Pobreza y pobres en la sociedad libre”, de Juan Fernando Carpio, enhttp://www.liberalismo.org/

el futuro del liberalismo, pues la noción misma de libertad, así como las de contrato vs. fuerza y otras

articulo/355/12/pobreza/pobres/sociedad/libre/

deben ser siempre claramente expuestas y defendidas.

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…. creen que la ley es el origen del orden en las relaciones sociales. Esta idea, que tan usual nos parece luego de dos siglos de afrancesamiento mundial, lleva a considerar que todo lo que no está legislado “no existe” o “no tiene respaldo legal” y que los legisladores y hombres públicos tienen carta blanca para diseñar esquemas sociales desde el vértice del poder.

tido y de que en el derecho público todo lo que no está estrictamente delegado está prohibido al funcionario, los franceses (siguiendo a Rousseau y otros románticos probablemente) creen que la ley es el origen del orden en las relaciones sociales. Esta idea, que tan usual nos parece luego de dos siglos de afrancesamiento mundial, lleva a considerar que todo lo que no está legislado “no existe” o “no tiene respaldo legal” y que los legisladores y hombres públicos tienen carta blanca para diseñar esquemas sociales desde el vértice del poder. En el pasado la gente sabía que salvo que esté prohibido por la moral (no en el sentido religioso) o un código legal muy básico (imaginemos los Diez Mandamientos redactados por la Comisión Europea o la Asamblea Nacional del Ecuador) le estaba permitido. Ahora, un emprendedor se siente “desprotegido” cuando no hay una ley (legislación escrita) para su actividad. Otra instancia de liberalismo vs. socialismo en las ciencias sociales y la construcción de la sociedad8, claramente. Con estos fundamentos, Marx nos plantea su llamado “socialismo científico” que pretendía sustentar técnicamente desde el análisis y las prescripciones, algo completamente opuesto a lo que nuestras intuiciones, accionar cotidiano y tradiciones académicas occidentales habían señalado como justo y verdadero. Pero como demostró ya en 1921 Ludwig von Mises9 (economista austriaco, alumno de Böhm-Bawerk), el socialismo (en suma: la planificación central) no funciona. Destruye el stock de capital de un territorio (es decir, la riqueza destinada a fines productivos) pues al carecer de propiedad privada, carece de intercambios libres y se priva a sí mismo de millones de transacciones que buscan y fijan precios. Sin precios, no se puede hacer contabilidad de costos y cualquier proyecto de hace a ciegas. Por eso termina privilegiándose el gasto militar, la propaganda y otras formas de panem et circenses y así ocultar que la promesa socialista de un mundo de abundancia material y cultural, no termina jamás de llegar. El liberalismo tiene, en resumen, posiciones completamente irreconciliables, a despecho de los eternos buscadores del “centro” y la “moderación”, con las del socialismo en lo: 8 A veces se habla de formas “no-estatales” de socialismo. De comunas o anarco-sindicalismo, respecto a lo cual Robert Wicks (blogger de www.libertarianstandard.com) nos dice: “I’ve been somewhat confused by this idea, actually. Let’s say you have a factory with 100 workers, and they jointly own the factory. Are you saying that when a worker leaves for some other opportunity, he loses his share? Because if he keeps

“La política es el arte de conseguir que tus intereses egoístas parezcan intereses nacionales”. Thomas Sowel

the share, eventually wouldn’t workers no longer really “own the means of production?” And if he loses out on the share, how is having someone lose out on partial ownership of a business he helped build from scratch any “fairer” than what exists now?“

9 Considerado por muchos en la Escuela Austriaca pero también entre algunos Public Choicers y Neoinsti-

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tucionalistas, como el mejor economista de la historia por sus aportes y síntesis deslumbrantes

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1. Metodológico: individuos actuando deliberadamente y conformando cosmos y taxis diversos vs. agregados/clases que sean el sujeto histórico determinante 2. Económico: son los individuos y no las clases (los proletarios de Marx) ni las razas (los arios de Hitler) quienes son el centro del análisis económico. Además existe una naturaleza humana y una realidad, por ende unas leyes económicas, que frustraron siempre y frustrarán los planes de los socialistas. 3. Ético: la libertad y no la igualdad es lo principal para el liberalismo; lo opuesto es cierto para el socialismo. La riqueza se crea mediante esfuerzos y logros desiguales, por ende le pertenece a su creador y se obtiene en sociedad mediante el éxito comercial y otros medios pacíficos; para el socialismo se parte de que la riqueza es de todos y cualquier esfuerzo individual es una amenaza para la igualdad y para la cohesión social. 4. Jurídico: la ley debe ser garante de la autonomía individual, que termina donde empieza la del otro; no debe ser legislación que cree limites artificiales e impida el libre desenvolvimiento de los individuos en su persona y propiedad. Como podemos ver en estos trazos, el liberalismo no abandona su análisis consecuencialista (qué funciona) si bien parte de un fundamento ético (qué es justo). Pero dada la portentosa influencia de Mises, Hayek, Rand y Rothbard en la comprensión del liberalismo y de su superioridad moral así como sistémica frente al socialismo, es justo decir que el liberalismo en adelante debe ser Austro-liberalismo, en honor a los pensadores de la Escuela Austriaca antes mencionados, tanto como otros gigantes de su era y la actualidad10. 10 No se puede hablar de liberalismo en España sin mencionar a lumbreras como Carlos Rodriguez Braun o Jesús Huerta de Soto, ni es justo dejar de lado al prof. Reisman, a Israel Kirzner, a Hans Sennholz, Ralph Raico, Leonard Liggio y otros alumnos de Mises responsables del resurgimiento liberal en los EEUU. Actualmente Hans-Hermann Hoppe, Stephan Kinsella, Jorg-Guido Hülsmann y Walter Block destacan como la nueva generación madura que piensa los problemas políticos, económicos y sociológicos de la libertad desde la noción Austro-liberal (también llamada Austro-libertaria). Destacan sin duda los suecos Johan Norberg, Stefan Karlsson, el checo Phillip Bagus y en Argentina los profesores Martin Krause, Juan Carlos y Roberto Cachanosky, Alberto Benegas Lynch Jr. y Gabriel Zanotti. En el plano de la política el Libertarian Party de EEUU, el Movimiento Libertario de Costa Rica y el Partido Liberal de Venezuela vienen a representar un tercer polo frente a la derecha mercantilista y la izquierda socialista. Destaca también un híbrido entre divulgador liberal y político en funciones como lo es Ron Paul, congresista por

3.- Sea más radical siguiendo a Rothbard y pensadores afines “Es en la guerra que el Estado realmente muestra su naturaleza: hinchándose de poder, de números, de orgullo, dominando absolutamente la economía y la sociedad“ Murray N. Rothbard “Aquellos que luchan por la libre empresa y por la libre competencia no defienden los intereses de aquellos que son ricos hoy. Ellos quieren que se deje libertad a hombres desconocidos que serán los emprendedores del mañana.” Ludwig von Mises Finalmente, el liberalismo necesita reconocer que su alianza con la democracia participativa (de masas) e incluso con la representativa (República) no han sido sino fracasos estrepitosos. En el primer caso porque como señaló Aristóteles “Cuanto más democrática se vuelve una democracia más tiende a ser gobernada por la plebe, degenerando en oclocracia”. Oclocracia o podriamos decir, Demecracia. Por su parte la división de poderes, el voto indirecto y la constitución en la República no logran detener la natural tendencia (como lo veía Jefferson) del Estado a crecer, ya que en última instancia es juez y parte de los conflictos que le atañen, con lo cual la justicia pero también la libertad, van cediendo poco a poco. Como (aspirante a) monopolista de la fuerza y las decisiones judiciales, el Estado se halla en la posición privilegiada de poder fijar unilateralmente el precio de sus servicios. No podemos “no comprar” sus servicios en principio (aunque la mitad de las economías latinoamericanas en la informalidad y el subempleo se las arreglen para hacerlo) ya que si en el mercado tenemos exit, como dicen los politólogos, frente al Estado y “lo político” sólo tenemos voice. Además, un Estado parte de una idea de “contrato social” del que no sólo no podemos salirnos (porque es Estado-Nación y nos adjudican una tribu nacional al nacer), sino que se perpetua sin necesidad de renovación del contrato que jamás firmamos. Este y otro tipo de nociones hallan su adalid en la figura monumental de Murray N. Rothbard. Este alumno de Ludwig von Mises integra el Derecho Natural, la Economía de la Escuela Austriaca, el Aislacionismo en Relaciones Internacionales (la idea de decirle sí al comercio e intecambio cultural, pero no a la intervención estatal fuera del propio territorio) para conformar una nueva síntesis liberal-libertaria. Lo que caracteriza a ésta es una dosis de realismo renovado, en que se ve a la guerra como el mayor de los males precisamente gracias a la victoria del Estado en el siglo XX. La guerra total ya no sigue los liberales cánones de guerra justa del siglo XIX, sino que abandona la dis-

Texas. Y en el plano de los think tanks destacan sin duda tres: el Ludwig von Mises Institute (www.mises. org) en Alabama, fundado por Lew Rockwell(www.lewrockwell.com), el Independent Institute (www.

independent.org) y el Cato Institute (www.cato.org).

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Por su parte la división de poderes, el voto indirecto y la constitución en la República no logran detener la natural tendencia (como lo veía Jefferson) del Estado a crecer, ya que en última instancia es juez y parte de los conflictos que le atañen, con lo cual la justicia pero también la libertad, van cediendo poco a poco. Como (aspirante a) monopolista de la fuerza y las decisiones judiciales, el Estado se halla en la posición privilegiada de poder fijar unilateralmente el precio de sus servicios. No podemos “no comprar” sus servicios en principio (aunque la mitad de las economías latinoamericanas en la informalidad y el subempleo se las arreglen para hacerlo) ya que si en el mercado tenemos exit, como dicen los politólogos, frente al Estado y “lo político” sólo tenemos voice.

tinción entre combatientes y no combatienes. El resultado es que más que nunca, los conflictos bélicos son el mayor enemigo de la vida, propiedades y por ende, la libertad no sólo del país “enemigo” sino del propio también. La guerra ha sido usada desde 1914 para, no sólo confiscar recursos, sino para llevar a la conscripción a los jóvenes, emponzoñar a las masas en contra de enemigos reales o imaginarios y confiscar libertades civiles dentro y fuera de casa. La guerra, como señaló el estratega militar von Clausewitz, es continuación de la política por otros medios. Si el estatismo significa la politización de la sociedad, queda evidente el vínculo entre guerra y socialismo/estatismo. Por eso Justin Raimondo, director de www.antiwar.com es nada casualmente el biógrafo de Rothbard. Rothbard es, además, el autor del “Manifiesto Libertario: Hacia una nueva libertad”, un alegato multidisciplinario a favor de una sociedad sin Estado-Nación11, que es un invento relativamente reciente (y claramente fracasado) en la historia humana12. Murray Rothbard fue historiador con su “Conceived in Liberty” narrando en clave opuesta a Howard Zinn pero también a las visiones estato-derechistas, el nacimiento en libertad de los EEUU en varios tomos; es economista brillante superando en temas puntuales a su maestro Mises, con su “Man Economy and State”; es filósofo del derecho con su “The Ethics of Liberty” en que esboza bajo canones lockeanos y iusnaturalistas la ética para una sociedad de hombres libres. Rothbard nos propone formas mejores de gobierno, o mejor dicho, de agencias13 que hagan sin necesidad de un monopolio territorial, lo que ahora hacen los gobiernos políticos. La recompensa será un mundo próspero, incluyente y mucho más pacífico.

11 Vease los siguientes artículos académicos:Hope Hans-Hermann, Fallacies of Public Goods Theory and the Production of Security; Stringham, Edward, Market Chosen Law; Benson, Bruce L., Enforcement of Private Property Rights in Primitive Societies; Hart, David M., Gustave de Molinari and the Anti-Statist Liberal Tradition 12 Es imprescindible ver “Justicia sin Estado” del prof. Bruce Benson, para conocer los abundantes casos de sociedades exitosas sin Estado en la historia humana. 13 Se puede encontrar online “The Market For Liberty” de Morris y Linda Tannehill, una exposición brillante y sencilla de cómo el mercado puede proveer servicios de seguridad y justicia mejor que cualquier Estado. Además debe verse “The Role of Subscription-Based Patrol and Restitution in the Future of Liberty” por Gil Guillory y Patrick C. Tinsley en www.libertarianpapers.com

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Conclusiones El liberalismo no tiene mayor futuro si sigue dedicándose a ser el sistema de la eficiencia mientras que los socialismos de todas las tendencias reclaman ser más justos; si sigue siendo ambiguo con respecto a temas éticos y económicos que claramente le dan la razón; o si repite los errores estratéticos del pasado eligiendo mal sus alianzas y siendo poco ambicioso en cuanto a la sociedad que busca. Tiene un futuro esplendoroso, en cambio, si sale a la ofensiva como la única doctrina justa, progresista, incluyente y esencialmente humana que existe. El liberalismo es la única visión que parte de la realidad y por eso no se cree “demasiado buena” para el ser humano tal y como es14. Por el contrario, saca lo mejor de cada persona pues permite la eudaimonia aristotélica, la compasión budista, la fraternidad cristiana y la prosperidad occidental desde su único eje posible: el individuo.

14 Las religiones e ideologías que se consideran demasiado buenas para el ser humano o que requieren de seres humanos mejores, en el fondo son una negación de lo humano y por ende son malévolas, si entendemos el bien como lo que nos permite florecer según nuestra verdadera naturaleza de seres racionales.

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Fabián Corral B.

Decano de la Escuela de Derecho de la USFQ fcorralb@corral-sanchez.com.ec

¿Caducó el liberalismo? “La libertad es, a la vez, virtud y  desafío que enlaza a la persona con su circunstancia, al individuo con su entorno social. La preservación de esa virtud  y la comprensión de la dimensión del reto,   son, quizá, los mayores  desafíos que tienen ahora las personas. Esto implica esforzarse por entender el liberalismo clásico, transparentar las ideas de los pensadores de la libertad y asumir los riesgos que el crecimiento del poder y del Estado implican para los espacios de autonomía personal, que deben  proteger a los individuos, y de los cuales no se puede, ni se debe abdicar.” 40


Políticos y académicos, populistas y socialistas, y hasta la gente común, comparte la idea, rotunda y absoluta, de la caducidad del liberalismo y del fracaso de sus tesis. Militan todos, con idéntica firmeza e intransigencia, en el prejuicio de que el liberalismo es una forma de ver el mundo y de entender la política y la economía, que sirve a las clases dominantes. El liberalismo es, otra vez, el malo de la película y el responsable de todas las desgracias del mundo. Paradójicamente, esos mismos políticos y académicos, populistas y socialistas, al tiempo de descalificar al liberalismo, hablan de derechos y libertades, y ejercen tolerancias y legitimidades que son de incuestionable origen liberal; y se apropian de ideas que sembró el liberalismo, que ahora, por arte de despiste y propaganda, resultan hijas del socialismo totalitario. Eloy Alfaro, el liberal, es el icono renacido para uso de nuevas revoluciones, que niegan y condenan los conceptos centrales de la Revolución Liberal. Curiosas coincidencias: en la Europa de los años veinte, en víspera del vendaval totalitario, fascistas y falangistas hacían el mismo esfuerzo de descalificación, y encontraban en el liberalismo la causa de todas las desgracias nacionales.1 Carl Schmitt, uno de los grandes teóricos de la dictadura y notable jurista alemán nacional socialista, criticó duramente al Estado de Derecho Liberal y ayudó a edificar el “Estado Administrativo”, fundado en la discrecionalidad del poder y en el decisionismo del mando.2 La prosperidad de las tesis acerca de supuesta la caducidad del liberalismo y de la inutilidad del Estado de Derecho inspirado en sus postulados, es un episodio repetido. Ocurre en los tiempos en que se eclipsan los valores y las tesis políticas inspiradas en la soberanía del individuo y en la limitación del poder. Ocurre cuando se ensombrece el 1 “El Estado liberal no cree en nada, ni siquiera en sí mismo. El Estado liberal permite que todo se ponga en duda, incluso la conveniencia de que el mismo exista. La actitud liberal es una manera de tomar a broma el propio destino.” José Antonio Primo de Rivera, fundador de Falange Española. El Fascio, num 1, 16 de marzo de 1933. Obras Completas, Madrid, 1945. p. 529. 2 “El Estado administrativo puede apelar a la necesidad objetiva, a la situación real, a la fuerza coercitiva de las relaciones … y a otras justificaciones no basadas en normas, sino en situaciones fácticas … Tanto el Estado gubernativo como el Estado administrativo atribuyen una cualidad especial al mandato concreto que se ejecuta y obedece sin más. Estos estados ponen fin a los alegatos de los abogados, propios del Estado jurisdiccional, lo mismo que a las interminables discusiones del Estado legislativo parlamentario, y reconocen un valor jurídico positivo al decisionismo del mandato inmediatamente ejecutorio.” Scmitt, Carl, citado por Héctor Orestes Aguilar, en Carl Schmitt Teólogo de la Política, p.264. Fondo de Cultura Económica, México 2004.

horizonte de las libertades. Sucede cuando el poder ocupa los espacios de las personas, y cuando la capacidad de elegir se transforma en obligación de someterse. La prosperidad de las tesis acerca de supuesta la caducidad del liberalismo … es un episodio repetido. Ocurre en los tiempos en que se eclipsan los valores y las tesis políticas inspiradas en la soberanía del individuo y en la limitación del poder. Ocurre cuando se ensombrece el horizonte de las libertades … En esas circunstancias, es necesario esforzarse en precisar conceptos a fin de evitar que la confusión, que siempre ha sido campo fértil para que la propaganda escriba, otra vez, como en la novela de George Orwell, que la esclavitud es libertad, la mentira es verdad o que la guerra es la paz3. Algunas reflexiones pueden ayudar a entender el liberalismo. A partir de allí, podrá cada cual concluir si este modo de ser social sobrevivirá.

3 1984, Goerge Orwell

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Los liberales hicieron del intelecto la herramienta en la búsqueda de referentes provisorios; inauguraron la duda como sistema y la exploración como método. Hizo de los hombres, navegantes, conquistadores, caminantes … Les hizo conscientes de su capacidad de decisión, y les planteó la responsabilidad de sus actos. Les propuso ser tolerantes y, por tanto, generosos …

Libertad y liberalismo - Reflexiones sobre una virtud Octavio Paz decía que “apenas la libertad se convierte en un absoluto, deja de ser libertad: su verdadero nombre es despotismo. La libertad no es un sistema de explicación general del universo y del hombre. Tampoco es una filosofía, es un acto a un tiempo irrevocable e instantáneo, que consiste en elegir una posibilidad entre otras. No hay ni puede haber una teoría general de la libertad porque es la afirmación de aquello que, en cada uno de nosotros, es singular y particular, irreductible a toda generalización... La libertad se vuelve tiranía cuando pretendemos imponerla a los otros”4 El mismo Paz pensaba que, en sus buenos tiempos, el liberalismo no era una ideología, sino una virtud, un temple, una disposición del ánimo. Ser liberal, no implicaba, pues, la militancia por una doctrina, ni la suscripción a los postulados de un partido. El liberalismo no nació como una propuesta filosófica. Fue una condición ética vinculada a la preservación de la autonomía o autogobierno de los individuos, a la tolerancia, a la amplitud de pensamiento. Fue una rebelión espiritual contra los dogmas y los catecismos definitivos. Y contra los poderes de todos los signos. Los liberales hicieron del intelecto la herramienta en la búsqueda de referentes provisorios; inauguraron la duda como sistema y la exploración como método. Hicieron de la verdad un ideal, una inspiración, y de libertad una pasión. Esto, claro está, socavó los pedestales de muchos iconos, puso en cuestión innumeras teorías y metió en el alma de la gente la inquietud. Hizo de los hombres, navegantes, conquistadores, caminantes.

Antes que el “yo” no hay nada, ni poder, ni mercado, ni autoridad. Nada. Esta constatación asegura la soberanía de la persona sobre sí misma, su autodeterminación, la intangibilidad de sus derechos, considerados como poderes anteriores y superiores al Estado … el concepto de “circunstancia”, hace que en el alma de cada cual quede incluido el mundo en que se vive y respecto del cual se es libre o esclavo. Se personaliza así el entorno.

Les hizo conscientes de su capacidad de decisión, y les planteó la responsabilidad de sus actos. Les propuso ser tolerantes y, por tanto, generosos, porque la tolerancia es el reconocimiento del derecho del otro a disentir, a decir lo que piensa; es la posibilidad cierta de discrepar respetando, admitiendo la hipótesis del error propio y del acierto ajeno. Tolerar es compartir la duda, acompañarse en la soledad que dejan los cuestionamientos permanentes. El liberalismo como actitud, como temple moral, no implica, por tanto, el enclaustramiento en los dogmas, ni supone el endiosamiento del egoísmo rapaz, que en fondo es intolerancia, negación de las oportunidades del otro. Ese liberalismo de gran talla no se agota en el utilitarismo, ni apuesta solamente a la persona solitaria, atrincherada en sus posesiones, obsesionada por las ventajas, desvelada por el miedo a perder, por la ambición de ganar. Por la angustia de mandar. Por eso, yo privilegio los enfoques éticos del liberalismo, y prefiero, de Adam Smith, La Teoría de los Valores Mo4 Paz, Octavio, Sueño en Libertad, La Tradición Liberal. P. 83, Seix Barral, México 2001.

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rales, y de John Locke, La Carta de la Tolerancia. Prefiero a Tocqueville sobre Jeremías Bentham. El enfoque del liberalismo como virtud, como temple espiritual, permite formular algunas reflexiones para volver, si es posible, a los referentes originales que inspiraron aquella actitud moral. Para ello, le propongo, lector, tomar en cuenta algunos puntos de partida, algunas hipótesis, que, espero, conducirán a alguna conclusión que, en la buena tradición del librepensamiento, serán apenas, una aproximación precaria a tan complejo asunto.

Primera reflexión: ¿Es la libertad un atributo del individuo abstracto, desvinculado de la sociedad? ¿Es posible la libertad en soledad? La afirmación del individuo es un supuesto liberal básico, pero que, por reiterado e incomprendido, ha conducido a frecuentes confusiones y, por supuesto, a descalificaciones. Sugiero, entonces que, provisionalmente, y para el propósito de estas notas, no hablemos del “individuo”, ni siquiera de la persona, que es concepto mucho más riguroso, complejo y filosófico. Hablemos del Yo. José Ortega y Gasset dijo en 1914, en “Las Meditaciones del Quijote”, “Yo soy yo y mis circunstancias”. Tan conciso y famoso párrafo es, a no dudarlo, una magistral definición liberal. En efecto, la realidad irreductible, el referente final del universo y de la vida, es el yo. No es colectivo alguno, ni pueblo, ni sociedad. Es cada persona Antes que el “yo” no hay nada, ni poder, ni mercado, ni autoridad. Nada. Esta constatación asegura la soberanía de la persona sobre sí misma, su autodeterminación, la intangibilidad de sus derechos, considerados como poderes anteriores y superiores al Estado. Y afianza, además, la idea de que ese Estado está para servir, y que es apenas una realidad instrumental, un mal necesario que debe justificarse exclusivamente por su utilidad en pro de las personas. Pero, además, Ortega propuso una genial incorporación de la sociedad, del entorno de posibilidades, al Yo. El concepto de “circunstancia”, hace que en el alma de cada cual quede incluido el mundo en que se vive y respecto del cual se es libre o esclavo. Se personaliza así el entorno. A su vez, la circunstancia proyecta al individuo en la realidad concreta, que no es de soledad sino de acompañamiento. El hombre, cada hombre, es “en” la sociedad y respecto de ella, es ese el escenario donde actuará su autonomía y donde se ejercerá la libertad.

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En el concepto orteguiano, la circunstancia es la suma del yo y del entorno, que son complementarios, rivales y socios, amantes y enemigos a la vez, pero inseparables. En efecto, como persona no puedo aislarme, encapsularme y transformarme en autista, hacer abstracción de mi circunstancia, que por ahora es usted, lector. No puedo abstraerme de avizorar desde aquí, desde mi perspectiva, desde mi imaginario balcón, su interés o su fastidio, su angustia o su pasión. Yo soy parte de esto y esto parte de mi. La circunstancia me abraza y yo me proyecto en ella, obro en función de ella, aunque fuese por buscar el lucimiento personal o la satisfacción intelectual de convencerle a usted de mis asertos. ¿Puedo, entonces, ser libre en la soledad absoluta que no tengo? ¿Puedo elegir sin contar con los otros, sin referirme a mi circunstancia, que es lo externo y lo social, visto desde mi intimidad? La verdad es que soy libre respecto de algo o de alguien. Soy esclavo o siervo respecto de un opresor que no soy yo mismo. Si la libertad es la ausencia de coacción, ¿no supone ese concepto que hay “otros” que eventualmente me pueden coaccionar y limitar mis decisiones? La posibilidad de coacción sin sociedad, sin vecinos, sin autoridades, sin reglas impuestas por otros, no existe. Si elijo, lo hago desde mi conciencia y voluntad, desde mi perspectiva y mi interés, hacia un abanico de posibilidades que me brinda la circunstancia, la sociedad, el mundo, el “otro”. La capacidad de elección enlaza al yo con la sociedad, lo vincula y ata. Las posibilidades, por otra parte, son siempre externas, mundanas y sociales. Hasta la más íntima y dramática elección, el suicidio, es una opción por la que se opta frente a la abrumadora circunstancia que oprime, ante la externalidad que agobia a la intimidad en ese caso desarmada. Jamás podremos anular la circunstancia, crear la absoluta soledad y, menos aún, elegir sin referirnos a ella. Así, pues, resulta que apenas nos aproximamos al drama de la libertad de elección y de acción encontramos que la libertad es una potestad individual vinculada al mundo, metida entre los otros, empapada de sociedad. El tema, y el problema, es que al decidir o al hacer yo cuento con los demás, obro según ellos se comportan o según mi interés me indica, pero siempre tomando en cuenta irremediablemente al entorno diverso y complejo de “la gente”. Cuando lindero mi predio, acoto mi dominio, cerco mi propiedad o cierro mi casa, actúo en función de la propiedad de mi vecino. La propiedad privada no existe sin el concepto contrastante de lo propio y de lo ajeno. La afirmación individual no sería necesaria si estuviésemos solos en el mundo. La afirmación individual del yo y de la propiedad, es indispensable porque naufragamos todos los días en el mar agitado de lo social.


...sin país organizado no hay mercado libre, sin instituciones no hay prosperidad. Sin buenos ciudadanos no hay buena democracia.

Octavio Paz afirmó en el discurso con que recibió el Premio Cervantes en 1982, que “La libertad que comienza por ser la afirmación de mi singularidad, se resuelve en el conocimiento del otro y de los otros: su libertad es la condición de la mía. En su isla, Robinson no es realmente libre; aunque no sufre voluntad ajena y nadie lo constriñe, su libertad se despliega en el vacío. La libertad del solitario es semejante a la soledad del déspota, poblada de espectros. Para realizarse, la libertad debe encarnar y enfrentarse a otra conciencia y a otra voluntad: el otro es, simultáneamente, el límite y la fuente de mi libertad. En uno de sus extremos, la libertad es singularidad y excepción; en el otro es pluralidad y convivencia.” “Sin buen pueblo, no hay buen gobierno”, decía alguien. Sin buena circunstancia, sin razonable entorno, no habrá buena elección ni habrá buena humanidad. La mala circunstancia, el entorno social defectuoso, son formas de coacción que limitan las libertades. De allí que sin país organizado no hay mercado libre, sin instituciones no hay prosperidad. Sin buenos ciudadanos no hay buena democracia. Pero el tema está en que el razonable entorno, hecho de instituciones y de reglas mínimas, necesita el concurso de la comunidad, o más bien, de cada individuo. Requiere la libertad posible -no la abstracta e hipotéticay un mínimo de igualdad de oportunidades y un grado elemental de fraternidad. Por eso, tal vez, los liberales franceses escribieron en el frontispicio de la Revolución, aquello de “Libertad, Igualdad y Fraternidad”. Acaso por eso, los fundadores de los Estados Unidos, liberales por cierto, declararon que es obligación moral de la sociedad y misión política del Estado, hacer posible la búsqueda de la felicidad. Las simplificaciones que anclan al liberalismo en el interés excluyente de unos y en el olvido de los otros, conspiran contra el genuino liberalismo, que entiende a la libertad como potestad individual, soberanía incuestionable de la persona, que se ejerce respecto de una circunstancia, y contando, para bien o para mal, con el prójimo. Eso significa meter a la solidaridad y a la cooperación en el buen entendimiento de la “libertad posible”, esto es, aquella que se encarna en los referentes de la realidad, la que cuenta con los otros, con las limitaciones reales de la capacidad de elegir, y especialmente, con el mínimo piso de equidad que permita que alguien más que yo escoja, decida. John Stuart Mill, decía que “el comercio es un acto social. Cualquiera que se dedique a vender una mercancía, hace con ello algo que se relaciona con los intereses de los demás y de la sociedad en general; y así, en principio, su conducta cae dentro de la jurisdicción de la sociedad.” Esto significa que las consecuencias de los actos, y las responsabilidades por el ejercicio del derecho a elegir, no pueden quedarse en el santuario de la intimidad sin consecuencias externas. La libertad es, pues, un complejo atributo que se ejerce desde el individuo, considerando los referentes que la cir-

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cunstancia ofrece, contando con los prójimos, obteniendo ventajas y proyectando las consecuencias de los actos sobre la sociedad.

Segunda reflexión: la libertad como poder ¿Es la libertad solamente ausencia de coacción, la inexistencia de trabas, presiones o reglas que obligan al hombre a actuar en forma contraria a lo que le convence o le interesa? ¿Es la libertad un poder, una potestad individual, una capacidad moral, jurídica, económica y social de elegir la forma de vivir y de hacer posibles los proyectos individuales? Vieja discusión esta entre la libertad negativa y la libertad positiva, entre la libertad de los antiguos y la libertad de los modernos5. Profunda y compleja polémica que Kant resumió y planteó con clarividencia. Recordemos la riquísima discusión que esas tesis suscitaron, que nos hace pensar que además de la ausencia de trabas, la libertad es un poder. El poder de querer, de crear, de elegir, de decir, de disentir. El poder de ser rebelde, auténtico. La capacidad de crearse cada cual y defender espacios de autonomía personal. La posibilidad de limitar la acción de la autoridad. La soberanía individual suficiente para elegir incluso la desgracia. La potestad de autogobernar instintos y decisiones. Ese poder no se ejerce en abstracto. Se ejerce frente a los otros y en consideración a los intereses, las convicciones, los miedos y las pasiones de cada cual. Ese poder se ejerce socialmente. La autonomía de la voluntad no puede ser “la anarquía de las voluntades”, ni la guerra civil de los intereses. Ese poder se ejerce en función de los derechos individuales de cada sujeto y desde las reglas que son las leyes, porque es preciso conciliar las múltiples potestades que concurren en la sociedad. El derecho ajeno empieza donde el derecho propio termina decía Benito Juárez. Y tenía razón. Desde es punto de vista, la libertad es un poder racional, gobernado moralmente desde la conciencia individual -por eso la libertad es una virtud- y articulado supletoriamente por la ley.

Tercera reflexión: ¿La libertad vs. la ley? Ortega dijo que el liberalismo es la dimensión social de la libertad. La ética es su dimensión personal; las leyes, su dimensión jurídica, hacen posible la convivencia de las múltiples libertades que concurren en la sociedad a la que está condenado el hombre, ya sea permitiendo, prohibien5 Benjamín Constant. “La libertad de los antiguos comparada con la de los Modernos” Citado por Norberto Bobbio, Liberalismo y Democracia. p.8. Fondo de Cultura Económica. México 1996.

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do o mandando. Las leyes son, en cierto modo, los árbitros impersonales, objetivos e imparciales que advierten de antemano cuál es el ámbito de cada derecho subjetivo, cuál el margen de permisión para su ejercicio, cuáles las garantías para defenderlos de la arbitrariedad estatal y de la arbitrariedad privada. En la tradición liberal la función primordial de la ley es la limitación de las potestades públicas, la determinación de las responsabilidades de la autoridad y la juridificación eficaz de los derechos individuales anteriores al Estado. No debemos hablar de “concesión de derechos”, porque eso supondría hacer que las garantías humanas básicas dependan de la ley, o del capricho del poder que las revoque. La verdad es la inversa: la legitimidad de las leyes depende del sustento moral que le den los valores universales traducidos en derechos. Las personas nacen con derechos innatos. Esos derechos son poderes humanos, son capacidades legítimas de obrar y exigir. Uno de ellos es la libertad. Esos derechos no se pueden legítimamente suprimir. Se puede modular su ejercicio para lograr su plenitud. Esa es la libertad jurídica, la libertad en las reglas. Para hacer posible el ejercicio de la libertad, la ley garantiza la igualdad ante ella. Esa es la igualdad de oportunidades, que es la traducción de la mínima equidad que debe existir en la sociedad, para que no alienten los monopolios, ni se oprima a los débiles, ni fortalezca más aún los poderosos. Algunos piensan que el liberalismo apunta al “ideal” de una sociedad sin reglas. Pero si el despotismo ejercido desde el Estado es tiranía, la anarquía es, en cambio, la multiplicación de los despotismos de todos contra todos. La anarquía conspira contra los derechos y hace de la libertad una azarosa apuesta marcada por la incertidumbre. Hayek decía que “cuando obedecemos a las leyes, no nos encontramos sometidos a la voluntad de otro hombre y, por consiguiente, somos libres”. Voltaire decía que la “libertad consiste en no depender más que de las leyes” y Cicerón, “todos somos siervos de la ley para poder ser libres”. “La seguridad jurídica es una de las propiedades esenciales del estado justo” para José Antonio Marina. La anarquía que algunos proponen en nombre de libertad, la ausencia total de normas, aseguraría la vigencia de toda suerte de coerciones sobre la conducta y los otros y anularía así la libertad. Hayek escribió que:”La coerción supone la determinación por un individuo de los rasgos esenciales de la conducta de otro; así, pues, solo puede evitarse dando al individuo los medios para garantizarse a sí mismo una esfera privada en el interior de la cual se halle protegido contra esas intrusiones”6

6 Hayek, F.A. Los Fundamentos de la Libertad, Unión Edit. Barcelona.


La libertad es una moneda de dos caras: a la vez, ausencia de coacción y poder efectivo de elección. La libertad es capacidad real de escoger en ejercicio de los derechos … dos son los ángulos en que debe moverse el liberalismo. Por un lado, la eliminación de los márgenes de arbitrariedad de todos los que ejercen poderes reales … ; y, por otro lado, igualdad de oportunidades para ejercer la libertad real …

Si bien el Estado con su excesivo intervencionismo afecta la libertad y determina la conducta en forma inconveniente para la libertad individual -cosa sin duda objetable-, también resulta peligroso dejar las decisiones individuales a la suerte de las determinaciones de la conducta por otros, que tienen la fuerza y la capacidad para hacerlo en ausencia total de reglas. La anarquía es antiliberal. Es, apelando al mismo Hayek, un “camino a la servidumbre”, la puerta abierta a la arbitrariedad de los unos respecto de la conducta de los otros. ¿Cual será el margen de autonomía personal frente a los monopolios y cuál será la capacidad de inducción de la conducta, de coerción, de los que ejercen los poderes reales sobre los que carecen de ellos? En esa medida, la ley debe ser garantía de libertades, medio para construir y preservar los espacios de autonomía personal, elementos esenciales en el liberalismo. La libertad es una moneda de dos caras: a la vez, ausencia de coacción y poder efectivo de elección. La libertad es capacidad real de escoger en ejercicio de los derechos. La libertad es, paradójicamente, acto personalísimo desde el punto de vista del ejercicio de la autonomía de la voluntad, y es acto social, en tanto las elecciones de cada uno inciden en el entorno y cuentan con él.

El liberalismo eleva al individuo a la condición de centro y fundamento del Estado. El poder, en la visión liberal, está para servir y hacer posible el mayor grado de libertad … El socialismo, al contrario, restringe los derechos, somete a las personas y las coloca a órdenes de entes abstractos y realidades difusas … Las ideologías estatistas siempre han sostenido que los derechos de las personas nacen exclusivamente de la ley, esto es, de un acto político discrecional en virtud del cual el poder ‘otorga’ o quita graciosamente facultades a las personas.

Por eso, dos son los ángulos en que debe moverse el liberalismo. Por un lado, la eliminación de los márgenes de arbitrariedad de todos los que ejercen poderes reales, Estado, corporaciones, partidos, grupos de presión, monopolios, y por tanto, sometimiento de los poderes a las leyes; y, por otro lado, igualdad de oportunidades para ejercer la libertad real, construcción de un entorno social y político que permita realmente elegir, habilitar al ciudadano, hacerle efectivamente capaz. Raymond Aron decía, en “Ensayo sobre las libertades” que la igualdad social o política no acarrea en absoluto la igualdad económica, pero exige instituciones tales que todos los individuos dispongan de rentas suficientes para no sentirse excluidos de la colectividad a causa de su miseria o de su ignorancia”7 J.A. Marina dice que “la libertad es la capacidad personal y el espacio público que me permiten desarrollar mi proyecto personal de felicidad” Hay allí la asociación ideal entre el interés individualista por la libertad, como ausencia de coacción, y la necesidad de que ese interés tenga un entorno, una pista de lanzamiento que asegure un mínimo de equidad y de condiciones públicas para edificar la felicidad personal. Decía también Marina que “La felicidad subjetiva es un sentimiento pleno de bienestar, personal, íntimo. Otra es la felicidad objetiva, pública, política, social que no es un sentimiento sino una situación, el marco deseable para vivir, aquel escenario donde la búsqueda de la felicidad... resulta más fácil y tiene más garantías.”

7 Aron, Raymond, Ensayo sobre las libertades. Alianza Edit. Madrid, 1974.

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La construcción de un entorno público, la seguridad jurídica, la justicia en las relaciones sociales, la dotación de capacidades reales a la población, el pago de impuestos, son parte de la construcción de esa felicidad política, sin la cual la felicidad personal, el ejercicio del egoísmo racional es una hipótesis imposible.

asignaban y quitaban derechos y privilegios, jugaban con la dignidad y eliminaban libertades, todo según un concepto pragmático, que heredaron después los fascistas y los socialistas. El ‘realismo’ político, el totalitarismo y el absolutismo monárquico rondan siempre entorno a las mentes que se dicen progresistas, pero que, en realidad, son nostálgicos de un pasado sin derechos individuales y lleno de las “razones de estado” que registró Maquiavelo.

Cuarta reflexión: los derechos como problema

La verdad es que los derechos de las personas son anteriores a la Ley y superiores al Estado y a la Constitución, que no puede quitarlos, o condicionarlos hasta el punto de hacer imposible su ejercicio. Las constituciones y las leyes que niegan los derechos fundamentales son injustas, ilegítimas y no obligan moralmente, aunque con la coerción se logre obediencia, que en ese caso será simple y odiosa servidumbre. El asunto de fondo no está solamente en las constituciones y leyes de coyuntura que se expiden en abundancia con líricas declaraciones de respeto a los derechos. Está en el modo de entender el poder, está en la tolerancia, está en la capacidad, o no, de la autoridad de asumir que ella solo sirve y no domina, y que sobre ella y sus consignas ideológicas, está el verdadero soberano, el único: el individuo, titular de potestades intransferibles, que están asociadas con su esencial dignidad.

Los derechos de las personas, cuya protección es la única razón de justifica la existencia del Estado, son, a la vez, el principal ‘problema’ del poder. Problema porque los derechos marcan los límites de la política, estorban la tendencia a concentrar facultades y hacen de las leyes herramientas de contención al afán de dominación. De su violación, nacen deberes e indemnizaciones. Además, son los derechos los que determinan la calidad de ‘soberano’ de cada individuo, y esa soberanía se vuelve conflictiva cuando también el poder quiere ostentar tal condición. El problema de los derechos individuales está en el fondo de la guerra de ideologías. El liberalismo se articula en torno a ellos y eleva al individuo a la condición de centro y fundamento del Estado. El poder, en la visión liberal, está para servir y hacer posible el mayor grado de libertad. El poder político es un mal inevitable y necesario, pero no siempre deseable. El socialismo, al contrario, restringe los derechos, somete a las personas y las coloca a órdenes de entes abstractos y realidades difusas. El socialismo ve al individuo con sospecha y prevención, y a sus derechos como estorbos para la edificación de instituciones que alojen a la “nueva clase”. Los derechos y las libertades son la “piedra de toque” en la edificación de los Estados, o en la modificación de las reglas de juego, al punto que un sistema político puede catalogarse, con exactitud casi matemática, por el grado de reconocimiento y garantías a los derechos, o por la abundancia de limitaciones, trabas y condiciones a las que se sujeta su nacimiento y ejercicio. Los derechos y las libertades son el criterio determinante para entender frente a qué tipo de poder estamos. Y en esa determinación no cabe ni la fraseología ni el discurso, cabe la constatación de la extensión de las normas, del grado de permisividad, de la posibilidad real de impugnar los actos del poder y de pedir cuentas de su ejercicio. Las ideologías estatistas siempre han sostenido que los derechos de las personas nacen exclusivamente de la ley, esto es, de un acto político discrecional en virtud del cual el poder ‘otorga’ o quita graciosamente facultades a las personas. Esa visión, que está en la base del pensamiento socialista, es retrógrada, tiene origen monárquico. Los reyes franceses decían “el Estado soy yo” y, bajo esa óptica,

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Quinta reflexión: los derechos del Estado y otros temas en torno Es importante preguntarse ¿‘cómo se ejerce el poder’, cuáles son las formas de legalidad de que se reviste la capacidad de mando?. Pero lo de fondo es preguntarse ¿por qué se ejerce el poder? ¿Dónde está el secreto de su legitimidad, cuál es su fuente moral? ¿Tiene el Estado ‘derechos’, entendidos como potestades innatas provenientes de su naturaleza, o tiene solamente autorizaciones derivadas del poder originario, que radica en cada uno de los individuos? Los hombres no necesitan ‘justificar” la titularidad de sus derechos, porque ellos corresponden a su naturaleza, son innatos. Sin ellos, las personas no son personas. De allí deriva su intangibilidad. La sola existencia de un individuo justifica su titularidad. Discutir los derechos es tesis de los totalitarismos, en su afán de absorber todas las facultades negándolas a los individuos. En cambio, el Estado necesita justificar el poder y sustentar la fuente de sus potestades. Necesita revestir de legalidad a la fuerza y de legitimidad a la capacidad de coacción. El Estado necesita motivar en la Constitución y en la Ley sus acciones, de allí proviene el principio de legalidad, según el cual solo se puede hacer lo expresamente ‘autorizado’. Si no hay la habilitación legal para actuar, no se puede obrar, y si se obra así será en forma ilegal e ilegítima.


Las dictaduras son gobiernos que carecen de título legítimo para gobernar. Esa carencia explica la denominación de gobiernos tiránicos o poderes injustos. La necesidad de justificarse explica por qué los golpes de estado, que son actos de fuerza, sin embargo, mediante el primer decreto supremo, siempre ponen artificiosamente en vigencia una constitución, según conviene a sus intereses. Es decir, pese al dominio de la fuerza, buscan legitimarse con un título jurídico impuesto y manipulado.

Las justificaciones doctrinarias Las doctrinas -la democracia, por ejemplo- son esfuerzos para justificar el ejercicio del poder. La fuerza necesita ‘presentación ética’ y revestimiento jurídico. El problema está en que muchas doctrinas no son sino antifaces de la arbitrariedad. La historia de las doctrinas políticas es la búsqueda de la legitimidad de que el poder, en principio, carece. El Estado, a diferencia de los individuos, necesita justificación, porque ni ahora ni nunca tuvo ‘derecho’ propio para gobernar. La democracia procura dotar de titulo legítimo al poder. Es la búsqueda de legitimidad en la ‘voluntad general.’ Los derechos, incluso los más intrincados derechos políticos, radican en los individuos y provienen de su voluntad. No nacen de realidades colectivas, ni de difusas utopías. Las personas humanas son los titulares del poder. El Estado recibe de los individuos facultades derivadas, provisionales y revocables. El poder político es un préstamo condicionado, una concesión cuya validez depende de que se cumplan los propósitos que lo justifican: la protección de los derechos fundamentales y de la libertad. El Estado no tiene derechos originarios. “Autoridad” quiere decir “poder autorizado”, proveniente de un soberano que no es ni la entidad del poder, ni quien lo ejerce. La autorización de la sociedad civil es el fundamento del Estado.8

Las doctrinas -la democracia, por ejemplo- son esfuerzos para justificar el ejercicio del poder. La fuerza necesita ‘presentación ética’ y revestimiento jurídico. El problema está en que muchas doctrinas no son sino antifaces de la arbitrariedad. La historia de las doctrinas políticas es la búsqueda de la legitimidad de que el poder, en principio, carece. El Estado, a diferencia de los individuos, necesita justificación, porque ni ahora ni nunca tuvo ‘derecho’ propio para gobernar.

Finalidad del Estado La edificación del sistema político se hace a través de los derechos de cada individuo, y de la expresión de sus voluntades. Esa edificación no se hace en contra del interés de los ciudadanos, porque nadie construye su propio cadalso ni entrega poder para que se le esclavice. Se hace para que los derechos sean protegidos por el poder que los ciudadanos generaron en su propio beneficio. El Estado, ente artificial, creado a partir del ejercicio de los derechos, es una realidad condicionada, puesta al servicio de la persona y dirigida a la creación de las mejores 8 Bobbio, Norberto, Teoría General de la Política. Edit. Trotta, Madrid 2003

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condiciones para que el individuo alcance su felicidad. Alguien dijo: “La política, en su profundo sentido, no es una gestión del poder, sino un conjunto de procedimientos para facilitar la felicidad del ciudadano”.

El Estado: una fiducia política El Estado moderno es un encargo político fiduciario, condicionado a alcanzar la felicidad común. Si el Estado consiste en un encargo, significa que, además de las condiciones de eficiencia y servicio público a que está sujeto, es un ente con poderes limitados. Al contrario de la teoría de la expansión ilimitada del poder, la idea de la Constitución, hija genuina del liberalismo. nació contra los poderes. El constitucionalismo se inspira en la idea de limitar el poder, controlarlo y establecer responsabilidades por su ejercicio. Las constituciones son freno, no instrumento del poder. Las repúblicas modernas se formaron en torno a la idea de eliminar los absolutos, suprimir las arbitrariedades, delimitar las competencias y hacer de la autoridad el ‘poder autorizado por la norma´.

Teoría de la limitación Esto debería traducirse en la “teoría de la limitación política”, que expresa el encargo del poder condicionado que hacen los titulares de los derechos a esa artificial creación, y que solo se justifica por el sentido de servicio y la protección de los derechos. El encargo político condicional, se concreta en: (i) no hay un solo poder ni hay un poder superior a los demás, ni el Estado se encarna en una persona; (ii) hay un sistema de chequeos y controles mutuos, hay tribunales independientes que juzgan a los que ejercen la función pública; (iii) el poder es responsable, debe rendir cuentas, lo que tiene relación con el carácter condicional del encargo; (iv) la finalidad que justifica el Estado es la creación de las condiciones para que los individuos alcancen la plenitud personal, esto se llama el bien común; (v) el Derecho generado en condiciones de libertad y participación es el título habilitante del poder, ese Derecho obliga primero al poder; (vi) el ejercicio de las potestades públicas se concreta en procesos de simple aplicación de la ley, por eso, los actos administrativos no pueden basarse en el voluntarismo político o en las difusas ‘políticas de Estado’; (vii) la Constitución establece y expresa el modo de ser del poder limitado y el modo de hacer las cosas en la administración; (viii) la libertad de elegir formas de vida es un valor que no puede ser menoscabado ni por la Constitución.

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Corolario Como usted, lector, podrá apreciar no me ocupé sino tangencialmente de la democracia. Es que democracia y liberalismo, en rigor, son cosas distintas: la una se ocupa de justificar el poder, de legitimarlo apelando a su origen popular, y se ocupa de la delegación en su ejercicio. El liberalismo, en cambio, se ocupa de potenciar la libertad, preservar los espacios de autonomía personal y limitar el poder. Lo ideal es que la democracia sea liberal y que el liberalismo sea democrático, porque hay democracias ilimitadas, hay democracias autoritarias, hay mayorías absolutistas. Hay que ser demócrata, claro está, pero antes hay que ser liberal. La pregunta central que le dejamos estimado lector es: ¿sobrevivirá el liberalismo, pese al absolutismo de las asambleas, y a la democracia (i)liberal?


Bibliografía. Bobbio, Norberto, Liberalismo y Democracia. Fondo de Cultura Económica, México 1992 Bobbio, Norberto, Igualdad y libertad. Piados, Barcelona 1993. Bobbio, Norberto, Teoría General de la Política, Edit. Trota, Madrid, 2003. Aron, Raymond, Ensayo sobre las libertades, Alianza Edit. Madrid, 1974. Marina, José Antonio. La pasión del Poder. Anagrama, Barcelona 2010. Marina, José Antonio, La lucha por la Dignidad, Anagrama. Schmitt, Carl, en Héctor Orestes Aguilar, Fondo de Cultura Económica, México 2004.

Ortega y Gasset, José. Obras Completas, Taurus, Madrid 2008. Hayek, Friedrich, Fundamentos de la Libertad, Unión Editorial Hayek, F.A. Camino de Servidumbre. Alianza Edit. Madrid, 1976 Bertrand de Jouvenel, Sobre el Poder. Unión Editorial, Madrid 1998 Boaz, David. Liberalismo, Una aproximación. Fundación FAES, Madrid 1997 Merquior, José Guilherme, Liberalismo viejo y Nuevo. FCE. México 1993 John Locke, Tratado del gobierno Civil, Edit Claridad Bs. As. 2005 Lord Acton Ensayos sobre la libertad y el poder, Unión Edit.Madrir 1999. Paz, Octavio. Sueño en libertad, Escritos políticos. Seix Barral, México 2001 Fascismo, Historia e Interpretación. Alianza Edit. Madrid. 2004 Primo de Rivera, José Antonio. Obras Completas, Madrid 1945

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Alberto Dahik

Ex Vice Presidente del Ecuador

Sobre el futuro del liberalismo clásico El liberalismo clásico, como toda corriente de pensamiento, surgió dentro de un entorno de circunstancias económicas, políticas y sociales difícilmente repetibles. El término liberalismo clásico puede abarcar muchos matices dentro de lo político y económico. Para este ensayo nos referiremos a liberalismo clásico como la línea de pensamiento que propone al individuo y su libertad como un valor supremo, que enfatiza la inviolabilidad de los derechos a la libre expresión, asociación y manifestación religiosa, así como a la libertad de prensa. Es también la corriente ideológica que limita al extremo más pequeño posible la intervención estatal en materia económica, dejando únicamente a la iniciativa individual y a los mercados la organización de la producción y suministro de bienes y servicios en la comunidad. Su vigencia futura con “pureza” ideológica absoluta no es factible. Su vigencia en cuanto al valor del individuo, a los derechos y libertades que se le deben garantizar en la sociedad son eternos. En la parte económica, si bien el “laissez-faire” no es una opción viable para organizar la producción y distribución de bienes y servicios, la economía de mercado sigue siendo la más idónea para desarrollar las sociedades modernas. Por lo tanto, la vigencia del libre mercado propuesta por los liberales, aunque matizada respecto del extremo del “laissez-faire” seguirá marcando el progreso de la humanidad.

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Introducción Yo soy yo y mi circunstancia, decía un gran filósofo y ensayista español del siglo XX. Es una frase ciertamente sabia, que nos hace ver que aún el ser con individualidades únicas en la creación, con identidades irrepetibles, que es el hombre, se forma, se moldea, se desarrolla de acuerdo a las circunstancias, y estas interactúan con el ser humano de forma tal, que en ciertas ocasiones esas circunstancias, más que las mismas cualidades innatas y fuerzas intelectuales inherentes al ser humano, son las forjadoras de sus ideas, conceptos, teorías, y sistemas filosóficos, o corrientes de pensamiento en las cuales ese ser humano cree. Si Adolf Hitler hubiese sido aceptado en su aspiración de ser artista, toda la historia de la humanidad habría sido diferente. De no haber Constantino dictado el edicto de Milán, el desarrollo del continente Europeo no habría sido el mismo que conocemos a la fecha de hoy. Si los países del este Europeo se hubieran transformado en los inicios de la revolución industrial como lo hicieron los del oeste, y por ende la Rusia Zarista hubiese dado los pasos a la modernidad y a las realidades republicanas, a lo mejor el socialismo habría sido más fugaz de lo que fue y su incidencia histórica todavía mucho menor. El primer punto que se desea transmitir en este ensayo, es que las corrientes de pensamiento, los sistemas políticos, económicos, las tendencias filosóficas, las ideologías políticas, no pueden separarse del entorno y circunstancias en las cuales fueron gestados o concebidos. Esto ha sido válido desde los albores de la humanidad, y continúa siendo válido el día de hoy.

1.- Nuestra primera dificultad: ¿qué es el liberalismo clásico? El término liberalismo clásico se asocia a un grupo amplio de pensadores a los cuales se les puede atribuir una compartida paternidad. Existe sin embargo una cantidad amplia de variaciones, matices y grados de intensidad en las ideas asociadas con el concepto de liberalismo clásico. ¿Representa el término aquel ideal que por el siglo XIX se desarrolló en Inglaterra Europa Occidental y los Estados Unidos, para enfatizar que los gobiernos deben tener límites claros y más bien severos, que la libertad de los individuos es un bien supremo y que la libertad religiosa, la libertad de expresión, la libertad de prensa y de reunión, son valores intocables en la sociedad, y que además éstas deben estar acompañada por mercados económicos libres?.

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O, alternativamente: ¿Debemos pensar en aquella concepción todavía más extrema, que los llamados “libertarios” proclamaran y que propulsó la tesis del “laissez-faire”, dejar hacer, dejar pasar, con la idea de una predilección por la economía totalmente libre, con un mínimo de intervención estatal, al extremo de propugnar que el gobierno no debe proveer ningún servicio social, y que ni siquiera la banca ni ninguna industria deben tener regulaciones estatales? Pero si estas ideas del siglo XIX que como ya hemos visto aquí tienen variados matices, reciben el nombre de liberalismo clásico, hay otras aún anteriores, hacia el siglo XVII y XVIII que se asocian al pensamiento de John Locke y su conocida doctrina de la ley natural, y que son más ideas políticas que económicas, y que también suelen recibir el calificativo de liberalismo clásico. En ellas se combate al poder absoluto del estado, y a su intervención en asuntos civiles, se excluye la autoridad de las iglesias dentro del estado, y se formula ya desde ese entonces, el que los individuos deben desarrollar sus capacidades y su libertad en forma plena en el ámbito político y religioso. Sin lugar a dudas, las corrientes que hoy conocemos como liberalismo clásico tuvieron sean en los Siglos XVII, XVIII o XIX como el campo fértil para desarrollarse, el entorno de nacientes repúblicas, estados absolutistas, y las herencias de luchas antimonárquicas. Ese entorno es hoy irrepetible, como irrepetible son las circunstancias que llevaron a desarrollar las ideas de las monarquías luego del feudalismo y la edad media. Si vamos algo más allá, en los Estados Unidos tuvieron las ideas liberales vigencia y desarrollo coexistiendo también con el elemento de la esclavitud, realidad indiscutiblemente fundamental para el modelo económico que se sustentó en una alta producción agrícola del sur, con mano de obra baratísima, y que permitió el surgimiento de una potencia económica industrial en el norte. Esto es ciertamente paradójico pero se dio. Descritas muy brevemente estas variaciones respecto al tema de lo que es conocido como liberalismo clásico, indiquemos que para contestar la pregunta sobre el futuro del liberalismo clásico para efectos de este ensayo, nos referiremos a ese término como la línea de pensamiento que propone al individuo y su libertad como un valor supremo, que enfatiza la inviolabilidad de los derechos a la libre expresión, asociación y manifestación religiosa, así como a la libertad de prensa. Es también la corriente ideológica que limita al extremo más pequeño posible la intervención estatal en materia económica, dejando únicamente a la iniciativa individual y a los mercados la organización de la producción y suministro de bienes y servicios en la comunidad.


…. el liberalismo es la línea de pensamiento que propone al individuo y su libertad como un valor supremo, que enfatiza la inviolabilidad ade los derechos a la libre expresión, asociación y manifestación religiosa, así como a la libertad de prensa. Es también la corriente ideológica que limita al extremo más pequeño posible la intervención estatal en materia económica, dejando únicamente a la iniciativa individual y a los mercados la organización de la producción y suministro de bienes y servicios en la comunidad.

Dicho esto, tratemos de contestar la pregunta sobre el futuro del liberalismo clásico.

2.- ¿Es viable este concepto en nuestros días? Las circunstancias del mundo de hoy, tan diferentes a las de hace 200 o 300 años, no permiten que el Liberalismo Clásico, puro, o exactamente igual al concebido por Locke, Ricardo, Adam Smith, Jean Baptiste Say o Malthus, tenga una aplicación total en el mundo actual. Así como es inaceptable para el mundo de hoy que se cuestione la libertad individual, que se cuestione o limite la libertad de expresión o asociación, así como es impensable que se acepte que la iglesia regule al estado o lo controle (conquistas en mucho logradas por los pensadores liberales) sería inaceptable también el pensar que la banca, la industria (por ejemplo aquella que contamina el ambiente o tiene elementos monopólicos) no sean reguladas por el estado. En otras palabras si desmenuzamos las ideas del liberalismo clásico veremos que, como sucedería con cualquier modelo, no es 100% aplicable al día de hoy, pero vemos también que muchos de sus enunciados son irrenunciables para el hombre moderno. Por ello, de lo que se trata es de un tema de proporciones, de matices más no de esencia. Las libertades políticas y conquistas del liberalismo transformados en grande proporción en derechos fundamentales e inalienables de la persona humana, son hoy declaraciones universales, que por lo tanto no podrán fácilmente pasar de moda, y siguen teniendo un futuro claro de permanencia en la organización de la sociedad humana. Cierto es que muchas de esas conquistas son cosas que se pueden deducir o colegir de sistemas filosóficos o religiones anteriores. Pero su transformación en leyes concretas y en parte de la estructura de los estados modernos post monárquicos son en mucho logros de los pensadores liberales. Aquí podríamos por lo tanto decir que ese liberalismo que generó los derechos de las personas está vigente y seguirá con un futuro brillante.

… ¿qué han inventado o cuál ha sido el legado de sistemas alternativos? Así por ejemplo, preguntémonos que inventó el Marxismo Leninismo, el Socialismo, y la economía colectivista: ¿El motor de combustión interna? ¿El internet? ¿La computadora? ¿La penicilina? ¿El transistor?.

Ahora bien, donde más discusión sigue existiendo, y donde más espacio se está dando para el cuestionamiento, y para el futuro del liberalismo clásico, es en materia de la organización de la economía, y del control sobre los mercados. Difícilmente podemos aceptar la tesis universal y generalizada del “laissez-faire”, al punto que el gobierno renuncie totalmente a su rol de vigilar, prevenir los problemas que derivan de imperfecciones y distorsiones de

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los mercados muy bien estudiados por la teoría económica. Nuevamente, estamos en un punto de proporciones o matices. Los principios básicos de libertad económica y organización de la producción y distribución de bienes y servicios en base a la iniciativa individual y al libre mercado, seguirán siendo la base del quehacer económico de los tiempos post contemporáneos. En esto, el más simple razonamiento que podemos hacer es el siguiente: ¿qué han inventado o cuál ha sido el legado de sistemas alternativos? Así por ejemplo, preguntémonos que inventó el Marxismo Leninismo, el Socialismo, y la economía colectivista: ¿El motor de combustión interna? ¿El internet? ¿La computadora? ¿La penicilina? ¿El transistor?. Hasta la aparición de la economía liberal, o la economía organizada en base al libre mercado, la humanidad como un todo NO TENIA ASPIRACIONES DE GRAN AUMENTO DEL BIENESTAR. El crecimiento económico, y los consecuentes beneficios que este genera, son un logro incuestionable de la economía libre, no logrado por ninguna otra forma de organización de la sociedad en sus aspectos productivos y distributivos en la historia de la humanidad Contrastando por lo tanto esto, con cualquier otro sistema y época, se vuelve difícil pensar que no tenga la economía liberal al igual que las ideas políticas liberales respecto de los derechos de las personas y límites del estado, un claro espacio en el futuro de la humanidad.

3.- Leer correctamente las distorsiones Hemos dicho que las ideas fundamentales del liberalismo tienen espacio tanto en lo político cuanto en lo económico. También hemos indicado que se trata un asunto de proporciones, de matices más que de esencia. Para ello debemos saber leer e interpretar las distorsiones de los mercados. Tal vez un magnífico ejemplo sea la crisis financiera mundial que recientemente hemos pasado, generada fundamentalmente por el mercado inmobiliario de los Estados Unidos y acelerada por los abusos en los centros financieros que multiplicaron la burbuja inmobiliaria en forma exponencial, con su concomitante impacto en la economía mundial. Para los detractores del liberalismo las aberraciones y abusos de los banqueros de inversión y de “Wall Street” muestran la supuesta perversidad de los actores y la gran falla del mercado y de la economía liberal. En mi modesta opinión es lo contrario. Muestra el pésimo rol del gobierno y la gran falla del gobierno. La teoría económica liberal es capaz de predecir los

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alcances que por la búsqueda de utilidad podían tener los actores financieros. Sin embargo la miopía y falta de control de las entidades de gobierno que supuestamente debían controlar lo que ahí estaba pasando, es causa fundamental de lo que ocurrió. Profesionales brillantísimos, con altísimos ingresos económicos, eran regulados y controlados por otros con sueldos mucho más bajos sentados en un escritorio del estado. El resultado lo conocemos todos. Por lo tanto, cuando sepamos entender que los mercados son predecibles en su agilidad y los gobiernos en su lentitud, pero que aquéllos tienen distorsiones y éstos obligación de vigilarlos, encontraremos el justo balance entre libertad absoluta como lo plantea el liberalismo clásico, y regulación racional, como lo demanda la economía contemporánea. Sin embargo, si no se da la lectura correcta, los detractores de las ideas liberales pueden lograr más control estatal y más frenos a las iniciativas creadoras de la individualidad. En ese caso tenemos que volver siempre a la pregunta: ¿Qué inventó la economía no liberal? Con esa pregunta seguiremos pensando que esa economía de mercado seguirá teniendo el rol fundamental en la sociedad por muchos años más.

4.-Conclusión El liberalismo clásico puede ser con justicia asociado a una etapa de la historia de la humanidad en que por primera vez se logró un crecimiento económico de tal magnitud que el bienestar alcanzado no puede ser comparado con ninguna otra época de la humanidad. El liberalismo clásico también puede asociarse con ideas políticas que han sido incorporadas por la humanidad como derechos universales e inalienables. La circunstancia histórica del nacimiento del liberalismo clásico y su entorno no son repetibles. Por lo tanto, un liberalismo clásico “químicamente puro” no es viable. Pero en sus fundamentos, él seguirá vigente en la humanidad.

… cuando sepamos entender que los mercados son predecibles en su agilidad y los gobiernos en su lentitud, pero que aquéllos tienen distorsiones y éstos obligación de vigilarlos, encontraremos el justo balance entre libertad absoluta como lo plantea el liberalismo clásico, y regulación racional, como lo demanda la economía contemporánea.


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Esteban Laso O.

Candidato a Doctor en Psicología Social (U. Autónoma de Barcelona). Psicólogo social, psicoterapeuta y coach estebanlaso@gmail.com

¿Qué futuro tiene el liberalismo clásico? Del “liberalismo restringido” al “liberalismo ampliado”

Nueve de cada diez ecuatorianos afirman que “la vida es una lucha permanente” o que “en esta vida hay que estar siempre prevenido”. Esta sensación de amenaza constante, pocas veces discutida, es uno de los principales problemas psicosociales de América Latina y subyace tanto a la corrupción como a la inclinación por los líderes autoritarios. La supervivencia del liberalismo depende de si es capaz de abordar esta aguda y dolorosa condición; para ello debe transformarse en lo que llamo “liberalismo ampliado”: volver a sus raíces, alejarse del individualismo utilitarista y recuperar los “sentimientos morales” como fundamento de sus propuestas. 56


Para responder a esta pregunta hay que empezar definiendo qué es el liberalismo. Propongo una definición, que llamaré “liberalismo ampliado”, coherente con la evidencia histórica y cada vez más aceptada entre los que se hacen llamar moral economists. Sostengo que el futuro del liberalismo, especialmente en América Latina, depende de si quienes se hacen llamar liberales acogen y promueven el “liberalismo ampliado” o se limitan, como hasta ahora, a fomentar el “liberalismo restringido”. Anticipándome, diré que si lo primero, el liberalismo no sólo es viable: es la única alternativa a los problemas sociales, económicos y políticos de la región. Si lo segundo, su muerte no es sólo probable sino inevitable.

Liberalismo restringido y ampliado: propiedad y moral Se llama liberalismo a la doctrina que defiende la primacía de la libertad individual. De esto se desprenden, en lo político, el Estado mínimo; en lo social, el individualismo; en lo económico, el mercado libre; y en lo jurídico el Imperio de la Ley. Esta “libertad” consiste ante todo en la ausencia de restricción por parte de terceros, especialmente el Estado, severamente limitado no sólo en tamaño sino en competencias. El objetivo básico de la Ley es, por ende, controlar el poder del Estado y asegurar que trate a todos los ciudadanos por igual (la única “igualdad” reconocida por el liberalismo clásico); garantizar las libertades básicas: de asociación, expresión, prensa, culto y sobre todo propiedad privada. La más peligrosa injerencia del Estado -y por ende, el mayor enemigo del liberalismo- es la intervención sobre la economía: el liberal deplora la regulación del mercado en casi todas sus formas -aunque puede aceptar que el Estado se encargue de bienes públicos como la seguridad, la vialidad, etc. Confía en que la “mano invisible” del mercado distribuya los recursos del modo más adecuado -esto es, el más productivo, no necesariamente el más “justo” o “equitativo”. Aduce que la equidad y la justicia social, aunque loables, son impracticables, ya que la injerencia estatal que requieren distorsiona el “orden espontáneo”, reduce la productividad y empobrece a la sociedad en su conjunto. Llamaré a este liberalismo “restringido” para contrastarlo con mi propia definición, el “ampliado”. Creo que el liberalismo restringido es parcial; incluso a menudo interesado y autocomplaciente. Me atrevo a afirmar que esta parcialidad ha sido uno de los principales acicates para el crecimiento de los regímenes tildados de “enemigos de la libertad”, sobre todo en América Latina; es decir, que el notorio fracaso de las ideas liberales en casi todos los países latinoamericanos se deriva en buena medida del olvido de quienes se dicen “liberales” de su herencia y sus predecesores, su defensa de uno solo de los pilares del liberalismo en detrimento del otro.

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… el futuro del liberalismo, especialmente en América Latina, depende de si quienes se hacen llamar liberales acogen y promueven el “liberalismo ampliado” o se limitan, como hasta ahora, a fomentar el “liberalismo restringido”.


El mercado requiere de una comunidad que él mismo no puede alumbrar: sociedad e individuo son interdependientes… la economía se mueve sobre la necesidad, la negociación y el acuerdo, la política sobre el derecho, la justicia y el deber ser.

… buena parte de la ciencia política norteamericana peca de ingenua: no versa sobre política, esto es, sobre el poder y sus vicisitudes o lo que Freund llama “el mando y la obediencia”, sino sobre “maximización de utilidades” y “agregación de preferencias”, lo cual requiere de una estructura de poder que se da por supuesta sin explicarla.

Pues creo que el liberalismo clásico enfatiza la libertad individual sin olvidar que su desarrollo precisa de una comunidad saludable y sólida. Tomo como máximo exponente de este “liberalismo ampliado” a Adam Smith y sus dos grandes obras, juntas: La riqueza de las naciones y La teoría de los sentimientos morales. El liberalismo ampliado se apoya en las dos, no en una sola: defiende tanto la libertad como la solidaridad en tanto bases del tejido comunitario. Como el restringido, el liberal ampliado es un “individualista metodológico”: concuerda en que una sociedad es una suma de individuos. Pero añade que un individuo sólo puede surgir y mantenerse dentro de una sociedad cuyas instituciones, en particular el lenguaje, le trascienden y le dan contenido; una sociedad que descansa en vínculos afectivos, solidarios y en definitiva morales. Y lo que es más importante, advierte que cuando la lógica del mercado se erige en paradigma de las interacciones humanas y criterio de las decisiones políticas, termina por destruir el mismo tejido social que la alimenta. El liberal restringido, capitalista (o, equívocamente, “neoliberal”) cita a Smith parcial e interesadamente para defender la primacía del mercado: lee nada más La riqueza…; recuerda sólo “la mano invisible” y al comerciante que persiguiendo su propio interés beneficia a la comunidad. Pero desdeña La teoría de los sentimientos morales y su énfasis en la “simpatía”, la capacidad de identificarnos con las experiencias de los otros y comprenderlos a través de ellas; la cual, interacción a interacción e instante a instante, hila y nutre el tejido de la sociedad1. Hace caso omiso de la afirmación smitheana de que un mercado sólo puede funcionar al interior de una sociedad justa, solidaria y moral y su corolario de que la mera persecución del interés propio no puede generar dicha sociedad. El mercado requiere de una comunidad que él mismo no puede alumbrar: sociedad e individuo son interdependientes. Por ende, el capitalista disuelve la política en la economía, equiparándola al arte de negociar y conciliar intereses competitivos; ignora voluntariamente la realidad del poder indispensable para ordenar una comunidad. Sennett nos recuerda que los antiguos griegos separaban el lugar donde debatían de política, del agora donde comerciaban: la economía se mueve sobre la necesidad, la negociación y el acuerdo, la política sobre el derecho, la justicia y el deber ser.

Capitalismo y “cálculo político”: la pérdida del liberalismo clásico A partir del utilitarismo y su “cálculo de la felicidad”, el liberalismo se apartó de sus raíces. Dejó de hablar de 1 Recientes hallazgos de la neurociencia parecen dar la razón a Smith: el sistema de “neuronas espejo”, que en los primates y humanos refleja la conducta intencional de los congéneres, parece subyacer a la capacidad de “comprender” a los demás de manera experiencial y no sólo intelectual.

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solidaridad, confianza, moral, “simpatía”; de todo lo que trascendiera la esfera del interés individual y el profit. Se centró progresivamente en la productividad, el desarrollo, la competitividad, la maximización de beneficios; sostuvo que la economía es la preocupación más importante del gobernante y que toda sociedad debe orientarse a ser productiva. Irónicamente, cuando, a mediados de los 80, los economistas redescubrieron la importancia de la solidaridad, la confianza y los valores cívicos ¡tuvieron que traducirlos a la jerga económica para darles respetabilidad! Así nació el contradictorio concepto de “capital social”: pues si soy solidario o cívico con miras a aumentar mi productividad o la de mi país, ya no soy solidario ni cívico sino interesado. De este modo, los valores fueron despojados de toda trascendencia y reducidos al mero profit. Detrás de la aparente defensa de la solidaridad, la confianza y el civismo se encontraba la misma obsesión con aumentar la utilidad a cualquier costo. En resumen, al enfocarse en la riqueza de las naciones, el liberalismo perdió los sentimientos morales, su faceta más profunda y prometedora; y con ella, la capacidad de hablar a los corazones de los seres humanos, no sólo a sus billeteras. No faltó quienes aprovecharan esta carencia: el socialismo y el marxismo, que (a través del hegelianismo) recobraron la interdependencia individuo-sociedad y enfatizaron la solidaridad, la lealtad y la comunidad. Así, neoliberales y neomarxistas tomaron y desarrollaron partes complementarias de la doctrina de Smith sin su debido contrapeso. Este economicismo se extendió a la ciencia política con el trabajo de Schumpeter, que asimiló la democracia a un mercado en el que compiten los actores políticos (political entrepreneurs) por obtener el “pago” de los electores (su voto). En el desarrollo (ante todo norteamericano) de esta idea, las nociones de “bien común”, “voluntad general”, “razón de Estado”, etc., consustanciales a la política propiamente dicha, fueron progresivamente desplazadas por el “capital político”, el “cálculo del consenso”, la “acción colectiva” y el “teorema del votante medio”, prolongaciones de la metáfora del mercado. El “ciudadano” resultante era un mero consumidor: en vez de ser participante activo y crítico de su comunidad se limitaba a elegir periódicamente a sus representantes (a su vez miembros de una determinada élite) como quien compra una marca y no otra. Así, la ciencia política adquirió respetabilidad oponiendo su supuesto “realismo” y su limitarse a describir la realidad sin cuestionar a la filosofía clásica, tachada de “idealista” y moralista. Quizá por esto, buena parte de la ciencia política norteamericana peca de ingenua: no versa sobre política, esto es, sobre el poder y sus vicisitudes o lo que Freund llama “el mando y la obediencia”, sino sobre “maximización de utilidades” y “agregación de preferencias”, lo cual requiere de una estructura de poder que se da por supuesta sin explicarla. De ahí que tenga dificultades para comprender la política latinoamericana y que sus carencias o extravíos abonaran el terreno de los populismos, autoritarismos y

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caudillismos que caracterizan a la región. En su afán de ser “realistas”, los liberales herederos de Schumpeter perdieron de vista el “ideal regulativo” kantiano: el “bien común” que, como ya sabían Maquiavelo y Montesquieu, es tan inalcanzable como imprescindible a la hora de ejercer en la política; pues, al igual que el horizonte, sólo sirve de norte porque siempre se encuentra más allá2. Es una ironía de la historia que la perversión del liberalismo clásico a manos del utilitarismo (cuya ceguera moral y sacralización del cálculo costo-beneficio han conducido a los extravíos del “imperialismo económico” de Becker) abriera la puerta al marxismo y el socialismo; es decir, que los “enemigos de la libertad” se fortalecieran gracias a que sus paladines, los liberales, perdieran contacto con sus propios orígenes. Y así, neoliberalismo y neomarxismo, hijos del liberalismo ampliado de Smith, se presentan como soluciones definitivas (pero incompletas) a los problemas sociales y económicos de la humanidad.

Liberalismos y América Latina ¿Por qué afirmo que sólo el liberalismo ampliado podrá sobrevivir en América Latina? Porque propone soluciones a los problemas de la región cuya naturaleza no es únicamente política o económica sino psicosocial. El liberal restringido, por contra, con su énfasis en el emprendimiento, la productividad, el desarrollo, el gobierno mínimo y la democracia procedimental, no sólo deja incólumes sino que empeora dichos problemas. Para explicarlo resumo una investigación conducida en Ecuador en 2008 y expuesta en otras publicaciones.

Desconfianza, corrupción, autoritarismo: la psicología de la precariedad Desde una perspectiva psicosocial, América Latina presenta tres llamativas características: bajísima confianza interpersonal, altos niveles de corrupción y preferencia por el autoritarismo versus la democracia3. La evidencia sugiere que las dos últimas (que han frustrado una y otra vez las reformas constitucionales, exacerbado la ingobernabilidad, mantenido la inequidad y desmentido las optimistas predicciones de “la tercera ola” de Samuel Huntington) dependen de la primera: las culturas desconfiadas son también, generalmente, corruptas y autoritarias.

������������������������������� No pretendo con esto descalificar ��������������������������������������������������������� el análisis schumpeteriano, ciertamente revolucionario; simplemente criticar sus excesos. La política es como un mercado en muchos aspectos -pero no todos. 3 Véanse el Latinobarómetro y los índices de corrupción de Transparencia Internacional.


Desde una perspectiva psicosocial, América Latina presenta tres llamativas características: bajísima confianza interpersonal, altos niveles de corrupción y preferencia por el autoritarismo versus la democracia … las culturas desconfiadas son también, generalmente, corruptas y autoritarias.

Cuando las personas desconfían de los desconocidos actúan con cautela y suspicacia; prefieren precaverse de la pérdida, el engaño o el ataque a corto plazo a involucrarse en actividades productivas a mediano plazo. Viven bajo una amenaza constante pero difusa e impredecible; ven la vida como una lucha de todos contra todos, un juego de suma cero donde lo que otros ganan ellos lo pierden, por lo que se dedican a defenderlo frenéticamente -lo que los vuelve extremadamente reacios al riesgo, les impide forjar relaciones de solidaridad con extraños y les motiva, al tiempo, a aprovechar cualquier oportunidad de ganancia aunque se aparte de la ley. Se anticipan a la trampa del otro haciendo trampa a su vez, lo que mueve a los demás a hacer trampa también. Podemos llamar a esta forma de experimentar el mundo y la existencia (propia de países como el nuestro donde la seguridad jurídica, la institucionalidad y el imperio de la ley son escasos o nulos y la inequidad muy alta) “psicología de la precariedad”: donde puedo perderlo todo, todos son mis competidores en la repartición de una torta cada vez más reducida. En este mundo amenazante las personas sólo se fían de sus familiares o amigos más cercanos, nunca de los extraños; con lo que en vez de ampliar sus redes sociales, fortalecen las ya existentes. Esto, a su vez, empeora la desconfianza: la sociedad se fragmenta dividiéndose en grupos de confianza que se disputan el botín, mafias que se apropian de los espacios de poder y capital. Si ya estaba fragmentada por la inequidad, la desconfianza acentúa las diferencias y aumenta la cautela. La lucha de clases deviene guerra4. Las mafias, circuitos por donde transita la influencia, fomentan la corrupción. Más importante que seguir la ley es conocer a la gente correcta, pertenecer a los círculos adecuados, tener el apellido apropiado. El liberal ampliado (Hume, Smith, Hayek, incluso Popper) sabe que el imperio de la costumbre es siempre mayor que el de la ley; como no se puede regular todo, el intento de ofrecer seguridad exclusivamente mediante la institución formal está condenado al fracaso. Las instituciones están compuestas de personas que pertenecen a redes de confianza; en una sociedad desconfiada, caen, tarde o temprano, en manos de una u otra mafia y dejan de ser imparciales. Los grupos privilegiados se reparten el país; los excluidos pelean por las migajas.

… el poder no está distribuido sino concentrado. Y el autoritarismo lo concentra más aún. Se presenta como el remedio pero agrava la enfermedad: la sociedad se fragmenta y polariza, la desconfianza empeora y el círculo vuelve a empezar.

Como los que intentan respetar la norma se encuentran en desventaja, la sociedad alcanza un equilibrio incómodo pero estable (un “dilema generalizado del prisionero”). Todos estaríamos mejor si hiciéramos lo correcto, pero ya que nadie quiere ser el primero en hacerlo, todos terminamos peor. Nuestra conducta en el transporte público ofrece un ejemplo cercano y cotidiano: temerosos de no alcanzar a 4 En términos técnicos, la confianza intragrupos aumenta y la intergrupos o generalizada disminuye.

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bajarnos en nuestra parada, nos agolpamos en las puertas, dificultando la entrada y salida de los demás, haciendo más lento el recorrido del autobús y sufriendo, a la postre, un retraso fácilmente evitable si todos colaborásemos. Pero quien despeja el camino colocándose en el pasillo tendría que atravesar la vorágine, lo cual desanima a los potenciales “buenos ciudadanos”. Esto no significa que todos los ecuatorianos actúen de manera corrupta o antinormativa todo el tiempo, y tampoco que estemos condenados a ello, sino que mientras nos sintamos amenazados seguiremos actuando de manera antinormativa y prefiriendo mecanismos autoritaristas de control y gobernabilidad. En este aciago panorama se apela a una solución drástica: la mano dura. Cuando aparece un líder autoritario, que “se pone los pantalones” para sancionar a los corruptos, los ciudadanos lo apoyan al unísono. Pero esto sólo empeora el problema, pues las políticas autoritarias no promueven comportamientos participativos, así como la confianza no nace bajo amenaza. Lo que dificulta la mejora institucional de estas sociedades es su desigual repartición no sólo del ingreso sino ante todo del poder: la toma de decisiones en la adjudicación de contratos, puestos, privilegios, acceso a los servicios y funciones públicas, fallos judiciales, etc., depende de uno o más grupos relativamente cerrados que se benefician a sí mismos excluyendo a los demás. Es decir, el poder no está distribuido sino concentrado. Y el autoritarismo lo concentra más aún. Se presenta como el remedio pero agrava la enfermedad: la sociedad se fragmenta y polariza, la desconfianza empeora y el círculo vuelve a empezar.

La paja en el ojo ajeno… Se podría pensar que hay una contradicción entre justificar la corrupción y apoyar la mano dura para refrenarla; después de todo, eso también me hará más difícil saltarme las leyes a mí. Esta contradicción aparente la resuelve un viejo conocido de la psicología social, el “error fundamental de atribución”. Usamos distintos cánones para juzgar una conducta según la hayamos realizado nosotros o los demás. Si X roba, es un ladrón; si lo hago yo, es que estaba muy necesitado. Justificamos la ilegalidad en nosotros mientras apoyamos el castigo para los otros. Así, el autoritarismo promete librar a las personas de las otras mafias, acabar con sus competidores; lo apoyan a la par que mantienen su conducta antinormativa. Cuando la mano dura se les acerca la evaden haciéndose parte de “su” grupo, partido o clase; se integran a su mafia, manteniendo la desconfianza y acrecentando la fragmentación. Autoritarismo y justificación de la ilegalidad son actitudes gemelas: cuanto más corrupta es una sociedad más favorece el liderazgo autoritario. Y cuanto más autoritaria, más desconfiada.

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El Ecuador como “sociedad hobbesiana” y el autoritarismo como “solución” La psicología de la precariedad conduce a una permanente actitud defensiva, una desconfianza automática, tácita y general hacia todo aquel que no forme parte de “mi” grupo; una “sociedad hobbesiana” cuyos ciudadanos adoptan como lema el homo homini lupus. El Ecuador es un ejemplo paradigmático de sociedad hobbesiana que pone de manifiesto el vínculo entre desconfianza, corrupción y autoritarismo. Así lo indica la investigación sobre confianza realizada en 2008 en Quito, cuyos resultados resumo a continuación: - Desconfianza: 55% de los encuestados está “de acuerdo” o “totalmente de acuerdo” con “Generalmente me da recelo de las intenciones de los demás”; 60% con “La gente tratará de engañarme si le doy la oportunidad”; 75%, con “Cuando trato con extraños procuro ser cauteloso hasta que me han demostrado que son de fiar”; 70% con “Siempre se debería sospechar de las intenciones de los demás”; y 82% opina que “Uno nunca es suficientemente cuidadoso en el trato con los demás”. Estos valores se hallan entre los más extremos de la subregión. - Autoritarismo: 56% acepta que “En este mundo sólo los fuertes sobreviven”; 66% que “Si no hubiese castigo las leyes no se cumplirían”. - Justificación de la antinormatividad: 63% afirma que “en la vida, o eres vivo o eres bobo”; 67% que “Aunque no nos guste admitirlo, a veces es necesario hacer trampa”; 68% que “Si pudieran hacerlo sin ser descubiertas la mayoría de personas robaría” (pregunta que estima indirectamente la aceptación de la propia conducta corrupta: al preguntar por lo que haría “la mayoría de personas”, no el encuestado, se evita el error fundamental de atribución); 75% que “Si no te aprovechas de las situaciones ventajosas, alguien lo hará en tu lugar - Precariedad o sensación de amenaza/inseguridad: 67% cree que “La seguridad para mí es incierta”; 66% que “En cualquier momento puedo perder las cosas que más valoro”; 70% que “En el fondo, el mundo es un lugar peligroso”; 86% que “Siempre debo estar alerta por si me acecha algún peligro”; 90% que “En esta vida hay que estar siempre prevenido”; 93% que “La vida es una lucha permanente”. Puede que el lector se haya descubierto compartiendo la opinión de los encuestados; después de todo, si “el mundo un lugar peligroso” tiene sentido estar “siempre alerta por si acecha algún peligro”. Lejos de ser una actitud natural y espontánea, es propia de las sociedades hobbesianas que han aprendido a sobrevivir en medio de la precariedad, la incertidumbre y el caos. El que nueve de cada diez


ecuatorianos sienta que “en esta vida hay que estar siempre prevenido” y que “la vida es una lucha permanente” es alarmante. Y más que prácticamente nunca se hable de esta constante experiencia de amenaza; que esté dolorosamente ausente de los análisis económicos, sociales y políticos, de las recetas para salir del subdesarrollo y sobre todo de las propuestas liberales. Porque el liberalismo restringido nada tiene que decir ante esta experiencia palpable, perentoria, cotidiana y trágica. Mientras que el autoritarismo ofrece una solución falsa pero tentadora: la “mano dura”, el soberano de voluntad indivisible y poder absoluto que vela por todos sus súbditos protegiéndolos del mal y aliviando su sensación de constante amenaza. Una solución que sólo se puede propagar en ausencia de mejores opciones; un sucedáneo de la sociedad libre pero solidaria que defiende el liberalismo ampliado.

Neurociencia de la confianza: Freud contra Hobbes La investigación sugiere que esta constelación de valores, sensaciones, disposiciones y expectativas tácitas que configuran la experiencia del mundo como amenaza, esta psicología de la precariedad, se organiza en los primeros años de vida y alcanza su punto de inflexión en la adolescencia (aunque pueda modificarse hasta alrededor de los treinta años). La oxitocina, hormona relacionada con la conducta sexual y de cuidado, parece acompañar al establecimiento de relaciones de apego y apoyo emocional; favorece la confianza, la generosidad y la predisposición a la colaboración (aunque también propicia la aparición de envidia y rencor, por lo que su papel en las relaciones sociales no está del todo claro). A su vez, es modulada mediante el proceso de inhibición recíproca que mantiene el complejo equilibrio autoorganizado del sistema nervioso. En concreto, el miedo intenso inhibe la secreción de oxitocina (aunque el aumento de esta puede reducir el miedo leve). Así pues, la anticipación del riesgo induce temor y reduce por ende la probabilidad de establecer relaciones de confianza. Es hasta cierto punto especulativo, pero consistente con la evidencia empírica, suponer que es este umbral de detección del riesgo lo que se establece en los primeros años y se va perfilando a medida que la persona se involucra en relaciones cercanas, en las que podría incurrir en una pérdida o sufrir una traición, y constata sus resultados. El problema es que la amenaza se detecta con facilidad mientras que la confianza es complicada de detectar. Las intenciones negativas son difíciles de ocultar; las positivas, difíciles de demostrar. En general, podemos adivinar que los otros nos quieren hacer daño a través de su conducta; pero las intenciones benévolas no corresponden a ningún indicador conductual específico. Hace falta vincularse con alguien durante un buen tiempo y superar varios

conflictos potencialmente destructivos para fiarse de su buena fe hacia nosotros. Desde una perspectiva evolutiva, esto es obvio: es mucho más importante para cualquier organismo evitar las situaciones peligrosas que acercarse a las benéficas. En suma, el desarrollo de relaciones de confianza requiere de un período relativamente prolongado de mínima seguridad indispensable. Esta es la tragedia y el milagro de la condición humana: que la principal razón por la que nos negamos a cooperar con los demás es que tememos que ellos no cooperen con nosotros, pues somos hipersensibles a la amenaza y poco sensibles a la benevolencia. Freud pensaba que el ser humano busca el placer; en realidad, y como señaló Hobbes, lo que hace es precaverse del daño. Sólo puede dedicarse a “autorrealizarse”, a explorar sus potencialidades, una vez que se siente seguro y a salvo; cosa que, en la teoría hobbesiana del Estado, se consigue cediendo parte de la propia voluntad al Leviatán, el soberano cuya función es asegurar el “bien común”, la predictibilidad que nos permite perseguir nuestros intereses individuales. A mayor inseguridad, mayores son las facultades que el pueblo entrega a este soberano (razón por la cual las situaciones de excepción, como la guerra o la miseria, facilitan la concentración de poder). La precariedad reduce la probabilidad de fiarse de los otros porque aumenta la vulnerabilidad a la pérdida y la sensibilidad a los indicadores de riesgo potencial. Asimismo, la heterogeneidad es fuente de inquietud: cuando no lo conocemos o no compartimos sus códigos culturales, el otro deviene impredecible, por lo que resulta más sensato ser cauteloso. Tendemos a relacionarnos con las personas en quienes confiamos y a alejarnos de las demás, por lo que, a la larga, una sociedad suspicaz se fragmenta. En las sociedades latinoamericanas actuales, la principal forma de heterogeneidad, la fuente de fragmentación más importante, es la inequidad. En el Ecuador, además, esta fragmentación hunde sus raíces en las desigualdades históricas derivadas de la Colonia que se condensan en tres aspectos parcialmente superpuestos: la raza, el apellido y la clase. Aún a día de hoy, un apellido de alcurnia abre los círculos por donde transitan el capital simbólico y económico mientras que la diferencia racial puede cerrarlos a cal y canto. La suerte económica y social de un ecuatoriano puede predecirse sin demasiada dificultad partiendo de estos tres indicadores.

La receta del cambio: liberalismo ampliado y sociedad civil Para corregir esta situación la sociedad debe cambiar en dos planos a la vez: por un lado, instaurar el imperio de la

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ley, fortaleciendo las instituciones formales y castigando el irrespeto a la norma; y por otro, reducir la fragmentación social, ante todo debida a la inequidad. Si, siguiendo las recomendaciones de los neoliberales, se logra sólo lo primero se llega a un sistema autoritario e hipernormativo donde la desconfianza es puesta a raya, a duras penas, por la ley, mientras la sociedad se disgrega progresiva pero silenciosamente. Por más que al mismo tiempo se enriquezca, esta sociedad termina por estallar, jalonada en miles de direcciones distintas por los grupos de interés que la componen -que lo único que hacen, a su juicio, es defenderse del ataque de los demás. Si se logra sólo lo segundo, se alcanza una sociedad más o menos integrada pero no necesariamente democrática, meritocrática o productiva; en el peor de los casos endogámica, autocrática e hipertradicionalista.

La oxitocina, hormona relacionada con la conducta sexual y de cuidado, parece acompañar al establecimiento de relaciones de apego y apoyo emocional; favorece la confianza, la generosidad y la predisposición a la colaboración (aunque también propicia la aparición de envidia y rencor, por lo que su papel en las relaciones sociales no está del todo claro).

La fragmentación no se reduce únicamente mejorando las condiciones de vida de la población sino disminuyendo la inequidad, principal origen de la distancia entre los grupos y su concomitante suspicacia. No basta con facilitar la movilidad social ascendente absoluta; hace falta también acrecentar la relativa, de forma que los miembros de los diversos grupos hayan de coincidir, encontrarse y colaborar para alcanzar fines compartidos -o incluso para empezar a debatir sobre ellos, desarrollando así el conocimiento mutuo que subyace a la confianza. Hay que preparar el terreno para que se decidan a buscar puntos en común, iniciando un diálogo a largo plazo no sólo en las instituciones políticas formales como el congreso o senado sino en la vida diaria de la comunidad. Para salir del círculo hay que reducir la amenaza. Y eso sólo se logra mediante la confianza, que supone controlabilidad, o sea, coparticipación en la gestión del poder, y predictibilidad, es decir, el conocimiento acerca del otro que permite anticipar su conducta e intuir su talante hacia uno mismo. Las culturas no se cambian por la fuerza sino a través de la educación, la reflexión, la cooperación y la reducción de la distancia interpersonal. Es preciso, entre otras cosas, redistribuir el poder de decisión, alcanzar mecanismos participativos que generen concomitantemente más adhesión a los acuerdos, respeto a la norma, civismo y colaboración. ¿Por qué es el liberalismo ampliado la solución para los problemas sociopolíticos de América Latina? Porque pone en primer plano la solidaridad y la confianza y admite que son imprescindibles en una sociedad saludable; o, en términos contemporáneos, recupera la noción, olvidada por los neoliberales, de “sociedad civil”, entendida como el conjunto de vínculos afectivos, de confianza y apoyo, entre los núcleos de ciudadanos que se superponen en la red social y que los conducen a crear, sostener y ampliar sus agrupaciones informales -que son, a su vez, el sustrato de la sociedad misma. El liberalismo restringido, guiado por una lectura parcial de Smith, Hume, Locke y Hayek, se concentró en la dicotomía Mercado - Estado; en el esfuerzo de limitar el poder del segundo sobre los individuos,

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Esta es la tragedia y el milagro de la condición humana: que la principal razón por la que nos negamos a cooperar con los demás es que tememos que ellos no cooperen con nosotros, pues somos hipersensibles a la amenaza y poco sensibles a la benevolencia. Freud pensaba que el ser humano busca el placer; en realidad, y como señaló Hobbes, lo que hace es precaverse del daño.


¿Por qué es el liberalismo ampliado la solución para los problemas sociopolíticos de América Latina? Porque pone en primer plano la solidaridad y la confianza y admite que son imprescindibles en una sociedad saludable; o, en términos contemporáneos, recupera la noción, olvidada por los neoliberales, de “sociedad civil”.

La relación de confianza trasciende por definición el interés egoísta; y si no lo hace, no es una relación de confianza sino una manipulación más o menos encubierta. Pero nuestro vínculo tampoco está gobernado por estatutos, leyes, normativas; no hay sanciones formales … Hay formas de comportarse sancionadas por la costumbre, la moral y la cortesía.

La ambición irrestricta, por más “moral” que se considere … carcome el tejido social -que depende de la solidaridad, la buena voluntad y la disposición a incurrir en perdidas personales en aras de fines que trascienden al individuo. .... De hecho, cuando se intenta propiciar el comportamiento moral mediante incentivos se termina destruyendo la estructura misma de la moral; pues el bien no se hace por alcanzar recompensa sino porque es lo correcto.

concluyó que entre ambos media una relación inversa: un Estado fuerte conduce a un mercado intervenido, ineficiente y coercionado, mientras que un Estado mínimo y débil produce un mercado próspero y productivo y a una sociedad libre. Pero esta dicotomía es errónea y engañosa: entre el Estado y el mercado se encuentra la sociedad civil que no es ni una cosa ni la otra. Pese a sus diferencias, tanto el mercado como el Estado se apoyan en reglas formales de procedimiento y operan impersonalmente, mientras que la sociedad civil es por definición personal e informal. Mi familia, mis amigos, mis allegados en mi equipo de fútbol barrial, en el café que frecuento o la organización en que trabajo, son todos más o menos conocidos; me sé sus nombres y los de sus familias, coincido con ellos regularmente, asisto a sus fiestas y los invito a las mías; en ellos puedo depositar mi confianza y pedirles ayuda en momentos de necesidad. Nuestras relaciones no responden a la “acción racional”, al cálculo de costo y beneficio; si así fuera, se consumirían en el mutuo intento de sacar provecho. Cuando estimo a alguien lo hago por sí mismo, no porque me ofrezca algún “producto” que satisfaga alguna “necesidad” igualmente reducible merced a otro “producto”. La relación de confianza trasciende por definición el interés egoísta; y si no lo hace, no es una relación de confianza sino una manipulación más o menos encubierta. Pero nuestro vínculo tampoco está gobernado por estatutos, leyes, normativas; no hay sanciones formales, procedimientos de juzgamiento y exculpación, mando y obediencia surgidos de la “voluntad general”, “monopolio legítimo de la violencia” (la definición weberiana de Estado) o “asignación autoritativa de valores” (el “sistema político” según David Easton). Hay formas de comportarse sancionadas por la costumbre, la moral y la cortesía, que han evolucionado a lo largo de siglos en nuestra cultura y se han perfilado a partir de las vicisitudes de nuestra interacción. La violación de estas normas tácitas acarrea sanciones también informales, casi todas variantes del aumento de la distancia emocional entre el afectado y el (supuesto) abusador. Cuando un amigo nos queda mal dejamos de hablarle, de preocuparnos por él, de llamarlo o felicitarlo por su cumpleaños; podemos incluso dar nuestra amistad por terminada. Pero nunca lo denunciaremos a la Policía ni lo acusaremos penalmente. Nuestro conflicto no es estrictamente privado -pues tiene efectos en toda nuestra red inmediata y, a la larga, en la sociedad en su conjunto5; pero tampoco es “público” en el sentido tradicional. Y lo más importante: cuando lo hago genuinamente, no respondo a la amistad, deposito mi confianza u ofrezco mi apoyo por temor a la coerción ni por deseo de ganancia sino 5 Recientes investigaciones en teoría de redes demuestran que los actos de generosidad se expanden hasta el tercer “nodo” de una red social; es decir, que si A ayuda a B, B tiende a ayudar a C, C a D y D a E, y así sucesivamente. Idéntico fenómeno ocurre con los de agresión o humillación. Por ende, nuestra conducta “privada” se extiende como una onda más allá de nuestro círculo, mejorando o corrompiendo nuestra comunidad. El estudio de la economía de estos actos y su influencia en la sociedad está en pañales.

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porque es lo correcto. Si entendemos así al liberalismo clásico, entonces tiene futuro: es más, quizá sea la única doctrina con futuro, si queremos preservar la existencia humana en una relativa armonía. Pero asimismo, el discurso de quien se diga liberal deberá versar, como el de Adam Smith, primaria y básicamente sobre los valores como fundamento de la vida, no sólo sobre productividad, maximización de beneficios, riqueza, capital, competitividad, etc. Deberá encarar de frente el papel de la moral en el desarrollo social, no sólo en la riqueza individual sino en la construcción conjunta del “bien común”, los lazos solidarios que curan y alimentan a una comunidad.

Psicología del liberalismo restringido y ampliado: la moral no se compra Los defensores del liberalismo restringido aducirán que sí ha esgrimido valores, generalmente la defensa de la familia y la “caridad”. El problema es que lo primero en realidad empeora el tejido social pues enfatiza la “confianza intragrupos”, el fiarse sólo de la propia familia -cosa que no se le escapaba a Margaret Thatcher cuando afirmó arrogantemente que “no hay tal cosa como una sociedad, sólo individuos y familias” (en línea con el desvanecimiento de la sociedad civil en el discurso liberal). La competencia no se da entre individuos sino entre familias; pero por lo demás sigue siendo primordial, despiadada y constante. En cuanto a la caridad, es un pobre sustituto de la solidaridad; esta es recíproca y simétrica y aquella siempre asimétrica. La solidaridad crea vínculos de confianza y lealtad; la caridad, de dependencia y cohecho. La solidaridad nos hace iguales; la caridad acrecienta la distancia entre el que da y el que recibe. La solidaridad, que es en general predecible y fiable, aumenta la autonomía; la caridad, ocasional e impredecible, la disuelve. Desde luego, la solidaridad no supone una estricta igualdad social o económica; sólo la aceptación de que en tanto seres humanos estamos sujetos a las mismas limitaciones, temores y peligros, y que por tanto es nuestro deber tender una mano a quien la necesita -así como es el suyo ayudarnos cuando nos haga falta. A diferencia del neoliberalismo y, sobre todo, de su exacerbación, el capitalismo de Ayn Rand, el liberal clásico (nuevamente, tomo a Adam Smith como paradigma) concilia la persecución de sus fines e intereses individuales con la contribución a preservar el orden social y comunitario del que forma parte inextricable. Para él, greed is not necesarily good, mucho menos el bien supremo; pues así como la sociedad está compuesta de individuos, el individuo es un producto social. La ambición irrestricta, por más “moral” que se considere o por mucho que se justifique a

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partir de supuestos primeros principios, carcome el tejido social -que depende de la solidaridad, la buena voluntad y la disposición a incurrir en perdidas personales en aras de fines que trascienden al individuo y en ausencia de recompensas inmediatas o predecibles. Para el liberal restringido, la motivación primaria del ser humano es mejorar su condición, aumentar sus beneficios o “maximizar sus utilidades”. De eso se deduce, naturalmente, que para moldear su conducta hay que “premiarlo” cuando actúa bien y “castigarlo” cuando lo hace mal; o sea, que controlando el “diseño de incentivos” se controla el comportamiento. A este fin se han producido infinidad de dispositivos, técnicas y estructuras institucionales. De hecho, el conductismo operante de B. F. Skinner no es más que la aplicación a la teoría del aprendizaje de este supuesto capitalista. Recientes experimentos desmienten categóricamente este aserto base del liberalismo restringido (y la economía tradicional). De hecho, cuando se intenta propiciar el comportamiento moral mediante incentivos se termina destruyendo la estructura misma de la moral; pues el bien no se hace por alcanzar recompensa sino porque es lo correcto. En rigor, obramos el mayor bien cuando hacemos lo correcto aun a costa de nuestro propio bienestar. Un ejemplo ya clásico: cuando los padres que van a recoger a sus niños en una guardería se retrasan, las maestras tienen que quedarse cuidándolos hasta que lleguen, perdiendo así tiempo que podrían dedicar a otros menesteres. Aunque los padres lo saben, alguno llega tarde al menos una vez por semana. La administración decide poner cartas en el asunto e instaura una multa para los retrasados. Contra todo pronóstico, ¡aumentan los retrasos!. La razón es sencilla pero exige salirse del marco de referencia de la “acción racional” maximizadora. Mientras no hay penalización, los retrasos son vistos como faltas morales (si bien leves) y son evitados en lo posible. Los padres son conscientes de que llegar tarde es incorrecto: no sólo quita tiempo a las maestras, es una falta de respeto. Cuando se penalizan, dejan de ser faltas morales y se convierten en bienes transables: “llego tarde pero ¿qué más da? ¡Pago la multa y listo!” Con lo cual dejan de preocuparse por el bienestar de las maestras y comienzan a tratar a la guardería de manera impersonal, profesional y monetarizada. No importa cuán onerosa sea la pena: cuando un acto se monetariza pierde todo contenido moral –y con él su peso específico. A la larga, el empleo de estructuras de incentivos para asegurar la conducta moral disuelve la solidaridad y desplaza la moral que pretendía forjar. En vez de buenos ciudadanos se crean buenos capitalistas orientados al lucro personal, la competencia despiadada y el individualismo radical. Contra esta visión unidimensional del ser humano, el liberal clásico sabe que es un individuo a causa de, y no


en oposición a, el sistema social al que pertenece. Lejos de considerar “colectivismo” e “individualismo” como opuestos, es consciente de que son interdependientes: cuanto más y mejor imbricada en su contexto está una persona, más libre y autónoma es, y viceversa. Desde esta perspectiva, tanto el egoísmo absoluto como la abnegación absoluta son anomalías que resultan de la incapacidad de la persona para construir una identidad rica y generativa viable en su entorno, aceptada y valorada por sus allegados y consistente con sus propios intereses y valores. Desde un punto de vista psicopatológico, el egoísta a la Rand es o un narcisista (que considera sus propias necesidades más importantes y perentorias que las de los demás solamente porque son suyas) o un antisocial (para quien los demás son simplemente piezas en el ajedrez de su vida, personajes a manipular para salirse con la suya). Esto es obvio para cualquiera que lea las novelas más representativas de Rand, El manantial y La rebelión de Atlas, cuyos protagonistas masculinos cometen sendas violaciones sexuales -que Rand no sólo no censura sino que alaba como símbolos de la voluntad inquebrantable imponiéndose sobre la “moral de las ovejas” creada para proteger a los débiles e inútiles. El altruista o mártir, por su parte, es un dependiente (que coloca su propio bienestar en todo aspecto siempre por debajo del de los otro El siguiente lema de Bunge sintetiza esta postura a la perfección: “Todos tenemos el derecho a disfrutar la vida y el deber de ayudar a otros a disfrutarla”.

El futuro del liberalismo: transformarse o morir Las recetas del liberalismo restringido no sólo no tocan el problema de la desconfianza: lo agravan. El estado mínimo, concebido como el antónimo de una sociedad fuerte, es valioso pero insuficiente pues no reduce la fragmentación -de hecho acrecienta la inequidad. El fortalecimiento institucional, extender el imperio de la Ley, es imprescindible pero por sí solo genera un sistema burocrático y racionalista, la “jaula de hierro” weberiana que, a la manera de un exoesqueleto, sostiene a la sociedad “desde fuera” mientras carcome sus entrañas. La democracia procedimental, la mera competencia de las élites por el voto de las masas cada cierto tiempo, es fácilmente manipulable por los líderes inescrupulosos. El ritual de elegir dignatarios periódicamente no asegura la democracia; de hecho puede servir para sepultarla. El discurso revanchista y violento medra en el miedo, el rencor, el odio y la envidia; ya que estas intensas emociones son motivadores muy poderosos a corto plazo (como he señalado, siempre es más urgente y evolutivamente beneficioso evitar el daño inminente que lograr el bien mediato), los líderes que proclaman estos discursos vencen

sin dificultad a sus opositores en los debates y referendos. Mientras dure esta psicología de la precariedad, el líder seguirá amasando poder; y mientras lo haga, el miedo y la inseguridad irán en aumento. La contraparte personal del libre mercado es la exigencia de “emprendimientos”, de que cada individuo salga de la miseria siendo un “empresario” de sí mismo y que el mercado se llene de PYMES y mini-PYMES. El extremo de esta tendencia es el microcrédito, esgrimido en su momento por varios gobiernos de la región como demostración de su compromiso con la reducción de la pobreza sin dejar de lado el ingreso al mercado globalizado; pero que, siguiendo a Ha-Joon Chang, en realidad obstaculiza el crecimiento socioeconómico local desresponsabilizando al gobierno de su obligación de mejorar las condiciones de los más desfavorecidos y de asegurar el bien común. Escudándose bajo el acceso al microcrédito, el gobierno puede descuidar la mejora de carreteras, educación, comunicaciones, etc., limitando así el crecimiento de las microempresas que se supone apoya y abordando un problema colectivo como si fuera una suma de problemas individuales. Al potenciar el emprendimiento a través de créditos personales coloca a los miembros de las comunidades más empobrecidas en una competencia que rompe sus vínculos solidarios, aumenta su vulnerabilidad y les impide unirse para llevar sus demandas al terreno político. Los vuelve menos conflictivos a costa de despolitizar la sociedad y destruir sus nervios y venas. En definitiva, los valores que promulga el neoliberal son contrarios a la solidaridad, aumentan la polarización y fragmentación y agravan la suspicacia; tornan a las sociedades como el Ecuador aún más hobbesianas. La única salida al circuito desconfianza-corrupciónautoritarismo pasa por la moral. Y eso supone un cambio de perspectiva, no sólo de políticas o de gobierno; recobrar la sabiduría de Smith, Locke, Tocqueville, liberales clásicos mucho menos individualistas y “capitalistas” de lo que se pretende. Pues cuando el problema de una sociedad es la desconfianza, la falta de vínculos solidarios y fiables entre los desconocidos que la integran, la competitividad, el emprendimiento, la productividad, la libertad, incluso el “capital social” y demás propuestas del liberalismo restringido no sólo no lo resuelven sino que lo exacerban: enaltecen a ese individuo construido en oposición a, y no junto con, sus congéneres y proponen como ideal la acumulación de capital, no la vida en armonía con el prójimo. Para que un individuo pueda actuar autónomamente, esto es, construyendo en colaboración con los otros una vida rica para sí mismo y sus allegados, ha de sentirse seguro. El principal enemigo de la autonomía no es la escasez económica ni la restricción estatal -aunque ambas tienen su parte; es la sensación de inseguridad, de amenaza permanente, de “en cualquier momento puedo perder lo

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que más quiero”; es decir, la precariedad psicológica. Y así como puedo sentirme seguro aunque sea pobre, porque cuento con una red social de la que fiarme y a la cual acudir en caso de necesidad, puedo estar inseguro por muy adinerado que sea. La seguridad psicológica no depende tanto de la riqueza (mercado) o la ley (estado) como de los afectos (sociedad civil). Y el liberalismo ampliado otorga a dicha sociedad un papel fundamental, porque engloba tanto al mercado como al estado. Sabe, por ende, que debe estar en la mira de toda intervención.

Bibliografía

Tras este análisis salta a la vista que el liberalismo clásico tiene no uno sino dos enemigos: de un lado, el socialismo que funde la voluntad individual en la masa -y, del otro, el libertarianismo que disgrega la sociedad en la mera sumatoria de individuos. Uno aplasta al individuo, el otro la sociedad. Son, por ende, filosofías autodestructivas y psicopatológicas. Si los herederos de la libertad se obstinan en identificarse con el capitalismo puro y duro, con la “derecha” vilipendiada y neoliberal, en lugar de trascenderla, perderán la batalla de las ideas y terminarán ignorados, censurados o atacados.

Febrero, R., y Schwartz, P. (Eds). La esencia de Becker. Ariel, Barcelona, 2001.

Porque ya lo dijo von Mises: las ideas, y no las armas ni el dinero, gobiernan el mundo. Únicamente sobrevivirá la doctrina que consiga el apoyo de la mayor parte de la sociedad; y para ello debe apelar a las raíces profundas del ser humano: la moral, no el egoísmo. Debe hablar a los corazones y no sólo a las billeteras. Debe brindar esperanza para afrontar un mundo vivido como amenazante sin incurrir en el autoritarismo ni disolver las redes sociales y solidarias. En América Latina más que en ninguna otra parte, el liderazgo exitoso será el liderazgo moral. Sólo el liberalismo es capaz de afrontar este reto. El auténtico liberalismo, clásico, ampliado; el que mana de la moral, la compasión y la solidaridad. Este liberalismo tiene aún mucho que ofrecer a América Latina. A condición, desde luego, de que los líderes que lo descubran lo defiendan sin traicionarlo.

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Huntington, S. La tercera ola; Paidós, Barcelona, 1994. Freund, J. La esencia de lo político. Alianza, Madrid, 1968. Schumpeter, J. Capitalismo, socialismo y democracia. Aguilar, México, 1952. Sennet, R. La cultura del nuevo capitalismo. Anagrama, Madrid, 2007.

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Pablo Lucio-Paredes

Director del Instituto de Economía de la USFQ pabloluc@uio.satnet.net

Los “fantasmas” del liberalismo

Y menos aún se asemeja a la escuela neo-clásica (la más enseñada en las Universidades) en la que se toma como ideal a los mercados competitivos y perfectos, a los equilibrios y a los procesos de optimización, cuando el liberalismo más bien cree en el mundo del desequilibrio, de la creación continua que nace de los errores, de procesos personales y colectivos que no son de optimización.

El liberalismo como concepto, parte de lo que es la esencia de la vida: el respeto al ser humano como eje de la sociedad. Y cuando se torna eficiente, utiliza los instrumentos que permitan a la gente vivir mejor: especialización, intercambio, capital, tecnología, mercado, competencia, precios. Por eso los que lo han adoptado (aunque sea parcialmente) han vivido mejor y han sabido respetar un orden natural básico. No en América Latina donde buscamos otros caminos fallidos. Pero para penetrar en el “imaginario colectivo” el liberalismo debe aún mostrar con claridad varios de sus tejidos esenciales, y resolver los “fantasmas” que aún rondan a su alrededor: el supuesto egoísmo, la negación de cualquier tipo de estrategia “planificada” de sociedad, el lado no liberal que tienen los seres humanos, el rol de las diversas jerarquías, su relación con la democracia. Temas por discutir y profundizar, para que el liberalismo no sea un espectro que algunos quieren espantar en lugar de tomarlo como el sendero (siempre imperfecto y en construcción) por donde transitar. 68


Todos los sistemas económicos y sociales, por definición, están en continua construcción. Pero además el liberalismo lo está por esencia, porque no pretende ser un sistema cerrado, establecido o canonizado, no pretende establecer fines o metas, sino preservar algunos principios básicos que lo sustentan, y en particular un elemento esencial de su visión social “el liberalismo está hecho de lo que son los individuos, y defiende su individualidad en la acción”. Como es un sistema esencialmente abierto a la duda, a la discusión y a la construcción espontánea, constantemente debe estar sometido a la auto crítica y a la crítica externa. Pero incluso para un sistema abierto como el liberalismo, es complicado moverse entre los abismos de la duda y los principios. Por eso en el liberalismo no hay una visión o un pensamiento, sino múltiples ramificaciones que se encuentren en el tronco común de la defensa del individuo como eje de la sociedad. Y de ahí surgen dudas, cuestionamientos, desafíos y dilemas, lo que he llamado “fantasmas” internos o externos, que pulsan su camino. Eso es lo que aquí intentaré evaluar. Los temas esenciales (sin duda hay otros que se me escapan por incapacidad) que creo son la esencia de las discusiones alrededor y dentro del liberalismo. Ir resolviendo estos temas (aunque el liberalismo no pretende “tener soluciones” sino generar senderos), apuntalarlos, darles más claridad en el “imaginario colectivo”, es la manera para que el liberalismo sea aceptado (sobre todo en América Latina, tan poco liberal) como el camino conceptual que guíe a la sociedad.

Fantasma 1 - Los mil nombres del liberalismo Se confunde al liberalismo, sistema conceptual y moral, con muchas cosas. Esencialmente, con una doctrina y visión económica y en particular con la escuela neo-clásica. Pero el liberalismo no es una doctrina económica, y ni siquiera su esencia es económica, sino que dentro de sus desarrollos ha encontrado que cierta visión de la economía se ajusta mejor a su visión del mundo. Y menos aún se asemeja a la escuela neo-clásica (la más enseñada en las Universidades) en la que se toma como ideal a los mercados competitivos y perfectos, a los equilibrios y a los procesos de optimización, cuando el liberalismo más bien cree en el mundo del desequilibrio, de la creación continua que nace de los errores, de procesos personales y colectivos que no son de optimización. El liberalismo cree en la capacidad de las personas para construir su vida y una sociedad que no es perfecta pero que puede ir avanzando hacia donde estas personas quieren llevarla, en base a decisiones que son a la vez individuales y grupales. Por eso cree en la economía de mercado, porque ésta pone como eje de la economía al intercambio libre entre personas y sus organizaciones (aceptando que

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tiene los errores y limitaciones que tenemos las personas), y cuyos resultados reflejan sus preferencias, esfuerzos, creaciones. Y por eso cree en mercados abiertos y de competencia (en particular hacia el exterior), porque es la mejor manera de que más personas y organizaciones participen en ese proceso de intercambio, lo que aporta, por un lado, una mayor amplitud de posibilidades y oportunidades, y por otro lado, evita dentro de lo posible que unos grupos manipulen a otros. Tampoco el liberalismo es el neo liberalismo que, si bien no es más que un hábil invento de mercadeo de la izquierda, se lo puede en todo caso definir como un conjunto de recetas para mejorar las economías, entre los cuales sin duda hay algunos elementos que el liberalismo apoya. De la misma manera el liberalismo no es una doctrina legal o jurídica, sino que ha encontrado que el llamado Estado de Derecho, es decir la convivencia social basada en el respeto a la ley, es la mejor manera de preservar los derechos de una persona frente a los posibles abusos de los demás, lo que implica el círculo del respeto de unos a otros. Pero el liberalismo no cree en el Estado de Derecho en base a leyes impuestas por mayorías políticas, sino más bien en procesos espontáneos en que las leyes van reflejando la manera como las personas y sus organizaciones quieren convivir. En ese sentido, los sistemas jurídicos anglo sajones consuetudinarios son más liberales que los sistemas de “creación” de leyes más en el espíritu latino (francés). El liberalismo no es pues en esencia, ni económico ni jurídico, es un sistema conceptual y moral que se basa en un principio básico que es el respeto a la individualidad. Pero cabe aclarar que, en realidad, ni siquiera es un sistema en el sentido que a veces lo entendemos como un conjunto de recetas que permiten funcionar a la sociedad, sino tiene mucho más el sentido de sistemas abiertos en que los procesos se van construyendo espontáneamente desde adentro. Finalmente ¿es el liberalismo capitalista? De cierta manera sí: cuando el liberalismo se piensa eficiente y utilitario, se torna capitalista para alcanzar esos objetivos (como ya veremos más adelante). Pero de dos maneras el liberalismo no es capitalista. Por un lado, cuando vemos cierto tipo de capitalismo que está tejido de relaciones incestuosas entre grupos empresariales y los estados que los protegen y los salvan, como en la reciente crisis mundial. Por otro lado, porque un grupo de personas que escogería libremente explorar una economía no capitalista, pagando muy probablemente el precio que ello implica en términos de menor riqueza material, sería perfectamente liberal porque se debe respetar lo que la gente quiere aunque no potencie todas sus oportunidades y talentos. De cierta manera podría decirse que el liberalismo en esencia, llamémosle “pre moderno”, no tiene por qué ser


El liberalismo “pre moderno” tiene un solo objetivo: la libertad como ausencia de coacción. De cierta manera la modernidad le agrega el sentido de desarrollo, de mejora, de futuro.

capitalista (ya que cualquier sistema que escojan las personas libremente va con su esencia), e incluso podríamos cotejarlo con la libertad negativa según Isaiah Berlin (la libertad como ausencia de coacción y nada más). A ese liberalismo básico, la modernidad le ha agregado el sentido de desarrollo, de objetivos, de mejora, de futuro: le podríamos llamar el liberalismo moderno y que es compatible con la libertad positiva según Isaiah Berlin en la cual la libertad tiene como objetivo algún fin útil para todos … dicho sea de paso, el liberalismo moderno y la libertad positiva son peligrosos porque se abre la puerta para que, desde la sociedad (es decir de los líderes de esa sociedad), se empiecen a imponer criterios que pueden ir por un camino diferente al deseado por los individuos.

Fantasma 2 Para resolver los problemas de la vida individual y colectiva, una de las estrategias más importantes que los seres humanos hemos encontrado, es ir creando organizaciones jerárquicas en las cuales cedemos inevitablemente una parte de nuestra individualidad, es decir aceptamos restricciones para poder convivir en esas nuevas estructuras colectivas.

Pero cuando cruzamos la línea en que las organizaciones colectivas se sitúan por encima de los individuos que las crearon, dejamos de ser liberales. Y frente a eso, solo existe una solución liberal: que los individuos tengan la opción de cambiar de eje para liberarse de ese mando colectivo, por ejemplo cambiar de trabajo, de domicilio, de colegio para los hijos, de forma de vivir etc…

- El liberalismo y las jerarquias - ¿individuos o colectividad? Cuando decimos que la esencia liberal es el respeto al individuo, para nada descartamos sus creaciones y anhelos colectivos: esas estructuras de grupo son parte de las construcciones de los individuos para resolver problemas y vivir en colectividad. El liberalismo está consciente que el verdadero desafío es cómo vivir en sociedad, porque nuestra vida es esencialmente social, sin perder de vista que su eje son los individuos y que todas las acciones se terminan plasmando en hechos individuales. Los verdaderos problemas (y soluciones) que enfrentamos los individuos son de orden colectivo (Robinson Crusoe solo es útil para ilustrar ciertos problemas básicos, pero no es el reflejo de las sociedades que debemos analizar). Para resolver los problemas de la vida individual y colectiva, una de las estrategias más importantes que los seres humanos hemos encontrado, es ir creando organizaciones jerárquicas en las cuales cedemos inevitablemente una parte de nuestra individualidad, es decir aceptamos restricciones para poder convivir en esas nuevas estructuras colectivas. Es el caso de la familia (que nos permite resolver problemas de propiedad y descendencia), del barrio, de la ciudad y el país (que nos permiten enfrentar problemas de grupo), la empresa (que enfrenta de mejor manera el problema de la eficiencia productiva y de la repartición del riesgo), la ley (que permite armonizar reglas básicas) etc… Todas estas estructuras son normales y aceptables, pero hay un momento en que la naturaleza de la relación entre el individuo y el grupo cambia, y es cuando se crea el Gobierno, porque es la única instancia a la que se le transfiere el monopolio de la fuerza, de la creación y la aplicación de la ley, y del cobro de impuestos (y en consecuencia del uso de esos impuestos). Por eso el Gobierno (o el Estado en un

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sentido más amplio) es el gran problema para el liberalismo, no por alguna razón caída del cielo sin sentido, sino por la esencia misma del liberalismo: el Gobierno inevitablemente se convierte en el abusador del individuo, se sitúa por encima de los individuos y sus organizaciones para dictarles su camino (el Ecuador de hoy es un ejemplo absoluto y claro de eso: desde las alturas del poder se quiere dictaminar qué es bueno o malo, qué se debe comunicar o no, qué se debe estudiar, qué se debe producir o no etc…). Por eso, contrariamente a lo que algunos creen, para el liberalismo no existe la dicotomía Estado-mercado, sino que más esencialmente es la oposición Estado-individuo y sus organizaciones (lo que algunos llaman la sociedad civil). Cuando cruzamos la línea en que las organizaciones colectivas se sitúan por encima de los individuos que las crearon, dejamos de ser liberales. Y frente a eso, solo existe una solución liberal: que los individuos tengan la opción de cambiar de eje para liberarse de ese mando colectivo, por ejemplo cambiar de trabajo, de domicilio, de colegio para los hijos, de forma de vivir etc… Por supuesto esa tenue línea es muy compleja, porque todos somos productos de nuestra vida en colectividad. Nuestras ideas (aunque nosotros las creamos muy nuestras y muy originales) son el producto de lo vivido en la sociedad y de influencias diversas (¿quién puede tener la osadía de creer que sus ideas son solo suyas, y que incluso luego de haber procesado todo lo que recibió, el resultado es “solo suyo”?). Nuestra forma de actuar está moldeada por los usos, costumbres y modas (y muchas veces cuando nos liberamos aparentemente de esos pesos, en realidad lo único que estamos haciendo es oponernos a ese status social, es decir lo estamos tomando como referente y no escapamos a su presión). No se puede pues cortar una línea entre el individuo y la colectividad en la que vive, de la misma manera que al aceptar el Estado de Derecho (es decir una serie de leyes que nos permiten vivir en colectividad) estamos aceptando que la vida en colectividad nos impone limitaciones. Pero es a partir de esas limitaciones legales, de ideas y de usos, que se construye el individuo y que se establece su distinción con la colectividad en el sentido antes señalado: dejamos de ser liberales y libres cuando las organizaciones colectivas se sitúan por encima de los individuos que las crearon y cuando no existen alternativas para librarse de esa opresión colectiva. El hilo puede (a veces) parecer tenue, pero existe. Por ejemplo, cuando el actual Gobierno en el Ecuador nos cobra impuestos (obligatorios) para hacer publicidad masiva de sus visiones de la vida, y tratar de imponer esa visión al conjunto de la sociedad, se ha pasado más allá de esa línea: nos está obligando a transferir parte de nuestra propiedad (sin que tengamos alternativa) para hacer algo que es de interés puro del grupo que ha captado nuestros recursos abusando de su posición de poder.

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Fantasma 3 – El liberalismo y el poder …. Claro que el Gobierno debe existir y es parte de de esas jerarquías que los individuos creamos libremente. Transferimos impuestos para que se ocupe de cosas básicas como la seguridad, el respeto a la propiedad y el respeto a la ley. Y quizás en un momento posterior le pedimos al Gobierno se encargue de ciertas acciones que nos parecen importantes pero no estamos dispuestos a organizarlas nosotros mismos como mayores oportunidades educativas para todos o una calidad de salud universal, o aceptar que hay gente en situación de extrema pobreza y en condiciones muy específicas que requiere de un apoyo colectivo para poder encaminarse. Pero de ahí se pasa muy fácilmente a que el Gobierno (es decir un grupo de personas que detentan el poder) empieza a decidir qué otras cosas son importantes, en general a establecer otros monopolios (en el caso del Ecuador el del petróleo, de la seguridad social, el de la educación y la salud para las personas de más bajos ingresos, y tantos más), a hacer leyes que lo justifican y a cobrarnos más impuestos para cumplir esos objetivos. Así es como hoy en e Ecuador le transferimos obligatoriamente al Estado cerca del 40% de nuestra riqueza vía impuestos, petróleo o seguridad social. Bajo cualquier parámetro nos hemos pasado de la raya. Y hay una frase que muestra la posición del Estado frente a esto, cuando los encargados tributarios dicen “con satisfacción podemos señalar que hemos superado las metas de recaudación”, en realidad no están entendiendo la brecha abismal que hay entre generar riqueza y el proceso burocrático-legal-impositivo que consiste en captar parte de esa riqueza, y no entienden que no hay ningún mérito en captar más impuestos, solo es cuestión de apretar más al generador de riqueza. En todos los grupos humanos (el barrio, la empresa) hay el riesgo de abuso de poder y todo el tiempo eso se da (el dueño de la empresa o el Presidente del barrio), por eso el liberalismo teme cualquier tipo de poder, pero por lo menos esos poderes están limitados porque no tienen el monopolio ni de la ley, de ni de la fuerza ni del cobro obligatorio de nada, y siempre podemos librarnos cambiando de barrio o de empresa. Pero con el Gobierno algún momento (más temprano que tarde) pasamos la tenue línea entre el individuo y el grupo. Desde el poder se maneja a la sociedad y no hay manera de librarse (porque otros estados hacen lo mismo y cierran las fronteras para que no podamos acceder a otros esquemas: el concepto de países y Estados nos somete a los monopolios gubernamentales). Sin duda, y este es el gran problema que debemos analizar desde el punto de vista del liberalismo, la fuerza del Estado no solo nace de la manipulación del propio poder


Es decir hay una pregunta esencial ¿los ciudadanos en general están dispuestos a ser tan liberales como los liberales quisiéramos?.

(es decir individuos que se suben al carro del Estado para aprovecharse de él y que luego aumentan su poder para seguir beneficiándose de una u otra manera: económica, política, de vanidad etc… es decir el Estado que crea más Estado), sino que aparentemente muchos ciudadanos no son liberales y están dispuestos a ceder ese poder y a vivir bajo esa sombra. Es decir hay una pregunta esencial ¿los ciudadanos en general están dispuestos a ser tan liberales como los liberales quisiéramos? Efectivamente desde tiempos históricos vemos que los individuos aceptan y desean someterse al poder y a los líderes, y están dispuestos a pagar ese precio a cambio aparentemente de una cierta tranquilidad que otorga el no asumir responsabilidades, el delegar decisiones. El Ecuador y América Latina son un ejemplo evidente: el líder carismático, el Caudillo, el Mesías que resuelve los problemas y ofrece milagros son la esencia de nuestra sociedad. Algunos creen que esto es un defecto ligado a los bajos niveles educativos de la gente, no estoy tan seguro, en estratos de educación más elevada también está muy arraigado el concepto del líder fuerte, sabio y salvador: todos los grupos sociales ansían esa situación “mientras el líder esté en línea con las ideas de uno”, “que sea un líder dominante mientras sea el mío”. El dilema es preguntarnos si ese espíritu de sumisión al líder es producto de esa propia manipulación del poder, o si es parte esencial de la manera de ser las personas. En el primer caso, el liberalismo lo debe combatir, en el segundo caso en cambio se plantea un serio problema ¿si las personas por esencia y por interés, quieren construir una sociedad de caciques que poco tiene de liberal, cuál debe ser la posición de los liberales: aceptarlo porque así somos los seres humanos o intentar cambiarlo? Aquí se puede cae en el riesgo, tan común en los sistemas socialistas y no-liberales, de querer construir el hombre nuevo que se adapte a nuestra visión de la sociedad.

Algunos plantean la dicotomía alrededor de Adam Smith: el de “La Riqueza de las Naciones” iría en la dirección del egoísmo, el de “La Teoría de los Sentimientos Morales” en el de la solidaridad.

Por eso ante estos dilemas hay un principio liberal básico: se han ido creando jerarquías para encontrar soluciones, pero siempre hay que intentar resolver los problemas a nivel de la jerarquía más cercana a la gente antes de pasar a la siguiente. En consecuencia recurrir al Estado debe ser el último eslabón de la cadena, mientras en las sociedades no-liberales lo que se hace es recurrir primero al Estado lo que acaba matando el principio básico de una sociedad donde el centro es el individuo. Y esto se aleja cada vez más en el Ecuador. Por ejemplo, si aceptamos que la colectividad debe aportar para mejorar las oportunidades educativas de todos, esto no quiere decir que el Gobierno deba ser el dueño y señor de este proceso, hay muchas otras maneras de hacerlo mucho más cercanas a los individuos y sus organizaciones: bonos para que los niños pueden escoger donde educarse, alianzas con entidades privadas, descentralización, deducciones fiscales para apoyar directamente la educación de los que menos tienen etc…

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Cuba no es liberal, porque los hermanos Castro han impuesto un modo de vida a los demás sin que esta la posibilidad de uno escoger su sendero (a no ser jugarse la vida en una balsa). Por eso los EEUU es más bien liberal, porque si bien todos los ciudadanos están condicionados por el entorno social y por la historia que cada uno acarrea, razonablemente casi todos pueden escoger su modo de vida (sería totalmente liberal si el Estado interfiera menos y si todos pudieran tener oportunidades básicas para escoger más y mejor, por ejemplo un niño afroamericano nacido en una familia donde la madre sola es jefa de hogar, tiene menos opciones de escoger que un niño nacido en una familia acaudalada de Boston). Por eso mucha gente escoge ir a los EEUU más liberal (con todos los defectos que tenga) y casi nadie va a la Cuba nada liberal (con algunas virtudes que pueda tener) ni siquiera sus más acérrimos defensores que prefieren hacerlo de lejos.

Fantasma 4 – ¿Necesitamos personas perfectas? El liberalismo se fundamenta en que las personas pueden libremente hacer (o no hacer) intercambios y tener (o no tener) relaciones de todo tipo, lo cual va construyendo el tejido social. A estas relaciones las podemos clasificar de diversas maneras y hay por lo menos las siguientes clasificaciones posibles: a) intercambiamos algo o no lo hacemos, b) esos intercambios son mercantiles o no, c) hay (o no) una valoración recíproca. Obviamente estas categorías no son necesariamente excluyentes unas de otras. Hay combinaciones posibles entre estas. Veamos algunos casos. *En el mercado hay intercambio de algo por algo, es necesariamente mercantil, y hay una valoración recíproca. Es más: este conjunto de factores es la definición de lo que es un mercado. *En la amistad, el amor o la familia hacemos cosas que no son intercambios mercantiles (te hago un favor que puede ser totalmente intangible, como acompañarte para que no estés solo) aunque también puede haber mercantiles; podemos no hacer un intercambio (es decir yo no espero nada a cambio de esta acción) aunque muchas veces sí lo esperamos incluso sin decirlo, y finalmente no hay una valoración recíproca aunque puede existir incluso de una manera oculta como es la vanidad de “sentirme bueno por haber hecho esto”. *Cuando regalamos, hay una acción mercantil (está involucrado un bien o servicio), aparentemente no hay inter-

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cambio (aunque en el fondo sí lo hay, porque casi inevitablemente pienso que la otra persona me “devolverá” un regalo en mi cumpleaños) y aparentemente tampoco hay valoración (aunque el regalo que la persona probablemente me dé en el futuro, sí guardará relación con el valor de lo que yo le di). *Hay situaciones extremas como la acción del santo que sacrifica su vida por otras vidas: no hay relación mercantil, no hay intercambio y no hay valoración. Aunque incluso en estos casos, el santo probablemente espera algo con esta acción que es ganar el cielo (y si no lo espera, mejor aún). Las críticas que se hacen al mercado en general (y por ende a liberalismo que se lo identifica con él) es que es demasiado mercantilista, que requiere de intercambios (algo a cambio de algo) y que hay una valoración (que es “mala” porque inmediatamente posiciona a lo uno frente a lo otro, es decir a lo uno “contra” lo otro). A las personas en este esquema se las califica tradicionalmente como “egoístas, frías, insensibles”. Mientras que “aparentemente” quisiéramos construir una sociedad donde hagamos cosas que no sean ni mercantiles (sino espirituales), ni de intercambio (demos, sin esperar nada a cambio) y sin valoración (no mido lo que doy). Algunos plantean la dicotomía alrededor de Adam Smith: el de “La Riqueza de las Naciones” iría en la primera dirección, el de “La Teoría de los Sentimientos Morales” en la segunda. Creo que las dos vertientes están más entrelazadas de lo que algunos creen. En realidad el liberalismo no favorece ni el uno ni el otro tipo de sociedad, la más material de mercado, o la más espiritual donde no hay intercambios recíprocos valorados. Mientras los individuos que componen esa sociedad decidan libremente (dentro de la libertad individual que ya antes mencionamos) qué tipo de sociedad construyen y cómo actúan, lo uno es tan liberal como lo otro. Lo que sucede es que los seres humanos han demostrado que quieren transitar por ese progreso mercantil, y que quieren esforzarse para mejorar materialmente a través del mercado. Claro que a esto se puede oponer una crítica clara: no es que los individuos lo han querido, sino que hay fuerzas colectivas manipuladas por algunos (los que más se benefician) que han llevado a las sociedades por ese camino. Puede ser, pero me permito señalar algunas cosas: *esas fuerzas ocultas deben tener un poder (sorprendentemente) enorme para pasarse por encima de otras visiones de sociedad, de otras maneras de vivir, de otros usos y costumbres e imponer lo suyo. ¿No será más bien que se han impuesto porque ofrecen algo que la gente en general desea tener como es el progreso material? . *muchos de los que critican este esquema mercantil-de intercambio-valoración que se ha impuesto al esquema espiritual-de no intercambio-no valoración, son los que más


En definitiva el liberalismo busca que la gente encuentre su mejor camino, bajo los principios básicos de que éste no sea impuesto por un grupo de sabios que saben lo que uno necesita, y que siempre exista una alternativa que le permita a uno escoger lo que desea aunque esto vaya en contra de lo que prefiere la mayoría. El liberalismo se basa en personas normales.

Insistamos en esto: es solidaria una sociedad que mejora a todos, en base al esfuerzo de todos.

actúan bajo el primer esquema, y dan muy pocas muestras de cobijarse bajo lo segundo. Lo hacen en cosas esenciales de su vida, pero incluso en otras que lo son menos: por ejemplo son intensivos (y obsesivos) usuarios de tecnologías como el Internet o la aviación (para ir frecuentemente a reuniones internacionales), sin caer en cuenta (o no querer caer en cuenta) que eso es fruto de este esquema de mercado centrado en el desarrollo de bienes y servicios. *¿por qué observamos que muy poca gente escoge el esquema espiritual-de no intercambio-no valoración que algunos dicen debe ser el verdadero objetivo? Si lo valoran tanto ¿por qué no lo adoptan? El pretexto normalmente es que estamos condicionados por la sociedad a escoger el otro camino y que es muy difícil alejarse de él. Quizás, pero en la vida enfrentamos todos los días situaciones difíciles y las superamos ¿no será que en el fondo no deseamos mucho ese otro esquema y por eso no lo buscamos?. Y sobre esa base debemos preguntarnos ¿sería mejor una sociedad en qué habría muchos “santos” y pocos “egoístas”? ¿O es mejor la sociedad que está compuesta equilibradamente de unas personas que actúan bajo el esquema mercantil-de intercambio-valoración, y otras bajo el esquema espiritual-de no intercambio-no valoración, y de hecho en la que cada uno de nosotros actúa por momentos bajo la primero modalidad y en otros casos bajo lo segundo?. Creo que lo más útil, y probablemente lo más sensato porque los seres humanos somos lo que somos, es la sociedad en la que a ratos somos egoístas y a ratos solidarios, combinamos el interés y el desinterés. Un ejemplo de esto: el Perú ha desarrollado una gastronomía ahora famosa en (casi) el mundo entero, y esto lo ha hecho un pequeño grupo de empresarios que ha entendido que se necesita un tejido social y de confianza para que esto se mantenga y crezca, entonces han organizado clases de cocina para los chefs de los pequeños restaurants de país para que la calidad y fama se multiplique y diversifique. ¿Lo hicieron por egoísmo e interés de ellos? Si. ¿Lo hicieron por entender que es mejor caminar juntos que solos? Si. ¿Lo hicieron por solidaridad y compartir? Si. Eso es exactamente una sociedad basada en lo que somos los seres humanos, lo bueno y lo malo. ¿Qué no hay suficientes iniciativas de esta naturaleza? Probablemente. Pero la pregunta es entonces ¿por qué no hay más? Una respuesta posible es: porque la visión de mercado ha dañado a la gente y la ha tornado más egoísta. ¿Es así? ¿Hay alguna prueba de que nos hemos vuelto realmente más egoístas o es el resultado aparente de circunstancias como el crecimiento y complejidad de las estructuras sociales? Otra respuesta es que al haber asumido el Estado el rol de encargado de la solidaridad a través de los impuestos, ha quitado esa responsabilidad al resto de la sociedad que entonces siente que ya no tiene por qué asumirla. ¿Es así?. En realidad no hay ninguna razón de creer que el aporte que una persona hace en el mercado para atender las necesidades materiales de

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otras personas, es menos valioso que el aporte “solidario y desinteresado” que otros hacen en su vida. Los seres humanos somos esa suma de actitudes actividades. En definitiva el liberalismo busca que la gente encuentre su mejor camino, bajo los principios básicos de que éste no sea impuesto por un grupo de sabios que saben lo que uno necesita, y que siempre exista una alternativa que le permita a uno escoger lo que desea aunque esto vaya en contra de lo que prefiere la mayoría. El liberalismo se basa en personas normales. El concepto de que somos seres optimizadores y maximizadores de beneficios o de alguna otra función, es un concepto de la escuela neo-clásica pero no tiene por qué ser liberal. El liberalismo puede perfectamente encajar las visiones, por ejemplo, de Herbert Simon de racionalidad limitada u otros avances, en que claramente las personas no optimizamos sino buscamos las soluciones más razonables en el entorno más cercano que encontramos, en que imitamos las acciones de otros, en que las emociones juegan un rol importante en nuestras decisiones, en que usamos estrategias muy simples etc…y todo esto nos permite avanzar usando poca información, poca energía y poca capacidad cognitiva. Esos son los seres humanos normales con los que debemos trabajar.

Fantasma 5 - ¿Eficiencia y solidaridad en el liberalismo? El liberalismo intenta a la vez respetar lo que los individuos quieren de sus vidas, y a la vez ser eficiente en la medida que las personas aparentemente quieren mejorar su calidad de vida, así lo han demostrado en la historia (como dijimos antes, el liberalismo moderno ha agregado a la esencia del liberalismo, ese sentido de desarrollo y mejora, el sentido de “futuro”). Y para juntar esos dos objetivos, el liberalismo plantea que se lo puede alcanzar de la mejor manera en base a algunos principios todos entrelazados: la división del trabajo, la especialización y el intercambio, la productividad y el desarrollo tecnológico (entendida la tecnología en el sentido amplio desde maquinarias hasta ideas), los mecanismos de mercado y competencia, el desarrollo del capital que de esa manera se pone al servicio de la calidad de vida de las personas. El liberalismo sobre la base de estos principios es eficiente (no perfecto). Pero no por eso la eficiencia es la clave del sistema, su sustento es ético y conceptual al centrarse en el desarrollo y respeto (libertad) de lo que son los seres humanos (en diversas dimensiones). El liberalismo es solidario, no solo porque las personas también somos solidarias además de egoístas e individualistas, sino porque el crear una sociedad que va desarrollando las potencialidades de los individuos, en base al esfuerzo de todos, es

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esencialmente solidario. Insistamos en esto: es solidaria una sociedad que mejora a todos, en base al esfuerzo de todos. Cuando alguien quiere mejorar su calidad de vida, no lo puede hacer solo en su esquina, si quiere aplicar los principios antes mencionados y en particular la especialización y el intercambio, lo tiene que hacer necesariamente con los otros, y pensando en los otros, incluso si lo hace de manera egoísta. El liberalismo es eficiente (no perfecto) porque escogió el sistema de mercado y de precios como su ancla. ¿Por qué lo escogió? Una razón muy sencilla: si es que queremos construir una sociedad basada en la voluntad libre y preferencias de los individuos, la economía tiene que basarse en un espacio de intercambio libre en el que se expresen esas preferencias. Y eso es exactamente el mercado, y al mercado están atados los precios (o algún tipo de valor) que reflejan simplemente valoraciones relativas de las personas respecto a los bienes y servicios que intercambian. Y viene atado a la competencia que contrariamente a la competencia en el mundo animal, mejora la vida de la gente, sin destruir a nadie: solo se destruyen productos o empresas obsoletas. Todo esto constituye la famosa “mano invisible” que es en realidad una muy mala expresión, porque parecería que se trata de una “mano negra y oculta” que dirige y manipula, cuando es todos lo contrario: son miles de manos, mentes, temores, voluntades que se unen de manera invisible (eso sí, invisible) para tejer algo. Por supuesto, hay otra manera de hacer las cosas: que alguien desde las alturas del poder decida qué se produce, qué se intercambia, qué valores relativos tienen unos bienes y servicios en relación a otros. Es la visión anti-liberal que supone incapaces a las personas de tomar esas decisiones, y las encarga a un grupo de sabios que manejan un complejo proceso de planificación para organizar la sociedad (Cuba está ahí y Venezuela camina en esa dirección … ojalá no el Ecuador). Este tema de la valoración es un punto de quiebre esencial entre el liberalismo y sus oponentes. Para el primero, la única valoración efectiva es la de las personas u organizaciones que intercambian, aunque la competencia va llevando estas valoraciones hacia un nivel compatible en el largo plazo con un intercambio intertemporal esencial en la economía en el que la tasa de interés va “valorando” el ahorro que se ha ido constituyendo en el tiempo dentro de las diversas etapas de los procesos productivos. Para el segundo, y dentro de la línea marxista, el valor tiene relación con el trabajo realizado en los diversos procesos productivos, y en el que aparece la plusvalía del capitalista como un elemento de extracción del valor generado por el trabajo. En el primero, el capital aparece primero y genera las rentas del trabajo. En el segundo, el trabajo viene primero y luego la apropiación de la plusvalía capitalista. En ese sentido el liberalismo es capitalista. Este es un enorme


En el liberalismo, el capital aparece primero y genera las rentas del trabajo. En el anti liberalismo, el trabajo viene primero y luego la apropiación de la plusvalía capitalista. En ese sentido el liberalismo es capitalista.

La teoría de sistemas nos dice que justamente sistemas complejos como las sociedades humanas funcionan mejor de manera descentralizada donde no existe un agente central que da órdenes, el conjunto va funcionando en base a reglas y decisiones locales que van generando efectos globales (procesos espontáneos).

desafío liberal: lograr que la diferencia entre estos procesos sea bien entendida y aprovechada positivamente en las sociedades.

Fantasma 6 - ¿Los objetivos del liberalismo? ¿Cuáles son los objetivos de una sociedad liberal? En principio ninguno, salvo respetar las libertades de los individuo y sus organizaciones. Una sociedad liberal debe caminar hacia donde la gente la lleve … sin manipulaciones. Claro ese es el problema ¿qué es una sociedad sin manipulaciones? De hecho todos intentamos influir y de cierta manera manipular a los demás, quisiéramos que piensen como nosotros, que se enfoquen en un cierto estilo de vida, y sobre todo hay grupos de mayor poder (económico o político esencialmente) que tratan de llevar a la sociedad por un cierto sendero que les conviene. Pero una vez más hay que distinguir entre el peso para enrumbar a la sociedad que puede tener un grupo importante de empresarios cuya ambición es que les compren sus productos o mantener sus prebendas (que son necesariamente otorgadas por el propio Estado, sino no existirían), y el poder político que se sustenta en el monopolio del cobro obligatorio de impuestos (el empresario algo tiene que vender para recibir sus fondos, no los recibe obligatoria o gratuitamente), de las leyes (el empresario solo puede influenciar en su elaboración) o del uso de la fuerza (el empresario solo puede usarla de forma limitada). Aclarado y aceptado esto, hay pues una enorme diferencia entre una sociedad liberal y una sociedad “constructivista” de las cuales el mejor ejemplo son los sistemas socialista (que por esencia lo son) pero también muchas sociedades modernas en que desde el poder político se intenta construir el sendero de todos. En el primer caso hay influencias variadas y difusas sobre el sendero que van construyendo las personas. En el segundo caso, hay un plan preestablecido que guía el camino.

Por eso los nuevos conceptos de Estado de Derechos (como la Constitución ecuatoriana de Montecristi) son totalmente ajenos al liberalismo, porque se cambia completamente de perspectiva.

Claro que ahí surge una duda: ¿puede una sociedad liberal generar un trayecto con un mínimo sentido y coherencia, si es que no hay ese alguien que está mirando y organizando la película desde una butaca privilegiada? La teoría de sistemas nos dice que justamente sistemas complejos como las sociedades humanas funcionan mejor de manera descentralizada donde no existe un agente central que da órdenes, el conjunto va funcionando en base a reglas y decisiones locales que van generando efectos globales (procesos espontáneos). Lo que sí es importante es que existan reglas claras, que obviamente el grupo tiene que establecer a través de las leyes básicas y eso nos lleva a la necesidad de establecer y respetar los principios básicos

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como la propiedad y la libertad de cada uno (que implica la libertad de todos). Ciertamente es un punto de reflexión importante establecer cuales son esas reglas básicas que permiten el funcionamiento de un sistema descentralizado. Por ejemplo, el sistema monetario-financiero público/privado mundial no funciona correctamente (y por eso tantas crisis como la actual) desde hace 400 o 500 años, porque hay en su esencia un problema de irrespeto a los derechos de propiedad en el propio proceso de multiplicación del dinero: una entidad financiera recibe dinero a la visita o a corto plazo de sus clientes y lo presta a largo plazo, de entrada está violando la orden de su cliente que le dijo “quiero tener mi dinero disponible en cualquier momento” Y así podemos identificar mil acciones en la sociedad que violan los derechos de propiedad, y están a la base de muchos de los desajustes que observamos y los atribuimos erróneamente al mercado o a la libertad. Por ejemplo, algunos identifican a la libertad como el causante de las diferencias de riqueza e inequidades en la sociedad, y ciertamente por definición la libertad genera diferencias porque potencia las cualidades y defectos de las personas y los seres humanos al ser diferentes generamos resultados diferentes; pero nos olvidamos que las mayores inequidades provienen de claras violaciones a la libertad y la propiedad: empresarios que viven en ambientes sin competencia externa porque los Gobiernos los protegen y se enriquecen a costa de los consumidores, ciudadanos (personas, empresas, sindicatos, políticos) que viven colgados de las prebendas estatales y peor aún en países como el Ecuador donde se ha entregado el petróleo que es nuestro al Estado (en un clara violación de los derechos de propiedad), o si recordamos que la inequidad esencial en nuestros países proviene de un acto de guerra y de fuerza estatal como fue la repartición de las tierras en la Colonia entre los conquistadores españoles. En todos estos casos, la riqueza y la propiedad no se repartieron por algún mérito de servicios a los demás, sino por el poder de la fuerza o la ley. Siempre hay que recordar (y no es fácil en nuestra manera de pensar) que cuando decimos que el liberalismo nos lleva a una sociedad mejor que otras no estamos diciendo que los resultados son perfectos (empezando porque no existe una perfección contra la que compararnos), ni decimos que existe un “sentido” que establecemos de entrada y hacia allá vamos. Ese “sentido” es realmente “hacemos caminar al andar”. Y por eso la planificación es un tema de discusión muy importante entre liberales y constructivistas. Para los segundos es la esencia misma de su accionar: hay que planificar un camino, por eso desde la planificación hay que, por ejemplo, decidir qué Universidades existen y cuáles no, qué carreras se abren y cuáles no. Mientras para los primeros, la planificación la realizamos cada uno de nosotros en

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la vida diaria, y para eso, por un lado hay que generar un entorno en particular de información que permita realizar esta acción de la mejor manera, y por otro lado la llamada planificación debe consistir en visiones estratégicas que nos permitan establecer las reglas de entorno básicas de funcionamiento de la colectividad (hay opiniones diversas entre liberales sobre este punto). Y ahí el liberalismo tiene un desafío importante: la idea de cero planificación (y algunos otros planteamientos de cero, o casi cero, Estado) parten de cierta manera de una visión mental de pequeños grupos humanos (casi de nivel barrial) que se van interrelacionando entre sí. Y ahí se cae en el mismo error de ciertas visiones socialistas-comunistas que nos quieren convencer de sus virtudes y su ética en base a ejemplos de pequeñas comunidades que sí pueden funcionar de esa manera, e incluso funcionar eficientemente alcanzados sus objetivos. Pero el desafío para todos los sistemas es pensarse en sociedades mucho más amplias, integradas, globalizadas donde los problemas de complejidad son de otra naturaleza. Sin duda el liberalismo da las mejores respuestas, pero esas respuestas no pueden venir del mundo de Robinson Crusoe.

Fantasma 7 – Derecho, derechos y democracia El liberalismo requiere del Estado de Derecho para que estemos bajo el imperio de la ley y no del poder de otras personas. Se lo entiende como las normas básicas que nos permiten ejercer nuestra libertad mientras no vaya en detrimento de la libertad de otros, es decir el sistema de reglas que crea un entorno en que podemos desarrollar nuestras capacidades personales y de nuestras organizaciones sin preguntarnos cada instante quién va a venir a quitarnos abusivamente lo que hemos construido. Por eso los nuevos conceptos de Estado de Derechos (como la Constitución ecuatoriana de Montecristi) son totalmente ajenos al liberalismo, porque se cambia completamente de perspectiva. En lugar de un entorno de mínima seguridad donde desarrollaron y de apertura de oportunidades a los que menos tienen, lo que ahora se pretende es que la Constitución sea el espacio donde expresamos todo lo que le exigimos a la colectividad, todos los derechos que creemos tener (casi 90 artículos en Montecristi) y que los demás deben obligatoriamente darnos. Pasamos pues de una sociedad en la que desarrollamos nuestra individualidad, responsabilidad y solidaridad libremente asumidas, a una sociedad en la que simplemente exigimos todo lo que nos parece importante, en que la colectividad de manera forzada debe darnos, y obviamente lo hacemos básicamente a través del Estado cuyo poder creciente se consagra constitucionalmente. De la misma manera, para el liberalismo los Derechos co-


lectivos son muy difíciles de entender. Por un lado cuando, por ejemplo, decimos “el derecho colectivo o social a la educación”: podemos desear que toda la población acceda a la educación, pero eso no es un derecho ni colectivo ni social, sigue siendo un factor individual porque son las personas las que se educan. Por otro lado, cuando decimos que los grupos indígenas tienen derechos colectivos, lo que en realidad queremos decir es que hay personas que se han unido y quieren vivir y actuar juntos, y que se deben respetar sus derechos, de la misma que se deben respetar para cualquier otro ciudadano o para cualquier otro grupo de ciudadanos, por ejemplo las empresas son colectivos de personas que pactan realizar ciertas actividades juntas, y el respeto de sus derechos es el mismo que el de cualquier otra colectivo de personas … Por supuesto, lo más grave es cuando se quiere otorgar derechos a unos grupos (es decir personas actuando juntas) sin que otros los tengan también. El liberalismo nace de la existencia y el respeto a la ley, pero al mismo el liberalismo se pregunta ¿cómo deben hacerse esas leyes? Y en el fondo solo hay dos maneras. O las leyes surgen como resultado plasmado en blanco y negro de los usos y costumbres que han ido surgiendo en la sociedad, es decir reflejan la voluntad de vida en común de las personas y sus organizaciones, bajo el esquema llamado del orden espontáneo. O existe un grupo de personas que interpreta el “cómo debería funcionar la sociedad” y hacen leyes para reflejar ese estado ideal de las cosas. Lo primero es liberal, lo segundo se opone completamente, porque se cae en el despotismo legalista. Pero este segundo es el esquema latinoamericano, nuestras mil constituciones son el reflejo de eso: grupos diversos que en el poder quieren decidir qué es lo sano para la sociedad, y se convierte en un círculo sin fin del que es muy difícil salir, porque cada Constitución refleja la “sabiduría” de un grupo de (y en el) poder, e inevitablemente el que le sucede la modifica porque quiere imponer su visión. Por eso el liberalismo tiene un conflicto con la democracia. Por un lado, la democracia “sana” es conocida como la democracia liberal, es decir el sistema que transfiere el poder de los monarcas y de los hombres al poder de la ley que es neutra e igual para todos. Pero la democracia a partir de allí va “degenerando” cuando se convierte en el poder de las mayorías que realidad es el poder excesivo de algunos, y de los “hacedores de la ley”. Los pueblos nombran a sus representantes, y no lo hacen necesariamente con los mejores criterios (lo cual es un problema pero debería ser aceptado por el liberalismo, sobre la base del principio que los individuos deben regir su vida más allá de si se equivocan o no), pero estos representantes se sitúan inmediatamente por encima de la ley, porque supuestamente están ahí (sean en asambleas legislativas o constitucionales, sea en las Presidencias) para hacer la ley y no simplemente para convertir en ley los usos y costumbres de la

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sociedad. Y peor aún, no solo que están ahí para hacer las leyes sino para guiar a la sociedad, adquieren pues una capacidad monárquica que es la que el sistema democrático quería eliminar. Por eso son muy pocos liberales esas expresiones de “Padres de la Patria” que reflejan una cierta visión peligrosa de la sociedad y del poder, o simplemente todo el Protocolo que se organiza alrededor de los gobernantes, por ejemplo se les acostumbra a los niños desde muy pequeños a que los gobernantes son unos personajes míticos a los que se debe rendir honores excesivos, y que cuando van a un pueblo de visita es una fiesta maravillosa que se debe agradecer. Cuanto menos ostentoso es el poder, más liberal es … pero ¿en cuántos lugares se encuentra eso? Ciertamente no en el Ecuador, ciertamente no en América Latina.

las eligen los alumnos, trabajadores y otros. Las organizaciones privadas tienen sus propios mecanismos de regulación, en particular a través de la relación de mercado con sus clientes, la democracia se inventó para transferir cierto poder a la autoridad estatal y limitar esos poderes. Así va caminando el liberalismo, como un sendero (imperfecto) para las sociedades que desgraciadamente en América Latina es sustituida por otro caminos tan fallidos …

Sí queda un resquicio liberal, y es que a estos representantes se los puede cambiar. Pero solo es un resquicio, porque desde el poder se manipula la permanencia (vemos en el Ecuador toda la propaganda electoral y no electoral del Gobierno … con nuestros recursos, o el uso de las Constituyentes para alargar los plazos presidenciales), y la esencia de la política es la creación de empresas políticas que inevitablemente tratan de monopolizar el poder … y el monopolio político es mucho más grave que el monopolio productivo, porque en este último casi siempre hay una alternativa (salvo casos muy extremos como una persona cuya vida depende de un medicamento que solo produce una empresa y esta le pone precios excesivos), mientras al poder político no hay alternativa durante todo el período en que éste dura y puede ejercerlo de manera abusiva. El sometimiento a la ley es esencialmente liberal, pero ¿qué tan aceptables son leyes que obedecen a esquemas y procesos legales existentes (en base a representantes electos según mecanismos establecidos), pero que van profundizando la pérdida de libertades de los individuos y sus organizaciones y el predominio de los esquemas colectivos-políticos?. El liberalismo tiene un conflicto con la democracia, aunque muchos liberales (no todos) se reconocen en la frase de Churchill “la democracia es el peor sistema, con excepción de todos los demás” quizás agregando “… mientras se logra mantener la potestad de los Estados dentro de ciertos límites”. … y más conflicto aún tiene el liberalismo con la democracia, cuando se quiere ampliar el concepto de democracia a ámbitos en que nada tiene que hacer (y es el caso en el Gobierno actual del Ecuador), por ejemplo cuando se quiere que las empresas actúan democráticamente, o cuando a las universidades privadas se les impone en la ley sistemas democráticos de administración en la cual hay obligación de rotar a los rectores, de nombrar a los profesores permanentes con intervención externa o de que las autoridades

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El liberalismo tiene un conflicto con la democracia, aunque muchos liberales (no todos) se reconocen en la frase de Churchill “la democracia es el peor sistema, con excepción de todos los demás” quizás agregando “… mientras se logra mantener la potestad de los Estados dentro de ciertos límites”.


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José Isidro Morante

Maestría en Negocios Internacionales Directiva actual del IEEP (Instituto Ecuatoriano de Economía Política)

joseimorante@hotmail.com

¿Tiene futuro el Liberalismo clásico? Hayek: “La libertad ha sido probablemente la palabra de la que más se ha abusado la historia reciente actual”.

Una definición sencilla de la acción humana sería: el poder que tienen los individuos sobre sí mismos, es decir ellos tienen el derecho a elegir, decidir y opinar como mejor les parezca, y la acción de estas decisiones radica en la naturaleza libre del individuo, sin que exista ningún tipo de poder coercitivo por parte del estado o de otros individuos. La unión de todas estas acciones humanas generadas por los individuos pasan a ser lo que nosotros llamamos “orden espontáneo”.

Para saber si tiene futuro, analicemos el estado en que se encuentran en nuestro país la libertad. ¿Acaso hay pleno respeto a la propiedad?, nosotros los individuos ¿hemos sido buenos guardianes de esta libertad, hemos respetado el principio de la no agresión?, ¿por qué hemos dejado que el estado utilice la coerción de la fuerza?, ¿qué acciones podemos tomar para defender la libertad?. Todas estas interrogantes tratamos de solventarlas mediante ejemplos prácticos en este artículo. Somos conscientes del peso importante que tiene la libertad en nuestras vidas pero ¿qué ha hecho el estado ecuatoriano con respecto a la propiedad privada en toda la vida republicana?. Muchas de las respuestas las podemos encontrar en la simple vida cotidiana, en la demostración de la acción humana del individuo y su libre albedrío con el que administra su libertad, espontáneamente. 86


Antes de analizar este tema, debería recordar lo que significa la libertad y qué es el liberalismo clásico. Para definir libertad vamos a usar definiciones sencillas de la Real Academia de la Lengua Española, (me permití tomar 4 acepciones). Libertad: 1. Facultad que tiene el ser humano de obrar o no obrar según su inteligencia y antojo. 2. Estado o condición del que no está prisionero o sujeto a otro: libertad provisional. 3. Falta de coacción y subordinación: trabajo con total libertad. 4. Poder o privilegio que se otorga uno mismo. Se usa sobre todo con el verbo tomarse: me he tomado la libertad de traer un amigo. Ahora también vamos a tomar el concepto de Libertad de una fuente externa, diferente a una fuente lingüística como el diccionario de la Real Academia, y lo haremos de algo tan común como Wikipedia: “La libertad es un concepto inanimado al que se le han dado numerosas interpretaciones por parte de diferentes filosofías y escuelas de pensamiento. Se suele considerar que la palabra libertad designa la facultad del ser humano que le permite decidir llevar a cabo o no una determinada acción según su inteligencia o voluntad. La libertad es aquella facultad que permite a otras facultades actuar y que está regida por la justicia, esta definición es propia de una sociedad o un Estado, el cual “obliga” a las personas a regirse según un modelo estándar de conducta.” Y en realidad llevamos siglos y siglos hablando de la palabra Libertad, quizás como Frederick Von Hayek lo cita en su libro Los fundamentos de la libertad, “La libertad ha sido probablemente la palabra de la que más se ha abusado la historia reciente actual”. Muchos tienen un concepto propio de la palabra Libertad, estos pueden ser correctos o incorrectos, siempre dependiendo de los elementos, matices, principios y valores de cada persona, el concepto mío podría incluso contradecir algunos de sus conceptos, y es ahí donde podemos presentar lo que es el liberalismo, qué mejor carta de presentación que la importancia del individuo. Y eso es lo que propugna el liberalismo clásico, la libertad del individuo y su poder de decisión en los actos que este realice, siempre y cuando estos no comprometan las libertades de otros individuos. Quizás este tipo de conceptos hagan un poco tergiversable la esencia misma del liberalismo clásico, pero vamos diluyendo y aclarando muchos aspectos respecto a lo que muchos piensan sobre el liberalismo clásico, los liberales

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creemos en la existencia de un estado limitado, que no esté sobre los individuos sino a la par, y esto radica en la lógica de que lo llamado sociedad no es más que la unión de muchos individuos, que toman acciones, decisiones de manera similar o están suscriptos a la misma extensión geografía. Aclarado el tema de la relación individuo–sociedad, pasamos a otro tema interesante: lo que nosotros llamamos acción humana. Una definición sencilla de esto sería: el poder que tienen los individuos sobre sí mismos, es decir ellos tienen el derecho a elegir, decidir y opinar como mejor les parezca, y la acción de estas decisiones radica en la naturaleza libre del individuo, sin que exista ningún tipo de poder coercitivo por parte del estado o de otros individuos, la unión de todas estas acciones humanas generadas por los individuos pasan a ser lo que nosotros llamamos “orden espontáneo”. Pero ¿qué tipo de orden será este? Vamos de nuevo a un ejemplo sencillo en base al cual podamos analizar varias situaciones que se pudieran presentar si no existiera el orden espontáneo. Este ejemplo sencillo es el fútbol. Imaginemos que se reúne un grupo de amigos en una cancha y empiezan a jugar, en este tipo de partidos rara vez hay árbitros (Estado o poder coercitivo presente) pero gracias a la acción humana se va presentado un respeto hacia las mínimas normas establecidas entre los participantes en el juego, seguro derribarán a un jugador en el área cercana a la portería, gracias al conocimiento escaso, algunos sabrán que fue un penal, otros negarán la existencia de la falta, pero solo la decisión de un individuo bastará para que se genere una cadena de acciones humanas: es decir alguno de los jugadores tomará el balón y lo colocará en el punto penal, mientras el resto podrá seguir discutiendo, acción seguida el arquero estará custodiando la portería; estas dos acciones generan muchas otras, pues los que estaban discutiendo también estaban observando y más aún cuando el jugador que tomó el balón dispare al arco y el arquero intente impedir la anotación. Quizás todos acepten que las acciones generaron una nueva situación, y el partido continúe. Este es un ejemplo de cómo se genera un orden espontáneo en un caso puntual como un partido de fútbol entre amigos. Ahora vamos a imaginar que jugamos futbol con desconocidos en nuestro equipo y los del equipo contrario todos son amigos entre sí; en un inicio en el equipo donde todos se conocen cada uno habrá elegido la posición en la que desea jugar, mientras que en el otro equipo, todo será caos y confusión, nadie sabrá en qué posición jugar, y dirán muchos ¿qué hará el orden espontaneo en estos momentos? ¿Existirá?, y ahí viene una de las soluciones para estos aparentes desórdenes, algo que extraemos de la escuela austriaca de economía política: el conocimiento escaso. Los jugadores que están desordenados poco a poco se darán cuenta que van perdiendo por goleada, o simplemente no tienen posesión del balón, esto les obligará con


…. el liberalismo clásico parte de 2 principios filosóficos fundamentales y mientras estos existan, las ideas de libertad seguirán vigentes: el axioma de no-agresión y el axioma de propiedad privada.

la información escasa que tienen (es decir la cantidad de goles en contra o la nula posesión del balón), a tomar decisiones libres y espontáneas, por lo cual uno dirá yo soy el arquero y se compromete a impedir más goles, otros se habrán dado cuenta de que el desgaste físico es mayor si recorren la cancha sin sentido y seguro dirán nosotros vamos a defender, luego habrá un par de hábiles con el balón y querrán atacar, y en conjunto aceptan estas orientaciones en la cancha. Puede que hayan perdido por goleada pero el conocimiento escaso los hizo más eficientes con los recursos (fuerza o resistencia física de cada jugador), además generó un orden espontáneo que seguro les servirá para futuros partidos, ya que cada quien pudo informarse sobre el rendimiento de los otros individuos y de la posición en la que jugaron. Con este ejemplo se desvirtúa algo con lo cual muchos socialistas nos atacan a los liberales clásicos y es el anarquismo que junto al individualismo, que nosotros proponemos, sería una bomba de tiempo. Nosotros no queremos la eliminación del estado o de las normas que regulan la sana y pacífica convivencia de los individuos, sino más bien promovemos un estado de derecho, donde las leyes, normas y reglamentos han sido producidas por el orden espontáneo, generado por la acción humana de los individuos, con la herramienta esencial para que esto suceda que es el conocimiento escaso. Ahora creo que ya habiendo hablado de que es liberalismo podemos introducirnos en el tema esencial ¿TIENE FUTURO EL LIBERALISMO CLÁSICO?. Algo que no hemos nombrado aún del liberalismo clásico, es que parte de 2 principios filosóficos fundamentales y mientras estos existan, las ideas de libertad seguirán vigentes: el axioma de no-agresión y el axioma de propiedad privada. El axioma de no-agresión dice que es incorrecto usar violencia contra alguien que no ha iniciado violencia contra uno. Y el axioma de propiedad privada plantea que la propiedad privada es justa.

…. la propiedad privada es justa porque nace de los esfuerzos del individuo, por lo tanto tiene que ser respetada para así garantizar las libres transacciones que sobre esta propiedad puedan hacer los individuos que la compren o vendan en distintas escalas de tiempo.

Axiomas como el de la no – agresión, hablan bien del liberalismo, siendo tan humano y sensible como el socialismo, pero más que eso, el axioma de la no – agresión nos dice que los individuos tienen el poder de solicitarla o no. Para ilustrar un poco más estos fundamentos filosóficos del liberalismo vamos a plantear un pequeño ejemplo. Dentro de la película Iroman 2 podemos tomar una frase usada por Antony Stark (Iroman) durante su intervención en el senado, el habla de haber privatizado la paz, y este resultado es fruto del uso de la tecnología para obtener una parte del monopolio del uso de la violencia, el esfuerzo privado de este individuo lo hizo poseedor en cierto grado del monopolio del uso de la violencia, entrando en conflicto con el estado, y a su vez se encontraban otros individuos desa-

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rrollando la misma tecnología para obtener algún grado de participación en el monopolio de la violencia. Pero como esto está en el ámbito de la ciencia ficción, trasladémoslo al campo de la vida real, cada 4 años según la nueva constitución debemos elegir autoridades (Presidente, Asambleístas, Prefectos, Alcaldes) y es en esa elección, ya sea en primera o segunda vuelta electoral, que nosotros los individuos entregamos el monopolio del uso de la fuerza al estado por medio de sus gobernantes (uso la palabra gobernantes porque ahora se habla tanto de mandatarios, quienes serian los cumplen un mandato, pero la realidad es que estos mandatarios tienen un solo mandato, el cual es gobernar) y mandatarios o gobernantes pueden iniciar el uso de la violencia cuando ellos así lo prefieran, es ahí donde vemos que incluso en el estado y su colectivismo la violencia se inicia por un solo individuo llamado mandatario o gobernante. Tan cierto es esto que todos los regímenes socialistas que hubo y hay en el mundo tuvieron su caudillo, el director de orquesta del uso de la violencia. Por eso cuando muchas veces usted se queje del presidente que tenemos, recuerde que otros o quizás usted, le entregó el monopolio del uso de la fuerza, pero no piense que es imposible detenerlo o que solo Iroman y su tecnología asombrosa lo puede hacer, usted como individuo tiene el poder de solicitar iniciar o detener el uso de la violencia. Pero el uso de la violencia no solo se limita a lo físico como hemos descrito, otro uso de la violencia es cuando el estado limita el accionar del individuo, es cuando el individuo usa la violencia en contra de otro individuo, esta violencia no solo es la física que puede venir mediante el uso de la fuerza, las armas y demás instrumentos de tortura, sino también existe la violencia jurídica, la cual es creada por un grupo de individuos (congresistas, asambleístas, senadores, etc.) para favorecer a unos individuos sobre otros, este tipo de violencia traspasa el campo de la violencia física y compromete también los recursos del individuo, es decir altera a la propiedad. Analicemos por un momento la historia del Ecuador y el Liberalismo Clásico, ¿ha existido acaso en el Ecuador liberalismo clásico?, ¿La larga noche neoliberal ha sido una realidad, o es otro cuento más del socialismo ecuatoriano?. Pues la respuesta a la primera pregunta es no y por lo tanto es otro cuento del socialismo ecuatoriano la existencia de una larga noche neoliberal. Para esto repasemos la historia y que más práctico que la historia legal del Ecuador. ¿Cuántas leyes, proyectos de ley, decretos supremos, decretos ejecutivos y demás han protegido a sindicatos, gremios profesionales, ciertos grupos empresariales, banqueros, etc.?. Estas leyes fueron cada una el inicio de la violencia contra los individuos a los cuales no amparaba, es ahí donde los liberales promulgamos la verdadera igual-

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dad, todos los individuos iguales ante la ley, y a su vez tan diferentes en talentos y recursos que ellos sabrán explotar de acuerdo a sus capacidades de la maneras más eficiente con la escasa información que poseen. Volvamos al segundo axioma: la propiedad privada es justa porque nace de los esfuerzos del individuo, por lo tanto tiene que ser respetada para así garantizar las libres transacciones que sobre esta propiedad puedan hacer los individuos que la compren o vendan en distintas escalas de tiempo. ¿Cuándo en Ecuador ha estado protegida la propiedad plenamente? ¿Es el estado un guardián fiable de la propiedad privada?. Nuestra historia republicana ha estado llena de posesiones ilegales de tierra, de expropiaciones estatales (sean de tierra o de compañías), de reformas agrarias, de reversión de concesiones petroleras y del espectro radioeléctrico, con todas estas acciones permitidas por los individuos y ejecutadas por el poder coercitivo del estado y su monopolio del uso de la violencia, han hecho que en Ecuador sea difícil y muchas veces imposible el respeto a la propiedad. Ahora demos un pequeño ejemplo de lo que es propiedad privada. Vamos a lo más básico que podemos entender como propiedad, el dinero que alguien gana, ya sea por su trabajo, por su ingenio o sus destrezas, es la primera y más básica propiedad que podemos encontrar en la vida cotidiana, el individuo lo utiliza de la manera que mejor le plazca, nadie le está obligando a comprar algo que usted no requiere, tiene plena decisión sobre él; obviamente que como toda propiedad siempre está al acecho de individuos o grupos que deseen usar la violencia para obtener esa propiedad, es así que existe el robo, que es el delito más común en la humanidad, pero como hablamos también de grupos de individuos organizados espontánea o legalmente (estado), hablamos de la posibilidad de expropiaciones y de otras formas con las cuales el individuo sufre por parte del Estado un irrespeto a la propiedad privada, el Estado mediante las leyes o la coacción utiliza algún tipo de violencia y muchas veces estas acciones como las expropiaciones son vistas con buenos ojos por la mayoría de la población, es ahí donde podemos hablar de una cultura promovida por los gobiernos con el afán de justificar su accionar y de tener el monopolio del uso de la violencia. Y esta cultura perversa es la que el estado ha transmitido a sus ciudadanos, por eso es tan importante el rescate de las ideas de la libertad, no podemos claudicar no podemos los liberales arroparnos solo con la lucha de las ideas, debemos aterrizarla a la práctica y que llegue a estos mismos ciudadanos que han visto en los malos ejemplos y soluciones del estado una verdad única y preconcebida. En la sociedad actual, se asocia a la libertad con una visión anticuada, los ciudadanos no sienten la necesidad de protegerla, no la perciben como una necesidad, la libertad


para ellos no es más que un recuerdo del pasado, cosa de próceres, de caballos blancos y de guerras titánicas contra enemigos feroces. Tampoco vamos a decir que todo esto es culpa de los nacientes estados que con el caudillismo y el paternalismo crearon una sociedad de individuos indiferentes al respeto de la libertad, sino más bien ha sido culpa de los mismos individuos que han entregado el monopolio de la violencia y han arrancado el ciclo del uso de la fuerza. Y vamos a usar otro ejemplo: leyes como la de comunicación, en las cuales los individuos no se sienten representados y muchas veces ni les interesa, porque no los ataca directamente a ellos, no perciben como una necesidad elemental el estar comunicados, y es ahí donde el socialismo ataca con todas sus artimañas, creando derechos colectivos inexistentes. Y ¿cómo los liberales podemos defender la libertad de expresión y hacer que los individuos reaccionen?, pues de la manera más simple recordando que la esencia de la comunicación es el mensaje y sus componentes, quien emite el mensaje es el transmisor y quien absorbe el mensaje, el receptor. ¿Acaso hablamos de colectivos?, el mensaje, es decir la comunicación va de individuo a individuo y es este con la información escasa y sus habilidades propias, adquiridas o innatas, quien detecta el trasfondo de los mensajes. Una ley como la impulsada por el llamado gobierno de la revolución ciudadana no es peligrosa para los colectivos, ni para las empresas, el verdadero peligro es para los individuos, ya que el gobierno al discernir o limitar el mensaje que se puede transmitir coarta el verdadero fin de la comunicación y torna primitivo nuestro lenguaje, los individuos perdemos nuestra capacidad de transmitir o receptar los mensajes que con libertad deseamos recibir o enviar. Y por eso muchos liberales no le ven futuro a promover las ideas de la libertad, pero el error está en perder la esperanza, el error estea en no creer en los potenciales de los individuos, el error está en el dejar pasar y dejar hacer, cuando los individuos pierden el control de sus responsabilidades, cuando los individuos se dejan absorber por el colectivismo, cuando los individuos delegan o inician el uso de la fuerza, es ahí donde los estados y los políticos empiezan a destruir la libertad, paradójicamente en nombre de su defensa. Hablando de estos errores, siempre se trata de encasillar a los liberales clásicos como miembros de la llamada derecha o de ser parte del conservadurismo, cosa más alejada de la realidad, los liberales no somos ni derecha ni izquierda, peor centro, el liberalismo va más allá de los espectros políticos pues es una filosofía de vida tal y cual como lo hemos repasado brevemente, Ludwig Von Mises en su libro El Socialismo, aparta de cualquier corriente política existente al liberalismo. Acá en nuestro país siempre cuando se

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habla de liberalismo o pensamos en Alfaro o en la idea que han promovido los grupos de la extrema izquierda “el llamado neoliberalismo”, ¿acaso los que promovemos las ideas de la libertad tenemos una camiseta o un color?, ¿somos socialcristianos como dicen la mayoría de socialistas?, ¿estamos acaso con Gutiérrez, somos parte del PRIAN una de las tantas empresas de Álvaro Noboa?, tampoco somos demócratas cristianos, los liberales somos independientes, defendemos la libertad, la cual para nosotros es una forma de vida, donde los individuos y el estado limitado pueden subsistir en un equilibrio fundado en el respeto a la propiedad en todos sus sentidos y al no uso de la violencia. Una liberal peruana (Yesenia Álvarez) decía: “que no hay nada más romántico que defender la libertad” , es una buena conclusión sobre el futuro del liberalismo.


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Tomás Mandl

Analista Internacional, Freelance tomas.manl@gmail.com

El neoliberalismo, el liberalismo clásico y la búsqueda de la verdad en el diálogo político

La utilización del concepto “neoliberalismo” tiene un efecto negativo en el debate político. Dado que no significa nada en concreto y que nadie levanta su bandera, el neoliberalismo distorsiona la validez de ideas y políticas relevantes para el desarrollo de los países. Para entender los problemas del neoliberalismo como concepto político y herramienta de persuasión es oportuno analizar lo que dice el liberalismo clásico sobre la búsqueda de la verdad en el debate político. 80


Es difícil encontrar un término más abusado por políticos y analistas latinoamericanos que “neoliberalismo”. No sólo es complicado saber bien qué es el “neoliberalismo” sino que nadie se auto identifica como “neoliberal”. A veces el término “neoliberalismo” es sinónimo de “capitalismo de amigos”, aquel en el cuál políticos privatizan y liberalizan en favor de sus benefactores. Para los políticos del llamado “socialismo del siglo XXI”, el “neoliberalismo” es un concepto-chicle que explica cada uno de los actuales problemas y pasadas calamidades de la región. Otras veces, “neoliberalismo” equivale al llamado “Consenso de Washington”, el paquete de reformas del estado que se aplicaron vagamente durante la década de 1990. En cualquier caso, el neoliberalismo como concepto resulta un serio escollo en la búsqueda de la verdad al generalizar incoherentemente diversas visiones que difieren notoriamente en su origen y alcance. El neoliberalismo recuerda al tango “Cambalache” cuando dice, “Vivimos revolcaos en un merengue y en el mismo lodo todos manoseados.” En consecuencia, su utilización en el discurso político enturbia las aguas y promueve un debate pueril sobre políticas públicas sumamente relevantes para el bienestar de las sociedades. Consideremos un reciente ejemplo ecuatoriano. El 27 de febrero de 2010, Marlon Santi, presidente de la Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador (CONAIE), convocó a marchar contra el gobierno del presidente Rafael Correa y explicó, “Se realizarán acciones de protesta concretas en contra de las políticas neoliberales aplicadas por el Gobierno Nacional”1. La acusación de Santi suena absurda frente a quien, como Correa, considera que los problemas de su país resultan de una “larga y triste noche neoliberal”2. ¿Cómo resolver tamaña confusión? Lamentablemente, ello no es posible, ya que la incongruidad del concepto neoliberalismo hace que tanto Santi como Correa puedan alegar que tal calificativo no les corresponde. El resultado es que un debate central del país—la explotación de recursos naturales—pierde lucidez y se empantana en una retórica inconducente a la búsqueda de la verdad.

La búsqueda de la verdad no tolera embusteros Leer o escuchar las diatribas en contra del neoliberalismo recuerda a la tesis del filósofo estadounidense Harry Frankfurt, quien en su libro “On Bullshit” describió la diferencia entre los mentirosos y los embusteros 1 El Comercio, “La Conaie anuncia un paro progresivo”, Sábado 27 de febrero de 2010. Dirección URL:http://www.elcomercio.com/noticiaEC.asp?id_noticia=337472&id_ seccion=3[Consulta: 27 febrero 2010] 2 Ver Rafael Correa, Ecuador: de Banana Republic a la No República, Debate, 2009.

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… el neoliberalismo como concepto resulta un serio escollo en la búsqueda de la verdad al generalizar incoherentemente diversas visiones que difieren notoriamente en su origen y alcance. El neoliberalismo recuerda al tango “Cambalache” cuando dice, “Vivimos revolcaos en un merengue y en el mismo lodo todos manoseados.”


…. Con respecto a la verdad, la esencia del liberalismo es el reconocimiento de que justamente ningún individuo posee por si sólo la verdad absoluta. Por eso, los liberales ven al mercado como un sistema de información insuperable que a través del sistema de precios ha demostrado ser mejor que un líder político a la hora de brindar información adecuada y coordinar las actividades que promueven la prosperidad de las personas … Sin embargo, es igualmente central al liberalismo, aprehender que el mercado no es un medio para obtener fines específicos.

… Dado que los fenómenos sociales resultantes de la acción humana colectiva son inextricables (no tienen valores uniformes pasibles de medición) e impredecibles (son basados en información que literalmente no existe), la acción política que busca moldearlos es sumamente problemática.

(bullshitters)3. De acuerdo a Frankfurt, el embustero es nocivo para la sociedad ya que, a diferencia del mentiroso, no tiene respeto por la verdad. Como explica Frankfurt, es imposible para alguien mentir sin saber la verdad; el mentiroso responde a la verdad y, en este sentido, la respeta. El embustero, en cambio, no tiene respeto por la verdad y por eso no le importa si lo que dice tiene relación alguna con la realidad. Según Frankfurt, el embustero no necesariamente trata de engañar con respecto a la información que utiliza, pero si encubre sus verdaderas intenciones. La herramienta del embustero es la mediaverdad, un artilugio que corrompe la búsqueda de la verdad. En este sentido, es apta la descripción de Enrique Ghersi, para quien el neoliberalismo es una “palabra-comadreja”. Como explica Ghersi, este concepto tiene su origen en F.A. Hayek, quien describió, “un viejo mito nórdico que le atribuye a la comadreja la capacidad de succionar el contenido de un huevo sin quebrar su cáscara. Hayek sostuvo que existían palabras capaces de succionar a otras por completo su significado.”4 Algo similar establece Mario Vargas Llosa, cuando asevera que, “Un ‘neo’ es alguien que es algo sin serlo, alguien que está a la vez dentro y fuera de algo, un híbrido escurridizo, un comodín que se acomoda sin llegar a identificarse nunca con un valor, una idea, un régimen o una doctrina. Decir ‘neoliberal’ equivale a decir ‘semi’ o ‘seudo’ liberal, es decir, un puro contrasentido. O se está a favor o seudo a favor de la libertad, como no se puede estar ‘semi embarazada’, ‘semi muerto’, o ‘semi vivo’”.5 En definitiva, ni la búsqueda de la verdad ni el bien común pueden construirse en base a necias generalidades o medias verdades. En este sentido, tal búsqueda no puede basarse en epítetos como “neoliberal” que buscan descalificar ideas sin preocuparse por el valor intrínseco y concreto de los argumentos de fondo. El neoliberalismo como táctica retórica que busca asimilar oponentes ideológicos/ filosóficos bajo un mismo paraguas, distorsiona la validez de argumentos sin atender sus fundamentos específicos. Es por eso que para aquel inclinado a usar etiquetas a la hora del debate político, el liberalismo clásico liso y llano constituye un marco más claro y coherente que el neoliberalismo, y que además cuenta con promotores explícitos. Veamos entonces que tiene que decir el liberalismo clásico sobre la búsqueda de la verdad en el debate político.

3 Harry G. Frankfurt, On Bullshit, Princeton University Press, 2005. 4 Enrique Ghersi, “El mito del neoliberalismo”, Instituto Independiente, Marzo de 2007. Dirección URL: http://independent.typepad.com/elindependent/2007/03/el_mito_del_ neo.html[Consulta: 17 marzo 2010] 5 Mario Vargas Llosa, “El liberalismo entre dos milenios”, 1998. Dirección URL:http:// espanol.groups.yahoo.com/group/Gran-Colombia/message/1397 [Consulta: 7 marzo 2010]

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¿Qué dice el liberalismo clásico sobre la verdad? Con respecto a la verdad, la esencia del liberalismo es el reconocimiento de que justamente ningún individuo posee por si sólo la verdad absoluta. Por eso, los liberales ven al mercado como un sistema de información insuperable que a través del sistema de precios ha demostrado ser mejor que un líder político o que una oficina burocrática o que una comisión de tecnócratas a la hora de brindar información adecuada y coordinar las actividades que promueven la prosperidad de las personas. Sin embargo, es igualmente central al liberalismo, aprehender que el mercado no es un medio para obtener fines específicos. El proceso de intercambio voluntario y descentralizado entre personas adultas conocido como “mercado” es para el liberal un fin en sí mismo como mecanismo fundamental de defensa de la libertad individual de las personas pero también como una especie de contrato social menos malo que todos los otros que se han probado6. En consecuencia, para el liberalismo lo más relevante es que se respete el proceso espontáneo y descentralizado que define al mercado y no tanto sus resultados concretos. En efecto, el concepto de neoliberalismo que sale de las bocas de varios líderes latinoamericanos es el de un sistema construido intencionalmente por un grupo de personas que, en su versión más burda, buscan promover el dominio de una oligarquía a costa de una mayoría que vive en la pobreza. Sin embargo, uno de los puntos centrales del liberalismo es la protección de la espontaneidad de los procesos sociales. El liberal entiende que los procesos sociales son complejos y enmarañados en dinámicas que ningún ser humano individualmente puede controlar. En consecuencia, el neoliberalismo tal cual lo explican sus detractores es intrínsecamente “iliberal” en el sentido que viola el principio de espontaneidad que promueve el liberalismo. Por ejemplo, nadie decidió el por qué en Buenos Aires se escucha tango y en Santa Marta ballenato o por qué en Santiago se comen empanadas y en Caracas arepas. El liberal ve estas costumbres con indiferencia ya que entiende que son el resultado del agregado de voluntades individuales actuando en forma descentralizada. A diferencia del liberal, el supuesto neoliberal explícitamente decide quién come empandas y quien escucha ballenato. Lo anterior es otra forma de expresar lo que el pensador escocés del siglo XVIII Adam Ferguson definió como conocimiento o instituciones resultantes de la acción

humana y no del designio humano7. Dado que los fenómenos sociales resultantes de la acción humana colectiva son inextricables (no tienen valores uniformes pasibles de medición) e impredecibles (son basados en información que literalmente no existe), la acción política que busca moldearlos es sumamente problemática. Como lo describió F. A. Hayek en “El uso del conocimiento en la sociedad”, el conocimiento que cimienta a los fenómenos resultantes de la acción humana es aquel de las “circunstancias particulares de tiempo y espacio”. De acuerdo a Hayek, en estas circunstancias, “cada individuo tiene alguna ventaja sobre el resto ya que posee información única que puede usar para su beneficio pero que puede utilizar solamente si la decisión sobre su uso se supedita a la persona o se toma con su activa cooperación”.8 Dicho de otro modo, todos podemos leer una receta de “arroz con leche” pero sólo nuestra abuela lo puede preparar bien.

El liberalismo clásico ante la visión romántica de la política De todos modos, el liberal no es indiferente a los resultados político-económicos que el mercado produce. Dentro del liberalismo hay un debate fecundo sobre qué hacer con aquellas personas menos beneficiadas por condiciones que están más allá de su control, como las disposiciones genéticas, las discapacidades innatas o simplemente la suerte y que no le permiten beneficiarse plenamente del mercado. Pero justamente debido a que la búsqueda de la verdad es tan difícil, el liberalismo busca limitar la capacidad del poder político de determinarla, bajo el entendido de que ella no se puede decretar o aprobar por mayoría simple. Ciertamente, un liberal encuentra favorable las reformas promovidas por el “Consenso de Washington” porque promueven la preponderancia del mercado sobre el estado. Sin embargo, todo liberal sabe que la prosperidad económica no se alcanza siguiendo una lista de reformas dictadas por tecnócratas e impuestas coercitiva y unilateralmente sobre la sociedad. El liberal parte de la premisa de que lo importante es lo que los individuos hacen y no lo que dicen que hacen/ harán. Así es que el liberal se alarma ante la tendencia a reclamar más intervención estatal sin detenerse en los serios problemas institucionales estructurales que existen a priori y que han marcado la experiencia de los países subdesarrollados. Fundamentalmente, los efectos nocivos que se le atribuyen al neoliberalismo en todas sus variantes son los mismos que afligen a cualquier sistema políticoinstitucional en el que un grupo de políticos tiene poder 7 Adam Ferguson, “An Essay on the History of Civil Science”, 1767. Dirección URL: http://socserv2.socsci.mcmaster.ca/~econ/ugcm/3ll3/ferguson/civil3 [Consulta: 17 marzo 2010] 8 F. A. Hayek, “The Use of Knowledge in Society”, Septiembre 1945. Dirección URL: http://www.econlib.org/library/Essays/hykKnw1.html [Consulta: 17 marzo 2010]

6 Parafraseando una frase que se le atribuye a Winston Churchill y que define a la democracia como, “el peor de los sistemas excepto todos los demás”.

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incontrolado sobre la economía local. Específicamente, la inherente predisposición rentívora (rent-seeking) y “riesgo moral” (moral hazard) que determinan el actuar de los políticos, y que se le atribuyen al neoliberalismo, no desaparecen con mayor intervención del estado sino que se amplifican. Por ende, el liberalismo desconfía de todos los políticos por igual, sean de izquierda o de derecha, porque entiende que el sistema de incentivos que imponen las instituciones democráticas sobre los políticos es conducente a excesos y perversiones. En particular, el liberal tiene una visión realista de la naturaleza humana y concluye que cualquier persona puesta bajo incentivos viciados actuará en forma viciosa. Quizás el peor incentivo que tienen los políticos—y de los más temidos por los liberales—es el uso de recursos económicos ajenos, el cual históricamente ha dado lugar a enormes despilfarros y a consecuencias negativas para los miembros más infortunados de la sociedad. Consecuentemente, el liberal es activamente pesimista sobre la capacidad de los políticos de promover objetivos abstractos, como “prosperidad nacional” o “buen vivir”, que suponen el uso forzoso y extensivo de los ingresos de los ciudadanos por parte del estado. En este contexto, es erróneo asumir que la acumulación de tareas por parte del estado no es potencialmente problemática y pretender que el único obstáculo para políticas públicas efectivas son líderes o partidos políticos específicos. La solución a los problemas sociales no reside simplemente en elegir al líder o partido político “correcto”. Así es que tiene poco sentido afirmar que las políticas estatistas intervencionistas aplicadas en el pasado fallaron porque no se aplicaron “adecuadamente” o por falta de liderazgo visionario. Además, es necesario tener en cuenta que la aplicación de políticas públicas sobre el resto de la sociedad tiene consecuencias concretas en términos de ganadores y perdedores. El crítico del neoliberalismo tácitamente sostiene que las acciones humanas, y fundamentalmente las políticas públicas, no necesariamente tienen que renunciar a un objetivo en pos de otros objetivos (lo que en inglés se llaman “trade-offs”). En estos términos, el neoliberalismo sería especialmente nefasto ya que, a diferencia de otros sistemas e instituciones, busca promover políticas que sólo benefician a una parte de la sociedad. Sin embargo, las políticas neutras en su impacto societal o que beneficien a toda la sociedad por igual o promuevan un supuesto bien común son la excepción. De hecho, lo que manifestó Adam Smith en 1775 continúa siendo atinado en 2010: “Poco más es requisito para llevar a un estado al máximo grado de opulencia desde el más bajo nivel de barbarismo que paz, impuestos bajos y una administración tolerable de justicia. Todo el resto llega a través del curso natural de las cosas.”9 9 Citado en C. Peter Timmer, “How Countries Get Rich”, Center for Global Develop-

Derechos universales y “colonialismo intelectual” Algo que une a los críticos del neoliberalismo y que los diferencia del liberalismo clásico es su visión restringida de los derechos humanos, la cual prescribe el valor de ciertas ideas de acuerdo a su origen geográfico. Contrariamente, el liberalismo es apátrida en su concepción universal de derechos humanos básicos como la vida, la libertad y la propiedad privada. Es decir, el liberalismo no cree que estos derechos se apliquen a una región geográfica (“el Norte” o el “Tercer Mundo”) y a otras no. Claramente, las instituciones que emergen en un país dado tienen su origen en determinada cultura y dinámicas históricas locales, pero ellas no alteran la validez e intemporalidad de estos derechos independientemente de su cultura, etnia o género. Dado que el liberal se toma en serio las libertades individuales de todos los seres humanos, desconfía de conceptos que otorgan cheques en blanco a estados nacionales como “política patriótica”, “interés nacional” o “soberanía económica” y que buscan imponer una visión centralizada del comportamiento humano y restringir todos o algunos de estos derechos básicos. En este sentido, acusaciones que se le estampan al neoliberalismo como “colonialismo intelectual” o “ideas del Norte”, representan para el liberal una falacia que surge de premisas desinformadas. Como fue dicho anteriormente, conceptos que incluyen al colectivo en su bienestar son imposibles de determinar por designio humano ya que resultan de la acción humana individual y descentralizada ex post. Por ejemplo, en un mundo ideal liberal, los ciudadanos serían completamente libres de elegir con quien comerciar, y en igual condiciones, con personas que se encuentran dentro de los límites territoriales de un país o con personas que se encuentran fuera de ellos. El resultado agregado de estas transacciones al cabo de un año constituiría la única muestra cabal del interés nacional con respecto al comercio. Vale decir que la universalidad del derecho a comerciar libremente se asienta en evidencia empíricamente irrefutable—que ya Adam Smith en el siglo XVIII señalara—que indica que la división del trabajo posible dentro de una economía ampliamente libre es la fuente principal de prosperidad del ser humano. Cuanto más amplio el mercado, más amplia la división del trabajo y mayor el número de productos y servicios disponibles. Tiene poca relevancia si la amplitud del mercado se basa en el comercio entre miembros de ciudades vecinas dentro de un país dado, o entre países de una misma región o entre distintos continentes. Esta concepción universal del derecho humano a comerciar libremente se aplica de igual ment Brief, Febrero 2006, página 1. Dirección URL: http://www.cgdev.org/files/6238_ file_How_Countries_Get_Rich.pdf [Consulta: 1 abril 2010]

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modo al derecho del ciudadano a cambiar sus preferencias de consumo. Si fuera lógico o necesario restringir el comercio entre países bajo la justificación de un supuesto impacto negativo sobre el mercado laboral, sería coherente restringir también el cambio de opinión de las personas con respecto a bienes y servicios y cuyo impacto en los mercados laborales es tan o más grande. La presunción de que la libertad individual de comercio es valiosa para toda la sociedad no es una necia ideología. De lo contrario, más de 100 años de intentos fallidos de controlar el ciclo económico y de promover objetivos colectivos a través del estado han demostrado que la mejor estrategia consiste en facilitar la iniciativa individual. Dos ejemplos contundentes de los últimos años así lo demuestran. En 2008 la Comisión de Crecimiento y Desarrollo del Banco Mundial liderada por dos premios Nobel en Economía (Michael Spence y Robert Solow) publicó sus resultados luego de varios millones de dólares en investigación y llegó a la siguiente conclusión: “Es difícil saber cómo una economía responderá a una política pública dada, y la respuesta correcta actual puede que no se aplique en el futuro”10. Mientras tanto, una reciente recopilación de estudios del desarrollo por parte de las luminarias académicas del tema concluyó: “Quizás hacer que el crecimiento suceda está definitivamente más allá de nuestro control”11.

10 Commission on Growth and Development, “The Growth Report. Strategies for Sustained Growth and Inclusive Development”, The International Bank for Reconstruction and Development / The World Bank, 2008, página 29. Dirección URL: http://cgd. s3.amazonaws.com/GrowthReportComplete.pdf [Consulta: 10 marzo 2010] 11 Abhijit Vinayak Banerjee, “Big Answers for Big Questions: The Presumption of Growth Policy” en Jessica Cohen y William Easterly (editores), What Works in Development? Thinking Big and Thinking Small, Brookings Institution Press, 2009, página 219.

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Reflexiones finales En el mundo del siglo XXI el conocimiento se encuentra disperso y en niveles de complejidad jamás experimentados. Gracias a nuevas tecnologías e innovaciones cada ser humano tiene acceso y capacidad de procesar información como nunca en la historia de la humanidad. No obstante, la cantidad y la calidad de las ideas políticas no han variado radicalmente en los últimos dos siglos. La caída del Muro de Berlín hizo dejar de lado la versión más extrema de ideas añejas que proponen restringir la libertad individual de las personas en pos de objetivos colectivos. Empero, en América Latina muchas de estas ideas restrictivas de la libertad han recobrado en la actualidad un nuevo impulso. Lamentablemente, el viejo debate entre ideas que promueven la libertad e ideas que la restringen en nombre de otros valores ha perdido claridad debido a la aparición de conceptos que lo enturbian y previenen su dilucidación. Fundamentalmente, el uso del término “neoliberalismo” ha rebajado el debate político a una reyerta de epítetos con graves consecuencias para la delicada búsqueda de la verdad. He ahí la razón por la cual es necesario que el neoliberalismo expire como elemento constitutivo del debate político. El neoliberalismo es inconducente al diálogo político efectivo porque pretende sustituir o confundir un grupo de ideas filosóficas que existen hace más de 200 años (liberalismo) con políticas relativamente recientes que en muchos casos son “iliberales”. Por eso, quienes aspiran a un debate relevante de ideas debieran prescindir del neoliberalismo como herramienta de persuasión. En definitiva, la presencia del concepto neoliberalismo en el debate político sólo sirve para confirmar los argumentos liberales sobre el sombrío rol del estado y los políticos en la búsqueda de la verdad.


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Diego Quiroga

PHD. Vice-presidente Asuntos Externos y Estudiantiles / Profesor de Antropología/ USFQ dquiroga@usfq.edu.ec

El relojero ciego y su mano invisible

…. Es un proceso de desencantamiento de la naturaleza que elimina la fuerza de los espíritus, de Dios y de otros entes no materiales como causas y explicaciones válidas y necesarias.

Este ensayo explora las similitudes y diferencias que existen tanto entre la teoría de la evolución darwiniana y la de los mercados capitalistas, como entre los sistemas biológicos y la realidad de las economías de mercado. Los dos sistemas tienen mecanismos que les permiten auto-organizarse, crecer y tener un cierto orden que aunque inestable y dinámico es eficiente y resiliente. Esta capacidad está dada por la existencia de procesos similares en los dos sistemas que permiten que estos funcionen de manera autónoma, sin la necesidad de entes reguladores, y que se generen diseños únicos, creativos y eficientes sin la necesidad de un diseñador. Estos mecanismos se basan en primer lugar en la capacidad de generar diversidad, y de la existencia de procesos de selección de tal manera que de esta diversidad de formas, las más aptas para un medio ambiente específico se adaptan y sobreviven, mientras que las menos aptas desaparecen. Estos mecanismos que poseen los dos sistemas son la clave de su éxito, los elementos críticos que les permiten prosperar y diversificarse en un entorno cambiante e impredecible. Se examinan ciertos ejemplos en el caso de la evolución biológica, así como en el de las islas oceánicas, y la manera en la cual estos ejemplos, que provienen del estudio de la evolución de las especies y la biodiversidad, nos proporcionan modelos que nos ayudan a entender el sistema de la economía capitalista moderna. 92


Charles Darwin ha sido considerado uno de los pensadores más importantes de la época moderna, y a pesar que rara vez se lo asocia con temas de economía y empresa existen muchas conexiones entre su pensamiento y las ideas de los economistas liberales. En este ensayo exploraré el paralelismo entre la biología darwiniana y el pensamiento liberal pero también entre la realidad del sistema de los sistemas económicos basados en el libre mercado y los ecosistemas naturales. El darwinismo y su idea de la selección natural constituyen uno de los núcleos conceptuales centrales de una red de ideas y teorías, cuya construcción se inicia con la Edad Moderna y en el siglo XV con pensadores como Bacón y Descartes. Este proceso consiste en la secularización del entendimiento del mundo físico y biológico y la imposición de una visión mecanicista que considera que la naturaleza puede ser explicada utilizando la razón y la lógica, la física, la química, la biología, la estadística y la genética. Es un proceso de desencantamiento de la naturaleza que elimina la fuerza de los espíritus, de Dios y de otros entes no materiales como causas y explicaciones válidas y necesarias. Darwin es en cierta manera el pensador que culmina este proceso al convertir la vida en general, y lo que en su momento fue una gran herejía, al ser humano en particular, en productos de fuerzas naturales y seculares. Darwin desarrolla un sistema conceptual científico y secular para explicar el origen de las especies y del ser humano.

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La visión darwiniana desciende de ideas y avances producidos por grandes pensadores ubicados en otras áreas del conocimiento. Algunos de estos pensadores que influyeron en Darwin como es el caso de Charles Lyell y Jean Baptiste Lamarck, estaban interesados en explicar la evolución natural y biológica, mientras que otros, como Adam Smith y Thomas Malthus intentaban entender los procesos del mundo social y económico. Lyell le ayudó a Darwin a entender la gran cantidad de tiempo que requieren los cambios geológicos en la tierra, mientras que la lectura de Malthus jugó un papel crítico en sus ideas sobre los procesos que llevan a la selección natural. En su libro The Principle of Population, escrito en 1798, Malthus mantiene que la población humana de no ser controlada crecerá a un ritmo geométrico, mientras que la subsistencia crece a un ritmo aritmético. Cuando en 1838 Darwin leyó a Malthus se dio cuenta que algo similar debe estar ocurriendo en el caso de otros seres vivos. Comprendió que esta tensión entre recursos y población conduce a que sean solamente los más aptos los que sobrevivan. La productividad de la vida lleva a que siempre nazcan más individuos de los que pueden sobrevivir, la selección natural es el mecanismo por el cual la naturaleza escoge a los más aptos. Darwin describe un sistema eficiente pero bastante despiadado, pues el costo de está mayor eficiencia de las formas es que en el proceso muchos de los individuos menos eficientes desaparecerán.


Todos estos tristes ejemplos, muchos de los cuales han resultado en extinciones, nos permiten entender la manera en la cual especies más avanzadas y agresivas eliminan a las locales. Se puede decir que algo similar ocurre en el caso de las empresas, cuando existen ambientes muy protegidos y aislados la falta de competencia, genera firmas y personas poco competitivas que no pueden competir, y pierden ante los grupos externos.

Este mecanismo de selección natural, se basa en la generación de diversidad pues es la diversidad que garantiza que existan formas diversas entre las cuales se puede seleccionar las más aptas. Lleva al sistema a buscar espacios y oportunidades, un proceso que ha sido denominado radiación adaptativa por medio del cual las especies cambian y se transforman para adaptarse y aprovechar nuevas oportunidades. Al final de su viaje en el M.S. Beagle alrededor del mundo y después de haber visitado Galápagos en Septiembre y Octubre de 1835, Darwin empieza a dudar de unos de los dogmas más importantes de la biología de ese momento, la imposibilidad de la transmutación de las especies. Este dogma que se surgía de la doctrina religiosa se basaba en el principio de que las especies son creadas por Dios y que no cambian. Años más tarde de haber regresado a Inglaterra, Darwin inició la preparación de su escrito sobre la selección natural basándose en las notas y los manuscritos hechos durante, e inmediatamente después, de su viaje. Sus lecturas de los escritos de Malthus y otros autores le llevan a pensar en los procesos de competencia y la importancia de la eficiencia de las formas en la naturaleza. Es en este momento que la importancia de lo que vio en Galápagos se vuelve crítico. Inicia su análisis de la radiación adaptativa de los pinzones, tortugas, cucubes y otros animales que descienden de un ancestro común y luego se diversifican y adaptan a distintas condiciones por medio del proceso de la selección natural. Además de los procesos de radiación adaptativa que se pueden observar en las islas Oceánicas como las Galápagos, estas islas nos permiten observar otros procesos como el efecto de la introducción de especies. Las especies en estas islas generalmente distantes de las masas continentales, no han evolucionado bajo la constante amenaza de depredadores agresivos, lo cual les hace vulnerables a especies introducidas. Un sinnúmero de ejemplos existen del proceso por el cual un depredador elimina a las especies endémicas y nativas en estas islas. Esta es una de las razones por las cuales, si consideramos las extinciones en relación a su área, el mayor número han ocurrido en las islas oceánicas. Tal es el caso de los marsupiales australianos que se han introducido en islas del Pacifico destruyendo la fauna local, o como la introducción de los gatos en muchas islas donde acaban con las aves existentes, o el caso de los chivos y los cerdos en Galápagos y muchas otras islas, y de las culebras arbóreas, que depredaron a las aves nativas de Guam. Todos estos tristes ejemplos, muchos de los cuales han resultado en extinciones, nos permiten entender la manera en la cual especies más avanzadas y agresivas eliminan a las locales. Se puede decir que algo similar ocurre en el caso de las empresas, cuando existen ambientes muy protegidos y aislados la falta de competencia genera firmas y personas poco competitivas que no pueden competir, y pierden ante los grupos externos. Este es quizás uno de los problemas más serios de las políticas proteccionistas, que generan islas de aparente, pero fal-

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sa, eficiencia y crecimiento. Empresas protegidas durante mucho tiempo por tarifas e impuestos no podrán a la larga sobrevivir cuando se enfrenten con competidores externos. Malthus no era el único pensador de las ciencias sociales de esa época que inspiró a Darwin. Darwin leyó los ensayos de Duglad Stewarts, sobre la vida y los escritos de Adam Smith, así como a otros pensadores liberales. Aunque muchos de estos filósofos como Adam Smith no compartían con Darwin una visión secular del mundo, sus pensamientos fueron importantes en generar una conceptualización de la naturaleza mecánica, atomizada y lineal, pilares de nuestro entender de los procesos sociales y naturales y que llevaron eventualmente a la conformación del paradigma darwiniano. Más allá de la importancia de las ideas y valores de los pensadores liberales y su influencia en las perspicaces y controversiales ideas de Darwin, es la realidad económica y social en la cual él vivía la que influye en su particular manera de mirar la realidad natural. Algunas personas han cuestionado la predilección de Darwin por las ideas de laissez faire, y por la economía liberal, sin embargo, en una carta que Richard Weikart ha rescatado en la cual Darwin responde a un ensayo enviado a él por un profesor de leyes en Zurich, el Dr. Heinrich Pick, queda clara la defensa de Darwin a la competencia como base también de los sistemas sociales. I much wish that you would sometimes take occasion to discuss an allied point, if it holds good on the continent,—namely the rule insisted on by all our Trades-Unions, that all workmen,—the good and bad, the strong and weak,—should all work for the same number of hours and receive the same wages. The unions are also opposed to piece-work,—in short to all competition. I fear that Cooperative Societies, which many look at as the main hope for the future, likewise exclude competition. This seems to me a great evil for the future progress of mankind. — Nevertheless under any system, temperate and frugal workmen will have an advantage and leave more offspring than the drunken and reckless.— With my best thanks for the interest which I have received from your Essay, and with my respect, I remain, Dear Sir Yours faithfully Ch. Darwin Este y otros escritos como sus comentarios en su libro The Descent of Man, indican claramente la preferencia de Darwin por la economía liberal. Las ideas de Darwin han sido injustamente criticadas por algunas desafortunadas asociaciones que han existido durante los años. Es de esta manera que el paradigma darwiniano ha derivado en ciertas hipótesis cuestionadas y cuestionables, que al ser aplicado a la sociedad humana

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condujo a que algunos autores hayan llegado conclusiones racistas. Ciertos contemporáneos y seguidores de Darwin trataron de explicar la dominación de los europeos, sobre el resto del mundo, utilizando de manera inadecuada sus ideas. Al no existir una diferenciación conceptual entre procesos culturales y biológicos en esa época, el argumento que algunos hacían es que la superioridad tecnológica y bélica de los Europeos y particularmente de los ingleses era el resultado de su superioridad racial y biológica. Era una época en la cual se consideraba que el cráneo de las personas blancas demostraba rasgos de superioridad intelectual. Cesare Lombroso, un médico italiano argumentaba que los criminales eran una especie de simios, y se consideraban que los Africanos estaban más cerca de los simios que de los otros seres humanos. Esta visión de la evolución es en muchas formas contraria a la visión del mismo Darwin y se la asocia más bien a sus seguidores, gente como Herbert Spencer, quien fue el primero en usar el término fitness para referirse a personas que son más aptas, y el controversial sobrino de Darwin, Francis Galton quien hablaba de lo imprudente que es cuidar a los enfermos crónicos, inválidos y débiles y permitir que tengan descendencia pues se reproducen sus caracteres deficientes. Algunas de estas ideas llevaron a la eugenesia quienes consideraban que las sociedades europeas tenían que asegurarse que se mantenga la superioridad racial de los blancos. En los últimos siglos uno de los debates más importantes en las ciencias que estudian el comportamiento humano ha girado en torno a la existencia o no de una naturaleza humana. La relación entre la naturaleza humana y el sistema en el cual vivimos o deberíamos vivir ha sido la fuente de estudios y reflexiones durante siglos. Básicamente se puede decir que hay dos corrientes intelectuales que analizan el tema. Para unos, nuestros comportamientos se derivan en gran medida de ciertas tendencias heredadas y que están determinados por nuestras características y genéticas. Para otros, nuestros comportamientos son el resultado del aprendizaje, somos una tabula rasa que necesita ser llenada con información, el medio social y cultural en el cual crecemos determinan en gran medida nuestro comportamiento. En el primer campo, existe una tradición moderna importante que mantiene que el ser humano es de naturaleza egoísta, en esta tradición se unen muchos darwinistas que proponen que el egoísmo es una característica de todas las especies pues garantiza su reproducción. Vemos en esta tradición pensadores como Thomas Hobbes y otros, quienes consideran que para controlar el egoísmo y la lucha entre los individuos se han creado instituciones de gobierno y el mismo estado. Es un mito, sin embargo el que las ideas de los pensadores liberales seguían la tradición Hobbesiana, ya Friedrich Hayek menciona la falacia de pensar que la sociedad primitiva era una constante lucha entre individuos. Adam


La idea de laissez-faire ha sido tomada por Smith de manera que los individuos cuando son libres de expresar sus sentimientos crean sociedades productivas y justas … Smith menciona la importancia de la diversidad de las personas, la cual él considera que se relaciona a la división del trabajo y la riqueza de las naciones (pg 22). Esta diversidad crea la necesidad del intercambio y el comercio y la mayor eficiencia productiva. Para Darwin también la diversidad es esencial para generar eficiencias.

…Una de estas diferencias, entre los mercados abiertos y los sistemas biológicos, tiene que ver con la velocidad del cambio, siendo la de la evolución del orden social mucho más acelerada que en el caso de la evolución biológica. La información, en el caso del mundo biológico se transmite por medio de los genes que son relativamente estables, mientras que la información en el caso del mundo social se transmite en ideas y conceptos.

Smith, quien no compartía con Hobbes la idea de que el ser humano está dominado únicamente por sentimientos egoístas, escribe en su obra The Theory of Moral Sentiments, que la naturaleza humana tiene tanto aspectos negativos como positivos y que parte de nuestra naturaleza, que para él era resultado de un orden impuesto por Dios, era nuestra tendencia para actuar de una manera moral. Una de nuestras tendencias morales, mantenía Smith, era la de sentir empatía por otros, que se deriva de una tendencia innata de identificarnos con los sentimientos de las demás personas. Estas características naturales y morales del ser humano significan que el ser humano dejado en libertad llevará a la creación de una sociedad justa y libre. Smith mantiene que existen sentimientos naturales de los cuales se derivan los sentimientos morales. Estas pasiones y sentimientos pueden ser positivos o negativos. La sociedad libre permite la expresión de muchos de estos sentimientos y los convierte en una fuerza emergente y creadora de prosperidad. La idea de laissez-faire, que ya era parte del vocabulario occidental, ha sido tomada por Smith de manera que los individuos cuando son libres de expresar sus sentimientos crean sociedades productivas y justas. En el libro La Riqueza de las Naciones, Smith menciona la importancia de la diversidad de las personas, la cual él considera que se relaciona a la división del trabajo y la riqueza de las naciones (pg 22). Esta diversidad crea la necesidad del intercambio y el comercio y la mayor eficiencia productiva. Para Darwin también la diversidad es esencial para generar eficiencias. El sistema social y económico en el cual Darwin vivía, se caracterizaba tanto por su eficiencia como por su desinterés por el bienestar de las personas. Para muchos de los pensadores liberales, la aparente falta de interés por el bienestar de las personas que conlleva el sistema, se compensa con el bienestar general que este genera. Constantemente en su obra maestra El Origen de las Especies, Darwin utiliza el concepto de “la economía de las especies” para referirse a la manera en la cual la evolución genera ciertas eficiencias que son similares a las eficiencias que genera cualquier sistema económico competitivo. Estas eficiencias se basan en la desaparición de los individuos menos aptos por medio del mecanismo devastador de selección natural. Una de las grandes diferencias entre Smith y Darwin tiene que ver con el hecho de que Smith tenía en el fondo la idea de que el orden del universo estaba generado por Dios mientras que Darwin toma el siguiente paso y concibe ya un orden sin Dios. Smith, como muchos deístas, concebía un Dios utilitario que maximiza la felicidad de los seres humanos. Para Adam Smith existía un Dios ordenador quien había otorgado a la gente la motivación para actuar de la manera adecuada. El sentido de justicia y el de orden era establecido en la naturaleza humana como por Dios. La naturaleza para Smith consistía en una totalidad

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de impulsos y de instintos que anima a los miembros de la sociedad. Lo mejor es que se permita que estas fuerzas se manifiesten, pues los problemas que la libre manifestación de estas fuerzas pueda acarrear serán más que compensadas por los éxitos generales del sistema, generando de esta manera la felicidad mayor posible. A pesar de la similitud entre el sistema social y económico que se basa en los mercados abiertos y los sistemas biológicos, existen importantes diferencias entre estos dos sistemas. Una de estas diferencias tiene que ver con la velocidad del cambio, siendo la de la evolución del orden social mucho más acelerada que en el caso de la evolución biológica. La información, en el caso del mundo biológico se transmite por medio de los genes que son relativamente estables, mientras que la información en el caso del mundo social se transmite en ideas y conceptos. Nuestras ideas, estructuras de sentimientos y esquemas cognitivos y perceptivos cambian y mutan con mayor facilidad y conforme incorporamos nuevas experiencias. Es esta flexibilidad que convierte a nuestro sistema ideológico y cultural en un sistema dinámico y cambiante. La velocidad del cambio, en los sistemas sociales, como es el caso del sistema económico, es mucho más rápida que la de los sistemas biológicos, siempre y cuando estemos hablando de la evolución biológica en animales complejos como los seres humanos, pues en el caso de bacterias y otros seres similares la evolución microbiológica puede ser también muy acelerada. Otra diferencia entre los dos sistemas consiste en la existencia de una gran capacidad reflexiva del ser humano que aumenta el nivel de complejidad y hace que los procesos y la evolución social sean, a la misma vez, menos predecibles pero más dirigidos. Una de las grandes diferencias es que en el caso de la evolución natural esta sigue procesos ciegos y sin dirección, de allí sale el principio darwiniano de que estos procesos no son teleológicos. En cambio, en el caso de la evolución cultural, uno podría argumentar que la capacidad reflexiva del ser humano se presta más para que la evolución cultural se acerque más al lamarckismo. A pesar de que en el caso de la evolución cultural se puede hablar de procesos más dirigidos, no se puede caer en el error que cometieron algunos pensadores marxistas de que se puede, en base a la aplicación de leyes conocer el destino final de la sociedad. Los procesos generativos y auto-organizativos son en los dos casos altamente impredecibles y adaptativos a las variables condiciones del entorno. El pensar y discernir en el caso de los humanos hace que nuestros sistemas sociales sean complejos y dinámicos. Hayek fue más allá y desarrolló el concepto de orden espontáneo el cual describe la evolución de las instituciones del mercado, del lenguaje, y del derecho como el resultado de un proceso evolutivo que no es fruto del diseño racional sino más bien de la acción humana mediante prueba y error. En éste sentido el mercado no tiene fines per se.

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A pesar de estas y otras importantes diferencias, los dos tipos de sistemas comparten muchas características. Existen varias formas por las cuales el sistema de la economía capitalista y el sistema natural descrito por Darwin son similares. La más importante es que en los dos existe un mecanismo que posibilita la generación de un cierto orden en base a la competencia y otro mecanismo que permita la selección de las formas más aptas. Este proceso permite que sin que exista un ente regulador y organizador se creen un orden, unas eficiencias y crecimiento. El orden espontáneo es el resultado de procesos de selección constante de las formas más aptas y apropiadas. Por medio de la generación de diversidad, tanto el capitalismo como la biodiversidad logran establecer formas que de alguna manera son aptas para ocupar espacios y nichos abiertos. La creatividad evolutiva se basa en el hecho de que hay una constante generación de formas en el caso de los organismos vivientes esto se debe a procesos como la creación de las mutaciones, la hibridación, el deriva genética, efecto fundador etc., en el caso del capitalismo el motor es el espíritu empresarial y la creatividad humana. Es esta libertad que poseen los sistemas para generar variedad y para errar y fallar, para producir formas que no prosperaran, lo que permite la eficacia. La variedad de formas y el efecto seleccionador de un proceso de competencia generan la organización del sistema. Permite la existencia de una organización emergente, flexible y dinámica. En el caso del sistema capitalista, la diversidad de empresas y de emprendimientos, la selección de las empresas más aptas y productivas por medio del sistema de competencia, hace que al igual que en el mundo natural se produzcan eficiencias y un sistema productivo y generado del bienestar, del buen vivir, para todos los individuos. Al igual que en el caso del mundo biológico, existe en el mundo social una constante tensión entre la competencia y la cooperación. Para los biólogos darvinianos, igual que para muchos economistas liberales, la competencia es en general la fuerza motriz del sistema. La competencia genera formas nuevas y una eficiencia incomparable. Antes de Darwin se decía que la naturaleza es una máquina perfectamente sincronizada, como un reloj, que su misma existencia solamente podía ser explicada si suponíamos la existencia de un relojero, que vendría a ser Dios. Sin embargo la gran contribución de Darwin fue la de proponer la existencia de un mecanismo que nos permita entender la evolución de las formas y los sistemas más complejos y funcionales sin la necesidad de que exista este supuesto creador. Para los pensadores liberales posteriores como Hayek, la mano invisible sería igual a lo que Darwin, y otros darwinianos como Richard Dawkins, denominan el relojero ciego. Una manera que tiene el sistema capitalista de autoregularse por medio de mecanismos endógenos. En cierta forma los dos grupos de pensadores, los biólogos darwinianos y los pensadores liberales, se refieren a procesos


…. existe en el mundo social una constante tensión entre la competencia y la cooperación …. la competencia es en general la fuerza motriz del sistema, genera formas nuevas y una eficiencia incomparable.

similares en los cuales no es necesario la organización de ninguna fuerza externa, ni sobrenatural ni humana, pues los sistemas económicos y biológicos tienen propiedades emergentes que conducen a que los individuos se autoorganicen. Se puede decir que Darwin pensó que había una mano invisible que guiaba los procesos evolutivos, pero esta mano pertenecía a un relojero ciego que era la misma naturaleza. Al igual que en la economía, estos mecanismos que son parte fundamental de los sistemas emergentes constituyen una mano invisible que permiten la creación de un diseño sin un diseñador. Otra similitud entre los dos sistemas tiene que ver con los momentos de creatividad que generan las crisis más duras y difíciles. Las extinciones masivas, al igual que ocurre con los colapsos de los mercados e incluso las guerras, fueron también momentos en los cuales se genera una gran capacidad adaptativa de la vida en general, nuevas formas surgen y emergen, el costo, sin embargo es enorme. Las cinco grandes extinciones significaron la desaparición de enormes cantidades de especies. Algunas de estas, como la del final del Cretáceo hace unos 65 millones de años, significaron la extinción de más del 70% de las especies, incluyendo a los dinosaurios. De la misma manera en la economía las grandes depresiones, e incluso las guerras como la Segunda Guerra Mundial, fueron seguidas por períodos de gran crecimiento, inventiva e innovación. Los costos, sin embargo son, muchas veces, tan altos que no justifican en el caso de las sociedad humana los avances que de estas crisis resultan.

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Conclusión Podemos ver que Darwin nos ha legado un paradigma que propone la posibilidad de generar orden sin que exista un ente regulador. Al proponer la irrelevancia de un creador, Darwin ha determinado la existencia de un diseño y la posibilidad de que este diseño no tenga un diseñador. En el caso del sistema capitalista los pensadores liberales, desde Smith a hasta los economistas modernos, proponen algo similar, un sistema que no requiere de un estado ordenador sino que consiste de mecanismos que permiten que emerja un cierto orden inestable y dinámico, eficiente pero tenso y demandante. Este mecanismo en el caso de las empresas es la creatividad empresarial acompañada por la quiebra de las empresas poco eficientes y el éxito de las eficientes, mientras que en el caso de las especies es la creación de variación por medio más que nada de mutaciones y la extinción de las formas menos aptas por medio del proceso de selección natural. Cada individuo con sus predisposiciones innatas y aprendidas es impulsado a maximizar sus ganancias, y a minimizar sus pérdidas, a ser eficiente. La capacidad de la vida de utilizar y florecer nuevos nichos, de maneras no previstas ni planificadas, se basa en esta capacidad de los sistemas de crear diversidad y generar nuevas formas entre las cuales la naturaleza escoge las más eficientes. Al igual que en los sistemas biológicos, el capitalismo se basa en la posibilidad y la libertad de generar diversidad de formas y de garantizar la competencia entre dichas formas, de tal manera que la selección de las formas más aptas genera a la larga la eficiencia general del sistema y gran productividad. Un orden que aunque inestable y dinámico le permite, tanto a los sistemas naturales como sociales que siguen estas normas, adaptarse a los más diversos e impredecibles retos y cambios del ambiente en el cual se desarrollan.

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Felipe Ribadeneira

Ph.D. en Filosofía del New School of Social Research fribadeneira@gmail.com

Apuntes kantianos sobre el futuro del liberalismo “El odio a la ley, al derecho determinado por la ley, es el shibboleth [del hebreo, espiga de trigo que, usada como prendedor, identifica] por el que se les reconoce clara e infaliblemente por lo que son al fanatismo, la torpeza, y la hipocresía de las buenas intenciones, disimúlense como se disimulen” (Hegel)

… el liberalismo en esencia consiste en someter a los gobernantes al imperio de la ley. Ese es el sentido de la diferencia, políticamente abismal, entre imperar la ley e imperar los hombres. Como dice Kant, se trata de promover una “constitución en la que la ley misma mande y no dependa de ninguna persona en particular”.

El ensayo contiene la respuesta que los textos de Immanuel Kant (1724-1804) dan a la pregunta sobre el futuro del liberalismo. La pregunta es de mucha relevancia política actual, ya que varios países iberoamericanos, incluyendo el Ecuador, están dominados por caudillos que controlan todos los poderes estatales y que actúan, cuando les conviene, por fuera de la ley, mientras que esencialmente el liberalismo consiste, como se verá en el ensayo, en el sometimiento del gobernante a la ley. Asimismo, Kant sigue siendo muy relevante, por lo menos como referencia necesaria para la filosofía en general, y por supuesto también para la filosofía política. Las preguntas principales que abordaremos son: ¿Perdurará la modernidad política, es decir, perdurará la vigencia del arduo imperativo progresista, que no es exclusivamente liberal, de cambiar el presente con miras al futuro? ¿Hay alguna diferencia entre la libertad liberal y la libertaria? ¿Cuál es el diagnóstico ético-político del gobierno de la “revolución ciudadana”? ¿Qué es en esencia el Estado de Derecho y por qué es el único Estado libre? ¿Es la providencia, según la Crítica de la Razón Pura, una ilusión de la razón ilimitada? ¿Puede la esperanza ser racional, hay según la razón un bien supremo en el mundo, y es un deber moral promoverlo? O en otras palabras, ¿cómo es el futuro para el liberalismo? ¿Habrá progreso moral y podrá la razón reflejarse mejor en el espejo del mundo? O en otras palabras, ¿tiene futuro el liberalismo? 100


Orientación preliminar a la teoría del liberalismo En política más que en cualquier campo lingüístico, la semántica es endiablada. Un ejemplo: la República Democrática Alemana era la oriental, que no la occidental. El liberalismo no se escapa. Hay dudas sobre el origen del uso político de “liberal”; comienza a fines del XVIII o principios del XIX, según algunos en España, según Corominas en Francia, pero curiosamente no en Inglaterra donde la cosa, no la palabra, comenzó hace ya cuatro siglos. Entre los usos actuales, cuando hablamos de la democracia liberal nos referimos a la democracia conjugada con otra cosa que sigue una lógica totalmente diferente a la democrática, y que es el liberalismo político. En este ensayo, siguiendo a Sartori, definiré y daré la mayor importancia política a ese liberalismo.

volver a examinarla teóricamente es de la mayor relevancia ya que entre nosotros siempre ha sido débil y superficial, y hoy vuelve a estar amenazada y vuelven a dominar los dictadores y semi-dictadores de toda la vida. Pero privilegiar como Sartori el significado que damos al liberalismo cuando decimos democracia liberal tiene la desventaja —tal vez inevitable con todo término político— de la confusión ya que también llamamos liberales a partidos, movimientos, políticas y teorías que usualmente oponemos a otros que normalmente no pensamos que son liberales pero que en el sentido de Sartori pueden serlo. Así por ejemplo, resulta inusual afirmar que partidos como el PSOE y el PP de España sean liberales (y lo son en el sentido de Sartori), o que lo sean el Partido Demócrata y el Republicano de los Estados Unidos (aunque a este último le gusta jugar con fuego).

Locke fue su primer exponente. Otros nombres famosos son Blackstone, Montesquieu, Madison, y Constant. Kant fue el más eminente entre los liberales alemanes. Ninguno de ellos fue teórico del laissez-faire económico. “Lo que tenían en mente los fundadores del constitucionalismo liberal, en relación al proceso legislativo, era introducir el imperio de la ley en el Estado mismo, esto es, como dice McIlwain, extender la esfera de la iurisdictio al ámbito del gubernaculum”1. En otras palabras, el liberalismo en esencia consiste en someter a los gobernantes al imperio de la ley. Ese es el sentido de la diferencia, políticamente abismal, entre imperar la ley e imperar los hombres. Como dice Kant, se trata de promover una “constitución en la que la ley misma mande y no dependa de ninguna persona en particular”2.

Los enemigos del liberalismo suelen repetir hasta el cansancio aquello de que, según este, los pobres tienen completa libertad de ir a morir bajo los puentes. Eso no es aplicable a lo que en este ensayo hemos llamado liberalismo y que resuelve exclusivamente el problema de la libertad política, o sea el del sometimiento de las personas a la ley positiva y la coacción estatal. Del liberalismo así entendido no se sigue el libertarianismo, que parte de una concepción diferente del hombre y de su relación con la comunidad que la del liberalismo, y que defiende un Estado mínimo cuya única función es tener el monopolio de la fuerza para la seguridad interna y externa. Robert Nozick es importante para esa discusión, porque en sus escritos posteriores él mismo ataca el argumento libertario suyo de Anarchy, State and Utopia. Sartori aclara el punto:

La perspectiva de Sartori me parece buena, primero porque de ese liberalismo se sigue la posibilidad de tener las otras libertades (las así llamadas libertades positivas), así como también equilibrios más equitativos (digo más equitativos porque, como es bien sabido, la igualdad absoluta es absolutamente tiránica). La justicia social sólo es posible cuando hay justicia a secas. Este liberalismo es entonces valioso en sí mismo y es además condición necesaria para lograr otras cosas que también valoramos políticamente hoy. Segundo, la perspectiva es oportuna, porque mientras en los Estados Unidos y Europa Occidental, mas no en la Oriental, la democracia liberal causa en muchos de los espíritus más despiertos irremediable decepción, y volver teóricamente sobre ella resulta anacrónico, aburrido, y aun irrelevante ya que su éxito hizo que el problema que resuelve desapareciera —el liberalismo es paradójico porque cuando existe es invisible: es una realidad negativa como la libertad que ofrece— en Iberoamérica por el contrario

“Si bien el Estado constitucional nació como un Estado mínimo organizado para defender una libertad del gobierno que expresaba una desconfianza fundamental del poder, no debemos por esa razón poner el tamaño del Estado liberal delante de su estructura, esto es, una característica contingente por delante de lo esencial. Por más que el Estado constitucional haya sido concebido como un Estado que haga poco, […] esto no previene que se convierta, si es necesario, en un Estado que […] haga mucho, con esta condición esencial: que mientras más deja de ser un Estado mínimo, más importante es que se mantenga como un Estado constitucional”3.

1 Sartori, The Theory of Democracy Revisited, pp. 323-324,. Casi todas las citas de este ensayo han requerido traducción al español, y todas las traducciones son mías, excepto en los lugares indicados. 2 Kant, Metafísica de las Costumbres, 6:341.

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¿Y qué decir del neoliberalismo de la larga noche? En el Ecuador por lo menos es un vulgar red herring, un artefacto usado ideológica y propagandísticamente para impedir el análisis objetivo de las políticas de económicas y la evaluación de sus verdaderas consecuencias por parte de una 3 Sartori, op. cit., p. 381


… tengo la impresión que Europa más que los Estados Unidos está agotada de tanto futuro, de tanto hybris, y que se ha convencido que la modernidad ha traído pocas cosas buenas y mucha infelicidad y malestar, cuando no atropellos, crímenes y catástrofes.

“Al estar inevitablemente lado a lado con todos los demás, tú debes dejar el estado de la naturaleza y proceder conjuntamente con ellos al Estado de derecho” (Kant).

… ¿tiene futuro el liberalismo? Según Kant, sí, ya lo veremos. Yo más bien pienso que en Iberoamérica la tradición es tan débil y hay tan pocos liberales —es una disidencia minoritaria de la minoritaria élite— que el liberalismo tiene muy poca raíz de dónde crecer y florecer…

izquierda que no es liberal en lo económico, ya que cree en un excesivo control central de la economía, y menos en lo político, ya que es dictatorial. El tema del ensayo es el futuro del liberalismo. Como ya sugerí, es del máximo interés político hoy darle tratamiento filosófico al tema. Esto no quiere decir que yo piense que la filosofía tiene influencia en el quehacer político ecuatoriano. Diría que no tiene ninguna, si no fuera por el inquietante hecho de que precisamente el gobierno de Correa, más que ninguno otro, está conformado por académicos, profesores, etc. ¿Cabe entonces la sospecha que la filosofía tiene alguna responsabilidad por lo que sucede (no que quienes gobiernan sean filósofos, pero se ve que han merodeado por las afueras de las ciudades-en-el-cielo de la filosofía, especialmente por la de Marx) y por lo tanto que algo de influencia ha tenido? No lo sé. Este ensayo no plantea y por lo tanto no valida ninguna hipótesis. He intentado más bien utilizar la filosofía de Immanuel Kant (1724-1804) para iluminar algunos de los aspectos del liberalismo y su futuro, y viceversa, he utilizado el tema para intentar un bosquejo de la filosofía kantiana. ¿Por qué Kant? Por la razón insustancial de que conozco bien su obra, y la sustancial de que esta es una de las principales y más profundas vertientes filosóficas de la teoría y la práctica ético-política del liberalismo. Y sigue vigente: Rawls en los Estados Unidos y Habermas en Alemania son dos de sus descendientes más recientes. Mas como se verá, no propongo volver a Kant porque esté de acuerdo con todo lo que dice. Además los filósofos nunca hemos vuelto a los textos creyendo que ahí está inscrita la verdad, sino como ocasión especialmente buena y condición necesaria para pensar de nuevo (sólo al pensamiento revolucionario más bárbaro y aterrador se le ocurre eso del borra y va de nuevo). Espero que del mismo modo se aproxime el lector a este ensayo, que si no he fracasado, le servirá para pensar por su cuenta. ¡Sapere aude! (atrévete a pensar) es, precisamente, el lema que Kant dio a la Ilustración. Así como no propongo hipótesis en esta introducción, omitiré también las conclusión al fin del ensayo. No tengo demasiadas certezas: tal vez sea cuestión de los tiempos. Pero —querrá saber el lector— ¿tiene futuro el liberalismo? Según Kant, sí, ya lo veremos. Yo más bien pienso que en Iberoamérica la tradición es tan débil y hay tan pocos liberales —es una disidencia minoritaria de la minoritaria élite— que el liberalismo tiene muy poca raíz de dónde crecer y florecer. Es en nuestra cultura planta tan débil como es aguda la falta que nos hace. Finalmente, tal vez le interese al lector esta nota bibliográfica: Lo que podríamos llamar la teoría del liberalismo de Kant reside principalmente en la Crítica de la Razón Práctica, que da el fundamento de la moralidad (en mi opinión el Grundlegung zur Metaphysik der Sitten, que ocupa el mismo

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lugar en el sistema y trata del mismo tema que la “Analítica” de la Crítica de la Razón Práctica, debería llamarse en español el Fundamento de la Metafísica de las Costumbres, pero por razones que desconozco la fea y hasta incorrecta fundamentación se ha convertido en la traducción aceptada de Grundlegung); en la doctrina del derecho que es parte de la Metafísica de las Costumbres y que da el contenido o edifica sobre el fundamento formal de la moralidad; y en la filosofía de la historia, que está desperdigada por varios textos de la gigantesca obra de Kant.

El futuro, el estoico y el moderno Al preguntar sobre el futuro del liberalismo nos preguntamos sobre el futuro colectivo, que nos conduce a la filosofía de la historia. Podría argumentarse que la filosofía de la historia de Kant, en su versión última, no es otra cosa que una reflexión sobre el futuro del liberalismo. Esta paradoja que la historia sea sobre el futuro y no sobre el pasado es reveladora, como lo es la otra paradoja que la historia sea un quehacer ético-político y no científico. No es que Kant ignore la historiografía o la ciencia del pasado humano sino que la orientación temporal predominante del alma moderna es hacia el futuro. Esto evidentemente no ha sido siempre así en Occidente y sospecho que es rara esa orientación en otras culturas. He escuchado decir que el alma judía como tal se inclina predominantemente hacia el pasado. Me atrevo a sugerir que todo buda vive extáticamente en el puro presente. Pero sin lugar a dudas, el alma moderna occidental se ha impuesto la ardua tarea de transformar el presente con miras al futuro. Hasta el Heidegger de El Ser y el Tiempo no se había resquebrajado aún ese profundo convencimiento que unía a izquierda y derecha por igual, a Marx y Hegel. Pero tengo la impresión que Europa más que los Estados Unidos está agotada de tanto futuro, de tanto hybris, y que se ha convencido que la modernidad ha traído pocas cosas buenas y mucha infelicidad y malestar, cuando no atropellos, crímenes y catástrofes. Es difícil saber si dada la idea de una catástrofe medioambiental se impondrán las respuestas progresistas tecnológicas típicas de la modernidad, o las que la rechazan de plano. Lo que es cierto es que si el predominio del futuro llegara a perder vigencia, vendría un cambio secular el otro lado del cual es imposible de imaginar; nuestros hijos por primera vez en siglos hablarían otro idioma, por así decirlo. El sistema de la filosofía de Kant tiene varias incongruencias —según Heidegger, pueden ser síntoma no de haber pensado mal, sino bien y profundamente— insalvables y una de ellas gira en torno a la importancia ético-política del futuro. Llamémosle la batalla del Kant estoico contra el Kant moderno (obviamente me parecen buenas las etiquetas, pero no son más que eso, etiquetas). Yovel dice

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que “claramente falta una transición directa o intrínseca del concepto de la voluntad pura al del bien supremo […] La ausencia de una continuidad inherente entre las dos etapas también señala una dualidad en el concepto de Kant de la voluntad moral. Para él un imperativo moral es una proyección o explicación de la voluntad moral; y como las dos etapas involucran un imperativo, cada una de ellas implica un diferente tipo de voluntad moral”4. Si es cierto entonces que hay una discontinuidad irreparable entre la voluntad moral y la voluntad moral cuya obligación adicional es promover el bien supremo en el mundo, entonces Kant en realidad tiene dos filosofías morales muy diferentes, la estoica y la moderna. Ambas voluntades son buenas en tanto en cuanto ambas se rigen por el bien incondicionado (o bien en sí mismo), pero la moderna quiere además que el bien sea completo (por eso Kant habla del bien supremo), y para eso el mundo debe cambiar. El estoico sospecha que el moderno asume que sus deseos se satisfacerán simplemente porque los desea y porque no hay razones para creer que se frustrarán. Pero inclusive si la esperanza puede ser racional desde un punto de vista teórico por no ser en principio irrealizable, no se sigue que sea racional vivir por esa esperanza, o en otras palabras, que sea una deber promover el bien supremo en el mundo. Es por su elección de racionalidad práctica, o por como entiende el bien, que el moderno descubre su vocación de cambiar el mundo, y sólo entonces su esperanza se vuelve racional. Análogamente, Agustín dice que no piensa para creer, sino que cree y sólo desde ahí piensa. El estoico sospecha que el moderno delira. — Que se vaya al diablo el mundo — dice el estoico —, si eso es lo que quiere hacer. Estoy listo a presenciar cualquier espectáculo, por horrible que sea. Nada me puede tocar mientras cumpla con mi deber, precisamente porque es mi deber. Al estoico el moderno podrá parecerle bien intencionado, y hasta decente, pero finalmente algo arrogante, bastante engañado y poco riguroso. Y no debería sorprender a nadie que aquel moderno salto de fe cause ocasionalmente las más atroces distopias: la modernidad no puede siempre ocultar su origen irracional, y cuando no, es lo único que muestra. Pero el moderno responderá que el estoico siempre será un fugitivo inauténtico. Específicamente, es incapaz de reconocer que el bien absoluto, incondicionado, no es el bien completo. Para eso, el mundo debe cambiar. Detrás de la aparente fortaleza del estoico se esconde la debilidad de huir del mundo y de sí mismo. El estoico se sabe impotente e incapaz de actuar por una mejor y más completa actualización del hombre en el mundo. Y como todo impotente, sufre y guarda su secreto. 4 Yovel, Kant and the Philosophy of History, p. 44.


Sin embargo, es la segunda respuesta del moderno al estoico que yo encuentro interesante y sorprendente. Resulta que el estoico es en un punto tan irracional como el moderno. Ambas posiciones son paradójicas en tanto en cuanto se originan en determinaciones libres, o fundamentos indeterminados. Su necesidad (que es necesidad moral y no natural, la necesidad del deber) se origina en una contingencia. Sus leyes objetivas dependen de actos subjetivos. Pues para Kant: “el libre albedrío, por lo menos en su fuente última, es inescrutable porque involucra un salto espontáneo al principio bueno o malo que no puede ser explicado exhaustivamente por razones precedentes. Esto implica que no existe un fundamento suficiente (suficiente en el sentido decisivo de una acción siguiéndose necesariamente si el fundamento es dado) para actuar moralmente, o para establecer un proyecto de vida moral: las mejores razones necesitan aún la recomendación y mediación, y por lo tanto la interferencia espontánea, de una resolución pensada como un acto del libre albedrío”5.

Así, la determinación del moderno no es más arbitraria que la del estoico. Esta es la voz moderna de Kant en escala mayor: “Baso mi argumento en mi deber innato de influenciar la posteridad de tal modo que progrese constantemente (y tengo que asumir que el progreso es posible) […] La historia bien puede ocasionar dudas infinitas sobre mi esperanza, y si estas dudas pudiesen probarse, podría ser que desista de la aparentemente inútil tarea. Pero mientras no tengan la fuerza de la certeza, no puedo cambiar mi deber por una regla de conveniencia que dice que no debo intentar lo impracticable. E independientemente de cuán inseguro esté y permanezca respecto de si podemos esperar algo mejor para la humanidad, esta inseguridad no puede restar valor a la máxima que he adoptado, o a la necesidad de asumir que desde la perspectiva práctica el progreso humano es posible”6.

“Me río de aquella gente […] que se imagina que para ser libres todo lo que tienen que hacer es ser rebeldes” (Rousseau).

Bajo este esquema paradigmático tradicional, que todavía es el dominante en Occidente: ”líder” es alguien prominente e influyente que, en consecuencia de esas condiciones, formula visiones, guía, orienta, da direcciones, establece objetivos, protege, brinda respuestas

En el ámbito de la política, donde nunca faltan evidencias empíricas que parecen probar que los proyectos de la libertad son irrealizables, y dónde el dicho común que lo que 5 Yovel, Kant’s Practical Reason as Will”, The Review of Metaphysics 52, p. 283. 6 Kant, Sobre el dicho: Esto puede ser correcto en la teoría, pero no vale para la práctica.

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es cierto en teoría nunca se aplicará en la práctica parece particularmente acertado, el moderno levanta banderas y hace sus apuestas.

“La democracia […] sin la auto-limitación que representa el principio de la legalidad se destruye a sí misma” (Kelsen).

—El moderno —alcanza a decir el estoico antes de que la bulla de la modernidad se trague también su voz— está siempre a un paso de ser un fanático catastrófico. Y el futuro es algo inexistente, imaginario e inconsecuente, la moneda falsa que usan los políticos para desviar la atención mientras se hacen de lo que verdaderamente les importa, el poder hoy. ¿Y usted, lector moderno, qué piensa?

Libertad liberal contra libertad libertaria En otra sección de este ensayo discutiré otros aspectos del principio kantiano de que deber es poder. Aquí presentaré un aspecto que es fundamental: el deber nos permite descubrir que podemos ser radicalmente libres, ya que cuando una acción es moral el principio que la determina es el imperativo categórico, cuyo contenido es la libertad. El imperativo categórico no es otra cosa que la ley de entes libres, es decir de aquellos que son capaces de legislar por y para sí mismos. Actúa —dice el imperativo categórico— de acuerdo a máximas que puedan ser leyes universales. Según Kant, todos los otros imperativos pueden resumirse en uno sólo, el imperativo hipotético (así llamado porque es válido bajo la condición de que se cumpla el categórico): actúa en pro de tu felicidad. Ese imperativo también puede ser objeto de una auto-legislación (cuando determina la voluntad), pero por su contenido es material y empírico, mientras que el categórico por su contenido es puramente formal y racional ya que lo único que contiene es la figura legislativa como tal. El imperativo hipotético nos ata al orden natural, mientras que el categórico nos libera (aunque en ambos casos hay autolegislación y libre albedrío, pues el agente mismo determina en efecto el principio de su acción). Es la capacidad legislativa de su razón, su potencial de ser libre, lo que da infinita respetabilidad a todo ser racional, sin distinción. Es imposible encontrar una filosofía en la que el hombre tenga un lugar más importante (el giro copernicano fue total). Nótese ahora lo peculiar del concepto que de la libertad se hace la Ilustración (de forma más clara y explícita la alemana). Es en cierto sentido opuesto al concepto de libertad como libre albedrío. Aquella es la libertad de vivir bajo leyes propias (puede decirse que la filosofía de Kant como tal consiste en descubrir cuáles son esas leyes que nos son propias, tanto en la esfera moral como en la cognitiva; su lema podría ser esta frase que Kant cita en la primera Crítica: habita en tu propia casa y descubrirás la sencillez de tus posesiones) que nos hemos dado nosotros mismos, mientras que ésta es la libertad de hacer yo lo que me da la gana (la segunda acepción de albedrío de

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Y el futuro es algo inexistente, imaginario e inconsecuente, la moneda falsa que usan los políticos para desviar la atención mientras se hacen de lo que verdaderamente les importa, el poder hoy …


A mi modo de ver esa es la diferencia que hace la diferencia, y ahí está la raíz más profunda del liberalismo, que tal vez resulte paradójica: la libertad como libre sometimiento a la ley propia.

la Academia parece recomendada por Kant: “voluntad no gobernada por la razón, sino por el apetito, antojo o capricho”). A mi modo de ver esa es la diferencia que hace la diferencia, y ahí está la raíz más profunda del liberalismo, que tal vez resulte paradójica: la libertad como libre sometimiento a la ley propia. No debe concluirse que Kant hace a un lado el concepto del libre albedrío que, por el contrario, es crucial, pero como problema ontológico (es cierto, sin embargo, que resolver el problema ontológico es de máximo interés moral). De hecho, una de las preguntas más importantes de la Crítica de la Razón Pura es sobre la posibilidad de la libertad de acción en un mundo causalmente determinado, de tal suerte que nada puede suceder sin sus causas antecedentes. La Crítica de la Razón Pura prueba la validez de la ley de la causalidad y, para mi insatisfactoriamente, la posibilidad de la libre acción en el mundo.

“A la pregunta de si hay muchas libertades que tener contesto que sí, por supuesto; pero a la pregunta de si hay, aparte de la liberal, otra libertad política contesto que no: las así llamadas libertades sociales y económicas presuponen la técnica liberal de domar el poder” (Sartori).

El liberal sabe que hay una mutua dependencia entre el universal y el particular: el individuo humano deviene y existe por haberse formado en las prácticas (hay muchas y de distintos órdenes y antigüedades, pero sin duda la principal es la lengua) de la o las comunidades a las que pertenece, pero las prácticas a su vez residen exclusivamente en el individuo.

Respecto de los dos conceptos de libertad, observemos que el libertarianismo y el liberalismo se oponen radicalmente, en tanto en cuento aquel parte de la libertad como libre albedrío mientras que éste de la libertad como autodeterminación racional. El libertario aparenta haberse dejado ofuscar por el hombre independiente, justiciero, autárquico, solitario y sobre todo imaginario que es el héroe de las películas del Oeste. El liberal en cambio sabe que hay una mutua dependencia entre el universal y el particular: el individuo humano deviene y existe por haberse formado en las prácticas (hay muchas y de distintos órdenes y antigüedades, pero sin duda la principal es la lengua) de la o las comunidades a las que pertenece, pero las prácticas a su vez residen exclusivamente en el individuo. Es frecuente, pero yo creo errada, la interpretación del concepto kantiano de autonomía según la cual es atributo del individuo y no de la comunidad (o de la razón común). Depende, de nuevo, de una concepción autárquica del individuo humano que no es la de Kant. Sí, es cierto que Kant afirma enfáticamente la intuición moral común que el agente es responsable por sus acciones y por haber en efecto escogido una u otra ley determinadora de su voluntad, pero ni lo que la ley dice ni su vigencia dependen de él así sin más. Y efectivamente, Kant creía que todo ente racional velis nolis reconoce el contenido y la vigencia del imperativo categórico. Hoy la mayoría de los filósofos se inclinan a creer más bien que el origen de la moralidad es fechado, como todo lo humano. En todo caso la meta-ley que es el imperativo categórico así como el conjunto de leyes que le son compatibles, son siempre leyes que existen autonómicamente en una comunidad. Finalmente, el sujeto de la autonomía es la razón humana común, tanto, que aunque Kant no lo dice, el concepto de autonomía vale tanto para las leyes cognitivas-ontológicas como para las morales. La autonomía no es una función de la voluntad individual. El individuo siempre ya vive y se mueve en un

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contexto autonómico predeterminado, y poquísimos son los poetas fuertes que dicen cosas y hacen mundos nuevos (nosotros por supuesto no dudamos de la capacidad de los “Cháveces” de transformar los Andes y forjar el hombre nuevo —aparentemente ya se lo ve por las calles de Caracas—), e inclusive entonces, puede no ser exacto que actúen voluntariamente. Poeta viene de un verbo griego que significa hacer en general; y fue Heidegger quien notó lo significativo que, según la lengua griega, el hacer por antonomasia fuera el del poeta. Por el contrario el filósofo como tal no hace nada —son hasta más vagos que los sociólogos—, como es bien sabido, o era, antes de que a Marx se le ocurriera que debían llevar escopeta. En el Fausto se lee que la teoría es gris como ese otro gris en el pelo de los viejos, y que verde es sólo el árbol dorado de la vida. Hegel añade esto: “cuando la filosofía pinta su gris sobre gris, entonces ha envejecido ya una forma de la vida, y el gris sobre gris no la puede rejuvenecer, sino sólo reconocer; la lechuza de Minerva [a los ornitólogos les interesará saber que el ave de la sabiduría no es el búho sino la lechuza] emprende su vuelo al fin del ocaso”7. El quehacer filosófico empieza con la noche, cuando los eventos del día ya han sucedido. La filosofía piensa un poco, entiende menos, y no hace nada más.

El Estado de derecho contra el Estado de la “revolución ciudadana” … Kant dice en relación a la libertad política: “No se puede decir: el hombre en el Estado ha sacrificado una parte de su innata libertad externa por algún fin, sino que ha renunciado por completo a la libertad sin ley y salvaje para reencontrar su libertad como tal sin merma en la dependencia de la ley, esto es en el Estado de derecho, ya que esta dependencia surge de su propia voluntad legislativa”. Había dicho que la raíz más profunda del liberalismo es la libertad como libre sometimiento a la ley propia. Veamos lo que dice Kant en relación a la libertad política: “No se puede decir: el hombre en el Estado ha sacrificado una parte de su innata libertad externa por algún fin, sino que ha renunciado por completo a la libertad sin ley y salvaje para reencontrar su libertad como tal sin merma en la dependencia de la ley, esto es en el Estado de derecho, ya que esta dependencia surge de su propia voluntad legislativa”8. La manera alemana —tan diferente del utilitarismo anglosajón— de legitimar el Estado prescinde de discutir fines, por más deseables que sean. El Estado no es legítimo por eliminar la violencia. Y además el Estado legítimo, el de 7 Hegel, Filosofía del Derecho, Prefacio. 8 Kant, Metafísica de las Costumbres, Ak. 6:316.

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derecho, el liberal, no la elimina: por un lado pueden haber Estados no liberales o cuerpos políticos no-Estatales pacíficos (en cuyo caso no hay violencia que eliminar), y por el otro el Estado de derecho no elimina la violencia, sino la monopoliza y la legitima. Tampoco es legítimo el Estado por generar riqueza y empleo, aunque efectivamente el Estado legítimo, el de derecho, es condición suficiente, no necesaria, para que un país sea rico. Y tampoco es legítimo por ser igualitario; es más, muchas (no todas) de las maneras de formular y promover la igualdad son absolutamente ilegítimas e injustas, por lo que el sans-culottism de hoy haría bien en revisar la literatura al respecto (Beyond Justice, de Agnes Heller, es un muy buen punto de partida, entre otras cosas por su clara filiación de izquierda). Finalmente, ni siquiera es legítimo el Estado cuando logra la paz dentro o fuera de una país: el Estado de derecho no sirve para lograr la paz sino que es como tal un Estado de paz (no me parece que están muy lejos de la verdad los autores que sostienen que mientras no haya integraciones jurídicas cosmopolitas, no pueden haber ni justicia ni paz verdaderas entre Estados independientes y que hasta hoy básicamente la situación internacional es lo que en el XVIII se conocía como el estado de la naturaleza). No es de extrañar que los “Cháveces”, que están todos por encima de la ley positiva, hablen tanto de la guerra, y hayan resucitado el espectro de guerras civiles y regionales (son nefastos la interpretación y el tratamiento que han dado a lo de Angostura). Para Kant, el Estado es legítimo no porque consiga fin alguno, sino es legítimo cuando es un Estado de derecho, republicano, liberal, pues ese Estado coincide con la voluntad legislativa como tal y es un bien en sí mismo. El Estado de derecho es una faceta de la lógica formal de la voluntad legislativa. Es consubstancial a tal voluntad. Lo de la voluntad legislativa, por lo tanto, no debe interpretarse empíricamente, como si una peregrinación a Montecristi (o a Filadelfia) de un grupo de individuos con exceso de voluntad legislativa pudiera legitimar un nuevo Estado. El fundamento del Estado de derecho no es de orden empírico sino racional. La racionalidad práctica, moral, funda el Estado de derecho. Lo de Montecristi fue una farsa, un simulacro —muy acorde con los tiempos— burdo, demagógico, y esencialmente falso (por empírico) del momento jurídicamente fundacional. Sartori ya había advertido el riesgo: “en décadas recientes ha habido un llamado generalizado para ‘democratizar’ la constitución —un llamado que evidencia, más que cualquier otra cosa, la erosión del garantisme­. El ideal de estos reformistas es transformar de plano la ley en legislación, y la legislación en el imperio de legisladores libres de las limitaciones de un sistema de controles y contrapesos. Así entonces, su ideal requiere constituciones


Lo de Montecristi fue una farsa, un simulacro —muy acorde con los tiempos— burdo, demagógico, y esencialmente falso (por empírico) del momento jurídicamente fundacional … Algunos de los intelectuales progresistas (que en realidad no son ni lo uno ni lo otro) que apoyaron a Correa le critican hoy, ridículamente, por su estilo personalista, y no se dan cuenta de que el problema no es de personalidad, sino que con su venia hicieron la movida inversa a la que Europa comenzó a hacer en el siglo XVII, es decir en vez de someter al gobernante a la ley, le liberaron

que en el sentido propio y estricto, no lo son. Aparentemente no entendemos que mientras más el así llamado constitucionalismo democrático socava los logros del constitucionalismo liberal, más cercanos estamos a la solución a la que llegaron los griegos y que significó su ruina, esto es, que los hombres estaban sujetos a leyes tan fácilmente cambiables que estas se volvieron incapaces de asegurar la protección de la ley”9. Algunos de los intelectuales progresistas (que en realidad no son ni lo uno ni lo otro) que apoyaron a Correa le critican hoy, ridículamente, por su estilo personalista, y no se dan cuenta de que el problema no es de personalidad, sino que con su venia hicieron la movida inversa a la que Europa comenzó a hacer en el siglo XVII, es decir en vez de someter al gobernante a la ley, le liberaron. Los “intelectuales” de la revolución ciudadana, con Correa al mando, desataron al gubernaculum de la iurisdictio. Desde el primer momento, cuando no juró respetar la constitución bajo la cuál había sido elegido, pasando por el desmantelamiento del primer Congreso, el llamado a la Asamblea, y hasta hoy a diario frente a la nueva Constitución, Correa se ha situado por fuera de la ley positiva. “La justica enajenada”10 y “Enredos revolucionarios”11 dan noticia del destruido sistema de justica en el Ecuador de hoy. Es imposible que una de las herencias del gobierno de Correa sea un renovado Estado de derecho en el Ecuador. Si bien tal Estado nunca ha sido robusto en Iberoamérica, hoy es inexistente en el Ecuador y una serie de otros países que derivan en el mar abierto de la a-legalidad y están sometidos a la voluntad variable de su caudillo, a un solo hombre y a ninguna ley. Aquellos ecuatorianos que alegre y torpemente promovieron la ruptura que supuestamente traería justicia y libertad, si todavía tienen uso de la razón y no están totalmente obnubilados por el poder, deben de estar hoy sin saber cómo encausar a la polis dentro del marco de su propia aparatosa constitución, a diario desobedecida, en primer lugar por ellos mismos.

“Durante la colonia no existió jamás el concepto de igualdad ante la ley ni nada que se le pareciera, porque la idea social dominante podía resumirse en que unos habían nacido para mandar y otros más bien para obedecer. Eso sí, luego todos eran iguales ante los ojos de Dios” (Iwasaki).

En el Ecuador el concepto de la corrupción ha sido y continúa siendo usado, vergonzosamente, para derrotar a los adversarios políticos. En Iberoamérica en general ha sido muy mal entendido, porque no se ha distinguido bien entre la ilegalidad, que es lógicamente posible sólo si hay ley positiva y objetividad jurídica, y la desmoralización total que resulta de la a-legalidad y de la ausencia de objetividad jurídica, y que bien haríamos en entender como la verdadera corrupción. El espíritu de la rebelión, que se disfraza de liberación, ha sido y sigue siendo la fuente de la zozobra ético-política 9 Sartori, op. cit, p. 326 10 Antonio Rodríguez Vicéns, El Comercio, 26/01/10. 11 Felipe Burbano de Lara, Hoy, 2/02/10.

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iberoamericana, y de diarios sometimientos. La imagen aquella del Che funciona como un talismán maléfico. Sigue siendo la imagen que inspira a bandas de salvajes, ahora posmodernos, que se pasean al decir de Vásconez en un potrero con semáforos. Y no hay lugar a dudas, las élites son las más corruptas, salvajes y rebeldes; élites que además, adding insult to injury, se llenan la boca de dolor por los pobres, que son unos seres que sirven para justificar cualquier barbaridad y para que los ricos se sientan mejor. Me gustaría no tener que explicarme, pero ahí va: los ricos se sienten mejor gracias a sus numerosos actos de caridad. Oh Nietzsche, where art thou in this time of need. El concepto de la soberanía está siendo usado, bajo el argumento incierto de que intereses de enemigos internos y externos de la nación habían secuestrado el Estado, para situar a un hombre soberano por encima de la ley. Una lectura de Schmitt (El Concepto de los Político, Teología Política), quien desarrolló los conceptos autoritarios de soberanía y del enemigo interno, quien fue quizás el jurista más respetado de Alemania durante el nazismo, y quien es aún muy influyente en ciertos círculos, es lectura obligada, pues ahí consta una teoría del Estado que nos ayudará a entender lo que sucede hoy desde una perspectiva jurídica enteramente diferente a la liberal. Tal vez inclusive concluyamos, y no lo digo irónicamente, que el liberalismo no sirve para entender la realidad —a la que pertenecen por supuesto las prácticas ético-políticas— tal cual es. Y una teoría que no sirve para eso, no sirve para nada. Pero en todo caso, veamos lo que dice Heller de las situaciones en que el gubernaculum no se rige por la iuris-dictio (el decir de la ley):

ello. En el estado de absoluta injusticia, normalmente ‘leer la mente del tirano’ sustituye observar las normas y las reglas”12. Es interesante observar que según esto, una tiranía puede inclusive ser relativamente benigna (por ejemplo una sin ejecuciones y pocas encarcelaciones arbitrarias) y no por ello menos tiránica: lo que determina el Estado tiránico, que es el opuesto al de derecho, es existir y poder actuar el gobernante por fuera de la ley.

El núcleo mismo del Estado de derecho según Immanuel Kant Había citado la afirmación de Kant que en el Estado de derecho la libertad es completa porque la dependencia de la ley surge de la propia voluntad legislativa. Ahora bien, hay diferencias decisivas entre la ley de la moralidad y la ley positiva jurídica del Estado. Hay diferencias materiales (de contenido) y las hay formales. Una ley positiva estatal es formalmente diferente a una ley moral porque aquella, a diferencia de la moral, es triplemente externa. Es externa la legislación, es externo el control (la coacción estatal es externa mientras que el control de la conciencia moral es interno), y es externa la libertad que la ley regula (la ley positiva jurídica regula la acción física como tal, mientras que la moralidad regula la actitud y la máxima internas del agente). Esta triple externalidad del derecho ha llevado a muchos académicos a concluir que según Kant el derecho es ajeno a la moral, que es en cambio triplemente interna al agente. Además hay estas famosas líneas de Kant:

“Existe una situación en la que esta red de expectativas se desintegra. Esto sucede cuando hay alguien (o más de uno) para quienes no se aplica norma o regla alguna. Personas a las que no se aplica norma o regla alguna pueden escoger (aunque no necesariamente escojan) no aplicar ninguna norma o regla a los miembros de ningún conjunto social sino actuar de acuerdo a la máxima sic volo, sic jubeo (‘así es mi deseo, así es mi mandato’). Estos son los tiranos. Un tirano no sólo se excluye a sí mismo de la aplicación de ciertas normas o reglas; sino que se entiende a sí mismo como la persona a la que no se aplican para nada. La tiranía es el estado de absoluta injusticia. En esta situación todas las expectativas se rompen. El nexo causal relativo entre actuar de cierta manera y las consecuencias de tal acción es reemplazado por mera posibilidad y conjetura. Uno no sabe si cualquier promesa va a cumplirse; uno no puede saber si cualquier regla será aplicada. Acatar la ley no hace más probable que uno no vaya a ser ejecutado o encarcelado; en el mejor de los casos hay una mera posibilidad de

“Por difícil que suene, hasta una nación de diablos (mientras tengan entendimiento) puede resolver el problema de erigir un Estado. El problema dice así: ‘organizar a, y establecer la constitución de un grupo de seres racionales, que conjuntamente necesitan para su preservación leyes universales, pero de las cuales cada quien secretamente se inclina a exonerarse, de tal modo que aunque según sus actitudes privadas procuren oponerse mutuamente, estas sin embargo se frustren mutuamente de tal suerte que el resultado de su comportamiento público sea el mismo al que sería si no tuvieran tales actitudes malvadas”13. Hasta los diablos, si son lo suficientemente inteligentes como para calcular correctamente lo que tienen que hacer para salvaguardar sus intereses, pueden llegar a fundar un Estado. Por lo que conclusiones como las de Yovel son frecuentes: “buena ciudadanía es posible inclusive en un 12 Agnes Heller, Beyond Justice, p. 15, mi traducción 13 Kant, La Paz Perpetua, Ak. 6:366

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reino de diablos. No requiere una comunidad ética…y no la presupone. Es algo que se puede imponer a través de la coerción, mientras que la moralidad solo puede tener raíz en la libre y espontánea voluntad individual. Por ende, ni al mejor Estado puede atribuírsele valor moral en sí”14. En ese punto, que es fundamental, Yovel interpreta mal a Kant. En primer lugar es imposible que el ciudadano pueda ser libre en el Estado de los diablos donde lo único que cuenta es la coacción y el cálculo. Un Estado así es despótico, y ahí nadie es libre. La enajenación del Estado de la moralidad va en contra de la lógica más profunda del kantianismo, la autonomía de la razón y su progresivo autoreconocimiento en el espejo del mundo. En segundo lugar, las instituciones estatales no están hechas de edificios, pliegos y pistolas, sino de formas comunes de ser de los individuos que las conforman. Por eso hablamos de cultura política —el Estado moral no es otra cosa que una cultura política de orientación republicana, liberal—. Y por eso también en el sistema de Kant la doctrina el derecho es parte de lo que él llama la metafísica de las costumbres; sólo este hecho refuta a quienes piensan que según Kant no hay deberes morales de orden político. En tercer lugar, ya vimos que según Kant el ciudadano de la república es libre, mientras que el mero sometimiento de alguien a la ley no le da sino le quita su libertad. Es más, según Kant el origen empírico del Estado consiste en un implacable sometimiento que no es menos sangriento de lo que es para Nietzsche el origen de la moralidad, y por la misma razón: someter al hombre a ley es un proceso violento, pues la letra con sangre entra. Mas, según Kant, es posible transformar esa relación despótica si el individuo se convierte en ciudadano y el Estado en república. Y esto sólo se logra a través de la adhesión moral al Estado de derecho. A continuación veremos algo de los requisitos materiales de la ley republicana que ha de coincidir objetivamente con la voluntad racional legislativa. Mas, también ha de coincidir subjetivamente. El ciudadano de la república sabe que la ley positiva es propia y suya, no porque esté de acuerdo con todas ellas (de hecho siempre hay leyes que serán desagradables, inconvenientes o injustas), sino porque el Estado de derecho o república surge de la voluntad legislativa al ser el objeto de una obligación moral pre-jurídica que el individuo, transformado en ciudadano, acepta subjetiva y libremente. Esta adhesión subjetiva es condición necesaria pero no suficiente para la libertad del Estado de derecho. La máxima de obedecer la ley positiva del Estado republicano, o de promover la creación de la república cuando el Estado es anárquico o despótico, es una máxima moral. Kant la expresa así: “al estar inevitablemente lado a lado con todos los demás, tú debes dejar el estado de la na14 Yovel, op. cit., p. 189

turaleza y proceder conjuntamente con ellos al Estado de derecho”15. Y debes hacer eso a diario, porque es tú deber. Moralmente (y políticamente) la pregunta de por qué obedecer la ley es absolutamente relevante, aunque desde el punto vista jurídico no importa por qué, sino simplemente que se obedezcan las leyes. Sobre la diferencia material entre la ley positiva y la moral me parece útil citar otra vez a Kant: “¿Qué es [el] derecho? [...] El jurista puede, sin duda, decirnos qué es [el] [d]erecho en un momento concreto (quid sit iuris), es decir, qué es lo que las leyes dicen o han dicho en un lugar y tiempo determinados; pero si lo que las leyes disponen es también justo, y cuál es el criterio general que nos sirve para distinguir lo justo de lo injusto (iustum et iniustum), son cosas que no podrá descubrir nunca, mientras no abandone durante algún tiempo los principios empíricos y busque las fuentes de aquellos juicios en la mera razón — para lo cual aquellas leyes pueden servirle perfectamente de guía —, a fin de sentar así los fundamentos para una posible legislación positiva […] El concepto del derecho, en tanto que se refiere [a una correspondiente obligatoriedad] (esto es, el concepto moral del derecho), tiene por objeto […] el conjunto de condiciones bajo las cuales el libre arbitrio [de] uno puede unificarse con el libre arbitrio del otro según una ley [universal] de la libertad”16. No cabe desovillar aquí esta última oración, pero sí comentar dos cosas. Primero, la filosofía del derecho de Kant no es positivista. Me parece además que es posible argumentar que el liberalismo como tal no puede ser positivista por el problema de la obligatoriedad de la ley, que para el liberalismo tiene origen en la libertad, y por lo tanto en el orden interno y moral. El ciudadano del liberalismo sabe que la coacción del derecho es necesaria, pero paradójicamente acata libremente la ley, y no por miedo al castigo. El positivismo jurídico no resuelve debidamente el problema de la coacción y, correlativamente, el de la libertad como libre sometimiento a la ley. Como todo positivismo, el jurídico piensa superficialmente. Segundo, sugiero que la lógica jurídica de todo autor liberal consiste en determinar las leyes que permitan conjugar de la mejor manera posible las acciones voluntarias de las que los hombres son capaces. La lógica liberal promueve la libre cooperación entre agentes independientes al crear instituciones que sólo pueden existir a través de la ley positiva y la coacción estatales.

15 Kant, Metafísica de las Costumbres, Ak. 6:307 16 Kant, Metafísica de las Costumbres., Ak. 6:229-230, traducción de Felipe González Vicen, [corregida].

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Ya vimos en qué sentido el liberalismo no es individualista, pero ahora veamos en qué sentido sí lo es (digo individualista, no egoísta). Para empezar, notemos que la lógica que legitima el Estado de derecho, liberal, republicano, no tiene absolutamente nada que ver con la compasión. La compasión no es parte del origen racional del Estado, menos aún del origen empírico. Además, y aquí nos topamos con el aspecto más fácilmente reconocible del liberalismo, la lógica jurídica liberal se cuida de preservar al máximo la libertad, en el sentido de mantener al mínimo necesario las restricciones estatales a la voluntad individual. El liberalismo opta por la libertad sobre la igualdad y favorece la espontaneidad, el pluralismo, las diferencias, la verticalidad, la excelencia, la meritocracia, el auto-perfeccionamiento y la auto-superación.

…. una tiranía puede inclusive ser relativamente benigna (por ejemplo una sin ejecuciones y con pocos exilios y encarcelaciones arbitrarias) y no por ello menos tiránica: lo que la determina el Estado tiránico, que es el opuesto al de derecho, es existir y poder actuar el gobernante por fuera de la ley.

El futuro del liberalismo: la negación teórica de la teleología La posmodernidad, que es una idea difusa que casi siempre sirve para confundir, tiene gracias a Lyotard un significado preciso para la filosofía de la historia: lo que él llama la gran narrativa histórica se acabó. Por lo tanto, a diferencia de lo que creían Hegel o Marx por ejemplo —las mayores teleólogos de la filosofía moderna— no hay una lógica necesaria del desarrollo político y la humanidad no progresa irremediablemente hacia la democracia liberal o el paraíso comunista post-estatal. Se ha observado muchas veces que aquellas grandes dialécticas históricas, idealista la una y materialista la otra, consisten en la secularización de la providencia divina. Pero la secularización no resuelve el error de creer en la providencia. Sea divina o secular la creencia en la providencia es un error típico de la razón ilimitada, entusiasmada, acrítica. De la providencia entonces, entendida como la teleología ya sea de la historia humana, de todos los seres vivos, o del universo entero, callemos. Doscientos años antes de Lyotard, ese fue uno de los resultados de la Crítica de la Razón Pura. Para Kant la idea de la intervención directa de Dios en la naturaleza en general (de la que es parte la historia de la humanidad) es el salto mortal de la razón humana, y no porque los fines divinos sean misteriosos (los fines divinos no pueden tener adjetivo alguno porque el concepto mismo de los fines divinos es absurdo) sino por la forma de constitución de la naturaleza misma, es decir, de todo lo que hay. Constitución que también invalida la idea de cualquier teleología secular. Teóricamente, en su filosofía de la historia, Kant fue posmoderno. Sin embargo, el cuento kantiano de la teleología no termina en la simple negación afásica, y por el contrario, junto con los conceptos relacionados de Dios y la esperanza, juega un papel muy importante aunque secundario en el drama filosófico de la razón crítica (la razón es crítica cuando

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Moralmente (y políticamente) la pregunta de por qué obedecer la ley es absolutamente relevante, aunque desde el punto vista jurídico no importa por qué, sino simplemente que se obedezcan las leyes.


La posmodernidad, que es una idea difusa que casi siempre sirve para confundir, tiene gracias a Lyotard un significado preciso para la filosofía de la historia: lo que él llama la gran narrativa histórica se acabó. Por lo tanto … no hay una lógica necesaria del desarrollo político y la humanidad no progresa irremediablemente hacia la democracia liberal o el paraíso comunista post-estatal.

se toma en serio sus limitaciones a la hora de averiguar lo que podemos conocer, lo que debemos hacer, y lo que nos es permitido esperar). El juego de Kant con aquellos conceptos es de una sutileza y complejidad asombrosas, pues la negación de toda teleología es una consecuencia de la limitación humana que, sin embargo, nos obliga a seguir usando el concepto, pero sin ninguna posibilidad de afirmar que objetivamente haya teleología alguna. Análogamente, “el mismo principio ‘crítico’ de la separación estricta entre el pensamiento y la intuición [sensible] y entre el intelecto finito e infinito, que le llevó a Kant a rechazar la afirmación de la existencia de Dios en su filosofía teórica [o teoría de la verdad], produce todos los problemas que le llevaron a reintroducir la afirmación en la forma de un postulado en la filosofía práctica [o teoría del bien]”17. Según Kant, el ser intermedio (mezcla de razón discursiva y sensibilidad) que es el hombre, que ni por su look es del todo animal, está atravesado por una serie de tensiones internas y esta es una de ellas: la limitación humana impide, y desde otro punto de vista exige, el uso de la teleología. En el sistema kantiano, el concepto de la teleología sirve nada más que como una guía para investigar la naturaleza, para darle sentido a la historia humana, y también para que nuestra acción ético-política pueda proseguir sin temer lo que de otro modo temeríamos profundamente, y es que vayamos a fracasar. Este último uso se ve en aquella fe propia de todo hombre de acción, ante el cual el alma contemplativa, especulativa o teórica oscila sorprendida entre la admiración y el recelo. La teleología entonces no tiene uso cognitivo válido, pero sí mucho uso pragmático (todo quehacer humano que no es moralmente relevante) y práctico (el que sí lo es). Asimismo, la idea de Dios no dice nada sobre el ente divino y es ontológicamente absurda, pero sí mucho sobre la mente humana y sus necesidades subjetivas.

…. aquí nos topamos con el aspecto más fácilmente reconocible del liberalismo, la lógica jurídica liberal se cuida de preservar al máximo la libertad, en el sentido de mantener al mínimo necesario las restricciones estatales a la voluntad individual

Pero la historia humana en realidad no tiene —vuelvo a afirmar dogmáticamente pero de acuerdo totalmente con la Crítica de la Razón Pura— ni lógica interna ni fin, en un doble sentido: no es cierto que llegado un determinado estadio no prosigan los cambios políticos ni es cierto que la historia humana tenga un fin u objeto predeterminado, como el artista su obra (quizás), que pueda algún día llegar a estar completo, terminado, perfecto. Desde esta perspectiva histórica que hemos llamado posmoderna, que es la de algunos de nosotros (un interesante intento reciente de rehabilitar la teleología de la historia humana es el de Robert Wright en Nonzero: the Logic of Human Destiny), los tiempos no tienen plenitud, ni la han tenido nunca, ni pueden jamás tenerla. Por lo tanto, sin providencia, anulada la teleología histórica, el futuro del liberalismo es contingente. Si lo es, enton17 Yovel, Kant and the Philosophy of History, p. 115-116

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ces que el liberalismo tenga futuro dependerá de que haya liberales (tengo la impresión que en Iberoamérica como en España casi no los ha habido, y que han sido siempre la minoría de una minoría, o sea una disidencia dentro de una élite que, sea de derecha o de izquierda, ha sido esencialmente autoritaria por su concepción de la posibilidad del bien y la verdad —ya lo veremos—), de que quieran luchar, de que ganen la mayoría de sus luchas, de que así las formas liberales se vuelvan hegemónicas, y de que continúen transmitiéndose históricamente en la casa y en el colegio de una generación a la otra, cosas todas que no están en lo más mínimo aseguradas.

El futuro del liberalismo: la afirmación práctica de la teleología El personaje que habíamos llamado moderno aparece en la Dialéctica de la Crítica a la Razón Pura y es el protagonista de los escritos políticos, que aparecieron hacia los años finales del autor, y donde no queda ya rastro alguno del que habíamos llamado estoico. Para captar a ese Kant moderno, debemos primero preguntar sobre el futuro del liberalismo con el así llamado genitivo subjetivo, es decir, ¿cómo es el futuro para el liberalismo? Esa reflexión conlleva una respuesta a la pregunta sobre el futuro del liberalismo, genitivo objetivo, o ¿sobrevivirá y prevalecerá el liberalismo?. La filosofía de la historia de Kant, como las de quienes le siguieron, está enteramente orientada hacia el futuro, y reflexiona sobre el interés de la razón práctica de reformar el mundo a imagen y semejanza suya. La razón es práctica cuando es capaz de dar a la voluntad una ley obligatoria para todos —la expresión es tautológica porque la ley por su concepto es universal y necesaria—. Kant sostiene que sí, que sí hay una objetividad moral que es válida, tanto como la cognitiva. A la ley moral le llamó famosamente el imperativo categórico; es una ley sutil, que dice que la objetividad moral consiste en actuar como si hubiera tal objetividad. —Actúa — nos dice la razón como una autoridad que podemos desobedecer pero no desconocer— de acuerdo a normas que puedan a la vez ser leyes universales y necesarias. Toda persona está así obligada, cosa que Kant presenta como un hecho de la razón. La ley moral ni tiene, ni puede tener, ni tiene para qué tener justificación externa a sí misma. Todo hombre como tal siempre ya sabe que los privilegios, en el sentido etimológico de reclamar alguien para sí una ley privada, están moralmente prohibidos. Esa es la razón práctica que, en el caso del moderno, promueve el bien supremo en el mundo. La filosofía de la historia de Kant reflexiona además sobre

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si la razón puede racionalmente esperar que su fin es realizable. En síntesis, la filosofía de la historia de Kant pregunta si la esperanza puede ser racional y si la razón puede tener esperanza. El futuro del liberalismo: una proyección de la razón, o una forma racional de la esperanza. El futuro del liberalismo: las posibilidades de realización del proyecto de la razón, o la esperanza de la razón. Según Kant, el fin de la historia —la esperanza racional— es la paz perpetua, que no es la inscripción satírica en la imagen de un cementerio colgada en algún bar de mala muerte, sino la lógica ético-política de la república liberal extendida globalmente hasta la creación de un supraEstado cosmopolita al que pertenecerá toda nación y todo individuo. Para contrarrestar la inverosimilitud de la idea, imaginemos lo que habrían pensado los contemporáneos de Kant, acostumbrados como estaban a las interminables guerras intra-europeas, de la Unión que vendría menos de dos siglos después, que bajaría a casi cero la probabilidad de nuevas guerras intra-europeas, y de la que Kant creería que seguirá perfeccionándose pese a los murmullos escépticos de los anglosajones. El fin de la historia, según Kant, no es un fin divino sino estrictamente humano. Negativamente, todo el movimiento filosófico desde el siglo XVIII puede entenderse como una gran proceso desteologizador. Digo negativamente para interrumpir la pequeña lógica aquella de que el descreído es un creyente al revés. No, el descreído simplemente habla de otras cosas, mientras que de lo trascendente es mejor callar: un silencio que no es irónico, ni va cargado de una sabiduría indecible o un fervor inexpresado, sino es más bien un silencio llano y corto. La filosofía descubre que no tiene franquicia en la eternidad (“And famous lips interrogated God / Concerning franchise in eternity;/…./ Yet endless mornings break on endless faces”18) y, disciplinada por la conciencia de la limitación humana, echa anclas en el plano movedizo y absolutamente inmanente de nuestras diversas prácticas: ¿de qué presuposiciones parten, qué confusiones albergan, qué sentido tienen? Interrumpido el interés y el supuesto acceso al plano trascendente de los entes en sí mismos y su lógica verdadera, única, eterna, y total, queda desteologizada la ontología, la ética, y por supuesto la filosofía política. Con la desteologización sobrevino un cambio radical en el concepto de autoridad: si no hay autoridad trascendente, entonces al principio no hay una palabra y nadie, ni fuera ni dentro del mundo, puede tener la última; si la autoridad es inmanente, entonces la verdad y el bien son posibles gracias a quienes las practican en común, y la verdad no es menos verdadera o el bien menos bueno de lo que creemos que son cuando suponemos que tienen raíz trascendente, aunque sí son absolutamente perecederos, como todo 18 Philip Larkin, “Many famous feet have trod”.


lo humano. En síntesis, la autoridad deja de ser divinatrascendente y pasa a ser democrática-inmanente. Obviamente la importancia política de este giro en el concepto de autoridad es enorme. Dado que el liberal ha dudado intuitivamente del concepto de la autoridad trascendente, y dado que ese concepto ha sido uno de los instrumentos más útiles y eficaces para justificar el poder ilimitado, la desteologización de la política también ha sido una de las banderas del liberalismo histórico. El anti-liberal español Juan Donoso Cortés ya se lamentaba de la vocación discutidora del liberal (como con Schmitt, hoy el pensamiento autoritario de derecha de Donoso Cortés atrae a la izquierda autoritaria. Haríamos entonces bien en leer su Ensayo sobre el catolicismo, el liberalismo, y el socialismo considerados en sus principios fundamentales [1851], cuya prosa al parecer es excelente). Pero independientemente de las explicaciones de las batallas antiguas entre liberales y la Iglesia, en la filosofía la desteologización de la política se sigue del uso de la razón crítica para limitar todo entusiasmo y extirpar del alma el fanatismo, que ha presidido sobre muchas matanzas y otras desgracias, y es sin duda el vicio mayor de la política. ¡Que Dios nos libre! Kant, como veremos a continuación, se extralimita en la prueba de que el liberalismo tiene un futuro asegurado, pero aquí cabe una advertencia. De largo la enseñanza de la limitación, la práctica de la finitud, y la filosofía crítica predominan en los textos y legado kantianos, mientras que el argumento para asegurar el ímpetu y el éxito en la promoción del bien supremo ocupa un lugar menor. El fanático parece estar confundido respecto de por lo menos una interesante pregunta: ¿cuánto mismo podemos esperar de la política? Según Kant, muchísimo, ya que a través de la política se actualiza nada menos que el bien supremo. Había mencionado una cierta incongruencia entre los tiempos y necesidades actuales de las democracias liberales antiguas y exitosas y los de la —digámoslo abiertamente— fracasada y vergonzosa política iberoamericana. Y había dicho al inicio de este ensayo que a muchos de los filósofos de las democracias liberales avanzadas, repasar la teoría del liberalismo les parece de un anacronismo e irrelevancia acabada, aunque Rawls (el mayor heredero del liberalismo kantiano en el mundo anglosajón) y sus players sigan tocando. Mas eso es irrelevante, ya que cada situación política tiene su propia lógica y sus propias necesidades. Pero sí extraña ese frecuente sentimiento de decepción ahí donde se ha actualizado ya gran parte (no todo, nunca todo) del proyecto liberal. Si nos fijamos en las cosas que la teoría ético-política liberal de Kant deja a un lado (la moralidad kantiana es incompleta por faltarle el aparato conceptual para abarcar la totalidad de los problemas éticos de vivir una vida humana) entrevemos las razones de la decepción. El liberalismo aspira a mucho (¡muchísimo!), pero es un error de Kant creer que sea el bien supremo, es decir el bien incondicionado y completo. Por

lo mismo, aunque el mismo Kant haya estado equivocado al respecto, se sigue de su propia filosofía que no debemos esperar todo de la política, recomendación acertadísima y común a todo liberalismo. En política es mejor evitar modestamente el infierno que ambiciosamente querer llegar al cielo. El liberalismo, también el kantiano, siempre se ha opuesto al fanatismo. Y entonces, los despistados son los que hoy sienten decepción de sus admirables y frágiles democracias liberales. Pero tal vez ese sentimiento sea síntoma de que el ímpetu liberal está desvaneciendo y predicción de que en una o dos generaciones más habrá un giro político de magnitud no vista desde hace trescientos años. Decía que según Kant promover el bien supremo que es la república liberal y lo que él llama la paz perpetua es la vocación ético-político permanente de la razón humana que tiene su éxito, o por lo menos su progreso real, asegurado. Aquí hay un punto fundamental: para Kant y la Ilustración alemana en general, el progreso es esencialmente moral, no material. Pero que no se entusiasme mucho esa beatería falsa, insincera y tonta (común entre las católicas élites intelectuales y económicas iberoamericanas) de que el bienestar material es malo y el sufrimiento bueno: “Kant tiene que, y de hecho ve [el bienestar empírico] sólo como un resultado […] que ciertamente podemos desear e inclusive esperar pero que no puede constituir el fin de la historia como tal. Este fin es la actualización de la libertad y la razón por ellas mismas [y no por otros fines ulteriores]”19. Es difícil saber si hoy más incredulidad causa la idea del Estado moral o la del progreso moral. En este tiempo extraordinariamente cínico y tan propenso a las simulaciones, los ideales de la Ilustración han perdido vigencia, y no sólo entre filósofos. La causa es evidente: el siglo XX destripó a Europa. Humanity: a Moral History of the Twentieth Century, de Jonathan Glover, examina el catastrófico siglo con los ideales de la Ilustración todavía en mente, aunque con una visión mucho más obscura. Ahora bien, ¿puede la razón tener esperanza? La pregunta no es una de aquellas extraordinarias, y a primera vista inútiles, que hacen los filósofos y que enervan al sentido común por alterar la perspectiva cotidiana con la cual nos movemos en el mundo. Felizmente solemos ir por el anverso del mundo ignorando su reverso, y raro es el día de retraimiento para preguntar sobre las condiciones de posibilidad del ser de los seres (Descartes recomendaba filosofar una vez el año, aunque seguramente nosotros necesitamos diez días por cada uno de Descartes). Por el contrario, dado que el moderno, siempre progresista, necesariamente encuentra incongruencia entre la realidad y el ideal ético-político, de tal suerte que siempre tiene un futuro mejor por delante, y dado que sus prójimos atentan permanentemente contra sus planes, la pregunta sobre el 19Yovel, op. cit., p. 196.

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éxito le es ineludible y, cuando las cosas van mal, cotidiana. De ahí la que ahora nos ocupa: ¿tiene futuro el liberalismo? Mas Kant no se contenta con meras probabilidades y contingencias sino quiere, contra toda evidencia empírica, al redropelo de su propia filosofía crítica, y además sin merecérnoslas, garantías de éxito. Este espíritu es el inverso al de esta paradójica, casi rocanrolera seducción de Borges: “…I am trying to bribe you / with uncertainty, with danger, with defeat.” A propósito de la música, la Unión Europea acertó al escoger la Novena de himno: ahí se oye las voluntades libremente unidas bajo la ley —la esencia misma del liberalismo— en empinada trayectoria ascendente. No obstante, la música del siglo veinte no auguraba cosas buenas para la Unión: ¿qué futuro podía tener el liberalismo con toda esa disonancia, conflicto, decepción, sarcasmo, desesperación, violencia o incertidumbre?

Según Kant, el fin de la historia —la esperanza racional— es la paz perpetua, que no es la inscripción satírica en la imagen de un cementerio colgada en algún bar de mala muerte, sino la lógica ético-política de la república liberal extendida globalmente hasta la creación de un supra-Estado cosmopolita al que pertenecerá toda nación y todo individuo.

En todo caso, jamás a un alemán de este lado del siglo XX se le ocurriría suponer que pueda haber seguridad éticopolítica alguna. Se había vuelto evidente que las prácticas comunes que sostienen las instituciones liberales difícilmente llegan a tener vigencia, son esencialmente frágiles, y pueden desaparecer de un momento a otro. Hay apenas seis décadas entre la muerte de Hegel y el nacimiento de Heidegger y Schmitt, consumados antiliberales. Es en el mundo anglosajón donde el liberalismo tiene raíces más antiguas y profundas, pero no faltan enemigos internos verdaderamente peligrosos: últimamente el Partido Republicano de los Estados Unidos ha perdido el uso de la razón. Tres gotas bien administradas de mutua sospecha en la cultura política y los cimientos de cualquier constitución comienzan a resquebrajarse. La libre sumisión a la ley, la libre cooperación, la confianza mutua no son nada resistentes a las pasiones negativas, la suspicacia, el fanatismo, el odio o la envidia. El liberalismo es cosa frágil y muy difícil de lograr y preservar, y más bien lo que debemos de esperar es que se estrelle contra la Escila de la dictadura o la Caribdis de la anarquía. El caso del Ecuador es claro. Es cierto que Correa y los ilusos del “que se vayan todos” han desmantelado instituciones públicas sin la menor posibilidad de suplantarlas con otras (ya que ahora tienen dueño), pero no es cierto que Correa haya acabado con el liberalismo en el Ecuador, pues nunca lo ha habido. La mejor manera de entender esta etapa es como una transición de una anarquía a una neodictadura. Ambas muy feas, mas no extremas.

El futuro del liberalismo: la unión de la razón práctica con la teórica En el análisis final, Kant no llega a ser posmoderno, y para él hay leyes racionales que aseguran un buen futuro para el liberalismo. Kant creía que promover la república (el nom-

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… ¿cuánto mismo podemos esperar de la política? Según Kant, muchísimo, ya que a través de la política se actualiza nada menos que el bien supremo …. Por lo mismo … se sigue de su propia filosofía que no debemos esperar todo de la política, recomendación acertadísima y común a todo liberalismo.


El liberalismo es cosa frágil y muy difícil de lograr y preservar, y más bien lo que debemos de esperar es que se estrelle contra la Escila de la dictadura o la Caribdis de la anarquía … pero no es cierto que Correa haya acabado con el liberalismo en el Ecuador, pues nunca lo ha habido. La mejor manera de entender esta etapa es como una transición de una anarquía a una neodictadura. Ambas muy feas, mas no extremas.

bre de Kant para al Estado liberal), y más allá de ella, la unión cosmopolita de todos los pueblos bajo una misma ley positiva, era el deber permanente de todo ser racional, y que el mundo no podía estar hecho de tal manera, pese a los horribles espectáculos que ofrecía entonces y todavía ofrece, que lograr esos fines fuera imposible. He ahí la teleología en acción. La tarea crítica, como siempre, es someter aquella creencia al tribunal de la razón para determinar si está en su derecho. Kant pregunta por el futuro y quiere seguridades. ¿Podemos actualizar el bien supremo en el mundo? Sí, sin duda, contesta Kant. En la prueba por única vez abandona el plano estrictamente inmanente de su filosofía y especula sobre el plano trascendente, y aun sobre Dios. El primer elemento de la prueba es que deber es poder. Este es uno de los elementos más importantes de la moralidad kantiana. Por un lado, la idea es propiamente moral y como idea es sencilla (aunque ser moral, según Kant, no es nada sencillo y es para casi todo hombre una lucha interna más o menos difícil, ya que poquísimos son los bendecidos): la moralidad consiste en hacer lo que debemos hacer por la sencilla razón que es lo debido. El principio de que deber es poder es un elemento central de la actitud moral del sujeto kantiano, quien jamás busca rationalizations o excusas para no hacer lo que debe, que no calcula las ventajas o desventajas de la acción moral, y que sabe que buscar razones para hacer lo debido (ni se diga lo indebido) es ya inmoral, ya que la razón para hacer lo debido es precisamente que es lo debido. Por otro lado, la idea tiene una clave ontológica. La moralidad no consiste en hacer lo imposible. Hay situaciones raras y extremas, por ejemplo las que requieren un sacrifico muy grande, en las que el deber tiene una función heurística: deja descubrir que podemos hacer algo que no sabíamos que podíamos hacer. Pero en ningún caso estamos obligados a hacer lo imposible (ultra posse nemo obligatur). De la definición del deber se sigue que si hay un deber hay la posibilidad de realizarlo. Este es el primer paso. Pero segundo, Kant tiene razón que hay una diferencia fundamental entre una acción moral puntual que —podemos afirmar pese a las dificultades que tiene la ontología kantiana en este punto— se completa inmediatamente y acciones cuyo éxito depende de los demás. Promover el liberalismo es una intención de largo plazo que no se completa con una sola acción individual. Requiere, ya lo hemos visto, progreso moral, al que el alma humana podría ser reacia. Es más, si bien empíricamente no podemos tener confirmación absoluta de nada, ¿no sospechamos que el progreso moral es imposible? ¿no sospechamos que todos somos diablos deseosos de que la ley se aplique siempre a todos los demás e, inconfesablemente, nunca a nosotros mismos? ¿No queremos que la ley castigue implacablemente… a los demás? Hoy tales sospechas ni siquiera nos

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parecen cínicas, sino simplemente ciertas. Mas la razón no se rinde y afirma el deber de promover la república. Y del deber se sigue analíticamente el poder. La solución entonces está en lo que Kant llama el postulado de la razón práctica pura. Encuentro que Yovel, que ha estudiado este momento del kantianismo a fondo, da cinco formulaciones del principio teleológico que es el postulado: a) “Tiene necesariamente que haber algo (en la estructura del mundo o del hombre) que haga posible la realización del bien supremo a través de la actividad del hombre”. b) “El mundo dado es el bien supremo in potentia, y la práctica humana puede actualizarlo”. c) “El mundo y la historia humana [tienen] un principio implícito de teleología moral”. d) “[Postulamos una] ‘asistencia divina,’ como la fuente de nuestra habilidad de promover el bien supremo, y así como también el (desconocido) fundamento de nuestra esperanza que va a ser completamente actualizada”. e) “[Postulamos] como el origen de nuestra facultades un ser supremo, poseedor de facultades análogas y que une en sí mismo todas esos elementos cognitivos y prácticos que para nosotros, seres limitados, están divididas en dualidades”20. Tercero, para darle mayor fuerza psicológica al postulado, y mayor ímpetu a la promoción del bien supremo, pero como una aseveración absolutamente subjetiva, Kant afirma que lo que se postula es la existencia de Dios. Pero de una forma curiosa: “nuestro análisis ha hecho evidente que la doctrina kantiana de la divinidad está subordinada a y sirve un interés estrictamente humano. El objeto supremo del sistema no es Dios pero el bien supremo, entendido como el ideal de una realización histórica […] Por decirlo figurativamente, Dios se ha transformado explícitamente en el asistente del hombre”21.

razón especulativa (cuyo interés es el conocimiento, no la acción) exige que callemos. El postulado sobrepasa los límites críticos de la razón especulativa. Pero como esta tampoco puede negar la validez del postulado, y como la razón práctica pura tiene primacía sobre la especulativa (este simplemente es una de las intuiciones pre-sistémicas del individuo Immanuel Kant), entonces es racionalmente válido, dados los intereses prácticos y exclusivamente en el contexto de la práctica misma (no en el contexto de la teoría de la práctica) que el agente crea en la validez del postulado y por lo tanto que el bien supremo en el mundo, la república liberal y la paz perpetua, se actualizará necesariamente. Quod erat demonstrandum. Mas veamos la crítica de Yovel: “que hay una fuente común para la naturaleza [específicamente la humana] y la razón, o la receptividad y la espontaneidad, está en conflicto con las suposiciones básicas contrarias del [sistema] crítico y con otro de sus principios fundamentales, que el hombre puede tener persistentes conflictos existenciales con su definición de ser racional finito. Es evidente por lo tanto que los postulados no sólo incluyen inocentes aseveraciones cognitivas indecidibles. Lo que estas aseveraciones trascienden no sólo son los límites del conocimiento determinados por el sistema, pero los límites del sistema mismo… su estatus es irracional y no simplemente no-racional”22. Con lo que volvemos al debate inicial entre el estoico y el moderno. ¿Y usted, lector, que piensa?

Cuarto, obviamente del deber de promover el bien supremo no se sigue la verdad del postulado de la razón práctica pura. Para ello se requiere la intervención del principio de la primacía de la razón práctica pura por sobe la razón especulativa. Sobre este punto no me puedo alargar aquí. Diré que es en esencia un principio de la unidad lógica de la razón. La razón, por sus esencia, no puede contradecirse a sí misma. Dado el deber de promocionar el bien supremo en el mundo, el postulado tiene que ser cierto. Mas el postulado, que es esencialmente teleológico, hace afirmaciones metafísicas trascendentes sobre las que la 20 Yovel, op. cit, pp. 93-126 21 Yovel, op. cit. P. 116

22 Yovel, op. cit. p. 295-296.

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* Leonardo Sempértegui

Abogado ecuatoriano en libre ejercicio profesional. Catedrático universitario. lsv@so-abogados.com

La Importancia del Liberalismo Clásico para la supervivencia del Estado de Derecho “Para triunfar en la gran contienda ideológica de esta época, es preciso, sobre todo, que nos percatemos exactamente de cuál es nuestro credo; poner en claro dentro de nuestra propia mente lo que queremos preservar y lo que debemos evitar “ Friedrich A. Hayek

* Debo agradecer a Ruth Urbano, quien colaboró

de manera importante con la investigación para la preparación del texto. Los errores u omisiones de esta nota son atribuibles únicamente a mi persona.

El liberalismo clásico está indisolublemente unido al Estado de Derecho, dado que aquel siembra las bases para la construcción de un sistema jurídico de convivencia humana razonable y respetuoso. Esta ideología tiene una influencia importante en el desarrollo del derecho moderno. La libertad se manifiesta en el derecho en un sinnúmero de campos y ha debido adaptarse al paso del tiempo y a otros fenómenos extra jurídicos, sin que necesariamente un estado democrático signifique un estado liberal. Dados los ataques que el liberalismo ha sufrido en los últimos tiempos por parte de sectores políticos, es indispensable enfatizar el vital papel de las cortes de justicia, que son el último recurso ciudadano para la preservación de su libertad. 118


1.Principios del liberalismo clásico político aplicados al derecho El liberalismo clásico constituye una de las más importantes ideologías políticas y filosóficas que surgieron a partir del siglo XVII, tras una época caracterizada por el poder absoluto del Estado que extendía sus funciones a la intromisión en aspectos que son propios del ser humano, por lo que el liberalismo clásico debió constituirse en la principal herramienta de defensa del espacio de libertad del individuo ante el gobierno. Esta ideología se asienta en parte en la visión individualista planteada por Thomas Hobbes. Sin embargo, es John Locke quien a través de su teoría de la ley Natural o Estado de Naturaleza afirma que el ser humano vive en una situación de libertad y de relativa felicidad y es titular de derechos individuales que son anteriores al Estado, pero que a la vez dichos derechos deben ser protegidos por una autoridad de cualquier agresión ilegítima; para lo cual debe renunciar a esa condición natural suya y entrar en sociedad con otros hombres que conjuntamente tienen el propósito de salvaguardar sus vidas, libertades y posesiones. Sin embargo, el gobierno tiene un límite claro en sus acciones y existen amplias esferas de la vida humana de total libertad.1 Norberto Bobbio, filósofo, jurista y político italiano, señala que “El Estado liberal nace de una continua y progresiva erosión del poder absoluto del rey; y en periodos históricos de crisis aguda de una ruptura revolucionaria, en donde el Estado liberal es justificado como el resultado de un acuerdo entre individuos en principio libres que convienen en establecer los vínculos estrictamente necesarios para una convivencia duradera y pacífica.”2 En tal sentido, Bobbio enfatiza el papel del Estado como centinela de los derechos de las personas, con un rol de alguna manera limitado a esas tareas. Partiendo del Estado de Naturaleza de Locke y los derechos inherentes al ser humano, para que la transición del Estado de Naturaleza hacia una asociación civil se haga efectiva y segura, es necesario que se establezca una autoridad cuya función sea proteger los derechos y libertades de los individuos de toda agresión ilegítima, pero siempre y cuando el ejercicio de la función que se le arroga sea limitada. La existencia de una autoridad y el gobierno limitado constituyen dos principios fundamentales del liberalismo clásico, tal como lo instituyó Adam Ferguson: “La libertad no es, como podría inferirlo el origen del nombre, la libertad de toda restricción, sino la aplicación efectiva de restricciones justas a todos los miembros del Estado libre, sean estos magistrados o súbditos. …El establecimiento de un gobierno justo es de todas las circunstancias que se dan en la sociedad civil la más esencial para la libertad; cada perso1 John Locke, Two Treatises of Government, Cambridge University Press, 1976, p. 395. 2 Bobbio, Norberto, Liberalismo y Democracia, Décimo Segunda Reimpresión, Capítulo II, Los Derechos del Hombre, México, 2008, pág. 14.

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… Bobbio enfatiza el papel del Estado como centinela de los derechos de las personas, con un rol de alguna manera limitado a esas tareas…. La existencia de una autoridad y el gobierno limitado constituyen dos principios fundamentales del liberalismo clásico.


El Estado Liberal podía así ser limitado a unas pocas funciones: asegurar el orden público interior, proteger contra las inversiones exteriores y garantizar eventualmente el cumplimiento de las reglas de competencia entre los individuos y las empresas …. La libertad de poseer bienes (el derecho a la propiedad privada) constituye una idea fundamental para los liberales clásicos.

na es libre en la proporción en que el gobierno de su país es lo suficientemente fuerte para protegerla y lo suficientemente limitado y prudente para no abusar de su poder.”3 La no injerencia del Estado en el aspecto religioso también era auspiciada por los filósofos liberales clásicos, ya que la libertad religiosa constituía un principio generador de la libertad civil. Para Lord Acton las autoridades debían proteger con firmeza a los individuos de toda interferencia al libre ejercicio de sus creencias religiosas,4 estableciendo así una separación entre la Iglesia y el Estado y la libertad de culto de los individuos, libertad que afortunadamente ningún gobierno antiliberal del mundo occidental ha pretendido atacar, ya que más bien se interpreta la religión como bastión del conservadurismo, noción contraria a las llamadas tendencias revolucionarias, políticamente hablando. En el ámbito económico se propugnaba el principio de “laissez faire, laissez passer”, es decir que se planteaba una libertad económica en la que la intervención del Estado era mínima, con el fin de realzar el papel del individuo en los asuntos económicos. Es así, que Maurice Duverger señala: “Para los liberales clásicos, el liberalismo político y económico eran las dos caras de una misma realidad. La libertad de industria y de comercio era como una forma particular de la libertad individual y de la igualdad entre los ciudadanos. Estaba garantizada por la debilidad del Estado, lo cual era garantizada a su vez, por aquella. El Estado Liberal podía así ser limitado a unas pocas funciones: asegurar el orden público interior, proteger contra las inversiones exteriores y garantizar eventualmente el cumplimiento de las reglas de competencia entre los individuos y las empresas.”5 La libertad de poseer bienes (el derecho a la propiedad privada) constituye una idea fundamental para los liberales clásicos, pues consideran que sin ella el individuo está perpetuamente a merced del Estado.6

Es más, es tan enfáticamente indisoluble la conexión libertad – estado de derecho, que probablemente el derecho sería la ciencia o área del conocimiento más afectada por la vulneración práctica o real de los principios liberales.

La igualdad ante la ley conlleva a la exigencia de que todos los individuos deberían tener la misma participación al momento de elaborar una ley. Este es el punto en donde el liberalismo clásico y la democracia convergen. 7 Esto se traduce en la libertad política, mediante la cual las personas pueden participar de modo más pleno en la gestión de asuntos públicos gracias al sistema democrático, ya que “la gran mayoría de los pensadores liberales estuvieron y están acordes en sostener que el método democrático (o la regla de la mayoría) es el más adecuado para decidir quié3 Ferguson, Adam, Principles of Moral and Political Sciences Edimburgo, 1772, pág. 58 4 Acton, Lord, Essays in the Liberal Interpretation of History, Chicago, 1976, pág. 292 5 Duverger, Maurice, Instituciones Políticas y Derecho Constitucional, Editorial Ariel, Segunda reimpresión de la sexta edición, Barcelo, 1982, pág. 27. 6 Montaner, Alberto Carlos, Liberalismo y Neoliberalismo en una lección, La Ilustración Liberal, Revista Española y Americana, número 42, Madrid, 2009. 7 Hayek, Friedrich A., The Constitution of Liberty, The University of Chicago Press, Chapter Seven, Majority Rule, Chicago, 1960, pág. 103

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nes deben tener la responsabilidad de conducir y administrar los negocios públicos.” 8 Sin embargo, el liberalismo rechaza cualquier imperio totalitario de la mayoría, pues ésta encuentra sus límites en el respeto y protección de las libertades individuales. Debemos advertir y tomar en cuenta, de todos modos, que un gobierno democrático no genera forzosamente un Estado Liberal.9 La democracia para que realmente se constituya dentro de un Estado Liberal tiene que ser multipartidista y tiene que ir relacionada con la división de poderes, de modo que el balance de la autoridad impida que una institución del Estado acapare el poder, tentación presente en toda época. En cuanto al sistema de gobiernos, los liberales ha preferido tradicionalmente el sistema parlamentario, en el que se refleja de mejor manera la variedad de la sociedad. De igual modo los liberales son partidarios de la descentralización política y administrativa, a través de la cual los gobiernos estén controlados de un modo más directo y en los cuales las limitadas competencias políticas estén cercanas a los ciudadanos. El recogimiento de todas estas libertades, políticas, religiosas, económicas, y la limitación del poder de la autoridad, llevan al surgimiento de un Estado de Derecho, que tomando en cuenta el… “ámbito de la doctrina liberal del Estado da lugar a la constitucionalización de los derechos naturales, o sea, la transformación de estos derechos en derechos protegidos jurídicamente, es decir, en verdaderos y propios derechos positivos.”10 La regulación de los derechos y deberes con relación a los demás se da precisamente a través del Estado de Derecho, en el que se establece una sociedad regulada por leyes neutrales que no le den ventaja a persona, partido o grupo alguno y evitando enérgicamente los privilegios. Tal es la razón por la cual el Liberalismo fundamenta al Estado moderno, respetuoso de sus miembros individuales.

2.- Condiciones de principios liberales en el mundo actual Como se puede ver, el liberalismo clásico tiene un desarrollo importante en lo relativo al derecho, con escuelas que lo continúan acertadamente hasta nuestros días. Es más, es tan enfáticamente indisoluble la conexión libertad – estado de derecho, que probablemente el derecho sería la ciencia o área del conocimiento más afectada por la vulneración práctica o real de los principios liberales. Sin libertad sólidamente afirmada, el derecho tendría un desarrollo atrofiado, con cobertura parcial e insuficiente. Y, desafortunadamente, al parecer eso puede estar ocurriendo en varios lugares del mundo contemporáneo. 8 Gallo, Ezequiel, Notas sobre el Liberalismo Clásico, Ediciones Macchi, Buenos Aires, 1984, pág. 251 9 Bobbio, Norberto, Op cit. Pág. 7 10 Bobbio, Norberto, Op cit, págs. 18 y 19

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Por lo tanto, a pesar de que la instauración del Estado de Derecho y el reconocimiento de principios y derechos fundamentales relegados en el Antiguo Régimen, trajo consigo cambios significativos para la sociedad, no significa que el Estado Liberal actual no sea objeto de críticas que pongan en duda su eficacia o funcionamiento ; pues como dice Dahrendorff11 “el Estado es acusado con frecuencia de ser un inepto costoso”, pero son esas mismas críticas las que permiten realizar cambios que incluso dan paso a nuevas etapas. Es necesario analizar si en la realidad actual el liberalismo sigue vigente en su forma originaria o si factores sociales, políticos o económicos han influenciado en su estructura o se encuentra proclive a su caducidad, pues “el liberalismo les sigue pareciendo a muchos un producto de un pasado lejano, y el adjetivo liberal se continúa utilizando como sinónimo de algo en cierta manera incompleto o insuficiente.”12 El liberalismo continúa rigiendo a nivel internacional, es así que Giovanni Sartori dice: “el liberalismo ha sido la doctrina prevaleciente en el occidente durante casi cuatro siglos”.13 En palabras de Hayek: “El liberalismo, lejos de ser una ideología racionalmente articulada por un determinado grupo de filósofos, no es sino el resultado de la evolución del propio hombre entendido como ser cultural”.14, lo cual da cuenta de la dimensión universal de esta postura de pensamiento en la vida humana, trascendiendo el paso del tiempo y las diferencias territoriales, históricas o culturales de los pueblos. Como ya se ha analizado en párrafos anteriores, el liberalismo clásico se basa en tres principios fundamentales: libertad, igualdad y la oposición al Estado absolutista; pero con el pasar del tiempo y gracias a los aportes de varios pensadores que seguían esta ideología, se fueron añadiendo otras ideas afines o complementarios a dichos principios que se consolidaron tras la Revolución Inglesa de 1688 y el triunfo de la Revolución Francesa dejando como resultado : “el liberalismo como ideología, el capitalismo económico como sistema, el individualismo que sustituye a la concepción humanitaria, la autonomía moral que cree en la bondad natural, el contractualismo social, y también, el democratismo.”15 Por otra parte, acontecimientos históricos como la Primera y Segunda Guerra Mundial y la crisis financiera de 1929 ocasionaron que el sistema liberal económico se viera afectado y ocasione una crisis social marcada por el des11 Dahrendorff, Ralf, Al di de la Crise, Bar, Laterza, 1984. 12 Tusell, Javier, Actualidad del liberalismo, Revista Cuenta y Razón, Número 26, España, 1987. 13 Sartori, Giovanni. Qué es la democracia?. México, Taurus, 2003, pág. 276. 14 Hayek, Friedrich, La Fatal arrogancia: los errores del socialismo, Trad. Luis Reig, Madrid, Unión Editorial, 1990. 15 Escrivá de Romaní, Manuel, Capítulo 1, El liberalismo: Desde sus raíces hasta el siglo XXI, México, Fondo de Cultura, Económica, 1992, pág. 9.


…. Hayek: “El liberalismo, lejos de ser una ideología racionalmente articulada por un determinado grupo de filósofos, no es sino el resultado de la evolución del propio hombre entendido como ser cultural”

empleo, caída de la producción y otros problemas económicos, llegando a ser una crisis internacional de remarcada importancia. Esta situación afecta necesariamente al liberalismo, y no solamente entendido este en su esfera económica sino en los demás ámbitos de la vida humana, entre ellos el aspecto jurídico. Se plantea en tal sentido la necesidad de intervención del Estado en la economía a través del gasto público, creación de empleos y administración del sistema económico. El Estado no sólo se vio como el salvador de la economía, sino como el proveedor de la seguridad social e individual. 16 En base a la nueva concepción que se da al Estado, surge el New Deal y el Welfare State o Estado de Bienestar, en el que el Estado interviene ampliamente en la vida de sus ciudadanos y se le atribuye funciones que, tomando en cuenta los principios del liberalismo clásico, atenta contra la libertad de los individuos. Friedman en este aspecto nos dice: “A partir de 1930, a la palabra liberalismo en Estados Unidos se la consideró asociada con una orientación diferente, especialmente en política económica. Se la asoció con una predisposición de confiar en el Estado esencialmente, y no en los esfuerzos voluntarios, para la consecución de los objetos considerados deseables. Las palabras más llamativas fueron: bienestar e igualdad en vez de libertad”. 17 Se dice entonces que estamos ante un liberalismo moderno, que fue objeto de críticas por los neoliberales, sobre todo en lo que se refiere a la pérdida de libertad individual por la intervención o restricciones que el Estado pueda interponer. Es evidente que esta proyección del liberalismo moderno distorsiona la idea original del término y en el aspecto jurídico no es diferente, ya que para poder efectuar los cambios sociales necesarios, se debió introducir el nuevo espíritu en la legislación, es decir limitar la libertad personal en aras de proteger económicamente a los individuos. Este experimento ha tenido resultados importantes, evidenciándose una clara diferencia en factores como producción y posibilidad de recuperación luego de una recesión, tema que deberá ser abordado por los especialistas, pero que es claramente distinto entre países “liberales puros” (tradicionalmente Estados Unidos de América) y estados de bienestar (Alemania a la cabeza).

Se puede decir que en cuanto más Estado existe, más en riesgo se encuentra la libertad ciudadana.

A partir de los años setenta se vive un ambiente de crisis económica, junto con una crisis petrolera y energética que dio como resultado el estancamiento de la política keynesiana y que obligó a que la comunidad internacional tome decisiones políticas y económicas encaminándose nuevamente al sistema liberal clásico; empero se postula una visión diferente en cuanto a la no intervención del Estado en la economía, sobre todo con el fin de que el sistema capitalista subsista. Esta tendencia es propia del neolibe16 Ibídem 17 Friedman, Milton, Capitalismo y Libertad, pág. 18.

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ralismo, tendencia que también requiere un reflejo en la legislación, la misma que se llegó a dar en muchos países, sin que necesariamente eso haya significado su ejecución práctica. El análisis anterior sobre la evolución que ha tenido el liberalismo clásico se hace necesario para entender la realidad del mismo en la actualidad. Hay que destacar que aún cuando el liberalismo ha sido objeto de cambios, su resurgimiento a partir de los años 70 lo constituye en un liberalismo de principios, pues se sigue propendiendo y fomentando los tres principios básicos: libertad, igualdad y el Estado de Derecho, y se añaden valores como la responsabilidad, solidaridad y pluralismo. Aunque bajo el mismo nombre, la teoría liberal pasó de expresiones clásicas que iniciaron como la libertad, la autonomía y la propiedad, continuaron con intervencionismo estatal y bienestar, para convertirse en la actualidad en globalización, derechos humanos y democracia.18 Como queda dicho, mucha de la discusión respecto al valor del liberalismo clásico se ha encapsulado en el último siglo en el fenómeno económico, lo cual ha repercutido sin duda alguna en las concepciones jurídicas de los estados, en unos más que en otros. Sin embargo, el desarrollo político y jurídico ha tenido consecuencias y resultados sobre este tema por cuerda separada. Como se dice de manera permanente, una de las ironías del derecho es que más bien debe responder a fenómenos de la vida real antes que a ser el resultado de una creación de “laboratorio” normativo, que permita generar soluciones de derecho ideales. En tal sentido, la política y sus actores influyen de manera determinante en el nivel de respeto al liberalismo clásico y su presencia en el derecho. Se puede decir que en cuanto más Estado existe, más en riesgo se encuentra la libertad ciudadana. En consecuencia, los procesos de expansión estatal no deben verse solamente como peligros para el sistema económico, sino como un latente riesgo para las libertades protegidas por el sistema jurídico, las mismas que se ponen en peligro cuando el Estado crece y no crecen en la misma dimensión los mecanismos de defensa de los ciudadanos ante este dios terrenal o Leviatán que es el Estado, como lo definió Hobbes. En el siglo XXI y en América Latina, se concentra una parte importante de los riesgos actuales a los derechos defendidos por el liberalismo clásico. La imposición de un modelo de izquierda política y económica parece requerir el recorte de libertades individuales y colectivas, con el fin de adecuar a la población a un modelo de desarrollo prediseñado. Estos procesos de limitación de la libertad se pueden dar por distintos métodos y a través de varias facetas, tanto legítimas como no, ante las que los organismos públicos deben estar listos para defender los derechos de las personas. 18 Escrivá de Romaní, Manuel. Op cit.

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3.-Papel de las Cortes de Justicia en el proceso de protección de la libertad ¿Quien es, entonces, el encargado de restaurar los procesos de libertad amparados por el Liberalismo Clásico? Dentro de un Estado de Derecho cualquiera, el papel esencial de los organismos de administración de justicia es hacer prevalecer los derechos de las personas en los procesos, y especialmente restaurar los derechos ciudadanos ante abusos del Estado, persona jurídica con increíbles posibilidades de coartar la libertad. En tal sentido, no solamente hace falta el fortalecimiento institucional de los jueces (tradicionalmente la función más débil del Estado, inmiscuida casi inadecuadamente en el debate Ejecutivo – Legislativo), sino la claridad necesaria en quienes ocupan dichos cargos para entender la trascendencia de su rol. Un asalto a la democracia no se da a través de la disolución del Parlamento o la destitución del Jefe de Gobierno, sino cuando cualquier ciudadano está desprotegido ante el ataque de terceros a sus derechos. Es decir, cuando no existen órganos de justicia a quienes acudir, o peor aun, estos organismos son cómplices de las actuaciones ilegítimas del poder público. Si bien el “gobierno popular” como lo define Mill es por naturaleza el que desarrolla los principios liberales, es evidente que ante las disquisiciones que surgen con el manejo del poder, este gobierno de origen plebiscitario no respetará siempre la libertad ciudadana. En esta circunstancia, la presencia de órganos judiciales – constitucionales, que hagan prevalecer los derechos más básicos de la persona (empezando por la libertad en todas sus expresiones) se vuelve indispensable. Lamentablemente, la tradición constitucional latinoamericana es frágil y muy localizada, pretendiendo varios Estados volver a construir jurisprudencia constitucional a partir de nuevos tiempos y criterios. Para determinar lo errado de esta apreciación, sólo basta con observar el ejemplo de la Corte Suprema de Justicia de los Estados Unidos de América (USSC), la que viene funcionando por centurias y es básicamente un órgano de control de respeto de derechos, siendo la libertad en sus múltiples facetas (expresión, comercio, tránsito, etc.) defendida sin consideración partidista o temporal.19 Como queda dicho, y ante la premisa propuesta para la elaboración de este artículo, no es solamente posible que el liberalismo clásico siga existiendo en la esfera jurídica, sino que de su permanencia depende que el Estado de Derecho sea tal en efecto y no una mera mascarada que sirva para ocultar violaciones de la libertad ciudadana, uno de los bienes jurídicos por los que más luchas ha habido a lo largo de la historia humana moderna. 19 En este sentido, la USSC ha dictado en su último término varios fallos tendientes a ampliar el ejercicio de la libertad de expresión, relativo al financiamiento de campañas electorales por parte de empresas y al uso de material sensible en transmisiones públicas, que fue prohibido por una ley estatal, la cual fue anulada por el máximo tribunal norteamericano.


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Eduardo Valencia Vásquez Director del Instituto de Investigaciones Económicas de la PUCE evalencia@puce.edu.ec

El devenir errático del liberalismo clásico

Sábato: “Historia y mito han demostrado que la historia no es suficiente para el hombre. El hombre solo cabe en la utopía”.

El Liberalismo Clásico es una de las doctrinas que ha moldeado la vida de las sociedades. El pensamiento de Adam Smith fue uno de sus determinantes, pero sus tesis serían mal interpretadas y distorsionadas. Más tarde la posibilidad de la “ética de la convivencia” y de la “ética de la convicción”, llevó a los gobernantes a adaptarse mejor a la primera. Si el Liberalismo clásico ha de proyectarse al futuro debe recuperar el pensamiento de los filósofos morales de todos los tiempos. 124


El Liberalismo Clásico es sin duda una de aquellas doctrinas que ha permanecido y moldeado la vida de las sociedades y ha dejado una huella indeleble en la historia. Si solamente se tratase de hacer una inferencia lógica, cabría esperar que el Liberalismo Clásico, que lleva más de dos siglos de duración, continúe influyendo en la vida de las sociedades contemporáneas por períodos aún más prolongados. Tal inferencia, como lo veremos, puede tener connotaciones que la corroboren, pero, como también indicaremos, ello puede no necesariamente cumplirse. La historia nunca obedece a pronósticos e inferencias lineales. En todo caso, su permanencia en el tiempo, mientras más prolongado sea, siempre deja lecciones que se deben rescatar. Lo importante es que siempre se analicen las doctrinas en relación a los principios inmanentes al ser humano, que, por su esencia, no pueden cambiar en uno u otro momento histórico, sino que aparecen o se esconden por lapsos determinados, pero que siempre vuelven a aparecer, pues, para el ser humano, tales principios son algo que le caracteriza por su naturaleza de ser humano trascendente. Así, pues, en la historia no existen ideas o principios que puedan desaparecer. Más bien, los principios pueden estar o no vigentes, pero jamás desaparecen. La importancia de analizar la trascendencia de una doctrina social reviste una importancia enorme, pues, en tanto en cuanto tales doctrinas respondan a los afanes e intereses más elevados del hombre, a la final es éste mismo el que termina elevándose y mejorándose a sí mismo, y, por tanto, es el hombre quien trasciende a los sucesos históricos. Lo descrito nunca fue mejor resumido como cuando el escritor argentino Ernesto Sábato expresó en su discurso de agradecimiento, al recibir el premio Menéndez y Pelayo dijo: “Historia y mito han demostrado que la historia no es suficiente para el hombre. El hombre solo cabe en la utopía”.

Antecedentes históricos del pensamiento clásico Antecedentes Mediatos Para todos los efectos, las bases del pensamiento científico y social se inician alrededor del siglo V antes de Cristo con los filósofos griegos y se desarrolla aún más con el aporte de los filósofos romanos. En el tema que nos ocupa, que se refiere fundamentalmente a los antecedentes del pensamiento económico clásico, el predecesor fundamental fue Jenofonte al ser quien primero concibió a la economía como un conjunto de postu-

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lados independientes de otras ciencias, ubicándola como parte de la ética que, a la sazón, dominaba el pensamiento clásico. Para él, un objetivo fundamental de la economía era que cada ser humano tenía derecho al producto de su trabajo solamente hasta que éste satisfaga sus necesidades, y que, al momento de su distribución, ésta procure ser equitativa. El producto social consistía en la suma de los productos individuales. Fue también el primero en diferenciar el concepto de “economía” del de “crematística”. Ya se mencionó que la economía propiamente dicha era una disciplina ética, mientras la crematística era la que practicaban las personas desviando su objetivo fundamental hacia el lucro desmedido y hacia una acumulación personal ilimitada de los bienes. Observó que ésta última la practicaban fundamentalmente los mercaderes. A su vez, Sócrates y Platón investigaron más bien sobre la actitud de las personas ante la necesidad que tienen de satisfacer sus necesidades y a la forma cómo deben relacionarse con los demás seres humanos. Ambos sustentaron sus tesis en el concepto de que lo que más enaltecía al hombre y lo elevaba a un ser trascendente, era el desprendimiento, la frugalidad y la ausencia de egoísmo. En sus prédicas, se enfrentaron con los sofistas que hacían prevalecer en su pensamiento, precisamente, al egoísmo por sobre el bien común. Representantes de los sofistas fueron Gorgias, Calicles y Protágoras quienes fueron los primeros en incorporar el pragmatismo en sus tesis políticas. Desde entonces, la práctica del egoísmo ha sido defendida por muchos escritores de la economía política como la motivación fundamental que debe guiar al ser humano en su comportamiento económico. A partir de los sofistas, hay quienes sostienen que los deseos del individuo son la medida de todas las cosas. Así pues, todo el esfuerzo de los clásicos por alcanzar el conocimiento de la verdad por la verdad, cedió el paso a la búsqueda del conocimiento pensando en la ganancia. En la otra orilla, en la de los verdaderos filósofos, Sócrates y Platón sostuvieron lo inverso: predicaron en toda ocasión que la auténtica elevación del ser humano por sobre sus propios intereses y pasiones se conseguía a través de la práctica de la virtud, y que esta debía ser la motivación fundamental que guíe a los seres humanos en sus relaciones económicas y sociales. Desde entonces, el humanismo clásico quedó vinculado con la práctica de la virtud y la sofística a la exacerbación del egoísmo. Pero también es verdad que, al mismo tiempo, Aristóteles buscó matizar la búsqueda de lo ideal, introduciendo en su pensamiento un cierto grado de pragmatismo atendiendo al criterio de que la práctica de la virtud por los seres humanos no siempre era fácil y completamente posible. Consiguientemente, en sus tesis, que dieron lugar a su ciencia política, pensaba que una cierta dosis de pragmatismo era necesaria.


Desde entonces, el humanismo clásico quedó vinculado con la práctica de la virtud y la sofística a la exacerbación del egoísmo

Antecedentes Cercanos La influencia más cercana en el tiempo, que influyó posteriormente en varios de los principales pensadores de la doctrina liberal clásica, provino de lo que ahora se conoce como el pensamiento humanista del Renacimiento. Hacia los siglos XV y XVI surgió un gran movimiento humanista, fundamentalmente en Inglaterra y Holanda, a través de los aportes de Petrarca, Erasmo de Rotterdam y Tomás Moro. Gracias a la influencia de los escritos de Sócrates y Platón, surgió en esta época una fuerte corriente de pensamiento filosófico y científico basado en el humanismo clásico greco – latino, pero refinado por los ideales del Evangelio de Cristo, que rescataba nuevamente la práctica de la virtud en todas las relaciones sociales, pero con un fuerte cuestionamiento a la influencia clerical en los gobiernos de las sociedades europeas. Estos pensadores propugnaron intensamente la liberación total de la influencia religiosa en el manejo de los Estados que hasta entonces había impuesto las normas de convivencia y que había impedido, igual que a su tiempo ocurrió en Grecia y Roma, el desarrollo del pensamiento científico. La filosofía, las ciencias y las artes, renacieron primero en Italia y luego en todo el continente europeo. La Utopía de Tomás Moro que procuró recoger el nuevo concepto de libertad e igualdad en las relaciones humanas, fundamental en una economía igualitaria y un sistema político sustentado en la soberanía del individuo, seguía en lo básico los antiguos preceptos de la ciudad ideal de Platón basada en la virtud, así como los postulados centrales del evangelio cristiano. El idealismo de los clásicos volvía al debate académico, pero ahora en una concepción en la cual el ser humano podía alcanzar sus fines y la propia felicidad en forma libre y sin la presencia de las instituciones eclesiásticas; y también alejándose definitivamente del sistema feudal, en el cual sus gobernantes habían centralizado el poder en el Estado y no en el individuo.

Los excesos del gasto estatal y el excesivo poder concentrado en los reyes determinó que John Locke concibiera una doctrina en la que el individuo pasara a tener preponderancia por sobre el Estado, y en consecuencia, sea el derecho natural del individuo la fuente de toda soberanía, sustituyendo el viejo concepto de que el rey era a su vez el Estado y, por tanto, sobre el que recaía la representación de la soberanía pública.

Habiendo sido ésta la corriente principal del humanismo renacentista en la Europa del siglo XVI, también hubo voces disidentes de menor importancia que siguieron más bien los lineamientos pragmáticos de los antiguos sofistas, alejados de las tesis de Sócrates y Platón. Estos buscaban anteponer el pragmatismo al ideal platónico en la práctica de las ciencias políticas. El más destacado de ellos y también el que más influencia había de tener fue Nicolás Maquiavelo, quien, autodenominándose también humanista, propugnó que la razón de Estado debía predominar en el comportamiento de los gobernantes. Siguiendo el ejemplo de César Borgia, un príncipe guerrero de la época, propugnó que los gobernantes debían incorporar esa forma de pragmatismo para dirigir a las sociedades, menospreciando los objetivos éticos que, hasta entonces, había sido el eje central de las doctrinas políticas clásicas

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y renacentistas. A Maquiavelo se le atribuye el más grande de los sofismas de la ciencia política: que el fin justifica los medios en la práctica política, sofisma que, a partir de entonces, han practicado todos los “condotieros” de la política. Son éstos los que en el mundo contemporáneo ahora divulgan y practican la “crematística”, habiéndola convertido en el arte de maximizar la codicia, la acumulación de riqueza, la especulación y, en última instancia, la injusticia en las relaciones de poder en la práctica de la economía.

Entorno inmediato y origen del liberalismo clásico Con el desarrollo del comercio internacional, también crecieron las ciudades–estado italianas, conjuntamente con nuevas formas de comercio que dieron lugar a nuevos mecanismos y normativas comerciales. En esta época proliferaron las casas de cambio y los prestamistas, que son los antecesores de los banqueros italianos Fue entonces que se hicieron presentes los primeros “condotieros” de las finanzas. A esta corriente se le denominó Mercantilismo y, en esencia, propugnaba que el objetivo fundamental de la economía consistía en la acumulación de reservas monetarias de oro y plata. Para ello, los gobernantes debían apoyar los monopolios comerciales en sus negocios en ultramar, fomentando el proteccionismo estatal a todo lo que pudiera contribuir a aumentar el ahorro en divisas. Representantes de este pensamiento fueron William Petty y Jean Bodin. Mientras tanto, en Francia, no era el comercial el sector preponderante, sino la agricultura, y, por tanto, la Fisiocracia se asentó en este país con esas características. Se consideraba que este sector es el que más contribuía a incrementar la riqueza nacional y, por ello, se fomentó la especialización del trabajo y el mercado libre de productos, en lugar del proteccionismo y el monopolio mercantilistas. Representantes de esta escuela fueron Quesnay y Turgot, a quienes conoció Adam Smith. En Inglaterra, fue John Locke quien inspiró e influyó en mayor medida la revolución de la clase media en Inglaterra y que tanto había de influir en el pensamiento de Montesquieu en el siglo siguiente. Él fue quien expresó en forma sistemática la necesidad de que las sociedades modernas acojan definitivamente a la democracia como el sistema más apropiado de convivencia social y, por tanto, se dé por terminado el régimen de monarquías constitucionales que hasta entonces habían dominado la política inglesa. Los excesos del gasto estatal y el excesivo poder concentrado en los reyes determinó que John Locke concibiera una doctrina en la que el individuo pasara a tener preponderancia por sobre el Estado, y en consecuencia, sea el derecho natural del individuo la fuente de toda soberanía, sustituyendo el viejo concepto de que el rey era a su vez el Estado y, por tanto, sobre el que recaía la representación de la soberanía pública.

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Más tarde, un filósofo moral de ascendencia escocesa, Adam Smith, escribió un conjunto de libros, de los cuales el más conocido e influyente fue “La Riqueza de las Naciones”. El llamado padre de la economía política liberal estudió filosofía en la Universidad de Oxford -en la cual, a la sazón, se incorporaba a la economía como parte de la filosofía-. Como fruto de su formación filosófica, escribió también su libro más importante, “La Teoría de los Sentimientos Morales”, describiendo los principios de la economía política como parte de la filosofía moral, y, más concretamente, de la Ética. Influido por los fisiócratas Turgot y Quesnay, sería él quien delineara por primera vez en la historia un sistema coherente y armónico sobre las relaciones de intercambio, en lo que se conoce como mercado libre. Tal sistema se centró en la tesis de que, siempre y cuando cada individuo fuese dejado libre en la persecución de su propio interés, el resultado de sus decisiones individuales llevaría a conseguir la mayor eficacia no solo para él sino también para la sociedad en su conjunto. Según Smith, al proceder de ese modo, los individuos estaban en capacidad de conseguir niveles de mayor productividad y eficiencia, efectos que, traducidos en una forma de comportamiento social global, traían también consigo mejoras en el bienestar común; es decir, mejoras a toda la sociedad. Las tesis de Smith implicaban que ni el gobernante de turno ni individuo alguno en particular, actuando en el mercado, pudiera influir en las decisiones libres de los demás individuos. Se suponía que ni el Estado ni el gran empresario podrían moldear el funcionamiento del mercado, pues, de hacerlo, además de provocar serias distorsiones en su funcionamiento y el desvío hacia su ineficiencia individual y social, inmediatamente desataría fuerzas que induzcan al mercado a impedir tal predominio y a restablecer los equilibrios prevalecientes. Se esperaba que, de ese modo, se consagrara uno de los principios económicos que, desde entonces, se tornaría trascendente en el funcionamiento de toda economía, cual es, el de que la sociedad como un todo pudiera alcanzar el máximo beneficio económico, optimizando a su vez al máximo el uso de los recursos económicos disponibles para la sociedad, considerados siempre escasos. El pensamiento de Smith, a partir de este momento, sería determinante. Desde ese instante, la sociedad supo que el bienestar social ya no dependía de la voluntad omnímoda, ni de un monarca o caudillo, ni de un empresario exitoso por más importante que sea. Solamente la confluencia libre de todo un conglomerado laborioso dedicado a la producción e intercambio libre traería consigo el máximo de bienestar para los pueblos. Desde entonces, monarcas, monopolistas y, en general, autócratas de viejo y nuevo cuño, perdieron definitivamente su anclaje en la historia. Por desgracia, las tesis de Adam Smith fueron escritas para una época en la cual se iniciaba la economía de mer-


… de ese modo, se consagrara uno de los principios económicos que, desde entonces, se tornaría trascendente en el funcionamiento de toda economía, cual es, el de que la sociedad como un todo pudiera alcanzar el máximo beneficio económico, optimizando a su vez al máximo el uso de los recursos económicos disponibles para la sociedad, considerados siempre escasos.

Adam Smith jamás habría consentido que la economía que él concibió fuese convertida en simple crematística. Si él viviera hoy, jamás reconocería a la economía moderna sustentada en el más simple y vil egoísmo como parecida siquiera a la teoría económica frugal, moral y social que él creó.

cado en Inglaterra y en el mundo, y en la que participaban más bien unidades empresariales pequeñas y medianas. En toda circunstancia, tenía pleno sentido que Adam Smith buscara que ninguna de las empresas prevaleciera sobre las demás. Pero, en la práctica, sus tesis serían muy pronto mal interpretadas y distorsionadas, alejando sus resultados del óptimo que él había concebido. Las tesis morales de Adam Smith que estaban en el trasfondo de su teoría, esto es, que el ser humano se movía fundamentalmente a través de la consecución de su interés particular pero que estaba también motivado por criterios altruistas y por la búsqueda del bien común, nunca fueron bien entendidas. En realidad, poco se conoce respecto a que Adam Smith creía firmemente que los individuos no eran ontológicamente egoístas sino que, simultáneamente a la búsqueda de su propio interés, los seres humanos practicaban “la simpatía” en sus decisiones de comercio Si tal motivación hubiese sido entendida a cabalidad en la forma como Smith la había concebido, seguramente la normativa que hubiese sido necesaria para permitir los actos comerciales en las sociedades inglesa y en general europea habría sido distinta a la que fue, y, con seguridad, los resultados del sistema económico, también, habrían sido distintos. El concepto de “simpatía” de Smith no era, como puede pensarse, una mera actitud de urbanidad y buenas maneras en las relaciones comerciales. Era mucho más que eso: implicaba una actitud de generosidad y compasión, muy propios del pensamiento y la idiosincrasia de la sociedad inglesa de su tiempo. Implicaba una forma parecida a los conceptos de solidaridad incorporados en sus postulados, tanto por los humanistas clásicos como por los del Renacimiento, y que, con toda seguridad, debieron haber marcado el pensamiento de Adam Smith, por haber sido él mismo un filósofo moral de elevada categoría, pues fue profesor de filosofía moral en la Universidad de Glasgow. Sin duda, el ambiente del debate académico sobre la filosofía moral de la Europa de su época, con David Hume a la cabeza, se concentraba en la tesis de que el individuo, si bien respondía primariamente en el mercado a sus impulsos egoístas, en su actuación también incorporaba motivaciones altruistas. A pesar de que Hume pertenecía a la escuela de filosofía que se conoce como Empirista, y de que fue un crítico severo de la forma cómo se conducía la jerarquía eclesiástica y en ciertos círculos era considerado ateo, fue ampliamente aceptada su contribución al campo de la filosofía moral, desde una óptica laica, siendo así uno de los primeros filósofos que enfatizaría en la necesidad de educar a las sociedades en la práctica de una “ética civil”. En ese sentido compartió con Adam Smith, la tesis de la motivación altruista como complemento del interés individual, fundando las bases para una teoría holística del comportamiento económico de las personas. Y estas fueron las tesis que hizo suyas Adam Smith y que las incorporó en su pensamiento filosófico.

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La academia, desde hace dos siglos, no ha estudiado a cabalidad, por una parte, que las teorías de Smith no funcionan cuando el progreso técnico induce sistemáticamente la presencia de grandes consorcios empresariales en el mercado, que influyen y, en su mayor parte, controlan su funcionamiento; y, por otra que lo que se pretendió definir como motivación fundamental de los individuos, la búsqueda del interés individual con el tiempo ha devenido en la exacerbación de las sensaciones individuales tanto en el acto de consumo, como a los actos de comercio a través de las ganancias, sensación ególatra que no tiene nada que ver con la actitud personal ética que Smith propugnaba. A pesar de ello, ¡todo el mundo cree que las ideas de Smith continúan prevaleciendo modernamente como el pensamiento básico de la economía liberal clásica! ¡Cuán equivocados están quienes así lo creen! Adam Smith jamás habría consentido que la economía que él concibió fuese convertida en simple crematística. Si él viviera hoy, jamás reconocería a la economía moderna sustentada en el más simple y vil egoísmo como parecida siquiera a la teoría económica frugal, moral y social que él creó. De cualquier manera, la historia siguió su curso; ahora, el principal devenir habría de pasar de Inglaterra a Francia, y de allí a América y al resto del mundo. Efectivamente, las ideas de Locke fueron asimiladas por el francés Voltaire (en los tres años que permaneció exilado en Inglaterra), y, a través de él a Denis Diderot, quienes juntos fueron los autores de la Enciclopedia Francesa que habría de divulgar todos los avances del conocimiento técnico que, a la sazón, florecían en el mundo -principalmente por las contribuciones de Isaac Newton, así como por las nuevas ideas de otros filósofos, como Descartes, que se pusieron a disposición de las academias francesa e inglesa-. No menos importantes fueron los aportes de otro humanista, J.J. Rousseau, quien, a través de su libro “El Contrato Social” incorporó a los sectores laborales en la nueva forma propuesta de organización democrática del Estado, siendo el principal reivindicador de las tesis de justicia social como objetivo central de política pública en las economías liberales modernas. En este sentido, también fueron relevantes los aportes del economista inglés David Ricardo. Las ideas de J.J. Rousseau fueron asimiladas por Thomas Jefferson, quien, conjuntamente con Benjamin Franklin y John Adams fueron los que trasladaron las ideas de libertad a los nacientes estados de Norteamérica, quienes, basándose en principios liberales de los pensadores ingleses y franceses mencionados, se revelaron contra la monarquía y predominio ingleses en las colonias americanas y, al vencer en la revolución, en el año 1776, elaboraron la Primera Constitución de los Estados Unidos de Norteamérica, acogiendo plenamente las premisas del Estado liberal. A partir de entonces, los Estados Unidos han buscado

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modelar e imponer en el mundo su sistema político-económico, gracias al cual obtuvo su liderazgo económico en el mundo, substituyendo a Inglaterra y Francia que antes lo ostentaban. Pero fue la Revolución Francesa, en 1789, el punto de partida que terminaría en las décadas siguientes imponiendo su sistema económico en toda Europa, la cual reivindicaba principalmente la soberanía del individuo y la democracia política, y finalmente, consagraba los grandes principios de Libertad, Igualdad y Fraternidad -que fueron recogidos en las primeras declaraciones de los derechos humanos-, pretendiendo finalmente ubicar al hombre como el objeto y sujeto de toda acción pública y, consiguientemente, someter finalmente al Estado a los derechos del ser humano. Desde entonces, se ubicó con claridad el papel subsidiario del Estado, tesis que no se consiguió aplicarla ni en forma inmediata ni automática. Sería la Iglesia Católica, muy posteriormente, la que elegiría este principio como el eje de su doctrina social. Pero el cambio que prometía la Revolución Francesa no fue ni mucho menos fácil en su captación, y, peor aún, en su implementación. Pronto se constituyó en una paradoja histórica y una vuelta al barbarismo histórico, cuando el propio Robespierre, líder principal de la insurgencia popular francesa, quien, habiendo sido uno de los propulsores de los derechos humanos y sobre todo del respecto de la Ley que amparaba los mismos, terminó convirtiéndose en dictador e implantando el terror y el genocidio en su propio pueblo, manchando con sangre los anhelos de libertad, respeto y justicia para todo ser humano, por los que había luchado desde joven. Por otro lado, los intereses de la nobleza y de la aristocracia europea afectados drásticamente por la Revolución provocaron su inmediata reacción e incluso su vuelta al poder, deteniendo en momentos la acción de la revolución social. Sería Napoleón quien finalmente enarbolara la bandera de la sociedad más justa y democrática y buscara imponerla no solo en Francia, sino en toda Europa. Contradictoria e irónicamente buscó imponerla por la fuerza, y, al final sucumbiendo a sus propios afanes personalistas, se proclamó emperador, develando en su caso particular la codicia y ambiciones personales que, en tantos otros casos, han deformado a tantos gobernantes a lo largo de la historia mundial. Así pues, con agudos quebrantos y dolores, finalmente terminó divulgándose y acogiéndose en Europa las ideas de la Democracia Liberal.


…. pretendiendo finalmente ubicar al hombre como el objeto y sujeto de toda acción pública y, consiguientemente, someter finalmente al Estado a los derechos del ser humano. Desde entonces, se ubicó con claridad el papel subsidiario del Estado, tesis que no se consiguió aplicarla ni en forma inmediata ni automática. Sería la Iglesia Católica, muy posteriormente, la que elegiría este principio como el eje de su doctrina social.

El liberalismo clásico en el período de los siglos XVIII al XIX: logros y desviaciones Gracias al Liberalismo Clásico, en occidente se produjo un acelerado proceso de enriquecimiento y mejora de sus pueblos. El aumento consiguiente de la actividad productiva privada fue impresionante, así como el acelerado desarrollo del comercio internacional mundial basado en la iniciativa privada. Con ello florecieron los sistemas de transporte y de comunicación. Pero, obviamente, dicho progreso no fue logrado tal cual lo habían concebido sus progenitores: Adam Smith, Voltaire, Montesquieu, Rousseau, y Jefferson, entre otros. Muy pronto, la codicia pasó a ser la principal motivación tanto de gobernantes como de empresarios que trataron de aprovechar la libertad que les ofrecía el mercado para imponer sus propios intereses y designios. Muy pronto, el afán monopólico de determinados agentes económicos empezó a controlar los nuevos mercados que se les ofrecía. Las enormes riquezas existentes en ultramar, lo que ahora se llama el mundo en desarrollo, fueron aprovechadas por unos cuantos aventureros, mal llamados comerciantes, que, apoyados por gobernantes llenos de ambición de países que pretendían recuperar el lugar que la antigua nobleza había perdido y que ahora pretendía reencarnarse en dichos comerciantes de nuevo cuño, llevaron a la distorsión del sistema económico propuesto por Smith y, finalmente, a instaurar el colonialismo en el mundo. En la propia Inglaterra, las primeras quiebras en el funcionamiento de la libre empresa fueron evidentes al constatarse no solo el abuso sino inclusive la explotación de los trabajadores dentro de empresas cuyos capataces devenidos en empresarios pretendían a toda costa forzar la productividad y los excedentes productivos, siempre en su beneficio. Tales empresarios se habían constituido en una mala reproducción de los viejos señores feudales que, más que procurar la consolidación de un sector obrero acorde a las necesidades del mundo moderno, lo convirtieron en un nuevo sector de opresión que recordaba el antiguo vasallaje de los feudos europeos.

….. abriendo la posibilidad de que coexistan en el comportamiento social la práctica de la “ética de la conveniencia” y la “ética de la convicción”, terminó ocasionado que los gobernantes, en todo tiempo y lugar, prefieran y se adaptaran mejor a encontrar en “su conveniencia” la justificación de sus actos, muchas veces reñidos con el bien común y los valores éticos.

Mientras en el funcionamiento del mercado libre, por un lado, se constataba en parte que en los mercados de bienes sí era posible alcanzar los equilibrios que dictaba la teoría, por otro, se observaba que tal cosa no ocurría en los mercados laborales. La pobreza masiva y la falta de educación y especialización de amplios sectores, significaba que en el mercado la oferta de trabajo rebasaba en exceso a la demanda mínima de puestos de trabajo, por la aplicación inmisericorde del principio técnico de “minimizar los costos laborales”, requisito indispensable para “maximizar las utilidades” de los exitosos “condotieros” devenidos en empresarios.

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En las colonias, los centros imperiales se instalaron en sus territorios con la única finalidad de sobreexplotar los recursos naturales, aprovechándose supuestamente del “know how” que poseían y por el cual se auto remuneraban generosamente, mientras se pagaban valores irrisorios por las materias primas que solo se sabían explotar en los centros imperiales. Jamás se produjo una transferencia de conocimiento técnico o de educación técnica para las grandes masas de los países de ultramar. Se extrajeron volúmenes cuantiosos de recursos como los que obtuvieron ingleses, holandeses, españoles y franceses, sin que desde el punto de vista económico se beneficiaran concomitantemente las poblaciones de los países subdesarrollados. El proceso de industrialización iniciado en Inglaterra en el siglo XVIII, que perduró a lo largo del siglo XIX y a lo largo del siglo XX, profundizó el sistema de coloniaje. Dos siglos de vigencia de funcionamiento del sistema liberal clásico significó, en la práctica, una enorme concentración de riqueza en pocos países y en pocas manos, profundizando las desigualdades sociales tanto internamente en las metrópolis como en la economía mundial. El control de la economía mundial se vio reforzado por la acción de los organismos multilaterales en los cuales los países ricos consiguieron su total hegemonía y, consecuentemente, su predominio mundial sobre el resto de países. Las tesis de Max Weber por dar sentido al capitalismo de origen protestante, al bifurcar la importancia de la ética en el manejo de los negocios y del poder, abriendo la posibilidad de que coexistan en el comportamiento social la práctica de la “ética de la conveniencia” y la “ética de la convicción”, terminó ocasionado que los gobernantes, en todo tiempo y lugar, prefieran y se adaptaran mejor a encontrar en “su conveniencia” la justificación de sus actos, muchas veces reñidos con el bien común y los valores éticos. Avanzado el siglo XIX, la hegemonía de Inglaterra y Francia pasó a los Estados Unidos de América. Como se dijo, esta nación fue fundada bajo los mismos principios de la doctrina liberal clásica y gobernada en sus inicios por los líderes representativos de sus partidos políticos más importantes: Abraham Lincoln del partido Republicano y Thomas Jefferson del partido Demócrata. No obstante, este país también heredó parte de la tradición imperial europea y, muy pronto, conquistó nuevos territorios tanto hacia el oeste como hacia el sur, sometiendo a sus vecinos por la fuerza y, consiguientemente, ampliando sus fronteras territoriales y, con ello, sus fronteras de producción. Tanto en Europa como en Estados Unidos, desde ese entonces, mientras sus más prominentes académicos seguían proclamando como suyos los principios doctrinarios de los pensadores ingleses y franceses que gestaron la doctrina liberal clásica, sus gobernantes posteriores imponían sus métodos del “big stick” al mundo entero. Abraham Lincoln hizo esfuerzos por evitar el control y predominio económi-

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cos en su país de los grandes “trust” que desde sus inicios quisieron gobernar los Estados de la Unión, pero no lo consiguió. Tampoco lo pudo hacer Thomas Jefferson, quien incluso en el discurso promovía la igualdad entre los hombres pero en sus propiedades mantenía a sus trabajadores bajo el sistema esclavista. Sin la fuerza política suficiente en sus gobernantes, los grandes barones de la banca –los condotieros modernosnacieron de las grandes obras públicas vinculadas con los grandes “trust” norteamericanos y, han sido ellos, desde ese entonces, quienes han estado gobernando la nación tras los bastidores de los partidos Republicano y Demócrata. Nombres como J.P. Morgan, Vanderbilt y Rockefeller –según la prensa de ese país ha publicado profusamente- son conocidos representantes de la oligarquía que ha gobernado ese país y que, generalmente, han disfrazado su gestión poniendo como presidentes a conocidos “actores” de la política, algunos de los cuales han sido preparados para el efecto por las grandes universidades norteamericanas que, simultáneamente, a través de ellos, reciben cuantiosos fondos públicos para financiar sus programas académicos. A esta forma de proceder, el señor Michel Camdessus, ex Director-Gerente del FMI, la llamó “relaciones incestuosas entre gobernantes, banqueros y empresarios.”

El liberalismo en el período de los siglos XX y XXI De las grandes universidades financiadas por fondos públicos y privados han salido reputados economistas que influyeron en la forma de aplicar la política económica liberal en los Estados Unidos hacia la primera mitad del siglo XX. Entre ellos, Ludwig von Mises y, por supuesto, el más influyente y reputado Milton Friedman, como representantes de lo que se conoce como la Escuela de Economía de Chicago, quienes convirtieron a la teoría de libre mercado en una auténtica ideología, y, es más, casi en una religión. A ellos habría que añadir a Friedrich Hayek. Luego de que durante las primeras décadas del siglo XX el modelo de protección industrial en Norteamérica, iniciado en el siglo XIX, rindiera plenamente sus frutos, los Estados Unidos sobrepasaron a Inglaterra en el predominio del mundo. Luego de la Primera Guerra Mundial, su preponderancia era indiscutible. Los Estados Unidos, ya como potencia mundial, influyó notablemente en la construcción del nuevo orden internacional, especialmente en la configuración de la Liga de las Naciones y posteriormente en la de la propia Naciones Unidas, en la cual los cinco países más ricos del mundo controlan el Consejo de Seguridad, órgano máximo de la ONU. Su situación geopolítica hacia ese momento era inmejorable y, por supuesto, todo hacía pensar que, gracias a ella, el sistema de mercado li-


… condujo a que ahora sean los partidos “socialistas de mercado” –oficialmente conocidos como social-demócratas- los encargados de llevar a cabo el modelo norteamericano en el mundo.

bre y la doctrina liberal clásica se impondrían finalmente en el mundo. Pocos quisieron ver que el sistema económico vigente en las grandes metrópolis y en el sistema económico internacional traía consigo graves inconsistencias y contradicciones, y que, si se lo dejaba simplemente a la acción codiciosa de los grandes barones de la economía, no se aplicaban severos controles oportunamente, podía en cualquier momento producirse una crisis financiera de proporciones, con grandes repercusiones económicas y sociales sobre las naciones del mundo. Y así, lo que parecía imposible ocurrió finalmente al término de la década de los años 20 en el siglo pasado. Se desmoronó el sistema financiero de los Estados Unidos y con ello se produjo la gran crisis de la economía mundial. Y solo entonces se constató la inconsistencia de los principios de un libre mercado gobernado por monopolistas que funcionaba lejos y divorciado de los principios propugnados por Adam Smith y los demás clásicos de su época: David Ricardo, John Stuart Mill, Juan Bautista Say y Robert Malthus. Pero fue un profesor de la Universidad de Cambridge, Inglaterra, antiguo alumno del neoclásico Alfred Marshall, John Maynard Keynes, quien fue convocado no solo para proponer alternativas al sistema económico mundial, sino también para dar auxilio a la política económica norteamericana. Gracias a su recomendación de utilizar el aparato estatal para restaurar el gasto público, especialmente el gasto de inversión, conjuntamente con la adopción de un sistema de controles sobre las instituciones financieras privadas para dirigir su acción hacia objetivos de política económica global y a la restauración de los desequilibrios macroeconómicos, al final terminó controlándose la crisis de la economía norteamericana y mundial.

Los principios morales de la economía habían sido suplantados abiertamente por los anti valores como el lucro, la codicia y el éxito como principales motivaciones del ser humano. No es, pues, de extrañar que conjuntamente con la eficiencia monopolista empresarial se haya conseguido un incremento desmedido de los monopolios y, con ellos, de pequeños pero enormes y poderosos grupos de empresarios generalmente vinculados al sector financiero privado.

Pero ello no fue suficiente, hoy se sabe que sin el advenimiento de la Segunda Guerra Mundial, los Estados Unidos no habría podido recuperar y sobrepasar su poderío económico prevaleciente hasta entonces. Es más, existen serias presunciones de que uno de los justificativos importantes para persuadir al gobierno norteamericano de que participe directamente con los aliados en la Guerra Mundial contra los países del eje liderado por Alemania, fue precisamente el impulsar la producción de guerra, y con ello recuperar a las grandes empresas acereras y a las de producción de maquinaria y vehículos. No es pues sorprendente que en el libro de Paul Samuelson, denominado “Introducción a la Economía”, se refiera como alternativas pedagógicas dentro de la teoría de las funciones de producción a la combinación y elección posibles de los cañones y la mantequilla (!!!). Hacia la década de los años 70, una vez restaurados los equilibrios macroeconómicos y la consecuente frontera de producción del país, los empresarios monopolistas norte-

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americanos habían recuperado con creces su influencia, fundamentalmente a través del partido Republicano; y, obviamente, empezaron a presionar por el retorno a su vieja costumbre de manejar indirectamente la economía norteamericana. Pero estos no habían olvidado sus habilidades retóricas en la política: continuaron utilizando el slogan de “economía de libre mercado” a su sistema de controlar las decisiones tras bastidores de los partidos políticos que se sucedieron en los gobiernos de la postguerra. A tal slogan añadieron un nuevo ingrediente: el tachar como comunista todo tipo de gasto estatal, y encargar al Senador MacCarthy la represión a los sectores laborales. Tal consigna tuvo especial repercusión en la población norteamericana que, desde el año 1917, había presenciado que, en la zona Este de Europa, la URSS y China, los comunistas controlaban casi las dos terceras partes de la población mundial bajo un sistema socialista devenido de la Revolución Rusa en dicho año. Dichos países se confrontaron con los Estados Unidos y la zona occidental de Europa por el control de la economía y el poder mundiales. Sus tempranos éxitos hasta los años 60, conseguidos a través de una fuerte inyección de recursos públicos hacia la inversión pública en industria pesada, hicieron temer a los norteamericanos acerca de su futuro. Dichos éxitos conseguidos a costa de la pérdida de la libertad de su población, pusieron en duda en amplias zonas del mundo no solo la validez del sistema liberal clásico y su correspondiente forma de gobierno democrático, sino incluso el sistema de mercado libre con presencia estatal moderada e indicativa concebido por Keynes. Fueron los años de la Guerra Fría, en los cuales Rusia y Estados Unidos se disputaron la posesión de extensas áreas en países subdesarrollados, carrera en la cual llegaron inclusive a disputarse el dominio bélico basado en el poderío atómico. Fue cuando los republicanos lograron el poder con Ronald Reagan en el año (1981 – 1989) que se emprendió en una serie de estrategias para dilucidar el dilema en el mundo acerca de cuál de los dos sistemas, socialista o de libre mercado, era el mejor. Con un primer experimento aplicado en Chile, con la dictadura de Pinochet en 1973 y, en seguida, con la estrategia magistral de infiltrar en los partidos socialistas de Europa occidental varios de los principios de la economía de libre mercado, que se condujo a que ahora sean los partidos “socialistas de mercado” –oficialmente conocidos como social-demócratas- los encargados de llevar a cabo el modelo norteamericano en el mundo, con el pleno consentimiento de los organismos de Naciones Unidas y los organismos financieros internacionales creados en Bretton Woods.

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El liberalismo en la época contemporánea Y entonces sí, llegó la hora de Milton Friedman, a través de su influencia ideológica en la reconfiguración política de los países que pasarían a dar lugar a un sistema socialista de mercado en Europa. Este nuevo bloque de países unidos ideológicamente con los Estados Unidos inició un proceso de reconquista del mundo. En 1976, dicho economista fue galardonado también con el premio Nobel de Economía. Hacia 1989 cayó el Muro de Berlín, año en el cual, y en forma inmediata, se convocó al Consenso de Washington para dar un nuevo y mayor impulso a la estrategia que había sido exitosa en reunificar a los países de Europa occidental bajo el signo del socialismo de mercado. A partir de este suceso nació el “neoliberalismo”, así bautizado por su propio mentor John Williamson. Y ahora fue Keynes y los neokeynesianos los que pasaron al olvido; estos fueron substituidos por Friedman en medios académicos, y los señores George Bush, padre e hijo, colocados en el gobierno norteamericano. Fueron éstos los encargados de predicar e informar al mundo el nuevo “manifiesto neoliberal” de que el sistema de libre mercado regresaba para quedarse hasta el final de los tiempos. Así, pues, de ese modo, el mundo constató el advenimiento del neoliberalismo al planeta. Obviamente, tal doctrina ya no era ni de lejos la concebida por un filósofo moral como fue Adam Smith. Los principios morales de la economía habían sido suplantados abiertamente por los antivalores como el lucro, la codicia y el éxito como principales motivaciones del ser humano. No es, pues, de extrañar que conjuntamente con la eficiencia monopolista empresarial se haya conseguido un incremento desmedido de los monopolios y, con ellos, de pequeños pero enormes y poderosos grupos de empresarios generalmente vinculados al sector financiero privado. Y, simultáneamente, se haya promovido y difundido el consumismo en el mundo. Pero, en forma concomitante, llegó también la época en donde grandes masas de población se empobrecieron y se consagró la injusticia social en el mundo. En algunos países del Este, en Rusia, por ejemplo, se constata el predominio de grandes mafias financieras privadas, y en China el advenimiento de nuevos monopolistas privados, conjuntamente con una pequeña burocracia vinculada a estos que ejercen el poder a su antojo. Muertos Keynes y Adam Smith, en las mentes de quienes dirigen el mundo pasaron también al olvido los grandes principios de la filosofía moral. Pero, luego de un lapso algo mayor a una década y media, después de la caída del Muro de Berlín y de la proclamación del “Manifiesto” del Consenso de Washington, volvió a ocurrir lo impensable: el sistema que había sido diseñado para durar por toda la eternidad, volvía a desmoronarse estrepitosamente, y ¡nuevamente provocado por los des-


manes de los grandes barones de la banca mundial! De este modo, aquellos sucesos que dieron origen a la gran depresión de los años 30, que se originó en los Estados Unidos y abarcó grandes zonas del planeta, volvieron a ocurrir. Solamente que, en esta vez, tanto sus orígenes como sus efectos tuvieron repercusión mundial en instantes más cortos. En un mundo al que se había convencido de que ahora “lo global” era determinante -sofísticamente, tratando de convencer de que los beneficios económicos en todas las zonas del mundo ahora serían globales-, lo que verdaderamente ocurrió fue que los efectos más perniciosos de la crisis ahora impactaron globalmente. Los devotos de la globalización no quisieron ver que, ya al finalizar el segundo milenio, los desequilibrios de la economía mundial eran enormes. Joaquín Estefanía, el periodista español del diario El País, estimó que hacia el año 2000 el volumen de activos financieros circulando en el mundo era como cincuenta veces (!!!) más grande que el valor total del comercio mundial. Y Stephan Schmidtheiny, el magnate de las finanzas mundiales, lo estimó en cien veces superior, en la misma época. Los principales economistas del mundo, de pronto, se volvieron ciegos. La fe en el neoliberalismo había provocado una ceguera universal: nadie quiso aceptar que el nuevo milenio se iniciaba con un apalancamiento de los “derivados financieros” inédito por su volumen en la historia económica mundial. Como consecuencia, entre el año 2008 y 2010 se produjo una recesión económica mundial que estuvo a punto de asemejarse a la gran depresión de los años 30 del siglo pasado. Y no llegó a tener sus mismas repercusiones debido a que, ahora, los gobernantes norteamericanos y europeos recurrieron a las bibliotecas de las universidades y organismos internacionales, y a un alarde de recuperación de su memoria. De repente, salieron de su amnesia y recordaron al difunto John Maynard Keynes, y pusieron en práctica las mismas sugerencias vertidas por él en los años 30. ¡Keynes redivivus! De este modo, el dinero de los contribuyentes norteamericanos y europeos fueron utilizados nuevamente en cuantiosos volúmenes, inimaginables en la historia, para rescatar literalmente a los banqueros y monopolistas que habían provocado la crisis y, en un período relativamente corto, éstos se encuentran recuperando rápidamente su antiguo poder, habiendo trasladado, como es lógico, la crisis a las familias norteamericanas y europeas que han visto perder su patrimonio en proporciones enormes. ¡Nuevamente la pobreza de los muchos vino en auxilio del bienestar perdido de unos pocos!

del mundo desarrollado empiecen nuevamente a rememorar las tesis éticas levantadas hace dos mil quinientos años en la Grecia antigua; hace quinientos años en el renacimiento; y hace doscientos años en el liberalismo clásico; y hace setenta años en la época keynesiana. ¡Ahora todo el mundo es nuevamente humanista y neokeynesiano!. Pero nada está totalmente claro. En muchas zonas del mundo ha aparecido un nuevo fenómeno político ante el fracaso de las dos doctrinas extremas aplicadas en los siglos XX y XXI. Con el fracaso tanto del sistema de libre mercado bajo control monopolista como del sistema socialista de planificación centralizada, han empezado a aparecer un conjunto de sistemas políticos híbridos que pretenden ofrecer soluciones urgentes e inmediatas a los pueblos pobres del mundo. Estos sistemas empiezan a proliferar especialmente en el mundo en desarrollo, una vez que los pueblos de esta zona del orbe han perdido confianza en la conducción política y económica tanto en las zonas de este como del oeste. Los fracasos de la conducción mundial han creado un enorme escepticismo en casi todos los pueblos del orbe, dando lugar al aparecimiento de nuevos “mesías” que prometen ser los poseedores de la piedra filosofal y de las llaves de los nuevos paraísos terrenales. Para lograr acceder al poder, solo basta con prometer solucionar todos los males sociales en muy poco tiempo. Solamente es necesario recurrir a cuestionar a las instituciones democráticas creadas en el capitalismo liberal a ultranza como en el socialismo centralista y totalitario. Los nuevos redentores pretenden ubicarse en alguna parte del centro político y desde ahí cuestionar todo el pasado, fustigar e insultar a los líderes de los partidos democráticos tradicionales y emprender en un gasto desproporcionado en forma de subsidios, haciendo uso de cuantiosos volúmenes de recursos públicos que satisfagan las necesidades momentáneas de los pobres del mundo. En lugar de honrar las tesis de Smith y Keynes, de que los recursos públicos sean prioritariamente utilizados para crear fuentes de trabajo y pequeñas empresas autogestionarias que auto sustenten el desarrollo endógeno de las naciones y de sus pueblos pobres, se gastan enormes cantidades de ahorro en forma de subsidios del Estado para satisfacer necesidades urgentes de amplios conglomerados pobres, con los cuales se consagran alianzas políticas electorales que dan estabilidad en el gobierno a dichos vendedores de ilusiones, en muchos casos en forma autoritaria, en desmedro de las instituciones democráticas libres, al mejor estilo de las propuestas de gobierno de César Borgia promovidas por Nicolás Maquiavelo, uno de los grandes sofistas de la historia humana.

Resulta sintomático, y hasta paradójico que, recién ahora, luego del daño infringido por varias ocasiones a amplias proporciones de gente en el planeta, algunos economistas

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Conclusión Con la pérdida de los valores propugnados por Smith y Keynes, ahora son los antivalores como la codicia, el lucro, el éxito y la exacerbación de las sensaciones corpóreas los que sirven como patrones de conducta de las personas, en sustitución de antiguas virtudes como el ahorro, la frugalidad, la solidaridad y la gratuidad. Estos últimos, que son algunos de los valores que fueron concebidos por los grandes humanistas clásicos hace veinticinco siglos y por los humanistas cristianos hace cinco siglos, son los que dieron lugar a creer en ese entonces en la utopía de un hombre verdaderamente libre, redimido de todo tipo de esclavitud incluida la que trae consigo la crematística. Ahora, esa antigua creencia es objeto de todo tipo de dudas y cuestionamientos. Las antiguas guerras mundiales que parecían haber sido proscritas se han convertido en innumerables guerras localizadas; el cambio climático amenaza con desaparecer zonas y ciudades enteras del orbe; el narcotráfico penetra cada vez más en gobiernos y entidades bancarias de todo el mundo; la droga se ha apoderado de las mentes de masas crecientes de jóvenes en todo el planeta; el sexo es contemporáneamente el nuevo opio del pueblo; la desintegración de la familia ha quitado espacio a la presencia del padre y la madre en las unidades familiares; la depresión es la nueva enfermedad del siglo XXI; y finalmente, la aparición de posturas arrogantes que buscan la total independencia del hombre respecto de los valores morales y religiosos, ponen en duda la hipótesis de que el hombre puede dominarse a sí mismo, a su entorno y a sus formas de organización, para procurar extender el progreso material conjuntamente con el espiritual. Dicho lo cual, concluyo y me ratifico que el Liberalismo Clásico fue en efecto un gran hito en la historia del pensamiento humano, tal cual fue concebido por los filósofos morales, pero que en su praxis ha sido totalmente tergiversado y finalmente modificado y puesto de lado como propuesta para influir en la conducta de las personas y de las sociedades. El Liberalismo Clásico ha sido desfigurado hacia un liberalismo inmoral y utilitario que obra a favor de unos pocos, en detrimento de las mayorías. El pragmatismo, a su vez, lleva al libertinaje más abyecto y pernicioso. Como resultado, el hombre anhela renovadamente las utopías de todos los tiempos, que ahora las ve cada vez más lejos. Así pues, con qué fuerza resuenan ahora las palabras de Ernesto Sábato mencionadas al inicio de este artículo: “Historia y mito han demostrado que la historia no es suficiente para el hombre. El hombre solo cabe en la utopía”. Si el Liberalismo Clásico ha de proyectarse hacia el futuro, se hace urgente recuperar el pensamiento de los filósofos morales de todos los tiempos: abandonar finalmente el hedonismo y perseverar en la realización de la utopía humanista.

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…. que algunos economistas del mundo desarrollado empiecen nuevamente a rememorar las tesis éticas levantadas hace dos mil quinientos años en la Grecia antigua; hace quinientos años en el renacimiento; y hace doscientos años en el liberalismo clásico; y hace setenta años en la época keynesiana. ¡Ahora todo el mundo es nuevamente humanista y neokeynesiano!.


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María Cristina Vallejo.

Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales – Sede Ecuador Profesora Investigadora asociada al Programa de Economía

Los límites físicos del libre mercado

mcvallejo@flacso.org.ec

…. en un circuito circular cerrado de intercambio entre productores y consumidores de bienes y servicios, el dinero puede fluir perpetuamente. No obstante, el mundo físico es un limitante de este perpetuum mobile porque los materiales no pueden fluir indefinidamente. Las leyes de la termodinámica así lo reconocen.

La economía ecológica plantea una crítica a la economía convencional que reconoce la dependencia de la economía respecto del ambiente. Se plantea un modelo sistémico de los intercambios entre estos sistemas. En lugar del flujo cerrado del ingreso, la economía se modeliza como un sistema abierto a la entrada de materia y energía que sirven como insumos productivos, y abierto a la salida de residuos materiales y energía degradada que se depositan en el ambiente después de transformarse y consumirse. Se discute la factibilidad de llegar a una solución socialmente óptima a través de una negociación coasiana o la intervención estatal, aunque ninguna de estas opciones permite la corrección completa de externalidades. La propiedad comunitaria se plantea como una alternativa con mejores potencialidades para el manejo de recursos naturales. 136


Introducción Este artículo recoge las principales características del liberalismo clásico y las críticas que desde la economía ecológica se han planteado hacia esta perspectiva convencional. Uno de los principales argumentos que sustentan estas críticas es la imposibilidad de internalizar completamente algunos costos externos que causan determinadas actividades económicas. Se pueden ensayar diversos mecanismos para la cuantificación de precios ecológicamente corregidos, y en los últimos años los diversos métodos de valoración económico-ambiental han sido extensamente empleados en este sentido, pero es preciso reconocer que existen incluso limitaciones éticas a estos intentos de valoración económica porque muchos aspectos son en realidad inconmensurables. Este artículo está estructurado en tres secciones. Después de esta breve introducción, en la segunda sección se presenta un modelo sistémico para considerar las interacciones entre la economía y el ambiente que no se reconocen en el flujo circular del ingreso que convencionalmente se asume. En la tercera sección se plantean algunas críticas a la “negociación coaseana” y a la “intervención pigouviana” para solucionar externalidades. La última sección detalla las conclusiones del documento.

Un modelo sistémico para comprender los intercambios entre la economía y el ambiente Desde el liberalismo clásico, el orden económico ha sido esquematizado como un sistema de libertades individuales, impulsado por la consecución del propio interés y abstraído de la intervención gubernamental. Bajo esta concepción, en un circuito circular cerrado de intercambio entre productores y consumidores de bienes y servicios, el dinero puede fluir perpetuamente. No obstante, el mundo físico es un limitante de este perpetuum mobile porque los materiales no pueden fluir indefinidamente. Las leyes de la termodinámica así lo reconocen. De acuerdo a la primera ley de la termodinámica, también conocida como ley de la transformación, la materia y la energía ni se crean ni se destruyen, sólo se transforman. Este postulado permitió reconocer que la generación de residuos o outputs que se derivan de la producción y que se desechan al ambiente es inherente a los procesos de producción y consumo. De acuerdo a la segunda ley, también conocida como principio de la entropía, en un sistema cerrado la energía disponible tiende a disminuir de modo irremediable, entonces no existen posibilidades de reciclar la energía, mientras que la materia se recicla sólo parcialmente. Ciertamente, la teoría económica del liberalismo clásico fue escrita mucho antes de que se postularan estas

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leyes de la termodinámica, pero éstas debieron introducir una ruptura significativa en el pensamiento convencional. Recién en la década de los años setenta Georgescu Roegen (1977) logró conectar las leyes de la termodinámica con el funcionamiento de los sistemas económicos, reconociendo que la economía depende de la biosfera debido al flujo constante de materiales y energía. ¿Sirve el conocido flujo circular del ingreso para comprender los vínculos que existen entre la economía y el ambiente? La respuesta a esta pregunta ha sido ya analizada por autores como Joan Martínez-Alier y Roca (2001). En su versión más sencilla, el esquema del flujo circular del ingreso muestra los intercambios entre los hogares y las familias. Las familias reciben una remuneración por los servicios de los factores productivos que poseen, esto es, salarios por los servicios de trabajo y/o intereses por los servicios del capital. Las empresas utilizan estos insumos productivos, los transforman y obtienen bienes y servicios que se venden a las familias para satisfacer sus necesidades de consumo. Estos intercambios no toman en cuenta las interacciones inherentes entre la economía y el ambiente, así como tampoco se consideran al incorporar al gobierno y al sector externo. Un modelo sistémico distinto ha sido propuesto desde la economía ecológica para comprender las interacciones con el ambiente. En este modelo, la economía depende del ambiente en dos sentidos. Por un lado, como fuente de materia y energía que sirven de insumos para el proceso productivo; y, por otro lado, como vertedero de los desechos resultantes. De esta forma, la economía constituye un sistema abierto a la entrada de materia y energía, que luego de procesarse se devuelve al ambiente en calidad de residuos materiales y energía degradada. En la economía sólo una fracción de la materia puede reciclarse o reutilizarse, otra parte simplemente se acumula en la forma de stocks (edificios e infraestructura, por ejemplo) que se convertirán en residuos en el futuro. Los límites físicos que imponen restricciones al sistema económico suelen ignorarse. Se asume a la naturaleza como una fuente inagotable de bienes y servicios ambientales. En el caso de recursos no renovables como el petróleo o el carbón, que son fundamentales fuentes energéticas para las grandes economías industriales, se explotan los depósitos existentes sin tomar en cuenta su escasez. Cada vez que el “producto” de una mina o reservorio se agota, la explotación se traslada a una nueva fuente. Algo similar sucede con los recursos renovables como la madera o los recursos pesqueros. Muchas veces se explotan a ritmos que sobrepasan su capacidad de regeneración natural, conduciéndolos de esta forma al agotamiento inexorable en algún momento en el tiempo. Otras formas de degradación ambiental también tienen lugar como resultado de la actividad económica. Se asume a la naturaleza como


Se asume a la naturaleza como un vertedero infinito de los desechos de la actividad humana, aunque en realidad la contaminación puede degradar bienes y servicios ambientales esenciales para la vida. El ejemplo más claro es el calentamiento global, pues la contaminación del aire se acumula en la atmósfera formando una capa que retiene el calor solar, produce el incremento en la temperatura del planeta y altera el ciclo hidrológico. La capa de ozono se destruye, y también su capacidad de absorción de rayos ultravioleta, una función fundamental para garantizar la vida

un vertedero infinito de los desechos de la actividad humana, aunque en realidad la contaminación puede degradar bienes y servicios ambientales esenciales para la vida. El ejemplo más claro es el calentamiento global, pues la contaminación del aire se acumula en la atmósfera formando una capa que retiene el calor solar, produce el incremento en la temperatura del planeta y altera el ciclo hidrológico. La capa de ozono se destruye, y también su capacidad de absorción de rayos ultravioleta, una función fundamental para garantizar la vida.

La falacia de la internalización completa de las externalidades Generalmente se asume que el ambiente carece de un propietario, razón por la cual, los agentes lo emplean como un vertedero gratuito de desperdicios, y como una fuente inagotable de insumos. Sin embargo, este razonamiento frecuentemente implica la congestión en el uso, que podría degenerar en el agotamiento o deterioro absoluto del bien o servicio ambiental. Esto es lo que se conoce como la “tragedia de los comunes”, un concepto introducido originalmente por Garret Hardin (1968). La lógica detrás del comportamiento de cada agente es que la proporción del ambiente que queda sin explotar será aprovechada por otro agente, de manera que tiene lugar una competencia individual que puede resultar en la pérdida irreparable de los recursos. Los agentes actúan como si no existiera futuro, maximizando su beneficio individual en el presente y depredando el ambiente. La solución más conocida a esta tragedia es la “negociación coaseana” (Coase, 1960), que en esencia implica una solución de libre mercado, que prescinde de la intervención estatal porque teóricamente el propio agente afectado define el “valor del daño” cuando acepta uno u otro precio como compensación. Para comprender la negociación de Coase es bastante útil acudir a un ejemplo. Suponemos que una firma contamina el agua de un río con su producción, pero esta externalidad no se contabiliza como parte de sus costos. Si aguas abajo se encuentra ubicada un área de cultivos de otro propietario, éste se ve obligado a asumir los costos de descontaminación a fin de contar con agua limpia para el riego de su producción. Una “solución eficiente” a este problema fue propuesta por Coase. De acuerdo a este autor, en la ausencia de costos de transacción, sin asimetrías de información y bajo derechos de propiedad bien definidos, la negociación de mercado conduce a un resultado eficiente: la internalización de las externalidades, es decir, que se asuman todos los costos asociados a la externalidad. En efecto, de acuerdo al teorema de Coase, sin importar cuál de los agentes goza inicialmente de los derechos de

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propiedad sobre el recurso, uno puede compensar al otro de manera que sea factible continuar con su actividad, es decir, ya sea compensar por la externalidad generada o por evitar la externalidad. Esta negociación continúa hasta que se define un nivel “óptimo” de externalidad, que se considera internalizada porque uno de los agentes compensa al otro por este efecto externo. Sin embargo, existen algunos problemas vinculados con esta definición de eficiencia tras la negociación coaseana. En primer lugar, la realización de costos de transacción muy bajos o nulos es poco frecuente cuando se necesita formalizar contratos o asegurar el cumplimiento de los mismos. En segundo lugar, en muchos casos puede no ser factible disponer de la tecnología adecuada para revertir por completo la contaminación y restablecer la calidad original del agua. En tercer lugar, la contaminación no debería generar daños irreparables, por ejemplo la extinción de una especie. Una hipotética compensación por la pérdida permanente de biodiversidad generaría un costo infinito, y por tanto inviables. En cuarto lugar, algunos efectos secundarios de la contaminación pueden desconocerse y por lo tanto, ser imposibles de contabilizar. Asimismo, algunos costos no se conocen en la actualidad, y otros que se conocen no tienen un equivalente monetario. De esta forma, el precio de la negociación está en efecto infravalorado. Puede involucrar un serio problema ético la asignación de un precio monetario para valorar la salud o la vida humana. Aunque las compañías aseguradoras pueden asignar “precios” a la vida, de hecho ningún dinero es capaz de compensar por los casos de cáncer que han sido detectados entre habitantes de la Amazonía ecuatoriana debido al consumo de agua contaminada con la explotación petrolera. En quinto lugar, la comparación entre ganancias y costos puede ser asimétrica en el tiempo. Mientras las ganancias comprenden un flujo corriente, los costos son imputados al futuro porque posteriormente no estarán disponibles los bosques, los peces, el agua, el petróleo, y otros recursos que ahora se explotaron. En definitiva, con estos argumentos se ha cuestionado la factibilidad de generar un resultado eficiente con la sola aplicación de una negociación coaseana. Aunque Pigou acepta que el interés individual conduce el bienestar económico, señala que en la presencia de externalidades existen diferencias entre el producto social neto y el privado, que hacen necesaria la intervención estatal a través de la fijación de impuestos o subsidios que conduzcan a un óptimo social. Estos trabajos introdujeron la discusión de la dimensión ambiental en la economía del bienestar. De esta forma surgió la economía de los recursos naturales para propender a su manejo óptimo. No obstante, esta gestión se fundamenta en la hipotética posibilidad de valorar económicamente las externalidades. Hemos ya señalado algunos problemas vinculados con las valoraciones económicas que hacen inviable en muchos casos la internalización

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En años recientes se han discutido las bondades de un esquema de propiedad comunitaria para la gestión de los recursos naturales. Aunque también en este régimen cabe la posibilidad de sobreexplotación cuando una lógica comercial de exportación intensiva de recursos naturales predomina en los objetivos comunitarios.


completa de las externalidades. En años recientes se han discutido las bondades de un esquema de propiedad comunitaria para la gestión de los recursos naturales. Aunque también en este régimen cabe la posibilidad de sobreexplotación cuando una lógica comercial de exportación intensiva de recursos naturales predomina en los objetivos comunitarios. Sin embargo, muchas sociedades tradicionales tienen sistemas bien desarrollados para inducir resultados cooperativos en el uso de recursos compartidos, que se alcanzan a través de esquemas de sanción y recompensa, aunque estos esquemas no se analizan en este artículo. Bromley (1992) explica que se trata de un juego repetido que induce resultados cooperativos sin la necesidad de definir derechos de propiedad individuales. No obstante, con la progresiva industrialización muchas de estas instituciones milenarias pudieron dejar de funcionar debido a que estos pequeños y estables grupos crecieron. Reconociendo estas limitaciones, algunos argumentos favorecen un esquema comunitario para el manejo de recursos naturales. Joan Martínez-Alier y Roca (2001: 351) describen las siguientes:

“El propietario individual seguramente tendrá un horizonte temporal más cercano y una tasa de descuento implícita más alta que los dirigentes de la propiedad comunitaria y, sobre todo si se trata de una gran empresa, no está ligada a ningún territorio concreto: esquilmar los recursos de una determinada zona no tiene por qué suponer la ruina para la empresa (aunque sí para los trabajadores pobres de la zona), ya que se pueden ir a buscar los recursos a otra parte o, simplemente, dedicarse a otra actividad. Una comunidad dura más que una empresa, que un propietario o, incluso, que su familia, de forma que sus representantes actuales quizá se consideren a sí mismos más como usufructuarios que como tenedores de derechos absolutos sobre el recurso. Pero la actitud será muy diferente según el contexto cultural y sería necesario analizar empíricamente muchas situaciones distintas”.

rramienta analítica útil, en términos prácticos, los daños ambientales pueden requerir de otros instrumentos para el manejo de recursos que se hallan fuera de la lógica de mercado.

Conclusiones El presente artículo recoge algunas de las principales críticas formuladas desde la economía ecológica a las características del liberalismo clásico. En principio, se ha cuestionado la posibilidad de que la economía funcione simplemente como un circuito cerrado en donde los intercambios entre productores de mercancías y consumidores son indefinidamente habilitados por flujos de dinero, bajo la coordinación de los mercados que determinan los precios y guían a través de éstos las decisiones de los agentes. En realidad, existen límites físicos para el intercambio indefinido de materiales y energía entre la economía y la naturaleza. En principio, la economía no puede funcionar sin los insumos materiales y energéticos que obtiene del ambiente, y luego, la noción de entropía sugiere el colapso de cualquier sistema que no se alimente de algún aporte energético externo, como la energía solar en un modelo muy básico. Un segundo aspecto evaluado son las externalidades que se analizan desde la perspectiva de la sobreexplotación de recursos bajo esquemas de acceso abierto al ambiente. Aunque algunos bienes y servicios ambientales se consideran de acceso abierto, es decir, de libre uso por parte de cualquier agente, su propiedad privada no garantiza la internalización completa de los efectos externos ocasionados por la actividad económica. La inconmensurabilidad de ciertos valores es utilizada como principal argumento de la crítica ecológica para estos postulados. Finalmente, se introducen varias ideas sobre la forma en que un esquema de propiedad comunitaria de recursos puede ser más útil para la gestión de los recursos naturales que apelar al interés individual conducente al óptimo social a través de la negociación coaseana. El planteamiento central al respecto es que históricamente una lógica distinta de la comercial caracteriza al manejo comunitario, pues la perspectiva temporal de estos grupos tiene sin duda un aliento mucho más largo que la lógica que dicta el mercado.

En definitiva, desde una perspectiva de economía ecológica se introduce una visión escéptica del mercado como mecanismo para la asignación eficiente de recursos. Los impactos ambientales que determinan diversas actividades económicas generan costos difíciles de valorar monetariamente y por lo tanto, difíciles de compensar completamente. Aunque un mercado ficticio creado a partir de la asignación de derechos de propiedad pueda ser una he-

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Bibliografía Bromley, Daniel, 1992. Making the commons work. ICS Press, San Francisco. Coase, Ronald, 1960. The problem of social cost. Journal of Law and Economics 3(4): 1-44. Georgescu Roegen. 1977. The steady state and ecological salvation. A thermodynamic analysis. BioScience 27(4): 266270. Hardin, Garrett. 1968. The Tragedy of the Commons: Science, Vol.162: 1243-1248. Martínez-Alier, Joan y Roca, Jordi, 2001. Economía ecológica y política ambiental. Fondo de Cultura Económica, México.

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Pablo Zambrano P.

Economista y Catedrático Universitario. Coautor del texto: “Teoría Micro y Macroeconómica”. pabli_zam@yahoo.es

¿Tiene futuroel Liberalismo Clásico? Una sociedad que priorice la igualdad por sobre la libertad no obtendrá ninguna de las dos cosas. Una sociedad que priorice la libertad por sobre la igualdad obtendrá un alto grado de ambas” Milton Friedman (Premio Nobel de Economía en 1976)

En estos tiempos de socialismo del siglo XXI, cuando los autodenominados “progresistas”, enfilan sus dardos alegre y festivamente en contra de la “larga y triste noche neoliberal”, resulta bastante pertinente esta pregunta. Porque “neo” significa nuevo, es decir, “nuevos liberales”, un término satanizado de “izquierda a izquierda”, a lo largo del globo terráqueo, pero especialmente en América Latina, la folklórica y revolucionaria tierra de Castro, che Guevara, Chávez, Perón, Allende, Velasco Alvarado, Kirchner, Morales, entre otros, “rebeldes, altivos y soberanos patriotas continentales”, quienes oponen su colectivismo populista al liberalismo, sin tener ningún resultado práctico y exitoso que mostrar, porque su planteamiento está basado en la retórica ideológica y en la facilidad de palabra. De allí que en este articulo se intentaré demostrar que el liberalismo clásico y su variante, la economía social de mercado, están más vivos que nunca en los países económica, política y socialmente exitosos, como Chile, China, Brasil, Uruguay, Perú, Corea del Sur, etc., aunque no en la Cuba castrista, ni en la Venezuela chavista, así como tampoco –lamentablemente- en Ecuador, de la “revolución ciudadana”. 142


¿Qué es el liberalismo? En la enciclopedia digital: “wikipedia” (http://es.wikipedia. org/wiki/Liberalismo), se encuentra una definición precisa de lo qué es el liberalismo. “El liberalismo es un sistema filosófico, económico y político, que promueve las libertades civiles pero se niega a aceptar la libertad colectiva; se opone a cualquier forma de despotismo, inspirándose en los principios republicanos, siendo la corriente en la que se fundamentan la democracia representativa y la división de poderes. Aboga principalmente por: • El desarrollo de las libertades individuales y, a partir de ésta, el progreso de la sociedad. • El establecimiento de un Estado de Derecho, donde todas las personas sean iguales ante la ley, sin privilegios ni distinciones, en acatamiento, con un mismo marco mínimo de leyes. Sus características principales son: • El individualismo, que considera al individuo primordial, como persona única y en ejercicio de su plena libertad, por encima de todo aspecto colectivo. • La libertad como un derecho inviolable que se refiere a diversos aspectos: libertad de pensamiento, de expresión, de asociación, de prensa, etc., cuyo único límite consiste en la libertad de los demás, y que debe constituir una garantía frente a la intromisión del gobierno en la vida de los individuos. • El principio de igualdad entre las personas, entendida en lo que se refiere a diversos campos jurídico y político. Es decir, para el liberalismo, todos los ciudadanos son iguales ante la ley y ante el Estado. • El derecho a la propiedad privada como fuente de desarrollo e iniciativa individual, y como derecho inalterable que debe ser salvaguardado y protegido por la ley. • El establecimiento de códigos civiles, constituciones, e instituciones basadas en la división de poderes (Ejecutivo, Legislativo y Judicial) y en la discusión y solución de los problemas por medio de asambleas y parlamentos.

la economía. Para los liberales, la libertad económica y la libre empresa conducirían a una sociedad más armoniosa e igualitaria, así como al aumento indefinido de la prosperidad. El orden espontáneo sería generado por la denominada “mano invisible” del mercado, que conduce a los individuos a que siguiendo su “egoísmo” particular, logren el máximo beneficio social, sin habérselo inicialmente propuesto. Dentro del liberalismo hay algunas vertientes ideológicas, siendo las principales: 1) El liberalismo clásico, con Adam Smith y David Ricardo como sus principales representantes; 2) La escuela austriaca, con Ludwig Von Mises y Friedrich Hayek a la cabeza; 3) La escuela alemana o economía social de mercado, con Ludwig Erhard y Konrad Adenauer como sus máximos exponentes; y, 4) El monetarismo o Escuela de Chicago, liderado por Milton Friedman A continuación analizaremos los principales aportes a la ciencia económica de Adam Smith, de Ludwig Von Mises, de Ludwig Erhard y de Milton Friedman. Principales representantes del liberalismo clásico, de la escuela austriaca, de la economía social de mercado y del monetarismo, quienes han sido satanizados por la extrema izquierda continental, con el apelativo de “neoliberales”; además de ser bastante maltratados, por el simple hecho de proponer: menos estado y más mercado, menos pobreza y más desarrollo, menos déficit fiscal y más disciplina, menos populismo y más seriedad, menos retórica y más pragmatismo, menos pereza y más trabajo, menos dictadura y más libertad, menos mordaza y más libertad de expresión, en fin…

1. El Liberalismo Clásico: Adam Smith (1723 – 1790) “No puede haber una sociedad floreciente y feliz cuando la mayor parte de sus miembros son pobres y desdichados” “No es por la benevolencia del carnicero, del cervecero y del panadero, que podemos contar con nuestra cena, sino por su propio interés” “El trabajo fue el primer precio, el dinero de compra original que se pagaba por todas las cosas”

• La Tolerancia Religiosa.

“No hay arte que un gobierno aprenda más rápido de otro que el de drenar dinero de los bolsillos de la gente”

¿Qué es el liberalismo económico? El liberalismo económico es la teoría económica desarrollada por el movimiento cultural europeo que se difundió en Europa (Francia e Inglaterra, especialmente), durante los siglos XVIII y XIX, período conocido como el de la “ilustración” o “el iluminismo”, formulada de forma completa en primer lugar por Adam Smith y seguida por David Ricardo, que reclama la mínima interferencia del Estado en

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“Si una nación no pudiera prosperar sin disfrute de perfecta libertad y perfecta justicia, no habría en el mundo ninguna nación que pudiera alguna vez haber prosperado”. Adam Smith Filósofo y economista escocés, nacido en Edimburgo en 1723. El primer libro de Adam Smith, The Theory of Moral


Sentiment (Teoría de los sentimientos morales), su obra maestra desde el punto de vista filosófico, se publicó en 1759. En ella exponía los principios de la naturaleza humana que guiaban el comportamiento social del hombre, exponiendo por primera vez sobre «la mano invisible» que sin saberlo y sin proponérselo orientaba el egoísmo humano hacia el bien de la sociedad. En 1776, publicó su obra cumbre: “La Riqueza de las Naciones”. Este libro representaba el primer gran trabajo de economía política clásica y liberal. En ella se aplicaban a la economía, por primera vez, los principios de investigación científica, en un intento de construir una ciencia independiente. Continuación del tema iniciado en su obra filosófica y en base a la misma, mostraba cómo el juego espontáneo del egoísmo humano bastaría para aumentar la riqueza de las naciones, si los gobiernos dejaran de intervenir con medidas reflexivas (http://www.biografiasyvidas.com/monografia/smith/). La mano invisible del mercado, es una metáfora utilizada por Adam Smith, para explicar los mecanismos autorreguladores del libre mercado. Representa el principal fundamento ideológico del liberalismo clásico. Para Smith, la mano invisible está conformada por la conjunción del interés personal de cada individuo, expresada a través de la competencia, la oferta, la demanda, el mecanismo de los precios, etc., mecanismos que según él, son capaces de asignar por sí mismos con eficiencia y equidad, tanto los recursos como el producto de la actividad económica. En palabras de Smith: “Todos se esfuerzan por usar su capital para que les produzca el máximo valor. Generalmente no tienen la intención de promover el interés común ni de saber en qué medida están haciéndolo. No les importa otra cosa que su seguridad, su ganancia personal. En esto los guía una mano invisible para que traten de alcanzar un fin que no formaba parte de su intención. Al buscar su interés personal, a menudo promueven el de la sociedad con mayor eficiencia que si realmente quisieran hacerlo”. (ADAM SMITH: “La Riqueza de las Naciones” – 1776). Esta profunda frase de Smith, ha sido terriblemente mal interpretada por la extrema izquierda mundial (y sobre todo continental), acusándolo, de ser una persona egoísta y terriblemente individualista. En oposición obviamente al “solidario” sistema socialista, comunista y colectivista, que estos caballeros de “mentes lúcidas” predican. Por ello analicemos brevemente esta frase de Smith y veamos con un prisma pragmático (sin dañinos colores ideológicos) qué quiso decirnos, el considerado -por muchos, entre los que me incluyo- “Padre de la Economía”: Smith señala, que el interés egoísta y particular de los individuos, es el que hace crecer y desarrollarse a la sociedad en su conjunto. Este enunciado aparentemente “egoísta” de Smith, encierra una gran verdad, ya que esta búsqueda de la maximización de beneficios, hace que, por ejemplo, una persona emprenda en una determinada actividad pro-

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ductiva. Al aventurarse en una nueva empresa, necesitará comprar factores productivos, en especial, deberá contratar trabajadores, quienes a cambio de una remuneración trabajarán para él. La inversión privada hace que aumenten por tanto, la producción y con éste, el empleo. El empresario particular, únicamente buscaba su propio beneficio, no quería aumentar ni el empleo ni la producción nacional, está guiado únicamente por la “mano invisible” del mercado. Otro ejemplo del acierto de la frase de Smith, lo encontramos en los inventos desarrollados por los grandes científicos a lo largo de la historia, pues, muchos de ellos querían únicamente, ser famosos, o incluso ser millonarios, a través de sus revolucionarias invenciones y al descubrir cosas motivados por su “interés egoísta”, ayudaron a la humanidad en su tránsito hacia la prosperidad socio-económica. Como lo afirma Milton Friedman en uno de sus videos por Internet: “… Ninguno de esos inventos han sido concebidos en una oficina gubernamental, ni obedecen a una planificación del estado, han sido hechos por personas particulares…”. 1 La frase señalada ha sido malinterpretada, como si Smith hubiese sido un egoísta e inhumano personaje y esto no es así, pues el mismo “padre de la economía” señaló esta otra expresión que la podemos encontrar en el libro I de su obra: “La Riqueza de las Naciones”, donde sentencia: “Ninguna sociedad puede ser floreciente y feliz si la mayor parte de sus miembros es pobre y miserable” 2, frase esta última que nos hace ver el profundo sentimiento y la preocupación de Smith, por los pobres, pero claro, sólo citan una que otra frase de Smith y quieren hacernos creer que fue un hombre terriblemente egoísta y para nada solidario.

2. La escuela austríaca: Ludwig Von Mises (1881-1973) ”El gobierno no puede hacer al hombre rico, pero puede empobrecerlo”. ”El anticapitalismo sobrevive a base de ordeñar la vaca capitalista” ”Las leyes y constituciones más generosas, cuando desaparece la economía de mercado, no son más que letra muerta” “Si la historia nos pudiera enseñar algo, nos enseñaría que la propiedad privada está inseparablemente ligada a la civilización” “Todas las personas, por muy fanáticas que puedan ser en sus diatribas contra el capitalismo, implícitamente le rinden homenaje al clamar apasionadamente por los productos que crea”. Ludwig von Mises

1 “El poder del mercado”. Videos de Friedman en castellano, los puede encontrar en: http://www.jorgevalin.com/weblog/2005/04/libre-para-elegir-videos-de-friedman.html 2SMITH, Adam. La Riqueza de las Naciones. Libro I. Alianza Editorial. Madrid. 2008. Página 126

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Economista Austriaco. Perteneciente a la denominada Escuela austriaca, defendió el liberalismo económico frente al socialismo y a la intervención del Estado en la vida económica. En 1912 publicó Teoría del dinero y el crédito (1912), en la que asignó al dinero un precio determinado, al igual que cualquier otro bien, determinado por la oferta y la demanda. Esta misma obra recoge sus teorías sobre los ciclos económicos: según Mises, el ciclo se produce por la ideología inflacionista de los bancos centrales que, al igual que los políticos y los hombres de negocios, prefieren mantener bajos los tipos de interés de manera artificial, con el consiguiente exceso de inversiones. (http://www.biografiasyvidas.com/biografia/m/mises.htm).

3. La escuela alemana (economía social de mercado): Ludwig Erhard (1897-1977) “Nosotros rechazamos el Estado benefactor de carácter socialista, y la protección total y general del ciudadano, no solamente porque esta tutela, al parecer tan bien intencionada, crea unas dependencias tales que a la postre sólo produce súbditos, pero forzosamente tiene que matar la libre mentalidad ciudadana, sino también porque esta especie de auto enajenación, es decir, la renuncia a la responsabilidad humana, debe llevar, con la paralización de la voluntad individual de rendimiento, a un descenso del rendimiento económico del pueblo” Ludwig Erhard Erhard fue un economista y político alemán, con tendencias liberales, considerado el padre del milagro económico alemán de la posguerra. Fue director del Instituto de Investigación Industrial de Nuremberg, aunque fue cesado por el régimen de la Alemania nazi debido a sus opiniones liberales en economía. Con la creación de la República Federal de Alemania (RFA) en 1949, se convierte en Ministro de Economía en el gobierno de Konrad Adenauer, puesto que desempeñará hasta la salida de éste del gobierno en 1963. Es el principal responsable de los rápidos avances económicos de la RFA, gracias a la economía social de mercado que se establece. Los alemanes vivían desde finales de la guerra en una economía planificada y muy racionada (leche, huevos, carbón, vestido, calzado...) en la que reinaba el mercado negro, el trueque y los robos, ya que además la mayor parte de la población vivía bajo la amenaza de los comités de desnazificación. La población buscaba una cierta estabilidad económica y política, a la vez que aspiraba a tener una cierta seguridad. En estas circunstancias, aparece Erhard, como fundador e ideólogo de la “economía social de mercado”. Modelo que sostiene básicamente que el sistema económico más eficiente y que genera mayores niveles de riqueza es la economía de libre mercado, pero para que


esta funcione bien, necesitaría mantener un alto nivel de competitividad, de tal manera que toda la sociedad resulte beneficiada del libre comercio; para cumplir con ese rol, el Estado debería tener una activa política contra los cárteles, monopolios y oligopolios, ya que esas deficiencias del mercado atentarían contra la economía libre, y por ende contra el bienestar y la estabilidad social. En el terreno social, la ESM defendía una política en ayuda de los ciudadanos más vulnerables socialmente, pero enfocada sólo a paliar las situaciones cambiantes de la vida y como mecanismo de reintegrarlos a la economía de mercado, que sería la responsable de devolverles el bienestar; no tenía como fin la ampliación permanente del Estado ni la creación de un Estado de bienestar como proponía la socialdemocracia de los años 50’. En definitiva, La Economía Social de Mercado tiene como objetivo el mantener un equilibrio entre un alto índice del crecimiento económico, baja inflación, bajo nivel de desempleo, buenas condiciones laborales, bienestar social, y servicios públicos, por medio de una economía de libre mercado y políticas públicas tendientes a mantener esa competitividad sumado a políticas sociales paliativas. Pese a que se le suele relacionar como un punto intermedio entre socialdemocracia y liberalismo, los mecanismos de intervención económica propuestas por Erhard y los ideólogos de la ESM no eran necesariamente agresivos con la propiedad privada como lo serían los socialdemócratas, sino que buscaban utilizar mecanismos del mismo mercado para distorsionar lo menos posible la realidad. (http://es.wikipedia.org/wiki/Econom%C3%ADa_ social_de_mercado)

4. La escuela monetarista de Chicago: Milton Friedman (1912 -2006) “Si quieren ver capitalismo en acción, vayan a Hong Kong” “Estoy a favor de reducir impuestos bajo cualquier circunstancia y por cualquier excusa, por cualquier razón, en cualquier momento en que sea posible” Milton Friedman Uno de los más grandes errores es juzgar a las políticas y programas por sus intenciones, en vez de evaluarlas por sus resultados” El camino de un gobierno centralizado a una verdadera sociedad privada de libre empresa posee tres componentes. Primero y el más importante de todos, el Estado de derecho, el cual se extiende a la protección de la propiedad. Segundo, propiedad privada dispersa de los medios de producción. Tercero, libertad de entrar y salir de industrias, libre competencia, libre comercio. Estos son esencialmente los requerimientos básicos”. “La libertad económica, es un requisito esencial de la libertad política” Milton Friedman

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Milton Friedman fue un destacado economista e intelectual estadounidense de origen húngaro. Defensor del libre mercado y exponente del monetarismo neoclásico de la Escuela de Economía de Chicago. Friedman realizó contribuciones importantes en los campos de macroeconomía, microeconomía, historia económica y estadística. En 1976, fue galardonado con el Premio Nobel de Economía por sus logros en los campos de análisis de consumo, historia y teoría monetaria y por su demostración de la complejidad de la política de estabilización. Friedman visitó Chile en 1975 durante la dictadura de Augusto Pinochet, hecho por el que fue muy criticado al no ser un gobierno de origen democrático. Invitado por la Escuela de Negocios de Valparaíso, dio una serie de conferencias sobre economía e influenció en los asistentes económicos del gobierno. Friedman gozó de un éxito tremendo con estas innovadoras observaciones y fue invitado por ex-alumnos chilenos de la Escuela de Chicago (“Chicago Boys”) a dictar algunas conferencias sobre la situación económica chilena. Friedman dijo: “La economía social de mercado es la única medicina”, refiriéndose a la complicada situación de Chile. Abogó por la economía monetarista y explicó después que “el énfasis de aquella charla fue que los mercados libres minarían la centralización política y el control político”, sosteniendo que la liberalización económica conduciría tarde o temprano a la democratización política. Pese a que esa supuesta colaboración con la dictadura chilena le fue reprochada siempre (plasmándose en las manifestaciones en Estocolmo en la ceremonia de entrega del Nobel), en una entrevista en el año 2000 Friedman lo atribuyó “a los comunistas que intentaron desacreditar a cualquier persona que hubiese tenido la conexión más leve con Pinochet”. Más adelante Friedman se refirió a este tema haciendo analogía entre la dictadura chilena y la dictadura china, habiendo dictado conferencias a los estudiantes de economía y reunido con el secretario del Partido Comunista de China Zhao Ziyang, diciendo: “Dicté tanto en China como en Chile exactamente las mismas conferencias. He visto muchas manifestaciones contra mí por lo que dije en Chile, pero nadie ha hecho objeciones a lo que dije en China”. *http://es.wikipedia.org/wiki/Milton_Friedman).

Conclusiones para el Ecuador y para américa latina • El liberalismo económico, contrariamente a lo que sostienen sin bases y sin razón alguna, sus críticos, pragmáticamente y en la realidad ha demostrado ser un sistema exitoso, porque los países que lo han aplicado durante un largo tiempo han visto sus benéficos resultados. Siempre se toma como referente a Chile en América Latina y esa es la verdad, porque inclusive los

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gobiernos socialdemócratas (“socialistas moderados”) de la concertación de 1989, que sucedieron a la dictadura de Pinochet, tuvieron en Friedman y en la economía social de mercado, su principal referente inspirador. Los ejemplos a seguir de los “socialistas” chilenos no fueron ni Salvador Allende, ni Karl Marx, fueron Milton Friedman y Ludwig Erhard, sin lugar a dudas. • El liberalismo económico es un sistema de largo plazo, es decir, al principio trae ciertos inconvenientes para la economía, hasta que el modelo se ajuste. Es la constante y pertinaz aplicación del liberalismo económico, la que conduce al desarrollo de los países. Por el contrario, el modelo keynesiano, es un sistema cortoplacista, que únicamente funciona para sacar a flote a la economía, después de una recesión, porque en el largo plazo este modelo es inflacionario. El modelo comunista ni siquiera debe ser considerado como económico, porque es un sistema político que aboga por el tránsito de una economía capitalista a un estado socialista y de allí al comunismo, por las supuestas contradicciones existentes entre los empresarios (el capital) y el proletariado (el trabajo). Para los marxistas es la explotación del hombre por el hombre y la apropiación del plus valor generado por los obreros en la producción, lo que torna rentable al capitalismo. Bohm Bawek, demostró hasta la saciedad que no únicamente el trabajo genera valor, que también los otros factores lo pueden crear, como por ejemplo, no es lo mismo un edificio situado en la zona bancaria de Quito (Naciones Unidas), que otro situado en un sector periférico de la ciudad, aunque hayan sido los mismos obreros quienes los hayan construido. • La retórica, la facilidad de palabra y el autoritarismo que exhibieron y que aún hoy muestran gobiernos como el de la ex china comunista (Mao Tse Tun), la ex URSS (Stalin), Cuba (Fidel Castro y su hermano), Venezuela (Hugo Chávez), Corea del Norte (Kim Jong–iL) y otros de la misma especie ideológica, jamás han logrado ni conseguirán el desarrollo económico de sus países, porque para ellos es el Estado vigoroso y activo quien debe impulsar el crecimiento y no el “egoísmo individualista” del empresariado capitalista. Vez tras vez la realidad demuele sus mentiras ideológicas y sin embargo se niegan a aceptarlo, aún hoy en día, tras 20 años de la caída del Muro de Berlín y del “socialismo científico” de la URSS, todavía hay quienes insisten en vendernos la promesa de un mundo mejor, de ese “paraíso socialista” con el que soñaron: Marx, Engels, Lenin, Stalin, Juan Domingo Perón, Salvador Allende, Fidel Castro, entre otros. • Más bien ha sido el liberalismo, tachado por los intelectuales que sólo leen de “izquierda a izquierda”, como un modelo “antisolidario y reactivo”, en oposi-


ción a su “solidario y progresista sistema”, quien ha conseguido reducir la pobreza (no eliminarla, porque eso lamentablemente es prácticamente imposible). Otra vez pongo de ejemplo a Chile, país que tras estos más de 30 años de “largo y alegre día liberal”, ha logrado que este flagelo de la humanidad al que es preciso combatirlo por la vía de la técnica y no de las “revoluciones profundas” se reduzca del 43 al 13%, al punto de que un sismo de 8.8 grados en la escala de Ritcher, no los ha podido derrotar, demostrándose con esto que los desvaríos ideológicos de nuestros populistas latinoamericanos, son más peligrosos que los terremotos. Al igual que en Chile, en la lejana y milenaria China, Deng Xiaoping, decidió ser “comunista en lo político y liberal en lo económico”, al igual que José Mujica en el Uruguay actual; Deng Xiaoping, con su famosa y legendaria frase: “No importa de que color es el gato, con tal de que cace ratones”, abrazó el liberalismo y hoy por hoy, este país crece a tasas promedio anuales del 9%. Los ejemplos de modelos liberales exitosos son numerosos: EEUU, Hong Kong, Corea del Sur, Taiwán, Rusia, Brasil, China, India, Singapur, Indonesia, Suiza, Costa Rica, Perú, Panamá, Colombia, Alemania Occidental, Gran Bretaña, en fin… la lista es interminable. ¿Qué ejemplo de país desarrollado exhibe el comunismo? Estoy esperando una respuesta, para negar el evidente éxito del modelo liberal, satanizado –sin motivo y sin razón - como “la larga y triste noche neoliberal”, cuando en el Ecuador, ni siquiera se lo ha aplicado, porque cada vez que se lo ha querido hacer, han aparecido una multitud de seudo intelectuales e izquierdistas infantiles, que lo han tirado por la borda, porque con ese sistema no comulgan estatistas ni populistas, que quieren vivir como parásitos a costillas de un Estado cada vez más obeso, rentista e ineficiente. En el país se requiere sin duda de un Estado, pero no cumpliendo el papel de centrodelantero goleador, que sea el motor de la economía, sino que simplemente cumpla con su papel de árbitro, regulador y facilitador de la actividad económica.

En definitiva: El liberalismo es un sistema económico, Progresista, de avanzada, una alternativa de cambio basada en los hechos que ha conseguido el desarrollo de los pueblos antes subdesarrollados que lo han aplicado. Utilizado hoy en día por gobiernos socialistas como: Lula en Brasil, Bachelet en Chile, Vásquez (Mujica) en Uruguay y García en Perú.

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+ APORTE INVITADO Universidad TĂŠcnica de Loja (UTPL) Tangya Tandazo Arias

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Tangya Tandazo Arias

Maestra en Economia Urbana y Regional. Insituto de Investigaciones Económicas de la Universidad Técnica Particular de Loja.

La regionalización económica del Ecuador

La regionalización en el Ecuador siempre ha estado definida por una serie de cuestiones históricas, políticas y sociales, dejando de lado las cuestiones económicas que hoy en día cobran importancia debido a los problemas coyunturales que atraviesa como el desempleo, la pobreza, la migración, etc. Una visión diferente es la regionalización económica-funcional, puesto que constituye un nuevo enfoque de análisis que permite plantear desde una visión más real soluciones posibles para lograr un desarrollo más equilibrado y coherente con las estructuras de las regiones. 150


Introducción A partir del nuevo ordenamiento territorial en el Ecuador el tema regional que ha cobrado mayor interés, de tal manera que mucho se habla al respecto, llegando incluso a connotaciones erróneas, que terminan confundiendo y hasta mitificándolo. Por ello creo importante iniciar el presente artículo señalando que la regionalización no es otra cosa que una metodología, que se utiliza para modificar el orden territorial de un Estado en unidades más pequeñas, es una herramienta básica para planificar el desarrollo e incluye toda la heterogeneidad de un espacio geográfico. No es una delimitación preestablecida, de ahí que pueden existir muchas regionalizaciones dependiendo del objetivo que se persiga. La discusión en torno a la regionalización en nuestro país ha estado en auge por varias décadas y por lo regular vinculado a la descentralización del poder político, así se han planteado diferentes maneras de hacerlo, partiendo desde la base de una descentralización a través de la instauración de un gobierno federal a una descentralización provincial, actualmente se ha optado por una descentralización lineal que ha culminado con una regionalización en el mismo sentido. En todos los casos, el común denominador ha sido la regionalización política-administrativa. Así, el problema regional en el Ecuador se resume en el reconocimiento por una parte y el desconocimiento por otra, de la diversidad de la estructura económica de las provincias que conforman las diferentes regiones, así como las capacidades de las sociedades y las potenciales complementariedades interregionales que se pueden obtener si se lo realiza considerando o teniendo como fundamente teórico la economía espacial. Esto en función de que la organización administrativa y niveles de poder que surja de ella deben tener mayor coherencia con los objetivos de desarrollo regional que se quieran alcanzar, a pesar que este tema no es de preocupación de la presente estudio, no se desconoce que es interesante su análisis a futuro. Lo que se pretende es mostrar que la actual regionalización de corte político-administrativo y sobre la cual rige la planificación del desarrollo no es coherente puesto que asume que todas las regiones son homogéneas desconociendo con ella las diferencias y disparidades que presentan cada una de ellas y las cuales las podemos observar desde la óptica de su funcionalidad.

De la regionalización político-administrativas a la regionalización funcional Según W Richardson (1971). Todas las regiones presentan particularidades pero ello no hace que sean mutuamente

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excluyentes, ya que dentro de una región político-administrativa es posible encontrar regiones económicas y viceversa y a la vez pueden poseer características de regiones homogéneas dependiendo del estudio que se realice. Puntualizando, la región político - administrativa, es un área en la cual se aplican las mismas decisiones económicas, políticas y de planeación de desarrollo lo que le da unidad al área. Son resultado de la organización y representación espacial del poder, de tipo político que se originan en los procesos históricos que han permitido configurar proyectos de constitución de los estados naciones y los mecanismos político-institucionales para hacer posible la gobernabilidad y gestión territorial. Las limitaciones de esta regionalización es considerar que todo el espacio económico es isotrópico, que tienen un comportamiento similar y los resultados de las políticas, planes y programas se cumplen de maneras paralela ya que no consideran la localización de las actividades productivas, los recursos y características específicas de los sitios. La región funcional o polarizada por su parte, es un concepto derivado del francés Perroux (1955), donde se habla de un polo de desarrollo y las áreas satelitales cuyo dinamismo depende de su interacción de la periferia con el centro motor. Las regiones funcionales se basan en la interdependencia económica entre las áreas geográficas, se puede diferenciar dos regiones: las nodales y funcionales. Las primeras que comprenden un centro y un área de influencia, se debe considerar como un caso especial de región funcional, ya que su estructura tiene un solo punto focal en torno al cual se producen las interacciones económicas. Las regiones funcionales, en cambio, tienen como característica las interrelaciones, las mismas que dan lugar a una estructura en la cual cada una de sus partes desempeña una función económica. De ahí que, la región viene caracterizada no por la morfología o por el paisaje, sino por las funciones expresas de las estructuras que dirigen o que influyen en la organización del territorio. Si en el pasado el concepto de región se concebía desde la uniformidad física y humana, ahora se determina por las interrelaciones (económicas, sociales, ...) que unen a los diversos componentes de un territorio creando en consecuencia una red de flujos a partir de los cuales queda organizada una determinada estructura espacial. El análisis y limitación de las mismas tiene como punto de partida el conocimiento intuitivo a partir del cual se realiza la selección de las variables y umbrales más significativos. Ello supone que se bebe superar la mera yuxtaposición de elementos físicos y humanos para buscar la funcionalidad


integral. En este proceso se da la necesidad de priorizar unas variables, las que expliquen lo esencial de su organización y dinamismo, dejando en segundo plano otras que cuentan con menor valor explicativo. Llegando así a determinar un espacio cohesionado, estructurado por la interrelación de las partes que lo componen y que definen lo esencial del conjunto en cada momento. A su vez, ha de ser un sistema abierto a las influencias exteriores y por ello nunca alcanza la plena estabilidad. Es un espacio construido en el tiempo, con unas transformaciones que no afectan por igual a todos sus elementos y con períodos de cambio que se suceden con otros de relativa estabilidad. En este sentido, el concepto de región funcional que se asume para el análisis en este trabajo, señala que ésta es la suma de varias áreas locales relacionadas y dependientes de un mismo núcleo o ciudad, que funciona como centro de mayor jerarquía. Partiendo de este concepto, se entiende a la región como una estructura que consta de un centro y una periferia o área de influencia, por lo general dicho centro lo ocupa una ciudad que mantiene una jerarquía urbana dentro de la región. La articulación funcional de la región está dada por los flujos e intercambios de bienes, servicios y personas que se dan entre la ciudad y su área de influencia. Finalmente, como lo señala la OCDE, las regionales funcionales a diferencia de las político-administrativas, permiten identificar zonas con problemas específicos y por lo tanto el nivel de asistencia está mejor dirigido, puesto que realizan un análisis y evaluación territorial más detallados se obtiene una mejor visión de la realidad y por consiguiente se obtienen mejores resultados de los planes y programas de asistencia.

Reconociendo el país Como sabemos, la configuración física del Ecuador es compleja y ha condicionado también en gran medida la delimitación político-administrativo del Ecuador, llegando a establecerse 24 provincias1, así como también el desarrollo de las redes de transporte. En este sentido en el 2006 el país contaba con 43.669,72 kilómetros de vías, cuya distribución espacial se concentra en los sistemas de ciudades, del total el 34% de infraestructura vial se localiza en las provincias con mayor población y nivel de ingresos, como son Manabí, Guayas y Pichincha cuya ventaja artificial se traduce en poseer una dinámica económica que les posibilita un mejor desarrollo. Según la nueva geografía económica, la distribución espacial de la actividad económica y la población dependen de las estructuras productivas, de las distancias respecto a 1

En el trancurso del artículo se presenta el análisis de 22 provincias, debido a que no existe información del VAB de Santo Domingo de los Colorados y Santa Elena.

los mercados y de la movilidad de los factores. La conjunción de estos tres aspectos es clave para entender la forma como se desencadenan fuerzas centrípetas y centrífugas que explican sus grados de concentración o dispersión respectivamente. En el análisis de la ubicación de la actividad económica en el espacio, Krugman (1997), considera2 que el espacio físico no es llano y por lo tanto existen costes de transporte que afectan a la decisión de la ubicación en el espacio. Además que la localización de la actividad económica debe tener en cuenta estos aspectos, pues en las decisiones de localización se debe evaluar si existen fuertes economías de escala en la producción, de tal manera que es más conveniente que la producción se lleva a cabo en un lugar común, o si por el contrario, los costos de transporte inducen una distribución de la actividad más homogénea en el espacio.3 De ahí que la población suele ubicarse en torno a los sitios donde se localizan las actividades productivas y en lugares cercanos hacia el mercado, donde los recursos y la accesibilidad a los bienes y servicios son mayores. En el caso del Ecuador, la distribución espacial de la población muestra que el 94,9% se encuentra ubicada en las regiones de la costa y sierra, de los cuales el 56,3% se concentra en las provincias de Guayas, Manabí y Pichincha. Por otra parte, al revisar la distribución espacial de la actividad económica, se observa cómo se encuentran concentradas las actividades económicas y cómo las regiones se convierten en puntos de atracción no solo de los recursos sino también de la innovación y del desarrollo tecnológico que contribuyen a elevar la productividad y consecuentemente el ingreso, ello conlleva a una mayor aglomeración de las actividades más productivas. Así tenemos que el VAB del 2007 muestra el alto nivel de heterogeneidad en su distribución. Las manchas claras indican que Napo, Bolívar, Morona Santiago y Zamora Chinchipe son las provincias que cuentan con mayor dispersión de sus actividades productivas. A diferencia de las provincias de Manabí, Azuay, Sucumbíos y Orellana, que se ubican en el tercer y cuarto cuartil presentando un nivel de asociación de las actividades productivas superiores al promedio nacional y por lo tanto concentran en mayor grado las actividades productivas. (ver figuras 1 y 2)La regionalización económica funcional El primer ensayo de regiones funcionales para el Ecuador, muestra que puede obtenerse 19 regionalizaciones diferentes. Así tenemos que, partiendo del análisis de su estructura económica se pueden establecer 3 regionaliza2 Zuleta Arango Joaquín y otros. Disparidades económicas regionales: un análisis de la distribución espacial de la población y del desempeño económico en Colombia. Universidad de Antoquia. 2007 3 Galvis Apote Luis Armando. La topografía económica de Colombia. Cartagena de Indias. Febrero del 2002.

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Figura 1. Box Map de la población. 2007

Figura 2. Box Map del VAB. 2007

Fuente: Elaboración propia a partir del INEC y SIG de la UTPL

Fuente: Elaboración propia a partir de Cuentas Provinciales del BCE y SIG de la UTPL.

ciones funcionales diferentes. Si el criterio de regionalización es la especialización económica, el resultado es cuatro grupos de regiones. Si por el contrario, la perspectiva de análisis es la diversificación económica con que cuentan sus unidades territoriales, se obtiene 8 regionalizaciones, pero si el enfoque es la concentración económica se puede definir cuatro regionalizaciones.

Cuadro 1. Regiones funcionales. 2007

Fuente: Elaboración propia a partir de las Cuentas Provinciales del BCE. 2007

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Figura 3. Regionalización Funcional. Clusters. 2007

Figura 4. Regiones económicas funcionales. 2007

Fuente: Elaboración propia Fuente: Elaboración propia.

Avanzando en la regionalización funcional, otra metodología válida es la de clústers, la cual a partir de los índices de estructura y especialización económicas, da como resultado cinco grupos de regiones. Una tercera regionalización económica es la nodal. En el caso de Ecuador se identificaron dos Centros Regionales (nodos): Guayas y Pichincha; tres Sub Centros Regionales que lo coforman Azuay, Tungurahua, Manabí y Galápagos, que presentan diferencias y complementariedades productivas(ver figuras 3 y 4). Caracterizando estas regiones se observa que la más extensa territorialmente es la región norte, mientras que la subregión con mayor superficie es la región sur este. En cuanto a la distribución de la población, existe mayor concentración de la misma en la región sur este seguida de la región norte, en tercer lugar está la subregión Tungurahua. Al hablar del aporte de cada región a la economía nacional, la region sur contribuye con el 32% a la economía nacional, de los cuales Guayas aporta el 75%. Por el contrario, la participación de los sub centros regionales es menor (10% del total nacional).

nacional de infraestructura vial. A nivel regional, Guayas posee el mayor número de vías, contando así con la mayor facilidad de accesibilidad. Mientras que entre las sub regiones, la de Azuay está mayormente dotada de infraestructura vial, ocupando inclusive el tercer lugar a nivel nacional. En cuanto al desarrollo empresarial, que han alcanzado, tenemos que en la región norte se localizan el mayor número de compañías (31% del país), mientras que en la región sur se localizan el 47% de las compañías más grandes, ello explica la existencia de niveles elevados de inversión (nacional y extranjera) en esta campo. Conclusiones La región puede ser enfocada desde diversos aspectos multifactoriales que se toman como determinantes de su formación y desarrollo, pero es el punto de vista económico el que explica el comportamiento de la región económica que constituye el soporte de toda la actividad regional. Por otra parte, pueden darse varias maneras de regionalizar, dependiendo del criterio que se quiera adoptar y de los objetivos que se pretenda alcanzar.

Por su parte, la región norte cuenta con el 31% del total

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Una de ellas es la definición de regiones funcionales desde el criterio de índices de estructura, especialización, concentración y diversificación económicas, con lo cual se obtienen 19 regionalizaciones diferentes con diversos objetivos de desarrollo. Si se toma como punto de partida la formación de clusters, a partir de los índices de estructura y especialización económica, se obtienen en cada caso 5 grupos de regiones, que coinciden en su configuración en número y provincias. Finalmente a través de una regionalización nodal, se obtienen una regionalización con dos Centros Regionales (nodos) que son Guayas y Pichincha; tres Sub Centros Regionales ( Azuay, Tungurahua, Manabí y Galápagos), que puede ser tomada como óptima, no solo porque comprende la identificación de un nodo y un área de influencia, sino también que incluye la interacción económica que presentan las provincias. Por ello considero que puede ser la que se ajuste realmente a los objetivos de planificación del desarrollo que se ha planteado el actual gobierno.

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Maestr铆a en Administraci贸n de Empresas

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Polemika 04