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EL CALLEJÓN DE LAS ONCE ESQUINAS

Número 5

Marzo 2018


El Callejón de las Once Esquinas

EL CALLEJÓN DE LAS ONCE ESQUINAS

Revista de letras agitadas por el cierzo Número 3 ­ Septiembre Número 5 - Marzo 20182017

Revista de letras agitadas por el cierzo

EDITA El Callejón deEDITA las Once Esquinas Zaragoza El Callejón de las(España) Once Esquinas Zaragoza (España) ISSN 2530-481X ISSN 2530­481X COORDINACIÓN Patricia Richmond COORDINACIÓN Patricia Richmond FOTOGRAFÍA Esparvero FOTOGRAFÍA Esparvero Imágenes: excepto mención en contrario, de bancosexcepto libres mención de derechos, como Imágenes: en contrario, Pixabay y oros. de bancos libres de derechos (Pixabay, PhotoPin, Wikimedia). CONTACTO 11esquinas@gmail.com CONTACTO 11esquinas@gmail.com Blog: callejon11esquinas.blogspot.com.es Twitter: @11Esquinas Blog: callejon11esquinas.blogspot.com.es Facebook: Twitter: @11Esquinas www.facebook.com/11Esquinas Facebook: www.facebook.com/11Esquinas Todosloslosrelatos relatos son son propiedad propiedad de Todos desus sus autores. autores. 2

PORTADA "Focal point" AUTOR Kevin Sloan www.kevinsloan.com La ilustración se ha reproducido con permiso del autor.

El Callejón de las Once Esquinas se encuentra bajo una Licencia Creative Commons AtribuciónNoComercial-SinDerivadas 4.0 Internacional


Número 5

CONTENIDOS

Equilibrio... Plaza Aragón ..................... 4 Homenaje a Amparo Dávila

Calle Predicadores ............. 11 Relatos llegados de España, Perú, Venezuela, Argentina, México, Chile, Uruguay

Camino de las Torres ....... 180 50 Palabras

No cierres los ojos, no respires ni parpadees, alza la cabeza y extiende los brazos. Ignora a los fantasmas que te empujan para hacerte caer del alambre. No los mires. No les hables o disolverán en el olvido todas tus palabras… Un paso, otro, ya casi estás. Has llegado a la última página; allí te aguardan los personajes de tu historia conteniendo el aliento, esperando, conmovidos, a que presiones, sin perder el equilibrio, el botón del punto final. ¿Alguna vez te has caído de la cuerda floja sin poder terminar de escribir un relato? En este número te presentamos a maestros del equilibrio, como doña Amparo Dávila, funambulista consagrada cuyos cuentos fantásticos llevan años arrancando aplausos de admiración; o Kevin Sloan, autor de nuestra portada, pintor comprometido con el medio ambiente y el difícil arte de equilibrar naturaleza y tecnología. Además, nos asomamos al universo de Alejandro Garaizar y su portal literario Cincuenta Palabras, historias que caminan sobre el alambre de la brevedad, junto a los relatos de los valientes equilibristas que se atrevieron a participar en el reto del Callejón #5. Todo esto es lo que vas a encontrar en el quinto número de El Callejón de las Once Esquinas: lee, comparte y escribe… la sexta convocatoria ya está en marcha.

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PLAZA ARAGÓN FIRMA INVITADA

AMPARO DÁVILA La decana de la imaginación

La escritora mexicana Amparo Dávila cumplió 90 años el pasado 21 de febrero, motivo por el que ha sido protagonista de numerosos homenajes en su país. Autora de culto, olvidada durante décadas, goza actualmente del reconocimiento que merece una de las cuentistas más extrañas, originales e interesantes de la literatura mexicana. Se la incluye en la llamada Generación del Medio Siglo (Carlos Fuentes, Sergio Pitol, Inés Arredondo, José Emilio Pacheco o Rosario Castellanos, entre otros) y se la suele considerar como una escritora de literatura fantástica, extremos ambos que pueden dar una idea inexacta de lo que realmente supone la obra de esta escritora singular. Aunque tuvo relación con los escritores de su época y publicó con ellos en las revistas del momento, no formó parte de ningún grupo. Desarrolló un estilo propio y diferente, herencia de las vivencias de su infancia en el frío pueblo minero de Pinos, en el estado de Zacatecas, en el que nació en 1928. Niña enfermiza y solitaria, se recuerda a sí misma contemplando los cortejos fúnebres que pasaban frente a su casa, próxima al cementerio, y horrorizándose, fascinada, ante las ilustraciones que Doré realizó para la Divina Comedia y que ella hojeaba en la biblioteca de su padre. Cuando contaba 4


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seis años de edad su familia se trasladó a San Luis Potosí y ya adolescente comenzó a escribir poemas bajo la influencia de la educación religiosa que había recibido. Entre 1950 y 1954 publicó tres poemarios: Salmos bajo la luna, Meditaciones a la orilla del sueño y Perfil de Soledades. En 1954 se trasladó a Ciudad de México y conoció al poeta Alfonso Reyes, para el que trabajó como secretaria. Bajo su tutela escribió sus primeros cuentos y comenzó a ser publicada en revistas. Pronto llamó la atención de los críticos gracias a su dominio de una técnica narrativa impecable al servicio de unos temas que se repetían: el terror, la incertidumbre o la angustia. Los protagonistas de sus cuentos son personas corrientes, tomadas de la vida cotidiana, atormentadas por amenazas externas en atmósferas siniestras en las que deambulan entes monstruosos que perturban a personajes y lectores.

Las historias de Amparo Dávila, esbozadas siempre con muy pocas palabras, no utilizan la capacidad alusiva del cuento para que el lector complete y dé forma a los mundos y las tramas que se le proponen sino para que, llevado por ese impulso rutinario, descubra las ausencias: las preguntas que adquieren su poder en el acto de no ser respondidas. Alberto Chimal De su bitácora lashistorias.com La propia Amparo Dávila, en una ocasión, preguntada sobre la importancia de lo fantástico en sus obras, explicó: «Para mí, la reali-

dad, al igual que una moneda, tiene dos caras: la externa o transparente, en donde todas las cosas que suceden pueden entenderse y explicarse, tienen un sentido y una lógica; y la interna, la más íntima y profunda, oscura y misteriosa, donde a veces ocurren esas cosas extrañas que no tienen explicación ni lógica, que no se pueden aclarar ni comprender, pero que suceden: yo manejo estas dos caras de la realidad, voy y vengo de una a otra fácilmente».

Sus historias beben directamente de la narrativa gótica inglesa, de Poe, de Kafka, de Borges… Pero no sería justo enmarcar su literatura únicamente en el terreno de lo fantástico. Amparo Dávila va mucho más allá y, a través de sus personajes, casi siempre femeninos, reflexiona sobre las normas sociales a las que se ve sometida la mujer de su época, mediante historias escondidas bajo la capa de lo sobrenatural o insólito. Las protagonistas de sus cuentos huyen del fatalismo de un destino que las relega al papel de hijas obedientes, esposas fieles y madres abnegadas, aun a costa de la cordura, haciendo frente a amenazas horrorosas y mons5


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truosas. En un intervalo de dieciocho años publicó tres de sus cuatro libros de relatos: Tiempo destrozado (1959), Música concreta (1964) y Árboles petrificados (1977), por el que obtuvo el prestigioso premio Xavier Villaurrutia, que le valió un gran impulso mediático y el reconocimiento internacional. Pero, a este éxito, le siguió el silencio: no volvió a publicar ningún texto. Hasta que en 2009 el Fondo de Cultura Económica editó sus Cuentos reunidos, incluyendo la novedad del libro inédito Con los ojos abiertos. El tiempo ha otorgado a Amparo Dávila el lugar que le corresponde: ha sido traducida al francés, al alemán, al italiano y al inglés, sus cuentos han sido incluidos en más de cincuenta antologías, es objeto constante de estudio y ha dado nombre en su país al Premio Nacional de Cuento Fantástico Amparo Dávila. En 2015 fue distinguida con la Medalla Bellas Artes, otorgada por el Instituto Nacional de Bellas Artes de México por su aportación al arte y a la cultura mexicana. Los cuentos de Amparo Dávila no son textos a los que el lector se enfrente fácilmente. Buena prueba es El huésped, incluido en Tiempo destrozado, tal vez su relato más celebrado, a causa de la maestría técnica con la que está escrito y por las interpretaciones que suscita, todavía hoy, entre sus lectores. En él, una esposa infeliz, ninguneada por su marido, y su fiel sirvienta se enfrentan a un ser espantoso. ¿Quién o qué es realmente ese huésped monstruoso? ¿Cuál es la verdadera naturaleza de la amenaza a la que se enfrentan esas mujeres?

Con esta humilde contribución, El Callejón de las Once Esquinas se suma a los homenajes que se han sucedido durante el último mes para honrar la figura de esta gran escritora. ¡Felicidades, doña Amparo! LOS LIBROS DE AMPARO DÁVILA

Salmos bajo la luna (1 950). Poesía Perfil de soledades (1 954). Poesía Meditaciones a la orilla del sueño (1 954). Poesía Tiempo destrozado (1 959). Cuentos Música concreta (1 964). Cuentos 6

Árboles petrificados (1 977). Cuentos Muerte en el bosque (1 985). Antología Cuentos reunidos (2009). Edición del Fondo de Cultura Económica Poesía reunida (2011 ). Edición del Fondo de Cultura Económica


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El huésped

Amparo

Dávila

Es completamente inofensivo —dijo mi marido mirándome con marcada indiferencia...

NUNCA olvidaré el día en que vino asignó el cuarto de la esquina. Era ésta

a vivir con nosotros. Mi marido lo trajo al regreso de un viaje. Llevábamos entonces cerca de tres años de matrimonio, teníamos dos niños y yo no era feliz. Representaba para mi marido algo así como un mueble, que se acostumbra uno a ver en determinado sitio, pero que no causa la menor impresión. Vivíamos en un pueblo pequeño, incomunicado y distante de la ciudad. Un pueblo casi muerto o a punto de desaparecer. No pude reprimir un grito de horror cuando lo vi por primera vez. Era lúgubre, siniestro. Con grandes ojos amarillentos, casi redondos y sin parpadeo, que parecían penetrar a través de las cosas y de las personas. Mi vida desdichada se convirtió en un infierno. La misma noche de su llegada supliqué a mi marido que no me condenara a la tortura de su compañía. No podía resistirlo; me inspiraba desconfianza y horror. «Es completamente inofensivo —dijo mi marido mirándome con marcada indiferencia—. Te acostumbrarás a su compañía y, si no lo consigues…» No hubo manera de convencerlo de que se lo llevara. Se quedó en nuestra casa. No fui la única en sufrir con su presencia. Todos los de la casa —mis niños, la mujer que me ayudaba en los quehaceres, su hijito— sentíamos pavor de él. Sólo mi marido gozaba teniéndolo allí. Desde el primer día mi marido le

una pieza grande, pero húmeda y oscura. Por esos inconvenientes yo nunca la ocupaba. Sin embargo él pareció sentirse contento con la habitación. Como era bastante oscura, se acomodaba a sus necesidades. Dormía hasta el oscurecer y nunca supe a qué hora se acostaba. Perdí la poca paz de que gozaba en la casona. Durante el día, todo marchaba con aparente normalidad. Yo me levantaba siempre muy temprano, vestía a los niños que ya estaban despiertos, les daba el desayuno y los entretenía mientras Guadalupe arreglaba la casa y salía a comprar el mandado. La casa era muy grande, con un jardín en el centro y los cuartos distribuidos a su alrededor. Entre las piezas y el jardín había corredores que protegían las habitaciones del rigor de las lluvias y del viento que eran frecuentes. Tener arreglada una casa tan grande y cuidado el jardín, mi diaria ocupación de la mañana, era tarea dura. Pero yo amaba mi jardín. Los corredores estaban cubiertos por enredaderas que floreaban casi todo el año. Recuerdo cuánto me gustaba, por las tardes, sentarme en uno de aquellos corredores a coser la ropa de los niños, entre el perfume de las madreselvas y de las bugambilias. En el jardín cultivaba crisantemos, pensamientos, violetas de los Alpes, begonias y heliotropos. Mientras yo regaba las plantas, los niños se entretenían buscando gusanos entre las hojas. A ve7


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ces pasaban horas, callados y muy atentos, tratando de coger las gotas de agua que se escapaban de la vieja manguera. Yo no podía dejar de mirar, de vez en cuando, hacia el cuarto de la esquina. Aunque pasaba todo el día durmiendo no podía confiarme. Hubo veces que, cuando estaba preparando la comida, veía de pronto su sombra proyectándose sobre la estufa de leña. Lo sentía detrás de mí… yo arrojaba al suelo lo que tenía en las manos y salía de la cocina corriendo y gritando como una loca. Él volvía nuevamente a su cuarto, como si nada hubiera pasado. Creo que ignoraba por completo a Guadalupe, nunca se acercaba a ella ni la perseguía. No así a los niños y a mí. A ellos los odiaba y a mí me acechaba siempre. Cuando salía de su cuarto comenzaba la más terrible pesadilla que alguien pueda vivir. Se situaba siempre en un pequeño cenador, enfrente de la puerta de mi cuarto. Yo no salía más. Algunas veces, pensando que aún dormía, yo iba hacia la cocina por la merienda de los niños, de pronto lo descubría en algún oscuro rincón del corredor, bajo las enredaderas. «¡Allí está ya, Guadalupe!», gritaba desesperada. Guadalupe y yo nunca lo nombrábamos, nos parecía que al hacerlo cobraba realidad aquel ser tenebroso. Siempre decíamos: «Allí está, ya salió, está durmiendo, él, él, él…» Solamente hacía dos comidas, una cuando se levantaba al anochecer y otra, tal vez, en la madrugada antes de acostarse. Guadalupe era la encargada de llevarle la bandeja, puedo asegurar que la arrojaba dentro del cuarto pues la pobre mujer sufría el mismo terror que yo. Toda su alimentación se reducía a carne, no probaba nada más. Cuando los niños se dormían, Guadalupe me llevaba la cena al cuarto. Yo no podía dejarlos solos, sabiendo que se 8

había levantado o estaba por hacerlo. Una vez terminadas sus tareas, Guadalupe se iba con su pequeño a dormir y yo me quedaba sola, contemplando el sueño de mis hijos. Como la puerta de mi cuarto quedaba siempre abierta, no me atrevía a acostarme, temiendo que en cualquier momento pudiera entrar y atacarnos. Y no era posible cerrarla; mi marido llegaba siempre tarde y al no encontrarla abierta habría pensado… Y llegaba bien tarde. Que tenía mucho trabajo, dijo alguna vez. Pienso que otras cosas también lo entretenían… Una noche estuve despierta hasta cerca de las dos de la mañana, oyéndolo afuera… Cuando desperté, lo vi junto a mi cama, mirándome con su mirada fija, penetrante… Salté de la cama y le arrojé la lámpara de gasolina que dejaba encendida toda la noche. No había luz eléctrica en aquel pueblo y no hubiera soportado quedarme a oscuras, sabiendo que en cualquier momento… Él se libró del golpe y salió de la pieza. La lámpara se estrelló en el piso de ladrillo y la gasolina se inflamó rápidamente. De no haber sido por Guadalupe que acudió a mis gritos, habría ardido toda la casa. Mi marido no tenía tiempo para escucharme ni le importaba lo que sucediera en la casa. Sólo hablábamos lo indispensable. Entre nosotros, desde hacía tiempo el afecto y las palabras se habían agotado. Vuelvo a sentirme enferma cuando recuerdo… Guadalupe había salido a la compra y dejó al pequeño Martín dormido en un cajón donde lo acostaba durante el día. Fui a verlo varias veces, dormía tranquilo. Era cerca del mediodía. Estaba peinando a mis niños cuando oí el llanto del pequeño mezclado con extraños gritos. Cuando llegué al cuarto lo encontré golpeando cruelmente al niño. Aún no sabría explicar cómo le quité al pequeño y cómo me


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lancé contra él con una tranca que encontré a la mano, y lo ataqué con toda la furia contenida por tanto tiempo. No sé si llegué a causarle mucho daño, pues caí sin sentido. Cuando Guadalupe volvió del mandado, me encontró desmayada y a su pequeño lleno de golpes y de araños que sangraban. El dolor y el coraje que sintió fueron terribles. Afortunadamente el niño no murió y se recuperó pronto. Temí que Guadalupe se fuera y me dejara sola. Si no lo hizo, fue porque era una mujer noble y valiente que sentía gran afecto por los niños y por mí. Pero ese día nació en ella un odio que clamaba venganza. Cuando conté lo que había pasado a mi marido, le exigí que se lo llevara, alegando que podía matar a nuestros niños como trató de hacerlo con el pequeño Martín. «Cada día estás más histérica, es realmente doloroso y deprimente contemplarte así… te he explicado mil veces que es un ser inofensivo». Pensé entonces en huir de aquella casa, de mi marido, de él… Pero no tenía dinero y los medios de comunicación eran difíciles. Sin amigos ni parientes a quienes recurrir, me sentía tan sola como un huérfano. Mis niños estaban atemorizados, ya no querían jugar en el jardín y no se separaban de mi lado. Cuando Guadalupe salía al mercado, me encerraba con ellos en mi cuarto. —Esta situación no puede continuar —le dije un día a Guadalupe. —Tendremos que hacer algo y pronto —me contestó. —¿Pero qué podemos hacer las dos solas? —Solas, es verdad, pero con un odio… Sus ojos tenían un brillo extraño. Sentí miedo y alegría. La oportunidad llegó cuando menos la esperábamos. Mi marido partió para la ciudad a arreglar unos negocios. Tar9


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daría en regresar, según me dijo, unos veinte días. No sé si él se enteró de que mi marido se había marchado, pero ese día despertó antes de lo acostumbrado y se situó frente a mi cuarto. Guadalupe y su niño durmieron en mi cuarto y por primera vez pude cerrar la puerta. Guadalupe y yo pasamos casi toda la noche haciendo planes. Los niños dormían tranquilamente. De cuando en cuando oíamos que llegaba hasta la puerta del cuarto y la golpeaba con furia… Al día siguiente dimos de desayunar a los tres niños y, para estar tranquilas y que no nos estorbaran en nuestros planes, los encerramos en mi cuarto. Guadalupe y yo teníamos muchas cosas por hacer y tanta prisa en realizarlas que no podíamos perder tiempo ni en comer. Guadalupe cortó varias tablas, grandes y resistentes, mientras yo buscaba martillo y clavos. Cuando todo estuvo listo, llegamos sin hacer ruido hasta el cuarto de la esquina. Las hojas de la puerta estaban entornadas. Conteniendo la respiración, bajamos los pasado-

res, después cerramos la puerta con llave y comenzamos a clavar las tablas hasta clausurarla totalmente. Mientras trabajábamos, gruesas gotas de sudor nos corrían por la frente. No hizo entonces ruido, parecía que estaba durmiendo profundamente. Cuando todo estuvo terminado, Guadalupe y yo nos abrazamos llorando. Los días que siguieron fueron espantosos. Vivió muchos días sin aire, sin luz, sin alimento… Al principio golpeaba la puerta, tirándose contra ella, gritaba desesperado, arañaba… Ni Guadalupe ni yo podíamos comer ni dormir, ¡eran terribles los gritos…! A veces pensábamos que mi marido regresaría antes de que hubiera muerto. ¡Si lo encontrara así…! Su resistencia fue mucha, creo que vivió cerca de dos semanas… Un día ya no se oyó ningún ruido. Ni un lamento… Sin embargo, esperamos dos días más, antes de abrir el cuarto. Cuando mi marido regresó, lo recibimos con la noticia de su muerte repentina y desconcertante.

El número 81 de la serie Material de Lectura de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), de acceso libre, incluye varios de los cuentos más representativos de Amparo Dávila. http://www.materialdelectura.unam.mx/index.php/176 10


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CALLE PREDICADORES

RELATOS

Alejandro Garaizar – Las aventuras del imprevisor Dr. Klausen ...........................................................................13 Carlos Enrique Saldívar – El ataúd de hielo ....................... 14 Luisa Horno – Color prohibido .......................................... 21 Ignacio Urtiaga – Uno di noi ...............................................23 Gleiber Alvarez – El encuentro ...........................................27 María Jesús Briones – Estoicismo ....................................... 28 Pablo Núñez – La luna del capitán ...................................... 31 Patricia Richmond – Las brujas de la noche ....................... 35 Enrique Mochón – Entre la vida y la muerte ......................42 Manuel Menéndez – Plan perfecto .....................................46 Raúl Garcés – El corazón delator ........................................ 48 Héctor García – Terapia epistolar ....................................... 49 Juana María Igarreta – Don Quijote en la biblioteca ......... 54 Ángel Saiz Mora – La broma definitiva .............................. 55 Luis J. Goróstegui – Chicago, años 30 ................................ 57 Ricardo Alberto Bugarín – Clase magistral ........................62 Silvia Zuleta – Recorte de artículo periodístico rechazado para su publicación .............................................. 63 Pepe Sanchis – Running ...................................................... 69 Héctor Núñez – El pozo ..................................................... 71 Héctor Daniel Olivera Campos – Monstruos de feria ....... 74 Manuela Vicente – La luna en la calle Bailén ...................... 80 Carmen Hinojal – Crisálida ................................................ 82 Luisa Hurtado – Protección de testigos .............................. 89 Carolina Saavedra – Cómo te echo de menos .....................90 Raúl Ariel Victoriano – El valle del sueño ......................... 92 Laura Vicente - Quise ser buena y no lo fui ........................ 99 11


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Felipe Cárcamo M. – SUB .................................................101 Sonia Serna – Bendita tormenta ........................................ 107 José Antonio Barrionuevo – Sin miedo escénico .............. 110 Eduardo Martín Zurita – A muerte ..................................111 Luis Antonio Beauxis Cónsul– Hijos de la luna ...............117 Iñaki Ferreras – Un hombre acartonado ........................... 122 Esperanza Tirado – Guardiana del Agua .......................... 127 Enrique Angulo – La conferencia de prensa ......................130 Armando Cervantes – El laberinto ................................... 135 Benjamín Recacha – La playa de Amió ............................. 138 Carmen Martínez Marín – Escrito en verano .................. 148 Isidro Moreno – Cíborg-amante ........................................ 150 Plinio el Bizco – Memoria sigillata .................................... 151 José A. García – Enemigos del hombre ............................. 155 Cristina Aguas – El chico más pálido del recreo ............... 162 Manuel Serrano – Presidio experimental .......................... 170 Jean Durand – La cometa .................................................. 175 Esparvero – Mundos ..........................................................1 77

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Las aventuras del imprevisor Dr. Klausen Alejandro

Garaizar

TRAS décadas de investigación logró viajar, exultante, al año

2014. Todos lo habían dado por desaparecido en su laboratorio. Su mujer estaba con otro, sus hijos necesitaron terapia y le llevó meses de papeleo reinsertarse en la sociedad. Nadie creyó jamás su historia. Obstinado, investiga ahora cómo viajar al pasado. Cuando el artefacto estuvo listo, irrumpió en 2007. En casa los niños lo llamaron "viejo" e insistieron en visitar Egipto, viaje que ya había sufrido hacía seis años. Escaleras arriba escuchó a su mujer yaciendo consigo mismo. Entonces comprendió, contrariado, que debía hallar la forma de regresar a su tiempo. De vuelta en 2013, el científico comprobó la fecha aliviado. Oyó pasos. ¡Era él mismo! Su otro yo irrumpió asustado en la habitación, empuñando una pistola. "¡Espera, no dispares!". Presa del pánico, abatió al doctor visitante y, tras meditar la situación, se introdujo sin remedio en la máquina recién acabada. Alejandro Garaizar (San Sebastián - España) 13


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El ataúd de hielo Carlos Enrique

Saldívar

Esta pesadilla nunca termina...

ESTO es horrendo. No puedo imaginar lo que gritan mis poros, no puedo concebir una sola idea lúcida en mi mente, mis células piensan por mí; ya no razono, mi cuerpo parece correr y escapar a gran velocidad dejando mi mente solitaria en este crudo vacío. Mis defensas se activan para no ser destrozado por una espada de hielo. Hielo, tan frío que me quema el cuerpo. Recuerdo hace tantos meses, años, las conversaciones que tenía con mi familia, cuando me decían que era peligroso abrir un refrigerador; daba miedo, es cierto, no puedo evitar hoy sentir temor ante tal fuerza congelante, mi naturaleza enfermiza me hizo proclive a desfallecer ante las más mínimas manifestaciones húmedas, por ello no podía entrar nunca al cuarto de la despensa, nunca debía ingresar ahí a sacar algún tipo de alimento, me estaba vedado, aun si muriera de hambre; tenía que comer fuera de casa, no podía abrir la puerta asesina y sacar leche, vegetales o pollo, no podía ingerir ningún alimento cuya temperatura bajara de ocho grados, ¿puede alguien imaginar cómo se sentía un niño de diez años ante tal abominación del destino? Es terrible, mi cuerpo actúa con repelencia. Es lamentable. Siempre ha reaccionado muy mal ante el frío. Nunca helados de crema, nunca postres gélidos, nunca bebidas heladas. Podía vivir así, pero el tiempo pasa, y tuve que mudarme en varias ocasiones. Siendo el hijo menor de cinco hermanos, me prodigaban siempre muchos cuidados, aunque todo tiene su límite. En esta tierra desesperanzada pude, con el tiempo, llegar a una zona calurosa, apta para individuos como yo, una zona en el norte llamada Chosica, ahí pude tener una adolescencia casi normal, aunque de vez en cuando me resfriaba. La gripe, la mucosa que quiere salir a toda costa de la 14


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nariz, y claro está, las noches terribles en las que me peleaba contra la flema y la carraspera. Todo por no haber recibido la vacuna correcta, por culpa de unos padres poco interesados, con demasiadas responsabilidades, con demasiados hijos. Pude sobrevivir la adolescencia y llegar a la juventud teniendo problemas con el frío de vez en cuando; incluso cuando estaba con una chica, con aquella hermosa chica, el frío me atenazaba y la incomodaba mucho el maldito sonido de mi nariz. La besaba y de pronto aquel sonido la hacía sentir repugnancia y se alejaba, era obvio que mi vida no tenía sentido así, la odiaba, era horrible... mi vida era horrible... era una mierda... pero ya no lo será. Puedo asegurar que mi existencia llegará a su término muy pronto. Encerrado en este lugar, intento sacudir mi contraído cuerpo, mas no puedo, solamente he de ceder ante el frío... y correr, correr en mis sueños... sacudiéndome… ssssaaccuuddiiéénnddoommeeee… pues estoy demasiado aterrado, debo crear calor, mucho calor, mis gritos se ahogan y no puedo liberarme, no consigo salir, el glacial aire llena cada uno de mis átomos, muy pronto estos dejarán de bailar dentro de mi triste citoplasma. Dentro de poco todo llegará a su fin. Tuve un sueño ayer en mi cumpleaños número dieciocho. Me sentía contento porque no tenía nariz, me la había cortado de tajo y, por ende, los problemas respiratorios se habían terminado; fue una tontería, esta pesadilla nunca termina, solo empeora, ayer fue un sueño en el que corría sin pensar, mi cuerpo no me obedecía, yo corría desesperado, sin mirar atrás, sabía que llegaría mi muerte, y mi cuerpo, razonando por sí mismo, huía, hasta que sentí el fuerte frío, el inmenso congelamiento en mi nuca. Había atrás de mí una avalancha.

Ya no vivo con mis padres, me mudé con mi hermano mayor, Igor, a su casa, la cual él comparte con su enamorada Flor. Es bonita, recuerdo que una vez, cuando él no estaba, ella salió de la ducha cubierta con una toalla, se había bañado con agua caliente, eso me atrajo; me atrajo demasiado, el calor de su cuerpo, siempre he encontrado refugio en el calor, por eso accedí sin dudar cuando ella se quito la escasa toalla que la cubría y se acercó a mí… Hace una semana me quise ir de ahí, Flor me hostigaba demasiado, además mi hermano empezaba a sospechar de su infidelidad. Ya es tarde, ya no me podré ir, pues, ¿cómo puede explicarse lo que me ha ocurrido ahora? Grito, pero nadie me oye. Igor y Flor deben haber salido muy temprano. Ha de ser mediodía, y sigo aquí. Esta máquina, ¡maldita máquina!, ha sido vaciada, en definitiva, para que yo pueda caber dentro. Alguien, ¿quién?, lo ha hecho para encerrarme. Ya se ha ido la luz del sol, lo sé, no puedo explicar cómo. Ayer, debí irme ayer... Empero, decidí quedarme una noche más, el amanecer era más propicio para viajar. Hoy he despertado aquí, y no puedo explicar por qué. Hace horas que estoy aquí dentro. Mi nariz se ha irritado... muy pronto estallará. No tengo nada a la mano, solo una placa filuda que se desprende del fondo de esta lata, podría arrancarla y podría intentar salir cortando, rajando, aunque en esta posición fetal me es muy difícil, debo moverme, puedo intentar hacer caer todo, pero no se mueve, esta caja es grande y pesada, mi hermano es carnicero, la usa para colocar todo tipo de fiambres, tiene poco más de dos metros por dos, no es tan enorme para mí, pero queda claro que se me hace demasiado difícil escapar, no escaparé... nunca saldré de aquí. No es por el tamaño del refrigerador, es que es hermético. 15


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Mi hermano y sus historias, siempre me molestaba de niño con el frigorífico ubicado en un cuarto especial de refrigeración, un día me amenazó con encerrarme ahí, era grande el espacio, allí guardaban varios kilos de carne, recuerdo que tenía pesadillas con ese lugar, era la idea más cercana que, a mis ocho años, yo tenía del infierno, y mantuve esa imagen durante toda mi corta vida. Cuando vine a vivir con Igor, cuando mi padre enfermó y perdió su casa, mi casa, pude ver aquí un cuarto de despensa muy parecido al de mis malos sueños. Aquí estaba el enorme refrigerador blanco, el color de la muerte. Nada de luz, puro hielo dentro. Me mantuve alejado, no soy de esos que se despiertan a medianoche a coger algo de allí, nunca lo fui, ni lo seré, abro el frigorífico y salen criaturas espantosas que me quieren introducir a su mundo de eterno hielo, me abrazan con sus garras y me arrancan la nariz. Tengo miedo, el aire se terminará pronto aunque este mecanismo gélido podría terminar incluso antes conmigo. Congela con gran rapidez, grito, tiemblo, tirito, mi cuerpo se cubre de espasmos y mi nariz bota líquido, estoy blanco, helado, el congelamiento avanza y yo estoy aquí, en estado fetal. No obstante, hago el esfuerzo de salir, y no puedo abrir con mi escasa fortaleza la puerta del refrigerador, he amanecido aquí dentro, pensé que era una pesadilla más, pero no es así, ¡he despertado adentro del refrigerador!, este ha sido vaciado y es imposible abrirlo desde adentro. Ahora que lo pienso, es normal que se halle vacío, Igor lo limpia los domingos. Aunque, meditándolo mejor, él me comentó que vendería su mercadería, porque tenía que irse a la provincia, eso significa que dejó vacío el trasto un día antes. ¡Maldito, fuiste tú! ¿Qué me has hecho mientras dormía? Claro, se las arregló para doparme y meterme 16

aquí dentro, me ha encerrado incluso con una palanca para asegurar la entrada, y al mismo tiempo ha activado el sistema de congelación. ¿Y Flor? ¿Qué ha sido de ella? No sabe nada, con engaños Igor la sacó temprano. Sin embargo, ¿por qué se ha arriesgado así? Él no tiene coartada, cuando yo muera, Igor será el sospechoso número uno. Debo salir como sea, encontrar a ese bastardo de Igor, y vengarme, aunque ya es tarde. Han trascurrido varias horas, lo sé. No tengo fuerzas, mis pulmones respiran aire helado, mi única esperanza es sacar la placa metálica e intentar cortar el costado de la puerta, aunque eso sería inútil. ¡Esto es una estupidez, por más que intente rayar el metal durante toda mi vida nunca podré agujerear! Quizá logre causar un cortocircuito y detener el congelamiento hasta que alguien me encuentre. Ayer tuve otro sueño, muchos sueños, sueños de hielo. ¿Qué haré? No tengo la más mínima idea. Moriré en este ataúd de nieve, es idiota pensar que lograré escapar de aquí ayudado con una placa de metal; aunque ya la he arrancado, me doy cuenta de que en realidad es la punta de un filudo cuchillo que debe haber quedado atorada hace algún tiempo en el fondo de este sitio, y quedó cubierta por cubos de hielo. Ese Igor, qué tonto fue, qué tarado, me dejó la única oportunidad de escapar de aquí, debo cortar el área indicada, no todo está perdido, aún puedo salir. Lo intentaré, mientras tanto, me muevo desesperadamente en este gigantesco frigorífico sin ningún resultado positivo. No sé qué hacer en este momento para escapar. Pierdo poco a poco la noción de la realidad. Entretanto, recuerdo el otro sueño de ayer. Al mismo tiempo que corría también caía en un abismo y era sepultado vivo en un sarcófago entre las nieves más heladas de mi país, Perú.


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Escuché de pronto un grito. Era Flor. Un doloroso grito. No entiendo por qué no me importó aquello, ella nunca me importó. Igor debía saberlo, se enteró de algún modo y de seguro le sacó la verdad. Claro, la mató, debió encargarse de ella durante la noche y luego se encargó de mí. Igor trabajó antes como ayudante en una farmacia, tiene contactos, tiene los medios para acabar suciamente con alguien. Lo detesto, me ha condenado. Si sobrevivo, me las pagará caro, mas ya el odio no puede brindarme calor alguno. Ya casi estoy muerto. Mis fobias más terribles están aquí, todas unidas, y, aunque intento apuñalar los bordes de mi prisión, no consigo más que rasgar con inefectividad, el trozo de cuchillo es filudo, pero inútil contra esta superficie de un material especial, resistente, más denso que el plástico. No me queda de otra: me vengaré desde el otro mundo... del Infierno. Qué tontería, estoy en el infierno. Me congelo, rasgo el aire con la punta cortante, cierro los ojos, mi nariz quema. Los ojos me arden. Los cierro con fuerza. Boto de mi boca un gas blanco, es mi aliento, tengo nieve en los párpados, en todo el cuerpo. No lo he mencionado, pero me encuentro en calzoncillos, ni siquiera tengo una prenda que me proteja, con cada movimiento, con cada retorcimiento mi cuerpo roza con las paredes de hielo y se pega. Mi piel está insensible, pero puedo mover los brazos. Me río histéricamente. Si logro salir sería una excelente anécdota para mis hijos, una buena historia para los programas de noticias: un hombre de dieciocho años despertó un día dentro de una caja de hielo, dentro de un refrigerador, ¡y sobrevivió! Pero no saldré. Lo sé, estoy a punto de perder la conciencia. Los reporteros se volverían locos, mi nombre sería conocido: El hombre de

hielo, el tipo que escapó del hielo, aunque no, solo es otro sueño. Me conocerán como el hombre que murió aprisionado en un refrigerador, en pleno centro de la ciudad, este será mi ataúd, y no creo que me descubran en muchos días, semanas. Igor se ha ido de viaje. ¡Igor, sácame de aquí! ¡Flor! No sé dónde están. Nadie escucha mis alaridos, se ahogan, muero congelado. Mi sueño de la noche anterior todavía no había terminado. Recuerdo que caminaba, tambaleando, desnudo, solitario, en los polos árticos, entre animales fabulosos, gigantescos, parecidos a focas y osos polares, pero con múltiples patas y con horribles deformidades. Allí yo llegaba y entraba a una cueva helada, al fondo había una puerta, el umbral que se halla en la parte más alejada del infierno, en sus límites, donde ningún demonio entra. Ahí solo hay soledad ultra terrena, no hay fuego, aunque es igual de letal, ahí la naturaleza con su infinita potencia acaba con los mortales, que son enviados a ese sitio debido a que en vida intentaron destruir las fuerzas que rigen su destino. Ese fue mi pecado mortal. En ese instante abro la puerta como un autómata e ingreso, aparece una sirena preciosa tras de mí, monta sobre un mamut azul, ella canta con un tenue silbido, hay destellos, cae granizo, sus ojos forman escarcha, nacen flores de hielo en su cabello. ¿Flor? Eres tú dentro de esa criatura. Se ríe de mí, y me cierra la entrada. Suena un clic, una palanca, suena un botón, se enciende un mecanismo, absorbe la energía eléctrica y caigo, desciendo en un pozo helado. Despierto aquí. He podido recordar mi sueño. Ahora tendré que recordar la realidad del día anterior. No están en casa, carajo, no están, ambos huevones han salido por tres semanas. Igor me dejó dinero en la mesa. Escuché su conversación. Y sé que él oyó mis amenazas, cuando a solas le dije 17


El Callejón de las Once Esquinas

a Flor que no me prestaría más a su juego y le diría a Igor toda la verdad. Ella me rogó, me suplicó que no dijera nada, pues tenía miedo de él, la golpeaba, insultaba y vejaba. Flor me quería a mí, pero yo no la quería a ella. Le dije que me iría. Sin embargo, fueron ellos quienes salieron de casa, a Igor lo han destinado a Moquegua, para supervisar algunas cosas de la empresa para la que trabaja. Flor se quedaría aquí, conmigo, un par de semanas o una semana al menos antes de unirse a él. Pero ella ha cambiado de parecer, por lo visto. Ahora lo entiendo, fui yo. Fui yo quien entró aquí, en el sueño, y ella lo sabía. Imbécil de mí, le había contado mis pesadillas, mis temores, mi horrenda repulsión al frío y pensé que lo había comprendido. Igor también debió contárselo. Ella me siguió, me vio entrar por mí mismo y me dejó aquí, ¿por qué? ¿Por rechazarla? Tanto mal puede haber en el corazón de una mujer despechada. Me las pagarás cuando salga de aquí, Flor. ¡Me las pagarás, puta! Mi corazón me arde, no soporto, quiero salir, mucho frío, ¡mucho frío!, no aguanto. Mi garganta me arde, es horroroso, mi nariz parece que va a estallar, toso, estornudo, boto saliva con sangre, ¡sangre! Mucha sangre. Demasiada sangre. Es algo tremendo. Agarro por enésima vez la punta filuda y golpeo, rasgo los contornos del maldito ataúd de hielo donde me he refundido en vida. No puedo hacer nada, estoy bajo la tierra de la eternidad, en un mundo perdido entre icebergs, donde gobiernan animales innombrables, níveos, y en algún lugar de este universo la sirena de la maldad y el engaño, montada en su enorme saña, se ríe a carcajadas de mí. Lo pagará. La odio. Me odio. Mi maldita nariz. No lo soporto. Fallezco. Quiero morirme de una vez. Mi nariz bota sangre. Me congelo. Pierdo la razón y todo lo demás. Cojo la punta, me sangra la mano... me 18


Número 5

apuñalo en medio del rostro... no me duele. He escuchado una especie de CRACK en mi cerebro. Mi nariz cae encima de mi hombro. Al menos una parte de ella. Lo más aterrador está por venir. Se acelera el proceso de congelación. Se ve blanco... todo… *** —¿Qué hora es? —preguntó la joven acurrucada con dulzura en el hombro de su novio mientras observaba con nostalgia el paisaje que parecía deslizarse fuera del microbús. —Son las ocho de la noche, dentro de poco llegaremos al hotel —respondió él con un gesto de pensamiento perdido. —Ojalá lleguemos pronto, porque me siento bastante inquieta. —Quiero decirte algo, Flor —dijo el joven mirando de reojo a su novia, quien mantenía una cansina expresión en su mirada—. Lamento haberte cacheteado ayer... es que me hiciste enojar tanto... pensé que tú y mi hermano... Perdóname, por favor. —No te preocupes, ya lo hemos hablado todo el día y ya lo hemos solucionado —respondió ella, cerrando los ojos. Bostezó. —Es que pensar que tú... discúlpame. En verdad te amo... el pensar que tú y el atorrante de mi hermano... eso me volvió loco... nunca me imaginé ser tan celoso. —Está bien —dijo ella tomándolo del rostro con ambas manos y besándolo varias veces—. No volvamos a repetir todo eso nunca más, necesitamos todo el tiempo que te has tomado para estar a solas conmigo, eso bastará... —Catorce días, y te demostraré que te amo y... —Shhh... Sí, amor, estaremos juntos, espero que todo salga bien. Abrázame, bebé, me gusta sentir tu calor.

—Y a mí el tuyo —el joven rió—. Soy una bestia, ¿cómo pude pensar que tú y ese tonto...? En fin, ya casi llegamos al hotel. —Es que tú eres una persona muy cálida. ¿Cómo pudiste pensar, Igor, que yo podía enredarme con tu hermano, si es un chibolo nada más? —Sí, fue una tontería. El autobús ya se detiene. Prepárate... —Me gustan los hombres ardientes como tú, no como tu hermanito... tan simplones… tan monses… tan... no sé cómo decirlo. —Si no fuera así, si fuese caliente, como yo, ¿sí me hubieras engañado? —Tontín, no hay nadie en el mundo que se pueda comparar a ti. Eres único. —Lo sé —él se rió—. Moquegua, aquí estamos al fin. Menos mal que le dejé una carta a Iván y dinero sobre la mesa, así no tendrá que preocuparse por buscar otro lugar, tiene dos semanas para cuidarme la casa, y hasta podría buscarse un buen trabajo en estos días. Por cierto, el cuarto de despensa quedará clausurado hasta que regresemos. Eso de levantarme a las cuatro de la mañana e ir al trabajo a diario para realizar tantas labores me resultaba tan... —Sí amor, era tan fastidioso, pero ya estamos aquí, y no veo la hora de llegar al hotel. —¿Para dormir, Florecilla? —Para divertirnos, alejados de la jodida ciudad. —Se ha detenido el bus, bajemos. —Listo, pero... ayúdame, que estoy adormecida. El joven la apoyó mientras se reía, pues ella parecía una estatua que de pronto empezaba a moverse; la chica sonrió a su vez cuando se paraban en el pasadizo del transporte. —¡Que gracioso! —dijo el joven en tanto la chica lo miraba estupefacta. —¿Qué pasa? —preguntó ella, sorprendiéndose. 19


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—Parece que conocieras bien a mi hermano para decir lo que decías. ¿Qué mencionaste de él acerca de su manera de ser? Que era monse... ¿Qué más? —¿Cuál es la palabra? Desabrido, muy seco... muy... ¡frío! Eso, tu hermano Iván es muy frío. Eso no me gusta de él. Tenerlo como cuñado va a ser para mí un verdadero sacrificio. —A nadie le agrada él, ya te dije, tiene hielo en el cerebro. Así ha sido desde niño y así morirá —ambos cogieron sus equipajes—. Te voy a contar algo, la noche que saliste con tus amigas, hace semanas, el muy baboso se emborrachó, se calateó, prendió el frigorífico, se metió dentro, se hizo espacio entre los fiambres, y cerró la puerta. Creo que se disponía a dormir allí, ¿te imaginas? ¡Dentro del refrigerador! Menos mal

que por pura casualidad fui a revisar el sótano, lo hallé y lo saqué. ¿Te imaginas qué hubiera pasado si yo no aparezco? —¡No te puedo creer lo que me cuentas! ¿No tienes miedo de que lo haga de nuevo? —La verdad no me importa. Nunca me ha caído bien ese bruto. Tranquila. Por si acaso, puse una palanca en la manija de la puerta de la nevera; no podrá abrirla si repite su gracia. Al escuchar estas palabras, la joven dejó de sonreír, abrió los ojos y miró con fijeza por la ventana, una corriente de aire se deslizó de pronto y le hizo sentir un escalofrío violento. «Qué frío hace». Enseguida repitió para sí misma con una voz temblorosa: «Qué frío».

Carlos Enrique Saldívar Rosas (Lima - Perú) Facebook: carlosenrique.saldivarrosas Blog: fanzineelhorla.blogspot.pe

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Número 5

Color prohibido Luisa

Horno

Lo que no le gustaba, fuera lo que fuese, no se mencionaba nunca más y en paz...

MI madre nos prohibió nombrarlo.

Podíamos decir cualquier otro color, incluso ciclamen o magenta, tan raros, pero ese no. Fue el día de su discusión con tía Merche, cuando las dos gritaban como nunca las habíamos oído. Creímos entender que la tía acusaba a mamá de estar... bueno, biliosa de envidia porque le gustaba el novio nuevo de Merche, le gustaba más que papá. Estábamos acurrucados en el pasillo, detrás de la puerta, en silencio absoluto, pero el tonto de Manolo tuvo que hablar: ¿Os imagináis a mamá de ese color? Como los muertos... Se hizo un silencio en el salón y de repente mamá abrió la puerta, toda colorada, eso sí lo puedo decir, y con los ojos de furia que sabía poner.

Aquello nos costó una semana sin tele y por supuesto la promesa de no volver a nombrar el dichoso color. Para los pequeños era superdifícil, porque basta que te prohíban decir una cosa para que se te ocurra a todas horas. Pero tuvieron que acostumbrarse, porque mamá sólo tenía una religión: lo que no le gustaba, fuera lo que fuese, no se mencionaba nunca más y en paz. En casa, mantener una conversación normal y variada a la hora de comer era todo un reto. Mi padre tampoco colaboraba mucho, lo más que le oí decir en esos años fue ya ya, bien, mmmm y ¡basta!, desde detrás del periódico. Mis hermanos y yo hacíamos listas con las cosas que no se podían decir y las repasábamos varias veces. Creo que 21


El Callejón de las Once Esquinas

eso contribuyó a que fuéramos bastante buenos estudiantes. Yo, por ejemplo, tenía la suerte de que me apasionaran las palabras, leerlas y escribirlas. Pasaba horas consultando el diccionario, buscando palabras distintas que quisieran decir lo mismo y que se llamaban sinónimos. Los coleccionaba, pues me daban la posibilidad de mencionar lo prohibido sin que mi madre se diera mucha cuenta. Aunque algunos eran muy difíciles y los pequeños no se enteraban de nada. Además, en el caso concreto del color prohibido —fue el único, menos mal— muchos de sus sinónimos eran demasiado previsibles: áureo, gualda, dorado, rubio... y no los podíamos usar, porque mi madre también leía de vez en cuando y tenía un vocabulario bastante amplio. Unos años después yo era de los Beatles, pero ni siquiera me pude comprar el disco de Yellow Submarine hasta que me fui de casa y atesoré mi propia discoteca. Creo que no se lo pude perdonar a mi madre. Vaya vida, años enteros diciendo delante de ella ambarino, azafranado, cobrizo, y recibiendo a veces gestos raros de pues-no-he-entendidonada. Mi padre desapareció cuando los pe-

queños ya iban al instituto. No es que muriera; según mi madre, se fue de viaje, por un cambio de destino en el trabajo, y no volvió nunca. Tuvimos que añadir la palabra destino a nuestra ya larga lista. Pasado un tiempo, los hijos recibimos por correo electrónico una foto de papá con barba gris acompañado de una sonriente señora pelirroja, que por supuesto no enseñamos a mi madre. Para entonces mamá ya no se hablaba con casi nadie; ni con su hermana, que era su única familia, desde aquel día de la envidia. Ni con los amigos antiguos y los vecinos, que la rehuían por la mirada terrible que les lanzaba cuando se les escapaba alguna palabra prohibida. Pero ella parecía incluso feliz y conformada. Le bastaba con que en casa no habláramos de lo que no quería oír. Vivió largos años dentro de una cápsula transparente, observando lejana cómo sus hijos emprendíamos otros caminos en los que por fin podían utilizarse todas las palabras. El día que murió, de camino a su casa, compré dos elegantes vestidos ictéricos para su funeral. Para ella y para mí. Amarillo, por fin.

Luisa Horno (Zaragoza - España) Blog: ludovicahd.blogspot.com.es

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Número 5

Uno di noi Ignacio

Urtiaga Retomarás el paso sin una dirección definida...

AÚN aturdido mirarás a tu alrededor. La multitud

eufórica seguirá aplaudiendo a los jugadores que, desde el centro del campo, responderán con cánticos a la grada tras el ansiado ascenso. Instantes después, serás arrastrado por una riada de gente, llevado casi en volandas hacia los vomitorios, precipitado por las escaleras como en una procesión sin pasos al hombro, como si de un aquelarre se tratara, arrastrándote hacia el temido sacrificio. Ni rastro de Mauro. Casi sin darte cuenta habrás atravesado las puertas del estadio y decidirás esperar fuera. Diez, veinte minutos. Tu amigo seguirá sin aparecer, y la multitud habrá dejado en la explanada cientos de restos inanes simulando un naufragio en la alfombra de asfalto. Resignado, reemprenderás el camino hacia tu casa. Será por culpa del cierzo, o por andar aún dándole vueltas a la cabeza pero, a los pocos minutos, te invadirá la sensación de haberte perdido. La ciudad te 23


El Callejón de las Once Esquinas

mostrará su cara oculta, la que convierte las ventanas cerradas en ojos que te miran, las aceras vacías en corredores angostos y las calles sin coches en una extraña suerte de Oberbaum, donde nunca sabes si lo que te espera es mejor que lo que has tenido. Oirás aumentado el sonido de tus pasos, reverberantes como eco en una inmensidad urbana. Volverán las taquicardias y la inseguridad, mientras tratas de acompasar la respiración, de amortizar las clases de yoga y las minutas de la psicóloga, mientras avanzas en busca de una referencia que te haga orientarte, que sacuda de golpe esta irrealidad para devolverte a esa otra realidad, la que es odiosa pero palpable. Respirarás hondo. Una y otra vez. Se aclararán los ojos, podrás leer en el desgastado letrero de azulejos: «Callejón de las once esquinas». Rebuscarás en tu desmembrada memoria tratando de situar la referencia en un mapa abstracto de esa ciudad que llevas desgastando con tus pasos desde hace poco más de veinte años. Te sonará tan familiar como lejana, pero te dará la suficiente esperanza como para seguir buscando, como para pensar que no estás tan lejos de pasar esta crisis, de lle24

gar a casa y preparar una manzanilla con los pies encima del sofá. Haciendo acopio de las últimas fuerzas y la valentía que presupone la inconsciencia propia de la edad apretarás el paso, firme, esperando que al doblar la próxima esquina la gente se halle celebrando en una fuente el ascenso, y te abrace y puedas unirte a sus infinitos cánticos. Pero no hay suerte. Al salir a la calle principal volverás a ver una casa de ladrillo triste, con las persianas bajadas. La misma que viste hace un rato, al salir del estadio. Comprenderás que estás soñando, que no es posible que hayas dado la vuelta ni que andes tan desorientado como para regresar al lugar del que has partido. ¡Es un sueño! ¡Es solo un sueño! ¡Solo tienes que despertar! Retomarás el paso sin una dirección definida, a la espera de que un precipicio insolente, o un solitario coche, su frenazo y su golpeo un tropiezo en algún escalón salido de la nada, te despierte. Avanzarás sonriente, combinando carreras con saltos, arrastrando las yemas de los dedos por el ladrillo mudéjar, solo para sentirte vivo. Solo por ver si alguna de esas irregularidades consi-


Número 5

gue hacerte despertar. Sin suerte. Un momento después, por fin, te darás cuenta de que te sigo. A unos diez metros de ti. En uno de tus giros en el aire me verás. Te sentirás estúpido y volverás, como al principio, a mirar la alternancia de las puntas de tus pies recorriendo el espacio adoquinado en una velocidad constante. Sentirás que aquel eco de tus pasos no eran más que los míos empeñados en doblar los tuyos. Siempre a la misma distancia, detrás de ti. Acelerarás el ritmo esperando perderme. Esperando dejarme atrás. Entonces te llamaré por tu nombre. No una, sino tres, cuatro veces. Las suficientes para que pongas tus manos en los oídos y corras, corras lo más rápido que puedes, con los ojos entrecerrados, volteando precipitado una, dos, once esquinas, sin conseguir tu objetivo. Con la respiración alterada, casi exhausto, te apoyarás contra la pared, doblando la cintura, viendo mis pies acercándose por la acera. Alzando tu cara al fin para corroborar con horror los rasgos que delimitan mi rostro. Pero, por suerte, los sueños ofrecen puertas que la realidad ni imagina, y frente a ti, resplandecerá el cartel de un pub, un antro o similar que parece abierto, esperándote, con un insistente rótulo de neón que parpadea dibujando la palabra «OPEN» encerrada en una flecha que señala la puerta. No me darás tiempo a hablar contigo. A decirte la verdad. Como poseído por la última de tus almas te precipitarás a su interior. Será un garito oscuro, con las cáusticas luces rojas y azules desparramándose por una larga barra de aluminio abarrotada de siluetas que se entrevén en la niebla que produce el humo de los cigarrillos. Nadie reparará en tu presencia, como si la música se hubiera tragado todos los sonidos que acompañan tu entrada. El chirriante de la puerta, el

entrecortado de tus espiraciones y la percusión frenética que habita en tu pecho. Sacarás fuerzas de flaqueza para caminar hacia la barra y percibirás un cambio de actitud en todo lo que te rodea. Por primera vez en la última hora te sentirás bien. Erguido, tranquilo, sortearás a los individuos que se desgañitan destrozando una vieja canción de los Héroes. La menuda chica de los ojos gigantes te obsequiará con una sonrisa dulce cuando pases a su lado. El calvo barbudo de anchas espaldas te cederá sitio para que puedas pedir. El camarero, vistiendo la clásica camiseta negra de LEVI’S, adecentará sonriente la superficie de la barra con un trapo, a la espera de que decidas tu consumición. Con una copa en la mano, anclado ya en un lugar preferente del bar, vigilarás la puerta con la esperanza de que me haya olvidado de ti. Cuando hayas alcanzado el suficiente nivel de seguridad te dedicarás a escrutar en derredor el comportamiento del heterogéneo grupo de clientes del local. E irás tomando conciencia de la situación. Cuando las dos chicas de la mesa del fondo hablan en susurros, obviamente de ti, y te lanzan miradas complacientes; el grupo de cantores te dedica el estribillo de la canción; el armario con barba de la barra te invita a brindar y la chica de mirada de personaje de manga se cuelga de la tuya y alcanza a darte un beso, y te sientas pletórico, sabrás que todo sigue siendo irreal. ¿Estarás recreando en tu mente lo que quieres que pase a tu alrededor? ¿O serás tú lo falso entre tanta realidad llena de tópicos? No podrás evitarlo y te obligarás a salir a la calle. A dejar aquel sitio de ficción y buenrrollismo. A cambiarlo por el amenazante exterior. Casi arrastrando a la chica que se niega a dejarte escapar, asediado por los abrazos de colegueo de los demás, te abrirás paso en25


El Callejón de las Once Esquinas

tre el personal para llegar a la puerta, alcanzando el exterior con el suspiro de alivio de quien orina tras un tiempo sin poder hacerlo. Y me verás. Correrás desesperado por las callejas tratando de perderme, tratando de perder también a la chica, al barbudo, al grupo de colegas, a las jóvenes del rincón, que corren tras de ti como si acabaras de atracar la joyería de la esquina. Desesperado, durante un rato, todo lo que da tu escaso fondo físico, hasta acabar derrotado. Te sentarás en el suelo, viendo cómo nos acercamos. Sumergirás la cabeza entre las manos. Y llegaremos todos a tu altura, y la chica del bar te besará la frente, te acariciará el hombro, y levantarás la vista y encontrarás lágrimas resbalando por sus

mejillas. Y te abrazarán, te agasajarán, dándote ánimos con la mirada, mientras sigues sin entenderlo. Entonces verás cómo los ojos de la chica se vuelven rojos como la sangre y un resplandor azul en forma de aura envuelve al barbudo, cómo empieza a aparecer vello por otras partes de su cuerpo y sus músculos crecen sin parar, y cómo las sonrisas de los otros se adornan con colmillos inquietantes… Y te hablaré. —¿Desde cuándo conoces a Mauro? Un par de meses, quizá. ¿De verdad lo conoces? Es evidente que no. ¿Por qué lo acompañaste al fútbol? Piensa, piensa un momento. ¿Por qué os empeñáis en pensar que todo el mundo tiene buenas intenciones? Y allí, ¿te abrazó? ¿Igual te besó? Es lo habitual en estos casos. Sé que no es fácil distinguirnos, pero en esta situación no tengo más que darte la bienvenida. Llámalo el otro lado, llámalo como quieras… Ahora eres uno de nosotros. Quedarás un momento sin habla, dándole vueltas a lo que acabas de escuchar. Gritarás, gritarás hasta no oír más que tu grito. *** ¡Goooooooooool! Despiertas con un sobresalto. Maldito sueño. Tardas un instante en reconstruir la situación de lugar. Estás en el estadio. El gol acaba de despertarte. Respiras aliviado. Entonces, alguien se cuelga de tu cuello llevado por la efusividad, te abraza y te besa. Aciertas a volver un poco la cabeza. Es Mauro. Aún aturdido miras a tu alrededor…

Ignacio Urtiaga (Leganés, Madrid - España) Twitter: @IgnacioUrtiaga

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Número 5

El encuentro Gleiber

Alvarez Todavía se parece a mí...

LA primera vez contemplé mi cadá- de las muchas estaciones desde la última

ver como todos los hombres. Con los vez que lo vi, de los olivos que habían años, lo encontré en el mismo lugar; crecido cerca de él— todavía se parece a yacía con la antigua lozanía al cielo, mí. aunque a unos pasos de un bosque de Solo escuchaba la brisa. En la mancha que dejó en el polvo, olivos. unos destellos llamaron mi atención. Apenas vi unas escoriaciones en sus brazos y quise buscarle un mejor sitio Era una trinca de discos apenas más grandes que una dracma; no diré que antes de que cayese el sol. Una pira de varios días habría sido fá- eran iguales, porque unas líneas muy ficil con tanto pedernal en la tierra. Tam- nas los diferenciaban, duros como piebién pensé: «Si ya cargo con este dras, al fondo de mis manos. muerto, ¿para qué complicarlo?» A los Yo no entendía, siempre lo supe sin cuatro vientos solo había llanura levan- égida y ahora estas piezas arrojaban luz tando polvo y la arboleda, toda presta a a mi cara. Acaso si lo hubiese levantado aquella vez… Como no había visto nada lo que quisiera hacerle al muerto. Cuando lo hube tomado, quise juntar parecido, me apresuré a envolverlos con la broza para una yacija, pero lo recosté el retal de cuero que había hallado a poen uno de los troncos de la orilla. Y me cos pies. Dejé el muerto y partí. pregunté, mirando a sus ojos, si lo trata- Al voltear, ya no distinguía a la arboba bien porque temía que se levantase y leda del horizonte. tentara en mi contra o porque —a pesar Gleiber Alvarez (San Carlos de Austria - Venezuela) Blog: www.panfletonegro.com/v/author/gleiber-alvarez 27


El Callejón de las Once Esquinas

Estoicismo María Jesús

Briones

Esto es el futuro sin presente... No, no, señor Pérez-Estoico, no lo compro. Es producto caducado. Productos como el que usted representa son causantes del actual momento económico: crisis, recortes, eres. ¿Adónde va a ir? La calle es muy grande, señor Pérez-Estoico. Allí caben su experiencia, sus títulos, y con sus idiomas bien aprendidos, podrá entenderse con todos los extranjeros que allí habitan. Es muy afortunado, señor PérezEstoico, tiene dos hijos muy bien formados, en edad de trabajar. ¿Dónde? Aquí no, señor Pérez-Estoico. Esto es el futuro sin presente. No me implore, señor Pérez-Estoico, son ellos, sus hijos, quienes deben ayudarle.

Existen otros mundos que les esperan. ¡Qué orgullo, señor Pérez-Estoico, ver a sus hijos llevando sus conocimientos a la otra punta de la tierra! Puede usted tener nietos de todos los colores, porque usted, señor Pérez-Estoico, ¿ no será xenófobo, verdad? 28


Número 5

¿Puede

imaginarse un nieto artificial? Quiero decir un producto de incubadora, con todos los ingredientes humanos especialmente escogidos para formar parte de un bloque «Robótico »...

Fíjese bien en este video. Parece un ejército de soldados bien formados, esperando órdenes para ser cumplidas. Cuerpos fornidos indestructibles, inmunes y aguerridos, auténticos escudos, iba a decir humanos, pero no, de hierro, de auténtico hierro y puro acero para enfrentarse a la vida, una vida programada desde la cu... ¡Oh, no, quiero decir, desde el laboratorio «Fornogenético ». El horno de la genética, al servicio de la humanidad. ¡Qué bien suena, ¿no le parece, señor Pérez-Estoico? Mire bien la pantalla. Recuerdan las legiones romanas, dispuestas a conquistar el orbe. Son nuestros brazos, piernas y su cerebro igualado a la máquina. Y, lo más revolucionario, sin corazón que trasplantar. 29


El Callejón de las Once Esquinas

¡Cuánto

ahorro de tiempo y dinero, señor Pérez-Estoico! Sin listas de espera en hospitales ni universidades, sin pensiones, ni planes. Sólo un mando, la mano de mi telemando y… No me llore, señor Pérez-Estoico, usted ha cumplido... ya ha cumplido cincuenta años: artritis, artrosis y posibilidades mayores.

Señor Pérez-Estoico, incorpórese. Señor Pérez-Estoico, respire, respire. Señor PérezEstoico… Yo tenía razón. Está usted caducado.

María Jesús Briones Arreba (Madrid - España) Twitter: @JessMajebri Facebook: María Jesús Briones Arreba

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Número 5

La luna

del

capitán

Número 1 Una crónica de Pablo Núñez No puedo asegurarles el tiempo que durará mi periódico y cada cuánto podré sacarlo.

Dependerá de las anécdotas que se vayan cruzando en mi camino y quiera desvelar, que de todo hay y algunas es mejor dejarlas en el olvido. Espero que les guste el nombre con el que lo he bautizado. Se me ocurrió al oír la leyenda de un capitán pirata que cantaba a la luna desde un escenario construido con versos de Lord Byron. Ella, emocionada por tan bellas canciones, cuentan que lloraba estrellas fugaces. Este primer número existe gracias a un par de historias que han ocurrido en nuestro pueblo y que yo, como la única cronista del lugar, he podido recopilar con todo lujo de detalles porque siempre me encuentro en el lugar adecuado. A veces, algunas pasan desapercibidas, o prefiero no airearlas por el bien de la convivencia vecinal. Por ejemplo, podría contaros la del dentista y Manuela, la mujer del alcalde; o la del alcalde y Concha, la mujer del dentista; o ambas a la par, con los mismos escenarios y personajes, pero prefiero ser espectadora silenciosa de sus devaneos amorosos. Ellos son felices en la igno-

rancia de sus mutuos engaños y yo me siento con el poder de tener un secreto guardado. No crean que miro para otro lado. Me están regalando el argumento de un buen relato que no sé si alguna vez saldrá a la luz, mas es placentero recrear las desventuras y desvaríos de tan singular intercambio de parejas, con algunas verdades y un poco de fantasía. Se pensarán que no voy a contarles nada y tan solo quiero hablarles de mí. Me dejo llevar por mis pensamientos y, al final, acabo desenmascarando que soy una vanidosa. Lo siento; tengo ese defecto. Pero sí quiero narrarles algunas cosas que han ido salpicando el paisaje de la monotonía diaria. Seguro que les sorprenderá saber que tuvimos nuestro propio hombre lobo. Era el médico del pueblo y nunca pude precisar si se contagió aquí o ya traía en los genes el don de la transformación. Es más probable lo segundo pues, la primera vez que lo vi maldiciendo su suerte entre gruñidos, parecía que la resignación la llevaba escrita en la cara desde hacía tiempo. 31


El Callejón de las Once Esquinas

Era muy dócil. Mientras estuvo entre nosotros, no rozó ni a una oveja y se encerraba en su casa hasta que amanecía y se le pasaban los efectos. Se enamoró perdidamente de Rosaura, la asistenta del padre Nicolás, que por otra parte era experta en el arte del escapismo al tener que esquivar cada día las ágiles manos de nuestro cura: un ateo confeso que había abrazado el sacerdocio por habérselo prometido a su madre en el lecho de muerte. Al principio pensó que tiraba su vida por la borda, pero, pasado el tiempo, se convenció de que la decisión fue un acierto: a cambio de unas misas aprendidas de memoria, que repite al pie de la letra, lleva una existencia envidiable. Es el que más secretos sabe del pueblo, después de mí, gracias a las confesiones. Todos conocen que es ateo y, aún así, hay algunos que van a contarle sus pecados, la mayoría inventados, aprovechando que la penitencia que les pone es llevarle chorizos, morcillas, pollos, perdices, o cualquier otra clase de viandas. Los que más recurren a él son los trabajadores del mercado, que saben que el cura es el mejor pregonero de la calidad de sus productos, y les abastece de clientes deseosos de probar tan delicados manjares. ¿Saben una cosa? Hablando del padre Nicolás me he desviado de la historia de Antonio, el hombre lobo. Avísenme sin pudor cuando tenga estos desvaríos; es una mezcla de mi poca experiencia y de la edad, que invitan a saltar la línea de un guión y entrecruzar tramas. Les dije que Antonio estaba enamorado de Rosaura. Ella también sentía algo por él y empezaron a verse en el parque de los enamorados, a la luz de la luna: craso error. Allí descubrió Rosaura el secreto de Antonio y, aunque no escapó porque él empezó a aullar lamentos que le desgarraron el alma, y lo llevó a su casa mientras lo acariciaba, supo esa 32

misma noche que aquella relación no tenía futuro. Una vez solo en su hogar, Antonio perdió la razón y subió al campanario con un cubo de pintura. Desde allí, saltando entre constelaciones y montado en Pegaso, llegó a la luna para pintarle de negro un eterno cuarto menguante, mas su locura le trastornó el sentido de la orientación y se equivocó de lado, gastando todo el color negro en la cara oculta. Consternado por su fracaso, siguió huyendo por el universo y jamás hemos vuelto a saber de él. Al faltar el médico del pueblo, las autoridades nos enviaron a otro: un hombre afable que pronto se ganó las simpatías de todos. Sin embargo, su mujer tuvo un principio difícil entre nosotros. El día que se instaló en su casa, quiso conocer a las mujeres de los alrededores y fundar un club social femenino. Nos propuso un almuerzo, pero como era época de vendimia y, la mayoría, terminábamos la jornada al atardecer, decidió invitarnos a cenar. Vicky, que así se hacía llamar, comenzó la velada hablando, con verdadero entusiasmo, de Louis Vuitton. Nuestra portavoz, Ambrosia, le comentó que lamentaba no conocer a don Luis. En las tertulias habíamos llegado hasta la influencia que Faulkner tuvo en los escritores del boom latinoamericano, por lo que algunos autores posteriores aún nos eran desconocidos. A Prudencia se le ocurrió que podría tratarse de un personaje del Ulises de Joyce. Vicky no lo negó, aunque tampoco lo confirmó. Amalia pensó en Borges: repasó mentalmente su obra, mas no recordaba a nadie con ese nombre. Nuestra anfitriona bromeó al preguntar si Borges no era la marca de unas ciruelas, lo que provocó grandes carcajadas. Carmen, la madre de Rosaura, que se había desengañado del cristianismo desde que leyó el Antiguo Testamento,


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aunque creemos que las responsables fueron las largas manos del padre Nicolás, buscaba otra religión y, recordando que últimamente solo leía a los hermanos Singer para conocer los entresijos del judaísmo, creyó que se trataba de uno de los numerosos secundarios que aparecían en La familia Moskat, de Isaac Bashevis, o en La familia Karnowsky, de Israel Yehoshua. Vicky, después de expresar su admiración ante la capacidad de pronunciar esos nombres sin que saliera ni una pizca de saliva de la boca de Carmen, dijo que no sabía con certeza si tenían algo que ver con Louis Vuitton, pero que los admiraba por su invento porque, sin duda, sus máquinas de coser eran insuperables. De nuevo todas reímos ante una ocurrencia tan ingeniosa; lástima que después de este último chascarrillo no volviera a decir ni una palabra más. Mientras, nuestra conversación versaba sobre la aportación que Proust había supuesto para las generaciones venideras. Luego, estuvimos analizando si La Regenta era mejor o peor que Madame Bovary. También recordamos a los

cuentistas más memorables y hubo unanimidad en que, si bien Chéjov había escrito los cuentos más perfectos, Poe creó los más imaginativos e intensos. Tras dar un repaso a las grandes mujeres de la literatura de todos los tiempos, como Ann Radcliffe, Mary Shelley, las hermanas Brontë, Virginia Woolf o Patricia Highsmith, entre otras, la conversación empezó a diluirse entre silencios que auguraban que ya era hora de marcharse. Vicky nos confesó meses después que, aturdida por tantos nombres nuevos para ella, pensó por un momento si aquello no era una pesadilla o una broma pesada. Al despedirse, la encontramos algo cambiada: no parpadeaba, aparentaba tener espasmos y emitía un extraño zumbido. Entre miradas cómplices, todas creímos que estaba haciendo un homenaje a La metamorfosis, de Kafka. Ya hace tiempo de aquella primera cena y las cosas han cambiado. Ahora prefiere que la llamemos Victoria. Trabaja en la biblioteca municipal y, poco a poco, se siente más integrada gracias a las jornadas que pasa rodeada de grandes obras. De vez en cuando nos pide que le aconsejemos alguna y, aunque sabemos que las acaba sustituyendo por sus revistas de moda, nunca perdemos la esperanza de que, tarde o temprano, se deje atrapar por una buena historia. De hecho, desde que comenzó a leer Los tres mosqueteros la semana pasada, notamos que tiene mirada de aventurera y que, por primera vez, pasa las páginas de un libro con sumo cuidado, acariciándolas. Siento ser tan brusca, pero me he dado cuenta de que las palabras que me quedan para completar este primer ejemplar son escasas, y quiero aprovecharlas para despedirme. No se apuren, que yo seguiré recabando anécdotas que se salgan de lo cotidiano y se las haré llegar, intentado que mi prosa no quite 33


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un ápice de interés a los argumentos. Antes de irme supongo que tendrán curiosidad por saber quién soy. Les daré dos opciones: – La dueña de la única taberna del pueblo, donde todo lo que ocurre en las calles, acaba entrando por la puerta. – La brisa que besa cada recodo del camino. A veces me disfrazo de mujer para pasar desapercibida y, escondida en el anonimato, voy donde me lleve el viento. Tomen la que quieran, pero les aseguro que acertarán si son soñadores y creen en la magia.

Pablo Núñez (Sevilla - España) Twitter: @beodo5

Ilustraciones de la luna: Alphonse Mucha. 34


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Las brujas de la noche Patricia Richmond Como pajaritas de papel con las alas arrancadas… I LA abuela se muere. Escuché la voz de mi madre en el contestador y, aunque era algo predecible por su delicada salud durante los últimos meses, la rotundidad del mensaje hizo que, en un segundo, mi supuesta fortaleza se resquebrajara. Conduje durante toda la noche y, al amanecer, llegué a Toulouse. Los pasillos del hospital estaban fríos, pero no fue la temperatura lo que me dejó helada, sino la imagen de mi abuela, pálida, consumida e inconsciente. Con la promesa de llamarla si se producía algún cambio, convencí a mi madre para que se fuera a casa a descansar. Me senté junto a la cama y tomé su mano, apretándola con suavidad. Estoy aquí, abuela —le dije, conteniendo el llanto. Abrió los ojos, me miró y, con una inmensa sonrisa, empezó a hablarme. —Irina, Irina… —Soy Pati, mémé —así la llamaba de pequeña. Apretó con fuerza mi mano y siguió llamándome Irina, mientras me contaba algo en una lengua extraña que tomé por desvaríos de su mente moribunda. —Es ruso —me dijo la enferma acostada en la cama de al lado. —¿Ruso? Mi abuela tiene 98 años, no ha podido aprenderlo de repente. —Soy hija de moscovitas y me he dedicado a enseñarlo durante cincuenta años. No creo que lo haya aprendido

recientemente. Tu abuela es rusa y, por el acento, me atrevería a decir que ucraniana. Quedé estupefacta. Mis abuelos, Olga y Vicente, eran españoles, de Bielsa, al otro lado de los Pirineos, y se habían exiliado en Francia escapando de la guerra civil. Mientras, ella seguía hablando de esa forma incomprensible para mí. —Mémé, ¿qué dices? ¿Quién eres? Cuéntame, cuéntamelo todo. Y aquella noche, gracias a la traducción de una desconocida, escuché el relato de la vida de mi abuela materna, la comandante de escuadrilla de la Fuerza Aérea Soviética, Olga Zhigulenko. 35


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Nací en Kiev en 1916. Mi madre, filóloga, me transmitió su amor por las lenguas romances y, desde pequeña, estudié español, francés e italiano. De mi padre, ingeniero aeronáutico, heredé la pasión por todo lo que tuviera que ver con los aviones. Vivíamos en un apartamento del Instituto de Aviación Civil, donde mi padre enseñaba mecánica. Mis correrías por los hangares, los talleres e, incluso, el túnel de viento, impulsaron mi sueño de aprender a volar en aquellos aparatos mágicos que me rodeaban para surcar el cielo en busca de aventuras. A los 16 años ingresé en la Escuela Central de Instructores de Vuelo de Leningrado y, a los 18, ya pilotaba Tupolevs, majestuosos Polikárpovs y todo lo que pudiera sostenerse. Volar se convirtió en mi vida y, a pesar de la sensación de poder que me daban los bombarderos, el vuelo sin motor me atrapó como una obsesión. Nada podía compararse a planear en un velero de madera y tela, escuchando el roce del viento en las alas, libre y fundida con la naturaleza, como un pájaro. Pasé dos años dando clases a pilotos venidos de todo el país y así conocí a Irina Chechneva, una de las mejores pilotos del ejército ruso, que tenía mi misma edad. Vino a impartir un curso de En julio de 1936 nuestro mundo se volvió loco y nos quedamos atrapadas en el horror del alzamiento de las fuerzas de Franco. Cuando comenzaron los fusilamientos nos sacaron de Monflorite. Toda Huesca sabía que dos militares rusas se escondían en la escuela y tuvimos que desaparecer. Salimos una noche, a escondidas, para unirnos al ejército repu36

II

III

perfeccionamiento e, inmediatamente, nos hicimos amigas. Gracias a mi pericia en el vuelo nocturno fui ascendida a comandante de escuadrilla. Eso, junto a mi experiencia en planeadores y mis conocimientos de idiomas, además de la influencia de Irina, hizo que me eligieran para viajar con ella a España. El Ejército del Aire de la Segunda República necesitaba formar a sus pilotos y Stalin accedió a enviar instructores de aviación durante un año. En octubre de 1935 llegamos a Huesca y nos instalamos en el Aeródromo de Monflorite, utilizado por militares y algunos civiles. Era un lugar extraordinario para el vuelo sin motor y, a pesar de la modestia de la escuela, descubrimos nada más llegar un Kranich biplaza de alas amarillas que nos arrancó de golpe el cansancio del viaje. Navegar en el velero alemán y batir con él los récords de altura y velocidad era nuestro sueño secreto. Durante unos meses todo fue bien. Dimos clases teóricas y prácticas a alumnos que, tras dominar el planeador, se trasladaban a Alcalá de Henares para continuar con su formación. Hasta que nos alcanzó el nerviosismo provocado por la inestabilidad política que se extendía por todo el país. blicano y luchar por la libertad, por los amigos que habían caído abatidos en las tapias del cementerio, como pajaritas de papel con las alas arrancadas… Irina había estado tonteando con un chico que había permanecido fiel a la República y, de su mano, nos refugiamos en Sariñena, con los aviadores que iban llegando para reforzar la defensa de Aragón. Hombres y mujeres trabaja-


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mos juntos para construir un rudimentario aeródromo, y, poco a poco, formamos la escuadrilla “Alas Rojas”, como apoyo aéreo de la 43ª División del Ejército Popular. Nosotras nos encargamos de preparar a los pilotos que iban llegando para volar en los Vickers, Nieuports y Fokkers que la aviación republicana nos iba suministrando. Así resistimos dos años. La vida en el campamento era muy dura pero, además de vuelos de reconocimiento y ataques al enemigo, también hubo momentos entrañables, como la boda de Irina y Julián. Les casó nuestro capitán, Isidoro Giménez, y, bajo el ala de un Fokker F-VII, se juraron amor eterno. Nunca supimos de dónde salió, pero el vodka no faltó esa noche para brindar por ellos. La 43ª División se fue replegando hacia el norte, acosada por el avance franquista. Se extendió el rumor de que había un traidor que estaba filtrando los mensajes del mando y los hacía llegar a las filas enemigas. Eso explicaba las emboscadas que masacraban a los milicianos y derribaban nuestros aviones. Las tropas nacionales obligaron a los republicanos a atrincherarse en el valle de Bielsa, donde, bajo la protección del Pirineo, decidieron resistir y esperar la llegada de refuerzos. Una noche, en la que recuerdo que hacía mucho frío, un camarada me despertó y me hizo ir al puesto de mando. Allí me esperaban el capitán y un mili-

IV

tar al que no había visto nunca. Por su aspecto y sus maneras parecía un personaje importante. Al momento llegaron Irina y Julián y nos hicieron sentarnos ante una mesa en la que habían desplegado un mapa del Pirineo. El capitán nos presentó a su invitado y nos quedamos los tres mudos: estábamos sentados ante el Jefe del Servicio Secreto de la República. Nos contó que tenían evidencias de la actuación de traidores y, a pesar del sigilo con que se transmitían las órdenes, estas llegaban al ejército de Franco. La situación era desesperada. Plan, Serveto y Sin acababan de caer y había que enviar nuevas órdenes a Bielsa. 37


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El mapa desplegado ante nosotros tenía marcadas las posiciones en las que debía reforzarse la artillería para proteger el avance del batallón republicano que esperaba en Cataluña. Todas las comunicaciones estaban tomadas por los nacionales y sólo se podía alcanzar Bielsa por aire. Había que llegar esa misma noche para entregar el mapa, cruzando por el territorio ocupado y sin ser vistos. Irina y yo nos miramos. Nosotras podíamos hacerlo. ¡El Kranich de Monflorite! Era una noche oscura y sólo en un avión sin motor podríamos volar sin ser vistas ni oídas. —Iré yo —dijo Julián levantándose. —Tú no tienes experiencia con planeadores —le contestó Irina. Y Olga es

especialista en vuelo nocturno. Sólo podemos hacerlo nosotras. Nos señalaron un punto en el mapa: los llanos de La Larri, al abrigo de Monte Perdido y a unos kilómetros de Bielsa. Allí se encontraba el campamento de los últimos resistentes, dominando todo el valle. —¿Podrán llegar hasta ahí? —preguntó el visitante. —En una noche como esta, y si el avión sigue en Monflorite, sin duda —le contestó Irina. Recogí el mapa y lo guardé en el bolsillo interior de mi cazadora. Quince minutos después salimos en un camión junto a una docena de hombres de confianza del capitán.

V

Llegamos a las dos de la mañana y la noche seguía siendo magnífica para nuestra misión, sin luna y con viento del norte para despegar desde la ladera. No había ni un alma en la escuela y su aspecto abandonado nos hizo temer lo peor, que se hubieran llevado los aviones. Uno de los hombres hizo saltar el candado de la puerta del hangar y, conteniendo el aliento, empujamos la puerta. No podía ser cierto… Ahí estaban todos los veleros, tapados con lonas. Localizamos el Kranich al fondo y lo arrastraron para sacarlo a la pista. Nos abrigamos, nos colocamos los paracaídas y subimos al avión. Irina detrás y yo delante, a los mandos. Julián llegó corriendo con un bote de pintura negra y le ayudaron a cubrir las alas amarillas para que fueran menos visibles. —Iré a Bielsa a buscarte, no me falles —susurró a su mujer. —¡Seremos las brujas de la noche! —le contestó ella riendo. Nos despedimos y empujaron el avión al borde de la ladera. Engancharon una goma doble al morro del aparato y se distribuyeron a lo largo de 38


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los dos extremos, agarrándolos fuerte. Bajaron corriendo la pendiente, tensaron las gomas mientras dos hombres sujetaban la cola del aparato y, a una señal de Julián, la soltaron. El velero salió propulsado como si hubiera sido disparado por un tirachinas. Buscamos viento favorable y cogimos altura para dirigirnos a Bielsa. A las cuatro de la mañana volábamos sobre Barbastro, donde los nacionales se habían hecho fuertes. Todo fue bien y nadie reparó en nosotras. Otra hora después vimos la silueta de la Peña Montañesa. Ascendimos todo lo que pudimos y pasamos por encima a toda velocidad, sorprendidas por la actividad que se divisaba en la carretera. Un convoy de camiones circulaba lentamente hacia el norte. El resplandor de los vehículos nos sirvió para guiarnos hacia Pineta. Con las primeras luces del alba divisamos las nieves de Monte Perdido y nuestra alegría por haber llegado tan lejos se transformó en pánico cuando escuchamos un estruendo que nos heló. Por el sonido de los motores, antes de verlos,

supimos que eran Heinkels. Se nos acercaban por detrás y no teníamos escapatoria. Piqué para coger velocidad mientras Irina se removía para intentar verlos. ¡Heinkels-51! ¡Nueve! Estábamos sobre Lafortunada cuando se nos echaron encima. Las ráfagas de las ametralladoras nos alcanzaron en el ala izquierda y los bombarderos siguieron adelante, despreciándonos incluso para rematarnos. La tela empezó a rasgarse y quedó colgando, dejando algunas costillas de madera al descubierto. Irina se volvió loca. Abrió la cabina, que salió despedida hacia atrás, y se soltó del atalaje de seguridad. Sacó una bandera tricolor que había escondido en el avión y la desplegó al viento. Descolgó medio cuerpo por encima del ala y cubrió el boquete con la enseña. ¡Un Junker! —me gritó, señalando el aparato que se nos acercaba por la izquierda a toda velocidad. No lo pensé. Teníamos ante nosotras el congosto de las Devotas. Piqué con fuerza y me metí dentro del estrecho corredor de paredes escarpadas por el que sabía que no me seguiría. 39


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Varias veces estuvimos a punto de tocar los riscos con la punta de las alas, pero me concentré y salimos de allí sin ningún rasguño. —¡Cabrones! ¡Viva la República! —gritó entusiasmada Irina, levantándose como si desafiara al viento. Fue la última vez que escuché su voz. Al salir del desfiladero nos topamos con tres Romeos 37 que venían de la parte de Benasque. Un proyectil le impactó en el cuello y cayó sobre el ala. Su sangre comenzó a teñir la bandera mientras yo no dejaba de llamarla. —¡Irina, aguanta! Sujétate fuerte, enseguida llegamos… Bielsa estaba enfrente cubierta de humo. Heinkels, Junkers y Savoias la estaban bombardeando, girando en el cielo, como en un tiovivo infernal. Me sorprendió un viento ascendente y aproveché para subir por encima de la humareda. Irina, ya veo los llanos, aguanta —le supliqué. Íbamos a tal velocidad que el velero crujía, como si estuviera llorando. ¡Hemos batido el récord de velocidad, seguro! —le grité. Vi una pradera donde los milicianos habían abierto un camino ancho en medio de la nieve. Parecía una serpiente reptando sobre un manto blanco y yo, con los ojos fijos en la pista, saqué los frenos para bajar. Dando tumbos comenzamos a descender, pero llevábamos demasiada velocidad y el impacto fue terrible. Sentí cómo me sacaban del avión y llamé a Irina. ¡Está muerta! —oí que gritaban. Perdí el conocimiento y desperté en un refugio, entre un montón de gente asustada. Me habían llevado a Parzán y estaba vendada 40

VI

con tiras de sábana para sujetar mis tres costillas rotas. —Es un milagro que no te hayas matado —oí que me decía alguien. —Tienes que quitarte ese uniforme. Ten, ponte esto —y una mujer mayor me dio un vestido negro y un abrigo. No se me iba de la cabeza la imagen de Irina sobre el ala del avión, cubierta de sangre, y no podía dejar de llorar. La mujer me ayudó a ponerme en pie y, en un rincón, me cambié de ropa. Volví con los demás y se me acercó un joven risueño. —Soy Vicente Rivas, maestro republicano, y voy a sacarte de aquí. Estamos demasiado cerca de Bielsa y corres peligro. —No puedo andar, me duele todo el cuerpo —le dije mientras sus ojos me aseguraban que podía confiar en él. —No te preocupes, yo te llevaré. Me cogió en brazos y salimos del refugio. La visión del valle era estremecedora; el humo tapaba el paisaje y sólo dejaba ver el resplandor del fuego en las casas de Bielsa. Las bombas habían arrasado el pueblo. Una fila interminable de personas subía por un sendero abierto en la nieve, llevando encima lo que les había dado tiempo de coger antes de


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que todo ardiera. Ascendimos el puerto en silencio. Vicente con paso decidido, cargando conmigo, y yo, derrotada, con fuerzas sólo para abrazarme al desconocido que me había recogido para salvarme la vida. Llegamos a la frontera francesa y los gendarmes, viéndome tan magullada, nos dejaron pasar sin preguntar nada. Pasamos unos días en Aragnouet, donde pudimos contactar con agentes de la República que me proporcionaron papeles con un nuevo nombre, Olga Puértolas, nacida en Bielsa. Y el resto, ya lo sabes; años duros, co-

mo para todos los exiliados. Vinimos a Toulouse y jamás me arrepentí de haberme quedado con Vicente. Él me enseñó a vivir de nuevo y con él tuve lo mejor de mi vida, mi familia. —Abre el cajón, Pati —me susurró en español, señalando la mesilla. En él encontré una caja de latón. La abrí y saqué una insignia: unas pequeñas alas bajo una estrella roja. Se la di y la puso en mi mano, apretándomela. —Guárdalas, te darán fuerza. Sonrió y, lentamente, cerró los ojos.

Patricia Richmond (Zaragoza - España) Blog: patriciarichmond.blogspot.com Twitter: @PatriciaRichm_

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Entre la vida y la muerte Enrique

Mochón

Todos estamos a un paso de la locura o de cometer una acción manifiestamente irracional, como lo estamos de la muerte. (Anónimo)

LA ratonera lleva representándose sin pre por personas distintas sino que mu-

tregua en los teatros de Londres desde que en 1952 la escribiera Agatha Christie, lo que supone hasta el momento más de 60 años, casi 25.000 actuaciones y alrededor de 10.000.000 de espectadores, por no hablar de la inmensa cantidad de actores y actrices que se han ido relevando sobre las tablas para dar vida a sus personajes, así como de la gran variedad de decorados que han acogido la escena. Es sabido que las butacas para ver la obra no han sido ocupadas siem42

chas de ellas han repetido e incluso algunas lo han hecho más veces de lo se podría calificar como saludable, dato curioso en un caso como este en el que uno de los mayores atractivos de la obra es el desconocimiento del culpable hasta el último momento. No en vano la autora rogaba a todo aquel que la presenciara que no revelase este secreto a nadie que aún no lo hubiese hecho. Todo esto puede resultar llamativo o interesante, por supuesto, pero no por


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ello dejar de ser totalmente razonable. Después de todo, qué son nuestras vidas sino una continua repetición, sin que ello sea impedimento para que todos las aceptemos como algo natural. La cosa cambia sin embargo cuando, a diferencia de la situación anterior, en la que la vida y su remedo permanecen cada cual en su respectivo lugar, nos empeñamos en mezclarlos, no sólo ignorando su parte de ficción, sino insistiendo repetidamente en la farsa hasta lograr otorgarle visos de realidad. Algo así fue lo que ocurrió en mi casa, y que brevemente, y del modo más fiel posible a lo que mi traidora memoria me permita recordar, intentaré contar a continuación. Ni busco ni espero compresión tras su lectura. Quizá ni siquiera yo conozca mi real intención, aunque no descarto que responda a un recóndito deseo de reeditar, aunque a grandes rasgos, la obra del también autor de mis días. Verán: Yo era apenas un niño cuando mi padre cogió la costumbre de morirse cada tarde y nacer de nuevo a la mañana siguiente. En casa quisimos pensar que se trataba de una locura pasajera, una de las muchas a las que nos tenía acostumbrados, y decidimos seguirle la corriente como otras tantas veces. Al fin y al cabo, según el médico, lo hacía por llamar la atención y, siendo así, solo era cuestión de tiempo el que dejase de hacerlo. Ninguno imaginábamos entonces que meciendo la cuna, velando el ataúd y haciendo café para las visitas habríamos de pasar tantos años, la mayor parte de su vida para algunos de nosotros. Dentro de este inmenso disparate, del que aún hoy me cuesta pensar que ocurriera de verdad, lo que más llama mi atención es el que tanta gente participara en él de manera más o menos cómplice. Y no hablo de mi familia, que, unos por herencia genética y otros, como mi madre, por asunción paulatina de la ine-

ludible realidad, todos estábamos abocados a hacerlo, sino del resto de habitantes del pueblo, pues, una vez superado el lógico desconcierto inicial, las inevitables murmuraciones de comadres y los comentarios más o menos jocosos de los hombres en la taberna, casi todos convinieron en aceptar la situación si no como algo natural sí como un fenómeno con el que les había tocado convivir, y contra el cual ningún planteamiento racional podía traer ningún provecho. No son pocos los que aún hoy nos siguen diciendo, con más frecuencia de la que nos gustaría, que les cuesta menos comprender la actitud de papá en todo aquel esperpento que la nuestra, coincidiendo todos en la razón de que ellos no habrían aguantado ni un solo día a alguien tan caprichoso. Aunque lo más gracioso de todo es —como dice mamá— que nos lo dicen ahora, después de haber estado desayunando y merendando durante décadas a nuestra costa. Hay que aclarar, no obstante, que al principio traían flores para el muerto o baberos y cosas así para el recién nacido, y que lo de venir con las manos en los bolsillos, es un decir, ocurrió con el tiempo y de forma progresiva, del mismo modo que mi abuela los primeros días de velatorio parecía una dolorosa clamando al cielo ante lo que consideraba el castigo más grande que una madre podía sufrir, y al poco reía y hablaba con el resto de mujeres sin importarle si se trataba del nacimiento o la defunción de su primogénito. Quizá todas estas cosas hayan seguido desde los comienzos un curso natural mediante el cual cada uno de nosotros ha ido justificando su participación en ese sinsentido del modo más lógico posible. Yo, cuando alguien me pregunta al respecto, suelo responder que en casa éramos felices, aunque no sepa bien por qué, y que con eso me basta. Mi herma43


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na en cambio va más allá y les argumenta cosas como que la existencia humana es habitualmente insustancial y absurda, y que aquella excentricidad de papá contribuyó a dar sentido y significado a la nuestra. Las dice a la menor ocasión, a veces incluso sin venir a cuento, y casi nadie le discute. Supongo que la mayoría no entiende bien lo que quiere decir. Ella siempre ha sido un poco rara también. Solo mamá se negó siempre a dar la más mínima explicación sobre su conducta, la cual consistió en todo momento en atender del mejor modo posible las exigencias que la situación iba creando, y que teniendo en cuenta su talante y disposición, inmutables a lo largo del día, se podría haber comparado con la de una criada, algo arisca, eso sí, y sin más vínculo con la persona motivo de las visitas que el de su contrato laboral; una coraza, a todas luces, que sin duda la mantuvo enajenada del drama representado como en un teatro lo habría estado el acomodador del patio de butacas. Son tantas las cosas dignas de ser contadas de cuantas incurrieron a lo largo de esos años, que para hacer recuento de todas ellas necesitaría un tiempo del que no dispongo o del que, aún teniéndolo, quizá por apreciarlo ahora más que nunca, no querría prescindir. Me limitaré, pues, a hablar de aquellas que, sin ser las más relevantes, con más frecuencia acuden a mi cabeza, aunque probablemente la imagen más recurrente sea la del continuo fluir de gente a todas horas, entrando y saliendo como por su propia casa, que se intensificaba por momentos, según la hora del día, y que llegaba a ser asfixiante cuando, por retardo de unos al salir y adelanto de otros al llegar, coincidían en el pasillo los del nacimiento con los de la defunción. Hubo algunos que solo vinieron los primeros días y que luego, persuadidos 44

seguramente por el más común de los sentidos, se limitaron a contemplar el espectáculo desde fuera, de una manera respetuosa o, como poco, con la mayor indiferencia de la que fueron capaces. Pero la mayoría fueron bastante fieles casi desde el principio, y si dejaban de venir un tiempo era por motivos justificados, enfermedad, por ejemplo, y que al retomar la rutina no dudaban en explicar. También estaban, cómo no, los que dejaban de de hacerlo definitivamente porque los pobres se morían de verdad. Mi visita preferida era la de Andrés, el mecánico. Venía en cuanto cerraba el taller, algo apresurado y con el mono todavía puesto, como si acabara de enterarse de lo ocurrido, y lo primero que hacía era dar el pésame a mi madre y preguntarle que de qué había muerto. Luego se sentaba junto a la caja y se quedaba allí un momento, apenas unos minutos, en el que alternaba miradas apenadas a mi padre con otras a sus propias manos, siempre renegridas, mientras se sacaba como podía restos de grasa de las uñas. Creo que de todos nosotros fue él quien, con su actitud, encarnó mejor que nadie la réplica más coherente a la de mi padre, en la que incluía al despedirse de cada uno de la familia un indefectible «Aquí estamos para lo que haga falta». Otro que se sentaba junto al «finado» era mi tío Ernesto, su hermano. Teniendo en cuenta que papá no salía de casa, se veía en la obligación de informarle de las noticias locales, por lo que se pasaba el rato hablándole en voz baja, como si rezara, cosa que incomodaba a muchos de los presentes, en cuanto desvirtuaba en gran modo la naturaleza del asunto que los había traído, y más cuando mi padre, quizá sin darse cuenta, asentía levemente con la cabeza o enarcaba las cejas en gesto de asombro. Tal vez la persona que más nos inquie-


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taba a todos cuando venía era Rafael, su mejor amigo desde niño. Claro que su amistad había dejado de ser tal desde hacía tiempo. El motivo era que mi padre, cuando cambió de coche, le vendió a él el viejo, y desde aquel momento las averías del vehículo habían sido continuas. Rafael nunca aceptó que mi padre se desentendiera de cualquier responsabilidad al respecto. Estuvo viniendo a casa con el cada vez más grueso fajo de las facturas del taller, exigiendo en vano cuando menos una compensación, y lo siguió haciendo mañana y tarde tras el repentino cambio de estado de papá. Aunque ahora no decía nada, incapaz al parecer de exponer sus argumentos ante un supuesto niño ni, mucho menos, ante un presunto cadáver, y se limitaba a pasear nervioso por la sala hojeando ruidosamente el taco de recibos. Sucedió también que otro del pueblo, Jacinto, el panadero, decidió copiar a mi padre. Y hay que decir que al principio le favoreció el que la gente, habituada a lo que ocurría en nuestra casa desde hacía años, aceptara el hecho sin hacer preguntas incómodas. Al poco tiempo, no obstante, surgieron las pegas. Se decía de Jacinto que era un envidioso, y de su familia, que no lo hacían como es debido. Que en relación con nosotros no había ni punto de comparación, ni en el modo de comportarse ni en el de atender a las visitas. Pero lo peor de todo fue, curiosamente, que muchos dejaron de comprarles pan, pues decían que sabía a muerto. De modo que el panadero no tardó en abandonar sus propias sesiones y en venir de nuevo a velar a mi padre con el más

profundo aire de dolor y resignación de cuantos aparecían por la puerta. Como era de esperar, la fama de los hechos que cuento trascendió las fronteras del municipio, que pronto fue llamado en muchos sitios como El pueblo del muerto. Durante los últimos años incluso venían autobuses cargados de turistas para presenciar lo que se había acabado convirtiendo en una atracción. Fueron sin duda estos los peores tiempos para la familia. Mi madre empezaba ya a sufrir los achaques propios de su edad, y no le venía bien tanto ajetreo. Aun así siguió haciendo todo con abnegación, por más que hubiera momentos en que su capacidad de aguante llegaba al límite, y se desahogaba proyectando su hartazgo en la figura de mi padre, del que decía que ya no tenía edad para estar muriéndose. Cierta tarde, después de cuarenta años de nacimientos y defunciones, papá nos hizo venir a todos junto al lecho de muerte y, con gran solemnidad, nos pidió perdón por todas las molestias causadas con sus caprichos, y agradeció profundamente el cariño y los cuidados recibidos a lo largo de su vida. Luego, tras mirar uno por uno nuestros rostros emocionados, fue cerrando despacio los ojos hasta morir. Repitió ese mismo número en cada una de sus muertes siguientes durante dos años más, hasta que una tarde murió definitivamente, de muerte natural. Sobra decir que cuando esto ocurrió, aunque nos cogió por sorpresa, no alteró en absoluto nuestros planes para el día, así como que todo en casa estaba preparado para la ocasión.

Enrique Mochón Romera (Puerto Sagunto, Valencia - España) Twitter: @enriquemochon Facebook: enrique.mochonromera.5 45


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Plan perfecto

Manuel

Menéndez

Me gustaba embadurnarme las manos de grasa...

ME quedan diez minutos de vida. 63, una obra maestra de la ingeniería.

Una de las características de Texas es nuestra puntualidad. La otra, lo poco que nos cuesta sentenciar a alguien a muerte y ejecutarlo. Ahora voy a comprobarlas ambas. Estoy tranquilo, no me pueden quitar ya nada. Todo empezó hace seis años, una tarde en que estaba trabajando en el taller de automóviles de mi padre. Mi vida era sencilla, me gustaba embadurnarme las manos de grasa, salir con Jenny, mi novia del instituto e, ingenuamente, hacer planes a largo plazo. Cuando llegó, lo primero que me cortó la respiración fue el coche que conducía, un Corvette color fuego del 46

Luego vi a Sue y comprendí que la naturaleza crea maravillas contra las cuales ningún artilugio mecánico puede competir: decir que era escultural es quedarse corto, era perfecta, con una mezcla inigualable de sensualidad e inocencia al mismo tiempo. Me dejó las llaves con una confusa explicación sobre un ruido del motor y se evaporó en un taxi dejando una sonrisa cautivadora suspendida en el aire junto a su embriagador perfume. Mi viejo me contó aquella noche su historia. Era la flamante esposa del tipo más envidiado y menos apreciado del pueblo, recién llegada de Nueva York


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junto con el Corvette. Su marido era un patán alcoholizado a quien la suerte había bendecido al encontrar petróleo en su granja y que disfrutaba luciendo sus caros caprichos ante sus antiguos vecinos. Todo comenzó cuando volvió a recoger su coche y salimos a probarlo juntos. Hoy recuerdo esos meses como una nebulosa feliz. Primero un café, luego una cerveza y más tarde dos copas. Después las confesiones sobre su infelicidad, el primer beso, las lágrimas contándome los malos tratos de la bestia que era su marido, el primer polvo urgente y mi total rendición en cuerpo y alma. Apenas reparé en las lágrimas de Jenny cuando le dije que habíamos terminado, solo vivía por y para nuestra pasión clandestina. Aquella tarde llegó aterrada. Había recibido una llamada hacía unos minutos. Él había descubierto lo nuestro y juró que la mataría en cuanto volviera a casa. La rabia me cegó hasta que Sue, llorando con la cabeza escondida en mi pecho, me explicó entre sollozos entrecortados cual era nuestra única posibilidad de salvación, el último recurso desesperado que nos daba la oportunidad de ser felices. Yo debía coger su coche en cuya guantera guardaba unas llaves de su casa y aparcar en su garaje. Cuando su marido entrara tenía que acabar con él y volver rápidamente al taller, donde ella me esperaría. Luego huiríamos velozmente a Méjico y en unas horas seríamos libres. Cuando descubrieran el cuerpo nuestra pista se habría evaporado para siempre. No soy

un asesino, pero se trataba de él o nosotros y le odiaba con toda mi alma, así que una hora después me encontraba escondido en las sombras cuando aquel miserable abrió la puerta. No llegué a verle la cara, no podía permitirme dudar; descargué violentamente la maza contra su cráneo que reventó como una fruta madura y salí corriendo. El resto está en los periódicos. La policía me esperaba en el taller. La maza con mis huellas estaba en el maletero, así que el juicio fue rápido. Allí supe que Sue me había denunciado por el robo de su coche. En su declaración casi llegó a conmoverme a mí también: amaba apasionadamente a su marido, pero yo me había encaprichado de ella; me había rechazado con cariño pero firmemente y yo, enloquecido, había jurado que sería mía o de nadie. Ni siquiera me defendí, me sentía ya muerto. La ejecución solo será un trámite. Es la hora. Presionan el émbolo. Mientras la muerte entra en mis venas veo a Sue tras el cristal. Ha venido a asegurarse. La joven viuda rica solloza pero yo atisbo su sonrisa, esa que tanto amé. Y mi último pensamiento es que hay sonrisas por las que mereció la penar vivir.

Manuel Menéndez Miranda (Oviedo, Asturias - España) 47


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El corazón delator

Raúl

Garcés Primer Premio Microrrelatos Concurso Literario Casco Histórico Fernando Lalana 2017 (Zaragoza)

LA Lonja acogía una exposición

pictórica de Velázquez cedida por el Museo del Prado. Junto a otras grandes obras del pintor sevillano se encontraba el retrato de Mariana de Austria. Un detalle apenas perceptible llamó la atención del comisario de la muestra. La tez coloreada de la esposa de Felipe IV se mostraba ahora pálida. Pero su rostro demudado no fue la única alteración del lienzo desde que llegara a Zaragoza. La mano izquierda que lucía un pañuelo blanco parecía haber cambiado de posición como queriendo ocultarse tras el faldón. Lo que terminó de provocar el desconcierto en el responsable del evento fue descubrir que bajo aquel elegante trozo de tela, asomaba un pequeño frasco de cristal con unos sospechosos polvos. ¿Veneno? Mientras, en la vecina Basílica del Pilar, junto a la talla de la Virgen, el corazón embalsamado de Juan José de Austria, hijo bastardo del Rey Planeta y enemigo declarado de la Reina consorte, se agitaba con latido ensordecedor.

Raúl Garcés Redondo (Zaragoza - España) Blog: www.desdesoria.es/tieneunminuto 48


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Terapia epistolar Héctor

García Te prometo que nunca nadie va a leer nada de lo que te escribo...

NOTA DEL AUTOR Las formas verbales del texto reproducen la pronunciación argentina.

AY, Luchito, todavía no entiendo có-

mo es que junté valor para escribirte estas líneas. Será tal vez la necesidad de hablar con alguien, de contarle las cosas que me pasan. Porque si no cuento nada a nadie, si me guardo todo lo que tengo adentro y que de yapa se está pudriendo feo, reviento, creéme, reviento. De todos modos yo sé que no me vas a leer, y mucho menos me vas a responder, pero no me importa; lo importante es que yo esté convencida.

Cuando me dijeron que hacía un mes que estaba acá, no te puedo explicar la desesperación que me agarró. El último recuerdo que tengo es el del camión que se nos venía encima, y luego el despertar en esta habitación, toda blanca, y darme cuenta de que estaba sola, que no veía a tu papá por ningún lado, que no le entendía nada a la enfermera ni al doctor. Pensé que me había vuelto loca, qué sé yo. Por suerte encontraron a otro paciente argentino que sí sabe portugués 49


El Callejón de las Once Esquinas

y que se ofreció a dar una mano como traductor. Así me enteré que estuve todo este tiempo en coma, que Ariel todavía está delicado, que lograron comunicarse con tu abuela y con el tío Alejo… Por cierto, mamá debe estar hecha una fiera; tanto insistió para que no vengamos a Florianópolis, y ahora resulta que nos accidentamos y nos hicimos bolsa. Porque nos hicimos bolsa con todas las letras, eh: del auto, dicen, no quedó nada, ni del equipaje. Nada de nada. Y nosotros, la verdad es que no sé. Papá con suerte vuelve a caminar, y yo… Bueno, parece que va a ser difícil que tengas un hermanito. Yo te digo todas estas cosas con esta liviandad, pero no sabés cómo se me encogió el corazón cuando me lo dijeron a mí. Lloré como una boluda, imaginate. Disculpame el vocabulario, mi amor, mamá tiene la boca «más sucia que una letrina», como solía decir tu bisabuela; pasa que te digo lo que me sale y como me sale, porque en estos momentos no tengo voluntad para nada, ni para hacerme la educada. Qué mal ejemplo te estaré dando… Bueno, vos no me hagás caso, siempre fuiste un nene educado, y también muy fuerte; vos no vas a decir malas palabras ni a llorar como la boluda de tu mamá. Ahora me vas a tener que disculpar, pero necesito dejar de escribirte, porque si no empiezo con el llanto de nuevo. Luchito, corazón, qué ganas de escribirte que tenía. Hoy estuvieron toda la mañana haciéndome análisis y estudios y qué sé yo cuánto. ¡Estoy agotada! Empezaron con una tomografía (¡qué horror la sensación de encierro que me genera ese aparato, por Dios! No sé cuánto tiempo habrá sido, pero a mí me pareció una eternidad), después con una resonancia, después con análisis de orina y de sangre, después me hicieron preguntas, muchas, supongo que para ver si 50

ando bien de la cabeza. Mirá, ya casi es medianoche y no me puedo dormir de lo alterada que quedé. En realidad, desde que salí del coma que no me puedo dormir, así que me tienen que pichicatear para que pueda descansar aunque sea un poco. Pero hoy parece que ni eso sirve. De tu papi todavía no me dicen mucho. Nada más que está delicado, que perdió mucha sangre, que tiene la columna vertebral hecha polvo, y donde entran en detalles ven que a mí se me hinchan los ojos y dejan de hablar y se van, se van con alguna excusa, porque seguro que no soportan verme tan mal. Y yo, ¿cómo querés que me ponga? Si me dicen todo eso de él, y encima llega un punto en que hablan con palabras tan rebuscadas que no les entiendo nada, y no sé, mirá, no sé si no lo hacen para confundirme y para que después de todo piense que la cosa no está tan mal. Y a veces les sale bien, ¿vos sabés?, porque yo soy media lela, desde chiquita, en la escuela no me iba muy bien, sobre todo en matemática, y mamá se enojaba y yo le tenía que pedir ayuda a tu tío, que encima es menor que yo, no sabés qué bronca y qué golpe al orgullo, porque encima soy orgullosa... Luchito, mi vida, hoy el médico me descubrió escribiendo y se puso contento, me dijo que eso me va a hacer bien. Eso, sabés, me alegro un poco el día. Aunque cuando me pidió ver lo que escribía, me negué rotundamente. Es privado, ¿qué se piensa? Yo le agradezco con el alma lo que hace por nosotros, pero tiene que respetar la intimidad de sus pacientes. Bueno, capaz que estoy exagerando un poco, porque no insistió cuando me negué a mostrarle estas cartas. Pero en el momento, te digo, se me prendió como un fuego adentro, que no sé cómo explicarlo. Como sea, te prometo que nunca nadie va a leer nada de lo que te escribo. De ahora en más, en


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lugar de guardar las cartas en el cajón de la mesa de luz, las guardo abajo de la almohada, y cuando me hagan salir de la habitación para los análisis y los estudios me las llevo conmigo. Es que esto que te escribo es solo para vos, y para nadie más. Aunque vos no lo vayas a leer. De verdad es como el médico me dijo, me hace sentir mejor. Pero mucho mejor sería poder abrazarte, y llenarte de besos, y cantarte las canciones de cuna que me cantaba tu abuela cuando yo era chiquita. El otro día me acordaba de cuando estabas en mi panza. A veces me pongo nostálgica y se me da por extrañar tus pataditas, ¿sabés?, a pesar de que me molestaban un poco. Pero me hacían ilusionar, me hacían sentir toda la vida que había adentro mío, me hacían poner ansiosa porque faltaba cada vez menos para que llegaras y para que conocieras a tu familia. Cada vez que pegabas un puntapié lo llamaba a tu papá para que pusiera la mano y sintiera. A él se le llenaban los ojos de lágrimas (él también es medio llorón, ¿viste?), y decía que ibas a ser un jugadorazo de fútbol. A mí eso no me convencía, yo siempre preferí que mis hijos estudien, que tengan la posibilidad (esa posibilidad que no tuvimos ni tu papá ni yo) de ir a la universidad, que tengan un título que los respalde en este mundo que se está convirtiendo en una jungla, donde todos parecen estar en guerra con todos y con todo, donde se devoran los unos a los otros y no se dejan ni los huesos. Pero mirá qué ideas más horribles te vengo a contar. Mejor cambio un poco de tema. A veces entrecierro los ojos y te imagino empezando la escuela, con el guardapolvo blanco impecable, la mochila llena de útiles, rodeado de amiguitos (y capaz que de alguna que otra noviecita, porque vos siempre fuiste muy pintón, como mi Ariel). Y después

te veo en la secundaria, ya más crecido, más responsable, hecho un señorito bien prolijo (porque no te puedo imaginar todo barbudo y con la cabeza hecha un nido de culebras, como andan los adolescentes hoy en día; no me vayas a hacer eso nunca, Luchito, ¿entendiste?) Y después, como te decía, la universidad. ¿Qué te gustaría ser cuando seas grande? ¿Médico, como el hombre que nos cuida a tu papá y a mí en este momento? Es un hombre muy bueno, un poco rezongón a veces, pero fuera de eso es un pan de Dios. ¿O abogado? Tal vez te interesen más los números y la ciencia, y termines siendo científico. Ah, pero esos sí que andan todo el día despeinados, yo los vi en la tele y no me gusta, así que no seas científico. Bueno, mejor sí, o sea, mejor sé lo que vos quieras, nosotros no te vamos a poner limitaciones, siempre y cuando seas una persona buena y responsable. Pero creéme que papi y yo vamos a hacer todo lo que sea posible para que vos puedas cumplir tus sueños. ¿Pero qué pavadas estoy diciendo? Mirá cómo me entusiasmé, mirá cómo agarré viaje con la imaginación… Y los dos sabemos que nada de eso va a pasar. Ay, ya empecé a llorar de nuevo, ¡qué boluda que soy! Voy a cortar acá porque sino estropeo toda la hoja... Ayer hablé por teléfono con tu abuela. Fue la primera vez desde que estoy acá. No sé por qué no hablé antes. No me animaba, supongo. Te imaginás cómo se puso ella: primero no paraba de llorar y de agradecerle a Dios y a María Santísima; pero la etapa de agradecimiento se pasó rápido, y enseguida empezó con los reproches, y que qué locura hacer semejante viaje en esa catramina, y que cómo no había llamado antes, y que ese Ariel se lo tiene merecido por vago y por caprichoso, y ahí corté, tuve que cortar porque si no (disculpame la ex51


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presión) la mandaba bien a la mierda. ¿A vos te parece? Toda la vida fue una sargenta, y ahora, con la desgracia que estamos viviendo, cuando más comprensiva y paciente tiene que ser, no, se pone peor. Y ni siquiera me dio noticias de tu tío Alejo, ¿podés creer? Yo quiero saber cómo está él, qué es de su vida, de sus proyectos, y también quiero que sepa que, mal que mal, acá estamos luchando por salir adelante, yo sé que él está muy preocupado (nunca conocí a nadie más preocupado por el resto que por sí mismo) y que eso lo va a animar. Qué mal trago que me hizo pasar esa mujer, por Dios. Igual, yo sé que de alguna forma esa es su manera de preocuparse por nosotros y que no quiso decir lo que dijo de tu papá. Es que se deja llevar por la calentura. Qué le vamos a hacer. Y yo, a pesar de todo, la quiero así como es. Por favor, Luchito, te pido que la cuides mucho, ¿eh? Y al tío Alejo también. Mientras nosotros no estamos allá, te los encargo con todo mi corazón. ¡Ah, pero adiviná qué! Recién la enfermera me vino a dar una noticia que hizo desaparecer enseguida la bronca de la llamada telefónica. ¡Tu papá mejora, Luchito! Me dijeron que ya le sacaron el respirador artificial y que está consciente, y hasta dijo algunas palabras. El problema es que no sabe dónde está, eso lo tiene medio desorientado, y además parece que no se acuerda del accidente, ni del viaje, ni nada. Y el médico no quiere ponerse a explicarle nada porque dice que está muy débil, y que es mejor esperar un tiempo para, para no confundirlo todavía más. ¡No sabés las ganas que tengo de verlo! En cualquier momento me hago la pava y me escabullo hasta su habitación sin que nadie se dé cuenta. ¿De qué te reís? No te rías, zonzo, ¿no ves que me muero de ganas de abrazarlo, de verlo yo misma con mis propios ojos? Y de hablar también, y de contarle 52

todo lo que te cuento a vos, y de llorar juntos, porque seguro que cuando nos veamos vamos a llorar, pero va a ser de felicidad, no de tristeza, estoy segurísima. Luchito, te pido perdón por no haberte escrito en tanto tiempo. Para hacerla corta, tengo dos noticias, una buena y una mala. Voy a empezar con la buena porque todavía no sé cómo decirte la mala: finalmente en unos días me van a dar el alta. El doctor quiere asegurarse de que el accidente no me dejó secuelas graves, así que me van a hacer algunos estudios más, pero nada muy complejo ni muy duradero. Menos mal, ya estaba cansada de todo eso, y de estar postrada en esta cama, y del hospital, y de todo, bah. Bueno, de todo no, la verdad es que la gente acá ha sido muy amable conmigo, el médico, las enfermeras, el muchacho que se ofreció a traducir (¡qué paciencia tiene ese hombre!); no tengo palabras para agradecerles todo lo que han hecho por mí. Ojalá haya en el mundo más gente como ellos. Bueno, mi amor, ya no puedo esquivar más la mala noticia. ¿Te acordás que te dije que papi había mejorado? Resulta que de golpe su estado de salud empeoró, nadie sabe cómo… Y hace dos días se fue al Cielo, ¿sabés? Ahora está con Dios, tranquilo y calmado, porque dejó de sufrir, seguro que dejó de sufrir, de sentir dolores y todas esas cosas feas que sienten los pacientes de los hospitales. Yo no me explico cómo terminó todo así, tan de golpe, si justamente me habían dicho que había mejorado, pero son cosas que pasan, eso me dice el médico para tratar de consolarme, y no hay nada que hacerle. La verdad, pobre, es que no me consuela para nada, al contrario, me hace sentir peor, pero sé que él no lo hace con esa intención, debe ser difícil estar en su lugar y tener que dar esas noticias, ojalá que yo nunca


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tenga que estar en una situación así, debe ser espantoso. No te dije nada, Luchito, pero hace rato que estoy llorando, y esta vez es terrible, no puedo parar, no hay forma. Ya empapé la mitad de la carta y se borroneó la mitad de lo que escribí, mirá si habré llorado, pero no me importa, total cuando salga de acá quemo todas las hojas y listo, no quiero ni guardarlas, esto que al principio se había convertido en algo lindo, en una especie de descanso, ahora se volvió filoso y punzante como un cuchillo, y me está destruyendo, me causa un dolor atroz. Tengo que dejar de escribir. Por mi bien, tengo que hacerlo. Eso sí, antes de soltar la lapicera, de hacer un bollo con todas las hojas y tirarlas al fuego, te

quiero pedir que, así como cuidaste a la abuela y al tío mientras yo no estuve con ellos, que lo cuides también a papá. Y él también te va a cuidar a vos, quedate tranquilo. Cuídense mutuamente allá en el Cielo, sean padre e hijo otra vez, sean amigos, compinches, compartan ese tiempo que Dios no quiso que compartieran en su momento. Pero no te enojes con Dios, Él hace las cosas con un propósito y nosotros no somos quiénes para cuestionarlo. Y te pido también que me cuides a mí, que los dos me cuiden a mí; yo sabré salir adelante, voy a sacar fuerzas de alguna forma, no sé cómo, voy a seguir luchando, pero necesito sentirlos a los dos al lado mío, si no me parece que nada tiene sentido. Los amo y los extraño con locura.

Héctor García (Tandil, Buenos Aires - Argentina) Twitter: @Tweeturri Facebook: leonidas.wolframio 53


El Callejón de las Once Esquinas

Don Quijote en la biblioteca

Juana María

Igarreta

Decidió salir en busca de nuevas aventuras...

ALONSO Quijano, el célebre don naba parcialmente la estancia, pudo ob-

Quijote, harto de permanecer oculto entre las páginas amarillentas de uno de los viejos volúmenes de una antigua biblioteca, aprovechando la soledad y el silencio de la noche y cerciorándose antes de que Sancho estaba sumergido en un profundo sueño, decidió salir en busca de nuevas aventuras y abandonar por unas horas su particular universo de papel. La tarea no resultó sencilla, ya que, en previsión de lo que pudiese acontecer, se empeñó en llevar consigo la oxidada armadura y una de sus lanzas. Gracias a la luz de la luna que ilumi-

servar que se hallaba rodeado de libros y lleno de júbilo se propuso encontrar alguna novela de caballería y, ayudado por su lanza a modo de pértiga, fue descolgándose por los estantes hasta topar con un libro reluciente cuyo título llamó poderosamente su atención: “ Los hombres que no amaban a las mujeres”. ¿Cómo serían aquellos hombres en cuyo corazón no había sitio para ninguna Dulcinea? Tal vez necesitaban consejo de un noble caballero como él. Sin pensarlo un instante, se coló dentro. Quizás la mayor aventura todavía le estaba esperando.

Juana María Igarreta Egúzquiza (Burlada, Navarra - España) Blog: palabrasquedanjuego.blogspot.com.es 54


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La broma definitiva Ángel Saiz Mora

Debían estar todos...

ESTABA realmente cansa-

do. Lo que comenzara como entretenimiento festivo se tornó obligación tediosa. Hubiese pagado cualquier tributo a cambio de suprimir la engorrosa cena con los amigos, una reunión que se repetía cada año a mediados de la primavera, en la que todos esperaban ávidos sus ocurrentes bromas. Nadie supo nunca nada acerca de su tendencia íntima, no confesada, de pasar desapercibido. Era feliz abrazado a la timidez. Ser el centro de atención, siquiera una vez al año, le suponía un colosal esfuerzo, pero de haber excusado asistencia habrían acudido presos de inquietud a buscarle para que les amenizara la velada. Sin él, esa celebración se antojaba impracticable. Ningún otro quiso relevarle como bufón oficial. Algunas veces lo había reconocido en público, pero no querían darse cuenta de que era el más introvertido del grupo y casi de la 55


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galaxia. Su única recompensa, si es que vivir una mentira puede llamarse así, era el respeto social que recibía durante los meses siguientes a cuenta de esa cena. La risa es terapéutica, provocar jocosidad un arte, una ciencia, pero agotadas sus ideas, se había propuesto huir del estrellato. Como un experto en marketing, los días previos los dedicó a hacer llegar a todos mensajes a través de teléfonos móviles y de correo electrónico. Debían estar todos. Hizo que la expectación fuera máxima. Al hacer entrada en el local confirmó que esa noche sería realmente especial, el principio de una era diferente. Las horas transcurrían ante la incertidumbre general sin que nada extraordinario ocurriese. Movidos por la perplejidad, durante unos minutos en que vi-

sitó los aseos llegaron a registrar su chaqueta, la cartera y debajo del asiento, sin hallar rastro de material susceptible de provocar escenas hilarantes. Las bocas, amodorradas por el alcohol, comenzaron a abrirse con regularidad. La decepción era latente, pero nadie dijo nada. De forma rítmica, consultaban los relojes, con intención de ir a descansar a sus casas. Eligió ese momento para hacerles su dura confesión. Era un hombre corriente, bastante insulso. Nunca más iba a gastarles una broma. Quería ser uno más. Primero empezó una risa floja, seguida de estruendosas carcajadas, rematadas por aplausos vehementes, lágrimas y escape de aguas menores hasta llegar al paroxismo. «Eres el mejor», concluyeron. Fue entonces cuando supo que estaba condenado para siempre.

Ángel Saiz Mora (Madrid - España) Twitter: @ASaizMora Facebook: angelsaizmora

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, O G A CHIC S 30 AÑO

Por Luis J.

Goróstegui

Recreación de una portada de la revista pulp "Private Detective".

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En un primer momento dudé si aceptarla como cliente...

CHICAGO. Años 30.

Una época convulsa en la que el diseño «art decó» inundaba la arquitectura de edificios y calles, y la elegante moda vestía de largo a las personas. Fue allí donde la conocí. Nunca me olvidaré de ella. Hacía pocos meses que había abierto mi propio despacho. «Marcos Araucoa – Abogado», ponía en la puerta. Hasta entonces había estado trabajando en el prestigioso bufete de «Leibnitz, Derryth & Garagarza», en donde había conseguido cierto prestigio como criminalista, cuando una mañana de julio entró ella en mi despacho. Era joven, alta, con el pelo corto, negro y unos ojos gris acero hipnotizadores. Vestía informal y no llevaba tacones. —Me llamo Helen Corvehn. Su nombre me sonaba de algo, pero en ese momento no supe de qué. —¿En qué puedo servirle? —le pregunté. —Yo era la ayudante personal del profesor Alexander Adashi. Al doctor Adashi sí le conocía por la prensa; era un famoso científico, experto en neurorrobótica. —¿Y bien, cuál es su problema? —le pregunté. —Esta pasada noche, el profesor ha aparecido asesinado en el despacho de su casa y yo soy la principal sospechosa; pero yo no fui, no pude haberle matado, era imposible que lo pudiera haber hecho —me respondió, y el tono de sinceridad con que lo dijo me convenció de su inocencia… o de que era la mayor mentirosa del país, una de 58


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dos. En un primer momento dudé si aceptarla como cliente, pues no parecía ser un caso con mucho futuro —joven ayudante asesina a su famoso jefe, le roba y escapa con su amante—, pero algo en su tono de voz y en su mirada me hicieron recapacitar y finalmente acepté llevar su caso. En las siguientes horas todo sucedió como ella había dicho: fue detenida y acusada como sospechosa del asesinato del profesor, aunque pude conseguir su libertad provisional bajo pago de una fianza. El juicio fue programado para dos meses más tarde. Quedamos citados esa tarde en mi despacho. —Bien, empecemos por el principio. Cuénteme qué pasó. Sin ocultar nada, ¿de acuerdo? —le pedí a Helen. —El profesor estaba en su despacho, trabajando en un nuevo prototipo de módulo neuronal. Me llamó y me pidió que le trajera del laboratorio unas muestras de tejido sináptico. Yo fui. Tarde un poco —exactamente 5 minutos 34 segundos— en preparar la muestra. Cuando regresé, encontré al profesor en el suelo. Eran las 22:07 horas. Le inspeccioné y vi que le habían golpeado en la cabeza; le habían atacado por la espalda. No respiraba. Llamé a la policía —me respondió con tono neutro. —¿El profesor solía llevarse trabajo a casa con frecuencia? —le pregunté. —Sí. Últimamente trabajaba siempre en casa. Estaba a punto de conseguir el mayor avance en neurología de la historia de la robótica. —¿Cuál? —El profesor opinaba que algún día los robots serían autoconscientes, y que incluso podrían llegar a tener sueños… como los humanos. —Eso es importante, supongo —le comenté, sin poner mucho interés. —Por supuesto. Sería el paso definitivo en la evolución de los robots —me respondió con un tono de voz que me hizo

comprender que, para ella, era un asunto muy importante, incluso personal. Lo cierto es que entendía poco de robots, así que me limité a asentir. —Bien, volvamos al caso. Cuando encontró al profesor en el suelo, ¿oyó algo extraño?, ¿vio a alguien? —No. Estábamos en casa sólo el profesor y yo. —¿Suele trabajar en casa del profesor? —Sí. Vivo con él. Es mi padre. Durante unos segundos permanecí en silencio. Ella no apartó sus fríos ojos grises de mí. —Eso cambia el enfoque del caso —le dije. —Lo sé —me respondió. —¿Y sigue afirmando que usted no lo mató? —le pregunté. —Desde luego. Yo no pude haberle matado. —¿Por qué? Muchos hijos han matado a sus padres a lo largo de la historia. Necesito algo más que su palabra, necesito una prueba irrefutable. —Pero… ¿la palabra de una persona no es suficiente? —me interpeló. Esa pregunta me extrañó, no por la pregunta en sí, que también, sino sobre todo por cómo la hizo: era como si creyera firmemente que el simple hecho de ser una persona fuera suficiente para protegerla de toda sospecha. —¡Oh, no!, lo siento, pero no —le contesté. Quizá suene extraño, pero tuve la sensación de que ella no alcanzaba aún a comprender del todo qué significaba ser una persona. —Bien, dejemos esto para luego. ¿Le robaron algo al profesor? —le pregunté. —Sí, aunque no era de mucho valor: algunas muestras, un par de diseños neuronales… Sin embargo, el prototipo neuronal en el que estaba trabajando seguía en su cámara, a salvo —me respondió. Durante los siguientes días continuamos preparando su defensa, pero llegó 59


El Callejón de las Once Esquinas

un momento en el que nos encontramos en un callejón sin salida: Helen había sido encontrada junto al cadáver del profesor; nadie más había sido visto en el escenario del crimen; ella parecía ser la única conocedora de la existencia del nuevo prototipo neuronal en el que trabajaba su padre y la única que valoraba su importancia para la ciencia, y además tuvo ocasión de acceder a él y cometer el asesinato sin forzar puertas ni levantar sospechas; y, sin embargo, como única defensa, se limitaba a asegurarme que ella «no pudo» haberle matado, que era «imposible que lo pudiera haber hecho». Empecé a sospechar entonces que algo no cuadraba en la ecuación: Helen sabía algo que no quería o no podía decirme. La semana anterior al juicio, viendo que no avanzaba, me presenté por sorpresa en casa de Helen. Si quería que me confesara toda la verdad tenía que hablar con ella fuera del despacho, en un lugar menos…oficial, y su casa era el mejor sitio para ello, pensé. Al verme, no pareció sorprenderse. —Suponía que tarde o temprano vendría, abogado —se limitó a decirme. Iba vestida con un camisón y una elegante bata que la llegaba a los pies, aunque dejaba a la vista un pronunciado escote. —¿Quiere, realmente, que la defienda? —le pregunté sin ni siquiera quitarme el abrigo ni el sombrero. —Sí –me dijo sin más. —¡Pues le exijo que me cuente toda la verdad! Hay algo que me oculta y necesito saberlo. Si no, no podré salvarla de la cárcel o de algo peor —le dije sin apartar la vista de sus ojos. Helen permaneció en silencio unos instantes, como si analizara la situación. Finalmente me respondió, y lo que me dijo me impactó, por lo inesperado. —Tiene razón. Le diré la verdad. No soy la hija del profesor, al menos no la hija biológica, aunque le quería —y le 60

quiero— como a un padre. El profesor no sólo creía que algún día los robots llegarían a ser como los humanos, que serían autoconscientes. Él ya lo había logrado. En sus investigaciones había conseguido diseñar un cerebro cuántico capaz de un nivel de consciencia sólo comparable al humano. ¿Recuerda hace algún tiempo, cuando el profesor afirmó haber construido un robot con síntomas de consciencia de sí mismo? Incluso le puso nombre de mujer…, de mujer —repitió, y casi pude ver emoción en sus ojos—. Pues bien, ese robot soy yo. ¡Claro, Helen Corvehn!, pensé entonces para mí; ahora recordaba de qué me sonaba ese nombre. —Entonces no le creyeron, claro —continuó explicándome—, incluso algunos científicos se burlaron de él. El profesor comprendió entonces que la sociedad aún no estaba preparada para aceptar un robot tan semejante a una persona, y continuó sus investigaciones en privado. Sólo compartía sus avances conmigo. Me convertí en su única aliada. —Perdone, pero no llego a comprender: ¿por qué no me lo dijo desde el principio?, ¿qué tiene que ver que sea o no un robot con nuestra estrategia de defensa en este caso?... —Verá. Todo robot tiene implementado en su cerebro cuántico un protocolo de seguridad que le impide dañar, y por supuesto matar, a un ser humano. Yo también. Es una ley axiomática. Inquebrantable. Por eso le dije que yo no pude matar al profesor; me es física y psicológicamente imposible. —Pues más a nuestro favor para su defensa… ¿cuál es el problema entonces? —le pregunté. —El profesor mantenía sus investigaciones en secreto. Recelaba de sus colegas. Ya sabe… envidias, espionaje industrial… «Todo basura», solía decirme. Yo soy el fruto de sus avances. Me


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hizo con apariencia humana, de mujer, y consiguió finalmente dotarme de capacidad plena de autoconsciencia. Soy el único robot de mi clase. Soy prácticamente indistinguible de una persona, y eso me agrada. Si ahora baso mi defensa en mi condición de robot, la gente dejaría de verme como una persona, y no quiero que eso suceda. —Bien, pensemos en otra cosa. ¿Tenían instalado en casa algún sistema de videovigilancia? —Sí, pero sólo para el laboratorio. Pero no nos sirve; sólo salimos en él el profesor y yo, ya lo he comprobado. Entonces se me ocurrió una idea. Durante mi permanencia en el bufete «Leibnitz, Derryth & Garagarza» hice buenas amistades, y algunas de ellas me debían un par de favores y me podrían servir en ese momento, así que hice algunas llamadas y conseguí ciertas grabaciones de video —por satélite militar de última generación— que confirmaban, sin ningún género de dudas, la inocencia de mi cliente. Mientras observábamos el video, sonreí. —Me parece que no será necesario basar nuestra defensa en su condición de robot, Helen —le dije. No hubo ni siquiera necesidad de celebrar el juicio público, ya que en el video se constataba claramente cómo un individuo entraba en casa del profesor por la

ventana del jardín a la hora del crimen y cómo escapaba minutos después. Helen fue declarada inocente. Pocas semanas más tarde las investigaciones policiales identificaron y detuvieron al culpable: se trataba de un asesino a sueldo, contratado por una empresa de la competencia que estaba interesada en los avances en neurorrobótica del profesor. Finalmente llegó el día de la despedida. —¿A qué se dedicará ahora? —le pregunté a Helen. —Continuaré el trabajo del profesor. Siempre he tenido curiosidad por saber qué se siente al soñar —me respondió. Y justo antes de salir de mi despacho, se volvió hacia mí y me dijo: —Muchas gracias, abogado. Espero que nos volvamos a encontrar algún día. Y por primera vez desde que la conocí, me sonrió. Sin duda fue un caso importante en mi carrera, y, sobre todo, el que más huella me ha dejado. Y es que así es Chicago, años 30. Exactamente el año 2237. Una época de increíbles avances tecnológicos, en la que el gusto por el estilo retro de otros tiempos marca la moda y el modo de vida. Chicago, donde nunca sabes lo que vas a encontrar al otro lado de la puerta. No, nunca olvidaré a Helen Corvehn.

Luis J. Goróstegui Ubierna (Madrid – España) Twitter: @ObservaParaíso Blog: observandoelparaiso.wordpress.com

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Clase magistral Ricardo Alberto

Bugarín

La clase, en estremecido silencio, seguía paso a paso el relato...

NOS conmovían las instancias de los nos percatamos que la realidad era mu-

lentos movimientos de convección que podíamos observar en la astenosfera. Hicimos una pequeña incisión para comprobar la densidad del basalto y verificar la constitución de las dorsales oceánicas. La clase, en estremecido silencio, seguía paso a paso el relato que íbamos presentando hasta que alguien, en una especie de colato de asombro, nos hizo saber que había desaparecido Japón. Lo atribuimos, en primer lugar, a un engaño fomentado por la envidia que siempre despierta esta avanzada de conocimientos pero, ante la generalizada expresión de asombro y de terror presentada por las caras circundantes,

cho más acuciante que nuestro entusiasmo de aprendices de laboratorio. Y antes que se iniciara la gritería general y viendo que ya estábamos en un estado de subducción inminente, cerramos lo libros, candamos los armarios, archivamos el entusiasmo y cada uno salió aprisa y alcanzó el colectivo que lo regresaría a casa. Como esta clase de estudios pareciera suponer la vivencia de diversos riesgos, decidimos que a partir de mañana nos dedicaremos a la lingüística o al estudio de la aureola fucsia de los santos inocentes. Era preciso, en nuestra joven vida de estudiantes, abandonar todo riesgo.

Nota. Colato: en química, mezcla o combinación. 62

Ricardo Alberto Bugarín (Mendoza - Argentina)


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Recorte de artículo periodístico rechazado para su publicación Silvia Zuleta

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Los pueblos se vacían de gente y se llenan de objetos...

EN la madrugada del domingo se al grano. Le pregunto por el incidente

oyeron gritos de una vivienda del pueblo llamado R en Castilla-León. Hubo un estruendo. Se olfateó humo. Se pensó en lo peor. Don Gerardo (75), vecino de la comarca desde hace más de treinta años, llamó a la policía. El resultado fue: una mujer herida de gravedad y la mayor parte de la vivienda impracticable. Me traslado de urgencia al lugar. Necesito recabar información. En el pueblo todos se conocen pero prefieren no hablar. Solo se anima Bernardo (80) al que he convencido diciéndole que le invitaría al mejor queso y jamón. La fábrica de embutidos está en la carretera principal, la que divide al pueblo en dos. Abastece a toda la zona. Nos sentamos fuera. En una tienda delicatessen con vistas al cementerio. Desde allí contemplo la panorámica fúnebre. De día todo parece menos tenebroso. Más amable. La elección del lugar ha sido de Bernardo. Se siente importante. Sonríe. Le ofrezco un tour por una de las bodegas. La gente del pueblo no suele frecuentar los reclamos turísticos de su lugar de residencia. Rechaza mi ofrecimiento. Bernardo lleva más de sesenta años residiendo en este pueblo próspero que vive del vino y del campo. Se lo conoce al dedillo. Llegué de León cuando inundaron nuestro pueblo, nos cuenta. «Yo era un bebé, pero mis padres sufrieron mucho. Perdieron todo. Los expropiaron. Una verdadera injusticia. Vivimos en F una temporada y luego nos vinimos aquí». No lo comenta con amargura. Su voz es firme. Ronca. Casi cabreada. Yo no pretendo entrar en temas políticos. Voy 64

de días atrás. La dueña de la casa, Delia, murió hace ya más de diez años, comenta mientras enciende un cigarrillo y frunce los labios. «Vivió con su marido, José, una temporada en Andalucía, pero, luego, el marido puso una panadería en el pueblo. Vivió de ello mucho tiempo hasta que la traspasó diez años antes de su muerte. En cuanto se quedó viuda, la casa fue demasiado grande para Delia. José hacía bastante. Era bueno con las manos. Un autodidacta. A su muerte, la viuda se atrincheró en la planta baja y clausuró el resto de la casa. No se movía. No salía. Dejó de frecuentar a sus amigos. Me lo contó mi mujer, que eran íntimas. Fue de las pocas amigas que conservó hasta su muerte. En cuanto Delia falleció, la vivienda entró en decadencia». «Al principio, venían familiares, nietos, hijos, pero se quedaban algunos pocos días y se volvían a ir. Siempre venían cargados. Muebles. Escombros. He visto de todo en esa casa. Un día entré con mi mujer. Nos había invitado alguien, alguno de los múltiples herederos, supongo. Aquello era como un mausoleo». Le interrumpo en ese extremo. Le cuento que en algunas civilizaciones enterraban a los muertos con sus pertenencias. Veneraban no solo al difunto sino también a sus posesiones. ¿Sería una forma de evitar el conflicto con los herederos? Bernardo me mira raro. Creo que le importa poco lo que hagan otras civilizaciones. Él solo está pensando en su pueblo, en sus calles y en aquella casa que se ha venido abajo. Los bomberos llegaron diez minutos


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después, me sigue contando. El derrumbe era considerable. El ala oeste de la vivienda se había agrietado hasta tal punto que un día no aguantó más. Las casas avisan, me comenta Bernardo mientras pago la cerveza de los dos. Nos despedimos en la puerta. Me dirijo al lugar de los hechos. ¿Quién es esa mujer herida? ¿Una de las dueñas? ¿Una heredera? Desde fuera se puede observar todo. Es curioso cómo queda en evidencia nuestra intimidad cuando se vienen abajo los muros de una vivienda. Nuestras miserias quedan expuestas ante el ojo ajeno. Ya no hacen falta unos binoculares. Aquel universo privado se abre ante cualquiera que pase por la acera. Y veo restos de una chimenea. Veo kilos y kilos de muebles arrumbados en dos habitaciones. Sillas por doquier. Al fondo, muebles de cocina en el suelo. No veo la zona precintada. Decido meterme en la casa en ruinas. Entro en lo que había sido alguna vez el salón. Sigo hasta al fondo. Recorro las estancias. Libros de los años setenta. Juveniles de Alfaguara. Los del perro en la contracubierta. Ediciones antiguas de

Sudamericana. Fotografías viejas. Postales. Juguetes antiguos. Se me seca la garganta. El polvo está por todos lados. No solo por el derrumbe. El aire pretérito que se respira. Todo en aquella habitación expiró. Su dueña. Los que aparecen en las fotos. Los que jugaban con aquellos juguetes. O muertos. O viejos. O son otros. Que han cambiado. Que han sufrido los avatares de la vida. Que se han transformado en extraños de sí mismos mirando esas imágenes. Salgo al patio sofocado. El sol azul intenso me recuerda que la naturaleza es lo único vivo de verdad. Y nuestra realidad orgánica presente, lo único verdadero. Miro los higos en el suelo. Los membrillos a punto de caer. El almendro frondoso y viril. Las cacas de palomas todavía blandas. Salgo de allí y marco un número en el móvil. Logro hablar con uno de los bomberos que lideró el operativo: Javier. Habla con calma. La casa no pudo soportar el peso de los muebles, me dice. Es algo que pasa en los pueblos. Se vacían de personas y se llenan de objetos. Lo miro extrañado. ¿Pueden las ca65


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sas tener un peso límite?, pregunto. Las grietas eran tan evidentes que alguien debió avisar mucho antes, me dice secamente. Vuelvo al hotel cabizbajo. La frase de Javier me retumba en la cabeza. «Los pueblos se vacían de gente y se llenan de objetos». Mi hotel está enfrente de la casa derrumbada. Estamos hablando de construcciones del siglo XVI. Me alojo en un hotel rural construido en la misma época que la casa que se ha derrumbado. La misma piedra. El mismo patio. Las mismas vigas. Casi podría intuir al mismo arquitecto. Se llama La casa del abuelo Pérez y solo alojan grupos grandes. Sin embargo, hacen una excepción conmigo cuando les digo que soy periodista. No preguntan más. Me siento a cenar. El jamón y el queso de esta comarca son para morirse de un infarto. Julia, que regenta el lugar y me sirve los manjares, es amable. Tiene el pelo rubio artificial y me llena una copa de vino. Estas casas no se caen así sin más, me comenta. Son cimientos que duran para siempre. Ya no se construye así. ¿Has visto las vigas? Constato el contraste. El abismo. Entre el abandono de aquella vivienda y el hotel rural donde me alojo. Pintado. Reciclado. Renovado. Todo rezuma modernidad. Hasta los grifos presumen de nuevos aunque quieran imitar el pasado. La bañera, impoluta. Ahí hay vida. Trabajo. Sudor. Inspiración y expiración. El polvo no existe. No es solo el cimiento, pienso, sino la mano del hombre obrando en que aquello siga teniendo vida. Me doy un baño relajante. Duermo como un rey. El tiempo no transcurre. El silencio es de otro planeta. Dedico el día siguiente a hacer pesquisas diversas. Administración pública. Catastro. Esas burocracias que pueden aportar mucha información. Veo listas de morosos. Retraso en los pagos del 66

IBI. Vamos, que la casa está floja de papeles. Al anochecer, decido irme a un pueblo cercano. Quiero dar una vuelta. Necesito aire. El próximo día me pasaré por la policía. Necesito saber quién es la mujer accidentada que se encontraba en la vivienda. Paso por el hotel a cambiarme. En el mostrador Julia me dice que me han dejado una nota. Alguien me cita frente al cementerio. Donde estuve el primer día. Unas anchoas de muerte. Y ese jamón mantecoso que casi se deshace en la boca. No deja de ser práctico que el mejor embutido del pueblo se disfrute frente al cementerio. Postergo mi escapada al pueblo vecino. Me ducho. Elijo una camisa de lino. Hace calor pero la noche está hermosa. Me voy caminando. La mujer es joven. Tiene pelo negro. No tendrá más de 35 años. No diré si era guapa porque no viene al caso pero tiene pinta de no vivir allí. Habla suave. Hace pausas. Soy la hermana de Pilar, me dice. Está en el hospital. Se le inundan los ojos. No entiendo su presencia allí. ¿Por qué me cita? Y se enroca en una historia rocambolesca. «Mi hermana abandonó la casa cuando tenía 18 años. Vivíamos aquí. Dos calles más abajo. Mucho antes de que este lugar fuera un reclamo turístico. ¿Te han dicho que Julio Iglesias tiene bodegas aquí? Yo estudié. Terminé la carrera. Me puse a trabajar en un banco y gané bastante dinero. Pilar se quedó embarazada con 18 años. Ella decidió tener al crío. Se casó rápido. Eran otros tiempos. No era el franquismo, pero tener un hijo a esa edad te condenaba al ostracismo. Ella perdió a sus amigas. Y me perdió a mí, que me dediqué a mi carrera. A pesar de eso, no le fue mal. Puso un bar. Cerca de aquí. Era em-


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prendedora. No se le daba bien estudiar. Empezó con poco. El padre de su hijo puso el dinero. Al poco tiempo, ella se expandió, compró un local más grande y puso también un pequeño alojamiento rural. Por acá pasa mucha gente. De paso. De camino al norte. El negocio prosperó. Hasta que pasaron dos cosas: llegó la crisis. A mí me despidieron. Después de trabajar quince años en el banco me pusieron de patitas en la calle. Y justo el mismo día que me echaron, ella descubrió que su marido la engañaba con otra. Me llamó una semana más tarde y cuando la oí contármelo, me pareció que su problema era menor que el mío. Tenía su negocio, le iba bien y solo dependía de sí misma. Nunca le dije que me habían despedido. La vi tan hundida que no fui capaz de contarle mi situación». «Pasó el tiempo. Nuestra relación nunca fue muy cercana. Aquel hijo prematuro significó una barrera entre nosotras. Antes habíamos sido inseparables, pero el hecho de que ella eligiera a su hijo —así lo viví yo— en vez de a mí, me dolió». «Al verano siguiente de mi despido y de que la abandonara su marido, murió un tío nuestro y tuve que volver al pueblo. Cuando llegué, me encontré con el bar cerrado. Pensé que había una fiesta local, pero en el mismo cementerio me enteré de que el negocio se había ido a pique y que Pilar se emborrachaba cada vez con más asiduidad. Aquella frase dicha por una vecina con total ligereza me rompió el corazón. No llegué a ver a mi hermana. No atendía los teléfonos. No se dejaba ver». Siguió con su charla un buen rato. Se fue por las ramas, por las raíces y por todo el bosque entero. Tenía ganas de ser escuchada. Dejar fluir su angustia familiar. ¿Me diría alguna vez qué había pasado con su hermana? Solo esperé diez minutos más. Debo

reiterar que los vinos y embutidos de esta comarca amenizan hasta la historia más deprimente. En cualquier caso, yo no me aburría. Su discurrir familiar era fascinante visto desde fuera. La prosperidad. La crisis. España. Los bancos. El caprichoso mundo del trabajo. «Me echaron en cuanto empezaron a cerrar sucursales. Me dieron un buen dinero. Lo di todo por esa empresa. Engatusé a amigos para que contrataran hipotecas conmigo. Engordé quince kilos por pasar 10 horas sentada en una oficina. Sufrí el traslado a una ciudad remota y aburrida. Ahora estoy en paro. Estoy gorda. Separada. Y con unos ahorros que merman cada día. Lo peor es que no lo llevo tan mal. No pienso en el futuro. Pero mi hermana… la pobre. La próspera. No me dio pena cuando me llamó llorando. Me pareció que exageraba. Que su vida al lado de la mía era simple. Resuelta. Hablábamos poco. Era huidiza. Lo poco que supe de ella en los últimos años fue gracias a los vecinos, pero tampoco eso era mucho. Perdió su casa. Su marido se quedó con sus hijos. Vivía de la caridad del pueblo. De las miradas. Y, si podía, ocupaba una de las tantas viviendas semiabandonadas». La miré conmovido. Me considero un tipo duro, pero estas pequeñas tragedias familiares me hunden. Y así fue que la encontraron. En aquella casa polucionada de objetos ajenos. Borracha. Inconsciente. «Un día yo estaba en casa cocinando y me acordé de ella. Empecé a pensar en lo poco que nos habíamos visto en los últimos años. Llamadas esporádicas. Yo no tenía casi relación con sus hijos. Y me pareció que vivía en un estado de dejadez que no tenía la menor excusa. Tomé la resolución de cambiar las cosas. Buscarla. Estrechar ese vínculo. Ayudarla. No tenía excusa. No tenía trabajo, pero, en realidad, tenía un gran 67


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trabajo por hacer. Podía ocupar mi tiempo en algo hermoso. Suena un poco místico, pero así lo viví. Me lavé las manos y puse la mesa. Estaba satisfecha. Por haber tomado esa decisión». «Y justo, me llamó su exmarido. Ahí supe todo. Fue parco. Viajé de inmediato. Estoy día y noche en el hospital. Pilar está muy grave». «Ese día agradecí que mis padres estuvieran muertos». «Intentó prender la chimenea. No había una buena salida de humos. Y las grietas hicieron el resto. Al menos, eso creen los bomberos». De vuelta a mi hotel, me asomo otra vez a la casa siniestrada. Todavía hay colgada una foto. En blanco y negro. Con la mirada tiesa de las fotos antiguas. Con los rostros como de cera. Son solo cabezas flotando en un fondo artificialmente blanco. Muertos. Caducos. Me prometo irme pronto. Pero sé que no puedo. Me falta la protagonista. La desdichada. Pilar. Esa noche duermo intranquilo. A pesar de mis años de experiencia como narrador siempre pierdo la serenidad antes de una entrevista. Esta me cuesta especialmente. Después de haber oído a la hermana, no guardo muchas esperanzas de un relato feliz. Decido no decir nada. Aparecer de golpe. Sin avisar. Tengo por regla no

anunciarme cuando voy a hacer algo que corre el riesgo de ser reprochable. Me acerco al hospital. Pilar Sánchez, por favor. ¿Es familiar?, me interrumpe la enfermera de mofletes enrojecidos. Soy amigo, le digo con una sonrisa. Ganarse al personal sanitario no es mi fuerte. Están saturados. Recortados. Y expuestos al malhumor de la ciudadanía. No espero muestras de cariño. Además, soy consciente de que los amigos están en un status diferente a la familia. Aunque esta te amargue la vida y un amigo no. Lo siento, me dice. Ya no está en este hospital. No quiere dar información, pero con su rostro ya lo ha dicho todo. Vuelvo al hotel hundido. Estaba listo para una conversación demoledora. Una mujer okupa que muere aplastada por los objetos. Polucionada por el incendio que provocó en una vivienda repleta de basura. Me acerco al cementerio. Ese día llueve. Su hermana me mira en silencio. Con el rostro desencajado. Baja la vista. Le doy el pésame. Miro las lápidas. El culto al pasado. A lo que fue. A lo que ya no existe. En Castilla no existe el presente. El presente hiere. El presente mata. Los suyos prefieren agarrarse —como en una fuerte tormenta— al mástil del pasado. Con fuerza. Con tozudez. Hasta que la muerte los alcance a ellos y sean otros los que tengan que venerarlos. Con objetos. Con piedras. Con la trágica afición al polvo. Por los siglos de los siglos.

Silvia Zuleta Romano (Torrelodones, Madrid - España) Twitter: @SilZuletaRomano Facebook: szuletaromano Blog: laguaridadeficcion.blogspot.com 68


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Running

Pepe

No he visto de dónde ha salido…

Sanchis

LLAMARON a mi mujer y

entramos los dos a la consulta. El doctor estudiaba fijamente la hoja que tenía sobre la mesa. Señaló las sillas para que nos sentáramos. Solo entonces levantó la vista. Con su mirada lo dijo todo. Menudo calor hace hoy… no sé si seré capaz de cubrir los cinco kilómetros que me estoy obligando a correr todos los días. ¿Y esa mujer que llevo delante de mí desde hace un rato? No he visto de dónde ha salido… seguramente del camino de la izquierda, aunque no estoy seguro… tendrá mi edad, creo… tiene buen tipo, la verdad… A ver si puedo llegar a su altura…

Aquel doctor no se fue por las ramas. Ya nos lo habían advertido. Directo al grano. Nos explicó la situación tal como la presentaban los análisis. Y nos dio la tremenda noticia. No se conformó 69


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solo con el diagnóstico, también añadió Digan lo que digan, el invierno es el un dato que nos dejó sumidos en el más mejor tiempo para hacer running. Te amargo dolor. Nueve meses, un año a abrigas un poquito, y ya está… Estoy cumpliendo mis objetivos. Esta selo sumo… Bueno, parece que ya ha pasado lo peor del verano. Por lo menos estos días no estoy llegando a casa bañado en sudor y con la camiseta chorreando… Hoy me he atrevido a llegar más allá de la rotonda, total un poquito más y serán seis kilómetros… Y otra vez esa mujer… No consigo verle nunca la cara, siempre por delante de mí, solo la veo de espaldas… si me atreviera, intentaría pasarla, la saludaría… quizá mañana… sí, mañana…

Al final no consiguió llegar ni a los nueve meses. Mi mujer falleció incluso antes de lo previsto. La maldita enfermedad pudo con ella. Hace más de dos años del fatal desenlace. He ido a una psicóloga todo este tiempo. Entre sus consejos y el Escitalopram reconozco que me encuentro mucho mejor. También he comenzado a salir a correr todas las mañanas. Todavía soy joven, me dicen mis hijas. Me animan a salir, a conocer gente. Me insisten. Después de lo que he pasado, ¿será posible una nueva primavera en mi vida?

mana he conseguido correr los ocho kilómetros que me había propuesto para antes del fin de año. Además, ahora que ya no voy solo, me divierto mucho más. El otro día me decidí, le hablé… vive en el pueblo de al lado… al día siguiente quedamos para tomar juntos un café… Resulta que es viuda, su marido era camionero y tuvo un accidente de tráfico, también hace dos años, qué casualidad… Creo que nos entendemos bastante… Y con esto de que se acerca la primavera, parece que los dos estamos más animados… Ya veremos…

Pepe Sanchis (Massalfassar, Valencia - España) 70


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El pozo Héctor

Núñez

Ilustración de Amédée Forestier

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Extrañaba Londres y sus fantasmagóricas calles atiborradas de neblina...

EL agua del pozo me abrazó con va- Un descuido más y no terminaría la ta-

pores de fecundos gérmenes, llevando mis pensamientos más oscuros a primitivas tinieblas, ahogándolos, como un bálsamo de alivio para mi corrupta alma. Caí hasta lo más profundo del antiguo y sombrío abismo, ahí donde la luna ha evitado sumergirse por miedo a quedar atrapada en la profundidad del tiempo y espacio. Levanté la vista al cielo consciente de mis muchos pecados, y este me envió un viento suave, el cual acariciaba mi rostro con mano invisible, sin rudeza, como la bendición de mi propia depravación. Había espíritus cautivos en las tinieblas del pozo, sin esperanza, sometidos a las paredes, como retoños microscópicos que han sido preñados en un acantilado. Las manecillas continuaban su pálido curso hacia la medianoche, mientras mi corazón latía con monstruosa calma entre el regocijo y el miedo. Tenía lista la ofrenda, como cada plenilunio, para apaciguar la voluntad de la negra y profunda oquedad, sin arrepentimiento y absoluta sumisión. Extrañaba Londres y sus fantasmagóricas calles atiborradas de neblina. Mi huida fue repentina, sabía que Scotland Yard estaba cerca de atraparme por mi absurda soberbia y debido a que me quedé hechizado con la belleza de mi última víctima, porque aun después de cercenarle la garganta mantenía la inmaculada divinidad de un ángel dormido, así que no pude evitar quedarme con sus ojos para verme reflejado, cuando quisiera, dentro de ellos. También era por el maldito juego que había establecido con aquel inspector. Estaba cerca, lo sentía respirándome en la espalda. 72

rea que se me había encomendado. Las voces, las malditas voces que escuchaba parecían lejanas instrucciones invisibles que se anidaban en mi mente y las cuales guiaban mi mano con la destreza de un cirujano. Eran prostitutas, no eran damas de la alta sociedad, ni debería haberles importado, de todos modos tarde o temprano terminarían muertas en alguna oscura callejuela de Whitechapel. Los primeros pasos estaban dados, me estaban esperando nuevas tareas en otro lugar donde pudiese convertirme en un servidor virtuoso. Me mudé a Nueva Inglaterra a principios de agosto, conseguí una casa a pocas millas de un pueblo llamado Arkham, el lugar estaba rodeado de gigantescos y milenarios árboles, estrechamente abrazados desde la copa hasta la raíz. Tenía un aspecto lúgubre, antinatural, cuyo interior conservaba una tenebrosa clausura de convento. Las paredes estaban infestadas de un musgo antiguo y opresivamente grisáceo. Los rayos del sol parecían que huían sin atreverse a bendecir con su luz el pórtico y mucho menos el pozo que se encontraba detrás de la derruida construcción. Se me cedió todo privilegio y mandato sobre este abismo infernal, donde sembraría con sangre la semilla de mi locura. Cada habitación parecía susurrar mi nombre, las paredes se inclinaban a mi paso, pero cuando llegué al pozo mis piernas flaquearon, con indefinible delicia, escuché la profunda sinfonía vocal que provenía de aquella boca seductoramente húmeda. Fue entonces que ambos consagramos nuestras nupcias. El agua del pozo se


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precipitó hacia el cielo y empezó a caer en forma de rocío sobre mi cuerpo desnudo, llenándolo de un éxtasis frenético de sublime placer. Entonces, escuché innumerables himnos y cánticos provenientes del subsuelo y fue cuando en las paredes del pozo una mano invisible escribió, con tinta indeleble, nuestro eterno juramento. Los pocos vestigios de humanidad se han esfumado, los campos empezaron a marchitarse con un nuevo holocausto. Los árboles, adormecidos, sacudían febrilmente las hojas, las cuales se iban pudriendo mucho antes de tocar el suelo. Entre sueños se me enseñó el lenguaje de la bestia. En Londres, fui un asesino desquiciado, cuyo principal gozo provenía del placer momentáneo del destripamiento, pero hoy obedezco otras leyes, antiguos códigos que habían estado atrapados en el largo trascurso del tiempo y el espacio. Ahora mis actos tienen un propósito más elevado y me he convertido en el poderoso brazo de seres infinitamente superiores. El agua del pozo cambió el color de mis ojos. Apenas puedo reconocerlos por su perversa naturaleza. Me queman como brasas cuando los cierro. Lentamente hemos asolado todo el lugar, enseñoreándonos, expulsando a los débiles por su frágil origen y extrayendo los corazones de los más fuertes para apaciguar el descomunal apetito del habitante del pozo.

No quería permanecer más tiempo sumido en las tinieblas, por fin lograría gobernar desde el profundísimo e insondable abismo del infinito universo. El inspector Abberline llegó con un equipo de seis agentes a las inmediaciones de Arkham. El inspector Andrews los llevaría directamente hacia una nueva pista que había seguido desde hacía tiempo. Durante meses intercambiaron expedientes y fotografías de todos los casos del destripador de Nueva Inglaterra. Aunque descubrieron cierto grado de sofisticación en los asesinatos, no tenían duda, eran muy parecidos a los de Whitechapel. Llegaron a la casa antes de las últimas luces del sol, el ocaso formaba fantasmagóricas sombras en el páramo gris y polvoriento. El pozo emanaba vapores densos de diferentes colores con un olor fétido y nauseabundo como fruto de una lastimosa superstición. Tiraron la puerta con tal odio que la casa estuvo a punto de venirse abajo. Después todo fue confuso, disparos, gritos, órdenes ininteligibles y luego de un rato, de nuevo el silencio en el erial embrujado. Pasaron algunos meses, llegó un nuevo grupo de investigadores y sólo encontraron una formación de cráneos multicolores extrañamente amalgamados a la umbrosa naturaleza del lugar.

Héctor Núñez (México) Twitter: @hector0119 73


El Callejón de las Once Esquinas

Monstruos de feria Héctor Daniel Olivera Campos «La única forma de soportar la existencia es aturdirse en la literatura como en una orgía perpetua». Gustave Flaubert

COMO una puta de carretera arroja- tir el tedio de los momentos muertos

da en una cuneta de la nacional II, así se siente el escritor bajo la carpa blanca. Dos caballetes y una tabla confeccionan su mesa precaria, una silla incómoda, varias botellas de agua mineral, una revista de crucigramas con la que comba74

que se extienden entre un comprador y otro, cajas apiladas con los ejemplares de su novela; constituyen el paisaje del tinglado en el que se halla cautivo el escritor. Es la primera vez que participa como


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autor en la feria libro y le parece una soberana imbecilidad que en unos tiempos tan globalizados e interconectados como los actuales, tenga que cumplimentar con el rito arcaico de firmar de puño y letra los libros a sus lectores. Sin embargo, aquí está, esperando a Godot por imperativo editorial. El autor, tan proclive a abordar la rebeldía como tema estelar de sus narraciones, no ha reunido el valor necesario para contradecir a su editor. Se trata de una concesión más, anodina e insignificante, pero sobre la que flota un halo de latente bajeza, de algo inexplicable pero doloroso. La primera jornada de la feria del libro transcurre con lentitud, son las once de la mañana y escasea el público que curiosea frente a los stands. Un sol primaveral se yergue indolente en el cielo, calentando la alameda con tibieza. El escritor se desentiende por un momento de su revista de crucigramas, alertado por una sensación de vacío chapoteando en su conciencia mientras observa a sus colegas agazapados bajo carpas blancas calcadas a la suya, una uniformidad que confiere a la feria un aire impersonal de factoría. Los contempla exultantes, el rostro iluminado de beatitud con cada persona que les pide una dedicatoria. ¡Qué distinto se siente el escritor de sus colegas! ¡Qué poco encaja en aquella exposición de egos orondos, de Narcisos que no tienen el detalle de ahogarse, de monstruos de feria! El autor supuso con ingenuidad que la mayoría de las personas que escriben serían como él; individuos zaheridos por la vida, mujeres y hombres con el anhelo de crear alguna forma de belleza. Pero sólo ve a gente que gasta sonrisas de un amarillo hipócrita, compitiendo con brutalidad entre sí. El más insufrible, entre ellos, es un viejo autor, algo tronado, ataviado con sombrero y foulard, que se cobija en la caseta situada a la derecha del escritor; un viejo que embadurna con mirada aceitosa los escotes de las muchachas

que pasan mientras deambula con nervio bajo la carpa, encaramado en sus zapatos con alza, en un retozo semejante al de un preso que pasea por el patio de la prisión o a un pez nadando sin horizonte en su pecera. Su colega, cada vez que firma un libro, lo canta y numera; y lleva diecisiete. Vende un plomizo ensayo anticlerical, de esos que hay que tener bien visibles en la estantería del comedor para que tus amigos, en sus visitas de tarde de domingo, café y lionesas, te consideren un izquierdista de pro. Se aproxima un joven «gafa-pasta»; ojos de miope cinéfilo; look moderno; zapatillas de deporte caras; camisa de moda —un dragón chino bordado en ella, en rojo sobre amarillo—; los cabellos negros y cortos, en un estudiado despeinado, con los mechones ligeramente puntiagudos, moldeados por alguna loción fijadora y un resto de saliva seca en el lado derecho de los labios, en el que, por algún oscuro motivo, el escritor se fija con desagrado. Un joven que se acerca al autor blandiendo la novela para que se la firme; la mano algo temblorosa, los elogios de rigor —desmedidos y gratuitos—. La firma cae sobre la primera página inviolada del tomo y el joven se marcha gozoso con su recién capturado fetiche. Son las doce del mediodía. Una chica despistada pregunta al autor por la caseta de un escritor mediático; un presentador televisivo de un late show que ha puesto en circulación un libro con sus monólogos (escritos por sus guionistas, por supuesto). Libro en edición de bolsillo y tapas de cartulina que vende a veinte euros la pieza. Nuestro hombre indica a la joven que se dirija hacia la cola que se ha formado al final de la avenida. Los escritores mediáticos y los autores de best sellers juegan en otra liga, delimitada con claridad en la distribución espacial de la feria. Él se halla arrinconado en la zona de los libros de 75


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literatura «culta». A pesar de ubicarse en el segmento de la literatura minoritaria, no puede decir que no haya tenido la promoción adecuada. Incluso apareció en el programa de ese presentador que está arrasando en las listas de ventas. Su editorial, que tiene conexiones empresariales con la productora televisiva, le abrió la puerta, fue así de simple, favor con favor se paga, dinero llama a dinero. En menos de un año ha pasado de ser un perfecto desconocido a disponer de un nombre en minúscula, eso sí, pero que cuenta y revolotea en los suplementos literarios de la prensa de tirada nacional. Claro, que nada es gratis; por supuesto ha tenido que ofrecer algo a cambio; toma y daca, una concesión tras otra. ¿Quién iba a publicar una prosa tan arriesgada como la que él practica? ¿Quién era el guapo que iba a exponer su capital para sacar al mercado aquel páramo de desesperación que era su novela original? Incomodidad, ese y no otro, es el término que resume su obra. Todo lo que ha escrito hasta entonces es como reflejarse en esos espejos de aumento que hay en los salones de belleza, esas lupas que, al mirarnos, muestran con insobornable impiedad las manchas, los granos, las cuantiosas impurezas de nuestra piel. El escritor «desvela con maestría las contradicciones de la condición humana» (en palabras de un crítico literario más vendido y miserable que él). ¡La puñetera condición humana! Como si retratarla tuviera algún secreto; basta con anotar lo que la gente afirma y proclama, lo que finalmente hace y lo que realmente piensa; para que todas esas incongruencias, que definen la vida y a las personas, revienten en tinta sobre el papel. El escritor se ha dedicado a mostrar en sus textos aquello que intuitivamente todos sabemos: que no hay ideal, institución, relación, amistad o lazo de sangre por la que, al sacrificarnos, no nos deje al final 76

del trayecto, el amargo sabor de la decepción junto con esa letal melancolía que supuran las batallas perdidas. Una señora pecosa con acento gallego demanda su firma; ya son siete los ejemplares vendidos de su novela titulada 2669; obra que hubo de castrar como el que mutila a un hijo con la intención de proporcionarle una confortable carrera de mendigo tullido. El editor tomó su novela original y aceptó publicarla a cambio de que la transformara en una lúgubre profecía post-apocalíptica narrada como una road movie que acontecía en el año 2669. Con aquella argucia de situar la acción en el futuro se diluía la incomodidad de la obra original, el distanciamiento aligeraba la digestión de miserias demasiado angustiosas. El desasosiego no vende, le advirtió su editor; la gente lee para evadirse, no para reconocerse. El autor claudicó, accedió a ejercer una literatura de té con pastas; a cambio, publicarían una selección de sus cuentos sin censuras. Al menos en sus relatos cortos su voz no sería adulterada. Dos pasos adelante, uno atrás. La novela rota, sus cuentos intactos, ese era el trato: Quid pro quo, como le decía Hannibal Lecter a Clarice Starling. Por fin el público sabría de su rabia, de su asco hacia los poderosos y sus abusos. Sabría de su capacidad inmensa de amar y de su sempiterna falta de correspondencia, de su enfermiza sensibilidad, de su exilio interior; de su perplejidad y horror ante el mundo, ante los eternamente otros, a los que nunca ha comprendido, y por eso escribe y escribe, para entender, para esquivar su propia ignorancia y sus deseos de desaparecer, de cometer un suicidio que tan sólo el acto de escribir evita. Escribir como resistencia, escribir como militancia, escribir para no sucumbir, escribir aunque no sirva de nada; construir una cápsula de papel en la que refugiarse de los acontecimientos aciagos con que te


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golpea la existencia, parapeto invisible frente al sufrimiento, la decepción y el cansancio, un bunker de papel y tinta. Y escribir basculando entre el pudor y el temor. El pudor de aparecer desnudo ante el público, ante los desconocidos, los otros; pudor a anudar jirones íntimos en cada página, a gritar en letras secretos que apenas se susurran al oído. Y junto al pudor, el temor a mostrarse incompleto, a que pesen más las desdichas, con su eco trágico, que los episodios de felicidad en el inventario encuadernado, las obsesiones a las propias luces; temor a eternizarse en forma de espíritu mutilado, vibrando con estridencia su elenco de miserias y que jamás expresará en su plenitud la complejidad, contradicciones y sutilezas del yo cambiante en el tiempo, evolucionando sin pausa, espectro de un espíritu sucesivo. Con la angustia de saber que el autor estará en sus escritos, pero sus escritos no serán el autor, todo el autor; apenas sombras de tinta proyectadas sobre el paredón de una caverna de celulosa. Aparece el segundo «gafa-pasta» de la mañana, tan semejante al primero que se diría hermano gemelo de aquel, se llama Javier y pide que lo haga constar en la dedicatoria. 2669 está teniendo el moderado éxito esperado, el resultado óptimo que una engrasada, hábil y musculosa mercadotecnia consigue dentro de la horquilla de unas proyecciones realistas. Por el contrario su libro de cuentos fue un fracaso comercial sin paliativos. La editorial ha fijado un target para su novela, etiquetada como de «culto», apenas fue vomitada por la imprenta. El potencial comprador pertenece —o aspira a pertenecer— a una clase media, joven, urbana y con pretensiones culturales (básicamente se trata del hijo del obrero que llegó a la universidad y ahora fagocita cualquier producto que le haga pasar por cultivado y

moderno y le distancie de sus garrulos y horteras padres). Los «gafa-pasta», los hipster y demás tribus modernas de habla hispana ya tienen a su disposición otro libro referencial más, su novela cool para esta temporada. La hora del aperitivo está próxima. El público, en mayor número, se anima a darse una vuelta por la feria y las ventas se alegran. Los «gafa-pasta» se suceden como troncos devueltos por el mar, bogando hacia la isla en la que se ha convertido la parada del escritor. Se presentan con dedos temblorosos, mirada encendida, pose humilde y voz trémula; mostrándose como todo buen mitómano ha de comportarse cuando se aproxima al altar de la cultura mass-media. El escritor firma un libro tras otro, y los ve marcharse, dichosos, a comer a un restaurante japonés o a un libanés o a pegar la gorra en casa ajena; y sospecha que por la noche visionarán una película iraní en versión original subtitulada, rematando la jornada con un polvete con su pareja, de lo más convencional, mientras suena, de fondo, música indie o un tema de cualquier otro estilo, siempre y cuando sea adecuadamente minoritario y furibundamente snob. Y con todo eso, el escritor intuye que se considerarán mejores que la mayoría, una vez que hayan cosechado las señas de identidad precisas de quienes pretenden ser ilustrados, a la par que modernos, de manera fácil, rápida y barata; para mirar así, por encima del hombro a los demás —con condescendencia—, a las muchedumbres de marujas y marujos, en teoría más adocenadas que ellos mismos. La lectura de su novela, un lastimero blog, la pasión por cochambrosos grupos pop promocionados en circuitos presuntamente independientes y un whisky de malta de alguna marca poco conocida, determinarán las invisibles fronteras que les separaran de la plebe. 77


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El autor, con la publicación de su obra, ha llegado hasta donde se proponía; incluso merodea por los suburbios del éxito, pero no es feliz; se siente estúpidamente sorprendido de no llegar a serlo. Al final nada resulta como habíamos imaginado, ni siquiera el universo Disney. Ha sido un largo camino, asaetado de desprecios, sin más compañía que la desesperación o la íntima convicción de ser distinto a los demás, de poseer una sensibilidad más afilada y vulnerable. Ha pagado su precio: decenas de editoriales rechazando su novela, algunas de ellas adjuntando informes de lectura redactados por lectores que no tienen pajolera idea de lo que han leído. Un bucear en portales de blogs literarios, donde la mediocridad irrumpe contaminando hasta a los más puros, transformando el portal en un mercado de flores de letras arrojadas sin tino en forma de comentarios mutuos, envidias mal disimuladas, infectas lamidas de culo y adulaciones diversas. Pedir favores; buscar contactos, presentaciones, amigos en común; detectando padrinos; practicando el «bisagreo», el arte de doblarse —incluso en ángulo recto— ante cualquiera que remotamente le pudiera publicar su novela. Sí, publicar, publicar, publicar. Porque de eso se trataba, de publicar a toda costa, a cualquier precio. Publicar, no para agasajar un ego ridículo; pues ni un millón de libros con su nombre en letras de molde borrarían el desprecio que siente hacia sí mismo por los miles de errores cometidos, por las cientos de oportunidades perdidas. Publicar, no por dinero, ya que no le hace falta para comer —es funcionario—; ni es plausible que nada de lo que escriba vaya a hacerle rico jamás. Publicar para que su dolor no se quede sin testigos. Publicar como un acto de autoafirmación del individuo versus el mundo. El estrafalario viejo del panfleto anti78

clerical canta su cifra de ventas para que todo el mundo le oiga, «Veintidós, los dos patitos». Los otros colegas que se acercan a su parada son más discretos, aunque no menos cretinos; «Y tú, ¿cuántos llevas vendidos esta mañana?» —dejan caer la pregunta en un tono de impostada despreocupación—. Sonríen, sonríen mucho, ¡por sonrisas que no sea! Ellos han comprado su novela y el escritor conoce la obligación social que tiene de adquirir sus libros, aunque no le interesen una mierda y lo necesario y conveniente de dedicarles encendidas alabanzas tan falsas como las que acaba de recibir. El autor consume el penúltimo botellín de agua mineral de la mañana. Hay quien ha sacado al perro y a los niños a pasear por la feria y la avenida se puebla de griterío infantil y ladridos. ¿Le comprarán a cada perro un libro con las aventuras de Rin Tin Tin? —discurre el escritor con mordacidad—. No tiene el humor suficiente para seguir tratando de resolver crucigramas. ¿Así que el éxito es esto? —se pregunta—. Durante el largo período en que fue un escritor anónimo, eran muchos los que se reían de él, fingiendo solidaridad, compasión y buenos sentimientos; designándolo como un friqui, un desgraciado, un bala perdida, un talento desaprovechado consumiéndose en una plaza de subalterno de categoría ínfima; los mismos que en este presente menos áspero, resurgen para sentenciar que el escritor siempre ha sido un genio, asegurando ufanos que ellos ya lo advirtieron en su día. Ha sido preciso que el escritor apareciera en televisión para que le perdonen la vida. Una chica con gafas de pasta blancas, que confiesa —sin que nadie le pregunte— ser estudiante de magisterio, espera su turno para comprar la novela. Se alegra de haber visto al autor en la televisión —no en vano, acaba de adquirir el


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libro con los monólogos del presentador, ejemplar que asoma en su mano izquierda—. El escritor no puede evitar crispar el rostro, porque es la segunda vez que, mientras ella hace cola, le oye comentar su aparición televisada. Y es que la muchacha, rezuma una alegría injustificada y cascabelera, como si acabara de descubrir las fuentes del Nilo por el mero hecho de haberlo reconocido en la pequeña pantalla: —Te vi por tele —proclama la joven por tercera vez con flamígero entusiasmo. El autor siente una náusea. —¿Cuál es tu nombre? —Estrella. El escritor improvisa una dedicatoria. La muchacha abre con desmesura sus ojos grises, no puede creer lo que está leyendo: «Estrella: Idos tú y el resto de la humanidad a tomar por culo».

Héctor Daniel Olivera Campos (Badia del Vallés, Barcelona - España) Blog: hectoroliveracampos.blogspot.com.es 79


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La luna en la calle Bailén Manuela Vicente Y lo peor, es que también ella está sola...

ES de noche en la calle Bailén. Echa-

do sobre la cama siento la pegajosidad de mi piel, empapada en sudor. He bebido, pero no tanto como para olvidarme de ella. Estar solo conlleva pequeñas licencias, como la de fumar hierba tumbado sobre la cama, con la ventana abierta de par en par, las luces apagadas. Hace ya rato que arrojé los auriculares para cambiar a Metállica por el ruido callejero, los cláxones de los coches y los gritos del piso de al lado. 80

Pienso en Celia. A las once de una noche abrasadora de primeros de agosto. Veo su cuerpo desnudo, la blancura de sus nalgas, como dos medias lunas. Siempre me pareció que su piel era de un nacarado imposible. Sus pechos, pequeños y puntiagudos. Su cintura. Cómo me duele en este momento. En este momento, cuando trato de echar mano a la botella y ya no queda más. Ni una sola gota. Me bebería su sangre entera para perderme en ella. Pero ya no está


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aquí. No forma parte de mis días ni de mis noches. Su esencia está enterrada bajo siete llaves cuyos candados fueron arrojados al mar. El humo carga el ambiente de la habitación y mi cabeza da vueltas. Celia… la única mujer que hubiera podido rescatarme, no está aquí. La atropelló, una noche como esta, un tren que no esperaba. Sus pies descalzos caminaban sobre las vías y yo los recogí. Cargué con ellos toda la noche. De vez en cuando me hablaban. Lloraban por los pasos que nunca darían, los trenes a los que no se subirían, las noches que habrían de venir. Noches como esta, llenas de humo y de ginebra. De soledad. Y lo peor, es que también ella está sola. Mucho más que yo. Porque ni siquie-

ra puede contar consigo misma y esa es la única licencia que se permite ahora: el olvido. No sé si en la oscuridad de su noche entrará algún resquicio de luz. Si al mirar la luna se acordará de mí. La calle Bailén es un caos a estas horas. Alguien grita aporreando una puerta. Cuando la bebida y la hierba comienzan a hacerme efecto, me sumerjo en un breve sopor mientras mi mente se va llenando con la imagen de Celia. La chica que yo conocí, antes de que toda su familia pereciese bajo las aguas mientras luchaban por llegar a tierra, y que ahora duerme, muy en el fondo de esa otra Celia que subsiste, en una de las celdas del hospital psiquiátrico en el que está recluida.

Manuela Vicente Fernández (Viana do Bolo, Orense - España) Facebook: manoli.v.f. Blogs: www.lascosasqueescribo.wordpress.com pulsionesliterarias.blogspot.com.es/

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Crisálida

Carmen

Hinojal Se preguntó qué significaría aquel signo...

SE sentía enfermo y

asustado. Sentado tras la verja del balcón miraba el mar, ese mar que resoplaba asmático, como un barco derrotado tras la galerna. Hacía tiempo que vivía solo. Los suyos decidieron ignorarlo. Primero las visitas a la clínica eran diarias, después las fueron espaciando, y con el tiempo dejaron de venir. Ni siquiera habían guardado en la agenda el día de su cumpleaños. Porque para el mundo de más allá de la verja era tan solo un parásito esperando morir. A veces, para su desgracia, se sonaba la nariz y veía con miedo cómo moqueaba un líquido rosáceo, empapando el pañuelo. Las enfermeras le solían dar ánimos y le empujaban a pasear cada día por los alrededores de la playa, para fortalecer su cuerpo maltrecho y sus pulmones, atrapados en la asfixia del que quiere respirar y no 82


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puede. Pero cada día que pasaba se sentía más cansado. Ni siquiera el olor salobre del mar animaba su espíritu. Antes, pensaba, con tan solo oler el perfume de la brea, miles de historias acudían a su mente y corría entusiasmado, como un niño, a plasmarlas en el papel. Ahora, aunque llevaba como de costumbre una libretita azul, apenas la sacaba del bolsillo y se solía quedar sentado sobre las rocas, perdiéndose en la neblina. Pero un día algo raro sucedió. Algo que le despertó del letargo de eternos momentos llenos de hastío y largas noches de dolor. Un barco encalló entre las rocas que rodeaban el faro. Se quebró por la quilla y escupió a la deriva todo su contenido. Nunca vio a los supuestos tripulantes. Parecía que el barco hubiera navegado solo, a la deriva, desde hacía mucho tiempo. Se puso en pie y caminó hasta las rocas más cercanas a la playa. En el suelo, unas extrañas figuras se marcaban sobre la arena. Cogió la más pequeña. Era del tamaño de un mechero, la sopesó y creyó que aquella cosa pesaba mucho más de lo que sería lógico. Buscó sobre la arena y las fue juntando, al abrigo de las rocas. Cuando tuvo un buen montón, comenzó a cavilar cómo llevarlas desde la playa hasta la residencia. Quizás las cuidadoras le pusieran pegas, como aquella vez en que quiso quedarse con una perrita abandonada. Pero aquello no estaba vivo y bien podrían pensar que las había encargado por correo, como solía hacer con los crucigramas y cajas de rompecabezas que tanto le entretenían. Así que se dirigió al Centro y cogió una caja pequeña de la cocina. Regresó al cabo de un rato, cargado con la caja llena. Estaba realmente entusiasmado con aquellas cosas. Y ni se le pasó por la cabeza que debería haberles avisado.

Más tarde, pensaría que el barco era tan grande que probablemente ya lo habrían visto. Dejó reposar en la caja su tesoro y decidió revisarlo cuando volviera del comedor. Tal vez podría limpiarlo durante sus horas de descanso y observar las piezas con más detenimiento. En el comedor se le veía impaciente. Comió más deprisa de lo habitual, y para los que a menudo le veían átono y sin vida, les pareció algo extraño su modo de actuar. Con prisas se retiró a su cuarto. Fuera comenzaba a soplar un viento frío que golpeaba las contraventanas. Enfrascado en su nuevo quehacer, sacó una toalla del armario y la colocó sobre la cama. Fue depositando sobre ella las piezas. Después de haberlas limpiado de arena, las observó. No se atrevía a lavarlas, porque no sabía si el agua con cloro las dañaría. O quizás era la sal la que las deteriorase. Parecían de metal inoxidable, pero eso no podía saberlo. No obstante, y como precaución, no las lavaría. Una a una las fue colocando sobre la felpa, ordenadamente, según tamaño. Luego las contó. Eran veintiséis. Pensó que tenían un número par, pero también que tenía que volver al día siguiente, por si el mar había dejado más sobre la arena. Les dio vueltas y más vueltas, colocando y pensando. Tenían grabadas unas líneas que se hundían con bastante pulcritud en el metal. En su mente, acostumbrada a definir lo disperso, trazó un plano de lo que podía ser aquello. Trabajó hasta muy tarde y, antes del amanecer, las había colocado de tal forma que encajaban las unas en las otras. Luego, se quedó mirando la figura de un ovoide que había surgido de la unión. Se preguntó qué significaría aquel signo. ¿Acaso era el logotipo de alguna empresa pionera en tecnología punta? 83


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Sentado frente al ordenador comenzó a buscar referencias con la esperanza de saber a qué empresa pertenecía aquella figura. Miles y miles de páginas desfilaron ante sus ojos, durante los meses que persiguió el misterio de aquel emblema. Pero en ninguna de ellas encontró la solución a aquello. Las raras veces que encontró algo parecido eran de una hermandad dedicada al estudio esotérico del mundo. No se dio por vencido, quitando tiempo al sueño. El descanso pasó a ser algo secundario. Tenía la certeza de que tiempo era lo que menos le quedaba y que la vida se le iría como el soplo de un ala de mariposa. Siguió en sus trece, interviniendo en raros coloquios con gentes que parecían pirrarse por todo lo extraño del mundo. Incluso se asoció en una hermandad esotérica con el afán de investigar con ella el hallazgo. Pero, o bien por falta de ganas por parte de la sociedad, o porque él no ofrecía remuneración para el estudio, el caso es que le dieron de lado y dejaron de responder a sus correos. Al sentirse solo su interés se fue apagando como una lucecita, y las buenas gentes de la residencia que le habían visto envalentonarse unos meses antes, no 84

comprendían que era lo que le estaba pasando. Una noche, la tormenta llegó de improvisto. Las contraventanas golpearon con fuerza los cristales y, sobresaltado, se levantó un tanto molesto. Le había costado mucho dormirse porque tenía el sueño un tanto inquieto y la debilidad por el esfuerzo le produjo cierto mareo. Se sentó en la butaca y llenó el vaso con el zumo de la jarrita. Bebió a sorbitos para no dañarse la garganta. Otra vez le dolía y se dedicó a pensar en aquel extraño ovoide que le trajera tanta desazón. Había regresado en contadas ocasiones a la orilla en busca de alguna pieza más, pero el agua solo había dejado algas enredadas y trozos de madera podridos. Desilusionado, recordó los tiempos en que gozaba de buena salud y los amigos le exigían su presencia. Todo se había disuelto en el recuerdo y apenas le quedaba algún atisbo de aquella alegría, que en su sana juventud disfrutara. Un chisporroteo le alertó. Se puso en pie y se acercó hacia la ventana. La tormenta seguía acercándose y llovía con mucha fuerza. La rama de un árbol rompió uno de los cristales y el agua entró mojando la mesa donde reposaba el rompecabezas. Intentó proteger las piezas. Al hacerlo las dejó caer. Una ráfaga muy fuerte de viento y lluvia le tiró al suelo. Se sentía débil y viejo. Cayó al lado de las piezas sueltas y rozó con la lengua una de ellas. El sabor metálico penetró en su garganta deslizándose por ella con la saliva. Comenzó a temblar y a estremecerse. Luego ya no recordó nada. Cuando el mundo comenzó a tomar forma ante sus ojos, observó cómo una neblina espesa cubría los bordes de la habitación. Se puso de pie y se acercó hacia la mesa buscando qué beber, le ardía la garganta como si un fuego interno le devorara. No podía gritar para


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pedir ayuda, apenas se sostenía en pie. Fuera, los ruidos se acrecentaban y parecía que en su cabeza resonara el estruendo de miles de tambores. Desesperado intentó moverse hacia la ventana. Lo consiguió y se asomó al vacío. Llovía torrencialmente. Los arbolitos del jardín, recién plantados, aparecían bamboleados por el viento y la calle estaba muy encharcada y cubierta de barro. Le pareció que el aire le calmaba el ardor y abrió la boca como pez que se ahoga en busca de la salvación. Tragó algunas rachas de lluvia y luego se limpió la boca con extrañeza. Sentía el tacto de la mano, pero al mirarla la veía transparente. Los huesos se iban marcando a través de la piel, cada vez más deprisa. Con cierta angustia bebió del zumo de la jarrita. Quizás el agua de la lluvia le había sentado mal. Pero al beberlo el cítrico le quemó la lengua. Escupió aterrado pensando que su esputo sería sanguinolento, como cuando contrajo la enfermedad. Hacía mucho tiempo que no se sentía tan terriblemente mal. Caminó apoyándose en los muebles y abrió la puerta. Los ruidos de fuera le atravesaban la cabeza. Volvió al cuarto y buscó en el armarito del aseo un poco de algodón. Pero los ruidos, aunque amortiguados, seguían ahí, fuertes y estruendosos, como en una tormenta seca. La enfermera jefe estaba tras la mesa hablando con alguien por teléfono. Las luces del control de mando parpadeaban y ella observaba distraída una revista, ignorando el panel con las llamadas de urgencia de las habitaciones. Ahora veía el humano porqué de que no se acercaran a su cuarto cuando llamó preso de la angustia. Las enfermeras, cansadas del diario, estaban sentadas en el cuartito del microondas, preparándose cafés o iniciando la ceremonia de la cena compartida. Estuvo mirándolas va-

gar de acá para allá, pero ninguna le prestó atención. La conducta le pareció un tanto rara. Ellas, que siempre fueron tan atentas, siguiendo el protocolo establecido: es hora de acostarse, señor Andrés, no puede quedarse tanto tiempo viendo la tele, le conviene descansar… Pero ahí estaban las cinco mujeres, tan tranquilas; deambulando en su pequeño cuartito, gozando de un momento de intimidad. Se dio la vuelta y se plantó frente al mostrador. La enfermera no parecía verlo, absorta en la conversación. De vez en cuando, hojeaba una revista de modas y sonreía, asintiendo a la voz de su conocido, a través del teléfono. Estaba tan asombrado que golpeó la mesa con excesiva fuerza. La sintió fría al tacto, quizás tuviera fiebre, mucha fiebre, y todo lo que le pasaba era el signo de su desvarío. Ella seguía allí, tan tranquila, sin prestarle atención. Caminó de nuevo hacia el cuartito, intentó hablarles, pero la garganta le quemaba y no podía articular palabras. Se oía gritarles, insultarlas, pero ellas no le oían y no le hacía caso. Harto de aquella situación aferró a una de ellas por el brazo. La mujer ni se inmutó. Siguió transportando la taza con el café y apenas vertió unas gotas. Se quedó pasmado. Había agarrado con todas sus fuerzas a la mujer y ella apenas lo había sentido. Aquello era la sinrazón. Corrió. La lluvia le traspasaba la ropa, calándole hasta los huesos. Entonces miró de frente al coche que venía por su carril. No podía esquivarlo. Literalmente, lo atravesó. Pensó que estaba muerto y en el infierno. Pero estaba en el suelo, aparentemente ileso y aterrorizado. Entonces su mente le devolvió a la cordura. Recordó el regusto del metal, las piezas del rompecabezas. El mar, el barco. Era esa la única razón posible del cambio que había experimentado su 85


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cuerpo. Tal vez era el hombre invisible. Aquello, aunque le asustaba, le prometía un mundo nuevo por descubrir. Cerca de la playa encontró un perro flaco, merodeando entre los restos de lo que parecían ser trapos viejos y algas enredadas. Se quedó mirándolo y se le acercó hasta tocarle el lomo. El animal no pareció espantarse, tomó su caricia como abrazo del viento y se dejó querer sin verlo. «Todo tiene que tener un sentido», se decía. Pero aquello por lo que ahora estaba pasando, le parecía tan irreal; ni en sus más horrorosas pesadillas lo había padecido. Se sentó sobre la roca donde acostumbraba a hacerlo y se quedó largo tiempo mirando el mar. El sonido de la sirena dando la alerta le aceleró el corazón. Algo había pasado para que toda la residencia fuera movilizada. Le pareció ver al director dirigiendo una organizada procesión. Les veía asustados, llamándole por su nombre, buscándole entre las rocas, o al lado de la playa. Aquello comenzó a parecerle de lo más divertido y no paraba de reír; a sabiendas de que no le verían y nunca oirían sus burlas. Pero cuando hartos de buscar se marcharon, comenzó a sentir la desazón de la soledad y caminó hacia la residencia, en busca de calor humano. Como era de esperar, atravesó las puertas cerradas y no pudo coger nada para saciar su hambre: los alimentos atravesaban sus manos. Pensó en la angustia del legendario rey Midas, hambriento y desesperado por el retortijón del hambre. Podía beber líquido, pero le hacía tanto daño en la garganta que desistió de hacerlo, y se preparó para morir de hambre y de sed. Pero antes deseó soñar que nunca antes había existido, que su vida no había sido tal, y comenzó a olvidar a todos los que un día le quisieron. Se tumbó en el suelo, bajo 86

la ventana abierta, y espero resignado la llegada de la muerte. Cerca del amanecer de algún día —había olvidado cómo medir el tiempo—, vio cómo sacaban de la habitación sus cosas. Limpiaron y fumigaron, y colocaron una nueva colcha sobre la cama. Puesto en pie observaba el ir y venir de las limpiadoras y aguardaba con curiosidad poder conocer al nuevo inquilino. Se preguntaba a dónde habían ido a parar los extraños objetos que recogiera en la playa. Y si alguien más había sido afectado con las horribles secuelas que padecía. Ahora veía claramente que ese extraño poder no debía venir de investigaciones terrenales; quizás fuera diseñado por seres de otro mundo, con la misión de destruir a la especie humana. O, quizás alguna mente prodigiosa los diseñase, y no supo controlar su poder. Por eso los mantuvo en aquel barco, para alejarlo de la gente… no sabía qué pensar. Con el naufragio se perdieron en el trayecto, y fue a encontrarlos él. Nunca creyó que el barco que embarrancara en el acantilado fuera de su época. Quizás llevaría navegando a la deriva toda una eternidad. Imaginó a la tripulación, prisioneros de su misma condena. Quizás todos estuvieran todavía allí, cautivos en las entrañas del mar. No lo dudó, y a pesar de la merma de sus fuerzas, decidió investigar antes de que sucumbiera, sin haber tenido ni una sola explicación a su desgracia. Pero cuando la muchacha entró por la puerta, se quedó indeciso. Era mucho más joven de lo que imaginaba. La nueva paciente estaba gorda, o eso pensó en un primer momento, al reparar en su vientre hinchado y en su cara desganada. Ajena al mundo y sin ganas de vivir. Ella se sentó frente a la ventana, la abrió y dejó que la brisa desordenara su pelo. Era guapa, pero con una belleza


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semejante a la de una delicada muñequita de porcelana. Con los ojos muy abiertos, brillantes por las lágrimas. La mujer abrió una maleta y procedió a colocar las escasas pertenencias en el que fuera un día su armario. No se sentía un mirón, tenía todo el derecho del mundo de estar allí. Pensó que en algún lugar tenía que alojarse un fantasma: sentía que estaba, y no estaba, en este mundo. La dejó vagar de un lado para otro. Y preso de un poder más allá de lo humano, se dedicó a tocar cada una de sus cosas, para darse cuenta que no sentía absolutamente nada. Ya se temía algo así. El mal le había empeorado tanto que había perdido el tacto. Se dejó caer sobre la cama y ella se sentó a su lado. Luego la muchacha se tumbó y él también se acostó. Todavía podía dormir y soñar. Soñó que tenía un cuerpo sano y que podía brincar y correr. Soñó que comía abundantemente, que bebía grandes jarras de zumo y que la garganta ya no le dolía. Soñó todo lo que le gustaba. Pero al final del sueño todo se convirtió en pesadilla. Los fantasmas de otros seres le buscaban y lloraban angustiados, ya nunca podrían regresar a este mundo. Y debería irse con ellos. Para siempre. Despertó con el sonido del agua. Todavía conservaba dos sentidos: oía y podía ver. Se habían fortalecido tanto, que al igual que los ciegos, percibía los sonidos mucho más que una persona normal. Sentía con fuerza los latidos de su oculto corazón. Aún estaba en alguna parte, escondido en un cuerpo invisible, invisible a su vez. Pero creyó que solo lo oiría él. Para los demás sería tan débil como el tenue vibrar del ala de una mariposa. Ajeno a todos los sonidos se concentró en su pecho. Y lo sintió latir alterado. El sueño le había puesto nervioso. Pensó que quizás la muchacha percibiría su presencia. Ella

salió de la ducha. Su pelo oscuro le resbalaba por la espalda llenando el suelo de gotitas. No pudo evitar que lo salpicara. Un intenso dolor le quemó la piel. Sentía dolor, veía, oía, casi se diría que iba recuperando la sensibilidad. Era todo un hallazgo. Quizás el proceso fuera reversible, pero debería encontrar las piezas metálicas que se habían llevado de su cuarto. Recordó la última vez que las viera. El día que se transfiguró las había dejado desparramadas por el suelo. Miró con la esperanza de que todavía estuvieran allí. Había una rendija en la pared, para el aire acondicionado y la calefacción. Intentó meter la mano y se coló todo entero dentro del hueco. Con eso no tendría problemas, pensó en las nuevas capacidades que podría hacer con su nuevo cuerpo. Tocó el suelo. Las piezas estaban allí, era como un milagro. Quizás se habían desplazado bajo las rendijas al barrer el suelo, o quizás tenían el poder de esconderse. Las imaginó dotadas de movilidad. Y no en vano pensó que tenía razón; porque, ¿acaso no fueron sus poderes los que le había llevado a este estado? Pero no podía cogerlas, ni volver a unirlas. Necesitaba la ayuda de alguien y la única persona que podía ayudarle estaba ahora secándose el pelo con un sonoro secador. Desde la puerta la miró hacer. Ella, ajena a su observación, se peinaba haciéndose una larga coleta. Luego acarició su abultado vientre, y se dejó llevar por el sonido de la música que le enviaba el mar. Reparó en algo frío. Su pie descalzo había rozado algo metálico. Se agachó con cierta dificultad. Era una bonita figura con forma ovoide. Apoyado contra la pared, miraba asombrado como la forma se completaba sola. Se había unido sin aparente dificultad y rodaba a los pies de la mujer. Sintió temor cuando la muchacha la 87


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cogió sin miedo ni reparos y la acercó curiosa hacia su vientre. El sonido vibrante le arrancó un gemido de dolor. Pero no era ella la que sufría. De repente se vio arrastrado por el ovoide, como si generara la fuerza de un huracán, y le envolviera con su vorágine. Gritó, pero la mujer, al parecer, nada oía. Estaba ensimismada acariciando al objeto. Llevándoselo hacia los pechos, rozando al bebé que dormía en su interior. De repente, un fogonazo. Y después, la oscuridad. Se sintió otra vez vivo. Abrazado por la calidez del agua. Flotaba en un extraño lago donde la brisa no llegaba. Un tenue resplandor lo alumbraba. Sintió que giraba y giraba, como danzando en el espacio, donde el bramar del trueno acompañaba sus propios latidos. Oyó el fuelle de la vida trayéndole aire. No sentía dolor.

Tragaba y chupaba del líquido ambarino y sentía placer. Y la oscuridad le hacía sentirse tan seguro, que, por primera vez en meses, durmió largo tiempo. Soñó con la muchacha de pelo negro. Con sus besos y sus caricias. Soñó que bebía de su pecho y que era inmensamente feliz. Oía su voz cantarina, sentía sus manos a través de la distancia de la piel. Y se dejó llevar. Ya nada importaba. No había resuelto el misterio y quizás ya nadie nunca lo descubriría. Tenía una nueva oportunidad y solo le quedaba una cosa que hacer. Ser como la crisálida que espera volver a la vida. Solo le faltaba eso. Esperar y nacer.

Carmen Hinojal Amores (Aranjuez, Madrid - España) 88


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Protección de testigos Luisa Hurtado O no somos nada...

MIS órdenes eran claras:

hacerla desaparecer, matarla. Antes incluso de internarnos en el bosque, comentó que este siempre le había dado miedo pero que mi compañía le tranquilizaba, halagándome sin querer como nunca lo había hecho nadie. A lo largo del día sus ocurrencias, sus descubrimientos, su risa y su charla acabaron por conquistarme; de modo que, al caer la noche, aun cuando con mis palabras no quería de ningún modo dañarla, le hablé de mis órdenes, de esas que había decidido no cumplir y que nos obligarían a escapar y a ocultarnos. Lo más prudente hubiese sido separarnos, pero ni lo hicimos, ni lo haremos. Fuimos un cazador y Blancanieves y ahora, según quien haga las preguntas, somos todo el uno para el otro o no somos nada.

Luisa Hurtado González (Madrid - España) Blog: microrrelatosalpormayor.blogspot.com.es 89


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Cómo te echo de menos Carolina

Y vuelvo a mirarla...

UNA cucharada y otra más. Solo

Saavedra

—¿Lentejas? ¡Pero bueno!, si te has comido un plato hasta arriba. Ya no quequedan tres o cuatro, ya se puede ver el mantel de cuadros, a través del cristal dan, hija. —Qué pena mami, estaban tan ricas. caramelo del plato. La miro. Y el recuerdo de las lentejas —Mamá, ¿no hay más? 90


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queda interrumpido por la estrofa de la canción de Bola de Nieve, que no sé por qué no sale de mi cabeza. «Si solo queda en mi dolor y vida. ¡Ay amor, no me dejes vivir!» Y vuelvo a mirarla. Por fin se ha dormido. Otra vez aquí, en el dichoso hospital. Cada vez pasa menos tiempo entre un ingreso y otro. Intento acomodarme en la silla de skai y quedarme un rato en el recuerdo, ahora que mi madre duerme y la señora de la cama de al lado parece que también. Vuelvo a vernos, yo tan pequeña y ella tan joven. Regresamos al chalet de la sierra que teníamos alquilado. Era invierno, hacía frío pero allí estábamos las dos, rodeadas de casa vacías. Felices. En esos dos días aprendí a montar en bicicleta, fuimos a coger piñas y comí las mejores lentejas de mi vida. No se podía vivir más y mejor en menos tiempo. No sé por qué acabaríamos allí, las dos solas. Solas, igual que ahora, pero distinto. Ahora soy yo la madre, la que cuida. Bueno viejita, otro bache del que seguro saldremos. Siento como el cansancio me arrulla y caigo en duermevela, al compás de los aparatos de oxígeno, las toses de mi madre y la fuerte respiración de la abuela de al lado. Me he quedado dormida un rato y me ha despertado el silencio. Entre penumbras puedo ver la silueta de mamá oscilar arriba y abajo, descansa. La señora de la cama de al lado no ha cambiado de posición en toda la noche, es entonces cuando me doy cuenta que ya no se es-

cucha su respiración agitada y entonces pienso: «Se ha quedado tranquila, la pobre». A las seis de la mañana una enfermera entra en la habitación y sin mediar palabra, corre la cortina que separa las dos camas antes de volver a salir. En ese instante me doy cuenta de que estoy en lo cierto y la señora ha encontrado la tranquilidad. Me inquieta saber que existe un cuerpo sin vida al lado nuestro. Pasa el tiempo y nadie regresa, yo soy incapaz de moverme de la silla. Otra vez Bola de Nieve y otra vez lentejas con chorizo, como si hubiera entrado en un bucle, para no pensar, para no sentir. A las ocho de la mañana me echan de la habitación y paso por delante de la muerta, sin mirarla. Decido bajar a tomar un café y subirle otro a mi madre. ¿Qué puedo hacer si no darle normalidad a la situación para que ella no se entere? Cuando subo de la cafetería con un café humeante en una mano y un bollo en la otra, salen los auxiliares de la habitación llevándose el cadáver. Mi madre ya despierta y animada, me dice cuando me ve: —¡Qué bien, un café calentito! Creo que se acaban de llevar a esa mujer, le irán a hacer alguna prueba. —Sí, mamá —contesto yo, tranquila de ver que no se ha enterado de nada. —Hija, corre la cortina, que entre que la habitación es pequeña y esto en medio no se puede respirar. Y le hago caso, la abro como si fuera un telón. Una fina separación entre la vida y la muerte.

Carolina Saavedra Cupeiro (Madrid - España) Twitter: @carolcupeiro Facebook: carolina.saavedracupeiro 91


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El valle del sueño Raúl Ariel

Victoriano

Necesita encontrar su propia historia... hace algunos años, ha realizado ESTÁ parado en medio de la nada, Desde averiguaciones; está en pie de guerra

pisando el terreno blando, mientras aletean pequeños pájaros en el cielo. El largo camino de tierra que llega hasta aquí se pierde en el horizonte. El coche que lo ha dejado en esta soledad es un puntito negro que se va perdiendo en el paisaje. La aldea chata descansa en el silencio de la tarde a un costado del río que la esquiva en su trayecto sinuoso por el valle. Mira en derredor: todo le recuerda a un pueblo típico del interior de Buenos Aires, casi igual que este, envuelto en silencio, alejado de todo. Ha sido un niño adoptado, sus padres se lo han dicho, pero nunca han querido hablarle mucho acerca de su verdadero origen; ha discutido por eso con ellos, ahora están algo distanciados. 92

contra todo lo que se oponga a ocultarle su memoria personal, su origen, una batalla se le ha desatado en el alma. Necesita encontrar su propia historia, por eso está aquí. En el bolsillo guarda una foto en sepia, un trozo de carta escrita con tinta color violeta, una dirección, el nombre de su hermana. Esta es toda su fortuna. La misteriosa aldea a la que ha llegado se llama Kalachi. Está casi perdida en el norte de Kazajistán. Él no sabe ruso ni kazajo, pero su hermana Milenka balbucea un castellano modesto; él confía en que sea suficiente para abrir las ventanas de la claridad que su dolor necesita. Con modales suaves, ella lo recibe en la puerta de su casa y lo hace pasar. Su


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hogar es acogedor. Él entra con el ceño fruncido, pero intenta no exteriorizar toda la angustia acumulada por tantos años de búsqueda. Lleva mucho tiempo detrás de la palabra que le cuente cómo eran sus padres, que le diga quién es él. Trae la esperanza casi gastada por el recorrido, pero de todos modos viene en busca de este sendero sanador. Sabe que ellos fallecieron, pero su congoja, su ansiedad, esperan en silencio que salgan, de los labios de su hermana, los sonidos que anhela para poder armar algo, más que nada la semblanza de su madre Sasha, la del pequeño retrato que trae consigo. Están sentados en la sala principal. Las amplias cortinas de las ventanas filtran la luz del sol generando una amable penumbra. Conversan largamente mientras toman el té. Ella sirve tostadas. Hay dulces para untar, panes que esparcen sus aromas entre el mobiliario rústico. El encuentro se extiende toda la tarde. Serguei piensa, luego de escuchar el relato en la voz suave de Milenka, cuánto tiempo le va a costar componer su historia después de todo lo que aquí ha oído con atención, luego de asimilar esas palabras que ha esparcido la dulce sonrisa de su hermana. La larga charla se ha prolongado hasta el anochecer, es tarde y llega el momento de la despedida. Él sale de la casa agradecido; lleva, en sus oídos, dulces palabras para su corazón, calma para su desasosiego. Por primera vez en años, siente que se aplaca la desazón de su universo. Le llevará tiempo, sin duda, armar nuevamente la verdadera figura de su vida. Su cerebro bulle, pero su corazón rebosa de entusiasmo. Una vez que llega al dormitorio que ha alquilado cerca de lo de su hermana, se acuesta y apaga la luz. Sin embargo, tiene los ojos abiertos, no se dormirá sino hasta la madrugada. Comienza, por

fin, a pensar en su madre, en el origen de las cosas; no sabría decir si está feliz o no, tiene sentimientos encontrados. Su corazón se ha agitado después de todo lo que le ha contado su hermana, no logra escapar de la emoción que lo embarga; no sabe cuál fue la última vez que, como ahora, tuvo un nudo en la garganta. Se pasa los dedos por las mejillas para quitar la humedad que le baja, sin querer, de los ojos cansados. Se siente raro aquí, en la oscuridad, en el silencio, en la soledad de la habitación, en esta aldea perdida cerca de la Siberia rusa, lejos de donde ha nacido. Se pregunta si este encuentro es la primera victoria. El enemigo es escurridizo. La palabra «memoria» se le despliega como un cartel delante de la frente, sus labios se mueven tímidos en un intento de pronunciarla, como cuando era niño. Es lo último que recuerda antes de dormirse. En esta tarde del segundo día de visita, va con su hermana al pueblo vecino, que se llama Krasnogorsk. La temperatura es agradable, estima que hace más o menos veinte grados. Ella va montada en su bicicleta color azul con portaequipaje y le ha ofrecido la verde a él. Ella le cuenta que no llegó a ver la época dorada de esta ciudad. La mina de uranio, que tuvo su esplendor en aquel período, cerró a fines de los ochenta, hoy se encuentra abandonada, los edificios son algo más que escombros. Solo hay un grupo que se mantiene en pie, aunque derruido. El resto del pueblo permanece en ruinas. Su hermana está alegre, se le nota en la sonrisa, tal vez sea algo natural en ella. Le enseña esta ciudad fantasma. Las edificaciones muestran las huellas de los bombardeos. Las ventanas son ojos rectangulares, cuencas vacías, las paredes están picadas por la viruela de los disparos. Los bloques de hormigón se han 93


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derrumbado, los tendones de hierro están cubiertos de óxido, expuestos al aire como cuerpos desarticulados a los golpes, excluidos en los contornos de la ciudad, el sitio en que habitualmente está destinado a los cementerios. Llegan y miran hacia el interior de uno de los edificios. Se ven los trastos de la gente que vivía aquí, bolsas, ropa vieja y sucia, objetos de plástico, botellas de vodka vacías, una muñeca rubia con un vestido corto sin mangas color celeste, dibujos hechos en papeles coloreados por los niños, ahora desteñidos por el clima, por el paso de los años, pegados en las paredes, rotos. Regresan con las bicicletas a la aldea y Milenka le comienza a contar sobre la vida en Kalachi. —Aquí padecemos de un estado extraño, todos tenemos miedo a quedarnos dormidos en cualquier momento. Algunos han llegado a dormir durante una semana entera: bebés, niños, adultos. Las autoridades conocen las razones, pero no han podido convencer a todos. La mitad todavía habla de fantasmas, la otra mitad le echa la culpa a la mina de Krasnogorsk. Hay un temor general que nos cubre como un cielo de espanto del que es imposible salir. »La gente se cae como borracha y se queda dormida en la calle, en cualquier lugar; los niños, también. Por eso, los que pueden se van; los que no, se quedan aquí. Esta es una aldea pobre, no es fácil levantar todo e irse, no todos pueden y hasta hay algunos que prefieren quedarse y morir aquí. »En cualquier momento, cualquier chico puede dormirse. En el único colegio municipal donde se dictan clases se han quedado ocho niños dormidos en esta semana al momento de tomar lista antes de entrar a las aulas. Serguei observa, piensa que la aldea, de todos modos, es bonita. Todas las ca94

sas tienen techos de tejas a dos aguas, todas tienen chimeneas, queman leña en los hogares para pasar el crudo invierno. Su hermana dice que hay nieve en la estación fría por estos parajes. Las viviendas son bajas, humildes, las calles son de tierra. Parece un pueblo olvidado de la mano de Dios. La gente cría aves de corral, gallinas, patos, gansos. Hay charcos por aquí y por allá, desordenados, donde estos animales toman agua. Los caballos, libres como la lluvia, hunden sus hocicos para alimentarse con la gramilla verde que empieza a notarse en el campo que rodea al pueblo. Los terrenos tienen cercas construidas con tablas de madera oscura para demarcar límites. A Serguei le gusta escuchar a Milenka. Ella es joven todavía, está vestida con una calza negra, calcetines rojos, ojotas de tiras color verde, remera roja de cuello redondo y un pullover abierto color gris. Es rubia y de tez muy clara, tiene los ojos celestes, es delgada, bonita, de sonrisa fácil. Han ido hacia la orilla del río, dejan las bicicletas a un lado y se sientan en el pasto a conversar. Es junio y está empezando el verano. La temperatura es agradable, los pastizales estallan de colores pasteles. El río es parcialmente navegable, hay habitantes de la aldea pescando de este lado de la costa, no hay botes, ni muelle, ni puentes. Lo pueden hacer en esta época porque el curso del Ishim, aquí, está helado en invierno, de noviembre a abril. La corriente se desliza por esta llanura con la misma parsimonia de los aldeanos. El transcurrir lento de la vida de los habitantes copia el movimiento tranquilo del agua. Él no conoce este sitio alejado del mundo. El movimiento aparece cuando ve a los niños y a los pájaros: algo que corre, vuela, aletea, algo que se anima al calor del sol que entibia la sangre y pro-


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voca trinos y risas. Lo asocia con la sonrisa de su hermana. Mientras la escucha, sus pensamientos comienzan a sumar nuevos hilos a la trama de su biografía. Es un titubeo de la memoria, todavía. Sasha ha concebido a Milenka aquí. «¿Cómo reconstruir mi historia —piensa Serguei— después de tanto tiempo?». Madre e hija han vivido juntas aquí, pero él, es un extraño que ha venido de lejos. Le hubiese gustado compartir con ellas el paraíso que tiene ante sus ojos. Todavía hay algo de hierba color cobre, casi marrón y el calor es tolerable. El río se desliza sin hacer ruido, ni siquiera susurra en el silencio que invade toda la aldea y las praderas que la rodean. Solo transitan por este mundo misterioso algunas bicicletas, algunos carros, y eventualmente la única ambulancia del Centro de Salud, donde Milenka trabaja como enfermera. De repente, en esta tarde espléndida, comienza a soplar una brisa suave y se ven algunas nubes oscuras que van cubriendo el cielo. Milenka no dice nada, pero Serguei nota un cierto estremeci-

miento cuando ella levanta el rostro hacia el cielo. Se ha puesto seria. Es la primera vez que él lo nota: tiene una línea horizontal y delgada en su frente. La brisa viene de la mina abandonada. —Serguei, regresemos —dice ella, mientras toma la bicicleta. —Como tú digas, Milenka. ¿Pasa algo malo? —Nada, pero es mejor si nos vamos. Ella pedalea presurosa, casi sin hablar; él no se atreve a preguntar más, no sabe qué le pasa, pero la ve un poco preocupada. Se lo dice, pero su hermana solo le cuenta una vez que están dentro de su casa. —Han quedado ahí abajo, en la mina, dicen los más viejos, muchas estructuras de madera. Luego las lluvias han llevado sus aguas a esas profundidades infernales. Parece que allí esos elementos se fusionan con un amor tan fuerte, que engendran un gas temible. Y lentamente emerge por esos túneles subterráneos, aún no del todo cerrados y, cuando algún viento o alguna brisa leve los trae a la aldea, nos aturde el cerebro y la gente se duerme. »Hoy, al Centro de Salud llegaron va95


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rios niños. Uno está en la cama de la sala que yo cuido, parece como a punto de dormirse; es una pena verlo: se le cierran los ojos, los vuelve a abrir cuando le hablan, le cuesta estar parado, se tambalea. Yo lo levanto con esfuerzo, pero, pobrecito, es más fuerte que él, se recuesta nuevamente y duerme. Los niños no pueden estar parados, se caen, no aguantan de pie, es como si estuvieran borrachos. »Otro niño se ha caído de sueño camino al colegio, los amigos lo ayudaron a levantarse y lo llevaron a su casa porque se tambaleaba, no recuerda nada más. Algunos duermen hasta una semana. Los médicos no encuentran síntomas neurológicos preocupantes y los devuelven a sus casas. »He atendido más de veinte personas la semana pasada y durante el invierno fueron sesenta. Hubo algunos que se han dormido en la nieve, nadie los ha visto caer y han muerto congelados. »Lo peor de todo es que tienen alucinaciones, algunos dicen que tienen caracoles encima, otros dicen que sienten que les va a explotar la cabeza, parece un manicomio. Y yo sé que es cierto porque el año pasado yo también me he quedado dormida. »Serguei, no aguanto más, estoy abrumada. Tengo miedo de volverme loca. Olga es una de las vecinas más anti96

guas de esta aldea conocida como «El valle del sueño». No tiene rasgos eslavos, sino mongoles. Mira parada desde la última esquina de esta aldea hacia el grupo de niños que está en el prado. Tiene las manos en la cintura. Es gorda y de grandes pechos, viste su figura con varios vestidos largos, de faldas amplias y coloridas. Su rostro de tez cenicienta tiene rasgos achinados. Asoman por debajo de sus ropas largas el extremo de unas calzas blancas, casi llegando a sus zapatos cerrados. Tiene cintas de colores con dibujos rebuscados en la cintura y dos cintas del mismo tipo cosidas a su blusa como tiradores. Con su mirada fija vigila desde lejos a los niños. Allí, sobre el prado, el bullicio de los pequeños alegra el canto de los pájaros del valle. Están vestidos de colores vivos y bailan una danza milenaria: alzan sus piernas, se desplazan abrazados por las cinturas. Este baile se hace entre todos, ellos por aquí, ellas por allá. Se mueven y zapatean al ritmo de esa música extraña que brilla con los sonidos de los cascabeles y las panderetas. Parece un día de festejos. Llevan puestas sus sonrisas en los labios y la alegría se define en sus mejillas rosadas. Delgados filetes de nubes blancas cruzan el cielo celeste de este lugar mágico, marcan una traza de límites infinitos; el pizarrón del firmamento ha sido cruzado por líneas de tiza color blanco. Pero, ¡cuidado!, que por allí se asoman los puños cerrados de este dios que determina sobre quién caerá hoy el rayo de la temible enfermedad del sueño. Los niños no lo han visto aún. Olga sí, su espíritu se ha resignado a verlo una vez más y espera el desenlace de este nuevo trance, de esta nueva prueba que se les impone. —¿Será la fiesta, la alegría, el baile, lo que molesta a los dioses? Nadie lo sabe ni lo pregunta. ¿Por qué ha pasado la historia por aquí y nos ha dejado en es-


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te lugar, en los arrabales de la civilización, con este estigma? ¿Cuál fue el pecado para este castigo? Tal vez sean pocos los libros religiosos que tenemos, o en todo caso será necesario levantar cúpulas y campanarios para que nos protejan de esta feroz epidemia. Entonces, como ha percibido Olga, la danza se interrumpe, un niño cae como si se le hubiesen aflojado los ligamentos de las piernas. Un muñequito se ha desarmado en lo alto del prado. Los demás dejan de reír y tratan de levantarlo. Olga ve, en esos rostros infantiles, el comienzo de esta tragedia que se repite, que golpea a este pueblo de campesinos. Una fuerza celestial le pesa sobre los párpados al angelito caído. Este niño es el elegido de hoy entre los que forman ese grupo. Olga comienza a caminar para sumarse a la ayuda. Entretanto, se pregunta, cuál habrá sido el error cometido aquí, para que tengan esta condena. Va, entonces, en busca de esta almita que se está durmiendo, para entregarlo a su familia. Milenka quisiera que Serguei la llevara a la Argentina, pero no se lo dice, le parece algo imposible. Sería casi un sueño que se fueran juntos de aquí. Ella también tiene miedo de quedarse dormida. Estos días, para ella, han sido maravillosos. Ha disfrutado de su compañía, de las largas conversaciones con él, de los paseos en bicicleta, de su compañía al lado del río. También algunos de sus gestos, de sus rasgos, le han resultado parecidos a los de su madre. Antes de morir, le ha dicho: «Hija, si algún día viene, dile que me perdone por haberlo abandonado, he estado obligada a dejarlo y me he llevado esa culpa a la tumba». También le ha dejado cartas que él ha devorado, leyendo en su habitación antes de acostarse. Ella ha observado cómo él enhebra su historia en las profundidades de su mi-

rada, ha comprendido su lucha interna, se ha empapado en la bruma que su nostalgia trae de Buenos Aires. Tiene un duende escondido que extraña el lugar que lo aguarda en su bosque. Esas cosas que solo saben percibir las mujeres. Tal vez por contagio sentimental, ella está sorprendida, porque ha comenzado a soñar con esa ciudad enorme que nunca ha visto, que su hermano trae en el alma. Está contenta porque sabe que ahora la conoce un poco más, aunque sea a su manera, transformada por sus ilusiones de niña, mezclada con los relatos de su hermano y de su madre. Le gustaría estar allí para escrutarla con sus propios recuerdos en la mano. Sabe, de todos modos, que solo es un sueño; por ahora agradece verla aquí en los ojos de su hermano. Allí también vivió su madre antes de que ella naciera, está en una llanura al otro lado del mundo. Tal vez la curiosidad se le haya empezado a despertar, tal vez ella esté empezando a querer conocerla más. Se pregunta si Serguei ha venido solo a conocer el lugar en que está escondida parte de la vida de su madre, o tal vez a buscar rastros afectivos que ella, su hermana, le pueda proveer, aunque no sabe de qué modo. Su hermano es muy serio y, a veces, se encierra en el cofre de sus sentimientos bajo siete llaves. Todo esto tampoco se lo ha dicho, no lo han conversado, solo ella se da cuenta porque lo ha percibido en su retina, siente que él trae dudas pegadas a la piel. En la sala de la casa de Milenka, esta mañana están sentados frente a frente los dos. Se han contado mucho y ahora están callados, tomando té. Serguei se está despidiendo; esta noche viaja de regreso a su país. Él ha estado buscando a tientas todos estos años, peleando por conocer su pasado, apretando las muelas todas las no97


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ches. Vino hasta aquí para saber, para quitarse este cangrejo que le atenaza las tripas y ahora no sabe cómo seguir. Se pregunta dónde continúa la próxima batalla de esta guerra en la cual el enemigo está dentro de él, en Kalachi o en Buenos Aires. Pero no se lo dice a su hermana. Entonces, sin meditarlo, como pensando en voz alta, deja el pocillo sobre la mesita y le dice algo que no tenía pensado, fuera de lugar: —Milenka, te necesito. De inmediato él se extraña por lo que acaba de pronunciar, no sabe qué agregar. Entonces es cuando ella lo mira como lo hacen las mujeres. Tiene ganas de decirle que ella también lo necesita, pero no lo hace porque no se anima a agregarle una carga más a las que ya tiene. Sin embargo, no puede contener sus sentimientos: se lleva las manos blancas para taparse la cara, se le llenan los ojos de lágrimas. Trata de componerse alisándose un mechón de pelo rubio. Lo mira tratando de armar nuevamente su sonrisa para que la recuerde así, no quiere que su hermano sienta culpa. Lo ve desolado, buscándose a sí mismo todavía. Ve cómo la duda corre por sus ojos, ve de qué modo tiene el alma dividida. Pero, además, percibe en el fondo de

sus ojos una posibilidad mínima, otro modo de decir que sí. Entonces se anima: —Tengo miedo, Serguei; si me quedo, me puedo quedar dormida. Y él la mira, sigue sin saber qué decir, pero se da cuenta de que su hermana está accediendo a su pedido, se da cuenta de que le está pidiendo que la lleve con él, fuera de esta aldea de somnolientos, que la lleve con él a Buenos Aires. Él piensa en todas las cosas de que han hablado, cosas a las que ella ha accedido después de pensarlo, si es que él quisiera, aunque él sigue con dudas, todo es confuso en su cabeza: trámites, ADN, estudios, pasaportes, desarraigo, un trabajo para su hermana en Buenos Aires… Está confundido y también tiene miedo, es un miedo a decidir, él tiene que decidir y el tiempo se acaba; ella ya ha decidido. Es verdad que tiene solamente para él los pasajes de regreso, pero no pasa por ahí el miedo. Piensa en Milenka, se busca excusas. «Será este el camino correcto para terminar de apagar el fuego de esta guerra que me quema», se interroga. De esta pregunta salen sus miedos. Es hombre y le cuesta decidir. La mira y le dice. —Vamos, Milenka. Yo te ayudo a preparar la valija.

Relato incluido en el libro El sonido de la tristeza, de Raúl Ariel Victoriano. Raúl Ariel Victoriano (Buenos Aires - Argentina) Facebook: RaulArielVictorianoEscritor Blog: hastaqueelesplendorsemarchite.blogspot.com.ar 98


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Quise ser buena y no lo fui Laura

Vicente Siempre hablaba en pasado...

QUISE ser buena y no lo fui, lo sé.

Intenté ser heroína de una causa perdida en la que dejé de ser yo. Quise ser quien salvara a un corazón en desuso sin saber que revivir a alguien, a veces, es morir con ello. Deseé que dejara lastres a un lado y que recuperara su paso firme, y fue ahí donde las dos dejamos de encontrarnos con nuestro yo más profundo. Ella venía cargada de dolor. Portaba una mochila a sus espaldas de ausencias, desengaños y nada de fe. Y yo, que lucho contra viento y marea cuando un alma naufraga, me zambullí en un mar de oleajes y temporales que me absorbió la vida.

No recuerdo amor. Y no lo recuerdo porque tengo la virtud —así quiero pensar que se llama— de olvidar el mal pasado casi de forma instantánea. No recuerdo miradas cómplices, ni sonrisas que paran el tiempo, ni palabras bonitas. Y esta vez no las recuerdo porque no las hubo. Fueron 700 días que quizá alguien llamaría error. Yo, sin embargo, prefiero llamar lección. Me puso al límite de mí misma, me hizo conocerme a base de desesperación, de ganas de huir de una ciudad que no era la mía pero sí la suya. A base de gritos por situaciones sin control nos per99


El Callejón de las Once Esquinas

dimos el respeto y cualquier sentimiento bueno que hubiera hasta aquel entonces. No era mala, sólo estaba herida. Tenía buen corazón y quizá yo no supe entender que sólo necesitaba que la quisieran así. Pero jamás logré comprender cómo los lamentos pueden ser la base de cualquier amanecer. Siempre hablaba en pasado, y yo no era capaz de hacerle entender que cuando alguien se marcha, la vida continúa contigo o te quedas anclada esperando a que llegue el fin. Ella se evadía, ya sabéis, usando ese tipo de sustancias que resetean la cabeza y hacen que el corazón no sienta. Yo lo odiaba. Odiaba estar con una mujer que no tuviera valor de enfrentarse a la vida con ojos de ilusión y ganas de vivir. Pero no podía marcharme. La pena me mataba por dentro y sentía que la abandonaba, como todos los que una vez la rodearon hicieron. Quería que fuera feliz, aunque ello supusiera que yo dejara de serlo. Yo, en medio del precipicio, perdí el corazón. Elegí derrumbarme antes que rodar colina abajo las dos. Mi vida me llenaba y ella me vaciaba; me reportaba sonrisas que ella me robaba. Las obligaciones consumían mis días y la ausencia de ellas, los suyos. Éramos tan diferentes que jamás habríamos salido adelante.

Mi madre me repitió durante meses uno de esos consejos que nunca escuchamos pero que están tan llenos de verdad. No puedes salvar a quien no quiere ser salvado. No puedes tener una relación basada en la pena, pues te consumirá. Y la abandoné. Tras días de gritos y noches sin dormir. Dejé a un lado todo el rencor y quise hacerle entender, de madrugada y por última vez, que jamás podría llegar a enamorarme de ella. Lloró, alzó la voz y lo que pasó después sólo queda para nosotras. Nada funcionó. Entre los pocos recuerdos que tengo de aquellos 700 días, jamás olvidaré que me regaló la peor noche de mi vida. Regresé a mi casa y a mi vida, lejos de ella. Y se despidió con una frase que jamás olvidaré. «No vas a encontrar a nadie que te quiera ya». No sólo la encontré sino que me hace feliz 24/7. Que lucha contra mis fantasmas y cree en mí. Que me frena los miedos y me cura las cicatrices del pasado, lo que otras me hicieron. Y no sólo eso. Me quiere así. Me ama por encima de todo, con todos los sentidos y la cordura de haber aprendido por fin a querer bien. Me respeta y jamás me alza la voz. Me resguarda en su regazo cuando las lágrimas me consumen y ríe a carcajadas conmigo porque hemos aprendido a disfrutar de la vida. No sólo la encontré, sino que a ti no volvería jamás.

Laura Vicente Remiro (Zaragoza - España) Ilustraciones: Humberto Nieto L. (Ecuador) 100


Número 5

SUB Felipe

Cárcamo M.

Tengo que aceptar que estoy solo en esto...

1. TÚNEL NO me agrada este lugar. Es frío, húmedo, oscuro. Y es probable que lo sienta más intenso de lo que es. Camino por una vía de trenes subterránea. Es el túnel más largo que jamás haya visto. La línea es mi única guía, y aún no me ha llevado a ninguna parte. No sé cuánto tiempo llevo aquí. Horas. Quizás días. Intento no pensar en eso. Solo quiero escapar de ese sitio tan lúgubre. No tengo una explicación para lo que me sucede. Recuerdo venir por un camino luminoso, limpio y cálido. Estaba tranquilo, sentía una gran paz. De pronto y sin razón alguna, me vi perdido en este túnel negro, húmedo y hostil. Recuerdo haber intentado volver sobre mis pasos. Pero no di con la entrada. Y por más que camino, tampoco encuentro una salida. La sola idea de que tal vez siga eternamente en este lugar, me llena de angustia. De pronto, y a pesar de la poca luz, veo que alguien se acerca caminando por el otro lado de la vía. Le hablo, pero no me contesta. Pasa de largo como si tuviera prisa, hacia el tramo que ya he recorrido. Tengo el impulso de seguirlo, pero percibo que a lo lejos viene un tren. Lo miro, esperando a que se detenga al vernos en la vía. Pero pasa sin detenerse. Va desierto y a oscuras. Su paso solo llena el aire de ruido y 101


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más frío, dejando a su paso solo un grave eco de silencio y oscuridad. Me lo quedo mirando mientras se pierde. Y pienso: «¿Qué es esto? ¿Qué hago aquí? ¿Por qué llegué a este lugar? ¿Podré salir de él?» Siento que se acerca otro tren, esta vez por mi vía. Me hago a un lado para que no me atropelle, pero me asomo para que el maquinista, algún pasajero, alguien, me vea. Tampoco se detiene. Va tan desierto y oscuro como el mismo túnel. Lo siento alejarse y me envuelven una vez más las sombras y el frío. Esperaba que alguien me viera, que se detuviera y me sacara de esa pesadilla. Pero no puedo quedarme aquí. Tengo que seguir. Y sigo, durante demasiado tiempo, caminando a oscuras por la vía. Entonces percibo, como un milagro, que me acerco a un cruce. 102

Ahí hay varias personas. Unos se notan eufóricos, otros no tanto. Muchos van despacio, mirando al piso y arrastrando los pies. Les hablo, pero es inútil. Todos van mudos, sin respuestas. Solo una pequeña cosa me sirve de consuelo: no soy el único perdido. Pero me llama la atención el sagrado respeto que se mantienen entre todos. No se hablan. No se ayudan. Es que ni siquiera se miran. Y yo, por más que lo intento, no llamo la atención de ninguno de ellos. Tengo que aceptar que estoy solo en esto, aunque me parezca ilógico e insensato. Por un momento pienso en cambiarme de vía, con la esperanza de encontrar más rápido una salida. Sin embargo, mi instinto me invita a seguir por la misma. Así camino por varias horas más, dando un paso tras otro, casi por


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inercia. El cansancio lentamente empieza a agobiarme y a importar más que el intenso deseo de salir de ese túnel. Caminando apenas, llego al final de una curva. Levanto la mirada y veo que el túnel se amplía hacia arriba y que la vía desciende en una espantosa pendiente. Sin embargo, por el costado, se extiende una larga vereda que sube y termina justo frente a algo parecido al marco de una puerta. ¡Una puerta! Siento la sangre correr otra vez por mis venas. Aquello solo puede ser una puerta. Hago acopio de fuerzas y corro por esa vereda hasta alcanzar el umbral. Solo ahí me detengo para recobrar el aliento. De pronto la puerta se abre. Algunas personas salen de ella, haciendo mucho ruido. Para mi sorpresa y espanto, se dirigen hacia el túnel. Llevan algo en las manos que no alcanzo a distinguir. Su actitud sigue siendo la misma: el mutismo absoluto y la prisa enfermiza. Apenas alcanzo a notar un rastro de esperanza entre tanta indiferencia. Empujo la puerta. Esta se abre suavemente. Un breve pasillo me lleva a un lugar mucho más iluminado y con el techo a mucha altura. Se parece a un mercado, aunque no es muy amplio. Hay una gran cantidad de gente, se hace difícil avanzar. El piso mojado empeora las cosas. Afuera parece que el cielo se derrumba, a juzgar por el ruido de la lluvia en el techo. Pero a nadie le parece importar. Miro las cosas que tienen en venta, buscando algo que comer. Pero me decepciono al ver que solo venden unos rollos de papel, como pergaminos. Todos los locales venden lo mismo. Y la gente los compra para volver al túnel. Me quedo impactado con esa visión. No puedo entender para qué vuelven

ahí. Tampoco quiero saber qué son esos pergaminos y para qué sirven. Sean lo que sean, no pienso regresar a ese túnel. Solo quiero salir de ahí. Camino por el lugar buscando otra puerta. Tiene que haber una salida hacia el aire libre. Me cuesta avanzar entre la gente que se agolpa en los puestos de venta y los vendedores que me acosan, ofreciendo sus pergaminos, prometiendo que con ellos hallaré la salida que busco. Salgo al fin al otro lado del mercado y un viento fuerte me roza la cara. Miro hacia un lado y veo el arco de una gran puerta, abierta de par en par en una pared lateral. La cruzo corriendo y bajo una breve escalinata que da directo a la calle. Solo allí me detengo. Respiro. Es de noche y el cielo está totalmente cubierto. Llueve suavemente y un viento helado me cala los huesos. Siento que algunas personas más salen del mercado tras de mí y se escurren orillando por las veredas. Doy unos cuantos pasos por la calle. Vuelvo a mirar atrás. Ya no hay nadie. Estoy solo otra vez. No puedo ver muy lejos por la oscuridad. Lo que parecía más claro hasta hace un instante, vuelve a ser frío, húmedo y oscuro. Pero logro distinguir unos pasajes desiertos que serpenteaban por las faldas de un pequeño cerro, cruzando villas de casas a oscuras y veredas irregulares. Las nubes se revuelcan en el cielo, amenazando más lluvia. Cierro mis ojos y me dejo mojar por ella. Todo me parece triste y desolador. Trato de relajarme, pero se hace difícil con ese frío viento que me azota. Mantengo los ojos cerrados. La oscuridad es la misma al tenerlos abiertos. La lluvia se detiene lentamente. De pronto percibo que alguien se acerca. 103


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2. DIÁLOGO —Hola —me dice ella. —Hola —contesto abriendo los ojos. —¿Cómo estás? —Bien. Ella me mira con una dulce sonrisa. —No tienes por qué mentirme. Sé que no estás bien. Su voz me suena familiar, como si fuera una amiga que no veo hace mucho. Aunque parezca extraño, siento que tiene razón. —Sí, pero estoy mejor que hace un rato. —Ya. Silencio. —Sabía que vendrías —dice. —¿Cómo sabías? —Siempre lo supe. Necesitabas ha104

llar a alguien. Esta vez tiene razón. —Sí. Estaba medio perdido. Venía caminando hacia un lugar que ahora no recuerdo, y creo que tomé un camino equivocado. No sabía cómo volver y vine a parar aquí. —Lo sé. Todos lo hacen, tarde o temprano. —¿Todos? —Todos. Los que se pierden por el túnel siempre llegan aquí. Hago memoria rápida, pero no tengo recuerdo de algo así. Tal vez nunca me ha pasado. —Todos algún día llegan —sigue ella—. No recuerdan haber estado aquí. Pero llegan. Y yo los recibo. A


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todos. —¿Todos? —Sí. Soy importante aquí. Todos me conocen. Saben que soy una amiga. Pero siempre llegan a mí cuando están perdidos. Nuevamente, siento que tiene razón. —¿Aún no recuerdas por qué te perdiste? —No. Y por más que lo intente, no logro recordarlo. —Lo sé. Nadie recuerda por qué se perdió por el túnel. Luego buscan la salida, pero no la hallan. Pueden estar años vagando, dando tumbos sin fijarse en su entorno. Así jamás la van a encontrar. —¿Por qué? —Porque buscan en el lugar equivocado. La miro, muy intrigado. —¿Y cuál es el lugar correcto? Ríe. —Deberías saberlo. De hecho, lo sabes, pero a todos les pasa lo mismo. —¿Qué cosa? —Se les olvida. Otra vez, siento que tiene razón. Miro alrededor. El cielo se ve muy nublado. Es difícil prever si volverá a llover. Todo se presenta oscuro, como las calles y la noche que nos rodea. Y mientras siento cómo el viento helado azota mi rostro, trato de comprender lo que ella me dice. Aunque sus palabras parecen crueles enigmas, de algún extraño modo me reconfortan. —¿Pasaste por el mercado? —pregunta. —Sí. —¿Qué viste ahí? —Mucha gente enloquecida. Y unas tiendas donde solo vendían pergaminos. —Cierto. ¿Miraste alguno? —No. Solo quería salir de ahí. —¡Qué bueno! De haber visto alguno, tal vez no habrías llegado aquí. Me extraña su respuesta. —¿Por qué? ¿Qué son?

—Son mapas. Mapas del túnel. Dicen que te llevan a alguna parte, pero ninguno hacia donde quieres ir. Hay los que prefieren seguir esos mapas. Se vuelven y pasan su vida vagando por el túnel. Algunos lo hacen varias veces. Para cuando logran llegar aquí, ya no creen en nada ni en nadie. Es muy probable que vuelvan a perderse. Pero ese no es tu caso. Saca una carta del bolsillo de su abrigo. Luego me mira fijamente. —Escúchame con atención. Lo que te voy a entregar es muy importante. Llévalo siempre contigo y recuerda todo lo que hemos hablado. Así no te volverás a perder. Me toma una mano y pone la carta entre mis dedos. —¿Es un mapa? —pregunto. —No. Tú no llegaste aquí usando un mapa. Esto es una clave para que encuentres lo que buscas. Un silencio. Quiero abrirla, pero ella ríe otra vez. —No la podrás leer por ahora. Está muy oscuro. Espera a que yo no esté y haya un poco de luz. Por ahora, solo llévala contigo. Y recuerda que soy tu amiga. Por siempre. Me da un beso en la mejilla. Su roce me parece el toque de un pétalo de rosa. —Disculpa, pero no sé cómo te llamas —le pregunto al oído. La siento sonreír en mi oreja... —Sí, lo sabes. ...Y desaparece. 3. EPÍLOGO El silencio me rodea una vez más y un fuerte mareo me toma por sorpresa. Me veo obligado a buscar apoyo contra un muro. Cierro los ojos y siento el mundo girar alrededor de mí por un buen rato. El viento helado me hace despertar. Al abrir los ojos encuentro el mismo paisaje de antes: las calles húmedas y os105


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curas, con sus villas y pasajes sinuosos. Y el cielo cubierto por la densa nube amenazando más lluvia y tormenta. La tristeza se apodera de mí, como si perdiera hasta la más remota de las esperanzas. Pero un impulso me insta a caminar. Me dejo guiar otra vez por mi instinto. Por eso logro ver a la vuelta de una esquina el brillo de un pequeño farol. Me acerco a él y abro la carta. Bajo su tenue luz, leo lo que trae escrito: «No busques salidas donde solo hay más y más túneles. Solo existe un lugar donde están todas las salidas: dentro de ti mismo». Siento que el tiempo se detiene y nada más se mueve. Ni el viento, ni las nubes, ni la sangre por mis venas. Mis ojos divisan el vacío y mis oídos captan el

eco del silencio en una noche calma. Respiro profundo. Por un momento es el único sonido que existe. Y mi corazón late en mi pecho como un tren que inicia su marcha. Un temblor imposible sacude y recorre mi cuerpo desde los pies a la cabeza y más allá. Entonces algo cambia. Miro al cielo y veo que las densas nubes se disipan sobre mi cabeza. Tras ellas surge un hermoso manto de estrellas. Y en medio del cielo, una enorme y luminosa luna llena que lo alumbra todo. Me quedo embelesado ante ese hermoso paisaje. Respiro, sonrío. Y al hacerlo recuerdo su nombre, tan claro como el agua. Sí, es una buena amiga. Y como siempre, tiene razón.

Felipe Cárcamo M. (Santiago - Chile) Twitter: @buho_net Blog: donbuho.wordpress.com 106


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Bendita tormenta Sonia

Serna Me ve, me mira, me sorprende espiándola...

SE veía venir. Tantos días seguidos de sol amarillo, tanta sonrisa en el cielo cuando ya no hay ganas de reír, tanta promesa eterna, tanta condescendencia humillante de un verano soberbio hacia un otoño cobarde, tenían que despertar al dios durmiente de las tormentas. Hoy al fin el cielo ha llorado, y lo ha hecho con las ganas contenidas de quien no ha gritado en mucho tiempo, teniendo tanto que decir. Hoy, y por unos momentos, el otoño ha vencido su indecisión y me ha sorprendido por los ventanales, sin avisar, envuelto en un imponente abrigo de

nubes grises y negras, del mismo color que los miedos y los desengaños, y con la misma carga insufrible del dolor. Apenas nos ha advertido con unos tímidos truenos y relámpagos y de inmediato ha descargado sin piedad, gritando una lluvia azul, afilada y fría que se clavaba en la tierra, llenándola de heridas de las que brotaba nuevamente el agua, y golpeando sobre coches y tejados para silenciar el bullicio delirante que provoca el calor. Ya no hay sol, ni fiesta, ni promesas, ni horizonte, sólo la cantinela de un llanto continuo, y esta tromba de sole107


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dad suicida que se estrella contra el asfalto expiando así su pecado de no haber sabido llorar a tiempo. Sigue la tormenta, y la fuerza de la lluvia hace que las gotas reboten hacia arriba apenas han tocado el suelo, como si la tierra las repeliera, y en su ascensión de nuevo a los cielos las gotas se alargan en forma de figurillas danzantes que bailan de puntillas sobre su propio charco. Parecen un ejército de ánimas azules de vuelta al paraíso después de haber vagado por el purgatorio. Las observo desde mi ventana, y con la mente, y por si acaso me escuchan, las animo a saltar más y más alto. Hace ya un buen rato que perdí la noción del tiempo, y no me importa. Sigo mirando hipnotizada los bailoteos de la lluvia sobre los charcos hasta que observo que una de estas figurillas de agua se significa claramente del resto, toma forma casi humana y lo que parece la cabeza se gira hacia mí. Abro los ojos incrédula. Me ve, me mira, me sorprende espiándola y del sobresalto me echo hacia atrás, pero no la pierdo de vista, y enseguida comprendo que no me asusta; muy al contrario, quiero seguir mirándola. Me acerco de nuevo a la ventana y a la cabecilla de esta lengua de agua le adivino una cara y unos ojos negros que me miran sin pestañear. Su mirada me inmoviliza a la vez que me proporciona paz, 108

una paz maravillosa, tanto que dejo de oír la tormenta. Ahora llueve en silencio, truena en silencio y el mundo gira en silencio. La lengüecilla de agua se olvida de la gravedad, levita con unos dulcísimos contoneos y flota hasta colocarse justo detrás del cristal de mi ventana. Sus ojillos negros me siguen mirando, extiende lentamente una manita azul hacia mí y consigue atravesar el cristal como si éste no existiera. Yo sigo clavando mi mirada en la suya, en su transparencia, en su verdad, hasta que su mano de agua acaricia mi mejilla. Noto su humedad, fresca y vital, desde mis ojos hasta mis labios, y sé que esta extraordinaria criatura intenta consolarme por algo. Me asombra y conmueve de tal manera que necesito poner mi mano sobre la suya. Lo hago, llevo mi mano a mi mejilla, y este ser celeste, etéreo y puro desaparece ante mis ojos, sin más, dejándome tan sola como perpleja, y en silencio. Parpadeo por primera vez en muchos minutos mientras sigo notando humedad en mi cara y en mis ojos. No entiendo lo que está pasando. ¿Se ha deshecho la figurilla de lluvia al tocar mi cara? ¿Al tocarla yo, quizá? ¿He roto algún hechizo? ¿He hecho algo mal? Miro por la ventana por si la bailarina de agua hubiera vuelto al otro lado del cristal, por si me siguiera mirando des-


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de el otro lado de mi vida, y con mi mano aún en mi cara busco a la criaturilla en el charco. No es posible… ¿Qué charco? No hay charcos, el suelo está totalmente seco, no ha llovido en mucho tiempo; ni siquiera ha habido tormenta, es evidente. El cielo es de un azul reventón y el sol sigue siendo el rey. Vuelve a haber ruido, calor, gravedad y realidad. No ha habido tormenta más que en mis sueños. Debo de haber estado llorando mientras dormía, o durmiendo Entiendo la tormenta sin ruido, la llumientras lloraba. Es la única explica- via que no cala, el sol que empapa y el ción. hielo que abrasa, y esto me proporciona una calma absoluta, soy capaz de pensar con nitidez y me tomo mi plenitud espiritual como una bendición. La tormenta que he soñado ha arrastrado en su catarsis a todos los barros que se pegaban en mis zapatillas y manchaban mis huellas por el asfalto. Consciente de todo, estoy a punto de alejarme de la ventana cuando en el alféizar veo un charco diminuto con dos piedrecitas negras en el centro. No sé por qué, pero no me sorprende. Miro a las dos piedrecitas con ternura, sé que me miran, entiendo, sonrío, y libre, ligera y absuelta salgo a la calle a recorrer el lado seco de la tormenta.

Sonia Serna San Miguel (Segovia - España) Facebook: sonia.sernasanmiguel (Página: MIS Soniadas) Blog: missoniadas.blogspot.com.es

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Sin miedo escénico José Antonio Barrionuevo Una voz recia me gritó...

TRES potentes cañones de luz rescataron de la penumbra el escenario, modesto pero elegante. Yo ya estaba allí, en el centro, muy en mi papel, micrófono en mano, vistiendo un elegante traje gris marengo, una bien almidonada camisa blanca y una corbata a rayas, perfectamente anudada. Comenzaron los primeros acordes... Simplemente me hubiera podido limitar a imitar sus elegantes y medidos movimientos, y hacer un perfecto playback, como solía en mis ensayos, en el salón de casa, ante el televisor. Así lo bordé cuando me presenté al casting, donde ya hubo alguien que me dijo que era un magnífico imitador. Aquella noche especial pretendía deslumbrarla, embelesarla, si bien no sabía explicarme por qué las primeras palabras de la canción, tantas veces repetidas, no terminaban de salir; no sabía explicarme por qué permanecía rígido, estático, como anclado al parqué, atenazado por un ignorado pánico. Desde el fondo de la sala, en semioscuridad, una voz recia me gritó: «¡Áni-

mo! ¡Tú puedes! ¡Tú sabes hacerlo! ¿Cuántas veces lo has repetido? Y si no, ¡hazlo a tu manera!». Conocía la silueta, conocía la voz. Era él, el inigualable, el inimitable, el imperecedero. Pedí entonces que retomaran la música. Me concentré y comencé a cantar...

José Antonio Barrionuevo Martín (Estepa, Sevilla - España) 110


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A muerte Eduardo

Martín Zurita Abro los ojos por fin y no miro el reloj...

SUPONGO que debería estar preguntó el sacamuelas. Le respondí:

cruzando la reja de un arado dentro de mi cabeza, o algo así; las lanchas de desembarco quizá, acercándose a la orilla, desollándola entre salpicaduras de arena. Pero no me siento peor, ceñido a la silla eléctrica, que en la camilla (se trata de una camilla) del dentista que me realizó el último empaste. ¿Composite o amalgama?, me

Lo que usted quiera, amigo, qué más da. Todo es perentorio. Su mal aliento, por ejemplo. Masque una pastilla de chicle y se va el tufo o se atenúa. La vida es tan poca cosa... Creo que me estoy haciendo el hombrecito para quitarle hierro al asunto, a aquello cierto de incierto cuando se sabe lo que vendrá pero se 111


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ignora el momento en que va tener lugar exactamente, a aquello a lo que han dado toda la cuerda. Recién duchado, afeitado y perfectamente nutrido. Una tarta de manzana¸ el estómago no me daba para más; de hecho, un triangulito equilátero quedó en el plato (pese a lo suculenta), similar a los que dibujaba en la pizarra de aquel entrañable colegio de Wisconsin, mientras me deleitaban el cielo añil y los prados a través de la ventana. Me pregunto cuántas o cuántos habrán sido servidos en ese mismo plato, porque aquí, salvo la vida, el sistema no desperdicia. He pedido que me quemen, no quiero por nada del mundo que se me coman los gusanos. Abro los ojos por fin y no miro el reloj, aunque soy consciente de que falta poco. Mi mirada se dirige al cristal de manera automática, como si se tratara de una ley imperiosa y fundamental. ¿Y no lo es? Hice una especie de saludo (o venia visual estirada) a esa serie de rostros que no me quitaban ojo del otro lado de la cristalera: encendidos, crispados, casi alegres algunos, enigmáticos, desencajados también había otros. Hay opiniones para todos los disgustos. Mi hermano Paul tenía la nariz tan pegada que parecía querer colarse dentro. Era el menor de los dos y siempre me necesitaba. Éramos huérfanos absolutos, es decir, de padre y madre. ¿Por qué no puede saltarse la ley a la torera un abogado? ¿No es un ser humano, acaso? ¿O lo que falla son los recovecos, los rizos del ADN? Igual el reo debiera serlo mi padre. ¿Fue violento? Los tóxicos titulares de los periódicos, escritos de antemano, resultaban tan dañinos para mi cerebro como para los submarinos las cargas de profundidad. Quién me mandaría a mí venir a ejercer a Nashville, Tennessee; la cagué. Supongo que por la música country. Tentado estuve (aunque tenía sólidos conocimientos previos) de profundizar en la 112

silla eléctrica como instrumento para ejecutar la pena de muerte. Una conferencia o algo así. Mandé la idea a paseo. Como ahora mismo, no pienso en la silla. No quiero, de ninguna manera, sufrir un gramo de más. Por otro lado, resulta reconfortante no tener la necesidad de hacer planes, como me ocurre. Bastante tengo con hacerme el gallito, aunque una tos seca y nerviosa trate de impedírmelo a toda costa. Los ojos de mi hermano (Paul llevaba el nombre en honor al bajista de los Beatles) eran dos radiales ignorantes del cristal blindado. Mi tía Christy, con sus cómicos bucles, disimulaba una sonrisa cínica, casi burlona. Como preguntándose para qué demonios me costeó la carrera. La sonrisa de Paul (su distintivo) se resistía a funcionar y enseñaba unos dientes de lobo rabioso. Y, de pronto, empezó a dar puñetazos contra la sórdida y sólida mampara. Yo me hacía la pregunta de si un hermano daba tanto de sí, su amorosa ira, mientras trataba de librarme de las correas que sujetaban mis brazos, mi tronco y mis piernas, la cabeza sobre todo, a la silla, como a un barco en puerto las maromas. Quería, necesitaba igualmente abrazarlo. A Paul. Y lo más que alcanzaba era a ver su corazón detrás de la mampara, maldita mampara, palpitando lo mismo que un animal acorralado; un mono gelada, un corazón ardiente, moviéndose en el desequilibrio del abismo. La palabra clemencia flotaba en el aire como una esperanza, volátil blanca paloma, que se vencía con violencia, como abatida en un tris por algún telerrifle. Trataba de agarrarme a esa blanca paloma sin destrozarle las alas. Debí haber pedido un bocadillo de tocino con queso. Bueno, un fallo, a las alturas de autos, se lo autoperdona uno sin el menor de los problemas. Empezaba a sudar carámbanos. Estaba crispado. Demacrado. Me molestaba, por si


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pudiera transferirle signos de debilidad al cabrito de Mac Farland, mi víctima, que no satisfecho con saltear, no cabe otra palabra, a su mujer en el divorcio, (yo de emboscado con él tras la fronda, claro), se encontraba presente el muy... Me la había pegado con mi mujer. Veía los patéticos mofletes y esa calva abrillantada, mezclado entre los demás del grupo, el zascandil, con su séquito de gusanos y moscas y moscardones, ya medio descarnado. Veía cuernos por doquier. Unos cuernos descomunales. Me ofrecieron caviar iraní de beluga (un señor abogado, después de todo...), pero soy de pueblo y jamás las excentricidades me hicieron experimentar el más mínimo placer. Me gustaba nadar en el gran lago y bucear, persiguiendo el misterio escurridizo de los peces, hasta verme obligado a emerger fuera del agua. Entonces me sacudía el líquido de mi cabeza lanzando latigazos con el flequillo de izquierda a derecha. Después, mientras me secaba, escuchaba cintas de Johnny Cash, el rey auténtico. El envase del caviar tenía, o a mí me lo estaba pareciendo al recordarlo, forma de ataúd. A ese que despaché, al Mac Farland de las narices, ya no le importaba el reloj, que miraba yo recordando algo de un español grande, un tal Pío Baroja, que tenía en el del salón de su vascongada casa solariega, grabada la siguiente leyenda, o por el estilo: «Todas hieren, la última mata». En mi caso no tanto las horas, sino el último segundo. Se piensa que los norteamericanos (todos) pasamos olímpicamente de la vieja Europa. De la cultura con mayúsculas. La inmensa mayoría de los europeos piensan en los estadounidenses como zopencos niños regordetes. Y no es cierto, menudos tontainas los europeos. Claro que considerar leyes a las normas del Estado de Tennessee, tales como prohibir a un ateo el desempeño de cargos públicos o que esté prohibido conducir dormido,

da bastante que pensar de los del nuevo continente. Una sístole o una diástole marcaban el territorio de mi futuro. ¿Qué estaría pasando por la mente del alcaide? Creo que nos encontrábamos ante un ser humano reo, y no de cristal, como el de mi aislamiento; un ser que semejaba un frigorífico repleto de chapas con imanes que eran aquellas miradas llenas de creciente ansiedad. La más inquieta, sin lugar a dudas, la de mi amigo Poli, el policía. El hombre, ciervo con muchas cuernas, movía sus ojos de derecha a izquierda, como antaño yo el flequillo, negando con la cabeza. Parecía estar flaco de ánimo. La conmutación presidencial no iba a llegar y nos había colocado al borde de un precipicio a la práctica totalidad de nosotros. Departía Poli con algunos compañeros del bufete y me daba cuenta de que de sus labios no salía más que tristeza. Yo miraba al reloj como si se tratase de mis ojos reunidos en uno solo, o como si fuera solo ojos; contemplaba cada paso, cada salto de uno a otro segundo por parte de las manecillas porque, en cualquier momento, sin aviso previo, obtendría el pasaporte para el más largo recorrido, y presumiblemente el más breve de los viajes. Al 113


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espacio sin sueños. Si con caerse el reloj al suelo se acabara este trance macabro... ¿Pero cómo? No deseo un terremoto para mal de los que me observan diversos. Aprendí a ganar sin engañar. Bastaba con el mal que había hecho. Morir en una silla... suele morirse uno en la cama. Morir en la silla del barbero con el gaznate rebanado al afeitarte, el paño de un rojo vivo y los dientes hundidos de un áspid esparciendo veneno insuperable, por toda manicura. Tenía alucinaciones y empezaban a querer desarticulárseme las piernas espásticas. Tenía miedo, mucho miedo, y frío, un frío inmenso; y el águila que iba a remontar la penitenciaria, llevándose mi espíritu, estaba lista para emprender el vuelo. La veía prepararse, batir las alas sin contemplaciones. Sentía como si me hubiesen metido la cabeza dentro de un caldero con agua hirviendo hasta los bordes. Tenía, tenían muy claro que iban a ejecutarme. En el corredor de la muerte fue donde empecé a sufrir de verdad. ¿Lo anterior? Pura melaza. Agriada por la visita de Linda y los niños. ¿Qué decirles? ¿Cómo explicarles lo que no tenía explicación? Algo que no me pertenecía se me coló dentro. Algo malo, muy malo sin duda. Un impulso. Eso. Se trató de un impulso que fui incapaz de controlar, de detener. ¿Y tal cosa resulta punible? Dejémoslo para los penalistas. Olvidaba que yo era un penalista instalado de refilón en el Derecho Civil. Fervoroso devoto del ojo por ojo y del diente por diente. Un finado, un difunto, carnaza para el periscopio de los informadores, eso era yo. A Linda y a los niños, Andy y Jodie, les pedí que no volvieran a visitarme: lo que se dibujaba en sus caras me gustaba cada vez menos y no conseguía descifrarlo. Bueno, ella, Jodie, me dijo, de plano y sin figura de juicio, eso sí, sin la presencia cercana de su madre, que se iba a ir de putas. Lo mismo le di114

je a Poli, que no me lo tomase a mal, pero que no quería ver a nadie. El hombre, de golpe, pareció perder diez centímetros de estatura. En el corredor, me propuse dejar la mente en blanco durante bastante rato, emulando a un yogui del Tíbet. Y lo que conseguía no pasaba de ser, las horas y las horas, una amalgama, una marejada de ideas repetidas, obsesivas. Culpable. Culpable. Homicidio en primer grado. Deja viuda e hijos. Le consigue el divorcio y se lo cepilla. Me veía churrascado y despidiendo humo por cada poro del traje que me habían puesto, como si yo fuese una fumarola. Llegué a llorar, por un tiempo indeterminado, pero largo; llegue a arrojar lágrimas hasta caer rendido y dormirme. Llegué a arañar las paredes de arriba abajo. Y soñaba con flechas, lanzas, espadas que me atravesaban de parte a parte. Con contundentes hachazos, que me dejaban sin miembros, especie de tocón humano. Con hélices de barcos que me convertían en carne picada bajo el mar, para festín de los tiburones. Del abogado defensor, mi dirección letrada, buen hombre y mejor criminalista, un tipo altísimo con un bigotillo de galán retro, no quería oír ni hablar. Que había perdido los nervios, le dije desde el principio, y debía pagar por ello. Además, entre Linda y yo se había abierto un gran boquete; producido un naufragio insoslayable de un tiempo para acá, como resultaba lógico; una bordada que venía de un tiempo muy anterior a mi delito y a la traición por su parte. A los niños no les iba a tener en cuenta que hubiesen tomado partido por su madre, estaban en lo correcto. Llegué a la creencia de que no había nacido para abogado, y que convertirme en uno de ellos era mi verdadera culpa a expiar. Una falta de personalidad exasperante. Por ahí le andaba la cosa. Quizá tendría que haberme quedado en


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el ejército. Obedecer y nada de una profesión liberal. Pero obedecer no resulta fácil tampoco. El sudor se acrecienta y parecen flotar en una tabla, sobrenadándolo, cuervos, buitres, cornejas... hasta aves del paraíso, que maldita la gracia que me hacen porque en el fondo vienen a significar lo mismo, me digo: que navego, extemporáneamente, casi ya, allende los cielos. Pienso en aquel intencionado juego de palabras: «Imposible condenar, perdón. Perdón imposible, condenar». En este espacio gramatical-contradictorio se sustancia mi vida en manos del alcaide, en su mano derecha, para más señas. Tras accionar el interruptor, el alcaide ya no manejará la coma sino en mi contra. De pronto, el corazón se me pone a mil por hora, el sudor, como una repentina cascada, alcanza las babuchas que me han puesto. Qué me importa el día que es, el año en el que estamos, si soy o no soy viejo. Voy a espicharla sin remisión. Huelo a cadáver que apesto. No tengo ninguna estima por mí mismo. Soy una calamidad trabada a una silla, que va a darme muerte. Voy a ser libre quizá por fin. Trato de evocar mi vida en un segundo. Solo veo la cara de ese hijo de puta de Mac Farland, tendido frente a la mesa de mi despacho. Oigo gritos horribles. Le he hundido el cortaplumas en pleno hígado. No pensé en la pistola, una Smith & Wesson que guardaba en el fondo del cajón. Le sale sangre por la boca. A borbotones, desmandada. La moqueta rebosa de grumos. Grito yo mismo con todas mis fuerzas. Que me ayude mi hermano, como me ayudaba a estudiar, tú, Perry, tienes que ser alguien, el orgullo del barrio. A ver, qué dice el artículo... Y lo fui. Siempre tan pacífico. Siempre tan amable. Tan bella persona siempre. Tan buen estudiante. Me cisco en la... para qué, si soy un muerto inminente. Solo tuve una pelea

en mi vida. Ocurrió a mi paso por los marines. Perdí un incisivo y estuvo clarísimo que no utilicé a fondo la potencia de mis puños. Al menos, mi sentir ha sido siempre ese. Y otra. No quisiera mentirme a estas alturas, con un mal nacido, un hijo de mala madre apellidado Mac Farland, que no me pagó la minuta... Debí haber escrito en ella cuarenta días de insomnio, que si la parte contratante de la primera parte, en fin, todos esos líos, ese tanto devanarse los sesos con los pactos matrimoniales, ese tesón, tanto desquiciante desvelo que el cliente jamás tendrá en cuenta... Lo que no figura en una minuta de divorcio. Y llegar, una muy seria agravante, el muy pérfido, a montárselo con mi mujer. Creo que voy a ser capaz de liberarme de la silla, pero no. Resulta firme el correaje. Además, hay dos guardianes del sistema tan recios como gorilas. Estoy muerto. Siento lo mismo que un muerto alteradísimo. Mi abogado defensor va de un lado a otro de la sala resoplando, atusándose el bigotillo, camina un poco escorado con el gesto lleno de contrariedad. No sé por qué me detuvieron y han organizado todo este pollo: me hubiera liquidado yo solito a golpes de conciencia, como cuando el submarino toca y hunde al destructor con sus torpedos. Poli se ha ido. ¿Poli se ha marchado? La tía se ha puesto las gafas, después de limpiar a fondo los cristales. Mi hermano muerde, roe, quiere devorar la mampara. Le da cabezazos, tremendos golpes con la rodilla, impotentes puntapiés. El reloj se ha parado, sus manecillas se han detenido quizá en el segundo clave. Las miradas siguen tras el cristal, y no se desvanecen. No veo al alcaide por ninguna parte, pero uno de los gorilas se acerca a mí con una capucha. Me hago mis necesidades. Masculla: Cerdo. Le escupo a la cara con puntería, como cuando descolgaba 115


El Callejón de las Once Esquinas

pájaros con el tirachinas, como cuando un sapo escupe a otro.Veo ahora a mucha gente de espaldas contra la mampara, expectantes, aguardando el acto definitivo, a que me fundan la cabeza, para darse codazos, la vuelta y cerciorarse. Algunos querrán ver el espectáculo completo, desde el principio. Están los de la prensa y otros medios. Tengo tanto, tantísimo frío que me estremezco. Mi cerebro en pleno resulta ocupado por la palabra terror. Le digo al funcionario que gracias, pero que nada de capuchas que velen mi culpa. Que quiero ver la luz del último segundo. Y que por nada del mundo querría defraudar a mi público.

Eduardo Martín Zurita (Madrid - España)

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Número 5

Hijos de la luna

Luis Antonio

Beauxis Cónsul Tenía un cierto aire felino...

EL Doutor Joao observó a través de la los separaba de la Ilha dos Lençóis.

ventanilla: la pequeña Ilha Bate Vento destacaba como una mancha blanca sobre el verdiazul océano. La avioneta viró y se dispuso a iniciar el descenso. Las ruedas se posaron sobre la pista, levantando nubes de arena que no se disiparon hasta bastante después del accidentado aterrizaje. —¡Vaya pista! —protestó el Doutor Paulo. —¡Pues allí, donde ustedes van, ni siquiera hay una como ésta! —replicó el piloto, sarcástico. Ambos médicos se miraron en silencio. Un pescador de Bate Vento estaba esperando y los ayudó a trasladar el equipaje hasta la vieja barca en que atravesarían el brazo de agua que aún

La tarde estaba a punto de transformarse en noche. —¿No podríamos ir más de prisa? —preguntó impaciente el Doutor Paulo, gritando para hacerse oír por encima de los accesos de tos del motor humeante. Bartoloméu, el pescador, se encogió de hombros, no había nada que pudiera hacer. Como urgido por el reclamo del médico, el sol se apresuró a zambullirse detrás de la Ilha dos Lençóis; una bandada de guarás se elevó, chillando, salpicando el cielo de rojo antes de que la escena se viese reducida a vagas pinceladas en blanco y negro. Apenas alcanzada la costa, Bartoloméu y los médicos levantaron el campamento sobre la misma playa, al pie de la cordillera de dunas que los separaba 117


El Callejón de las Once Esquinas

del interior de la isla. El Doutor Joao y el Doutor Paulo se retiraron temprano, el día siguiente prometía ser sumamente intenso. Fumando su cigarro, junto al fuego de carbón de mangle, el pescador meditó acerca de aquellos médicos. —¿Qué vienen a hacer los señores en Lençóis? —había preguntado al Doutor Joao, que parecía ser el más accesible de los dos—. Éste no es un buen lugar para pasear, no hay electricidad, ni teléfono, ni periódicos. No hallarán aquí comodidades. —No pensamos hacer turismo, Bartoloméu —había sonreído el médico—. Hemos venido en una misión encomendada por la O.M.S. El pescador enarcó las cejas, pero no se atrevió a preguntar qué significaban aquellas letras. —Vamos a estudiar a los albinos de Lençóis —continuó el Doutor Joao—. ¿Has visto cuántos hay en la isla? —Sí, Doutor —el rostro curtido de Bartoloméu se iluminó, feliz por conocer la respuesta—. Hay diez. —Bien, bien —rió el médico—. Pero no estoy hablando solamente del número sino del porcentaje con respecto al total de la población. Fíjate, Bartoloméu, lo habitual es un caso de albinismo cada doscientas mil personas. En cambio aquí, en Lençóis, con apenas trescientos habitantes ¡hay nada menos que una decena de albinos! ¡Eso da más de tres por ciento, Bartoloméu! —¡ Puxa! —musita el pescador, perplejo, antes de dormirse bajo las estrellas—. Yo que creía que eran diez… Se pusieron en marcha al alba. Una bandada de garzas los sobrevoló, graznando, mientras se esforzaban por escalar la cordillera, hundiéndose en la arena hasta las rodillas, con el equipaje cargado a la espalda. Llegados a la cima de las dunas hicieron un alto, para recuperar el aliento, 118

desde allí divisaron la villa a la cual se dirigían: rodeando un grupo de cocoteros raquíticos se agrupaban unas cincuenta chozas de paja de pindova, entre ellas circulaban varios hombres y mujeres afanándose en su diaria tarea. Hacia ellos descendieron. —¡ Oi, Bartoloméu! ¿Cómo va? —saludó una anciana mulata, remendando una red frente a su choza. —Todo bien, Dona Arlinda, ¿y la señora? —Bien, agradecida. El campamento fue reedificado en el centro de la villa, al pie de los cocoteros, donde estaría mejor resguardado de vientos y arenas. —Bueno, Bartoloméu —dijo el Doutor Joao, una vez instalados—, hazlos venir de uno en uno. El Doutor Paulo se preparó para el trabajo, cuanto antes comenzaran más pronto terminarían y podrían regresar a Sao Luis. —Buen día —saludó Seu Cabedelho, el primer paciente. —Buen día, señor, pase por aquí —invitó el Doutor Joao, indicando una silla plegable. El médico examinó atentamente el cabello, los ojos y la piel de Seu Cabedelho. —¡Mira, Paulo! —se dirigió a su colega, pellizcando el dorso de la mano del paciente—. Esta piel es notoriamente más gruesa que la que clásicamente se ha descrito en los albinos. El Doutor Paulo pellizcó a su vez y aprobó, con un gesto, lo aseverado por su compañero. De inmediato, sin advertencia previa, colocó una ligadura de goma en el brazo de Seu Cabedelho. Las rojas pupilas del albino relampaguearon al ver la jeringa, pero permitió que le extrajeran sangre sin protestar. Sólo al retirarse, al cruzarse con Bartoloméu, se le oyó mascullar algo que los médicos no alcanzaron a entender.


Número 5

¿Qué dijo? —quiso saber el Doutor Joao. —Que al Rey no va a gustarle lo que están haciendo con su pueblo. —¿El Rey? —se asombró el Doutor Paulo—. ¿Tienen un Rey en esta isla? —Ellos creen que sí —respondió el pescador. —¿Y quién es ese Rey? —Dom Sebastiao. —¡Pues, mucho gusto! —ironizó el Doutor Paulo. El Doutor Joao, en cambio, había quedado pensativo. —¿Lo dices en serio? —preguntó a Bartoloméu. Le bastó ver la expresión de éste para saber que sí—. ¡Sebastianistas! Yo pensaba que ya no existían. —¡Vamos Joao! —protestó su colega—. ¿Qué es este misterio? ¿Quién es Dom Sebastiao? —Paulo —replicó el otro, ocupando la silla que había dejado libre Seu Cabedelho—. Dom Sebastiao era un Rey de Portugal que desapareció en Marruecos, allá por el siglo XVI, con su ejército de veinte mil hombres. Fue creencia extendida, entre la gente de la época, que el Rey no había muerto sino que había cruzado el mar, para morar en el Brasil, desde donde debería retornar alguna vez… Una interesante fe mesiánica que yo ignoraba que se hubiese perpetuado hasta nuestros días. —¿Y es ese supuesto Mesías quien se va a sentir molesto con nuestro trabajo? —se burló el Doutor Paulo—. Pues entonces, ¡apresurémonos a terminarlo, antes de que nos alcancen los rayos de su ira! La joven Cássia, con sus ocho meses largos de embarazo, acababa de marcharse, cargando una pesada cesta sobre la cabeza. —Si sigue haciendo eso, se pondrá a parir en cualquier momento —sentenció el Doutor Paulo y, quitándose los guantes, suspiró aliviado—. Supongo que ésta era la última albina.

—Es posible —el Doutor Joao no parecía convencido—. ¡Bartoloméu! —¿Sí, Doutor? —¿No dijiste que había diez albinos en la isla? —Pues sí, Doutor. —Entonces, las cuentas no cierran. Hemos examinado seis hombres y tres mujeres, suman nueve. ¿Dónde está el sujeto que falta? —Silvana está ocupada, vendrá después, Doutor. —¿Silvana? —inquirió el Doutor Joao. —¡Ocupada! —se indignó el Doutor Paulo—. ¿Cuál es esa ocupación impostergable que nos retiene aquí perdiendo el tiempo? —Ella es quien guía a los buscadores de agua, Doutor. Ambos médicos lo miraron sin comprender, el pescador intentó ser más explícito. —Hace seis meses que no llueve y todas las lagunas se han secado; pero en el fondo de la arena está guardada el agua que la gente necesita. Sólo hay que cavar para sacarla, Silvana es la que dice dónde hacerlo. —Buenas tardes. —Buenas tardes. Tú debes ser Silvana, la rabdomante. La muchacha encendió una sonrisa en su rostro lunar. Tenía un cierto aire felino, ya fuera por la melena blanca o por esa forma de andar deslizándose, sin que la arena crujiese bajo sus pies descalzos. —¡Al fin llegaste! —recriminó el Doutor Paulo—. Llevamos horas esperando. —¿Encontraron agua? —fingió interesarse el Doutor Joao. —Todavía no —respondió Silvana—. Habrá que cavar más profundo; pero yo sé que el agua está ahí. Al Doutor Paulo le pareció que su colega demoraba más de la cuenta en el examen de la joven; podría haber jurado 119


El Callejón de las Once Esquinas

que el Doutor Joao no había mirado tan largamente los ojos de ninguno de los sujetos anteriores, ni había retenido entre sus dedos, durante tanto rato, el cabello o la piel de cualquiera de ellos. —¡Acabemos con esto! —el Doutor Paulo volvió a calzarse los guantes y se adelantó hacia Silvana, blandiendo la jeringa. —Cuanto antes mejor —aseveró la muchacha—. Así los señores podrán marcharse y dejar en paz a la gente. —No seas injusta, Silvana —el Doutor Joao saboreó la dulzura del mango al pronunciar aquel nombre—. Lo que hacemos es para bien de todos los albinos, como tú y los tuyos, para encontrar la forma de impedir que continúen padeciendo graves enfermedades en la piel, los ojos, los dientes, el aparato inmunitario… ¿Te parece bien que la mayoría de ustedes fallezca, a causa de infecciones generalizadas, antes de cumplir cuarenta años? —La gente no muere —lo contradijo Silvana. —¿Ah, no? —terció, irónico, el Doutor Paulo. —No. La gente va a reunirse con Dom Sebastiao en su Reino de las Arenas; de allí regresarán, junto con el Rey, algún día no muy lejano. —¡Otra vez! —el Doutor Paulo puso cara de asco frente a la cena que repetía, exactamente, la misma comida, compuesta por pescado, farinha d’agua y cocos que había tenido que engullir ese mediodía y también la noche anterior—. Si hubiese sabido esto, habría traído frutas y legumbres frescas desde Sao Luis. Pero mañana, cuando volvamos, ¡voy a comer verduras cual burro! —Paulo… No regresaremos mañana a Sao Luis. —¿Cómo dices? —Que no vamos a regresar todavía, se me ocurrió que podríamos realizar 120

otros estudios, para que nuestro trabajo resulte más completo… —¡A mí no me engañas, Joao! Nuestro trabajo está todo lo completo que cabe esperar, en este lugar donde ni siquiera hay agua corriente. Lo que sucede es que quieres ganar tiempo para intentar algo con esa muchacha que tanto te ha impresionado. Viendo que su colega optaba por guardar silencio, el Doutor Paulo continuó: —¡Vamos, Joao! Si lo que realmente te interesa es mejorar nuestro trabajo, volvamos a Sao Luis. Allí dispondremos de todos los medios; además, hasta podríamos llevarnos algunos especímenes… ¿Qué opinas? El Doutor Joao trocó la expresión hosca por una sonrisa taimada y respondió: —Ya veremos… A pesar sus quejas, el Doutor Paulo dormía profundamente. No ocurría lo mismo con su colega; apenas había conseguido sumirse en un agitadísimo duermevela del que fue arrancado abruptamente… —¡ Doutor Joao! Salió de la carpa; la luna, redonda como el vientre grávido de Cássia, lastimó sus pupilas somnolientas. —¿Silvana? —preguntó quedo. Un crujir de arena, a sus espaldas, hizo que girara con rapidez. No alcanzó a ver a nadie, igualmente, siguió avanzando en aquella dirección hasta dejar atrás la villa. El arenal se extendía ante él, jugando a los remolinos con el viento. —¡Qué locura! —murmuró. A punto estaba de volverse a su cama, cuando divisó algo en la cima de un médano. Podría ser Silvana… o la sombra de una nube pasajera, velando el disco perfecto de la luna llena. Sus pies actuaron independientemente, no fue el cerebro quien impartió la orden. Acaso por esa causa, pobres


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miembros sin gobierno, tropezaron al coronar la cumbre, haciéndolo rodar por la ladera de una hondonada; la misma donde Silvana había asegurado que encontrarían agua. El Doutor Joao se reincorporó, escupiendo arena y maldiciones. Entonces lo vio. Encima del médano, recortándose contra el firmamento, jinete de un enorme toro de lidia de cuernos aguzados como puntas de estrellas, se erguía una figura enteramente recubierta de metal. Embrazaba un escudo negro como los abismos del tiempo; en la diestra empuñaba un hacha de combate, cuyos filos sangraban lágrimas de mercurio. Su yelmo, de plata bruñida, remataba en una corona de perlas. Con singular espanto, el médico vio al jinete picar espuelas, arrancando un espeluznante bramido de las entrañas de su cabalgadura y precipitarse hacia él, describiendo molinetes con el hacha sobre su coronado yelmo. El toro se detuvo tan cerca que el gélido soplo de sus ollares hizo castañetear los dientes del Doutor Joao, que contempló el reflejo de su propio rostro demudado sobre el reluciente peto del jinete. Éste detuvo el vertiginoso girar del arma y la mantuvo suspendida, inmóvil, durante un segundo eterno, antes de que su brazo emprendiese, inexorable, el descenso. El Doutor Joao cerró los ojos… Cuando volvió a abrirlos, el hacha pendía del arzón; la mano que antes la esgrimiera elevaba la visera del yelmo. Sobre un lienzo blanquísimo, con doble marco de plata, el fuego había pintado una mirada, más dura que el diamante, que impactó de lleno en la faz sudorosa del médico.

Aquella mano, enfundada en mallado guantelete, disparó hacia él un dedo acusador. —¡Tú! —las palabras sonaron graves y serenas—. Deja tranquilo a mi pueblo. —¡Bartoloméu! ¡Nos vamos! El laconismo de esa orden sorprende al pescador, habituado a la verborrea del Doutor Joao, pero obedece sin hacer preguntas. El Doutor Paulo sí las hace. Aunque no obtiene respuestas, está feliz de emprender el regreso. Dos perros, tres cabras y un halcón solitario los observan abandonar la villa. Finalmente, la arena de la hondonada que Silvana señalara ha puesto en libertad esa agua dulce celosamente custodiada. Los pobladores han marchado allí con sus baldes, todos ellos, también Cássia y un nuevo Hijo de la Luna llamado Zé.

Luis Antonio Beauxis Cónsul (Montevideo - Uruguay) 121


El Callejón de las Once Esquinas

Un hombre acartonado Iñaki

Ferreras La vida pasa, pasa, pasa…

TIENE frío. Le rechinan los dientes. vuelta por el parque pegando tumbos.

Le estalla la cabeza, esa cabeza calva con ojos saltones… También le duele el corazón. No puede dormir. Hay tormenta. Oye el silbido del viento. Sopla sobre su nuca. Cuco, su perro de aguas, se acurruca a su lado. Se levanta de mal grado. Con rabia, propina una patada a un cartón, ese que le cubre la espalda. Se tambalea. Mira a su alrededor. No ve a nadie. Se babea los labios: los tiene resecos. Pega un trago a la botella y se estremece. Da otro trago, y otro y otro. Ahora, su menudo cuerpo se tambalea aún mucho más… Se levanta y da una 122

El can le sigue con mucho frío en su flaco cuerpo de perro de aguas. Se cruza de brazos. Se sienta en un banco. Se cubre la cabeza con las manos y llora un poco. No quiere llorar demasiado. Siempre que llora demasiado lo pasa muy mal. Llora lo suficiente para hacerse constar a sí mismo que se encuentra anímicamente mal. Comenzó a beber para aplacar su pena... Cuco ladra. Ha visto a alguien. Ladra ahora más fuerte. Una persona se acerca. El hombre está tumbado en el banco, roncando. De repente, siente un


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golpe seco en la barriga. Cuco ladra con todas sus fuerzas. Intenta atacar al desconocido, pero este le da una chuche y le calma. Tose y vomita. Siente otro golpe, ahora en la cara. Se levanta y ve a un joven con el pelo rapado. —¡Vas a morir! —le grita un chaval de no más de veinte años. Intenta correr, pero el agresor le agarra por el cuello. Quiere estrangularle. Forcejean. El hombre logra soltarse y se escapa. Cuco le sigue los talones ladrando. —¡Volveré! —berrea el chico—. ¡Tenemos una deuda pendiente! —se va con paso ligero y maldiciéndole en voz baja. Vuelve a tumbarse bajo los cartones. Tiene ganas de volver a llorar. Está ebrio, como casi siempre... Pero su mente funciona bien, demasiado bien para recordar su triste vida. Se tapa, acaricia al perro, cuyo corazón late aún con fuerza por el incidente e intenta conciliar el sueño. Pero, a pesar del alcohol, le resulta imposible. La aparición del chico le ha perturbado en lo más hondo. Le pica todo el cuerpo, irónicamente como si viviese en una casa con intensa calefacción central, como si su vida fuese tan cómoda como para darse cuenta de los picores cutáneos. Comienza a pensar en su madre; su madre… La madre que lo fue todo para él y que, ahora, no está. Hace demasiado tiempo que se fue para siempre. Hace demasiado que se siente solo. Su mujer también le dejó… por otro, por otro alcohólico. ¡Qué coincidencia! A esa mujer le pone engancharse de hombres con problemas de autoestima. Se ve que la suya ya había caído demasiado bajo y ella necesitaba una autoestima de nivel mediano para echarla por tierra y, así, seguir sintiéndose poderosa. Sí, porque la lucha de poder fue la que destruyó su matrimonio. Él pensaba que casándose mataría a su madre, pero no fue así, sino todo lo contrario. El casa-

miento hizo resurgir su sentimiento de pertenencia a la progenitora y la esposa se percató y se aprovechó de ello. Ella era pérfida, ladina, le maltrató psicológicamente todo lo que pudo. Fue lo peor que le ocurrió en la debilidad de su estado emocional. Pero, al menos, le dio un hijo. Un niño encantador que hizo de intermediario entre las luchas de ambos, entre tantas trifulcas, alcoholismo y depresiones del hombre. Sin embargo, no fue suficiente para arreglar los problemas de la pareja: llegó el divorcio y él se vio en la calle y sin trabajo; su adicción hizo que perdiera el puesto en la empresa donde tan productivo y feliz había sido en otros tiempos, cuando, por otro lado, su madre era su principal apoyo. Se duerme. Cuco le lame la nariz. Es un perro cariñoso y, a la vez, guardián; en realidad, es su único amigo, el que le escucha sus pesares y el que también le necesita para seguir subsistiendo. Ambos, interdependientes, física y emocionalmente; dos amigos inseparables en la miseria de la vida callejera. Amanece… que no es poco… No es poco porque, pese a la temprana luz del alba, el mendigo se siente morir. Rebusca en la desvencijada cartera su tarjeta sanitaria. La encuentra. Le explota la cabeza y le palpita el corazón a mil revoluciones. Ese corazón tantas veces roto y ahora, enfermo. Se levanta a trompicones. Logra incorporarse. El hueco de la sucursal bancaria hace las funciones de dormitorio. Ata a Cuco en un árbol. —¡Cuida de la casa, eh! El chucho le ladra como asintiendo y él camina hacia el hospital. Vuelve a mirar en la cartera, buscando un billete para un taxi. Un taxi… ¡Cuántos años hace que no toma uno! Desde que salió corriendo del hogar con las maletas hacia una pensión del Centro, donde intentó rehacer su vida, buscando un 123


El Callejón de las Once Esquinas

trabajo e intentando mantener las amistades. Pero, poco a poco, el paso y el peso del tiempo fueron apoderándose de sus circunstancias… A la entrada de Urgencias, se doblega: no puede dar un paso más. Un enfermero se da cuenta de su penosa situación y acude en su auxilio. Pero, de repente, como en otro golpe de mala suerte, el chico de la noche anterior aparece gritando. —¡Es mi padre! ¡Es mi padre! El adolescente melenudo con barba pelirroja y cuerpo huesudo le abofetea la cara y el enfermero logra detenerle, llamando a Seguridad. Es llevado urgentemente a una sala: pruebas médicas, analítica de sangre, TAC. Se decide ingresarle. En el despertar de una fuerte anestesia, entre vista borrosa y alucinaciones, se le antoja que el camillero es su hijo. Su hijo… Aquel niño tan querido, que también está sufriendo lo que no debería sufrir, con su madre arrejuntada con otro alcohólico y dejado de la mano de Dios, desamparado y expulsado del colegio. Pequeñas lágrimas cristalinas le recorren las mejillas. Pequeñas taquicardias le golpean el músculo cardiaco. Diminutos golpes de respiración entrecortada… —Tiene una visita —le informa la enfermera. La habitación es confortable. Le han puesto solo. Mejor, piensa, así no tiene que dar cuentas a nadie de su situación. —¡Papá…! El hombre mira al chico con los ojos entreabiertos. —¡Hijo…! ¡Hijo!... No acierta a pronunciar más palabras… Ambos lloran, pero, ahora, el chico no se atreve a acercarse a él. —¡Papá…! Hace tiempo que te estaba buscando… Me debes una… —¡Hijo! ¿Me pegaste tú? 124

—Sí, fui yo. Nos dejaste a mamá y a mí. —No os dejé, ella me dejó por otro y me echó de casa. El chico grita desesperado. —¡No es verdad! —¿Para qué te voy a mentir ya…? ¿Y ella, cómo está…? —Mientes. No te creo. —Te lo imploro, créeme —solloza y se queja de dolor en el corazón. —¿La sigues queriendo? —Sí, tanto como quise a mi madre. —¿Vas a morir...? —No lo sé. ¡Ojalá! —Vives en la calle… Eres un mendigo… Se da la vuelta sobre sí mismo y cierra los ojos. Tiene el alma compungida. —Ve a por mi perro, por favor. —¿Ese chucho que estaba contigo? —Es toda mi vida. Me cuida y le cuido. —¿Dónde está? —Junto al banco, enfrente de donde me agrediste. Cuídalo mientras yo me repongo. —¿Cómo lo voy a cuidar si yo tampoco tengo un techo? —Como lo hago yo… El chico sale a buscar al perro. Lo encuentra tiritando. Se hace cargo de él y de los pocos enseres del padre. El animal le mira pidiendo cariño. El chico le acaricia la cabeza. Tiemblan los dos. También ambos lloran, cada uno, a su manera. Esa noche y muchas otras noches venideras duermen juntos. El hijo visita al padre en el hospital. Siente que tiene que cuidarle: está solo y le da pena. En el fondo, ha creído que sus palabras fueron sinceras. Ahora, siente que tiene que rendir cuentas a la madre, él solo. No podrá contar con su padre para esta batalla porque sigue enamorado de ella. Se da el alta al mendigo en el hospital.


Número 5

Junto a su hijo, salen a desayunar a un comedor social. Cuco está famélico. Devora las sobras. En el sitio les dan alojamiento por una temporada. Allí podrán comer y dormir junto a otros de su condición. Es un lugar limpio y triste. Esa tristeza que imprimen aquellos que no tienen nada quema el alma. El alma de los sensibles, como las monjas que lo gestionan. Ambos se sienten contentos por haber dejado la calle. Se proponen buscar trabajo e intentar cambiar de vida. Se han encontrado y el hijo se ha reconciliado con el padre. Se parecen físicamente, pero el padre ya está cansado de tanta penuria y sabe que nunca recobrará la vitalidad de antaño. Al hijo aún le queda mucha vida por delante… Esa mañana, después de haberse duchado y desayunado, charlan animadamente y resuelven buscar a la madre. Cada uno tiene sus motivos. El chico no ha desvelado al padre los suyos, le ha engañado, alegando que también la necesita y que espera que haya abandonado a su amante. Pero en su interior bulle la venganza. Comienzan su búsqueda por el lugar donde la pareja vivía. Pero hace tiempo que se marcharon, les dice una vecina, quien, por otro lado, no sabe adónde han ido. Deciden acudir a la policía y plantan una orden de búsqueda por desaparición. Al mismo tiempo, continúan con su propio empeño. Encontrar trabajo es una tarea ardua: el país está en crisis. Los días pasan. Las nubes pasan. Los coches pasan. La gente pasa… La vida pasa, pasa, pasa… El chico sueña con su madre y su amante borracho. Este le da una paliza y la madre se hace la tonta para no enterarse porque está demasiado enganchada a su sexo. Se despierta perturbado. Se propone matarla cuando dé con ella. No encuentran a la madre, de ninguna manera. Tampoco, trabajo. En el come-

dor social, les avisan de que les queda poco tiempo… Comienzan a desesperar: se ven de nuevo durmiendo a cielo descubierto y comiendo las sobras de los supermercados. —¡Buenos días! Tengo una noticia para vosotros. La madre superiora de la orden del comedor les comunica que es posible que hayan dado con la madre. Parece ser que vive en un piso social, con otras mujeres. Les facilita la dirección. Padre e hijo salen despavoridos. Les late el corazón con fuerza. Llegan al lugar con Cuco pisándoles los talones y la cola empinada. Llaman al timbre y preguntan por ella. Aparece una mujer despeinada, cabellos rubios ceniza, ojos legañosos y en bata gastada. Al verles, cierra la puerta de golpe. Aporrean la puerta gritando su nombre para que vuelva a abrir. Ella se niega gritándoles que se vayan, que le dejen tranquila, que ya no tiene nada que ver con ellos. —Abre, ábrenos…Tenemos que hablar —grita el hijo. El joven acaricia al perro, también impaciente por el acontecimiento. Porque también el animal se da cuenta de lo que ocurre. —¡Fuera, apestosos, borrachos! ¡Yo no soy tu madre! ¡Ni tampoco ya tu esposa! Al oír estas palabras, el mendigo se sienta en un escalón, se cubre la cabeza con las manos y llora. El joven continúa insistiendo, hasta que rompe el pestillo de una patada. La madre ha escapado escaleras arriba. El chico alcanza a una mujer por la espalda y la agarra con fuerza por el cuello. —¡Tú me abandonaste por otro hombre! Tú me dejaste en la calle. ¡Eres una mala madre! ¡Eres una mala persona! ¡Eres una mala madre! El joven se desgañita y la estrangula… Esta cae al suelo boca abajo. Sale de la casa abatido. Se sienta al lado de su pa125


El Callejón de las Once Esquinas

dre y lo abraza. Las otras mujeres de la casa gritan alarmadas y avisan a la policía. En la cárcel no les falta la comida. El juez ha acusado al chico de asesinato en primer grado con alevosía y al padre, de cómplice. Parece que no les importa su destino. El padre sigue enamorado de ella, sabe que siempre lo estará. El hijo cumplió su venganza. La peor parte es para Cuco, que se ha quedado sin el cariño de sus dueños vagabundos. Ahora, el que vaga es él… Aquel día soleado de primavera, en el que Cuco se pelea con otros perros por las sobras de comida de un vertedero, es silbado por una mujer de forma insistente. —¡Hey chucho, chucho! Cuco se da media vuelta y reconoce a la esposa y madre de sus amos encarcelados. Viste mal y está despeinada. Se le acerca y le intenta acariciar, pero él no se deja y gruñe: no se fía de ella. Ella insiste y, finalmente, él accede a dejarse atusar. —Vamos a sacar a tus amos de la cárcel… Les debo una… Cuco parece entenderle y comienza a dar saltos y a ladrar de alegría…

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Número 5

Guardiana del Agua Esperanza

Tirado

Tan solo quedó ella...

SE decidió a salir y estirar las alas.

Llevaba varios días con sus noches dentro de la cueva, evitando el abrasador Sol. Los nervios de sus delicadas alas se empezaban a quebrar, con el dolor que ello le suponía. Y su brillante tono azul hacía tiempo que había cambiado a un mustio gris. Necesitaba agua para revitalizarlas, pero su ración diaria para beber era tan escasa que un día más dejó secar sus alas. Salió de la cueva con las manos haciendo visera. Miró hacia abajo, esperando el milagro. Pero todo seguía igual. El Agua no llegaba. Lo que durante años había sido una Catarata rugiente de abundante agua y espuma blanca, ahora solo era un gigantesco farallón rocoso de piedra reseca.

Recordaba con nostalgia haber saltado y rodado por un prado de jugosa y fresca hierba verde a los pies de la Catarata. Flores de todos los colores lo adornaban. Y también árboles. Enormes árboles centenarios, daban sombra con sus copas repletas de hojas y ricos frutos. Los pájaros que anidaban en ellos ponían con sus gorjeos el punto musical en aquel Paraíso de verdor. Ahora ya no quedaba nada de aquel esplendor. El Agua había desaparecido. Todo se había secado. Y, una a una, las Ninfas del Agua, se fueron marchando en busca de otro refugio acuático en el que poder subsistir. Tan solo quedó ella, como Vigilante de lo que fue su Hogar y su Paraíso. Esperando la vuelta del Agua, tan ansiada 127


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y tan necesitada por todos. Los Faunos, más viejos y más sabios, ya les habían advertido del peligro de la falta de Agua. —No atraigáis a los humanos con vuestros encantos. Son nuestra maldición. Ellos descubrirán nuestro Paraíso, lo invadirán y lo secarán. Y nuestra especie desaparecerá para siempre. Ellas ignoraron todos los avisos, embriagadas por la sensación del disfrute de aquellos cuerpos cálidos y musculosos en aquel Paraíso acuático. Varios pequeños acuáticos nacieron de aquellos encuentros furtivos. Una bendición en un primer momento. Incluso algunas Ninfas se atrevieron a cambiar su Paraíso acuático por la vida con los humanos. Pero esa vida fuera de su Paraíso acuático pronto se convirtió en desgracia. Sus madres, Ninfas acuáticas acostumbradas a convivir con el Agua, nunca fueron felices en el seco mundo humano. Los humanos, crueles con aquella especie tan atrayente pero tan diferente, reclamaron aquellas criaturas recién nacidas para su mundo. Alguno de los pequeños acuáticos falleció. Y las Ninfas regresaron a su Paraíso, que ya no lo parecía tanto. Una lágrima rodó por su mejilla. Ella fue una de las que perdió a su criatura. Pero ya no era tiempo para lamentos. Volviendo a su seca realidad, a duras penas llegó aleteando hasta el manantial del que aún brotaba un hilillo de Agua con el que se había mantenido viva todo este tiempo. Alrededor, un minúsculo brote de musgo y unas briznas de hierba indicaban que aún había esperanza. Una brisa húmeda le hizo sentir un escalofrío. Miró al cielo: alguna nube espesa y oscura se había formado. Recordó que entonces eso significaba lluvia. 128

Y Vida. Negó con la cabeza, triste. —Ojalá fuera verdad, y no solo un deseo —se dijo en alta voz. A duras penas, llenó dos cubos de aquel escaso bien y volvió al refugio de su cueva. Así pasaron varios días de sofocante Sol y varias noches secas en las que no salió de su cueva. Cada vez más débil, el dolor de sus alas se hacía casi insoportable. En estado de duermevela creyó oír un ruido a lo lejos. Cuando despertó, el dolor seguía pero algo más suave. Bebió la poca agua que le quedaba y salió afuera. Un viento húmedo la recibió. El cielo, azul intenso durante todo ese tiempo, se había vuelto de un gris extraño. Lleno de nubes hinchadas de vapor. Emocionada, notó que algo mojaba su mejilla. Tocó la lágrima con los dedos y se la llevó a la boca. No estaba salada. No era una lágrima. ¡Era lluvia! ¡Era Agua! Agitó sus doloridas alas y la humedad del viento las alivió. Unas gotas minúsculas las impregnaron y el dolor se calmó. Revoloteó hacia la Catarata, todavía seca. Pequeñas manchas verdes se estaban formando alrededor. De nuevo. Un grito en el cielo la sobresaltó. Una bandada de pájaros surcó el cielo, haciendo sombra a las oscuras nubes. Uno de ellos dejó caer un racimo de hierba verde. Lo recogió. Era la señal. La lluvia volvería. Delante de la cueva la recibieron unos diminutos brotes dorados. Lloró sobre ellos y se quedó dormida, exhausta y emocionada. Pasó varios días, o quizá fueron sema-


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nas, dormida dentro de su refugio. Un ruido vagamente familiar la despertó. Al asomarse fuera, vio cómo la catarata volvía descender majestuosa por el farallón de piedra. Había estado lloviendo sin parar desde que se quedara dormida. La hierba lo cubría de nuevo todo, como un mantel extensísimo. Hasta donde alcanzaba la vista solo se veía un precioso y vivo color verde. El gorjeo de los pájaros llegó a sus oídos. El Agua y la Vida regresaban al Paraíso. Exhausta de felicidad se recostó en la hierba, al abrigo de la rugiente Catarata. Sus alas, azules de nuevo, brillaban con las gotas de Agua que salpicaban desde la Catarata, creando diminutos arco iris al trasluz. Así la encontraron sus Hermanas acuáticas. Dormida para siempre al lado del Agua de la Vida. Con una sonrisa y envuelta entre Arco Iris. Los Faunos la recogieron y la envolvieron en verdes hojas húmedas y le dieron la despedida final de honor que se daba a los Guardianes del Agua, como reconocimiento por su ardua tarea de Vigilante. La enterraron bajo la acogedora sombra de un Árbol de Agua. Con el tiempo el árbol creció inmenso y de sus ramas brotaron hermosas flores azules. Gracias a ella su Paraíso de Agua les había sido devuelto. La Vida había regresado. Y la Maldición había sido derrotada.

Esperanza Tirado Jiménez (Avilés, Asturias - España) 129


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La conferencia de prensa Enrique

Angulo Nosotros somos la octava potencia económica del mundo...

EN una confe-

rencia de prensa, un periodista del periódico El ABC de la razón en un país mundial le pregunta al ministro de Asuntos Exteriores del Gobierno de España: —Señor Onofre, ¿qué tiene que decirnos acerca de las acusaciones que les hace la oposición sobre los gastos excesivos de la delegación que recientemente ha viajado a Moscú y que usted ha presidido? —¿Que qué tengo que decirles? Pues mire, que esos señores siempre están con las mismas mandangas, el caso es atacar al Gobierno con lo que sea. Vamos, que todo lo que hacemos siempre les parece mal, eso es sabido y requetesabido. —Pero dicen que ustedes se permitieron unos dispendios que a una opinión pública crítica y bien formada tiene que parecerle puro despilfarro. —¡Qué sabrán ellos lo que es una opinión pública crítica y bien formada! De entrada, han empezado a darle a la boquilla porque me llevé como secretario a mi cuñado, dicen que no es ni siquiera del partido; tendrá que ver eso, si lo hi130

ce fue porque es un lince y tiene unas ideas extraordinarias, que en la familia le llamamos en broma Jesucristín, porque cuando menos lo esperas te hace un milagro. Vamos que se queda con todo, no se le escapa ni el vuelo de una mosca, y lo llevé precisamente por tal razón, para que tomase nota de cada detalle, para que viese las mejores coyunturas, los negocios más factibles, los mejores acuerdos, para que llevase una especie de cuaderno de bitácora, cosa que hizo, y que nos va a ser de una gran utilidad en un futuro próximo. A ver si el pobre de mi cuñado, si no fuese por sentido de responsabilidad hacia su patria va a querer darse esa paliza de ir hasta Moscú, con lo bien que está él repartiendo sus ocios con su mujer y sus hijos entre su piso de la Castellana y su chalet en Majadahonda. —Eso se llama nepotismo —le dice al ministro un periodista situado al fondo de la sala. —Mire, usted es un periodista bisoño y no entiende nada, en política hay que buscar los fines, y con mi cuñado de se-


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cretario los fines que buscábamos estaban asegurados. Pero voy a entrar en materia, vamos a ver, ¿acaso no es lógico que sacásemos entradas para unos palcos en el Bolshói, para ver actuar al ballet ruso? ¿No es eso lo que haría cualquier persona culta? Y nosotros cultos lo somos un rato. ¿Acaso íbamos a comportarnos como palurdos, que eso es lo que hubiesen hecho los de la oposición, que esos seguro que no saben ni quién era Malinowski? —Perdone, señor ministro, pero Malinoswski no era ruso, era un antropólogo polaco —apunta un periodista. —¡Qué, ya hay por ahí un lumbrera que quiere corregirme! Ande, joven, guárdese su sabiduría de jugar al Trivial para sorprender a su novia. ¿Saben ustedes que unos cuantos días antes del viaje estuvimos escuchando música de Borodin, Korsakov, Prokofiev, Tchaikovsky, Stravinsky, Rachmáninov y Shostakóvich, y nos hinchamos a comer filetes rusos y ensaladilla rusa para ir ambientándonos, para que al llegar a Moscú tuviésemos cierto aire de rusos y nos acogiesen con simpatía, vamos que sólo nos faltó haber jugado a la ruleta rusa. Y les diré más, ¿no les parece normal que después de ver un espectáculo tan refinado en un marco tan incomparable, nos fuésemos a comer caviar ruso y a beber champán francés a uno de los restaurantes más prestigiosos de la capital de Rusia, acompañados por un nutrido grupo de empresarios y políticos? ¿Y no era lo más lógico que nosotros pagásemos la cuenta? ¿Qué, la van a pagar ellos siendo los anfitriones, ellos que nos habían invitado a visitar su ciudad y habían sido tan amables? Además, como ustedes saben muy bien, Rusia no está como para tirar cohetes, y nosotros somos la octava potencia económica del mundo, aunque hemos empezado a sentir la mordedura de esta pertinaz crisis

económica. Y bueno, después de tener la mente llena de efluvios artísticos y la andorga rebosante de deliciosos manjares, ¿no les parece lo más inteligente contactar con el pueblo ruso para saber lo que piensa? Pues eso fue lo que nosotros hicimos con sus extraordinarias mujeres en un club de alterne de los más lujosos, donde va la crème de la crème de los nuevos ricos rusos a echar una cana al aire. —¿Sabe usted hablar ruso, o alguno de los que le acompañaron, señor ministro? —pregunta otro periodista. —Qué ruso ni qué niño muerto, ninguno de nosotros tenemos ni pajolera idea, y al intérprete lo mandamos a la cama para que estuviese despejado al día siguiente. Pero ¿para qué están las señas, y el idioma universal del tacto?, que en eso mi cuñado es un auténtico crack, sus más íntimos le llaman el Pulpo Ansioso. —¿No habíamos quedado en que era Jesucristín? —pregunta un periodista. —Hagan el favor de no interrumpirme continuamente, que así no acabo en toda la mañana, y quiero irme a descansar. A lo que iba, nos fuimos a ese club de alterne, no para lo que dicen los de la oposición, no fuimos con fines oscuros ni libidinosos, eso ellos, que ya sabemos que en asuntos sexuales predican una cosa y hacen otra; nosotros fuimos para preocuparnos por la situación social y laboral de esas mozas de tan buen ver, y tanto fue el interés que mostramos por ellas, tanto el que ellas sintieron por nosotros, que, para confraternizar de forma más íntima, nos acompañaron al despampanante hotel donde nos hospedábamos, y continuamos con nuestra conversación hasta altas horas de la madrugada mientras seguíamos dándole al champán. —Pero, señor ministro, ¿no nos ha dicho que no saben ni papa del idioma ru131


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so, cómo iban a conversar, o acaso es que alguna de ellas hablaba español? —vuelve a la carga otro de los periodistas. —Y dale con los argumentos capciosos, aunque no me extraña, trabajando usted en el periódico que trabaja. Ya se lo he dicho, hay cosas que uno las comprende sin decir palabra, señor mío; déjenme seguir, por favor. Ni nosotros hablábamos ruso ni ellas español, aunque sí chapurreamos un poquito de inglés; les decíamos: My darling. Thank you, beautiful women. We will always remember you. Y cosas así. Pero vamos a los hechos. Como les decía, confraternizamos con las féminas rusas, y puedo asegurarles que hemos llegado a tener un conocimiento profundo de la situación de la mujer trabajadora en el país de Tolstói, de sus expectativas y de sus sueños. —Venirse a España para casarse con un español, seguro —añade un periodista con cierto tonillo de burla. —No me sea usted grosero y machista, no entraré en detalles porque es secreto de Estado, pero puedo asegurarles que quedamos gratamente sorprendidos de la sensibilidad y el sentido del humor de esas buenas mujeres. —Muy buenas, seguro —murmura un periodista entre dientes. —¿Alguien ha dicho algo? —nadie rechista—. Bueno, les cuento ya cómo fue el final de nuestro viaje. Acaso, ¿no es de derecho que después de las duras jornadas en Moscú, con quince grados bajo cero que tuvimos que soportar algunas veces, que se nos helaban hasta las pestañas, regresásemos a nuestra querida patria en un avión privado y de lujo que poco tiene que envidiar al Air Force One? Pues no, todo eso les parece abusivo e injustificado al partido de la oposición, y hay que criticar y criticar aunque los motivos sean nimios o no los haya, el 132

caso es desgastar al Gobierno, lo cual es otra razón más para que procuremos alimentarnos bien, pues el estrés que nos provocan esa pandilla de arribistas nos come muchas energías. Aparte de eso, quiero que reflexionen sobre el hecho de que si nos hubiésemos ido hasta Moscú en un utilitario, si hubiésemos dormido en cualquier tabuco, y hubiésemos comido bocadillos de sardinas en aceite y de salchichón, y nos hubiésemos ido prontito a la cama; pues también les hubiese parecido mal, también lo habrían criticado, hubiesen dicho que si éramos unos roñicas, que qué iban a pensar los rusos de los españoles, que nos iban a llamar mezquinos y país de chichinabo, así que había que dejar un buena sensación, ser unos émulos de los yanquis, que nosotros antaño tuvimos un gran imperio. En fin, si ya nos la sabemos, mira que es malo conocerse; si bebo vino, borracho; si no bebo, miserable; o sea, siempre te pillo hagas lo que hagas; así que, para que nos critiquen que es lo que hacen indefectiblemente, hemos ido con cierta holgura de gastos en nuestro viaje a Rusia, pero eso sí, siempre pensando en el beneficio de nuestro país, siempre con las miras puestas en nuestra sagrada patria, nunca pensando en el beneficio y el bienestar personal, todo por España. Que es necesario comer manjares deliciosos para conseguir un bien para nuestro país, pues se comen, aunque a uno le desagraden, aunque uno no esté acostumbrado y le salga luego un sarpullido, aunque en ese momento hubiese preferido una tortilla de patatas o unos callos a la madrileña. Que hay que ponerse a vodka hasta los ojos para que un empresario ruso firme un contrato para que le vendamos melones de Villaconejos, pues nada, cogorza de aúpa al canto, aunque al día siguiente uno tenga una resaca de no te menees. Así es nues-


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tro espíritu de sacrificio, señores. Que hay que estar solícitos y educados con las Tatianas y Natachas moscovitas, aunque uno en esos momentos anhele estar en casa con su parienta, pues nada, sacrificamos el bienestar familiar y hacemos el esfuerzo de agradar a esas mujercitas de la tundra. —La tundra está más bien en Siberia, señor ministro —apunta un periodista. —Vaya, hoy vamos todos de listillos, ¿a usted no le enseñaron nada acerca de las analogías en la universidad? ¡Qué paciencia! En fin, sigo, sí señores, todo lo hemos hecho y pensado por el bien de nuestro país, y nuestra forma de proceder es la usual entre todos los políticos del mundo que tienen visión de futuro, incluso los de esas naciones donde sus habitantes no tienen ni para comprarse unas zapatillas. Hay que ir con cierta holgura por nuestro globo terráqueo, pues eso luego se traduce en ganancias y ventajosos acuerdos. —Para los mismos de siempre —dice otro periodista. —Permita que le diga que eso es demagogia, pero mire, si el nuestro es un oficio muy desagradecido y muy poco comprendido, que siempre estamos en la boca de todo el mundo, y nadie entiende nuestro altruismo y nuestro espíritu de sacrificio, que si estamos en política es sólo por el bien de la humanidad, que nos gusta ir siempre con la verdad por delante, al menos a los de mi partido, los de la oposición ya son otra cosa, esos sólo hacen que criticar con infundios y crear malestar innecesario. Como si ellos fuesen unos benditos y unos anacoretas, anda que no tienen morro nuestros amigos de la oposición, que no me sé yo cositas de ellos de cuando estaban en el gobierno y mangoneaban aquí y allá; anda que como empiece a darle a la sinhueso no paro, como empiece a hablar de comisiones ilegales, de cohecho, de prevaricación,

de financiación indebida y de corrupciones a tutiplén, se va a cagar la perra. Lo que les fastidia a esos es no estar en el gobierno, esos sólo quieren el poder, no como nosotros que el poder nos resulta indiferente, que si no fuese porque vemos la necesidad imperiosa de que este país cambie, pues nos dedicaríamos a lo que más nos gusta a cada uno. Yo, por ejemplo, estaría ya jubilado, y pasaría las horas en mi huerta regando mis repollos y cuidando mis membrillos, y llevaría a mis nietos al colegio, que ya me dicen las pobres criaturas: «Abuelito, que es que no te vemos casi nunca». Pero estos de la oposición, no. ¡Cómo vamos a dejarles que entren en el gobierno! En dos días todo lo que hemos conseguido se iría al garete, si sólo por el hecho de que esos desaprensivos no puedan gobernar este país merece la pena sacrificarse. Como han mandado tantos años, como han hecho y deshecho a su antojo, pues ahora se reconcomen al ver que un partido con ideas e ideales está llevando al país hacia la modernización. Pero poco han hablado de los logros que hemos conseguido en este viaje, de lo que pueden suponer los acuerdos a los que hemos llegado con los paisanos de Dostoievski, de eso ni una palabra. ¿Es moco de pavo los beneficios que va a traer para nuestro país el que el Lokomotiv de Moscú juegue un amistoso contra el Racing de Santander en el Sardinero? ¿El que la ciudad de Soria confraternice con Vladivostok, y en verano pueda ir a tan remoto lugar un grupo de danzas de la ciudad numantina a bailar la jota castellana? ¿Y la nieve que nos van a enviar gratis los rusos, qué? Nieve de Siberia, nada menos, que ya les dijimos haciendo un chiste que ellos no entendieron: «Pues nosotros os enviaremos nieve de Iberia». Y las cientos de fotos de Putin, regaladas por él mismo, firmadas y dedicadas, las cuales re133


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partiremos entre quienes sean admiradores de un mandatario tan democrático y amante de la libertad. ¿No vale nada el trato preferente que vamos a tener a la hora de comprar gas para nuestros mecheros, con una rebaja del cinco por ciento a partir de que carguemos el mechero número diez billones? ¿Hubieran conseguido ellos algo parecido? Que no me hagan reír, si no saben hacer la o con un macuto. —Con un canuto, señor ministro —añade un periodista. —Con un macuto, que no ha entendido usted mi ironía, ni yo tampoco, dicha sea la verdad, es que soy tan ingenioso que me sorprendo a mí mismo. Miren, señores, pasemos a cuestiones más serias, pueden preguntarme acerca de nuestros grandes proyectos para salir cuanto antes de esta incipiente crisis. Pero no hace falta que lo hagan, ya se les digo yo, ya saben que nuestras ideas básicas, las líneas maes134

tras de nuestros planes pasan por tirar todos del carro y apretarse el cinturón. —Algunos tirarán del yate —dice con sorna un periodista. —Ya estamos con los sarcasmos, pues que sepa señor mío que quienes peor lo están pasando en estos inicios de la crisis son los bancos y las grandes empresas, motores económicos de la humanidad civilizada, y es a ellos a quienes les vamos a insuflar unas millonadas de euros de aúpa. Es de cajón, lo dicen todos los manuales de economía, hay que congelar los sueldos a los de siempre, incluso bajárselos, y subir los impuestos a los mismos, pues los otros no suelen pagarlos, que para eso se inventó la ingeniería financiera y los paraísos fiscales. Y a quienes se vayan al paro pues pedirles que tengan paciencia, que ya procuraremos darles algún subsidio para que vayan tirando hasta que nos recuperemos, o ya se ocuparán de ellos las organizaciones de ayuda humanitaria. Además, es absolutamente necesario subir las tarifas del teléfono, la luz, el gas y el agua, y, por qué no, de algún que otro impuesto. Ya verán cómo con tales medidas salimos prontito de la crisis. En fin, como todavía estoy bajo los efectos del jet lag, van a perdonarme que no prolongue más mi intervención, aunque creo que he sido bastante explícito. Así que buenos días a todos. —Buenos días, señor ministro —dicen a coro los periodistas con retintín.

Enrique Angulo Moya (Burgos - España) Twitter: @Protoplasto Facebook: enrique.angulomoya


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El laberinto

Armando

Cervantes

Quizás ese fue el principio, quizás ese fue el final...

EN algún país lejano de geografía mística y difícil acceso

existía un raro laberinto en forma de espiral. La magia de aquella construcción no consistía en encontrar la salida, sino en encontrar el centro. Viejas historias contaban que ahí, en el centro, había una puerta que llevaba a un pequeño pasadizo que daba a un pequeño cuarto de paredes dinámicas donde se materializaba el más profundo anhelo de quien lo encontraba, y que, al abrir la puerta de aquel cuarto, uno salía al inicio del recorrido; o al final, todo dependía de si la puerta se abría de adentro hacia afuera, o de 135


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afuera hacia adentro. Se decía que en la entrada del solsticio de invierno aquellos muros proyectaban una luz con forma de dragón de alas cortas y cola larga, una especie de holograma que, conforme iba entrando el solsticio, daba la impresión de que reptaba por las paredes hasta perderse en el centro, desvaneciéndose justo al aparecer la puerta. Aquella historia, que bien podía haber sido la antesala de algún cuento de hadas, parecía tan increíble que solo podía ser aceptada por aquellos hombres de mente cerrada y corazón abierto. Después de algunos años de búsqueda, ahí estaba aquel hombre, esperando la aparición de aquella reflexión de luz para poder correr detrás del indómito dragón y poder llegar al centro, que lo llevaría al cuarto donde esperaba cumplir su mayor deseo: encontrar el primer reloj de todos los tiempos. Ese era su más grande anhelo, conseguir el primer artefacto capaz de cuantificar la cuarta dimensión. Sabía que existían muchos periodos y muchas épocas, y que cada una sucedía de forma simultánea y paralela, pero nunca una después de la otra. La majestuosa figura apareció, las leyendas eran ciertas, el asombro no le cabía en el pecho cuando se dibujó aquel dragón prismático y transparente a escasos metros de donde estaba. Había apostado por un presentimiento al colocarse en aquel extremo del laberinto, había decidido empezar por el final y había elegido el lugar correcto. El dragón comenzó a reptar sobre los muros de lo que parecía la realidad. Al inicio avanzó lentamente; a continuación comenzó a deslizarse con velocidad. Se mimetizaba con el color del olvido, y el reflejo de recuerdos que nunca existieron hacía que tomara una forma estroboscópica. Aquel hombre iba detrás sin importarle nada más. La 136

emoción hizo que no se fijara en todo el tramo recorrido hasta que cayó en cuenta de que, si aquel holograma desaparecía antes de llegar al centro, no podría dar con el camino de vuelta y quedaría atrapado para siempre. De pronto aquella figura se detuvo y se volteó, mirándolo fijamente. —Parece que nos volvemos a ver, querido amigo —dijo en un tono seco; la cara de aquella criatura era vieja y cuarteada—. El tiempo es una espiral infinita, donde un día todo vuelve a comenzar y al siguiente todo termina, y así sucesivamente; o al revés, no importa el orden, siempre te encontrarás en el mismo punto, una y otra vez. —¿Me llevarás al cuarto de los deseos? —preguntó aquel hombre, la desesperación en su voz era evidente. —Ya estás inmerso en el primer reloj de todos los tiempos. Este laberinto mide el paso del tiempo, se alimenta de las almas que han caído en él movidas por el deseo de cumplir sus más grandes anhelos, buscando respuestas a preguntas inciertas e indecisas. Es aquí donde comenzó todo. Donde los instantes dejaron de ser granos de arena para convertirse en deseos frustrados y rutas que nunca llegaron a ninguna parte. Eso es a lo que le llaman pasado. A los que encuentran lo que buscan se les abren otras puertas llenas de incertidumbre y nadie sabe a dónde van; eso es a lo que le llaman futuro. Y hay quienes han aprendido el camino de ida y vuelta sin seguir a nadie, eso es lo que se conoce como presente. De alguna forma, el tiempo es como el corazón del hombre. Se alimenta de instantes equiparables a las almas de los buscadores y gracias a ellas vivirá eternamente —tras decir estas palabras aquel holograma desapareció. Nunca más se supo de la existencia de aquel hombre... Nadie sabe a ciencia cierta cómo co-


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menzó. Un día se decidió a buscar objetos. Primero comenzó con monedas de latón de un país cualquiera que iba comprando de anticuario en anticuario. Cuando hubo acumulado todas las monedas acuñadas en el sitio al que pertenecía, comenzó a juntar las de otros países, recorriendo todos los rincones del mundo hasta que no hubo ninguna moneda más que juntar. Cuando hubo acabado con las monedas, comenzó a coleccionar fotografías viejas, recortes de periódico, retratos, imágenes de otro tiempo que perduraban a través de las épocas. Recorrió plazas y mercados donde los retratos familiares se vendían como una especie de basura que no albergaba más valor fuera de unos cuantos centavos, monedas a cambio de recuerdos muertos. En una de sus búsquedas conoció a una hechicera que le mostró el futuro y le dijo que en los tiempos venideros habría una plaga de imágenes guardadas en pequeños circuitos integrados y que el número de estas crecería de manera exponencial por lo que sería imposible coleccionarlas todas; entendió que una imagen replicada tantas veces pierde el sentido de su existencia.

Acto seguido a su fracaso con las imágenes, su siguiente obsesión fue con los sonidos grabados. Buscó fonógrafos cilíndricos, pasando por pequeños pedazos de plástico con surcos, cintas magnéticas monofónicas, todo aquello que permitiera guardar sonido para repetirlo eternamente. Una vez más, desistió cuando supo que no podría guardar el sonido mudo de la luna y que el canto de un ave nunca se repetiría igual. Otro día, en otro tiempo, dio con los relojes. Comenzó con pequeños frascos con granos de arena, figuras empotradas en la tierra que proyectaban el tiempo como efecto de la luz del sol, construcciones que indicaban en qué parte de su ruta estaban los planetas. Parecía que por fin había encontrado algo realmente coleccionable; no quería atrapar todo el tiempo, solo quería entender cómo había sido la primera lógica creada para medirlo, aunque esta nunca haya existido. Quizás ese fue el principio, quizás ese fue el final, quizás todo pasó al mismo tiempo, solo aquel hombre, que hoy observa la nada del tiempo en algún instante lejano, conoce la respuesta.

Armando Cervantes Esquivel (México) Twitter: @Uggla_H Blog: traeum-suess.blogspot.com

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El Callejón de las Once Esquinas

La playa de Amió

Benjamín

Recacha Ilustración basada en una fotografía de Lucía Pastor.

LA marea había subido y el islote volvía a quedar separado de la playa. Por más que Luis hubiera presenciado el fenómeno cientos de veces, le seguía fascinando. Sólo un rato antes se podía pasear tranquilamente por la lengua de arena que unía la playa de Amió con las Lastras de Pechón. Él lo había hecho, era un ritual de obligado cumplimiento cada vez que bajaba hasta aquel rincón mágico. Los largos veranos de su infancia y juventud habían transcurrido entre aquellas piedras moldeadas por el mar; rebozados en la arena dorada; en remojo en las bravas y frías aguas del Cantábrico. Recordaba los viejos tiempos con nostalgia. Junto a Nico, Guille, Paula y Estela, su hermana, dos años mayor que él, las vacaciones eran una aventura diaria, tan 138

No sabía si volverían a verse...

divertida y excitante como, en no pocas ocasiones, temeraria. Cuando el grupo aparecía por la playa, los cangrejos huían con las pinzas temblando, las gaviotas procuraban mantenerse alejadas y los pececillos que se dejaban mecer en la orilla emigraban a aguas más profundas. Los turistas, sin embargo, no eran tan prudentes. La pandilla disfrutaba de las inocentadas con que «obsequiaban» a los ingenuos chavales a los que lograban engatusar con sus historias de piratas, tesoros ocultos y almas que vagaban en pena por el islote. La preferida de Luis era la que protagonizaba el fantasma del famoso pirata Barba Roja… —Aquí estás. Por fin… —el niño interrumpió la operación que debía culminar con otra palada de arena en un cubito de plástico lleno de agua, y miró


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a Luis con extrañeza—. No nos conocemos, pero yo sé quién eres. Me lo ha dicho Barba Roja… —Sí, claro. Si me sigues molestando llamaré a mi padre. —¿No quieres descubrir el tesoro? —la palabra «tesoro» era un aliciente irresistible para cualquier humano de menos de doce años. Sin embargo, y aunque Luis percibió el chispeo en las pupilas de la «víctima», aún desconfiaba—. Te llamas Andrés, tienes ocho años y un hermano pequeño, Miguel, de cuatro —Andrés abrió muchos los ojos—. Estáis aquí con vuestros padres. Venís de Madrid. —¿Cómo sabes todo eso? —el niño, embadurnado de protector solar de la consistencia del cemento, no ocultaba su asombro. —Ya te he dicho que mi informador es Barba Roja —se acercó al oído de Andrés, y le susurró: el famoso pirata. Le encantaba conferir dramatismo al asunto. En realidad, las informadoras eran Paula y Estela, que habían pasado un buen rato sentadas junto a la sombrilla de la familia del pardillo madrileño. —Pero… eso es… imposible… ¿verdad? Ya lo tenía en el bote. Aquel era el momento en que Luis relataba la trágica odisea del pirata. —… Y aunque la tripulación de Barba Roja era considerada la más intrépida y hábil de los siete mares, jamás se había visto atrapada por una tormenta tan salvaje. Hicieron todo lo posible por alejarse de la costa, pues sabían que el choque con una roca traicionera sería fatal, pero el barco era un juguete en manos de aquellas olas gigantescas. Así que fueron arrastrados hasta esta playa —hizo una pausa y miró a Andrés, que escuchaba atónito mientras caminaban por la lengua de arena que conducía a las Lastras de Pechón—. No hace falta que te diga qué ocurrió, ¿verdad?

—señaló con la mirada al islote. —¿Chocaron contra la isla? Luis asintió despacio. —Y aquí es donde entramos nosotros. Durante siglos los arqueólogos más prestigiosos han estado buscando el tesoro que escondía el barco de Barba Roja. Estaban seguros de que tenía que estar aquí, pero nunca ha aparecido. Claro que… —hizo otra de sus pausas dramáticas. —¿Qué? ¿Qué pasa? —¡Chssst! No grites, que no queremos que se entere nadie más… —Luis se estaba divirtiendo mucho a costa del pobre Andrés. Se detuvo y se acercó otra vez a su oreja derecha—. Los arqueólogos no sabían, porque nunca se quedaron por aquí con la marea alta, que el fantasma de Barba Roja vigila cada noche que su tesoro se mantenga a buen recaudo. Se apartó despacio, con expresión muy seria. El corazón de Andrés golpeaba entusiasmado contra su pecho. Sabía que aquella historia no podía ser cierta, pero la posibilidad de una aventura excitante que lo arrancara del tedio de aquellas repetitivas mañanas playeras había vencido a todas sus reticencias. Lo normal habría sido que su madre lo hubiera llamado en cuanto lo hubiera visto alejarse del rincón en el que estaba autorizado a desenvolverse, pero en aquel momento estaba entretenida con dos chicas muy simpáticas que se habían acercado a hacerle mimos al pequeño Miguel. —No me digas que tú sabes dónde está el tesoro… Luis no contestó inmediatamente. Se esforzó por aguantarse la risa y poner cara de alarma ante la posibilidad de que alguien pudiera escuchar la conversación. —No hables en voz alta, ¿no ves que esta es la información que anda buscando mucha gente desde hace un montón de tiempo? Tenemos que ser muy dis139


El Callejón de las Once Esquinas

cretos. Habían llegado al islote. Luis miró alrededor, escenificando que se aseguraba de que nadie más los seguía, y de un salto subió a la roca que hacía de puerta de entrada. Andrés, con movimientos más torpes, también logró encaramarse a la piedra. El guía se puso la mano en la frente, a modo de visera, y recorrió el entorno con la mirada. Guille y Nico se habían encargado previamente de ahuyentar a los curiosos a base de pedradas. Por suerte, los adultos no solían acercarse hasta la tarde. El sol que a mediodía caía a plomo en aquel pedrusco carente de sombra era bastante disuasorio. —¿Qué buscas? —preguntó Andrés. —Barba Roja a estas horas debe estar oculto en alguna grieta, pero me aseguro de que no haya dejado a alguno de sus hombres… o más bien debería decir fantasmas… vigilando el tesoro —Andrés notó un escalofrío al escucharlo, acentuado por la mirada azul y penetrante de aquel niño mayor clavada en sus ojos. Estaban solos y sentía tanta excitación como miedo. Estuvo a punto de salir corriendo, pero en aquel momento Luis reemprendió la marcha y se vio a sí mismo siguiéndolo. Avanzaban medio agachados, con cautela, procurando no hacer ruido. A Andrés se le clavaban las piedrecitas calientes en los pies, pero después de una primera reprimenda por haberse quejado, no tuvo más remedio que aguantarse. «Esto no es un juego. Antes no te lo he explicado porque no quería asustarte, pero la verdad es que… nos estamos jugando la vida —Andrés ahora sí que estaba aterrado—. En realidad Barba Roja no me ha dicho nada. Toda la información la he conseguido espiándolo. Yo ya sabía dónde ocultaba el tesoro y he intentado abrirlo muchas veces, sin éxito. No entendía cuál era el problema, hasta que ayer lo escuché ha140

blar sobre ti. No tengo ni idea del motivo, pero parece ser que tú eres una especie de elegido… Igual eres descendiente de un enemigo suyo o yo qué sé. Viéndote hay que tener mucha fe para creerlo, pero el caso es que Barba Roja sabe que estás aquí estos días y anda preocupado. Así que mucho ojito con hacer ruido. Si nos descubren…» La mente de Andrés repetía una y otra vez la imagen del dedo de Luis, imitando un cuchillo, en el gaznate. Le temblaba todo el cuerpo y le dolían las plantas de los pies, pero ya no dijo nada. Pronto se detuvieron. Luis le hizo un gesto para que se agachara y señaló el hueco entre dos rocas más grandes que las demás, a unos diez metros de donde se encontraban. —Ahí es —murmuró—. Tenemos que acercarnos muy despacio, en silencio. El niño mayor empezó a avanzar a gatas; Andrés lo imitó. Desde la playa, Estela y Paula los observaban, aguantándose la risa. Cuando llegaron al hueco Andrés estaba al borde de la taquicardia. —Ahora es el momento —le anunció Luis—. Tienes que meter las manos y enseguida darás con el cofre. Andrés lo miró con ojos implorantes. Recibió una mirada resuelta y un asentimiento. Las manos le temblaban, pero logró controlarlas. Asomó la cabeza y creyó ver algo, así que introdujo los bracitos en la oscuridad y alcanzó lo que parecía una caja de madera. La agarró con las dos manos y al comprobar que, aunque pesaba, conseguía levantarla, lo invadió una sensación de euforia. Se le iluminó el rostro y se le fue dibujando una sonrisa espléndida a medida que el cofre iba saliendo a la luz. —Buen trabajo —sintió que murmuraba Luis. Depositó el tesoro en el suelo, y antes


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de intentar abrirlo levantó la cabeza con la intención de dedicarle una mirada de triunfo a su compañero. Lo que encontró, sin embargo, le heló la sangre. —¿Qué crees que estás haciendo? —ahí estaba el fantasma de Barba Roja—. Sabía que lo intentarías… pero no has sido lo bastante hábil y ahora vas a pagar tu atrevimiento… ¡Prepárate a morir! El disfraz de Nico era bastante cutre: una sábana andrajosa con agujeros a la altura de los ojos y una larga barba roja pegada, una pata de palo que consistía en un trozo de madera acoplado a la rodilla doblada, un garfio oxidado que sostenía con la mano izquierda bajo la sábana, y un viejo sombrero de pirata de carnaval. El Luis adulto al recordar la escena sonreía. Era difícil de creer que funcionara, pero lo cierto es que todas las veces que pusieron en práctica la broma, lo hizo. Tras unos instantes de petrificación, Andrés consiguió reaccionar. Se puso a gritar como un loco y salió corriendo. «¡¡¡Mamá!!!», chillaba entre sollozos. Nico se deshizo del disfraz y se dejó caer al suelo para unirse a Luis y Guille, que se revolcaban de risa. Estela y Paula se despidieron discretamente y se alejaron del lugar donde la madre del pobre pardillo ya estaba en alerta. De hecho, media playa había dirigido su atención a aquel niño que corría tan asustado como si hubiera visto un fantasma. Luis echaba de menos aquellos veranos. Qué inocentes eran… Aquel islote de tesoros y fantasmas fue escenario también de su primer beso con Paula. Fue al final de las vacaciones del año siguiente. Ella le dijo que no sabía si volverían a verse… —Mis padres dicen que a lo mejor el verano que viene cambiamos, que ya están cansados de Pechón. Después de que mi abuela muriera en enero la casa

se ha quedado vacía y la van a poner en venta. Hacía un atardecer precioso. El cielo iba adquiriendo un tono anaranjado que contrastaba con el azul oscuro del mar. Las olas golpeaban con suavidad contra las rocas y las gaviotas completaban la banda sonora con sus graznidos penetrantes. La marea había empezado a subir, con lo que el camino hasta la playa pronto quedaría sumergido, pero Luis no podía apartar la mirada de los ojos tristes de Paula. —Nos escribiremos —le anunció. Ella le dedicó una sonrisa agradecida, aunque su corazón lloraba. Suspiró, y entonces le dijo: —Pero yo quiero volver a verte. Luis sintió fuegos artificiales en el estómago. Paula le gustaba, pero nunca antes la había mirado como algo más que una amiga. Aquella revelación no dejaba lugar a dudas sobre lo que sentía ella, y la verdad es que le había encantado escucharla. Y allí estaba, con los ojos clavados en los suyos y el alma desnuda, esperando consuelo. Luis nunca se había encontrado en una situación parecida. Era la primera vez que el juego del amor interpretaba un papel en su vida, así que no sabía muy bien cómo proceder. Con movimientos torpes se acercó un poco más a Paula, hasta que sus hombros se tocaron. La abrazó, con mucho cuidado, como si temiera romperla, y al notar la cabeza de ella apretada contra su pecho lo inundó una inmensa sensación de bienestar. Paula levantó un poco la cara. Sonreía, a pesar de las lágrimas que le resbalaban por las mejillas. Luis hizo caso del impulso y la besó. Fue un contacto tímido. Labios con labios. Enseguida se apartó, casi avergonzado. Pero ella aún sonreía. «No lo habré hecho tan mal, pues», pensó aliviado. En ese momento 141


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sintió cómo unas manos lo agarraban del cogote y lo empujaban hacia abajo. Esa vez el beso fue con lengua. A Luis le pareció el sabor más delicioso que había probado en la vida. Y así estuvieron un buen rato. En realidad, perdieron la noción del tiempo y del espacio, de modo que cuando se incorporaron para tomar aire se dieron cuenta de que casi había oscurecido y estaban rodeados de agua. —¿Y ahora qué hacemos? —reaccionó Paula, alarmada. Luis reía, lo que por un lado la exasperó un poco, pero también contribuyó a que se relajara. —Supongo que no nos queda más remedio que quedarnos aquí haciendo compañía a Barba Roja y sus hombres… —Qué tonto eres —respondió ella entre risas. —Si tenemos frío, nos abrazamos y compartimos un poco más de esas lenguas tan calentitas. —Te ha gustado, ¿eh? —contestó, con mirada traviesa, al tiempo que le propinaba un manotazo cariñoso en el pecho—. Mis padres me van a matar. —Y a mí los míos, pero que nos quiten lo «bailao»… Y dicho esto, volvieron a entregarse a la bendita locura del amor recién descubierto. «Paula… ¿Dónde pasaste los veranos siguientes?» Tantos años después Luis recordaba 142

aquella noche como un tesoro de valor incalculable. Había sido la más intensa de su vida. La pasión adolescente no los había llevado más allá de los besos y abrazos, y de alguna que otra mano que, con escasa destreza, se desviaba del camino marcado para visitar unos pechos menudos pero firmes o se deslizaba más abajo de la espalda. Allí permanecieron hasta el amanecer, y antes de regresar a casa, sabedores del castigo que les aguardaba pero felices, se despidieron de Amió con un chapuzón refrescante. Sobre todo lo agradeció él, que acumulaba un calentón considerable. Se escribieron durante un tiempo, unas cartas preciosas que prolongaron el enamoramiento estival, al menos el de Luis, por unos meses. Pero sus dos últimas misivas no recibieron respuesta y la relación se perdió. Luis supuso que ella había encontrado a un chico más inteligente y formal. Era lo inevitable. El verano siguiente, al llegar a Pechón, notaba un dolor agudo en el pecho. El corazón le latía desbocado en las sienes, así que nada más bajar del coche salió disparado hacia la casa de la abuela de Paula. «Que no la hayan vendido, que no la hayan vendido…», se repetía, mientras mantenía los dedos cruzados, tan fuerte que le dolían. Estela, más versada en los juegos (y desengaños) amorosos, lo miraba con ternura y compasión, aunque pretendiera disfrazar sus sentimientos con una sonrisa burlona. —¡Saluda a tu novia de mi parte! —le gritó, exagerando la pronunciación de «novia». En realidad, ella no guardaba ninguna esperanza en que la realidad hubiera decidido ser generosa con su hermano. Hacía meses que ella tampoco tenía noticias de Paula, quien había sido su amiga inseparable durante todos los veranos hasta donde le alcanzaba la memoria.


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Luis llegó a la casa jadeando, y antes de recuperar el aliento sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Fueron las vacaciones más tristes de su vida. Por más que Guille y Nico lo intentaron, no lograron que se uniera a ninguna de sus bromas. Ni siquiera la incorporación al grupo de dos gemelas francesas juguetonas, que hicieron las delicias de sus amigos, consiguió levantarle el ánimo. De aquel verano, sin embargo, sí que hubo un suceso muy destacable. «Cuántas veces lo habré revivido», murmuró Luis, con la mirada triste fija en el islote. Empezaba a notar el frío en los brazos y en la espalda, cubiertos sólo por una camisa demasiado fina. Octubre no era el mejor mes para disfrutar del atardecer en la costa cantábrica. Sin embargo, aquel fresco otoñal no era nada comparado con el frío glacial que se había apoderado de su corazón. Cerró los ojos y agitó la cabeza, pretendiendo borrar los fantasmas del pasado, no aquellos fantasmas de pacotilla con sábana y pata de palo, sino los de un pasado mucho más reciente. En cualquier caso, las Lastras, el pasadizo sumergido y el sonido de las olas lo devolvieron al verano triste, el primero sin Paula, el que siempre recordaría por la horrible tragedia que conmocionó a aquel tranquilo pueblo cántabro. La playa de Amió siempre había sido una de las más populares de aquella parte de la costa. En verano se llenaba de turistas atraídos por el exótico fenómeno que se repetía a diario con la pleamar y la bajamar. No tenía nada de misterioso, pero a la gente le fascinaba aquella isla diminuta que sólo era accesible a unas horas determinadas. Luis se mortificaba rememorando aquella noche mágica junto a Paula; estaba seguro de que nunca antes ninguna

pareja había vivido una experiencia tan especial, y probablemente ninguna volviera a repetirla. Lo que sí había pasado con cierta frecuencia era que algún imprudente acabara ahogado por inconsciencia o por menospreciar la fuerza de la marea y de las corrientes de aquel mar despiadado. Caminaban hasta el islote cuando la marea había empezado a subir, y, al darse cuenta de la velocidad con que crecían las aguas, intentaban regresar, con la lengua de arena ya sumergida. Aquella tarde Nico y Guille tonteaban con las franchutes, sentados en las piedras de la playa, mientras Luis ahogaba las penas en cerveza y Estela le relataba sus muchas virtudes a un guiri con una pinta de playboy que tiraba para atrás. A su hermana le divertía, así que Luis no tenía nada que objetar. Era un atardecer muy agradable, cosa que propiciaba que la playa estuviera aún muy concurrida. La marea empezaba a subir, así que apenas quedaban bañistas. Luis se disponía a aparcar su melancolía para disfrutar del espectáculo de la naturaleza una vez más cuando le llamó la atención una familia que acababa de llegar. Una pareja con tres niños, que no dudaron en tomar aquel camino de arena que se estrechaba a cada segundo. —¡Vamos a la isla! —oyó que chillaban alborozados los pequeños. —¿Qué hacen? ¿Están locos o qué? Los miembros de la pandilla, ajenos a lo que sucedía en su entorno, interrumpieron sus quehaceres cariñosos, alertados por la reacción de su amigo. —¿Qué pasa? —preguntó Guille. —Aquellos. No se les ocurre otra cosa que ir al islote en plena subida de la marea. No tienen ni idea. Luis se puso en pie. No parecía que a nadie más en la playa le llamara la atención la imprudencia de aquellos padres descerebrados. Los tres críos corrían 143


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chapoteando, mientras los adultos los seguían despreocupados. —Pues sí que están un poco locos —sintió Luis que decía Nico a su espalda. Él ya estaba junto a la orilla. No apartaba la mirada de la familia, que ya había llegado al islote. Por un instante sintió alivio. Tenía que hacerles entender de alguna forma que deberían esperar para volver. Pero no tuvo oportunidad. Uno de los niños se asustó al ver que el camino por el que acababan de transitar había desaparecido y decidió que lo mejor era volver antes de que la isla también se inundase. Así que saltó al agua. Aún hacía pie, pero era cuestión de segundos que la corriente lo arrastrase. Se puso a gritar, y sus hermanos acudieron en su ayuda, cosa que sólo consiguió triplicar la gravedad del problema. Los padres también se echaron al mar. Al hombre, alto y corpulento, el agua le llegaba hasta poco más arriba de la cintura, lo que le permitió atrapar rápidamente a dos de los niños. La mujer enganchó al tercero, pero la corriente era muy fuerte y le hizo perder pie. Madre e hijo fueron arrastrados hacia una zona más profunda, peligrosamente cerca de las rocas donde rompían las olas, cada vez con más rabia. Luis dudaba qué hacer. Un par de chicos se habían lanzado al agua y nadaban frenéticamente hacia el islote. Cuando se dio cuenta de que el padre se veía impotente para poner a sus hijos a salvo y, por tanto, no podía hacer nada por auxiliar a su mujer, él también se hizo al mar. —¡¡¡Luis!!! —sintió que lo llamaban. Era Estela, una nadadora experta, más que consciente de la locura que intentaba su hermano. No le quedó más remedio que ir tras él. El padre había conseguido devolver a los dos pequeños al islote. La lucha con144

tra la corriente lo había dejado exhausto, pero debía ayudar a su esposa, que, desesperada y agotada, trataba de mantener a flote a su hijo. El peligro ya no lo representaban las rocas, sino la corriente, que los arrastraba mar adentro. Los primeros chicos que habían intentado acudir en su ayuda tuvieron que renunciar, la corriente era demasiado fuerte. Luis seguía nadando. Era una batalla perdida. Las cabezas a las que pretendía salvar eran cada vez más pequeñas y él notaba cómo le faltaban el aire y las fuerzas para continuar. Se detuvo un instante y giró el cuello hacia la orilla, y entonces un torpedo lo rebasó a toda velocidad. Sin dejar de nadar le gritó: —¡Deja de hacer el gilipollas y vuelve a la playa! Estela hundió la cabeza en el agua y siguió adelante a toda velocidad. Luis tuvo que admitir su fracaso y abandonar la misión. Le costaba mantenerse a flote, pero poco a poco fue acercándose a la orilla. Era un muchacho fuerte. Sentado en las rocas, tanto tiempo después, seguía viendo a su hermana ganándole la batalla a la corriente, acortando la distancia que la separaba de las cabezas que, ya a la deriva, perdían la esperanza de sobrevivir. Veía con total nitidez a aquel hombre enorme llorando de impotencia, a salvo en el islote, abrazando a sus hijos. Veía a Estela llegando a la altura de la mujer y el pequeño, teniendo que elegir a quién salvar. La escuchaba con total claridad, tantos años después, diciéndole entre lágrimas «sabía que si la dejaba allí moriría, pero no podía arrastrarla, no podía con los dos, tenía que llevarme sólo al niño porque si intentaba arrastrar a los dos nos habríamos ahogado todos… No podía con los dos, Luis, no podía, y sabía que si la dejaba allí moriría, pero ¿qué podía hacer? Oh, Luis, es horrible, es horrible, no podré apar-


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tar jamás la cara de esa mujer de mi cabeza, me acompañará para siempre… Es horrible…» Y él, tan inútil, tan impotente, sólo acertaba a acariciarle el pelo. Tanto tiempo después, aún se le escapaban las lágrimas al recordarlo. Si Estela había sido un modelo a seguir desde que tenía uso de razón, a partir de aquel día la elevó a la categoría de heroína. Era la persona a la que más admiraba en el mundo. Ella lo sabía, y sentía devoción por su hermanito. Además de hermanos eran amigos, los mejores amigos que uno pueda desear. Ahora se veían muy poco. Ella había tenido que emigrar a Suecia en busca de las oportunidades profesionales que en España se le negaban. Afortunadamente, las cosas le iban bien. Había pescado a un sueco macizo y era madre de una parejita adorable. Aunque sólo se reunían en las fechas marcadas, Luis y ella mantenían el contacto a través de las redes sociales. El episodio del rescate fue trágico, pero reportó a Estela un extra de admiración que se sumaba a la popularidad que ya poseía de serie. La memoria de Luis viajó a otro verano, de unos años después, para rescatar un recuerdo, también con su hermana como protagonista, que lo hacía reír con ganas. Había conocido a una chica catalana muy simpática y muy guapa. La huella de Paula era imborrable, pero Luis era un joven tan cautivo de los encantos femeninos como cualquier otro, así que cuando se presentaba una oportunidad como Laia procuraba aprovecharla. Después de unos días juntos, tonteaban y se reían mucho, pero la cosa no iba más allá de miraditas traviesas, así que decidió llevarla a las Lastras de Pechón a admirar el atardecer, convencido de que la belleza del escenario acabaría por bajarle las defensas. Ella se dejó guiar.

—¿No es peligroso ir al islote a estas horas? ¿Qué pasa si empieza a subir la marea? —No te preocupes, faltan más de tres horas para la pleamar. Tenemos tiempo de sobra para ver la puesta de sol… y para lo que te apetezca —le soltó a bocajarro. Las mejillas se le pintaron de rojo casi inmediatamente. Luis se dio cuenta de que las pecas que le salpicaban la cara habían quedado camufladas, y rio encantado. Cuando llegaron al islote enseguida se dieron cuenta de que no estaban solos. Otra pareja había tenido la misma idea que ellos, pero al parecer la puesta de sol no les resultaba lo bastante interesante como para retrasar asuntos más prosaicos. Total, que se estaban dando el lote a base de bien. Procuraron ser discretos, pero los humanos carecen de la habilidad para caminar en silencio, aun yendo descalzos, sobre todo si el suelo está lleno de piedras que, al pisarlas, chocan unas con otras. —¿¿Luis?? —¿¿Estela?? Los hermanos estallaron en inevitables carcajadas, mientras sus acompañantes exhibían incómodas sonrisas. Tras abrazar a su hermana, Luis se quedó mirando al chico con el que estaba. A primera vista aparentaba varios años menos que ella. «Será… la tía...», pensó al tiempo que se le dibujaba una sonrisa socarrona. El caso es que aquella cara le resultaba muy familiar. —Perdona por el topicazo, pero ¿nos conocemos? Tu cara me suena un montón. Estela mostraba una expresión descaradamente divertida. Su amigo también sonreía. Era como si los dos supieran algo que a Luis lo dejaba fuera de juego, y no le gustaba. Laia era la convidada de piedra. 145


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—Va, ¿me vais a decir qué pasa? Entonces el joven se levantó y le extendió la mano. —Hola, soy Andrés. Nos conocimos hace unos cuantos años. Yo te recuerdo perfectamente, pero tranquilo, no te guardo rencor. Reconozco que la broma, aunque pesada, fue muy buena. Luis se había quedado a cuadros y Estela volvió a estallar en carcajadas. —Creo que, aunque haya tardado, el premio por soportar lo que le hicimos pasar compensa el mal trago —soltó la heroína de Pechón—. Esta vez Andrés sí que ha encontrado el tesoro de Barba Roja. «Qué descarada eras, hermanita». Luis se la imaginó aterrizando en Suecia y poniendo en alerta a las suecas. Acababa de llegar un torbellino que iba a revolucionar a todos los hombres. «Seguro que hiciste un casting exhaustivo antes de quedarte con Jorgen», se dijo entre risas. Cómo la echaba de menos. Desde que emigró, su vida había perdido mucho color. Él también se había casado, con una buena mujer, inteligente, que no tenía la culpa de no ser Paula. «¿Cómo es posible que aquel primer amor de verano me haya marcado tanto?», se preguntaba una y otra vez. Por supuesto, llevó a Marta a Pechón, se bañaron en la playa de Amió y vieron el atardecer desde el islote. Pero ella no era Paula, aunque sí inteligente, así que no soportó un segundo verano. —Mira, Luis. No sé qué extraño trauma te atormenta y, la verdad, a estas alturas creo que ya no quiero saberlo. Lo que sí sé es que yo me quiero lo suficiente como para estar perdiendo el tiempo con alguien que vive anclado en el pasado. Comprendo que tus veranos en este lugar tan bonito fueran maravillosos. Acepto que sientas nostalgia por tus amigos de entonces, incluso por tus novietas. Yo también tuve vacaciones 146

felices, repletas de amigos inolvidables y de novietes, unos más olvidables que otros. Pero ahora estoy aquí. Soy una mujer adulta casada con un hombre que creía que también era adulto. Perdona que en estos momentos lo dude. Luis no se atrevía a mirarla a los ojos. Lo invadía la absurda sensación de estar siendo infiel, pero lo más absurdo era que no tenía claro si la traicionada era Marta… o Paula. —Adiós, Luis. Te diría que fue bonito mientras duró, que ya nos veremos, que la culpa no es de nadie…, pero no, no ha sido bonito, ni nos vamos a ver más, salvo para arreglar los papeles del divorcio, y la culpa, si fuera una mojigata te diría que es tuya, pero no, es toda mía, por haber perdido dos años de mi valiosa vida atrapada en la ilusión de que en realidad no eras lo que parecías ser: un MUERMO. Que te vaya bonito. Se largó en taxi a Oviedo. Una semana después Luis recibió la factura de la carrera junto a los papeles del divorcio. Dos meses más tarde estaba todo arreglado y él lo «celebraba» buceando en los recuerdos que le había proporcionado el lugar donde más feliz había sido. La verdad es que aquella playa era el único sitio donde se había sentido feliz, y ya hacía mucho tiempo. Por fin se incorporó. Tras varias horas sentado en una roca, le dolían las articulaciones y la cintura y se había quedado rígido por el frío, que notaba bien metido en los huesos. Regresó a la habitación del hotel, deseando darse un baño bien caliente. Después se sentiría mejor. No era difícil. A la mañana siguiente Luis había recuperado algo de optimismo. Había dormido bien. Pechón en octubre era un pueblo casi fantasma. «Ya verás cómo según avance el día me vuelvo a transformar en el muermo que vive anclado en el pasado». Acompañó el pen-


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samiento con una risa amarga. No tenía un plan preestablecido, así que se dejó llevar por sus pasos. Hacía una mañana fresca pero soleada, que invitaba al paseo. Esta vez, sin embargo, no se dirigió a la playa. Nunca sabría si fue una señal del destino, un presentimiento o una simple casualidad. El caso es que diez minutos después de callejear se encontró ante la casa de los abuelos de Paula. Tras el verano más triste de su vida había evitado pasar de nuevo por aquella calle. Total, ya sabía que no volvería a verla… Pero allí estaba otra vez, esperando no sabía qué. Su absurdo corazón se aceleró. «¿Cuánto tiempo ha pasado? Más de dos décadas, eso seguro». Apartó la vista de aquella fachada que evidenciaba años de abandono. La familia que compró la casa a los padres de Paula acabó perdiéndola. No se podían permitir una segunda residencia, así que ahora era propiedad de un banco. Allí seguía el cartel que anunciaba que estaba en venta. Atado a la barandilla de uno de los balconcillos. Luis prosiguió con su paseo a ninguna parte. Sin embargo, antes de dar la segunda zancada un sonido llamó su atención. Volvió a mirar al balconcillo del que colgaba el letrero de «En venta». Una mujer había salido de la habitación armada con unas tijeras y se disponía a cortar las bridas que lo ataban a los barrotes metálicos. Luis se quedó mirándola. Al principio ella sólo atendía a la operación que se llevaba entre manos, pero cuando desprendió el cartel miró hacia fuera con expresión de triunfo. Y entonces lo vio, y los dos viajaron a aquella tarde de agosto de veintitantos años atrás. La primera y la última tarde en que habían conocido el amor. Estuvieron así un rato, con los ojos clavados en los del otro, hablándose en silencio, diciéndose todo lo que no

habían podido durante tanto tiempo. «¿Por qué dejaste de responder a mis cartas?» «Cómo lamento haber dejado de responder a tus cartas». «¿Por qué no regresaste ningún verano? Siempre guardé la esperanza de volver a verte». «No sabes cuánto lamento no haber vuelto antes, pero temía encontrarte y que tú ya no me recordases». «¿Y ahora? ¿Has vuelto para quedarte? ¿Has comprado la casa de tu abuela?» «He decidido dejar de huir. Tenía que volver y reparar ese eslabón del pasado que no me deja avanzar. Quedarme la casa de mi abuela es un buen primer paso». «Tenemos tantas cosas de qué hablar…» «Tengo tantas cosas que contarte…» —Hola, Paula. —Hola, Luis. —Me alegro de verte. —Y yo. —¿Te apetece dar un paseo? Hace un día precioso para bajar a la playa. A Paula se le dibujó una sonrisa radiante. —Claro que sí. Enseguida bajo. El corazón de Luis galopaba desbocado. Se pasó una mano por el pelo y se guardó las gafas en el bolsillo interior de la chaqueta. En verdad, hacía un día espléndido para bajar a la playa.

Benjamín Recacha García (Barcelona - España) Blog: benjaminrecacha.com

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Escrito en verano Carmen Martínez Marín

Aprendimos a escribir...

MIENTRAS leía

ble de

Nubosidad varia-

Carmen Martín Gaite, se oscureció la luz en su ventana. Con el vaivén, las nubes rompían amenazantes sobre los tejados de las casas en la playa. Cogió la cámara y se asomó e hizo algunas fotos. Las nubes eran espectaculares bolas de algodón a lo lejos. Entre visillos parecían filtrarse las gotas de lluvia que caían dispersas, sólo calaban en el jardín. Hasta la casa llegaba ese olor a tierra mojada tan especial en verano. Los nubarrones cargados de tintes sombríos le hacían recordar otro libro. Buscó el cuaderno azul donde siempre escribe. Dejó de leer a la espera de que pasara la tormenta. El celaje del cielo se preveía breve. Unas gaviotas espantadas 148

planeaban buscando el mar. Pensó que volvería la luz antes del atardecer. A Francisca le gusta escribir. Y así lo hizo, en su cuaderno azul. En él hace reseñas de libros, escribe algún que otro poema y cartas sin destinatario, como esta. Un placer leer, vivir otras vidas, tocar la suavidad del lomo de un libro, oler la letra impresa con aromas tan distintos: intrigas, desamores, mañanas soleadas o noches sin sueños. Otro placer escribir con buena letra. Dejar que la mano y el lápiz se deslicen por el papel que dejará de estar en blanco para saborear el gusto de las palabras, de las letras. Unas veces alegres, de colores


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delicados o con tintas cálidas, como los días de verano. Otras, amargas. Escribir, afirma y confirma la personalidad, define los estados de ánimo de quienes ejercen la acción. Leer y escribir podrían ser sustantivos con vida propia, convirtiéndose en verbos que hicieran bailar a las palabras. Y las palabras se unirían al baile, formando un pentagrama imaginario que tanto al escribirlo como al leerlo, produzca una sonoridad perfecta, como la música. El eco de las palabras al escribirlas lo conoce muy bien el papel. La mano sabe de su sonido silencioso, acompasado por la mano y la letra, sonando en cadenciosa caligrafía que a su vez forman parte del sentido de la vida. Cada uno de nosotros, una vez, aprendimos a escribir, a escribir bien, y seguimos escribiendo así, toda la vida, con la misma letra. En el orden de nuestra vida está el orden de la escritura. Un cuaderno y un lápiz es el mejor juego para entretener a un niño. El garabato es el primer signo impreso, igual que el bal-

Fotografías de la autora.

buceo, precede al habla. Estos primeros trazos se parecen a los colores y la luz del verano. Ahora suenan músicas distintas, son las grafías del teclado, pero estas son quizás otras sinfonías, no son mudas, hablan rápidas en su navegar. Se mezclan en grandes mares de difícil comprensión, su extensión es incontable y su velocidad traslada la información de manera impresionante. Pero, estas serán otras músicas, en las que la caligrafía no identificará a las personas, sí las comunicará de forma extraordinaria. He aquí el futuro, la música del teclado.

Ahora, Francisca vuelve a mirar por la ventana. La tormenta ha pasado, la luz regresa para ser la protagonista. Este es otro verano, después de leer y escribir o de escribir y leer… Volverá a asomarse para ver atardecer. El sol siempre se despide de ella. Y ella lo sabe. Lo espera como cada día, como cada verano.

Carmen Martínez Marín (Murcia - España) Twitter: @miventanabierta Facebook: carmencica.marin Blog: aymaricarmen.blogspot.com 149


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Cíborg‐amante Isidro Moreno

No te preocupes, mi amor...

POSTRADO sobre la cama de un después de declarar lo ocurrido, me han

hospital, intento restablecer el orden en mi cerebro y en el resto de mi cuerpo que apenas siento. Una amable enfermera —tan amable que creo que ni siquiera se trata de una cíborg-enfermera, sino de un completo robot— me da los buenos días y al notarme desorientado, me recuerda que estamos a veintiocho de noviembre de 2047 y que aún estoy bajo los efectos de la anestesia tras el trasplante. Trato de recordar el motivo de mi penoso estado, cuando, con alegría, veo entrar en la habitación a mi particular cíborg-asistenta María, que tras pedirme mil perdones y sintiéndose afligida se sienta junto a mi cama y en modo speak on, o sea, sin parar de hablar, me comenta lo sucedido. —Cariño, vengo del cíbor-juzgado y

soltado bajo libertad provisional a la espera de tu declaración, pero te aseguro que todo fue un fallo en mis circuitos cerebrales que obnubilaron mi voluntad, pues sabes que siempre, en nuestras relaciones sexuales, soy dulce y comedida. No sé por qué mi mano no se detenía y adoptaba tan bruscos movimientos que te destrozaron el pene. Al oír eso comencé a recordar y entender el origen de mi lamentable estado, pero ella seguía en speak on. —No te preocupes, mi amor —prosiguió sin dejarme hablar—, he oído maravillas de los modernos cíborgpenes. Estoy convencida que la implantación del nuevo miembro será un éxito y pronto podremos disfrutar como dos jóvenes cíborg-enamorados.

Isidro Moreno Carrascosa (Ciudad Real - España) isidroantonio.wordpress.com isidromorenocarrascosa.blogspot.com 150


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Memoria sigillata

Plinio

el Bizco

La arcilla es un material maleable, como la memoria...

Ilustración de Alfredo Scaglioni

SATURNINO aprovechó la sema- vando documentos y poniéndose al día

na blanca escolar para facturar a su mujer y los niños unos días a la nieve, no sin incluir un hermoso ramo de flores y una tarjeta con dedicatoria para su esposa y bombones para su prole de vikingos porque iban a pasar su primer San Valentín separados. Además, el comienzo de la Cuaresma era una coincidencia que interpretaba como un buen augurio que le prometía unos días felices de estudio, trabajo y soledad. Se quedaría hasta las tantas en su despacho, archi-

con los informes, sin dar explicaciones de lo tarde que iba a volver. Sólo abandonaría su madriguera al mediodía para darse una comida de esas que tiene terminantemente prohibidas, como «las fabes», los asados y la caza estofada. Sólo de pensar en las lifaras que se iba a dar comenzaba a salivar en homenaje a Paulov. Luego en casa, por la noche, se imaginaba escuchando a Johann Sebastian Bach sentado en su sillón orejero, deleitándose con la lectura, saboreando ca-

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da párrafo como el que se recrea con un buen coñac en una tarde de invierno. Precisamente se había organizado el lunes y primer día de sus vacaciones para ir a la biblioteca durante el mediodía, después haría la visita semanal a la residencia. El resto de su tiempo lo podría dedicar íntegramente a su autarquía. No quería recibir llamadas ni atender comerciales, su secretaria lo conocía perfectamente en su faceta de ogro, así que sabía muy bien la que podía caerle cuando se le coló uno del sindicato aprovechando que había salido a tomar un cortado. Sin embargo, contra todo pronóstico, no tuvo que darle explicaciones a la salida del sindicalista y eso que había conseguido poner fecha a la negociación del convenio colectivo. Saturnino estaba absorto con el catálogo de la biblioteca y los libros que podía retirar; cuando le daba por algún tema todo lo demás se diluía. Ahora estaba obsesionado con las cerámicas romanas y optó al final por uno titulado «Terra Sigillata», el sello que cada fabricante ponía sobre sus piezas y que permite a los investigadores, hoy en día, clasificarlas como itálicas, africanas, galas o hispanas. Quería hacer un trabajo sobre la globalización y el comercio en el mundo antiguo. Un estudio inútil de esos que nadie se toma la molestia en leer. Hasta el siglo I la mayoría de la producción cerámica se hacía en Italia, luego en esta península fue demasiado caro fabricarlas y quedó casi para el consumo y distribución de mercancías, deslocalizándose la producción a otras partes del imperio donde fuera más económica. La arcilla es un material maleable, como la memoria, y ambas, una vez cocidas en un horno o al fuego de la experiencia, se convierten en un testigo material casi indestructible. A las dos en punto abandonó el trabajo, salió como una exhalación, resoplando como un venado, con las solapas 152

levantadas de su abrigo de paño y portando el maletín vacío para transportar el preciado tocho una vez retirado. Sonaba un acordeón. El paseo estaba minado de colaboradores de distintas ONG al asalto de los viandantes, a los que esperaban armados con folletos, tarros y estadísticas. Saturnino sorteó a todos sin detenerse, tomándoselo como una proeza que culminó al pasar de largo frente a una mujer que reclamaba justicia porque le habían arrebatado la custodia de sus hijos, y lograr in extremis un súbito cambio de rumbo al advertir a «la dama del carrito» apostada detrás de los soportales. Una vez logró frenarle al verse sorprendido por una señora arreglada, casi elegante, que le pedía detenerse con sus buenos modales para suplicarle que le echara algo de comida en el carro de la compra. Fue muy violento para él tener que ignorarla. Con la serenata instrumental de otro músico callejero alcanzó la calle de la biblioteca contigua a la antigua Facultad de Medicina. Allí, a la altura de lo que fue la morgue, edificio de aire modernista, anexo a la facultad, en el que no sería difícil imaginar a don Santiago Ramón y Cajal saliendo de allí después de una clase de disección, y hoy en día, ironía del destino, utilizado como «centro de recreo infantil». Allí, junto a unos contenedores de reciclaje, se encontraba un mauritano derrumbado sobre la acera llorando como un niño en letanía.


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—¡Llevo tres días sin comer! ¡¡¡Tres días!!! Recalcaba desesperado con tres dedos, incapaz de comprender en qué clase de civilización había desembarcado que es incapaz de conmoverse ante un hombre hambriento. Saturnino no se detuvo, aceleró el paso para no escuchar el mismo lamento repetido al siguiente peatón. «Podía haberle dado algo», pensó, «o comprarle comida en el supermercado que está enfrente». «Incluso haberle indicado dónde hay un comedor social, unas calles más abajo». «Debería saberlo», se justificó. Así zanjó la cuestión mientras subía la escalinata de la biblioteca. No tardó en salir satisfecho, tenía su tesoro de «Terra Sigillata» e incluso había tenido una iluminación mientras esperaba que se lo trajeran del depósito. «El Grial debió ser una cerámica romana». De nuevo en la calle, al hacer el recorrido inverso y pasar por los contenedores, ni siquiera advirtió que ya no estaba allí el espectro de aquel hombre indefenso. Iba pensando en que si acortaba la visita podría comer un menú en vez de un plato combinado. Entonces se topó con un conocido al que tenía perdida la pista. Trabaron la amistad en el crucero del viaje de novios. Sus mujeres se hicieron muy amigas. Intercambiaron bautizos y comuniones de los respectivos hijos y después dejaron de verse. De esto hacía ya unos años. Una vez le llegó su currículum, estaba sin trabajo... Se despidieron dándose recuerdos hasta para el Espíritu Santo. Saturnino cayó después en la cuenta de que ni siquiera le había preguntado si había encontrado empleo. Cerca de plaza España vio carteles de teatro que anunciaban Calígula. «La obra de Camus», se dijo. «Quizá la vea». E imaginó dónde la podría guardar en casa. «Quizá en el trastero con las colecciones de bolsillo. A partir de cierta

edad deberíamos releer todo lo que hemos devorado en la juventud». Siguió pensando en la obra acercándose a la conclusión de que todos podemos ser un poco despreciables, según la ambición por el poder y la intensidad del egoísmo. Aquella idea le hizo sonreír sombríamente antes de cambiar la expresión por una mueca de disgusto. Con estos pensamientos llegó a la residencia de ancianos. «Entra por tu propia voluntad y deja fuera parte de la felicidad que traes». No supo por qué se le había venido a la mente el Drácula de Bram Stoker. Al menos, la residencia era de las buenas, quiso consolarse, al haber escuchado una vez decir a un residente que «te cambian de pañal por lo menos dos veces al día». Por la hora a la que iba, ya estarían todos comidos, así que se dirigió a la sala de estar. «El Purgatorio huele a lejía y lo peor es la soberbia por vivir de los no muertos», pensó al entrar en el salón donde se hallaba una colección de esfinges melladas. Muchas en silla de ruedas, aparcadas mirando al infinito. Otras, como si de un trabajo titánico se tratara, recorriendo el gres de cada baldosa en tacataca mientras pretendían seguir el hilo de la telenovela. Se dirigió al ventanal en el que solía estar su madre. Allí estaba con su círculo de amistades. Todos le saludaron, cada uno a su manera, entre el desdén y la suspicacia, también el cariño. Hasta el loro de «Madame Blavatsky», una señora muy singular que se hacía llamar médium, picoteó algo en su moño y se alzó sobre su dueña que parecía un ente telúrico salido de una novela de Agatha Christie. Aquel bicho azul revoloteaba libremente por la sala con permiso de la directora; a cambio, esta organizaba de vez en cuando una timba espirituosa con poltergeist incluidos para impresionar a sus amigas. Saturnino lo temía; una vez le sacó los colores al posársele en el hombro y 153


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graznar repetidamente: —¡Vaya par de melones! ¡Vaya par de melones! Parece ser que el pajarraco poseía el don transmitido por su dueña de leer el subconsciente, o algo por el estilo, según le explicaron a Saturnino después los presentes. Lo cierto es que ese día su secretaria había ido con un escote tan memorable que se le había quedado grabado subliminalmente. Desde entonces evitó siempre al bicho, espantándolo si era necesario con tal de que no se posase en su hombro. Aquella tarde revoloteó por toda la habitación, posándose a placer en los ancianos inmóviles, como en un empleado de banca al que le chillaba: «Doblones de a ocho. Doblones de a ocho...» De ahí saltó al hombro de un antiguo juez del régimen, quizá atraído por su boina roja: «Mano dura y ricino. Mano dura y ricino...» Y pasó a una anciana catatónica sitiada por el Alzheimer de la que sólo pudo decir: «Pa...» Saturnino se acercó hasta su madre, entablando ambos una breve conversación. —Hola, Satur, hijo, ¿me traes una copita de ojén? —No madre, ya sabes que aquí no se puede beber anís. —Si es sólo una lágrima de na! —Sí que se puede, sí —intervino la compañera de al lado—, nos dejan si no tomamos medicación. —Lagarto. Lagarto —rubricó el loro azul, que se había posado sobre la anciana con fama de cabaretera. Saturnino al tener de nuevo el pájaro cerca quiso despedirse: —Bueno, madre, intentaré traerte una botella de Marie Brizard la próxima vez que vuelva. Fue en el momento de agacharse para darle un beso de despedida cuando el ave de «Madame Blavatsky» se le posó en la cabeza anunciando con un graznido desesperado: «¡Llevo tres días sin comer! ¡¡¡Tres días!!!»

Plinio el Bizco (Zaragoza - España) 154


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Enemigos del hombre José A.

García

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A Brian Aldiss supiera ver o conociera su exisDESPERTÓ con el penetrante aro- quien ma de la savia inundando cada poro de tencia, pues nada revelaba que en ese lusu cuerpo, como cada día, toda su vida. El mismo olor, la misma situación, la sensación de sentirse rodeado, prisionero en aquel lugar que se esforzaba por mantenerse inhóspito, volviendo inútil cualquier intento de cambio. Se desperezó estirándose cuanto le era posible en su minúsculo refugio encerrado entre la pared de fría piedra y los troncos chamuscados y astillados; se vistió con sus únicas prendas de yute y, con el mismo movimiento, tomó el cinturón del que colgaban la funda del machete y los dos cuchillos de caza que él mismo había forjado con ansia y desesperación cuando encontraran aquellos restos metálicos de lo que parecía ser un antiguo vehículo que sobreviviera al olvido y la corrosión, en las cercanías del pantano. Ordenó las pocas pertenencias que conservaba, un colgante, el cuenco para el agua y el abrigo que usara en los cortos inviernos de la región. Controló el filo del machete y salió a la mañana. El viejo bosque que el calor y las lluvias convirtieran en selva tropical, con vegetación exuberante y voluminosa, lo recibió. La misma humedad y el mismo calor que hacían que la ropa se le pegara al cuerpo volviendo exhaustivos aun los mínimos movimientos. Y hacía falta mucho esfuerzo para abrirse paso, con el machete como única ayuda, entre la vegetación, las lianas, las ramas más bajas y las más despreciables alimañas que elegían la cercanía con la tierra para esconderse. Aunque, es cierto, estas eran cada vez menos. Perdidos entre la vegetación, otros refugios, tan diminutos y precarios como el suyo, se advertían en la espesura para 156

gar hubiera algo. El ruido de golpes, ramas cayendo y quejidos de las plantas desgarradas, era una clara señal de que no era el único despierto tan temprano esa mañana. Ni el único que buscaba abrirse camino hacia el centro de la aldea. Llamar aldea a los refugios mal construidos y desperdigados entre los árboles resultaría excesivo; pero para las pocas personas que aún vivían allí, eso es lo que era. Y el centro de la aldea, lo que había sabido ser un espacio abierto, de recreación y solaz, estaba tan invadido de árboles, insectos y plantas, como el resto del mundo conocido. Sólo la costumbre y el recuerdo decían que algo distinto era posible. Cuando golpeó hacia la derecha, con la fuerza de un recio brazo acostumbrado al ejercicio diario, una rama cayó a su izquierda. Se preparó para un ataque, creyendo que era el único en aquel sector de la jungla; extendiendo el filo del machete en la dirección del ruido, y sacando, tan rápido como un relámpago, uno de sus cuchillos, preparó las piernas para saltar hacia un costado entrecerrando los ojos, listo para repeler el ataque. —Alto, alto, soy yo —dijo una voz aflautada y apenas audible. —¿Jonás? —preguntó. —El mismo. ¿Ya no me reconoces, Theo? —dijo el otro. —No esperaba encontrarte por aquí —dijo Theo guardando el cuchillo y bajando el otro brazo. Aunque sin dejar de lado el recelo inicial de quien no esperaba el encuentro. —¿Dónde más podría estar? No hay


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mucho para hacer, salvo cortar y golpear, golpear y cortar. —¿Cuándo regresaste? —Hace unos días —respondió Jonás—. Tres o cuatro. No estoy seguro; dormí demasiado en ellos. En la espesura no podía hacerlo con tranquilidad. —¿Los demás ya lo saben? —Algunos sí. Otros no. Aguardaba por la asamblea para presentarme ante todos. Y evitar el repetir mi historia varias veces. Entonces las palabras serán las mismas, sin que cambien cuando otro sea quien cuente lo que contaré. —¿Cómo te fue? ¿Encontraste algo? —preguntó con avidez y brillo en los ojos, Theo, sabiendo cuál había sido el motivo del viaje de Jonás, así como las posibilidades del mismo. —Regresé en una pieza, gracias por preguntar —fue la respuesta de Jonás. Se miraron en silencio antes de retomar el camino, avanzando uno detrás del otro, hacia el centro de la aldea. Theo sabía que si Jonás no quería hablar era porque algo no había salido como lo esperaban cuando se decidió enviarlo a la espesura; por ello evitó preguntar, guardando sus inquietudes unos minutos más. Mientras avanzaban se escuchaban con más fuerza los golpes y las voces conocidas que se saludaban, alegrándose por volver a ver un rostro familiar en medio de tantas hojas y la tierra rojiza. El omnipresente calor era el tema de conversación. El calor, la humedad y las picaduras nocturnas; el resto de las energías estaban concentradas en abrirse camino, en llegar al mismo sitio. No tenían, tampoco, mucho más sobre qué hablar, la sucesión de días iguales, la lucha por conseguir alimentos y lograr un espacio libre de vegetación, consumía todo el tiempo y todas las energías. Lo consumía todo, palabras y vidas por igual. El ruido era más fuerte unos metros

mas adelante. Theo y Jonás se apresuraron a llegar sintiendo la cercanía de otros hombres, de otros iguales a los que poder ver, con los que poder hablar, con los que poder alejar el fantasma de la omnipresente, silenciosa y verde soledad. Cortaron una gruesa rama de un árbol igual a los anteriores, apartaron plantas y hojas para llegar a su destino. El centro de la aldea, donde media docena de personas se afanaba en abrir un espacio lo suficientemente grande para cobijar a todos los que esperaban ser. Machetes y hachas trabajaban sin cesar, brazos y piernas se esforzaban sin quejarse para lograrlo. Hombres y mujeres trabajando por igual, sin prerrogativas de ningún tipo, pues eran innecesarias en su despojada realidad. Sólo las necesidades más básicas importaban. Nadie pareció percatarse de la llegada de los dos hombres que, tan pronto como abandonaron la espesura, comenzaron a trabajar para hacer retroceder a la salvaje naturaleza que los oprimía. Cada uno sabía qué hacer, conocían sus herramientas y de lo que eran capaces, por lo que no había órdenes, no había gritos ni líderes, sólo las palabras necesarias para lograr el entendimiento, para alertar del peligro, para celebrar la tarea bien realizada. Al cabo lograron abrir un espacio lo suficientemente grande en el que el cielo pudiera verse por entre las ramas. Un claro lleno de aromas a hojas pisadas, a tierra removida, el olor de otra vida que necesitaba consumir lo que existía para llegar a ser. El hombre señalaba su presencia, pero sabía que sería por poco tiempo; tan pronto como se distrajeran, y sus herramientas descansaran más de lo debido, la selva cubriría las huellas de su paso. Eran menos de una veintena, hombres y mujeres fatigados, cubiertos de sudor y aplastados por el calor; en su piel, en 157


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sus miradas, podían reconocerse las señales de esfuerzos pasados y de fatigas por venir. Los mismos rostros que el tiempo curtía acentuando rasgos, afilando miradas. No había niños entre ellos, como no los había habido nunca. Se sentaron formando un círculo irregular esperando la llegada de algún rezagado, de algún perdido entre la espesura; aunque en su interior sabían que si alguno de ellos no aparecía a tiempo en las reuniones, sólo existía una opción que lo justificara. —¿Comenzamos? —preguntó el más viejo de los presentes. —¿Estamos todos? —preguntó a su vez, una de las mujeres mirando los rostros cansados que la rodeaban. Nadie respondió. —¿Alguien quiere decir algo? —volvió a preguntar el más viejo. —Sí —dijo Jonás poniéndose de pie —. He regresado. Lo miraron en silencio, esperando que se decidiera a hablar, sabiendo que para explicar algunas cosas, las palabras no siempre son suficientes. En medio del silencio y la espera se percibía el movimiento de las hojas, las ramas que volvían a crecer, la naturaleza que se esforzaba por recuperar el espacio que intentaran arrebatarle. No era duda lo que se reflejaba en el rostro de Jonás, algo más complejo y difícil de definir ocupaba sus pensamientos, algo capaz de frenar las palabras de quien acostumbra a horadar el silencio con su voz. —Caminé… —comenzó—, caminé muchos días, siguiendo los viejos caminos que se descifran bajo los odiosos árboles —escupió al suelo luego de pronunciar esa palabra, los demás hicieron lo mismo—. Caminé primero hacia el sur, hacia donde se encuentra la laguna. Pero no puede hallarla. El pantano avanza, el barro reemplaza a la tierra y los mosquitos son tan grandes como mi 158

puño —dijo y levantó el puño remarcando sus palabras. —¿Estás seguro de que fuiste en la dirección correcta? —preguntó Tamy, la mujer de ojos marrones, la única que trataba de igual a igual a los hombres del grupo; sin resignarse, sin dejarse hacer. —Fui en la dirección en que se acumula el moho en los odiosos troncos. Dime, mujer, ¿qué dirección es esa? —preguntó Jonás mostrando los dientes amarillentos y desgastados en una torcida sonrisa de triunfo. Tamy no respondió, asintió con la cabeza y esperó a que el hombre continuara con su relato. —Los caminos aún se bifurcan allí. Hacia el este me dirigí —continuó—. El este, como todos sabemos, es la dirección por la que surge el sol cada mañana —dijo mirando con desprecio a Tamy, quien le sostuvo la mirada sin inmutarse—; hacia la aldea que solía estar allí… —¿Solía? —preguntó uno de los hombres. —Así es —respondió Jonás sin reconocer la voz de quien hablara—. Refugios vacíos de hombres pero atiborrados de plantas encontré. Paredes derruidas, troncos cubiertos de retoños, y ninguna señal de fuego. Nada queda de esa aldea más que nuestro recuerdo. Quizás alguno de ellos haya escapado, no lo sé; si así fue, no vinieron hacia nosotros, huyeron en otra dirección. Ni siquiera restos de sal había en la tierra. Nada. En silencio cruzaron rápidas miradas de rostro en rostro. Sabían que no existía otro sitio al que huir, y que si los pocos hombres que luchaban, al igual que ellos, contra la naturaleza ya no estaban, solo podían sentirse más pequeños ante la inmensidad de la selva y su devoradora persistencia. —¿Qué hiciste después? —pregunto Theo, arrebatando de la ensoñación a


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los demás. —Continué caminando, siempre hacia el este, buscando rastros, huellas, indicio alguno de la presencia de otros como nosotros. Aunque más no fuera un hueso pulido por las bestias brillando bajo el peso del agua. —¿Llegaste hasta las montañas? —preguntó el más viejo. —Llegué a ellas, si —confirmó Jonás—. A sus primeras estribaciones. Porque esperaba encontrar algo allí donde perduran las ruinas del pasado. Muros extraños, que no son de roca, pinturas de colores quemados por el sol, trozos de cerámicas de antaño. Hay muchas cosas allí, pero no hombres. Ni mujeres. Ni niños. —¿Y del otro lado…? —preguntó alguien con un hilo de voz, no por dudar de sus palabras, sino por adivinar la respuesta. —Nadie sabe qué hay del otro lado —respondió el más viejo. —Temía que si continuaba ascendiendo no encontraría un camino por el cual regresar. Antes de que el silencio se apoderara nuevamente del grupo, el mismo Jonás continuó hablando. —Hice un largo rodeo por las tierras del norte, antes de regresar. —¿Por qué? Sabemos que nada queda allí —dijo uno de los hombres. —Lo sabemos, sí —respondió Jonás—. Pero no podemos estar seguros de ello por siempre. Puede ser que llegaran personas de otras aldeas, de los viejos pueblos, para establecerse allí. Suponiendo que esa leyenda del pasado posea algo de verdad. —Sí, es probable —dijo otra de las mujeres que sólo entonces se animaba a hablar—. ¿La vegetación es diferente en ese lugar? —En absoluto —continuó Jonás—. Desde las montañas hasta aquí, desde el sur donde estaba la laguna hasta el nor-

te donde sabíamos que estaba el desierto, todas las plantas son la misma planta, repetida una detrás de la otra, devorando cada diferencia. No es posible distinguir el bosque de la simple jungla. Todo es lo mismo. Y sabemos lo que eso significa. —Kilómetros y kilómetros de árboles sin frutos. —El calor, la humedad… —dijo el más viejo. —La dificultad para la caza —recordó otro hombre. —Menos comida. —Menos agua. —Más insectos. —Son muchos problemas. Si crece la selva, si el pantano se traga la laguna. ¿Qué podemos hacer? —se animó a preguntar Tamy—. ¿Cómo viviremos? —¿Somos los únicos que quedamos? —preguntó uno de los que había hablado antes. —Al menos en esta región así lo parece —dijo Jonás—. No recorrí el mundo entero, no puedo saberlo. Pero llegué a los límites que esta misma asamblea me impusiera, y regresé, con malas noticias, pero regresé. —Decidimos esos límites para que regresaras pronto —dijo el más viejo del grupo—, porque pensábamos que los caminos estaban allí y que las respuestas a nuestras dudas llegarían por ellos. Y también porque más allá del desierto, del pantano o las montañas… Todos comprendieron que no era necesario terminar la frase, el recuerdo, propio o compartido, del pasado, se encargaba de ello. Era mucho lo ignorado, escaso lo conocido. —¿Qué haremos? —preguntó una mujer. —¿Qué quieres hacer tú? —preguntó el más viejo—. ¿Qué propones? —No lo sé, no sé nada —respondió la mujer—, por eso pregunto: ¿Qué haremos? ¿Entregarnos al bosque? —logró 159


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articular antes de que la ganara el sollozo. —¿Por qué no migrar? —dijo Tamy. —¿Hacia dónde? —preguntó Jonás. —No sabemos lo que hay del otro lado de las montañas; nunca las hemos cruzado. —Selva. ¿Qué más puede haber? —dijo otro de los hombres. —Pero no lo sabemos. Siempre hemos estado aquí. Quizá sea diferente. Y es la única opción porque no podemos atravesar el desierto sin agua ni comida. Ni aún si tuviéramos esas cosas, porque desconocemos sus límites. El pantano se ha tragado las barcas y a varios de nuestros compañeros. En la montaña, por lo que cuentas —dijo mirando a Jonás—, no sólo no hay hombres ni plantas, sino tampoco bestias que nos ataquen como esos animales que allí se escondían escapándole a la selva. —Es cierto —reconoció Jonás—, no vi rastros de bestias. Puede ser que hayan muerto, o que alguien más las haya cazado. Volvieron a mirarse en silencio, buscando alguna respuesta en los rostros cansados de luchar contra la naturaleza, alguna opción a su predicamento. Pero ninguno de los presentes tenía respuestas para ofrecer. Ninguno tenía nada. —¿Cuándo partimos? —preguntó el más viejo del grupo. —Sería mejor que fuera antes de las lluvias —dijo uno de los hombres—, cuando todavía hay tierra donde pisar y aves que cazar. —Cierto —asintieron varias voces al mismo tiempo—. Es el mejor momento. —¿Podrías guiarnos hacia las montañas? —preguntó el más viejo a Jonás. —No es un camino fácil. —¿Y cuál sí lo es? —Es cierto —reconoció Jonás asintiendo con la cabeza—. Debemos viajar tan livianos que apenas notemos el es160

fuerzo —dijo Jonás mirando al más viejo del grupo. —Yo no iré —dijo Theo rompiendo su silencio—, me quedaré aquí. Las miradas se concentraron en él; nadie dijo nada. Los días se acercaron a la temporada de lluvia. Hubo dos asambleas más antes de la migración. Dos reuniones en las que se intentó persuadir a Theo para que abandonara su idea de quedarse en aquel desolado lugar, cubierto de vegetación y sin otros hombres, sin civilización, sin recuerdos más que los propios. A pesar de los esfuerzos, la decisión de Theo era firme. Allí se quedaría, no permitiría que la naturaleza, la simple y tonta naturaleza le venciera. Se quedaría para continuar la lucha ancestral del hombre. O eso decía. Porque ninguno conocía en verdad a Theo. La mayoría eran refugiados de otras zonas, de otras regiones de las que habían huido luego que la selva los invadiera, o porque la falta de alimentos los empujó a huir creyendo, quizá, que aún persistía algún sitio que fuera algo más que ruinas, troncos mal quemados y soledad. Cuando llegó el momento, estando todo preparado para la partida, se realizó la última reunión en el centro de la aldea, al amanecer, en un claro a medio abrir, porque si estaban yéndose no valía el esfuerzo terminar la labor. Theo también se encontraba allí, para la despedida, para el último intento de convencimiento en contra de su decisión. —Ven con nosotros, Theo. No te quedes atrás —dijo Jonás, quien guiaría al grupo en la extensa jornada. —Sabes que por más que lo repitan, no iré con ustedes—respondió Theo. —Ya antes has demostrado tu empecinamiento al momento de tomar decisiones —recordó Jonás—; incluso en algunas ocasiones fue con razón. Sin


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embargo, en este caso, no creo que sea lo correcto. Por eso repito mi pedido: ¡Ven con nosotros, Theo! —Tus palabras son elocuentes, como siempre, pero no iré —respondió. —¿No hay nada que podamos hacer? —preguntó el más viejo del grupo, su salud había desmejorado mucho desde el día en que tomaran la decisión de migrar, tosía todo el tiempo y le costaba empuñar el machete. Pero, mientras sus brazos pudieran moverse, no se entregaría al bosque. —Nada —respondió Theo. —Entonces, adiós —dijo Jonás haciendo un seña con la mano al resto del grupo, sin dejar que Theo viera su rostro. Abrieron un camino hacia el sur y desaparecieron en la oscuridad de la jungla guiados por indicios y señales que pocos podrían interpretar y que perdurarían apenas unos días luego que nadie quedara allí para repetirlas. Theo permaneció el resto del día en el improvisado claro, mirando cómo el camino volvía a cerrarse poco a poco, cómo las ramas crecían a ojos vista, desarrollándose cada una de sus hojas; esperó masticando algunas pocas de las bayas que le quedaban. Antes del anochecer repentino con el que las ramas entrelazadas ocultaron el cielo, se levantó y, esquivando los muñones que todavía no habían vuelto a florecer, decidió volver a su refugio, donde le esperaban los pocos objetos que los demás dejaran atrás, a modo de ofrenda, es cierto, pero también para

evitar todo pesa extra. Se convenció de que debía dejar de ocuparse de ellos, que aquellas cosas le pertenecían ahora, que eran suyas y de nadie más, aun cuando la mayoría de ellas no tuvieran verdadera utilidad contra las plantas que no dejaban de crecer. Con el regreso de la oscuridad, lo importante era encontrarse a cubierto antes de que los mosquitos abandonaran sus escondites. Levantó el machete y lo descargó, con fuerza y decisión, contra un tronco cercano para cortar una rama baja como cualquiera otra. Con algo más que estupor, vio cómo la hoja mellada de acero del viejo machete se quebraba frente a sus ojos, contra el joven tronco de un indiferente árbol, como si fuera una rama seca partiéndose para ser la leña de una fogata cualquiera. Miró el trozo de metal quebrado que aún aferraba sintiendo que la desesperación lo inundaba y que la incredulidad rebasaba cada poro de su sudoroso y cansado cuerpo. Ni en sus peores pesadillas creyó que pudiera sucederle algo semejante, en ellas siempre contaba con su fiel arma con la cual defenderse de cualquier elemento. Sabiendo de antemano lo que vería, giró sobre sus talones buscando el camino abierto apenas horas antes por sus compañeros. Lo único que encontró fue las mismas hojas, las mismas ramas, los mismos troncos que vería durante el resto de su vida.

José A. García (Buenos Aires - Argentina) Web: www.proyectoazucar.com.ar

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El chico más pálido del recreo Cristina Aguas Escuetamente diré que merendaba bocadillos de crema de avellanas...

… desde el cielo habló la Luna llena…

HACE muchos, muchos años, en un zones buenas intenciones y tibetana co-

feudo junto al mar, habitó un joven cuyo nombre era Francidiomedes. Se puede pensar que sus padres estaban ocurrentes tirando a chistosos pero no fue así la cosa. Cuando contaba con unos días de vida fue trasladado a las Tierras de arriba casi al fondo a la derecha, para abreviar, Cierzópolis, que es donde arranca su historia conocida y la que voy a relatar. ¿Por qué allí precisamente y cuál fue el motivo? (Ah… ¡No lo voy a descifrar en el primer párrafo!) Era una bonita mañana en la que el poder de las flores inundaba los jardines y el verano del amor inculcaba a los cora162

munión con el Universo, pero ni el dirigente ni su graciosa consorte se enteraron de la llegada de una boca más al lugar, que bastante tenían con el resto de 33.999.999 habitantes del país. El bebé fue dejado a los Hermanos Irredentos en Pedro, Pablo y la Instauración del Eufemismo Santo. Los que perpetraron la entrega parecían gente importante y tenían mucha labia. No revelaron el origen de la criatura, hicieron la enigmática promesa de que el tiempo dejaría cada cosa en su sitio, juraron que se les encomendaba una misión de suma importancia, prometieron que serían re-


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compensados en el futuro y con etcétera en bis como elipsis argumental de algunas patrañas más, hicieron que ellos quedasen convencidos y aceptasen al nene en su beatífico recinto. Fue un hecho sumamente extraño, como de folletín decimonónico, porque existían instituciones más apropiadas para hacer las cosas bien, o casi bien. El hermano Explícito era amigo de Radomiro Martínez, un médico que tenía su consulta en la esquina del viejo barrio, por lo que reclamó su presencia para que el niño pudiese pasar la inspección obligatoria. El doctor era un hombre circunspecto que reaccionó a la petición de forma hipoalergénica porque había visto de todo en el ejercicio de su profesión. El nene estaba sano sanote y lloraba como un condenado, ¡buenos pulmones tenía! como se suele decir. La vida te da sorpresas y el primero que se quedó estupefacto por la ternura que el bebé le transmitía fue él. La blanca palidez del bebé le pellizcó el corazón y tomo la decisión de acogerle. El niño debía tener una familia de verdad. La congregación de esos hippies no era el lugar adecuado para criarle como el albino Marcelino, las cosas claras, al pan, pan, y el chocolate espeso. Radomiro comunicó a su mujer el amor paternal que se le había despertado. Mariana era una manchega con más arrestos que El Lute cuando era El Lute y como ella también sintió una pena en el alma grande como un río de agua viva, y no tenían prole ni perro que les ladrase, idearon una estrategia casi militar para poder llevar al nene a su hogar y a su vida. El médico se marchó supuestamente una semana a las Tierras de todo recto al otro lado de las montañas, para abreviar Francia, donde habían fallecido en accidente de automóvil una hermana y un cuñado que se inventó, y sumido en la pena imaginaria regresó teatralmente al país como único pariente del

pobre sobrino que venía con él. Había que llamar de alguna manera al infante y se le ocurrió lo de Francidiomedes. Le pareció un nombre entre raro y como de héroe de leyenda, pensando que el original sello de sonar a mitología griega a lo mejor le ayudaba en el futuro a encaminar su sueño de un destino. En cuanto al apellido no tuvo duda y se inspiró en la última lectura que tenía empezada, un ensayo filosófico titulado «La soledad del yo verdadero en la isla de Crusoe». El aterrizaje del muchacho tuvo lugar un primer día de la semana, pero se dijo «no me gustan los lunes, prefiero un día más festivo, ¡ya está!» y tras esta reflexión Francidiomedes Domingo Martínez nació para el mundo por segunda vez. Radomiro y Mariana no supieron nunca la fecha exacta del primer alumbramiento y optaron por inventarle también un cumpleaños que fijaron el uno de julio como perfecta mitad del año, pues era bisiesto. Tanto esfuerzo con resultado rimbombante no sirvió de mucho porque le llamaban Francido cuando había hecho alguna travesura o simplemente Franci, para abreviar. Su nombre a él mismo le habría de incomodar en el futuro y casi nunca lo utilizaba, o era Franci o era Diomedes, pero junto era un horror, ¿o no? (¡Sí, sí! —escucho a los lectores decir). Los recién estrenados papás se prometieron que aquel niño viviría como en un palacio real. Ni los «tíos» ni el «sobrino» comían en vajilla con filo de oro ni dormían por la noche en sábanas de blanco satén, (que no sé yo como narradora si estas opulencias siguen en la realeza del siglo XX, pero lo escribo en contraposición a los platos de Duralex y la ropa de cama de tergal que utilizaban), eso sí, le crearon un hogar para amar y soñar, donde el cielo se unía con el mar y el sol cada mañana brillaba más. 163


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No voy a relatar mucho de los primeros años de Franci porque no me apetece. Escuetamente diré que merendaba bocadillos de crema de avellanas, que le costó pillarle el intríngulis a las ecuaciones de segundo grado, que llevó escayolado un meñique hasta el codo por jugar al churro, que tuvo un camión de juguete con el que destrozó las puertas de palacio, que vivía un poco asilvestrado sin pensar en nada más porque le consentían todo, pero era buen chico, y

en suma, y por todo esto y más, tuvo una infancia en la que la felicidad de la mano del amor llegó. Únicamente nombraré a la de la mochila azul. Apolonia vivía cerca de la casa de Franci. Tenían la misma edad. Jugaban en su calle particular con ríos, bosques y lagos de cristal en una fortaleza invencible dedicada siempre a disfrutar. Cuando llegaron a la adolescencia, como estaba cantado, su amistad se tornó en un amor más grande que el amor de los mayores.

…cuadra tus hombros, nubla tu mente y listos para la inmersión en la pecera…

dado a todos los tíos de esa generación!

Lector

…botas pero yo no quería porque me quedaba un mes pa la blanca.

Lectora

¡Mírale, a lo suyo! ¿Tiene importancia el lugar?

Cristina

Relativa, por ampliarle horizontes y por adelantar hasta donde quería llegar.

Lector

Por cierto, ¿dónde hizo el campamento? Conocí yo a uno que era medio franchute que me parece que es el Francidocles este...

Francidiomedes hizo la mili en la Marina, destinado en Madrid, que ya es por todos sabido que allí no hay playa. Lector

Una vez nos pilló el sargento Guindilla. Estábamos yo, el asturiano, Moquete, el Tutankamon y Juancar aburridos y fuimos a ver si metíamos judías en las…

Lectora

¡Historias de la puta mili! ¡Qué les han 164

Cristina

Es un personaje de ficción.

Lector

…que vivía con unos tíos.

Lectora

Este no se ha enterado de nada.

Cristina

No creas, igual más de lo que parece. ¿Puedo seguir? ¿Va gustando el relato?


Número 5

Sí. Si te empeñas…

Lector Lectora Cristina

El que no quiera continuar puede dejar de leer…

El recluta Franci se pasaba los días escribiendo cartas que empezaban más o menos de este modo: «Querida Apolonia, llevo seis meses aquí, te echo de menos, no puedo vivir sin ti». Por las noches frecuentaba cutrebares de perdición, haciendo inmersiones arriesgadas en un programa en espiral y persiguiendo el mar en un vaso de ginebra, pongamos que hablo de que se dio a la bebida y al desenfreno de muy mala manera. Cuando regresó a Cierzópolis una vez cumplido el servicio militar Apolonia estaba estudiando diseño en la Ciudad del guanchufrí al norte muy al norte, Londres por abreviar. Al principio se carteaban pero ambos accionaron la tecla de pausa porque aquello no llevaba a nada de momento. Como Franci no tenía trabajo y se perdía en su habita-

ción sin saber qué hacer pasando el tiempo en descifrar enigmas al compás de las horas, se apuntó a un curso de guitarra por correspondencia y se dejó crecer el pelo. Por efecto de un milagro hecho champú, de huevo para más señas, al poco tiempo pudo lucir una media melena de color verde puñeta. Además del cabello le brotó el talento, a su genuino y original modo, claro. Radomiro y Mariana decidieron que eso no podía seguir, no solo había que lavarle, peinarle y domesticarle, tenían que hablar con él muy seriamente, pero no hizo falta porque el chico se les adelantó soltando en una comida, así sin preparación, un obús en dos frases como declaración de principios entre las papas con arroz y el bonito con tomate. —Pásame la sal. Voy a ser una rock and roll star. Mariana no se sorprendió porque a una madre no se le pasan esas cosas. Radomiro sí se quedó helado como si hubiese sido lanzado a Groenlandia, al Tíbet o a los anillos de Saturno. Vosotros, lectores, ¿qué me contáis?, ya sé que lo veíais venir (¡Sí, sí! —os escucho asentir de nuevo).

…podemos ser héroes…

Franci grabó una maqueta con cuatro temas. Se pateaba las emisoras de radio intentando colar lo suyo. Iba a pinchar ocasionalmente a los bares de algún amigo. En El trabuco del Cucaracha, la conocida tienda de discos, también probó suerte. Vivía de noche y regresaba a casa después de desayunar con los barrenderos y las avecillas del parque. Tan ubicua se volvió su presencia en el mundillo de la ciudad que era invitado a cualquier evento musical o afín que hubiese, por el mero hecho de estar, hacer

bulto y figurar. Fueron unos inicios efervescentes. Uno de sus temas logró cierta fama. Hablaba de un chico enamorado de una chica muy mona (ella) que descubría en el cielo gaviotas y pintaba estelas en el mar (él) mientras le esperaba (a ella) 165


El Callejón de las Once Esquinas

solo, (tris, o sea, solo, solo, solo) muy solo (él), en un muelle donde ningún barco de nombre extranjero a su amor le devolvía (ella allí), mientras sus ojos se les llenaban de amaneceres (a ambos). Las otras canciones de la maqueta eran loquísimas: una ensalzaba a una beldad llamada Marijuani que traía loco al protagonista, otra relataba la conversación que mantenía un chico con la «perfecto» de un escaparate, ¡se decían unas cosas, uf, lo nunca oído! y la última era instrumental, tocada con acompañamiento de castañuelas, campanillas y botes de garbanzos golpeados con una cucharilla. En Cierzópolis se celebró aquel año un concurso llamado «Paso al que se pese». Era un certamen musical cuyo premio consistía en que el vencedor recibía su peso en chorizos parrilleros, salchichas a la brasa, chuletas de cordero y vino de garrafa, más una grabación en la antología de un sello independiente. Franci se envalentonó y buscó una banda en condiciones. Se presentaron como Diomedes y Los 45 (realmente eran cuatro o cinco, según los días. A los medios les explicaron que la cifra era por las rpm de los vinilos en formato de senci-

llo, pero la realidad atendía al ángulo que forma el brazo al empinar una litrona, y ellos se partían de risa cuando todos se creían lo primero). Ganaron. Después de acabar con las viandas, y una vez asimilado y digerido el éxito, empezaron a dar conciertos. Tocaban por la jeta, tocaban por las birras, tocaban por el sexo y las drogas, tocaban en antros que a la luz del día parecían haber sido arrasados por una horda de hunos y la erupción de un volcán, tocaban en colegios mayores y en festivales promovidos por los ayuntamientos. Los músicos no eran malos aunque tenían mucho que aprender del negocio. Diomedes tenía una buena voz, alguna formación musical, muchas ideas bullendo en su cerebro y el dinero para invertir en instrumentos y gastos varios. Mariana y Radomiro veían poco a Franci y colocaron una foto de él en la despensa porque en el salón no se atrevían. Su aspecto daba miedo a los vecinos y amigos cuando frecuentaban el hogar del greñas. Se colocaron en la cresta de la ola y su fama llegó hasta oídos de una multinacional.

…apuesta por el rock and roll…

Marcharon a la capital del reino en un coche alquilado. Fueron citados en el estudio, donde pintaban menos que un pingüino en un ascensor, pero no desentonaban entre faraónicas glorias reconvertidas a ritmos latinos, cantautores en pareja que ahí estaban viendo pasar el tiempo, jóvenes prodigios que ya no lo eran, un pianista marchoso, la Señorita Pepis, un grupillo de italodance que habían nacido también en el Mediterráneo pero que habían llegado para poner otra luz y otro olor a su acento, unos que versionaban temas verbeneros, esta, esa y aquel que acumulaban y acu166


Número 5

mularían discos de metales diversos por los siglos de los siglos y una cuadrilla con inclasificable estilo que iban disfrazados de obreros espaciales (igual no eran músicos, a lo mejor iban a arreglar el aire acondicionado). Aquello era un desmadre. Entre el trikitrikitrikitriki, el ummm bandolero, el cocoguá, el yupi pati yupi pami, el obi oba, el hey, el salalalalá, arsa, híjole, assucar, lerelerele, lolailolailo, laralalala, ¡ahhh!, ¡ehhh!, ¡hihihi!, ¡ohhh! y ¡auuuuu!, cualquier parecido con el camarote de los hermanos Marx y el arca de Noé no era pura coincidencia. El productor entró en el estudio para poner orden en todo ese jaleo. Era un señor con más pinta de arquitecto o boticario que de ideólogo musical. Pasaron el día entre bayonesas, porras, cafés, empanadillas, consomés de ave, callos y caramelos de miel con limón, (no, es mentira). Se fundieron entre todos un saco de cincuenta kilos de cubitos y tres cartones de rubio americano, con eso está todo dicho. Cada uno de los presentes grabó un tema. Diomedes se hizo con el personal destilando desparpajo porque cuando les preguntaron quién era su representante, los otros enmudecieron, y él tuvo que tomar la palabra aduciendo que se había quedado en casa con gripe. El resultado de aquel día fue un disco doble, con un criterio de selección lamentable, titulado «Exitazos vol.1 » y unos interesantísimos contactos para el joven y su grupo, de los que en el futuro él personalmente sacó el mejor provecho. A final de año grabaron un LP incluyendo en el mismo el sencillo que les catapultó a la fama. Su público se amplió y no era extraño ver al pescadero tararear sus canciones entre calamares por aquí boquerones por allá, o a las mamás, que de puro aguantar el tostón de sus hijos en el tocata se habían aprendido los éxitos del momento, incluso

algún grupo les gustaba de verdad, no los entendían totalmente pero les sonaban bien, y ese era el caso de Diomedes y Los 45. El guitarra hacía unos solos cuando estaba inspirado que te llevaba en autopista hasta el infierno directamente. El batería era digno de ver en directo, a los platos no le ganaba ni el más afamado cocinero preparando una merluza a la vizcaína. El bajo lo tocaba una chica rubia que medía dos metros cinco y que por eso les miraba a todos por encima del hombro. Tenían un sintetizador envidiable porque solo había dos más como ese en todo el país. Diomedes era el vocalista y tocaba ocasionalmente algún instrumento de su invención. Comenzaron con los bolos, a tres actuaciones semanales durante nueve meses seguidos. Vivían en la carretera. A veces no sabían si estaban camino Soria, camino de la cama o dónde narices estaban. Su fama llegó hasta los confines del mundo, incluido el Londres donde vivía su muchacha de ojitos dormilones. Apolonia regresó con una intención llamada Franci. Cuando ella entró de nuevo en su vida, él se divorció del grupo de sus inicios (para qué les iba a poner nombres a todos si les quedaban dos párrafos de vida). Venía moderna y muy cambiada. Ya no era la niña de mirada cándida y mejillas encendidas por campos de fresas. Se ofreció como su representante para llevarle sus cosillas en un bolso gris y arroparle con una banda excepcional. Le facilitó contactos con varios músicos que no eran conocidos ni en su house a la hora del té pero pasaban por unos virtuosos, porque ya se sabe que aquí todo lo que llega de fuera es mejor y el talento nacional hay que sudarlo en lágrimas. Del antiguo grupo solo continuaron con él Seve el guitarrista y el sintetizador, que para eso lo había pagado Radomiro. Apolonia le ayudó también a refinar un poco su aspecto explotando las posibilidades de su 167


El Callejón de las Once Esquinas

físico, a encauzar su estilo y a definir el mensaje que quería transmitir con un género musical nuevo. La nueva banda se llamó DIO (de Diomedes). Se tiraron por una mezcla de nueva ola, rock potente, aires folklóricos de diversa procedencia y cierta bruma hipnótica que lo envolvía todo. El público entraba en comunión en cada directo y ellos se encargaban de ofrecerles el pan de los ángeles que reclamaban. Sus seguidores no eran gente anciana bailando en la plaza del pueblo a ritmo de siete octavas porque dejaron de ser unos insolentes que

ponían aires modernos en las fiestas patronales, ahora llenaban estadios y grandes recintos a lo largo y ancho del mundo. El grupo vivía en un plano entendido únicamente por alumnos iniciados y mucho más jóvenes, con repercusión estratosférica. Mariana y Radomiro se atrevieron a poner sus fotos en el salón y asistían a sus inicios de gira. El tío estaba orgulloso y la tía se emocionaba incluso cuando escuchaba su música como fondo de un anuncio de piruletas. Pero… (siempre hay un pero y tengo que acabar con un redoble acorde con mi estilo).

…todo en la vida es como una canción…

El club de fans oficial de DIO no estaba en el reino junto al mar. El presidente era uno de su muy noble parentela que le había negado la regia cuna por considerarle un brujo nacido con el poder de la Luna y para que no le tachasen de simpatizar con el Demonio. Ahora que su niño se había convertido en el hombre de las estrellas en un firmamento igual de resplandeciente, le seguía en la distancia. La muchedumbre de enfervorizados fans daba la vuelta al estadio de fútbol de Cierzópolis. Pese a la precipitación con que se organizó todo se superaron con creces las expectativas de asistencia 168

estimadas. Varios furgones de policía intentaban poner orden. Allá donde se mirase había un mar de jóvenes que vestían como él, llevaban el pelo como él, se maquillaban como él y tenían su nombre escrito en la frente, tatuado en el pecho con un corazón y algunos en partes más íntimas de sus carnes que con reverencia se habían rendido a él. Dos autocares descargaron una nueva ola de seguidores. Los recién llegados corrieron para tomar el mejor sitio que podían al final, pero no serían los últimos de la fila porque durante lo que quedaba de mañana y hasta las 19:30, la apertura de puertas, vinieron más hinchas del rock. El inconfundible olor del alcohol y de los cigarrillos de marihuana lo invadía todo. Un grupo de chicas cantaba sus canciones con tanto entusiasmo que posiblemente cuando lo tuviesen que dar todo por el ídolo ya estarían afónicas. Varios oportunistas vendían botellines de agua condimentada y bocadillos de tortilla de patata, es un decir, porque cuando alguien preguntaba respondían invariablemente que solo les quedaban de chorizo, con una mísera loncha que se transparentaba pero cobrados como si llevasen me-


Número 5

dio kilo de jamón del bueno. Los seguidores ya habían entrado en el estadio. Estaban en el trance electrizante de la música dándose un homenaje. Era un cartel impresionante compuesto por todos los que fueron, eran y aspiraban a ser. Por el escenario iban a pasar: Juanito, Jorgito y Jaimito, Rita y los Misceláneos, Manolito, Joselito, Lolo y Sebastián, La señorita Pepis, Los guasones del Isuela, La viuda negra, La dama blanca, El mago gris, La bruja rosa, La sota de bastos, Manga ranglán y los restos del naufragio de DIO para cerrar el evento. Diomedes había engullido a Franci entre las pastillas para dormir, las de despejarse, las energizantes, las vitamínicas y las alucinógenas. Acabaron con él haciendo que todo girase en torno a

una estancia del hotel mientras danzaba entre el polvo de los ángeles que llamaron a su puerta para llevarle con una escalera hacia el cielo. Vivió deprisa, murió joven ascendiendo a la gloria desde la cima del olimpo y dejó un bonito cadáver. El fantasma del que hubiese sido rey apareció con corona y capa de armiño. Portaba una silla de acampada y después de dar varias vueltas al recinto se sentó donde le pareció oportuno, en la soledad de las últimas gradas, para no disfrutar del silencio que se merecía pero donde su corazón tendido junto a él estaba oculto de la luz de los focos. Santa Cecilia puso una lluvia ultravioleta sobre el escenario porque las tumbas son para los muertos y las flores para sentirse bien.

Cristina Aguas Marco (Zaragoza - España) Blog: elbonetedemimi.blogspot.com.es

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El Callejón de las Once Esquinas

Presidio experimental Manuel Serrano Siempre la misma historia con vosotros...

se había dado cuenta, o al menos SEGUÍA siendo un convicto. Aun- nadie eso creía él. Al fin lo pillaron. No era

que estuviera en libertad condicional, gracias a los beneficios del tercer grado. Su paso por la cárcel fue traumático. Demasiado tiempo encerrado. Demasiado tiempo privado de su eterna libertad. Para colmo, no podía alejarse más de diez kilómetros del centro penitenciario. Le obligaban a vivir entre la misma escoria. Si analizaba lo que le llevó allí, le parecía una estupidez. Por culpa de una tema de fraude postal. Algo que llevaba haciendo durante mucho tiempo y que 170

un preso con delito de sangre ni violento. Lo pusieron en un módulo con otros menos violentos. Durante su estancia ayudó en la biblioteca. No consumía drogas. No mantenía relaciones sexuales con otros presos. Sus escasas ansias sexuales las satisfacía en soledad. Fue duro, muy duro pero aquello había llegado a su fin. Saldría con la condicional y reharía su vida. Lo tenía claro. Nunca más se metería en líos, nunca más.


Número 5

Tenía que buscar un empleo, de lo que fuera, y ser honrado. No quería nada más, solo olvidar. Con poco más de cien dólares, el autobús de la prisión lo dejó en medio de la polvorienta calle de aquel pueblucho a menos de ocho kilómetros de la prisión. Era una tarde calurosa y seca de verano. Se palpó el bolsillo y sacó los billetes. «Al menos podré tomarme una cerveza fría», se dijo. La cantina se anunciaba con un letrero descolorido. Ocupó un taburete en la barra. No había nadie. Ni siquiera el camarero o la camarera, tampoco parroquianos. Le entró una sed descomunal. La ansiedad por la bebida le hacía sudar mientras esperaba. Llamó a voces pero nadie le contestó. Estaba empezando a enfadarse cuando tomó la determinación de servirse él mismo. Sabía que no debería hacerlo pero, «es una causa de fuerza mayor», se dijo. Volvió a mirar y a llamar. Nadie respondió. —Me tomaré dos pintas, le dejaré diez dólares y en paz —dijo en voz alta al silencio de la sala. Pasó al otro lado de la barra. Con una jarra fue al grifo. El caño sudaba gotas de agua fresca. Cuando estiró del tirador, una bocanada de espuma blanca llenó la jarra y le escupió en la cara. Maldijo su mala suerte. Se había acabado el barril. Abrió las neveras. No había nada. Enfadado, se giró hacia las botellas de alcohol de alta graduación y cogió una de bourbon. Estaba precintada. En la cubitera había hielo sin derretir. «Este tío se ha ido hace poco», pensó para sus adentros. Con el vaso ya preparado, echó dos cubitos de hielo y se dispuso a abrirla. Giró el tapón que rompió el precinto. Volcó la botella en el vaso pero de allí no salió nada. Lo repitió con casi todas las bebidas, incluso con las

que no le gustaban, con el mismo resultado: precintadas y vacías. Sobre el mostrador yacían los cuerpo evaporados de las botellas, varios vasos con hielo y la jarra llena de espuma cuando llegó el dueño del bar. —¿Qué hace usted en mi bar? —¡Hombre, por fin! —dijo al verlo entrar. —¿Qué has hecho, desgraciado? —¿Yo? Nada. —¿Cómo que nada? Me has dejado el bar hecho una pocilga. —Deja que te lo explique. —No me tienes que explicar nada. Sal de mi barra. Obedeció. Se colocó en el taburete que había ocupado cuando llegó. —Vas a pagarme este destrozo. —¿Qué destrozo? —Todo esto que te has bebido. —No he tomado nada. Todo estaba vacío. —¡Eres un embustero! —Yo solo quería una cerveza fría. Pero no tienes de nada. —Siempre la misma historia con vosotros. ¡Venís, os bebéis mis existencias y me contáis un cuento! —dijo mientras se agachaba y sacaba una escopeta. Se la echó a la cara y puso los cañones a escasos centímetros de la del hombre. —¿Qué vas a hacer? —Pegarte dos tiros. —¿Por qué? —Porque creo que no tienes dinero. —¡Si ya te he dicho que no he tomado nada! —contestó malhumorado —. Mira, aquí tengo cien dólares. Son tuyos. El del bar no bajó el arma. Se le veía muy tranquilo. Él sudaba en abundancia. —Si te mueves, te reviento —sacó el teléfono móvil del bolsillo y marcó—. Otro tipo que quiere robarme. Ven cuando puedas. Al momento se oyó un coche frenar en la puerta. Un fogonazo de luz 171


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inundó el local. La figura de un hombre grande llenó el quicio. —¿Qué está pasando aquí? —preguntó. —Hola, Charlie, este tío se ha mamado mis bebidas y no quiere pagar. —No he tomado nada. —¿Y todo eso que hay ahí? —preguntó Charlie. —¡Eso estaba vacío! —¡Y una mierda! —gritó el cantinero sin apartar la escopeta de su cara. —Baja el arma. Ya estoy yo. Y tú, date la vuelta y pon las manos en la espalda. Ya sabes cómo va esto. —Pero si yo no he hecho nada. —Como todos. Ahora te vienes conmigo —dijo Charlie—. Ven después aponer la denuncia. —Gracias. Ahora iré en cuanto calcule lo que se bebido este borracho. Entraron en un desvencijada comisaría. Lo condujo a una celda de gruesos barrotes y lo encerró. Ya anochecía cuando entró el tabernero. Le presentó el cálculo y Charlie soltó un silbido. —¿Todo esto se ha bebido? —Y conste que lo pongo casi a precio de coste. —¿Dos mil trescientos cuarenta dólares? —Más o menos. Eso es lo que quiero que pongas en la denuncia. Mientras, en la celda, el prisionero le daba vueltas a lo que había pasado. En realidad no había consumido nada. Ni siquiera una triste y mísera cerveza. Se metió la manos en los bolsillos y volvió a encontrase con los billetes. A la mañana siguiente lo llevaron ante el juez. Leyeron los cargos. Conoció a su abogado de oficio en la misma sala. De nada le sirvió que dijera que las botellas estaban vacías, que no se había emborrachado. El juez dictaminó que tenía que volver a prisión para terminar de cumplir su condena y le añadió dos 172

años más. Cumpliría la condena en el Penal de Cochinki, en el estado de Ohio. A más de mil kilómetros de allí. Durmió aquella noche en la celda y apenas amanecía cuando vinieron a por él. Hicieron el viaje por carretera en un furgón en el que apenas servía el aire acondicionado. Al anochecer llegaron al nuevo penal. El furgón franqueó las puertas y dos guardias armados condujeron al reo hasta el edificio. No era un penal al uso. Estaba inmaculado. Blanco resplandeciente. Las celda eran más una habitación de hotel que una prisión. No había ruidos y olía a limpieza. Incluso sonaba una música suave. La cama era blanda y cómoda. Le llevaron la cena. Una suculenta cena y una cerveza muy fría. No se podía creer la suerte que había tenido al caer en aquella prisión. Incluso tenía televisión por cable con todos los canales. Cada día aparecía un guardián de bata blanca y lo llevaba a la piscina. Durante una hora se ejercitaba y después corría por un patio inusual, rodeado de árboles frondosos y verde césped. Incluso había un helipuerto que de vez en cuando recibía algún aparato. Era un paraíso. La comida resultó excelente y aunque ya no volvieron a darle nada de alcohol, le daba igual, el agua fresca era una bendición. Cada semana tenía que pasar por la enfermería, que más que enfermería era una clínica privada, de la que salían en las películas, le sacaban sangre y le hacían un electro. Había ganado algún kilo de masa muscular gracias al ejercicio y a la alimentación. Trascurrió un mes. Se atrevió a preguntar. No lo había hecho antes por si aquello era un error y lo devolvían a la realidad. —Perdone, doctor ¿esto es una penitenciaría? —Sí.


Número 5

No sabía que hubiera este tipo de penitenciarías. No lo había visto no oído antes. —Es un tipo de penitenciaria experimental. Somos una concesionaria del estado. —Ah —contestó convencido—. Perdone que siga con las preguntas, ¿no hay más internos? —En este momento está usted solo. Estamos esperando que vayan llegando poco a poco. Siguió con la rutina un mes más. En realidad era como estar de vacaciones, pero sin libertad para salir del recinto. No es que la vigilancia fuera severa pero no resultaría fácil escapar, si es que a alguien se le ocurriría irse de aquel lugar donde te trataban a cuerpo de rey y que, si te cogían, seguro que terminarías en otro sitio peor. Comenzaba su tercer mes cuando le llegó la noticia: durante tres días estaría sometido a una dieta estricta a base de líquidos.

—¿Por qué? —preguntó extrañado. —Eso se lo dirán cuando venga el doctor. Por la tarde apareció el galeno. Le explicó que debían intervenirlo porque habían visto algo extraño en la analítica. —No se preocupe, es pura rutina. Además, usted no se enterará de nada. Pasados los tres días vino el barbero para afeitarlo. Lo rasuró de pies a cabeza. —Es algo normal en este tipo de intervenciones —le dijo. —¿Pero todo el cuerpo? —Órdenes de los médicos. Cuando estuvo preparado vinieron a por él. Lo llevaron en la misma cama hasta el quirófano. Varios médicos y personal sanitario llenaban la estancia. Vio cajas parecidas a neveras de camping. —No se preocupe —dijo un hombre mientras le ponía una vía y pinchaba un gotero—. Esto le suministrará líquidos y 173


El Callejón de las Once Esquinas

medicamentos mientras dure la operación. —Le voy a poner la anestesia. Cuente de diez hacia atrás —le comentó el anestesista, supuso. —Diez, nueve, ocho, si… —Ya está. Podemos empezar. Dos horas después, el corazón, los pulmones, los ojos, el hígado, los riñones, el páncreas, los intestinos, las manos, huesos completos, varios metros cuadrados de piel, algunas decenas de venas, tendones y ligamentos del reo abandonaban el centro penitenciario en helicóptero. Lo poco que quedó sin utilizar fue a

parar al crematorio que lo esparció por las nubes. De su paso por aquel sitio no quedó ni rastro. Un Hammer último modelo se detuvo frente al bar. Descendió un hombre de aspecto saludable. Llevaba un maletín en la mano derecha. Le esperaban. —Es un placer hacer negocios con ustedes. —Para nosotros también —contestó el juez. —Cuando tengan otro, nos avisan. —¿Las mismas condiciones? —Las mismas.

Manuel Serrano (Valencia - España) Blog: raniamvlc.blogspot.com.es

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Número 5

La cometa Jean

Durand Les había contado sobre las cometas chinas...

—¿ESTÁS despierto?

—Mmmhhh… El muchacho contempló a su hermanito Víctor durante unos segundos con verdadera ternura. Hoy no pelearía con él. —Vamos flojonazo —dijo Daniel al tiempo que sacudía la cama de su hermano—, hora de levantarse. —Déjame dormir o te acusaré a mamá. —Encontré la cometa. Los ojos expectantes de Daniel contemplaban a su pequeño hermano esperando no perderse su reacción ante la noticia. El niño, bajando lentamente la sábana con la que se había cubierto la cabeza, asomó su rostro totalmente iluminado con una amplia sonrisa. —¿La cometa? —repitió el niño con una agitación apenas contenida. —¡Sííí! —dijo Daniel al tiempo que salía de la habitación corriendo. El pequeño Víctor saltó de la cama como impulsado por un rayo antigravedad, se vistió apresuradamente y bajó ansioso donde Daniel. Su hermano mayor lo esperaba sonriente, de pie en la entrada de la casa y con la mano derecha oculta en su espalda. —¿Tienes la cometa… de papá? —la emoción hacía temblar la voz del hermano menor. —Sí. —¿No es… ningún volantín? —No. Una larga tira de papel rojo caía como

cola por la espalda de Daniel. La alegría de Víctor amenazaba con desbordarse, cual vaso repleto de agua recibiendo nuevos chorros líquidos por sus ojos. Su padre había fallecido hacía seis meses y la partida aún era una herida abierta de tristeza que resistía la cicatrización. Días antes de su fatal final, el padre les había contado sobre las cometas chinas, las antepasadas del volantín chileno y cómo en su propia niñez su abuelo le trajo, directamente de China, una de regalo. Terminó el relato confesando que nunca la pudo elevar por culpa de uno de los palitos rotos de la cometa. Solo la promesa de buscar y reparar la cometa a sus dos hijos ansiosos, y con enormes ganas de elevar tal tesoro, hizo que su padre pudiera ir a sus labores con una imborrable sonrisa en su rostro. —¿De verdad es la cometa de papá? —Sí. —¿Dónde la encontraste? —En el entretecho, dentro de una caja vieja. —¿La… la puedo ver? —preguntó el pequeño con lágrimas corriendo sin pudor por sus sonrosadas mejillas. Daniel, con un radiante y especial brillo en su cara, comenzó, lentamente, a sacar su brazo derecho, moviéndolo hacia adelante y mostrando la enorme cometa que había ocultado de forma ladeada en su espalda. Midiendo aproximadamente un metro cuadrado, la bella cometa tenía una di175


El Callejón de las Once Esquinas

visión de cuatro colores, que a su vez mostraban dos rostros diferentes. Las tonalidades azul, rojo, blanco y amarillo nunca habían figurado con una nitidez tan viva y mágica como en el delgado papel de la cometa. Su borde, cual cabellera de un rostro doble, iba del dorado al plateado en forma aleatoria, refulgiendo ante los rayos del sol. Y su cola… ¡Dios, su cola medía como mínimo diez metros! Víctor, con una tremenda devoción y respeto, como si se tratara de una reliquia sagrada, tomó la cometa en sus manos y la examinó extasiado. —¡Papá alcanzó a repararla! —Si —mintió el muchacho. —¿La elevaremos? —Haremos más que eso hermanito, se la mandaremos de vuelta a papá.

Los ya redondos y húmedos ojos de Víctor se abrieron aún más de emoción y comprensión. Entró a la casa corriendo en dirección a su pieza y volvió en menos de un minuto donde su hermano. Traía tres cartas y varios dibujos trazados con mano infantil. En completo silencio comenzaron a trabajar. Cuidadosamente Víctor ligó las cartas a la cola de la cometa mientras Daniel hacía lo mismo con la manoseada foto de una linda morena adolescente. Terminados los preparativos, Daniel tomó el carrete de hilo y Víctor la cometa, esperando la orden de su hermano para impulsarla hacia arriba. Un intenso viento se la arrebató de las manos, haciéndola elevarse rápidamente por los cielos. —¿Alcanzará el hilo? Daniel asintió moviendo la cabeza, no quería pensar en el castigo que le propinaría la tía Julieta cuando supiera que toda su reserva de hilos había sido utilizada. Pasados varios minutos, la cometa llegó a alturas nunca antes logradas por volantín alguno. Y seguía subiendo más y más. Abajo, los dos hermanos, muy juntos, apenas divisaban el punto colorido en el cielo que era la cometa. Cuando la última hebra de hilo se soltó del carrete, Daniel cruzó su brazo por el hombro de su hermano, mientras lágrimas de felicidad surcaban sus mejillas. Al atardecer, desde la calle y las casas vecinas, aún se podía ver a los hermanos muy juntos y alegres mirando un punto invisible en el cielo.

Relato e ilustración: Jean Durand (Belloto Norte - Chile) Twitter: @Jean_DD Instagram: @artebreve Web: www.artebreve.com 176


Número 5

Mundos

Esparvero

«Hay otros mundos, pero están en este». Paul Éluard

ME cuesta comprender cómo en estos tiempos de progreso sigue habiendo leyendas. Antes nacían o se imaginaban, iban creciendo a la luz de hogueras o fuegos en noches de tormenta. Los sobrecogidos nietos de los narradores las contaban a los suyos tras una vida de meditación y pulido. Tardaban años y años en recorrer una comarca. Ahora con el ferrocarril, en unos días se hace cualquier trayecto, y con el telégrafo se envía un mensaje al otro extremo del país en horas. ¿Dónde queda la magia? Pero surgen nuevas leyendas, oscuras y terribles. Algunas tienen el inquietante barniz de la realidad. Una de ellas, la del «Viejo Elijah» me afectó cuando la leí en un detestable periodicucho local. Fue en un pueblo perdido y casi abandonado, tan cercano a mi localidad natal que de niño, con bicicleta, llegaba a sus puertas. No me daba miedo entonces. Era más pobre que el mío y más pequeño, pero no me daba sensación de maldad. Pero había cambiado. Estaba más cochambroso, más pequeño (o yo más grande) y sólo había alojamiento para un forastero en una pensión regentada por una viuda. 177


El Callejón de las Once Esquinas

Dos bares oscuros y mal surtidos. Muchos parroquianos sí que había, demasiado reservados y muy mayores. Algunos jugaban al dominó, pero sin la bulla y alegría que he visto en otros sitios. Tardé en relacionarme con ellos; si daba la impresión de que quería averiguar algo, se cerrarían en banda. Me salvó un compañero de la niñez, que ahora vivía en este pueblo y me reconoció. Dejé de ser un desconocido, pude sentarme con ellos e invitarles a su horrible whisky (eran esponjas). Pronto se comenzó a hablar sin reservas y, como sin querer, me enteré de que el bosque del viejo Elijah había vuelto a hacer de las suyas. A la segunda botella que se bebieron, yo no aguantaba ni un vaso, comenzó todo a fluir. Intentaré resumirlo. El viejo vino hacía más de cien años, quizás de la zona de Salem, seguro que de alguna de las expulsiones masivas de hechiceros y nigromantes. Tenía dinero y lo gastó para comprar una sencilla casa en las afueras y un gran terreno pedregoso, que incluía la mina de plomo abandonada y las antiguas ruinas de una especie de ermita. No le engañaron, le dijeron que, regando esa tierra, como mucho obtendría barro. Con sus propias manos plantó un bosquecillo de árboles raros y retorcidos, pero verdes y fuertes, a pesar de la poca lluvia y el terreno pedregoso. No transmitía paz pasear por allí. Algunas veces se le veía penetrar en él con un bastón y una mochila. A los pocos años comenzaron los problemas. Varios pastores habían perdido alguna oveja al cruzar el pequeño bosque. Uno se internó con perros pastores entrenados y desapareció uno de sus animales. Entraron hombres armados y comprobaron la reja de la mina. Luego fueron a las ruinas, ya casi invisibles, a 178

comprobar el foso. Nada anormal. Al salir, simplemente constataron que había desaparecido un miembro del grupo. Ni un grito hubo, y habían estado a la vista todo el tiempo. Eso ya eran palabras mayores. Ya no le echaban a Elijah la culpa; aquello ya no era robar ovejas. Entró un batallón de soldados haciendo cadena, mano de uno a sable del otro y barrieron el bosque despacio. Si un árbol molestaba, se abría la cadena y se cerraba al pasar. Al acabar no habían visto nada raro, pero faltaron tres soldados con sus armas y, a los pocos minutos, apareció una víctima perdida hacía unos días, demacrado, con una risita idiota y la mente quemada. Un oficial con seis voluntarios volvieron a entrar, fusil en mano y el dedo en el gatillo. Avanzaban muy juntos, despacio, vigilando los flancos, las espaldas y las copas de los árboles. Se perdieron pronto entre los árboles. Se oyeron dos disparos bastante cercanos. Un soldado regresó tambaleándose. Corrieron a ayudarle y murió sin llegar a decir nada coherente. Un disparo lo había herido. Su fusil no había llegado a disparar. Ya no salió nadie más. Vallaron el bosquecillo con alambre de espino y pusieron carteles avisadores pese a las protestas de Elijah. En pleitos estaba por ello cuando murió probablemente de vejez. El ayuntamiento se hizo cargo de la casa y del bosquecillo y nadie del pueblo ni de fuera los ha querido nunca, la maldad de la leyenda aún se percibe. Yo compré la casa por una miseria. La inmensa llave casi no cabía en mi bolsillo. Me di el gusto de abrir una casa cerrada e intacta hace casi cien años. Estaba pulcra y ordenada salvo por la capa de polvo. Unos libros vetustos de conjuros y magias, que era lo que yo codiciaba, estaban bien conservados. Solo uno de pergamino estaba deteriorado.


Número 5

El único lujo de la casa, un sencillo secreter, tenía plumas, tinteros secos y buen papel para escribir. Lo registré cuidadosamente alumbrándome con un candelabro, cajoncito por cajoncito, adorno por adorno, hasta que con un clac se abrió una puertecita en un sitio inesperado. Nada de valor monetario, un diario de tapas negras escrito con una letra de cuidada caligrafía lleno de esquemas de mecánica, cosas de brujería y contabilidad de la casa, todo mezclado. Costaría leerlo. Miré el final. Con letra algo temblorosa decía: «Me he descuidado, no soy eterno, mi vi-

da se acaba y no tengo sucesor. ¿Quién cuidará de mis criaturas? ¿Qué harán cuando el hambre apriete? Siempre pensé que yo resistiría más que mi oro pero has-

ta para mí los siglos pasan. Son listas, seguro que acabarán cruzando el portal hasta esta dimensión. Aquí hay mucha comida y ya han probado carne humana. Pensar en la herencia que os dejo casi me da remordimientos».

Un crujido espantoso se oyó afuera. A la luz de la luna algunos árboles del bosque se movían. Otro cayó con gran crujido. ¡Ya han salido! Ni la posibilidad del oro oculto ni los codiciados libros me retuvieron. Mi abrigo, mi bastón, mi sombrero, cerré la puerta y salí a buen paso hacia la estación. El primer tren llega al alba. Me gustan las leyendas pero no formar parte de ellas. Pero, escucha, ¿qué es ese ruido que se acerca por el bosque?

Esparvero (Zaragoza - España)

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El Callejón de las Once Esquinas

CAMINO DE LAS TORRES La esquina de los libros de autoedición

PALABRAS QUE VOLARON Alejandro Garaizar

Descarga libre y gratuita: www.cincuentapalabras. com/p/palabras-quevolaron.html

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Dicen que los microrrelatos están de moda porque para la sociedad actual, presa del torbellino de la prisa, la brevedad es un valor fundamental. Y, tal vez, también por eso, son considerados por muchos como un género menor, de consumo rápido. Si eres de los que prefieren sacar sus propias conclusiones, sumérgete en Palabras que volaron, la última antología del portal literario Cincuenta Palabras. Alejandro Garaizar, creador y responsable de esta comunidad de cuentistas, ha reunido por cuarto año consecutivo una selección de doscientos microrrelatos de entre los publicados entre los meses de octubre de 2016 y 2017 en cincuentapalabras.com. Todos comparten una misma seña de identidad: están escritos con cincuenta palabras, ni una más ni una menos, siguiendo la tradición de las mini-sagas británicas, popularizadas por Brian Aldiss. Seguro que ahora te estarás preguntando, ¿se puede contar una buena historia de forma tan breve? La prueba la tienes en esta antología en la que podrás leer relatos que te demostrarán que el esfuerzo de síntesis, acompañado de una sólida estructura narrativa y de la elección de las palabras precisas, da unos resultados extraordinarios. No es un libro para devorar en unas horas. Léelo despacio, saborea ideas, sensaciones, tramas oníricas o de denuncia social, de tono poético o surrealista. Algunos de estos relatos te harán sonreír, otros te impactarán y muchos se quedarán dando vueltas en tu cabeza. La sugerente portada de Ignacio Urtiaga plasma a la perfección el espíritu de esta colección de relatos: palabras que escaparon de la imaginación de sus autores para llegar hasta a ti. Explora el universo de Cincuenta Palabras y deja que te seduzca la fuerza de la brevedad.


Número 5

EL DESPERTAR El tipo l. ra ce is v ia b ra a n u Lo sacudió ncoesntruendo y todo él, desde elte cayó con gralas entrañas, vibró en un torren. puño hastaina. Era Dios: eterno, invenciblepride adrenal el pecho y liberó un aullido ulSe golpeó rostro desencajado recibió ex mitivo, y suñetazo de vuelta. tante el pu Alejandro Garaizar CASA ABARROTADA Lamentaba profundamente la insoportable carencia de idad. Pero ¿de quién desprendersesu? Elintim or, arrumbado en el trastero, apenas mam a. La melancolía, siempre al acecolhoes, tab condía tras las fotografías en blanco sey neesgr la soledad, alojada en los rincones deo. Y das las habitaciones, se negaba a dejartolo solo. Pablo Núñez H E LI O E D A N O B M O LA B am o s r t n o c n e la s o s niñ ndo y hablando en Desde qsueel rlo aspira ivertíamos. Una to a o m a b á s a p os d callado, sin N . s e il ím s o r e v in tonos oberto, un chico muy r. Le gritatarde R cuenta, empezó a flotaeguía ascendarnos e soltase aire, pero él s como un mos qu moviendo los brazos, ro. diendo Y entonces sonó el dispa pájaro. Ignacio Urtiaga

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El Callejón de las Once Esquinas

Cértamenes literarios del Barrio de Cunchillos, Tarazona (Zaragoza) Convocados por la Asociación de Vecinos "Virgen del Pilar" de Cunchillos y BlogCunchillos, están dirigidos a personas de cualquier nacionalidad, a partir de los 16 años de edad. El tema es libre, siempre que se mencione “Cunchillos” o se realice alguna referencia clara a dicha localidad o de algún elemento de la misma. Los plazos de entrega terminan el 24 de marzo de 2018, a las 22h. Los ganadores serán publicados en el Callejón de las Once Esquinas número 6. III CONCURSO DE MICRORRELATOS 400 Caracteres como máximo (contando espacios y signos de puntuación) y sin contar el título. Bases completas: https://blogcunchillos.wordpress.com/2018/ 01/26/iii-concurso-de-microrrelatosmicrocunchillos/ II CONCURSO DE RELATOS CORTOS Entre 480 y 6.620 caracteres (sin contar espacios, pero sí signos de puntuación) y sin contar el título. Bases completas: https://blogcunchillos.wordpress.com/2018/ 01/29/ii-concurso-de-relatos-cortos-cunchillosen-breve/

II CONCURSO DE MICRORRELATOS EN ARAGONÉS 400 Caracteres como máximo (contando espacios y signos de puntuación) y sin contar el título. Bases completas: https://blogcunchillos.wordpress.com/2018/ 02/12/ii-concurso-de-microrrelatos-enaragones-microcunchiellos/

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P a rt i c i p a en n u es t ra p rรณ x i m a c o n v o c a t o ri a

F ec h a d e p u b l i c a c i รณ n : p ri mera q u i n c en a d e j u n i o 2 0 1 8


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El Callejón de las Once Esquinas #5  

Revista de letras agitadas por el cierzo. Marzo 2018

El Callejón de las Once Esquinas #5  

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