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STAFF 20 Dirección y edición Ainize Salaberri salaberri@graniteandrainbow.com Coordinadora sección tema central, columnas de opinión y reportajes Subdirección Fusa Díaz fusadiaz@graniteandrainbow.com Coordinadora secciones Literatura e Internet (blog y twitter del mes), talento del mes, recomendaciones y novedades Consejo editorial Ignacio Ballestero iballestero@graniteandrainbow.com Coordinador sección entrevistas Maquetadoras

La soberbia ha llevado a los amantes de la literatura, a escritores que comienzan y a escritores que están aposentándose en el mundo literario a escribir, analizar, adorar y venerar las novelas de otros. Tal es nuestra soberbia que seguimos empeñados en hacer llegar la mayor cantidad de calidad a distintos hogares y ordenadores; tal es nuestro ahínco que no desistimos en la loca aventura de intentar que, en un país que se cae a trozos por la inutilidad de nuestros “gobernantes”, se lea más. Porque la cultura no es un lujo, es una necesidad. Nos suben el IVA e intentarán que el pueblo, “su” pueblo, sea cada vez más ignorante para poder hacer lo que deseen con nosotros, pero bien sabemos que no lo conseguirán. La literatura también es una forma de revolución: es decir no a los ataques, a la humillación, al robo, a la extorsión, a la pobreza, a la ignorancia; es decir sí a la dignidad, a la cultura, a nuestro poder como ciudadanos del mundo. Y para ello, para decir NO a quienes intentan degradarnos como personas, nada mejor que un buen libro, nada mejor que esas novelas que los retratan y los dejan en evidencia; nada mejor que el análisis de la soberbia para saber cómo ganarles, cómo destruir lo que ellos creen tan seguro. Hay algo que ellos no saben pero nosotros sí: la cultura, la literatura, une a las personas, las educa, las hace más fuertes. Y puede que puedan con la literatura actual pero jamás podrán con los clásicos ni con los que los leemos. Graniteros, unámonos. Leámonos. Ganémosles. Que la revolución, si ha de empezar, que empiece con la literatura: a bolas de goma, palabras de hierro. Un libro es siempre el mejor aliado. Leer es poder. Inge Conde

Fusa Díaz Inge Conde Ainize Salaberri Diseño logo y portada Inge Conde inge_conde@hotmail.com Redactores Juan Carlos Aguirre Ignacio Ballestero José Braulio Jordi Corominas Fusa Díaz Robert Fornes J. Álvaro Gómez Marta Gómez Garrido Alejandro Larrañaga Pedro Larrañaga Verónica Lorenzo Begoña Martínez Ana Rodríguez Callealta Anabel Rodríguez Ainize Salaberri Iraide Talavera Elena Triana Salvador J. Tamayo

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Sumario #20

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Talento del mes Literatura en internet Columnas de opini贸n Entrevista: Sarah Waters Reportaje: La soledad de la escritura Editores: sinerrata Soberbia Traductora: Marian Womack Entrevista: Rodolfo Serrano Libreros: La Mis谩ntropa Recomendaciones Novedades narrativa Novedades poes铆a Tabl贸n de anuncios


Talento del mes

Un hueco de luz Celso Castro

Quedan pocos elogios que no haya usado anteriormente para definir a Celso Castro, pero no dejo de buscar nuevas fórmulas para que el lector que todavía no conozca la literatura de este autor de A Coruña se acerque a él. Original, revolucionario y muy especial, la literatura de Celso Castro es un verdadero golpe de aire fresco entre todas las -muchísimas- novedades literarias del mundo literario actual. Siguiendo su rastro en Libros del Silencio, con las novelas “el afinador de habitaciones” y “astillas”, he dado con ese escritor que todos buscamos, y que nos acompaña, y llevamos dentro, y al que somos fieles. 1. Me parece injusto preguntarte por las minúsculas, porque creo que le roban mucho protagonismo a la calidad de tus escritos, pero es casi una necesidad para el lector. ¿Podría existir Celso Castro con la puntuación, el estilo y las normas convencionales? creo que no, y además es algo que ya no me planteo. si pretendes desnudar la novela de retórica, y hablarla en lugar de escribirla, debes adecuar la voz narrativa, dotarla de movimiento emocional, desgarrar la sintaxis. y las mayúsculas me limitan excesivamente, subrayan, dirigen la atención hacia lo escrito. no quiero literaturizar todavía más la literatura, quiero despojarla de lo literario, del autor y de su prosa, de su solvencia narrativa, y dejar al lector, o mejor al escuchador, a solas con esa voz 2. Uno de los puntos más característicos de tus relatos del yo

es precisamente el uso de la primera persona. Hay tanta oralidad en tu literatura que incluso el narrador hace referencias como “si estuviera escribiendo esto”, dando a entender que está hablando -y ésa es la sensación-. Sin embargo, he leído que los textos están muy trabajados, aunque parezca contrario a ese chorro de palabras… ¿Se trabaja más la espontaneidad? muchísimo más. después de tantos siglos de literatura y de tanto resabio, conseguir atrapar en un texto algo de espontaneidad, de naturalidad, de vida, se convierte en el arte más difícil 3. Probablemente es la ternura lo que más me cautiva de todos tus personajes, y el trato sencillo y natural que se le da. En la revista Quimera dijeron que has creado un espejo del alma común, noble y vulnerable; por eso, el yo que trabajas podríamos ser cualquiera de nosotros, y por eso nos quedamos prendados… ¿Radica ahí el encanto y el éxito… en que nos encontramos, por fin, sin máscaras? en que nos encontramos -al margen- de la literatura, en que esa voz te aleja de ese territorio acostumbrado, y se acerca a ti, se hace íntima Motivos para leer cualquiera de las novelas de Celso Castro hay infinitos, pero lo mejor es que os deje con algunas citas extraídas de sus libros para que os quedéis con ganas de más. No digáis que no avisé. 4

Selección

-ni yo... porque para llegar hasta ti ¿eh?... para llegar hasta ti... he tenido que dar un rodeo demasiado grande, como nietzsche ¿sabes? que decía que la humanidad era el rodeo, bueno, es igual... lo que importa es que... ahora no tengo a nadie... estoy solo, aislado... y... dependo de ti ¿entiendes?... toda mi vida depende de ti... de... que me sonrías... o de que no me sonrías... o...-y no pude continuar, que se me hizo un nudo en la garganta, y lo único que me salió fue- judit... y, entonces iba notando cómo poco a poco las palabras se abrían dentro de mí, cómo brotaban desde dentro, que es una sensación habitual en los poetas, no sé si a los demás les ocurre lo mismo. y es que, de verdad, cuando una mujer fuerte y de carácter busca un hombre, lo necesita y eso, siempre, invariablemente, acaba encontrándose a alguien como yo. aquellos sentimientos, y las lágrimas, y los nudos en la garganta que te conté que me habían minado interiormente, me habían erosionado y corroído y convertido en un desecho, en un guiñapo sentimental, sin orgullo, y sin poesía. que las mujeres tienen su institno, como judit o como iris, y yo las envidio, que ese instinto las protege de calamidades, o si no, las ayuda a sobrellevarlas. y los hombres también tienen su instinto, y encima toda esa virilidad ¿no? y hasta los animales, incluso el más diminuto e inadvertido de los seres vivos. y ahora dime sinceramente, los que son como yo, qué mierda tienen.


Twitter del mes @RAEcabreada Miguel de Cervantes Limpiamos Twitter y lo dejamos como tiene que ser

No es ninguna tontería que bajo la cuenta @RAEcabreada se esconda el nombre de Miguel de Cervantes (Miguel de Cervantes te sigue ahora). Si nuestro escritor más universal se burló de las novelas de caballería, ¿no estaría hoy escondido tras este Twitter burlón e irónico? No sólo limpian y dejan como tiene que ser Twitter, sino que ridiculizan una academia que cada vez tiene menos defensores. Tras la crisis y la situación actual, han surgido muchas cuentas de Twitter, en varios sectores, que acaban con @enfurecida o @cabreada… la RAEcabreada podría ser de cualquier época, pero especialmente ahora. Después de los recortes, de la subida del IVA (la cultura no es un lujo) y todos los cambios que estamos sufriendo desde que Rajoy pasó a ser nuestro gobernante, la crispación y exaltación ya no extrañan a nadie. Se puede reivindicar y exigir desde la calle, en concentraciones y manifestaciones, pero las redes sociales también cumplen su función, y nuestra RAEcabreada se burla y deja en evidencia cualquiera de las meteduras de pata que estén relacionadas con el mundo de las letras. ¿Necesita la RAE este toque de humor? Entre tanto cambio absurdo, resulta fácil dejar a sus componentes más polémicos en ridículo… ¿Cuál es el cambio más absurdo que ha hecho la Academia en los últimos tiempos, según vosotros? 5

LEER EBOOKS ES COMO LEER EL MARCA O EL HOLA. LO QUE SE LLEVA ESTE VERANO SON LAS EDICIONES EN TAPA DURA DE 1500 PÁGINAS. PÁSALO. HOY DEBATIMOS SI ZAFÓN PUEDE OCUPAR UN PUESTO EN LA ACADEMIA. PARA LA Z, CLARO. SI OS SEGUÍS PONIENDO TONTOS CON LO DEL SEXISMO DEL LENGUAJE OS QUITAMOS LA EÑE Y TODOS TAN CONTENTOS EN LAS FACULTADES DE FILOSOFÍA NO LLEVAR UN LIBRO BAJO EL BRAZO ES DE REBELDES Y PEPEROS


Blog del mes

Hola, gorrión Dara Scully

Dara Scully tiene un blog limpio, un blog desnudo. Acostumbrados a ver blogs llenos de barras, enlaces, imágenes, colores y atenciones, el blog que te saluda diciéndote “Hola gorrión” carece de todo. Pero no lo necesita, porque en este espacio, totalmente blanco, podrás encontrar lo que ibas buscando: literatura. Conviviendo varias historias, separadas por las famosas etiquetas, Dara nos sumerge en un mundo que, igual que la estética de su página, es limpio… y está desnudo.

1. Sin embargo, a pesar de la desnudez, tienes otras web dedicadas sólo a la fotografía. ¿Por qué no unes los dos mundos? Posiblemente porque pertenecen a Daras diferentes, aunque a veces confluyan y se rocen con la yema de los dedos. 2. ¿Qué significan las diferentes etiquetas-historias? ¿Qué podemos encontrar en ellas? Son novelas, o lo fueron, o lo serán algún día. Por decirlo de alguna manera, cada etiqueta recoge una colección de escenas pertenecientes a una historia concreta, escenas que se pueden observar sueltas o en conjunto.

¿Y qué podemos encontrar dentro de ellas? Hay mujeres, y hombres, y cuerpos calientes y dóciles. Hay cosas hermosas y grandes tragos de dolor, aunque quizás lo más sencillo sea echarle un ojo y que cada uno lo descubra por si mismo. 3. Los textos son básicamente breves. ¿Es una cuestión de facilitarle la labor al lector de blogs, que no tiene mucha capacidad de concentración porque detrás está la inmensidad de internet? En realidad no pienso mucho en el lector de blogs. Para mí, Hola gorrión es más un cuaderno experimental, un diario de notas, que un lugar abierto al público. Así que la longitud de los textos depende únicamente de la imagen que quiera retratar en ese momento. A veces es una sola línea y no lo publico, y otras muchas sale algo lo suficientemente largo como para, por qué no, dejar que alguien tenga la oportunidad de conectar con ello. “Hola gorrión” es uno de esos blogs pequeños, alejados deL bullicio, como pequeños rincones de paz en una ciudad llena de ruido, y que merecen la pena visitar. Para los que no conozcan a Dara Scully, aquí tienen: daracatscully.blogspot.com. Pasen y lean. 6

Selección Nos llega el hedor de la carroña. Debajo de la cama, en las calles sedientas, en los farolillos que extienden como mantequilla caliente su luz por los adoquines. Nos llega, fuerte y profundo, como una cadencia, como la última nota de tu voz, apretando manos y gargantas. El olor de los gusanos arrasándolo todo, cubriendo con sus cuerpos blancos las paredes y los muebles, las fachadas y cada pedazo de piel que flota en la inmensidad de la noche. Los gusanos nacidos de tu vientre para venir a morir a este mundo oscuro, este mundo triste que es a veces el lugar donde vivimos. Y qué me hería, me preguntas, tú tan llena de vida, qué te hería, Javier, a ti que eras joven y poeta, a ti que te bebías las mañanas y saciabas el hambre como las fieras. Qué me hería, quién lo sabe ahora, quién lo supo entonces. Cuánta risa, cuánta, aquellos días solos, aquellos días de los tres y nadie más, si acaso la lluvia, si acaso el zumbido de los pájaros junto al manzano florido, pero los tres, los tres húmedos y hambrientos bajo el cielo del verano. Cuánta risa, digo hoy, a las puertas de este invierno que es la vejez que me amordaza.


Opinión

Los últimos días de... una aspiración

Pedro Larrañaga

Voy a contaros del caso de un amigo (aunque en ocasiones, todos sabemos quién es ese amigo). El caso de mi amigo Pepé, un amigo que ya no quiere ser un aspirante a escritor. Sí, lo tiene decidido, tras unos días meditabundo, con cara de estar siempre pensando, pero pensando con mucho esfuerzo, con una mueca de indigestión constante (ya sabemos que el estreñimiento y el dolor de barriga es la sensación física más parecida que existe a pensar), ha terminado viendo la luz. Es una luz turbia y no tiene claro que ilumine mejor, pero es la que tiene, así que sólo le queda buscarle una lámpara lo más bonita posible. Tras varios días, mi amigo Pepé ha decidido que ya no quiere ser un aspirante a escritor. Ha sido duro, pero lo tiene claro. Ha terminado de convencerle el hecho de percatarse de que en la escala social de este mundo es mucho peor ser un aspirante a escritor que un mataperros. Puede sonar cruel, pero así es. A fin de cuentas, en este mundo, con matar a un solo perro ya te llaman mataperros. Sin embargo, con escribir, escribir mucho, mucho, mucho, no es suficiente para ser escritor. Comparando el esfuerzo de una tarea y otra, mejor ser mataperros. Mucho más sencillo, dónde va a parar. Pepé escribe, escribe bastante la verdad. La cuestión, de todos modos, no es si escribe o no, sino cómo escribe, pero ese es un tema difícil de tratar con Pepé y con el resto de aspirantes a escritor que existen. El problema es que un aspirante a escritor es un tipo de persona de esas de las que no se puede estar especialmente orgulloso. Pepé opina más o menos lo mismo, pero no lo lleva del todo bien. A fin de cuentas, él es el que era un aspirante a escritor. No era eso lo que quería, pero era lo único de lo que era capaz. No es bonito, ni algo de lo que presumir, por mucho que pudieras pensar lo contrario. Por eso Pepé ya no quiere serlo más. Un aspirante a escritor siempre se cree mejor que los demás. Está convencido de que el mundo le debe algo por no ser capaz de reconocer su talento, el inmenso valor de cada una de sus frases. Porque Pepé tiene valor, es bueno, triunfará. Se lo han dicho sus amigos, su familia y alguna que otra amante (enseñarle algo que has escrito a una amante, aunque sea ocasional, parece estrechar algo la relación). El problema es que entre las virtudes de amigos, familia y amante, que las tienen, 7

y muchas, no está la de la sinceridad. Si uno quiere sinceridad, de la buena, de la de verdad, de la que incluso puede doler, necesita a una ex-mujer o un ex-marido. Sólo de especímenes de esas especies se pueden escuchar verdades como puños, escuchar que eres deplorable, pretencioso y soberbio. Eso no te lo dice un amigo, un familiar o una querida, porque si lo hicieran corren el riesgo de dejar de serlo (en especial la querida). Por eso Pepé, mi amigo, ha dejado de ser un aspirante a escritor. A fin de cuentas, un aspirante a escritor no es un tipo al que quieras tener cerca (y a Pepé, por mucho que lo niegue, le gusta que lo quieran). Un aspirante a escritor no es un buen conversador, ni una grata compañía. De hecho, habla poco porque prefiere escuchar. Siempre está escudriñando, escuchando a los demás, para ver si de algún lugar puede sacar algo de inspiración. Ándate con cuidado si tropiezas con alguno, porque por ese motivo corres el riesgo de ver cualquier confesión que le hagas en las páginas de algún relato poco trabajado. Un aspirante a escritor es un tipo discreto, pero lo es con sus cosas. Sin embargo, no tiene reparos en utilizar su vida (y si escucha algo de la tuya con sus oídos, pasar a formar parte de ella) para intentar armar una historia. A fin de cuentas, es su vida lo único que realmente tiene, el único lugar donde ser un aspirante a escritor era algo que mereciera la pena. Sí, merece la pena, mientras no te compares con un mataperros.


Opinión

Féminas cansadas

Ana Rodríguez Callealta Hace algún tiempo mi sobrino de tres años me pidió que le dibujara un lápiz y que se lo recortara. Cuando lo tuvo en las manos me preguntó: ¿Pinta? Ceci n’est pas une pipe, contesté. La literatura es uno más de los discursos sociales, un discurso referencial donde el lenguaje se convierte en mímesis de relaciones de poder y a la vez, en refuerzo que ayuda a plasmar una determinada ideología, formando y reforzando simultáneamente el sistema de pensamiento de una sociedad. La mujer ha tenido siempre el plus de los modelos femeninos: construcciones sociales prescriptivas promulgadas desde el hombre y desde la propia mujer a través de la literatura normativa. Estos modelos femeninos se han ido filtrando paralelamente al ámbito vital y al literario. Y es en este último en el que la literatura o el lenguaje, en un sentido general, han influido, ya no sólo en la construcción social de la mujer, sino en las relaciones que esta –como ente histórico que escribe– establece con su escritura, esto es, con el que debería ser su producto social y terminó siendo el producto social de otro, la mímesis de otra cosa. Desde esta perspectiva, el Romanticismo femenino es el núcleo de un Big-Bang que estallará lentamente. Dentro de este movimiento, la escritura femenina responde a un código hermético: la escritora ha de justificar la transgresión de la norma, que es escribir, escribiendo como mujer autorizada por el propio código estético del Romanticismo que la asocia a elementos naturales como el río o el pájaro cantor basándose en la dicotomía Naturaleza/Cultura de la filosofía occidental, que la relega a al ámbito del primero y de ahí al de lo privado, del que unos años más tarde se servirá el metafórico Ángel del hogar y del que el Franquismo también tomará parte. De ahí que la mujer, convertida en lirio, escriba sobre lirios. Y es curioso que hasta lo que hoy como críticos catalogamos como una transgresión, forma parte del mismo código y no es una transgresión en sí misma, sino simplemente una fisura, lo cual nos evidencia –la existencia de grietas por las que pasa el aire– que el discurso –entendido como representación– en el caso de los modelos femeninos –representación femenina desde la mujer– responde a sujetos que están escribiendo, no desde su propia autoridad como sujetos activos/ históricos, sino como constructos sociales de los que se espera un determinado tipo de producto social, esto es: la poesía romántica femenina. El caso de Rosalía de 8

Castro nos servirá para ilustrar esta idea de fisura como resultado de un modelo femenino falaz porque, en primer lugar, transforma la tranquilidad del Ángel del Hogar en desconsuelo; y en segundo lugar, y respondiendo a lo que ella misma nos cuenta en el prólogo a las “Follas Novas” (“as cousas graves (…) fácil é conocelas (…) mais (…) ás mulleres a penas se á propia feminina fraqueza lle é permitido adiviñalas, sentilas pasar. Nós somos (…) imaxinación i o sentimiento”), condensa toda su angustia en la Negra sombra, que se convierte en el Aleph de lo prohibido. Y es aquí donde el Bigbang posromántico comienza a expandirse. Esto es así. Tanto, que con la entrada a la Modernidad, las genuinas escritoras de la G’98 –que se inventaron a la mujer moderna y fueron las representantes del acceso de la mujer a la sociedad– asumieron por primera vez la escritura como profesión, y con su vida y su obra rompieron los esquemas decimonónicos, dando paso a un nuevo tipo femenino más culto y emancipado: la nueva mujer debía entregarse a una literatura más intelectual. El hecho de que encontremos solo mujeres novelistas en la G’98 debe entenderse como una consecuencia de que en la segunda mitad del siglo XIX el romanticismo fuera entendido como una extensión de las tendencias “feminizantes” de la cultura burguesa, de tal forma que de 1870 en adelante se propusieron la masculinización y construcción de una literatura “viril”, a partir de la novela, que era un género viril –tanto que este fue el adjetivo oficial de la Pardo por escribir novelas “pornográficas” (naturalistas)–. La mujer, entonces, desde un feminismo de la igualdad aún no catalogado y tratando de ganarse el respeto y salir de la Cárcel del Hogar, en estos primeros años de la Modernidad, escribía novelas y no versos, rechazando por completo el modelo de la sensible poetisa decimonónica, lo cual frenó la dedicación a la poesía en estos primeros años del siglo XX. Las escritoras de principios de siglo llegaron a la conclusión –y de ahí su modernidad– de que la función del arte consistía en expresar la colisión entre sujeto y realidad –que en última instancia es la escritura propia–. Y es aquí cuando la Negra sombra de Rosalía se expande ampliando el horizonte de frustraciones permitidas en la escritura, y comienza el verdadero vínculo sujeto-escritura. Y así llegamos a unas novelistas que se abren a las preocupaciones sociales y políticas, que renuncian a presentar el matrimonio como única opción y que cuestionan la maternidad, para dar paso, pocos años más tarde, a una poética G’27 femenina que ya sí nos hablará de deseo.


Opinión

Yo también quiero ser soberbio

Alejandro Larrañaga -Todos somos especiales. -Esa es otra forma de decir que nadie lo es. Este es un pequeño diálogo extraído de la película “Los Increíbles”. Por si alguien no la ha visto, en ella, un matrimonio de superhéroes retirados y sus tres hijos se enfrentan a desafíos peores que cualquier supervillano: los que te plantea el día a día. La rutina puede ser muy traicionera y tiene tendencia a sofocar cualquier intento de salirte de ella. Para combatirlas, hace falta convicción y seguridad, aderezadas con un punto (más gordo o más sutil según las preferencias de cada uno) de soberbia. Debes buscar tu espacio, abrir tu mente a nuevas oportunidades (para mí, por ejemplo, poder participar en esta revista es una y muy buena) con el objetivo final de encontrar el modo de decir lo que tengas que decir. Da igual que pueda parecer poco relevante, por lo humilde de tus ambiciones o lo limitado de tus habilidades. Para esto hace falta en realidad la soberbia, para que podamos tomar nuestras decisiones con seguridad. Debes hacerlo porque sino corres un riesgo muy grande que, últimamente, no consigo sacarme de la cabeza. El tiempo nunca se detiene y, si no hacemos algo, él sigue pasando sin que nos demos cuenta ni hagamos nada por darle peso. Igual es que, simplemente, me he hecho mayor pero sigo enfrentándome a la vida como si fuera un adolescente, sin tener en cuenta que lo que yo piense puede no ser, necesariamente, la realidad ni parecérsele. Por eso quiero, necesito ser soberbio. De hecho, puede que ya lo sea, pero aún no lo sepa porque no me resisto a ser benévolo conmigo mismo. Por tanto, como todavía no me he declarado culpable (no soy capaz de verla como una cualidad positiva, aunque la considere imprescindible), imagino que tampoco puedo aspirar a ser escritor. Porque para serlo hace falta la soberbia. Esa que te aporta la necesaria dosis de confianza, básica para querer que un semejante lea lo que has escrito. Yo sé que no lo soy porque no he vencido al pavor que me sobreviene cuando tengo que exponerme al juicio de los demás. En el colegio escapaba de la pizarra como si me provocara una alergia terrible y la cosa se agravó en la universidad donde tengo que reconocer que la bondad y la amabilidad de los profesores, percíbase el tono irónico, ‘solo’ me

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llevó a locuras tales como descartar alguna prenda de ropa (y no es que mi armario sea excesivamente amplio) por una corrección implacable que desmontara todo mi proyecto. Más que miedo al fracaso, sería miedo a la indiferencia, a que les surja la pregunta: ¿y este qué hace? Vaya pedazo de… o a algo peor, que descubran que no hay nada más allá, que todo es un fraude. Lo que para un escritor sería que empiecen a leer lo que has escrito y a las cinco líneas lo dejen pensando que mirar hacia la pared podría ser una actividad más productiva. Como sigo teniendo ese miedo, para eso necesito la soberbia. Pienso que podría embarcarme en una especie de viaje como el del Mago de Oz o algo así, pero en lugar de buscar un corazón o el camino a casa, querría algo con tan poco glamour como la soberbia. Al menos lograría sorprender al dichoso mago, porque seguro que a nadie se le ocurriría pedir nada tan inútil. A pesar de todo, lo que tengo claro es que el soberbio no nace, se hace. Es necesario que primero alguien le adule, aunque sea un poquito. A partir de ahí puedes empezar a pensar que el mundo merece escuchar tu voz. Es como pedirle a otro que encienda el interruptor que te pone en marcha, porque no puedes hacerlo solo. Tampoco hace falta llegar al punto de sentir que posees algún tipo de poder superior, estadio último y casi enfermizo, que provoca el habitual rechazo, sino algo intermedio, más modesto, que te ayude a vencerte a ti mismo. La idea es superar las barreras personales y buscar un espacio donde expresar aquello que crees que puedes aportar. La reflexión previa podría decirse que es importante pero no imprescindible. Hay veces que haces cosas simplemente porque sí, sin pararte a pensar si vale para algo, si lo que dices es interesante. Yo puedo concluir que, desde el punto de vista soberbio al que he llegado, que si es suficiente para ti, adelante. Todo esto podría pasar como la explicación de un mediocre intentando justificarse o puede que yo sea un genio infravalorado, ¿quién lo sabe? Yo solo sé que quiero ser cada día un poco más soberbio (pero sin pasarse, como en aquel mítico concurso) para estar, también cada día, un poco más seguro de que quiero que todo el mundo sepa lo que tengo que decir.


Sarah Waters es una de las escritoras más leídas y queridas en el Reino Unido, y es que se ha forjado una reputación a base de historias atractivas, históricas y delicadas, en las que la traición, la crueldad humana y la pérdida son los motores principales que llevan a sus personajes a unos abismos que parecen insondables. Cuatro de sus novelas están adaptadas por la BBC y la crítica la alaba. Su éxito va de la mano de la sinceridad, como diciéndonos: esto es lo que soy. No hay época que se le resista y Londres está a sus pies: el victoriano, el de la posguerra; controla los submundos y los deseos prohibidos. Sus novelas son pequeñas grandes delicias para los que amamos las buenas historias que desgranan el alma humana. Sarah Waters lo sabe y lo escribe. Y su generosidad, concediéndonos esta entrevista, será siempre agradecida. Pasen y vean el espectáculo de sus letras.

Sarah Waters

Escribir es un oficio, una pieza de ingeniería n Ainize Salaberri ¿Cómo empieza Sarah Waters a escribir? Empecé a escribir ficción después de haber terminado el doctorado. Había estado investigando sobre la historia de gays y lesbianas y pude ver que en el Londres victoriano ocurrían cosas realmente fascinantes y extrañas, y que existían subculturas y comunidades homosexuales muy bien establecidas. Me di cuenta que quería intentar convertir parte de ese material en ficción. Por lo que, tan pronto como tuve la tesis terminada, empecé a trabajar en la novela que terminó siendo “El lustre de la perla”. Fue un acto de fe: no tenía ninguna confianza en que pudiera terminar el libro, o en que el libro fuera alguna vez publicado o leído. Pero disfruté mucho escribiéndolo; fue divertido dejar atrás la academia y recurrir, simplemente, a mi imaginación.

Parece que todos sus personajes encuentran (y habitan) segundas casas sin quererlo (en “Afinidad” es Millbank, en “El lustre de la perla” es el submundo de la sociedad londinense, en “Falsa identidad” en los libros de una biblioteca excelsa, Hundreds Hall en “El ocupante”, el olor de la posguerra en los lugares deshabitados en “Ronda nocturna”). ¿Es premeditado? ¿Son esas segundas casas lugares necesarios ante el drama?

Nunca antes había pensado en que fuesen “segundas casas”, pero creo que tienes razón. Mis personajes están constantemente buscando, son incansables; nunca están a gusto o relajados en los ambientes a los que se supone que pertenecen. Las historias que viven los sacan de esos ambientes y los introducen en otros nuevos que son más emocionantes, peligrosos o desconcertantes y que les ofrecen siempre la posibilidad de reinventarse, de aventura, de cumplir sus deseos prohibidos.

En “El ocupante” y en “Afinidad”, especialmente, sus personajes parecen dominar las situaciones y a sí mismos frente a los otros. Sin embargo, el lector sospecha que, en esa grieta que se abre entre lo contado y lo vivido, son las situaciones las que los dominan a ellos. ¿Se enfrentan sus personajes a juegos que tienen perdidos de antemano? Supongo que es cierto que algunos de mis personajes están condenados desde el principio. Normalmente comienzo una novela sabiendo cómo va a terminar; el interés, para mí, se encuentra en conocer a mis personajes, en intentar comprender cómo reaccionarán a las situaciones en las que los sumerjo. No están condenados únicamente por mí sino también por ellos mismos, por sus propios defectos.


En “Afinidad”, por ejemplo, Margaret se destruye por la ceguera de la clase social: hay cosas que ocurren en su propia casa que es incapaz de ver, porque tiene ideas preconcebidas y prejuicios sobre los sirvientes y las clases trabajadoras. Ocurre lo mismo, de alguna manera, en “El ocupante”: los Ayres, que pertenecen a la alta sociedad, son incapaces de adaptarse a un mundo nuevo, más democrático; no pueden dejar atrás el “viejo orden”, lo que les condena sin remedio. A veces me pregunto por qué me atrae tanto contar historias de pérdidas y fracasos. ¡Soy una persona optimista, de verdad! Pero mis personajes son vencidos por su propia incapacidad para romper con patrones y estructuras malsanas. Quizás las únicas que lo consiguen son Sue y Maud en “Falsa identidad”.

En “Afinidad” y “El ocupante” analiza lo “supernatural” y envuelve con el manto de lo invisible a lectores y a personajes.

seres humanos necesitamos la creencia de lo sobrenatural (como la religión, por ejemplo): responde a nuestras ansiedades, culpas y miedos; rellena el abismo entre el mundo material y nuestra experiencia en él, que es siempre más grande y más extraña de lo que debería de ser. El espiritismo victoriano me atrae precisamente porque, como tú dices, estaba muy presente en la vida del siglo XIX; era “un gran negocio”, las sesiones de espiritismo eran una parte más de la industria teatral que ocurrían en público y en privado. Había lugar, también, para todo tipo de transgresiones. Algunos de los médiums más aclamados eran mujeres jóvenes y trabajadoras: mujeres capaces de engañar al sistema hasta el punto de convertirse en estrellas. Y tengo la sensación de que el espiritismo era muy apreciado por el colectivo homosexual, especialmente entre los hombres más sensibles. Era un mundo marginal, como el teatro, lleno de emoción, drama y peligro.

¿Las habitaciones cerradas a cal y canto en “El ocupante”, absolutamente vacías, despojadas no sólo de vida sino, parece, también de recuerdos, podría considerarse una especie de metáfora de la época que atravesaba Inglaterra en los años 40, devastada tras la guerra? ¿Podría ser, incluso, una

m e t á f o r a para explicar alguno de los personajes de la novela? Una parte importante de la sociedad victoriana creía en el más allá, en los espíritus y en los fantasmas. William Thomas Stead fundó la revista Borderland y escritoras como Florence Marryat describieron aquello que muchos somos incapaces de ver. ¿Qué le atrajo de este mundo? Siempre me ha interesado lo sobrenatural, aunque nunca he creído realmente en ello. Lo que realmente me fascina, supongo, es que como

¿No crees que el problema con Hundreds Hall y los Ayres no es que tengan suficientes recuerdos sino, precisamente, que tengan demasiados? La casa es demasiado grande, está demasiado presente; les exige mucha energía, dinero y tiempo: fue construida por un sistema social que se ha caído de golpe y necesita de la clase trabajadora para ser mantenida, con un servicio doméstico. Sin embargo, la clase trabajadora está haciendo cosas más interesantes en otros sitios. La casa representa a sus dueños, una clase alta varada en el pasado. Tengo la sensación que, tras la guerra, había aún

mucha gente bajo el influjo del pasado; no sabían cómo seguir adelante, ninguna de las antiguas reglas parecían servir ya, y no se encontraban a gusto con las nuevas. De eso trata también “Ronda nocturna”: personas que están atrapadas, que están luchando por encontrar los medios para seguir adelante, para dejar atrás traumas ajenos y propios.

¿Es comparable la prisión de Millbank en “Afinidad” a la opresión del Londres más salvaje de “Falsa identidad” y a la mansión que habita Maud Lilly, la protagonista, en el campo? ¿Y a la prisión que suponen la guerra y el después de en “Ronda nocturna” y Hundreds Hall en su última novela? Y, ¿es la libertad en “El lustre de la perla” una falsa prisión? Sí, hay muchas prisiones en mis novelas. No puedo realmente explicarlo más que diciendo que me interesan no solo las prisiones físicas sino también las prisiones sociales y psicológicas; me interesan las prisiones en las que nos mete el mundo, y aquellas en las que nos metemos nosotros mismos. Las estructuras góticas de mis novelas –las prisiones y los asilos– están ahí en forma de estados mentales,

d e alguna forma. ¿Es el submundo de “El lustre de la perla” una prisión disfrazada? Bueno, la prostitución en la era victoriana tenía sus libertades. Sabemos que algunas prostitutas de entonces mantenían relaciones homosexuales, por ejemplo. Pero era una vida realmente dura, de la que era muy difícil salir una vez habías caído en sus garras. Por lo que creo que era una especie de prisión también, sí.

Existen en sus novelas mundos en vía de extinción, algo similar a lo que Henry David Thoreau denominaba “vidas de silenciosa desesperación”? Sus personajes parecen estar en abismos, distintos unos de otros, pero frente a frente, en una especie


de comunión macabra. De eso trata la ficción, ¿no? De vidas en silenciosa desesperación. Las personas felices no son interesantes. Pero a mis pobres personajes... sí, les hago vivir situaciones terribles. Sus traumas son, normalmente, enormes, y a veces fantásticos: quedan atrapados en hospitales psiquiátricos o lidiando con un espíritu maligno en una casa encantada. Pero esas situaciones están en mis novelas para representar los traumas más comunes de la vida: la pérdida, la pena, el miedo, la ansiedad. Nuestros seres queridos no suelen abandonarnos o traicionarnos de una forma diabólica o gótica, pero el abandono y la traición pueden sentirse diabólicas y góticas. Por lo que, aunque los aprietos de mis personajes pueden ser de gran envergadura, espero que sus emociones sean fácilmente reconocibles y significativas para mis lectores.

primera heroína; pero hace poco releí la novela y no me gustó, ¡era muy joven e inhumana! Ahora me siento más orgullosa de personajes como Kay en “Ronda nocturna”, más viejos y sabios: la admiro porque en, en realidad, una auténtica heroína. Esa novela está llena de traiciones [“Ronda nocturna”], llena de gente que deja tirada a otra, en mayor o menor grado; pero Kay nunca defrauda a nadie. Estoy muy orgullosa también de Caroline [“El ocupante”]. Es una persona bastante

Sí, esto herencia del gótico, creo. Siempre he sido una gran seguidora, como lectora, de las novelas góticas; tres de mis novelas favoritas son “Jane Eyre”, “Grandes esperanzas” y “Dr. Jekyll y Mr. Hyde”. También veo muchas películas de terror, por lo que mi tendencia natural es crear un ambiente gótico. Lo que amo de los paisajes en la ficción gótica es precisamente lo que mencionas: el personaje y el paisaje se convierten en uno; los edificios son estructuras físicas y psicológicas; las sombras, los techos y los rincones abandonados de la ficción gótica corresponden a esas parcelas en la mente o la cultura que están reprimidas o inconscientes. Hundreds Hall es una vieja estructura británica que ejerce una mala influencia sobre la familia que aún habita en ella. ¿Qué fue lo más placentero de escribir en períodos tan distintos –aunque todos los períodos acaban pareciéndose unos a otros– como el victoriano y la posguerra? ¿Qué es eso que une a novelas como “El lustre de la perla” y “Ronda nocturna”?

En una ocasión le preguntaron si habría una segunda parte de “El lustre de la perla”, a lo que usted contestó que no concibe en sus personajes una vida más allá del punto final de la novela. ¿Cómo recuerda a sus personajes después de separarse de ellos varios años? ¿Cuál es el personaje del que se siente más orgullosa y cuál aquel que recuerda con más cariño?

difícil pero la admiro porque, como Kay, es valiente. Soy un poco neurótica y muchos de mis personajes tienden a ser neuróticos también, pero es maravilloso tener la oportunidad de explorar la audacia y la resistencia con un personaje como Caroline.

Sí, mis personajes sólo existen para mí durante la vida de las novelas a las que pertenecen. Son parte de la maquinaría de sus libros. Puede sonar cruel pero, de hecho, me he sentido muy apegada a algunos de mis personajes, y a veces es muy difícil y triste irme sin ellos, dejarlos. Solía sentirme muy cerca de Nancy en “El lustre de la perla”, porque ella era mi

¿Es Hundreds Hall en “El ocupante” el espejo que conserva la memoria de lo que ha ocurrido, corrosiva y cruel? Siendo el paisaje, el ambiente, tan importante en sus novelas, ¿puede un paisaje ser un personaje y un personaje un paisaje?

Escribir sobre la era victoriana fue realmente divertido porque sus propias ficciones son muy extravagantes. Escribiendo “El lustre de la perla” o “Falsa identidad”, por ejemplo, asumí parte del estilo de escritores como Wilkie Collins o Charles Dickens. Los años cuarenta son muy diferentes; sus autores, Graham Greene, Elizabeth Bowen, y muchos otros, son mucho más contenidos y secos y mi propia voz narrativa adoptó ese estilo. ¿Lo que une “El lustre de la perla” y “Ronda nocturna”? Existe el mismo interés en la vida lésbica –la insistencia de que las vidas lésbicas son igual de válidas y de ficticias que las heterosexuales. Para ambas novelas sentí que estaba asumiendo


paisajes históricos establecidos y diciendo: “¡Mirad, aquí también había lesbianas!” Es algo que aún es importante para mí.

Chesterton dijo que el tiempo inglés posó para Turner. ¿Qué posa frente a Sarah Waters? ¿Qué atrae su mirada literaria? Según me voy haciendo mayor estoy más interesada en los misterios y la delizadeza de la motivación humana, en aquello que hace que la gente reaccione. Cuando escribí “El lustre de la perla” no pensé en absoluto en la motivación: mis personajes hacían las cosas simplemente porque yo se lo ordenaba. Ahora intento que mis personajes parezcan auténticos siempre. Eso significa, supongo, que miro y escucho a la gente. Soy muy cotilla; me encanta mirar a través de las ventanas de los demás. Me pregunto por las vidas secretas de la gente. ¿Por qué toman las decisiones que toman? ¿Qué deseos están satisfaciendo y cuáles están reprimiendo o negando?

¿Cómo le llega la inspiración? ¿Cómo construye una novela? ¿Cómo es su día a día como escritora? La inspiración me atrapa en algunas ocasiones, pero si me siento a esperar a que llegue no conseguiría mucho. Para mí escribir es como un trabajo: de lunes a viernes, de nueve a cuatro o cinco. Siempre es difícil empezar: me paso mucho tiempo en mi mesa refunfuñando, y en algún momento entre esas horas relleno las páginas con palabras. Mucha de mi escritura es reescritura. Siempre es excitante escribir una escena desde la nada; pero es incluso más excitante, creo, trabajar incansablemente hasta que consideras que está bien. Escribir, para mí, no es un arte: es un oficio, una pieza de ingeniería.


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La soledad de la escritura n Fusa Díaz el relato “Escribir”, de Marguerite Duras, publicado por Tusquets, se habla de la soledad que se construye el escritor a su alrededor. Para escribir necesita esa soledad, y la crea. “Comprendí que yo era una persona sola con mi escritura, sola muy lejos de todo”. Y de este modo, con la soledad a cuestas, el escritor puede llevarse su escritura a todas partes, como se llevan los zapatos. Julio Cortázar decía que llevaba Buenos Aires del mismo modo en que otros llevaban los zapatos. Marguerite Duras y Jeanette Winterson habían encontrado su Buenos Aires, y no estaban dispuestas a dejarlo escapar. Parece que para muchos la escritura ha sido sólo una cuestión de cura: sin ella, Virgina Woolf habría sido sólo una loca; Sylvia Plath Alfonsina Storni, Alejandra Pizarnik… sólo suicidas. José Donoso sólo habría sido un excéntrico, una persona insoportable. Jeanette Winterson habría sido una niña adoptada incapaz de encontrar su lugar. “La adopción es estar fuera”, dice, y bajo esta realidad que la ha perseguido hasta la actualidad, Jeanette Winterson debía llenar ese vacío -que iba desde que su madre la dejó en un reformatorio hasta que la señora Winterson la recogió de él-, debía llenar ese vacío con algo que no fuera más vacío. Cuenta en su autobiografía “¿Por qué ser feliz cuando puedes ser normal?”, editada en Lumen, que T.S. Eliot la ayudó. Así, desde un libro, en una biblioteca, a través de la poesía, a través del tiempo, alguien le tendió una mano y ella

La literatura salva a las mujeres. Esta afirmación facilona y perfectamente extraída de algún panfleto tontorrón, es la conclusión que he sacado de sumergirme en las vidas de Marguerite Duras y Jeanette Winterson. Podría haberme sumergido en la vida de otras mujeres, o de otros hombres, y probablemente la sensación sería una bien distinta: menos intensa. Afortunadamente he caído en las garras literarias de estas dos mujeres que han vivido su escritura, su relación con la literatura, de una manera visceral, como la relación con un amante. En ambos casos, y volviendo al principio del texto, la literatura ha salvado a estas dos estupendas escritoras: de la más absoluta y desoladora perdición. A Marguerite Duras, de volverse, según sus palabras, una incurable del alcohol. A Jeanette Winterson, de la incomprensión en un mundo que no estaba hecho a su medida. Mis chicas pudieron escapar, y la herramienta que usaron para ello, su brújula, fue la literatura. La lectura, pero sobre todo la escritura de ella. Lo que no podían sospechar ni Marguerite ni Jeanette es que, a su vez, conseguirían salvar a otras mujeres, a otros hombres, a los que, como ellas, estaban perdidos. La primera enredadera por la que trepan es la de la soledad. En 14


sobre la experiencia de cualquiera, y procurando a sus lectores la misma curación que para ellas. En ocasiones, esa devoción y esa entrega provoca que los escritores no sean en absoluto personas prácticas. No están preparados -si es que alguien lo está- para la vida, y son torpes, y no son capaces de llevar un orden. No pueden con la cotidianidad, porque están sujetos a algo que… les necesita. Claro que siempre, cuando hablo de ellas, estoy refiriéndome a esos escritores sangrantes que no producen ni son disciplinados ni trabajan en la literatura, son la literatura misma, y respiran a través de ella, y ya no sabrían pasar sin escribir esa línea que, según Clarice Lispector, “a veces basta para salvar el propio corazón”. Entonces, la literatura no salva a las mujeres, sino a algunas mujeres. Salva a Marguerites y Jeanettes, todas las que haya. Cuando pienso en ellas, siempre me las imagino cuando eran niñas. A Duras, cuando era la niña enamorada del amante de la China del Norte; a Winterson, cuando era la niña sentada fuera de su casa porque la madre la había castigado toda la noche. Así son dentro de mí. Y siempre están solas. Y siempre hay ese silencio del que

dejó de sentirse tan desamparada. De modo que, desde muy joven, y después de haber probado la medicina de los demás, decidió que ella también podría escribir. La vez que su madre quemó todos sus libros, que habían escrito «bohemios obsesionados con el sexo», Jeanette comprobó que incluso cuando ardían aquellos objetos eran capaces de alumbrar su vida, darle calor, un hogar. Memorizó fragmentos, intentó recordar escenas… hasta que “Yo escribí mi salida”. Se trata de eso, de salir. Pero no de salir y despojarse de todo a través de la literatura, sino todo lo contrario, salir para encontrarse consigo misma. En mayor o menor medida, la literatura de mis valientes ha estado más que vinculada a sus vidas. Como una depuración, un reciclaje, han tomado todo lo suyo y lo han depositado en su escritura. Siempre se ha dicho que las mujeres escriben sólo de sus experiencias, como menosprecio. Las mujeres de las que hablo hablan de sus experiencias, y consiguen darle un giro tan brillante, y logran crear un mundo tan universal, que aunque en un principio parecía que sólo querían salvarse ellas mismas, acaban escribiendo

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habla Marguerite, la niña Marguerite. “Alrededor de la persona que escribe libros siempre debe haber una separación de los demás. Es una soledad. Es la soledad del autor, la del escribir. Para empezar, uno se pregunta qué es ese silencio que lo rodea”. En ese silencio está la razón por la que ellas son escritoras: porque su vida las quiere escritoras. Jeanette dice “no digo «decidí» ser ni «me convertí en». No fue un acto voluntario ni siquiera una elección consciente”. Simplemente lo son, nacieron así. Y aunque constantemente ambas se refieren a sus escrituras como ese lugar en el que reposan, ese lugar en que se refugian, se aíslan y… se salvan, lo que la mayoría de nosotros entenderíamos por salvación no es lo que a ellas les procura la literatura. Sus libros no las protegen de nada, sino que las dejan al descubierto. Son vulnerables. Son débiles. Están expuestas. Ésa es su recompensa, haber encontrado. “Escribir es tan peligroso. Quien lo ha intentado lo sabe”. Estas palabras de Clarice Lispector acompañan en el viaje a mis dos mujeres escritoras, mis dos valientes. Es peligroso, lo saben, se enfrentan a ello, se mezclan con todos sus miedos, con el alcohol y con la adopción, se mezclan con Buenos Aires y con los zapatos, se los ponen, se los quitan, se autodestruyen. “El problema con un libro es que nunca sabes qué contiene hasta que es demasiado tarde”. Ésa era la excusa que utilizaba la señora Winterson, madre adoptiva de Jeanette, para no dejarle leer ningún libro que ella no hubiera supervisado. Lo que no sabía es que estaba

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hablando de lo que podía significar para mis chicas el viaje de sus escrituras: no saben lo que hay dentro de sus libros, cuando todavía no lo son, hasta que es demasiado tarde, hasta que ya no pueden abandonarlo y necesitan continuar. No saben qué contiene, qué van a encontrarse, y siguen en la búsqueda. Lo que decía sin querer la señora W. es lo que Duras escribe en su relato: “No tener ningún argumento para el libro, nunca idea de libro es encontrarse, volver a encontrarse, delante de un libro. Una inmensidad vacía. Un libro posible. Delante de nada”. Ese abismo de la nada, que para muchos sería la perdición, eso peligroso de lo que habla Clarice Lispector, es precisamente lo que sujeta a la vida y a la literatura a Jeanette y Marguerite, que no tienen nada que ver una con la otra excepto que son respiradoras de luz. La editora Silvia Querini dijo, en la presentación del libro recién traducido al español de Elsa Morante, que ella, para su catálogo, buscaba autores que, de encontrarse en el vagón de un tren, en un viaje largo, pudieran hablar. Eso, nada más. Construir un lenguaje común, sentir que son correspondidos. Lo que Carmen Martín Gaite llamaba “la búsqueda del interlocutor” y que a muchos nos trae de cabeza. Así, con ese catálogo en que muchos pueden hablar entre ellos porque tienen el mismo tejido emocional, y sufren el mismo desencuentro, y lo solucionan del mismo modo, así, quiero pensar que estas dos grandes mujeres y escritoras, me han usado a mí -toda una gentileza- para comunicarse, para buscarse y… entender, al fin.


Amalia López

(editora Sinerrata)

n Fusa Díaz

Amalia López es editora de Sinerrata, una editorial pequeña y digital que, incluso antes de sacar su primer libro, ya estaba moviéndose entre los círculos literarios del mundo que pretenden ocupar: el digital. Si le queremos dedicar este espacio desde G&R es porque el mundo del e-book está tratado siempre con mucha frialdad, y queda alejado del lado romántico que tiene la literatura; precisamente Amalia López, desde las diferentes cuentas de la editorial en redes sociales, ofrece todo lo contrario: calidez y calidad. Veamos qué nos cuenta.

1. Parece que todos estamos muy preocupados con la desaparición del papel, y por fin tenemos oportunidad de ponernos del otro lado. ¿Qué opina del futuro editorial? Para empezar creo que el futuro editorial es más que prometedor: es ilusionante y está lleno de posibilidades. Personalmente no creo que el papel vaya a desaparecer por completo, el libro impreso es un producto que lleva con nosotros mucho tiempo y cumple perfectamente con sus funciones y objetivos, no tiene ningún sentido que lo eliminemos. Pero sí tengo claro que el libro digital tiene tantas ventajas para lectores, escritores y editores que irremediablemente le robará buena parte del espacio. Ahora mismo estamos ante un horizonte editorial en permanente cambio y que nos obliga a adaptarnos rápidamente y estar aprendiendo y cambiando nuestra forma de trabajar casi sobre la marcha. Por supuesto, es mucho más fácil decirlo que hacerlo y perfectamente comprensible que elementos del sector se sientan amenazados al verse forzados a replantearse una estructura que lleva mucho tiempo funcionando en torno al papel y que puede parecer que ahora han perdido su lugar, pero la clave, en mi opinión, está en reconocer cuál es nuestra función dentro de la red y encontrar nuestro nuevo sitio en el futuro-presente digital. 2. ¿En qué momento deciden sacar adelante una editorial digital? Este es un proyecto muy personal que

empezó a forjarse a partir de mi experiencia com lectora para otras editoriales. Hacía tiempo que soñaba con la idea de poder dar una oportunidad a esos escritores con buenas historias que contar que no encontraban la forma de entrar en una maquinaria editorial que, en general, tienen más en cuenta el rendimiento económico garantizado y apuestan por nombres conocidos y géneros de moda. El tema digital vino después, cuando recién se estaba empezando a hablar del tema en Estados Unidos y me di cuenta que al permitirme reducir la inversión inicial y facilitarme la gestión remota y con mínimo personal, podría darme la posibilidad de arriesgar más con autores noveles. 3. Vía Twitter se pueden seguir tras etiquetas noticias e información del e-book en España, y nos consta que son fieles. ¿Qué se encuentra en esos congresos virtuales? Estos encuentros virtuales son valiosísimos para nosotros porque ofrecen la oportunidad de conectar con profesionales, lectores, autores y público en general con los que de otra forma seguramente no podríamos coincidir, y compartir conocimiento, ideas, experiencias... Es una fuente de aprendizaje ilimitada que nos permite no solo estar al día que lo que pasa en el sector sino conocer como se ve desde fuera. 4. ¿Qué pierde el mundo literario con el e-book y qué gana?


Sinceramente, lo que único que creo que puede perder el mundo literario con el libro electrónico es el aspecto más fetichista, el que relaciona la experiencia con la parte física y la posesión del objeto en sí, el libro de papel. Es obvio que eso no lo proporciona un ebook, pero a cambio es tanto lo que aporta: comodidad para el lector, facilidad de conexión entre este y el autor (y el editor), rapidez en la distribución de los contenidos, accesibilidad, eliminación de la territorialidad... 5. En el encuentro de blogs literarios, en el que coincidimos Sinerrata y G&R, una persona del público bromeó y todos quedamos sorprendidos con su respuesta. ¿Un libro digital puede firmarse? ¡Claro que se puede! De hecho hay varias soluciones ya disponibles y más que se irán desarrollando. Desde la foto que se hace el autor con el lector en el lugar de la presentación y luego se le envía firmada, hasta una aplicación integrada en Kindle a través de la se puede solicitar la firma (http://www.kindlegraph.com/authors/ Sinerrata). 6. En la misma dinámica, hemos leído que incluso se puede añadir el olor del papel a un e-book. ¿Caeremos en la ridiculez o se busca a fiabilidad a la hora de imitar el libro tradicional? Espero que no. Yo el tema de la fragancia para ebooks me lo tomo como una broma para ponerse a la altura de quienes dicen preferir el libro de papel por el olor, que es casi igual de ridículo. Lo que se busca, o al menos es lo que hacemos nosotros, es que la experiencia de lectura sea, al menos, tan buena en formato digital como lo es con un libro de papel. Que la edición esté igual de cuidada, que el diseño sea idóneo, la legibilidad óptima, la lectura agradable y cómoda. Y, a partir de aquí, explotar al máximo las ventajas del libro electrónico, como la hipertextualidad. 7.Tienen dos libros en marcha, háblenos de ellos. ¿Los autores preferían la edición digital? ¿Qué acogida de la crítica tienen? Nuestra primera novedad fue Manuscrito en el tiempo, que se pusó a la venta a finales de marzo, y es la primera novela de una joven escritora valenciana, Lucía Solaz, que ha sabido tejer tres historias de mujeres

separadas por el tiempo, sus circunstancias sociales e incluso su carácter real o imaginado, pero que comparten una lucha por la búsqueda de su propia identidad y su lugar en el mundo. Es una novela con varios niveles de lectura con la que viajar también por Londres, el mundo celta, la literatura gótica. Está funcionando bastante bien, con muy buenas reacciones por parte de los lectores que conectan muy bien con las distintas historias. El segundo libro es El rompecabezas del cabo Holmes y aunque su autor, Carlos Laredo, es bastante más experimentado, esta es su primera incursión en la novela negra. Su protagonista es un ingénuo pero a la vez meticuloso guardia civil gallego envuelto en una investigación que lo lleva hasta un mundo algo añejo de lujo, poder y asuntos turbios. Es muy entretenida y está cargada de sorpresas, ambientada alrededor de la publicidad, la moda y la prostitución. También está gustando mucho, aunque su lanzamiento es más reciente y aún no nos han llegado tantos comentarios de lectores como en el caso de Manuscrito en el tiempo. Creo que ninguno de los dos autores hubiera elegido por ellos mismos publicar exclusivamente en formato digital pero han querido confiar en nosotros, y desde aquí quiero agradecérselo profundamente, para adentrarse en esta nueva forma de editar y leer. 8. El precio siempre es un tema a debatir. Parece que un e-book es mucho más económico en términos de producción que el papel, por el gasto que supone la imprenta, y por ese motivo no pueden valer lo mismo. ¿Qué opinión tienen al respecto desde la editorial? Ciertamente este es un tema delicado porque la percepción del valor y del precio de un producto es muy subjetiva y no depende únicame del coste de producción. En el caso del libro electrónico, si bien es cierto que los costes se reducen al no ser necesaria la impresión, esto no afecta al coste total de forma considerable. En mi opinión, afecta mucho más al precio de los ebooks el hecho de que no es un objeto tangible, que su uso está más limitado al estar ligado a un dispositivo de lectura o, en algunos casos, a que los derechos de los lectores están constreñidos por los sistemas de protección (DRM). Pero los libros, sean impresos o digitales, siguen teniendo un valor intrínseco y son el fruto


de las muchas horas de trabajo de los autores y de un proceso también laborioso de edición posterior que no se puede ni se debe desdeñar. Es por eso que nosotros hemos optado por no aplicar sistemas de protección a nuestros libros, por un lado, y ponemos un precio que creemos es razonablemente bajo para los lectores pero a la vez respeta la labor del autor y el trabajo editorial. 9. ¿Cree que el e-book va a ser un verdadero competidor del libro literario en papel o que quedará para libros de texto, académicos, enciclopedias, diccionarios, revistas y aspectos más prácticos del sector editorial? Hay géneros que se adaptan mejor que otros, al menos en el estadio actual de la edición digital, pero la ficción es ideal para el formato y lo demuestran los datos de ventas.

10. ¿Cómo se puede construir una biblioteca con libros digitales? En teoría, de la misma forma que la de libros de papel, pero reconozco que este es un punto aún sin pulir y la práctica puede ser más complicada. Para empezar, podemos encontrarnos con que el libro que estamos buscando no esté disponible en formato digital. Pero luego debemos elegir cuidadosamente el dispositivo de lectura y los puntos de ventas que vamos a utilizar. Personalmente huyo de los sistemas cerrados, que te atan a un determinado aparato y librería online porque creo que limitan nuestras opciones como consumidores. Así, mi recomendación es hacerse con un lector de tinta electrónica, que garantiza una experiencia de lectura extraordinaria, preferiblemente para formato ePub, que tiene todos los visos de convertirse en el estándar, comprar sin DRM y gestionar los libros con programas libres tipo Calibre.

CUESTIONARIO -Una escritora: Zadie Smith. -Un escritor: Andrea Camilleri. -Un libro que salvar de un incendio: Cien años de soledad de Gabriel García Márquez -Un libro para regalar siempre: Creo que el libro que más he regalado últimamente es La librería de Penélope Fitzgerald. -Una ciudad literaria: Londres. -Un estilo: auténtico. -El libro que más le ha hecho reír: Mi familia y otros animales, de Gerald Durrel. -El libro que más le ha hecho llorar: No sé si es el que más me ha hecho llorar pero últimamente he llorado con Antes de morirme de Jenny Downham. -La mejor literatura está en... ¿qué país?: no creo que la buena literatura esté relacionada con la nacionalidad.


Pecados capitales: Soberbia

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Ignacio Ballestero UNA MENTE ACELERADA

Iraide Talavera LA ENCANTADORA DE FLORENCIA

Pedro Larrañaga ¿TODOS LOS ESCRITORES SON SOBERBIOS?

Robert Fornes CARTAS AL DIRECTOR

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Juan Carlos Aguirre LA SOBERBIA FICTICIA

José Braulio LA SOBERBIA INANIMADA

Salvador J. Tamayo LOS PERROS DE MONTAIGNE

Marta Gómez Garrido LA DESHEREDADA

Elena Triana LIMPIANDO LA SUPERFICIE

Anabel Rodríguez CÓMO SER UNA AUTÉNTICA DIOSA

Jordi Corominas i Julián LA SOBERBIA Y LAS BURBUJAS

José Braulio DE DIOSES Y HÉROES

Ainize Salaberri THE WINNER TAKES IT ALL

Alejandro Larrañaga LA DEFINICIÓN DE LA SOBERBIA Y LOS SOBERBIOS


Pecados capitales: Soberbia

Una mente acelerada, un cuerpo que late n Ignacio Ballestero “La soberbia no es un pecado, es una forma de vida. Sé que no lo entendéis porque estáis ahí sentados en el sofá, con la cerveza recién abierta calentándose encima de la mesa, con la televisión encendida en un canal para atontaros mientras una mano sostiene en mando en alto sopesando la posibilidad de cambiar, y con la otra mano metida por dentro de la cintura del pantalón, acariciando con los dedos una parte de vuestro sucio vello púbico. Con vuestra vida, es complicado abrazar la soberbia, pero no la necesitáis para salir adelante. Yo, sí. Porque los sofás en los que me siento son de diseño, y apoyo el cóctel de turno, servido por una camarera casi sin ropa, en una hermosísima mesa de cristal, probablemente el cristal más limpio en el que os vayáis a mirar nunca. Y el vello que rozan mis dedos no tiene nada que ver con mi pubis, aunque si se mezcla lo suficiente con el mío, o con mi barba incipiente, probablemente pueda pasar unos días junto a mí, hasta que encuentre otro ángel de pezones rosados que cambie mi percepción del mundo. ¿Lo veis? La soberbia, para mí, es una necesidad. Me llamo Octave Parango, y soy el mejor. Me lo digo muchas veces a lo largo del día, y en la mayoría de ellas acierto. Ya lo era cuando trabajaba en Francia y lo soy ahora, en esta Rusia desconocida para todos pero que poco a poco me va conociendo a mí. Ideal me abrió la puerta a un mundo que adoro, en el que me desenvuelvo como pez en el agua, y en el que soy el mejor. ¿Lo he dicho ya? Descubrir ángeles es un placer más que un trabajo, un placer que además puedo aderezar con alcohol y drogas, porque es de noche cuando las jóvenes dejan caer sus abrigos y envuelven su tersa piel en apenas unos palmos de tela. No podría vivir ya sin esas piernas delgadas e interminables que enganchan con una cadera limpia y acogedora, en la que apenas dos o tres tipos han puesto su mejilla antes de que la pusiera yo, y en la que quien quiera ponerla a partir de ahora tendrá que pagar un precio demasiado alto para los mortales. No es fácil ser yo, no crean. Tengo que buscar un ángel, un hermoso rostro para cremas cosméticas cancerígenas. Y no estoy libre de pecados, a pesar de que disfrute la soberbia por encima de todas vuestras virtudes. De vez en cuando, también me enamoro. Y ese amor es tan efímero que se queda clavado para siempre en mi mente mucho antes de que haya dejado poso en mi corazón, podrido como está ese corazón por las drogas. De hecho, a veces me pregunto si todavía está. No estoy seguro de que tengo un corazón, pero sí de que tengo un 21

cuerpo que late porque lo oigo latir todas las noches cuando me voy a acostar. Aunque esas noches para mí comiencen cuando acabe el sol y consigo sacar de la cama a la joven de turno que, aspirante a reina, ha creído por un momento que silenciar con jadeos mi sonrisa de impostor y eyacular sobre mi tarjeta de cazatalentos de Ideal le iba a abrir las puertas del mejor mundo que jamás ha soñado. Hace falta más que una noche piel con piel para que me decante. Además, los ángeles que busco deben ser puros, y un ángel así no se ensucia con un tipo como yo. Me enamoré, y ese amor me consume por dentro. Había amado, amaría de nuevo, pero esperaba poder prescindir del amor. Como además había dejado todas las drogas duras, no veo por qué el amor debía constituir una excepción. Pero no puedo. De vez en cuando veo reflejado su rostro de lolita en el rostro de una lolita como ella, porque aunque crean que las chicas del Este son todas iguales, tienen muchas diferencias. Por ejemplo, se diferencian en la forma en la que te enamoran. A mí, ésta, lo hizo para siempre hasta el punto de que ese amor que aún no he conseguido matar constituye para mí una obsesión. Le he pegado fuego a la iglesia por mis obsesiones mientras le decía al párroco, asustado como estaba, que no íbamos a salir de ésta, que rezara todo lo que supiera a su dios, aunque su dios no tuviera tantos recursos como yo. Nadie olvida porque se lo ordenen. Las apariencias no sólo se guardan, sino que además son las que mandan. No soy el primero que anda detrás de una lolita, pero quizá sí soy el único que mientras la espera, se folla a otras que llegan por el camino. Octave Parango es así. Las drogas han ido moldeando un carácter que muchos quisieran para sí. El salido que dibujó Nabocok era como yo, pero él sólo vivía para una y además tenía mejor verbo. Yo pienso como hablo, o mejor dicho, hablo como pienso. Eso es quizá lo peor que hay en la vida: no saber enamorarse. Yo no supe, y eso me come a pesar de que vivo la vida que vosotros soñaríais, he probado más drogas de las que vais a alcanzar nunca y tengo a mi alrededor mujeres que sólo veréis en los catálogos. Abrigos enormes de piel envuelven pieles tersas que apenas envuelven unos muslos delgados como jarrones de porcelana. Yo tengo acceso a esos muslos, a esas bocas, a esos ojos, a esas manos, a esas caras. Nos hemos desviado del tema. Hablábamos del amor y de la soberbia. Bueno, de la soberbia no, del amor. De ese punto


de locura capaz de volver a un tipo como yo, que lo tiene todo, en alguien errante. Es quizá el único sentimiento que empareja a gente como y con gente como tú, que lees esto mientras te debates entre pasar la página con la mano que tienes en el mando a distancia o con la que tienes en la cinturilla del pantalón, con el vello púbico entre los dedos. Recuerda que ese amor es importante. Sobre todo, cuando lo pierdes. Hoy, en el mejor de nuestros mundos, la selección la hace el tiempo: las viejas y las feas son excluidas. La belleza es un juego donde el fuera de juego es frecuente. Y hay mucha gente que se queda en fuera de juego. Yo no. Quiero abandonar el mundo sin que nadie me abandone, pero es complicadísimo ser libre: la libertad es un fardo al que te acostumbras, como a la muerte. Y bien pensado, la mía no está tan lejos. Por una parte he muerto un poco a pesar de vivir entre el lujo y el pecado, en un mundo que tú tan sólo te imaginas. Por otro lado, confío en que en algún momento una de las lolitas de turno, aspirantes a ángeles que se quedan por el camino, aunque lo cierto es que las cunetas siempre son las camas de gente como yo, me saquen de ese ensimismamiento que me dejó ella cuando se fue, cuando dejó de venir, cuando, a pesar de ser como soy, me cambió por otro como yo. Igual de bueno que yo. Que por momentos, a lo largo del día, también era el mejor. Alguien muy alejado de gente como tú. No lo pienses, será peor. Lo único que tienes que tener en cuenta es que la dictadura de la belleza engendra frustración y la frustración engendra el odio. Si yo no te odio a ti por tu insignificancia, no deberías odiarme por vivir la vida que tú quieres, y por empezar a cansarme de este cielo de bellezas en la que lo artificial es la norma, y lo natural es un alma escondida en el retrete donde una aspirante a modelo vomita. Yo no soy feliz, y vivo en el paraíso. A ti, que ni lo conoces…” Una parte de este pensamiento es inventado. Otra parte, viene del puño y letra de Beigbeder en su alter ego esencial, Octave Parango. Un escritor soberbio, un personaje soberbio. Un mundo artificial. Un puñado de vicios escondidos en un cuerpo que late.

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Pecados capitales: Soberbia

La soberbia de un mundo que fue En un tiempo ya remoto, cuando la magia aún no estaba cubierta por el velo de la realidad, había magníficos imperios, poderosos hombres, misteriosas mujeres, animales extraordinarios y viajeros que recorrían el mundo para colmarlo de historias.

n Iraide Talavera “La encantadora de Florencia”, publicada en 2008 por Random House en su versión original y traducida al castellano en 2009 por la editorial Random House Mondadori, es una de las últimas obras del famoso y, por desgracia, hasta hace pocos años perseguido, autor indio Salman Rushdie. En esta novela, la que más tiempo de investigación ha llevado al autor, según él mismo confiesa, Rushdie regresa con la deliciosa mezcla de historia y fábula que ya probó en “Hijos de la medianoche”. Esta vez, viaja al siglo XVI para recrear un pasado de luchas y majestuosos imperios que finalmente dieron lugar a la India. El universo Rushdie Ahmed Salman Rushdie nació en Bombay (India) en 1947. Hijo de un hombre de negocios educado en la universidad de Cambridge, Rushdie pasó su infancia junto a sus padres y sus tres hermanas. Siempre rodeado de libros, desde niño se le avivó el deseo de ser escritor. Con catorce años, fue enviado a Rugby, una escuela privada de Inglaterra, donde sus compañeros lo martirizaron por ser indio y por sus escasas dotes deportivas. Después, fue a la Universidad de Cambridge, donde estudió la carrera de Historia. Tras una breve trayectoria como actor, trabajó por cuenta propia en Inglaterra como redactor de anuncios durante la década de 1970. En 1975, publicó su primer libro, “Grimus”, clasificado como ciencia-ficción por muchos críticos. A pesar de recibir buenas críticas, no se vendió muy bien. Cinco años más tarde, terminó de escribir “Hijos de la medianoche” y abandonó su trabajo como redactor sin aún saber si su libro iba a ser publicado. Por suerte, la novela obtuvo críticas muy positivas tanto en los Estados Unidos como en Inglaterra. En 1983 publicó “Vergüenza”, y al cabo de un lustro llegó “Los versos satánicos”, la historia de dos hombres indios

que caen del cielo después de que el avión que los conduce a Inglaterra sea explosionado por terroristas en mitad del vuelo. Esta novela, cuyo título hace referencia a unos versos del Corán, fue considerada un insulto a la religión islámica por el líder iraní Ayatolá Ruhollah Jomeini, que emitió una fatwa, o edicto religioso, pidiendo la muerte de Rushdie. Esto obligó al escritor a esconderse y a recibir protección de los guardas de seguridad británicos. La amenaza de Jomeini también se extendió a las empresas editoriales del libro, a cualquier vendedor de libros que solicitara “Los versos satánicos” y a aquellos musulmanes que apoyaran públicamente su venta. De hecho, dos funcionarios del gobierno islámico en Londres fueron asesinados por poner en duda en un programa de entrevistas la corrección de la sentencia emitida por Jomeini. En 1990, Rushdie adoptó públicamente la religión islámica y se disculpó ante aquellos ofendidos por “Los versos satánicos”. Así todo, incluso tras la muerte de Jomeini, su sucesor y presidente de Irán Hashemi Rafsanjani se negó a levantar la pena de muerte. No fue hasta 1998 cuando el ministro iraní de asuntos exteriores anunció que Irán no tenía intención de dañar al escritor ni de animar a nadie a hacerlo. Esto terminó con sus años de aislamiento, durante los cuales publicó obras como “Harún y el mar de las historias” (1990) o “El último suspiro del moro” (1995). Tras estas novelas, Rushdie escribió “El suelo bajo sus pies” (1999), “Furia” (2001), “Shalimar el payaso” (2005), “La encantadora de Florencia” (2008) y “Luka y el fuego de la vida” (2010), novela infantil dedicada a su segundo hijo. Además de estas obras, el autor cuenta con numerosos ensayos en su haber. Los puntos cardinales de la imaginación “La encantadora de Florencia” nos conduce por arte de ensalmo a la última parte del siglo XVI. Un viajero europeo llega en carreta a la corte de Akbar el Grande, emperador 23


del Imperio mogol, sita en la hermosa ciudad de Fatehpur Sikri. Su viaje entraña un gran riesgo, ya que ha de transmitirle un secreto al emperador, y éste puede proporcionarle una incalculable fortuna o costarle la vida. A pesar del peligro, el forastero no abandona su porte insigne: “Un necio airoso, pensó el carretero, o acaso no fuera necio en absoluto. [. . .] Si algún defecto tenía, era el de la ostentación, el de pretender no ser sólo él mismo, sino también una interpretación de sí mismo y, pensó el carretero, por estos pagos todo el mundo es un poco así” (16).

guerreros hasta caer en manos del florentino Argalia. Este joven caballero, convertido en un famoso militar, llevó a la princesa mogol a Florencia precisamente durante la edad de oro del Renacimiento, en la época de Lorenzo de Medici. Cuando Qara Köz, a la que en Europa llamaban Angelica, llegó a Florencia acompañando a Argalia junto con su siempre fiel servidora Espejo, toda la ciudad quedó hipnotizada por su hechizo. La sugestiva belleza de la recién llegada haría que sus habitantes hallen la paz, y serviría para tender un puente entre el Este y el Oeste.

Con la inesperada visita del soberbio extranjero, Rushdie nos presenta un lugar de ensueño que ya no habita más que en nuestra imaginación. Un secreto que sólo los oídos de un emperador pueden escuchar, un hombre omnipotente enamorado de una dama inexistente, fieras batallas entre guerreros que luchan cuerpo a cuerpo, hechizos que pueden conquistar a una ciudad entera y mujeres versadas en las más sutiles y placenteras artes del sexo, sólo caben en este mundo de fábula donde la razón aún no ha llamado a la puerta y las emociones y la intuición gobiernan las acciones de sus habitantes.

Akbar, cautivado por la historia que le narra un Mogor dell’Amore que recuerda mucho a Scheherezade, terminará incorporando a Qara Köz a su propio mundo a pesar del tiempo y el espacio que los separan. De esta modo, la antigua princesa de ojos negros morará a sus anchas en el palacio del emperador y se convertirá en su compañía más fiel a pesar de las envidias de las mujeres de carne y hueso que habitan en la corte. La soberbia de la palabra Así pues, Salman Rushdie nos propone con “La encantadora de Florencia” un juego borgiano en el que verdad y ficción se entremezclan, confunden a los protagonistas del propio relato –tienen dudas sobre la veracidad de lo que narra el recién forastero– y también a los propios lectores, que, presos de su conjuro, no queremos dejar de creer en ese universo de fabulación en el que de cada historia renace otra nueva.

Curiosamente, la ciudad de Fatehpur Sikri existió realmente, y Jalaluddin Muhammad Akbar, más conocido como Akbar el Grande, también. De hecho, el emperador ordenó que su corte se trasladara a Sikri, pero no fue posible por falta de agua. Lo que caracterizó a este soberano mogol fue el intento de potenciar la tolerancia entre religiones. Esta cualidad queda subrayada en el personaje del soberano dentro de la novela, en la que Rushdie vierte una crítica contra el fanatismo que propició el pronunciamiento de una fatwa contra su persona.

En el fondo, lo que más nos gusta de ese mundo recargado, opulento y majestuoso es que la soberbia de las palabras del viajero anula cualquier imperio, ya que el lenguaje posee la capacidad de construir mundos más allá de los que existen en la realidad. Esta idea tan romántica puede aplicarse al mundo actual; como indica el crítico Germán Gullón en este artículo de El Cultural sobre “La encantadora de Florencia” , “la magia, los sentimientos y la inteligencia se mezclan en estos capítulos para mostrar que por encima de la religión, de la ética, de la moral, del poder político, el hombre y su imaginación son capaces de forjar un mundo distinto al que habitamos”. Salman Rushdie ha demostrado ser uno de esos grandes forjadores.

Pero “La encantadora de Florencia” contiene mucho más que crítica política y religiosa. Sobre todo, hay lenguaje de cuento. Como si estuviera tejiendo una alfombra de retorcidas filigranas o un collar de cuentas coloridas y tintineantes, Salman Rushdie se mete en la piel del forastero, que se autodenomina Mogor dell’Amore, para hablarnos de la secreta historia de su supuesta madre, Qara Köz, una tía abuela del emperador Akbar. Esta mujer, dueña de una belleza extraordinaria y conocedora de las artes del encantamiento, fue botín de guerra de distintos 24


Pecados capitales: Soberbia

La soberbia en la ficción y en la realidad Los métodos de dominio sobre el otro son diversos. Uno de ellos es no reconocer los propios defectos y que los errores sólo vienen de fuera. n Juan Carlos Aguirre Según el reconocido psiquiatra Enrique Rojas la soberbia es “fuente y origen de muchos males de la conducta y es ante todo una actitud que consiste en adorarse a sí mismo: sus notas más características son prepotencia, presunción, jactancia, vanagloria, situarse por encima de todos los que le rodean”. Y no le falta razón a la hora de extrapolar este concepto al Juez Holden, uno de los personajes principales de la novela “Meridiano de sangre”, de Cormac McCarthy. Pero la soberbia de Holden estaba matizada de una variabilidad de carácter propia de los manipuladores, y cambiaba según le convenía. Su soberbia era la de un intelectual; había viajado por todo el mundo, sabía de muchísimos asuntos históricos y científicos, y hablaba varios idiomas. Todo eso le llevó a ser el líder de un ejército de asesinos que luchaban contra otros asesinos de diferente raza y cultura. Su soberbia, como toda soberbia, además de ser la característica de muchos intelectuales, era el instrumento de dominio y control sobre sus subordinados. La zona fronteriza entre Estados Unidos y México en la primera mitad del siglo XIX fue un campo de batalla salvaje y sangriento. Los enfrentamientos entre los indios y los colonos eran brutales. Y en ese miserable escenario, sólo un ser de una catadura moral acorde con aquel tiempo y lugar, podría dirigir unas hordas enloquecidas por el ansia de dinero. Se les pagaba muy bien por cada cabellera de indio cortada. Habían sido contratados para eso por las autoridades mexicanas y las del Estado de Texas. Y en medio de toda esa sangre estaban los inocentes o los que no tenían nada que ver con aquel festín diabólico: los niños que Holden violaba y asesinaba. Su soberbia era su propia ley, su propia Constitución, su propio mandamiento divino. Éstos, desde luego, no

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desentonaban con aquel paisaje desértico y cruel sino, todo lo contrario, se complementaban. La soberbia de Holden era endógena y formaba parte de su discurso. En sus palabras y acciones no había lealtad ni traición. Lo único que le importaba era conseguir los objetivos trazados. El fin justifica los medios. El bien y el mal para él no existía; sólo su retorcido criterio en base a creerse un ser superior a los demás, por encima de cualquier instancia ética o legal. En una ocasión Holden llegó a decir que “la ley moral es un invento del género humano para privar de sus derechos al poderoso en favor del débil”. Así pensaba el Juez y nadie podía salirse de esa línea de pensamiento si quería seguir vivo. A pesar de que era un ser violento, su soberbia era sutil, inteligente y efectiva para lograr la sumisión de sus huestes. Supo ganarse desde un primer momento el respeto y el miedo de sus hombres, en base a sus habilidades en la guerra, pero, sobre todo, por su persuasiva locuacidad. Su discurso era demasiado convincente. Conocía las debilidades de los demás y lo aprovechaba en beneficio propio. En su caso, como jefe, sabía que ninguno de sus hombres estaba a su altura intelectual, y nadie sería capaz de rebatir sus argumentos. Estuviera equivocado o no. El orden establecido eran los preceptos del Juez Holden. A fin de cuentas sus hombres eran tan codiciosos y despiadados como él. Aceptar lo que él decía era parte del guion. El número de cabelleras era el fin supremo. Cuando todo terminara cada uno recibiría su parte del botín, fin de la historia y a continuar otra vez. Pero si bien había unos pocos que discrepaban de los métodos de Holden, no eran lo suficientemente enfáticos como para contradecir al Juez. Esos pocos, aunque quisieran, nunca podrían oponerse al todopoderoso y omnipresente Holden. Había una amarga resignación e impotencia en aquellos.


Quizá la abrumadora soberbia del Juez o la debilidad de espíritu, o ambas, les impidieron plantarle cara y rebelarse. Simplemente callaban o soltaban un tímido murmullo que no llegaba ni a protesta. La mayoría miraba para otro lado o creían fervientemente en el Juez, que impartía justicia según su nauseabunda lógica. En un momento de la novela ocurrió una leve rencilla, que no llegó a mayores, entre Holden y el ex cura Tobin, uno de los que más discrepaban con él: “Vuestro máximo deseo es que os cuente algún misterio. El misterio es que no hay ningún misterio [...] Se puso de pie y se alejó hacia lo oscuro. Sí, dijo el ex cura, observándole con la pipa fría entre los dientes. Ningún misterio. Como si él mismo no fuera uno, maldito engañabobos”. La soberbia es tan dañina que termina poseyendo a quienes la poseen. Los soberbios pierden toda objetividad sobre ellos mismos. No ven más allá de lo que les dicta su soberbia. Se convierten en caricaturas repulsivas o sólo toleradas por su séquito de aduladores o de soberbios como ellos. Las personas soberbias lo quieren controlar todo, y eso mismo les hace perder su propio control. Arriesgan más que cualquiera, porque están convencidos de que son seres superiores y como tal lo pueden todo. No hay límites ni barreras que les impidan hacer lo que les dé la gana. Como siempre tienen la razón, según ellos, y los demás están equivocados, no aceptan discrepancias. Tampoco tienen escrúpulos, ya que su moral está definida por el poder absoluto que ellos mismos han creado, y que tratan de imponer a toda costa. A veces con más o con menos esfuerzo o impunidad. La cuestión es que tienen deformada la realidad de las cosas, pero eso no les impide, a muchos de ellos, conseguir el éxito económico, político o social. Pisoteando a quienes se interpongan en su camino, se aben paso sin importarles nada ni nadie. Y si han de morir, morirán sin ningún sentimiento de culpa ni ápice de arrepentimiento verdadero. A Hitler, sin ir más lejos, su soberbia le obnubiló, no le hizo ver la realidad, porque estaba completamente convencido de que conquistaría toda Europa y subestimó a los países aliados. En lo moral, con el holocausto, su limpieza étnica y sus demás genocidios, su soberbia le desquició hasta límites insospechados. Y lo peor es que contaminó a todo el pueblo alemán de su soberbia, de creerse los elegidos por la divinidad para dominar el mundo. De esto se puede llegar a la conclusión de que la soberbia contamina a quienes se dejan contaminar. Los dictadores y algunos presidentes o gobernadores, son de los que grafican mejor la soberbia a grandes escalas. Hace no mucho, en

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los años noventa, lo vimos también en La Guerra de Los Balcanes; en Serbia, Kosovo, Croacia y los demás países de la ex Yugoslavia. Es increíble ver a estos personajes soberbios autodestruirse o en la cárcel purgando condenas como el ex Presidente del Perú, Alberto Fujimori, quién durante diez años gobernó como un dictador: sometió a los medios de comunicación y a políticos de la oposición en base a sobornos. Actúo con total impunidad corrompiendo todas las instituciones para poder dominarlas. Su soberbia le cegó y creyó que la justicia era un juego para tontos, y que a él nunca le atraparían. Se escudó en su doble nacionalidad japonesa, pero ese país permitió su extradición por la presión internacional. Fue sentenciado a varios años de cárcel (está en la cárcel a día de hoy) por graves delitos de corrupción y por crímenes contra la humanidad, al ordenar a un grupo paramilitar el asesinato de civiles al confundirles con terroristas. Actualmente, en nuestras sociedades podemos detectar fácilmente a los soberbios, porque se hacen notar enseguida. Sólo basta escucharles. Están en todos los ámbitos: en el político, deportivo, empresarial, bancario, académico, religioso, delictivo, etcétera. También en los periódicos o en los telediarios, podemos verles a muchos de ellos en los tribunales, como acusados, o en la cárcel, como vimos anteriormente. Éstos últimos son quienes han ostentado mayor poder. Los niveles de soberbia en los individuos dependerán del poder que ostenten. La premisa de “a mayor poder, mayor soberbia; a menor poder, menor soberbia”, casi siempre se cumple. En los niveles más bajos de soberbia, podemos encontrar a pequeños soberbios en nuestros vecinos, compañeros de trabajo o a quienes están detrás de una ventanilla de la administración, por citar algunos casos. El origen de la soberbia del Juez Holden, como todas las soberbias, lo desconocemos. No hay un momento preciso en el que una persona se vuelva soberbia. Ni mucho menos que se nazca soberbio, ni que sea congénita. Pero una vez adquirido es muy difícil volver atrás. La soberbia es algo que tiene que ver con el entorno en el que se vive; asimismo, las influencias externas de familiares, amigos o conocidos, como también los valores o principios recibidos durante las edades tempranas. Aunque nada asegura que el virus de la soberbia contamine la integridad de una persona. Ésta no conoce de condiciones ni procedencias; se instala hasta en los más humildes. Por alguna rendija se infiltrará en forma de vanidad, primero, para adquirir con el tiempo, si no se corrige, el semblante de la soberbia.


Pecados capitales: Soberbia

La soberbia inanimada

n José Braulio Fernández Con la soberbia se desnaturaliza el ser humano. Hans Christian Andersen nos enseña que no es una afección individual, algo que sobreviva en el paciente sin extender sus tentáculos hacia el entorno, puede ser contagiosa, puede transmitirse incluso una vez muerto su portador, es una especie de espora que brinca desde el cadáver para incorporarse al imprevisto invitado y contaminarlo. Con una pelota y una peonza, más vivas de lo que acostumbran, Hans Christian Andersen (Odense, Dinamarca 1805 - Copenhague, Dinamarca, 1875) nos muestra en su cuento “La pareja de enamorados” toda la gravedad de la soberbia encarnada en dos objetos de gran sencillez, cotidianos. Es, quizá, la forma más didáctica de 27

exhibir los defectos y las virtudes de la soberbia, dotando de voluntad humana a dos objetos inanimados, simplificando todo lo posible, hasta desnaturalizarlo, toda la enredada naturaleza del pecado. A diferencia de otros pecados, como podría ser la gula, con matices, la soberbia requiere tanto de un afectado como de aquellos que a su alrededor coexisten para expresarse. Es por ello que es un pecado de fácil transmisión. Por ser personas quienes la sufren y por ser las personas tan inclinadas a la imitación y a la revancha, la soberbia, aunque de baja intensidad o circunstancial, siempre es susceptible de brotar en quienes se acercan a ella, la sufren o la niegan.


“Al día siguiente, el niño jugó con la pelota. El trompo la vio saltar por los aires, igual que un pájaro, tan alta que la perdía de vista. Cada vez volvía, pero al tocar el suelo pegaba un nuevo salto, fuera por afán de volver al nido de la golondrina, fuera porque tenía el cuerpo de corcho. A la novena vez desapareció y ya no volvió; por mucho que el niño estuvo buscándola, no pudo dar con ella.

“-Gracias a Dios que ha venido uno de los nuestros, con quien podré hablar! -dijo la pelota considerando al dorado trompo-. Tal y como me ve, soy de tafilete, me cosieron manos de doncella y tengo cuerpo de corcho español, pero nadie sabe apreciarme. Estuve a punto de casarme con una golondrina, pero caí en el canalón, y en él me he pasado seguramente cinco años. ¡Ay, cómo me ha hinchado la lluvia! Créeme, ¡es mucho tiempo para una señorita de buena familia!

-¡Yo sé dónde está! -suspiró el trompo¡Está en el nido de la golondrina y se ha casado con ella!

Pero el trompo no respondió, pensaba en su viejo amor, y, cuando más oía a la pelota, más se convencía de que era ella.

Cuanto más pensaba el trompo en ello, tanto más enamorado se sentía de la pelota. Su amor crecía precisamente por no haber logrado conquistarla. Lo peor era que ella hubiese aceptado a otro. Y el trompo no cesaba de pensar en la pelota mientras bailaba y zumbaba; en su imaginación la veía cada vez más hermosa. Así pasaron algunos años y aquello se convirtió en un viejo amor”.

Vino en éstas la criada para verter el cubo de la basura. -¡Anda, aquí está el trompo dorado! -dijo-”. Quien la padece, como la envidia, la hace suya, pasa a formar parte de su ser, como respirar. No la reconoce porque ya es él, no entiende su personalidad sin ella. Y mina, corroe, no tanto a sí mismo como a quien la padece en tercera persona. Cuando la vida devuelve el balón y es imposible rechazarlo, ¿quién se acuerda de nuestra naturaleza? En el mismo momento en el que la pelota fue a parar al cubo de la basura, recibió la vacuna para su soberbia; pero entonces fue la peonza quien la adoptó, antaño tan deplorada. Hoy denominaríamos a estas coincidencias producto del karma, tan en boga actualmente; o, de forma más prosaica, recibimos lo que hemos dado. Porque la soberbia no se muere, se transmite. No puede morir porque ella es parte del ser humano. Es un invento del ser humano. Y hemos sobrevivido a la soberbia, a la envidia, hemos sobrevivido a todos los pecados, ¿a qué precio?

Vemos a una pelota presumida y muy pagada de sí misma, con más vanidad que decoro, menospreciar las cualidades de un honesto y transparente trompo que desea ser su novio, ¿puede haber simpleza más hermosa que esconda mayor profundidad? Con estos dos protagonistas, una golondrina, diría que ajena y puede que temerosa, y grandes dosis de imaginación, Andersen escruta la naturaleza de la soberbia desde una óptica elemental, desde la pureza candorosa de dos objetos para alcanzar toda la complejidad que se enmascara en la soberbia humana. Cuando alguien cree poseer cualidades, tanto naturales como aprehendidas, las que le confieren una singularidad que sólo él cree poder gozar, con gran esfuerzo encontrará la escondida humildad que le otorgue la humanidad necesaria para reconocer a los demás como sus iguales, para tratarlos de tú a tú sin que se interponga entre ellos una barrera de fina arrogancia. Porque, si perdemos el ápice de modestia que nos humaniza, ¿en qué nos convertimos? Podríamos acabar en el cubo de la basura en el que acabó olvidada la pelota altanera, aunque botara hasta el cielo y tuviera apalabrado su matrimonio con una majestuosa golondrina. Podríamos acabar olvidados. La amenaza del olvido debería ser suficiente aldabonazo para replanteárnoslo. El olvido es nada.

El breve cuento de Andersen nos obliga a reflexionar, y toda lectura debe perseguir este ejercicio. Quizá no sea tan importante hacer ostentación de nuestras virtudes, de lo que creemos que son nuestras virtudes, en detrimento de las de los demás, de las que ellos creen que son sus virtudes y a las que no damos ninguna relevancia. Quizá lo verdaderamente importante, al fin y al cabo, es considerar a quienes nos rodean como a nosotros mismos, personas (u objetos, como los protagonistas de nuestro cuento), y aplicar nuestras virtudes a la consecución de fines comunes, suavizando antes las diferencias que creemos existen entre nosotros. De este modo podemos ser iguales; de otro modo somos iguales, pero unos más iguales que otros.

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Pecados capitales: Soberbia

Los perros de Montaigne n Salvador J. Tamayo Michel de Montaigne tiene una máxima conocidísima sobre la soberbia que reproduzco a continuación: “Tengo tres perros peligrosos: la ingratitud, la soberbia y la envidia. Cuando muerden dejan una herida profunda.” Es habitual que para escribir sobre el tema central que ocupan los números de Granite & Rainbow, termine recurriendo una vez más a lo que ofrece Montaigne. La soberbia le viene como un guante de seda al ensayista francés, por la incomprensión que plantea en sus ensayos sobre la propia condición humana, pesimista y escéptica a pesar de escribir en la vorágine de luz renacentista. “Quiero que se me vea en mi forma simple, natural y ordinaria, sin contención ni artificio, pues yo soy el objeto de mi libro”. Montaigne trataba de escribir sobre la totalidad del hombre y su problemática partiendo de su propia idea de yo. No concibo un acto de soberbia mayor que la exaltación del yo, y su vertiente más directa: la humildad de aceptarlo de esa forma, sin máscaras. No me conformo con las cinco acepciones que tiene nuestro fantástico DRAE sobre la soberbia, entiendo que debería haber una por cada hombre, con su nombre y apellidos y las abreviaturas pertinentes:

“Soberbia. 1.Montaigne, voz fr. sup. poét. (Montaigne, voz francesa, superlativo, poético)”. Aunque dada la imposibilidad de la empresa, reducir la tarea a cinco significados, como existe actualmente, quizás no sea tan mala idea. La creación artística está relacionada directamente con la soberbia, con la idea de que se puede aportar algo nuevo a lo que ya existe e incluso mejorarlo; y para colmo, se siguen sus palabras al pie de la letra: “yo soy el objeto de mi libro”. Esa idea la vemos en las novelas del mexicano Guillermo Fadanelli, gran conocedor de Montaigne, por otra parte: “escribimos sobre nuestras obsesiones, nuestros miedos, lo demás no importa”. Vila-Matas, Javier Marías, Nabokov... Estoy recalcando una evidencia, claro. Laura o Lolita, algunos personajes de ficción del escritor ruso. Todas las mujeres que alguna vez le hicieron sentir alguna emoción reducidas a la ficción del momento, al castigo de los incautos. “Laura”, otro tipo de soberbia sin duda, en 2009 se publicó este proyecto de Nabokov en forma de 138 fichas que hubieran comprendido el armazón de una hipotética novela y que guardó en su caja fuerte prohibiéndole a Véra, su esposa, que las publicase jamás. 138 fichas apolilladas, publicadas más de treinta años después. Volvemos al DRAE, 29


segunda acepción: “Satisfacción y envanecimiento por la contemplación de las propias prendas con menosprecio de los demás”. Este caso ni siquiera da lugar al menosprecio ajeno, al menos en el momento en el que las fichas estaban guardadas en una caja de acero con combinación. Odiaré hasta el día en que muera, la falsa modestia de los genios que decidieron no publicar jamás sus textos y que, milagro, finalmente surgen de un cajón olvidado, una caja fuerte, un baúl o el amigo que falta a la última voluntad del difunto de quemar todos sus papeles, como le sucedió a Kafka. Emily Dickinson, Nabokov o aquel magnífico poeta inglés, que en las trincheras en la Gran Guerra, en 1914, escribía poemas en un trozo de papel de arroz y luego lo usaba para liar un cigarrillo. Mientras fumaba se lo recitaba a sus compañeros y baleaba a los soldados alemanes que tenía delante. Eso sí es poesía, ni que pidiese disculpas hizo falta. Sentarte y tomar un libro en el tren de vuelta a casa, en el banco de un parque o en una terraza y no poder evitar empatizar con el protagonista hasta el punto de sentir y sufrir con el destino azaroso que el escritor ha decidido para él. Lejos de representar una situación social determinada o de ser la voz de una generación, el escritor pretende hacer de su libro el vocero de su soberbia y de su ego. Decía Walt Whitman: “Cuando yo doy, me doy a mí mismo”. Se puede confundir soberbia con vanidad y este texto valdría de igual modo. De hecho la diferencia es tan pequeña que resulta despreciable. La actitud del lector al empatizar con lo que lee es otro tipo de soberbia, más leve si se quiere, pero al fin y al cabo es lo que es. Podríamos hablar de una red de soberbias colectivas en torno al leiv motiv del texto original, ese punctum inicial que hace que el texto surja sólo como mejor forma de emplear el tiempo que en beber un gintonic. La necesidad de las letras, y del escritor es una gilipollez. Barthes a la basura. Recuerdo una conversación con amigos escritores en los que se planteaba la siguiente cuestión: “¿Qué preferís, escribir o haber escrito?” De todos, cinco si no recuerdo mal -e incluso entre ellos había alguno laureado y reconocido-, fui el único que atado a mi satisfacción onanista relacionada con el acto de aporrear el teclado como un mono, defendí: “Escribir, por supuesto”. Se rieron de mí y decidieron en el improvisado concilio que lo mejor era, sin duda, la segunda opción. Palpar y oler las páginas recién impresas 30

o ver en la pantalla del word, tras la inercia de la rueda del ratón, cómo bajan las páginas una tras otra. El trabajo bien hecho, el fruto del esfuerzo, quizás el reconocimiento en una breve conversación casual por parte de un lector ajeno y un polvo tras el libro. Fue Herbert Marcuse quien afirmaba aquello de que el arte: “se hace para suplir o para obtener un acto sexual”, evidentemente, por suerte se recuerda a Marcuse por otro tipo de cuestiones menos peregrinas. No estoy del todo de acuerdo con su afirmación, aunque en muchos casos se cumple palabra por palabra. La soberbia de escribir, la soberbia de las consecuencias de escribir, la soberbia del lector. La soberbia de creer que el que disfruta o padece un libro es en realidad el destinatario natural del mismo. La soberbia del lector cuando piensa irremediablemente en el libro que le ha cambiado la vida, que le ha transmitido alguna emoción -función única del arte según Bourdieau-. Patéticos lectores de Cortázar, Kerouac, Hemingway, Borges, Neuman o Faulkner. Soberbias condensadas en unos versos del también soberbio poeta Ben Clark: “Lees porque piensas que te escribo y es comprensible. Escribo porque pienso que me lees y eso es terrible”. Terrible, pero siempre merece la pena intentarlo, seguir hasta que los borbotones de la sangre que surge de los dedos impida identificar las letras del teclado, y continuar escribiendo con la convicción de que se tiene algo que decir, más allá de absurdos remakes y presunciones estéticas. Con la seguridad y la soberbia de que se puede. Cómete la ensalada. Aún no estoy preparada, es demasiado pronto. Los treinta son los nuevos veinte. Ser la voz de una generación. Infancia, adolescencia, usar converse con veintimuchos, frustración. La vida del artista reducida a las cenizas de su ego y aún así vomitar sobre el espejo todo lo que uno es y dejar que la vanidad le vaya corroyendo. Tomar como dogma de fe doctrinas como la que oí hace días a Joaquín Pérez Azaustre sobre la singularidad del escritor: “Cada escritor a pesar de sus influencias y de la constante búsqueda de una voz propia, tiene algo que le hace único y por ello distinto a lo que ya se ha dicho o escrito”. Rezarle a la singularidad con las mismas ganas que se escupe contra los mediocres y terminar una vez más ahogado en la propia autocompasión y en la condescendencia más rabiosa, pensando en la soberbia del peso del pasado sobre los textos y los años. Casi siempre.


Pecados capitales: Soberbia

La soberbia

en “La desheredada” n Marta Gómez Garrido Pocas presentaciones necesita el escritor Benito Pérez Galdós, y menos aún su amplia obra que ha afectado la historia de la literatura española. Las obras de cada período de la literatura están marcadas por unos preceptos comunes que responden a las tendencias más populares de la época, esto influye también en las novelas de Galdós y provoca su paulatina adscripción al realismo y al naturalismo a partir de sus primeras obras. En el ensayo “Observaciones sobre la vida contemporánea en España”, Galdós señala que la novela moderna de la época, en referencia al siglo XIX, era un espejo fiel de la sociedad en la que se vivía, y por lo tanto debía reflejar los caracteres y vicisitudes de la clase media, ya que era la que determinaba el movimiento político y económico del país. Esta intención de mostrar fielmente el comportamiento de la clase media, en especial su psicología y sus relaciones, nos permite utilizar sus novelas como una puerta entreabierta hacia la psiquis de los personajes, retratados en sus obras con mimo y detalle, y hacia las cuestiones sociales más importantes del siglo. Sin embargo, no olvidemos que en este artículo la protagonista es la soberbia, y no nos interesa la altivez y el desprecio por los demás de cualquier personaje, sino el de Isidora Rufete, la protagonista de 31

“La Desheredada”, narración muy interesante no sólo por su figura principal, sino también porque es la primera en la que Galdós prueba a utilizar en su escritura recursos del naturalismo, por lo que fue, a la vez, criticado y elogiado. La soberbia la encontramos en muchas otras obras de Benito Pérez Galdós, incluso, si nos esforzamos en encontrar ese envanecimiento de la persona, es más que posible que se dé en todas y cada una de sus obras en más de un personaje. Donde no habría que hacer un gran esfuerzo interpretativo para hallarla, como ya hemos mencionado, es en “La Desheredada”, su protagonista, Isidora Rufete, es una joven que se ha criado en un ambiente humilde, pero, por las historias que le ha contado su padre, encerrado en un sanatorio mental, cree que en realidad desciende de la aristocracia y que su verdadero puesto en la sociedad es mucho más alto que el que ocupa. Cree tener la documentación que prueba que es hija ilegítima de la marquesa de Aransis y vive cada uno de sus días en una realidad paralela basada en su presunta nobleza, despreciando todo aquello que considera que no está a la altura de su nivel social, gastando mucho más de lo que está a su alcance para lograr mantener el estilo de vida que cree que le pertenece antes de poder colocarse en su verdadera cuna.


No vamos a desvelar si Isidora consigue o no demostrar su linaje, sino a comprobar cómo afecta a una persona que se ha criado en una clase baja el presuponer que realmente está destinada a vivir en otro nivel, cuando la España del siglo XIX era mucho más estamental y clasista de lo que es hoy en día. En la novela, Isidora cuenta con orgullo a todo el preste oídos la verdadera naturaleza de su descendencia:

cortada y arrojada por vía de limpieza para que no corrompiera el centro”, o los carros de caballos que paseaban por las principales calles: “¡Qué gente aquella tan feliz! ¡Qué envidiable cosa aquel ir y venir en carruaje, viéndose, saludándose y comentándose!”. Isidora deja pasar a lo largo de la narración muchas oportunidades para ser una mujer de “provecho”, tal y como estaba entendido en aquella época: casarse, ser madre y cuidar el hogar. La más importante quizás es la de Miquis, un joven médico que se siente inmediatamente atraído por ella, pero, dado que ella sospecha de su noble cuna, no puede aceptar casarse con alguien que está por debajo de sus expectativas. “Ese pobre Miquis –decía- es un buen muchacho, pero tan ordinario… ¡Pobrecillo!, me da lástima de él; pero ¿qué puedo hacer? ¿Puedo hacer yo que las cosas sean de otra manera que como Dios las ha dispuesto? Está que ni pintado para Emilia o Leonor… Me alegraré mucho de que sea un hombre de provecho. Necesitará protección de las personas acomodadas, y en lo que de mí dependa…”. Rechaza así a Miquis, aunque tampoco él se queda callado ante la actitud de Isidora: “¡Impertinencia, tienes nombre de mujer! –exclamó el estudiante, a un tiempo riendo y mascando- ¡Descontentadiza exigente! ¿A qué vienen esos melindres? Somos hijos del pueblo, en el seno del noble pueblo

-No sé si me explicaré bien; quiero decir que a mí no me correspondía compartir las penas y la miseria de Tomás Rufete, porque aunque le llamo mi padre, y a su mujer mi madre, es porque me criaron, y no porque yo sea verdaderamente su hija. Yo soy… -Sí, entiendo. Usted por su nacimiento pertenece a otra clase más elevada; sólo que circunstancias largas de referir la hicieron descender… ¡De qué manera tan clara relampagueó el orgullo en el semblante de Isidora al oír aquellas palabras Por contraposición, la mayor parte de las personas que escuchan la historia de su vida, o mejor dicho, su posible historia, notan

la soberbia en sus palabras y la avisan del peligro que corre sintiéndose tan superior al resto. El gerente de la casa de locos en la que está encerrado su padre, la advierte de ello al comienzo de la novela: “Hija mía –dijo el anciano con vivacidad-, una de las enfermedades del alma que más individuos trae a estas casas es la ambición, el afán de engrandecimiento, la envidia que los bajos tienen de los altos, y eso de querer subir atropellando a los que están arriba, no por la escalera del mérito y del trabajo, sino por la escala suelta de la intriga, o de la violencia, como si dijéramos empujando, empujando…”. Incluso su tía, encargada de cuidar a su hermano, se siente menospreciada por los aires de grandeza de su sobrina y su extraña historia, que la hace pensar que Isidora ha sido víctima de un desvarío de su padre.

nacimos; manos callosas mecieron nuestras cunas de mimbre; crecimos sin cuidados, mocosos, descalzos; y por mi parte sé decir que no me avergüenzo de haber dormido la siesta en un surco húmedo, junto a la panza de un cerdo. Usted, señora duquesa, viene sin duda de altos orígenes, y ha gateado sobre alfombras, y ha roto sonajeros de plata; pero usted se ha mamado el dedo como yo, y ahora somos iguales, y estamos juntos en un ventorrillo, entre honrados chaquetas y más honrados mantones”. También conviene tener en cuenta que a pesar de que la época estuvo marcada por cierto confusionismo social, sobre todo en el aparentar, esa mezcla de clases no se da en las relaciones sociales ni amorosas. Los ricos siguen casándose con los ricos y los pobres con los pobres. Sólo hay cierta mezcla de clases en el ámbito sexual, por eso Isidora conocerá en su búsqueda de la verdad a Joaquín Pez, un joven aristócrata del que sí que se enamorará y que la arrastrará fuera del decoro y las apariencias, lo más importante en la sociedad de la época en todas las clases sociales. Eso sí, no debemos confundirnos antes de leer la novela. Isidora es un personaje ciertamente entrañable, a pesar de su imaginación desbordante y su soberbia. Es humana y con sus fallos y sus aciertos se gana al lector, porque, en realidad, los personajes más emblemáticos, los que resisten el paso del tiempo, son aquellos que además de sus virtudes tienen sus defectos y sobreviven con ellos. Galdós por su parte cierra la obra con cierta moraleja que podría extenderse perfectamente a todos aquellos que quieren volar alto y resbalan en el camino por pecar de soberbia: “Si sentís anhelo de llegar a una difícil y escabrosa altura, no os fieis de las alas postizas. Procurad echarlas naturales, y en caso de que no lo consigáis, pues hay infinitos ejemplos que confirman la negativa, lo mejor, creedme, lo mejor será que toméis una escalera”.

-¿Sabes que estás cargante, sobrina, con tus colegios y tus charoles? A ver, echa aquí lo que tengas en el bolsillo. ¿Crees que la gente se mantiene con cañamones? -Mi madre –declaró Isidora poniéndose la mano en el corazón, para comprimir, sin duda, un movimiento afectuoso demasiado vivo-, mi madre… fue hija de una marquesa. -Perdona vuecencia – replicó Encarnación en el tono más cómico del mundo-. Perdona vuecencia que no la hubiera conocido… Pero vuecencia tendrá que hacer diligencias y buscar papeles. Ella, a pesar de los consejos, continúa con su historia, recargándola aún más por la vía de la imaginación, sintiéndose superior a todas las personas que comparten su camino y ensalzando e idealizando todo lo que tiene que ver con la aristocracia, como el centro de la ciudad: “Aquello no era aldea ni tampoco ciudad; era una piltrafa de capital, 32


Pecados capitales: Soberbia

Limpiar la superficie, asomarse al fondo En “Diario de una buena vecina” Doris Lessing contrasta dos realidades contemporáneas que comparten un escenario cercano: la vida de una mujer madura, acomodada, volcada en su carrera profesional; y la vida de una mujer anciana, pobre, solitaria, que sobrevive como una protesta tenaz ante el mundo que no quiere verla.

n Elena Triana Martínez Maudie Fowler no tiene nada que Janna Somers quiera tener. Pero está ahí. Frente a ella. Con su cara arrugada, sus ojillos rabiosos, su mugre en el cuello. Mirando a Janna. Y Janna se pregunta si un día tendrá más de noventa años, como Maudie, y se olvidará de los vestidos, y del maquillaje, y de causar esa gran impresión que causa cuando entra en la oficina. Se pregunta si olvidará todo eso que es su vida – qué triste, qué escaso, en definitiva–, y se centrará sólo en sobrevivir. Como Maudie Fowler. Ésta es Janna: ayudante de dirección de una prestigiosa, frívola y absurda revista de moda. Brillante en su profesión. Un manual de estilo andante. Atractiva, con un pelo impecable, siempre perfecta. Toda una vida dedicada a ese trabajo. Un trabajo así. Escribir sobre moda. Algo que le va como un guante, que le ajusta también como los carísimos conjuntos de diseño que se pone un par de veces, como 33

mucho tres, y luego desecha. Oh, no, no los tira, los dona a la beneficencia, por supuesto. Janna ya tiene una edad. La edad de quedarse viuda, por ejemplo. Pasa por encima de la enfermedad de su marido, trabajando, sin dejar jamás de trabajar, sin implicarse. No sabe qué es exactamente lo que siente su marido, su compañero de toda la vida. No lo quiere saber. No quiere ni siquiera verlo, tan apagado, tan casi muerto, tan real. No quiere preguntarle nada. No quiere pensar. Él muere y Janna pasa a ser una viuda. Ése es el cambio: una palabra, una definición accesoria. Más tarde, otro adjetivo: huérfana. Su madre enferma, muere, y de nuevo Janna no quiere detenerse a mirar, no quiere aprender, no quiere sentir. Quizá no sabe. Quizá no puede. Ésta es Maudie: es, sobre todo, anciana. Vieja. Fue sombrerera. Quiso a un hombre que no la hizo feliz. Tuvo, tiene, una vida dura. Tiene su casa: está vieja, como ella, a


punto del derribo. Pero son sus cuatro paredes, su techo. Luchó para conseguirlo, y no va a renunciar a ello. Maudie Fowler no renuncia. Maudie Fowler resiste. Lleva así toda la vida. Así ha llegado a anciana. Siente, de alguna manera, que éste mundo ya no es el suyo: todo es fugaz, nuevo, reluciente. Ella desentona. Lo sabe. Bueno, ¿y qué se supone que debe hacer? ¿Qué tiene la vida ahora reservado para ella, después de tanto sufrimiento? ¿Morirse? Maudie siente rabia. Y resiste. Así estoy yo: leo “Diario de una buena vecina” porque lo escribió Doris Lessing. No había leído ninguna obra suya hasta que le concedieron el Nobel de Literatura, en 2007. Hubo críticos que escribieron que era inmerecido, que no tenía nivel. Creo que la leí precisamente por eso: me compré una edición de bolsillo de “La Buena Terrorista”. Me pareció que sí tenía nivel. Me pareció impresionante. Así que leo “Diario de una buena vecina”, porque es de la Lessing. Leo que Janna conoce a Maudie por casualidad. De alguna forma se siente atraída por ella. Por su vida. Siente curiosidad. Por cómo puede vivir así, entre la mugre, entre los restos de una vida que para Janna es un fracaso, porque Maudie no ha conseguido nada de lo que Janna considera fundamental. Nada de lo que Janna necesita para vivir. Leo, y pienso que Janna sospecha que si alguna vez se viera en esa situación, o en la que padeció su marido, o su madre; que si alguna vez se sintiera enferma, decrépita, obsoleta, con un cuerpo que suelta porquería contra su voluntad, no querría vivir. No sabría. “Cuánto odia ir sucia, sentir repulsión hacia sí misma. En cierto sentido, mi entrada en su vida fue algo malo para ella, porque antes había podido olvidarlo un poco, no advertía la suciedad de sus asquerosas ropas, sus puños con mugre, la porquería en las uñas”. Janna lava a Maudie. A ella misma le parece asombroso hacer algo así. Yo leo, y pienso, que Janna hace cosas por primera vez. Que las hace de verdad. “Una de las chicas me dio una taza de té. El ritual. Allí estaba yo, junto a Maudie, que parecía como si durmiera y que resultaba cálida y agradable al tacto, mientras yo sostenía su mano muerta con una mano, y la taza de té con la otra”. Así estoy yo: leo éstas cosas y recuerdo. A veces es hermoso recordar cosas que no son hermosas. Recuerdo la agonía de alguien a quien quise, a quien aún quiero. Recuerdo su muerte lenta. Su ancianidad. Su decadencia. Recuerdo cómo quería morir y su cuerpo, tozudo, resistía. En esos momentos, yo sentía impaciencia. Cuando todo acabó, sentí alivio. La vida es así, dicen. Eso es lo que he leído. La pena se queda, como si fuera una manta gruesa, mojada, sobre los hombros. Poco a poco, se va secando. Se va desgastando. Va pesando menos. Eso no lo he leído. Esta es Doris Lessing: hija de un oficial del ejército británico, nacida en Irán. Pasa su infancia y su juventud en Zimbabue. Deja la escuela con trece años, y continúa formándose por su cuenta. Se va a Salisbury con dieciocho. Tiene dos hijos con un hombre. Luego, un tercero con otro. Se gana la vida con cualquier trabajo. Con 36 años se va a Londres, con su hijo pequeño, e inicia su carrera como escritora. Ahora tiene 92 años. Los que tiene Maudie en la novela. Así está Janna: consciente de que está haciendo cosas absurdas. Impropias de ella, tan extremadamente racional. Ella, Janna, que no había sabido estar junto a su madre, junto a su marido, en su final. Y está ahora con Maudie. Está poniéndose en su lugar, tratando de comprenderla, de sentir lo que ella siente. Tratando de aliviar, de alguna manera, su sufrimiento. Siendo su amiga, si es eso posible. Atiende sus pequeñas demandas y vuelve al trabajo y trabaja, trabaja, y va a ver a Maudie y regresa a casa exhausta y piensa en Maudie y tiene pero no tiene sentido. Se ve a través de los ojos de su sobrina: no la entiende. A ella, Jill, tan joven, todo eso le parece absurdo. Que esté cuidando ahora de esa anciana cuando no quiso cuidar de los suyos. Janna sabe lo que piensa. Janna tiene que hacer lo que hace. Cosas que tienen sentido. Eso pienso cuando lo leo.

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Pecados capitales: Soberbia

¿Todos los escritores son soberbios? n Pedro Larrañaga Podría echarle la culpa al bueno de Bukowski de esta duda que me asalta. Bueno, en realidad, puede que tan solo esté impresionado por su altura de miras. No, no estoy hablando de sus frases, de lo elevado de sus reflexiones o de su preciso modo de puntuar. Ni siquiera me refiero a sus sentencias, sus desvaríos o a esos polvos con mujeres tan explícitamente descritos, tan fáciles de conseguir (en los textos de Bukowski al menos) como si fuera ir a recoger frutos maduros al bosque. No, no es eso. Recoger frutas en el bosque, recolectar setas o incluso dar con algo de agua fresca en medio de la naturaleza no es una tarea sencilla, sobre todo si eres una rata de asfalto. Una rata de asfalto que no duraría ni un día en medio de esa naturaleza que, a pesar de su belleza al romper la mañana, no puede presumir de bondad con individuos incapaces de sobrevivir por sí mismos. Selección natural creo que lo llaman. Putada

natural lo llamaría yo. Si las ratas de asfalto, y Bukowski es una de las ratas más grandes que hay, tuvieran que cazar, recoger frutos salvajes o encontrar agua en la sabana, no tendrían tiempo para escribir. Un escritor necesita tiempo, bastante tiempo a su disposición. Y tener tanto tiempo disponible te vuelve soberbio. A fin de cuentas, son otros los que cazan, pescan y recolectan, porque eso es lo que tienen que hacer, y el escritor está ahí, sentado delante de su máquina de escribir (aunque sea un ordenador, siempre es una máquina de escribir), viendo pasar los minutos ante una hoja en blanco (con tener algo escrito no basta para dejar de ser una hoja en blanco), abriendo otra cerveza 35

o haciéndose el interesante ante una señorita (aunque tenga sesenta años y los dientes podridos siempre es una señorita). Viéndolo así, ¿cómo no iban a ser soberbios? Leyendo a Bukowski lo tienes claro. La soberbia del escritor proviene de la propia existencia del lector. Cuando escribes, lo haces para un lector (o lectora, que echar un polvo sigue siendo una de las principales motivaciones literarias) y da igual que éste sea imaginario, porque está ahí, recogiendo cada una de tus palabras, relamiéndose con ellas. Eso, por supuesto, le sube el ego a cualquiera. Es en ese momento cuando se creen que escribir, aunque sea escribir mal, es mucho mejor que cazar, recolectar, encontrar agua o reconocer los cambios de tiempo por el color del cielo. Puede que tú también lo creas, pero te reto a que pruebes a comer hojas de papel con tinta. ¿A que no alimentan demasiado? (Tal vez sea el momento de irse replanteando tu escala de valores). Evidentemente, aunque más de un literato ha intentado sobrevivir a base de esa dieta, no ha llegado demasiado lejos. Lo más que han logrado es estar tremendamente delgados. Dejemos, de todos modos, la cuestión gastronómica y volvamos al tema de la soberbia. Como buenos soberbios, los escritores han tenido siempre un rival (uno al menos y también soberbio), cuando no se han dedicado a disparar a discreción a su alrededor. Ese es otro de los rasgos de los soberbios, que se reconocen y no se soportan entre sí. Incluso Bukowski, un tipo, a priori, preocupado tan solo de sus cervezas, que salta de apartamento en apartamento, que gana fama escribiendo relatos guarros, tiene sus propios enemigos. El bueno de Charles dispara contra Norman Mailer, Arthur Miller y Allen Ginsberg, entre otros. Para él, mienten, engañan, faltan a la verdad, buscan el éxito por encima de la crudeza, le fallan a su palabra, a su propia obra. Por supuesto, ninguno de ellos le llega a la suela de los zapatos, él lo tiene claro. Sí, Bukowski puede ser un tipo desagradable, pero su


en forma de adjetivo (los adjetivos son delatores, unos chivatos que diría mi sobrino). En “El juego del ángel”, el autor recurre al término “pantagruélico” para definir el tamaño de un paraíso, mientras que Villar, en “Ollos de auga”, pone a dos de sus personajes a caminar “peripatéticos”. ¿Increíble? Ya, pero cierto. No sé ustedes, pero yo jamás he caminado peripatético por ningún sitio, ni me encontrado con elemento, persona o acción pantagruélica. Sin duda, puede achacarse ese hecho a mi falta de vocabulario, pero me inclino a pensar que es una cuestión del tiempo de las palabras, del momento en el que tienen lugar, del mundo en el que se ubican. En mi mundo, en mi realidad, nada es pantagruélico ni peripatético.

comportamiento no es un «rara avis» dentro de la historia de la literatura. Tipos refinados, como Verlaine, Vargas Llosa, Eluard, Faulkner, Chesterton, Sartre y muchos otros, también se entregaron con fiereza a alimentar su odio y disputas con otros escritores. La propia escritura, los temas, los gustos sexuales, las ideas políticas,... el motivo da un poco igual, lo importante es el enfrentamiento. Una lucha que no proviene de esas cuestiones. No, qué va, eso sólo son pamplinas, fachadas decoradas con dudoso gusto con las que ocultar el hecho fundamental: un escritor odia a otro escritor. Todos los miembros de esta especie se detestan entre sí. No hay nada que más disguste a un escritor que otro escritor. Es una cuestión de supervivencia, de selección natural, porque, como leones en medio de la sabana, compiten por el mismo puesto, por la misma posición. Y para esa posición no hay nadie mejor que tú. A fin de cuentas, esa es su ley de vida: un escritor se cree mejor que cualquier otro escritor.

Tampoco hay espacio para lo pantagruélico o lo peripatético en el mundo (su escritura es la capa más externa del mundo de un escritor) de Bukowski, de Joyce o de Proust. No, en el de Bukowski hay pollas,

cervezas y polvos (¿polvos peripatéticos? ¡Por favor!), en el de Joyce está Dublín y en el de Proust las magdalenas que evocan recuerdos. De eso, de su mundo, es de lo que escriben y por eso nos parecen reales, verdaderos, signifique eso lo que signifique. Puede que en el mundo de Ruiz Zafón y Domingo Villar sí que haya dimensiones pantagruélicas y paseos peripatéticos, pero me cuesta creerlo. Eso no resta mérito a sus obras, a sus ventas o al valor de sus palabras, aunque sí refleja que, como tantos otros, terminaron sucumbiendo a su soberbia. ¿Por qué recurrieron a palabras fingidas, fuera de su mundo, atrapadas en medio de un párrafo como si fueran pájaros exóticos enjaulados en una casa de buena familia? Porque creyeron que podían hacerlo, que ellos, buenos escritores, habían encontrado el lugar adecuado en el que tirar de lo pantagruélico y lo peripatético. Error: Soberbia 1 – Escritor 0.

Si lo piensas con cierto detenimiento, es una reacción lógica. De no ser así, ¿por qué demonios iba uno a dedicar varios años de su vida, levantándose antes de las seis de la mañana, sin dedicar las horas a tareas más inmediatamente gratificantes, para escribir una obra literaria si creyera que ahí fuera hay otro que va a hacerlo mejor? No, no tendría demasiado sentido. La soberbia no podemos considerarla tan solo un tema de autores clásicos. Tampoco es que se refleje tan solo en esas pueriles peleas con el literato de al lado (para disputas siempre mejor alguien que esté cerca, ya que, al igual que en el amor, en el odio la distancia también es el olvido). La soberbia es una cualidad que aflora en múltiples ocasiones, tomando apariencias distintas, pero siempre con el mismo tufillo reconocible.

¿Tienen entonces los escritores motivos para ser soberbios? Puede. A fin de cuentas, son ellos los que ven sus palabras, sus libros, sus obras, juzgadas en páginas como esta. Son ellos los que escriben, los que se odian, los que se quieren (a sí mismos) y los que publican obras con palabras como pantagruélico y peripatético. Nosotros, los demás, somos los que los leemos, los que dejamos que nuestra propia soberbia se cuele en las palabras de este artículo. ¿Son entonces soberbios todos los escritores? Parece que sí, hasta los que escriben para la revista Granite & Rainbow.

Pongamos por caso el de dos autores actuales, suficientemente reconocidos, aunque a niveles muy distintos por supuesto, como Carlos Ruiz Zafón y Domingo Villar. Estos dos escritores, responsables de obras como “La Sombra del Viento” (Ed. Planeta, 2001), el “Juego del Ángel” (Ed. Planeta, 2008) y el más reciente “El Prisionero del Cielo” (Ed. Planeta, 2011) el primero de ellos, y de “Ollos de Auga” (Ed. Galaxia, 2006, traducido al castellano como “Ojos de agua”, Ed. Siruela, 2006) y “A praia dos afogados” (Ed. Galaxia, 2009, traducida como “La playa de los ahogados”, Ed. Siruela, 2009) el segundo, no logran evitar que la soberbia se cuele entre sus letras para, como una bofetada inesperada, sacarte de un solo golpe de la lectura. La confesión de la soberbia de Ruiz Zafón y Villar llega, en este caso, 36


Pecados capitales: Soberbia

Cartas al director n Robert Fornes Remitente: Ignatius J. Reilly Destinatario: Redacción Granite & Rainbow A la atención de: La Directora. Muy incompetente dama, Me veo en la absoluta obligación de intervenir mediante la siguiente carta a la desafortunada suma de aberraciones que el señor Fornes, ese redactor mongoloide que ustedes mantienen en nómina de forma lamentable, ha vertido sobre mi indefensa persona en forma de la reciente reseña que han publicado en la dudosa revista literaria que dicen gobernar. Permítame decirle que el alarde de vulgaridad de éste –que voy a rebatir con la furia propia de un coloso– ha provocado en mí una indignación sobresaliente cuyo lesivo resultado ha sido mantenerme cuatro días en cama a dieta de Dr. Nuts y bizcochos borrachos de los grandes almacenes Holmes. Vaya por delante que su primaria calificación de héroe a mi persona (se podría decir que con Ignatius Jaques Reilly, Nueva Orleans ha alumbrado a un héroe) me satisfizo en grado sumo, pero esa sensación, lejos de afianzarse con la lectura de los siguientes párrafos, se ha ido marchando por el contrario al sumidero oscuro del desagrado. La rueda de la fortuna, hacedora de todo bien y mal en este mundo de proxenetas, sigue girando en contra de mis intereses y me mantiene en el ciclo descendente por un período de tiempo ya en exceso prolongado. La explicación sobre mi vestuario que este subhumano al que mantienen entre sus juntaletras ha hecho es difamante y lejana a la realidad, pues la chaqueta de John Deere (para los menos avezados, el mejor fabricante de maquinaria industrial y forestal a ambos lados del Mississippi) a la que hace referencia (Un titán histérico y delicioso mezcla de una ballena con chaqueta de leñador y un rinoceronte con gorra) me protege del frío húmedo de esta ciudad de locura, al tiempo que me otorga un aspecto distinguido. Dudo mucho que si este señorzuelo tuviera la oportunidad de vestir una prenda como ésta supiera si 37

quiera cómo hacerlo de forma conveniente. Los problemas laborales a los que –continuemos con la narración de su ataque furibundo hacia mí– hace referencia y que les refiero textualmente (A través de sus vicisitudes, despliega una soberbia a ratos involuntaria a ratos premeditada que le provoca continuos problemas laborales, éticos y gástricos) no son sino una consecuencia lógica del decadente y abusivo mercado laboral al que mi talento se ve forzado a acudir por circunstancias diversas. En primer lugar, he de relatarles forzosamente el horroroso episodio en el que me vi envuelto cuando tomé la triste decisión de acudir a Baton Rouge para una entrevista de trabajo con un importante profesor de la Universidad local en ese engendro mecánico e hidráulico al que algunos fenómenos de la ingeniería llaman autobús y que me trajo de vuelta confundido a altas horas de la noche, en taxi y sin trabajo, cerrando así mi primer y último viaje fuera de esta ciudad de la perdición en la que habito. En cuanto a ese oscuro agujero del capitalismo llamado Levy Pants, sólo les diré que la experiencia laboral allí vivida ha sido un carrusel de despropósitos generados casi en exclusividad por la incapacidad manifiesta del encargado, el Sr. González, y la despreocupación del propietario de la firma, el Sr. Levy, al que incluso me vi moralmente obligado a auxiliar redactando y firmando una carta en su nombre y bajo su desconocimiento (era sin duda la mejor manera) para abroncar a Mercancías Generales Abelman, su principal cliente, por la insolente carta enviada por éste quejándose acerca de la baja calidad de los productos manufacturados en nuestras anquilosadas líneas. Mis prácticas laborales revolucionarias –atrasar la entrada en la oficina como mínimo una hora para esquivar esa primer período lúgubre de sopor mañanero que invade el cuerpo del abnegado trabajador y convierte cualquier tarea en una penitencia–, mi interés en embellecer el lugar de trabajo con carteles plenos de color, flores de lis recortadas, banderolas y guirnaldas, e incluso el mitin que con tanta abnegación ofrecí a los trabajadores de la firma en el que los exhortaba a decir basta a este sistema que los explota y exprime y los animaba a tomar contundentes medidas de presión contra


Nueva York. El caso de mi madre es diametralmente opuesto. Lejos de ser protectora, garante de mi bienestar y proveedora de placeres gástricos, esta mujer no hace sino ser fuente de preocupaciones para mi persona por su afición intempestiva a trasegar alcohol para el almuerzo y la cena, así como por sus cambiantes obsesiones conductuales –ahora le ha dado por acudir a jugar a los bolos vestida y pintarrajeada como una cacatúa. Entiendo que así jamás logrará el favor de ese abuelo marchito que la corteja con desvergüenza. Y sospecho que en un plazo de tiempo más bien corto, habré de ser yo quien me convierta en cuidador suyo, con el grave inconveniente que esto supondrá en la concreción de mi plan para imponer la decencia y el buen gusto en el mundo.

la dirección fue malinterpretado por todos. Por parte del patrón, que vio en esa arenga bienintencionada un motivo suficiente para el despido, y por parte de los mismos trabajadores, que escasos de fe, abandonaron la causa que les ofrecía y abrazaron de nuevo la desidia unos, y la botella, otros. En cuanto a mi confusa experiencia como asistente de venta ambulante para Vendedores Paraíso poco he de referirles, salvo que la baja de calidad de sus productos, unos paramecios artificialmente coloreados a los que el encargado se enorgullece en llamar salchichas, así como ese grosero traje de pirata que éste se empecinó que vistiera para el desempeño de mi labor no me dejaban margen alguno para desplegar mis innegables virtudes comerciales. Es por motivos como estos por los que mantengo una difícil relación con la economía productiva de este país que me genera los diversos problemas físicos y éticos a los que su beodo redactor hace torpe referencia. Pese a todas estas dificultades, el ingenio no ha partido de mi lado, lo cual es un regalo caído del cielo (si este existe en su versión espiritual y no es un faux pas del obtuso conocimiento del universo por parte del hombre). Le vengo a confirmar este punto, fémina enclenque, pues el exhorto reaccionario y grotesco de su redactor Fornes contra mi visión del mundo (En su elefancíaco transcurrir, este particular superman tripón despotrica de todo y todos; contraviene en su cruzada a jefes, encargados, madres, policías, ancianos y cualquier otra forma de autoridad que ose discutir su visión de la sociedad presidida

por la filosofía del pensador Boecio y su imparable rueda de la fortuna mientras escupe su manifiesto sociopolítico en decenas de cuadernos de gusanillo Gran Jefe que andan escampados por el suelo de su caótica y marrana habitación y que un día amenaza con compilar y publicar para gran desgracia de la inmundicia presente en el planeta), no hace sino reforzar mi visión decadente de este mundo en su totalidad carente de buen gusto, decencia, teología y geometría. La profusa serie de notas que reposan torneándose convenientemente con el tiempo en esos cuadernillos serán un día recopiladas para la composición del mejor y mayor exhorto a la vida decente y comprometida que jamás se haya escrito y que bien harán en reseñar favorablemente en su publicación si no quieren verse convertidos ustedes en el hazmerreír de la comunidad literaria mundial. En cuanto a mis supuestos problemas con el sexo de Venus, permítame decirle a Usted, dudosa representante de éste, que su perrillo faldero Fornes vuelve a errar el juicio. Las féminas me adoran. Ejerzo sobre ellas un poderoso influjo físico e intelectual que me convierte en el muso exclusivo de todas aquellas que han tenido el placer de conversar conmigo. Bien diferente es el caso de mi llama desapegada, Myrna Minkoff, ese cabritillo perdido y vulgar cuya única preocupación es la promoción del sexo universitario y la algarada pública constante. Ardo en deseos de tener la ocasión de afearle la conducta de manera personal, cosa que ocurrirá sin duda uno de estos días, cuando resuelva personarme en la urbe sucia y tenebrosa donde habita: 38

Me tilda de egoísta y soberbio. De estrafalario. Ese mequetrefe periodista me califica en su lastimosa reseña como recalcitrante, inteligente, soberbio, hipocondríaco, infantil, punzante, procaz, déspota, destartalado, mordaz, pantagruélico, obsesivo, inconstante y atemporal. Sepa usted, fémina atolondrada, que la lectura de todos y cada uno de estos improperios vertidos por este fenómeno de la evolución Darwiniana me han soliviantado en lo más profundo. Mi válvula pilórica no deja de cerrarse y abrirse aleatoriamente desde que tuve la, oh, desgracia de leer semejante enumeración, cosa que me provoca unos terribles accesos de flatulencia y me han obligado a visitar al doctor LePierre en fecha reciente para el tratamiento de este shock (es obvio que les pasaré la minuta del galeno para que procedan a su liquidación inmediata). Por último, les diré que no conozco a nadie que se llame Toole, y mucho menos que se autocalifique como mi creador. Esto es, sin duda, una elucubración etílica de su, una vez más, incompetente redactor. Por todo lo anteriormente expuesto le informo que estoy resuelto a emprender acciones legales contra su enclenque publicación, de modo que es probable que una jauría de expertos abogados laboralistas contratados por mí se ponga en comunicación vía conferencia con su departamento legal, para el inicio de los trámites y pesquisas necesarios, cosa de lo que la prevengo convenientemente. No me resta más que desearle suerte ante el huracán que le viene encima.


Coléricamente suyo, Ignatius J. Reilly. P.S.- Le remito la reseña publicada por Ustedes como prueba adjunta a esta carta. Espero que a su lectura se le caiga la cara de vergüenza. Reseña de “La conjura de los necios” para G&R Robert Fornes Como surgido de un enorme cajón de madera en un número de magia de cualquier garito de Bourbon Street, se podría decir que con Ignatius Jaques Reilly Nueva Orleans ha alumbrado a un héroe. Un titán histérico y delicioso mezcla de una ballena con chaqueta de leñador y un rinoceronte con gorra que surge de las tripas de la ciudad dando voces y disparando improperios a babor y estribor. Y es que nadie como él, con su brutal humanidad –para lo bueno y lo malo– ha sido capaz de representar de manera tan precisa la egoísta existencia del ser humano, al tiempo que conjunta una variedad de opiniones tan acaloradas y dispares de los demás sobre sí mismo, dentro y fuera de las páginas de esta historia, en la ciudad y fuera de ella. Bien, pues ese efecto y muchos más genera el estrafalario Ignatius, caballero pilórico de la ciudad del Mardi Gras. A través de sus vicisitudes, despliega una soberbia a ratos involuntaria a ratos premeditada que le provoca continuos problemas laborales, éticos y gástricos, tintando todo con una particular visión hilarante del mundo y un difícil entente con el sexo femenino a través de la extraña lucha de amor-odio platónica con su alter ego femenino, la reivindicativa Myrna Minkoff, y la abusiva relación con su anciana madre, que dispone cansada su lomo a los continuos latigazos verbales de Ignatius, acomplejados y plenos de soberbia. Pero no es ese el mayor de sus problemas. En su elefancíaco transcurrir, este particular superman tripón despotrica de todo y todos; contraviene en su cruzada a jefes, encargados, madres, policías, ancianos y cualquier otra forma de

autoridad que ose discutir su visión de la sociedad presidida por la filosofía del pensador Boecio y su imparable rueda de la fortuna mientras escupe su manifiesto sociopolítico en decenas de cuadernos de gusanillo Gran Jefe que andan escampados por el suelo de su caótica y marrana habitación y que un día amenaza con compilar y publicar para gran desgracia de la inmundicia presente en el planeta. Ignatius es recalcitrante, inteligente, soberbio, hipocondríaco, infantil, punzante, procaz, déspota, destartalado, mordaz, pantagruélico, obsesivo, inconstante y atemporal. Y advierto, hay que multiplicar todos estos calificativos por cien y sólo así se encontrará en ello una medida aproximada de su grandeza excesiva. En las páginas de “La Conjura”, Ignatius recibe plenos poderes de su creador Toole para proyectar una excelente sátira social sobre el microcosmos decadente y carnal de

la Nueva Orleans de los años cincuenta, una ciudad ligada al carnaval continuo, en la que estrellas del burlesque, músicos y artistas comparten calle con matones, chulos, gangsters y otras calañas humanoides. Pero muy por encima de esto, la historia de Ignatius Jaques Reilly es una crítica brutal y alocada contra todo y todos. Una proclama totalmente actual contra esta sociedad en la que abunda la decadencia más absoluta y que está dirigida, según él mismo, por la falta de buen gusto, la decencia, la teología y la geometría. A través del despliegue de personajes grotescos y situaciones tragicómicas es como la historia de Ignatius nos enseña que los antihéroes quijotescos, gordinflones y quejicas son más necesarios que nunca en esta gran mascarada que es la vida. Reseña escrita por Robert Fornes. www.robertfornes.com


Pecados capitales: Soberbia

“Metafísica de los Tubos” o cómo ser una auténtica diosa antes de cumplir los tres años Amelie Nothomb construye una breve autobiografía de sus tres primeros años de vida. Nos presenta a una niña que cree ser Dios, una niña atípica, que nace a la vida gracias al placer que le provoca al chocolate blanco belga. n Anabel Rodríguez Sánchez ¿De verdad?, ¿me juras que la soberbia es un pecado? Bromeas…No. La aparición fantasmal de la directora de esta publicación, que como por arte de magia apareció cuando comencé a escribir esta reseña, se apoya en el quicio de la ventana y niega con la cabeza, sin dirigirme la palabra. Así son estas fantasías, silenciosas y dignas, dispuestas a llevarte la contraria y a confirmar lo que ya sabía y que mi madre me machacó durante mi niñez, adolescencia y buena parte de la era adulta: que soy una pecadora contumaz. ¡Mira que tienes soberbia, hija! ¡Qué soberbia eres! Vale, acepto el castigo, fui soberbia, pero ya no me quedan fuerzas ni ganas para serlo. No hay broma alguna, la soberbia es un pecado, el mayor de ellos, el que condenó al más hermoso ángel que, tras una cruenta guerra, terminó dando con sus alas chamuscadas en un nuevo reino: el infierno. La soberbia termina con este ciclo de lecturas irredentas en el que nos embarcó Granite & Rainbow hace más de un año. La soberbia es la que me ha llevado a la escritora belga, Amelie Nothomb y “Metafísica de los tubos”, obra que se publicó por primera vez en francés en el año 2000. Esta supuesta autobiografía de la autora narra sus tres primeros años de vida desde su nacimiento en Kobe (Japón), en agosto de 1967, en el seno de una familia diplomática (lo que supongo que equivale a decir acomodada) belga. Resulta lógico recurrir a la infancia para crear un personaje como el que nos presenta, una niña que tiene la firme convicción de ser Dios, que se maneja con la verdad absoluta bajo el brazo y disecciona tanto su vida como la de los que le rodean con vivacidad, y sentido del humor. De la lectura se distinguen perfectamente tres fases en este periodo de la vida de la autora-protagonista. En la primera es un tubo, una planta: “En el principio no había 40

nada. Y esa nada no estaba vacía ni era indefinida: se bastaba a sí misma. Y Dios vio que aquella bueno”, y ella es ese Dios, un dios satisfecho que existe, no vive, un Dios que carece de lenguaje y de pensamiento, un dios vegetativo que se limita a engullir y deglutir, un tubo por el que todo pasa y al que le trae sin cuidado ser Dios. Esta niña, pasiva que durante los dos primeros años de su vida se limita a ser una mezcla de plenitud y vacío, como los tubos que analiza la escritora muchos años después. Un ser pasivo, mudo e inmóvil, que podría dejarse morir en cualquier momento sin emitir una queja, causando sensaciones encontradas de recelo, perplejidad y extraña tranquilidad, en sus padres. En la segunda fase de su vida, desde los dos años, hasta los dos años y medio, el pacífico tubo desaparece, pasa a mejor vida aunque continuará siendo Dios. “Era un día cualquiera. No había ocurrido nada especial. Los padres ejercían de padres, los niños ejercían su misión de hijos, el tubo se concentraba en su vocación cilíndrica”. Es entonces, cuando el Dios-tubo es sustituido por una niña berreadora, llorona, gritona y agresiva. Una niña que, fruto de la rabia que destila, llega a cambiar el color gris verde de sus ojos por otro negro. Y entonces pasa lo que debe pasar, que los padres dejan de dormir, de tener tranquilidad y comienzan a echar de menos a “La planta”, el ser pasivo de la fase anterior. No es que haya dejado de ser Dios, es que se ha convertido en una especie de dictadorzuelo absolutista (como casi todos los niños, si se les deja) que no soporta al resto de la humanidad. La solución vendrá desde Bélgica vía Osaka, tras seis meses de sufrimiento, cuando los demás están al borde de la desesperación planteándose si no deberían tirar a ese bebé por otro tubo (o por el balcón). Es entonces cuando llega la abuela que, con chocolate blanco de Bélgica, convierte la pequeña


bestezuela en un bebé casi normal. “Fue entonces cuando nací a la edad de dos años y medio, en febrero de 1970, en las montañas del Kansai y en el pueblo de Shukugawa, ante la mirada de mi abuela paterna, por obra y gracia del chocolate blanco” Entonces Dios conoce el placer y se felicita por dicho conocimiento “Sin mí, este chocolate es un pedazo de nada. Pero uno lo introduce en la boca y se transforma en placer. Me necesita” Esa es la concepción, esa es la soberbia, son las cosas las que nos necesitan a nosotros, no nosotros a las cosas. Bueno, si lo pienso un poco puede que tenga razón y acabe retornando a mi esencia de soberbia absoluta. El placer como origen de la persona, de su inicio a la vida culmina en un pensamiento tan certero como hiriente “conocemos a fantásticos idiotas que se alaban por el hecho de no haber escuchado jamás música, por no haber abierto nunca un libro o no haber ido nunca al cine. También están los que esperan suscitar admiración a causa de su absoluta castidad. Alguna vanidad tienen que sacar de todo eso: es la única alegría que tendrán en la vida.” En ese punto cambia la vida, nuestra pequeña cómplice se convierte en una cría atípica, divertida, despierta, curiosa con una vida interior de lo más enriquecida, y es que tal vez los años de ser tubo no hayan resultado baladíes. El grueso de la novela se desenvuelve en los siguientes meses, hasta poco después de que Amelie cumpla tres años. Es un ser caprichoso, ya que aunque sabe hablar en francés y japonés no lo hace. En realidad para ella no son dos idiomas diferentes sino una única y enorme lengua a elegir. Reserva y dosifica sus palabras en francés y los destinatarios de las mismas. Finalmente opta por hablar en japonés con su aya Nishio-san, a quien se confía, con quien indaga, que la trata como una criatura casi mágica, un okosama: una honorable excelencia infantil, un señor niño. Nishio-san se pliega a sus deseos y Amelie decide ser japonesa, embriagada por todo lo hermoso encuentra, por su sacerdotisa, por las hijas gemelas de esta. Sólo se le resiste un japonés: Kashima-san, segunda aya, personaje aristocrático,

aferrado a unos privilegios desaparecidos años atrás, altiva, fina y resentida con todos los occidentales, incluyendo a sus patronos y por supuesto a la hija de estos. Aunque para ser justos la pequeña jerifanta de esta historia tampoco adora todo Japón. Es más, siente una repulsión enfermiza por uno de sus símbolos principales: las carpas, que le recuerdan unos tubos, sebosos y repugnantes. Vivimos esos meses hasta llegar un poco más allá del tercer cumpleaños de la autora, disfrutando de anécdotas supuestamente vividas, como el hecho de que el padre de Amélie se convirtiese en el primer cantante occidental de no (un tipo de teatro musical tradicional japonés), o la desaparición del pobre Cónsul belga en unas alcantarillas, mientras pasea de la mano de su hija. Concluye cuando debe hacerlo, en el preciso instante en que toma conciencia de que no es inmortal y de que lanzarse a los brazos de la muerte resulta tentador hasta para una niña de tres años. Ni qué decir tiene que sobrevive, así que no hay motivo alguno para preocuparse. La imagen de Amélie Nothomb es toda una marca, mirar las portadas de sus libros basta para darse cuenta de que aún guarda en su interior cierta parte de ese pequeño dios que busca adoración. Ahora tal vez lo haga a través de la literatura, de la precisión de su lenguaje, de sus ideas certeras y algo pedantes. Cargada de un sentido cómico muy fino, que bordea o incluso se mezcla con la tragedia en ciertos instantes, esta novela es muy recomendable, para pasar una o dos tardes divertidas y no echarla en el olvido. Bueno, y ahora que hemos acabado con los pecados capitales ¿qué camino nos queda, señora directora?, ¿pasaremos a los pequeños vicios, o trataremos de conseguir la pureza a través del arrepentimiento y la culpa? El fantasma tramposo me guiña un ojo y se desdibuja, dejándome sola e intrigada. ¡Malditas sean las alucinaciones creativas!

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Pecados capitales: Soberbia

La soberbia y las burbujas n Jordi Corominas i Julián

La soberbia es un vicio mal visto, casi peor que levantarle la novia al vecino. Ya lo sabían los reyes romanos. Uno de ellos, el último, recibió el apelativo que tanto nos preocupa y además se llamaba Tarquinio. Peor gusto y no nace. Su altivez comportó su caída y la eclosión de la República. Me encanta lo de «la Historia se repite», y quiero que el mismo proceso acaecido en la Ciudad Eterna hace más de dos milenios tome cuerpo en España. Depende de los ciudadanos alterar el orden. Sí, estoy muy cabreado. Es martes veintinueve de mayo, pega un calor de mil narices visigodas y los millones que entre todos daremos a Bankia son una prueba horrenda de la prepotencia de los que mandan. ¿Lo toleraremos? ¿Os quedaréis en casa contentos sin más? Las burbujas en España son una constante. Los antiguos consideraban que la humildad era un defecto, una intolerable muestra de hipocresía. El Cristianismo trucó el termómetro y desde ese instante fue bien vista, lo que debería ser delito. Lo políticamente correcto llena el vertedero de detritus que transforman las palabras en heces para retroceder. Otra cosa es la pedantería, que por otra parte también se halla en interminables

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monólogos de Facebook, que en lo literario es un ejemplo de lo que menciono, una burbuja de egos que se creyeron lo de Warhol sin pasar por Darwin. Los quince minutos de gloria y la selección natural no están tan lejos, el tiempo lo verificará. Miles de personas se han declarado creyentes de una religión como palestra de proyección pública. Milagro. Te leerán, les sonará tu nombre y albergarás la esperanza de labrarte un futuro en las letras sin contemplar que vives en un país que se va a pique donde se publican más de cien mil títulos actuales. ¿Quién los compra? Seguirás en tu amanuense actividad en una bitácora, te comentarán los textos y sentirás un cosquilleo. Puede que al cabo de unos meses las energías desaparezcan y tanto «aquí estoy yo» te derrote, porque debes saber algo elemental. Aquí, así lo dicta la Historia, el dedo del azar no es casual. De nada vale criticar con ese goce de tertuliano. Lo único esencial es tener paciencia, trabajar con amor y ofrecer lo creado desde una sinceridad, lo contrario al efecto. Nuestros antepasados estarían de acuerdo. Su reloj era más lento y valoraban lo desprovisto de tendencia. Tenían la honestidad por bandera, y cuando se enzarzaban en debates literarios lo hacían con


gracia infinita, con sátira, arte y razonamientos asesinados en un camino a principios del siglo XXI. La palabra soberbia es bíblica, apocalíptica. Las burbujas me recuerdan a mi infancia y un sábado en la Fundació Miró de Barcelona. Un mago las generaba con artilugios verticales en una sala oscura con una luz rebelde que viraba de ángulo a ángulo mientras la música se sincronizaba con la deformación de las pompas, que tras alcanzar su cénit se contraían y empequeñecían hasta desaparecer. La metáfora de la anécdota es obvia y anticipa un estallido a lo Zabriskie Point de Antonioni con más de dieciséis cámaras para captar el estruendo, la horrenda belleza del colapso. Será múltiple. Operación Triunfo acude a mi cabeza a la una y cuarenta y siete minutos de la madrugada. Los jóvenes aspirantes a cantantes de éxito atendían en insufribles colas, soltaban sus gallos o delicias y después recibían un veredicto. Un poco como Dios en las películas en blanco y negro. Bienvenido, es tu turno. No, no vales. Eso lo hace la vida y entre prosa, poesía, ensayo o lo que ustedes deseen la frontera también se fijará desde esas coordenadas. «Vindràn els anys, i amb els anys la calma». Quedarán doce, dieciséis o un número multiplicado por cinco. La cifra disminuirá cuando estemos muertos. La gigantomaquia es nociva, y entra en la línea del discurso. Hace poco más de un siglo que el Titanic finiquitó la arrogancia de la Belle Époque y su optimismo en un perpetuo progreso tecnológico y científico basado en una explotación de los desfavorecidos, del esclavismo a la clase obrera, del vagón de tercera clase a las grandes exposiciones universales. La época feneció con el atentado de Sarajevo y antes de apagarse propició las vanguardias desde la neurosis de lo común, que engendraron la rebeldía de unos pocos elegidos que mientras un modelo agotado y caduco se agotaba con la Primera Guerra Mundial triplicaron la apuesta hasta los topes. Cuando un cuerpo se pudre sólo hay que rescatar el esqueleto para que sus huesos sean arqueología de la ruta a trazar. Sin pasado no hay presente. Picasso, Cocteau, Apollinaire eran soberbios buenos al tener plena conciencia que su propuesta asaltaba los parámetros de la normalidad, una dama monótona que llena demasiadas estanterías que protestan por el flagelo de la mediocridad al cuadrado, transmitida de generación a generación por individuos sin comprensión de una de tantas polisemias de la soberbia, la de errar en la percepción de lo que uno hace hasta sucumbir porque las pilas no están programadas para la misión.

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Pecados capitales: Soberbia

De dioses y héroes n José Braulio Fernández Decía Francisco de Quevedo que era más fácil escribir contra la soberbia que vencerla. No seré yo quien contradiga al escritor del Siglo de Oro; sin embargo, no son ningún secreto algunas de las muestras de soberbia que él mismo protagonizó a lo largo de su vida, las más contra gentes de su gremio, incluso de otros en los que se estudiaba el arte de la espada (sonada fue la antipatía con Luis Pacheco de Narváez), y de las que hay constancia en nuestros días. ¿De verdad reconocemos la soberbia si la padecemos? Francisco de Quevedo, por más que formule adagios sobre lo nocivo de la soberbia, no predicó con el ejemplo, o no quiso. O quizá se trataba de una altivez que formaba parte del personaje. En todo caso, Quevedo era un hombre singular, con todos sus defectos y virtudes, con su soberbia y con su genialidad. Debemos ser indulgentes con él, pues nos ha legado una obra de la que podemos disfrutar varios siglos después, sea fruto de su pecado o de su fingido personaje, queda a la voluntad del lector. La magnitud de la soberbia corre paralela a la grandeza del personaje. Nadie podrá negar que Francisco de Quevedo fue un escritor extraordinario en vida y valiente cuando el fin se cernía sobre él ([...]Llegue rogada, pues mi bien previene; / hálleme agradecido, no asustado; / mi vida acabe, y mi vivir ordene.). ¿Podemos juzgar a alguien que ha mantenido su forma de ser hasta el fin de sus días? ¿Toda soberbia es soberbia o por el contrario a eso que llamamos soberbia puede matizarse y convertirse en seguridad en uno mismo? Cuando nos encontramos a una persona que combate nuestras ideas con sus argumentos, 44

no siempre somos justos. Y lo somos menos aún cuando doblega nuestras argumentaciones, que pensábamos infalibles, con elaboradas exposiciones. Por eso no siempre la soberbia es soberbia, a veces es nuestra necesidad de desacreditar aquello que nos sobrepasa lo que nos impele a denominarlo como soberbia para mitigar el revés sufrido. “Prometeo: Duéleme hablar de ello, pero también duéleme más no hacerlo. Los dioses empezaron a enfadarse y produciéndose entre ellos la discordia; unos querían arrojar a Cronos de su trono, para que Zeus desde entonces reinara; otros, por el contrario, esforzáronse en que Zeus no mandara jamás sobre los dioses; y yo fui incapaz de persuadir con mis mejores consejos a los titanes, hijos de la Tierra y del Cielo. Despreciando las arteras trazas, creyeron, en su brutal presunción, que sin fatiga se harían dueños sólo por la violencia. Mi madre, Temis y Tierra, quienes son, como lo sabéis, un solo ser bajo nombres diversos, habíanme profetizado -y no una sola vez- cómo se cumpliría el futuro: que no por la fuerza o por la violencia, sino con engaño debería vencerse a los poderosos. Mientras yo les explicaba estas cosas con mis palabras, nunca se dignaron a dirigirme la mirada. Lo mejor en aquellas circunstancias me pareció que era, haciendo caso a mi madre, ponerme del lado de Zeus que recibió, agradecido, a un voluntario. Por mis consejos, el antro negro y profundo del Tártaro encierra hoy al antiguo Cronos y a sus aliados. Tales fueron los beneficios que recibió de mí el tirano de los dioses y que me ha pagado con esta cruel recompensa. Sin duda, es un vicio inherente a la tiranía, no confiar en los amigos.


Ahora, me preguntáis por qué causa me ha aprisionado y os lo aclararé. En cuanto se sentó en el trono paterno, enseguida distribuyó entre los dioses sus privilegios, a cada uno diferentes, y organizó su imperio; pero no se preocupó en lo absoluto de los míseros mortales sino que, aniquilando toda raza, deseaba crear otra nueva. A este proyecto sólo yo me opuse. Yo me atreví; libré a los mortales de ser precipitados al Hades. Por ello ahora estoy padeciendo este agónico penar, sufrimiento doloroso muy difícil de soportar y bastante lamentable de presenciar. Por haber tenido ante todo piedad de los mortales, no fui juzgado digno de conseguir la compasión, sino que implacablemente soy tratado. ¡Espectáculo infamante para Zeus!”.

imaginado se amarga al contacto con la realidad. Y es entonces cuando nos vemos en la encrucijada, solos ante el peligro, como Prometeo ante Zeus omnipotente, defendiendo una idea sin cuya concepción nadie habría reparado en ella. Por compleja, por fantasiosa, por temeraria. Por miedo. El Titán no se arredró, afrontó las adversidades, desafió a la lógica, concedió a unos seres indefensos una forma de vivir a costa de los dioses a los que debían temer. Les concedió el fuego. Y fue castigado por ello, no tanto por el hecho en sí como por desafiar a los dioses. Y ya sabemos cómo se las gastan los dioses... “Que un enemigo sea maltratado por enemigos, no es deshonroso. Así pues, que lance contra mí el rizo de fuego de doble filo, que el éter sea agitado por el trueno y que la furia de los salvajes vientos sacuda la tierra y la arranque de sus fundamentos con sus raíces, que la ola del mar con su ardiente rugido confunda las rutas de los astros celestes, que caiga mi cuerpo al negro Tártaro en los implacables torbellinos de la Necesidad. Sin embargo, ¡él nunca me hará morir!”.

En “Prometeo encadenado” la soberbia adquiere tintes épicos. Prometeo, el Titán que robó el fuego a los dioses para entregárselo a los mortales, recibe la furia ejemplar de Zeus. A partir de aquí la odisea interior de Prometeo se ejecuta desde las cadenas en las que se encuentra prisionero. Prometeo, algo confiado, depositó en su suerte el feliz desenlace; pero pronto fue advertido de que jugar con los dioses tiene su castigo. Por hacer lo que en su momento creía correcto se le censuró. Apostó por los débiles en detrimento de los poderosos, aun a riesgo de su propia integridad. Y se mantuvo impertérrito ante toda amenaza, castigo y contrariedad. Fue fiel a su instinto, a sus ideas, a sus principios. ¿Es soberbia o sólo tenacidad?

Hagamos un ejercicio comparativo como colofón para reflexionar, que es a lo único que debe conducir cualquier lectura. De un lado tenemos a Prometeo encadenado en una colina al albur de las calamidades que un dios le inflija, obra con ¿soberbia? contra los poderosos que creían poseerlo todo, que creían gobernar incluso sobre la muerte y la vida, para que los más necesitados se agarren a un diminuto clavo. De otro lado tenemos a Gandhi en una de sus huelgas de hambre, obra con ¿soberbia? contra los que creían poseerlo todo, que creían gobernar incluso sobre la muerte y la vida, para que los más necesitados se agarren a un diminuto clavo.

No resulta sencillo ejecutar una idea a contracorriente, sobre todo cuando quienes se oponen son poderosos y sabemos que su reacción podría acabar tanto con la idea como con el espíritu de la misma. Desoímos los consejos que nos invitan a replanteárnoslo, creemos poder con todas las adversidades que se pongan en nuestro camino para alcanzar la meta que nos propusimos. Pero es en el momento en el que todas las adversidades se nos vienen encima cuando la dulzura de lo

Creemos conocer de sobra cuál es la silueta de la soberbia; pero a veces ni siquiera sabemos distinguir la vanidad del pundonor. Quizá a mis palabras les sobre soberbia. O no.

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Pecados capitales: Soberbia

La impedimenta de la soberbia n Ainize Salaberri “The winner takes it all”, decía una canción de ABBA, y bien es lo que podría cantar el protagonista de la novela de Terry Southern, “El cristiano mágico”, en un alarde más de poder y soberbia. Porque Guy Grand, el infame y excéntrico millonario que se pasea por las páginas aderezando su maldad mientras mira por encima del hombro a todo bicho viviente. Un hombre que no escatima en esfuerzos, ni en gastos, para demostrar hasta qué punto el hombre es un ser necesitado que se arrastra, si es necesario, que se humilla, si es necesario, que veja, si es necesario, para conseguir un puñado de dólares o uno de los grandes. Y es que en esta novela de Southern, publicada en Impedimenta, se muestra, con total impunidad, la soberbia de los ganadores, que siempre queda a la luz en los tabloides y entre la sociedad, pero también la soberbia del perdedor, que siempre va acompañada, a diferencia de la de los ganadores, de la avaricia y la envidia. El perdedor, es decir, el pobre, el humillado, el vejado, la rata de cloaca que sale de su cueva en cuanto huele el dinero, es soberbio por necesidad; entiende, el pobre, el desgraciado, que sólo la soberbia puede sacarle de la mendicidad. Se equivoca, por supuesto, pero hasta en eso son soberbios y necios: creen a pies juntillas que tienen razón y se dedicarán, quizás con más ahínco que Guy Grand, a demostrar que de pobre también se pueda salir, aunque sea lleno de mierda y sin un ápice ni resquicio de dignidad.

La soberbia es una de las lecciones que aprendemos con esta novela, elimina cualquier rastro de dignidad; el orgullo, la chulería, devora cualquier sentimiento positivo y lo transforma en un abismo insondable. El precipicio, por supuesto, sólo lo ve el ganador, y Grand es un experto en serrar puentes de madera y cuerdas de supervivencia. Las dos novelas publicadas también en Impedimenta, “Reina Lucía” y “Mapp y Lucía”, dejan en evidencia una realidad sorprendente: el ridículo constante al que se exponen las clases altas. Lección número dos: la soberbia hace absurdo al ser humano: personajes que muestran, sin saberlo y con un orgullo estúpido, su más absoluta gilipollez; personajes que están encadenados a las apariencias, atados y abotonados a unas reglas sociales que degradan lo que son, en realidad, y lo que no son, y cuya tan latente soberbia les lleva a pensar que el pedestal sobre el que sitúan sus vidas les salva de cualquier reacción, maldad o desgracia. No saben que el mundo se ríe ante su supina estulticia y tontería. Lección tres: la soberbia se quita el disfraz y es un esqueleto; y tiembla por la falta de seguridad y la sobreexposición. Esos huesos no van a levantar el mundo. Esos huesos no pueden sostener el dinero. Se me ocurre pensar en qué relación hubiese existido entre Guy Grand, ese


pequeño, que es el común de los mortales, cuya libertad sobrevive cosida a un umbral de la pobreza cada vez más cercano. Y quien es poderoso carece por completo de escrúpulos. Exactamente igual que les ocurre a Mapp y Lucía: su lucha por mantener su cetro alcanza cotas verdaderamente denigrantes, aunque hilarantes para el lector. Pero, en realidad, parándonos a analizar el prototipo humano que se nos presenta, deberíamos cuanto menos ruborizarnos al saber, con certeza, que no son invenciones de un escritor en el nirvana de la inspiración, sino muestras reales de lo que es el ser humano: un lobo que se devora a sí mismo, sí, pero que antes devora para mostrar su poder. La soberbia tan brutal en la que el dinero sitúa a las personas es, en realidad, el lobo del cuento. La soberbia es la arena movediza que el poderoso, el rico, aquel que contempla largas horas su belleza en el espejo o en el reflejo del agua en la fuente, dispone delante de las cabezas de turco, que somos todos los demás. Y quien cae lo hace por la soberbia –del perdedor, por supuesto, porque the winner takes it all, no nos olvidemos– de creerse capaz de engullir al pez grande. Por eso nunca se habla del perdedor, es demasiado humillante para el ser humano. La grandeza, sin embargo, aunque repugnante, ha de mostrarse siempre. La patada, la vergüenza, el pecado.

déspota soberbio de “El cristiano mágico” y Reina Lucía, o entre Grand y Mapp. Sabemos que la relación entre estas dos bellas e indisciplinadas damas inglesas es una batalla que enardece a base de odio y envidia; se matarían si pudieran. En la intimidad se tiran de los pelos, se muerden, se escupen, y en la escena pública se aguantan entre sonrisas y falsedades. Mapp y Lucía son las damas más prepotentes, narcisistas y orgullosas que alguna vez ha contemplado la literatura inglesa. Ni el señor Darcy podría superarlas, tampoco Dorian Gray. Y me da por pensar en qué ocurriría si juntásemos a los tres, a Grand, Lucas y Mapp en una misma habitación. ¿Se acabaría el mundo tal y como lo conocemos? Es posible. ¿Lucharían sus egos, su orgullo, su soberbia, su alta estima por sí mismos a vida o muerte? Sin duda. El enfrentamiento por la supremacía absoluta, como antaño, sería feroz; todos creerían merecerse estar en lo alto del podio, todos tendrían, bien dispuestos, discursos en los que quedarían reflejados sus muchos poderes, capacidades, habilidades y aptitudes para ser los reyes del cortijo, y todos desplegarían su soberbia, como si de una manta se tratase, para acabar convirtiendo a los contrarios en sus súbditos. Gracias a dios, pienso, que además no son escritores, pues su ego no encontraría límites. Y es que estos tres son de armas tomar. Imparables.

La lección de estos libros es que la soberbia humilla a grandes y pequeños, que el orgullo es quien, en realidad, gana siempre. No existe el pudor ni la dignidad: la soberbia ya ha engullido a su víctima. La impedimenta de la soberbia que nos sume en pozos que nadie, nunca, debería alumbrar. A la soberbia es mejor dejarla morir.

“El cristiano mágico” esconde un sin fin de críticas a la sociedad; críticas mordaces y hábiles dispuestas por las entretenidas páginas de Southern. Es evidente que vivimos en una sociedad donde lo único que realmente se valora es la propiedad, el patrimonio, el dinero, las apariencias. Guy Grand es salvaje, y se compara al capitalismo: devora al pez

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Pecados capitales: Soberbia

La definición de soberbia y los soberbios “Némesis” de Mark Millar y Steve McNiven

Un cómic hiperviolento y excesivo para retratar la soberbia, tanto la de un personaje convencido de sus propios méritos como de una sociedad, cómoda con sus propios ideales.

n Alejandro Larrañaga “La soberbia es la mayor enemiga de los grandes hombres” Parece que fue hace un siglo cuando Granite & Rainbow inició este repaso literario por los siete pecados capitales. En mi caso, tengo que reconocer que me ha servido para darme un garbeo (con gran placer, tengo que reconocerlo,

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imagino que mi pecado será la lujuria) por lo más oculto del ser humano. Echando la vista atrás me doy cuenta de que he partido siempre de una premisa negativa. Y la RAE me ha demostrado que no tenía por qué haberlo hecho. En la definición de la propia soberbia (el que nos ocupa en este número) queda claro que la cualidad o el hecho


gente como yo nunca pierde!” La soberbia también es necesaria por parte de los creadores de Némesis. Millar y McNiven hacen la obra que quieren, al margen de las habituales exigencias de las empresas para las que trabajan. Para ello, corren un riesgo que, desde su posición, podría considerarse controlado. Se trata de un trabajo totalmente personal (a pesar de que pueda ser considerado, igualmente, comercial), sin el respaldo de una gran editorial, solo con el de su prestigio. Una apuesta arriesgada en la que debes poner lo mejor de ti y considerarte lo suficientemente bueno como para que el público, único juez válido en el mundo del mercado al que quieren pertenecer, te siga allá donde vayas. Como Némesis, debes creerte inmune al fracaso porque el miedo es un enemigo peligroso, que busca atenazarte y no lanzarte a hacer aquello que quieres. 3. f. Especialmente hablando de los edificios, exceso en la magnificencia, suntuosidad o pompa. Leer (consumir podría considerarse más adecuado) debe ser una experiencia que quieres vivir. Has de estar dispuesto a aceptar las reglas del mundo propuesto. Un lugar en el que lo inverosímil se disfraza de real si dispones del dinero suficiente. En realidad, la vida nos está enseñando cada día que lo propuesto en algo, a priori, con tan pocas intenciones trascendentales como una novela gráfica no está tan lejos de lo que el mundo se empeña en dejar patente. Némesis sabe que puede comprarlo todo y a todos y que solo hace falta un plan retorcido que le de forma. Es en ese plan donde se juega el éxito o el fracaso del cómic. La hiperexpresividad, la violencia, todo debe ser llamativo e impactante. Para que el lector quiera más, aunque desee la caída del villano, el malo malísimo que nos mira por encima del hombro y que se cree superior a todo bicho viviente. El click final que hará que todas las piezas encajen será la propia soberbia de los creadores, capaces de montar el parque de atracciones más grande que su imaginación pueda crear, con alta tecnología, para que disfrutemos del viaje. Lo de sacar conclusiones nos lo dejan a nosotros, puesto que su objetivo básico es que pasemos un buen rato y Némesis solo sea el comienzo, o la continuación, de nuestra prolífica relación con un mundo que tiene muchísimo que ofrecer; y que solo necesita que nos acerquemos a él sin prejuicios. 4. f. Cólera e ira expresadas con acciones descompuestas o palabras altivas e injuriosas. “La soberbia es la mayor enemiga de los grandes hombres, sargento Lee. Gracias a ella, he derrotado a mis oponentes en el mundo entero, y Blake Morrow no será una excepción.” Seguramente no sea necesario insistir, pero como me gusta darle muchas vueltas a todo, nos vamos a parar en ello otra vez. El plan

de serlo indica que el ‘pecador’ siempre tiene un gran concepto de sí mismo (sobre todo en comparación con sus semejantes). Sin embargo, no es la única tendencia de las acepciones puesto que, cuando hablamos de alguien soberbio también podemos referirnos a lo magnífico que es (nadie se tomaría a mal que dijeran de una novela que es soberbia). El problema radica en la intersección de estas dos ideas, puesto que aquel que sea definido como soberbio, en el buen sentido, puede caer en la tentación de la autocomplacencia, viéndose como un ser superior. Llegados a este punto ya da igual que tenga motivos o no porque en su mente estarán clarísimos. Mark Millar, guionista de Némesis, parece de acuerdo con estas dos ideas y por eso ideó Némesis al lado del dibujante Steve McNiven. Un millonario aburrido y con recursos ilimitados se dedica a la destrucción simplemente porque puede, haciendo que se tambalee todo aquello en lo que basamos nuestro modelo de sociedad. Por supuesto cada uno tiene su estilo, y para presentarnos a Némesis, Millar y McNiven utilizan un envoltorio colorido, espectacular y, sobre todo, ultraviolento, prolongando la línea que ya habían iniciado en el mundo del cómic con anteriores títulos como KickAss. Para que no queden dudas en la relación Némesis-soberbia, vamos a ceñirnos a las propias acepciones de la palabra que la Academia utiliza para definírnosla, porque nos vienen como anillo al dedo. soberbia. (Del lat. superbĭa). 1.Altivez y apetito desordenado de ser preferido a otros. “Soy un hombre rico que se aburre mucho. ¿Qué más necesitas saber?” La premisa sobre la que descansa el leiv motiv de la existencia de un personaje soberbio, en el mal sentido, es muy básica. Yo soy mejor que tú y eso me da derecho a hacer lo que me venga en gana. El soberbio no tiene problema en disponer de la vida de mis semejantes, sin pararse a pensar en las consecuencias, con el único fin de satisfacer sus apetitos y necesidades. Esto, referido al ciudadano de a pie puede no ser fácilmente detectado, pero en Némesis puede provocar que varias potencias mundiales se vean comprometidas, que los destrozos sean incalculables y que la acción no se detenga en ningún momento. En un cómic de estas características, hace falta que las persecuciones, las peleas y la lucha de poderes, en este caso entre el villano y el héroe, aquí apartado de su habitual papel protagonista, sean abundantes y espectaculares. Se le podrán achacar otras cosas al tándem Millar-McNiven, pero de todo esto Némesis va más que sobrado. 2. Satisfacción y envanecimiento por la contemplación de las propias prendas con menosprecio de los demás. “¡jajajajaja! ¡Dios! ¿Esto no tiene precio! ¡Es maravilloso! ¡Soy demasiado rico como para fracasar! ¿Acaso no lo entendéis? ¡La

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de Némesis, como el de Mark Millar o Steve McNiven, es un plan muy grande, podría decirse que mastodóntico, inabarcable si no se disponen de recursos y fe ilimitados. Son hechos pensados mucho antes de que tengan que ocurrir, hace falta prever cómo van a reaccionar los implicados (es verdad que nuestros instintos primarios nos hacen predecibles) y que las piezas de ese dominó eterno vayan cayendo una tras otra. Sin embargo, al lector no se le pueda dar todo hecho porque corres el peligro de que pierda el interés, por lo que debes reservarle giros y más giros, con continuas sorpresas para que sus predicciones nunca se acaben de cumplir, o que si se cumplen sea después de dos vueltas inesperadas que le hagan, primero, renunciar a que aquello que esperaba vaya a realizarse. En este sentido, Millar es un maestro porque, incluso en la página final tiene más para ofrecer, la ilusión de que Némesis solo es el principio (y lo dejo ahí porque no hay que desvelar nada que pueda comprometer el plan de Millar) 5. f. ant. Palabra o acción injuriosa. Tal como está planteado el cómic, podría decirse que es bastante subversivo. Entiéndase lo que quiero decir. Némesis es un cómic destinado al consumo puro y duro. En cuanto a su imagen (a pesar del sello de sus autores y del hecho de que sea un proyecto preparado y gestionado por ellos mismos, a pesar de que, seguramente, acabará en el cine como la mayoría de sus hermanos, KickAss, Wanted…) no se aparta demasiado de lo que puede verse en cualquier Marvel o DC (obviando que va más allá en cuanto a violencia) para cualquier espectador medio. Sin embargo, por detrás no deja de deslizar ciertos ataques hacia lo que entendemos, y en lo que participamos, como sociedad. Son ataques hacia la soberbia de nuestra sociedad, parapetada tras los ídolos que hemos creado y donde los conceptos de justicia y legalidad acaban siendo tan ambiguos. Hasta este momento no había comprendido porque, en este camino iniciado por G&R en torno a los pecados capitales, la soberbia había quedado para el último lugar y llegaba justo después de la avaricia. Probablemente sea porque son los dos que tenemos más interiorizados como personas y como especie. Siempre queremos más y nos consideramos con derecho a ello. Némesis, al menos, lo tiene claro.


Marian Womack es autora de “Memoria de la nieve” (Tropo, 2011). Ha traducido, entre otros, a Charles Dickens, Mary Shelley Daphne du Maurier y Lord Dunsany, y en colaboración con el poeta James Womack a Pushkin, Lidia Zinovieva-Annibal o Antón Chejov. Trabaja entre el barrio de Malasaña en Madrid y Londres, y colabora en diversos medios españoles y británicos, entre los que destaca el Times Literary Supplement.

“La poesía te hace una persona distinta” n Ainize Salaberri Marian Womack es traductora (entre otras muchas cosas) porque... Tengo muchas amigas escritoras que traducen. Creo que es una extensión lógica de nuestra profesión, una extensión que, además, nos permite pagar alguna que otra factura. Estoy convencida de que un traductor literario tiene que ser, además, escritor. ¿Cómo te formaste? No estudié ninguna filología, lo que se

Marian Womack

me ha recriminado en alguna ocasión… En realidad me fui a estudiar a Escocia primero y después a Inglaterra precisamente porque quería estudiar literatura. Solo fue cuando me incorporé al master de Literatura Europea en Oxford y empecé a impartir clases de lengua cuando comencé a aproximarme a la filología como ciencia, y te hablo de una época ya como postgraduada. No creo que un traductor literario sea un traductor al uso. Un traductor literario tiene que, en cierta medida, ser escritor también. Me repito, pero creo que es importante.


¿Cómo es tu día a día? ¿Cómo te organizas?

Begoña Re gu

Pues algo mal, la verdad… Intento estar traduciendo o escribiendo a primera hora, y trabajar unas tres o cuatro horas seguidas, hasta las nueve o las diez de la mañana. A partir de entonces las vicisitudes varias de llevar una editorial independiente, o, como suelo decir, la vida misma, interrumpen el proceso creativo con un millar de problemas que resolver por día, y así no se puede traducir. Un editor es eso, simplemente, un solucionador de problemas. ¡Es una profesión sin ningún glamour!

eiro

¿A qué retos se enfrenta un traductor? ¿Los editores…? No, en serio. Sobre todo a las expectativas irreales de los demás... Me explico. A veces me ha ocurrido que un texto no “sonaba” como esperaba el editor, aunque a lo mejor nunca hubiera leído el texto original. A los usos y los modos de la traducción, algo desfasadillos, que todavía imperan en nuestro sector editorial, y que abogan a veces por “limpiar”, “peinar” un texto para que suene bien, o sonar como el editor cree que espera el lector… Y los lectores son mucho más exigentes de lo que creemos, ¡vaya si lo son! Es mucho más difícil traducir para España que, por ejemplo, para el mercado anglosajón, algo más al día en estas cuestiones. Allí impera más bien lo que yo creo, que el traductor tiene el deber de acercar al lector a un texto, no al contrario, acercar un texto a un lector determinado… parafraseando, con vuestro permiso, al teórico de la traducción Schleiermacher. ¿Cuál ha sido la traducción más difícil y por qué? Alguna que haya tenido que defender por estos motivos. Me han revisado entero un texto cuajado de relatos diochocescos, de un género concreto que, como todo el mundo sabe, no poseía un lenguaje desarrollado al nivel de sus expectativas, modernísimas, de hibridación. Una traducción fiel se convirtió en un texto de nadie, en el que apenas reconozco mi prosa… Una pena. ¿A quién te gustaría traducir y quién ha sido el autor o autora que más placer te ha provocado al traducirlo?

Me encantaría traducir a Angela Carter, y disfruté mucho con Daphne Du Maurier. Traducirla, además, fue como un sueño cumplido. Sueñas con traducir a... Angela Carter, Jean Rhys, Joyce Carol Oates, Vita Sackville-West, Virginia Woolf, Rebecca West, Gladys Mitchell, Elizabeth Taylor, Elizabeth Bowen… ¿Me paro ya? Muchos traductores piden visibilidad; al fin y al cabo, una obra que se traduce es, prácticamente, una obra nueva. ¿Cuáles son esos problemas a los que os enfrentáis los traductores y por qué se ha llegado a este punto? ¿Qué se debe hacer desde dentro y qué desde fuera para conseguir ese reconocimiento que, parece, hasta ahora se os ha sido negado? No estoy segura de desear yo misma esa visibilidad… Algunas de las traducciones que he realizado han sido algo controvertidas… Sin embargo, he publicado algunas con un seudónimo masculino, y ha resultado de lo más liberador; los comentarios habituales simplemente no han aparecido. La traducción ha recibido buenas críticas y a mí se me ha dejado tranquila. ¿Qué más

se puede pedir? Soy consciente de que con esta respuesta no hago sino evidenciar otro problemilla de la traducción que encuentro, al menos, en nuestro país. ¿Qué es lo que, como traductora única y exclusivamente, más valoras de un autor o de un libro? Que esté bien escrito. Sé que es una obviedad, pero no hay nada más difícil de traducir que un libro mal escrito. ¿Cada cuánto, en tu opinión, deberían revisarse –es decir, volver a traducir– una obra? Yo diría que veinte años es el mínimo… El traductor, además de eso, ¿qué más es? ¿Qué más conocimientos debe tener? ¿Debe quitarse alguna piel para realizar una buena traducción o todo suma? Yo creo que sí, que la experiencia es un valor añadido siempre. ¿Anécdotas, traductora? Un grupito de escritoras que a menudo solemos traducir nos juntamos a veces para merendolas de cotilleo… Es triste decirlo, pero nuestras experiencias en


la profesión suelen ser más negativas que positivas. Me cuesta recordar algo que merezca la pena mencionarse, algo positivo. Veamos lo que opinas de las siguientes citas y si podrían aplicarse a tu modo de vivir la traducción: «El lector ideal es un traductor. Es capaz de desmenuzar un texto, retirarle la piel, cortarlo hasta la médula, seguir cada arteria y cada vena y luego poner en pie a un nuevo ser viviente.» (Alberto Manguel) Según Manguel, el lector ideal es Víctor Frankenstein… Todos sabemos lo mal que acabó su aventura. Frankestein, al menos, tenía un modelo a partir del cual trabajar (el cuerpo humano), y para mí la mayoría del trabajo del texto ha sido realizado antes de que llegue al lector. «Los escritores hacen la literatura nacional y los traductores hacen la literatura universal.» (José Saramago) Hermosamente

expresado.

Ponemos

nuestra miguita, al menos… «Y sin embargo la traducción que se propusiera desempeñar la función de intermediario sólo podría transmitir una comunicación, es decir, algo que carece de importancia. Y este es en definitiva el signo característico de una mala traducción. Ahora bien, lo que hay en una obra literaria— y hasta el mal traductor reconoce que es lo esencial— ¿no es lo que se considera en general como intangible, secreto,«poético»? ¿Se trata entonces de que el traductor sólo puede transmitir algo haciendo a su vez literatura?» (Walter Benjamin en “La tarea del traductor”) Por supuesto. Y ejerciendo como médium del autor. Solo un escritor es capaz de hacer algo así y, algunas veces, salir airoso. «Me parece que traducir de una lengua a otra, como no sea de las reinas de las lenguas, griega y latina, es como quien mira los tapices flamencos por el revés, que aunque se ven las figuras, son llenas de hilos que las oscurecen y

no se ven con la lisura y tez de la faz.» Cervantes Precisamente hay que ver los hilos… Hay que, digamos, traducir los hilos, no las figuras… Las figuras emergen de los hilos, al menos si haces bien tu trabajo. No pretendo contradecir a Cervantes, pero así me lo parece a mí…

Test rápido El traductor es... Un escritor-médium. Una escritora: Jean Rhys / Ludmilla Petrushévskaia / Bertha Vias Mahou Un escritor: Henry James / Dostoievski / Andrés Ibáñez Un país literario: Inglaterra y Rusia; no puedo elegir. La mejor literatura está en... Los libros. En papel. Tu palabra favorita (y vale cualquier idioma): mariposa, en cualquier idioma (butterfly, papillon, babochka…) La palabra más odiada: sarcasmo Un idioma: Inglés Un libro: Lady into fox Un recuerdo como traductora: Como expliqué antes, hay pocos recuerdos buenos… Me quedo con el placer de la ejecución.


Llego a la Calle del Humilladero, en el corazón de La Latina. El barrio está en plena ebullición de gente. Las terrazas y las cervezas hacen que uno no se sienta solo en este Madrid primaveral. Entro en el bar donde he quedado con Rodolfo Serrano y el calor, el ambientador y una canción anglosajona me saludan nada más pasar la puerta. Rodolfo se levanta de su asiento y se ofrece a pedirme algo de beber. Sentarse al lado de un gran periodista para hacerle una entrevista es un reto para cualquiera, quizás por ello ese cosquilleo en el estómago se agudiza más cuando damos comienzo a la misma bajo la sombra blanca de un gin-tonic.

“La poesía es la calle y los recuerdos.” n J. Álvaro Gómez ¿Quién o qué le hace lanzarse a estudiar periodismo? Fue por eliminación y por obligación de mi mujer. Después de la escuela del pueblo no había continuado mis estudios. Fue mi mujer quien se empeño en que tenía que seguir estudiando y coincidió con la primera promoción de acceso a la universidad para mayores de 25 años. Tenía que elegir la carrera que quería hacer, y periodismo era la que más se ajustaba a lo que yo quería ser. Y de ahí poco a poco hasta… Empecé a trabajar en periódicos y publicaciones técnicas como “Correo de la construcción” o “Tribuna médica”, donde me enseñaron mucho. Trabajaba y estudiaba por libre en la universidad. Más tarde llegué a El País para hacer una suplencia de verano y me quedé allí muchos años. Y luego llega al periodismo político. ¿Se puede hacer literatura con la política? En aquella suplencia de verano me encargaron unos reportajes sobre la España de ese momento y yo les quise dar un toque literario a los mismos. Reconozco que fui muy feliz en El País haciendo reportajes periodísticos sobre la actualidad de Madrid y de la situación España. Pero en el periodismo político puro me meto cuando me mandar cubrir el seguimiento de Izquierda Unida en el Congreso de los Diputados. Después me mandaron hacer la crónica parlamentaria de la Asamblea de Madrid por la que me dieron un premio en 2003 (Premio a la mejor Crónica Parlamentaria de la Fundación Giménez Abad). Yo quise hacer algo

Rodolfo Serrano

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que hacían los grandes periodistas como Fernández Flores, e intenté que la gente disfrutara leyendo aunque no les gustara la política. Por lo que creo que sí se puede hacer literatura con la política. Siguiendo con el periodismo. En 2006 escribe “Un oficio de fracasados” donde, desde el prólogo de Juan Luis Cebrián, critica la mala praxis del periodismo. El libro tiene su origen en un artículo que escribí hace tiempo y que titulé “No digáis a mi madre que soy periodista”, y que está basado en una vieja frase que decía “no digáis a mi madre que soy periodista, la pobre cree que soy pianista en un prostíbulo”. O sea que el título viene de un artículo escrito por usted mismo… Sí. En ese momento era más honesto ser pianista en un burdel que periodista. Yo critiqué a mis compañeros diciendo que en periodismo no todo vale. El periodista es una persona que ve la realidad y la cuenta, pero no es juez ni jurado de la verdad como fue en España y sigue siendo. El artículo se publicó, se formo un buen revuelo y recibí críticas de muchos periodistas. Luego el tiempo me ha dado la razón. De ahí pasé a recopilar escritos sobre la mala praxis de nuestra profesión y que terminó dando sus frutos en este libro. Este oficio es de fracasados; uno cree escribir la gran crónica y no la escribes, uno cree cambiar la realidad y no la cambia. Lo que es lo mismo, un fracasado. De ese libro estoy muy orgulloso de él porque, aparte de que son unas memorias de aquella época, es una reflexión sobre el periodismo


que sigue estando vigente. Hace poco lo volví a leer y suscribo cada una de las frases que aparecen en él. Ahora dejamos el periodismo y saltamos a su primer libro, escrito junto a Mariano Guindal, “La otra transición. Nicolás Redondo, El sindicalismo socialista”. ¿Qué le hace escribir un primer libro y, además, tocar el tema del sindicalismo y la transición, cómo sucede? Uff, ¿cómo has encontrado ese libro (risas y tragos)? No es el libro que ahora escribiría, pero es libro que cuenta la historia de la Transición desde la voz de Nicolás Redondo. Aquí se descubren muchas historias de él y de este país que no se conocían hasta entonces. En dos de los siguientes libros, perdón por saltarme varias publicaciones suyas entre medias, trata los años del final de la guerra civil con “Toda España era una cárcel” y “La España de cuéntame”, ambos a dos manos con Daniel Serrano, periodista e hijo suyo. ¿Se ha escrito lo suficiente sobre todo

aquel tiempo? Yo estoy muy contento con “Toda España era una cárcel”. Es un buen libro, y no porque lo haya escrito Daniel o yo, donde se habla de la posguerra y de la transición española de una manera desgarradora, descarnada y brutal. Una época durísima, terrible, amarga, injusta y llena de sangre y dolor. Todo ello está contado por gente que estuvo en la cárcel, personas anónimas que vivieron todo aquello. Es un libro que merece una lectura apasionada y tranquila. Daniel hizo un gran trabajo de investigación donde, por primera vez, unos periodistas entraban en los archivos de penales de la Dirección General de Prisiones. Nunca antes nadie se había preocupado en ver esos archivos, en comprobar cuánta gente había presa en cada año, cuáles habían sido sus condenas, cuántos habían fallecido… no entiendo como nadie, en todos esos años, había recuperado esos papeles que allí estaban… no lo entiendo. Todo fue gracias a la gran labor de investigación de Daniel y a las dos chicas de penales que nos orientan y nos dicen donde teníamos que buscar. Creo que es el mejor libro que he escrito. Y de “La España de cuéntame”.

R: Aquello fue un encargo de TVE que pensó que podíamos escribir un libro paralelo a la serie. Todo fue fruto de la editorial y de TVE. Se nos dijo que contáramos qué pasaba en el mismo año que transitaba la serie de la misma manera o estilo de “Toda España era una cárcel”. De ese libro tengo que decir que TVE o la editorial, nunca nos dijeron que ciertas cosas no se podían contar o que omitiéramos algo. Trabajábamos con total libertad, algo muy de agradecer. Y repito, publicaron todo lo escrito respetando el texto original. Eso es de agradecer. ¿Y cómo se trabaja a dos manos y con su hijo? Con Daniel muy bien, con hijo se escribe muy bien. Tiene un estilo mucho mejor que el mío, muy fresco, muy irónico y fue él el que se adaptó a mí. Él escribe mejor que yo. Otro nuevo sorbo al frío vaso de la compañía. Vemos pasar a gente por la calle y, de golpe, nos volvemos a introducir en la charla… ¿Por qué se escriben tan pocos libros sobre la guerra civil española, la postguerra o la


transición? Se escribe poco de ello porque se vende poco. Es un tema que no interesa y que no llama la atención. Y, hay que reconocer, no se gana dinero con ello. Pero sí que hay libros, unos que no se deberían haber escritos y otros que son bastantes recomendables. Creo que de aquellas épocas nadie se ha atrevido a decir la verdad completa. Veo con incredulidad que hay autores, no vamos a dar nombres, que hoy en día ganan bastante dinero publicando libros con ideas literarias por las que hace años ellos protestaban y se manifestaban. ¿Hay desmemoria literaria entre esos escritores o, simplemente, es que el tema no vende? Creo que hay oportunismo literario. Si vende la transición, se escribe de la transición. Si vende el 23F, se escribe del 23F. Hay escritores que han encontrado su chollo en eso, algo

que no me parece ni bien ni mal. Sin olvidarnos que la editorial está para ganar dinero. Por lo que, en teoría, es que el tema no vende. ¿Cómo descubre Rodolfo Serrano la poesía, cómo se inicia? Uno empieza leyendo a Quevedo y a Lope de Vega entre otros. Luego fui pasando a Machado, Miguel Hernández, Neruda. Pero llegas a la poesía porque lees mucha poesía. Leer a los clásicos te da un ritmo y una música que es todo en la poesía. No llego a creer en esa poesía blanca ausente de esa musicalidad. ¿De dónde recoge información para su poesía, de dónde bebe literariamente hablando? Los temas los busco de la realidad. Los buscas del metro, de la chica que te cruzas o de los ojos que te miran. La poesía es la calle y los recuerdos. Recuerdos de viejos temores o amores que sigues convocando o viviéndolos al escribir un poema. La forma la puedes

encontrar de los clásicos, pero el tema lo encuentras en la calle. La poesía la ves en los ojos de dos ancianos que van de la mano o de un argentino que habla de su tierra. La poesía está ahí, solo hay que dejarse ganar por ella. En este momento que los recortes en educación y en cultura están al orden del día, ¿no le parece que hay más literatura en la calle? Creo que no. Me gustaría pensar que sí, pero no. Los recortes llevan a eliminar cosas que te llevan a conocer la literatura. La poesía es algo que no da dinero al país y, ahora, toda inversión tiene un sentido recaudatorio; si algo no da dinero no interesa. Yo recomendaría invertir en poesía. No nos va a eliminar el déficit, pero te va hacer mejor persona. Y alguien que es mejor persona, va a trabajar mejor, va a mejorar la convivencia en sociedad… por lo que va a mejorar al país. En ese momento nos damos cuenta que los vasos están sudando. El hielo


amargo en el que se ha transformado nuestras bebidas nos hacen darnos de bruces con la realidad. José, amigo de Rodolfo, hace de camarero improvisado. Respiramos un poco y refrescamos nuestras gargantas con el elixir recién traído de la barra. Tomamos posesión de una modesta y aparente seriedad y seguimos… Otra faceta de Rodolfo Serrano es el de escritor de canciones. Junto con su otro hijo, Ismael Serrano, ha firmado algunas canciones, ¿es muy distinto el desarrollar un poema para ser leído que para ser cantado? Sí, es distinto. Ismael ha musicalizado en todos los discos algún poema mío. Una gran fuerza de esa canción es la música, y, aunque el poeta la escriba con una musicalidad distinta, es el cantante el que le da forma. Hay rimas que se cambian o modificaciones que hace Ismael para hacerla acercarla a su estilo. Por ejemplo, la canción de “La extraña pareja” todo el mundo piensa que la letra y la música es de Ismael Serrano, pero la letra es mía. Cosa que me parece maravilloso. Ismael ha buscado y ha encontrado la música correcta a “ese” poema. Y lo consigue. En este último disco ha puesto música a varios poemas míos (Semana y Mañana porteña) donde ha cambiado alguna cosa para hacerla suya. Canciones donde, por su edad o por las referencias que nombra, no pueden ser suyas. Ismael tiene esa virtud y es algo de lo que estoy muy orgulloso. Teniendo tres hijos has sido el primero en tener un blog (http:// rodolfoserrano.blogspot.com. es/), ¿cómo ve el panorama literario con las nuevas tecnologías? Los blogs, en este momento, son los mejores sitios donde encontrar poesía. Este país es malo en ediciones y distribuciones sobre poesía. Hay que buscar la poesía en los blogs, hay gente

Bio de Rodolfo Serrano Periodista nacido en 1947. Ha trabajado en El País y en Diario 16, entre otros. Ha escrito “La otra transición. Nicolás Redondo” Rodolfo Serrano y Mariano Guindal (Unión Editorial, 1986), “Especial

que escribe increíble y no publican. Hay personas que no aspiran a publicar, que sólo escriben por amor a la poesía. Hay algún poema de algún blog que tiene 300 entradas, y ojo, eso es más de lo que vende una editorial importante. Hay poesía cojonuda en la red. No quiero dar nombres, pero entrar en mi blog y en la parte derecha hay enlaces donde aparecen sitios con poesía muy interesante. La verdadera poesía se está haciendo en la red, y sobre todo mujeres…

Los lectores de Granite & Rainbow les gustaría saber qué proyectos tiene entre manos o en mente.

Esto les gustará a nuestras lectoras, redactadotas e incluso a nuestras directoras…

Mi casa…. No, perdón, los transportes públicos.

De verdad, las mujeres están haciendo una poesía muy buena. Con una sensibilidad increíble y haciendo unas cosas maravillosas. Recomendables. Quizás, lo único criticable en general es que no cuidan las formas, la musicalidad, el ritmo… Manuel López Azorín dice lo mismo, que no tenemos la cultura de los clásicos, que fallamos en la cadencia… Estoy de acuerdo con él. Falta haber leído a los clásicos. Es lo único reprochable e importante. ¿Y qué autor o libro, ya sea narrativa o poesía, cree que se debería de leer en la vida? Le dejo que puedas decir varios. De poesía hay uno que me gusta mucho. Museo de cera de José María Álvarez. Luego está Joaquín Pérez Azaústre con su Ollerías, un libro de los mejores que se han escrito últimamente, pero me quedo con José María Álvarez por el tiempo que lleva escribiendo. Y de narrativa me quedo sin ninguna duda con Moby –Dick. Un libro en el que me apoyo para dar título a uno de mis libros de poesía “La blancura de la ballena”.

para cócteles” (Exlibris Ediciones, 1998), “Toda España era una cárcel” Rodolfo Serrano y Daniel Serrano (Aguilar, 2003), “Un único crimen” (Ediciones Témpora, 2004), “La España de cuéntame cómo pasó. El final de los años 60” (Aguilar, 2004), “Un oficio de fracasados” (Editorial Berenice, 2006), “Al oeste hay apaches” (Exlibris Ediciones, 2008), “Historias de

Así de momento ninguno... bueno sí, un libro de poemas que mis amigos me están pidiendo que publique. Para finalizar le voy hacer unas preguntas cortas y me contesta con respuestas cortas. Un lugar preferido para la lectura.

Libro que se está leyendo en la actualidad. “Juan Belmonte, matador de toros” de Manuel Chaves Nogales. Para escribir, ¿el día o la noche? Indiferente… te podría decir la noche si quisiera quedar bien como poeta… pero no. Cualquiera. Papel y bolígrafo u ordenador. Hasta hace poco papel y boli, pero desde hace un tiempo sólo con ordenador.

Apago la grabadora. Seguimos hablando y charlando hasta que la música, aquella que me recibía hace apenas una hora, nos despierta del momento. Entonces descubro que, aquellas mariposas que tenía en el estómago han volado hasta mi garganta, que no deja de soltar palabras y versos entre amigos recién conocidos. Ha pasado el tiempo y en la calle la multitud sigue buscando sombras y faldas sin mucho acierto. Pura primavera madrileña. Desde esta humilde revista le damos las gracias a Rodolfo Serrano por habernos atendidos tan generosamente.

Madrid” (coeditado por Pequod y Exlibris Ediciones, 2009), “La blancura de la ballena” (coeditado por Pequod y Exlibris Ediciones, 2010). Ha escrito canciones junto a su hijo Ismael Serrano y ha sido ganador de varios premios periodísticos, entre ellos el Mesonero Romanos de periodismo.


La librera Misántropa es un hito en Facebook. Es como Marilyn Monroe, un mito, eterna; también es un descubrimiento. Tiene tal poder literario que encandila a diestro y siniestro, y su apariciencia, precisamente, siniestra, no ahuyenta ni asusta. Su gusto literario, su capacidad de elección, su habilidad para detectar lo grandioso que nos ofrecen las letras es lo que hace que nos acerquemos a ella, atraídos como si del mismísimo fuego se tratase. El fuego en el que ella, tememos, quemaría a unos cuantos escritores, y unas cuantas obras. Es auténtica, la Misántropa. Y debemos dar las gracias de que exista alguien así. La literatura, en parte, está a salvo.

La librera Misántropa n Ainize Salaberri

Eres librera porque... El mundo me ha hecho así. No quedó otra escapatoria, en un momento concreto de mi vida creí que todas las puertas estaban cerradas y tratando de buscar una salida llegué a la conclusión que no hay lugar en el mundo con más puertas abiertas o por abrir que una librería, y ahí me quedé, me encontré de frente con El Aleph, mi Aleph.

¿Hasta qué punto es compatible ser librera y ser misántropa? Lo es muchísimo, creo que es algo que está en la naturaleza de los libreros ‘arcanos’, teniendo en cuenta la cantidad de tiempo que necesito al día para leer, cualquier intromisión es molesta, pero aún así yo creo que estoy en el lugar adecuado. De eso sabía mucho mi admirada Adrienne Monnier.

¿Ser librera te ha hecho más misántropa? No, al contrario, la misantropía me ha llevado irremisiblemente a refugiarme en una librería, donde

de seguir así las cosas, de seguir avanzando este desierto intelectual y cultural que vivimos, será o acabará siendo uno de los lugares menos transitados del mundo. Ay.

¿Qué sientes cada mañana al llegar a la librería, levantar la persiana, meter la llave, y encender las luces? ¿Y qué sientes al cerrarla? Pues depende mucho de lo que me espere dentro. Si es un día lluvioso, en el que no habrá mucho trabajo de almacén, y podré estar ahí ordenando, leyendo, consultando, fatigando anaqueles, y escuchando fados siento que mi corazón está en armonía con la naturaleza y las leyes del cosmos. El resto de ocasiones invoco a Cthulhú para que me de fuerzas y valor en la heroica tarea de iluminar el camino de los lectores de gusto errático y arbitrario…el gran reto.

Si un día decidieses cambiar de vida, irte al monte y sentir el gélido frío del invierno en la piel rodeada únicamente de nieve, verde y horizontes eternos, ¿qué echarías de


menos de la profesión? El día que me rinda a la llamada de lo salvaje no creo que vaya a echar de menos nada.

¿Cuál sería tu librería ideal? La de Adrienne Monnier en la Rue de l’Odeon, por supuesto. ¿Está condenado el librero a dejarse la piel de lector en la puerta de la librería o aún es posible retrasar el momento en el que el librero sea un simple vendedor (de humo o de lo que sea)? ¿Está condenado el librero a esa bipolaridad que emerge de lo que venderíais y lo que el cliente compra? Sí, evidentemente hay que hacer concesiones. Pero uno no se deja la piel de lector en ninguna parte, no hay que perder el pulso, yo sigo con esa curiosidad feroz que he tenido siempre, abro las cajas de novedades como un ‘huargo’ ansioso de sangre fresca, y después buscar las joyas, la aguja en el pajar, es un gozo. Por otra parte, hay que tener muy claro que mi gusto personal es uno y el de los lectores, aún tremendamente equivocados (risa maléfica), es otro y hay que respetarlo. Uno aprende con el tiempo a ver los indicios que dan pie a descubrirle al cliente interesado nuevas lecturas, nuevas líneas que no hubieran sospechado nunca y que les harán descubrir otros niveles de lectura; cuando eso ocurre es maravilloso, creas un vínculo con esa persona, y sabes que volverá y que te preguntará y a veces acertaré y otras no pero el círculo ya se ha creado y la relación siempre tiende a dar buenos frutos… En otros casos es más complicado, hay personas muy herméticas en sus convicciones y si han leído que un libro se ha vendido mucho les da igual si es bueno o no, si va de una cosa u otra, lo comprarán y

punto y cualquier cosa que intentes para disuadirlos está condenada al estrepitoso fracaso librero. Hay que aceptarlo. Pero bien es cierto que vender zarrios de tipo mediático, como el de Ana Obregón o sandeces en esa línea, produce en mi ser espontáneos conatos de suicidio.

¿Qué eliminarías del oficio de ser librero? No eliminaría nada, es un trabajo intenso y agradable, la parte cansada es evidente, y es que los libros pesan, está claro y hay que moverlos, pero son libros, y guardan silencio, y trabajar con ellos es un gran privilegio. Otra cosa es la manera en que el

mercado nos obliga a trabajar en este momento, la exagerada producción editorial que provoca grandes cantidades de cajas en tránsito constante y cuyo manejo y gestión cuesta en ocasiones el esfuerzo de un parto gemelar es realmente agotador. El pésimo criterio de algunos editores, el sacar libros como quien apuesta en la ruleta y si sale mal a la hoguera y además sacarlos en cantidades delirantes semanales que hacen que intentar leer aunque sea la mitad de la mitad de toda la novedad que sale en un mes sea lo más

parecido a intentar beber agua de una boca de incendios. No sé, como todo en este país, la situación tiene algunos puntos ligeramente aberrados que a mi parecer le hacen flaco favor al precario equilibrio en el que se encuentra el mundo del libro, pero eso no tiene mucho que ver con mi oficio, es algo que escapa a mi poder, aunque de estar en mi mano lo cambiaría radicalmente.

¿Cuál ha sido el momento más bochornoso como librera y cuál el más placentero? Bochornoso, en fin, creo que ninguno, aunque en alguna ocasión me ha ocurrido, en alguno de esos días de invierno lluviosos en los que la calle desierta y la librería solitaria me convierten en la última habitante viva del planeta, que estando tanto tiempo sola se te olvida la posibilidad de que alguien vaya a entrar en la tienda y ese alguien entra, y entra justo, justo, cuando estás cantando con lágrimas en los ojos la parte más aguda del Casta Diva, o con el moco colgando cantando un fado con Mariza… Pero siempre termina bien, el cliente atónito te aplaude y te insta a continuar mientras yo roja como un tomate procedo a atenderle lo menos torpemente posible. Momento de extremo gozo son aquellos en los que un cliente al que le has acertado de lleno con la recomendación viene a darte las gracias y te nombra su nuevo guía espiritual, eso me encanta.

En esos momentos en los que el cliente aparece en el mostrador para pagar un Ken Follet o un Coelho, ¿en qué personaje literario te convertirías? ¿Y en el caso contrario, si un cliente paga por un Shakespeare, un Poe, un Lovecraft o un Nabokov? Lo cierto es que yo siempre estoy


convertida en algún personaje literario, mis dotes de mediumnidad literaria son grandes y me dejo poseer enteramente por los libros que leo o releo; es obvio que en algunos me siento mejor que en otros pero todos tienen su momento. Ser siempre otro que decía Pessoa, siempre otra, qué aburridos aquellos que no se salen nunca de sus casillas, que no han leído para ser o vivir otras vidas, para hacer justo lo que nunca harías siendo tú, para huir…

¿Cuál es el peor enemigo del librero y cuál su mejor aliado? El polvazo que cogen los libros es de aupa, y mi mejor aliado es el plumerito.

¿Qué diez escritores no deberían faltar nunca en una buena librería? ¿Qué diez sobran siempre? No debe faltar nunca un Stevenson para los muchachos, no debe faltar nunca un Mendoza para sonreír, no debe faltar nunca un Lovecraft para pasar miedo, ni un poemario de Plath o Pizarnik para pasar frío, ni una novela de Nabokov para dar un gusto, ni un Cummings para enamorar, ni un Salinger para sorprender… podría seguir largo rato, hay bastantes más de diez. Y sobrar sobra mucha repetición de la repetición, libros en serie que digo yo, todos idénticos, con idénticas portadas absurdas, con argumentos inanes y repetidos, que utilizan la

misma fórmula, que no cuentan nada, no digo que se erradique esa vacua

¿Qué será de las librerías de aquí a diez años? Cuando pase la crisis, cuando se venda y se lea más, ¿deben las librerías reinventarse? ¿Afectará el ebook a las ventas? Ayseñollévamepronto (y me disculparás pero las lágrimas no me permiten responder a esto)

producción que lamentablemente vende, pero sí que se produzcan menos, total son todos iguales. Soy incapaz de distinguirlos, recordarlos, a las dos semanas de salir a la venta nadie sabe que existen…y con el nuevo cucalaerosol mueren y desaparecen. Un drama.

La Librera Misántropa triunfa en Facebook: una legión de fieles seguidores te adoran. No deja de resultar curioso que a una librera con ese apelativo la venere tanta gente. ¿Es la misma atracción fatal que te atrajo a ti a ser librera?

A ser librera llegué por los libros, imagino que la gente que me sigue en Facebook (instrumento éste moderno a la par que misántropo) es por algo similar, la selección del párrafo adecuado, leído al cliente en el momento adecuado puede conseguir una venta inmediata; yo intento encontrar siempre fragmentos o párrafos que induzcan a mis lectores a buscar el libro desesperadamente, como silo fueran a prohibir, y creo que lo consigo.

Tus fans queremos anécdotas. ¿Cuál te viene a la mente? Ese momento inolvidable en el mostrador en el que la señora te hace comprobar el correcto funcionamiento de todas las teclas de su, recién adquirido, libro sonoro (para un menor de 2 años) y de una en una vas escuchando el mico, el loro, el elefante, el perrete... en el silencio, las dos, mirándonos. En otra ocasión una señora me pidió ‘Diez horas con Mario’ y le dije, lo siento sólo tengo el de Cinco ¿si se quiere llevar dos? (nos reímos mucho).

Test rápido Una escritora: Anne Sexton Un escritor: Salinger Un libro que salvar de un incendio: Buffalo Hill ha muerto Resucitarías a (¡y no vale Nabokov!): Lovecraft, ¡para traerlo del reino de los muertos y que nos lo contara todo! Montarías una librería en... un castillo abandonado al que sólo se pudiera llegar y acceder a lomos de un mulo. Un libro para regalar siempre: “Franny y Zooey”, de Salinger Una ciudad literaria: Alejandría Un estilo: el culteranismo El libro que más te ha hecho reír: “La aventura del tocador de señoras”, de E.Mendoza El libro que más te ha hecho llorar: “La tumba de las luciérnagas”, de Akiyuki Nosaka, lloré como si no hubiera un mañana, en serio.


Recomendaciones LIBRO El viaje de Mina AUTOR Michael Ondaatje RECOMENDADO POR Begoña Martínez Varela

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RESEÑA BREVE Crecer es un viaje en el que hay pérdidas y riquezas, añoranzas,

emociones y aventuras, misterios y revelaciones, puertas abiertas y cerradas. El presente acostumbra a estar empañado por el pasado e iluminado por un futuro incierto, gris o dorado, que no quisiéramos ver velado por la intensidad de la luz que nos ha tocado vivir. En “El viaje de Mina” esa intensidad es la que quiere recuperar Michael de su viaje en el Oronsay, con 11 años, de 21 días. Las páginas del libro son los faros que nos revelan el hecho de que hay vivencias que nos alimentan con la paz que puede otorgar el tiempo. ¿Quién eres a los 11 años?, ¿El viento te golpea en la cara cerca del Canal de Suez?, ¿Te ocultas, junto a tus amigos, en un bote salvavidas, mirando a hurtadillas como un preso arrastra sus grilletes por la cubierta, cuando el pasaje duerme?, ¿Olas de tormenta ruedan por encima de ti? Toda vida es descubrimiento, pero el libro de Ondaatje la dota de maravillas. El título original es “The Cat´s Table” (la mesa del gato) en clara alusión a la mesa que compartían Mina y sus amigos en el Oronsay y que era, también, la más alejada del capitán. Ondaatje nos hace avanzar con Mina por los mares que separan Colombo de Inglaterra, su infancia de la madurez, sus sueños, de la realidad, la misma que pinta con los recuerdos que nos desvela de su viaje para hacerlo presente, pero no como algo estático, en el hoy, que también, sino para que fluya y alcance un mañana, y darle, además, el valor que le corresponde, aunque su mesa haya sido la del gato.

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LIBRO Los Ensimismados AUTOR Paul Viejo RECOMENDADO POR Salvador J. Tamayo

RESEÑA BREVE Quince relatos escritos desde la experiencia, el humo y el áspero sabor en

la lengua que dejan el recuerdo de los demonios. Paul Viejo, con estilo ácido y adictivo, recuerda los miedos y las frustraciones de los que, alguna vez, hemos jugamos a escribir, en: ”Una mirada irlandesa”. “Mi regalo para Ronald, empapada en whisky” muestra, en distintos niveles narrativos, como lo superficial y el deseo pueden reventar, en forma de camiseta empapada en güisqui apretando unos pechos adolescentes. “Ocho piernas”, lo prohibido como religión, relato que esconde mucho más que lo que narra al más puro estilo de Hemingway. “Cada noche”, nos transporta a una habitación oscura, con una chica al lado; la oyes pedirte un cuento: Cuéntame un cuento, no me cuentes tu vida, sólo un cuento. “Divinos detalles” esboza un relato a partir de la propia idea del relato, y mi favorito: “Septiembre”: No, es un cuento que empecé esta mañana. Necesitaba algo ligero, una historia tranquila. Eso es lo que le dice Paul cuando Samantha le pregunta si continuará con su novela. El eterno diálogo que se repite, cada caso es una reminiscencia del anterior, con distintos actores, eso sí. Algunos destellos para leer y terminar, ensimismado.

LIBRO El lectoespectador AUTOR Vicente Luis Mora RECOMENDADO POR Juan Carlos Aguirre

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RESEÑA BREVE Sólo los más tradicionales, los escépticos por naturaleza o los que no han conseguido entender que los métodos, tanto de escritura como los de lectura, están cambiando, pueden afirmar que las nuevas tecnologías no afectan a la literatura actual. En El Lectoespectador no encontraremos definiciones ni predicciones a corto o a largo plazo. A ciencia cierta nadie sabe en qué va a terminar esta dicotomía entre el papel y lo digital. Lo que sí podemos encontrar en este ensayo son innumerables datos; anteriores y actuales a estos cambios. También muchos conceptos del propio autor y de otros autores de referencia, que nos sirven para entender este tiempo transitivo. Y creo que precisamente en esta profusión de conceptos y de datos radica la importancia de este libro. Asimismo, siempre resultará interesante conocer la visión sobre estos asuntos, desde la literatura hacia las nuevas tecnologías porque VLM, además de crítico literario, es poeta y narrador. El Lectoespectador es un ensayo arriesgado que se atreve a dar su particular punto de vista sobre algo tan importante que pocos escritores o críticos, en nuestro idioma, han abordado. 61


Recomendaciones LIBRO La juventud AUTOR J. M. Coetzee RECOMENDADO POR Elena Triana Martínez

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RESEÑA BREVE “Puede que sólo tenga diecinueve años, pero se las apaña solo y no depende de nadie”. Así habla John Maxwell Coetzee de sí mismo en “Juventud”, la novela en la que relata su llegada a Londres desde su Sudáfrica natal. El joven John siente un cierto orgullo secreto por haber escapado, por ser capaz de mantenerse en Londres, la ciudad con la que tanto ha soñado. Pero se sabe fracasado. Fracasa cada día, cuando no logra escribir ni una línea que le satisfaga, cuando no logra definirse como desea. Quiere ser escritor. Y mientras no lo consigue, mientras sobrevive, ensaya desastres amorosos, incapaz de llevar una relación satisfactoria. Las mujeres, la escritura: ¿de dónde viene ese miedo que le paraliza? ¿De sus diecinueve, veinte años? No es capaz de actuar, y sin acción, lo único que ocurre es que la vida le está atropellando, pasándole por encima. “Juventud” es una lectura incómoda, pero también esclarecedora para todo aquel que sueña, en algún momento, con convertirse en alguien que aún no se atisba en la mirada que nos devuelve el espejo, cada mañana.

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LIBRO La mujer de papel AUTOR Rabih Alameddine RECOMENDADO POR Fusa Díaz

RESEÑA BREVE Si obviamos en la portada el nombre del autor, vamos a leer

esta preciosa novela como si fuera una autobiografía. Su narradora, que podríamos llegar a confundir con el autor si no fuera un hombre, iene una voz tan personal, tan cercana y tan íntima, que casi podríamos asegurar que se trata de un libro de no fcción. Aaliya, una anciana adorable de Beirut, librera retirada, traductora autodidacta y lectora voraz, nos acerca a una realidad que la literatura ha decidido no convertirla en terreno común. Sencillamente, complejo aunque parezca sencillo, nuestra amiga Aaliya nos cuenta su vida: sólo eso, todo eso. Cómo quedó huérfana de padre, cómo se casó con un hombre al que no amaba, cómo quedó divorciada y solitaria de por vida, cómo afectó la llegada de Hanna a su vida, cómo convive con sus vecinas, sus libros, sus cajitas de papel... cómo grita su madre, y ella con el pelo azul. “La mujer de papel” podría ser la vida real de una mujer de Beirut, pero es sólo, es todo lo que Rabih Alameddine quire contarnos con una excelente empatía femenina y una sensibilidad que, de tan pura, parece real.

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Novedades narrativa LIBRO: Mis postales de Barcelona AUTOR: Isabel Núñez EDITORIAL: Triangle PRECIO: 19.90 € Isabel Núñez nos ofrece un recorrido caprichoso por la ciudad con una particular combinación de búsqueda de la belleza, crítica vehemente de la especulación y la destrucción, ironía y una nostalgia que no es nostalgia del pasado sino de la inocencia perdida. Y en medio de esos itinerarios, ensoñados o vibrantes, está siempre la literatura, la suya y la de los demás, como el tapiz infinito de los contadores de historias. Las imágenes no pretenden ser la obra de un fotógrafo, sino simplemente ese reverso de las postales que la autora enviaba y recibía cuando aún no había empezado la era electrónica y viajar era siempre desconexión y aventura. La mirada es siempre subjetiva y sigue una lógica azarosa que sólo podrían justificar razones secretas e inconscientes.

HHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHH LIBRO: Lo que piensan las adolescentes AUTOR: Esmeralda Berbel EDITORIAL: Obelisco Ediciones PRECIO: 14 € Este libro cede la palabra a las adolescentes y nos invita a escucharlas y a verlas a través de sus reflexiones, sus dudas y sus aciertos, así como a llorar y a reírnos junto a ellas. Es un llamamiento para estar atentos a lo que no quieren y a lo que necesitan. Durante seis meses, la autora reunió a trece chicas para que hablaran de los temas que necesitaban compartir y debatir. Éstas son sus voces; basta acercar los ojos y el corazón a este libro para sentir la frescura y el entusiasmo con que cada una de ellas se ha lanzado a hablar, a escucharse y a abrirse a su propia intimidad y a la de sus compañeras. Es un libro que, al enseñarnos a acercarnos al otro, también nos enseña a acercarnos a nosotros mismos para que no olvidemos la importancia de ser joven de tiempo y de alma.

HHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHH LIBRO: El joven vendedor y el estilo de vida fluido AUTOR: Fernando San Basilio EDITORIAL: Impedimenta PRECIO: 16.95 € Israel trabaja en un corner de una tienda empotrada en otra tienda situada en la planta baja del centro comercial La Vaguada. Antes era un soñador y tenía la cabeza llena de pájaros y de romanticismo, pero ahora, después de haber leído un libro de autoayuda que le ha prometido que será mejor persona, ha adoptado un estilo de vida fluido. Preso de un destino que lo aboca al nihilismo, Israel, como todo buen antihéroe, deberá enfrentarse a su propia destrucción. En un recorrido frenético, febril y trepidante, que parece haber sido sacado del capítulo del descenso a los infiernos del Ulises de Joyce, y que se desarrolla también en un solo y enloquecido día, el centro comercial (espejo de la realidad entera) se convierte en nuestro patio de juegos moderno, donde todo se consigue y todo transcurre, y en una metáfora perfecta del mundo.

HHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHH LIBRO: Mentira y sortilegio AUTOR: Elsa M orante EDITORIAL: Lumen PRECIO: 37.90 € De sus padres, Elisa heredó tres instrumentos para gobernar su vida: el enigma, el miedo y la mentira. Con ese legado a cuestas, la joven vive a principios del siglo xx en una ciudad del sur de Italia, encerrada entre las cuatro paredes de su habitación, alimentándose de novelas que hablan de gestas heroicas de príncipes y caballeros. Alejada de la realidad, Elisa decide por fin contar la historia de su familia, y lo que podía ser un simple libro de memorias acaba siendo una tragedia de tintes folletinescos. La joven escribe para comprender mejor su mundo, pero al narrar las aspas de molino se convierten en gigantes… Hombres y mujeres vulgares, comidos por la envidia, los celos y el mal de amores, obligados a malvivir en casuchas de periferia o en palacios casi desiertos, adquieren altura y dignidad.

HHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHH LIBRO: Las flores de Baudelaire AUTOR: Gonzalo Garrido EDITORIAL: Alrevés Editorial PRECIO: 18 € Todos somos traidores en algún momento de nuestra vida. Bien lo sabe el protagonista de Las flores de Baudelaire, Alfredo Maldonado, un prestigioso fotógrafo en el Bilbao industrial de 1917 que se ve inmerso en una investigación sobre el brutal asesinato de la hija de una de las familias más ricas de la ciudad. Maldonado, un hombre escéptico y con una afición oscura, diseccionará con su humor ácido una sociedad indiferente a la tragedia de la Primera Guerra Mundial. El resultado de sus pesquisas lo llevará a descubrir una trama de complejos intereses familiares y financieros cuyo denominador común será el mal. La novela demuestra que la ambición y la mezquindad no son sólo atributos de nuestro tiempo.

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Novedades poesía LIBRO: El agua recobrada. Antología poética AUTOR: Luis Armenta Malpica EDITORIAL: Vaso Roto PRECIO: 19.90 € Luis Armenta Malpica es una de las voces más genuinas en la poesía mexicana actual. Genuina en el sentido de genealogía, árbol, genio, generosidad en su forma de abrevar y homenajear a sus maestros. En una mezcla de mito primigenio y casa ancestral sus versos son líneas trazadas con singular sentido de la estética, la música y el canto popular. Borges, Vallejo, Rojas así como Celan, Dylan Thomas y Mozart crean una música nueva, no novedosa, nueva porque viene para hablarnos de algo no antes dicho, o dicho de forma tan singular que lo lleva a la originalidad que se alcanza

HHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHH LIBRO: Música para torpes AUTOR: Luis Miguel Rabanal EDITORIAL: Baile del sol PRECIO: 10 € Luis Miguel Rabanal con esta “Música para torpes” nos pone en las manos un martillo y un cincel para golpear la realidad sin misericordia y esculpir y desbastar su sentido último. Versos desde el límite que no nos dejan descansar, que nos ponen contra las cuerdas de las verdades que nos arrasan y que, sin nada de preámbulos, como el título del poema inicial, nos urgen a sangrar de las heridas que habíamos olvidado ya. La existencia se abre paso a través de la palabra de Rabanal para dibujarnos en ella como seres de conciencia a merced de la conciencia: imposible detener la fatalidad pero posible increparla y ponerla a ella también contra sus propias y terribles, inmisericordes cuerdas. (María García Esperón)

HHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHH LIBRO: Ocho poemas AUTOR: Isabel Mercadé EDITORIAL: Antoni Clapés PRECIO: - € Sin contornos sueños, los días nada llega o tal vez solo es ceguera no desde luego la de cupido como quien se arranca los ojos no habrá repitió ella.

HHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHH LIBRO: La noche así AUTOR: Sofía Castañón EDITORIAL: Ya Lo Dijo Casimiro Parker PRECIO: 1 € Sofía Castañón, (Gijón, 1983) quiso ser veterinaria, astronauta y telépata: lo normal. Desde los doce, programas de radio, de televisión local, trabajos de redactora y presentadora en otras cadenas y horas de continuidad en 40 Principales Asturias. También una serie de consecuencias propias del interés por las historias (filología hispánica, colaboraciones en revistas universitarias, agitación cultural de campus...) alternada con la creación audiovisual y de 2oo4 a 2oo6 dirigió el programa cultural Señalados, emitido por Teleasturias.

HHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHH LIBRO: El gladiador silenciado - Loopoesía 2012 AUTOR: Jordi Corominas i Julián EDITORIAL: Versos y Reversos PRECIO: 8 € Jordi Corominas vuelve a la carga con la publicación de El gladiador silenciado, texto poético que constituye el eje y argumento de su espectáculo poético-experimental Loopoesía 2012, que llega a su cuarta edición renovado, lleno de fuerza y de frescura. Música, Proyecciones audiovisuales, Teatro, Declamación, son los principales ingredientes de este show sorprendente y delirante, vivaz y arriesgado, que invita inexorablemente a la reflexión y que rebasa en lo escénico la frontera de lo estrictamente convencional, de lo esencialmente poético, para situarse en un nuevo espacio de experimentación donde el propio Corominas ejerce de flamante maestro de ceremonias. Gladiadores, confesionarios, coliseos, soldaditos de plomo, dinero, deseos, Mary Poppins, Napoleón, Lewis Carroll, Freud, Enriqueta Martí, el Titanic. Todo ello, elementos que entretejen una multiplicidad de colores y texturas, un todo armónico y caótico a partes iguales, un todo inconcebible sin cada una de sus piezas, pero cada parte una entidad orgánica en sí misma. Una propuesta radical y perspicaz que pretende acercar la poesía al público sin la solemnidad que la abotarga. 64


Tablón de anuncios ¿Qué es GRUNDmagazine?

Grund es la palabra alemana para base, argumento, razón, motivo… Con este nombre buscamos expresar lo que queremos, que GRUNDmagazine contenga “elementos fundamentales para la crítica” de la sociedad, de la cultura, de la economía, del arte… GRUNDmagazine es un pequeño proyecto editorial iniciativa de tres amigos, tres amigos que militamos política y socialmente y que buscamos una plataforma abierta que nos permita trabajar con otra gente, de ámbitos muy diversos, siempre desde abajo y a la izquierda. Intentaremos que GRUNDmagazine sea esa plataforma en la que aquel, aquella, que quiera, tenga un espacio en formato digital (y estamos trabajando también para que en formato papel) y muy atractivo en el que dejar por escrito sus argumentos, razones, motivos… Pero también fotografías y todo tipo de expresiones que puedan recogerse en una revista. www.grundmagazine.org

Las tribulaciones de Alba Stephen

Cuando vi a mis padres teniendo sexo cuando sólo tenía siete años, todo cambió. Mi hermana adolescente, entonces, comenzaba a patinar con estruendo por la vida. Yo me hice escritora. Escritora y triste, según ella. Pero como decía Víctor Hugo, “La melancolía es la felicidad de estar triste.” Soy feliz en mi lodo. A veces soy un arlequín, divertida en mi patetismo, y otras muchas soy como Sylvia Plath, asomada siempre al abismo, con unas cuantas letras colgando del cuello y venciendo el miedo. Me llamo Alba Stephen y escribo en un blog mis tribulaciones. Puede que sean ciertas. O no. Es la necesidad de escribir, simplemente. www.albastephen. blogspot.com

¿Qué es Literatura Nova? Literatura Nova es una red social de literatura novel. Una nueva plataforma de intercambio para lectores y escritores de literatura en castellano. Y llega en el momento en que la literatura se empieza a renovar por el regalo que supone Internet para el saber y la expansión de un mundo finito en fronteras, pero infinito en creación y sorpresas. En esa coyuntura ha nacido Literatura Nova, una red social de autoedición de textos literarios en castellano. www.literaturanova.com

Pez de Plata

La Editorial Pez de Plata nace con el propósito de establecer una comunicación directa entre arte pictórico y literatura, otorgando un valor añadido al libro a través de la fusión de ambos conceptos. De esta forma pretendemos ofrecer al lector artefactos culturales artesanos, valiéndonos en todo momento de una estrecha colaboración entre el escritor como arma de genio y los pintores e ilustradores jóvenes de nuestro panorama artístico. Libros que destaquen por su originalidad y consigan, como dijera Boris Vian, «ejercer una serie de efectos variados, agradables o desagradables: hacer reír al lector, hacerlo llorar, inquietarlo, excitarlo, aunque siempre materialmente». www.pezdeplata.com

Tu espacio en Granite & Rainbow Desde G&R queremos ofreceros, en cada uno de nuestros números, un tablón de anuncios (por supuesto, gratuito). Que no nos gusta hablar sólo de literatura, o que no nos gusta hablar sólo nosotros de la literatura y sus alrededores, así que hemos decidido contar con vosotros. Tenéis cabida todos: editoriales, agencias, correctores, traductores, libreros, lectores, escritores. También queremos que aparezcan las librerías de vuestras ciudades y los encuentros literarios que puedan haber: recitales, presentaciones de libros, cursos y talleres literarios, de escritura, de edición, de lectura, etc. Si quieres publicitar tu novela, una autoedición, tu revista literaria o simplemente te apetece salir en el tablón con alguna buena excusa literaria como un blog interactivo, ¡adelante!

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