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Vino un maremoto ayer y nos engulló y no supimos detenerlo antes. La rosa se te caía del ojal del traje y yo volví a ponértela en su sitio. La sangre había teñido el gris de tu ropa de un tono tan… extraño. No sé si lo recuerdas. No sé si lo recordarías. ―Estás más guapo que nunca. Te limpiaste las lágrimas y me miraste con ojitos mojados, y yo te di un beso en la nariz. ―Mamá va a estar orgullosa de ti. Se te iluminó la cara con esa sonrisa que componías con tanto arte y sin apenas esmero. ―Pero no tengas miedo, ¿vale? Los trajes de marinerito y princesa brillaban extraños de tanta sangre y tanto polvo y tanto cansancio, tan cansados como nosotros de huir y no dejar de correr. Oímos a los monstruos aullar en el bosque y la mariposa de miedo me trepó hasta la garganta. Pero tú te cogiste la rosa con una mano y mi mano con la otra y corrimos hacia el precipicio y volamos, y comprendimos que éramos eternos mientras el mundo se congelaba, y solo volvió a andar cuando nosotros quisimos. Decidimos volar hacia el agua en picado y oímos aullar a los monstruos, porque no habían podido cogernos como a todos los demás, porque habíamos sido eternos. La rosa se quedó prendida en el ojal cuando nos bañamos en el maremoto y nos engulló, y así nos encontraron, un marinerito y una pequeña princesa cogidos de la mano y engullidos por el maremoto, (que al final vencieron a los monstruos)


vino un maremoto ayer y nos engulló