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Inspiraciรณn


Querido lector, Este es nuestro viaje soĂąado para todos aquellos amantes de los animales y las aventuras alrededor del mundo. Esperamos que te anime a conocer mejor nuestro paĂ­s. El equipo Tingua


¿Qué vas a encontrar en estas páginas?


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Para un amante de la naturaleza, viajar a Colombia era el mayor sueño. Cuando por fin logré hacerlo realidad, reservé 50 días para un viaje mágico, con suficiente tiempo para absorberlo todo. Aunque no esperaba llegar y ver cientos de animales pasar frente a mí (como sí sucedía en mis sueños), junto a mis asesores de viaje creamos un itinerario para conocer la diversidad de paisajes y ecosistemas que crean un país megadiverso y único, donde seguramente podría avistar algunos de estos animales con mis binoculares.

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El primer reto de esta aventura era acostumbrarme a la altura, por lo cual estuve algunos días en Bogotá, compartiendo con mis asesores, aprendiendo de los contrastes de esta ciudad, desde su bullicioso centro lleno de historia, hasta la conexión de la ciudad con los cerros orientales. Escuchar a todos los que conocía hablar con tanta emoción de su país me llenaba de ganas de comenzar las aventuras en la naturaleza. Al cuarto día, madrugamos al Parque Natural Chingaza, donde acamparía por una noche en compañía de guías locales. Vimos muchos venados de cola blanca, y aunque mi sueño era llegar a ver el oso de anteojos, esta vez no conté con tanta suerte.

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Regresé a Bogotá por una noche y al día siguiente volé a la ciudad cafetera de Manizales. Estaría por la zona cinco días, pasando la noche en lugares diferentes cada dos días. Primero, en la montaña, donde gracias a la experiencia de los guías de avistamiento de aves de la zona logré ver el chivito de páramo, un colibrí que solo existe en las montañas colombianas. Después, dormí al lado de un cañón donde ocasionalmente pasaban los majestuosos cóndores andinos y tuve la suerte de un rápido avistamiento de estas aves. Finalmente, me fui a una finca cafetera donde conocí más de la cultura del café en Colombia bajo el ojo sigiloso de los barranqueros.

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Mi siguiente parada era Medellín, la segunda ciudad de Colombia. Como siempre, tomé un par de días para conocer la ciudad y su gente, antes de ser transportado a un pueblo llamado Jardín, donde me interesaba especialmente ver el gallito de roca. Jardín me sorprendió, no solo por los lugares naturales que pude visitar, sino por su arquitectura, su gente y su comida. Me despedí de ese simpático pueblo para volver a Medellín y tomar un charter al Pacífico Colombiano.

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Era la temporada de ballenas, el momento en que las ballenas jorobadas llegan a estas latitudes para reproducirse, uno de los momentos que más esperaba del viaje. Además de las ballenas dando saltos fascinantes, pude hacer parte de la liberación de tortugas marinas, avistar muchas ranas y, aunque no la vi, compartir el espacio de la rana dorada, una especie única de estas selvas que se encuentra en peligro de extinción.

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Hasta el momento el viaje había sido mágico. Ya había incluido montaña, selva y playa, pero tenía una gran obsesión con visitar ambos océanos, pues una de las cosas que hace a Colombia un lugar tan especial es contar con costas en el Pacífico y en el Atlántico. Volé a Santa Marta, haciendo una parada de descanso en Bogotá, y desde allí continué hacia el Parque Tayrona donde acampé un par de días. Soñaba con ver un tití cabeciblanco, pero quedan muy pocos y, aunque vi muchos animales, no vi a este ni al caimán aguja que anunciaban los letreros que prohibían el ingreso a ciertos sitios del parque. Del Tayrona fui transportado hacia la Sierra Nevada de Santa Marta, otro de esos accidentes geográficos que solo existen en este país. Subí hacia Minca y seguí maravillándome con la cantidad de aves e insectos, como una gran mariposa azul que quise suponer, era la Morpho endémica de estas montañas.

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Después de un par de días, seguí mi camino hacia el norte, donde me encontraría con guías locales de culturas indígenas de Colombia, para visitar el santuario de fauna y flora Los Flamencos, disfrutar de la compañía de estos gigantes rosados y escuchar al magnífico cardenal guajiro. Luego me quedé por la Guajira unos días más para conocer sobre la cultura indígena Wayuu y compartir con ellos. Cuando recuerdo los días en el desierto me parece que fue un sueño. Mi viaje habría podido terminar aquí, y yo estaría satisfecho. Pero lo que prosiguió superó mis expectativas. Dado mi gran interés por ver animales, mis asesores sugirieron que tomara un “safari llanero”.

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No tenía idea de qué era esto, y al llegar Yopal y saber que me faltaban dos horas más de viaje por tierra, me sentí agotado y pensé que quizás había sido un error incluir esta parte del viaje. Rápidamente me di cuenta de que no era así. El paisaje que me daba la bienvenida era totalmente diferente a todos los que había conocido hasta ahora. Me saludaba una amplia llanura que se prolongaba hasta el horizonte, y los días en el lugar donde me hospedaba se pasaban entre salidas a ver cientos de mamíferos, como el oso hormiguero gigante y los chigüiros, conocer las tradiciones llaneras y comer unas preparaciones deliciosas.

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Esos días fueron restauradores, y me dieron suficiente energía para dos días en los que tomaría avionetas, jeeps y lanchas que eventualmente me llevarían a las selvas del Caquetá, donde me encontraría con guías locales para tratar de ver, entre muchas especies, la gigantesca águila harpía. Otro de mis sueños era que en esos días se colara un tití del Caquetá, pero sabía que era un avistamiento difícil y cada vez más raro. La deforestación de la Amazonía para la siembra de cultivos y la ganadería ha acabado con el hábitat de muchas especies que solo existen aquí, pero como discutíamos con el guía, el turismo sostenible se muestra como una oportunidad para cambiar el rumbo de esta historia. 27


Lo que parecía una aventura que iba a durar para siempre, se acercaba a su final. Llegó la hora de dirigirme a mi último destino. Volví a Bogotá y tomé un vuelo hacia Leticia, donde me hospedaría en un ecolodge para disfrutar de un descanso en la selva, en la compañía de los manatíes y los osos perezosos, mis favoritos entre todos los animales que vi o escuché en esos días mágicos bajo las estrellas en el Amazonas.

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Viajar a Colombia fue mucho más de lo que esperaba. Si bien mi principal interés era ver animales, fueron los paisajes, la comida y la gente lo que recuerdo con más cariño. Me transporté por tierra, mar y aire y aunque a veces fuera difícil llegar a los lugares que quería conocer, lo que encontraba en cada destino hizo que valiera la pena todo el esfuerzo. Me quedé en lugares lujosos y humildes, compartí con locales en lugares donde era el único extranjero, y con extranjeros que compartían mi fascinación con el lugar donde nos encontrábamos.

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Y lo más sorprendente, es que aún después de pasar allí las vacaciones más largas de mi vida, sueño con volver.


ESTA ES NUESTRA INSPIRACIÓN PARA LA COLECCIÓN DE SOUVENIRS DE COLOMBIA 2020 SÍGUENOS PARA CONOCERLA @HIDDENJOURNEYS.CO WWW.HIDDENJOURNEYS.CO INFO@HIDDENJOURNEYS.CO


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Diario de un viaje a Colombia  

Esta es la inspiración para nuestra nueva colección de souvenirs de Colombia. Nuestra inspiración parte de un viaje imaginario, el viaje que...

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