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ISSN 2500 - 9001

n.3 2017

uTopía

revista

¿Qué hacer hoy

para transformar el mundo? Apoyan Facultad de Ciencias Humanas Dirección de Bienestar Programa Gestión de Proyectos


Dedicamos esta publicación A la vida y obra de Karl Marx, quien, hace 150 años publicó el primer tomo de El Capital; obra histórica de valor incalculable, dispuesta al servicio de los oprimidos. A los revolucionarios bolcheviques, quienes, hace 100 años, se atrevieron a forjar, no el camino, sino un camino en el empeño por lograr un mundo justo. A las comunidades Zapatistas en México y, en general, a todas las organizaciones sociales y políticas rebeldes que, con su praxis y ejemplo, van respondiendo a la pregunta ¿qué hacer? A todos aquellos que nos hacen conservar la esperanza, al luchar día tras día por nuevas utopías.


contenido

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editorial ¿qué hacer hoy para transformar el mundo?

EL MAESTRO COMO EJE TRANSFORMADOR DE LA REALIDAD

Yuly Andrea Cruz Arévalo

¿DE QUÉ TRANSFORMACIÓN HABLAMOS? LA TEORÍA Y LA PRAXIS A LA LUZ DE LA PRIMERA TESIS SOBRE FEUERBACH

David Antonio Pérez Nava

REFUNDAR LA UTOPÍA MÁS ALLÁ DEL SOCIALISMO Andrés Cruz Arévalo

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ECONOMICISMO Y CONSUMISMO: EL ACERCAMIENTO AL ETERNO RETORNO DE UNA DISCUSIÓN INCONCLUSA

literatura rebelde

Andrés Mauricio Romero Cruz

EN UN MOMENTO OSCURO

Catalina Hernández Guana

NOCHE CERRADA

Alejandro Mojocó Ramírez

40 47 48


L

a presente edición de la revista Utopía ha sido desarrollada en el 2017, año que resulta de suma importancia, toda vez que se conmemora, en él, dos sucesos históricos que no deben servir simplemente para echar una mirada nostálgica hacia el pasado, sino para aprender de los aciertos, errores y perspectivas inherentes a los diferentes procesos históricos que forjaron, tiempo atrás, hombres y mujeres que se atrevieron a soñar con un mundo nuevo, y así, centrar nuevamente la vista en el presente y aunar esfuerzos por el futuro. Tales acontecimientos no son otros que la Revolución de Octubre (100 años), y la publicación del primer tomo de El capital (150 años). En efecto, en tiempos como el nuestro, donde el espíritu de la época se ve fuertemente influenciado (o expresado) por postulados tales como los de Fukuyama y Friedman, los cuales enuncian el fin de la historia y de las ideologías, y el triunfo total del libre mercado en la sociedad mundial; en estas épocas de convulsiones, caos, sueños rotos y desesperanzas, en donde no se vislumbra de manera cercana una alternativa real que ponga fin a la infamia, urge un análisis situado y concreto de nuestra realidad vigente, el cual nos otorgue herramientas teóricas para lograr una verdadera transformación de la sociedad. Y es que esta es la principal lección que nos deja el filósofo de Tréveris, y los revolucionarios rusos: en 1867, Karl Marx publicaba el primer volumen de El Capital, en donde nos presenta el análisis crítico del sistema de las categorías de la economía política burguesa. Ya por 1902, el líder político ruso Vladimir Ilich Uliánov, Lenin, escribía un texto intitulado ¿Qué hacer?, donde se despacha contra el oportunismo del movimiento socialdemócrata internacional de su época, así como de su vertiente rusa. En aquel folleto, Lenin plantea la necesidad de la creación de un nuevo partido político y esboza lo que serían las bases y objetivos fundamentales de este. Con todo, esta obra política será clave en la consolidación del partido Bolchevique y, con él, el advenimiento de la revolución de Octubre en 1917. De acuerdo con lo anterior, lo que hicieron estos personajes no fue otra cosa que interrogarse por su realidad concreta: analizarla, estudiarla y, conforme a ella, plantear alternativas, soluciones y ¡propuestas!, para lograr una transformación social.

Editorial Contrario a ello, hoy en día parece que las esperanzas se hubiesen evaporado. Una ola de resignación se asoma en el panorama político mundial, y los pocos que no sucumben y se atreven a realizar análisis teóricos con fines revolucionarios, lo hacen intentando encajar forzadamente lecturas ideológicas del pasado con la realidad que se presenta ante nuestros ojos, imposibilitando así transformaciones reales. Por ello, en este tercer número de la revista Utopía consideramos que, más allá de realizar una simple narración de tales acontecimientos pretéritos, no hay mejor conmemoración y homenaje a aquellos revolucionarios que continuar luchando y pensando en el hoy. En ese sentido, encontramos que la pregunta leninista ¿qué hacer?, continúa vigente y, por ello, el tema central de la presente edición es: ¿Qué hacer hoy para transformar el mundo?, esto es, ¿qué hacer desde el ámbito en el que se desenvuelve cada uno de nosotros?, ¿qué hacer desde la pedagogía, la ideología, la filosofía, la economía, etcétera, para transformar nuestra realidad? Sin embargo, en un principio, el temor de nuestro equipo editorial fue la posibilidad de no recibir artículos de tal índole, toda vez que, a pesar de tratarse de una temática académica, no era de manera alguna academicista. Hoy en día se exponen muchos trabajos, libros y revistas con vasta información pero con poco contenido significativo. Por lo que nuestra principal misión era evitar seguir aportando a las montañas caóticas de información y obtener una serie de artículos que realmente aportaran a la transformación social del hoy, sin descuidar, en todo caso, el ayer. A pesar de lo anterior, grata fue nuestra sorpresa al encontrar que nuestro temor era infundado y que, no solo nosotros, sino varias personas en todo el mundo se están preguntando ¿qué hacer? Gracias a esto, recibimos varios artículos de los cuales, por cuestiones de extensión editorial, solo pudimos seleccionar algunos que esperamos aporten a nuestro objetivo de sembrar una nueva Utopía

Comité Editorial Revista Utopía


¿qué hacer hoy para TRANSFORMAr el mundo?


EL MAESTRO COMO EJE TRANSFORMADOR DE LA REALIDAD Yuly Andrea Cruz Arévalo1

Resumen El rol que asume el maestro en el proceso de enseñanza-aprendizaje es fundamental para cumplir con la misión de la educación, que es la transformación de la sociedad. Como docentes, tenemos la opción de ser parte del sistema y perpetuar el Statu Quo que está implícitamente establecido, en donde cada vez los ricos son más ricos, los pobres más pobres y “el poder es para poder”, o podemos ser un factor determinante para que los educandos sean sujetos empoderados de su presente y así luchar por un mejor futuro para todos. Por ende, las universidades deben repensar sus currículos y prácticas para fortalecer el desarrollo y cualificación de este último tipo de maestro y así generar cambios positivos en la escuela. Palabras clave: Educación, maestro, estudiantes, formación universitaria, transformación de realidad.

Licenciada en Lenguas Modernas Español-Inglés. Universidad Distrital Francisco José de Caldas (2003). Docente del Distrito desde 2005. Especialista en gerencia y proyección social de la educación. Universidad Libre (2011). Magister en Educación con énfasis en gestión educativa. Universidad Libre (2013). Correo:Yuly_andrea_cruz@hotmail.com

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Quisiera comenzar este texto diciendo que desde que tuve uso de razón quise ser profesora; pero no, no fue así. Por el contrario, mi historia se parece a la de la mayoría de estudiantes de colegios públicos quienes, al llegar a once, no tienen claro cuál va a ser su futuro académico y profesional. En ese entonces, como era muy buena en biología y química, pensé que mi camino debía dirigirse por esta línea y me presenté a la Universidad Nacional a Medicina, desconociendo por completo que debía haberme preparado con mayor rigurosidad, no solo con lo que la institución me brindaba, para tener posibilidades reales de pasar, y es que, la formación que dan en los colegios, la mayoría de veces, no es suficiente para superar este tipo de pruebas. Como no pasé y no disponía de los recursos económicos suficientes para presentarme a una universidad privada, descarté esta opción y quedé en el limbo. Lo único que sabía con absoluta certeza es que no me iba a quedar en la casa y que debía estudiar para poder transformar positivamente mi vida y la de mi familia; así que, dejándome llevar nuevamente por supuestos, y como fui la mejor bachiller y mi puntaje de Icfes fue el tercer mejor de mi promoción (situación que me favorecía en las primeras etapas del proceso de admisión), me presenté a la Universidad Distrital a la Licenciatura en Lenguas Modernas Español-Inglés, con la idea de que este último idioma para algo serviría en el campo profesional, mas no porque verdaderamente creyera que sería maestra. En este momento, el lector se preguntará ¿y para qué la autora narra parte de su biografía?, ¿cuál es su finalidad? Lo hago por dos razones, la primera porque efectivamente me convertí en maestra y mi experiencia me ha llevado a entender que el primer paso para desarrollar un proceso educativo exitoso y, por ende, lograr una transformación de la sociedad, es que el docente se reconozca como un igual a sus estudiantes, es decir, que en el ambiente de aprendizaje se comprenda que, independientemente de los roles que cada persona asume, todos somos seres humanos que merecemos respeto; que tenemos cosas que aportar así como falencias por superar, además de

revista utopia #3 - ¿qué hacer hoy para transformar el mundo? crear lazos de confianza. Por ello, contar parte de mi vida es una forma de lograrlo; no obstante, este aspecto se profundizará más adelante. La segunda razón es porque mi historia es una evidencia de la realidad educativa de nuestro país pues, por una parte, los educandos de planteles públicos tienen un acceso restringido a la educación postsecundaria y, por otra, no tienen un proyecto de vida, o por lo menos académico, claramente definido. En Colombia, solo el 48% de los estudiantes que culminan su educación media tienen acceso a la educación superior (entiéndase por educación superior estudios técnicos, tecnológicos y profesionales) (OEDC & Ministerio de Educación Nacional [MEN], 2016). De acuerdo con el MEN, “solo el 29,9 por ciento de jóvenes que culminaron el grado 11 en un establecimiento educativo oficial en 2013 ingresaron a la educación superior en 2014, mientras la cifra para los colegios privados llegó al 49,6 por ciento” (2002, web); a esto se le suma la deserción que alcanza el 50% de la población que inicia este proceso. Lo anterior demuestra, por un lado, que la educación postsecundaria en el país no es una prioridad, puesto que no se han destinado los recursos necesarios ni se han establecido las políticas necesarias para lograr un verdadero desarrollo en este nivel. Esto lo demuestran los datos de la Oficina de Planeación del MEN al mostrar el presupuesto de 1.4 billones para el 2002 y su lento incremento a 3.4 billones para el 2014 (DANE, 2015), es decir, aparte de ser un presupuesto paupérrimo, en 12 años solo aumentó 2 billones, sin considerar que durante este mismo periodo el número de colombianos pasó de 41 millones a 48 millones (DANE, 2015). Este panorama se torna más desolador, cuando se evidencia la inequidad entre el sector público y el privado, por ejemplo, de los estudiantes admitidos en la Universidad Nacional entre el 2010 y el 2013, solo el 13% corresponden a estudiantes de colegios públicos (Moreno, 2013). Este esquema de desigualdad parece ser un ideal para el Gobierno, pues considera que un pueblo que estudia y lee es equivalente a revolución; y para


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ello crea programas como “Ser pilo paga”, donde se “premia” a los estudiantes que son “buenos” (de acuerdo con exámenes estandarizados como la ‘Prueba Saber’, propuesto por el MEN como un factor de medición de la calidad educativa, al mismo tiempo convirtiéndose en factor de exclusión) otorgándoles créditos condonables, sujetos a la culminación de la carrera. El problema de esta prueba es que no reflejan el proceso formativo del educando; no muestran aspectos como: si tiene claramente definido su proyecto académico o cuáles son las cualidades y los valores que ha desarrollado. Esto hace que el programa, aparte de solo beneficiar a uno o dos estudiantes por colegios, olvidando los, aproximadamente, 80 estudiantes restantes, destine el 98% del presupuesto educativo a entidades privadas, quitándole recursos a las públicas, donde la mayoría de estudiantes que llegan pertenecen a los estratos 1, 2 y 3. A este se le suma el hecho de que no se le otorga una solución real al problema, ya que no se crean nuevos cupos ni oportunidades para estos niveles socioeconómicos (Pérez, 2016). Y es que, al gobierno de turno solo le interesan los números pues, simplemente, busca la aceptación del país en diferentes espacios políticos y económicos como la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (Ocde) y así obtener préstamos a unos intereses más asequibles. Basta revisar la biografía de los últimos cinco ministros de educación (2000-2016), sus carreras van desde ingeniería industrial, pasando por derecho, hasta economía; y si se habla de cobertura, en la práctica significa tener más estudiantes por salón, en detrimento de la calidad educativa que se podría dar con una atención más personalizada; este aspecto, incluso, está reglamentado: un profesor por cada 32 estudiantes, un coordinador por cada 500, un orientador y/o profesor de apoyo en algunos colegios, de acuerdo con los criterios de la entidad territorial correspondiente (Ministerios de Educación Nacional, 2002) En este aspecto, también se refleja la diferencia entre el tipo de institución; puesto que, mientras la cobertura que brinda el sector privado es me-

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jor, debido a la caída del 7% de la matrícula oficial, entre el 2010 y el 2015 (761.751 estudiantes menos), la cobertura del sector privado es empeoró por el aumento del 17% al 19% de matrículas oficiales (71.450 alumnos); a nivel rural, la disminución de la cobertura fue mayor (Pérez, 2016). No obstante, esto no parece importante ya que en las Pruebas Pisa del 2016 se mejoraron los promedios de las asignaturas importantes para la Ocde: matemáticas, lectura y ciencias, factor que acerca a Colombia a su sueño de hacer parte de esta organización. Todo esto muestra la imperiosa necesidad de cambiar las políticas educativas en pro del beneficio para todos; sin embargo, estos cambios no se pueden hacer hasta que el pueblo no esté preparado para ello, y es aquí hacia donde quiero encaminar este escrito, pues como profesores tenemos la posibilidad de formar y preparar a las personas para que luchen por sus derechos, ejerzan sus deberes y, así, tener una sociedad más equitativa e incluyente. Retomando mi historia, comencé a trabajar en un colegio distrital ubicado en la localidad de Usme en la jornada de la tarde, era mi primera experiencia laboral, tenía 22 años. Llegué en julio, la coordinadora académica me entregó unas planillas, me dio la asignación académica (español de sexto y once), me nombró jefe de área, directora de grado once y me señaló el salón al cual debía dirigirme para dar mi clase, esa fue toda mi inducción. Aunque esta experiencia me fortaleció, como se verá más adelante, es importante cuestionarse el papel que juegan las directivas en el proceso educativo que se desarrolla en la institución. Ellas son quienes deben liderar la elaboración e implementación de un Proyecto Educativo Institucional (PEI) que responda a las necesidades de su comunidad; son ellas quienes deben recibir a los nuevos docentes y contextualizarlos en los procesos que se llevan a cabo al interior de la escuela, y es que lo urgente no puede quitarle tiempo a lo importante. No se puede pretender que un colegio sea exitoso cuando no hay una clara planeación ni una ruta a seguir; no se puede pretender que haya un sentido de pertenencia, cuando ni


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siquiera se conocen los compañeros de trabajo; no debe laborar en una institución educativa quien no le interesa el bienestar de los estudiantes. Podría pensarse que esta fue una situación aislada, pero después de dialogar con varios profesores en diferentes espacios, esta es la regla, no la excepción de lo que sucede en los colegios oficiales. Al entrar al salón me encontré con 40 mundos diferentes, 41 con el mío. Con el transcurrir de los días me enteré de que entre los estudiantes habían pandilleros, ladrones, consumidores de sustancias psicoactivas desde los 10 años, prostitutas, chicas violadas, chicos con situaciones económicas complejas, quienes alternaban sus estudios con trabajo; se presentaban problemas de indisciplina, agresión física, verbal y psicológica entre ellos, las niñas se trataban entre sí con mucha rudeza, había muchachos que no vivían con sus padres pues los abandonaron, así que estaban con algún familiar; otros, a pesar de vivir con ellos, no les prestaban atención porque debían trabajar todo el día; educandos con diferentes necesidades educativas especiales (NEE) como déficit cognitivo, Síndrome de Down o con problemas de aprendizaje, niñas con anorexia o bulimia, otros con tendencias suicidas, diferentes tribus urbanas metachos, raperos, emos, skateros, reggaetoneros, personas a las que no les interesaba estudiar, en fin, un sinnúmero de situaciones que nunca había vislumbrado, y a las que debía sumarles el primer tema para trabajar en once: el romanticismo ¿Cómo encajar todas las piezas? Eso sí, no pasó mucho tiempo antes de darme cuenta de que no estaba preparada para enfrentar todo aquello, que tenía miedo, que no sabía qué hacer pues no tenía las herramientas o no era consciente de ellas; me sentía abatida, derrumbada, frustrada; casi todos los días, llegaba a llorar a mi casa y a pensar en qué hacer, en cómo dar los temas, que debía trabajar según el plan de estudios, en cómo ser jefe de área de profesores que llevaban 20 o 30 años siéndolo, en cómo seguir y no rendirme. Fueron los cuatro meses más deficientes de mi vida profesional y lo peor, sé que fui una terrible docente. Estas situaciones me hicieron compren

revista utopia #3 - ¿qué hacer hoy para transformar el mundo? der que de nada me servía conocer las cuatro etapas del desarrollo cognitivo de Piaget al trabajar con niños con NEE; que la teoría sociocultural de Vigotsky se aplicaba perfectamente a los estudiantes porque su contexto había contribuido en su formación como pandilleros y drogadictos, ubicándolos en la “Zona de desarrollo próximo (ZDP)” a ser delincuentes; que la libertad que pregonaba Montessori no era posible porque a muchos de ellos nunca se las dieron o no les enseñaron a ser autónomos, así que la tomaron por la fuerza pero cayeron en el libertinaje; tampoco me servía entender que los contenidos deben estar organizados de tal forma que le permita a los educandos aprender por descubrimiento, como Bruner lo planteaba, pues ni siquiera tenía claro qué debía enseñar, y mucho menos era útil reconocer las inteligencias múltiples de Gardner sino se conocen a las personas con las que se va a trabajar. También comprendí que las asignaturas de metodología y práctica vistas en la universidad eran insuficientes, ¿cómo comparar preparar dos o cuatro horas de clase con un grupo que se va a ver una sola vez en la semana, con un grupo al que se le debe dar mínimo seis horas de clase y que se va a ver por lo menos tres veces en la semana y al que uno va conociendo y por consiguiente se va vinculando con sus problemáticas?, además entender que no se le puede dar la misma clase a 1101, 1102 y 1103 porque los grupos son absolutamente diferentes, así que se debe tener preparado un plan a, un plan b, y un plan c, a la par de tener una buena intuición para “improvisar” cuando ninguno de los planes funciona. Por eventos como los que narré arriba, se hace necesario repensar la formación que se da actualmente en las universidades en los programas de Licenciatura; pero que no solo quede escrito, como en la Resolución 02041 del 3 de febrero de 2016, que establece las características de calidad que deben tener estos programas, sino que se lleven a las aulas. Es importante brindar el componente teórico y pedagógico, pues debemos conocer todos aquellos trabajos, proyectos y metodologías que han desarrollado diferentes educa-


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dores, psicólogos, investigadores, los cuales han permitido, por lo menos en papel, el paso de la educación bancaria a una educación más significativa; pero, estas no pueden estar aisladas de la práctica. No se pueden seguir viendo las pedagogías como una mera comprensión de un tema en particular, el cual se complementa con un ensayo, para la siguiente clase realizar lo mismo pero con otro tema; por el contrario, cada seminario debería pensarse como la teoría y un taller con su respectiva aplicación, donde, en contextos reales, se pongan a prueba y se evidencien los aspectos en pro y en contra de cada una; así, el futuro docente la comprenderá, la interiorizará y, en su práctica profesional, la aplicará cuando lo crea conveniente. Sumado a esto, el componente disciplinario debe estar enfocado, no a la acumulación de conocimientos de una materia determinada, sino en la aplicabilidad e importancia de aprendizaje de dichos conocimientos para la vida personal, académica y profesional de los educandos. No podemos olvidar que los estudiantes de hoy en día tienen un acceso a la información que las anteriores generaciones no tuvimos, el problema es que no saben qué hacer con tanta información, ni disciernen entre las mentiras y verdades que les venden; es aquí donde la función del maestro es fundamental para orientarlos. Las universidades siguen cometiendo este error, en muchas ocasiones: trabajar una amplia gama de temas pero sin una finalidad clara, sin un aprendizaje significativo. Para que las licenciaturas evolucionen, se requiere que las instituciones de educación superior tengan un horizonte institucional claro, que cada programa reforme su currículo, sus planes de estudio, y, tal vez lo más importante, que los docentes renueven sus prácticas pedagógicas, ya que son estos quienes, con su ejemplo, más que con sus palabras, le enseñan al futuro profesor cómo hacer su trabajo con calidad y amor; como lo plantea Freire “[…] podemos contribuir con nuestra responsabilidad, con nuestra preparación científica y nuestro gusto por la enseñanza, con nuestra seriedad y nuestro testimonio de lucha contra las injusticias, a que los

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educandos se vayan transformando en presencias notables en el mundo” (2010, pp. 67-68) y este es, finalmente, nuestro objetivo. Es claro que tenemos muchas cosas en contra de nuestra profesión; la formación recibida tal vez no fue la más asertiva, las políticas gubernamentales han llevado a que, en ocasiones, seamos considerados, por las directivas, padres y sociedad en general, como un mueble más del salón, o como los “culpables de la mala educación”; el salario que se devenga no corresponde a lo que debe ganar un profesional y ni hablar del sector privado, donde a veces, no llega ni al mínimo; el rubro destinado a cada colegio es irrisorio, además de poner miles de trabas para poder ejecutarlo; las familias están en decadencia, los padres, ya sea por su formación o porque deben estar todo el día trabajando, descuidan a sus hijos y no prestan atención a su proceso educativo; los jóvenes tienen muchos distractores, los cuales no han sabido canalizar (redes sociales, televisión, internet, fiestas, calle); las directivas, muchas veces, desempeñan un rol meramente administrativo, descuidando lo pedagógico y lo comunitario, los estudiantes no saben quiénes son, de dónde vienen ni para dónde van; en fin, desde una mirada fatalista, estamos perdidos. Ante estas situaciones, tenemos dos opciones: la primera, adoptar una actitud pasiva, conformista y/o cómoda en la cual vemos la realidad pero no hacemos nada para cambiarla pues luchar contra todo es complejo; es más sencillo ser parte de esa gran maquinaria de destrucción. Un conocido me preguntó el porqué de la baja calidad de los colegios públicos, después de explicarle todo lo que he mencionado, no dudé en responderle también que muchos profesores se vencen, se dejan llevar por el sistema que siempre ha trazado su destino y prefieren no desgastarse; le comenté, por ejemplo, de compañeros que hacen clases exclusivas de contar chistes, otros cuya didáctica predilecta para enseñar es la trascripción de textos de internet al cuaderno sin ningún análisis ni actividad extra, o del docente de apoyo de NEE que asiste a todas las reuniones programadas por el DLE (Dirección Local de Educación) o por la Secretaría de Edu-


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cación pregonando los grandes proyectos que ha hecho, pero que raramente se encuentra en la institución y, mucho menos, se evidencia el trabajo realizado con los niños con discapacidad. La segunda es la que yo tomé. Después de esos cuatro meses infernales, llegaron las vacaciones, y con ellas, un tiempo para reflexionar, para pensar con calma y replantear mi rol como docente. Me había hecho las preguntas incorrectas, me había cuestionado por cómo enseñar los temas que aparecen en el plan de estudios, pero nunca me pregunté ¿quiénes son mis estudiantes y qué necesitan? Entendí que debía cambiar mi praxis, que debía reescribir mi historia profesional, que debía liberarme de todo aquello que me estaba presionando y no me dejaba avanzar y es que “la práctica de la libertad sólo encontrará adecuada expresión en una pedagogía en que el oprimido tenga condiciones de descubrirse y conquistarse, reflexivamente, como sujeto de su propio destino histórico” (Freire, 1997, p. 3), y con este nuevo comienzo descubrí y comprendí la importancia que tenemos como profesores, pues tenemos la posibilidad de transformar el mundo a partir de la formación de seres humanos íntegros. Tenía grado octavo y como me interesaba saber de primera mano cuáles eran sus necesidades, me tomé el tiempo para hablar con cada uno, así no fueran más que un par de minutos. Este diálogo me permitió conocerlos un poco y reconocerme en ellos, al igual que yo a su edad, ellos no sabían que querían para su futuro, no sabían quiénes eran; de hecho “soñaban con ser alguien en la vida” (como si ya no lo fueran), la mayoría no tenían, ni siquiera esbozado, un proyecto de vida. Así que comenzamos un proceso en el cual yo les daba herramientas para mejorar su proceso de lecto-escritura al mismo tiempo que iban identificando sus cualidades, defectos, sueños, miedos, y ellos, con sus acciones, me fortalecían como docente, entendiendo que “los hombres se educan en comunión” (Freire, 1997, p. 86). Yo no quería que cuando ellos llegaran a once estuvieran tan ajenos a la realidad como yo lo estuve, por ende, con dos compañeros más y sin

revista utopia #3 - ¿qué hacer hoy para transformar el mundo? ponernos de acuerdo, empezamos a ubicarlos en el mundo, a mostrarles lo que sucede en su contexto local y nacional, y cómo los influye directa o indirectamente. Los estudiantes, al darse cuenta de que eran importantes para nosotros, comenzaron a mejorar; aunque, al inicio eran un poco conflictivos, toda la indisciplina que manejaban se fue canalizando en un diálogo constructivo, donde reconocían su realidad e identificaban todo lo que les hacía falta para afrontarla. Cuando un estudiante comprende esto, asume una posición crítica frente a todo, incluyendo su proceso educativo, lo que muchas veces supone, un problema en un entorno académico jerarquizado. La Unesco plantea que “aunque la educación para la ciudadanía mundial implica resistir al status quo e imaginar futuros alternativos, esto debe considerarse y presentarse como un desafío positivo que puede enriquecer y ampliar las identidades culturales, locales y nacionales” (Unesco, 2016, web). Al ver que en un comienzo no podían argumentar con claridad una idea y que después de darles información y herramientas para obtenerla y analizarla desarrollaron un pensamiento crítico, no tuve ningún problema para comprender y asumir que sus ideas son tan valiosas como las mías y es que “la educación debe comenzar por la superación de la contradicción educador-educando. Debe fundarse en la conciliación de sus polos, de tal manera que ambos se hagan, simultáneamente, educadores y educandos” (Freire, 1997, p.). Desde ese momento entendí que en un salón de clase lo relevante no son los profesores y los estudiantes, sino las personas que realizan un proceso de enseñanza-aprendizaje. A algunos docentes no les gusta que les cuestionen sus metodologías o la finalidad de alguna actividad porque sienten que pierden su autoridad. Lo que ellos no han comprendido es que el respeto es más fuerte que la autoridad, y se logran más y mejores cosas. Otra debilidad que tiene nuestro sistema educativo es que “pobretea” a los educandos, se les dice, por ejemplo, que por ser de Usme no lograrán nada y por ende se les debe regalar todo: el refrigerio, las notas, los útiles, etc.; por eso con el Decreto 230


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bajó tanto la calidad de la educación básica y media, y muchos estudiantes se volvieron conformistas. No obstante, la evolución de estos chicos desde octavo hasta once fue impresionante: se les exigió muchísimo, mejoraron considerablemente su proceso de lecto-escritura, eran más críticos, se conocían más, desarrollaron valores y cualidades como solidaridad, liderazgo, emprendimiento, perseverancia, sana competencia pues buscaban no solo superar a los otros sino a ellos mismos; la gran mayoría tenía claro que quería ingresar a la educación superior y varios tenían claramente identificado lo que querían estudiar y cómo lograrlo. Tal fue el éxito de esta experiencia que el 70% continuó con sus estudios y, aunque algunos se equivocaron de profesión y cambiaron de carrera, otros ya terminaron y la están ejerciendo, lo que implica un mejoramiento en su calidad de vida y un pensamiento más asertivo como seres políticos. Durante este proceso me enamoré de mis estudiantes y de mi labor, y terminé amándolos; finalmente, al ver que se logró romper el paradigma de que los estudiantes de Usme solo terminan el bachillerato y se dedican a trabajar, a perder el tiempo o a delinquir, también comprendí que me convertí en maestra. Por todo lo anterior, para todos los que están leyendo este artículo, especialmente para los maestros y los que aspiran a serlo, mi recomendación es que no se rindan, no se entreguen al sistema, no permitan que los hagan sentir menos; no olviden que tenemos la capacidad de cambiar esta sociedad, pero que, para lograrlo, debemos transformar nuestras prácticas. La educación que se basa en la igualdad entre estudiantes y docentes, en la comprensión y superación de las necesidades de su comunidad, en la coherencia entre las palabras y las acciones, y en el amor por la profesión y por los educandos. Es la educación la que transforma positivamente al mundo.

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Education [fotografĂ­a]. Recuperado de https://unsplash.com/search/education?photo=jEEYZsaxbH4


¿DE QUÉ TRANSFORMACIÓN HABLAMOS? LA TEORÍA Y LA PRAXIS A LA LUZ DE LA PRIMERA TESIS SOBRE FEUERBACH David Antonio Pérez Nava1

Resumen Partiendo de la premisa de que el mundo de hoy debe ser transformado, el presente escrito busca indagar cómo se concibe dicha transformación y cuáles son los fundamentos epistemológicos que deben acompañar tal perspectiva. Para ello, serán analizados los principios que subyacen a las Tesis sobre Feuerbach de Marx, en las que el filósofo de Tréveris replantea la dinámica que existe entre teoría y praxis. Esto permitirá esclarecer la reflexión en torno al problema epistémico fundamental: la relación sujeto-objeto. Palabras clave: Relación sujeto-objeto, materialismo, idealismo, revolución, praxis.

Egresado de la licenciatura en filosofía por la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México. En el terreno de la historiografía, desarrolla trabajos sobre Historia del comunismo y Movimiento obrero en América Latina. En filosofía, desarrolla actualmente una investigación sobre el lugar de la violencia política y la posibilidad de la revolución como paradigma político en el marco de la propuesta ético-política de filosofía de la liberación. Ha dado conferencias y dictado ponencias en México, Perú y Venezuela. Miembro de la Coordinación General de la Asociación de Filosofía y Liberación (AFyL), presidida por el Dr. Enrique Dussel. Correo: d.apn@hotmail.com

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¿DE QUÉ TRANSFORMACIÓN HABLAMOS? 19 LA TEORÍA Y LA PRAXIS A LA LUZ DE LA PRIMERA TESIS SOBRE FEUERBACH -David Pérez “Los filósofos sólo han interpretado el mundo de distintas maneras; de lo que se trata es de transformarlo” (Marx, XI Tesis sobre Feuerbach)

La transformación radical de la sociedad parece ser hoy, al igual que en los tiempos del desarrollo del pensamiento de Marx, una necesidad ciertamente incuestionable; ello pese a aquellos que, miopes o ciegos, aún consideran que el “fin de la historia” y la supuesta victoria del capitalismo y sus instituciones políticas, pedagógicas o culturales, invalidan, de origen (por imposibles, ingenuas o hasta innecesarias), cualquier pretensión de frenar (para recordar a Walter Benjamin) el tren del progreso de la modernidad occidental. Para nosotros, sin embargo, resulta evidente que nuestra época está marcada por no pocas manifestaciones que evidencian la necesidad histórica, casi vital, de efectuar un viraje que nos permita evitar “el asesinato y el suicidio colectivo a los que la humanidad se encamina de no cambiar el rumbo de su accionar irracional” (Dussel, 2009, p. 11), debido a las secuelas globales de la crisis financiera iniciada en el año 2008. Las consecuencias profundamente nocivas de las políticas neoliberales (pensemos, tan solo, en los casos de México y Colombia); los diversos conflictos bélicos, producto de las intervenciones imperialistas (cuyos casos actualmente más conocidos, aunque no los únicos, están representados por Siria y Ucrania); la catástrofe ecológica que, fruto de

la industrialización capitalista, muestra, cada vez más, sus devastadoras consecuencias; o la actual avanzada “anti-progresista” que, acechando a América Latina, amenaza gravemente los, muchas veces, tímidos avances sociales de países como Argentina, Brasil, Bolivia, Ecuador, y la Venezuela de Chávez y Bolívar son tan solo algunos hechos que muestran claramente, no solo la imposibilidad de construir un mundo más justo, transitando por los derroteros trazados por el actual sistema, sino también, la imposibilidad misma de construir un futuro (cualquiera que sea este) de no llevar a cabo una ruptura, desde sus raíces mismas, con la lógica moderna del individualismo, la cosificación (lo mismo de la naturaleza que de los seres humanos) y la competencia capitalista. Ante semejante panorama, resulta de singular interés el “retorno a Marx”, quien, en años recientes, se ha hecho evidente a través de un gran número de estudios, tanto teóricos como biográficos, y de un no menor número de conferencias, congresos y encuentros, cuyo objetivo es revalorar la figura y la obra de aquel cuyo pensamiento, tras la caída del socialismo real, fue igualmente declarado muerto por personajes de todas las procedencias y de casi todas las filiaciones ideológicas2. El tiempo, empero, ha mostrado cuán equivocados estaban, pues el constructo teórico realizado por Karl Marx, más allá de aquello que deba ser revisado al tamiz de las perspectivas abiertas en las últimas décadas, es hoy (una vez más) una fuente inagotable de hipótesis e ideas si lo que se busca es explicar las condiciones actuales de injusticia, desigualdad y exclusión reinantes en todos los rincones del globo; no obstante, también es (y esto es lo que en esta ocasión nos importa) un

Importante es recordar aquí, por ejemplo, el encuentro internacional organizado por Octavio Paz en 1990. “La experiencia de la libertad”, como fue llamado, sirvió como el espacio en el que, provenientes de diversas partes del mundo, se dieron cita parte de aquellos que pretendían erigirse en “sepultureros” del marxismo. La pobreza analítica que dominó aquellos días de agosto y septiembre de ese año, era fruto de una incapacidad generalizada de distinguir entre Marx y el marxismo, entre la crítica a la sociedad capitalista efectuada por el filósofo de Tréveris y el presunto fracaso (del cual, en todo caso, aún está pendiente demostrar su significado y su desarrollo real) de una experiencia histórica particular que, por lo demás, se constreñía casi exclusivamente a Rusia y los países de Europa del este.

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punto de partida ineludible si lo que se quiere es pensar, asumir y trabajar a favor de la transformación efectiva de esa realidad lacerante3. La filosofía de Marx, aunque no solo debe reducirse a ello, no puede comprenderse sin entender antes que esta es mucho más que una mera interpretación del mundo, debido a que, tal y como anunciaba el propio Marx en la tesis que nos sirve de epígrafe, su pensar es también y sobre todo, una teoría que, además de interpretar, busca coadyuvar honesta y comprometidamente con la transformación de aquello que se halla como injusto, inmoral e inhumano4. El marxismo debe entenderse, por ende, no solo como un intento por comprender el mundo concreto y real, sino, sobre todo, como un proyecto que hace de esa interpretación solo un momento del complejo proyecto de transformar ese mundo que se ha interpretado. En el marxismo (para ponerlo en términos clásicos), theorein y praxis se conjugan de tal forma que la existencia de la una es prácticamente imposible sin la otra, ya que, como afirmaba Lenin: “sin teoría revolucionaria no puede haber práctica revolucionaria” (1981, p. 137). Ahora bien, será precisamente en las llamadas Tesis sobre Feuerbach de Marx, publicadas por

Friedrich Engels cinco años después de la muerte de su colaborador, camarada y amigo (es decir, en 1888), donde hallaremos no solo la visión que el autor de El capital tiene respecto a la relación entre la teoría y la praxis , sino, además, donde este pone de manifiesto la oposición que su interpretación y su discurso tienen respecto a los constructos filosóficos de algunos de los más connotados miembros de la tradición que le precede. Semejante labor marxiana, resultará tanto más importante para nosotros en la medida en que seamos capaces de ver que buena parte de los errores interpretativos que Marx denuncia en la tradición filosófica a la que se enfrenta, se hacen patentes aún hoy, no solo en la cotidianidad de la vida, sino también, y en consecuencia, en no pocos proyectos de transformación social que, aunque con buenas intenciones, sufren gravemente la falta de un método y una concepción epistemológica que les permita comprender, de forma cabal, su propia actividad revolucionaria. Esta ausencia es la que, como indica Bolívar Echevarría, “demuestra la imposibilidad de que [su] discurso teórico revolucionario alcance autosuficiencia, coherencia y efectividad” (2011, p. 20); y la que, al mismo tiempo, nos debe impulsar a reflexionar en torno a la, muy particular, con-

El año 2017 es, de forma simbólica, particularmente relevante si de lo que se trata es de re-pensar la necesidad de la transformación radical de la realidad. Este año, pues, se cumple no solo el centenario de la revolución rusa, sino también el 150 aniversario de la primera publicación de El Capital de Karl Marx, eventos que deben originar, más allá de una mera valoración anecdótica de acontecimientos pasados, una reflexión cabal en torno a los alcances, los límites, los objetivos y, en suma, el contenido más esencial de aquello que inspiraba lo mismo a Marx que a los bolcheviques rusos: la Revolución y, con ella, una idea y un método muy peculiar para la transformación de todos los campos y a todos los niveles del hombre y la sociedad. 4 Pasando entre aquellos marxistas que han llevado al marxismo por sendas distintas a las que queremos conducirlo, nosotros debemos destacar que el marxismo de Marx siempre se caracterizó por su “actividad <revolucionaria>, <crítico-práctica>” (Marx, “Tesis sobre Feuerbach”, citado en Echeverría, 2011, p. 111). Es decir, si bien es cierto que los trabajos de Marx en torno a la crítica de la economía política son hoy un elemento esencial para explicar la grave situación en la que nos hallamos (véanse, por ejemplo, los trabajos de Enrique Dussel en torno a las 4 redacciones de El Capital: La producción teórica de Marx, Hacia un Marx desconocido y El último Marx y la liberación latinoamericana), tales esfuerzos no se pueden entender cabalmente, ni extraer de ellos toda su fuerza creadora, si no se enmarcan dentro de los objetivos revolucionarios y la actividad crítico-práctica de un hombre que, como muestra Mary Gabriel en una reciente biografía (véase Gabriel, 2011), empeñó su vida entera en la consecución de un único y claro objetivo: la transformación de la sociedad capitalista a través de la revolución de los trabajadores. 3


¿DE QUÉ TRANSFORMACIÓN HABLAMOS? 21 LA TEORÍA Y LA PRAXIS A LA LUZ DE LA PRIMERA TESIS SOBRE FEUERBACH -David Pérez cepción que Marx posee acerca de la relación epistemológica fundamental (sujeto y objeto); la relación entre la teoría y la praxis, y, con ello, sobre la visión que este tiene con respecto a la necesidad, a la posibilidad y a la manera de transformar lo real. Si lo que se quiere, en suma, es dotar al discurso del potencial revolucionario que se requiere para cumplir con semejante fin (la transformación), es necesario efectuar una revisión puntual de aquello que el filósofo de Tréveris, baluarte esencial del pensamiento anti-capitalista, afirma en sus famosas Tesis sobre Feuerbach. Esto, a su vez, nos permitirá mostrar la conexión, muchas veces inadvertida, entre una reflexión filosófica profundamente abstracta (como la de la relación sujeto-objeto) y la vida práctica de los seres humanos, en general, y de los revolucionarios, en particular.

La pasividad crítico-práctica ante el mundo En la primera de sus tesis (1845), Marx comienza, fiel a su costumbre, por dejar en claro con quién o quiénes es con quien está discutiendo: La principal insuficiencia de todo el materialismo tradicional (incluido el de Feuerbach) es que [, en él] el objeto I, la realidad, la materialidad sólo es captada bajo la forma del objeto II o de la intuición sensible; y no como actividad humana material, [como] praxis; no subjetivamente. (2011, p.12)

Con semejante afirmación, nuestro filósofo remite a aquellos que ven a los objetos del mundo solo como objetos de contemplación, los cuales, al estar dados de antemano, hacen del sujeto humano un receptáculo de sus formas y sus determinaciones. Para ellos, el objeto ya tiene en sí contenidas todas sus particularidades, y el hombre, en su relación cognoscitiva con él, no hace más que recibirlas de manera pasiva, sin determinar al objeto de manera alguna. Semejante consideración se acerca, sin duda, a las afirmaciones de John Locke y de buena parte del empirismo inglés, ya que este, como se sabe, considera que nuestra mente viene, al mundo, vacía y desprovista de todo conocimiento, y que solo a partir de la percepción sensorial esta adquiere contenido, el cual, a su vez, adquiere confirmación. Toda idea (por lo menos aquellas que Locke denomina ideas simples) o todo conocimiento es causado inmediatamente en nosotros gracias a la influencia exclusiva del mundo exterior y, por ello, jamás gracias a la actividad humana material de la que Marx nos habla. Ahora bien, como bien precisa Bolívar Echeverría (2011), Marx encuentra, de cualquier modo, un elemento o función importantísima en este materialismo tradicional o ingenuo, útil incluso para cualquier intento de construir un “discurso teórico revolucionario”, a saber, que sostiene “el carácter irreductible de la esencia del objeto a la

Más de uno podría objetar, como lo hizo Louis Althusser, que, entre la obra primera de Marx y el Marx maduro de El Capital, existe una barrera infranqueable que, en consecuencia, nos hace imposible ver en el Marx de las Tesis sobre Feuerbach el preludio de lo que este desarrollaría en sus etapas intelectuales posteriores. Para estos intérpretes, sería insensato afirmar, como lo hacemos nosotros, que lo dicho por Marx en una época temprana, como lo fue 1845 (fecha de redacción de las mencionadas Tesis), tenía aún vigencia en 1867 (año de publicación del primer tomo de El Capital). No obstante, a nuestro juicio, existe una continuad en la obra de Marx, la cual hace que las pretensiones de este, desde las famosas Reflexiones de un joven en la elección de una profesión (fechadas en 1835) hasta las comunicaciones con Vera Zasúlich y los llamados populistas rusos, sean siempre unas y las mismas, a saber: la preocupación ético-política por la liberación de los oprimidos y explotados, cuestión que, más allá de sus distintos desarrollos, es siempre el punto de partida en el pensamiento de Marx. No se trata, pues, de un periodo filosófico o pre-científico y otro cabalmente científico, sino, más bien, de un mismo proyecto, el cual, con el transcurrir del tiempo, va abriendo nuevas vías de desarrollo, nuevas exigencias teóricas y, en consecuencia, nuevos planteamientos, pero que, a fin de cuentas, siempre responde a los mismos objetivos y al mismo deseo fundamental, a saber, la transformación social con vías a la consecución del bienestar de la humanidad como un todo.

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actividad unilateral del sujeto” (p. 24). No obstante y por otro lado, el mayor problema al que nos enfrentamos al concebir la relación entre el sujeto y el objeto en estos términos, es precisamente el hecho de que al defender la pasividad del sujeto frente al objeto, el primero da por sentado al mundo tal y como este es, lo que produce, evidentemente, una pérdida de toda capacidad transformadora o revolucionaria que posibilite la ruptura con las condiciones de explotación, dominación y marginación imperantes en el mundo en el que vivimos; error que, por lo demás, se manifiesta precisamente cuando, por ejemplo, los hombres y las mujeres de nuestro tiempo asumen la democracia representativa liberal o la competencia capitalista como dos instancias sociales que están lejos de poder ser transformadas por una actividad humana material, la cual, a sus ojos y respecto a estas cuestiones, parece ser inexistente (en el sentido de que es el propio mundo el que, determinado en sí mismo, se desarrolla y se transforma de manera totalmente independiente al sujeto)6. Del mismo modo, un error epistemológico similar lo encontramos entre aquellos que, en su papel de teóricos y políticos supuestamente revolucionarios, sostienen equivocadamente que es necesario que “las condiciones materiales objetivas” para la revolución se den por sí mismas a través de una especie de proceso evolutivo “natural”. Tal posición, por ejemplo, era precisamente la que sostenían los mencheviques rusos y buena

parte de la socialdemocracia europea (desde la época de Marx y hasta la posguerra, por lo menos), debido a que esta afirmaba que era necesario que se diera primero la revolución burguesa para que, solo después y de manera progresiva, se diera también la revolución proletaria7. Se trataba, como dijera Walter Benjamin en sus Tesis sobre la historia, de un conformismo incapaz de conciliar con un ímpetu auténticamente revolucionario; de un nadar con la corriente, un dejarse llevar por los acontecimientos aparentemente independientes del sujeto; o bien, una pasividad desde la cual “no había más que un paso a la ilusión de que el trabajo en las fábricas, que sería propio de la marcha del progreso técnico, constituye de por sí una acción política” (Benjamin, 2008, p. 46), en el sentido de que el trabajo incrementaría el desarrollo capitalista, aumentando, por sí mismo, sus contradicciones, las cuales, por sí mismas, generarían el declive final y definitivo del sistema. Así, pues, para una concepción como la que hasta aquí hemos descrito (presente en cada caso citado), el mundo tiene una independencia absoluta respecto a la actividad del hombre, convirtiéndolo en no más que un centinela destinado a esperar pacientemente el desarrollo de los acontecimientos que el propio mundo, por sí solo, desencadenaría tarde o temprano. Y aunque los socialdemócratas creían sustentar semejante posición en la obra misma de Marx, la visión que este defendería desde 1845 (explicitada incluso en el intercambio epistolar que, ya mencionado

En torno a semejante punto, es importante recordar las reflexiones que György Lukács hace en su obra Historia y conciencia de clase. Para él, como se sabe, uno de los grandes aportes de las reflexiones que Marx hace sobre la estructura mercantil consiste precisamente en haber demostrado cómo es que una relación entre hombres, entre personas, termina por tomar el carácter de una relación entre cosas; puntualmente, cómo es que dicha inversión termina por hacer aparecer dichas relaciones fetichizadas, como si estas poseyeran una serie de leyes propias que, en consecuencia, imposibilitan al hombre para “ejercer por su actividad una influencia modificadora sobre su desarrollo real” (Lukács, 1970, p. 124.). Por tanto, el hecho de que una inversión primigenia termine por encubrir el papel fundante que el hombre tiene en la construcción de una serie de relaciones sociales de todo tipo (económicas, políticas, afectivas, estéticas, etc.), le resta a este la posibilidad de influir efectivamente en ese mundo y, en consecuencia, en dichas relaciones sociales. 7 Tal afirmación, no está de más agregar aquí, también se vio refutada por el desarrollo histórico mismo, pues a pesar de que en países como Inglaterra o Francia las condiciones que se creían necesarias se hicieron presentes, la revolución socialista no ocurrió o por lo menos no con la efectividad y la radicalidad deseada. 6


¿DE QUÉ TRANSFORMACIÓN HABLAMOS? 23 LA TEORÍA Y LA PRAXIS A LA LUZ DE LA PRIMERA TESIS SOBRE FEUERBACH -David Pérez por nosotros, tendría con Vera Zasúlich y los populistas rusos a partir de 1881) parece estar muy lejos de la que aquellos, con resultados ciertamente catastróficos para el movimiento socialista internacional, sostendrían durante largo tiempo8.

La exacerbación del carácter activo del sujeto: los peligros del voluntarismo ingenuo Ahora bien, en la misma tesis I, el autor de El capital continúa con su confrontación filosófica; empero, ahora, frente al idealismo: “De ahí que, en oposición al materialismo, el aspecto activo [haya sido] desarrollado de manera abstracta por el idealismo –el cual, naturalmente, no conoce la actividad real, material en cuanto tal–” (Marx, 2011, p.12). Aquí, Marx se está refiriendo, como bien precisa Adolfo Sánchez Vázquez, “a la concepción idealista del conocimiento que inaugura Kant, y de acuerdo con la cual el sujeto conoce un objeto que él mismo produce” (2003, p. 170), concepción que, en todo caso, es aún más radical en los planteamientos hechos por Fichte y la mayoría de los pensadores del llamado idealismo alemán. Para nuestro autor, la gran virtud del idealismo consistirá en que este logra sacar al sujeto humano de la pasividad absoluta en la que el “materialismo tradicional” lo había sumido, lo que no impedirá que la virtud devenga en un vicio en el instante mismo en el que, para el idealismo, el sujeto aparezca como el único elemento activo de la relación con el objeto. Para el filósofo alemán Immanuel Kant, por ejemplo, no será el conocimiento humano el que tendrá que entrar en conformidad con los objetos de la experiencia; por el contrario, estos son los

que tendrán que verse determinados por aquellos principios a priori a través de los cuales el hombre los conoce en su calidad de fenómenos. No obstante, la reserva que el autor de la Crítica de la razón pura pone al respecto, consiste en la distinción que él mismo elabora entre los fenómenos y la “cosa en sí”, dado que, con esta última, lo que se logra es dar cabida a algo que, al ser inaccesible para el sujeto, sigue siendo totalmente independiente9 de nosotros. En lo que concierne a los autores del idealismo alemán (empezando, claro está, por Johann Gottlieb Fichte), estos radicalizarán las afirmaciones kantianas al dejar de defender en su filosofía la existencia de la “cosa en sí”, pues esta, a su juicio, no será más que una mera quimera, mientras el Yo se convertirá no solo en la condición de posibilidad de nuestro conocimiento (como en Kant), sino también en condición misma de la esencia del objeto: la actividad del Yo no solo determinará la manera en la que pensamos los objetos, la realidad de estos también será puesta por ella. Para Fichte, como vemos, el objeto será posible solo gracias a la actividad de la conciencia, efectuando, con ello, un giro radical que hace, del ser humano y de su voluntad, el fundamento de todo cuanto existe; con semejante giro, se pone en marcha una inversión (pues ahora es el sujeto quien determina al mundo, a los objetos) que permite la liberación del sujeto que ya no es más el sujeto pasivo del materialista tradicional; mas, a su vez, esto mismo genera para el idealista un problema consistente en que, para él, dicha actividad solo será “la del sujeto consciente, pensante; de ahí que sea considerada abstractamente ya que no incluye la actividad práctica, sensible, real” (Sánchez-Vázquez, 2003, p. 171).

Es cierto que en algunos de los escritos posteriores a 1845 (el Manifiesto del partido comunista, sobre todo), Marx parece sostener la visión “etapista” que aquí nosotros criticamos; sin embargo, como hemos dicho, la interpretación que nosotros hacemos de las Tesis nos hace pensar que, pese a ello, el Marx joven y el Marx viejo que mantuvo contacto con los populistas rusos, estaba muy lejos de sostener que la actitud del revolucionario ante el mundo consistía en una actitud pasiva que, a nuestro juicio, se deriva de la posición epistemológica del materialismo tradicional. 9 Tómese en cuenta, nuevamente, lo dicho por György Lukács en su libro. 8


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Para el idealista, por tanto, la revolución consistiría, en el mejor de los casos, solo en una revolución hecha en el pensamiento, lo que significa, a su vez, que, para él, el objeto estará condenado a la misma pasividad a la que el materialismo condenaba al sujeto. En todo caso, tal posición epistemológica, al igual que la anterior, no será difícil hallarla en la actividad y el discurso revolucionario de no pocos individuos, grupos y organizaciones, puesto que lo antes descrito sucede, por ejemplo, en aquellos discursos que pretenden pasar por alto la especificidad del mundo que se planea transformar, en favor de un sujeto que se cree en posesión de una razón infinitamente poderosa, capaz de hacer surgir, ex nihilo, los medios y las herramientas necesarias para el cambio. En tales casos, se cae en un voluntarismo ingenuo, el cual solo trae consigo un sin fin de resultados negativos, debido a que la creencia en la omnipotencia de la función activa del sujeto, hace pasar por alto la necesidad de tomar en cuenta las determinaciones que el mundo en sí mismo posee e impone. Ejemplos de semejante proceder podemos hallarlos en múltiples casos históricos y en prácticas políticas pasadas y presentes, entre ellas, por ejemplo, la experiencia napoleónica en la España de principios del siglo XIX o la experiencia boliviana del comandante Ernesto “Che” Guevara. En el primero de los casos, como se sabe, Napoleón I pretendió llevar a España los beneficios que, a su juicio, el proceso desencadenado en Francia a partir de 1789 había generado; sin embargo, más allá de sus expectativas, la reacción del pueblo español fue totalmente distinta a la que él y los franceses hubieran esperado: ni con la promesa de libertad, igualdad y fraternidad sería posible persuadir a los españoles de aceptar el proyecto napoleónico, y mucho menos sería posible impulsar la ruptura definitiva con la monarquía hispánica encabezada por Fernando VII. Muy por el contrario, los súbditos del rey saldrían a las calles impulsados por la firme decisión de enfrentarse, a cualquier precio, quienes con tanto esfuerzo habían buscado presentarse como sus libertadores. Las condiciones para la liberación de España (si es que es lícito lla-

revista utopia #3 - ¿qué hacer hoy para transformar el mundo? marla de ese modo) no estaban dadas, y ni el ejército, ni el ímpetu, ni la voluntad de Napoleón y los franceses, pudo hacer nada frente a este hecho. Ahora bien, en lo que respecta al Che Guevara, su caso resulta particularmente relevante, y no porque se trate de una de las figuras de mayor relieve en la lucha revolucionaria de carácter anti-capitalista y anti-imperialista, sino porque, además de esto, su ejemplo muestra con claridad las dificultades que existen para lograr conciliar una concepción epistemológica revolucionaria (que trascienda los errores antes descritos) con una práctica política congruente con ella. El Che afirmaría, en su libro La guerra de guerrillas, que una de las enseñanzas más importantes de la Revolución cubana consistía en que esta había demostrado que “no siempre hay que esperar las condiciones para la revolución” (Guevara, s.f., p. 11), entendida esta como la irrupción violenta contra el sistema vigente y como el proceso mismo de su radical transformación. Para él, dicha lección permitía refutar, sobre todo, “la actitud quietista de revolucionarios o seudo-revolucionarios […] que se sientan a esperar a que, en una forma mecánica, se den todas las condiciones objetivas y subjetivas necesarias, sin preocuparse de acelerarlas” (Guevara, s.f., p. 12); lo que evidentemente representa una crítica frontal, con absoluta lógica marxista, contra aquella pasividad característica del materialismo tradicional o ingenuo. No obstante, a fin de evitar caer en el error característico del idealista (aquel consistente en una exagerada confianza en la razón, la voluntad y la práctica humana), el Che agrega a este respecto que […] naturalmente, cuando se habla de las condiciones para la revolución no se puede pensar que todas ellas se vayan a crear por el impulso dado a las mismas por el foco guerrillero. Hay que considerar siempre que existe un mínimo de necesidades que hagan factible el establecimiento y consolidación del primer foco. (Guevara, s.f., p. 12) .

Guevara, en consecuencia, tenía clara conciencia del potencial creador, radical y naturalmente


¿DE QUÉ TRANSFORMACIÓN HABLAMOS? 25 LA TEORÍA Y LA PRAXIS A LA LUZ DE LA PRIMERA TESIS SOBRE FEUERBACH -David Pérez revolucionario, de la práctica humana; sin embargo, eso no lo llevaba a obviar, en su discurso, que dicha práctica está siempre determinada, igualmente, por las condiciones mismas que impone la “materia” sobre la cual el ser humano ejerce su actividad. Esta verdad, más allá de su recurrente presencia en el pensamiento guevariano, claramente se pone en entredicho con la experiencia boliviana del Che a partir de 1966; ya que, si se realiza un análisis de la situación existente en este país latinoamericano por aquella época, este mostraría la ausencia de las condiciones mínimas a las que se refiere Guevara. Esta ausencia, junto con la delación del teórico francés Régis Debray, la traición de Mario monje y la dirigencia del Partido Comunista10, jugó un papel decisivo, en los planos estratégico y táctico, en la temprana caída del que, aún, sigue siendo un símbolo de anhelo de los pueblos por la consecución de una liberación profunda y cabal.

Hacia una concepción epistemológica revolucionaria: el caso de Marx Ante tales formas de concebir la relación sujeto-objeto, así como ante las implicaciones que, según dijimos, traen consigo, es que Marx intenta reaccionar en el resto de los aforismos que componen las Tesis sobre Feuerbach. Como habíamos visto, la principal carencia del materialismo tradicional del que Marx nos habla es que, al concebir la relación entre el sujeto y el objeto como una en donde el objeto posee en sí mismo todas sus determinaciones, se le niega al ser humano, al sujeto, toda posibilidad efectiva de transformación social; por ende, este tipo de materialismo no se trata de una

actitud práctica ante el mundo, sino, a lo sumo, de una actitud contemplativa o teórica que, a final de cuentas, deja la realidad tal y como está. A parte de lo anterior, el problema con el idealismo consiste en que, si bien este libera al sujeto de la actitud pasiva a la que la dependencia al objeto lo había condenado, tal liberación solo ejerce toda su fuerza en el plano del pensamiento (de la mera idea, del mero anhelo sin fundamento ni coherencia) y no, como podría esperarse, en un plano práctico-real, capaz de transformar el mundo según sus propias y mínimas condiciones; con el idealismo, entonces, también se trata solamente de una actitud teórica ante el mundo, pues la transformación de este solo es posible efectuarla como idea, como ensoñación, la cual solo tiene sentido y proyección en la mente del sujeto. Uno y otro, materialismo e idealismo, sostendrán, en consecuencia, una postura teórica incapaz de vincular adecuadamente la teoría con la práctica, independientemente de que el acento de uno, el idealismo, esté puesto en el sujeto y el del otro, el materialismo, en el objeto. Para Marx, en cambio, de lo que se trata no es de considerar de manera exclusiva una de las partes del binomio sujeto-objeto, sino de ser capaces de rescatar la relación de reciprocidad o de complementariedad existente entre ambos. En este sentido, lo que tratará de hacer nuestro filósofo no es realizar una mera síntesis entre el materialismo y el idealismo, sino trascenderlos recurriendo a una manera distinta de ver y enfrentarse al problema. Para él, lo que hay que considerar es que no es ni el objeto ni el sujeto en quien hay que poner el acento; no se trata de que el objeto determine al sujeto, ni de que el sujeto determine al objeto, sino, más bien, de que ambos se determinan mutuamente al formar parte de una unidad constitutiva.

10 Existe cierto consenso en torno al error estratégico que significó para el Che la elección de Bolivia como centro de su nueva (y última) experiencia revolucionaria. De la misma manera, quedan también pocas dudas acerca del funesto papel jugado por Régis Debray en la localización y captura de Guevara, así como de las graves consecuencias que el abandono temprano del PC boliviano, trajo para esta experiencia guerrillera en el momento mismo en el que desarrolló sus primeras actividades. Véanse, entre muchas otras, las siguientes obras: Una vida revolucionaria de Anderson y Guevara; Ernesto Guevara, también conocido como el Che de Taibo Li, y Che. La vida por un mundo mejor de O’donnell


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Partiendo de tal idea, el objeto no será algo que está ya dado de antemano con todas sus múltiples determinaciones, sino que es el sujeto quien, por medio de una actividad objetiva o sensible, hace del objeto siempre un objeto humanizado: cuando el objeto deviene en objeto de conocimiento para el ser humano, es porque el sujeto ha ejercido, sobre él, su actividad práctico-real, haciéndolo posible. Sin embargo, lo anterior no quiere decir que, como en el idealismo, sea solo el sujeto quien determine a los objetos, sino que, más bien, estos ya poseen ciertas determinaciones, las cuales guían o modulan la forma en que el hombre se aproxima a ellos: la actividad práctico-real del sujeto sobre el objeto no es una actividad absolutamente libre, por el contrario, se ve constreñida a actuar dependiendo de las determinaciones que el objeto mismo le ofrece. Ni la forma del objeto ni la actividad del sujeto son, bajo ninguna circunstancia, independientes de manera absoluta. El sujeto, por ende, es realmente capaz de ejercer sobre el mundo su fuerza creadora; mas, dicha fuerza solo adquiere todo su potencial revolucionario en la medida en que el sujeto mismo es capaz de considerar en su proyecto y en su práctica transformadora, las determinaciones que la realidad misma posee. Por ello, a pesar de que el ser humano transforma, es el mundo el que indica cómo debe ser transformado. Lo dicho por el Che (mas no lo hecho en Bolivia) es entonces, en el terreno de la práctica, una manifestación clara de esta novedosa concepción epistemológica, debido a que, con ello, resulta evidente que la transformación de lo real requiere, claro, de la actividad resuelta de aquellos que están decididos a transformarla, así como de la conciencia de que semejante transformación solo es posible conducirla si se toma distancia del voluntarismo ingenuo y es la propia realidad (con sus deficiencias, sus determinaciones, sus obstáculos y sus senderos) la que marca el paso de toda actividad revolucionaria. El marxismo, entonces, no propone una actitud meramente contemplativa ante el mundo; más bien, propone una actitud en la que la actividad

revista utopia #3 - ¿qué hacer hoy para transformar el mundo? práctica, real y sensible, del sujeto humano, se manifiesta constantemente en la cotidianidad de la vida. Si el hombre, al enfrentarse a los objetos del mundo, se enfrenta a ellos teniendo claro que estos están en constante determinación por parte de la actividad práctica que él ejerce, no hay nada, ni siquiera las instituciones políticas, económicas o culturales, que no pueda concebirse como susceptible de ser transformado. Los gobiernos liberales, el mercado capitalista o la colonialidad del ser y del saber, tan denunciada por los pensadores decoloniales, no son, desde esta óptica (como sí lo eran para la actitud del materialista tradicional), esferas eternas del mundo que se determinan a sí mismas y cuyo desarrollo (no transformación) depende de sí mismas; pero tampoco son (y con esto evitamos los equívocos de la visión idealista) instancias de lo real cuya transformación dependa solo de la razón infinita del sujeto humano y de su presunta voluntad suprema. Cuando Marx afirma, en su III Tesis sobre Feuerbach, que “las circunstancias deben ser transformadas por los hombres y que el propio educador necesita ser educado” (Marx, 2011, p. 113), sintetiza de forma clara aquello que nosotros hemos venido afirmando. En la primera parte del enunciado, Marx pone de manifiesto la actitud práctica que el ser humano ejerce sobre el mundo, para la efectiva transformación de este; más, en la segunda, cuando Marx afirma que el propio educador debe ser educado, lo que trata de decirnos es que la prioridad ontológica (como la llama Sánchez Vázquez) que tiene el mundo aún no transformado por el ser humano, determina precisamente la forma en que este va a transformarlo. Es decir, no es otro humano quien debe educar, guiar o formar a los hombres y mujeres que transformarán el mundo, sino el mundo mismo es el que los educa, forma o guía para que cumplan adecuadamente con su tarea revolucionaria. El mundo realmente existente, la realidad, y todas y cada una de sus determinaciones, es entonces el más fiel de los educadores, la fuente de la que brotan todos los caminos, todos los métodos y todas las herramientas de las que,


¿DE QUÉ TRANSFORMACIÓN HABLAMOS? 27 LA TEORÍA Y LA PRAXIS A LA LUZ DE LA PRIMERA TESIS SOBRE FEUERBACH -David Pérez en cada caso, deben echarse mano para alcanzar la anhelada transformación del mundo que, en este caso, se juzga como injusto e insostenible. Un discurso crítico revolucionario, como el que Marx intenta impulsar en las Tesis sobre Feuerbach, debe ser, por tanto, uno que no pierda de vista la “actividad crítico-práctica”: “teórica [crítica], sin ser mera contemplación, ya que es la teoría [la] que guía la acción, y práctica, o acción guiada por la teoría” (Sánchez-Vázquez, 2003, p. 171). Discurso que, en todo caso, solo puede obtenerse al rechazar cualquier posición epistemológica que, al fracturar la relación sujeto-objeto y al poner el acento en uno o en otro, destine a uno de ellos a una pasividad absoluta y, por ello, impida una comprensión cabal del mundo, el ser humano y su existencia codeterminada. Si se reduce, por un lado, la actividad revolucionaria (la actividad transformadora) a un mero aguardar a que el mundo desarrolle por sí solo las condiciones y su propia transformación (como lo hace el materialista tradicional, el socialdemócrata estándar y, a final de cuentas, todo aquel que asuma una actitud conformista o quietista ante lo real), se termina necesariamente por llegar al fracaso; si se reduce, por otro lado, la actividad revolucionaria a la idea vaga de que el sujeto es capaz de crear de la nada las condiciones necesarias para su liberación [como lo hace el idealista, como hizo el Che en Bolivia o como lo hacen los falsos radicales que denuncian y desprecian todo proceso (como el del progresismo latinoamericano) sin considerar siquiera las condiciones reales de su surgimiento y desarrollo], se llega también al fracaso. Si lo que se desea (como lo deseamos) es efectuar una transformación radical de esta realidad que condena a la opresión, la explotación y la exclusión a millones de seres humanos, es necesario transformar también cualquier concepción epistemológica que nos impida ver la relación de reciprocidad y codeterminación existente entre los seres humanos (el sujeto, acá, el sujeto revolucionario) y el mundo (un mundo que no tiene por qué seguir siendo como es ahora).

En consecuencia, los revolucionaros son revolucionarios no solo por su capacidad y voluntad para invertir todos sus esfuerzos en la consecución de un mundo mejor para todos, sino también porque tales esfuerzos (y la práctica política en la que se manifiestan) están construidos desde esta revolución teórica, epistemológica, que el joven Marx heredaría como resultado de la discusión y ruptura con la tradición filosófica que le antecedía.


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Karl Marx [fotografía]. Recuperado de https://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/8/87/Karl_Marx.png Marcha [fotografía]. Recuperado de http://www.pixabay.com


REFUNDAR LA UTOPÍA MÁS ALLÁ DEL SOCIALISMO1

Andrés Cruz Arévalo 2

RESUMEN La crisis político-ideológica que ostenta nuestra época no se debe exclusivamente al triunfo del capitalismo y a lo que Francis Fukuyama llamó el fin de la historia y el último hombre; tampoco, con ello, a la caída del muro de Berlín, la disolución de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas y el fin del socialismo real. Por el contrario dicha crisis reside principalmente en nuestra incapacidad por superar las doctrinas que impulsaron las revoluciones del ayer, las cuales puestas en el plano actual, han devenido en dogmas. Así pues, en este artículo, usando algunas herramientas teóricas de la filosofía de Wittgenstein, Žižek, Derrida, Dussel, y hasta del propio Marx (quien afirmaba que no era marxista), se expone la necesidad de replantear el proyecto futuro de liberación, superar el paradigma ideológico del socialismo, para, de esta manera, esbozar la necesidad de luchar por una nueva utopía. Palabras claves: Utopía, socialismo, capitalismo, marxismo, realidad.

Discurso pronunciado en el auditorio Camilo Torres de la Universidad Nacional de Colombia, sede Bogotá, con ocasión del lanzamiento del primer número de la Revista Utopía. 2016. 2 Licenciado en educación básica con énfasis en inglés, de la Universidad Distrital Francisco José de Caldas. Abogado de la Universidad Colegio Mayor de Cundinamarca. Estudiante de pregrado de filosofía de la Universidad Nacional de Colombia. Miembro de la Asociación de Filosofía y Liberación (AFyL). Correo: andresyare@gmail.com 1


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Buenas tardes para todos. Busco la manera de iniciar este pequeño discurso, de superar la formalidad del requisito, ese que nos indica que un trabajo editorial ha sido terminado y cuyo siguiente paso no es otro que socializar institucionalmente la obra realizada: colectar unas firmas que certifiquen la entrega de la revista, tomar evidencia audiovisual de su socialización, llenar unos formatos y entregar finalmente este reporte a Bienestar. A pesar de que en este proceso hay una racionalidad concreta, no hay un significado, no hay un sentido, solo hay un formalismo. Entonces me pregunto: ¿cómo dotar de significado al acto que realizamos en este momento?, es decir, ¿cómo hacer para transgredir los límites de lo formal y hacer que en verdad esta charla valga la pena?, ¿cómo hacer para que el acto del mero oír se transforme en escucha, y de ahí en unión, reflexión y praxis? Bueno… no sé, esa es la verdad. Sin embargo, me queda una esperanza: desnudar el alma y hablar desde el sentir, desde lo que palpita aquí adentro. ¿Y qué es lo que siento? La respuesta es dolor. Dolor de observar una realidad paupérrima que se mantiene: pobreza, miseria, sufrimiento, brutalidad, violencia. Dolor al saber de la indiferencia e insensibilidad, cada vez más aguda, que visualizamos en muchos de quienes nos rodean: un egoísmo ciego que solo aguarda el objetivo de proteger la propia carne. Pero sobre todo, dolor de ver desilusión y desesperanza en los rostros de compañeros que han luchado toda su vida y que hoy han claudicado o están a punto de claudicar. Compas que han trabajado intensamente por un mejor mañana pero que ven con desencanto cómo, a pesar de todos los esfuerzos que han realizado, el mundo pareciera no cambiar. Personas que tuvieron la oportunidad de ser ‘exitosas’ dentro de lo que se muestra como tal en el proyecto del sistema vigente, mas, rechazaron todo con el objetivo de construir un mejor mundo. Entonces, como afirmó Benedetti: “así estamos, consternados, rabiosos”. No obstante, lamentablemente como prosigue el poema: “con el tiem-

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po la plomiza consternación se nos irá pasando, la rabia quedará, se hará más limpia” (1980, p. 309). ¿Cómo?, ¿por qué llegamos a esto? Porque quienes aún guardaban esperanzas y no se resignaron, no resistieron el encarar aquel mundo brutal y vacío que tenían delante de sí; por eso decidieron refugiarse en el ayer. Puesto que la lucha por la vida se tornó tan fuerte que quienes se alejaron desilusionados por el sueño roto, emplearon sus fuerzas para encajar de la mejor manera posible en el mundo de hoy. No el más prometedor de todos, sino el único real. Y sobre todo, porque la cobardía, la comodidad y la desesperanza nos hicieron apartar la vista del mañana. Ya no quedan quiénes se atrevan a engendrar utopías. Justamente aquí está el problema: el mundo se ha quedado sin utopías, nuestra conciencia se ha ido desvaneciendo lentamente, sucumbiendo ante el más letal de los nihilismos. Cabe resaltar, por tanto, como afirmó Cioran: Aquí como allá, todos estamos en un punto muerto, igualmente menguados en esa ingenuidad en la que se elaboran las divagaciones sobre el futuro. A la larga, la vida sin utopía es irrespirable, para la multitud al menos: a riesgo de petrificarse, el mundo necesita un delirio renovado (1988, p. 29, negrillas propias).

Justamente a esto atiende el llamado que quiero hacer con estas líneas: si de verdad queremos cambiar al mundo, si en definitiva queremos que esta posibilidad-sueño, se torne real en el aquí y en el ahora, debemos apostarlo todo por una nueva utopía; de lo contrario, antes de siquiera luchar, ya habremos sido derrotados. En el 18 Brumario de Luis Bonaparte, Carlos Marx (2005) escribió lo siguiente: Los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre arbitrio, en circunstancias elegidas por ellos mismos, sino en aquellas circunstancias con que se encuentran directamente, que existen y les han sido legadas por el pasado. La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una


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revista utopia #3 - ¿qué hacer hoy para transformar el mundo? pesadilla el cerebro de los vivos. Y cuando éstos se preparan justamente a revolucionarse y a revolucionar las cosas, a crear algo nunca visto, en estas épocas de crisis revolucionaria es precisamente cuando conjuran temerosos en su auxilio los espíritus del pasado, toman prestados sus nombres, sus consignas de guerra, su ropaje para, con este disfraz de vejez venerable y este lenguaje prestado, representar la nueva escena de la historia universal. (p. 17)

Pues bien, tomemos aquella cita como aforismo. ¿Qué no es acaso lo mismo que nos ocurre hoy en día? Todas, o casi todas las revoluciones que se han emprendido (o que intentan emprenderse o planearse) a finales de siglo XX y a inicios del presente siglo, han conjurado temerosas en su auxilio a los espíritus del pasado; continúan ancladas a los viejos nombres, a las viejas consignas de guerra, con el objetivo de encarar al presente. El referente continúa siendo el análisis teórico sujeto al ayer, y que en no pocas ocasiones se intenta forzar para que encaje con el hoy. Con todos los problemas que podría suponer lo anterior, hay uno que resalta y es que el enemigo, el capitalismo, posee mecanismos ideológicos de defensa a priori, con lo cual, antes siquiera de que se inicie cualquier lucha, ya ha vencido. Acudiré un poco a Wittgenstein para intentar explicar lo anterior. Tomemos por ejemplo una de las más usadas expresiones de la Derecha colombiana: “Castro-chavismo”, ¿qué significa ello?, ¿qué se les viene a la cabeza? Lo cierto es que dicha expresión, aunque hace alusión a dos personajes y/o hechos históricos, resulta ser, en últimas, totalmente carente de contenido; no obstante, logra hacer parte de lo que Wittgenstein llamó un “juego de lenguaje” en tanto altera, configura y modifica las prácticas de gran parte de la población colombiana. La Derecha no es tonta señores, “Castro-chavismo” no es una doctrina, un sistema o un método; y, a pesar de que no tiene definición alguna, tiene realidad: se asocia a través de propaganda, con lo políticamente indeseable, con lo tiránico,

con la ausencia de libertad y bienestar. Castro-chavismo es algo que a toda costa hay que evitar. Ahora bien, nuestro proyecto, el cual visualizamos como alternativa al capitalismo y al que apostamos todos nuestros esfuerzos, es lo que denominamos como socialismo. Surge así la pregunta, ¿qué es el socialismo? Tomemos, en el ánimo de ser “objetivos”, una escueta definición de diccionario. En su primera definición, la Real Academia Española afirma que el socialismo es un “sistema de organización social y económica basado en la propiedad y administración colectiva o estatal de los medios de producción y distribución de los bienes” (2016, web). Aquí ya tenemos una problemática y es en lo que respecta al consenso sobre dicha definición. En lo personal, estoy en desacuerdo con lo que atañe a la parte estatal; así mismo, si buscamos en una enciclopedia marxista lo que es el socialismo, obtendremos una definición diferente, y de igual manera si buscamos en libros de X o Y orientación ideológica el resultado será diverso. No obstante lo anterior, el quid del asunto no es cómo unificar una definición, ni tampoco cómo identificar la esencia real, secreta, universal y última de lo que corresponde o debe asociarse correctamente a la palabra socialismo. Esto sería un sinsentido. Lo importante, ahora, es entender el juego del lenguaje que comprende dicho concepto. Para lograr tal objetivo, es necesario advertir, en primera medida, que la noción de “juego de lenguaje” se refiere precisamente “a contextos específicos de significación y aplicación conceptual” (Holguín, 1997, p. 25). En efecto, los conceptos no son entidades abstractas e inmanentes que preexistan a la realidad en la que se encuentran insertos. No puede entenderse una relación de concepto-significado intentando establecer una “definición universal ostensiva”, que se ubique por encima de todos los usos reales, debido a que es justamente en los usos concretos y efectivos, esto es, en un contexto de aplicación y sus reglas, donde se materializa una serie de actividades pertenecientes a determinadas formas de vida y de


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donde proviene, en últimas, toda significatividad. De ahí que Wittgenstein afirme que “el significado de una expresión está caracterizado por el uso que hacemos de ella” (1976, p. 99). Pero dicho “uso”, así como no atiende a un postulado ostensivo universal, tampoco lo hace respecto de un pensamiento singular. Por el contrario, solo adquiere vigencia en la medida en que se manifiesta en prácticas, casos y vivencias concretas. Es justo eso lo que le otorga significado, o como señala el propio Wittgenstein (1976, p. 47): La idea de que para lograr claridad acerca del significado de un término general haya que encontrar el elemento común a todas sus aplicaciones ha sido una traba para la investigación filosófica, pues no sólo no ha conducido a ningún resultado, sino que hizo además que el filósofo abandonase como irrelevantes los casos concretos, que son los únicos que podrían haberlo ayudado a comprender el uso del término general.

En conformidad con lo anterior, ¿cuál es el juego de lenguaje que acompaña al concepto de “socialismo” hoy?, ¿qué nos dice el contexto específico de su significación y aplicación?, que no es otro, para nuestro caso, que la población colombiana en general del siglo XXI. En efecto, a pesar de que podemos encontrar variedad de respuestas a estas preguntas, debemos reconocer ante todo la realidad nacional: la noción de socialismo hoy, no es otra que el legado material del socialismo real, el cual, en todo caso, esboza una visión negativa de la política. ¡Compañeros! Lo que les estoy diciendo no es algo nuevo, incluso ya lo anunciaba proféticamente Kropotkin en su carta a Lenin de Marzo de 1920: Pareció que los soviets iban a servir precisamente para cumplir esta función de crear una organización desde abajo. Pero Rusia se ha convertido en una República Soviética sólo de nombre. La influencia dirigente del partido sobre la gente […] ha destruido ya la influencia y energía constructiva

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que tenían los soviets, esa promisoria institución. En el momento actual, son los comités del partido, y no los soviets, quienes llevan la dirección en Rusia. Y su organización sufre los defectos de toda organización burocrática. Para poder salir de este desorden mantenido, Rusia debe retomar todo el genio creativo de las fuerzas locales de cada comunidad, las que, según yo lo veo, pueden ser un factor en la construcción de la nueva vida.Y cuando más pronto la necesidad de retomar este camino sea comprendida, cuanto mejor será. La gente estará entonces dispuesta y gustosa a aceptar nuevas formas sociales de vida. Si la situación presente continúa, aún la palabra “socialismo” será convertida en una maldición. Esto fue lo que pasó con la concepción de “igualdad” en Francia durante los cuarenta años después de la dirección de los jacobinos. Con camaradería y afecto. Piotr Kropotkin (Kropotkin, 1999, web, negrillas propias).

Efectivamente, como si se tratara de una maldición, es nefasta la concepción que existe sobre el socialismo, actualmente, en nuestro país. Esto se debe a varios factores, los cuales no solo están inmersos dentro del fenómeno ideológico burgués, sino que comprenden múltiples errores y hasta crímenes a los que los socialistas dieron en no pocas veces aval. Adolfo Sánchez Vásquez (2007), filósofo marxista, escribe con desencanto las múltiples características que se presentaban en la URSS, las cuales supusieron una ruptura entre su posición política y dicho país. Entre ellas enuncia las siguientes: • Propiedad estatal, no social, sobre todo de los medios de producción. • Estado omnipotente, fundido con el Partido único, en manos de una nueva clase: la burocracia estatal y del Partido. • Ausencia de la democracia en todas sus formas. • Posición privilegiada de la burocracia en la distribución de la riqueza social (Sánchez-Vázquez, 2007, p. 16)


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Así como la invasión y el sometimiento de otros pueblos y países, como Checoslovaquia en el 68. Por su parte, Jacques Rancière (2010) advierte un fenómeno actual que no podemos pasar por alto […] la palabra comunismo no designa solamente movimientos gloriosos y monstruosos poderes de Estado del pasado. No es un nombre arrinconado o maldito cuya heroica y peligrosa carga tuviéramos que levantar. “Comunista” es hoy el nombre del partido que gobierna la nación más poblada y una de las potencias capitalistas más prósperas del mundo. Este vínculo presente entre la palabra “comunismo”, el absolutismo estatal y la explotación capitalista debe también estar presente en el horizonte de toda reflexión sobre lo que pueda hoy significar dicha palabra. (Web)

Por tanto, es necesario tener presente dicho vínculo, al analizar los juegos de lenguaje y las formas de vida que le acompañan. Podríamos atender, así mismo, al fenómeno continental. La revolución bolivariana en Venezuela o Socialismo de siglo XXI, el cual, a pesar de los grandes logros que obtuvo bajo la dirección de Hugo Chávez, una vez muerto su líder, se desmorona debido a los ataques orquestados por Washington; pero, especialmente, por la corrupción, incompetencia y descuido por parte de los dirigentes respecto a la población civil, en donde el bienestar solo se encuentra asegurado para la dirigencia burocrática. Cuestiones que hacen que la palabra socialismo sea incluso asociada, con ayuda por supuesto de la mediatización burguesa pero con fundamento real material, a cuestiones tales como la pobreza o incluso a la ausencia de papel higiénico. Sin ir más lejos, a nivel nacional encontramos el escenario de una guerra de más de medio siglo en la cual, uno de sus actores, autodenominándose socialista, ha incurrido más de una vez en prácticas criminales por carecer de una ética de combate, en el entendido que, supuestamente, los fines justifican los medios.

Todos estos hechos, insisto, con fundamento material, van conformando una serie de creencias e imagen del mundo, donde, a raíz de las formas de vida de la población colombiana, se irán desarrollando los juegos del lenguaje en los que el concepto “socialismo” alcanza una significación precisa, la cual cobra vigencia en su uso cotidiano, y con ello se desprende una serie de condiciones tanto materiales como espirituales, las cuales modifican nuestra realidad y a las que es preciso saber leer. Una de tales condiciones es lo que se conoce como el escenario de la pospolítica; ante lo que Žižek nos dice: […] hoy en día la moda en política es la biopolítica pospolítica, un excelente ejemplo de jerga teórica que, sin embargo, puede desvelarse fácilmente: «pospolítica» es una política que afirma dejar atrás las viejas luchas ideológicas y además se centra en la administración y gestión de expertos, mientras que «biopolítica» designa como su objetivo principal la regulación de la seguridad y el bienestar de las vidas humanas. Está claro que estas dos dimensiones se solapan: cuando se renuncia a Ias grandes causas ideológicas, lo que queda es sólo la eficiente administración de la vida... o casi solamente eso (2009, p. 55).

El mundo de la pospolítica es el mundo que describe Francis Fukuyama (1994) como el lugar del último hombre, el fin de la historia y, con ello, el fin de las ideologías, en donde solo hay lugar para el desarrollo del capitalismo pues ya no queda enemigo que le haga frente. De ahí que, bajo esta ideología posmoderna, no deberían presentarse disputas con tintes político-ideológicos de carácter universal, sino que nuestros esfuerzos deberían enfocarse en resolver las problemáticas de carácter particular. Por ejemplo, la lucha de los campesinos, la de los afrodescendientes, la comunidad LGBTI, etc., pero todo por separado puesto que de querer conectar las diversas luchas se estaría cayendo, según ellos, en un vil totalitarismo. Žižek plantea respecto a ello algo interesante; él nos dice que:


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Pensemos en el ejemplo clásico de la protesta popular (huelgas, manifestación de masas, boicots) con sus reivindicaciones específicas (“¡No más impuestos!”, “¡Acabemos con la explotación de los recursos naturales!”, “¡Justicia para los detenidos!”…): la situación se politiza cuando la reivindicación puntual empieza a funcionar como una condensación metafórica de una oposición global contra Ellos, los que mandan, de modo que la protesta pasa de referirse a determinada reivindicación a reflejar la dimensión universal que esa específica reivindicación contiene (de ahí que los manifestantes se suelan sentir engañados cuando los gobernantes, contra los que iba dirigida la protesta, aceptan resolver la reivindicación puntual; es como si, al darles la menor, les estuvieran arrebatando la mayor, el verdadero objetivo de la lucha). Lo que la post-política trata de impedir es, precisamente, esta universalización metafórica de las reivindicaciones particulares. La post-política moviliza todo el aparato de expertos, trabajadores sociales, etc. para asegurarse que la puntual reivindicación (la queja) de un determinado grupo se quede en eso: en una reivindicación puntual. No sorprende entonces que este cierre sofocante acabe generando explosiones de violencia “irracionales”: son la única vía que queda para expresar esa dimensión que excede lo particular (2007, p. 40).

¿Cómo llegamos a esto?, ¿por qué aún este fenómeno descrito por Žižek se sigue presentando? Ante todo, habrá que afirmar que este mundo de la llamada pos-política no nace simplemente del triunfo del capitalismo sobre el socialismo, identificado con la caída del muro de Berlín o con el derrumbe formal de la URSS en 1991, sino de la incapacidad que hemos tenido, desde entonces, para hacerle frente a la situación y postular una nueva utopía que corresponda a nuestras condiciones actuales y que esté preparada así para enfrentar al capitalismo.

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Žižek (2009) señala, con toda razón, que […] el lamentable hecho de que la oposición al sistema no pueda articularse en forma de una alternativa realista, o al menos de un proyecto utópico con sentido, sino solamente adoptar la forma de una explosión sin sentido, es un grave retrato de nuestra situación. (p. 95).

Efectivamente, realizamos protestas desde lo estudiantil pero por lo estudiantil, desde lo sindical pero por lo laboral, desde lo rural pero por el campo, desde X oY comunidad pero por determinada comunidad; no obstante, el sistema se encarga de subsanar frecuente y temporalmente toda reivindicación desde su respectiva singularidad. Hemos fallado, no solo en articular las diversas luchas del pueblo y señalar la responsabilidad total que ostenta hoy el capitalismo frente a cada una de ellas, sino que también hemos fallado en el propósito, como señala Žižek (2009), de generar una alternativa o un proyecto utópico con sentido que haga frente al capitalismo. Ahí radica nuestra principal falta. Los pocos que aún se esfuerzan, que aún se entregan, que aún luchan, generalmente, lo hacen desde posturas ideológicas dogmáticas de antaño, provocando, no un análisis serio de la realidad vigente que nos permita unir fuerzas en torno a la razón, con el objetivo de transformarla, sino una absurda competencia por ver cuál es la que dirige el panorama político de oposición. De tal manera que las organizaciones políticas actuales terminan dividiendo al pueblo, intentando cooptar procesos o personas a sus respectivas filas, situación que hace juego con los fines y reproducción del capitalismo. Pues bien, esta manera en la que nos aferramos al ayer, este miedo, esta impotencia, esta incapacidad de fabricar utopías, no es consecuencia de otra cosa más que del desconocimiento del campo espiritual y subjetivo que acompaña al ser humano. Pensemos por un momento en lo siguiente: ¿cuál es la principal diferencia entre invitar a un obrero a luchar por el socialismo en 1917 e in-


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vitar a otro hoy a lo mismo? Entre las tantas respuestas que se pueden encontrar sobresale una: el obrero de antaño veía al socialismo como una posibilidad real futura de lograr una vida digna, es decir, veía al socialismo como una promesa, como la esperanza de que se podía abandonar la miseria, el trato bárbaro, el sometimiento, la enfermedad y la desigualdad, para vivir fraternalmente en justicia. Este fue, a mi parecer, uno de los más grandes logros de Marx: su incidencia en la espiritualidad de los revolucionarios. Consiguió unificar la conciencia de la explotación y miseria en una conciencia de clase que no refería simplemente al momento presente sino que abría paso a una esperanza futura, unificando, de esta manera, a multitudes de trabajadores bajo la añoranza de que todo podía cambiar, de que transformar el mundo era posible; esto lo hizo conforme a un análisis situado y concreto de su realidad. Era algo por lo que valía la pena luchar. Por su parte, el trabajador de hoy, conforme a lo que anteriormente ya se ha nombrado, asocia la lucha por el socialismo con una batalla que no mira hacia el mañana sino al ayer; no como una promesa sino como una sentencia, como la escasez de recursos, de alimentos, de medicinas; como la ausencia de libertad de expresión y el sometimiento al Estado que controla la producción y a un despótico régimen de partido, la veneración y el culto a un líder. El trabajador huye espantado de dicha propuesta y prefiere, entonces, defender, por nocivo que sea, al capitalismo que lo oprime. Y la ideología capitalista es experta maniqueísta: conmigo o contra mí. Si estás conmigo estás mal, pero si estás contra mí te irá peor. ¿No han notado, por ejemplo, que siempre que se realiza una crítica al capitalismo aparece alguien que arroja un dato de cómo el socialismo fue “peor” en ese mismo aspecto y que, por tanto, hace deducir al oyente que el capitalismo, a pesar de que no es un buen sistema, es el menos peor de los realmente posibles? Por ejemplo, cuando criticamos al capitalismo refiriéndonos a las decenas de niños que diariamente mueren de hambre en la Guajira, alza la

revista utopia #3 - ¿qué hacer hoy para transformar el mundo? voz un opositor que delata escandalosamente las cifras de los cientos de chinos muertos que hubo durante el gran salto delante de Mao Tse Tung, o de las miles de personas que murieron de inanición durante las hambrunas que se presentaron en medio de la industrialización acelerada de Stalin. Pero, volvamos al inicio, en primer lugar, al criticar al capitalismo por la muerte de los niños de la Guajira, ¿quién había estado hablando del socialismo?, ¿cómo se introdujo este componente temático a la conversación? Aquí divisamos, en todo su esplendor, la ideología capitalista, lo que ya mencionábamos con Fukuyama (1994): no soy el mejor de los mundos posibles pero soy el “menos peor”, y el único real. Y lo peor es que, hasta que nuestra lucha no demuestre materialmente lo contrario, esta amarga sentencia seguirá tornándose como real y el capitalismo seguirá venciendo incesantemente. A pesar de ello, Zuleta nos dice: […] lo que ocurre cuando sobreviene la gran desidealización, no es generalmente que se aprenda a valorar positivamente lo que tan alegremente se había desechado o estimado sólo negativamente; lo que se produce entonces, casi siempre, es una verdadera ola de pesimismo, escepticismo y realismo cínico. Se olvida entonces que la crítica a una sociedad injusta, basada en la explotación y dominación de clase, era fundamentalmente correcta y que el combate por una organización social racional e igualitaria sigue siendo necesario y urgente. A la desidealización sucede el arribismo individualista que además piensa que ha superado toda moral por el sólo hecho de que ha abandonado toda esperanza de una vida cualitativamente superior. (1994, p. 13)

¡Pues no compañeros! Hoy quiero decir que NO. No es tiempo del pesimismo y la desesperanza. Si el capitalismo no funciona y el socialismo real tampoco lo hizo, es tiempo de refundar la utopía; es tiempo de hallar, entre todos, un sistema político, social y económico cuyos fundamentos no sean otros que la dignidad humana


REFUNDAR LA UTOPÍA MÁS ALLÁ DEL SOCIALISMO - Andrés Cruz

y la responsabilidad ecológica; posibilidad real y única de la vida de nuestra especie. En síntesis, me refiero a una nueva invitación que haga a hombres y mujeres esforzarse y luchar por un mundo nunca antes visto, no perfecto ni paradisiaco; cuando menos, humano. Vuelvo a Marx y hago propio su comentario cuando señala que […] la revolución social […] no puede sacar su poesía del pasado, sino solamente del porvenir. No puede comenzar su propia tarea sin antes despojarse de toda veneración supersticiosa por el pasado. […] La revolución –de nuestro siglo– debe dejar que los muertos entierren a sus muertos para cobrar conciencia de su propio contenido. (2005, p. 22, rayas propias)

En nuestro horizonte político, este resulta ser un primer paso fundamental en el objetivo de hacer frente al enemigo, quien, a pesar de las artimañas y defensas, materiales e ideológicas, que opondrá ante todo proyecto que intente derrocarlo, no está preparado para encarar nuevas esperanzas. De ahí que se pueda afirmar, junto a Derrida,3 que: Para los conjurados, el enemigo a quien hay que conjurar se llama, por cierto, el marxismo. Pero, a partir de ahora, se teme no poder ya reconocerle. Se tiembla ante la hipótesis de que en virtud de una de esas metamorfosis de las que Marx tanto habló […], un nuevo «marxismo» no tenga ya el aspecto bajo el cual era habitual identificarlo y derrotarlo. Quizá ya no se tenga miedo a los marxistas, pero se teme aún a ciertos no marxistas que no han renunciado a la herencia de Marx, criptomarxistas, seudo o para«marxistas», que estarían dispuestos a tomar el relevo, bajo unos rasgos o entre unas comillas que los angustiados expertos del anticomunismo no están preparados para desenmascarar. (1998, p. 64)

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¿Quiere decir esto que debemos de olvidarnos de Marx, de las teorías que aportaron a las luchas de cientos de pueblos y de la herencia combativa de nuestros ancestros? Responderé que de ninguna manera. Por el contrario, hoy más que nunca urge retornar a Marx, entender el sistema de categorías de la economía burguesa, contrastándolo con la realidad vigente. ¿Qué se mantiene?, ¿qué se ha modificado?, ¿qué es aquello que definitivamente no aparece en nuestro contexto? Tomar las teorías, las ideologías y los conceptos como cajas de herramientas que nos permitan analizar nuestra realidad actual y formular así un nuevo proyecto de liberación. Con todo, alguien podría objetar, como el poeta, que las ideas nunca tienen la culpa, sino que son los hombres quienes se equivocan. Y esta persona tendría toda la razón. Sin embargo, las ideas son tan grandes, tan fuertes, tan sublimes y esperanzadoras, que se encuentran más allá de todo concepto. Lo que le da la valía a una idea no es su definición, ni siquiera incluso, su propuesta material, sino su fundamento ético. La ética, esto es, el destino ético y el trayecto ético, es la base de cualquier verdadera revolución. Pues bien, ¿cuál es esta propuesta utópica? Compañeros, esta no nace detrás de un escritorio, ni de la mente brillante de un pensador como señala Dussel: […] las nuevas teorías expresan experiencias previas reales, existenciales, objetivas, que los teóricos críticos saben descubrir en la realidad. El teórico se enfrenta a “nuevos observables” que ya no pueden ser explicados por las teorías vigentes. […]. Las estructuras eficaces, justas, válidas, históricas no nacen en un día ni de la cabeza de algunos teóricos. Nacen de la lenta experiencia de las comunidades históricas que prueban de mil maneras poder sobrevivir, y que lentamente van descubriendo la

Derrida, Jacques. Espectros de Marx. El estado de la deuda, el trabajo del duelo y la nueva internacional. Madrid. Editorial Trotta. 1998. P.64.

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revista utopia #3 - ¿qué hacer hoy para transformar el mundo? manera institucional de hacerlo. Asimismo, ya están surgiendo ante nuestros ojos las experiencias futuras, pero es difícil reconocerlas como los gérmenes reales del ansiado futuro. (2014, pp. 205 y 2013)

En consecuencia, con el ánimo de edificar esta nueva utopía, solo nos resta: construir con el pueblo, luchar por el pueblo, pero sobre todo, ser pueblo. Evitar la actitud arrogante de creernos los iluminados que van a enseñar al pueblo cómo vivir; por el contrario, aprender de él, servirle a él y no servirnos de él. Proponer soluciones a los múltiples problemas que emerjan en este quehacer histórico, y de ellas nacerá, más allá de todo sectarismo y dogmatismo, un nuevo proyecto ético de liberación (nunca perfecto), que defienda la dignidad de los seres humanos y, así mismo, salvaguarde la naturaleza entera.

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ECONOMICISMO Y CONSUMISMO: EL ACERCAMIENTO AL ETERNO RETORNO DE UNA DISCUSIÓN INCONCLUSA

Andrés Mauricio Romero Cruz1

RESUMEN En esta época de mediciones de mercado y seguros calculados, de consumismo y de conspiraciones, la economía como ciencia se ha nos ha presentado como la panacea o la posible solución a todos los problemas de nuestra sociedad. Desde luego, es entendible que las necesidades de mi gente, de mi pueblo y de muchas familias Colombianas deban ser resueltas por expertos que no cometan errores; sin embargo, la evidente desigualdad en nuestra sociedad nos muestra que, en Colombia, empoderar a los economistas ortodoxos nos está llevando a un bucle de pobreza, inequidad e injusticias, donde el discurso economicista se presenta como el yerbatero que cura el cáncer con valeriana. Palabras claves: Economía, mercado, ciencia, desigualdad, discurso.

Abogado de la Universidad Colegio Mayor de Cundinamarca. Estudiante de Administración pública de la Escuela Superior de Administración Pública. Candidato a Magister en Derecho administrativo de la Universidad Nacional de Colombia. Correo: anmromerocr@unal.edu.co

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ECONOMICISMO Y CONSUMISMO: EL ACERCAMIENTO AL ETERNO RETORNO DE UNA DISCUSIÓN INCONCLUSA - Andrés Romero

Introducción Este artículo nace de la importancia de explicar algunos conceptos de la economía desde un enfoque crítico y alternativo, tomando en cuenta, desde luego, la educación impartida por diversos profesores amantes de la economía clásica, neoclásica y neoliberal. Su entrega, sus comentarios despectivos e inhumanos hicieron que este estudiante de Administración Pública y Derecho se inspirara en investigar el discurso y la ideología que los impulsaba a enseñar, como única verdad, los postulados teóricos de Milton Friedman, Thomas Malthus, Adam Smith, entre otros. A veces de manera contradictoria y otras veces descontextualizada, se nos instruía a mí y a muchos otros estudiantes sobre la importancia del menor costo y mayor beneficio; sobre las leyes y los principios de la economía; sobre los fallos duros pero necesarios del mercado; sobre la necesidad imperante de conocer términos y conceptos teóricos que apuntaban a que nosotros manejáramos un lenguaje técnico que estaba lleno de ideología. Palabras como bienestar y desarrollo solían convertirse en sinónimo de aventajados discursos dominantes, propios de politiqueros en campañas. De igual manera, nos recomendaron que, frente a la acumulación del capital, lo correcto era algo que Stiglitz (2012) denominaría la economía del goteo, donde se indica que la mejor manera de aumentar las ganancias del país y generar mayor bienestar es brindándole recursos a los poderosos, pues estos son los únicos que pueden producir dividendos. De esta manera, nuestros avezados académicos afirman que se aumenta la porción, ya que solo los que poseen el capital pueden reproducirlo; no obstante, en la práctica, esto es muy diferente, ya que las ganancias no se distribuyen de igual forma para todos los sectores de la sociedad2.

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Fueron varias y diversas clases en las que se abordaron temas como los modos de producción, donde, después de una clásica evadida teórica de Marx y unos cuantos chistes de mal gusto sobre la caída del comunismo, se nos indicó que el mundo podía ser mejor si seguíamos las reglas, si respetábamos los parámetros del Banco Mundial, y si pensábamos como los europeos y los norteamericanos. La enseñanza más fuerte y dogmática que he tenido, tristemente, ocurrió en un salón donde se dictó la materia de microeconomía; luego, en macroeconomía, y, así, sucesivamente. Empero, tengo que decir que, gracias a los estudios alternativos y multidisciplinarios, identifiqué que el problema no era del profesor, sino de la ciencia económica ideologizada, positiva y anacrónica.

La ciencia del eufemismo Antes de explicar con claridad cómo la economía está al servicio de los poderosos, es fundamental entender que el modo de producción capitalista es, en primera instancia, una variación del discurso del amo postulado por Hegel (2009) en la dialéctica del amo y el esclavo. En este, el capitalista se encuentra en una posición de alienación, donde la ciencia ha sido mercantilizada bajo la instrumentalización del saber; ahora, el sujeto capitalista busca la acumulación de verdades científicas para generar un monopolio del conocimiento y, de esta forma, crear un campo cerrado al que pocos pueden acceder. En este discurso, la ciencia es un mercado del saber y se encuentra en una relación hegemónica, que beneficia al sujeto capitalista debido a que su producción y trabajo se centran en la tecnología y la mercancía, las cuales serán objetos de consumo para el ciudadano, generando, de esta manera, una relación recíproca entre el capitalista, el científico y el pueblo. Este último hace las veces de consu-

La acumulación del capital sigue siendo un punto importante en la desigualdad y más en un país donde su coeficiente de Gini “(en donde 0 es igualdad total y 1, desigualdad absoluta) es en el 2014 de 0,538” (Ramírez, 2015, web).

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midor y asume que la labor de los otros dos recae en profesionalismo y objetividad, pues el discurso en su conciencia se asimila a través de la mercancía que compra (de ahí la frase: somos lo que comemos y, en este caso, lo que consumimos). Esto sucede porque, en aquel discurso, el saber adquiere un valor altísimo para el capitalista (el cual es la verdad en sí misma). El consumidor deseará la verdad y el poder que posee el capitalista; sin embargo, al no poder acceder a este, se limitará a la mercancía que produce, la cual es brindada por el mercado financiero (dinero) o industrial (bienes). Después de esto, podemos advertir que la ciencia económica se ha constituido bajo premisas y postulados que, discursivamente, la han ubicado en una posición de dominación: No es como si los académicos solo desearan saber, pues, en la realidad, el economista que reproduce la ideología capitalista es un capitalista más, que desea la acumulación del capital a través de la reproducción de su discurso académico. Para aquello, el científico económico ha creado un sistema discursivo que, basado en eufemismos, estableció un lenguaje “objetivo”, el cual ha hecho su parte en ocultar la miseria humana. De esta manera, podemos percibir que conceptos económicos aparentemente “objetivos”, como depresión y recesión, ocultan una realidad subjetiva que posee diversos juicios de valor, los cuales, al ser desentrañados, hacen evidente una crisis económica o una dolorosa y lenta disminución de los salarios, de los beneficios y del empleo. Esto nos permite, sin duda alguna, encontrar diversas problemáticas, las cuales se ven en el día a día y que, desafortunadamente, se asimilan de manera habitual porque la confianza en la ciencia económica nos hace creer que si un experto asegura que todo está bien, es porque de alguna manera esto es así: “al fin y al cabo ellos son los que saben”. No obstante, desde que esta sociedad le cedió a la ciencia un lugar hegemónico en el saber, el pueblo se ha visto sumido a acatar los postulados bajo una ignorancia no sospechada. Con esto no quiero decir que la ciencia sea algo oscuro, sino que evidentemente hace un trabajo

revista utopia #3 - ¿qué hacer hoy para transformar el mundo? ideológico dentro del modo de producción, ya que esta obedece al amo que la permite ser. Atendiendo a lo anterior, aquí se da una fraternal invitación a la academia con miras a la construcción de una ciencia liberada; una ciencia que trabaje y produzca para los oprimidos, que no se enfoque en intereses individuales sino colectivos, que sea humana y no oportunista; una ciencia que no busque la acumulación del capital sino el saber, de modo que sea socializado de manera oportuna. Evidentemente más que utópica, esta posición es una proclama a la necesidad de una nueva ideología propia de la ciencia. Si usted ha pensado que la ciencia económica no tiene nada que ver con la ideología, piense que toda institución y persona poseen un discurso. Si admite aquello: ¿qué le hace pensar que la ciencia no lo tiene?, ¿acaso es por el método científico que fue escogido subjetivamente? o ¿por las herramientas que nacieron de las ideas? o ¿por el teórico con doctorado quien le asegura que el neoliberalismo genera libertad? Piense que la ideología gobierna nuestras acciones y usted escoge cómo vive su vida, no otros.

Menos humanos, más mercancías Tal como se señaló anteriormente, existe una posición al respecto de la ideología de la ciencia económica, donde se demuestra la persuasión del capitalismo dentro del saber, generando relaciones de dominación, las cuales justifican la sociedad de consumo y se aceptan por medio de estrategias discursivas ocultas en el lenguaje propio de los economistas. Igualmente, es importante precisar que esta ideología capitalista, que se expande en el discurso académico, se reproduce a nivel social gracias al discurso jurídico, el cual crea un sistema de protección que solo resguarda un interés particular e impone una visión que desatiende al rol político, económico, cultural y social del comprador dentro de la estructura social, logrando, de esta manera, romper ideológicamente la lucha de


ECONOMICISMO Y CONSUMISMO: EL ACERCAMIENTO AL ETERNO RETORNO DE UNA DISCUSIÓN INCONCLUSA - Andrés Romero clases, puesto que los dominados se sienten dominadores y, por ende, son incapaces de identificar al opositor. Estos debido a que dentro de su razonamiento se reproduce un discurso (político, económico, legal y cultural) que, al ideologizarse (masificación de la ideología en un grupo determinado), oculta y/o devela como verdad la realidad desde una interpretación represiva. Esta problemática es trabajada desde la óptica de Žižek (2012), donde la ideología es una representación material distorsionada de la realidad social, la cual crea, en el sujeto, una falsa conciencia: es una falacia que se vive como una verdad. Por lo tanto, la función de la ideología capitalista dentro de la economía se centra en reproducir la estructura económica; esa misma que le da sustento a la estructura social y que se esparce por medio de los diferentes aparatos ideológicos, los cuales distorsionan la realidad de los sujetos, haciéndolos vivir bajo los principios y creencias de la base económica. Dicha ideología tiene como fundamentos […] la independencia del individuo, su libertad de acción y de pensamiento como base de la política económica. La moral del capitalismo reside en la importancia que asigna al individuo, a la protección de su autonomía, la estimulación de sus aptitudes, la satisfacción de sus necesidades, el fomento de su desarrollo y la defensa de sus libertades. (Hartwell, 1986, p. 14)

Estos principios deben ser analizados para comprender cuál es el verdadero espíritu de la economía bajo esta ideología, entendiendo el argumento y la razón del comportamiento del sujeto alienado por esta. Primero, es importante hacer hincapié en que la institución más importante de este modelo económico es el mercado, el cual organiza, como sistema, a los protagonistas de su discurso bajo una relación de dominación. Sin embargo, esta es una opresión fundamentada en la independencia del individuo, en su singularidad, haciéndolo aparentemente libre de otro pero esclavo de sí mismo, pues será su autonomía y sus reglas im-

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puestas las que lo pondrán al servicio del modelo económico. Su libertad de acción y de pensamiento están determinadas por el discurso del mercado, el cual hace que este se relacione directamente con el objeto, sin un amo que lo persuada. Esta libertad tan anhelada es, en realidad, la base fundamental de este discurso (axiológicamente hablando), y, por tanto, es el sustento que permite al receptor identificarse ideológicamente con aquel. La libertad es, por tanto, un significante indefinible e imprescindible, así como un elemento que se busca constantemente en el capitalismo, dado que esta no se encuentra dentro del terreno de la cultura. Dicho planteamiento es desarrollado más a fondo por la profesora Luisa Fernanda Gómez Lozano al analizar la cita de Freud frente a la libertad como “no patrimonio de la cultura” (2013, p. 3). Afirmar esta postura es comprender que el consumidor es un ser que busca, constantemente, la autonomía y la libertad; mas, al no poder encontrarlas, este tipo de intentos generan rupturas. Cabe anotar, entonces, que la libertad, al estar fuera de nosotros, es irreconocible, imposible de alcanzar. Entender que la libertad es algo ajeno a nosotros es confirmar que el malestar generado por nuestra sociedad represiva […] implica que no se es libre de hacer, ser o pensar lo que a cada uno le plazca en la búsqueda de satisfacción, porque ya desde el comienzo eso que se pretende está en relación con Otro y porque desasirse de ese Otro implica, entonces, quedar por fuera de, sin, en la no- referencia (Gómez-Lozano, 2013, p. 3).

Redondeando esta idea, se identifica que la economía como ciencia nos vendió la libertad como ganancia; no obstante, omitió que la presencia del otro es la imposibilidad de la libertad, nuestra conciencia y actos siempre estarán determinados por el otro; su fantasma llenará la esencia de las mercancías y las deidades, transitará como un esbirro en el espejo en el que nos miramos, en la marca que compramos.


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La libertad es inalcanzable pues nuestro actuar es determinado por el discurso, el cual siempre poseerá una ideología que nos enlaza con el otro de una manera u otra. Ante lo anterior, pensar que la libertad es alcanzable es precisamente la magia de la ideología capitalista, la cual “sostiene que, hoy en día, los hombres saben lo que hacen, pero igual lo hacen” (Fiennes, 2012). El sujeto cínico está al tanto de la pantalla o máscara ideológica, pero, aun así, prefiere actuar como si aquella no estuviera. Es decir, prefiere la fantasía. Podemos cerrar esta breve explicación empleando una cita más clara del autor Žižek: “Ellos saben que su idea de libertad encubre una forma particular de explotación, pero aun así, continúan en pos de esta idea de Libertad” (Mengual, 2014, web). Por último, es posible comprender que, en el capitalismo y su discurso ideológico, la economía científica sostiene una mentira bajo deseos y principios morales, donde, producto de este discurso, la construcción del sujeto apuntará a consolidar un ser flexible, acomodado, tranquilo y práctico, el cual se adapte a cualquier circunstancia y posea un completo dominio de su situación: un sujeto equivalente al mercado, que sea polifacético y ofertante, y que razone solo lo necesario para tomar decisiones rápidas y eficaces. Este actor es la viva representación de un consumidor sujeto y objeto del mercado; es un ser humano autorreferencial, el cual posee una visión individual y autónoma que se impone tal y como se ha mostrado anteriormente de manera indirecta, por medio del discurso para generar y reproducir dinámicas de dominación y subordinación hacia el modelo capitalista de mercado. Muchas gracias por su atención.

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literatura rebelde


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EN UN MOMENTO OSCURO Catalina Hernández Guana

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amino en el parque, sobre las hojas secas, en medio de esta fría tarde de otoño; mientras fumo, siento que al escuchar ese sonido crujiente se rompen mis inseguridades y mi inconformidad con lo que el mundo me limita a vivir. He caminado toda la tarde conociendo calles que, antes, por el afán de vivir, apenas habría notado que existían. Empieza a anochecer, se me han acabado los cigarrillos, así que voy a comprar una cajetilla. Paso por un callejón para llegar más rápido a la calle principal y, de repente, escucho un maullido, que más parece un grito desgarrador, seguido a esto, un gran golpe; volteo a mirar y observo a un gato que acaba de caer desde un séptimo piso. La escena me causa un impacto desgarrador, no entiendo cómo un gato ha caído desde un edificio tan alto; imagino que alguien lo ha tirado por alguna ventana, así que me quedo un largo rato frente al edificio, esperando que alguien baje de algún apartamento en rescate del pequeño. Es de noche pero nadie ha bajado aún, así que, con mucho miedo, decido acercarme al animal. Me aterra ver que no se mueve, el golpe fue muy fuerte, temo tocarlo, creo que lo puedo afectar más, solo lo miro sin acercarme demasiado. En su cuello tiene una cadena pero ningún dato de contacto con su dueño, solo tiene el nombre en el collar: “Hades”. Entro en un conflicto personal, no sé si levantarlo o simplemente seguir mi camino; además, siento que alguien observa cada uno de mis mo-

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vimientos, y que también maneja mis pensamientos. Mis deseos de fumar aumentan de una manera absurda, empiezo a sentir escalofríos, pienso que es por la situación que acabo de presenciar. Durante estos días siento que la sociedad ha logrado crear un gran conflicto en mis entrañas, no entiendo sus dinámicas. Creo que cada lugar que recorro, y, en ocasiones, hasta mi propia casa, atan las alas que supuestamente tengo. Todo está siempre bajo control, excepto mi vida, porque no entiendo ese control tan agresivo. El viento que siento entre mis dedos es el único que me hace sentir paz mientras todos esos pensamientos me atacan, calma mis pensamientos suicidas. Sigo caminando, pienso en su nombre, la imagen del gato me golpea la cabeza, por fin logro comprar los cigarrillos. Quiero olvidar lo que presencié. Empiezo a caminar hacia mi casa; pero, a medio camino, decido volver al callejón donde cayó el gato. Desde lo lejos, observo que el lugar ya está limpio. Hades ya no está ahí tirado, esperaba encontrarlo, quiero enterrarlo, después de todo creí que yo era el único que había visto su muerte, pero no está. Siento un gran malestar al ver que no ya no está. Ahora me pregunto si Hades se lanzó del edificio o simplemente cayó, cuál fue la fuerza que lo impulsó al vacío. Quizás él tiene el valor que yo no, aunque ya no esté.

Estudiante de Lingüística de la Universidad Nacional de Colombia. Ganadora del II Concurso de Cuento del Instituto Caro y Cuervo, De Sobremesa (2016). Correo: cahernandezgu@unal.edu.co

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NOCHE CERRADA Alejandro Mojocó Ramírez 1

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na ráfaga de viento frío empujaba pequeñas gotas que golpeaban en su cara. Subió las solapas de su chaqueta y no usó capucha en la cabeza. Así no perdía parte de la visión periférica, necesaria para estar atento a cualquier movimiento o rostro que apareciera de las sombras de esa noche. Lo molestaba esa zozobra de siempre, el temor de ser cazado, pero no había otra opción a aquella vida; o quizá, sí la había, era demasiado grande para la mano humana. Juliana aún no había llegado a casa. Eran las diez y media de la noche. “Nunca se había demorado tanto”, le había dicho su madre, pálida en la cama blanca y con los ojos angustiados. Temblaba oculta entre las mantas, y luego se había levantado y recostado contra el espaldar. Le había abrazado la mano entre las suyas, acercado a su frente y luego besado varias veces. Debía ir a buscarla. Era lo correcto, para curar la angustia de su madre y apaciguar su propia preocupación. También él sentía aguda, en el pecho, la tardanza de su hermana. Cerró la puerta y miró en derredor. Lo sorprendió a unos pocos pasos un gato que salía de un montón de basura con una rata muy larga en su boca. En el aire, el olor húmedo y penetrante de la basura regada por la calle, iluminada débilmente por la luz naranja de un poste de madera. Era un barrio de pobres, de gente que nunca había pisado una ciudad. Habían venido a ella con altas esperanzas y ahora estaban dentro de la ciudad pero lejos de ella, en medio de un eterno azul y negro, circundados por muros altos y vigilados por policías día y noche, con lo justo para no morir de hambre cada día. Esa era la verdad. No sabían por

qué habían aceptado venir. No sabían si en verdad habían aceptado venir. La vida en el campo era dura, pero todavía podía llamarse vida. De cualquier forma, habían venido desde muy lejos hacía tiempo, y ahora hacía frío y Juliana no llegaba. Tomó dirección hacia el sur y caminó con rapidez. Era tarde y ya quedaba muy poca gente en la calle, algunos sentados en andenes de barro duro, fumando un cigarrillo o tomando aguardiente; otros, parados en las esquinas mirando desde lo oscuro, sin dejarse ver el rostro. Eludió las calles que sabía peligrosas y salió del barrio pronto. Llegar hasta Juliana iba a tomar algo de tiempo. No sabía con exactitud dónde podría encontrarla, pero era probable que estuviera en la Universidad Nacional. “Ah, esta muchachita no hace sino traer más problemas a la casa”, le había dicho alguna vez su madre, llorando. Y no era del todo mentira, pues a Juliana le habían gustado los problemas desde que tuvo consciencia de ellos, y siempre que se apasionaba hasta el fondo por algo, no escatimaba ningún medio para obtenerlo. Un día, con apenas trece años, llegó a la casa de entonces con un hombre de uniforme militar diciendo que le había regalado un libro. Mamá le había dicho que evitara hablar con extraños, pero ella parecía no entender. Lo cierto era que ella no quería obedecer. Aquel era un hombre grande, de facciones indias, que hablaba como arrastrando las palabras. Era tarea dura atrapar una palabra clara y limpia en su discurso. Pero era inteligente y sagaz, o, al menos, ante todos lo parecía. Leyó una parte del libro que le había regalado a Juliana y explicó luego lo que para él significaba.

Estudiante de Licenciatura en español y filología clásica de la Universidad Nacional de Colombia. Correo: amojocor@unal.edu.co

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–“Ha hecho de la dignidad personal un simple valor de cambio. Ha sustituido las numerosas libertades, tan dolorosamente conquistadas, con la única e implacable libertad de comercio”. ¿A ustedes les parece justo esto, que nosotros no seamos más que simples cosas que se venden y compran? ¿Que en lo único que piensen los explotadores sea en pisotearles la dignidad, robarles su pan y tener más plata? Nadie puede seguirse vendiendo por migajas. Se debe ser capaz de hacer cosas mejores que vender la vida.– preguntó y luego afirmó, casi sin pronunciar las eses finales, hablando raudo como siempre, y mirándolos a los tres, quienes le devolvían la mirada como a un extranjero, un extraño que preguntaba cosas por las que nunca se habían preguntado. – ¿Y qué es dignidad? – preguntó entonces Juliana, con su curiosidad de siempre. El indio dudó un momento, caminó hacia una esquina y regresó, con el librito en la mano, lentamente. – No sé, ¿a ti a qué te suena? – Como a no dejarse pegar. – respondió Juliana. Él la miró fijamente, sin entender. – ¿Y por qué te parece así? – Porque la otra vez estaban peleando unos niños en la escuela, dos niños. Uno le había robado una mandarina al otro, y entonces unos fueron y le dijeron al que le habían robado la mandarina que fuera hombre, y luego de uno atrás le gritó ‘tenga dignidad, ¡reclame su mandarina!’, y entonces él fue por ella. Pero yo no sabía qué significaba eso, la dignidad, o pues no sé, pero así más o menos la veo, ¿no? ¿Usted qué cree? – Bueno, más o menos, puede ser como tú dices. Sí, podría ser. Yo, en mi opinión, creo que eso es como que el ser humano sea humano, y no animal. O sea, que tu mamá no tenga que sufrir todos los días trabajando en una finca ajena para recibir una miseria. Ni que tú tengas que comer casi todos los días solo arroz y aguapanela. Ni que tu hermano tenga que regalarse en los cultivos, raspando coca, fumigando y limpiando, y pelándose las manos y los brazos.Yo creo que todo esto no tiene nada que ver con la felicidad para la que estamos vivos.

Juliana lo había mirado y desviado sus ojos luego hacia un punto indefinido. Parecía meditar en lo que acababa de escuchar, con las cejas casi juntas y una inesperada solemnidad a los trece años. Manuel también pensaba, y se rascaba la cabeza con un dedo. Su madre miraba al militar de brazalete no oficial y luego a sus niños. No sabía qué decir o hacer. Quizá también la habían afectado las palabras, no por el ímpetu del militar al hablar, sino porque, en el fondo de lo que decía, parecía haber una verdad. Debía ser injusto que la vida fuera así de dura. Dignidad, se había repetido en voz baja, por sílabas. Le ofreció un vaso de agua al hombre que, tras tomarlo y decir gracias, se despidió dando su mano. Luego se puso el fusil al hombro. Esa fue la primera persona que llevó Juliana a la casa. Así que bueno, ella podía estar en esa universidad, pero ahora estaba ante Manuel el problema del muro. Tendría que salir por donde lo había hecho ya dos veces, donde era común que salieran algunos, si eran tan hábiles como para no caer desde diez metros, apoyando las puntas de los pies y los dedos de las manos en tres centímetros de honduras (hechas, por supuesto, a escondidas) que se expandían por esa parte del muro oculta bajo árboles. Era la única salida si quería calmar pronto su incertidumbre y la desesperación de su madre. Necesitaba, ante todo, saber. Entonces llegó hasta arriba, pasó con lentitud por encima de los alambres de púas, y empezó a bajar con toda la velocidad de que fue capaz su cuerpo. Mas, de pronto, tras haber bajado un buen tramo, resbaló y cayó de cara contra el suelo. Siquiera pudo poner sus manos antes del golpe. – ¡Mierda! – dijo en voz alta, furioso consigo mismo, con el muro, con su hermana, con el mundo.

Miró en derredor en busca de algo que presagiara una emboscada, pero no vio nada. Se levantó, procuró calmarse y comenzó a correr. La noche era muy oscura y no había luz alrededor.


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– Debe estar con ellos. Presentía que pasaría alguna vez. Nunca va a dejar de buscar problemas.– se dijo a sí mismo en voz baja, dándole ánimo a la certidumbre de que la encontraría, recordando el carácter de su hermana.

espalda. Se la había encontrado hacía varios años, casi nueva, en una esquina abandonada. Era ella, lo era. ¡La había encontrado! Optó entonces por acercarse y golpear la ventana pero, de repente, el bus aceleró.

Pero el tiempo pasaba y él no llegaba. No recordaba el camino tan largo hasta la avenida donde tomaría el bus. Había corrido muy rápido y le quedaban pocas fuerzas para caminar con prisa. Y, de pronto, como una aparición fantástica, le pareció verla en la ventana de un autobús. Había llegado a una avenida atestada de carros y la vio, fue fugaz pero la vio. No podía ser otra. No conocía otro perfil igual. Así que tuvo que correr de nuevo.Ya comenzaba a faltarle el aire. El autobús, por suerte, no podía ir a toda marcha, pues había una buena cantidad de carros delante. Lo malo era que no había sino un andén diminuto por el que correr, y el bus se acercaba a un puente.Y en el puente no había andén posible. Así que corrió y corrió todavía más. Lo único que escuchaba eran bocinas y gritos que implicaban a su madre. Su hermana se estaba yendo y las fuerzas a él también. ¿Pero por qué se iba su hermana? Aunque, ¿en verdad era esa su hermana? Pensó por un momento estar corriendo tras un espectro y palideció ante la idea de estar equivocado. Pero siguió dándole con más fuerza. El bus ya estaba a pocos metros. Había logrado eludir varios carros y motos, y estar cerca de él antes de llegar al puente. Y el puente era ya inminente, y él un hombre de chaqueta oscura que sudaba y corría detrás de un bus, mientras las bocinas chillaban y la gente maldecía a gritos. Al fin llegó al puente, sorprendido de su propia velocidad y ahogado. El bus estaba al alcance de un brazo, y ahora iba más despacio. Pero bueno, ¿qué hacer? ¿Trepar a la puerta del bus, si es que podía, o golpear la ventana de su hermana? Aunque primero tendría que mirar de nuevo y reconocerla, ya sin asomo de dudas. Dio unos pasos más rápidos y lo logró; ya podía ver su pelo liso castaño y la chaqueta roja que tanto ella amaba, con detalles negros y brillantes en los brazos y la

– ¡Hey, paren! ¡Paren! – gritó, perdiendo la voz en el último grito.

Pero el bus no paró y continuó; entonces él se detuvo en seco, sintiéndose furioso y derrotado. Había estado a punto de llamarla. Y peor, ella ni siquiera lo había visto. ¿Acaso no escuchaba los pitos de los carros y el alboroto que hacía su hermano? Aunque, claro, en estas calles principales de ciudad lo común es la bulla y el ajetreo. La desesperación, la tensión, el desorden. No había ningún orden que estuviera rompiendo con su pequeña hazaña. El caos lo gobernaba, a él y a todos, todo. En medio de ese caos, de pie y exhausto, mirando a lo lejos y pensando en que había perdido a su hermana para siempre (sin saber por qué era para siempre), vio cómo el bus encendía sus rojas luces traseras y se detenía. Un milagro. Pero estaba a poco más de doscientos metros. ¿Lo alcanzaría antes de que arrancara otra vez? No era tiempo de dudar. Corrió como un felino por su presa, olvidado de sí mismo, y, en un momento, estuvo en la puerta del bus pidiendo al chofer que lo dejara entrar. Y allí lo inevitable: fue visto por todos al entrar, incluida Juliana, que tuvo un rápido espasmo y unos ojos tan grandes, que el hombre que había a su lado se quedó mirándola. – ¿Pasa algo? – preguntó, sin medir el volumen de su voz, mirándola y mirando a Manuel, quien empezaba a caminar hacia la parte de atrás. – ¿Eh…? Nada, no pasa nada. No es nada. – ¿Segura? – Sí. – ¿Lo conoce? – ¿A quién? – Al tipo que acaba de sentarse en los últimos puestos. – No, ¿por qué debería conocerlo? – dijo Juliana,


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recobrando el aplomo. – Porque tembló cuando lo vio. – Usted está viendo mal.Yo estoy normal. – Más le vale no estar mintiendo, mamita, porque si no...

Y allí sentado, agitado aún y sudando, vio cómo el hombre lo miraba de reojo y mantenía su brazo izquierdo muy cerca del cuerpo de su hermana, como si estuviera amenazándola con un cuchillo o algo, fingiendo amistad con un arma en la espalda. Pero podían ser fantasías producto del miedo, de ver a su hermana en una situación impensada, con un desconocido de rostro perturbado. El problema ahora era que no sabía qué hacer. El tipo podía ser uno de ellos, y él sabía que no era gente de la que se pudiera fiar con facilidad. Aunque bueno, al menos ellos no eran policías, incluso más bien su opuesto. Empero, aguardó unos instantes a ver qué pasaba con ambos; mas, la impaciencia lo fue venciendo. Sentía el sudor brotando y cayendo por su cara, naciendo en su espalda y piernas. Temía por Juliana, y su corazón latía muy fuerte, le movía la ropa, lo dejaba casi sin margen de razón para decidir el siguiente paso. No aguantó más. Se lanzó sobre el hombre corriendo desde atrás, como si una niebla roja ocupara entera su alma. Lo golpeó tan fuerte en la nuca y los oídos que el hombre cayó aturdido después de un largo cuchillo. Tenía razón. El miedo aguza los sentidos. La gente comenzó a gritar y a levantarse de los puestos, mientras él tomaba a su hermana de un brazo, ciego y repentinamente fuerte, y la arrastraba hasta la entrada. – ¡O abre la puerta o lo mato! – dijo su boca, con un tono de furia que hasta entonces en sí desconocía.

Corrieron al salir del bus calle abajo, regresando por donde hacía unos minutos había corrido Manuel detrás. Juliana lloraba, se estremecía, pero su hermano la llevaba del brazo y ella corría por la fuerza, apenas asumiendo lo ocurrido.

– ¡Muévase rápido! ¡Vamos! – gritó Manuel, al ver que ella se iba quedando cada vez más. – ¡Muévase, que ese tipo nos va a perseguir! –.

Pero ella cayó como piedra al suelo y se sentó, agachando la cabeza, trémula e indefensa. El pelo le caía por la cara y su medio cuerpo sentado daba pequeños salticos. Le empezaban a salir mocos acuosos. – ¡Carajo, muévase, muévase! ¡Uy, jueputa, muévase! – gritó con desespero y temor Manuel, al ver a lo lejos a un hombre corriendo muy rápido y blandiendo un revólver.

Agarró a Juliana del brazo y la haló con toda su fuerza, levantándola de un tirón. – Tenemos que llegar rápido al potrero. Ahí los perdemos. ¡Corra, corra!

Siguieron corriendo. Juliana parecía entender hasta ahora la gravedad del asunto, y esta vez corrió tan rápido como pudo, mucho más después de escuchar los siguientes disparos. – ¡Ay! ¡Son policías, Manu, son policías! ¡Nos van a matar! ¡Dios mío, nos van a matar! – dijo Juliana, compungida y desesperada, mirando atrás con terror.

En efecto, eran más de los que él pensaba. En el bus no habían podido reaccionar a tiempo, pues ambos habían salido muy rápido, pero ahora veía que eran seis hombres corriendo detrás y disparando. Corrieron muy aprisa por callejuelas solas, sin pavimento, en donde todo fue viento, pisadas crujientes sobre piedras y jadeos entrecortados. A lo lejos, de nuevo, un disparo. Y luego otros más mientras ambos escapaban. – La próxima a la izquierda y nos metemos por el potrero. Es el único lugar donde no nos van a ver – dijo Manuel, muy rápido y agitado.

Saltaron alambres de púas como escarabajos y se tiraron bocabajo sobre el pasto alto y húme-


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do. El miedo da vigor al cuerpo. Los hombres se detuvieron a unos metros, en la calle, y debatieron sobre el paradero de ambos. Ambos permanecían ocultos tras un montón de pasto y no podían ver hacia la calle. De ellos solo se escuchaban sus voces. – ¡Dónde se metieron estos hijueputas! ¡Salgan, ratas! – gritó uno de ellos e hizo un disparo hacia la oscuridad del terreno. No se oyó ni un eco de respuesta. – ¿Si estarán aquí? – preguntó otro. – A mí me pareció que se perdían aquí, pero puede que no. No creo que podamos perder tiempo aquí, no se ve nada– dijo un tercero. – A lo mejor cogieron por la calle de más adelante, y nosotros estamos aquí parados como güevones mientras se nos vuelan. – agregó un cuarto. – ¡Voy a picarlos con cortaúñas cuando los coja a los hijueputas! ¿Oyeron? ¡Con un cortaúñas! – dijo otro, gruñendo y bufando, como escupiendo al gritar. – ¡Vamos mejor, vamos! ¡Rápido! ¡A la izquierda! – dijo el que había disparado; entonces se escucharon las botas una tras otra contra la tierra y las piedras.

Cuando no hubo rastro de ellos, Manuel soltó todo el aire contenido y se puso a reír a carcajadas. Bocarriba y mirando al cielo, se llevaba ambas manos al vientre y no podía detenerse. Su cuerpo iba a lado y lado en el pasto. Juliana lo miraba pálida, pero no podía compartir la alegría (si es que eso era su risa) de haber escapado de una situación límite y estar a salvo. Estaba pesada, tensa, pensativa y sombría. Quizá ella no se sentía a salvo. Quizá muy pocos estaban a salvo. Fueron tan obvios su turbación y silencio, que Manuel le preguntó si estaba bien y ella siguió callada, cabizbaja, mientras atravesaban despacio el potrero, todavía con leves temblores en los dedos, hasta salir a la próxima calle. – ¡Juliana! ¡Espere!, ¡espere! Ahora sí dígame, ¿por qué estaba usted con esos policías en un bus, ah? ¿Para dónde iba? ¿Usted es que se volvió loca? ¡¿En qué es lo que anda metida?!

Pero él había cometido el error de preguntar demasiadas cosas juntas, y no obtendría más que débiles y evasivas respuestas, y no a todas las preguntas hechas . – Me habían cogido. No sé para dónde íbamos. – dijo Juliana, mirando a ninguna parte. – ¿Y por qué la habían cogido? Debió hacer algo, ¿no? ¿Qué hizo, ah? ¡Dígame!

Pero estaba terminando de hacer sus preguntas cuando Juliana se lanzaba por encima de los alambres con una destreza inusitada y comenzaba a correr por la calle hacia el occidente, hecha una cabra de monte. Manuel no podía comprender qué era lo que le pasaba. En todo caso, tampoco podía dejarla sola, así que fue tras ella. – ¡JULIANA! ¡ESPERE, JULIANA!

Y Juliana ni siquiera volteaba la cara. Corría como una endemoniada. Le sacaba ventaja sin dificultad. Pero poco a poco se tenía que ir cansando. La alcanzó y abrazó por la espalda en la esquina de una fábrica de telas, encontrándola más pálida bajo la luz blanca, ahogada y con las pupilas dilatadas. Los ojos más exorbitados que jamás le vio. – ¿Me puede explicar qué es lo que está pasando? De verdad que no entiendo nada, ¡nada! – dijo Manuel, exasperado y con la mirada enrojecida. – Manuel, no tenemos mucho tiempo – Se le iba la voz a Juliana, que aún jadeaba. – Las cargas están ya puestas. Tenemos que sacar a Mamá. Vamos rápido –. – ¡DE QUÉ ME ESTÁ HABLANDO! ¡CARGAS! ¡¿CUÁLES CARGAS?! – Manuel… – dijo Juliana, y se abrazó a Manuel rompiendo de nuevo a llorar.Y muy pronto le empezaba a mojar la pechera de la chaqueta. Estaba enojado, pero supo contenerse y esperó. Debía ayudar a calmarla hasta que ella pudiera decirle algo más claro, si no ella y su llanto se volverían insoportables. Le pasó la mano por el pelo. La acarició suave y lentamente en la nuca. La besó luego


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en la frente y le pidió que se calmara con palabras suaves de viento al oído. – Juliana, no tenemos tiempo, eso es lo que usted dijo, ¿cierto? – Sí, sí. Tenemos que ir ya. ¡Vamos rápido, por favor! – suplicó, desesperada. – No, pero primero tiene que decirme qué es lo que pasa. No puedo ir detrás de usted corriendo sin saber por qué estoy corriendo. Dígame qué es lo que pasa, no sea terca, por favor. – Manuel, Manuel, soy una tonta, Manuel… – miró al suelo y parecía querer llorar de nuevo, como una niña que ha roto un plato y tiene miedo. –Soy una tonta. Yo quería que nos fuéramos de aquí. ¡Todos! Quiero que todos los del barrio salgan, ¡aunque qué barrio ni qué nada! ¡Eso es una maldita cárcel, el maldito infierno! Yo me quiero ir de aquí, esto es una porquería, yo me quiero ir de aquí… – Y dijo esto último con el canto de las palabras en el llanto y comenzó a llorar de nuevo. Era una mujer muy sensible, y no sabía controlarse. Manuel tuvo que abrazarla y consolarla otra vez. – Sí, mujer, sí, entiendo eso, ¡Pero explíqueme! ¡Necesito saber qué es lo que pasa, carajo!

Pero Manuel no pudo saber allí lo que pasaba, pues ella, mientras él se ataba un zapato, arrancó, con el cuerpo echado hacia adelante, moviendo muy rápido las piernas, y le cogió al menos diez metros de distancia. Estaba yendo hacia la casa; lo supo cuando vio que después de un rato ella atravesaba el sector industrial y entraba por el camino de tierra que conducía a su barrio, o a lo que aquello fuera. Pero antes de que pudiera adentrarse demasiado, la agarró de un hombro y la hizo frenar. La noche era más clara. Montones de estrellas se acumulaban. La luna empezaba a verse tras las nubes. – ¡Vea, Manuel! – dijo Juliana, con firmeza y mirándolo fijamente a los ojos tras girar sobre su eje. –Hay varias cargas de dinamita en las columnas del muro, por todos los lados. Hay seis hombres que se van a encargar de los vigías. Me habían cogido por eso, ya supondrá. Nosotros habíamos salido

del lugar donde lo teníamos todo preparado, pero llegó la policía y tuvimos que escapar. También tuvimos que matar cuatro guardias para poder poner las cargas mientras el resto almorzaba, y luego de eso fue que yo fui a dar una vuelta para entrar por otro lado cuando llegaron esos tipos por detrás y me cogieron, pero como había gente por la calle disimularon y me subieron al bus. Nadie hizo nada. Nadie dijo nada. Y después pasó lo que usted ya sabe, y ahora tenemos que ir rápido a sacar a Mamá de ahí, porque eso se va a poner feo.

Manuel quedó sembrado, estático y callado. Era demasiado absurdo, inverosímil. Esto ya era demasiado. Tenía que ser una broma. Poco a poco lo fue invadiendo el desconcierto, un temor quemante y vívido en el vientre, y una ira ciega que le subía por la garganta. Su hermana había actuado como una verdadera idiota. – Usted es idiota, ¿cierto, mamacita? – dijo en tono irónico y despectivo. –¡¿CÓMO SE LE OCURRE HACER SEMEJANTE ESTUPIDEZ, SEMEJANTE BESTIALIDAD?! – La miró con los ojos candentes y la cogió con las manos en los hombros, sacudiéndola. – ¡Imbécil! ¿Por qué hizo eso? – preguntó Manuel, visiblemente afectado, con las sienes palpitantes y ahogado. Le dio una cachetada y bajó el rostro. Parecía que él también iba a llorar, pero no sabía si por miedo, rabia o tristeza, o por todo a la vez.

Ella lo miraba hacia arriba, como pidiendo indulgencia y perdón, pero con un viso de desafío en el fondo de sus ojos. Jamás había dejado de creer en lo que hacía, aunque cometiera tantos errores y pusiera en riesgo su vida. Era una tormenta rasgando ropa y piel, arrasando con personas y civilizaciones. Nada perduraba si se encontraba en su contra, pero olvidaba que siempre hay un enemigo más fuerte. – Perdón, Manuel… – alcanzó a balbucear, mientras comenzaba a ir hacia la casa, de repente caminando como si estuviera herida.


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¿Pero para qué pedir perdón cuando el daño ya se ha hecho? Es una de las más grandes estupideces de la especie humana. Ceder ante sí mismo y luego lamentarse. Cometer un error en el mundo de los hechos, y esperar que una palabra lo solucione todo. Estaban en una situación peligrosa, y causada de hecho por su propia hermana. Jamás lo hubiera podido sospechar. No una acción de tal magnitud. No de su hermana, la que cantaba mientras pintaba el muro por dentro, en vestidos cortos, mirándolo mansamente con inocencia y candor. Es increíble lo insondable que puede ser un rostro. Caminó tras ella y la apuró, pues tendrían que ir por su madre cuanto antes. No era este un momento para ponerse a pensar. – Las cargas detonan a las once en punto. Faltan solo diez minutos. ¡Vamos rápido! – dijo Juliana, con voz que aumentaba en la última frase y parecía angustiarse de pronto. Se incorporó de su herida momentánea y apuró el paso.

Llegados a unos metros del muro se encontraron con el peor escenario posible. Montones de policías antimotines se apostaban a lo largo de todo el frente del muro, y otros vestidos de negro y con fusiles apuntaban detrás de ellos, un poco más ocultos en las sombras de unos árboles. Camiones blindados esperaban en las esquinas. Luces rojas y azules alternaban en paredes y calles. Los ánimos se les fueron a los pies. Parecía que dar otro paso significaba alzar el mundo con una sola pierna. Pero no había opción, tenían que ser fuertes, pues de lo contrario su madre quedaría en medio de la nada, o tal vez en medio de un infierno. – Esto está muy feo, esto está muy feo… – repetía sin destinatario en voz baja Manuel, quien no sabía ahora por dónde podrían entrar al lugar que sucumbiría en unos minutos. – ¡Pssst! Vamos rápido, por aquí. – murmuró Juliana, encaramada en una ventana abierta, atenta a todos lados, de repente con mucha vida en sus gestos. Cayó al otro lado de la fábrica. Se escuchó sola en la noche su caída. Manuel trepó a su vez y también

cayó con ruido, y luego la siguió, procurando hacer silencio, bajo un oscuro y alto techo lleno de ecos de pasos. Estaba oscuro y frío pero ellos sudaban. Juliana se trepaba entonces por otra ventana con rapidez y convicción. – Es por aquí, por aquí. Aquí salimos al otro lado y podemos entrar por el túnel. – dijo, y desapareció tras los cristales verdosos y sonaron arbustos. Manuel trepó y fue tras ella, de pronto orgulloso y asombrado de la habilidad y el coraje de su hermana, de su ímpetu temerario. Los había metido en un lío tremendo, pero sintió que en ese mismo instante la amaba. Sentía dentro cosas que jamás había sentido. Ella parecía conocer algo que él desconocía. Lo doblegaba la pasión que ella ponía en su caída. Aunque eso no quitaba que fuera una desconsiderada impulsiva. – Este túnel solo lo conozco yo, así que hágame caso. Tenga cuidado y mantenga la mirada al frente. No abra la boca. – dijo, y otra vez se perdió, ahora bajo la tierra de un gran arbusto de moras.

Manuel la siguió, recordando su advertencia y un poco asfixiado por el espacio tan reducido. La tierra era húmeda y fría. Las lombrices mojadas se enredaban en la piel. Viscosos gusanos blancos se le pegaban a la cara, recorriéndola. La tierra entraba por todos los orificios que encontraba. Cerró los ojos y continuó, hasta que vio luz y sintió aire; allí respiró muy profundo. Juliana ya corría hacia la casa. Al salir volvió a cubrir el hueco con ramas y palos (¿para qué lo hacía ya?, se preguntó). Corrió a la casa y encontró la puerta abierta. Su madre estaba feliz, y de pie abrazaba a Juliana con los ojos brillantes y mojados, y Juliana por su parte intentaba decirle que tenían que escapar y, aún más, que debían hacerlo por un túnel de tierra. Su mamá se reía de la locura escuchada. – ¿Me estás molestando, mija? ¡Ja, ja, ja! ¿Por qué te demoraste tanto? – le dijo, mirándola a los ojos y sonriendo. – No, mamá, es en serio. ¡Es muy en serio! – Es más que serio – interrumpió Manuel. – Es urgente, de vida o muerte. ¡Mamá! venga le pongo


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una ropa rápido y nos vamos. ¡Venga! Rápido, rápido. – dijo a su madre mientras la tomaba del brazo con dureza y la apuraba.

Su madre no entendía nada, pero su semblante cambió y pareció atravesada por un miedo muy hondo; entonces, hizo caso y se ayudó a vestir, no sin dificultad, no sin estar cansada y enferma, no sin verse angustiada de nuevo. Estaba pálida como siempre y sus arrugas eran muy claras. En sus ojos se confundían felicidad e incertidumbre. – Póngase esa chaqueta y vámonos, ya empaqué lo poco que quedaba de comida. ¡Vamos, vamos! – dijo Manuel, que llevaba un cuchillo en la mano. Al ver que ellas lo notaban, añadió: – es por si hay problemas. No nos podemos ir así nomás –.

Juliana le sonrió y su madre salió con ellos. Querían salir antes de la explosión, y ya quedaban solo dos minutos. Si no alcanzaban, tendrían que salir en medio de una gran nube de polvo y de muchos policías, cosa nada fácil si iban con una mujer que apenas podía caminar. Así que anduvieron casi arrastrando a su madre y llegaron al fin a la boca del túnel. El pelo de su madre era más blanco que nunca. Todo parecía estar sucediendo como en un sueño. El mundo era volátil e impredecible. Pocas de las cosas poseían un sentido claro. Su hermana se hundió primero y le dijo a su madre que la siguiera sin perderla de vista. Mamá estaba atónita. Sus ojos se habían abierto en una ancha expresión de pasmo y temor, y parecía que en cualquier momento iba a empezar a gritar. Se perdieron ambas en el túnel. Su madre le había mandado a buscar a su hija, y ahora se estaban yendo ambas por un hueco frío entre la tierra para salvar sus vidas. Todo esto, por inesperado, le pesaba aún más en el alma y embotaba más su pensamiento. Era como estar soñando el peor sueño de su vida. Y de pronto, todo eso que para Manuel era sueño colapsaba. Una sola explosión al tiempo, mientras los muros iban cayendo iguales, como espejos repetidos, y sus oídos zumbaban hasta ensordecerlo. El mundo ahora era una densa man-

cha borrosa. No había alcanzado a entrar al túnel. Probablemente ellas habrían sentido el impacto entre la tierra, y estarían bien ya en el otro lado. Era lo que más deseaba, y por eso quería creerlo. Luego se dejó caer, aturdido, al tiempo que una voz mecánica y atroz aparecía en medio del polvo y el estruendo. – ¡Con que se quieren escapar estas ratas asquerosas! ¿Sí? ¡Ahora van a ver lo que es una explosión! ¡Candela a estos hijueputas! ¡Fuego, fuego!

Y la palabra fuego se perdió en el aire cortada por ráfagas de fusil y granadas que comenzaban a caer y estallar en techos y casas. El polvo cesaba y la noche era roja y naranja entre llamas y destellos de disparos y explosiones. Comenzaban a caer gases blancos y verdes y azules y amarillos, y la gente gritaba y corría y volaba en pedazos de horror. Los hombres de las armas comenzaban a avanzar y a rociar gasolina en las paredes de madera de las casas. – ¡Ahora vamos a limpiar este nido de ratas, putas, asesinos y terroristas! Están viviendo aquí gracias al Estado, ¿y luego lo quieren joder? ¡Pues ahora vamos a ahorrarle problemas y plata a este honorable país! ¡Quemen todo lo que estorbe! ¡TODO, HIJUEPUTA! – gritó el aciago altavoz iracundo, quien tras la última palabra comenzaba a reír con demencia a carcajadas, junto a una sinfonía estrepitosa de explosiones.

Manuel había alcanzado a recobrar el sentido y se esforzaba por correr, pero algo había golpeado su rodilla izquierda, que palpitaba y punzaba como una astilla de hueso contra la piel. Así que cojeó y salió hacia la izquierda, pisando por primera vez las paredes rotas del muro en la tierra, y fue en busca del lugar en el que supuso estarían su madre y hermana esperando. Pero ellas no se veían a lo lejos. Tal vez estarían ocultas entre los árboles; él sabía que ellas no lo abandonarían. Sentía en su corazón que seguían con vida.


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Pero de súbito oyó un zumbido de proyectil, y luego un golpe seco y abrasador que impactaba en su pierna derecha. No podía ser verdad que estaba pasando esto. Luego otra bala impactó en el vientre. Gritó entonces hasta notas muy altas y agudas, sintiendo que salían los pulmones por la boca, y también el alma; las lágrimas entonces poblaron su cara. Luego, otra bala le atravesó la parte izquierda del pecho, y cayó de golpe, lentamente, la cara contra la tierra, ya sin poder gritar. Alcanzó a pensar en su madre, y también en su hermana, la que lo había llevado secretamente hasta la muerte. Quizá su madre querría haber canjeado su muerte por la suya, pero ya era demasiado tarde, y él no lo hubiera aceptado (si tal cosa fuera posible). Y su hermana, que había querido pelear contra la muerte, había perdido, o al menos ahora lo estaba perdiendo a él. En medio del humo, del fuego y del caos, con la cabeza contra el suelo y casi sordo, percibiendo como nunca vívido el mundo, vio bailar ante sí las llamas y las sombras, diluyéndose miles de formas en una danza grotesca en la que hombres sin rostro reían mientras prendían fuego a las casas, y perseguían a otros hombres, mujeres, viejos, niños y animales, disparando y riendo en la cara de inocentes, de tantos inocentes suplicantes, y con fruición hundiendo el cuchillo entre la carne, arrasando con todo y con todos. Así habían sido hasta ese momento las cosas. Aun en la vida se nos imponía la muerte. Las balas siempre atravesando los cuerpos. Siempre los unos sobre los otros, aplastándolos. Él lo sabría por apenas unos minutos más, ¿pero cuánto duraría esa verdad para los otros? El mundo se fue haciendo muy negro poco a poco, y toda consciencia de él desapareció.


Cat [fotografía]. Recuperado de http://bit.ly/2sfmkcP Bogotá [fotografía]. Recuperado de http://bit.ly/2sxdw52


utopía Se terminó de diseñar y diagramar en el mes de junio de 2017. Las fuentes utilizadas fueron Blanch y Perpetua


Revista Utopía No. 3  
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