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EL CALLEJÓN DE LAS ONCE ESQUINAS


EL CALLEJÓN DE LAS ONCE ESQUINAS

Revista de letras agitadas por el cierzo Número 2017 Número3 8­ -Septiembre Diciembre 2018

Revista de letras agitadas por el cierzo

PORTADA EDITA El Callejón deEDITA las Once Esquinas «Magic Box» Zaragoza El Callejón de las(España) Once Esquinas Zaragoza (España) AUTORA ISSN 2530-481X ISSN Shiori Matsumoto 2530­481X COORDINACIÓN http://www.ne.jp/asahi/secret/label/ Patricia Richmond COORDINACIÓN Patricia Richmond FOTOGRAFÍA La ilustración se ha reproducido con Esparvero FOTOGRAFÍA permiso de la autora. Esparvero Imágenes: excepto mención en contrario, de bancos libres de derechos Imágenes: excepto mención en contrario, de bancos libres de derechos (Pixabay, CONTACTO PhotoPin, Wikimedia). 11esquinas@gmail.com CONTACTO Blog: callejon11esquinas.blogspot.com.es 11esquinas@gmail.com Twitter: @11Esquinas Facebook: Blog: callejon11esquinas.blogspot.com.es www.facebook.com/11Esquinas Twitter: @11Esquinas El Callejón de las Once Esquinas Facebook: www.facebook.com/11Esquinas se encuentra bajo una Licencia Todos los relatos son propiedad de sus Creative Commons Atribuciónautores. Todos los relatos son propiedad de sus NoComercial-SinDerivadas 4.0 autores. Internacional .


Número 8

CONTENIDOS

Magia Plaza Aragón ....................... 4

Una palabra por aquí, otra por allá, un golpe de varita y... ¡Tachán! ¡Un relatazo esEscritor invitado: pectacular! ¿No funciona así, verdad? Lo sabemos bien quienes nos rompemos la José María Merino cabeza invocando a las musas por medio de toda clase de trucos. Recorremos pasillos oscuros, envolvemos murmullos en cantos de sirenas, hilvanamos metáforas en los baCalle Predicadores ............. 17 jos de mensajes que lanzamos al mar dentro de botellas de ilusión. Pero no siempre llegan a buen puerto y tenemos que volver a empezar. ¿Cuál es la receta para escribir un Relatos llegados de cuento impecable? Nadie la sabe; solo nos queda seguir leyendo, escribir y soñar con España, Argentina, Perú, que la magia de las palabras, algún día, México, Venezuela iluminará, al fin, nuestra chistera.

Camino de las Torres ....... 192 El libro del trimestre

Andrés Galindo

De magia sabe mucho Shiori Matsumoto, la elegante ilustradora japonesa autora de la portada de este número. También nuestro escritor invitado, José María Merino, que nos prestará las armas precisas para enfrentarnos a la fantasía que oculta lo cotidiano. Los valientes autores seleccionados en esta convocatoria nos hipnotizarán con cuentos de todos los géneros y estilos. Y un mago oscuro, Andrés Galindo, nos atará a su última criatura, Los libros y la noche. Todo esto es lo que vas a encontrar en el octavo número de El Callejón de las Once Esquinas: lee, comparte y escribe… la novena convocatoria ya está en marcha.

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El Callejón de las Once Esquinas

PLAZA ARAGÓN

FIRMA INVITADA

Fotografía de Daniel Mordzinski

JOSÉ MARÍA MERINO Ficción de verdad José María Merino nació en La Coruña en 1941, pero pasó su infancia en León, cuna del filandón, encuentro nocturno que reunía a personas para contar y escuchar cuentos. Él acudió a muchos de ellos con su abuelo y estas sesiones fueron las responsables de una vocación que, unida a su pasión lectora, fomentada por una magnífica biblioteca familiar, formaron a uno de los cuentistas más prolíficos y destacados del panorama literario español. Licenciado en Derecho por la Universidad Complutense de Madrid, ha ejercido su actividad profesional en diversos puestos del Ministerio de Educación. Además, ha sido director del Centro de las Letras Españolas del Ministerio de Cultura, colaborador en proyectos educativos de la UNESCO para Hispanoamérica y, desde 2008, académico de la Real Academia de la Lengua, en la que ocupa la silla m. Inició su carrera literaria como poeta, pero es más conocida su faceta narrativa, centrada en el cuento. Además, ha publicado literatura juvenil, microrrelatos, novelas y ensayos, por los que ha recibido numerosos premios: 4


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Premio Novelas y Cuentos en 1976, por Novela de Andrés Choz; de la Crítica en 1985, por La orilla oscura; Nacional de Literatura Juvenil en 1993, por No soy un libro; Miguel Delibes de Narrativa en 1996, por Las visiones de Lucrecia; Ramón Gómez de la Serna en 2003, por El heredero; Torrente Ballester en 2006, por El lugar sin culpa; Salambó en 2008, por La glorieta de los fugitivos; Castilla y León de las Letras en 2008; y el Premio Nacional de Literatura en 2013, por El río del Edén. Mantiene Merino que la ficción sirve para ordenar el caos del mundo y que él escribe para entender la realidad. En su discurso de ingreso en la Real Academia de la Lengua, «Ficción de verdad», profundizó sobre el proceso de invención de ficciones: La literatura se dirige a la razón, pero siempre a través de los atajos de la intuición y acaso ahí esté uno de sus destinos primarios, rastrear en la parte más enigmática de lo que nos constituye, para hacernos comprender con mayor nitidez lo que somos, también desde lo oscuro y lo poético.

El problema de la identidad, el desdoblamiento y la vida como sueño, con la incorporación de lo fantástico, son elementos que caracterizan su obra. Su alter ego, el personaje del profesor Souto, protagonista de muchos de sus cuentos, es buen ejemplo de esas constantes temáticas. Defiende el papel de la literatura como fuente del conocimiento que forma al lector frente al mundo y que los libros le enseñan y le ayudan a comprender. Pero no falta la ironía en su obra y ha sabido explotar el juego entre realidad y ficción incluso con experimentos literarios. Por ejemplo, la invención de Sabino Ordás, un intelectual apócrifo construido junto a sus amigos Juan Pedro Aparicio y Luis Mateo Díez, cuya obra ha sido objeto de estudio y hasta de congresos. Lo inesperado es, sin duda, el elemento más característico de su obra, especialmente en los cuentos, en los que utiliza tanto la vida cotidiana como todo el imaginario fantástico (ciencia ficción, fantasmas, mundos mágicos…) para alcanzar la anhelada comprensión de la realidad despersonalizada, simbolizada en muchos de sus textos por la ciudad hostil, frente al mundo mágico y añorado de la infancia, el de su tierra leonesa o el de una ciudad de cúpulas malvas... 5


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LOS LIBROS DE JOSÉ MARÍA MERINO

Sitio de Tarifa (1972) Cumpleaños lejos de casa (1973)

Mírame Medusa y otros poemas (1984)

Novela de Andrés Choz (1976) El caldero de oro (1981) La orilla oscura (1985) El oro de los sueños (1986) La tierra del tiempo perdido (1987) Las lágrimas del sol (1989) El centro del aire (1991) Las visiones de Lucrecia (1996)

Cuatro nocturnos (1999) Los invisibles (2000) El heredero (2003) El lugar sin culpa (2006) La sima (2009) Las antiparras del poeta burlón (2010) El río del Edén (2013) Musa Décima (2016)

Cuentos del reino secreto (1982) El viajero perdido (1990) Cuentos del Barrio del Refugio (1994) 50 cuentos y una fábula (1997) La casa de los dos portales y otros cuentos (1999) Días imaginarios (2002) Cuentos de los días raros (2004) Cuentos del libro de la noche (2005)

La glorieta de los fugitivos (2007) Las puertas de lo posible: cuentos de pasado mañana (2008) Historias del otro lugar. Cuentos reunidos, 1982-2004 (2010) El libro de las horas contadas (2011) La trama oculta (2014) Aventuras e invenciones del profesor Souto (2017)

El oro de los sueños (1986) La tierra del tiempo perdido (1987) Las lágrimas del sol (1989) La edad de la aventura (1995) El cuaderno de las hojas blancas, Regreso al cuaderno de hojas blancas,

Adiós al cuaderno de hojas blancas (1996 a 1998) No soy un libro (1997) Las mascotas del mundo transparente (2014)

FÓRMULA SOBRE LA NATURALEZA DEL CUENTO Intensidad, inversamente proporcional a extensión. Por supuesto, con tres elementos imprescindibles: originalidad, concisión y armonía. Y sin olvidar que un cuento tiene que moverse dramáticamente, tiene que contar algo, precisamente, por poco que sea. Lo poco no es antónimo de lo bueno. Sólo hay una ley para que un cuento sea bueno: que hable de lo que hay por debajo de las apariencias.

JOSÉ MARÍA MERINO 6


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EL HOMBRE PRONUNCIABA primero una palabra, «¡Sinara!», admirativamente, como una interjección, y luego desplegaba los brazos. Enseguida, ahuecando la voz como si comunicase un secreto, exclamaba «¡Sinara, cúpulas malvas!». A veces ya no decía nada más durante el tiempo que permanecía en la taberna. Otras, después de girar las espaldas para apurar el vaso de vino, se volvía de nuevo y entonaba alguna alusión que iba completando la sugerencia de un mundo lejano y misterioso: torres blancas, zócalos azules, carneros de cuernos dorados, los ojos pintados de las niñas. Sinara, cúpulas malvas. Iba para asegurador, pero aquellas palabras acabaron desviando el camino de su vida, y mostrando la señal de un destino, como

un mensaje que aquel hombre alto y flaco, de nariz muy roja y pómulos cubiertos de venillas, se hubiese visto obligado a llevar ante él para transmitírselo. Desde los primeros momentos de su aparición en Los Porrones, todos los parroquianos consideraron que las alusiones del forastero eran fruto de un delirio, y solo la compostura que mostraba hizo que hasta el propio Manolo tardase en descubrir su permanente estado de intoxicación alcohólica. Sin embargo él, frente a la burlona mirada general, a partir de la dolorosa convalecencia de la paliza que había recibido, amoratado todavía el ojo izquierdo, dolorido el torso, los testículos aún muy hinchados y molestándole al caminar, encontró de repente en la exclamación 7


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del forastero, ya identificada como un topónimo, no solo un inimaginado esplendor arquitectónico, sino la referencia certera de una orientación, de un rumbo a seguir. En Los Porrones solían hacer la segunda de las tres estaciones que, cada jornada, interrumpían el largo paseo previo a la cena. La academia estaba en la calle de la Montera, casi en la Red de San Luis. Iba allí todas las tardes con Baudilio y con Alejo, otros dos jóvenes compañeros de trabajo que esperaban, como él, perfeccionar en aquel lugar sus conocimientos mercantiles y contables. Desde sus ventanas se podía contemplar el gran templete de piedra gris, con la marquesina de cristal ya muy sucio por el paso de los años, que servía de entrada al metro. Al terminar las clases, los tres encaminaban sus pasos hacia el barrio del Refugio, empezando por la calle de la Ballesta, que les ofrecía el espectáculo gratuito del puterío callejero en sus primeros trajines, y hasta algún altercado grotesco. La primera estación estaba en la taberna sin nombre que ellos llamaban de Santa Bárbara, en la calle del mismo nombre, un local lóbrego, con las paredes tan sucias que parecían de madera y, pegados en ellas, unos carteles también cochambrosos que apenas dejaban atisbar los ojos inciertos de los toros que embestían y de los toreros que alzaban el capote. El tabernero de Santa Bárbara había sido banderillero, estaba en mangas de camisa hasta en los más recios días del invierno y dedicaba una atención mimosa a rellenar y mantener alineadas las frascas que servían para escanciar el vino de la parroquia. Alguien había dicho que aquel tabernero era rojo y, aunque nunca hablaban de política, su solidari8

dad amistosa hacia Baudilio, a quien los nacionales habían fusilado a un tío, según les contó en una confidencia nunca repetida, les hacía entrar en la taberna con cierto sentimiento de ofrenda y unión trascendente, como los fieles acceden al templo de su culto. El vino de Santa Bárbara era de la comarca del Pardillo, un poco dulce, de color de orines, y lo paladeaban en silencio, como en una comunión. De la calle de Santa Bárbara, tras girar en la del Espíritu Santo, iban a la de Jesús del Valle. Allí, en la esquina con la de El Escorial, estaba Los Porrones, una taberna que regentaba un sevillano llamado Manolo, que siempre tenía la colilla de un faria entre los dientes y que, a voluntad del cliente, servía su valdepeñas en vasos o en las pequeñas redomas que daban nombre al establecimiento, y acompañaba la bebida con una tapa de aceitunas aromáticas, que se ufanaba de haber aliñado él mismo. La tercera y última estación estaba mucho más lejos, después de que, calle Pizarro abajo, tras cruzar la del Pez, las calles de la Luna y de Silva les condujesen a la Gran Vía y, desde la plaza del Callao, la de Carmen hasta las callecitas previas a la Puerta del Sol. Para su última libación no solían ser fieles a una sola taberna, y luego se separaban. Alejo y Baudilio se metían en una boca del metro, y él volvía los pasos para caminar hasta su pensión, en la calle de Chinchilla. Todo lo que le permitía subsistir en Madrid se relacionaba con su tía Amelia: ella, por mediación de un primo, le había colocado en la compañía de seguros en que estaba aprendiendo los secretos del oficio y ganándose los primeros sueldos de su vida, ella pagaba los gastos de la academia donde se preparaba para


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alcanzar el profesorado mercantil, y ella había conseguido también que doña Crucita, la dueña de la Pensión Manchega, amiga de la infancia, le hiciese un precio muy bueno, aunque lo barato se compensaba con la servidumbre de compartir el hospedaje con los que se llamaban clientes no estables, viajeros que permanecían solo una o dos noches, en una habitación con tres camas niqueladas donde a menudo se instalaba una turca supletoria. Era una pensión de mucho movimiento, por la que pasaba gente de La Mancha pero también extranjeros, sobre todo portugueses. Los únicos clientes fijos, estables, como le gustaba decir a doña Crucita, eran, con él, un inspector de policía, que llevaba una pistola enfundada bajo el sobaco izquierdo, un muchacho oriundo de Herencia que estudiaba Bellas Artes y admiraba mucho la pintura de Dalí, un opositor a Aduanas, y las chicas del ballet de Pepita Purchena. El policía, al parecer íntimo amigo y protector de doña Crucita, era fornido y de poca estatura, y cuando se quitaba la americana resaltaba entre los tirantes la estrafalaria adiposidad de su arma. Pasaba del abrupto silencio a la generosa verborrea, era capaz de discutir por cualquier cosa, llegaba a mostrarse muy iracundo y, cuando perdía los estribos, echaba mano a la pistola y la empuñaba hasta que los nudillos se le ponían blancos, aunque nunca llegaba a desenfundarla. Aquella era una pensión con pretensiones de formalidad y decencia, y a las chicas del ballet, cinco contando a su directora, solamente se las veía aparecer en el comedor a la hora del almuerzo y de la cena. A mediodía, cuando acababan de le-

vantarse, las chicas, sin maquillaje, parecían muchachas comunes, casi unas adolescentes reunidas para almorzar en torno a su maestra. Pero de noche, aquellas muchachas pálidas, de pelos desordenados y gris desaliño hogareño, se convertían en seres deslumbrantes, mujeres de grandes ojos acaramelados palpitantes de reflejos, de sensuales bocas rojas, que mostraban en sus ceñidas vestiduras redondeces de hembras cumplidas, y que habían cambiado su mortecino silencio de la hora del almuerzo por unos bisbiseos maliciosos, que solían rematar en breves risas abortadas por la seca mirada de aquella especie de maestra, transformada ella también a la hora vespertina en una elegante dama con las piernas enfundadas en medias oscuras que hacían resaltar aún más la piel blanca que cubrían, y en lo alto de la cabeza un moño apretado, terso y brillante como una corona. Rompían a reír sin trabas cuando, después de cenar, salían al descansillo de la escalera, camino de la sala de fiestas en que actuaban, y sus voces resonaban en el comedor como un eco de la noche bulliciosa de cabarets y bares de alterne cerrada para los estudiantes y los empleados primerizos. El estudiante de Bellas Artes, que hacía ostentación de la superioridad mundana que se atribuye a los artistas, exclamaba «¡Otra noche loca!» al escuchar aquellas risas que llegaban desde el descansillo, y se echaba a reír él también con una risa torcida, perversa, en la que pretendía transmitir la cifra segura de las ocupaciones de las chicas de Pepita Purchena hasta la madrugada, en que la danza española habría sido solamente la obertura propiciatoria del tráfico de los cuerpos. Él se sentía incómodo al pensar que aquellas adolescentes del mediodía, 9


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parecía congruente con el tenebroso paisaje del patio de luces. Él estaba de espaldas a la ventana. Ella, la de apariencia más joven de todas, de espaldas a la pared frontera. Y en cada almuerzo y en cada cena, fue naciendo entre los dos una comunicación muda y furtiva a través de miradas breves, intensas, repetidas, controladas con tanta destreza, que nadie era capaz de advertirlas, en aquel tiempo en que el lenguaje de los ojos estaba en la práctica común, de modo que cualquier exceso solía ser descubierto con facilidad por el acecho colectivo. La conversación muda de sus miradas fue desarrollándose a lo largo de muchos días, de manera que él aquellas bellezas de musical americano comenzó a esperar los momentos del alde las noches, fuesen más que nada unas muerzo y de la cena con el gozoso desaprofesionales de lo venéreo, iguales en sosiego de las citas amorosas. la intimidad de su labor a las mujeronas que se vendían para cualquier menester Su primera comunicación verbal tusexual en las calles de Echegaray o de la vo lugar una madrugada. El estudiante Ballesta. Se sentía incómodo, sobre to- de pintura le había invitado a una espedo porque había hallado en la mirada de cie de guateque que organizaban unos una de ellas un mensaje repetido, que paisanos en el estudio de otros comno parecía fácil que pudiese encenderse pañeros, y que resultó una destartalada con tanta espontaneidad en lo que él y fría nave de la Ciudad Lineal. Cada creía que debían de ser las actitudes or- participante había llevado una botella dinarias de aquella clase de mujeres. de vino o de licor, y la mixtura de bebiEn el comedor, los fijos tenían la cos- das los puso enseguida ebrios y patosos. tumbre de la hora y del sitio. Él almor- Aparte de beber y de observar cómo los zaba en el último turno, recién llegado artistas del estudio mostraban sus obras de la compañía de seguros, y era tam- con mucha palabrería, se cantaron canbién a esa hora cuando bajaban las chi- ciones que uno acompañaba a la guitacas del ballet de Pepita Purchena, que rra. ocupaban dos habitaciones en el piso Ya no funcionaba el metro ni había superior. Ellas se sentaban, con su direc- autobuses cuando el estudiante de pintora, en la mesa redonda del rincón, que tor y él iniciaron el regreso a la pensión. un aparador lúgubre aislaba un poco del Durante mucho tiempo, aturdidos por resto de la estancia. Él, con el estudiante la bebida, atravesaron sin hablar las cade Bellas Artes, el policía y el opositor, lles vacías de la ciudad, entre el silencio al otro lado del aparador, junto a una de que enaltecía la titilación de los semáfolas dos ventanas cuyo gran tamaño no ros. Llegaron al fin al portal de la pen10


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sión en el mismo momento en que Luis, el sereno, un hombre desaseado que manejaba el chuzo con aire de mandoble, como un antiguo guerrero sanguinario a la búsqueda de encuentros mortales, abría la puerta a las chicas del ballet. No era raro que el decrépito ascensor se averiase, por algún cortocircuito que dejaba también sin luz el portal y las escaleras, y aquella noche hubo que subirlas a pie, conducidos por la linterna del sereno. A la luz cárdena de los faroles, él había advertido la acogida cálida de la mirada de ella. Luego, al subir las escaleras precedidos por el cuerpo bamboleante y las palabras roncas y confusas del sereno, él se retrasó y pudo percibir que había en ella también una actitud de espera. Fueron los últimos en ascender. Los pasos de todos retumbaban y hacían crujir los peldaños de madera, el pintor respondía con burla a las invectivas obscenas que componían el lenguaje del sereno, y de repente ella buscó la mano de él en la oscuridad, y él sintió en aquel apretón la intensidad palpable de las miradas que los habían ido enlazando a lo largo de los meses. En el segundo descansillo, ella se detuvo, lo empujó contra el marco de una de las puertas, buscó sus labios con su boca, que olía a alcohol, y le dio un beso breve pero profundo, un lengüetazo que entró en su boca como el anuncio de una entrega. Mas enseguida se separó y, sin soltar su mano, continuó subiendo las escaleras. Antes de llegar al tercer descansillo se detuvo otra vez y, en voz muy baja, dijo que se llamaba Albina. «Yo me llamo Víctor», musitó él. Pero ya la comitiva había alcanzado el piso en que el pintor y él dormían, y se separaron.

pensión se alteraba, se hacía más largo el tiempo de los desayunos, los turnos de comedor, a mediodía, quedaban también difusos porque mucha gente infringía las costumbres de hora y de sitio, urdía en los pasillos tertulias perezosas, y doña Crucita aceptaba con resignación aquella anarquía. Era también un día en que los inquilinos, sin prisas, cambiaban de piso en busca del baño vacío, y erraban con familiaridad por pasillos que no eran los suyos. Fue aquel mismo domingo, el que siguió a la fiesta de la Ciudad Lineal, cuando tuvieron el primero de sus verdaderos abrazos. Era la media mañana y el pasillo olía a camas deshechas, a pan tostado y loción de afeitar, y sonaban algunas radios desperdigadas en las habitaciones, como señales del ocio del día. Él adivinó que era ella quien estaba en el baño antes de que se abriese la puerta, como si el brillo de sus grandes ojos oscuros hubiese atravesado las rugosidades traslúcidas del vidrio para transmitirle su segura cercanía. Luego, cuando la puerta se abrió con un aliento a vapor jabonoso, se encontraron uno frente al otro, solos en el pasillo. Cubierta por una bata rosada, ella, la adolescente de los mediodías, olía a colonia de limón. Había junto a aquel baño una pequeña estancia en que se guardaban los trastos de la limpieza, y la buscaron con rapidez, como un refugio. Allí, reclinados contra una escalera de tijera, entre el aroma a cera y aguarrás, volvieron a besarse, y sus manos se acariciaron, y el impulso de sus cuerpos, que durante tanto tiempo habían ido preparando sus miradas furtivas, pudo encontrar su cauce y su culminación. El abrazo duró muy poco, porque ambos se habían encendido en un deseo que no necesitó Los domingos, la firme rutina de la preámbulos para consumarse, y porque 11


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conocían bien las restricciones y cautelas a que debían estar preparados. Antes de su separación, jadeantes, al despegarse de su beso, ella le prometió que estaría allí otra vez el siguiente domingo, a la misma hora. Durante otros tres domingos, repitieron aquellos breves encuentros en el trastero, disfrutaron de las caricias austeras de los amantes furtivos e indigentes, que deben economizar su tiempo y aprovechar solamente lo más sustancioso de sus deseos. El olor de la cera se mezclaba con el de la colonia de limón y ponía en aquellas cópulas breves y contundentes una señal doméstica. Luego, los almuerzos y las cenas les permitían las miradas instantáneas, detenidas apenas en su fugacidad, en que se concentraba un fogonazo de pasión compartida, de mutua confianza. El cuarto domingo estaban tan enardecidos, que él pudo ofrecerse dos veces en el escaso tiempo de su escondite. «Yo quiero irme lejos, lejos —le dijo luego ella—, lejos de esta mierda. Ven conmigo, nos iremos juntos», añadió. Murmuró que tenía un primo que había emigrado, y un amigo del pueblo que le ayudaría en lo del pasaporte. Él, mientras atisbaba el pasillo tras ponerse los pantalones del pijama, no contestó nada, pero aquella declaración le desconcertó y, en las miradas de los ojos negros y grandes que fueron marcando los almuerzos y las cenas de los días sucesivos, le pareció encontrar no solamente el recuerdo de la pasión que, con todo lo precario de sus abrazos, habían conseguido cumplir, sino algo más complejo, la confirmación de aquellas palabras que proponían la huida a un punto lejano, mucho más allá de la compañía de seguros, de la academia, de las tabernas de la tarde, de los trastos olorosos a trapos de limpieza y de los pasillos de la 12

Pensión Manchega. Una noche, a finales de la misma semana, el policía secreta amigo de doña Crucita se sentó a cenar con unos colegas portugueses que solían visitar la ciudad para lo que la patrona llamaba muy ufana asuntos oficiales. El campeonato de fútbol de la Copa de Europa atravesaba una fase muy emocionante, y en la mesa de los policías la conversación sobre el asunto se iba haciendo riña. El pintor, el opositor y él asistían con cierta perplejidad a la creciente violencia de la discusión, mientras las chicas del ballet de Pepita Purchena terminaban de cenar en su rincón, preparadas para salir hacia su trabajo en su avatar de mujeres cautivadoras. De pronto, el amigo de doña Crucita levantó su pequeño y ancho cuerpo soltando un juramento, y echó mano a la pistola, en aquel gesto que marcaba la crisis final de su exaltación. Sus compañeros de mesa se abalanzaron sobre él para impedir que se completase el movimiento que parecía anunciar aquel gesto, hubo un forcejeo, sonó un disparo y el fornido policía lanzó un ronco grito de dolor. Pepita Purchena abandonó bruscamente la mesa de las bailarinas, se puso a inspeccionar el daño que, sin salir de la sobaquera, había causado la pistola, y empezó a gritar que era urgente atajar la hemorragia. Los portugueses, al apartarse para dejar actuar a la improvisada enfermera, hicieron caer soperas y jarras de agua de las mesas inmediatas. Todo eran voces, gestos desorientados, y doña Crucita llegó desde su cuarto gimiendo con aire despavorido. En medio del tumulto, ella se acercó a él y murmuró que tenían que hablar, y él la llevó deprisa a su dormitorio, cuya puerta estaba en el otro lado de aquel mismo


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tramo de pasillo. Se sentaron en una de las camas, apenas iluminados por la luz que llegaba a través del montante, y ella le dijo que había conseguido sus papeles y que estaba decidida a marcharse, y volvió a pedirle que la acompañase. Le sujetaba las mejillas entre sus manos y le daba besos pequeños, cariñosos, con aquellos labios suyos cargados de pintura en que él encontraba un sabor a mujer de lujo, tan excitante como el espeso olor a perfume que la envolvía. La muchacha que se le había entregado con tanto ardor aquellas mañanas de domingo, metamorfoseada en una mujer destinada a noches de fiesta que él no podía permitirse, y que le estaba hablando y besando con tanto amor, exacerbó su deseo. En la penumbra oscurísima de la gran alcoba, las tres camas ofrecían la inmovilidad de un cobijo seguro. Atendiendo a las exigencias de sus caricias, ella bajó la cremallera de su vestido, y se abrazaron sin pensar en otra cosa, sintiendo la acogedora blandura de un colchón bajo sus cuerpos. Luego sabrían que, tras anudar al fin con las cintas de un mandil el muslo del herido, y poner desinfectante en la herida, mientras unos buscaban un médico, otros habían decidido trasladarlo a una de las camas de la pensión. El peso y la envergadura del cuerpo, y la inercia de su transporte, hicieron que los portadores desechasen las habitaciones que se abrían a derecha e izquierda, para buscar la que, al fondo, permitía un acceso sin maniobras. Abrieron la puerta, encendieron la luz, y pudieron ser testigos del íntimo abrazo que ceñía los cuerpos del chico de Tomelloso y de la más joven bailarina del ballet de Pepita Purchena. Aquella escena, fuera de peligro el policía, fue un escándalo en la pensión.

Doña Crucita habló con él no solo para reprocharle la mancha en la honorabilidad del establecimiento, sino para recordarle cómo la tía Amelia lo había cuidado desde el accidente en que fallecieron sus padres, y que tenía derecho a esperar de él que se labrase un porvenir y no anduviese en enredos con mujeres que no podían darle otra cosa que quebraderos de cabeza, si no arruinaban su salud para siempre. El ballet de Pepita Purchena dejó de coincidir con el turno de comedor a que él asistía, y el domingo siguiente esperó inútilmente en el trastero la llegada de ella. Una noche, muy avanzada la madrugada, Luis el sereno entró en su habitación para despertarlo con brutales sacudidas. «Vamos, vamos —decía—, despierta de una vez, te llaman abajo». Y tras apurarlo para que se vistiese, lo condujo agarrado de un antebrazo, como quien lleva a un detenido, hasta depositarlo en el portal, donde estaba ella. Como si todavía estuviese soñando, escuchó lo que ella le decía, entre murmullos agitados. Había dejado la sala de fiestas al terminar el número, aprovechando el momento de cambiarse. Se marchaba de Madrid, y se iría de España. Pero antes había pasado por allí para avisarle. Le dijo el tren, la hora, el destino. Y otra vez le pidió que se fuese con ella y le llamaba Víctor, mi vida, y le decía que estarían siempre juntos queriéndose, ayudándose. A la luz escasa de las farolas que se colaba por el enrejado de las puertas, en los ojos de ella permanecían los signos de ternura que habían marcado el proceso todo de sus miradas. Repitió que estaría esperándole en la estación hasta el último momento, y por fin se fue, y él la vio irse calle abajo con su gran bolsa colgada del hombro, casi corriendo, 13


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mientras Luis se le acercaba, golpeaba con el chuzo en el suelo como si quisiese romperlo y blasfemaba para advertirle que tuviese cuidado con meterse en líos, que las gachises como aquella solo servían para que los hombres acabasen malamente. Paseó alrededor de la manzana, asumiendo en el cuerpo mal arropado el fresco de la noche como un estímulo necesario para despertar del todo. Sin embargo, se encontraba amodorrado, como perdido en un sueño de inmovilidad, incapaz de reaccionar. Por un lado, la proposición de ella, su decidida invitación a seguirla en aquella huida aventurera, su promesa de amorosa compañía, lo llenaba de júbilo, consciente de que aquel afecto era el mejor y más cálido tesoro de su vida. Por otro, sentía un miedo atroz. Acababa de recibir la tercera de sus pagas mensuales, estaba en condiciones de sacar el billete y de subsistir algunos días, claro que habría modo de cruzar la frontera, pero el cálculo de sus menguados recursos lo amedrentaba aún más. Además, pensaba en su aprendizaje de una profesión, en el señor Ribalta, que le contaba solemnemente sus peripecias a la conquista de pólizas de vida, en el señor Pi, que le señalaba con sabiduría los manejos tortuosos que se ocultaban detrás de muchos incendios al parecer fortuitos. Evocaba con certeza su aspecto de caballeros respetables. Estaba ahorrando para comprarse un terno, y unos zapatos nuevos, y tenía el propósito de demostrar a sus amigos, en vacaciones, que empezaba a ser una persona con algo de dinero en el bolsillo. A veces había estado en la cantina de la estación tomando una caña, y había visto a aquellas gentes desarrapadas que, con sus pobres maletas, iniciaban el camino del extranjero. 14

Volvió a sentir miedo, pero comprendió que era el frío, que ya le había calado, y regresó a la pensión, se acostó y estuvo despierto el resto de la noche, hasta que se sorprendió de encontrarse sentado al lado de ella, en un departamento de un tren que se alejaba. Mas era solo una breve imagen soñada, que lo hizo sobresaltarse y despertar otra vez. La noche del día siguiente, cuando regresaba de su periplo por las tabernas habituales, antes de que llegase al portal, un par de hombres cuyos rostros apenas pudo ver se le echaron encima, lo agarraron y le exigieron con voz acuciosa que les dijese dónde estaba ella, que no mintiese, que conocían por el sereno la visita de la noche anterior. Dijo que ella se había ido de España y le pegaron, lo tiraron al suelo, y siguieron golpeándole hasta que el retumbar del chuzo en el adoquinado y la voz de Luis pidiendo que lo dejasen interrumpieron la agresión. Hubo que llevarlo a la Casa de Socorro, y luego estuvo hospitalizado casi una semana cubierto de hematomas y sintiendo muchos dolores, regresó a la pensión y a la vida habitual. Y fue uno de aquellos días, mientras tomaba su ritual vaso de vino en Los Porrones, cuando en las palabras del hombre alto de pelo gris cortado a cepillo que, tras mirar fijamente a los parroquianos, pronunciaba el nombre de Sinara y extendía lentamente los brazos para repetir «Sinara, cúpulas malvas», le pareció descubrir una significación nunca antes advertida por él. Su convalecencia, con las molestias de los cardenales y aquellos testículos inflamados y doloridos, le había dejado una aguda conciencia de pérdida, y recordaba la negrura caliente de los ojos


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de ella, la desesperada energía con que aprovechaba el tiempo de sus abrazos para concentrar en él toda su pasión, su aspecto de frágil adolescente a la luz del día y de mujer rotunda cuando llegaba la noche. Recordó también su propia indecisión y su miedo, y comprendió, a una luz brusca e implacable que marcaba su derrota, que había dejado perder la única riqueza de su vida. Sinara, sus torres blancas, los ojos pintados de las niñas, los carneros de grandes cuernos dorados. Sinara, la brisa azul del desierto, de tres a seis, los pétalos amarillos, la lluvia de pétalos, de nueve a once. Sinara, cúpulas malvas. El verano se adelantó mucho aquel año, y una mañana se encontró en una cola de hombres sudorosos, ante una oficina de alistamiento militar. Ya no pensaba en el señor Ribalta, ni en el señor Pi, ni en la pobre tía Amelia. Renunciaba para siempre a conocer como el padrenuestro los prolijos cálculos de las tarifas de las pólizas, dejaba para otros las glorias del ramo de pedrisco, de cristales, de accidentes de trabajo. Deshonrado por el miedo de aquella noche, intentaba rehabilitarse buscando lo que podía haber detrás de aquel nom-

bre, el espacio diferente en que pudiese concederse la absolución para una inmovilidad cobarde que ya no tenía remedio. Cuando se cumplió el plazo de su compromiso, conocía el funcionamiento de muchas armas, tenía en un hombro la cicatriz de un balazo y sabía conducir grandes vehículos. Se quedó en aquellas tierras, acabó siendo dueño de un camión, transportaba mercancía de un lado a otro. El alcohol, el hachís, esa ternura que puede haber también en el sexo mercenario, los peculiares espacios de su trabajo, le daban a su vida el gusto de las aventuras inesperadas. Y transcurrieron más de quince años. Nadie le había podido decir dónde estaba Sinara. Esta mañana, muy al sur, un viejo conocido, al verlo llegar, se ha quitado el fez y ha agitado un periódico, gritándole que Franco ha muerto, y muchos recuerdos dispersos se congregan de repente en su memoria, reconocibles y llenos de fulgor. En sus desplazamientos por lugares desconocidos suele acompañarlo un nativo de la zona, y el que viaja hoy con él 15


El Callejón de las Once Esquinas

es un muchacho moreno, de manos finas. Al doblar una curva, aparece una pequeña ciudad. Tiene torres blancas, un intenso azul marca los zócalos y los marcos de las puertas. Cúpulas malvas coronan las murallas. El muchacho no conoce el nombre del lugar, y la palabra Sinara no le dice nada. Aunque no es el destino del viaje, él busca un lugar para detener el camión, deja al joven acompañante a su cuidado y recorre la ciudad en un lento paseo. Las cúpulas malvas brillan a la luz de la tarde. Cree que los ojos negros de una muchacha que pasa le van a devolver el mensaje de cercanía y calidez de aquellos otros ojos, pero enseguida descubre en ellos la confusión burlona ante el ex-

tranjero. Él le pregunta si aquello es Sinara, y ella, cuando es capaz de comprender su chapurreo, sacude la cabeza negativamente, dice otro topónimo, sonríe, echa a andar apresurando el paso. El almuédano llama con su canto a una de las oraciones del día, y él sigue detenido mientras la muchacha se aleja. Luego piensa que se hace tarde, que estas carreteras son muy malas y que nunca las ha recorrido, de manera que decide reemprender la marcha, y se dirige hacia el camión mientras considera, con una amargura sin pena ni nostalgia, que Sinara ha sido solamente un espejismo, una alucinación lejana y ajena, porque Sinara no existe.

Sinara, cúpulas malvas es un relato del libro Cuentos de los días raros (Alfaguara, 2004).

Nuestro agradecimiento a José María Merino por su permiso para su publicación en El Callejón de las Once Esquinas. 16


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CALLE PREDICADORES Eduardo Martín Zurita Raúl Garcés Carmelo Carrascal José Luis Díaz Marcos Yolanda Gil Jaca Ignacio Urtiaga Luisa Hurtado Pablo Núñez Patricia Richmond Raúl Ariel Victoriano Margarita Wanceulen Carlos Enrique Saldívar Ángel Saiz Mora Juana María Igarreta Luisa Horno Antonio D. Araújo Gutiérrez Silvia Amezcua Alba G. Callejas Héctor D. Olivera Campos Isabel Pedrero Enrique Mochón

19 Dónde va a parar 22 Visita guiada o donde habita el silencio 23 Seres voladores 27 Ruido y furia 30 Dónde van los patos en invierno 32 Intervalos nubosos 35 Otra vez 37 Trece cartas 45 La fatiga del soplador de vidrio 51 En la ribera al lado del muelle 59 Atahí 64 Diosa de los estropeados 72 Turbulencias del corazón 74 El secreto de Blancanieves 75 Camino de Santiago 79 Los cristales rotos 82 El intruso 85 La última dríade 94 Greenwich Mean Time 103 Madre 106 Carta apócrifa de Sancho Panza a Teresa Panza

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El Callejón de las Once Esquinas

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Héctor Núñez Esparvero Carmen Martínez Marín Joel Almeida García Oswaldo Castro Sonia Serna José A. García Isidro Moreno Susana Pons Víctor A. Parra Avellaneda Mario López Araiza Valencia Damaris Gassón Luis González Luis J. Goróstegui Juan Sergio Díaz

110 113 115 117 123 127 131 138 139 142 150 153 156 159 169

Plinio el Bizco Enrique Angulo Gleiber Alvarez Manuel Serrano

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Evolución Visiones Se irá el invierno Corre, no te detengas Control de daños Un desván en el castillo Brand Agard y su insólita historia Viajero empedernido La cuentista Desenterrados Equilibrio Predestinación Mitografía Declaración Universal De los acontecimientos ocurridos tras la muerte del señor Rivera Los espiritistas Letra pequeña Charla con Lettys Asesinato en el Olympia


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Dónde va a parar

Eduardo

Martín Zurita Necesito pocas cosas y las pocas que necesito, las necesito poco… A MARITA se le abría tanto la boca que parecía la de un buzón. Se le agrandaba a intervalos lo suficientemente cortos como para darme a entender que algo no marchaba entre nosotros. Y qué podía hacer yo sino corresponder con otra apertura bucal al más puro estilo leonino. Eso de los bostezos es de lo más contagioso que existe en el mundo. Colocando la palma de la mano delante de los labios, y retirándola después, le dije: —Deberíamos hablar, ¿no lo crees tú así? Ella bajaba y subía la cabeza en señal afirmativa. Desde que Luisito se marchó a Miami no levantábamos cabeza. La casa se nos venía encima. El servicio no servía más que para agobiarnos. Un palacio por casa y las vidas nuestras se desenvolvían a cuerpo de rey, con menos gastos sin Luisito, es decir, con la posibilidad de darnos más caprichos.

Pero no había manera de que esbozáramos la más tímida de las sonrisas. Reír se había convertido en una prohibición para nosotros. Siempre con caras de funeral y gestos de lo más retraídos. De qué te quejas, le escupí a Marita, pero no en sentido recriminatorio sino por hablar de algo. —Si lo que yo tengo es el «joyesterol» alto —se lamentó, llevándose la mano, sin llegar a acariciarlo, a uno de los pendientes de oro rosa con diamantes, y yo, naturalmente, no esbocé ni la más tímida de las sonrisas. Permanecí como si me hubieran tensado con algún raro aparato todos los músculos de la cara. Miré al jardín, el viento había cambiado de dirección. Los lirios del valle parecía que fueran a colarse por las cristaleras en el salón “C” del ala norte, donde nos encontrábamos repantigados en un chéster revestido con pieles de pantera negra. Incómodos. Me solté: —Tenemos lo que año tras año he19


El Callejón de las Once Esquinas

mos ido sembrando. ¿No queríamos que nuestro hijo tuviera la mejor preparación posible al margen y además de su titulación universitaria? ¿No se veía venir lo de la crisis económica? ¿No ha sido Luisito, ya desde niño, modélico, tanto como para no darnos el menor de los problemas? Vamos, ni un simple chichón nos trajo nunca a casa. Era lógico que terminase buscándose la vida lejos de aquí. ¿De qué hemos de quejarnos entonces? No me digas que hubieses preferido tener un golferas por hijo, dando tumbos de un lado a otro y chuleándonos los dineros, sablazo va, sablazo viene, para irse tras las faldas, tras la droga o tras de los artículos más lujosos, más fashion. Tenemos el arbolito que hemos plantado, regado, abonado y desinsectado con todo rigor. Ella me respondía, siempre que le iba con las mismas: —Tienes razón, pero... —y cerraba los ojos sumida en cualquiera sabe qué fantásticas ensoñaciones o certeros razonamientos que guardaba para sí. Se llevaba la mano al pecho y no paraba de suspirar mientras contemplaba las manchas que la edad había conseguido que brotaran en la mano libre. Me quité las gafas. A Marita no le gustaban. Con la moldura antigua y oscura. Beltrán, el mayordomo, nos miraba sin pestañear, implado como un búho. A nuestro hijo, de la mejor especie de aves voladoras, de las que respetan los nidos ajenos, la maldita situación del país no le permitía encontrar un trabajo digno y era de presumir que eso no fuera a cambiar mucho en el futuro. Luisito no regresaría cuando edificase en Miami una vida que cada vez tenía más afianzada. Seguro que terminaba viviendo al lado de Alejandro Sanz o algo parecido. Nuestro hijo no era un cara20

dura de larga duración predispuesto al despiporre. Hablaba un inglés perfecto. Es muy guapo además: muy parecido físicamente a Marita y tiene una voz de locutor de documentales sobre la naturaleza, bastante aproximada a la mía. Había conocido, además, a alguna chica, una en concreto con la que andaba haciendo planes. Las fotos que nos enviaba cada cierto tiempo, vía e-mail, nos trasladaban, sin posibilidad alguna abierta a la duda, la imagen de un ser feliz donde pudiera haberlos. Un día, después del desayuno, cogí a Marita de la mano y le espeté: —¿No me seguiste una vez cuando era más pobre que una rama tendida en el suelo? Pues confía en mí y sígueme de nuevo. Esto no es vida. Y cada vez tenemos más cercano el cierre de nuestro ciclo vital. Amelia, el ama de llaves, nos ponía unos ojos como si estuviéramos locos los dos. Locos de remate. Se la veía como azorada, seguro que dándole vueltas en la cabeza al hecho de que su puesto de trabajo corría un serio peligro si Marita daba por buena la propuesta que terminaba de formularle. Y corrió a hacer partícipe de mi oferta al resto del personal que teníamos contratado, tirándose de los cabellos. Cerramos la casa y echamos a andar con poco más que con lo puesto. Yo me lo había pensado y repensado y era cierto que ella se resistió un poco, pero repetíamos las palabras de San Francisco de Asís: «Yo necesito pocas cosas y las pocas que necesito, las necesito poco». Y nos abrazábamos con ganas y perpetrábamos contra nuestras mejillas los más sonoros de los besos. Y nos hacíamos cucamonas también como cuando éramos jóvenes. Ver para creer. Me hundí las gafas en el puente de la nariz.


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Un segundo después las tiré a un contenedor. Alguien las utilizaría. Los dos gritamos ahora a cualquiera que pase cerca, aunque le importe un pito: en el chalet palaciego, nos encontrábamos atenazados. Ahora ya no viviremos para estar pendientes del alza o la bajada de los tipos de interés, del IBEX y el resto de los índices económicos, ni va a importarnos lo más mínimo que los demás, a juzgar por nuestros hábitos, vayan a tenernos por un par de mendigos. Ahora, cansados de hacer de lo nuestro habladurías de todos, a través de las lenguas expansivas del servicio, vamos a correr las cortinas de la cabina tan destartalada donde hemos fijado nuestra residencia, anacoretas amateurs.Y nos mediremos por la capacidad de hacer amigos, de esos que se rasgan las venas con tal de servirte en una transfusión. Que son capaces de darle la vuelta al sol si te molesta. No vamos a aburrirnos, cerca de la cabina pasa el tren. Y hay un charco que no se seca, donde podremos dar paseos con las katiuskas, bien cogidos de las manos. Esto no es cosa de todos los días. Se terminó aquello de tener dos plazas de garaje, una para aparcar el coche último modelo, valga decir el Lamborghini Centenario, y mirarlo de cerca, y la otra para poder admirarlo en perspectiva mien-

tras lamíamos nuestros labios. Solo íbamos a echar de menos a los caballos frisones. Esperemos que estén los nobles brutos en buenas manos. Y nosotros a no parar de reír y a sonreír mucho. Uso lentillas. No sé qué ha sido de las manchas en las manos de Marita, ya no las tiene.

En recuerdo de Eduardo.

Amigo, tus historias iluminarán siempre cada rincón de este Callejón.

Eduardo Martín Zurita (España) 21


El Callejón de las Once Esquinas

Visita guiada o donde habita el silencio Raúl

Garcés En un principio me pareció un trampantojo...

Ilustración: MIQUEL ZUERAS

En cuanto atravesamos el quejumbroso portón, dejando atrás el atrio de entrada, no dudaron mis compañeros de grupo en fusilar sin contemplaciones con sus cámaras y teléfonos móviles aquellas pinturas de Goya que decoraban los muros de la iglesia, haciendo caso omiso a los requerimientos de la guía. Yo esperaba paciente a que terminaran de capturar aquellas escenas de la vida de la Virgen sentado en uno de los vetustos asientos de madera cuando lo vi. En un principio me pareció un trampantojo, una de esa obras pictóricas que buscan engañar a la vista pero no tardé en comprobar que se trataba realmente de un monje cartujo que con un leve ademán me invitaba a seguirlo tras aquella puerta. Pese a mi celeridad, en seguida le perdí la pista en aquel interminable y silencioso claustro. Y aquí sigo, deambulando por sus eternas galerías, ahogada ya toda esperanza de encontrar una salida pues sin posibilidad de articular palabra, tan solo me sirvo de tímidos gestos que de poco sirven cuando al otro lado de la pared los pocos turistas que reparan en mi presencia me toman por una peculiar pintura mural.

Raúl Garcés Redondo (España) Blog: www.desdesoria.es/tieneunminuto 22


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Seres voladores Carmelo Carrascal

Para Eduardo Martín Zurita, que ha volado a los cielos. Aunque, cuando ponía a aletear sus palabras, en realidad descendía para sus lectores de la altura suprema en la que residía y era. 23


El Callejón de las Once Esquinas

EN CUANTO LA BRUJA TORIBIA aparca su escoba voladora, palo de alcornoque y barbas de brezo, detrás de la puerta de entrada al caserón, que deja entreabierta, se vuelve invisible. Ya no es posible saber de ella con certeza, adivinar su estado de ánimo o intenciones por los gestos y expresión del rostro, no queda otra que intuirlo; por ejemplo, la crispación a partir de ciertos gruñidos que, siempre huraña, emite a modo de maldiciones. A fin de seguirle la pista y localizar con exactitud por dónde le lleva su ajetreado afán, que de pararse a mirar a través de los visillos nada, es necesario atender a los ruidos que arma. Y es así porque entre sus poderes mágicos de volar, efectuar curaciones milagrosas y hechizar no está el de evitar hacerse oír. Desde luego que no, si en su avance enérgico tropieza cada dos por tres con sillas, alfombras y demás obstáculos que encuentra en su camino; pues sí, esta vieja melenuda tiene mala sombra aunque no se la perciba. Además, están otros ruidos que Toribia va orquestando sin proponérselo: mientras camina cojeando con sus toscos zuecos sobre el entarimado destartalado; al agitar en sus desplazamientos las sayas, por lo menos son dos las que lleva habitualmente. Por si fuera poco, carraspea, tose, se suena los mocos, arrasca con furia sus greñas, al avanzar por la penumbra choca con los marcos de las puertas, da portazos... sin contar con que, imbuida en su cavilar, si cae en la cuenta de algo, si de repente recuerda lo que tenía olvidado o desea enfatizar para sí misma aquello que en ese momento le pasa por la cabeza, se arrea ella misma sonoras palmadas en su flaca muslada. Es más, en ocasiones en vez de 24

musitar parece que dijera algo, habla consigo misma, aunque no haya manera de que se le entienda, siempre habla un poco rara. De modo que entonces además de invisible, en tanto que emisora de mensajes indescifrables, puede decirse que «inaudible». Después de avanzar unos cuantos pasos, tuerce bruscamente a la izquierda y sube los crujientes escalones que le conducen a la buhardilla. Echa allí una ojeada rápida. Entre el amasijo de trastos inservibles velados por una pátina de polvo viejo y una caja de frutos secos, reina la pequeña jaula oxidada. El jilguero que encierra se alborota nada más sentir la presencia de la bruja invisible. Para mayor turbación, de pronto, por la claraboya abierta desciende un chorro de luz y con él el zumbido seco de una bola de pelo y ropas que al tocar suelo se resuelve en la figura de una niña, bruja junior, con su escobita y todo. Más que a modo de tromba ha irrumpido cual cañonazo. En su mirada no exenta de encanto, todavía azorada, late una suerte de desenfado entre entusiasta y retador. Apenas repuesta del sofoco, aprieta el mentón y recompone el gesto digno propio de la bruja que es, si bien aún inexperta. Hosca, exclama como quien escupe: «¡Ya está, aquí estoy!». A lo que el pájaro enjaulado asiente, más asombrado que turbado ante semejante aparición. Por su parte la bruja Toribia, a lo que parece la más serena, con aire severo alarga el cuello como las garzas y ensancha sus pupilas. Bruja, brujita y pájaro se miran (es un decir) y no dicen nada. El jilguero titila, lo que la recién llegada interpreta como una muy sutil petición de ayuda. La buhardilla, de paredes desconchadas


Número 8

y un par de manchones de moho verduzco, de repente se ha convertido en un bullir de presencias, preguntas sin articular y un batiburrillo de sueños, como renacuajos que hierven en un charco, convocados a saber por quién y cuándo. La brujita mira a donde calcula que debe estar la bruja y la intuición le dice que su colega experimentada debe ser de aspecto físico repulsivo, sí, pero no mala mujer. Ambas tienen en común la audacia de la oruga que se transforma en mariposa, pues no ocultan su determinación de volar por sí mismas, surcar los cielos autopropulsadas, tomar tierra

allá donde sólo ellas dispongan a fin de aplicar sin trabas su sabiduría brujeril. Es su particular manera de entender la libertad, evolucionar y evitar a toda costa encallar en la rutina del vivir cotidiano. En aquel minirrecinto del vetusto caserón el breve silencio compartido se quiebra por el forzado aleteo del pájaro, los chasquidos impertinentes de la vieja a la que le da por ponerse a partir avellanas y la intervención resuelta de la niña. Se agacha cual resorte hasta acuclillarse, aparta de su cara con una mano unas moscas pertinaces y con la otra, imitando el talante del genio que sale de 25


El Callejón de las Once Esquinas

la lámpara, de un manotazo abre la jaula cochambrosa y el jilguero escapa raudo, sin titubear. Emprende un vuelo vertical como quien trepa por un sendero escarpado y huye por la claraboya. Un tanto aturdido todavía, se pierde zigzagueando en el espacio libre. Le acompañan desde cada vez más lejos las intensas miradas, enardecidas al unísono, de repente iluminadas, de las dos brujas. Sin saber el porqué o a cuento de qué, por un instante ambas sonrieron furtivamente y recordaron al famoso flautista que ahuyentó las ratas. Extraña sintonía. Al tiempo se imaginaron las dos jugando a los dados, recogiendo hierbas curativas y planeando lúdicamente —par de cometas— los días de sol. Añoran al pájaro amigo al que tan bien habían entendido y atendido, al que admiran como a todo ser volador. Sobre todo, se reafirman en la convicción de que tampoco en ellas sería posible aplacar el alocado impulso de volar y volar: desafiar al viento y nada más.

NOTA Pronto se supo que la brujita de este relato no era otra que la niña que había salido disparada por el aire en «Una niña al columpio» (“El callejón de las once esquinas”, nº 7, 2018). Inicialmente ella se perdió entre las nubes, pero al tiempo le cogió gusto a volar y de ahí que decidiera ser bruja. Tras el sorpresivo encuentro que se narra, tomó como tutora y maestra a Toribia; y hasta como compañera de vuelos. En cuanto al jilguero, se le perdió la pista y ya no se ha sabido más de él. Carmelo Carrascal (España)

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Número 8

Ruido y furia

José Luis

Díaz Marcos

Yo soy un número infinito de personas. (…) Todas soñándose mutuamente. El asesino infinito

Greg Egan

JF35, mercenario galáctico, había logrado infiltrarse en la nave Invierno Profundo gracias al operario de mantenimiento cuyo uniforme y globo ocular, llaves de acceso, había sustraído sin contemplaciones. Si el golpe, la hemorragia y el forzado encierro no lo impedían, «Aunque no te importe ni

alivie, no es nada personal», el superviviente pasaría a ser conocido, aquel estaba seguro, como Cíclope. «Y ahora… Si los astros acompañan, este será mi último trabajito. Y si no..., me temo que también». Su acaudalado cliente le había encomendado robar el alma electrónica de la Gran Memoria, el 27


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avanzadísimo cerebro de la Invierno Profundo. Recompensa: fortuna suficiente para comprar los caprichos de varias vidas. Sin embargo, ¿la misión compensaba el riesgo, mucho más que probable, de perder su actual y única existencia? Para otros, quizá no. Para él, sin duda. Nadie parecía reparar en él, insignificante aprietatuercas humano. «¡Perfecto!». El tránsito de la nave recordó a JF35 el mito del arca de Noé: por su número y diversidad, allí parecían verse representadas todas las inteligencias del universo conocido. Le bastó suplantar, ahora con pacífica prudencia, otras dos identidades y seguir los indicadores holográficos para plantarse al fin, sobrecargo de vuelo con acreditación, ante la cabina de la Invierno Profundo. Para su sorpresa, descubrió una gran sala redonda completamente… deshabitada. En el centro, una gruesa columna de cristal negro en cuyo interior titilaba un enjambre de luciérnagas multicolores. «¡Fin del simulacro!». —¿Has sido…? —Si te refieres a mí, la Gran Memoria, sí. Bienvenido, JF35. —¿Me… conoces? —Desde luego. Mucho mejor que tú mismo, créeme. —En ese caso, también dominarás mis intenciones… —Las domino. Pero tus intenciones no son tuyas, sino mías. —¿Qué quieres decir? —Que no existes, JF35. Al menos, no en un sentido material y autónomo. Ya has oído mi finalización de un simulacro. Su objetivo: reproducir y estudiar una posible intrusión humana en la Invierno Profundo. 28

»Y tú formas parte de esa simulación: solo eres un algoritmo entre infinitos, apenas, y ni siquiera, una gota electrónica alojada en mí, el océano de la Gran Memoria. Puedo apagarte, y voy a apagarte, cuando quiera. —Intentas confundirme… He arrancado a otro hombre, con mis propias manos, su ojo, el ojo cuya lectura inicial me ha permitido llegar hasta ti. —«Otro hombre», dices… «Con mis propias manos»… Observa. Apagadas de pronto sus luces multicolores, el gran cilindro y la misma sala quedaron a oscuras. —¡¿Qué ocurre?! ¡¿Debo asumirlo?! ¡¿Así es la muerte?! Una primera chispa, paulatino centelleo después, fue creciendo en el interior de la Gran Memoria hasta perfilar sus negros límites. —La muerte es la pérdida de la conciencia, biológica o no, que aún se asusta. Como te dije, observa. Y, de pronto, condensado en la penumbra de la Gran Memoria, Cíclope, el operario de mantenimiento a quien JF35 había mutilado y desvestido para colarse en la Invierno Profundo, se abalanzó, violento, contra la curva acristalada que lo contenía. —¡Aaah…! —Aquí tienes al otro hombre. —Eso… eso no es nadie. —¡Y tú, tampoco! Cíclope atravesó el cristal, fantasma refulgente, abalanzándose contra …JF35 cayó al suelo, de espaldas. Se encendieron las luces. El mercenario caído estaba solo. —Por un momento… Aunque el truco impone, lo admito, después, vencido ese primer sobresalto, no engaña. —Usando tu pretendida lengua, eres lerdo. Cosa, por otra parte, bastante ló-


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gica: la naturaleza humana nunca ha da- fora, tú no estarías, como no estarás, en do para mucho. Vigila ahora tus propias ninguna parte. manos. —Entonces…, ¿todo ha sido una panSentado en el suelo, JF35 cedió. tomima: el cliente, la recompensa,… mi —¿Qué… qué ocurre con…? propio ayer…? Sus palmas y dedos se transfiguraron, —Y tu hoy. Y el mañana que nunca sucesivos, en tentáculos, en ventosas, en has tenido ni tendrás. Todo. pinzas y filamentos… Ante su ojo. De —Ruido y furia2… Dime: ¿cuál ha sirepente, reducido su campo de visión, do la consecuencia del simulacro? ante su único ojo. —La evidente. Por fortuna para ellas, Palpó su cuenca vacía, mutilada, y ciertas o virtuales, una más impropia de gateó hasta la Gran Memoria, aterrado. muchísimas otras civilizaciones ajenas a Y el cristal negro confirmó la duda: él, la humana: indiferencia. su aspecto físico al menos, también era JF35 suspiró, abatido. Cíclope. Pero no otro, comprendió, si—Siendo así, supongo que solo me no también su víctima. queda el consuelo de esperar que tú, —¿Esto aún te parece un truco? No Gran Memoria, también inexistas en el debería: son simples combinaciones. simulacro de alguien o algo superior a Pura matemática. ti. »Como advierten a Alicia ante el Se hizo la oscuridad. sueño del Rey rojo, respectivos personajes de otra invención1, solo eres un objeto del sueño y, como sucedería a Alicia —Bienvenida, Gran Memoria. con el despertar del monarca, si yo des—¿Me… conoces? pertara, como despertaré, valga la metáNo hubo respuesta. 1 Alicia a través del espejo , Lewis Carroll. 2«La vida es un cuento contado por un idiota,

lleno de ruido y furia, que nada significa». William Shakespeare.

José Luis Díaz Marcos (España) Web: www.la-estanteria-2.webnode.es 29


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Dónde van los patos en invierno Yolanda Gil Jaca Tú solo observas... NO SABES qué te ocurre. Rezas. Como aprendiste en la iglesia. No comprendes que, habiendo ayudado a tanta gente, ahora no puedas ayudarte a ti mismo. Pero esas voces te dicen que lo hagas. No, te lo exigen. Hazlo, hazlo, él sabe dónde van los patos en invierno. No quieres hacerlo. Tú también eres músico y le admiras. Caminas por Nueva York, sin rumbo. Hasta que el azar te lleva a toparte con James Taylor. Lo empujas contra la pared, le cuentas que tienes proyectos musicales y que vas a contárselos a John, que estará muy interesado. Pero qué puede decirte ese mediocre. Lo dejas ir. Vuelves al hotel. Pasas la noche en un duermevela. Te metes de todo, quieres dejar de oírlas. Cuando las primeras luces del alba entran en la habitación te das una ducha. Dejas tus cosas allí, excepto el vinilo de Double Fantasy. Ya volverás a recogerlas. O no. Te diriges al edificio Dakota. Allí lo encontrarás, quieres hablar con él. Necesitas que te lo diga, dónde van los patos en invierno. Así apaciguarás las voces. De camino entras en una librería y compras un ejemplar de El guardián entre el centeno y escribes «Esta es mi declaración» en la primera página. «Para Holden Caulfield de Holden Caulfield», firmas. Ya no eres Mark David Chapman. Esa persona dejó de existir hace unos dos años, cuando comenzaste a oírlas. 30


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Cuando llegas hay muchos fans. Te mezclas con ellos, hablas hasta con el portero. Estás tan distraído que no te das cuenta de que él y Yoko llegan en un taxi y entran en el edificio. No te marchas. Tienes que hablarle. A media mañana sale la nana con el pequeño Sean. Te acercas, te palpita el corazón, te sudan las manos. Consigues controlar las voces. Te limitas a estrechar su manita y le dices que es un chico hermoso, como en la canción que le compuso su padre. Compartes varios cigarros de marihuana con otros fans, para pasar el rato. Por fin salen, se dirigen a la limousine. Te acercas. Estás tan nervioso que eres incapaz de decirle nada. Le estrechas la mano. Y él, tan amable, no tiene ningún problema en hacerlo y en firmarte la carátula de Double Fantasy. Se aleja. Sonríes. Te calmas. Crees que tu parte buena ha ganado y sientes ganas de volver al hotel. Pero, no, cuando la limousine arranca, las voces te increpan. No le has preguntado dónde van los patos en invierno. Es verdad, tú quieres saberlo. Y ellas también. Permaneces delante del edificio. En algún momento volverán y se lo pre-

guntarás. Te lo va a contar, no lo dudas. Aunque ellas insisten en que no querrá hacerlo, que se guardará el secreto. Por fin ves la limousine que se acerca. Aparca enfrente del arco de entrada al patio del edificio. Yoko y John se bajan. Los fans que aún quedan les aplauden, hay quien pide autógrafos. Tú solo observas. John te mira, pero no te reconoce. Aunque te ha estrechado la mano y te ha firmado su LP hace unas horas. Las voces te gritan, te exigen, te impulsan. Hazlo, hazlo. Te ha mirado y no quiere decirte dónde van los patos en invierno. Ya está entrando y te da la espalda. Sacas del interior de tu abrigo el 38 Special y le disparas. Una, dos, tres, cuatro. Cinco veces. Aunque tú no llevas la cuenta. Consigue subir los peldaños. Cae. La gente grita, corre. Yoko lo abraza en el suelo. Llora. Él abre la boca, pero no te lo dice. Solo intenta atrapar un poco de aire que lo mantenga con vida. Alguien te arrebata el revólver. Las malditas no se callan. No te lo ha dicho, no quiere decírtelo. Sacas El guardián entre el centeno del bolsillo. Te apoyas en la limousine y comienzas a leer. Quizás así se calmen. No quieres oírlas más.

Yolanda Gil Jaca (España) Blog: elarcondelasmilcosas.blogspot.com

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El Callejón de las Once Esquinas

Intervalos nubosos Ignacio

Urtiaga Le falta ese trozo de verano en invierno...

CLAUDIA normalmente se levanta temprano, al menos desde que vive sola. Antes le gustaba remolonear, pegar una vuelta en el colchón, buscar un sueño más agradable con el que despertar. Ahora que las cosas han cambiado planta los pies descalzos en el suelo en cuanto los sigilosos rayos del sol se ponen de acuerdo para acariciar sus pestañas y hacerle abrir los ojos. Busca el cielo en la ventana y se distrae un momento viendo avanzar las nubes. Entonces se convence de que antes no era mejor. Antes llevaba una vida normal. Trabajaba muchas horas. Eso indudablemente afecta al comportamiento. Se volvía perezosa al despertar. Le costaba más seguir la rutina mecánica que se ha convertido en un ritual para casi todos los habitantes del primer mundo. Zapatillas. Arrastre de pies. Desnudez. 32


Número 8

Ducha. Desodorante. Colonia. Baño. Desayuno. Dientes. Vestimenta. Trabajar para poder llegar a fin de mes, pagar las facturas, hacer malabarismos con los presupuestos para el supermercado, la gasolina, la peluquería, el gimnasio, el perro… Porque antes tenía un perro. Un fox terrier de pelo liso en blanco y negro. Bien distribuido, como la vaca perfecta de los cartones de leche. Echa de menos sus mimos, su reacción al verla llegar a casa, salir a correr con el animal danzando entre sus zapatillas fluorescentes de deporte. Salir. Eso lo echa muy en falta ahora. Porque ahora todo es mucho más calmado. También han perdido importancia muchas de las cosas que fueron importantes hace tiempo. En realidad ha sido una vuelta a lo esencial. Una vida sin aditivos, vivir por el mero placer de estar vivo. Vivir desde una posición privilegiada, viendo pasar el tiempo. Dice el psicólogo que es lógico que le vengan recuerdos de su vida anterior, que el ser humano no está acostumbrado a este estatus de poder, permitirse el sosiego y la meditación, de tener las necesidades cubiertas, de pasear por los minutos pudiendo degustar cada uno de ellos. En este aspecto pudiera afirmar que ha ganado. Pero, en ocasiones, piensa que ahora no es mejor. Porque ahora también falta él. No están sus manos grandes y ásperas recorriendo su espalda, haciendo surcos en su piel erizada, pacientemente buscando objetivos entre las formas y recovecos de su cuerpo. No está su sonrisa, tan agradable de encontrar cuando una abría los ojos, ni sus ocurrencias disparatadas, sus hilarantes carcajadas, sus ansias de hacerla reír. Sus soliloquios interminables y su calor y protector

abrazo en los días helados. Le falta ese trozo de verano en invierno, esa chispa que provocaba el incendio. Quienes actualmente ocupan su lugar no son más que tipos de catálogo, hermosos ejemplares de la raza humana, amantes tan geniales como mecánicos, que sí, que alivian necesidades, que rellenan huecos y producen placer, pero de un modo tan impersonal que apenas puede recordar sus caras. Sin nada de qué hablar antes, sin nada que hablar después. Esos que mañana pudieran estar muertos, y que hoy son solo meras fotografías que desfilan al arrastrar el dedo en una pantalla de alta definición y se detienen en tu elección, como la manzana intermitente de una máquina tragaperras. No estamos para el amor, dice con frecuencia el investigador jefe. Lo dice el nuevo, pero también lo afirmaban los anteriores. Repetitivos e insistentes. Urgentes en este mar de tranquilidad. Pero ella no acaba de entenderlo. Ya tuvo que renunciar a su amor. Esto no es más que una forma de llenar un vacío. De mantener contacto con el mundo real. Merece al menos un hilo que la ate a la humanidad. Porque su mundo ahora se ha reducido tanto que cualquier contacto con el exterior es un símbolo de continuidad. Como cuando se enciende la luz de la puerta y dejan en la casilla correspondiente el desayuno, la comida y la cena del día, esas viandas de excelente calidad que apenas necesitan un pequeño golpe de calor para ser degustadas; como el vaivén de los androides que hacen la casa, que preparan la colada, que la ascienden a la categoría de elegida por encima de cualquier otro ser en el mundo o el pequeño hámster que solo ha aguantado cuatro días haciendo girar la rueda y que será sustituido por otro en breve 33


El Callejón de las Once Esquinas

con la esperanza de que sea más longevo. Incluso el momento de la extracción de sangre y de los análisis, ese que tanto odiaba los primeros días. También se ha convertido para ella en un motivo para la esperanza. Tratar de hablar con la enfermera o el enfermero o lo que sea que rellena ese traje especial que pudiera ser espacial, blanco y rechoncho, lejano. Ver la mascarilla empañada de pura respiración, imaginar los sudores en la cara del practicante. Eso ahora no es mejor. Antes tampoco lo era. Lo mejor está por llegar. Encontrarán el remedio. Rendirán homenaje a las víctimas. Al saludo nervioso de su fox terrier en la hierba, a las manos ásperas de Xabier recorriendo su espalda, al cuerpo de mármol del amante número 24, a las palabras urgentes del nuevo investigador jefe, al sosiego y la meditación del psicólogo, al hámster número 47… Se acabarán las imágenes recurrentes en los programas de televisión, la orgía de malas noticias. La palabra pandemia en letras de molde ocupando las 55 pulgadas de la pantalla… O quizá no. Y no sea ni mejor ni peor, sino distinto. Y un día, sin razón alguna, no se encienda la luz de la puerta. Y ella, al despertar, busque el cielo en la ventana y elija salir de este palacio de paredes blancas, y note la humedad del césped bajo sus pies, y persiga con su mirada el desplazamiento mágico de las nubes, y decida seguirlas con la certeza de ser única; despojada al fin de la presión de interpretar el papel de última esperanza para salvar el mundo.

Ignacio Urtiaga (España) 34


Número 8

Otra vez Luisa

Hurtado

Ilustración: Yumicrum - "Journey's End" 35


El Callejón de las Once Esquinas

Ya no había noches... ESTUVE MUCHO TIEMPO con los ojos cerrados, respirando con dificultad, solo alcanzaba a oír murmullos indescifrables, tenues pasos, roce de ropas, una puerta cerrándose y abriéndose suavemente. Descansé unos instantes más intentando reunir mis fuerzas. Cuando abrí los ojos, los ruidos crecieron a mi alrededor y aparecieron un par de caras amigas, él también estaba allí: —¿Estás bien? Y entendí que necesitaba que yo asintiese a su pregunta, que necesitaba mi sí, tan confuso, triste y desamparado empezaba a sentirse. Le sonreí, ojalá que con la mejor de mis sonrisas. —¿Y tú? Y me sonrió con su mejor sonrisa. ¿Qué podía decirles? Que lamentaba el dolor que iba a causarles, que había muchas palabras y poco tiempo, que sentía dejarles solos, que… Busqué su mano y, al encontrarla, sonreí de nuevo, cómo no hacerlo al contacto de su piel. —No os preocupéis, solo estoy algo cansada. Solo me dolía el nudo que tenía en el pecho. Era la emoción, la maldita emoción que me impedía hablar con tranquilidad. Ya casi no quedaba tiempo. —Por favor, no me sueltes la mano. Y un vértigo empezó a invadirme, obligándome a cerrar los ojos. Por un momento, quise coger fuerte su mano con las mías, pero se hubiese asustado, así que suavemente, imperceptiblemente, se la empecé a acariciar. La sensación de calor en mis dedos se iba perdiendo,

me caía sin remedio. Cuando dejase de sentir, estaría sola en aquel agujero. Ya había dejado de ser, y no podía tan siquiera razonar lo que estaba ocurriendo. Todo era negro, no había nada, me quedaba solamente aquella suave oscuridad. ¿Iba a ser esto todo? ¿Así? No sé cuándo, simplemente más tarde, empecé a sentir como un latido que inundaba aquel espacio, que me adormecía de puro monótono y constante. Ya no había días. Ya no había noches. Solo aquella negrura y aquel tranquilizador ruido sordo que parecía acunarme. No, mientras había estado viva jamás había imaginado una eternidad así, un cielo u otra vida así. ¿Qué es esto? Un acompasado sonido en la oscuridad. Nada más. Ni el espacio, ni el tiempo. En un momento, idéntico a otros muchos momentos, todo se trastocó. Me empujaban, primero despacio, más tarde con prisa, violentamente, hacia aquella luz difusa que se había abierto sobre mi cabeza. Mi suave universo me expulsaba con furia de él, de la luz, algo áspero tiraba de mí. Hasta que me sacaron. Grité, lloré, ¡tenía tanto miedo!; entonces, oí unas palabras. —Señora, es una niña. ¿Cómo entender su significado? Tenía que remontarme tan lejos para comprender… Después de una eternidad, me colocaron junto a una piel suave y caliente, que me trajo el recuerdo, apenas un instante, de otra que acaricié buscando tranquilizarme un día. Cuando comprendí que aquella piel era mi refugio y oí, muy quedo, un latido, dejé de llorar.

Luisa Hurtado González (España) Blog: microrrelatosalpormayor.blogspot.com.es 36


Número 8

Trece cartas

Pablo

Núñez Querida Silvia, (o quizá ya no deba llamarte así):

He dado orden al banco para que traspase a tu cuenta el dinero que invertimos en esa vivienda que tan solo quedará en un proyecto. Creo que recogí todas mis cosas de tu casa, pero si se me olvidó algo, házmelo saber, o llegar. Gracias. Manuel

Hola, Manuel. Me acabo de mudar a esta casa y he en-

contrado su carta en el buzón. Soy curiosa por naturaleza y la he abierto. No puedo decirle nada sobre la tal Silvia (¿su exnovia quizá?), pues no dejó ninguna dirección para enviarle el correo. Si encuentro algo que no es mío se lo haré llegar. Reciba un cordial saludo. Elena

P.D. Debe ser todo un clásico utilizando aún cartas en estos tiempos. Me agrada. Y me gusta su letra.

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El Callejón de las Once Esquinas

Señorita Elena:

No sabe cómo le agradezco que me haya contestado. Si Silvia ha desaparecido, mejor así. Era mi novia, pero creo que nunca nos entendimos. Nuestra relación era más bien de conveniencia: odiábamos estar solos, nos caíamos bien y decidimos pasar de una buena amistad a un noviazgo frío y distante. Luego, el amor, o sería más acertado decir su total ausencia, nos abrió los ojos y nos puso a cada uno en nuestro sitio. En cuanto a lo de enviar cartas, tengo varias razones: me gusta escribir a mano, seguir practicando para que mi letra no se convierta en un garabato ilegible y, además, tengo un vecino cartero al que no soporto. Es una forma de poner mi granito de arena para que no le falte trabajo y esté todo el día lejos de mi casa. Reciba un cordial saludo. Manuel

Manuel (llevo un buen rato delante del papel pensado si

ponerle estimado, señor, querido... pero no le conozco lo suficiente): No tenía por qué contarme tantas cosas de usted, pero se lo agradezco, pues mi vida tiene pocos alicientes desde que me marché de casa de mis padres, que en paz descansen. Se les ocurrió morirse casi a la par. No me fui de casa porque me sintiera sola, que también, sino porque me llegó una carta diciendo que tenía que pagar un dineral por vivir allí, ¿lo puede creer? Al final la vendí y alquilé este apartamento que es más de lo que necesito. Sus cartas se han convertido en un entretenimiento y, he de admitirlo, será un aliciente tener la esperanza de que me llegue otra. Estaré atenta al buzón. Le aseguro que las dos que me ha enviado, aunque técnicamente una no era para mí, han sentado muy mal a la soledad que tanto me acompaña últimamente. Reciba un cordial saludo y espero que hasta muy pronto. Elena

P.D. Le prometo que si me vuelve a escribir, en la próxima carta pondré un flamante «Querido» delante de su nombre. 38


Número 8

Querida Elena (y con esto espero haberme ganado el «Querido» que

me promete): Es un placer seguir escribiéndote. Creo que ya podemos tutearnos, ¿no crees? Me hablas de la soledad y he de confesarte que también vive en mi casa y cada vez empuja más las paredes. Hasta pienso que es ella la que hace crujir la madera de los armarios por las noches para llamar mi atención y que siempre tenga presente su continua presencia. Siento la muerte de tus padres y lo que quiso hacerte el ayuntamiento, supongo, con ese robo al que llaman plusvalía. Yo me escapé de casa muy joven. Vivía en un pueblo pequeño y ayudaba a mis padres con las vacas y repartiendo leche. Me dejaron bien claro que lo único que debía aprender en la vida era ordeñar y no equivocar las cuentas a la hora de cobrar. Sin embargo, a mí me gustaba vivir en la ciudad. En las sesiones matinales de los domingos me quedaba entusiasmado viendo el NODO antes de las películas. Me daba igual de qué hablasen. Lo que quería era ver planos de Madrid llenos de vida y de coches. Me escapé y mis padres no hicieron nada por encontrarme. Desde que llegué he pasado por todo tipo de oficios y ahora paso las horas como conserje en un oscuro edificio de oficinas dando los buenos días, inclinando la cabeza, abriendo puertas, mirando el reloj y ejerciendo de hombre ignorado e invisible. Los sueños de mi juventud se fueron desplomando y no me quedan ni recuerdos para crear, en este ambiente gris que me rodea, una pizca de nostalgia. Creí que Silvia iba a ser mi salvación, pero lo único bueno que me proporcionó fue el conocerte. Un saludo cordial y un beso, si me lo permites. Manuel

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El Callejón de las Once Esquinas

Mi querido Manuel (te lo has ganado con creces):

Veo que hemos coincidido dos solitarios que no son precisamente la alegría de la huerta. Nunca me ha gustado contar desgracias pero te resumo que mi pareja me dejó tirada en el altar. Luego me escondí en casa de mis padres y lo demás ya lo sabes. Sólo he vuelto a tener interés (sería excesivo decir que me he enamorado y parecería una quinceañera) por alguien hace poco, mas es un desconocido que apenas me mira y me impide cada noche culminar algo que llevo intentando hacer algún tiempo. Si tu trabajo te parece aburrido, el mío no es mucho más divertido. Paso las mañanas en una pequeña mesa arrinconada en la redacción de un periódico escribiendo necrológicas (como antes te dije, la alegría de la huerta). Tengo que reconocer que me salen muy bien. Las adorno de muchos pesares y docenas de familiares que, seguramente, apenas conocen al difunto. Cada día hago la mía para practicar. Me invento primos, cuñados y sobrinos que no tengo y la misa que nunca dirán por mi alma. La habría publicado hace tiempo. Quizá lo haga si algún día desaparece el desconocido del que te hablé. No dudes en dejarme encargada la tuya antes de que sea tarde. No te arrepentirás. Elena

Mi queridísima Elena:

Será un placer encargarte mi necrológica. También deberás inventarte a los familiares, pero confío en que tendrás buen criterio a la hora de engordar el listado de personas que nunca rezarán por mi eterno descanso. Morirme es algo que no me asusta. Quizá sea una forma de liberación para los individuos como yo. Pienso que mientras hay alguna esperanza a la que agarrarse, por nimia que sea, encuentras una pequeña rendija en la que depositar alguna ilusión para seguir en este mundo; mas cuando desaparece, la muerte puede convertirse en una solución a esta vida de madrugones, vacío y tristeza. Quizá te parezca una tontería, pero continúo despertando cada día por una persona a la que no conozco. Antes me fastidiaba, ahora, desde que nos carteamos, hasta espero que siga en el mismo sitio para evitar lo que algún día será inevitable. Creo que me he puesto algo filosófico. Intentaré ser más divertido la próxima vez, si la hay. Un beso. Manuel

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Número 8

Mi querido Manuel:

Yo tampoco temo a la muerte, e incluso la busco. No sabes cómo te entiendo cuando hablas de ella y de la esperanza perdida. Pero bueno, acabamos de conocernos y no es cuestión ahora de estirar la pata, ¿verdad? Ayer diseñé tu necrológica y me salió divina. Era tan solo un ensayo, y puse mi nombre antes del «no te olvidará». Espero que no te importe, pero estás resultando una bocanada de aire fresco en mi vida y, sinceramente, creo que jamás te olvidaré. Anoche fui a mi lugar de retiro y me encontré al desconocido de siempre. Lo observé más detenidamente que otras veces. Él pareció algo confundido y se subió el cuello de su gabardina, como escondiéndose de mis miradas. Debe ser muy tímido. Y también apuesto, de esto estoy segura. Como todos los días, llegó el encargado de cerrar el mirador y tuvimos que marcharnos. Después de tanto tiempo debe pensar que somos pareja, eso sí, algo extraña, pues cada uno bajamos por diferentes ascensores. Algún día te contaré la historia de nuestros continuos encuentros. Un beso, mi querido Manuel. Elena

Mi querida Elena:

Estoy seguro de que si nos hubiéramos conocido cara a cara no tendríamos tanta confianza como ahora. Me gustaría saber qué buscas cada noche en el mirador. ¿Quizá el encontrarte una y otra vez con ese hombre? ¿Esperas que rompa el hielo alguna vez? ¿Lo persigues por algún tipo de misterio? ¿Eres en tus ratos libres detective privado? Y tengo que hacerte una pregunta que no puedo quitarme de la cabeza. ¿También subes los lunes a aquel lugar? Tu Manuel

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El Callejón de las Once Esquinas

Mi querido Manuel:

¿Realmente eres mío o es una errata? Sí que has cogido confianza (ahora vendría bien uno de esos emoticonos con una cara sonriente que aparecen en los móviles). No te preocupes, que me ha gustado. Es cierto que hemos intimado por escrito a pasos agigantados. Si nos hubiéramos conocido en persona no hubiéramos cruzado ni media palabra. Para que te hagas una idea, no hablo ni del tiempo en los ascensores. Me haces muchas preguntas y yo también quiero hacerte alguna. En una de tus cartas me dijiste que por culpa de una persona desconocida seguías despertando cada día. Esto tiene muchas interpretaciones, ¿no crees? ¿Podrías ser menos enigmático? Elena

Mi querida Elena:

Te diré que esa persona es una mujer a la que llegué a odiar las primeras veces que la vi y ahora me agrada encontrármela. Nunca hemos hablado y nos miramos de soslayo, como con miedo a ser descubiertos el uno por el otro. Reconozco que me gusta ese juego, y que siento algo por ella que no podría explicarte. ¿Amor? No creo que sea para tanto, pero debe parecerse. Y no pienso contarte nada más, de momento. Manuel

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Número 8

Mi querido Manuel:

Veo que eres todo un romántico, y un bobo. ¿Cómo se te ocurre sentir algo por esa mujer y no acercarte a entablar una conversación? Empieza por un «¡Hola!». Ánimo, tampoco es tan difícil. Supongo que la experiencia con Silvia no te ayudará a dar ese paso, pero, ¿acaso crees que se te va a caer el cielo encima por saludar a una desconocida? Hazlo y date otra oportunidad. Y ahora, intentaré contestar tus preguntas. Una noche tomé la decisión de suicidarme. Odio las armas y tampoco sería capaz de tirarme delante de un coche o un autobús para que el conductor lleve en su conciencia una muerte el resto de sus días. Siempre me gustaron las vistas de la ciudad desde un mirador, que no te voy a decir cuál es, y lo escogí para acabar con mi vida, lanzándome al vacío mientras observaba tan maravilloso paisaje. La primera vez esperé a estar sola, pero un hombre se quedó hasta que subieron a cerrar. Y así ha ocurrido hasta hoy. Aquel enigmático hombre me impidió saltar, pero últimamente ha sido nuestra correspondencia el bálsamo que ha retrasado ese último paso. He decidido contártelo pues ya ha llegado la hora de que termine de una vez con esto, aunque tenga un espectador en primera fila. Dudo incluso que me vea y quizá no se dé cuenta hasta que mi cuerpo repose sobre el asfalto. Para no romper de sopetón nuestra amistad, esperaré a recibir tu última carta. Te advierto que la haré trizas si me pides que no de el gran salto porque la vida merece la pena. Sería absurdo y ambos hemos dejado claro lo que pensamos de nuestras existencias. Yo sí te voy a pedir algo: habla con esa mujer. Estoy segura de que tras ella se esconde la felicidad que, sin duda, mereces. Un beso. Elena

P.D. ¿Por qué me preguntaste si los lunes subo a aquel lugar? Ese día descanso de emociones fuertes y me quedo en casa. 43


El Callejón de las Once Esquinas

Mi querida Elena, te aseguro que no intentaré convencerte de nada. Me alegro de

que me hayas dado la oportunidad de escribirte por última vez. También me alegro de que los lunes no vayas al mirador. ¿Puede ser que te quedas en casa porque está cerrado? El de Cibeles no abre ese día. Para que veas lo que aprecio tus consejos, esta noche voy a acercarme a esa mujer y le hablaré, así que puedes quedarte tranquila. Me ha animado mucho el que me digas que tras ella se esconde mi felicidad. Supongo que, estés donde estés, acabarás enterándote si llevabas razón. Me voy a quedar con las ganas de saber qué pretende ese hombre al que encuentras cada noche. He imaginado que, quizá, sube allí para hacer lo mismo que tú y se lo impides, ¿quién sabe? Cosas más raras se han visto. A lo mejor le haces un favor si por fin te tiras. Será curioso leer en los periódicos que hubo dos suicidas la misma noche y en el mismo lugar. Eso dará pie a diferentes interpretaciones y acabarán buscando alguna relación oscura entre vosotros dos. Será divertido ver lo que inventan. Espero que dejes escrita tu necrológica; sería un bonito recuerdo. Finalmente, echa una última mirada a tu desconocido antes de dar, como tú dices, el gran salto. Si por casualidad se diera la vuelta, se acercase a ti, te dijera un «¡Hola!», se presentara formalmente y te pidiera que bajarais juntos, esta vez, en el mismo ascensor, acompáñalo y date una segunda oportunidad. Estoy seguro de que tras él se esconde tu felicidad. Manuel

Pablo N

44

p añ a s E ( z e úñ

)


NĂşmero 8

La fatiga del soplador de vidrio

Patricia

Richmond 45


El Callejón de las Once Esquinas

El único que podía arreglarla era el herrero de Valdemón… «¿SABEN LOS FANTASMAS que lo son?», me preguntó aquella mañana, a bocajarro, sin darme tiempo ni para darle los buenos días. Nunca tenía que llamar a su puerta. En cuanto oía el coche, salía a recibirme con el resentimiento esculpido en su semblante, como si llevara horas esperándome y me recriminara la tardanza. La vida de un médico rural no tiene horarios ni permite cultivar las relaciones sociales con regularidad; sin embargo, intentaba organizarme para pasar a verlo casi todos los días. Me preocupaba su salud. Un enfisema pulmonar le producía dificultad para respirar. Y cansancio. Demasiado. Aborrecía a los médicos y, hasta mi asalto a su castillo, no había seguido ningún tratamiento. La falta de cuidados había consumido su cuerpo y, aunque él no lo admitiera, también su espíritu. Supe de él por casualidad. Me había empeñado en arreglar yo mismo la casa que había comprado por un precio ridículo en el mismo pueblo en el que estaba destinado. Si algo sobraba en ese lugar eran caserones en venta y yo necesitaba una distracción para relajarme del estrés que me producía practicar la medicina sin los medios adecuados. Además, me iba haciendo falta un espacio que pudiera considerar íntima y completamente mío, y aquella casa antigua necesitaba el tipo de reparaciones que me sentía capaz de realizar yo solo. Comencé a tirar tabiques y a levantar paredes de piedra en mis ratos libres, siguiendo las recomendaciones de mis divertidos vecinos, hombres curtidos en 46

las faenas del campo, que no dejaban pasar la oportunidad de reírse de la ignorancia y poca maña del médico para tareas tan triviales. No les conté que para pagarme la carrera había trabajado algunas temporadas como albañil y, conforme la casa empezó a tener un aspecto habitable, fui ganándome su respeto. Cuando comencé la mudanza me aconsejaron que reparara el muro que cercaba el pequeño jardín que rodeaba la vivienda. La casa del médico es un imán para los ladrones, sentenciaron. Había que asegurar algunas piedras sueltas y, sobre todo, la puerta de forja. Sin proponérmelo, me convertí en el centro de las conversaciones de los ociosos jubilados del pueblo y, entre tomas de tensión y auscultaciones, recibí toda clase de lecciones magistrales sobre el arte de encajar puertas medio oxidadas. Conseguí reforzar la tapia, bajo la atenta mirada de los que, ya sin disimulo, venían a dirigir mis maniobras, pero, al atacar la puerta, rompí, en un descuido, la aldaba con forma de puño que pendía de ella. Me disgusté porque era una pieza muy hermosa y antigua. El único que podía arreglarla era el herrero de Valdemón, según mis espectadores. Me sorprendió que se refirieran a ese pequeño núcleo en el que tantas veces me había fijado durante mis trayectos para atender a enfermos de los municipios que me correspondían, pues lo creía deshabitado, como tantos otros a lo largo de la carretera. De hecho, aquel hombre no constaba en mi censo de posibles pacientes ni había oído hablar de él en el año largo que llevaba


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ejerciendo como médico de la zona. «Es el único que queda allí», me contaron, y lo describieron como el mejor herrero que había tenido la comarca. Era domingo y no estaba de guardia, así que, después de comer, recogí los pedazos de hierro y me dirigí a Valdemón con verdadera curiosidad. Nunca me había internado por el camino de tierra que moría en ese lugar. Los campos que se extendían a ambos lados de la pista tenían el mismo aspecto desolado que se repetía por la provincia: tierras sin labrar, masías con los tejados hundidos y un silencio tan espeso que cortaba la respiración. Entré en el pueblo y dejé el coche junto a la iglesia. El abandono era evidente. Escuché el sonido de una puerta que se abría en algún lugar y esperé. Un anciano delgado, con el pelo y la barba largos y completamente blancos, apareció por una callejuela y se me quedó mirando. Durante unos segundos nos contemplamos sin hablar, estudiándonos. Él con recelo; yo, intrigado. Le mostré los restos de la pieza y me pidió que le siguiera. Me llevó a su casa, la antigua herrería, y me invitó a un café. Nos presentamos. Se llamaba Andrés Blasco y era el único habitante de Valdemón. Hacía ya muchos años que los penúltimos vecinos, una pareja de ancianos que se resistía a mudarse a la ciudad, habían claudicado y se habían ido a vivir con un hijo a Zaragoza. Me impresionaron sus maneras pausadas, la dignidad que emanaba toda su persona. Hablamos durante un rato sobre el pueblo vacío, sobre la vida, sobre la soledad. A él no le pesaba y prefería guarecerse entre sus piedras, como él llamaba a la aldea, a trasladarse a vivir entre desconocidos. Estaba mejor solo, con sus recuerdos.

Seguía cultivando la huerta y necesitaba poco. Cada quince días, un muchacho de mi pueblo le acercaba el pedido del supermercado y se arreglaba bien. Observé su fatiga al hablar, aunque él intentaba disimularla, y le propuse que pasara algún día por la consulta, pero cambió de tema. Se quedó la aldaba y me prometió que la arreglaría. No me fui tranquilo y, por la mañana, indagué sobre él en el ambulatorio. Era viudo. Su mujer había muerto hacía más de quince años por un cáncer producido, según me contó la señora de la limpieza con convencimiento, por la tragedia de perder a su único hijo en un accidente con el tractor. Él se quedó solo y siguió trabajando en la herrería hasta que sus clientes, subidos al carro de la modernidad, ya no le necesitaron. Nadie recordaba su edad exacta, pero estaban seguros de que rondaba los ochenta años. Hasta la semana siguiente no pude volver a verle. Esta vez me fijé mejor en su casa. Era evidente que no limpiaba mucho, pero estaba ordenada. La fragua, que ocupaba casi toda la parte baja, era su santuario; me la enseñó orgulloso y, entre toses, me fue contando la utilidad de las herramientas que apenas usaba ya. Cogió el puño reparado y me hizo acompañarle a la cocina, donde nos esperaba una botella de un licor de hierbas que él mismo destilaba. Quedé impresionado: por el sabor intenso y aromático del brebaje y por el trabajo que había realizado en la aldaba. Había reconstruido todos los dedos de la mano, perfilando uñas, nudillos y hasta podían distinguirse las falanges. No había señal de la rotura. No quiso cobrarme e, incluso, me regaló una botella de su licor. Abrí, entonces, mi maletín, que esta 47


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vez había llevado conmigo, y saqué el fonendoscopio. Le pedí que me dejara auscultarle, y, aunque se resistió, conseguí realizarle un somero reconocimiento. Le tomé también la tensión y me puse serio. Tenía que hacerle más pruebas y tendría que venir a la consulta. Se burló de mí. No se le había perdido nada en el ambulatorio y no creía en los matasanos. Él seguiría allí, en su casa, esperando el fin que ya tardaba en llegar y que no temía. Unos días después, mientras colocaba la aldaba en mi portón, tracé un plan. El domingo fui a verlo de nuevo y le invité a comer. Había preparado una fiesta de inauguración de la casa para todos los vecinos que me habían ayudado y él tenía que venir. Le prometí que le llevaría de vuelta en cuanto él quisiera y, casi a empujones, le metí en el coche. Fue una comida agradable. Mis parroquianos se alegraron de ver a Andrés 48

y les escuché hablar de sus cosas, de sus lamentos sobre la huída de los jóvenes, de la naturaleza muerta que se iba adueñando del paisaje. A media tarde conseguí convencer a Andrés para que me acompañara al consultorio. Un electro me reveló los datos que sospechaba y le tomé muestras de sangre y orina. Necesitaba también una radiografía de tórax para conocer con certeza el estado de sus pulmones, que no podía ser muy bueno después de una vida entera en la herrería. No aceptó que le llevara al hospital de Alcañiz; temía que si lo pisaba, no le permitieran salir. «No voy a dejar que Valdemón se muera solo», me dijo muy serio. Por los ruidos que había escuchado en su pecho ya sabía que padecía un enfisema. Le extendí varias recetas. Las rehusó, pero después de explicarle que los fármacos no iban a curarle, sino que le ayudarían a respirar, me pidió que las


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dejara en el supermercado; se encargarían de ellas y las incluirían en la compra de la semana. Le llevé de regreso a su casa y le avisé de que volvería para comprobar si se tomaba la medicación. En mi siguiente visita le noté más animado, pero la tos continuada me alertó de que algo no iba bien. Me aseguró que se había tomado las pastillas tal como yo le había indicado y me enseñó las cajas empezadas que tenía en la mesa de la cocina. Cambió enseguida de tema y me entregó un paquete. «Es para ti», dijo con una sonrisa. «Para que lo cuelgues en tu puerta». Lo abrí y me emocioné. Era una delicadísima reproducción en cristal de la serpiente enroscada en la rama, la vara de Esculapio, el símbolo de la medicina. Le pregunté cómo la había tallado y me confesó que hacía algo mejor que trabajar el hierro: soplar el vidrio. Yo creía que era un oficio extinguido, pero él afirmó que aún no. «Desaparecerá con Valdemón y conmigo». Soplar para crear formas en el vidrio candente le convertía en un pequeño dios; le proporcionaba el don de alumbrar vidas tan frágiles como las humanas. «Un descuido y tu criatura se rompe… para siempre», murmuró mirando por la ventana. «Pero a los dioses acaba fatigándoles la tiranía del tiempo y la obligación de seguir habitándolo», dijo para sí mismo. Le ausculté inmediatamente. Lo que menos necesitaban sus pulmones era un esfuerzo de ese tipo. Intenté que lo entendiera y le pedí que viniera conmigo al hospital. Necesitaba oxígeno y aquello no admitía discusión. No conseguí convencerle. Afirmó, una vez más, que su lugar estaba allí.

No iba a dejar que el pueblo se desmoronara solo; estaba muy cansado, sí, pero se apagarían los dos a la vez. Era lo justo después de haber pasado toda su vida entre sus muros. No sabía cuándo, pues incluso la muerte les había abandonado, pero hasta que el olvido aprendiera sus nombres, serían uno. Me fui directo al hospital. Pedí un concentrador de oxígeno portátil, rogué, supliqué, pero no había ninguno disponible para préstamo domiciliario. Me pusieron en lista de espera, a pesar de mis protestas por la urgencia del caso, y me despidieron. Al día siguiente, por la noche, acudí a Valdemón. La tos de Andrés había empeorado, pero su ánimo, en cambio, era inmejorable. Preferí pensar que era producto de mis visitas, de esa atención que aliviaba algo su soledad, y no por el presentimiento de que se acercaba el final que anhelaba. Me preguntó si jugaba al ajedrez, asentí y fue a buscar un tablero y unas viejas piezas de madera. Aquella noche comenzamos una partida lenta y medida, sin prisa. Yo me consideraba bueno, pero él era un maestro. Me confesó que llevaba años jugando solo, ensayando ataques para arrinconar a la Señora de Negro cuando se presentara. Le ganaría y la obligaría a cumplir con su deber; no le permitiría que volviera a abandonarlo. En cada sesión intercambiábamos uno o dos movimientos y nos despedíamos hasta la siguiente visita. Su fatiga era cada día más alarmante. No comprendía por qué no le aliviaban los fármacos y le fui subiendo las dosis. La partida interminable, sin embargo, estaba alegrándole los días. Yo, aunque había salido airoso de varias encerronas, tenía ya pocas piezas para intentar un 49


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ataque que me llevara a la victoria. Una noche, derrotado, pese a mis desvelos, por su rápido empeoramiento, que no comprendía, volví a pedirle que me acompañara al hospital. Le confié que temía que no pudiéramos terminar la partida y que era su obligación de jugador estar en las mejores condiciones para hacerme frente. Rió y me apretó una mano. «Ya falta poco; acabaremos la partida, no te preocupes», me aseguró. Al día siguiente, muy temprano, volví. Quería probar un nuevo tipo de antibióticos que había recibido. «¿Saben los fantasmas que lo son?».

Aquella pregunta tenía que haberme puesto en guardia, pero estaba acostumbrado a sus tristes reflexiones y no le presté atención. Le dejé las pastillas y le prometí que continuaríamos la partida por la noche. Una urgencia me impidió acudir a la cita. La intranquilidad me hizo acercarme a la mañana siguiente, antes de comenzar la consulta. Me preocupó que no saliera a recibirme, como siempre. Llamé a la puerta, pero no me contestó. Empujé y entré. En la cocina, sentado ante el tablero de ajedrez, descansaba con la cabeza apoyada sobre la mesa. Observé las piezas: me había estado esperando para rematarme. En la mesa había algo más, una caja envuelta con papel de estraza con mi nombre escrito en ella. Al abrirla, el brillo de unas piezas de cristal iluminó mi ceguera, pues, al instante, comprendí, al fin, el motivo del empeoramiento progresivo de Andrés. Saqué una de las figuras. Admiré la regia belleza de la reina negra y la coloqué delante de mi rey de madera: «¡Jaque mate!», grité con todas mis fuerzas. En la lejanía un perro ladró y comenzó a llover.

Patricia Richmond (España) Blog: patriciarichmond.blogspot.com 50


NĂşmero 8

En la ribera al lado del muelle RaĂşl Ariel

Victoriano

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Lo único, pienso, que te podría molestar es la bruma del amanecer que te toca antes de disiparse...

I

LA AUSTERA TUMBA que te hice, hace unos meses, se reduce a una montaña de cascotes incrustados en la greda de la playa angosta, contra la barranca. Tiene una cruz hincada encima, dos maderas de palo rosa atravesadas por un clavo y atadas con alambre de fardo. La estaca vertical es gruesa, se afina hacia lo alto y la punta asoma por encima de la hierba, cerca de la orilla, en este oculto recodo del río. Sé que tú hubieses querido féretro, fosa y un responso del pastor al lado de una sepultura. Pero me resistí a hacerlo. La muerte llegó a la madrugada y se enamoró de tu cuerpo cálido. Deben haber pasado dos horas hasta que me resigné a la fatalidad de tu quietud, y algún tiempo más, hasta aceptar que alguien o algo desconocido te había robado el movimiento. No quise dejarte encerrada en la casa, pero tampoco sacarte de esta telaraña de islas, ni alejarte de estos bosques tupidos de alisos, espinillos y pajonales. Te puse en este lugar para que el agua te moje con su dedo húmedo a través de los intersticios abiertos, entre piedra y piedra, en tu nuevo lecho. Hasta allí llega el canto del churrinche rojo esquivando las flores de los ceibos. Lo único, pienso, que te podría molestar es la bruma del amanecer que te toca antes de disiparse. Quise retenerte de algún modo. Esa es la verdad. Elegí este sitio para no exponerte a la furia de la correntada, de modo que los manotazos del oleaje no te arrastren hacia lo profundo y te hundan como a un 52

buque abandonado. No sé de dónde saqué fuerzas para fabricar tu nueva morada. Hoy no sería capaz, soy un hombre desorientado que anda mudo. A veces le hablo a los pájaros, y a veces, en la cocina de la casa, hablo solo, convencido de que tus labios me conversan. —Juana, no sé cómo seguir —digo en voz baja, o lo pienso, o me parece que lo pienso, o mi pensamiento rebota en el abrazo del viento, cae como un eco de luto en mi oído, y me confundo.

II

Deambulo extraviado por las habitaciones. Me desplazo de una a la otra sin destino claro. Soy un remanso circular de rutinas que repito, es para salir de esto que me aferro a la intimidad de la pesca. Tomo las cañas, cierro la puerta y bajo caminando, por el estrecho sendero que esquiva los troncos de los fresnos y desciende hacia la ribera. Veo aparecer y desaparecer la tumba entre el follaje. Me gusta el lugar que elegí para el destino final de tu cuerpo, porque está amparado, a salvo de los ojos de los navegantes que husmean buscando despojos de barcos abandonados. Llego al pequeño embarcadero. Me detengo y miro la obra de rocas levantada del suelo. Los juncos la están tapando de un costado, deberé cortarlos antes que la cubran del todo. El Paraná está crecido y el nivel de los afluentes sube. El líquido pardo avanza, estrecha la faja de arcilla de la costa y acumula hojas en la base del promontorio. Escucho el chapoteo de


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los manotazos intermitentes que dejan su espuma en los adoquines. El sepulcro está al amparo de la correntada, pero las ramas y los camalotes se enredan en los escombros que sobresalen. Ahí se quedan y después se pudren sin resistir al cristalino discurrir del tiempo. El peregrinar cansino de las nubes rumia una tormenta. Tal vez un día el río levantará su lomo mojado y arrasará con todo. Debería mudar tu pétreo aposento, protegerlo más, llevarlo arriba de la barranca. Conozco la posición de cada bloque, en qué hueco puse cada guijarro. Podría desarmarla y volverla a armar con los ojos cerrados y una mano atada en la espalda. Tengo tallada en mi retina con exactitud toda la arquitectura. Pero es verdad que, aunque no me guste, no puedo dejar de pensar en el cementerio. Me pregunto si acaso no sería como una segunda muerte, y lo cierto es que no solo te alejaría de mí, seguramente tu cuerpo olvidaría las islas, el viento y la soledad del paisaje.

III

No me distraigo más y retomo la marcha. Mis pasos repercuten sobre los tablones del muelle. Subo a la embarcación, reviso la cabina con calma y minuciosidad, levanto el bidón y lleno el tanque con gasoil. Enciendo el motor. Por un momento el ronroneo del Mercury me disipa la pesadumbre. Me dispongo a remontar el arroyo Anguilas, a buscar la boga porque todavía no aparece el pejerrey. El cielo del sudeste está gris, es un buen augurio para la pesca. Suelto la soga de amarre y salgo a navegar. No es un viaje largo, en media hora llego y detengo la marcha. En la lejanía, la costa parece una chata arenera fondeada en medio del desamparo con un bosque encima. El

casco anaranjado de la Baader-Track se hamaca suave en la corriente perezosa. El silencio aturde, tiro el trasmallo y me quedo pensando en nada mirando el collar de boyas amarillas. Apoyado en la borda cuelgo los ojos en la melancolía de la tarde. El horizonte oscila con el suave vaivén de la brisa. Vuelvo a pensar en ti y en el cementerio. Desde la semana pasada que la idea me da vueltas en la cabeza. Se trata de una especie de paranoia recurrente. Comenzó cuando me encontré con el viejo que tiene el rancho donde se quiebra el arroyo. Estaba comprando en la lancha carbonera. —Hola, Don Luna, ¿qué cuenta? —dije yo. Por decir algo. Pero fue suficiente para que me contara todas las novedades que circulan por las venas intrincadas del estuario, y nos pusimos a conversar mientras hacíamos la fila. Tú sabes, Juana, que la gente de las islas es así, cuando se encuentra con alguien habla, necesita abrir el silencio y escuchar el sonido de su propia voz. El diálogo es un recurso. Todos necesitan compartir los misterios de los navegantes y espantar la superchería de las historias trágicas del Delta. Me habló del fallecimiento del dueño del aserradero que está en el otro extremo del islote, en Cabo Calandria. Sin que yo pregunte nada me contó con lujo de detalles el servicio funerario y el desconsuelo de la viuda. Yo le conté que a nuestro amarradero lo habíamos construido tú y yo solos, casi sin herramientas. Don Luna se entusiasmó. Cuando nos despedimos me preguntó si un día de estos podía pasar a ver nuestro muelle, quería animarse a hacer uno nuevo porque al suyo se le habían empezado a pudrir los puntales. 53


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IV

Mi cuerpo cuelga boca abajo, como un cadáver, sobre el estribor del casco del barco, rodeado por la tranquila inmensidad acuática. Tengo las manos sumergidas casi hasta los codos. En esta ridícula postura imagino que te estoy acariciando. Mis extremidades son parte de los riachuelos sinuosos que se extienden hasta los resquicios de la tumba y con ellas acaricio tus pies descalzos. Me siento huérfano tan lejos tuyo. Me desperezo parado con las manos apoyadas en los huesos de la cadera. Estiro los músculos. Trato de pensar en otra cosa. Una bandada de cotorras rasga el cielo buscando el sigilo de la fronda, los chillidos lejanos raspan el aire liviano de la tarde pálida. La brisa alborota el follaje de la hilera lejana de álamos, las hojas oscilan en infinitas vibraciones, son diminutos espejos verdes y blancos que flotan en el suspenso de la humedad. Todo es movimiento.

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Me pongo a trabajar con la red. Tiro de la relinga hasta que la baliza llega a mis manos. Separo la pesca en los fuentones, acomodo la malla contra la popa. Me dirijo hacia la cabina y enciendo nuevamente el motor. Giro con suavidad el volante, la lancha obedece dibujando una curva amplia y luego enderezo el rumbo. Navego pensativo. Qué triste sería dejar de tenerte tan cerca si te llevara al cementerio. Durante todo el trayecto de regreso no hago más que cavilar en ese sentimiento. Dejo el canal Honda, encaro hacia la boca de entrada del último arroyo para acceder a nuestro muelle. Encapillo la gaza del cabo de amarre. Subo al entarimado y paso al lado de la tumba. No quiero mirar, no llego a discernir con claridad la causa de este gesto al que me obligo. Sigo cabizbajo por el sendero hacia la casa y entro.


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V

Lo primero que hago es arrimarme a la ventana. Te miro. Es decir, bajo el esplendor galvanizado de la tarde, observo cómo asoma el copete de piedras y la cruz de palo. Sé que estás ahí. El silencio de la cocina me mantiene pegado al vidrio. Pasa un rato y me siento en la banqueta, acerco un vaso y lo lleno de vino. Quizás así pueda traer un poco de olvido para tapar tu ausencia y la angustia que me araña la aridez del alma. Me pregunto cuál es la distancia que nos separa y si esa distancia existe. Imagino que tu cuerpo se quedó quieto al perder alguna sustancia desconocida que se fue a algún lado. No sé dónde está esa otra parte que te completa, lo desconozco. El aire no ventila tus pulmones, está ausente tu respiración y no obstante te imagino intacta, íntegra, debajo de la rústica tumba. Me apropié de tu cuerpo en un arrebato de insensatez por tenerte conmigo, no medí las consecuencias. Una locura. Poco a poco tomo conciencia de la fatalidad de la muerte. Ese límite único e inapelable. Debe ser el vino que me lleva a ese lugar. Mi pesar se retira hacia los rincones de la casa, con sigilo, no es más que un síntoma del dolor que me acosa. En eso pienso cuando me quedo dormido con la cabeza apoyada sobre la mesa. Y sueño contigo. Y después de un intervalo de tiempo que no puedo definir con precisión me voy despertando. Quedan retazos en mi cabeza, sinrazones, una metáfora confusa que naufraga sin explicación. Tú estabas quieta, sentada sobre una balsa que se iba deslizando río abajo sin remedio.

Yo te miraba desde la costa, quería gritar, pero estaba amordazado, atado y de rodillas, en un islote desierto. El sueño me salva de la angustia por un rato, pero ya estoy despabilado, otra vez con el alma sombría, atrapado en la persistente oscuridad. Me despierto con lágrimas en las mejillas mirando la botella. Me refriego los ojos para despejar la niebla que los empaña, el jugo de tanta congoja que llevo dentro. Arqueo la espalda y me afirmo en la mesa. Me levanto y comienzo a dar vueltas por la cocina, buscando una precisión, un norte, una brújula que me oriente. De repente oigo ladridos lejanos, llegan desde afuera más allá del aserradero. Hace tiempo que no escucho ladrar a los perros, pero eso no me llama la atención. Un mes después de tu muerte se fue el último que quedaba. Es 55


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lógico, tú los llevabas a cazar al carpincho, te revolcabas con ellos a jugar en el pasto. Yo nunca me ocupé. Recuerdo que en tu noche trágica fue Titán quien acercó el hocico y tocó el dorso de tu mano, para verificar si estabas. Así se demoró unos instantes. Luego retrajo las orejas hacia atrás y se quedó echado en el piso. Te aseguro que pude ver la tristeza en aquellos ojos de animal abandonado. Rememoro nuestros amaneceres cuando el mate nos calentaba las manos. Y tu risa, sobre todo tu risa. Qué hermosa compañía que eras, Juana. Cuando me pierdo en la soledad del río elevo la vista al cielo para buscarte. Y, te juro, que me parece que te estuviera viendo. En el interior de la casa se siente tu perfume, la sensación de que en cualquier momento vas a decir algo. La melodía de tu voz y los susurros de tus pasos permanecen todavía en las habitaciones. Hay momentos en los cuales me parece escuchar el suave choque de las cacerolas. En ocasiones me sorprendo en el dormitorio, buscando la forma de tu cuerpo, palpando el sutil hueco del colchón. Desde el cuarto, a veces, me parece escuchar el siseo de las sábanas, agitadas por alguna de tus pesadillas. Aquella madrugada te cargué entre mis brazos, aún tibia. Yo mismo socavé el suelo, lo suficiente para acomodarte sobre la tersura de tu morada perpetua. Asenté allí tu espalda con cuidado y te tapé con dos mantas. Luego acomodé encima la pila de piedras, formando un arco para el breve hueco de tu acotada libertad. En la angosta ribera estás entera, quieta, inmóvil. Creo que me ganó la desesperación aquel amanecer en el cual decidí que tu cuerpo quedara conmigo, e hice la tumba, para poder verte desde la ventana. La muerte hizo dos Juanas. Una es la 56

forma dormida bajo las rocas y la otra es tu espíritu, la algarabía que mora por aquí dentro, agita las cortinas, rodea la huerta y sube a cantar a los nidos de los árboles. No concebías tu mundo lejos de los juncos, esos huérfanos que hunden sus raíces en los riachos, ni del viento que zamarrea las hojas del bosque. Por eso oigo tu voz que baila en el aire y me contás como es el cielo. El atardecer no se muere aún sobre la superficie plateada del espejo acuático. La melancolía baja desde el silencio de los árboles, las nubes de lluvia se van aproximando con cautela. Sin embargo, aquí, la penumbra abarca por completo la amplitud del cuarto. Enciendo una vela, me siento más sombrío que otros días y no sé por qué.

VI

El encierro no me hace bien. Salgo. Avanzo por el camino y me acerco al muelle. Miro cómo cabecea el bote. Desde acá percibo dos mantos fluviales diferentes, uno encima del otro. El de arriba es una lámina que se desliza con lentitud, la de abajo corre veloz y turbulenta, es voraz, todo lo traga y lo oculta. Un ruido paraliza mis reflexiones. Estalla un trueno, algo se rompe en el cielo y empieza a caer una llovizna de hilos delgados. Decido volver para buscar el capote y al pisar las últimas tablas de quebracho resbalo, un pie se traba entre las maderas del piso y la baranda. Pierdo el equilibrio y me desplomo. Caigo de espaldas con todo el peso de mi cuerpo y siento un golpe seco en la nuca que impacta contra una piedra bola. Se me escapa un grito de dolor. Estoy atontado. El golpe me ha debilitado los


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músculos y eso me da temor. Quiero estar junto a la tumba, Juana, más a resguardo, por si viene la creciente. Además, necesito tu proximidad. Me arrastro con los codos dejando una huella curva en el barro de la playa. Las finas gotas de lluvia me golpean en la cara, pero no quiero cerrar los ojos. Me quedo quieto un rato. Tengo una herida cortante detrás de mi cabeza que me ha partido el cráneo. Sale mucha sangre y se diluye formando una franja rosada que termina en las olas que chapotean en la orilla. Mi corazón late rápido. En este recodo escondido es escaso el tráfico de lanchas, es difícil que puedan socorrer a un moribundo como yo. Giro con lentitud la cabeza para mirar la casa y por primera vez me parece inalcanzable. Veo sombras que se mueven en la ventana. Es extraño. Hay alguien dentro o el pábilo de la vela produce ese efecto tenebroso. Quizás sea consecuencia de lo aturdido que me encuentro. El oleaje tironea de mis piernas con sus fauces líquidas. Conozco la avidez que tiene por engullir los cuerpos de náufragos y ahogados, me quiere arrastrar hacia la profundidad del cauce. Comienza la creciente. Entierro los dedos en el barro con fuerza mientras el agua me va cubriendo los pies, luego las rodillas, después el pecho. Levanto la cabeza alzando las cejas con desesperación porque siento que estoy sumergido casi hasta los hombros. Me parece que me esfuerzo demasiado. Un cardumen de peces comienza a pellizcarme el cuello. Se meten debajo de mi ropa empapada y raspan mi piel como roedores hambrientos. No alcanzo a comprender qué es lo que están buscando con el cosquilleo de sus pequeñas dentelladas. Debe

ser la sangre, que tanto enloquece a las terribles palometas río arriba. Con tamaña voracidad me van a convertir en un desecho de huesos.

VII

Hacia el oeste todavía queda algo de claridad en el aire. El sol, totalmente oculto por las nubes, desata su última furia. Delgados filetes rojos se filtran por los poros del follaje, más allá de las islas. El cielo es una pavorosa bóveda de estaño fundido. El esplendor del viento baila sobre el inmenso espejo líquido. Primero aparece un puntito negro sobre la superficie agitada del agua. Luego se agranda y se convierte en una geometría difusa, un espectro pálido que va cobrando forma saliendo de las tinieblas. Parece un monstruo inconcebible surgiendo de la lluvia, transparente y plateado como un pejerrey gigante. Después la figura define sus contornos y se escucha un diésel antiguo que carraspea. El triángulo de proa se agranda cada vez más, ancho como la trompa de un bagre amarronado. Es evidente que viene hacia acá y está cada vez más cerca. Por fin, se muestra indudable la imagen temblorosa de la lancha de Don Luna. Juana, ya no me importan las mordeduras de los peces. Deseo que la tumba que te cobija resista anclada en la playa, que la cruz de palo apenas se destaque entre los penachos de los juncos oscuros para que nadie te descubra. La embarcación llega, arrima su cadera al costado del embarcadero. Reconozco los cáncamos y pasamanos oxidados de esa chatarra que ahora me parece maravillosa. El tiempo se dilata, la ansiedad es más intensa que el dolor. Por fin, el viejo asoma la cabeza por el costado de la cabina y me mira. El gesto 57


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de su rostro me indica que entiende mi situación comprometida. Se apresura. Escucho las botas entrando y saliendo del agua. —¡Madre de Dios! —dice asustado—, me desvié para echarle una ojeada al muelle y mire con lo que me encuentro. Déjeme que lo llevo, tiene el cráneo partido. Las manos de hierro de Don Luna me toman por los hombros como dos mosquetones de acero. Me mareo. Me acerca al barco, dejo que me arrastre. Mi cuerpo se arquea, se desliza y pasa por encima de la borda. Los brazos fuertes del viejo me acomodan en la panza de esta antigua ballena de agua dulce. Olfateo un intenso aroma a eucaliptus y kerosene. Estoy exhausto tirado en el fondo de su vientre, el vetusto motor de seis cilindros en línea tose, la es-

tructura de la lancha vibra y se aleja lentamente de la costa. Afuera se desploma el cielo en un temporal feroz. Aunque todavía la oscuridad es liviana, Don Luna enciende las luces de navegación. El faro de popa hace más agradable la penumbra. Te extraño, Juana, el cansancio me vence. No te dejes seducir por el abrazo astuto del río, no dejes que importune tu sueño azul, oculto en la eternidad, dentro de la tumba de piedra. No sé si esto lo pienso o lo digo en voz alta. Debe ser la fiebre. Estos son los pensamientos que borbotean en mi cerebro antes de desvanecerme. O las hilachas que quedan de ellos. De cualquier manera, es lo único que poseo en este momento, lo último que puedo recordar con certeza.

Raúl Ariel Victoriano (Argentina) Blog: hastaqueelesplendorsemarchite.blogspot.com.ar

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Número 8

Atahí

Margarita

Wanceulen El único nieto de la dinastía de los de Angulema debía ser un héroe de la patria... SABÍAMOS QUE DEBÍAMOS ACTUAR rápido. Que la tardanza no era buena en su caso. Ya lo dijo la abuela, habría que haberlo atado a un árbol. Eso ocurrió aquel verano de 1914, cuando en el pueblo corrían vientos de revoluciones y de guerras. Cuando los caballos relinchaban durante la noche llevados por hombres con sangre hirviente y negra. Y sin embargo él, allí se

encontraba, cada vez más gordo. No criamos un niño feliz, pero eso fue culpa de todos. Y eso se produjo en los silencios, unos silencios que corrían por toda la casa y donde cada uno éramos el enemigo de los demás. El único nieto de la dinastía de los de Angulema debía ser un héroe de la patria, de la guerra, de las artes. Un niño gordo al que todos amamantábamos y no solo su ama de cría. 59


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El patriarca de los Angulema buscó varias hembras rollizas de grandes ubres a las que primero probó con la carta de libertinaje que habían concedido en aquellas tierras mestizas a los patriarcas de su estirpe: gente sin piedad, no brava, sino sin conciencia. Sangre de colonizadores furiosos que corría por su cuerpo, aliñada con la rabia concentrada de los esclavos. Todo aquello era el poso que pensábamos que debía correr por aquellos brazos de niño recortado, de piernas y brazos cortos como todos los varones de los Angulema. La leche brotaba de aquellos inmensos pezones como rebosantes de una pervivencia que daría para amantar aquella nueva criatura concebida en una cama algodonosa por el amo y por su esposa: una señoritinga española, pero mestiza, como todos nosotros. El día del nacimiento del niño gordo nos hizo a todos asistir al alumbramiento. La más vieja de la calle, la tía Ranira ya lo predijo: que allí no se estaba cociendo nada bueno. La señoritinga de piel blanqueada y dientes adornados con perlas, traería un ser abominable que no tardó en aparecer delante de todos los familiares y el sacristán incluido, que saboreaba el momento, ya que rara vez había visto la entrada a los placeres tan de cerca. Lo primero que nos extrañó a todos era la envoltura de aquel engendro. Una viscosidad verde de flujos y de sangre. Los médicos se miraron los unos a los otros, aunque en aquella selva hiriente y putrefacta no podíamos esperar que los dioses Juntú nos fueran favorables. Para eso tendríamos que haberle untado a la parturienta los genitales con aceite de guaramisa mezclado con linóleo de la primera prensa y perlas traídas de los arrecifes, capturadas a primera hora de la mañana. Ponle emplastos, me decían. A mí, que solo era 60

Menguá, la esclava india, que en el lenguaje de los indios Kokione significa la «no usada». Corre, corre, continuaban. La esclava Menguá se esforzaba en recuperar aquel engendro que a todos asombró en la hora de su nacimiento. En primer lugar, salió del vientre materno hablando, hablando una lengua desconocida para casi todos los allí presentes, pero no para mí. Se trataba de la lengua Aititone que, según las leyendas que yo había escuchado durante toda la infancia en la tienda que ocupábamos mis padres y yo, se trataba de la primera lengua que había ocupado el mundo, compuesta de tan solo ciento cincuenta palabras, llenas de sonidos guturales que el niño gordo gorjeaba sin ningún conocimiento. Mi abuela, también esclava de los endiablados Angulema, comenzó a temblar por aquellos primeros vocablos: Ihiá, ihiá… A las primeras palabras, muchos de los allí presentes corrieron como si hubiesen visto al mismísimo diablo. El niño gordo continuó: Ihíá, ihiá. De los allí presentes nadie, salvo las dos esclavas, conocían el significado de aquellas dos palabras. Mi abuela temblaba como una hoja de rodomira cuando los vientos soplan cara al norte presagiando el invierno. Conocía perfectamente lo que significaban aquellas palabras en la lengua Aititone. Con el correr del tiempo y cercano ya a los doce años, aquel engendro continuaba creciendo. Los más osados, calculaban que en la más extrema de las cenas había llegado a pesar los cuatrocientos quilos. Los ojos se los debían lavar casi a cada segundo, solo el roce de las mejillas le hacía frotar los párpados y sufría de una extrema irritación. Tan era así, que hicieron venir a curanderos llegados de todas las partes de la tierra;


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el niño gordo sufría de laceración por todas partes. Ninguno de los doctores extraídos de tierras tan distantes, adivinaban cuál podía ser el término medio de toda aquella desmedida. El niño continuaba utilizando la lengua arcana que salía de su boca como si hubiese descendido de esclavos, en lugar de comportarse como el único heredero del gran capitán de los Angulema. Solo mi abuela y yo entendíamos todo aquel desaguisado. Quiero morir, decía mi abuela que bramaba aquel niño gordo: Ihiá ningurata, repetía una y otra vez. Ihiá ningurata, clamaba en medio de un desierto. Muchas eran las viandas que utilizaban para transportarle la comida, hasta que al final, cansados de tanto cargar, crearon un mecanismo por el cual la comida iba conectada a unos tubos al que enganchaban al niño gordo desde la cocina. Todos los colgajos de carne que le sobraban, se los recogían en artísticas lazadas. Colgajos de carne estéril que se entrelazaban con lazos de bambú de diversos colores o lazos de seda enviados por alguno de los principales prebostes de los Angulema que sabían que todo aquello no podía ser cierto, que los comentarios exagerados de sus familiares, la otra parte de los Angulema, estaban trastocando la realidad. Aquel niño no podía constituir tal deformidad. Custodiaban la cama del niño seis soldados extranjeros fuertes y jóvenes

que hizo traer el padre de una tierra recién descubierta. Seis custodios bien pagados que darían su vida por defender la del niño gordo. A su lugar de descanso solo nos acercábamos su padre, para ver el desarrollo diario de su hijo y heredero absoluto; su madre que se quedaba a la puerta del dormitorio; y, sobre todo mi abuela, que era la mucama principal y yo. Nadie más que nosotras, conocía la lengua en que se desenvolvía el muy ladino. Itiane arurae. Me estoy muriendo, decía con las manos pringosas de tocino. Arurae, arurae. Dejadme morir, nos decía y las lágrimas no podían salirse ya que la gran bola de sebo le taponaba los ojos. Para eso hacía falta que viniera la cuadrilla de desagües que a diario lo limpiaban de las salivas, de los excrementos, de las lágrimas que en muchas ocasiones le causaban graves infecciones que nosotras les curábamos. Arurae tintika, le decía mi abuela sin que nadie se diese cuenta. No desees morir, ya vendrá con el tiempo necesario, le respondía ella. A la abuela y a mí nos daba pena aquel ser indefenso: Tataratí arurae, le decía yo acercándome a la cama. Si pudiera lo haría, te ayudaría a morir, pero morir bien, como los viejos de mi tribu que conocen el punto exacto donde deben retirarse de todos y dejarse caer. Yo nunca había conocido aquel suplicio de hombre joven. Sí conocía cuando los viejos llegaban al final de sus días y có61


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mo los demás le correspondían en regalos, en abrazos, en caricias, cuando se apartaban y se dejaban morir al frío de la montaña helada o en medio de la noche del desierto. Eso era ser un hombre para mí y para mi abuela. Pero eso aquí no contaba, al menos no contaba demasiado. Un día el patriarca de los Angulema ordenó: —Ensillad todos los caballos, yeguas, mulos y bueyes que encontréis en mi rancho. Nos llevamos a mi hijo a tomar las aguas de las termas de la cordillera de Tunay. ¡Rápido! Casi cincuenta hombres fueron contratados para tal expedición. Una poderosa empresa española creó un galeón de tierra que nunca surcaría el mar, a esto le unieron ingeniosos mecanismos por los cuales el niño gordo pudo atravesar los casi cien quilómetros que le separaban de aquella gran pila bautismal de casi cien metros de ancho que le tenían preparada. Asistió el arzobispo que ordenó la misa y trescientos sacerdotes que juraron ser fieles a dios en aquellas tierras durante el resto de sus vidas. El niño gordo sumergido en aquella inmensa pila bautismal creada al efecto lloraba y hablaba, pero nadie lo entendía, salvo mi abuela y yo. Arurae, arurae, decía solo una vez asfixiándose. Arurae, arurae, lograba articular solo una segunda vez. Lo habían vestido con lienzos de lino que cubrían las llagas de su enorme cuerpo de casi cuatrocientos quilos. Lo peor fue en el camino de vuelta. El tiempo se complicó y un gran aguacero propio de aquellas tierras, cayó sobre el galeón seco del niño gordo. Terminó lloviendo con la fiereza de los vientos, con la furia de los volcanes, con el crepitar de las ramas, con una lluvia enardecida que hacía rodar a su paso to62

do lo que resbalaba: piedras, guijarros; todo lo arrancaba a su paso. ¿Nadie había pensado en que podía ocurrir todo aquello? Mi abuela y yo lejos de amedrentarnos, supimos escondernos en un buen lugar seguro. Sabíamos mucho de todas aquellas tierras y de todos aquellos lodos. Solo había que guardar la calma, buscar un rincón resguardado por el viento tras una gran roca protectora y esperar, esperar. Aquella gran tormenta duró lo que el nacimiento de un becerro o la salida completa de la luna. El ejército de hombres poderosos huyó ante la ferocidad del paisaje y del clima. Fue entonces cuando escuchamos en la oscuridad, el aullido del hombre de Angulema. Faltaba poco tiempo para que el sol asomara en sus primeros rayos en el horizonte y en él reconocimos el grito desgarrado de un padre que acaba de perder a su hijo. El niño gordo no estaba allí donde lo habían dejado a buen recaudo al comenzar la tormenta. La lluvia había arrancado el par de anclas. Corrimos tras las huellas del galeón. Mi abuela y yo somos buenas rastreadoras. Fueron días y días trasegando por la zona, miles de pinchos en las piernas, la piel embrutecida por la dureza del sol en aquel rellano. Y, aunque el de Angulema hizo traer a más y más hombres, mi abuela y yo continuamos buscando el rastro, la pista era perfecta, una hendidura bien profunda que se perdía más allá en la montaña. Pero el padre Angulema no desfallecía, bramaba y blasfemaba por todas las esquinas de aquella selva inquieta. Cuando ya pasaron muchos, muchos más días, varios de los hombres enfermaron por unas fiebres desconocidas para nosotros. Pero el padre continuaba con la misma persistencia y autoridad con que había ordenado aquella batida, con la misma iniquidad con


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que nos había azotado al escucharnos hablar con su hijo, con la misma ceguera con que había ordenado aquella expedición. Por eso nunca le contamos lo que mi abuela y yo habíamos encontrado una tarde en que ya nos dábamos por vencidas en la búsqueda: las marcas del galeón impresas en la tierra justo hasta el río Maraná, uno de los más cau-

dalosos de la tierra. Hasta allí había llevado el ciclón de la tormenta al niño gordo montado en su barco expresamente construido para él por orden de su padre. Tampoco le contamos las palabras que encontramos en la orilla: Araré, araré. Su súplica como un espanto: ¡Dejadme morir!

Margarita Wanceulen (España)

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Diosa de los estropeados

Carlos Enrique

Ella es nuestra diosa, y siempre lo será... —NO NOS MOVEREMOS de aquí. Esta será la última noche. —¿Crees que vendrá? —preguntó Emil—. La hemos esperado durante tanto tiempo y hasta ahora no ha hecho su aparición. —Aguardemos un poco más —le dije—. Llegará, lo intuyo por la señal que hace la luz de la luna en el suelo. Puedo además notar la confirmación de nuestras esperanzas en el rostro lleno y benévolo de aquella esfera. —Ves cosas en donde no las hay. Siempre has actuado así. Escúchame bien, Eloy, yo ya estoy cansado de esperar. Me iré de aquí ahora mismo; no lo soporto. Emil estaba deprimido por la demora de nuestra dama, la esperábamos desde hace mucho. Siempre veníamos a verla a este lado perdido del Bosque del Centro Oscuro, ubicado en un extremo casi inaccesible del mundo. 64

Saldívar

—No vendrá —añadió mi hermano—. Todo esto no ha sido más que una absurda fantasía. Hemos aguardado en vano. Hemos sido unos estúpidos. Me iré de aquí. Desde ahora estás por tu cuenta. —No, no lo hagas. ¿Pretendes que me quede solo para contemplar a esa hermosa mujer? Si logro verla, ¿cómo podría probarlo? Nadie lo creerá jamás. Tú debes permanecer a mi lado en todo momento. —¿Yo? De verdad que eres gracioso; no tienes a nadie en el mundo para que te lo crea, sólo me tienes a mí. ¿Y al pobre bicho obstinado que soy, quién le hará caso? —Es cierto, por eso debes compartir este triunfo conmigo. Aunque no podamos contárselo a nadie, el milagroso suceso pervivirá en nuestras mentes y corazones. —Se ve que sabes convencer a los


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demás. Esta es la razón por la que nunca has muerto de hambre. Creo que... Se escuchó el ulular de un búho, un sonido ensombrecido que hizo que mis átomos se calentaran. Mi hermano también se mostró tenso y no dijo nada por un buen rato. La noche se hacía cada vez más negra y los árboles adoptaban misteriosas formas, como las de demonios incandescentes que amenazaban consumirnos, como si nos halláramos en una atadura sobre la pira de una hoguera. Emil estaba desesperado. Era demasiado el tiempo que llevábamos aguardando, sin embargo debíamos soportar el cruel martirio, necesitábamos que ella nos rescatara de nuestra miseria, de nuestra vida de mendigos, de nuestra tristeza y odio hacia el mundo que nos rodeaba. No venía. ¿No vendría? Aquella preciosa reina, a la que tantas alabanzas habíamos rendido, nos fallaba una vez más. —¿Será tan hermosa como dicen? —preguntó mi hermano. —Es hermosa y dulce, sus labios son rojos y sus formas amenas. Y le agrada el sexo. Sí, Emil, el sexo. Algo que nos ha sido tan esquivo durante gran parte de nuestras azarosas existencias. Ella es sorprendente, sus cabellos son negros como la oscuridad nocturna, su piel es pálida y su cuerpo es formidable, como para perderse en este. Una oscura y deliciosa selva de placeres. Ella es lo más perfecto de este mundo. Es divina, total. —Quisiera verla ya, hemos esperado tanto. No obstante, el fantasma de la duda opaca mis expectativas. ¿Será bella realmente? Una vez escuché decir a alguien —quien la vio de cerca— que ella era vieja, horrible y sangrienta. —No, esa era una mentira. Ella no tiene que ver con el dolor ni con la fealdad. Después del sufrimiento del impac-

to, de la desesperación, aparece la cura de todos los males, la cual se agita en universos sempiternos. Emil, ella es la ilusión, Dios la ama. Tú la amas, porque crees que ella existe. Ella es la amante de Dios. Todos le temen, pero nosotros la adoramos, por eso ella nos retribuirá y nos amará, y seremos sus fieles sirvientes de aquí en adelante, saldremos de esta vida de mendigos que nos tiene la piel carcomida de carachas y de enfermedades. No estamos locos, debemos ser pacientes. —Diría que hace mucho enloquecimos. No soporto más, no aparece. Su historia es extraña. Ella nunca tuvo oportunidad de amar a nadie. No creo que haya sentido algo por Halia y nuestros padres... —Halia la vio, nuestros padres también, y sintieron su calor, su destreza, su querer, su voluptuosidad. Nosotros también lo sentiremos y no sufriremos porque en cuanto la veamos nos arrodillaremos ante ella y nos aceptará en su seno. La seguiremos y seremos superiores. —Sí, casi como dioses... eso espero... por eso estoy contigo. —No, no pidas tanto, es imposible, nadie puede llegar a eso. —Solo quería decir que ella podría hacernos sentir como dioses, así como a ella la consideramos nuestra diosa. —Así es, ella es nuestra diosa, y siempre lo será. No en vano le rendimos culto dándole aquellas vidas jóvenes que tanto nos pedía. —Sin embargo, me dolió sacrificar algunas de esas vidas Eloy, sobre todo la de nuestra querida Helia. Aunque es verdad que la diosa es más importante. Sí, era cierto. Nuestra diosa aparecería pronto y era lo más importante del universo. Nadie ni nada podía com65


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parársele. Era mujer, femenina, lo había descubierto cuando hallé junto a mi hermano a aquel sacerdote oscuro en la iglesia del fin del mundo. Lo atrapamos en la región fría más inhóspita y le cortamos la cabeza. Nosotros habíamos hecho cosas terribles, habíamos acabado con vidas, pero eran vidas dedicadas a la maldad o a los placeres mundanos, nunca hubiéramos herido a gente inocente como hizo aquel sacerdote. Cuando Helia dejó el mundo lo hizo del brazo de mi hermano Emil, él la sacrificó, pero fue un caso diferente, ella tenía una herida hecha por un lobo y estaba perdiendo la vida lentamente, con mucho dolor. El sacerdote del final de los tiempos, mató niños, mujeres y hombres jóvenes que merecían crecer más y conocer el amor. No era justo. También abusó sexualmente de ellos. Antes de que acabáramos con él, sus palabras nos sacudieron: «No lo hagan, les daré el secreto de la dama que pasa cada cierto tiempo indefinido en un bosque negro y peligroso, en un lugar enmarañado del fin del globo, les contaré cómo deben de adorarla. Es hermosa, más hermosa que una gema, es sensual, y es inmortal, indestructible. Escuchen, sálvenme o no les diré cómo hacer que ella se fije en ustedes». Nos lo dijo. Debíamos entregarle nuestras vidas a ella, rendirle culto, y darle nuestra entera devoción, sacrificar a muchos para seguirle. Empezamos con él, nuestro primer sacrificio, era justo, había que obtener paz en este mundo frágil, acabamos con el mal e iniciamos con la justicia, ¡y ella no venía! Anduvimos en los pueblos aledaños. Las vidas de nuestros seres queridos caían consumidas por la pobreza, ¡y ella no aparecía!, no llegaba. No nos quería. La adorábamos cada día, cada 66

noche, con cirios y cánticos, y ella no surgía. Ayer, al amanecer, le dije a mi hermano: —Esperaremos solo una noche más a que venga, tengo fe en que esta noche llegará. Pero no aparecía y me estaba desquiciando. Emil, de espíritu más incontenible estaba llegando al borde la locura. Yo lo entendía bien, porque si, por si acaso, ella no venía hoy, acabaríamos con nuestras vidas. Nuestra meta era ser superiores, que todos estos años de tristezas y sufrimientos se viesen recompensados con una vida llena de placeres carnales al lado de ella, de inmortalidad y poderes fantásticos. Lo merecíamos. ¡Diosa, aparece! —¿Aparece? ¡Aparece! ¡Maldita sea! ¡Maldita seas! —gritó Emil. —No blasfemes —le dije enojado. —Hemos esperado por mucho, no lo soporto más. —Debemos seguir aguardando. Ella quiere eso de nosotros. —Quiere que nuestra vida termine aquí, eso quiere. Mis pies me empiezan a sangrar, me pica el cuerpo por los insectos, mis músculos se deshacen... la sarna... —Debemos esperar, la paciencia nos ha mantenido vivos hasta ahora, la esperanza. —¡A otro lado con esos pensamientos románticos! No existe la esperanza. Nunca has amado, por eso no lo sabes. Emil se equivocaba. Yo sí había amado, aunque nunca lo había demostrado. Lo hice con gran fuerza. Amé a Helia, quizá más que él mismo, pero ella prefirió a Emil y lo respeté. Luego Helia murió y una gran parte de mí se fue con ella. Helia sufrió, yo desearía padecer más para que mi sufrimiento se iguale al


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que ella tuvo. Perdón, Emil. —Escucha, hermano, debemos seguir aguardando un poco más. —¡Hemos esperado más de treinta años! Más de treinta años viniendo siempre a este bosque, ubicado en el fin del mundo, cada cierto tiempo y luego lo hicimos todas las noches. Cada vez los demonios y los vampiros están más cerca. Pronto nos atraparán. —No lo creo. En el fin del mundo también hay criaturas naturales. —Ojalá mi muerte llegue por una criatura natural y no por una de las sombras. —¡Basta, no acabará con nosotros ninguna bestia, ni oscura ni clara, ni grande ni pequeña! Le debemos nuestra existencia a la diosa; ella es la única que puede disponer de nosotros, ¡entiéndelo de una vez! Mi hermano menor calló. Se tendió a mis pies y comenzó a sollozar. Me abrazó las piernas. La noche, que era más oscura que las anteriores, nos daba rugidos de maldad. Las bestias del bosque que no eran naturales nunca se habían metido con nosotros, pues conocían la devoción que le teníamos a la diosa. De alguna manera era su divinidad también, pero todo tenía un límite. Un inmenso búho salió de entre el follaje ululando y luego se convirtió en humo amarillo. El aroma era insoportable, el azufre, su esparcimiento. ¿Acaso era...? —Escucha —susurré— escucha, Emil. Escucha, se oye claramente. —No, no puede —sonrió mi hermano—. ¿Es ella? Acaso... Sí, era ella, venía desde los límites del pueblo. Quién sabe desde qué montañas, océanos u horizontes. Se internaría en el bosque y entraría por una puerta invisible a otro plano de existen-

cia, desde el cual podría saltar a cumplir una nueva misión en el mundo. Llegaba desde lejos y no caminaba, flotaba. Había un brillo blanco tras de ella que surgía cada cierto tiempo, luego se difuminaba. A pesar de lo que creímos en un inicio, ella vestía de blanco, un vestido muy ligero que dejaba ver sus hermosos hombros claros, eran níveos, al igual que su rostro. Sus ojos no los podíamos ver, pero esa piel tan blanca era como la nieve, aun más clara, casi refulgía en la noche, y no era por causa de la luna. Sus cabellos eran negros, desordenados, largos. A medida que se acercaba, su expresión parecía de alegría, pero solo era una ilusión óptica creada por nuestras expectaciones. Ella no sonreía, estaba muy seria, pero no por ello era menos hermosa. Era alta y quebradiza, sus caderas anchas y sus extremidades delgadas. Su falda era corta y sus piernas, libres de toda atadura, bailaban a medida que se acercaba al bosque a través del pequeño monte. Sus muslos eran estrechos pero fuertes, pensé mucho en ellos: tan parecida a H... No, ella no se parecía a nadie, era nuestra diosa, la deidad de los deslucidos, de los enfermizos y miserables. Era la única en quien se podían confiar las oraciones y las almas, las nuestras. Mi hermano estaba a mi lado, agachado tras un árbol. Mirábamos desde el mismo sitio. —Es preciosa, la más preciosa de todas las diosas que han existido —dijo mi hermano extasiado, apartando de su rostro una tarántula que le había saltado encima. —La reclamaremos, pronto seremos suyos y ella será nuestra, la conquistaremos, ¿entiendes, Emil? La conquistaremos. No hagas ruido, no hablaremos hasta que ella penetre en el bosque, tal como dijo el sacerdote. Nos tomaría 67


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por bestias salvajes, pero cuando nos mire nos reconocerá. Curará nuestras enfermedades y llagas, y nos invitará a seguirla. —¿Entenderemos su lenguaje, Eloy? —Por supuesto, ella sabe los idiomas del mundo entero, y las lenguas de las plantas y de los animales. También sabe el idioma del tiempo y el espacio, de las piedras y los elementos. Ella es una diosa, pero no el tipo de diosa a la que se rinde tributo de una forma religiosa. No es un ídolo. Ella es una diosa de verdad. —Ella es nuestra diosa, aunque es extraño que no sepamos cómo llamarla. —La fuerza suprema… eso es todo. Ella es una criatura que da fuerza suprema. —Se acerca, se acerca… está... ¿cantando? Es hermoso. —Así es, le gusta cantar, es uno de sus gustos predilectos. Sus canciones son las más bellas de la tierra. Ahora que se acerque déjame hablar a mí. Le recordaré quiénes somos. Se acerca. Es más alta que yo, creo, y soy más alto que mi hermano. Me duele el cuerpo de tanto agacharme. La edad me ha jugado una mala pasada, pero estoy vivo, vivo para contemplarla casi a mi lado: está a solo unos metros y su bonito vestido blanco se torna transparente. No puedo creerlo. De pronto siento un inmenso calor en todo mi cuerpo, puedo ver su figura, podemos verla transparentada a través de su vestimenta, el armonioso y total cuerpo de una mujer desnuda, sus senos grandes con pezones oscuros y su pelvis con una manchita también oscura, pura, grácil. Sus caderas enormes parecen difuminarse por momentos. Sus brazos son como los de una niña, tiene uñas cortas. Su cuello es delgado. Veo a una muchacha, 68

muy joven, aunque ella es tan vieja como la existencia misma. Atrás quedan las antiguas leyendas que la retratan con oscuridad y maldad. Ella es neutral, aunque debe ser buena, buena y sensual, ardiente. Pronto la tendré en mis brazos y la amaré. Espero no sea un sacrilegio querer acercarme a ella para poder formar parte del mundo al que pertenece. Nos ponemos de pie, mi hermano y yo. Ella flota, está a unos metros, abre su pequeña boca de labios púrpuras, sus ojos brillan, puedo verlos: son marrones. Ella entona una hermosa canción de sirena. A estas alturas las bestias de este bosque en el fin del mundo han huido despavoridas. Todos le temen, todo lo que es de carne y hueso, aunque los dioses han temblado más de una vez ante su presencia. Todos, excepto el gran rey de las canciones, el que la tomó como amante y por eso la mantiene en nuestro mundo: el dios de los cristianos, al que alguna vez rendí tributo por pensar que valía la pena. Sigo creyendo en Él y en esta extraña ninfa que siempre le ha sido fiel y, sin embargo, Él la envió a una labor sin descanso a un universo poblado de animaciones condenadas. El trabajo más duro de todos. Ella ejerce el oficio más pesado del universo. No hablo de la creación. La creación es un juego divertido, pero hay otra profesión que exige dureza y da tristezas: esa es la suya. Ella pasa a nuestro lado, junto a nuestro mediano roble. Y la gozamos, la contemplamos con nuestros ojos abiertos de par en par, la deseamos inmediatamente. Ella cruza nuestro árbol, sigue de largo. No nos ha visto. Camina lánguida, adormilada, sin dejar de cantar uno de sus preciosos temas. Es difícil para ella darse cuenta de las cosas. Su palidez reverbera y nos ciega. Emil, de-


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cidido, le habla primero, le dice: —Reina... aquí, reina... somos tus siervos... Ella sigue de largo. Sujeto del hombro a mi hermano. He ensayado durante tantos años lo que voy a decirle a la diosa, pero no encuentro ahora las palabras. De repente estas salen de mi boca y le grito. Su hermosa y delicada espalda gira un poco hacia mí, aunque solo es por un momento, pronto retoma su posición anterior sobre su cintura tambaleante. Parece que en cualquier momento se desplomará; es bella, aunque temblorosa, enclenque. —Reina, somos tus siervos, somos mendigos, dos hermanos viejos que hemos venido a seguirte, reina de los deslucidos. Ella se detuvo, volteó y me vio. Su rostro serio, con un gesto fúnebre, apagado que de inmediato se puso sorprendido. De sus ojos salían luces. Su palidez opacaba su mirada, pero cuando dio la vuelta puede ver de cerca sus ojos, eran casi humanos, pero no, ella no tenía nada de humana. ¿Qué era ella? Estoy seguro de que Emil se lo preguntó también. ¿De dónde vienes? ¿Eres creación de Dios en realidad? ¿O acaso tú lo creaste a Él? ¿O apareciste antes que Él? Tantas dudas, tantos misterios. ¿Quién eres? ¿Qué eres? ¿Por qué estás aquí? Mi hermano se lo preguntó por años: ¿por qué aquí? Tantos años haciéndonos preguntas. Algún día cerca de ella, en sus brazos, tendríamos respuestas, lo presentía. Ella me seguía mirando detenida. No hablé. Ella giró de nuevo hacia adelante e iba a irse. Enseguida recordé algunas frases que tenía preparadas para este gran momento. Yo sudaba, caí de rodillas. Emil estaba paralizado. Era como tener frente a nosotros el todo y a la vez a la nada.

—Reina, te hemos esperado en este lugar más de treinta años, ¿por qué no escuchaste antes nuestros ruegos? ¿Es por nosotros que estás aquí? ¿Es por eso que sigues esta nueva ruta, una vía distinta hacia tu dimensión? ¿Nosotros, con la fuerza de nuestro amor, te trajimos? Para poder verte y adorarte. Para estar a tu lado para siempre, para que nos cures y nos alivies de nuestros pesares y remordimientos. Por favor, no nos desprecies, danos tu mano y llévanos contigo, queremos ser tus soldados. La soledad es tu debilidad, lo sabemos, la soledad te tiene así, perdida, por ello queremos ser tus amantes, estar contigo eternamente y apoyarte en esta dura misión que el Altísimo te ha encomendado. Una misión sin fin que te tiene cadavérica y arruina en parte tu belleza. Necesitas ayuda y aquí estamos para servirte, amor de nuestros corazones, 69


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deidad de la pureza tierna. Listo. Eso era todo. Había dado mi discurso y ella volvió a mirarnos. Yo seguía de rodillas. Bajé la cabeza ante su presencia. Ella silbó levemente, cantó algo, aunque apenas abría la boca. El sonido parecía el ulular de un búho, tenue, mas era una melodía sepulcral, la cual era, no obstante, evocadora y bien agradable. Extendí mi mano para que ella me diera la suya. Mi hermano se arrodilló a mi lado. Ella nos sostendría en cuanto viajásemos. Pero ella no nos tendió su mano. Quizá no sea este el modo, me dije. Tal vez... pero no se me había ocurrido antes. Si ella nos llevaba de la mano significaba que no podíamos morir. Pero todo muere en el universo y en las más infinitas estrellas todo tiene su fin, los universos terminan, los soles se apagan, la vida se transforma, todo cambia, el final es un paso, todo se estropea; Emil es un ejemplo, yo soy un ejemplo: todo se desmejora. ¿Y Dios?, me pregunto. Dios se estropea poco a poco mientras lo pequeño se desmejora, Dios es todo y lo que tenemos ante nosotros es aquello que nunca se arruina, porque es nada. No podríamos servir nunca a la nada. Mi hermano suspiró. La diosa parecía no haber escuchado mis anteriores palabras. Sus orejas grandes eran bonitas; su nariz respingada y su mentón finísimo me acariciaban la mirada. Dio media vuelta de nuevo, pude ver su espalda, su columna vertebral pronunciada era en verdad flaca, pero esa delgadez armonizaba con una belleza mística. Sus nalgas eran ovaladas, tan hermosas, y sus piernas tan fulgurantes que no eran para ser vistas por ojos humanos. Por lo tanto, éramos nosotros unos bendecidos por el Cielo. Fue por 70

nuestra habilidad que rayaba, es cierto, en la ofensa, aunque también en la sagacidad del alma y los deseos humanos para conseguir sus metas. Ella había volteado totalmente a su postura anterior, alzó las manos a sus costados, como sosteniéndose en el aire, cual niña pequeña que aún no aprende a caminar con zapatos nuevos y avanzó con lentitud, levitando. —¡No te vayas, reina, diosa de los esmirriados! —gritó Emil tratando de seguirla y atraparla, pero ya era tarde, ella se difuminaba. Emil se tropezó con una gran roca y cayó a tierra, se quebró la pierna y se golpeó con dureza, pues se fue de cara hasta sangrar de la frente, la nariz y la barbilla. La diosa, antes de esfumarse, soltó una risita, cosa increíble, una risa casi apagada que apenas escuchamos, pero era una risita que se escuchaba como de alegría. Tomé a Emil y lo ayudé a andar. Él lloraba, estaba desconsolado. —Déjame —me dijo—. Ya nada tiene sentido, todo ha sido en vano. La hemos visto y hemos quedado maravillados, pero nos ha despreciado, no tiene sentido, ya no. Aunque no era cierto, la noche aún era oscura. Había criaturas en el bosque que gruñían y aullaban. Debíamos salir de ahí de inmediato. —No es cierto —le dije a Emil—. No entiendes. Ella se rió, ¿cuántas veces se puede reír la Muerte? Dime. Es un ser frío y neutral pero la hemos hecho reír. Ella nos recordará. ¡Su mirada! Antes de difuminarse la vi, era realmente cálida, amable, confió en nosotros. Por lo menos durante un segundo debió tener conciencia de lo que somos. Ahora no nos dejará nunca.


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¿Quieres decir que de todos modos la volveremos a ver? —Quizá ya no acariciemos la inmortalidad a su lado, aunque sí estaremos en sus brazos muy pronto. Que no te quepa duda de eso. —Pero ¿por qué no nos llevó de la mano, a su lado? ¿Por qué no nos dijo nada si ella conoce todos los lenguajes del mundo? Ella pudo habernos dado alguna señal. —Porque todo lo que vive tiene que estropearse, alguien lo dijo alguna vez, todo muere, todo excepto Dios, incluso el universo llegará a su fin algún día —Emil me dio una mirada de congoja cubierta de sangre—. Nosotros también feneceremos —terminé mi frase. Habíamos salido del bosque, a una tierra sin pasto, la llanura empezaba ahí y se extendía ante nosotros una vegetación hostil. El pueblo se hallaba todavía a muchos kilómetros de distancia. No podríamos huir. Lo supimos cuando

aparecieron las fieras. —Han oído su llamado —le dije a Emil—. Es ella, es por ella. Sin embargo, será mejor así, es la más precisa retribución que puede hacernos. Emil no podía caminar más. Estaba sentando en el suelo. Mi hermano no dijo una sola palabra, ya temía (ambos temíamos) lo que iba suceder cuando escuchó los rugidos caninos y vio los luminosos ojos de la furia, de la violencia, del hambre. —Tal como quisiste, hermano, animales naturales.

Emil cerró los ojos. —El dolor será el mismo —sentencié. Ya no pude decir nada más. Caí de bruces cuando la manada de lobos grises se abalanzó sobre nosotros para despedazarnos. ¡Oh, justicia, diosa de los desamparados!

Carlos Enrique Saldívar Rosas (Perú) Blog: fanzineelhorla.blogspot.pe 71


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Turbulencias del corazón Ángel Saiz Mora Ya solo era cuestión de tiempo...

TUVE QUE ROZAR las nubes para darme cuenta de que los ángeles existen de verdad. A más de dos mil kilómetros de altura comprendí que aquella azafata estaba destinada a convertirse en mi salida de emergencia, solo ella podía ser el chaleco salvavidas de este náufrago solitario. Nadie suele hacer demasiado caso cuando un miembro del personal de cabina explica las normas 72


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de seguridad. Sin embargo, esa joven y sus gestos a mí me hechizaron para siempre. Quedé con la boca abierta, la barbilla temblaba, no era consciente de que las babas caían sin control. Sin duda era la mujer de mi vida. Ya solo tenía que conseguir que ella también se diera cuenta. Conocerla se convirtió en una prioridad, como también que supiese que existo, pero las cosas que merecen la pena no suelen ser sencillas y aquí comenzaron las dificultades. Ella, con don de gentes, gran simpatía natural y conocimiento de idiomas; yo, tímido patológico, no fui capaz de dirigirle la palabra durante todo el vuelo. Al regreso de ese viaje de trabajo, ya en casa, calculé sus turnos para coincidir de nuevo. Ardua y costosa tarea. Tuve que comprar gran cantidad de billetes de ida y vuelta con la misma compañía, fueron múltiples los intentos que hice para calcular su presencia, pero no me importó, se trataba de una inversión necesaria, una apuesta que llevaría hasta las últimas consecuencias. Tras múltiples ensayos de prueba y error logré descubrir sus horarios con exactitud. Ya solo era cuestión de tiempo. Antes de embarcarme vertía sobre piel y ropa frascos enteros de las perfumerías del aeropuerto, hasta el punto de

intoxicar a algunos pasajeros, pero sin lograr con ello atraer su atención. En cada viaje traté de cambiar el atuendo: unas veces traje y corbata, otras americana informal, o camisetas llamativas, algunas muy cursis, en la que se podían leer mensajes como «necesito amor», en castellano, o «I need love», en inglés, para que pensara que yo también dominaba los idiomas como ella, aunque fuese mentira, pero era inútil, nunca se daba por aludida, ni conseguía que me mirase con interés. Tampoco mostró ninguna curiosidad cuando en uno de los trayectos me disfracé de Elvis Presley. No servía de nada que pidiese algún producto de la revista, o que exigiera una fabada asturiana, que sabía que no tenían. Tras meses de intentonas penosas y fallidas llegué a la triste certeza de que, hiciera lo que hiciese, jamás llamaría su atención. Ella me trataba igual que a cualquier viajero. Reconozco que me desanimó tanto que estuve a punto de dejarlo. Por fortuna, todo eso va a cambiar dentro de poco, estoy seguro. Cuando se recupere de la baja y vuelva a verme las cosas serán muy distintas. Nunca podrá olvidar a quien le puso la zancadilla, con disimulo, en el estrecho pasillo del avión.

Ángel Saiz Mora (España) 73


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El secreto de Blancanieves Juana María Igarreta

Ya nada le sorprendía... EL CORAZÓN de Blancanieves ya tenía dueño antes de caer dormida bajo el efecto narcotizante de la manzana. El afortunado era uno de los enanitos, el llamado Sabio. Blancanieves nunca había conocido a nadie como él, alguien con respuesta para todo. Ella lo admiraba profundamente y se quedaba todas las noches embelesada escuchando sus apasionantes relatos. Sabio solía decir que ya nada le sorprendía, porque era conocedor de todos los secretos. Blancanieves, que por el contrario se admiraba por todo, quedó hechizada por aquel ser tan erudito desde el primer momento. Pero ella, sabiéndose muy querida también por los otros enanitos, no encontraba la ocasión para declarar su Ilustración de John Dickson Batten 74

amor al elegido. Y mantuvo en riguroso secreto sus sentimientos durante mucho tiempo. Y fue aquel día, en el que Blancanieves despertó del eterno sueño con el apasionado beso del apuesto príncipe, cuando entreabriendo sus hermosos luceros negros y ante el asombro de todos, exclamó: «Sabio, ¿quién te enseñó a besar?». Ante estas palabras, viendo que Blancanieves solo tenía ojos para aquel pequeño ser, el príncipe se marchó desconcertado. Sabio, que pensaba haber perdido para siempre la capacidad de asombro, comprendió, perplejo y ruborizado, que del amor lo ignoraba todo.

Juana María Igarreta Egúzquiza (España) Blog: palabrasquedanjuego.blogspot.com.es


NĂşmero 8

Camino de Santiago Luisa

Horno

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Si me viera Juan... POR LA MAÑANA AÚN ME ESCUECEN las ampollas de los pies. Sin probar el desayuno, aunque sé que es un error, y con la mochila que me aplasta la espalda, me enfrento una vez más a la solitaria caminata. ¿Cómo se me ocurriría emprender sola el Camino de Santiago? Estoy haciendo el Camino Primitivo, desde Oviedo a Santiago. Ya he dejado Asturias y me he adentrado en las profundas tierras de Lugo. La rodilla derecha me da un pinchazo. ¡Ni caso! Son trampas del cuerpo. Tengo que llegar a dormir al albergue de Castro. Me planteé esta solitaria aventura para pensar en Juan. En nuestra relación, en nuestra ruptura. Creía que sola vería todo más claro. Y apenas ha surgido el asunto. Absorbo el grandioso paisaje, la belleza de los caballos salvajes que alguna vez aparecen. Y también las miserias físicas: cansancio, tirones, ampollas, calor. Ahora que lo pienso, no he encendido el móvil ni una vez. ¿Y si me llama Juan, por ejemplo? No. Mejor así. Este paréntesis, o como lo queramos llamar, tiene que ser total. Sin llamadas siquiera. Resistiendo la nostalgia, la tristeza, el vacío de su voz, de su hueco en la cama. Justo a tiempo surge Cereijeira tras un recodo del camino. Tengo hambre: un bar, tiene que haber un bar. Lo hay, incluso con una mesa fuera, en una esquina aguda y sombreada. Dejo la mochila sobre ella, un rato aquí a la sombrita no me lo pierdo. En cuanto me ven por el ventanuco, sale una pareja de viejitos: —Es muy pronto para comer, rapaza, 76

solo tenemos patatas asadas. —No importa, lo que haya me va bien. Quiero llegar a dormir a Castro. Los ancianos me miran: —¿A Castro?, ¿tan lejos? —con franca curiosidad. Sonrío. —No está tan lejos. Suelo hacer unos 20 km de un tirón. ¿Puedo fumar? Los ojos del anciano brillan cómplices. —El aire es de todos. Si fuera ahí dentro, otro gallo nos cantaría —mirando de reojo a su mujer. Capto que en el bar no se fuma. Me siento, saco un paquete de Ducados, y se lo alargo: —Si quiere usted fumar uno aquí fuera conmigo… Él parece avergonzarse, pero ella ríe a carcajadas, dándose manotazos en el muslo. —Hay que ver la moza, qué espabilada. ¡Fumando con los hombres! ¡y quiere dormir en Castro! Pues, rapaza, el albergue está vacío. —Mejor, así podré elegir habitación. El hombre, que ha encendido su cigarrillo y el mío, me mira como apenado. —Que está cerrado, maja. Tendrás que ir a otro sitio. Contesto, algo suficiente: —Imposible. En internet dice que está abierto todo el año. La mujer se pone en jarras. —Pues tonta tú por fiarte. Bueno, a mí que más me da, yo te pongo las patatas y una hogaza y he cumplido. Mientras saboreo un flan casero de postre, me encuentro en paz. Los ancianos salen a despedirme a la carretera.


Número 8

Me miran como a una nieta rebelde. En un impulso, estampo dos besos a cada uno. Si me viera Juan, con lo cortado que es. Resplandece el sol entre los pinos a ambos lados de la carretera, que de momento es cómoda de andar. Si no hay repechos de subida, llegaré a Castro al atardecer. Al dichoso albergue que tanta ilusión me hizo en internet. Con esa pinta de caserón misterioso, todo de piedra, y esa escalinata. Mira que si está cerrado… Bueno, en algún sitio dormiré. Pero me doy cuenta de que podía haber telefoneado antes, con lo organizada que soy. Comprendo que esa supuesta organización no es mía, sino de Juan. Mientras estuvimos juntos, me contagió su orden, su planificación. Y ahora parece que vuelvo a ser yo misma: la improvisación, el carpe diem, el todo se arreglará. Vaya cara de horror pondría Juan si me viera en medio de este camino. Solo hace dos meses que lo hemos dejado. ¿O son tres? De pronto, una típica nube primaveral se convierte en nubarrón y descarga un frío chaparrón, sin dar tiempo a guarecerme. Llego al árbol más cercano empapada. Miro a mi alrededor: nadie; abro la mochila y me cambio la camiseta y el sujetador. Con los ojos horrorizados de Juan en la nuca. Vale ya, ¿no? No iba a quedarme mojada. Si cojo una gripe, se fastidia todo. A ver si resulta que he acertado dejando a este plasta. Tengo que caminar más rápido, he perdido mucho tiempo. No lo entiendo, estaba segura de que andaría el camino añorando a Juan, ideando tácticas para reconciliarnos. Y ahora tengo una sensación como de libertad, de alivio. Ruido a mi espalda. Un carro. Al pescante, un hombre moreno tira suavemente de las riendas de la yegua:

—¿Te llevo, rapaza? Me desvío antes de Castro, pero si quieres un rato… —Sí, gracias. Me viene muy bien. —No sé si será hacerle trampa al Camino, pero así gano un tiempo precioso. Sentada en el pescante me veo dueña del paisaje, dueña de la tierra. No sé si tengo doce años o treinta y dos. Ni me importa. —De camino a Santiago, ¿no? —él parece obligado a hablar—. ¿Tan sola? Le sonrío un poco. —Ya sabe que mejor sola... Me mira de soslayo con un yerbajo en la comisura de la boca. —El albergue de Castro está cerrado, ¿dónde vas a dormir? Me surge el típico planteamiento de Juan. ¿Se estará insinuando? A qué viene lo de sola, lo de dormir, el albergue cerrado otra vez. Parece majo, pero… Y contesto: —No, si en Castro me esperan unos amigos. Nueva mirada de reojo. Traslado de la brizna al otro lado de la boca. Silencio que ya no interrumpimos ninguno de los dos. Me dejo llevar por el movimiento del carro y vuelvo a sumergirme en el paisaje. En un lugar donde el bosque espesa, junto a un pequeño sendero a la derecha, el hombre detiene la yegua. —Yo me quedo aquí. Toma la mochila. Ya en tierra, quiero ser amable. —Oye, que muchas gracias… —Solo escucho un breve ¡arre! y los chirridos de las ruedas al girar hacia el sendero. Atardece. Por un segundo, me invade una inquietante soledad. Pero ante mí, un poste con la concha de Santiago y la leyenda «Castro 1 km» despeja mi ánimo. Descansada después del trayecto en carro, acelero el paso. Por fin diviso la inconfundible silue77


El Callejón de las Once Esquinas

ta del albergue. Pétreo, inmutable. Oscuro y silencioso. Parece que cualquier cosa pueda pasar ahí dentro. ¿Cómo serán las habitaciones? ¿Habrá pasillos largos y estrechos? ¿La señora de Manderley deslizándose con una vela encendida? ¿Un oscuro salón con chimenea? Sí, vuelvo a ser yo. Casi contenta, casi entusiasmada, con alas en los pies y sin notar el peso de la mochila, alcanzo el portón. Está cerrado. Y las ventanas, herméticas. Trepo los empinados escalones de piedra, convencida de que la puerta de arriba se abrirá. Jadeante, me agarro a la aldaba negra de hierro y golpeo fuerte una y otra vez. Pero nadie contesta.

Luisa Horno (España) Web: luisa-horno.es

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Número 8

Los cristales rotos

Antonio Diego

Araújo Gutiérrez

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El Callejón de las Once Esquinas

Un ruido de cristales rotos recorre los pasillos y llama a mi puerta... NO LOGRO CONCILIAR EL SUEÑO. Un denso frío, como ajeno a la estancia, me mantiene desvelada en la cama a pesar de las dos mantas de pelo largo que me cubren. Todo está en quietud: los contornos de la habitación, sus paredes esteparias perdiéndose infinitas en las sombras altas; la cómoda de palisandro a mi izquierda, sobre ella el espejo enmarcado en filigranas que refleja la niebla de los años; la silla desnutrida que sostiene mi ropa justo enfrente, a la derecha de la puerta de los cuatro ojos; el pequeño radiador de resistencia que esparce su mancha anaranjada sobre las amplias baldosas veteadas del piso que rodean la cama como una isla. No hay novedad en el silencio. No hasta que un ruido de cristales rotos recorre los pasillos y llama a mi puerta. Dos corredores alargados bordean el ala este y norte del patio central del edificio. Los recorro alumbrada por una palmatoria que sostengo en mi mano derecha. La tenue luz de la llama desbroza la penumbra. Avanzo hasta una claridad de luna que asoma por la puerta de la cocina, a mitad del segundo pasillo. Todo allí parece en orden, la encimera está limpia, no están los gatos que sestean por el día más allá del ventanal, sobre la cubierta de la nave adjunta al edificio. Contengo la respiración un instante, alertada por un ruido leve, agudo y coral, como de vidrios arrastrados por el suelo, que parece provenir del fondo del corredor. Continúo andando, giro a la izquierda, abro la puerta del baño, busco el interruptor a la luz de la llama, lo acciono sin éxito, pienso que es un mal momento para recordar 80

que debía haber cambiado la bombilla. Desde el umbral, vigilo los rincones del baño como si hiciera la ronda en un turno de noche: a mi derecha la antigua bañera de patas, pegada a la pared, enfrente de la bañera, la ventana alargada; a mi izquierda el inodoro, el lavabo y un espejo circular, todo en su sitio, como antes de acostarme, como ayer y antes de ayer, como hace cien años. En el suelo hay pequeños cristales esparcidos que brillan sobre la lengua blanca de la ventana. No hay nadie. Creo que no hay nadie. Me ajusto más el chal, esperando que ese gesto me proteja del denso frío que me viene siguiendo desde la habitación. Un trueno lejano se clava en el silencio, su resplandor ilumina las sombras con un parpadeo blanco, como de viejo fluorescente; luego se apaga. Me aproximo a la ventana y contemplo cómo afuera, bajo las trazas de la primera lluvia, la ciudad se diluye. La calma humedece mis ojos, las luces de la calle iluminan la noche que se desploma sobre los hombros de los viejos edificios en una secuencia de tiempo relativo que no avanza ni vuelve, que no huye ni pasa. Una gaviota sobrevuela los tejados a un ritmo que no sigue el compás del murmullo de la lluvia. Parece buscar cobijo, se acerca, abro la ventana, no sé por qué abro la ventana, entra. La gaviota se posa en el alféizar. Permanece a mi lado, mira hacia el interior, hacia el lugar donde se encuentran el lavabo y el espejo circular. Busco el destino de su mirada. Es una niña acurrucada junto a la pared, con ojos de miedo. Tiene en el pelo dos trenzas singulares, como las que madre me hacía


Número 8

mientras cantaba mi canción preferida para disimular el sonido de los aviones sobrevolando la ciudad en formación. Se levanta del suelo, se acerca a la ventana, mira hacia un cielo antiguo, asegurándose de que esta noche las bombas no caerán. Los colores de su vestido estampado apenas se distinguen a la luz de la vela, pero mis ojos tiñen los verdes y amarillos que faltan, y el blanco de las puntillas de los bajos, de las mangas, y de la caja del cuello. Toma una escoba en sus manos y recoge los cristales esparcidos. Mientras la niña barre, una joven se arregla frente al espejo, lleva un tocado de época, como el que guardo en un pequeño sombrerero en algún rincón del cuarto de los trastos. Se sonríe como si me sonriera, prueba sus encantos en el espejo mientras perfila sus labios con una barra de un color que no puedo apreciar, y que yo pinto de carmín. Se ciñe bien el traje, ajusta la cintura de la chaqueta, toma una escoba en sus manos y recoge los cristales esparcidos en el mismo lugar donde lo hace la niña, los arrastra

hacia el mismo rincón y al mismo tiempo. Extrañamente no colisionan, la niña y la joven ocupan el mismo espacio, como si mis ojos tuvieran delante capas de transparencias y cada una de ellas se moviera en una capa distinta. Sin pensar en mis actos, dejo la palmatoria en equilibrio sobre el borde de la bañera, tomo la escoba apoyada en la pared, a la izquierda del lavabo, y barro los cristales junto a ellas, arrastrándolos hacia el mismo rincón, hasta que lentamente van desapareciendo. La gaviota se mueve, bate sus alas con una cadencia suave, a un tempo distinto al del silencio, alza el vuelo sobre la habitación, apaga la llama de la vela a su paso y extiende su calor residual por la estancia. Regresa al alféizar, y esta vez mira al exterior. Abre de nuevo sus alas y se aleja en la noche. Me acerco a la ventana. Las tres miramos al cielo. La gaviota se ha ido, también la lluvia, y las nubes despejan un pequeño círculo por donde asoman algunas estrellas. Nos miramos, las miramos, y hacemos lo que tanto nos gusta: ponerles nombre.

Antonio Diego Araújo Gutiérrez (España) Blog: relatosintrascendentes.blogspot.com 81


El Callejón de las Once Esquinas

El intruso

Silvia

Amezcua

Desde entonces son los cielos encapotados los que cuentan nuestra historia... EL DÍA QUE EMPECÉ a despedirme de ti escribí el principio de esta historia. Un triste golpe de efecto, si tenemos en cuenta que la idea me venía rondando la cabeza desde hacía lustros. Sin cuaderno ni teclado, en aquel lugar al que nunca he vuelto, la necesidad de verter palabras deshizo el nudo que oprimía la parte interna de mi garganta. Más que uno fueron varios los nudos que me liberaron, ataduras inconexas, profundas, complejas. Un día alguien me dijo: «Debes llorar más, desahogarte.» Hoy me encuentro aquí, sobre este escritorio, llorando palabras. La nuestra fue una historia cualquiera convertida en música para nuestros oídos, pero sin vuelco sinfónico. Sin más detalles, no nos interesaba la utopía de lo nuestro. Siempre lo vivimos como al82


Número 8

go real y asequible a nuestros sentimientos, convencidos de que la ficción solo la encontraríamos en las historias de los libros que compartíamos. Nuestra presencia se derretía con la tenue luz de las velas y su reflejo reproducía nuestro temblor desnudo. En el centro de esta historia está aquella casa, la nuestra. Una y otra vez volvía a visitarla desde la distancia. Aquel día paseaba hacia el destino irremediable que elegían mis pasos, embebida en mis pensamientos, no fuera a ser que escaparan de mí y quedara ni por un momento liberada de requiebros y demás tormentos varios. A cada paso, el empedrado reproducía un sonido de fondo solo ahogado por las polifonías que emanaban de mi propia azotea. Se trataba de ese primer instante en que cesa la tormenta y el aire es inquieto y húmedo, con olor a lluvia ausente. Giré la esquina apenas sorteando el pequeño puesto de flores que me había alegrado las mañanas desde la ventana de nuestra alcoba. Recordé aquellos ramilletes que la vendedora hacía con las flores que la brisa había desprendido de los vestidos de las mujeres. Después aguardaba inquieta a que aparecieran los nuevos brotes. Qué belleza emanaba de sus manos y de sus inquietos nudillos abultados. En ellas cobijado, un mapa de delicadas arrugas. Reconduje mis pasos y apareció a cierta distancia, aunque no tan alejada como para no permitirme apreciar lo que iba a descubrir, nuestra casa. Desnuda y adormecida por un infiltrado, un singular haz de sol que rezumaba de entre las nubes, solía habitarla la soledad que escapaba a través de los grandes ventanales. Si bien esta vez, desde la calle, vi lo que creí reconocer como un intruso en nuestra ventana. Había abierto una contraventana y per-

manecía inmóvil mientras me observaba. Le emulé y permaneció el encuentro de nuestras miradas suspendido al capricho del viento. No fui capaz de articular palabra. Inmóvil y petrificada, la visión sesgó de cuajo los recuerdos y pensamientos que me habían venido acompañando durante años. Con leve latido y constreñido en el puño, mi corazón reparó sin miramientos en que aquella que nos perteneció era ahora morada de otras vidas, quizás refugio de otra historia como la que fue la nuestra. Entendí que hasta ese instante había perseguido tu reflejo por los charcos que el cielo sembraba con mis lágrimas. Tal aparición, unida a aquel interminable día de lluvia, desdibujó tu rostro, tus manos. Se esfumó la indómita rebeldía de tus ojos. Tus palabras languidecieron en un silbido sordo y continuo en mi cabeza. Y se agrietaron los recuerdos como se agrietan los mares de sal y solo las nubes los curan en la época de lluvias, para resarcirse luego con su reflejo imperdurable. Desde aquella tarde mis noches devinieron opacas, mis veladas salpicadas de lluvia intensa. No he vuelto a nuestra casa. Ya no palpo tu cara, tu boca se aleja, ya no baila esa peca a merced de tu sonrisa, tu abrazo se pierde en una negrura espesa. Ya no evoco tu voz; no hay timbre que la sustente. Y apenas llegan los recuerdos a ser retales de tu olvido. El silencio retumba ahora en mis oídos. Las risas, las carcajadas, que tan reales me habían parecido, se quedaron en aquella casa, como el eco de las sonrisas en la comisura de nuestros besos. Festejaban otra época, otra vida. Desde entonces son los cielos encapotados los que cuentan nuestra historia. Los únicos en percibir el chasquido 83


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de aquella cerilla fortuita, en el instante en que uno frente al otro prendimos el fósforo y ardieron sensaciones frescas. Y tanto la consumimos que de la pasión hicimos ascuas y de las ascuas rescoldos. Hoy debo aceptar que solo quedan cenizas que dispersa el viento en días nublados. Que empiezo una vida nueva rodeada de aquellas flores que cayeron marchitas y que renacerán pronto y se sujetarán de nuevas sonrisas. Que volverán a emanar de mis libros nuevas melodías de amores despiertos. Ya resta mi maleta deshecha de recuerdos. Y es que hoy quiero un vestido que sea largo e inquieto y que vuelen sus flores sujetas al viento. Cada mañana la aguja del tocadiscos se empeña en reproducir nuevas baladas; el segundo triunfal de un cruce entre dos miradas, la agitación, la sacudida interna, la palpitación acelerada. En contacto con el vinilo antes sonaba a película antigua, de cine mudo. En

blanco y negro y con aquellas manchas esporádicas que impregnaban la pantalla. Entre tú y yo ya no hay nada. Y amanecerán los días en que desde mi balcón mire al cielo y vea el cobrizo de la mañana diluirse en un azul inmenso para consumar el día en la ardiente locura del carmesí violáceo. Pues ya no sigo tus pasos ni deshago los míos. Ya me arranco esa lágrima que congelada, me quema. Ya apago la última luz de la estancia y a tientas llego hasta mi alcoba hilando los pasos sobre una cuerda tensa a demasiados metros del suelo con la certidumbre de no caer jamás. Con el permiso de esta lluvia entrometida desnudo mis hombros y me desprendo de la última caricia de seda que cae fulminada. Ya me deshago entre sábanas, ya me envuelven suspiros. Adiós, recuerdo. Escribirte fue más de lo que nunca soñé y no fueron pocas las noches que te entregué mis sueños.

Silvia Amezcua (España) 84


Número 8

La última dríade Alba G.

Callejas

La vista que dejaba atrás era más desoladora aún... CUANDO ABRIÓ LA PUERTA LATERAL del aerodeslizador y salió al exterior, todos los medidores de radiación de su traje mostraban unos niveles inusualmente bajos. Tanto que Elienne se animó a quitarse el casco y dejarlo en el interior de la nave, después se acomodó su cortísimo cabello violáceo. Nunca habían terminado de gustarle aquellos incómodos trajes estancos. Comenzó a recorrer aquel sector infecto del mundo que no era lo que

había sido. El suelo polvoriento, agrietado y mustio hacía años que no veía una gota de agua. De las plantas que antes habían poblado aquella sección del bosque no quedaban más que resecos tallos pajizos y los árboles aún se erguían, ennegrecidos, alzando sus poderosas ramas hacia el cielo. Con todo, el aspecto del entorno era tremendamente desolador… Sobre todo para alguien como ella, que tanto había vivido y amado en el seno de la naturaleza. 85


El Callejón de las Once Esquinas

Ella también había cambiado mucho. Nadie adivinaría que bajo el aspecto de aquella joven de cabello llamativo se escondía una poderosa hechicera elfa de más de un milenio de vida. Su mirada dejaba traslucir todo un conjunto de emociones que no se podían apreciar en su paso seguro y decidido. Poco quedaba de la inocente elfa que vivía en verdes bosques y vivía aventuras en tierras prácticamente intactas; en un mundo en constante evolución que cambiaba incesantemente sin mirar atrás. La situación ahora era mucho más seria que entonces. El ocaso del planeta Tierra estaba mucho más cerca de lo que había estado nunca y en esta ocasión no había demonios que expulsar, invasores que batir, ni malvados archimagos que derrotar. No, como había sospechado siempre, el final para la raza humana lo dictaría la propia humanidad. Siempre había pensado que algún día abrirían los ojos y se darían cuenta de lo que se estaban haciendo a sí mismos. Pero, ni cuando toda la raza élfica fue abandonando el planeta hasta quedar solo ella, ni cuando el último dragón fue asesinado a sangre fría, ni cuando la magia desapareció en el mundo después de la quema de brujas… Ni siquiera entonces perdió la fe en la humanidad. Les vio hacer grandes progresos sin ayuda de la magia: la ciencia, la medicina, la tecnología… pero también sufrió al observarles asesinarse unos a otros en absurdas guerras por recursos cada vez más escasos sin ser capaces de buscar otras soluciones a su alrededor. Cuando el planeta comenzó a agonizar, incluso algunos se concienciaron y trataron de reducir el consumo tan acelerado de recursos que llevaba al planeta a un estado de destrucción inminente. Surgió la creación de energías más limpias e ilimi86

tadas como el sol o el viento… que resultaron ser insuficientes. O insuficiente el empeño de aquellos humanos por buscar un consumo sostenible. Aquellas buenas iniciativas fueron tan minoritarias que la Tierra fue agotándose más y más… Primero fueron las grandes sequías, las extinciones de decenas de especies que llevaban más años en el mundo que los seres humanos, aquello que habían llamado cambio climático y el calentamiento global que día a día los iba asfixiando. Y después, habían llegado las guerras. ¿Pero lo había entendido la humanidad entonces? No. El ser humano era demasiado orgulloso, demasiado ambicioso. En vez de tratar de salvar su mundo, sus raíces y tratar de prosperar sin destruir todo su entorno, había comenzado a buscar el modo de abandonar la Tierra y colonizar otros mundos. De escapar de su responsabilidad para con el planeta azul, condenándolo a una muerte irremediable. «Por suerte la magia se ha perdido», pensaba Elienne a menudo. De haber tenido los conocimientos que ella tenía, todos los poderes de la magia que se había olvidado cientos de años atrás, haría décadas que la humanidad al completo se habría mudado a cualquier otro mundo, tan solo dando un breve salto interdimensional. Y aquello no habría supuesto solo una invasión contra natura, sino la destrucción del pobre mundo que hubiera sido elegido como huésped. Se detuvo en su paseo por aquel desolado monte y se giró sobre sí misma. La vista que dejaba atrás era más desoladora aún. Ver el bosque, antaño verde y rebosante de vida, completamente muerto y seco hacía que se le encogiese el corazón. Más allá, kilómetros de tierras completamente despobladas, lagos


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vacíos y campos baldíos y después, la gran ciudad. Aquel lugar donde los humanos se escondían del mundo irradiado que habían causado ellos mismos. Su privilegiada vista élfica aún le permitía ver desde allí la suave cúpula de energía, tan brillante que parecía de cristal pese a ser sumamente intangible. Por suerte ahora, alejada de aquel mar de contaminación, el aire volvía a ser respirable de un modo completamente natural, aunque no fuese ni por asomo el aire puro, colmado de aromas y vida que debiese respirarse en el corazón de un bosque. Suspiró y echó a caminar de nuevo. Ya le quedaba poco para llegar a su destino y a cada paso que daba por aquel yermo, más se convencía de que iban a hacer lo correcto. Con todo lo que eso implicaba. Le llevó un rato llegar al sitio concreto que estaba buscando, un sector del bosque en el que no tardó en advertir sutiles cambios respecto a todo lo que había visto durante su viaje. La naturaleza peleaba por echar raíces; un brote verde allí, unos helechos nacían bajo aquella roca, una leve capa de hierba tapizaba el camino haciéndose más fresco en función avanzaba. Elienne sonrió. Sabía que su amiga era capaz de hacer eso y mucho más, no debía sorprenderse, pero hacía tanto tiempo que no veía el verde de la vida en algo que no fuera artificial, que no pudo evitar que una amplia sonrisa se dibujase en su rostro poco a poco. Siguió avanzando, dejándose guiar por aquella súbita explosión de vida, internándose cada vez más entre la naturaleza naciente. Llegó a un lugar donde podía incluso olvidar el daño que se le había hecho a la Tierra. El bosque era lo que recordaba, quizá no en sus mejores tiempos pero mirara donde mirase había vida; la vegetación comenzaba a

ser más variada y el aire más húmedo y aromatizado. Se topó con el árbol más antiguo del bosque, un grueso tejo de ramas rizadas y copa tan tupida que no dejaba pasar el sol y supo que había llegado al punto de encuentro. Y sabía que su amiga no estaría lejos. Como dríade, era dueña y guardiana del lugar y no tardaría en detectar su presencia y en salir a su encuentro. Pudo permitirse la ocasión de disfrutar del entorno. Además, debía asegurarse de tener sus energías mágicas al cien por cien para el complejo ritual que iban a llevar a cabo, así que se sentó bajo el tejo apoyando su espalda contra él y disfrutando de la sombra y el frescor que proporcionaba. Era un buen momento para renovar su magia, nutriéndose de la vida que respiraba aquel sitio. Observó entonces las recias botas de su servotraje, todas sus ropas estancas a la radiación, ahora destacaban poderosamente entre tanta naturaleza. Se miró las manos, cubiertas por aquellos guantes tecnológicos llenos de botones y medidores de todo tipo, que subían por el brazo hasta fundirse con sus hombreras, dándole cierto aspecto de armadura. Sin duda todo su atavío quedaba fuera de lugar. Dejó la magia fluir, contemplando los cambios que se operaban en ella poco a poco. Sus ropas se desvanecieron, disolviéndose por el poder de su hechizo y siendo sustituidas lentamente por una larga túnica negra, de tejido liviano y amplias mangas. Apreció como sus dedos se estilizaban, alargándose al igual que sus orejas. Sus cabellos violáceos crecieron hasta tocar el suelo, desparramándose por su espalda como una gran cascada. Su cuerpo también sufrió una sutil transformación haciéndose más esbelto, la redondez de su rostro humano se esfumó dando paso a un ros87


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tro anguloso y de ojos almendrados. Hacía tiempo que no se mostraba como elfa y se sentía mucho más cómoda. —Mucho mejor así, ¿no? —escuchó que decía una voz cantarina tras ella y no pudo evitar sonreír. El hada se dejó ver por fin, avanzando hacia ella desde la maleza. Era baja y de figura menuda. Iba desnuda, dejando ver su piel morena de textura similar a la de la corteza del tejo en la que Elienne se había apoyado y su largo cabello aterciopelado ondeaba tras ella a cada paso. —Sin duda —respondió la elfa mientras se acomodaba el cabello tras una de sus puntiagudas orejas—. Pero ya sabes que los humanos son desconfiados con lo que es diferente a ellos. El hada asintió con la cabeza al llegar junto a ella y en su expresión se dibujó un gesto de desagrado. —Por suerte han perdido todo el interés por lo que haya más allá de sus monstruos de hierro, cristal y hormigón —replicó el hada y apoyó una mano sobre su árbol, acariciándolo con mimo—. Ni siquiera parecen haberse dado cuenta de que este valle volvía a respirar. —Se debe a lo que te conté cuando nos citamos, Nialee. Los humanos han dado su mundo por perdido. Han llevado la destrucción a tal punto que por fin han sido conscientes de que el daño causado es irreversible… y han decidido que no merece la pena el esfuerzo de enmendar su error. —Y prefieren huir —escupió la dríade con desprecio. Elienne asintió con la cabeza, mirando fijamente a su amiga. A ella también le dolía aquello, aunque de un modo u otro lo tenía más asumido. Llevaba años mezclada entre los humanos, compartiendo sus vidas como 88

mera espectadora. Y, aunque había mantenido la esperanza de que cambiasen de actitud en algún momento, siempre había barajado la posibilidad de que eso no sucediese y de que se rindiesen sin más. Sin embargo, Nialee había vivido más al margen de la evolución de la humanidad. Como todas las criaturas de su raza, los feéricos, había vivido ligada a la naturaleza. Manteniéndose en la medida de lo posible junto a otros de los suyos. Pero la deforestación indiscriminada, las sequías, las guerras y los incendios no solo habían acabado con la vida de los grandes bosques y selvas, sino que habían supuesto el fin de las últimas criaturas mágicas que poblaban la Tierra y que seguían tratando de mantener los pulmones verdes del planeta respirando. Nialee era la última de su raza. Había visto morir la vida en la Tierra, extinguirse los últimos focos de magia que quedaban y desaparecer a tantos amigos que habían luchado con ella por mantener el planeta. Había conseguido huir a aquel yermo a duras penas, herida en su alma y su orgullo. Pero aun así había exprimido su magia feérica para crear aquel pequeño oasis en el que, por suerte, los humanos aún no habían reparado. —No entiendo cómo puedes vivir entre ellos —susurró el hada en voz apenas audible, pero las palabras llegaron perfectamente a los agudos oídos de la elfa. Elienne sonrió con pesar. Ella también se lo preguntaba a menudo, cuando veía tantas actitudes de aquellos humanos tóxicos y destructores. Pero tenían mucho más, creaban cosas hermosas que merecían la pena ser disfrutadas y conservadas. Aunque claro, su vida no dependía de las acciones de los humanos al nivel que su amiga. Aun así


Número 8

comprendía perfectamente el dolor de su amiga y compartía su pérdida. Sabía que no la convencería para que apreciase, aunque fuera un poco, a la raza humana. Llevaban demasiado tiempo haciéndola daño. Aun así no se rendirían, debían hacer algo para evitar la destrucción de tan complejo y hermoso mundo. No querían abandonar a los humanos a su suerte pese a que podían hacerlo. Aunque los motivos de las dos para salvar el planeta eran muy distintos, creían por

fin haber encontrado un medio para recuperar el esplendor de la Tierra. —Sabes que lo que vamos a hacer es muy peligroso, ¿no? —preguntó, de pronto, Elienne. No podía dejar de observar a su amiga, que se volvió hacia ella con una mirada que iba a medio camino entre la decisión y la ira. —Me da igual —respondió sencillamente—. Si podemos hacer que la vida vuelva a inundar la Tierra habrá merecido la pena. 89


El Callejón de las Once Esquinas

Elienne no respondió enseguida. Rebuscó algo entre los pliegues de su túnica y extrajo una pequeña cajita de madera de uno de los bolsillos que tenía ocultos en ella. No había sido sencillo encontrarla y tampoco sabían si lo que planeaban iba a funcionar pero tenían que intentarlo. Abrió la caja y la energía que se desató desde su interior hizo que el hada jadease. —Tanto poder… —murmuró y se aproximó a su amiga, acuclillándose frente a ella en el suelo para poder observar dentro de la caja que la elfa sostenía entre sus manos. Era una gema. Una piedra pulida de color negro, similar a la obsidiana aunque ocultaba mucho más. Para ellas dos que conocían la magia y que tenían los sentidos desarrollados ante aquel tipo de cosas era evidente que, a través de la superficie pulida de la gema, se apreciaban energías muy superiores a las que podían poseer otros objetos mágicos. —Me ha costado encontrarla más de lo que esperaba —explicó la elfa—, este tipo de objetos están muy escondidos y protegidos. Lejos de las manos de los mortales. Nialee asintió con la cabeza, nada sorprendida por la declaración de su compañera. Ambas habían vivido cosas más complicadas que esa en sus muchos años de vida, durante sus incontables correrías y aventuras, aunque todo el poder que emanaba de aquel objeto tan pequeño y ridículo no dejaba de sorprenderla. —El conjunto de hechizos que utilizaré tampoco es sencillo —continuó Elienne, sin apartar la mirada de la piedra. A medida que iba hablando un nudo se alojaba en su garganta haciendo que le costara hablar—. Necesitamos desatar la energía de la piedra, realizar la invocación y mantener el poder 90

sujeto a… —A mí —completó la dríade. Nialee clavó la profunda mirada de sus ojos almendrados en su amiga. —No es tarde, todavía puedes echarte atrás —dijo la elfa—. En el mejor de los casos te perderás a ti misma. Y eso si todo sale bien y no mueres en el proceso… —Moriré de todos modos— corrigió la dríade poniéndose en pie de nuevo y alejándose unos pasos de ella—. Este mundo está condenado a la destrucción y cuando no quede un ápice de vida que respirar yo moriré con él… como todos los míos. Elienne se levantó también y agarró al hada de los hombros, haciendo que la mirara a los ojos. Sentía el dolor de su amiga, la amargura detrás de sus palabras enmascaradas de odio y sed de venganza. Pero sabía bien que si Nialee, al igual que ella, había aceptado llevar a cabo el ritual era porque estaba desesperada con la situación que vivía la Tierra. —Podríamos buscar otra solución, aún no es tarde. —Sí lo es —cortó el hada—. Llevamos demasiado tiempo buscando y esto ha ido demasiado lejos. Debemos dar un escarmiento a los humanos. Elienne la soltó y miró una vez más la piedra de superficie inmaculada que tenía en su mano. Cerró sonoramente la caja de madera y clavó la mirada de sus ojos azules en su amiga. —Hagámoslo, entonces.

*** Cuando notaron los primeros temblores nadie pareció inmutarse en la ciudad. Todos seguían adelante en su frenético modo de vida, sin detenerse. Demasiado ocupados para mirar a su alrededor, para apreciar los cambios, para darse cuenta de que los niveles de radia-


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ción caían en picado en el exterior del escudo de energía que los protegía de todo aquello que había más allá. No fue hasta que una profunda grieta se abrió en medio de una de las vías más transitadas cuando los humanos se detuvieron a valorar lo que estaba sucediendo. Las vibraciones se intensificaron, haciendo estremecer todos los edificios, incluyendo los más altos… y cuando la tierra comenzó a separarse cundió el pánico. El escudo de energía se resquebrajó a causa del movimiento de los edificios que lo generaban y las calles se sumieron en el más puro caos. El pánico cundió por doquier, si el escudo caía la radiación los golpearía por completo. Las naves comenzaron a abandonar la ciudad a toda velocidad. Todos trataban de salir de allí, algo que jamás se habrían planteado. Tratando de encontrar algún lugar más seguro donde los edificios, que temblaban y comenzaban a derrumbarse como temibles fichas de dominó, pudieran alcanzarles. Demasiada gente y solo había aeronaves para unos pocos. La gente corría como loca en una auténtica marea humana y muchos eran engullidos por la tierra que se abría a sus pies sin poder hacer nada para evitarlo. Un padre subía las escaleras de un edificio con su hijo pequeño en brazos. Sabía de sobra que solo había una manera de escapar de allí, por aire. Y sabía que ambos tendrían una oportunidad si alcanzaban las naves de empresa de aquel rascacielos. Un nuevo temblor sacudió el edificio amenazando con hacerlo pedazos y el niño chilló. El hombre abrazó fuertemente a su hijo y se sujetó a la pared hasta que todo dejó de moverse. Continuó subiendo escaleras lo más rápido que pudo y cuando alcanzaron la azotea se dieron cuenta de que no eran

los únicos allí; más gente de aquella oficina había pensado como él y todos se aglomeraban en torno a la única nave que quedaba. Alguien trataba de mantener la calma y de explicar la situación, sin embargo, el padre ya había perdido toda esperanza de subir a bordo. Eran demasiados y él no era nadie. Se apartó del grueso de gente y observó la urbe, aferrando fuertemente a su niño. La ciudad se desmenuzaba como si se tratase de polvo en manos de un gigante. El caos y el humo lo inundaban todo del mismo modo que el desaliento se había instalado en su corazón. El escudo cayó sin sonido alguno, sencillamente se desvaneció ante sus ojos como si nunca antes hubiera estado allí como un gran padre que protegía toda la ciudad del exterior. —¡Papá, mira! —exclamó de pronto el niño. Tardó unos instantes en comprender lo que el pequeño le estaba señalando, alzando un brazo al cielo. Porque sobre sus cabezas, sobrevolando la ciudad como si toda la destrucción que se estaba ocasionando bajo ellos no fuera real, se encontraba una gran bandada de aves de brillantes colores. Todos los presentes se olvidaron por un momento de los terremotos y la única aeronave que podría salvarles la vida, porque nadie en varias generaciones había visto jamás volar un pájaro. Una profunda grieta se abrió a los pies del rascacielos e hizo que el hombre volviese a la realidad bruscamente, apartándose del borde de la azotea. Abrazó a su hijo con fuerza y se armó de valor. —¡Tengo un hijo! —gritó, avanzando hacia la muchedumbre—. ¡Un niño pequeño! Se abrió paso a duras penas entre la confusión, alzando a su niño en brazos. 91


El Callejón de las Once Esquinas

Suplicó que lo subieran a bordo, que alguien lo llevara en brazos. Uno de los pasajeros alzó los brazos hacia él, aunque quien mantenía el orden no parecía muy convencido. Un nuevo temblor que amenazaba con derrumbar el edificio fue el ultimátum que necesitaron. El niño subió a la nave, llorando por separarse de su padre, y con el corazón encogido despegaron dejando a mucha gente atrás. La nave tomó altura mientras esas personas los observaban con miedo y cara de impotencia. Les habían prometido volver a buscarlos cuando los que ya estaban a bordo estuvieran a salvo. Pero cuando se alejaron, fueron conscientes de que era una promesa que jamás cumplirían. Una última sacudida hizo que aquel gigante de hormigón se desplomara bajo su propio peso y con él decenas de vidas que se perderían para siempre. Los ocupantes del helicóptero callaban, escuchando el llanto ahogado del pequeño y sumidos en el más auténtico de los horrores mientras observaban impotentes cómo su ciudad, su hábitat, era consumido por aquel furioso terremoto. Cuando alcanzaron a dejar atrás la ciudad, la sorpresa en todos ellos se incrementó. El yermo páramo repleto de radiación que habían conocido a las afueras de la urbe ya no era tal, había sido sustituido por un manto verde que se extendía hasta donde alcanzaba la vista. Que les sorprendía y aterraba incluso más que el terremoto que asolaba la ciudad. Lo que no sabían era que aquel fenómeno que estaban viendo y viviendo se extendía inexorablemente por toda la superficie del planeta, avanzando sin detenerse hasta colonizar la Tierra por completo, devolviéndole de nuevo la vida que habían dejado morir. 92

Y, en algún lugar, en pie bajo un enorme tejo que había triplicado su tamaño en cuestión de minutos, una elfa de cabellos morados sonreía. Había funcionado, habían conseguido desatar el espíritu de la Tierra, del planeta durmiente que había permitido la muerte de la magia y la proliferación de parásitos destructivos. Ahora ella, la Tierra, desde el cuerpo del hada Nialee, se vengaría de los humanos que llevaban destruyéndola a placer durante cientos de años; dañándola sin disculparse, sin pararse a ver las consecuencias… La magia del mundo se estaba renovando y Elienne lo notaba en cada poro de su piel. Se sentía más fuerte, despierta y poderosa que nunca. Y sabía de sobra todo lo que aquello implicaba, la vida colonizaría el planeta de nuevo y quizá incluso nacerían especies nuevas. Habría pérdidas, era consciente de ello; algo en su interior lloraba por no poder salvar a cada una de las personas que morirían en los siguientes días, pero era el precio a pagar para salvar no solo a la Tierra, sino también a la humanidad. Sabía que se acercaban tiempos difíciles, que los cambios de esa envergadura siempre llevaban mucho tiempo y que las personas que sobrevivieran a la decena de catástrofes naturales que estaban azotando el planeta vivirían con miedo. Los elementos, de mano del espíritu de la Tierra, podían ser muy destructivos pero era algo necesario para poder recuperar un planeta herido de muerte. Ella también sentía miedo en su interior. El ritual había salido según lo esperado, de hecho todo había fluido con más facilidad de la que Elienne había imaginado. Era como si Ella, el espíritu del planeta, hubiera estado esperando aquel momento. Ser despertada y desatada pa-


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Ilustraciones: Humberto Nieto L. (Ecuador)

ra hacer justicia, de lo contrario no podría explicar que aquella invocación, la más complicada que había realizado durante toda su vida como hechicera, hubiera salido tan bien. Sin embargo, jamás olvidaría la expresión del rostro de su amiga en el momento en que colocó la gema de obsidiana sobre su pecho y el espíritu de la Tierra entró en su cuerpo. ¿Gozo? ¿Placer? ¿Ira? Fue una expresión difícil de describir y que poblaría sus pesadillas durante bastante tiempo. Apartó aquella imagen de su mente y cerró los ojos para sentir el flujo de aquella nueva magia, limpia y pura, corriendo su interior. Nialee se había sacrificado por salvar a unos humanos que se habían ensañado con los suyos durante cientos de años, era verdad que muchos morirían, pero la calidad de vida de las generaciones que sobrevivieran

sería indudablemente mejor que si la destrucción que estaban llevando a cabo hubiera seguido su curso. También suponía una venganza para ella y Elienne lo sabía, la dríade se sentía en necesidad de hacer justicia por todos los bosques destruidos, todas las especies extintas y todos los hermanos fallecidos injustamente. Las dos caras de una moneda, amable y vengativa. Fuera como fuese, aquello significaba un punto de inflexión para el planeta. La vida volvería a invadirlo todo, con virulencia y plagándolo todo de destrucción, pero renacería más pura que nunca y los humanos tendrían una nueva oportunidad de hacer las cosas mejor y sin recaer en los errores del pasado. Y Elienne, que no perdía la fe en ellos, esperó que por fin aprendieran.

Alba G. Callejas (España) Página literaria: Facebook/AlbaYorunotsuki 93


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Greenwich Mean Time

Héctor Daniel

Olivera Campos El café es amargo de toda la vida...

—¿Qué hora debe ser en España? —Según el reloj ese de la pared, el que pone abajo London, si allí son ahora las seis, en España han de ser las siete. —No sé cómo te aclaras. —Es fácil. Londres se rige por el huso horario del G.M.T. —¿? —El Greenwich Mean Time. El horario de invierno en España es el G.M.T más una hora. Y el de Hong Kong es el G.M.T más ocho horas. —¡Joder! Y todavía nos falta al menos una hora para el embarque. De Hong Kong a Dubai y allí transbordo para Madrid. Desde luego Alberto, no sé cómo tienes bemoles de venir dos veces al año a China. Es mi primera vez y estoy baldao.

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—¿Pero a que ha valido la pena? —No lo dudes. Estos chinos son unos cabrones negociando, pero con todo y con eso, los costes laborales son tan escandalosamente bajos comparados con los que tenemos en España, que aunque tuviéramos que untar al mismísimo Fu Man Chú, aun así, la compañía ganará millones con la deslocalización. Me relamo pensando en la comisión que nos vamos a embolsar. No me explico cómo pueden tener una mano de obra tan barata. —Aunque parezca un chiste, en China sobran chinos. Tienen un excedente laboral que migra del campo a la ciudad de decenas de millones de personas. Los inmigrantes que llegaron a España tiraron para abajo los salarios y la crisis hizo el resto; pero no es suficiente, no se puede competir con los chinos.

—Rubén, acábate ya el Nesquí o llegarás tarde al insti. —Ya voy… —A ver, niño, ¿qué te pasa, que estás apollardao? —Es qué está enamorado. —¡Mamá! —¿Ah, sí? ¿Y ya le has visto el chochete a la niña? —¡Papá! —No le digas esas cosas al niño. —¡Coño, María! Que tiene dieciséis años ya, que los niños de ahora están muy espabilaos. Tú haz lo que tengas que hacer, pero ponte un globito, que con la que está cayendo nada más nos faltaría que nos hicieras abuelos. ¿Y cómo se llama la moza? —Hilda. —¿Qué nombre es ese? —Es latina. Va a su misma clase. —¡No me jodas! Tú, niño, con esas sal para divertirte y nada más. Que esas extranjeras son muy largas y muy liantas.

—¡Qué majadero es usted, señor Anselmo! —Adela, ¿se puede saber que le está diciendo usted a mi padre? —Hija, esta sudaca me quiere engañar. —Papá, te he dicho mil veces que no la llames sudaca, que es peyorativo. —Dice que el café es dulce, y el café es amargo de toda la vida. 95


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—Señora, lo de majadero se lo desía en broma. Y no le engaño, es que no me ha entendido bien. El café que bebemos es amargo, lo que es algo dulse es la pulpa que recubre el granito del café. En mi tierra la llamamos rojito, porque cuando madura el fruto se pone coloradito. Si lo sabré yo, que desde niña he recogido café. —¡Ah, sí! ¡Qué curioso! Y el café, ¿dónde nace? ¿en un árbol? —No, señora, en un arbusto, y necesita de sombra para creser. No hay máquinas para cosecharlo, hay que recogerlo a mano, frutica a frutica. —No consigo imaginármelo. Debe ser muy trabajoso, ¿verdad? —Señora, es lo más agotador y aburrido que existe, y los latifundistas de mi país lo pagan con salarios de hambre. —Adela, yo cuando oigo historias de países como el suyo no me explico cómo no se rebelan. Yo protestaría. —Y protestamos, señora, lo que pasa es que nos matan. A mi marido lo asesinaron los escuadrones de la muerte por denunsiar esos abusos. —Adela, por favor, no llore. —Perdone, señora, es que me acuerdo y no puedo evitarlo. —Vamos, vamos, tenga un pañuelo. Repóngase, Adela, que en esta casa la queremos mucho, es como de la familia.

—¿Sí, Ramírez? —Disculpe, hay una cosa de este crédito que no tengo clara. —Déjeme ver. No veo el problema. Según esta documentación, este crédito es correcto. Es una empresa exportadora que ya tiene aprobada por el ministerio la subvención por exportar, y mientras no la cobra, nosotros le adelantamos la cantidad para que tengan circulante. —Es que es una empresa de armamento que exporta armas ligeras a un país africano en conflicto. —¿Y qué? ¿No tendrá usted escrúpulos ideológicos, verdad? A mí todas las ideologías me parecen respetables, pero hay que dejarlas en la puerta del banco antes de entrar a trabajar. —No, no, yo soy completamente apolítico. Lo que me preguntaba era si la exportación es legal. Porque leí en la prensa que este tipo de exportaciones violaban un código… —…deontológico, Ramírez, código deontológico; un código de buenas prácticas que en la práctica no obliga a nada. Son exportaciones totalmente legales y a esta firma, en concreto, estamos aburridos de respaldarla con nuestros créditos. ¡Ah!, por cierto, ya que está usted aquí, tráigame el contrato del préstamo que hemos aprobado para esa empresa que quiere trasladar su producción a China. 96


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—¡Que no, hombre, que no! Que al precio que me vendes el café no me sale a cuenta, que me da igual que sea del comercio justo ese de las narices. Si acepto tu propuesta, para seguir ganando lo mismo tengo que subir al menos quince céntimos cada café y eso me supone perder clientela. —Buen día. —Buenos días, Ibrahim. Mira, este chico pasa cada día por el bar para vender películas piratas a los clientes y mientras tanto se toma un cortado. Ibrahim, si mañana te subo el cortado quince céntimos, ¿qué opinas? —Malo. —¿Ves lo que te digo? —Bueno, pues nada, adiós. —Adiós. ¿Qué novedades traes, Ibrahim? Mira, la última del Di Caprio. Esto me recuerda un chiste. Esto es la frontera de Algeciras y pasa un moreno como tú con un pasaporte falso con la foto del Leonardo Di Caprio. Y el guardia civil que está en la aduana mira la foto y mira al negro, mira la foto y mira al negro. Y le dice: «Espérese aquí un momento». Entra el picoleto pa dentro del puesto y dice: «Mi sargento, usted que es un hombre de mundo: ¿El Titanic se hundió o se quemó?». —… —¡Coño, Ibrahim! No pongas esa cara, que es una broma, que sabes que yo no soy racista. —Yo, hoy triste. No quiero bromas. —¿Qué te pasa? — No sé si mi hermano pequeño está vivo o muerto. —¡Coño, Ibrahim! No sabía nada. ¿Qué le pasa a tu hermano? —Antiayer él debía irse en cayuco. Yo quería hablar y decirle que no fuera. Esto no vale la pena, mucho trabajo, mucho gasto de alquiler por vivir todos juntos en piso como sardinas, siempre mirando que no te coja policía. Yo me gano nada más que treinta céntimos por película que me da el chino. Muy poco, no vale la pena. —Perdona, Ibrahim, pero lo que no entiendo es por qué arriesgáis la vida en esas travesías. Debéis pasar mucha hambre en vuestro país. —Mucha pobreza. Mi país rico, tiene diamantes, petróleo, madera, de todo. Pero los políticos, malos, corrupción, guerra. —Escucha, al cortado te invita hoy la casa.

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—Adela, tenga, esta ropa, ya no la uso y he pensado que le podía ir bien a usted. —Muchas grasias, señora. Es usted muy amable.

—Aquí tienes el café. ¿Azúcar o sacarina? —Azúcar. —Lo que no comprendo es por qué siguen jugándose la vida para venir a España. —Los inmigrantes quieren lo mismo que tú y que yo: conseguir un trabajo, poder vivir de él, atender a su familia, prosperar… —Sí, pero ahora mismo en España no hay trabajo ni para los españoles. —Piensa que aquí hay Seguridad Social, sólo por eso les vale la pena. Si yo viviera en un país en el que se me puede morir un hijo por no poder pagar al médico, supongo que también cogería el cayuco.

—¿Por qué tu mamá te llama cholita? —Lo dice cariñosamente. —¿Entonces, yo te puedo llamar cholita? —No, tú no.

—¿Ramírez? —¿Sí?, López. —Ayer me acordé de ti, fui a ver una obra de teatro que se llamaba «La importancia de llamarse Ernesto». —No la he visto. Mis padres me pusieron Ernesto en homenaje al Ché Guevara. 98


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—No, no me des la lista del menú. Hazme un bocadillo de chorizo y ya está. No tengo ganas ni de comer. —Juan, haces mala cara. —Se me nota, ¿verdad? Pues en casa lo disimulo; esta mañana incluso he bromeado con mi hijo que se ha echado una novieta. —¿Qué te pasa? —Todavía no es oficial, pero los rumores indican que van a cerrar la planta para trasladarla a China y dejarnos a todos en la puta calle. Es que lo pienso y me entran escalofríos. Dieciocho años currando en esa fábrica y tener que empezar de nuevo. Con cuarenta y ocho años uno es demasiado joven para jubilarse y demasiado viejo para que te contraten en otro lado. Si cierran, me joden la vida. —Pero, Juan, si eso pasa, algo se tendrá que poder hacer. Digo yo que os recolocarán en otra parte. —No te creas. Eso mismo le pregunté al abogado del sindicato, y me dijo que desde el sindicato lucharían por nosotros. Y yo le dije, vale, pero si se ponen cabezones y cierran la factoría de todas formas, ¿qué alternativas hay? Y me dice que ninguna, que si conseguimos que nos paguen por el despido lo que señala la ley será todo un éxito. Que no se puede hacer nada, que la culpa la tiene la globalización. Y yo que le pregunto, ¿eso de la globalización qué es? Y el tío capullo se pone a darme una conferencia: «La globalización es un concepto…». Y yo le respondo: «Pues va a ser la primera vez que un concepto me da por culo».

—Señor Ramírez, aquí tiene el anillo que encargó. —Es precioso. —A su esposa le va a encantar. No podía haber elegido mejor. Es esperanzador comprobar que todavía queda romanticismo en el mundo. No todo está perdido.

—Cholita, ¿dónde vas? —A la calle. —Yo sé a dónde vas cholita. Vas a ver al españolito. —Es sólo un amigo. No hacemos nada malo. 99


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—Ni que yo me entere. —¿Por qué no te gusta Rubén? —Wilson quiere salir contigo. —Wilson es latin king. —Sí, pero al menos es de tu país. —Mi país es este. —No empieses, cholita. Tú sabes que un día tendremos que virar, que, en cuanto ahorre sufisiente para hasernos la casita y montar el negosio, regresaremos. —No sé por qué hemos de volver. —Porque allá están mis hermanas y tus primos. —Yo casi no me acuerdo de ellos. Además, tú siempre me cuentas que allí pasaste mil trabajos. —¿Y qué te crees, que acá no los paso? Hoy ese viejo tronado que cuido estaba insoportable. Además, aquella es nuestra tierra, a mí esto no me gusta. Acá la gente es fría, todo el mundo vive enserrado en su casa, no puedes pedirle nada al vesino. Extraño las noches de verano en mi tierra en que sacábamos las sillas y nos poníamos a conversar sentados frente a las puertas de la casas. El otro día una vieja, vesina y conosida del señor Anselmo, se murió y hasta que no pasó un mes y olía a podrido, nadie la echó de menos. —Mamá, yo te comprendo, pero tú no me comprendes a mí. Yo llegué a España cuando tenía siete años. Soy española. —Tú te piensas que porque has ido a la misma escuela que los españoles y hablas con ese asentito gachupín que se te ha puesto, ya eres española, pero te equivocas, Hilda, los españoles nos despresian. —No todos. —Fíjate que hasta los gitanos nos llaman payo-ponys. A los españoles les interesa que estemos acá para que hagamos los trabajos que ellos ya no quieren haser y pagarnos una miseria. Desengáñate, corasón, ningún español se casará nunca contigo.

—Cariño, ya estoy en casa. ¡Tachán, tachán! ¡Feliz aniversario! —¡Te has acordado! —¿Cómo me iba a olvidar? —¿Qué me traes aquí…? ¡Oh, oh! ¡Dios! ¡Es una maravilla! La piedra del anillo, ¿qué es? —Un diamante, pequeñito, pero auténtico. —Te habrá costado un dineral. —Eso es lo de menos, no todos los días se cumplen diez años de casado. —Sí…, pero un diamante. ¿Nos lo podemos permitir? —Hay un secretito que no te he contado: gané una suculenta prima por ser el 100


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empleado que más obligaciones preferentes conseguí endosar a los clientes. —¿El campeón de la sucursal? —¡Qué va! El número uno a nivel provincial. —Deja que te bese, ¡campeón! (¡Muaaaaac!). Eres el hombre más bueno del mundo. Ya verás cuando se lo enseñe a Chabeli, se va a morir de envidia, qué te apuestas a que la cacho puta dice que es falso. —Espera, que esto lo venden con certificado de autenticidad. Aquí está. ¡Qué casualidad! —¿El qué? —Pues que hoy mismo he gestionado un préstamo para una empresa que exporta armas al país del que procede el diamante. —Tienen una economía un poco rara, ¿no? —Aquello debe ser una merienda de negros. —Dame el certificado, lo guardaré en el bolso por si acaso. —He contratado una escapadita romántica para este fin de semana, pensaba regalártelo entonces, pero me he dicho, ¡qué coño!, el aniversario es hoy. —Has hecho muy bien. —Dile a Adela que no haga planes para el domingo, se tendrá que quedar con tu padre. —Hoy Adela estaba triste. —¿Qué tenía? —Me ha contado que a su marido lo mataron por meterse a sindicalista o algo por el estilo. —Es posible, en esos países tercermundistas la gente es muy salvaje, es un problema cultural; para ellos la violencia es algo normal. —Adela me da pena. Tendríamos que hacer algo más por ella. —¿El qué? —Darla de alta en la Seguridad Social. —Ni hablar. Sabes que no soy tacaño, pero no hay nada que me joda más en esta vida que pagar más por algo que puedo conseguir por menos, es de primos. —Pero lo que hacemos no es legal. —Por eso no te preocupes, te aseguro que no va a visitarnos ningún inspector de Trabajo, que no van ni a donde tienen que ir. Ninguno de los que trabajan en mi banco, que tienen chicas, las tienen contratadas legalmente; es más, las tienen internas y sólo les dejan libres los domingos. Nosotros tratamos a Adela exquisitamente; no sólo le damos fiesta el domingo, sino que le dejamos que vaya tres horas todas las tardes al bochinche ese que tiene alquilado para que pueda atender a su hija adolescente. —Pero… —Mi vida, ¿quieres cagarla? Es fácil: contrátala legalmente. ¿Sabes lo primero que nos exigirá? Pues las cuarenta horas semanales. Anselmo necesita cuidados constantes, así que ya te veo dejando tu trabajo en la galería de arte y quedándote en casa para limpiarle el culo a tu padre. ¿Es eso lo que quieres? 101


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—Tenga, caballero. —No quiero publicidad. —No es publicidad. Es una convocatoria para una manifestación. —¡Ah, sí! Vosotros sois esos de extrema derecha. —Que no le manipulen, caballero. Defendemos a España y a los españoles. —¿Y por qué es la manifestación? —Queremos que expulsen a todos los inmigrantes maleantes ilegales que están degradando el barrio. Exigimos la clausura de los pisos-patera y más policía en el distrito. —¿Vuestro partido está contra la deslocalización de empresas? Porque la fábrica en la trabajo se la llevan para China. —Nuestro partido es el único que se opone a la deslocalización. Proponemos recuperar la soberanía económica nacional. En nuestra web lo explicamos todo. —Apúntame la web en la hoja.

—¿Me quieres? —Mucho. —Júrame que cuando seamos mayores te casarás conmigo. —¿Por qué? —Tú di: juro que me casaré con Hilda o que me muera ahora mismo. —Vale, me casaré contigo. —Ojalá pudiera oírte mi mamá. —¿Y eso? —Dice que los españoles sois racistas y que no se casan con las latinas. —Tu mamá está tonta. —¡Rubén! —Tú mamá es tonta y mi padre gilipollas. Nuestros padres no saben nada, son de otra época. Todo está cambiando.

Héctor Daniel Olivera Campos (España) Blog: hectoroliveracampos.blogspot.com.es 102


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Madre Isabel

Pedrero

La decisión estaba tomada desde hacía tiempo... SE MIRÓ AL ESPEJO antes de salir a la calle. El pelo gris le caía lacio a los lados de un rostro igual de ceniciento, cruzado por las arrugas. Tenía la mirada cansada y hacía demasiado tiempo que no sonreía. No pudo evitar acordarse de los buenos tiempos, de aquella época en la que aún se sentía viva. Se alisó la camisa, demasiado grande, con las manos y suspiró con pena.

Al salir a la calle una ligera brisa le acarició el rostro. El delicado olor de los jazmines le hizo sentir un pinchazo de añoranza. Los rayos suaves de un sol de primavera, que se asomaba tímido entre las nubes de enero, le calentaron la piel. Sabía lo que estaban intentando. Parecía que últimamente todos ellos querían animarla como fuese. Eran conscientes de que todo iba a cambiar y 103


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hacían lo que podían para evitarlo. No tenía claro si lo hacían por empatía o por miedo, pero en realidad ya le daba lo mismo. La decisión estaba tomada desde hacía tiempo. Entró a la vieja casa de las afueras, empujando la puerta con fuerza para desbloquear las bisagras oxidadas. Todo estaba cubierto por una capa de polvo tan gruesa que parecía nieve. Las maderas crujían y la escayola se deshacía sobre su cabeza. Era casi un milagro que aquella estructura se mantuviera en pie. Se dirigió directamente hacia el patio interior, intentando no tocar nada y alterar su perfecto equilibrio. La mayoría se había quejado al conocer el lugar del encuentro, pero a ella no le importó. Adoraba aquella casa y era, precisamente, por aquel patio. En cuanto salió, la hierba reverdeció y las hiedras treparon por las columnas desportilladas. Unas pequeñas margaritas se asomaron y los rosales lo arroparon todo con su suave aroma. Se sentó bajo el cerezo, con las ramas tan cargadas de frutos que ni siquiera tenía que estirarse para alcanzarlos. De nuevo la tristeza se aferró a su alma. Eran esas cosas las que echaría de menos. El primero en llegar fue Quetzalcóatl, con una brisa cálida y amable. Luego llegaron Lorenzo y Catalina, llenándolo todo de luz. Poco a poco, fueron llegando los demás. Todos tenían el mismo aspecto: preocupados, asustados, tristes. Se acercaban con los hombros hundidos y arrastrando los pies, derrotados. Sabían que ya no había vuelta atrás y que aquella reunión no era más que un puro formalismo. —¿Para qué nos has convocado? —preguntó Catalina, tan fría y distante como siempre, intentando aparentar normalidad. Ella sonrió de forma maternal. No 104

había ninguna necesidad de dar explicaciones, pero sabía que ellos necesitaban oírlo de sus labios. —Estoy vieja —respondió con un suspiro—. Pero, sobre todo, estoy cansada. Se han agotado mis fuerzas y ya no puedo luchar más. —Nosotros lucharemos por ti. Siempre lo hemos hecho —bramó Poseidón poniéndose en pie, intentando mostrar la fortaleza que le faltaba al resto—. Podemos empezar de cero. Mis aguas inundarán todo lo que esté a mi alcance, Uller puede congelar la mitad de la tierra que quede libre de mi furia y Lorenzo desecar el resto. En pocos años, todo será agua, hielo y polvo. Con mucho menos hemos empezado otras veces. Algunos asintieron con cautela, otros gritaron excitados, pero todos se mostraron animados por esa pequeña expectativa. Sintió lástima por ellos, aferrados a una pequeña esperanza. —No ha funcionado otras veces, no funcionará ahora —respondió con un suspiro, evitando mirar a la profundidad de sus ojos. Ya lo había pensado. Era una buena opción, eso era cierto, pero ¿cuántas veces tendrían que repetir aquello? Siempre era igual. Arrasaban con la vida, empezaban de nuevo y todas y cada una de las veces acababan en el mismo punto cerrando el círculo. —Tiene razón —concluyó Érebo—. Se les han dado múltiples oportunidades, tantas que ni siquiera ellos las recuerdan. El ser humano no merece salvación, el planeta entero no la merece. A medida que hablaba, todo se volvía oscuro y profundo. La noche eterna comenzó a formarse en los soportales, las margaritas se cerraron y le pareció ver a Nix, su hermana, acechando desde las sombras como una serpiente entre la


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hierba. Sintió el frío calarle en los huesos y el escalofrío que le recorrió la médula espinal la devolvió a un tiempo pasado que había relegado al fondo de su memoria. Se recordó a sí misma, pequeña, insignificante, un diminuto punto de luz que luchaba contra el llanto y la desesperación. Sintió de nuevo el vacío creciendo en su interior, amenazando con anularla y hacerla desaparecer para siempre. Sintió, una vez más, la necesidad de rebelarse, luchar y crecer hasta que las sombras quedasen relegadas a los lugares más profundos del núcleo, donde nadie pudiera alcanzarlas. Pudo recordar cómo todo había surgido de esa pequeña llama de su alma: la luz, el agua, el viento, la vida. Y sintió, por primera vez en eones, que estaba equi-

vocada. Esa no era la solución. —Está bien, lo haremos —concedió. La sonrisa fría de Érebo cortó el aliento del resto de los presentes—. Inunda la tierra, hiela el ambiente y seca la vida —dijo volviéndose hacia Poseidón. Pudo escuchar el rechinar de dientes de Nix mientras se fundía entre las sombras para volver al lugar del que no debió haber salido. —Como desees, Madre —respondió Érebo apretando los dientes en una falsa sonrisa, acatando sus órdenes sin mostrar su verdadera alma. Naturaleza se puso en pie con determinación, cambiando el gris de sus cabellos por una melena suave coronada de flores y pensando que sería la última oportunidad que le daría al viejo planeta.

Isabel Pedrero (España) 105


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Carta apócrifa de Sancho Panza a Teresa Panza

Enrique

Mochón No habríamos sabido decir si íbamos o veníamos...

SI CUENTO NI CUENTA SON, Teresa mía, las aventuras que mi señor don Quijote y yo estamos hallando en esta partida, y aunque han sido algunas con buen término, las ha habido más en que hemos salido tan mal parados que si en su conclusión mis deseos de volverme a casa no han logrado su empeño ha sido por culpa deste tozudo apego que, al ir pasando los días, he acabado por tomar al loco de mi amo. Pero mentiría si no te dijera otras razones que, unas con otras, me retienen 106

dando tumbos y sufriendo descalabros por estos llanos sin fin. Una es, como tú ya conoces, la esperanza de recebir algún día el premio de una ínsula o, a lo menos, la de encontrar un grande tesoro con el que hacerte señora. Mas resulta que la mayor dellas es una que ni por pienso acertaría a explicarte, porque ni yo mesmo la conozco, pero que tiene que ver con la costumbre y las querencias que el cuerpo y la voluntad llegan a tomar destas, hasta el punto de seguir porfiando en una empresa que a menu-


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do se me muestra sin sentido y de la que harto mejor haría alejándome cuanto antes y de una vez por siempre. Y es que hete aquí que, siendo mi natural tranquilo y mi persona dada a no buscar cosa que turbe esta mansedumbre, los días en que nada nos ha ocurrido han sido los que más mermádome han las ganas. No han sido pocos estos, y hasta más los que hemos andado tan perdidos y alejados de cualquier villa, que no habríamos sabido decir si íbamos o veníamos. Fue al final de una destas jornadas sin historia que nos aconteció la que hoy me dispongo a contarte, y que empezó cuando vislumbramos a lo lejos un campanario de iglesia al que ni mi señor ni yo supimos colocar en ningún lugar conocido. Hacia allí decidimos ir, y en no mucho habríamos llegado de no ser porque a mitad del camino sorprendionos la visión de una figura de hombre que como del pueblo se dirigía hacia una aldea que a nuestra izquierda se nos iba pareciendo. Era este de andares desgarbados y sin temple alguno, y conforme nos acercábamos fuimos conociendo que ante él caminaba una bandada de pavos, guiada a golpes de gritos y de una luenga vara que la tal persona manejaba. Debió de ser por las priesas con que iban, o quizá porque los animales de pluma acostumbran a no hacer sino lo que a uno dellos se le pasa por las mientes, a veces sin presupuesto alguno, y que todos copian a una; el caso es que al llegar a un desnivel al uno que primero iba le vino en voluntad echar a volar, y todos los que tras él andaban, enseguida y a la par, hicieron la mesma cosa. Creo, mi dueña, no haber visto jamás un gesto tal de desesperación ni desamparo como el que aquel hombre nos mostró al llegarnos a él, puesto que en seguida conocimos, por

sus maneras y lloros, que no era persona de muchas luces, y que las pocas que le quedaran luciendo habíansele apagado al ver echar el vuelo a su singular rebaño. «¡Vamos, Sancho!, dijo entonces mi amo, que es ventura esta de reparar el ánimo deste desdichado». Y allá que nos fuimos, él lanza en ristre, que más que detener parecía querer ensartar a aquellos estrafalarios bichos, y yo, a falta de otra mejor cosa, con mi sombrero en la mano, como si su sola visión pudiera convencerlos de cejar en su presupuesto de escapar. Mas te juro, Teresa, que aquellos animales más tenían de halcones que de pavos, que así de rápido se nos iban, haciéndosenos pronto claro que era sin fruto tal empresa, cuanto más que primero tuvimos que bordear el terraplén para poder así seguirlos, y cuando nos vimos debajo dél la bandada iba tan lejos que ni el mismísimo Pegaso hubiese podido llevarnos en pos della. Era la expresión de mi señor cercana al espanto cuando, para alivio de nuestras monturas, nos detuvimos, aunque trocose en pena al volvernos y contemplar la afligida estampa daquel hombre. Se llamaba Angelillo, según pudimos entenderle, y había recebido el encargo de conducir aquellos animales desde el pueblo a la granja de su amo. Era tal el temor que enseñaba de presentarse ante él sin ellos, que mi señor don Quijote decidió que le acompañásemos. No estábamos ni mucho menos cerca cuando ya pudimos distinguir en la puerta de la propiedad al patrón, pues era este hombre de la envergadura de un oso puesto de pies, y he de decirte que una vez en su presencia, tanto su cara como su mucho vello apartábanlo menos de parecer tal animal que visto de lejos. Mostrábase además a las claras que aquella persona trabajaba con ganado, 107


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no ya solo por las hechuras de su hacienda, en la que podían verse numerosas cuadras, sino también por el grande y distinto número de olores que su cuerpo soltaba, pues ora parecía que hubiérase revolcado con los puercos, que luego una otra vaharada te decía que había sido con las vacas o los caballos, cuando no con las gallinas y los gansos o las ovejas. Mas venía las más veces una otra fragancia, esta la peor de todas, que, por no corresponderse con ninguna especie conocida, no podía ser sino propia de su enorme humanidad. Era con todo aquel granjero, según pudimos ver enseguida, bastante más aseado que amable, y hasta se podría haber dicho, al poco, que estas dos loables virtudes, incluso puestas por separado, aventajaban con mucho a la de su desinterés por la hacienda particular. Baste referirte para todo ello que en cuanto tuvo a la mano al pobre de Angelillo, agarrole por los pelos y empezole a zarandear sin mediar más argumentos que un repetido «¡¡Dónde están los garullos, ganapán hideputa!!». Fue entonces que mi amo echó mano de su espada para detener semejante bellaquería, y a fe que le conozco que no se habría parado hasta liberar a la víctima de no ser porque esta, para mi más completo asombro, defendiose de su agresor culpándonos a ambos de la fuga de la bandada, diciendo que habíamosla espantado con el trote de nuestras caballerías. Quedose suspenso a este punto mi señor, que no sorprendido, en espera de la siguiente reacción daquel energúmeno, que no fue otra que la de soltar la cabellera de Angelillo y agarrar un leño de encina, de una pila que a su lado tenía, y acercarse con él en alto para reclamarnos los dineros que con los pavos habíansele volado. Créeme, amada espo108

sa, que en todos mis días he conocido a nadie, cualquiera que fuese su condición o cuna, que se hiciera caballero en menos tiempo que mi señor don Quijote y yo entonces, pues llegarse a nosotros aquel vestiglo armado y estar ambos sobre nuestras monturas, y a todo el galope que ellas nos permitían, fue todo a un mesmo tiempo. Y grande fue nuestra suerte de emprender tan prontamente la huida, porque aquel palo y docenas dellos más enseguida empezaron a zumbar sobre nuestras cabezas y junto a nuestros costados, lanzados con no menos priesa por las cuatro manos que sumaban los dos aldeanos. No tardamos en perder de vista aquella aldea con su pueblo y en hacer más lento nuestro paso. Mi amo no había vuelto a decir nada desde nuestra precipitada partida, y fui yo quien rompió a hablar diciéndole lo mucho que me había extrañado el tan ingrato acto del inocente Angelillo, al que de buena gana habría molido a palos. A lo que él, más discreto que animoso, respondiome: «Ya vees tú, Sancho, que no todos los trabajos de caballería son para ser escritos en oro, sino que muchos dellos, aun sabiéndose deslucidos de antemano, se han de hacer llevados por la sola idea de dar socorro allí donde este hiciere menester, y sin mirarse mucho en a quién se lo dieres ni esperar pago alguno dello. Puesto que esta vez los dos hubiésemos ganado de no recebir ninguno, ni malo ni bueno. Y no te aflijas por cómo ha actuado ese pobre desgraciado, que nada hay que reprobarle, pues no ha hecho sino lo mejor que sus entrañas le han permitido hacer». Pero, como viérame aún pensativo, añadió: «No te pasme nunca, hermano Sancho, nada de lo que las personas en su variada condición y circunstancia pensasen, dijeren o hicieren, que no hay ni dos dellas que


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nazcan con igual entendimiento, ni en cantía ni manera, y así sean dueños de su voluntad como esclavos de su mala fortuna, cada uno hace y deshace sus asuntos de distinto modo, sin que ello nos deba producir mayor sorpresa, cuanto más que para mí tengo que a menudo obedecemos más a nuestras entrañas que a las propias mientes. ¿Acaso, Sancho amigo, no viste la mesma y entera cara del miedo en la dese Angelillo? Pues no te digo más». Mas sí dijo, aunque esta vez lo hizo tras un rato de silencio en que lo vi mohíno, y uno otro más en que parecía reír de manera callada. Fue cuando retomó su discurso para decirme: «¿Por gracia notaste, amigo mío, que aquel bellaco, por la peste que echaba, más tenía de bestia que de humano?» A lo que yo

respondí: «A buena fe que eso es cierto, mi señor, y más que era cosa demasiadamente notable, de lo que saco que semejante animal nunca debió tener discernimiento para hacer distingo entre la limpieza y la falta de ella. Mas con vos me entierren si ese particular produjera el menor espasmo en mi persona». Y así, corridos pero riendo a gusto con estas y otras pláticas, seguimos alejándonos despacio daquel lugar, del que quizá ya habíamos sabido lo único malo que guardaba, y adentrándonos en la cada vez más oscura noche de la Mancha. Te seguiré dando cuentas, esposa mía. Desta llanura sin término, a 10 de julio de 1614. Tu marido Sancho

Enrique Mochón Romera (España) 109


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Evolución Héctor Núñez Desde el exterior era imposible imaginar lo que ocurría dentro de nuestra ciudad...

EL PRIMER CONTACTO que tuvimos fue a través de los telescopios espaciales. No se le dio la mayor importancia porque la supuesta nave en forma de pepino gigante desapareció entre el planeta Mercurio y el Sol. Los científicos creyeron que se había desintegrado cuando entró en el campo gravitacional de nuestro astro solar; otros, los menos doctos o poco creyentes, concluyeron que era un fraude, inventado para llenar las primeras páginas de los diarios. Los noticieros sensacionalistas tergiversaron tanto los hechos que los llevaron hasta lo inverosímil. Una semana después los radiotelescopios empezaron a recibir las primeras señales de radio de una galaxia lejana. La soledad cósmica en que habíamos vivido por millones de años se había terminado. Siempre me ha gustado sembrar pequeñas hortalizas. Era un reto mezclar diferentes tipos de injertos, me gustaba el término «desafiar a la naturaleza», porque cada 110


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implante de frutas y vegetales creaba una mezcolanza deliciosa para el paladar. Acostumbrado, por mi familia, a la bebida y a la buena música, en mis ratos libres mezclaba, y con la ayuda de varios rones, diferentes ritmos que me ayudaban a evadirme de este mundo. En mi pequeño huerto era común encontrar flores con colores tan luminosos que lograban cegarte. Los vegetales desafiaban cualquier tamaño conocido, incluso el sabor dulce permanecía en la boca por días. Los pájaros me ayudaban a expandir mis experimentos en los jardines cercanos. Algunos árboles empezaron a llenarse de frutos y en los tejados germinaron los primeros brotes de las diferentes plantas que sembraba. Era mi invernadero privado, un rincón edénico para mí solo; comía a mi antojo, tomaba interminables baños de sol y me paseaba desnudo por toda la casa. La primera vez que escuché los sonidos del espacio me parecieron singulares y graciosos. Logré hacerme con varias pistas, por lo que los mezclé con la suave música de violines, un poco de guitarra clásica y finalmente la flauta piccolo le proporcionó la belleza de un concierto de aves del paraíso. Por horas escuché embelesado la música que había creado. Con el tiempo la comida superó mis expectativas; pensé que el vino estaba realzando los sabores en mi paladar. Mi huerto empezó a desbordarse e inundar las casas de mis vecinos, subiendo con ímpetu como enredaderas hasta las últimas ventanas. Fue difícil caminar por las aceras, debido al musgo pastoso que empezó a crecer. Árboles y plantas triplicaron su tamaño en semanas, volviéndolos majestuosos. Los pájaros e insectos parecían enloquecidos, comían hasta reventar, los que sobrevivieron extendieron los límites de mi huerto hasta el último rincón de la ciudad. Mis veci-

nos al principio se molestaron, incluso, me acusaron formalmente ante la autoridad, pero empezaron a consumir los alimentos que crecían dentro de sus casas, aceras y jardines. La abundante comida, saludable y generosa, los convirtió en los más felices habitantes de la ciudad, pues estaban ahorrando plata a puños. Luego, ellos empezaron a defender su territorio como una especie de tierra prometida. Dejamos de utilizar sus automóviles, las faltas en la escuela y el trabajo empezaron a incrementarse. Muchos dejaron las aberraciones de la era moderna. Se volvió costumbre verlos acostados debajo de las refrescantes sombras de los árboles y comiendo los alimentos que tenían al alcance de la mano. Las enormes raíces empezaron a derrumbar casas, edificios, escuelas, monumentos, puentes y toda construcción que se interpusiera a su paso. Empezó a brotar agua cristalina del pavimento fracturado, las calles parecían ríos multicolores; nadie se quejó esta vez, también debido a que ya no había a quien quejarse. Al principio nos pareció un caos pero empezamos a acostumbrarnos a nuestro exclusivo bosque pleistocénico. De pronto formamos una comuna hippie con costumbres similares a las de los años sesenta. Por eso, cuando la ropa nos empezó a estorbar, dejamos de usarla. Al inicio las mujeres se sintieron incómodas, se tapaban los senos y pubis con ambas manos, ruborizadas, pero comenzaron las afinidades y similitudes con otros cuerpos que empezaron a mostrarse orgullosos sin un ápice de timidez. Las noches se llenaron con el tranquilo resuello femenino. El cabello, barba y vello abundante empezaron a marcar la moda. Los hombres nos adaptamos a la convivencia diaria con explícita desnudez. No puedo negar que 111


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hubo excesos, pero la maleza nos proporcionó el manto perfecto, para incendiarnos con la deliciosa dulzura del amoroso llanto. Nuestros sueños se poblaron de estrellas distantes, de hermanos mayores que nos servían de guardianes, de nuevos dioses. Pronto empezamos a olvidarnos del vocabulario, las palabras perdieron el sentido. Los sonidos guturales nos encontraron una mañana mientras desayunábamos. Pintamos pequeñas pictografías de la nueva vida, quisimos dejar huella de nuestra cotidianidad. Estábamos más delgados, más fuertes, nuestra flexibilidad para correr y trepar se fue incrementando. Los primeros niños nacieron mejor adaptados, ligeramente encorvados y con las extremidades superiores más largas. Nos opusimos a abandonar este refugio. Después de muchos intentos nos confinaron, porque fueron incapaces de comprender el paso invertido de la naturaleza en la evolución humana. El gobierno nos aisló por completo, temieron que la epidemia se saliera de control

y contagiara al resto del país. A pesar de las investigaciones y estudios, nunca pudieron encontrar las causas, lo atribuyeron a un extraño virus. Falló todo tipo de medicamento antiviral, por lo que fuimos puestos en cuarentena. Aunque veían con resquemor el paradisíaco lugar que se estaba creando en sus fronteras, muchos, por no decir la mayoría, envidiaban nuestra vida de exótica holganza. En las noches no reuníamos en el centro de la ciudad, todos juntos, arropados con nuestra desnudez. Hipnotizados, mirábamos el cielo, saludando a los que nos veían y protegían en la monstruosa lejanía. Parecíamos humanoides esperando instrucciones. Moviéndonos de un lado a otro, saltando de árbol en árbol, girando, aullando. Las señales se mostraban en sentido inverso, recalculando toda ley de casualidad. Desde el exterior era imposible imaginar lo que ocurría dentro de nuestra ciudad. Mejor, nos habían dejado vivir en paz, o eso creíamos, porque un día dejamos de tener contacto con el resto del mundo.

Héctor Núñez (México) 112


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Visiones

Esparvero

¿De quién es tu mente?... _HOLA. ¿Te importa ponerte tú en la ventanilla? Me gusta mirar, pero al final me impone la altura y me siento inquieta. hTranquila, a mí me gusta. Te tengo vista por el MIT. ¿Vas a las conferencias? hSí, expongo un pequeño trabajo del proyecto EYE. ¿Y tú? hYo solo voy a oír y empaparme de sabiduría. Estoy en el proyecto PHOENIX, en el que por cierto usamos vuestros ojos Eye45. ¿Qué mejoras tenéis en proyecto? Lo que puedas contar, ya sé que lo financia el ejército y son muy suyos. hPues ya está en producción el Eye55 en SONY, y es público. La mejora principal es un nuevo sensor de infrarrojo térmico que va refrigerado. hMuy bueno, pero el peso le quitará agilidad al ojo. ¿Los militares lo aceptan? hSí, pierde un poco para jugar al ping-pong y para artes marciales. Mi trabajo ha consistido en programarle una opción que lo convierte en un buen

visor nocturno sin colores. Eso les compensa, parece ser. hPues si me puedes conseguir un par de ellos te lo agradeceré. Mira, me quito las gafas de sol. hVaya, los 45. Te quedan muy bien los verdes. Los 55 tienen lente de germanio, y todos son grises. Te darán un toque de seriedad y madurez. ¿De quién es tu mente? Solo sé de Phoenix que incorpora mentes humanas en cuerpos de robot. ¿Qué me puedes contar sobre ello? No os dais mucha publicidad. hYa, es que no va muy bien la cosa. La memoria que ya está organizada en cada cerebro se trasvasa muy bien en unos pocos días, pero el traspaso de lo que llamamos la mente es más duro, sobre todo porque no sabemos bien cómo funciona el cerebro. La copia trasvasada trabaja bien, el sujeto se reconoce en su cuerpo nuevo y quienes le conocían, también. Pero todos los sujetos al cabo de unos días informan de que se sienten raros y al final reconocen que «este no soy del todo yo». Lo aceptan, aunque les va creando una sensación de pérdida 113


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y angustia, y al final deciden apagarse, el equivalente al suicidio sin romper nada. »Para estudiarlo desde otro ángulo se han programado algunos de estos mismos cuerpos robóticos con software sintético, similar al copiado de humanos para comprobar si les ocurre también. Estos androides tienen percepción

clara de sí mismos pero no deberían tener la sensación de que les falta esa «alma» o identidad profunda que nunca han tenido. En ello trabajamos; yo soy uno de estos sujetos sintéticos. Me siento muy «yo», mi cuerpo y mi mente parecen bien acoplados, y trabajo muy bien con mis compañeros humanos, en el propio proyecto que me ha creado. Hay mucho que aprender y mucho trabajo por hacer. De momento no siento ninguna angustia existencial, más bien una agradable plenitud, no sé si llamarlo felicidad. Espero que todo siga así. Iré a tu charla y si quieres, cuando todo acabe, podemos salir a comer o a pasear si no te importa que te vean con un robot. hMe lo he de pensar. He alabado el estilo de tus ojos y tú ni me has devuelto el cumplido. hVaya que poco considerado soy. Pues son muy vivos y de un hermoso gris profundo... ¡Turing me asista! ¡Son los nuevos Eye55!

Esparvero (España) 114


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Se irá el invierno Carmen Martínez Marín

Ella hace lo imposible porque así sea... Porque la estancia o tránsito en la vida transcurre ahora en su invierno particular. De la primavera ya ni se acuerda, está lejana aunque las flores siemprevivas sigan amaneciendo cada día. Sí, se irá el invierno. Menos mal, fue demasiado largo. Siempre es largo cuando es inclemente y se trata de la estación. Ella hace lo imposible porque así sea. Del verano guarda, conserva y reproduce, los deleites de cada verano, de su último verano. No lo considera lejano. Es más, lo revive con los suyos. Con historias de guitarra en aquellas noches de luna llena y estrellas en el pantalán de la caseta de veraneo. Del cine de sillas de madera y bocadillo de tortilla francesa. No importa el rocío de los sentimientos, ni de la sequedad de los días de solitario calor y noches de insomnio. Quizá mejor de noches de sueños que, después de las siestas, endulzaban su vida de aquella joven enamorada. Y, el otoño, ese tan cercano, el de las hojas secas del color de la vida reciente, a veces tan irreverentes, pasado queda. Ahí está. Porque la edad se nota en la cara, no en los recuerdos, no en la vida, no en la alegría. A pesar de todo, este invierno pasó lento y frío. Quizá otros inviernos lleguen como Lola desea con toda ilusión para vivirlo digna y emocionalmente, feliz. 115


El Callejón de las Once Esquinas

La puerta a la estaciones no hay que cerrarla. Nunca. Solo hay que abrirla para que se vayan, como las hojas de los árboles del jardín. Quedando a la espera de la que llega, que será la que toca. Y, Lola lo sabe bien.

Carmen Martínez Marín (España) Blog: aymaricarmen.blogspot.com Fotografías de la autora 116


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Corre, no te detengas

Joel

Almeida GarcĂ­a 117


El Callejón de las Once Esquinas

A veces, los lugares humanos crean monstruos inhumanos.

Stephen King «The shining» LA NOCHE dejaba asomar las primeras luces plateadas. El silencio, raro en una zona boscosa, gritaba su presencia a los seres que deambulan por sus tierras. A lo lejos se escuchaba el silbido de alguna fábrica que anunciaba a sus empleados el fin de la jornada. Un tren avisaba su paso. Un avión pasaba por encima del bosque. Todos esos eran sonidos externos. Dentro del bosque había silencio. En las grandes ciudades, sobre todo en las antiguas, guardan sus costumbres como un pistolero su arma. Los bosques callan celosamente sus secretos. Desde nuestra perspectiva vemos un bosque que puede existir incluso en tu localidad. Sin embargo, creo que, más que el lugar, son los seres que habitan en él lo que lo hacen diferente: los árboles, las viejas ramas secas, los musgos, húmedos y fétidos, y los cadáveres enterrados. Seguramente has pasado por alguna zona arbolada en tu ciudad o por alguna casa con demasiados árboles o plantas que le dan un aspecto de desolación. Estoy seguro de que también esos lugares guardan secretos, como mi bosque. Imaginemos las cosas que pasan, las historias que guardan: una invitación para que nuestra mente invente historias de crímenes y espectros. Pienso que los espacios oscuros y cubiertos de plantas son como algunas personas sordas a quienes se les agudizan los demás sentidos. Mi bosque tiene agudizados los sentidos en más de una forma. Hace mucho tiempo, un par de niñas despertaron mi interés, no solo porque se perdieron en mi bosque (realmente el bosque no es grande) sino por el invitado que ellas trajeron. Pero dejaré que sean ellas mismas quienes cuenten desde su perspectiva el relato y volvámonos espectadores, tú y yo, como un par de ojos que solo observen lo que el bosque tiene deparado para ellas. —Corre, no te detengas —se decían agitadamente una a la otra. Y las dos pequeñas corrían por aquel laberinto de ese bosque infinito. Se escuchaban pisadas pesadas detrás de ellas, pasos que hacían temblar aquel lugar lleno de hierbas y plantas. «¿Quién o qué podría perseguir a dos pequeñas inocentes en medio de la noche, de la oscuridad, de la nada?, ¿qué pretendía con alcanzarlas?» —pensaban ambas niñas como si compartieran una extraña línea mental. Desconocemos el nombre de las niñas. Está claro que deben tener algún tipo de parentesco, el cual nos hace suponer que son hermanas. Considerando la diferen118


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cia de altura, podemos identificarlas como «la hermana mayor» y «la hermana menor», además es notable (aun en la oscuridad) la similitud en color de piel, cabello y, sobre todo, la fuerza que irradian juntas. No olvides que nuestro bosque tiene agudizados los sentidos.

Las hermanas corrían con fuerzas tratando de ganar ventaja sobre aquello que las perseguía; aun con su esfuerzo de querer escapar, parecía todo en vano. Los pasos se acercaban más y más. Las niñas pasaron por una cueva, por cuya angosta abertura pudieron entrar. Se ocultaron dentro. Temblando de frío, miedo e incertidumbre, se quedaron quietas, esperando que aquello que las perseguía pasase por alto aquel lugar. Y así lo hizo. La cueva era oscura, olía a humedad acumulada, parecía la boca de algún ser viejo y dormido; probablemente había servido de morada para algún oso. Había algunos cráneos pequeños, pero pasaron desapercibidos para las niñas. —Estás manchada; deja, te limpio —dijo la mayor a la menor mientras las dos vigilaban echando una mirada a la entrada de la cueva. les.

Desde lo lejos vemos un par de ojitos blancos parpadeando a intervalos igua-

—¿Quién es, quién nos persigue?, ¿qué quiere de nosotras? —preguntó la menor. —No lo sé, pero debemos estar alertas, debemos tener cuidado —respondió la otra. —¿Dónde está mamá? —ambas pensaron la pregunta mientras sus lágrimas quitaban las pequeñas y viejas manchas de lodo de sus rostros. Es difícil poder explicar la procedencia de aquello que perseguía a las niñas. Aún no tengo palabras para definirlo ni con el poder que he acumulado con el tiempo. Creo que cuando uno ve las cosas desde otra perspectiva, es decir, desde afuera del problema, estoy seguro que se pueden encontrar las respuestas, porque de allá (afuera) es la procedencia de nuestro invitado. Pero mientras, nosotros solo podemos sentarnos y observar todo. Solo eso.

—No te preocupes; mira, recuerdo que por donde comenzamos a correr, había una vía, o una carretera, podemos ir allá y pedir ayuda —respondió la hermana mayor buscando consolar a la más inquieta. Tomando algo de valor, las pequeñas niñas asomaron sus cabecitas para comprobar si era seguro salir. Y así comenzaron a correr, sin darse cuenta de que lo hacían en el mismo sentido en el que se inició su persecución. No solo lo sentimos, sino que también vemos al ser que persigue a las niñas, de 119


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pronto, abrir sus ojos como un par de círculos blancos sin pupilas. Los poros de su nariz podrida empiezan a olfatear a dos niñas sudorosas corriendo. Se dirige hacia la procedencia de esos olores mientras emana baba de la comisura que funciona como boca.

—Cuidado por donde andas —advirtió la mayor a su hermana al notar las raíces gruesas que salían a la superficie. Sus pequeños pies estaban sucios por el lodo y con una viscosidad verde por las algas y musgos. «Pronto me sangrarán», pensó la hermana menor. A ratos intentaban descansar caminando a paso veloz; lo último que querían era dejar de moverse. Se lo comunicaban a través de esa extraña telepatía. Advertimos que podemos leer los pensamientos de las niñas, pero también los del ser que las persigue.

Y en los momentos oportunos corrían, no querían llamar la atención de aquello que las perseguía. En eso, por cuidar del camino y de su hermana menor, la mayor tropezó con la raíz saliente de un árbol, en parte por la distracción de leer las letras grabadas «Thasaidon» en la corteza de un tronco. Gritó, pero nadie fuera del bosque escuchó su lamento. Solo tú y yo, que somos el bosque.

A lo lejos, aquello desconocido que las perseguía vio a un par de niñas, una levantando a la otra. Su sonrisa amplia, semipoblada con dientes, se formó cuando alcanzó a percibir un olor a orina. La vejiga de la hermana menor se vació de miedo al ver que unos ojos blancos sobre una masa oscura la miraban. El ser desconocido dio un respiro profundo; le resultó agradable lo que su nariz podrida percibía. Inició su persecución hacia ellas rápidamente. Todavía quejándose, ambas hermanas se incorporaron y continuaron con su escape. —Ahí, ahí está la carretera —gritó de alegría la hermana menor y una larga sonrisa se dibujó en su boca, desfigurando su rostro. La hermana mayor notó que su mano soltaba la de su hermanita. Se alejaban una de la otra. La hermana menor frenó de repente, la mayor hizo lo mismo solo porque vio a su hermana hacerlo. Ambas se quedaron estáticas, a casi dos metros de distancia entre ellas, mientras la mayor observaba el cuello de la otra. —¿Qué tienes? —preguntó la mayor desde atrás. Desde nuestra perspectiva vemos que la niña, en silencio, apunta a lo lejos. La carretera está frente a ella, pero oculto entre la maleza de unos matorrales, en el 120


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otro arcén, se asoma un viejo Cadillac Club Coupe (con el tiempo uno conoce la historia de la localidad), deteriorado y lleno de ramas, producto de un accidente, aparentemente.

Las niñas se acercaron al carro lentamente, por un momento perdió importancia aquello que las seguía, el carro les resultaba familiar. El ente no se había olvidado de ellas. Las observaba desde lejos. Al acercarse al auto, la hermana mayor abrió la puerta del copiloto. Y ambas se quedaron paralizadas, viendo con ojos atónitos lo que parecían ser los restos de un cuerpo en descomposición. Se miraron una a la otra con tristeza. Un mar de recuerdos regresó: imágenes de ellas alegres, limpias, en un hogar, un gato al que acariciaban, navidades abriendo regalos, una mujer que las abrazaba al mismo tiempo; esa mujer, que veían en sus recuerdos como una vieja película de carrete, eran los restos de su… —Mamá —dijeron en susurro y al unísono. Después de observar la escena, se dirigieron al asiento trasero. Pudieron contemplar sus respectivos restos descompuestos. Ahí podemos apreciar la procedencia de las niñas. No es necesario ser ningún forense para explicar lo que había pasado. La evidencia está frente a nosotros. Podemos ver, a través de los ojos de las hermanas, a un par de niñas con sus vestidos que alguna vez fueron blancos, desgarrados por la parte de delante. A través de los poros de las hermanas podemos oler una sangre añeja, coagulada, alrededor de ambas caderas. La hermana mayor tiene mordidas en sus pechos, pero descartamos la acción de algún animal porque los animales no tienen mordida humana. Pero sobre todo, porque en nuestro bosque no hay seres vivos. Ya no hay. 121


El Callejón de las Once Esquinas

Después de algunos segundos de contemplarse mutuamente en su versión del auto, un bicho salió de la boca del cadáver de la menor, lo cual le hizo voltear la cara hacia un lado cuando se vio a sí misma expulsando aquel animal. —¡Ahí está, está cerca! —gritó la hermana mayor tomando a su hermanita de la mano derecha, al ver a lo lejos al ser. Cerrando las puertas del carro, las niñas se dirigieron nuevamente hacia el bosque mientras una sombra deforme cubría el lugar en el que se encontraban. Dicen que el infierno son meras repeticiones de dolor. El purgatorio, meras repeticiones de tristeza; la vida debería ser, entonces, repeticiones de alegría. Desconocemos el futuro de las niñas, muchas cosas podemos ignorar. No somos dioses. Solo existimos en nuestro bosque. He permanecido vivo por mucho tiempo. Incluso antes de que el bosque fuera como lo es ahora. Mi nombre está grabado en algún lugar, en un árbol. Cuando no tengo alimento, duermo, y dejo que este bosque cuide de mí. Tú, que eres la madre de las niñas, y yo, solo somos cómplices y testigos ocultos de un ciclo para aquello que mantiene vivo (o muerto) a este bosque. Ese ser, que seguramente odias en estos momentos, me ha despertado de mi larga hibernación con la vibra y energía que seres como él utilizan para saciar sus instintos. Como lo hizo al ocuparse de tus niñas. No soy un dios pero tengo el poder de liberar el ciclo, aunque esto signifique que jamás volverás a ver a las niñas...

—Corre, no te detengas —se decían agitadamente una a la otra. Así las dos pequeñas corrían por aquel laberinto del bosque, infinitamente.

Joel Almeida García (México)

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NĂşmero 8

Control de daĂąos

Oswaldo

Castro

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El Callejón de las Once Esquinas

Esta es nuestra herencia…

EL VIERNES Liborio se encarga de la seguridad de la casa. Le corresponde la tranquilidad de la familia y está mentalizado desde ayer. Durante el desayuno recibe de Lolo el parte de novedades y el cuaderno de incidencias nocturnas. Le da una palmada en el hombro, lo deja hojeando el diario y se despide a fin de verificar los implementos necesarios para la vigilancia de las horas siguientes. Alma aún duerme y pronto bajará para comer algo frugal y salir. A media mañana Liborio constata que todo está en orden, colocado en su lugar y suspira convencido que no lo cogerán desprevenido. Al mediodía revisa por segunda vez y se tranquiliza al tener la casa segura. Almuerza solo porque su hermana no tiene hora fija de llegada y esperarla podría hacerle perder el control de la situación. Después del lonche Liborio patrulla los ambientes de la planta baja. Esa pri124

mera ronda vigilante es el anticipo de una más escrupulosa y detallista que realizará a las diez de la noche. Antes del noticiero de las ocho sigue las instrucciones de Alma y enciende ramas de eucalipto y salvia en los balcones, detrás de las rejas y muro posterior. Luego, con ayuda de una linterna, escudriña el sótano, altillo, azotea y explora las inmediaciones del jardín interior. Concluido ese peregrinaje regresa para apagar las luces innecesarias, asegurar los pestillos de las ventanas, reforzar la puerta principal con doble llave y colocar trapos en las rendijas inferiores de las dos hojas del portón del garaje. Finalmente tranca la mampara del jardín, sella con cinta adhesiva el ojo de la cerradura y calienta hierbas y semillas en los sahumerios. El plan diseñado no admite errores en el mecanismo defensivo y el mínimo descuido generaría el desequilibrio del descanso nocturno. En las clases de botánica Alma aprendió el valor de la sabiduría popular sobre los tecnicismos académicos. Con aprobación de sus hermanos colocó macetas con ajenjo y laurel en los dormitorios. La sala la alegró con las flores anaranjadas de las caléndulas y el romero y menta plantados en las jardineras sirvieron además como ingredientes frescos. En el jardín exterior sembró perejil y estragón y en el interior, albahaca


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y lavanda. Los limones y cebollas ubicados en los corredores alejaron los males bronquiales y facilitaron el sueño profundo. La estrategia les permitió vivir aliviados, disfrutando armonía y buena salud. Sin embargo, la felicidad duró pocos meses. Las paredes empezaron a descascararse y las grietas mostraron ladrillos y fierros de construcción. Las filtraciones despostillaron las mayólicas y las emanaciones pútridas de inodoros y cañerías tornaron insalubre el ambiente. Las gruesas vigas de madera, pasos de escaleras y enchape de algunos paneles crujían por el ataque de polillas y termitas. La proliferación de ciempiés y lagartijas y el hallazgo de palomas y ratas muertas, descomponiéndose al aire libre, terminaron por desolar a la enorme casona. Liborio solicitó apoyo de especialistas y la propiedad renació de entre sus cenizas. Poco tiempo después la casa despertó sus antiguas costumbres y, como cuando llegaron de Europa para llenar el vacío de sus padres muertos, les mostró su poder atormentándolos con nuevos fastidios. Lolo dio la voz de alarma al comprobar nuevas ocurrencias y los reunió en el escritorio. Esa noche, en medio del silencio preocupante y sin animarse a elucubrar algo, Alma se limitó a contemplar las paredes que cambiaban de color. Desde el techo del recinto, y a la vez el piso de su habitación, bajaba el tinte de sus preocupaciones. Liborio había escuchado que así empezaba el fin de esas casas. Se puso de pie y, sintiendo el crujido de la madera bajo los zapatos, anunció con voz muy clara: hAlguien quiere que nos vayamos de acá hhizo una pausa y prosiguióh: Esta es nuestra herencia y nadie nos

sacará. Con la casa asegurada Liborio se dispone a cumplir la tarea vigilante con ojos y oídos atentos a cualquier señal de alarma. Aprovechará la noche para avanzar el manuscrito de su nueva novela y corregirá el artículo a ser publicado el domingo. Frente a la computadora responde correos, navega por las redes sociales y, al momento de abrir el archivo donde guarda la colaboración dominical, escucha los gritos destemplados de su hermana. Salta del asiento, toma la escopeta que reposa a su costado y sube las escaleras. En el pasadizo del segundo piso la encuentra abrazada con Lolo. Alma tiene el rostro cubierto con las manos y solloza ahogándose con las lágrimas. Lolo balbucea y Liborio comprende su lenguaje enredado. h¿A dónde ha ido? hpregunta rastrillando el arma. h¡Ha bajado! hgrita Lolo. Liborio da media vuelta, desciende los escalones y enfrenta lo desconocido. Avanza atemorizado y percibe ruidos extraños tras la puerta de la cocina. Con mano temblorosa, y sin dejar de apuntar hacia adelante, la abre. A tientas presiona el interruptor de luz y los escalofríos le abofetean las ganas de seguir avanzando. Se repone y constata la soledad del lugar. A sus espaldas el sonido de pasos corriendo por la sala lo hacen temblar de miedo. Llama a sus hermanos y le contestan desde arriba. Gira sobre los talones y la casa paterna se muestra diferente. Las flores sembradas por Alma yacen mustias en las macetas, los sahumerios apagados, el tinte verdoso de las paredes desciende entre los cuadros y las alfombras lucen manchas de barro que van y vienen en todas direcciones, algunas han subido por la escalera. 125


El Callejón de las Once Esquinas

Sin saber cómo enfrentar esta nueva contingencia escucha el chirrido de la puerta del jardín interior. Ha sido violentada, las medidas de precaución burladas y el aire que ingresa del exterior trae el aliento fétido y la urgencia de huir ya mismo. Sube a rescatar a sus hermanos y solo ve las luces de las calles vecinas. La luna llena alumbra el espacio desolado del segundo piso y la nueva azotea está surcada por huellas dirigiéndose al vacío… Oswaldo Castro Alfaro (Perú) 126


Número 8

Un desván en el castillo Sonia Serna

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¿Por qué no se llega a esta estancia como no sea que te empeñes en perderte, como he hecho yo, por el castillo? ESTE CASTILLO TIENE DESVÁN, y lo acabo de descubrir. He llegado hasta aquí hipnotizada por una luz mortecina y lejana que me ha hecho subir decenas de incómodos y empinados escalones, tan deprisa que creo que los he subido de dos en dos, y tan absorta iba en esta carrera por no perder el hilo luminoso reflejado en la pared, que he dejado atrás a mis compañeros, no los oigo, nadie sube ni baja ya por estas escaleras, y sé que no recordaré en qué momento he cambiado de dirección mientras subía por el torreón. Cuatro zancadas más y los escalones se han acabado, no hay más castillo, y estoy sola en esta enorme y destartalada estancia, oscura y vieja, y veo que nadie más me ha seguido. Sé que no puedo estar más arriba de lo que estoy, noto la altura sin verla, y a través de las vigas de madera del techo, y de un par de ventanucos a medio tapar por las telarañas y el paso del tiempo, se asoman trocitos azules del cielo, el mismo que he dejado cuidando de los jardines antes de adentrarme en este enorme castillo. El cielo luce hoy más intenso que nunca, rezuma vida, pero aquí dentro los cuatro rayos celestes que salpican el techo y las ventanas son la única nota de color; este trasluz sombrío huele a letargo y tristeza, a mucha tristeza. Me detengo sorprendida por este descubrimiento. ¡Un desván en el castillo! No se me había ocurrido que los castillos pudieran tener desvanes, o sobrados, o altillos, o doblados, o trasteros. Se supone que todo castillo que se precie debe acabar en almenas, torres de vigilancia, tejados, quizás algún que 128

otro pasadizo, una habitación secreta o alguna suerte de estancia imperial. Pero aquí hay un desván en toda regla, plebeyo y mundano como no podría imaginar, asombrosamente alto, todo de madera, aunque no acaba aquí mi sorpresa; resulta que el desván está lleno de trastos, muebles viejos, antiguas maletas, cofres, botellas vacías, ropa asomando como puede entre las telarañas de aquel arcón, feas muñecas sin pelo, con las cuencas de los ojos vacías, zapatos de diseño tan humilde que no se sabe si son de hombre o de mujer, cuadros con retratos de gente anónima, cachivaches de hierro y madera a los que me siento incapaz de adjudicarles un uso… en fin, el desván está lleno de los restos de la vida de una familia, o de varias, no lo sé, pero todo esto debió de ser importante para alguien, algún día, en algún momento de su existencia, y aquí sigue este montón de enseres como si nunca hubieran sido útiles, como si no tuvieran la suficiente categoría como para, al menos, estar ordenados, limpios, colocados, tenidos en cuenta, en definitiva. Aquí languidecen, testigos de una época tan lejana o tan cercana como queramos considerarla, tan importante o tan intrascendente como la sintamos, pero aquí sobrellevan esta muerte injusta y eterna que es el olvido, arropados con polvo, telarañas e indiferencia, mientras todos los demás muebles y objetos nobles del castillo lucen como tesoros en las demás plantas visitables de la fortaleza, para fascinación de quien tenga a bien obsequiarlos con su asombro. ¿Por qué todos estos recuerdos se merecen no ser vistos ni admirados? ¿Por


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qué están castigados en este palomar sucio y oscuro, con la única compañía de esa pobre lechuza que me mira desde lo más alto del desván, tan perpleja de verme a mí como yo de verla a ella? ¿Por qué no se llega a esta estancia como no sea que te empeñes en perderte, como he hecho yo, por el castillo? Sigue el silencio, sólo interrumpido por mis pasos sobre el suelo de madera, astillado y descuidado de una forma cruel, y que amenaza con abrirse bajo mis pies si me acerco a una especie de dibujo circular que hay en el centro. Me detengo ante el círculo, enorme y difícil de rodear, y miro hacia arriba buscando a la lechuza. Por un momento he imaginado que la muy malvada se iba a posar en el centro del dibujo para hundirlo a mi paso con la ayuda de sus escasos gramos, tal vez por ser la guardiana inmortal de los fantasmas que, de esto estoy convencida, se reúnen en este mismo sitio por las noches, probablemente para lamentarse del infortunado destino que en su día tuvieron sus vidas y ahora sus pertenencias. Pero la lechuza no se ha movido de su viga, permanece impasi-

ble ahí arriba, aunque me ha seguido con la cabeza, ahora girada totalmente sobre su espalda. Le he dicho con la mirada que no quiero molestar, pero que voy a bordear el círculo para llegar a todos los muebles y trastos apilados que hay al otro lado del desván. Así lo hago, y al ver de cerca todo este mercadillo de objetos variopintos y sucios mi imaginación ha querido encontrar una explicación a este entierro sin plañideras ni bendiciones, injusto y despiadado: es posible que todos estos trastos pertenecieran a desgraciadas almas inocentes que habitaran por estos lares en el momento equivocado, protagonistas de anodinas historias palaciegas indignas de pasar a la historia. Tal vez ese vestido, que en su día seguramente fue blanco, perteneciera a una desdichada muchacha del servicio, quien engañada y chantajeada vino hasta aquí para satisfacer los inconfesables vicios de algún noble, probablemente el dueño de alguno de los trajes que lucen impolutos en las vitrinas de la primera planta. 129


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O tal vez esa muñeca sin ojos, de tacto rígido y aspecto pobre, perteneciera a la hijita de la chica de servicio, esa hijita que quizás naciera de la relación no consentida con el noble de aspecto regio, mientras que los juguetes primorosos y casi perfectos que podemos ver en el segundo piso pertenecieran a los hijos legítimos del citado caballero. Quizás esas toscas botellas de vino vacías y esas copas de basto cristal pertenecieran a esa pareja de empleados del castillo, el criado y la costurera, por ejemplo, que subieran a escondidas y con miedo hasta este rincón olvidado de la casa a jurarse amor eterno, mientras que la cristalería fabulosa que el criado limpiaba día tras día, esa compuesta de vasos de los que nunca el pobre osaría beber, es la que luce maravillosa en el comedor que podemos visitar a mano derecha, según se entra al castillo. O quién sabe, incluso, si alguno de estos arcones no contiene las pruebas de aquel crimen horrendo y cobarde que cometiera su majestad el rey, el obispo o el chambelán, enamorado de la humilde costurera, al sorprender a esta con el criado en sus apasionadas demostraciones de amor en este escondite del castillo —¡su propio castillo!—, traición

imperdonable por la que ordenara encerrar en eterna condena todo recuerdo de los desdichados amantes. Es posible que el descolorido caballito de juguete se balancee por las noches cuando su pequeña dueña, párvula por los siglos de los siglos, se atreva a jugar sin ser molestada por impertinentes visitas como la mía. También es posible que la ojijunta lechuza sea la víctima de un hechizo y que en realidad se trate, por ejemplo, del ama de llaves que facilitaba y consentía los encuentros prohibidos entre los amantes que hubiera en la corte, y que por tales favores acabase condenada a la peor de las maldiciones, que es tener alas sin cielo por donde volar, saltando así, penitente, de viga en viga por toda la eternidad. «¡Anda, estabas aquí!» —me sobresalta alguien desde la entrada al desván, cerrando de un manotazo el libro mental de mi historia inventada. Lástima, porque estaba a punto de abrir uno de los cofres. No me hubiera visto nadie, sólo la lechuza, y quizás las almas dueñas de todos estos recuerdos, porque no creo que hayan querido irse del desván, creo que aquí siguen, probablemente porque ya no tienen a dónde ir.

Sonia Serna San Miguel (España) Blog: missoniadas.blogspot.com.es

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Brand Agard y su insólita historia José A.

García

Escuchen, señores y señoras, miembros de las castas y honrado público...

COMO ES SABIDO por todos, al Valle del Árbol Seco nunca llega el sol. Es cierto, aunque cueste creerlo. Las altas montañas que rodean esa húmeda y fría tierra, mantienen alejado al sol, día tras día, año tras año. Al este, las montañas ocultan el amanecer, y las viejas colinas del oeste lo devoran antes del atardecer. El Valle del Árbol Seco corre del sur al norte, sobre el viejo cauce de un río que nadie conoció. Y cuanto más al norte, más estéril la tierra. El sol es un recuerdo que algunos días se ve brillar en las rocas más altas de las montañas;

pero, la mayor parte del tiempo, se oculta entre las nubes y la niebla de la humedad. A pesar de todo lo malo que aquel paraje posee, porque ni plantas ni animales crecen en él, allí viven personas, como ustedes y como yo. Sí, así como lo oyen y no lo creen, en el valle hay una aldea. Diminuta y vieja, con escasos hogares con sus techos a dos aguas, porque es tanta la humedad que allí reina que el agua nunca falta, aun cuando la misma no sirva para beber ni para regar los más raquíticos tallos. Pálidos y escuálidos, pequeños y hui131


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dizos, son los habitantes del valle. Nadie los visita, nunca; y pocas veces se los ve en las aldeas del sur, donde el sol ilumina los campos y hace medrar las cosechas. Hay quienes dicen que tienen cabellos blancos, piel grisácea y ojos claros, muy claros, que no aguantan bien el resplandor del sol, y que por eso prefieren ocultarse en el valle. A nadie les importa esas personas, ningún anciano recuerda cuándo aquella aldea se fundó; ni siquiera el nombre que debió de llevar, nada, todo es olvido en aquel lugar. Quizá sea que el Valle del Árbol Seco ha estado poblado desde siempre, aun cuando ello, por supuesto, es imposible. Nadie tiene parientes allí, nadie conoce a nadie que conozca a alguien que allí viva; y, aunque en los registros del Municipio Regional no se diga nada de ello, allí tienen su propio camposanto. Una simple parcela de tierra cercana al viejo tronco que presta su nombre al valle en el extremo más árido del lugar, donde se encuentra la tierra más muerta de todo el valle. Si me detengo a explicarles estos detalles de tan sórdido lugar, es porque allí 132

mismo tuvo lugar la historia de Brand Agard. Veo sus caras de sorpresa, señal de que el nombre no les resulta del todo extraño. Pero, ante las dudas que también veo en algunos ojos, voy a confirmar que todo cuanto se cuenta sucedió, realmente, allí, en ese valle. Quizá la historia no sea verídica en su totalidad, y harán bien en dudar de los diálogos que escuchen esta noche, porque muchos de ellos son inventados. Pero, la situación en las que fueron pronunciados, no lo es. Porque el nacimiento del prodigioso niño y su muy corta vida son la pura verdad así como la cuento. Escuchen, señores y señoras, miembros de las castas y honrado público. Así sabrán, luego de que mi historia llegue a su final, un poco más acerca del personaje que hoy es leyenda pero que comenzó, como todos los aquí presentes, naciendo un día, hace varios años atrás. Su madre vivía una oscura y húmeda existencia en el valle. Nunca salía de él, ni para adquirir víveres ni para contemplar, por lo menos una vez, el amanecer. No, nunca abandonaba el valle. Ella era


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la única solitaria habitante de la última casa al norte del valle, lindera con la aridez y el camposanto. Su familia moró allí generación tras generación; fueron quienes levantaron la precaria choza de adobe y madera, intentaron infructuosamente cultivar aquella sucia porción de polvo y fracasaron estrepitosamente. Se quedaron en la oscuridad del valle para ver morir los pocos animales que poseían y las raquíticas plantas que habían logrado escapar de la prisión de la semilla. Esa tierra estaba maldita entonces, dicen que lo estuvo antes, y hay quienes dicen que aún hoy lo está. Cae la ignorancia sobre la idea de quién pudo haber sido su padre. Aunque sabido es que no fue hombre alguno de aquella comarca, es falso creer que la solitaria mujer diera forma al cuerpo del chico con musgo y barro, y que lo envolviera en el pellejo de un ternero joven y fuerte para insuflarle la vida, como se cuenta en otra parte. Porque ni los más robustos terneros sobreviven mucho tiempo en el valle sin sol. Es falso también, noble público, que la mujer, de quien ni el nombre se conserva en esta historia, haya tenido negocios con algún ser de más allá de la vida, o con alguna espantosa criatura que habitara en la oscuridad de las grutas del valle junto al camposanto. Es falso creerlo porque nada, por más pestilente, húmeda y oscura que su naturaleza resulte, sobrevive allí. Nada, notable audiencia. Sólo las mentiras y las falsas historias imposibles de comprobar. Pero sí podemos creer que un hombre, solo, fuerte, bien formado y educado, de las lejanas tierras del norte haya cruzado por el valle años atrás. Y que la humilde y núbil mujer solamente haya podido ofrecer su cuerpo como paliati-

vo para el hambre, la sed y el cansancio del viajero, que golpeara su puerta por ser la suya la primera de las casas de la mísera aldea. Y nació entonces, bregando por su vida, arrancado del seno materno en medio de grandes dolores; la misma forma en que, según se dice, nacemos todos pero, por la gracia de nuestra frágil memoria, no podemos recordar. Un frío y húmedo día, como lo son todos en el valle, Brand Agard vio por vez primera el mundo en que le tocara en suerte vivir. Dicen que creció rápido, fuerte y jovial, como nadie en la oscura comarca; dicen que desde el mismo momento en que aprendió a hablar molestó a su madre con insidiosas preguntas, como todo niño hace alguna vez. —¿Por qué vivimos en la oscuridad, madre? —preguntó un día. —¿Por qué nuestra piel es tan pálida? —preguntó al día siguiente. —¿Por qué vivimos junto a un cementerio que nadie visita ni recuerda, madre? —preguntó otro día. La pobre mujer respondía como podía con su escaso conocimiento, y las pocas luces que poseen las personas del valle, aquellas preguntas. Mientras que el portentoso niño dejaba atrás su infancia con la misma rapidez con que una ráfaga de viento cruza, llevando su carga de tristeza y soledad, por medio del Valle del Árbol Seco hacia otras lejanas tierras y que muchos reconocen por el aroma que trae mezclado con el polen y el polvo. Su destino se selló, inexorablemente, el día en que le preguntó a su desesperada madre: —Madre, ¿qué es lo que brilla en las alturas? La mujer, ocupada seguramente en algún quehacer doméstico, como buena 133


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mujer que era, respondió, sin darse cuenta de lo que decía, con la simple verdad: —Es el amanecer —dijo—, que habita al otro lado de las montañas. —¿Cómo? —habrá dicho el sorprendido niño—. ¿Hay algo del otro lado de las montañas? —No lo sé, Brand. No lo sé —sé que respondió la mujer. —Pues yo lo descubriré —dicen que dijo el niño, y sabemos que así fue. Porque desde ese mismo día se avocó tanto a cumplir con su palabra que su cuerpo comenzó a crecer. Claro, escucho comentar a los más alejados del público, comenzó a crecer porque era un niño, y los niños tienen que crecer. Pero no es a tal crecimiento a lo que me refiero, sino a un crecimiento que poco tenía que ver con el de un niño. Escuchen mi relato y verán a lo que me refiero. Al cabo de un mes de haber prometido ver lo que yacía oculto al otro lado de las montañas, había crecido cuatro palmos; su ropa le quedaba pequeña, viéndose su abnegada madre en la obligación de remendarla una y otra vez hasta al hartazgo. Tan grande se había vuelto que se vio en la necesidad de dormir sobre los mohosos listones de madera del suelo, porque ya no cabía en su cama de niño. Y no se detuvo allí, sino que su crecimiento continuó. Sí, aunque es difícil de creer para las personas que no llegaron a conocerlo. Brand Agard no dejó de estirarse y crecer. Hasta que llegó el día en que, no habiendo cumplido aún los seis años de una vida rutinaria como la del resto de las personas, superó en altura a un hombre fuerte, bien formado y alto como lo soy yo mismo. Varias veces encontré al niño en el Valle del Árbol Seco, pero fue el primer 134

encuentro el que ha quedado más firmemente grabado en mi recuerdo. Lo confundí con un hombre desarrollado y maduro al verlo de espaldas, el día en que me acerqué a su casa buscando indicaciones para huir del desolado páramo. Lo creí el hombre de la casa con sus casi dos metros de altura. Pero, al hablarle, contemplé el miedo reflejado en su expresión y sus movimientos atolondrados ante un desconocido. —¡Mamá! —gritó lleno de consternación al descubrirme a su espalda. Esperaba que aquella fuera sólo una expresión, pero, cuando la puerta de madera vieja, y reverdecida por el moho, de la choza se abrió dejando salir del interior a una mujer, no supe cómo reaccionar. Porque, aunque demacrada en sus facciones, no era una anciana, ni siquiera podría decir que hubiera llegado a la plenitud de su edad, ni mucho menos. Luego de contener al asustado niño atendiendo a sus lágrimas, se volvió hacia mí reprochándome el haberlo maltratado. Le expliqué cómo se había presentado la situación, el haberme acercado a la casa sin hacer el menor ruido, mientras el hombre se mantenía de espaldas, y la mujer cambió su expresión ablandando su postura. Tal vez no creyera del todo en mis palabras, pero la desesperación por lograr un entendimiento que me permitiera una rápida huida de aquel sitio, debió jugar a mi favor, porque los reproches se alejaron de sus labios. Le sonreí antes de que la curiosidad me venciera y mis insistentes preguntas, a medida que pasaba la tarde, lograron hacer que la mujer me contara la historia de Brand Agard, tal y como yo se la he contado hasta este momento. Y si me permito esta digresión es para aclararles a los señores escépticos de la octa-


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va y novena fila, así como al grupo de señoritas del pasillo, que mi historia no es inventada como las versiones de otros rapsodas, sino que se limita a la verdad de los acontecimientos, aun de aquellos que desconozco en su totalidad. Puedo asegurarles muchas cosas, para demostrar todo cuanto sé; pero no es mi intensión apabullarlos con mis palabras, sino sólo entretenerlos en esta noche de tormenta y miedo, de falta de sueño y necesidad de compañía. Duden de mí cuanto deseen, pero nunca duden de mis palabras. Volví a visitar al niño, y a su madre, varias veces ese año. Sorprendiéndome más y más por el abrumador crecimiento del muchacho, que superó los cuatro metros de altura antes de cumplir los ocho años de edad. Su cuerpo ya era el de un gigante, y el rumor de su existencia se extendía por las comarcas vecinas. Pero su mente aún era la de un niño encaprichado por saber qué se encontraba del otro lado de las Montañas del Este. Jugaba todo el día, y dormía en el patio de la casa, enroscado como un ovillo y cubierto en parte por una manta a la que su madre añadía metro tras metro de género cada día, con el fin único de que el niño no pasara frío en las desoladas noches del valle. Cuando su altura superó los diez metros, dejó de usar ropa, la misma que cada noche se desgarraba una y otra vez; porque sólo parecía aumentar de tamaño mientras dormía y no todo el tiempo, como bien podría creerse. Crecía cuando nadie estaba allí para verlo, como si la sorpresa se en135


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caprichara con el secreto. Este acontecimiento, el que un hombre gigantesco se moviera desnudo por el valle, hizo que el lugar se llenara de mujeres que se acercaban a admirar el torneado y pálido cuerpo del extraño portento. Boquiabiertas y con tortícolis regresaban a sus hogares al atardecer. Como recordarán, también, ese año se vivió el record de divorcios y separaciones de hecho, momento histórico, por supuesto, en toda la región, que pronto pasó al olvido junto con recuerdos similares. Le tomó otros dos años alcanzar los cincuenta metros de altura. Era monstruoso de ver. Sus proporciones ya no eran las de un gigante, sino que las sobrepasaba ampliamente. No había forma de mantenerlo alimentado, ni de lograr que entrara en calor aunque fuese mínimamente. Su piel se cubrió de sabañones y de manchas rosáceas, tanto es así que su cuerpo parecía lacerado en su totalidad. Al momento de dormir se acomodaba sobre el descampado más allá del viejo camposanto y reposaba durante las horas en las que su abnegada madre aprovechaba para curarle las heridas, aplicarle calor en las entumecidas articulaciones e intentaba mantenerle lo más limpio y presentable posible; pensando siempre en los innumerables curiosos que se presentarían al día siguiente. Era poco lo que podía hacer allí. No tenía espacio por dónde moverse ya que, como dije al comenzar mi narración, el valle es estrecho y húmedo, pequeño y pestilente como ninguno, aunque sus habitantes no quieran notarlo. Como dije, nada podía hacer allí. Fue el día en que cumplió los doce años, cuando la decisión terminó de for136

marse en su cabeza. Le comentó a su madre, con un hilo de voz que podía escucharse claramente en todo el valle, lo que haría. Y aunque ella no podría haber hecho nada para retenerlo allí, junto a su hogar, tampoco se opuso a la decisión del niño. Brand quería ver la tierra del amanecer. Pero no tenía espacio allí donde vivía para crecer indefinidamente hasta sobrepasar en altura a las mismas montañas, como había pretendido. Y debemos de creer que, de haber tenido el espacio suficiente, lo hubiera podido hacer, sin dudarlo ni preocuparse por los alimentos que necesitaría para subsistir un solo día. Las montañas, escarpadas y altas hasta los cielos, se elevaban al este del valle, y, de tanto mirarlas, conocía cada milímetro de ellas, cada saliente, cada roca, cada seto que crecía allí donde el sol llegaba a golpear. Tanto conocía aquella ladera que estaba seguro de poder escalarla, y salvar su cima, al primer intento. Porque a tanto llegaba su orgullo, a pesar de ser tan corta su edad, que se creía capaz de lograr lo que se proponía sin esfuerzo, utilizando su ingenio y su aguda vista para encontrar los sitios ideales sobre los que apoyar sus gruesos pies y sus fuertes manos. Entonces, ese mismo día… Sí, así es. Veo que parte del público conoce este tramo de la historia, por lo que podré saltar algunos detalles y llegar, más deprisa, a su desenlace. Porque sí, es cierto que logró escalar y cruzar al otro lado de la montaña ese mismo día. Pero no fue su orgullo lo que le ayudó, sino la suerte. Porque varias veces los asideros a los que se aferrara con todo su peso, se desprendían y caían, como grandes aludes, hacia el valle. Así fue como el viejo camposanto desapareció por


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completo, comido por las rocas que caían desde las alturas, y el paso hacia las tierras del norte se cerró, paso por el que ya nadie vendría nunca. Algo por lo que debemos agradecerle, porque nos evitó posibles guerras, enfermedades y cosas que nunca imaginaríamos. En cierta forma, el dicho de que nada bueno llega desde el norte siempre fue cierto. Así fue que escaló metro a metro la alta montaña cantando una vieja canción de cuna a media voz, la misma que su madre le cantara; y que la madre de su madre cantara, una generación antes, también. Porque no le resultó más que un paseo que se extendió por toda una mañana el subir por la interminable ladera. Al atardecer, cuando el sol caía sobre las mismas rocas que tocaba, pudo sentirlo por primera vez sobre su pálida piel, sobre sus fuertes hombros, sobre su espalda perlada de sudor, comparando el calor del astro con el del seno materno una y otra vez. Sus gritos de alegría semejaban truenos que anuncian terribles tormentas en medio del soleado día. Pero, por suerte, ese día no cayó gota alguna; solo el miedo de quienes creían peligrar sus cosechas inundó la comarca. Tal vez recordando que si el atardecer terminaba de caer no podría ver nada hasta el amanecer siguiente, y sintiendo la aguja de la curiosidad clavándosele en lo más profundo de su ser; el chico hizo a un lado la sensación de bienestar que bajo el sol cubría su cuerpo, para continuar su ascenso interminable. Su callosa mano izquierda se elevó

por enésima vez, sus piernas lo impulsaron nuevamente y su cabeza superó la altura que aún hoy nos parece infranqueable. Esa montaña que nadie luego de Brand Agar se ha a atrevido a mirar de frente. Allí de detuvo, contemplando el otro lado que nunca nadie había visto. Sonrió antes de mirar por última vez hacia abajo, hacia la oscuridad, hacia el valle, donde se encontraba su madre, que se había vestido de blanco para que le fuera posible al niño distinguirla en medio de tanta negrura. Miró hacia abajo, pero no dijo nada. Al momento de coronar la montaña, Brand Agard, el muchacho gigante, el monstruo del Valle del Árbol Seco, no dijo nada. Y es por esto que los cantos de los otros rapsodas, excepto el mío, por supuesto, faltan a la verdad. Su último mensaje fue una sonrisa, dirigida hacia lo que creía era su madre, y un salto hacia el otro lado de la Montaña del Amanecer que, hasta ese día, nadie se había atrevido a cruzar.

José A. García (Argentina) Web: www.proyectoazucar.com.ar 137


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Viajero empedernido

Isidro

Moreno

Sería mi gran amor de por vida... AYER, ante la torre Eiffel iluminada y recortada sobre la mágica noche parisina, recordé cuántas veces, ante esa imagen, había intentado seducir a preciosas mujeres creyendo, en su momento, que cada una sería mi gran amor de por vida. Cada destello dorado de su iluminación se me antojaba un guiño de ojos, quizás de Adèle que marchó de Erasmus y jamás regresó, o tal vez de Brigitte que me abandonó por un pintor de Montmartre, aunque los recuerdos más evocadores fueron de Marie, quien nunca me llegó a amar. Hoy, tras unos días de rememorar viajes, vivencias y anhelar lugares no vi-

sitados, me he detenido ante la estatua de Julieta en Verona. Un turista le acariciaba las tetas mientras posaba para la foto. Otros esperaban turno para hacer lo propio confiando en encontrar el verdadero amor o, al menos, volver a visitar Verona, según marca la leyenda. Mi lágrima cayó sobre el rostro de Julieta y de mis torpes dedos resbaló la postal mojada. Como contagiadas, cayeron el resto de postales. Junto a las ruedas de mi silla, diseminadas por el suelo, aparecían la Tour Eiffel, la estatua de la Libertad, el Coliseo, las pirámides… Hoy ya no viajaré más.

Isidro Moreno Carrascosa (España) isidroantonio.wordpress.com isidromorenocarrascosa.blogspot.com 138


NĂşmero 8

La cuentista Susana

Pons

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El Callejón de las Once Esquinas

En sus labios, todo lo increíble se convertía en creíble... EN EL CEMENTERIO nunca ocurría nada. Monótono y tranquilo, solo veía alterada su rutina cuando el cierzo soplaba con fuerza y hacía tambalearse a los altivos cipreses. El sonido del viento era como un lamento por las almas de los allí enterrados; pero cuando uno se acostumbraba a ello, no tenía nada de extraordinario. Era desesperante. Sobre todo para la hija del conserje del camposanto. Por eso mismo, Celia inventaba historias de aparecidos y de muertos que resucitaban. Solía contarlas a sus compañeros de clase, que ávidos de sensaciones escalofriantes, no quedaban defraudados. La chica poseía una fértil imaginación y el don de la palabra. En sus labios, todo lo increíble se convertía en creíble, por lo que nadie cuestionaba la veracidad de sus historias. Nunca. La niña, de doce años, vivía con sus padres en una casa colindante al cementerio. El padre se encargaba de llevar los registros de las entradas y de todos los arreglos que pudiera necesitar el lugar y la madre se ocupaba de que todo luciera impoluto. A cambio de ello, recibían un buen salario y la casa, con sus gastos correspondientes, era de balde. La chica había nacido allí, por lo tanto para ella era natural el pasear entre las tumbas y los panteones. Le gustaba, sobre todas las cosas, visitar a los personajes ilustres de la ciudad que allí reposaban: Jerónimo Borao, el escritor; Mariano Barbasán, el pintor; Miguel Fleta, el tenor… Su preferido, sin duda, 140

era Joaquín Costa, que por lo que decía su padre, mientras escupía con repulsa en el suelo, había sido un intelectual de convicciones republicanas. Tal vez por el desprecio manifiesto de su progenitor, Celia se sentía atraída como un imán por el panteón donde se encontraba el prócer. En ese punto acababa el cementerio, una tapia de ladrillos así lo indicaba y era allí donde la muchacha encontraba su máxima fuente de inspiración para sus cuentos. A veces, al amanecer, los truenos despertaban a Celia y mientras trataba de volver a dormir, seguía fabulando historias. Las tormentas eran su otra fuente de inspiración. Últimamente los temporales eran frecuentes y una amanecida no pudo seguir durmiendo. Se asomó a la ventana y comprobó que no caía una sola gota de lluvia. Pensando que sería otra de esas tormentas sin agua, y sabiendo que ya no podría conciliar el sueño, se aventuró a dar un paseo. Sus pies, como siempre, la llevaron a la tumba de Costa. Allí los estampidos eran más fuertes y Celia, de repente, tuvo miedo. Al otro lado de la tapia escuchó voces y lamentos. Se agazapó por delante del panteón y aguzó el oído. Su instinto le dijo que lo que creyó truenos eran tiros. Una mujer gritó. Otra increpó a alguien diciéndole: «Tantos hombres para matar a tres mujeres». Una tercera imploró por su hijo. Y de nuevo los truenos. Los tiros. Risas. Ruido de gente alejándose. El silencio.


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Celia permaneció quieta en su escondite y mucho tiempo después se atrevió a asomarse por la tapia, impulsándose con las manos. Lo que vio la dejó espantada. Había varios cadáveres de hombres y tres de mujeres. También niños, como ella. Con horror corrió a su casa, tenía que contar lo que había visto. Esta vez no sería una historia inventada, sino algo real. Tan real que le dolía. Irrumpió con fuerza en la cocina de la casa, donde en ese momento estaban desayunando sus padres. Se llevó una buena regañina por sus maneras nada educadas; pero cuando iba a disculparse y a contar lo que había visto, su madre la interrumpió: «Ya va siendo hora de que nos ayudes, coge esa carretilla y acompáñanos. Hoy tenemos mucho trabajo». El padre, sin dejar de mirarla, esbozó una sonrisa. Celia no volvió a contar historias. Enmudeció para siempre.

Susana Pons Rubio (España) Web: www.relatoscompulsivos.com

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Desenterrados

Víctor Andrés

Parra Avellaneda LA HUMANIDAD ENCONTRÓ la extinción y dejó paso libre a un gran número de especies que le sobrevivieron y que evolucionaron, diversificándose en nuevos taxones y ocupando nuevos nichos ecológicos, como el perteneciente al ser humano como especie intelectual y dominante del planeta. Los insectos se mantuvieron inmutables por su tan eficaz morfología que no requiere drásticos cambios; lo mismo ocurrió con los peces y anfibios, sin embargo, muchos de ellos se vieron diezmados por drásticos cambios de temperatura y acidez en los humedales terrestres. Organismos como los primates superiores, que en épocas contem142

poráneas al ser humano se encontraban en grave peligro de extinción, no lograron dejar una línea evolutiva que sobreviviera el paso de un millar de años, todo ello por la poca variabilidad genética, el aislamiento reproductivo y la escasez de ejemplares de cada especie; en su lugar, taxones de otros subórdenes, como los monos o los lémures, ocuparon sus nichos, desarrollándose como especies aisladas y muy especializadas en zonas limitadas del globo. Los grandes mamíferos del periodo Antropoceno, como los elefantes, rinocerontes, tapires, ballenas azules, entre otros, desaparecieron en su mayoría por la gran demanda de comida y tiempo de


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gestación que requerían para sobrevivir, lo que rápidamente los encaminó a una rápida extinción. Las ratas, ante la desaparición de la competencia ambiental que comprendía a otras especies animales de mayor tamaño, experimentaron, como lo predijo un geólogo inglés, un asombroso gigantismo, en el que adquirieron en algunos casos dimensiones equivalentes a las de un caballo. Cabe mencionar, sobre las ratas, que su progenie evolutiva desembocó en un gremio de depredadores bastante temible, eran cazadores inteligentes. Las aves sufrieron graves bajas; sin embargo, entre sus diversas especies está la que desde hace 11 millones de años domina la Tierra. El organismo en cuestión es descendiente de los taxones de cuervos sobrevivientes a los tiempos del hombre. Los cuervos evolucionaron y desarrollaron de manera asombrosa sus capacidades cognitivas y sociales, lo que propició el nacimiento de estables sociedades y avanzadas civilizaciones; la variabilidad genética de esta especie evitó que las agrupaciones sociales se volvieran inestables y peligrosas, como sucedió con los desequilibrios mentales que produjo la endogamia en el Homo sapiens sapiens.

Como se sabía ya desde el Antropoceno, los cuervos eran seres sumamente curiosos y dotados de una asombrosa inteligencia. En cuanto a su curiosidad, los ascendentes de estos cuervos han saciado su sed de conocimiento explorando el mundo y descubriendo sus peligros, como los representados por las hordas de primitivas y violentas tribus de ratas terrestres y natatorias, que son insaciables amantes de la carne de ave; estos implacables roedores carnívoros produjeron en el inconsciente colectivo de las civilizaciones de cuervos la representación y alegoría de aves luchando

contra ratas gigantes, caso similar a los códices medievales humanos donde se plasmaban caballeros enfrentando dragones, tal vez, como diría Carl Sagan, por el temor ancestral del ser humano hacia los reptiles. Otro grupo de especies, como los marsupiales gigantes, eran otros de los enemigos naturales de los cuervos, como el claro ejemplo de las zarigüeyas giganteas de Norteamérica. La especie dominante en cuestión, si pudiéramos traducir del idioma córvido a nuestro latín científico, se autodenominó Corvus sapiens cognito, lo cual nos ilustra sobre la gran imaginación y autoestima que tienen hacia sí mismos estos animales. Corvus sapiens cognito se encuentra actualmente en pleno apogeo de su era industrial, donde contrario a la tecnología humana, la de los cuervos basa su ergonomía en el pico y las patas, pues la capacidad de vuelo está conservada por las prácticas ventajas que implica. Sobre la mención del vuelo, ha de suponerse que el tamaño del Corvus sapiens cognito ha de ser mediano para poder volar y que su ciclo reproductivo no sea tan largo como en animales más grandes, lo cual claramente representaría una desventaja ante especies con una mayor tasa de natalidad, como las temidas ratas gigantes. Fue hace unos 20 años, aproximadamente en el 25, 108 después de Coohohoaarrgh Oahh Oahhnaarg II1, cuando un grupo de canteros, que buscaban las mejores muestras de piedra para construir un teatro de canto aviario, encontró entre los estratos de una colina desnuda restos fósiles de un extraño ser que tenía el aspecto de un mono tití gigante sin cola. Ha de suponer bien el lector que este esqueleto se trataba en realidad del de Homo sapiens sapiens, de hecho, se trata del primer hallazgo do143


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cumentado de la especie. El descubrimiento causó gran emoción entre la comunidad científica y la población en general. Surgió una fiebre de fósiles, donde grupos de cuervos aficionados a la paleontología se aventuraban hacia cualquier formación geológica con el fin de desenterrar huesos humanos. Como fruto de los incalculables esfuerzos a raíz de los posteriores descubrimientos paleontológicos, se presenta

a continuación una entrevista hecha a uno de los investigadores más importantes de este campo, donde se discuten las novedades de los últimos descubrimientos y teorías. El documento ha sido traducido a nuestro idioma y se le han añadido algunas notas en el pie de página para facilitar la lectura al público que desea conocer más sobre su propia muerte.

Primatus stultus es

el nombre designado a un gran género de especies primates extremadamente diverso, que se extendió en todos los territorios del planeta. Se trata quizás, de la especie animal más estúpida que jamás haya vivido en la Tierra. Así nos lo explica el Dr. Croohhoaaahhhooiaah, catedrático de la prestigiosa Universidad Nacional de Cuuaaaarrhhggaaaaacuuaaah.

DR. CROOHHOAAAHHHOOIAAH: Al observar cualquier esqueleto de Primatus stultus, lo primero que llama la atención es la enorme cavidad craneana que porta. Al seccionar varios cráneos y analizar rigurosamente el volumen de estos, se llegó a la conclusión de que estos animales poseían un pequeño cerebro rodeado de un gran volumen de grasa, el cual era protegido contra los golpes que seguramente se daban entre sí en duelos violentos. ENTREVISTADOR: ¿Cómo llegaron a la conclusión de que el Primatus stultus luchaba golpeándose con la cabeza? 144


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DR. CROOHHOAAAHHHOOIAAH: En el simple hecho de que todas sus extremidades eran faltas de ferocidad. Las manos eran débiles y las garras apenas podrían haber rasgado la piel de una fruta; los pies eran pequeños y sus dedos cortos. Es más seguro que diesen patadas; aunque contra depredadores mayores, como las temidas ratas caníbales, no podrían haber hecho gran cosa para defenderse. Sus dientes eran muy cortos, y simulaciones con réplicas de los cráneos muestran que no podrían haber cazado mordiendo a un animal, además que en la mayoría de los experimentos los dientes y hasta las mandíbulas se fracturan y salen disparados por los aires. ENTREVISTADOR: Entonces, la única manera de que pudieran defenderse era golpeando a sus adversarios con su cabeza. Tiene sentido esta hipótesis. DR. CROOHHOAAAHHHOOIAAH: Así es. Otra prueba a favor de esta teoría, que está ya comprobada, está en el hecho de que el Primatus stultus era un tipo de animal extremadamente abundante. En unos cuantos metros de tierra de un yacimiento de fósiles, se encontraron más de 600 ejemplares en un área menor a los 400 metros cuadrados, lo que nos indica la gran densidad de población y, por lo tanto, del grado de competitividad que supuso vivir en un ambiente tan sobrepoblado como los resultados nos sugieren que fue. ENTREVISTADOR: Ha de suponerse que, a raíz de una marcada competencia, como sucede en las islas, se presentará una mayor variabilidad. Diferentes variantes de la misma especie que se desarrollan en distintos nichos. DR. CROOHHOAAAHHHOOIAAH: En efecto. Sobre esto, encontramos incontables variaciones en los esqueletos del Primatus stultus. Desde aquellos que tenían una longitud de 1.4 metros hasta excepcionales casos de ejemplares de 2 metros. Sin duda se trata de indicios de especies distintas. Sobre este tema, en cuanto a los diferentes tipos de esqueletos que pudimos encontrar, se había calculado en un principio que existían por lo menos 50 especies de Primatus stultus. Sin embargo, un nuevo descubrimiento permitió determinar que en realidad había más especies no descubiertas. ENTREVISTADOR: ¿De qué descubrimiento se trató? DR. CROOHHOAAAHHHOOIAAH: Del hallazgo de innumerables esqueletos con impresiones de piel2. El aspecto de esta piel era muy variante en cada caso. Era como la cubierta de una cebolla, de consistencia plástica, que estaba sobre un tejido interno muy delgado. Suponemos que una especie así no pudo tener una piel tan delicada, es lógico pensar que tuvieran una epidermis exterior más resistente contra los hongos, bacterias y heridas. Estudios más profundos nos permitieron descubrir que la piel poseía pigmento; verde, azul, rojo, prácticamente de todos los colores. Y nuevos cálculos arrojan impresionantes cifras de que tal vez el Primatus stultus comprendía a más de 250 mil es145


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pecies distintas distribuidas en todo el planeta. ENTREVISTADOR: Realmente impresionante. Ahora, háblenos sobre el posible modo de vida, su organización social, su comportamiento. DR. CROOHHOAAAHHHOOIAAH: Bien, un grupo de animales tan simples como los Primatus stultus debió ser lo bastante vulnerable como para haber desaparecido. Pudieron desarrollar medidas que garantizaran la sobrevivencia de la especie durante cierto tiempo: como su enorme tasa reproductiva, que se estima que era de 15 crías por mes, esto hace suponer que la mayoría de los ejemplares eran inútiles y blanco fácil para feroces depredadores que los comían y del que se han encontrado múltiples esqueletos3 . Sabemos bien, por ejemplo, que los ancestros de las temidas ratas carnívoras coexistieron al mismo tiempo con el Primatus stultus, a la par de otras raras especies animales ya extintas; entre las que se encuentran las de lémures carnívoros de orejas grandes, con peligrosos colmillos y garras afiladas4 que probablemente cazaban al Primatus stultus en sorpresivas emboscadas a los ojos o mordeduras en la yugular. Otra especie depredadora posible era un mamífero cuadrúpedo que también poseía peligrosos dientes5. Sabemos de estos depredadores naturales por que se han encontrado sus restos en abundancia en todos los yacimientos de Primatus stultus; lo que hace suponer que el Primatus stultus, al ser un inútil, optara como estrategia de supervivencia, como ya se dijo, una impresionante tasa de natalidad que diera individuos de sobra, muchos de ellos siendo alimento de los depredadores, todo para no agotar a la especie. Suponemos que, por la cantidad de depredadores que tenía, el Primatus stultus era en efecto una presa muy fácil de cazar. Su organización social debió basarse en un Primatus stultus reina, como en el caso de las hormigas, que dictara el acomodo de los demás miembros de la especie. Años atrás, se encontraron vestigios de lo que parece que fue arquitectura de esta especie, arquitectura basada en piedra moldeada. Solo hemos encontrado algunas estructuras como columnas, algunos muros y bloques en mal estado. Los paleontólogos están de acuerdo en que este enigmático animal comía plantas y gran cantidad de arena, que luego vomitaba. La sustancia de las hojas mordidas actuaba como engrudo en la mezcla. Se presume que estos animales hacían construcciones similares a los nidos de las termitas, donde como en estas, los Primatus stultus se acomodaban en grandes conglomeraciones poblacionales, esto explica por qué en algunos lugares cercanos al ecuador y a los trópicos se han encontrado profundos pozos con innumerables restos de ejemplares apilados de esta manera6. Como a través de los millones de años no ha quedado mucho de sus construcciones por ello suponemos que vomitaban tierra triturada. Es probable que el paisaje con146


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temporáneo a estas especies estuviera dominado por numerosas colonias de Primatus stultus erigiéndose hacia arriba. En cuanto a los otros comportamientos, muy posiblemente rugían para comunicarse. En cuanto a su locomoción, observamos que sus brazos eran muy pequeños y débiles y sus piernas no les podrían haber dotado de gran velocidad para huir de sus enemigos naturales. Seguramente se arrastraban por el suelo como gusanos y ocasionalmente se desplazan de manera bípeda. En cuanto a su etología social, es de suponerse que, siendo este un grupo de animales torpes y extremadamente estúpidos, hubiera momentos en los que viendo su gran cráneo llegasen a pensar que eran la especie más inteligente del planeta. ENTREVISTADOR: Eso sí que es gracioso. DR. CROOHHOAAAHHHOOIAAH: Lo es, y es factible que pensaran de esa manera y que por ello subestimaran a todos sus cientos de depredadores naturales, incluso haciendo complicadas teorías para relacionar el tamaño del cráneo con la inteligencia, e incluso posiblemente hubiesen sido lo suficientemente estúpidos como para creer que uno de los dos sexos era superior al otro. Así seguramente la selección natural se fue por la borda. ENTREVISTADOR: Eso es realmente trágico. DR. CROOHHOAAAHHHOOIAAH: Muy trágico. No es extraño pensar que en esta soberbia se encontrase la clave del porqué de su desaparición. Pues el crecimiento de los Primatus stultus se compara solamente con el de las bacterias y, por ende, ha de inferirse que era prácticamente un parásito: absorbiendo sin control los recursos ambientales, lo que a su vez alteraría gravemente el medio ambiente y ocasionaría escasez de alimentos; en estos casos el canibalismo sería la última opción y explicaría una súbita extinción, como nos dicen los restos fósiles. Ha de hacerse saber que el canibalismo fue paulatino por la cantidad de miembros de las especies que había. ENTREVISTADOR: Sin embargo, hay una hipótesis que dicta que el Primatus stultus se extinguió por causas externas a este mundo. DR. CROOHHOAAAHHHOOIAAH: Así es. Con las exploraciones llevadas a cabo por sondas enviadas a la luna hace 21 años, se descubrió lo que parecían ser bases de vigilancia de seres de procedencia extraterrestre, aunque actualmente se dice que son carcasas de robots, por su extraño parecido con los bacteriófagos. En las inmediaciones de estos robots había un trapo rectangular amarrado a un palo incrustado en la tierra lunar, dicho trapo tenía dibujadas unas estrellas blancas y a los lados unas barras de color rojo y blanco7. Esta simbología fue arduamente estudiada, llegándose a la conclusión de que los di147


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bujos representaban a una civilización extraterrestre que consiguió viajar a través de las estrellas, desplazándose a la velocidad de la luz. Pudieron haber intervenido en nuestro planeta. ENTREVISTADOR: ¿Significa entonces que el Primatus stultus fue extinguido por una invasión de estos seres que se aprovecharon de su carne? DR. CROOHHOAAAHHHOOIAAH: Es posible, por la gran mortandad de estos primates. Muchos hablan de que la invasión alienígena aprovechó la facilidad de captura del Primatus stultus y su alta reproductividad, lo cual permitiría un consumo desmesurado de su carne. Cuando las sondas de la luna encontraron los robots que mencioné, observaron que no se movían, lo que había dentro de estas estructuras estaba ya muerto. Para tratarse de seres a bordo de máquinas invadiendo un mundo, es posible que ocurriese un acontecimiento, como una supernova o una tormenta solar, que matara a los extraterrestres por la radiación. Volviendo al tema del consumo desmesurado de la carne del Primatus stultus, existe la posibilidad de que eligieran a los mejores ejemplares para alimentarse por sus bondades nutritivas. Al momento de la muerte de los extraterrestres que invadieron la Tierra, solo quedaron los supervivientes de Primatus stultus, es decir: los ejemplares más débiles, indeseables y los que portaban mayores defectos genéticos. A la larga, entraría en decadencia y encontraría una rápida extinción, al igual que las especies que se habían especializado en alimentarse de ellos. ENTREVISTADOR: Realmente es algo fascinante. Cabe mencionar a los lectores que todas estas son conclusiones serias de paleontólogos y otros científi148


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cos de renombre. Es una imagen realista de lo que fueron estos animales; imagen que la cultura popular ha tergiversado, mostrándonos al Primatus stultus como un ser inteligente y con autodeterminación. DR. CROOHHOAAAHHHOOIAAH: La cultura popular siempre quiere especular. El otro día vi una tonta película, donde unos cuervos científicos logran revivir a un Primatus stultus que es confinado en un museo interactivo para niños. Ahí demuestra ser igual de inteligente que nosotros, reafirmaba su identidad, sus sueños y su sentido de la abstracción del mundo, con lo que los protagonistas huyen de las terroríficas preguntas filosóficas y existenciales que les plantea y que hace que los cuervos se vuelvan locos y se suiciden. Claramente, reafirmo que la cultura popular siempre usa la inventiva para tergiversar los hechos científicos, aunque también nos ha ayudado a que estos temas sean más populares. ENTREVISTADOR: Así es, es muy absurdo. Gracias, doctor, por concedernos esta entrevista sobre los misterios de estos casi míticos animales. Nos ha permitido visualizar un entorno realista de estos organismos que alguna vez habitaron la Tierra y que misteriosamente desaparecieron para siempre. Organismos extremadamente estúpidos, sin duda alguna, pero que están en nuestra memoria cultural.

1 Según la tradición córvida fue quien inventó el idioma moderno de los cuervos. 2Lo que no sabían es que encontraron en realidad ropa fosilizada. 3 En realidad, se trata de restos de los siguientes animales de compañía: 4Gatos domésticos. 5 Perros domésticos. 6Lo que habían encontrado en realidad eran los restos de fosas clandestinas. 7Se trata de los módulos lunares de las misiones Apolo y una bandera de los Estados

de América.

Unidos

Víctor Andrés Parra Avellaneda (México)

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Equilibrio Mario

López Araiza Valencia La Tierra reclama lo que es suyo...

EL JEFE DE LA OPERACIÓN, una presencia oscura envuelta en una capa negra, se encontraba vigilando que todo transcurriera en orden aquella noche. En medio del bosque, las sombras y el silencio eran sus mejores aliados. Nadie osaba internarse durante esas horas entre los árboles, por lo que se aseguraba un exitoso tránsito de la maquinaria por los senderos improvisados de la zona. Transportaban plata extraída de una mina, bajo el resguardo de minotauros armados hasta los dientes. 150

Justamente ese día, un aviso de uno de estos guardianes haría dudar al jefe de que el bosque era ocupado únicamente por la caravana. —Señor —anunció el custodio, bufando por la subida a la cornisa desde la que su superior monitoreaba la actividad—, atrapamos a un hombre deambulando, parece sospechoso. Lo tenemos en la cabaña del puesto de avanzada. Ambos descendieron la cornisa para dirigirse a donde se hallaba el cautivo. Arribaron a una pequeña construcción


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de madera, iluminada por una lámpara de petróleo a punto de apagarse, cuya tímida lucecilla escapaba por el resquicio de la puerta y una ventana trasera. El personaje se encontraba sentado en un banco de madera, único mobiliario del lugar, esposado. Dos custodios fungían como centinelas a su lado. El aspecto del individuo era deplorable. Tenía una barba larga y descuidada, entrecana, ojos hundidos color marrón, inyectados en sangre. Cabello canoso, sucio y enmarañado, hasta la mitad de la espalda. Sus manos callosas, con uñas largas. Usaba unos jeans empolvados y rotos, mientras que a su torso lo cubría una camisa de manta en la que se apreciaban tonalidades típicas de la ausencia de higiene. Sus pies los llevaba descalzos, ennegrecidos por el contacto con el polvo. —¿Qué haces aquí, humano? ¿Quién eres? —preguntó el jefe, debajo de los pliegues de su capa. Quien lo escuchaba temblaba, pues su voz siempre inspiraba miedo. —Has intervenido de forma irremediable este bosque —habló el hombre con voz pausada, serena. —Te importa un comino. Seguramente eres un espía. —Tu maquinaria ha desencadenado impactos graves sobre la flora y fauna de esta área. Es mi deber impedir que sigas haciéndolo. —¡Vaya loco se toparon! —se burló el jefe—. Sáquenlo de aquí. Justo cuando se disponía a traspasar el umbral para salir a la noche, se detu-

vo al escuchar tras de sí el caer de las esposas que mantenían inmóvil al intruso. —No les he dicho que lo liberen… Fue lo que alcanzó a decir, pues al voltear se dio cuenta de que los minotauros seguían en su sitio. El hombre se levantó, separando sus brazos. —Mi nombre es Lucio —se presentó con educación—. He pasado algunos años en este bosque, conviviendo con la naturaleza, conociéndola. Ustedes han abierto una herida terrible para saquear el corazón de nuestro planeta y a su paso, acabaron con la vida de muchos seres. Verán, esas esposas —se dirigió a las que yacían inertes en el piso, cuando segundos antes permanecían fijas en sus muñecas— son poca cosa para mí. —Ante la estupefacción creciente de los presentes, extendió un brazo hacia la entrada—. Una vez conocí a alguien que podía materializar tejidos vivos en el espacio. Esto me sacó de mi mundanidad y decidí desaparecer del mundo, pero antes de hacerlo, aprendí otras cosas. Como si se tratara de una ilusión óptica, un cuchillo oxidado apareció en su mano. El jefe apenas se dio cuenta de que los guardias habían sido atacados, pues cayeron tan rápido que ni alcanzó a ver el embate sobre sus cuerpos. Se comenzaron a escuchar algunos gritos provenientes de fuera, por lo que dejó la cabaña, aterrorizado. Notó que las máquinas se habían detenido. A lo largo de la caravana, pudo ser espectador de una exhibición maca151


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bra: todos los guardias estaban en el suelo, inmóviles. Abrió la puerta de uno de los artilugios. El que lo llevaba, un gnomo de los pantanos, yacía sobre los controles, con un corte mortal. La historia se repitió en el resto de los aparatos. Gritó despavorido por ayuda, nadie contestó. Lucio salió de entre los árboles, caminando tranquilamente. —Hiciste lo mismo con demasiados seres inocentes. —¡Asesino! —reclamó el pasmado minero, con el brillo de tres ojos rojos asomándose por la capa. —La Tierra reclama lo que es suyo. Los organismos en su seno tienen absoluto valor para ella, tanto las bestias, los seres mágicos, como los humanos; sin embargo, era su destino que debían irse para equilibrar la balanza. —¡Eres un demonio! —exclamó el jefe, fuera de sí. —Tú también formas parte de ese equilibrio. Con estas últimas palabras, el jefe minero se lanzó sobre Lucio, dispuesto a silenciar sus disparates para siempre. Fue entonces cuando sintió golpear el piso, en un charco de agua fría, alimentado por una gotera en el techo de su celda. Emitió un aullido de dolor, al que acudió un oficial robótico abriendo la reja. —Idiota, sufriste un daño grave en tu pierna. —Lo tomó de los hombros para

Mario López Araiza Valencia (México) 152

devolverlo a un colchón desvencijado—. Estas trastornado. El oficial salió del calabozo, asegurando la reja nuevamente. El desdichado habitaba una mazmorra con una gotera molesta, producto de una cañería rota. La soledad y el frío lo acompañaban. A menudo tenía alucinaciones donde veía al tal Lucio, un demente que lo amenazaba con acabar con sus cargamentos de mineral. Siempre recordaba el momento en que lo tenía enfrente y le decía que él era el último para brindarle equilibrio al mundo. Era entonces cuando se abalanzaba sobre Lucio y caía al firme, del que tenían que arrastrarlo hasta su deprimente lecho, ocasionando que la herida que decían, se había autoinfligido, tardara en sanar. Aquel recluso constantemente le reclamaba entre las sombras al recorte de periódico pegado en su pared, que tenía por titular: «Capataz de mina enloquece y asesina a sus operarios en lo profundo del bosque mientras transportaban plata de manera ilegal».


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Predestinación Damaris

Gassón

Cuánto sería odiado por ello...

USÉ PARTE de lo que me pagaron para comprar esta soga con la que me voy a ahorcar, cuidando de hacer un nudo corredizo que no me permita tratar de respirar al último momento en el que posiblemente el pánico me inunde, pues estoy decidido. Si me tocó hacer el papel del traidor, al menos conservaré la dignidad de quitarme la vida con mis propias manos. Sin embargo, en este juicio en el que resulto culpable y verdugo considero que de ningún modo se me hizo justicia. Lo que hice debía ser hecho, ninguno de los otros habría podido, no tenían el valor, y él no confiaba lo suficiente en ellos como para encargárselo. «Está escrito» la frase y explicación que se me dio una y otra vez para todos los acontecimientos extraños e inauditos en el tiempo en que acompañé al Hijo del Hombre por pueblos y caminos. Lo que no saben es que era yo el que procuraba el hospedaje y los alimentos mientras él y los otros se entregaban a sus arrebatos, yo el que trataba de conseguir información para que el Maestro no se expusiera a represalias o burlas, yo el que le imploraba no entrar en antros de perdición, ahí donde precisamente él quería buscar a las ovejas extraviadas, yo el que mejor entendía sus parábolas, y el que temblaba de miedo ante el porvenir de ese hombre al que amaba con todo mi corazón. 153


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Dudaba y tenía miedo, como el resto de nosotros, como en esa ocasión en que la tormenta nos hizo naufragar o como en esa otra en que casi una multitud lo escuchó y anocheció sin que tuvieran nada que comer; me preguntaron y apenas sí tenía un pescado y un pan, y él sacó y sacó comida y los alimentó a todos. Dudé porque los maestros de la ley no negaban que hiciera milagros y hasta que fuese un profeta, lo que no sabían era de dónde venía su poder. Los contradijo, les llamó hipócritas y esto les molestaba cada vez más. Se me acusó de ser avaro aun antes de la cena de pascua, cuando la mujer aquella derramó el aceite de nardos sobre su cabeza y le secó los pies con su cabellera. Mi molestia no era lo costoso del aceite, era que estaba ungiéndolo como se unge a los cadáveres antes de su entierro y la predestinación de este acto llenó de tinieblas mi alma. Se acercaba esa hora odiada y temida por mí, y a partir de ese momento los acontecimientos se precipitaron. Me dijo lo que debía hacer y cuánto sería odiado por ello. Me resistí, no podía ser yo el que le entregara a su martirio. ¿Y todo por qué? Porque yo entendía que él era el Cordero que lavaría con su sangre nuestros pecados, el holocausto de grato olor al Padre, la prenda por el rescate de nuestras almas, y lo peor de todo es que no podía compartir esto con nadie. Compartimos el pan y el vino, mis compañeros no entendieron sus palabras, como era costumbre, y partí hacia lo que debía ser hecho. Me acerqué a él con los guardias romanos y los maestros de la ley. Lo besé… sí, pero no solo era para indicar a sus captores que él era Jesús de Nazareth, era para manifestarle mi amor y para sellar así lo que las escrituras predijeron, lo que debía suceder porque quiero que conste que en este suceso el libre albedrío no prevaleció, no había escapatoria ante esto, no tenía elección. Soy Judas Iscariote y todos pensarán que fui el gran traidor, mas nunca actué a espaldas de mi Maestro, ambos sabíamos que las cosas debían suceder así, la traición se funda sobre la deslealtad y el engaño y yo lo seguí amando, tanto que ese amor se me convirtió en un trago amargo y salado, como el de estas lágrimas que derramo. 154


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Si me voy a quitar la vida no es por vergüenza o arrepentimiento, es por esta inmensa rabia que me inunda al saber el triste papel que la predestinación me reservó desde que nací. Y muy en el fondo me invade el miedo, el miedo a que no vuelva y que su sangre y la culpa me cubran por el resto de mis días, sangre de un inocente que no hizo más que amar a la humanidad y suicidarse por ella.

Damaris Gassón Pacheco (Venezuela) 155


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Mitografía

Luis

González Hasta que surgió un nuevo pormenor inexplicable...

SIEMPRE DESTAQUÉ por mi pulcritud. Aun siendo niño, jugaba como todo el mundo pero detestaba ensuciarme las manos; este fue el inicio de mis manías. Mientras crecía y se mostraban los primeros cambios corporales y hormonales propios de todo joven, me enfrenté al primer problema: el vello facial, esos primeros asomos de un primigenio bigote que crecía sin preguntar, sin avisar y peor aún, con espacios que hacían parecer que mi labio superior fuera un jardín maltrecho con trozos de pasto arrancados de raíz por un inexperto jardinero, una persona malintencionada o simplemente un infante que deseaba llegar a China. Así pasaron los días y el molesto pseudobigote seguía ganando dimensiones. Entonces, a escondidas de mi padre, me escabullí al baño y tomé su afeitadora. Ese aparato de plástico color amarillo me resultaba tan inofensivo que decidí probar su poder cortante en mi dedo para cerciorarme de su efectividad y acabar con el extraño mostacho. Claramente acabó de la peor manera, pues casi mutilé mi pulgar. Mi madre, curioseando, ingresó a escena y gritó con espanto, por no saber qué había sucedido y por la sangre del lugar. Los posteriores intentos fueron más favorables y el ejercicio se hizo hábito. Por fin un rostro imberbe como en un inicio; sólo dejé que mis patillas crecieran porque jamás debes confiar en una persona que no tiene patillas o las tiene muy pequeñas. Conforme acontecían los cambios fui aceptando cada uno de 156


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ellos, haciendo alguna que otra cosa para dejar lo que quisiese y eliminar lo que no. De esa forma me hice un adolescente con costumbres y exigencias, hasta que surgió un nuevo pormenor inexplicable: mi ombligo diariamente era usurpado por una mezcla de lana y pelusa de color gris. Supuse que esto se debía a la fricción del vello abdominal con mi vestimenta. Rasuré pectoral y abdomen por igual, cambié la ropa de cama para no sospechar de ella en una futura ocasión y compré remeras y camisas nuevas. Entre manías se pasa más rápida la vida. En un abrir y cerrar de ojos egresé del secundario de una forma más que provechosa, al igual que del instituto, y entré en el mundillo de las oficinas, los jefes poco amistosos, las corbatas y los horarios engañosos y usureros. Hasta aquí la normal vida de un sujeto en una ciudad con miles de personas apresuradas, automóviles que no frenan y edificios que no dejan levantar la vista de tan altos que son. Diariamente despierto antes de salir el sol, con los ojos entreabiertos apago el despertador, abro la cama y voy al baño. Las necesidades básicas deben satisfacerse sin demoras. Una mañana entré en la ducha y el espanto se apoderó de mí: nuevamente mi ombligo se veía usurpado por una bola de pelusa color gris, pero esta vez su tamaño era inusitado. Traté de quitarla con las manos, pero fue inútil; abrí la llave de la ducha y la presión del agua no generó efecto alguno sobre ella, ni siquiera la mojó; es más, la corriente tomaba una forma tal que evitaba el contacto con ella. El pánico crecía como también lo hacía la bola. Desesperadamente, corrí la cortina de baño y fui directo hasta el estante a por la rasuradora eléctrica, calcé mis pies en las pan-

tuflas y enchufé la máquina. En una oleada frenética de movimientos errantes acabé con ella, no dejé un lugar de mi abdomen sin los trazos y vibraciones. Con la certeza de su extinción, me senté en el suelo mojado. La piel rojiza y aún nerviosa fue la postal de esa mañana. Resultó difícil retornar a la consciencia de una persona adulta, pero logré ducharme y alistarme para salir a trabajar. Pasado el susto, el camino a la oficina se hizo más corto de lo normal. Una vez allí, me sentí el hombre dispuesto de todos los días, pues nada más cálido que la rutina, los cúbicos blancos y el centellante monitor de la computadora. Cobijado por el ambiente y los reportes, el tiempo voló y lo acontecido quedó como una desagradable anécdota. Salí con aire fresco del edificio y hallé todo nuevo en mi camino; la tarde brillaba con un esplendor inusual para el mes de abril. Decidí aprovechar esto y pasear. Llegué a casa dos horas más tarde de lo habitual, con sed y cansado por el trayecto recorrido, pero con la cabeza llena de nuevos lugares y rostros vistos. Ingresé a mi departamento, encendí las luces y bebí un poco de limonada. No me atreví a dirigir la mirada hacia el baño y me fui directamente a la habitación. Me desvestí, abrí la cama y de dispuse a dormir. Me despertó la zigzagueante luz tras una cortina. Lograba distinguir la silueta de una mujer en la distancia de una recámara que no era la mía. Intenté levantarme pero fue en vano, una fuerza ajena a mi voluntad me tenía preso sobre la cama. Recurrí a mi voz, pero también me fue negado este acto. Incliné la cabeza y pude observar muros tapizados con figuras, cuadros de tela, jarrones ornamentados y el armazón de un arco sin cuerda. 157


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John William Waterhouse

De pronto, se aproximó la sombra. Efectivamente era una mujer de cabello castaño oscuro y vestía de blanco. Ella parecía no notar mi presencia. Se sentó sobre el lecho y tocó mi espalda. Su roce era cálido y maternal. Quise voltearme y admirarla; no lo logré. Mientras su mano recorría mis hombros, la calidez se tornó insoportable y mis extremidades comenzaron a arder; la quemazón se extendió por todo mi cuerpo.

No podía soportar más, hasta que el alivio llegó inesperadamente y entonces comprendí el origen de la pelusa embrionaria: aquella mujer destejía un punto de un sudario gris; es decir, mi persona yacía unida al tramado de miles de puntos que conformaban dicha prenda. Somos las proyecciones, todos los futuros y pasados posibles, somos hijos de la paciencia de una mujer tejendera esperando el regreso de su esposo a Ítaca.

Luis González (Argentina) 158


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Declaración Universal Luis J. Goróstegui Como nosotros los humanos…

I «¡POR FIN!», pensó Nooll cuando oyó la sirena del colegio que indicaba que era la hora de volver a casa. Lo cierto es que le gustaba ir al colegio, pero era evidente que, a sus doce años, prefería jugar con sus amigos en lugar de tener que estudiar todo lo que le enseñaban en clase. Por eso, nada más oír la sirena, se despidió de sus amigos con un sonoro «¡hasta luego…, quedamos para jugar esta tarde al baloncesto donde siempre!», que se oyó a tres manzanas, y salió corriendo. Nooll vivía no muy lejos del colegio por lo que, en el aerobús que circulaba a

siete niveles de altura por las calles de la ciudad, llegaba en menos de cinco minutos a casa. Cuando llegó, entro gritando: —¡Hola!... ¡Ya estoy en casa!... ¡Mamá…! Nooll tuvo que repetir los gritos tres veces hasta que su madre salió del laboratorio que tenían en el sótano, desde donde trabajaba para una empresa de diseño y construcción de propulsores cuánticos hiperlumínicos. Su madre, Taiy, era física especializada en partículas de alta densidad y desde hacía cinco años trabajaba en un nuevo 159


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prototipo, con la suerte de poder hacerlo desde su propia casa. Su padre era ingeniero en una empresa de diseño y fabricación de robots, pero él tenía que ir a la empresa para trabajar. —Hola Nooll —le dijo su madre—. ¿Qué tal hoy en el cole? —¡Muy bien! —le respondió Nooll muy contento—. En la última clase hemos estado hablando de las distintas civilizaciones inteligentes que se conocen actualmente, y de sus características y diferencias. —¡Eso es muy interesante!... Nooll…. ¿Qué te ha parecido? —le preguntó mamá. —¡Oh!... ¡mola eso de ser tan distintos…! —le respondió Nooll. —Bien… Ven…, vamos a merendar… —le dijo Taiy. —Mamá…, hay una cosa que no acabo de entender muy bien… —le dijo Nooll mientras se comía un enorme y sabroso bocadillo. —¿Qué es, cariño? —le preguntó su madre. —Sé que hay dos galaxias que conocemos…, la Vía Láctea y la Enana Canis Mayor…, con muchos planetas habitados por distintas especies inteligentes…, y que habrá más galaxias más lejanas con más seres inteligentes en ellas…, sin embargo la Vía Láctea sólo estuvo originalmente habitada por humanos, procedentes de la Tierra, desde donde se expandieron por toda ella…, mientras que la Enana Canis Mayor desde el principio estuvo habitada, que conozcamos ahora, por quince especies inteligentes que construyeron otras tantas civilizaciones, como nosotros los humanos…, aunque es posible que existan algunas otras más que aún no conozcamos… —Eso es correcto, hijo. ¿Cuál es tu 160

duda, entonces? —le preguntó su madre. —Lo que no entiendo muy bien es por qué una galaxia sólo generó una especie inteligente…, los humanos…, mientras que la otra generó quince. ¿Por qué no generaron ambas el mismo número de especies inteligentes?... —Bueno… —le respondió su madre son una sonrisa—, yo creo que eso es cuestión de probabilidad…. verás… en cierto sentido cada galaxia es independiente de las otras…, hay galaxias que, como la Vía Láctea, sólo tienen una especie inteligente autóctona…, hay galaxias que tendrán sólo dos…, hay galaxias que tendrán tres…, hay galaxias, como la Enana Canis Mayor, que tienen quince…, incluso podrán existir galaxias que no tengan ninguna especie inteligente… Mira…, te pondré un ejemplo… ¿Te acuerdas cuando fuimos a casa de los abuelos y vimos cómo les daban de comer granos de maíz a las gallisaurios? —Sí… ¡me acuerdo de que casi me muerden la mano cuando les quise dar yo de comer! —dijo Nooll. —Imagina que cada gallisaurio es una galaxia, y que cada grano de maíz es una civilización de seres inteligentes… Cuando el abuelo les echó los granos de maíz algunas gallisaurios comieron sólo un grano…, otras comieron dos…, otras tres…, hubo algunas que se pusieron moradas de maíz y otras, en cambio, que no comieron ninguno… Pues algo similar sucede en la realidad, no todas las galaxias tienen el mismo número de civilizaciones inteligentes viviendo en sus planetas. —¡Ah…! Creo que ya lo entiendo… —dijo Nooll—, pero… ¿por qué somos tan diferentes entre sí? —¿De verdad crees que somos tan diferentes? —le preguntó su madre. —¡Pues claro…! —le respondió


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Nooll— Los humanos somos… ¡así!... —y se señaló de arriba abajo—, sin embargo, mi amigo Isit, que es un a’ethëru, parece un abisal marino…; mi amigo Garsay, que es un nyboläm, parece un delfín…; Awora, que es una wanëen, tiene alas…; Jicha, que es una nikürn, es prima lejana de los tigres…, ja, ja, ja… —dijo riendo—; Atnd, que es un unëwa… con esa piel ceniza…; Brikimran, una arutätsu, parece un insecto…, me recuerda una mezcla de mantis y araña…; Undsay, un waküme… con sus orejas de murciélago…; Dyack, que es un o'nysäth, es igualito a una planta… de esas exóticas…; y además están mis compañeros que son senhaëth, sasricäl, soröd, nuhimäron, këyu, e’shinün o narähi…, que parecen casi humanos…, al menos andan y se mueven como nosotros…, pero no lo son… no del todo… ¡Claro que somos distintos, mamá! Su madre le miró, sonriendo, le acarició la cabeza y le dijo: —¡Pero eso son sólo diferencias físicas, Nooll!... Eso no hace distinto en esencia a nadie…, igual que no hace distinto a alguien tener diferentes costumbres, o diferentes creencias éticas, morales o religiosas…, o vestir de forma distinta… Por comer diferente tipo de comida…, por ser hincha de un equipo deportivo diferente… o, incluso, por tener una historia diferente…, no somos, en esencia, distintos… ni mejores ni peores… Nadie debe ser discriminado por ninguna de esas diferencias…, en verdad todos son iguales… ¡todos somos iguales!… y merecemos ser tratados con los mismos derechos básicos, y, en cuanto a las obligaciones esenciales, siempre deben ser exigidas de forma proporcional a las aptitudes de cada uno. ¡Recuérdalo siempre, Nooll! —¡Pues a mí los nuhimäron me caen

fatal! —protestó Nooll. —Eso no es verdad, Nooll… En todo caso será alguno de tus amigos nuhimäron el que te cae mal, pero no todos los nuhimäron…, y seguro que tú tienes también algo de culpa en eso… ¿verdad? —le dijo su madre. —Supongo que sí, mamá —dijo Nooll, un poco avergonzado. —Bueno, y ahora… ¿no tienes un partido de baloncesto?... —le recordó su madre—. ¡Anda!... cámbiate de ropa y vete a jugar… ¡corre! —¡Sí, mamá! —le respondió riendo. Nooll salió corriendo, se cambió de ropa y se fue al parque que estaba enfrente de su casa. Sus amigos ya estaban jugando. Su madre se asomó a la terraza del salón y vio cómo Nooll jugaba con el resto de sus amigos del colegio… Vio cómo se reía y discutía con el resto de chicos y chicas…, vio cómo le robaba el balón a Dyack, con su morfología de planta exótica…; vio cómo ayudaba a levantarse del suelo a Unëwa… con esa piel ceniza tan especial…; vio cómo intentaba quitarle el balón a una narähi, aunque con los cuatro brazos de la chica moviéndose a la vez Nooll lo tuvo imposible…; vio cómo ayudaba a encestar a Awora, que pasaba volando sobre la canasta…; incluso vio cómo le pasaba el balón a un nuhimäron… Taiy estaba muy orgullosa de su hijo… y sabía que de mayor sería alguien importante…, pero no porque llegara a ser rico y poderoso…, sino porque respetaría a todas las personas por igual, independientemente de ser de una especie u otra… ¡Estaba segura! II Nooll estaba asomado a la gran ventana de la biblioteca del Alto Consejo Intergaláctico. Hoy era un día impor161


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tante y necesitaba calmarse. A pesar de sus cincuenta y ocho años siempre le relajaba recordar sus días de colegio…, con todos sus amigos y compañeros… y recordar a sus padres. Aunque su madre había fallecido hacía ya ocho años la seguía teniendo muy presente en sus pensamientos. Su padre aún vivía, y, a pesar de sus ochenta y ocho años, se mantenía sano y en forma… Siempre pensaba que su padre llegaría a los cien años, y rezaba para ello. Nooll era muy consciente de que les debía a sus padres, y a la educación recibida de ellos, el que ahora fuera lo que es… vicepresidente del Alto Consejo Intergaláctico, y que estuviera a punto de hacer pública la declaración que iba a proclamar en pocos minutos ante todas las autoridades galácticas… Una declaración que era el premio a toda una vida de honesta actividad diplomática entre todas las especies inteligentes conocidas de las galaxias exploradas. —Señor…, es la hora —le avisó su secretario. —Sí, ya voy —le respondió Nooll. Y recogiendo unos documentos (en uno de los cuales —un informe complementario en el que se enumeraban las principales características de cada civilización miembro— había garabateado él mismo unas sentidas palabras al margen final), salió de la biblioteca y se dirigió a la gran sala principal. Se trataba de un colosal hemiciclo en el que se debatían, aprobaban o suspendían las reglas que el Alto Consejo ponía en práctica en los diversos planetas. Subió al escenario y, mientras le presentaban, observó a los asistentes. Estaban allí representantes de todas las civilizaciones actualmente conocidas de la Vía Láctea y de la Enana Canis Mayor. Le parecía estar en el colegio rodeado de todos sus compañeros procedentes de las dieciséis civilizacio162

nes galácticas conocidas. Aunque Nooll había sido el principal promotor de esta Declaración, realmente esta había sido el resultado del esfuerzo conjunto de muchas personas pertenecientes a varias civilizaciones, pero todas se habían puesto de acuerdo para ceder el honor a Nooll… Era la forma que tenían de expresarle su cariño y admiración. En eso el presidente de la Cámara finalizó su presentación y Nooll accedió al atril y comenzó su discurso: —Estimadas autoridades galácticas…, queridos amigos: seré breve… ¡ninguno queremos llegar tarde a la cena!... ¿verdad? —dijo Nooll sonriendo…, al igual que el resto de los asistentes—. Hace unos instantes… mientras estaba esperando este momento…, gracias señor presidente de la Cámara por su amable presentación…, pensé cuánto había cambiado nuestra forma de vida en estos últimos casi trescientos años…, sobre todo para nosotros los humanos…, aunque creo que también para el resto de civilizaciones galácticas aquí presentes. Proceso que nos ha traído, finalmente, hasta hoy, con la solemne proclamación de la Declaración de Derechos y Obligaciones Universales que voy a tener el honor de presentar. Todo empezó cuando se produjo el primer contacto entre los humanos y los senhaëth. En ese momento los humanos tuvimos respuesta a una pregunta que nos hacíamos desde el principio de los tiempos… ¿Estamos solos en el universo?... Y la respuesta es ¡NO!... En los siguientes doscientos años, gracias a la mediación de los senhaëth, supimos de la existencia del resto de civilizaciones inteligentes actualmente conocidas de la Enana Canis Mayor…, quince por ahora…, con las que entablamos una amistosa y provechosa relación diplomática y comercial. Sin embargo, ha


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sido durante los últimos decenios cuando nuestra mutua comprensión nos ha llevado a conocernos mejor y a rechazar cualquier tipo de discriminación por cualquier motivo relacionado con las diferencias morfológicas y fisiológicas, o diferencias de convicciones sociales o religiosas, o simplemente por el diferente gusto en las modas y nuestras propias costumbres e historia… Todo ello nos ha llevado a realizar la Declaración que hoy nos ocupa. No quisiera terminar sin antes alabar el apoyo recibido por parte de todas las civilizaciones galácticas aquí presentes, sin cuya ayuda no

habría sido posible dicha Declaración Universal; es notorio que el texto de la misma se ha elaborado a partir de las declaraciones de derechos previamente existentes en nuestras propias civilizaciones, extendiendo su alcance a todas las conocidas actualmente y a las que posiblemente sean contactadas en un futuro y que se comprometan a adoptar las reglas de convivencia aquí declaradas, para el buen porvenir de todos. Permitidme, ahora, que lea la Declaración de Derechos y Obligaciones Universales…, dice así:

Declaración de Derechos y Obligaciones Universales Adoptada y proclamada por la Resolución del Alto Consejo Intergalác‐ tico de Civilizaciones Galácticas 103592‐W (XIX) del 18 de diciembre del año 33050 d.C. FLT (fecha local terrestre). El Alto Consejo proclama la presente Declaración de Derechos y Obli‐ gaciones Universales como ideal común por el que todas las civilizaciones galácticas deben esforzarse, a fin de que tanto los individuos como las instituciones, inspirándose constantemente en ella, promuevan, me‐ diante la enseñanza y la educación, el respeto a estos derechos, obliga‐ ciones y libertades, y aseguren, por medidas progresivas de carácter interplanetario, su reconocimiento y aplicación universales y efectivos, tanto entre los planetas de las civilizaciones miembros como entre los de los territorios y planetas colocados bajo su jurisdicción. Artículo 1: Todos los seres galácticos miembros de las Civilizaciones Galácticas nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros.

Y así continuó leyendo el texto completo de la Declaración hasta un total de 50 artículos. En cuanto terminó de leerla todo el hemiciclo irrumpió en un atronador aplauso. Nooll saludó a los asistentes, salió del escenario emociona-

do y se dirigió donde estaba esperándole su padre. —Mamá estaría muy orgullosa, hijo —le dijo su padre con una sonrisa y, abrazándole, le dio un beso. 163


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Clave: O'moring87/It'ver'aet26-H30 Es importante encuadrar los hechos en su marco histórico. Para ello, veamos un breve resumen cronológico (FLT): • Año 2618 d.C. —Primer asentamiento permanente humano en un planeta externo al Sistema Solar (en el planeta Altair). —Inicio de la expansión de la humanidad por la Galaxia Vía Láctea (GVL). • 5100 apróx. —Fecha oficial de la finalización de los asentamientos humanos por la GVL. —Inicio de un periodo de paz y prosperidad. • 10000 aprox. —Fin del periodo de paz y prosperidad. • 10121 [4 de julio] —Inicio de la Primera Guerra Galáctica (1ªGG). • 12234 —Fin de la 1ªGG. Inicio del llamado «Periodo de Decadencia». —Debido a los efectos devastadores de la 1ªGG se produjo un retroceso tecnológico de tal magnitud que los planetas llegaron a perder contacto entre ellos; incluso, con el paso de los siglos, cada planeta llegó a pensar que estaba solo en el universo. • 17500 —Fin del «Periodo de Decadencia». Inicio del llamado «Nuevo Renacimiento»: la humanidad inició un proceso de resurgimiento moral y tecnológico. • 29951 —Fin del «Nuevo Renacimiento». —Tuvo lugar el 1er. contacto entre los humanos de la Tierra y los humanos del planeta Varnewë. A partir de entonces, la humanidad inició un 164


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proceso de unificación interplanetaria que dio como resultado la fundación del Alto Consejo, el cual llegó a agrupar unos 1500 planetas, aproximadamente. • 32453 [5 de julio] —Primer asentamiento humano en un planeta externo a la GVL: en el planeta Gianaëi (planeta virgen, no habitado por ninguna civilización; inicialmente denominado Esperanza) de la Galaxia Enana Canis Mayor (GECM). • 32763 [28 de septiembre] —Primer contacto entre los humanos de la GVL y habitantes de la GECM, en concreto del planeta Senhaë: los senhaëth. En el 32763 d.C. se produjo el primer contacto entre humanos y seres de otra galaxia, distinta a la Vía Láctea, en concreto del planeta Senhaë de la GECM. Tras ese primer contacto, el Alto Consejo Intergaláctico promovió diversas expediciones con el objetivo de entablar relaciones diplomáticas y económicas con nuevas civilizaciones. A diferencia de la Vía Láctea, en la que todos sus habitantes procedían de la misma civilización humana, originada en el planeta Tierra, en la GECM convivían diversas civilizaciones, cada una de ellas con su propio origen independiente del resto. En la fecha en la que los humanos y los senhaëth contactaron, en la GECM existía la llamada Corporación de Planetas, entidad que, de forma similar al Alto Consejo Intergaláctico de los humanos, regulaba las relaciones entre los diversos planetas miembros de dicha Corporación. La GECM era una galaxia que no había sido totalmente explorada por aquellas civilizaciones más avanzadas técnicamente que en ella habitaban, por lo que la Corporación de Planetas solo agrupaba a las quince civilizaciones inteligentes conocidas hasta la fecha. Gracias a la intervención mediadora de los senhaëth, a lo largo de los siguientes doscientos años (entre el año 32763 y el año 32963, aproximadamente) los humanos entablaron relaciones diplomáticas y comerciales con las quince civilizaciones miembros de la Corporación de Planetas. Tanto el Alto Consejo Intergaláctico como la Corporación de Planetas se fundieron en un nuevo y reforzado Alto Consejo Intergaláctico de Civilizaciones Galácticas, encargado de regular las relaciones entre las distintas civilizaciones conocidas o por conocer. Dichas relaciones diplomáticas y comerciales entre ambas galaxias permitieron y fomentaron que todas las civilizaciones involucradas, tanto la humana como las quince de la GECM, se establecieran en muchos de los planetas ya habitados de ambas galaxias, lo cual favoreció la interrelación entre especies, así como que se colonizaran nuevos planetas vírgenes por parte de dichas civilizaciones. Asimismo se establecieron protocolos de actuación conjuntos entre varias civilizaciones para promover las exploraciones tanto en las dos galaxias habitadas como en otras galaxias más lejanas, con el objeto de establecer contacto con otras civilizaciones. 165


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Las 16 civilizaciones, miembros del Alto Consejo Intergaláctico de Civilizaciones Galácticas, y firmantes de la Resolución 103592-W (XIX) de la Declaración de Derechos y Obligaciones Universales del 18 de diciembre del año 33050 d.C., son las siguientes (indicamos algunas de sus características): • En la GVL: 1. Humanos: Procedentes originariamente del planeta Tierra, a partir del cual se expandieron a lo largo de la galaxia. Habitan gran parte de los planetas de la GVL. • En la GECM: 2. Senhaëth: Procedentes del planeta Senhaë. Viven en un solo planeta, aunque disponen de estaciones espaciales, así como yacimientos mineros en diversas lunas cercanas. Morfología semihumana. Civilización pacífica y amable. Poseen capacidades telequinéticas. 3. Sasricäl: Procedentes originariamente del planeta Sasricä. Habitan cinco planetas (Sasricä, Imäni, Irowämako, Sonä e Iwäyo) y varios cientos de lunas y satélites, todos ellos localizados en el sector Y44 de la GECM. Poseen alta capacidad tecnológica. La diplomacia no es su fuerte. De carácter recio y algo brusco. Valoran el honor y la valentía. Morfología semihumana. Muscularmente fuertes pero de baja estatura, no suelen alcanzar el 1,65 m. 4. A’ethëru: Procedentes originariamente del planeta A’ethër. Potencia militar. Controlan todo el sector X3D de la GECM. Habitan en 250 planetas, aproximadamente, y varios miles de lunas. Muscular y físicamente imponentes, poseen características morfológicas que evidencian su origen evolutivo de alguna especie abisal marina autóctona, aunque actualmente son bípedos terrestres. Respiran oxígeno aunque soportan altas concentraciones de ácido sulfúrico en el aire. 5. Soröd: Procedentes originariamente del planeta Soröhd. Civilización Zem. Son pacíficos y muy reservados. De gran altura física. Morfología semihumana. Viven sólo en el planeta Soröd y sus tres lunas (Luräy, Vorhät y Antäs). Debido a la alta concentración de metano de sus atmósferas, tanto del planeta como de sus tres lunas, requieren máscaras de respiración cuando visitan otros planetas. 6. Nyboläm: Procedentes originariamente del planeta Nyboläth. Civilización eminentemente acuática. Fisiológica y morfológicamente están adaptados para poder vivir tanto bajo el agua como en tierra. De configuración semihumana. Son bípedos. Poseen un sistema dual branquiapulmón poderosamente eficaz. Evidentemente han evolucionado a partir de alguna especie marina autóctona. Aunque son capaces de hablar, 166


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entre ellos prefieren usar una comunicación a base de frecuencias ultrasónicas de baja densidad, indetectables por el resto de civilizaciones. Nuhimäron: Procedentes originariamente del planeta Nuhimär. Habitan tres planetas y cinco lunas. Disponen de biotecnología de alta eficiencia. Excelentes cazadores. De gran longevidad, llegan a alcanzar los 300 años (Año Estándar Galáctico). Disponen de naves bioespaciales aunque sin armamento bélico. Morfología semihumana. El planeta dispone de grandes bosques con árboles gigantes donde viven los nujimäron. Comparten planeta con los eürith: especie submarina seminteligente. Wanëen: Procedentes originariamente del planeta Wanhë. Bípedos, disponen de dos fuertes y grandes alas que les permiten volar. Expertos en el diseño y construcción de aeronaves estelares y propulsores hiperlumínicos. Nikürn: Procedentes originariamente del planeta Nikür. Bípedos de constitución felina. Fieros guerreros. Altos y muy fuertes. Muchos son reclutados como soldados para la guardia de la Corporación de Planetas de la GECM. Këyu: Procedentes originariamente del planeta Këyuth. Expertos mineros. Son capaces de ver en la oscuridad. De fuerte constitución física. Morfología semihumana. Civilización pacífica aunque algo orgullosa. Buenos diplomáticos. E’shinün: Procedentes originariamente del planeta E’shinü. Debido a las muy bajas temperaturas de su planeta están perfectamente adaptados para resistir fríos intensos. Cuando habitan otros planetas viven en las zonas polares, preferentemente. En caso contrario sus hábitats disponen de la tecnología para mantener las temperaturas propias de su planeta de origen. Su sangre posee altas concentraciones de anticongelante natural. Morfología semihumana. Son expertos cazadores. Disponen de tecnología para construir naves espaciales y motores cuánticos. Unëwa: Procedentes originariamente del planeta Unëwan. Expertos burócratas. Civilización pacífica aunque sin sentido del humor, de piel ceniza. Se toman todo al pie de la letra, sin captar dobles sentidos. Morfología semihumana. Suelen trabajar en tareas administrativas. Narähi: Procedentes originariamente del planeta Naräh. Civilización pacífica. Han sabido compaginar su respeto por las antiguas tradiciones con su alto nivel tecnológico. Expertos diplomáticos. Altos, de constitución elegante y bípedos. Poseen grandes ojos capaces de ver a grandes distancias. También poseen capacidades telepáticas. Tienen cuatro brazos. Arutätsu: Procedentes originariamente del planeta Arutätsun. Buenos 167


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comerciantes. Disponen de tecnología para construir naves espaciales y cargueros interplanetarios. De morfología seminsectívora, poseen manos prensiles. 15. O'nysäth: Procedentes originariamente del planeta O'nysä. Civilización pacífica. Su morfología física delata su similitud con algún tipo de planta autóctona, aunque se sospecha que dicha morfología es debida más a modificaciones genéticas provocadas que a un proceso evolutivo natural. Su lenguaje está basado en sonidos suprafrecuenciales cuánticos. Cuando tienen que comunicarse con alguien de otra especie utilizan un traductor universal simultáneo. 16. Waküme: Procedentes originariamente del planeta Wakümeh. Habitan en 10 planetas y 43 lunas, todos ellos en el sector K6F de la GECM. Civilización semipacífica, de morfología semihumana. No atacan si no son atacados, pero en la guerra son temibles. Expertos músicos, con grandes pabellones auriculares. Casi todo su armamento está basado en tecnología sónica. azón, (Datos obtenidos de la Enciclopedia Intergaláctica, r s a í en t , á m a m Sí, les. 821ª edición, con autorización de los editores). todos somos igua

Luis J. Goróstegui Ubierna (España) Blog: observandoelparaiso.wordpress.com 168


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De los acontecimientos ocurridos tras la muerte del señor Rivera

Juan Sergio

Díaz

Lo que será no le concierne... ANTES DE INICIAR EL RELATO de lo acontecido al señor Rivera tras su partida material de este mundo, debo prevenirle, lector, de que tratar de comprender la situación y la interacción de los personajes, así como el lugar en donde se desarrollan dichos sucesos, puede ser lo más cercano a lo inefable para las mentes terrenales que únicamente creen en lo que ven y observaban. Si usted es de aquellos que miran más allá de las cosas que existen y se ven, y cuestiona hasta el cansancio el lineal curso de la existencia natural, y crea, y escribe, dibuja e imagina, tal vez lo que 169


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relato sobre los sucesos que experimentó el señor Rivera le prevengan de seguir urgando en las cosas que no existieron desde siempre, así sean las que el hombre ha creado. En medio de la nada (como sea que usted lo imagine) lo que ahora es el señor Rivera espera tras una puerta de madera sólida, que, más que tallada, parece haber brotado del suelo del planeta que ha abandonado. No podría haber nacido aquí —se cuestiona—, ya que no existe arriba ni abajo, ni dirección alguna en el «ningún lugar» donde se encuentra; sólo está ahí, esperando. La enorme puerta sólida se abre con un crujir de remoto envejecimiento. Un tigre enorme aparece de ella. Majestuoso espécimen, orgulloso e indomable, que viene de la puerta ya que no hay nada del otro lado, el mismo vacío que alberga a Rivera rodea la puerta y existe tras ella. No siente miedo por la bestia que le pasa al lado fingiendo no verlo, caminando indiferente. En su existir le habría causado gran fascinación y tal vez algo de miedo ver a aquel maravilloso ejemplar tan cerca; pero sabía ahora que no le causaría daño alguno. Porque

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no le interesaba… porque ahora no podría… Sintió el instinto de atravesar la puerta, algo sin voz lo llamaba por su nombre, algo sin sonido se adentró en su existir y le pidió amablemente que se acercara. Y Rivera cruzó la puerta. Lo que observó no existe en realidad, pero maneja mucho de la realidad que existe o que existió. Lo que será no le concierne porque le compete a algo más. Se encontraba en un cuarto oval sin paredes, techo o suelo. No lo adornaban muebles ni candelabros; caminaba o creía hacerlo, en un frío aire irregular. Mientras avanzaba, la voz sin sonido crecía en intensidad y le ordenó detener su recorrido. Lo que lo llamaba apareció frente a él. Una sombra de vapor que se dividía en tres personas le dio la bienvenida (para continuar debo instruir al lector sobre la forma en que el ente se comunica: cada frase dicha la inicia el ser del centro con una voz gutural y grave, continúa el de la derecha con una voz meliflua, infantil, femenina y delicada, y termina una autoritaria voz materna. Nunca cambian el orden, son una misma mente). El ser triple preguntó su


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nombre, su edad y las fechas de su nacimiento y muerte. Después de contestar a todas ellas un silencio reparó los huecos en sus memorias, para que pudiera contestar a cualquier cuestionamiento sin errores. —¿Sabe usted que no es la primera vez que se encuentra aquí?, señor… llamado en esta última: Rivera. En cada aparición incumple las mismas normas y viola las mismas leyes. No fuimos nosotros quienes creamos las reglas del existir, a nosotros nos toca dictar sentencia a las cosas que tuercen la naturaleza. Usted no recuerda sus juicios anteriores porque se borra todo su conocimiento al regresar a la vida. De no ser así un individuo actuaría en su infancia y juventud con el conocimiento de su vida pasada y tendría ventaja sobre los otros individuos. Pero hay algo malo en su existencia, señor Rivera. Siempre recae en las mismas situaciones. Una tras otra busca expandir lo que existe creando ficticias situaciones. No podemos decirle sus nombres pasados, pero siempre ha sido humano; a excepción de una vez que intentó ser gorrión, y aun en esta, buscó torcer los parámetros establecidos de su existencia. Temo que no comprenda lo severo y serio de la situación en la que se encuentra y las consecuencias que le traerán sus palabras próximas. Las dudas taladraron la conciencia. Vaya sueño tan extravagante que vivía en este momento. Despertar ahora, sería sin duda alguna una catastrófica desdicha; una gran calamidad, no descubrir el desenlace de este episodio. Dejar el curso de los eventos podría llevarlo a crear cosas nuevas con la pluma entre sus dedos, cuando despertara. Y el asombro de ver materializado en un sueño algo más allá de su imaginario personal le excitó el ego. Un ser dividi-

do en tres y con poder incalculable, ¿sería aquel el dios de la trinidad de la que hablan los católicos? ¿De verdad miraba al creador a la cara o a lo que se suponía debía serlo? La incertidumbre le devolvió la duda sobre el sueño o realidad que estaba viviendo. Un solo modo existía para vaporizar toda duda. —¿Eres tú, Dios?... ¿Eres Aquel que creó el universo y el mundo? —No soy el dios del que se habla en tu planeta, en ninguna de sus formas, en ninguno de sus tiempos; poco tengo de aquellos a los que se refieren en tu mundo como «Todopoderosos». No soy Dios, pero soy parte de ello. No creé el universo, pero aporté parte de mi esencia a su existencia. Soy el dios que crees, y también lo son otros. Siempre han padecido el mal de creer ustedes que lo inexplicable viene de un único ser omnipotente similar en apariencia a ustedes en proporciones iguales o parecidas. No estás aquí para que te sea revelado el conocimiento del creador de lo que existe y lo que no existe, pero no me molestará revelarte que no es un Único sino varios de ellos. Y revelarte de dónde provenimos, antes de que el universo y el existir de todo se iniciara, te sería en demasía incomprensible al grado de llevarte a una locura eterna. ¡Ahora guarda silencio, que esto es un juicio universal! Usted, señor, en la última vida llamado Rivera, es acusado de torcer los parámetros naturales de las leyes del universo, de crear paradojas y desestabilizar las ya existentes… una vez más. ¿Cómo se declara? —¡Me enjuician!... ¡No hay aquí jurado, abogado ni testigos! ¿Qué broma se supone que es este sueño ridículo? —Yo soy su juez, su abogado y verdugo; yo soy su jurado, su acusador y su testigo… soy Todopoderoso y lo sé y veo todo en cuanto a las cosas que me 171


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corresponden. Y usted, señor Rivera, ha hecho todas estas atrocidades al nacer humano, al desarrollar habilidades que cuestionan y dividen la idea en una creación sincronizada, estable y perfecta. ¿Usted escribió sobre el miedo, creó música y cantó invenciones, pintó en muros y papeles, habló sobre lo extraño…? Usted creó en su mente cosas, y todo lo que el hombre imagina lo crea; no siempre se materializa, pero se crea. Una idea desarrollada al convertirse en pensamiento origina pequeños universos dentro del mismo cosmos original. Realidades artificiales y temporales, no eternas como la realidad original y única. Existe un equilibrio. —No tengo yo la culpa de utilizar la inteligencia que se me ha dado. —No; es verdad. No tiene la culpa de utilizar la inteligencia que se le dio a su especie para subsistir en el mundo que se les creó. Pero sí de usarla para cuestiones que no son acordes a su naturaleza. —¡Esa es mi naturaleza! —El tigre que usted vio es uno de los más cumplidos seres que existen en el universo. Vida tras vida sigue el sendero que debe transitar la especie en la que ha regresado, nunca se desvía, nunca se cuestiona; y por esa razón se le ha permitido volver a la vida eternamente y decidir en qué forma de vida quiere regresar, sin importar el tiempo en el que se encuentre. Siempre y cuando siga cumpliendo como hasta ahora. Para ser más especifico, no se le permitió al hombre crear en ningún momento. Su ingenio es parte de la rebeldía que crearon por su curiosidad, y han cambiado su entorno, y han cambiado su mundo; y, si se lo permitimos, cambiarán la vida de otros mundos. Al parecer no comprende la delicada situación de las cosas «sin importancia», como las está catalo172

gando en sus pensamientos; y no, señor Rivera, esto no es un sueño. Sus derechos se han agotado y se ha tomado una decisión sobre lo que se hará contra usted. ¿Es usted conocido como Rivera? ¿Escribió, cantó, creó, usted, sobre cosas y situaciones que imaginó, al grado de plasmarlas en materiales, sonidos y palabras para compartirlas con sus similares? ¿Nació y pensó toda su última vida terrestre como humano al grado de vivir y buscar el progreso personal aun en las cosas más simples que la naturaleza le otorgó? —Tras la respuesta afirmativa a cada pregunta por parte de Rivera, el ente continuó su discurso—. En vidas anteriores ha renunciado repetidas veces al descanso eterno que ustedes catalogan como paraíso; por esta razón no podemos dárselo. Su derecho a volver a la vida, ya sea en forma humana o cualquier otra, ha sido revocado por su necedad de insistir en violar las leyes universales. Y por ello, lo que nos queda por dictar como sentencia es la fusión con el origen. Si esto no era un sueño, si la verdad oculta se revelaba frente a él en ese momento, su existencia corría grave peligro, lo presentía, pero no había tenido la oportunidad de defenderse, de alegar a su favor. Le dolía el existir profundamente y experimentó el temor original. Y ahí, acorralado por el pánico, enfrentando la situación inimaginable, tomó valor, levantó la voz de la forma más autoritaria que sus pulmones le permitieron. —Me están enjuiciando por vidas que no recuerdo, por decisiones que tomé siendo otras peronas. No he podido alegar palabra alguna a mi favor, ni defenderme, ni dar testimonio de mis actos. —Ni lo hará, señor Rivera. Ya fue declarado culpable desde que atravesó el marco de la puerta. Cualquier argumen-


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to a su favor, lo conocemos; entiéndalo, cualquier posible desenlace a este asunto ha sido considerado mientras hablamos. Es culpable, señor, y cumplirá su sentencia una vez terminemos esto. —Pero… —Señor Rivera… Ha sido sentenciado a la fusión con el origen, su esencia o espíritu se irá de vuelta a la materia de donde todo ha salido, a la energía elemental. Perderá toda individualidad, toda conciencia de la existencia. Pero regocíjese, conocerá a lo que ha denominado Dios, aunque no será consciente ya de ello. ¡Se ha dictado su futuro! ¡Cumpla cuanto antes su sentencia! Un estrepitoso ruido retumbó en la inmensidad de la nada, el hombre vivió la paz que muchos mortales en vida buscan con años de meditación. Al momento siguiente la paz de la transición se fue. Aún no desaparecía su esencia cuando lo vio. La materia primera, la energía natural. El dios que esperaba ver, todopoderoso, era una sombra lí-

quida que flotaba en la no existencia, tragando mundos y realidades para seguir creciendo. Creaba universos mientras devoraba otros; en su asquerosa fisionomía no vio forma alguna ni parentesco con algo familiar. Ahí es a donde iría a parar, a fusionarse con aquella porquería; olvidaría todo lo que había aprendido en vida, en varias vidas; pero qué más daba… todos iremos a parar ahí, a ser parte de ella porque de ella salimos. Y se perdió eternamente. Nada podría regresarlo jamás, tragado y diluido en el mismo destino que sufre un grano de sal en los alimentos, con su insignificante existencia desconocida para el comensal. El ente que sentenció al hombre sintió dentro de sí la absorción del alma del escritor de terror. Se regocijó por un momento y llamó a uno más de otro tiempo y de otra realidad a cumplir su sentencia. A darle gusto al origen.

Juan Sergio Díaz (México) 173


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Los espiritistas

Plinio

el Bizco Lo nuestro es más una sociedad filantrópica... EL MANCEBO de la farmacia Ríos no pudo acceder al Pasaje de los Giles por la calle Cuatro de Agosto porque había un piquete sindical que cerraba el paso a todo el que estuviera por allí trabajando. Siguió con la carretilla de reparto en dirección a la calle Alfonso y no llevó el láudano de los señores hasta pasadas las nueve de la noche, cuando la señora Paquita, portera del edificio al que se accedía desde el interior de la vetusta galería, ya estaba cerrando el portón para irse a preparar la cena. Así que esta ordenó al chico del almacén que volviera por el envase al día siguiente y a su hijo Benjamín, que parecía dormitar al calor de una estufa de leña, que subiera el encargo al cuarto derecha. Este asintió con ese interés nulo hacia la responsabilidad que tienen los adolescentes y siguió leyendo las repercusiones económicas que estaban generando los huelguistas por su obstinación en no ir a trabajar. La señora Paquita, viuda de un sargento caído en el desastre de Annual, intentaba gobernar la portería, lo mismo que a sus cuatro hijos huérfanos, con ese aire cuartelario que observó en los bigotes de su marido, pero cuando se trataba de Benjamín tenía la sensación de que algo no terminaba de funcionar. Antes de tomar el ascensor de servicio para subir al ático donde vivía con su prole, hizo un último intento increpando a su estómago: «¡Espabila o tus hermanos te dejarán sin cenar!» Benjamín ni siquiera se inmutó, leía con afán que después de un 174


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mes de huelga las cajas de resistencia de los sindicatos estaban agotadas y que muchos obreros estaban mandando a sus hijos a Madrid o Barcelona para que los alimentasen allí las familias de los compañeros sindicalistas. Él, que nunca había salido de su ciudad en todos estos años, se imaginó el mar y después un sol radiante guiándole por las famosas Ramblas, como en ese cuento que había leído de Poe, «Un hombre entre la multitud», impresionado, como el protagonista, por el ajetreo de una ciudad moderna o curioseando ante los escaparates de las tiendas; eso de lo que se hablaba con apasionamiento los domingos en el Ateneo como «el fetichismo de la mercancía» y que a Benjamín le sonaba a una larga hilera de lencería fina. Pasaban más de las diez cuando el zumbido lejano de un timbre le sacó de sus ensoñaciones, un nutrido grupo de elegantes señoras estaba entrando por la puerta del patio. «Esto de que te puedan abrir desde arriba, sí que es un adelanto, querida», oyó que decía una de ellas. Entonces vio la botellita transparente de opio líquido sobre un lecho de paja protectora encima de la mesa y salió pitando por la escalera de servicio para tomar el montacargas pese a la prohibición de usarlo pasadas las diez de la noche. Después de un ascenso eterno debido a la lentitud de sus poleas, una vez arriba tardaron en abrirle la puerta de la cocina por la que se accedía desde el rellano, recordando que Sarita, la chica de servicio, se había ido hacía un buen rato. «Seguramente, a festejar con ese cadete engreído que la corteja», pensó. —¡Qué horas son estas! —Don Andrés, el señor de la casa, le abrió. Era un hombre flaco con aire distinguido, mirada inteligente y bigotes a lo Errol Flynn. Le tomó la botella al vuelo y se

puso encima del fregadero a diluirla en una jarra de limonada. —Corre, llévala en esta bandeja a la habitación donde Remedios echa las cartas. Las señoras están subiendo por la otra escalera. Había sesión de espiritismo. Remedios, la pareja de Andrés, era la médium que se daba a conocer como Madame Blatvasky. Fumaba con una larga boquilla sosteniendo la mirada en suspenso como si se estuviera ejercitando para un trance inminente cuando apareció Benjamín con la tintineante bandeja de plata. —Déjalo todo junto a la cómoda y vete, ya se servirán las señoras —le dijo, sin quitar la vista del vacío. —Hay que devolver el otro envase —replicó este—. Mañana pasará a buscarlo el mozo de la farmacia. En la lejanía del pasillo, en el recibidor, podían oírse los aduladores saludos de don Andrés como maestro de ceremonias a las señoras que llegaban expectantes, escuchándose al poco, alternándose con alguna risa nerviosa, el sordo sonido que producen las perchas cuando soportan pesados abrigos de pieles. —Estará en el despacho de mi marido —soltó Remedios ensayando una voz cavernosa mientras seleccionaba una pose de bienvenida. Benjamín tuvo el tiempo justo para alcanzar el gabinete y cerrar la puerta. Al momento pasó don Andrés seguido de su corte espiritista. Las oyó perderse en el interior de la casa. La habitación donde se había encerrado tenía una imponente biblioteca llena de gruesos volúmenes y una impresionante colección de máscaras africanas en la pared opuesta que lo atrajeron inmediatamente hasta que se topó con un formidable diván de cuero negro. Ni siquiera llegó 175


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a buscar el envase pues escuchó la conversación de dos hombres al otro lado de la puerta. Uno era don Andrés, su voz se oía intimidada por una visita tan inoportuna como todo lo que puede ser la de un inspector de policía. Se hacía llamar Gerardo. Benjamín se escondió detrás del cortinaje antes de que entrasen. —Disculpe, sé que no es hora de visita, quise venir antes, pero llevo sin comer todo el día y al pasar por el “Pascualillo”… no pude resistirme a unas madejas recién fritas… —Es que precisamente ahora… —Lo sé, lo sé, iban a empezar una sesión espirituosa. Jejeje. —No se crea, lo nuestro es más una sociedad filantrópica, como mucho podemos asomarnos un poco al Más Allá para entender este presente tan retórico que nos acecha. —Andrés se dirigió al mueble-bar que estaba camuflado en la librería—. Permítame ofrecerle un refresco —dijo sirviéndole una «limonada» con abundante hielo. —Se lo agradezco, no debí pedir los riñones al jerez mientras preparaban las madejas, tengo un reseco atroz. ¡¡Hummm, qué bueno!! Como le decía, no me cuente milongas, si no fuera porque algunas de las señoras que vienen por aquí son esposas de influyentes empresarios, jueces, etc., no haríamos la vista gorda. —No hay ninguna ley en la República que persiga la clarividencia. —Las alteraciones del orden público sí son cosa de nuestra competencia y estas reuniones clandestinas podrían ser el embrión de una célula conspirativa. —Por favor, inspector, créame yo… —Lo sé, los tiempos son difíciles. —El oficial sacó un papel del bolsillo y empezó a leer—. Sus andanzas empezaron pronto, fotografiando catetos que 176

venían por las fiestas a visitar la basílica y sus alrededores; estos le pagaban por adelantado las copias que nunca iban a recibir porque las placas que ponía en la cámara ya estaban veladas. Al final lo cazaron y cumplió sentencia en África. Allí tuvo suerte, en Annual fue el único de su regimiento que se libró del desastre al ser recomendado para servicios de espionaje en el puerto franco de Tánger, casualmente sus pesquisas sobre el armamento que estaban recibiendo las tribus rifeñas le llevaron a París. Allí conoció a Segundo de Chomón, que estaba en plena rivalidad con Méliès, y le dio la oportunidad de iniciarse en el cinematógrafo. Pasó los años ganándose la vida como pudo dentro del «medio», hasta que se proclamó la República y pudo volver indultado a España. En Toledo, de parranda con Buñuel y algunos de sus colegas de la Residencia de Estudiantes, conoció a Remedios o Madame Blatvasky, su actual pareja, que entonces era la esposa de un feriante cordobés al que abandonó para empezar juntos su particular circo itinerante de las maravillas… —Ya veo que está bien informado. ¿Quiere otra copita? —¡Es mi trabajo! Mejor no, me ha entrado demasiado bien la primera. Omitiré sus andanzas por el país hasta la revolución de Asturias que les sorprendió en Oviedo. Allí cantaron la Internacional con los mineros hasta que llegó la Legión y se acabó la fiesta; librándose por los pelos de la carnicería, pudieron volver hace unas semanas a esta, la casa de sus antepasados. Ahí es donde si no colabora —apostilló el inspector— podría detenerlo como un revolucionario que busca infiltrarse de nuevo. —No creerá que yo… —Tranquilo, mi preocupación es


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otra. Vengo por lo del duende. Como sabe, toda la ciudad está patas arriba por las supuestas voces que se oyen en un domicilio acomodado de la calle Gascón de Gotor. Al escuchar esto Andrés se relajó, la conversación entraba en un terreno más seguro para él. —Sí, he oído que el otro día tuvo que cargar la caballería para desbaratar a una multitud que se había reunido en las inmediaciones para tener noticia de los últimos acontecimientos. —Créame, el horno no está para bollos; después de la Comuna asturiana la República está al borde del abismo. Y en esta ciudad, después de un mes de huelga general, el hambre ya se extiende como una epidemia. Así que sólo faltaba que se cronificara la historia de un duende en el imaginario colectivo, que perturba las rutinas de una familia ejemplar, desafiando además a la autoridad. —Pero parece que sólo se manifiesta cuando está Pascuala, la sirvienta —dijo Andrés quitándole hierro. —Disculpe que me siente en el diván, ya no estoy para estar todo el día sin parar —dijo el inspector queriendo ocultar el cansancio—, si el idiota del gobernador no hubiera reconocido que también las oyó cuando visitó el piso, el caso se habría olvidado como anecdótico hace semanas. —Túmbese si quiere —le invitó Andrés para que al recostarse el inspector no viera los zapatos de Benjamín asomando por el sinclinal de las cortinas—. Le serviré un Campari, le sentará bien. —Mientras lo preparaba, siguió con la conversación—. Reconozco que gracias al duende funciona mejor el negocio. Nos viene mucha gente diciendo que también oyen voces en sus casas y preguntan cómo contactar con los seres

elementales. Je. Je. Yo les digo que pregunten en la embajada de Islandia que los tienen reconocidos como parte de la población. —Por eso estoy aquí —resopló Gerardo, el inspector—. Esta mañana ha aparecido la Virgen con el mantón de Falange porque el sacristán también oía una voz que le invitaba a ponérselo. Y esta tarde la he pasado en el manicomio porque ayer hubo un asesinato, nadie sabe nada y eso que he tenido que interrogar al mismísimo Napoleón en lo que él consideraba su ignominioso destierro. Los internos dicen que es cosa de un duende que quien lo ve le alcanza su hora… —Usted teme que cualquiera que quiera hacer su santa voluntad aluda a estos seres. —¡Exacto! —Pero eso es el libre albedrío. —Déjese de historias. Necesito que como parapsicólogo, que supuestamente es, salga en la prensa, lo entrevisten en la radio y desacredite toda esta historia diciendo poco menos que los fenómenos paranormales no existen. Usted conoce la importancia de tener controlada la opinión pública… —Eso que me pide es imposible. Aquí mismo, sin ir más lejos, tenemos la reencarnación de Hamlet. —Andrés, acercándose a la ventana, abrió las cortinas de un tirón y el inspector se incorporó instintivamente buscando su pistola al ver un bulto agazapado—. No se inquiete, es Benjamín, un joven de confianza. Estaría en mi despacho por algún encargo cuando nos oyó llegar y en vez de excusarse, se escondió. ¿No es así? —Benjamín, avergonzado, asintió—. Su padre me salvó la vida. —¿Qué quiere decir? —preguntó el inspector todavía suspicaz. Andrés les contó dirigiéndose a los 177


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dos: —Nuestra compañía estaba en un blocao de avanzadilla en Monte Arruit. Dos días antes de que empezará el «fregao», me llamó el sargento Torcuato, el padre del chico. —¿Tú sabes francés, no? El Estado Mayor está buscando tropa que lo hable. —Sí, mi sargento. Lo aprendí en el colegio a base de hostias con los hermanos. —Pues da las gracias a los curas, te vas a ir con el correo cagando leches a Melilla. Andrés siguió contando. —Antes de escapar de aquella ratonera, me habló de su don. Tenía premoniciones. Se le presentaban vivencias del pasado alumbrándole el futuro. Durante las marchas forzadas que tuvimos que hacer hostigados por las tribus rifeñas para alcanzar la posición ordenada por el mando, vivió un «déjà vu» al visualizar la expedición que hizo el malogrado rey Sebastián de Portugal cuando le dio la locura de emprender la conquista, en el siglo XVI, del reino de Marruecos. Desde ese día supo que estaba escrito el final. Yo le aseguré en ese momento que velaría por su familia. Benjamín, que no conocía la historia, se sintió reconfortado y entendió la paciencia de don Andrés con sus hermanos y la condescendencia con él mismo. —Ha sido una bonita historia —dijo el inspector—, pero yo necesito algo empírico. —Bien —contestó Andrés, ya impacienta178

do por quitárselo de en medio—, salga por la cocina y baje por el ascensor de servicio al sótano. Entonces, con un poco de suerte, quizá pueda descubrir que existen otras realidades. —No me estará tomando el pelo… —Benjamín, guía al inspector. Yo tengo que filmar a Madame Blatvasky, seguro que ha empezado la sesión. Por el pasillo, Andrés iba el primero con la cámara sobre un trípode para rodar una película documental, como la de Buñuel en las Hurdes, dijo bajando la voz, sobre el espectáculo del miedo. Al llegar a la sala principal entró sigilosamente para no alterar la voz que emergía de ultratumba. Madame Blatvasky estaba magnífica, proyectando su efigie enigmática ante un parvulario enmudecido de señoras amarradas por las manos en un círculo de sombras fluctuantes ante la luz de los cirios. Benjamín y Gerardo siguieron en silencio hasta la cocina. Salieron cerrando tras ellos la puerta. El ascensor seguía en el rellano. —¿Qué hay en el sótano? —le preguntó a Benjamín, dejando entrever cierta desconfianza antes de entrar en el ascensor.


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—Los trasteros —contestó este—; hacia el final hay una verja que no sé adónde lleva. —Bajarás conmigo. No sé qué sorpresa me estará esperando ahí abajo, pero en esta parte de la ciudad todos los sótanos son antiguas bodegas que se comu-

nican desde el tiempo de los árabes, algunas ya fueron cloacas romanas. No me gustaría perderme sólo por ahí… Siento hacer esto chico… —El inspector lo agarró del brazo haciéndolo entrar con él, y juntos descendieron al Trastero de la Historia...

Después de la batalla de las pirámides, Napoleón estaba satisfecho; les habían dado una buena paliza a los mamelucos doblegando su caballería con férreas formaciones de infantería divididas en cuadros. Desde que era un niño en la isla de Córcega sabía que la gloria se esculpe en hazañas temerarias como esta. Sus generales marchaban hacia El Cairo, lo iban a celebrar por todo lo alto irrumpiendo en el harén del sultán, como los bárbaros en Roma. Él iba a pasar la noche en la Gran Pirámide. Quería que el espíritu del faraón se le presentase para visionar el futuro. Una compañía de granaderos protegía el perímetro. El túnel se estrechaba hasta resultar angosto y se perdía la noción de subida o bajada al estar todo en una oscuridad casi absoluta. Por delante, el guía le conducía a la cámara real, le seguían un capitán en servicio de escolta llamado Gerard y un joven asistente cargado con una esterilla y efectos personales al que todos llamaban Benjamín.

Continuará…

Plinio el Bizco (España) 179


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Letra pequeña Enrique

Angulo

¿No ha leído la letra pequeña de su contrato?... ALFREDO PENSÓ que alguien le estaba gastando una broma cuando aquellos dos elegantes y educados caballeros, perfectamente trajeados, a los que acababa de abrir la puerta de su casa, le dijeron que venían a llevárselo a un hospital para quitarle un riñón. Así que se echó a reír, pero ellos mantuvieron su seriedad, y uno de los dos le dijo: «En la letra pequeña del contrato que firmó usted con nuestra compañía de seguros hace un par de meses, nos autoriza a disponer de uno de sus riñones cuando lo necesitemos, en concreto, puede leer la cláusula donde lo pone, está hacia la mitad de la página diez, es la 4C». Al oír aquello su risa se convirtió en una mueca. «¿No ha leído la letra pequeña de su contrato? Les pasa a la mayoría de nuestros clientes», aclaró el que parecía llevar la voz cantante de aque180

llos dos individuos. «Pero esto es absurdo», balbuceó Alfredo. «Si no nos acompaña por las buenas nos veremos obligados a utilizar la fuerza. En el portal de su casa esperan unos agentes de seguridad de nuestra compañía por si fuese necesaria su intervención». Intentó cerrar la puerta de su casa, pero el pie de uno de aquellos hombres se lo impidió. Al poco, estaban en el interior de su vivienda y lo miraban desafiantes. Los amenazó con llamar a la policía, ante lo que ellos se quedaron impasibles. «Hágalo, si así lo desea», dijo con su voz átona el que ya calificó como el de mayor cargo. Lo hizo, una amable voz femenina le preguntó qué deseaba. «Hay unos hombres en mi casa que dicen pertenecer a la compañía de seguros con la que firmé un contrato, en cuya letra pequeña afirman que pone que pueden disponer de


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uno de mis riñones cuando lo deseen». «¿Y realmente pone eso en la letra pequeña de su contrato?». «No lo sé, no lo he leído». «Pues léalo antes de molestarnos, y si en alguna de las cláusulas pone que pueden disponer de uno de sus riñones, la policía no tiene nada que hacer al respecto». «Pero...», acertó a decir. «Seguro que tampoco se leyó el programa del partido político al que votó en las últimas elecciones generales, es usted un irresponsable como muchos de los ciudadanos de nuestro país, así nos luce el pelo a nivel internacional. Estoy segura de que no ha leído ni un solo contrato de los que ha firmado durante toda su vida, por tanto, es muy probable que esta no sea la única sorpresa desagradable que se lleve». «¡Pero si aunque los lea no los entiendo!», protestó con una voz que pareció salirle de lo más hondo de su garganta. «¡Es el colmo! No quiero seguir hablando con usted porque si lo hiciese nos veríamos obligados a detenerlo por multitud de delitos de toda índole que seguro que ha cometido», le dijo aquella voz femenina que, de agradable, se había convertido en áspera. Al instante, la comunicación se interrumpió. «Vístase y prepare una bolsa con lo que quiera llevar al hospital. Tiene quince minutos para hacerlo. Y recuerde que los gastos de la intervención correrán de su cuenta, como bien especifica la cláusula que le ha citado mi compañero. Los podrá pagar hasta en veinticuatro mensualidades, gentileza de la empresa a la que representamos. En caso de que no pueda hacerlo sufrirá un embargo de la parte de sus propiedades que sirva para cubrir los gastos», dijo el hombre que no había hablado hasta ese momento. «Me gustaría llamar a mi pareja», suplicó Alfredo. «Ya no hay tiempo.

Cuando le quitemos el riñón podrá hacerlo. Yo mismo me encargaré de las gestiones necesarias para que pueda establecer esa comunicación. Entonces podrá contarle lo ocurrido a su amorcito, y decirle que todo ha salido bien, de eso no me cabe la menor duda; pues, hasta hoy, todas las intervenciones que hemos encargado a distintos hospitales han sido un éxito. Por otra parte, debería alegrarse, pues ese riñón que le vamos a quitar servirá para salvar una vida». «La de algún millonario», se atrevió a decir, pero se tragó al instante sus palabras porque las miradas de aquellos tipos parecían tener la intención de fulminarlo. De camino hacia el armario donde tenía la ropa, lleno de miedo y perplejidad, echó una ojeada al anodino patio de luces de su casa, miró, durante unos instantes, una camisa blanca que azotaba el viento; mientras, pensaba que quizá no fuese tan mala su vida futura al tener que vivirla con un solo riñón, era probable que esa carencia no le afectase demasiado en su existencia cotidiana. Trató de darse ánimos y se dijo que todo saldría bien y que en unos días recuperaría todas sus rutinas. Por otra parte, pensó que cuando estuviese recuperado de la operación, tenía que leer con urgencia la letra pequeña de todos los contratos que había firmado, incluso, debería asesorarse al respecto con algún avezado profesional. Entonces, pensó que si en alguno de aquellos contratos había más cláusulas como aquella, quizá lo mejor sería irse de su país a otro que ofreciese mayores garantías de libertad; otro donde no fuera posible perder un riñón por despiste o por desidia a la hora de firmar un contrato. Cuando acabó de vestirse y tuvo dentro de una bolsa las cuatro cosas que 181


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consideró que podrían hacerle falta en el hospital, se presentó ante aquellos hombres, los cuales se habían sentado en el sofá de su salón y hojeaban unas revistas que tenía encima de una mesa. El que había identificado como el de más cargo, le dijo que se asegurase de que todo estaba en orden en su casa antes de salir, y que cerrase la puerta con llave. En el portal, efectivamente, había un par de individuos esperando que parecían jugadores de rugby americano dispuestos a saltar al campo de juego. El individuo que llevaba la voz cantante les hizo una seña y ellos se pusieron en movimiento. Salió a la calle acompañado por aquellos cuatro desconocidos, lo rodeaban de tal forma que no tenía escapatoria posible. Tuvieron que recorrer unos cien metros hasta llegar a una furgoneta. Le pareció que las personas con quie-

nes se cruzaba le miraban con conmiseración, como si fuese un reo camino del patíbulo. Ni siquiera se le ocurrió ponerse a gritar, pedir ayuda, decir lo que le iban a hacer, era como si le hubiesen dejado sin sangre, como si estuviese viviendo una pesadilla en la que su voluntad hubiera sido completamente anulada. Lo invitaron a subir al vehículo; uno de ellos le puso la mano en la cabeza para que no se golpeara con el techo, como había visto por la televisión que hacía la policía con los delincuentes a quienes llevaba detenidos. La furgoneta se puso en marcha; a través de los cristales vio los comercios, los edificios, los jardines, algunos árboles, gente que iba y venía ajena a su desgracia. Era una mañana como otra cualquiera de un día de entre semana aquella en la que iba camino de perder un riñón, o quizá de algo todavía peor.

Enrique Angulo Moya (España) 182


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Charla con Lettys

Gleiber

Alvarez

Se parecen a nosotros... —TODAVÍA tiene el aguijón—dijo al trasluz de la mañana, sosteniendo la piedra ovalada—. Sí, todavía lo tiene, Lettys —repitió, cerrando el ojo izquierdo y entornando el derecho. —Sí, ya sé. Ya se lo vi —confirmó la muchacha. Él seguía con la piedra ambarina al sol mortecino, en medio del bulevar, contemplando el aguijón puntiagudo de una avispa prehistórica. Lettys permanecía cerca de él, con las manos en las caderas, mirando, más allá de los apamates, a las frutas del Mercado del Pueblo.

—Dime, Fer, no vamos a pasar toda la mañana llevando sol, ¿sí? —le espetó ella, ahora dirigiendo su mirada al muchacho que aún estaba absorto en la avispa. —Es tan bonita —exclamó él, tornándose hacia ella y empuñando el ámbar—. Hasta me parece un escarabeo —dijo, mostrándoselo por última vez. —¿Y por qué crees que te la regresó? —inquirió Lettys, asiéndose al brazo de Fernando que sostenía el ámbar. —Dime tú —le contestó, ya caminando al Mercado del Pueblo. Ella no le respondió y siguieron 183


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oyendo el ruido de los tacones de Lettys contra los adoquines del bulevar. Avanzaban uno junto al otro, sin sombras, con el susurro de la brisa; ella de negro de los pies a la cabeza y él con un sobretodo también negro. —Míralos. Se parecen a nosotros —reparó él, señalando a una pareja de cuervos que permanecía silente mientras pasaban por el último de los apamates desnudos. Los cuervos dejaron de hundir su pico en los yerbajos, a los pies del árbol, para contemplar a la pareja que pasaba frente a ellos. Lettys farfulló. Cuando estaban a punto de cruzar la avenida para entrar al Mercado del Pueblo, él se puso a imitarla. —¿Qué coño dices? —le preguntó ella, esbozando una sonrisa. —Que qué fue lo que me dijiste hace rato que... —Nada, chiquitico. Fue una tontería sobre los cuervos... sobre un collar con sus plumas. Cruzaron la avenida, demorándose en silencio en las chirimoyas que habían atisbado desde el bulevar. El vendedor, un hombre andrajoso y mellado, les preguntó si venían de un entierro. La pareja solo veía las chirimoyas. Chirimoyas era todo lo que había en esa frutería. —No me gusta cómo se ven. Vámonos —le dijo Lettys. —¿Tú crees, amor...? Me dijo que era vegetariano. Yo le pregunté que si le gustaba el faláfel y me dijo que no sabía qué era —le contó, apenas viendo las

mandarinas y las naranjas de los siguientes puestos—. Después le pregunté que si le gustaba la chirimoya y me dijo que tampoco sabía lo que era. Conversaban cabizbajos, tomados de las manos. —No entiendo por qué siempre se hacen los interesantes conmigo —se lamentó—. ¿Tú crees que yo soy negativo? —El hecho de que no sepa lo que es un esplín, no quiere decir que tú seas negativo —le respondió ella con un beso, mientras agitaba un par de maracuyás. —A ti te quedaría mucho mejor como una gargantilla —le sugirió él sacando el ámbar de su sobretodo. Sonó el teléfono y Fernando se dirigió al final del mercado, bajo un samán desnudo, a contestar la llamada. —Mi vida... Bueno, dasayuna tú solita —le informó Fernando, entregándole un billete—. Es que debo cubrir el puesto... Por eso me llamaron —y se despidió con un mordisco en los labios de Lettys—. ¡Aunque sea, déjame una! Cuando salió del Mercado del Pueblo, se percató de que solo había guardado su celular. El ámbar estaba en sus manos. Y ahora, detenido, deslizaba las yemas de sus dedos por la superficie traslúcida, como si fuese una guija. Después, con un movimiento rápido, lo lanzó hacia el apamate, causando el revuelo de los cuervos. A un par de cuadras, al introducir sus manos en los bolsillos, sacó el billete que le había dado a Lettys.

Gleiber Alvarez (Venezuela) Blog: aburileoblog.blogspot.com 184


NĂşmero 8

Asesinato en el Olympia Manuel

Serrano

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El Callejón de las Once Esquinas

Había un espectador dormido... HABÍA TERMINADO la sesión de las cinco de la tarde aquel frío día de enero de mil novecientos veintinueve. Esperaba en el vestíbulo del cine a que se despejara la sala después de haber encendido las luces. La gente salía subiéndose el cuello del abrigo a la luz de las farolas de la calle San Vicente. Los carteles anunciaban la sesión del día bajo las luces del Teatro Olympia. Juan acompañó a los últimos espectadores hasta la puerta de doble hoja y la cerró con llave. Movió sus cincuenta años con parsimonia hacia la sala. A su lado iba Jacinta, la mujer de los lavabos, que se encargaba de limpiar las butacas, los suelos y los aseos, terminada la sesión. —Voy a dar una vuelta por los baños, a ver la mierda que han dejado esos guarros —dijo ella. —Te veo después, en la sala. Jacinta traspasó las cortinas y desapareció hacia el cuarto de la limpieza. Juan empezó por detrás, como siempre. Su labor consistía en levantar los asientos de madera para que cualquier cosa que hubiera cayera al suelo y así lo recogieran después. Hacía un ruido muy particular, como el de cerrar las puertas, con cada asiento. Los llevaba hacía arriba y los soltaba. Sonaba como una sinfonía de tambores. Empezaba por el extremo izquierdo y terminaba por el derecho para comenzar desde la derecha la siguiente fila. Le costaba unos cinco minutos levantar las treinta filas de asientos. Aquella tarde no tenía pintas de que fuera diferente. Hacía su tarea sin levantar la vista de 186

sus propios pies. Cuando llevaba más de media sala se dio cuenta de que había un espectador dormido con la cabeza echada sobre su parte derecha en una de las butacas de delante. Se acercó a él por detrás y le llamó: —Señor, señor. Pero el señor no se inmutó. Odiaba tocar a la gente. Incluso llevaba los guantes blancos para evitar el contacto. Lo zarandeó y entonces vio que el hombre llevaba un prendedor de pelo que le salía del oído derecho. Dio un respingo y se echó las manos a la boca. —¡La madre que me parió! —dijo cuando pudo dominarse. No era la primera vez que el bueno de Juan veía un muerto en la sala. Pero muerto, no matado. A las voces acudió Jacinta moviendo sus enormes caderas. —¿Está muerto? —preguntó cuando estuvo a su lado. —Tieso como un palo —le contestó—. Hay que llamar al jefe y a la policía. Al momento se presentó don Mariano con su impecable traje de tres piezas sudando sus kilos pese al frío de aquella tarde. —¿Dónde está? —dijo nada más entrar en el vestíbulo. —Dentro, don Mariano. —Ya. Me lo imagino. No va a estar en medio de la calle. Pasaron a la sala y le enseñaron dónde estaba aquel pobre hombre. —Lo que nos faltaba. Ahora habrá que suspender la sesión y no sé cuántas más. ¿Habéis llamado a la policía?


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No, don Mariano. Estábamos esperándole a usted —le contestó Carmelo, el chaval que llevaba la venta de refrescos. —Está bien. Así se hace. Don Mariano llamó a la policía, que se presentó al cabo de poco rato. Se presentó un hombre esquelético, calvo, que olía a brandy barato y con un cigarro que le bailaba en los labios. —Soy el inspector Sancho. Estoy encargado de este caso —dijo presentándose ante el dueño del cine. —¿Quién lo ha encontrado? —Yo, inspector —contestó Juan alzando la mano. —¿Has tocado algo? —No, solo lo zarandeé un poco. El inspector Sancho entró en la sala seguido de un policía vestido de uniforme. Otro más se quedó en la puerta para que nadie entrara. Llegó hasta el difunto y comprobó que estaba realmente muerto. Frío. Rebuscó por los bolsillos y encontró su cartera. Tenía el carnet de identidad y una tarjeta de visita. Doctor Agustín Forner. Médico Traumatólogo. Hospital General de Valencia. Ya tenía la identidad del fallecido. Llamó al Juzgado de Guardia para que se procediera al levantamiento del cadáver. Tendrían que esperar al Juez de Guardia y a los del retén. Después habría que aguardar a que se le hiciera la autopsia. Tomó declaración a todos los trabajadores del cine. Nadie había visto nada. Nadie recordaba nada raro. Además no habían podido ver al muerto porque lo sacaron tapado con una sábana encima de la camilla y no sabían quién era. Se suspendieron todas las sesiones hasta que la policía obtuvo sus pruebas. El suceso salió en la prensa y al día siguiente acudieron muy pocos espectadores.

Los cuatro empleados del cine cumplían su obligación como siempre pero el ambiente estaba enrarecido. No en balde había muerto un hombre en su cine. Don Mariano bajó las entradas para ciertas sesiones con el fin de que se fuera animando la demanda pero ni aun así consiguió que se llenara como antes. Un mes después, lo sucedido en el cine había perdido la facultad de ser novedad y empezó a recobrar sus espectadores de siempre. Mientras tanto el inspector Sancho había hecho ciertas indagaciones sobre el fallecido. Además del nombre, apellido, dirección y centro de trabajo, sabía que había tenido una amante. Se enteró por medio de los chismorreos de una de las enfermeras del hospital. Incluso tenía el nombre de su amante: Laura Ferrer, una auxiliar de la planta de trauma. —Señorita Ferrer, ¿puedo hablar con usted? —Era hermosa, esbelta y con una cara angelical. —Por supuesto —contestó en cuanto se repuso. —¿Hay alguna salita donde podamos hablar con tranquilidad? Laura Ferrer lo condujo a la sala de descanso del personal no médico. —¿Conocía usted al Dr. Forner? —Trabajaba con él. —No me refiero en ese sentido. Me refiero a si lo conocía usted de manera íntima. —No, señor —mintió poniéndose colorada. —No me mienta. Sabemos que usted era su amante. Laura escondió la cara entre las manos y se puso a llorar. —Hemos sido amantes. Iba a dejar a su mujer y sus hijos para irnos a vivir a Zaragoza. El inspector la interrogó en profundidad y fue tomando notas. 187


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—¿Dónde estuvo el día que murió el doctor? —¿Qué día fue? —El cuatro de enero. —Esos días estaba de permiso y fui a cuidar a mi tía Enriqueta a Sagunto, desde el dos hasta Reyes. —Lo comprobaremos —dijo el inspector anotando la dirección de la tía que le dio la chica. Pasaron quince días hasta que el inspector reunió todos los datos. Efectivamente, había estado con la tía los días que le dijo. No había salido sola en ningún momento. Volvía a estar en un punto muerto de la investigación. Sobre su mesa tenía la fotografía del muerto y el prendedor que le clavaron en el oído. Tenía la víctima, el lugar, el arma, pero le faltaba el asesino, o la asesina. Después de hablar con Laura, interrogó a la mujer del médico. Ella le confirmó que su matrimonio pasaba por un mal momento y que aquellos días los pasó con su familia en Cullera. No sabía que su marido quisiera separarse de ella y dejar a las niñas. El concienzudo inspector comprobó aquella coartada. También era buena. Solo le quedaba la posibilidad de que hubiera sido un asesinato al azar. Pero su experiencia no le permitía quedarse con aquella solución. Pidió al fotógrafo de la comisaría que hiciera fotos a la amante, a la mujer y a cuantos pudieran estar en relación con el médico. Al mismo tiempo, en el cine, los empleados comentaban lo sucedido con el muerto. Esperaban que se acabara aquella película en la que eran actores involuntarios. Pasados casi dos meses acudió el inspector Sancho al cine. Era por la mañana y don Mariano los había llamado 188

para la reunión. Lo recibieron en el vestíbulo, alrededor de una mesa, todos a un lado y el policía en el otro. —Gracias por venir —agradeció el veterano inspector. —Estamos para colaborar —le contestó el empresario. —Les he hecho venir porque necesito comprobar con ustedes unas cuantas cosas. —Lo que necesite, inspector. Puso sobre la mesa la fotografía del médico, la de su mujer, la de Laura, la de algunos de sus colegas y algunas más que tenía por el despacho. Se las fueron pasando sin prisa. Las miraron con atención y entonces dijo Noelia, la taquillera: —Yo conozco a este señor. —¿Seguro? —Sí, ha venido muchas veces con una señorita. Y yo juraría que era esta —dijo señalando la foto de Laura. —¿Está usted segura? —Sí, señor. Estoy segura. —¿Se acuerda de algo más? ¿Algo de


Número 8

aquel día? —Pues ahora que lo dice, sí. Este señor —dijo señalando la foto del médico— compró dos entradas y dejó una en la taquilla para que la recogieran más tarde. —¿Entonces vino con alguien o esperaba a alguien? —Sí, pero no la recogió nadie. —Ahora me acuerdo —dijo Juan—. Esta chica y este hombre salían juntos y desaparecían hacia María Cristina. La dueña de la pensión de la esquina me dijo que acababan allí muchas tardes. Estas nuevas noticias hicieron que el inspector sospechara de nuevo de Laura. Si era ella a quien esperaba, ¿cómo es que no había ido? Si ella no era la asesina —seguro, tenía coartada— entonces, ¿quién había asesinado al amante? El inspector Sancho puso un dispositivo de seguimiento a la amante. Durante quince días, el guardia Antúnez fue la sombra de la muchacha. La seguía cuando salía del hospital. Fuera donde fuera. Un día se acercó al Teatro Olympia en compañía de un mozo bien parecido. No iban cogidos de la mano, por lo que intuyó que no eran novios. Entraron en el cine y salieron al terminar la función. En la calle se separaron con un casto beso en la mejilla y cada uno se fue por un lado. El guardia Antúnez siguió al desconocido. En los alrededores de la Estación del Norte, la estación churra, entró en una de las pensiones de viajeros en tránsito. Lo siguió hasta el portal. Cuando pensó que ya no estaría por allí, llamó a la puerta. La mujer de la pensión le abrió gritando que aquellas no eran horas. Rápidamente cayó en el silencio, en cuanto el policía le enseñó su placa tras la solapa. La interrogó sobre el muchacho que acababa de entrar. La mujer fue a por el

libro de registro y señaló con el dedo: —Este es —dijo dejando ante la vista del policía aquel nombre. Antúnez tomo nota del nombre y salió dando las gracias a la dueña. Al día siguiente cuando llegó el comisario le tenía preparado el nombre del desconocido: Lorenzo Ferrer. Laura no le había dicho que tenía un hermano en Valencia. Cada vez parecía más claro que ella era la asesina. Pero no podía probarlo. Sin más miramientos mandó buscar al muchacho. Lo metieron en la sala de interrogatorios. El comisario empezó con su rutina. El muchacho, un aragonés de pura cepa, con un fortísimo acento, que hablaba cantando, contestó de manera coherente a todo… Cuando el inspector vio que llegaba a un punto muerto lo dejó marchar, pero lo hizo seguir. El seguimiento cambió de nombre pero no de apellido. En este caso mandó al guardia Gámez, el mismo que había estado cuando se descubrió el cadáver. Durante casi un mes la rutina de aquel mozo no pasaba de ir a trabajar en una agencia de mudanzas, subir pesados bultos, beber cuatro vinos, salir con alguna criadilla y poco más. Pasado otro mes, Lorenzo Ferrer se encaminó solo al Teatro Olympia. Era otra de sus rutinas. Gámez se pegaba a él. Estaba en la misma cola mientras esperaban el turno para las entradas. Iba a ser un día como otro cualquiera pero… —¡Hola, mañico! —le dijo una chica guapa y bien plantada—. ¿No te acuerdas de mí? —¡Sí, eres la Andrea! —se acordó de repente. —¡Cuánto tiempo sin verte! ¿Dónde has estado? —Trabajando. —¿Te acuerdas del frío que hacía el 189


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día que nos vimos? —Sí. Hasta había nevado. Y lo pasamos de maravilla, ¿verdad? —Pues claro. ¿Lo podíamos repetir hoy mismo? —No sé, no sé, pillín, la otra vez me robaste lo del pelo y no me lo has devuelto. —No te preocupes, te regalaré otro más bonito. Gámez tenía bastante con lo que había oído: día de invierno, nieve, prendedor del pelo… aun así, esperó a que saliera y siguió a la muchacha. Entró en una casa de la calle de la Paz. Tomó el número. En la comisaría se lo contó al inspector. Ahora ya había más que indicios para ir a por él. Gámez, Antúnez y dos policías más se presentaron en esa casa. La sirvienta que abrió la puerta se quedó pasmada ante tanto policía. Antúnez dio la descripción de la muchacha y del cuarto de la plancha salió un ser asustado que acompañó a los policías hasta la comisaría. Entre sollozos, hipos, lágrimas y mocos fue contando lo que había sucedido aquel día en el cine. Se excusó por «haber hecho cosas feas» con el mañico, pero no sabía nada de un muerto. No había visto nada. El inspector preguntó por el tema del prendedor. —No era más que una horquilla larga con la que me sujetaba el pelo. Normal y corriente —dijo ella. —¿Es esta? —le preguntó el inspector Sancho enseñándole la foto del arma del crimen. —Sí —dijo ella—. ¿Cómo la han encontrado? —Eso no importa —le cortó seco—. Lo que importa es que usted la identifique. ¿Puede usted darme alguna seña 190

particular de este artilugio? —Sí. Le faltan dos perlas en la parte de arriba, donde tiene la flor esa de plata. El inspector mandó a por la prueba ya que no se veía ese detalle en la fotografía. Cuando abrieron el sobre cayó el prendedor y en efecto le faltaban dos perlas a la flor. Sin duda era el suyo. Ya tenía al asesino. Cuatro policías de uniforme se presentaron en la agencia de mudanzas y se lo llevaron detenido. Ya en la comisaría y con todos los hilos trenzados empezaron a interrogarlo. Más que interrogarlo lo asediaron a preguntas durante más de quince horas. Los tres policías que habían intervenido, Gámez, Antúnez y el propio comisario Sancho, se fueron turnando para hacer que aquella roca de muchacho se derrumbara. No parecía que nada le afectara. Ni las súplicas, ni que estuviera sin dormir todo el tiempo, ni que se hubiera meado encima… Nada. El inspector Sancho cambió de táctica. Si con él no podían, atacaría directamente a su hermana. —Trae a la chica. Los pondremos juntos y a ver qué pasa. Dio en la diana. En cuanto estuvieron juntos, le dijeron que su hermana estaba detenida y que le iban a dar garrote vil por asesina. Entonces se rompió. No podía consentir que culparan a su hermana por algo que no había hecho. —Se lo contaré todo. Pero deje libre a mi hermana. Ella no sabe nada de lo que pasó. —Cuéntamelo todo y después veremos qué hago. —Me lo tiene que prometer. —Si ella no sabía nada, no te preocupes que quedará libre.


Número 8

—Está bien. Se lo contaré todo. Mi le ha pasado lo que le ha pasado. —Pero ella dice que usted se iba a ir con hermana vino al pueblo. —Lorenzo, vente a Valencia que tengo un problema gordo. —¿Cómo de gordo? —Cada día más. —No me digas que estás preñada. —Sí. Y el padre no quiere saber nada. Al principio decía que sí, que se separaría de la mujer y nos marcharíamos juntos, pero ahora dice que no. —Iré y hablaré con él. A ver qué pasa.

Y llegué a Valencia. Unos familiares me encontraron faena en las mudanzas. Un día me lo encaré a la salida del hospital. —¿Qué dices, churro? —Que soy el hermano de Laura y quiero saber cuáles son sus intenciones. —Déjame en paz. Tu hermana se dejó y

ella… —¡Qué más quisiera ella! Lárgate o llamo a un guardia.

Luego le dije a mi hermana que quedara con él en el cine, tal día a tal hora. Yo estaba detrás del médico aquel de mierda cuando pidió los asientos y pedí justo los de detrás. La taquillera me los dio sin decir nada y me dispuse a esperar el momento de matarlo. Le juro que no sabía cómo iba a hacerlo pero la suerte hizo que apareciera aquella muchacha, la Andrea, que además llevaba el prendedor y se me ocurrió: se lo clavaría por la oreja. Cuando se descubrió toda la trama, el periódico Las Provincias sacó una portada que todavía hoy, noventa años después, puede verse en un cuadro a la entrada del cine.

Manuel Serrano (España) Blog: raniamvlc.blogspot.com.es

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El Callejón de las Once Esquinas

CAMINO DE LAS TORRES LOS LIBROS Y LA NOCHE Andrés Galindo No niego que usted sea un buen lector. No niegue que yo pueda ser un buen libro. El autor, seguro, nos negará a los dos.

¿Cuántas veces te has preguntado qué esconde la noche? El escritor mexicano Andrés Galindo nos propone en Los libros y la noche una recopilación de minificciones surgidas en la madrugada de sus desvelos. Sombras, fantasmas, culpas, nos retan y traspasan las páginas de esta obra breve, pero intensa en imaginación y zozobra. Los libros iluminan esa oscuridad que rodea el pavor del alma para llevarnos hacia… ¿el sol?, ¿el infierno? No importa, una sombra pálida seguirá recorriendo la habitación. «No dejes que me duerma».

La Tinta del Silencio (2017)

¿Hay salvación? No la hubo para Alfonsina, colgada de sus alas de cera, ni para el hidalgo que prefirió vivir exiliado de la cordura. El mal acecha en la penumbra de los sueños. Tal vez no somos más que seres salvajes de corazón y todo se reduzca a la búsqueda del amor, a la eterna pugna por vencer sobre nuestro miedo antes de que una sombra llame a la puerta y apriete el gatillo. «Otro día, otro mes, otro año, lo intentaremos una vez más».

Buenas noches, como diría un poeta ciego argentino que soñaba con molinos de viento mientras se refugiaba en los libros y la noche. ¿O lo dijo Andrés? 192


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El autor fotografiado por la artista Flor Galván.

JUSTO POR PECADOR «¡No dejes que me muera, papá, no dejes que me muera!», me gritaba mi hijo, apretando mi mano con sus deditos; a mí, que había dado muerte a tantos.

EN PEQUEÑAS DOSIS Hace unos días —o semanas o meses o años— alguien me preguntó que por qué hablaba tanto sobre la muerte. Cada mañana me digo «la siguiente noche sí dormiré». Al caer la noche me acuesto y cierro los ojos, trato de dormir. Entonces una palabra me martillea la cabeza o un caos de luces y sombras me abre los ojos. Me incorporo, abandono la cama y escribo y disparo y escribo y disparo… Y así, de a poco, voy muriendo lentamente. La siguiente noche sí dormiré. 193


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Fecha publicaciรณn Marzo 2019

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El Callejón de las Once Esquinas #8  

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