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TERCERA PARTE


F OT O G R A F Í A D E TA N I A P ET I T E

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MU SEO DE LA L E ALTAD RE PU BL ICANA CAS A JUÁRE Z

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SECRETOS GUARDADOS = M A R G A R I TA M U Ñ O Z

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a luz de la mañana se desliza suavemente por la ventana que da al este, Benito ha pasado la noche pensando cuál es su próxima tarea ahora que ha llegado a Chihuahua y que tiene que hacer frente a los franceses que siguen acosando a la nación. La carta de Margarita le ha desvelado. Su ausencia, la distancia que hay entre Nueva York y Chihuahua, se le antojan insalvables. El 28 de diciembre de 1865, Margarita escribe: “Mi estimado Juárez: La última carta tuya que tenemos es de fecha 12 del mes pasado donde me dices que al toro día salías para Chihuahua. Dios quiera que cuando recibas ésta ya estés muy descansado y sin haber tenido ninguna novedad en el camino; hasta que no tenga yo noticia no estoy tranquila porque estoy tan azorada que para todo no espero más que desgracias.Todos nuestros hijos te escriben y están buenos. Saluda de mi parte a los Sres. Lerdo, Iglesias, Gaitán, Sánchez Contreras, Pancho Díaz y Novoa, felicítalos a todos por haber regresado a Chihuahua y tú recibe el corazón de tu esposa que te ama y desea verte. Margarita.”

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S E C R E T O S G UA R DA D O S

Sale al patio y piensa que esta casa es un digno espacio ahora que es el Palacio Nacional. El gobierno del estado de Chihuahua le ha facilitado este edificio que ha sido, desde 1826 el Palacio de Gobierno. La casa la vendió al gobierno estatal el señor José Antonio Pérez Ruiz, quien era regidor hacia 1814 y en ese tiempo fue el encargado de conservar la vacuna contra la viruela, enfermedad que provocaba grandes estragos entre la población. A él se le compró esta casa cuya planta es la tradicional de las casas virreinales. El acceso principal está situado al centro y desemboca a un patio interior del que se distribuyen las habitaciones. El patio rectangular, tiene un pasillo techado delimitado por arcos adintelados, cuyas columnas de cantera son de estilo jónico. El segundo patio da a las riberas del río Chuvíscar y en él están instaladas las cocheras y las caballerizas. También hay una entrada posterior que da a la cocina, por donde entran los pedidos de las verduras traídas de Tabalaopa y los demás insumos que llegan desde el cercano Mercado de La Reforma. Este será el hogar de Benito en la ciudad de Chihuahua desde el 12 de octubre de 1864 al 5 de agosto de 1865, del 20 de noviembre al 9 de diciembre del mismo año. Y finalmente del 7 de junio al 10 de diciembre de 1866. Cuántos sucesos acaecerán en ella desde el primer momento que Benito plantó su pie en la entrada. La guerra contra Francia le consumirá cada minuto de su estancia y este sitio será su refugio en las noches solitarias en las que sentado en su escritorio leerá la carta de su esposa desde Nueva York: “Mi estimado Juárez: Todavía no recibimos carta tuya avisándonos tu llegada a Chihuahua y esto me tiene con mucho cuidado pero espero tenerla pronto y esto me tranquilizará por esa parte. Todos estamos buenos, las muchachas en el colegio estudiando con mucho empeño para que cuando vengas a Matamoros y mandes por nosotros, estén algo aprovechadas. Ojalá yo tuviera siquiera esa esperanza, sería yo menos desgraciada, para mí no hay consuelo; si Dios no remedia nuestra suerte yo no resisto esta vida de amargura que tengo sin un momento de tranquilidad; todos son remordimientos y creo que tú lo conoces, que yo tengo la culpa de la muerte de mis hijos, tienes razón, yo no quisiera presentarme delante de ti sin ellos, porque me debes aborrecer y con razón, pero es tanto lo que sufro, que soy digna de lástima; solo yo sé lo que sufro con estas ideas tan tristes que me vienen. No extrañes que algunas veces no te escriba porque no sé de qué hablarte, en mi cabeza no tengo más que a mis hijos que perdí, pensar en otra cosa es imposible. Recibe mil abrazos de las muchachas y el corazón de tu esposa…” Dentro de la vorágine que se vive en Chihuahua por la guerra, Juárez pasea por la Plaza de Armas, solo, con la república a cuestas, pensando en

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su tránsito a través de esas largas y desiertas carreteras por las que había llegado hasta esta ciudad ya aligerado de la carga de las 300 cajas con el Archivo de la Nación, que se habían quedado resguardadas en la Cueva del Tabaco en Coahuila. Ahora tiene que pensar en organizar un nuevo cuerpo de ejército; instalar una fundición para cañones y necesita fabricar armas y otros pertrechos de guerra para combatir a los franceses. El 13 de agosto de 1865 a las cuatro de la tarde el ejército francés entra a la ciudad de Chihuahua y resulta derrotado por las fuerzas republicanas el 25 de marzo de 1866. En todo este tráfago, Benito escribe: “Mi muy amada Margarita: Te supongo llena de pesar por la muerte de nuestro tierno hijo Antonio como lo estoy yo también. La mala suerte nos persigue; pero contra ella qué vamos a hacer; no está en nuestra mano evitar esos golpes y no hay más arbitrio que tener serenidad y resignación. Sigue cuidando a los hijos que nos quedan y cuídate tú mucho. Procura distraerte y no fijes tu imaginación en las desgracias pasadas y que ya no tienen remedio. Yo sigo sin novedad y no tengas cuidado por mí ni hagas caso de las noticias malas que esparcen los enemigos. Yo digo a Santa que conviene devolver inmediatamente unos vales que dio el General Carbajal a cuenta de mis sueldos porque así conviene.Abraza a Nela, a las muchachitas y a Beno y recibe el corazón de tu esposo que te ama y no te olvida.” Las cartas escritas por Juárez y Margarita Maza revelan que Benito era capaz de sentir amor, sentimiento que dista de la imagen que tenemos del Benemérito. En medio de la guerra él le pide: “(…) recógeme unos cepillitos de ropa que dejé en la mesa en que me afeitaba. Memorias a nuestros amigos y muchos abrazos a nuestros hijos. Soy tu esposo que te ama…” Esta casa guarda los secretos de un hombre amoroso y caballeroso, que aun en las horas más oscuras de la intervención francesa y en los momentos difíciles que como pareja tuvieron que afrontar -la separación, el exilio y la muerte de sus hijos-, Juárez mantuvo viva la llama del amor por su familia y por su esposa: “En el correo pasado recibí tu carta de 31 de enero con la de Beno y en el de anoche recibí la otra de 7 de febrero. He leído ambas con mucho gusto porque me dices que tú y nuestros hijos siguen sin novedad y esto me tiene muy contento como debes suponer… Quedo enterado de que te disponías ir a Washington. Romero también me lo anuncia diciendo que pensaba darte un baile si lograba algunos fondos que estaba buscando. Sea que haya baile o no, me parece muy bien que vayas a visitar la Capital de esa República. Ya me dirás lo que haya habido en tu viaje y visita.Dile a mi Beno que he leído con mucho gusto su cartita y que me alegro de que se esté apurando en sus lecciones. Procura que esté siempre aseado. A nuestra Nela dile que veo con mucho aprecio sus letras y estoy muy contento con que María esté cada día más traviesa y encantosa.

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S E C R E T O S G UA R DA D O S

Cuídenla mucho, mientras tenga yo el gusto de tenerla en mis brazos. En fin, a las demás muchachas diles que no las olvido un momento y que no pierdo la esperanza de que pronto las estreche en mis brazos.Tu esposo que te ama y desea...” Benito Juárez y Margarita Maza tuvieron 11 hijos y vivieron una época muy importante para nuestro país. Juárez es el forjador de la patria y Margarita siempre estuvo a su lado con amorosa lealtad y apoyó la causa de su esposo. Este inmueble, considerado como Monumento Histórico por Ley, está registrado en el Catálogo Nacional de Monumentos Históricos Inmuebles y funcionó como Casa de Gobierno hasta 1892, fecha en que se inauguró el actual edifico del Palacio de Gobierno. Desde 1894 hasta 1967, fue centro educativo, primero como Escuela Municipal para Niñas Número 3 y después como Escuela Oficial Número 140 “Benito Juárez”. En 1967 el gobierno del Estado otorgó su custodia a la Sociedad de Estudios Históricos y en 1972 fue habilitada como Museo Casa de Juárez. En el año 2000 se inauguró en esta casa el Museo de la Lealtad Republicana, Casa de Juárez.

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F OT O G R A F Í A D E LU I S RU B É N M A L D O NA D O

MU SEO DE LA REVOLU C IÓN ME XICANA

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EL AÑO 1982 = DA N I E L E S PA RTAC O S Á N C H E Z

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na de las cosas que más recuerdo del año 1982 es que, de un día para el otro, el peso que me daban para comprar dulces dejó de tener valor. Y los adultos decían, a su vez, que cuando ellos eran niños se podía comprar el mandado con un peso. ¿A dónde iríamos a parar? Si yo fuera presidente, pensaba, lo primero que haría sería devolverle el valor a la moneda, pagar la deuda, y que todo mundo fuera libre, porque mi madre no podía decir que votaba por el Partido Socialista, pues de ser así perdería su trabajo en el gobierno. El presidente salía en la televisión todos los días y todo mundo lo insultaba, por corrupto, decían, por tonto o porque estaba calvo, aunque, claro, esto último no era su culpa. Todo mundo, menos mi abuelo materno. Éste era el hombre más viejo del mundo, y se había ganado, con la experiencia que tenía, el derecho a insultar a quien fuera, incluido el presidente, y sin embargo no lo hacía.

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EL AÑO 1982

—No es fácil gobernar un país —decía. Y me enseñaba cosas, por ejemplo, me hacía aprender de memoria la lista

de los presidentes desde Álvaro Obregón, pasando por Lázaro Cárdenas, el mejor que había tenido México, decía. Yo no comprendía a mi abuelo. Todo mundo se la pasaba lamentándose. Julia, mi madre, se la pasaba haciendo cuentas y no le salían; mi padre llevaba una botella de leche de magnesia a todas partes; no había nada en el súper; las colas para pagar y para llenar el tanque de gasolina eran enormes, las segundas de varias cuadras. Por eso yo también odiaba al presidente. Un tipo de rostro serio, mirada trágica, mucho más calvo que el abuelo paterno. “Le diré dos o tres cosas cuando lo vea, pensaba; le diré: ‘señor, así no se puede, tiene que devolverle su valor al peso, ya no puedo comprar dulce; pague esa dichosa deuda de la que tanto se habla, y ya no le ponga el cuerno a su esposa con esa encueratriz, como dice mi abuela’ ”. Pero mi abuelo decía todo el tiempo: —No es fácil gobernar un país. Él iba a recogerme todos los días al jardín de niños y regresábamos caminando a su casa, donde la abuela ya estaba preparando la comida con el televisor encendido en la película mexicana del mediodía. Si había suerte, pasaban una de Tin Tan; si no, de Arturo de Córdova. Pero ese día nos desviamos de la ruta, le pregunté a dónde íbamos y él me dijo: —Quiero presentarte a alguien, van a inaugurar un museo dedicado al revolucionario Pancho Villa. Había un montón de gente alrededor de la entrada del museo y una banda de guerra militar comenzó a tocar el himno nacional. Me cuadré, me llevé una mano al pecho y comencé a cantar, porque yo era muy patriota y, ahora me da vergüenza admitirlo, el himno nacional era mi canción favorita. No sabía lo que realmente decían los versos, pero se me saltaban las lágrimas al cantarlos. Ese día, con la banda de guerra, en vivo, el himno sonó mejor que en la grabación del jardín de niños y las lágrimas se me salieron el doble. Cuando terminó el trance mi abuelo se abrió paso entre la multitud rumbo a un hombre calvo, de rostro serio y mirada trágica: ¡El presidente! “Le voy a decir dos o tres verdades a ese hombre”, pensé. Mi abuelo estrechó su mano y le dijo: —Señor, le presento a mi nieto. Dígale que no es fácil gobernar un país. El presidente me sonrió, a la par que su rostro se llenó de flashazos. Es-

trechó mi mano y acarició mi cabeza. —No, no es fácil —dijo.

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D A N I E L E S PA RTA C O S Á N C H E Z

Y nunca le pude decir su verdades, aunque al día siguiente salí en el perió-

dico en una foto que decía “el presidente conversa con la niñez chihuahuense”, y durante los meses siguientes no me cansé de contar, me preguntaran o no, cómo fue que conocí al presidente.

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F OT O G R A F Í A S D E A R C H I V O I C M

MU SEO DE LA REVOLU C IÓN ME XICANA

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PRISMÁTICOS DE PANCHO VILLA = H UM B E RT O PAYÁ N - F I E R R O

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espués de la conferencia, mi amiga quiso hacer un recorrido por la ciudad. No podía considerarla una turista debido a su preciso interés sobre temas relacionados con la Revolución mexicana. Cuando me dio un papelito donde había garabateado todos los sitios que quería visitar, traté de hacer un mapa mental imposible. Le dije que, considerando el tiempo de que disponía, tendríamos que limitarnos a unos cuantos lugares. La imaginaba tomando notas interminables y entrevistando a todo el personal de los museos. Nos habíamos conocido -quince, veinte años antescuando estudiábamos en el extranjero. Y aunque ella siempre tuvo novio formal y, después, siempre tuvo marido, mantuvimos, a lo largo de los años, una relación vaga, intermitente, constante. Cuando recién nos conocimos, un par de veces nos quedamos solos. Sin decidirlo, nuestros escarceos amorosos ni una sola vez terminaron en el acto sexual. El día que recibí la in-

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H U M B E R T O P AYÁ N - F I E R R O

vitación de su boda, la imaginé tan distante, en el sur del país, que llegué a creer que ya no volvería a saber de ella. Llegamos a la Quinta Luz y en un santiamén ya se había rodeado de los empleados para hacer gala de otro de sus pasatiempos favoritos: la fotografía. Definitivamente, pensaba, no vamos a salir de aquí en toda la mañana. Y así fue. Mientras recorríamos las espaciosas salas de exhibición, ella se ocupaba de observar minuciosamente cada detalle y de llenar su libreta de notas. A corta distancia, la observaba: parecía una niña sorprendida en una sala llena de juguetes. “Te escucho, me decía, no te quedes callado; cuéntamelo todo. No creas no te voy a poner atención.” Sabía que era capaz de escucharme y, simultáneamente, seguir haciendo otras cosas, pero como la veía tan entregada a sus notas -y dándome la espalda continuamente-, no sentía ánimos ni encontraba el momento oportuno. Era muy difícil decidir cuándo empezar a contarle sobre aquella época que rodeó mi adolescencia, pues ella hacía gestos de asombro, caminaba en torno de un objeto, anotaba con mucha rapidez o se acuclillaba para dibujar (tendía a convertir en pasatiempo cualquier actividad). Al notar mi silencio, mi indecisión, ella empezó a interrogarme cuando finalizó su revisión en aquella sala. “Todavía no me queda claro por qué jugabas aquí cada fin de semana. Estabas… ¿en la secundaria?” —Porque el nieto de Doña Luz era mi amigo. —Siempre se ha sabido que doña Luz no tuvo hijos. Pancho Villa habrá tenido muchos, pero ¿ella? —Ella tuvo un hijo adoptivo —le aclaré. En otra de las salas se entretuvo mucho más, pues descubrió algunos de los objetos que menciona Martín Luis Guzmán en su cuento “La fiesta de las balas”. Después nos dirigimos a uno de los patios exteriores. Mientras lo recorríamos, ella se dedicó a tomar todas las fotografías que no pudo en los interiores. En ese espacio abierto, las imágenes de mis recuerdos se interpusieron, momentáneamente, entre nosotros. “Aquí cortábamos fruta. Estaba lleno de naranjos y de otros frutales. Allá, al fondo, esas habitaciones estaban rentadas. Al principio, los estudiantes las tenían rentadas. Todavía quedaban unos cuantos cuando nosotros empezamos a venir a jugar aquí. También había gente mayor que ya tenía mucho tiempo viviendo allí. Pero para nosotros, al fin chavalos de secundaria, las prostitutas que vivían aquí se convirtieron en nuestro juego prohibido”. Mi amiga observó las habitaciones del segundo piso que le señalaba. Y luego trazó una línea con la mirada desde esas habitaciones hasta el lugar

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L O S P R I S M ÁT I C O S D E PA N C H O V I L L A

donde le indicaba que había estado el baño de las prostitutas. “¿Pero cómo las veían?”, me preguntó. (Antes de contestarle, extendí mis brazos -queriendo abarcar todo ese mundo de mi adolescencia-, porque sentí que todavía existía algo de mí en esos patios exteriores. “Los hombres no se sueltan nunca de su niñez”, me dijo con una sonrisa juguetona.) “Las veíamos porque el baño tenía una puerta de dos hojas de madera. De esas puertas como aparecen en las cantinas de las películas del oeste. La diferencia es que no era de dos hojas, sólo de una. La puerta desvencijada les cubría -dependiendo del tamaño de ellas- desde el pecho hasta las rodillas. A las mujeres más altas las podíamos ver muy bien. Además, eran descuidadas: corrían casi desnudas del baño a sus cuartos. ”Cuando empezaba a oscurecer, ellas hacían turnos para bañarse. Era muy difícil que nos descubrieran; las mirábamos desde lo alto. Allá arriba todas las habitaciones estaban en una eterna remodelación. Nosotros las veíamos desde las oscuridades mientras ellas se paseaban en los iluminados patios de abajo. ”Y aunque jugábamos con todo lo que había en la quinta -los billetes de Pancho Villa, las enormes y pesadas balas-, los prismáticos eran lo más preciado. Nos los peleábamos. Después, rifábamos los turnos para usarlos. ”Con los prismáticos de Villa descubrimos, por primera vez, los pechos desnudos de una mujer.” Entonces, ella me preguntó por los prismáticos, señalando con su dedo hacia las salas que acababa de visitar. “¿Con esos prismáticos veían a las mujeres? ¿Son los mismos que pertenecían a Villa?”, al mismo tiempo que me preguntaba, ella misma se contestaba negando con la cabeza. “¿Sabes?, recuerdo que aquellos prismáticos los exhibían como parte de los objetos que habían pertenecido a Villa. Nosotros los tomábamos de las vitrinas y después los devolvíamos a su lugar. Algunos de los guías de la quinta eran señores ya mayores que habían peleado en la Revolución. Ellos conseguían objetos y los vendían aquí para su exhibición. Y, claro, ante los turistas inventaban las historias de los objetos para hacerlos más atractivos, pero también a los turistas les gustaba creer lo que les decían los guías. ”Nosotros no les creíamos todo a los guías. Sólo te puedo asegurar algo: ni siquiera con los prismáticos de Villa podíamos creer lo que veíamos. Le pasábamos los prismáticos al otro para que también él los viera. Sólo así lo creíamos. Y eso que nada más veíamos sus pechos desnudos. Lo demás de sus cuerpos semidesnudos sólo eran apariciones muy fugaces.” “Y muy imborrables”, agregó ella tocándome.

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F OT O G R A F Í A D E A L F R E D O P I ÑA

NICTÉ HA

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SITIOS DE DIVERSIÓN = E R A ST O O L M O S V I L L A

Siempre amé con la furia de un cocodrilo aletargado

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efraín huerta

ace más de medio siglo, entre los años cincuenta y sesenta, esta ciudad capital vivía tiempos convulsos y violentos. Parecía que la pólvora y la sangre volvían a presidir nuestra norteña vida como un reducto de la Revolución, como un examen a título de suficiencia de las asignaturas pendientes de la bola. Pero lo político y social no es mi tema por ahora. Me propongo hacer un paseo por los sitios de diversión y jolgorio que yo conocí… y ahí les voy. 1. El paseo

Sábado a las doce treinta. Mañana salgo en tren a San Juanito, es hoy úl-

timo de agosto de 1967 y es también último día de vacaciones, el domingo es para viajar. Voy por la tarde a comer unos tacos a La Malinche, en la 27 y Aldama, empujados con tres cheves, como debe ser. La cerveza me hace sentir suavemente mareado pues no soy muy tomador y cualquier gota de alcohol me alborota el espíritu.

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ERASTO OLMOS VILLA

A mí me encanta el rock, de veras. Con decirles que tan solo ver las guitarras

eléctricas en Sears, donde hoy está una oficina de correo, me anima y me entusiasma. Esas guitarras nuevas, con sus placas de fórmica azul y roja me vuelven loco. Me paso horas y horas viéndolas, soñando con ser algún día un rockero chingón. Para entonces ya son las cinco y en Las Perlas de Coyame, una cantina clásica, me receto cinco cheves más con su botana que me controla un poco la tomada. De ahí me voy, ya medio sarazo, más al centro. Camino, camino más, mientras se hace tarde. Paso por el Hotel Hilton. A ese sitio nunca entro, sólo lo veo por afuera porque se me impone. Se me hace inalcanzable, lejano, deseable, pero algo no propio de mí. Sólo paso ante él una, dos, tres veces, pero se me hace como la residencia de los dioses urbanos… nunca entro, el Hilton me domina. En esto ya son las seis, hora de ir a la Victoria, donde hoy está el Registro Nacional Agrario y antes quedaba una zapatería Canadá en los bajos. Arriba toca un grupo de jazz, Five Jazz Combo. Subo y por dos cervezas los oigo tocar un rato, muy tranqui, suavecito. Me estaciono ahí hasta que se me hace de noche… antes, miro a una pareja que le da por bailar pero el mesero los invita a sentarse, sólo es música para escuchar, de mucha calidad por cierto. Pasadas las nueve de la noche llega la hora del baile. Hay un antro muy cerca de ahí, en los sótanos del café de chinos de la calle Segunda y Victoria, son chinos maoístas. Éste sí es mi mejor mundo, con una copa que hago rendir chiquiteándola (y no es albur), disfruto de un conjunto de rock, bailo dos o tres rolas porque a eso viene uno aquí, a mover el bote (ahora se dice a mover el cu…). Soy muy penoso para alternar con las chicas, soy un chavo medio chero, preocupado por ser tan flaco, por tener barros y espinillas. Bailo poco, lo mío es escuchar rola tras rola y ver este apretujadero de gente. Casi pura chavalada y algunos rucos que a la vuelta que vuelta, a la rola que rola, a la que aprieta por aquí y por allá, ombligo con ombligo, se mueven todos en la pista, muy animados. Es un lugar pequeño pero muy concurrido, la gente se amontona mucho, potenciando el ruido y la animación. Apenas si se puede bailar. A las diez pasadas, o algo así, salgo del sitio subterráneo e irregular, ya medio ebrio; camino derechito, cuidándome de que la poli no me vaya dar carrucha, rumbo a la calle Cuarta y Ochoa, toco madera. Ahora sí me siento animado para entrarle con todo, ¡a darle!, al Nicte Ha, el primer café cantante de México, en la calle Victoria y Séptima. Aquí, hoy me propongo cruzar su puerta de entrada, porque antes nada más desde la puerta escuchaba la música. Consulto mi bolsillo, checo que todavía me reste plata para un rato más de diversión. Aparto lo del tren en la ratera del pantalón y cartilla de por medio, entro a este gran salón, que hoy, ¡sí, hoy!, presenta a una cantante y estrella de lujo, una chavala llamada Isela Vega, pero eso

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SITIOS DE DIVERSIÓN

será hasta la madrugada y con boleto extra, especial. Así que solo me quedo un par de horas a escuchar a un grupo musical de la ciudad de México que trae una novedad: música vernácula con muchos instrumentos antiguos de las etnias más conocidas. A las doce nos despiden del Nicte Ha, salón amplio, mesas elegantes con manteles y florero al centro; hay comida yucateca a la carta, pero a eso no llego. Saliendo de ahí cojo un taxi para ir a casa a recoger mi veliz azul de lámina y una caja con libros. Antes de salir a la estación del Ch-P para iniciar el viaje de madrugada, me despido de mi mamá Carmen con un beso en su frente mientras dormita, y le pido unos billetes más porque me falta la joya de la corona antes de este viaje: la casita de citas de Quica la chica, mero enfrente de la estación del tren. El mismo taxi me espera y voy feliz porque ya reciclé mi cartera. Mi mamá sólo me dijo: “¡cuídate mucho, Tato!” 2. Quica la chica La casa de citas de Quica la chica, hija de Quica la grande, está frente a la

estación del Ch-P en una casa antigua y solariega, Méndez 1410, de muchos cuartos pequeños, donde a los lados de un largo pasillo se acomoda una barra, un salón de alterne para platicar, tomar y negociar con las damas, casi todas ellas mayores, algunas de buen ver y otras ya muy paseadas. Hay un salón de baile donde dos parejas se mecen al son de un danzón. Tiene varios cuartos para las parejas que llegan a un acuerdo sobre cómo pasar la noche… “¿de cuánto es el billete?”, preguntan los señores, y ellas dicen “de cincuenta”. Aunque a veces con veinte pesos se arregla el asunto. Nunca vi ni conocí a la famosa Quica, pero supongo que por ahí andaba, porque todo eso iba muy en orden. 3. Se va el tren

A las cinco de la mañana en punto, porque el negocio duraba hasta al amanecer, me preparé para salir. Antes pagué una copa más a la dama que me acompañó en una bailada y en la conversa… nada más eso. Entonces salí, ya casi casi cuete, deteniéndome y recargándome en los postes, luego a la calle, a tiempo, porque ya se acomoda el Ch-P para llevarme hasta San Juanito. Fue así que caminé apresurado a comprar mis boletos porque ya el conductor anunciaba a grito pelón: “¡se va el tren… se va el tren… se va el tren…!” Y me dispuse.

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F OT O G R A F Í A D E H É C T O R JA R A M I L L O

N OMBRE DE DIOS

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nace un pueblo* = E R N E ST O V I S C O N T I

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ueblo y Misión están ligados por un nombre común, pero su historia ha sido confundida; a grado tal que actualmente en el sitio que ocupa la mencionada misión, existe el templo católico denominado de San Juan Bautista, relativamente nuevo, que ostenta en su atrio, una relación histórica en placas de bronce, con información al respecto, equivocada y no fidedigna en muchos aspectos importantes, debido a la confusión y falta de documentación histórica.

*  Nota de los editores: En este texto el autor refiere bibliografía tomada de las siguientes fuentes: Luis Aboites (1996) Breve historia de Chihuahua; Francisco R. Almada (1984) Guía histórica de la ciudad de Chihuahua; Rubén Beltrán Acosta (s/f ) Nombre de Dios (artículo de investigación); Secretaría de Educación del Estado de Chihuahua (1994) Chihuahua Monografía Estatal; El Heraldo de Chihuahua (2009) Chihuahua, vida y recuerdos 1709-2009; Humberto Murillo Lozano, Magazine (suplemento dominical de El Heraldo de Chihuahua, 11 de diciembre de 2011); Juan de Oñate, Carta al Virrey Conde de Monterrey Gaspar Zúñiga y Acevedo, escrita el 2 de marzo de 1599, Biblioteca virtual Miguel de Cervantes [www.cervantesvirtual.com]; Concepción López Valles y Humberto Payán Franco (2005) Oñate: conquistador de Nuevo México; Parroquia de San Juan Bautista. Placas de Bronce en Templo de San Juan Bautista; María Isabel Sen Venero (1999) Historia de Chihuahua; Salvador Treviño Castro (2009) El Real de Minas de San Francisco de Cuéllar, y Ernesto Visconti Elizalde (2004) Chihuahua en Noche de Muertos.

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ERNESTO VISCONTI

El histórico bautizo

Lo que hoy se conoce como barrio de Nombre de Dios en la ciudad de Chihuahua tiene el siguiente origen: Para cuando se dio el descubrimiento de América el 12 de octubre de 1492, tanto lo que en un futuro sería la Nueva Vizcaya y después la Provincia de Chihuahua, como buena parte de la primera, estaban habitadas por más de cien etnias distintas, que conformarían múltiples poblados y rancherías indígenas. Así, a la llegada de los colonizadores en 1598 el que después sería el poblado de Nombre de Dios era una ranchería de indios pacíficos yolis o conchos, llamada Navacolaba o Navocolaba, de la que se desconocía su antigüedad, pues los indígenas no llevaban registro cronológico de sus comunidades, por lo menos documentado. El primer novohispano que hizo pie en la hoy ciudad de Chihuahua venía al mando de una caravana que tenía como derrotero colonizar la tierra de Nuevo México, descubierta en 1577 por el franciscano fray Agustín Rodríguez, quien siguió la ruta del río de las Conchas y pereció en dichas tierras durante una segunda excursión. El destacado novohispano no era otro que el adelantado capitán general don Juan de Oñate, cuya caravana estaba conformada así: ocho vagones con armas y municiones; cuarenta y cinco carretas con bastimentos, aperos, herramientas y todas las avituallas; ciento treinta soldados y treinta carretas de colonos con sus familias y pertenencias organizados en una columna de ochenta y tres carretas tiradas por bueyes; les seguían tres mil ochocientas cabezas de ganado vacuno, arriadas a pie, y, más atrás, caballos, mulas y burros, con sus arrieros y cuidadores, y remataba la columna el ganado menor: borregos, cabras y cerdos, con sus respectivos pastores y perros; la caravana medía en extensión cerca de una legua (poco más de cuatro mil metros). La expedición había salido en enero de 1598 de Santa Bárbara, con rumbo a lo que hoy es la ciudad de Chihuahua, vía Santa Isabel, Palomas y el Charco, accediendo por el oeste. Caminaron paralelamente al río Chuvíscar, hasta la junta de los ríos (del Chuvíscar y el Sacramento). Allí decidieron vadear el Chuvíscar, para dirigirse al norte, abriendo así el Camino Real de Tierra Adentro. Llegaron el sábado 15 de marzo y después de vadear el Chuvíscar, se detuvieron en la ranchería de indios yolis llamada Navacolaba, hoy Nombre de Dios, donde fue redactada una carta al virrey Gaspar Zúñiga y Acevedo, conde de Monterrey, para darle relación del viaje. Por mucho tiempo se creyó que descansaron hasta el jueves santo, 20 de marzo, en dicho lugar, donde construirían una capilla con grandes troncos, dirían misa, harían penitencia y bautizarían el río como del Santo Sacra-

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NACE UN PUEBLO

mento, según la exigua relación en poema del capitán Gaspar Pérez de Villagrá, quien por falta de la primera carta de relación de Oñate, confundió a nuestros historiadores. La localización de la primera carta de relación de la cual hablamos explicaría con exactitud lo acontecido. Gracias a Alma Esther Ortega Morán, mi esposa, quien en 2005 descubrió en la biblioteca virtual Miguel de Cervantes de España la segunda carta de relación que enviara Oñate al virrey Gaspar Zúñiga y Acevedo, el 2 marzo de 1599, desde la Nuevo México, se pudo aclarar esta jornada. Dicha carta refiere, entre otras cosas, lo siguiente: «Del río de Nombre de Dios screbí últimamente a Usía Ilustrísima». Y en un segundo párrafo dice: «Salí señor ilustrísimo, del río de Nombre de Dios, a diez y seis de marzo, con la gran máquina de carretas». Este documento se lo entregué al profesor Rubén Beltrán Acosta, cronista de la ciudad de Chihuahua. Con él se prueba que fue Oñate quien bautizó el lugar y el río como Nombre de Dios, y que partió de allí hacia el norte el domingo 16 marzo, para llegar a la zona donde hoy se encuentra el obelisco conmemorativo de la Batalla de Sacramento, y se detuvo en la margen sur del río el jueves 20 marzo. Allí dirían misa, construirían una capilla de grandes troncos -después quemada por los indígenas-, harían penitencia y bautizarían el río como del Santo Sacramento (sin percatarse que días antes lo habían bautizado como Nombre de Dios). El 22 de marzo llegarían a El Sauz, lugar que llamarían El descendimiento de la Cruz (todo lo anterior se debe corregir, en las placas del atrio del templo de San Juan). Con esto se fundamenta lo publicado por don Francisco R. Almada en su Guía histórica de la ciudad de Chihuahua, respecto a unos documentos en los que menciona: Los tres últimos documentos aquí insertados prueban sin lugar a duda que en 1677 ya existía el pueblo de indios de Nombre de Dios; que se había nombrado “capitán protector”, a los naturales del mismo, y que éstos tenían sus tierras propias de acuerdo con las disposiciones legales de la época; esto es, 21 años antes de que lo visitarán los religiosos franciscanos… fray Gerónimo Martínez y fray Alonso Briones, y 32 años anteriores a la fecha del decreto de fundación del Real de Minas de San Francisco de Cuéllar (hoy Chihuahua) [sic]. La Misión de San Cristóbal de Nombre de Dios

Habían transcurrido noventa y nueve años desde el paso de Oñate en 1598 hasta 1697, cuando los franciscanos antes mencionados visitaron las rancherías indígenas de la confluencia de los ríos Chuvíscar y Sacramento, y

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ERNESTO VISCONTI

fundaron una nueva misión: San Cristóbal de Nombre de Dios, poblada por indios conchos. Como pueblos indígenas de visita de esta nueva misión quedaron San Antonio Chuvíscar, San Juan Bautista del Norte y San Gerónimo Chinarras -el segundo, conocido como Barrio del Norte, situado dentro de la ciudad-. Así, la misión de San Cristóbal de Nombre de Dios fue el primer asentamiento hispano de la región, ciento setenta y nueve años después de que Cortés iniciara la conquista de México. Evolución

Los múltiples hallazgos mineros en la zona del hoy municipio de Aquiles Serdán obligaron a apresurar la fundación de Santa Eulalia de Mérida o Santa Eulalia de Chiguagua, en 1702. Para 1707 sería convertida en Real de Minas de Santa Eulalia de Mérida, y un año más tarde en Alcaldía. Por otra parte, también en 1707 se fundaría el poblado de San Francisco de Chiguagua, en la junta de los ríos Sacramento y Chuvíscar, con sustento en los misioneros de la Misión de San Cristóbal de Nombre de Dios, pues fray Francisco de Muñoz, vecino de la misión, decidió fundarlo movido por los numerosos asentamientos de indígenas y españoles, dedicados al beneficio del metal obtenido de las minas. Estas dos poblaciones recientes, Santa Eulalia y San Francisco, sumadas a la Misión de Indios de San Cristóbal de Nombre de Dios, a los poblados indígenas de Bacochi (asentados donde estaba el Palacio Federal, hoy Casa Chihuahua) y Chuvíscar (situados cerca del nacimiento del río), más las haciendas de fundición y sembradío, formaban ya un importante centro poblacional. Debemos entender que para el modelo de la expansión colonial, que se sustentaba en las misiones de indios, el real de minas y el presidio, las misiones resultaban medulares, pues aparte de catequizar y castellanizar en mansedumbre a los indígenas, eran sistemas de siembra, proveían alimentos como el maíz y el trigo, daban protección y alojamientos temporales, abastecían de insumos como el carbón y decidían, además, el “régimen de repartimiento” de mano de obra indígena, entre estancieros y mineros españoles. En este caso, Nombre de Dios cumplió con creces su cometido. La misión de San Cristóbal de Nombre de Dios fue punto obligado de paso en la conocida Ruta de Tierra Adentro, la cual comunicaba el comercio virreinal de la Nueva España entre la ciudad de México y Santa Fe, Nuevo México, que en ambas direcciones regenteaban la ruta y que también denominaban Ruta de la plata. Fueron misioneros franciscanos quienes en 1690, se dice, levantaron una modesta capilla en el pueblo de indios de Nombre de Dios, que recibía la vi-

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NACE UN PUEBLO

sita de los indígenas y los viajantes. Esta capilla se convertiría en un pequeño templo, que para 1682 dependía de la Misión de San Francisco de Conchos. En 1685 hubo una insurrección de los indios pueblo, de Nuevo México. En apoyo a este levantamiento, los indígenas locales quemaron el templo. Entre 1690 y 1695, don Juan Fernández de Retana, vecino distinguido de la comarca y primer alcalde de San Francisco de Chiguagua en 1708, lo reconstruyó y lo dedicó a la devoción de la Virgen de Guadalupe. El 25 julio 1697, día de San Cristóbal, patrono protector de los caminantes, fray Gerónimo Martínez y fray Alonso Briones, auxiliados por indígenas, limpiaron el templo construido por don Juan Fernández de Retana y fundaron la Misión de Indios de San Cristóbal de Nombre de Dios. Un año después, la misión fue reconocida oficialmente por el gobernador de Nueva Vizcaya, Lope de Sierra y Osorio. Así funcionó hasta mediados del siglo xix, cuando ya sin función cayó en el deterioro, y fue sustituida por un templo construido de 1897 a 1905, el cual, hasta la primera mitad del siglo xx, estuvo bajo la jurisdicción de la parroquia del Santo Niño de Atocha. No se sabe en qué fecha los franciscanos dejaron de estar a cargo de él, pero se dice que durante la Revolución el templo se usó como caballeriza, quedando además inconclusa la construcción de la nueva fachada. Después del periodo revolucionario, fue reconstruido por la diócesis local, pues en 1905 el pueblo de Nombre de Dios pasó a formar parte de la ciudad de Chihuahua. En 1959, el arzobispo de Chihuahua, don Antonio Guízar y Valencia, la elevaría a la categoría de parroquia (del barrio) de Nombre de Dios, con el nombre de San Juan Bautista, deslindándola de la jurisdicción de la parroquia del Santo Niño de Atocha. El cambio de nombre se debió a que el papa Pablo vi renovó el calendario litúrgico después de 1963 y San Cristóbal salió de éste; por ello decidieron nombrarlo como Templo de San Juan Bautista, debido a que había otro con el mismo nombre en el barrio del norte, hoy denominado Templo de Guadalupe. En la actualidad, de la parroquia de San Juan Bautista dependen siete templos. En 1997 se festejó el tricentenario de la fundación de Nombre de Dios y se elaboró un escudo oficial de la comunidad, siguiendo todos los lineamientos de la heráldica. Tanto el tricentenario como el escudo sólo pueden aludir a la fundación de la Misión de Indios de San Cristóbal de Nombre de Dios, hoy parroquia de San Juan Bautista, y no a la fundación del pueblo, dado que ésta tuvo lugar el 15 de marzo de 1598, según carta de relación de don Juan de Oñate. Esto nos da -sin duda alguna- cuatro siglos y catorce años, hasta la fecha, de la fundación de dicha comunidad, que debemos conmemorar adecuadamente.

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F OT O G R A F Í A D E A L F R E D O P I ÑA

PA LAC IO DE L GOBI E RN O

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el fantasma del palacio = A RT U R O R I C O B OV I O

E

l tiempo es una pizarra donde todos escribimos. Las marcas son grafías de nuestros pasos por la vida en el mundo. Obras de todas formas y propósitos. Ideas y sus antítesis, dichas o escritas. Trucos para torcer el brazo de la naturaleza y hacerle entregar sus secretos. Invenciones que modifican la faz de las cosas para nuestros propósitos, positivos o insanos. Acciones heroicas o truhanerías, realizadas a solas o en grupo. Con ellas vamos hilando el tejido cultural de lo histórico.” Así transcurro divagando por los pasillos nocturnos del Palacio de Gobierno, hoy 27 de julio del 2011. Siempre regreso aquí en esta fecha. Será por aquello de que el alma queda cautiva del lugar de donde partimos con rumbo a la eternidad. Sobre todo si nuestra separación fue violenta. Tal fue mi caso cuando fui fusilado aquí mismo el 27 de julio de 1811. Justos doscientos años desde aquel doloroso suceso.

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50.


A RT U R O R I C O B OV I O

Camino flanqueado por el pelotón de fusilamiento. Antes dejé un mensaje

afectuoso a mis carceleros en los muros de la mazmorra. Busco levantar la cabeza con decisión y caminar a paso de milicia. Llegamos junto a un muro encalado. Me ofrecen vendarme los ojos pero lo rechazo con un gesto. Pido que me fusilen de frente a mis ejecutores y con la mano sobre el corazón para dirigir los tiros. Acceden y me hacen sentar con la espalda al muro. A una orden los soldados preparan sus fusiles. En el último momento exclamo: “No me arrepiento de todo lo que hice por mi pueblo para lograr su emancipación de España. ¡Que viva México!” Una detonación cerrada revive mis dolorosos recuerdos de los muertos en batalla de ambos bandos. Sus rostros y cuerpos descompuestos siempre me persiguen. Una segunda descarga hace estallar mi amoroso pecho. Me deslizo hasta el piso sin voluntad mientras oro al Padre implorando su perdón. Un tiro más y empieza mi peregrinaje eterno. Por mi formación religiosa nunca temí a la muerte. Me dolía más no es-

tar junto a mi pueblo en su justa libertaria. No poder interceder por los vencidos para frenar los excesos de la turba enardecida que más persigue venganza que justicia. No estar allí para celebrar el triunfo que deberíamos alcanzar por gracia de la voluntad divina. Nunca dudé del éxito de nuestra causa patriótica. Por eso acepté con humildad y en penitencia por mis pecados el viacrucis sufrido desde mi captura en Acatita de Baján hasta mi degradación religiosa, juicio y fusilamiento. Estos espacios eran entonces diferentes. Fue de mucho consuelo estar confinado en la torre de la antigua iglesia del Colegio de Loreto que fundaron los padres jesuitas. Dos años estudié con ellos en 1765 en el Colegio de San Nicolás en Valladolid y viví de cerca su destierro. A ellos debo mi hambre insaciable por el saber y mi preocupación por ayudar a formar y preparar a los indios, a los más débiles. El calabozo, situado al lado poniente de este edificio, en lo que después llegó a ser el Palacio Federal, la Oficina de Correos y hoy el Museo Casa Chihuahua, fue mi celda de enclaustramiento. Pero no es allá, sino aquí, mi ronda eterna de prisionero. He visto año con año cómo cambia este recinto. A la expulsión de los jesuitas el antiguo colegio se reutilizó como hospital militar y cuarteles de las tropas realistas. ¡Qué cambio! ¡De contribuir a la formación del ejército de Dios a albergar la soldadesca! Cualquiera pensaría en los avances de las huestes del mal. En sus patios fue mi fusilamiento. Al triunfo de la insurgencia y con la participación del presidente Juárez, al erigirse Chihuahua en sede de la República

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E L FA N TA S M A D E L PA L A C I O

Peregrina, un decreto entregó estos espacios al gobierno del estado. ¡Justa retribución a un pueblo leal a su gobernante, que donó parte de su patrimonio para contribuir a la causa de la patria! El gobernador don Luis Terrazas, interesado en hacer sentir al populacho la fuerza de las instituciones, inició en 1881 la construcción del Palacio de Gobierno, que concluyó en el 92 hasta una segunda planta. En 1910, centenario del inicio de nuestra gesta libertaria, se inició una nueva lucha armada en nuestro país. La que iniciamos había quedado inconclusa. El decreto insurgente de abolición de la esclavitud no pudo prever la explotación de los peones encasillados en las haciendas. Tampoco la represión en las fábricas. Pienso que la sangre de Allende, Jiménez, mi hermano Mariano y casi catorce insurgentes más, además de la mía, fecundaron estas tierras y fortalecieron la rebeldía de sus habitantes. Por alguna extraña alquimia espiritual Chihuahua fue la cuna de la Revolución. Mi bautizo de sangre fue aquí y por eso me siento también chihuahuense. Como tantos otros. Como Pancho Villa que siendo originario de Durango vino a luchar en Chihuahua, llegó a ser su gobernador y murió en Hidalgo del Parral. Fue hasta 1944, mucho tiempo después del incendio que consumió en 1921 parte del edificio e importantes archivos históricos, que se construyó su tercer piso. Allí estuvieron largo tiempo alojados los juzgados civiles. Mi curiosidad me empujaba a leer muchos expedientes para conocer más mi tierra de adopción. Allí develé los entretelones de la clase acomodada del estado, casi toda emparentada con don Luis Terrazas. También exploré los archivos históricos que me dieron luz sobre la apachería y su persecución encarnizada. Me deslizo como una sombra por los pasillos del primero y segundo nivel, cuando ya está avanzada la noche. Así evito que la guardia me vea. Alguna vez alguien ha alcanzado a vislumbrar de soslayo la orilla de mi sotana y de ahí han construido la leyenda del habitante del Palacio de Gobierno. Uno y otro año, a partir de 1961, me ocupo de contemplar los murales de Aarón Piña Mora. A su oído susurré, en el trance de la inspiración a la creación, algunos motivos para representar nuestra lucha libertaria. No experimento vanidad al descubrirme en el área central junto a las escalinatas y próximo al lugar elegido como Altar de la Patria. Sé que es un inmerecido honor que represente la fundación de nuestra república, entre tantos hombres y mujeres heroicos que lucharon hasta el martirio por un México independiente. Allende, Morelos, tantos otros, tendrían iguales merecimientos. Pero en fin, era necesario realizar un abanderamiento simbólico de nuestra causa y mi doble condición de cura y guerrero empujó la balanza. Cuando estoy nostálgico me deslizo al interior del antiguo recinto del Congreso y subo al podio. Revivo la emoción de las arengas previas a la batalla.

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A RT U R O R I C O B OV I O

Rodeado de sombras agitadas que no identifico, improviso un breve discurso: “Compatriotas: Nos adentramos en un nuevo siglo. A doscientos años de distancia del movimiento independentista, ¿lo logramos realmente? ¿Con la emancipación de España se obtuvo el éxito completo de nuestro proyecto histórico? ¿Necesitamos todavía más derramamiento de sangre fraterna?” Quisiera tener todas las respuestas. Siento que en ocasiones se embota mi capacidad para otear los nuevos horizontes. Las intrigas palaciegas me entristecen. La nueva tecnología me abruma. Pero mi decepción mayor la padezco cuando veo que se pierde el sentido vivificante del orgullo nacional de las fiestas patrias. Cuando al ritual cívico se le torna en espectáculo y mera formalidad. ¡Cómo recuerdo entonces al Divino Maestro cuando hostigaba a los fariseos! Quienes dimos la vida por la patria nueva sabemos que sólo una delgada línea separa el ceremonial laico del sagrado. Mi ánimo regresa cuando ocurren cambios encaminados a reavivar el fervor patriótico auténtico. Tal es el caso del estreno, hace casi una década, de dos nuevos museos en este edificio: el de las Armas, que contiene ropas y armamento de los ejércitos realistas e insurgentes y el que lleva mi nombre, donde se recrean situaciones relacionadas con el inicio de la Independencia. Dicen los celadores que en ocasiones se enciende por la noche sin causa aparente el holograma que recrea el momento del grito en Dolores. Que a través de las puertas cerradas se alcanzan a escuchar claramente la musicalización, las voces, los truenos. Me gustaría confesar públicamente mi culpa. Quizá me gana cierta vanidad. Tal vez me entusiasma revivir ese momento que terminó por arrastrarme hasta este inolvidable palacio. Estoy enamorado de sus suaves canteras; de la cal y canto de sus espaciosos muros, de sus baldosas, arcadas y esculturas que sufren los cambios sexenales; de las pinturas que dejan correr la historia de Chihuahua desde su fundación hasta los tiempos modernos, ante los ojos atónitos de los turistas; de las maderas primorosamente labradas del Salón Rojo y de la oficina del gobernador; de los pasajes poco conocidos. ¡Admirable prisión ubicada en las bisagras de los tiempos! Aquí seguiré como un centinela sin relevo ni descanso. Al menos hasta cuando el Supremo Hacedor así lo disponga. Mi misión terrenal aún no ha terminado. Soy testigo y partícipe de una época que debo cuidar amorosamente para la edificación moral de mis compatriotas. Es una vela encendida que no deberá ser apagada nunca por la desmemoria o la ignorancia.

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F OT O G R A F Í A D E DAV I D L AU E R


F OT O G R A F Í A D E NAC H O G U E R R E R O

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PALAC IO MU NIC I PAL

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EL EXTRAÑO VIAJE DE FELIPE OROZCO Y MOLINA = R E N E É AC O STA

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quella mañana, cuando el coronel sevillano y corregidor de Chihuahua Felipe de Orozco y Molina despertó, se levantó de la cama, caminó hasta el espejo y sin ninguna razón aparente, sin ningún motivo que él pudiera recordar, sin aviso alguno, simplemente estaba muerto. ¿Que cómo se dio cuenta de que había fallecido? No fue sencillo. Apenas la noche anterior había estado brindando con ricas viandas traídas de Portugal por su gran amigo el marqués de Balero, virrey de la Nueva España. Tal vez fueron los embutidos -pensó Felipe aturdido y aletargado por un profundo sueño- e intentó tallarse los ojos frente al espejo, para despertar y dirigirse a los salones de cabildo en el Palacio Municipal; pero sus manos se sentían extremadamente ligeras. Al intentar tomar la bandeja y la jarra con agua, descubrió que nada estaba en su lugar. Los objetos y el cuarto se veían seriamente modificados.

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EL EXTRAÑO VIAJE DE FELIPE OROZCO Y MOLINA

Espero comprendan la dificultad de narrar este hecho, ya que no es fácil

darse a entender cuando el testimonio proviene de alguien fallecido; pero esperando contar su paciencia, proseguiré con las cuitas que el propio coronel Felipe de Orozco me dio a conocer. Se dirigió rumbo a la calle del comercio, a donde estaba la alhóndiga, pero las calles se veían muy diferentes. Los hombres y las mujeres usaban extraños sombreros, y sus ropas también eran extrañas. Al llegar al lugar donde se ocupaba el ayuntamiento de Cabildo, Justicia y Regimiento, vio a varios sujetos haciéndole modificaciones a la construcción. Había dormido tanto tiempo. Todo se veía tan cambiado. Tal vez estaba enloqueciendo. Era posible que esos malditos indios ladinos y flojos se hubieran vengado de él por el arduo trabajo, y le hubieran administrado algunas de esas hierbas que utilizaban para sus rituales paganos. Sin duda debía ser un hechizo poderoso. Miraba a los constructores y a los arquitectos hablar y discutir sin percatarse de su presencia. ¿Acaso era posible que hubiera muerto durante la noche?, ¿pudiera el vino que tomó con el virrey estar envenenado?, ¿le había tocado ser la víctima de un atentado contra el virrey? Había dormido en ese letargo de la muerte durante mucho tiempo. Una tristeza enorme e indescriptible le lleno el alma. Entonces despertó. Estaba nuevamente en su habitación y pensó en lo mal que le había caído cenar esos embutidos con el virrey. Se preparó y como cada día caminó hacia la calle del Comercio rumbo al edificio de Cabildos; pero entonces el sueño de la noche anterior estaba repitiéndose. Ahí estaban nuevamente los hombres y las mujeres de los extraños sombreros. En las calles la gente discutía preocupada por la presencia de las fuerzas militares de Napoleón III en la ciudad. El edificio de Cabildos se veía muy diferente. Varios hombres con esos sombreros alargados y sus moños rodeaban a un indio, y lo trataban con todo respeto, como si del mismísimo marqués, virrey de la Nueva España, se tratara. Estaban discutiendo vender la propiedad del edificio para financiar el traslado de este indio al Paso del Norte. Felipe de Orozco y Molina reflexionó para sus adentros y dijo: éste es el mismo sueño de anoche. Los detalles me parecen extraordinariamente nítidos -pensó al ver que recordaba claramente las fechas y los nombres de los ahí presentes, que tampoco podían ni verlo ni escucharlo-. El indio se llama Benito Juárez y tres de los hombres que lo rodeaban eran Sebastián Lerdo de Tejada, José María Iglesias y Miguel Negrete. Miró la fecha de un pergamino que tenía en sus manos. Decía 1864. Había dormido en el sueño de la muerte durante cien años. ¿A dónde iba a ir? Si nadie podía verlo ni escucharlo. Con ese inmenso dolor y soledad, sintió que iba a desmayarse. Cuando abrió los ojos estaba otra vez en su

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R E N E É A C O S TA

recámara. ¿Por qué no había modificaciones en su recámara? Realmente había sido un sueño terrible. Aún tenía esa sensación de ser ignorado, de estar flotando en una dimensión ajena y absurda, aún sentía esa extrañeza de ver a aquellos hombres y el nombre de Napoleón III girando en su cabeza. ¿Había un Napoleón I? Y sentía miedo, mucho miedo de volver a salir a la calle del Comercio. Tomó valor y salió. En efecto, todo había cambiado nuevamente. Los indios aún se veían como indios, pero tenía un sentimiento de absurdo particularmente hacia las mujeres. Usaban en la cabeza grandes sombreros del tamaño de charolas para faisán, aún más grandes, como charolas para servir un jabalí; llenos de cintas brillantes de seda y plumas enormes. Aunque sabía que no podían verlo ni tocarlo, se hacía a un lado para que sus plumajes y parasoles no lo atravesaran. Una elegante mujer caminaba del brazo de un individuo de nombre Francisco, Francisco I. Madero, y cuando pasó junto a él lo miró. Claramente, Felipe de Orozco y Molina sintió que la mujer lo estaba viendo. Ella se separó por un momento del hombre de la pequeña barbilla, quien le dijo: ¿Estás viendo a algún fallecido? Ella contestó afirmativamente y lo dejó entrar a los salones del nuevo palacio, se acercó a mí y me dijo: sígueme. La seguí subiendo una escalera y pude ver que a mi alrededor había una especie de copas de vidrio soplado llenas de luz, que iluminaban la escalera. Estaba intrigado. En toda la secuencia de sueños extraños jamás alguien me había visto ni hablado. En todos los sueños siempre estaba muerto y era un fantasma viajando a años futuros. Llegamos a la parte alta donde estaba una biblioteca. —Aún no has aceptado que estás muerto —dijo la mujer. —¿Vos podéis verme como yo os veo? —pregunté. Pensé que era una pregunta sin mucho contenido, luego volví a preguntar:—¿Vos sois también un sueño? —No estás soñando —contestó la mujer—, sólo tienes que aceptar que estás muerto para que puedas controlarlo. De otra manera seguirás soñando que sueñas, sin poder despertar nunca y siempre despertando a otros sueños. —¿Vos sabéis qué pasaría si no despierto? —¿Estás soñando todas las noches con el mismo sueño? —contestó ella. —¿Cómo podéis saber si vos no sois un sueño mío? ¿Cómo sabéis que no estáis soñando conmigo? —le pregunté. —Intenta despertar. ¡Despierta! —me dijo ella. En ese momento aparecí en mi recámara. No podía dejar de pensar en ella. Si tan sólo pudiera aceptar que había muerto. Salí de mi casa a caminar. Al parecer habían pasado cien años más. Había unos objetos como

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EL EXTRAÑO VIAJE DE FELIPE OROZCO Y MOLINA

féretros con ruedas que se movían por las calles. Todo era tan diferente, pero mi trabajo era aceptarlo, aceptar que todo era diferente porque estaba muerto y el mundo cambia mucho en trescientos años. Caminé al único rumbo que podía reconocer, a la calle del Comercio, ahora se llamaba calle Independencia. Estaba ese edificio rodeado de grandes luces intensas, más grandes que las que vi en el sueño anterior. Las mujeres usaban pantalones. Debía aceptar que no estaba soñando para poder controlarlo, que no era un sueño, que estaba muerto. Y al mirar a mi alrededor pensé: al menos ya nadie usa esos extraños sombreros.

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F OT O G R A F Í A D E A N G É L I C A E S P I N O S A

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PA N TEÓN DE NU E STRA SE Ñ ORA DE D OL ORE S

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SESIONES DE LA SOCIEDAD DE POETAS MUERTOS = R E N E É AC O STA

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l antiguo Panteón de la Regla fue un patrimonio histórico de Chihuahua que tuvo su apertura debido a la epidemia de cólera morbus que asoló a la ciudad por tercera vez a finales del siglo xix, pero ya para 1884 se había acordado cerrarlo por falta de espacio. Solo algunas personas adineradas podían solicitar un cupo especial, hasta que finalmente cerró en 1919. En el libro Revolución en el panteón, de José Carlos Hernández Aguilar, se habla de las grandes figuras históricas que ahí estaban sepultadas, tumba con tumba, los insurgentes junto a los burgueses conservaduristas, los artistócratas de nuestra tierra y los aristócratas de nuestras letras. Y cierto es que si las canteras de las tumbas se borran y desdibujan, se horadan y pulverizan con los nombres de grandes y memorables, como de pequeños y sin glorias; el recuerdo es aún más vago entre las sombras de los años, de los que están, de los que se han ido, de los que aún seguimos sesionando en la sociedad de los poetas muertos en el Panteón de Dolores.

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S E S I O N E S D E L A S O C I E D A D D E P O E TA S M U E RT O S

Este lugar, entre sus tumbas salitrosas, erosionadas, ha sido capitolio de

las sumas sesiones de poetas bohemios que, hermanados con la muerte, escritores de epitafios, de elegías mortuorias y epifanías filosóficas, se han reunido, sin mayor protocolo que el viento que arrastra las hojas, entre los pinos y caminitos umbrosos entre las tumbas, para darse cita, visitar a los muertos y llevar su poesía. El canto de las torcazas, habitantes de los pinos y eucaliptos que cobijan las sepulturas, los convierte en los ángeles que cantan en la paz serena del cementerio de Dolores. La vibración de sus cantos navega en el eco silencioso del gran pasillo central, cuya sombra filosofal eleva a los poetas a la reflexión sobre la vida y la muerte. Ahí se encuentra un alto mausoleo con pilares jónicos y una gran cúpula, que según dice aún su inscripción pertenece a la familia Gutiérrez. Más adelante se encuentra la tumba del célebre sacerdote, hoy beatificado, el padre Maldonado, en donde, entre flores, fotografías, milagros con ojitos, manos, piernas, aún se puede observar el rostro de este joven sacerdote que murió durante la guerra de los cristeros y cuya leyenda hoy se ha vuelto un objeto de fe para los chihuahuenses. Cerca de su tumba está una pila de agua en donde lamas verdosas como cabellos de sirenas se reflejan en el agua clara, donde los niños imaginábamos aquel cuadro de la Ofelia muerta, flotando entre las aguas. Más adelante se encuentra un gran monumento a un general que se impone entre las tumbas. Algunas losas son de principios del siglo xx, y solo algunas que se encuentran en la entrada son de personas nacidas en el siglo xix y fallecidas a principios del siglo xx. Entre esas tumbas corroídas, Enrique Servín, Rogelio Treviño y una servidora llegamos a buscar exhaustivamente la tumba del legendario poeta Pablo Ochoa, cuya muerte, registrada en el último duelo acaecido en Chihuahua en 1898, fue un hecho relevante para la historia de la ciudad. Pese a nuestros esfuerzos, nunca encontramos la tumba, que seguramente debió estar ubicada en el antiguo Panteón de la Regla, hoy Parque Revolución, de cuyo recuerdo sólo queda el grandioso monumento que mandó hacer Francisco Villa para su último descanso. Ahí también se encuentra una rotonda de revolucionarios. En una sesión anterior, de cuyo testimonio sabemos por la novela La mujer que no fui, de Rogelio Treviño, tuvo ocasión una reunión de la “sociedad de los poetas muertos”. Esta sociedad, inspirada en la película del mismo nombre, no es una institución, pues nada en el quehacer poético puede tener instauración, trámite o protocolo. Las sesiones se dan, de pura puntada, sin chascarrillo, con toda seriedad y ganas de no hacer nada; de vivir y escrivivir en el aire de las cosas que rodea a las tumbas, un canto libre y sin ostentación ni pretensión ni miramientos, para hablar de la muerte.

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R E N E É A C O S TA

Ahí “sesionó” la historia que ha quedado escrita en la novela del poeta del Septentrión, donde se recuerda también una sesión anterior. Los asistentes: Remigio Córdova, Chato Reyes, Jesús Arzaga, Sergio Durán y Rogelio Treviño. En la novela se recuerda aquella sesión y asisten Jesús Chávez Marín, Rogelio Treviño, Sergio Durán y Heber. Aunque parezca mentira, no sólo en cafés y brindis de honor se da la poesía. El Panteón de Dolores ha sido por muchos años, sin ninguna presunción, un santuario del verso. Porque el poeta vive como si estuviera más allá de la vida, y habla y versifica sobre la muerte desde el honorable pensamiento socrático, hasta la reflexión nietzscheana y nihilista. En las mitologías el poeta está siempre acompañado de la muerte. El poeta le canta a la muerte, y la muerte en gratitud le posterga su vida; pero la muerte también es mujer y quiere llevarse al poeta para hacerlo suyo. La muerte está enamorada de los poemas que le escribe el poeta. El poeta y la muerte. Y a veces pasa que los poetas vayan a visitar a la muerte y tomen desprevenidos los sepulcros como sillones, y lleven sus licores y los coloquen sobre los mausoleos, para hablar de la muerte, completamente llenos de vida. Otra sesión tuvo lugar allá por los años noventa. Me gustaba caminar sobre las tumbas, con aquellas botas obreras, una corona de flores artificiales y esas camisas de franela de cuadros. Invitaba a otros amigos poetas al cementerio de Dolores. Ahí leíamos nuestros versos, algunos tenían fuerte influencia de Nirvana y Smashing Pumpkings. Los poetas escribían al estilo de las canciones de la música grunge y bebíamos mezcal porque no teníamos dinero para comprar algo mejor. Tampoco teníamos un lugar donde pudiéramos ir a beber y poetizar libremente, así que nos íbamos al cementerio a disfrutar de su tranquilidad. Leíamos cuentos de Edgar Allan Poe, sentados entre las tumbas. Éramos una especie proto-emos, desesperanzados de la sociedad y apasionados de la poesía. En alguna de esas visitas de la sociedad de los poetas muertos, leí mis primeros poemas publicados en El jardín del vértigo. Ahí hablamos y lamentamos la muerte de Kurt Cobain. Hablábamos de los poetas malditos y leíamos a Rimbaud, a Verlaine, a Baudelaire. En otra ocasión, sesionamos con una caminata filosófica, con la vida de Van Gogh bajo el brazo, en una edición con pasta amarilla de Anhelo de vivir, que llevaba yo, y La Diosa blanca que llevaba Rogelio Treviño. Tendríamos apenas un tiempo de conocernos, pero a ambos nos gustaba visitar el cementerio de Dolores. Rogelio me platicó de cuando escribió su novela y de la sesión que ahí aparece descrita. —La gente vive como si ya estuvieran muertos —dijo Rogelio y citó a Antonin Artaud en Viaje al país de los Tarahumaras.

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S E S I O N E S D E L A S O C I E D A D D E P O E TA S M U E RT O S

Yo sabía que había recibido el Premio Chihuahua por segunda ocasión

por su novela, y me interesaba mucho conocerlo, ya que en la nota del periódico se afirmaba sobre su obra: “es una novela compleja”. Yo le decía que yo encontraba vida donde otros sólo veían la muerte. Que me gustaba ir al cementerio mucho más de lo que me gustaba ir al parque. Me gustaba pararme en cada tumba, sobre todo en las antiguas, y preguntarme ¿quién fue esta persona?, ¿cómo vivió?, ¿cómo murió?, ¿cómo era su vida?, ¿por qué habrá muerto? Una tanatofilia filosófica nos hacía hablar de varios temas. Igual hablamos de la reencarnación, de la iglesia, de Nietzsche, del fin del mundo, de la historia, de la continuidad de la vida, de los espíritus, de las muertes de grandes figuras de la historia y de la literatura o el arte. Casi siempre el que más hablaba era Rogelio, pero a mí me gustaba mucho escucharlo y siento que siempre supo escucharme. Aunque Rogelio era un hombre joven, siempre hablaba como si fuera un anciano. Tenía en su voz las palabras de muchos hombres y muchos sabios de toda la historia. Es una lástima que ya no estén ahí las tumbas de todos los hombres y mujeres enterrados en el antiguo Panteón de la Regla. Actualmente el Panteón de Dolores está a punto de cerrar por falta de cupo. Varias de sus tumbas antiguas se están hundiendo y los mausoleos están destrozados. Muchos nombres han sido borrados por el tiempo. Más allá del pensamiento práctico, estas tumbas tienen historia, guardan su historia celosamente. Nadie sabrá del inmigrante chino que a sus veintitrés años fue enterrado lejos de su tierra. Nadie sabrá por qué llegó aquí. La fecha de su muerte es en la década de los veinte del siglo pasado. Nadie sabrá por qué murió. Y es esa duda, los cientos de misterios que esconde el Panteón de Dolores, lo que nos invita a visitarlo, fuera de las festividades del día de todos los santos o el mercado del hueso, en el cual año con año los chihuahuenses disfrutamos de visitar a los que se han ido, entre flores de cempazúchitl, calaveras de azúcar artesanalmente majestuosas y los ya conocidos vendedores de juguetes y enseres de todo tipo. De los poetas que “sesionaron” en el cementerio de Dolores, hoy varios se han ido, varios se han adelantado verídicamente a la sociedad de los poetas muertos; pero vendrán otros, otros que buscarán sus nombres entre las tumbas, otros que silbarán con vinos y mezcales las glorias de sus obras y que darán inicio espontáneo a una nueva sesión de la sociedad de los poetas muertos.

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F OT O G R A F Í A D E A N G É L I C A E S P I N O S A

PA RAJE DE L OS I NDIOS

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CUANDO ELLA FALTA EL HUMO ENTRA EN SUS OJOS = G A B R I E L B O RU N DA

Urge,a nd urge, and urge; Always the procreant urge of the world walt whitman

E

staban frente a la fuente de los pescados, un par de focas de cemento presidían los saltos de colores y ellos, mirándose a los ojos, oían la música proveniente del edificio que estaba frente al parque; cantaban en voz baja: “They asked me how I knew my true love was true, I of course replied ‘something here inside cannot be denied’, they said ‘someday you’ll find all who love are blind’ ”. Mis amigos y yo los veíamos casi sin entender, pero alguna lucecita proveniente de algún recuerdo genético nos hacía suponer que eran cosas de novios. Nos fuimos de ahí, ya mi padre nos reclamaba, nos montamos en la troca y fuimos a dar hasta la entonces colonia Cima. —No’mbre, no tienes idea de lo que es bailar en El Paraje. —Ahí sólo graduaciones, vamos a otro lado. —Sí, pinche Laurens, puros apretados, sólo con invitación. —Acuérdense del Efrén. —Trabajará hoy.

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53.


GABRIEL B ORUNDA

—Sirol, ese. —Bueno yac’iso macizo. —¿Y tú estudias? —preguntó Patty. —Clarín, en la Grajeda Osollo —y siguió cantando, musitando al oído

de ella: “Oh, donna, oh, donna, oh, donna, oh, donna, I had a girl, donna was her name, since she left me I’ve never been the same, ‘cause i love my girl”. La voz de Efrén se perdió en la respiración entrecortada de Patty y siguieron bailando con el eco de la música. La mano de la prefecta de la normal separó a la pareja y se llevaron una amonestación. La orquesta regresó y los aires suaves de Only you inundaron la pista, Pablo Beltrán lanzó su brazo, Patty tardó un poco en eludir a sus padres y a la prefecta. “Yo soy la graduada y no ellos, ya no estoy en la Normal” —pensó y buscó a Saqueo, él la encontró y volvieron a la pista. —No quieren que baile. —Nos iremos. Por un instante Patty recordó el principio de la noche, mientras descendían por las elegantes escalinatas y de la araña de luz parecían bajar estrellas que abrían el futuro de aquellos profesores, antes estudiantes, los padres llenos de orgullo gastando los rollos de sus brownig-kodak. Estaba también el novio-destino de matrimonio. Y justo después del vals apareció Saqueo, la tomó de la mano y fueron a bailar. En la mesa las conjeturas ocuparon el espacio de los invitados, pero nadie sabía nada de él. Asunto de mala memoria; Saqueo boleaba a los clientes de El Paraje, Chihuahua entonces era una ciudad polvosa y sin pavimento, Saqueo y sus amigos eran músicos, generalmente esperaban clientes en la Aldama, y además estudiaba en la academia Osollo. Lector de Gorki y de Neruda, Saqueo era además un virtuoso del requinto y un enamorado como pocos, o como muchos a los dieciocho años; creía poco en la autoridad y era comunista. Pero vio a Patty con esa mirada absoluta de quien va a conquistar al mundo y ella supo que esa noche se embarcaría con aquel almirante que la llevaría a conquistar hasta la última isla virgen de Oceanía. Esa mirada de Sandokán al abordaje propició el olvido; ella ya no fue más la joven maestra, sólo fue la princesa de Mompracem en manos del tigre de Malasia. Los días de preparación, las discusiones sobre la orquesta, el dineral que costó y lo que hubo que trabajar para juntar el pago de la orquesta de Pablo Beltrán Ruiz, que si los vestidos y los peinados. Y ella fue de las más duras con las que no tenían dinero, se veía bajando por las escalinatas de El Paraje con su vestido largo, blanco y rosa y quedaba descontada la posibilidad de que alguna no llevara un vestido igual. El novio de estos últimos tres

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C UA N D O E L L A FA LTA E L H U M O E N T R A E N S U S O J O S

años llevaba en el bolsillo el anillo de compromiso, su hermano lo acompañó a comprarlo, con la promesa de no decirle a nadie. Todo era perfecto. Y entonces el pirata asaltó el castillo y la princesa no pudo más, decidió ser la mujer del corsario. La orquesta tocó El rock de la cárcel. “Un amargado no quiso bailar, se fue a un rincón y se puso a llorar, llegó el carcelero y le dijo, sí, el rock de la cárcel es para bailar, el rock, todo el mundo a bailar, todo el mundo en la prisión, corrieron a bailar el rock”. Salieron del salón a los jardines y de ahí a la calle hasta llegar a la fuente de los peces, se besaron y bailaron, la pierna de él exploró entre las de ella y sólo los peces dorados los vieron, a esa hora ya no había niños en la cancha de patinar, si acaso algunos enamorados que deseaban bailar como ellos, con la música puesta en lo más profundo del cerebro y el corazón. La orquesta seguía tocando Jailhouse, pero afuera en el parque se oía Humo en tus ojos, y no era la orquesta de Beltrán Ruiz. El Paraje quedaba atrás celebrando la graduación, la princesa de Mompracem y Sandokán bailaban con los Platers a la luz de la luna de julio. Sintió humedecerse su pierna, pensó que Efrén nunca le volvería a prestar el traje, no importó, en ese momento se volvieron a besar, no había futuro, ni pasado, quizá ni presente, era un momento, un punto en medio de la fuerza que va de un punto a otro, una desviación, un desplazamiento, ahí en ese pedacito de eternidad en que el tiempo desaparece y todo es un beso, sin tiempo, largo pero a la vez es apenas un instante, sólo la velocidad del sonido, un estampido que se oye y levanta el vuelo de los zanates, una pequeña punción que atraviesa dos carnes y hace que sea una sola, un pedacito de metal que oficia de sacerdote en medio del parque, en medio de un beso. Ceremonia oficiada con focas y cocodrilos de cemento. —Mamá, ¿por qué había un pirata besando a una señora y luego bailaban en el parque? —¿Dónde, mentiroso? —Junto a la fuente, todos los vimos. —Serán los de la fiesta en El Paraje, ¡a dormir ya! El viejo Efrén se sentó y tomó su café, miró a su sobrina, dio una larga chupada a su farito. —Hoy se cumplen cincuenta años de que mataron a tu tío Saqueo. Dicen que todos los 20 de julio hay una pareja vestida a la usanza del siglo xix, que bajan de una goleta que llega por el rumbo del Hospital Palmore, para junto al parque, enfrente de El Paraje, en cubierta una orquesta toca Humo en tus ojos, y luego el capitán y su moza bailan durante horas. Antes de salir el sol la goleta parte y hasta el año siguiente se le vuelve a ver y a gozar de su música. =

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F OT O G R A F Í A D E H É C T O R JA R A M I L L O

54.

E L PARQ U E PAL OMAR

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EL PALOMAR, ANTES Y DESPUÉS = E N R I Q U E S E RV Í N

A

los doce o trece años se me ocurrió cruzar a pie El Palomar. Venía del centro y decidí acortar el camino hacia el norte de la ciudad tomando un atajo por lo que ahora es el extremo de la Avenida Independencia (entonces llamada calle Camargo) que llega hasta San Felipe. Yo venía del Mercado del Hoyo cargando con una bolsa de las que antes proporcionaban en los supermercados, hechas de papel grueso y resistente, y caminaba con una preciosa carga oculta adentro de esa bolsa. Apenas había cruzado el primer promontorio cuando empecé a escuchar que alguien se burlaba de mí. Eran unos muchachos. Me gritaban insultos y me seguían. Como si nada, los saludé, pero mi gesto de civilización no pareció conmoverlos. Al contrario, los enfureció y comenzaron a correr detrás de mí y a lanzarme pedradas. Una o dos lograron dar en el blanco (mi espalda) pero eso no impidió que yo siguiera corriendo, despavorido, hasta subir, jadeando, y llegar a la primera calle

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E N R I Q U E S E RV Í N

pavimentada que quedaba del otro lado. Mis persecutores reían y seguían burlándose desde lejos, pero por lo visto decidieron dejarme escapar. Al sentirme seguro, me detuve para abrir la bolsa de papel y cerciorarme de que su contenido se encontraba perfectamente a salvo. Era un perico (sí, un perico, una cotorra, un loro) que yo acababa de comprar en el mercado, y que por fortuna no recibió ninguna de aquellas pedradas. Barrio bravo, El Palomar estaba cortado a tajo en lo que antes había sido una ribera del Chuvíscar. Las obras de canalización del río lo habían dejado un tanto fuera de contexto, pero mantenía, a pesar de todo, cierta imponencia. Montado sobre una especie de farallón, las grandes masas de tierra y cantos rodados de un antiguo depósito de aluvión (supongo), a mucha gente le parecía feo. A mí me parecía, por el contrario, interesantísimo, incluso bello. Pensaba que debía conservarse frente a la acelerada transformación de la ciudad. Primero, por tratarse de una inusual característica topográfica del río, y segundo por su dramatismo y extrañeza, que conferían a las obras del canal una especie de salvajismo, como si se tratara de una conexión con el pasado indómito de la ribera. Cuando alguien comentaba sobre el mal aspecto que daba, yo negociaba diciendo que tal vez podía hacerse crecer hiedra o alguna otra enredadera nativa para estabilizar las paredes de tierra, y para llegar a un compromiso en lo relativo a su aspecto. Pero antes que nada, El Palomar era un asentamiento humano, un barrio viejo y dotado de su propia cohesión y estructura social, de su propia historia (no tan reciente, insisto, como pudiera creerse). Había allí ancianos, oradores, lideresas priistas, pandillas y, por supuesto, un conglomerado de casas de adobe que en algo me recuerdan ahora a las llamadas casas acantilado o, mejor dicho, a los pueblos hopis del norte de Arizona, construidos con piedra y barro en la cúspide de las mesas ancestrales. Desde mediados de los setenta comenzó a hablarse de aquella “necesaria” transformación. Si mal no recuerdo la iniciativa partió de Blanca Patricia Clarck, quien propuso la creación de una zona arbolada que ocupara todo el espacio que media entre El Palomar y San Felipe, pero por alguna razón el proyecto se demoró varios sexenios y la idea original fue cambiando hasta adoptar la forma que tiene hoy. Lo primero que se hizo, si no me equivoco, fue sembrar unos arbolitos que por años mostraron un aspecto de indefensión y que nunca acababan de crecer. Un considerable retroceso con respecto al proyecto original lo constituyó la construcción de los edificios del Instituto Mexicano del Seguro Social, que ocuparon gran parte del terreno que había sido destinado para zonas verdes. Pero un día llegó la transformación definitiva y las motoconformadoras arrasaron las casas del barrio para construir un parque que quién sabe

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E N R I Q U E S E RV Í N

cómo habría de llamarse. Muchas propuestas se habían sucedido, la mayoría desafortunadas: Chapultepequito, Plaza del maestro y demás. La verdad es que el viejo nombre, bello y dotado de raigambre, se impuso, por lo menos al nivel popular: El Palomar. No sé hasta qué grado se habrán respetado los planes originales en su transformación en un espacio recreativo. Lo cierto es que ahora aparece como un conglomerado de parques, edificios y monumentos que no tiene demasiada coherencia ni unidad. Aun así es hermoso y es ya parte del Chihuahua contemporáneo. Recuerdo cuando, con ocasión del viaje a nuestro estado de los representantes del gobierno apache mezcalero, develamos la placa en la que el gobierno chihuahuense y la nación apache simbólicamente se reconciliaban. “Que sanen desde ahora las heridas del pasado”, decía la inscripción, grabada sobre el bronce tanto en apache como en castellano. Actualmente esa placa se encuentra en un punto de lo que antiguamente fue el barrio de El Palomar, justo arriba de la Mediateca Municipal. Pero mi recuerdo más brillante, melancólico y contradictorio de ese espacio tiene que ver con las celebraciones que se organizaron para celebrar el advenimiento del tercer milenio. Por alguna razón mi abuelo paterno hablaba de esa fecha, que todavía por los años setenta parecía remota, con mucho asombro y nostalgia del futuro. “Tú sí vas a llegar al año dos mil”, me decía. Estaba seguro de que para entonces ya habría dado comienzo la edad de oro. La “época del progreso”, que a él le tocó vivir, todavía no mostraba su rostro oculto y por aquel tiempo nadie hablaba sobre el agujero en la capa de ozono, la sobrepoblación, ni el calentamiento global. La impresión general era en el sentido de que los descubrimientos y avances habrían de sucederse y acumularse hasta lograr un estado de abundancia y solución de los principales problemas humanos. Por supuesto, las décadas pasaron y el panorama se ensombreció: lo que había llegado, había sido la era del desencanto. La noche del 31 de diciembre fui a cenar temprano con unos amigos y el plan era trasladarnos de ahí hasta El Palomar para contemplar los fuegos artificiales y participar de la fiesta. Después de una comida deliciosa y algunas copas de vino nos dirigimos al parque. Las hileras de carros y los apretujamientos casi nos hicieron desistir. La celebración había empezado. El conteo final dio inicio y comenzaron a zumbar y estallar sobre el cielo los fuegos artificiales. El momento anunciado por mi abuelo estaba aquí, aunque en un mundo demasiado parecido al que él había dejado treinta años atrás (y en muchos aspectos incluso peor). Esa noche al regresar a mi casa, me puse a escribir:

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E L PA L O M A R , A N T E S Y D E S P U É S

…Y al salir a la calle nada de torres de cristal, mundos de paz o estrellas conquistadas. Tan

solo, simplemente la parabólica ambición de algunos fuegos de artificio. Bellos, como las utopías pero que ciertamente no inauguran los tiempos prometidos, ahora este año llega igual de callado y de invisible que los otros. Y mañana, o aun el día siguiente el sol saldrá puntual sobre una ciudad idéntica o, lo que es peor, casi idéntica. No ignoro que se trata, tan sólo, de una sencilla convención, inexacta además. Tampoco que para millones y millones de hombres, en otras tierras del mundo nunca ha habido ni habrá un año dos mil. Pero extraigo de todo esto una modesta, por obvia, conclusión: que con el tiempo nada resulta como había sido previsto. Y lo digo pensando que, en el fondo soy un privilegiado entre los hombres de los siglos y las tierras. Porque estoy vivo, y me aman —de la forma que sea— y no me tocó sufrir la guerra ni la hambruna ni la persecución a manos de los Dueños de Dios o los Dueños de la Patria —si apenas la tenaz mediocridad de un país que no sabe hacia dónde se dirige, o de tiempos que llegan tan sólo por llegar—. Y soy capaz de disfrutar, o decir sí a lo que es bello. Y me conformo, mansamente con los boletos de avión, los analgésicos y las migajas electrónicas que al pie de una gran mesa en el desorden el siglo generoso me ha dejado caer.

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F OT O G R A F Í A S D E H É C T O R JA R A M I L L O

E L PARQ UE PA L OM A R

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UNA INVITACIóN = L I L I A NA P E D R O Z A

M

arisa era bizca. Siempre me pregunté qué se sentía serlo. La tomé del brazo para subir las escaleras de caracol pues se mareaba, confesó. “Ves doble”, me dijo adivinando mi curiosidad, “como cuando la televisión no funciona y ves una figura superpuesta como una sombra luminosa: la imagen de un hombre más la mitad de ese hombre, por ejemplo. Pues así”. Llegamos a lo alto de la torre de El Palomar para ver los papalotes que volaban Andrés y Josefina. Marisa hablaba de sus perros dándome ligeramente la cara, me sentí incómoda porque creí que me veía con insistencia; pero en realidad, lo supe momentos después, era una mirada oblicua al paisaje, al azul del cielo de esa mañana sin ninguna nube y con un viento ligero, los papalotes coloridos haciendo piruetas. Era comienzos de abril y el clima nos daba una tregua antes de que comenzara el verano, hacía fresco, eso era para nosotros lo más parecido a un mi-

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55.


LILIANA PEDROZA

lagro. Unos niños comenzaron a corretear alrededor nuestro, sus gritos nos ensordecieron y decidimos bajar de la torre. Recogí mi mochila que estaba junto a Andrés. “¿Ya te vas?”, apuró a decir Marisa, “espera, te queremos invitar a la casa, hoy vamos a hacer una carne asada”. Dudé un poco, yo había ido a El Palomar a mis clases de tai chi, las estaba retomando después de tres meses de ausencia durante la recuperación de una fractura de rodilla, todavía caminaba mal, arrastrando un poco el pie. Me debí haber equivocado de hora o de día, o las clases ya no se daban en el jardín junto a la paloma gigante, esa estatua grotesca en lo alto del parque. Merodeé un poco buscándolos cuando me encontré con Marisa y los otros muchachos. Me acerqué para preguntarles si habían visto al grupo, pero me respondieron que no y me invitaron a estar con ellos. Armaban sus cometas. Cuando Andrés y Josefina se alejaron para echarlos a volar le pregunté a Marisa si eran sus hermanos. “No, para nada, son mis amigos”, subrayó de un modo teatralizado. Me pareció inusual, yo nunca había tenido ese tipo de actividades con mi familia, nunca se nos ocurrió cuando yo era niña, y mucho menos con mis amigos con la edad que teníamos, ya estábamos muy grandes para eso. Marisa tendría unos veinte, calculé, igual que yo, pero sus gestos eran más aniñados. “Apenas son las once”, le respondí y mientras se lo decía sentí que no era una excusa demasiado rotunda, así que inventé sobre la marcha: “dame tu dirección y yo los alcanzo después”. Marisa hizo una mueca triste, la vi desvalida y ridícula con ese pantalón pesquero, esos zapatos con correa y sus calcetines con holanes. A lo lejos, Andrés y Josefina conversaban entre ellos mientras nos miraban. “Quédate, así nos vamos juntos. Vivo cerca de aquí, en San Felipe.” Extendió una manta color rosa, se sentó cerca de ella y sacó un termo y unos pastelitos. Me sentí torpe. Había hecho otros planes y ahora me veía entre esa gente desconocida. Marisa era amable y educada, Andrés y Josefina también aunque un poco más silenciosos. Me senté junto con ella y me extendió una taza de chocolate. Olía muy bien, así que no me pareció tan mala idea quedarme. Marisa comenzó a hablar de su colección de timbres postales y cómo los había conseguido. “De niña, hice amigos en muchas partes a través de una revista de moda, me escribían y así conseguí la mayoría de ellos. Pero ahora ya no es posible. La gente de correos no te quiere vender timbres, te pone una calcomanía con el valor del envío nada más. Es una lástima porque…”. La dejé que hablara mientras miraba alrededor en busca de algún indicio de mi clase. De pronto, vi a una compañera. Agité la mano para que me viera y se acercó a nosotras. “Las clases ya no son los sábados sino los domingos. Y nos cambiaremos de sitio porque ya no habrá lugar: van a poner otra estatua.” “Son horrorosas”, comentó Marisa. Las dos asentimos. “Quédate con

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U N A I N V I TA C I Ó N

nosotras, te invitamos a tomar algo”, agregó y levantó el termo para llenar otra taza. Pero mi compañera fue más hábil, dio una respuesta rápida sobre sus hijos que estaban jugando y que debía vigilarlos. “Parecemos amigas de mucho tiempo, ¿no te parece?”, dijo Marisa mirándome de lado como si fuera un pensamiento en voz alta. Era mediodía y el parque no guardaba ninguna sombra. Andrés y Josefina se acercaron a nosotros. “Ya vámonos”, propuso Marisa condescendiendo a un gesto de cansancio en ellos. “Yo los sigo en mi auto”, aproveché el momento para poder escabullirme de la invitación. “Me voy contigo para indicarte dónde vivo, no quiero que te pierdas.” Marisa me siguió y esperó a que le abriera la puerta del copiloto. Sentí que no tenía más remedio. Accioné el botón de desbloqueo para que pudiera entrar. No vivía tan lejos, tal como había mencionado. Conduje por la Trasviña y Retes y me estacioné tras pasar un par de cuadras por Ramírez Calderón. Atrás nos seguía el carro con Andrés y Josefina, Marisa los miraba de vez en cuando por el espejo retrovisor. Cuando atravesamos la reja, los dos perros de Marisa ladraron y se acercaron a nosotras, las uñas de uno de ellos me rasgaron un brazo. “Deja en paz a mi amiga, Canela”, subrayó la palabra amiga cuando reprendió a su perro y lo hizo entrar a la casa. La madre parecía que nos esperaba porque salió con una jarra de limonada y dos vasos. Con una sonrisa más bien artificiosa nos hizo pasar al patio donde el padre encendía la parrilla. “Siéntate al lado mío”, me hizo señas Marisa. Andrés y Josefina estaban en la otra esquina conversando sin integrarse a nosotras. La anfitriona sacó sus bordados, uno a uno me enseñó los dibujos y la técnica que había empleado. Yo miraba solo por cortesía. “¿Te gustan? Te voy a regalar uno, escógelo”, y se puso a bordar delante de mí para que viera sus destrezas mientras yo pretendía poner interés en sus mantelitos con corazones o flores. Sentí el olor a carne asada: mi recompensa. La madre puso sobre la mesa tortillas de harina y guacamole y el padre iba colocando la carne recién hecha. Andrés y Josefina fueron los primeros en tomar sus platos y servirse. Ahora que recuerdo nunca los oí hablar. Cuando me acerqué a ellos para preguntarles por mis compañeros de tai chi, ellos miraron a Marisa esperando su respuesta. Fue ella la que me contestó y la que decidió invitarme a estar con ellos. No los vi interactuar más que con la orden de ella. Marisa, muy solícita, se levantó a servirme. La madre se ocupaba de llevar una ensalada a la mesa y unas papas para asar. Los padres comieron cerca de la parrilla como para no molestarnos. “¿Tienes mascotas?”, me preguntó Marisa al darse cuenta de que sólo ella hablaba. “Tengo tres gatos: Alfonsina, Africanita y Alejo.” “No me gustan esa clase de animales”, respondió y frunció la boca como reprobando mi respuesta, su rostro cambió y vi algo en él que, sin poderlo explicar, me pare-

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U N A I N V I TA C I Ó N

ció desagradable. “Y los peces. ¿Te gustan los peces?”, retomó la conversación. “No, no me gustan”, contesté en un plan más bien vengativo. “Entonces no te gustará ver mi pecera, qué lástima.” Algo en el ambiente se enrareció y empecé a sentirme incómoda. Marisa había dejado de hablar y de comer, tenía la cabeza ladeada pero no estaba segura para dónde miraba. Poco después se levantó y partió al interior de la casa. Sin saber qué hacer dejé mi plato y me arreglé la pantalonera. Esperaba que alguien se acercara a mí y me hiciera conversación, había pasado tiempo suficiente como para que Marisa regresara al patio, pero nada. Andrés y Josefina se levantaron, se acercaron a los señores. “Nos vamos”, los oí desde donde estaba. La mujer entró un momento a la casa y salió con su bolsa, de su cartera sacó unos billetes y entregó uno a cada quién. “Mañana no vamos a poder venir”, agregaron. “¿Por qué?”, dijo la madre un poco nerviosa. “No podemos.” La señora se acercó a mí y me dio un billete de cien pesos. “Tú sí vas a poder venir, ¿verdad?” No comprendí. “Es por la compañía. Te pagan por estar un rato con Marisa”, finalmente pude oír la voz suave de Josefina. “De todos modos, no creo que le hayas caído bien: es por lo de los gatos”, advirtió Andrés que parecía experto en el negocio de acompañarla. Me levanté sin tomar el dinero y salí. Detrás de la puerta mosquitera los perros me ladraban, me vi el brazo lleno de arañazos. Por la ventana de la sala, Marisa me espiaba. A la mañana siguiente, en El Palomar, me encontré con el grupo de tai chi. La profesora y mis compañeros me saludaron gustosos luego de mi larga ausencia. Más tarde, mientras realizábamos la tabla de veinticuatro movimientos, un poco torpe pues mi rodilla no cedía, vi a lo lejos a Marisa acompañada por sus padres. Armaban cometas mientras ella colocaba su mantel rosa y sacaba su termo. Pero ese domingo no había viento, no podrían echarlos a volar. Entonces tendrían que permanecer al lado de Marisa, quien les contaría una y otra vez historias que ya se sabían. Hastiados, buscarían a quién pagarle por hacerle compañía a su hija.

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F OT O G R A F Í A D E DAV I D L AU E R

PARQ U E L E RD O

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UN NOBLE JARDÍN = S A LVA D O R M A RT Í N E Z L I C Ó N

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n 1805 el ayuntamiento de la ciudad de Chihuahua tuvo la atinada idea de impulsar la plantación de una alameda en los terrenos contiguos a la capilla de Santa Rita, la que noventa años después se transformaría en lo que hoy conocemos como el Parque Sebastián Lerdo de Tejada. Ya bien entrado el siglo xx, en 1928, las autoridades educativas decidieron crear el primer jardín de niños en la ciudad y tuvieron la brillante idea de ubicarlo en ese parque. Finalmente, en 1950 mis padres decidieron inscribirme en el nivel preescolar y pensaron con mucho acierto en que acudiera precisamente a ese doble jardín. Esas tres decisiones prepararon una de las más felices experiencias que he tenido en mi vida: gozar cinco veces a la semana de un espacio verde grandísimo que me permitía jugar seguro con mis compañeros, correr libre por los andadores, explorar las plantas y animales que poblaban los jardines y conocer todo tipo de personas.

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56.


S A L VA D O R M A R T Í N E Z L I C Ó N

Recuerdo que el primer día de clases, una vez que nuestras mamás se re-

tiraron, nos reunieron a todos los niños en el “salón grande” o salón de actos, donde después de dejarnos muy en claro qué podíamos y no podíamos hacer cuando estuviera ausente la educadora (no bajarse de las banquetas, no hacerle caso a los extraños, no irnos muy lejos), nos pidieron que tomáramos una sillita y en fila siguiéramos a nuestra “seño” para una clase al aire libre, dado que el clima de septiembre todavía lo permitía. A mí me tocó con la “Babe” Seijas -por cierto, nunca supe cuál era su nombre de pila-, una joven y bella mujer que nos trataba con inmensa dulzura y paciencia. En esa escuela duré hasta los ocho años, porque el jardín ofrecía también el primero y segundo grado de primaria. En ese larguísimo tiempo, según mi percepción infantil, fui descubriendo, poco a poco, en primer lugar todos los “secretos” naturales que el parque guardaba: los nidos de los pájaros, los frutos raros de los árboles (como las naranjas chinas), el agua congelada en invierno, los peces color naranja que nadaban en la pila. Luego, fui apreciando la presencia de las personas que circulaban por el lugar: los policías, los vendedores de naranjas y membrillos con chile, los chavos más grandes de otras escuelas que se iban de pinta, los enamorados tempraneros. Finalmente me fijé en las construcciones y el mobiliario: las puertas de cantera, el quiosco, la biblioteca municipal y las bancas verdes con aquellos medallones evocando escenas bucólicas que no correspondían para nada con la gente del campo que yo conocía. Cada espacio y cada situación nos daban a los alumnos la oportunidad de divertirnos una y otra vez. Aunque no había juegos, como en la ciudad infantil, que era mi sueño dominical, el césped nos servía para echar maromas, la tierra para entretenernos con las canicas, la amplitud del espacio para jugar a las escondidas, las tomas de agua para mojarnos, etcétera. Cuando dejé el jardín de niños, creía que ya conocía todo lo que había que saber del parque, sin embargo al llegar a la pubertad me di cuenta de que éste servía para algo más que jugar a las canicas o a las escondidas. Aunque siempre habían estado ahí, fue hasta los trece años que cobré cabal conciencia de que un colegio de niñas, el Instituto América, se encontraba frente al parque y que otro, mixto, el Colegio Palmore, estaba situado a menos de una cuadra. Los uniformes azul marino con cuello y puños blancos de plástico, así como los vestidos verde bandera empezaron a ser mi desvelo. Por las tardes, al salir de la cercana ymca (la Guay), me iba al parque para hacerme el encontradizo con las vecinitas que me atraían e irme platicando con ellas a ver si pegaba mi chicle. Mi mayor gozo era cuando aceptaban que nos que-

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UN NOBLE JARDÍN

dáramos solos un rato conversando en una de las bancas, pero no mucho porque en su casa las regañaban si se tardaban más de lo normal. El gusto por ver el parque a la luz del día cambió por el placer de verlo de noche, cuando ya joven descubrí que brindaba un lugar inmejorable para “tirar romance”, hasta que el permiso paterno vencía o el vigilante nos corría (creo que era máximo a las nueve treinta de la noche). A los veintitrés años salí de la ciudad y no supe más del Parque Lerdo. Por lo que he podido constatar en alguna visita ocasional, prácticamente no se ha modificado en sus elementos estructurales y los años le han dado, en cambio, un sabor de antaño que sigue resultando muy atractivo. Sin embargo, a mí el parque que más me sigue atrayendo es el de mis recuerdos infantiles y de adolescencia. Dicen los que saben de eso que los recuerdos no son como una fotografía estática, sino que más bien se parecen a un video en movimiento que uno reedita permanentemente, incluyendo y suprimiendo escenas, variando las tomas, seleccionando nueva música y efectos de sonido, etcétera. Aunque estoy consciente de que mi película del parque podría tener también escenas tristes o dolorosas, como los raspones de las caídas, el dolor de estómago por haber comido moras en exceso, la tranquiza que me pusieron en una pelea o aquella decepción amorosa de la pubertad, no las voy a incluir en ninguna de las versiones que edite, porque quiero que mi video del Parque Lerdo sea siempre algo feliz, como el recuerdo de ese lugar se lo merece y yo también. Definitivamente me quedo con el doble jardín en el que todo era felicidad.

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F OT O G R A F Í A D E A R C H I V O C O NAC U LTA- I NA H . F OT OT E C A C H I H UA H UA . C O D. 2 2 9 7 - 2 3 4 3 - 2 3 2 4

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PASE O B OL Í VAR

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PASEO DE MIS AMORES = E N R I Q U E C O RTÁ Z A R

Definitiva como el mármol, entristecerá tu ausencia otras tardes

E

jorge luis borges

I

l Paseo Bolívar sobrevive, aunque con ciertos desarreglos que el tiempo le va imponiendo; sigue, sin embargo, allí junto a la vida y la nostalgia de las tardes, cuando los días nos llevaban de la mano al primer amor, aquel que nos descubría la íntima impiedad del dolor ante la incierta posibilidad de volver a besarnos, o simplemente de volver a caminar tomados de la mano, escuchando las melodiosas campanas del Templo de la Trinidad; allí íbamos rumbo al Parque Lerdo tratando de atrapar en aquellos pasos un “te quiero para siempre”, al menos por esa tarde que tocaba la esencia de la eternidad. El Paseo Bolívar era, por aquellos días de infancia y adolescencia, no sólo el primer beso al centro del otoño, entre el fresco de sus tardes y lo joven de la piel. El Paseo Bolívar era también las terminales de autobuses, la fondarestaurante El Rinconcito Brujo, justo a unos metros de los Transportes Chihuahuenses, donde di mis primeros pasos de rock, imitando a Elvis;

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E N R I Q U E C O RTÁ Z A R

era el Hotel Viajero, la tienda de la esquina llamada El Estudiante, el expendio de licores a dos cuadras de la Plaza Hidalgo, llamado Mis Respetos; era la Iglesia de la Sagrada Familia, el Convento de las Adoratrices, el Panteón de la Regla, el Hospital Moderno, el sitio de autos Veintinueve; el Templo de La Trinidad con su música de campanas, el Templo Metodista, la Quinta Touché y la Quinta Gameros, una hilera de casas porfiristas con solemnes fachadas de cantera, y allí frente a ellas el Parque Lerdo, ámbito iniciático de placeres, rincón del alfabeto y mis primeros pasos. Aquella pequeña tienda de licores de la calle 11, Mis Respetos nos evocaba la decencia ceremoniosa de aquellos abuelos de bastón y bombín. Allí se podía escuchar la pirotecnia verbal de unos impecables pachucos que olían a lavanda, vestían pantalones de caqui anchos y almidonados, camisas fluorescentes y zapatos brillosos de doble costura. Su forma de jugar con las palabras, su tono de voz, eran como luces que formaban la paz de un arcoíris o la turbulencia de los volcanes; allí, sin saberlo, supimos que el idioma era una vorágine en permanente evolución, todo consistía en soltar los briosos corceles de la imaginaria, y así era posible recrear el idioma con todo un bagaje de metafórica juguetería. Esto lo aprendí de aquellas pléyades de parpadeantes pachucos. Mi padre, después de la misa del domingo, pasaba por Mis Respetos, pues la Iglesia de la Sagrada Familia estaba a escasas dos cuadras. Allí, en aquella licorería que despedía un olor a tabaco y alcohol, y después de saludar al Maikona y al Paúl, dos de aquellos pachucos de atuendo impecable, compraba su botella de sotol de Coyame, que más tarde curaba con pasas, cáscaras de naranja y manzana, para disfrutar de aquella bebida, antesala por vía del placer a cualquier cielo anhelado. A una cuadra de Mis Respetos, rumbo a la Plaza Hidalgo, estaba El Palomar, salón de baile donde mi padre cobró categoría de rey del swing y del boogie, allí, con la orquesta de Carlos Máuregui o la de Roy Ramos, las tardeadas de domingo con tuxido blanco y clavel rojo, concluían el ritual del fin de semana. El Hospital Moderno, ubicado en el Paseo Bolívar y la calle Séptima, era de un infranqueable color amarillo, amarillo de intenso fulgor, edificio cuyos olores a medicamentos y formol le daban al barrio un aura de misterio conventual y tristeza. La puerta de acceso para las ambulancias estaba justo frente a mi casa, situación que volvió algo normal el arribo estrepitoso del quejido ondulante de sirenas, parientes con el llanto a cuestas y hombres de blanco corriendo con camillas tambaleantes. Allí la vida jugaba con la muerte a las escondidillas, y no siempre ganaba. El doctor Miguel Aranda, dueño de aquel nosocomio, hombre enérgico y de gran corazón, con voz

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PA S E O D E M I S A M O R E S

potente que congelaba la noche y los días, acogía a los enfermos sin cuestionar si tenían dinero para pagar. Su bondad a gritos era una bendición. Saliendo de mi casa, hacia la izquierda estaba, y aún está, el convento de las religiosas adoratrices, monjas en claustro perpetuo. Conocí su vida desde la azotea de mi casa, observatorio desde donde las veía caminando lentamente en oración, por los pulcros y austeros jardines del sacro lugar. Con cierta frecuencia tocamos su puerta, y la respuesta, detrás de una ventanilla pequeña, era de una persona sin rostro, quien atendía nuestra demanda de recortes de ostia, con los que preparábamos, con cajeta Coronado, deliciosas obleas, que eran nuestra comunión de todos los días. El Paseo Bolívar, por aquellos años de mi adolescencia, tenía banquetas adoquinadas y un camellón central con arbotantes y laureles en flor; allí, cuando la luz poco a poco partía a su morada nocturna, caminar en primavera o sobre el resquebrajado otoño con Luly, Olivia o Wendy, tomados de la mano, flanqueados por un concierto de grillos, chicharras y aromas a gardenia y jazmín, era como ir levitando hacia el encuentro de algo parecido a la felicidad; algo más suculento que la simple alegría de aprender a besar bajo la sombra de una enredadera; algo más profundo que descubrir la firmeza de los muslos, la cintura o el cuerpo de aquella virgen, adolescente también, con quien el pecado era sólo virtud, posibilidad de volar, capacidad de poder escuchar la palabra de algún dios. Al pasar por la Quinta Touché, justo en la esquina del Paseo Bolívar y la Avenida Independencia, como música de otro tiempo, escuchábamos aquel tañer melodioso de las campanas del atardecer; allí, caminar sobre la incertidumbre de las aceras era cruzar por un trozo de Nueva Inglaterra, pues la quinta, a pesar de su apellido sirio-libanés, es de una definitiva arquitectura victoriana de ladrillo rojo, techo de dos aguas, pórtico, balcón y desván. Al cruzar la Independencia, iniciaba un largo andador donde el tiempo se extendía y guardaba celoso solemnes mansiones, sobrevivientes de épocas remotas, que van desde un art noveau pasando por un estilo californiano de tejas rojas y anchas paredes muy blancas, hasta las quintas de cantera con ventanas de postigos y enrejados de fierro, de un clásico sabor porfirista. El tono señorial y decimonónico del Paseo Bolívar remataba en un concierto de césped, laureles, encinos, álamos, pinos y pilas de piedra y mosaico con peces, llamado Parque Lerdo, donde conocí los primeros ojos verdes de aquella niña de siete años que me iniciara en el placer de tocar la belleza: yo sumaba apenas cinco años y sin titubeos me estampó un beso en mi sonrosada mejilla. Creo que allí, en ese trozo de plenitud, inicié mi gusto por sentir los labios en compañía de unos deslumbrantes ojos verdes muy cerca

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E N R I Q U E C O RTÁ Z A R

de mi estremecida niñez. Con aquello, que más tarde aprendí, de que “infancia es destino”, me inicié como coleccionista de caricia en flor. Habría que destacar en este camino hacia el Parque Lerdo esa otra quinta, fantasía que encarnó en realidad; quinta que resistió, justo al nacer, como icono de una paz porfirista y burguesa, los embates de una revolución que pasó como torbellino, dejando intactos sus muros de un esplendor zigzagueante que incluye el toque fundamental de la magia del art nouveau: la Quinta Gameros, donde el mobiliario de la Casa Requena alimenta las entrañas de esta verdadera mansión. Quien cruza, rumbo al Parque Lerdo, por esta reina fulminante y fundamental, no puede evadir lo que el tiempo nos dio, aquello que el mismo tiempo decidió perpetuar. II Aquí, muy adentro, en los rincones más ocultos del alma, viven los días

de pandilla del barrio, cuando compartíamos en sus calles, un ir y venir de vacaciones y la colección de discos de rock, estampillas de luchadores y artistas; días de hamburguesas, hot dogs, coca colas, zapatos blancos y pantalones Levi’s; conquista de novias como cándidas flores de abril. Días en que la solidaridad nos reunía en torno a la posibilidad de soñar, de pedirle prestados más días al verano, prolongando las vacaciones en las que llegaban racimos de rubias a la ciudad, y entonces había que practicar el inglés aprendido en las canciones de amor de Nail Sedaka, Roy Orbinson, Paul Anka y Percy Sladge. Al terminar el verano sólo quedaba la esperanza de volvernos a ver; había, entonces, que regresar al ritual de la escuela, al olor sacramental de los nuevos libros de texto, al siguiente año escolar. Regresar a los adolescentes latidos en la sombra del Parque Lerdo, sentir de nuevo el aliento joven de aquella “noviecita santa” con la que caminábamos con tenis Converse y los libros en la mochila escolar por el Paseo Bolívar, sumergidos en el fresco de otro otoño, tan fresco y definitivo como las manos y los labios de Luly, Olivia o Wendy.

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F OT O G R A F Í A D E J O R G E JA I M E R O D R Í G U E Z

PLAZA DE ARMAS

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PLAZA DE PLAZAS* = E R N E ST O V I S C O N T I

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l momento de fundación del Real de San Francisco de Cuéllar, que luego sería la ciudad de Chihuahua, lo capturó el escultor Humberto Peraza Ojeda en una obra alegórica ubicada frente a Catedral en la Plaza de Armas, personificando al fundador Deza y Ulloa. Pero cabe aclarar que don Antonio jamás estuvo ahí ni declaró el Real en ese lugar; quizá cabalgó alguna vez por allí. Desde la fundación en 1709, Pedro de Villasur sería el primer alcalde mayor, quien con sus colaboradores concejales del Ayuntamiento empezó a disponer la rudimentaria urbanización del Real. Según los cánones del urbanismo hispano, debía te-

1  Nota de los editores: En este texto el autor refiere bibliografía tomada de las siguientes fuentes: Francisco R. Almada (1968) Guía histórica de la ciudad de Chihuahua. Historia, biografía y geografía chihuahuense; artículo “México de carne y hueso”, de Armando Ayala, en la revista Contenido; artículo “La Plaza de Armas. Relicario de amor”, de Rubén Beltrán Acosta; artículo “¿Quiénes nos dieron la Independencia?”, de Gloria Rosendo Cevallos; El Heraldo de Chihuahua (2009) Chihuahua, vida y recuerdos 1709-2009; Salvador Treviño Castro (2009) El Real de Minas de San Francisco de Cuéllar de Chihuahua 1709-1718; uach Tradición con futuro Chihuahua, y artículo “El segundo centenario de la Constitución de Cádiz”, de Sergio Valls, El Heraldo de Chihuahua, 15 de marzo de 2012.

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ERNESTO VISCONTI

ner como centro de desarrollo una plaza de armas cuadrangular que diera frente a la iglesia parroquial y a las casas reales o consistoriales, tales como la Sala Capitular de Acuerdos o Cabildo, la de Oficio Público, la cárcel y la alhóndiga, entre otros afincamientos comerciales y de vivienda. Plaza Mayor

Como es natural y propio de una incipiente población, lograr todo esto llevaría varias décadas de esfuerzo y desarrollo. Iniciando con que la iglesia primitiva del Real, en el año de 1712, se localizaba en la otra banda del río, al norte del poblado; por lo que don Juan Antonio Trasviña y Retes donó un solar para la edificación de la iglesia parroquial. Así, la anterior se mudó al nuevo lugar y para 1713 ya se había edificado un templo mejor, con frente al oriente, donde hoy se asienta la catedral de Chihuahua. El solar frente a la iglesia, un cuadrado de aproximadamente –2 500 m2 de superficie, quedaría destinado a la Plaza Mayor, Real o de Armas y, luego de la Constitución de Cádiz. Para 1715 había ya una plaza pública incipiente, y en su frente, del costado este, la cárcel pública. Hacia 1716 se hablaba de la Plaza Real. Sería hasta 1718 que se construirían las casas consistoriales al lado este. Del edificio de los jesuitas, al poniente, corría una calle conocida como Real (hoy Guadalupe Victoria) que iba a dar hasta el llano donde se edificaba la iglesia nueva. Frente a la Plaza Real se fueron construyendo las casas más grandes y de más viso, que correspondían a los vecinos de más rango económico. Paralela a la calle Real, corría la principal acequia llamada “de Trasviña”. Pronto el frente sur de la plaza tendría las casas de Juan de Vilchis, Juan de Loya, Juan Francisco de Armendáriz y el solar de don Antonio de Villalba. Por su parte norte, la plaza daba frente a las casas de doña Ángela Márquez, don Miguel García de la Vega y don Antonio Becerra Nieto. Por su frente oriente se levantaban las casas de don Juan de Orrantia y don Francisco de Ochoa Erive. Al poniente estaban las casas de doña María de Ortega y de don Pedro Perelasia, todos ellos personas acomodadas. La calle Real para entonces contaba con cuatro casas principales, las de Cristóbal Beltrán, Francisco de Leyva, Juan de Cuéllar y don Toribio de la Campa. La nomenclatura de las calles del Real se fue transformando con el tiempo según las administraciones municipales y los acontecimientos. En la actualidad la plaza colinda al norte con la que fuera calle de Victoria, de la Libertad y de San Francisco, y quedaría como calle de la Libertad; al sur, la que fuera calle Real, de Guadalupe y Progreso, quedaría como Guadalupe Victoria; al este la calle del Comercio, quedaría como calle Primera o de la Independencia y al oeste la callejuela Primera quedaría como calle Segunda.

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PLAZA DE PLAZAS

Constitución de Cádiz e Independencia

La Plaza de Armas, testigo fiel del hacer y desarrollo de nuestra comunidad, ha presenciado y participado de un sinfín de acontecimientos. Siempre cambiante, se ha transformado y mimetizado según la época; ha mudado sus fuentes y jardines, sus forestas, sus pavimentos, pisos y ornatos; ha participado del esparcimiento y el solaz de la provincia y de sus divertimentos, pero también de la violencia de las guerras, así como del tráfago de la urbe moderna. En marzo de 1812 fue rebautizada por instrucción del Consejo de Regencia que gobernaba España, que disponía que en todos los pueblos, villas y ciudades de la metrópoli y sus colonias, se le diera el nombre de Plaza de la Constitución de Cádiz a la plaza principal, o a la única, donde no hubiera más, en recuerdo de la promulgación de dicha carta política, y se dispuso que se colocara una placa que lo señalara. Así se hizo en la Villa de San Felipe el Real de Chihuahua. Por cierto, este documento fue propiciado por el liberalismo francés, el cual afectaba los intereses de la nobleza peninsular y el clero al promulgar derechos que se hacían extensivos a las colonias. Restablecido el absolutismo en España y sus provincias en 1814, se ordenó retirar la placa y derogar aquella constitución. Años después, una rebelión encabezada por el coronel Rafael del Riego en España, restableció la Constitución de Cádiz en 1820, incluyendo reformas en las que destacaban la abolición de los fueros eclesiásticos, la supresión de conventos y órdenes monacales, la disminución del diezmo y la nacionalización de los bienes del clero católico. Así se retomó el nombre de Plaza de la Constitución de Cádiz, en 1820. Sin embargo, la plutocracia de la Nueva España no podía aceptar una constitución que le exigía reconocer como iguales a criollos, mestizos y castas, además de la imparcialidad jurídica y la separación de poderes. Así, clero católico y plutocracia decidieron apoyar el muy apagado movimiento independentista de México. Sería tarea futura de don Benito Juárez y sus reformadores consignar su espíritu en una constitución mexicana y hacerla efectiva. Es pues un honor el nombre oficial de Plaza de la Constitución de Cádiz, designación relacionada con la democracia y el pensamiento liberal, y con el documento al que debemos su influencia indirecta para lograr la independencia de México. Monumentos actuales

El hermoso quiosco actual y las esculturas de fierro que dan carácter a la plaza se deben a la iniciativa del gobernador, coronel Miguel Ahumada, y al jefe político de la ciudad, don Ignacio Enríquez, quien fungió de 1893 a 1903. Se compraron en la ciudad de París, en dieciocho mil quinientos

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ERNESTO VISCONTI

pesos, pagados por el ayuntamiento, y fueron inaugurados en 1897 por las autoridades y el pueblo, para convertirse con los años en joya preciosa de nuestro patrimonio cultural. Se decía que el modelo de este quiosco, en 1887, había sido acreedor a un premio como el más hermoso del mundo. Fue fabricado en el departamento oriental de Haute Marne, cuna de la protosiderurgia francesa y la industria del hierro colado artístico, en la fundidora Le Val d’Osne. Con base octagonal de cantera y dos escalinatas, columnas y ornamentos de hierro colado, está abrigado por una estructura de hierro, cubierta de madera y detalles de hierro, que sostienen ciento treinta y seis vitrales. En el país, sólo en la plaza principal de Guadalajara, Jalisco, hay otro como este. Además, cuatro figuras femeninas, en un arriate cada una, alegorías de las cuatro estaciones del año: la primavera, en un arriate a la altura de la esquina de Avenida Independencia y calle Libertad; el verano, en arriate a la altura de la Victoria y Segunda; el otoño, en arriate a la altura de las calles Libertad y Segunda, y el invierno, en arriate, a la altura de la Independencia y la Victoria. Todas sobre basamentos de cantera. Y sumadas al conjunto, cuatro lámparas eléctricas, con formas de quimera (animal fabuloso) del tipo esfinge (cabeza y torso de mujer, alas de águila y cuerpo de león), que sobre un pedestal de cantera iluminaban los cuatro costados de la plaza, con el farol que sobre una columna sostenían en sus cabezas. Para 1954 se habían robado dos de esas lámparas, sólo una de las cuales fue sustituida; hoy en día, falta la que debería ver hacia Catedral y de las otras tres sólo una conserva la columna y el farol. Estas figuras no son gárgolas, como se les señala de manera imprecisa; tristemente presentan en la actualidad un pésimo estado general, a excepción del monumento a Deza y Ulloa, sus bancas, dos fuentes de cantera frente a Catedral, y una placa de bronce incrustada en piedra, que da fe histórica de la fundación de Chihuahua. Adiciones moder nas

A mediados del siglo xx, se construyeron cuatro pequeños quioscos para aseadores de calzado, que armonizan con el principal de la plaza. Asimismo, las autoridades municipales adicionaron una útil asta bandera frente a la Presidencia Municipal. Hace apenas cinco años adicionaron, frente a Catedral, un mamotreto de metal; una desagradable y sórdida torre de proyecciones que sería temporal aunque allí continúa, tal vez a la espera de que alguna nueva autoridad la retire. En la administración de don Luis Fuentes Molinar (entre 1977 y 1980) se añadió a la plaza la sección de la calle Segunda, entre la catedral y la plaza,

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PLAZA DE PLAZAS

y entre las calles Victoria y Libertad, así como la estatua de Deza y Ulloa y dos fuentes de cantera, para tranquilidad de las palomas y disfrute de los fotógrafos. Reminiscencias históricas

Imaginen las mil y una actividades que se han desarrollado ahí desde la época colonial. Los tradicionales pregoneros, los tianguis, las verbenas, los oficios religiosos, las fiestas cívicas, los actos políticos, las protestas, los romances, el comercio, el abasto de agua, las paradas militares, la dolorosa ocupación norteamericana de 1847 cuando el coronel Doniphan mandó talar sus árboles y quemar parte del archivo municipal para calentar a sus soldados, la batalla del 25 de marzo de 1866, cuando los soldados republicanos se batieron heroicos desde los portales del ayuntamiento contra los franceses que se parapetaban en las torres de la catedral. Imaginen a Juárez deambulando por sus corredores, en trabada conversación con Lerdo de Tejada; las ocupaciones de las fuerzas revolucionarias, haciendo vivac en sus jardines; las fiestas de carnaval, las audiciones de música dominical, los puestos de golosinas, refrescos, helados y alimentos, los aseadores de calzado, los niños y jóvenes paseando, adultos y viejos disfrutando en las verdes bancas un sol mañanero o una cálida tarde. Imaginen la vendimia de géneros y productos en la época colonial, en los intercambios comerciales con Nuevo México, las fiestas ganaderas. Las primeras corridas de toros de la ciudad fueron ahí. Remanso y lugar de cita obligada para pobres, clasemedieros y ricos; asiento de fuentes de cantera y surtidores de fierro en forma de garzas, que en 1883 proveían de agua potable al pueblo y que remataban su columna central con la bella estatua de Leda y el cisne, de procedencia italiana, removida para instalar el actual quiosco francés. Imaginen los lánguidos faroles coloniales con mecheros de manteca, después con velas de sebo, que luego serían sustituidas con mecheros de petróleo y al cabo del tiempo por diáfanas bombillas eléctricas. Un universo, una cosmogonía en (y de) tres siglos de existencia; una invitación para la imaginación y un patrimonio para todas las generaciones.

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F OT O G R A F Í A D E L I B E RTA D V I L L A R R E A L

PLAZA E SPAÑA

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CARLOS = MARIO ARRAS

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or la privacidad de su ambiente, pareciera que la Plaza España es un rincón de la ciudad oculto entre ancestrales fincas: tres calles la delimitan, tiene piso de azulejo, carece de bancas y de sombra, su gran columna con figuras de cuatro niños unidos de manitas por la espalda incita cuentos y leyendas y es punto de reunión de los enamorados. Largo tiempo sufrió abandonos y descuidos, pero desde que don Manuel Gómez Chávez ordenó renovarla, ha vuelto el espíritu vecinal y existen amistosos vínculos. Este perdido espacio del siglo xix proporciona un ámbito estimulante de trabajo, de ricas jornadas y de valiosas relaciones; así es como de lunes a jueves Carlos toma el “café de las cuatro” que ofrece don José Robles, en compañía de su hija Consuelo, niña de nueve años que luce un delicado y bello rostro infantil.

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F OT O G R A F Í A D E H É C T O R JA R A M I L L O

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PLAZA ME RI N O

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TARDES AL SOL = L I L I A NA P E D R O Z A

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Para Sandra

staba por comenzar el verano cuando preparaba mi examen de ingreso a la universidad. “A la Facultad de Derecho, como mi padre”, dije a mi familia una noche durante la cena y celebraron mi decisión. En realidad no tenía idea clara sobre mi futuro. Lo de entrar a Derecho fue una ocurrencia con falta de imaginación, por supuesto; un salir del paso a la pregunta insistente en casa, de las interrupciones en clase por las visitas recurrentes de la orientadora escolar, con sus lentes de pasta pasados de moda y un morral como de cartero con un montón de exámenes que debíamos resolver. Pregunta ciento noventa y ocho: Me gusta tocar un instrumento musical. / Respuesta: a) Mucho / b) Poco / c) Casi nada / d) No sé tocar. Pregunta quinientos cuarenta y siete: Me gusta cantar cuando. / Respuesta: a) Estoy en reuniones familiares / b) Concurso para un reality show / c) No me lo pide nadie / d) Estoy en la ducha. Así hasta el infinito, mañanas enteras en salones sin aire acondicionado rellenando res-

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LILIANA PEDROZA

puesta tras respuesta. “Voy a doblar las hojas como acordeón para hacerme un abanico, es la única utilidad que les veo”, me dijo Clarisa que estaba en el asiento de al lado. “Guarde silencio, jovencita”, gritó en tonos agudos la orientadora mientras se hacía la manicura en el escritorio. Dos meses después, cuando llegaron los resultados, los míos decían: “Usted tiene habilidades para la astronomía, la química, el teatro y la danza”. “Su color es el rojo, su planeta Marte y su número de la suerte el trece”, agregó Clarisa después de arrebatarme mi predicción de futuro profesional, me sonrió al tomarme de la mano para llevarme al pasillo y salir al patio, pues ya había sonado el timbre para el receso. “Qué dicen los tuyos”, le pregunté. “Nada” y los tiró a la basura así como su mitad de hamburguesa porque estaba a dieta. Si yo no sabía qué hacer con mi vida, Clarisa lo tenía decidido, no quería estudiar, le parecía inútil gastar otros cinco años de su vida encerrada mirando parlotear a un monigote. Monigote era su palabra preferida. Admiraba su valor, no me imaginaba diciéndoles eso a mis padres, seguro me echaban de la casa muertos de vergüenza con los vecinos y el resto de parientes por mis pocas ambiciones. Por eso me decidí por entrar a Derecho. En cuanto nos graduamos de bachilleres Clarisa encontró trabajo en una zapatería. Tenía un uniforme de blusa blanca y una falda a cuadros de escocés. Estaba orgullosa de ganar su propio dinero. “Cuando junte lo suficiente voy a poner una peluquería allí enfrente, donde vea esa zorra que yo puedo ser mi propio jefe.” Y cuando decía enfrente, su mirada atravesaba la Plaza Merino y se dirigía a un local vacío con un cartel de “Se renta”. A tres días de trabajar en Tres Hermanos, Clarisa ya había peleado con su superior, que más bien era una superiora “fea, sin gracia y muy antipática”, según palabras de ella; de Clarisa, claro está. Por mi parte, yo no era más que un alumno promedio, sin pena ni gloria, sin destacar en nada, ni en matemáticas ni en deportes. Eso sí, era bastante organizado. Mi meta era pasar el examen de ingreso, por eso repartía mis horas de estudio entre las mañanas y parte de las tardes. De mañana repasaba en mi cuarto. Mi madre me dejaba en paz mientras ella hacía las labores de la casa en silencio y echando a mis hermanos pequeños a jugar al patio. Después de la comida, me iba caminando a la biblioteca municipal desde las calles Sexta y Terrazas hasta el Parque Lerdo, buscando un poco de sombra en el trayecto, pero a las cuatro de la tarde es más bien imposible. Casi nadie entra a la biblioteca, salvo algún despistado, por eso es óptimo para estudiar. A las seis y media salía de allí con mi cuaderno y mi guía de estudio, daba un paseo corto por la Ocampo a la Libertad para llegar a la Plaza Merino y esperar

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TA R D E S A L S O L

a Clarisa que saliera del trabajo. Llegaba antes por recomendación de ella: “No me gusta esperar a nadie. Si no te veo, me voy”. “Joven, una boleadita”, me decía un señor nada más llegar, pero yo siempre he usado tenis. “No, gracias”, respondía incómodo, como si con eso le arrebatara el posible cliente que era yo, y me sentaba en una banca. Mirar a la gente no es lo mío, al contrario, siento que soy yo al que están observando, que no hago nada más que estar allí como tonto, plantado, esperando a alguien que no va a llegar y le doy lástima a todo aquel que pasa y me mira. Revolvía mis apuntes para distraerme pero ya estaba harto de ver lo mismo todo el día. Mientras hojeaba tenía la esperanza de que el tiempo transcurriera más de prisa y ver por fin salir a Clarisa con su cabello castaño claro recogido en una coleta y su uniforme de trabajo. Solía sonreírme como si cada vez que nos encontrábamos fuera una sorpresa. “¿Te hice esperar mucho?”, preguntaba como un asunto más bien de coquetería y me daba un beso. Nos íbamos a caminar un rato, a comer un elote o una banderilla y luego la acompañaba a la parada de camión. “Te invito yo, que tú eres un desempleado”, me decía burlona y apresuraba otro beso para que no me enfadara. Pero no podía enojarme, era cierto, mis ahorros se basaban en la decisión de mis estrechos antojos: si dejaba de tomarme un refresco en el puesto de la esquina del Parque Lerdo durante los quince minutos de descanso que me daba, ahorraba íntegros los veinte pesos diarios que mi mamá me daba. Con eso podía invitar al cine a Clarisa los fines de semana. Los días siguientes transcurrieron iguales unos a otros con la rutina que me había planteado, de no ser aquella tarde que tuvimos que salir de la biblioteca municipal. Un loco había entrado y sacaba furioso todos los libros de las estanterías. “¡Todo esto es mentira. Mentira!”, gritaba furioso. Un señor que leía el periódico y yo éramos los únicos usuarios. Pudimos salir en cuanto llegó el guardia del parque. “¿Está bien, señora?”, le pregunté a la empleada de la biblioteca. “Estoy bien, hijo, pero será mejor que no regreses hasta mañana.” Eran apenas las cinco de la tarde y no sabía qué hacer. Me encaminé por la Ocampo y me detuve a mirar los escaparates, uno por uno, para perder tiempo, pero llegué a la Libertad media hora después, me quedaba otro tanto para que saliera Clarisa. Me senté abatido en una banca, volteé instintivamente a ver al bolero y le hice una señal de que no, que no quería que me boleara mis tenis. Comencé con mi ritual de revolver mis apuntes para entretenerme cuando otro señor se sentó al lado mío. Veía de reojo su camisa a cuadros rojos cuando se acercó a mí y me dijo secretamente: “¿Sabías que hay un lugar donde los bomberos no apagan fuegos sino que hacen arder los libros?.” Dejé de mover mis papeles para emprender la retirada. Bastante había tenido con el otro tirando libro por

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LILIANA PEDROZA

libro manifestándose contra algo. ¿Contra qué?, ¿qué era mentira?, seguro era un loco. “No te vayas”, me dijo el señor, “en ese sitio está prohibido leer, por eso queman las bibliotecas. ¿Quieres saber qué es lo que pasa después?” Yo no supe qué responderle. Claro que quería saber por qué esos bomberos deschavetados provocaban incendios en lugar de apagarlos. Antes de decirle, él ya se había levantado de la banca y me llamó: “Ven, déjame te enseño nuestra biblioteca móvil”. Fuimos al otro extremo de la plaza a un puesto pequeñito lleno de libros. “Prestamos libros a los paseantes. Es gratis. La única condición es que si nosotros les contamos el principio de una historia, regresen para contarnos el resto.” Me extendió uno. “Llévatelo, luego me lo regresas”, me dijo batiendo las manos como si espantara un perro y me dio la espalda. Volví a la banca y comencé a hojear el libro. Allí conocí la historia de Guy Montag y seguí leyendo. Cuando estaba en el encuentro con Beatty, una muchacha que lee contra toda regla de esa ciudad, llegó Clarisa. “¿Qué haces?”, preguntó con un tono que más bien quería decir: ¿por qué no estabas atento a que saliera por la puerta de la zapatería? Le conté con un impulso desmedido todo lo que me pasó, eran muchos sucesos juntos para una tarde que esperaba tranquila para estudiar. “Ya veo”, Clarisa hizo un gesto de desprecio. “Yo, lo de siempre, me he vuelto a pelear con esa zorra porque me hizo bajar por unos zapatos Stradivarius del número seis cuando la clienta había pedido del cuatro y medio.” Y siguió hablando de modelos de zapatos e intrigas en su trabajo, pero yo estaba repasando mentalmente la historia del bombero Montag. Dimos un paseo rápido y procuré ir camino a su parada. “¿Ya me vas a dejar?”, dijo sorprendida. “Es que debes estar muy cansada con todo lo que te ha pasado hoy en la zapatería.” Clarisa me dedicó la mejor de sus sonrisas y me dio un beso antes de subir al camión. Yo me fui a casa y cené apresurado para seguir leyendo en mi cuarto. Por la mañana estudié distraído, una anciana había decidido morir en medio del incendio de su biblioteca y yo quería saber qué más pasaba. Hacia la tarde salí como siempre rumbo al Parque Lerdo pero me dediqué a terminar el libro y después me encaminé a la Plaza Merino. “¿Qué pasó, por qué vienes tan pronto?”, me espetó don Gustavo antes de saludarlo, pero algo debió haber visto en mí, porque calló de golpe. Yo no le dije nada, sólo le extendí el libro. No sabía cómo comenzar, pero él sí. Habló de los personajes como si los conociera y a dar opiniones sobre ellos. Así se nos pasó el tiempo conversando. Eran las siete y cinco cuando me di cuenta de mi retraso. Corrí para alcanzar a Clarisa que iba rumbo a su parada de autobús. Me adelanté al regaño con una excusa torpe. Clarisa me acarició la mejilla. “Pero si estás pálido y con esas ojeras, ¿te sientes bien?” y me tomó de la mano para dar el paseo de siempre. “Ya verá esa zorra, no

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TA R D E S A L S O L

me puede tratar como si fuera su esclava” y así comenzó su crónica del día. Don Gustavo me había dejado otro libro. “Échale un vistazo, esta historia ocurre en el planeta Soror, habitado por unos simios.” Me fui intrigado a casa a comenzar a leer y así pasaba las tardes en la Plaza Merino a la espera de Clarisa. “Ya estás otra vez con tus libros”, me decía recelosa y hacía como que no escuchaba cuando le contaba de qué trataban. “¿Sabías que en esta plaza hace muchos años hubo una horca a la vista del público?”, me interrumpió cuando estaba en la parte en que Ulises Mérou, perseguido por los simios, huye en la nave. “Había un pregonero anunciando a quiénes iban a ahocar y por qué, luego los dejaban ahí para que la gente los viera. Si yo estuviera en esa época mandaría ahorcar a los que leen en lugar de quemar los libros como en esa novelita tuya.” Y me sonrió festejando su pequeña venganza. Una tarde, mientras esperaba a Clarisa, comencé a cavilar sobre el suceso del loco en la biblioteca municipal y concluí que allí no había libros sino que se trataba sólo de lomos y pastas huecos, sin páginas, ocupando lugar en las estanterías. Si no, por qué no iba gente a leer más que el periódico o por qué la empleada nunca hablaba de lo que trataban los libros como don Gustavo. El loco no debía estar tal. Todo eso era mentira porque en realidad no había libros. El lugar era un simulacro. Me enfadé y decidí no volver nunca más allí. Mejor aún, me uniría con el supuesto loco y haríamos una manifestación con pancartas, una huelga de hambre atraería a los medios. Tenía que ponerme a preparar un discurso. En eso estaba cuando escuché unos gritos en la zapatería. Clarisa salió con su cabello descompuesto y la blusa del uniforme desfajada. Caminaba a grandes pasos mientras, desde la puerta, una mujer vociferaba palabras inconexas. Me acerqué a Clarisa cuando pasó junto a mí, pero me apartó con el brazo y tiró el libro cuya historia trata de un señor llamado don José que trabaja en un registro civil de amplios corredores que separan el mundo de los vivos del mundo de los muertos, o sea de las actas de nacimiento y de deceso, y un día va tras las pistas de una mujer desconocida. “Déjame en paz, no te quiero volver a ver”, gritó Clarisa y no supe si me lo decía a mí o a su jefa o a ambos, ella que es tan práctica y tan decidida en todo. Pasó una semana sin que me contestara el teléfono. Mientras, todas esas tardes iba a sentarme en la Plaza Merino por si se le ocurría pasar y dar un paseo como antes. Don Gustavo me prestó un libro donde un hombre, Florentino Ariza, esperó a Fermina Daza, el amor de su vida, durante cincuenta y un años, nueve meses y cuatro días. No estaba muy seguro sobre mi disposición a esperar tanto tiempo. La décima tarde, me levanté de la banca y me fui pensativo a casa, no cené y tampoco conseguía dormir. Un poco por Clarisa, sí, pero lo mío

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F OT O G R A F Í A D E DAV I D L AU E R

PRE S A E L RE J ÓN

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ESPEJO DE SUEÑOS = A RT U R O L I M Ó N

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Siempre he sabido que solo seremos dignos de disfrutar un sueño si somos capaces de vivir con y para él hasta hacerlo posible.

a presa El Rejón, un vaso de agua que se construyó en 1965 sobre el río Chuvíscar para evitar avenidas, desprende una cortina de treinta y tres metros de largo y trescientos veinte de largo. Su capacidad útil, que desearíamos pronto ver llena, es de poco menos de siete millones de metros cúbicos. Este espacio hasta hace poco tiempo era un referente de recreo aislado que eventualmente era escenario de problemas diversos, desde hechos de violencia hasta personas ahogadas. En 2011, la administración municipal, a cargo del licenciado Marco Quezada, se propuso regenerar este lugar, en cuya área se ha concentrado el desarrollo urbano al poniente de la ciudad. Se ha proyectado invertir más de cien millones pesos. El objetivo es brindar áreas de esparcimiento para toda la familia en El Rejón, incluso para poder acampar en el lugar. El plan incluye la construcción de un andador peatonal de seis kilómetros, casabote para tener lanchas, motos acuáticas,

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A RT U R O L I M Ó N

cayac, y practicar deportes náuticos, además de una tirolesa de doscientos cuarenta metros que cruzará por el centro de la presa. También se planea contar con un campo de tiro con arco y un observatorio astronómico, con una segunda inversión de quince millones de pesos según se ha señalado. Lo más significativo es el espíritu que anima la realización del proyecto, como una oportunidad para crear espacios de esparcimiento para la ciudadanía. La intención de plantar tres mil árboles deja ver que el proyecto es firme en cuanto a buscar equilibrio y sustentabilidad, ya que aunque son apenas algunos, el alcance de la forestación debiera llegar a las zonas altas de la cuenca, donde una acción de vida intermunicipal permita generar plantaciones masivas y se garantice que el agua siga fluyendo en el futuro. Este es el gran desafío y la gran tarea. Se han trasvasado literalmente centenas de peces de la presa Chuvíscar a El Rejón, para que sobrevivan, ya que en la primera no hay más agua por el momento. Si bien es cierto que los organismos del desierto son increíblemente resistentes, también es verdad que el tejido que constituyen es muy delicado. ¿Cómo hacer para mantener el sueño y el espejo sin quebrar? En esta presa tenemos un buen ejemplo. Más allá de un ancla de desarrollo urbanístico y de un santuario de fauna acuática y silvestre, El Rejón se proyecta como un gran espejo donde reflejar la cultura del agua en Chihuahua, para que sus habitantes muestren su voluntad de ser y hacer a favor del medio ambiente.

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F OT O G R A F Í A D E DAV I D NAVA


F OT O G R A F Í A D E F OT O G R A F Í A C O RT E S Í A C E N T R O C U LT U R A L D E L A A N T I G UA PA Z

62.

P U E NTE NE GRO

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LOS BARANDALES DEL PUENTE = HÉCTOR CONTRERAS LÓPEZ

Los barandales del puente se estremecen cuando paso, chinita mía, dame un abrazo

E

rafael palomar

stuve en Colorado unos meses, trabajando para los gringos, pero no me gustó nadita. El paisaje era hermoso, pero cuando no tienes nada más que necesidad, hasta para contemplar el cielo hay que pedir permiso; llegas a sentir que nada importa y olvidas por qué fue que se te ocurrió irte de mojado. Y pa’cabarla de amolar, la comida me hartó al segundo día. No por la comida en sí, sino porque no sabía inglés y tenía que pedir siempre lo mismo: una hamburguesa con papas. Las veces que intenté pedir algo diferente terminé mirando al piso, sobre todo cuando me recitaban una larga lista de opciones que no alcanzaba a entender. Pasé algunas semanas trabajando como esclavo, sintiéndome más solo que un perro, hasta que un día, cualquier día, un día con la misma nieve y los mismos turistas de siempre, me llegó la noticia. Roberto estaba sentado frente a mí, en la cama, con las dos manos apoyadas en el colchón; me miraba con tranquilidad a los ojos, con una sonrisa socarrona siempre brillándole en la cara. Fue sólo en ese momento que me

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HÉCTOR CONTRERAS LÓPEZ

di cuenta qué tan negros y brillantes eran sus ojos. Había regresado hacía poco de Colorado y había ido a buscarme. De seguro alguien le dijo que yo también estaba de vuelta en Chihuahua y que arrastrando mi vergüenza me encontraba en calidad de refugiado en este cuartucho de una vecindad de la Coronado. Cuando abrí la puerta después de escuchar los toquidos, me encontré con un hombre que creí venía de muy lejos; su sonrisa me desarmó y nos dimos un fuerte abrazo. —¿Sabes?, una cosa que me mantuvo vivo en medio de aquel aislamiento fue la música. En la noche, cuando regresaba a mi cuarto, me acostaba a escuchar mis casets. Muchas de esas canciones las había escuchado de mi tía Marina, quien no necesitaba de ocasiones especiales para ponerse a cantar a voz en cuello. Era como si en esos momentos, por un instante, ella sujetara el tiempo por el pescuezo y nos lo mostrara, victoriosa, mientras aquel bagre escurridizo se le iba de entre las manos, y ella, levantando la cabeza y mirándonos a los que estuviéramos ahí, continuaba con su canción. Una de esas canciones es la de los barandales del puente, ¿te acuerdas? Sí, me acordaba de la canción, pero en ese momento no supe si el recuerdo que la canción evocaba en mí era el mismo al que entonces empezó a surgir de la imaginación de mi primo, como una de esas secuencias de imágenes a gran velocidad que en pocos segundos pueden mostrar el movimiento de las nubes en un atardecer o el despertar de una flor abriéndose a la luz. Roberto desvió la mirada hacia la ventana, como si hubiera visto un pájaro repentino que se posara en los alambres para colgar la ropa. Bajó los ojos y poco después se enderezó, pasándose las manos por el abundante pelo oscuro. Era un domingo de esos en los que la familia se juntaba para ir a comer a casa de mamá Beli. Después de comer y del relajo y las peleas rutinarias de todos contra todos, nosotros nos salimos a la calle, a pasar el tiempo con la raza del barrio, que se reunía en la esquina de La Piedra, la tienda de la familia. Dos cuadras más abajo, por la 51, estaban las vías del tren. Por eso nuestras mamás siempre estaban pendientes de dónde andábamos y por eso siempre ponían como ejemplo al Pato, que al intentar colgarse del tren se había caído, perdiendo una pierna en el accidente. Y el Pato, con sus muletas, siempre andaba con nosotros, como si nada, aunque no le gustaba recordar aquel doloroso evento. No sé por qué, o no recuerdo, ese día las mujeres decidieron dar un paseo después de la comida; nos dijeron que íbamos a caminar por las vías hacia el Puente Negro y todavía más allá, a ver si llegábamos a la colonia Industrial; todos los niños nos unimos al paseo. Cuando llegamos al Puente Negro, los adultos se hicieron al lado izquierdo para pasar por el puente peatonal de madera color café; nosotros continuamos caminando sobre los durmientes,

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LOS BARANDALES DEL PUENTE

mirando abajo las piedras y el arroyo de agua sucia y maloliente. Mi tía Marina empezó entonces a cantar la canción de los barandales, que efectivamente se estremecían al sentir los pasos del grupo. Ya del otro lado, quisimos escalar el puente, pero mi tío Lucho nos bajó uno por uno, agarrándonos de la cintura. Ahí fue donde me fijé en la placa que lleva el nombre de la empresa gringa que lo construyó (que no recuerdo) y la fecha: 1907. Al frente de la procesión iba mamá Beli, como si fuera reconociendo territorios familiares o como si conectara este paisaje con los recuerdos del Kansas, de las estaciones Cumbre y Chico, por donde el tren pasaba después de dejar Madera, allá en la sierra. Antes de llegar al puente que marcaba la entrada a la Industrial, hacia la izquierda, estaba una línea de vagones convertidos en casas, pintados y decorados con plantas y con escaleritas de madera, donde vivían algunos trabajadores. Ella saludaba a todo mundo y todos le contestaban con respeto. No sé cuánto más caminamos, pero poco después todos pudimos ver en el cerro, a nuestra derecha, una cueva, y que había gente viviendo ahí. Mamá Beli dijo que le gustaría hablar con esa gente y para allá nos encaminamos todos. -Me haces que me acuerde de las veces en que mi hermano y yo recorrimos esa ruta en camino a la iglesia. Si escuchábamos el silbato del tren mientras íbamos cruzando el puente, pronto buscábamos una moneda de veinte centavos y la dejábamos sobre uno de los rieles. Luego, caminando sobre los durmientes que se extendían a la izquierda, llegábamos al puente peatonal. Nos agarrábamos de los barandales y cuando el tren pasaba frente a nosotros, gritábamos con todas nuestras fuerzas. Cuando el tren se perdía a lo lejos, íbamos a rescatar nuestra moneda, que quedaba plana plana, transformada en un simple pedazo de metal. Recuerdo muy bien que llegamos a esa cueva y que las mujeres empezaron a platicar. Yo me asomé hacia adentro y pude ver las paredes ennegrecidas por el fuego que usaban para cocinar. —¿No te sucede a ti a veces que recuerdas un viaje en la ida pero que no te acuerdas nada del regreso? Así me siento con este recuerdo; es como si de la cueva hubiéramos regresado a casa en un instante, de modo que no quedó registro de ese trayecto. —Cuando pasamos el Puente Negro yo sólo estaba pensando que ojalá camináramos más y más, que pasáramos la estación del tren y continuáramos rumbo a Ciudad Juárez, de modo que se hiciera tan tarde que ya no alcanzáramos a ir a la iglesia. —Ni siquiera alcancé a llegar al funeral; me dijeron que había habido mucha gente. ¿Hablaste con ella, la viste? —Unos días antes platiqué varias horas con ella. Hubo un momento en que sentía que entre nosotros se había creado una intimidad muy especial.

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HÉCTOR CONTRERAS LÓPEZ

Me senté en la cama, la tomé de la mano y le pregunté qué cambiaría si volviera a vivir su vida. ¿Y sabes qué me dijo? … Me dijo que si volviera a vivir su vida, no se casaría. Eso fue lo que me

dijo. Después de que Roberto se fue, me quedé acostado en la cama, repasando en mi mente todos esos lugares y eventos de los que habíamos platicado. El sol había bajado y las paredes se fueron oscureciendo poco a poco hasta envolverme en todo su silencio; la silueta del puente se confundió entre las sombras, dejando al final la voz de mi tía Marina, cantando mientras cruzaba el puente hacia la noche.

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F OT O G R A F Í A D E O S C A R OM A R S OT O


F OT O G R A F Í A S D E A R C H I V O C O NAC U LTA , I NA H , F OT OT E C A C H I H UA H UA Y H É C T O R JA R A M I L L O

Q U I NTA CAROL I NA

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CAMINO a NOMBRE DE DIOS = L I L I A NA P E D R O Z A

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ue el día de su santo, San Juan, que la llevaron a la Quinta Carolina. Cumplía catorce años y ya estaba preparada para hacer labores fuera de casa. Desde los diez cocinaba y limpiaba mientras su madre iba a lavar al río la ropa de catorce hijos, once hombres y tres mujeres, y un marido. Días antes había preparado tesgüino para sus padres y sus padrinos que venían a visitarla como cada año. Al levantarse ese día, se arregló con esmero el cabello oscuro, largo hasta la cintura, con el peine de carey que le regaló su hermano veinte años mayor. Se hizo dos trenzas apretadas. Bajaba de ellas, serpenteando, una cinta azul que se mezclaba con su pelo. Se imaginó bonita, pues no tenía dónde mirarse. Esa vez no fue su madre al río ni le dio órdenes que realizar en casa sino que la llamó desde la puerta, en el cielo era la alborada. “Llévate un cambio de ropa.” Juana atravesó de nuevo los cuartos hasta llegar al que compartía con sus hermanas más pequeñas que aún dormían. Guardó una falda y una blusa y

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LILIANA PEDROZA

con un pañuelo hizo un atado. Caminaron durante toda la mañana rumbo a Nombre de Dios y se detuvieron en un enrejado alto, dos columnas alzadas encumbrando un arco de herrería. A lo lejos, pero no tanto, en el edificio principal se divisaban unas letras grandes hechas de bloque de cantera que no podrían leer: Quinta Carolina. “Venimos a ver a Guadalupe”, dijo la madre al trabajador que las llevó hasta el ama de llaves. “Sabe hacer de todo. Es muy trabajadora”, así la presentó sin decir siquiera su nombre. “Aquí están también dos de sus hermanos, trabajan en la cosecha”, agregó. “Ya lo sé”, intervino Guadalupe mientras miraba a Juana a detalle. “Agustín y José son diligentes y honrados. La muchacha se queda porque necesitamos ayuda en la cocina. Si no sirve, la regresamos.” La madre salió del recinto antes de que Juana pudiera intercambiar una mirada con ella. Fue conducida a la cocina, donde le dieron instrucciones; luego, entrada la tarde, a las cuadras donde dormía el servicio. Hizo un tendido e intentó dormir. Era temprano pero ya estaba oscuro. Se sentía cansada, aun así no podía conciliar el sueño. El trajín de la gente, los ruidos nuevos, la mantenían alerta. Tuvo miedo de no volver a ver sus padres. Sus hermanos estaban en el campo, no volverían después de terminada la labor. Se concentró en el ruido de las cigarras para distraer sus pensamientos. Lloró sin hacer ruido, para no delatarse entre el resto de mujeres con quienes compartía el cuarto. La única vez que Juana vio de cerca a don Luis Terrazas fue cuando ayudó a preparar la mudanza de la familia. La Revolución los obligaba a irse. Más de una vez habían intentado quemar la quinta, los rastros de humo por distintos puntos de las construcciones evidenciaban la amenaza. No quería poner a nadie en peligro. El hombre octogenario, pero entero, y su mujer Carolina parecían nostálgicos antes de partir. La quinta estaría a cargo de su hijo Luis. Durante días, Juana ayudó a organizar en numerosos baúles la ropa de las hijas y a preparar la comida para el viaje. Guadalupe daba órdenes a una docena de muchachas que iban y volvían de un sitio a otro, por los pasillos, con nuevos encargos. Juana tocó por primera vez las telas suaves de los vestidos y se detuvo a curiosear los dibujos de los encajes que sólo veía de lejos, de reojo, pues tenía que agachar la mirada cada vez que pasaba cerca de ella alguien de la familia Terrazas Cuilty. Palpó luego su ropa y el tacto áspero le hizo apartar con desdén la mano sobre su falda. Juana no permanecería mucho más. Los servicios de ella y decenas de peones ya no eran necesarios. Trabajarían a mínimos. Estaba contenta de regresar a casa después de dos años de no volver más que en alguna breve visita. La llevaría José con sus padres, pues en esos tiempos, con tanto hombre armado, era peligroso dejar a una muchacha sola en el camino. Algunos se las llevaban y no las volvían a ver.

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CAMINO DE NOMBRE DE DIOS

La noche anterior a su partida saquearon la quinta. Ninguna mujer salió

de la cuadra a pesar del movimiento. Juana se asomó por la ventana. El cielo negro levantó un humo espeso. Habían quemado tres puentes: del arroyo de Nogales, de la Casa Colorada y de Arroyo Seco. “Agáchate, que no te vean”, la jaló al suelo una compañera. Ruido de espuelas, gritos de amenazas, disparos al aire fue el registro del suceso. A la mañana siguiente las mujeres entraron a la edificación principal para recoger los restos de objetos rotos. “Que nadie toque nada”, Guadalupe levantó la voz con autoridad. “Son órdenes del patrón joven. Quienes tengan que irse, váyanse enseguida”, agregó con un tono ambiguo entre indignación y orgullo. Juana le advirtió una leve sonrisa. La casa estaba en desorden y así se quedaría durante horas como testimonio de su fragilidad. Se decía que Antonio Gallegos, el hombre de confianza de los Terrazas, había dirigido el despojo. Se habían llevado más de cien pesos y una docena de caballos, donde igual número de peones se fueron al monte para hacer la revolución. Juana no entendía los acontecimientos pero también sonrió. Se quitó el delantal y lo arrojó al suelo. Afuera, su hermano José la esperaba para ir a casa.

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F OT O G R A F Í A S D E H É C T O R JA R A M I L L O Y D E NAC H O G U E R R E R O / A R C H I V O C O NAC U LTA- I NA H . F OT OT E C A C H I H UA H UA . C O D. 2 3 3 8

Q U I NTA CAROL I NA

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LABOR DE TRÍAS = E R A ST O O L M O S V I L L A

Las haciendas terracistas fueron las artífices del comercio moderno del solar, del siglo xix al xx, a la vez que el casco de las mismas son una obra de arquitectura de gran valor

L

uchando por sobrevivir esta exhacienda terracista, junto con otra docena de ellas en este estado y en el de Durango, son una muestra palpable del auge del comercio moderno en Chihuahua, desde el siglo xix al xx. El 30 de agosto de 1867 en la finca de campo conocida como Labor de Trías, muere el general Ángel Trías, con lo que se cierra un ciclo en la historia del solar, y se abre del todo el emporio del siglo terracista. Para el 12 de febrero de 1895, la finca es comprada por don Luis Terrazas; un año después, el mismo don Luis se la obsequia a su esposa Carolina Cuilty, con una posterior, hermosa, casona de campo recién construida. Ocupa esta un área campestre suburbana, como en las mejores ciudades europeas. En coches de caballos se recorre el camino de esta ciudad hasta la quinta; en dichos paseos muchos chihuahuenses adquieren terrenos a lo largo de la

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ERASTO OLMOS VILLA

Avenida de Nombre de Dios. En las inmediaciones de la casona, una gran alameda conduce a los visitantes hasta las mismas puertas de la residencia. Una red de tranvías se construye, especialmente, hasta aquel polo de desarrollo habitacional de mucha promisión. Si viajáramos, en el auto de la imaginación hacia 1909, nos encontraríamos al mismo contratista Alexander Douglas, inspeccionando la red de tranvías que construyó, mientras termina de hacer también un camino paralelo a las vías para que circulen por ahí automóviles y coches de mulas. Esta vía pudo haber detonado, como así pensaba el contratista, un crecimiento habitacional urbano de gran plusvalía, al que la Revolución, o la bola, como se le llamaba popularmente, interrumpió y abortó. Incluyendo un zoológico que estaría al final de la red tranviaria. No obstante, quedan vestigios de aquella vía hacia La Carolina, como los restos del Hospital Verde, y las fincas de los señores Federico Moye, Rodolfo Cruz y Julio Miller. Una publicación de la época la describe así: «la quinta queda a una hora corta del camino en coche, y desde antes de divisarse el gentil edificio comienzan los encantos del lugar. Si se llega ahí en primavera, la amplia calzada que conduce a la casa yace dulce y tibiamente ensombrecida por dos hileras de verdes y corpulentos árboles que con sus rozagantes copas detienen la fuerza de los ardorosos rayos del sol; y si llega en invierno, los esqueletos de esos árboles les dejan al descubierto las feroces tierras sementales (sic) que se extienden a sus lados, ya que son en mayo la avanzada de esmeralda de la propiedad; este esplendor pinta también las cuatro entradas simétricas a la finca, con su plazoleta, el atrio y los jardines». Luego se describe la entrada a la mansión: de la puerta al pasillo, de ahí al impresionante salón, grande y soberbio: “diez puertas tiene este elegante salón y ellas se comunican con las demás piezas”. Se describen también la bodega, la capilla, las caballerizas, el invernadero, un laguito artificial con sus graznadores gansos y otros muchos detalles, algunos de ellos ya se han perdido con el paso del tiempo, el abandono y las destrucciones, incluso de los propios administradores posteriores. Diez años duró ese esplendor; solo diez en que pudo disfrutar la familia de ese señorío, porque en 1910 la bola envolvió e “incendió a todo el estado”. Las otras haciendas también van sucumbiendo por efecto de la Revolución. Si bien La Carolina es la finca habitacional familiar por excelencia, ella nos sirve de referencia, nos da la impresión, la idea, de la riqueza y el valor de las otras doce o más haciendas, donde se gestó parte de la riqueza de Chihuahua en las áreas de agricultura, ganadería y comercio. Al iniciar la Revolución, la numerosa familia Terrazas inicia un largo periplo de viajes, huidas y recorridos por el norte de México y sur de Estados

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LABOR DE TRÍAS

Unidos. Pero, no obstante, las haciendas y sus fincas –quintas o cascos de hacienda– aún siguen de pie, aunque con bastante deterioro, destrucción y saqueo de sus bienes. Esas obras valiosas son ejemplo de un pasado febril de considerable riqueza; están a la espera de su reconstrucción o remodelación como fieles testigos que fueron de la belle époque chihuahuense… claro, al estilo porfirista.

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F OT O G R A F Í A D E A R C H I V O C O NAC U LTA- I NA H . F OT OT E C A D E C H I A H UA H UA . C O D. 2 5 6 9

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Q U I NTA ZU L OAGA

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LOS SUEÑOS DE LA QUINTA ZULOAGA = A RT U R O R I C O B OV I O

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on cierta frecuencia se registra en la historia un buen entendimiento entre el comercio y la alta cultura. Valdría decir que ambas labores humanas pueden ser excelentes compañeras de danza. Así lo confirman épocas y lugares como el Renacimiento en Italia y los Países Bajos. Los mercaderes llegan a convertirse en mecenas y coleccionistas de arte en estas y otras latitudes del planeta. Las bellas fincas de Chihuahua a menudo lo atestiguan. Al igual que sus constructores, las casas también sueñan. Unas más que otras. Se apropian de las ilusiones y recuerdos de quienes las edifican y habitan, los hacen suyos, los transforman. Sus muros son esponjas de memoria. Guardan voces, cantos, lamentaciones. Reviven las fiestas, los trances amorosos, las tragedias. Cuando están de modo hablan de eso en las noches lunares. Fantasean con llenarse de bellos muebles y de niños felices, con volver a lucir las galas de antes o mejorar sus atributos actuales. Las hay modestas o

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L O S S U E Ñ O S D E L A Q U I N TA Z U L O A G A

caprichosas, locuaces o discretas. También llegan a cansarse de soñar y un buen día enmudecen y se abandonan a su suerte. El Chihuahua de sus fundadores vio surgir muchas orgullosas mansiones en su centro histórico. Algunas fueron cayendo en procesos depresivos hasta que terminaron por desaparecer. Sus dueños quisieron llamar progreso a la sustitución de sus canteras y adobes por muros de ladrillo y concreto. Las sobrevivientes, molestas, en muda protesta decidieron dejar de soñar. La esquina norte de las calles Victoria y Ocampo todavía muestra, sumida en un silencio incómodo, a la Quinta Zuloaga. Si la escucháramos con atención e infinita paciencia sabríamos que se siente vejada, disminuida. Su bello balcón principal y parte de la planta alta desaparecieron en tiempos y acciones revolucionarias. No fue una nota de heroísmo sino una afrenta, la que baldó su estructura y fachadas para la posteridad urbana del actual siglo. Está a la espera de que la reivindique una buena conciencia. Construida a fines del siglo xix, fue la depositaria de proyectos y desventuras de dos caballeros de origen vasco, uno de los cuales gracias a su simpatía natural emparentaría con las antiguas familias chihuahuenses. Arrastraban un sino trágico. Ramón Zuloaga Olivares fue víctima del hacha de las incursiones apaches. También se dice, sin que exista confirmación, que un descendiente de su hermano Pedro fue colgado por las tropas villistas. Ambas historias se insertan en la narrativa onírica de una ciudad todavía de jinetes y carretas, de calles empedradas y sueños nuevos. La Quinta Zuloaga tuvo sus días de dicha. Hay quienes atribuyen su construcción en las postrimerías del siglo xix a don Luis Terrazas, otros a Carlos Zuloaga Cuilty, su sobrino político. El hecho es que su planta alta cobijó a la familia de don Carlos, quien por esos años heredó la Hacienda de Bustillos. Tuvieron varias hijas y dos hijos, entre ellos a Pedro Zuloaga Hirigoity, nacido en 1891. Los edificios también desarrollan querencias. La mansión era joven y sus canteras, arcos, columnas, ventanas y puertas de madera tallada, lucían su sensualidad de muchacha recién casada. Las risas y las travesuras de los niños estimulaban sus impulsos protectores. Era feliz de sentirse nidal de alegres pajarillos. Sólo Pedro era frágil y enfermizo, al punto de que sus padres optaron por llevarle preceptores para que recibiera en el hogar la educación básica y todo lo más que fuera posible. Movía a ternura el mirar sus ojos grandes, ansiosos primero de los juegos prohibidos por prescripción médica, después de devorar conocimientos. Cuando no era hora de estudiar se movía por la casa, explorando sus más apartados rincones. No faltaban insectos y telarañas recién estrenadas que más tardaba en descubrir que se ocupa-

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A RT U R O R I C O B OV I O

ra en removerlos su madre Felícitas. Cuando las condiciones del clima y la salud eran mejores, don Carlos lo llevaba a la Hacienda, “para que respire oxígeno y le dé la luz”, decía. A su regreso llegaba cargado de piedras y otros objetos que había colectado en el campo, para angustia de su mamá y deleite de la casa que los aceptaba como tesoros preciosos. Entre Pedrito y la quinta nació un lazo afectivo muy fuerte. El niño la quería como a una prolongación suya y de los suyos. La casa familiar lo arrullaba con el canto nocturno de los grillos y la lluvia sobre techos y ventanas. Jugar a esconderse de sus hermanos era para él mostrar entre ambos complicidad, porque nadie conocía mejor sus escondrijos. En veces se escurría hasta el balcón para ver levantarse la luna redonda sobre los cerros. Fascinado por el magnetismo de su luz, se hacía un sinfín de preguntas sobre todos los misterios que con toda certeza escondía. Igual interrogaba hasta el cansancio al abismo infinito de luces encendidas en la ausencia lunar, que le parecían batallones infinitos. La Quinta Zuloaga leía sus pensamientos y escuchaba sus frases de admiración, mientras buscaba hablarle sobre los secretos guardados en las piedras generosas de sus muros, en el rechinar de los pisos de machimbre, en los pilares y arcos de cantera, en la musicalidad de sus techos. En uno de esos días de solitaria complicidad sellaron un pacto. El niño Pedro le prometió llegar a ser un sabio, no por vanidad sino para comprender los secretos que la casa guardaría para él. La quinta lo esperaría hasta ese momento, sin dejarse vencer por las vicisitudes de una revolución que ya se anunciaba. Fue en esos días cuando Doroteo Arango, adolescente, fue sorprendido robando ganado en la Hacienda de Bustillos y llevado a la presencia de su padre. Don Carlos lo vio muy joven y a sabiendas de que entregarlo era destinarlo a condena segura le preguntó a su hijo, que miraba con curiosidad al aprendiz de abigeo: —¿Qué crees que debemos hacer con él? Si lo entrego seguramente lo ahorcarán. Pedro se recargó en la puerta de la estancia y sin titubear respondió: —Déjalo ir, papá. Y así fue. Porque los Zuloaga eran de una sola palabra. Aquel joven de ojillos verdes y de mirar incisivo nunca olvidó tal incidente. Por eso respetó siempre a los Zuloaga y protegió sus propiedades cuando la Revolución lo llevó a ser general de los Dorados, incursionar en el estado e incluso gobernar Chihuahua. Pero don Carlos no esperó a ver estos resultados. Cuando Pedro arribó a la adolescencia, ya fortalecida su salud, un religioso a quien consultó para que fuera su preceptor le dijo “No tengo nada que enseñarle a su hijo Pedro”, tomó la decisión de mandarlo a Massachusetts, Indiana y pos-

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L O S S U E Ñ O S D E L A Q U I N TA Z U L O A G A

teriormente a Suiza y Múnich, donde terminó sus estudios de ingeniero físico-matemático. Carlos Zuloaga Cuilty falleció en 1906. No llegó a ver a su hijo convertido en un sabio destacado, amigo personal de Einstein, autor de libros científicos, filosóficos y de una infinidad de ensayos de divulgación científica avanzados para su tiempo, amable conversador, catedrático reconocido de la unam, todo un destacado humanista. Cuando regresó a vivir a Chihuahua ya avanzado el siglo, la Quinta Zuloaga había pasado a nuevos propietarios. Se encontraba desde 1943 ocupada en parte por Casa Talamás, a la que se añadirían otros comercios situados por la calle Ocampo. Dicen que al verla lloró y en vano acarició las canteras dañadas por los cambios de una modernización urbana. La antigua mansión apenas si reconoció algo de aquel niño vestido ahora de adulto, con un aire de distinción y una mirada de claridad en el rostro. La tristeza y el abatimiento habían atrapado su espíritu y estaba sumida en un interminable soliloquio, recordando tiempos mejores, los momentos más queridos. Don Pedro Zuloaga volvió a Chihuahua para morir en su tierra, a convivir sus últimos años con sus gentes, a sembrar nuevas amistades, a publicar aquí en 1952 su testamento intelectual, el libro Esbozo de una cosmología integral. Su fallecimiento ocurrió el 6 de marzo de 1954. La Quinta Zuloaga aún está esperando su regreso. Y una vida renovada para afrontar con dignidad su propia historia.

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F OT O G R A F Í A D E E N R I Q U E R A M O S

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RE STAU RANTE LA CAL E S A

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oJOS QUE NO VEN = JOSÉ ANTONIO GARCÍA

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na mañana nublada de abril, Rómulo Uribe Garza recibe una invitación a una cena organizada por el Centro para Invidentes de Chihuahua. La inusual cena se organiza cada año para recaudar fondos para invidentes. Mil pesos el platillo, que consta de una ensalada, un fino corte y postre. Rómulo revisa la envoltura. No es celofán, es una película delgada, sedosa y transparente. Parece tan frágil como las alas de una libélula, pero muy resistente. Abre el sobre donde se lee con letra Palatino color sangre, en diez puntos: Estimado Sr. Rómulo Uribe Garza: Como ya es una tradición y siempre nos ha favorecido con su cooperación y su presencia, le hacemos llegar esta invitación que es al mismo tiempo un acto de solidaridad. Por eso le tenemos un lugar especial en nuestra Cena Anual para Invidentes que organiza el Centro para Invidentes Chihuahua A. C. Lugar:

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OJOS QUE NO VEN

La Calesa. Fecha: Viernes 27 de octubre del año en curso. Hora: 7:30 p.m. Mentalmente, Rómulo retrocede un año atrás, cuando su socio aún vivía,

y recuerda lo emocionado que estaba cuando le platicó que había asistido a una cena a oscuras. —¿A oscuras? —¡Sí! Todo el lugar estaba completamente a oscuras. Fue divertido y

original. Compartí mesa con algunos conocidos como los Ayub, los Elías… y como siempre, el corte de carne estuvo… sangriento… ¡ah!, ¡delicioso! ¡Qué bueno que somos carnívoros! Desde que tu socio falleció víctima de una balacera, te da “cosa” salir a

comer a lugares públicos. Y además, siendo honesto, no te gusta la idea de convivir con esas personas que tienen como a un dios al dinero y todo lo que da su poder. ¿No te mordiste la lengua? Por eso nunca has visitado ese lugar, y acudes al buscador Google y así te enteras que La Calesa sigue ubicada en una esquina muy transitada: Avenida Cristóbal Colón y Avenida Benito Juárez. Sabes que dicho restaurante inició sus actividades el año de 1966, un 14 de septiembre, cuando era gerente general Alfredo Chávez Mendoza. Lo más increíble es que desde esa fecha aún seguían trabajando Chalío y Chalía, es decir Eduardo Rodríguez y Rosalía Meza. ¡Qué bárbaros! Cuánto aguante. Por el mismo medio electrónico sabes que La Calesa recibió a grandes personalidades del mundo de la farándula, la política y la high life, y que por su calidad culinaria ha recibido premios y distinciones. Pero ¿y qué hay de los dueños? Según dicen, un grupo de empresarios exitosos con nombres como don Jaime Creel, don Federico Creel, don Federico Elías, entre muchos otros, habían iniciado el negocio. Por eso a tu socio le gustaba ir a comer a ese lugar. Sientes el acicate de la curiosidad cuando te enteras de que hay un libro de firmas y fotografías de grandes personajes, entre ellos muchos ex presidentes y otros hombres de gran poder. ¿Cómo será la firma de don Gustavo Díaz Ordaz, o la de Luis Echeverría? ¿Estará la firma de mi socio? Y te haces otra pregunta: ¿Cómo será una cena para invidentes? Te imaginas a los comensales caminando con sus bastones o siendo guiados por un lazarillo. ¿Y cómo le harán los que llevan de lazarillo un perro?, ¿dónde dejan al chucho?, ¿habrá un salón especial para las mascotas? De tu ser más profundo surge la decisión de asistir con el firme propósito de vivir la experiencia de tu socio, como una forma de recordarlo. Te das

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JOSÉ ANTONIO GARCÍA

un baño pensando en el traje te pondrás. Tienes varias camisas sin estrenar, alguna que otra corbata de moda. Veinte minutos después estás frente a la puerta de La Calesa. Es una entrada sobria, de madera, a cuyos lados están dos ventanales. Pasas a un pequeño vestíbulo donde hay una puerta a tu izquierda que dice Bar, a tu derecha la otra dice Restaurante. En ese vestíbulo te espera un mesero joven, vestido con pantalones negros y camisa impecablemente blanca y con moño negro. Te dice su nombre, Ricardo Barraza, y te pide la invitación. En cuanto te identificas, el mesero te explica brevemente las instrucciones y las reglas. La primera: no puedes entrar con tu celular. Se lo entregas al mesero, quien le coloca una tarjetita para que lo puedas identificar a la salida. —En cuanto usted pase por esa puerta, un mesero invidente lo invitará a formar parte de una fila. Colocará su mano derecha en el hombro de su compañero o compañera de enfrente. Caminarán en fila india y su mesero le indicará y lo llevará a su lugar. Cada mesa es para seis comensales. Usted se colocará detrás de la silla y esperará las instrucciones. ¿Listo? Respondes que sí. Al solo abrir la puerta escuchas el bullicio, ruidos de copas, de risa nerviosa, sobre todo de mujeres. Gritos de sorpresa o de miedo. No te sorprende el no poder ver absolutamente nada. La Calesa es una enorme bocaza que te traga. Sientes que un brazo te toma por el hombro. —Bienvenido, señor Uribe. Permita que lo conduzca hasta su lugar. Por unos segundos te aprisiona la densa oscuridad. Te parece que tus ojos se abren hasta casi salirse de las órbitas, pero ni así puedes ver nada. El mesero te guía, y te dice que estás detrás de otro invitado. Te pide que coloques tu mano derecha en el hombro de la persona y que esperes un momento. Tus pies se mueven lenta y torpemente, pero notas que anclados a la alfombra hay cordones. Escuchas la voz del mesero que le dice al que va adelante que avance y dé vuelta a las tres. —¿A las tres? —Sí, señor. Nosotros nos guiamos por las manecillas del reloj: a las doce es enfrente, a las tres es hacia su derecha y a las nueve es hacia su izquierda. Aun así tus pasos son torpes, necesitas primero tantear el camino, como si fueras a caer a un precipicio. Lo que creíste que sería una experiencia retadora, te está resultando incómodo. Es tan… ominosa la oscuridad. Sientes cómo se acelera tu corazón. Te recuerda aquella lejana experiencia cuando te quedaste encerrado en un elevador. Te consuela saber que no estás solo. Tu oído registra diferentes timbres de voces, ruidos de sillas, cubiertos entrechocando, de vasos de cristal besándose, hasta puedes distinguir el

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OJOS QUE NO VEN

ruido de los hielos cuando caen en los vasos, también sientes que muchos ojos te ven, te persiguen. Percibes o crees sentir el aleteo de algo que vuela por el aire. Extienden un mantel, piensas. —No se asuste, señor Uribe. No le va a pasar nada. Simplemente queremos que sienta lo que nosotros sentimos día a día en algún lugar público. La oscuridad es densa. Se puede decir que somos literalmente hijos de las sombras. La sombra nos cubre, nos protege, nos aísla. No trate de acostumbrarse y menos pensar que puede ver en esta negrura. La verdad es que no se ve absolutamente nada. No entra ni el más pequeño rayo de luz. Por eso no permitimos que entren con celulares. Le preguntas al mesero que si él también es invidente y te responde que sí: —Y a mucha honra. Soy invidente, y conozco el lugar a la perfección.

Desde hace tres años que realizamos esta cena. Soy sobrino de don Chalío, que en paz descanse. Chalía tampoco trabaja aquí, ya se jubiló. Mi tío Chalío me recomendó. Trabajó aquí desde que se fundó este lugar. Usted es muy conocido porque su socio nos hablaba mucho de usted. Sigue siendo uno de los hombres más ricos de Chihuahua. Tome usted asiento, señor Uribe, a las tres está sentada la señorita Enríquez Mesta. En este momento ella le está tendiendo su mano y le ofrece su mejilla para el beso de cortesía. —Mucho gusto, señorita. Rómulo Uribe Gómez. —El gusto es mío. Soy Elva Enríquez Mesta. Bienvenido. —A las nueve está la señora Mercedes Talamantes viuda de Terrazas. —Encantado de conocerla, señora Talamantes. Mi nombre es Rómulo Uribe Garza. —¿Qué curioso, no? —tu oído registra un timbre de voz temblorosa y muy aguda, pero con buena articulación y seguridad de mando, como lo hace notar por cómo te tutea—. Eres uno de los más prestigiosos oftalmólogos y dueño de una cadena de clínicas para el cuidado de los ojos. —Tiene usted razón, señora Talamantes. —Llámame Mechita. —Tiene usted razón, Mechita. Tal vez por mi profesión me invitaron a esta cena. ¿No me diga que usted es… una persona con capacidades diferentes? —Por supuesto que no. Ésta es la tercera vez que vengo. No te asustes, muchacho, no pasa de que tires un vaso o se te caiga la comida, esas cosas pasan. Aunque quién sabe si resistas el miedo a esta negrura. A mí todavía no se me quita este miedo. Después de un corto silencio sientes que te habla al oído, como si no quisiera que se enteraran.

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JOSÉ ANTONIO GARCÍA

—Siento que andan a mi alrededor formas que me susurran por el oído.

A veces siento aleteos y no sé por qué, pero creo que algunos no necesitan ver: saben lo que hacen. La viuda interrumpe su charla al sentir una mano en su brazo, calla y no dice más. A las tres, es decir, a tu derecha sientes la mano de Elva. Ella te dice que es ciega de nacimiento y como muchas personas como ella ha desarrollado sus otros sentidos. —Por cierto, huele usted muy bien, señor Uribe. Y de pronto, sin más ni más te confiesa: —Yo toco el chelo en mi recámara y me gusta tocarlo desnuda. Sentir la madera fina y las vibraciones de esas roncas cuerdas vibrándome la piel. Me hacen sentir chinita, chinita. ¿Por qué te cuenta algo tan íntimo? ¿Acaso tuvo algo que ver con tu socio? Como si hubiera leído tu pensamiento, la dueña de la aterciopelada voz te dice: —Hace tiempo que quería conocerte. Sé que no te has casado y digamos que alguien nos ha arreglado una cita a ciegas. Notaste el tuteo y no pudiste evitar una sonrisa -que nadie pudo ver-, pensando que ella debe ser muy joven. —Sé muchas cosas de ti. Que no te quieres comprometer, que siempre has vivido solo. Eres muy ordenado, muy trabajador, yo creo que de más. Pero lo más importante, que necesitas desesperadamente quien te quiera. Lo que en este momento te desespera es no poder ver nada. Ni siquiera sabes cómo es ella. —Eso se arregla fácilmente. Con tu mano toca mi rostro… despacio… así… muy bien. ¡Qué tímido eres! ¿Qué nunca has acariciado a nadie? —Me gusta vivir solo. —Porque nunca has tenido otra compañía que familiares, quienes ya están… en otro lugar. —Me gusta disfrutar de la paz y la tranquilidad de mi vida. —Porque nunca has tenido ningún tipo de mascota… Aguarda. En este momento empiezan a servir. —Pero si ni siquiera he visto la carta. —No es necesario. Ellos saben cuál es tu corte favorito: es un corte término rojo o inglés: El corte es sellado por ambos lados a fuego alto dejando la capa externa bien cocida y el centro crudo, inclusive frío. La carne queda con una consistencia blanda y una temperatura interior de la carne de cuarenta grados. ¿Qué tal? Y lo acompañas con un excelente vino chileno. ¡Cuidado! Ése no es el tenedor, es el cuchillo. Permíteme que te ayude a to-

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OJOS QUE NO VEN

mar los cubiertos. ¡No seas desconfiado! No te pongas tenso. Sé que tienes abiertos los ojos y tratas de ver en esta negrura. Mejor ciérralos. Te facilitará la tarea de comer. —¿Y la servilleta? —Aquí está. La colocaré en tus piernas. Sientes un placer intenso cuando Elva coloca la servilleta en tus piernas. ¿Acaso es una caricia? Alcanzas a rozar con tus dedos la mano de ella y la sientes… ¿fría? Sí. Frágilmente fría… ¿Qué está pasando? ¿Por qué de pronto sientes que ya no eres el mismo? ¿Por qué te sientes subyugado por alguien a quien sólo conoces por su voz? Una o dos veces sentiste que el trozo de carne iba derecho a tu boca, pero entraba en el ojo. Ella percibe tu torpeza y te ayuda. Y luego… sentiste su aliento en tu oreja y luego en tu cuello. Te volteas para responder a su caricia y… no hay nada… Es el vacío. Pero algo se queda en el aire. Su perfume. Inhalas para tener con más fuerza la huella odorífera y es en ese momento cuando sientes -dolor y placer- que por tu cuello se insertan dos filosos colmillos y al fluir de tu sangre tu corazón l-a-t-e cada vez más… l-e-n-t-o.

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F OT O G R A F Í A D E L I B E RTA D V I L L A R R E A L

R ESTAU RANTE LA CAS ONA

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CENTRO CULTURAL CHIHUAHUA = MARIO ARRAS

Con la invención del pudelado, al siglo xix se le calificó de “siglo de la arquitectura de fierro”

H

ombre moderno, don Luis Terrazas incorporó elementos de fierro dulce a la finca que cimentara a fines del siglo xix para casa-habitación; de entonces a estos días, la fábrica inspirada en el tradicional patio mediterráneo ha cubierto los más diversos usos: en los inicios, por más de veinte años fue asiento rector de las actividades que dieron vida y fortaleza artística al Centro Cultural Chihuahua y hoy por hoy es un selecto restaurante de lujo. Ubicada en la esquina de las calles Ocampo y Aldama, la excelente muestra del neoclasicismo ostenta, imponente, su mérito edilicio: en contrapeso a las abigarradas figuras de cantería, opone la ligera y esbelta arquería pudelada, logrando así la armonía que exige el equilibrio arquitectónico. A través del tiempo y la distancia, en los ámbitos de las diversas manifestaciones de la cultura y las artes chihuahuenses, se escuchan y se escriben los nombres de Águeda Lozano, Víctor Hugo Rascón Banda,

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MARIO ARRAS

Jesús Gardea, Sebastián, Cristina Romero, Carlos Montemayor, Carlos Torres, Luis Aragón, cuyo ingenio artístico traza los epígonos vernáculos e impele los motivos estéticos y culturales. Entre la gente, lo más común es que tanto el aspecto suntuoso de la finca, como su ubicación y dimensiones, sean estímulos a la fantasía del pueblo que asegura haber tenido apariciones y haber visto el cofre “con el tesoro de Pancho Villa escondido en los muros de la mansión”. Y haciendo memoria del Centro Cultural Chihuahua, dicen que “estaba Juan, el mozo, ocupado en el aseo de la Sala Vallina, cuando apareció don Luis, lo abrazó y se desvaneció en el sagrario. Desde entonces el muchacho hace su trabajo mudo, con la mirada perdida”.

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F OT O G R A F Í A D E E N R I Q U E R A M O S

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TAC OS L OS PARADI TOS

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CRóNICA DE LA DESCONOCIDA AVENTURA DEL SANTO = JOSÉ ANTONIO GARCÍA

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n la calle Mirador, a un costado del Parque Infantil, se localiza el puesto de tacos con más tradición en Chihuahua: Los Paraditos Brass. Actualmente es atendido por Armando Ramírez, hijo de don Armando Ramírez, quien fuera mesero del famoso restaurante Los Parados, de Tony Vega. Don Armando tuvo la oportunidad de platicar con el empresario, después de encontrarse sin empleo. Le confesó a Tony Vega su deseo de tener su propio negocio: un puesto de tacos, pero tenía un pequeño problema: no se le ocurría ningún nombre. Tony Vega, con desenvoltura, le dijo: Pues ponle Los Paraditos, así se verá de más caché. Don Armando le tomó la palabra y así empezó el negocio familiar que por más de cincuenta y siete años ha permitido que la gente de Chihuahua disfrute del antojo. A la ventanilla de su modesto puesto se han acercado grandes personalidades del mundo de la política, la educación, el espectáculo y muchos ámbitos más, para pedir una, dos y hasta tres órdenes de tacos.

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JOSÉ ANTONIO GARCÍA

Corría con agilidad el año de 1964 en un Chihuahua pujante, seguro y

tradicional. Las lámparas del Parque Infantil se habían encendido, señal de que ya se acercaba la noche, justo la hora en que las familias se acercaban a pedir sus órdenes de tacos. A veinte centavos cada taco con abundante repollo, rajas de tomate y por supuesto, cinco envolturas de maíz, quebradizas, crujientes y fritas al carbón enrollando una masa hecha de papa con un sabor tradicional, único. E sa vez, casi a punto de cerrar -un poco antes de la siete de la tarde-, llegaron tres hambrientos comensales y se pararon frente a don Armando. Se sobresaltó al ver por la diminuta ventanilla tres hombrones. Le llamó la atención que todos mostraban en su rostro huellas de haber participado en una golpiza: moretones, cicatrices, labios hinchados. —Disculpen, pero ya vamos a cerrar. Se nos acabó la papa. Uno de ellos infló su pecho, ya de por sí enorme y le dijo: —Mire, amigo, estamos muy hambrientos, cansados, golpeados, triturados y a todos se nos antojaron sus tacos. Somos luchadores y nos recomendaron este lugar. Don Armando tragó saliva y tímidamente contestó: —Es que ya vamos a cerrar y, además, ya casi no tenemos ni papa ni tortillas. Si el primer fortachón era un gigante, fue apartado por unas manazas de otro que era aún más grande que él. —Mire, amigo, dicen que la gente de Chihuahua es valiente, noble y leal, y además muy hospitalaria. Por las buenas, dennos cuando menos tres órdenes para cada uno. Yo pago. Don Armando sintió el jalón de su esposa doña Bertha y escuchó algo que le dijo al oído. —En un momento los atendemos. Me dice por favor su nombre para tomar su orden. —Póngalas todas a mi nombre: Perro Tovareño. Dicen que don Armando le pidió a su hijo Armando que se fuera como de rayo a traer más papa y más tortillas. Al retirarse Armandito, casi lo atropella un taxi, desde el interior del cual, alguien preguntó: —¿Todavía tiene tacos? Don Armando, suspirando y para no meterse en problemas dijo que sí. Otro fortachón bajó del taxi, pagó, se acercó a la ventanilla y pidió tres órdenes para llevar. —¿A qué nombre se las pongo? Con una voz muy bien timbrada, con cierto acento del sur, le respondió el hombre aquel:

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C R O N I C A D E L A D E S C O N O C I D A AV E N T U R A D E L S A N T O

—A nombre de Rodolfo Guzmán Huerta, para servirle a usted. En cuanto pronunció su nombre, los otros tres comensales se rieron por la manera tan cortés de responder. —¡Ay sí, para servirle a usté, su mercé… ¡ja, ja, ja! El hombre se puso serio, valientemente se acercó al trío burlón: —¿Tienes algún problema con las maneras, con la cortesía? Dicen que lo cortés no quita la valiente. El más grande de ellos dijo: —Ni lo imbécil. ¿Qué no sabes quiénes somos nosotros? —¿Los tres chiflados? ¿Los tres cochinitos? —respondió con burla el cuarto comensal. ¡En eeeeeeessssssta esquina! ¡El Perro Tovareño, Tarzán López y Ciclón Veloz! En unos segundos el pequeño espacio de mesas y sillas se transformó en un ring improvisado, donde lo primero que salió volando fue una mesa, seguida de sillas dirigidas al cuarto hombre. Salieron a relucir las patadas voladoras, los topes, las quebradoras. Don Armando y su señora rezaban y no le hablaban a la policía porque no tenían teléfono. El cuarto comensal dio muestras de pericia luchadora y no sin gran esfuerzo puso en el asfalto a los tres rijosos. Jadeando, se acercó a la ventanilla y preguntó por sus órdenes. Temblando, don Armando le dijo que todavía no estaban. — Sólo están listos para servir los tacos del señor… Perro Tovareño. La voz del cuarto luchador le ordenó: —A cada orden de ellos quítele una para que a mí me dé mis tres y así yo me pueda retirar. Así lo hizo don Armando, mientras veía de reojo cómo se levantaban penosamente los tres tipos. Después de pagar, el hombre aquel escribió algo en una servilleta y se la entregó a don Armando. El hijo de don Armando recogió las mesas y las sillas, los saleros y unos servilleteros que estaban regados. Acomodó todo otra vez y con cierto miedo vio cómo los hombres se sentaban, sobándose la espalda, la cara o la entrepierna. —No sabía que la gente de Chihuahua fuera tan buena para pelear — dijo Tarzán López. —A mí se me hizo conocida esa quebradora… pero, no, no creo que… —dijo con cara de duda Ciclón Veloz. —¡Esperen! —tronó la voz del Perro Tovareño—, al señor de Los Paraditos le dijo a nombre de quién era los tacos. Los tres se levantaron de un salto. Se acercaron a la ventanilla y con sólo ver sus rostros, don Armando sacó su libreta y les dijo:

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JOSÉ ANTONIO GARCÍA

—El señor que se fue se llama… Rodolfo Guzmán Huerta y me dibu-

jó algo en la servilleta. No sé qué quiso decir. Miren. Los tres le arrebataron la servilleta donde se veía claramente un ros-

tro, más bien una máscara que tenía encima una aureola. En esa tarde tranquila los tres luchadores gritaron al unísono: —¡Santo! ¡El enmascarado de plata!

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F OT O G R A F Í A S D E O S C A R OM A R S OT O

TE ATRO DE LA C I U DAD

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CON VARAS CORTINERAS SE ARREDRA EL DIABLO = F E L I P E S A AV E D R A

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e alguna manera estábamos ahí, hacía un fuerte calor, los corredores eran oscuros y apenas entraba una larga pestaña de luz por el quicio de la puerta, al otro lado, al pasar la puerta opuesta, estaba una luz cegadora, creo que era la pantalla, Willy, Tato y yo íbamos agarrados de la mano, entramos de trampa, no traíamos dinero, a mi papá le habían robado todo el de la función anterior en el Paraninfo, yo ya no quería salir en la obra, ya Willy y yo estábamos cansados. Por eso nos salimos ese día de la casa y nos llevamos a Tatito, nos salimos desde las seis o siete de la mañana, Fernando nos había defendido del Diablo la noche anterior con un cortinero metálico que arrancó de la ventana de la sala, defendió a Felipe, nos dijo: ¡Luis, Willy!, agarren a Felipe, ¡es el Diablo!, ¡nos quiere llevar! A cada oportunidad arredraba encajando con fuerza en los rincones del ventanal, era tal su fiereza que temimos que él sí lo veía y nosotros no, quizá así era. A veces le daban pe-

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F E L I P E S A AV E D R A

sadillas, pero luchar contra el Diablo sí es otra cosa. Siempre fue muy fuerte, tenía una vitalidad que sorprendía a quien fuera, por eso ese día nos lo llevamos, a Felipe lo dejamos, era muy chico, además nos fuimos caminando por donde nosotros sabíamos, caminábamos por toda la Bolívar, pasábamos la Primero de Mayo hasta la Zarco, ahí seguíamos el acueducto, traíamos cantimploras, la prueba era para Tatito, nosotros ya estábamos más grandes, llegamos hasta la presa, y regresamos, pescamos, pero nada, ni un pescado, de regreso Willy traía como siempre su clavo, cinco pesos en la bolsa ratera, con eso al regresar y al ver el primer abarrote, nos metimos. ¡Tres de blanco, dos pesos de salchicha y una coca grande pa los tres! Willy era impresionante, de pronto sacó una latita de chiles curtidos de su pantalón, no preguntamos de donde la sacó, nomás la abrí con un cuchillo que le pedí al señor de la tiendita que pa cortar los panes, ¡ah y présteme un abresodas! Ya eran como las cuatro o cinco, ¡yo creo ya nos andan buscando!, ahí pensé, pero si llegábamos a esa hora de todas formas nos iban a regañar, o a meter una buena chicotiza, ni modo, había que correr el riesgo, a ver si se fueron a ensayar y con suerte no han llegado, pensé. La cosa es que estábamos ahí en el Cine Colonial, nosotros siempre íbamos, pero al matiné, no a las funciones nocturnas, a la semana siguiente teníamos que presentar El Principito, ya estaba vendida la presentación, nos iban a pagar buen dinero, eso dijo mi papá, lo necesitábamos, claro… pa comer, por eso fuimos a ver dónde nos tocaba presentarnos, pero nos metimos por atrás, pa ver el escenario, y sí, esa luz cegadora era la de la pantalla, estábamos casi atrás de la pantalla, nos metimos por un túnel que conocía Willy, a mí me gustaba más cuando convencíamos a los de la entrada de que ya estábamos adentro, era más nervio que controlar, pero como andábamos muy sucios había que entrar por atrás, por donde no nos vieran, Tato siempre fue muy ágil, se trepaba por todos lados, no rajaba, sabía que andábamos con él y nos había defendido del Diablo. La pantalla dejaba ver la película que estaba, era de unos tarahumaras, Tato dijo a manera de broma que si ya también se habían metido en la pantalla… nos tapamos los dientes y nos apretamos fuerte con la mano para que no nos descubrieran, nomás temblábamos de la risa, cómo este cabrón una noche nos defendía del Diablo y a la otra nos zurra de la risa, traía su chamarra con una mora que hacía una seña con la mano, de esas que ahora sé que se llaman proctológicas, ese parche él mismo se lo planchó, quién sabe de dónde lo sacaría, pero cada vez que alguien lo molestaba o por puro placer se volteaba de espaldas y con el pulgar apuntaba al parche del personaje de la morita mentando la madre y decía ¡toma!

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C O N VA R A S C O R T I N E R A S S E A R R E D R A E L D I A B L O

Estábamos en el Cine Colonial, sin pagar, risa y risa, pero todavía con

hambre, los ahogaperros de salchicha y curtidos ya habían valido, de repente vimos a mucha gente tras de la pantalla, por un lado, se les veían las caras todos comiendo palomitas y dulces, yo quería un Toblerone, de los que mi jefe compraba uno para él y mi mamá y uno pa nosotros cuando nos llevaba al cine. Nos escabullimos después del intermedio, los que atendían la dulcería se iban a noviar a un cuartito que quién sabe a dónde daba, agarramos como cuatro Toblerones, Tato se llenó las bolsas de Lunetas, Willy agarró unos sándwiches y nos fuimos. Nos salimos corriendo por la entrada, llegamos a la privada de San Martín 502, con las bolsas llenas… risa y risa, nos metieron una chicotiza. La semana siguiente nos presentamos con teatro lleno en el Cine Colonial, se fue el sonido, se hizo un relajo, pero al fin se pudo oír bien, terminamos con el vestuario de El Principito empapado de sudor, a Willy se le habían olvidado algunos textos, pero al final de la función, un hervidero de niños de escuelas primarias nos aplaudieron fuertemente y por mucho tiempo, durante el aplauso sentíamos que era por lo de aquella hazaña de los dulces de la semana anterior y por mi hermano Fernando, quien nos había defendido del mismísimo Diablo.

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F OT O G R A F Í A D E A R C H I V O C O NAC U LTA- I NA H . F OT OT E C A C H I H UA H UA . C O D. 2 3 6 0

TE ATRO DE LA C I U DAD

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CONSPIRACIóN EN EL TEATRO = A L M A M O N T E M AYO R

L

os espacios sagrados, como los teatros y las iglesias, suelen estar habitados por espíritus e impregnados de buenas vibraciones. Los espíritus de teatros se alimentan de música, imágenes, emociones y uno que otro pensamiento trasnochado. Los espíritus se perciben, se sienten. Mi amigo Íñigo aseguraba que el lugar favorito del espíritu del nuevo Teatro de los Héroes estaba en la parte izquierda del escenario, y que era idéntico al del antiguo teatro del mismo nombre. Yo no conocí el viejo teatro, pero al espíritu del nuevo lo percibo más frecuentemente en los entretelones del lado derecho; es muy jovial. El espíritu del Teatro de los Héroes es uno. Pero en el Teatro de la Ciudad coexisten varios; tal vez porque ahí, en ese lugar de la Ojinaga, antes Calle del Teatro, hubo varios espacios teatrales, sucesivamente. Como en la historia del Cascanueces, en la cual los muñecos cobran vida por las noches, en el Teatro de la Ciudad de Chihuahua sucede algo simi-

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F E L I P E S A AV E D R A

lar con los espíritus. Lo sé porque he burlado varias veces la vigilancia por el solo placer de instalarme en una butaca y deleitarme con el silencio y la oscuridad de la sala. A veces sí los he disfrutado, pero en ocasiones me han sorprendido los girones de historias o bosquejos de personajes que deambulan por ahí, en plan de juego unos o de trabajo otros; estos últimos como si estuvieran ensayando o planeando algo. Los espíritus están inconformes, inquietos, probablemente hartos… no sé de qué. Lo capto en las espirales luminosas que saltan del balcón del pueblito a los palcos, cruzándose con las que brincan de la cabina de luces a la sala y de ahí al escenario; mientras una especie de brujas o bolas de fuego suben y bajan a los camerinos dando tumbos por esas incómodas escaleras. En los pasillos y vestíbulos la actividad se manifiesta en murmullos y risas, a manera de ecos de entradas y salidas de los espectáculos. Me parece que los espíritus están ávidos de aplausos, porque los invocan con frecuencia, así como las risitas melodiosas de los infantes que acudían al programa aquel de Todos los niños al teatro. Una vez me tocó que los habitantes intangibles activaran el botón de la memoria del día de la inauguración, y de inmediato escuché la Novena Sinfonía de Beethoven; pude percibir claramente cómo esta melodía generaba una energía extraordinaria en la sala, iluminándola con una tenue luz azul. Creo que los espíritus están planeando algo o, más exactamente, están conspirando. Se han dado cuenta de que entre más crece la población, la violencia y los problemas en esta ciudad aumentan de manera insospechada, y la gente dedica menos tiempo para venir al teatro, como si el acudir a los templos del arte no contribuyera a amansar el caos citadino. Algo fraguan. Hace unas noches, en la oscuridad de la sala, mientras resonaban los acordes de un concierto de primavera que tuvo lugar en 2003, me di cuenta que se estaban reuniendo; iban a sesionar. Lo hicieron en la parte baja de la sala, del lado derecho, junto al escenario. Las voces no se escuchaban claramente, eran sólo un murmullo. Pero yo soy especialista en descifrar la intención de los murmullos y por eso me di cuenta. Ellos, que viven confinados dentro del teatro, planean salir a las calles, merodear por ellas impregnándolas de historias, ritmos, armonías y coloridas luces para intentar rescatar a la ciudad no sé de qué. Si lo llegan a hacer, algo terrible pasará en el teatro, porque estos recintos sagrados no deben quedarse ni un momento sin guías, sin esencia, sin soplo vital, como si fueran sólo un montón de ladrillos, fierros, telones y maderas. Si los espíritus abandonaran el Teatro de la Ciudad, en poco tiempo los ánimos de artistas y público se marchitarían, disminuyendo el núme-

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C O N S P I R A C I O N E N E L T E AT R O

ro de funciones y de asistentes, sumiéndose el sagrado recinto en un letargo similar a la agonía, hasta llegar a la inacción total: la muerte. Ya sé que un teatro, al menos éste, es capaz de resurgir de sus cenizas una y otra vez, pero en cada ocasión le ha llevado años, a veces muchos: el Betancourt se quemó en 1904 y el Centenario se inauguró en 1910. Este último se quemó en 1938 y el Cine Colonial se inauguró en 1947; el Colonial se marchitó por completo en 1992, y el Teatro de la Ciudad se inauguró en 2001. Vida, muerte, resurrección… una y otra y otra vez. Ahora caigo en cuenta: los anteriores recintos se quemaron o destruyeron porque sus espíritus los abandonaron, porque salieron a vagabundear por las calles, ansiosos de desparramar por ellas los placeres de las artes escénicas, antes confinados en los teatros o en el cine. La verdad es que no es mala idea: en muchas ciudades del país los mimos, músicos y cuentacuentos andan por las calles, regalando su arte o pidiendo unas monedas a cambio. Pensándolo bien, quizá deba unirme al grupo de espíritus conspiradores del Teatro de la Ciudad. Si los ciudadanos no van al teatro, nosotros iremos a los ciudadanos para sacudir sus conciencias, para arrancarlos de la indiferencia, para presentarles tragedias y dramas de todo tipo y hacerles saber que tienen muchos motivos para llorar y animarlos a que lloren, a que lloren mucho. Que lloren no sólo por sus personas, sus familias y su ciudad, sino por el estado todo, este estado cuyo gobierno tiene necesidad de recordar a sus habitantes que “Chihuahua vive”. Quizá porque algunos ya no escuchamos latir su corazón. Hay que llorar hasta que las lágrimas laven el desánimo. Entonces motivaremos a la gente a reír para desatar el regocijo; propiciaremos no sólo la risa fácil y el truculento humor negro, además de aquel derivado del absurdo, sino también la ironía fina, la que permite desactivar los mecanismos del miedo y descubrir el auténtico gozo dentro de nosotros. Hoy salí de madrugada del teatro para darme el gusto de admirar el vitral de la fachada con la luz del alba. Ya los espíritus se habían apaciguado, pero mi espíritu, el que me habita, estaba más inquieto que nunca.

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F OT O G R A F Í A S D E A R C H I V O C O NAC U LTA- I NA H . F OT OT E C A C H I H UA H UA . C O D. 2 4 9 1 - 2 4 9 2 Y Ó S C A R OM A R S OT O

TE ATRO DE L OS H É ROE S

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UN CORAZóN ENORME = C É S A R A N T O N I O S OT E L O

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A mi abuela, Francisca Valles de Gutiérrez, quien me regaló sus historias

a gente los conocía como los campos de la Güera. Yo nunca jugué ahí. De hecho nunca jugué en ningún campo de futbol, excepto en el de la secundaria, pero eso no cuenta porque era obligatorio y tenía que hacerlo so pena de reprobar. Pero todos los días pasaba cerca de ellos y veía a los muchachos persiguiendo el balón, algunos con uniforme de anónimas ligas municipales, otros apenas con unos pantaloncillos cortos y camisetas ajadas por el uso. ¡Todo el mundo podía hacer uso de las canchas de la Ciudad Deportiva! Curiosamente nosotros, los que vivíamos enfrente de ellas, nunca las pisamos para jugar. Nuestra cancha era la calle. Pero camino a la etic-100, siempre pasaba a un lado de ellas. Y siempre pensaba en la Güera. —¿Abue, ¿por qué dices que son los campos de la Güera? —M’hijo, la gente del rumbo siempre les ha dicho así, desde hace muchos años. —Sí, pero ¿tú sabes por qué?

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CÉSAR ANTONIO SOTELO

—Según me dijeron, los que construyeron la deportiva les pusieron ese

nombre. —¿Por alguien en especial? Mi abuela siempre que yo le preguntaba por alguna historia de la familia o por cosas de Chihuahua que ella conocía muy bien, dejaba lo que estaba haciendo y se sentaba. Siempre estaba haciendo algo: cocinaba, planchaba, cuidaba de sus plantas, cuando era niño tenía muchos pájaros en jaulas y yo me extasiaba mirándola alimentarlos. —Hace muchos años, antes que nosotros viviéramos aquí, antes de que tú nacieras, estos terrenos eran el aeropuerto de Chihuahua. Sí, no me mires así. Mi cara de asombro la hizo sonreír. —Chihuahua ha crecido mucho. Cuando yo era niña no pasaba del río. Me acuerdo que el río inundaba… —¿Y la Güera? —Bueno, pues antes del aeropuerto, ahí se encontraba un cementerio… —¿Un panteón? ¿Vivimos sobre un panteón? —No, era más allá, pasando la División del Norte. —¿Y entonces…? —Cuando la ciudad creció, como no se podían construir casas sobre los panteones, hicieron ahí el aeropuerto, bueno, más bien era una pista de aterrizaje, no llegaban grandes aviones como ahora, era, ¿cómo se dice…? Un campo de aviación. —¿Y la Güera…? —Espera, impaciente. Cuando la gente empezó a construir sus viviendas por toda esta zona, cuando se funda nuestro barrio… —¡El Santo Niño! —No, éste no es el Santo Niño, aquí se llama Altavista, te lo he dicho mil veces. —Es lo mismo… —No… pero bueno, el campo de aviación ya no podía seguir aquí, era demasiado peligroso y un gobernador, no recuerdo cuál, ordenó convertir todo el terreno en un gran parque con instalaciones deportivas. —La Depor. —Sí, la “Depor”, ésa a la que nunca vas. Pero déjame terminar. Cuando los obreros emparejaban el terreno para hacer las canchas de futbol, las que están pegadas a la avenida, con sus máquinas sacaron una calavera. —¡Órale! —Estaba completita, sonriente, dicen, y además, lucía una cabellera rubia. —¿Tenía pelo?

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UN CORAZÓN ENORME

—Sí, tenía pelo largo y rubio. Y los obreros hacían burlas y la bautizaron

como la Güera. Por eso a esas canchas les llaman los campos de la Güera. Me encantaba conversar con mi abuela. Sus recuerdos estaban aderezados de gracia y fantasía. El Chihuahua de antaño cobraba vida en su memoria, ella misma era parte de una gran memoria. Las ciudades están formadas no sólo por la gente y los edificios, sino por los recuerdos. Cada lugar, cada espacio que desaparece, persiste en la memoria colectiva de la gente. Cuando ésta se desvanece, la ciudad muere también lentamente. Así como mi abuela recordaba el fin de los campos de aviación para dar paso a la Ciudad Deportiva, yo guardo la memoria de cómo desaparecieron para siempre los campos de la Güera. Al vivir en la zona, me tocó ver el nacimiento paulatino del Complejo Cultural y Artístico que ocupó el espacio que se había destinado a la práctica del futbol. Recuerdo muy bien que fue el gobernador Aguirre quien tomó en sus manos la misión de restituir a la ciudad el teatro que el fuego había devastado hacía ya algunas décadas. Así nacieron el maravilloso Teatro de los Héroes y sus compañeros de aventuras, el Teatro de Cámara y el Teatro al Aire Libre. ¡Nunca la memoria de un gobernante fue tan bien honrada! A Chihuahua le hacía falta con urgencia un recinto que permitiera el desarrollo de la cultura local. Las primeras obras profesionales que vi en mi ciudad, mis primeros conciertos, fueron en el Cine Colonial, habilitado en esas ocasiones especiales para retomar su original carácter de recinto escénico. Pero no era el lugar adecuado. Mi ciudad necesitaba un espacio digno. Por eso cuando vi los cimientos del nuevo edificio, mi alegría fue enorme. Desde su nacimiento, la vida del nuevo Teatro de los Héroes estuvo ligada a mi propia vida. Vi crecer sus muros, brotar sus jardines, viví el cambio de la fisonomía de mi barrio. ¡Ya nunca más las ferias de Santa Rita se celebrarían frente a mi casa! ¡En vez de tierra y futbol, flores y arte! Y aunque no pude estar presente en la inauguración oficial, ceremonia solemne y deslumbrante -acorde con el nuevo espacio cultural que albergaría la cultura chihuahuense- celebrada el 2 de octubre de 1980, el destino me fue enlazando día a día con la vida del teatro. Nunca conocí el antiguo Teatro de los Héroes, el orgullo de la Chihuahua porfirista. Cuando sucumbió ante las llamas de lo que para la imaginación popular fue un misterioso incendio, yo no había nacido. Sólo escucho las historias que en torno a él giraban, historias que con el transcurrir del tiempo iban silenciándose. Por fortuna, Alma Montemayor ha rescatado con gran tino su memoria, resaltando la importancia que tuvo en el desarrollo de la sociedad de su tiempo, hasta que la evolución de la ciudad lo olvidó y permitió su destrucción. La imagen que tengo de él la fui constru-

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CÉSAR ANTONIO SOTELO

yendo con las fotos antiguas que nos permiten apreciar su belleza y las páginas que se le han dedicado en distintos artículos y libros a lo largo del tiempo. Para mi fortuna, el nuevo teatro forma parte de mi memoria desde que nació. ¡En él, he disfrutado de los mejores espectáculos del mundo! Me emocioné hasta las lágrimas cuando la Orquesta Sinfónica de Leningrado interpretó la Sexta Sinfonía de Tchaikovski. Gocé con el Ballet Nacional de Cuba, con el Ballet de la Ópera de Kiev, con tantas compañías y orquestas internacionales y, por supuesto, con nuestra Sinfónica Nacional y la Compañía Nacional de Danza. Los mejores intérpretes han pisado su escenario. La Compañía Nacional de Teatro ha dejado constancia de la calidad de su trabajo en varias ocasiones. Vano intento sería señalar a todos los artistas que han dejado su memoria en el recinto. ¡Son tantos los momentos de placer estético que Chihuahua ha vivido en este nuevo Teatro de los Héroes! Pero lo mejor, la emoción más profunda, fue cuando pisé por primera vez su escenario y me enfrenté a un público. Sin merecerlo, el destino me dio el más grande regalo: mi primer texto dramático se estrenó en el Teatro de los Héroes. Pararme en medio de la escena, mirando el patio de butacas vacío antes de la función, escuchar en el silencio de la sala, los ecos de todos los artistas que me habían precedido y el rumor de los muchos que vendrían después, me hizo estremecer. Mi memoria conserva esa emoción y la revivo cada vez que subo al proscenio y miro a mis pies un teatro vivo, alimentado por un público ávido de soñar. Treinta y dos años de un sueño que cristalizó merced a la visión de un gobernante y que se ha sostenido gracias al apoyo que la sociedad entera, autoridades gubernamentales, industriales y comerciantes y el público le han brindado, el Teatro de los Héroes es el espacio que permite que nuestra ciudad, además de contar con un recinto protocolario para eventos oficiales, tenga un escenario capaz de albergar año tras año las manifestaciones artísticas locales, nacionales e internacionales que son el alimento del espíritu chihuahuense. Si el corazón de las ciudades son los teatros, la nuestra cuenta con un corazón enorme, capaz de sustentar espiritualmente, por muchos años, a las futuras generaciones que también atesorarán la memoria de este coliseo, digno sucesor de aquel teatro que, en su momento, enorgulleció a Chihuahua.

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F OT O G R A F Í A D E G E R A R D T O U R N E B I Z E

TI E NDA RO C K I MP ORTS

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ROCK IMPORTS = DA N I E L E S PA RTAC O S Á N C H E Z

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e llamaba Rock Imports. Alguien había pintado un enorme signo de radioactivo en la fachada. Vendían camisetas de banda metaleras y había dos mostradores llenos de memorabilia: parches, adhesivos, pines; y tenían un libro gordo con la lista de discos compactos de la tienda; ahí llevabas tu casete y pagabas para que te grabaran el disco que escogías. Mi relación con los metaleros siempre fue de respeto. Eran tipos delgados, de cabello largo, altos, de una edad indefinida entre los veinte y los treinta y cinco años, formaban parte de una cofradía en la que era necesario siempre escepticismo y entusiasmo. Escepticismo hacia todos los que no pertenecían a la cofradía y entusiasmo para mantener ese escepticismo. Había una chica metalera detrás del mostrador, con piercings y sombras en los ojos, y una actitud que entonces me parecía agresiva. —¿Puedo ver el catálogo?

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R O C K I M P O RT S

Busqué en el libro sagrado de Rock Imports algo que pudiera reconocer entre tantos títulos apócrifos y la gran variedad de bandas con nombres que involucraban violencia, cadáveres supurantes y sexo anal... posiblemente con cadáveres supurantes. La chica era pequeña y un poco rellenita, llevaba una camiseta que decía “Eaten back to life”, el cabello quebrado e imposible de peinar caía sobre sus hombros. Me enamoré de ella. —¿Qué vas a querer? —me preguntó. Yo tenía un bulto en mi pantalón: un casete virgen de mala calidad, fabricación nacional, comprado en el supermercado. —Éste —dije, poniendo mi dedo sobre el catálogo, la hoja salida de una impresora a puntos. —¿Simon and Garfunkel? —dijo la muchacha—, niño, necesitas que alguien te oriente. Sí, necesitaba orientación en muchas cosas, es la edad en la que uno necesita un guía espiritual, y qué mejor si es una muchacha de largos cabellos quebrados en donde pueden anidar las golondrinas. La verdadera pregunta, hoy, casi dos décadas después, es: ¿qué hacía Simon and Garfunkel en el catálogo? —Necesitas empezar con algo básico —dijo ella, reflexionando, como si hubiera un preescolar del metal—. Ride the lightning, Metallica. La muchacha apuntó en la libreta el nombre del disco. ¿Comenzaba a ver un atisbo de aceptación a pesar del tropiezo con Simon and Garfunkel? Quitó el celofán al casete y frunció el entrecejo: —Para la próxima necesitas un casete de cromo —me dijo—, así se escucha mejor. Colocó la tarjeta con el nombre del disco y mi nombre dentro del casete. Cortó la hoja de la libreta y me la dio: era mi recibo. —Vuelve en una semana —me dijo. Tuve que fingir que el disco me había gustado y, peor aún, escucharlo muchas veces y aprenderme de memoria las letras de las canciones. —¿Y ahora qué, sensei? —le dije otro día, cuando regresé con un casete de cromo en el bolsillo del pantalón. —Más Metallica —dijo ella—. Sigues en la unidad uno. Pero el álbum negro no, es muy comercial. Tenía que invitarla a salir antes de tener que escuchar la discografía completa de los dioses del metal. Estaba ahí un tipo que la tocaba con insistencia, casi rubio, y ella le sonreía. Llevaba pantalones de mezclilla y una camisa negra con la mascota de Iron Maiden: Eddie. Entre tanto cadáver supurante, pronto descubrí que Eddie era un ser entrañable.

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D A N I E L E S PA RTA C O S Á N C H E Z

—Kill'em all y Master of puppets, aún no estás listo para And justice for all —opinó él, viendo mi casete—, te cabe uno en cada lado, pero sólo te vamos a cobrar uno. —Shit —pensé. —¿Sabes qué? —le dijo el tipo a la muchacha, yo era el alumno de ella y no quería entrometerse demasiado en mi educación metalera— Tal vez debe empezar con lo clásico —era un clasicista, un purista, podía verse—, algo como Iron Maiden. La muchacha era más joven, tenía menos tatuajes y tuvo que ceder mi tutoría. Un muchacho confundido, también de mi edad, entró a la tienda y preguntó: —¿Tiene playeras de Nirvana? El metalero y la muchacha se miraron, había tristeza en sus ojos. El mundo estaba cambiando y ellos no podían hacer nada al respecto, entregados a un culto condenado a desaparecer. Eran Adán y Eva en un paraíso metalero condenado a la destrucción por los bulldozers del grunge garage. ¿En dónde había quedado el arte? —No —contestó ella, fastidiada. —¿Pearl Jam? —preguntó el muchacho confundido. El metalero con la camiseta de Eddie negó con la cabeza. ¿Para qué gastar saliva con esa gentuza? —Ah, okey —dijo el muchacho—, pensé que aquí eran rockeros. En la pared, junto a él, estaban colgadas todas esas playeras llenas de cuerpos putrefactos: Anthrax, Megadeath, el amigable Eddie. Las examinó con detenimiento. —¿Nine Inch Nails? —No nos hagas perder el tiempo —dijo ella—: puto maricón. El metalero puso la mano en el hombro de ella como diciendo: “cálmate”. Un metalero tiene que poner la otra mejilla algunas veces. —Chinguen a su madre —dijo el muchacho confundido, haciendo la señal respectiva con el dedo corazón, y salió corriendo. Después de que me fui de Chihuahua la tienda ha seguido existiendo, por supuesto la pintura negra se volvió un poco más descolorida y cuando paso por ahí me pregunto qué será de la chica metalera. ¿Se habrá casado con un metalero? ¿Tendrá hijos metaleros?

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F OT O G R A F Í A D E TA N I A P ET I T E

U NIVE R SIDAD AU TÓN OMA DE C H I HUAHUA (UAC H ) CAMPU S I

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EL JARDÍN DE EPICURO = JOSÉ ANTONIO GARCÍA

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ctualmente seguimos escuchando mitos y leyendas en torno a lo que fue el jardín de Epicuro, ombligo intelectual de la Facultad de Filosofía y Letras, anclada al antiguo campus universitario. Para conocer la situación, y que usted, lector, tome una postura, hacemos un resumen de nuestro personaje. Epicuro de Samos fue el fundador de una corriente filosófica (hedonismo). Nació en el año 341 a.C. y murió en el año 270 a.C. Fundó su escuela en unos jardines de Atenas en el año 306 a.C. Por eso se habla del jardín de Epicuro. Era un hombre culto y fino en el trato con los demás. Divulgaba que el saber por el saber mismo carece de sentido. El saber es un saber para la vida, y su valor se conoce por su utilidad para ella. De esta manera, la filosofía ha de conducirnos a la felicidad y el saber adquiere valor en cuanto nos lleva en esa dirección.

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JOSÉ ANTONIO GARCÍA

Epicuro era un hedonista. Decía: “El placer es el principio y el fin de la vida feliz”. En otras palabras, lo moralmente bueno es lo que nos gratifica, nos da placer, palabra que no debe confundirse con buscar o promover el desenfreno o la irracionalidad. La salud del cuerpo y la imperturbabilidad del alma conducen a esa vida feliz. Buscar la ataraxia, palabra griega que hace referencia a la ausencia de dolor y paz en el alma, el reposo. Enseñaba que los bienes del espíritu son superiores a los del cuerpo y hacía notar que se debía usar la razón y el cálculo para ver qué placer es conveniente y cuál termina acarreando con el tiempo un dolor más grande que la felicidad momentánea que produce. Una vez hecha esta introducción, pasemos a las anécdotas. Al menos en Filosofía y Letras conocemos dos versiones, la primera de ellas, al parecer, da nombre al jardín central de nuestra facultad. Ocurrió allá por los años setenta y es el caso donde participaron un hombre y una mujer. En este acontecer se toma el lado que desdeña la filosofía epicureísta: la búsqueda, la promoción y la práctica de una vida de desenfreno. Pues justamente en esta vertiente se ubican dos personajes, llamémoslos Romeo y Julieta, quienes aprovecharon una de tantas reuniones que terminaban a eso de las dos o tres de la madrugada, después de haber consumido bebidas espirituosas. Ella, emulando la frase que hiciera famosa el filósofo cínico Diógenes, musitó al oído de su Romeo: —Busco a un hombre. —Ya no tienes que buscar. Lo has encontrado. Fue la señal con la que decidieron ir al conocimiento de las caricias, los besos, los arrumacos y demás elementos que contiene el botiquín del amor. Buscaron el rincón más propicio, no sin antes levantar sus cabeza mirando en distintas direcciones para cerciorarse de que no había ningún fisgón. Después de eso tantearon lo mullido del césped que en esa ocasión estaba recién cortado. Practicaron un Kamasutra cien por ciento chihuahuense y agotados, pero felices, se desplomaron en el suelo. Miraron el cielo, contaron las estrellas y desnudos, como vinieron al mundo, se despreocuparon de los detalles ínfimos. Es decir, no permitieron que nada ni nadie, ni siquiera el fantasma de la niña que dicen que se aparece por el rumbo de los baños, los perturbara de su pasión amorosa. Pero sí hubo al menos una mirada indiscreta que registró visual y mentalmente cada detalle. Y está la segunda versión. Es la versión oficial, que recuerda y hace homenaje a la postura filosófica del epicureísmo. La que enseña que los bienes del espíritu son superiores a los del cuerpo y señala que se debía usar la razón y el cálculo para saber qué placer es conveniente. Con tal encomienda, frecuentemente se veían y se ven deambular, ya solos, ya en parejas, tríos o grupos, estudiantes con estudiantes, maestros con

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EL JARDÍN DE EPICURO

maestros o estudiantes con maestros. No sea usted mal pensado, se trata de la comunicación educativa, el tópico suele ser el de las materias, la duda que no encontró respuesta en el ámbito áulico y que, recordando aquel famoso jardín de Epicuro, los discípulos todos -estudiantes y maestrosacuden al cobijo de este lugar para saciar su intelecto. En el jardín de Epicuro se llevan a cabo cafés literarios, conferencias, charlas. Ahí se han celebrado el día del filósofo y el del literato. En muchas ocasiones ha sido el lugar para cerrar las semanas culturales, ya con clinas, ya con música de mariachi. Es frecuente que, para salir de la rutina del salón de clases, se vea a algún profesor con su grupo departiendo alegremente. En ese recinto rodeado de cantera, y todavía de algunos árboles, la gente ha disfrutado de conciertos, bailables, piezas de teatro. Y claro, al caer la noche, y aún en nuestro tiempo, no es raro encontrar una o dos parejas acicalándose o demostrando su cariño. Pero hasta ahí nada más.

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F OT O G R A F Í A D E E N R I Q U E R A M O S

U NIVE R SIDAD AU TÓN OMA DE C HU HUAHUA (UAC H )- CAMPU S 1

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LOS FANTASMAS DE LA UACH = JOSÉ ANTONIO GARCÍA

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uién dijo que en la noche no hay actividad o movimiento en el viejo campus universitario? Y no me refiero a la actividad académica, sino a otro tipo de actividad. Llamémosle… fantasmal. Sí, en la otrora llamada Ciudad Universitaria, fundada hace ya más de medio siglo hay otro tipo de movimiento. En la Facultad de Filosofía y Letras, al menos los tres últimos veladores percibieron la presencia de una niña a eso de la una de la mañana. El sitio por donde creen haberla visto u oído es justamente después de los baños, en la entrada a las escaleras, para bajar a la cafetería. Después de que hice mi recorrido cerrando ventanas o fijándome que no estuviera alguna mal cerrada, sentí un escalofrío recorrer mi espalda. No quise voltear, me retiré de ahí inmediatamente. Sentí que mi corazón latía desbocado y sentí un sudor frío por la frente.

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JOSÉ ANTONIO GARCÍA

Otro comentario surgió de José, cuando fue velador. Dice que estando en el pasillo de los cubículos de los maestros, desde ahí vio que una figura pequeña se movía, como si estuviera jugando. Eran más de las doce de la noche y aunque faltaba revisar ese lugar donde inician las escaleras, decidió que lo revisaría antes de terminar su turno. La mera verdad sentí miedo porque yo sabía que ya no había nadie. Escuché risas de niños, pero, cómo, si ya no quedaba ningún estudiante a esa hora. Un tercer velador dijo que ya iba listo para dar una trapeada por el pasillo y había comenzado, cuando creyó ver allá en el fondo algo que se movía. Él se quedó quieto por si se trataba de alguien que había entrado, pero no era nadie. Sintió un escalofrío por su espalda y los vellos de su nuca se le erizaron. Justo antes de voltear creyó ver que una figura nebulosamente blanca se acercaba. En serio, sentí mucho miedo y me metí a la oficina de intendencia. ¿Existen los fantasmas? Yo no creo. Creo que todo es producto de la imaginación de la gente. Son suposiciones. Son fantasías. Son el resultado de estar cansados, estresados y en un descuido nuestra mente nos juega una broma. Son ilusiones. Pero… entonces, ¿por qué además de la Facultad de Filosofía y Letras no solo veladores, sino hasta profesores han tenido la experiencia de apariciones en otras facultades? Hasta hace algunos pocos años el Diplomado de Inglés de la Facultad de Filosofía y Letras tenía sus instalaciones en el antiguo edificio de la Facultad de Contaduría. Un maestro del Diplomado contó su experiencia. —Ya llevo tiempo que solicité mi cambio de horario. Jamás volveré a impartir clases en la tarde y menos en la noche. Justamente al terminar mi clase al diez para las nueve de la noche, estaba borrando el pizarrón y sentí una presencia por la ventana. Alcancé a percibir una forma humana desde fuera y luego nada. Sentí un pánico y salí del salón. Mi mente trataba de explicarme cómo era posible que alguien estuviera por fuera de la ventana estando en el segundo piso. El velador de ese lugar también sintió que algo raro sucedía en los baños del segundo piso. Perfectamente vio que alguien entró a los baños de mujeres, pero ya no quedaba nadie cuando se asomó, alcanzó a oír el ruido de la descarga de agua. En la Facultad de Educación Física y Ciencias del Deporte, estaban el velador, un conserje y un profesor; mientras el maestro entró al baño para lavarse las manos, afuera el conserje y el velador notaron que de pronto, una mujer entró en los baños de los hombres. El velador fue hacia los baños y solamente vio al profesor lavándose las manos. Le preguntó si había visto entrar a una mujer y el profesor le contestó que escuchó un ruido, pero que

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L O S FA N TA S M A S D E L A UA C H

no vio entrar a nadie. Cuando salieron, entre los tres trataron de explicarse aquello y no pudieron entender lo que había pasado. —Le juro que vi a una mujer entrar a los baños de los hombres. En la que fuera la Facultad de Ciencias Químicas, hoy Instituto Confucio y Diplomado de Inglés, más de un velador cuenta haber visto a un joven vestido con bata blanca que se aparece en los laboratorios. Durante mi turno, a mí me tocó escuchar ruido de pasos en el pasillo y escuché ruidos de frascos moviéndose. Como era época de exámenes, pensé que algún estudiante buscaba algo. No sé. Entonces me dirigí rápido al laboratorio. Para empezar, estaba cerrado con llave. Aun así, abrí, prendí las luces y me asomé. No había nadie. Apagué las luces y al cerrar, escuché nuevamente pasos en el pasillo y alcancé a ver la forma de un hombre con bata retirándose. Pensé que era alguien tratando de huir y corrí lo más rápido que pude y al voltear a la esquina del pasillo ya no había nadie. Yo ya tenía cerrada con llave la puerta principal. No pudo salir nadie. En eso sentí una brisa fría pasar por mi lado derecho y me quedé paralizado. No vi nada. Solo sentí escalofríos y sentí mucho miedo. No hace mucho que falleció el poeta chihuahuense Rogelio Treviño. Una muerte absurda e indigna, pero que ya había sido vaticinada por él mismo. Alguna vez nos dijo que moriría en la calle de congestión alcohólica. No fue congestión, sino hipotermia, que es casi lo mismo; murió en la calle. No hace mucho, en el interior de la Facultad, pues afuera de ella caía lumbre, cruzó por la vereda un hombre de figura muy parecida a Treviño cuando andaba en sus días sobrios. Andar acompasado, tranquilo, erguido, sin faltar su inseparable boina. Sin poder creerlo, busqué a alguien para compartir la visión. Un trabajador que conocía a Rogelio pasó por ahí y le dije que me acompañara al primer salón, el ciento uno, desde donde se alcanza a ver el jardín y la vereda. Le dije: —¿A quién se parece el hombre que va ahí caminando? —y él dijo, no sin cierto asombro, que al poeta Treviño. Mi compañero de trabajo volvió a su labor y yo no me quedé conforme, salí y a pesar del intenso calor, recorrí la vereda, pero por más que volteé hacia varios lados ya no se veía aquel hombre. Era plena tarde y pensé: ¿acaso un poeta libre como lo fue Rogelio Treviño, no buscaría la manera de pasear por donde más le plazca?

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los colores del recuerdo -

PR I M E R A E DIC IÓN: 2 012 D. R . © 2 012 , I N ST I T U TO DE C U LT U R A DE L M U N IC I PIO DE C H I H UA H UA www.icm.gob.mx D. R . © 2 012 , A L F R E D O E S PI NO S A, A L M A MON T E M AYOR , A N TON IO G A RC Í A, A RT U RO L I MÓN, A RT U RO R IC O B OV IO, C É S A R SOT E L O, DA N I E L E S PA RTAC O S Á NC H E Z , E N R IQU E C ORTA Z A R , E N R IQU E SE RV Í N, E R A STO OL MO S , E R N E STO V I S C ON T I, F E L I PE S A AV E DR A, G A BR I E L B ORU N DA, H ÉC TOR C ON T R E R A S , H U M BE RTO PAYÁ N-F I E R RO, JOAQU Í N-A R M A N D O C H AC ÓN, L I L I A NA PE DROZ A, L I L LY B L A K E , M A RG A R I TA M U ÑOZ , M A R IO A R R A S , R E N E É AC O STA, R IC A R D O C OL OR A D O, S A LVA D OR M A RT Í N E Z (T E X TO S) D. R . © 2 012 , A L EJA N DR A C H I NOL L A, A L F R E D O PI ÑA, A NG É L IC A E S PI NO S A, A RT U RO RODR ÍGU E Z TOR I JA, DAV I D NAVA, DAV I D L AU E R , E NG E L BE RT G R I JA LVA, E N R IQU E R A MO S , F E R NA N D O VA L DE Z , F L OR A I SE L A C H AC ÓN, G E R A R D TOU R N E BI Z E , H ÉC TOR JA R A M I L L O, JORG E JA I M E RODR ÍGU E Z , L I BE RTA D V I L L A R R E A L , L OU R DE S SO S A, LU I S RU BÉ N M A L D ONA D O, NAC HO GU E R R E RO, OM A R BUSTO S , O SC A R OM A R SOTO, PAV E L TA R Í N, R AÚ L R A M Í R E Z , TA N I A PET I T E (FOTO G R A F Í A S) D. R . © 2 012 , I NA H- C ONAC U LTA, C E N T RO C U LT U R A L L A A N T IGUA PA Z (I M ÁG E N E S DE A RC H I VO) SE PROH Í BE L A R E PRODUC C IÓN PA RC I A L O TOTA L DE E STA OBR A —P OR C UA L QU I E R M E DIO — SI N L A A N U E NC I A P OR E SC R I TO DE L T I T U L A R DE L O S DE R EC HO S C OR R E S P ON DI E N T E S I S BN E N T R Á M I T E E DI TA D O E N C H I H UA H UA, M É X IC O I M PR E SO E N M É X IC O / PR I N T E D I N M É X IC O LO S C OLOR E S DE L R E C U E R D O SE T E R M I NÓ DE I M PR I M I R E N SE P T I E M BR E DE 2 012 E N L O S TA L L E R E S DE OF F SET S A N T I AGO, S . A . DE C . V. , AV. R ÍO S A N JOAQU Í N 436 , A M PL I AC IÓN G R A NA DA 1152 0 , M É X IC O, D. F. E L T I R AJ E F U E DE 1 0 0 0 EJ E M PL A R E S

Los colores del recuerdo - Parte 3  

Compilación de relatos y fotografías de los lugares más emblemáticos de la Ciudad de Chihuahua.

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