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STAFF 21 Dirección y edición Ainize Salaberri salaberri@graniteandrainbow.com Coordinadora sección tema central, columnas de opinión y reportajes Subdirección Fusa Díaz fusadiaz@graniteandrainbow.com Coordinadora secciones Literatura e Internet (blog y twitter del mes), talento del mes, recomendaciones y novedades Consejo editorial Ignacio Ballestero iballestero@graniteandrainbow.com Coordinador sección entrevistas Verónica Lorenzo veronicalorenzo@graniteandrainbow.com Pedro Larrañaga pedrinhola@yahoo.es Maquetadoras Fusa Díaz Inge Conde Ainize Salaberri Diseño logo y portada Inge Conde inge_conde@hotmail.com Redactores Juan Carlos Aguirre Ignacio Ballestero Sara Bernard Laura Bordonaba José Braulio Fernández Marina P. de Cabo Fusa Díaz Consuelo Gallego Rebeca García Nieto J. Álvaro Gómez Marta Gómez Garrido Abel González Luna Francisco Jurado Alejandro Larrañaga Pedro Larrañaga Verónica Lorenzo Víctor Lorenzo Cinca Arsenia Maris Marga Martin Rubén Martín Giráldez Begoña Martínez Julia Martínez Annie Montauk Laura Naranjo Raquel G. Otero Alejandro Palomas Ana Rodríguez Callealta Anabel Rodríguez Yanina Rosenberg Ainize Salaberri María Sevilla Iraide Talavera Elena Triana Salvador J. Tamayo

Este número 21 inaugura el tercer año de vida de Granite & Rainbow, y lo hace de la mejor manera posible: rindiendo homenaje a aquellos libros y autores que han marcado un antes y un después en nuestras vidas. Y es que la literatura nos cambia, irremediablemente, para siempre; porque los libros son sangre, son huesos, arterias y entrañas; porque los libros son cerebro, son educación, son futuro. Los libros son vida y a través de ellos respiramos y sobrevivimos. Nos componen, nos hacen, nos crean, nos moldean y nos dan forma y nos permiten caminar, enseñándonos cómo hacerlo. Y cada paso es más sabio, y con cada paso tenemos más ganas. Eso son los libros al fin y al cabo: un sustento, una esperanza, una oportunidad. Y en este número 21 no estarán todos los que son pero son todos los que están. También es un homenaje a quienes nos enseñaron a leer, a quienes se atrevieron a ponernos un libro en las manos y regalarnos tiempo. A todos ellos, nuestro agradecimiento más sincero. Sólo esperamos que este nuevo número sea de vuestro agrado: encontraréis nuevas secciones como “Breves” y “Poesía”; hemos reforzado las entrevistas, hemos ampliado contenidos y no paramos de buscarnos y de encontraros. La literatura es una gran casa que no sabe de bancos ni de hipotecas. Con los libros estamos a salvo, siempre. SIEMPRE.

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Sumario #21

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Talento del mes Literatura en internet Columnas de opinión Entrevista: Juan Gracia Armendáriz Reportaje: Escritores en el exilio LIBRERO POR UN DÍA Editores: errata naturae Traductor: José C. Vales Reportaje: Alén dos homes Poesía: Ángela Figuera Poesía: Alejandro Palomas Librera: Eva Boj Bragado (Librería Rumor)

29, 34, 40, 45, 52, 61, 69, 102, 108

Recomendaciones Novedades narrativa Novedades poesía Tablón

BREVES

Reuters


Talento del mes

Uxue Juárez

A menudo recurro al tópico de que en el mundo blog gran parte del protagonismo lo tiene la imagen. O bien nace el texto a partir de una ilustración o fotografía, o bien buscamos después el complemento. En este caso, en el caso de Uxue Juárez, todo se da la mano. Para mi sorpresa, y espero que la vuestra, Uxue ilustra sus propias palabras, o escribe sus propias ilustraciones… no lo sé. Entonces, qué viene antes, ¿la imagen o el texto? Hasta hace poco, primero venía el texto, pero conforme me voy soltando más con el lápiz, he empezado también a trabajar en primer lugar la imagen y después, el texto. Me siento más libre moviéndome en ambos campos, puesto que imagen y palabra se potencian y estimulan la aparición de nuevos símbolos y significados. Además, el empleo de ilustraciones es otro modo de investigar también en el lenguaje poético, caracterizado también por la aparición de elementos pictóricos y la referencia a lo sensorial. Me lleva a pensar el poema de otro modo. ¿Y qué eres más, poeta o ilustradora? Poeta, pero últimamente he tenido la suerte de conocer de manera directa el trabajo de algunas ilustradoras como Violeta Lópiz,

Leire Salaberría, Cristina Sitja, Mirjana Farkas o Nina Wehrle y Evelyne Laub y me está picando el gusanillo de la ilustración. De hecho, a la vez que en los poemas, estoy desarrollando un proyecto de álbum ilustrado sobre un oso que quiere volar, pero me queda mucho por aprender. No creo que haya que elegir, clasificar. Más que poeta o ilustradora, me considero una persona inquieta, curiosa, que investiga formas. Ambos lenguajes se influyen mutuamente. De todas formas, si tuviera que definirme, lo haría como una poeta que ilustra sus propias palabras. poeta. Es verdad que, aunque una imagen, un cuadro, una foto, puedan llegarme y comunicarme muchas cosas, mi relación con la palabra poética es diferente. Lo percibo como algo más propio. Es más mi medio. Por ejemplo, un verso de Valeria Mejer me atraviesa, mientras que me cuesta más experimentar una sensación parecida en otros ámbitos. No estamos acostumbrados que de una misma mano nos ofrezcan ambos artes. Eso hace que tu estilo sea todavía más personal, más marcado, más reconocible. Si no es por la voz, es por su complemento. ¿Es un problema de cara al mundo editorial, te ves obligada a elegir? 4

No, no me veo obligada a elegir. El blog supone una excusa para desarrollar un proyecto poético; un libro con mi poesía ilustrada. Me gustaría ir editando pequeños libritos. El primer paso es aglutinar el material y el segundo, decidir qué voy a editar y qué no. No lo veo como un problema de cara al mundo editorial porque todavía está en proceso y, además, siempre está la autoedición. Tengo ganas de escribir e ilustrar y lo hago. Después, ya veré cómo organizarlo. Además, no creo que sea un problema de cara al mundo editorial porque de manera paralela al blog, edito junto a unos amigos Ultravioleta una antología de poesía ilustrada que está tardando mucho en salir, pero que verá la luz, ya sea por medio de una editorial o de manera autoeditada. El pensar en si una editorial te publicará o no no puede condicionar tu manera de trabajar o tu obra. La creación debe ser libre, si no, no merece la pena. Si el proyecto es potente, como lo es Ultravioleta, al final, de uno u otro modo, verá la luz. Para ver todo lo que os cuento, para entender cómo de marcado y personal es el estilo que ha creado Uxue Juárez, no tienes que hacer más que visitar su blog, donde encontrarás su particular universo: http:// uxuejuarez.blogspot.com.es/.


Twitter del mes

Escritores eternos

Selección Borges, Jorge Luis @BorgesJorgeL Y todo es una parte del diverso cristal de esa memoria, el universo; (...) sólo del otro lado del ocaso verás los Arquetipos y Esplendores.

¿Qué pasa con los buenos libros, los grandes escritores? Que sobreviven. La obra sobrevive al tiempo, a las modas, a los lectores. Se van sucediendo las ediciones, las revisiones, las nuevas traducciones, se ilustran, se adaptan para literatura juvenil o infantil. En cualquier caso, no mueren. Así, con la llegada de las nuevas tecnologías, los que admiran a escritores muertos y no tienen la posibilidad de estar en activo, toman las riendas de la obra de sus admirados y la convierten, también, en tweets, reconvirtiendo la literatura en algo vivo y en movimiento. Por ejemplo, de Cortázar podríamos encontrar varios: @Cortazario, @juliocortazar y @UnTalCortazar. Pero no es el único, también tenemos a @BorgesJorgeL, @FJosepPla, @Benedettiquotes o @TuitsBenedetti… En cuanto a mujeres, lidera Virginia Woolf: @Woolf_Virginia, @woolfv, @virginiawoolf, virginiawoolf; pero tampoco se quedan atrás autoras importantes como @clalispector, @RecitoClarice, @lispectorc, @QuotesLispector. Sin embargo, autores nacionales tan importantes como Miguel Delibes o Carmen Martín Gaite no tienen cuenta postmortem en tuiter. ¿Por qué? Y algo más: ¿si estuvieran vivos Borges, Cortázar y Woolf… tendrían twitter? 5

Clarice Lispector @RecitoClarice Tenho muita coisa aqui pra te oferecer, mas sabe o que é? Sou incompleto, também preciso receber. Mario Benedetti @MarioBenedetti_ Más que besarla, más que acostarnos juntos, más que ninguna otra cosa, ella me daba la mano, y eso era amor. Virginia Woolf @VirginiaSWoolf Be sympathetic; be tender; flatter; deceive; use all the arts & wiles of sex. Never let anybody guess that you have a mind of your own #PFW


Blog del mes

Guarda tu amor humano Lara Moreno

En grande, cuando entras al blog de Lara Moreno, lees: GUARDA TU AMOR HUMANO. Y te preguntas dónde lo vas a meter, tu amor humano, y qué vas a hacer sin él, tu amor humano, y dónde lo tendrá ella, tu amor humano. Si lees, te das cuenta de que el suyo es un blog humano, y de que una de las palabras que más veces escribe es: tiempo. No pasa nada si guardas tu amor humano mientras la lees, porque de lo que te va a hablar es precisamente de ello… así, no sé, quizá te sientas menos huérfano, menos sin amor, más humano. Guarda tu blog humano. Parece que la palabra tiempo es protagonista en tu blog, desde hace varias entradas, y es precisamente eso y el ritmo de tus textos el que hace de tu blog un blog humano, de verdad. Durante una época pensé que escribía demasiadas veces la palabra “mundo”, pero esto que me dices confirma que desde hace ya años es el “tiempo” lo que me obsesiona. No soy original. El tiempo lo rige todo (también el amor humano o el inhumano o el desamor). Y la falta de tiempo es la bruja sonriente que me acompaña (¿quizá ya me describe?, ¡oh, no!). Lo peor: el poco espacio para la literatura, para la lectura, para la respiración. ¿Algún día…? Aprovecho para preguntarte sobre tu taller de escritura creativa. ¿Qué esperan tus alumnos de un taller de escritura? ¿Qué puedes ofrecerles tú, qué herramientas? No podría decir qué esperaban antes de

empezar, pero me cuentan que al finalizar leen de otra forma (a sí mismos y a los otros) y yo veo en ellos una evolución que creo que parte básicamente de reforzar aquello que dominan y aligerarles de lo que les obstaculiza. Intento compartir con ellos mi visión del mundo de la literatura, su relativa ausencia de reglas, su íntima constancia, su mezcla de pasión, desvergüenza y racionalidad, y sobre todo intento conocerlos a ellos, conocer sus distintos mundos literarios para poder, desde el respeto hacia sus textos, apretar unas tuercas y aflojar otras. Parece que si uno cuenta la realidad, la vida, en su blog, va a acabar hablando de lo mal que se está poniendo todo… sin embargo, tú obvias a las abuelas del autobús y te detienes en una niña de tres, cuatro años (entrada del 20/3/12). ¿Cómo se le enseña a mirar a un alumno de un taller de escritura? Mirar miramos todos. Yo no puedo enseñar a nadie a mirar (ni como yo miro ni como miras tú o el vecino o el más grande maestro de las letras), pero quizá lo interesante sea observar dónde miran ellos, dónde ponen los ojos y por qué, y ayudarles a explicar qué están viendo exactamente. No es un cumplido: se aprende todo el tiempo con esto, es bidireccional y apasionante. Por si acaso no se puede aprender a mirar, vamos a seguir pendientes de los ojos de Lara Moreno, que escribe honesta, humana y deliciosamente en: http://nairobi1976. blogspot.com.es. 6

Selección

La mano libre es tu mano, y la del espejo es mi mano. Si te quemas, ardo. Si tienes frío, mi corazón se congela.

Había una vez cuando era verano de verdad cuando el verano de verdad era esa región laxa y atrevida donde el mundo cabe esa cápsula de alto riesgo de felicidad no hace tanto no creas que me refiero al verano de la infancia el verano de la infancia era sencillamente largo y salado y piedras bajo las sandalias y la piel blanca y fresca de mi abuela cuando dormíamos juntas y las pieles morenas y brillantes y curtidas de mis otros abuelos al sol a las sardinas al vino chorreante y con casera sí suena bien porque los veranos de la infancia suenan bien

De todo lo que me dices en tu postal, con la letra tan pequeña, solo me da miedo una cosa. Dices que tu voluntad para leer es destructiva, que nada te consuela, que no eres capaz de terminar un libro. Los años, las pestañas quemadas, las excentricidades propias y el desasosiego de la vida; supongo que no es para menos.

Hay algo inherente a toda la infancia: la manera directa de mirar, con curiosidad, alzando la barbilla y la nariz en señal de concentración o desafío. Tendría tres, cuatro años como mucho, no lo sé, todavía no soy capaz de calcularlo. Su madre le hablaba en polaco o en croata o en ucraniano y ella le contestaba en español.


Opinión

Los últimos días de... un enfant terrible

Pedro Larrañaga

¿Puede haber algo más atractivo que ser un enfant terrible? No lo creo. Al menos me resulta imposible imaginar otra posibilidad más interesante. Por favor, si hasta el nombre es ideal.

no entraban en esa categoría porque eran pobres o escribían de ese modo (con pasión, suciedad, con las tripas y sus sexos aplastados contra el papel) porque era del único modo que sabían hacerlo.

ENFANT TERRIBLE!

Llegamos así por tanto al tercer punto en el repaso a las características de un enfant terrible. Un enfant terrible lo es porque quiere serlo, porque pudiendo elegir ser elegante, formal, discreto y buen mozo, teniendo además el dinero para hacerlo, decide que no, que mola más ser un cabronazo. Ese es uno de sus grandes encantos.

Así, gritando, pero sin perder ese acento francés que sólo sabemos parodiar, podemos imaginar el placer de levantarse por la mañana sabiendo que el mundo está pendiente de nuestras travesuras, de nuestras diabluras y de nuestras salidas de tono, pero no para echarnos a los leones, si no para reírnos las gracias o incluso considerarlas brotes de genialidad. Después puede que sean geniales o no, pero eso no tiene que ver con el enfant terrible, si no con su calidad literaria, una cosa muy distinta y mucho menos cool. Un enfant terrible en literatura es un tipo, porque en esto nuestra sociedad sigue siendo básicamente fálica. Eso implica que no hay chicas que sean un enfant terrible, si no tan solo chiquillas deslenguadas y ordinarias, por mucho que también puedan ser geniales, porque no mola tanto reírles las gracias (es que sus chistes suelen tener mucho de verdad y lo verdadero no siempre es tan gracioso). Así que volvamos a nuestro enfant terrible, a ese tipo que puede escribir sobre sexo, drogas y rock n’roll, mayoritariamente a partir de experiencias personales, que pueden ser reales o imaginarias (eso da igual), pero nunca dejan de ser personales. Un tipo que puede decir lo que piensa o escribir como si lo pensara, que para el caso es lo mismo, sobre políticos, putas, grupos de presión, inmigrantes, chulos, trepas, pobres y todo lo que se le pase por la cabeza. Un enfant terrible puede hacerlo, y no sólo porque quiera, si no porque también es lo que se espera que haga. Ese es el poder de las etiquetas y categorías, que por algo se empeñaron los filósofos en ordenar y clasificar el mundo, la realidad, la caverna, el eros y hasta el tánatos (¿ordenar el ansia de muerte y destrucción? ¿eso no es una paradoja en sí misma?). Enfants terribles hemos conocido unos cuantos, franceses varios de ellos, como era de esperar con un nombre como ese, tipos como Michel Houellebeq o Frédéric Beigbeder, otros británicos, como Irvine Walsh, y hasta algunos de los que no sabemos si tienen madre o patria conocida. Otros, sin embargo, como Bukowski o Rimbaud,

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Sin embargo, con todo lo atractivo, su verborrea vestida con traje de sagacidad, sus salidas de tono, brotes de mal gusto, tremenda coolidad (sí, sabemos que esta palabra no existe, pero es la más fashion que se nos ocurrió) y demás cualidades, hay algo que un enfant terrible no puede hacer: detener el tiempo. El tiempo es su principal enemigo, no porque lleve a la desmemoria, si no porque pasa y llegan unos años en los que es desconcertante seguir comportándose como un enfant terrible porque corres el riesgo de terminar en la cárcel por hacer una de esas cosas por las que antes te aplaudían. Ya ven, todo pasa, hasta el enfant terrible. Lo cierto es que un enfant terrible tiene que morir. Por muy duro que sea (siempre es duro ver morir a un niño), deben perder la vida, la de enfant terrible, con la otra que hagan lo que quieran, para dejar paso a otro enfant terrible. Esa es la aplastante lógica de la evolución, porque si no fuera así, si los enfants terribles no murieran y fueran acumulándose, sin que ninguno abandonara esa categoría o selecto grupo, llegaría un momento en el que todos lo serían y dejaría de ser gracioso o atractivo, sino que estaríamos ante una orgía de mal gusto y niñatos maleducados. Conclusión: para que haya un enfant terrible, hacen falta otros que sean niños buenos. De hecho hacen falta un montón de niños buenos, porque sus valores (su coolidad) se aprecian en base a la diferencia, a lo que no hacen los demás. Una vez aclarado eso, me pido ser enfant terrible, por mucho que haya que morir (eso lo daba por hecho), así que ya sabes lo que te toca.


Opinión

Siempre hablo de mi onbligo

Abel González Luna En 1953, Julio Cortázar recibió un encargo de la Universidad de Puerto Rico para que tradujera los cuentos completos de Edgar Allan Poe, una traducción que a día de hoy se considera la mejor que se ha hecho del autor Estadounidense. En 1972 escribió un prefacio:“Poe es uno de los egotistas más decididos de la literatura. Si en el fondo ignora siempre el diálogo, la presencia del tú que es el verdadero nacimiento del mundo, es porque no condescendía a hablar más que a sí mismo”. Describe el perfil de un Poe presuntuoso, soberbio, resabido, con la necesidad de demostrar su propia superioridad intelectual ante el mundo y que vivía escondido en el pequeño mundo de la literatura, porque desde allí sentía que podía controlar su mundo. No se trata de un reproche. El argentino admira al estadounidense, pero señala que su obra acude a explicaciones sobrenaturales para explicar las motivaciones de los personajes porque para Poe es imposible comprender a la gente.

derecho a señalar a un discurso como egotista, pero siempre desde el ring literario, dónde el combate es a muerte desde antes del Parnaso.

Sin embargo, estos adjetivos podrían aplicarse a la mayoría de los grandes escritores. Podríamos hacer listas con aquellos que sólo hablan de sí mismos y muchos de ellos por no llegar a comprender el mundo. Proyectan en sus libros aquello que reprochan a la sociedad y crean alter egos que no son más que la sombra de aquello que les gustaría ser en un mundo inexistente. Creo que Poe y Kafka tienen mucho en común. El mundo de Kafka era un nicho, pero percibía el mundo de una forma diferente, estimulante, no se discute su papel revolucionario. Se trata de un escritor que interesa a lectores, escritores y psicoanalistas. Pero los dos eran escritores que, al fin y al cabo, lo que mejor expresaban eran sus propias tinieblas.

Por eso, cada vez que leo una crítica a algún escritor novel que sin experiencia y con pocas lecturas, aspira a hacer literatura, las tomo con distancia. Creo que voy a encontrar dos defectos que los críticos utilizan con frecuencia: la inmadurez y la excesiva referencia al sí mismo. Suelen usarse para textos con una técnica primitiva, que dejan leer fácilmente la psicología de un autor, que no muestra una gran gama de intereses y que posee debilidad de carácter. Un compañero decía que esto solo es masturbación y eso no es lo que hacen los escritores. Se presupone, a menos que uno sea Poe, Bukowski, Hemingway o Cortázar.

Todo aficionado al psicoanálisis sabe que cuando se escribe se muestran aspectos de uno mismo y Cortázar no es sobrehumano, jamás sería capaz de desprenderse de la metafísica y dejar de mostrar en sus textos partes de su cosmogonía. Es imposible situarse lo suficientemente lejos del narrador para que éste no exprese de un modo u otro una faceta del artista. La literatura, sin la personalidad del autor, no sería más que letra impresa. No sería raro pensar que vemos parte de la sombra de Córtazar reflejada en Oliveira. Cortázar no muestra su ombligo desnudo, pero lo enseña, porque todo lo que puede expresar parte de su cabeza. Julio habla de sí mismo tanto como Céline o Thoreau. Para sí mismo primero, mientras escribe, y luego para el lector.

Poesía, Ensayo, Novela. Si la personalidad le llega a interesar al lector, si aporta una perspectiva diferente de la condición humana, si la prosa fuese capaz de expresar, de forma insuperable, las verdades más obvias y comunes, pocos serían capaz de alzar al egotismo como un arma.

Cuando quien escribe sobre Poe es Cortázar, difícil atreverse a debatir. Era un maestro en la técnica y en la expresión de psique de sus personajes. Los sentimientos en su obra rozaban una dimensión única. Se interesó por los aspectos psicológicos, artísticos y políticos del mundo que le tocó habitar y estos intereses quedaron reflejados en su obra. Era consciente de que el texto era reconstruido por el lector y que el papel del escritor era estimularlo. Parece que se trata de una tarea difícil si uno centra excesivamente la mirada en uno mismo. Él tiene

Tal vez, lo que hace la diferencia, es ser mucho más discreto. El escritor más complejo y versátil vive mejor escondido entre las palabras. Sólo deja escuchar una voz propia. La experiencia crea un intrincado laberinto donde es difícil encontrar a la persona que narra.

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Opinión

¡Silencio, se escribe!

Verónica Lorenzo

Aprecio el silencio. ¡Me encanta el silencio! No es un gusto pasajero ni algo que he descubierto recientemente (el martilleo iniciado a las ocho de la mañana de un sábado y parece que el mismo infierno está de reformas no tiene en absoluto nada que ver con el asunto a tratar). Es un mundo asombroso, ¿verdad? Las interpretaciones que se pueden dar, las verdades que puede confesar, incluso los extremos que puede tocar. Tanto puede ser una grata compañía en medio de una conversación como un productor de incomodidades. La ausencia de sonido nos pone a prueba en nuestra forma de relacionarnos socialmente. Francis Bacon relacionaba el silencio con los locos; sin embargo, existe este proverbio árabe que dice algo así como que si lo que vas a decir no es más hermoso que el silencio, mejor no lo digas. Apreciar la sinceridad no es excusa para la verborrea ni los monólogos a los que te ves obligada introducir algún monosílabo para constatar que es una conversación. Y, sin embargo, cuántas personas descartan el silencio, cuántos textos merecían de una reflexión más profunda en un silencio meditativo. ¿Cuánto? El silencio está menospreciado, las personas silenciosas son vistas como extraños y se ha corrompido la buena conversación y un buen texto. Lo podemos ver mirando a nuestro alrededor, y sin mucho esfuerzo. No hay más silencio cuando enciendes el ordenador o el móvil y chateas, escribes un mail o “revisas” tus redes sociales. Es sólo ruido, no nos engañemos. Cuando tus referencias a la hora de escribir son sólo aquellos que “escriben” en la red, también es ruido. En mi profesión, la de bibliotecaria, existe este fenómeno, el ruido documental, que se produce en las búsquedas. Cuando se quieren recuperar unos documentos utilizando un motor de búsqueda cualquiera (el del catálogo de la biblioteca o Google) y, por los términos escogidos, recuperas más documentos irrelevantes que relevantes, esto es ruido documental. Hoy en día, las empresas que desarrollan los motores de búsqueda están estudiando de qué manera se pueden mejorar los resultados que devuelven, teniendo como handicap la desconocida cantidad de documentos que constituyen Internet, así como aquella que se mantiene oculta. Pero no es de teoría documental de lo que he venido a hablar hoy. Parafraseando el proverbio, si lo que vas a

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escribir no es más hermoso que una hoja en blanco, mejor no lo escribas. Tengo por (mala) costumbre al leer un libro tener un lápiz conmigo, para tomar notas o remarcar aquellas “frases bonitas” para luego trasladarlas a una libreta, que es mi mayor tesoro. Encuentro que, si bien sería capaz de marcar una página entera en libros de la forma tradicional, llamémosles clásicos, frutos de la lectura de libros precedentes, masticados e interiorizados por la autora o el autor, hoy existen pocos libros de nueva edición que me enamoren de la misma manera. Los primeros son libros lentos, los segundos, rápidos. Entiendo el cambio de métodos, entiendo lo de cada maestrillo tiene su librillo, pero me cuesta comprender la prisa. Disculpen, soy una chica tradicional que, aunque rodeada de nuevas tecnologías amantes de la inmediatez, aunque trabaje en un ámbito donde la eficacia es una máxima, extraña a su máquina de escribir, todavía escribe sobre papel antes de lanzarse a abrir un documento Word y se emociona con cada carta recibida en su buzón (siempre y cuando no sea ninguna factura, vamos a ver). Por eso a la hora de escoger un libro para leer me dejo guiar por el silencio que otorgan los primeros párrafos, los primeros versos. Música para mis oídos internos. Ya

lo

decía

mi

colega

Lois

Pereiro:

A inmersión no silencio é o que distingue ós que aman con espírito suicida dos que somentes son un soño breve1 Y yo me lo he creído a pies juntillas. El silencio como indicador de calidad, como medidor de amor y entrega a lo escrito. Les pongo como ejemplo uno de los últimos libros que me enamoraron, en su primer párrafo: “Selden se detuvo, sorprendido. En la aglomeración vespertina de la Estación Grand Central, sus ojos acababan de recrearse en la visión de la señorita Lily Bart”2. Dos frases llenos de silencio, del silencio de la admiración, y enganchan, te obligan a seguir la lectura. Y es que el silencio es la puerta a lo asombroso. Y estar dispuesta a abrirla en cada oportunidad que se presente no es más que un acto de valentía, o de locura, según se vea. 1 “La inmersión en el silencio es lo que distingue / a los que aman con espíritu suicida / de los que solamente son / un sueño breve”. Trad. de la autora. 2 Inicio de La casa de la alegría, de Edith Wharton.


Opinión

Víctor Lorenzo Cinca

El tamaño no importa

Hay quien dice que el microrrelato, una versión reducida de su hermano mayor, el relato, según unos, y según otros, un género narrativo independiente, autónomo, desgajado de los otros tres (novela, nouvelle y relato), no es literatura. Y arguyen como motivo excluyente únicamente su brevedad. Pues bien, muy breve y simplista me parece esa justificación. Porque, ¿acaso los cien metros lisos, si los comparamos con la maratón, no es atletismo? ¿O los poemas de Las flores del mal, si las comparamos con La Odisea o La Iliada, no es poesía? Internet ha conseguido que publicar textos (entiéndase este verbo como hacer público) sea muy fácil. La proliferación de plataformas de autoedición, blogs, microblogging y otros trampolines por el estilo ha logrado que todo aquel que escribe (y escribir no significa ser escritor del mismo modo que cocinar no significa ser cocinero ni conducir conlleva ser conductor) tenga la posibilidad de convertirse en editor, difusor y distribuidor de sus propios textos. Desaparecen, pues, los filtros entre el que escribe y el que lee, entre el creador y el lector, algo que puede considerarse positivo por la facilidad de difusión que proporciona pero que acarrea el peligro de que únicamente el autor (a quien más le cuesta hacer autocrítica, no puede negarse) supervisa la calidad de los mismos. En este océano de textos, en esta vorágine de producción escrita, es evidente que no todo lo que se autoetiqueta como microrrelato lo es, del mismo modo que no todo lo que se autoetiqueta como poesía, o como novela, lo es. Si pudiéramos leer todo lo que se publica en las plataformas de autoedición nos daríamos cuenta de la baja calidad de la gran mayoría de lo allí expuesto. Pero claro, leer una novela (y valorarla) nos lleva mucho más tiempo del que necesitamos para leer un microrrelato. Así las cosas, es evidente que resulta mucho más fácil cargar contra este género brevísimo que contra la novela. Por una cuestión de tiempo y esfuerzo, nada más. Y si nos centramos en la poesía que se publica en internet o en otras 10

plataformas (o lo que los autores de la misma designan como poesía) también podremos observar que en la mayoría de ocasiones poco tienen que ver esas frases escritas en renglones con lo que realmente es la poesía. Y nadie, a estas alturas, duda de la calidad de la poesía o de la novela en este país. Así pues, el problema de todo esto quizás se encuentre en el material utilizado para valorar un género en cuestión. Si queremos analizar la novela española actual, por ejemplo, y usamos como corpus las novelas publicadas en las plataformas de autoedición, nos daremos cuenta, casi con toda seguridad, de que la novela española actual pasa por un momento muy malo. Crítico, podría decirse. O si queremos saber en qué estado se encuentra la poesía española contemporánea y tomamos como corpus los cientos de miles de poemas que se publican a diario en la red fácilmente veremos que el género poético en este país se encuentra en la UVI, agonizando y delirando. O directamente muerto. Así pues, valorar el género del microrrelato por los textos que se publican en la multitud de blogs y demás plataformas que se encuentran en internet, salvo honrosas excepciones, nos llevaría a una conclusión similar.

Si para hacer un estado de la cuestión de la novela o de la poesía no se toma como corpus lo publicado sin filtro alguno en internet sino lo publicado de manera tradicional (sea en papel o en formato digital), ¿por qué en el caso del microrrelato no tomamos los títulos que se encuentran en muchas de las editoriales dedicadas a este género, que sí aseguran un mínimo de calidad, que sí imponen un filtro donde no todo tiene cabida, en lugar de basarnos en lo publicado sin filtro en internet? ¿Alguien puede afirmar que algunos de los textos más breves de Ángel Olgoso, Luis Mateo Díez, Julio Cortázar, Juan Gracia Armendáriz o Jose María Merino, por poner solo unos ejemplos, no son literatura? Analicemos, valoremos y critiquemos, sí, pero en igualdad de condiciones, por favor.


Opinión

Danza con lo efímero

Francisco Jurado Chueca

Era una tarde sudorosa, de las que uno detesta y quiere lanzar al tacho de basura pero por una inercia bochornosa uno sigue caminando sin ni siquiera intentar refugiarse. Había cerrado ya un libro y volver costaba, por lo que accedí con la prepotencia que tienen las letras a darle la oportunidad de corregir el día al grupo de danza brasileño Corpo. El aire dentro se podía respirar, y después de una primera parte en la que me llamó más la atención un padre con su niño recién nacido, me volví a sentar. Llevaba ya cuarenta minutos sentados y fue entonces que empezó a invadirme un zic y zic; ese zic al de cepillarte los dientes o de abrir una cremallera comenzó a inundarme los ojos, la boca y las comisuras de los dedos de las manos. Corpo con Parabelo, junto a Tom Zé y su “Xiquexique” me lo estaban diciendo. Y fuerte. Primero, basta de escribir así. Basta ya de relamerse con ímpetu y sobre el papel cada una de las heridas, las de uno y las ajenas y las por venir. Si tu libro agota, lánzalo y que se estampe contra la pared. Basta de calumniar estrepitosamente a la nostalgia, porque no es tristeza, y busca reivindicar la frescura que tiene el cuerpo cuando se yergue. Basta de llenarte los bolsillos con papelitos tachados y ebrios, que llevan sobrenombres de mujeres que amaste y columnas de humo gris pidiendo ayuda dicen que con arte. Es hora, me decían, de frenar de una vez ese afán protagónico del dolor como estimulante de la vida y portavoz de toda reacción humana. No más. Y segundo, me preguntaban: ¿Adónde va toda tu alegría? Entonces giré a los lados. Era hora de coger cada movimiento. Masticarlos para traducirlos. Gran reto. La cremallera que se abre y cierra me decía que intentara escribir o mejor leer la alegría que está en toda palabra, en sus inicios y sus contagiosas reminiscencias. Siempre. Sin importar explicaciones. No. Ahora no es momento de meditarlas, que para eso están los segundos actos y la ausencia. No. Ahora procura sobre el asfalto, tan sencillo, mover la cintura de las consonantes, tocar sus labios y sinuosidades, que en el brinco hacia un vacío retrocedan solo para que el impulso sea exultante. Alargar las eles que revelan lirismo activo. Que la S y la Z finales se enlacen desatadas entre el amarillo de las cinco de la tarde y el naranja que lucha fuera de casa. Que las frases que de todo ello nazcan, liberadas, empleen la lengua para con soberbia y elegancia desnuden, poco a poco, primero un giro a la izquierda, después tres más, el delirio que nunca ha sido porcelana porque tiene

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capulí el abdomen y tal vez violetas las nalgas. Y, finalmente, poco después del segundo y pequeño salto, saborear las delicias de las sacudidas y lo efímero. Que cada fragmento de palabra comience a develar al menos el rostro sonriente de una felicidad que ha sido confinada por una herencia subyugante. No importa ya el dolor. Basta girar izquierda y derecha. Y que esta lujuria bien elegida tome la cintura del lector con más poesía, un giro más a la izquierda, basta, a la derecha, basta, que la mano derecha apenas roce el hombro y con la punta del pulgar le diga con toda claridad que ya basta de creer que el llanto amargo es el único animal que tiene acústica. Basta. Que el papel deje de empuñar a menudo el arma pretoriana que desgaja los recuerdos para que solo destilen congoja, sí, que los desgaje pero con sabor a mango; que deje a todo amante semidesnudo para que no manche con los dedos de tinta los aromas que en la infancia se colaban durante las mañanas. No. Los de Corpo me estaban desafiando. Hay que abrir una y otra vez los libros y sus cremalleras con dulzura, cuatro y seis veces, dejar que alguna palabra con el vientre tostado y el pelo rojo te tome de las manos y te lance al aire con los dedos bien abiertos para llenar los ojos “de agua y de contento”. Y pum. Unos veinte bailarines aferrados a las manos sin remordimiento alguno bajaron el telón. Es cierto, los momentos hoy son ofensivos y ralos. Aun así, afuera un perro paseaba ya desnudo de su dueño, algo confundido tal vez por encontrarse con tantas lenguas sedientas, disfrutando de esa confusión, oxigenándose de ese caos final, olisqueando best sellers, piernas y antologías, saludando a todo el mundo con un salto pequeño, la cola en ristre y las primeras notas de Parabelo. Los metros que nos separaban eran bellos, elásticos. Tan elásticos que aún hoy lo veo balancearse por las calles incandescentes de la ciudad con solo una pregunta que le cae de la lengua: ¿Por qué mucha de la poesía con letras se empeña en ampararse bajo las lamentaciones y a menudo de manera perversa? Él en tu misma acera, blanco y ocre, mestizo, no dejará de saludar a todo aquel que se cruce en su camino, dar antes un brinco atrás, dos impulsos, apartar con fuerza las piedras de la tierra, erizar las orejas y hacer dos veces plaf con la lengua.


Juan Gracia Armendáriz (Pamplona, 1965), es un poeta que escribe microrrelatos, novelas y diarios. También escribe poesía y gana premios. Su “trilogía de la enfermedad”, compuesta por “La línea Plimsoll”, “Diario del hombre pálido” y “Piel Roja”, forma parte ya de la mejor literatura patográfica de todos los tiempos. Juan Gracia Armendáriz no es un escritor cualquiera. Es un pájaro que habita las jaulas de quienes lo leen. Pía y vuela porque conoce la libertad pero, quizás más importante, porque conoce la cárcel que es el cuerpo. Analizamos en esta entrevista varias de sus novelas, poemario y libro de microrrelatos. Es, sin duda, uno de los mejores escritores actuales del país.

Juan Gracia Armendáriz n Ainize Salaberri Microrrelato Empecemos por “Cuentos del jíbaro”, si te parece. Es un cajón de sastre: hay ternura, hay soledad, hay dudas, distancia que se abre a codazos entre amantes; también hay heridas, cicatrices mal hiladas, fantasmas, tragicomedia, guerras y unas cuantas trincheras. Es un cúmulo, parece, de desesperación. También de miedo. ¿Es así? ¿Es “Cuentos del jíbaro” un cuenta gotas de terror y abismos? En realidad, cuando lo escribí no era esa mi pretensión. El humor no suele abandonarme en lo que escribo, pero, ciertamente, leído con la debida distancia tal vez sea un libro más triste de lo que yo hubiera deseado. Empiezo a pensar que no nos conocemos, ni como personas ni como escritores. Quizá el escritor es quien atesora nuestros residuos y la escritura abre el cajón donde fermentan. Es una suerte.

Poesía “Como si al otro lado latiera” se publicó en 1994. Mucho

en ti habrá cambiado desde entonces. Mirándolo desde la perspectiva del tiempo y de la edad, ¿qué significa este poemario? ¿Cómo se forjó? La poesía fue mi taller, mi casa literaria, donde se forjó la sensibilidad y el respeto por el lenguaje. Ese poemario reúne una selección más o menos depurada de tres libros, escritos desde 1987. Creo que el tiempo transcurrido se aprecia en el libro: empieza siendo un libro de amor y termina en una especie de balbuceo expresivo. Tras muchos años de computar sílabas con los dedos, sentí que necesitaba adentrarme en otros territorios literarios. El salto fue hacia el microrrelato, una rareza, allá a mediados de los años noventa. “Como si al otro lado latiera” es un hundimiento, a mi parecer, más que una navegación, como afirma Jaime Siles, aunque para hundirse haga falta haber flotado, haberse movido. Cada poema es una rama que sierras de un árbol que pretende ser vida, que se disfraza de amor, cuando en realidad es la muestra del dolor de ese serrar, de ese desprenderse de algo que sientes tuyo. ¿Hay salvación, entonces? ¿Late o


concibe la respiración, de modo que ese libro, escrito quizá en el peor momento personal que me ha tocado vivir (y toco madera) fue una especie de escritura anticipatoria de lo que se me venía encima. Fui tan consciente de ello que pensé: “Ojito, Juan, salva al personaje porque estás escribiendo tu futuro”. Doy mi palabra que fue así. Luego, ese libro me dio muchas satisfacciones, pero hube de contener la respiración antes de alcanzar de nuevo la superficie. “La línea Plimsoll” es distinta a “Diario del hombre pálido” y “Piel roja” en tanto en cuanto te refugias en los parámetros de una novela. En ella te escudas detrás de Gabriel y entre el follaje que

La «trilogía de la enfermedad» describe seres solitarios: la vida les ha impuesto la soledad. No hay paz, nunca, y el silencio (de la casa en “La línea Plimsoll”, de las desapariciones de los compañeros de diálisis en “Diario del hombre pálido” y de los recuerdos de un padre en “Piel roja”) es una guerra más a librar. ¿Cuántas guerras hay a lo largo de la enfermedad? ¿Cómo se enfrenta uno a un enemigo que parte siempre con ventaja?

no late al otro lado? ¿«Perviven ecos en la herrumbre»?

Has dado en el clavo: Los poemas de amor son pura ficción. Son ejercicios. Una elegía disfrazada de canto. En cuanto a los latidos, sí, los latidos existen al otro lado, aunque a veces suenen como puñetazos en el pecho. Hace mucho tiempo que me despojé de los prestigiosos disfraces de la fatalidad y el tedio. Entiendo que la escritura es una acto de afirmación y como tal señala una dirección. En definitiva, amo la existencia.

Sabiendo que la batalla está perdida de antemano. Como escritor eso me da una gran fuerza, porque al menos

Literatura y enfermedad “La línea Plimsoll” es la novela que dio pistoletazo de salida a la «trilogía de la enfermedad». En ella describes lo máximo a lo que puede hacer frente un hombre, tomando como metáfora el origen de la misma, que designa el nivel máximo de carga que una embarcación puede soportar sin hundirse. ¿Cuál es el nivel máximo de carga de Juan Gracia Armendáriz? Es mejor que nunca nos sea dado comprobar nuestra capacidad de resistencia. A mi admirado Primo Levi me remito. Ciertamente, nos podemos hundir, pero nuestra estructura sólo

con el lector, y eso me divirtió mucho. Aprendí que una novela no debe empezar por el final, de ahí que en el relato haya vacilaciones y digresiones gratuitas. Me estaba enfrentando a mis propios límites como narrador. En mi papelera se acumulaban dos o tres novelas fallidas, de modo que me lancé a escribir sin ningún plan, sólo con la idea de disfrutar de lo que escribía. A ratos lo conseguí, pero hube de pasar muchos desiertos expresivos y naufragios semánticos. Sudé tinta, pero valió la pena. Gané confianza. El aspecto clínico en la novela es secundario, algo que no ocurre en los diarios. Y sí, creo que hay un nexo común que muy pocos lectores han sabido ver: una suerte de panteísmo, de rara espiritualidad, siempre relacionada con la Naturaleza.

esconde la casa del protagonista. También es distinta porque elaboras otro discurso, hay otras tramas más allá de enfermedad: ruptura, desesperación, una muerte, una traición. En “Piel roja”, además, hay un homenaje. En las dos primeras hay sumideros, en la última no hay huida. ¿A estas tres novelas sólo las une la enfermedad? La primera es algo más que un texto patográfico. Si bien se mira, es la descripción de una depresión, que es una enfermedad del alma. Lo pasé muy bien al escribirla porque eché mano de una sintaxis retorcida, sin compasión


quien trabaja con el lenguaje tiene un as en la manga: puede desdoblarse y trasformar una experiencia radical en un relato. Es un arma muy potente, que el enemigo desconoce. Por otro lado, esas experiencias radicales nos ofrecen un material incandescente que hay que saber manejar. Al transformarlas en relato dejan de ser “el enemigo” y pasan a ser un trasunto literario. Cierto es que al acabar el libro el lobo no deja de aullar. En realidad, nunca deja de aullar: No es necesario padecer una enfermedad o la muerte de su ser querido para escucharlo. Pero si no hubiera lobos no habría cuento.

conlleva dolor, adrenalina, aumento de la presión arterial… Es un miedo arcaico. Sin embargo, el miedo psicológico lo llevamos todos desde que bajamos de un árbol en África. Somos animalitos asustados. El miedo no es libre, pero los fantasmas no aguantan la mirada, al punto se desvanecen en el aire. Por eso creo que el único modo de enfrentarse a un miedo no es anticipando su venida –entonces su sombra crece-, sino afrontándolo cara a cara. Lo normal es que se haga pequeñito. Y si además lo transformas en relato has construido una empalizada.

“Un enfermo es una persona ensimismada”. ¿No lo sigue siendo superada de la enfermedad?

¿Cómo te llevas ahora con la muerte? ¿Y con la vida?

No soy de verbo torrencial, no soy muy hablador, aunque en público pueda parecerlo. Prefiero escuchar y sobre todo observar. Mis defectos son tantos que no cabrían en esta entrevista, pero sí poseo una virtud: sé observar. Escribir es educar la mirada. ¿Cómo es el miedo? El miedo es la peor tara del ser humano. El miedo físico no es muy común experimentarlo, porque

El otro día tuve que llevar a sacrificar a un perro de dieciocho años. Posé mi mano sobre su cabeza y se quedó quieto. Uno se cree muy duro porque ha pasado situaciones mucho peores, pero esas experiencias no endurecen, al contrario; nos hacen más sensibles y compasivos. Me gustaría llevarme bien con la muerte, la he tenido agarrada de la mano, pero me sigue encabronando la desaparición de un ser querido. Quizá algún día consiga reconciliarme con ella. ¿Con la vida? ¿Acaso hay algo mejor que estar vivo?

En “Diario del hombre pálido” y “Piel roja” te descubres ante los lectores, como si mirásemos a través de una mirilla. ¿Es difícil abrirse en canal, sin la máscara de protección que dan los personajes, y dejar ver vergüenzas y triunfos? No, porque en realidad escribo “desde fuera”, me sitúo como un observador de las cosas que le ocurren a un señor que se llama como yo, y a un cuerpo que se parece al mío, de modo que al igual que cuando se mira a través del visor de una cámara me distancio de lo narrado. Por otro lado no se puede escribir un desnudo integral: seleccionas, separas, deshechas. El lector no lee una experiencia, sino un relato –por lo tanto sesgado- de una experiencia. El llamado “pacto autobiográfico” no se produce entre el autor y el lector, sino entre el relato y el lector. Si el lector asiente al relato y lo hace suyo, el pacto se produce. Si no es sí, mala suerte. Por otra parte, la biografía no está compuesta sólo por las experiencias vitales; también, y en un grado altísimo, por todo aquello que hemos conocido de modo vicario, a través de otras personas, de libros, de discos, de películas… Todo ello forma parte de la biografía.


En “Diario del hombre pálido”, especialmente, hablas de la llamada “literatura patográfica”. Mencionas a Philip Roth, a Primo Levi, a Coetzee, a Didion. Ellos hablaron de la enfermedad y eso les ayudó. Ahora lo has experimentado. ¿Es verdad? ¿La literatura cura, es una medicina? ¿De qué forma te ha ayudado plasmar por escrito los dolores, las inseguridades, los miedos nacidos de la enfermedad?

¿Cómo se vive con una bala más en la recámara? Has agotado dos, queda una...

Me preocupaba arrastrar en el relato la intimidad de otros. Me impuse salvaguardar la identidad de aquellas personas que mencionaba en los libros, especialmente de mis compañeros de diálisis. Ellos fueron quienes me mostraron el camino que debía seguir como escritor, al menos durante un tiempo. Ahí me impuse una raya que no debía traspasar. Pero a lo que íbamos: ¿Cura la literatura? Digamos que es un texto balsámico. No hay que desdeñar el valor terapéutico de la literatura, especialmente a nivel emocional. Los cuentos populares muestran enseñanzas para echar azufre al daño, a las carencias. Tampoco debemos exigirle a la literatura más de lo que pueda ofrecer. Al final cada cual es responsable del modo como afronta la existencia: con amargura, con dulzura…

Escritura

¿Echas de menos no tener tiempo? Ahora que me he librado de la armadura de la diálisis me falta tiempo para hacer cosas. Necesitaría días de 59 horas. Soy disciplinado, así que creo que exprimo al tiempo todo lo que puede dar de sí…, siempre que el cuerpo me siga, claro. De “hombre pálido” a “piel roja”. ¿Cómo ha sido la transición? ¿Qué se siente? A nivel personal es una suerte de resurrección. Como escritor he madurado. Si tuvieras que definir, en tres palabras, “Piel roja”, cuáles serían? Hacia la libertad.

Varios amigos entrados en la cuarentena han fallecido en los últimos años, personas sanas, sin achaques… De ello se infiere que todos tenemos una bala en la recámara, el asunto es si tendremos ocasión de usarla. Soy optimista al respecto.

Has escrito poesía, narrativa, microrrelatos, cuentos. ¿En cuál te sientes más cómodo? El microrrelato me resulta muy cómodo, es un sofá orejero, con perro lanudo a mis pies, pero lo que de verdad me resulta interesante es ponerme retos literarios, aunque tenga que dormir en una tienda de campaña a temperatura polar.

Escribir...

¿es

una

huida?

Es una huida y una llegada. Finalmente, escribir es habitar un espacio. A la señora realidad nunca hay que darle la espalda; ella es la gran maestra. Muchos escritores afirman que sólo se puede escribir desde la más absoluta desesperación. Tú mismo has afirmado que el infierno «es una oportunidad muy estimulante para escribir». ¿Se puede escribir desde la paz, la tranquilidad, la felicidad? Escribir es un signo anómalo. Si no fuéramos mortales nos comunicaríamos con “el rayo adánico” del que hablaba Alfonso Reyes. Pero no hagamos de la escritura una sala de torturas. Escribir es un acto alegre que puede surgir desde un pozo muy negro. La novela exige un conflicto, pero ese conflicto no tiene por qué dañar al autor. Pessoa nos mostró el camino. Quizá la poesía sea el género que se alza por encima de las miserias prosaicas y expresa la felicidad. La absoluta felicidad. No faltan ejemplos que desmontan el mito de

la desesperación necesaria para ser escritor. Otro asunto es que nuestra higiene mental deje mucho que desear. Por carácter tiendo al equilibrio y a la tranquilidad: lo busco con ahínco. Los malos ratos vienen en la letra pequeña del contrato con la vida. No es necesario llamarlos. Llegan sin avisar y a veces en zapatillas. A propósito de este asunto, siempre recuerdo a Borges (cito de memoria): “Sólo me acuso de una cosa: no haber sido feliz” ¡Y lo dijo Borges, que se situaba en las antípodas de un escritor maldito! ¿Cuál de tus obras te ha hecho más feliz? ¿Y cuál hubieras deseado que no terminase nunca o que, al menos, durase un poco más? Terminar de escribir un libro es un acto de liberación. En todo caso, rescribiría alguno. Me gustaría reditar alguno de ellos. Me hizo muy feliz “Gente de Libro” (Demipage, 2005), escrito tras el calvario de “La línea Plimsoll”. Fue un libro hecho en colaboración con el fotógrafo Pedro Carrillo. La edición es hermosísima y ese libro desató muchos nudos. Lo pasé bomba escribiendo semblanzas de escritores que acompañaban a sus fotografías. Otro libro del que tengo muy buenos recuerdos es “Noticias de la frontera” (Libertarias/Prodhufi, 1994). Lo escribí a carcajadas. ¿Qué escritores te han inspirado? ¿Hay algún escritor o escritora que sea un referente? ¿A quién vuelves siempre? Juan Carlos Onetti es un maestro absoluto en la creación de atmósferas desasosegantes y crapulosas. Lo adoro. Juan José Arreola es un genio de obra mínima e imprescindible. Posee una de las mejores prosas que puedan leerse en español. Mi generación tuvo como referentes a los escritores del “boom” hispanoamericano, pero a mí me gustan más los anteriores: Onetti, Rulfo y Borges. Juan Marsé es un maestro en cuyas obras se encuentra una rara aleación: maestría narrativa y lenguaje poderoso. Aprendí mucho de la obra de Francisco Umbral (en mi tesis doctoral estudié su obra periodística), pero nadie debería dejar de leer una de las mejores novelas


que existen: “Mortal y rosa”, escrita en el transcurso de la enfermedad y muerte de su hijo. Ahí está el Umbral sin máscaras, que se bebe el dolor a morro. Imprescindible. Admiro la agilidad narrativa de Roth, la ascética maestría de Coetzee…, Marcel Proust es un refugio seguro, su obra es una gigantesca miniatura. Este año he leído tres obras impactantes: “La hija del sepulturero”, de Joyce Carol Oates; “Los peces nunca cierran los ojos”, de Erri de Luca, y “Una soledad demasiado ruidosa”, del checo Bohumil Hrabral. Cuando nada me consuela, leo a san Juan de la Cruz o regreso al Lazarillo de Tormes. O a Homero, si la cosa se pone muy fea.

¿Qué necesitas para escribir? El maldito ordenador. Ya no sé escribir a mano y he olvidado la caligrafía. De tanto pulsar teclas ya tengo letra de

médico. Si me dan a elegir prefiero hacerlo en mi estudio, quizá un poco asfixiante, emparedado de libros, pero confortable: me rodean fotografías, fetiches, piedras, recuerdos… Pero si estoy en otro sitio sólo necesito una mesa… Y el maldito ordenador.

¿Cómo comienzas a escribir? ¿La historia te llega, la buscas, la piensas, la estructuras, la meditas o la vomitas sobre el papel en cuanto te arde en los dedos? Desde hace unos años no necesito buscar historias, ellas llegan a mí y yo les cedo el paso. Creo que cuando escribo una novela lo hago en gerundio: escribiendo. Me lanzo con apenas dos o tres puntos cardinales de referencia narrativa y conforme la historia avanza la intuición me indica el camino. No siempre acierta y debo regresar de nuevo al punto de partida.

Para mí hay algo que resulta esencial y que me dice si he cogido la distancia y el tono que precisa la historia: que me sienta cómodo, alegre, aunque escriba una historia dura. No sólo se escribe con el corazón y el cerebro: se escribe con todo el cuerpo. Siempre aparecen dificultades compositivas, la elección de la perspectiva temporal y espacial… Pero en este oficio hay que insistir a sabiendas de que nunca se va a lograr el libro perfecto. Cortázar, al que adoro, lo dijo tal cual. No seré yo quien le lleve la contraria. ¿Qué te depara, literariamente hablando, este otoño-invierno? Una novela en marcha. Tengo el principio; tengo amarrado el final, tengo el tono y la perspectiva. Ahora voy rellenando huecos. Me veo el otoño-invierno colocando ladrillos. No tengo prisa por terminarla. Escribir es rescribir.


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Escritores en el exilio 17

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n Rebeca García Nieto Algunos escritores piensan que el destierro es inherente a la escritura; otros, en cambio, no creen en el exilio, especialmente cuando esta palabra va unida a la palabra literatura. Entre los primeros figuran el Premio Nobel Wole Soyinka, que concibe al artista como una persona en estado de exilio permanente cuya auténtica vocación es el derribo de las fronteras que delimitan la realidad, o Vladimir Nabokov, que se sentía identificado con el artista que está siempre en el exilio aun en el caso en que nunca haya abandonado “el hall de sus antepasados o la parroquia paternal”. En el otro extremo se encuentra Roberto Bolaño, que, pese a su condición de expatriado (huyendo de la dictadura de Pinochet, vivió en México, Barcelona o Blanes), no creía en el exilio, de la misma manera que tampoco creía en los países y “las únicas fronteras que respetaba eran las fronteras de los sueños, las fronteras temblorosas del amor y del desamor”. Tiene razón Bolaño cuando dice que no cree en el exilio porque no reconoce las frontera de los países, pero también la tienen Soyinka y Nabokov cuando equiparan al escritor con un eterno emigrante. Tradicionalmente, el oficio del escritor ha consistido precisamente en traspasar fronteras: las fronteras morales, como Sade o D.H. Lawrence, o las de la cordura, como Virginia Woolf, Sylvia Plath o, sin franquear los límites de nuestro país, Pedro Casariego o Leopoldo María Panero. A pesar de lo contradictorias que las dos posturas puedan parecer, si nos detenemos un momento en el concepto de frontera, veremos que en realidad los tres escritores están diciendo exactamente lo mismo. Los confines del mundo de un escritor no se corresponden necesariamente con las fronteras que están dibujadas en los mapas. Un ejemplo de ello nos lo da Nabokov. En una ocasión, cuando le preguntaron si se sentía americano, contestó que sí, que era “tan americano como abril en Arizona”. A lo que rápidamente añadió: “La flora, la fauna, el aire de los estados del Oeste son mi conexión con la Rusia asiática y ártica. Por supuesto, le debo mucho al idioma y al paisaje ruso para poder implicarme emocionalmente en la literatura americana regional”. Esta sorprendente afirmación de Nabokov ponía de manifiesto que bajo el mapa de la América donde vivía se podía entrever el de la Rusia de su infancia. No parece, por tanto, exagerado decir que un escritor no vive exactamente en el mismo mundo en que habitan los demás. Entonces, ¿en qué clase de mundo vive?, se preguntarán. Dejemos que esta pregunta la conteste alguien que sabe mucho de exilios y de escritura…

Erri de Luca dijo que“La literatura no es un decorado, sino el suelo donde nos apoyamos: ponemos los pies encima de la cabeza de los cuentos de nuestros padres”. También Bolaño afirmó que para el escritor de verdad su única patria es su biblioteca, “una biblioteca que puede estar en estanterías o dentro de su memoria”. Si un escritor vive en los libros, no es de extrañar que Dostoievski, desterrado por partida doble en Siberia (en una prisión donde le prohibieron escribir y le vetaron cualquier acceso a los libros), considerara que esos años habían sido una muerte en vida. Dostoievski recordaba esa época como los cuatro años en que había sido enterrado vivo en un ataúd. No obstante, ese fallecimiento de cuatro años de duración (finalmente le conmutaron la sentencia a pena de muerte por una muerte menos definitiva y duradera) no fue tan terrible como se podría imaginar. Es cierto que el destierro partió su vida en dos; pero, en palabras de Dostoievski, sin la prisión se habría vuelto loco. En una carta a un amigo afirmó que, a través de ese infierno helado, había aprendido a vivir de forma feliz y sus mejores pensamientos habían surgido en aquel entonces. Según él, sólo en Siberia pudo comprenderse a sí mismo y a Cristo. Es probable que una experiencia tan extrema le obligara a cruzar una frontera interior y abriera la puerta a lugares dentro de sí mismo donde no había estado. Por otra parte, Siberia dotó de una nueva dimensión a su literatura. Al volver a casa, escribió The house of the dead, donde relataba los hechos de los que había sido testigo y las historias que había escuchado en prisión. Fascinado por el hecho de que el ser humano pudiera cometer las mayores atrocidades sin inmutarse, a partir de The house of the dead, el tema del crimen y la culpa encontrarían cabida dentro de su obra. Dejando por un momento los destierros involuntarios, y antes de profundizar en los exilios incompletos, me voy a detener por un momento en los exilios consumados. Un ejemplo de ellos fue el de Joseph Conrad. Desde que partió de su patria, el eterno marinero apenas escribió sobre su país natal y no publicó nada en su lengua materna, el polaco. Sin embargo, las huellas de su exilio pueden adivinarse en el aislamiento en el que viven la mayor parte de sus personajes. Por citar sólo un ejemplo, Marlow, en un punto de El corazón de las tinieblas, afirma “Vivimos como soñamos, solos”. Otro ejemplo de exilio consumado es el de J.M. Coetzee, que dejó su Sudáfrica natal porque “allí había demasiada realidad, mucha más de la que el arte podía soportar, e impedía cualquier acto de la imaginación”. Para Coetzee, la literatura sudafricana es en 18


gran medida literatura de la esclavitud: los escritores sudafricanos escriben como cabría esperar de alguien que está en prisión. Dada la extensión del país, también hay “literatura de la vastedad”, reconoce Coetzee, pero, aun así, “los escritores están atrapados en la infinitud”. Para poder escapar de esa vasta prisión, Coetzee vivió una temporada en Londres y en Estados Unidos. En 2006 le fue concedida la nacionalidad australiana, lo que le proporcionó la lejanía suficiente como para poder escribir sobre su país de origen manteniendo la distancia de seguridad.

Yendo un poco más allá, hay escritores que emprenden un exilio interior sin tener que salir de su propia habitación. En este sentido, resulta paradigmático el éxodo de Kafka, que se sentía completamente extranjero en su propia casa. En sus cartas y diarios, Kafka dice sentirse ajeno a su entorno, mayoritariamente judío, ajeno incluso a sí mismo: “¿Qué tengo en común con los judíos? Apenas tengo

Pero también hay exilios que no acaban de consumarse. En otras palabras, hay personas que salen de su país pero nunca terminan de llegar a su destino. Una prueba de que las fronteras del mapa de un escritor no tienen una correspondencia exacta con las del mundo real es el hecho de que algunos escritores que se marchan al extranjero para siempre no consigan salir de su país del todo. En este grupo se encuentra Joyce. Podría decirse que el irlandés representa el prototipo de la concepción rilkeana del hombre. Para Rilke, el hombre es “la criatura que está incesantemente partiendo”. Ya en el exilio, Joyce solía decir a sus conocidos que cada día, y de todos los modos posibles, andaba por las calles de Dublín. Al parecer, sólo lejos de Irlanda pudo seguir “viviendo” en su tierra natal. Es probable que Joyce, al igual que el protagonista de su Ulises, Leopold Bloom, partiera al exilio antes incluso de abandonar su patria. Respecto a Bloom, es difícil imaginar un destierro mayor que el de un judío que trata de integrarse en un país tan católico. Otro ejemplo de que los puntos cardinales al uso no son del todo válidos para orientarse en el mundo interno de un escritor es el de aquellos escritores que, como Leopold Bloom, se exiliaron sin tener que salir de su patria. Entre ellos figura Boris Pasternak, una especie de emigrante interno, que, pese a su odio por el régimen soviético, nunca dejó su país. También el austriaco Thomas Bernhard se sentía extranjero entre sus compatriotas. Sus novelas están llenas de improperios dedicados a su odiada Austria. Así, en Corrección, Bernhard describe a los austriacos como un “Pueblo arruinado como ningún otro, en el que, además de las deficiencias mentales en él innatas, no quedaba más que hipocresía”. Da la impresión de que Bernhard estaba tan atrapado en su país como Roithamer, el protagonista de la claustrofóbica novela, que, por muchas veces que saliera de su país, no lograba salir de la buhardilla donde había pasado gran parte de su vida: “Había ido cinco o seis veces de Inglaterra a Altensam y, en el fondo, sólo en la buhardilla de los Höller”.

De hecho, su padre solía comparar a un amigo judío de Franz con un insecto como el que inmortalizó en su famosa Metamorfosis. Podríamos decir entonces que el exilio es un asunto, más que geográfico, metafísico, ya que tiene lugar principalmente en el alma. Quizá el ejemplo más extremo de exilio lo encontremos en los casos en que, además de tener que abandonar la madre patria, el exiliado es privado de su lengua materna. Por así decirlo, quien se exilia del lenguaje, se exilia mucho más lejos. En este sentido, una persona consuma el exilio, y vuelve a sentirse como en casa, una vez que adopta el hogar de una nueva lengua y piensa en la lengua de su país de adopción. Nabokov, claro ejemplo de exilio incompleto, estaba bien adaptado a los Estados Unidos y su dominio del inglés era absoluto; sin embargo, jamás abandonó Rusia por completo. El escritor ruso-americano reconoció que no pensaba en ningún idioma, sino en imágenes. Es cierto que en un principio trató con todas sus fuerzas de levar las anclas que le ataban a su tierra natal. En su poema A Rusia, el escritor mostraba lo que estaba dispuesto a hacer para librarse de su patria: “Estoy preparado para esconderme para siempre y vivir sin nombre. Estoy preparado, a menos que nos reunamos sólo en sueños, para renunciar a todos los sueños concebibles; para dejarme drenar toda la sangre, para estar tullido, para deshacerme de todos los libros que amo, por el primer lenguaje que tenga a mano intercambiar todo lo que tengo: mi propia lengua.”

algo en común conmigo mismo, y debería meterme en un rincón, en completo silencio, contento de poder respirar”. Como muestra su Carta al padre, Kafka responsabilizaba a su progenitor de ese sentirse extranjero entre los suyos que le persiguió siempre. Parte de los reproches que le hacía tenían que ver con su “judeidad”. Al parecer, el judaísmo de su padre era mínimo y no le educó en la fe judía como a Kafka le hubiera gustado. 19

Más tarde, sin embargo, en el epílogo de Lolita, reconocería que: “Mi tragedia privada, que no puede ni debe interesar a nadie, es que tuve que abandonar mi idioma natural, mi libre, rica, infinitamente dócil lengua rusa por un inglés mediocre, desprovisto de todos esos aparatos –el espejo falaz, el telón de fondo de terciopelo negro, las asociaciones y tradiciones implícitas– que el ilusionista nativo, mientras agita los faldones de su frac, puede emplear mágicamente para trascender a su manera la herencia que ha recibido”. Hay que suponer que la relación de Nabokov con su madre patria, como la de todo el mundo, era ambigua. A esta ambigüedad “natural” hay que añadir la idiosincrática del escritor: amaba la Rusia de antes de la Revolución Bolchevique, pero odiaba el régimen soviético que condenó a su familia al destierro. De


hecho, para Nabokov, el ruso era “un tesoro nacional del que el usurpador bolchevique se apropió, entregándoselo a la plebe”. El escritor siempre aspiró a que su obra descansase en las estanterías de las casas rusas, por eso se encargó personalmente de la traducción de su obra al ruso. El hecho de que las autoridades prohibieran la publicación de sus libros en su país natal era para Nabokov el destierro más cruel que un escritor podía sufrir, el verdadero exilio. No obstante, el apego que tenía a su tierra era tal que renunciar a Rusia, y al ruso, era como desprenderse de una parte importante de su alma. Por ello, “el escritor bilingüe”, afirmó, “especialmente en el exilio, puede sentirse traidor, amputado y dividido”. Para Nabokov, el lenguaje es la base de la identidad. Renunciar a su primera lengua pondría en peligro su integridad espiritual, tal vez por eso cambió de opinión y se dedicó a hacer lo imposible por preservarla. Cuando, muchos años más tarde, le preguntaron si aún se sentía ruso, Nabokov dijo que sí y que todas las novelas, los relatos cortos y poemas que había escrito hasta entonces eran una especie de tributo a su país, consecuencia de la onda expansiva del shock que supuso para él tener que dejar Rusia. Al seguir inmerso en su lengua materna, Nabokov conservó el nexo de unión con la Rusia de su infancia. Como no podía ser de otra manera, es posible rastrear las huellas de estos vaivenes vitales en su obra. En su juventud, cuando escribía bajo el pseudónimo de V. Sirin, el autor era muy aficionado a condenar a sus personajes al destierro interno. Para Nabokov, las mejores obras de Sirin eran aquellas en las que condenaba a los personajes “al solitario confinamiento de sus almas”. Incluso Humbert Humbert en Lolita, el personaje que le dio la fama, era un exiliado que vagaba sin rumbo por las carreteras poco transitadas de los Estados Unidos, sin más equipaje que sus recuerdos de la Vieja Europa. Pese a lo precavido que solía ser con sus personajes, tratando de mantenerles a raya para que no traspasaran los límites de su identidad, los rasgos de algunos de ellos dejan entrever el propio rostro de Nabokov. En este sentido, quizá sea Pnin la novela que más contiene del escritor. El narrador de Pnin es un tal Vladimir Vladimirovich (Vladimir hijo de Vladimir), profesor de ruso y ferviente apasionado de los lepidópteros. Conociendo la afición de Nabokov por los narradores poco fiables, el lector debe mostrarse precavido ante este narrador: es demasiado parecido a su creador como para ser verdad. Sin embargo, los críticos coinciden al considerar que Nabokov utilizó algunos aspectos de su biografía para dar cuerpo a los personajes de esta novela. Al igual

que el escritor, el profesor Timofey Pnin estaba tan preocupado por preservar el ruso que incluso cuando hablaba en inglés lo hacía con las reglas sintácticas rusas. Se podría decir que el profesor Pnin hablaba inglés en ruso. Pero sería en las obras en que crea un mundo propio donde Nabokov daría un paso más allá en su exilio. Al inventar un país nuevo, como Zembla en Pálido fuego, o reinventar el universo con nuevas reglas del Espacio-Tiempo, como en Ada o el ardor, el escritor deserta del mundo real y se destierra incluso del propio destierro. Si hasta entonces había vivido en tierra de nadie, en un mapa donde Rusia y Estados Unidos estaban yuxtapuestos, con estas novelas Nabokov se adentra en un nuevo mundo. En Pálido fuego, el protagonista, el profesor de ruso Charles Kinbote, inventa Zembla, una especie de refugio del mundo real sospechosamente parecido a su país natal. Rusia asoma también en Antiterra, parte del complejo universo donde transcurre Ada o el ardor. En esta novela, la historia toma derroteros distintos a los que tomó en la vida real. Así, el Imperio Tártaro no se desintegró, por eso hordas de ciudadanos rusos pueblan la región de Norteamérica llamada Estocia… Por otra parte, se ha dicho que el idioma que se habla en Zembla, inventado por Nabokov en Pálido fuego, es una “síntesis de raíces eslavas y germánicas” que permite al escritor “fundir en el reino de su imaginación sus infancias rusa e inglesa y su bagaje cultural ruso y anglo-americano”. Si anteriormente dijimos que renunciar a la lengua materna suponía la amputación de una parte importante de la persona, inventar un lenguaje nuevo es una especie de torniquete con el que se intenta suturar la herida que se ha producido en el alma. Como afirmó Humbert Humbert en Lolita, “Sólo tengo palabras con las que jugar”. Efectivamente, el escritor sólo tiene palabras, pero éstas son toda la materia prima que necesita para construir, y amueblar, un mundo donde cobijarse. Esto es aplicable a la mayor parte de los escritores exiliados, inventen un idioma nuevo o no. En última instancia, el escritor vive en sus libros; es decir, en un mundo construido a su imagen y semejanza. Gracias a la literatura, el escritor puede desertar del mundo real. Así, Kafka logró ponerse a salvo en un rincón de su habitación en La metamorfosis o dar enormes rodeos en los laberintos de El castillo; Bernhard pudo ponerse a cubierto ocultándose de sus compatriotas en la buhardilla de los Höller; Bolaño hizo que se desatara una enorme tormenta de mierda en su país natal en Nocturno de Chile o el marinero Conrad pudo pasar la vida navegando plácidamente en su mar de palabras. 20


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Salvador J. Tamayo UNA CHICA BONITA

Ignacio Ballestero CUALQUIER OTRO TIEMPO, CUALQUIER OTRO LUGAR

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María Sevilla STONE JUNCTION

José Braulio Fernández ÚLTIMAS TARDES CON TERESA

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Annie Montauk LA INSOPORTABLE GRAVEDAD DEL SER

Iraide Talavera SIMPLEMENTE ALLAN

Víctor Lorenzo LA CARA OCULTA DE LA AUTOPISTA

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Alejandro Palomas ESCRIBIR CON LA MANO QUEMADA

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Laura Bordonaba DOCTOR GLAS

Begoña Martínez ESPACIO

Pedro Larrañaga ¡LIBRERO, TU PADRE!

Verónica Lorenzo WELCOME TO EL IDILIO

Juan Carlos Aguirre LA VIDA COMO UNA BROMA INFINITA

Elena Triana QUE ME HAGA DAÑO


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Marga Martin UN BRITÁNICO CONTRA EL TÍO SAM

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Yanina Rosenberg AMAR AL ENEMIGO

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J. Álvaro Gómez FAHRENHEIT 451

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Fusa Díaz LA LUZ UN PRIMERO DE JUNIO

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Alejandro Larrañaga LA EXPERIENCIA DE BUSCAR Y ENCONTRAR

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Anabel Rodríguez MATAR A UN RUISEÑOR

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Francisco Jurado RESIGNARSE A AMAR

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Ainize Salaberri GARRAPATEAR LOS AÑOS

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Marta G. Garrido EL SABOR DE LA INFANCIA EN UNA NOVELA


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Stone Junction

n María Sevilla Existe una leyenda acerca de una especie de secta cuyos miembros regalan o recomiendan los libros del escritor mexicano Francisco Tario. Se dice que en el momento en que uno de sus miembros toma consciencia de tal cosa, deja de pertenecer a ella y pasa a ser más lector que sacerdote. Es una idea hermosa. Quién no ha sentido el placer de verse iniciado a través de una recomendación casual en algo maravilloso que acaba por convertirse en objeto de veneración y que, a su vez, es recomendado con verdadero fervor para que pueda regenerar ese estado de éxtasis que sólo se siente la primera vez que se cierran sus páginas. Advertencia del autor: “Este libro es una obra de ficción. FICCIÓN. Si se cree otra cosa, asúmanse las consecuencias.” “Stone Junction, una epopeya alquímica” es el nuevo título con el que Alpha Decay reedita esta joya de Jim Dodge que ya publicaran en 2007 bajo el título de

“Introitus lapidis” y que consideran el mejor libro de su catálogo. Un nombre épico para una novela que anda a medio camino entre la road story y una leyenda de iniciación. Búsqueda espiritual, sed de venganza y realización de un verdadero héroe que debe enfrentar su propia odisea. Y es mágica, sin duda. Porque si hay algo que atraviese las páginas de esta novela concebida como una huída desquiciada hacia un punto imposible de imaginar, eso es la magia. La magia entendida como ese halo de irrealidad que rodea a tipos peculiares y exquisitamente perfilados, capaces de hacer de la realidad una extraña dimensión que se contrae y expande a placer del autor. “Pero, ¿sabes?, lo que pasa es que el cerebro procesa información, y la información puede ser un viaje interminable.” Daniel Pearse debe vengar la muerte de su madre

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“El Diamante golpeó el río como un cometa, y medio Mississippi saltó en erupción en forma de géiser, una magnífica fuente convertida en oro por el sol poniente.”

adolescente. Tiene que comprender. Daniel tiene que crecer. Para ello, contará con la sucesión de mentores que pertenecen a una especie de liga secreta de dimensiones desconocidas. Una red que reúne a maestros tan dispares como el camionero Smiling Jack que introduce a Daniel y a su madre en los secretos de la AMO, esa Alianza de Magos y Forajidos que, muy al contrario de lo que pueda entenderse, elige a aquellos que parecen destinados a no encajar en la sociedad pero que tienen los poderes para darle la vuelta y hacerla saltar. La cualidad de desaparecer y actuar en la sombra.

“Stone Junction” es una novela de formación que vadea por entre los rasgos más extremos de lo humano. El peligro está ahí y existe, pero es la única opción. El juego del autor es hacernos creer que “sabemos” de lo que se está hablando en cada momento para estamparnos al final el juego que viene desarrollando de forma magistral.

Así, el joven Daniel pasará por las manos del viejo Wild Bill Weber que le enseña meditación, pesca, contemplación y control sobre el propio cuerpo y sus desastres; el loco Mott Stocker que lo llevará a fundirse con el mundo de las drogas desde su producción; el escurridizo Willie Clinton, capaz de deshacer los sistemas de seguridad más avanzados; el mago del póquer Bad Bobby Sloane con el que rodará por carreteras y hoteles de lujo hasta aprender lo que es ganarlo todo para perderlo después en pasajes clásicos y tremendamente divertidos donde el autor hace gala de saber muy bien de lo que habla, de un mundo en el que la apuesta moral es tan importante que acaba por devorarlo todo y a todos. Con Jean Bluer, Daniel aprenderá travestismo como la verdadera y compleja usurpación de una persona desde los niveles más básicos hasta aquellos aspectos que hacen de cada uno de nosotros una persona única y –supuestamente– irrepetible. Primera regla: olvidar qué somos. La pérdida de la identidad. Jean Bluer no existe, en realidad.

Lo voy a decir, “Stone Junction” ha resultado ser una historia de amor. De tanto amor que no lo parece en absoluto. En palabras de Thomas Pynchon, leerla es como estar en una fiesta donde se celebrara sin parar todo lo que importa. Es Jim Dodge el tipo de hombre sabio y apasionado que todos hemos deseado como mentor, eso dice él. Y yo lo quiero también. Con la sonrisa de guardarse un as en la manga, con su camisa de franela y su rancho aislado en algún lugar de Sonoma County. Ese hombre que dice haber aprendido una enorme lección de una mujer atabascana con la que tuvo la suerte de trabajar y que le respondió al respecto de cómo hacer funcionar las historias: “Oh, ya sabes, las historias van de cómo te metes en problemas y cómo sales de ellos”. Desde entonces hizo suyo ese elemento del “cómo” para contar historias.

Y al final, cuando el ritmo se hace insoportable, el Gran Volta. El jefe, el padre, el enemigo, el último mentor.

“Muchos de mis personajes luchan por aprender cómo amar, cómo aplicar su pasión en el mundo, cómo sobrevivir al sufrimiento que el amor inevitablemente engendra.”

Daniel deberá recuperar las riendas de lo que parece una vida dirigida desde el mismo momento de nacer, superar a sus maestros y hacerse con una meta personal. Su propia aleación con el mundo. Algo que supere todos los niveles alcanzados. Una explosión. Y por supuesto, existe un grial.

Porque sus novelas tienen el ritmo frenético de un rock n´roll, despiden polvo y sabiduría y son, lo que se dice, un verdadero viaje. Una de esas ocasiones tan maravillosas como trágicas en las que piensas con verdadera devoción, esta es la novela que yo hubiese querido escribir.

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Una chica bonita Héroes, de Ray Loriga

Cuando tenía catorce años todavía rezaba, y le pedía a Dios una chica bonita. (…) Nunca he pedido nada. Nada que no sea una chica bonita.

n Salvador J. Tamayo Desde que leí “Héroes” –hace más años de los que me gustaría admitir–, he revivido sus páginas cada vez que me he encontrado con una chica bonita. Tampoco han sido demasiadas, pero sí las suficientes para reconocer que es una de las diez novelas con las que, llegado el día, no me importaría incinerarme. Afirmar eso es afirmar demasiado.

Morrison, pero no sentirte como Jim Morrison te convierte en casi nada». Referencias, justificadas e imprescindibles, que componen la banda sonora de la novela y sobre todo, la eterna melodía de fondo. En cada palabra, la chica bonita con los labios pintados de rojo con los que alguna vez firmó algún disco, o algún libro. La eterna protagonista que pasea, como la señora que es, por las ciento noventa y una páginas de esta peccata minuta:

Acaba de cumplir la mayoría de edad. Desde que saliera publicada en 1993, nada y todo ha cambiado en esta cosa tan confusa de las letras y las ganas. Loriga es el escritor que ha querido ser, el que sin ningún cuidado y sin importarle quién estuviera –ni si realmente estaba alguien– al otro lado del papel, se ha desnudado en cada nueva obra. La mentira y la rabia se confunden en los capítulos de “Héroes”, más allá de algunas frases potentes que, años atrás, podríamos haber escrito en nuestra carpeta del instituto. En la parte de afuera y con rotulador indeleble, por favor, para que todo el mundo viese cómo nos las gastábamos. En el instituto fue cuando leí por primer vez a Ray Loriga. A través de sus páginas descubrí a Jim Morrison, Lou Reed, Dennis Hopper, Al Pacino y a Neil Young: «Sentirte como Jim Morrison no te convierte en Jim

«¿Mi mujer será la chica rubia, o tendré que ocultarle a ella que no lo es? ¿Qué pinta tendré follando? Cuando pase todo este tiempo, ¿dónde estará este de ahora y dónde estará el de después y donde estaré yo en medio de todo esto? ¿A qué me pareceré cuando sueñe? ¿Qué pasa con lo que has hecho? La responsabilidad sobre todas las cosas que hacías debería caducar, como las latas». A “Héroes” le siguió: “El hombre que inventó Manhattan”, “Ya sólo se habla de amor”, “Lo peor de todo” y “Trífero”, considerada por muchos la mejor novela del escritor y cineasta. Esta afirmación me genera muchas dudas y algún

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que otro problema. Problema para aceptar ese canon, siempre impuesto y a veces impostor, en el que suelen aparecer como “obra menor”, en mi opinión, los trabajos descarnados y de estructura poco convencional; pero lejos de esas novelas insufribles plagadas de referencias, autorreferencias y pretenciosos monólogos interiores que no dicen nada. “Héroes”, es el punto de fuga de toda esa literatura. El punto de fuga que provoca la envidia de lectores y escritores. Siento envidia de Ray Loriga, y no de la literatura de Ray Loriga o de la forma de escribir de Ray Loriga, sino de la forma de sentir de Ray Loriga. Siento envidia de que mis demonios puede que nunca les hagan sombra a los suyos, y eso –ahora sí– se nota cuando escribe. Cuando se escribe: «Vendo mi corazón en parcelas, las más caras tienen buenas vistas», «Cuando bajó a desayunar su madre le preguntó qué tal había dormido y aquello era igual que preguntarle a Kennedy qué tal le había ido por Dallas», «No voy a escribirle un poema al coño de la chica de las páginas centrales, pero lo cierto es que tampoco me la ha puesto nunca dura un poema». «Ni a mí tampoco», escribí en mi ejemplar, con bolígrafo negro, por aquel entonces.

independientemente de las sensaciones, el dolor o la resaca del narrador. Casi doscientas páginas de una nebulosa de recuerdos en los que se adivina un polvo, alguna Fender Jaguar gritando y la negación del Dios tradicional para adorar sólo a la belleza, que al fin y al cabo es lo único que importa. Por definición ontológica los recuerdos pertenecen al pasado. En castellano podemos emplear casi cualquier tiempo verbal para escribir sobre ellos, aunque la genialidad formal radique en la maraña que se adivina al usarlos indistintamente sin orden aparente.

Cristina Rosenvigne. Conocí a Ray Loriga por Cristina Rosenvigne. Leí a Ray Loriga escuchando Continental 62 de Cristina Rosenvigne.

«La polla de la estrella entra y sale sin cortar nada. No se atasca.»

“Héroes” funciona como una road movie. Cada capítulo se presenta como un destello realvisceralista, en el que sin demasiado esfuerzo nos trasladamos a una habitación enmoquetada de un hotel en Manhattan, donde Leonard Cohen podría haberse tirado a Janis Joplin, Patti Smith se habría dejado fotografiar por Robert Mapplethorpe e Iggy Pop hubiera aspirado algo de polvo sobre las caderas de Nico, eso sí, con su armonio a un lado. La estética de la ansiedad por los recuerdos, que a todos los que hemos jugado alguna vez a sentir fascinación por lo maldito, hemos querido sufrir. Sin pedir perdón, ni mucho menos dar las gracias. «La estrella de rock de las letras europeas» dijo The New York Times de Loriga al publicar esta novela hace casi veinte años. Tenían que ser yankees y, para colmo, del The New York Times. En España los escritores que se hacen pasar por estrellas de rock están más tiempo en el baño de algunos garitos de moda empolvándose la nariz, escribiendo “aforismos” en su Facebook y entrevistando a prostitutas, que haciendo crecer su propia literatura. Y no, lo primero no es requisito indispensable para lo segundo. Loriga no es una estrella de Rock, esas etiquetas dejémoslas para la –mala– prensa. Loriga simplemente es un chico de barrio que supo hacer daño con cada párrafo, como vemos en la novela que trato en este despropósito de mil trescientas palabras. Ni siquiera fue la voz de una generación de escritores; comparar es odioso pero incluso me atrevería a decir que dentro de su generación, Juan Bonilla ha ejercido más influencia que él en los años posteriores. De forma y estilos distintos, evidentemente. ¿A quién le importa? Emociona, y mucho. Con eso sobra. La Velvet Underground en unas frases: «Lou Reed se había quedado dormido (…) El decía: Preferiría que bebieseis mi sangre y me jodierais y acabaseis conmigo de una vez. Todos creéis conocerme bien, todos pensáis que sois especiales, pero al final todos queréis que cante Walk on the Wild Side con la boca llena de espaguetis.» El espíritu de “la Velvet” y el descaro de Lou Reed, no sólo para afrontar la lectura, sino para utilizar “Héroes” como un mapa de carretera, como una Biblia a la que obedecer en los escasos momentos de dudas o inanición que se nos puedan plantear cuando cumplimos años, libros y kilómetros. Tan sólo por la manera en la que Loriga trata el tiempo, “Héroes” merece la pena. Recuerdos hilados por impulsos eléctricos que hacen del tiempo narrativo el único protagonista,

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«Era un chico tan guapo, que el tiempo se había olvidado de él.» «Puede que el chico que dormía con gatos no supiese qué coño estaba haciendo pero los gatos sí sabían con quién estaban durmiendo.» «Cada vez que pasaba la noche fuera, traía cicatrices en el vestido.»

«Los niños (…) sueñan con ser astronautas pero en el espacio no cuentan con ellos.»

Recuerdas una habitación de hotel en Barcelona cerca de la plaza Sant Jaume hace algunos años. Cuatro. O tres. Vuelves y no hay rastro del edificio donde creías que estaba; sin embargo, la librería que tomaste como referencia –para no perderte– sigue en el mismo lugar y el señor que te recomendó ese ensayo de Primo Levi te mira desde la puerta, rascando en su memoria de qué le suena tu cara. Termina el concierto y sales a tomar unas copas con la banda. A las cinco horas acabas con un tipo que no conoces hablando de la mejor manera de hacer pasta al pesto; llevas toda la noche a su lado y le quieres como a un hermano. Nueve horas en un autobús dirección Levante, el sur queda lejos y sabes que si quisieras sólo tardarías veinte segundos en recorrer toda España. Sin Súper 8 ni stop motion. Veinte segundos. Has perdido tu chaqueta. En el banco de piedra de la estación; la visualizas en el banco de piedra de la estación. Sientes frío y piensas en Groenlandia, en los Zombies de Groenlandia y en que hace tan sólo unas horas acaba de morir Bernardo Bonezzi. El último héroe a la altura de Lou Reed. Y los que pensamos que entender así la realidad es la máxima expresión de belleza, sentimos consuelo por nuestra mala memoria y damos rienda suelta a la intuición que al fin y al cabo – terrible– parece que es lo único que realmente nos queda.


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Últimas tardes con Teresa El ser humano tiene como meta enmendar sus errores heredados, prosperar, ascender. Aunque la andadura hasta ese destino esté salpicada de trampas, siempre intentará sortearlas. Incluso aquellas que enredan con los principios que le han hecho llegar hasta esa posición, aquellas trampas que la razón no entiende y el corazón desmiente. Las celadas de la razón la razón resuelve; en las del corazón, se pierde.

n José Braulio Fernández Riesgo Cuando nos sumergimos en la lectura de “Últimas tardes con Teresa”, de Juan Marsé (Barcelona, 1933), y nos encontramos frente a frente con la crudeza del pijoaparte, nos asaltan algunas cuestiones que a lo largo de la novela van quedando respondidas, aunque esas respuestas se encuentren alejadas de lo aceptable por nuestra idiosincrasia contemporánea. Manolo, el pijoaparte, no solo es un personaje, encarna una cultura migratoria de interior que se ha hecho a sí misma, heredero de una tradición sureña que pugna por encontrar acomodo en un entorno tan arisco como la Cataluña de posguerra, con Barcelona como punto de inicio y con el estigma de tener un destino esbozado. Manolo personifica al charnego, contracultural, heterodoxo, algo gamberro, canalla a veces; pero de gran corazón, superado por su ansia de ser algo más que una cifra entre la multitud, deseoso de demostrar al mundo que su origen no es ningún obstáculo, para sobreponerse a los clichés, aunque para ello deba comenzar desde lo más bajo, robando, y aunque se vea obligado a fingir sentimientos que no experimenta, aptitudes que no posee, llevarse alguna paliza que le sirva también para reencontrarse consigo mismo y tomar el impulso que le ayude a saltar una barrera más de las innumerables que están sembradas en su camino hacia un futuro incierto que se afana por esclarecer. “Desde luego, la mala suerte le hacía guiños: lo ocurrido, por ejemplo, con la última motocicleta que se decidió a robar para estabilizar un poco la situación económica, aprovechando que Teresa


No seremos los abogados que defiendan desde estos renglones a un sujeto como Manolo; pero, como ser humano, no sólo puede culpársele de su proceder. Y para entenderle es necesario presentar a Teresa, una burguesita de familia adinerada, con todo lujo, sin más preocupaciones que sus caprichos. Cansada de su opulencia busca satisfacer su curiosidad burguesa en los problemas de otras clases sociales. Como a todo ser humano, los problemas de los más desfavorecidos siempre despiertan la atención, aunque sólo sea para regodearnos íntimamente por nuestra fortuna. Y desde la universidad, entonces en plena ebullición y contagiada por aquel ambiente de solidaridad y compromiso con el obrero y contra el régimen que los constreñía, desciende en el mismo ascensor en el que sube Manolo. Y en ese trayecto inverso se encuentran dos naturalezas antagónicas cuyo entorno repele y atraen sus instintos. La valentía y la arrogancia del pijoaparte enmascara sus debilidades, las debilidades del inseguro que compensa con remedos de confianza y osadía del que día a día se siente mejor que los peores y aspira a ser el peor de los mejores para, desde abajo nuevamente, ascender. Porque Manolo sólo sabe ascender, es su meta; aunque dé demasiados rodeos por los infiernos antes de dar el paso definitivo. Sus paseos por debajo le reafirman cada vez más en su idea, no son paseos baldíos, refuerzan su fijación, maduran su entereza, su tortura le fortalece. “Su mirada escrutadora y desconfiada iba del niki y los tejanos del golfo a los níveos pantalones blancos, sandalias y blusa de seda de la señorita -fulgor pacífico y libre de sospecha-. Manolo no comprendía el significado de aquella palabra, que más bien parecía un sortilegio. Entonces el gris dio un paso al frente, sonrió con ironía y bramó: “¡Parentesco con la señorita, joer!” Astuto Sherlock Holmes (diría Teresa más tarde, riéndose) con acento andaluz y notoria perspicacia. Manolo bajó los ojos un instante, tocado; y allí aquella noche como en ésta aquí, contestó con fervor: “es mi novia” ante alguien que sonrió incrédulo, mirándole burlonamente, casi con pena; y lo mismo que ahora, él sospechó ya entonces que lo más humillante, lo más desconsolador y doloroso no sería el ir a parar algún día a la cárcel o el tener que renunciar a Teresa, sino la brutal convicción de que a él nadie, ni aun los que le habían visto besar a Teresa con la mayor ternura, podría tomarle nunca en serio ni creerle capaz de haberla amado de verdad y de haber sido correspondido.”

estaba en Blanes. Fue al día siguiente, después de convencer a su cuñada para que le sacara el traje del tinte (por lo menos, si Teresa volvía con su madre, que no le vieran vestido como un golfo). Era el 18 de julio, precisamente. A las cuatro de la tarde bajaba por la carretera del Carmelo y cerca del parque Güell adelantó a dos parejas de novios del barrio. Les oyó cuchichear a su espalda, le criticaban, y él, repentinamente, como si hubiese olvidado algo, se paró y tanteó sus bolsillos. Sacó todo el dinero que tenía: rubias y calderilla. “Esto no puede ser, eres hombre muerto”. Entró en el parque Güell. […] Y también daría un “tirón” (el último, esta vez de verdad) para gastos inmediatos.” Si alguien ha nacido con un handicap que a cualquiera se tornaría insalvable, ese es el pijoaparte. Las decisiones de un hombre que procede del estrato más humilde de la sociedad siempre son discutibles cuando con ellas otras personas se ven perjudicadas, dudamos de su idoneidad porque nos han enseñado a pensar en las consecuencias de cada acción; pero, ¿podemos cuestionar las decisiones que toma Manolo, que juzgamos, sin más reflexión, reprobables? Manolo ha aprendido a sobrevivir; a nosotros, por el contrario, nos han enseñado a aplicar nuestras enseñanzas a la vida. Para Manolo lo reprobable es su medio de subsistir, y, aunque nos parezca una contradicción, eso es lo que, desde su particular concepción del mundo que le rodea, es correcto. O, por mejor decir, lo idóneo. ¿Podemos amonestar, desde el privilegiado púlpito de la sociedad contemporánea y políticamente correcta, al pijoaparte por contravenir nuestros preceptos?

Manolo sólo es un modelo arquetípico del inmigrante que llega a Cataluña en busca de mejor fortuna, espoleado por la miseria, hombres hechos a sí mismos que se desenvuelven en su particular far west despiadado, desangelado, lánguido. Teresa sirve para desentrañar a un pijoaparte hermético y astuto como una rapaz. La oposición entre dos concepciones de la vida tan diferentes nutre la historia de un sinfín de aristas que facilitan la reflexión, que, como siempre, de eso se trata. Teresa idealizaba a Manolo; Manolo miraba a Teresa con admiración de su opulencia, permitiendo a su imaginación volar y soñar con escenas que había soñado desde su infancia, en las que el desgraciado se torna afortunado y solventa todos los lances con envidiable maestría. Una crítica soslayada a las élites ensombrecida por la fabulosa luz que dos personajes opuestos y enlazados en su propia contradicción desprende. 28


B r e v e s

El ángel devastado MARINA P. DE CABO Annemarie Schwarzenbach (Zúrich, 1908-Sils, 1942) se asoma al desierto. El paraje que se extiende ante ella lo engulle todo. En esa suerte de polvoriento, inhóspito, ocre fin del mundo sitúa gran parte de sus crónicas y relatos. La desoladora estepa hace oscilar la realidad: las noches se colman de fantasmas, la densidad de los días resulta insoportable. La arena es permeable a los espejismos, que acechan como perros salvajes. Sus libros Muerte en Persia (Minúscula, 2003) y Todos los caminos están abiertos (Minúscula, 2008) se construyen en curiosidad y miedo a partes iguales. Annemarie Schwarzenbach recela del horizonte; más allá, Europa se agrieta. Corre el año 1939. La sutilidad de su escritura integra la exaltación, el miedo y la impulsividad propios de un espíritu indomable desarrollado en la más exquisita ambigüedad: esta bella joven de aspecto varonil se debatió durante toda su vida entre la rectitud de la aristocracia suiza, a la que pertenecía su familia, y la inteligente afrenta que su querida Erika Mann arrojó al mundo. Ver a una mujer (Minúscula, 2010) y la trágica historia de amor narrada en Muerte en Persia son muestras de esa otra faz. El miedo gana terreno. Al regresar a Suiza sólo resta sucumbir a la derrota, rendirse a la muerte, olvidar su nombre, hundirse junto al pecio del continente.

Amor literario VERÓNICA LORENZO No ocurre tan a menudo y, sin embargo, ocurre que nos enamoramos, literariamente hablando. No de la persona, no nos confundamos, sino de sus personajes, de sus paisajes, de sus sentencias. Amamos lo que reside en su corazón, lo que nos oculta y nos confiesa entre líneas. Memorizamos sus emociones y lo defendemos porque en el camino de la lectura de su novela o su poesía, sus palabras se convirtieron en flechas que atraviesan nuestro corazón acertadamente. Lo que nos dice en la vida real poco importa cuando es en su ficción donde nos vemos reflejados, como un personaje más que interactúa. Y somos amados. Y respetados. Y necesitados. No importa si aún vive o ha muerto ya, porque sus escritos harán inmortal a nuestro amor literario, para continuar alimentando el negro sobre blanco de su locura.

Colocando la luna donde corresponde AINIZE SALABERRI Dice Eudora Welty que las emociones no envejecen. Quizás sea verdad y no lo hagan, quizás llegados a cierta edad los sentimientos se convierten en pequeñas piezas de una misma memoria. “La palabra heredada” es un barranco de emociones y ternuras; es el telar de una vida que ha estado unida a relojes, letras, montañas y trenes. Eudora teje su historia con la inocencia de un niño, con la vitalidad de un anciano, con las ganas de un primer beso. Estas memorias son exactamente eso, una primera vez constante: el primer llanto, la primera piel de gallina, el primer temblor en las piernas, las primeras cosquillas en el estómago, las primeras hormigas en las puntas de los dedos, la primera vez que tu madre te acaricia la cabeza y el cabello. Welty tiene la capacidad de ser siempre «una primera vez», y un rincón al que volver. Y todo ello sucede leyendo a una escritora que ni con setenta y cinco años pierde la poesía.


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La insoportable gravedad del ser n Annie Montauk Puede que entonces no fuera consciente, pero cuando el escritor checo Milan Kundera escribió “La insoportable levedad del ser” cumplió uno de los más bellos hitos de la literatura: aunar en una sola obra el fiel y mordaz retrato de la época, el pensamiento de los grandes sabios, un estilo brillante y la apelación directa a las emociones. ¿Qué es realmente insoportable: la gravedad o la levedad? Kundera tomó su decisión: lo insoportable es la levedad, el deseo de ingravidez, de flotar sin ataduras en un vacío desconocido. Sin embargo, los protagonistas de su obra cumbre se ven arrastrados justo por lo contrario. La carga de la existencia recae sobre ellos como algo ineludible, inherente a su condición humana: Tomás y Teresa, Franz y Sabina, buscarán la felicidad siendo, simultáneamente, víctimas del peso del vivir al que todos estamos sometidos. Sus caminos son el camino de una duda infinita. Nada más comenzar la lectura ya topamos con la primera disyuntiva (la levedad y el peso), pero al avanzar redescubriremos dilemas que algún día habremos de plantearnos: la dualidad entre el alma y el cuerpo, la debilidad y la fuerza, la ética y la estética, el individuo y la masa...

La carga más pesada nos destroza, somos derribados por ella, nos aplasta contra la tierra. Pero en la poesía amatoria de todas las épocas la mujer desea cargar con el peso cuerpo del hombre. La carga más pesada es por lo tanto, a la vez, la imagen de la más inmensa plenitud de la vida. (...) Por el contrario la ausencia absoluta de carga hace que el hombre se vuelva más ligero que el aire, vuele hacia lo alto, se distancie de la tierra, de su ser terreno, que sea real sólo a medias, y sus movimientos sean tan libres como insignificantes. 30

¿Es este libro una lección de filosofía? El autor lo niega y, sin embargo, mientras uno lo lee cree estar aproximándose una verdad metafísica que intuye pero aún no hemos descubierto. Nos encontramos ante una profunda reflexión sobre el amor. Sobre el individuo y la desesperada persecución de sí mismo. Una novela que no ofrece una respuesta, sino que planteará mil nuevos interrogantes a quien se incline sobre sus páginas. Una novela sobre la vida, y por ello, imprescindible en nuestra estantería. Cuatro personas, cuatro contradicciones, cuatro luchas internas sostenidas por ejes que los lectores reconoceremos como propios. Una historia que haremos nuestra, porque, realmente, lo es. Cuando Tomás recogió a Teresa de las aguas Bohemia, 1968. Tomás, un cirujano checo, coge el teléfono a una mujer algo asustada que le llama desde la estación. Se llama Teresa y la conoció semanas atrás a raíz de una extravagante sucesión de casualidades. Afirma alegremente estar en la ciudad por trabajo, pero lo cierto es que miente, pues la maleta que lleva consigo guarda en su interior toda su vida. Ha venido a quedarse. Da entonces comienzo un romance tan intenso como complejo, que se desenvuelve en el contexto de la primavera de Praga; más tarde Zurich, de nuevo Praga y por último la renuncia, la provincia, el campo. Como imanes atrayéndose y repeliéndose en una Europa dividida, Teresa y Tomás se hallan en los extremos de la balanza, representando ideas contrapuestas: Tomás sigue la convicción de que ciertas cosas –su deseo por las mujeres, su infidelidad, su vocación médica– son imperativas. Son es muss ein!, no pueden ser de otro modo. Teresa, por contra, llegó hasta él fortuitamente; se presentó en su ciudad sin avisar y se quedó en su casa sin que él lo hubiera planeado. Ella será la personificación del es konnte auch anders sein, algo que podría haber sido de otra forma. Pero, ¿qué puede enlazar dos opuestos tan acusados? La compasión, nos responde Kundera.


la igualdad, la justicia, la felicidad y aún más allá, a través de todos los obstáculos, porque ha de haber obstáculos si la marcha debe ser una Gran Marcha.

Teresa necesita la protección de su amado; es una pequeña Moisés abandonada a orillas del Nilo, una Edipo recogida por un libertino Pólibo. Se presenta en la trama buscando asilo en la vida de Tomás, siendo síntoma de tragedia; pero la piedad que a él le inspira frenará sus intentos de dejarla atrás para retomar su antigua vida. ¿Qué es el amor, después de todo, sino una parcial renuncia a nuestra naturaleza? ¿Nos dirige acaso nuestra naturaleza –nuestro es muss ein!–, hacia nuestra libertad? Al final de la trama, retirados ambos en el campo, Tomás parece hallar la respuesta. La libertad se oculta tras el alivio, tras la ausencia de misión. Tras el amor... tras Teresa.

Cuando Karenin dejó de sonreír El derrotado Tomás, la vulnerable Teresa, la escapista Sabina, el nostálgico Franz. ¿Cómo acaba cada uno de ellos? Como acabaremos todos, sin distinciones. Mueren. Y sobre sus muertes el autor pasa veloz y sin detenerse, restándoles importancia, pues lo significativo fueron sus vidas, sus combates, sus lazos. La historia termina con el adiós no de un protagonista, un humano, sino del espectador canino y silencioso: Karenin, la perra de Tomás y Teresa. Kundera culmina esta conmovedora obra sobre la humanidad con los últimos días de un animal, muerto en brazos de sus dueños. Él encarna la pureza de un amor que a las personas se nos niega y vivió una felicidad que jamás poseeremos. Porque el tiempo humano no da vueltas en redondo, sino que sigue una trayectoria recta. El hombre no puede ser feliz, pues la felicidad es el deseo de repetir.

Si la excitación es el mecanismo mediante el cual se divierte nuestro Creador, el amor es, por el contrario, lo que nos pertenece sólo a nosotros y con lo que escapamos al Creador. El amor es nuestra libertad. El amor está al otro lado del es muss ein! Una de las maravillas de este libro son las reflexiones, las alusiones a pensadores o artistas que Kundera sepulta entre los párrafos. Sus citas serán perlas desenterradas que se conservarán preciosamente en nuestra memoria, para ser escritas quizá en nuestras lápidas, en nuestras cartas de amor y cuadernos de viaje.

Es difícil, muy difícil, tratar de describir esta novela. Es concentrar la vida, con todos sus matices, en un límite de palabras. Por eso si me preguntan, diré simplemente: es muss sein! Hay que leerla, ha de ser así y no puede ser de otro modo. Y ése es el mejor cumplido para un libro.

Cuando Sabina escapó del kitsch y Franz se unió a la Gran Marcha Si Tomás y Teresa nos revelan la cara oculta de un amor vuelto hacia sí mismo, los otros amantes protagonistas nos mostrarán el rostro que se gira hacia el mundo. Se trata de Sabina –antigua amante de Tomás y pintora en el exilio– y Franz, un hombre casado, cuya bondad y genuina inocencia nos evocará la imagen de un niño asido a la mano materna. Su relación, en la ciudad de Ginebra, es la ventana por la que el lector se asoma al contexto de la Guerra Fría. Sabina y Franz hablan de las manifestaciones, el culto, de los cementerios, la patria y la intencionalidad de la belleza. A través de sus momentos en común, narrados en original forma de glosario, contemplamos el lado occidental del telón de acero, un universo a que Tomás y Teresa ya no tienen acceso. Será allí donde descubramos que si sobre Tomás y Teresa cae la maldición del peso, sobre Sabina se cierne el drama del vacío. A sí misma se llama “traidora”. Reniega de sus orígenes, tiene cierto espíritu nómada y acaba abandonando a Franz. Decide ser incinerada, morir bajo el signo de la levedad. Lo antagónico a Franz, que es un soñador y a pesar de su abandono la venera en el tiempo y la distancia, actuando siempre como si ella lo contemplara desde algún lugar. Mediante la figura escéptica de Sabina, el autor deja entrever su postura crítica hacia el régimen soviético (un dato curioso, puesto en su juventud fue militante comunista). Sabina escapa del canon estético –kitsch– del comunismo, esa artificial fiesta ciudadana manipulada por los dirigentes, ese sentimiento irracional y colectivo. Franz, sin embargo, no sólo no huye del kitsch sino que simpatiza con su causa primera: unir a todos los hombres bajo la insignia del corazón. Mediante el idealismo de Franz, que se aleja de cualquier corriente y bebe de una utopía, Kundera parece redimir al socialismo de sus errores históricos. La idea de la Gran Marcha, por la que se deja embriagar Franz, es el kitsch político que une a las personas de izquierdas de todas las épocas y corrientes. La Gran Marcha es ese hermoso camino hacia delante, el camino hacia la fraternidad, 31


Doctor Glas,

Librera por un día

Hjalmar Söderberg Hjalmar Söderberg es uno de los más notables escritores de las letras suecas. Aún así, es casi un semidesconocido en nuestro país. Alfabia, dentro de la gran labor que realiza, recuperó en 2011 “Doctor Glas”, la obra más insigne de Söderberg. Narrada en forma de diario, nos cuenta la historia de un joven médico comprometido, fiel a la etiqueta médica, un hombre desencantado del mundo y que desde el principio nos muestra que carga una gran soledad. Es la novela, y el diario, de un hombre a solas con su introspección. Treintañero virgen, sin amigos e inadaptado, aprovecha para ventilar sus neurosis y manías con cierta distancia no exenta de humor y patetismo.

n Laura Bordonaba Tyko Gabriel Glas vive en una ciudad del norte y parece preso de una vida tan metódica como ordenada, donde las emociones aspiran a vivirse pero no están presentes, y como él dice, “que a veces ayudo a otros pero no he podido nunca ayudarme a mí mismo”. Estamos ante un personaje de raíces nietzscheanas, propio de la literatura de su tiempo, no muy lejano, para entendernos, de algunos personajes de Azorín o Baroja. Preso de una gran racionalidad, hasta que conoce a la señora de Gregorius, que como muchas jóvenes de su tiempo se ha visto involucrada y atrapada en un matrimonio de conveniencia con el Pastor Gregorius, hombre ya de cierta edad, y de una rectitud y una hipocresía notables.

mío. Sólo cuento lo que me gusta contar, pero no digo nada que no sea verdad. Con mentiras no voy a ahuyentar la infelicidad de mi alma, suponiendo que sea infeliz” / “¡Qué oficio! ¿Cómo es posible que entre todas las profesiones escogiera yo la menos adecuada para mí? Un médico tiene que ser una de dos: filántropo o ambicioso. Es verdad que hubo un tiempo en el que creí ser ambas cosas a la vez.” / “El respeto por la vida humana. ¿Qué es esto en mi boca sino vil hipocresía, y que otra cosa puede ser para cualquiera que haya dedicado una hora de ocio a pensar un poco?” / “Y el deber, que excelente biombo detrás del cual esconderse cuando se trata de evitar hacer lo que tendría que hacerse” / “Posición, dignidad, porvenir. Como si yo no estuviera dispuesto a embarcar todas estas mercancías en el primer barco que pase cargado de acción. Una auténtica acción”

La joven esposa pide ayuda a nuestro joven Doctor Glas para que la ayude a no cumplir con las obligaciones conyugales propias del matrimonio, a la vez que revela a nuestro protagonista la relación que mantiene con otro hombre fuera del matrimonio. El personaje de la esposa de Gregorius es la parte que da la réplica a la estabilidad de Glas, a sus ideas que él creía inamovibles sobre la rectitud, el honor, el compromiso, y la moral. A la vez, despierta ese letargo sentimental en el que parece que vive recluido. El propio Gregorius se le aparece ya como una persona que le mueve a la incomodidad y al desagrado al principio, pero que después se vuelve alguien intolerable en su vida.

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Es maravilloso leer cómo Söderberg va esbozando ese retrato de Glas a través de los pensamientos que este anota en su diario: “Lo que escribo en estas páginas no es una confesión. ¿A quién iba a confesarme? Tampoco cuento todo lo 32

Podría perderme en mil y una razones para recomendar esta obra, pero la principal, es que Doctor Glas es un retrato de la vida, de la muerte, del amor, del desamor, de los principios, de las dudas que asaltan al ser humano. Doctor Glas es profundamente humana, y como tal, ahonda en cuestiones vitales universales que traspasan los siglos y el espacio urbano. Conflicto. Esta es la palabra que define perfectamente lo que se desarrolla en el alma del Doctor Glas. Conflicto en lo que se debe sentir y lo que se siente, entre lo que cree que sería


lo correcto y lo que su corazón le lleva a hacer. Un duelo al sol entre la cabeza y el corazón. Esa cabeza que poco a poco va teniendo más de corazón y menos de cerebro.

legítimo...) que ni siquiera un siglo después están cerca de ser resueltos. Söderberg habla a través de su personaje poniendo en su boca, en su diario, y sobre todo en sus disquisiciones, muchos de sus pensamientos y acciones, lo que se convertiría en el punto central de la filosofía de Söderberg: la religión, el amor y la discusión sobre la libre voluntad. En el fondo de esta novela se presenta un problema ético: el derecho a matar por razones humanitarias: “Tiene que llegar, y llegará, el día en que el derecho a morir se considerará mucho más importante e inalienable que el derecho a introducir una papeleta en una urna electoral. Y cuando haya madurado aquel día, todo enfermo incurable –y también todo “criminal”– tendrá derecho a la ayuda del médico, si desea la liberación” / “Queremos ser amados; a falta de esto, admirados; a falta de esto, temidos; a falta de esto, odiados y despreciados. Queremos suscitar en los demás alguna especie de sentimiento. El alma aborrece el vacío, y quiere tener contactos a cualquier precio”.

Partiendo de un argumento a priori sencillo, la novela camina entre la luz y la sombra, duele, alimenta, nos reconcilia con nuestra identidad de humanos atormentados y muchas veces perdidos. Tal vez ningún libro comunica un tan intenso terror y asco de las gentes moralmente sucias, autoritarias y represivas, así como de sus pretextos metafísicos. Hay libros que lees, que acabas, y que al tiempo desaparecen de tu memoria. Doctor Glas no es así, es un viaje del que te traes un recuerdo, un amor que deja un poso, un lugar al que volver una y otra vez. Deja huella, lo recuerdas, lo investigas, te preguntas, te dudas, te mientes, y te desnudas. Hjalmar Söderberg publicó su obra maestra a los 45 años de edad. Publicada en 1905, es la obra maestra de Söderberg. La novela, en la que el autor exculpa un asesinato bajo ciertas circunstancias provocó un escándalo entre el sector conservador. Tras su primera novela fue acusado de corromper las costumbres y el buen gusto y fue aborrecido en los círculos conservadores. Siempre ha quedado reflejado para la posteridad como un autor que habla de la soledad incurable del alma.

Una novela que se lee rápidamente, por lo ágil de su forma narrativa, su empuje y su ritmo, pero que a la vez nos hará detenernos, puesto que plantea conflictos éticos de muy diversa índole. Admito mi fascinación, interés e incluso pánico por la raíz nihilista que puede llegar a anidar en el fondo de cualquier ser humano, algo que, quizás, sólo la literatura nos ha mostrado. Soderberg viene a sumarse a esa gran cantera de calidad de algunos autores nórdicos, como Andersen, Ibsen, Strindberg, Hamsun, o Dinesen. Todos ellos tienen elementos comunes, porque analizan profundamente sus sociedades y las relaciones personales, con un estilo sencillo, directo y eficaz. No en vano, en el siglo XIX los nórdicos vivieron una edad de Oro literaria con varios premios Nobel, entre ellos, Henri Ibsen, Hamsun, Strindberg, Blixen, Laxness o Björnson.

Una de las frases que resume muy bien el espíritu de la obra de Söderberg es ésta: “Primer mandamiento: no comprenderás demasiado, pero el que comprende este mandamiento, ése ya ha comprendido demasiado.” Glas, por desgracia para él y para los que con él se relacionan, comprende el dolor del mundo y de la vida, el mundo le duele, pero aún así parece que no renuncia a la esperanza de no sólo comprender el dolor sino también de convivir con él y de hacerlo en paz. No es una mera coincidencia que Glas se apellide así. La traducción del sueco efectivamente sería cristal. Un cristal que deja pasar la verdad y esa precisión en la visión del mundo, pero que es enormemente frágil, y capaz a su vez de tocar bellas sinfonías cuando se le aplica la fuerza o la mano precisa. Söderberg avanza por la novela tumbando instituciones, La iglesia, el matrimonio, la medicina, mientras el personaje se va liberando de lo que supone hacer siempre lo correcto, lo que nos han dicho que es lo correcto. Y sin embargo... lo maravilloso de la novela de Söderberg es, además del conflicto ético que plantea, ver cómo eleva el vuelo sobre el clásico entramado decimonónico del adulterio, tan desgastado (literariamente hablando), por otra parte. Se construye así una novela que, en apariencia y a priori, se articula sobre los grandes (gruesos) trazos de la vida burguesa, para después revelarse como un maremágnum de conflictos propios del hombre trascendiendo categoría social, estado, ocupación. Una novela que bien podría haber sido escrita en nuestros días, pone en tela de juicio el aborto, la eutanasia, la represión sexual, el homicidio 33


B r e v e s

Cortázar CONSUELO GALLEGO Nadie debería pasar por la vida sin conocer la obra de Julio Cortázar. Sus cuentos, su Rayuela, sus artículos de Jazz o cualquier cosa que dejó grabada en un papel. El dominio del lenguaje es algo terriblemente complicado y nadie debería dejar de leer a quien ha sido tocado por el don, a quien sabe lo que quiere decir y lo dice, y tú lo entiendes, lo haces tuyo y él lo describe mejor de lo que lo harías tú mismo. Alguien que consigue que la realidad de las calles grises de un París húmedo y bohemio sea mucho más nítida en su prosa que paseando personalmente por esas mismas calles. Alguien que es lúcido de mente y de corazón, que escribe relatos que nos abren los ojos. Sentir que la literatura te abre realmente por fin los ojos. Nadie debería perderse jamás esa vivencia, en la única vida que tenemos cada uno. Por eso no deberíais perderos a Julio Cortázar, ni deberíais dejar de volver siempre a él, como un norte, un principio o unas vacaciones de lo mediocre.

El camino JOSÉ BRAULIO FERNÁNDEZ A caballo entre el campo y la ciudad, entre la infancia y la adolescencia, transita “El camino” de Miguel Delibes. La armonía de una infancia despreocupada en un entorno mágico, cargado de curiosidades que hacen la delicia de todo muchacho amenazado por la quimera urbana a la que todo parece abocado. La ingenuidad, la infancia, interrumpidas por el mandato de alcanzar logros que ningún niño quisiera conocer. El materialismo que una vez más intenta sortear al más valioso de los tesoros: la felicidad. Esa felicidad fresca, que nunca más regresa, la felicidad inconsciente, nunca perseguida, de la infancia. Infravalorada por los mayores porque ellos, ensimismados en su afán enfermizo, olvidan que los frívolos intereses de un niño, verdadero alimento de su espíritu, limpio, incólume, carecen de motivaciones, y los aproximan irremediablemente a la corrupción que sus mayores, doblegada la lucidez de su tierna edad, no parecen vislumbrar. Para la infancia, breve estadía, pasajera, la más deliciosa de las etapas de un ser humano, nadie mejor que Miguel Delibes, que retratada en un entorno pastoril invita a evocar escurridizos recuerdos. El Mochuelo y sus amigos sabrán recompensar con sus peripecias el blando esfuerzo del lector.

Lois Pereiro, tentacular RAQUEL G. OTERO Aquí no queda otra que dejarse devorar por un placer grosero que no precisa traducción. Es justo decirlo así, grosero a boca llena, como se le espeta incendiario al amante que no atiende a reservas iniciales, a trabas del idioma, a lindes impalpables entre lo poético y lo mundano. Lois Pereiro, con su maldita élégance, no necesita pose ni razón para sacar la voz de las entrañas; escribir es una cuestión de oxígeno. Los versos parecen írsele de las manos, haciendo aguas en una tentativa de salvamento. La palabra sale sola, honesta, poliédrica y brutal, a la manera en que fermenta la levadura. Acercarse a Lois pues -ante el interrogante que él mismo nos plantea: “¿Qué le puedo ofrecer a quién me intente?”-, requiere el orden templado de la cata: vista, olfato, gusto y tacto. Para paladares exquisitos, atlántico y universal, carnoso, persistente, equilibrado en boca, outonamente raining. Su modesta proposición, es cuando menos, la vida al vuelo.


Librera por un día

Espacio: el sitio del seguir más verdadero, de Juan Ramón Jiménez

n Begoña Martínez Varela Los versos del “Espacio” de Juan Ramón Jiménez ensueñan en una sábana de prosas y te asaltan por sorpresa, con giros de vértigo y centellas; como en una pelea de almohadas y plumas que, lanzadas al aire, juegan a guardar el equilibrio, en un instante, vibrantes, hasta formar constelaciones de letras en si bemol, en tinta blanca, dibujadas desde los dedos del “segundo yo” que es J. R. Jiménez. Su lúcido sueño se nos adhiere a la piel y es su roce, como del viento en las velas en alta mar, lo que nos comunica con ese espacio que borbotea entre sus letras y nos lleva hasta el más azul de los océanos.

entender muy bien cómo es que la Real Academia Española ha aceptado cosas como “asín” y no la lógica juanramoniana de la “Jiralda”. Puede que mis derroteros no encuentren una salida engalanada por un mar de luz azul y arena, pero como cantaba la canción de Mecano: “Hawái, Bombay, son dos paraísos, que a veces, yo, me monto en mi piso (...)”; sí puedo intentarlo con una bañera. Una bañera literaria. Un espacio diáfano, como un patio de agua clara en el eje de una librería, con una ventana al este, al alba, y otra al oeste, para pescar los últimos rayos de un sol de agosto que cada vez se va más pronto a dormir, leyendo. Una librería sin ratones ni su alimento preferido, el queso, con o sin agujeros, pero con la quietud constante de una gota de agua que cae desde el grifo y se zambulle en la unidad de un pequeño mar. Esa gota de agua llena espacios de raudas consonantes y jugosas vocales que fluyen entre puntos y comas y seguidos, desbordadas, dalinianas y anárquicas y que, como Arquímedes, saltan del agua, corren desnudas y gritan ¡Eureka! y se prenden en nuestra memoria, suaves y brillantes, recién salidas del agua, formando en nosotros la constelación de un “árbol melenudo” cuajado de frutas, como aconsejaría la “mecánica celeste” de J. R. Jiménez, a la sombra de un viejo árbol amigo.

Lo reconozco. Me siento un átomo –tan sólo media letra, como el cangrejo, o el David ante Goliat del “Espacio” de J. R. Jiménez– delante de estas líneas, al tratar de transmitir cómo sus letras se vuelven teclas de un piano que arrancan una de las más bellas melodías que, aún no siendo verso, son poesía. Entre estas líneas intento fraguar un argumento para defender mi propuesta como librera por un día, y delante del espejo me veo, del otro lado, vestida con una camisa a rayas tres o cuatro tallas más grande que yo: presa. Aunque intentaré buscar una salida, bien arañando palabras bien oteando el horizonte asida con fuerza al puntito de la jota, sin terminar de 35


Quizá esa librería tenga un atisbo del aroma del que goza ese “espacio del seguir más verdadero” al que, nos aclara J. R. Jiménez, nombramos como “Edén, Oasis, Paraíso, Cielo”, pero que nos sabe a poco, que nos deja sedientos entre tanta agua, porque no alcanzamos a aprehender en plenitud con palabras aquello a lo que parece que sólo nos podemos acercar con la punta de los dedos y la lengua, un ligero roce a una escama de sal; y sin embargo, el torrente de palabras de J. R. Jiménez nos acerca a un torbellino de sensaciones e imágenes que parecen trocar a nuestra memoria cuando, con voz de poeta, nos muestra, delante de nuestros ojos, esa posibilidad abierta al espacio, “en el alambre de lo azul”. Fluye por diversos espacios, cruza la mar y la vida, dejando pocos resquicios a la sombra, porque su espacio quiere mostrar, no ocultar. Aún así, no es posible obviar el momento en el que fue escrito, a partir de 1941; hay que dejar que las sombras del tiempo muestren su negra pátina y vislumbrar entre las líneas de su “Espacio” las que dedicó a Antonio Machado en un momento en el que se encontraba enfermo y que, a golpe de franquismo, se ocultaron en ediciones posteriores. Hoy han emergido de la marea oscura de la dictadura y quedan como señal de vergüenza en la frente de un régimen que no supo entender que la poesía no tiene otro camino que el de la libertad; es, como dice el poeta, como “el niño libre: lo único grande que ha creado Dios en su distracción”. Vida y muerte se entrecruzan en el espacio; él lo expresa incluyendo la vida en la muerte: “la vida es la muerte en movimiento”, y aún así, está convencido de que “lo que haces amor, no acaba nunca”. El amor es, como dice Juan Ramón, dulce como el sol, y lo ensalza, no sólo entre hombres y mujeres, con un Adán de esmoquin y una Eva desnuda, sino ante todo, para con nosotros mismos, del cuerpo con el alma, a quien le pregunta, quizá con cierto temor, y una pequeña dosis de zalamería, si le echará de menos cuando abandone su cuerpo.

de cientos de imágenes de flashes de color que contemplamos atónitos. Es y será una voz que se alza y no calla. En el espacio de Juan Ramón Jiménez, la naturaleza canta, y en el canto encuentra su felicidad: “¡Ya soy feliz! ¡El canto, tú y tu canto! Yo vi jugando al hombre con el hombre, cuando el hombre cantaba”. No es la suya una visión positiva del presente de los hombres; salva a las mujeres, tiernas y dulces, como el amor; y a los niños, libres y con la más clara capacidad de discernimiento, pero ya no guarda una visión positiva de los hombres, ya no juegan, ya no cantan, están en guerra. Aún así, a lo largo de los tres fragmentos de “Espacio” su mirada es tierna y aunque ciñe muchas de sus palabras a un tiempo pasado, y algunos tiznes de sus letras son oscuros, es tanta la luminosidad del sur, del sol, del mar, del Edén, de las flores, del ideal que reivindica, que el reflejo de sus letras inclina el peso de la balanza hacia el amor, la capacidad de decidir el propio destino y la fraternidad. Pero ya es hora de que si os ha picado la curiosidad, os sumerjáis en el azul floral de sus letras, o si no es así, daos un baño, o también, podéis dejaos llevar por una de las preguntas, con su respuesta, de Juan Ramón Jiménez: “¿Cuándo duermen los árboles? …Cuando los deja el viento dormir”. ¿Os habíais fijado?

Ansía también la unidad, cuando escribe: “Si todos nos uniéramos en todo (...) el mundo un día nos sería más hermoso a todos, una gran palma sólo, una gran fuente sólo, todo unido y apretado en un abrazo como el tiempo y el espacio”. Esa misma unidad es la que permite que desaparezca el hueco que Juan Ramón Jiménez siente cuando se identifica con un cangrejo en la playa al que él mismo, jugando a ser un dios altivo, pisa; y siendo todo uno, es él el que siente, en el que revierte, a través de su conciencia, el dolor del vacío del cangrejo. Ese afán de unidad no es incompatible con la percepción de un desdoble, el de su conciencia, su “segundo yo” que se expresa con libertad y al que de vez en cuando ordena callar; quizás no logremos dilucidar en qué medida lo consigue, pues aunque Juan Ramón lo identifica como un desdoblamiento, hasta nosotros llega amalgamado, como un torrente que fluye en letras de forma automática, a pulso, con la cercanía de un beso, el que al final, en la despedida de la vida y de su Espacio, se dan cuerpo y alma, en el momento previo a que la conciencia lo abandone para siempre. Pero antes de que llegue ese desarraigo y nos invada la duda de lo que se asoma tras la puerta que todos cruzaremos, el poeta habla; para él, “hablar es lo mismo que el rumor de los árboles”, y su voz discurre fresca, poética e impregnada 36


Librero por un día

Librero, ¡tu padre! (Recomendaciones que nunca te harían)

Entendió que buscar era una tarea personal, que sólo a él le correspondían los errores y los aciertos, así que se volvió a aquel que le hablaba. ¿Qué dices? No, no digas nada, me basta con los títulos y el riesgo, con eso que tú no puedes darme.

n Pedro Larrañaga Puede que fuera fruto de su visceral antipatía por cualquier tipo de autoridad. Tal vez fuera el poso psicológico dejado por una vida en un entorno familiar desestructurado. Era difícil precisarlo, pero lo que era una certeza absoluta era que le resultaba inaceptable cualquier tipo de consejo, recomendación o sugerencia. Si no las aceptaba en lo referente a sus horas de entrada o salida, a sus hábitos alimenticios o a con quién andaba o dejaba de andar, mucho menos las iba a aceptar con respecto a sus lecturas. Porque él leía. Sí, leía, y leía bastante. A pesar de lo que dijeran los estudios del CIS, los sondeos de opinión o el instituto nacional de estadística. Él leía, por muy joven que fuera, por mucho que ya tuviera ciertas resacas a sus espaldas, que no cursara estudios superiores o que no fuera hijo de padres lectores. Frecuentando librerías Joder, si ni tenía muy claro quiénes eran sus padres realmente, como para saber si eran lectores o no. Frecuentaba librerías. No tanto 37


como el bar de Javi o la plaza, porque siempre le acababan preguntando qué hacía tanto tiempo con los libros en vez de estar por ahí, en la calle, buscándose una novia. Una novia, dicen. Están todos locos. Decíamos que frecuentaba librerías, aunque también se pasaba por las bibliotecas. Esta segunda opción le gustaba menos, porque al final, por mucho que se retrasara en la entrega –y no porque no hubiera leído el libro, si no porque le daba pena volver a enviarlo allí–, cada vez que devolvía un libro le invadía una tremenda sensación de pérdida. De fracaso. De decepción. Por eso prefería las librerías, a pesar de que en las librerías había libreros, o libreras, que para el caso era lo mismo. Esos personajes que se le acercaban para decirle “¿puedo ayudarle en algo?”. Una pregunta desconcertante dónde las haya. Algo, ¿qué algo?, ¿algo cómo qué? El librero, o librera, tal vez alertado por la mecha que había prendido en su interior, concretaba algo más su pregunta: “¿busca algún título en concreto?”. En ese momento surgía la brecha, el inevitable enfrentamiento. Una disputa en silencio, librada principalmente en el espacio entre sus ojos y su nuca. Es decir, en su cabeza. Al librero, o librera, sólo le llegaban los chispazos, los reflejos del fuego, un “no, gracias” que apenas disimulaba el “a ti te lo voy a decir” que era en realidad su significado. Ese comportamiento suyo no era un producto aleatorio, una ira incontrolada de un joven con varias papeletas para terminar en un mal lugar en un mal momento. Él apreciaba mucho esos dieciocho, veinte o veintidós euros que iba a invertir en aquella visita a la librería, los apreciaba tanto que no podía dejarlos en manos de nadie, por muy bien intencionadas que fueran sus recomendaciones. De hecho, había aprendido por las malas, dejándose llevar en una ocasión, desconfiado, pero dejándose llevar. Este es muy bueno Este, este es muy bueno. A todo el mundo le encanta. Debió desconfiar, en especial teniendo en cuenta que con aquellos veintidós euros podría llevarse en vez de aquel libro brillante y de tapas duras, hasta tres volúmenes de edición de bolsillo. Sin embargo, el librero ni se avino a atender a su sugerencia. Este, este, este es muy bueno. Evidentemente, el libro no fue muy bueno. Más bien era una mierda muy bien adornada. Unos veintidós euros tirados, convertidos en un ladrillo de celulosa bajo la cama. Un recuerdo de su error, de su momento de debilidad, de un odio eterno a aquel o aquella que volviera a hacerle una recomendación literaria. La siguiente vez que pisó la librería no levantó la vista del suelo hasta llegar a las estanterías para evitar toda mirada amable. Es más, esquivó cualquier acercamiento humano y alternó sólo con lomos, portadas y títulos. Cogió uno, otro, otro más y hasta una docena de ellos más. Buscaba un título, pero no uno concreto, si no uno distinto, uno de esos que ese maldito librero jamás le recomendaría. Así fue como dio con “Los comedores de tiza” (Óscar Aribar, Ed. Caballo de Troya, 2004) y el flechazo fue un hecho al leer un párrafo al azar. Al acabar le pidieron que lamiera la pizarra hasta no dejar rastro alguna de tiza, ayudándose con sorbos de un cáliz con vino. Luego le pidieron que se desnudara. Dos mujeres se acercaron y le embadurnaron todo el cuerpo con aceite para espolvorearla con yeso blanco. No le hizo falta leer más. Tenía lo que quería. Algo que nunca le recomendaran, algo no recomendable, algo que sonrojara a tu padre y a tu madre si te preguntaran algo así como “¿qué estás leyendo, cariño?” Nunca le hicieron esa pregunta, así que no pudo tener la satisfacción de 38


Selby, Ed. Anagrama, 1988), algo como decirle que ese conjunto de relatos llenos de locas, de degenerados, drogatas, marineros sodomitas, huelguistas desubicados, niños al borde del abandono, noches que no terminan, robos y demás lindeces por el estilo, era una de las cosas más honestas, francas y directas que había leído jamás. No podías decir eso, porque era como decir que aquello, que los pastilleros, los despojos, los desheredados y los travestis eran los únicos capaces de decir la verdad. Y eso, evidentemente, no te dejaba en un lugar cómodo en una conversación habitual.

ver sus caras sonrojadas cuando les hablara de Ana, de su necesidad de comer tiza, de esa estupidez inherente a nuestra forma de vida que tan bien relata el libro. No les habló de todo eso, como no hablaron de tantas otras cosas. Envalentonado con esa inesperada victoria, volvió a la librería y cuando le preguntaron “¿puedo ayudarle en algo?”, pudo decir un “no, gracias” cargado de superioridad que callaba un “tú no podrías ayudarme aunque quisieras”. Volvió a nadar, a bucear, a sumergirse, a subir y bajar, a viajar en todas las direcciones de la librería, como si de pronto aquello no fuera una librería, si no un pedazo del fondo del océano, donde no había luces, si no destellos que había que descubrir. Uno de esos destellos le llevó a la parte baja de una estantería, a uno de esos lugares a ras de suelo a los que no se acerca nadie porque sólo están ahí para que haya otras estanterías por encima de ellos. Esos libros no están ahí para que sean comprados, si no para soportar el peso de los afortunados títulos que están por encima de ellos. Nadie compra libros agachado en una librería. Nadie menos él. Él se agachó y encontró un tesoro. No le extrañó porque eso es lo que uno espera encontrar en el fondo del océano y agarró con fuerza “Últimas 2 horas y 58 minutos (segunda o primera parte” (Miguel Ángel Maya, Ed. Lengua de Trapo, 2008) como si fuera lo más valioso que podía haber entre los... ¿cuántos libros puede llegar a haber en esta librería?

Me importa un comino lo habitual La verdad es que a fin de cuentas le daban igual las conversaciones habituales. Ahí se dio cuenta. Leía aquellos libros para no tener conversaciones habituales, para no encontrarse jamás hablando del último título de Paulo Coelho, de Jorge Bucay, de Federico Moccia, de Isabel Allende o de Stephenie Meyer. Por eso no le preguntaba al librero y no quería que el librero le preguntara a él. Por eso cometía sus propios errores y disfrutaba de sus propios aciertos, aunque la mayor parte de las veces lo que tenía era un poco de ambas cosas, como le sucedió con “Olladas” (Adelaida Vidal, Ed. Sotelo Blanco, 2012). Momentos de genio, de luz, de inspiración, pero también lugares comunes, otras formas iguales de decir lo mismo de siempre. Sin embargo, no por eso perdía la fe, porque cuando cerraba los ojos y recordaba “Conversaciones con Picasso” (Brassaï, Fondo de Cultura Económica, 1964) o “La historia del silencio” (Pedro Zarraluki, Ed. Anagrama, 1994), sólo le venían a la cabeza fragmentos como:

Le hizo gracia la cara del librero cuando le iba a cobrar, cuando le dio un par de vueltas al libro sin saber en qué lado estaba la portada. Son dos portadas, amigo, dos historias, la misma de hecho, las mismas dos horas y 58 minutos, pero contadas desde dos puntos de vista, dos inicios con el mismo fin, dos perspectivas y un sólo agujero de desagüe. Evidentemente, no le explicó al desconcertado librero todo eso, se limitó a responder con otra sonrisa a su sonrisa de “buf, ¿pero qué es esto?” Esto es algo que tú desconoces mi querido librero, algo con lo que no te atreves, por miedo a... ¿a qué le tienes miedo? El cambio estaba hecho y ya no había vuelta atrás. Aquellos 18, 20 ó 22 euros eran algo muy valioso, algo que dependía sólo de él, algo por lo que dejaba de invitar a tomar algo a la Jeny, la Vane o la Mari, que en el extrarradio ya se sabe que los artículos al lado del nombre son imprescindibles, algo que no podía tratar a la ligera.

Las dos se volvieron hacia mí. Yo estaba preparado para soportar la mirada de una o de otra, pero no de ambas a la vez.

Cierto que no podía disponer de ese dinero muy a menudo, que incluso había pensado en robar en la librería. Estaba seguro de que habría sido capaz de hacerlo, pero no se iba a arriesgar a que lo cogieran. Eso sería todo un problema. N o por el hecho de que lo cogieran, si no por las explicaciones. Al Javi lo habían pillado llevándose unas zapatillas de deporte y al Jorge robando CD’s, pero no conocía a nadie que hubieran detenido por chorizar en una librería. No, tío, eso era inaceptable. Sería algo así como decirle a alguien que no podía dejar de leer “Última salida para Brooklyn” (Hubert

Esas frases eran más que palabras, sílabas y letras enlazadas. Eran sus sentimientos, lo que tenía al observar el mundo que le rodeaba. Ese lugar donde nadie le preguntaba “¿puedo ayudarle en algo?”. No, ahí nadie quería ayudarle. Y por eso no quería ayuda allí dentro. No la quería para él y tampoco estaba dispuesto a prestársela a nadie. Ni siquiera a aquella hermosa María, sin artículo, sonriente, agraciada, amable y de buena familia cuando le preguntó “¿eres tú el librero?”. ¿Librero? Respondió inmediatamente, sin pensarlo, sin atender a las señales que decían claramente que aquella era su media naranja, su otra mitad, la mujer de su vida, aquella que le daría felicidad, amor eterno y unos hijos maravillosos. ¿Librero? Eso lo será tu padre. Y volvió a agacharse, buscando en la última estantería, la que estaba a ras de suelo, un título que le pareciera un destello, seguro de que todo lo que le sucediera allí dentro, lo bueno y lo malo, los aciertos y los errores, serían responsabilidad suya y no de ningún librero. O librera, que para el caso tanto daba. 39


B r e v e s

Los huesos de la literatura AINIZE SALABERRI “Rue de l’Odéon” es una de esas novelas que recopilan los recuerdos que nosotros nunca podremos vivir. Es una muestra soberbia de la vida de una librería y su librera, de la vida de los escritores y de la vida parisina que necesita sobrevivir a base de palabras de otro. La Maison des Amis des Livres es el refugio de la guerra, es la cueva donde, en realidad, habitaba el secreto para poder evitarla. Este libro, publicado en Gallo Nero, es la resurrección de la pasión, del amor, de la dedicación y el sacrificio, todo en pos de seguir cultivando mentes, de seguir absorbiendo personajes, de seguir necesitando a los demás para poder ser nosotros mismos. Es la novela que ha de hacer que nos sintamos miserables por no tener miles y miles de librerías como estas poblando barrios, ciudades, países enteros. “Rue de l’Odéon” es el esqueleto de la literatura. «Era demasiado joven y estaba demasiado atrapada por la literatura para sentirme solidaria con un mundo que no fuese el de los libros, donde me sentía feliz, siempre y cuando no me molestasen.»

“El caníbal” SARA BERNARD El caníbal (Libros del Silencio, 2012) de John Hawkes resulta incómodo desde incluso la portada, con insignia nazi y motorista-soldado americano. El eje de la historia se sitúa en un pueblo alemán, finalizada la Segunda Guerra Mundial. Madame Snow es la regente de un hostal donde residen los supervivientes, ciudadanos desamparados, que huyeron del manicomio derruido por los bombardeos o simplemente se pasean entre los escombros plagados de perros vagabundos. ¿Están realmente vivos? ¿Son personas o fantasmas? Como sea, tienen un plan diseñado para recuperar el honor ante la derrota bélica, involucrando a un soldado americano que hace la ronda con su moto cada cierto tiempo. Y de repente el lector aparece en 1914, justo al inicio de la Primera Guerra, con personajes del mismo nombre que pueden ser o no los mismos, pero treinta años antes. De vuelta en el tiempo, los habitantes ejecutarán su plan, mientras el caníbal que vive en el pueblo se da su festín. Con una prosa brillante Hawkes traza un paisaje onírico de pesadilla, tangible, audible y hasta táctil, cargado del horror y sinsentido, no ya de las guerras, sino de la naturaleza humana en toda su extensión.

El cielo a medio hacer JULIA MARTÍNEZ Es difícil explicar cómo un anciano sueco encuentra su eco en mí, en la distancia del tiempo y el espacio, pero eso es parte del misterio de la poesía: nada nos es extraño. Me gusta “Tranströmer”: es limpio y puro, sus versos son sencillos en el exterior, pulidos como un lago helado y, sin embargo, llenos de sutiles imágenes. Bucear entre sus palabras es también abrir una puerta a dejarte invadir por una melancolía oscura no exenta de esperanza, como una moneda de Jano, como el hombre en definitiva, como cada uno de nosotros, ángeles y demonios, malditos benditos tocados por un dios caprichoso moviéndonos entre el hielo y el desierto. Y allí reside su belleza, en mostrarnos la capacidad de persistir, de avanzar a tientas en la oscuridad de cualquier guerra porque, aún en el más grueso de los muros de la soledad, siempre podremos sostener una pala y comenzar a socavar sus cimientos. Anochece y llega el invierno, antes de que el mundo se cierre a la luz es el instante de transitar por los mundos soñados de “Tranströmer”, meciéndonos en el baile de sus palabras, con todas las posibilidades de un cielo a medio hacer.


Librera por un día

Simplemente Allan Con “El abuelo que saltó por la ventana y se largó”(Salamandra, 2012), Jonas Jonasson da vida a un protagonista capaz de reírse de nuestro convulso siglo XX. Lo mejor de todo es que logra que nosotros nos riamos con él.

n Iraide Talavera cuatro estúpidos delincuentes de la mafia Never Again. Descubrir la relación entre el anciano, la maleta, los componentes de la banda criminal y toda una serie de seres estrafalarios se convierte en un rompecabezas irresoluble para la policía y en una morbosa diversión para la prensa, que ha encontrado material de sobra para llenar sus páginas durante días. Este interés, lejos de decaer, crece cuando se descubre la muerte de uno de los mafiosos. ¿Es posible que el centenario sea verdugo en lugar de víctima? La confusión, para regocijo de los lectores, va in crescendo, porque sólo nosotros conocemos la dilatada carrera – de un siglo, ni más ni menos– del aparentemente frágil Allan Karlsson. Por medio de una historia paralela, que va desgranándose en capítulos que se alternan con la trama principal, el autor nos invita a ser testigos de la nada convencional vida del viejo. Desde Suecia hasta Francia, pasando por España, Estados Unidos, China, Rusia, Corea del Norte e Indonesia, Allan va fraguándose amistades y enemistades con figuras que han cambiado el curso de la historia, y todo gracias a su extraordinaria capacidad de fabricar explosivos. Franco, Stalin, Truman, Roosevelt, Kim Il Sung y hasta Mao Tse Tung se convierten en parte de la galería de personajes que solicitan o sufren los servicios del sueco, a quien el propio Jonasson define como un “idiota político, una máquina de matar, un hombre sin moral” en una entrevista concedida al diario El País1.

Un pícaro centenario, Suecia como escenario. Parece una paradoja, después de que el mercado editorial europeo nos haya convencido de que los autores suecos sólo producen novela negra. Camilla Läckberg nos congeló con “Las hijas del frío” y Stieg Larsson nos presentó a “La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina”, y de pronto llega Jonas Jonasson con “El abuelo que saltó por la ventana y se largó”, una novela de humor cuya única similitud con los anteriores títulos reside en la tendencia del protagonista a perpetrar crímenes mediante explosivos en el helador paraje escandinavo. ¿Quién es ese sueco? Como el título indica, la novela la protagoniza un hombre anciano. Se trata de Allan Karlsson, que al inicio del relato acaba de cumplir cien años y decide escapar de la residencia donde está alojado antes de la celebración de su centenario. Su destino es la estación de autobuses, donde cogerá el primer autobús que lo aleje del pueblo de Malmköping, donde es probable que ya lo estén buscando. Mientras se encuentra sentado en la estación, un joven de aspecto más que sospechoso se acerca a él y le pide que le cuide la maleta mientras va al baño. Allan obedece, pero su autobús llega antes que el chico y no tiene ninguna intención de esperar a que éste salga del aseo. De esta forma, viejo y maleta comienzan una descabellada historia a la que se van sumando los personajes más dispares: Julius, un ladronzuelo en edad de jubilarse que se ha granjeado el odio de todo su pueblo a causa de sus chanchullos, Benny, el erudito dueño de un puesto de salchichas, Gunilla, una mujerona basta y solitaria que tiene a una elefanta por mascota y, por supuesto, los

Del mismo modo que el pícaro Lázaro, nuestro protagonista sólo busca su propia satisfacción, y para ello no duda en seguir el juego a los políticos más representativos del siglo XX. Éstos, a su vez, quedan ridiculizados en su intento 41


ello deja de buscar el placer de hacer lo que le gusta. Incluso cuando a los noventa y nueve años lo trasladan a la residencia de ancianos y prefiere morir antes que permanecer allí, se da cuenta de que no le queda otra que escaparse, ya que no va a morirse “a fuerza de voluntad”. Por lo tanto, la novela es un canto al deseo humano de vivir a pesar de las adversidades y a la necesidad de luchar por el mero hecho de estar vivos.

de atribuir una motivación ideológica a sus propias pulsiones egoístas. Allan, al menos, es honesto al reconocer que la política no le interesa y que es feliz siempre que le den de comer y, a ser posible, de beber. El secreto de Jonasson Vender casi dos millones de ejemplares en Europa –más de un millón en Suecia– con su primera novela es todo un logro para un escritor. Jonasson, en una entrevista realizada por el espacio “Página 2”2, de Televisión Española, afirmaba que era la novela que llevaba años queriendo escribir y que, tras la venta de su empresa multimedia, tuvo la suficiente independencia económica como para mudarse a Suiza y terminarla sin dedicarse a ninguna otra cosa. Además, reconocía que, una vez acabada, la envió a un amigo de Estocolmo, que le auguró un gran éxito con ella. Pero, ¿en dónde reside el secreto de “El abuelo que saltó por la ventana y se largó”? El ingrediente principal es el uso de un humor rayano en lo absurdo. Al comienzo de la narración, el protagonista tiene cien años, una edad a la que casi nadie llega, y es capaz de largarse en zapatillas de la residencia de ancianos para seguir burlando a la parca. Para colmo, sus limitaciones físicas y su aspecto inofensivo no impiden que robe la maleta de un rufián para después reunir en torno a sí a una cohorte de personajes aún más paródicos, a los que no resulta difícil imaginar protagonizando un sketch de “Martes de Trece” o una comedia de los Monty Python.

Por último, el lenguaje sencillo y las descripciones someras agilizan la lectura del libro, y ese factor ha ayudado sin duda a que las ventas se disparen. Esa simplicidad ha ido en detrimento de la calidad literaria de la novela, y también ha afectado a la profundidad de los personajes, que parecen marionetas cortadas por el mismo patrón. Sin embargo, la poca complejidad de la forma se ve compensada por una construcción interesante –dos tramas paralelas– y por la diversión a raudales que las peripecias de Allan y compañía provocan. Aún queda mucho por reír Cuando la primera novela de un escritor se convierte en un gran éxito, en seguida se crean expectativas en torno a la segunda. En este caso, al menos según lo indicado en la entrevista concedida al programa “Página 2”, Jonasson afirma que la protagonista de su próxima obra vivirá peripecias por el globo terráqueo con la “sátira social” y el “humor cálido” que caracterizan a Allan Karlsson, pero que “El abuelo que saltó por la ventana y se largó” no contará con una secuela, aunque no nos cabe duda de que el anciano sería capaz de vivir otro siglo más si se lo propusiera.

Otro elemento clave para enganchar a los lectores es el rápido pero completo repaso del siglo XX, con sus mandatarios y sus guerras. En lugar de adoptar una postura analítica, Allan defiende que “los conflictos más importantes e irresolubles solían surgir de un: «tú eres idiota –no, tú sí que eres idiota – no, el idiota eres tú»”. Esta simplificación nos sirve de consuelo, porque nos permite encarar desde la distancia acontecimientos cuyas consecuencias sufrimos todavía, pero que al mismo tiempo quedan lo bastante lejos como para poder ironizar sobre ellos. Asimismo, la elección de un protagonista muy mayor pero muy activo desafía la idea de que con la vejez se pierdan las ganas de vivir. Allan acumula años y su fuerza física merma, pero no por

En definitiva, hay sobradas razones para que leer las aventuras de este abuelo, aunque sólo sea porque reír alarga la vida. Y si vuestra lista de lecturas pendientes es muy larga y no podéis hacerle un hueco a ésta, no tenéis que preocuparos, porque Allan no tardará en dar el salto a la gran pantalla para hacernos disfrutar de su historia a todo color. ¡Que la disfrutéis! 1

Entrevista

a

Jonas

Jonasson

en

El

País

(14/02/12)

cultura/2012/02/14/actualidad/1329238759_287762.html

http://cultura.elpais.com/

2 Entrevista a Jonas Jonasson en

“Página 2”, de Televisión Española (11/03/12) http://www.rtve.es/alacarta/videos/pagina-2/ pagina-2-entrevista-jonas-jonasson/1346407/

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Librero por un día

Cualquier otro tiempo, cualquier otro lugar... n Ignacio Ballestero hace. Elige Boston, y elige principios del siglo pasado para descolocarnos con tres historias iniciales que nada tienen que ver a pesar de tener mucho en común. Babe Ruth es un jugador de béisbol que se ve sorprendido por el anuncio de huelga mientras disputa la Series Mundiales. Danny Coughin es un policía hijo de policías, uno más del cuerpo con el ansia de una placa temprana. Luther Laurence es negro, y muchas cosas más, pero sobre todo es negro. Y los tres tienen en común lo que ya he venido a decir: Boston.

Uno escucha el nombre de Dennis Lehane y se le viene a la mente la pausada y elaborada trama de esa maravilla audiovisual quees The Wire. El ejercicio sublime de la serie obliga a vestir con púrpura su creación como guionista. Excelso. Pero tras la experiencia de Lehane en la serie se esconde un gusto especial por la trama policíaca, por el deje negro de sus historias, representado mejor que nunca en la serie detectivesca protagonizada, en la literatura, por Kenzie y Gennaro. Hay que escarbar un poco más en la obra del escritor y guionista para rescatar otros títulos, algunos de los cuales han sido llevados al cine, y descubrir que, en realidad, su mayor joya es un libro del que casi nunca se habla, o se habla muy poco. Y eso que está por encima de otros como Mystic River o Shutter Island. Es el libro que yo recomiendo esta vez: “Cualquier otro día”.

Los inicios del siglo XX fueron para Estados Unidos una época de cambio. Y todo cambio conlleva siempre una gran dosis de resistencia. Lo peor de todo es que, a pesar de los años, la historia podría estar de gran actualidad. Descontextualizada tan sólo en el caso de la huelga de los jugadores de las Series Mundiales de béisbol (me declaro incompetente para analizar por qué a pesar de la parálisis que provoca la crisis en todos los países el mundo del fútbol sigue girando cada vez a mayor

“Cualquier otro día” podría transcurrir en cualquier otro tiempo, y también en cualquier otro lugar. Pero no lo 43


destripar el libro, vayan sólo algunas apreciaciones. Si te gusta la novela histórica, te gustará “Cualquier otro día”. No hay un solo cabo suelto en una narración especial, sincronizada con su época, precisa al milímetro. La metralla que estalla se clava en los cuellos, en las piernas; el pescado se vende puerta a puerta; hay anarquistas italianos y la sombra del comunismo planea por todo el relato; hay unos policías que empiezan a sindicarse frente a un mando que los prefiere dóciles, sin mayor capacidad de decisión ni de protesta que la de a qué tintorería acudir para lavarse el uniforme. Si te gusta la novela histórica, te gustará “Cualquier otro día”. Si no te gusta la novela histórica, te encantará “Cualquier otro día”. Los compendios de vidas pasadas tienden a estar excelsamente documentados, lo cual es siempre una virtud, pero tienden también a querer demostrar ese ejercicio de documentación en cada párrafo, en cada descripción, en cada esquina del relato. Eso es un vicio que “Cualquier otro día” no practica. Uno no se da cuenta de lo bien relatada que está la historia hasta que no la está leyendo, no hay síntomas latentes de su gran documentación salvo una realidad que apabulla. Esa certeza de que lo que estás leyendo es real, tangible. Tan posible como lo sería en estos momentos.

velocidad), hablamos de dos conflictos más que actuales, candentes. Extrapolables por completo a cualquier otro lugar (pongamos España) en cualquier otro tiempo (pongamos ahora). Los policías enfrentados a una época complicada por el doble filo que su pone su responsabilidad para con el ciudadano y la lucha constante por el mantenimiento de sus derechos. Una segregación que no se hace por nacionalidad en un país que procede de m ú l t i p l e s nacionalidades (en el caso del libro, Estados Unidos) sino por una cuestión mucho más palpable, como es el color de la piel, o por una cuestión mucho más abstracta, siempre dudosamente demostrable, pero más temible incluso que las diferencias evidentes: la ideología política. Por partes.

En “Cualquier otro día”, además, como en la vida, hay de todo. Visto lo escrito hasta ahora se podría colegir que se trata de una novela de amplio contenido social. Lo es. El contenido social lo tiene, y uno no puede evitar posicionarse a favor de unos u otros durante el transcurso de la historia. Pero lo que cuenta la novela no es una historia, cuenta vidas. Y en las vidas, uno tiene siempre una gran carga social y una pronunciada carga que soporta a nivel individual. En la individualidad del individuo, en la particularidad del ser, existen cosas difíciles de definir como el amor, la pasión, la compasión o el engaño. De todo eso, “Cualquier otro día” está bien servido.

Danny Coughin es un policía con un alto sentido del deber. Tiene una cicatriz en el cuello que le abrasa por las noches porque subraya una culpabilidad que en realidad no le corresponde: salir ileso de un atentado terrorista. Y se encuentra en la historia actuando como una peligrosa bisagra entre el mando y sus compañeros, entre la realidad que se percibe desde un despacho y la realidad que se vive, se palpa y por la que se muere en las calles. “Cuando ellos nos piden algo a nosotros, nos hablan de deber; cuando somos nosotros los que pedimos nos hablan de presupuestos”, dice el libro para el Boston de 1918. Un Boston que, de no ser por el intenso frío, podría ser España, aquí y ahora.

Si llegar hasta aquí no ha servido para que quieran leer el libro, hagan una cosa. Impriman estas páginas de la revista y quémenlas. Luego cojan el libro, ábranlo y lean. Juzguen por ustedes mismos. Verán que todo lo que cuento en estas líneas es mentira. O verán, también, que todo lo que les he contado hasta ahora es verdad. Tan válido es un planteamiento como el otro. Pero reconocerán conmigo que, dentro de la falsedad que casi siempre me acompaña, he sido honesto en lo principal, en lo que más se lee, en lo que les ha llevado a leer este artículo: el titular. “Cualquier otro día” es un libro de cualquier otro lugar, de cualquier otro tiempo.

La de Luther Laurence es una historia de color. De un color oscuro, además. Del color negro. De la segregación racial imperante a principios del siglo pasado en un Estados Unidos más dividido por el color de la piel que por la economía o la política. Una historia de esos negros eternamente sospechosos, a los que la ley obligaba a probar su inocencia por la presunción de culpabilidad, de negros sentados en los asientos de atrás de un autobús, saliendo por otra puerta, visitando otros médicos. Los negros de entonces pueden ser los extranjeros de hoy. Con sus realidades paralelas, con sus problemas multiplicados a su pesar, con sus oscuras vivencias cargadas en el lomo mientras tratan de caminar hacia delante por la vida. Negros en un mal momento. Como no se trata de reseñar ni de 31


B r e v e s

La fórmula preferida del profesor, de Yoko Ogawa ARSENIA MARIS Un genio matemático que tras una accidente solo tiene ochenta minutos de memoria, su asistenta a la que olvida cada día y el hijo de ésta, para el que las matemáticas se revelarán un reto. La autora japonesa Yoko Ogawa retrata tres vidas que, como tres números, componen un diminuto teorema en un mundo inmenso. Sus vidas se entremezclan en ecuaciones de realidad y anhelos que nunca serán. Para el viejo profesor, los números, como las personas, tienen conexiones invisibles; los números amigos son como el amor en los humanos. No parece tener sentido hasta que uno lo vive, pero es el pilar en el que todo descansa. Ogawa escribe con la sinceridad de un niño y la profundidad de un sabio, sin desviarse de lo esencial. Cada palabra es de una claridad cegadora. La sencillez de su prosa guía al lector hacia un mundo que parece poderse tocar, sin excesos. Ogawa no narra una historia, comparte una vida con nosotros. “La fórmula…” es como un tratado numérico visto a través del prisma de los sentimientos. Las matemáticas que nos enseña este profesor no nos harán más listos, pero si un poco más humanos.

Poesía tóxica VERÓNICA LORENZO Dice Lucía Fraga en su La belleza tóxica (“Nostalgia del Acero”. Follas Novas Edicións): “El aroma de un poema es un gas lacrimógeno que incendia los ojos”. Y ése debe ser un buen poema, provocador, hiriente y emocionante. Un placer para los oídos y para el corazón. Un poema no es una cadena de palabras bien sonantes y que casualmente riman. Cuenta una historia, estudia una emoción y busca captar tu atención. La poesía es egocéntrica y debe su ego ser alimentado a través de la admiración, de su memorización. Los recitales de poesía son una oda a sí misma y siempre deja al final del espectáculo ese resquicio sentimental, esa huella de haber tocado en el fondo del corazón y, aún así, haber sobrevivido. Es, como bien decía Lucía, “un gas lacrimógeno que incendia los ojos. / Por eso cada noche siembro versos de amor que te hacen llorar”.

Antonio Buero Vallejo JOSÉ BRAULIO FERNÁNDEZ Quería homenajear al teatro, arte tan denostado en beneficio de otros, y no dudé. Antonio Buero Vallejo es un dramaturgo descarnado que construye a sus personajes desnudando a las personas. No pretende manipular al lector, estrategia que rara vez funciona, pero el lector se sumerge inevitablemente en cada escena. Sus personajes están esbozados con cuatro trazos, son seres con todos los defectos, algunas virtudes, muchos sentimientos y escasos escrúpulos a veces. Sus personajes apelan al alma del lector porque son personas. Curiosamente como el lector. Nada hay más efectivo. Historias pequeñas de una grandeza extraordinaria que Buero logra dando vida a unos personajes de singular naturaleza, con taras, humanos; porque, ¿qué es el teatro sino personajes? Los personajes hablan, cuentan cosas. Los de Buero tienen vida, te interpelan una vez abandonado el libro en el montón de los leídos. Aunque no dudé cuando escogí al dramaturgo, me cuesta decidir la obra que le haga justicia. ¿Por qué quedarse con una cuando son todas dignas de encomio? Elevadas a la categoría de clásicos por crítica y público, disfrutemos del teatro, porque son personas. Curiosamente, como el lector al que Buero Vallejo estimaba tanto como amaba a sus personajes. Nunca defrauda.


Librero por un día

La cara oculta

de la autopista Leer y viajar son dos actividades que se parecen mucho. Una se desarrolla en la realidad y la otra en la imaginación, pero ambas nos llevan a lugares desconocidos, a mundos ignotos. Leamos pues un extravagante libro de viajes de Julio Cortázar y comprobemos dónde es capaz de llevarnos.

n Víctor Lorenzo Cinca paraderos, temperatura, climatología... incluso el menú diario degustado. Y lo más importante: sus impresiones, sus vivencias, sus descubrimientos en todos y cada uno de esos rincones por explorar de la autopista, que es lo que conforma el grueso del libro.

Este año -maldito parné- no podía irme de vacaciones, así que me vi obligado a buscar una opción acorde con mis posibilidades, mis expectativas, mi economía y mi disponibilidad. Después de barajar muchas opciones, y descartar la mayoría por insulsas, caras o descabelladas, decidí coger del anaquel “Los autonautas de la cosmopista” e irme de viaje con ellos. Ellos son Julio Cortázar y Carol Dunlop. Y el viaje consistía en ir en furgoneta de París a Marsella, por la autopista, y detenerse en todos y cada uno de sus paraderos, sesenta y cinco en total, a razón de dos por día. Sin salir para nada de la vía rápida. Viviendo en las zonas de descanso, disfrutando de todo lo que nos podían ofrecer esos paraderos cercados. En total, un mes de vacaciones, quizás un poco más. Sin destino, porque el trayecto es el destino. Así de loco. Así de cronopio.

Disponía, pues, de todos los detalles para -infiltrado cual polizón- poder realizar con ellos ese viaje atemporal que este mayo cumplía su vigésimo aniversario. Y ya decía Gardel que un par de décadas no son nada. Además, como si las palabras de Carol y Julio no bastaran, “Los autonautas de la autopista” estaba repleto de fotografías que me ayudarían a situarme en el paisaje, y de dibujos de los paraderos, realizados a posteriori por Stéphane Herbert, el hijo de Carol de catorce años. Para dar mayor verosimilitud a mis vacaciones estáticas -pues no iba a moverme de la butaca- avanzaría al mismo ritmo que ellos. Ellos unos pocos kilómetros diarios, yo unas pocas páginas cada atardecer. No podía ser de otro modo.

El libro, a medio camino entre un cuaderno de bitácora y las misceláneas típicas de algunos títulos de Julio Cortázar, nos describe en primer lugar los preparativos previos, concienzudos, meticulosos y documentados, para después mostrarnos el día a día de ese viaje. Con todo lujo de detalles, con cierto carácter científico y expedicionario. Horas de salida, horas de llegada,

Pero antes de partir había que preparar concienzudamente el viaje, o la lectura, para evitar contratiempos. En el prólogo me enteré de dónde surgió la idea, de cómo se 46


pese a que una autopista y sus paraderos no parecen ser los mejores lugares para vivir aventuras. Pero aunque no lo parecen (la eterna lucha entre el ser y el parecer) la lectura de este volumen deja claro que sí lo son. O que, como mínimo, sí lo pueden ser. Decía Paul Éluard que hay otros mundos, pero están en este. Y este viaje parecía confirmarlo. La autopista, la serpiente asfaltada que para la mayoría de conductores no es otra cosa que trayecto, velocidad, paso o puente, se transformaba en tranquilidad, reposo o destino. Las realidades se enfrentaban, se cruzaban. La concepción del tiempo para los otros viajeros, los que eran engullidos por la autopista, nada tenía que ver con la nuestra. Para ellos, la autopista no era más que la distancia que les separa de su lugar de vacaciones; para nosotros, la autopista era el lugar de vacaciones. Ellos querían pasar por ella lo más rápido posible; nosotros deseábamos detenernos en ella, explorar y conquistar todos y cada uno de sus paraderos, de sus rincones. En cierto modo, y salvando las diferencias, podría decirse que “Los autonautas de la cosmopista” es la crónica de la realización, en este mundo, no en la literatura, de uno de sus cuentos, “La autopista del sur”, en el que el tiempo se ralentiza, casi se detiene, en un atasco en la carretera. En otras palabras, Julio Cortázar se va de vacaciones a su relato, vive una de sus ficciones, la hace realidad. Recibimos unas pocas visitas -las imprescindibles- durante nuestra estancia en la autopista, que en cierto modo servían para reinstaurarnos momentáneamente en la realidad. Algunas de ellas programadas (porque se necesitan contactos que puedan proporcionar avituallamientos) y otras espontáneas (porque viajando con Julio la casualidad está por encima de la causalidad). Además, también nos visitaron Calac y Polanco, un par de viejos conocidos de Cortázar, presentes en algunos de sus títulos anteriores, que aparecían y desaparecían a su antojo para proporcionarnos una agradable molestia. Nadie más. Porque nuestro viaje como ya se ha dicho era una expedición, una aventura, no una excursión con visitas programadas y guía.

gestó, de cómo se retrasó y de cómo -al fin- se iba a llevar a cabo. No interferí en ello porque no quería ser descubierto. Viajaríamos en una furgoneta cargada con todo lo necesario: alimentos y bebidas, libros, máquinas de escribir... Nada nos podía faltar porque no íbamos a salir de la autopista hasta que llegáramos a Marsella. Este viaje no era más que un juego, sí, pero un juego muy serio, como la mayoría de los juegos. Se trataba de transgredir las reglas, romper con lo establecido, pasar las vacaciones en un sitio que para el resto de los mortales no es más que un lugar de paso. Se trataba de buscar lo insólito en lo cotidiano.

A medida que avanzaba el viaje (en el tiempo, porque en el espacio, a ese ritmo, costaba notar la lenta progresión) Julio y Carol se animalizaron, se convirtieron en el Lobo y la Osita. Incluso se animalizó la furgoneta, que se transformó en el mitológico dragón Fafner. Ya no era un medio de transporte, ya era un expedicionario más. Todo parecía tener un toque mágico, maravilloso. Descubrimos la cara oculta de las cosas, la que los otros, atrapados en la cotidianidad, en el incesante fluir, no consiguen ver. Porque la buscamos, sí, pero también por azar, ese elemento de vital importancia en Julio Cortázar.

Iniciamos el viaje el 23 de mayo. Ellos en 1982 y yo en 2012, pero todos montados en la misma furgoneta. Cuestión de fe. Y mucha imaginación. Los primeros días no éramos muy conscientes de lo que hacíamos ni notábamos excesivos cambios en nuestras vidas. Nos costaba salir de lo cotidiano, de lo establecido, de la Gran Costumbre; sin embargo, poco a poco, con el paso de los días, fuimos descubriendo lo insólito, lo maravilloso. El truco era saber mirar, saber encontrar el intersticio en la realidad, la brecha que nos permitía acceder a lo extraordinario. De este modo, un solo árbol, perdido en un paradero, podía convertirse en todo un microcosmos, en una galaxia. O unos conos de señalización viaria podían mostrarnos la realidad esotérica, llena de brujas, que escondía su aparente e inocente utilidad. O una zona de juegos para niños, con sus columpios, evidenciaba que en realidad no era más que una sala de tortura, un lugar donde infligir los peores y más horrendos castigos corporales. Julio y Carol, mediante unos monólogos dialogantes, exploraban lo conocido para intentar descubrir lo desconocido, lo oculto. Y lo conseguían,

Pero no solo tuvimos el punto de vista de Julio y Carol, sino que esta peculiar crónica también contenía un contrapunto, una visión exterior, que no fue otra que las cartas que enviaba una señora a su hijo cada vez que nos encontraba, instalados como si estuviéramos en nuestra propia casa, en alguno de los paraderos. Cartas ideadas por Julio como ejercicio de extrañamiento. Verse desde el otro, imaginarse desde el lado contrario. De ese modo pudimos imaginar cómo se veía nuestro extraño viaje desde fuera. Aunque desde dentro, no nos vamos a engañar, tampoco nos parecía demasiado normal el viaje de los de fuera, de los que entraban en la autopista solo para salir de ella unas horas más tarde, obviando las maravillas de las que nosotros disfrutábamos. 47


Librero por un día

Escribir con la mano quemada Definir a Julia Leigh como “una prosista de lo gótico” es pecar de simplismo. En su lenguaje las palabras hilan frases sobre blanco con paso firme y pausado. A veces sus voces inquietan. Otras, rasguñan la sintaxis de la emoción, extrayendo rescoldos del frío. Cuidado.

n Alejandro Palomas quienes no están; porque Julia Leigh reparte sus papeles como el cirujano reparte batas entre sus ayudantes mudos antes de entrar a quirófano: la niña muerta, las criadas, la amante ausente, el marido aborrecido… y los dos niños, que ven, respiran y mastican el aire denso de la casa, deseosos ambos de vivir otra cosa, otros colores, de que alguien les mire.

Desembarcó en castellano en 2005 de la mano de Tropismos con la extrañísima “El cazador” (traducción de M. Carmen África Vidal y Román Álvarez). Años más tarde llegó “Inquietud” (Mondadori, 2009, trad. de Cruz Rodríguez Juiz): apenas 95 páginas de derechazos y zurdazos hilvanados desde una mirada fría que describe con el puntillismo de una forense un reencuentro familiar cargado de sombras. “Inquietud” es un retrato lleno de huecos difícilmente ventilados que se concretan así: tras haber puesto fin a una bosquejada relación de maltrato, Olivia regresa a la gran casa familiar desde Australia acompañada de sus dos niños. En el caserón, situado en el sur de Francia, la esperan su madre, con la que no ha tenido relación desde que se casó, su hermano y Sophie, la esposa de este, que acaba de dar a luz en el hospital a una niña muerta a la que se niega a enterrar y con la que se pasea por la casa como si la muerte del bebé no fuera con ella, mientras el cadáver se pudre en sus brazos. Olivia huye de un hombre que le ha dejado rotos la vida y un brazo. Marcus, su hermano, mantiene una relación oculta con una amante a la que es incapaz de dejar, mientras que a su lado Sophie acuna a su niña muerta, obstinada en negar la evidencia de una pérdida a la que es incapaz de hacer frente. Pero sobre todos ellos, envolviéndolos en sus gruesos muros, el caserón -con sus salones, sus jardines y el lago de profundidades poco claras- actúa como caja de resonancia de las voces que lo ocupan: las de quienes lo habitan y (sobre todo) las de

Sobrecogedora, gótica, espartana, cruel… todo eso y más es esta “Inquietud” de Julia Leigh, pero también es poética, sobradamente poética, y delicada en el horror Golpes. Retales. Eso es “Inquietud”, un tapiz de violencias descritas sin prisa y sin rodeos. Leigh escribe sobre lo que no sobra, y lo que no sobra es tan glacial que quema en la lengua. Descripciones escuetas y articuladas, diálogos que se limitan a lo necesario… Leigh practica la narrativa del resumen, anotando lo que oye y lo que oye callar, haciendo creíble lo difícil. Sobrecogedora, gótica, espartana, cruel… todo eso es esta “Inquietud” de Julia Leigh, pero también es poética, sobradamente poética, y delicada en el horror y en el temor. Los personajes de este retrato de retratos no tienen miedo porque no se ven reflejados en los demás. Ni siquiera la mujer que deambula por el caserón con su niña recién nacida (recién muerta) en brazos sabe mirar más allá de lo que es ella misma y del fardo que la 48


cerrado (una caserón) a modo de pecera y unos personajes que se mueven por él necesitados de todo lo humano que deberían encontrar en la familia e incapaces de pedir. Todos –sin excepción– los hombres y mujeres de Leigh callan las carencias. Todos están cojos y mancos de humanidad. Todos hablan con el tono equivocado porque no saben gestionar los tamices del lenguaje: tono, timbre, cadencia, oportunidad... difícil, muy difícil dejar que los personajes hablen como piensan y que lo que piensan suene físico. Difícil que los gestos delaten constantemente el inconsciente, que a pesar de la contención del texto, todo esté tan comprimidamente desgarrado. En el universo Leigh inquieta el silencio y lo que no se gesticula, pero por encima de todo inquieta el dolor que nadie ve. Apabulla ese dolor. Apisona. Maestra esta Leigh en surcar las emociones de las distancias cortas; maestra en cortar, recortar y fustigar sentimientos. De ahí que “Inquietud” sea una bomba de silencios fríos. No abruma su lectura, sino la infernal estela de negrura que deja tras de sí. No su disfrute, sino su recuerdo. No su cuerpo, con sus páginas, frases, palabras, letras e interlineados… sino esa mano que, quemada, escribe sobre la naturaleza del fuego. (“Avec ma main brûlée, j’écris sur la nature du feu”). Julia Leigh se des-entraña en “Inquietud”, y lo hace con la seriedad y la exactitud de un reloj que no falla. Que no ha de fallar.

acompaña. No hay vasos comunicantes entre los habitantes del mundo Leigh, sino soledades compartidas, ruido seco, crujidos, vapuleos, no perdones, acción que muchas veces nadie juzga. Es maestría, espero que lo sea, pero si no lo es no importa. Destilar la ficción hasta reducirla a “Inquietud” es ya inquietante en sí mismo, apunta a cumbres muy borrascosas y a un conocimiento extraño de la condición humana. La verdadera maravilla que nos ofrece este libro es lo mucho que abarca en tan solo 95 páginas salpicadas de espacios en blanco que aterran porque dan fuelle a lo que imaginamos en ellos. Ahí está lo inquietante. El rompecabezas de “Inquietud” son sus propias fichas, las mismas que la autora ordena despacio, como el buen taxidermista, negociando poco, juzgando menos. Todo (la llegada de Olivia a la casa con los dos niños, el glacial encuentro con su madre y la abrupta bienvenida-confesión con su hermano, el demorado entierro de la pequeña, las conversaciones entre los dos niños y de los niños con su madre) ocurre porque es así como debe de ocurrir y de ningún otro modo posible, y eso no se consigue sin más. Intuyo, como autor y como lector, que Leigh corta y recorta, que trabaja duro y que busca el crujido para llegar. Intuyo que es maestría, espero que lo sea, pero si no lo es no importa. Destilar la ficción hasta reducirla a “Inquietud” es ya inquietante en sí mismo, apunta a cumbres muy borrascosas y a un conocimiento extraño de la condición humana.

Luego, cuando nadie mira, lanza un grito amordazado que cierra y rompe todo lo anterior, apagando las velas de este festín de claroscuros familiares. Se vuelve, y nos mira desde los ojos de Olivia y, sin apartar la mirada de su pequeño, se permite un arrebato que nos remata:

Todos –sin excepción- los hombres y mujeres de Leigh callan las carencias. Todos están cojos y mancos de humanidad.

“Resiste, resiste”, grita en silencio. Le grita al pequeño. Y al mundo. Quizá también a quien se acerque a leerla.

La condición humana, en efecto. De eso nos habla Julia Leigh. Y lo hace valiéndose de lo que tiene, no más: un entorno 49


Librera por un día

Welcome to El Idilio Abrir un libro es adentrarse en una selva. Debes aprender a conocerla, hacerla tuya, para no perderte, para no dar vueltas y vueltas. Luis Sepúlveda te quiere presentar como guía a Antonio José Bolívar. Yo te quiero presentar “Un viejo que leía novelas de amor” como referencia de la libertad y el amor. n Verónica Lorenzo Llegó a mí en los últimos años del instituto, con la excusa de hacer limpieza en la habitación. Una caja llena de libros me fue dada por mi vecina, con quien no tenía más relación que la cordialidad a la hora de cruzarnos por las escaleras. Entre libros de la colección de El Barco de Vapor, de Carlos Casares, John Steinbeck y otros, estaba ahí. Entre su portada exótica y ese título curioso, captó mi atención, ¡ingenua de mí! Pues bien se ve que no sabía lo que me esperaba ahí dentro. “Un viejo que leía novelas de amor”. Luis Sepúlveda. Busqué un día idóneo para su lectura y una hora cómoda, al atardecer, en la hora de la merienda, donde te enfrentas a la

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posibilidad de más tarde cenar o no cenar [banalidades de una amante de la comida, disculpen el inciso]. Abrí el libro y leí el primer párrafo: “El cielo era una inflada panza de burro amenazante a escasos palmos de las cabezas. El viento tibio y pegajoso barría algunas hojas sueltas y sacudía con violencia los bananos raquíticos que adornaban el frontis de la alcaldía”. Abrí un paquete de galletas de chocolate y comencé la lectura en serio. A puntito de llover, “de un momento a otro se abrirían las esclusas del cielo”. La estación de lluvias está llegando como llegó a mí sus líneas. No importa lo que


tan bien como lo hace Antonio José Bolívar con la selva. Ellos se conocen, son viejos amigos, y se recuerdan el historial de convivencia de tiempo atrás, cuando Antonio José Bolívar vivía con los shuar. Le recuerda su deshonra pero acuerda con ella una última entrada en su reino para salvar El Idilio. Luego él regresará a su choza y a sus novelas que hablan del amor “con palabras tan hermosas que a veces le hacían olvidar la barbarie humana”.

inicia el relato, ni lo que finaliza. Lo cierto es que lo que menos recordarás después de leerlo será la caza de la tigrilla. En el corazón queda grabado el nombre de Antonio José Bolívar Proaño, cuyo descubrimiento de su vida fue saber que sabía leer y entregó su placer a las novelas de amor, a aquellas en las que se sufre mucho pero tienen un final feliz. Él es como yo. En realidad es más como tú. Se emociona, se involucra en la lectura, como si la historia fuera más con él que con los protagonistas. Al conocerle te conviertes en la tigrilla, buscando venganza, la revancha antes de tu muerte. Te enfrentas a alguien que no tiene muchas posibilidades contra ti; y, sin embargo, él te conoce, sabe cómo actúas, conoce tus debilidades y con todo ese conocimiento te va acorralando. Ocho capítulos, 137 páginas, son suficiente para cazarte, destriparte, llenarte el cuerpo de sal y llevarte al próximo barco que parta de El Idilio.

Cierro el libro y mi cabeza sólo da vueltas en su regreso al siglo presente. La humedad no es la misma pero el olor a sal me hace de vuelta a casa. Y sin embargo quedan en mí restos de aquel dolor ajeno, de ansias de libertad y un nuevo concepto del amor. Una herencia que he conservado aún diez años más tarde de la primera lectura. De esta vieja librería, esta es la novela que más apego le tengo. Por eso te lo cedo, porque sé que lo cuidarás bien, a mi Antonio José Bolívar. Que alimentarás cada línea leída con tu amor, que te entregarás sin resistirte y penetrarás en la selva de las emociones ajenas, guiándote por las huellas dejadas por otros lectores. Hay notas al margen, frases subrayadas, que intensifican la lectura, parándote en sus significados, en lo que despertaron dentro de los anteriores y adueñándote de ellos.

¿Qué hago yo con un corazón entre mis manos? ¿Un corazón amante del amor, desprotegido, solitario y aislado? Cuidarlo. Página tras página, procuramos no hacerlo trizas, sino acariciarlo, curar las heridas. Un poco de agua oxigenada y un algodón para limpiar las heridas, un esparadrapo para taparlas. Y una canción de nana para mimarlas, que curen bien. Todo con amor: “era el amor puro sin más fin que el amor mismo. Sin posesión y sin celos”.

Eres, mi amante, bienvenido a El Idilio. Hay un barco que va dos veces al año, el dentista Rubicundo Loachamín te explicará cómo llegará y él mismo te presentará a Antonio José Bolívar. No olvides acompañarte de una buena bebida o una buena apetencia para que sea más leve el paseo. A veces tendrás que descansar, por la intensidad entre lo que ves y lo que te transmite, se confunden emociones, pero otras veces lo verás todo tan claro, tan nítido, que deberás parar a tomar aire. Inspirar, espirar, inspirar, espirar... desde “El” hasta “humana”, del capítulo primero al último. He aquí el billete para el barco, regalo de la casa.

No te quiero demostrar que debas cederle un lugar en tu estantería ni sobre la mesita de noche, sólo un poquito de atención, unas horas de entrega a una historia, un cuento, un homenaje a la sinceridad, a la superación, un abrazo a las diferencias, una defensa de la libertad y del amor. Sobre todo eso, una guía de la tolerancia que toma a Antonio José Bolívar como ejemplo de adaptación a los cambios, a lo diferente y bueno, una mente abierta, un cuerpo dispuesto a todo y un corazón grande. Pero esconde algo más, un toque de magia que gira alrededor de la tribu de los shuar y Antonio José Bolívar, y la selva. Un formidable descripción paisajística que nos entrega Sepúlveda.

¡Buen viaje, amigo! Y no olvides darle recuerdos a sus habitantes. Tampoco a los indios shuar. No te preocupes por ellos, son amigos aunque el Alcalde no los tenga por eso. Pero, ¿quién hace caso de él? Si sólo ha venido a cobrar impuestos y a sudar litros desde que puso pie en tierra. Pero esto ya te lo explicarán cuando llegues.

Cuando él entra en la selva, entramos nosotros también, sentimos esa humedad bochornosa en nuestra piel y no podemos evitar el sudor. Cuando él siente, nosotros sentimos también. Cuando recuerda, también nos entristecemos. Y nos convertimos en él sin querer queriendo.

P.D. Si te lo cuento no me lo crees, pero el ejemplar que yo poseo es el libro de toda mi biblioteca que más amarillas tiene las páginas, que más doblado tiene el lateral, que más marcas de lápiz tiene, que más esquinas dobladas tiene, que más todo. Y aún así, a pesar del tiempo, sigo recurriendo a él, cada año, como una renovación de aires.

Se me acaba el paquete de galletas y apenas quedan un par de capítulos. Dolorosos porque se revuelven entre el pasado y el presente, entre recuerdos, sacrificios y arrepentimientos. La selva ha abierto de nuevo la puerta del corazón y ha dado paso a la huida del dolor, “es la selva que se nos mete dentro”. Se metió, sin duda. Hasta el fondo. Y me vació. Ahogándome sin matarme hasta que expulsé todos los males. Vacía y te limpia, sin ningún tipo de consideración. Lo comprendes, echas manos de las armas y esperas. Esperas mientras te escondes del miedo de conocerte

Me deshago de él para entregártelo a ti. No juzgues las anotaciones, ni al escritor. Tampoco a sus personajes. Simplemente adéntrate en la selva a través del sendero que se te presenta. No da lugar a arrepentimientos ni a maldiciones. Palabra. 51


B r e v e s

DORA CARRINGTON Y GERALD BRENAN Laura Naranjo Diario de Carrington Gerald Brenan Editorial Confluencias Traducción de Laura Naranjo y Carmen Torres García Publicación: Noviembre de 2012

Escribo estas líneas desde ese remanso de paz malagueño que es el Cementerio Inglés. He decidido acercarme hasta aquí en prueba de honestidad. La tumba del escritor Gerald Brenan, el «Amigo de España», como reza su epitafio, se erige ante mí sencilla, marmórea, sin adornos. Una tumba que tal vez no hubiera querido, pues donó voluntariamente su cuerpo a la Ciencia, y un epitafio quizá demasiado simplista para alguien que fue mucho más que un extranjero residente en España, que un excéntrico señorito inglés en un pueblo perdido de las Alpujarras. A Brenan le debemos obras esenciales para entender la España contemporánea como El laberinto español, La faz de España o Al sur de Granada, obra esta última bien conocida por todos gracias a la película del mismo título dirigida por Fernando Colomo, pero no hemos de olvidar que, antes que hispanista, Brenan es, ante todo, un hombre, y como tal lo conocemos en este diario. Decía que me había acercado hasta aquí en prueba de honestidad, y así es. He venido a mirar a Brenan a la cara, a pedirle perdón por haberme asomado a lo mejor y a lo peor de su vida, por haber escuchado a escondidas sus juicios sobre Lytton Strachey, Ralph Partridge o Beakus Penrose, por colarme en sus sueños, por leer sus cartas no enviadas a su gran amor o a su querida amiga Helen Anrep, por presenciar sus arrebatos de furia y sus lágrimas, por tacharlo de celoso, de incomprensivo, por ponerme de parte de Carrington en más de una ocasión, por comprenderla a ella, quizá como mujer, y maldecirlo a él, por romper una lanza en favor del Amor con mayúsculas, ese que traspasa los límites físicos y a veces se interpone maliciosamente entre otro tipo de amores: un amor imposible que imposibilita otro amor. No sería la primera vez. Y es que el amor de Carrington, a la que nunca llamaré por su nombre de pila, que ella detestaba, y Gerald Brenan, con quien la pintora mantuvo una intensa y furtiva relación, en su mayoría epistolar, truncada siempre por esa eterna promesa de verse y estar juntos, fue un amor desgarrado, impulsivo, inevitable, pasional y, por encima de todo, destructivo, en especial para el escritor, que nunca pudo superar la barrera impuesta por el gran amor de Carrington: el eminente crítico y biógrafo Lytton Strachey, homosexual declarado, pero para quien Carrington lo fue también, sin duda, todo. Brenan fue siempre el cuarto en discordia en ese triángulo formado por Strachey, Partridge (marido de Carrington y mejor amigo de Brenan) y la pintora. «A triangular trinity of happiness», lo calificaba ella, miembro rezagado de ese grupo tan paradójicamente libre de etiquetas como fue el Círculo de Bloomsbury. Carrington, además de una pintora excepcional, es un personaje complejo y fascinante y en este diario inédito Brenan nos da buena cuenta de su vida, y también de su trágica muerte, y por eso también he venido a darle las gracias. Por contar las cosas tal y como él las vivió, sin tapujos. Por compartir sus pensamientos más íntimos. Por permitir que me cuele entre bambalinas para descubrir este entramado maravilloso. Tal vez los lectores que se asomen a las páginas de este diario sientan también en algún momento la necesidad de venir, como yo, a pedirle perdón o a darle las gracias. Pero recuerden: si toman la Cañada de los Ingleses y se detienen en la puerta del camposanto, cuídense bien de preguntar por Brenan, el hombre, pues nadie sabrá indicarle. Pregunten por «Don Geraldo» o por el «Amigo de España». No tiene pérdida.


Librero por un día

La vida como una broma infinita “Si no solo de pan vive el hombre, tampoco de lógica y razonamiento”

n Juan Carlos Aguirre Leer una novela de más de mil páginas podría ser como leer cuatro o cinco novelitas al uso, por lo cual recomendar una obra de estas dimensiones no es tan difícil como se cree. Sería cuestión de cuantificar el tiempo invertido en la lectura. Pero, atención, no me estoy refiriendo a un best-seller; me estoy refiriendo a una novela que es mucho más que eso en cuanto a contenidos y personajes, porque éstos son abordados desde sus entrañas, desde una perspectiva que va más allá de lo convencional, para que no solo disfrutemos de una buena historia, sino que, por medio de ella, removamos nuestros razonamientos y emociones. En esta exploración y remoción de lo humano radica la importancia de este tipo de novelas. “La broma infinita”, de David Foster Wallace (Nueva York 1962 – California 2008), es una novela que tiene todos los ingredientes para poder ser catalogada como del tipo “Siglo XXI”, aunque se haya publicado en 1996, en el prefacio de un siglo XX dominado por el tridente constructivo del planteamiento-trama-desenlace (que, para muchos, debería renovarse o reinventarse). No obstante, creo que sería arriesgado hacerlo porque en 2012, año en el que vivimos, es aún muy pronto para decidir cuál es el tipo de novela que englobará los requerimientos necesarios para ser considerada como tendencia del siglo. Dejémoslo en que “La broma infinita” es una extraordinaria novela que está dentro de lo que mayormente se conoce como posmodernismo. Y a este respecto, cabe indicar que esta novela está influenciada, en su concepción, por otras disciplinas artísticas o culturales que orbitan -quiérase o no- en torno a la literatura, como la televisión, la informática, el marketing y el cine. Por lo cual ya notamos en ella un cambio o una forma diferente de crear la estructura de una obra literaria: su resultado es una narración fragmentaria, con oscilaciones en la lectura entre vertiginosas y distendidas, pero sin dejar de lado la coherencia, presente en lo que nos quiere contar. Todo ello salta a la vista durante la lectura, pero de una manera que 53


llama la atención sin perturbar la fluidez de la misma.

esto le da a la novela unos tintes políticos muy interesantes y que añaden riqueza a la historia. Pero no es meter ideas porque sí, para rellenar: existe una lógica detrás de todo ello, que va conformando un todo mientras se avanza en la lectura. Es una novela que se va construyendo de a poco, en complicidad con el lector.

La influencia autobiográfica de David Foster Wallace en “La broma infinita” es evidente por dos aspectos relevantes en su vida. El primero de ellos es la competencia tenística juvenil -el autor participó en torneos de ese deporte durante su adolescencia-, la cual tiene como escenario, en la novela, a La Academia Enfield de tenis de Boston. Estos deportistas adolescentes son tan peculiares que se divierten, además de con sustancias prohibidas, entre otras cosas, con el Juego del Escatón, que es raro y cruel por lo vejatorio de su práctica para los participantes, y pinta de pies a cabeza a estos jovencísimos tenistas.

A veces nos topamos con inconmensurables párrafos. La cantidad de personajes, sus descripciones sociológicas y sus diálogos lo justifican. Asimismo, las interminables descripciones de lugares son a su vez dignas de destacar. Esta vastedad de descripciones tiene un sentido unitario. Nada sobra en la novela. Las historias que van apareciendo dan la impresión de que son irreconciliables, de que no tienen nada que ver la una con la otra. Sin embargo, conforme leemos, el autor integra todas y cada una de las historias de la novela. Es una narración para lectores pacientes, porque la extensión requiere constancia. Y merece la pena.

El segundo aspecto son los psicofármacos -David Foster Wallace estuvo medicado y bajo tratamiento psiquiátrico para soportar la depresión que sufría desde muy joven-, cuya descripción de los personajes dependientes a las drogas legales e ilegales son perfectamente compatibles con cualquier expediente sanitario: “Algunos pacientes psiquiátricos –además de un buen porcentaje de personas que dependen tanto de productos químicos para sentir bienestar que cuando tienen que abandonar la química pasan por un trauma de pérdida que les llega a los sistemas más profundos del alma- conocen de primera mano que hay más de un tipo de la llamada depresión”. En esta obra encontraremos ambas caras de la realidad: la dureza de la vida encarnada en una variopinta diversidad de personajes, y la superficie sobre la que estamos acostumbrados a desenvolvernos. Precisamente, en los detalles imperceptibles que nos ofrece el autor podemos conocer el lado oscuro de las personas. Quizá su verdadero ser. Estas más de mil páginas dan para ahondar en detalles. Y el autor no escatima en recursos narrativos para ofrecérnoslos. En este proceso de desvelamiento pasamos constantemente del realismo al hiperrealismo. Prueba de ello son los N.A. (Narcóticos Anónimos) o los A.A. (Alcohólicos Anónimos). Estos últimos son los que presentan un mayor grado de dramatismo por lo lamentable de su situación, llenos de muertes y de tragedias. Es en estos dos aspectos donde el realismo y el hiperrealismo se palpan de manera más evidente. Me recordó la primera vez que vi la película “La naranja mecánica” de Stanley Kubrick: mientras leía episodios de “La broma infinita” sentía esa sensación de desasosiego unida a una dura veracidad. Pero entre la película de Kubrick y la novela de Foster Wallace no hay ningún tipo de similitud argumentativa ni de ninguna otra índole, excepto en el hiperrealismo de algunas escenas. También el autor nos sumerge en una dialéctica geopolítica que, entre muchas cuestiones, destacan los separatistas de Québec, aquella provincia canadiense francófona. Con

Los términos fosterwallaceanianos están presentes en la narración para entender su mundo o cosmovisión de las cosas: Interdependencia, ONANistas, Servicios No Especificados, la Convexidad… Y de sus particulares términos no podemos olvidarnos de una característica fundamental de esta vasta obra: el tránsito de la ironía (“Evan Ingersoll, el hombre fuerte de IRLIB-SIR, de 1,3 metros de estatura, calentado por su grasa de bebé y muchas calorías de esfuerzo mental, está de cuclillas sobre sus talones como un catcher al oeste de Damasco”) al sarcasmo (“el señor James Incandenza, director de la Academia de tenis se suicidó metiendo la cabeza en el microondas”). Siguiendo esta misma línea tenemos también los nombres con el que se bautizan en Estados Unidos, y otros países, los años: El año de la ropa interior para adultos Depend, El año del parche transdérmico Trucks… Todos estos términos y otros conceptos que el lector puede no entender, están debidamente explicados en el apartado de NOTAS Y ERRATAS, al final de la novela. Son más de cien páginas que el autor le dedica a esta última parte de la novela para mejor entendimiento del lector. Mucho se ha dicho de esta novela, que es compleja, que no es fácil, etcétera, etcétera. Requiere de una perseverancia, de una curiosidad por desenredar los mecanismos de la mente, del historial emotivo y psicológico de los personajes. No es solo una historia, hay otra historia detrás que no está escrita en papel, pero sí en nuestras conclusiones después de terminar “La broma infinita”. Es de esas novelas que nunca olvidarás, como el primer amor. Y que con el paso y el peso del tiempo volverás a recorrer los mismos caminos o páginas porque sabes que te has dejado algo ahí. David Foster Wallace tuvo un trágico final, como sus personajes: se ahorcó en 2008. Era profesor universitario y ya era considerado uno de los mejores escritores norteamericanos de su generación. Pero la depresión, que padeció durante más de veinte años, pudo con él. Sin embargo, nos quedó su obra que, aún sin ser muy prolífica, es de una calidad importante. El contenido, en este caso, de “La broma infinita”, es una prueba de ello, como sus demás novelas y relatos. 54


Librera por un día

Que me haga daño Los libros no son grandes por cómo son, sino por lo que nos hacen ser. Por lo que nos hacen pensar, sentir. Por lo que nos hacen desear. Imagino que un adolescente perdido entra en mi librería, y yo le pongo “El Extranjero” en las manos. Fundido en negro. Comienza el filme.

n Elena Triana Martínez - ¿Has leído “El Extranjero”, de Camus?- preguntó él. - No. - ¿Y vas por la vida tan tranquila? Por la forma cómo, después de asestarme semejante respuesta, dio una calada a su cigarro, me miró, se levantó y se fue, debería haberle mandado a tomar viento para siempre. Pero tenía dieciséis años. Yo. Yo tenía dieciséis años, él unos cuantos más. Así que volví a entrar a la sala de préstamo -adultos- de la biblioteca. Tuve que pedir el libro al señor de la bata azul, porque estaba en el depósito: DEP 220 EXT CAM, decía la signatura. Hay que guardarlo bien en la mochila antes de salir, no sea que él me lo vea en la mano, si me lo cruzo otra vez por casualidad, y se piense que... que... que hago todo lo que me dicen. Que se piense que soy idiota. Al final eso era lo que importaba, casi siempre. Lo que otros pudieran pensar. Los libros que se leen con dieciséis años tenían que doler un poco. Si no, casi era mejor ver la tele, o salir con los amigos. Pintarse, peinarse, para gustar más a alguien. Se suponía que eso era lo más interesante. Así que leer tenía que doler, o mejor, que escocer: como escuece una herida que se está desinfectando. Si escuece, es que se está curando, dicen las abuelas. Si escuece, será que se está curando mi ignorancia. Podría ser. Tengo el libro en las manos. Lo miro un poco aturdida, por qué le habré hecho caso, por qué me habrá dicho eso, y por qué me lo voy a leer. Y luego qué hago, a ver, voy y le digo que lo he leído, como si fuera una niña obediente, y... qué mal. Qué complicado es todo con dieciséis años. Le sigo dando vueltas al libro, que tiene una foto de Camus fumando, a lo Humphrey Bogart, en la contraportada. Nació en Argelia, 55


blablá, existencialismo, blablablá, premio Nobel -toma ya- un poco más de blablablá y murió en 1960.

pensar en el día de mañana, construirse un futuro. Blablablá, por supuesto.

“He pedido a mi patrón dos días de permiso, que no podía negarme con una excusa semejante. Pero no parecía satisfecho. Llegué incluso a decirle: No es culpa mía. No respondió. Por supuesto, no tenía por qué disculparme. Era a él, más bien, a quien correspondía darme el pésame. Pero lo hará sin duda pasado mañana, cuando me vea de luto. Por el momento, es un poco como si mamá no hubiese muerto”. Supongo que los detalles prácticos son lo que nos salvan, en una situación así. Pienso que por eso hay un protocolo, tras una muerte. Para no abandonarnos al sentimiento. Hay que hacer papeles, firmar cosas. Poner en orden documentos. Avisar a gente. Organizar un entierro. Y, mientras, lidiar con el dolor que debes sufrir. O que se supone que debes sufrir. Porque, qué pasaría, me pregunto yo con dieciséis años, si no sientes. Y me respondo que puede que todo fuera más fácil. Si lo consiguiera, si yo consiguiera que no me dominara el miedo, el dolor, la ira, la angustia. Si yo consiguiera, por ejemplo, no enamorarme. No estar tonta perdida por cualquiera -hoy éste, mañana aquél-. O no irritarme tanto cuando no consigo hacerme entender, que es casi siempre. No sentir. No tener ese ansia por sentir cada vez más.

Pero es que, si no, qué. Si lo cotidiano no fuera suficiente. Si no se llenara la vida sólo con eso. Si, realmente, da igual estar en tu apartamento o en la cárcel. Estar con una mujer o con otra, que tu madre esté lejos. O que tu madre esté muerta. Piensa, pequeña, piensa. ¿Es así? ¿Es eso lo que quiere decir éste libro? Apunté las conclusiones en una de las páginas en blanco que traía mi diccionario de filosofía, uno de los libros que más llevaba en el bolso, aquél año (qué niña más rara). Apunté lo siguiente: “lo que creo es que cada uno debe definirse como persona, y actuar en consecuencia, ante cualquier circunstancia. Es decir, que si los actos son lo que nos definen, hay que actuar consecuentemente con un algo que queremos llegar a ser.” Ese diccionario era el libro de apoyo que nos dejaban sacar en el examen de Historia de la Filosofía. Un par de meses después, mi profesor me suspendió el examen final alegando que en mi diccionario había chuletas manuscritas. Estúpido. Suspendió probablemente a la alumna que más se interesaba por su asignatura en todo el maldito instituto. Yo ni siquiera reclamé la nota. Creí que eso era actuar en consecuencia con lo que yo quería ser. Con cómo quería definirme. Leí, aturdida: “Mamá me decía con frecuencia que uno no es nunca completamente infeliz. Yo asentía en mi prisión cuando se coloreaba el cielo y un nuevo día se deslizaba en mi celda. Porque lo mismo podía haber oído pasos y mi corazón hubiera podido estallar. Incluso si el más delgado rumor me arrastraba a la puerta, incluso si con el oído pegado a la madera escuchaba desesperadamente hasta oír mi propia respiración, horrorizado de encontrarla ronca y tan semejante al estertor de un perro, a fin de cuentas mi corazón no estallaba y había ganado veinticuatro horas más.” A fin de cuentas, leí la novela porque aquél chico me retó. A fin de cuentas, mis motivaciones no eran tan brillantes. A fin de cuentas, aquellos años pasaron, repesqué Filosofía en septiembre, me gradué en el instituto, fui a la Universidad. En los jardines de mi facultad también se hablaba de Camus, de “El Extranjero”. Escuché un poco y lo que decían los estudiantes me pareció absurdo. Me tumbé en la hierba y escuché los bongos que tocaba un muchacho que presumía de haber estado de veraneo en Argel. Bienvenida sea la luz del sol cuando se pone. Cuando ya no hace tanto calor como para querer matar.

Claro, que es ese ansia lo que le lleva a una a leer libros que escuezan. “Me preguntó entonces si no me interesaba un cambio de vida. Contesté que no se cambia nunca de vida, que en cualquier caso todas valían lo mismo y que la mía aquí estaba lejos de disgustarme. Pareció descontento, me dijo que nunca respondía directamente, que no tenía ambición y que eso era desastroso en los negocios. Hubiera preferido no decepcionarlo, pero no veía razón alguna para cambiar de vida. Pensándolo bien, no me sentía desgraciado. Cuando era estudiante, tenía yo muchas ambiciones de ese tipo. Luego, cuando tuve que abandonar mis estudios, comprendí muy pronto que todo eso carecía de verdadera importancia”. Eso sí que duele, joder. Entonces, ¿qué es lo que tiene verdadera importancia? Yo, sentada en mi cama, leyendo la novela de Camus camuflada dentro de un libro de latín -por si entra mi madre-, me hubiera creído cualquier cosa escrita. Me hubiera creído cualquier cosa que no fuera lo que nos repetían a todos en el instituto, en casa, en la calle. Hacer proyectos,

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Un británico contra el Tío Sam Ya han pasado casi dos siglos desde aquel viaje que Charles Dickens hiciera al Nuevo Mundo y muchos de los temas de debate de por aquel entonces siguen vigentes en la actualidad... “¡Opinión pública! Oíd la opinión pública del Sur libre, de boca de sus propios miembros en la Cámara de Representantes de Washington”.

n Marga Martin a priori se planteaba esta travesía en barco, el escritor y sus acompañantes se encontraron con todo tipo de contratiempos ya antes de zarpar, como lo angosto de su camarote (con el cual llevaba meses fantaseando el matrimonio), los molestos ruidos continuos a bordo, el frío endemoniado del invierno en alta mar que se cala hasta los huesos y los inevitables mareos de señoras y caballeros por igual. Tan poco grata fue la experiencia que, en el viaje de regreso, decidió optar por el menos lujoso, pero más lento y menos proclive a suscitar la náusea, barco de vela.

Año 1842 de nuestro señor. A un lado y otro del Atlántico el devenir de la historia transcurre a diferentes revoluciones. Mientras que en el Reino Unido el siglo XIX se acurruca en lo burgués de la época victoriana, en los recién emancipados Estados Unidos de América las disputas territoriales, las anexiones y las separaciones fronterizas se solapan con el anhelo de constituir una gran nación con personalidad y voz propia al margen del Imperio y el colonialismo europeo... Pataletas de niños chicos pensaba más de uno. A principios de ese mismo año, a bordo del RMS Britannia el señor Charles Dickens y señora se disponen a partir rumbo a Boston desde los muelles de Liverpool. Una travesía de doce días a todo confort en uno de los buques insignia del orgulloso progreso británico, diseñado específica y minuciosamente para el transporte de viajeros, capaz de cruzar el océano en la mitad de tiempo que los hasta ahora populares barcos de vela. Dickens, por aquel entonces reputado periodista político y escritor ya de cierta fama tras la publicación de “Oliver Twist”, parte en este viaje ansioso por conocer más a fondo esta nueva cultura y civilización americana que tanto atraía y fascinaba a sus compatriotas por aquel entonces. Él era también de los que pensaba en los Estados Unidos como un vástago díscolo del gran colonizador británico. Para lo malo y también para lo bueno, que no sólo de mordaz criticismo vive el autor.

“¡Que Dios bendiga a aquella camarera por su piadosamente fraudulenta versión de los viajes en enero! ¡Que Dios la bendiga por su nítido recuerdo de la travesía del año anterior, en el que nadie se mareó, y todos bailaban día y noche; “un paseo” de doce días, de pura juerga, de placer y alegría! Que la felicidad la acompañe por su rostro vivaracho y su agradable lengua escocesa […] ¡Que conserve el corazón alegre y los ojos chispeantes por muchos años!” Una vez recuperada la dignidad perdida entre indisposiciones y ya puestos los pies en el firme suelo del nuevo continente, comienza el verdadero viaje. Casi seis largos meses recorriendo el norte de Estados Unidos y una breve incursión en territorios canadienses que dieron para escribir este atípico libro de viajes, estas “Notas de América” que nos descubren a un viajero

Sin embargo, pese a todo lo prometedor y lujoso a que 57


“Es un elemento esencial de todo carácter nacional ofenderse por los propios defectos, y encontrar pruebas de la virtud o sabiduría de estos fallos en su misma exageración. Un gran defecto de la mentalidad popular americana, y también fecundo progenitor de un sinfín de males, es el recelo universal. Sin embargo, el ciudadano americano se vanagloria de este espíritu – incluso cuando es lo bastante objetivo para percibir la ruina que acarrea –, y a menudo lo aduce, pese a su propia lógica, como ejemplo de la gran sagacidad y agudeza de los americanos y de su mayor astucia e independencia.”

fuera de lo común, a un turista en busca de las inmundicias de una nueva sociedad tan podrida y corrompida como la de ese viejo continente del que tanto se intentaban distanciar. Y es que, pese a parecer a simple vista un libro totalmente ajeno a la línea seguida en el resto de sus obras, éste incide una vez más en la crítica a las injusticias sociales a la que tan bien nos tiene acostumbrados el señor Dickens, ya que su visita a tierras yanquis es un mero pretexto para visitar hospicios, cárceles, instituciones mentales, escuelas públicas, en los cuales comprueba la cruda realidad de los parias de esta nueva sociedad nacida para lo malo a imagen y semejanza del viejo y decadente imperio.

Palabra de Dickens. Pero, sobre todo, su ataque más fuerte esta vez es dirigido sin duda alguna a la esclavitud, tema casi central sin quererlo de esta obra, llegando a catalogar y diferenciar a los defensores de la misma (“propietarios de ganado humano”) con su habitual mordacidad y sarcasmo. Son numerosos los casos reales que recoge en estas páginas, mostrándonos lo abominable de la situación por aquel entonces, desde anuncios en las páginas de los periódicos más populares (“Compro negros en efectivo”), hasta litigios en pleno proceso en el Tribunal Supremo. Casos de abuso, amputaciones a modo de castigo, asesinatos, tragedias familiares e individuales, con nombres y apellidos, al amparo de las leyes de la tierra de la libertad y las oportunidades. “La opinión pública ha hecho esta ley. Ha declarado que en Washington [...] cualquier juez de paz puede sujetar con grilletes a cualquier negro que camine por la calle para luego meterlo en prisión, sin que el hombre negro haya cometido delito alguno. La justicia dice “yo decido que este hombre es un fugitivo”, y lo encierra. Una vez hecho esto, la opinión pública da potestad al juez para que publique el nombre del negro en los periódicos, a fin de avisar al dueño de que si no viene a llevárselo, el esclavo será puesto en venta para pagar los gastos de su encarcelamiento. Claro está que si se tratara de un negro libre que careciera de amo, será lógico imaginar que se le pondría en libertad pues no: lo venden para recompensar al carcelero. […] El negro no tiene manera de demostrar que es libre. Carece de consejero, mensajero o ayudante de cualquier tipo. Ninguna clase de investigación se lleva a cabo sobre su caso, ni se realizan indagaciones. Él, un hombre libre que quizás había servido durante años y comprado su propia libertad, se ve metido entre rejas, si haber cometido ningún delito ni ser acusado por ello, y es vendido para pagar las tasas penitenciarias. Parece difícil de creer, hasta en América, pero ésa es la ley.” Año 2012 de nuestro señor y se conmemora el 200º aniversario del nacimiento de Charles Dickens. A un lado y otro del Atlántico el devenir de la historia transcurre a diferentes revoluciones. El antiguo imperio intenta sobrevivir a la crisis económica que azota el Viejo Continente, mientras que el hijo díscolo, la antigua colonia, es hoy en día el imperio decadente. Y, pese a todos los cambios en el mundo, pese a todo lo acontecido durante esos dos siglos, hay cosas que nunca cambian: 58


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Amar al enemigo Enemigos, una historia de amor, del Premio Nobel Isaac Bashevis Singer, reflexiona acerca de los valores en la posguerra, del desarraigo, la fidelidad, y por qué no, acerca del amor.

n Yanina Rosenberg No es ninguna fantasía cuando digo que ver el cielo, las nubes, la luna y las estrellas me da paciencia y me tranquiliza. Es mucho mejor que la valeriana o el bromo: la Naturaleza me empequeñece y me prepara para recibir cualquier golpe con valentía, dice Ana Frank en su diario y entonces se ve cómo, de entre los escombros de la guerra, surge una nueva forma de mirar las cosas. No tan lejos de la realidad, esta nueva mirada delimita con el fantasy, aún cuando de fantástica no tenga nada; aunque los órdenes temporal, espacial y filosófico se perciban disueltos y el mundo se presente como una entidad extraña, quizás latente en una zona paraxial (la verdadera Twilight zone), lo que se recupera no es más que esa mirada que mira después y más allá de lo atroz; esa mirada que sólo aparece después de grandes privaciones, y que hace apreciar aquello pasado por alto en el día a día, los detalles esfumados en cualquier cotidianeidad. Dotados de esta nueva capacidad de mirar, los personajes de la novela Enemigos (una historia de amor) de Isaac Bashevis Singer, deben reconstruir su vida después de la segunda guerra mundial. Extirpados de una Polonia que los vio crecer (cualquier similitud con la biografía del autor no es mera conicidencia), Herman Broder y sus tres mujeres (sí, tres: Yadwiga, Tamara y Masha; y en su conjunción terminan por naturalizar el número tres), deben reorganizar su vida en un país que los acoge, pero que a la vez los priva de sus viejas costumbres y valores y los libera en la jungla del desarraigo, algo de lo que el autor puede dar (de hecho, lo da) fiel testimonio. Singer nació en Polonia, por entonces parte del Imperio Ruso, en 1904. Criado en Varsovia, su padre lo instruyó en el Talmud, y de ahí que las referencias bíblicas sean una constante en sus textos. Sin embargo, la naturaleza 59

inquisitiva de Singer lo acercó a lo sobrenatural y, por eso, postula en su obra una infinidad de fuerzas que rodean al hombre, demonios que, en algunos de sus textos se personifican, y otras veces, ejecutan sus planes desde el afuera; aunque son fuerzas no aceptadas por el judaísmo, configuran interrogantes que merodean cada accionar de los personajes en la novela. En 1935, Singer se trasladó a los Estados Unidos, tras separarse de su primera mujer, una judía de ideas comunistas (al igual que el personaje de Tamara) con quien tuvo a su único hijo. Instalado ya en Nueva York, Singer se casó con Alma Wassermann, una inmigrante judeo-alemana. Sus vivencias personales, así como la fuerte influencia de su hermano mayor, también escritor, se esbozan a lo largo de toda su obra, junto con los conflictos de posguerra en torno al desarraigo de los judíos y su consecuente asimilación. Singer no sólo sufre el desarraigo de la tierra sino el del idioma y su forma de pensar; sus nociones, su concepción original de las cosas se le distorsiona en el nuevo contexto, y entonces a Singer no le queda más opción que elaborar su propia escala de creencias; de una mezcla de religiosidad, erotismo y escepticismo, él logra sonsacar un Dios único y personal, creado según sus propias complacencias. En 1978 Singer se convirtió en el primer escritor en Yiddish que recibe el Premio Nobel de Literatura. Escribió hasta el día de su muerte, el veinticuatro de Julio de 1991, en Miami, Florida. El título es claro: una historia de amor; pero… ¿habla Singer de amor…? Broder es un sobreviviente del holocausto nazi. Vive con su shikse, Yadwiga, ahora convertida en su mujer, quien le salvó la vida escondiéndolo en un henil. Y aunque en su actual rutina


se figure un aparente orden, su mente aún contiene la entropía de la guerra, donde el tiempo y el espacio se retuercen, para él, en la más paradójica confusión. ¨Herman Broder dio media vuelta y abrió un ojo. Adormecido como estaba, no sabía si se encontraba en América, en Tzivkev o en algún campo alemán de refugiados. Durante un momento llegó a imaginar que estaba escondido en el henil de Lipsk. A veces, todos esos lugares se confundían en su cerebro. Sabía que estaba en Brooklyn, pero oía gritar a los nazis.¨ Quizás por eso, para escapar de las realidades que conviven en su cerebro, Broder se mantiene ocupado con Yadwiga, su esposa no judía, quien vive con él en un departamento en Coney Island, de cual ella casi nunca sale; se deleita bajo las sábanas de Masha, una femme fatale judía, que juega el rol de la amante, aunque, como toda amante, en algún momento quiere dejar de serlo; y termina de ocupar su escaso tiempo libre con Tamara, su verdadera esposa, a quien creía muerta, y quien reaparece en su vida, adormecida por el dolor de haber perdido a sus dos hijos. ¿Debería Broder dejar a Yadwiga y a Masha para rehacer su vida con la única mujer reconocida por la ley? ¿Debería separarse de ella y elegir a alguna de las otras dos? Analizando entonces la situación en pos del contexto, ¿quién puede juzgarlo de infiel, adúltero, bígamo, trígamo o mentiroso? Si las mujeres mismas, dotadas de esta nueva forma de mirar, terminan por compadecerse las unas de las otras. ¿Acaso importa el amor, la fidelidad, el compromiso, después de haber pasado por el mostrador de la carnicería nazi? ¿Con qué sentido se debe negarle una caricia a Yadwiga, un beso a Masha o un abrazo a Tamara, si las caricias, los besos, los abrazos funcionan como el mejor (quizás el único) consuelo? ¿Por qué contener un deseo capaz de mantener la mente alejada de la realidad, de la pesadilla de la que ya nunca, ninguno de ellos, podrá despertar? ¨Cuando Herman se ponía a fantasear sobre una nueva metafísica, e incluso una nueva religión, todo lo fundaba en la atracción de los sexos. En el principio fue la lujuria. El deseo era el principio, tanto divino como humano. La gravedad, la luz, el magnetismo y el pensamiento podían ser aspectos de un mismo deseo universal. El dolor, el vacío, la oscuridad, eran sólo interrupciones de un orgasmo cósmico que aumenta constatemente de intesidad…¨ ¿Qué exigencia moral se puede pretender de alquien que aspiró el gas de la inmoralidad? ¿Cómo negar entonces que los sentimientos no son más que expresiones químicas del sistema hormonal? Aunque nos pese, lo que nos diferencia de los animales no es el intelecto, sino la capacidad de etiquetar las cosas: amor, amistad, fidelidad, fraternidad, y demás abstracciones. Porque, nos guste o no, debemos reconocer que no somos más que animales siguiendo un instinto. De ahí que Tamara acepte criar al hijo de su esposo (quien desaparece en pos de alguna otra realidad) y su criada, sin ofenderse ni resentirse, y con el amor triturado por el recuerdo de sus hijos muertos. En el epílogo, a Tamara le comentan acerca de la flexibilización de las leyes judías del matrimonio para esposas abandonadas y le preguntan si volvería a casarse; ella responde: ¨Tal vez en la otra vida... con Herman.¨ Y entonces no quedan dudas de que su mirada ha sido alterada por la guerra, que su mirada ha construido un mundo paralelo, ahí, no tan lejos de lo fantástico. Y Singer lo justifica como otro no podría hacerlo: ¨Creo que hay un plan para este Universo. No fue creado por accidente. Quien lo planeó y con qué propósito, no lo sé. De lo que sí hay certeza es que este es un libro por el cual toda persona debería pasar alguna vez. Y así como me lo recomendaron y agradezco, yo también lo recomiendo. 60


B r e v e s

«No soy el embajador de la lengua francesa, lo soy de mis personajes» RUBÉN MARTÍN GIRÁLDEZ En algún momento le han hecho encajar el sobrenombre no del todo justificado de Céline de la ciencia ficción (Antoine Volodine comenzó publicando sus novelas distópicas o, según su propia designación, «post-exotistas»1 en la editorial Denöel, colección Présence du futur), aunque es probable que no le moleste cargar con más patronímicos. Porque si convenimos en que Volodine es su identidad principal, a continuación habría que poner sobre la mesa los nombres de Lutz Bassmann (una suerte de cronista del final de la clandestinidad), Manuela Draeger (cuando firma así, produce una literatura semi-infantil-terrible) y Eli Kronauer (fábulas medievales de aire ruso). Por lo general, sus personajes son Untermenschen, musulmanes concentracionarios, murphys, molloys, malones de sonrisa vudú que no saben distinguir bien si dicen u oyen, si enuncian en voz alta o es la voz de otro la que reverbera en su oquedad. Sus Schlumm, Glouchenko, Babloïev, Weyloomaja, Ayïsch Omonenko o Maryama Koum parecen excursionistas recién llegados del infierno y abocados a una marcha de varios kilómetros de muerte todavía: en más de una ocasión, las novelas de Volodine o Bassmann relatan el viaje a trompicones de un cadáver. En este sentido, nos encontramos con dos leitmotivs recurrentes: uno es el libro de los muertos tibetanos, el Bardo Thödol (los difuntos disponen de cuarenta y nueve días para atravesar el Bardo, una especie de purgatorio, en busca de la forma en la que se reencarnarán); el otro es una historia de la muerte de la revolución, del fracaso de los activistas, de la disidencia. El paisaje de fondo es un campo de concentración universal. Bardo or not Bardo (Éditions du seuil, 2004) sería la novela perfecta para ilustrar lo que decimos y divertirse con la frustración de unos protagonistas guiados por la voz que recita a la oreja de sus cadáveres el Bardo Thödol (como ese lector no conoce la lengua tibetana, termina leyendo un libro de cocina y unos textos surrealistas que tiene a mano, pero eso es lo de menos). Recitación, canto o dictado, lo cierto es que en el post-exotismo prima una oralidad llevada a cabo sin excepciones por narradores-oficiantes, por decirlo así. El relato no les pertenece: lo han oído, lo han refundido; la historia que leemos es una historia que ha circulado y circulado, es un fermento, es algo que un día fue confidencial y hoy ha pasado por mil bocas; el relato post-exotista puede ser el speech de un comentarista deportivo, otras veces su autoría aparece atribuida a los integrantes de una comuna al completo: siempre nos encontramos con un subnarrador anónimo (no pasa de ser una presencia discursiva sin otra entidad). Un ejemplo es la premisa de Las águilas apestan: el subnarrador nos propone un protagonista, Gordon Koum, que camina entre las ruinas carbonizadas de un pueblo; se encuentra con un muñeco y, dado que Koum es ventrílocuo, le pone voz y sostiene con él una conversación; enseguida aparece en escena un pájaro, a quien el personaje también concede el don de la elocuencia. Estas tres voces discuten brevemente qué hacer, qué decir, por qué decir, y llegan a la conclusión de que lo justo es dedicar unas palabras a modo de homenaje al recuerdo de las vidas que en ese lugar se han perdido. Si la elección de patronímicos híbridos ya hace de los personajes de Volodine una designación genérica —de tan insituables—, lo único que queda claro del período histórico en el que tienen ¿lugar? los relatos post-exotistas es que no se trata de un post-apocalipsis, sino del resultado de un exterminio, de una «solución final» que da ocasión al humor negro (sólo hay que echar un vistazo a los títulos de algún relato: «Para hacer reír a Maroussia Vassiliani»). Antoine Volodine es traductor, ya no tiene lengua materna; es un destetado voluntario. En su artículo «Escribir francés en una lengua extranjera»2 dice: «La lengua de mis narradores y narradoras no es una lengua nacional, en algunos casos apenas es una lengua humana; es la lengua de quienes a lo largo del siglo xx, y a pesar de sus esfuerzos, no han conocido más que la derrota. […] Hablan una lengua extranjera respecto al mundo real, recurren a formas literarias ajenas a la literatura del mundo contemporáneo, se expresan mediante la invención de formas desplazadas de la novela.» 1 Le post-exotisme en dix leçons, leçon onze; Antoine Volodine, Gallimard, 1998.


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FAHRENHEIT 451 Fahrenheit 451: la temperatura a la que el papel de los libros se inflama y arde

n J. Álvaro Gómez Eran las ocho de la tarde. Apenas había tenido visitas en la tienda durante todo el día. La recaudación tiritaba de frío dentro de la caja metálica del cajón de abajo. Llevábamos varios días sin vender un sólo libro y hoy volvería a ser otro más. Abrí el periódico intentando consolarme con el mal ajeno basándome en el etéreo dicho de “mal de muchos consuelo de tontos”. En una primera página aparecían las declaraciones de un oscuro ministro anunciando nuevos recortes en cultura y en educación. La obvié y busqué algo que me hiciera convencerme que pronto todo se acabaría y que esto había sido sólo un mal sueño. Pero no. Me di de bruces con otro titular que recordaban la subida en espectáculos culturales. Mis manos actuaron por instinto y pasaron las páginas hasta las últimas hojas del diario. Una foto ilustraba una entrevista a un presentador de un reality show que acababa de escribir un libro. Como por iluminación divina la puerta de mi librería se abrió y un joven de aspecto desaliñado entró tímidamente. Cerré el diario y le seguí con la mirada. Él, con aire despistado, observaba las estanterías repletas de libros. Cogió el último y voluminoso libro de Ken Follett y miró su contraportada. A mí me dio un respingo el corazón pues, aunque no soportaba a ese autor, el precio del libro suponía un alivio para la autoestima de esta tienda. Para mi desilusión volvió a dejarlo en su sitio; sinceramente, me alegré. Observando las paredes se fue acercando hasta donde yo estaba. Con mucha timidez me informó que tenía que hacer un regalo a alguien muy especial para él, que no

quería un libro cualquiera sino uno que la otra persona pudiese recordar. Me comentó también que su amigo era un asiduo lector, por lo que me pidió que no fuese uno de esos “bestseller”. Mi cabeza de librero comenzó a trabajar y recordé un libro que me marcó y que me hizo adentrarme en este mundo de las librerías. Era ideal para alguien que, en un mundo atomizado por el e-book, todavía disfrutara con el tacto, el olor y el sentimiento de un libro en papel. “Fahrenheit 451”, de Ray Bradbury. Aun a cuenta de su bajo coste en comparación con otros libros, esa novela todavía tenía el poder de cautivar a un lector sabio. Le enseñé el libro y comenzó a leer la pequeña entradilla trasera. Sonrió, me pidió que lo envolviese para regalo y se marchó con ese aire contrariado con el que entró. En ese momento recordé el artículo que escribí para la famosa revista Granite & Rainbow y que decía así… Parece mentira que Ray Bradbury (Illinois 1920- Los Ángeles 2012), un escritor autodidacta y vendedor de periódicos, pudiera acertar con esta novela lo que en este momento está pasando en Europa. La novela habla de una sociedad mediatizada por los televisores del tamaño de una pared. Una población que gira entorno a los realities y a una forma de vivir donde el individualismo lo llena todo y el librepensamiento es una forma perseguida y nada bien vista. El libro gira en torno a la vida de un bombero llamado Montag que, lejos de apagar incendios y poner su vida al servicio de la ciudadanía, se ponía en el lado del estado con


la única misión de quemar todos los libros del país. Su vida cambia totalmente con dos hechos que le hacen detenerse a meditar sobre su vida. Un primer suceso es el intento de suicidio de su mujer y el frío trato con el que las personas que vienen a salvar la vida de su pareja se enfrentan a ese asunto. -Ninguno de ustedes es médico. ¿Por qué no me han enviado uno? -¡Diablos!- El cigarrillo del operario se movió en sus labios-. Tenemos nueve o diez casos como éste cada noche. Tantos que hace unos cuantos años tuvimos que construir estas máquinas especiales. Otra segunda, y quizás la más importante, es el descubrimiento de una joven que, lejos de ser la típica niña de su edad, le hace preguntas en busca de respuestas. La niña, llamada Clarisse, comienza a contarle su vida y la de sus familiares, ofreciéndole otra mirada en ese mundo en la que ella es un objeto de estudio. -¡Oh, no me echan en falta!- contestó ella-. Dicen que soy insociable. No me adapto. Es muy extraño. En el fondo, soy muy sociable. Todo depende de lo que se entienda por ser sociable, ¿no? Para mí, representa hablar de cosas. O comentar lo extraño que es el mundo. Estar con la gente es agradable. Pero no considero que sea sociable reunir a un grupo de gente y, después, no dejar que hable. Una hora de clase TV, una hora de baloncesto, de pelota base o de carreras, otra hora de transcripción o de reproducción de imágenes, y más deportes. Pero ha de saber que nunca hacemos preguntas, o por lo menos, la mayoría no las hace; no hacen más que lanzarte las respuestas izas!, izas!, y nosotros sentados allí durante otras cuatro horas de clase cinematográfica. Esto no tiene nada que ver con la sociabilidad. Montag comienza a tener una relación estrecha con la niña. La niña le hace preguntas que él nunca se había planteado: el conflicto está servido. Por un lado, él se siente atrapado entre su trabajo, el de quemar libros, y las dudas generadas por Clarisse sobre la vida que tenían sus antepasados. Por ello recurre al capitán Beatty, jefe de la estación de bomberos. Reconozco que el discurso de este capitán es increíble. Es una de las joyas, para este humilde redactor, de la literatura contemporánea. Es increíble la forma que el escritor aborda los temas de la boca de este bombero experto. Debo decir que, durante las ocho o nueve páginas en las que se desarrolla el diálogo entre el capitán y Montag, me sentí abrumado al descubrir que esta novela escrita en 1953, recreaba una sociedad que bien podía ser la actual de 2012. Lean, reflexionen y no se asusten, apenas les desvelo unas migajas de la historia: -Me preguntarás, ¿cuándo empezó nuestra labor cómo fue implantada, dónde, cómo? … En realidad es que no anduvimos muy bien hasta que la fotografía se implantó. Después las películas, a principios del siglo XX. Radio. Televisión. Las cosas empezaron a adquirir masa… como tenían masa, se hicieron más sencillos… los libros atraían a alguna gente. Podían permitirse ser diferentes. El mundo era ancho. Pero, luego, el mundo se llenó

de ojos, de codos y bocas. Films y dios, revistas, libros, fueron adquiriendo un bajo nivel, una especie de vulgar uniformidad... El hombre del siglo XIX y sus lentos desplazamientos. Luego, en el siglo XX, acelera la cámara. Los más breves, condensaciones. Resúmenes. Todo se reduce a la anécdota, al final brusco… Los clásicos reducidos a una emisión radiofónica de quince minutos. Después, vueltos a reducir para llenar una lectura de dos minutos. Por fin, convertidos en diez o doce líneas en un diccionario… Ahora, podrá leer por fin todos los clásicos. Manténgase al mismo nivel que sus vecinos. ¿Te das cuenta? Salir de la guardería infantil para ir a la Universidad y regresar a la guardería. Ésta ha sido la formación intelectual durante los últimos cinco siglos o más. ¿Política? ¡Una columna, dos frases, un titular! Luego, en pleno aire, todo desaparece. La mente del hombre gira tan aprisa a impulsos de los editores, explotadores, locutores, que la fuerza centrífuga elimina todo pensamiento innecesario, origen de una pérdida de tiempo. Da miedo, ¿no? Pero hay algo más. El lector me va a permitir transcribir algunas líneas más de este pequeño gran discurso del jefe de bomberos: -Vaciar los teatros excepto para que actúen payasos… Más deportes para todos, espíritu de grupo, diversión, y no hay necesidad de pensar, ¿eh? Organiza y superorganiza superdeporte. Más chistes en los libros. Más ilustraciones. La mente absorbe menos Y menos. Impaciencia.. ¿Les suena a algo de actualidad? Pero no que no tema el lector ante este discurso tan Orwelliano; no toda la novela es así. Dentro de este maravilloso libro podrá encontrar descripciones poéticas de personajes y lugares. Podrá disfrutar de la angustia de la acción y, aunque parezca mentira, de la pasividad que el escrito inyecta a algunos personajes. No quería pasar la oportunidad de nombrar a otro protagonista de la historia, el señor Faber. Alguien de quien los lectores que aman la literatura querrán subrayar muchas de sus frases, alguna como la siguiente: Los libros están para recordarnos lo tontos y estúpidos que somos… Lo que usted anda buscando, Montag, está en el mundo, pero el único medio para que una persona corriente vea el noventa y nueve por ciento de ello está en un libro. Sirva como anécdota que en la tumba del autor, fallecido el 5 de junio de 2012, se puede leer lo siguiente, “Autor de Fahrenheit 451”. Queridas amigas y queridos amigos de Granite: este es un libro que les sorprenderá y les hará sentir algo en las tripas. Sobre todo cuando, al terminar la última página, levanten la vista y vean, atónitos, las últimas noticias. Comprenderán entonces la necesidad de tener siempre cerca y a mano este título imprescindible para, de vez en cuando, ver que la literatura puede tener la misma fantasía que la vida misma.


Librera por un día

La luz un primero de junio n Fusa Díaz «y ahora, SOL MÍO, dorado adorado, ilumina este día y hazlo hermoso y brillante en su inutilidad - y hazlo brillar hermoso en su inutilidad y a mí, SOL deslenguaperros, inolvidable compañero, dame fuerzas para concluirlo». Ese día hermoso y brillante no es otro que el uno de junio; y ese sol, dorado adorado, no es otro que la luz que arroja Celso Castro sobre la literatura; ese fragmento, entonces, no es otro que el principio de “el cerco de beatrice”, la tercera novela publicada del autor coruñés. Podríamos decir que es la pieza clave, que es el puente que une sus dos primeras novelas con las dos últimas, que es la llave para entrar en su narración y comprender, tanto como se deja, las particularidades de un estilo tan marcado y propio. Por orden, “de las cornisas” y “dos noches” podrían considerarse las novelas de un poeta, mientras que en “el afinador de habitaciones” y “astillas” parece que nos vayamos encontrando, a lo largo de las historias, la poesía de un narrador. Entonces, “el cerco de beatrice” es el punto de unión: es la poesía de un poeta y la narración de un narrador. Igual de compatibles resultan la poesía y la prosa como la vida y la muerte: en los espacios que Celso Castro está dispuesto a embarcarnos siempre va a existir tal dualidad. El verso y 64

la prosa, la vida y la muerte, lo cotidiano y lo excepcional, lo ilógico con la pura verdad, la luminosidad de ese sol amado y la oscuridad de un día interminable. Quizá porque deja respirar todas sus contradicciones, todas sus novelas adquieren ese halo de realidad, de verdad, de… tuyo. A través de Alberto Nadia (Dep), Julio Sanjuán, Adela de Bahna, Matilde Ramos, Ricardo Hervada, Silke María, Alvarito el Judío, Yolanda Aguado, Alejandro, Sergio, Adrián el Clínico, M. de Verganza, Queta, Andrea García-Oblito y el narrador, Celso Castro nos presenta un micromundo, una ciudad, una subrealidad de la que cuesta mucho trabajo alejarse. Una vez entras en su territorio, es muy difícil renunciar a cualquiera de sus personajes. El narrador, que en ningún momento se identifica con un nombre, hace un largo recorrido por su ciudad, y su ciudad no es más que cómo la viven todos sus personajes. Como si el escritor estuviera jugando con nosotros, toda su obra está perfectamente entrelazada, aunque independiente. Desde la primera novela hasta la última, iremos encontrando algunos de los personajes más importantes de la lista que antes he escrito, que no es otra cosa que el índice de la edición que


la empatía literaria: se trata de, en sus palabras, despojar a la literatura de la literatura. Aunque en “el cerco de beatrice” se den fenómenos extraños, como una nieve que no es nieve y un ambiente enrarecido y asfixiante para todos sus habitantes (y digo habitantes y no personajes), incluso el contacto con el más allá, la vida es vida en toda su narración. La literatura en manos de Celso Castro se convierte en vida, como si fueran mágicas. Por eso se ha llegado a decir que ha construido, a través de sus relatos del yo, un espejo del alma común. ¿Cómo? Despojando a la literatura de la literatura, despojando, también, a la vida de la misma vida. Simplificando hasta el absurdo, hasta mostrar lo verdaderamente esencial. ¿Cómo? Si lo supiéramos. Aunque la oralidad, las minúsculas y la particular forma de puntuar de Celso Castro ayudan a fomentar este rasgo que lo distingue del resto de narradores, hay algo más. Para poder explicar y contestar a ese cómo, me gustaría recurrir, como al principio de este artículo, a las palabras del autor: «y sin embargo, acababa extenuado y desengañado de mi propia facundia, de tanta palabrería inútil. había que despojarse, el tono de mi carta debía ser sencillo, casi indiferente, como una charla de ascensor, y eso me iba a llevar su tiempo. comencé a podar los párrafos, a descomponerlos en líneas, como si fuesen poemas, y después examinaba cada línea y la —desprestigiaba— como dice verganza. y me ocurría con frecuencia que el significado de una línea era el correcto pero su —resonancia— no me satisfacía. y entonces la desmenuzaba en palabras, cambiaba su orden, reservaba sinónimos y así hasta las tantas, que muchas veces alguna palabra se me quedaba dormida,

publicó en 2007 la editorial gallega Ediciones del Viento. Las novelas siempre están ambientadas en A Coruña, así que tiene sentido que muchos de los personajes que son protagonistas en unas, pasen a ser secundarios o casi anecdóticos en otras: una red de vidas que se van uniendo y alejando al antojo de Celso Castro, que lo único que hace es dejarlos respirar. ¿Cómo se deja respirar a un personaje…o, mejor, cómo se deja respirar a un narrador? Ahí está toda respuesta, el misterio que encierra la literatura de Celso Castro: su genialidad. Del mismo modo -el poeta escribió las primeras dos novelas y nos habló desde una prosa poética, suavizándose en “el cerco de beatrice” hasta dar con los relatos del yo publicados por Libros del Silencio-, nuestro escritor ofrece la misma ternura a todos ellos, el mismo aliento y la misma compasión. Anne Funder acertó al decir que «imaginar la vida de otro es un acto de compasión verdaderamente sagrado». Así, podemos decir que toda su obra está compuesta por ese acto de compasión sagrada, porque si Celso Castro maneja algo a través de sus narradores, es precisamente su capacidad de imaginar la vida de los demás, una vida que no existe en nadie pero que renace en cada uno de nosotros al leerla. Entonces, las vidas de todos sus personajes están a medias: a medias entre el escritor y el lector. Precisamente por eso, porque se sostiene íntimamente entre dos, no es una vida invisible ni vana. Es así como se deja respirar a un personaje y a un narrador: convirtiéndolo en real, en uno mismo o en cualquiera de los que se acerque a él. Dicho así, parece que cualquier novela de ficción cumpla este imprescindible requisito: la verosimilitud, la empatía con el personaje. Pero Celso Castro va más allá de la verosimilitud o

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extrañada, sin significado, y yo tenía que repetirla y repetirla para que volviera en sí». Me parece que desprestigiar, desmenuzar y podar la escri-tura podría ser la definición perfecta para lo que entraña la literatura de Celso Castro. Este fragmento es revelador por tres aspectos diferentes. El primero, que podría funcionar como carta de presentación, de cómo nuestro escritor se desenvuelve con su literatura, con su palabra, que es la misma que la nuestra pero la adormece y después la repite para que vuelva en sí. El segundo, que despojar la literatura de la literatura, convertirla en casi una conversación de ascensor, precisa de mucho trabajo, mucho esfuerzo y mucha dedicación. A partir de ahí: es decir, partiendo de esa facultad que ha ido adquiriendo el poeta narrador, no importa qué quiera contar, la detestable pregunta: ¿de qué va esta novela? “el cerco de beatrice” va de cómo la vida queda canalizada, queda atrapada bajo la mirada e imaginación del autor que nos ocupa. Siempre, cualquier cosa que quiera contarnos uno de sus narradores, estará enterrada bajo la poesía, la ternura y lo descarado de quien está desnudándose ante un público que no conoce: un abismo del que nada sabe, y al que se muestra sin filtros, cáscaras, escudos o muros. Por eso, porque tiene una fuerza arrebatadora, sus personajes pueden ser el mismo, de la misma manera que todos tropezamos con la misma piedra, repetimos los mismos esquemas y acabamos asumiendo que el hombre es un único animal multiplicado casi idénticamente en toda la huma-nidad. Si nosotros, el mundo, acabamos pareciéndonos tanto unos a otros, y funcionamos con mecanismos casi paralelos y perfectos, como espejos, ¿cómo no van a hacerlo unos personajes que están sujetos a la vida? Poetas, filósofos, camareros, boxeadores… todos, en manos de Celso Castro, son el mismo: cualquiera de nosotros. El tercer aspecto es una visión engañosa de lo que supone la lectura

de esta novela y todas las demás. De la misma manera que narrar así parece fácil pero requiere una concentración y un trabajo constante (deshacer las frases, buscar su resonancia, afinarlas, repetirlas), su lectura también parece accesible pero no lo es. No todos nos manejamos bien con un interlocutor de ascensor. Y aunque la literatura está despojada de literatura, Celso Castro la respira por donde quiera que va. No esperemos de su obra que no haya referencias, que sea llana, que no nos sumerja en cuestiones literarias, profundas e intelectuales. Despojar a la vida de la misma vida no nos da muerte, del mismo modo que Castro no consigue desliteraturizar a sus narradores aunque sea ése su empeño. Toda su obra es un canto a la litera-tura, al arte de narrar, al arte de poetizar. Si he elegido “el cerco de beatrice” para esta ocasión, es porque considero que es la pieza perfecta para el mecanismo que encierra sus cinco novelas publicadas. Es el centro, y es la respuesta. Sin este cerco, es imposible entender lo anterior y lo posterior. Para acabar, me gustaría dedicar el último párrafo a definir, ya que he intentado hacerlo con la obra poética y narrativa, al autor de la luz de este primero de junio, el día al que está dedicada toda la novela: «pues... ¿qué te estaba diciendo?... ah, lo de balzac... pues eso, que hay personas que son poetas porque escriben poemas y todo eso. y otras, muy poquitas, que encarnan la poesía... que son la poesía hecha... o sea, la poesía en persona... ni siquiera necesitan escribir... y eso es lo que le pasa a verganza». No lo necesitan: ese tipo de personas, como Celso Castro, no necesitan escribir para ser escritores, porque encarnan la literatura, son la literatura en persona. Por suerte, son precisamente ese tipo de escritores que, aunque no necesiten de la escritura para serlo, se mantienen a través de ella, son la literatura hecha, y no podrían renunciar a ella de ningún modo.


Librero por un día

La experiencia de buscar y encontrar “De qué hablo cuando hablo de correr”, de Haruki Murakami Una temática tan complicada como “librero por un día” exige una elección personal. Por tanto, hay que decantarse por algún libro que haya calado hondo, sea por el motivo que sea. “Pain is inevitable. Suffering is optional. (…) Estás corriendo y piensas: “¡Ah, qué duro! ¡No puedo más!” Lo de que es duro es una realidad inevitable, pero “no puedo más” es, en realidad, algo que depende absolutamente del criterio de cada uno.”

n Alejandro Larrañaga tan enigmáticos y atractivos que pueblan otras obras como “Sputnik mi amor” o “Tokyo Blues”, por citar solo dos de los múltiples ejemplos posibles. Es, simplemente, un libro sobre el hecho de correr y lo que implica para Murakami el entrenamiento, la competición y el afán de superación en esta actividad y en el resto de su vida.

Escoger un libro es un proceso que carece de explicación. Estás en medio de una librería (o en una feria del libro), entre una cantidad inabarcable de títulos, y uno se destaca. Has visto varios títulos atractivos, llevabas, de hecho, algunas ideas de casa. Has reducido el abanico de opciones a tres o cuatro, pero solo te puedes llevar uno o dos (las limitaciones económicas, a veces, no son un inconveniente). Hay dudas, autor nuevo o repetir con alguno que te ha gustado. Novela recomendada o ensayo sobre tema de interés. Cuentos cortos o un inclasificable. Lo has recorrido casi todo y alcanzas, después de muchas dudas, una decisión. Y de repente… lo ves. Parece que es él quien te encuentra, que ha avanzado, a modo de fan determinado buscando la primera fila del concierto, hasta presentarse. Lo ves y no te resistes, ese y no otro es el que has ido a buscar.

Podría parecer un libro carente de interés y, sin embargo, una vez finalizada su lectura solo puede quedarte una profunda sensación de gratitud. Existen en el mundo muchos buenos escritores, y es obvio que dentro de cada una de sus obras hay una parte importante de sí mismos, pero que alguien explique minuciosamente hechos tan personales, que desnuden su interior, probablemente sea un acto de generosidad a la altura de los más grandes. “… luchar por imponerme a otra gente, tanto en la vida cotidiana, como en el ámbito del trabajo, no es la forma de vida que deseo. Puede que mis razonamientos sean obvios, pero el mundo está se constituye porque hay gente de todo tipo. Existen valores para cada persona y formas de vida para estos valores y tengo una forma de vida acorde. Este tipo de diferencias crea pequeñas discrepancias diarias y el

Me gusta pensar que funciona así, aunque nuestras vidas nunca sean tan interesantes. A mí me ocurrió con “De qué hablo cuando hablo de correr” de Haruki Murakami, que probablemente no sea el mejor libro del autor japonés. En él no se cuentan historias ni se presentan a esos personajes

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A medida que vamos madurando y pasamos por muchos ensayos y errores, recogemos lo que debemos recoger y nos deshacemos de lo que nos debemos deshacer, y llegamos a la conclusión (resignación) de que si empezamos a enumerar nuestros defectos y puntos flacos, no acabamos nunca. Pero algo bueno tendremos, y no hay más remedio que arreglarse con lo que tenemos.”

conjunto de esas pequeñas discrepancias es lo que puede acabar en un gran malentendido. Como resultados, muchas veces se reciben reproches sin razón. Evidentemente, no es divertido que no te entiendan o recibir reproches. A veces eso puede herir mucho a una persona. Es una experiencia muy dura.” El propio Murakami es consciente de que un libro tan personal puede caer en el olvido y no interesar a nadie. Él lo sabe y como está fuera de su control llegar a los lectores, convierte “De qué hablo cuando hablo de correr” en un ejercicio íntimo. Utiliza la palabra escrita para expresarse porque es la que le concede más libertad, con la que sabe plasmar mejor aquello que quieres decir. Las motivaciones íntimas y vivir tu vida como quieres sin avergonzarte por ello es más de defender si pones al propio libro como barrera para defenderte de la timidez o la imponente presencia del resto de la humanidad.

Madurar, como tan bien explica Murakami, no es más que probar y fallar, hasta acertar, o simplemente obtener un resultado satisfactorio. Está claro que la adolescencia es el punto supremo de la inmadurez, pero el paso hacia la época adulta no es un camino lineal. Alcanzar un punto de aceptación personal puede ser el objetivo supremo (y consecuentemente el más complicado), uno puede tener la mejor de las posiciones, la más estable de las situaciones personales, una carrera profesional completa, que todo se puede venir abajo con la aparición de ese terror (irracional por supuesto) que te hace perder la confianza en ti mismo, dudar, ese el verdadero baremo para medirse a uno mismo. Esa es la verdadera madurez, y ahí es donde vamos a poder explorar todas nuestras posibilidades, experimentar nuestros límites.

No hay nada que reprocharle, porque ha sabido convertir cada experiencia por las que pasado en su vida en algo a partir de lo que poder progresar (para bien o para mal). Porque quedarse quieto no te mantiene en una inmutable posición, solo consigues que el mundo te pase por encima y te haga retroceder. Murakami lo sabe y quiero compartirlo con sus lectores. Para aquellos que llegaran a las mismas conclusiones, el refuerzo de un argumento de peso como el suyo, es otra prueba más de eso que se dice: la sabiduría está en los libros.

“Y, con vistas a la siguiente carrera, seguiremos entrenando en silencio como hasta ahora (supongo), cada uno a su manera. Aún que esta vida se refleja, a los ojos de los demás –o tal vez avistándola a lo lejos-, como un valor efímero sin ningún significado importante o como algo de una eficacia pésima, creo que no hay que darle más vueltas. Incluso si realmente no es nada más que una operación insustancial, como echar agua en una olla vieja con un agujero en el fondo, por lo menos queda la realidad de que me esforcé. Que haya una eficacia o no, que sea atractivo o no, al fin y al cabo, es lo más importante para nosotros, aunque en la mayoría de los casos sean cosas que no se pueden visualizar (aún que se puedan sentir en el alma). Es que, a veces, las cosas que tienen un verdadero valor son cosas que solo se pueden obtener mediante operaciones de eficacia pésima.”

“Por lo menos nunca caminé.” “No existe en el mundo real algo más hermoso que la ilusión que posee un hombre que perdió la razón.” No hace falta, de todos modos, ser un escritor de éxito para reflexionar sobre algunas cosas. Murakami lo hace utilizando su talento literario y convierte ideas a las que cualquiera tiene alcance (si se molesta en cuestionarse el mundo que le rodea, algo que deberíamos hacer más a menudo, sin duda alguna) en certeros dardos. Nadie está a salvo de él, ni siquiera un conjunto tan castigado y menospreciado (aunque a veces ellos mismos se empeñen en que sea así) como los adolescentes.

El mundo está lleno de competiciones, las hay de todo tipo. Se obtienen todo tipo de resultados. Se pueden buscar explicaciones, excusas, buscar nuevos retos. Pero la verdadera competición es siempre primero contra uno mismo, es a la única persona a la que no puedes engañar. Y la satisfacción que aporta la propia superación personal no se cambia por otra victoria. Es una lucha encarnizada, y se obtiene la mayor de las gratificaciones porque no hay mayor rival que los propios límites. Se alcanza un mayor conocimiento personal, hasta donde podemos llegar, nuestra capacidad de sufrimiento, de comprobar cómo podemos minusvalorarnos o sobreestimarnos; sin intermediarios y, por suerte o por desgracia, sin engaños.

“Supongo que, como sabéis, los dieciséis años son una edad extremadamente complicada. Nos volvemos susceptibles ante cosas insignificantes, no podemos ver objetivamente nuestra propia posición, nos jactamos o nos sentimos acomplejados por parvadas.

Al final, la mayor enseñanza que se puede sacar de “De qué hablo cuando hablo de correr” es la determinación para buscar aquello que se quiere (la eterna búsqueda de la felicidad, o al menos de un grado lo más alto posible de satisfacción personal), pero desde el esfuerzo y la constancia. Se puede tener la habilidad para hacer algo (de lo más insignificante a lo más trascendente) pero si esto no se acompaña del trabajo necesario los frutos no van a aparecer por sí solos. Eso es algo que Murakami, alguien con un talento excepcional, sabe bien y que el resto deberíamos tener muy presente en nuestras vidas.

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B r e v e s

Noche dolorosa J. ÁLVARO GÓMEZ Abrí un ojo y le encontré frente a mí doblándose de la risa. Noté cómo una fría humedad se introducía entre mis dormidos dedos. Giré la cabeza y pude comprobar que mi mano derecha estaba dentro de un charco marrón oscuro que había en el suelo. Miré a mi alrededor y, con cierta dificultad, me di cuenta que estaba sentado sobre los adoquines de la calle y que mis riñones, también helados como mi mano, reposaban sobre los veinte centímetros de bordillo que separaban la acera de la calzada. Mi lengua se movía entre mis dientes y el sabor metálico de la sangre me hizo lanzar un gruñido sordo. Abrí y cerré varias veces la boca mientras el maldito idiota seguía riéndose en medio de la calle. Saqué la mano de aquel asqueroso líquido, la llevé hasta mi pantalón para secarla y, una vez que noté que aquel viejo vaquero había hecho su función, comencé a tocarme la cara con mis dedos. Al pasar por el puente de mi nariz noté un fuerte pinchazo que me hizo volver a cerrar los ojos con fuerza. Dios, casi no recordaba nada, pero el muy capullo se seguía riendo. Mi otra mano palpó mi pecho en busca de mi cartera. Noté su bulto y me hizo quedarme algo más tranquilo, por lo menos no había perdido la documentación ni los ocho dólares que me habían pagado esa misma mañana. ¡Parecías un escarabajo! –me gritaba mientras elevaba su boca hacia el cielo– qué manera de pelear más deplorable… Eso sí, no parabas de gritar que ibas a matarnos a todos. Su risa retumba en mi cabeza. Era de noche y comenzaba a recordar algunas cosas. Yo estaba sentado en el suelo, a las puertas del bar Mouse´s, el garito del que me acababan de echar. Apoyé mi cabeza entre las piernas, rodeé con mis brazos mis rodillas y bajé la mirada hacia el duro suelo. En ese momento vi caer, lentamente, varias gotas de sangre de mi nariz. Aquel irlandés calvo me había dado una buena paliza. Eres un puñetero escritor cubierto de sangre y whisky, jajaja –me decía–. Yo, por ahora, sólo llevo por encima el alcohol, jajaja… Eso sí, yo contigo no me meto en una maldita pelea ni borracho. Levanté la mirada y, ofreciéndole mis manos le dije: Ayúdame, Charles, no seas capullo. Maldito alemán, además de mal escritor eres un estúpido. No sé los motivos, pero comencé a reírme al mismo son que mis dolores. Las carcajadas de ambos se unieron haciendo eco entre las calles vacías de aquella maldita ciudad. Sabes algo –me dijo agachándose y poniendo su gran nariz cerca de mis ojos–, a mi próximo relato le llamaré “Factotum” en honor a tu asquerosa vida. Anda dame las manos y vamos a Stroght. El dueño todavía nos fía y allí podemos seguir brindando por tu mala salud. Le miré a los ojos y, besándole la frente, le susurré: Señor Bukowski… yo también le quiero.


Librera por un día

Matar a un ruiseñor n Anabel Rodríguez Odio las series sobre abogados, las películas de abogados y por su puesto las novelas de abogados. Sí, me fastidia la irrealidad que desprenden la mayor parte de estas obras, lo falsas que resultan, lo acartonado de sus héroes y villanos. También debo añadir que las novelas cuyo personaje principal es un niño suelen producirme cierto rechazo, porque en varias ocasiones me encontré que representan a los protagonistas con exceso de ingenuidad, haciéndolos parecer estúpidos o, por el contrario, tan listos que parece que hubieran sido poseídos por algún adulto engreído. Sin embargo, la novela que recomiendo como librera por un día es “Matar un ruiseñor”, donde la narradora es una niña y el gran protagonista un letrado. No puedo ser más contradictoria, ¿no? Hace unos once años me picó la curiosidad sobre este libro. No lo recuerdo bien, pero supongo que llegué a él a través de Truman Capote y su “A sangre fría”, que me convirtieron en una forofa del escritor norteamericano. Harper Lee, era amiga suya desde la infancia, y lo había ayudado con las tareas de documentación de esa novela. Me chocó que la autora, tras conseguir tantísimo éxito con su primera obra (“Matar un Ruiseñor”, consiguió el premio Pulitzer), no hubiera escrito ninguna novela

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más. ¿Cómo era posible? Pero, es más, desde el año 1964, la señora Lee, no volvió a conceder ninguna entrevista sobre esta novela, a pesar de que es de lectura recomendada en los colegios de Estados Unidos. La trama gira en torno a las vivencias de su alter ego, Jean Louise “Scout” Finch durante tres años, en la época de la Depresión de los años treinta, en el imaginario pueblo de Maycomb, sito en Alabama. Ella es la narradora, mezcla en su voz, sin estridencias, la mirada de la adulta al pasado y la voz de la niña que describe el mundo que le rodea. Creo que esa es una de las principales virtudes de la narración, junto con lo certero y honesto del retrato que nos hace de los personajes que habitan la novela. Conoceremos al padre de Scout, Atticus Finch, a su hermano Jem y a su amigo Dill, un pequeño Truman Parsons, posteriormente conocido como Truman Capote. Es una obra de evidentes tintes autobiográficos, el padre de Harper Lee era abogado, su hermano era cuatro años mayor que ella (como Jem y Scout) y su madre, aunque no murió hasta que ella cumplió los veinticinco años, fue una figura ausente durante toda su vida, al padecer ciertas enfermedades. No es sino hasta el capítulo noveno cuando tenemos


las primeras noticias de que algo extraño está sucediendo: se ha encargado de oficio a Atticus Finch, abogado viudo de mediana edad, la defensa de Tom Robinson, un hombre negro acusado de violar a una chica blanca, Mayella Ewell. Los Ewell pertenecen a lo más bajo de la escala social, viven en un basurero y dependen por completo de la beneficencia, pero son blancos. Tom Robinson no. El ambiente se va enrareciendo. Los niños sufren insultos en el colegio, también por parte de algunos adultos, pero su padre lucha por mantener la cordura, insuflando sentido común, alejando el odio. La segregación racial y sus consecuencias aparecen en la novela haciéndose con el centro de la narración. En la primera ocasión en que habla del asunto con Scout, después de pedirle que no se pegue con otros niños, la niña le pregunta: “—¿Ganaremos el Juicio, Atticus? —No, cariño. —Entonces, ¿cómo…? —Simplemente, el hecho de que hayamos perdido cien años antes de empezar no es motivo para que no intentemos vencer—respondió Atticus. (…) Esta vez es distinto —dijo—. Esta vez no luchamos contra los yanquis, luchamos contra nuestros amigos. Pero tenlo presente, por muy mal que se pongan las cosas, siguen siendo nuestros amigos, y éste es nuestro hogar” La figura de Atticus Finch se agranda a lo largo de la obra en pequeños y grandes gestos que muestran el saber hacer, la coherencia, la honestidad con las propias convicciones aunque estas no sean las de la mayoría. No encontraréis en esta obra una compleja trama de corrupción, o de acción. Pero sí os daréis de bruces con un hombre ante el caso de su vida, veréis como eso puede afectar a su familia, a su relación con los demás. Lo que molesta a los habitantes de Maycomb no es que asuma la defensa de un negro, asignada de oficio, sino que se proponga ejercitarla de forma efectiva, seria. En definitiva, que la defensa sea real y no una mera pantomima ante un jurado de paja. El trasfondo del racismo se encuentra presente en todo el procedimiento judicial y por supuesto en la resolución del mismo, pues los jurados y los tribunales están compuestos de personas, con sus virtudes y sus defectos, sus prejuicios, sus pedestales y sus miserias. El juicio no lo agota todo, el juicio no agota nada, el juicio es una fase más en una vida, en la vida de Maycomb, pero una fase que marca, que cambia la vida de los que roza de una forma u otra. De este procedimiento sólo saldrán vencidos: blancos, negros, la propia Justicia. La única victoria que se percibe es la propia lucha, la que ha llevado el abogado defensor aun sabiendo que era una causa perdida, o tal vez por eso.

“Matar un ruiseñor” muestra como a pesar de que la inocencia pueda morir a nuestras manos, podemos sobreponernos y continuar, cambiados, eso sí, pero continuar. Nos enseña que la valentía no es tomar un arma y liarse a tiros, como “uno es valiente cuando, sabiendo que ha perdido ya antes de empezar, empieza a pesar de todo y sigue hasta el final, pase lo que pase”. Aunque la amargura de la derrota nos lance zarpazos a lo largo de nuestras vidas podremos superarlo, o al menos habremos dado la batalla que debimos dar y podremos mirarnos en el espejo sin rencores. La obra encierra sorpresas, y matices que te arrancan la sonrisa a veces sincera, en otras ocasiones cínica. Muestra las costumbres y hábitos de poblaciones del sur de Estados Unidos en la primera parte del siglo XX, que son exportables a cualquier parte del mundo occidental: las reuniones de señoras cristianas escandalizadas ante las costumbres de los salvajes; el comportamiento de la turba que pretende un linchamiento… La perspectiva desde la que Harper Lee aborda la abogacía revela un profundo conocimiento de las vivencias que depara: los sinsabores que se quedan pegados en la toga, las preocupaciones que acarrea. Reivindica la profesión y todo lo que trae consigo, incluso la falta de respuestas de la que adolece la Justicia en muchas ocasiones. En este punto me parece esclarecedora la contestación que da Calpurnia (criada negra y mano derecha de Atticus en su hogar) a la cocinera de una vecina “Tú no estás familiarizada con la ley. Lo primero que aprendes si estás en una familia de gente de leyes es que no existe una respuesta concreta ante nada”. Atticus Finch es el abogado defensor por excelencia: inteligente, honesto, valiente, consciente, con sentido común. Pocos años después de la publicación, se filmó la película, cuyo director era Robert Mulligan. Sin embargo, lo que casi todos tenemos en nuestra mente cuando recordamos la película es el rostro de Gregory Peck, que aparece tan unido al de Atticus, que resulta imposible desligar uno del otro. La decisión es vuestra, en este caso podéis optar entre la película y el libro sin sufrir. Pero no, no lo hagáis, mejor combinad ambos, no os arrepentiréis, la prosa clara de Harper Lee os atraerá como un imán. Palabra de librera. 71


Librero por un día

Resignarse a amar ¿Un amor puede obligarte a esconder tu vida entera, o más de ella, durante muchos años? ¿No ser amado significa no reconocerse en la otra persona? ¿Es posible decirlo todo y, desde la otra parte, entenderlo todo?

n Francisco Jurado Chueca Evidentemente no sabemos en un primer momento quién podemos llegar a ser frente a otra persona, pero la reacción después de leer “Carta de una desconocida”, de Stefan Zweig, nos ayudará un poco más a reconocernos, valga la redundancia. Porque después sí podremos reconocer la persistencia que demuestran muchas de las percepciones o imágenes por mantener abierta la posibilidad de vivir fuera de lo que podemos llamar cotidiano. Y junto a ello podemos estar nosotros.

creer también cómo a través de esta vía, que a veces equívocamente se llama correspondencia, una mujer puede relatar toda una vida, o dos, y la ausencia de una tercera. Creerás fervientemente en la decisión que ella tomó y ya no en el amor a primera vista. Sin embargo, en esta pequeña carta de veinticinco folios hay dos amores a primera vista, ambos trágicos y crueles, cuyos inicios, una vez más, son dolorosos y sádicos, y cuyos finales son además de un dolor desconocido. Dolor que creerás no tiene justificación alguna. No hallarás tal vez motivos que alimenten algunas decisiones y te preguntarás si acaso son necesarios lo que llamamos razones para hacer válido un acto.

Quizá. Y quizá también al terminar el libro dejes de creer en las palabras. Y al cerrarlo creerás más en las reacciones que ellas provocan. Y al volverlo a abrir creerás mucho más en aquella duda fiera que salta al no poder reconocer cuál es el origen de los parámetros con los que uno quiere conducir su vida. O, en el peor de los casos, los valores que deja que a uno lo guíen. Te preguntarás si estás contra la espada y la pared. Entonces volverás a leer la carta y llegarás a

Y después tal vez al querer cerrar el libro tendrás la certeza de que es diferente entre unos y otros la percepción de las cosas y de sus significados, en la que además un ser humano se apoya para construir las imágenes que ingiere y escupe, es variable y muy relativo todo, tanto que te alegrarás por ello, por supuesto sin dejar de recostar tu mirada en ese único dolor que en todo momento has creído puede ser 72


compartido, y acto seguido tal vez te preguntarás a solas si ese mismo golpe ante ti puede esconderse de tal manera que ni siquiera lo notes. ¿Acaso en este mundo palpable y coloquial hacen falta definiciones concretas de lo que es vivir de manera espontánea, sin filtros ni diafragmas? ¿Por qué debe ser necesaria una carta para poder impregnar entonces los olores de más de una vida? Y las concepciones que se aglomeran en los diccionarios no te ayudarán. De las enciclopedias no querrás absorber ni un color. Y así seas un ferviente creyente o no de la falta de definiciones en este mundo, te alegrarás. Abrirás el libro, lo volverás a cerrar y tal vez, solo tal vez, te apasionará tener la certeza de que existe un claro contraste entre tu color verde y el de tu amigo. Y, lo que es mejor, te alegrará que sea tan diferente el concepto de amor, la noción de pensamiento en sí que existe entre dos personas que se abrazan, se contemplan y se besan, para luego ellos se aparten tan solo una distancia tan larga como, por ejemplo, el pasadizo que comunica tu puerta con la de tu vecino y seguir la diferencia siendo enorme. Luego creerás con ternura en el cansancio y en la estimulación.

de una sola manera y eso tal vez es suficiente. ¿Y qué creerás cuando ella, la desconocida, dice?: “…que la cara de una chica, de una mujer, resulta terriblemente cambiante para un hombre, porque no suele ser sino el reflejo de una pasión, de una ingenuidad o de una fatiga... Y un hombre puede olvidar rápidamente el rostro de una mujer, porque la edad que en ella se refleja cambia según si hay sol o sombra…”. A lo que enseguida añade: “Los que se resignan, esos son los auténticos sabios”. ¿Resignarse a qué? ¿A reconocer? ¿A no olvidar? ¿A no cambiar? Los que se resignan son los auténticos sabios. Y tal vez querrás entender entonces primero qué significa para ti resignarse. O antes, ¿una mujer es el reflejo de una pasión? Y después: ¿Una persona es o puede ser el reflejo de un sentimiento que exhala quien la está mirando? ¿Es esa la llave de todo? ¿No eres tú, eres ellos? ¿Y dónde están tus significados? ¿Eres tú lo que ellos piensan quien eres?

En “Carta a una desconocida” existen claramente las indicaciones que te ayudan a escoger entre dos o más características o estímulos o alternativas para poder empezar a andar. No dejar que las normas o aptitudes felizmente entendidas como sociales te conduzcan por donde no lo desearas. O sí. Saber qué debes decir y qué no. Saber en qué momento debes fingir y cuándo correr. Hasta por hartazgo o cansancio saber la respuesta que debes dar y cómo recibir un beso abofeteado. Y al cerrar el libro poco te importará si al frente no se encuentra aquella persona. Sabrás que aunque esté no te reconocerá o, en el mejor de los casos, no entenderá todas tus palabras.

Cerrarás el libro. Entenderás que no ha sido una carta que prodigue alegrías. Tal vez volverás a dudar y abrirás la carta y hallarás las contradicciones en las que cae toda persona: cómo sonreír antes y después tener que correr porque a quien ama está cerca, cómo digerir las crueles bondades que tiene que sufrir una mujer que sola se hizo adulta y sin un centavo en el bolsillo, para después la misma mujer más bella debe ser complaciente entre las altas sociedades, a pesar de sus sentires y salvaguardias: “Sentía que estaba destrozando mi vida. Pero, ¿qué significaba la amistad, qué era mi existencia comparada con el ansia de volver a sentir tus labios y escuchar la delicadeza de tus palabras dirigidas a mí?”. Entonces pensarás que estás contemplando una vez más la figura de una pobre mujer, de un ser infravalorado. ¡Qué grado de ceguera puede alcanzar una persona que tiene los rangos de la autoestima en los suelos! Pero solo creer en las definiciones concretas y cerradas de determinadas iniciativas es lo que nos llevaría a esta conclusión. Conceptos que hoy en día originan reacciones específicas, apuradas, inútiles para un ser humano. Definiciones sin movimientos, sin gestos, que es lo que sobra en este libro, más aun cuando lo cierras.

Creerás entonces reconocer que es ese el momento exacto en el que debes recoger quizá una tiza del suelo y trazar la línea que no quieres volver a ver. Aunque sabes que la volverás a ver. Y te aliviará y llegarás a la conclusión, una vez vuelvas a abrir el libro, que la intención final es trazar. Solo trazar. En definitiva, en este libro o en esta carta llegarás a vislumbrar todas las facultades, palabras, todas las edades que un ser humano puede cumplir, muchas distancias, casi todas las condiciones sociales en las que una persona puede llegar a someterse, pero solo reconocerás un único jarrón de flores. Un único ramo de flores todos los años. “¿No me das una de estas rosas blancas?”.

“Y en el escritorio había un jarrón con las rosas, mis rosas, las que te había enviado el día anterior, para tu cumpleaños, como recuerdo de una mujer a la que, a pesar de todo, no recordabas, no reconocías ni en aquel momento en que la tenías cerca de ti, con su mano en la tuya, con sus labios en los tuyos”.

Y sabrás que esta carta nos demuestra que hay una niña asustada y una mujer decidida. Triste. No te preocupes, no solo hallarás opuestos. Intentarás comprender que la dueña de la misiva idea su vida como quien solamente ha decidido querer

¿Ahora crees que por las calles de alguna ciudad, de una que has pisado apenas durante un par de días u horas, hay una persona andando y a la vez pensando en ti bajo cualquier circunstancia que crees no conocer o, mejor dicho, no reconozcas hoy su rostro o su nombre mientras ella compra el pan? ¿Crees que en este mundo hay alguien que te ame con locura y no lo sepas? ¿Puede haberlo? ¿El hecho de que posea uno de tus reflejos significa que te ama, que te posee? ¿La reconocerías? ¿Amado significa no estar completo?

Y entenderás por qué esa mujer cada vez menos desconocida tuvo que esperar tantos años para decirlo. Años que quizá esperó también Frida Kahlo para decirlo: “Quisiera darte todo lo que nunca hubieras tenido, y ni así sabrías la maravilla que es poder quererte”.

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Librera por un día

Garrapatear los años n Ainize Salaberri desarrollo siempre sorprende. Virginia Woolf lo sabía muy bien. Conocía perfectamente los entresijos de la sociedad, conocía perfectamente lo que era ser una esnob y lo que significaba ser una niña escondida en el cuerpo de una mujer cuando escribía sus diarios y sus cartas. Ser inglés, me digo a veces, también es ser bipolar cuando se ha de serlo. Y a eso unos lo llaman locura –que a veces, es cierto, como en el caso de Virginia, se mezcla con voces y visiones–, mientras que yo lo llamo genialidad. Y es que sólo una persona que es capaz de escribir con seis voces distintas, como hace en “Las olas”, puede llamarse genio.

La luz en Londres nunca es igual de un día para otro. Tampoco sus calles o edificios. Los viandantes tampoco lo son. En Londres cambian los huesos y las venas de cada uno, que toman caminos distintos a cada hora; nunca desandan lo andado, nunca miran atrás en exceso. Si acaso, existe una suerte de tristeza que se mezcla con la desesperación más absoluta y que se sostiene sobre el ánimo indeleble del ser humano de mantener la imagen y las formas. Ser inglés es conocer las reglas que rigen la sociedad, algo que viene ocurriendo desde, al menos, el nacimiento de la novela con Daniel Defoe. Ser inglés también es eso: una novela cuyo 74


Virginia Woolf contemplaba la luz de Londres con una capacidad de observación sin igual. En la naturaleza encontraba ella los secretos del ser humano. Dicen de las águilas que cuando ven demasiado enloquecen. Eso, me digo, es lo que le ocurrió a ella. Observó tanto Londres y de tantísimas formas distintas, desde tantísimos ángulos y recovecos, que terminó por ser incapaz de soportar vivir allí aún siendo, como era, su único deseo. Tuvo que exiliarse a las afueras de la ciudad, a Richmond, y más tarde a Rodmell (Lewes), sitiado a dos horas de la capital. Y allí Virginia se moría. Pero le quedaba un as en la manga, un as previamente usado por otros muchos escritores pero nunca con tanto acierto ni con tanta magia como lo hizo ella: escribir a Londres en sus libros, como si fuera una constante y larguísima carta de despedida. Esto es lo que ocurre en “Los años”, escrita en 1937. “Los años” es un aleteo constante de pájaros que buscan la misma comida, los mismos parques, la misma paz. Y leyendo el libro parece que en Inglaterra nunca haya existido la paz, como si la batalla de Trafalgar o la lucha de Isabel I contra la Armada Invencible aún resonase en las manos y en los pies de los ingleses. Todos los personajes están en guerra con su paz. Y, como tantísimos otros personajes de tantísimas otras novelas, los personajes están varados en un limbo de recuerdos, tiempo perdido y ensoñaciones futuras. Y ninguno, y aquí está la magia, existiría sin los hilos de los años y sin el hilo de la persona que tienen al lado. “Los años” resume la vida de todos de nosotros y consigue algo tan soberbio como peligroso: dotarla de sentido. Miramos a las vidas de los protagonistas y nos preguntamos dónde está la pieza de puzzle que falta para completar el paisaje psicológico que Virginia pone ante nosotros. “Los años” son pequeñas piedrecitas, lo que los ingleses llaman pebbles, que entorpecen los días del calendario; hace que las semanas pesen demasiado, y acabamos arrastrando los meses, los lustros, las décadas, como si el apego que sentimos por el pasado fuese mayor que el que sentiremos jamás por el presente. Y, lamentablemente, así es. Los personajes se encuentran varados en acciones pasadas, en recuerdos largo tiempo caducados, y están, irremediablemente, perdidos. Los mapas, quemados en viejas chimeneas de viejas casas ilustres, carecen ya de memoria. Y los habitantes, nuestros protagonistas, buscan en los demás lo que no son capaces de encontrar en sí mismos. Qué demonios ha pasado con mi vida, preguntan con ojos entristecidos y cansados a las personas que tienen frente a ellos; se olvidan, sin embargo, de que no han pronunciado palabra y que, como sospechaban, lo importante de la vida, de sus vidas, se guarda siempre entre silencios, entre gritos de socorro que retumban de un hueso a otro, de un escozor a otro, de un pus a otro. Porque para la pena de los años no hay salida, ni medicina, ni amparo. ¿Hay salvación?, preguntan, y contestan: ha de haberla, hemos sobrevivido a una guerra, al cambio de siglo, a la posguerra. Debe haberlo, sí, definitivamente lo hay, ¿verdad? Y no pueden evitar esa última pregunta para asegurarse porque, si no hay salvación no hay futuro, y necesitaban saber que al 75


soportar, parece que nos dice ahora, que destruyan mi Londres con sus bombas y que lo reconstruyan con el polvo de los huesos de otros. Vayan estos viejos huesos míos por delante. Y entonces, el agua, la destrucción de la belleza, el agarrotamiento del frío y las arrugas de la valentía. Ejerció su derecho a la vida en la literatura y su derecho a la muerte en nuestras vidas. Y, como sus personajes de “Los años”, sentimos que nos hemos quedado huérfanos, varados en un precipicio que no conoce el eco de tanto grito de socorro en silencio.

menos el futuro existe para poder seguir ahogándose en el pasado. Dónde están las bombas, eso es lo que queremos. Porque así, buscando los restos de lo que éramos, entre metralla y piel muerta, tendremos una verdadera excusa para no aterrarnos con un presente en el que no encontramos más que las consecuencias de mentiras apenas abocetadas, poderosas y ruidosas. Al menos así, entre los restos de quién sabe qué delirios, la locura por pausar la vida estará justificada. “Edward guardó silencio. Es inútil, pensó North. No puede decir lo que quiere decir; tiene miedo. Todos tienen medio; miedo a que se rían de ellos; miedo a delatarse. Y este también tiene miedo, pensó North mirando al joven de la hermosa frente y el mentón pequeño que gesticulaba con excesivo énfasis. Todos nosotros tememos a los demás, pensó; pero, ¿de qué tenemos miedo? De las críticas, de las risas, de las personas que piensan de manera diferente. Me teme porque soy granjero (North volvió a ver su rostro redondeado, los salientes pómulos y los ojos pequeños y castaños.) Y yo le temo a él porque es inteligente. Miró la frente amplia, encima de la cual los cabellos ya comenzaban a escasear. Eso es lo que no separa, pensó: el miedo. North se rebulló. Deseaba levantarse y hablar con aquel joven. Delia le había dicho: «No esperes a que te presenten». Pero resultaba difícil dirigirse a un desconocido y decirle: «¿Qué es este nudo que llevo en mitad de la frente? Deshazlo.»”

Inglaterra, parece, nunca ha sido nada más que esos instantes en los que los pies de Virginia, con un abrigo raído y viejo, paseaba por parques y calles londinenses –que bien se asemejan al resto de parques y lagos y tesoros de la campiña. Londres se reduce, en realidad, a esos instantes. Toda la historia contiene el aliento en esas frases, reescritas veinte veces, leídas en alto treinta y releídas cincuenta. Londres es ese golpe en la vida de Virginia cada vez que ésta daba con la frase idónea para describir sus sentimientos. Y la naturaleza, desbordada en su pluma, haciéndonos partícipes de un truco de magia... o de un secreto que sólo ella parecía saber: la supervivencia está en el agua, en los árboles, en la posición de las nubes una tarde cualquiera; en los naranjas de un atardecer tras un día de excesiva lluvia; en la posición del sol sobre un tejado rojo; en el reflejo de nuestro rostro en el rocío de una piedra que nada en mitad del Támesis. La victoria y la derrota, y bien lo sabía Virginia, está en Londres, en las páginas de un libro y en un ahogo constante.

Y señoras y señores, ladies and gentlemen, la esencia de la vida queda resumida en un pregunta y en una respuesta. ¿Qué es este nudo mío? Ayúdame. Y eso es lo que nos separa y eso es lo que nos une: un garrapatear los años, un buscar la sombra donde antes había luz.

“Forzosamente ha de haber otra vida, pensó mientras se dejaba caer contra el respaldo del sillón, exasperada. Y no en sueños, sino aquí y ahora, en esta sala, con gente viva. Tenía la impresión d e encontrarse en el borde de un precipicio, de pie, con el cabello echado hacia atrás por el viento; estaba a punto de aprehender algo que se le escapaba por muy poco. Forzosamente ha de haber otra vida, aquí y ahora, repitió. Esto es demasiado breve, está demasiado fragmentado. No sabemos nada, ni siquiera acerca de nosotros mismos.”

Virginia escribe mirando a su jardín trasero. Allí no hay edificios majestuosos, allí no hay aire contaminado; allí no están las campanas del Big Ben marcando sus pasos; allí no está el Strand, ni la larguísima y bulliciosa Fleet Street; allí, en ese jardín, no hay sombrererías, no hay amenazas de conversación. A Virginia, entonces, sólo le queda su papel azul y la tinta negra; sólo le queda el temblor de sus pies bajo la mesa. Virginia recupera Londres mientras la escribe. Quizás por eso tituló la novela “Los años”: la ilusión del calendario y no el tormento del tiempo de descuento. Londres era literatura, al igual que lo era la vida de los londinenses, sus secretos, sus zapatos nuevos. Aún recuerda, allí sentada, frente al jardín que Leonard cuida todas las mañanas, los lápices gastados en sus rondas mañaneras; aún recuerda la algarabía de su interior al cruzarse con un tendero, con un soldado, con una mujer que contempla a otra mujer a través de un escaparate. Aún, y qué curioso, parece que le dice a Vanessa, el revivir de un guiño, la saliva que conserva el sabor de la galleta de chocolate a la hora del té. Aún recuerda lo rápido que se le escapaba siempre Londres: era arena en las manos de una niña, que era ella. Y cómo debía irse a escribir, a ordenar las ideas, para permanecer viva un poquito más. Todo aquello que sentía, todo aquello que temía, todo aquello que le arrebataba y le restablecía la vida, se encuentra en “Los años”: también los temblores que anticipan la segunda gran guerra, retumbando en el interior de sus personajes. Lo que nos une a todos también está: el miedo, la desilusión, el tiempo malgastado en abrigos de piel. Virginia observó tantísimo al ser humano que no pudo continuar siendo uno en un mundo que se caía a pedazos. Cómo podría

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Librera por un día

El sabor de la infancia en una novela n Marta Gómez Garrido Creo que nunca he logrado tener un libro favorito, no uno exclusivo y único que destacase para mí por encima de todos los demás. Por eso, y porque bien es sabido que cada uno tenemos nuestros gustos caprichosos, siempre que alguien me pide que le recomiende un libro siento primero un momento de vacío, por la cantidad de historias increíbles que están esperando a esa persona en el estante de una biblioteca, en una librería o al otro lado del ordenador. Demasiados títulos y ¿cuál puede ser en realidad el adecuado, el que le marque? En esos momentos de duda, siempre ha llegado como una heroína atenta la obra sobre la que tratan estas líneas: “Mi familia y otros animales”, del escritor británico Gerald Durrell. No es que esta novela sea la que está mejor escrita del mundo o la que cuenta la historia más importante, pero sus líneas impregnan al lector del dulce sabor del verano como sólo se puede paladear cuando somos niños. No en vano, se trata de una historia autobiográfica, en la que Gerald Durrell nos narra cinco años de su vida, los que pasó en la isla griega de Corfú junto a su peculiar familia cuando él tenía tan solo diez años. El autor consigue plasmar de forma sorprendente sus emociones de entonces, consiguiendo un narrador infantil más que creíble y que, a la par, se expresa en un lenguaje cuidado y agradable. Quizás la magia que envuelve a esta novela desde sus primeras páginas se debe a que está escrita desde el corazón, sin premeditaciones, ya que cuando Durrell se sentó a escribirla tenía pensado narrar algo totalmente distinto, como señala en la introducción el propio autor: “en principio estaba destinada a ser una descripción

levemente nostálgica de la historia natural de la isla, pero al introducir a mi familia en las primeras páginas del libro cometí un grave error. Una vez sobre el papel, procedieron de inmediato a tomar posesión de los restantes capítulos, invitando además a sus amigos”. En realidad, el título no podía estar más acertado ya que los verdaderos protagonistas de la historia son tanto la familia del pequeño Gerry como los animales que él va acogiendo sin ninguna limitación. La combinación de estos dos grupos de personajes ofrece situaciones de gran comicidad, puesto que el pequeño de la casa recogía de la naturaleza salvaje de Corfú cualquier ser vivo que llamase su atención, sin pararse a razonar sobre su adecuación a un hogar humano y sin entender por qué los demás se quejaban tanto de las visitas que él amablemente traía a casa. Entre otros muchos ejemplos, éste es el caso de una prole de escorpiones que recoge justo antes de la hora de comer: “Hasta el día de hoy sigo en mis trece de que la hembra de escorpión no llevaba malas intenciones. Lo que pasa es que estaba agitada y un poco molesta por el largo encierro, y aprovechó la primera oportunidad para escapar. En una fracción de segundo se irguió sobre la caja, con los bebés aferrándose desesperadamente, y trepó al dorso de la mano de Larry. Allí, no muy segura de qué partido tomar, se detuvo, con el aguijón curvado en estado de alerta. Larry, sintiendo el roce de sus garras, bajó la vista a ver qué era, y a partir de ese instante los acontecimientos se sucedieron de manera cada vez más confusa. Larry exhaló un rugido de pavor que hizo que Lugaretzia dejara caer un plato y que Roger saliera como un rayo de debajo de la mesa, ladrando ferozmente.


autobiográfico, a que se trata de personajes y situaciones reales, sin adiciones artísticas según indica en la introducción Gerald Durrell, si bien aún nos quedan ciertas dudas, ya que al novelizar una historia siempre se acaba cayendo en la adaptación y reordenación de los acontecimientos. En el caso de “Mi familia y otros animales”, la visión mágica de esa realidad viene muchas veces dada por la mirada infantil, que matiza e interpreta sin los límites de la razón. Un ejemplo lo encontramos en el momento en el que el pequeño Gerry conoce a su nuevo preceptor y profesor: “sonaron unas pisadas suaves y la puerta se abrió de par en par, mostrando a mi nuevo preceptor. Al punto decidí que Kralefsky no era un ser humano sino un gnomo disfrazado de persona mediante el uso de un traje anticuado pero muy elegante”. El carácter autobiográfico de la obra la enmarca dentro de la novela

De un manotazo envió al desdichado animal de cabeza a la mesa, donde aterrizó entre Margo y Leslie, esparciendo bebés cual confeti al estrellarse contra el mantel. Ciega de ira ante semejante trato, la criatura se lanzó hacia Leslie, con el aguijón temblando de furia. Leslie se puso en pie de un salto, volcó la silla y empezó a descargar servilletazos a diestro y siniestro, uno de los cuales mandó al escorpión rodando por el mantel en dirección a Margo, quien prestamente dio un alarido que cualquier locomotora se habría sentido orgullosa de producir”. También es evidente el choque cultural que sufre al inicio del relato la familia del novelista, ya que se encuentran de la noche a la mañana en un entorno y una cultura totalmente desconocidos para ellos, lo que da lugar a las situaciones más estrambóticas, entre ellas la dificultad para encontrar una casa con baño o la lucha con un grupo de taxistas ávidos de moderna. El investigador José María Pozuelo Ivancos apunta en el libro “De la Autobiografía: Teoría y Estilos” que uno de los cambios más radicales que podemos observar en el territorio siempre convulso de los géneros literarios es el creciente lugar que la civilización actual concede a toda la familia de géneros memorialísticos. Este predominio de la propia experiencia al narrar era impensable en etapas clásicas y, sin embargo, es cada vez más común. Como bien dice el dicho: la realidad supera a la ficción, y es quizás por eso que las situaciones tan disparatadas que se presentan en la trama de la novela resultan creíbles si bien muchas veces se bañan en el absurdo. “Vivir en Corfú”, señala Durrell, “era como vivir en medio de la más desaforada y disparatada ópera cómica”. Otro factor que hace interesante este tipo de escritura es la posibilidad que da el autor al lector de acercarse a su vida, saciando así la curiosidad, ciertamente morbosa, que todo lector tiene sobre la vida del propio escritor. En “Mi familia y otros animales” no sólo encontramos narrada parte de la vida de Gerald Durrell, sino que también aparece como personaje su hermano Lawrence Durrell, también escritor, poeta y dramaturgo cuya obra más reconocida es la tetralogía llamada “El cuarteto de Alejandría”. Tras un duro esfuerzo de condensación por parte del escritor británico, encontramos una novela en la que podemos leer las peripecias de esta curiosa familia durante cinco años en el incomparable marco de la isla griega de Corfú, a través de la mirada inocente e infantil del autor a los diez años. Sus líneas exhalan vida y nostalgia, pero, eso sí, sin dejar de lado el humor, que acompaña al lector de principio a fin.

aprovechar la visita de unos turistas ignorantes. Además de la curiosa familia que presenta el escritor, en la novela se puede encontrar una descripción precisa y literaria de gran variedad de animales, tanto mamíferos como reptiles, aves e insectos, y es que no hay que olvidar que Durrell era también zoólogo y en la novela aparecen sus primeros pasos observando y describiendo las costumbres de los seres vivos que poblaban la isla. Descubre así al lector una amplia variedad de especies y muchas curiosidades sobre su comportamiento. Es posible que parte de la vida que transmite la narración y que fluye de las páginas del libro se deba a su carácter 78


errata naturae La mitad de errata naturae © María de la Iglesia

Irene y Rubén forman errata naturae, una de esas pequeñas editoriales que luchan por publicar buenos títulos. Tienen que enfrentarse, diariamente, a las superpoderosas editoriales que acaparan gran parte del mercado literario actual. Sin embargo, y con un gran trabajo a sus espaldas, están consiguiendo marcar la diferencia: su catálogo, formado por ocho colecciones, contiene grandes títulos, enormes bellezas por descubrir. Y lo bueno es que cada colección va dirigida a un público en concreto. En G&R nos declaramos «errateros», y admiramos el trabajo de estos «monstruos» de la edición.

n Ainize Salaberri Irene y Rubén, Rubén e Irene. ¿Qué os hizo montar una editorial juntos? Nos conocemos desde hace muchísimo tiempo, desde el instituto, y nos hemos influido mucho el uno al otro, hemos crecido juntos en nuestros gustos, en nuestras aficiones, etc. La lectura, determinados autores, el cine, las series de televisión… son cosas que hemos compartido siempre. Descubrimos cosas y enseguida se las contamos al otro. La editorial es una manera de compartirlas con más gente, pero también entre nosotros. Ya habíamos fantaseado de más jóvenes con proyectos similares junto a otros amigos, pero fue Rubén quien en esta ocasión lo planteó de otro modo: “esta vez tiene que ser real, que hacerse real”. Y aquí estamos.

En la web, http://www. erratanaturae.com, decís: «presentamos un conjunto de colecciones especializadas en los campos de la filosofía, el pensamiento crítico, el cine, el

ensayo sobre teoría del arte, ciencia, estudios políticos, sociología, urbanismo… y la literatura.» Os definís como editorial independiente, alejada de las imposiciones de la industria cultural. ¿Cómo se lidia con todo esto? ¿Os resulta fácil, difícil? ¿Así de radical y de directa es la filosofía de errata naturae? Digamos que intentamos alejarnos de esas imposiciones del mercado, pero siempre hay servidumbres… Hacemos libros que nos parecen importantes, que creemos que tienen que estar a disposición del lector en castellano, libros que nos ilusionan, incluso cuando sabemos que algunos de ellos no van a venderse especialmente bien. Pero, una vez publicados, claro, hay que hacer todo lo posible para que los lectores a quienes puedan interesarles lleguen a conocerlos. Y eso supone un buen trabajo de prensa y difusión. No, no siempre es fácil. Sobre todo porque exige un trabajo ímprobo para un equipo pequeño y sobrecargado. Muy a menudo tenemos ideas que nos parecen muy buenas, pero que


no llegamos poner en práctica por falta, sobre todo, de tiempo (en otras ocasiones, por falta de medios)…

Tenéis ocho colecciones, todas tremendamente distintas entre ellas. También está la «Fuera de colección» en la que se publicó “Perros, gatos y lémures”, una maravilla de antología. ¿Os encargáis los dos de todas ellas, os las habéis dividido? ¿Cómo se crearon las colecciones y por qué los nombres que tienen? Como decías en la pregunta anterior, nos encargamos de muchos campos del conocimiento, y de ahí ese número de colecciones, que, en realidad, son más bien series: algunas de ellas pueden agruparse sin problema alguno, como ya sabrá el lector que conozca nuestros libros... Lo cierto es que participamos los dos en todas las colecciones, y todas las decisiones las consultamos y sopesamos entre los dos. Pero, con el tiempo, cada uno ha ido aportando más en unas que en otras, lo cual era inevitable, pues es el resultado de nuestros hábitos de lectura personales y nuestra evolución como lectores o, si se me permite, como editores. Las colecciones se crearon porque no quisimos restringir nuestros intereses el crear la editorial: Rubén estudió Historia del Arte, con especialización en Estética y Cine; Irene, Filosofía con especialización en Estética y Literatura. Pero en ambos casos, desde una perspectiva muy política. Es decir, nos interesan muchos ámbitos de la cultura y la sociedad, y quisimos que tuvieran su lugar en la editorial. En cuanto al nombre: “errata naturae” significa el error de la naturaleza, el monstruo, ese ser que nace por azar y que es excepcional. Quisimos que los nombres de las colecciones tuviesen que ver con ese concepto, y elegimos nombres reales de monstruos (en su mayoría de tradición medieval) que tuviesen que ver con el contenido de la colección. Así, por ejemplo, la colección dedicada a filosofía se llama “Los agripianos”, que eran unos seres con un cuello muy largo y cabeza de ave. Se decía que eran una tribu de sabios porque, con un cuello tan largo, les daba tiempo a meditar lo que querían

decir, hasta que las palabras llegaban a su pico-boca. Y eso es para nosotros la filosofía: una reflexión que lleva su tiempo, que se aleja de la velocidad que impone la sociedad, que se distancia de la inmediatez para pensarla mejor.

En vuestra opinión... ¿El editor nace o se hace? ¿Cómo llegasteis vosotros a ser editores, que os impulsó, qué os inspiró? En nuestra experiencia: se hace. Y lleva su tiempo. Hay mucho que aprender, siempre quedan cosas por aprender. Nosotros, de hecho, antes de tomar la decisión de crear la editorial, íbamos a emprender una carrera académica, ligada a la universidad. Pero, mientras hacíamos la tesis, nos sentimos desilusionados, no nos parecía el mejor lugar para trabajar. Sin embargo, ser investigador no es tan distinto de ser editor: supone amar la cultura, los libros, pasar mucho tiempo entre ellos y emocionarse al encontrar algo inesperado, nuevo, importante. Y nosotros siempre tuvimos esa pasión. Ésa es la parte más íntima de la tarea del editor. Lo que nos quedaba por aprender era la parte más “pública” del “publicar”: es decir: darle forma a un libro, contextualizarlo en una colección, buscar el mejor diseño posible y, una vez que eso está hecho, difundirlo, darlo a conocer. ¿Cuál o cuáles han sido los momentos más satisfactorios en vuestra andadura en errata naturae? Desde el momento en el que supimos que la editorial era viable, es decir, el momento en el que tuvimos la financiación para empezar, hasta cada una de las veces en que sabemos que vamos a poder publicar alguno de los libros que nos gustan… Y por supuesto, también cada vez que un libro nuevo sale de imprenta: es maravilloso tenerlo en las manos después de meses de trabajo.

Tenéis títulos absolutamente deliciosos, especialmente en la colección “El pasaje de los panoramas”. Títulos como “Romance en París”, “La vida


agria”, “Un granizado de café con nata”, y la más reciente, “Hace cuarenta años”. ¿Cómo llegasteis a estos títulos y cómo os sentisteis al verlos en vuestro sello? Llegamos a ellos de formas muy diversas: Romance en París responde a una fascinación por la historia en torno a Jules y Jim, la película de Truffaut (que vimos primero) y el libro de Roché (que leímos después). Nos parecía que faltaba la perspectiva de Franz Hessel en esta historia, apodado “Jules”, que siempre fue más tímido y discreto, y eso lo que aporta este libro: el comienzo de esa aventura à trois, vista desde los ojos de Jules y maravillosamente narrada, à la Proust porque Hessel, a pesar de ser alemán, escribe como un francés. La vida agria fue un libro encontrado en una librería de San Remo en un viaje familiar; Un granizado de café con nata, igualmente, fue encontrado azarosamente en una librería milanesa. Y Maria van Rysselberghe, la autora de Hace cuarenta años, fue primero un nombre llamativo en la biografía de otro autor. Y decidimos investigarlo. Uno de los grandes autores de la editorial es Lafcadio Hearn. ¿Qué historia, personal y no personal, esconde este autor, Irene? Antes de fundar la editorial, pasé un año escolar como auxiliar de conversación en la isla caribeña de Martinica. Era fantástico: no sólo por la isla, que lo es, sino también porque sólo trabajaba 12 horas a la semana, lo que me dejaba

mucho tiempo para leer (de hecho, Lafcadio no es el único autor de la editorial que descubrí en esos meses). Martinica, como digo, es maravillosa, pero también muy distinta: vivir allí supuso una inmersión en otro mundo, de tradiciones desconocidas para mí. Así que, como tenía tiempo, leí mucho sobre este mundo. Los autores autóctonos fueron de gran ayuda; pero fue Lafcadio Hearn quien me hizo más compañía. Descubrí que también él había vivido allí un periodo largo de tiempo: dos años. Y que había escrito sobre el Caribe y sus islas y, en particular, sobre Martinica. Y, a pesar de los cien años que nos separaban, su perspectiva se acercaba más a la mía: era la de alguien que viene de fuera, pero pasa bastante tiempo allí, convive con su entorno, y se interesa por la historia y las tradiciones. Pero, lo más importante: estas obras suceden en Martinica, pero son universales. Y su prosa procura un gran placer a quien la lee. Lafcadio es un gran narrador, y su periodo caribeño había sido completamente ignorado aquí. Por eso decidimos integrarlo en nuestro catálogo.

¿Cómo se os ocurrió la idea de crear la colección, maravillosa y tan necesaria, de “Los pequeños Platones”? ¿Qué acogida está teniendo? Los Pequeños Platones es una colección que importamos de Francia, y allí ya lleva unos quince títulos publicados. Fue Rubén quien, hace ya más de dos años,


trajo un par de ellos después de un viaje a Toulouse, y nos pareció un proyecto precioso, importante y envidiable. Pero nos parecía un poco pronto para incorporar una nueva colección más en el catálogo, pues nosotros justo acabábamos de lanzar entonces “El Pasaje de los Panoramas”. (Y una cosa que hemos aprendido en nuestros casi cinco años de vida es que con eso hay que ir poco a poco). Así que lo dejamos reposar unos meses. Pero nos gustaba mucho y nos parecía importante… así que lo retomamos y fuimos poco a poco trabajando en los primeros títulos, hasta que salieron ¡un año después! Y seguimos trabajando para que todo el mundo los conozca mejor y para enriquecer todavía más los contenidos de cada libro: ahora, desde nuestra página web, pueden descargarse unas “unidades didácticas” o “propuestas de lectura” que pretenden ser una herramienta útil y divertida para que niños y mayores disfruten de su lectura tanto en casa como en el aula, o en las bibliotecas y espacios de lectura. Contienen tanto una contextualización de los contenidos filosóficos de los libros como pasatiempos, actividades y propuestas de debate específicas para cada uno de esos ámbitos. Se pueden descargar aquí: http:// www.erratanaturae.com/index.php/ unidades-didacticas/ En cuanto a la acogida: estamos muy contentos: nos llegan muchos mensajes tanto de adultos que los han leído, como de padres o profesores que se los han leído a los niños y ¡les encantan! ¿Qué necesita tener un libro para ser publicado en errata naturae? Nada en concreto y muchas cosas: ideas, una determinada lucidez e intensidad en el lenguaje, en las reflexiones, en la narración; casi diríamos: una verdad. Y también debe encajar en esa constelación que dibujan nuestras colecciones. Aparentemente lo que decimos es muy vago, pero tiene mucha fuerza. ¿Cuáles son las principales dificultades que encontráis en el panorama literario español? ¿Creéis que se publican

demasiados libros, que debería haber un filtro, que debería regularse la avalancha de títulos de alguna forma? ¿Es posible la visibilidad entre tantas novedades? Desde luego se publica mucho, demasiado para lo que se lee. Pero es difícil establecer un “filtro” que no se parezca a una “censura”. Por supuesto, la visibilidad es muy complicada. En la cuestión más “física” de este asunto, nosotros apostamos por un diseño llamativo, que hace que nuestros libros se distingan fácilmente en cualquier mesa de novedades. Pero hay otras cuestiones más impalpables: un trabajo de prensa y difusión constante, conseguir contar, poco a poco y gracias al catálogo, con la confianza de los libreros… ¿Cuál es el libro que más placer os ha dado publicar? ¿Cuál es vuestra «niña bonita» o, mejor dicho, vuestro «personaje monstruoso» favorito? Y, ¿cuál ha sido el más complicado de conseguir? Pregunta difícil de responder. Empezamos por el final: el más complicado de conseguir fue Jean Genet. Poder comprar los derechos supuso meses de trasiego de mails, faxes y llamadas tanto a la editorial que lo publica en Francia, Gallimard, como, directamente, al heredero que los posee y gestiona hoy en día. Cuando adquirimos los derechos del primer título de Genet que hemos publicado, El niño criminal, llevábamos poco tiempo publicando, éramos una editorial muy joven, y el heredero consideraba que tenía poca información sobre nosotros. Así que nos hacía más y más preguntas: quién escribiría el prólogo, en qué colección estaría integrado, por qué ahí, por qué creíamos importante publicar esos dos textos ahora, por qué unirlos, cómo los íbamos a presentar. ¡Le enviamos un fax incluso a un hotel en Grecia! Duró meses porque él viajaba mucho y tardaba en responder. Pero no nos rendimos. Y afortunadamente podíamos argumentar bien las respuestas y le convencimos. Irene hizo su tesina sobre la obra de Jean Genet, así que el heredero se dio cuenta de que estaba en buenas manos, que lo

trataríamos bien. Y esto enlaza con la primera parte de la pregunta: para Irene, poder publicar a Genet, un autor al que dedicó años de investigación, ha sido una enorme satisfacción. Nos hace especial ilusión también el crecimiento de la colección “El Pasaje de los Panoramas”, pues muchos lectores tenían formada la idea de que errata naturae “sólo” se ocupaba de ensayos y libros dedicados a la, digamos, cultura visual… Pero en “El Pasaje” estamos apostando por una narrativa que nos parece fundamental y que, sin duda, necesita de un número suficiente de lectores… Poco a poco, van llegando estos lectores a dicha colección… En especial con el último título de la misma: Hace cuarenta años, que ha llegado a librerías con una excelente acogida por parte de críticos, lectores y libreros, y que decidimos que abriera esta “temporada”, justo después de una pequeña campaña en buenas librerías literarias centrada, precisamente, en difundir “El Pasaje de los Panoramas”.

¿Cómo es vuestro día a día? ¿Cómo os organizáis, cómo trabajáis? El “núcleo duro” de Errata naturae lo formamos los editores, Rubén e Irene, y María, que trabaja media jornada y se encarga de tareas de prensa y difusión. Aunque lo cierto es que somos los tres hombre y mujeres orquesta. Y a este núcleo duro se unen muchos colaboradores: diseñadores, maquetadoras, correctoras, webmaster, traductores, amigos, familiares, la imprenta con la que trabajamos… Todos nos esforzamos para que los libros queden lo mejor posible. ¿Ha habido algún momento triste? ¿Algún libro que hayáis deseado publicar y no lo habéis conseguido? Sí, claro. Hay ocasiones en las que llegas tarde a un determinado libro, o en las que no tienes dinero para los derechos de determinado autor… Pero preferimos no recordar los malos momentos. Son los buenos los que nos hacen avanzar.


¿Qué es ser editor? Y, ¿qué le diríais a aquellos que desean fundar su sello editorial? Ser editor es… ¡trabajar muchísimo! Al menos si partes de una situación como la nuestra: no eres el “hijo de” nadie, tienes una economía muy básica y ningún contacto previo o “enchufe” en el mundillo editorial. Es decir: si partes casi de cero. Obviamente, si tienes muchos medios, es fácil tener un equipo muy amplio que haga tareas de las que, hoy por hoy, en Errata naturae nos encargamos nosotros mismos. Y en ese caso seguro que el trabajo es más llevadero. Por lo demás, si amas los libros, la literatura, es un trabajo que da muchas satisfacciones: publicar cosas que son tu pasión te hace muy feliz. ¿Qué le espera a errata naturae en los próximos meses? Grandes libros, sin duda. Nuevas incursiones en el catálogo que nos ilusionan, como Ennio Flaiano y Eugène Dabit, que enriquecerán el espectro de la colección “El Pasaje de los Panoramas”. Un dato curioso: ambos tienen mucho que ver que el CINE, así en mayúsculas. Flaiano fue el guionista de las más importantes películas de Fellini

(La dolce vita, Ocho y medio, Las noches de Cabiria…), aunque no sólo, pues también escribió guiones para Rosselini, Mario Monicelli, y también Luis Berlanga. Es decir: es uno de los hacedores de la época dorada del cine, no sólo italiano, sino europeo. Pero, sobre todo, es un gran escritor, y el ambiente de sus novelas, los personajes… son inconfundibles. Al leerlo nos creeríamos dentro de una película.

Como lectores

En cuanto a Eugène Dabit, su novela, Hotel del Norte, tuvo tal éxito cuando se publicó, que inspiró la película del mismo nombre que poco tiempo después rodó Marcel Carné y que es un gran clásico del cine francés de los años 30. Tanto la novela como la película son absolutamente deliciosas: narran las mil anécdotas, las mil aventuras y desventuras, las mil vidas que pasaron por ese hotel. Un hotel muy real, puesto que pertenecía a los padres de Dabit, y él mismo fue portero de noche en el establecimiento: es una novela divertida a ratos, trágica también y, sobre todo, tierna, pues nos muestra a muchos personajes que llegan a París, esa gran metrópoli de los años 20 para perseguir sus sueños y comenzar de nuevo sus vidas.

Una ciudad literaria: París

¿Qué os preguntaríais a vosotros mismos y qué os preguntaríais el uno al otro?

Una ciudad literaria: París

¿Seguimos? Y la respuesta sería: ¡Por supuesto!

Una escritora: Marguerite Duras (por descubrirnos tantas cosas) Un escritor: Jean Genet (por lo mismo) Un libro que salvar de un incendio: la obra completa de Walter Benjamin Un libro para regalar cualquiera de Michel Foucault

siempre:

Un estilo: el autobiográfico con “tensión” literaria

Como editores Una escritora: Maria van Rysselberghe / Brigitte Reimann Un escritor: Michel Foucault Un libro que salvar de un incendio: las bibliotecas que nos formaron y nos acompañan Un libro para regalar siempre: los de H. D. Thoreau

Un estilo: calidad literaria y compromiso político


©Rai Robledo

José C. Vales dice que la mejor traducción es aquella que no se nota. Él lo consigue. Y lo dice alguien que ha traducido a algunos de los mejores escritores de la historia: Dickens, Jane Austen, Shelley, Trollope, Crispin, Benson, Stella Gibbons, Eudora Welty, Wilkie Collins... Para él resulta un lujo traducirlos y para los lectores es una suerte que existan traductores tan involucrados en lo que hacen, creando siempre magia a golpe de palabra.

José C. Vales

“El gran éxito del traductor es que el lector acabe olvidando el extravagante hecho de que los personajes de Dickens o de Trollope no hablen en inglés, sino en español.” n Ainize Salaberri José C. porque...

Vales

es

traductor

... porque forma parte de los trabajos editoriales. He estado vinculado al mundo editorial desde hace unos quince años, a lo largo de los cuales he realizado labores de edición, corrección, “negritud”, redacción y documentación. No he llevado cafés porque tengo muy mal pulso. Así que la traducción es únicamente una labor más; y no he abandonado las otras. ¿Cómo te formaste? ¿Cómo te sigues formando?

Soy filólogo, así que la lingüística y la literatura forman parte de mi vida desde los diecisiete años. Por suerte, mis profesores en Salamanca me inculcaron la idea de ser filólogo al “estilo” de los humanistas del XVI, en el sentido de ser “profesionales de las letras”. Y luego, cuando se alcanza cierto nivel laboral, el mejor modo de aprender es “arrimándose” a los mejores. Por fortuna, yo trabajo con algunos de los mejores editores y especialistas de la industria en España, y no hay día que no aprenda algo de ellos. ¿Cómo es tu día a día? ¿Cómo te organizas?


Mi día a día es más bien mi noche a noche. Por lo que toca al trabajo de traducción, procuro no simultanear dos o más traducciones, aunque todo depende de las necesidades de las distintas editoriales con las que colaboro. Trabajar en casa supone que siempre estás trabajando; por fortuna, tengo “una vida” y los libros no lo son todo para mí, así que dejo espacio para otros asuntos. Vivir exclusivamente en y para los libros acarrea ciertos peligros, como sabe todo el mundo, especialmente los que han leído el Quijote.

gu

Begoña Re

eiro

Dicen que el traductor es un segundo escritor que moldea, en otro idioma, lo que otro ha escrito. ¿Debe conocerse de antemano a quien se va a traducir? ¿Debe haber un estudio previo, un análisis previo, una investigación previa? A mí me parece que el traductor no es un escritor, ni debe tener la vanidad o la presunción de “arreglar” o “poetizar” o “mejorar” o “adaptar” la obra de un escritor. Una traducción no se hace para que el traductor se luzca o demuestre sus talentos literarios, sino para que el lector pueda leer en la lengua que conoce una obra escrita en una lengua que no conoce. Una buena traducción es la que no se nota y el gran éxito del traductor es que el lector acabe olvidando el extravagante hecho de que los personajes de Dickens o de Trollope no hablen en inglés, sino en español. Respecto al conocimiento y estudio previo de los autores que se van a traducir, sólo puedo decir que estoy más satisfecho de las traducciones de autores a los que he estudiado antes y a los que conozco bien. ¿A qué retos se enfrenta un traductor? Yo diría que hay tres detalles a los que hay que prestar atención, aparte de la traslación meramente dicha, con sus múltiples complejidades. El primero es la re-creación del “ambiente” de la obra, para que se ajuste a la intención del autor; y esto no se consigue en un párrafo, sino a lo largo de toda la obra, con matices apenas perceptibles. El segundo es la atención al rigor lingüístico; las palabras tienen su geografía y su historia y hay que conocerlas antes de teclear; los anacronismos lingüísticos son muy lamentables: una señorita del siglo XIX inglés no puede decir que le

©Rai Robledo gusta ir “a su aire” ni puede salir “por la puerta grande” como si fuera El Juli. El tercero es cumplir con la labor literaria fundamental: contarle algo al lector y que se entere, para lo cual muchas veces es necesario anotar convenientemente el texto. Ya sé que muchos compañeros piensan que ésa es una labor del editor; yo creo que es un trabajo del traductor. ¿Cuál ha sido la traducción más difícil y por qué? Sin duda, la traducción más difícil ha sido Cold Comfort Farm (La hija de Robert Poste). Stella Gibbons era periodista y estaba muy enfadada con la literatura y el arte de su tiempo, y también con su mundo. Su escritura —en esta obra— es muy sintética y, a la vez, punzante y burlona. Las referencias literarias, los localismos y las alusiones a los asuntos de su tiempo son continuas y muchas veces indescifrables, hay juegos literarios internos tremendos, cambios de registros bestiales... y en ocasiones, ciertamente, alcanza límites de extravagancia british que a un lector español le cuesta entender... El editor Enrique Redel, de Impedimenta, me ayudó muchísimo y algunos de los detalles más interesantes de la traducción los acordamos juntos. Fue un suplicio, pero valió la pena, claro. Tanto en La hija de Robert Poste como en Flora Poste y los artistas hay términos inventados, hay una jerga especial que la escritora usa a

lo largo de todo el libro. ¿Cómo se lidia con eso? ¿Cómo se consigue que lo que parece tan díficil nos resulte a los lectores tan fácil? En esas obras, Stella Gibbons finge una lengua rural, así que yo imité su procedimiento en español; se trataba de crear una lengua rural sin marcas geográficas, como es obvio. Esa lengua rural fingida se consigue con el hipérbaton, con la concisión sintáctica, con interjecciones, figuras de dicción elípticas, el uso generalizado de términos rurales y otras fórmulas conocidas. (Recordé el “sayagués fingido” del teatro antiguo español y todo aquello...). Respecto a los términos que se inventaba la autora, la mayoría se anotaba convenientemente, y luego se decidía una voz que se considerara adecuada. Por ejemplo, la planta y la flor del sukebind, que volvía locas de pasión a las jóvenes del campo, tras un divertido debate con el editor y otras personas, se convirtió en la parravirgen, pero detrás de esa decisión hubo mucho trabajo y muchas horas para averiguar qué demonios sería el dichoso sukebind y a qué podría parecerse. Has traducido, especialmente, a magníficos ingleses como son Wilkie Collins, Charles Dickens, John Harwood, e incluso a la grandísima Eudora Welty. ¿Cómo se siente uno cuando tiene entre sus manos el milagro de su obra, sabiendo que de ti depende que


llegue a buen puerto? Cuando uno se enfrenta a Mary Shelley, a Charles Dickens o a Anthony Trollope sólo puede sentir alegría, emoción, responsabilidad y... considerar un honor que alguien piense que tú puedes hacerlo medianamente bien. De todos modos, cuando uno se zambulle en la obra de estos grandes, uno se da cuenta de que no son “milagros”, sino el fruto de muchas horas de trabajo aderezadas con una buena dosis de talento. Uno siente que podría estar trabajando el texto durante meses y años, y nunca acabaría de conseguir que se pareciera lo suficiente al original. Pero alguna vez hay que poner punto final. Además de confiar en haber tenido inteligencia y talento para completar el trabajo, yo siempre pienso en que pronto vendrá otro traductor que mejorará mi trabajo, y pienso que mi trabajo tal vez pueda ayudarlo. ¿Quién ha sido el autor o autora que más placer te ha provocado al traducirlo? Y, ¿hay alguno que haya sido un auténtico infierno? Durante mucho tiempo estuve estudiando la estética y la filosofía del romanticismo europeo, así que cuando me encomendaron la traducción del Frankenstein de Mary Shelley para Espasa Clásicos me temblaban las manos al empezar. Es el trabajo del que más satisfecho estoy: la versión inglesa era filológicamente impecable, y era la transcripción de los cuadernos originales de la Bodleian; seguramente está mal que

yo lo diga, pero es la versión española más completa y ajustada de la obra maestra de Mary Wollstonecraft; por otra parte, la editora española me permitió añadir notas que el profesor Charles E. Robinson no introdujo en su momento. La portada de Carrió-Sánchez-Lacasta y otros muchos detalles convierten ese libro en un trabajo especialísimo y único. Y... bueno, sí, ha habido textos que me parecían deplorables y enfrentarse a ellos cada día era un suplicio, pero soy un profesional, y, por otra parte, el dinero que obtengo de esos autores lamentables es tan bueno como el que me proporcionaría Shakespeare. El escritor tiene el sueño de escribir «una gran obra maestra», como los músicos y los artistas en general. ¿Cuál sería la «gran obra» que le gustaría traducir a José C. Vales? ¿Sueñas con traducir a alguien en especial? Hasta hace unos meses tenía la ilusión de que alguien me encargara traducir a Jane Austen. Como a veces los sueños se cumplen, la inminente conmemoración del bicentenario de la publicación de Pride and Prejudice (1813) me ha dado la oportunidad de preparar la edición de esta obra para Espasa Clásicos. Yo diría que ha sido un regalo. He podido recuperar la ordenación original en “tres libros”, que me parecía de todo punto pertinente desde el punto de vista filológico (ignoro por qué se le escatima siempre este detalle al lector). También he tenido la oportunidad de conferir a la obra de Jane Austen el tono divertidísimo

que creo que tiene en inglés (si no te ríes con Jane Austen, es que no la estás leyendo) y, finalmente, creo haber resuelto una de las divertidísimas bromas de Elizabeth Bennet que, hasta donde yo sé, aún no se había explicado y no se había traducido adecuadamente. Hay un autor a quien me gustaría traducir, que tuvo una grandísima importancia en el paso de la Ilustración al Romanticismo y cuyas obras no se han traducido desde el siglo XIX, pero solo le diré el nombre a mis editores. Uno de los temas más candentes en el mundo de la traducción actualmente es la visibilidad (poca o nula) que se da a los traductores por parte de editoriales, prensa y lectores. Teniendo en cuenta que un traductor puede conseguir que una mala obra sea mejor de lo que parece (aunque también ocurre al contrario), ¿por qué existe tan poca visibilidad? ¿Cuál sería la solución para que no ocurriese esto? ¿Qué se puede hacer desde dentro, y desde fuera, para que obtengáis el reconocimiento que, parece, se os niega? A mí me parece que en muchas ocasiones se exige un reconocimiento que no se merece. Tampoco tienen visibilidad los diseñadores de las portadas, y eso que su trabajo es fundamental, como el de los maquetistas, correctores, ilustradores, marketineros, etcétera. Los libros rara vez son un trabajo individual: el texto es el resultado de muchas opiniones, muchas


©Rai Robledo consultas y muchos trabajos editoriales adyacentes. Yo tengo la suerte de tener editores que también intervienen en el texto (con mayor o menor fortuna, dependiendo de los días), y entre todos vamos conformando el producto final. No digo lo que pueden hacer o exigir los demás, pero yo no tengo especial interés en que mi nombre aparezca en determinado cuerpo de letra o en portada o en portadilla, o sólo en los créditos. Me interesa más que las tarifas sean justas, puestos a escoger. Personalmente, me daría vergüenza arrogarme ni el uno por ciento del mérito de Mary Shelley, Jane Austen o Charles Dickens: sólo intento que las personas que no pueden leer sus obras en el idioma original puedan leerlas y comprenderlas, en lo posible. ¿Qué es lo que un traductor como tú más valora de un libro o de un escritor? La solvencia. Me gusta que el escritor sepa qué se trae entre manos, igual que me resulta aconsejable que el médico o el arquitecto sepan en qué andan. Los vicios del amateur se dejan ver enseguida. Desde luego, es estupendo que haya tanto aficionado a la literatura, pero yo no me pondría en manos de un “médico” cuya única formación se limitara a haber visto muchos enfermos, ni compraría una casa a un “arquitecto” cuya única formación se limitara a haber visto muchos edificios. Un escritor debería tener una formación filológica solvente: no me imagino a un escritor que no domine la lingüística, la historia

de su lengua, la semántica, la retórica y la teoría y la crítica literaria, entre otras muchas disciplinas (historia o filosofía, por ejemplo), igual que no me imagino a un arquitecto que no sepa matemáticas, física, resistencia de materiales, etcétera. Eso respecto a la creación literaria; respecto al libro como objeto, la tradición dice que el nivel máximo de un libro es el del peor de sus componentes. Un libro depende del diseño, del papel, de la edición, de los ilustradores, de los correctores y de un montón de personas que conforman la industria del libro. Yo he pertenecido y aún pertenezco a esa tropa de infantería de la edición, los invisibles y necesarios, y por eso no quiero olvidarme de ellos. El texto es esencial, pero no lo único en el mundo de la industria editorial. ¿Cada cuánto, en tu opinión, debería revisarse –es decir, volver a traducir– una obra? La respuesta guarda relación con un hecho complejísimo: la evolución de las lenguas, que es el objeto de estudio de la sociolingüística y la pragmática. Es interesantísimo: por ejemplo, un texto de mediados del siglo XVIII resultaba anticuado y casi incomprensible para un romántico, y, a su vez, nuestros jóvenes apenas podrán entender lo que dicen los románticos. Todo esto tiene que ver con lo que Lewis llamaba la “imagen descartada”. A medida que se retrocede en el tiempo, las traducciones y las ediciones necesitan más anotaciones y ayudas editoriales, o el lector

simplemente no las entenderá. Un ejemplo servirá: durante semanas estuve intentando averiguar por qué una señora inglesa del XIX se había sonrojado al subir al ómnibus en Londres. El autor no daba más explicaciones. Al final, después de mucho indagar, resultó que subir al ómnibus, en determinadas fechas, en Londres, era como entrar en un club de striptease en la actualidad, y ésa era la razón por la que la señora se ruborizaba. Si este tipo de cosas no se le explican al lector, le parecerá que el texto es ridículo y que carece de sentido. El traductor, ¿debe quitarse alguna piel para realizar una buena traducción o todo suma? Es conveniente no despellejarse. No, en serio: el trabajo del traductor, en mi opinión, no debería tener nada que ver con sus opiniones personales, o sus gustos privados, o sus vicios y vanidades particulares. Yo he traducido a autores que no me interesan en absoluto, y he procurado hacerlo con los mismos criterios de solvencia que he dedicado a Jane Austen o a Mary Shelley. Se trata de una actividad profesional, y aunque tiene que contar con cierta flexibilidad y creatividad, no somos más que unos notarios literarios, y tenemos que ser fieles al texto en lo que nos sea posible. ¿Anécdotas, traductor? Algunas hay: la mayoría guarda relación con la lingüística, los lapsus, las erratas, etcétera. Pero la gente no se ríe mucho con los chistes de filólogos. Así que te


contaré una que tiene que ver con la “traducción cultural”. En Reina Lucía, de E. F. Benson (Impedimenta) un personaje hablaba de “los cielos de Claude”, sin dar más explicaciones. Seguramente el desconcierto se debe a mi ignorancia, pero no se me ocurría quién podría ser ese Claude. San Google parecía tan confuso como yo. Ninguna de las soluciones que encontraba me satisfacía. Desesperado, acudí vía e-mail al secretario de una asociación británica que conserva el legado del escritor, y se me explicó que Claude era el nombre con el que se conocía en Inglaterra al pintor Le Lorrain o, en español, Claudio de Lorena, famoso efectivamente por sus cielos nubosos y todo un mito del paisajismo popular en las Islas Británicas. En los meses siguientes me encontré con el dichoso Claude en todos los museos.

Veamos lo que opinas de las siguientes citas y si podrían aplicarse a tu modo de vivir/sentir la traducción:

«El lector ideal es un traductor. Es capaz de desmenuzar un texto, retirarle la piel, cortarlo hasta la médula, seguir cada arteria y cada vena y luego poner en pie a un nuevo ser viviente.» (Alberto Manguel) Sí,

la

definición

es

un

poco

frankensteiniana, pero algo hay de eso, naturalmente. Sólo querríamos que nuestro “nuevo ser viviente” no se tambaleara mucho y no fuera muy horrososo y espantoso. Y que se pareciera un poco al ser que hemos despedazado. Yo no soy muy poético, así que simplemente diré que se trata de una labor filológica que exige gran precisión, para intentar decir en una lengua “casi lo mismo” (Umberto Eco dixit) que se decía en otra. «Los escritores hacen la literatura nacional y los traductores hacen la literatura universal.» (José Saramago) Yo creo que la literatura no se hace para un país, ni para una lengua... Toda la literatura pretende ser universal y pensar que los traductores tienen en este asunto una importancia mayor de la que realmente tienen me resulta un poco traído por los pelos. Yo le agradezco al traductor de Tolstói que me traduzca Anna Karénina, igual que le agradezco al periodista que me cuente algo que yo no puedo ver, y le agradezco que me lo explique, y que me dé todos los detalles. También quiero que le paguen bien, y que no viva debajo de un puente, pero no me gustaría que el traductor se me presentara como el trasunto de Tolstoi en el siglo XXI, del mismo modo que no me gusta que los periodistas se olviden de la noticia, que es lo que me interesa, y me den la murga con sus valoraciones personales. «Ahora bien, lo que hay en una obra literaria —y hasta el mal traductor reconoce que es lo esencial— ¿no es lo que se considera en general como intangible, secreto, «poético»? ¿Se trata entonces de que el traductor sólo puede transmitir algo haciendo a su vez literatura?» (Walter Benjamin en “La tarea del traductor”) Sí, pero es una literatura de encargo, una literatura por persona interpuesta, una literatura por poderes: el traductor no se puede arrogar méritos que no le conciernen; basta con que intente trasladar honradamente lo que otro — mejor que él, casi siempre— ha ideado. A veces he leído trabajos donde el traductor o el editor se han puesto estupendos y poéticos y han querido mejorar el texto original. Es muy ridículo. Pero, en fin, la vanidad tiene estas cosas... «Es imposible traducir la poesía. ¿Acaso se puede traducir la

música?» (Voltaire) En fin, no seré yo quien le enmiende la plana a Voltaire. Efectivamente, parece que los géneros líricos son los que plantean mayores dificultades, porque resulta muy difícil trasladar con precisión toda la carga polisémica y emocional de un verso: para empezar, el ritmo, los acentos y la sonoridad (una parte de la “música” que cita Voltaire) ya constituyen un obstáculo casi insalvable. Seguramente la mejor solución en el caso de la poesía sea la edición bilingüe anotada. TEST RÁPIDO El traductor es... un profesional de la lingüística y la literatura. Una escritora: Elizabeth Gaskell, pero Jane Austen, y las Brontë... Un escritor: si sólo puedo escoger a uno... Cervantes. Un país literario: la Inglaterra victoriana me parece muy literaria. Tu palabra favorita (y vale cualquier idioma): melocotrón (con r, efectivamente). Es un melocotón radiactivo. La palabra más odiada: un filólogo no se puede permitir el lujo de odiar ninguna palabra, pero ‘really’ siempre aparece como una mosca, para molestar. Un idioma: el castellano o español. Un libro: Silva de varia lección, de Pedro Mexía; es una miscelánea del siglo XVI. Me alegra la vida cuando lo leo. Un recuerdo como traductor: Recuerdo especialmente la emoción al empezar a traducir el Frankenstein de Mary Wollstonecraft, y, sobre todo, algunos fragmentos, cartas y documentos que aparecen en un apéndice, relacionados con la obra y que nunca se habían vertido al castellano. Un recuerdo como lector: Recuerdo sentirme abrumado con La gran cadena del ser, de Arthur Lovejoy, y deslumbrado por los trabajos filológicos de Alan Deyermond, entre otros. Y cuando repasé el Quijote en la edición de F. Rico pensé que había desperdiciado mi vida y que más me valía ponerme a estudiar... más.


R

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P

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Alén dos homes Elisa y Marcela no son protagonistas de una novela. Aunque no se les debe restar mérito, pues bien pudieran servir como fuente de inspiración para una. Su historia es todo menos simple. El escritor Manuel Rivas, en el prólogo al (maravilloso) libro escrito por Narciso de Gabriel, “Elisa y Marcela: más allá de los hombres” (Libros del Silencio, 2010), sintetizó su historia en doce palabras: «una de las más extraordinarias historias de amor de todos los tiempos». Y punto.

n Verónica Lorenzo No es la historia en sí, la de Elisa Sánchez Loriga y Marcela Gracia Ibeas, la que nos importa – o la que nos debería importar-, sino lo que ellas representaron en su tiempo y lo hacen todavía ahora. Son los valores en los que se baña la historia, los valores de una mujer que, aunque nos pueda parecer increíble en estos tiempos en los que vivimos, vamos perdiendo gracias a una simulada política de austeridad. Estos valores, tan bien representados e intrínsecos a ellas a pesar del tiempo y del silencio al que fueron sometidas convenientemente, son la libertad, la independencia, la capacidad de tomar decisiones, y de vivir, es bien cierto, al margen del hombre y del qué-dirán (del

disque disque) en una sociedad inclinada hacia el patriarcado y donde la moral y la apariencia son criterios imprescindibles para una vida tranquila. Si lo piensan bien, partimos del hecho de que Galicia es un país tranquilo, históricamente silenciado y simuladamente sometido. Un hecho como el protagonizado por Elisa y Marcela es comprensible que en aquel tiempo –hablamos de los primeros años del siglo XX, viviendo la Restauraciónadquiriera tal protagonismo de titulares en la prensa nacional e internacional. La Voz de Galicia inició la serie de noticias con un titular tan significativo como “Un 89

matrimonio sin hombre”. Y es que, bajo ese titular, se recogía la osadía de dos mujeres de desafiar a las autoridades judiciales, eclesiásticas y académicas, así como hacer tambalear las convenciones sociales y morales. Contra viento y marea Los padres de Marcela sólo habían intuido la punta del iceberg cuando sospecharon de la nueva amistad que había hecho su hija en la Escuela Normal de A Coruña. La enviaron a Madrid, trataron de alejarlas, que se olvidasen, que al final Marcela se


lo iba a agradecer porque Elisa no era una buena influencia, que ahora no lo ve pero lo verá. Espido Freire opina que «Marcela, lesbiana, con interés por el estudio, con la voluntad de vivir por sí misma, no debió ser una hija cómoda; pero mientras pudieran, intentarían corregir su desviación, y convertirla en una mujer ejemplar»”1. Pero el destino, o qué sé yo, las volvió a unir, más fuerte que antes si es posible. Se abrazaron de nuevo, celebraron su reencuentro y prometieron no separarse jamás. Y hasta Buenos Aires sabemos que así fue. Se enfrentaron y sortearon todos los obstáculos para mantenerse unidas. De A Coruña, al terminar la Escuela Normal, vivieron juntas en Dumbría, donde Marcela trabajó como maestra, y allí comenzaron a planear los pasos siguientes que las llevarían a esa unión sagrada, incuestionable e indestructible bajo la mirada de Dios y el peso de la Ley: el sacramento del matrimonio. Y el engaño sería el mal necesario, el principal aliado, el salvoconducto que iniciaría la transformación de Elisa en el gentil caballero Mario, bautizado de adulto por su deseo de abrazar la religión católica en la misma iglesia, la de San Jorge, donde más tarde se casaría con s u amada Marcela en una ceremonia sencilla y de pocos asistentes. Allí, en la ciudad de María Pita –una ciudad de mujeres, guerreras, cigarreras, intelectuales

y de a pie, que se vieron convertidas en heroínas, protagonistas de historias y leyendas que conforman nuestra herencia matriarcal–, Elisa y Marcela desafiaron lo convencional y oficializaron (me temo que no eran conscientes de la trascendencia que esto adquiriría posteriormente) el primer matrimonio homosexual, ¡en 1901! 104 años antes de que existiese una ley que lo permitiese y, sin duda, muchísimo antes de que la Iglesia Católica permita tal unión (si es que alguna vez lo hará). Es comprensible pues que protagonizasen titulares tales como “Un matrimonio sin hombre” (La Voz de Galicia), “Las bodas sáficas” (El Imparcial) o “Noivos de contrabando” (Jornal de Notícias). Am(or)istad Cuando hablamos del amor en la literatura, estaremos de acuerdo en que la mayor parte de los romances o enamoramientos se establecen entre un hombre y una mujer. Sin embargo, se nos pasan desapercibidas las amistades peligrosas. En la literatura, como en la vida, las mujeres se protegen entre ellas, se aman y se guardan. Son más dueñas de ellas mismas que de puertas para fuera (o en negro sobre blanco), donde representan a la perfección lo que se espera de ellas. Aunque a veces parecen extralimitarse.

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En el caso de Elisa y Marcela, no sé si se extralimitarían, pero está claro que en su afán por protegerse, al verse descubiertas, trataron de sortear todos los obstáculos que se presentaron. Huyeron a Oporto pero, descubiertas de nuevo, fueron encarceladas. Elisa/Mario, para demostrar la legalidad del matrimonio y evitar la extradición a España, se declaró hermafrodita y fue sometida a examen médico, sin embargo no fue un plan exitoso, pues el proceso judicial continuó. Pero, aún con todo, no cejaron en su empeño, a pesar de acabar durmiendo en un cárcel, de ser enjuiciadas, aún huyendo en su busca de vivir una vida anónima y tranquila. Querían vivir la aburrida cotidianeidad de dos maestras, compañeras, amigas y devotas la una de la otra. ¡Ríndase el escándalo y el morbo! Pues hoy esta historia no debería servir más que como ejemplo de la lucha feroz de dos mujeres que mostraron valentía y coraje en momentos que invitaban a la duda y a izar la bandera blanca. Que aunque al principio fueron objeto de burla y escándalo por parte del pueblo hispanoportugués, después sólo recibieron cariño, comprensión, solidaridad y ayuda a su causa. Materia de asombro Doña Emilia Pardo Bazán escribió en su época: «La destreza y resolución con que urdió [Elisa] la maraña para soltar, por decirlo así, la personalidad femenina, y adquirir legalmente la condición

B. Berenika


viril, relevan inteligencia nada común y son materia de asombro para el novelista, que apenas acertaría a idear enredo semejante». Y no le falta razón. De las dos protagonistas, Elisa/Mario es sin duda la astuta, la más asombrosa, por su inteligencia, su capacidad inventiva y de engaño. Ella lidera la operación, toma el mando y actúa de forma magistral, improvisando sobre la marcha y defendiendo a su compañera y a ella misma ante las acusaciones, falsedades e injurias. Pero si Elisa/Mario es la fuerza y la presencia de la pareja, Marcela es la voz. En la prensa se la ha presentado como la parte débil, la sometida; pero ella es todo lo contrario. Es Marcela quien habla con la prensa cuando son entrevistadas en la cárcel y sorprende desde el silencio en el ruido que les rodea. Lo que Elisa defiende con actos, Marcela lo hace con palabras, creyendo firmemente en su proyecto conjunto. Ellas se prometieron y comprometieron y, aún en su huida, se mantuvieron juntas, unidas. A ellas se les sumó un miembro más cuando Marcela dio a luz una niña. Se explicaba así el tan asombroso matrimonio, al suponer que Elisa se había casado con Marcela para regularizar su situación y evitarle la vergüenza que suponía ser madre soltera en aquel tiempo y que todo se había preparado desde que Marcela supo que se había quedado embarazada durante sus amoríos con un joven y, presumiblemente, había pedido ayuda a su amiga, si no fue Elisa quien se prestó a ayudarla por iniciativa propia. Fue este un gesto de amor y solidaridad que sólo podía ser llevado a cabo en el contexto de una amistad verdadera, donde nada se espera a cambio más que la felicidad y la prosperidad de la compañera. No es un acto de sacrificio en sí mismo, pues está en el código genético de las mujeres ayudarse entre ellas (¿quién si no?). Es la complicidad una compañera imprescindible, y protagonista indiscutible en la historia de amor de estas nuestras dos mujeres. Después de Oporto, y con una niña, decidieron que Buenos Aires sería su próximo destino (como el de tantos compatriotas). Allí, Elisa retoma su condición femenina y se casa con un anciano. Serán descubiertas cuando Marcela llega a vivir a la casa de Elisa y su nuevo esposo. Pero éste sospecha de su relación a partir de las muestras de cariño que observa entre su esposa y su amiga y a que Elisa se negaba a consumir el matrimonio. Comienza entonces otro proceso judicial para ellas, pero son absueltas, Elisa se separa y, desde entonces, nada más se conoce de ellas. Elisa y Marcela, hoy Sobre Elisa y Marcela se conoce, en parte, gracias a la labor de investigación de Narciso de Gabriel y a la publicación de “Elisa y Marcela: más allá de los hombres”. En A Coruña cuentan con una placa y un árbol. También dan nombre a un galardón que otorga anualmente el colectivo LGBT Milhomes. Protagonizaron una exposición enmarcada dentro del festival “A Coruña Visible”. Y, actualmente, la directora de cine Isabel Coixet está preparando el guión para una película sobre ellas. Algo me dice que tendremos Elisa y Marcela para rato. Pero espero que podamos conocer más sobre ellas, ¿adónde las llevó su periplo? ¿Fueron felices? ¿Lograron vivir esa vida tranquila que tanto deseaban en compañía de su hija? Y su hija, ¿cuál es su versión de la historia? ¿Qué saben sus descendientes (si los hay)? Tantas preguntas que dan lugar a tantos finales, a tantas novelas diferentes. Una materia de asombro, sin duda, tan intemporal y significativa como ninguna. 1 Freire Espido. Marcela y Elisa: Maestras naúfragas. “Campus” [en línea]. 7.06.2006. Disponible en: http://www.elmundo.es/suplementos/campus/2006/460/1149693623.html

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Estoy llorando a hilo, a 1 metáfora viva

Todo cambio, toda evolución necesita inevitablemente la fiebre, a golpes de excepción. Y esta es Ángela Figuera.

n Ana Rodríguez Callealta Ángela Figuera dice: yo soy de barro, yo soy la tierra. Quiero escarbar la tierra con los dientes, quiero apartar la tierra parte a parte a dentelladas secas y calientes2. Ángela Figuera grita. Impulsa el aire desde el vientre a la garganta. Su grito primitivo por la muerte seca, por el terrible alarido de las madres que ven secarse ante sus ojos la carne que parieron. Ángela Figuera no perdona la Muerte. No perdona la Guerra. No perdona la sangre derramada que la tierra no absorbe. Ángela Figuera dice: mejor fuera el silencio. Por este grito inútil, esta metralla sorda en la garganta.

guerra, marcada por la tendencia social que vertebra los años del estraperlo y la prostitución silenciada, la poesía femenina debe entenderse dentro de las líneas generales del panorama poético. En estos años, como bien apunta y analiza Payeras, la mujer no se mantiene al margen de las líneas poéticas dominantes, sino que se integra en ellas y las amplía. Sin embargo, yo creo que Ángela Figuera, de tener un correlato, lo hallaría en Miguel Hernández. Ella también es poeta de la tierra. En mi columna del número pasado de Granite & Rainbow, hablaba de cómo el proceso de maduración de la poesía femenina a lo largo del siglo XX podía entenderse como un juego de claroscuros en el que desde el momento en que la mujer pasa de ser objeto poético a ser sujeto poético, la construcción del yo iba, tímidamente, subvirtiendo la representación tradicional (patriarcal) de la mujer, a través de la auto-representación. Tejiendo la voz a las costuras del texto, la mujer se iba filtrando entrelíneas hasta la total expansión y

Suele decirse que Ángela Figuera Aymerich (Bilbao, 1902-1984) es el correlato de Gabriel de Celaya y Blas de Otero. El correlato femenino de la poesía social, en la que a lo sumo, junto a ella se ha venido incluyendo a Gloria Fuertes, a pesar de que fue cultivada por otras poetas como María Elvira Lacaci o María Beneyto, tal y como estudia María Payeras Grau en el estudio que cito en una nota al final. En el ambiente de la poesía de pos92


La poeta se describe visualmente apretando con los puños cerrados las puertas, amortiguando el salto hacia el tremendismo que con esta obra se inicia. Se reprocha haberse refugiado en una poesía desconectada de la dura realidad que se está viviendo: Contra el sucio oleaje de las cosas / yo apretaba la puerta. Mis dos manos, / resueltas, obstinadas, indomables, / la mantenían firme desde dentro. / Fuera, el naufragio; fuera, el caos: fuera / ese pavor, abierto como un pozo, / de las bocas que gritan / al hambre, al ruido, al odio, a la mentira / al dolor, al misterio (…) Yo, dentro. Yo: insensible, acorazada / en risa, en sangre, en goce, en poderío. / Maciza, erguida; manteniendo firme, / contra el alud del llanto y de la angustia, / mi puerta bien cerrada. En el poema inmediatamente posterior (“Vencida por el ángel”) encontramos el mismo motivo: Yo cerraba los ojos; yo apretaba los puños; yo blindaba mi pecho con metales helados; / yo sorbía a raudales la alegría y el fuego / para escapar, bravía, al acoso del Ángel. / El Ángel era suave, silencioso y terrible. / Llevaba una ancha copa de licores amargos, / y en su pálida frente se leía imborrable / la palabra tremenda (…). Como se ve, queda perfectamente articulado el paso hacia este nuevo tipo de poesía. A partir de este momento, los reproches son constantes. Podría decirse incluso, que el mismo reproche que se hace a sí misma, es el gran grito sobre el que articula toda su poesía –la necesidad de abrir los ojos al horror- y es también la actitud que reclama para la poesía femenina del momento. En este sentido, En Los días duros (1953) encontramos un poema –el primero- en el que la autora vuelve a hacer eco de la necesidad de matar el intimismo del poeta y utilizar la poesía como arma. Dirá: No. Ya no puedo estar, como solía, / oculta en matorral de madreselvas, / de musgo delicado, / de jazmines / que perfumaban la ilusión preciosa / de mi vivir aparte, preservada (…) Bien lo sabéis cómo era yo de tierna. / Cómo canté mi arcilla y mis claveles (…) / Hoy ya no puedo. He de salir. Alzarme / sobre mi dócil barro femenino. (…) Ya no es escudo el hijo entre los brazos (…) Está la miel, pero la miel no basta.

liberación de la voz, esto es, la posibilidad del grito. Desde esta perspectiva, el camino de maduración de la poesía femenina se constituye como un conjunto de voces polarizadas que, desde posturas más o menos conservadoras irán transgrediendo los paradigmas. Sin embargo, todo cambio, toda evolución necesita inevitablemente la fiebre, a golpes de excepción. Y esta es Ángela Figuera. Una de las razones por las que elegí a Ángela Figuera fue precisamente porque en relación con el tema de mi anterior columna, esta poeta clama a la necesidad de romper el corsé romántico desde el que buena parte de sus contemporáneas se lanzan, cuales poetisas, a la creación. Diría incluso que la construcción del yo –aunque no pueda entenderse desde un solo prisma– se ve sustentada en la dialéctica de ser mujer y saberse transgresora de unas normas no-explícitas pero existentes; normas que sobrepasaron los límites de la construcción social de la mujer, llegando a convertirse en autocensura, minando no sólo el producto social, sino también las actitudes poéticas autopermitidas. En este sentido, Ángela Figuera se mueve en un cuestionamiento constante. Por un lado, entendiendo la poesía como una herramienta –de cambio, de grito, del despertar de las conciencias-, dirá: Hay que vivir contra todo y a pesar de todo en un mundo convulsionado y atroz. Vivir viviéndolo todo y sufriéndolo todo con todos. Terminó la íntima soledad del poeta. Porque también hay que escribirlo todo3. Esta afirmación responde también a la primera parte de su obra. En sus primeros años, su obra gira en torno a una vertiente intimista que derivará, a partir de “Vencida por el ángel” (1950) hacia componentes existencialistas y sociales, parte de su obra en la que me centro. Por otra parte, en esta afirmación se vislumbra la lucha que mantiene en tensión a lo largo de toda su producción con la palabra. Lucha que, en un primer estadio, le hará cuestionar la utilidad misma de la poesía, para indagar, a partir de esto, en el valor de su poesía en tanto que femenina.

Este poema nos sirve para enlazar con la crítica feroz a sus contemporáneas. Recapitulando, vemos cómo de la necesidad individual de alzar la voz, nace el concepto de poesía como arma y paralelamente el reproche hacia ella misma por no haber sido capaz de abrir los ojos y ver que más allá de sus emociones, hay

Esta dialéctica constante con la palabra, puede entenderse como una evolución desde posturas intimistas hasta una postura de denuncia social. El primer poema que abre “Vencida por el ángel” (1950), “Egoísmo”, recrea la resistencia a ese cambio. 93

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un mundo tremendista y tremendo en la España de la posguerra. Y esta será precisamente la clave para entender cómo toda su poesía se articula bajo la firme convicción de convencer; convencer a sus contemporáneas, alejadas –en gran medida– de esta tendencia, salvo un número contable de casos. En este punto entra en juego la construcción de la mujer entendida en un sentido colectivo. De un lado, cuestionara su propio rol, pero paralelamente, instará a sus contemporáneas a unirse al grito. Se vislumbra, por tanto, la soledad de una creación sin referente femenino en el que apoyarse. En el poema “El grito inútil” dirá: ¿Qué vale una mujer? ¿Para qué sirve / una mujer viviendo en puro grito? (…) ¿Qué puedo yo perdida en el silencio / de Dios, desconectada de los hombres, / preñada ya tan sólo de mi muerte, / en una espera, lánguida y difícil, / edificando, terca, mis poemas / con argamasa de salitre y llanto? / Volvedme a aquel descuido, a aquel sosiego / en que era dable andar por los caminos / pastoreando ensueños como ovejas. (…) Esta contradicción es hasta cierto punto lógica. Ángela Figuera, a partir de un conflicto individual con su escritura, está transgrediendo las normas de las que antes hablábamos. Es por eso que continuamente desea volver a la ceguera, volver a ser un ruiseñor que canta a la belleza, porque haber roto esos puentes le provoca conflictos que van desde lo individual hasta lo colectivo. Y volverá una y otra vez al centro del conflicto. Dirá en “Ahora el llanto”: He gritado a mi modo (soy tozuda), / hasta resquebrajarme la garganta, / hasta el dolor profundo de las vísceras, / hasta llenar de prosa despreciable mis versos. / (Mejor hubiera estado cortando margaritas / o sonetos de boj correlativos). Aunque mediante su poesía trate de convencer al mundo de la necesidad de utilizar la palabra como una herramienta, explícitamente no existe ningún poema en el que inste a sus contemporáneos masculinos a llevarlo a cabo. Y esto es porque ellos, como ella, lo hacían. Sin embargo, la poeta necesita el amparo de sus contemporáneas. La soledad de la escritura femenina es una constante. De ahí la necesidad de instar a sus hermanas las poetisas: Levantaos, hermanas. Desnudaos la túnica. / Dad al viento el cabello. Requemaos la carne / con el fuego y la escarcha de los días violentos / y las noches hostiles aguzadas de enigmas. / No os quedéis en el margen. Que las aguas os lleven / sobre finas arenas o afilados guijarros. / Que os penetren las sales. Que las zarzas os hieran. Y curiosamente este poema fue publicado en la revista Espadaña, considerada el antecedente prematuro de la poesía social.

flexionar sobre el verdadero impacto. Es una obsesión poética: la batalla con el silencio, la palabra como una metralleta hiriente. Continuamente se pregunta si sería mejor callar. Es frecuente en la poesía femenina que la lucha con la palabra se haga desde el prisma de la imposibilidad del silencio, la contradicción que supone nombrar el silencio. Hay un poema titulado precisamente “Silencio” en el que se plantea todas estas cuestiones: Mejor morder la arena. Yugular la garganta / con un duro cilicio que coagule las voces. / Mejor callar. Rompernos la canción con los dientes / y enterrar sus pedazos en un pozo profundo (…) Ser poeta es superfluo. Es herida sin bordes. / Es dejar que nos vean con las manos vacías / y afirmar tercamente que van llenas de rosas (…). Por estos derroteros irá la conversación que mantiene con Blas de Otero en “Epílogo a Blas de Otero”: Y damos vueltas y más vueltas / con un atroz poema pinchado en las almohadas / o puesto de través entre los huesos / o cortándonos la respiración / como un buche de hiel atragantado (…) Y yo llegué a decirte: Mejor fuera el silencio. / Mejor fuera callarse. Licenciar la metáfora. Y a ver si a duras penas o a duras alegrías / abrimos un camino al cabo de la calle. Desde los primeros pasos de esta nueva poesía social inaugurada por Figuera en 1950, otorga a sus poemas un destinatario: los muertos. En la muerte se conjugan, de un lado, la descripción de la España de Posguerra; de otro, el destinatario para el que escribe –los muertos de la Guerra, en un sentido literal y sus contemporáneos muertos, ciegos, en un sentido metafórico–; y finalmente, la maternidad, entendida y abordada desde el prisma de las madres que sobreviven a la muerte sus niños en la guerra y en el hambre, vivida además por Ángela en primera persona. Estos tres elementos –la muerte, la guerra y la maternidad- se mezclan hasta ser indisolubles. En el poema “Posguerra”, como su título indica, hace una descripción del desolado panorama de los años 50. En él, el destinatario son los muertos en un sentido metafórico: No me escuchan. ¿Qué largas resonancias tremendas / ensordecen sus almas? No me miran. ¿Son alguien? / ¿Son los mismos? ¿Son todo lo que hoy día subsiste? ¿Esto queda del hombre tras la furia del hombre? (…) La venganza callada de millones de muertos. Así, en el poema “El barro humilde”, dirá: Porque hoy, Señor, te hablo de esos muertos. / De los

Recorre sus poemas la frustración de la inutilidad del grito. Vuelve una y otra vez a la lucha con la palabra. La necesidad de re94


muertos más muertos, más hundidos; / de los muertos del todo (…) Y todos los oímos. Tú los oyes. / Tú sabes que no están del todo muertos (…). Queda claro, entonces, que su poesía es un despertar de la sangre dormida. Por otra parte, en ocasiones no está bien delimitado si se refiere a los muertos –en un sentido físico– o a sus contemporáneos. Ángela Figuera siente la necesidad de vengar con sus palabras todas las muertes que produjo la Guerra Civil. Los muertos –en todos los sentidos– llenan sus poemas, convertidas en una fosa común nutrida de la Guerra. En otro poema, “El muerto”, mantiene una larga conversación con un hombre en la que le ruega imperiosamente que no se vaya todavía, Pero él seguía quieto. Ferozmente impasible / Callado. Torvo. Duro. Tozudamente muerto. No están claros los límites de la muerte y de la vida. Esto se ve muy bien en los poemas cuyo centro es la maternidad. Lejos del convencionalismo de la época –e incluso de sus primeros poemas–, la maternidad es vista desde el desgarro. Ángela Figuera perdió un hijo; nos preguntamos ahora hasta qué punto escribimos lo que somos. De cualquier forma, la maternidad es posiblemente el aspecto más desgarrador de su obra. Enfocada desde la vivencia personal y desde la maternidad en un sentido colectivo, cruza la obra como una sombra amarga. El feminismo se ve paliado por la urgencia de una necesidad mayor, la de gritar, pero la conciencia de que las mujeres no son sólo madres (tal y como decía en la cita anterior, ya no es escudo el hijo entre los brazos), sino mujeres que han de luchar cuerpo a cuerpo en una guerra silenciada por una dictadura, queda aquí reflejada duramente, inigualable en el contexto de la época. El poema “Rebelión” –sin duda mi preferido:

1 Al igual que este verso, todos los poemas citados han sido extraídos de: Figuera Aymerich, Ángela, Obras completas, Madrid, Hiperión, 2009. A fin de no agobiar el texto con citas, me permito hacer explícita la fuente y no volver a entorpecer el discurso con notas al final. Aprovecho esta incursión para citar el estudio que me ha servido de guía: Payeras Grau, María, Espejos de la palabra. La voz secreta de la mujer en la poesía española de posguerra (1939-1959), Madrid, Universidad Nacional de Educación a distancia, 2009. A él hago mención en el texto. 2 Hernández, Miguel, “Elegía” [1936], en Ferris, José Luis (ed.), Miguel Hernández: antología poética, Madrid, Austral, 2010, pág. 173, VV. 28-30. 3 Extraído de Payeras Grau, María, Espejos de la palabra. La voz secreta de la mujer en la poesía española de posguerra (19391959), Madrid, Universidad Nacional de Educación a distancia, 2009, pág. 59.

Serán las madres las que digan: Basta. Esas mujeres que acarrean siglos de laboreo dócil, de paciencia, igual que vacas mansas y seguras que tristemente alumbran y consienten con un mugido largo y quejumbroso el robo y sacrificio de su cría. Serán las madres todas rehusando ceder sus vientres al trabajo inútil de concebir tan sólo hacia la fosa. De dar fruto a la vida cuando saben que no ha de madurar entre sus ramas. No más parir abeles y caínes. Ninguna querrá dar pasto sumiso al odio que supura incoercible desde los cuatro puntos cardiales. Cuando el amor con su rotundo mando nos pone actividad en las entrañas y una secreta pleamar gozosa nos rompe la esbeltez de la cintura, sabemos y aceptamos para el hijo un áspero destino de herramienta, un péndulo de júbilo a la lágrima. (…) ¿Es necesario continuar un mundo en que la sangre más fragante y pura no vale lo que un litro de petróleo, y el oro pesa más que la belleza, y un corazón, un pájaro, una rosa no tienen la importancia del uranio? Como bien dice Payeras Grau, la maternidad se convierte en un aspecto más de su poesía social, cruzada por una realidad desoladora. A mí, como ser que escribe esto –más allá de mis intenciones demasiado academicistas a veces–, me parece asombroso. No he leído jamás cosa igual, tan maravillosa. 95


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Preguntas, reflexiones y verdades: el itinerarium poético de Alejandro Palomas

n Belén Bermejo Hay poemarios didácticos, sentimentales, viajeros, eróticos, humorísticos, vanidosos, ególatras, pretenciosos o humildes. Y luego están los poemarios en los que el autor está dispuesto a compartir —¿no era eso la literatura?— honestamente una experiencia emocional o intelectual. En estos tiempos donde los poetas parecen escribir sólo para sí mismos, se agradece que algún poeta tenga en cuenta que otro va a leer sus versos.

enseguida la indicación pertinente en la cita de Alejandra Pizarnik: “Yo canto”. El poeta no va a recluirse en sus versos ni se va a esconder en simbolismos y oscuridades, ni va a encaramarse a una torre de marfil donde ningún lector va a poder escucharlo: va a cantar, como los poetas ciegos —doloridos y sabios— , y el lector debe sentarse y escuchar. Como antaño.

De todos modos, no podría decirse (como se asegura en las reseñas al uso) que el Tanto tiempo, de Alejandro Palomas, tie- autor se desnuda para el lector, o que ne una decidida vocación comunicativa se vierte en el papel, o que se entrega a (narrativa, cabría decir) y el lector recibe fuerza de poética impresionista. No: pue96


Tanto tiempo —no es difícil descubrirlo— se ha formulado como un proceso de aprendizaje. El poemario comienza con un juvenil “Quise aprender” y se cierra en la espera de la inminente oscuridad, ahora ya sabio y envejecido, pero orgulloso de haber vivido. Los primeros poemas preguntan y quieren saber; los últimos saben, y se aprecia cierta... no, no llega a la actitud cínica de anciano, sino más bien cierta socarronería de quien ha vivido y gozado/ sufrido lo que corresponde y que ha aprendido a “saber envejecer”. La pasión juvenil se desata en las preguntas de las primeras páginas, y como verso joven, tendrá que sufrir, y dolerse, y angustiarse... (Pero así era la vida, por si no lo sabíais). En esta narración, tras los primeros aprendizajes, llegan las “Reflexiones”, en ocasiones con forma de sentencia, o de sugerencia, pero sobre todo de duda (“Quizá” es la palabra con la que comienzan casi todas las “Reflexiones”). Y después de las “Reflexiones”, llegan las “Verdades”, donde se atisba al viejo sabio, más dispuesto a reírse que a lamentarse, y sin miedo a “lo oscuro”. Los últimos poemas están salpicados de recuerdos y, finalmente, cumplen con la obligación narrativa que se impuso el autor. Comenzó buscando “lo incondicional” y lo encuentra —y puede describirlo— al final, como remate (esencial, crudo, envejecido y feliz) en los últimos versos.

de que Alejandro Palomas sea lo suficientemente valiente como para publicar un poemario tan arriesgado como Tanto tiempo, pero no es un vanidoso indiscreto dispuesto a airear su sanctasantórum personal. De hecho, por más que aparentemente se sugieran emociones, el lector —y ahora se verá— acaba siendo consciente de que hay más racionalidad y reflexión, y más meditación y gestión intelectual, que puros devaneos sentimentales o emocionales. Itinerarium Tanto tiempo (Huerga y Fierro Editores, 2012) es el primer poemario de Alejandro Palomas (Barcelona, 1967). Sus fieles lectores probablemente intuían que el autor de El secreto de los Hoffman, El alma del mundo y El tiempo que nos une acabaría preparando un poemario, si es que no lo llevaba pergeñando desde muchos años atrás. A veces da la impresión de que bastaría concentrar algunas escenas de sus novelas para trazar un verso; y a veces, ni siquiera eso: los versos están ahí, meciéndose en la prosa, y basta estar atentos para espigarlos. Y, por otro lado, también da la impresión de que su poemario tiene mucho de narración. ¿Qué es el tiempo, sino el elemento clave de una evolución, de una experiencia y, por tanto, de una narración?

Este aprendizaje a partir de una pregunta de un muchacho “empeñado en descubrir” se cierra con la convicción de que ese empeño, se llame como se llame, no es otra cosa que vivir. Y el poeta va a narrar su aprendizaje como si de un estricto programa intelectual se tratara: el poemario comienza con una pregunta y se cierra, tras un proceso intelectual y reflexivo, con una respuesta firme y segura. Tanto tiempo no es exactamente una búsqueda o una indagación: el poeta narra una experiencia y, como novelista, conoce el principio y el final. Todas las preguntas y titubeos (fingidos, ya lo sabemos) de los primeros versos, son luego reflexiones y verdades, hasta el colofón final, pleno de seguridad, de firmeza, de serenidad. “Es lo perdonable: / retrato de una vida / con sombra de muerte / al fondo”. Hay una fantástica sobriedad, elegante y severa, en este último poema, hay un ritmo de golpes en la mesa, hay honradez, orgullo, decoro y honor. Y hay también mucha valentía, porque hay que “vivir después” y hay que “seguir”. 97

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Ya sabemos que somos figuras “con sombra de muerte al fondo”, pero dejemos de lamentarnos y lloriquear: esto de la vida se hizo para vivir, al parecer.

Entre babor y estribor. A flote sobre el tiempo. Bien envejecido. Hacia lo oscuro.

Desde lo vivo.

este poemario, y quienes conocemos bien la obra de Alejandro Palomas no podemos sino divertirnos con esos guiños de desternillante frivolidad. En los primeros poemas, por ejemplo, el poeta vive apasionadamente el amor, intentando gozar de lo esencial. Cuando el amor se quiebra, en medio del dolor, el poeta demuestra su valentía burlándose de su profunda amargura: “Escoliosis de amor”, “Fisioterapia”. Diez sesiones de fisioterapia para curar los esguinces de amor... Éste, para muchos de sus seguidores, es el mejor Alejandro Palomas. Hay otros ejemplos de su genial sentido del humor en este poemario. Por ejemplo, en la Verdad VIII no puede reprimir la pluma: “2001”, comienza. Y, aunque el poema viaja inmediatamente a Sevilla, el espíritu burlón del poeta se hace con el verso: ¿2001? Bien, juguemos: “Es Odisea y no es espacio”. Esta variante lúdica de Alejandro Palomas se expresa con singular acierto en sus personajes femeninos (búsquenlos, están en las librerías), como en la «Verdad VII», donde una mujer borbotea su mal humor con una cerveza en la mano y una sonrisa en los labios: “Estoy olvidada estoy manchada estoy dolida estoy sudada estoy sola y desacompañada estoy acostumbrada estoy obviadaensimismadaamalgamadaembargadalambradamasticadaapalabradadisimuladadesestimadamanifest”. De ningún modo se puede expresar, con tanta precisión, emoción y fiabilidad, la furia de una mujer harta y más que harta. Finalmente, como buen filólogo, Alejandro Palomas no deja escapar un buen salto de ingenio apoyado en los juegos de palabras: “El rencor renquea”, “El espacio espacia. / Y el vacío vacía”.

Los antiguos habrían dicho que este poemario era un itinerarium mentis ad luminem: un viaje intelectual hacia la sabiduría. El poeta —muy consciente del hecho narrativo— no somete al lector a un deambular caótico, sino que lo acompaña en un discurso que se ha hilvanado previamente, precisamente, pulcramente, conforme a parámetros intelectuales, no emocionales. (Los resplandores de la emoción, en realidad, surgen cuando el intelecto propone sus revelaciones).

Fisioterapia para esguinces de amor Pero, en fin, estos aspectos son rasgos que cualquier lector podrá apreciar y disfrutar cuando se disponga a leer Tanto tiempo. Hay, sin embargo, una característica de la literatura de Alejandro Palomas que no es tan conocida y que voy a desvelar aquí —a modo de scoop periodístico— para Granite & Rainbow. En la literatura de Alejandro Palomas hay un rasgo especialísimo que parece desestimarse siempre y que, en opinión de algunos de sus más fieles seguidores, constituye una parte fundamental y decisiva de su labor: el sentido del humor. Hay una parte en la obra de Alejandro Palomas en la que el buen lector gusta detenerse: son esos fragmentos en los que se desata su espíritu burlón, cuando el filólogo juega con las palabras, las referencias frívolas, el apunte divertido, la observación desternillante y maliciosa... Todo este bagaje de alegría que algunos de sus lectores conocen —aunque no la mayoría, por desgracia, pues es alegría secreta— también se intuye en

Tanto tiempo (Huerga y Fierro Editores, Madrid, 2012) se ha publicado en la colección Signos, fundada y dirigida por Ángel Luis Vigaray. Es preciso señalar aquí que se trata de una impecable edición (limitada y numerada) con un esmerado y cuidado diseño, con papel de la mejor calidad y pliegos cosidos. Los afortunados que puedan disfrutarlo sentirán que un trabajo editorial como éste les permite revivir los tiempos en los que la poesía se presentaba con la dignidad y la elegancia que merecen, y se proponían como objetos dignos del mejor coleccionista. 98


Hasta pronto A Eva Boj Bragado, librera de la ya desaparecida Librería Rumor, en Madrid, se la podía ver en Facebook siempre detrás de un libro. Su pelo rubio parecía el disparo de las letras tras las que se ocultaba. Hoy, Rumor está cerrada a cal y canto, y en ella no descansan personajes, ni bailan, ni juegan al escondite. El cierre de una librería no debería ocurrir jamás: la cultura no puede ser un candado sin llave. Algún día, quizás, Rumor vuelva, con otro nombre, con más ganas y posibilidades. Ojalá, decimos todos. Ojalá.

n Fusa Díaz Estamos todos muy preocupados por el ebook, y sin embargo hay librerías que cierran incluso antes de que el mundo digital se haga con todo el mercado (si eso llega a ocurrir alguna vez). Particularmente no creo que de momento el ebook sea una de las causas del cierre de librerías. Según las cifras, no supone más de un 1% en el cómputo de ventas anuales. Pero sí es cierto que en un futuro no muy lejano, será un formato a tener en cuenta. Yo no estoy en desacuerdo con él. Cierto que no me emociona, pero reconozco que cada época cuenta con sus adelantos tecnológicos y sería un error cerrarse en banda ante ellos. Otra cosa es que crea que el libro en papel vaya a desaparecer. Por lo menos, no en las dos próximas generaciones. Aún quedan muchas casas con las paredes vestidas de papel. O por lo menos eso es lo que me gustaría creer. Sospecho que,  aparte de por la consabida crisis económica que estamos padeciendo, el cierre de librerías está provocado por otros motivos quizá no tan conocidos por el público o por lo menos no tan visibles. El principal y más grave, ha sido la pérdida de un cliente tan importante como es el propio Estado.

De poco sirven las bibliotecas públicas, si no cuentan con un presupuesto para abastecer y renovar sus catálogos, o si tienen que cerrar sus puertas durante media jornada por falta de bibliotecario que las atienda. Muchos pueden creer que para las librerías, el deterioro del servicio que puedan dar las bibliotecas públicas nos beneficia. Pero es todo lo contrario. Con una población sin hábito a la lectura, las librerías dejan de existir.   La principal función de una biblioteca es fomentar la lectura y facilitar su acceso. La de la una librería es abastecer a aquel público que ha desarrollado ese gusto y tiene o siente la necesidad de adquirir un ejemplar que desea conservar.  Por lo tanto, la pérdida de clientes ha sido por partida doble: la del lector y sus compras particulares, y la del Estado y sus compras institucionales. Se siguen abriendo muchísimas librerías, pese a la crisis. ¿Abriría una en este momento? ¿Hay un buen momento para abrir una librería? Si por mi fuera ¡mañana mismo abriría una librería! Idéntica en esencia pero completamente diferente en sus


formas. Planteada de otra forma. Ni mejor, ni peor. Pero sí distinta. Adaptada a las nuevas modas y hábitos de consumo. El mismo corazón pero con distintos ropajes.     ¿Librería Rumor habría cerrado si estuviera en un país como Francia, en el que la lectura y la cultura está más activa?   No me gustaría ser repetitiva y sobre todo caer en algo tan fácil como es echar las culpas a algo tan abstracto e intangible como es el Estado. Pero lo cierto, es que en este país el sector del libro en particular y el de la cultura en general, está en crisis permanente porque tiene que sobrevivir sin un verdadero apoyo institucional, unas efectivas medidas de protección, y sobre todo, sin que valoren su actividad. Es un gremio curtido en mil batallas. Un enfermo crónico con una mala salud de hierro. La verdad es que desconozco con exactitud la situación de las librerías en Francia. Pero estoy casi segura de que desde luego más protegidas y valoradas  que en España, están. Y es que, que una librería cierre, es un desastre para una sociedad que se precie de ser libre y plural. Porque si no damos importancia o no protegemos la cultura, el saber, la memoria, el pensamiento, o el conocimiento de un

pueblo. Éste estará abocado a conformar una sociedad conformista, condenada al pensamiento único y a la manipulación. Las librerías son uno de los termómetros para medir la salud de una sociedad. Y la nuestra está verdaderamente malita. Parece que triunfan las librerías/ bares, y que sólo sobreviven las que, además de libros, ofrecen alternativas: actividades literarias, cuentacuentos, presentaciones, talleres. ¿Ésa es la fórmula o no basta? Me encantan las librerías. Todas. Modernas, viejas. Con música, sin ella. De libro vivo, de viejo…. Pero eso sí: librerías de librero. Aquellas en las que te asesoran por encima de corrientes o intereses comerciales.    ¿Que ahora la tendencia o la necesidad ha dado una vuelta al mercado y se abren librerías compaginando o apoyándose en otra actividad? pues perfecto. Una cosa no quita la otra. No por servir cafés se va a dejar de ser librero. Si se ama a los libros, se tiene criterio para seleccionar los títulos, y se sabe recomendar a los clientes ¿¡qué más se puede pedir?! ¡Ah! ¿Que un café! Pues mejor que mejor. Lo que es evidente es que las librerías están vacías. Y si para que la gente entre en ellas hay que inventarse mil y una fórmulas. Ya sea reciclarse con un

bar, realizar talleres, concertar encuentros con autores o crear el club de lectura de los viernes ¡pues bienvenido sea! Incluso los escritores de best sellers más vendidos, como Ruiz Zafón, parece que no están vendiendo como se esperaba. ¿Cuando pase la crisis, volverá el mundo literario a la normalidad… o entonces nos encontraremos de bruces con lo digital y no levantaremos cabeza? El hecho de que las ventas de los llamados best sellers no estén cumpliendo con  las expectativas de ventas, puede tener una relación directa con la crisis económica Evidente, sí. Pero puntualizo, y seguramente cometiendo un grave error de juicio El público al que va destinado este tipo de literatura, es justamente el que lo consume si tiene dinero para hacerlo. Pero si no puede permitírselo, no sufre especialmente.  Con esto no quiero decir que el lector de los denominados best sellers sean lectores que prefieran gastarse su dinero en otras cosas. Pero sí, suelen ser lectores, más ocasionales o de los denominados “de impulso”, pudiendo llegar a considerar la comprar de un libro como algo eventual. Si a esto le unimos el hecho de que cuando se tiene menos dinero, el riesgo que se está dispuesto a


correr es proporcional a lo que llevamos en los bolsillos, la opción más segura es invertir en algo de reputada calidad. O lo que es lo mismo, las piezas literarias que ya han pasado a formar parte de las conocidas como obras imprescindibles: los Clásicos o “Long sellers” La escasez (o el miedo) nos vuelve más cautelosos. ¿Cuánto daño puede hacer una librería La Central en Callao a todas las librerías independientes de Madrid? Siempre es una alegría que una librería abra sus puertas. Ojalá abrieran muchas y se creara un flujo de gente de una a otra, donde lo que no tuviese una lo ofertase  la otra. El error es montar librerías regidas únicamente por intereses económicos y siempre orientadas hacia el mismo tipo de lector. Aún no he visitado La Central. Pero confío y deseo que haya mantenido su línea de desmarque respecto a  las otras grandes librerías. Espero que no haya perdido el regusto a “pequeña” librería independiente.    ¿Con qué se queda? Desde niña mi madre inoculó en mí el amor por los libros. Al igual que nunca dejaré de amarla a ella. Jamás dejaré de amar a los libros.  De Rumor, me queda todo. Me quedo con TODO.


B r e v e s

El librero canalla PEDRO LARRAÑAGA Te recomiendo... – Para subir la moral: “Extasis. Tres relatos de amor químico” de Irvine Welsh (Ed. Anagrama, 1998) Porque una pareja es algo más que el binomio chico-chica, por mucho que te empeñes en negarlo.

– Para llorar: “Antes que anochezca” de Reinaldo Arenas (Tusquets, 1992)

Lo más duro no es leerlo, si no saber que hubo un cuerpo bajo esas palabras. – Para vomitar: “Rant. La vida de un asesino” de Chuck Palahniuk (Ed. Mondadori, 2007) Matar no es el problema, el problema es cómo hacerlo sin perder el estilo. – Para tener una erección: “Lolita” de Vladimir Nabokov (Ed. Anagrama, 2005, 1ª Ed. en 1955) Es una menor, lo sé, pero sigue siendo de deseo de lo que hablamos. ¿Tú sabes lo que es el deseo? – Para que se te quiten las ganas de escribir: “Octaedro” de Julio Cortázar (Ed. Alianza, 2008, 1ª Ed. en 1974) Cuando alguna de tus creaciones se acerque, aunque sea de lejos, a alguno de estos cuentos, me avisas. Pero sólo en ese momento, ¿entendido?

Relatos que se enmarañan en el pelo AINIZE SALABERRI El amarillo no es el color de la locura. La pared sí que lo es. La locura no es locura. Un papel pintado sí que lo es. La enfermedad no es la escritura; tampoco lo es el matrimonio; tampoco lo son unos barrotes que se reflejan en la pared en un atardecer, siempre, demasiado oscuro. La enfermedad no es una habitación, tampoco lo es una mujer. La enfermedad es, en realidad, la distancia siempre tan inmensa que separa a una escritora del papel. La vida es la locura y la enfermedad, y la única salvación es, como dice Perkins Gilman, escaparse del decadente papel pintado amarillo, ese asqueroso papel que emana un hedor que se impregna a las penas, y salir a la superficie y gritar: «esta neurosis, esta degeneración, esta angustia, estas alucinaciones, este tedio y estas crisis nerviosas, aunque no os lo creáis, me permiten escribir. Por eso, más que enemigos son aliados». “El papel pintado amarillo” es una deliciosa locura que introduce fragmentos de interior hechos jirones. Y sólo otros locos pueden darles sentido.


¿Por qué ser normal cuando se puede ser Jeanette Winterson?

n Alejandro Palomas “Cuando revisamos la carrera de los escritores, encontramos siempre un punto en el que llevan a cabo su mejor labor. A partir de ahí empieza la cuesta abajo. Sin embargo, creo que fue T.S. Eliot quien dijo que cuando un escritor deja de evolucionar emocionalmente ya no tiene nada que decir. Por favor, Dios mío, cuando me llegue ese momento házmelo saber y oblígame a parar. Si ya es bastante penoso parodiar a otros, parodiarte a ti misma es el fin.” Jeanette Winterson

“Ser normal”. “Ser feliz”. “¿Por qué es la ausencia la medida del amor?” “Se juega, se gana; se juega, se pierde; se juega.” Frases. Preguntas. Opciones. El planeta W fue avistado por primera vez en 1985. Contenía un pequeño país llamado “Fruta prohibida”, a su vez poblado desde el mes de agosto del año 1959 por una única y solitaria habitante llamada Jeanette. El planeta creció, Jeanette también. Desde la linterna del faro situado más al norte, en su Finis Terrae particular, lanza fogonazos cifrados cada dos o tres años que aquí, en esta otra orilla, los editores recogen, revelan y ponen en papel. La voz de J. Winterson contiene las voces de todas las costas, mares y vientos de su continente. Nadie la visita allí porque el faro desde el que escribe es de cristal delicado. Y es que para que Jeanette siga siendo Jeanette, tiene que defenderse de lo que no es ella y nosotros respetarla así, lejana, jugadora, desafiante. El Planeta W gira a nuestro alrededor, implacable, insaciable en su movimiento. A veces, su única habitante, que en estos últimos años ha encontrado un refugio tranquilo en Lumen (con su Biblioteca Winterson – delicatessen literaria donde las haya-), se acerca a aguas menos tranquilas y más pobladas y suelta lastre, dejándose entrevistar. Entonces llega la versión original de lo que intuimos y el faro se ilumina. Así es Jeanette Winterson: la que cuando habla, dice. La que cuando escribe, afila. La que cuando mira, refleja. Bienvenidos al Planeta W.


Si bien es cierto que en el universo Winterson hay cabida para mucho, en ningún caso hay lugar para la indiferencia. Desde la aparición de su primera obra y, sobre todo, desde la publicación de La pasión, ni la crítica ni el mundo literario han querido (o podido) mantenerse al margen de su obra ni de su -a menudo- controvertida personalidad. Hace un tiempo, alguien escribió sobre usted “…hay en su inclasificable ficción destellos de la más pura esencia inglesa, de la grandeza de Shakespeare, del absolutismo de Lawrence, del silencio de Woolf y del descaro de la tradicional farsa de Chaucer…”. ¿Demasiados nombres a la espalda? ¿Demasiadas comparaciones? ¿Quién es exactamente Jeanette Winterson?

J.W.-Los libros son lo mejor de mí. He dicho en repetidas ocasiones que Fruta prohibida no es ni más ni menos autobiográfica que el resto de mis obras. En esa novela pretendí utilizarme como personaje de ficción. Me he dado cuenta de que cuando los hombres se utilizan como personajes de ficción, como es el caso de Paul Auster y Milan Kundera, se habla de “metaficción”. Si es una mujer quien lo hace, hablamos de autobiografía. Eso se debe a que todavía no nos sentimos cómodos con las mujeres que se muestran ambiciosas en el marco de las artes, no estamos seguros de poder pensar en las mujeres en términos de pioneras o de rompedoras de moldes. Las primeras corrientes críticas de Virginia Woolf (e incluso algunas actuales) se empeñan en intentar explicar por qué su obra no es tan radical ni tan experimental como la de Joyce, Eliot, Pound, etc. Pero eso no es crítica literaria, sino puro machismo. En mi caso, el enfoque intrusista en mi vida más que en mi obra es un tipo de machismo distinto, por no hablar del considerable grado de homofobia que conlleva. Cuando una mujer dice: “Soy seria, tomadme en serio”, una ingeniosa forma de rechazar ese reto es concentrarse en su vida y no en su obra. En Gran Bretaña somos víctimas de una cultura del tabloide en la que la gente sólo

está interesada en con quién te acuestas y en cuánto dinero ganas. Hasta 1990, más o menos, esto no afectaba demasiado a los escritores, pero ahora se ve a los escritores como a celebridades, lo cual es un gran error. Los escritores no son actores ni estrellas del pop, los escritores son su obra, y no hay nada más en ellos que sea de interés. Ahora que llevo ya unos veinte años en el mundo de la literatura (¡qué increíble!) existe menos interés por mi vida y más por mi obra en sí porque ha superado la prueba del tiempo. Aunque Fruta prohibida fuera totalmente autobiográfica, cosa que no es, no tendría el menor interés si no fuera más que “mi historia”. Ha pervivido porque se ha convertido en la historia de mucha otra gente, gente que puede identificarse con ella. En mi vida privada, siempre he defendido aquello en lo que he creído y no me da miedo hacerlo, pero en mi trabajo mi agenda es muy sencilla: lenguaje preciso, experimentación formal y honradez emocional. La verdadera Jeanette Winterson está en sus libros. En cuanto a las comparaciones, nadie tendría que reparar en ellas. Salvo Escrito en el cuerpo, toda mi obra está firmemente ubicada en un lugar determinado: Venecia, Londres, Capri, Paris y los lugares inventados de mi imaginación. Para mí la descripción es importante. Quiero ideas, pero firmemente enclavadas en una realidad vívida. Esa realidad no tiene por qué ser nuestro mundo cotidiano, pero sí debe tener olores, sabores, colores y texturas. Nadie se interesa durante mucho tiempo por algo abstracto.

Es usted una confesa admiradora de Virginia Woolf, sobre todo de su obra Las olas. Hay entre

usted y V. Woolf una comprensión muy similar del ritmo último de la narración, de la alternancia entre silencios, espacios en blanco y repeticiones que hacen de su prosa algo muy familiar, muy cercano. ¿Qué otros nombres, según su opinión, consiguen una relación tan íntima con el ritmo sensorial del lector?

J.W.-Me encanta la obra de Woolf, aunque de hecho Orlando es para mí su obra favorita, porque escribir una obra


así en 1928 requería mucho arrojo, me refiero a llamar ficción a una biografía y situarla a través del tiempo. Actualmente nos hemos acostumbrado a que los distintos géneros se fundan entre sí, y muchos autores utilizan el tiempo como fluido, no como un marco fijo, pero no era así en la época de Woolf. Woolf muestra un profundo compromiso con el lenguaje, y el lenguaje debería ser el auténtico interés para cualquier escritor. Yo adoro las palabras y también lo que pueden conseguir cuando hacemos con ellas nuevas combinaciones. El lenguaje es más que mero significado (todos los poetas lo saben) y yo estoy interesada en el lenguaje que utiliza las disciplinas de la poesía para aprovecharse de sus efectos. Las obras de ficción no deberían ser paquetes de cereales. Su lectura implica algo más que recibir información. Cuando hablamos de ficción estamos hablando de belleza y de ritmo. Hay muchos escritores por los que siento admiración, autores presentes y del pasado. No hago distinción alguna entre los vivos y los muertos porque la obra no muere nunca. Acudo a los poetas por encima de todo porque deseo la fuerza de su lenguaje y empleo la poesía del mismo modo que otra gente emplea la cafeína: como una inyección de energía cuando estoy cansada.

En La pasión tiene usted una deuda sin duda consciente con Las ciudades invisibles de Italo Calvino, como ocurre con La isla del tesoro

en el caso de La niña del faro y con obras de distintos autores en otras de sus novelas. ¿Por qué partir de una obra ya escrita, ajena? ¿Cuál es su relación con las historias ajenas y con la Historia con mayúscula?

J.W.-Utilizo la historia como un mundo inventado. Mi Venecia y mi Napoleón son imaginarios, no literales. El pasado es un trampolín desde el que saltar a otro mundo. Cuando escribí La pasión, en 1987, no conocía Venecia y eso no tuvo ninguna importancia. La novela histórica siempre me ha aburrido porque no es más que un pastiche. Mi intención era adoptar una forma y jugar con ella para reconvertirla en algo nuevo, y deseaba apartarme diametralmente del mundo de Fruta prohibida. Nunca me ha interesado el Realismo, prefiero dejárselo a los realizadores de documentales. Lo que me interesa es la verdad emocional, y hay muchas formas de encontrarla. Me gusta utilizar el pasado (libros, lugares, gente) como un punto de referencia. Después de todo, ¿qué cree que hizo James Joyce en su Ulises sino rescribir la Odisea?

Tanto sus detractores como sus defensores están de acuerdo en que si algo caracteriza el lenguaje de Jeanette Winterson es el sentido poético que usted le otorga. Sus obras están salpicadas de frases que permanecen y que no se diluyen. “Os

estoy contando historias. Creedme”, leemos en La Pasión. ¿Escribe usted las historias que le gustaría que le contaran? ¿Le escribe usted a la Jeanette niña, al niño de cada uno de sus lectores? J.W.-A decir verdad, la traducción más fiel de esa expresión sería “Confiad en mí”, que no es lo mismo que “Creedme”. Confieso que me importa poco que la gente se crea o no mis historias. En cuanto a si deben o no ser objetivamente ciertas, creo que no, aunque sí deben ser fiables, es decir, tienen que ser una vía de acceso a la verdad. Me crié en una familia muy religiosa. Mi madre colgaba textos bíblicos en las paredes y yo conservo ese estilo aforístico. Como Oscar Wilde, también a mí me gusta encontrar la forma correcta de decir algo y la gente recuerda las frases cuando son compactas y poéticas. Yo no dejo de contarme historias, que después le cuento al lector. La niña del faro es una historia que trata sobre el hecho de contar historias.

Quizá sea Espejismos la obra más oral de J. Winterson. Me refiero a su sonoridad y a su estructura. Espejismos aparece como un cuento que se abre a otros cuentos, que a su vez engendran y encierran otros cuentos, como las famosas muñecas rusas. Espejismos embelesa a la imaginación, más que “atrapar” a la razón. ¿Es quizá su novela más cercana al espíritu romántico?


J.W.-No tengo la menor idea. No había terminado aún de rescribir la historia después de La pasión y quise volver a meterme en ello y ver qué podía hacer. Me encantan los cuentos de hadas, están presentes en toda mi obra, y me di cuenta de que nadie había diseccionado el cuento de “Las Doce princesas bailarinas” de Grimm, ni siquiera las habían tratado como personajes por derecho propio, así que decidí hacerlo yo e hilar una vieja historia de Grimm con nuevas historias mías y encuadrar el conjunto en un mundo histórico inventado que a la vez se convierte en nuestro mundo moderno.

Art & Lies [Arte y mentiras] es una apuesta por la sorpresa estructural y, sobre todo, por el poder del lenguaje. Nos encontramos con tres personajes históricos (Haendel, Picasso y Safo) y con un recorrido argumental realmente sorprendente. ¿Por qué sigue Haendel sigue siendo un hombre, Safo una mujer, y, sin embargo, nos encontramos con un Picasso mujer? ¿Qué importancia tiene para usted el género de sus personajes? ¿Hasta qué punto definen al personaje? ¿Hasta qué punto el género es la voz del personaje?

J.W.-Art & Lies [Arte y mentiras] es un libro aparentemente complejo en el

que experimento con la forma y con lo más oscuro de la imaginación. Me gusta cambiar el género de mis personajes, en parte porque con ello provoco que el lector tenga que plantearse a fondo sus propios supuestos en relación a las diferencias que el género imprime a la forma en que entendemos los personajes de ficción.

“¿Por qué nos hemos sometido a una sociedad que intenta convertir la imaginación en privilegio cuando para cada uno de nosotros es un derecho de nacimiento?” es la pregunta que envuelve y da forma al ensayo Art objects [Objetos de arte], su única obra de no-ficción hasta el momento, en la que plantea con gran acierto una nueva forma de ver y entender el rol central que el arte puede jugar en la vida. ¿De dónde surge la necesidad de escribirla? ¿Cuál es la denuncia?

J.W.-Escribo a menudo crítica de arte en distintos periódicos y también artículos de índole social sobre nuestra forma de vida. Soy una evangelista del arte. Creo que el arte puede suponer una gran diferencia en nuestras vidas y que es propiedad de todos, no sólo de unos cuantos. En el libro quería hablar de mis propias experiencias con los libros, con los cuadros y con la música, y utilizar esas experiencias directamente como guía para otra gente. No hay por qué ser remilgado cuando se trata del arte.

Es vital. No es elitista. A veces tenemos que esforzarnos de verdad para entender el mensaje del arte, pero el esfuerzo denodado no es ningún problema, los únicos problemas son la apatía y la pereza, y creo que una cultura televisiva nos hace perezosos y apáticos hasta el punto de que cuando nos enfrentamos a las auténticas energías del arte, puede parecernos una experiencia demasiado fuerte, demasiado intensa, porque nuestros músculos mentales y espirituales se han debilitado. Yo no me crié en una casa agradable llena de libros y de música, y mis padres eran pobres y no tenían ningún interés por la literatura ni por nada de todo eso. Aún así, descubrí el arte por mí misma y también su fuerza. Es ese descubrimiento lo que quiero hacer accesible a otra gente. Art objects [Objetos de arte] es una celebración.

Ha dicho usted en alguna ocasión que las primeras frases de sus novelas son siempre las que aparecen en la versión final de la obra. Cierto es que, en la mayoría de los casos, es esa primera frase la que nos introduce en la novela como quien deja caer una bomba en un desierto, a bocajarro. ¿Ha sido así con La niña del faro? ¿Por qué ha escogido en este caso el nombre de Silver para la protagonista de la novela?

J.W.-Siempre he creído que las primeras frases son de suma importancia. Marcan el


tono y el ritmo. El problema de la lectura en la actualidad es que los periódicos y las “novelas de aeropuerto” llevan a la gente a leer deprisa, a leer por encima buscando información. Los auténticos libros, como la poesía, no permiten una lectura así, necesitan tiempo, y sobre todo necesitan leerse a un ritmo adecuado. Nadie escucharía música demasiado rápido, carecería totalmente de sentido. Lo que realmente importa es encontrar el tempo. Una de las razones por las que dejo espacios en blanco en la página es porque intento ralentizar el ritmo de lectura del lector, hacer pausas. Yo trabajo con mi propia respiración, leo en voz alta al escribir, de modo que cuando construyo las frases, las concibo con un ritmo muy particular. En cuanto a Silver, bueno, tenía que ser así, porque adoro el metal precioso (la plata) y porque, naturalmente, en La isla del tesoro, Long John Silver es un pirata. Cuando el lector aprende que un personaje es “parte metal precioso, parte pirata”, consigue mucha información sobre él de forma muy concisa.

El suyo es un universo literario construido en torno a la orfandad, muy reconocible en La niña del faro: en este caso se trata una niña de padre desconocido y madre muerta que debe aprender a vivir bajo la tutela de un farero que la cría contándole historias. Silver aprende gracias a Pew el poder sanador de la palabra. ¿Hay algo de voluntad sanadora en la palabra de Winterson?

J.W.-Creo que contar historias es sanador. Somos todos huérfanos, descastados, rechazados... todos experimentamos esos sentimientos de absoluta soledad, de no saber quién somos ni hacia dónde ir. Creo que si aprendemos a leernos a nosotros mismos como una historia podemos escapar a la tiranía de los hechos; convertirnos en algo más que nuestro trabajo, la familia, el aspecto físico, la cuenta corriente. Convertirnos en nosotros mismos. Como hecho, estamos enclaustrados. Como ficción, podemos reescribirnos: siempre hay un nuevo comienzo, un final distinto. Para el huérfano que llevamos dentro, contar historias se convierte en padre y madre. Descubrimos nuestros propios mitos, las cosas que nos hablan y que nos mueven. Nos damos a luz a una nueva vida

por las historias que contamos y por las que escuchamos. Las historias nos permiten llegar a los lugares a los que los hechos no llegan nunca.

Tristán e Isolda, El origen de las especies, El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde se entremezclan en La niña del faro con las historias del farero, el viaje de Silver y la inquietante y no menos apasionante vida del reverendo Dark. Hay muchas vidas moviéndose y completándose en las páginas de su última novela. Sin duda, es su novela más generosa por cuanto a su capacidad de generar mundos en la imaginación del lector, pero ¿es quizá también su novela más completa? ¿La más viva?

J.W.-No lo sé, la verdad. El último capítulo empieza así: “En parte rota, en parte entera. Empiezas de nuevo”. Un escritor está constantemente empezando de nuevo, lo cual nos remite a la primera pregunta. Intento descubrir nuevas formas de seguir contando historias que la gente pueda escuchar y que accionen una respuesta imaginativa. Quizá intente obtener una respuesta del sistema inmunológico, de modo que los pequeños cambios que se operen en nosotros sean celulares. Sé que soy una persona ligeramente distinta cuando me he sabido afectada por una obra de arte de cualquier tipo. Mi perspectiva espiritual y mental se ha visto alterada. Estoy segura de que vamos cambiando a lo largo de nuestras vidas, de que nunca llegamos a

acomodarnos demasiado ni a sentirnos demasiado seguros. Yo estoy cambiando y mi obra cambia conmigo. Es siempre mi voz, porque lo único que tiene un escritor es su propia voz, independientemente de cómo la utilice. Siempre mi voz, pero los tonos y los énfasis varían. Estoy manteniendo una larga conversación con mi lector. Creo que, después de más de veinte años de trabajo, aún tengo cosas que decir. Todavía no es momento de guardar silencio.


B r e v e s

Fernando Marías, “Cielo abajo” ALEJANDRO LARRAÑAGA “Regalar la capacidad de volar, dar alas a quien amas, es la sensación más grande del mundo, y la disfruté aquel día sintiéndome merecidamente orgulloso.” La guerra civil española es, a día de hoy, un tema tan manido como apasionante. Genera rechazo porque el aluvión de películas, libros y demás producciones artísticas, históricas, pseudohistóricas o de mero entretenimiento, es bastante numeroso y el público se acerca a ellas, si lo hace, con muchos prejuicios y pocas ganas de dejarse sorprender. Esa sorpresa llega cuando menos te lo esperas y acabas con los ojos llorosos y un nudo en la garganta cuando un hombre que pensándolo fríamente debe ser considerado un traidor intenta explicarse. No expiar sus culpas porque esas se las llevará a la tumba, consciente de que ser un héroe es muy difícil y está reservado para unos pocos, mientras los demás nos tenemos que limitar a sobrevivir e ir cargando con las culpas que vamos acumulando a lo largo de la vida. “Al final, todos somos niños que un día tendremos que partir.”

Una emotiva lluvia AINIZE SALABERRI Recuerdo ese libro que me hizo llorar, ese libro que me emocionó con su sencillez, con su verdad, con su ternura. Ese libro que es dulce, que es un homenaje a la capacidad de amar, que es también un homenaje a los inocentes, a los que no se pueden defender ante los ataques de los humanos. Recuerdo ese libro y me emociona todo lo que encierra, en forma de palabras, de letras redondas que nosotros, y no ellos, nos comemos. Un libro como el que ha publicado errata naturae, con tantísimo acierto, como es “Perros, gatos y lémures”, debería habitar en todas las estanterías. Es el tipo de libro que se coge cuando los ánimos están entre abismos. Y, aunque el libro sea también un precipicio, porque nunca es fácil recordar y que no duela, es un libro que nos devuelve, si acaso un poco, la esperanza en los demás y en nosotros mismos. Que nos devuelve la inocencia, la capacidad de sorprenderse y, por qué no, de dejar fluir las lágrimas sin vergüenza.

Confieso que he leído PEDRO LARRAÑAGA Sí, leo. De hecho, leo bastante. Leo libros con títulos raros. De hecho, lo que más me gustan son los libros con títulos raros. Por ese motivo, en cuanto me enteré de que existía una obra con ese nombre, no me pude resistir. De hecho, era irresistible. ¿Acaso imaginas un título más irresistible que “La saga de los Aznar”? Sí, confieso que he leído “La saga de los Aznar”. Confieso que lo encontré por Internet, que tuve que encargarlo en mi librería habitual (no te cuento la cara de la amable librera) y esperar por él un buen rato. Es más, tuve que pagarlo. De hecho, tuve que pagar bastante. Sí, confieso que me encantó. No era para menos. De hecho, hablamos de una obra de ciencia-ficción con todo lo que uno espera de una epopeya intergaláctica en la que los pocos miembros de la especie humana que quedan buscan la salvación en un remoto lugar del universo. Ellos, la última esperanza de la humanidad son los Aznar. ¿No te parece genial? Joder, ni que lo hubiera ideado el más macabro de los redactores del ABC. Pero, no, fue Pascual Enguídanos, bajo el seudónimo de George H. White, el responsable de las más de 50 novelas escritas entre 1953 y 1978, novelas que leí, evidentemente, convenientemente recopiladas. Sí, lo confieso, “La saga de los Aznar” merece enormemente la pena, por mucho que te dé vergüenza decir el título en voz alta.


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demasiado viejo para casarse y demasiado joven para estar tan solo. Y, sin embargo, él es feliz así, con su vida tranquila y calmosa, para alarma de todos. La abuela, nonagenaria, loca y postrada en una cama, es la única familia que le queda, después de que su abuelo muriera y dejara como última voluntad, a pesar de haber pasado los últimos años lejano y como de otra familia, que las dos criaditas de toda la vida se ocuparan de ella. Y en ésas están: la anciana, sabia y desquiciada, gobernándolo todo incluso sin poder moverse, las dos criadas, obedeciendo, acostumbradas al espesor y la quietud de la casa, y él, contemplativo e inmóvil, dejando que cualquier oportunidad que le sacuda pase de largo. La vida pasa tranquila en la casa de los Abalos, todo envuelto en lujo y servidumbre. Pero entonces ocurre lo que nadie cabía esperar: viene Estela, la sobrina de una de las criadas, para quedarse. Después de tantas muchachas como han pasado por la habitación de doña Elisa, Estela llega dispuesta a cuidarla y a no dejarse intoxicar por la locura de la vieja. Y todo está en orden hasta que aparece Mario en su vida. O hasta que Andrés empieza a ver en la chiquilla algo más que eso. O... 109


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RESEÑA BREVE Los relatos de este libro aparecen de manera natural por su

veracidad y frescura. Puede que ese sea su mayor mérito: el de envolvernos en sus tramas que podría pasarnos a nosotros mismos, el de convencernos de que sus historias pueden ser perfectamente reales. Más aún porque sus temáticas son de actualidad, contemporáneas y nos narran la interacción entre los personajes inmersos en la modernidad y el drama humano. “Mañana será otro día” es un libro que narra hechos que nos indican que en lo cotidiano también hay cosas importantes y que a veces no las vemos. El realismo o verosimilitud del libro nos demuestra que no hace falta estirar demasiado la imaginación para disfrutar de la buena literatura. También con la realidad experimentamos ese mismo placer, por supuesto. Y más si el lenguaje está muy bien cuidado y la lectura se hace ágil página tras página en este gran libro de relatos.

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Recomendaciones

LIBRO Si esto es un hombre AUTOR Primo Levi RECOMENDADO POR Ainize Salaberri

Global Personajes Historia Estilo Ritmo

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RESEÑA BREVE Primo Levi nunca debería ser recomendado; todo el mundo debería haberlo leído ya, en la adolescencia a poder ser, y haber llorado junto a él; sólo cuando maldices todo lo que este hombre sufrió es cuando uno, en realidad, no sólo se convierte en hombre, o en mujer, sino en ser humano. Y es que una vez se lee a Levi no se puede volver atrás. Tampoco vuelves a ser el mismo: te cambiará para siempre. “Si esto es un hombre”, primer libro de la trilogía de los campos de exterminio que Levi escribió, es un documento histórico impagable. Te destroza. Te abre por la mitad y echa sal encima. Leer este libro es clavarse todos los alambres que cercaban los campos nazis a la vez por todo el cuerpo y saber, como sabía Levi, que no se puede gritar. El desgarro de aquellos años deshumanizados y vergonzosos, se llevaba en silencio; también la desesperación. Primo Levi se suicidó en 1987. Había sobrevivido a Auschwitz, pero los monstruos terminaron por matarlo lentamente a dentelladas. Cómo sobrevivir a la demencia del ser humano. Sin embargo, no quiso irse hasta haberlo escrito todo, hasta haberse vaciado entero. “Si esto es un hombre” es el comienzo de una película de terror, una enseñanza que te desangra.

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LIBRO El abuelo que saltó por la ventana y se largó AUTOR Jonas Jonasson RECOMENDADO POR Alejandro Larrañaga

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RESEÑA BREVE ¿Cómo sería una historia procedente de la improbable fusión entre “El

extranjero” de Camus y “Forrest Gump” de Robert Zemeckis? Pues hace falta un protagonista carismático, Allan Karlsson, una manera de peculiar de enfrentarse al mundo, coincidencias monstruosas que permitan al personaje hacerse notar y mezclarse con las personalidades más importantes para el devenir del mundo. Allan Karlsson es un hombre que, el día que cumple 100 años, decide salir por la ventana del primer piso de la residencia en la que vive. Es solo el comienzo de una más de las aventuras de su larga vida, que lo han llevado a destinos tan variados como Vladivostok, Indonesia, Moscú o Aragón con algunos pasos por su Suecia natal. A partir de entonces se iniciará una nueva cadena de acontecimientos inverosímil, con un grupo más inverosímil aún, que iremos descubriendo mientras Jonas Jonasson nos intercala las peripecias vitales de un sueco que cambió el curso de la historia mundial en el siglo XX.

LIBRO Océano mar AUTOR Alessandro Baricco RECOMENDADO POR Annie Montauk

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RESEÑA BREVE En una playa desconocida, suspendida en otro tiempo y dimensión, se

alza la posada Almayer, albergue de unas cuantas vidas que parecen confluir en una: la vida de la soledad. Niños sobrenaturales, una muchacha enferma, una mujer solitaria, un hombre enigmático, un profesor que investiga donde acaba el mar, un pintor que busca dónde comienza. La posada es más que un reposo para viajeros, es un oasis de almas en tránsito, de fantasmas que deambulan sin rumbo, sumidos en la triste contemplación de sus vidas. Un limbo entre tierra y mar, existencia y desaparición. Océano mar nos habla del océano; no podría ser de otra forma. Sus metáforas suenan a oleaje. El vuelo de sus páginas, a brisa costera. Baricco ha puesto tinta y tapas al mar en esta novela que es a la vez poema y cuento de hadas, pero, sobre todo, una lograda oda al inmenso y salado abismo que tanto nos hace soñar. Los más fieros impulsos del hombre –el odio, la conmoción, el temor– son retratados dulcemente y con impecable suavidad. Nos hallamos frente a una hermosa metáfora de lo finito y lo infinito, que nos sumergirá en sus profundidades sin que nos demos cuenta. 111


Recomendaciones LIBRO La generación Beat AUTOR Bruce Cooko RECOMENDADO POR Salvador J. Tamayo

RESEÑA BREVE Bruce Cook

brindó con este ensayo uno de los Global Q Q Q Q primeros testimonios de la edad de Personajes plata de la literatura estadounidense. Historia Escrito en 1971, cuando aún se oían Estilo Q Q Q Q los aullidos de los labios de Ginsberg Ritmo Q Q Q Q Q y el país seguía “confundido por Gregory Corso, aterrorizado por William S. Burroughs e intimidado por Normal Mailer”. El valor principal de esta obra, es que está escrita en 1971, ya que presenta a los beats y al ambiente literario de la época desde el recuerdo del que lo conoció bien, participó de él y lo vivió en sus propias carnes. Tirando muy poco o casi nada de hemeroteca, sólo de recuerdos y testimonios de amigos como Ferlinghetti, Trocchi o Jack Gelber. Las noches de poesía y jazz en San Francisco; hipster y beats y el instante del descenso de la propia corriente, visto desde dentro de la corriente. Hasta a teorizar sobre el final de todos ellos se atrevió Bruce Cook: “Muchos de los que deseaban permanecer fieles a sí mismos optaron por alejarse: y Kerouac no fue un caso único. Uno o dos se marcharon a Oriente; otros, a Europa. Algunos han cambiado de ciudad sumergiéndose en el anonimato urbano. Otros se abandonaron al camino de la droga. ¿Ha devorado la revolución a sus propios hijos? No, mucho peor, los ha expelido dejándolos en los rincones para que se pudran”. Gran libro para profundizar o aproximarse, con más ganas que morbo. Y la envidia de imaginarse a uno mismo en la “Galería Six”, la noche de 1955 en la que surgió el “Renacimiento poético de San Francisco”, con Kerouac, Ginsberg, Michael McClure, Gary Snyder, Philiph Lamantia, Phil Whalen y Lew Welch borrachos de damajuana de Oporto, sabiendo que en ese instante estaban creando algo grande, y jugaban a que no les importase en absoluto.

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LIBRO La aldea de F. AUTOR Eva Díaz Riobello; Isabel Gonález González; Teresa Serván; Isabel Wagemann RECOMENDADO POR Víctor Lorenzo Cinca

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RESEÑA BREVE A partir del cuento “El guardagujas” de Juan José Arreola (aunque bien pudiera haber sido cualquier otro relato) nace “La aldea de F.”, un libro de microrrelatos escrito a ocho manos y auspiciado y prologado por Clara Obligado, en el que se nos transporta a un mundo legendario en medio del desierto, construido a base de despojos, lleno de misterio, soledad y seres imaginarios, y en el que sin embargo podemos ver algunos atisbos de esperanza. Unos textos que se entrelazan como los vagones de un tren abandonado, que dialogan entre si, que zurcen una historia, un mundo imaginario, con sus gentes y sus leyendas, puntada a puntada, texto a texto. Dividido en cuatro partes, dedicadas al origen de la aldea, a la muerte, al amor o a las relaciones de pareja, y a los niños, “La aldea de F.” evidencia que el microrrelato, como género, está más vivo que nunca y que avanza con paso firme. Y que estas cuatro chicas, no olviden sus nombres, darán mucho que hablar.

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Novedades narrativa LIBRO: Piel roja AUTOR: Juan Gracia Amendáriz EDITORIAL: Demipage PRECIO: 18 € “Piel roja” es la última entrega de lo que el autor denomina «trilogía de la enfermedad». Si en “La Línea Plimsoll” (2008) el autor abordaba el tema desde los parámetros de la novela, en “Diario del hombre pálido” (2010) lo hacía desde el testimonio personal. “Piel roja” mantiene la tensión, el lirismo y el humor de su precedente, pero el lector se encuentra ante una obra que funciona de manera autónoma: un diario que se lee como una novela o una novela autobiográfica presentada en forma de diario. Da igual. Lo importante es que “Piel roja” es una obra deslumbrante por su calidad literaria y veracidad. Desde la primera página, el lector querrá subirse al caballo del piel roja para acompañar al autor en su viaje hacia los peligrosos territorios donde aguarda la esperanza, la salud y la incertidumbre.

HHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHH LIBRO: Que nadie te salve la vida AUTOR: Flavia Company EDITORIAL: Lumen PRECIO: 12, 99€ Un buen día te levantas, te pones los vaqueros de siempre y la americana de cuero negra, entras en la consulta de un médico y sales sabiendo que te quedan cuatro meses de vida. Sabes también que no vale la pena luchar, así que lo mejor será ir saldando tus deudas y despedirte de lo poco o mucho que el destino te ha dado. Enzo solo tiene a dos personas a quien decir adiós: ahí está Víctor, su amigo del alma, que un día le salvó la vida, y más lejos, tan lejos que casi no puede ni imaginarla, está Berta, una niña de cinco años que es su hija. Víctor, hombre calculador hasta el extremo de convertir los sentimientos en ecuaciones, le pedirá un último favor. Berta, cuando sea mayor, descubrirá que su padre murió cargando con una culpa que ella tiene que aliviar. ¿Vale la pena intentarlo?, ¿tiene sentido pedir perdón cuando quizá es demasiado tarde? Como todas las buenas novelas, “Que nadie te salve la vida” plantea preguntas en vez de consolarnos con respuestas, y el talento de Flavia Company acompaña al lector en una historia donde casi nada es como debería ser.

HHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHH LIBRO: Narrativa breve completa AUTOR: Carlos Casares EDITORIAL: Libros del Silencio PRECIO: 18 € Ambientadas en una Galicia cambiante, las dos colecciones que conforman el grueso de este libro muestran a un autor tan singular como polifacético. Si “El juego de la guerra” y otros cuentos narra, entre lo parco y lo poético, episodios de crueldad y violencia en un marco cuya depauperación y aislamiento se concretan en un clima tenso y enrarecido, “Los oscuros sueños de Clío” dibuja un escenario más luminoso, patentando una historiografía falaz, mágica y sutilmente humorística que permite la proliferación de judíos inmortales, alquimistas ponedores, santos paganos y misteriosos nigromantes. El volumen se completa con “Relatos dispersos”, que recoge todas las ficciones publicadas por Casares en revistas, periódicos y antologías: lejos de constituir piezas epigonales, entre ellas encontramos algunas de sus mejores páginas, que dan nuevas muestras de un estilo guiado siempre por la claridad y la transparencia, y que ponemos, ahora, a disposición de los lectores en lengua castellana.

HHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHH LIBRO: Hace cuarenta años AUTOR: Maria van Rysselberghe EDITORIAL: errata naturae PRECIO: 12.90 € Estamos a finales del siglo XIX, en una playa del Mar del Norte donde nacerá una pasión absoluta y singular entre Émile y Maria. Será ésta quien nos cuente, cuarenta años después, cómo fue aquel breve y fascinante amor hecho a medias de exaltación y de sumisión. Lo fugaz y lo eterno, así como lo imposible —pues ambos están casados, marcan esta poderosa historia que nos recuerda en ocasiones a Stendhal y a Flaubert y que se anticipa a las novelas de Marguerite Duras o a las películas de Ingmar Bergman. Pocas veces se ha dicho tanto y tan bien sobre el amor arrebatado y sobre su engarce en la realidad, aunque sea ésta una realidad de escritores y pintores bohemios al margen de «lo convencional»… y en el límite de lo onírico, como en algunas grandes obras de William Shakespeare.

HHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHH LIBRO: Casa de muñecas AUTOR: Patricia Esteban Erlés EDITORIAL: Páginas de Espuma PRECIO: 17 € Esta Casa de Muñecas tiene un dormitorio con armarios que esconden cosas y parejas que padecen de terror nupcial; un baño lleno de mujeres atrapadas en el espejo; el cuarto de los juguetes retiene a todas las niñas que pudimos ser; y el desván alto y oscuro de esta mansión de juguete, es un rincón maldito donde caben todos los miedos, las fobias irracionales o las criaturas que atormentan nuestra mente. Y hay muchas más habitaciones, más espacios y largos pasillos oscuros. Recorramos esta mansión, conozcamos sus misterios, admiremos su belleza magenta, pero sin olvidar que nos devolverá la mirada. Las casas de muñecas nos miran, se pasan la vida mirándonos. 113


Novedades poesía LIBRO: Rastreos y otros poemas AUTOR: Tomás de Segovia EDITORIAL: Pre-Textos PRECIO: 15€ Los grandes poetas no tratan de ofrecernos respuestas ni simplificar o categorizar el mundo, sino que lo extienden ante nosotros desnudando su complejidad, dando prueba simplemente de que existe y de que ellos existieron también en él. Cuando nos encontramos ante un auténtico poeta hay que aceptar que no sólo es él quien escribe el poema, sino también su idioma, un idioma que le imprime su propia naturaleza de poeta, un idioma con el cual busca identificarse de manera total, hasta anularse en él. En poesía lo esencial, nos repitió incansable Tomás Segovia, es no mentir porque su misión es impedirnos olvidar, entre otras cosas, que existe lo natural. Para Tomás Segovia la poesía fue un “arte caluroso”, pues estaba hecha de vida palpable, a la intemperie; fue respirable porque supo amar la realidad, no por la posibilidad abstracta que ella no era, sino por la plenitud real que sí es.

HHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHH LIBRO: Poesía AUTOR: Michel Houllebecq EDITORIAL: Anagrama PRECIO: 22.90 € Novelista y polemista, provocador y subyugante, Houellebecq es también un destacado poeta. Este volumen reúne sus cuatro poemarios, que son en algunos casos su germen y en otros prolongación de su narrativa, y conforman un corpus literario imprescindible para construir el mapa completo de uno de los pocos escritores verdaderamente radicales de la literatura contemporánea. Rabiosamente anclados en la contemporaneidad, alternando sin complejos verso libre, verso clásico y prosa, sus poemas parten de la observación de lo cotidiano para ofrecernos una mirada implacable, tragicómica y lírica sobre el mundo, sobre la ruindad de los convencionalismos y las ideas dominantes, sobre la caducidad de nuestros cuerpos. Y el poeta también hurga sin compasión en su propia intimidad, lanzando soliloquios en los que intenta encontrar un sentido a su existencia.

HHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHH LIBRO: Deriva AUTOR: Laia López Manrique EDITORIAL: Prensas Universitarias de Zaragoza PRECIO: 14 € “Deriva” es un poemario sobre el desarraigo y la transformación en un momento de extravío, de pérdida de gran parte de las certezas, desde un punto de inflexión o fin de etapa. Está construido a partir de una serie de estaciones, siguiendo el movimiento que indica el título. El estilo poético de Deriva se caracteriza por el verso breve, un cierto laconismo sumado a un afluente de imágenes y el juego constante con la metáfora.

HHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHH LIBRO: Nadie se salva AUTOR: J. I. Pidal Montes EDITORIAL: Versos y Reversos PRECIO: 11.95 € Pidal Montes no escribe con tinta, lo hace con san¬gre y con carbón. A este genial poeta asturiano no se le atascan las metáforas, a veces esculpidas a golpe de martillo-realidad, otras, a soplos de incontables vientos de borrasca. Nadie se salva es indudable¬mente un título que arroja cierto escepticismo, pero que no se desoriente el lector, lectora, porque como comenta en el prólogo la poeta Sofía Castañón “Na¬die se salva, pero hay absolución en estos poemas”. La hay, porque entre otras cosas Pidal Montes se detiene, escucha, cuestiona y dialoga con la realidad de su entorno social y de sus circunstancias persona¬les. Nadie se salva es un canto al compromiso con la historia y la cultura asturiana y de sus gentes. Es una invitación a la lucha y a la dignidad. Es un descen¬so a los abismos del autor, pero también un trepar hasta la luz y la calidez del amor a los suyos y de los suyos. Nadie se salva, efectivamente, si llegado el momento uno no es capaz, como dice el poeta, de derribar la puerta a golpes cuando esta se cierra de par en par.

HHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHH LIBRO: Cuaderno de vuelo AUTOR: Varios autores PRECIO: Gratuito Nace “Cuaderno de vuelo”, como híbrido de poesía e ilustración, un librito digital a caballo entre el libro de siempre y el fanzine, que recoge con mimo el trabajo de estos 22 +1 (y es que esta señorita no ha podido resistir la tentación de participar) fantásticos creadores a los que admiro y sigo desde hace tiempo. Online desde el 1 de octubre.

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Tablón de anuncios Eutelequia es una editorial independiente que apuesta por la literatura española contemporánea y por el ensayo arriesgado. Con el propósito de conjugar entretenimiento y conocimiento, la Editorial Eutelequia cuenta con dos colecciones: Narrativa y Ensayo. En la colección de Narrativa tienen cabida los novelistas noveles y consagrados. No en vano, uno de los objetivos de Eutelequia es descubrir nuevos valores literarios. Por su parte, la colección de Ensayo aúna pensamiento, arte y sensibilidad humanística.

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A Víctor le podréis encontrar en dos espacios diferentes. Por un lado, el blog REALIDADES PARA LELOS (http://www.realidadesparalelos.blogspot.com/), en el que leeréis sus microcuentos; por otro, en la revista online, también dedicada a la brevedad en la literatura, INTERNACIONAL MICROCUENTISTA (http://revistamicrorrelatos.blogspot.com/). Además, Víctor ofrece traducciones castellano-catalán de microrrelatos de otros autores (encontrarás un link en su blog para leer algunos de los que ya ha traducido). Explotando la máxima de que lo bueno, si breve, dos veces bueno, Víctor está a vuestra disposición en apagatutele@gmail.com.

Tu espacio en Granite & Rainbow Desde G&R queremos ofreceros, en cada uno de nuestros números, un tablón de anuncios (por supuesto, gratuito). Que no nos gusta hablar sólo de literatura, o que no nos gusta hablar sólo nosotros de la literatura y sus alrededores, así que hemos decidido contar con vosotros. Tenéis cabida todos: editoriales, agencias, correctores, traductores, libreros, lectores, escritores. También queremos que aparezcan las librerías de vuestras ciudades y los encuentros literarios que puedan haber: recitales, presentaciones de libros, cursos y talleres literarios, de escritura, de edición, de lectura, etc. Si quieres publicitar tu novela, una autoedición, tu revista literaria o simplemente te apetece salir en el tablón con alguna buena excusa literaria como un blog interactivo, ¡adelante!

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