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Apoyan Programa Gestiรณn de Proyectos Direcciรณn de Bienestar Facultad de Ciencias Humanas Sede Bogotรก


la múcura revista Número 6 / SEM 01 - 2017 / ISSN 2357-6464 Universidad Nacional de Colombia Facultad Ciencias Humanas Sede Bogotá

rector / Ignacio Mantilla Prada

la múcura revista, es una publicación semestral en la que los estudiantes de antropología de pregrado y posgrado tienen la posibilidad de publicar sus artículos de investigación y todo su quehacer académico y cultural. Los objetivos de la revista son: crear un canal de comunicación entre todos los estudiantes del Departamento, promover las investigaciones y creaciones culturales de los grupos estudiantiles, y propiciar un espacio en el que se ponga en discusión la labor ética, académica y política del antropólogo. la múcura es una revista sobre el quehacer antropológico estudiantil de la Universidad Nacional de Colombia y de los estudiantes vinculados al Comité de Estudiantes de Antropología. Los textos presentados en la siguiente publicación expresan la opinión de sus respectivos autores y la Universidad Nacional no se compromete directamente con la opinión que estos pueden suscitar.

vicerrector de sede / Jaime Franky Rodríguez director bienestar sede bogotá / Oscar Oliveros coordinadora programa de gestión de proyectos pgp / Elizabeth Moreno decana facultad ciencias humanas / Luz Fajardo Uribe director bienestar facultad ciencias humanas / Eduardo Aguirre Dávila directora departamento de antropología / Consuelo de Vengoechea comité editorial

contacto del grupo lamucurarevista@gmail.com /lamucurarevista lamucurarevista.wordpress.com issuu.com/gestiondeproyectos proyectoug_bog@unal.edu.co universidad nacional de colombia Sede Bogotá Edificio Uriel Gutiérrez Sede Bogotá www.unal.edu.co proyectoug_bog@unal.edu.co /gestiondeproyectosUN pgp.unal.edu.co issuu.com/bienestarbogotaun Los textos presentados en la siguiente publicación expresan la opinión de sus respectivos autores y la Universidad Nacional de Colombia no se compromete directamente con la opinión que ellos puedan suscitar.

dirección / Carlos Guillermo Páramo coordinador / Camilo José Acevedo Delvasto equipo de colaboradores / David Andrés Beltrán Caraballo / Jesús Sebastián Yepes Cárdenas / Luis Eduardo Rojas Quito /Ángela María Jaramillo Fino / Brenn Timoteo Romero Moreno. corrección de estilo / Diana Luque Villegas. diseño y diagramación pgp / Oscar González

fotografías de carátula / En el colegio (2016), Resguardo Indígena Wacoyo (Meta)/David Beltrán Caraballo /Tradición textil en Oaxaca (2016), Oaxaca/Ángela Alvarado impresor / GRACOM Gráficas Comerciales Derechos de Autor y Licencia de Distribución Atribución - No Comercial - Sin Derivar


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editorial Comite editorial La Múcura Revista

LAS MUJERES DESDE OCCIDENTE: Representaciones de otredad a la luz de las relaciones entre naturaleza y cultura. Leidy Sophia Snadoval Camargo

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reSISTENCIAS VITALES: Luchas por la vivienda en Bogotá.

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SIGUIENDO A UN CICLISTA MATUTINO UNA ETNOGRAFÍA MULTI-LOCALIZAD Cesar Leonel Correa Bermúdez

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INSOMNIO Juan Pablo Parra

APESAR DE TODO,MARÍA Diego Corredor Castillo

John Edison Sabogal Venegas

SUMARIO

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MARUJA: Entre el luto y el negocio de la muerte. Natalia Cuellar Barón

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antes del anochecer Juan Pablo Parra


EDITORIAL

La sensibilidad debe aguzarse para hacer justicia al escenario del que es deponente el etnógrafo, una apuesta en la que sus sentidos deben profesionalizarse para demostrar su capacidad de hallar lo que escapa a la vista del residente habituado. Para describir aquello de lo que fue susceptible, puede optar por una narrativa literaria. Es, en este lindero, donde los bordes se difuminan y el etnógrafo, pasa de ser un académico que presume objetividad, a literato con una voz que anhela ser escuchada, dispuesto a caminar en los senderos de la introspección y desdibujar aún más aquella crónica descriptiva inicial, que se entendía a sí misma como etnografía. De esta forma, el texto abandona al autor –al menos en su nombre– para apropiarse del lector, transformándose en un prisma donde confluyen todas las formas de reflexión posibles, dentro y fuera de la disciplina, y el lector pasa a tomar parte del principal rol que tiene un antropólogo: un extraño. Las páginas venideras guardan una relación sinuosa con el registro documental y la licencia poética, dos polos que se pretenden diametralmente opuestos, pero cuyo antagonismo resulta tan quimérico como estéril. El relato etnográfico ha sido desenmascarado, su testimonio dista de ser irrefutable, veraz o positivo. Los enormes litigios que se ofician, a propósito de su estatus literario, son el eslabonamiento permanente de argumentos, loa cuales dejan, cada vez más en claro, que el producto textual de la labor etnológica no comporta una relación transparente con la realidad. Esta edición se la dedicamos a los espacios de la indeterminación científica, allí donde el etnólogo se confunde con el novelista, el cronista y el poeta, ya sea para potenciar la vividez de su relato o para llevar al límite la vocación imaginativa del lector. La Múcura deja que se deslicen en paralelo el texto monográfico y la escritura creativa. Proponemos, entonces, un juego donde los atributos propios de aquellas narraciones que se nos antojan verosímiles, o por el contrario, francamente imposibles solo pueden ser definidos a partir del contraste con su contraparte, con su doble antitético. Ofrendamos este número a las incertidumbres, al espacio marginal que ocupan aquellos relatos que, aun en nuestra laxa taxonomía, nos sentimos incómodos de nominar, pero que, en esa forma nebulosa en la que fueron concebidos, logran dar sentido a nuestra labor. Aquí no encontraremos más que preguntas, el trabajo de campo – factual o imaginado– se reserva las respuestas.

Comité Editorial La Múcura Revista


Guillermo ViasĂşs Quintero.

Quema de Chagra (2013).


LAS MUJERES DESDE OCCIDENTE: Representaciones de otredad a la luz de las relaciones entre naturaleza y cultura.

Leidy Sophia Sandoval Camargo Pregrado en LingĂźistica y AntropologĂ­a universidad nacional de colombia lssandovalc@unal.edu.co


Resumen:

Palabras clave:

Mujeres en la historia, género, otredad, representaciones sociales.

La oposición entre naturaleza y cultura, que ha caracterizado a Occidente en los últimos años, se ha reflejado en la manera en la que estas sociedades se han representado a sí mismas, a sus miembros y a los seres con los que conviven. Es por esto que el presente ensayo busca analizar las relaciones entre naturaleza y cultura, las cuales se han forjado a lo largo de la historia en un grupo particular de la sociedad, como lo son las mujeres. En un principio, se hará un paneo histórico sobre las principales representaciones de las mujeres como parte de sociedades occidentales, para luego entrar a analizar las representaciones contemporáneas de la mujer en el marco de la división entre “primer y tercer mundo”, y las implicaciones sociales y culturales que tal división representa. En este último punto, se estudiará cómo tal división sigue reproduciendo las lógicas de oposición entre naturaleza y cultura.


< LAS MUJERES DESDE OCCIDENTE: > Representaciones de otredad a la luz de las relaciones entre naturaleza y cultura.

Introducción La antropología como campo de estudio siempre ha tratado la relación entre naturaleza y cultura, puesto que se asume que el objeto de estudio de esta es la cultura; esto, frente a otras disciplinas, las cuales estudiarían la naturaleza. La división entre estos dos conceptos ha sido muy notoria en la historia de Occidente, y se refleja en la organización y separación de las ciencias, las relaciones con los seres del mundo y la manera en la que se conceptualizan. De acuerdo con el antropólogo y sociólogo Roger Bartra (1992), la conceptualización de la naturaleza y la cultura se remonta hasta hace varios siglos, y se puede evidenciar en la época clásica con los griegos. Para estos, el bárbaro se diferencia del salvaje en que el primero se rige por ciertas normas sociales y es parte de una comunidad organizada, la cual es externa a la comunidad propia; por otra parte, el salvaje se encuentra dentro de la comunidad, en términos espaciales, pero no comparte los mismos principios culturales o sociales de esta; por lo que se le consideraba como un ser sin cultura ni educación, el cual estaría más cerca de la naturaleza. Es importante destacar que mientras el bárbaro era considerado como un “Otro”, es decir, se considera como un sujeto con capacidad de agencia, el salvaje se considera como un ente de la naturaleza y, por lo tanto, como un objeto pasivo1. Continuando con la línea histórica trazada por Roger Bartra (1992), este afirma que la construcción del salvaje se ha estabilizado en distintas épocas a través de distintas instituciones: En 10

la Grecia clásica, se legitimaba a través de la cosmología y la filosofía; más adelante, en la Edad Media, a través de la religión; desde el Renacimiento y la Ilustración hasta nuestros días, este concepto se ha legitimado a través de la ciencia. Durante la modernidad, la relación entre naturaleza y cultura había sido entendida por la antropología no como estática, pues se reconocía que lo que se tomaba como natural o como civilizado cambiaba a través del tiempo y del espacio, sino como una relación establecida a priori. Esto, en vista de que la teoría que se generaba estaba enmarcada en una lógica occidental y en los estudios se aplicaba a las demás culturas como un universal. No obstante, los estudios antropológicos contemporáneos han mostrado que la distinción que hace Occidente entre entes naturales y otros, que son fruto de la cultura, no es universal ni tampoco obedece a la conceptualización de la mayoría de los grupos humanos. Por su parte, el antropólogo Philippe Descola (2003, p. 33) hace una tipología de las representaciones entre lo humano frente a lo no-humano en diversas culturas, teniendo como criterio las relaciones entre forma y sustancia. Para él, la sustancia y la forma son dos conceptos básicos en la propia identificación y discriminación respecto al mundo que nos rodea; el primero se refiere a los atributos que ordinariamente han estado asociados con el alma, el espíritu o la 1. Estas consideraciones serán desarrolladas por la antropología en la modernidad y tienen un papel principal en los estudios sobre la alteridad, de los cuales se tratará más adelante los referentes a las mujeres.


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conciencia, mientras que el segundo se refiere a lo que ha sido reconocido a través de “los procesos fisiológicos, perceptivos y sensomotores”. En esta clasificación, pueden darse cuatro tipos de ontologías, dependiendo de la relación entre la interioridad –sustancia– y la materialidad –forma–: que el otro tenga una interioridad y materialidad análogas a mí mismo; que el otro tenga una interioridad y una materialidad distintas a la propia; que tenga una interioridad análoga y una materialidad distinta a la propia o, finalmente, que tenga una materialidad análoga y una interioridad distinta (Descola, 2003, p. 35). Esta última es llamada por Philippe Descola como “naturalismo” y se refleja en la concepción generalizada de Occidente de ver, en lo humano, una conciencia y subjetividad única; y, por lo tanto, que los seres enmarcados en esta concepción, se entiendan a sí mismos como los únicos capaces de poseer una cultura, mientras que, en el dominio de la especie, se comparten rasgos de tipo biológico con otras. Sin embargo, cabe resaltar que los entes que se asumen dentro de una categoría o de otra son cambiantes, dependiendo de la cultura, el tiempo y el espacio en el que se enmarque una sociedad. Por lo que, por ejemplo, en la ontología naturalista, dentro de la categoría de no-humanos, pueden entrar personas con características particulares que hacen a los grupos dominantes considerarlos y tratarlos como tal. Así, Descola (2003) menciona: Los humanos se ven distribuidos en el seno de colectividades nítidamente diferenciadas, las culturas, que excluyen del conjunto no solamente al conjunto de los no humanos, sino

también, en un pasado aún cercano, humanos exóticos o marginales a los que sus costumbres incomprensibles, y la carencia del alma, de espiritualidad o de elevación moral que estas señalaban, inducían a ubicar en el ámbito de la naturaleza en compañía de los animales y de las plantas (p. 47).

La asignación de la categoría de no-humano a determinado grupo implica relacionarse con este de manera asimétrica, pues, de antemano, se omiten las características básicas que se le asignan a lo humano. Esto quiere decir que en la conceptualización dominante en Occidente, los elementos que identifican al humano prototípico serían su raciocinio, su concepción como sujeto, su capacidad de acción, sus derechos, entre otros, los cuales no se reconocen en los grupos en los que se considera que no alcanzan la categoría de humano. Estos grupos no están definidos por sus características intrínsecas, sino que varían dependiendo del tiempo y el lugar en el que se enmarquen, por ende pueden ser negros, indígenas o mujeres, tal como se verá a continuación. Representaciones históricas de las mujeres De acuerdo con la propuesta de Descola (2003), la visión del naturalismo asume que, aunque se tienen materialidades similares, se difiere de la interioridad. Ejemplo de ello es que, a pesar de que la manera de representar a las mujeres en Occidente2 ha cambiado significativamente, todas se rigen por el naturalismo. Es por esto que, en este apartado, se analizarán tres maneras distintas de representar a las mujeres desde 11


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Occidente en momentos históricos distintos. La primera representación es la que se hacía de la mujer de Occidente como un ser sin conciencia ni agencia, que solo tenía cabida en la reproducción de la especie. La segunda continúa siendo la mujer de Occidente, pero ya no vista como un ser sin conciencia, mas, sí con características que le permiten tener una relación más cercana a la naturaleza, como la maternidad. Finalmente, las mujeres del llamado “tercer mundo” en la representación desde el “primer mundo” como seres infantilizados y sin conciencia las cuales necesitan de ayuda para su desarrollo. Mujer como No-humana La primera conceptualización consiste en representar a la mujer como un ser por fuera de la categoría de lo humano; categoría que, en este caso, se presenta como el hombre de Occidente, con capacidad de reflexión y agencia, sobre todo para manejar los roles de poder. Esta concepción se legitima, por primera vez en Occidente, en la Grecia clásica a través de la filosofía, en especial, de la filosofía aristotélica3. Según esto, se desprende que el hombre debe gobernar la polis y la mujer –que se excluye de la polis y su funcionamiento, por lo tanto, es no-ciudadana– debe permanecer en el oikos, ya que es incapaz de razonar de una manera tal que le permita controlar sus instintos irracionales. Esta concepción de la mujer es predominante en la Edad Media, puesto que se toman como fundamentos los principios Aristotélicos, es12

pecialmente por el pensamiento del cristianismo (Hernández, 1977), el cual legitima esta forma de conceptualización desde los discursos que maneja hasta sus prácticas. Ejemplo de ello es el mito sobre la creación del hombre y de la mujer, en el que el primero –Adán– es creado a partir de la acción del Dios supremo con base en su imagen. Por otro lado, la mujer es creada como una compañera para el hombre y es sacada a partir de la costilla del hombre. Esta representación podría ser interpretada como paralela a la creación de un homúnculo4, en vista de que la mujer es creada con el fin particular de acompañar al sujeto del cual fue sacada y no tiene los mismos derechos que este. Del mismo modo, dentro de las prácticas ligadas a la religión cristiana, la mujer tiene algunas restricciones de las cuales goza el hombre, como poder ser sacerdotisa u ocupar algún cargo de poder dentro de la institución religiosa. Además de esto, la mujer, durante la Edad Media, no podía estudiar ni participar de la política, pues no se asumía que tuviera la inteligencia ni el raciocinio necesario, y tampoco era un tema de reflexión por parte de los eclesiásticos, ya que se trataba de un tema naturalizado. 2.Entiéndase occidente como referente al proyecto cultural elaborado desde el este de Europa y extendida a América mediante diversos procesos históricos. Nota de la editora. 3. La filósofa Marion Heinz (1997) expone que para Aristóteles existe una diferencia sustancial entre los sexos y, por lo tanto, esta se representa en la sociedad. Según Aristóteles existen dos tipos de gobierno: la polis y el oikos; en el primero, rige la razón, por lo que es la realización más noble y tiende a la vida buena, perfecta, mientras que en el segundo se propende por la conservación de la vida y la generación de la especie. 4.Hombrecillo mitológico de pequeña estatura que creado artificialmente con alguna parte de un ser humano, pero no alcanza tal categoría. El homúnculo está obligado a servirle a su creador.


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Es así como las mujeres se enmarcan dentro de lo no-humano, asumiendo que el papel que podrían ejercer era el de entes, como las plantas o los animales: no son un fin dentro de la sociedad, sino que su rol se limita a la funcionalidad que puedan tener para la comunidad en la que habitan y para los que sí se asumen dentro del grupo de lo humano. Cabe destacar que la oposición entre naturaleza y cultura, en este caso, no puede verse como la oposición entre dos categorías nítidamente diferenciadas, sino como un continuum, lo cual se hace más evidente en la siguiente conceptualización. Mujer como humana “esencializada” en la naturaleza En el apartado anterior, la oposición entre lo humano y lo no-humano podía analizarse de manera más nítida puesto que cada ser –hombre y mujer, en ese momento y espacio en cuestión– tenían roles muy marcados, diferenciándolos entre sí . En este caso, las relaciones entre naturaleza y cultura deben analizarse más como un continuum puesto que las representaciones de la mujer occidental, las cuales se forman desde los grupos dominantes, la perciben con una interioridad que es más similar que las de otro tipo de grupos, como los indígenas de comunidades consideradas exóticas o los esclavos negros. Aun así, sigue estando distanciada del ser prototípico humano –el hombre ilustrado, completamente racional, europeo y con poder económico–, en vista de que se le asignan características propias del dominio de la naturaleza.

Por otra parte, la materialidad, en este tipo de conceptualización, se considera como similar, pues, a través del discurso científico, se establece que tanto hombres como mujeres son parte de una especie común. Aunque esto no impide que puedan surgir discursos fundamentados en la distinción de los cuerpos entre hombres y mujeres5. Este tipo de representación se puede evidenciar en distintos discursos; no obstante, se resaltarán principalmente dos: la concepción de la mujer occidental durante la ilustración y la concepción de la maternidad como un elemento que la une al mundo natural. En el primer caso, de acuerdo con Lucía Criado Torres (s.f.), aunque se considerar que el periodo de la ilustración fue un proceso en el que se pasó de un sistema gobernado por las doctrinas religiosas a uno regido a través de la razón, la situación de las mujeres de la época no obtuvo cambios significativos, puesto que, a pesar de que las mujeres ahora podían estudiar, los discursos religiosos de la Edad Media habían permeado fuertemente estas prácticas. La imagen de María6 tuvo influencia en el ideal de las mujeres de la época y cómo debían ser educadas. Por tal motivo, las mujeres eran educadas en oficios como coser, bordar o pintar, ya que se consideraba que eran más acordes a su naturaleza, frente a otras actividades más “cultura5. A pesar de esto y a mi modo de ver, estos no son parte de los imaginarios más profundos que rigen la visión del mundo occidental, sino que son formas de legitimar la distinción que se trata de probar sobre la diferencia de interioridades. 6. Personaje considerado como la madre de Dios en la religión cristiana, la cual, de acuerdo con la tradición, tuvo a Jesucristo –su hijo y representante del Dios cristiano en la tierra– siendo virgen.

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les”, las cuales solo se consideraba que realizaban los hombres, como participar en la política o formarse en disciplinas científicas. El segundo caso tiene mucho que ver con el anterior ya que se legitima a través de la educación. La maternidad en Occidente se ha considerado como un elemento a priori en la vida de las mujeres y se concibe como un aspecto natural. Generalmente, este concepto se asocia a la naturaleza puesto que, en esta, se enmarcan los procesos que se hacen “por instinto”, así como la capacidad creadora de que se le asigna. Preciado (2002, p. 121) resalta la oposición entre naturaleza y cultura en los discursos donde se representa la inseminación artificial, debido a que el papel del hombre es valorado a partir de la técnica y la preparación científica para tal proceso; mientras que el de la mujer queda representado a través de la reproducción y su instinto natural para procrear. Este mismo discurso se ha utilizado para abanderar algunos movimientos contemporáneos de mujeres, como es el caso de las feministas culturales –también conocidas como hembristas–7. En estos movimientos, se parte de que hay una esencia femenina, por lo que se tratan de rescatar todos los aspectos que unen a la mujer con el mundo de “lo natural” y, de esta manera, asignarle representaciones asociadas a la “madre naturaleza” o que intentan develar su “esencia salvaje”, como lo explicita Clarissa Estés (2012) en su libro clásico: Mujeres que corren con lobos. Tales discursos, aunque no lleven implícita una idea de subordinación, sí ref lejan cómo el imaginario de Naturaleza vs. Cultura ha calado profundamente 14

en su concepción de mundo y en la reproducción del mismo. Mujeres del “tercer mundo” frente a las mujeres del “primer mundo” La última categoría a analizar en el presente ensayo es la de las representaciones de las mujeres del llamado “tercer mundo”, hechas por las mujeres del “primer mundo”, o bien, por organizaciones de estos espacios que se enmarcan dentro del trabajo con mujeres “desfavorecidas”. Para ello, es necesario analizar los orígenes de tal división del mundo. Escobar (2007) expone que tal división surge en el marco de la competencia de los países en la carrera por el desarrollo, el cual está marcado por determinados discursos, los cuales parten de las naciones dominantes del mundo. Tales discursos se materializan en prácticas concretas, como la implementación de programas de sanidad, nutrición o manejo de los recursos, los cuales siguen el modelo dado por los países que los dirigen. En este sentido, los países del primer mundo son aquellos considerados como más avanzados en términos del desarrollo, mientras que los países del tercer mundo se conciben como aquellos que, por diversas circunstancias, no han podido alcanzar el nivel de progreso planteado. Es, en este contexto, en el que se enmarca 7. Este movimiento nace en la década del 70 en Estados Unidos, como una vertiente del feminismo radical. “Mary Daly y Adrienne Rich son dos renombradas defensoras de esta posición. Ambas rompen con la tendencia hacia la androginia y hacia la reducción de las diferencias entre los géneros que tuvo tanta acogida entre las feministas a principios de los años setenta, y abogan por volver a centrarse en la feminidad” (Alcoff, 2002, p. 3).


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el análisis de esta última conceptualización, la cual, en términos de la propuesta de Descola (2003), es muy similar a la anterior, aunque tiene un aspecto crucial: la inclusión de la noción de espacio. Esto, en vista de que las relaciones que se construyen entre unos seres y otros a partir de la modernidad se ven influenciadas por la percepción del mundo como espacio, con límites establecidos, dentro y a través de los cuales se ejercen dinámicas de poder. A pesar de que hay muchos discursos que representan a las mujeres del “tercer mundo” de determinadas maneras, en este apartado me centraré en dos tipos de representaciones en particular. La primera es la que hace, en algunos casos, la teoría feminista desde occidente, aunque sea tal vez como un gesto bienintencionado, y la otra es la de algunas organizaciones mundiales que velan por los derechos de las mujeres de estos países considerados de la periferia. En el primer caso, encontramos que se han evidenciado varias situaciones en las que mujeres, generalmente blancas, de clases medias o altas, las cuales pertenecen a alguno de los países “del centro”, se organizan con el propósito de mejorar las condiciones de vida de otras mujeres del mundo que, desde su perspectiva, atraviesan condiciones de atraso o de podredumbre respecto a algún aspecto de sus vidas. Este es el caso de organizaciones como “Women for women international”8 o “Feminist Majority Foundation”9. Esta última, por ejemplo, llegó a Afganistán en 1996, cuando los talibanes tomaron el poder, bajo el pretexto de “liberar a las mujeres del estado de opresión en el que se encontraban, así como de las prácti-

cas denigrantes a las que estaban expuestas” – entre estas prácticas se incluía el uso generalizado del burka10–. Como ya se ha mencionado, aunque parezca que esta conceptualización del Otro no repite las lógicas anteriores, se puede observar que este tipo de prácticas tiene su sustento en la oposición de naturaleza y cultura. Esto se evidencia en el hecho de que las mujeres del primer mundo se reconozcan a sí mismas como portadoras del conocimiento que debe seguir la humanidad –el prototipo de humano– y vean en las otras mujeres a seres que no tienen control de sí mismas y con costumbres arcaicas y salvajes. Se construye, así, la idea de que necesitan de una guía y un apoyo para su desarrollo, el cual, en la mayoría de los casos, no está fundamentado en los intereses de estas mujeres, sino en la conceptualización que hace el primer mundo de ellas. Esto da origen a ciertos problemas como: la universalización de las culturas11, por el hecho de creer que hay una cultura dominante que debe regir las prácticas de las demás; el conocimiento y la forma de conceptualizar la realidad, 8. Esta organización fue creada en 1993 con la misión de “ayudar a las mujeres más marginalizadas de países en medio de la guerra y el conflicto a generar cambios en su modo de vida para salir de la crisis y la pobreza para poder estabilizarse y ser económicamente autosuficientes” (Women for Women International, 2016). Cabe resaltar que los países en los que ha estado han sido siempre del “tercer mundo”. 9.Es una fundación creada en 1987, dedicada a la “equidad de las mujeres, la salud reproductiva y la no-violencia” (Feminist Majority Foundation, 2014). También han trabajado en otros países como Afganistán por los derechos de mujeres y niñas. Sin embargo, ha sido fuertemente criticada por sus acciones en este país, tal como se reseña en Ann Russo (2006). 10.Prenda tradicional de las mujeres árabes, las cual cubre la totalidad de su cuerpo.

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tal y como han concluido muchas feministas de corte decolonial o postcolonial: no se puede pretender que haya un solo feminismo, puesto que las condiciones materiales, culturales e históricas de las mujeres son distintas. Una de estas feministas es la antropóloga Ochy Curiel, quien se asume dentro de las luchas de las mujeres negras y afro-caribeñas, y, a su vez, considera que estas manifestaciones son una forma de resistencia hacia la producción científica hegemónica y exclusiva de Occidente (Curiel, 2007). Investigadoras post-coloniales como Chandra Mohanty (2008), además de esto, reconocen, en estas acciones, tratos que infantilizan a las poblaciones, debido a que tratan de imponer determinadas prácticas, aplicando juicios que no son consensuados junto con las mujeres de la comunidad; por lo que, muchas veces no corresponden a los propios deseos. A su vez, estas prácticas legitiman la imposición de una cultura sobre otra, convirtiéndose en impedimentos para una práctica feminista situada, donde las gestoras y agentes sean las mismas mujeres por las que se lucha. Finalmente, se encuentran los casos en los que el naturalismo12, no se manifiesta a través de personas, sino de instituciones u ONG mundiales, tal y como se muestra en el siguiente caso:

Como puede observarse, estas prácticas continúan reproduciendo los discursos presentes desde la época clásica; discursos que oponen las categorías de humano y no-humano, asociadas, cada una, a la cultura y la naturaleza, respectivamente. Las actividades de administración y poder son ejercidas por el grupo dominante, mientras que a los grupos dominados –en este caso a las personas del “tercer mundo”– se les adjudican labores artesanales y asociadas al trabajo con la naturaleza, y, por ende, conceptualizadas como primitivas. Así mismo, las actividades de las mujeres en particular siguen estando asociadas con el hogar (oikos aristotélico). Desde esta postura, se patrocinan proyectos de caridad, los cuales les impiden, a las mujeres de países de la periferia, reflexionar acerca de sus propios intereses y tener agencia en las decisiones de su vida. Igualmente, se hace notoria la visión naturalista, ya que, como menciona Escobar (2007), estas instituciones utilizan a las personas como medios para lograr intereses particulares sobre el control de la economía y la tierra, como se ha visto en múltiples casos: la inversión en programas rurales para “mejorar” las condiciones de los pobladores, cuando hay intereses de trasfondo, como la implemen-

“Los proyectos de generación de ingresos”

11. Este concepto es tratado como la tendencia homogeneizadora que parte de los procesos civilizatorios –en este caso, aquellos que parten de los países “primermundistas”–, por la cual se tienden a borrar los saberes y prácticas culturales de diversos pueblos, así como sus procesos identitarios e históricos (Padilla-Arias, 2012). 12. Naturalismo entendido como la categoría propuesta por Descola (2007), que hace referencia a la forma característica de Occidente de considerar sólo lo humano con capacidad de raciocinio y agencia, frente a lo no-humano donde estarían las entidades que carecen de estas características.

introducidos a comienzos de la década de las Naciones Unidas para la Mujer (1975-1985) dedicaban recursos a proyectos como mejoramiento doméstico, manufactura de artesanías y modistería. Los proyectos buscaban que las mujeres fueran más productivas en aquellas actividades que se consideraban naturales para ellas (Escobar, 2007, p. 309).

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tación de lógicas mercantilistas que benefician a los patrocinadores de estos proyectos; o casos más dicientes como la invasión de Estados Unidos a Afganistán en el 2001, donde uno de los argumentos para su realización era velar por los derechos de las mujeres que estaban siendo violentados; en este caso particular, Estados Unidos no solo tenía claros objetivos económicos, evidenciados durante el desarrollo de la guerra, sino que los derechos de las mujeres siguieron siendo violentados –incluso en mayor medida– por ambas partes. Conclusiones A partir del desarrollo de este ensayo, se puede concluir que la oposición entre las nociones de naturaleza y cultura, desarrolladas y ampliamente difundidas por Occidente, se han instaurado profundamente en la forma de conceptualizar de estas sociedades. Aunque, en principio, las categorías de cada época tienen matices distintos –como los derechos asignados a los grupos o el lugar que se les asigna en la jerarquía social–, se muestra que diversos momentos de la historia de Occidente están atravesados por esta oposición. Esto tiene como consecuencia que se reproduzcan constantemente discursos en relación con el Otro, los cuales tienen implicada la idea de subordinación, pero se naturalizan dentro de la sociedad. Por otra parte, se evidencia que las relaciones de poder que se han establecido en Occidente respecto a las mujeres pueden manifestarse en distintos ámbitos de la vida social, los cuales se enmarcan en escalas distintas: desde la interac-

ción interpersonal, las tareas prototípicas que se le asignan a cada grupo dependiendo como sea conceptualizado, hasta la jerarquización dentro de las instituciones como la familia, la iglesia o el Estado, y cómo estas últimas legitiman estos procesos. Así mismo, en las conceptualizaciones de las mujeres, no solo tiene relevancia el aspecto de género, sino también están implicados aspectos como la clase, la raza o la cultura. Del mismo modo, es importante tener en cuenta la noción de espacio para estudiar las relaciones entre grupos sociales, puesto que su análisis aporta claves importantes para entender la conceptualización del mundo, del Otro, y cómo, a través de este, se reflejan y construyen relaciones jerarquizadas. Finalmente, resulta necesario entender cómo este tipo de conceptualizaciones sobre el Otro reproducen formas de discriminación, las cuales han sido históricamente las causantes de actos violentos e injustos hacia los seres que se consideran distintos e inferiores. Por lo cual, develar y hacer conscientes las representaciones y los imaginarios presentes en estas situaciones, son procesos que contribuyen a buscar estrategias que permiten deconstruirlos y, así, poder pensar al Otro –independientemente de sus particularidades históricas, de género, clase o cultura– como un sujeto que siente y tiene capacidad raciocinio, y por tanto, debe ser tratado como tal.

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referencias

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< Leidy Sophia Sandoval Camargo >

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< LAS MUJERES DESDE OCCIDENTE: > Representaciones de otredad a la luz de las relaciones entre naturaleza y cultura.

David Beltrรกn.

Caminata Vespertina (2016).

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Luchas por la vivienda en Bogotรก.

RESISTENCIAS VITALES:

John Edison Sabogal Venegas Antropรณlogo y Psicรณlogo universidad nacional de colombia joesabogalve@unal.edu.co


<resistencias vitales: > Luchas por la vivienda en Bogotá

Resumen:

Palabras clave:

Derecho a la vivienda, resistencia, desalojo, Zona Autónoma Temporal.

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El presente artículo propone un conjunto de reflexiones exploratorias alrededor de las formas de resistencia y luchas simbólicas que emprenden los ciudadanos en la defensa de su derecho a la vivienda, especialmente, en contextos de barrios populares y asentamientos irregulares. Como estructurador de las reflexiones, se propone un contrapunto entre el largometraje La Estrategia del Caracol y las dinámicas alrededor de los intentos de desalojo en el barrio Bosques de los Molinos en el suroriente de Bogotá. Ante la amenaza inminente del desalojo, que irrumpe la autonomía temporal de la zona urbanizada sin control institucional, las comunidades, a través de sus lazos vecinales, re-crean estrategias simbólicas, emocionales y legales para resistir la salida forzada de sus hogares.


< John Edison Sabogal Venegas >

Preludio

Idear una estrategia, resistir ante los poderes centralizados, institucionalizados, re-construir espacios sociales, emocionales y vitales. Por un lado, un inquilinato en el centro de la ciudad, una “gesta epopéyica popular” como dice el narrador de la primera historia. Un microcosmos –por retomar la afortunada expresión de Ginzburg (1999)– de la cultura popular colombiana, podríamos decir acaso un relato que pareciera ser un hecho social total (Mauss, 1979). Dimensiones políticas, culturales, religiosas, económicas y psicológicas entran y salen de la película. Por otro lado, como siempre la realidad supera la ficción, un suceso cercano y más bien poco inédito: la construcción de barrios populares en las periferias, los conflictos por la vivienda, los intentos de desalojo, las resistencias vitales; recursos legales, poderes violentos, re-construcciones sociales. Entrecruzando las dos situaciones, el largometraje La Estrategia del Caracol (Cabrera, 1993) y el intento de desalojo del barrio bogotano Bosques de los Molinos ocurrido en el 2012, me interesa dar cuenta de las resistencias simbólicas y materiales de quienes reivindican el derecho a la vivienda en Bogotá. La re-lectura en clave antropológica e histórica de ambas situaciones, las dos tan increíbles como impactantes, servirá como armonía para comprender las formas en las cuales los sujetos y las comunidades re-existen y crean re-vueltas, mani-fiesta-acciones para ser en el mundo, pero en particular, para habitar el espacio propio de la vivienda.

Una de las preguntas claves del presente trabajo es ¿cómo interpretar algunas de las formas de resistencia de las comunidades desalojadas de sus viviendas desde mediados de los 90 hasta el presente en Bogotá? Con una intencionalidad más exploratoria y lúdica, para abordar tan complicado y espinoso tema, parto de hacer una interpretación histórica y cultural de La estrategia del Caracol. Posteriormente, hago un breve recuento del caso del barrio Bosques de los Molinos, a partir de fuentes secundarias, concretamente artículos de prensa. Finalmente, recorro de principio a fin lo propuesto, con el fin de sugerir ciertos elementos nodales sobre los procesos de resistencia y lucha por la vivienda en Bogotá. La revisión de bibliografía relacionada permitirá retomar ciertos conceptos claves, especialmente la noción de Zona Autónoma Temporal –ZAT– (Bey, 2009), como modulaciones teóricas que enriquecen las propuestas interpretativas. Primer movimiento (pianísimo) Colchones, muebles, niños, mujeres, policías, camiones, armarios: un caótico escenario en el cual los ocupantes de una casa son desalojados. Es la primera escena, también hubiera podido ser la última, pero el relato se estructura en una analepsis donde Gustavo Calle Isaza – desalojado, culebrero y paisa–, relata lo que denomina como la “legendaria gesta del desalojo de la casa Uribe”. Lo que él quiere es re-construir una historia, de esas que no entran en la visión pública oficial ni son punto obligado de referencia, pero es 23


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que, a su modo, La estrategia del caracol ha entrado en la Historia del cine colombiano, es decir, ha cruzado la delgada línea y ahora hace parte de aquella historia que algunos escriben con H mayúscula para dotarla de solemnidad y decretar su autoridad temporal. De entrada, el espectador tendrá que dudar si lo relatado por Calle es real o si la película misma está basada en un hecho real. Es un juego de ficciones que tienen mucho de realidad. Sergio Cabrera se inspiró en una noticia de desalojo de una edificación llamada La Casona, en el centro de Bogotá (Bernal, 1999). Haciendo un rastreo archivístico y buscando cual novato cuál había sido la historia que inspiró a Cabrera, encontré una noticia del El Tiempo, edición del 13 de julio de 1973, en donde 20 familias del barrio San Diego (Calle 31 No. 5-31) fueron desalojadas de La Casona, dirigiéndole una carta al alcalde de la época para que respetara sus derechos. Bernal (1999) asegura que el hecho ocurrió en 1975, aunque la noticia salió publicada dos años antes y Cabrera no ha especificado –al menos según mi búsqueda– cuándo, dónde y cómo pasaron los hechos que lo inspiraron. Sin embargo, ¿importa realmente si sucedieron, si es más fantasía que realidad, si existió algo similar? Creo incluso que el mismo intento de desalojo del barrio Bosques de los Molinos podría haber inspirado al director, al fin y al cabo estrategias de caracoles y gentes resistentes también hay en estos bosques y en los cientos de desalojos urbanos. En el largometraje, Calle comienza a relatar con detalle el épico suceso, como buscando que el espectador crea –en el doble sentido de 24

creer y crear– la historia de la casa La Uribe. La narración que sigue es puro rito y mito. De entrada, los ritos del desalojo: lecturas de las disposiciones legales, solicitudes de llamada a la puerta; posteriormente “se decreta el allanamiento”; luego, la batalla para el desalojo de La Pajarera –casa vecina de La Uribe–; finalmente, la muerte de un niño y su velación en la calle. Como cerrando el horizonte de posibilidades para los habitantes del inquilinato, con la confrontación bélica y la muerte en la primera escena, el director se concentra en los peligros del desalojo de la casa La Uribe de quien es dueño el “doctor” Holguín. No obstante, la creatividad emerge ante el peligro cuando Jacinto, un viejo anarquista español y exiliado, le propone a su vecino Romero, intento de abogado leguleyo, la estrategia de irse con todo y casa a otro lugar. “¿Qué ganamos con hacer lo que usted dice?” le pregunta Romero al viejo, “Nuestra dignidad Romero”, contesta Jacinto vehementemente. Como veremos, ahí está pues uno de los motores de las resistencias por la vivienda: la dignidad.v

Imagen 1. Jacinto explicándole a Romero su estrategia. Fuente: http://airenuestro.files.wordpress.com/2015/02/cabrera_caracol2.jpg


< John Edison Sabogal Venegas >

Lo que sigue es convencer, discutir, seducir, planear y re-crear. No faltan las oposiciones y el guion se presta, en ocasiones, como consigna. “Esa es una solución poco ortodoxa porque corresponde a una posición de clase pequeño burguesa de clara tendencia anarquista y porque además es individualista y no contribuye al proceso”, decía uno de los habitantes del inquilinato (Cabrera, 1993). La lucha de clases es un tópico semi-explícito en la película, el gran potentado que mueve el aparato estatal para sus propios intereses y las clases populares que se filtran en las grietas del sistema. Como lo sostiene Beuf (2012), hay una producción de lugares «desde arriba» en espacios tradicionalmente producidos «desde abajo», una lucha entre el supuesto omnipresente Estado y las acciones locales desde abajo. Y luego, quizás uno de los momentos antropológicos más interesantes, el intento de convencer a la señora Trinidad, la ocupante más antigua, quien al consultar con las ánimas del purgatorio se le aparece La Virgen. “¿Por qué?”, preguntan todos. “Sólo una mancha”, “designio divino”, “señal del destino”, contestan algunos. “Para joderlos” dirá Romero, “para probar el aparato” contesta Jacinto siempre más sabio (Cabrera, 1993). Finalmente, aparece para convencer a la señora Trinidad, la Santísima, pues al fin y al cabo es la ungida por el milagro –bonito juego de palabras y sentidos–. La aparición es todo un suceso que los reúne, los esperanza y los ilumina como un reflejo de la cercana y extraña relación entre religión y resistencia política (Flores Galindo, 1989; Varese, 2006); como una síntesis comprensiva de lo po-

pular colombiano, el milagro de La Virgen da vitalidad a las clases populares. Dentro de una gran estrategia, las tácticas no se hacen esperar, en su doble condición de ser invenciones de la gente común y de carácter clandestino, como lo sostiene De Certeau (citado en Marino, 2010). Desde las más radicales como las bombas molotov y la dinamita, hasta las más básicas y cotidianas como los espejos en la salida para ver sin ser vistos; incluso, las más creativas, como cambiar la nomenclatura para posponer el desalojo, son todas tácticas colectivas y sugerentes que la película ilustra. Empero, la violencia irrumpe, como también veremos en el caso de Bosques de los Molinos; Romero es golpeado y casi muerto por Mosquera –el abogado del “doctor” Holguín– y sus matones, pierde la consciencia y, al despertar, ha perdido algo de memoria y cordura. De alguna forma, todos han perdido algo de sensatez y es que después de todo ¿ahí no está, pues, parte de la creatividad de las resistencias, en sortear salidas a lo racional o ampliar el espectro de lo irracional? Finalmente, luego de trasladar los muebles, ladrillos, ventanas, puertas a un nuevo lote a las afueras de la ciudad, y ya que la estrategia tiene a la precisión y a la sorpresa como factores claves, según dice Jacinto, es fundamental crear un “espejismo” y cumplir la “promesa” de entregar la casa pintada. Aún con la pintura fresca reza sobre el muro “Ahí tienen su hijueputa casa pintada” mientras desaparece el polvo luego de inmolar la fachada principal, ejemplo épico de la dimensión simbólica de la resistencia (Cabrera, 1993). El juego, la ironía, la sátira hacen parte del arsenal simbólico de la oposición al poder y di25


<resistencias vitales: > Luchas por la vivienda en Bogotá

cha escena, tan recordada y renombrada, lo sintetiza perfectamente. Como último acto, los inquilinos llegan con toda su alegría y sus enseres al nuevo lugar, a emprender una nueva gesta y autoconstruir –como sucede en realidad en las periferias de la ciudad (Marino, 2010)– una casa para todos. Ante la algarabía de los exinquilinos de La Uribe y la preocupación de Romero por seguir la ley, Jacinto sentencia “Falta todo por hacer”.

Segundo movimiento (fortísimo) La segunda historia es más oscura, con movimientos, sonidos y sucesos fortísimos, tal vez menos esperanzadora y utópica, pero igualmente instructiva sobre las resistencias y luchas por la vivienda en Bogotá. En el barrio Bosques de los Molinos viven actualmente cerca de 350 familias –cerca de 1500 personas– y su propietario es la Universidad Sergio Arboleda (Parra, 2016). Sucede que durante buena parte de mi vida, viví cerca a este barrio, pues casi todos los días pasaba por ahí en el bus y veía de lejos, pero con gran curiosidad, esa emergente masa de ladrillos y cemento que se alza en lo que antes era, para mí, un lote abandonado, hace algunos años. Alguna vez entré con unos amigos, con cierto cuidado y buscando conocer las dinámicas del barrio, conversamos con algunas personas y nos contaron que habían comprado los lotes a un precio muy económico. Nos dijeron que habían algunas personas desplazadas y otras que veían allí una posibilidad para tener casa propia: el sueño 26

de muchas familias de escasos recursos. A grandes rasgos, esta situación es una entre muchas que suceden en Bogotá, donde, desde los años cincuenta, han ocurrido procesos de urbanización informal en las periferias; esto, en gran parte, asociado con la llegada de campesinos huyendo de la violencia del conflicto armado (Beuf, 2012; Marino, 2010). Como lo sostiene Zibechi (2008), la lucha por la vivienda en la ciudad es una extensión de la lucha por la tierra en el campo; es la reivindicación de un espacio para vivir y darse sentido en el mundo. Resultó que los predios del barrio que se llamaba Bosque de los Molinos eran propiedad de un “doctor”, como el doctor Holguín de La estrategia del Caracol, quien reclamaba su terreno, vendidos ilegalmente por urbanizadores piratas, una banda llamada “Los Tierreros” (Segura-Álvarez, 2012). El 18 de enero del 2012, después del entramado de disposiciones legales, de notarías, juzgados y abogados, en los cuales se juegan las vidas, las viviendas y las personas, tal como sucede en el largometraje, comenzó el desalojo de los habitantes del barrio. Antimotines, policías, periodistas y curiosos, en tono ritual, se preparaban para sacar a los ocupantes. Lograron demoler noventa casas entre arengas y algunas escaramuzas de los habitantes del barrio por evitar el desalojo (El Espectador, 2012). Los piratas, tan famosos en el siglo XVII, aparecen de múltiples formas en la ciudad también. Como Los Terreros, en acciones rápidas, secretas y esporádicas, se apropian se ciertos espacios en la urbe y comienzan a “lotearlos”, segmentar y vender a precios relativamente eco-


< John Edison Sabogal Venegas >

nómicos. Más adelante, ocurren dos sucesos fundamentales para la creación de barrios irregulares: primero, cada familia, muchas veces con ayuda de las otras, autoconstruye su casa (Marino, 2010); luego, como una de las primeras reivindicaciones colectivas para el reconocimiento político del barrio, está la llegada de servicios públicos (Poupeau, citado en Beuf, 2012). Este fue el proceso que vivió el barrio Bosques de los Molinos, sin embargo, que se vio interrumpido por los intentos de desalojo a principios del año 2012. Según lo informaba la prensa, durante las demoliciones ocurrió un incendio que destruyó ocho casas, algunos dijeron que fueron personas de la comunidad en un intento desesperado por evitar el desalojo (Segura-Álvarez, 2012). Puede ser esta otra estrategia para dignificar la resistencia, para no solo torpedear la expulsión del barrio, sino para ver la casa ardiendo antes que demolida por la infamia. De manera análoga a Gustavo Calle, el culebrero narrador en La estrategia quien llegó de Santa Sofía del Darién expulsado por la violencia, encontré en la prensa el relato de don Absalón Rivas desplazado de Apartadó, quien comentaba: “Yo compré esta casa con todos mis ahorros hace 3 años y ahora nos van a sacar como perros” (Redacción Bogotá, 2012). De igual forma, una mujer entrevistada en televisión comentaba cómo la habían sacado de su vivienda: “Llegaron fue con los de rojo (Gestores de Convivencia) y se metían a las casas y nos empacaban ellos mismo las cosas y pa’ fuera el trasteo ¿ya que más podíamos hacer? Salir” (Redacción Bogotá, 2012). Aquí las estrategias de resistencia son más difusas, menos espectacula-

res y sonoras que en la ficción del largometraje, pero sin duda existieron. Finalmente, no lograron demoler todas las viviendas, pues a los pocos días de haber comenzado el operativo, este se detuvo por orden de la Corte Constitucional (Sentencia T-908) ante más de treinta tutelas interpuestas (Segura-Álvarez, 2012; Semana, 2012), donde se ordenó la reparación de las personas perjudicadas y la reubicación de las familias afectadas por el desalojo (Semana, 2013). En ocasiones, las mismas estrategias legales son utilizadas por los sectores populares para oponerse a la fuerza de los poderosos, en complejas y opacas acciones que aprovechan las fisuras del sistema. Precisamente, recuerdo haber escuchado, el año pasado en Valledupar, en un conjunto de barrios populares llamados como La Margen Derecha, donde algunos compañeros de la Universidad Popular del Cesar acompañan los procesos organizativos, cuando un grupo de mujeres lideresas contaban que, en un intento de desalojo, con los antimotines asechando, habían arrancado las hojas de la constitución política colombiana y las habían pegado en las paredes de sus casas, denunciando el atropello a sus derechos y resistiendo simbólicamente a la violencia policial. Lo legal es, por supuesto, un recurso de la lucha por la vivienda para los sectores populares, mas no es visto de forma convencional: es usado creativa y performativamente también. Tal vez lo más dramático es que, al igual que las luchas por la tierra, las luchas por la vivienda solo se ganan parcialmente: siempre se está en disputa y, en muchos casos, solo temporalmente se conforma –como veremos– una zona 27


<resistencias vitales: > Luchas por la vivienda en Bogotá

de autonomía en contra de la institucionalidad estatal. Precisamente, el caso de Bosques de los Molinos no termina, pues el Consejo de Justicia dio la orden de realizar el desalojo de los lotes a finales de enero del presente año; por ello, cerca de doscientas personas habitantes del sector marcharon entre pancartas, pitos y arengas en el centro de la ciudad en diciembre del 2016 (Bogotá, 2016). La movilización y las marchas, estas manifestaciones públicas de la indignación colectiva, han sido históricamente medios de reivindicación, los cuales, por supuesto, también son medios de resistencia en la defensa del derecho a la vivienda. Ahora, la gesta epopéyica popular de los habitantes de Bosques de los Molinos, nuevamente se juega ante la incertidumbre del desalojo: esa patética salida a la torpeza institucional, donde el despliegue de la fuerza estatal vulnera los entramados y significados vecinales mediante el miedo. Como ante todo poder hay una contraparte de resistencia (Foucault, 1992), veremos seguro las luchas legales, simbólicas, emocionales de los caracoles quijotescos que se enfrentan a los violentos molinos estatales.

Imagen 2. Demolición de las casas en el barrio Bosques de los Molinos. Fuente: http://diarioadn.co/bogot%C3%Al/mi-ciudad/sistema-de-informaci%C3%B3n-para-saber-si-proyectos-de-vivienda-son-piratas-1.21409

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Da capo al fine A esta altura, debo confesar que hubiera querido realizar un par de entrevistas a los habitantes del barrio Bosques de los Molinos, explorar un ejercicio de historia oral, conocer cómo recuerdan el suceso y aventurarme a entender otras formas de resistencia menos explícitas, mas, el tiempo no lo permitió. Quedará, sin embargo, la tarea de complementar los análisis propuestos hasta el momento e involucrar nuevos elementos para poder dar respuesta, quizás no definitiva, a la pregunta que motivó este trabajo. Parto del concepto de Zona Autónoma Temporal –ZAT– propuesto por Hakim Bey (2009), seudónimo del escritor Peter Lamborn Wilson, para entender las dinámicas de estos lugares en disputa. Bey se niega a definir formalmente qué es una ZAT, argumentando que prefiere explorar esa noción que recogería una serie de fenómenos que ocurren y han ocurrido en las sociedades. Una ZAT puede ser entendida como un lugar liberado de las restricciones del Estado, donde una comunidad puede ejercer, de manera temporal, su autonomía ante las evasivas del control institucional. La fuerza fundamental de una ZAT es su invisibilidad, su dificultad para ser percibida por el Estado, así como su dinámica de desregulación y espontaneidad (Bey, 2009). Por ende, sugiero que, en ciertos momentos, tanto el barrio Bosque de los Molinos como la casa La Uribe, principalmente durante la ejecución de la estrategia, fueron genuinas Zonas Autónomas Temporales, puesto que, en un intento consciente o inconsciente, se dieron vida a sí mismas.


< John Edison Sabogal Venegas >

En su lucha contra la injusticia institucional, La estrategia del Caracol y los habitantes del barrio Bosque de los Molinos, así como muchas otras experiencias de reivindicación de derecho a la vivienda en Bogotá, desplegaron una serie de acciones que los dotaron de autonomía de forma transitoria. Aquí se ponían en juego proyectos estratégicos no explícitos (Zibechi, 2008) o invenciones creativas, manifiestas en contra de la hegemonía institucional. Precisamente, el éxito de la resistencia a dichos poderes se encuentra en sorprenderlos, en ser imprevisibles, en ocupar con un estilo creativo espacios en desuso (Rodríguez-Villasante, 2004). Cuando el periodista le pregunta a Gustavo Calle el porqué de sus acciones en La Uribe, él vehementemente le contesta: “¿Cómo pa’ qué? Pa’ la dignidad, pa’ la dignidad nuestra” (Cabrera, 1993). He aquí otro elemento fundamental de las resistencias políticas, simbólicas, colectivas de las luchas por la vivienda: la dignidad. La misma que opera en la épica escena de la eutanasia trágico-cómica (Ramírez & Muñoz, 2007) que doña Eulalia practica a su marido, enfermo agonizante, a quien prefiere otorgarle una muerte digna y sacar volando las plumas de las almohadas de un disparo. Existe, por supuesto, la dimensión simbólica de la resistencia, como vimos, muy de la mano de la religiosa, de una devoción a seres sobre naturales o terrenales, mitificados, la cual da vitalidad a las luchas, incluso en forma de guacas, como la encontrada con accesorios religiosos por una de las inquilinas de la casa La Uribe, que sirvió para financiar parte de la estrategia.

Quedan otros elementos interesantes los cuales vale la pena resaltar. Por un lado, como constante arquetípica en estas reivindicaciones y resistencias, se encuentra la lucha de clases sociales, entre ricos y pobres, dueños y ocupantes; no fortuitamente Jacinto tiene un gran parecido con la icónica figura de Marx. De igual manera, como caracteriza a la ZAT, estas resistencias se basan, muchas veces, en la festividad, la desregulación y la espontaneidad; en un impulso “re-creativo”, en el sentido de inventar o innovar; pero también en el sentido de disfrutar, incluso si se sufre. La situación en la que el padre Fray Luis es seducido con las tentaciones de la carne por Gabriel(a), ilustra bien esa festividad y goce que se configuran incluso en las situaciones más problemáticas. Fundamental es el hecho de que más que entrar en el juego de la violencia, la estrategia es desaparecer (Bey, 2009) –uno podría decir re-aparecer– para mantener la ZAT, como ocurrió en el nuevo asentamiento de los protagonistas de La Estrategia del Caracol. Finalmente, como en toda Zona Autónoma Temporal, las resistencias y luchas por la vivienda se construyen a manera de revueltas, de remover la tierra para crear una nueva existencia y burlar no solo el tiempo sino escapar a la Historia, puesto que, en últimas, retomando las palabras de Bey (2009, p. 18) “Si la Historia es Tiempo – como pretende– entonces la revuelta es un momento que salta por encima del Tiempo, que viola la ley de la Historia”.

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Juliana RamĂ­rez.

Velitas 1(2015).


MARUJA:

Entre el luto y el negocio de la muerte.

Natalia Cuellar BarĂłn Pregrado en AntropologĂ­a universidad nacional de colombia ncuellarb@unal.edu.co


“Esa es la ley de la vida, pero a uno le molesta que le hablen de eso, a mí dígame cualquier cosa, menos que yo me voy a morir, porque así era mi hijo, alma bendita. Él me decía, ‘sumercé es un roble, primero me muero yo’, y vea. Entonces a mí no me gusta, porque son palabras, que bueno, es la realidad de la vida, sí, pero no es permitido, no sé cómo decirlo, llamar a la muerte, porque a uno el día le llega, eso llega como sea, pero llega. Pero como yo no me quiero morir todavía, son 150 años que le pido a Dios. Me faltan 60 todavía”

Resumen:

Palabras clave:

Vida, muerte, flores, madres, negocio.

Maruja es un universo. El universo que ha vivido la experiencia de la muerte de distintas formas. Como mujer, como mamá y como vendedora de flores. Es por esto que, el presente artículo intentará mostrar cómo la muerte permea de distintas maneras la vida; en este caso, cómo se experimenta la cesación de la vida de múltiples formas, desde el universo que es doña Maruja. Una vendedora de flores del cementerio El Apogeo, al sur de Bogotá.


< Natalia cuellar Barón >

La primera vez que vi a doña Maruja, estaba sentada en su banquita, cabello corto, liso, un tinte entre amarillo y café, raíces negras y claro, unas canas, casi muchas, escapándose del intento de disimular el paso del tiempo en el cuerpo. Su puesto, está en la esquina de toda la hilera de las tienditas de flores, junto a la entrada de carros del cementerio. Lleva 12 años trabajando en El Apogeo como vendedora de flores, desde los 20 siendo mamá, y según ella, 90, siendo mujer “A mí, máximo me han puesto 50, 56, de ahí no pasa, gracias a Dios, me están rejuveneciendo. Y eso que me ha tocado luchar mucho”. Y esa lucha es constante, sigue en lucha, en contra de la languidez de la vejez, de su soledad y de la muerte, a pesar que esta sea la coautora de su bolsillo lleno. Maruja la Vendedora Fuera del cementerio, hay caos absoluto, sobre todo un domingo. Doña Maruja me permitió trabajar algunos de estos caóticos días como ‘asistente floral’, así me nombró. La muerte no es vista sino como un negocio, lo imperativo allá es la plata, la sonrisa y el “siga a la orden”. Es una cuestión que doña Maruja espera, sea recíproca, “yo doy amabilidad, tú das la plata; yo las flores, tú el billete; yo las flores, tú el muerto”. Venta de tierra, adornos para la tumba, alquiler de tarros para el agua, mariachis, caravanas y, sobre todo, flores. – No es más sino una buena parla, una mirada fija, hasta que la persona se quede quieta y compre algo. Y una sonrisa, para tener segura la compra-

Son 7 puestos los que están junto al puestico de doña Maruja; es algo así como un negocio entre la vida y la muerte, y ella, más cerca de la muerte que de la vida, se reconoce y se ve vieja, pero vital. Un cúmulo de años que se manifiestan en las arrugas, pero que no la limitan para seguir luchando. Trabaja desde las 7 de la mañana hasta las 5 de la tarde, todos los días, sin excepción. Cuando llueve se abriga, cuando hace sol lo agradece. Va a Paloquemao, compra las flores, las arregla, las corta con firmeza, les pone la chuspa1, las clasifica según los precios y las ubica en su respectivo balde. Barre, saca la basura, lava los baldes y si alcanza, almuerza tranquila, todo esto, sin compañía alguna, con una autosuficiencia increíble, a pesar del peso de la edad. Así se han ido los últimos 12 años. – No me cruce los brazos, porque eso me quita las ventas.

El domingo anterior al día de las madres las flores que más vendimos fueron las Astromelias, a doce mil pesos. Cuenta doña Maruja que a quien se le da estas flores, se le está ofrendando su corazón. Ofrecíamos claveles, pero muchos los rechazaban; los pompones de todos los colores, se vendían de una forma asombrosa; las rosas por unidad, a mil pesos; los girasoles eran los menos pedidos y los arreglos florales eran muy demandados. Almorcé cuán rápido pude y seguí vendiendo, dejé de cruzar los brazos, y el “siga a la orden” y sonrisas, a veces falsas, me permitieron vender aproximadamente 15 ramos y 1. Bolsa donde se entrega el ramo de flores.

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<MARUJA:> Entre el luto y el negocio de la muerte.

10 rosas. Fui muy torpe, no me aprendí bien los precios y la última venta la hice mal, la vendí a 3 mil y valía 5 mil, ese dinero lo repuse. Dentro de todo este caos, doña Maruja se comportó de una forma hostil, no solo conmigo, con los clientes también y es entendible porque el desorden natural con el que viene el domingo, es asombroso. Visto este como el día de máxima peregrinación al lugar en el que la vida ofrenda la muerte. Llegaba gente llorando, con cara de odio contra un todo, con ganas de enterrarse con el que está allá, un deseo que comunicaban; otros, con la alegría de visitar a quien se quiere y no se olvida. Todos compartiendo el sentimiento de rechazar el olvido y querer darle vida al muerto, así sea agradeciéndole. Doña Maruja no tiene flores favoritas, de hecho, no son de su agrado, representan solo una forma de ganarse la vida. La vida que se gana, auspiciada por la muerte, por el tributo a la Santa Muerte, un tradición Mexicana que rinde culto al que ya no está, al que se fue, pero sigue vivo porque el olvido no ha hecho de las suyas. El olor a flor de cementerio no se olvida tan fácil, la flor de cementerio huele muy distinto a una de campo “Huele a muerte, porque es el muerto el que le da ese olor, no ve que la flor se marchita porque absorbe toda la energía mala que tiene el muerto”, decía doña Maruja, con un poco de molestia, porque “Cuando se trabaja, no se habla”. Maruja: La mujer, convertida en madre De los 8 puestos de flores que están ubicados en el cementerio, el único que no ofrece arre36

glos florales es el de doña Maruja. Eso representa pérdidas monetarias, de hecho, considerables, porque son muy pedidos. Pero más allá de la plata y su significado en la vida, está el trabajo, casi minucioso, que implica hacer estos arreglos y eso justamente, es lo que generó que ella dejara de hacerlos. Olvidar que duele es algo que a doña Maruja le cuesta. Madre de 3 hijos; Sandra, la ingrata; Ángel, el que vive con ella, y Ricardo, el ausente, – Yo lo siento aquí (señalándose el corazón) cada vez que vengo a trabajar. Por eso es que no dejo esto, mis hijos me dicen que me vaya con ellos, pero no, no quiero, porque al fin y al cabo terminaría en la casa, y me quedo es a pensar cosas. En cambio acá estoy cerquita de mi hijo, todo esto me lo recuerda. Es una cosa que no he superado (en ese instante doña Maruja ya tenía 2 lágrimas a punto de caer, una de cada ojo).

Ricardo murió en el 2013, víctima de un accidente automovilístico. Era el que le ayudaba a hacer los arreglos, el que la acompañaba a Paloquemao y la “soportaba”, sobre todo los domingos. Los arreglos eran su especialidad, y cada vez que doña Maruja intentó hacerlos, después de su muerte, sentía que “con cada flor que le ponía, era como una punzada en el corazón”. A ella, el dolor y la ausencia del que se quiere la ha hecho más poética, más entendida y, de hecho, más agradecida, pero agradecida con quien ya no está. Apenas menciona a su hijo, se le aguan los ojos, le tiembla la voz, suspira, y con orgullo y tristeza cuenta el infinito amor que su hijo profesaba hacia “la mami más linda que el mundo le dio” porque así lo decía su hijo, el favorito, el cómplice, el menos in-


< Natalia cuellar Barón >

grato, el más agradecido, el que más ‘chocheras’ se aguantaba. Los otros son solo hijos. “Mi niño era mi amigo y el que me aguantaba. Ricardo me podía ver en estas fachas (señalando su falda de lana rota y sus pantuflas percudidas por la tierra) y me decía ‘Mami, usted siempre se va a ver bonita, no ve que es la mamá más bonita que mi Dios me pudo haber dado’; en cambio Ángel, mi otro hijo, me dice ‘Uy no mamá, arréglese esas fachas, ¿No le da pena?’ ” “Es algo muy duro, pasó hace 3 años, pero para mí es como si hubiese sido ayer”. Es justamente el dolor el que se manifiesta cuando hay ausencia, cuando se quiere y, por lo tanto, no se olvida, porque el olvido es insano para el cariño, para el agradecimiento. La pérdida de memoria, en los asuntos de querer, es nociva para el muerto. Es nociva, porque nosotros, los vivos, le damos vida al muerto, recordándolo. A pesar de que lo que nos resta de vida, se va acercando más a la muerte. El tiempo para doña Maruja es concebido como las flores que están inmersas en su ciclo biológico y que terminan marchitándose. Pero el dolor que la ausencia ha generado, el sentimiento de madre, el recuerdo, sigue ahí, con la misma intensidad, con el mismo dolor, y con el mismo deseo de que lo muerto recobre la vida, o mejor aún, que nunca haya estado muerto. Es increíble la facilidad que tiene ella para llorar, justamente, cuando de la nada menciona a su hijo y es que cada flor se lo recuerda. Olvidar va a ser casi imposible, pero no un olvido absoluto, más bien, un recuerdo sin dolor, pues Ricardo está enterrado ahí, en su lugar de trabajo por 12 años, en su recinto para “disipar la pena”

desde hace 3. Más motivos para recordarle, trabajando para la muerte, intentando vivir, intentando recordar. – Ojo le barro los pies. – No, tranquila, si quiere bárramelos. – Aceptamos el cambio. No, no señora, deme permiso, no diga eso.

“La vejez no llega sola” con ella, la soledad y el cansancio físico, los cuales abruman el alma, opacan la energía, en la que los años de lucidez y viveza solo se vuelven recuerdos. Justamente, la soledad es lo que más golpea a doña Maruja, por eso, el mal augurio de barrer los pies, por eso, es insistente en tener hijos, pero “hijos que lo quieran a uno, que se acuerden, que no sean solo para pedirle plata. Porque al fin y al cabo, uno para quién gana plata, para quién trabaja, sino es para los hijos. Así que niña, consígase un buen pincel y haga un niño o niña, bien bonito, eso sí, de buen corazón, no se va a meter con cualquier caribonito, no.”. Se casó a los 18 años con el padre de sus 3 hijos, único esposo, pero no su primer amor, “más que amor, era costumbre”. Separada desde los 25, no legalmente, por cuestiones de repartición de bienes. Víctima afortunada de la infidelidad, un motivo suficiente para darle fin a un matrimonio arreglado, forzado por sus padres. Maruja se prometió a sí misma que apenas murieran ellos, se separaría, y así fue. Ahora, separada y con la ausencia de un hijo, no se autoproclama vieja en su totalidad, solo “los años y las canas, porque si me lo creo del todo, ahí sí que no voy a poder hacer nada” Con cierto humor, reco37


<MARUJA:> Entre el luto y el negocio de la muerte.

noce que está vieja, se define como Soposeña, desde hace 90 años, pero aparenta unos 60 o 65. Quizá solo sea su forma para reírse de las etiquetas que se le ponen a la vida, las que nos limitan y nos dicen qué hacer y en qué momento. Pero doña Maruja rompe esos esquemas, sigue viva, y da vida, le da vida a su hijo, le da vida a su puesto de trabajo. Le da vida, a la vida misma. Bebe su traguito de Whisky todas las mañanas, antes de irse a trabajar, porque hubo un tiempo de su vida que bebía mucho. Escucha sus buenas canciones de vallenato, merengue y hasta música popular, pero “Música de locos, no”. – Yo veo una botellita de Whisky, y qué alegría, así no me la pueda acabar en el día. Dar gracias a Dios, que todavía le da a uno ese valor de seguir disfrutando la vida.

La presencia del tiempo en nuestra vida, no es más que las huellas que deja vivir, las huellas que avisan que uno está más cerca de la muerte, mientras más vida se vaya consigo. Y mientras más vida haya, más proximidad a la muerte también. Aunque ni la vida ni la muerte se puedan cuantificar, ambas se sienten, con distinta intensidad, en distintos universos ¡Vaya juego de la vida, vaya morir instantáneo, vaya fugacidad de la existencia! Y es que la muerte no avisa, la muerte llega y se va todo. Uno solo se queda con la muerte, y bueno, los otros se quedan con la vida, con lo que uno dejó de ella, los recuerdos. Maruja es un mundo, por qué no, un Universo. Que ha sido permeado por la experiencia de la muerte, de múltiples formas. Como mujer, como mamá y como vendedora. Porque la muerte, definida por el diccionario de la lengua 38

española (RAE, s.f.) como el término o cesación de la vida, no actúa en el mismo universo o en universos compartidos, de manera homogénea. Es decir, aunque sea percibida como una tragedia, para experiencias como la de doña Maruja, la cesación de la vida, tiene algo de fortuna. Maruja, somos todos nosotros, tan próximos a la muerte, tan expuestos a la fragilidad de la vida. La vendedora, la madre, la mujer con décadas encima, la que no olvida, la cómplice de la muerte, la que llora por los estragos que esta ha tenido sobre su vida, y, sin embargo, trabaja por y para ella. La que se resiste a la fragilidad de los vínculos humanos y de la vida misma, la que perpetuó su luto dedicándose a vender flores. Vista esta labor, como un negocio que le ayuda a purgar la tristeza de no ejercer completamente el rol de madre. De ser una mujer condenada próximamente al ocaso de la vida. De ser ella, de ser nosotros, atravesados por las terribles y sublimes dicotomías de la existencia, las dicotomías que apremian y aquejan al tiempo. Vida y muerte, una dentro de la otra, dos etapas juntas, pero separadas. Nosotros, tan vivos, tan vitales, tan sumidos en el deber de existir, tan inmersos en la proximidad de la muerte, huyendo en la fugacidad de la vida. Vender flores, para darle vida al que la memoria no olvida, para agradecer, para perdonar, para gozar de la ausencia, para acompañar la ida. Porque el color que la carne pierde, se lo dan las flores; se lo da doña Maruja a su hijo, se lo da la vida a la muerte. Y en ocasiones, termina dándoselo la muerte a la vida, porque si no existiese la muerte ¿Viviríamos de la misma forma?


< Natalia cuellar Barón >

referencias Real Academia Española (RAE). (s.f.). Muerte. En: Diccionario de la Lengua Española (DLE). Recuperado de: http://dle.rae.es/?id=Q0MaZUb

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<MARUJA:> Entre el luto y el negocio de la muerte.

Juliana RamĂ­rez.

Velitas 3 (2016).

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César Leonel Correa Bermúdez Pregrado en Sociología universidad nacional de colombia clcorreab@unal.edu.co


Resumen:

Palabras clave:

estudiante, bicicleta, Suacha, Universidad Nacional de Colombia, viaje.

Este texto corresponde a la descripción etnográfica de uno de los tantos viajes que cotidianamente hacen los estudiantes para llegar a la Universidad Nacional de Colombia, sede Bogotá. Por consiguiente, se enfoca en un modo de viajar, un sujeto y un día específico: el viaje en bicicleta de C el 5 de septiembre de 2016. Asimismo, está construido de acuerdo con la categoría de etnografía multilocal (Marcus, 2001) y al método de la observación participante móvil multilocalizada (Jirón, 2012).


< Cesar Leonel Correa Bermúdez >

C tiene veinticuatro años de edad, nació en un pequeño pueblo del sur de Cundinamarca llamado Venecia, es estudiante de octavo semestre de sociología en la Universidad Nacional de Colombia y actualmente vive solo en un apartamento de un conjunto residencial del barrio San Mateo, Suacha. El 5 de septiembre de 2016, dado que tenía una clase a las 7 am, se levantó a las 4:00 am; se bañó, se vistió y finalmente hizo el desayuno. Hacia las 5:30 am, luego de ponerse un casco y un tapabocas, bajó su bicicleta desde el cuarto piso donde está ubicado el apartamento donde vive, y empezó a pedalear. En medio de la fría y aún grisácea mañana, tenía como primer objetivo “salir” a la Autopista Sur. Por lo que, estando aún dentro del barrio San Mateo, comenzó a eludir velozmente charcos, perros, personas, motos, otras bicicletas, buses, carros, bici-taxis. “Así me pasa siempre. Y todo porqué, porque aquí en Suacha no hay ciclovías, hay mucho desorden y a esta hora es mucha la gente que está saliendo a trabajar o a estudiar, como yo” (Comunicación personal, 05 de septiembre de 2016). Cuando llegó a la Autopista Sur, le fue imposible usarla, debido al trancón que había, entonces, decidió “darle derecho” por un andén paralelo a esta, hasta alcanzar su segundo objetivo, la Avenida 68. Tal andén le significó a C una disminución significativa de la velocidad, pues, además de tener bastantes altibajos, estaba atiborrado de obstáculos: basura, personas apresuradas o esperando bus, niños y jóvenes que iban a estudiar, bolardos, huecos, postes de luz, señalizaciones, ventas ambulantes, talleres improvisados para reparar bicicletas, más

carros, más ciclistas, más buses y más bici-taxis. En este momento, el comportamiento de C cambió drásticamente. Su cuerpo, que estaba relajado, se contrajo y se hizo rígido; su respiración, que era pausada, se aceleró; sus manos dejaron de coger con suavidad el manubrio y se sirvieron con más frecuencia de los frenos; su cabeza, que hacia solo un momento se movía con suavidad, empezó a moverse frenéticamente hacia los costados; sus piernas, que tenían movimientos relativamente regulares, ahora se alternaban velozmente entre movimientos lentos y rápidos. Y aún más, surgió en él, el temor y la angustia. No había duda, C estaba enfrascado en una lucha por el espacio. A causa de que había tantos sujetos apresurados en un área tan reducida, tenía la obligación de defender su espacio y atacar el de los demás; más, a su vez, debía respetar unas reglas latentes: conservar su derecha, no chocar ni dejarse chocar, desplazarse principalmente en línea recta, dar uso a cualquier lugar vacío. En sus palabras, había que “andar en la juega”, “no dormirse”, “estar mosca”. C supo –me contó– que estaba cerca de su segundo objetivo, esto es, de la Avenida 68, por tres motivos. Primero, los olores nauseabundos del Rio Tunjuelo y el Frigorífico Guadalupe. Segundo, los grandes contenedores de aluminio y el incómodo olor a manteca quemada que hay en la intersección entre la Autopista Sur y la Av. Boyacá. Tercero, la publicidad y el inconfundible color blanco del Alkosto de la 68. Luego de haber llegado a la Autopista Sur con Avenida 68, y estando cerca de las 6:00 am, C se trazó su tercer objetivo, alcanzar la 43


<siguiendo a un ciclista Matutino una etnografía multi-localizada>

Avenida 68 con Transversal 53. Lograr esto le fue un poco menos difícil, ya que se sirvió de vías secundarias y, por tanto, muy poco transitadas. Su comportamiento distendido, regresó. Tanto así, que pudo “soltarse de manos” y “pasarse uno que otro semáforo en rojo”. No obstante, su espalda, que ya estaba bastante sudada, empezó a dolerle por el peso de la maleta y la tensión padecida. Cuando eran un poco más de las 6:00 am, C se encontraba ya en la Avenida 68 con Transversal 53. Se detuvo en el inicio de una ciclovía a beber un poco de agua, a quitarse el saco que se había puesto para evitar el frio de la madrugada, y a alentarse a sí mismo para conseguir su cuarto y último objetivo, la Universidad Nacional de Colombia, sede Bogotá: “Como aquí para allá sí hay ciclovía de verdad, puedo volear zapato en forma, todo lo que quiera, a lo que me marca” (CP, 05 de sept. de 2016). Y Así lo hizo. Se levantó del sillín, inclinó su tronco y movió sus piernas con toda la fuerza que podía. A esa hora la cantidad de personas que utilizaban la ciclovía, era mínima. Los obstáculos, principalmente carros y charcos, surgían solo esporádicamente. Pero esto duró poco. Pues llegó a la glorieta de la Calle 3 con Carrera 50 en Puente Aranda. Una vez más, tuvo que disputar el espacio con carros, motos y otros ciclistas. Salió avante, gracias a que mantuvo una baja velocidad y a que anticipó los movimientos de los otros. No obstante, en cuanto estuvo fuera, los carros, con su velocidad, su tamaño y sus pitos, le ostentaron su poder y lo relegaron a la periferia de la carretera. Entre la ira y el temor, tuvo que conservar la derecha y seguir junto al andén. 44

De esa manera, siguió avanzando a lo largo de la Carrera 39 hasta llegar a la Calle 19. Allí, aún le quedaba por superar un último obstáculo, una calle destapada, con indigentes e inundada de huecos y basura. Aceleró, aceleró y fingió no mirar a nadie. ¡Ya!. Lo había logrado. Tres curvas más y estuvo sobre la Avenida 26 frente a su último objetivo. Se bajó de la bicicleta y cruzó el puente. Jadeaba. El sudor rodaba a goterones por su cabeza, mientras su espalda ardía en húmedo calor. Eran las 6:38 am. La mañana azul despuntaba fulgurante en el horizonte: Sí, es difícil, pero a mí me gusta, porque así llegó activado a estudiar. Ahorita, estiro un poco y me cambio esta camiseta mojada por otra, y listo. Ya estuvo. Y en la tarde, devolverme. Pero, como dicen en el barrio, “eso no son penas”, y menos para mí, que desde muy pequeño he practicado distintos deportes y sé lo que es trabajar en el campo (CP, 05 de sept. de 2016). Así termina la descripción etnográfica de uno de los tantos viajes que hacen, cotidianamente, los estudiantes para llegar a la Universidad Nacional de Colombia, sede Bogotá. Aunque existen regularidades; hay, creo, tantos viajes y modos de viajar, como viajeros. El caso de C es solo uno más. Pero, desde luego, uno del que espero hayan surgido encuentros y desencuentros.


< Cesar Leonel Correa Bermúdez >

referencias Jirón, P. (2012). Transformándome en la “sombra”. Bifurcaciones. Revista de Estudios Culturales Urbanos, (10), 1-14. Marcus, E. G. (2001). Etnografía en/del sistema mundo. El surgimiento de la etnografía multilocal. Alteridades, 11(22), 111-127.

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Ă ngela Alvarado.

Fieles difuntos (2016).


INSOMNIO

Juan Pablo Parra Pregrado de Derecho universidad nacional de colombia jpparrae@unal.edu.co


A mi Padre que estรก jodido. A Nicolรกs, Sergio, David Felipe y Juana, la nueva generaciรณn.


<Juan Pablo Parra>

Es una noche cualquiera, he vivido cientos de estas, las estrellas luchan por un pedazo de cielo y la luna callada termina su metamorfosis. El silencio es casi total, pero, de vez en cuando, llegan hasta el cuarto ruidos de algunos transeúntes tardíos o de un gato loco que no sabe que es hora de dormir. Estoy acostado en una cama ordinaria, lisa, de madera barata, con tablas uniformes y sin espacios. Poco puedo decir del lugar que me permita explicar lo que sucede. No hay paredes movedizas, ni monstruos en el armario, no existe cosa tal como un cadáver bajo el tablado. Simplemente no hay nada en el cuarto que lo distinga de cualquier otro de su tipo. Por mi parte, y lo digo con algo de alivio, soy tan común y habitual que pocos se fijan en mí cuando paso por su lado. Pero tras la aparente calma en la penumbra, justo detrás de la fachada pintada de negro y las luces que alumbran su portón infinito, me encuentro en un laberinto uniforme, sin comisuras ni recalzos, un espiral concéntrico que se expande como las vibraciones del agua, y no me da descanso. Es una noche cualquiera, pero no puedo dormir. En noches como esta, mi mente se concentra en pequeños detalles: leves sonidos, sombras dispares; formas en la penumbra. Cada segundo busco un nuevo detalle que me permita recordar que estoy vivo y no soy otro mueble venido a menos. Una gota de sudor se desliza lentamente por mi cabeza, se desborda desde el vértice de mi cuerpo y siento cómo bordea las raíces de mi pelo para rebozarse por mi nuca y dibujar las formas de mi cuerpo hasta desaparecer. Desde la gran avenida entra una co-

lumna incandescente, clara y casi tangible de luz amarilla, se filtra a través de los huecos de la cortina y se vierte sobre la pared formando un charco. Un cuerpo de agua que resplandece como el Dorado. En noches buenas, he soñado que la laguna se desborda y sumerge todo mi cuarto. Siento el agua helada que rodea mi cuerpo y, como Atlas, cargo el peso de un mundo sobre mis hombros; un peso que casi hace explotar mis oídos. En el sueño nado hasta la superficie a través de un reino subacuático de cavernas y cuevas donde habitan grandes serpientes. Al tocar la superficie me precede un ritual sagrado con tambores y oro. En mi cuerpo siento la deidad, la luz, el poder, la sensualidad de una diosa que despierta. Cuando los tambores redoblan, justo antes de que la balsa llegue al centro de la laguna, despierto. Pero hoy no es una buena noche. Hoy no he tenido sueños, hoy no puedo dormir. Me paro con un único movimiento que manda las cobijas al suelo. Al acercarme a la puerta, el ronquido metálico que llega del pasillo –antes imperceptible– se hace más fuerte. Al abrir, el ronroneo ya hace parte del ambiente. Bajo las escaleras, sintiendo el frío de la baldosa en mis pies y observando la luz amarilla que entra por la pequeña ventana de la pared frontal para posarse sobre la puerta de cuarto de mi padre. Al atravesar la cocina, un líquido frío en mis pies me advierte del peligro. Camino con pasos cortos, agarrado de las cornisas hasta llegar a la puerta del patio trasero. El frío de la noche me recibe con regocijo. La luz de la avenida no atraviesa las paredes de ladrillo y arena de la casa. Camino a oscuras hasta 49


<INSOMNIO>

el lavadero de piedra lisa incrustado en la pared al fondo del patio. Observo mi reflejo en la superficie de aguas sosegadas y tristes de la alberca, busco en mis ojos el reflejo de un joven que se mira en el agua. Sumerjo mi cabeza en el agua sin pensarlo dos veces. Siento el estado de quietud bajo el agua, solo ese vacío denso y duro de mis pensamientos. Al sacarla vuelvo a respirar, mis pulmones se expanden y se llenan de aire frío. El agua comienza a bajar por mi cabeza calmando mi mente febril. La superficie del agua se mueve deformándose con gracia, sin romper su pared superior, choca contra las paredes de piedra. Una gota de agua se desborda por el muro exterior y recorre la pared, rodeando las uniones de las rocas hasta desaparecer en la oscuridad. Entonces, me doy cuenta: son los recuerdos. Son los recuerdos los que desbordan mi cabeza y se vierten por mi cuerpo. Memorias de ruidos, olores y sensaciones muertas que rebosan mi espectro y no me dejan dormir. El hombre se precipitó escaleras arriba. Sus manos se debatían entre limpiar las lágrimas en su rostro y las barandas laterales que buscaban evitar una larga caída. En la puerta del último apartamento a la derecha, se escuchó un solo golpe. Cuando Diana abrió, presintiendo lo que encontraría, su esposo estaba limpiándose la cara con las mangas de la camisa. Tenía porte de gladiador, mas, en aquella ocasión, bajo el umbral del apartamento 501, parecía más un pequeño niño llorando por perder a su madre. — ¿Volvió a pasar verdad? 50

Nicolás no respondió. La miró a los ojos, buscando algo de comprensión. Siempre había amado aquellos ojos negro profundo, que, con su gravedad, no dejaban escapar el más mínimo detalle, y que lo habían atrapado a él aquella mañana ya lejana, en una plaza con olor a romero. Pero al ver esa mirada, fría y monótona, como las planicies polares, Nicolás comprendió que la fuerza del Destino y de la Muerte, que no es más que el destino común, era impajaritable. — ¿Me dejas pasar? –preguntó–. — No soy yo la que te va a sacar corriendo de aquí, Nicolás –La respuesta era definitiva–. Cuando te saquen, nos vamos los tres.

Algunos juguetes de colores contrastaban con la alfombra ennegrecida que cubría la sala. El comedor era redondo y con cuatro puestos. Una de las sillas estaba fuera de lugar y frente a ella había algunos papeles regados. Nicolás se sentó y observó las facturas en la mesa: números superpuestos sobre propagandas y valores señalados con rojo. Y como aquella tarde, al ver entrar a su oficina a aquel hombre con bigote, sonrisa y gafas de sol, Nicolás supo, por su ascendencia de prestidigitadores, que el silencio que lo rodeaba solo era el anuncio de los tambores que llaman a la contienda. Una leve corriente de aire se colaba por la ventana de la sala. — ¿Aceptaste? Nicolás la miró a la cara, con los ojos fijos, tal como aquella tarde en su oficina miró al hombre mientras decía: No. — ¿Cómo vamos a pagar todo lo que debemos?


<Juan Pablo Parra>

–Preguntó Diana apretando los músculos del cuello– ¡Nicolás! Hoy vienen por lo del arriendo, don Héctor nos va a sacar si no le pagamos. — ¿Qué quieres que haga? –Nicolás hizo una pausa, comenzaba a sentir que los ojos negro azabache le quemaban–. Te dije que si los estoy investigando es porque algo está pasando. — ¿Dime con qué le vas a dar de comer a tu hijo? –Gritó Diana, perdiendo el control–. No podemos darle un café y mandarlo a dormir temprano toda la vida. — ¿Y si se dan cuenta qué? Me meten a la cárcel. ¿Quién va cuidar a nuestro hijo cuando tú te mueras? –Nicolás enmudeció al darse cuenta de lo que decía.

En qué punto aquella discusión repetitiva se había salido de control. Era claro que él nunca iba a aceptar el dinero y ella estaba orgullosa de eso. Aquellos pleitos cíclicos solo eran una forma de liberar el estrés, de limpiarse y recordar cuán dura era la realidad. Aquel día, él se sentía extenuado, abrumado por los problemas y las obligaciones, sometido por el todopoderoso compromiso de la sangre. Entonces, cansado de aquella vida de rectitud y sacrificio, continúo:

Los ánimos comenzaban a calmarse, Nicolás tomó la mano de Diana y entrelazo sus dedos. Ella lo miró desconfiada y retiró la mano en un intento inútil por no amarlo tanto. Ambos pensaban en lo mismo: aquella primera noche juntos en que, locos de amor, al mirar el cielo y verlo lleno planetas anillados, pensaron que habían viajado como la esperma a través del universo y ahora estaban en una galaxia distante. — Yo no puedo hacerlo. –Susurró Nicolás bajando la mirada–. Aquellos ojos negros eran insoportables, cuántos hombres habían enloquecido por verlos una vez más. — Entonces, dime, ¿qué vamos a hacer? ¿Comer mierda?

— ¿Solo eso te importa? La plata ¿Quieres que nuestros hijos estén en la calle porque tú quieres plata? –Su tono era frío y cargado de dolor–.

Los golpes de la puerta se mezclaron con los sonidos de las últimas letras. La pareja se miró, se secaron las lágrimas y se arreglaron la ropa precipitadamente; como dos adolescentes enamorados que son descubiertos. Diana caminó hasta la puerta y abrió. Nicolás escuchó algunas palabras en un tono bajo, su mujer lo miró de reojo y desapareció tras el muro que escondía la puerta, los murmullos fueron más bajos por unos segundos, luego Diana reapareció cargando un pequeño niño.

— Pues si no tienes plata hoy, esta noche dormimos en la calle. -Gruñó Diana-.

— Te ayudo. –Dijo Nicolás acercándose para recibir a su hijo–.

La respuesta era tan lógica que resultaba difícil no suponerla. Ambos sabían que habían llegado a un callejón sin salida, así que guardaron silencio.

En su mente, sin darse cuenta, sin poder evitarlo, se reprodujo aquel instante que lo hizo renacer: la mujer que lo acompañaría el resto de su vida, pero que aún no lo sabía, le entre51


<INSOMNIO>

gaba ese pequeño bulto rojo y casi impávido en una sala de hospital, mientras los médicos hablaban y una enfermera trataba de tomar al niño. Sin embargo, Nicolás, atrapado por el negro intenso de los ojos de su hijo, se negaba a dárselo. Entonces lo entendió: nunca más podría amar a alguien como lo hacía en ese momento. Mientras su cuerpo entendía su destino final y su estómago estallaba como un volcán, mientras sus piernas temblaban como la tierra, supo que ahora haría todo lo que fuera necesario para protegerlo, nunca algo que pudiera dañarlo. Entendió que soportaría cualquier afrenta sin guardar rencor, que se humillaría sin redención, y que aquello que se gestó de locura prematura era suyo para siempre. Entonces, con un susurro que solo él podría entender, dijo, por primera vez, aquella palabra que le quitaría el sueño el resto de su vida: Hijo. Antes de cerrar la puerta, Nicolás se acercó a la mujer que traía al niño: — Gracias –hizo una pausa, luego continúo–, yo sé que le estamos debiendo dos meses… le prometo…

— Debí haberme casado con esa mujer, al menos ella le da un techo y comida a mi hijo. –Comentó Diana con ese tono duro tan suyo–.

Nicolás no respondió. Caminó sin decir una palabra en dirección al cuarto junto a la sala, arrullando a su hijo y besándole la cabeza sudada. Lo depositó en su cama con mantas de perros y se quedó observándolo. Diana se acercó a Nicolás y lo abrazó por la espalda, apretando con sus brazos como si se tratara de una pelea de box. — Es mejor que apaguemos todo y nos durmamos ya, Nico. Que piensen que no hay nadie. — Ponle todas las trancas a la puerta. –Respondió Nicolás–. Cuando Diana estuvo de vuelta se besaron y se acostaron junto a su hijo, dejándolo en el centro y formando un triángulo de amor y perseverancia. —Si acepto el dinero nunca podré volver a dormir –dijo Nicolás–. No me pidas vivir la siguiente mitad de mi vida en la oscuridad. Sabes lo mucho que le temo. —No te preocupes, en la noche podemos hacer otra cosa –respondió Diana sonriente–. Pero ahora duérmete, no quiero que despiertes al niño.

La canosa mujer interrumpió. — No me dé las gracias, págueme lo que me debe –hizo una pausa para acariciar la cabeza del niño–. No se preocupe por el niño, ¿cómo cree que voy a sacar a este angelito a la calle? Nicolás, hágame caso, tiene que cambiar de trabajo. Hágalo por su familia. Es lo mejor, créame. Aquella conversación también era un ciclo, el hombre con el niño en brazos no respondió. La mujer mirando todavía al niño se alejó sin despedirse.

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Sentado en la escalera del patio, con la cabeza helada por el viento que corría de las montañas, traté de entender lo ridículo de la vida: papá nunca aceptó el dinero, eso le costó su trabajo y que nos sacaran del lugar en el que vivíamos. Creo que siempre ha estado orgulloso de su decisión pero eso no le ayuda a afrontar el presente. Mamá murió por la enfermedad, y como lo prometió el día en que fueron a contar al Abuelo Jaime que se casaban, nunca dejó a


<Juan Pablo Parra>

Papá y lo acompañó en las buenas y en las malas, con su amor duro y sus frases de militar. Lo irónico de todo esto es que ahora Papá no duerme en las noches, extraña demasiado a Mamá. En esta casa nada duerme en las noches. Es lo mejor, hace ya más de un año a Papá le diagnosticaron apnea del sueño. Los doctores dicen que los pliegues de su garganta bloquean el paso del aire cuando su cuerpo toma posiciones horizontales. Yo simplemente creo que, en los sueños profundos, mi padre olvida respirar y siempre que duerme existe el riesgo de que muera ahogado. ¿Qué sueña un hombre para que se olvide de respirar? Acaso sueña que es un gran pez en lo profundo del río, tal vez sueña que es un ser de otro planeta sin pulmones, o quizás, como una vez me lo dijo, recuerda aquella primera vez que vio a Mamá; “una mujer que te dejaba sin aire”, comentó Papá con esa voz que nadie le entiende. Cuando la enfermedad comenzó, recuerdo los ataques de papá en medio de la noche, respiraba con la fuerza de un toro malherido. Mientras yo trataba de llamar en busca de ayuda, miraba sus ojos y veía el desespero de un hombre que más que preocupado por su vida, no soportaba la idea de dejarme solo. Luego llegaron los días eternos. No puedes vivir sin dormir, un hombre sin sueños es un muerto vivo, un ente que camina sin rumbo, sin descanso día y noche, noche y día, hasta que el mundo se vuelve gris. En las noches, solía sentarse solo a jugar ajedrez y me contaba historias sobre su infancia. Luego, cuando yo caía rendido, él caminaba por la casa esperando algo que nunca llegó. Pedimos un préstamo para sortear el trata-

miento médico y arrendamos un respirador; una caja negra con una cola de plástico que termina en una máscara. Mi padre durmió plácidamente las primeras noches, a pesar del canto enfermizo de la máquina. Cerré la puerta y volví a resbalar en la cocina. Al llegar a la escalera, ahí estaba el ronroneo metálico, ese ruido maquinal, ese continuo y vital sonido… El ruido de los golpes llegaba por el pasillo. Una voz apagada pero en crecimiento; llena de furia, se intercalaba con otros sonidos. — ¿Te puedo preguntar algo? Duérmete Nicolás.

Los gritos comenzaban a hacerse más claros. El pequeño, en medio de sus padres, comenzaba a moverse con inquietud. Por la ventana del cuarto de Juan, se veía cómo los vecinos comenzaban a encender las luces para ver de qué se trataba el alboroto. Afuera, en las escaleras, la vecina de diagonal bajó un poco las escaleras para informar al grupo que se formaba en los pisos inferiores, los demás propietarios se asomaban por el hueco de las escaleras, sacando sus cabezas al vacío como gatos curiosos. — ¿Qué te dijo el médico la semana pasada? Quiero la verdad. — Yo no te miento. Nunca. — Lo sé, lo sé, es solo que… –su voz se cortó–. — Dios, soy un egoísta. No puedo darle de comer a mi hijo, mi mujer se muere y lo único en que pienso es en mí –Nicolás comenzó a llorar tímidamente, con un quejido que trataba de entre cortar–. Dime, ¿qué te dijo el médico? 53


<INSOMNIO>

— Nunca fui al médico, Nicolás. Con esa plata te compré un regalo.

Aquella frase fue, para él, el poema de amor más intenso y una sentencia de muerte. Los gestos de Nicolás se comenzaron a comprimir en su cara; se sucedían como las lágrimas por sus mejillas, su boca se contraía hacia sus orejas como si se tratase de una sonrisa y su torso se sacudía golpeando un poco la cama. Cuán cercanos están el llanto y la risa. Y aquel hombre en la oscuridad, ¿lloraba al ver la piltrafa que era o reía al ver el tesoro que tenía? Los golpes de la puerta llegaban ahora como tambores de guerra, los improperios y palabras soeces se oían como un cerdo que chilla al ver el cuchillo con que lo van a matar. — ¿Qué tengo que hacer? Ya no puedo distinguir lo correcto de lo incorrecto. No puedo sacrificarlos a ustedes, los amo. Quisiera ser un hombre de bien, quisiera poder darles lo que necesitan… Poder tomar el dinero. Pero qué hay con la familia de ese hombre, con esos niños. Dios, ayúdame, ¿cuál es la respuesta correcta? Si tomo el dinero y luego vienen por mí, se llevan el dinero, me llevan a mí. Y qué haría Juan con un padre criminal y una madre… enferma. Él está solo, solo nos tiene a nosotros. ¿Qué debo hacer por él? Dime, ¿dime por qué a él? Porque haga lo que haga, es él, es mi hijo la víctima. —Tranquilízate, amor, por favor. —Y tú eres tan buena, no quiero perderte. Nunca quise meterte en esto, créeme. Solo soy un tonto que soñó con una vida modesta, una vida que simplemente no fuera un sueño. –Nicolás hizo una pausa, como si hubiera tomado una decisión. Fue allí cuando se dio cuenta de que Diana también lloraba–. Yo haré lo que debo hacer, lo prometo, te lo prometo.

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Juan, con los ojos abiertos, pero sin decir palabra, seguía junto al corazón de sus padres. Escuchando a la oscuridad susurrar. En su mente, pensaba que los gritos que se oían eran de un hombre que allá afuera era atacado por un terrible demonio. Indefenso, el hombre rogaba por entrar; pero sus padres, llenos de temor, solo podían llorar. En la oscuridad, Juan miraba con los ojos bien abiertos a sus padres. Se quedó callado, y escuchó los golpes y los gritos que acompañaban la noche. La luz de la calle hacía un puente entre la ventana y el cuarto de mi padre. Subí las escaleras con la impresión de que algo me seguía. Al llegar a la puerta del cuarto de papá, me detuve para observar la pintura blanca. Abrí con un leve golpe en la madera. La luz se derramó por el piso y llegó hasta la figura acostada en la cama. En la esquina, bajo una de las patas de la cama, yacía el respirador escondido, enroscado como una bestia en la oscuridad. Mi sombra se cernía sobre mi padre, sin perder su forma. Al verla podría pensar que yo medía dos o tres metros. Mi padre estaba en la cama acostado, con la máscara puesta, su protuberante barriga era lo que marcaba su forma. Era un hombre calvo, que conservaba sus piernas fuertes de otra época. Lo observé preguntándome si estaría respirando. Después de la muerte de mamá, solía dormir con mi padre. Me acariciaba la cabeza hasta que me dormía, no solo una, sino dos o tres veces cuando despertaba gritando por las pesadillas. Mi abuela, su madre, solía decir que me consentía demasiado, que seguramente yo iba ser un problema. Pero a Papá no le importaba, no importaba lo que yo hiciera, él me iba a amar.


<Juan Pablo Parra>

Al ver a mi padre con detenimiento, entendí que su aspecto reflejaba su vida, parecía una montaña explotada en busca de oro y arena, desgarrado, derretido. Su aura melancólica, sus pasos rectos, su respiración fuerte y entrecortada. Sus ojos hundidos entre esas bolsas negras. ¿Por qué nunca aceptó mi ayuda? ¿Por qué jamás ha dejado de sacrificarse por mí? Me pregunto si yo podría hacer todo eso por él, da igual, nunca me lo permitiría. — No puedes dormir, ¿verdad? –me preguntó ahogado en su cama–. No respondí, su voz me sorprendió; cuán parecida al sonido de aquella máquina. — Es por ese maldito sonido, ¿verdad? Apágala, no la necesito. — Eso te mataría papá. El sonido seguía en mis oídos, zumbando más y más fuerte.

Me levanté y caminé a la puerta con una sonrisa atravesada. Tomé la perilla y me volteé para ver a Papá. — Linda Noche, Papá, te amo. — Descansa Hijo –Papá hizo una pausa, como si lo embargara un pensamiento– No cierres la puerta… no me gusta tanta oscuridad. Observé a mi padre una vez más. Su cara se ocultaba tras la máscara para respirar. — Está bien, no la cierro, descansa.

Entré a mi cuarto sin cerrar la puerta. Coloque un trapo en el tubo de la cortina, se hizo de noche de pronto. Me acosté y me tapé con las cobijas más ligeras. Observé la nebulosa que se posaba sobre mí, algo me era familiar. No se veía nada más, imaginé el techo, supongo que luego estarían los planetas girando, más allá un tenue polvo galáctico, y luego… Cerré los ojos e intenté dormir.

— Te amo, hijo. Me quedé en el umbral, viendo a mi padre mover su mano, entre mi sombra y la luz del poste, en busca del cable de su respirador. — Papá, no es eso. Es que hace mucho calor. Me alejé de la puerta y me senté en la cama. — ¿Te arrepientes de algo, Papá? — Sí, no debí malcriarte tanto –su risa asmática sonó fuerte en todo el cuarto, por un momento solo su risa en mis oídos, lejos de los demás sonidos de este mundo decadente, del susurro de la noche y los gritos de los recuerdos que no quieren ser olvidados. — Ve a dormir hijo. 55


Daniel Bernal.

Navegante (2016).


Diego Corredor Castillo Pregrado de AntropologĂ­a universidad nacional de colombia dcorredorc@unal.edu.co

A PESAR DE TODO, MARĂ?A


<a pesar de todo, maría>

Apenas me bajé del bus sentí sed, la garganta reseca. Había sido un día duro, la alambrada es la cosa más cansona de esta profesión de eléctrico, a uno le duelen los brazos y las manos de tanto jalar la sonda, y más que me tocó solo, porque el viejito Conrado amaneció enfermo y no pudo ir a la obra. Sentí sed y el cansancio se amontonó de golpe en mi cuerpo. Lo bueno es que era el último día de la semana, el domingo dormiría hasta tarde y vería la etapa del giro que ya casi se acababa. Había un ciclista colombiano que podía salir campeón. La etapa del domingo tenía montaña, seguro que allí dejaría botados a todos los demás. Ese sábado me rindió, el bus pasó rápido y el recorrido se efectuó ágil, sin demoras, de manera que alcanzaba a tomarme una cerveza antes de llegar a casa. Las canchas de Fabio estaban vacías, pero no demorarían en llenarse. A ese lugar entra mucha gente, demasiada. Y la clientela le había aumentado a Fabio con eso de las mesas de billar. Aunque a mí el billar no me gusta; me parece un juego sin gracia. Sin embargo, a otras personas sí, y son unos zorros para jugar, hay que reconocerlo. Lo bacano es que a las canchas solo entran mayores, tipos de bien, no esos chinos viciosos que abundan en el barrio. Yo, en cambio, prefiero el tejo, me parece más entretenido y uno la pasa sabroso con los amigos. El sitio de Fabio tiene tres canchas, dos cortas –de unos doce o trece metros de cacho a cacho– y una larga –de dieciocho metros, los cuales vendrían siendo la medida reglamentaria–. Cuando juego, me gusta hacerlo en las cortas porque en la otra no me llega el tejo. Pedí una cerveza y me la bebí de un sorbo, 58

luego otra, esta, más despacio, me acomodé en una de las mesas amarillas y me puse a escuchar la música. Fabio siempre pone buena música, de esa que llaman de cantina: despecho, boleros, rancheras, de esas viejas, a veces uno que otro vallenato. Música que le da el ambiente a las canchas, así sí se puede jugar con todas las de la ley, como se dice: con musiquita y polas o aguardiente o hasta whisky que vale dos mil pesos la copa. Desde la mesa era posible observar en detalle una de las canchas cortas. En ese momento, cuatro viejitos la habían pedido prestada. Decidí esperarme un rato, sin preocuparme mucho de que María me estuviera esperando con la comida preparada, de seguro se iba a enojar conmigo. ¿Y qué más hace uno? Toda la santa semana trabajando. Unos instantes de recocha no afectan a nadie. Además no me demoraría, vería el chico y me marcharía a casa. Eran nada más y nada menos que don Gabriel, don Vélez, don Gustavo y doña Sandra, su mujer. Todos viejos y malos para el tejo. Don Vélez había de tener como ochenta, de verdad, pero ahí estaba intacto, firme en el juego. Don Gustavo se la pasaba metido en las canchas por lo de la incapacidad, según él. Ese cuento lo había echado hacía rato. Se supone que en la fábrica donde camellaba, moldeando acero, de a pocos se le fue torciendo la columna. La lesión fue grave, se mandó revisar por un ortopedista y se hizo incapacitar. Para ese momento estaría haciendo las vueltas de la pensión vitalicia por enfermedad laboral, aunque todavía le tocaba presentarse en la fábrica tres días a la semana con el fin de realizar labores suaves, de papeleo y esas vainas que lo ponen a hacer a uno cuando


< Diego Corredor Castillo >

ya no sirve, si es que no lo tiran a uno a la calle. De todas formas era parista el viejo, solía irse con bastón en mano, bastón que nunca se vio donde Fabio. Con todo y la columna chueca era el que mejor jugaba del cuarteto. Su esposa siempre lo acompañaba, doña Sandra. Esa señora se le medía al juego y a la tomada, porque ah mujer para bajar cerveza, uno no entendía dónde le cabía tanto. Y don Gabriel era un sargento pensionado de la policía, que iba a gastarse sus mensualidades, a la larga costeadas por nosotros que dizque por héroe de la patria. Seguramente jugarían sacarruín, a rayas de una embocinada. No creí que a una moñona porque se alargaría mucho. A una embocinada estaría bien pues seis manos son seis manos, más para gente mayor como ellos. Don Vélez cargaba su propio tejo, una arepa grandísima, como el doble de un tejo normal. Le tenía su maletica particular, su chapuza, y andaba con un trapo de lado a lado para limpiarlo. Era raro el viejo, no dejaba que nadie le tocara el tejo, alegaba que se lo ensuciaban y que por más trapo no podría después limpiarlo. Básicamente se lo salaban, en otras palabras, le porfiaban el tiro. El resto sí le pedía los tejos a Fabio, quien tenía de todos los tamaños y pesos. Pero antes, la apuesta: un petaco de cerveza y un litro de aguardiente, acompañado por una botella de agua. En efecto, la partida era a un chico de diez rayas, cada una de ellas a una embocinada. Por caballerosidad lanzó primero doña Sandra. Observé la maniobra sin demasiada expectativa y no me llevé sorpresas: el tejo se hundió lejos del bocín. Luego vinieron don Vélez, don Gustavo y don Gabriel. Todos lo mismo, ma-

los. El sargento ni le atinó a la greda y caló el tejo en una baldosa de las nuevas, más resistentes, que recientemente Fabio había mandado instalar. Cada uno tenía su forma de lanzar, como una pequeña coreografía. Doña Sandra, por ejemplo, movía mucho los pies en los dos pasos previos al lanzamiento, hacía parecer que daba cinco o seis; y el esposo agitaba los brazos de tal manera que daba la impresión de estar celebrando a toda hora. A veces les funcionaba el ritual, otras no. Siendo así, la primera mano se la llevó doña Sandra quien fue la que quedó más cerca al cacho. Para la segunda, don Gustavo realizó aquella manía personal que sus contrincantes contemplaban no sin menudos recelos: desenterró el tejo y con este golpeó suavemente la superficie virgen, por ahora, dentro del bocín. Esto implicaba que, en ese preciso lugar, pero en la otra cancha, iba, o se suponía, a caer el tejo. Y los recelos fueron justificados pues don Gustavo ejecutó su lanzamiento sin mucha escama y clavó el tejo en medio del cacho, lo cual lo ponía a la cabeza con tres manos y a su esposa en el segundo peldaño con una. En las siguientes dos lanzadas no ocurrió gran cosa; don Gustavo no repitió su acto y las manos se repartieron entre los otros dos viejos. El viejo Vélez me hizo reír. Aquella fue la única mano que consiguió en los primeros chicos o rayas, que vendrían a ser como lo mismo. Por alguna razón, el tejo no se incrustaba dónde él quería, quizá por viejo, porque su brazo ya no soportaba la mecánica del lanzamiento, porque su visión se había reducido, porque le fallaba el equilibrio. Yo hubiese dicho que por esos mo59


<a pesar de todo, maría>

tivos no le atinaba a nada, pero era chocho don Vélez y no soportaba una explicación tan fácil. Prefirió echarle la culpa a algún bruto que le había puesto las manos encima a su tejo, se lo habían ensuciado, y más risa me daba verlo limpiar esa mierda con el trapo, luego de cada tiro lo limpiaba, infructuosamente lo limpiaba. “Se me cagaron el juego”, refunfuñaba don Vélez. Al sargento también le daba risa. “Esas son puras pendejadas”, le contestaba. “El problema es usted que es un petardo”. Iban a quince rayas, en realidad. Yo a duras penas me tomaba la tercera pola mientras que esa gente acababa con medio petaco y todo el aguardiente. Bueno, hay que hacer una aclaración, su apuesta fue a la manera antigua. Ahora ya no se acostumbra a pedir un petaco completo ya que, en la práctica, se lo terminaban tomando los gotereros que miran. Y tal cual le pasó a los viejitos, pero ni cuenta se dieron. Al finalizar el juego, se arreglarían para ver quién pagaba más cervezas con relación directamente proporcional a las rayas perdidas. El tejo es curioso: uno puede perder, pero uno nunca gana. Uno puede salir invicto y no pagar ni un solo peso, pero uno no gana nada, la jinchera si acaso. No es como en el fútbol o el parqués, en estos juegos de cantina uno no gana, uno se salva de perder, que es diferente. Lo grato es que uno se divierte, recocha un rato. Allá la gente se olvida de sus penurias; la espalda de don Gustavo, el asma de don Vélez, el divorcio después de diecisiete años del sargento. Ir a esas canchas es como meter la cabeza en una alberca o ingresar a un paréntesis de la vida. Allá el tiempo no corre, no tendría por qué hacerlo. 60

Uno entra en sano juicio y sale ebrio, uno entra en la tarde –aún bajo la influencia del sol– y sale a la oscura noche; pero uno no se da ni por enterado de eso, pues va pensando en lo bien o lo mal que le fue en el juego. Quién sabe si a los del billar les pase lo mismo. En fin, ya iba siendo hora de regresar a casa, aunque María estuviera como un tití, seguro ya había cerrado la puerta con llave y pasador, seguro ya había apagado el televisor y dormía. Entonces, le pagué a Fabio, ayudándole con la suma. Me dio las vueltas del billete de diez y me deseó feliz noche. Con que ya era de noche. Giré para ver la partida que terminaba, a don Vélez le tocaría pagar como siete rayas, aquel no fue su día de suerte. Por el contrario, a don Gustavo le funcionó lo de tocar el bocín con el tejo pues era el que menos había perdido, únicamente dos. Mi mente estaba fuera de las chanchas cuando entraron en manada Neftalí, Orlando –dos de mis hermanos– y Chicofijo. Todos asistentes abonados, a Fabio le complació verlos. Nuestro saludo, que debía haber sido más una despedida, un hasta mañana que María me está esperando, resultó transformado en una invitación inexorable. “¡Este es el que necesitamos!”, dijo Neftalí. “Ahora sí, dos pa dos”. Yo esperaba, inconscientemente, tal vez, que me invitaran a jugar, el cansancio se había atenuado y quería divertirme por divertirme. Sin embargo, lo que mi hermano proponía era más que jugar, era un reto, un “mano a mano”. Y es que ya casi nadie jugaba esa modalidad donde Fabio porque las pérdidas eran más cuantiosas. Pero eso no interesaba, el todo era jugar. “¿A cuántos balazos?”, les pregunté. “A treinta”, res-


< Diego Corredor Castillo >

pondió Orlando. “Que sean veinte porque María debe estar putísima”. Así quedamos. Al terminar, los cuatro viejitos desocuparon inmediatamente la cancha, la misma que usamos a continuación. Le pedimos los tejos a Fabio y medio petaco de una vez, cuidándolo de los goteras. “Vamos a jugar turmequé”, medio preguntó, medio afirmó de un momento a otro Chicofijo, un monstruo para el tejo, no es de gratis ese apodo, no pierde chicos seguidos. Ese era de los pocos valientes que se enfrentaban a mi papá. Siempre llegaban a las finales de los campeonatos y verlos jugar era todo un espectáculo. De esas grandes glorias del tejo, de por aquí, solo quedaban él y Neftalí. Pasaron años sin que yo comprendiera la razón por la cual Chicofijo sustituía tejo por “turmequé”, esa palabra rara; hasta que mi propio padre me lo aclaró. Me habló del pueblito de Boyacá que lleva ese nombre. Dizque allá hay un monumento de un indio con un tejo en la mano posado sobre un tejo gigante. Me dijo que allí nació el juego, que era muy antiguo, y que Turmequé era también como se llamaba el indio de la escultura, un cacique guerrero o algo así, ya no me acordaba en detalle del cuento. “Vamos a jugar Turmequé”, repitió Chicofijo. “Vamos a jugar”, afirmé. En vista de que Orlando y yo éramos los que menos jugábamos, nos repartimos del siguiente modo: él con Chicofijo y yo con mi hermano Neftalí. En los mano a mano se lanza de forma intercalada, como en los torneos, donde los equipos están siempre integrados por tres participantes. Inicié yo, los chachos le daban de último.

Lanzar un tejo es un ejercicio de precisión. El cuerpo entero tiene que prepararse para el movimiento o sino el tiro se pierde. Yo, por lo general, no hacía demasiadas manías, únicamente ponía el ojo en el cacho y arrojaba el tejo. Aquel primer tiro me dejó muy bien parado: totié mecha y embociné, eso se traducía en una verdadera hazaña, o sea, una moñona, que equivale a nueve manos o tres balazos. Hubo hasta quién aplaudiera, yo no me emocioné tanto, fue solo suerte. Por tal tino, lancé de nuevo y ya no me fue tan bien. Luego era el turno de Orlando, quien no olvidaba la costumbre de susurrarle vaya a saber qué al tejo. Se lo llevaba a la boca y le decía cosas, supongo que lo alentaba para que el recorrido fuera perfecto. En ocasiones el tejo lo escuchaba, le hacía caso y reventaba mecha o se clavaba en todo el centro del bocín; otras, como preciso aquella, lo desobedecía, el tejo rebelde, y se hundía lejos del cacho. Sin considerar el resultado, Orlando le seguía hablando a ver si el tejito cooperaba. Después lanzó Neftalí, un duro, lo reitero, un profesional para esa maricada. Su lanzamiento era simple y, a diferencia de Orlando, no le hablaba al tejo, o por lo menos no exactamente. Lo único era que, justo cuando se desprendía de su mano, Neftalí gritaba: “¡Adentro está, o está mamando!”. Una frase que solía gritar, también, mi papá, alma bendita, y cuyo efecto en el futuro inmediato era contundente. Los tiros eran muy buenos. Llegué a pensar que esa sentencia era la causa por la cual mi papá y Neftalí rendían tanto en el juego. Nunca nadie más la dijo, ni yo mismo, porque no salía, en cierta medida estaba prohibida, como patentada, solo para ellos dos, igual 61


<a pesar de todo, maría>

era de esperarse que solo a ellos dos les funcionara. Son de esas cosas que uno no se explica. Y así fue, adentro estuvo, su tejo se clavó en el corazón del bocín. Pero eso no era suerte, iba más allá. Lo de las frases fue común en esa generación dorada. A un par de amigos de la familia les gustaba decir, don Calderón, por un lado: “¡Adentro está, gran güey!”; y el viejito Carlos, por el otro: “¡Alce la ropa, baje los cucos!”. Creo que tenían la misma función profética, aunque uno no terminaba de entenderlas por completo. Al teso de Chicofijo le tocó aguardar una lanzada más. Qué cosas, apenas dos lanzamientos y ya llevábamos la delantera y una ventaja amplia. Como al catorceavo balazo ya me estaba mareando. Era de esperarse que mi inusitado buen rendimiento comenzara a verse afectado. Para entonces, las cervezas acumuladas, el olor a pólvora, la arcilla en los dedos, el peso del tejo, la música y el desplazamiento de cancha a cancha pesaban en mi organismo, así, era imposible respetar la geometría del juego. Ese aspecto me lo ilustró el Chicofijo hacía harto tiempo. Me dijo que si yo no me había percatado de las formas. “¿Cuáles formas?”. “Pues las de todo”. Indicó que las canchas son cuadradas, si uno las mira de frente, que el cacho, o el bocín, es redondo y la mecha, triangular. “Y ni hablar del propio tejo, es cónico”. “¿Cónico?”. “Sí, como el cono de los helados, ese que es de galleta”. Ahí medio entendí. Ah, y lo de la parábola que dibujaba cada lanzamiento. Quién sabe de dónde había sacado esas cosas, de pronto se las suministró el hijo, que estaba en la universidad, a punto de terminar. 62

Me daba risa quebrar la rectitud de esas formas; no más al caminar me iba de lado y me tocó lanzar el tejo desde otra posición, cosa que por lo menos diera en la cancha, o en el tablón posterior, y no fuera a quebrar la cabeza de nadie. En el epílogo de nuestra partida, a Fabio se le dio por poner puras rancheras. Yo quería que se acabara rápido porque ya era suficiente, había que regresar a la cotidianidad, salir a la calle, tragarme de lleno ese frío, caminar las tres cuadras que me alejaban de casa, aparentando sobriedad, entrar antes a la panadería de don Luis, vocalizar con dificultad, pedirle un paquete de papas, comérmelo ligero, tirar la envoltura por ahí, meterme al callejón, buscar la tercera puerta blanca –a la izquierda–, escarbar mi bolsillo, identificar las llaves con ayuda de la luz amarillenta del poste, abrir la chapa y la puertica, correr el pasador, cerrar sin hacer ruido, subir las escaleras –apoyando las manos en la pared–, empiyamarme, juagarme la boca para disimular el tufo, tornar la puerta de la habitación –a oscuras, todo ese proceso bajo la más paciente oscuridad–, buscar mi lado de la cama, levantar cuidadosamente las cobijas, recostarme, arroparme, sentir cómo María se mueve, cómo me da la espalda, y dormirme, por fin dormirme. Ya no recuerdo muy bien quién perdió más, creo que el otro dúo. A mí me tocó pagar como tres polas, o cuatro, no recuerdo. Mientras arreglábamos cuentas, y nos bebíamos los últimos sorbos, el equipo de Fabio reprodujo una canción que, sin mentir, no había escuchado como en treinta años, ni sabía su nombre, a duras penas el intérprete. Me dio por prestarle atención


< Diego Corredor Castillo >

unos instantes. Algo así decía la canción, no recuerdo, ya no estaba en condiciones de albergar potenciales recuerdos: “Me está esperando María, tengo que llegar con ella. Aquí les dejo mi copa y el resto de la botella. Voy a perderme en sus brazos, ya se ha pagado la cuenta…”

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Juliana RamĂ­rez.

Velitas 2 (2016).


ANTES DEL ANOCHECER

Juan Pablo Parra Pregrado de Derecho universidad nacional de colombia jpparrae@unal.edu.co

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<Antes del anochecer>

A MarĂ­a Camila

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< Juan Pablo Parra>

El carro con placas oficiales hacía el lento peregrinaje por la carretera zigzagueante, las luces del coche se desbordaban en las curvas y el sol terminaba de enterrase en la tierra. El fiscal Cáceres estacionó el auto cerca del lago, junto a la patrulla y subió la colina hasta la casa. Dos oficiales de policía comentaban con un viejo los efectos de las heladas en los cultivos. Cáceres se unió a la charla, como si el cuerpo al fondo del lago no existiera. Cuando las primeras estrellas se dibujaron en la superficie del lago, el viejo comentó: Vi al joven caminar a la laguna, lo vi sumergirse y nunca más salir. Una vez terminó la frase, el viejo se despidió y entró a su casa sin dar pie a otra palabra. Los tres hombres caminaron en silencio colina abajo. Uno de los oficiales entregó al Fiscal papel rasgado y doblado en cuatro. Es una nota suicida, me la dio el viejo –hizo una pausa para mira el cielo–. Una pena, la pobre mujer perdió a un hombre que la amó. El agente se despidió con una palmada en la espalda y caminó a la patrulla. Por último, antes de entrar, mirando a la laguna agregó: No hay grúa hasta mañana –el oficial se metió en la patrulla–. Creo que él lo hubiera querido así. No se preocupe Señor, tenemos un testigo y una nota suicida, caso cerrado. La patrulla arrancó y Cáceres los vio perderse y reaparecer en las caderas de la montaña por un rato.

La laguna tenía unos ocho metros de largo y unos seis de ancho en su punto máximo. Las aguas estaban sosegadas, nada hacía pensar que, en su lecho, un cuerpo helado descansaba.

Cáceres sintió un escalofrío al pensar en los antiguos secretos bajo los océanos; insobornables custodias del cementerio más grande del mundo. En la orilla, las huellas sobre el barro permanecían claras y comenzaban a endurecerse. El Fiscal se acercó. Varios pares de pies se sobreponían. “El viejo nunca habló de un camino de regreso, algo está mal. El viejo miente: había una segunda persona”. El Fiscal caminaba hacia su coche mientras en su mente rumiaba teorías. “El chico no salió, imposible, hoy duerme en una cama de algas y lodo, por eso estoy aquí”. Una vez dentro del auto, sacó de su bolsillo el papel rasgado, y doblado en cuatro: la foto de una mujer; en el reverso estaba la nota:

Tu sencilla belleza me recuerda las estrellas. Dime: ¿dónde puedo ir para no encontrarme con ellas? No tengo descanso, no puedo dejar de ver las estrellas sin recordar tú cuerpo centellante. Solo existe un lugar donde estoy seguro de que podré descansar: Bajo tierra. He elegido una forma de morir, una para verte por última vez. El fango me cubrirá las rodillas, pronto solo mi cabeza quedará libre, torceré mi cuello para poder respirar, buscando la última bocanada de aire que llegará a mis pulmones; justo antes de morir. Y ahí estarán las estrellas, estarás tú.

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<Antes del anochecer>

Al terminar la nota, Cáceres aceleró a fondo, camino al pueblo. Para un viejo sabueso fue fácil encontrar a la mujer, trabajaba en un bar cerca a la plaza central. Al entrar al local, Cáceres supo que buscaba a la mujer tras la barra. Sentado en la oscuridad, la cantina trasmitía una sensación de completa calma: hombres y mujeres sentados esperaban en sus mesas y uno que otro parroquiano se paraba para ir al baño o pedir una cerveza. Todos moviéndose torno a la piel pálida de la mujer tras la barra. La joven jugaba con una botella entre sus manos. La luminiscencia de su piel contrastaba con la oscuridad del lugar, su piel centellaba y su luz se posaba sobre los objetos que tomaba. Otra mujer caminaba de vuelta a la mesa con una cerveza en las manos, el cristal brillaba como un farol y la oscuridad se hendía como surcada por una estrella fugaz. Las mesas, llenas de envases brillantes con diferentes tonalidades, parecían cúmulos de estrellas. El fiscal observó aquel panorama de luz y oscuridad: un cielo estrellado, constelaciones lejanas y cometas voladores fragmentaban la penumbra estelar. Pidió una cerveza y se sentó a esperar. Al final de la noche, los hombres y mujeres se pararon y salieron. No era la orden de salida lo que los impulsaba, era su estrella en el horizonte que se apagaba con la luz del día y perdía su fuerza gravitacional. En la calle, Cáceres se abrochó la chaqueta para protegerse de un leve chaparrón. Las noches siguientes se sucedieron iguales, el fiscal Cáceres se sentaba a observar a la mujer, estudiando sus movimientos, siempre con la firme certeza de conocerlos de antemano; 68

como si se tratara de recuerdos de vidas pasadas. Como un satélite menor, el fiscal rondaba a la mujer todas las noches con un celo enfermizo, con una obstinación enamorada. Aquella mujer había suplido al firmamento, sus días se contaban desde que la veía hasta que la perdía, en un ciclo diario que se hacía más y más doloroso. La mujer pronto percibió la sombra que giraba a su alrededor, aquel hombre alto y con sombrero que se sentaba a observarla todas las noches, sin hablar, sin moverse, solo recorriendo todo su cuerpo con sus fríos ojos. Consciente del peligro, la mujer desapareció. En las primeras noches de ausencia, el fiscal se sentó a esperar, hundiéndose cada vez más en la oscuridad; fue en la quinta noche, al ver a otra mujer tras la barra, que su destino terminó de escribirse. Cáceres siguió el rastro de luz por días; empero, la luz del sol hacia más débil las huellas y sus recuerdos se volvían más tenues con cada amanecer. En la noche, se hacía más fuerte su soledad, las estrellas, más que permitirle recodar, hacían más tangible la amargura de su presente y de su aciago futuro. Al final, solo una foto quedó: la mujer sonreirá abrazando a un hombre. En un último acto de celos, Cáceres rasgo la foto y huyó. Sus pies lo llevaron hasta la orilla de la laguna. Se paró en la orilla a observar la superficie dividida por una franja de luz que se hacía más y más delgada. Cáceres caminó sobre ese pequeño pasillo en dirección a la muerte, dio media vuelta, cuando el agua le cubría las rodillas y se percató de que bajo el agua la nota se perdería. Al emerger del agua pisó sus pisadas y subió la colina hasta el pequeño rancho, le entregó la nota a un viejo de ojos cansados.


< Juan Pablo Parra>

El anciano se quedó mirando el atardecer que decencia junto al hombre. Trató de decir algo, preguntar por su nombre, pedirle que se detuviera, pero no fue capaz. Observó la sombra del hombre, quien consciente que bajo el agua no habría un nuevo amanecer, se aferraba al pasto en dirección contraria al lago, en un vano intento por detener su marcha. Pero su destino pendía de otros pasos; pobre sombra infeliz. El hombre caminó pesadamente, esforzándose por vencer a la sombra que lo ataba a la vida. Cuando el joven se perdió en el agua las olas hacían vibrar las estrellas en la superficie. Las luces del coche de policía brillaron al tomar la curva final de la carretera. El fiscal encargado estacionó el coche y descendió. Había sido enviado a resolver un posible suicidio.

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<Antes del anochecer>

Ă ngela Alvarado.

Limpiar la Cruz (2016).

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La revista La Múcura 6 se terminó de imprimir en las instalaciones de GRACOM Gráficas Comerciales ubicada en la Ciudad de Bogotá, Colombia en la carrera 69K nº 70-76 en el mes de junio de 2017. El tiraje es de 300 ejemplares en papel bulky. Las familias tipográficas usadas fueron: Garamond Premier Pro ConduitITCStd


La Múcura Revista No.6  
La Múcura Revista No.6  
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