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Ernesto Santana El Carnaval y los Muertos

Ernesto Santana

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Ernesto Santana El Carnaval y los Muertos

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Mas que sobre el deseo, la enfermedad o Africa, la nueva novela de Ernesto Santana es sobre los muertos. Los muertos que determinado paisaje y determinada ideología han producido. Sus personajes, sombras chinescas apretadas contra un vacío, se convierten en personajes casi a contrapelo de sí mismos. Son flacos, desnutridos, alcohólicos, duros; hijos de madres peleonas o sonámbulos de guerra. Van a ninguna parte y vienen –esto es lo peor– de ninguna parte, como si de los movimientos de un inmenso pez se tratase, como si la vida (ese lugar donde todo es derrota) los hubiera enseñado a nadar para que precisamente se ahogaran en la orilla. Y de este ahogo, que a la vez es puro goce y extrema cotidianidad, se alimenta El carnaval y los muertos, su historia. Lo demás sería hablar de sus diferentes voces, sus paisajes geográficos, su veracidad. Pero nada de esto es tan importante como saber que El carnaval… es una “danza macabra”, tal y como se representaba en la edad media y los países eslavos, una danza donde nada nos resulta más vivo que lo muerto.

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Ernesto Santana El Carnaval y los Muertos


Ernesto Santana El Carnaval y los Muertos

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Ernesto Santana El Carnaval y los Muertos Portada Anton Khlivnyy, Schizophrenia, 2008 Publicado por Agite/Fra, Šafaříkova 15, 12000 Praha 2, República Checa, fra@fra.cz, www.fra.cz, el 2010, como su publicación Nro. 96 en la imprenta Tiskárna VS, Praha Primera edición © Agite/Fra, 2010 Text © Ernesto Santana, 2010 Cover © Anton Khlivnyy, 2010 ISBN 978-80-87429-05-1

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Indice

Leviatรกn 10 Mapa del tiempo 32 La rosa azul 66 Nadir 124 Rostro cero 160

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Leviatรกn


Advertencia solar (desventura)

Ariel, esta es una carta extraña. Incluso un desatino, si lo piensas bien. Pero un desatino que yo evitaría si no fuera porque acabo de verte. ¡Imagínate mi sorpresa luego de haberme impuesto a mí misma la idea de que tú nunca exististe! Tanto tiempo sin vernos y ahora, hace un rato, de pronto y como por casualidad, nos encontramos otra vez. Esa cara yo la conozco, me dije, igual que si vinieras de otro mundo. Entre nosotros todo ha sido siempre como por casualidad. Parece horrible, ¡pero sin el azar sería peor aún! Quizá. Te digo: quiero aprovechar que nos hemos visto por última vez durante unos segundos para terminar la carta que te escribo y te reescribo desde hace dos años. Mi hermana ya había muerto: la última vez que viniste, me dijeron. Aunque encuentres muchas incoherencias, la verdad es que si no termino esta loca carta ahora no la terminaré nunca y, a pesar de que todo esto te parezca ensañamiento o incluso puro cinismo, créeme que no quiero asombrarte demasiado. Sencillamente: te conozco bastante mientras tú (como acabo de darme cuenta al verte la cara y como era lógico suponer) ni siquiera sabías que yo existía antes lo mismo que existo ahora, aunque mañana haya desaparecido, pues lo cierto es que nos hemos encontrado en varias ocasiones como por casualidad. Además, aunque no mucho, hemos conversado. Pero tú ignorabas qué estaba ocurriendo: me ignorabas a mí. O tal vez sí supiste en algún momento y después lo olvidaste con una facilidad 10


espantosa. Si no, estoy segura, me habrías hallado de inmediato. Te digo: no me acuerdo ya de mi odio por Rita ni del suyo hacia mí, si es que ella fue capaz de sentir alguna vez un rencor verdadero. Por momentos lo veo todo trastocado por completo. O puede que ya no tenga fuerzas para entender. Está claro que sí comprendería que sientas repugnancia por mí. No tengo derecho a esperar de ti algo aparte del aborrecimiento, aun si en comparación contigo mi estado de salud no es envidiable. Ahora mismo me vuelve a subir la fiebre. Hacer el papel de Lilith, como puedes ver, no es ser buena. Mucho menos contigo, que apareciste como por casualidad en el lugar equivocado y en el peor momento y caíste entre dos espadas del mismo metal y con idéntica forma. ¡Y yo no me imaginaba entonces que con Rita moriría mi mitad buena! Perdona que me ponga dramática. Te digo: no me duele que ya no haya futuro para mí. El sol se ahoga en el mar cada tarde, pero está condenado a regresar eternamente para volver a morir. ¿Puede haber castigo más espantoso? ¿Qué pueden importarle entonces estas vidas mínimas y estas pequeñas agonías casuales? Y aun así es capaz de concederle a cada cual un crepúsculo diferente. A mí me agrada pensar que desde antes de yo nacer hay uno guardado para mí y que no debo de perderlo cuando llegue a buscarme. Ni por casualidad.

Atravesando el carnaval (y no llueve)

El calor de la sangre le late en la yema de los dedos y los ojos le arden como brasas. Se seca el sudor de la frente con el borde del pulóver negro. La lengua, las sienes y las manos son en un momento el 11


centro de los latidos y en otro se vuelven cosas remotas y absolutamente ajenas. Tanto le pesan los pies que ya no los siente. Pero recuerda bien que ha abandonado el hospital y que se acerca a casa de Ojorrojo, en el edificio Miranda. Si un mes antes ni siquiera se le hubiera ocurrido la idea, ahora no concibe morir sin el perdón de su antiguo compañero de guerra. Ninguna otra cosa tiene sentido ya. Entre la niebla de la fiebre, Ariel vislumbra gentes que no están al tiempo que desaparecen como espectros los que pasan a su lado hacia el estruendo de la música. Sí, algo oyó decir: esa es la palabra: el carnaval. La lucidez regresa todavía a él, pero sólo al cabo de un esfuerzo. Quizás no sea el carnaval y en realidad no existan ni esa música escandalosa ni esa muchedumbre. Ni esta caminata que le consume el último vigor. A pesar de que hasta aquí su vida ha sido una cadena de desastres y absurdos, Ariel necesita la cordura en este momento como nunca antes. Aunque se le hielen a veces el cuello o los labios o el vientre –que es donde nace esta fiebre inagotable–, necesita cordura. Lo peor es cuando las uñas parecen crecerle hacia dentro del hueso y siente como si por cada uno de sus dedos un cuerpo invisible le clavara las garras. Camina mirando el número de las calles y la apariencia de los edificios, que se borran de su mente en un segundo como dibujos de arena bajo una ola. Pero pronto recupera una cifra, el color de una fachada, la forma de una hilera de balcones, y enseguida todo se enturbia otra vez y él va atravesando calles que únicamente conducen a otras calles, a otras avenidas sin nombre, a callejones sin luz. Y lo que sus pupilas ven se mezcla con lo que per12


cibieron en otro tiempo, o con lo que imagina al caminar, e incluso con lo que recuerda haber imaginado o soñado alguna vez. Y la figura que camina junto a él durante un rato es su madre, con el perfil nítido y esa inequívoca manera de andar que tiene Mariana, como si a cada momento se apresurase a saltar desde un puente –piensa él y la idea le hace sonreír por dentro– o, mejor, como si siempre estuviera a punto de tropezar. Sus hermanas pasan por allá, a una docena de metros, entre un bulto de gente. Hay momentos en que cada rostro que mira es el de algún conocido del sanatorio, y no le sorprende siquiera que se cruce en su camino alguien que murió hace meses o, aun, uno de aquellos que nunca, hace cuánto tiempo, regresaron de la guerra. Un joven que pasa rozándole el hombro tiene la misma cara del Gato. Noel Rosales y el guajiro Villanueva atraviesan un jardín del Vedado como si, al cabo de los años, volvieran de aquel recorrido de exploración que emprendieron una madrugada sin que luego se volviese a saber de ellos. De pronto se disuelven las caras y ya no hay calles ni casas. Ignora por unos segundos si aún sigue caminando o se ha detenido, si se ha desmayado o si realmente sobrevuela la noche vaporosa en cuyo corazón se lanza para cumplir esta misión que había olvidado, que olvida a cada momento y que ya vuelve a recordar. En los últimos tres meses jamás se ha sentido así, tan ahogado por cada oleada de fiebre. Qué dicha si comenzara a llover y el agua le aliviara el fogaje del cuerpo. ¿Cuándo vio llover por última vez? Todas las lluvias son una sola a partir de aquella noche, plena de aguacero y relámpagos, luego de la cual se llevaron a Rita María desde la clínica del sanatorio para el 13


Instituto de Medicina Tropical, como a todos los agonizantes, para que los otros enfermos no los vieran morir. O quizás las lluvias parecen una sola incluso desde antes, cuando vio la cara destrozada del Gato sobre el fango, a orillas del río Sanza, cerca de Lagunda. En verdad la cara no estaba destrozada, sino ensangrentada y salpicada de pólvora porque el disparo en el ojo había sido a quemarropa. Dios, si lloviera ahora. Además de esta fiebre, el agua lo limpiaría de este aturdimiento, de estos dolores, de estos recuerdos odiosos. Y un buen aguacero vaciaría estas calles inundadas por el mar de gente que celebra, con el entusiasmo de las ovejas llevadas por fin al pasto caliente, el primer carnaval después de varios años. –Han vuelto los carnavales –le dijo alguien, y en el primer momento Ariel no entendió de qué le hablaba. –Que llueva fuego –imagina que le dice su propia voz. Pero sólo llueve fuego para él, pues ni siquiera durante la anterior gravedad le subió tanto la temperatura. El infierno debe ser algo semejante a esto: un sinfín de almas girando, obsesionadas y solas en medio de la muchedumbre, atrapadas por un calor fantástico mientras los diablos chillan, saltan y se divierten. Se vuelve a secar el sudor de la cara con las mangas del pulóver, muy lentamente, cansado, usando primero una y luego la otra, porque las dos están ya igualmente empapadas. Llovió aquella vez y las gotas de lluvia llevaron del púrpura al rosado la sangre que había en la cara del Gato y le lavaron la pólvora, y el ojo roto de un plomazo se fue borrando poco a poco, disuelto en el agua de pesadilla en que transcurrieron aquellas dos 14


semanas como un par de años, allí, en el calabozo subterráneo de la unidad militar donde Ariel fue recordando los pormenores, segundo tras segundo, de la fatal escaramuza. De vez en cuando se desesperaba, negado a aceptar que el pasado fuera irrevocable y que no hubiese modo alguno de corregir los hechos. ¿Y cómo vivir a partir de entonces con aquel peso? No lo sabía. Nunca lo supo. Simplemente vivió hasta aquí. Y pensar que en una época sentía que su estancia en el ejército era una salvación, o al menos un alivio enorme por aquella manera de vivir al galope sobre acontecimientos indetenibles en la cara más violenta del mundo real. Que hoy le parece tan absolutamente irreal, tan improbable. Y hoy no llueve. Llovió de nuevo mucho después y las gotas de lluvia se llevaron el llanto desmayado de Rita aquella noche, antes de que la subieran a la ambulancia. Ya iba casi sin vida. La lluvia puede llevarse tantas cosas. No todas, pero sí muchas. Y a ella se la llevó para siempre sin ningún forcejeo. Acaso ni con una gran avalancha de lluvia podría refrescar su cuerpo ardiente y librarlo del enorme y ensañado animal de la fiebre que se debate bajo su piel.

Una colina con ocho o diez nombres

Alza los ojos y ve pasar contra el cielo oscuro un espejeo de recuerdos. Los hay abrumadores y los hay divertidos y revueltos como las entrañas de la cartera de Rita, donde uno podía hallar un frasco de jarabe de eucalipto y aloe junto a un sobre de correos repleto de letras de canciones copiadas a ma15


no, además de una lente de microscopio para mirar repugnantes caras de insectos, varios plumones y plumas inútiles, una docena de píldoras para subir o bajar el ánimo, algún par de espejuelos sin dueño, condones, fosforeras de todos los colores –unas sólo con piedra, otras con gas y alguna sin nada–, presillas metálicas, monedas, llaves, una goma intacta en forma de pez, un bombillo de linterna, casetes de música, flores secas, cosas dejadas por gente que ella ya no puede recordar. Y el cepillo de dientes, atributo de nómadas. Qué distinta Lula, después. Tan áspera, tan despreciativa, y, sin embargo, incapaz de hacer lo que hizo Rita María. –Cuando lleguemos a Sumidero vas a ver un mogote con seis nombres –le dice ella con esa manera de hablar como si estuviera perennemente enojada. Y fueron allá por fin en un pase que recibieron Lula y él, aunque, por estar en la categoría de los no confiables, los escoltó un empleado del sanatorio. Sin embargo, ya Ariel no sentía tanta presión como antes y no se molestó por aquel acompañante obligatorio, que se mostró amistoso. –Al principio se te consideraba como uno de los pacientes del sanatorio más peligrosos, potencialmente –le dijo–. Se llegó a pensar en la posibilidad de trasladarte a Nazareno. A él no le extrañaba aquello al recordar las brutales ideas y los planes de increíble violencia que había elucubrado en la época en que entró al sanatorio. Incontables fueron las maneras con que dio muerte a Rita en su mente. Un espectacular incendio en la clínica, en torno a la cama de la agonizante, no fue el procedimiento más cruel. Llovió sin tregua durante tres días. De manera parecida solamente había visto llover en África. Allá 16


también había una colina que tenía como diez o doce nombres en diferentes dialectos. Lo que le gusta de Lula es que no le recuerda en nada a Rita. Piensa, a modo de chispazo, en su madre, seguramente porque un rato atrás le pareció verla entre los transeúntes. Pero hace muchos años que no la extraña, si es que alguna vez ha extrañado en verdad a alguien. Una noche, en África, hasta se dio cuenta, sin alarmarse, de que recordaba de modo muy borroso el rostro de la mujer que lo había traído al mundo. Precisamente ella. Precisamente a este mundo. –Matria es una sola, patria es cualquiera –le dijo una vez a Rita María, jugando con las palabras, y a ella le gustó tanto la frase que se dedicó durante semanas a repetírsela a todo el mundo, pues entonces se las daba de ecologista y llevaba una enorme hoja de marihuana pintada en el pulóver, sobre los senos. Y sin cesar repetía una disparatada canción de su banda preferida: La luna es cuatro lunas: una fue la luna trunca, una ha sido luna fruta, una es la luna puta que será luna ninguna. Pocas cosas le impresionaron tanto a Ariel como aquel aguacero que una vez vio caer sobre el mar. Fue el encuentro de dos aguas insondables: mar cayendo sobre mar: una lluvia derramándose fuera del tiempo hacia lo profundo de un espacio. Imagina él que llueve ahora, pero es que está sudando mucho y atraviesa un aire más frío que su cuerpo. Qué lejos yacen todas aquellas palabras: patria, madre, padre, hermano. 17


Conoció a Lula un domingo mientras contemplaba un desfile gay de modas en el teatro del sanatorio. Ya se habían cruzado en dos o tres ocasiones. Lula tiene el pelo castaño, los ojos castaños y casi castaña la voz, que con frecuencia llega a resultar grosera. Lo primero que Ariel supo de ella fue que, por creerse fea, ocultaba su dulzura bajo la agria cáscara de su carácter. Encontró en ella un rincón tibio y se echó allí como si estuviera en su casa. O como dicen que es estar en casa. Lula no tiene misterio alguno. Ha sido maltratada, malherida, maleada en sus hábitos, pero no está ansiosa por hacerle daño ni siquiera a los que odia. O sea, al resto de la humanidad. –Si el infierno existe no necesita aceite hirviendo ni diablos sádicos –decía ella, mordiendo las palabras–. No hay peor condena que saber que todos nos volveremos a encontrar allí. Lo único que le preocupa es su hijo Giovani, que desde que nació vive en Pinar del Río con la abuela. Si se empeñó en parirlo cuando tenía quince años, luego no pudo con él, ni con la vida de aquel pueblecito que era como un cementerio. Se escapó para La Habana, confiada en el azar, y anduvo durante cuatro años con tribus, caciques y fieles de toda confesión, desde el rock hasta la salsa y el rap, porque en el fondo le daba lo mismo cualquier música. Incluso hay ocasiones en las que sencillamente le repugna ese ruido imparable. Anduvo errante por los desiertos del Nuevo Vedado y por los lánguidos barrios de Luyanó, acampó en cavernas del Cerro y comió de todo o nada durante días. Si acaso, se embriagaba ligeramente con alcohol, porque no le gustaba que la sacasen de donde estaba. Que era en ningún lugar.

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Yo fui Lilith

Entre el edificio Miranda y el muro del Malecón está sólo la avenida, a cuyo borde Ariel se detiene, acaso durante cinco minutos, acaso durante cincuenta. Además de la fiebre, la fatiga le recorre el cuerpo con oleadas de vacío donde resuenan los trombones, los contrabajos y las voces que inundan de música la avenida, esa frontera. –¿Pero qué tú haces aquí? –exclama la muchacha que se ha detenido en la acera, estupefacta, con una macilenta embriaguez en esos ojos únicos– Te reconozco de puro milagro. ¿Qué estás haciendo? Aunque se siente paralizado, se esfuerza en no ver a Rita María. Ni verla a ella ni ver a través de ella, que huele a tabaco, quizás porque el torbellino interior de Ariel construye ese olor para esta visión, o para que él no pueda refugiarse en ella, ya que nada le resulta tan nauseabundo como ese olor a tabaco. El olfato es acaso el único sentido que aún le merece confianza. ¿Pero entonces qué ocurre? ¡Rita no existe ya! En todo caso, la imagen de los difuntos no puede tener olor alguno. ¿O sí? No abre la boca. Tendría muchas preguntas que hacer. O en verdad una sola. Pero ya no vale la pena. Posiblemente Rita viene desde la muerte para ayudarlo a cruzar el abismo. Que es un solo paso. –Antes tenías ojos de loco. Ahora eres un puro diablo –hablan esos labios. No, una alucinación no debe ser tan vívida. Cualquier muchacha puede parecerse a Rita, pero ninguna puede ser Rita. ¿La están viendo los que pasan? Y, si la ven, ¿lo hacen con esta insoportable nitidez? 19


¿Ven sus pupilas de cadáver, esos agujeros negros que devoran luz? ¿Y oyen su voz? Se sienta en un muro junto a la rampa que desciende hacia el garaje del edificio Miranda. Lo que sucede es que nunca acabaron aquella conversación en la clínica del sanatorio y, al día siguiente, muy temprano, se la llevaron para el Instituto, donde murió tres días después. ¿No vendría su fantasma a justificar todo lo que pasó? En tal caso no logra sino aumentar su confusión diciéndole, de pie ante él: –Yo fui Lilith, ¿sabes? La primera mujer de Adán. Antes que Eva –Se ríe con una carcajada áspera, como embotada–. ¿Lilith no es un nombre bonito? Y se ríe de nuevo. ¿Se ríe? Rita María jamás se rió así, que él recuerde, con esa mueca dolorosa, incoherente. La expresión que queda ahora en ese rostro es la de quien olvida de repente lo que estaba diciendo. Y no pueden ser de ese tamaño las pupilas de los fantasmas. Además, ¿de qué habla? ¿Quién es esa Lilith? Se le nubla la vista durante unos segundos y luego el fantasma de Rita, o lo que fuere, ha desaparecido y él empieza a descender la pendiente que conduce al garaje del edificio. ¿La chocante aparición le ha alimentado la fiebre? Ahora duda poder llegar al puñetero octavo piso. No obstante, le agrada dejar a su espalda, por fin, ese revuelto mar humano. Bailar y bailar: todo es bailar para que el pez yerto salte, se retuerza en esa salsa de pimienta sincopada y, sin dejar el baile, meta la cabeza en la arena hasta que llegue el diluvio.

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El ojo verde del Gato

Resulta desagradable, sin embargo, que la música se aleje y se debilite el poder anestesiante de su ritmo. Por otro lado, ya no le duele tanto el cuerpo. Atraviesa el garaje apoyándose casi inconscientemente en el compás del bajo, con el paso ebrio de quien regresa del carnaval. Avanzar es cruzar a duras penas un arco iris formado únicamente por incontables matices del negro. Los colores desaparecen al convertirse en meras variaciones del color que puede absorberlos a todos. Maneras del abismo. Modos de abismarse. El color de la muerte siempre al final de todos los colores. El suelo del garaje es un archipiélago de manchas de aceite cruzadas por incontables huellas de neumáticos. Gotas negras, gamas del negro. El Gato lo mira a través del negro agujero que rompió su ojo verde. Rita María no lo ve, aunque apunta hacia él sus negras pupilas moribundas. Tal vez Rino tampoco existe ya, pero en la unidad militar nadie podrá olvidar aquel retrato del capitán que hizo a mano y con mierda –sólo con mierda pronto ennegrecida– en una pared del calabozo. El pez de ébano que le regaló el Gato tiene por ojos un par de agujeros minúsculos. Ojorrojo lo vio cuando su hermano terminaba de tallarlo con una navaja. Dos mínimos huecos negros en lo negro. –Se llama Leviatán –dijo señalando una revista donde venía un antiguo grabado que representaba al monstruo marino así llamado atrapando un barco con su bocaza. Muerte, negra muerte, rostros muertos, muertas voces. Imborrables recuerdos de los muertos. También la memoria muere. Parece imposible tanta 21


muerte. Pero es verdadera. Y morirá muy pronto. Con él. El abismo es una voz negra que llama sin cesar.

Big Brother, Ojorrojo al teléfono

Ocho pisos más arriba, Ojorrojo cuelga el teléfono y sigue en lo que estaba: bebiendo cualquier ron con los amigos de hoy, que pueden ser o no los de ayer o los de mañana. Si no hubiera nadie, bebería solo. Cualquiera pensaría que tiene los ojos perennemente enrojecidos porque siempre anda borracho, pero lo cierto es que son así, beba o no beba. Por eso el apodo. También es verdad que camina más derecho y parece más sobrio según toma más y más, aunque por dentro sea un zombi, y finalmente no tendrá mucha conciencia de nada a pesar de que se mantenga caminando erecto. Ahora acaba de llamarlo por teléfono un tal Alexis que se dice hermano de un tal Ariel. –¿Quién? –le pregunta, pero enseguida, antes de que Alexis le explique, estallan de golpe los recuerdos que están para siempre asociados con el nombre de Ariel Miró, aquel de cuando aquella guerra. El otro lo interroga insistentemente por el paradero de su hermano, que se ha escapado de un hospital y se halla bastante mal de salud. –Como deliraba por la fiebre lo último que habló con una enfermera fue una sarta de disparates –le explica Alexis, muy sosegado. Pero Ojorrojo no ha vuelto a ver a Ariel desde hace tiempo, y tampoco puede decir que arda en deseos de encontrarse con él. –No puedo hacer nada por ti –dice, y de inmediato trata de buscar una frase mejor. No la encuentra. 22


–Es muy probable que vaya a tu casa –le dice Alexis. –Si tú lo aseguras… –No sabe qué hablar. Aunque ya no le guarda ningún rencor a Ariel por la muerte de su único hermano, no siente la menor añoranza cuando le viene a la memoria, muy vago, el rostro de aquel que, como él mismo, pudo también regresar vivo de África. Claro está que nada de esto se lo dice al otro. En fin, no sabe nada y no puede ayudar a Alexis en modo alguno, aunque quisiera. Cuando cuelga el teléfono, regresa a sentarse, esta vez junto al Dongo, que está desanimado porque la música del carnaval no deja escuchar su guitarra ni su voz, y porque, además, tiene vendado el dedo anular de la mano derecha. Aun así no se da por vencido: El calor derrite la cera del día, sale humo por debajo de la puerta y el viento lo borra antes del techo. Subir y subir es bajar a la fuerza. Lo peor para el Dongo, al cabo, no es la música del carnaval, con sus altibajos de volumen, ni el dedo herido, sino la conversación de sus amigos, continua y a veces inusitada, siempre turbulenta, sin hacer caso de sus canciones, tan discontinuas hoy: Las ratas pueden ser mártires de la ciencia y pueden ser ciegos y alados murciélagos o esas enormes y oscuras ratas solitarias, pero el Gran Hermano Gato te vigila y hace un conteo de sus roedores cada noche, una, dos, tres: por millones los numera.

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–¿Cuándo dijo Marita que venía? –pregunta João, el frenético, y como no lo escuchan repite su pregunta alzando la voz–: ¿Cuándo dijo esa putañera que venía? –¡Ah, porque resulta que estamos esperando a la niña pinta, a la santa Marita! –dice Salmonel, siempre pensando caligráficamente, afinando el tono exacto como al azar, y tan curioso–: Pero, ¿y quién te llamó por teléfono? –Bill Clinton –responde Ojorrojo igual que si le cerrara de un tirón la puerta en la cara. El Dongo canta tratando de vencer insistentemente el ruido del carnaval y la conversación desganada de sus amigos: No duermas bajo la luna blanca porque entra por la puerta de la noche y viene sólo a robarte la cara. Ella, la virgen amiga de los hombres, un rostro único para la novia de plata.

Si Luciano Moca tuviera tu edad

Aunque hace ya un rato que Ariel oprimió el botón de llamada, todavía no aparece el ascensor y ningún ruido baja desde lo alto. Se recuesta a la pared entrecerrando los párpados, sintiendo que poco a poco su cuerpo recupera algo de vigor tras el esfuerzo –el cual le resulta tremendo cuando ya casi se encuentra en casa de Ojorrojo– de atravesar la multitud, bajar hasta el parqueo del edificio y llegar al ascensor. Ante la puerta metálica hay un espejo roto que alguna vez debió ser enorme y magnífico, y Ariel le da la espalda para no caer en la patética tentación de mirarse en él, porque, además de los estragos de su enfermedad, acaso las pupilas 24


del fantasma de Rita han puesto en su cabeza un aura demasiado trágica, grotesca incluso. Del auto que acaba de parquear a escasos metros de distancia sale Luciano, con aspecto agotado, como si hubiera llegado corriendo desde muy lejos, pero al ver que hay otra persona esperando su expresión se contrae. Da unos pasos distraídos y, aprovechando que Ariel no lo mira, lo observa él de hito en hito, sin reconocerlo, sin poder clasificarlo siquiera en su archivo mental. Cuando llega ante la puerta metálica, tras una pequeña pausa de duda, aprieta el botón y se queda a la escucha durante unos segundos. Ariel lo mira entonces, sin reconocerlo tampoco. Casi sin verlo. –¡Ya está roto otra vez este cacharro! –rezonga el hombre en un tono forzado, pero el joven no parece haberlo oído y eso lo inquieta aún más. Se limpia el sudor de la cara y el cuello, vuelve a pulsar el botón y mira de soslayo a Ariel mientras pega una oreja a la puerta metálica. Trata de contener su creciente desasosiego. –No queda otro remedio que coger el elevador de servicio –añade en un tono que quiere tener la precisión de una orden y, volviendo la espalda, echa a caminar. Como supuso, el joven lo sigue en silencio durante el largo trayecto entre los dos elevadores, que se hallan en los extremos opuestos del vasto garaje. –En este año se ha roto tres veces. ¡Tres veces! Para creer estas cosas uno tiene que verlas con sus propios ojos –Y Luciano no concibe que eso que suena sea su propia voz. Llegan por fin ante la puerta del otro ascensor y él aprieta el botón. Se vuelve, sonámbulo, para enfrentar esa presencia alarmante y remota que ha venido tras él. 25


Entonces comienza a escucharse de inmediato un traqueteo metálico que indica el moroso descenso del aparato. Junto a la puerta, cerca del botón de llamada, alguien escribió, rayando la pintura de la pared seguramente con una llave: Deus ex machina. –Apuesto a que estaba en el último piso –dice Luciano. Trata de serenarse hablando. No lo consigue. Este es siempre el peor momento del día: cuando tiene que tomar el ascensor, sobre todo si tiene que coger el más temible de los dos aparatos. Varias veces ha simulado que olvidó algo para regresar al automóvil y no subir con un desconocido–. Tarda una hora para abajo y todo un día para arriba –Intenta hacer un chiste. Ariel lo mira de frente, pero todavía no recuerda al padre del Gato y de Ojorrojo, los hermanos Montes de Oca. La última vez que vino, hace dos años, cuando aquella famosa revuelta de principios de agosto, no vio a Luciano asomar siquiera la nariz fuera de su búnker –como llama su hijo sobreviviente a la habitación donde él y Cristina, casi sin intercambiar palabra, se pasan las horas, las semanas y los años, yertos ante la pantalla del televisor, desde aquel ardiente verano del 89 en el que Luciano fue destituido, aunque al parecer no estaba relacionado directamente con los implicados en el célebre caso Ochoa. –Si tuviera tu edad subiría por la escalera –dice de pronto y el tono de su voz le sigue sonando absolutamente ajeno. Pero ahora lo consuela un poco la idea de que acaso el joven sea amigo de su hijo, de que incluso lo haya visto antes. De haberle alcanzado las fuerzas para ello, Ariel habría estallado en carcajadas, pero sólo alcanza a sonreír remotamente. Si Luciano tuviera lo que él tiene de seguro se echaría al suelo aquí mismo y no 26


se movería aun cuando un único paso le salvara la vida. Aparte de la fiebre y la fatiga, sucede que Ariel, por el asco, no ha comido nada desde anoche. Se seca el sudor una vez más con el borde del pulóver empapado. Tiene la impresión de que para llegar adonde su amigo debe atravesar no sólo tres, sino una docena de dimensiones apretadas compactamente unas contra otras, incluso despedazadas y mezcladas de cualquier modo, borrosamente. –Yo no sé cuándo la empresa hará una reparación que aguante seis meses. ¡O por lo menos cuatro! – Luciano mira nerviosamente hacia arriba por el redondo ventanuco de la puerta y sólo ve los cables en movimiento– Aunque, bueno, con estos bueyes hay que arar. Nuestro vino es amargo, amigo, pero es nuestro vino –Finge un suspiro, o algo semejante, y sonríe, patético–. Pero es muy amargo, ¿no, Germán? ¿Bueyes? ¿Vino? ¿Germán? ¿Otro intento de chiste o pura tontería? Ariel no entiende ya ni una palabra de lo que habla el hombre. La música del carnaval, ahora lejana, sigue sonando en sus oídos como un coro de trompetas que llamaran a un juicio del cual uno sólo alcanzara el preludio, interminable y por ello más torturante que el propio juicio. La sombra chirriante sigue descendiendo pesadamente a través del túnel vertical. –Menos mal que este, sea como sea, funciona. Es un trasto antiquísimo, ¡pero se mueve, Germán! Yo siempre lo he llamado “el abuelo de los ascensores” –Y suelta otro suspiro de patética ansiedad. –Germán no –le rectifica él, en un balbuceo–. Ariel. –¿Qué? –Luciano, en su sordo terror, no lo ha entendido. Como tampoco Ariel comprende su pregunta y se encoge de hombros. En su mente ve ahora, con toda 27


claridad, el rostro de su hermano Alexis. Sin duda alguna ya tienen que haberle informado desde el Instituto acerca de su fuga, Dios mío, y ya debe estar the big cop persiguiendo su rastro por toda La Habana. ¿Y si le pidiera prestada la pistola aunque fuese por un segundo? No sería mala idea, ni tampoco la primera vez que Alexis se la preste a alguien. Luciano pone una mano sobre la puerta como si así apresurara el descenso del aparato. La verdad, empero, es que se halla a punto de salir corriendo. Lo detiene únicamente la seguridad de que este jovencito podría alcanzarlo con un par de zancadas. Está convencido de que no es un amigo de su hijo. “Ariel, no Germán”. ¿Un enviado de ellos? ¡O de los otros! Ciertamente es un joven bastante raro, sudando más que él mismo y con cara de quien acude a realizar algo descomedido. Parecerá luego que al viejo revolucionario lo apuñalaron en el elevador de servicio para robarle algo. No sería la primera ocasión en que el ruido y el desorden del carnaval tuviesen una utilidad parecida. –No soy paranoico –le dice a veces a su esposa para justificar su manía de persecución–, sino conocedor. Y realista. – ¿Y realista? Irrealista, eso sí –replica Cristina sin apartar los ojos de la pantalla. –Ser paranoico no quita que te persigan –concluye él. Tras un último crujido de hierros, y en cámara lenta, aterriza el aparato. Luciano abre la puerta y deja pasar delante al joven. Tampoco ahora vale la pena correr. No tiene ánimos siquiera para regresar al auto. Y, en definitiva, tanto los unos como los otros pueden darle muerte cuando quieran y él jamás tendría manera de evitarlo. –¿Cuál piso? –balbuce, resecos los labios. 28


–Ocho –dice Ariel casi en una única sílaba mientras apoya la espalda en la fría pared metálica. Luciano retiene el aliento durante unos segundos. ¿Debe apretar el botón o no? Por otro lado, este pudiera ser otro de los mil amigotes de su hijo. Otro Germán, otro João, por ejemplo. Otro vago. Hay algunos a los que, incluso después de haberlos visto decenas de veces, jamás los reconoce. Y, si lo hace, nunca está seguro de su nombre. Aprieta por fin el botón del ocho, incapaz de decir que él va para allí también, y se queda mirando por el agujero del techo cómo pasan a velocidad de tortuga los ventanucos circulares de cada piso. El interior del artefacto, de un verde claro y añejo, está cubierto de mil nombres rayados con mil monedas y mil llaves, y la bombilla del techo alumbra tan pálidamente que pocas letras son legibles. Cuando el elevador se detiene Luciano respira como si todavía no creyera haber llegado intacto a su madriguera. Recupera entonces, bruscamente, todo el aplomo. Abre la puerta y sale primero y pisando fuerte. Ariel cierra suavemente y Luciano hace una pausa antes de sacar la llave de su casa, con la vaga esperanza de que el joven se encamine hacia alguno de los otros dos apartamentos que hay en el piso. Pero no. –¿A quién vienes a ver? –Su voz tiene de nuevo la habitual sequedad, la firmeza despectiva. Ariel vacila antes de contestar y lo hace en un soplo, a causa del malestar físico y de que no recuerda el nombre verdadero de su compañero de guerra. Ni siquiera está seguro de que el nombre del Gato sea Luis Manuel. ¿O José Manuel? –A Ojorrojo –dice, bajando la vista y volviendo a secarse el sudor con una manga del pulóver, que por tanta humedad ya parece más negro de lo que es. 29


–Ese no es el nombre normal de mi hijo mayor, sino… un simple nombrete –replica el hombre, arrugando a medias el ceño y sacudiendo con fastidio la cabeza. En el fondo, siente un inmenso alivio. Introduce la llave en la cerradura y empuja al fin la puerta–. Pero ven –le dice y entran a la cocina, que es a donde se abre el ascensor de servicio; caminan por un pasillo que a Ariel le parece interminable y llegan a la sala–. Te lo llamo ahora. Espéralo aquí – concluye, como si ésta fuera la última de una serie de órdenes terminantes, y se va por el pasillo con mal disimulada premura, dejando a Ariel de pie, recostado al espaldar de una gran butaca negra.

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Mapa del tiempo

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Advertencia lunar (aventura)

Al principio no lo creía, pero resulta que tengo cosas que contarte que a nadie le he dicho. Si me hubieras dado la oportunidad (¡o si sencillamente todo hubiera sucedido de otra manera!) tal vez te las hubiera contado antes. Ya nada ocurre igual que cuando te conocí, ni como ocurrió luego durante un tiempo, en aquella época de azares. Ahora ya no hay casualidad posible. ¿O sí? Bueno, te digo: no acostumbro a regresar tarde a mi casa y, sin embargo, en los últimos días lo hago a menudo. Salgo del restaurante (el trabajo que mi padre me consiguió) a medianoche y me demoro en regresar, como si no quisiera morir en mi casa. O como si allí todo estuviera muerto desde hace mucho tiempo. ¡En realidad no voy a trabajar desde hace una semana! Me pagaban bien porque es un negocio particular, muy cerca de aquí (una buena zona), pero ya me cansaba mucho y no se me quita la fiebre. Azotada por Dios y pateada por demonios, así me siento. Una vieja historia: cuando Rita y yo teníamos trece años (todavía no la odiaba bastante), escribí muchas cartas anónimas y logré enredos y peleas enormes: padres, amigos, parientes, todos en un mismo saco y todos acusando a Rita porque se suponía que ella sabía escribir a máquina y mentía muy bien. ¡Y yo no! Cuando aquello dejó de ser divertido me dediqué a algo menos complicado: echaba pomos de tinta en los buzones. Nada de eso me enorgullece ahora y, en definitiva, tampoco es lo peor que he hecho. Te decía que últimamente regreso tarde a mi casa 32


aunque ya no trabaje en el restaurante (además de la fiebre y del cansancio, me pidieron un chequeo médico y no tengo la menor duda de cuál será el resultado del análisis de sangre: ya no hay casualidad). Me voy a caminar por ahí, como por otros mundos. Hace una semana me paré a coger aire en una esquina y vi la luna. Nunca la había mirado durante más de un segundo. Era un puñal curvo y luminoso cortando las nubes que caían hacia el sur. Seguí caminando y me olvidé de ella, pero de pronto vi un brillo a mi izquierda, junto al contén y allí estaba, reflejándose en un charco. Había llovido por la tarde (¡que era entonces una época muy remota!). Me sorprendió otro centelleo en el ventanal de una casa. Se supone que la luna no puede cambiar de posición tan fácilmente. Yo quería irme a dormir ya, o acostarme al menos, pero no reconocía las calles ni los edificios, como si hubiera perdido el rumbo caminando dormida. Y el reflejo de la luna estaba ahora delante de mí, en medio de la calle. Fue como un jarro de agua fría. Ya no existe el azar, recuerda. El mundo había muerto sin que yo lo supiera y la luna me lo gritaba. Si daba algunos pasos más, tendría que pasar por encima de aquel reflejo, y sentí miedo, porque ya bastante que había pisado y pisoteado la tierra, que es mejor que yo. Torcí a la derecha y, andando por el puente de una acera infinita, salí a una avenida desconocida pero acogedora. Yo no era la misma, sin embargo. Te digo: estaba sintiendo lo que otra persona sin relación alguna conmigo estaba simplemente viviendo. Y la luna había palidecido como si el charco la hubiese desangrado, y colgaba del tendido eléctrico, inmóvil, a un metro de la farola parpadeante. 33


Paisaje sombrío con cabezas revueltas (edificio Miranda)

Desde la primera vez que vino a esta casa, la enorme sala le pareció amenazadora, inhabitable. Y, ahora, la música del carnaval tiene aquí tanta nitidez como si, más que subir desde la avenida, bajara desde el cielo recién anochecido. Dos lados del recinto son ventanas y puertas de cristal a través de las cuales puede verse el tropel de las nubes –con vientres amarillentos por el reflejo de las luces de yodo del malecón– que corren desde el mar hacia la tierra, de horizonte a horizonte. Aunque Luciano no le ha dicho que tome asiento, Ariel, pálido y sudoroso, se deja caer en la butaca negra y aprieta los párpados contra la concha que rodea cada globo de sus ojos, como si pretendiera hacerlos estallar. De inmediato, a pesar de su aliento fatigado, lo ataca el irreprimible instinto de escapar de aquí, de bajar corriendo a la calle y alejarse para siempre de un sitio de tan profunda extrañeza. Pero entrecierra los párpados durante unos segundos y no se mueve. Lo peor ha pasado ya. Se encuentra por último en el punto sin retorno. Le resulta imposible concebir que el Gato haya entrado alguna vez por esa puerta, que haya atravesado esta sala, haya hablado con Luciano o se haya asomado por esas ventanas. Dos años atrás sintió algo parecido cuando vino, pero la sensación de ahora es más fuerte. No es un lugar recargado de ornamentos ni estrangulado por un mobiliario excesivo. Se mezclan a partes iguales la sobriedad y la dejadez. Probablemente ni Luciano ni Cristina han estado en esta sala un solo minuto a lo largo de varios años. Si alguien, por ejemplo, se llevara el cuadro de An34


tonia Eiriz que cuelga junto a la puerta del primer balcón, o los tres monos sabios de porcelana que hay sobre una mesita, ¿quién habría de notar su ausencia? ¿A quién le habría importado? Sin abrir del todo los ojos, Ariel mira el cuadro, que ya la vez anterior le había llamado la atención. No es grande, aunque captura un pedazo de una lobreguez enorme: un grupo de personas parece asomarse a una ventana y las cabezas están trazadas con un pincel tan vertiginoso y en tonos tan oscuros que no se puede precisar su número. No hay tampoco el menor indicio de cuál pueda ser el objeto de su interés. En casi ninguno de los rostros hay una expresión nítida, pero los que la tienen bastan por todos: son rasgos violentos, deformados por una sucia emoción, por un sadismo contemplativo que se desborda hacia el afuera de esa ventana. ¿Y qué es lo que acechan? ¿O a quién? Cuando estuvo allí en la ocasión anterior, Ojorrojo le habló de la pintora que hizo ese cuadro y otros cinco que hay en la casa. Cristina la había conocido en su labor como funcionaria; había visitado su casa en un barrio marginal, lejos del centro de la ciudad, donde la artista coja destilaba su negro fervor sobre telas, cartulinas y papier maché. Aprovechando su posición, Cristina le había hecho algún favor importante a la loca Antonia y a los pocos días llegaron dos cuadros. Al mes exacto, la pintora envió cuatro más. La avispada funcionaria se vanagloriaba siempre de haber obtenido aquellas obras cuando todavía no tenían mucho valor. A Ojorrojo aquella historia le hacía reír. Le parecía graciosísimo que –como descubrió en una conversación casual con ella– su madre odiara a muerte aquellos cuadros aunque los mantuviera durante años colgando de las paredes más visibles de la sala, 35


el pasillo y el comedor. Por esa razón no había ninguno en el búnker y la ira de Cristina no llegó al paroxismo cuando su hijo vendió uno de los cuadros. Sin embargo, había llegado casi a lo imposible con tal de que el comprador lo devolviera. Y lo logró sin tener que reponerle ella el dinero, gracias al pánico que le infundieran al frustrado comprador sus puntuales amenazas. Y su amigo llega ahora ante él, pero Ariel no lo ve hasta que el otro le pone una mano en el hombro. Aunque Ojorrojo está bastante ebrio, es capaz de regresar todavía a la relativa sobriedad de unas horas atrás, y pensar, hablar y actuar casi normalmente durante unos minutos. La muerte del Gato, y lo que ocurrió en los días posteriores, pudo haber sido suficiente para que se enfriara todo afecto entre ellos, y ambos lo creyeron así al principio, pero a la larga comprendieron que escarbar en la herida no la curaba y que lo único irremediable es el pasado. Por otra parte, Ariel supone que Ojorrojo desconoce su enfermedad y que sería exagerado pensar que lo supo y que ya lo olvidó, porque entonces sabría también de la odiosa culpa de Rita y algún comentario tendría que hacer, algo diría, aunque fuese un sarcasmo o una extravagancia. –Ven para acá –le dice y echa a andar delante, muy derecho a pesar de lo que ha bebido, acaso demasiado derecho. Ariel se levanta, se queda un instante apoyado en un brazo de la butaca para recuperarse del vahído que sufre con cada cambio de postura, y luego camina en pos del otro, que lo lleva hasta la saleta donde se halla el grupo de amigos. Casi todos tienen los ojos tan enrojecidos como los del anfitrión y el tufo del pésimo ron que beben los rodea como 36


un aura. Ojorrojo lo presenta con un ademán y Ariel niega con la cabeza cuando le brindan un trago, pero tiene que apartar con la mano el vaso que le tiende con insistencia Luiso. Si el mulato larguirucho supiera de su mal no volvería a acercársele, mucho menos para ofrecerle de beber en su propio vaso. Por primera vez luego de un rato largo, Ariel siente ganas de vomitar. Afortunadamente Ojorrojo abre la amplia puerta de este balcón –tercero y último del apartamento– y una racha de limpio aire marino se lleva a la fuerza, arrastrándolo, el olor a ron. Ariel no podría darse un trago ni aunque le aseguraran que así viviría otro año más con las piernas bien firmes. Mirando las caras que tiene ante sí, le parece que el cuadro que vio en la sala se ha vuelto real: un grupo concentrado y sombrío, gente achatada, de borroso perfil, tal vez porque sus ojos sólo pueden ver en este momento bultos de sombras, figuras desdibujadas, rostros que se confunden con muchos otros rostros y con cualquier cosa. El Dongo es de baja estatura y huesudo, tiene más de cuarenta años, una larga trenza sobre la espalda y la guitarra contra el pecho. Sentado en el suelo, sigue cantando algo, aunque la salsa que desborda la avenida lanza sus salpicaduras hasta aquí y enturbia lo mismo sus acordes que sus versos: No vagues bajo la luna azul, no la nombres ni con leves ni con duras palabras, no la invoques como un astro de bronce, cántale como a la eterna dama, porque la perderás y porque entonces será sólo la amarga luminaria.

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–Si fuera Isaac Delgado. O Adalberto Álvarez, vaya. ¡Y hasta el Médico! –dice el Dongo, interrumpiendo su canción y liberando un acorde menor que se ahoga en medio de un sostenido asalto mayor de trombones. –Si fuera Willy Chirino –replica João, chasqueando la lengua, extraviada la mirada y como si nunca se diera cuenta de lo que dice hasta que escucha sus propias palabras. –Si fuera Hiroshima el 6 de agosto –suelta de golpe Luiso, el mulato alto, y hace una mueca de masacre. –Ah, si fuera otra vez aquel 5 de agosto –exclama Salmonel tras sus gafas verdes, insistiendo en su cuidadosa pronunciación, que en ocasiones no deja entender lo que habla. –Ahora es lo mismo –Se encoge de hombros Ojorrojo–. Pero se llama carnaval y es más despacio. –Y no acaba en el mar, sino en el meadero, aunque nos ahoguemos lo mismo –agrega el mulato. –Esto se llama combustión interna –continúa Ojorrojo, pero el tema no le interesa mucho y se pone a hojear una revista. Evidentemente los demás se han animado un poco con la aparición del nuevo visitante. Al llegar, Ariel los había encontrado silenciosos –a todos excepto al Dongo, que no abandona fácilmente su oscuro entusiasmo musical. Salmonel deja que los lentes verdes resbalen nariz abajo mientras dice: –Esto es como aquel cuento del tipo que se defecó en el florero, en la sala de su novia, y después no volvió, por la pena. Los suegros le mandaron un recado: Te perdonamos, pero, coño, ¡dínos dónde lo hiciste! –No entiendo a qué viene eso –se queja João después de meditar un momento. 38


–Mejor, niño, mejor –se burla Luiso–. Tómate otro trago. Don’t worry, be happy.

Mañana será otro día en el río del engaño

Ariel no ha podido seguir la conversación. A veces ni siquiera entiende una frase aunque comprenda cada palabra. Escucha la música como si fuese una lluvia adherente que le cae encima desde hace un siglo. A cada instante en que recuerda para qué ha venido, busca el rostro de Ojorrojo con la mirada, pero lo confunde con los demás o, si no, piensa que es mejor hablarle dentro de un rato, cuando haya recuperado fuerzas. En realidad, lo que le parecía casi imposible, llegar hasta aquí, ya está hecho. –Visto y comprobado: cuando hay fiesta, siempre es la fiesta del diablo –se ríe el Dongo, jugueteando con su dedo vendado y su larga trenza, echada por encima de un hombro, mientras Ojorrojo pone un disco de Mad Season que, bastante subido el volumen, enfría un poco el chisporroteo de la salsa. Los demás se corren hacia allá para asomarse al nuevo sonido y Ariel va a sentarse en una banqueta justo en el umbral del balcón. Ha comenzado a dudar de si le dirá a su amigo la razón por la cual ha venido. En su mente abotagada son tantos los detalles, y tan remotos, casi ajenos, que muy bien podría dejar las cosas como están. ¿Es que el perdón tendría el poder de cambiar algo, de trocar la importancia de las cosas o de mover en verdad algún sentimiento? Los otros siguen bebiendo y hablando a rienda suelta mientras él respira hondo el vasto oxígeno salado como si bebiera agua de vida a grandes sorbos, y no en vano.

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Tú me engañaste y yo te engañé y mañana será otro día truena el coro de la orquesta a todo júbilo, que Ariel escucha por el lado derecho de la cabeza. The river of deceit flows down, oh down, down escucha cantar por el oído izquierdo a Mad Season desde las dos poderosas bocinas que cuelgan de la pared. Es un rock amargo, fuerte y, a ratos, frío, que a las pocas notas ya se le disuelve, como el agua de vida del aire marino. Y es que todo se le escapa, desde el anhelo hasta la pesadumbre, que se funden a la zaga de sus sentidos. Pero se aferra todavía a sí mismo, no sabe cómo y pese a que algo así como una voz distante le advierte de su insensatez. Sobre la baranda del balcón, desde donde está sentado, ve la parte lejana y difusa de la multitud, oscuro mar contra el océano negro, punteado por las luces amarillas del malecón que se parecen a los mechones de petróleo que colocan los pescadores sobre las boyas del palangre. Sabe, porque alguien se lo dijo alguna vez, que cuando una llama se apaga es porque algún pez grande tira del anzuelo colgado de la boya y hunde en el agua la llama. Puede ser un zorro, incluso una cornuda, un azul o cualquier otro de los formidables tiburones que frecuentan de noche esta región del Golfo, incluso desde antes de la crisis de los balseros, atraídos desde siempre por los detritus de la bahía. No llores bajo la negra luna enorme, que evita reflejarse sobre el agua.

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Ariel intenta imaginar un pez tan descomunal que sea capaz de hundir alguna de las luces de yodo del palangre interminable de la avenida. En ese caso no quisiera ir en el bote. Imagina su Leviatán de bolsillo monstruosamente crecido, un desmedido pez de ébano nadando en las entrañas de un mar de alquitrán, tirando y hundiendo dos o tres luces, arrastrando el palangre, sin poder evitar, pese a toda su fuerza, que las restantes luces señalen su presencia capturada en la perfecta llanura del mar nocturno. Quizás no va en el bote ni mira la escena desde un octavo piso, sino que él es ese Leviatán, ni libre ni cautivo, que olvida momentáneamente el anzuelo clavado en su garganta y se ilusiona con un jirón de libertad, el de morir libre de medicamentos, de lástima y, sobre todo, de control. Vuelve a contener el deseo de vomitar. Wake up young man, it’s time to wake up escucha por su oído izquierdo la lenta melodía. Si no vuelves, pues no vuelvas, yo bien que te lo advertí, tú no eres nada sin mí suena en su oído derecho la timba. El Dongo hace continuas escalas en su guitarra, aunque se oyen únicamente algunas notas aisladas –le duele el dedo vendado, pero eso no mella su entusiasmo. Todos hablan, quizás cada uno oyéndose a sí mismo y sin saber lo que dicen los demás. Así que el Dongo lanza una parrafada sobre Mad Season: una banda formada por gente de otras ban41


das, en onda Seattle de los 90, buenos músicos, pero: –Ya me cansan bastante todos esos rockeros alternativos. La cosa no es para tanto. –Claro que no, brother. No han inventado nada nuevo –lo secunda Luiso. –¿Y qué ustedes quieren, señores? ¿La Charanga Habanera? ¿Ese médico salsero? ¡Ni siquiera Formell, por Alá! –salta Salmonel haciendo un gesto de asco– ¿O prefieren ese bodrio que suena allá abajo? Please, Dongo –Y sonríe esperando que alguien ría de su juego de palabras, pues ha pronunciado la frase como si fuera “Please, don’t go”. –Eso es envidia tuya, Don’tgo. No te gusta el rock alternativo porque tú no tienes alternativas –dice João, el único que ha reído, si lo suyo puede llamarse risa, con lo que dijo Salmonel, sin saber bien de qué se está hablando. Pero lo suyo con el Dongo es acusarlo siempre de envidioso. Sabe que, aunque el otro se tiene a sí mismo por buen músico, en la peña de trovadores de cada sábado en el museo municipal del Cerro lo toleran por su perseverancia, pero lo consideran guitarrista mediocre y no muy afinado como cantante–. Si no fuera por tu abuelo te morirías de hambre. El Dongo lo mira con incomodidad, pero enseguida se encoge de hombros y sigue punteando escalas. Su abuelo, que muchos años atrás estuvo muy cerca del trío Matamoros, lo ayuda económicamente con la esperanza de que algún día, no obstante la “incomprensión de los demás”, llegue a ser “alguien”. Y en eso lleva mucho tiempo. –Todas las opiniones están okey y me impresionan muchísimo, niños –interrumpe Ojorrojo como si hablara en serio, cosa que sí hace ahora–: pero hay que ir pensando en el dinero para la próxima botella. 42


Ariel no recuerda bien cómo eran estos encuentros de amigos las otras veces que ha estado en esta casa. Gente distinta o, bueno, no tan distinta. O sea, Ojorrojo anda siempre con gente muy distinta entre sí. ¿Y cómo era mucho antes, cuando los dos hermanos no se habían ido a la guerra? No puede saber más de lo que ellos mismos le contaron en las largas conversaciones durante los descansos. Pero tampoco recuerda muchas cosas. Bueno, se acuerda de que sin la guerra nunca los hubiese conocido.

Oh my Doggod

En un extremo de este tercer balcón, atada a la baranda y medio caída, está la antena del televisor, a la que alguien ha enganchado en la punta un gallo de veleta, curiosamente sucio por un flanco y pintado de naranja fosforescente por el otro. En el colmo de su coraje, el gallo aún trata de voltearse con el viento y forcejea un poco en su soporte, pero la inclinación de la antena le impide todo movimiento. En Angola (aunque ahora tanto él como Ojorrojo prefieren decir África para usar un nombre más abstracto), un soldado cubano practicante de la santería, que siempre andaba a la caza de la “sabiduría religiosa” entre los viejos de los quimbos cercanos, le contó a Ariel la historia del gallo que veía a la muerte, luchaba contra ella cuerpo a cuerpo y la vencía aterrorizándola con una pluma suya que ella no atinaba a quitarse del costado. Aquel era un gallo viviente, sin embargo, y no este grotesco gallo de veleta con un lado color de balsa para náufragos. Puede ser que tampoco haya un gran pez tenebroso bajo el océano nocturno, sino sólo la muchedumbre, la inmensurable concurrencia festiva, el Levia43


tán adormecido con cerveza y salsa que se sacude un poco con el espasmódico entusiasmo de rigor. Si hoy, tan mal como se siente, tuviera un fusil, como Rino cuando sufrió aquel rapto de locura, ¿dispararía también contra la gente? Odia hacer igual que Ojorrojo, que camina ahora con sus manos en los bolsillos, escupe hacia el gentío de abajo y se toma el trago que le ha servido Luiso de la botella recién llegada. Al volverse de regreso a la saleta, golpea con un pie algo que de pronto a Ariel se le confunde con los demás trastos dispersos por el piso del balcón: un viejo muñeco de caucho que alguna vez estuvo bien inflado y que ahora ha perdido volumen; un animal sin contorno preciso, casi esférico, de mansedumbre indudable aunque con una pizca de fiereza. –Déjame contarte, antes de que se me olvide, que tu hermano llamó por teléfono muy preocupado por ti –le dice Ojorrojo, que se ha detenido al pasar junto a él y se sienta en otra banqueta, a su lado, en el umbral del balcón, a cierta distancia de los demás–. ¿De qué manicomio andas fugado? Dice que estás muy mal. Eso se te nota, ¿pero qué es lo que te pasa? Ariel lo mira, dándole vueltas en la mente a lo que acaba de decirle su amigo. Que Alexis haya llamado no le extraña. Trata de medir cuánto puede ser el interés de Ojorrojo en su respuesta, y no le parece que sea mucho. Mira el muñeco tirado en el suelo. Sobre su lomo alguien escribió la palabra doggod, con tinta verde dog y tinta roja god. No recuerda haberlo visto cuando estuvo aquí la otra vez, pero no está seguro. Y tampoco le importa. –Según la Ciencia Cristiana somos perfectos –explica Luiso, con la voz de predicador que usa los domingos en el templo donde, en pocos meses, se 44


ha convertido en un joven líder, vehemente y promisorio, que hará mucho por la causa de la fe racional–. Estamos hechos a imagen y semejanza de Dios, que es perfecto. Por eso es que las enfermedades y los pecados sólo existen en nuestra mente. Cuando uno comprende esto se ha salvado. –Ahí tienes –le dice Ojorrojo a Ariel con una sonrisa de aburrido cinismo–. La cosa es cuerpo sano en mente sana. La salud está en la mente, incluso en la mente del vecino de al lado. ¿En serio que no vas a tomarte ni un trago? –Y lo mira con verdadero interés, como si pusiera pie en tierra después de un demorado salto en paracaídas. Ariel asiente sin decir nada.

Solos en el arte de volar

Perseguida por una jauría de trombones, una trompeta choca y se mezcla con una sirena que al parecer se abre camino avenida Veintitrés arriba. Ariel bebe otro sorbo de aire salado. Aunque muy despacio, cada vez se siente menos el cuerpo. O su cuerpo va perdiendo consistencia. O logra ir olvidándolo mejor. A cada instante boquea menos el pez. We’re all alone canta Mad Season. Los demás ya están hablando de otra cosa, cada cual por su lado. Ahora concibe menos aún la presencia del Gato aquí, en este lugar donde creció, en esta casa que todavía sigue siendo espléndida a pesar de su aire desierto, con una vista de la ciudad paradójicamente formidable y despiadada, con el mar al alcance de la mano como invitando a la fuga y como muro infranqueable al mismo tiempo, con los rostros grotescos 45


que quieren escapar del cuadro de Antonia Eiriz y ese gallo chillón y este perro informe. Mira hacia afuera, pero no hacia la gente en el carnaval, ni hacia el golfo tenebroso, ni tampoco hacia la noche pura de lo alto, sino al aire, como si pudiera verlo. Volar y no volar, qué actos tan distintos, y se le ocurre que el arte de volar sólo se revela, y totalmente, en pleno vuelo. Ojorrojo vuelve a insistirle con un trago. –Tienes cara de tremenda resaca. Metiste demasiado ron, ¿no? Tienes los ojos que ni yo. Y ahora te mueres de asco, por supuesto. Ariel no sabe si habla en serio. ¿Es posible que después de todo su amigo no sepa nada? Bueno, a veces Ojorrojo conoce las cosas que uno menos imagina que pueda conocer e ignora lo que todos a su alrededor saben desde hace tiempo. Como en África. Tan diferente era su hermano, que se daba cuenta de todo y, sin embargo, daba la impresión de que le preocupaban solamente muy pocos asuntos. O uno solo en definitiva: no quedarse rezagado en comparación con su hermano mayor. Recordando aquello, Ariel Miró se repite a sí mismo, por enésima vez, que no volverá a la guerra, a ninguna, sea cual sea la causa, que nunca más será tropa de nadie, ya sea el Gran Brujo Negro o el Mesías, ni siquiera para salvar a sus hermanas, que, además, saben defenderse perfectamente solas. La noche antes de aquel último combate, el Gato le preguntó qué haría cuando acabara todo aquello y Ariel no supo responderle. Ni siquiera le había dedicado un minuto a esa idea. Nunca había pensado en lo que haría al día siguiente, así que cómo ponerse a imaginar lo que haría al cabo de varios meses. Si salía vivo de allí. 46


–Ya veré cuando de verdad se acabe esto. ¿Y tú qué vas a hacer? Estaban sentados los dos en el suelo limpiando con esmero sus fusiles. El Gato echó al aire una bocanada de humo, arrojó la colilla del cigarro y sonrió: –No sé cuál es la segunda cosa que haré, pero la primera será acostarme en mi cama un mes entero y comer y dormir y dormir y comer. –No es mala idea –asintió Ariel–. Posiblemente yo haga lo mismo. Pero no lo hizo. No pensó en nada parecido a comer y a dormir cuando regresó a Cuba, y quizás no lo hubiera hecho incluso si hubiese ido directamente para su casa y no para la prisión militar de Barbosa. –Te ves muy extraño –insiste ahora Ojorrojo y Ariel le ve en la mirada, por primera vez desde que llegó, un destello de sobriedad–. Compadre, tu hermano me dijo cosas bastante raras. –Pensé que probablemente lo sabías –Ariel pronuncia cada palabra con la mayor nitidez posible. –Háblame claro –Y Ojorrojo lo mira. Y lo está viendo, además. Sin brumas. Ariel se lo relata todo en pocas palabras, sin pormenores, para que no decaiga el interés de su amigo ni se debilite su propia decisión de narrarle una historia que ni siquiera él mismo recuerda con exactitud en este momento. Y Ojorrojo no pestañea más que una o dos veces mientras lo escucha, pero no muestra extrañeza. Cuando Ariel termina y respira profundo para recuperar el aliento, se siente tan agotado que no se percata de que a su amigo le brillan de cólera los ojos y tiene apretadas las mandíbulas como si todo el alcohol que hay en su sangre fuera a estallar. 47


–Me cansé de advertirle al idiota de mi hermano que Rita olía a podrido –Su voz no suena como siempre–. Supe que se había muerto, claro. Me lo dijo no me acuerdo quién ni cuándo. Me importó un carajo –Cierra los ojos y se pasa una mano torpe por la cara, varias veces, sobre todo sobre los párpados–. ¿Así que tú también, compadre? –Sin terminar la frase, sacude la cabeza, negando con fuerza, como si quisiera arrojar afuera un pensamiento demasiado molesto; pero su exaltación, lo mismo que el líquido de una vasija que uno revuelve un poco, no demora mucho en sosegarse. Enseguida se toma un trago, y luego otro más. Se incorpora y le dice algo a Luiso o al Dongo. Aunque Ariel no lo esperaba, regresa al poco rato a su lado y, cosa rara, no ha perdido el hilo de la conversación–: ¿Qué piensas hacer? Quiero decir: ¿qué-co-ño-es-tás-ha-cien-do? Ariel no se atreve a decirle en este instante el propósito que lo trajo hasta aquí y prefiere divagar. Le explica cómo otros, con más tiempo de ingreso que él, gozan de mejor salud, para no hablar de los afortunados que llevan años portando el virus sin mostrar la menor señal de enfermedad. No hace mucho él estuvo bastante mal durante mes y medio. Aunque se recuperó notablemente, poco después volvió a ponerse muy enfermo durante tres semanas. Los médicos creyeron que esta vez los parásitos intestinales vencerían su debilitado organismo. Los escasos amigos que tenía en el sanatorio fueron a la clínica para despedirse de él cuando supieron que lo trasladaban para el Instituto. No obstante, como por un milagro, se recuperó de nuevo. Y ahora, otra vez, no recuerda exactamente desde cuándo, se halla en el mismo trance. Mayor milagro que el de aquella recuperación le parece en este momento el de hallarse aquí, respirando y ha48


blando por fin con el hermano de su amigo perdido, a punto de confesarle el motivo de su visita. –¿Pero qué estás haciendo contigo mismo? –insiste el otro– ¿En qué piensas? Ariel tiene la impresión de que conversan en la tregua de un combate o a punto de iniciar una escaramuza, ante la presencia silenciosa y atenta del Gato. –No pienso mucho –le responde. Ya no puede respirar a plenitud el aire salobre, aunque se las arregla para añadir–: Si acaso, trato de saber por cuál número va el conteo a cero. –¿Por qué te escapaste de allá? Eso es lo que te pregunto.

Un relámpago quiebra el cielo lejos del edificio Miranda

–No quiero morirme en un hospital –le dice, tajante, pero su amigo no parece comprender–. He estado demasiado tiempo encerrado por una razón o por otra –añade, creyendo ser más explícito–. Pero no te preocupes, que no he venido a reventar en tu casa –Su sonrisa es un trazo crujiente. –Bueno, eso a mí me tiene sin cuidado, brother –Ojorrojo deja de fruncir el ceño y disfruta de su propio cinismo–. Mira, el Químico viene aquí a cada rato decidido a tirarse por alguno de los balcones, pero siempre se arrepiente con el pretexto de que no quiere des-fi-gu-rar-se. ¡Qué presumido el hombrín! Y yo le digo que es miedo a la descomposición química. Claro, tú tienes la ventaja de que fuiste paracaidista –Nada hay tan sombrío como esta candidez suya, que hasta sus ojos respaldan–. Para serte franco, yo prefiero el alcohol, que mata lentamente: mi caso no es de taaanta urgencia –Hace una pausa, vuelve a arrugar el ceño, y sigue hablando en el 49


mismo tono–: Así y todo, este ron, si se le puede llamar así, es bastante mortífero. ¡Nadie sabe con qué coño lo preparan! Pero qué remedio –Hace otra pausa para darse un trago y añade, repentinamente–: No he saltado de nuevo en paracaídas después de aquella vez cerca de Lagunda, y no lo haría ni para aterrizar en el paraíso. Vuelve a dar un paseo entre los demás, como para revisarles las llagas –no a lamérselas– y ya no le pregunta nada más a Ariel, que por su parte se considera satisfecho momentáneamente. En comparación con el que muestra por los problemas ajenos, y hasta por los propios, el interés de su amigo ha sido notable durante varios minutos. Desde hace unos años, y cada vez más, a Ojorrojo le da lo mismo reír que llorar, beber coñac que matarratas, sumarse a una orgía que servir tragos a los fornicadores, comer mucho o poco y bien o mal, salir a la calle o encerrarse; le da igual ir al cine que al béisbol, conversar con alguien que sentarse a mirar el suelo, trabajar de camarero o albañil que no trabajar en nada. Sólo la música logra cierto vínculo con su ánimo, pero eso tampoco dura mucho. Ya no sabe asombrarse ni discutir con ganas y es capaz de olvidar un número de teléfono de cinco dígitos iguales en tres segundos. No hay gran diferencia entre robar y regalar, ni entre quien miente y quien dice la verdad. Y Ojorrojo es el único apelativo que acepta. Si alguien lo llama Lucianito puede hacerlo vomitar. Como su padre lo sabe, hace años que no lo llama así, sino solamente hijo, que lo hace sonreír siempre. Aparte de eso, si algo le molesta, al menos físicamente, es que Luciano permanezca cerca de él un rato, aunque sea en silencio, con su fétida aura de paranoia y cobardía. 50


A Cristina, que siempre lo ha llamado Chano, la trata con relativa suavidad porque ella le consigue dinero cuando él ya no encuentra modo de resolverlo por sí mismo. Fuera de eso no existe otro tema de conversación entre ellos. –Compréndelo de una vez –le explica en cuanto ella la emprende con su catálogo de enfermedades–. Yo no soy médico. Si quieres mi consejo, pues ve a que te hagan una autopsia y ya sales de todas tus dudas. Cuando Ariel lo vio en la ocasión anterior, aquel turbulento día a principios de agosto, dos años atrás, ya su amigo estaba así. Mirando desde este mismo balcón las carreras y escaramuzas entre policías y civiles, bajo el vuelo de algún helicóptero, mientras pasaban los vehículos militares, Ojorrojo se limitó a comentar: –Aquí nunca pasa nada de verdad. Eso es puro teatro. Y ni siquiera una buena tragedia. Si acaso habrá algún muertecito para que a nadie se le ocurra pensar que fue un juego. Ariel llegó a creer que su antiguo subordinado jamás se había dado cuenta de la causa, o las causas, por las que verdaderamente muriera su hermano. Incluso hubo momentos en los que pensó que aquella desgracia, contra toda lógica, no había tenido grandes consecuencias en su vida. Quizás un relámpago quiebra el cielo a lo lejos. Quizás ha sido un chispazo dentro de sus ojos. Ya tampoco está tan seguro de lo que quiere o de lo que es mejor, y hasta ha comenzado a dejar de parecerle ridículo el retorno al hospital. Durante algunos instantes tiene la sensación de estar viendo, y viviendo, en cámara lenta. Sabe que esa lentitud es ilusoria; pero como la siente carnalmente comienza a sospechar que, muy en el fondo quizás, no hay 51


nada imposible. Dentro y fuera de él, todo se mueve cada vez más despacio. La risa de Ojorrojo, que habla con el Dongo acuclillado junto a él, suena como una espesa sucesión de sílabas sin significado. Tal vez ni siquiera sea una risa. Tal vez no tenga ya la menor idea de lo que es una risa. O incluso una simple sonrisa.

Figuras de polvo en un rayo de sol

La pátina luminosa que una lámpara arroja sobre la esquina del balcón, y que por un momento Ariel confunde con un reflejo del sol, le trae a la memoria, con pasmosa nitidez –tal si fuera una parte hasta ahora olvidada de su propio cuerpo–, la salita de su casa; pero no como podría verla ahora, sino con la visión de cuando era niño. No ese lugar minúsculo, percudido y hostil, adonde regresa en contadas ocasiones y durante poco tiempo, incluso antes de ingresar en el sanatorio; sino aquel sitio de su primera infancia, suficientemente amplio para los juegos que se inventaba. Allí la luz de un rayo de sol, y aun de un pobre bombillo, alumbraba lo suficiente el prodigioso espacio donde él, en desparejo combate, vencería a tres gigantescos hombres muy bien vestidos; los dejaría abrumadoramente derrotados mientras él, parado bajo aquella luz increíble sobre tres restos humanos, demostraba que nadie podría burlarse de él con impunidad aunque no tuviera ni mucha estatura, ni mucha fuerza, ni mucha ropa. Ariel, murmurarían su nombre y lo señalarían al pasar y sabrían que contra él nada se podía. Sus juegos terminaban siempre con una luz muy fuerte y muy clara que iluminaba los cuerpos de sus enemigos desparramados por el suelo. 52


Y recuerda aquel tiempo como si la amargura no hubiera sido algo ordinario, sino una delgada cáscara que los años han ido quitando hasta dejar desnuda la dichosa carne de una vida que, entonces, sólo podía sentir a modo de contrariedad perpetua, de continua derrota. Este balcón de un apartamento en el edificio Miranda no tiene ninguna semejanza con aquella destartalada salita y, sin embargo, esta lámina de luz en el rincón contiene la maravilla que cualquier resplandor podía infundir en aquel lugar, desaparecido de cierta manera sin dejar rastro alguno a pesar de que no haya cambiado en nada. Y eso sólo puede comprenderlo ahora porque entonces no se daba cuenta de que aquella luz era lo esencial. –Levántate del suelo –le dice Mariana, con su pétreo malhumor cotidiano. Él ni siquiera se mueve. Cada vez que su madre pasa a su lado le dice algo, no porque le importe lo que esté haciendo, sino porque quizá es esa su manera de acariciarlo. Si después de oír su regaño Ariel la obedece o sigue en lo suyo como si no la hubiera escuchado, ella no se da cuenta de la diferencia. Lo demás es secundario cuando ya se ha oído a sí misma. Y su frase predilecta: –Coño, si lo que tengo ganas es de tirarme del puente Almendares. Únicamente ahora comprende Ariel aquel reducido mundo de casuchas amontonadas, aquel laberinto de callejones fangosos en el que los sentimientos más lúgubres hacían convivir el sollozo extremo y la carcajada agresiva, la muerte y la fiesta, el pan y la náusea. Incluso las horas de aparente hastío estaban penetradas por una secreta convulsión que, de un momento a otro, podía devenir violencia desatada lo mismo dentro de él que en su casa o en cual53


quier rincón del barrio. Todo estaba impregnado de un perenne sudor, de polvo, de lágrimas, de inmundicias, de sangre, de saliva. Los gritos eran el único sonido desde el amanecer hasta muy tarde en la noche. Todos se guardaban fielmente rencor por alguna causa, apretados unos contra otros, repartiéndose los desechos y el légamo entre canciones de moda entonadas a todo pulmón, entre las noticias cotidianas: La hija mayor de Caridad se pegó candela; Papo mató a otro en una pelea y lo metieron preso; la vieja Regla quiso tirarse del puente, igual que su hermana, pero no pudo; dos borrachos de la Timba violaron al nieto de Sinesio. Un sordo impulso, un ardor es lo único que no lo deja caer siquiera cuando lo fatiga el hambre o siente el dolor de los golpes recibidos a la salida de la escuela, en un juego de pelota o en su casa. Y siempre, siempre, puede pegar con más saña que los otros, si tiene la oportunidad, o correr sin que nadie lo alcance, e incluso cerrar el cuerpo compactamente y resistir cuando no tiene otra salida. Como hace ahora, recostado a la puerta del balcón, cara a cara con la noche. Mi última noche, piensa. ¿Y ya es de noche? Claro que sí. Esto es precisamente la noche. Todo lo demás existe de manera dudosa y tiene de repente menos claridad que los recuerdos. –¿Tus hermanas dónde están? –le pregunta Mariana. Ariel lleva un rato mirando las figuras que los granos de polvo forman en el túnel de un rayo de sol, cansado después de una mañana de domingo llena de carreras, juegos, saltos y riñas en el parque Mujica que, aunque no está tan cerca de la casa, es el paraíso más cercano para los chiquillos de la ba54


rriada. Cuando se encoge de hombros para responder a la pregunta, ya ella se ha marchado –a la calle o a la cocina, quién sabe– perturbando a su paso las figuras de polvo que luego, poco a poco, recuperan su frágil quietud. Pero regresa pronto porque ha olvidado algo y vuelve a deshacer las figuras en el túnel de sol. Es el ir y venir en que se enreda Mariana siempre con los primeros rones, justo antes de comenzar a mezclar silbidos y palabras, canturreos y maldiciones. –¿Y dónde está Alexis? –le pregunta, ahora con los brazos en jarra y las manos apretadas contra su flaca cintura, mojado el pelo, ajado el rostro y rajada la voz. –Qué sé yo. No soy su papá. Una de las manos se suelta de la cintura y le cruza la cara como un látigo de cinco puntas. –Tienes que ocuparte de tus hermanas, carajo, que son mayores que tú ¡pero son hembras!, y de tu hermano, ¡que sí es menor que tú! –A mí qué. –Me vas a volver loca, Arielito. ¡Ya me tienes loca! Siempre lo mismo y lo mismo, ¡Virgen de la Caridad! Con el trabajo con que uno pare y mira esto –Él se encoge de hombros y ahora es la otra mano la que abandona su cintura para azotarle el rostro, pero esta vez Ariel tiene tiempo para echar la cabeza hacia atrás–. Tú verás, coño, que el día menos pensado le voy a pegar candela a esta casa de mierda, ¡y al carajo con todo! –Como si te la comes. Mariana salta sobre él, lo atrapa y lo golpea con las dos manos hasta que se cansa. Luego retrocede unos pasos, tambaleante, jadeando como si hubiera hecho un trabajo agotador, con el rostro bañado en lágrimas. 55


–Aprende a respetar a tu madre, hijo de puta –le advierte, enronquecida, tropezando con las palabras–, o te mato con mis propias manos, que yo fui la que te trajo al mundo. Ay, coño, qué ganas de tirarme al río. Ariel no se ha movido. Sólo ha cerrado los ojos esperando que termine, repitiendo, como acostumbra, en su mente, las palabras de ella: hijo de puta. Lo único imprescindible, siempre, es no caer. No llorar y no caer. Y jamás ha llorado ni ha caído. Ni ha pedido perdón. No ha pedido, en verdad, casi nada. –Serás un buen hombre y llegarás lejos –le dice a veces Claudia, una vecina buenaza que se empeña en tratarlo como si fuera un ángel momentáneamente descarriado. –Sí, cómo no, mi tía, muy lejos que llegará –replica Mariana, que la ha escuchado decir cosas parecidas varias veces y que no soporta su letanía–. Por lo menos a la cárcel de Boniato, si es que no hay alguna más lejos. Para Ariel es casi peor lo que le dice Claudia que lo que le dice Mariana. ¿Cómo puede imaginarse esa vieja blanda que hay en él algo aparte de un amordazado odio hacia todo el mundo y hacia todas las cosas? No, ella sólo quiere engañarlo para que se deshaga de su rencor y se convierta en un estúpido cualquiera. Pero Claudia tenía razón. Ariel se convirtió en un buen hombre, un buen soldado, y llegó lejos, muy lejos, a África, que es casi otro planeta. Y su madre también tenía razón, porque llegó a la cárcel, aunque no fuera la de Boniato. Lalo, un sargento pinareño, decía siempre que a él le daba lo mismo el ñame que el boniato, pero que prefería el jamón. Murió quemado por la fiebre, 56


con la boca rota de sed, diciendo cosas que no se entendían, sílabas dispersas. Aunque en vano, Claudia no deja de defenderlo. A su vez, él tiene que defender a sus hermanas o a Alexis cuando se meten en problemas, o sea, a cada rato; pero no lo hace realmente por ellos, sino por él mismo. Nunca aceptará ser derrotado en ellos. Sus hermanos no serán jamás su punto vulnerable. Lo peor, con todo, es Mariana, que bebe alcohol como un hombre, anda siempre con hombres, gana dinero de los hombres, pega y recibe golpes como un hombre y habla como un hombre, pero los hombres no la tratan como a un hombre, sino como a una perra callejera. Cierta noche, ella y el viejo Fonseca, uno de sus amantes ocasionales, discuten ante la puerta de la casa, borrachos, y él le da un bofetón a Mariana en el momento en que Ariel, pese al malestar de una gripe que lo tiene cogido desde hace una semana, trata de quedarse dormido. Habiéndolo escuchado todo, salta de su camastro en la sala, se asoma por la puerta abierta y ve que el hombre y su madre están a un par de metros de la puerta, en medio del angosto callejón. Fonseca la tiene agarrada por un brazo y, mientras ella se retuerce y le grita ofensas de todos los colores, él vuelve a abofetearla. Ariel va a lanzarse sobre Fonseca cuando Mariana se percata de su presencia y lo detiene con un vistazo amenazante. –Vete a dormir si no quieres ver lo que le pasa a uno cuando se mete donde no lo llaman –le ordena, pastosa la voz. –Duerme, muchacho, que nada más estamos conversando –dice Fonseca, bamboleante. Ariel se queda mirándolo unos instantes sin decir nada y luego les da la espalda y regresa a su 57


camastro. Ellos no vuelven a reñir en el resto de la noche. Unas semanas después, no obstante, mientras él se halla en la cocina comiendo acuclillado con el plato sobre las rodillas, oye que Mariana entra con alguien. Vienen discutiendo seguramente desde hace un rato. Por la voz reconoce que es Marcos, otro de los amantes de ella, el cerdo colorado y barrigón que se cree un gran magnate porque administra una bodega. En cuanto escucha el golpe sordo y el grito contenido de su madre, Ariel salta y llega ante el hombre en un par de zancadas, encaja el plato contra su carota grande y, antes de que Marcos tenga tiempo de reaccionar, o siquiera de verlo, lo aferra por el cuello de la camisa y lo arroja contra el ventanuco de la sala haciéndole sacar medio cuerpo afuera, para luego lanzarlo por completo al otro lado pateándole el culo e izándolo por las piernas del pantalón. –¿Y tú quién eres? ¿Quién es este, Mariana? –grita el hombre antes de caer de cabeza sobre el fango del callejón lateral. De inmediato se levanta y, espantado por aquel ataque fulminante, echa a correr arrastrando los pies. Aún no se ha perdido el chapoteo de sus pasos cuando Mariana, irritada como nunca antes y tan borracha como siempre, toma de la repisa unas tijeras y se las lanza, pero Ariel esquiva el golpe sin dificultad y huye de la casa, seguido por los insultos de ella, feliz de haber matado por fin sus viejas ganas con aquellos tipos. Sus hermanas se asoman a la puerta del cuarto, miran las tijeras en el suelo y no dicen nada, no tanto por temor a la cólera de Mariana como porque no acostumbran a decir nada que sirva de 58


protección o coartada a sus hermanos varones. Que se jodan o que se defiendan entre ellos. Pero es que ni siquiera se defienden una a la otra. No han aprendido a hacerlo y tal vez suponen que no vale la pena. Al día siguiente, como es habitual, Mariana no recordará nada. Ni querrá acordarse. En definitiva no ha ocurrido nada extraordinario. Y acaso Marcos, en los siguientes días, no tendrá ocasión de hablarle porque ella entonces andará con Eusebio, el chapistero de un brazo todo azul por los tatuajes que se hizo en prisión, tan viejo y tan borracho como los demás. Todo eso lo sabe también Ariel mientras se aleja de su casa por el laberinto de senderos enlodados. En el punto en que la última callejuela se articula por fin con la avenida, que es una de las entradas del barrio, se encuentra con su hermano.

No hombre-perro

Alexis parece venir desde el puente Almendares, caminando deprisa, sin duda escabulléndose luego de alguna de sus enmarañadas jugarretas. Aminora un poco el paso para decirle: –Qué suerte que te veo –Y agrega en un susurro–: Pero tú no me has visto. Volviéndose, Ariel lo mira hundirse en una callejuela lateral porque, claro está, Alexis no va para la casa. Es posible que ni reaparezca en un par de días. Ariel sacude la cabeza y continúa su camino. Prefiere ni suponer siquiera qué puede haber hecho su hermano, que ha sido así desde siempre: queriendo todo el tiempo estar en donde no está, estando donde no debiera, calculando minuciosamente cada detalle de cosas que no le importan en absoluto, 59


enredándolo todo como si le resultara insoportable convivir con lo simple. Un día, por descuido, deja arder la cocina de querosén mientras arregla mentalmente la pecera donde crecerá Flamingo, un enorme goldfish imaginariamente suyo que en verdad pertenece a su amigo Pedro Pablo. ¿No será mejor envenenarlo si no se atreve a robárselo y tampoco a negociarlo? La gran suerte del barrio es que un vecino acude a tiempo, pues a partir del fuego de la cocina todas las casuchas en derredor hubiesen cogido candela también, no importa en cuál dirección estuviera soplando el viento. Notorio enemigo de cualquiera, colegial, vecino o maestro, Alexis quiere ser a la vez el único aliado de Ariel, su consejero exclusivo, su hijo, su padre y, para colmo, la persona más perfectamente ajena a él. Pero nunca consigue asumir siquiera a medias ninguno de esos papeles, a pesar de toda la intensidad emocional que pone en sus intentos. Espía total en la casa, es capaz, por fisgonear y delatar, de acusarse a sí mismo. –¿Adónde vas, Ari? –Él ni lo mira– ¿De dónde vienes, Alexa? –Ella le echa un vistazo de arriba abajo como si fuera un tótem de madera– ¿Ariadna, quién es ese hombre? –Su hermana mayor, por toda respuesta, le mete un pedazo de chocolate en la boca– ¿Para qué quieres eso, mami? –Con tal de evitar más preguntas, Mariana le lanza lo primero que tenga a mano– Ari, ¿por qué nunca me cuentas nada? –¡Porque no quiero que toda La Habana lo sepa! –le responde Ariel abriendo los brazos. –¿Qué vas a hacer mañana? –Haz tú lo tuyo y olvídate de mí. –¿De dónde sacaste ese dinero? –Del banco. 60


–¿Qué banco? –Un banco del parque Mujica. Y aun así es quien más lo quiere, a pesar de que a veces necesite odiarlo o simplemente hacerlo estallar contra él o contra algo en torno a ellos para confirmar su afecto, lo que le ha hecho merecer alguna que otra trompada. No obstante, en los casos extremos, Ariel se limita a mirarlo, sólo a mirarlo, dándole a entender que no quiere clavarlo en el suelo, y después nunca le guarda rencor porque sabe que de cuantos seres humanos conoce no hay uno tan lunático como ese muchacho de ojos desorbitados. –Soy bombero –le dice, unas semanas después de que Ariel haya comenzado su vida militar, con orgullo de astronauta y mostrándole un uniforme verde olivo de recluta. Porque con frecuencia no pretende sino imitar a su hermano mayor, aunque a distancia, y por eso se empeña y consigue por fin pasar el servicio militar en la unidad de bomberos de la avenida Veintitrés, en el comando Ocho. Participa en las misiones más riesgosas, lo mismo en incendios infernales que durante operaciones de salvamento en edificios derrumbados, hasta que se cansa de su propio heroísmo. Se enamora, se casa y se separa de Joana en quince días y, súbitamente, se enrola en lo que casi ningún habanero se enrola en esta época. –Soy agente de orden público –le dice un día a Ariel con una serenidad escalofriantemente vanidosa. –Ahora sí estamos bien. Tú policía –Ariel disimula su asombro–. Magnífico –Y se quita el reloj de pulsera y se lo entrega–. Te lo regalo. Un buen policía debe saber siempre la hora exacta. Me encantaría que no lo vendieras. 61


–Gracias –Alexis está a punto de echarse a llorar y posiblemente es la primera vez en su vida que pronuncia esa palabra. A los cinco minutos, ya Ariel siente arrepentimiento por haberle regalado algo que acababa de ganar apostando a uno de los perros de pelea de Felito y que, sobre todo, le hará falta para sus entrenamientos en las Tropas Especiales, pero ya no podría quitárselo ni cogiéndolo por el cuello. Ahora, en casa de Ojorrojo, en el balcón que da a esta noche de mar negro y carnaval, recuerda aquel reloj y repara de pronto en que su hermano jamás se ha deshecho de él, a pesar de la variable importancia que tiene cualquier cosa en su revuelta cabeza. Al poco tiempo de llegar a África supo por una carta de su puño y letra que había tenido “algunos problemas” y había “recibido la baja” de la policía. A partir de entonces estuvo varios años trabajando en cualquier cosa, o en nada, enamorándose y desenamorándose con diferencia de días, comenzando cursos de incontables oficios, y todo terminaba siempre en “algún problema”. Pero, cuando ya Ariel había regresado a Cuba y se hallaba preso en Barbosa, su hermano le anunció muy satisfecho, en otra carta –esta con caligrafía ajena–, que había vuelto a ser aceptado en la policía, pues de verdad había cambiado mucho y ahora era “capaz de asumir las mayores responsabilidades”. Nadie que lo conoce puede creerlo, pero Alexis aparenta ser un agente del orden público recto y aplomado. Aunque en ocasiones se descontrola y arma un escándalo callejero muy inapropiado, no se siente incómodo en su papel de guardián de la tranquilidad ajena y anda por doquier con la cabeza en alto. 62


–Un hombre de verdad no se convierte en un perro de la noche a la mañana –suele decirles a los viejos conocidos, que no dudan de sus palabras–. Ni de la mañana a la noche. Pero cuando se entera de que Ariel, un tiempo después de salir en libertad, se relaciona con vagos habituales, melenudos y gentuza de parecida calaña, lo cita para un terreno de béisbol exageradamente lejos de la casa, dispuesto a discutir con él grandes cosas durante toda la noche, a lo papá, y a intercambiar trompadas si es necesario. Hace todo lo posible por comenzar suave, y no puede. –¿Drogadicto mi hermano? ¡Eso sí que no! ¿Cómo es posible que tú me hagas esa mierda a mí? Ariel toma la conversación con una paciencia que no creía tener y zanja el diálogo diciéndole, como de pasada, que hace y hará lo que le dé la gana, que si no le gusta pues que se meta la pistola en el culo y, en fin, que se vaya al carajo ahora mismo. Alexis, con la gorra bajo un sobaco, se pasa la mano por el pelo una y otra vez, pensativo, mirando al suelo durante largos minutos. –Estoy perdiendo mi tiempo contigo –dice mirando preocupado el reloj como si tuviera algo importante que hacer. Acaban la noche emborrachándose en un bar clandestino del barrio, como para que quede bien claro quién es Alexis el policía y cómo su hermano está por encima de todo. Naturalmente, a partir del día siguiente y durante varias semanas, no vuelve a dirigirle la palabra ni siquiera cuando se lo encuentra en la calle. –So comemierda –es lo que Ariel se limita a decirle entre dientes, casi con aburrimiento, cuando se entera de que ha empezado a nadar en las turbulentas aguas del juego prohibido y que incluso alquila 63


a veces su pistola, todo “para levantar un poco la economĂ­aâ€?. Como si fuera el rey de algo, Alexis lo mira desde arriba y se encoge de hombros.

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La rosa azul

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Paisaje sobre paisaje

Apreté el paso. Te digo: estaba huyendo del sueño de alguien sin fijar la vista en nada y a cada paso más deprisa, hasta que me di cuenta de que lo que hacía era precisamente hundirme en aquel sueño ajeno del que quería escapar. Pero no me paré. Veía, con una nitidez espantosa, que no podía escapar, que ya no era de noche y que iba por dos lugares distintos al mismo tiempo: la avenida que pisaban mis pies y, superpuesta a ella, la avenida de aquel sueño de alguien. No sé de cuál de las dos avenidas brotó aquella manada de perros que ladraban a coro. Aunque no creo haberles mostrado mi alarma, uno de ellos aulló y sentí repugnancia porque me pareció que, en su ladrido, decía algo así como ¡Lina! Sin embargo, me hubiera gustado llamarme Lina. La jauría me rodeaba y avanzaba conmigo, cada vez más amenazante. Dos o tres se atrevían a rozarme las rodillas con sus hocicos fríos y no se apartaban cuando yo intentaba asustarlos con los mil-y-un-ademanes-quese-me-ocurrían. Ya no me dejaban caminar, enredándose con mis piernas y dando vueltas compulsivas. Sin embargo, no me asombraba que no me mordieran ni intentaran hacerme caer, y que tampoco quisieran impedirme cruzar la calle o retroceder. Lo único que procuraban era detenerme. Así que me senté en un muro bajo, de espaldas a un jardín petrificado. No soplaba la menor brisa. Desconcertados por mi súbita rendición, los perros improvisaron un semicírculo muy torpe delante de mí. Te digo que tuve que echarme a reír con una 66


convulsión de todo mi cuerpo y me atravesó el pecho una punzada de dolor que se detuvo en mis dientes. Me sacudía una carcajada interminable pero inaudible. Aunque me ahogaba, de la boca no me salía ningún sonido. La risa se convirtió en un grito de pánico también silencioso a pesar de que dentro de mí escuchaba vociferaciones, sollozos y alaridos (¿míos o ajenos?), que los perros parecían poder oír también porque, desorientados, se fueron dispersando uno tras otro hasta que en escasos segundos no quedó ninguno a la vista, como si cada uno hubiera ido a buscar su propio escondite o a extraviarse por un atajo distinto. Te digo: yo fui Lilith. Te lo dije ya hace un rato, antes de que subieras a ver a Ojorrojo. Me pregunto si te sientes tan mal que tienes que volver aquí por aquello del Gato, como el asesino que vuelve al lugar del crimen. ¡Me asombra ver hasta qué punto puede llegar tu ingenuidad, soldadito! ¿Piensas en serio que dentro de poco serás llevado a un lugar en donde deberás rendir cuenta de todo lo que has hecho? ¿No te parece que eso es precisamente lo que ha ocurrido ya? Si temes ir al infierno, dime tú como se llama el lugar en donde has vivido cada uno de los instantes de tu vida. Es posible que me equivoque, claro está, pero si algo yo siento de seguro es que estoy a punto de liberarme. Nada más que eso, te digo, y nada menos. Estoy a punto de escapar. De veras.

Mejor no te mires en el espejo

Cierra los ojos por un momento y desaparece el panorama de la avenida cubierta por una multitud que busca beber cerveza o ron, comer de lo que vendan, ir y venir, saltar al ritmo de alguna orquesta 67


y olvidar todo lo demás durante un rato antes de irse a dormir con la ilusión de haberle dado un buen mordisco a la dicha. Ariel tampoco quiere acordarse de su casa, ni de Mariana, ni de Alexis, ni de sus hermanas. Pero su memoria tiene golpes de nitidez que le hacen sentir, pese a todo, la inutilidad del rencor, y, en seguida, el sencillo cansancio de sentir. Todo es pasado. No hay nada más que pasado. Y muchas cosas, en verdad, sólo podrían arrancarle una enorme sonrisa, o una carcajada. Ah, como cuando se dio cuenta de que Alexis le robaba las pastillas que escondía en un zapato. Primero no le importó mucho y luego ya no le sorprendió que su hermano siguiera haciéndolo aunque evidentemente sabía que él ya se había percatado. En no pocas ocasiones se llevaba siete u ocho píldoras de un solo golpe. Más inquietante le resultaba lo que le contó un amigo del barrio: el astuto y audaz policía se estaba dedicando a registrar a los sospechosos que conocía bien, en general porque eran amigos de Ariel, y cuando les hallaba pastillas se las quitaba para su propio consumo sin decirle ni una palabra a nadie. De modo que para ellos era peor encontrarse con él que con un oficial del DTI, que difícilmente tendría tan buena puntería. Mirando la forma monstruosa del Leviatán de la muchedumbre, Ariel recuerda el sabor de la cerveza y los tamales y siente un vahído que parece nacerle en la base de la columna. Con cualquier otro sabor tal vez le ocurra igual. Aunque quizás el agua no le provoque náuseas, sólo con pensar en ella experimenta la sensación de que por su garganta baja una arena ardiente sin semejanza con el líquido o con el fuego mismo. Al menos con el fuego que tanto lo fascinara en una época. 68


Tendría más o menos trece años cuando se dio a acariciar el sueño de hacerlo arder todo, comenzando por su casa y su barrio, e ir más allá, hasta donde pudiera llegar tea en mano –que no por azar era hermano de Alexis. Sin embargo, la piromanía no era un anhelo impostergable y prefirió dedicarse antes a robar ropa de las tendederas, bicicletas, dinero de borrachos, a destrozar vidrieras por placer y a comprar y revender lo que pudiera en el mercado negro, gracias a todo lo cual fue arrestado en varias ocasiones y hasta lo internaron a veces en centros para reeducación de menores. Y nunca sintió arrepentimiento ni vergüenza, sino sólo la rabia por no haber logrado evadir el castigo, como mismo jamás creyó que su estado pudiera empeorar si ya no tenía nada que perder. No había un rincón que pudiera llamar suyo ni objeto alguno del que temiera ser separado. Y se daba cuenta de que las cosas en sí mismas importaban sólo según lo que importaran para otros. Tampoco le importaba en absoluto que lo separaran de ninguna persona. De hecho jamás extrañaba a nadie. Aun más, desconocía casi por completo la sensación de la añoranza. –Eres una persona y vives entre personas. Así que, aunque no lo creas o no te guste, no puedes comportarte como si estuvieras en la selva –le decía Gilda Más, su última reeducadora, que tenía una apariencia hosca y empezó siendo muy severa con él, pero se fue apropiando sin prisa alguna de su confianza y llegó un momento en que sentía algo parecido al alivio cuando ella aparecía. Si al principio aquellas palabras no significaban mucho para él, Gilda, sin embargo, tenía toda la paciencia del mundo y era persistente–. ¿O es que no te gusta que te traten como a una persona? –Ariel se encogía de hombros mentalmente– Si no eres capaz de com69


portarte con los demás como te gustaría que ellos se comporten contigo, tendrás que pasarte la vida encerrado. –Para usted todo eso es muy sencillo –se atrevió a decirle un día. –Claro que sí –le respondió ella–. Para mí es muy sencillo que esa no puede ser la porquería de vida que tú mismo quieres para ti. Tratar con Mariana, no obstante, era para Gilda mucho más difícil, pues le costaba trabajo ponerla en su lugar de madre y deshacer sus mentiras y sus dramáticos subterfugios, además de obligarla a comprender que no debía asumir el problema como si fuera una injusticia exigirle responsabilidad, como si toda la culpa la tuvieran aquel asqueroso barrio marginal y el carácter turbulento de su hijo, y como si ella fuese sólo una infeliz y tesonera mujer amenazada por la autoridad. Cuando, al cabo de varios meses, Ariel se convenció de que creía en Gilda como no había creído en nadie ya no pudo hacer otra cosa que refrenar en lo posible su ánimo belicoso, fingir cierto arrepentimiento y, en fin, apartarse lo más posible de cuanto ella consideraba delito y violencia. Cuando Gilda consiguió para él una beca en una escuela del Wajay, estuvo a punto de la sublevación, pero terminó aceptando y, aunque al principio tuvo algunas riñas y no demostraba interés por casi ninguna asignatura, finalmente aprobó el grado con un rendimiento aceptable. Si bien sentía que Gilda era de alguna manera su madre y merecía su completa gratitud, Ariel lograba ya tratar a Mariana sin rudeza e inclusive con cierta estima. Llegó a temer que hubiera algo de cierto en su amenaza de lanzarse desde el puente Almendares. Más trabajoso le resultó (y esto no tuvo nada 70


que ver con la reeducadora) encontrarse y conversar con su padre, si es que resultaba serlo fuera de toda duda, soslayando que Mario Miranda nunca se había preocupado por él –a no ser durante los últimos meses, tratándolo ya “de hombre a hombre”– y había sido siempre un viejo pervertido que nadie respetaba, que avergonzaba a los que lo conocían y que tenía una cantidad indefinible de supuestos hijos. –En cada provincia he dejado dos o tres –alardea el veterano camionero en cuanto se toma dos cervezas–. Y tú me estás saliendo el mejor encaminado –le dice con un descaro intolerable para lanzarse enseguida a contar los infortunios, azares y hazañas de su propia vida, coronados finalmente con un éxito incuestionable a todo lo largo y ancho de las carreteras del país. Y hoy le parece que no ha vuelto a verlo en muchos años. ¿Cuándo fue la última vez? No vale la pena intentar recordarlo, pese a esta repentina claridad de su memoria. Mario es un accidente remoto en una vida remota, casi irreal. Tan pocas veces lo ha visto. Ni siquiera han tenido tiempo de explicarse sus diferencias. Y ya no lo tendrán. Aunque Ariel dudaba que Mario supiera algo sobre su enfermedad, a los nueve o diez meses de hallarse en el sanatorio de Santiago de las Vegas vino a verlo Alexis y le entregó cien pesos que le enviaba su padre con la única condición de que no se lo dijera a nadie. Ingenuo el viejo si no conocía a Alexis. Al día siguiente, en diferentes versiones, todo el mundo conocía el hecho en varias manzanas a la redonda. Como Alexis era incapaz de contar un hecho sin mejorarlo según su gusto, los detalles variaban incluso si hablaba con la misma persona en dos días diferentes. De esa manera, la cantidad de dinero iba desde diez pesos hasta doscientos, y Ariel 71


había llorado al aceptarlo, le había enviado una parte a Mariana o lo había roto en pedacitos –en otra versión, el mismo Alexis había puesto la mitad para completar los cuatrocientos pesos. Por su parte, al regreso de su siguiente viaje, que fue sólo hasta Trinidad para llevar insumos de turismo, Mario se encontró con las mil variantes del cuento y tuvo que narrar la versión original, comentando, sin embargo, mientras mezclaba las fichas de dominó con amplios movimientos circulares de sus manos, que menos mal que su hijo no se contagió por maricón ni por drogadicto, sino por “andar con tantas putas”. –¡Eso lo pescó en África, compadre, no sea bobo! –exclamó uno de sus vecinos poniendo ruidosamente una ficha en la mesa, sin virarla aún– Pregúntele a Osorio qué yo le dije en cuanto me contaron lo de tu chamaco. ¡Y me pegué, coño, con el seis ocho! ¡Capicúa pa’ ti, Mayito! ¿Tu camión no tiene catorce ruedas? ¡Pues ahí tienes catorce más! Claro que este fue el relato que le hizo su hermano y él no tenía más opciones que creerle o no creerle. Como Mario no era su padre, eso lo incluía de manera automática en la lista de quienes Alexis llamaba sus “personas prohibidas”, las que podían morirse ahora mismo o seguir viviendo, y que no le servían siquiera para el odio por razones tan sutiles que Ariel no intentaba ni suponerlas. Se levanta, pasa lentamente entre los demás, que siguen conversando a su manera, y entra en el baño cuando ya está a punto de caer de rodillas al suelo, extenuado. Después de quedarse unos instantes recostado a la puerta cerrada, tiene que sentarse un rato en la taza con la cabeza sobre las rodillas, respirando lenta y profundamente hasta que se le alivia la fatiga. 72


Por fin, incorporado otra vez, se echa agua en la cara, bebe un par de sorbos, se seca el rostro y las manos con papel sanitario y, apretando los párpados, se yergue frente al espejo. Ha podido resistir desde hace varias semanas la tentación de mirar aunque sea por un segundo, pero ahora llega a tornarse ridículo ese coraje que disfraza su temor a la realidad. El del espejo tiene también los ojos cerrados por el horror de ver que el otro abra los suyos para mirarlo y lo arroje en el abismo donde él se halla. Mandy, quien en una época se hacía apodar el Dandy, le confesó a Ariel que jamás había vuelto a mirarse en un espejo desde que lo internaron en el sanatorio de Santiago de las Vegas. Despega los párpados sólo para abrir la puerta y regresar con los otros, casi arrastrándose. También esta vez ha conseguido no mirar su propio reflejo. –Tocar una guitarra, brother, es coger tu cuerpo astral y manejarlo de forma que suene –explica el Dongo mirando los ojos de Salmonel tras las gafas verdes–. Una persona sin suficiente aura luminosa no puede tocar una guitarra con verdadera irradiación. Las cuerdas tienen que vibrar por simpatía con las fibras del aura. Cuanta mayor sea la cantidad de fibras, mayor será el registro. Si tienes una sola octava astral, mi hermano, nunca podrás hacer sonar una guitarra ni la centésima parte de lo que podía hacerla sonar Jimi Hendrix, que tenía en su aura un registro más amplio que el órgano de Atlantic City. –¿Eso es por Alamar? –lo interrumpe Salmonel y João suelta una carcajada de roedor. Ariel, de regreso a su asiento, no está escuchándolos a ellos, sino a Gilda, fría y cálida a la vez. Ahora se da cuenta de que ella no podía creer en todo lo que le decía, aun cuando era incapaz de dudar que 73


cuanto hacía era lo mejor para él. Sus hijos vestían tan mal como Ariel y en verdad usaban mejores modales. Comían algo más, sí, mejor cocinado y en familia, cosa primordial. Óbede, su marido, primer teniente igual que ella, aunque parecía hallarse acuartelado incluso cuando dormía, sólo tenía dos propósitos inconmovibles en relación con sus hijos: que no salieran ni contrarrevolucionarios ni maricones, porque en cualquiera de los dos casos sería él quien les pegara el primer balazo sin que le temblara la mano. Al menos eso era lo que decía. Gilda no podía imaginar las preguntas que empezaban a aparecer en la mente de Ariel, ahora que ya no era el chiquillo mataperros de un tiempo atrás. De cualquier manera, aun si alcanzara a imaginarse una sola, no habría tenido ninguna respuesta aceptable para él. ¿Qué podría contestarle aquella buena mujer si le preguntase por qué estaba obligado a ser como los demás? La pregunta más tonta del mundo. Y, sin embargo, él mismo había intentado respondérsela y no lo había logrado, sencillamente. Ya no era un demonio inocente y reconocía su propia falsedad: no estaba siendo lo que era realmente, para no hablar de lo que quería ser, porque de eso no tenía la menor idea. Y para colmo la mentira estaba en la naturaleza misma de lo que ocurría en torno a él, porque había varias supuestas verdades. Aprendió que no importa lo que uno siente como algo real, sino lo que uno convierte en algo real. Entonces, en las raras ocasiones en que no podía contener su instinto de violencia, no paraba hasta el ensañamiento, hasta el peligro estúpido o hasta el absurdo. En una riña con dos muchachos de Nuevo Vedado que eran viejos enemigos suyos, cierta tarde, no sólo los apaleó, sino que los obligó a ir a donde vivían, les quitó varios pantalones y camisas, 74


y, ante la mirada perpleja del vecindario, amontonó la ropa de ambos en el suelo, le pegó candela y se quedó un rato contemplando la hoguera, fascinado. Cuando llegó la policía ya Ariel no estaba por todo aquello y los muchachos, vapuleados, exhaustos, pero precavidos, dijeron que no lo conocían, que había sido un asalto, a pesar de que al día siguiente no tuvieron el menor pudor en asegurar que Ariel había venido con un cuchillo y que por eso no pudieron hacer nada. Y claro que eso no se quedaría así. Pero sí que se quedaba así, aunque luego se encontraran con él en la calle o en una fiesta. Si algo sabían perfectamente a esa altura era que Ariel no tenía nada que perder. Otra vez se lanzó en bicicleta con los ojos cerrados desde la punta de la loma del Zoológico de Nuevo Vedado y no los abrió hasta chocar contra la parte trasera de un ómnibus de la ruta 27 estacionado en la parada. Sólo se fracturó una tibia. Sin embargo, peor que permanecer un mes y medio con el pie enyesado fueron las constantes visitas de Gilda a su casa, que involucraban en cuidarlo a toda la familia. Alexis, por supuesto, se las arregló para saber la verdad y la contó a los cuatro vientos. En otra ocasión estuvo sin hablar con nadie de su casa durante semanas porque las cucarachas habían agujereado su única camisa de los sábados, negra lo mismo que una chaqueta perdida no recuerda dónde ni de qué modo. Negra lo mismo que el pulóver que tiene puesto hoy. Ya no suda como cuando llegó y respira tan despacio que se siente adormecido, pero el pulóver está todavía muy húmedo, sobre todo en el pecho y en el cuello. Tony Diez sudaba mucho, por cierto. Y a veces apestaba, orgulloso de bañarse cinco o seis veces en 75


todo el mes de agosto. Había sido, o decía haber sido, hippie en los años sesenta, y haber estado confinado en campamentos de trabajo durante dos años y haber oído casi toda la música que ha sonado en el rock, además de otras cosas. Acumular, como él, tanta experiencia en la vida era algo demasiado difícil para cualquiera. Tener sólo veinte años –y Ariel todavía estaba lejos de esa edad– significaba para Tony Diez padecer la infinita desdicha de no haber tenido la ocasión de vibrar toda una década, y más, durante el nacimiento, caída y transfiguración de muchos grandes mitos del rock. Cuando Ariel lo conoció, porque un sobrino suyo era su amigo, aceptó sin dudar durante un tiempo aquel papel que Tony se imponía de tío sabio que debe hablar de todo, que no para de explicar a The Beatles y a Pink Floyd, ni de memorizar a Bob Dylan o a Cat Stevens, ni de referirlo todo a libros de Ginsberg, de Burroughs o Kerouac, pero que no podía ni oír hablar de sustancias psicoactivas, prohibidas o no. Ariel no siente mucho hastío al principio, pues al fin y al cabo es un nuevo mundo, y escucha los infinitos monólogos de su vehementísimo amigo, hasta un día cualquiera cuando de pronto nace en él, sin motivo aparente, una extrema aversión por la persona total de Tony y por la totalidad de cuantos lo visitan o se relacionan con él, devotos de incontables seres y cosas que tal vez merecen devoción pero que ellos realmente profanan en su vida cotidiana cuando ser tan mezquinos y serviles como las personas de las que pretenden diferenciarse esencialmente. Algunos de ellos, sin duda alguna, pueden llegar a ser peores –con más saña y mayor astucia– que los verdugos y los esbirros de los que constantemente 76


se consideran víctimas, porque se reúnen para llorar a John Lennon y diez minutos después vuelven a darle al César lo que es del César e incluso le dan ahora lo que decían era de Dios. O sea, no resulta terrible vender el sueño de tu buena madre mientras sea lamentando que Syd Barrett se haya convertido en un zombi empotrado ante un televisor, que Hendrix y Morrison hubieran caído al abismo de los nuevos ícaros y que ya no haya más un grupo como The Who, ni brille ya nada parecido a los cuatro golden boys de Liverpool o a una reina del rock’n’roll como Janis the Goddess. –Claro que no, compadre, claro que no –Ariel se encogía aburridamente de hombros, tarareando sobre la voz de Mick Jagger: I seat and watch as tears go by. Había terminado con todo aquello y cuando se fue una tarde no regresó nunca. Una semana después de la última visita sólo recordaba la música porque las caras particulares habían desaparecido en un arrugado torbellino de caras. Luego anduvo entre aquellos que habían echado el ancla en otra década exaltada, los setenta. Con ellos, empero, no pudo llegar ni a la mitad de lo que había resistido con los otros. Después de todo, en ocasiones se había sentido amigo de Tony Diez y había conversado con él y con algunos de sus amigos sobre cosas que de cierto modo lo habían impresionado. Estos eran muy diferentes, sin embargo: admiraban a Barry Manilow, ignoraban a Ian Anderson y a Yes y se acaramelaban con el prohibido Feliciano. Si acaso, podían oír dos o tres canciones de Led Zeppelin. Para colmo habían sudado el alma bailando 77


música disco y conocían de memoria todas las canciones de Electric Light Orchestra. Para entonces prefería, sin dudarlo un solo momento, las tiernas canciones de María Elena Walsh canturreadas salvajemente por Alexis mientras crucificaba una lagartija –como aquella del cangrejo que salió del mar y por la arena se fue a pasear.

Fábula de Ferna y Bemol (oh same fucking shit a different day)

En la larga noche de un domingo interminable, con mucha y buena comida y toda la familia reunida en la casa por el cumpleaños del hijo mayor, como por casualidad –seguramente es algo que ya han conversado calmadamente Gloria y él–, Óbede le propone entrar en las Tropas Especiales. –Vale la pena, mijo. Ahí sí que hay vida –Óbede ha bebido hoy como si fuera su propio cumpleaños y tiene la cara color pimiento maduro–. Si yo tuviera tu edad ese sería mi sueño –Hace una pausa para meterse un puñado de chicharrones en la boca–. Y este que está aquí te puede ayudar en eso –asegura, misterioso, como si se esforzara en no revelar una fórmula secreta. De pronto suelta una carcajada que lo hace atragantarse y escupir algunos pedazos de chicharrones. Cuando se recupera le asegura–: Estoy seguro de que tienes condiciones para eso. Creo… ¡No, creo no! Estoy convencido de que ahí está la gran oportunidad de tu vida. Aunque Ariel, después de todo lo que Óbede le contó sobre la vida y preparación de estos soldados de élite, se mostró completamente de acuerdo con aquella proposición (ya había escuchado algunas alusiones de ellos, algunas frases que rozaban el tema), el hecho es que creyó que Óbede había 78


estado más animado por el ron que por la decisión de ayudarlo a convertirse en un verdadero ranger. No obstante, tres o cuatro semanas después de aquel domingo, cuando ya ni recordaba el asunto, llegó una noche a su casa y encontró un recado de Óbede para que fuera a verlo de inmediato. Voló hasta allá y llamó a la puerta con fuerza pese a que eran más de las doce y todos parecían dormir. No se atrevió a insistir, sin embargo, pero, al volverse para bajar la escalera y marcharse, se abrió la puerta y apareció Gilda, soñolienta. –Empiezas el lunes, Ariel –le dijo mirándolo muy seria–, pero primero tienen que ponerte a prueba durante un tiempo. Y no será fácil. No lo fue, aunque tampoco sintió nunca que podía fracasar. Al principio hizo trabajos de albañilería y mantenimiento en una unidad en Jaimanitas. A los tres meses comenzó a participar en algunos entrenamientos y a los seis entró a pasar el servicio militar precisamente allí. Mil imágenes gloriosas pasan ahora por su mente. Se recuerda a sí mismo como buzo, como infante de marina, como paracaidista, como Rambo, como el futuro general más joven del mundo. Sería el Invencible. Tenía la agilidad y la energía de los dieciséis años y lo que comenzó entonces fue como en el cine. En noviembre se encontraba ya manejando un fusil, aprendiendo técnicas de defensa personal, atravesando vastos cenagales y agrestes lomeríos durante semanas, y en febrero, oh maravilloso arte de volar, se lanzaba en paracaídas igual sobre el mar que sobre la tierra, ora de noche, ora de día. Era una persona diferente por completo. Los viejos rencores quedaban atrás, desvaídos como todas 79


las antiguas dudas. Esta era la respuesta justa para cada una de las preguntas que jamás osó hacer en voz alta. Quienes no lo vieron durante aquel año fueron incapaces de reconocerlo cuando se lo encontraron luego. –Saltar desde el cielo es la vida –decía Ariel. –Eso pueden hacerlo las tiñosas –replicaba Alexis, celoso–. Olvídate: lo mejor sigue siendo la bomba atómica. Había hecho su salto número treinta y siete cuando lo enviaron a la guerra de Angola. Es increíble que ahora sienta vértigo al mirar hacia abajo desde este balcón a sólo ocho pisos de altura. Tal vez su cuerpo ya no reconoce nada por hallarse demasiado prisionero de su límite, demasiado abocado en su propia sombra. Como a la tropa de Ojorrojo de nuevo se le ha acabado el ron, han reunido dinero a toda prisa y se han ido a la calle en busca de otra botella. Aquí han quedado solamente el Dongo, desgranando acordes en su guitarra o canturreando algo, desganado, fingiendo que está solo, y Ariel, sentado donde mismo. Allá abajo amaina un poco el turbión del carnaval, mas dentro de su cabeza sigue sonando un estruendo por momentos enorme, el latido irregular de un corazón monstruoso, los tañidos de una campana colosal, el cencerro atado al cuello de una vaca enloquecida. –Hasta pronto, gregarios –balbució el Dongo mientras los otros partían. –Oye, Baco, ¿y la Vaca? –dijo João al salir, jugando, según su vicio, al incomprensible. Ariel trata de aliviarse en el canturreo desanimado del Dongo, que con el momentáneo silencio de allá abajo se escucha mejor:

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Veinte años no es nada, dice Gardel, y según Johny Adams twenty years is a long time, pero Laurie Anderson susurra únicamente: What? Hace una pausa, afina la sexta cuerda, que es metálica, y sigue su insólita canción: Dios no juega a los dados, dice my old man Einstein. ¿Quién ha llamado?, pregunta San Pedro el Vigía. Oh fucking shit, exclama Andy García. Get a rat, le dice Bruce Willis a su gato cuando le pide de comer en su plato. El Dongo deja la guitarra a un lado, recostada a la pared, y le dice a Ariel, quién sabe si en broma o en serio: –No soy tan bueno como el mejor, pero sí mejor que muchos buenos. ¿Qué puede hablar sobre eso? Ariel mira la guitarra. ¿Es como la ve, exactamente así? Un amigo de Tony Diez, el que le parecía más aceptable, que desapareció del grupo antes que él, cantaba siempre una canción compuesta por un amigo suyo, y Ariel, de tanto escucharla, se la aprendió, sobre todo quizás porque le hubiera gustado inventar una canción semejante, por absurda y confusa que pareciera: Las ratas ven doble y suenan triple, suenan en los tragantes y en los muros, y uno no sabe si lo que suena es simple risa o simple llanto, por lo oscuro del mundo en que las ratas viven, 81


del mundo en que las ratas hablan con chillidos sucios y voz armada de afán insensato y odio imposible. No escuches a la rata: tú eres la rata, no te escucho ni te veo: soy yo la rata y quiero sonar triple y doble ver antes de que mañana se haga ayer. Quería gritar algo, pero no sabía qué. Esta guitarra quiere decir algo que tiene ese mismo dolor indescifrable. Parece un centinela cubierto por un raro y perfecto camuflaje. Un torrente de imágenes fluye desde su vientre como una erupción de alucinaciones en dibujos animados. Le cuesta mucho trabajo creer lo que está viendo. Ni siquiera en un sueño podría, acaso, encontrar algo tan caprichoso. Ser rata, amigo, es dura profesión, hueles tú y te huelen todo el tiempo, el Gran Gato aguardando la ocasión para meterte dentro de su cuerpo, y los perros nunca son el motor para moverte lejos, lejos, lejos de los ojos feroces del Señor. Sobre la superficie del instrumento se extiende la historia ilustrada de un hombrecito cruel, Bemol se llama, que tiene ojos saltones y huye siempre de una mancha de tinta que sin cesar intenta caerle encima. Flota Bemol en ocasiones a través de bosques de sepia y púrpura donde se asoman los rostros de algunas vacas sagradas de la música esbozados, a veces, en sólo unos milímetros cuadrados. Hay escritas también en la madera frases arrancadas a los melómanos célebres. Bemol, el hombrecito goldfish, es un juglar demo82


níaco cuando roza la cadera derecha del instrumento, y luego será un violador de musas vagando entre peces abisales y fantasmas embriagados. Al final, en torno al ombligo, merodea una mujercita luminosa con su nombre en la frente: Lota, pero la llaman Ferna, y miles de nombres más pudiera tener, pero no los cuentes, que contar es sufrir, y nombrar es errar y las ratas regresan una hora después trayendo sed de sol y hambre de luna y dicen que no hay hora más oscura que aquella en que no distinguen bien qué es la inocencia y qué la culpa y qué lo que no se debe comer nunca o nunca bebeeeeerrr. Ferna, la mujercita luminosa, salva al loco Bemol de inflados ojos y corren los dos por un trigal de corcheas doradas donde otras minúsculas mujercitas de luz, con faz cansada, brillan, gritan y se precipitan con ellos en el agujero negro del ombligo, pero el hombrecito diablo resucita de inmediato, ya no Bemol sino Natural, a lo largo del brazo del instrumento, tornándose quedamente en algo así como un gallo o un ángel allí, allá, en la corona de clavijas, donde las cuerdas mueren enroscadas a viva fuerza, en orden, y el sonido acaba. Ojorrojo y los otros regresan en el mismo orden en que salieron, aquel en la punta y João cubriendo la retaguardia, y hablando más o menos de lo mismo, la última desgracia nacional, la catástrofe del día y la calamidad de anoche. No pudieron conseguir un ron mínimamente aceptable para ellos y João trae cara de querer machacar cabezas vivas. Ariel alcanza a ver con suficiente claridad lo que 83


hay escrito en el pulóver de Luiso –same shit a different day–, en tanto empieza a circular el ron de mano en mano y de vaso en vaso. Muy alto, mulato, y de porte agradable, pese a su misticismo o gracias a eso, Luiso anda siempre enredado con mujeres mayores que él que se ocupan de sus gastos mundanos (ahora, por ejemplo, vive en casa de Eloísa, gerente de una firma importante, que se desvive por él). De nuevo están hablando de esa Marita, la Vaca, la Otra, la Sufridora. ¿Y como es que todavía no viene ella, la Esperada? ¿Y traerá cervezas? Ah, la Vaca de Baco. –Cada día la entiendo menos –dice Salmonel, aunque la conoce desde mucho antes que los demás–. Se vuelve nada, como si estuviera hecha de humo. –Fuma tabaquitos y no se acuesta con ningún hombre: esa es lesbiana –sentencia João. Aunque más joven que sus amigos, João se encapricha en demostrar mucha experiencia. Ellos, sin embargo, están seguros de que jamás se ha ido a la cama con una mujer. Si siempre tiene las uñas sucias de grasa es porque se pasa los días trasteando el motor del Peugeot de su madre, no tanto por los problemas mecánicos que tenga como porque así puede usarlo de vez en cuando. Y lo cierto es que ha aprendido bastante del oficio y en ocasiones consigue hacer algún trabajo que le reporta un poco de dinero. El Dongo se inspira e improvisa: Dios te salve, Marita, llena de desgracias, el Señor es contigo. Bendita tú eres entre todas las mujeres, pero maldito es tu bajo vientre. 84


Ruega por nosotros, Sufridora, ahora y en la hora de mala suerte. Ojorrojo no sabe por qué hablan tan estúpidamente de ella a pesar de que a veces les trae cerveza o una botella de ron bueno. Y hasta la acusan de lesbiana. João no sabe dejar de hurgar en la olla podrida de su imaginación. –Una aprovechadora genial –es capaz de decir Luiso: nadie menos que él–. Nada que ver con su hermana, que en paz descanse y Dios la tenga en la gloria. Ojorrojo desiste de seguir el hilo de la conversación y hace un aparte, como una válvula para aliviar el alcohol: –Demasiados elementos y no tengo el alma del Químico. Recuerdo las bases y los ácidos, la disolución y la desilusión, ¿o la desolación?, que aquí no hay química sino un pomo con una mezcla de diferentes peces, aves, homúnculos y milagros parecidos; que viva el carnaval, que somos uno si somos todos –Toma un largo trago de ron y se queda dándole vueltas al vaso en una mano, sonriendo ante la expresión estúpida que hay en el rostro del Dongo y que debe ser sin dudas muy semejante a la suya–. Hoy hemos tragado como para que no haya diferencias, porque las diferencias matan las diferencias que nos salvan. –La Vaca, la Sufridora –insiste una voz. Claro que Ariel entiende mucho menos que Ojorrojo. João y Nelson Dongo riñen por la guitarra. João quiere aporrearla porque le parece propicio el ambiente para sus primeras demostraciones musicales. El Dongo prefiere arrojar su instrumento por el balcón antes de permitir que semejante alimaña le 85


ponga un dedo encima. La negativa no se debe precisamente a que João sea una alimaña, sino a que algo muy lamentable padeció una vez otra guitarra entre sus manos. Como João nació en el año chino de la rata, a veces Salmonel, para diferenciarse, ya que llegó al mundo doce años antes bajo el mismo signo, lo llama rata inmunda. –Rata o no –dice a veces–, João es el bicho imposible. –Pero no escribo idioteces con la llave en los elevadores –replica el bicho imposible, que nunca olvida haber visto a su amigo escribir Deus ex machina junto a la puerta del aparato, un día en que esperaban para subir a casa de Ojorrojo. A pesar de su baja estatura, Salmonel –viejo apodo que arrastra desde la adolescencia– acostumbra a andar tan erguido que parece más alto. Ha intentado ser periodista de notas culturales, profesor particular de inglés, que domina medianamente, guía turístico, traductor y varios oficios más, pero cualquier trabajo le resulta demasiado mezquino. Su hermana le envía cien dólares mensuales desde Estados Unidos para ayudarlo en el cuidado de su madre, pero realmente es una vecina quien se ocupa de la pobre mujer. Y no es que derroche el dinero de alguna manera, sino que lo acumula y lo acumula. Uno pudiera pensar que lo hace con la esperanza de irse del país y llevarse sus ahorros. Nada de eso: su principal consigna es que nunca se irá de aquí y que, en todo caso, que se vayan los demás. Curiosamente, censura tanto a los que se marchan como a los que se quedan. –No es la Vaca –asegura el Dongo, que no quiere soltar a Marita–, sino la Loba-en-celo y por eso la manada siempre la persigue. 86


–Tipa rara, pero una aprovechadora –dice Luiso–. Su hermana era otra historia. –Ah, ¡te digo que esta es de la Gestapo! –Vuelve al ataque João, ya sin suficiente emoción. Salmonel, por su parte, parece un hámster con ojos verde botella y porte correcto, erguido, bien rasurada la barba y de aséptico hablar. Ariel captura, entre la confusión de rostros que se enturbian unos a otros en su memoria, el semblante de una muchacha que se viste ante un espejo. En el umbral de una puerta, a un costado, se asoma la silueta de otra muchacha que se le parece y que por lo tanto debe ser Rita: ¿cómo es que hay varios cuerpos y varias caras semejantes? Bueno, aquel día era el tercero de una borrachera continua y mezclada con quién sabe cuántas cosas más. De modo que no debía sorprenderse con lo que viera. Y luego está Rita, sola, desnudándose ante su propia sombra reflejada en la pared y divirtiéndose con esa réplica oscura de su cuerpo. Derrama su cartera y hallarás a mil Ritas. Un semblante se disuelve en otro, como aquellos rostros de insectos bajo la lente del microscopio. Por un momento Ariel está convencido de que hay recuerdos que le llegan desde afuera de él y que, no siendo en verdad suyos, resultan menos ajenos que los que aún considera suyos. Un segundo después, no obstante, ya no sabe siquiera cómo es la sensación de lo ajeno ni dónde termina él y comienza lo otro. Incluso él mismo se es ajeno cuando intenta verse en la palma de la mano. Escritas en la niebla de su fatiga pasan las mil preguntas de la fiebre. ¿Cuál animal preferirías ser? ¿Perro entre lobos? ¿Lobo entre ovejas? ¿Oveja entre perros? ¿Garrapata en 87


bueyes? ¿No estaría mejor ser gato? ¿Y las ratas qué dicen? ¿Debo acostarme a las nueve? ¿Interesa más lo alto que lo largo de la vida? Estuvieron durante horas contemplando bajo el lente suelto del microscopio lo primero que encontraban: cabellos, tela, hebras de picadura, una arañita, escritura sobre papel, una pluma de ave (¡hecha de plumas diminutas!), granos de azúcar, una pata de cucaracha.

Primer verano de Marita

Faltaba una noche para la luna nueva de finales de junio y David Bernardo, como siempre en esa fase del ciclo lunar, practicaba su nirvana favorito, el púrpura, con una devoción que normalmente reservaba sólo para tal período, pese a que según él cada instante de su vida estaba firmemente ligado al ciclo lunar de veintiocho días. De modo que, durante esa semana, se consagraba a lo que él llamaba “jornadas de onanismo tántrico” en armonía con la glándula pineal, que durante esos días segrega la hormona maddya, el divino amrita, el néctar gozoso de la intoxicación sagrada. En tales días olvidaba, como si para él no existiera, el olor de los cadáveres de aquel otro mundo, la silenciosa y helada sala de anatomía patológica donde trabajaba como eviscerador. Y fue durante aquella noche antes de la luna nueva, en el cuarto de Omelia, cuando vio a Marita y a Carmen Elena bailar entre el enorme espejo del armario y la cama en cuya esquina se hallaba sentado él, leyendo sin mucho interés la sección de horóscopos de una vieja revista española, en espera de que por fin el enano Arnuru terminase su largo monólogo telefónico. 88


Sonó entonces algo así como un repiqueteante vals de discoteca en la radio y ocurrió aquella espléndida danza como prefiguración del deseo que retoñaba en ellas. Carmen Elena era prima segunda de Omelia, a quien trataba de imitar, y se había hecho muy amiga de Marita porque a ambas las atraían los amigos “locos” de Verónica. Ya David Bernardo se había dado cuenta de que las dos niñas formaban un curioso dúo. La pubertad de Carmen Elena se rezagaba, en contraste con la exuberancia que despuntaba en Marita. Además, la piel de aquella, tan blanca, resaltaba junto al suave tono cobrizo de la de esta, en quien todos los ojos se demoraban. David Bernardo ya las había visto alguna que otra vez, pero aquella noche dejó a un lado la revista y contempló, con una sonrisa levísima, a Marita, cuya falda leve y clara le daba con cada movimiento un toque de perturbador encanto a su baile. Y David Bernardo asentía con la cabeza, clavando ahora sus pupilas en la mirada oblicua que lo acechaba desde el espejo, como asegurándole a ella que ya no precisaba de más público aparte de él y que, además, la figura de Carmen Elena no le merecía la menor atención por mucho que intentase imitar la gracia natural de su amiga. Marita le sonrió entonces haciendo un giro ante él para que ese gesto resultara bien visible fuera del espejo, y David Bernardo sintió como si un demonio oculto en él se inflamara de vértigo ante aquel rostro risueño y aquel cuerpo abandonado con ingenuidad a la lisonja. La canción que sonaba en la radio, aunque ordinaria, cobraba ahora un toque angélico y el demonio en él sentía un regusto de néctar en el paladar: el aura de una muerte que puede endulzarlo todo, muy lejos del persistente efluvio de los cadáveres habituales: el rapto de fue89


go que merece el tímido esplendor de ese cuerpo que se flexiona en el aire como una mariposa convertida ella misma en llama. En los extraños días que siguieron a aquella noche, no le importaron ya ni la luna nueva ni el onanismo tántrico, sino sólo aquellas dos muchachitas de pubertad desigual. Y no ignoraba cuánto de desvarío había en tal aventura, sino que, al contrario, la demencia y el peligro hacían más atractiva la situación, aunque procuraba que ni Omelia ni nadie sospechasen (se reunía con ellas allí mismo, ante el gran espejo, cuando su amiga se hallaba trabajando en la emisora de radio), pues entonces tendría que renunciar a esos nuevos placeres y se vería obligado a convertirlos en alguna sana tontería, o simplemente tendría que protegerlos asumiéndolos abiertamente, pero tampoco quería mostrar demasiado pronto la distancia que lo separaba de los reparos morales más comunes. Cada minuto que pasaba con Marita y con Carmen Elena, entretanto, tenía un fulgor que lo deslumbraba, aunque él no lo dejara notar, y una calidez que entibiaba incluso la frialdad de fondo que conservaba su corazón en todo sentimiento. Al principio el juego constaba sólo de palabras, de frases que no tenían mayor significado que el de asentar un ritmo o explayar una risa –y ellas estaban dispuestas a prodigarle hasta la última gota de su regocijo y su ímpetu de vírgenes. Con la jovialidad se relajaba la frontera entre los cuerpos y sucedieron los primeros roces, las caricias de apariencia involuntaria, los tactos leves que, sin embargo, alcanzaban siempre algún punto sin retorno. Las dos ninfas se divertían con todo el cuerpo, que él asumía como una herida fresca que no merece sino el dominio de una boca ardiente. 90


No obstante, había momentos en que sentía una gran tristeza mientras se preguntaba por qué la vida entera no era una muerte inmovilizada en aquella florescencia del cuerpo púber. ¿Qué otra cosa podía ser un símbolo incuestionable del paraíso? ¿Y será preciso caer después, siempre caer –y caer, además, para siempre? Pero enseguida brincaban los potros de su sangre y se decía que sólo él era capaz de acariciar ese nacimiento, de detenerse exactamente al borde del abismo sin perder el equilibrio ni enceguecer, para ablandarse en el reposo de un orgasmo secreto, manteniendo su ímpetu allí donde cualquier otro se dejaría manejar por el apremio. Aquel juego cautivante y sin desnudez se repitió a lo largo de varios meses. La buena suerte no los abandonaba. La imagen que David Bernardo daba ante los demás era la del gurú que iniciaba a las infantas en la práctica del hatha yoga, y así conseguía que lo dejasen en paz con ellas varias veces a la semana durante hora y media o dos horas, hacia el final de la tarde, siempre en la habitación de Omelia, que en esa época vivía sola y sólo recibía visitas por la noche. Aunque todavía no se imaginaba a sí mismo tendido en la cama entre las dos vírgenes, al mirarlas a los ojos comprendía que cada vez podía contar con mayor complicidad por parte de ellas, sobre todo de Marita, que era la finalidad de aquel mecanismo cuidadosamente ensamblado por él. De ahí que no se atreviese aún a separarla de la otra, temiendo que se azorara, y seguía caminando con ellas sobre una cuerda floja en que se retardaba la delicia. Marita era turgente, expansiva e inquieta como una pequeña fiera que aún no sabe matar pero cuyas garras ya pueden herir en los zarandeos del juego. Carmen Elena, más contenida que traviesa, le re91


cordaba vagamente a Oona, el hada, siempre a la sombra de los revoloteos de su amiga: –Parecen gitanos ustedes dos –Y una de sus manos tocaba la oreja de David Bernardo, con una pequeña argolla plateada, mientras la otra acariciaba la dormilona en una de las orejas de Marita. En ocasiones, forzando un poco la situación, aprovechando el entrelazamiento de los cuerpos mientras fingía alguna complicada postura de yoga, David Bernardo las hacía rozarse una a la otra levemente, quedarse unidas durante varios minutos o cosquillearse despacio, como en un letargo. Ellas se dejaban llevar por él con un júbilo en el que a veces asomaba, sólo por un instante y desde algún remoto rincón de los instintos, un silencio sombrío que él hacía desvanecer con habilidad. Y, no obstante, ninguna de las dos hacía el menor intento de acabar aquellos retozos vespertinos, sino que, al contrario, daban muestras de reforzar cada vez más su alianza, como, por ejemplo, cuando sentían que Omelia regresaba de su trabajo a una hora inusual. Mientras ella cerraba la puerta, atravesaba la pequeña sala-comedor, apartaba la cortina de bambú y semillas que daba al pasillo y llegaba ante la puerta del cuarto, ellas se apartaban de David Bernardo y adoptaban alguna de las posturas más simples que habían aprendido. Por su parte, él disimulaba su constante excitación con un poncho peruano que colgaba de una pared y que se ponía en cuanto llegaba allí como si payaseara con su papel de “maestro”. A veces acomodaba sobre sus muslos la cabeza de las niñas, una a cada lado, y así, flanqueado por esa doble tibieza, amodorrado en una ingravidez que se estrechaba más o menos según el sabor y la densidad de la historia que se ponía a contar con el solo 92


afán de retener el tiempo, de paralizar el mundo para que nunca transcurriera aquel presente y no tuviera él que sumergirse de nuevo en la odiosa realidad de cada día. Encubriendo de algún modo su jadeo, ya David Bernardo no sabía qué hacer con sus manos entre el cabello, el cuello y los hombros de ellas; pero, aunque no dudaba de que siempre podía llegar un poco más allá y alcanzar un gozo mayor, se detenía, escuchando dentro de sí mismo su propia voz como si fuera ajena: –Esta es tu predilección, demonio mío. Y entonces, justo en ese momento, igual que si lo hubiera aguardado durante varias horas, caía como un golpe silencioso el atardecer y David Bernardo respiraba hondo, aliviado, como un paracaidista que por fin, y de nuevo a salvo, posara sus pies sobre la tierra. Si acaso, para probar cuál sería la reacción de ambas, no acudía allí durante cuatro o cinco días. Marita lo llamaba por teléfono a su casa y, tal si fuera una seria y preocupada pupila, lo llenaba de reproches. Pero a partir de cierto momento, cuando llamaba, su tono comenzó a ser distinto por completo, lo que ya él había previsto: –¿Cuál otra fiesta te has inventado ahora? –le decía. David Bernardo no podía evitar cierta dosis de asombro. Eso lo llevó a una jugada que lo cambiaba todo de raíz: comenzó a salir con Florinda, una antigua compañera de escuela, y se las arregló para que sus discípulas lo supieran. Durante diez días no fue a casa de Omelia y le dijo a su familia que cuando Marita llamara por teléfono le respondieran que estaba en casa de Florinda y que se pasaba casi todo el tiempo allá. Entonces, una noche, sobre las diez, Marita apare93


ció ante la ventana de su cuarto con una expresión desolada y unos ojos que transparentaban su ansiedad flotando en el vacío. –No he tenido tiempo –dijo él, estupefacto, como si ella le hubiese preguntado algo, y añadió, controlado ya y con la vista fija en la oscura y brillante mirada de Marita–: No tengo trece años ya y no puedo pasarme los días jugando. No supo si el fulgor que brotó de sus ojos fue a causa de una lágrima que los humedeció o de un relámpago de odio, porque su figura desapareció de la ventana tan repentinamente como había aparecido, y David Bernardo se quedó largo rato inmóvil en medio de la habitación, pensativo. Cuando por fin se acostó, no concilió el sueño durante varias horas. A partir de entonces no volvió a pasar ninguna noche con Florinda, pese a la insistencia de ella. Si no tenía trabajo, se encerraba desde el oscurecer en su cuarto, como agazapado, o caminando de una pared a otra igual que el prisionero ansioso que sabe será liberado en cualquier momento. No supo nada de Marita durante varias semanas, pero podía sentir el flujo de su herida en la distancia y el dulce amargor, el aroma de su sollozo casi inalcanzable, algo semejante a una promesa remota, un placer que se nutría de ausencia y de reclamo, la emoción de un pájaro entregándose a un viento más fuerte que sus alas. Y entonces, aunque podía esperar a que ella dejara de persistir en su inútil orgullo, David Bernardo acudió a buscarla. La encontró en casa de Omelia, adonde había ido con Rita María y, aunque nunca había visto a la gemela, Marita le resultaba inconfundible y diferente. Y así se lo dijo en el momento en que pudo hablarle aparte, sin hacer caso de la manera aparentemente hostil con que ella lo trataba. 94


–¿Qué haces aquí? –se le ocurrió preguntar. –Quiero verte –dijo David Bernardo con la más natural de sus sonrisas y le revolvió un poco el cabello negrísimo–. Llámame por teléfono en cuanto puedas. O en cuanto quieras –le susurró y enseguida se despidió de los demás y se marchó. Marita no lo llamó por teléfono. Se apareció a la noche siguiente en la ventana de su cuarto, estremeciéndose como si hubiese atravesado una lluvia densa y helada, expectante, comiéndose las uñas. –¿Tienes frío? –le preguntó David Bernardo mientras la ayudaba a entrar en el cuarto– La verdad es que hace mucho calor. –No sé –respondió ella sin saber a qué se refería.

Volar y caer desde el cielo de África

En Angola, Ariel hizo nueve saltos en paracaídas, seis de ellos con el Gato, en el comando D3, en el cual Ariel fue designado jefe desde la tercera misión. Aunque Ojorrojo había sido el único escéptico con este nombramiento, luego de la cuarta operación –la captura de un viejo mercenario que colaboraba con el famoso coronel Callan (realmente llamado Kostas Georgius) al frente de un pequeño grupo en las cercanías de Mimba–, dejó atrás sus dudas y estuvo de acuerdo con sus superiores en que Ariel era más cuerdo que temerario. Hubo saltos espectaculares seguidos de increíbles episodios, como aquella ocasión en que debían caer de noche sobre un campo posiblemente minado, abrirse paso luego hasta el costado sur de un campamento enemigo, colocar señales para un ataque aéreo y alejarse del lugar antes de que comenzara la lluvia de fuego que convertiría en cenizas hasta la última choza. 95


Un negligente adelanto de tres minutos hizo que Ariel y Ojorrojo se hallaran todavía en las proximidades del campamento cuando los aviones empezaron a bombardear y los dieron por muertos durante varias horas; pero ellos se habían refugiado en una zanja y sólo Ojorrojo había sido herido (en un brazo y tan levemente que cinco días después ya estaba totalmente recuperado). Fue entonces cuando recibió la primera medalla. En pocas semanas el comando comenzó a ser elogiado por la perfecta coordinación que lograba hasta en los ejercicios, los juegos y las bromas durante las treguas después de cada operación. Apoyados por Ojorrojo, Ariel y el Gato demostraron una prodigiosa habilidad para moverse en la espesura como culebras, para acechar como leopardos, introducirse en sitios habitados lo mismo que fantasmas y saltar de pronto sobre sus enemigos como ineludibles fieras. Ojorrojo, empero, tenía una cualidad asombrosa que lo diferenciaba de los demás. Aunque se escondiera bien y resultara invisible al ojo más penetrante, en ocasiones el enemigo llegaba a “olerlo”, desde cierta distancia, en cuanto él lo situaba en la mirilla de su fusil. Era algo más que una simple impresión o una casualidad, y varias veces tuvo que abrir fuego antes de lo previsto. ¿Sería por la adrenalina de su odio, que se expandía lejos de su cuerpo agazapado? Y después, de regreso a la unidad, nunca hablaba con otros soldados de la cantidad de bajas que ocasionaba en las filas contrarias, a pesar de lo cual no dejaba de crecer su fama de francotirador infalible. –Sí, soy yo –dice, contestando al teléfono–. No sé –Hace una pausa–. Ah, carajo, ya sabes que serás bienvenida –Y cuelga el auricular para volverse ha96


cia los demás–: Marita viene al ataque con sus cervezas. Por fin. Aunque yo, pensándolo bien, me quedo con el ron. La cerveza es refresco de adultos. ¿Verdad, mon Dongo? –Mi signo es Piscis: puedo nadar en cualquier líquido. A pesar de todo, Ojorrojo jamás comete ningún error grave. Y un error grave podía ser una minúscula inexactitud cometida en el instante fatal. A veces se lanza, sin el menor desacierto, desde una altura peligrosamente baja para asentar el punto de partida de toda una operación. Jamás se le puede acusar de incumplir su parte en plan alguno. Lo único indudable, no obstante, es que no sirve como jefe por su incapacidad para coordinar los actos propios con los de los demás y para emitir órdenes irrefutables de acuerdo con las circunstancias. Irrefutables y correctas. Durante varios meses estuvo convencido de que su hermano había muerto porque la orden que Ariel le dio estaba equivocada. Nunca desconfió de su coraje, pero sí de la pertinencia de aquella orden, incluso sabiendo que Ariel esperaba correr mayor riesgo que el Gato cuando le indicó que avanzara mientras él le cubría la espalda. Habían fracasado en la voladura de un puente sobre el río Sanza, a doscientos kilómetros de Cuito, en una región tan bella como peligrosa, muy adentrada en territorio frecuentado por el enemigo. Ciertamente, no era un punto de gran importancia estratégica, pues por él se movían escasas fuerzas de la UNITA –de hecho, marginales– y sin notable regularidad. Pero al coronel Beltrán no le gustaba para nada aquel puente. A Ojorrojo le había llegado la información de que, 97


año y medio atrás, un alto oficial de Savimbi había escapado por allí después de romper un cerco preparado por el coronel sin tiempo suficiente, lo cual sirvió de causa para su obsesión. Mantuvo a partir de entonces una estrecha vigilancia sobre aquel paso durante meses, hasta que se hizo evidente la reducida importancia que tenía aquella vía para el enemigo y se retiró la guardia. Cuando los soldados cubanos estuvieron lejos de allí, próximos ya a Negage Pombo, la UNITA se apoderó de la zona. El puente, aun así, servía únicamente para hacer muy esporádicos envíos de avituallamiento. Sin embargo, también era cierto que si las operaciones se movían hacia el sudeste aquel paso cobraría entonces un valor cardinal. En fin, el coronel disuadió al mando regional de que era preciso volar el puente, aunque resultase una operación difícil y lenta. E inútil, porque una patrulla casual los sorprendió cuando aún se hallaban en los preparativos de la voladura, que en el mejor de los casos nunca ocurriría antes de una hora. Tras un breve tiroteo, pudieron escapar ilesos zigzagueando entre la espesura. Por fortuna comenzó a caer una lluvia que, aunque indecisa e intermitente, borraría un poco las huellas. Pero faltaban todavía cuarenta minutos para que llegara el helicóptero del capitán Sarazo y tuvieron que vagar por una franja de selva y por tupidos matorrales calculando tiempo y lugar. De ninguna manera podrían llegar al punto convenido y quedarse a esperar allí, por lo que se situaron a unos trescientos metros del claro y se ocultaron como lagartos entre unas lajas que podrían ser un refugio perfecto para alguna serpiente venenosa. 98


Aunque el Gato les temiera tanto como a los leones, la verdad es que en aquel momento no valía la pena pensar en un simple reptil. Y ahora están aquí, respirando el espeso olor que despierta la lluvia, sin pestañear apenas, arañando con los ojos cada movimiento en el cielo, hurgando con oído atento cada sonido entre las frondas y la hojarasca que lo cubre todo. Mirando con los anteojos, Ariel ha visto que unas cabezas salen de la franja de selva y se acercan, inclinándose un poco porque ya los matorrales sólo les llegan a la cintura. Acaso siguen las tenues huellas que los fugitivos han dejado atrás. Acaso se guían por el instinto. Y entonces se escucha, por fin, el motor del helicóptero que se aproxima. –Corre tú primero –le ordena Ariel al Gato–. Yo te cubro y, en cuanto alcances el promontorio donde está tu hermano, cúbranme los dos hasta que pueda meterme en la zanja y seguirlos a ustedes. Eso es lo único que nos da los tres minutos que necesitamos. Curiosamente, de nuevo, lo fundamental es sólo un lapso de tres sencillos minutos. Bajo la lluvia que amaina, la patrulla ha avanzado deprisa y con buen tino, y atraviesa ahora un diminuto llano en dirección a la zanja cuando el Gato corre buscando el promontorio desde donde ya su hermano abre fuego. Y dispara él también y uno de los soldados cae, pero de pronto siente un frío en el vientre y, sin poder frenar su carrera, rueda por el suelo apretándose una mano contra el ombligo. El frío se convierte en un puño ardiente que le aferra las entrañas. Uno de los soldados, un niño que no llegaba a los catorce años, con arrojo desesperado, salta hacia él entre las balas de Ojorrojo y de Ariel, que le buscan el cuerpo, y, justo antes de 99


que una lo encuentre, pega un tiro de pistola en el ojo verde del Gato, el derecho, el más claro, pues el otro es de un castaño oscuro. Los tres soldados restantes no tienen tiempo de guarecerse y Ojorrojo acierta a uno mientras Ariel abate al segundo. El tercero, de cuerpo menudo, aunque herido en un hombro, desaparece en los matorrales. Comienza a caer de nuevo esa lluvia cansada, terrible, y cuando Ariel llega junto a él todavía al Gato le tiembla la mano izquierda. Dedo tras dedo se escapa del cuerpo el último movimiento y, en ese mismo instante, allá, en su casa, una sombra rauda cruza las habitaciones sin que nadie la vea. Mirando a su hermano muerto, Ojorrojo comprende, con un golpe brutal, que se halla exactamente en el lugar equivocado, cada pie puesto sobre una de las dos caras del error. ¡He aquí que ha muerto el hombre invisible y que la espesa huella de su cuerpo aplasta la hierba! Años después, cada mañana, a Ojorrojo le habrán de temblar ambas manos, dedo tras dedo también –oh aquel que era dueño del pulso más firme–, hasta no haber bebido el primer trago de ron. Su hermano también estaba donde no debía estar, pero no tuvo la oportunidad de saberlo. El hombre invisible tiene sangre muy visible. Tiene un hermano que en este momento pretende morir junto a él, pero que no consigue siquiera el roce de una bala. Aunque juntos han hecho un camino de años, la muerte los quiere ahora separados y ha escogido a uno solo porque el otro no le importa. Han pasado la vida uno al lado del otro demostrándole al gran Luciano Montes de Oca que sus hijos son un tándem que desconoce la derrota, invencibles soldados de la revolución, nacidos para 100


que el Jefe los envíe a cualquier lugar del mundo, a la misión que sea, en cualquier momento y por cuanto tiempo fuese necesario. Ojorrojo pasa una semana sin hablar con nadie, ciego de dolor y de ira, abrumado por la idea de haber hecho siempre únicamente lo que a otros les pareció mejor. ¿Cómo puede uno irse así, tan fuera y tan lejos de sí mismo? El turbio torrente de estos días lo arrastra sin que pueda agarrarse de algo consistente, y Ariel, más allá de su particular pesadumbre por la tragedia, sufre en carne propia el dolor del hermano avergonzado de ser un sobreviviente y no otro héroe caído en combate. Durante meses había visto a los dos atravesar las situaciones más arriesgadas y rivalizar en coraje, y se pregunta, admirado, cuán singular debe ser un padre para hacerse merecedor de semejante ofrenda. Desde el malecón se escucha una de esas canciones que ponen a bailar a todo el mundo: Ah, no hay que llorar, que la vida es un carnaval y las penas se van cantando. –Tremendo negocio el de ese estribillo. No se debe cantar llorando –dice el Dongo. –La vida es una cebolla y uno la pela llorando –dice João. Luiso extiende su brazo derecho fingiendo ser un entrevistador con un micrófono en la mano: –La vida es una mierda, ¿yes or not? ¿Qué opina usted, camarada Ojos de Sangre? ¿Nones? –Por lo menos puede llegar a ser demasiado larga. De eso sí que no me cabe ninguna duda –responde Ojorrojo, quién sabe si en broma o en serio. Y Ariel 101


hace un gesto impreciso pero claramente negativo cuando Luiso estira el supuesto micrófono hacia él. Ojorrojo levanta una mano y lo ataja–: Mejor deje eso, pastor. –Pero tu amigo no dice ni una palabra –João sonríe mirando a Ariel como si sólo ahora descubriera su presencia. –Tranquilo, rata inmunda –le dice Salmonel–. Tú di todas las palabras que te sepas y deja al prójimo en paz. –Maldiciones de burro no llegan al cielo –decreta João encogiéndose de hombros con naturalidad, como si ese fuera el refrán apropiado para el caso. –Platero y yo –suelta el Dongo sin mirarlo.

El soldado vuelve a casa

João tampoco lo mira. Aunque ha puesto a un lado la guitarra, el Dongo deja la mano del dedo vendado sobre ella como si fuese su novia, o su escopeta, quizás porque habla de sus dos interminables años de servicio militar, durante los cuales sólo tres o cuatro veces tocó una guitarra. –Pobrecito –se burla João –: sin viola y sin trenza. –Un tipo como tú –le advierte el otro– hubiera pasado un montón de malos ratos en el ejército. –Pues mira que no tienes ni idea. Era cocinero ¡y pasé un montón de buenos ratos con la comida! –¿No será preferible hablar de otra cosa? –les dice Ojorrojo sin ningún énfasis. –Pero nada de lo que diga cualquiera de nosotros hoy te parece bien a ti –João baja la vista, casi arrepentido de sus palabras. –Eso es verdad –lo respalda enseguida Luiso con la más campechana de sus sonrisas y finge que se acerca el micrófono a los labios–. Si lo que quieres 102


es conversar con Ariel, pues seguimos esto mañana. Sin lío, hermano. Seguro que hace mucho tiempo que ustedes no se veían. –Toca algo, minstrel –lo interrumpe Ojorrojo como si no hubiera escuchado y volviéndose hacia el Dongo–. Ya no estás en el ejército y tocar es tu mayor virtud –Sus palabras no pueden sonar sino mordaces. –Mi mayor virtud es no querer ser un virtuoso – replica él con una media sonrisa oblicua y levanta sin prisa su instrumento. Ojorrojo se limita a encoger los hombros pesadamente. –¿Dónde metiste ese dedo? –pregunta Salmonel, intentando parecer malicioso, mientras el Dongo desgrana el primer acorde. –En mi destino –contesta, rasgando con más fuerza las cuerdas para que la música que llega desde abajo no ahogue el sonido. –¿Eso no le parece a usted muy rebuscado en boca de un humilde juglar? –lo inquiere Luiso acercándole el micrófono. –Dios me castigó por no terminar una canción. –¿Quiere decir usted que el Señor es fan suyo? ¿Eso no se llama sacrilegio? Ariel, que ha seguido hasta aquí el intercambio de palabras, siente que su atención vuelve a embotarse. Le parece ver todavía ante sí la expresión colérica del teniente Manzano, que lo zarandeaba por un hombro y le gritaba: –¿Cómo dejaste que esos hijos de puta te mataran a ese hombre? ¿Y cómo coño dejaste escapar al otro así, tan fácil? ¡Explícamelo, Ariel Miró! El coronel Beltrán te va a comer vivo. ¡Y ahora sí será imposible volar ese puente de mierda! –Teniente, más imposible es resucitar al Gato –di103


jo, con las mandíbulas muy apretadas, exhausto, abrumado y hostil. –El soldado Montes de Oca murió valientemente, cumpliendo su deber con la patria –subrayó el teniente, y Ariel tuvo la impresión de que el otro no había comprendido lo que él le había dicho. El capitán Sarazo apareció a su lado y cruzó los brazos sobre el pecho, pero Ariel no lo miró. –Por desgracia –siguió diciéndole al teniente Manzano sin cambiar su tono–, el mejor combatiente es casi siempre el que muere primero. –¡Pues te equivocas por completo, porque el mejor soldado es el que aniquila mayor cantidad de enemigos! –rugió el capitán, incapaz de seguir conteniéndose. –Al carajo el enemigo, al carajo el puente –Ariel se volvió y lo encaró, lleno de aborrecimiento hacia sí mismo, absolutamente agobiado–, ¡y al carajo la guerra! –añadió, pronunciando con claridad cada palabra–: Sigan ustedes si quieren y si les gusta tanto, pero yo terminé ya. –¡Tú no eres quién para decidir si terminaste o no! ¡Firme! ¡Párese firme, coño! El coronel Beltrán, cuando lo supo, no podía creer que aquello fuera cierto y la cólera le provocó un dolor de cabeza que no lo abandonó en dos días. Mandó a que encerraran a Ariel en el calabozo y levantó un acta acusándolo de traición a la patria, negligencia en el cumplimiento de una misión y desacato a sus superiores. Las cinco semanas tras las rejas fueron un agujero negro. Afortunadamente no tenía compañía alguna. Luego recordaría sólo un regusto abominable en la boca, además del silencio: a veces pasaba cuatro días sin pronunciar una sola palabra. Cuando por fin lo llevaron a juicio, a Ariel no le 104


preocupaban en absoluto ni los cargos ni la condena que le impusieran, pero, gracias a las declaraciones que a su favor hicieron varios oficiales (además de que el prestigio del capitán Sarazo se hallaba en fase menguante) y debido también a su notable hoja de servicio, sólo lo castigaron por desacato. En cuanto a Ojorrojo, lo trasladaron primero para una base de suministros y, al mes y medio, lo regresaron a Cuba con cuatro medallas –dos suyas y dos del Gato– que no sobrevivieron a la primera borrachera. Aunque las arrojó con toda su fuerza desde el segundo balcón de su casa hacia el mar, las vio caer sólo a mitad de la avenida. Pero eso era suficiente. –¿Tú sabes lo que hiciste, Lucianito? No respetas ya ni la memoria de tu hermano –le reprochó el padre al día siguiente y él no dijo una palabra, pero lo miró de forma tal que Luciano no se atrevió a tocar el tema nunca más. Por su parte, Cristina lloró en silencio cuando su marido le contó lo ocurrido y después no hizo el menor comentario sobre aquello. Luciano sabía que aquellas lágrimas no tenían relación alguna con la “profanación” –palabra que pensó mas no dijo– de las medallas. También a Ariel lo regresaron a Cuba, pero sólo para que cumpliera en una prisión militar la condena impuesta. Por suerte, y con razón, lo consideraron mentalmente perturbado, y quizás no hubiera estado preso ni siquiera dos años si no se hubiese escapado de la obra en construcción adonde lo enviaron al sexto mes de condena. Fue una fuga fácil en comparación con lo que hubiera tenido que hacer para escapar del penal militar. Cometió, sin embargo, el error de creer que hasta los cuatro o cinco días después no irían a buscarlo a su casa. 105


Muy temprano en la mañana del segundo día, una veintena de boinas rojas rodearon aparatosamente el barrio, igual que en las películas, como si hubieran ido a atrapar al mismísimo Rambo; avanzaron por los callejones fangosos, entre las casuchas, disfrutando la curiosidad de la multitud de vecinos que en unos segundos se acercaron para no perderse el espectáculo. El teniente Bulnes estaba muy molesto por esta misión que le habían encomendado, y más inquieto que a gusto con la curiosidad de los vecinos, porque allí, como en cualquier barriada semejante, los militares eran tenidos en poca estima, sobre todo si pertenecían a un cuerpo de búsqueda y captura de soldados fugitivos, que nadie veía como delincuentes por grave que se considerase la deserción del ejército. Seguido por dos soldados, el oficial se detuvo a unos pasos de la puerta; miró el número escrito con crayola en aquella pared que, más que con cemento, parecía hecha con barro; echó un último vistazo en derredor para comprobar que, en efecto, todos los ojos se dirigían a él. Llenándose de aire los pulmones, golpeó fuerte varias veces en la puerta y gritó, con la mayor ecuanimidad: –¡Soldado Ariel Miró! Él no esperaba aquello. Ni remotamente. Se suponía que primero saliera la madre o algún otro familiar. Pero no. Ocurrió entonces lo que ningún vecino de aquella zona podría olvidar durante mucho tiempo. Ariel apareció en la puerta con su uniforme de recluta, muy abiertos los ojos, sin poder contener un extraño temblor en todo el cuerpo. Llevaba algo parecido a dos jabones atados a la cintura y de ellos partían varios alambres que terminaban en sus ma106


nos alzadas, a punto de unir la punta de dos cables. El teniente Bulnes conocía su hoja de servicio en Angola, de modo que ordenó a sus hombres que no movieran ni un dedo. –Puñetero ranger –murmuró por lo bajo, maldiciendo su suerte, preguntándose cómo Ariel habría conseguido aquellas dos cargas de C-4. Se puso las manos en la cintura y añadió para sí, mas con voz que pudieron escuchar los soldados a su espalda–: Y tener que tocarme esto precisamente a mí. Los reclutas se quedaron inmóviles como si no respiraran siquiera, y miraban, atónitos, temerosos, cómo el prófugo pasaba entre ellos muy despacio, bien despacio, con aquella desorbitada expresión de lunático peligroso, dispuesto a saltar en pedazos por el aire llevándose a cuantos pudiera con él. Unos segundos después de que hubo desaparecido por un callejón, y cuando todavía ninguno se atrevía a moverse, salió Mariana de la casucha, escandalizada, frenética: –¡Mal rayo lo parta! ¡El muy cabrón me cogió los dos únicos jabones de lavar que me quedaban! –gritaba a todo pulmón, apretando los puños, incontrolable– ¡Anoche mismo me los había traído Vicente! ¡Ay, si lo cojo, Dios mío, yo misma le arranco el pellejo y lo restriego hasta que haga espuma! El pobre teniente Bulnes, rojo de vergüenza, rehuyendo la mirada de sus subordinados, se acomodó lentamente la boina y, con fingida calma, ordenó la persecución de aquel mal hijo, mal soldado, mala cabeza, maldito hijo de puta que se creía tan listo. Y que en verdad no lo era: aquella misma noche la policía lo encontró dormido en el banco de una solitaria parada de ómnibus y, viéndolo con uniforme de soldado, lo despertó, le pidió identificación y 107


lo arrestó. En los bolsillos del pantalón le encontraron los jabones envueltos en alambres. Por supuesto que el teniente Bulnes se esforzó cuanto pudo para que le saliese cara aquella ocurrencia, la cual bastante humillación le había traído ya entre superiores y subordinados. A partir de ese momento empezaron a llamarlo Ce Cuatro. ¡Alto! ¿Quién va? ¿Quién vive? Altísimo: ¡fuego! canta la voz del Dongo aprovechando que allá abajo la orquesta más cercana hace una pausa. La canción se llama El monje y el guerrero, ha dicho, y ahora explica el motivo por el cual la compuso, años atrás, recién salido del ejército. Los otros, como siempre, no le prestan mucha atención. Desde el fondo de un bolsillo, João saca un papel arrugado, lo estira cuidadosamente sobre su short magenta y se lo pasa a Salmonel, todo ello a una señal de este, que sin dudas quería mostrarlo desde hace rato y que, echando una mirada alrededor a través de sus gafas verdes, les advierte: –Escuchen la noticia que acaban de publicar –Y comienza a leer, terminante, como si estuviera dando la respuesta definitiva a una importante pregunta–: “Investigadores chinos, tras una larga investigación, han hallado la causa del extraño suicidio masivo de ratas amarillas ocurrido en 1983 en la provincia de Xinjiang. El hecho de que hubiera una excesiva cantidad de roedores provocó el nacimiento de crías enfermizas, lo cual hizo que, como estrategia evolutiva para preservar genéticamente la especie, una muchedumbre de ellas se lanzara al lago de la región. De ese modo disminuyó considerable108


mente el número de ejemplares y las próximas crías volvieron a nacer con sus genes normales y gozando de perfecta salud” –Dobla de nuevo el papel, se lo devuelve a João y vuelve a mirarlos a todos–. ¿Qué me dicen de esto? –Nadie dice nada– ¿No es algo parecido a lo que ocurrió aquel 5 de agosto? –Ese ron te pone la cabeza mala –refunfuña Ojorrojo alzando las cejas y arrugando la frente. –Diera cualquier cosa por oír algo de Jimi Hendrix ahora mismo –dice Luiso. El Dongo empieza a tocar Hey Joe. Haciendo un gesto de impaciencia, João insiste en el tema de las ratas y luego salta a otros animales. Salmonel, por alguna razón, arranca a hablar de Grecia.

Retrato de un capitán por el guardavacas

En medio de la conversación, o las conversaciones, suena la música del carnaval, que se confunde con la del Dongo, y unas voces se enredan con otras. Ariel se incorpora y da unos pasos, sin aliento, como si acabara de subir corriendo los ocho pisos. –¡Los delfines no son peces! ¡Respiran aire, Brutus! –dice Luiso, escandalizado por algo que ha dicho João, y parece que no hubiese aire suficiente para los pulmones de Ariel. –Macedonia está en la península de los Balcanes –asegura Salmonel para situar a Alejandro Magno, trazando con el dedo un mapa invisible sobre las baldosas–, que siempre han sido el talón de Aquiles de Europa. Ariel da otro paso y está a punto de pisar el dedo que dibuja una nebulosa porción de suelo. –Y esa era la mónada del pollo –bromea Ojorrojo recordando el punto de sangre que había encontra109


do en un huevo de gallina, y el Dongo, que ha dejado la canción a la mitad, no comprende bien a qué se refiere. Ariel ha llegado hasta la puerta que, a un costado de la saleta, se abre hacia un pasillo que conduce al comedor; se ha movido entre ellos, que no lo ven, y ya el mareo comienza a desaparecer con el aire salado que respira a grandes bocanadas. Él tampoco los ve a ellos. Tiene los ojos hundidos en la explosión de imágenes que cubre casi toda la pared ante él, mirando su propia figura distorsionada de mil maneras. Demora unos instantes en darse cuenta de que se trata sólo de fragmentos de espejos que una mano paciente pegó a la superficie y que se deshacen en retazos de una visión repetida, en esquirlas que se juntan desde distintas dimensiones para no significar sino eso, un estallido, un azar de cristales rotos. No importa que semejen una pesadilla muy compleja, ni cuán incongruentes pueden ser los detalles. En una endemoniada noche sin alcohol, hace algunas semanas, Ojorrojo encontró en algún sitio aquellos recortes, los trajo como pudo y fue construyendo con ellos aquella deflagración de un espejo que de cierto modo reproducía la de su interior, y que en definitiva resultaría ser siempre un alucinante autorretrato de quien se parara frente a aquella pared. Cuando lo devolvieron a la prisión militar luego de la aventura con los jabones alambrados, conoció a Rino, un tipo hosco, casi intratable al principio, que se había graduado en la Academia de San Alejandro pero que no pudo continuar los estudios superiores y fue llamado al servicio militar. Su jefe no desaprovechó el virtuosismo que poseía el muchacho para pintar retratos y le encomendó 110


llenar las paredes de la unidad con imágenes de próceres y líderes, pero posteriormente vino el capitán Llopis, a quien le pareció más adecuado ponerlo de centinela ante un potrero, durante horas, durante días y noches y semanas. A sugerencia de otros oficiales, y a pesar de su timidez y su parquedad, Rino se atrevió a pedirle al jefe que le asignase una ocupación distinta, preferiblemente la misma de antes. –Puedo pintar miles de mártires –le dijo muy serio y con la rusticidad que tenía para encadenar más de dos o tres palabras. El capitán lo escuchó. Lo miró a los ojos inquisitivamente, como si debiera descifrar un mensaje oculto en aquella frase. Su impaciencia no lo dejó escudriñar mucho. –No necesito artistas –le dijo, con la mayor firmeza y como reteniendo palabras peores, antes de darle la espalda y concluir por encima del hombro–: ¿De qué me sirve que usted pueda pintar como nadie un retrato del Jefe si no sabe disparar al corazón del enemigo? –¿Qué enemigo? ¿Las vacas? –se preguntó Rino contemplando las reses que pastaban bajo aquel cegador cielo de agosto. Algunas semanas después se quedó dormido y soñó que corría entre vacas desnudas y que caía a cada momento porque el pasto se le enredaba en los pies como los juncos de una ciénaga. Empezaba a ahogarse. Se despertó con un brinco y, creyendo haber sentido un ruido extraño en aquella dirección, disparó una ráfaga de su fusil contra las palmas. Después del tropel y la falsa alarma, cuando fue llamado a rendir cuenta no supo qué decir. El capitán lo hizo encerrar en el calabozo y a los 111


diez días, durante una inspección, descubrió que aquel jodido soldadito había pintado en uno de los ásperos muros de la celda, usando como único material, a modo de óleo, su propia mierda, un impresionante retrato suyo que primero lo petrificó y de inmediato le arrancó una sonrisa mortalmente fría. –En el tiempo que le quede a usted en esta unidad no volverá a tocar ni un solo pincel. Se lo juro. Ni para poner un acento en un letrero. Odiará tanto a las vacas que durante años no podrá comer carne de res. Y hasta el queso le dará asco. Lo envió de regreso al potrero, que estaba situado en el extremo sur del enorme terreno de la unidad, y ahora tendría que doblar cada turno de guardia incluso durante el fin de semana. Al mes siguiente, enloquecido por el eterno rumiar de las reses y por el exorbitante color verde – del potrero, de los uniformes, de las boñigas del ganado–, Rino se volvió hacia las barracas que se levantaban a lo lejos y disparó sobre los techos hasta que se le vació el cargador. Afortunadamente, nadie resultó herido. Se pensó en un ataque enemigo. El alboroto en la unidad no tuvo comparación y, media hora después del último balazo, cuando ya Rino se encontraba encerrado de nuevo en el calabozo, persistía aún la inquietud y el abejeo de los soldados. El lunes siguiente, temprano en la mañana, entraba por la puerta ancha del penal de Barbosa. Aunque era una prisión destinada exclusivamente para militares, había allí individuos de toda calaña, y aquella misma tarde, peleando por defender la colchoneta que acaban de entregarle y no pudieron quitarle, perdió dos dientes. Fue su primera y última riña. 112


Gracias a los esfuerzos del padre de un amigo suyo, a los tres meses el jefe de una unidad de artillería en el Cotorro quiso llevárselo para que terminara la condena bajo su mando, pero el capitán Llopis, en absoluto incapaz de olvidar aquel impecable retrato, se opuso redondamente. Por si eso fuera poco, también advirtió que al término de su sanción, como estipulaba la ley, Rino tendría que regresar a la misma unidad y consumir allí lo que faltaba para cumplir su servicio militar, independientemente del tiempo que hubiera pasado en prisión. Cuando por fin salió del penal, entre los que lo conocieron –a falta de noticias fidedignas– empezó a circular más de un inquietante rumor. Ariel, que realmente no había sido amigo suyo, pero que siempre simpatizó con él y lo había ayudado en lo que podía, escuchó aquellas versiones con pesar. Se decía que Rino había entrado en el comedor de oficiales disparando hacia las ventanas, sin intención de herir a nadie, pero que el capitán Llopis le había dado un balazo con su pistola y lo había matado. Otros aseguraban que no, que el muchacho se había suicidado pegándose un tiro allí, delante de toda la oficialidad. Incluso hubo quien aseguró que la realidad era más simple, pues Rino había dejado el fusil en el suelo y, utilizando su cinturón, se había ahorcado frente al verde océano del potrero y la mirada indiferente de las vacas. A la larga, todas aquellas historias eran desmentidas una tras otra, pero nadie pudo tampoco referirle ninguna noticia fidedigna del soldado pintor.

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Ebrios sin fronteras

Cuando fue puesto en libertad, lo primero que hizo Ariel –incluso antes de llegar a su casa– fue visitar a Ojorrojo, porque nada le había martillado tanto la conciencia, desde la última vez que se habían visto, como dejarlo todo hablado alguna vez del modo más transparente. No tenía la menor duda de que nunca conocería toda la profundidad del dolor de Ojorrojo por la pérdida de su hermano, pero lo cierto era que aquella muerte, y la manera borrosa en que ocurrió, serían para Ariel una herida que no sabría cómo cerrar, por no hablar de todo lo ocurrido después del fatídico día. Aún hoy sigue considerando que aquello fue el peor suceso de toda su vida. Peor, en definitiva, que la misma enfermedad. No hablaron mucho en aquella ocasión. Ariel perdió enseguida la ansiedad por regresar al dolor de un hecho que parecía haber ocurrido ayer mismo. Prefirieron callar la mayor parte de lo que sentían y casi no tocaron con palabras el pasado, tan irrevocable. Ariel no puede evitar ahora cierta pena cuando recuerda que en definitiva Ojorrojo y el Gato, como este mismo le contara, habían crecido desde niños como en un cuartel. Cada uno tenía un traje de soldado y otro de miliciano, hechos a la medida. Conocían al detalle la muy particular descripción soviética de las guerras mundiales y se sabían de memoria gran parte del armamento del ejército, la marina y la fuerza aérea de Estados Unidos. Mientras los otros niños se quedaban sobre todo en Verne, Mark Twain y Salgari, ellos iban más allá y leían y releían Chapáiev, Un hombre de verdad, Respondo por todo o Así se templó el acero. Aunque Ariel 114


había frecuentado muy poco a los primeros (disfrutó bastante la lectura de Tom Sawyer en uno de los centros de reclusión para menores donde había estado) y nunca a los otros, había oído hablar de ellos en las Tropas Especiales y, luego, durante la guerra, el Gato se refería con devoción casi religiosa a esas novelas. En la segunda visita, unas semanas después de la primera, Ariel conoció a Rita María, la que había sido novia del Gato. La casa estaba llena de amigos que celebraban el cumpleaños de alguno de ellos y, en medio de la confusión, casi no pudo hablar con ella. Un poco burlonamente, Ojorrojo se había referido siempre a aquella relación como un “amor epistolar” porque ambos se habían encontrado sólo en dos o tres ocasiones antes de que él partiera para la campaña de Angola, y luego se habían escrito cartas muy divertidas, pero que en realidad eran más propias de amigos que de novios. Y tampoco no se habían prometido mucho: “Ya veremos qué hacemos cuando yo regrese a Cuba”, le escribía siempre él. Fue en otra visita posterior cuando pudo conversar más con ella. Todo resultó en absoluto diferente de la tumultuosa noche del cumpleaños. Hablaron a solas durante mucho rato con la naturalidad de quienes se conocen bien desde hace años y se encuentran después de un tiempo sin verse. A partir de entonces se cobraron un extraordinario apego mutuo, quizás mayor por parte de ella, que quería andar siempre junto a él como si fuera su sombra. A Rita no le asombraba la pobreza en que vivía éste, ni le chocaban su madre, sus hermanas o el barrio mismo, tan lóbrego, y Ariel no se abrumaba en la casa de ella, casi tan grande y espléndida como la de su amigo; quizás hasta más elegante y situada 115


en aquella misma zona de magníficos edificios de apartamentos construidos en los años cincuenta. Para Ariel aquellos meses fueron una época de dichoso e interminable letargo, y seguramente para ella también, aunque nunca hablaban de la felicidad, quizás por temor a perderla. Cuando el tema se acercaba, ella se ponía a contemplar los rostros de sus insectos disecados con la lente suelta de un microscopio. Por su parte, en menos de un año Ojorrojo se convirtió en un borracho capaz de vender cualquier cosa para seguir bebiendo. Le importaba poco con quién andaba, qué hacía con los demás o que hacían los demás con él, aunque en ocasiones, sin razón aparente, mantenía una distancia muy precisa con los otros. No tenía ningún amigo inseparable ni duraba un mes con mujer alguna, por cariñosa y persistente que esta fuese. De vez en cuando Ariel iba a verlo, se daban algunos tragos y hablaban de cualquier cosa, o de nada, mirando la televisión, escuchando música, oyendo lo que hablaban los demás, pero evitando siempre recordar el pasado. A pesar de la amistad de Rita y de la dicha que ella podía hacerle sentir, Ariel cayó en un torbellino enorme y nadó hacia donde lo arrastrara. Sin poner un pie en su casa durante semanas, sin pelarse, comiendo poco y mal, bebía alcohol a mares y se tragaba cualquier cosa que le cambiase el ánimo en cualquier dirección. Rockeros, putas, salseros, mercaderes de todo, gays, traidores puros, marihuaneros celestiales o satánicos, y cuanto corriera, volara o se arrastrase por las viñas del Señor tenía trato con él, que podía pasar de una circunstancia a otra, de persona a persona, de un mundo aquí a un mundo allá, igual que si 116


cada puerta se abriera con una llave encontrada precisamente en la puerta anterior. Una vida parecida a la de Ojorrojo, pero con júbilo. Con Rita María, frecuentemente. En medio de aquel vértigo percibía las cosas sucesivas como acontecimientos simultáneos. Después de la guerra y la prisión, del dolor y la muerte, sólo anhelaba embriagarse de vida, o al menos de su condición vertiginosa, y no cesar de descubrir nuevos acantilados, nuevas costas, nuevas islas, aunque cada día perdiera otro poco de su capacidad de asombro y lo insólito empezara a tornarse ordinario. Personas que nunca supuso existieran, situaciones que jamás sospechó, dolores, vicios, placeres y lujos sin número iban apareciendo en el dédalo de la ciudad redescubierta. Era otra Habana, pero también otro Ariel. No creía poder hallar algo peor de lo que ya conocía, y sin embargo a veces tenía que esforzarse para no perder el hilo que lo ataba a tierra y no caer de lleno fuera de toda ley y toda medida. Uno de esos esfuerzos le permitió –para comer al menos una vez al día, ayudar a Mariana y conservar algún dinero–hacer un arreglo ventajoso con unos amigos de Santiago de las Vegas para conseguir ajo, que escaseaba en La Habana. Ellos se lo vendían barato y Ariel se lo llevaba a la vieja Nora, en el Cerro, que se lo compraba todo para a su vez revenderlo. No ganaba así mucho dinero, pues vendiendo al menudeo hubiera podido buscarse más, pero aun sin talento para los negocios clandestinos, luego de dos o tres viajes semanales entre Santiago y el Cerro, se descubría con trescientos o cuatrocientos pesos en el bolsillo. Y por el momento se sentía satisfecho.

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La rosa azul tatuada

A veces, cuando descubría el deseo en los ojos de Rita María o en sí mismo, la memoria del Gato le hacía sentir cierto pudor durante un momento. En su mente se decía y se repetía que no estaba traicionando el recuerdo de su amigo, quien seguramente, de haber podido, no le reprocharía que se tomara una tregua de paraíso luego de tanto infierno. Si él no la visitaba durante dos días, Rita iba a verlo adondequiera que estuviese y lo acompañaba durante horas, incluso en la compraventa de ajo, sin que le importara tampoco quién más se les sumara ni a dónde fuesen a parar finalmente ese día. Podía hablar de cualquier cosa, podía beber sin tregua hasta el amanecer y tomar además cualquier cosa en cualquier cantidad, a la par que él, y jamás se le veía vencida, agarrándose a otro o lloriqueando. Nunca convirtió en espectáculo su embriaguez. –La forma de un corazón rosado –dice Loris, una amiga de ella, muy ocurrente y sensual– es igual que el culo rosadito de Rita, pero al revés. Una noche de viento y de helada llovizna Ariel supo que Loris tenía razón. No le valieron los reproches que se hacía y se repetía mentalmente. Desde mucho antes de su pesadilla africana nunca había sentido la paz y el placer que conoció durante las tres horas pasadas con Rita María en el cuarto de ella. Realmente tenía escasa experiencia sexual porque sus encuentros habían sido hasta entonces fugaces y descuidados. A partir de aquella noche la visitó con mayor frecuencia y ya ella no tenía que buscarlo por toda la ciudad. Además, Rita hacía en su habitación lo que le viniese en gana y, pese a que en la casa vivían 118


también su hermana y sus padres, Ariel nunca los vio siquiera de lejos. A veces escuchaba alguna voz que hablaba por teléfono, una tos de fumador empedernido, el ruido de una puerta que se cerraba o unos pasos que cruzaban frente al cuarto, pero en general tenía la impresión de que en la casa no había nadie aparte de ellos dos. A pesar de que primero le pareció ridícula, luego le gustó la rosa que ella tenía tatuada sobre el seno izquierdo. De un azul índigo, trazada con un dibujo increíblemente delicado, la flor atraía sus labios durante minutos interminables en los que sentía que aquello era mejor que besar una rosa verdadera –sólo piel de seda, sin una espina. Durante los maravillosos encierros, que duraban a veces varios días, comenzó a percatarse de que aquel cuerpo era un enigma que podía descifrar una y otra vez. Endemoniados y angelicales al mismo tiempo, tanto él como ella se embriagaban a tal punto que no sólo perdían la noción del tiempo, sino también la del espacio e incluso la de ellos mismos. Así le ocurrió a Ariel un día en que hicieron el amor en el baño y luego le quedó la nebulosa, absurda y, sin embargo, persistente sensación de que no había sido a ella a quien había poseído porque, cuando recordaba el encuentro, se juraba a sí mismo que no había visto la rosa azul tatuada encima de su seno izquierdo mientras lo besaba. Estaban acostados luego y, mientras él le daba vueltas en su mente a aquella perturbadora impresión, Rita María ponía una y otra vez los mismos casetes: Fito Páez, Joaquín Sabina, Charly García, Carlos Varela, en fin. Entre la embriaguez, la música y las caricias de Rita, Ariel se olvidó de su preocupación, bastante 119


ilógica por demás. Ahora estaba sonando un grupo cubano de rock que era el delirio de ella en los últimos tiempos: Por las persianas me entra el calor. ¿Por cuál ventana se me escapa el valor? Rita María vivía a pocas cuadras de la casa de Ojorrojo y por la ventana de su cuarto podía verse el nocturno mar de mayo, quieto como una monstruosa pecera negra en cuyo borde hubiera caído un sol púrpura. Mirándolo, él recordaba los prodigiosos balones de fuego carmesí que se hundían en el horizonte selvático de Lagunda: un dios de sangre haciendo sacrificio para sí mismo con su propio cuerpo, enamorado de su corazón llameante: un dragón rojo derramándose sobre el verde océano de la selva. –Esta guerra es un enorme ebbó que hace Alguien –le dijo aquel soldado santero que andaba por los quimbos a la caza de leyendas–. Tanta sangre solamente puede ser una ofrenda para Algo. Somos las tropas de un Gran Brujo. Así de simple. Recuerda aquellos crepúsculos, la pesadilla vegetal de la selva y los rostros sucios, los rostros ensangrentados, los rostros sudorosos, los rostros quebrados por algún impacto de metralla, los rostros locos o temerosos o borrachos de extrañeza. Luego no odiará tanto a Rita, sin embargo, como odió a su madre cuando le envió aquella estúpida carta a los catorce meses de estar él en Lagunda. Y más la hubiera odiado si hubiese sabido que precisamente dos o tres días después ocurriría la muerte del Gato. 120


“Yo también quisiera matar a todos esos racistas sudafricanos”, le escribía Mariana y Ariel no salía de su asombro, pero sospechaba que alguien, un oficial, un amigo, un vecino o muy probablemente un espíritu a través de la médium Engracia, la habría urgido a comunicarse con él. “El martes me pongo ya los zapatos ortopédicos nuevos, caros como loco, bueno, lo que pasa es que también me teñí el pelo porque tú sabes que pelleja sí pero vieja no”. África era un animal gigantesco, de savia antigua y sangre dura como piedra, de fango ardiente y aire hecho de gritos que podían parecer silencio y no lo eran; un animal interminable moviéndose lo mismo que un árbol que creciera a la velocidad de un relámpago. A veces, al mirar aquella tierra tan viva, recordaba a su madre porque, según ella, el muerto que la asistía y que se encarnaba en su cuerpo durante sus trances era un negro esclavo muy vigoroso, fallecido a los ciento dos años. El papel con las palabras de Mariana, escasas pero escritas con tanto cuidado como para que nunca se borrasen, tenía algo así como olor a nicotina o acetona. –Por lo menos tu madre no es una maniática que escribe diez páginas cada vez que sale de la cocina –le decía el Gato, aunque en el fondo se animaba mucho con el entusiasmo epistolar de Cristina. Ariel le había hablado de la carta de Mariana, pero no se atrevió a dársela a leer por la vergüenza que le provocaban algunas frases: “Niño de mis ojos, por favor, no te juegues la vida, por favor, piensa en esta madre tuya que te adora, hijito mío, y que se tira del puente si te pasa algo malo”. No obstante, Ariel releyó la carta por lo menos diez veces. Acaso más.

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Nadir

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Ventura a través de la luna

Te sigo contando sin saber si todo esto te puede interesar. Ni siquiera sé por qué me interesa contártelo (y, ante todo, sin saber tampoco si vas a leer estos papeles). En fin. Como por casualidad, volví a mirar el cielo. La luna había crecido tanto en aquel rato que no sólo era redonda ya, sino que parecía haberse acercado (una cara se ve borrosa tras el vidrio de una ventana, pero se ve más grande y redonda si se pega al cristal para mirar a la calle). No pensé que hubiese bajado para observarme a mí. Supuse que lo hacía porque los perros ya habían desaparecido. Nuevamente la estuve contemplando durante un rato y quizás hasta me dormí sentada en el muro. La avenida se había inundado de carros. La gente iba y venía por las aceras con su escolta de largas sombras que se acortaron tan de prisa que de pronto ya era mediodía. Un sol brutal petrificaba las cosas. Unas nubes leves allá. Hacia el norte, rumbo al mar, flotaba el ojo rotundo de la luna, o mejor, el fantasma de la luna llena de la noche anterior. Yo sabía que nada en mí estaba petrificado, pero no me movía mirando cómo por encima de la imagen del mediodía perduraba la de aquel sueño ajeno, aquel otro lugar superpuesto y sobreviviendo delante de mí gracias al espectro de aquella árida luna, casi esfumada por la luz del día. Si ahora gritara, gritaría un silencio abrasador, llameante. Recordando todo eso, me acuerdo de lo que leí en un libro que me prestó un amigo de quien no debiera acordarme. Breve: un monje musulmán cumplió 124


con sus rezos hasta que se hizo de noche, pero siguió meditando y tuvo una visión: entraba en una casa, encontraba a otros monjes que meditaban y luego se hallaba afuera, viendo el esqueleto del mundo, que era de luz. No había más color que el de la luz, que no era color, y cada átomo era verdadero (te digo tal como lo recuerdo). Su júbilo fue tan desmedido que quiso salir volando, pero entonces se dio cuenta de que a sus pies había algo parecido a un trozo de leño que le impedía elevarse. Arrebatado, golpeó con un pie la tierra una y otra vez, de todas las formas posibles, hasta que el madero salió disparado como una flecha y él mismo echó a volar por el aire. Al llegar al primer cielo vio que la luna se había fundido y que le era posible pasar a través de ella. Y entonces volvió de su ausencia y se encontró de nuevo en sí mismo. No quiero seguir preguntándome por qué te digo todo esto que, a los ojos de otro cualquiera, puede resultar un bulto de divagaciones, pero supongo que un motivo puede ser, además de la similitud entre tu situación y la mía, que todo gana coherencia ante los ojos de la muerte. Quienes pueden esquivar la fijeza de su mirada no ven más que caos. Me dirías, acaso, que ese es precisamente el vínculo más odioso entre nuestras vidas; pero supongamos, Ariel, que yo también necesito perdón y que, te digo, nos detendremos en este punto exacto. O sea, sin duda alguna jamás sabré si me perdonarás o no (como tampoco tendré nunca la certidumbre de si Rita te quiso o no, ni de si yo no te quise o sí). Ya no hay tiempo para nada de eso. Te digo únicamente y sin la menor ironía: fuiste el único puente verdadero entre mi hermana y yo, si es que un puente puede apoyar uno de sus extremos en un abismo. Créeme que cuando dejé que me hicieras el amor 125


confundiéndome con ella yo no tenía todavía la certeza de estar contagiada. Claro, también me dominaba la peligrosa indolencia de los que se consideran carentes de significado para los demás. Mis actos eran poco menos que imaginarios, te digo. Mientras yo puedo contar con los dedos de una mano a mis amantes, Rita tuvo muchos y nunca le ocurrió nada (excepto contigo y por mi causa). Incluso cuando llego al cinismo de considerarme una Lilith destructora o una Kali fatal, ¿cómo no voy a sentirme azotada por Dios y pateada por demonios? ¿No será otro sarcasmo decirte que también ante el ojo del sol o de la luna nuestras desdichas tienen el mismo valor que nuestra felicidad, que hubiera sido lo mismo si también yo me hubiera tatuado una rosa azul? Para colmo, no sé llorar. Debe ser que ya no me hace falta. Adiós, María Rita.

Entre las alas de La Gaviota

Rita María, siempre de buen humor, nunca carecía de noticias que dar, ni perdía la urgencia de visitar a alguien para hablar de alguna cosa que le sucedía a algún amigo. Cada día debía partir hacia algún sitio y las jornadas que pasaba en su cuarto, sola o con Ariel, eran sólo treguas de nómada. Por eso era tan peculiar la apariencia deprimida que mantenía en aquellos días. Comenzó a tratar a Ariel con aspereza y, de pronto, una tarde, le dijo que no quería verlo más. Aunque aquello le dolió profundamente, cuando lo pensó bien se dio cuenta de que lo único raro era que se hubiesen entendido durante un tiempo tan relativamente largo. Tampoco tendría tiempo para extrañarla. El remolino de sus días de entonces estaba hecho de 126


continuos remolinos que tendían a devorarse unos a otros. Había un lugar llamado La Gaviota, recuerda ahora y las imágenes parecen arrancadas de alguna película. Una de las parrandas lo llevó hasta Varadero, pero eso sólo lo sabrá a la mañana siguiente. Recuerda vagamente que fue allá con un grupo de siete u ocho y que viajaron apretados en un viejo auto que se conservaba casi tan bien como cuarenta años atrás. Allí conocía a muy pocas personas, pero a nadie le importaba, y mucho menos a él. Habían ido para visitar a una prima de Pável, o algo así. Lo mejor de aquella estancia fue, quizás, haber conocido a Mandy. Lo peor fue precisamente Pável, tan resbaloso, tan desenfocado, y no sólo porque seguramente era informante de la policía. La Gaviota era una inmensa casa pintada totalmente de blanco, construida en los años cincuenta con la forma estilizada de una gaviota en el instante del vuelo en que baja la punta de las alas. A Ariel le resultaba curioso que no podía precisar si se hallaba en una casa particular o en una dependencia del estado. De momento entraba alguien, o salía otro, y parecería que en cada habitación había una fiesta particular. Y allí Ariel bebió, comió y se divirtió como uno de los jóvenes asesinos al mando del Viejo de la Montaña. Todo estaba limpio, no había que pagar un solo centavo, todo era perfecto, había de todo lo agradable y todos se encontraban de buen humor. No sólo no tenía que preocuparse, sino que ni siquiera hacía falta pensar en nada. Ni en el Viejo de la Montaña. Pero aun así Ariel tenía un instinto preciso, buen oído y mejor vista y no podía evitar darse cuenta de 127


que aquel no era ni un sitio como cualquier otro. Había muchas puertas, o lo que es lo mismo, muchas incógnitas. Lo que se veía, lo que se oía y hasta lo que se olía resultaba indescifrable, o por lo menos confuso. No obstante, se empeñaba en no pensar. Podía prescindir hasta de su instinto, pues, fuese lo que fuera, no había peligro alguno para él en lo que estaba ocurriendo. Mirando hacia atrás, ve un collage de impresiones, diálogos, recuerdos enrarecidos por el alcohol y el caos, entre los cuales sólo la figura de Mandy resulta indudablemente real. Había una gran gaviota posada entre los pinos con las alas abiertas y bajas, y uno ignoraba de dónde venía y a dónde iba, pero, sobre todo, ignoraba por qué razón estaba posada allí. ¿Quién invitaba a visitarla? ¿A quiénes invitaba? ¿Y para qué lo hacía? No sólo de pan vive el hombre, sino también de circo canta el Dongo y su dedo vendado hace dibujos a unos milímetros de las cuerdas de la guitarra tatuada. Mandy podía parecer un esnob ingenioso que, medio en broma y medio en serio, se hacía llamar Mandy el Dandy, pero quien lo conocía un poco se daba cuenta de que poseía un indiscutible talento para ocupaciones tan diversas como la orfebrería, las religiones comparadas o la literatura para niños. Su ambrosía era el hachís; su néctar, la cerveza; su vocación, conocer a la gente de un vistazo; su mayor virtud, no odiar a nadie. Aunque era más o menos amigo de Pável, obviamente no concordaban en el fondo. Para Mandy, por ejemplo, ser gay no era un acto de valentía ni un símbolo de libertad que lo convirtiesen en una persona superior. 128


–Eres un majá mansito con veneno mortal –oyó Ariel que Pável le dijo una vez a Mandy en casa de Loris, y no entendió a qué se refería. Ya se había dado cuenta de que Pável se relacionaba con el Dandy en primer lugar porque conocía a mucha gente y de todas las especies. Pero la verdad es que, entonces, a Ariel no le interesaba entender nada con exactitud y, no obstante, entendió después que Pável daba por sentado que Mandy sólo pretendía seducirlo, pues no podía explicarse de otra manera aquella repentina amistad suya con el joven veterano de guerra. –Te equivocas si piensas que ya puedes sentirte cansado de comprender –le dijo Mandy un día, y aunque luego Ariel no recordaría de qué estaban hablando, aquel comentario le vendría a la mente en muchas ocasiones. Mandy se sintió de inmediato incómodo con sus propias palabras y añadió–: Yo mismo me doy asco cuando me pongo trágico. Para él lo mejor era, invariablemente, esquivar el patetismo y divertirse. Tenía casi cincuenta años y aparentaba treinta y pico. A pocas personas Ariel les había relatado antes, aunque fuese de manera fragmentaria o parca, el turbión de su vida, pero si lo hizo con Mandy –y le contó extensamente– no fue sólo por el hachís y los tragos que abundaban como caídos del cielo. El otro lo escuchaba con sincera atención, sin pose de experto y mucho menos de santo fraternal o de oyente retorcido que luego querría cobrar algún precio. Sin embargo, cuando su historia abunda en violencia, Ariel tiene que eludir los pormenores macabros, lo doloroso en exceso, lo sucio, lo feo, para evitar que Mandy simule no escuchar lo que le suena morboso. Y a Ariel no se le escapa que este constante rehuir insinúa un secreto pavor. 129


Aquel pavor secreto brotaba de los ojos de Mandy el Dandy cuando se encontraron, cierta noche, en la terraza de Loris, entre cactus, orquídeas y cotorras. Durante unos minutos pudieron hablar a solas y con una botella de ron y varias cervezas al alcance de la mano. En aquel momento Ariel no comprendió que no fue casual lo que dijo su amigo, aunque tragaba en seco a cada rato: –Muchacha rara esta Rita, ¿eh? Rarita –sonrió levemente, volvió la vista hacia los cactus amontonados en una esquina de la terraza como si esperara algo de ellos, tragó en seco, se encogió de hombros y tomó un poco de cerveza. Evidentemente no tenía la menor intención de hacerse comprender. –Hace días que no la veo. –Rarita es un buen nombre para ella. ¿No has oído la canción que le hicieron Los Compadres? Cómo baila Rita la Caimana, parece una rana seca cuando se la lleva el viento –O algo así –masculló, volviendo a sonreír, inseguro, y miró de nuevo hacia los cactus–: Discúlpame. Ya no sé de qué hablo. Debe ser que estoy fumando demasiado. Y por supuesto que no era eso. Daba más bien la impresión de que quería decir muchas cosas al mismo tiempo pero que no sabía cómo empezar. La curiosidad de Ariel, por otro lado, duró sólo un momento y enseguida olvidó que ni se imaginaba lo que su amigo quería decirle. Sólo se explicó tal confusión y tanta ansiedad cuando recibió la primera de las cartas que su amigo le envió desde el sanatorio Los Cocos. Por su constante embriaguez y su creciente incapacidad de 130


sorprenderse, para Ariel, Mandy se convirtió de inmediato en otra cara borrosa, en otra figura que pronto desaparecería. La segunda carta le impresionó tan poco que ni siquiera terminó de leerla, y nunca le contestó a pesar del inmenso aprecio que había llegado a sentir por Mandy el Dandy. Perderlo todo se estaba convirtiendo en una costumbre sin mayor trascendencia. –Otro infeliz que empieza el conteo a cero –se dijo, con una impudicia que en el fondo, entre brumas, estaba dirigida hacia sí mismo. Dos semanas después llegó a casa de Loris, como las anteriores, una tercera carta de Mandy, tan breve que el texto no ocupaba ni una línea completa: “Hoy ha ingresado aquí Rita María.”

Todo puede ser el punto cero en el interminable ataque solitario

No es la primera vez que siente que está comenzando una nueva vida en la que, de cualquier manera, lo decisivo no es si se trata de una buena o una mala vida, sino que sea nueva, desconocida, tan espesa que necesita toda su fuerza para surcarla y abrirse paso a través de la sustancia de la cual está hecha. Esta vez no sintió que comenzaba una nueva vida, sino la última, que además era atroz. Durante su vida en la guerra siempre sabía que podía morir en cualquier instante. En esta vida sabe solamente que habrá de morir algún día, dentro de pocos años, en una cama. No dejaba de pensar en Rita María ni durante los análisis de sangre, ni en los encuentros con los especialistas, ni en las conversaciones con los amigos que 131


estaban al tanto de lo ocurrido, ni después de las pesadillas nocturnas o diurnas, ni cuando se sentía deprimido o estupefacto. ¿Por qué ella había hecho algo así, tan deliberadamente? Ni siquiera Loris podía comprender aquello. Ariel había conocido a Loris por Rita y le tenía afecto, sobre todo por su eterno buen humor, su desinteresada amistad –a pesar de su natural sensualismo– y su inteligencia. Durante varios años había estudiado francés, italiano y hasta dos semestres de inglés, aspirando a casarse algún día con algún extranjero decente y buen mozo, pero sólo consiguió un viejo colombiano bastante feo, sin mucho dinero, casado, comunista entusiasta, que venía una o dos veces al año a verla, que en ocasiones le enviaba algunos dólares y con quien no le servía ni una sola palabra de aquellos tres idiomas. Fue también en casa de ella donde Ariel recibió la llamada telefónica que confirmó la sospecha. Aunque pensó que el ingreso en el sanatorio, por ser tan obligado como una condena carcelaria, sería inmediato, en realidad demoró varias semanas. Conociéndolo, Mandy, al escribirle, insistía en que no debía ni pensar en evadir el internamiento, e incluso hablaba por teléfono con Loris para que lo aconsejara. Pero ya Ariel había dejado de visitarla y ella carecía de la habilidad de Rita para encontrarlo en cualquier rincón de La Habana. Tampoco frecuentaba a otros amigos. No concebía la posibilidad de un nuevo encierro forzoso, fueran cuales fueren las ventajas de una buena alimentación y de un tratamiento médico adecuado. Ya Mandy se lo había dicho en su primera carta desde Los Cocos: “No es bueno estar prisionero ni siquiera en el paraíso, pero Nazareno es el infierno. Eso no lo dudes.” 132


Se refería a una prisión que habían construido cerca del poblado de Nazareno, donde eran internados los convictos que, hallándose cumpliendo condena, se contagiaban con el virus, y además para los contagiados que cometieran, por ejemplo, la trasgresión de escaparse del sanatorio o de negarse a regresar a él, lo que equivalía a “delito de propagación consciente de epidemia”. A pesar de que abundan cosas raras en esta habitación de la casa de Ojorrojo, es una postal de la iglesia católica lo que más le llama la atención a Ariel. Si fue su amigo quien la trajo y la colgó de la pared, seguramente ahora no recuerda el motivo por el que la guarda, y aun es posible que ni la vea cuando pase a su lado. Y sin embargo resulta relevante que la frase impresa en la parte inferior esté escrita en portugués, porque Ojorrojo aseguraba siempre que estudiaría a fondo ese idioma cuando regresara a Cuba. De hecho había llegado a hablarlo bastante bien en Angola. Son palabras muy sentimentales para alguien como Ariel, y para colmo ilustradas con la imagen de una flor, pero le provocan una emoción que, pese a lo difusa, es fuerte en comparación con la debilidad de su ánimo. Ya no esperaba sostener una sensación así, mucho menos a causa de una frase escrita en un idioma que lleva cinco años sin usar y que jamás le interesó: Há coisas que só se vêem claramente com os olhos que choram. Ariel hunde varias veces la mirada en el perfil de esas palabras. Acaso no son únicamente algunas sino demasiadas las cosas que sólo se ven bien con los ojos mojados en llanto. Cuán claramente vio a Rita María en la clínica del sanatorio. Desde la distancia, sus ojos sin llanto con133


templan en ella algo más inexplicable que la muerte. Y tal vez eso tenga relación con otras palabras, escritas con un plumón negro junto a la postal: “El hombre libre en nada piensa menos que en la muerte, y toda su sabiduría versa sobre la vida.” Considerándolo bien, no: no hay relación alguna entre lo que siente al recordar la cara de Rita en sus últimas horas de agonía y estas palabras. Pero quizás sí haya relación con algo que le viene a la memoria ahora y que le sucedió en pleno campo, a media mañana, pocos días antes de ingresar en el sanatorio, cerca de donde vivían unos amigos, en las afueras de Santiago de las Vegas. Todos habían comido hongos psilocybes con miel de abejas y, mientras ellos daban vueltas por el enorme patio de la casa, Ariel salió al campo abierto y echó a caminar sin ningún temor, enamorado de los bichos y las hierbas, que brillaban como acabados de salir de la mano de Dios. Aun si estaban quietos, aparecían ante él tan vivos que de pronto supo una verdad sobrecogedora: hasta aquel instante sólo había conocido un mundo muerto, hecho con la sustancia del pasado, preso en el pasado y, además, oscuro, muy oscuro. Como si nunca hubiera visto un mediodía sobre un río africano. Por vez primera percibía las cosas en su plena desnudez, gracias a la luz nacida de ellas mismas y no a la de algo tan remoto como el sol. Como el sol remoto arde su corazón, pero lo hielan esos mínimos planetas de su piel habitados por el fulgor de cualquier cosa, reducidos al mínimo mar del sudor de cada poro. No, a pesar de todo, su corazón sigue siendo un puño incandescente que late hacia todos los puntos cardinales, que lo arrastra siempre adelante. Camina atravesando fincas, carreteras y caseríos, bordeando terrenos cercados y 134


vadeando charcos, sin saber si busca un lugar preciso o si vaga sin rumbo. Acaso lo que busca no es un lugar, sino un tiempo. ¿Cuál? ¿Y por qué buscarlo como se buscan los lugares? Todo es la nostalgia de un solo tiempo, aquel que no era ni de vida ni de muerte, cuando él no volaba ni caía y no había pasado por el misterio del nacimiento. Pero la realidad no es tan atrapable como las palabras. Lo que percibe lo libera mucho más que ninguna idea y cualquier palabra. Y no puede dejar de caminar. Avanza en un ataque solitario pero incesante. Puede ocurrir cualquier peripecia en esta arboleda vulgar y, sin embargo, más fabulosa que una henchida jungla de África. Ve las cosas como si fuesen los reflejos de una habitación iluminada en el cristal de una ventana: uno se halla dentro de la habitación y puede ver los reflejos, pero lo que le interesa está fuera y lejos, en la media luz de allá, y puede verlo a través del cristal si fija bien los ojos. Y ahora descubre una tercera luz, que no brota de las cosas sino que las hace brotar de sí misma. Ya nunca podrá parar este ataque infinito y solitario en el que, paradójicamente, se siente como si estuviera detenido en plena carrera y sobre su cara disuelta en el aire vegetal pasara el tren del universo. Se descubrió acostado boca arriba sobre la hierba. Amanecía. Por unos segundos desapareció toda forma de su mente, pero pronto volvió a ver. Y lo que vio fue un espectáculo, una mentira maravillosa a la que acababa de llegar él, recién forjado, pleno de vacío. La verdad había estado siempre al alcance de la mano. La verdad era la mano. Era una noche de la que nacen de una sola vez todos los días posibles. El 135


tiempo en la hora cero, al borde del agujero negro, del lugar ninguno, porque todo puede ser cero, porque incluso la carrera de los números, tan fantásticamente larga, sólo persigue agotarse en el cero perfecto. A partir de aquel día en que vivió el amanecer en un bosque de eucaliptos del Jardín Botánico, Ariel siguió viendo en la oscuridad con los ojos que descubrió entonces y aquella sensación del ataque infinito y solitario no desapareció nunca por completo. Excepto ahora. Puede leer lo que él mismo escribió cuando Ojorrojo le pidió que pusiera algunas palabras sobre la pared, entre frases de otra gente, en aquella tarde de agosto del 94: Fumar o no fumar, esa no es la cuestión. Aunque tales palabras le dicen muy poco ahora, tampoco eso le importa. Pequeñas damas sin héroes, sin príncipes ni baladas: yo soy un héroe sin dama dice el Dongo en una canción que no puede terminar porque rompe a sonar precisamente entonces una nueva e intensa sesión de música de carnaval que, sin embargo, al poco rato se interrumpe de golpe.

Caída y vuelo en la lluvia de noviembre

También Ariel Miró quiso ser un héroe. Acaso eso es lo que ha intentado todo el tiempo por hallarse entre los que sólo saben permanecer en movimiento hasta perder el aliento o hasta alzar el vuelo, entre los que han tenido que ofrecer su capacidad de vacío a cambio de unos sorbos de oxígeno. 136


Ha visto mucha muerte allí y aquí, y lo peor es que no se habla de otra cosa. Muerte y muertos. Se invoca a los muertos, se rinde culto a los muertos, se prepara uno para reunirse con ellos pronto y violentamente, para entrar en la memoria de los muertos. Pero él ha querido vivir después de conocer el sabor de la muerte y haberle visto el perfil. Está hecho de sueños y no le interesa ser mañana ceniza con tal de ser fuego hoy. Mejor aún, quiere ser sólo ceniza. Y acaso ya lo es. Ha ardido con el sueño de arder. Sabe bien que únicamente volando se aprende el arte total del vuelo. Así que no cree en la caída. Las ratas pueden llegar a suicidarse lanzándose en masa al agua y, mientras tanto, se arrastran sobre sus propias sombras, pero, según la leyenda que una vez leyó en el sanatorio, los pájaros homa viven muy alto, sin tocar jamás la tierra, de modo que incluso desovan en pleno vuelo y, como todas las cosas en el aire, el huevo cae, pero es tanta la altura y demora tanto tiempo el descenso que la cría nace, y sigue cayendo hasta que tiene fuerzas para detener la caída y remontarse verticalmente hacia la altura inimaginable donde se halla el reino de sus padres, quienes, como el pequeño pájaro, nunca se posaron ni se posarán en tierra. Ojorrojo se ha parado junto a él. Mira hacia la multitud del carnaval y escupe al viento. Los dos recuestan los codos en la baranda del balcón. Ariel coge todo el aire que puede como si fuese a descender al fondo del mar para empujar la gran piedra. Luego pronuncia cada palabra con la mayor claridad: –Perdóname –le parece que demora un minuto en decir la palabra más interminable de su vida–. Por eso vine. 137


–No hay nada que perdonar –Ojorrojo mira hacia la noche. De pronto parecería que no ha bebido una gota de ron y que tiene cien años–. Ya ni me acordaba. No te maté porque tenía un pacto con él. Si moría uno de los dos, el otro lo seguiría. Pero cuando lo vi allí, acabado, me di cuenta de que habíamos estado locos. Y después enloquecí de verdad cuando entendí que había entrado en razón por el hábito de vivir. ¿Recuerdas cómo no me perdonaba a mí mismo equivocarme? Pero ahora sé que equivocarse o tener razón es concederse demasiada importancia uno mismo. Nadie mata y nadie da vida realmente. Nadie muere y nadie vive. Todo eso simplemente ocurre, Ariel. No lo hacemos nosotros. No elegimos nada, aunque a veces creamos que sí, que escogemos algo, que tenemos eso que llamamos voluntad. Pero lo único que tenemos son las palabras, que son una cáscara. Si la quitas, no ves lo que hay dentro. No tenemos manera de ver lo que hay de verdad debajo de esa cáscara. Y es tan ridículamente elemental. No sé si valga la pena reír, pero llorar o lamentarse es estúpido. Cuando hace sol y nos damos la mano en la calle, parece que la sombra de tu mano estrecha la sombra de mi mano. Pero las sombras no pueden tocarse. O por lo menos no sienten que se tocan. Tú me entiendes. A Ariel lo enloqueció también saber que había sido contagiado con una enfermedad cuyo nombre algunos ni se atreven a mencionar, y sólo creyó recuperar la cordura cuando decidió que mataría a Rita en cuanto ingresara en el sanatorio. Iría hasta ella y la apagaría como se apaga una máquina que chisporrotea y se torna peligrosa. Las semanas de espera resultaron soportables sólo por la certeza de ese propósito. Y cuando llega por fin el día, está lloviendo desde 138


la noche anterior. Es noviembre. Ariel se siente en el fondo de un pozo: la caída es el nadir de volar hasta el cénit. Pero es tarde, o casi tarde. Aunque podía haber esperado esto, no está preparado para hallar a Rita María ya agonizante en la clínica del sanatorio. Al día siguiente se la llevan para el Instituto. No se parece en nada a la Rita que él conocía. Ni siquiera le queda orgullo. En el postrer aleteo de su ánimo, desfigurada por el sarcoma y por los medicamentos, en completa retirada e incapaz del menor sarcasmo, su voz es un hilo de aire: –¿Por qué lo hiciste? Mejor mátame ya. Ariel se queda atónito, pero logra replicar, con una voz casi tan débil como la de ella: –Tú me jodiste a mí. Fuiste tú. No hay otra manera de decirlo. Viendo que ella cae en una hondonada de sopor, Ariel se calla. La madre, que sollozaba muy bajo en un rincón de la habitación, viene y se recuesta a la cabecera de la cama, dándole a entender que es mejor que se vaya. Loris, sola en su casa, está oyendo la canción que más le gusta en los últimos tiempos: And it’s hard to hold a candle in the cold november rain. Se acuerda de Rita, naturalmente, escuchando la letra, y como no ha llamado a la clínica desde el día anterior, toma el teléfono. –¿Quién es Ariel? –es lo primero que le dice Martha, susurrando para que nadie la oiga, angustiada y exhausta porque es quien único se queda con la enferma. Pero no espera la respuesta de Loris–: Es 139


horrible, hija. Los dos se acusan de eso. No entiendo nada. ¿Sabes lo que ha dicho Rita? “Mejor mátame ya”. –Mañana temprano voy para allá. Y se quedó pensativa, con mil ideas dando vueltas en su cabeza. Para no estar cansada a la mañana siguiente, y previendo el insomnio, se tomó un somnífero con dos cervezas mientras a su lado se escuchaba la voz de Axl Rose: Nothing lasts forever even cold november rain. Por la mañana, temprano, se llevan a Rita en una ambulancia, bajo la lluvia, que no ha dejado de caer en toda la noche, y cuando Loris llega y lo sabe, se lanza de inmediato hacia el Instituto montada en la parrilla de un ciclista al que promete pagarle cinco dólares, pues de otra manera, con la escasez de transporte público, demoraría varias horas en llegar hasta allá. Tampoco esta vez la muerte se lo lleva a él. De nuevo se lame en silencio las heridas, encerrado con su pesadumbre, obligado a continuar este ataque interminable, ahora también a solas, sin hablar siquiera con Loris, que ha venido a verlo varias veces. En esta ocasión no está únicamente herido, sino, además, rodeado de otros heridos que están condenados a muerte igual que él. Y para colmo no comprende aquella pregunta de Rita, que luego le seguirá dando vueltas en la cabeza durante mucho tiempo. No puede ser una burla ni un absurdo intento de culparlo a él. Y, a pesar de su estado, Rita María no podía estar tan trastornada mentalmente que confundiera de tal modo la verdad con la mentira. 140


Sin embargo, ¿por qué no? Él mismo se siente así, en un punto donde todas las cosas se confunden con lo opuesto, porque lo peor no es morir, sino vivir la agonía.

Adiós a la rosa azul

Por fin un día, un mes después de la muerte de Rita, viene Loris y se sientan a conversar. Ella no supo que su amiga estaba contagiada hasta que le llegó el ingreso y vino a visitarla. Rita, después de muchos malestares e inducida por una amiga que trabajaba en un hospital, se hizo un análisis de sangre cuyo resultado fue dudoso. Ariel no había sabido nada de eso. Se repitió el análisis, que esta vez dio positivo, y tampoco le dijo nada. –Estaba convencida de que tú la habías contagiado. –Imposible que haya sido yo. Fue al revés. Y no habló conmigo ni siquiera cuando ya lo sabía. –Decía también que era imposible que fuera ella. –¿Y tú se lo creíste? Loris se queda pensativa unos segundos, baja la vista y la sube para asentir con la cabeza, una sola vez pero de modo que a Ariel no le quede la menor duda de su respuesta. Ariel no quiso volver a hablar nunca más con ella y olvidó por completo su amistad. A veces se encuentra con gente conocida, pero no frecuenta a los freakies, ni a los gays, ni a ningún otro grupo en especial. De vez en cuando se encuentra con Mandy el ex Dandy y asiste incluso a un taller literario que se reúne los miércoles bajo los árboles, cerca de la biblioteca del sanatorio. Se siente más o menos cómodo entre aquellas ocho o diez gentes que hablan de libros, de pelícu141


las, de música y hasta de cosas sin importancia; pero hay días en que se siente como alguien que finge entretenerse desesperadamente con algo que nunca antes le ha interesado, y se arrepiente de no haberse quedado en su cuarto, solo durante varias horas, pensando en las formas que hubiera podido tener el pasado y no tuvo, imaginando futuros que nunca alcanzará. Aun así, escribe un martes por la noche algo que no sabe si es poema o relato u otra cosa, que titula Utopía y se lo lee el día siguiente a los demás, sorprendido él mismo más que los otros por haber escrito aquello y por no sentir vergüenza de mostrarlo. Es una historia partida en varios versos, donde cuenta cómo cierta vez alguien logró inventar un procedimiento para que todas las personas tuvieran la misma cara al nacer. Probaron el gran invento y se obró el milagro. Y de esa forma se dio comienzo a una era en la cual desapareció poco a poco la diversidad de los rostros y se tornaron legendarios los tiempos en que cada hombre tenía una cara diferente. Lo que aconteció después, según los más sabios, no fue debido a la añoranza, sino a la íntima naturaleza de cada hombre: la cara es algo que no puede dejar de nacer. Existir es ser una faz única, alguna cara, porque es imposible el rostro cero. Leyendo libros que le prestan, encuentra algunas novelas y poemas que le agradan, a pesar de que, por puro instinto, no está convencido de que sea mejor cambiar horas de vida por horas leyendo palabras escritas en papel. De cualquier manera, ha encontrado ciertas páginas que tienen algo viviente, indefinible, pero a esta altura son demasiadas las cosas de su propia existencia que quisiera leer, y entender, con ojos bien fijos y secos, o aun a través del llanto, si ocurriera. 142


Y a veces ni siquiera eso. Le basta contemplar sin perseguir una respuesta, sin forzarla con pregunta alguna: mirar con aquellos ojos que descubrió en las afueras de Santiago de las Vegas (irónicamente tan cerca del sanatorio): no perder esa luz desde donde manan constantemente las cosas. Qué sorprendente aquel miércoles. Como su cumpleaños coincide con el día del taller, los demás se confabulan para celebrarlo. Le regalan un cake, una botella de vino, un pulóver negro sin ninguna impresión y tres condones de color diferente. Todo eso en medio de la peor crisis económica en la historia del país. Si hay cosas que sólo se ven claramente con los ojos que lloran, esta es buena oportunidad. A los veintitrés, como en otras ocasiones, cumple años encerrado en algún lugar. Es la primera vez en toda su vida, sin embargo, que lo celebra con otros. Lo único desagradable es que el buenazo de Mandy, con muy buenas intenciones, se las ha arreglado para que Mariana venga de visita ese día, pese a que ella no debe recordar ni la fecha ni cuántos años cumple. Los demás le leen poemas a la pobre madre pensando que ambos sufren mucho uno por el otro. Mariana aprovecha para tomarse media botella de vino, llorar y abrazarse a su hijo, quien, más que feliz o desdichado, se siente únicamente desnudo. Y vaciado. Y remoto. Menos mal que ella no menciona su eterna obsesión de lanzarse del puente Almendares. Por la noche sueña que tiene entre las manos un huevo quebrado y una llave rota: clava un pedazo de ésta en el huevo, lo arroja como si se tratara de una granada y se queda mirando el casi invisible hilo de clara tendido entre su mano y el suelo. En el sanatorio hay muchos jefes, como en cual143


quier lugar, y Ariel siempre anda encontrado con alguno. No puede evitar las fricciones. Discute a veces hasta cuando son ellos los que lo rehúyen, comprendiendo su animosidad desmedida e inútil. Pero únicamente cuando conoce a Lula empieza a mantener la paciencia y a desear la condición de confiable, que antes no le atraía. También sueña que vuelve a lanzarse en paracaídas, siempre de noche, sobre una selva retinta como un mar, y bullente, un animal enorme cuya piel es un vasto oleaje sombrío; pero no cae colgando de un paracaídas sino flotando en el viento lo mismo que un pájaro homa. En realidad cae, pero no después de un salto, sino después de una gran carrera, en la avenida del malecón, en aquel ardiente 5 de agosto en que, como otros miles, cree en la posibilidad de escapar del país desde la misma boca de la bahía. Al saber lo que está ocurriendo en La Habana en la noche del 4, se escapa del sanatorio brincando una cerca, llega hasta la casa de sus amigos atravesando el hermoso y enorme patio donde comió los hongos aquella vez, y los encuentra despiertos, preparándose justamente para la salida. Unos minutos después parten en tres bicicletas en busca de la avenida de Rancho Boyeros. Hacia la bahía. En camino hacia allá pasa por casa de Ojorrojo, al que no ve desde hace meses, pero no le habla del oscuro final de su aventura con Rita María porque su amigo es incapaz de conversar coherentemente durante un solo minuto. Sólo se ríe viendo la locura de la multitud, bebe ron, hace algún comentario sarcástico, sigue bebiendo. Ariel se despide de él estrechándole la mano como si fueran a verse al día siguiente, y esa noche, cuando aún quedan algunos focos de disturbios a lo largo de la avenida del Ma144


lecón, se lanza por La Chorrera en una gran balsa que han armado varios amigos de su barrio, tan precaria que se deshace antes de que hayan avanzado una milla. Se echan al agua braceando entre decenas de balsas, entre gritos de otros náufragos y riñas por un pedazo de cualquier cosa que flote. Regresa nadando a la orilla, abrumado, y luego no quiere intentar de nuevo la escapada ni siquiera cuando un antiguo compañero de prisión lo invita a partir en una balsa menos insegura que la otra. Nuevamente la muerte y los muertos. Pero él quiere vivir. De retorno al sanatorio, se hunde en el amor de Lula como queriendo ahogarse. A pesar de ella, sin embargo, vuelven los días turbios. Ya casi nunca se reúne con los otros en el taller literario, no lee libro alguno, no escucha música, no se reúne con Mandy. Duerme por el día y pasa las noches sentado en un balcón del segundo piso, donde vive, con los ojos hundidos en la penumbra de los árboles. Ya siente náuseas si trata de imaginar los pasados que no han sido y es grotesco suponer algún futuro. No obstante, quisiera conocer al hijo de Lula, la única persona de quien ella es capaz de hablar y la única que no merece el infierno. Y el infierno, para Lula, es tan real como ilimitado, pues en él deben caber todos los que no son su hijo, incluyéndose a ella misma. Los días pasan como meses y cada semana se lleva una enorme tajada de vida. Luego de casarse con ella en el sanatorio, los autorizan a ir a Pinar del Río en dos ocasiones. Giovani, el niño, y la madre de Lula le cogen cariño enseguida a pesar de que él trata de mantener cierta frialdad prudencial con ellos porque, a la verdad, no tiene el me145


nor deseo de que alguien lo recuerde cuando ya no esté. Y eso casi llega a ocurrir en diciembre, cuando lo ataca un parásito pulmonar que lo arrastra velozmente a un estado crítico y parece que acabará con él en unos días. La fiebre se mantiene muy alta durante semanas, sus defensas se desploman y, aunque luego se recomponen un poco, todo indica que su organismo entra ya en fase terminal. Pero Lula se entrevista con el director del sanatorio y logra que le suministren un medicamento que hasta ahora le han rehusado por ser muy caro y escaso. Y su restablecimiento es en verdad muy rápido. Los amigos, luego de alegrarse con su salida de la clínica, le dan la noticia de que Mandy ha muerto dos días antes en Santa Clara. Había ido a visitar a sus padres y allá enfermó, se puso grave y falleció con una prisa insólita, sobre todo teniendo en cuenta su coraje y su optimismo a prueba de balas. Los meses vuelven a ser la espuma gris que lame una arena sedienta. La enfermedad lo derrumba otra vez, en junio, esta vez por parásitos intestinales. Luego de alcanzar un estado de gravedad que dura más que el primero, y contra toda esperanza, Ariel se recupera y vuelve a ser dado de alta de la clínica del sanatorio. Sin ánimo, esquelético, lacónico, sólo se reconforta un poco cuando viaja con Lula a Pinar del Río y se queda todo el día tomando caldo de pollo y mirando cómo Giovani juega a la guerra. Si vivir por vivir no tiene otra salida, ¿cómo pretendes seguir aferrado a tu herida?

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¡Dios que bon vasallo si oviere bon sennor!

Hoy hace tres días que ha comenzado otra recaída, su tercera gravedad, acaso la última, que le ha valido el primer ingreso en el Instituto. Pero, aparte del asco a los medicamentos, ya siente también que no puede continuar alargando la agonía. No soporta la angustia de Lula. El ataque infinito y solitario debe terminar ya de algún modo. La tercera agonía está matando la tercera luz, aquella de los hongos. Seguir aferrándose a la vida empieza a parecerle un delirio obsceno. Sabe que en cualquier momento puede llegar Alexis. No sería raro que Ojorrojo le haya telefoneado en algún momento, con las mejores intenciones, y hasta cabe la posibilidad de que su hermano haya contactado con Garrido para hallarlo y devolverlo al Instituto, porque es suficientemente obsesivo como para eso. Sin duda alguna ha tenido al menos un par de encuentros con el oficial porque, en las ocasiones en que lo ha visitado, siempre vestido de civil por uno de sus descabellados pudores, Alexis le ha demostrado saber detalles que ninguna otra persona, además de Garrido, puede haberle dicho. Así que ¿por qué hoy no? Tampoco sería extraordinario que el mismo oficial se apareciera en casa de Ojorrojo a buscarlo. Ya ocurrió que un día se apareció en su cuarto un funcionario del sanatorio, muy circunspecto él, que le entregó un papel con dos teléfonos anotados y le informó, a media voz: –Dice el oficial Garrido que lo llames si necesitas algo o si tienes algún problema. ¿Conoció a aquel hombre tan peculiar después de 147


aquella redada en el patio de María o en otra ocasión? Recuerda que una vez al registrarlo la policía le encontró algunas pastillas, pero algo semejante le ocurrió otra vez antes de entrar a un concierto en el Karl Marx. Probablemente, pensándolo bien, lo vio por primera vez al acudir a aquella cita en el DTI, en la calle Veintitrés. Era una enorme casona verde, con fuente y jardín delante pero con la entrada por el costado, igual que el parqueo. Aunque no se parecía absolutamente en nada, él se acordó de La gaviota. De pronto le surgió la sospecha de que podía haber visto antes a Garrido allá, en aquella maravillosa casa de Varadero. Pero no confiaba mucho en los recuerdos que de aquellos días conservaba. La oficina se hallaba sumida en una media penumbra no sólo porque caía la tarde, sino porque había una sola lámpara en la pared del fondo, como si no hiciera falta mayor claridad sobre este buró, o como si el local no fuese ni remotamente una oficina. Al cabo del tiempo, cuando ya casi lo tuteaba y hasta bromeaba con él, Ariel le dijo que seguro usaban la oscuridad para impresionar a los interrogados, pero Garrido ni siquiera recordaba que la oficina donde se encontraron al principio fuera así. –A veces tenemos problemas con la limpieza y con el personal de mantenimiento –le dijo Garrido, muy serio, mientras trataba de enfocar en su mente algún rostro especialmente culpable, pero le preocupaba más lo que estaba hablando con Ariel–: En fin, no quieres ayudarme en el dancing. Ariel se encogió de hombros, como tantas veces. El oficial podía encerrarlo durante varios días si quería, aunque fuese para presionarlo, pero sabía que Ariel, incluso si quisiera, no podría hacer algo que ya no estuviesen haciendo sus informantes. Sin 148


embargo, Garrido jamás dejaba de insistir para que cooperara con él de alguna manera. Conocía en detalle su vida, tanto en Angola como antes y después, y estaba informado de sus experiencias, excepcionales para un joven de veintiún años, y precisamente por eso no abandonaba su sueño de convertirlo en un colaborador estelar, incluso si el joven no mostraba temor alguno ante la posibilidad de volver a una prisión. Para mayor desventura de Garrido, nunca lo han atrapado con algo más que unas pocas píldoras, lo que no le daba al oficial suficiente ventaja. Claro, Garrido era el oficial bueno y Edel era el malo. Citaban a Ariel de un día para otro y le hacían mil preguntas, en primer lugar sobre el tráfico de sustancias prohibidas o muy controladas, aunque fingieran preocuparse por una agresión con navaja de Fulano o el asalto de un grupo de freakies a Zutano. Alternaban sus entrevistas, que siempre duraban varias horas, y le tendían trampas verbales, a veces pueriles y hasta simplemente absurdas, sin lograr que Ariel perdiera el control, y sabiendo que él lo sabía. Luego comenzó a citarlo sólo Garrido y se sintió un poco desorientado. De tanto que hablaron, se dio cuenta de que el oficial no trabajaba únicamente en Estupefacientes, sino que aquello era sólo una parte de sus ocupaciones. Era obvio que tenía mayor importancia y que su talento superaba el de otros militares que había conocido, pero nunca estuvo seguro de la verdadera graduación ni de la actividad precisa de aquel hombre que en ocasiones conversaba con él durante dos horas sin propósito evidente, ni comprendía qué quería en realidad de él. –Deja ese camino –le advertía Garrido, mirándolo con una desmedida fijeza que no conseguía impre149


sionarlo–. Tú no eres como ninguno de los que andan contigo. Así que despiértate ya y deja que despierte ése que hay dentro de ti –Ariel recordó la escena de la película Vampiros en La Habana en que el tío le pide a Joseph que deje nacer el vampiro que lleva dentro de sí, pero Garrido no entendió su sonrisa y lo señaló con el dedo índice por encima del buró–. Tienes que convertirte en quien realmente eres o acabarás preso. Tu camino ya pasó una vez por la prisión y está regresando a ella con demasiado impulso. Gente idiota hay por montones. ¿Por qué quieres ser otro idiota más? No quiero creerlo. Regálate un destino mejor. Si por momentos aquello le recordaba los sermones de Gilda, a la que no había vuelto a ver nunca, en el fondo eran cosas muy diferentes. Siempre salía de allí sudando y con los oídos entumecidos después de aquellas letanías cuyo significado verdadero era bastante vulgar, incluso bastante sucio: siempre hay una guerra, siempre hay que reducir a un enemigo, informar de sus movimientos, volar algún puente, saltar en un paracaídas sobre un campo minado, irse lo más lejos posible de uno mismo y cumplir alguna misión. Y sin embargo Garrido se permitía bromas insulsas como aquella de que “yo soy Garrido, no Garrett, y tú no eres Billy the Kid”.

In the arena of life (edificio Ancón)

Lo más singular de Garrido era que adoraba el jazz. Y sin duda alguna lo conocía bastante. Decía tener muchos discos, incluso algunas joyas de coleccionista melómano. Y Ariel se maravillaba aunque sólo le gustaban del jazz los títulos, tan ingeniosos a veces, que ponían a sus canciones aquellos “locos 150


del aliento”, como Ariel los llamaba por creer que el jazz era un exceso de aliento que se desbordaba por la boca y por los dedos. Si el rock era como caminar o correr, el jazz era simplemente volar. Sin embargo, se conforma con las emociones del rock. Lo que jamás comprendería era qué podría encontrar Garrido en el jazz. ¿Qué alcanza a sentir un policía cuando escucha a Sarah Vaughan, a Charlie Parker, a Ella Fitzgerald o incluso a Chucho Valdés? Increíble el modo en que Garrido habla de la lucha por la patria escuchando piezas de Charles Mingus con nombres como Don’t be afraid, the clown’s afraid too o Taurus in the arena of life. Un día Garrido lo lleva a un apartamento en el edificio Ancón, en el Vedado, que aún conserva cierta sobria elegancia de antaño. Más que local de trabajo parece su vivienda particular, puesto que allí tiene gran parte de sus discos, de sus libros y de su ropa, y al parecer hasta se queda a dormir con alguna frecuencia. Hay una mujer que se encarga del servicio, aunque siempre a toda velocidad y de manera casi imperceptible. De nuevo sospecha que fue en La Gaviota donde vio a Garrido por primera vez. Pero no puede asegurarlo. ¿Y por qué el oficial lo trae aquí? La primera vez lo hace para que lo ayude en la identificación de gente que aparece en un video pornográfico. Hay dos muchachos de catorce o quince años y tres de veinte si acaso, mezclados con dos muchachitas apenas entradas en la pubertad. Garrido lo presiona bastante y hasta lo amenaza sutilmente con el malo Edel, pero de veras Ariel no ha visto jamás en su vida a ninguno de los participantes en la filmación. A ninguno excepto a un tipo parado al fondo, junto a una ventana, que, a pesar de la imagen algo desenfocada, se parece más a 151


Pável que Pável mismo. Si no le cabe la duda es por esa sonrisita de quien se cree estar en todo, por esa cadena de platino con una cruz ansada y por las dos argollas en cada oreja. Recuerda, como si fueran secuencias de una película, entre la bruma de varias embriagueces continuas, los encuentros con él, sobre todo durante aquellos días en la Gaviota. Pável era capaz de cualquier cosa, incluso de colaborar con el DTI, si eso significaba seguir en la parranda perenne y con dinero en el bolsillo. En una de sus cartas desde el sanatorio, Mandy le dijo que todas las fiestas se terminan, incluso las mejores y más largas: “Y yo he sabido lo que es divertirse. Al lado mío, Pável es un pobre diablo”. Por supuesto, Ariel dice que no conoce tampoco a ese cabronazo que se ve al fondo, desenfocado, junto a la ventana. Si se ha encontrado con él no lo recuerda. –Pero Pável dice que te conoce a ti. –¿Quién es Pável? Garrido sonríe pacientemente y termina brindándole una cerveza y bebiendo con él un rato. –En vez de cerveza, debiera darte pentotal sódico, la droga de la verdad, como la llaman –bromea el oficial, pegándole una palmadita en el hombro. Un mes después lo lleva de nuevo al edificio Ancón y, dejándolo pasmado, pone en el aparato de video una película porno de verdad, nada de aficionados, y se marcha para regresar una hora más tarde como quien vuelve de una repentina complicación de trabajo. Otro día, Garrido va a buscarlo a su casa y por suerte deja el auto parqueado en la avenida, como a cinco cuadras, pues se habrían formado rumores inimaginables en aquel barrio de mala muerte si el 152


oficial hubiese llegado a preguntar por él a la puerta de la casa. Ariel sospecha que en esto hay cierto chantaje solapado, pero Garrido lo invita a almorzar en una pizzería y le habla de Horacio, su hijo, que estudia ingeniería y es un buen muchacho, pero que está indispuesto contra él a causa de Rebeca, la madre. –Parece que sigue enamorada de mí después de tanto tiempo, y la cuestión es que juró, desde que me separé de ella, que haría hasta lo imposible para que todo el mundo me odiara. Horacio tiene tu misma edad. Es también en aquel apartamento del edificio Ancón donde Garrido, después de ponerle una película de espionaje, le entrega en la mano una docena de píldoras rojizas que Ariel identifica de inmediato. –Llevan un montón de meses en esa gaveta –le cuenta, como al descuido–. A ti te gustan y yo soy comprensivo. Cuando era joven tomé anfetaminas para estudiar la carrera. En aquella época se usaban bastante durante la época de pruebas en la universidad. Lo que quiero decirte es que nada, amigo mío, es bueno en exceso y que nada con medida es malo. Ni el paco rojo, como ustedes lo llaman. Se ríe. Sigue hablando en el mismo tono desenfadado. Se ríe de nuevo. Ariel está casi seguro de que este hombre ya no puede asombrarlo más. –Soy un maestro de vida –le ha dicho un rato atrás, en el ascensor, riendo como ahora, lo mismo que un amigo viejo y sabio. Ariel no entiende bien qué significa ser “maestro de vida” para un hombre con poder como Garrido. ¿Cuáles son las lecciones que pretende darle? Otro día lo obliga a tomar veinte pesos, por si quiere comprar cigarros. 153


En este punto ya Ariel no entiende nada y tampoco atina a quitárselo de encima, aun dándose cuenta de que por este camino caerá sin remedio en alguna emboscada. Sea cual sea la finalidad de Garrido, entiende que eso no tendrá ninguna relación con su dicha. Pero también es cierto que en estos días Ariel se va con cualquiera que le diga “Vamos”, y amanece en los sitios más increíbles, en compañía de la gente más asombrosa, de modo que hallarse al lado de Garrido no es lo peor que puede acontecerle. En cuanto recobra la sobriedad comprende que está cometiendo un serio error, aunque en fin de cuentas se trata de otra de las tantas cosas que evitaría hacer si obrara con cordura. Como le hablaba tanto, con una insistencia bastante absurda, sobre aquel deber del hijo, del árbol y del libro, Ariel le replicó, sin estar seguro de que ese fuera su más sincero pensamiento o una de aquellas ideas de Rita: –Un libro para el hijo, un árbol para el papel del libro y un hijo para que corte el árbol. Una tarde, otra más, Garrido lo dejó ante una película “seudoporno”, como la clasificó, otra más, con una botella de ron sobre la mesita, y salió. A la media hora Ariel estaba muy lejos de quejarse, por supuesto. En el refrigerador halló dos cervezas y un poco de comida. Encima del sofá había también algunas revistas porno, recién incautadas, pensó, sintiéndose a cada instante mejor, más alto, más rápido, más lejos, riéndose de figuras y recuerdos que no encerraban comicidad alguna. Llegó Garrido y se sentó a su lado para ver lo que restaba de película. ¿Más ron? ¡Cómo no! La tarde se ahogó en la noche y la noche en un entusiasmo febril. Ariel hablaba y hablaba a toda máquina. –¿Quieres bañarte? –Garrido había bebido lo suyo 154


también, o lo parecía– Antes, cuando el calor era muy fuerte, lo llamaban calor africano. –Buena idea –balbució Ariel. Más ron. Otra cerveza y más ron. Ariel brincaba sin camisa por todo el apartamento, bailando una danza de delirio, una cadena de brincos salvajes, mientras Garrido se reía y le pedía que se calmara para no molestar a los vecinos de abajo, que podían quejarse. Pero Ariel seguía saltando, feliz, y lo abrazaba. –¡Llevaba siglos sin sentirme así! –gritaba. –Hoy es mi cumpleaños –Garrido se reía como un muchacho– Bueno, báñate, que el agua se calienta en un minuto. –¡Agua caliente! ¿Estás loco? ¡Lo que yo necesito es agua helada! En realidad le daba igual. De hecho, puso el calentador, ya que nunca había usado uno. Y en el primer momento no le importó que Garrido estuviera a su lado, loco también por darse una ducha después de una tarde de horrible ajetreo en las entrañas del verano. –¿Sabes dar masajes en los hombros? Me los siento como si viniera de estibar en los muelles. Sus músculos no estaban tensos. Incluso eran un poco blandos, cosa natural si Garrido andaba ya por los cincuenta y cinco años. Se le cayó la toalla y la recogió, pero se la puso sobre los hombros y echó a correr, desnudo, de lo más alegre, para buscar un trago para los dos. –¡Un día es un día, qué carajo! –se reía al regresar–. Si fuera compositor, me gustaría inventar un tema de jazz que se llamara El segundo maullido de mi primer gato. La toalla cuelga ahora despreocupadamente de su hombro derecho. Le ofrece un trago al joven y em155


pieza a darle masajes en los músculos del pecho. Ariel no se explica lo que hace Garrido. Bueno, piensa, es su cumpleaños; está bebiendo mucho y se divierte, porque un día es un día, qué carajo. No siente caer el agua sobre su cuerpo, y hay en esto algo que le recuerda la guerra: el borde de una caída en un mundo ignorado, al fondo del cuerpo, si es que tiene fondo el cuerpo. Estar solo puede convertirse en estar al otro lado de uno mismo. De pronto, un golpe de asco le hace recostarse a los azulejos verdes, cerrar los ojos, volver a abrirlos y empujar lejos de sí, violentamente, a aquel hombre, a aquel otro cuerpo que regresa nada menos que riéndose. Ariel, que nunca confunde una risa falsa con una risa verdadera, lo rechaza cuando se le acerca de nuevo, ahora con más brusquedad y con una repulsión incontrolable. La situación, más allá de toda ebriedad, se ha convertido en algo demasiado irreal. Como desde fuera, contempla una grotesca escena en la que aparecen dos hombres, uno frente al otro, que se desconocen mutuamente y que están desnudos. ¿Quiénes son? ¿Qué nombre tiene lo que está ocurriendo aquí, porque indudablemente está ocurriendo algo que debe llamarse de algún modo? ¿Por qué ese color amarillento, no, sepia, no, sencillamente gris, como de una película antigua, no, como de cualquier película que uno vea mal, con la vista muy intoxicada? ¿Y qué sitio es este, Dios mío, que puñetero lugar es este donde están estos dos cuerpos, donde estoy yo mismo y en qué fiesta? Garrido se aproxima de nuevo sin abandonar esa risa que ya es solamente estúpida, y el otro empujón de Ariel lo hace rozar la pared, dar en el lavabo con una cadera e irse de cabeza contra el marco de la puerta. Ariel recobra la sobriedad viendo cómo la 156


sangre salpica el piso, tan blanco, y deja un reguero de estrellas rojinegras. Garrido se recupera al instante. –No fue lo que tú piensas –le dice, jadeando–, sino algo accidental. No ha pasado nada. De veras que aquí no ha pasado nada. Olvídate de Pável, que es buen muchacho. Se sostiene en pie con bastante equilibrio. Inclinándose sobre el lavabo y mirándose en el espejo, se echa agua en la herida, que tal vez no sea nada serio. Y mientras tanto Ariel se viste apresuradamente y sale del apartamento corriendo como un criminal, pero en la escalera logra serenarse respirando profundo una y otra vez. Entonces desciende los escalones con la mayor calma posible. No es que tema ser perseguido. Es algo peor. Como si huyera de sí mismo, de lo peor de sí mismo, de su propia imagen en un espejo, irreconocible, que le pregunta con los ojos qué coño hace allí, por qué ha llegado hasta aquel lugar y aquella situación. Anteriormente nunca le ha hablado a Rita de Garrido, a pesar de que en estos meses la ve con frecuencia, porque no sabe lo que ella pueda pensar, pero de este incidente, por supuesto, no le dirá una sola palabra. Garrido no vuelve a citarlo ni a buscarlo en su casa y, claro está, también Ariel evita en lo posible andar por lugares y frecuentar gentes que de algún modo pudieran estar en relación con aquel hombre.

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Rostro Cero

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Posdata

Si te digo que aquella vez yo no tenía la certeza de estar contagiada, también te digo que, cuando ya la tuve (y eso equivale a suponer que tú y Rita debían estarlo también), permití, a sabiendas, que otra persona fuera sumada a esa cadena mortal. Cuando te hablé de un libro que me prestó un amigo, no debí llamarlo así, sino David, a secas, aunque le gustaba que lo llamaran David Bernardo. Preferiría no mencionarlo siquiera, pero creo que si te he contado hasta aquí debo añadir lo siguiente. Antes te digo: David fue el primer hombre de quien, desgraciadamente y hace muchos años, me enamoré. Punto y aparte. Durante la época en que tú y mi hermana dejaron de andar juntos (un tiempo después de nuestro encuentro en el baño), llegó a la casa David Bernardo para ver a Rita. No me había importado nunca qué tipo de amistad mantenían ellos. Resulta que él la había convencido para hacer un rito de invocación a Lilith, la primera y misteriosa mujer de Adán, tan rebelde al principio, luego tan terrible. “A rite of dark sexuality”. Por supuesto, mi hermana asumió con entusiasmo aquel papel estúpido y estuvo de acuerdo con David Bernardo en que, a pesar de que las instrucciones escritas lo aconsejaban, prescindirían de una persona de confianza en el rol de guardián. “No nos hace falta un mirón”, dijo David Bernardo. Confiaban en que no habría nadie en la casa, pero estaba yo: la mirona. Rita nunca se había sentido así: la primera (excepto al nacer, unos segundos antes que yo), la sentenciada por Dios, la castiga160


dora de los hombres, condenada al desierto; sospechosa de haber ofrecido el fruto prohibido del conocimiento y pronunciado la semilla de las tentaciones (“Seréis como dioses”); dama de Lucifer durante un tiempo, resultó demasiado incluso para el príncipe de las tinieblas y acabó siendo la madre de los vampiros. ¡Rita, la gran Lilith! Poniendo como fondo una música de timbres rústicos, quemaron incienso, colocaron una copa de plata y velas color púrpura; látigo en mano, se cubrieron con telas negras y bebieron vino tinto. “Eros y Tánatos”, decía David Bernardo. “Yo santifico y soy santificada”, recitaba la invocación mi hermana, desnuda bajo su capa negra: “Feliz el que me abraza, porque soy dulce en la noche y tierna durante el día. Soy puta para el que me hace suya y virgen para el que no me toca. Limpio las calles y las casas del hombre. Mis hijos serán los hijos del placer en la era que está naciendo”. Y él la secundaba, arrobado, en un balbuceo: “Carne devorará ella y sangre beberá, oscura y reluciente a la vez, negras sus alas, negro sobre negro”. Así pasaron un rato, a cada momento más impetuosos, hasta que se desnudaron del todo y rodaron por el suelo, abrazados, como si se hundieran con saña uno en el otro, como si lloraran, y Rita seguía recitando: “Lilith, luna negra, yegua de la noche”. Mucho tiempo atrás yo también había recitado esa estúpida invocación, también con David, porque también, como te digo, yo fui Lilith. En fin, koniec.

Yo soy Marita en la tercera dimensión

Y ahora, al salir nuevamente del baño en casa de Ojorrojo, Ariel ve allí, a través de la puerta de la 161


cocina, a quien menos esperaba encontrarse hoy. Lo primero que piensa es que se trata de otro fantasma de su delirio, como el encuentro alucinado con la figura de Rita María antes de entrar en el edificio Miranda, como la visión de aquellos otros espectros imposibles en el camino hacia acá. En el umbral de la puerta que comunica la cocina con el ascensor de servicio hay un hombre hablando con Luciano, quien indudablemente no puede estar conversando con una alucinación ajena. Ariel se siente más afiebrado que cuando llegó, pero aun así se da cuenta de que ese hombre no puede ser Garrido, por mucho que se le asemeje. Es posible que, por haberlo recordado hace un momento, su fiebre lo proyecte afuera en este instante. Pero no. No. Ninguno de los espectros que ha visto conversaba con una persona real, como ahora ese hombre con Luciano. Es evidente que ha bebido unos cuantos tragos, lo que no es raro si ha llegado hasta aquí atravesando el carnaval, pero ni siquiera mira hacia Ariel, como si no se diera cuenta de que él está ahí, o como si no lo reconociera (no se han vuelto a ver en varios años y, en definitiva, quizás ni el propio Ariel se reconociera ante un espejo). Acaso, reconociéndolo, lo ignora a propósito. Y obviamente tampoco Luciano le importa mucho, a pesar de que el otro tiene la expresión de un pavor mal reprimido que lo compulsa a escuchar al visitante tanto con los ojos como con los oídos, sin decir nada ni invitarlo a entrar. –Los tiempos han cambiado, mi viejo camarada – dice Garrido, que pese a los tragos parece saber bien de lo que habla, de la razón por la que ha venido y de que Luciano lo comprende perfectamente. O eso es lo que supone Ariel. ¡Pero no puede ser Garrido, y mirándolo bien, ni siquiera se parece 162


tanto a él! Por un momento ha dudado de si se encuentra en el edificio Miranda o en el Ancón. Es un fruto del amasijo de tantos rostros en el recuerdo, en la realidad, en su imaginación (hace sólo unos minutos Salmonel era un carnero con gafas y João un robot empeñado en protagonizar cada escena). Aunque ya no sabe lo que hablan los dos hombres, no deja de mirarlos. Si no es Garrido, puede ser entonces un vecino, un viejo compañero de trabajo, un cuñado, algún hijo de puta o el mismísimo Belcebú, que sigue hablando–: Poco a poco todo mejora. Y anímate, que todavía tienes mucho camino por delante. –No me tengas lástima –dice Luciano, irguiéndose un tanto y con inusitada aspereza. Este es el edificio Miranda, se repite Ariel mentalmente. El otro hombre sonríe, tolerante. Además de que Luciano no parece en lo más mínimo deseoso de hacerlo pasar, el otro tampoco muestra intenciones de hacerlo. Intercambian algunas frases más. Luciano sonríe y hasta ríe un poco, estrecha la mano del hombre y todavía tiene esa mueca de risa enganchada en la boca cuando el tipo desaparece en el elevador. Entonces, cansadísimo, abrumado, cierra la puerta de la cocina y se queda recostado a ella durante un momento. Cuando ve a Ariel, que no ha tenido fuerza para apartarse de allí antes de que el otro repare en su presencia, no sabe si molestarse con él, decirle algo ocasional o pasar a su lado simulando que no le importa. –Pensé que ya se habían ido –son las primeras palabras que le vienen a la boca y suenan como si las pronunciara sin una gota de aire en los pulmones. Se detiene y se queda mirando con cara de sonámbulo la gran foto de Camilo Cienfuegos que hay 163


junto a la puerta del baño. El héroe risueño fuma un tabaco casi del tamaño de su ametralladora. En el brillo de sus ojos hay una pequeña opacidad de agotamiento, pero de algún modo resulta una imagen apacible. Diferente de la que ve en el rostro de este joven, cuya extrema palidez le llama la atención mientras se le va pasando la perplejidad de saltar de la presencia de un viejo compañero a la del antiguo camarada de su hijo muerto–. Antes de que viniera Octavio, vino Marita, la hermana de esa otra diabla, que en paz descanse. Traía esa peste a tabaco –Ariel siente en alguna parte de su cuerpo un escozor de alarma– y dejó una bolsa con cervezas. Díselo a mi hijo. Los carnavales son la peor temporada para mí porque no me gusta el ron, ni la música, ni la gente. –Ellos saben que yo venía. Les avisé por teléfono –dijo Marita, resignada, sin la menor vehemencia, como si desde ayer ya estuviera hastiada de hoy–. Es mi regalo. Y para llegar hasta aquí el largo y el ancho son fáciles, pero la tercera dimensión, el alto, es la más recia. Pero, en fin, este no es un día cualquiera. –No le pregunté por qué, sino si Lucianito sabe que ella vendría por la cocina –además de decir algo absurdo, Luciano olvida que el ascensor principal está roto. –Sí, abuelo. –No soy tu abuelo –replicó él desabridamente–. Y no me impresionas con tu tabaco. ¿Quieres pasar a verlos o les digo que estás aquí? –se enredó, metió una mano en el bolsillo y jugó con el llavero, pero la sacó enseguida, avergonzado de que ella pudiera pensar que jugaba con otra cosa. –No, gracias, papacito –dijo Marita con una sonrisa desmañada. 164


–Había tocado en la puerta como los mineros que se quedan sepultados en un túnel. Y no sé por qué se lo dije. La verdad es que no simpatizo mucho con ella. Me miró igual que si yo fuera uno de esos muchachos sangrones –vuelve a cambiar bruscamente de tono–: No, es otra cosa. Me di cuenta entonces. ¡Marita está completamente ida! ¡Y no por el carnaval! Me miró y levantó el pulgar y lo puso hacia abajo como los emperadores romanos en el circo. Qué infantil. ¿Quién le habrá dicho que le queda bien fumar tabacos? Aunque sean de los finitos. –No soy un minero –dijo ella–, aunque a lo peor estoy enterrada en un túnel –Se quedó dudando un momento y luego añadió–: Y quién sabe si soy un minero, o algo así. ¿Un buzo puede bajar más hondo que un minero? –No me subas el carnaval hasta acá –le rogó él, aburrido, poniendo una mano en el borde de la puerta. –No es el carnaval. Es que soy Marita. María Rita. María y Rita. Y a lo peor usted me confunde con alguien. –Te conozco, niña. ¿Cómo puedes pensar que no te conozco? –Mejor entonces –asintió ella. –A ti y a la otra –Eso no se lo dije, pero claro que sé cuál era Rita María y cuál es ella. –No esté tan seguro de conocer a todo el mundo, abuelito. Quién sabe si no conoces a nadie –me dijo, qué increíble su descaro, y su descontrol. Pero qué le iba a decir si desgraciadamente es verdad que ya no conozco bien a nadie–. Me voy –Ni siquiera le repetí que yo no era abuelito de nadie. Y a esta altura probablemente ya no lo seré nunca. –¿De verdad que no quieres pasar ni siquiera para tomarte un vaso de agua? –No sé por qué seguía 165


hablándole. Pero me dio la impresión de que lo necesitaba. Como me dijo que no, volví a poner la mano en el borde de la puerta –¡No me cierre! ¡No me cierre, por Dios santísimo, abuelo! –me gritó, aunque yo no iba a cerrar todavía. Tenía la cara de alguien con mucha fiebre. Entonces fue cuando sacó las cervezas. Como un mago. –No pensé que cupieran en esa bolsa –se me ocurrió decirle, y ya estaba loco porque acabara de largarse. La pobre, perdió a su hermana. Yo no sabía que eran dos gemelas y un día, después que Rita murió, me encontré con esta y creí que estaba empezando a ver muertos.

Una lágrima en el ojo oscuro del Gato (pero no menciones a José Manuel)

–Cupieran, qué palabra tan horrible, suena a ruso –Ya yo no sabía si estaba tomándome el pelo o hablando en serio–. Esta noche es mejor quedarse en la cama, porque el viento suena muy raro. ¿No oye el escándalo que hacen los muertos? –¿Qué iba a decirle? Me habría leído el pensamiento en la cara. Pero ¿de qué viento hablaba? ¿Y de cuáles muertos? ¿Los muertos en vida, como Lucianito, o los muertos de verdad? ¿Mi hijo? Tenía una lágrima en su ojo oscuro cuando se iba, en el aeropuerto. ¿El ojo izquierdo? ¿El derecho? Bueno, Marita dio media vuelta como si fuera a bajar por el ascensor, pero luego se mandó escaleras abajo. Cerré la puerta y de inmediato otra vez los toques. ¿Me estaré volviendo loco? ¿Demasiadas películas, como dice Cristina? Por lo menos tres cada día. Muy fuertes los toques. Ella de nuevo, riéndose y señalándome con el pulgar estirado: 166


–Tus muchachos y tú tienen ojos malos. –Le tiré la puerta en la cara. ¿Qué me importa lo que diga esa Marita? –¿María Rita? –pregunta Ariel como si hablara solo, reseca la boca, tratando de aclarar sus pensamientos, su memoria, todo lo aclarable hasta donde fuera posible– ¿Marita? –Hoy ha escuchado tantas veces ese nombre– ¿Gemelas? –pronuncia la palabra como si tuviera una sola sílaba. –¡Y que ahora Lucianito no me grite ninguna barbaridad! –Ariel ni lo ha escuchado– Como en el trabajo me dicen Montes de Oca y él lo sabe, le ha dado por acortarme los apellidos ¡y llamarme Moca! Qué ocurrente. –Hasta parecería que este hombre tiene los ojos húmedos–. El que se está ahogando es muy peligroso para el que no sabe nadar bien, sí señor, porque puede arrastrarlo al fondo. O entre dos aguas. ¿No oíste lo que me dijo ella del minero y del buzo? Parece un disparate, pero no creas. –¿Y Marita no vuelve? –Pero el otro sigue sin escuchar la voz de Ariel, casi inaudible. –Lo que hice fue volver a mi mermelada de mango. Caramba, tan aguada, pero con un pedacito de queso blanco. ¡Y entonces vuelven a tocar y abro la puerta! Ya estaba furioso con la pobre loca. Pero era mi viejo amigo Richard. O bueno, Octavio –Luciano da unos pasos en dirección a su cuarto con apariencia de borracho o de haber tomado demasiados sedantes–. Hasta otro día, Germán –Se detiene y se vuelve hacia él muy despacio–. No te guardo rencor. Sé que eras valiente, que no tuviste culpa de lo que pasó y que también te habían otorgado una medalla –Le estrecha una mano–. Mañana será otro día, muchacho. Tienes esa mano ardiendo. Ardiendo. ¿No será que yo estoy muerto, helado? A veces me parece que ya no siento nada. Eso es estar un poco 167


muerto, supongo yo. Tu mano quema como un fusil, me acuerdo, sí, después de una ráfaga. Una vez toqué una ametralladora igual que la de esa foto de Camilo. Me quemó el pulgar. ¿Tú te acuerdas de cuál era el ojo verde de mi hijo? ¿El derecho o el izquierdo? El tiempo es espantoso. Además, sueño mucho con sus ojos, siempre distintos. ¡Y que Lucianito me prohíba que pronuncie siquiera el nombre de José Manuel! Como si yo tuviera alguna culpa. Nadie puede elegir ni el lugar ni el tiempo en que nace. Mucho menos el viejo Moca. Se va, cabizbajo, y Ariel se queda parado, inmóvil, incapaz de mover un solo músculo, sin un solo pensamiento en su mente, dejando que esta sensación helada suba por todo su cuerpo, que le parece interminable. Pero Ojorrojo viene y lo saca de ese estado poniéndole una mano en el hombro; lo lleva hasta la mesa de la cocina y se empeña en que se coma el plato de comida que le pone delante: –No tengo estómago para comer ahora. Deja la pena. Pero Ariel tapa el plato. La visión de la comida y la palabra estómago han llenado de náusea el suyo. Por fin Ojorrojo desiste. Están parados los dos junto a la mesa. –Agua sí. Sólo bebe tres sorbos, que no le saben a agua helada sino a aceite hirviendo. Su amigo hunde las manos en los bolsillos y alza mucho la cabeza arqueando las cejas antes de preguntarle, como si no le importara: –¿Moca hablaba contigo? –Un poco. De Marita, que trajo cervezas. Y el viejo me habló también de tu hermano –Le señala la bolsa con las botellas. –Es su manía –Ojorrojo bebe el agua que ha que168


dado en el vaso–. No sabe ni qué pasa en las películas que se traga, aunque pueda contarte en detalle todo lo que han hecho Al Pacino, Spielberg o su Hitchcock –Toma una de las cervezas, la destapa, la vacía en cinco o seis largos tragos y, cuando coge la segunda, descubre que en la bolsa hay un sobre y lo toma, pero antes de mirarlo dice–: ¿Tampoco quieres cerveza? Dentro de diez mil años los hombres seguirán pareciéndose a los chacales, a los perros, a las hienas, a las ovejas, para que pueda seguir existiendo el lobo –Ariel no sabe a qué se refiere. Como en cámara lenta, ve que Ojorrojo mira el sobre, medio arrugado y húmedo, y levanta la cabeza encogiéndose un poco de hombros–. Esto es para ti. Dice “Para Ariel” en el sobre. A veces a Marita le da por eso. Es su estilo de agonizar. Pero es extraño. ¿Cómo ella sabía que tú estabas aquí? Pensé que ni la habías conocido. Bueno, lee eso tú, que yo voy a llevarle la cerveza a mi manada.

La luna negra

Guarda la carta en el sobre y lo deja sobre la mesa. No quiere pensar en las palabras que acaba de leer Él también, como el viejo Moca, ha visto en sus pesadillas los ojos del Gato. El pez de ébano guardado en el bolsillo le quema la pierna. Ojorrojo regresa con algunas botellas vacías en las manos, las deja en el fregadero y, al salir de nuevo, arrastra consigo a Ariel unos pasos. –No me importa saber qué te escribe en la carta –le dice mientras se detienen en el pasillo, junto a la puerta del baño–. A veces hemos conversado. Salmonel es amigo de Marita desde hace mucho tiempo y siempre me dice que es la tipa más rara que te puedas imaginar. Más rara que la otra. Qué par. Ella 169


y Rita se odiaban a muerte. O se adoraban. Qué sé yo –Ojorrojo se queda un momento pensativo y enseguida echa a caminar otra vez–. ¿Vienes? Sigue hacia la saleta sin esperarlo. Ariel siente que se le explota la cabeza, saturada en unos minutos por tantas imágenes, tantos detalles, tantas cosas que lo han revuelto todo en su mente, en su ánimo. Empuja la puerta, entra de nuevo en el baño y se enjuaga la cara con agua fría durante largos minutos. Cuando por fin se atreve a mirarse la cara en el espejo, esos ojos hundidos al otro lado del vidrio no tienen semejanza alguna con los que se hunden a este lado. Resulta, se dice sacudiendo la cabeza, que la primera vez que creyó ver de cerca a Rita María no era ella, sino María Rita, Marita. Eso está claro y no le cabe la menor duda. Busca entre sus recuerdos: al encontrarse luego con Rita, ella se dio cuenta de su equivocación pero no le dijo nada, por rivalidad con Marita, por rencor, por lo que fuese. Y jamás le habló de la otra. Como si no existiera. Resulta que era cierto lo que decía Rita: él le había enviado la muerte a ella, no ella a él, como había creído siempre. Resulta que Marita es mi Lilith y me ha matado a mí. ¿Y a cuántos otros?

Vuelo y caída en la noche del cuerpo

Regresa con los demás y sigue hasta el balcón sintiendo como si se hubiese lanzado en paracaídas y hendiera únicamente con sus ojos el viento más allá de la baranda. Se sienta donde mismo. Wake up young man, it’s time to wake up

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suena la música de Mad Season nuevamente. –Aquí tenemos de nuevo al fantasma de la ópera –dice João, pero Ariel ni lo mira. –Compadre, la verdad es que usted se demora meando –aventura Luiso y se ríe bajito. –Cállate, cagón –gruñe Ojorrojo entre dientes. Luiso baja la vista y hace como que se ocupa de lo que está canturreando el Dongo: Adiós, muchachos, compañeros de mi vida, pero díganme, carajo, dónde está la salida. Ojorrojo toma en sus manos la botella de ron vacía y respira hondo, con cara de frustración. El Leviatán de ébano le sigue quemando a Ariel en el bolsillo como un arma que acaba de darle muerte a alguien, como un diabólico talismán más ardiente aún que su cuerpo a punto de incinerarse. Respira hondo, muy hondo, sin escuchar a nadie, aspirando todo lo que tiene la noche de inspirable y dejando de ella sólo algunas secas y oscuras hilachas. Una llama negra brota de sus ojos abiertos a medias, pues la noche devorada se torna fuego en el infierno de su cuerpo. Tiene mucho calor. Quisiera desnudarse. La fiebre es todo, adentro y afuera, y lo aprieta multiplicando esta inmensurable sed de nada. Se incorpora y se recuesta al umbral del balcón hasta que se le pasa el largo vahído. Se seca entonces el sudor de la cara con el borde del pulóver. Da unos pasos, mareado aún. Ya no escucha la guitarra, ni las voces, ni la música del carnaval. ¿Dónde están los otros? ¿Se han ido de nuevo a buscar ron? ¿Incluso el Dongo? Quizás, pero lo cierto es que ya no se encuentra en la saleta, junto al tercer balcón, sino en la sala, como al principio, contemplando con ojos encendi171


dos el cuadro que hay a un costado del primer balcón: el grupo de seres grotescos se asoma por algo semejante a una ventana y contempla, con temblorosa crueldad, lo que hay afuera. Lo contemplan a él, comprende al fin: lo contemplan sin tener la menor idea del espectáculo que ven. Basta con que les divierta durante unos segundos –tanto si es él como si es Marita. Aunque sin la rosa azul tatuada sobre uno de ellos, Marita tenía los senos tan suaves como los labios, igual que los senos y los labios de Rita María, pero sus ojos eran agujeros negros. O acaso así los quiere ver ahora, mientras cae por ellos. “No me estoy muriendo”, se dice, “es nada más que la fiebre”, y camina hasta la baranda del balcón, que parece alzarse a un kilómetro de distancia. Es mejor quedarse así, solo con la noche, con ese silencio detrás de todos los ruidos. Tiene la sensación de hallarse ante un puente que debe cruzar de modo obligado. De cierta manera siempre ha tenido esa urgente sensación de tener que cruzar de un aquí hacia un allá, sin otra elección; siempre a punto de poner un pie en algún puente. Se quita el pulóver, que estaba helado sobre su torso y ahora hierve en sus manos. Sólo necesitaría quitarse el cuerpo, ese último obstáculo para detener el ataque interminable hacia adelante, siempre adelante, nunca hacia arriba, hacia donde vuelan los pájaros homa, que no saben lo que es un puente. Wake up young man, it’s time to wake up le parece escuchar a lo lejos, desde otro mundo. Su hermano Alexis ha llegado en este preciso mo172


mento ante el edificio Miranda y se para a la entrada, contrariado, pues tanto la puerta principal como la del garaje están cerradas para evitar incursiones de extraños venidos del carnaval, que pueden meterse allí para orinar o para cosas peores. No le queda otro remedio que esperar a que llegue algún inquilino y le abra. Sabe bien que su hermano está allá arriba, en casa de ese detritus de borracho. Camina por la acera, cerca de la entrada, poniendo las manos ora sobre el cinto, ora a la espalda, quitándose y poniéndose la gorra dos o tres veces a cada minuto, con una ansiedad creciente a la que no está acostumbrado. Jamás le ha sucedido que no sepa en absoluto qué hacer, y este ir y venir frente a un lugar cerrado lo vuelve frenético. Así que llega a ocurrírsele la idea de forzar la puerta del garaje. Pero se aguanta: todavía debe esperar. Es mejor. Pero esperar ¿qué? No ha visitado a su hermano en el Instituto desde hace dos días pensando que Ariel aborrece verlo y que ignora cuán gustoso él cargaría con todo su mal y con cada uno de sus dolores. Y de pronto, hace unas horas si acaso, le avisan que se ha ido del hospital. ¿Está ya tan grave que ni siquiera sabe lo que hace? ¿Hace como los gatos, que huyen de los demás a la hora de morir para que no les vean la agonía? Por suerte, cuando llama por teléfono al oficial Garrido para que lo aconseje, éste le da la pista exacta: el hermano de su amigo que murió en la guerra. Sin saber qué relación tiene con todo esto, Alexis recuerda ahora que una vez hablaron de lo último que quisieran hacer en la vida. –Yo quisiera acostarme con la mujer que tengo en la foto de mi cuarto –dijo Alexis. –Yo no tengo la menor idea de lo que quisiera – 173


dijo Ariel y el otro no tuvo la menor duda de que le estaba mintiendo descaradamente. Ahora, en el colmo de su desasosiego, deja de caminar por la acera, se detiene delante de la fachada del edificio y levanta los ojos para mirar la hilera de balcones que se hunden en el cielo como fichas de un dominó fantástico y sin números. Le viene a la mente el recuerdo de la foto de la mujer desnuda en la pared. Le mira la cara, que de pronto ha cambiado y es la cara de otra mujer. No, la cara de una vieja espeluznante. ¿O dos viejas horribles en una sola? Es un cráneo sin mejillas, sin ojos, con unos larguísimos mechones empegostados que caen sobre esa desnudez espantosa. Siempre que se siente muy exasperado empiezan a ocurrirle cosas tremendas. Las dos caras macabras se superponen invertidas, una hacia el techo y la otra hacia el piso. Se rasca con furia el vientre, la cabeza, las axilas, como si una comezón intolerable le cubriera toda la piel. Y de pronto, mientras mira los balcones en lo alto, descubre el cuerpo de Ariel que viene bajando en el aire y que cae sobre la acera como un bulto, con un estallido seco, a sólo unos metros de él. Por un momento le parece que el cuerpo se ha hundido bajo el suelo igual que si hubiese caído en el agua. Su hermano no puede ser ese inerte amasijo de huesos rotos que en algunos puntos atraviesan la piel, ese saco reventado violentamente que ha salpicado de muerte a su propia muerte. La gente corre a ver dónde ha caído el hombre de la luna y encuentra que es un tipo como otro cualquiera, pero que el impacto le ha borrado el rostro. Alexis grita algo con una voz que no es la suya y con sonidos que no significan nada comprensible. Saca a toda prisa su pistola. Dispara al aire una vez, 174


dos veces, antes de soltar otro grito, lanzar el arma y echar a correr entre la muchedumbre del carnaval. Atraviesa la avenida, llega al muro del malecón y sube a él de un salto. Va hacia la derecha, hacia la izquierda, se detiene, corre de nuevo hacia la derecha, como un fugitivo atrapado por el reflector que no lo deja salir de su círculo de luz. Otros policías y varios hombres de civil se lanzan hacia él y entonces Alexis se arroja al agua sin mirar abajo siquiera. La gente se arremolina. Hay gritos de órdenes, de pánico, de pura curiosidad, de confusión. Cuando, unos minutos después logran subirlo al muro, tiene el uniforme empapado en agua y en sangre. Lo sostienen por los brazos y por el torso, ya que a duras penas puede tenerse en pie. Sus captores abren un amplio círculo en torno a él para que la multitud en carnaval no pueda verlo de cerca. Exhausto, rendido a los brazos que lo agarran con fuerza, Alexis levanta los ojos y ve, como entre una niebla rojiza, que empieza a caer desde lo alto del edificio Miranda una lluvia de bestias extrañas, algo semejante a un perro de goma o a un gallo de veleta fosforescente, animales sin forma, lagartos crucificados en sus propios huesos. Por último, el inconfundible pulóver negro de Ariel viene cayendo desde uno de los balcones (el octavo, se dice él), volando como un pájaro grande, oscuro y lento que se derrumba confundido con su propia sombra. El vértigo y la niebla rojiza le empañan la vista y Alexis intenta apretar los párpados hasta romperse los ojos, pero no puede, porque el violento golpe contra los arrecifes le ha dejado un dolor entumecido en toda la cabeza. Tampoco puede pronunciar una palabra. Ahora la sangre le borra el rostro.

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A la memoria de Miguel Miranda

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Mas que sobre el deseo, la enfermedad o Africa, la nueva novela de Ernesto Santana es sobre los muertos. Los muertos que determinada ideología ha producido. Sus personajes, sombras chinescas manoteando contra un vacío, se convierten en personajes casi a contrapelo de sí mismos. Son flacos, alcohólicos, duros; hijos de madres peleonas o sonámbulos de guerra. Van a ninguna parte y vienen de ninguna parte, como si la vida (ese lugar donde todo es derrota) los hubiera enseñado a nadar para que precisamente se ahogaran. Y de este ahogo, que a la vez es puro goce y extrema cotidianidad, se alimenta El carnaval y los muertos, su historia. Lo demás sería hablar de sus diferentes voces, sus paisajes geográficos, su veracidad. Pero nada de esto es tan importante como saber que El carnaval y los muertos es una “danza macabra”, una danza donde nada nos resulta más vivo que lo muerto. Carlos A. Aguilera

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Cover photo © Anton Khlivnyy, 2008

Photo Colección privada, 2010


Mas que sobre el deseo, la enfermedad o Africa, la nueva novela de Ernesto Santana es sobre los muertos. Los muertos que determinada ideología ha producido. Sus personajes, sombras chinescas manoteando contra un vacío, se convierten en personajes casi a contrapelo de sí mismos. Son flacos, alcohólicos, duros; hijos de madres peleonas o sonámbulos de guerra. Van a ninguna parte y vienen de ninguna parte, como si la vida (ese lugar donde todo es derrota) los hubiera enseñado a nadar para que precisamente se ahogaran. Y de este ahogo, que a la vez es puro goce y extrema cotidianidad, se alimenta El carnaval y los muertos, su historia. Lo demás sería hablar de sus diferentes voces, sus paisajes geográficos, su veracidad. Pero nada de esto es tan importante como saber que El carnaval y los muertos es una “danza macabra”, una danza donde nada nos resulta más vivo que lo muerto. Carlos A. Aguilera

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Ernesto Santana, El Carnaval y los Muertos