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Libro: Príncipe Inexplicable Por: Annesdy Tellado www.facebook.com/AnnesdyTelladoPageOfficial CAPÍTULO TRES ¿QUÉ ESTÁ SUCEDIENDO? Capítulo anterior: http://annesdy.blogspot.com/search/label/Cap%C 3%ADtulo%20%23%202%20%20Pr%C3%ADncipe%20Inexplicable


CAPÍTULO TRES ¿QUÉ

ESTÁ SUCEDIENDO? Cuando una persona viaja por un bosque y llega en forma de vuelo, pierde la percepción del tiempo. Al parecer, era la hora de dormir, ya que no veía a los criados caminando por el palacio y mucho menos escuchaba a mis padres recibirme con agrado. Al subir las escaleras, sentí en mi interior que algo no estaba bien. En ocasiones como esta, siento una sensación extraña. No quiero escucharme dramático; en esos momentos así me sentía. El silencio del palacio era tan profundo que cada paso que daba era tan fuerte como el ruido de una batalla. Decidí entrar a mi cuarto y observé algo que no estaba bien. Al parecer, todo estaba como lo había dejado: mi habitación se encontraba toda desordenada. Los sirvientes no habían sido capaces de recoger mi cuarto durante mi viaje al Castillo del Aprendizaje. Como en todo siempre hay una enseñanza, hasta los sirvientes me querían enseñar algo: que no fuese tan desordenado. Tomé el libro que estaba tirado en la cama. Cuando lo abrí, lo primero que puede leer fue: Mi pueblo perece por falta de conocimiento. Comencé a leer las historias que mi padre tenía subrayadas. Todas comenzaban desde el primer reinado de un rey que tenía por nombre Saúl, seguido por el rey David, por el rey Salomón, y vi las semejanzas de esos reinados con los de mis antepasados, incluyendo, por supuesto, a Josué. Me imagino lo que están pensando: “Avanza, explícanos en qué se parecían”. Saúl fue el rey del pueblo de Israel, porque el pueblo le pidió al Creador del cielo un rey. Se les cumplió su deseo. Todo empeoró cuando comenzó a hacer cosas injustas y a desobedecer los mandatos. Fue rechazado como rey. David fue un rey que era conforme al corazón, a pesar de que 2


prácticamente mandó a matar a un hombre en una guerra para quedarse con la mujer de él. Sin embargo, cada vez que David fallaba, se humillaba. Pedía perdón y se levantaba. Salomón, un rey al que el Creador le ofreció que pidiera lo que quisiera. Pudo desear riquezas o placeres, sin embargo, pidió sabiduría para gobernar a su pueblo. ¿Cómo mi bisabuelo seguía estas enseñanzas? Era lo contrario de Saúl; trataba de tener una vida intachable, cuestión de no tener ningún dedo que fuera capaz de señalarlo. Seguía los pasos de David: cada vez que realizaba una mala decisión, lo reconocía. Tenía la capacidad de disculparse y enmendar sus errores. También seguía fielmente a Salomón. Trataba de que su pueblo se instruyera en lectura y libertad de expresión; de esa manera, todos gozaban de inteligencia. ¡Qué maravilla! Si esto lo hubiera aprendido antes. Al parecer mi tío Gilberto inscribió a David II en honor a David, de verdad que no se parecen para nada. Luego de leer por mucho rato, comencé a dormitar hasta quedar profundamente dormido. ¡Qué bonito era lo que estaba viendo a mi alrededor! Árboles por todos lados tapando el brillante sol, una cascada con agua fresca, limpia, y yo me preparaba para tirarme desde la parte más alta hasta caer a las profundidades del agua. Mi cuerpo no podía resistir y comencé a tragar agua. Un suceso extraño en mí, ya que era un nadador medieval profesional. De momento, vi al leopardo con alas de águila tirarse de la roca más lejana, más alta que de la cascada desde la que me había tirado, y se tiró, cayendo con la misma rapidez con la que corren los leopardos normales. Cuando estaba a punto de tocar fondo, soltó sus enormes alas y con sus garras me sacó, llevándome a tierra segura.

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—No entiendo —le dije, sin ningún interés de darle las gracias—. ¿Por qué me iba a ahogar, si yo estoy acostumbrado a nadar? —Porque tenías miedo —respondió Josué—. Al ver que el agua te estaba llevando, tuviste temor y te desesperaste, olvidando así los conocimientos básicos que tenías de natación. Nunca dejes que el miedo y la desesperación te roben la paz, el conocimiento: eso es lo que te va a permitir tomar buenas decisiones en la vida. Hay una sombra negra cubriendo el Castillo de la Biblioteca. No dejes que la desesperación, la soledad y el miedo te dominen. Te pueden robar todo, hasta tus riquezas, pero el conocimiento estará en ti para siempre. —Josué, ¿quién es esa sombra negra? —No te puedo contestar, Lemuel. —¿Viste la sombra —proseguí a tratar de sacarle información— cuando nos dejaste en el castillo? —Lo siento, príncipe Lemuel. Solo te digo lo que tienes que hacer. —Si me dejo dominar por el miedo y la desesperación, puedo perder esta batalla. —Sí, Lemuel, pero ten fe. Ya estás advertido, tienes que estar preparado. Me desperté muy temprano en la mañana. Inmediatamente, fui a la biblioteca a llenarme de información y conocimientos. Antes de abrir esa puerta, recordé la última vez que mi padre entraba conmigo: el día que me regaló el libro de los reyes, muy ilusionado por el legado que me estaba dejando. Yo estaba inquieto, porque quería salir de ese lugar. Cuando entré, vi que no había libros en la biblioteca. Los anaqueles estaban rotos. Verdaderamente, algo estaba ocurriendo. Me retiré de la biblioteca corriendo como un demente hacia la habitación de mis padres. 4


Ellos no se encontraban. Corrí hasta llegar a las calles. Lo que veía era personas incultas. Nadie estaba leyendo, no veía a las personas trabajar; solo veía a las personas tristes; otros obtenían diversión chocando sus frentes de cabeza a cabeza. ¿En qué lugar estaba? ¿Estos serían de mis sueños extraños? No podía entender. Dentro de mí supuse que el libro que me había regalado mi padre quizá podría tener una respuesta. Saqué el libro y comencé a leerlo debajo de un árbol. De momento, escuché una voz. —Guardias, atrápenlo. Cuando alcé mis ojos para ver a quién los guardias iban a apresar, me di cuenta de que era a mí. —Un momento. Ustedes no saben quién soy yo. Soy el príncipe Lemuel. Los guardias se apresuraron para atraparme. Me trataron de llevar en contra de mi voluntad, golpeando a uno en su rostro y pisando al otro. Pude escapar de estos guardias, que no recordaban quién era. Todas las personas miraban la persecución y no me defendían. Tampoco ayudaban a los guardias. Estaba corriendo en dirección al palacio; ahí yo estaría seguro. Logré llegar al palacio, cerrando la puerta rápidamente. Me di cuenta de que ni en ese lugar estaría a salvo. Entré a la habitación de mis padres. Era hermosa. Su tamaño era más grande que la biblioteca y mi cuarto juntos. Observé el botón especial que mis padres tenían que me dirigiría a un túnel en el cual me pasaba jugando cuando era chico. Ellos lo tenían para protegernos en caso de un ataque en el cual nos sintiéramos obligados a abandonar el castillo. Escuché un ruido; venía de la puerta principal del palacio. Al parecer, habían podido derrumbar la puerta. Me estaban buscando. Según los ruidos que se escuchaban, parecía que se habían sumado más guardias para mi arresto. ¿Cuándo me había vuelto 5


prófugo? Nunca tuvimos que usar el túnel, pero parecía que lo tendría que utilizar. De momento, me pregunté si Amanda y Juan se encontraban bien. No podía regresar; ahora los guardias se escuchaban más cerca de mí. Oprimí el botón y procedí a entrar. Cuando se cerró la puerta por la cual entré, mi vista se llenó de oscuridad. Caminé horas tras horas sin ningún rumbo, confiando en mi sentido común; esta vez, caminar sin poder ver, sin la guía de Amanda y la dirección de Juan. Había caminado tanto tiempo que se me olvidó si realmente no veía por la oscuridad o si estaba ciego por segunda ocasión. De momento, llegué hasta el final y vi el árbol del bosque donde yo siempre me pasaba para escaparme de las clases medievales. Este lugar quedaba un poco retirado de los atrios del Castillo de la Biblioteca. Ahora, la pregunta importante: ¿cómo iba a defender a mi pueblo? ¿Cómo ganaría esta batalla? El temor se apoderó de mí, causando las ganas de escapar del lugar y olvidarme de todo, pensar que esto nunca había ocurrido. Mi conciencia no me dejaba en paz, ya que había nacido para ser rey. Tenía que defender a mi gente a como diese lugar, aparte del amor que sentía por Amanda y por mis padres. Sentía como que no podía vencer, a pesar de todas las visiones que tenía por medio de los sueños; parecía que me estaban preparando para esta batalla. Creía que no tenía las fuerzas; me sentía incapaz de tomar posición en mi vida, en mi legado. Mirando bien, no tenía un aspecto de guerrero; de hecho, mi imagen era la de un muchacho que era cuidadoso con su físico, no soportaba ver sangre, no podía ver a los caballeros pelear y a veces se burlaban de mí, colocándome por sobrenombre Paz mundial. De momento, escuché un 6


llanto desde los arbustos. Me asusté por un momento, pero tenía que escoger entre estar solo o conseguir un nuevo amigo. La vida era un riesgo tras otro, así que proseguí a averiguar qué era. Cuando observé de lejos, no podía creer lo que eran la mitología y los monstruos. ¿Qué era eso que estaba viendo? Era una persona de color verde. Su cabeza era grande, con el cuerpo pequeño y con tres ojos. Parecía una persona indefensa, ya que sus lágrimas y su sufrimiento mostraban el interior de esa personita. —Permiso —dije, interrumpiendo su llanto—. ¿Te encuentras bien? —Sí —contestó la personita, a la vez que limpiaba sus lágrimas con sus dedos—. Estoy triste. —Bueno, yo también tengo mucho de que preocuparme, pero si necesitas mi ayuda, en confianza, me puedes explicar. Quizá no pueda resolver tus problemas, pero tal vez te pueda ayudar a que te sientas mejor. —¿De verdad quieres que te cuente? —me dijo la personita. —Sí, adelante —le supliqué. —Siéntate, por favor —la personita se paró—. Yo soy la princesa del Castillo de los Cuentos. La semana pasada había un baile real, donde invitaron a los príncipes más cercanos para que los conociera. —Sí, a mí me llegó esa invitación —interrumpí bruscamente—. Yo asistí, pero me fui rápido, ya que tenía unos compromisos previos. —Bueno, ¿quién es usted? —preguntó la princesa de color verde. —Soy Lemuel, el príncipe del Castillo de la Biblioteca. —¡Qué bien! Yo soy la princesa Victoria. —Perdona la interrupción, Victoria. Si quieres, puedes 7


continuar. —Gracias, Lemuel. Pues ese día, cuando hubo la gran fiesta, no me gustó ninguno de los príncipes del lugar, a excepción de uno que era guapo, con una bonita sonrisa, que de verdad hacía honor al nombre de príncipe. Él nunca me hizo caso. Al momento de bailar conmigo, tomó sus pertenencias y se fue del baile real. Me sentía tan mal, llena de dolor, que salí corriendo hacia mi habitación, me miré al espejo y me dije: “Hasta un marciano tendría más cuerpo que yo”. —Disculpa la ignorancia, Victoria —volví a interrumpir—. ¿Qué es un marciano? —Esto es algo que no vas a ver en libros, pero mi mejor amiga, la princesa Sofía, tuvo un encuentro con un marciano. Lo vio correr por el castillo y jugó con ella hasta que una máquina voladora se lo llevó al cielo. La miraba con asombro, pero no me atrevía ni por un momento a reírme de ella, aparte de que es una mala costumbre burlarse de los demás. No podía juzgar, porque si vamos a hablar de locos, creo que yo era el número uno, ya que hablaba con un leopardo volador. —Lemuel, después de que dije las palabras al frente del espejo, me acosté. No me había dado cuenta de que, mientras decía esas palabras, pasó una estrella fugaz y al otro día, cuando desperté, salí yo hecha un marciano. A pesar de esto, trato de llevar una vida normal, pero no puedo. No puedo bañarme en la piscina real, me tengo que esconder de las personas para que no se asusten; por eso decidí estar en este lugar, un sitio en el que no puedo asustar a nadie. Estoy más infeliz que como era antes. Fui adonde el hada madrina, pero ella está de vacaciones.

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—Disculpa —volví a interrumpir—, ¿tú tienes hada madrina? Espera, déjame preguntar mejor… ¿Las hadas madrinas existen? —Seguro —contestó Victoria un poco incómoda—. Bueno, por lo menos en el Castillo de los Cuentos sí existen. ¿Tú no tienes a alguien que te protege y te dice lo que tienes que hacer? —Sí, tengo la conciencia. —¿Y qué más, Lemuel? —Bueno —contesté un poco avergonzado—, tengo a alguien que me protege. Es un leopardo parlanchín con alas de águila. —No lo puedo creer —dijo Victoria, mirándome a los ojos—. Me miraste como una loca cuando te dije que tenía un hada madrina, pero ¿cómo te tendría que mirar si tu guía es un leopardo volador que habla? De momento, de las nubes bajó mi guía, el leopardo, con sus alas de águila. Nos montamos sin pensar. —Se llama Josué. —Ay, Josué, tengo una petición. Quiero ir al cielo para hablar con los marcianos a ver cómo es que puedo volver a la normalidad. —Por favor —dije—. Josué no es un cumple deseos como tu hada madrina. No estaba terminando la oración cuando Josué tomó vuelo hacia el cielo con una velocidad incalculable. Al pasar las nubes y el sol, llegamos a un área donde todo flotaba, menos nosotros. Mi guía, el leopardo, tenía una magia que le hacía protegernos. Nos paramos en una de las tierras que había en aquel cielo; nos bajamos. Josué se detuvo, mientras que nosotros continuamos caminando. De momento, observamos muchas personitas parecidas a la imagen 9


de la princesa Victoria. —Quiero hablar con su rey —ordenó Victoria. Cuando entramos, todos se me quedaron mirando como si yo fuera de otro mundo. De momento, Victoria explicó lo sucedido. —Humanos convertidos en marcianos —dijo el gobernante—. Guardias, atrápenlos para experimentar con ellos. Aligeramos el paso para correr, mientras que ellos nos disparaban con unos rayos que salían de sus dedos, cuando por fin logramos montarnos en mi guía y salimos de aquel lugar sanos y salvos. Llegamos a la Tierra. Victoria se sentía bien frustrada. —Bueno, Lemuel, no me queda de otra —dijo Victoria—. Voy a llevar una vida normal, vivir con esto que tengo en mi vida, aceptarme tal como soy. Victoria se despidió de nosotros. Mientras se alejaba, su cuerpo comenzó a cambiar, hasta que se convirtió en una persona normal. De hecho, era una princesa hermosa; no sé cuál era su complejo. La princesa comenzó a correr de alegría y se dirigió a su destino. —No me digas nada —le dije a Josué—. Entendí este mensaje: aceptarse uno mismo y creer en uno. Cuando nos aceptamos tal como somos, con nuestros defectos y nuestras virtudes, los demás que se encuentran a nuestro alrededor comienzan a aceptarnos. Además de que la autoestima crece a tal punto que comenzamos a creer que todo lo que nos propongamos lo podremos lograr. Me senté en el árbol, abriendo el libro que me regaló mi padre, y me vino una página que decía: El pueblo perece por falta de conocimiento. La verdad nos hará libres. No seas sabio en tu propia opinión…

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Esto tenía que ser una pista de la razón por la cual el Castillo de la Biblioteca se encontraba como estaba. Realmente no sabía lo que estaba pasando. Era obvio que algo bueno no era. Llegó mi momento, mi tiempo de demostrar la clase de príncipe que era yo. Sin saber con quién exactamente iba a pelear, tenía que crear un plan. Estaba consciente de que era alguien que no quería que el Castillo de la Biblioteca fuera un castillo sabio, libre y crítico. Era momento de actuar. Daba vueltas en mi cabeza. Todo me estaba apuntando a que David II tenía que estar detrás de todo eso. Ellos me querían llevan bajo arresto. ¿Ante quién me querían llevar? Estuve sentado hasta que el Sol dejó de trabajar y dejó paso a la Luna en la jornada de cuidar la Tierra. Caminando hacia la puerta del Castillo de la Biblioteca, entré por la entrada principal. Todos me miraban y me apuntaban con sus armas. Con esperanzas de que mi plan funcionara, el leopardo con alas de águila me levantó con sus garras, llevándome adentro del castillo. Lo que me sorprendió esta vez fue que no desapareció repentinamente; se quedó conmigo. Cuando logramos entrar al castillo, nos dirigimos a correr hasta llegar ante la presencia del rey, mi padre. El leopardo asintió con su cabeza, como si me entendiera. Corrimos hacia el trono. Se presentaron los guardias y los caballeros para atacarnos. Sus tiros y golpes eran inútiles, ya que corría con la misma velocidad que Josué. Nos fuimos hacia el rumbo de la presencia del trono de los reyes. Esperanzado de que estuvieran mis padres y me dieran una buena explicación, dentro de mí sabía que era casi imposible que el castillo estuviera en ese estado y que ellos no hubieran hecho nada. Cuando llegué, entré delante de las sillas de mis padres. Me tranquilicé. Los caballeros 11


y guardias entraron juntamente con nosotros, parándose en la entrada. De momento, sonó la trompeta, anunciado la llegada de los reyes del Castillo de la Biblioteca, e hizo su entrada ese hombre con los vestidos que se aparecían en mis visiones: eran David II y una reina, que era la mujer que veía en mis sueños, la que me inquietaba en las noches, que me llenaba de gran temor y de miedo; estaba ahí, frente a mí, sentada en el trono de mi madre. En el trono de mi padre se encontraba David II, con una sonrisa y una mirada de victoria. —¿Qué está ocurriendo? —pregunté, mirando fijamente a David II—. ¿Dónde están mis padres? —Tranquilo, Lemuel —me contestó con tono burlón—; solo estoy tomando lo que me pertenece. Nadie me va a usurpar mi lugar, mucho menos un mediocre como tú. Uno de los guardias interrumpió la conversación: —Mira lo que tenía el joven. —Oh, pensé que había acabado con todos — prosiguió la reina mala—. Guardias, destruyan ese libro. Los guardias, sin pensarlo dos veces, tomaron ese libro y lo destruyeron en menos de cinco segundos. —¿Qué hicieron? —pregunté—. ¿Por qué hacen eso? —¡No! —comenzó a gritar Josué. Me sorprendió demasiado, ya que solo en mis sueños lo escuchaba hablar—. Dejen eso, no puedo más. Me arrodillé de frente al leopardo, sin entender nada. —¿Qué ocurrió? —Al parecer —decía Josué, mientras que agonizaba de dolor—, ese libro que rompió era el último libro que quedaba. No existirán el conocimiento, el sueño y la imaginación creados por los cuentos. La esperanza de 12


que hay un nuevo mañana, la idea de que después de la tormenta viene la calma, la convicción de que detrás de una nube gris hay un sol que brilla se han borrado. —No te vayas, no te vayas —comencé a llorar desconsoladamente. —Cállate, Lemuel. Simplemente estamos reuniendo dos castillos y estamos tomando las reglas de otra manera —dijo David II. —¿Cómo eres capaz de hacernos esto? Somos tu propia familia. —Yo era la princesa Leticia, del Castillo Analfabeta. Me casé con David II. Juntos gobernaremos los dos castillos, y lo primero que hicimos fue destruir todos los libros. Sin libros no hay conocimiento. Así reinaremos los dos castillos y tendremos esclavos sin pensamientos críticos para siempre. —No te saldrás con la tuya —la interrumpí con ira—. Mis padres te detendrán. —Eso lo veremos, Lemuel. —¿Por qué las personas están así, actuando de la forma en que se comportan? —Primo —contestó David II—, porque encarcelamos a todos los que no querían seguir nuestra voluntad. El rey David II y la nueva reina Leticia se burlaron de mí. —¿Quién nos queda por convencer? Juan, Amanda y tú —suspirando—. Yo dudo que ustedes se resistan — dijo David II. —¿Dónde están ellos? —Ya mismo estarás con ellos; de eso que no te quede ninguna duda —respondió la reina Leticia—. Guardias, lleven a Lemuel al calabozo. Tienes suerte de que no 13


te hemos mandado a fusilar. Bueno, todavía no. —¿Qué quieren de mí? —De ti —comenzó a reírse David II, mientras que los guardias comenzaban a llevarme— no quiero nada. Tú tienes una cabeza hueca, pero si mi reinita desea que te quedes encarcelado, así será. Los guardias me tomaron de mis brazos, uno a mi izquierda y el otro a mi derecha, arrastrando mi cuerpo, mientras que gritaba y pataleaba. Al tiempo que los guardias me dirigían al calabozo, comenzaron a golpearme hasta quedar casi inconsciente. —Sálvame, sálvame. — ¿Quién eres? —no veía a quien me estaba hablando—. ¿Quién eres? —volví a preguntar, pero la voz no volvió a hablarme. Cuando logré abrir los ojos, me encontraba tirado en uno de los calabozos. Miraba alrededor. En mi mente entraban voces, diciendo: “¿Cómo es posible haber estado en el reinado, el hijo del rey del Castillo de la Biblioteca, y caer en este calabozo?”. A mi mente vinieron recuerdos de mi padre, que me brindaba consejos sobre el libro que me regaló. Pero tenía dos opciones: comenzar a llorar y dejarme vencer, o pensar en qué cosas productivas podía realizar para tomar el control del Castillo de la Biblioteca. Había perdido a un amigo, mi guía en esta batalla; no iba a permitir seguir perdiendo a mis seres queridos. Lucharía hasta el final, aunque eso fuese sinónimo de entregar hasta mi propia vida.

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Capítulo 3 Príncipe Inexplicable