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UNA MIRADA DESDE LA SOCIOLOGÍA Y LA IGLESIA

anhelos

de

supervivencia

definitiva, o sea, de inmortalidad, concluya en el sinsentido de la muerte. Todas las culturas, muchas

veces

muy

diferentes

entre sí, han plasmado divinidades y tejido leyendas de un más allá, para poder vivir, resistir, o quizás apenas tolerar el más acá. Una definición clásica de cultura (entre las más de dos centenares de definiciones) es la de Edward B. Tylor: “Conjunto complejo y total que comprende conocimientos, creencias, arte, moral, derecho, costumbres y otras capacidades adquiridas por hombre como miembro de una sociedad”. En este sentido, cada cultura es única, incomparable, reveladora de la realidad y conciencia del grupo humano que la generó y al que, a su vez, modela. Sus expresiones son las que mejor la representan: “artefactos” como los que habría que aprender a leer en nuestro Museo del Oro, en inscripciones indígenas, en pirámides como las de Egipto y Tikal en Guatemala, concreción de la cultura maya. Hay que considerar también los llamados “mentefactos”, es decir, las utopías, leyendas, mitos, lo transmitido de boca en boca o por escrito. Finalmente están los “sociofactos” u organización de la vida social según la mentalidad del hombre, autor y fruto de dicha cultura.

Valores Son elementos principalísimos de la Cultura. Son los resortes que mueven la conducta humana, independientemente de la bondad o maldad intrínseca que puedan tener. El conjunto de valores constituye el eje y alma de la vida social. La posibilidad de convivencia depende de un mínimo de valores esenciales compartidos. Toda sociedad ejerce control sobre las disidencias de valores que


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