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VIDA ELLO
¿Cómo hacer que este folleto acelere como el auto increíble en la parte en la que habla de velocidad? Ya sé, ya sé, voy a hacer las frases y las palabras más cortas; también puedo eliminar las comas, tal vez menos distancia entre puntos. Esas eran las cuestiones en las que mi cabeza se concentraba toda la semana, las 24 horas del día, los 365 días del año. Yo había querido conducir mi carrera profesional por el camino del periodismo y digamos que tuve un accidente estrepitoso; después de hacer un interesante reportaje sobre Laguna Verde, una central nuclear, me habían despedido, totalmente decepcionados con la poca objetividad de lo que había escrito. Totalmente, me encanta esa palabra, es tan exagerada, tan apasionada. El punto es que después de mi corta y desafortunada experiencia en el periodismo, ahora trabajaba como redactora publicitaria o copywriter en una agencia de publicidad y llevaba dos cuentas: una de coches y otra de bancos. Poco importaba que no fueran las marcas más divertidas, lo importante es que estaba escribiendo (sí, así en gerundio) y escribir me hacía feliz.
Mi meta en ese momento era que después de leer un brochure, que me quemaba algunas pestañas y otras tantas neuronas, mi target encontrara irresistible el motor, el volante, la carrocería. Pasaron los meses entre insights y trípticos, sin esperarlo el destino me colocó en un escenario frente a la oportunidad de mi vida, ahí estaba yo presentándole al cliente un anuncio de televisión escrito por mí en una sala inmensa con una mesa de piel elegantísima, la única mujer en ese lugar era yo, ya les había dicho que era una cuenta de coches, ¿no? Las miradas estaban puestas en mí, al principio estaba nerviosa, pero empecé a hablar
Por Mariola Fernández mariola_f2@yahoo.com.mx
y las palabras se fueron acomodando justo donde tenían que estar. Al terminar mi presentación, el cliente hizo una mueca extraña, volteó a ver a mi jefe y le dijo con desparpajo: “Jimmy, ¿es en serio? Ese anuncio es una reverenda estupidez”. Todos nos congelamos, la frase resonó como un trombón en un concierto de Bellas Artes, deseaba que las alfombras se abrieran como olas para que pudiera desaparecer, mi carrera publicitaria se había topado con un iceberg y se hundía lentamente. De pronto, una voz dentro de mí se encendió y comencé a hablar: “Efectivamente, el anuncio es una reverenda estupidez, pero a través de los años hemos comprobado que eso le encanta a nuestra audiencia. Al final lo que queremos es vender coches, ¿no?
Pues eso vamos a hacer...”
Mientras daba mi persuasivo discurso, mi jefe me hacía señas con la mano para que me callara de una vez. Terminé, el cliente soltó una carcajada y dijo: “Me caes bien Ana María y creo que tienes razón, vamos a hacer el anuncio, aunque sea una reverenda estupidez. De ahora en adelante, quiero que tú dirijas la cuenta”. Nadie en esa sala sabía o entendía lo que estaba pasando, yo tampoco. Lo único que sé es que esa experiencia me enseñó que hay que defender las ideas a muerte, como si te fuera la vida en ello. ¿Por qué? Porque esa es la única manera de transformar la publicidad en un arte.
Ana María Olabuenaga es la publicista mexicana más reconocida, ha ganado más de 400 premios y es la primera mexicana que formó parte del Salón de la Fama de la Publicidad Iberoamericana. Cuando creó la icónica campaña para una conocida tienda departamental en México, Carlos Monsiváis la llamó: “La emperatriz del impacto efímero, la hacedora de los aforismos callejeros”