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EL CALLEJÓN DE LAS ONCE ESQUINAS Número 2

Junio 2017


EL CALLEJÓN DE LAS ONCE ESQUINAS Revista de letras agitadas por el cierzo Número 2 ­ Junio 2017

EDITA El Callejón de las Once Esquinas Zaragoza (España) ISSN 2530­481X COORDINACIÓN Patricia Richmond FOTOGRAFÍAS DEL CALLEJÓN Esparvero Imágenes: excepto mención en contrario, de bancos libres de derechos (Pixabay,

PORTADA "Ups..." AUTOR

Jaime Sanjuán Ocabo Web: http://www.jaimesanjuanart.com Facebook: jaime.sanjuan.art La ilustración se ha reproducido con permiso del autor.

PhotoPin, Wikimedia). CONTACTO 11esquinas@gmail.com Blog: callejon11esquinas.blogspot.com.es Twitter: @11Esquinas Facebook: www.facebook.com/11Esquinas Todos los relatos son propiedad de sus autores.

“El Callejón de las Once Esquinas” se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución­NoComercial­ SinDerivadas 4.0 Internacional


CONTENIDOS Plaza Aragón.................... 4 Patricia Esteban Erlés Calle Predicadores............. 7 Luisa Horno Delgado Raúl Garcés Redondo Patricia Richmond Marcos Callau Belén Gonzalvo Val Esparvero Laura Vicente Remiro Cristina Aguas Marco

Glorieta de Cunchillos...... 30 Lebesgue Arol Figueroa José Luis Gómez Ledesma Raúl Garcés Redondo Luis Antonio Beauxis Cónsul Ignacio Fajardo Portera Pardalde#canalera Araceli Cucalón Cases

Paseo Ruiseñores............. 39 Luis J. Goróstegui Ubierna Iván Rincón Espríu Luisa Hurtado González Plácido Romero Héctor Daniel Olivera Campos Enrique Mochón Romera Manuela Vicente Fernández Ángel Saiz Mora Marta Castaño González Leire Frex Rafa Olivares Giancarlo Ubillús Celi Gloria Arcos Lado Raúl Martín Rivera Malu Pablo Núñez María Jesús Briones Arreba Juana Mª Igarreta Egúzquiza Enrique Angulo Moya José Antonio Barrionuevo Miguel Ibáñez María José Viz Blanco Mari Carme Marí

Calle Asalto.................... 100 Pilar Zaragoza Fernández

Camino de las Torres...... 102

Gracias...

No tenemos otra palabra para darte la bienvenida a este nuevo número de El Callejón de las Once Esquinas. Gracias a todos los lectores que nos han puesto la piel de gallina con los mi­ les de accesos y descargas que tuvo nuestra primera propuesta. Gracias a todos los amigos que nos ayudaron a difundir la revista. Gracias a todas las personas que nos han animado a seguir compartiendo la ilusión de una afición, la mágica aven­ tura de escribir historias. Gracias emocionadas a todos los au­ tores que nos han inundado con relatos de todos los estilos y géneros para dar forma a este segundo número. Y gracias de corazón a los cuatro im­ portantes zaragozanos que se han deja­ do enredar por las esquinas de este humilde Callejón: Jaime Sanjuán, artis­ ta internacional que nos ha regalado la portada; Patricia Esteban Erlés, pala­ bras mayores en nuestra firma invitada; Pilar Zaragoza, Vicerrectora de la uni­ versidad de nuestra ciudad que aceptó sin titubear nuestro asalto; y Luisa Hor­ no, valiente escritora, protagonista de nuestro rincón de autoedición. También un agradecimiento muy es­ pecial para Adrián Sánchez, impulsor de los concursos literarios convocados por Cunchillos y que ha confiado en el Ca­ llejón para publicar los textos ganado­ res y finalistas de este año. Para ellos hemos añadido la sección Glorieta de Cunchillos, donde os aguarda una sor­ presa: la inclusión de dos relatos en aragonés, la preciosa y poco conocida lengua de nuestra tierra. Aquí tienes el segundo número de El Callejón de las Once Esquinas: lee, comparte y escribe… la tercera convo­ catoria ya está en marcha.

Luisa Horno Delgado 3


El Callejón de las Once Esquinas

PLAZA ARAGÓN FIRMA INVITADA

Fotografía de Daniel Mordzinski

PATRICIA ESTEBAN ERLÉS Patricia, licenciada en Filología Hispánica por la Universidad de Zaragoza, ciu­ dad en la que nació y en la que trabaja como profesora de Lengua y Literatura en un instituto de educación secundaria, es una de las máximas figuras del cuento fantástico contemporáneo. Su maestría para describir lo que esconde el lado más perturbador de la vida queda reflejada en sus libros de relatos: Manderley en venta (PUZ/Tropo Edi­ tores, 2008), por el que obtuvo el Premio de Narración Breve de la Universidad de Zaragoza en 2007 y fue seleccionado en el V premio Setenil como uno de los diez mejores libros de relatos editados en España en el año 2008; Abierto para fantoches (DPZ, 2008), que ganó el XXII Premio de Narrativa Santa Isa­ bel de Aragón, Reina de Portugal; Azul ruso (Páginas de Espuma, 2010), que también estuvo seleccionado como uno de los candidatos al premio Setenil; y el libro de microcuentos Casa de Muñecas (Páginas de Espuma, 2012), ilustra­ do por Sara Morante. Muchos de sus cuentos han sido incluidos en antologías de relatos de edito­ riales nacionales e internacionales: Vivo o muerto (Tropo Editores, 2008), Al fi­ nal del pasillo (Comuniter, 2009), Perturbaciones. Antología del relato fantástico español (Salto de Página, 2009), Resistencias 5. Antología del nuevo cuento español (Páginas de Espuma, 2010), Las mil caras del monstruo (Brac­ ket Cultura, 2012), Hablarán de nosotras (Los libros del gato negro, 2016), Madrid Negro (Siruela, 2016), Las otras. Antología de mujeres artificiales (Mc­ Nally Jackson Books, 2016). Actualmente es también columnista del diario Heraldo de Aragón y ha terminado de escribir su primera novela. 4


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PATRICIA ESTEBAN ERLÉS Érase una vez, un lector Sin él, quién sabe, quizás no habría descubierto en el momento justo la fiebre que da contar...

La semana pasada, en el curso de storyteller, teníamos que contar una historia en un par de minutos. Ese era el ejercicio. Ayudarte solo con la voz, las manos, los silencios, y construir un relato delante de un público. Y pensé que era el momento de contar la his­ toria que va al inicio de todas las que han venido después. Érase una vez, un lector. Todos los que escribimos hemos te­ nido, creo, un primer lector. Antes de saber que tus palabras podían publi­ carse, que llegaría el día en que tu nombre y un libro serían la misma co­ sa, apareció alguien que simplemente leyó. A mí me parece especialmente guapa la gente que lee. Me gusta mi­ rar lectores, verlos sumergidos en un libro, con los ojos cerrados de tan abiertos. Me gustaba pensar en él leyendo mis cartas. Todo lo que escribí cuando más enfadada estaba con el mundo se lo mandaba dentro de sobres que casi no podía cerrar, de tan abultados como eran. No he olvidado ese placer, el de saber justo que acababa de pasarme algo que quería que supiera, o el de sentarme con unas cuantas cuartillas delante y dos horas de tiempo para dejarme llevar. Los pequeños cuentos de cada día salían solos. Aprendí a mi­ rar el mundo a mi manera antes de él, pero sin saberlo al otro lado, sin ima­ ginarlo allí, tan lejos, buscando mis

cartas cada semana, abriendo los so­ bres para escucharme hablar de los bares que iban abriendo en Zaragoza, de mi canción favorita de los Beatles, del vestido negro que cada día veía en el mismo escaparate y que no podía comprarme, el vestido negro con cre­ malleras que un día simplemente de­ sapareció y que aún no he olvidado, seguramente no hubiera sabido rela­ tarlo así, tan libre y al mismo tiempo con un punto de destino claro. Sin él, quién sabe, quizás no habría descu­ bierto en el momento justo la fiebre que da contar. Esa fiebre de la que to­ davía no he conseguido curarme. Escribe, decía él, tienes que escribir. Esa es la orden más dulce que me han dado en la vida, la única que no he sa­ bido desobedecer. Llegué a pensar que escribir era simplemente eso, escribir­ le a él. Y lo hice mucho tiempo, incluso cuando la vida nos separó del todo y aparecieron otros que nos hicieron fe­ lices a su manera, tan distinta. Seguía leyéndome, decía, con una sonrisa, como si me escuchara. Yo le hablaba de mi primer perro, de aquel piso con fantasma trágico al que sus nuevos in­ quilinos preferíamos no escuchar ca­ minando por el pasillo. Sonreía mientras me burlaba contándole cómo lo imaginaba a él con veinte años más, inventándole un futuro que no llegó a existir. La historia de mi primer lector no 5


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acaba bien. Prefiero ahorrarme los de­ talles más tristes: aquella carta con una letra desconocida en el buzón, la explicación de su hermana, el acci­ dente. Pienso a menudo en la última carta que ya no pudo leer, en el men­ saje lanzado en una botella que se quedó flotando por el camino, en esa zona borrosa que separa la vida de la muerte. En el final torpemente trun­ cado de la novela que habíamos ido escribiendo a medias.

No sé muy bien cómo, pero logré contar todo lo que significó mi primer lector en dos minutos. Creo que pude hacerlo porque preferí pensar que en alguna parte él acababa de llegar a su casa de la calle Templarios después de un largo día de trabajo y dentro del buzón había encontrado el sobre arru­ gado, la carta perdida durante tanto tiempo por un imperdonable descuido del servicio postal. Al fin, me dije, la estaba leyendo.

Nuestro agradecimiento a Patricia Esteban Erlés por autorizarnos a publicar este relato.

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CALLE PREDICADORES

Letras que deambulan por las esquinas de Aragón

PASEANTES: Luisa Horno Delgado ­ "Cabeza vacía" Raúl Garcés Redondo ­ "Dos ríos" Patricia Richmond ­ "La sonrisa de la calavera"

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Marcos Callau ­ "Carroñeros"

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Belén Gonzalvo Val ­ "Libros y tacones"

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Esparvero ­ "El espacio intermedio" Laura Vicente Remiro ­ "La ciudad a nuestros pies" Cristina Aguas Marco ­ "Latido escandinavo"

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Cabeza vacía Luisa Horno Delgado Percibo que el chico me mira con curiosidad, pero me importa un bledo... Primer premio del IV concurso de relatos escritos por personas mayores, organizado por la Obra Social la Caixa y Radio Nacional de España (2012) Estoy empezando a desorientarme, a tener vacíos. Siempre he sido muy despistada, como casi toda mi familia, pero esto es otra cosa. Algo desapare­ ce dentro de mi cabeza de súbito, sin avisar. Luego vuelve y ya está. No ha­ go más que pensar en el dichoso alzhéimer. A veces me mareo, como si fuera a perder el equilibrio. Pero no me he llegado a caer. Puede que sean tonterías, aprensiones. Manías de mu­ jer de mediana edad con mucho tiem­ po libre. Desde luego no es estrés, como le encanta decir a todo el mun­ do. Veremos. Esta plaza tranquila y soleada me suena. Sus árboles diferentes, el mo­ numento a una mujer guerrera. ¿De qué la conozco? Me gusta. Escojo un banco cercano a la cabina telefónica. Por si tengo que hacer una llamada urgente. Nunca se sabe. He olvidado el móvil en alguna parte. No sé muy bien qué hago aquí, pero tampoco quiero ir a ningún otro lugar. Me derrumbo en el banco sin mirar a un chico de aspecto extranjero senta­ do en el otro extremo. No le digo ni hola y enciendo un cigarrillo. Con aire autosuficiente, saco de mi enorme bolso el cenicero portátil y lo coloco en el asiento, a mi lado. Percibo que el chico me mira con curiosidad, pero me importa un bledo. Aquí y ahora estoy sentada en un banco al sol, y punto. 8

Miro a mi vecino de asiento. Unos ojos francos, profundos, me observan con amabilidad bajo una onda de pelo oscuro. Apago el cigarrillo, tapo el ce­ nicero y le ofrezco el paquete abierto. Sonríe negando con la cabeza. Gra­ cias, no fumo, me dice con un acento que no puedo identificar. No parece árabe, ni europeo del norte. Desde luego no es chino, africano ni latino. Pero me resisto a pensar que sea es­ tadounidense por su atuendo sencillo, incluso elegante. Pantalón gris oscuro, camisa blanca, americana de tweed, zapato y calcetín negros. ¿Canadá?, le pregunto como una boba, articulando mucho. Vuelve a negar. ¿Australia?, sigo en mis trece. No, yo de Krypton, me contesta con bastante claridad. Otro que me quiere tomar el pelo. Pe­ ro no importa, acabo de decidir que este es el primer momento del resto de mi vida. Me giro hacia él cruzando las piernas y enciendo otro cigarrillo. No serás Superman..., le pregunto algo irónica. De nuevo una sonrisa estupenda. Sí, dice, soy Superman, ahora sin acento ninguno. ¿Y qué haces aquí? Espero por si alguien me necesita, contesta en voz baja. Sigo mirándolo y el ciga­ rrillo me abrasa los dedos. Doy un pe­ queño grito, lo tiro y me acerco la mano a la boca. Él dice Disculpa, me coge por la muñeca y roza mis dedos con suavidad. El escozor desaparece.


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Bueno, tampoco me había quemado mucho. Para no perder el control de la situación, sigo preguntándole: Enton­ ces te llamarás Clark Kent, aquí en la Tierra. Me mira como con reconoci­ miento. Clark Kent, sí. Y eres perio­ dista. Ríe abiertamente: Eso fue hace tiempo, al principio. Los árboles de la plaza han empeza­ do a moverse, las hojas susurran en­ tre ellas. Se está levantando viento. Él se sube las solapas de la chaqueta y continúa, más serio: El Sunday Planet ya no existe, Lois tampoco. Me sale la vena cruel: Pues tú estás de lo más lozano; si fueras Clark Kent ya tendrías que estar muerto o casi. Me mira como por primera vez: Pero tú no sabes, los superhéroes... Ahora río yo: Sí, lo sé, pero vamos... Me re­ muevo incómoda, de pronto el banco es duro y estrecho. La verdad es que no sé qué hacer, si seguir con la bro­ ma o marcharme a casa ahora mismo. Dice No te vayas aún y me quedo quieta, estupefacta. Vuelve a sonreír: Seguro que te podré demostrar que soy Superman. No sé qué decir. Me quedo callada, pero él no parece sen­ tirse molesto. Tan normal, tan guapo, con la oscura onda sobre la frente, las solapas alzadas, las manos en los bol­ sillos, largas piernas estiradas, pies cruzados. Me fijo en los impecables mocasines de piel negra. Pienso que Superman no llevaría esos zapatos. Me mira de reojo: Los he comprado esta mañana en Independencia, musi­ ta. El interior de mi cabeza comienza a girar. Casi desesperada, se me ocu­ rre que a lo mejor Superman puede curar enfermedades (si los vacíos de mi cabeza son una enfermedad). No creo que se moleste si le pregunto. Mira que si me cura... Y ahora es mi

corazón el que galopa. Sigue haciendo viento, pero no es desagradable. El sol calienta con sua­ vidad. La plaza no está muy concurri­ da, aún no han salido los niños del colegio. Me acelero de nuevo: van a llegar los niños. ¿Lo conocerán cuando lo vean? Con lo listos que son, sabrán que es Superman. Imagino una esce­ na maravillosa, muchos niños boquia­ biertos rodeando nuestro banco. En ese momento, tras los edificios de en­ frente se oye un gran estallido, y se­ gundos después el alboroto de sirenas. Antes de que me quiera dar cuenta, mi nuevo amigo se ha incorporado y ha corrido a la cabina telefónica. Se mete en ella y cierra la puerta. ¿A quién llamará?, pienso tontamente. ¿A quién conocerá Superman en Zara­ goza?, ¿quién sabrá su verdadera identidad? Yo, descubro con un orgullo nuevo. Me conoce a mí. Y despacio, como a oleadas, me va invadiendo la ilusión. La ilusión perdida. Al cabo de un rato, me levanto y me acerco a la cabina. Tras los anuncios pegados a los cristales, parece vacía. Abro la puerta. Sí, está vacía. Pero yo lo he visto entrar. Yo he hablado con él. Yo... A punto de volver el terrible vértigo, me apoyo sobre el teléfono. Intento cerrar los ojos y descubro en el suelo un reluciente mocasín de cue­ ro negro. Lo levanto con cuidado y lo introduzco en mi bolso enorme. Ya muy tranquila me dirijo hacia mi casa. Ahora recuerdo perfectamente el ca­ mino.

Luisa Horno Delgado (Zaragoza) Blog: ludovicahd.blogspot.com.es

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Dos ríos Raúl Garcés Redondo

«Quiero a la tierra amarilla Que baña el Ebro lodoso: Quiero el Pilar azuloso De Lanuza y de Padilla.» José Martí Óleo de Esteban Valderrama que representa la muerte de José Martí en Dos Ríos.

Como cada mañana antes de dirigir­ se a la fábrica se entrega a un copioso desayuno mientras ojea el periódico. Un día más la Guerra de Cuba ocupa la primera página. Entre el mar de pa­ labras impresas, destaca el retrato de uno de los cabecillas cubanos fallecido en combate. Le cuesta reconocer en aquel hombre de poblado bigote al jo­ ven tímido y educado que conociera años atrás en los palcos del Principal y con el que compartiera tantas tardes de animadas charlas y chocolate con

picatostes. Dobla con delicadeza el diario y su mirada se pierde en el ventanal al otro lado del cual Zarago­ za se despereza. Por un momento pa­ reciera que una lágrima fuera a asomar de sus ojos vidriosos pero al­ guien de su posición no debe sucum­ bir a tales sentimentalismos. Al fin y al cabo, cuando todo acabe y cese la llegada de azúcar de Ultramar, la Azu­ carera incrementará los beneficios como nunca antes había podido imaginar.

Raúl Garcés Redondo (Zaragoza) Blog: www.desdesoria.es/tieneunminuto

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La sonrisa de la calavera Patricia Richmond Se instaló en otra dimensión, fatal y desesperada, y se olvidó de nosotros.... I La desaparición de nuestro padre fue algo inesperado e inexplicable. Una tarde no volvió a casa después de trabajar. Hicimos los deberes sin él, jugamos sin él, cenamos sin él y nos fuimos a dormir sin que nos diera las buenas noches. Mi madre había estado llamando inútilmente a la tienda; por la noche, en cuanto nos acostamos, salió a bus­ carle. Esperamos despiertos su regre­ so, pero volvió sola. De madrugada llamó al abuelo. Vino enseguida y oímos que hablaba de la policía y que mamá le decía que había que esperar, que tenía que haber una explicación y que volvería por la mañana. Amaneció y papá seguía sin apare­ cer. Nos mandaron al colegio, pero no fuimos capaces de llegar. Cogidos de la mano dimos la vuelta y nos dirigi­ mos a la tienda. “La sonrisa de la ca­ lavera” estaba cerrada. A través del escaparate no se veía nada extraño ni fuera de lugar. Los cómics y las fotos de los tatuajes seguían en su sitio. Llamamos a la puerta. Nada. Mi her­ mano dijo que teníamos que pregun­ tar por toda la calle y fuimos entrando en las otras tiendas, en las que nadie sabía dónde podía estar ni había visto nada raro. En el bar de Nicolás tam­ poco pudieron decirnos nada útil, sólo un viejo sentado en un rincón nos aseguró que él le había visto abrir el

local por la tarde, a la misma hora de siempre. Corrimos a casa para contarlo. La idea del accidente había caído ya so­ bre los mayores y nos aplastó. Mi ma­ dre había pasado la mañana llamando a los hospitales, pero no había nadie ingresado con su nombre ni que se pareciera a él y se negaba a admitir que le hubiera podido ocurrir algo ma­ lo. Se ha ido y volverá, se decía a sí misma, sin dirigirse a nosotros. El abuelo se enfadó, dijo que eso no era propio de su hijo y se fue a la policía para denunciar la desaparición. A los dos días vino un agente. II Mamá se encerró en el salón con el policía y la oímos hablar nerviosa y llorando. Después le acompañó al es­ tudio. Le explicó que nuestro padre era un artista y que era allí donde pin­ taba sus cuadros y dibujaba los có­ mics que publicaba con el pseudónimo de George Rêve. La tienda era un complemento que nos permitía vivir bien gracias a los ingresos de la venta de publicaciones extranjeras y a los tatuajes que él mismo diseñaba. El agente contempló los dibujos des­ perdigados por la mesa y observó los cuadros amontonados por toda la ha­ bitación. Al ver la guitarra preguntó si era músico. Ella le respondió que le gustaba componer, pero que no era un profesional. Entonces nos vio y 11


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preguntó si también éramos artistas. Sonreímos; papá siempre decía que habíamos heredado sus sensibilidades por separado. Eduardo tenía un don especial para la música y había apren­ dido a tocar la guitarra viendo cómo lo hacía él. A mí me gustaba pintar y co­ piaba sus dibujos, sentada a su lado, callada para no molestarle. De pronto, sin mirarnos directamen­ te, aseguró que teníamos que tener alguna idea de dónde estaba. ¡No! —gritamos los dos a la vez y le conta­ mos que no habíamos descubierto na­ da preguntando por el barrio. Se sorprendió y nos advirtió muy serio que no debíamos volver a hacerlo. Era muy peligroso que unos niños jugaran a ser detectives por su cuenta y acon­ sejó a mi madre que volviéramos en­ seguida al colegio. Pidió la llave del local y dijo que nos la devolvería cuando la policía científi­ ca hubiera terminado su trabajo. Tie­ nen que buscar pistas —nos susurró y nos guiñó un ojo como despedida. El abuelo vino por la tarde y estuvo de acuerdo en que todos teníamos que reanudar nuestras rutinas y dejar que la policía hiciera su trabajo. III Don Emilio, el director del colegio, nos recibió al día siguiente con un abrazo y pidió a nuestros compañeros que nos ayudaran para recuperar los días de clase que habíamos perdido. Eduardo se sentó en su sitio, entre los chicos, y yo ocupé mi pupitre en la fila de las chicas. Durante el recreo nos acribillaron a preguntas y escuché estupefacta có­ mo mi amiga Marta me explicaba la teoría de su padre. Que el nuestro nos había abandonado para vivir como lo que siempre había sido, un bohemio irresponsable. Esa idea giró en mi cabeza durante toda la mañana. Al volver a casa para comer se lo conté a mi hermano. A él 12

también le habían dicho cosas pareci­ das. —¡Papá no se ha ido! —exclamó en­ fadado—. Le ha pasado algo y vamos a descubrir el qué. Esta tarde, des­ pués de clase, volveremos a la tienda. Llegamos a casa y tuvimos que abrir con la llave que yo siempre llevaba en la mochila para una emergencia. Nos sorprendieron el silencio, el frío y la ausencia del olor a comida que nos recibía siempre al mediodía. Mamá estaba en el sofá, hecha un ovillo y dormida. Una botella vacía de tequila en el suelo delataba la causa de su sueño. Eduardo la zarandeó mientras yo cerraba la ventana. No pudimos despertarla y nos quedamos un rato mirándola. Estaba muy fría y muy pá­ lida. —¿Está muerta? —pregunté con un hilo de voz. —No, respira. Vamos a taparla con una manta. En la cocina no había nada prepara­ do y la nevera estaba casi vacía. Co­ mimos unas manzanas y nos calentamos un vaso de leche. Antes de volver al colegio le puse una almohada bajo la cabeza y le di un beso. Eduardo tiró la botella a la basura y nos fuimos en silencio. Siempre he pensado que fue en ese momento cuando dejamos de ser unos niños para siempre. Al acabar las clases nos cogimos de la mano y fuimos a la tienda. Estaba abierta y unos hombres estaban re­ volviendo y manchándolo todo con unos polvos blancos. El policía que había venido a casa estaba con ellos. —¡Hombre! ¡Si tenemos aquí a los gemelos detectives! —Somos mellizos —le aclaré muy digna. Nos explicó que estaban buscando huellas dactilares diferentes de las de papá. Si un delincuente había entrado y le había hecho algo, sabrían quién era y le detendrían. Eduardo le pre­


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guntó si habían encontrado sangre y él nos tranquilizó. Otro policía dijo que no había restos ni evidencias de nin­ guna agresión. Nos mandaron a casa. En la calle nos esperaba una mujer. —Sois los hijos del hippy, ¿verdad? Estábamos acostumbrados a que le llamaran así. Él nos decía que era por llevar el pelo largo y vivir feliz traba­ jando en lo que le gustaba. Era la portera de la casa de enfren­ te. Nos relató lo que había contado a la policía. Que había visto llegar, poco después de las cinco, a una mujer muy extraña. Llevaba una pamela que le tapaba la cara y le recogía el pelo, unas gafas oscuras muy grandes, un poncho largo de lana negra con bor­ dados de estrellas amarillas y panta­ lones ceñidos dentro de unas botas altas de mucho tacón. Había estado un rato mirando el escaparate y le pa­ reció que esperaba a que no pasara nadie por la calle para entrar. La lla­ maron por teléfono y tuvo que dejar un momento la portería. Estaba segu­ ra de que tuvo que irse en ese mo­ mento porque no apartó la vista de la tienda en toda la tarde y no la vio sa­ lir. Ni a nuestro padre. No le vio cerrar a las siete, como acostumbraba. Yo creo que se fueron juntos —dijo con un brillo en los ojos. Nos fuimos a casa. Mamá se había encerrado en su dormitorio y, a pesar de mis súplicas, no abrió la puerta. Se la oía llorar y nos gritó que la dejára­ mos tranquila. Eduardo dijo que teníamos que com­ prar comida y yo sabía dónde es­ condía dinero papá: en el estudio, dentro de uno de los botes de pince­ les. Saqué el sobre y cogimos algunos billetes. Al volver del supermercado encon­ tramos al abuelo en la escalera, es­ perándonos. Mamá seguía encerrada y tampoco había querido abrirle a él. Nos ayudó con los deberes, nos

obligó a estudiar y nos preparó la ce­ na. Intentó tranquilizarnos y nos pro­ metió que vendría todas las tardes hasta que se arreglaran las cosas. Ninguno de los dos mencionó la bote­ lla vacía. IV Pasó un mes. El mes en el que, des­ pués de haber perdido a papá, perdi­ mos también a nuestra madre. Se convirtió en un fantasma al que ape­ nas veíamos. Sólo salía de su habita­ ción por la noche, nos saludaba huraña, comía lo que le dejábamos preparado y salía para volver al ama­ necer dando traspiés. No había vuelto a beber en casa, pero lo hacía fuera. Su piel canela se volvió tan pálida que parecía transpa­ rentarle los huesos, de tan flaca que se había quedado. Intentábamos cui­ darla, pero no dejaba que nos acercá­ ramos a ella y respondía con bufidos e insultos a nuestras peticiones de que fuera al médico. Dicen que los niños saben adaptarse de forma natural a las adversidades. Eso fue lo que nos debió pasar porque nos habituamos a esa vida, como si fuera algo normal, aunque los dos ocultábamos a todos lo que pasaba. El abuelo ya no iba a preguntar a la comisaría. Habían abandonado el caso y la conclusión de la policía fue que Jorge Escartín había desaparecido por voluntad propia. De nada sirvieron las evidencias de que no se había llevado nada consigo, ni dinero, ni documen­ tos, ni el coche. La pista de la mujer misteriosa tam­ poco había revelado nada útil. La po­ licía sostenía que sólo podía ser una cliente. En aquella época no estaba bien visto que una mujer luciera ta­ tuajes y eran muchas las que iban a La sonrisa de la calavera a escondi­ das. Papá tenía fama de ser el mejor tatuador de la ciudad, por sus diseños y por su habilidad con las agujas. Sabíamos que señoras de la alta so­ 13


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ciedad y artistas le visitaban para que adornara su cuerpo en zonas ocultas a la vista con los hermosos dibujos que sólo él era capaz de grabar sobre la piel. Una y otra vez le pedíamos que nos contara la historia de cada uno de los tatuajes que cubrían sus propios bra­ zos. La mejor era la de la calavera que se había hecho en honor a mamá. Una gran flor en cada ojo, un corazón en la frente y estrellas de colores por toda la cara. Era una calavera mexicana, como ella. La conoció durante un viaje al desierto de Sonora. Era la encarga­ da de una taberna, justo en la fronte­ ra con Estados Unidos, y se enamoró de ella nada más verla. Decía que le había conquistado el corazón con su sangre fría, su fatalismo y su coraje. Fue ella la que le enseñó a apreciar la belleza escondida en aquellos paisajes donde la desesperanza hacía brotar cactus en la tierra agrietada y la luz de las estrellas, rebelde, mágica y re­ tadora, transformaba sus espinas en flores de intensos colores para de­ mostrar la fuerza del amor de los dio­ ses sobre sus criaturas desvalidas. Se casaron en el consulado y no habían pasado ni un día separados desde en­ tonces. Cuando nacimos nosotros se tatuó un dragón por Eduardo, para que fue­ ra valiente y no tuviera miedo de en­ frentarse al destino. Por mí se hizo un barco pirata, con la bandera desplega­ da a un viento que me llevaría a na­ vegar por donde yo quisiera para abordar las empresas más formida­ bles. Nosotros también queríamos llevar un dibujo suyo sobre la piel. Pero éra­ mos pequeños aún, decía, y prometió que el día que cumpliéramos dieciocho años nos tatuaría lo que quisiéramos. Teníamos mucho tiempo para pensar y elegir bien. Papá era el sol alrededor del que gi­ 14

raba nuestra familia. Mamá era como la luna, con fases más o menos comu­ nicativas, pero siempre pendiente de él. No tenía otros parientes, ni aquí ni en México, y, aunque no tenía un carácter cariñoso, para nosotros era el contrapunto sereno a las alegres locu­ ras de mi padre. Por eso no nos sorprendió su prime­ ra reacción ante su desaparición. Pero no volvió, se instaló en otra dimen­ sión, fatal y desesperada, y se olvidó de nosotros. Nos quedaba el abuelo y nos aferra­ mos a él para no caer en el pozo que se nos abrió en el corazón cuando fui­ mos entendiendo lo que significaba que papá hubiera podido irse volunta­ riamente en busca de otra existencia, de otra familia, tal vez. Porque quizás no habíamos sabido quererle y se había tenido que ir para encontrar el amor en casa de aquella misteriosa mujer del poncho de estrellas amari­ llas, como las del desierto. V Las autoridades nos negaron las pensiones de viudedad y de orfandad. No se había probado el fallecimiento y, por tanto, no teníamos derecho a percibirlas. El dinero del banco empezó a aca­ barse y era muy poco lo que recibía­ mos por los derechos de autor de los cómics. Los cuadros de papá empeza­ ron a desaparecer. Se los llevaba ella por la noche y los colocaba entre los amigos de profesión. Al ver cómo va­ ciaba el estudio, escondimos los cua­ dros y dibujos que más nos gustaban para que no los encontrara. Después le llegó el turno a la tienda. La traspasó a un chino al que apenas entendíamos. Vino una tarde con un abogado y firmaron los papeles de ce­ sión del negocio. Al día siguiente, al salir del colegio, fuimos a verle. Le pedimos permiso para llevarnos algunas cosas y accedió


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comprensivo. Eduardo descolgó el cuadro que daba nombre al local, La sonrisa de la calavera, el mismo dibu­ jo que papá lucía en el brazo izquier­ do. Yo cogí el álbum de los modelos, cuyas hojas tantas veces había con­ templando buscando el diseño que le pediría que me tatuara cuando fuera mayor. Cuando mamá vio lo que traíamos de la tienda se puso como loca. Nos gritó fuera de sí y nos arrebató nues­ tros tesoros, maldiciendo la memoria del hijo de puta que nos había aban­ donado. Yo me resistí a entregarle el álbum y me pegó. Jamás he podido olvidar esa bofetada. Una línea partió desde ese momento nuestra relación y comencé a odiarla. Corrió a su habitación. La cadena que llevaba al cuello ocultaba dentro de la camisa la llave del armario rope­ ro. Lo abrió y echó todo adentro. Nos advirtió que ese era el templo de sus recuerdos y que jamás debíamos en­ trar en su dormitorio sin su permiso. Aquella noche no pudimos dormir y ella no volvió al hacerse de día. La en­ contramos dormida sobre el rellano del segundo piso, encima de un char­ co de vómito. Pasamos a su lado sin mirarla y nos fuimos al colegio. El dinero del traspaso nos duró un tiempo. El abuelo nos ayudaba, pero no era suficiente. Eduardo encontró trabajo para repartir los pedidos de la frutería del barrio por las tardes y yo di clases de matemáticas, que se me daban bien, a algunos niños de nues­ tra calle. Mi hermano aprendió a ser feliz den­ tro de nuestro extraño mundo. Tenía el carácter extrovertido de papá y se empeñaba en mostrarme el lado posi­ tivo de nuestras desdichas. En cambio yo, más parecida a mi madre de lo que quería reconocer, me dejé llevar por la melancolía y la añoranza de la familia que habíamos perdido. La hacía a ella responsable por no haber

sabido conservar a su marido y no querer cuidar a sus hijos. Porque nosotros estábamos seguros de que papá no había muerto. Se­ guíamos sin comprender por qué se había marchado, totalmente seguros de que había iniciado una nueva exis­ tencia en otro lugar. Pudimos ahorrar un poco de dinero y compramos una ouija para convocar a su espíritu a través del tablero. Nunca obtuvimos respuesta y eso, por lo uni­ dos que habíamos estado a él, sólo podía significar que seguía vivo. Tampoco nos funcionó con el abuelo cuando murió unos meses después. Pero no nos sorprendió porque él había fallecido tranquilo, en el hospi­ tal, con nuestras manos apretando las suyas hasta el último momento. Nos lo habíamos dicho todo y no tenía que volver para contarnos nada. Un abogado nos llamó después del entierro. Nos leyó su testamento. Sólo le quedaba el piso y había dejado ins­ trucciones para que se vendiera y guardáramos el dinero para pagar nuestros estudios en la universidad. Gracias a él nos forjamos un futuro. Eduardo estudió ingeniería industrial con unas calificaciones tan brillantes que, antes de terminar, ya le contrató la mejor firma de la ciudad. Yo me matriculé en Bellas Artes, empeñada en seguir mi vocación y la estela de Jorge Escartín, el prometedor artista que había desaparecido de la faz de la tierra cuando se encontraba en el mo­ mento más interesante de su carrera. VI Las obligaciones de mi hermano nos separaron. Los constantes viajes a las obras que su empresa construía por todo el mundo redujeron nuestros en­ cuentros a algunos días al año, en ve­ rano y en Navidad. Yo me quedé en casa. Con el dinero que él me enviaba pude contratar a una mujer para que me ayudara con 15


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mamá. Paquita fue un regalo del cielo. Le advertí de la situación y no se asustó. Había trabajado con personas difíciles y sabía cómo tratarlas. Y así fue; mi madre la aceptó encantada de tener una sirvienta y ella supo seguir­ le el juego a la perfección. Eso me dejó la tranquilidad que ne­ cesitaba para instalarme en el estudio y emprender mi gran proyecto. Co­ mencé a escribir y a dibujar las histo­ rias que atesoraba en mi cabeza, las que me contaba mi padre antes de dormir y que, con el tiempo, mi fan­ tasía se había encargado de ampliar y engrandecer. A las serpientes del de­ sierto y los piratas, sus personajes fa­ voritos, se unieron hadas, príncipes invisibles y toda clase de personajes mágicos conviviendo en la realidad cotidiana de niños desgraciados que, gracias a ellos, encontraban el camino de los sueños. Cuando consideré que ya tenía ma­ terial para un libro, preparé un dossier y lo envié a una editorial. Me contes­ taron enseguida y me citaron para una entrevista. Me recibió una mujer encantadora que, ahora, es mi mejor amiga. Se habían quedado fascinados con mis cuentos y me hizo la propues­ ta de preparar una trilogía, para que algunos de los personajes continuaran su historia en otras aventuras. Me preguntó qué título me gustaría para la colección y, aunque no lo había pensado, sin dudar le dije que no podía ser otro que La sonrisa de la ca­ lavera. Le gustó por lo que evocaba y porque a los niños les entusiasmaría. Y así comenzó la edición de mi primer libro ilustrado. Fue un gran éxito. La crítica se des­ hizo en elogios hacia la nueva artista Lupe Escartín y el recuerdo de la de­ saparición de mi padre me envolvió en un velo de misterio que la editorial supo aprovechar. Mi libro gustó a niños y a mayores y, después de va­ rios meses en el primer puesto de las 16

listas de ventas, llegaron las peticio­ nes de compra de derechos para ser traducido a otros idiomas. Había comenzado a trabajar en el segundo volumen cuando me propu­ sieron hacer una gira promocional por México. A pesar de mis raíces nunca había sentido que perteneciera a ese país y me costó aceptar la invitación para conocer la tierra de mi madre. Me recibieron como a una heroína e incluso alabaron mi belleza azteca. Como le había pasado a mi padre, descubrí un lugar maravilloso y, por primera vez, me enorgullecí de ser parte de ese mundo. Cuando terminó la promoción pedí que me dejaran pa­ sar unos días de vacaciones a mi aire. Me advirtieron del peligro que podía correr una europea viajando sola por México, pero les mentí y dije a los or­ ganizadores que me esperaban algu­ nos parientes. Alquilé un todoterreno y me dirigí a Sonora. Me alejé de las rutas más transitadas y la primera noche acampé en medio del desierto, junto a una finca abandonada. La inmensidad del cielo nocturno me estremeció. Era tal como papá me lo había descrito tantas veces y sentí la fuerza de la luz de las estrellas sobre mí. No dormí en toda la noche; sentí la paz que me faltaba y me encontré conmigo misma, con la que quería y necesitaba ser. Como símbolo de mi renacimiento lancé una gran piedra a un pozo medio derruido, a la que até la tristeza de la que, en ese momento, decidí desprenderme para siempre. Me sorprendió el sonido del agua reci­ biendo mis penas y comprendí que el desierto me estaba susurrando qué dibujo debía tatuarme por fin. Por la mañana llegué a la frontera. Encontré un taller y pedí a un viejo desdentado que me tatuara una es­ trella de mar en el tobillo. Mientras le miraba trabajar sobre mi pierna es­ cruté los dibujos de sus brazos, pero


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no era mi padre. Aún así, cuando ter­ minó, le abracé como si hubiera sido él y me despedí de su recuerdo teñido de culpa. Ahora estaría siempre con­ migo, alegre y parlanchín, como era, contándome las historias de las estre­ llas que brillan incluso debajo del mar para guiar mis pasos. VII Al aterrizar en Madrid recibí una lla­ mada de Paquita. Mamá estaba ingre­ sada en el hospital y su estado era muy grave. La cirrosis había carcomi­ do por completo su hígado y los médi­ cos no tenían ninguna esperanza de que pudiera recuperarse. Eduardo estaba de camino desde China y, cuando llegó, ella ya había muerto. Sólo algunas vecinas y amigos muy íntimos nos acompañaron en el fune­ ral. En casa, solos, nos invadió una sensación extraña. Entramos juntos a su dormitorio, sin hablar, cogidos de la mano, como cuando éramos pe­ queños. Abrí la ventana que ella mantenía tapada con unos grandes cortinajes para impedir el paso del sol. La desolación y la suciedad nos hirieron los ojos, como si no hubieran estado allí siempre. Eduardo intentó abrir el armario de sus te­ soros, pero estaba ce­ rrado con llave. La buscamos por toda la habitación y no fuimos

capaces de encontrarla. Aparta —dijo, y, de una patada, partió la puerta. La arrancó de un tirón y nos queda­ mos atónitos al contemplar su conte­ nido. Sobre una especie de altar, el cuadro de La sonrisa de la calavera nos miraba como si hubiéramos vuelto a la tienda. El bulto sobre el que se sostenía estaba tapado por una manta negra. La cogí y, al extenderla, se me heló la sangre. La tiré aterrada. —¿Qué es esto? Los dos temblamos al ver sobre el suelo un poncho negro en el que grandes estrellas amarillas brillaban retándonos a comprender lo incom­ prensible. Eduardo cogió la caja que había aparecido bajo el cuadro. Era una urna funeraria pintada burdamen­ te con la misma calavera sonriente que había marcado nuestra vida. Una placa sobre la tapa tenía grabada la fecha de la desaparición de nuestro padre, 21 de enero de 1999. Estaba llena de cenizas. El grito que escapó de mi garganta nos desgarró a los dos y nos abraza­ mos llorando. Pero las lágrimas se fueron convirtiendo, de una en una, en risas que cicatriza­ ron en un instante las heridas abiertas du­ rante tantos años. Porque al fin sabíamos la verdad: papá no nos había abandona­ do. Durante todo ese tiempo había estado con nosotros, en casa.

Patricia Richmond (Zaragoza) Blog: patriciarichmond.blogspot.com Twitter: @PatriciaRichm_ Relato finalista en la XXVII edición del Premio Ana María Matute de Narrativa de Mujeres (Editorial Torremozas, 2015). 17


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Carroñeros

Marcos Callau

Pero ese día, una circunstancia especial creaba en mí una inminente desazón... Nunca había considerado tan sinies­ tro el propio automóvil. Su brillante "rojo estocolmo" bajo el radiante sol de enero, lejos de resultar más intere­ sante, deslucía el paisaje y la carretera secundaria por la que tran­ sitábamos, como un sarcófago de sangre, como un sórdido rastro visce­ ral. Mi gran amigo Ernesto, liberado hacía más de una década de la monó­ tona y gris vida laboral para entregar­ se definitivamente a los pequeños placeres de esta existencia y yo, me­ diada la treintena y sin ocupación fija, nos dirigíamos hacia una explanada apropiada y suficientemente oculta. El objetivo, como venía siendo ese últi­ mo año, «alimentar» nuestra obsesión alimentando de manera clandestina, de hecho de la única forma posible, a las aves necrófagas. La espera. La ciencia que pace. La paciencia de guantera. Vigilancia y observación. Voyeurs ornitológicos. Pero ese día, una circunstancia especial creaba en mí una inminente desazón. La carne despedazada que, habitualmente, transportábamos en el interior de un saco, en aquella ocasión había sido depositada directamente en el male­ tero, sobre un viejo cartón, único so­ porte disponible. El inestable firme de la carretera, los baches, las pronun­ ciadas curvas, instalaron un pegajoso olor a sangre en el interior del Volvo, lo que despertó mi preocupación y la sarcástica media sonrisa de Ernesto. No era su coche. Seleccionado el lugar, un campo la­ brado situado entre un bajo monte y la imperiosa peña Oroel, aparcamos 18

frente a él vehículo y esperanzas. Al abrir el maletero, el espectáculo era espeluznante, dantesco. Un amasijo de vísceras y sangre había cubierto toda la tapicería interior quedando el cartón inservible. Me apresuré a ex­ traer el contenido cárnico y distribuirlo sobre el sembrado, como Ernesto me había enseñado. Al regresar, mi cole­ ga ya con sus prismáticos, apoyado en el capó y vigilando el cielo: «Me gusta más cómo lo hace tu novia. Es obediente. Estoy adiestrando a algu­ nas chicas para crear un nuevo cuerpo de juventudes hitlerianas. Creo que ella daría la talla». «No sé cuándo ha­ blas en serio o en broma, Ernesto, pe­ ro hay ocasiones en que me gustaría propinarte un puntapié». La llegada del primer milano real interrumpió tan interesante conversación. Un segundo y un tercero se sumaron al instante junto a alguna corneja intrusa que, fácilmente, fue neutralizada por el ya quinteto de milvus. El señor cuervo fue más insistente logrando robar algún pedazo. «Felicita al carnicero en mi nombre. Hoy tenemos comida en abundancia», dijo Ernesto. La irrup­ ción inesperada de un automóvil todo­ terreno por aquella intransitada carretera interrumpió bruscamente el ya avanzado placer genésico que mi compañero y yo estábamos experi­ mentando. Ocultamos el trípode, los prismáticos y giramos ciento ochenta grados, como si el festín ornítico no fuera con nosotros. En el pasado, Er­ nesto ya había experimentado proble­ mas con la ley, absurda en todas estas minucias pero ciega en lo tras­


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cendental y no estaba dispuesto a volver a pasar el trance. Afortunada­ mente, el supuesto agricultor que conducía el cuatro por cuatro, pasó de largo. Al instante, ocurrió. Sin haber sido invitados, acudieron. Una espesa sombra negra peinó nuestras cabezas y las palabras de mi amigo, siempre acertadas, sentenciaron: «Ahora em­ piezan los problemas. Mira quién pide pista»: efectivamente, alas extendi­ das, pescuezo bajo, patas plegadas, dispuesto a tomar tierra, el sombrío y majestuoso buitre leonado expulsó a milanos, cuervos y cornejas que to­ davía revoloteaban entre la carne, pa­ ra instalarse mayestático en el centro del banquete. Sobre el primero, una bandada negra ensombreció el cielo. Era un hervidero, todos buitres, dis­ puestos a aterrizar sobre la todavía abundante carne. Un espectáculo. «Nos han visto desde el muladar de Oroel». Su envergadura, mayor que dos metros, su aspecto bestial, su fuerza, hacen del buitre una de las aves más impresionantes. En cues­ tión de minutos, con

una docena de ellos sobre el descam­ pado, la carne había desaparecido y con su ausencia, fueron levantando el vuelo, uno a uno, saciados. Aquello que se concibió como un festín para los milanos, había terminado siendo una peligrosa convención de buitres leonados, imposible de ocultar, en va­ rios kilómetros a la redonda. Afortu­ nadamente, nadie parecía haberse percatado. Ernesto y yo lo celebramos con alardes guturales y aquella expre­ sión jubilosa que ya había sido bauti­ zada como «la danza del carroñero». Habíamos disfrutado del ágape más que los buitres. Observando sin interrupción. Ya no hubo más todoterrenos intrusos. Satisfechos, contemplábamos la ahora inocente huerta, intentando recordar a las co­ losales aves. De repente y sin previo aviso, Ernesto inició una conversa­ ción que parecía escogida al azar: «¿Cómo anda el tema de tu veci­ na?

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¿Cuántos juicios llevas ya?». Mi amigo había sido informado puntualmente de los problemas vecinales que mi pareja y yo sufríamos con una solitaria octo­ genaria que, todas las noches y en mitad de la madrugada, comenzaba a gritar, insultar y golpear tuberías y paredes de manera tan alarmante y compulsiva, que anulaba cualquier po­ sibilidad de sueño o descanso. Una de esas inevitables consecuencias de la ferviente endogamia usual en el tenebroso paisanaje pirenaico. Las denuncias, más de veinte. Las conse­

cuencias, ninguna. «¿Continúa con sus gritos nocturnos?» —insistió—. Yo, observando la ausencia de carne en el terruño y recordando el incisivo pico del buitre, concluí: «Ya no gritará más». Ernesto me miró con sus ojos azules y apretó los labios mientras una sombra de preocupación elevó le­ vemente sus cejas. Rápidamente re­ compuso su habitual seriedad y observando de nuevo la planicie, dijo: «Habrá que retirar los huesos». Horas después, durante la discreta hoguera nocturna, nadie entonó un miserere.

Marcos Callau (Grisén ­ Zaragoza) Blog personal: altiempodetenido.blogspot.com.es Web personal: marcoscallau.tk

Canal de Youtube: www.youtube.com/channel/UCREasV7cO3IN7y9NQXu4u6w The Booksmovie: thebooksmovie.com/marcos­callau Twitter: @marcoscallau Facebook: marcos.callau

La fotografía de este relato es obra de Francesc Monsonís.

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Libros y tacones Belén Gonzalvo Val No era una gotera ni una ventana mal cerrada... Aquella tarde había un extraño si­ lencio en la biblioteca. Extraño por inusual y por inquietante, aunque Ana de esto no se dio cuenta hasta que oyó un ruido a su espalda. Era apenas perceptible y venía de la sección C, la del final del pasillo. Cerró los ojos pa­ ra centrarse en lo que escuchaba y tratar de identificarlo. No era una go­ tera ni una ventana mal cerrada. El ruido la llevó a recordar a su hermano pequeño metido en aquel baúl carco­ mido, su escondrijo favorito en casa de la abuela. Lo veía arañando la ma­ dera desde dentro, intentando hacer más grande un diminuto agujero co­ menzado por los voraces insectos. Volvía a recordar la sensación de aho­ go que le invadía cuando jugaba con él, entre las sábanas de aquella apo­ lillada estrechez. Le llamaban el ataúd mágico porque de él se podía salir. El sonido de un crujido seco le erizó la piel. Abrió los ojos y regresó del mundo de los muertos de juguete al frío húmedo que reinaba en la biblio­ teca. —¡Vaya! Ya se ha vuelto a estropear la calefacción. Estiró el brazo y comprobó, con es­ tupor, que el radiador ardía a la vez que caían pequeñas gotas de conden­ sación por la pantalla del ordenador. Le llamó la atención el tenebroso efecto que ejercía sobre la foto del salvapantallas oficial: una instantánea del ayuntamiento y la iglesia con la entrada de la biblioteca entre ellos. Se levantó, temerosa, para hablar

con los que estaban por las mesas, pero allí no había nadie. —Pero… ¿Cuándo se han ido todos? A ver si estoy dormida y esto es una pesadilla. Escuchó su propia voz muy lejana, al igual que las historias que le conta­ ron el primer día de trabajo, las que decían que andaban sobre un viejo cementerio cuyos muertos todavía permanecían allí, siguiendo sus pasos. Ahora sabía que no tenía que haber­ se reído de aquello, pero su mente ra­ cional la impulsó a buscar una explicación lógica a lo que estaba pa­ sando. Se acercó al rincón del que pro­ venían los ruidos, el más alejado de su mesa y en el que había colocado los libros con menos movimiento. Era la sección C, la de filosofía/psicología. Solo se escuchaba el taconeo de sus botas nuevas. Conforme entró, un libro cayó dán­ dole un golpe en la ceja. Lo recogió dolorida. Crónica de una muerte anunciada no debería estar allí ni tenía que haber dejado un hueco en­ tre Acerca de la muerte y El libro de los muertos. —¡Si es una broma, ya no tiene gra­ cia! Gritó con furia pero en realidad es­ taba aterrada. Una carcajada fantasmal la dejó pe­ trificada. Era apenas un rumor en el que distinguió su nombre. La llama­ ban. Casi podía ver cómo, en el suelo, la vibración de cada sonido agitaba la 21


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espesa niebla que comenzó a exten­ derse por todas partes. Ya no pudo ver dónde pisaba cuando todo tembló. Notó una grieta abrién­ dose a sus pies y el pánico la hizo co­ rrer hacia la puerta. Estaba cerrada, como las persianas. Parecía imposible, tenía que ser todo fruto de su imaginación. Pero las grie­ tas aumentaban de tamaño por toda la superficie. No podría escapar. Gritó histérica al sentir cómo algo, invisible a sus ojos, le agarraba la pierna. Los aspavientos que hizo para intentar li­ berarse dejaron al descubierto una mano huesuda, con restos de carne putrefacta y tendones desgarrados pegándose a su piel. Sola, helada y con el corazón latien­ do a mil por hora, supo que aquel li­ bro había sido lanzado como advertencia de lo que le esperaba. Decenas de manos salieron del suelo y la arrastraron hasta el origen de los ruidos. En su desesperación se fue agarrando a todo lo que podía, pero nada detuvo su camino a las profundi­ dades. Lo último que vio fueron las luces del techo un instante antes de que el mundo se cerrara sobre su cabeza, dejando solo un pequeño agujero por el que se atisbaba un pequeño punto de luz. Desesperada, comenzó a ras­

par con las uñas para hacerlo más grande. Su pensamiento final fue para su hermano, pero esta vez no estaba en su ataúd mágico. Los muertos, ultrajados en su entie­ rro, olvidados en el traslado del cam­ posanto por la negligencia de un capataz vago, se levantaron pidiendo venganza. No pudieron soportar más el taconeo impertinente de la bibliote­ caria que perturbaba su descanso. Cuando entraron los servicios de emergencias el espectáculo era caóti­ co. Estanterías caídas, mesas y sillas tumbadas, libros por los suelos y aquella mujer desplomada en una es­ quina con los ojos desorbitados y abrazada a un ejemplar de Las 5 per­ sonas que encontrarás en el cielo. Nadie pudo explicar los múltiples arañazos que tenía por todo el cuerpo, el destrozo en su botas ni qué había hecho para romperse las uñas. Por eso la autopsia concluía con un escue­ to ataque fulminante al corazón y múltiples lesiones, al parecer ocasio­ nadas en su agonía al arrastrarse por toda la biblioteca. Solo su compañera se dio cuenta del cambio en el salvapantallas del orde­ nador: la misma iglesia, los mismos árboles, aunque más pequeños y, en lugar de la biblioteca, la antigua reja que daba acceso al cementerio.

Belén Gonzalvo Val (La Puebla de Alfindén ­ Zaragoza)

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El espacio intermedio Esparvero Una historia se deslizaba por fin entre sus dedos... La casa era cómoda, pequeña y bo­ nita. Con un jardincito recogido, con su mesa de mármol bajo una buena sombra. Y mucho más barata que las de los alrededores. Era perfecta para su deseo de concentrarse a escribir su novela. La compró. Ya sólo necesitaba inspi­ ración, pues sus ahorros no durarían mucho. Su editor le había pagado bien, pero tenía que entregarle algo de vez en cuando para no abusar de su amistad. Escribía a pluma y sobre papel bue­ no, con elegante caligrafía. No tacha­ ba ni retocaba, después lo pasaba al ordenador, haciendo los cambios y co­ rrecciones. La frescura del original, tres veces más extenso que la novela final, le gustaba y a veces tenía que volver a recuperar ideas que se habían estropeado de tanto afinar y modificar. Papel, pluma, silencio, ambiente agradable e inspiración; una historia se deslizaba por fin entre sus dedos. Si había algo mejor en el mundo le gustaría probarlo. De repente su mirada se perdió difu­ sa en el seto y sintió que le espiaban. Miró, no vio nada y siguió trabajando. Al poco rato, otra vez. Ya estaba per­ diendo el hilo de lo que escribía. Puso un pisapapeles sobre las hojas, entró en la casa y subió hasta el minúsculo ático que tocaba el techo inclinado. Por la ventanita se veía la casa de los vecinos. La señora era muy indiscreta y, a veces, le observa­

ba a través del seto. No estaban en casa. No era ella. No soportaba esas cosas y además metido en su novela, que trataba de aparecidos, estaba muy tenso. Se quedó en casa para trabajar jun­ to a la ventana que daba al jardín, su sitio preferido. Escribió quizás una ho­ ra y de golpe, otra vez. Se fijó bien y ahora sí que descubrió en un árbol dos grandes ojos que le miraban. El búho, «su búho», mejor dicho. Estaba quieto de día, fijándose en todo, y ca­ zaba de noche. La zona estaba limpia de roedores y molestos bichitos gra­ cias a él. El árbol del jardín era suyo desde hacía muchos años. No sería él quien se lo discutiera. Al cabo de varios días de estupenda producción literaria lo notó de nuevo, una tarde mientras escribía en el jardín. El búho no estaba en su rama preferida y la sensación era más fuer­ te. La vecina estaba muy lejos, plan­ tando flores, y no miraba en su dirección. Fastidiado por su histeria se llevó to­ do a casa. Se acomodó en la mesa junto a la ventana, pero la sensación seguía. Cerró la ventana con malos modos y encendió la lámpara como si fuera de noche. Escribió una línea in­ tentando no pensar en los ojos que le taladraban el cogote y, algo asustado, se volvió. Ahí estaban los ojos, acompañados de una figura transparente y espec­ tral. Era una mujer alta, joven, de pe­ lo negro largo y liso con una cara 23


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hermosa y triste. Su aspecto no era amenazador, irradiaba serenidad y dignidad. Cuando su corazón decidió no caerse al suelo se dio cuenta de que no le causaba miedo. —Perdona —le dijo— quería comuni­ carme contigo sin asustarte. ¿Te inco­ moda mi presencia? —No —respondió maravillado— ¿Quién eres y qué quieres? —Busco ayuda. Te he escogido por­ que escribes sobre fantasmas. En tus libros hay errores muy grandes —le susurró riendo— pero es más bonito cómo nos describes tú. Los he leído todos. Ese que escribes ahora también y está mucho mejor. —Me dejas anonadado. Cuéntame cómo es el lugar en que estás, llevo años imaginándomelo. Pero, perdona mi impaciencia; lo primero de todo, ¿en qué te puedo ayudar? —Me llamo Shelina. Era la secretaria de vuestro viejo alcalde que murió ha­ ce poco. Fui dada por desaparecida. Esta era mi casa. Ahora estoy, como otros muchos, en una zona intermedia tras la muerte. No es un sitio para quedarse y necesito tu ayuda para partir hacia un destino mejor. —¿Qué te pasó? Shelina le contó que el viejo y buen alcalde la violó y la mató, como a otras seis chicas, también dadas por desaparecidas. Estaban enterradas en el sótano de su casa, en las afueras del pueblo. En una caja fuerte, cuya existencia nadie conocía, habían que­ dado abandonadas las películas que le gustaba filmar mientras torturaba a sus víctimas. —La mala bestia está como yo en la zona intermedia, no intentará progre­ sar hacia otro lugar, pues sabe lo que espera a alguien como él. Era tanta su sed de poder y dominio que sigue dis­ frutando de ello aquí. Los sicarios que ya tenía para mantener su mafia en vida siguen ayudándole ahora impi­ diendo que nadie compre su casa, que 24

está embrujada, según la gente. Quien la compra muere en accidentes inexplicables. Algo de este o del otro mundo se opone a que la habiten. —¡Qué novela! Una mafia controlada desde el más allá. ¿Y cómo mantiene su poder desde allí? —Muchos de sus sicarios ya le obe­ decían y temían en vida y les ha de­ mostrado que desde el otro lado puede matar a quien quiera. Nadie discute sus órdenes crueles, ni antes ni ahora. —¿Y cómo lo hace? El miedo es útil, pero hace falta mucho dinero para pa­ gar según qué cosas. Shelina le desveló que desde el es­ pacio intermedio podían ver los acon­ tecimientos del futuro, por lo que el alcalde podía comunicar los resultados de las carreras a sus esbirros, que no dudaban en apostar siguiendo las in­ dicaciones del más allá. Aquello era un buen incentivo para mancharse las manos de sangre. Sólo había un modo de expulsarlo al lugar que le correspondía: hacerle un exorcismo. Para eso le necesitaba. No la guiaba un afán de venganza, deseaba justicia. Le advirtió del ries­ go, pero él no dudó. La creyó y se ofreció a acabar con aquella bestia. Conocía a un rabino que o sabría ha­ cer un exorcismo o contactaría con al­ guien capacitado. —Necesitarás dinero —le dijo ella—. Además, sería correcto hacer una dis­ creta donación a la sinagoga de tu amigo como muestra de cortesía. Anota este número y compra algunos décimos de lotería en el quiosco del fi­ nal de la calle. No es un primer pre­ mio, que se ve mucho, pero multiplicarás por mil lo que pongas. Calcula lo que pueda hacer falta, no te quedes corto que no podemos repetir­ lo o nos olfatearán. Se sortea maña­ na. A los dos días tenía más dinero que después de vender un best­seller. Fue


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a la inmobiliaria a interesarse por la casa maldita. Le advirtieron con serie­ dad lo que les pasaba a los propieta­ rios y le dieron la llave para que la viese a sus anchas, pues nadie quiso acompañarle en la visita. Quedó con el rabino, que se pre­ sentó con un señor mayor que haría el rito. Conocían la fama de la casa y opinaban que los hechos acontecidos en ella parecían obra de la maldad de este mundo más que de un demonio. Cuando les dijo de quién era el espí­ ritu a expulsar se quedaron de piedra. No les contó quién le había dado la in­ formación, pero sí lo que se sospecha­ ba de él. Armados con unas potentes linternas bajaron al sótano y les costó poco descubrir seis arreglos en el sue­ lo de un tamaño muy apropiado para lo que pensaban que había debajo. El experto sugirió que aquel sitio era el mejor para realizar el rito porque la maldad que había derrochado en ese lugar el malvado se podría volver con­ tra él y restarle energía, ya que se re­ sistiría al exorcismo. Se cubrieron la cabeza con un gorri­ to y se pusieron un chal blanco sobre sus ropas. Encendieron las velas de un candelabro de siete brazos y co­ menzaron a recitar una monótona y extraña oración que fueron repitiendo cada vez más fuerte y con más deter­ minación. Sin previo aviso, una figura oscura y siniestra apareció ante ellos amenazándoles con juramentos. —¡Estáis todos muertos! Mi poder en vuestro mundo va a acabar con voso­ tros y no de forma caritativa. Redoblaron la fuerza de los cantos mientras se revolvía, intentando esca­ par de ellos. Arriba se oyeron disparos y, con una carcajada diabólica, la apa­ rición se soltó de lo que fuera que le estaban haciendo los rezos. —¡Aquí se acaba esto! —exclamó con voz triunfal, pero en ese momen­ to seis figuras femeninas surgieron del suelo, lo rodearon y lo sujetaron.

Lo obligaron a arrodillarse y le baja­ ron la cabeza para obligarle a adoptar una actitud humilde. Prosiguieron los cantos, se levantó una niebla desde el suelo y, de golpe, un ente oscuro y terrible surgió de ella. Se oyó un grito de miedo y desesperación. Las som­ bras femeninas se quedaron solas. Terminada su misión, se retiraron discretamente y se fundieron en el suelo. Los religiosos acabaron los cantos, dieron gracias al cielo por el favor re­ cibido y recogieron sus cosas. Subie­ ron las escaleras para salir del sótano y se encontraron con varios soldados de extraño uniforme. Cinco cadáveres y dos prisioneros era lo que quedaba del grupo de ase­ sinos que les había enviado el alcalde. —Ya te dije que la amenaza parecía más de este mundo —dijo el rabino—. Es bueno tener amigos y, si son del Mosad, mejor. Gracias muchachos, os debo otra. Cuando os cuente qué ha pasado de verdad ahí abajo vais a fli­ par. Prometiéndoles otro donativo para el culto y para una buena cena con sus amigos, les despidió. Sintió unos ojos en la espalda. Era Shelina. —Gracias por todo. En qué peligro os he metido. Suerte que tu amigo conoce el mal mejor que nosotros y lo ha previsto. Yo me puedo marchar ya. Las otras chicas lo harán muy pronto. Si tú quieres, acaba de hacer la justi­ cia de los hombres. A nosotras ya no nos importa. Antes de irse, Shelina le mostró el lugar donde se ocultaba la caja fuerte, debajo del ascensor, y le susurró la combinación. Aparte de las películas, escondía una gran cantidad de dinero que le hizo sonreír. Dejó la caja cerrada y devolvió la llave. Le dijo al agente inmobiliario que no le gustaba la casa porque en el sótano parecía haber sepulturas y que, husmeando, había encontrado 25


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una caja fuerte en un lugar algo ex­ traño. No volvió a ver a Shelina. Saber que habían terminado sus problemas económicos por una buena temporada le dio la tranquilidad que necesitaba

para reescribir su novela. Una mañana, sentado a la mesa del jardín, puso el punto final y sintió una mirada familiar sobre él. Desde el ár­ bol del jardín el búho ululó y alzó el vuelo.

Esparvero (Zaragoza)

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La ciudad a nuestros pies Laura Vicente Remiro Camina por tierra de nadie porque lleva la libertad por bandera...

La ciudad a nuestros pies. Ella duer­ me y yo despierto; de los sueños, de las noches eternas, de los besos a quemarropa. Las estrellas a pie de cielo con tantos sueños cumplidos co­ mo caricias al alba. Ojalá pudierais admirar su belleza. Sus ojos se han dejado ganar la bata­ lla y su cuerpo ha caído rendido. Sus manos se agarran a la vida, y con gesto de derrota pero sólo por esta noche, duerme entre los sueños a los que siempre nos aferramos. Gasta unos ojos marrones que ven­ cen al peor de los miedos, y unos la­ bios que siempre incitan al deseo. Viste una sonrisa a juego con la ilu­ sión que desprende, que enamora a propios y extraños. Camina por tierra de nadie porque lleva la libertad por bandera, pero siempre vuelve a los brazos de quien siente como hogar. Las palmas de sus manos se desgas­ tan al tiempo que acaricia como si el mundo se fuera a acabar esta misma noche. Sus labios pronuncian a gritos que la vida ha de vivirse al día. Se ali­

menta de los instantes sin pretextos y bebe a sorbos la cerveza, y a veces tiene miedo de pronunciar un «te quiero» por aquello de abrir de par en par las ventanas y dejar atrás el hielo que inundaba su coraza. Posee una piel por la que perderse cada noche, y fabrica sonrisas porque tiene el don de ser feliz. Tiene fuego en la mirada y la pasión entre los dedos. Y me en­ ciende el alma, y ojalá sea eterna. Su rostro viste sonrisas. Mis ojos llo­ ran alegrías. Sus manos caminan sin prisa. Mis labios pidiéndole más. La observo y hago de su respiración mi mejor canción. Duerme a mi lado y me parece que la vida me tiene pre­ parada su mejor sonrisa. Y compartimos cama, besos, orgas­ mos y colchón. Y risas, y ganas y la misma dirección. Y tanto que de re­ pente creo que la conozco desde siempre, pero que ojalá todos los días sean siempre la primera vez. Laura Vicente Remiro (Zaragoza)

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El Callejón de las Once Esquinas

Latido escandinavo Cristina Aguas Marco Cuando hizo girar la llave en la puerta, supo que cerraba una etapa, a vida o muerte... Sonó el teléfono a eso de media mañana. La columna vertebral de Erik Parmigiano se sacudió desde los hom­ bros hasta el coxis en un escalofrío de gozo y temor. El número de la pantalla estaba hace tiempo cosido con anhe­ lantes hilos en su mente: era el 0303456, el de la Coordinadora Re­ gional de Trasplantes del Hospital Ca­ reggi. Descolgó y su parte de la conversación fue un semimudo en monosílabos. Había un corazón dispo­ nible para él. Se sentó en el sofá de pensar, pero era incapaz, y miró sin ver, y tembló, y se vació de impresiones, y así estu­ vo por espacio de cinco minutos. Las mandíbulas hacían presión en los dientes, hasta que un aguijón se clavó en ellas, y con resorte, tiraron de los labios, de los que brotó una sonrisa. No podía perder el tiempo. Cruzó el salón y salió al jardín para despedirse de la casa y del resto de habitantes. Kermit y Miss Piggy estaban dormi­ tando, tendidos al sol como era habi­ tual. Allí en el terrario, los dos lagartos basiliscos no se percataron de su presencia. Comprobó los niveles de temperatura y humedad. Les dejó una ración extra supervitaminada de alimento, con la esperanza de que no la consumiesen voraz e irracionalmen­ te en un solo día. Comprobó los cie­ rres del recinto. Miró el vientre abultado de la hembra. El nacimiento inminente de nuevas criaturas le pa­ reció buen augurio. Quería pensar que la pareja, por muy animales que fue­ 28

sen, eran eso, una pareja bien aveni­ da en lugar de dos náufragos con la media naranja impuesta como último ser vivo sobre la faz de su tierra. Las piedras se habían convertido en es­ ponjas que sudaban untuoso musgo. La vegetación imitaba la exuberancia de una selva que bullía, fabricada bajo sus instrucciones, para sublimar lo que su mente enfocaba en inhumanas criaturas. El resto del jardín era mini­ malista y neutro. La casa también. La escalera, con su barandilla de acero frío, se le hizo eterna. La ascen­ sión al piso superior supuso la despe­ dida de cada rincón. Tomó la maleta que ya estaba preparada en el dormi­ torio. Bajó. Se deleitó con una parada en el rellano. La visión del conjunto le reconfortó, y tomando aire, finalizó el descenso. Cuando hizo girar la llave en la puerta, supo que cerraba una etapa, a vida o muerte. Tal vez con la retirada de su víscera defectuosa lle­ garía la calidez, porque su corazón tenía una particularidad añadida: es­ taba yermo como la tundra por parte de los genes nórdicos de su madre. Erik Parmigiano sabía conjugar el ver­ bo querer, pero no el amar. En la habitación asignada, en pijama frente al espejo del baño, vio a un ti­ po que se le antojó menos rubio, me­ nos alto, menos guapo, pero con un ardor de nueva aparición brillando en su mirada. ¿Sería efecto del preopera­ torio? Su corazón acabó en la basura a las 03:03, acunado por un viento del norte pero sin réquiem vikingo, ni


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ceremonia alguna, ni nada de nada. Al día siguiente, cuando el ocaso del mismo sol florentino que le vio nacer acarició sus párpados, unos ojos me­ nos azules se abrieron al mundo. Miss Piggy en aquel momento depositaba media docena de huevos en la arena y los enterraba por instinto. Erik miró por la ventana. Había despertado al sur. La vida le reclamaba de forma lu­ minosa y esplendorosa. Se enamoró súbitamente con los cinco sentidos: de las nubes en las que buscó formas voluptuosas, de la suavidad de los pé­ talos de rosa del jarrón, del crujir de las sábanas convenientemente desin­ fectadas, del umami del polpettone y del sensual aroma de la canela del pastel. Todas estas sensaciones, y unas cuantas más, le lanzaron flecha­ zos de estreno que se debatieron a

codazos, en latido musical, por sus arterias. Lo consideró un buen punto de partida. Raffaella, su amiga con derechos, entró sigilosamente. Los ojos de Erik no repararon en sus curvas apretadas en estampado de vertiginosas marga­ ritas, ni en el tirante del sujetador que asomaba, ni en la peca junto a su la­ bio inferior, ni en sus pechos acaricia­ dos por la medalla de la Virgen del Amor Hermoso, todo eso se le escapó al pasado, donde descifró la razón por la que ella le había aguantado tanto tiempo. Ahora tenía delante a una etérea mariposa, frágil, tierna y dolo­ rosa, y mucho trabajo para conquistar el regazo de su diosa, ¡como si eso fuese cualquier cosa! El milagro de andar sobre las aguas se había produ­ cido. Kermit estaría orgulloso.

Cristina Aguas Marco (Zaragoza) Blog: elbonetedemimi.blogspot.com.es

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Glorieta de cunchillos Relatos ganadores de los Certámenes Litera­ rios convocados por BlogCunchillos

PODIO: Lebesgue ­ "Adrenalina" Arol Figueroa ­ "El desayuno de doña Francisca" José Luis Gómez Ledesma ­ "De blasfemias y caminos infernales" Raúl Garcés Redondo ­ "Penélope" Luis Antonio Beauxis Cónsul ­ "De profundis" Ignacio Fajardo Portera ­ "Moriscos" Pardalde#canalera ­ "En dos twits" Araceli Cucalón Cases ­ "Morisco"

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Adrenalina Lebesgue Ahora sus manos, frías por el sudor, sujetaban el volante con fuerza... Primer premio I Certamen "Cunchillos en Breve" Ladrones de almendras. Eso fue lo que pensó Pilar cuando, conduciendo hacia casa después de un turno doble en el Hospital de Tarazona, vislumbró en la oscuridad de la noche la silueta de una furgoneta extraña en el campo de su vecino Bartolomé. Una persona de ciudad habría seguido a lo suyo, pero ella se había criado en ese am­ biente en el que todos se cuidan como una familia. Así que empujada por esa fuerza y quizás también por el exceso de cafeína en su agotado cuerpo, había apagado las luces de su coche y había seguido rodando lentamente hasta detenerse en la cuneta aún a bastantes metros del vehículo intruso. Ahora sus manos, frías por el sudor, sujetaban el volante con fuerza y en el silencio, sólo roto por su agitada respiración, se quedó mirando la es­ cena. Unas apresuradas figuras ron­ daban la furgoneta. Pero, ¿qué podía hacer ella? Y entonces se acordó de su marido, que habitualmente la re­ cogía por la noche, pero que hoy no había podido hacerlo porque el domin­ go se había hecho un esguince cazan­ do. Recordó cómo ella le regañó porque él aún triscaba por el monte como un crío. Giró la cabeza y se quedó mirando al asiento trasero y un brillo en sus ojos desplazó al temor. Decidida, bajó del coche y abrió el maletero. Cuando sintió el frío metal del cañón de la escopeta en sus ma­ nos para nada se sintió más segura. Al contrario, un tembleque de piernas se apoderó de ella y, sintiendo esa flo­ jera, se adentró con tímidos pasos en

el campo. Agazapada entre la maleza, con la adrenalina corriendo por sus venas, no se reconoció a sí misma: una mujer de mediana edad que lo más emocionante que tenía planeado para esta noche era sacar el pollo del congelador para cocinarlo mañana. Tragó saliva y se alertó ante nuevos movimientos que no llegó a distinguir. No sabía cuándo le había parecido una buena idea esto que estaba haciendo, pero ahora mismo maldecía todas esas series policiacas que echaban en la tele por la noche y que cabeceaba en el sofá junto a su Paco, donde todo parecía fácil, lógico y heroico. Ahora mismo tenía tanto miedo que estaba a punto de poner a prueba todo eso que se decía en los anuncios de pérdidas de orina. Oyó cerrar las puertas de la furgo­ neta y se dio cuenta de que si no hacía algo ya mismo, todo el esfuerzo no habría servido para nada. Así que dejó de darle vueltas a la cabeza. Alzó la escopeta apuntando al cielo estre­ llado. Se apoyó la culata en el hom­ bro. Cerró los ojos. Contuvo la respiración. Apretó el gatillo. El eco del disparo se diluyó en el si­ lencio, aunque Pilar lo sintió resonar dentro de su cabeza a cámara lenta, mientras caía de espaldas y rodaba hacia atrás por la ligera pendiente, terminando en la cuneta, al lado de su coche. Desde el suelo oyó cómo la furgoneta se alejaba acelerando rui­ dosamente y aunque no pudo verles, se los imaginó sorprendidos y huyen­ do como almas que lleva el diablo. 31


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Sonrió satisfecha unos segundos ahí tumbada, saboreando la victoria, por­ que en cuanto se levantara tendría que pensar una excusa. Llegar a casa cubierta de polvo iba a dejar a su ma­ rido con la boca abierta. Retomando su camino y pasados los primeros minutos de euforia, empezó a rondarle una idea: quizás los ladro­ nes diesen media vuelta y al verla conduciendo, en una carretera desier­ ta, se diesen cuenta de lo estúpidos que habían sido al huir de ella. Miró por el retrovisor y aunque no vio nada más que la negrura de la noche, sintió su corazón acelerarse. Hasta que no llegó a la altura del rótulo que rezaba «Cunchillos» no se sintió a salvo. En un tiempo record, aparcó y entró en casa. Su Paco salió a su encuentro cojeando, en pantuflas y con la trenca encima del pijama. Tenía la cara de­ sencajada y blanca como si hubiese visto un fantasma. Ella se atusó el pe­ lo, se sacudió el polvo de la ropa y, cuando estaba buscando una precipi­ tada explicación a su aspecto, él habló. —¡Pili! Dios, mío, ¿has oído eso? —dijo dirigiéndose a la ventana del cuarto de estar y mirando a través de ella. —¿El qué? —balbuceó ella con una mezcla de alivio y decepción al no ser el foco de atención de su marido. —¡Un disparo! ¡El Bartolo! ¡Seguro que ha sido el Bartolo! —dio pasitos cortos y torpes hacia el armario del recibidor–. ¡Ese hombre está loco! ¡Lo ha hecho, seguro que lo ha hecho! —¿Un disparo? ¡Qué dices, Paco! Yo no he oído nada —dijo ella sintiendo el rubor de sus mejillas por la menti­ ra—. ¿Y qué pasa con Bartolomé? —Pues que… —empezó a explicar revolviendo entre las cosas del arma­ rio— …su chica, la pequeña, que fes­ teja con un chico de Borja… y tuvieron una bronca porque la chica quiere irse a vivir con el novio pero el padre no le 32

deja, porque dice que es muy cría… y que el Bartolo se ha puesto muy burro con eso y dice que como los pille ha­ ciendo cosas coge la escopeta y los encorre hasta el monte si hace falta. Pilar, que hasta entonces había esta­ do tensa y callada, ató cabos y supo que lo único que había visto hacía un rato era a una parejita huyendo en una furgoneta y que seguramente tenían más miedo que ella misma. Así que poco a poco, se dibujó una sonri­ sa en su cara que rompió en una so­ nora carcajada para sorpresa de Paco. —¿Qué pasa, mujer? —Nada, nada… —dijo enjugándose unas lágrimas del rabillo del ojo— hombre, ¿qué estás haciendo? Paco se miró las pintas que llevaba, ahora además asiendo un robusto bastón que había cogido del armario como si fuese a emprenderla a palos ya mismo. —¡Digo! ¿Pues tendré que hacer al­ go, o qué? ¡No voy a dejar que vaya por ahí como un loco en mitad de la noche! Entonces ella dudó un instante entre explicarle todo o callarse. Finalmente le abrió la puerta a su marido, para que saliera y tuviese su ración de adrenalina, como ella había tenido. Al fin y al cabo había pocas ocasiones para ello en Cunchillos. —¡Y dale recuerdos! —gritó Pilar con buen humor antes de cerrar la puerta.

Lebesgue (Zaragoza) Twitter: @ichibanlebesgue


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El desayuno de doña Francisca Arol Figueroa

La poca luz y la falta de costumbre no la hicieron mirarse al espejo... Segundo premio I Certamen "Cunchillos en Breve" Doña Francisca Jiménez Machado se levantó, como todos los días, a las cinco de la mañana para ordeñar sus tres vacas lecheras y preparar el de­ sayuno para su marido que aún dormía. Se lavó la cara en el patio ba­ jo el parral. La poca luz y la falta de costumbre no la hicieron mirarse al espejo. Sus dedos flacos y largos aca­ riciaron las canas y la mueca forzada de su rostro hecho surcos la termina­ ron de despertar. Buscó, a la luz de un candil, un balde de metal en el rincón de su casa. Atravesó el patio de tierra y ca­ minó hasta el corral. Las vacas, apacibles, la dejaron hacer. Llenó su recipiente pensando que esas compañeras se me­ recían un premio en

la fiesta de San Miguel. Las dejó pas­ tar y volvió a su casa. —Viejo... viejo. Levántate que ya es la hora —le dijo a su marido desde la puerta para volver rápido a la cocina por miedo a hervir la leche. Batió unos huevos; untó mantequilla en unas hogazas de pan; endulzó, muy poco, la leche y dejó todo listo para comer. Se sentó y aguardó. Aquella mañana tuvo los codos cla­ vados en la mesa, las manos entre­ cruzadas por los dedos, el mentón apoyado en ellos y la mirada puesta, en el desayuno intacto. No desayunó. Su marido tampoco. Nadie vio el brillo en los ojos de doña Francisca Jiménez Machado.

Arol Figueroa (Edimburgo ­ Escocia)

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De blasfemias y caminos infernales José Luis Gómez Ledesma

Aquellos caminos del demonio, con sus profundas rodadas, se volvían intransitables... Tercer premio I Certamen "Cunchillos en Breve"

No sé por qué será pero la verdad es que, a pesar de haber tenido buenos maestros en la materia, nunca me ha gustado blasfemar ni decir juramen­ tos. Sencillamente no me gustan, y menos aún en boca de una mujer. En mi pueblo, Cunchillos, las blasfemias y juramentos eran patrimonio de los hombres. Las mujeres no blasfema­ ban. Los «mecagüendios» eran (y son) el saludo habitual entre los de mi pue­ blo. De cada cinco palabras cuatro eran cagarse en: Dios, la Hostia, la Hostia Consagrada, la Virgen, todos los santos, el obispo… incluso en la Virgen del Pilar. Podría contar muchos episodios en los que los juramentos y blasfemias se oían y retumbaban en kilómetros a la redonda. Venía la época de la cosecha: remo­ lacha, cereal… Aquellos caminos del demonio, con sus profundas rodadas, se volvían intransitables para el aca­ rreo de la carga. Los carros y galeras con ruedas de madera y llantas de fie­ rro se clavaban en los surcos emba­ rrados del camino. Y aquí empezaba la guerra contra los elementos, el arreo despiadado a palos con los mu­ 34

los y el aullar blasfemo del Tío Abdón. Sus padres tenían un molino, él era hombre de campo y su hijo Regino también. Al grito del tío Abdón todos los presentes nos tirábamos a los ra­ dios de las ruedas y a la señal de «¡Arreee…aup!» comenzaban los va­ razos a las mulas, todos gritando, ju­ rando, y el carro que no se movía del atasco. Así una y otra vez, todos los intentos fallidos. El tío Abdón, con los ojos rojos de sangre y la ropa llena de barro, mi­ rando al cielo, con las piernas en ja­ rra, gritaba: «¡Mecagüendios! Pero, Dios mío, ¿qué hostias te he hecho yo a ti? ¡Baja si tienes cojones!». Toda la corte celestial iba pasando, la letanía de juramentos era terrorífica, y yo ca­ lladito, no sea caso que se suelte algún varazo. Regino, su hijo, no se quedaba atrás. Papas, curas, monjas… El obis­ po y san Borrombón eran también fre­ cuentemente mentados, y cuando no había más santos que nombrar se acababa muy solemnemente con un sonoro «¡Mecagüen la Virgen del Pilar de Zaragoza!». Se podía cortar con cuchillo el silencio que venía a conti­ nuación. «¿Qué hacemos? ¡Mecagüen­


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dios! ¿Qué hacemos?» Esta vez la carga era de piedras. Habíamos ido al monte a coger pie­ dras para hacer una casilla. «Chaval, sube y tira las piedras». Había que descargar bastantes piedras para po­ der salir del atasco, era la segunda vez que nos pasaba ese día. El am­ biente estaba verdaderamente caldea­ do. Yo que me subo al carro a tirar las piedras, grandes eran las jodidas pie­

dras, casi no podía levantarlas, yo tenía unos catorce años. Con la piedra levantada le digo a Regino «¿Dónde las tiro?», y Regino sin parar de jurar seguía mi trayectoria y me señalaba su cabeza. «¡Mecagüendios, tíramelas encima de la cabeza a ver si me ma­ tas!». No sabía qué hacer, si obede­ cerle o qué. Siempre se lo recuerdo a Regino cuando vuelvo a Cunchillos.

José Luis Gómez Ledesma (Getxo ­ Bizkaia)

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Penélope Raúl Garcés Redondo Primer premio II Certamen de Microrrelatos “microCunchillos”

Partiría de nuevo de Cunchillos en cuanto tuviera el vehículo reparado. Así pasaba los días colocando torni­ llos, tuercas y bujías. Las mismas que ella retiraba discretamente cada noche.

Raúl Garcés Redondo (Zaragoza) Blog: www.desdesoria.es/tieneunminuto

De profundis Luis Antonio Beauxis Cónsul Segundo premio II Certamen de Microrrelatos “microCunchillos”

Arrastré mis pies por las callejas de Cunchillos: tan sólo uno entre los más de doscientos moriscos expulsados de sus hogares. Un grito me asfixiaba desde dentro. Boqueé, famélico de aire como un pez fuera del agua. El grito fue a estrellarse contra mi garganta, cerrada a carne y sangre. Atenacé aquel grito y logré sepultarlo en lo profundo. Él hará lo mismo conmigo, y será más temprano que tarde. Luis Antonio Beauxis Cónsul (Montevideo ­ Uruguay) 36


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Moriscos

Ignacio Fajardo Portera

Tercer premio II Certamen de Microrrelatos “microCunchillos” Cuando Teo picó el techo se le vino encima un mundo de tierra y un cofre. Cegados los ojos y abierta la cabeza, aquellas lágrimas y dolor le trajeron viejas imágenes de otras lágrimas y otros duelos, de lugares como Samanes, sabor de polvo y camino, olor de mar y galera. Luego vio que el cofre guardaba un manuscrito de letras aljamiadas. Con emoción nueva, lo puso en su lugar y a nadie dijo nada. Ignacio Fajardo Portera (Zaragoza) Blog: coderas.blogspot.com.es

En 2 twits

Pardalde#canalera

Primer premio I Certamen de microrrelatos en aragonés “microCunchiellos”

—Boutades tals que #imperio d’o mall #deRmocracia” #amor­ kia&liverdat son como graffiti en vagons de l’Escachamatas. —Diz que un ye esclau d’ixo que diz peró amo d’ixo que calla. Mas me caleba ni haber tartito.

Tren "Escachamatas" en la estación de Borja. Dibujo de Emilio Díez.

Pardalde#canalera (Ecuador)

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Morisco

Araceli Cucalón Cases

Segundo premio I Certamen de microrrelatos en aragonés “microCunchiellos” Cuan i plego lo ciel yera esclatero, plen d´as estrelas que a suya lola en remeraba cuan se posaba devant de a casa suya en Túnez. Poliu lugar, Cunchillos, bi yera tamien a on su familla bi­heba vivido dica que marchoron de a casa suya, sin tornar los uellos dezaga d´ells. Prenendo a man d'o suyo fillo i dentro y ubrio as finestras. A luna s`acucuto. Ell torno a naxer. Y alavez se disperto.

Araceli Cucalón Cases (Zaragoza) Twitter: @Milana121260

Los certámenes literarios organizados por la Asociación de Vecinos “Virgen del Pilar” de Cunchillos y BlogCunchillos convocaron en la edición de 2017 tres categorías diferentes: II Concurso de Microrrela­ tos “microCunchillos”, I Concurso de Relatos Cortos “Cunchillos en Breve” y I Concurso de Microrrelatos en aragonés “microCunchiellos”. Este año contaron con el apoyo de la librería Meléndez de Tarazona y Edicions Transiberiano. El jurado de “microCunchillos” y “Cunchillos en Breve”, que emitió el fallo de ambos concursos el 2 de abril de 2017, estuvo compuesto por Susana Gómez Redondo y Francisco José Francisco Carrera, pro­ fesores del departamento de Didáctica de la Lengua y Literatura de la Universidad de Valladolid, junto con Adrián Sánchez García, graduado en Educación Primaria y administrador de BlogCunchillos. Por su parte, el concurso “microCunchiellos”, fallado el 10 de abril de 2017, contó en el jurado con Mª Pilar Benítez Marco, doctora en Filología Hispánica y experta en aragonés; Rubén Ramos Antón, pro­ fesor de Periodismo de la Universidad de Zaragoza y autor de novelas en aragonés, y Dabi Lahiguera Albericio, investigador y profesor de lengua aragonesa.

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PASEO RUISEÑORES

Pista de aterrizaje para letras voladoras de lejanos lugares

PLANEADORES: Luis J. Goróstegui Ubierna ­ "El robo de la armadura" Iván Rincón Espríu ­ "Darvulia fragmentaria" Luisa Hurtado González ­ "Pasando la tarde" Plácido Romero ­ "En el bosque" Héctor Daniel Olivera Campos ­ "Dejar de fumar es fácil" Enrique Mochón Romera ­ "Mar gruesa" Manuela Vicente Fernández ­ "El aviso" Ángel Saiz Mora ­ "Tres obuses" Marta Castaño González ­ "El monstruo" Leire Frex ­ "Medianoche" Rafa Olivares ­ "De Legazpi a Legazpi"

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Giancarlo Ubillús Celi­ "Dos almas"

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Gloria Arcos Lado ­ "Evocando el pasado"

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Raúl Martín Rivera­ "Ay pena, penita, pena"

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Malu ­ "Tintos de verano" Pablo Núñez ­ "Mi vida y mamá" María Jesús Briones Arreba ­ "Cóctel Margarita" Juana Igarreta Egúzquiza ­ "Un golpe certero"

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Enrique Angulo Moya ­ "El perro de Goya"

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José Antonio Barrionuevo Martín ­ "Dulce venganza"

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Miguel Ibáñez ­ "Orden y castigo"

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María José Viz Blanco ­ "Criaturas en la noche"

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Mari Carme Marí ­ "Sueños escondidos en el desván"

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El robo de la armadura (El primer caso de Hiroshi Matsuoka) Luis J. Goróstegui Ubierna «Confianza. Flor delicada que crece en tierra fértil.»

Siempre que recuerdo mi primer ca­ so no puedo evitar una leve sonrisa de satisfacción por el trabajo bien he­ cho. Puede que visto ahora, con la perspectiva de los años, quizá parezca un caso sencillo en la forma, aunque para poderlo juzgar justamente es ne­ cesario tener en cuenta un par de as­ pectos ineludibles que complicaban el fondo del asunto: en primer lugar, por aquel entonces yo sólo era un joven lleno de entusiasmo e imaginación, aunque totalmente inexperto en esa clase de sucesos; y en segundo lugar, el hecho de que estuvieran involucra­ dos altos mandatarios de la jerarquía militar y política del país, le confería cierta envergadura que es imprescin­ dible considerar. Hacía algunos meses que había lle­ gado a la ciudad de Ueda, en la pro­ vincia de Shinano, con una carta de 40

mi padre en el bolsillo para dársela al jefe de policía local Naoko Oshima. En ella mi padre le recordaba su mutua amistad y aquellos días en los que fueron compañeros de armas en el ejército; y ahora le pedía el favor de que me instruyera como su ayudante. —Así que quieres ser policía —me preguntó tras leer la carta. —Sí, señor. —¿Cómo te llamas, muchacho? —Hiroshi Matsuoka, señor —le con­ testé con una reverencia de respeto. Y desde ese día me acogió como su discípulo y ayudante y yo le consideré mi mentor. La situación de guerra civil que vivía Japón en aquellos años, y que poste­ riormente se conocerían como el período Sengoku, propiciaba que hu­ biera toda clase de altercados en la ciudad, aunque en su mayoría eran de


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poca importancia: alborotos calleje­ ros, robos domésticos y algunos ajus­ tes de cuentas entre las mafias locales. Durante los siguientes meses el jefe Naoko permitió que le acom­ pañara en sus investigaciones y así tuve el honor de poder observar su método de trabajo y aprender de su saber estar y de su forma de actuar en muy diversas situaciones. Mi men­ tor era un excelente policía respetado por todos y temido por los maleantes. Sin embargo, una mañana de agos­ to, muy temprano, entró en la comi­ saría un hombre muy nervioso, pidiendo hablar inmediatamente con el jefe Naoko. —Soy el secretario personal del señor Yoshiaki Nakata… ¡Han robado la armadura del daimio Shingen Take­ da! —no paraba de decir. El jefe Naoko me informó más tarde que Shingen Takeda era uno de los soberanos feudales, daimio de las provincias de Shinano y de Kai. Por su parte, el señor Yoshiaki Nakata era uno de los generales de su ejército. Es decir, ambos eran personas muy im­ portantes y, por tanto, el jefe Naoko atendió inmediatamente al recién lle­ gado. El secretario del señor Nakata nos contó que hacía tres días el daimio Ta­ keda tuvo que marchar de viaje para una reunión con otros señores de la región con objeto de acordar posibles estrategias de combate —al parecer se estaba gestando una nueva batalla contra su rival, el también daimio Kenshin Uesugi; la cuarta ya de las que en el futuro se conocerían como batallas de Kawanakajima—. Dado el ambiente de preguerra ininterrumpido que se vivía en aquellos años, el dai­ mio Takeda siempre viajaba con su armadura personal —una espléndida armadura que había pertenecido al clan Takeda desde hacía muchos años—. Era, por tanto, su pertenencia preferida. Sin embargo, en esta oca­

sión, el señor Takeda prefirió no lle­ varla, dado que el viaje no se preveía peligroso; aunque tampoco quiso de­ jarla en su castillo. Así que finalmente decidió que la custodiara su General, el señor Yoshiaki Nakata. Por tanto, antes de emprender el viaje, el señor Takeda pasó con su séquito por casa del General Nakata y le entregó un gran arcón de madera y metal, cerra­ do con llave. —Dentro está mi más preciada ar­ madura, confío en que me la custodie con su propia vida, General Nakata —le dijo muy seriamente. —Así lo haré, mi señor Takeda; o co­

meteré seppuku —le respondió el Ge­ neral con una gran reverencia. Colocaron el arcón en una habitación sin ventanas y con dos samuráis a la puerta para que, en turnos de ocho horas, permaneciera vigilada la arma­ dura todo el día. Al día siguiente, antes de dormir, el General Nakata sintió curiosidad por poder contemplar la armadura de su señor —ya que se decía que era la mejor y más bella de todo Japón— y abrió el arcón. Cuál sería su sorpresa al comprobar que estaba vacío: la ar­ madura no estaba. El General Nakata comprendió que alguien la había ro­ bado y, aterrorizado, ordenó buscarla por toda la casa. Durante toda la no­ 41


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che sus hombres registraron por todas partes aunque sin éxito. Durante los dos siguiente días recorrieron los alre­ dedores e interrogaron a todo el mun­ do, pero nada; era como si la armadura hubiera desaparecido. El General cada vez estaba más asusta­ do y más nervioso: sobre todo temía la reacción del daimio Takeda si se enteraba de su negligencia. Dado que estaba previsto que el daimio volviera de su viaje al cabo de tres días, no tu­ vo más remedio que enviar a su se­ cretario personal para que avisara a mi mentor, y así pudiera tener tiempo para resolver el caso, capturar a los culpables y, sobre todo, recuperar la armadura. Acompañé a mi mentor a casa del General Nakata y comenzamos la in­ vestigación, y durante los dos siguien­ tes días hicimos toda clase de comprobaciones, pero nada: efectiva­ mente, la habitación donde estaba el arcón sólo tenía una entrada y carecía de ventana al exterior; tampoco en­ contramos ningún agujero en las pa­ redes ni en el suelo ni tampoco en el techo por donde pudiera haberse co­ metido el robo; y cuando interroga­ mos a los guardias que custodiaron el arcón todos nos dijeron lo mismo: «Nadie ha entrado ni salido de la ha­ bitación. No hemos visto a nadie». Era como si un fantasma hubiera robado la armadura. —Necesito encontrar la armadura antes de que regrese mi señor —le di­ jo el General al jefe Naoko—; no debe enterarse del robo u ordenará mi muerte y la de mi familia. Y fue entonces cuando algo que co­ mentó el General me dio la clave para concebir mi disparatada hipótesis: —Esta vez no me perdonará, ni vol­ verá a depositar mi señor su confian­ za en mí —le dijo a mi mentor completamente fuera de sí. Según conseguimos averiguar, hacía unos tres años que el General había 42

sido acusado de un acto grave de des­ lealtad hacia el daimio Takeda. Sin embargo en la investigación se logró descubrir al verdadero responsable y el General fue declarado inocente, aunque no llegó a quedar realmente aclarado cuál había sido su grado de implicación en el asunto. En todo caso el daimio Takeda, que era hombre exi­ gente pero justo, aceptó las sentidas disculpas del General y su sincero arrepentimiento y le perdonó. Por eso el General estaba ahora tan preocupa­ do: era consciente de la suerte que tuvo entonces y de que, en la situa­ ción actual, a las puertas de una nue­ va batalla que se preveía importante, no volvería a tenerla. Esa misma tarde el General Nakata recibió un mensaje anunciándole que el daimio Takeda visitaría al día si­ guiente su casa para recoger su ar­ madura: «Mi vida está en sus manos, jefe Naoko», sentenció el General. Fue entonces, aprovechando un mo­ mento a solas, cuando le conté a mi mentor la hipótesis que se me acaba­ ba de ocurrir y lo que podríamos ha­ cer para resolver el caso. Se me quedó mirando fijamente y con media sonrisa resopló y me dijo: —Desde luego es una idea algo des­ cabellada; y más vale que estés en lo cierto, hijo, porque de lo contrario nos jugamos nuestras cabezas. Esa noche iniciamos nuestro plan: con la excusa de proseguir nuestra in­ vestigación nos despedimos del Gene­ ral y acordamos regresar a la mañana siguiente para recibir al señor Takeda; sin embargo no fuimos a la comisaría sino al castillo del daimio. Nuestra pri­ mera dificultad estaba en conseguir verle; no teníamos anunciada nuestra visita y normalmente el daimio no re­ cibía a nadie sin cita previa. Llegamos y nos anunciamos ante el samurái de la puerta: —Soy el jefe de policía Naoko Oshi­ ma; quisiera ver al daimio Takeda


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—dijo mi mentor. —El señor Takeda no recibe a estas horas de la noche —respondió el guardián con un tono frío. —Es muy importante. Dígale, por fa­ vor, que se trata de su armadura per­ sonal, la que dejó en custodia al General Nakata —respondió mi men­ tor con un tono más frío aún. —Esperen —contestó el samurái, y entró en el castillo. Unos minutos después regresó y an­ te nuestro asombro nos invitó a en­ trar: —Pueden pasar; el daimio Takeda les recibirá. Mi mentor agradeció la invitación y fuimos acompañados hasta la sala principal. Allí nos esperaba el propio daimio, sentado, serio y con la mirada fija en nosotros; realizamos la reve­ rencia protocolaria: mi mentor delan­ te, yo un poco detrás, y ante el gesto de invitación del señor Takeda nos sentamos. La reunión duró unas dos

horas. Fue una experiencia que me sirvió para aprender mucho sobre el arte de la conversación. A la mañana siguiente llegamos muy temprano a casa del General. Nos sor­ prendió comprobar que estaba todo preparado para la ceremonia del sep­ puku. Nos informaron que el General se encontraba en su habitación vis­

tiéndose con el tradicional kimono blanco usado en estos casos y escri­ biendo su Yuigon —su poema de des­ pedida—. Mi mentor y yo esperamos a que saliera. Pocos minutos después el General, abatido pero firme en su re­ solución final, salió al jardín y le dijo al jefe Naoko: —Estaría muy honrado si fuera usted mi kaishaku. —Será un honor para mí ayudarle a morir, General —le contestó mi men­ tor con una reverencia. Mientras el General se colocaba en posición para cometer seppuku vimos acercarse al séquito del daimio. El señor Takeda iba a caballo y abría la comitiva. Yo contemplaba la escena desde un rincón del jardín pues sólo era el ayudante del jefe Naoko. El señor Takeda se apeó del caballo y se dirigió donde estaba el General y sus samuráis. Mi mentor permanecía detrás del General dispuesto a decapi­ tarle y evitar su angustia final. —¿Qué es todo esto, General? –pre­ guntó el señor Takeda al ver lo que sucedía. El General Nakata, de rodillas frente a él, levantó la mirada y le explicó que, a pesar de todas las precaucio­ nes tomadas para evitarlo, habían ro­ bado su preciada armadura; que habían realizado todas las investiga­ ciones posibles para encontrarla, in­ cluso habían contado con los servicios del jefe de policía, el señor Naoko ahí presente; pero que todo esfuerzo se había revelado estéril, y por eso, por no haber cumplido su palabra de pro­ teger la armadura, se disponía a co­ meter seppuku como reparación antes su negligencia. El señor Takeda observaba en silen­ cio. Cuando finalizó, el General Nakata bajó la cabeza, respiró hondo, se abrió el kimono, se metió las mangas bajo las rodillas, sujetó la daga cere­ monial por la hoja, envuelta cuidado­ samente en papel de arroz, y se 43


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dispuso a clavárselo en el abdomen. Todos permanecíamos en profundo silencio. En ese preciso instante, el daimio Takeda impidió que se consumara el ritual. —¡Alto, General! —dijo con voz fir­ me—. No será necesario. Se dirigió a su séquito y abrió un gran arcón que estaba sobre un ca­ rro. Dentro se encontraba una her­ mosa armadura. Mientras esto sucedía viajé al pasado y recordé la conversación que man­ tuvimos con el daimio en su castillo la noche ante­ rior cuando, tras pedirle perdón por nuestra ino­ portuna intromisión, mi mentor se presentó y le explicó la situación. —Soy consciente, mi señor, de que no es usual interrumpir de esta forma en casa de alguien de su importancia y relevancia, pero, créame, en este ca­ so no nos encontramos ante una si­ tuación usual. En realidad nos encontramos en un callejón sin sali­ da. Por eso hemos venido a verle sin que lo sepa el General Nakata. —Cuénteme lo que pasa, jefe Nao­ ko —dijo el daimio con tono serio. —Permítame que vaya directamen­ te al asunto, mi señor: ha desapare­ cido su armadura, la que dejó en custodia al General, y según nuestra investigación sólo se nos ocurre una explicación. Una explicación que le incumbe directamente, mi señor. Mi mentor dijo esto último haciendo una reverencia y de un modo como quien quiere decir más de lo que di­ cen sus palabras. Y comprendí que lo hacía así porque, por un lado, debía conducir la conversación de manera que el daimio no se ofendiera por lo que pudieran sugerir aunque, por 44

otro lado, tampoco debía aparentar falta de autoridad; al fin y al cabo era el jefe de policía. —¿Y cuál es esa explicación, jefe Naoko? —preguntó el daimio, y por su forma de decirlo comprendí que sabía lo que mi mentor le quería insi­ nuar. —Verá, mi señor, sólo existe una posible explicación, o al menos eso creemos —dijo mirándome—. Existe la hipotética posibilidad de que la ar­ madura nunca estuviera en el arcón que custodiaba el General Nakata. —¿Y por qué habría de haber entregado al Gene­ ral un arcón vacío, com­ prometiendo mi palabra y mi honor afirmando que dentro estaba mi armadu­ ra? —preguntó el daimio con cierta ironía no del to­ do reprimida. Y es que el daimio com­ prendió que mi mentor le estaba dando a entender que sabía por qué lo había hecho y apoyaba su forma de actuar. —Supongamos —respondió mi mentor—, sólo supongamos, ya que sólo estoy hablando de una hipotética posibilidad, que no tuviera plena con­ fianza en la lealtad y honorabilidad del General —tengo entendido que no sería la primera vez que eso sucede— y supongamos también que utilizara el ardid del arcón vacío para poder confirmar sus sospechas. Mientras esta conversación tenía lu­ gar, yo observaba en silencio la esce­ na desde una segunda fila, tras el jefe Naoko. Lo cierto es que me tem­ blaba todo el cuerpo temiendo la reacción del daimio ante las veladas acusaciones de mi mentor. Mi mentor era experto en andar, como se dice en estos casos, con pies de plomo sobre arenas movedizas, y es en mo­ mentos como esos en los que hace


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gala de unas inmejorables dotes di­ plomáticas para decir sin decir y acu­ sar sin ofender, sobre todo si al que se le está acusando tiene la potestad de ordenar nuestras muertes por cosas incluso mucho menores de las que es­ taba siendo testigo ocular. Cuando mi mentor hubo terminado de explicar nuestra hipótesis, el dai­ mio permaneció en silencio durante unos segundos que me parecieron ho­ ras. Finalmente comprendió que está­ bamos de su parte y fue entonces cuando nos confirmó nuestra teoría y nos aclaró ciertos puntos. Era cierto que hacía unos tres años el General Nakata, durante la que se conoce como tercera batalla de Kawa­ nakajima, fue acusado de espiar a fa­ vor del enemigo, el también daimio Kenshin Uesugi; sin embargo, durante el juicio quedó demostrado que el ver­ dadero espía fue otro, incluso se con­ siguió capturar al verdadero culpable, y, por tanto, fue declarado inocente, aunque siguieron persistiendo ciertas dudas sobre cuál había sido su verda­ dero grado de implicación en el asun­ to. Desde entonces el daimio mantuvo una estrecha vigilancia sobre él. Y aunque el General no había mostrado ningún indicio de comportamiento desleal sospechoso, dado que en la actualidad se volvía a gestar una nue­ va batalla contra el señor Uesugi, ne­ cesitaba comprobar si el General seguía manteniendo su lealtad con él y su clan. Por eso ideó el plan del arcón vacío y del supuesto robo de su armadura, para verificar si el General seguía siendo digno de disfrutar de su confianza. Cuando concluyó, el señor Takeda permaneció en silencio y yo respiré aliviado al suponer que lo peor ya había pasado. Sin embargo aún no había pasado mi parte. Antes de ir­ nos, el señor Takeda felicitó a mi mentor por su buen trabajo y su inte­ ligencia al haber descubierto la estra­

tagema concebida por él. Mi mentor le contestó que no era digno de recibir sus felicitaciones pues realmente no había sido él el que lo había descu­ bierto. —¿Ah, no?... ¿y quién fue, jefe Nao­ ko? —le preguntó con cierta curiosi­ dad. —Aquí, mi ayudante, Hiroshi Mat­ suoka, mi señor —le respondió señalándome con la mano. El señor Takeda permaneció en si­ lencio, con su mirada escrutadora so­ bre mí, sin decir nada; el sudor caía por mi sien y todo mi cuerpo tembla­ ba. Miré a mi mentor y luego, aterra­ do, al señor Takeda; pensé que estaba muerto: nadie en su sano juicio acusa al daimio de urdir un plan para en­ gañar al señor del clan Nakata, enci­ ma tiene el inconsciente arrojo de echárselo a la cara en su propia casa y vive para contarlo. Y entonces, ante mi sorpresa, exclamó: —¡No me cabe duda de que tendre­ mos un excelente jefe de policía cuan­ do sea mayor! Y soltando una sonora carcajada se levantó y se dirigió hacia nosotros con decisión, y nos hizo levantar de nues­ tros asientos donde permanecíamos en el más respetuoso de los silencios. En ese momento retorné al presen­ te. El General Nakata, al ver la armadu­ ra, se detuvo sorprendido. Más tarde supimos que, pocos días después, tu­ vieron una reunión privada en la que, al parecer, el daimio y el General acla­ raron muchas incógnitas y se despe­ jaron muchas dudas referentes a la lealtad y el honor entre señor y vasa­ llo. En cuanto a nosotros, antes de irse el daimio Takeda se detuvo enfrente de mi mentor y de mí y, mirándome con una media sonrisa, me dijo: —Buen trabajo, muchacho. Me ha sorprendido tu intuición. Bien hecho. Sigue así…, sigue así… Te estaré vigi­ 45


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lando. —Muchas gracias, mi señor –conse­ guí decirle con una gran inclinación de cabeza. Permanecimos allí hasta que el señor Takeda y todo su séquito se hu­ bieron marchado. Entonces mi mentor me miró y me dijo:

DATOS HISTÓRICOS

—Vamos, hijo, que no se te suba a la cabeza… aún tienes que aprender muchas cosas. —Lo sé, maestro, lo sé… pero no está mal para empezar, ¿verdad? Y ambos reímos mientras nos di­ rigíamos hacia la comisaría.

Luis J. Goróstegui Ubierna (Madrid ­ España) Blog: observandoelparaiso.wordpress.com Twitter: @ObservaParaiso

• El Período Sengoku: comenzó a finales del período Muromachi en 1467 con la guerra de Onin (la guerra duró de 1467 a 1478) hasta el período Azuchi­ Momoyama en 1568; la paz final y el orden no llegaría hasta 1615, en el pe­ riodo Edo. • Las batallas de Kawanakajima fueron una serie de conflictos bélicos du­ rante el período Sengoku entre las fuerzas de los legendarios rivales Takeda Shingen y Uesugi Kenshin. Comenzaron después de que Shingen conquistara la provincia de Shinano –desplazando a Ogasawara Nagatoki que buscó el apoyo de Kenshin–, desatando los eventos subsecuentes. Las cinco batallas de Kawanakajima se desarrollaron en 1553, 1555, 1557, 1561 y 1564. • La Tercera Batalla tuvo lugar en 1557, cuando Shingen Takeda capturó el castillo Katsurayama. Shingen intentó después tomar el castillo Iiyama, pero se retiró cuando las tropas de Kenshin salían de Zenko­ji. • La Cuarta Batalla tuvo lugar el 10 de septiembre de 1561. • Daimio: título que recibía en Japón el soberano feudal más poderoso desde el siglo X al siglo XIX. El término «daimio» significa literalmente «gran nom­ bre». • Seppuku: suicidio ritual japonés. • Yuigon: último poema de despedida, casi siempre escrito sobre el dorso del tessen o abanico de guerra, previamente a cometer seppuku. • Kaishaku: ayudante en el suicidio. • Daga ceremonial para el seppuku (Tantō): es un arma corta de filo simi­ lar a un puñal de uno o de doble filo con una longitud de hoja entre 15 y 30 cm.

Nota del autor Sólo dos aclaraciones: el período histórico donde he situado la acción de este relato —el período Sengoku y las batallas de Kawanakajima— existió realmente; y el daimio Shingen Takeda también existió realmente. Sin embargo, el argu­ mento es totalmente ficticio —incluyendo los demás perso­ najes— y fruto exclusivo de mi imaginación, y cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

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Darvulia fragmentaria La hora de los murciélagos

Iván Rincón Espríu Quien goza del atributo de la crueldad, por una confusión olfática del inconsciente, trueca el olor de la sangre por el perfume del amor. Marianne Van Hirtum

I De niña, Ariadne pensaba que aden­ trarse de noche en el mar, a través de la niebla, era navegar entre las nubes de un cielo al alcance de la mano. Se­ ducida por el canto de las sirenas, el encanto de los buques fantasmas y el sueño de los dragones dormidos en el fondo del océano, su imaginación bo­ gaba en las húmedas tinieblas de un mundo fantástico. Paradójicamente, sería su decepción por el mundo real

el motivo de que una noche, a los veinte años de edad, Ariadne robara un bote de remos para llevarse mar adentro, a la deriva, desde la vera ro­ cosa del puerto, sus penas y tristezas acumuladas, sus frustraciones y amarguras tempranas, y que tratara de ahogarlas en aguas ignotas y re­ motas, como su felicidad, profundas y recónditas, como su soledad, abun­ dantes y saladas, como sus lágrimas. Esa noche, la niebla era tan densa que se fundía y confundía con la su­ perficie del mar. Ariadne remó sin rumbo hasta cansarse y arrojó los re­ mos al agua; se dejó llevar por la co­ rriente, bebiendo vino tinto a pico de botella, sorbo tras sorbo hasta la últi­ ma gota. «El único mensaje que pue­ de enviar este pomo es su vacío», pensó, antes de aventarlo; «al cabo soy yo la pequeña isla en medio de un mar de incomprensión». Sin remos y sin brújula o rosa náutica, sin astrola­ bio ni sextante, y sin la posibilidad de ver más allá de su entorno inmediato, flotó durante horas sobre las mansas aguas del mar nocturno, hasta enca­ llar entre rocas y arrecifes de una isla cercana. Desconcertada, Ariadne observó el lugar y, desde luego, descartó el in­ tento de zarpar otra vez, por lo que 47


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salió del bote y rodeó, cuesta arriba, la escarpada pendiente de los acanti­ lados; llegó a la planicie alta y, en medio de un paisaje nebuloso y sombrío, en el que las ramas de los árboles secos parecían grietas en el cielo sin estrellas, caminó hasta el an­ tiguo cementerio de los monjes cie­ gos; lo escudriñó sin dejar de caminar y se recostó agotada sobre una lápi­ da. Bajo el influjo del plenilunio vela­ do por nubes pasajeras, entre el silbido del viento y el rumor de las ho­ jas muertas, la bruma de sus ojos se convirtió de pronto en un caudal de

lágrimas, un llanto incontenible y sin consuelo. Ariadne se quitó entonces la cazadora, de donde sacó una vieja navaja marinera, y cortó de tajo las venas de sus muñecas; esperó a que desangraran, y empezaba a perder la conciencia cuando percibió, con un esfuerzo postrero, que alrededor suyo revoloteaban unos inmensos murcié­ lagos, que lo hacían cada vez más cerca de ella y aumentaban en canti­ dad. Un repentino ataque de angustia invadió a la joven que, aterrorizada, se protegió por instinto con una posi­ ción fetal. Y la creciente nube de mur­

ciélagos abrió paso a la escultural si­ lueta de un cuerpo femenino que se aproximaba de espaldas a la intensa claridad de la luna llena, como una sombra proyectada en el aire; era un cuerpo desnudo y maquillado a mane­ ra de camuflaje, como para mimeti­ zarse con la oscuridad de la noche; el cuerpo atlético, alto y esbelto de una mujer de tez muy blanca y cabello muy negro, de ojos grises y mirada penetrante; una mujer de belleza enigmática y espectral. «No temas», le dijo a Ariadne; «los murciélagos no te harán ningún daño». Acarició su cabeza y sus hombros, secó sus lágri­ mas, la envolvió con un abrazo cálido

y la llevó cargando, entre los ecos de las tumbas vacías y los esqueletos de olmos que arañaban el cielo, hasta un castillo ruinoso. Desde la cima de un peñasco de granito, en el último rincón de la isla, unas altas torres miraban a través de sus ventanas, angostas y verticales, el cielo sobre el mar y las montañas, hasta el valle en donde descansaba el antiguo cementerio de los monjes cie­ gos, y desde ahí, al filo de una delga­ da cordillera, la vereda serpenteaba hasta la boca del monstruoso edificio como si fuera su lengua. Indiferentes al revoloteo de los murciélagos, siete gárgolas de cuerpo entero, apostadas


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en cada uno de los costados, vigilaban el exterior, mientras en su interior guardaban celosamente un silencio de piedra. Aquel castillo era oscuro y ló­ brego; el paso de los siglos por sus muros los había cubierto de musgo negro. En la entrada principal, un des­ vencijado y erosionado puente, otrora levadizo, crujía sacudido por las ra­ chas de viento. II Al despertar, Ariadne recordó que había llegado allí en brazos del ser más hermoso que hubiera visto nun­ ca: una mujer fantasmal, que le impi­ dió desangrarse y morir de frío y tristeza en la intemperie del cemente­ rio; una mujer que, a fuerza de amo­ rosas atenciones y delicado esmero, curó las heridas que palpitaban en su cuerpo, no así las de su alma. Era de noche aún y Ariadne se encontraba sobre una cama de madera de nogal, bajo sábanas de bramante, dentro de una inmensa habitación de mobiliario antiguo, tenuemente alumbrada por el fuego agonizante del hogar y perfu­ mada por el vaho de fragancias orien­ tales. Las calurosas brazas de unos leños se hacían carbón en la chime­ nea, igual que las ramas del aromáti­ co incienso en el pebetero. La piel cortada un momento antes cicatrizaba con rapidez inexplicable, cubierta de vendas. En el buró izquierdo había una jarra llena de suero, que la pa­ ciente bebió con ansia. Y en cuanto se creyó recuperada quiso averiguar en dónde estaba; trató de explorar la morada, pero apenas dio unos pasos y sintió flaquear sus fuerzas; las rodillas se doblaron bajo el peso del cuerpo, que ni sus propios aposentos pudo atravesar. Con la curiosidad frustrada, Ariadne volvió a su lecho de convalecencia y, como el reflejo del búho en el estre­ mecimiento de un estanque de agua que vuelve paulatinamente a la cal­

ma, al quedarse dormida, una se­ cuencia de imágenes difusas adquirió nitidez. Al principio, confundió este delirio con una repetición de la reali­ dad en versión corregida y aumenta­ da, al verse recostada sobre una lápida, luego de cortar las venas de sus muñecas, cuando una mujer vam­ piro emergió de la noche a la superfi­ cie de la muerte, acudiendo al llamado vital de la sangre que mana­ ba de las venas abiertas. Y la sensa­ ción de vivir aquella experiencia le resultó profundamente placentera. La mujer, después de saciar sus primeros apetitos, la miró con un deseo volup­ tuoso a través de sus penetrantes ojos, y Ariadne sucumbió con pasivi­ dad saturnina a la embriagadora lasci­ via del instante, al macabro erotismo de su fantasía, y se dejó llevar, como si en el fondo supiera que nada de eso era real, que todo era un sueño. Y su boca buscó los rojos labios, y sus ma­ nos buscaron el cuerpo sin sombra, y sus grandes ojos pardos buscaron su reflejo en los afilados ojos grises… hasta que se encontró de nuevo en el vacío y despertó poco a poco, tan­ teando a ciegas las cobijas. Sus pár­ pados se levantaron con dificultad y reconoció los primeros rayos de la luz del día. La recámara tenía un baño propio, de donde provenía el sonido del agua que brotaba de un grifo abierto. Ariadne se levantó y caminó de punti­ llas hasta allí; se asomó con timidez y vio que una mucama adolescente arrojaba esencias, la infusión de plan­ tas depurativas y pétalos de rosas en una bañera de peltre, mientras espe­ raba a que se inundara. «Buen día», le dijo Ariadne. La muchacha la miró y su cara se iluminó con una sonrisa; hizo girar las llaves del agua y le ofre­ ció la tina del baño con un gracioso y gentil ademán; pasó a su lado expre­ sando una cierta inocencia infantil y se fue de allí sin decir palabra y sin 49


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dar oportunidad de preguntar nada. La mucama encantó y atendió encan­ tada a Ariadne durante todo el día, pero no pudo responder a ninguna de sus preguntas, porque era muda. Ariadne conoció a su anfitriona en el crepúsculo; decía llamarse Darvulia, como la horrible y decrépita bruja que recomendó a la condesa Elizabeth Báthory bañarse con sangre fresca de campesinas vírgenes para mantenerse joven eternamente; pero el nombre nada tenía que ver con Transilvania, cuna de Vlad Tepes, Drácula, o de la propia Erzsébet. Darvulia era de ori­ gen griego, y de inmediato cautivó a Ariadne, que había sucumbido ya, co­ mo parte de un trance tétrico, al mis­ terioso encanto de la dama pálida, pero quedó fascinada al conocerla realmente. Envuelta en velos de seda que simulaban un vestido vaporoso, Darvulia tocaba el chelo en medio de una sensual atmósfera de luces mor­ tecinas y fuegos fatuos, rodeada de velas encendidas, entre palmatorias, candeleros y candelabros. Ariadne habló con ella en un aire romántico, de cálida intimidad, y no le sorprendió que supiera de su desdicha, que cono­ ciera el vacío insoportable de su gran soledad, ni que hubiera espiado sus sueños e inclusive se hubiera presen­ tado en ellos, ni que fuera un súcubo, un ser inmortal, y además ejerciera poder telepático sobre los murciélagos y las gárgolas revinientes del castillo. Sin pensarlo, Ariadne asumía su propia muerte, como si la hubiera lo­ grado finalmente y estuviera libre de penas, soledades y miserias. De por sí, nunca había sido fácil asombrarla ni sorprenderla; conocía el supuesto mito de los monjes ciegos y la historia de los vampiros trashumantes que, si­ glos atrás, invadieron las alcantarillas de la antigua ciudad y los sótanos de las iglesias coloniales; conocía tam­ bién la vida nocturna del puerto, cu­ yas tabernas seguían siendo un 50

semillero de leyendas, como la de Sa­ rah, una mujer vampiro que aparen­ taba ser prostituta para seducir a los marineros y beber su sangre... III Durante varias épocas o tempora­ das, desde hacía cinco siglos, el súcu­ bo había escrito un diario, una bitácora de su relación con los morta­ les. Algunos de estos apuntes se per­ dieron en otras partes del tiempo y

del mundo, o los destruyó ella misma, o sucumbieron por fin a la carcoma, la corrupción por el polvo y las células muertas, la naturaleza oculta de los rincones y el aire dormido, la voraci­ dad insaciable del abandono y la acu­ mulación de olvido; pero la mayoría se mantenía intacta, como su autora, que había escrito de nuevo los pasa­ jes más vetustos, aunque ni ella mis­ ma entendía el motivo de seguir escribiendo; quizás era una forma de ajustar cuentas con la eternidad, o quizás un refugio de la memoria, o un recurso para contener la fugacidad del pensamiento; quizás era una búsque­ da de su propia identidad. ¿Habría escrito acaso durante cinco siglos para que la conociera alguien con el talento y la sensibilidad de Ariadne? Ni ella misma lo sabía, pero en algún lugar de los inmensos y laberínticos sótanos del castillo, sus manuscritos emparedaban los cuartos, junto con


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pequeñas reliquias y mamotretos in­ cunables, viejas enciclopedias y uno que otro ejemplar de edición reciente. Cada tomo del diario tenía en su lomo el relieve del pico aquilino de un ave y, al abrir las pastas, un cuervo de cartón desplegaba las alas. Ante la cantidad de texto, Ariadne pensó que requeriría de toda una vida para digerirlo, así que se entregó apa­ sionada y obsesivamente a su lectura. IV Se besaban sin prisa, como si logra­ ran así detener el tiempo, o como si, a través de su aliento y el contacto de sus labios, pasara la eternidad misma. Se acariciaban explorando, una el cuerpo de la otra, con lascivia y curio­ sidad embriagadora. Sus caricias, al principio sutiles, eran cada vez más apremiantes y llegaban simultánea­ mente a la urgencia, la necesidad recíproca de placer culminante, culmi­ nación como estallido de una tormen­ ta de estrellas, conjunción que provoca una respiración anhelante, suspiros, gemidos, estertores, gritos, sensaciones agónicas y movimiento incesante, en el intercambio de fluidos y calor. Una noche, Ariadne ofreció al súcu­ bo su sangre, le pidió que la bebiera, pero su amante, un ser inmortal y quizás eterno, se vaporizó ante ella y desvaneció en el aire. V Las brujas hacían desnudas su aquelarre a la luz de la luna en el an­ tiguo cementerio de los monjes cie­ gos, y Darvulia las miraba desde la

oscuridad, entre los árboles del bos­ que, excitada por ese misterioso rito y, sobre todo, por la voluptuosidad de su danza macabra. “Aradia”, gemía una muchacha que, en los próximos minutos, cumpliría quince años de edad, mientras las brujas sacrificaban a un hombre que lloraba y gritaba en el más sanguinario de los es­ pectáculos. Era una noche cálida y el paso de las nubes hacía variar la intensidad del plenilunio y su efecto narcótico. “Ara­ dia”, gemía una y otra vez la mucha­ cha con la vista puesta en el cielo para no encontrarse con la sangre que muchas manos suaves embadurnaban en su cuerpo. Un coro de voces acom­ pañaban lascivas el bacanal cuando los gritos del hombre perdían fuerza y se reducían al llanto. Darvulia compartía el placer dioni­ siaco de las brujas al amparo de las sombras y, acariciando el filo de una daga egipcia, ejercitaba sádicamente su poder telepático. «No mueras to­ davía», ordenaba, «sigue sufriendo». Cuando la sangre dejó de manar por las heridas, el hombre seguía respi­ rando, pero sus ojos estaban en blan­ co… Entonces el espejo de cuerpo entero que adherí a la pared del cuarto hace cuatro meses cayó al piso y quedó he­ cho pedazos. El estrépito me des­ pertó, y el grito de una vecina terminó de volverme y devolverme a la reali­ dad. «Puta madre», dije y, de regreso en la almohada, cerré los ojos para seguir durmiendo. No recuerdo qué soñé después, pero nada tenía que ver con brujas ni aquelarres.

Iván Rincón Espríu (México) Blog: ivanrin.wordpress.com

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El Callejón de las Once Esquinas

Pasando la tarde Luisa Hurtado González No se mueve...

El tatuaje tiene el aspecto de un reguero de hormigas. Su pelo rojizo y enmarañado bien podría albergar un nido. Los ojos abiertos y fijos, como mirando el cielo, pero sin mi­ rar. La respiración, contenida al má­ ximo, inexistente. No se mueve. La encontré en el suelo del salón y des­ de hace quince minutos la vigilo; y no, no se mueve. Empiezo a tener miedo, a temer que sea lo que parece; y pasa media hora, un tiempo infinito para la niña que soy. Cuando se harta de la inmovilidad o decide que ya es hora de reírse, se levanta como si nada, me mira y di­ ce: no te habrás preocupado, ¿ver­ dad?; pero si solo es un juego. Pienso entonces, con mis cinco años y casi sin saber lo que pienso, que no es un juego para mí si yo no me divierto, que tendré que esperar a crecer para mostrarle lo divertido que es estar muerto.

Luisa Hurtado González (Madrid ­ España) Blog: microrrelatosalpormayor.blogspot.com.es

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Número 2

En el bosque Plácido Romero

Lejos sonó un disparo...

Le dio el pitillo. –Gracias, compadre. Entonces, ¿qué se dice de Zaragoza? –Que caerá en unas pocas semanas. Dentro de poco. Están llegando tropas frescas desde Cataluña. –Iba a ir en el próximo permiso. –La ofensiva empezará en unas po­ cas semanas. ¿Cuándo tienes permi­ so? –Me tocaba a finales de mes, pero no lo sé. El nuevo teniente no nos de­ ja en paz. Ha cancelado muchos per­ misos y se empeña que patrullemos en el bosque. –¿Qué dice Latorre? –¿El sargento? Rebajado de servicio. Está enfermo. Algo que comió. Es ho­ rrible lo que nos dan. Lejos sonó un disparo. Los dos hom­ bres decidieron no hacer caso. –Nosotros tampoco lo pasamos me­ jor. –¿Qué dices? Este tabaco es bueno. –Sí, sólo el tabaco. Pero el café es achicoria. –¿Achicoria? Martínez nos prepara el nuestro con cebada tostada. Por encima de las copas de los pinos comenzó a escucharse el motor de un avión. Los dos hombres se quedaron en silencio. Cada uno de ellos pensó que el aparato pertenecía al otro ban­ do. –Es un chato. –No, el motor de los chatos ratea

más. Es un italiano. –Barrachina dice que hay un general que siempre está en un avión inspec­ cionando el frente. –¿No has traído el Heraldo? –No, no he podido. ¿Y tú? –Sólo el periódico del sindicato. Na­ da interesante. El hombre le tendió la hoja doblada. El otro se puso la colilla entre los la­ bios y comenzó a leer. –Aquí dice que los facciosos han sido derrotados al sur de Madrid. –No te fíes de lo que pone. Estoy harto de ellos, de Romero. Siempre está con lo de hacerse el carné. –¿Por qué no te lo haces? –¿Y que me trasladen? No, nada de eso. De nuevo se escuchó un disparo, es­ ta vez más cerca. –El nuevo. Es de gatillo fácil. –¿Quién es? –No, no le conoces. Viene de Anda­ lucía. Le he dicho que no disparara, pero ya ves el caso que me hace. –Al final nos va a dar un tiro. Será mejor que nos despidamos. Los dos hombres permanecieron un rato sin decir nada. Terminaron de fu­ mar y apagaron los pitillos, uno contra el tronco sobre el que estaba sentado y el otro en el tacón de la bota. Los dos se metieron la colilla en el bolsillo de la guerrera. Sin decir palabra, sin estrecharse la mano, cada uno tomó 53


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una dirección, adentrándose en la espesura. Apenas había caminado unos cen­ tenares de metros cuando una voz nerviosa le dio el alto. –Soy yo. Bucardo. El joven salió de detrás de un pino. Era todavía un adolescente. –¿A qué disparabas? –He escuchado a alguien hablar. –¿Hablar? Aquí sólo estamos noso­ tros dos.

Fotografía de Robert Capa

Plácido Romero (Jaén ­ España) Twitter: @PlcdRmr Blog: placidario.blogspot.com.es

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Número 2

Dejar de fumar es fácil Héctor Daniel Olivera Campos Para entonces, yo ya me había enamorado de ella...

Siendo bajito, feo y estrábico, ¿có­ mo iba a conocer el amor? Los recha­ zos, las carencias, la solitud de mis afectos —más imaginados que vivi­ dos—, maceraron con morosidad mi espíritu en un espeso caldo de amar­ guras. Contaba con treinta y seis años de edad y no esperaba del futuro otra cosa que no fuese una pronta calvicie —ya anunciada por una insolente co­ ronilla— y un declive físico paulatino; en el que mi hígado, protestando con quejidos clínicos por la excesiva in­ gesta de alcohol, desempeñaba el pa­ pel de adelantado. Toda mi vida sexual había transcurrido entre esos fuegos fatuos que son los amores mercenarios en los que prostitutas baratas de mil nacionalidades paupé­ rrimas laboraban un cariño genital con la calidez de un urólogo y la sinceri­ dad de una rapaz. Nunca había visto brillar en las pupilas de una mujer el brillo del amor, el destello de la admi­ ración. Nunca... hasta que apareció Amanda. Te recuerdo Amanda: el pelo cas­ taño sobre la cara, los ojos grises, la sonrisa perenne y clara, aunque bise­ lada con un perfil de melancolía; me­ nuda, bien proporcionada; la falda larga y estampada, los pendientes de plata; infatigable mística, seguidora de horóscopos; frecuentadora de bi­ bliotecas y teterías, lectora de autores sudamericanos, escanciadora de cru­

cigramas, coleccionista de puestas de sol y conchas marinas; buena persona hasta la irritación; tan fuera del mun­ do, tan etérea; voluntaria en el teléfo­ no de la esperanza desde que tu hermana desapareció; absorbías con­ tinuamente la luz de las personas, in­ cluida la luz de quienes no te merecían; y así hurgaste en mi sucia penumbra; te fijaste en mí, que no desprendía más que cieno, que era opaco para el mundo, que siempre fui cínica oscuridad. Recuerdo que, en los días de otoño, me besaste el alma ilu­ minándome la existencia. Amanda, fuiste el obsequio que la vida me en­ tregó, mientras que yo sólo fui la cau­ sa de tu desgracia. Sin embargo, antes que Amanda, hay una prehistoria; hechos y circuns­ tancias que, aunque despreciables, debo contaros. En el amor y en la guerra todas las armas son lícitas; el feo ha de ser inteligente y el gordo gracioso. Así, que yo, feo, pobre y amargado; listo, pero demasiado es­ peso para brillar por mis dotes inte­ lectuales, opté por el esoterismo con el propósito de destacar. En mi juven­ tud constaté que la gente adora el mi­ to y se deja embelesar por los enigmas y lo mistérico. Cuando pero­ raba sobre ovnis, espíritus, zombis, vampiros, civilizaciones perdidas y ca­ sas encantadas, siempre había al­ guien escuchándome, si no con 55


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respeto, sí, al menos, con curiosidad. Aprendí astrología y me dediqué a ha­ cer cartas astrales a las chicas tratan­ do, con nulo resultado, de ligármelas. También montaba sesiones de espiri­ tismo amateur en las que simulaba ponerme en trance con mucha teatra­ lidad y aparato. Además de la ouija manejaba el tarot y afirmaba leer el futuro en las líneas de las manos y en los posos del café; cualquier cosa con tal de hacerme el interesante. Con el tiempo pasé a vivir profesionalmente de lo paranormal y a regentar una tienda de productos esotéricos. En mi pequeño y atiborrado establecimiento, con su sofocante aroma a incienso y esencias, despachaba aceites, amule­ tos, estampas religiosas, filtros de amor, imágenes de santos católicos y afro­caribeños, lámparas de sal, me­ dallas, pirámides, minerales, rosarios, velas y velones, falsos grimarios con invocaciones mágicas; y en la tras­ tienda: muñecos para realizar vudú y hostias apócrifamente consagradas para ritos satánicos. Con todo, mi ma­ yor fuente de ingresos provenía de las personas que venían a consultarme, y a las que estafé cuanto pude. Me aproveché de viudas seniles —de las que conseguí acceso a sus cuentas bancarias y que me firmaran poderes notariales para la enajenación de in­ muebles—, haciéndoles creer que sus difuntos maridos hablaban por mi bo­ ca en el desarrollo de mis sesiones como médium espiritista. No me per­ turbó en absoluto usar todo tipo de tretas para embaucar a las personas que, de buena fe, o simplemente por­ que se sentían solas y necesitaban que las escuchasen, se acercaron a mi consulta. No tuve escrúpulo con na­ die, me era indiferente que mis víctimas estuviesen mentalmente enfermas o lastradas por traumas y carencias de autoestima; a todas las que se dejaron, las manipulé; arramblé con todo cuanto pude. Un 56

añejo y potente resentimiento, un desprecio generalizado hacia toda la humanidad, me inmunizaba frente a la compasión. Incluso me divertía; uno de los prodigios que anunciaba consistía en adivinar el sexo del feto antes de que pudiera desvelarlo cual­ quier ecografía; a tal fin, me embutía en una túnica con estampado samoa­ no de dudoso gusto y, poniendo mis manos sobre el vientre de la embara­ zada completamente desnuda, entor­ naba los ojos y, con cara de imbécil, declamaba «es un niño», o bien, «es una niña». De inmediato rellenaba una ficha con el nombre de la madre y el sexo opuesto al que había predicho. Si adivinaba el sexo, perfecto; si me equivocaba y venían a reclamarme, les decía que me habían entendido mal, que yo había pronosticado acer­ tadamente el sexo del nacido y, para convencerles, les mostraba la ficha de la criatura. La noche en que maté a Noelia re­ gresaba de casa de una de mis clien­ tas. Antes de tomar el coche estuve bebiendo whiskys en un burdel de ca­ rretera. Como resulta que me sirvie­ ron un infame brebaje de garrafón jurándome que era Chivas y cobrán­ domelo como tal, monté una buena escandalera que se oyó en toda la ba­ rra americana. El portero me echó del local y, medio borracho, me largué en mi vehículo. No estoy muy seguro de lo que pasó más tarde, aunque sí que noté haber impactado contra algo; con la mente turbia pensé que quizás había atropellado a un jabalí; al bajar del coche comprobé que había matado a una ciclista. ¿Qué puedo deciros? Me asusté. Si iba a la policía me harían la prueba del alcoholímetro y me iba a meter en un buen lío. No en­ contré otra solución que esconder el cadáver, así que lo retiré de la calzada y lo introduje en el maletero del auto. A la noche siguiente, tras haber des­ cuartizado el cuerpo y desfigurado su


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cara y sus dedos con ácido sulfúrico, enterré lo que quedaba de la pobre chica en un vertedero de basuras. Por el carné de identidad supe que la mu­ jer a la que maté se llamaba Noelia Castro. Un año más tarde del atropellamien­ to, Amanda apareció en mi tienda; deseaba hacerme una consulta. Reco­ nozco que aquella muchacha me gustó apenas la vi, aunque en nada imaginaba, entonces, que iba a ser la mujer de mi vida. Le indiqué a Aman­ da que pasara a la trastienda, reduje la luminosidad de la lámpara y me ceñí el mandil masónico y la estola eclesiástica, prendas con las que im­ presionaba a los paletos. Al pregun­ tarle cuál era el nombre del muerto con el que quería contactar, Amanda me respondió: «Noelia Castro, mi di­ funta hermana». Fue como si me hu­ bieran golpeado con una plancha en el rostro. Amanda, al ver mi expresión, comenzó a gritar: «¡Lo sabía, lo sabía!» Según me explicó había tenido un sueño en el que su hermana le da­ ba la dirección de mi tienda, diciéndo­ le que allí había una persona que le desvelaría dónde se encontraba. Yo, completamente aterrado por lo que estaba escuchando, le dije que no podía ayudarla. Amanda me preguntó desolada la razón por la que le dene­ gaba mi auxilio, mientras que yo me limitaba a repetir «no puedo, no pue­ do» y, algo más repuesto: «A tu her­ mana le pasó algo muy malo, veo mucha maldad». Amanda me abrazó con fuerza, derramó sus lágrimas so­ bre mi hombro, yo traté de consolarla, ciñéndome a su abrazo, ella me res­ pondió besando mi mejilla; la estola se deslizó hasta el suelo y yo accedí a ayudarla en contra de lo que me aconsejaba la más elemental de las prudencias. Era la primera vez que una consultante me conmovía. Uno puede despreciar a todo el gé­ nero humano, estar vacunado frente a

todo tipo de gentes, asqueado por los millones de almas vulgares con las que se ha visto obligado a tratar; y de repente, aparece alguien especial cuando ya no se le espera. Amanda fue una brisa transparente que me anegó. En las semanas que transcu­ rrieron desde su primera visita fui desvelándole detalle a detalle el lugar en el que yacían los restos de su her­ mana, prolongando todo lo que podía el desvelamiento final, aterrado de que una vez satisfechas sus pregun­ tas, ya no volviera a verla. Mientras consultaba, contemplaba en Amanda sinceros gestos de admiración hacia mí y una gratitud desbordada. En la última sesión le di el nombre del ba­ surero en el que hallar los desperdiga­ dos huesos fraternos. Amanda lloró quedamente, cabizbaja, unos instan­ tes; se secó con un foulard malva, me abrazó durante unos instantes y con timidez, me ofreció sus labios. Para entonces, yo ya me había enamorado de ella. Nada en Amanda era impostado, así que me amó con absoluta y decidida sinceridad durante el primer año de nuestra relación, con esa alegría gra­ tuita que derrochan los enamorados. Mi familia y las escasas amistades con las que contaba se quedaban seduci­ dos —hechizados sería más acertado decir— al conocerla; celebraban mi suerte y se aventuraban a decir que aquella chica era oro. Bonita, sencilla, agradable y luminosa. Con todo, su amor hacia mí no era puro; consistía en una mezcla de admiración, gratitud y misticismo. Amanda Castro decía que si Dios me había concedido el maravilloso don de la adivinación, no podía ser por casualidad, mi corazón debía albergar cualidades maravillo­ sas, aunque ella todavía no las hubie­ ra descubierto. ¡Y me lo decía ella, a quien su hermana muerta le hablaba en sueños! Yo trataba de quitarme importancia; un día se enfadó porque 57


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le dije que la adivinación estaba so­ brevalorada, que incluso un pulpo de nombre Paul había clavado los resul­ tados del mundial de fútbol de 2010. Al segundo año de nuestra vida en común comenzó a desaparecer la alegría y llegaron las observaciones críticas. Amanda me recriminaba mi poca contribución en la realización de las tareas del hogar, mis comporta­ mientos egoístas, mi indiferencia ha­ cia la cultura, mi desmedida afición al fútbol y a los bares, mis frecuentes arranques de mal genio y la nula ge­ nerosidad con que opinaba de los demás, pero especialmente, no sopor­ taba mi adicción al tabaco. Una tarde me confesó que se sentía muy decep­ cionada conmigo y que si seguía a mi lado, era porque Dios y su difunta hermana no podían equivocarse; según me contó, meses atrás la her­ mana se le había vuelto a aparecer en sueños, profetizándole que yo le diría el nombre de la persona que la mató. Al escuchar aquella insensatez pensé que Amanda estaba un poco pirada, aunque lo peor —lo que verdadera­ mente me dolió— fue comprobar que su amor por mí se hallaba en un dique seco. No quería perderla, haría lo que fuera necesario para que volviese a admirarme. Recuerdo que la hice bajar del coche en un recodo de la pista forestal, le ordené que se desnudara y se coloca­ ra a «cuatro patas», como se suele decir y, cerrando los ojos en el mo­ mento fatídico, impulsé el martilló con todas mis fuerzas en un movimiento descendente hasta quebrarle los hue­ sos del cráneo. Se escuchó un ruido semejante al que se oye cuando se revienta una sandía. La prostituta se desplomó como una res a la que le han dado un puyazo en el matadero. Un mes más tarde pasaba a colaborar con la policía en calidad de médium­ mentalista y les señalaba la gruta en la que había inhumado el cadáver. 58

Durante el año que siguió, asesiné a otras once prostitutas de carretera, señalando posteriormente, en cada uno de los casos, el lugar en el que se encontraban los cuerpos. La prensa sacó a relucir mi colaboración con la brigada de homicidios y me convirtie­ ron en alguien famoso; concedí entre­ vistas por televisión y llegué a ser un habitual de los programas de «televi­ sión basura», publiqué libros, abrí un centro de consulta esotérica a través de líneas de teléfono tarifadas y, al no poder atender a todos los clientes que querían tratar conmigo, subcontraté una red de franquicias de adivinación con mi nombre. Allí donde iba, des­ pertaba expectación, curiosidad y morbo. Todo el mundo daba por hecho que gracias a mis poderes extrasen­ soriales, la policía lograría atrapar al «monstruo de la nacional II», apoda­ do así por ser en las inmediaciones de esa vía donde perpetraba sus (mis) asesinatos. Con toda aquella publici­ dad gratuita gané mucho dinero, cosa que a Amanda no le importó lo más mínimo; ella no era de gastar, comía como un petirrojo, vestía para cual­ quier ocasión sus vestidos de hippie trasnochada y era feliz leyendo un li­ bro y ayudando a los demás. En cam­ bio yo adoraba el dinero y el éxito, por primera vez en mi vida ligaba con facilidad, sobre todo tras aparecer en televisión. Le fui infiel a Amanda sin el más mínimo remordimiento, pensaba que la vida me debía muchas cosas y que ya era hora de ir cobrándomelas. Sin embargo, lo más importante para mí fue que Amanda volvía a admirar­ me; mi novia me decía que hacía un bien enorme a las familias localizando a los muertos, que ella había pasado por aquel trance de tener a su herma­ na desaparecida y sabía lo que sentían. Cada vez que nombraba a su hermana, yo no podía evitar que se me erizara el vello; pese a no creer en los espíritus, el más allá, los fantas­


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mas y demás paparruchadas, me era imposible no inquietarme. Una noche, Amanda comenzó a agitarse en el le­ cho. Las convulsiones de mi amada me despertaron y, en un primer mo­ mento, pensé que su hermana le des­ velaba en un sueño que era yo quien la había matado. Sentí tal pánico, que, en un instante de ofuscación, tomé la almohada y estuve tentado de colocársela sobre su boca y su nariz, y ahogarla; afortunadamente recapacité y no lo hice. A la mañana siguiente se quejó de que la cena en el restaurante mexicano le había revuelto el estóma­ go. Durante el año y medio en el que ejercité de macabro zahorí, Amanda, arrebatada de admiración por mis proezas, me quiso con determinación, arrinconando reproches y decepcio­ nes, aunque seguía sin soportar mi hábito de fumar. Una mañana, mi no­ via me mostró un anuncio de prensa al que había sitiado con un círculo he­ cho con un rotulador de tinta roja: «DEJAR DE FUMAR ES FÁCIL. RESUL­ TADOS GARANTIZADOS DESDE LA PRIMERA SESIÓN DE HIPNOSIS». «No creo en esas tonterías», le dije. Mi respuesta le causó perplejidad: «¿Precisamente tú no crees en la hip­ nosis?», me replicó. Tras una breve discusión, por darle gusto y no susci­ tar en mi novia sospechas sobre mi impostura, acepté someterme a hip­ nosis. ¿Qué no haría yo por Amanda? El anuncio convocaba a los interesa­ dos en un céntrico hotel de la capital, la primera sesión era gratuita y públi­ ca, parecida a un espectáculo de ma­ gia para turistas de crucero barato. La sala del hotel de tres estrellas, denominada «Topacio», estaba aba­ rrotada de gentes —no menos de trescientas personas— sentadas en si­ llas plegables. En el fondo de la sala, una pequeña tarima y sobre ella, el hipnotizador de cabellos grises que vestía una anticuada chaqueta de

cuadros. Mi presencia en la sala le­ vantó un pequeño revuelo, así que el hipnotizador me hizo salir a escena de inmediato, sentándome en una silla frente al público. Su técnica hipnotiza­ dora no podía ser más clásica: colocó frente a mis ojos un reloj de bolsillo y sujetándolo por la leontina comenzó a menearlo con una oscilación pendular mientras me decía que iba a sentir mucho sueño. Durante el primer mi­ nuto me estuve riendo por dentro de aquella patraña, pero enseguida co­ mencé a sentir un extraño y pesado sopor y antes de que fuera consciente de lo que me estaba pasando, me había quedado dormido. Abrí los ojos y frente a mí, la mu­ chedumbre me observaba con espan­ to y repugnancia; transcurrieron unos segundos de denso silencio y brotó un murmullo que se fue agrandando has­ ta parir gritos de indignación. Descon­ certado, busqué a Amanda con la mirada, pero no la hallé; al girar el rostro la contemplé junto a mí, a dos metros de distancia, de pie sobre la tarima. Amanda me miraba con odio. Me sobresalté, era una persona inca­ pacitada para odiar incluso hasta cuando le hacían daño injustamente, así que aquella mirada me resultaba insólita; más sorprendente era adver­ tir que era a mí a quien me estaba aniquilando con las pupilas. No en­ tendía nada. Me dirigí al hipnotizador que me contemplaba con rostro com­ pungido y un estupor evidente. «¿Qué pasa?», le pregunté. «¿He dicho algu­ na barbaridad, he hecho algo indeco­ roso?» En aquel momento, Amanda me espetó, con la ira restellando en su voz trémula: «Mi hermana me dijo la verdad, de tu boca saldría el nom­ bre del bastardo que la mató». Yo le grité: «¿Qué estás diciendo?», pero Amanda ya corría en dirección hacia la puerta del salón Topacio; fue la última vez que la vi. El hipnotizador se re­ clinó sobre mí y me dijo al oído que 59


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mientras me hallaba hipnotizado había declarado haber atropellado a Noelia Castro y haberme desecho de su cuerpo descuartizado, además de ser el «monstruo de la nacional II», una confesión que expuse aderezada con un derroche de detalles maca­ bros. En la actualidad aguardo en prisión a que se dicte la senten­ cia por el caso de los

asesinatos múltiples que cometí. No me hago muchas ilusiones, sé que tardaré muchos años en volver a ser un hombre libre. Ahora sé que la ma­ gia existe, yo tuve la suerte de encon­ trarla y llegué a amarla; la magia se llama Amanda. Ella no ha querido res­ ponder a mis cartas ni a mis llama­ das, y es una pena, le alegraría saber que por fin he dejado de fumar.

Héctor Daniel Olivera Campos (Badia del Vallès, Barcelona ­ España) Blog: hectoroliveracampos.blogspot.com.es

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Número 2

Mar gruesa Enrique Mochón Romera Como tras un abracadabra, de repente veo todo claro...

Tiempos vendrán en que las olas serán tan fuertes que esos diques im­ provisados no servirán para nada, y nuestro frágil mundo se irá al garete una vez más. El aire de este noviembre me hiere al respirar y su luz me escuece en los ojos. Huyo del bullicio y del ruido casi sin darme cuenta, sin levantar la mi­ rada y haciendo oídos sordos si al­ guien me llama, pero sin soltarte nunca de la mano. Estoy tan acos­ tumbrado a tenerte junto a mí que a menudo ni soy consciente de ello. So­ lo cuando te alejas despierto a la rea­ lidad, y ocurre que, al verte venir luego entre la gente, tu figura menu­ da y tu pálida carita, como de niña, despiertan en mí sentimientos tan tiernos que a veces no reconozco co­ mo míos. Porque recuerdo días en que habría vendido tu alma y la mía para poder salir de mi propia desesperación, y otros en que solo la compasión me permitió seguir queriéndote. Ni siquie­ ra encuentro en mi memoria el mo­ mento en que decidí compartir mi vida contigo. Es como si tu persona hubie­ se estado siempre con la mía, a re­ molque de ella por las aceras, acompañándola en turbios y denigran­ tes tratos, o sentada a su lado en algún frío banco del parque. Y puede que a menudo la haya sentido tan co­ mo algo mío, que en aquellos momen­

tos en que he aborrecido todo lo que soy, tú hayas sufrido de igual modo las consecuencias. Nada que yo jamás pueda compensarte. En una ocasión, con esa candidez tuya tan graciosa, me preguntaste si los árboles del parque eran un bos­ que, y yo me reí con ganas, ignorando por completo, tonto de mí, la de veces que en él habríamos de perdernos. Y es que siempre hemos andado deso­ rientados, por más que cada día nos guiara un solo objetivo. Observándolo con la perspectiva necesaria, diría que nuestro deambular ha ido dibujando con el tiempo un enorme mosaico de predecibles e invariables rutinas, de viñetas repetidas; un inmenso fractal de incontables y perfectas espirales girando sobre idénticos puntos fijos. Todo ha sido degradación en noso­ tros de un tiempo a esta parte, y si algo de provecho hay que aún perma­ nezca intacto, eso es sin duda tu leal­ tad, pura y brillante, sobreviviendo en nuestro lodazal diario como una cade­ na de oro hundida en el cieno. Poco más. Porque por lo que a mí respecta, si en alguna etapa de mi existencia apunté maneras, a partir de cierto momento difícil de precisar casi todas las escenas que recuerdo de ella me avergüenzan de una manera profun­ da. Quisiera haber merecido alguna vez esa incondicional entrega tuya, haber despertado aunque fuera por un 61


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breve instante de la ignorancia que me hacía sentir tu confiada mano co­ mo una prolongación de la mía; salir de la ceguera que me impedía ver que sin ti no habría podido seguir adelan­ te. Hoy, en cambio, me sorprendo vigi­ lando tu espacio con celo y procuran­ do que nada te falte, rodeándote con el brazo mientras tú te acurrucas en mi costado temblando y con las man­ gas hasta los puños. Ayer soñé que te llevaba hasta un hogar confortable. Era la noche más oscura que puedas imaginar, y yo conducía un coche des­ tartalado y con un solo faro. Apenas se veía el camino, pero no podía dejar de acelerar porque el suelo se iba

desmoronando a nuestro paso. El res­ to lo he olvidado, si no es aquella sen­ sación de no haber visto nunca tantas curvas ni carretera más estrecha, ni precipicios más profundos…, de no haber sentido jamás tanto valor. Este es el otoño más frío que re­ cuerdo. Y esta la mañana más ex­ traña. Hay algo de irreal en el trino desafinado de los mirlos, en el paso lento de la gente, en el ruido sordo de los coches, en tu rostro dormido color ceniza. Como tras un abracadabra, de repente veo todo claro; esa maquina­ ria que a diario nos aparta a un lado, como desecho, parece funcionar hoy a modo de pruebas, mostrando las cuerdas de su tramoya, el apuntador camuflado, la chica desnuda, el truco del mago. Y agarro entonces tus hela­ das mejillas y te grito que despiertes, que han derribado todas las puertas, y al fin podremos volver a casa. ¡Va­ mos, mi dulce y bella princesa! ¡Es ahora o nunca! Solo tienes que aga­ rrar mi mano y correr. A través del bosque. Bajo el gélido cielo. Sobre las olas. Hasta no poder más.

Enrique Mochón Romera (Puerto Sagunto, Valencia ­ España) Facebook:enrique.mochonromera.5 Twitter: @enriquemochon

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El aviso Manuela Vicente Fernández Amigos, nunca despreciéis la forma que puede adoptar vuestra conciencia... En cierta ocasión, cuando regresaba a casa después de una noche de juer­ ga, me encontré con un gato de un solo ojo que parecía aguardarme en el portal. ―¿Qué haces exponiéndote de esta forma a estas horas de la madrugada? ―me increpó. ―¿Desde cuándo a los gatos les im­ porta la hora en la que llego a casa? ―pregunté a mi vez. ―Escucha, por mucho que mi apa­ riencia te engañe, te aseguro que no soy un gato. ―¿Ah, no? ¿Y qué clase de bicho eres? ―No soy más que tu conciencia que te está esperando. Me eché a reír al es­ cucharlo pensando que, en efecto, había bebido demasiado, y sin más consideraciones al res­ pecto, comencé a subir la escalera. ―¿Dónde vas, des­

graciado? ¿Es que no ves que no estás en condiciones de entrar en casa? ―inquirió el minino, cerrándome el paso. ―¡Déjame en paz, miserable! ―prorrumpí dándole un puntapié que lo lanzó escaleras abajo. ―¡No enciendas la luz, inconsciente! ―me gritó desde el fondo del rella­ no―. ¡Recuerda que tu aliento etílico podría provocar un fuego! Maldiciendo al gato con botas, me dispuse a abrir la puerta de mi casa. Amigos, nunca despreciéis la forma que puede adoptar vuestra conciencia para avisaros de que habéis dejado el gas abierto. Lo siguiente que recuer­ do es la sirena de los bomberos, eso y la voz del médico, di­ ciéndome al desper­ tar: ―Tiene suerte de haber perdido sola­ mente un ojo en el in­ cendio.

Manuela Vicente Fernández (Viana del Bollo, Orense ­ España) Facebook: manoli.v.f Blog: www.lascosasqueescribo.wordpress.com

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Tres obuses Ángel Saiz Mora Le miraba con los ojos de quien sabe que poco después no podrán abrirse...

A estas alturas de la contienda había escuchado todo tipo de explosiones, unas lejanas y otras amenazadora­ mente próximas, pero esta fue distin­ ta, no sólo por su cercanía, delatada mediante un silbido previo que perci­ bieron oídos tan habituados. Fue el grueso calibre del obús, mayor que el de los frecuentes morterazos, el que trajo una devastación imprevista. Aquella onda expansiva supo discu­ rrir entre angostos pasadizos de arena y maderos de la trinchera, donde el proyectil acertó de lleno para cobrarse bastantes vidas, también la de su me­ jor amigo. A él le salvaron los intesti­ nos mientras visitaba el cubículo utilizado como letrina, providencial escapatoria del feroz tiro al blanco. Vivo aún, pese al cuerpo mutilado, le miraba con los ojos de quien sabe que poco después no podrán abrirse, llenos también de una última determi­ nación. «Tienes que hacerlo por mí» —susurró—. Él apenas tuvo tiempo para asentir, movido por la amistad y el respeto hacia un deseo postrero. De su paso por la rama de infantería sólo quedó su escudilla de aluminio, que nunca más volvería a limpiar con paja, que al igual que el fusil fue adoptada de inmediato por otro vo­ luntario. Semanas atrás tenía una vida civil como aprendiz de barbero, perturbada ante los temores de que la lucha, bajo 64

el empuje enemigo, se aproximaba peligrosamente a la capital. Finalmen­ te, un ejército bien pertrechado ase­ dió sus puertas. Cambió la tijera por un fusil de siete kilos que producía magulladuras en el hombro durante los bruscos retroce­ sos. Terrones levantados por la me­ tralla, astillas de mil balazos sobre los árboles pasaron a formar parte de su existencia como defensor de la ciu­ dad, en el frente abierto de una zona boscosa de las afueras. Ya había sufrido antes las conse­ cuencias más trágicas que conlleva una guerra cuando sus padres, en plena calle, cayeron hechos trizas ba­ jo otra andanada de artillería pesada. Enfermo de recuerdos, huérfano de afectos, difícilmente hubiese poblado de nuevo la casa familiar. Prefirió alis­ tarse y sustituir sus tabiques por los muros de unos parapetos. Allí tuvo ocasión de hermanarse con un com­ pañero. Ahora un obús se había en­ cargado de llevárselo, como antes, otro ingenio similar hizo con sus pro­ genitores. «Tienes que hacerlo por mí». Ape­ nas cuatro palabras, consecuencia de un sombrío escenario que en su día le contó lleno de amargura. La madre y la hermana de su amigo, llevados por la penuria de los tiempos, hubieron de alojarse bajo el techo de un pariente que, a cambio de supuesta hospitali­


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dad, las mortificaba sin clemencia, que veía en las mujeres unas criadas de por vida. El muchacho que acababa de morir en sus brazos había jurado venganza cuando la guerra le permitiera regre­ sar. Durante semanas de cruda lucha pudo curtir una idea fija: ser el verdu­ go de quien hacía la vida imposible a sus seres más queridos. Ateridos de frío, cubiertos de barro y miedo, espalda contra espalda, temie­ ron juntos el asalto de esas tropas bien adiestradas a las que intentaban frenar. En cualquier amanecer podían arrasar su zanja con tiros y macheta­ zos. Tampoco era mejor terminar aplastados bajo las cadenas de un blindado. No tenía constancia de haber acerta­ do a nadie. Puede que alguna vez sus disparos hiciesen blanco sobre algún recluta tan asustado como él. Uno más para esa siega de sangre diaria. Las familias lloraban igual en ambos bandos. Ahora arrastraba el acatamiento de un compromiso que, según su malo­ grado camarada, no era asesinato, si­ no justicia. Nunca había concebido terminar con alguien a sangre fría por mucho que lo mereciese, aunque la muerte se hubiera vuelto un persona­ je cotidiano. Sin embargo, para desdi­ cha de madre y hermana, personajes como aquel mal hombre sabían sobre­ vivir a esos tiempos como ratas resis­ tentes. Afectado por la pérdida, obtuvo de sus mandos un corto permiso, que en realidad no fue tal, puesto que llevaba implícito el doloroso servicio de comu­ nicar la defunción del caído a los alle­ gados. Palpó el frío metálico de la pistola bajo las ropas durante su paso por al­ gunos barrios bombardeados, conver­ tidos en paisajes apocalípticos, con aceras y plazas cuajadas de boquetes. Sacos terreros protegían el menguado

género de las escasas tiendas abier­ tas. Pasó ante carteles con lemas y pro­ clamas para resistir. Sus pobres pa­ dres habían muerto sin entender el porqué de estas disputas, las ideas irreconciliables. Ellos nunca hicieron daño a nadie. Los estampidos se ocuparon de que muchas viviendas careciesen de cris­ tales. Sorteó trozos de muro. Tuvo que dar cuenta de su presencia y acti­ vidades a una pequeña patrulla, que tras pedirle la documentación termi­ naron cuadrados militarmente ante un infeliz soldado, antes peluquero. El hedor de la muerte impregnaba todo y él, a su pesar, era uno de los ejecu­ tores. Los dedos temblaron al liar un pitillo con tabaco de picadura. Su conciencia clamaba que olvidase todo, pero la fi­ delidad al compañero hizo que se rea­ firmara en el propósito. Sintió que de alguna manera le había fallado por no haber sucumbido junto a él, o en su lugar. Se trataba de añadir otra muerte, una más. No era mucho para esos tiempos. Fue entonces cuando pudo verlas de lejos, identificadas al instante por una fotografía que tantas veces le mostra­ ra su amigo, donde se reflejaba la bondad de esa mujer madura, el en­ canto de la joven. Con la mirada baja, eran recrimina­ das en público y sin ningún pudor por un sujeto que no podía ser otro que su objetivo. Lleno de indignación com­ probó, impotente, cómo las zarandea­ ba. La muchacha recibió una bofetada. Asió la dureza del arma corta para quitar el seguro. Sin embargo, antes de que pudiera llegar, la escena había terminado, con aquel mezquino aleja­ do en dirección opuesta a la de las mujeres. Al estruendo de un nuevo obús que, 65


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que como los dos anteriores, no espe­ raba, le siguió la caída de un edificio. El polvo rojo y gris se alió con el des­ concierto y los gritos. Las sirenas de aviso de bombardeo no habían funcio­ nado. Un avión, inmisericorde, des­ cargó allí parte de su panza. Madre e hija alcanzaron la boca de entrada a un refugio cercano, además de otras muchas personas no menos asustadas. Preso del mismo sobresal­ to y en un afán de protegerlas, deci­ dió unirse. Una vez dentro, rodeado de olor a orines y llantos de niños, se identificó. Sin duda no era el mejor momento para comunicar la peor de las noticias, pero ninguno lo es. Lloraron, él también. Al salir, se toparon con los escombros hu­ meantes de la morada que les sirvió de cobijo en los últimos tiempos. Debajo yacía su pro­

pietario. Después de que sendos obu­ ses terminasen con los padres y el querido compañero, la trayectoria de otro marcaba otra vez la suya. Nunca supo de dónde sacó fuerzas, probablemente del alivio de no verse obligado a la consumación del encar­ go. Consciente de que habían perdido hijo, hermano y cuanto tuvieron, hizo acopio de entereza para ofrecerles su deshabitado domicilio, al tiempo de abrir alma y corazón para dejar entre­ ver, torpe, sincero, los deseos de vol­ ver a tener una familia. No habló de las intenciones de per­ manecer vivo y olvidar, de los anhelos de que toda esa locura terminase co­ mo un mal sueño, de compartir el futuro, quizá, con la hermana del mejor amigo. Tam­ poco hizo falta. Se leía en su rostro.

Ángel Saiz Mora (Madrid ­ España) Twitter: @ASaizMora Facebook: www.facebook.com/angelsaizmora

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El monstruo Marta Castaño González «Era la puerta que el hombre se cierra a sí mismo ante la contemplación del espectáculo humano, quedando atrapado dentro de su angustia y soledad». «El sueño de la razón produce monstruos» (Goya)

Tenía el presentimiento de que aquel día tampoco iba a venir. Aún era tem­ prano pero ya empezaba a oscurecer. Veía a duras penas el final del camino desde la ventana de la vieja casa. El cielo se iba apagando poco a poco co­ mo una vela que se consume en una iglesia. La verdad que el bosque tenía un encanto especial en aquella época, cubierto por una alfombra infinita de diferentes tonalidades de ocre. Caía la penumbra sobre las hojas esparcidas por el suelo, inundando con destreza cada rincón, deslizándose entre los álamos como un río silencioso que se sale de su cauce. Bajaba también a esas horas la niebla desde las mon­ tañas para aposentarse en el jardín. Una año más el otoño había entrado en mi vida sin previo aviso. Quizá ya nunca se marchara. Salí al porche, la madera del suelo crujía bajo mis pies cada vez que la pisaba como quejándose por un dolor agudo en los riñones, recordándome el que me asediaba a mí de vez en cuando. Prendí el viejo candil que col­ gaba cerca de la puerta y me senté en el sillón de mimbre a esperarlo como cada anochecer. Curiosamente no me cansaba de esperar y esperar. Y así habían transcurrido las horas de mi vida. No sé cuánto tiempo permanecía

allí absorto, mirando fijamente el ca­ mino que se perdía entre los árboles, por donde había desaparecido cada cosa que había querido retener. Soplaba ya el viento del norte que me obligó a abrocharme el último botón de mi chaqueta. Era el momen­ to de volver a dentro y pasar el tiem­ po junto a mis relatos. Había algunas épocas mejores que otras. Esta era una de las malas. No había logrado escribir nada decente y llevaba ya va­ rias noches sin dormir en condiciones. Si el sueño me vencía al poco me despertaba con unas taquicardias in­ soportables. Entonces para tranquili­ zarme trataba de controlar yo mismo mis pulsaciones. Colocaba los dedos índice y corazón sobre mi yugular y notaba pasar la sangre cada vez más despacio pum, pum; pum, pum; pum… pum… De alguna manera en otoño siempre tenía la seguridad de que iba a volver. En esa época del año se cerraba el círculo, se recogían las cosechas y los árboles perdían sus vestidos de gala. A esas alturas ya no esperaba que tu­ viera el mismo aspecto que cuando lo vi por primera vez aquella tarde de abril. Esa vez yo estaba sentado en el porche, intentando como de costum­ bre escribir una buena historia. El sol 67


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y los pájaros habían salido para recor­ darme que la naturaleza empezaba su vida. De repente escuché algo aproxi­ marse desde el bosque. Cuando le­ vanté la vista del papel él ya estaba allí, plantado frente a mí como por ar­ te de magia. Se oía tocar un piano a lo lejos en el pueblo. La melodía era triste. El aire traía el sonido hasta donde nos en­ contrábamos. En algún lugar no muy lejano alguien seguía creyendo en el arte. Observé un tiempo cómo perma­ necía allí impasible. Nos estuvimos mirando sin decir nada hasta que cuando por fin me decidí a hablar no pude. Entonces fui consciente: se pa­ recía tanto a mí… sus ojos eran jóve­ nes y con ganas de vivir, su boca dueña de una sonrisa llena de entu­ siasmo, las manos blancas y llenas de luz, la mente segura y rebosante de ideas... Me miraba fijamente y yo me iba hundiendo en sus ojos como en un pozo sin fondo. Me había cautivado por completo. No entendía en absolu­ to cómo pero lo había hecho. Y yo por desgracia no conseguía hablar ni mo­ verme un centímetro. Quería acercar­ me a él pero había enmudecido y lo único en lo que podía pensar era que quería tenerlo a mi lado para siempre. Entonces, con una crueldad que me desgarró el alma se dio media vuelta. Me dio la espalda y comenzó a andar. Y yo tuve que quedarme mirando có­ mo se alejaba sin poder mover un músculo pero rompiéndome por den­ tro. Y se fue, caminando lentamente por el sendero hasta desaparecer en la espesura del bosque. En aquel mo­ mento supe que lo amaría por siem­ pre y que dedicaría mi vida a esperar que volviera para quedarse conmigo. Desde ese momento cada noche pa­ saban cosas extrañas alrededor de la casa. Fue entonces también cuando comencé a beber y a buscar la inspi­ ración a altas horas. El único momento en el que conse­ guía acallar a mis fantasmas era 68

cuando aparecían los de los demás. Solía intentar escribir o dormir. El sueño y, cuando este no venía, la lite­ ratura eran los que me permitían es­ capar de la realidad, de mí mismo y de mis tormentos. Quería huir y dejar de esperar, pero no podía. A menudo me sentía como aquella paloma que siempre estaba encaramada en el lado oeste de la casa. Pobre pajarillo in­ mundo, tenía una sola pata rosácea con la que se aferraba a las tablas del tejado como yo lo hacía a la vida, con la diferencia de que ella, si quería, podía volar y yo me encontraba enca­ denado al suelo. La oscuridad era ya total. Saqué el whisky del armario y me serví una co­ pa. Necesitaba un poco de alcohol pa­ ra pasar otra noche más intentando escribir. Arreciaba el viento conforme pasaban las horas. Silbaba ruidoso entre los árboles llegando hasta mis oídos a través de las grietas de la pa­ red. No se me ocurría nada para con­ tinuar mi relato. Por la ventana parecía que la nada invadía todo a mi alrededor. Apuré la bebida y me serví una segunda copa. Dieron las doce en el reloj. Con la últi­ ma campanada aparecieron ellas, co­ mo tantas otras noches. Las ánimas. Almas vagabundas que se dejaban lle­ var por el viento. Esa noche estaban coléricas, danzando como bacantes enfurecidas en medio de una fiesta. Deambulaban de un lado para otro como queriendo encontrar algo que habían perdido. Nunca se atrevían a acercarse al camino. Se mantenían a una distancia prudencial de la casa desarrollando su danza infernal. Yo sabía que estaban llenas de miedos como yo. Gracias a ellas había apren­ dido que el miedo era el único senti­ miento que no desaparecía ni siquiera tras la muerte. Era algo inherente al espíritu y el cuerpo no tenía nada que ver. A algunas de estas almas se les había concedido el privilegio de gritar y se oían sus lamentos por todo el


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bosque, unidos a los del viento, como aullidos de un lobo agonizante. Otras se habían quedado eternamente mu­ das ante una realidad que no espera­ ban. Quizá durante su vida tampoco habían tenido nada que decir. Su ima­ gen era aún más grotesca que la de sus compañeras, danzando con los ojos perdidos y la boca cerrada. Segu­ ramente lloraban en silencio y eso era mucho peor, porque el dolor que no sale de nosotros se queda dentro y nos pudre el corazón. Un rayo irrumpió violento reventan­ do no muy lejos de la casa, justo en el medio de la danza de las almas en pe­ na y las hizo desaparecer. Empezó a llover con fuerza. Las gotas repique­ teaban en los alféizares de las venta­ nas con su incansable toc­toc. La nada con sus ánimas había sido susti­ tuida por el estruendo y la vitalidad de la tormenta. Sin embargo los truenos traían malos presagios para aquella noche, finalmente ni podría dormir, ni podría seguir escribiendo. Volví a lle­ nar mi vaso una tercera vez. A la mañana siguiente, después de la tormenta, el sol luchaba por salir entre las pocas nubes rezagadas. Otro día más de espera. Tenía un insopor­ table dolor de cabeza por la falta de sueño y la abundancia de alcohol. Ojalá acabase pronto con mi relato o mi vida. Había terminado con el whisky pero tenía suministros sufi­ cientes para aguantar muchas más noches en vela. Esa tocaría acabar con una botella de vino francés que me había regalado no sé quién. Ya no me acordaba de la gente ni de sus buenas acciones. Mi cerebro se había ido apagando, solo recordaba algunas pocas cosas y personas que habían pasado por mi vida. Lo único impor­ tante era que esa botella estaba allí en mi armario y me iba a ayudar a mantenerme despierto una noche más. Pasé el resto del día dormitando en el viejo sofá del porche y obser­ vando los árboles mecerse con la bri­

sa. Esperando como siempre a que pasara algo interesante. Llegó la noche de nuevo. Encendí el fuego de la chimenea del salón y me instalé bien erguido en mi mesa dis­ puesto a escribir, rodeado de hojas, un bolígrafo y la indispensable copa de vino francés. Por fin pude arran­ carme con unas líneas y continuar con mi historia. Mientras mi bolígrafo recorría el pa­ pel se formó con nitidez en mi mente la imagen de una mujer. La había co­ nocido por casualidad esa vez que fui al pueblo vecino para comprar algo de comer. Al entrar en la tienda ella esta­ ba detrás del mostrador con una am­ plia sonrisa. ¿En qué le puedo ayudar? —había dicho. Yo me quedé anonada­ do mirando su boca pronunciar cada palabra. Su presencia detrás de aquel mostrador me pareció un milagro. A partir de entonces frecuenté la tienda de alimentación todas las semanas. Ella apareció en mi vida como por algún truco del azar, como por arte de magia, como él. Sin embargo con ella sí pude articular palabras. ¡Cuántas y qué fructíferas! Con ella pude com­ partir todos mis miedos y mis inquie­ tudes más profundas. Fue una de esas personas que te abren en canal el al­ ma, una de las que nunca se olvidan. Aquella mujer me lo había dado todo y yo la había perdido por pura insen­ satez. Por pensar que algo mejor vendría o que él iba a volver y nadie podría estar ocupando su lugar. El do­ lor de su partida volvió a azotar mi corazón como lo había hecho antaño. Me agarré el pecho pensando que lo iba a perder, porque latía fuerte pero muy despacio, tan despacio que no lo sentía dentro de mí. PUM… PUM… PUM… PUM… Escuchaba el silbido del viento que volvía a enfurecerse fuera. El sonido del mismo entre las hojas de los árbo­ les me traía recuerdos del mar, de aquellas tardes de julio que pasé con ella enterrando los pies en la arena, 69


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mirando la inmensidad del mundo, sintiendo a cada segundo de nuestra insignificante existencia. ¡Qué grande era el mar y qué pequeños nosotros, qué infinito el tiempo y qué breve la vida! Entrelazábamos nuestras manos y ese tiempo cambiaba su forma y su significado. Pasaban rápido las horas, el sol se escondía y la noche se nos echaba encima sin darnos cuenta. Volvíamos a casa ya de noche por los caminos, riendo sin parar, como ebrios por la luz del sol y el calor del verano. Recordé sus manos en mi espalda cuando hacíamos el amor. Un esca­ lofrío recorrió todo mi cuerpo, subien­ do desde la punta de los pies hasta la frente. Y así pasaron los años, día a día, ho­ ra a hora, minuto a minuto. Pero todo en esta vida tiene fecha de caducidad. Ella había intentado salvarme con sus abrazos, pero la atracción del abismo había sido mucho mayor. Esa atrac­ ción que me repetía día a día que na­ die podía estar en su lugar cuando volviera. Yo desde siempre había ele­ gido el camino de la espera. De la es­ pera por algo que ni siquiera sabía si algún día regresaría. Ella se cansó de esperar y un día se marchó caminan­ do lentamente por el sendero del bos­ que sin mirar atrás. Sin embargo su imagen me seguía atormentando al­ gunas noches, apareciendo para re­ cordarme lo solo que estaba. Y aquella noche lo hizo más que nunca. Dieron las doce mientras el viento norte bramaba sobre las copas de los árboles. Casi ya era un huracán que­ riendo partir sus robustas ramas. Desde hacía un rato me habían empe­ zado a doler los riñones. Se acababa entonces el estar sentado escribiendo. Arrastraba esta enfermedad desde hacía dos años pero me negaba a de­ jar de beber. Como siempre había di­ cho mi padre de algo había que morir y yo esperaba que fuera pronto. Esta­ ba desesperado porque veía que mi vida había pasado en vano. Intenté 70

conciliar el sueño para olvidar mis desgracias. La noche siguiente fue la más es­ pantosa. Me había despertado mucho peor que el día anterior. A lo largo del día los riñones no me habían dado tregua y empecé a orinar sangre. Me atiborré de pastillas pese a saber que las medicinas ya no me quitaban el dolor, mi cuerpo las había asimilado a lo largo de los dos años y no tenían ningún efecto. Al anochecer me re­ torcía en el sillón observando las po­ cas líneas que había conseguido escribir la otra noche. Empecé por in­ tentar relajarme y respirar hondo. Era lo que recomendaban los médicos en los momentos de dolor agudo. Esa noche no había un solo ruido en el bosque, no había aire, ni lluvia, ni se oía absolutamente nada alrededor de la casa. Resultaba irónico que la noche más apacible de ese otoño fue­ ra la más angustiosa que había pasa­ do con mi enfermedad. Parecía que junto a las respiraciones profundas el dolor remitía poco a poco. Entonces oí unos pasos en el porche, la madera crujía bajo las pisadas de alguien. ¿Sería él? No dude un segundo y agarrándome la parte baja de la es­ palda conseguí levantar mi cuerpo del sillón y fui andando a duras penas hasta abrir la puerta. Miré en todas direcciones pero allí no había nadie. Solo oscuridad. No habían venido esa noche las ánimas, ni ninguna mujer a molestarme. Al volver a sentarme en el sofá es­ cuché como alguien gritaba claramen­ te mi nombre fuera. Entonces desapareció el dolor de riñones acalla­ do por unas tremendas taquicardias. Pum. Pum. Pum. Pum. Pum. Pum. La voz provenía del final del camino, adentrándose en el espesor del bos­ que. Sin detenerme ni siquiera a po­ nerme la chaqueta, salí de la casa tropezándome con todos los muebles y no pude evitar correr introduciéndo­ me entre los árboles. En aquella parte


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del bosque los álamos se elevaban majestuosos iluminados por la luna llena pero seguían siendo asombrosa­ mente negros. Estuve corriendo un buen rato sin cesar siguiendo la voz que clamaba mi nombre. No me resig­ naba a perderlo de nuevo. El corazón parecía salírseme del pecho y tuve que parar para retomar aire. Me agaché cogiéndome las rodillas con las manos intentando recuperar la respiración. Me encontraba en un lu­ gar del bosque al que jamás había lle­ gado. En medio de la oscura alameda había un claro con un sauce en el me­ dio. El sauce era de un color blanco cegador y conservaba todas sus hojas a pesar de que el otoño se las había arrebatado a todos los demás árboles. Al incorporarme lo vi, estaba de pie bajo el árbol, impasible, como el pri­ mer día. Por fin lo había encontrado. Después de tanto tiempo la espera había merecido la pena. Lo observe desde lejos con atención.

Aunque había pasado mucho tiempo sabía que era él. Seguía pareciéndose a mí, pero se había convertido en un ser demoníaco. Tenía la figura de un esqueleto desenterrado de una tum­ ba. Estaba excesivamente flaco y con lo que le quedaba de piel arrugada colgando sobre los huesos. Su tez era del color gris de la muerte, la boca grande y abierta como presa de un grito mudo incansable y los ojos casi hundidos en sus propias órbitas. Se acercó a mí lentamente, con sus ojos fijos en los míos como los tuvo una vez. Como entonces no pude parar de mirarlo mientras se acortaba la dis­ tancia entre nosotros. Cuando por fin llegó a mi lado observé el dolor en su rostro. El mismo dolor con el que yo había convivido tanto tiempo y com­ prendí que aquel había sido siempre mi destino. Con la lengua fuera, casi extenuado y a punto de desmayarse sacó fuerzas de algún rincón de su al­ ma y comenzó a engullirme.

Marta Castaño González (Pamplona­ España) Blog: lascosaspekenyas.wordpress.com Twitter: @Pekenyami

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Medianoche

Leire Frex

Siento un escalofrío de solo pensar qué me aguarda al otro lado...

Medianoche, todos duermen, justo es el momento en el que muy despa­ cio abandono la cama. Descalza y de puntillas miro por la ventana, al final del paseo se ven las luces. Hoy, no puedo dejar que pase sin más, llevo tiempo preparando mi fu­ ga. Esta casa me tiene prisionera y me va consumiendo por dentro. Siento un escalofrío de solo pensar qué me aguarda al otro lado. No lo dudo, decidida me visto y salgo sigilo­ samente de la habitación. Llevo los zapatos en la mano, tengo que asegu­ rarme que nadie me oye. Abro con mucho cuidado la puerta de la calle, un viento frío abofetea mis mejillas. El precio de la libertad tiene su riesgo, me repito a mí misma. De pronto siento una mano en el

hombro que me frena; pálida no me atrevo a girarme, pero, al reconocer su voz, siento alivio. Es mi madre su­ surrándome: no te detengas, tú pue­ des, yo no lo conseguí, pero sé que podrás, no mires atrás aunque escu­ ches tu nombre, debes ser valiente y no pararte. En ese momento la presión en el hombro cesa y comienzo a andar todo lo deprisa que puedo, oigo voces que me llaman, pero recuerdo las palabras de mi madre y sigo adelante. Tengo que conseguirlo, no puedo se­ guir más en ese mundo de muertos; hace años que nadie habita la casa y los recuerdos toman vida propia. El manicomio no es lugar para olvidar­ los, al final del camino está la ciudad de la esperanza, donde los sueños despiertan a la nueva realidad. Leire Frex (Madrid ­ España) Twitter: @marconpi66

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De Legazpi a Legazpi Rafa Olivares Quienes conocemos el caso de Lucas y utilizamos de vez en cuando la línea Circular, tratamos de descubrirlo observando a los pasajeros... Lucas vio alterada su vida por siem­ pre con el cambio de ubicación de la empresa en la que trabajaba. Todo empezó catorce años atrás, cuando la factoría —que le pillaba a diez minu­ tos de casa— se trasladó a la otra parte de la ciudad, por el distrito de Canillejas. Desde entonces, tenía que tomar cada día el metro y hacer tres transbordos antes de llegar a su nue­ vo lugar de trabajo. El trayecto le lle­ vaba no menos de una hora y cuarto y otro tanto la vuelta, ya anocheciendo. No tardó Lucas en darse cuenta de la gran cantidad de usuarios del metro que ocupaban el tiempo del trayecto leyendo. Observó que cada uno lleva­ ba su propio libro y permanecía ab­ sorto en la lectura hasta que llegaba a su destino. «¿Y por qué no yo tam­ bién?» se preguntó un día. Aunque no era aficionado a los libros —le pareció recordar que su última lectura había tenido lugar en tiempos del instituto, obligado por el programa de Lengua y Literatura— no encontró mejor forma de ocupar esas dos horas y media diarias. Al tiempo que se distraía, se le harían más cortos los desplaza­ mientos. ¿Y por dónde empezar? Decidió ha­ cerlo por aquel librito en cuya lectura había observado que coincidían varios viajeros: La colmena. Sin duda una buena elección porque ¿qué era la red de transportes públicos de Madrid sino una inmensa colmena con un constan­ te deambular de individuos entre cel­ das o estaciones? Además, recordaba

haber visto al autor por la tele y le caía bien por su frescura y desparpa­ jo. A La colmena siguieron más títulos del mismo autor y, después, de otros escritores que seleccionaba observan­ do lo que leían los viajeros con los que compartía vagón. Los momentos de traslado se convirtieron en los más placenteros de cada jornada. Por otra parte, su abstracción en la lectura le aislaba del resto de pasajeros y le evi­ taba tener que ceder el asiento a inválidos, mujeres o personas mayo­ res. Hace un año, su jubilación estuvo a punto de poner fin a tan gratificante hábito. Lucas pensó que ahora, que tenía más tiempo, podría dedicar más horas a la lectura en casa. Pero Nie­ ves, su mujer, no opinaba igual. Cuando Lucas, después de desayunar, se sentaba en el salón a leer, no tar­ daba Nieves en aparecer con la aspi­ radora pidiéndole que se cambiara de sitio. Si no tocaba limpieza, era el día de la compra y tenía que acompañarla al mercado. Cuando nada de eso ocurría, Nieves se sentaba a su lado y ponía la tele, con lo que Lucas no podía concentrarse en la lectura más de un minuto. Decidió ir a la biblioteca del barrio pero el silencio absoluto de la sala de lectura, por la falta de costumbre, le cohibía y tensionaba, hasta el punto de que no podía aguantar mucho tiempo en aquel lugar. Tras pensarlo detenidamente, Lucas 73


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llegó a la conclusión de que el mejor lugar para disfrutar leyendo era el metro, y que para no verse interrum­ pido por el principio y final del trayec­ to, lo más adecuado era tomar la línea Circular que da vueltas sin fin todo el día en ambos sentidos. Desde entonces Lucas sube todos los días en Legazpi, a veces en direc­ ción a Pacífico y otras, por variar, a la contraria, hacia la Plaza Elíptica, y pa­ sa varias horas leyendo con el tras­ fondo del traqueteo, de los pitidos de

las paradas, del sonido de las puertas cuando se abren y se cierran, de los avisos de megafonía anunciando pró­ ximas estaciones, de los músicos mendicantes. Solo el estómago, cuan­ do reclama su sustento, es capaz de sacar a Lucas de su abstracción. Le­ vanta la mirada para ver en qué esta­ ción se encuentra y calcula las que faltan hasta Legazpi para salir a co­ mer o cenar en casa. Quienes conocemos el caso de Lucas y utilizamos de vez en cuando la línea Circular, tratamos de descubrirlo ob­ servando a los pasajeros que van le­ yendo. Es imposible. Siempre hay no menos de seis o siete viajeros, de cierta edad, tan absortos en su lectura que en ningún momento alzan la vista por ver en qué estación se encuen­ tran. Cuando abandonamos el vagón allí siguen, como petrificados, en el mismo asiento en que los encontra­ mos.

Fotografía de Mónica Arellano­Ongpin

Rafa Olivares (Sant Joan d'Alacant, Alicante ­ España) Blog: potajedepalabras.blogspot.com.es Facebook: Rafa Olivares

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Dos almas Giancarlo Ubillús Celi Y entonces la noche, con su largo manto negro, lo cubrió todo...

La tarde se asomaba tímidamente y amenazaba con ser fría, tan fría como las últimas tardes en las que esperaba con ansias volver a verla. Cuando al fin apareció, tras una larga espera, todas las preguntas que tenía guarda­ das en su mente y en su corazón se fueron desvaneciendo una a una. Y es que había algo extraño en ella que hacía tiempo había notado pero no se había atrevido a decirle. Iba dispuesto a todo cuando la vio. Y es que ahora ya no brillaba como antes, y su risa se había convertido en un recuerdo lejano. Por un momento pensó en aquel an­ dar apurado, en aquellos ojos huidizos y en esas manos permanentemente nerviosas que la traicionaban y la de­ lataban pero nuevamente tuvo al si­ lencio como cómplice. Siempre pensó que eran como dos almas en pena que se buscaban de­ sesperadamente en la soledad y el si­ lencio de las madrugadas para poder ser lo que nunca pudieron, para poder expresar las cosas que nunca se atre­ vieron y para dejar fluir los sentimien­ tos. Sus ojos buscaban los de ella y tra­ taba de interrogarla con urgencia, pe­ ro no lograba obtener respuestas. Nuevamente el silencio incómodo, el de siempre. Lo único que pudo obte­ ner fueron frases entrecortadas, du­ das, sonrisas, palabras sueltas, miradas cómplices y más silencio. De pronto estuvieron frente a frente, tan cerca que podían sentir sus cora­

zones golpearse al compás de una respiración agitada. Fue entonces que el mundo dejó de girar alrededor de ellos y nuevamente volvieron a ser solo ella y él, como siempre y como nunca. Sus ojos ahora la miraban fija­ mente y buscaban sus labios, los que se abrían frente a él como una flor en primavera lista para entregar su néc­ tar, mientras las bocas entreabiertas buscaban una pasión sempiterna, es­ quiva por tanto tiempo. Los alientos empezaron a calentar las mejillas y los cuellos al tiempo que las manos nerviosas acariciaban los largos cabellos, sueltos y entregados a su destino, al viento. Cuando los labios se encontraron, no pararon de tocarse, de moverse, de sentirse, mientras los ojos se cerra­ ban y el ruido desaparecía lentamente y el tiempo entre ellos se detuvo. Y entonces la noche, con su largo manto negro, lo cubrió todo; y el si­ lencio se apoderó de cada rincón y de cada corazón. Las respiraciones ahora eran lentas, calculadas y pausadas. Entonces, con sumo cuidado, pero con un movimien­ to rápido, pudo poner al descubierto aquel cuerpo que tantas veces deseó, con el que tantas veces soñó. No había palabra para describir lo que es­ taba contemplando. Por un momento creyó estar en el Olimpo o en el paraí­ so. Pensó inmediatamente en un án­ gel, en una sirena. Estaba sin aliento, maravillado con tal espectáculo. Era simplemente perfecta. 75


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La frescura y tersura de su cuerpo lo transportaron a lugares atemporales y alejados que creía que existían solo en la mente de algún poeta. Quiso to­ carla, pero tuvo miedo. Miedo a una condena eterna por herejía, por inten­ tar tocar a una divinidad, miedo a quemarse al mínimo roce, miedo a despertarla de su adormecimiento. Entonces solo la contempló en silencio mientras iniciaba el viaje. Ahora eran las manos las que busca­ ban los cuerpos aún nerviosos y agi­ tados. No les quedó ni un solo centímetro de piel sin explorar. Reco­ rrió con mucha paciencia curvas si­ nuosas y peligrosas, pasó por un bosque húmedo, por caminos largos e interminables, por turgencias adicti­ vas e hipnóticas, por un ocaso y un amanecer. Se contuvo súbitamente. Ahora es­ taba en su rostro. Veía sus labios en­ treabiertos, nombrándolo, buscándolo, pidiéndole que se acerque. Los rozó li­ geramente y tuvo tiempo de sabo­ rearlos. Vio que tenía los ojos entreabiertos, eran ojos pequeños, atrayentes, como dos estrellas fuga­ ces, ojos que soñaban tal vez con el futuro, que pensaban tal vez en el presente. Se aproximó y los besó tier­ namente, pero no hubo respuesta. Seguía perdido en sus ojos cuando empezó a embriagarse con el aroma de su cabello, el cual caía sobre la al­ mohada, como una catarata en medio de una selva virgen. Aún tuvo tiempo de recogerlos con mucha calma e im­ pregnarse de ellos, de impregnarse de una felicidad infinita. Siguió contemplándola, absorto, mientras sus brazos la rodeaban y la acercaban. Ahora buscaba empaparse de ella, de su aroma, de su aliento, de su sabor. De pronto abrió los ojos y lo miró. Era la mirada triste que recordaba. Eran los ojos de los lunes que pa­ recían preguntarle qué era lo que es­ 76

taba pasando. Esperaba que le dijera algo pero solo se miraron y sonrieron. No eran necesarias las palabras. En­ tonces se unieron en un abrazo inter­ minable. ¿Qué podía significar todo eso? ¿Era acaso magia? ¿Tal vez una utopía? ¿Un recuerdo? ¿Una ilusión? ¿O era simplemente amor? No tuvo tiempo de encontrar la res­ puesta porque ahora eran las caderas las que empezaban a moverse y a buscarse mientras los cuerpos iban acomodándose, mientras las pieles se rozaban y destilaban fuego. Al fin se hicieron un solo cuerpo, una sola alma y el movimiento cesó bruscamente. Volvió a abrir los ojos y tuvo tiempo de mirarla con una terne­ za indescriptible mientras la iba acari­ ciando con sus cinco sentidos. Era más hermosa de lo que recordaba. Quiso decirle algo pero ella también abrió los ojos. Levantó lentamente su mano y la puso sobre sus labios, co­ mo pidiéndole que no dijera nada, co­ mo pidiéndole eternizar ese momento. Con los ojos y la boca entreabiertos parecía decirle lo feliz que estaba mientras él seguía contemplándola, agitado y extasiado. Sin darse cuenta empezó a balbu­ cear algo. Sabía que lo hacía porque sentía sus labios moverse pero no podía oír nada. Al inicio ella lo miraba con extrañeza, pero luego empezó a sonreírle. El corazón amenazaba con salirse de su pecho. Entonces se dio cuenta que había dejado de hablar. Ella seguía mirándolo, mientras le acariciaba los cabellos. «Es hermoso» le susurró, su voz era como el canto de un ave en un amanecer de vera­ no, «hermoso como todos los demás, como todos los que guardo en mi mente y en mi corazón. Eres un re­ galo de dios». «Y tú eres una diosa de espíritu luminoso», logró decir mien­ tras sus palabras se iban ahogando entre las respiraciones aceleradas y los gemidos.


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Aún seguía sin entender lo que esta­ ba sucediendo. ¿Cómo había empeza­ do todo? ¿De dónde había salido ese poema? ¿Desde cuándo era su mirada triste? ¿De dónde habían salido esos ojos de silencio? No quería cerrar los ojos. Quería quedarse con esa imagen por siem­ pre. No le quedaron dudas, eran el uno para el otro, eran lo que siempre soñó, un solo corazón, una sola piel. Sus sentidos se fueron afinando a me­ dida que retomaban el movimiento ar­ monioso. De pronto se vieron atrapados en un torbellino de pasión, y entre sudores, caricias, besos e incontables te quiero, se les iba escapando la vida. Aún tuvieron tiempo de mirarse y sonreírse una vez más antes de aban­ donar este mundo y que todo se vol­ viera blanco. Aún adormecido, empezó a abrir los ojos lentamente. Seguía agitado y la cabeza a punto de estallar. Estiró am­

bas manos instintivamente. Todo es­ taba frío. Con el corazón a mil la buscó sin éxito, mientras una tenue luz empe­ zaba a golpear su rostro y lo iba de­ volviendo a la realidad. Cerró los ojos y volvió a ver su rostro que se iba acercando, esta vez con la sonrisa de siempre, y le dio un beso en la mejilla mientras le susurraba al oído: «Somos como dos almas que se buscan en los silencios y en las madrugadas». Se in­ corporó rápidamente, ¿cómo era posi­ ble? Se tocó el pecho. «Aún está aquí», pensó. Todavía podía sentir el sudor frío, su aliento tibio y su pecho galopante sobre el suyo. Entonces fue reaccionando y reconociendo el lugar. Volvió a cerrar los ojos y fue cayendo lenta y pesadamente sobre la cama vacía con una mueca mezcla de resig­ nación y decepción. Fue en ese mo­ mento que todo tuvo sentido y lo comprendió. Su alma había regresado.

Giancarlo Ubillús Celi (Lima ­ Perú) Blog: gubillus.wordpress.com Twitter: @gubc

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El Callejón de las Once Esquinas

Evocando el pasado Gloria Arcos Lado Pero una vez más, la guerra, la maldita guerra, destrozó su vida...

Fotografía: AFP/Joseph Eid El viejo, elegante y triste, sonríe en­ simismado mientras escucha en su viejo gramófono, “Mediterráneo”, de Serrat. El sonido de las notas trae a su me­ moria los recuerdos de su paso por Zaragoza, cuando de chaval recorría sus callejones, como el de las Once Esquinas, mientras estudiaba Medici­ na. En aquella ciudad española, el hombre, hoy encanecido, recuerda a sus grandes amigos de juventud, a los que no ha vuelto a ver. Mientras discurren las notas de la melodía, de forma atropellada, acuden a su mente otros episodios de su lar­ ga y azarosa vida. Recuerda con alegría y nostalgia los tiempos de bonanza cuando, con la ayuda de su acaudalada familia, creó una empresa de cosméticos en el en­ tonces floreciente Líbano. Pero la vio­ lencia de la guerra lo expulsó de la hermosa ciudad de Beirut.

Entonces decidió trasladarse a su Siria natal. Allí ocupó el palacete y la gran finca familiar y continuó con su vida de empresario de éxito. Además se dedicó con afán a practicar su afi­ ción preferida, coleccionar automóvi­ les antiguos, a los que cuidó con mimo. Pero una vez más, la guerra, la mal­ dita guerra, destrozó su vida y convir­ tió su maravillosa vivienda en un montón de cascotes viejos y dejó, convertidos en chatarra, a sus hermo­ sos autos. Hoy, un fotógrafo de guerra que cu­ bre la matanza que tiene lugar en Si­ ria ha fotografiado con esmero al viejo, culto y elegante, quien sentado en su cama, en medio de una habita­ ción destrozada, escucha melodías de Sabina, Serrat o el “My Way” de Frank Sinatra, para abstraerse del horror, mientras el fragor de las bombas con­ tinúa oyéndose en Alepo.

Gloria Arcos Lado (Madrid ­ España) Twitter: @Lado_arcos / Facebook: gloria.arcoslado 78


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Ay, pena, penita, pena Raúl Martín Rivera Fue sorprendido por el brusco frenazo de un Ford modelo T negro, del que salieron tres hombres... Juanita, la hija de la señora Palmira, cantaba imitando a Lola Flores. Lo hacía cuando lavaba los platos en la cocina, y su voz salía por la ventana ascendiendo por el patio de luces in­ terrumpiendo los estornudos de la señora Felisa, la del quinto, con una alergia sempiterna que la acompaña­ ba en sustitución de cualquier ser vi­ vo. Juanita lograba combinar su frenesí al golpear suave, pero sonora­ mente, la loza, con las notas aflamen­ cadas que salían de su boca. A veces interrumpía el lavado brevemente, cuando el canto le exigía una mayor concentración, y luego resurgía, como un acompañamiento orquestal, el rui­ do de los cubiertos, los vasos y los platos. Cuando terminaba la canción, recibía un montón de aplausos desde muchas de las ventanas que daban al patio. Aquello parecía una emisión ra­ dial de discos dedicados, pero en di­ recto. —¡Nena! —le gritaba alguna veci­ na—. Canta algo de «Los Chavalillos de España». Y sin hacerse rogar, Juanita lanzaba al aire: «No quiero que me supliques, que yo te quiera…» Juan meditaba sin pensar, estaba en silencio, pero sin acordarse de lo que apenas tres segundos antes había pa­ sado por su mente. «Ay pena, penita, pena», repetía recitando para sus adentros en una especie de mantra a la que sus amigos, cuando lo hacía en voz alta, le llamaban «retahíla». Man­ tenía y aseguraba que bebía para ma­

tar las penas del alma, y ciertamente lo conseguía, pues su semblante sombrío se iba tornando en jocoso a medida que los vasos de vino tinto (amargo, lo llamaba él, recordando una canción de Farina) le iban bajan­ do por el gaznate. Juanita estaba ya terminando «…si un día te quise, y al verme llorando, tú te reías de mi padecer…», pero él repetía: «ay pena, penita, pena». Juan estaba solo en casa, en el pe­ queño comedor que servía de distri­ buidor para las habitaciones, sentado en una silla de madera, robusta, here­ dada por su mujer, Ernesta, de los muebles que tenía su madre al morir. Se acodaba sobre la mesa y bebía despaciosamente, con la ventana que daba al patio abierta, a ver si entraba algo de aire además de los cánticos de Juanita. A su espalda la nevera de hielo, junto al «bufet», una especie de cómoda con un espejo arriba encua­ drado por un marco artísticamente la­ brado. Estaba solo en casa y bebía. Llevaba ya unos cuantos días sin tra­ bajo, lo habían despedido, como otras tantas veces de otras tantas empre­ sas, por beber, reconocía él compun­ gido. En realidad no lo despedían por beber, sino por faltar al trabajo impe­ dido por sus frecuentes resacas. Suer­ te tenía de que su mujer trabajaba en el colegio de la Milagrosa, haciendo la limpieza, lo cual les beneficiaba tam­ bién de enviar a sus dos hijas a ese colegio sin pagar. Claro que, como era un colegio de pago, al que acudían las 79


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niñas de las familias más señoreadas de la ciudad, sus hijas, como las demás a las que la bondad de las monjas las dejaba asistir, por caridad cristiana, debían (eso sí) entrar por la puerta de servicio, en lugar del unifor­ me del colegio llevaban un guardapol­ vos gris y se sentaban en las últimas filas. Era un buen ebanista, este Juan ta­ citurno y bebedor, según decían, cuando estaba sereno. En el barrio era querido y reconocido por su capacidad y algunos trabajos había hecho entre el vecindario: armarios empotrados y muebles de cocina. Pero ahora estaba sin trabajo, «ay pena, penita, pena», y esta vez no había sido por beber, si­ no por faltar al trabajo tres días se­ guidos. El dueño del taller de carpintería pensó, como todos, que estaría borracho, tendido en la cama, como otras muchas veces, no aguantó más y lo despidió. Lo que en realidad había ocurrido esta última vez era que había sido de­ tenido. Una tarde, en la taberna, en­ tre vino y vino, contó que él, cuando cobraba, lo primero que hacía era dar un donativo a un compañero del Parti­ do Comunista que recaudaba fondos para ayudar a las esposas e hijos de los detenidos en las cárceles franquis­ tas, el «auxilio rojo», lo llamaban. A dos o tres calles del trabajo, cuando le faltaba ya poco para llegar a su casa, fue sorprendido por el brusco frenazo de un Ford modelo T negro, del que salieron tres hombres. A empujones lo metieron en el coche, a empujones, lo metieron en la comisaría de Gracia y a puñetazos, patadas, insultos e inmer­ siones de su cabeza en un balde de agua sucia, confesó a quién le abona­ ba el subsidio solidario. A los cuatro días de su desaparición regresó a su casa apoyándose en la pared de los edificios, con el paso va­ cilante y el traje sucio y arrugado. Adela, su hija mayor. se encontraba 80

hablando con unas amigas, sentada en el borde del hueco del árbol que había frente a su casa. —Tu padre —le dijo una de las ami­ gas, avisándole de la llegada de éste. Adela, creyéndolo borracho como otras veces, se puso roja y huyó llena de vergüenza hacia la escalera del bloque de viviendas donde vivían. Se­ guramente, esta reacción fue la mis­ ma que en anteriores ocasiones, pero en aquellas, Juan estaba realmente borracho y no apreciaba la vergüenza que le hacía pasar a sus hijas y a su mujer. «Nunca más volveré a beber» se dijo convencido. Contó en su casa lo ocurrido, mien­ tras las dos hijas lloraban y Ernesta, enfurruñada, alternaba su compasión con la ira hacia su marido por traerle siempre las desgracias a casa, contra la policía, contra todos. Willy era el apodo del policía de la Brigada Social que parecía llevar la voz cantante durante su detención y tortura. Juan juró vengarse de aquel sujeto. Era el segundo juramento del día. El primero lo rompió al día si­ guiente, cuando su mujer se fue a trabajar, sus hijas jugaban en la calle y Juanita cantaba desde su cocina. No necesitó beber para darse áni­ mos. Esperó a Willy en un bar desde el que se veía la entrada a la comi­ saría de Gracia. Sobre las nueve de la noche lo vio salir, con su sombrero de fieltro y abrigo gris, fumando un ciga­ rrillo de la misma marca, «Ideales», de aquellos que había apagado en su brazo mientras estuvo detenido. Pensó entonces en la suerte que habría podido correr Eulogio, al que había delatado y se sintió un misera­ ble. Willy caminaba presuroso hacia la parada del tranvía; él lo siguió. Subió tras el policía, y allí amparado por el adocenamiento de los pasajeros, le asestó una puñalada en el lado iz­ quierdo de la espalda. Fue un golpe duro y certero, que atravesó toda la


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ropa que llevaba el torturador, des­ garrándole el corazón. Tres meses después se sentaba en una silla de madera, parecida a la de su casa, pero detrás no tenía la nevera ni el “bu­ fet”. Una argolla unida a un palo de hierro sujetaba

su cuello. El capellán de la cárcel mu­ sitaba una oración. El verdugo dio dos vueltas enérgicas a la tuerca que ce­ rraba el garrote vil. «Ay pena, penita, pena».

Raúl Martín Rivera (Posadas, Misiones ­ República Argentina) Facebook: raul.martin.775

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Tintos de verano Malu El bullicio camuflaba las confidencias que se susurraban con un hilo de voz... Les gustaba sentarse en la terraza de ese bar de la plaza, adornando sus melenas con buganvillas, sintiendo el olor a mies recién cortada, dejando que el color blanco cal de las fachadas que recorrían los rincones del pueblo, iluminaran sus conversaciones inter­ minables de adolescentes. No había un lugar mejor para brindar alegrías con un tinto de verano especial, con un toque de Martini, con juventud ra­ biosa, con el futuro como horizonte. El bullicio camuflaba las confidencias que se susurraban con un hilo de voz y una sonrisa en los labios, era así cada noche, cada verano. Al caer la tarde del día trece volvieron a su mesa, algo les hizo sentir diferente, incluso el aire estaba enrarecido, y después, todo sucedió muy rápido, como una exha­ lación apareció esa moto conducida

por el mismísimo diablo y cual misil iracundo, alcanzó el cuerpo de Laura dejándolo inerte en el suelo. Ana co­ rrió sin suerte hacia el cuerpo de su amiga, cuando el motorista dio una segunda embestida, si cabe con más fuerza, arrollándola sin piedad y con un golpe más certero que el primero. Después de muchos años, esa mesa sigue vacía, con una rama de bugan­ villas y el cartel de reservada para siempre. Dicen los ancianos del lugar, que en las noches más calurosas de agosto, esas en las que huele a mies recién segada, en las que más brilla/ se des­ nuda/esconde la luna y se fugan las estrellas, la plaza queda en silencio y pueden escucharse, de lejos, dos risas que tiñen el verano de amistad.

Malu (Madrid ­ España)

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Mi vida y mamá Pablo Núñez Ese día comenzó mi aventura con los cuentos completos de Poe...

El primer recuerdo que tengo de mi madre data del día que me abandonó. La imagen se me aparece confusa, quizá por mis lágrimas que difumina­ ban su cuerpo. Luego me abandonaría en muchas ocasiones, pero ya no lloré más pues venía a recogerme siempre que me dejaba en aquella guardería. Creo que, desde entonces, siempre viví con la angustia de que llegase la hora, sin avisar, en la que se separase de mí. En casa era la que siempre cui­ daba de que no me faltara de nada, ni siquiera el amor. Mi padre, un buen hombre siempre perdido entre sus papeleos, apenas me daba las buenas noches y, si aca­ so, me hablaba de fútbol. Los fines de semana, en los que se desprendía de aquellos legajos interminables, tum­ bado en el sofá con unas latas de cer­ veza, veía los partidos que echaban por la televisión. Nunca supe de qué equipo era, pues protestaba o ensal­ zaba a todos por igual mientras se quejaba del poco tiempo libre que le dejaba la vida. Mi madre, en cambio, a pesar de que trabajaba más horas que él, tan solo lanzaba un suspiro si una novela le llegaba al corazón. Cada noche venía a arroparme y me conta­ ba un cuento. Los primeros fueron los más clásicos. Luego, empezó a cam­ biar el argumento de algunos y, final­ mente, acabó por inventarlos para mí. En aquella época, admirado por su in­

ventiva, me animé a llenar páginas en blanco de historias de terror. Con más vergüenza que orgullo, un día le pasé mis escritos. Después de leerlos me dijo que, si quería escribir relatos de miedo, debía aprender de los más grandes. Me contó una historia enigmática y me dijo que en ella esta­ ban los mejores maestros del género, así que me puse a buscar los libros que me adoctrinasen sobre los entre­ sijos del mundo de las tinieblas. Aquel cuento a modo de adivinanza, muy breve como todos los que inventaba, aún lo guardo en la memoria. Se titu­ laba: "Viajeros nocturnos", y decía así: «Somos almas incomprendidas que vagamos con nuestros personajes las noches oscuras. Le Fanu camina con Carmilla. Ella saluda, con una sinies­ tra sonrisa, al Conde que acompaña a Stoker. Stevenson charla con Jekyll sobre el cerebro que Hyde entregó a Frankenstein sin permiso de Shelley. Mientras, yo sigo pensando en Bereni­ ce». A la mañana siguiente fui a la biblio­ teca y engarcé títulos y nombres has­ ta que di con todas las obras, menos una: a la tal Berenice no la encontré y la dejé para una investigación poste­ rior. Al leer esos libros abandoné el de­ sorden de mi escritura por el sosiego de la lectura. Cuando los terminé, me 83


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puse a buscar el que me faltaba, pero sin éxito. Al volver de la calle tras mi enésimo fracaso, me fui en busca de mi madre. Entré en su habitación y la encontré con otra mujer, besándola en la boca. Una disculpa interrumpida por una tos salió de mis labios y, an­ tes de que cruzara el pasillo, mi ma­ dre me alcanzó. Con toda naturalidad me comentó que se le había gastado el amor con mi padre. Desde hacía años se sentía tan vacía que su cuer­ po había reclamado lo que le perte­ necía, y la había dirigido hasta su amiga. Me lo explicó con tanta sensa­ tez que yo acabé aceptando a su nue­ va pareja como una más de la familia. Le dije que era una lástima que no fuera Berenice, a la que tantas ganas tenía de encontrar. Mi madre sonrió y me dio otra pista: Edgar Allan. Ese día comenzó mi aventura con los cuentos completos de Poe. Tras leerlos me di cuenta de que el traductor era Julio Cortázar y quise indagar qué escribía él cuando no lo guiaba otro autor. Aquello me abrió un ramillete de nue­ vos caminos literarios constatando, de nuevo, que lo mío no era escribir; aunque aún haría un último intento. Llegó el día en que mi madre le re­ veló a mi padre todo lo que escondía en el corazón. Él decidió marcharse de casa y, con su eterna expresión boba­ licona, me dio un beso en la frente y se despidió para siempre. Al llegar a la adolescencia, algo tras­ tornado por las hormonas, pregunté a mi madre qué síntomas tendría cuan­ do estuviese enamorado. Ella me aca­ rició mientras me contaba que lo sabría, llegado el momento, porque se me erizaría la piel desde la cabeza a los pies. Lo más parecido que había sentido a aquello fue el día que, en la carnicería del barrio, vi a Leandro en­ trar en la cámara frigorífica y salir con unos despojos rodeados de humo blanco, y se me pasó por la mente que venía de atravesar un túnel del 84

tiempo que lo comunicaba con algún barrio del Londres victoriano. Gracias a Sherlock Holmes, yo adoraba la imagen que me había hecho de la ca­ pital del imperio británico de finales del siglo XIX, siempre cubierta por el misterio de la niebla. Con el tiempo, una vez acabados mis estudios con un flamante suficien­ te en el expediente, me pude colocar como auxiliar administrativo en una empresa que se dedicaba a la venta de camisetas con diseños exclusivos. No era un trabajo excitante, pero a mí me valía. Tenía veinte años y ya se me había erizado la piel en varias ocasiones. Una pena que lo único que heredase de mi padre fuera su poca gracia, y a nadie se erizara nada al conocerme. En mis ratos libres, me propuse es­ cribir algún relato del que no me ru­ borizase y en el que no hubiera terror ni muertos. Había empezado a abo­ rrecer las historias que concluían con un difunto narrando sus vivencias, pa­ ra terminar con el manido golpe de efecto de que el protagonista escribía desde el más allá. En eso estaba el último día que vi con vida a mi madre. Aquella mañana me despedí de ella con un beso y sentí algo extraño. Me fui caminando al trabajo, mientras montaba mi historia y, poco antes de llegar a la oficina, escuché un pitido, un frenazo, un golpe y sentí una paz interior. Un autobús se llevó por de­ lante mi cuerpo y, por una oreja, se me escapó la vida. Aquello me fastidió bastante porque, con lo que odiaba los relatos escritos desde el infinito, el mío iba a ser uno de ellos. Lo terminé mientras me trasladaban a la otra vi­ da. Un señor muy amable me dijo que mi guion había concluido en aquella época y me dio a elegir, entre varias opciones, dónde quería volver a em­ pezar. Cuando nombró el Londres vic­ toriano, no lo dudé. Desde entonces aquí vivo, trabajando como carnicero


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en el "Leadenhall Market". No es el mejor empleo del mundo, pero, al menos, he encontrado la nevera que da a la carnicería de mi barrio y le puedo dejar a Leandro, además de

carne fresca a muy buen precio, las cartas dirigidas a mi madre, con mi nueva dirección, para que sepa en­ contrarme el día que le toque escoger su próximo destino.

Pablo Núñez (Sevilla ­ España) Twitter: @beodo5 Fotografía de Pablo Núñez 85


El Callejón de las Once Esquinas

Cóctel Margarita María Jesús Briones Arreba ¿Estará experimentando cómo se vive el último viaje nocturno?...

Estas no son horas de volver a casa. ¿Qué hago yo con 20 euros? –dirá– y me pondrá de patas en la calle. Lo que faltaba, con estos bultos tan traicioneros a pesar de mi juventud, ¿o no es tanta? Ya son 37, viuda y con suegra. –Zorra y zorra –repetirá como un lo­ ro. Ella sí que lo es. Me controla y exige todo, en nombre de su hijo. Como era su único, me aceptó como su única forma de vida, en el último suspiro de Juan. ¡Pobre Juan!... Pobre yo, con estos bultos en las piernas que alejan a mis clientes. Estoy viendo a uno. ¿Por qué viajará en metro a estas horas? Le habrán traicionado sus cien caballos. ¿Existe alguien que deje tirado al Todopode­ roso señor de la noche? ¿Estará experimentando cómo se vi­ ve el último viaje nocturno? Querrá mezclase con ese, ¿cómo lo llama­ ba?... «Enjambre multirracial pululan­ te». Sí, era eso. Me dijo que escribía. ¡Cómo le envidio! Yo, que mal leo, y eso gracias a Juan. Juan y yo fuimos felices a pesar de la madre que me dejó en herencia. Cuando llegue a casa, antes de que lo haga ella, le diré que me voy, que no cuente más con... ¿Pero adónde voy a ir con estas varices? Si doy as­ co... por eso vuelvo a casa tan pronto. 86

Mi principal herramienta de trabajo hecha unos zorros. Tanto sobo y tan­ tos dientes, sobre todo dientes, me han cortado la circulación. Dicen «Es­ tas piernas están para comérselas», y ¡hala, a sobar y a morder! Los hombres tienen complejo de pe­ rro faldero. Se comen la carne y en­ tierran los huesos para cuando no estén en brazos de sus amas. ¿Me he convertido en un hueso des­ carnado aunque tenga tetas de ciento veinte y labios de «silicoña»? A Juan no le hacía falta la «sili­ coña», me besaba dulce y cuando es­ taba agitado, salado. Todavía guardo su último beso de sal. Fue con aquel cóctel que su Mar­ garita le preparó con los mismos in­ gredientes que ahora lo hago con ellos, pero añadiéndole unas gotitas de amor. Puso sus labios en mi boca y me sentí arenque en salmuera, que tanto le gusta al señor de la noche. Está ahí, tomando fotos con ese aparato. ¡Que no me vea, Dios, que no me vea con esta minifalda que me regaló ella para iniciarme en la carrera y dejar al descubierto mis vergüen­ zas!... Me operaré y volveré a ser yo. Pero, ¿estará incluido en la Seguridad Social? No tengo un euro, todo se lo di a ella, ¡la muy chula! Cuando deje de ingresar proclamará


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a los vientos lo puta que soy y me de­ jará en la calle. Meterá en mi habitación a ese di­ vorciado con tres hijos, dueño del bar

de enfrente, que le pone ojitos. Me ha visto, viene hacia aquí. No, no quiero, noto que me derrumbo.

María Jesús Briones Arreba (Madrid ­ España) Twitter: @JessMajebri Facebook: María Jesús Briones Arreba

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Un golpe certero Juana Igarreta Egúzquiza Pero, ¿quién se iba a fijar en mí?... Yo crecí en un vivero a orillas del río Arga. Digo crecí, por decir algo, porque en realidad siempre he sido un pino chaparro. Mientras mis compañeros de vivero iban cogiendo altura, repletos de verdes agujas for­ mando una figura cónica envidiable, mis ramas estaban semidesnudas y habían brotado desordenadas, o sea, lo que se dice un pino poco agraciado. Sabido es que las plantas y árboles que nacemos en los viveros estamos destinados a que alguien venga, nos eche una ojeada y, si somos de su agrado, por unas monedas nos com­ pre. Y así acabar felizmente planta­ dos en un parque, en una huerta, en el jardín de un adosado... Pero es cada año a últimos de di­ ciembre cuando aumenta el trasiego de personas interesándose por noso­ tros, los pinos. Pues somos por exce­ lencia «el árbol de la Navidad». Pero, ¿quién se iba a fijar en mí? El pasado año tuve la triste experiencia de ver cómo iban desapareciendo to­ dos los que fueron mis compañeros de semillero, hasta quedarme solo. Solo y abandonado, ya que me habían apartado en un rincón y nadie se preocupaba ni siquiera de regarme, y si sobrevivía era gracias a la lluvia, que cuando cae no hace distingos y moja por igual a todos, a los esbeltos y a los canijos como yo. A través de los agujeros de la verja metálica veía los árboles que pobla­ ban la orilla del río. Llamaba mi aten­ ción, especialmente, un enorme abeto que servía de refugio a una multitud de estorninos, que al final del día for­ 88

maban un gran alboroto posados en sus ramas. Soñaba con llegar a ser como él. Los días que me encontraba más tristón pensaba que tenía las horas contadas y que no dejaba de ser una ironía tener que «morirme en un vive­ ro». El viento traía hasta mí las conver­ saciones de los empleados, que me servían de distracción haciendo olvi­ dar mi infortunio. Tomás, que así se llamaba el encar­ gado, era el trabajador más antiguo y contaba los días para poder jubilarse. Su aspecto rudo y su voz bronca con­ trastaban sobremanera con una sensi­ bilidad especial que afloraba en determinadas ocasiones. En verano, próxima la hora del cierre, en esas tardes en las que cielo se viste de to­ nos rojizos anunciando otra calurosa jornada, solía quedarse ensimismado contemplando la puesta de sol y co­ mentaba cosas así: «Mirad el horizon­ te, parece la ranura de una hucha gigantesca y el sol una enorme mone­ da de oro introduciéndose en ella». Es que Tomás, en el fondo, era un romántico y un apasionado de las puestas de sol. La cosa llegaba a tal punto que les decía a sus compañe­ ros: «Ya lo tengo hablado con mi mu­ jer, cuando me jubile vamos a coleccionar puestas de sol. En primer lugar viajaremos a Cádiz, porque nos han dicho que ver ocultarse al sol desde la playa de La Caleta es algo mágico. Luego, ya pensaremos en otros sitios». Óscar Luis era la alegría de la huer­


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ta, del vivero en este caso. Él había venido de Colombia en busca de unas mejores condiciones de vida. Pre­ sumía de ser más pamplonés que na­ die, ya que había nacido en la Pamplona colombiana y el destino le había traído a la Pamplona navarra. Luego estaba Mikel. Con sus 18 años recién cumplidos y unos estudios de Educación Secundaria hechos a tran­ cas y a barrancas, contaba bromean­ do que había acabado en una escuela taller haciendo jardinería, porque los profesores en el instituto siempre le decían que lo suyo era «irse por las ramas». Y ahora, en el vivero se volvía a confirmar. Ya entrado el otoño, sus conversa­ ciones empezaron a ser menos ani­ mosas. Hablaban de que había llegado la crisis, que debía de ser una especie de gripe muy rara y muy con­ tagiosa, pues Tomás decía que cuando Estados Unidos tose todo el mundo estornuda, para luego continuar di­ ciendo que por culpa de la crisis no se iban a vender ni pinos en Navidad, y yo no entendía nada, porque siempre había oído comentar que el aire de los pinos era bueno para los catarros. Así pasaban las horas y los días has­ ta que, una mañana de diciembre, un fuerte impacto en el corazón de mi maltrecho tronco interrumpió mi monótona calma. Algo extraño se había encajado entre mis ramas. No me había recuperado del susto cuando, por momentos, el vivero se llenó de un griterío de voces. Era un

grupo de niños que, acompañados por su maestro, venían en busca del balón que habían perdido. —¿Seguro que ha entrado en el vi­ vero? — preguntó don Javier, el maes­ tro. Varios de ellos asintieron, al tiempo que Mikel y Óscar Luis salían a su encuentro. Todos comenzaron la búsqueda del balón y fue uno de los niños, Adrián, quien lo vio semioculto en mi esquele­ to vegetal. Su impulso para recupe­ rarlo hizo que yo diera con mis resecas ramas en el suelo. Tomás, que lo había observado todo, se acercó presuroso y, al tiempo que me devolvía la verticalidad, comentó mirando a Adrián: «No te preocupes, chico, este pino no sirve para la ven­ ta, acabará hecho astillas». A lo que don Javier prosiguió: «Si no hay in­ conveniente nos lo llevamos, en clase no tenemos árbol de Navidad. Pasa­ das las vacaciones, si aguanta, lo re­ plantaremos». La emoción de pensar que por fin iba a dejar el vivero hacía hervir la poca savia que quedaba en mis ner­ vios y me temblaba hasta el cepellón. El cariño con el que fui tratado por don Javier y los niños me hizo rever­ decer y ahora vivo feliz en la falda del monte San Cristóbal. Si alguna vez vuestro paseo os trae hasta aquí y queréis reconocerme, os diré que con­ servo una redonda hendidura en mi tronco, recuerdo de aquel certero gol­ pe de balón que hizo cambiar mi suerte.

Juana Mª Igarreta Egúzquiza (Burlada, Navarra ­ España) Blog: palabrasquedanjuego.blogspot.com.es

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El Callejón de las Once Esquinas

El perro de Goya Enrique Angulo Moya

Si esto es un perro...

El perro hundido hasta el cuello que Francisco de Goya representó en el lienzo que se exhibe en el Museo del Prado, se reencarnó el 3 de septiem­ bre de 1945 en la ciudad de Hiroshi­ ma. Lo vio el doctor Michihiko Hachiya, al salir del Hospital de Comunicaciones donde prestaba sus servicios, y donde siguió prestándolos en las dramáticas circunstancias que narra en su libro Diario de Hiroshima. Hacía casi un mes que los estadou­ nidenses habían tirado la primera bomba atómica, y la humanidad, acostumbrada a toda clase de trage­ dias y penalidades, descubrió de pronto otra forma de horror que pa­ recía provenir más de los cielos que de la tierra, ser más un castigo divino, un fin de los tiempos, que un arma utilizada por un ejército enemigo. Sea como fuere, el episodio recordaba la destrucción de las Sodoma y Gomorra bíblicas. Ese día, 3 de septiembre de 1945, caía una lluvia desesperante, así la define el doctor Hachiya. Como las le­ trinas quedaban fuera del edificio del hospital, los enfermos y médicos que podían hacerlo, se trasladaban hasta allí cuando tenían alguna necesidad fi­ siológica que aliviar. Fue al regresar de los baños, cuando el doctor Hachiya vio venir a un perro 90

flaco con algo entre los dientes, algo que, más tarde, pudo reconocer como un trozo de verdura; la cual, pensó, el perro habría cogido del montón de desperdicios que estaba cerca de la cocina. El hecho de que un animal que, por costumbre, se alimenta de carne, tu­ viese que comer verdura, le pareció lamentable al doctor Hachiya; luego, observó que casi no le quedaba pelo, y lo achacó al mal de la radiación que tantos horrores había causado entre los ciudadanos indefensos e ignoran­ tes del castigo infernal que se les venía encima una plácida mañana del mes de agosto. Aquel perro, al doctor Hachiya, le pareció un símbolo de la barbarie hu­ mana capaz de llegar a las atrocida­ des más demoníacas. No sé si el médico japonés conocería el cuadro de Goya al que he hecho mención, pero yo, que sí lo conozco, al leer el párrafo donde Hachiya expresa su sensación, me dije que ese símbolo del horror lo había representado hacía casi un par de siglos Francisco de Go­ ya, yo emparenté a aquel perro con el del cuadro del pintor español; de he­ cho, me dije que era el mismo perro reencarnado, si es que es posible para un animal que aparece en un cuadro tomar vida en un perro de carne y hueso.


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Aquella estampa le recordaba al doctor Hachiya toda la desolación vivida, y casi, parafraseando el título de uno de los libros que Primo Levi escribió sobre su experiencia en Auschwitz, podría haber dicho: «Si esto es un perro». Lo que veía le pareció una estam­ pa desoladora: la letrina de paredes de paja junto al sauce, el cielo oscu­ ro y lloroso, los cuarteles y depósi­ tos reducidos a escombros, y la figura triste de aquel perro flaco, sin pelo, con las caderas salientes y la cola entre las piernas; un perro que, en su perplejidad animal, se debatía para continuar con vida, tal y como el perro del cuadro de Goya, en su abandono infinito, se debate para no hundirse, del todo, en la ciénaga. Ambos mundos, el del cuadro de Goya y el de Hiroshima tras el lanzamiento de la primera bomba atómica, parecen haber sido abandonados para siempre por los dioses.

Francisco de Goya ­ "El perro"

Enrique Angulo Moya (Burgos ­ España) Twitter: @Protoplasto Facebook: enrique.angulomoya

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El Callejón de las Once Esquinas

Dulce venganza José Antonio Barrionuevo Martín Siempre tuvo, detrás del mostrador, una amplia, amable y fresca sonrisa...

Siempre tuvo, detrás del mostrador, una amplia, amable y fresca sonrisa con la que recibir a todo el mundo. En el transparente e iluminado expositor ofrecía, de martes a domingo, festivos incluidos, merengues de crujiente y marfileña cobertura, dorados petisúes y piononos que quitaban el sentido, dulces bizcochos borrachos que cho­ rreaban un traslúcido e inigualable almíbar, bombones del chocolate más granado… variadísimos pasteles, en definitiva, que solían atraer la golosa atención de su distinguida y selecta clientela. Dos semanas después del infortuna­

do e inesperado suceso que costó la vida a una veintena de personas y la hospitalización urgente de casi cin­ cuenta más, el forense aún seguía preguntándose por qué, y sobre todo cómo, confundió la harina con el ma­ tarratas y el pesticida líquido con el agua. Mientras tanto, en su celda, «La confitera de la muerte», título sin mu­ cha imaginación con el que la denomi­ naron los medios de comunicación, permanece en su solitaria inmutabili­ dad, luciendo a gala una risa sardóni­ ca que llega, incluso, a intimidar a las funcionarias más veteranas de la pri­ sión provincial.

José Antonio Barrionuevo Martín (Estepa, Sevilla ­ España) 92


Número 2

Orden y castigo Miguel Ibáñez ¿Se habrían fijado bien a la hora de meterlo en la tumba?... Daniel siempre estuvo muy unido a su abuelo, un hombre severo que lo crió solo, con un respeto por el orden que rayaba en la obsesión. Ningún ob­ jeto de la casa en la que vivían podía ser movido de su sitio sin que él se diera cuenta, y si eso pasaba le grita­ ba, y algunas veces, incluso, lo azota­ ba. Aunque era duro con él, también era benévolo cuando debía serlo, y lo único que tenía en el mundo; por eso nadie se extrañó cuando el día de su entierro se quedó una vez todos se habían ido, mirando ceñudo la lápida que acababan de colocarle encima. ¿Se habrían fijado bien a la hora de meterlo en la tumba? Que lo hubiesen colocado del revés lo torturaba; el mundo tal y como lo conocía era un continuo de leyes ordenadas que si se rompían llevaban consigo algún tipo de castigo, pero en este caso podría ocurrir que su abuelo pasara toda la eternidad en una posición en la que no debería estar; de pronto este pen­ samiento se apoderó de él, paralizán­ dolo. De ahí en adelante, cada pequeño cambio de la vida lo inter­ pretó como una burla del destino ha­ cia los dos. Al quedarse huérfano todos los de la comunidad decidieron hacerse cargo del niño, y pasó sus primeros años de casa en casa, hasta que llegó a la adolescencia y le dejaron un hueco en la portería. Su carácter metódico y sumamente educado hizo que nunca tuviera problemas con nadie, al con­ trario, pronto empezó a ganarse la vi­ da haciendo pequeños trabajitos dentro del bloque. Ordenaba los buzo­

nes, sacaba las basuras, fregaba los rellanos, se encargaba de que los re­ partidores de publicidad no dejaran sus folletos desparramados por el por­ tal. Conocía a los vecinos y los salu­ daba siempre por sus nombres, sabía las horas de salidas y entradas de to­ dos y poco a poco, con el paso de los años, se hizo parte fundamental. Nunca le gustó salir a la calle, en el pequeño universo que se había creado tenía todo lo que necesitaba para vi­ vir. Allí era alguien. Le gustaba sen­ tarse a esperar en las tardes de verano a que bajaran los primeros in­ quilinos para salir a su encuentro a recibir las buenas tardes, y a que le dijeran lo limpio que tenía el zaguán, o lo bonitas que lucían las macetas del patio. Se encargaba de que todo fun­ cionase bien y de que las cosas siem­ pre estuvieran en su sitio. Cualquier cambio lo aterraba, relacionaba las novedades con la imagen de su abue­ lo mal puesto en su ataúd, y esa an­ siedad lo superaba. Hace dos años alguien vino; desde que Daniel tenía memoria nadie se había ido del bloque o llegado a él, pero Atanasia, la del cuarto, pasaba por apuros económicos, así que al­ quiló una de las habitaciones que tenía libres. Cuando Dani se enteró pasó dos noches enteras sin dormir, otra vez las imágenes de la lápida, otra vez todo podía venirse abajo. Un intruso acababa de aterrizar y las consecuencias para él eran impredeci­ bles. La primera vez que lo vio fue a través de su mirilla mientras subía por las escaleras. Le pareció un hombre 93


El Callejón de las Once Esquinas

normal, con cara amable, vestido ex­ trañamente como si se fuera de pes­ ca, con su gorro incluido. Aunque le temblaban un poco las piernas se armó de valor y decidió esperar a que bajara para presentarse formalmente. En cuanto vino de vuelta se colocó en la entreplanta para que tuviera que pasar por su lado; aquel tipo lo miró casi sin verlo porque llevaba unas ca­ jas que le tapaban la visión, y Daniel alzó la voz para saludarlo: buenas tar­ des, soy Daniel el... Pero no obtuvo respuesta; el hombre siguió su cami­ no ignorando totalmente su saludo. Preso de la vergüenza y del miedo sa­ lió corriendo y estuvo toda la noche llorando. Un cambio había llegado, y aunque hizo un esfuerzo sobrehuma­ no por asimilarlo, él se había quedado fuera. Ahora no era nadie, el mundo que controlaba lo estaba expulsando. Pasó días sin salir de su portería, ru­ miando su dolor. Apenas dormía, comía sin ganas y empezó a descuidar sus tareas. Realmente no sabía que tenía tomada la decisión desde que ignoró por primera vez su saludo, pe­ ro eso lo hacía todo más evidente. Una fuerza que salía de su interior lo empujaba a hacerlo, él ya no era dueño de la situación, y eso lo conso­ laba a la vez que lo intimidaba.

Se vieron varias veces más, y siem­ pre con el mismo resultado. Daniel decía hola y recibía un humillante vacío. Ya nada más importaba, su obligación era mantener a su abuelo correctamente colocado en su tumba, ser el héroe de su eternidad y salva­ guardar el orden de su universo. Una tarde la irá rebosó en su cuer­ po, violenta; esperó a que el vecino bajara por las escaleras porque sabía que sobre las cinco salía a dar una vuelta. No tardó en aparecer, vestido como siempre con su chaqueta y sus pantalones del Coronel Tapioca. Pasó por el lado de Daniel, que hacía como el que barría el rellano. Hola, buenas tard... Silencio. Se lanzó hacía él y le dio un empujón que lo precipitó des­ controlado por el siguiente tramo de escaleras hacia abajo. El golpe de su cráneo contra el último peldaño sonó como una nuez al romperse: crack. De pronto se sintió desconcertado, habría esperado que saliese alguien al oír el ruido, pero todas las puertas es­ taban cerradas. Sólo la luz que se apagaba y se encendía automática­ mente era testigo de la situación. Ya no sabía dónde estaba, de repente volvía a sentirse vulnerable. Otra vez el cosmos le enviaba unas cartas que no sabía jugar, todo lo que ocurría es­ taba fuera de su control, así que se abandonó, dejó de pensar y de pronto sintió una cálida tranquilidad que lo llevó a acercarse a ver si estaba muerto o no. Dudó un poco si tocarle el cuello como había visto en las pelí­ culas, pero un pequeño bulto blanco llamó su atención. Estaba tirado al la­ do de la cabeza del hombre y parecía haberse desprendido con el golpe, lo cogió con la mano y lo reconoció en­ seguida porque el marido de la Jeróni­ ma, la del quinto, tenía uno igual. Era un audífono. Miguel Ibáñez (Sevilla ­ España) Twitter: @maibanezh22

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Número 2

Criaturas en la noche María José Viz Blanco A manera de respuesta, decidí empezar a salir por las noches...

No, deci­ didamente, no me gusta la gente alondra. Yo, a mucha honra, soy hombre­búho. Tras pasar años siendo el empleado ejemplar, que se levantaba a las seis de la mañana para llegar al trabajo antes de las ocho, después de hacer uso de dos líneas de metro y de tener que andar unos 20 minutos más, se podría decir que, por fin, me he liberado de esa esclavitud. Desde el 25 de noviembre de 2014, fecha que jamás olvidaré, mi vida ha dado un giro de 180 grados. Todo ello se lo debo a mi querido exjefe: Cipriano González. Al despedirme, me hizo el mayor re­ galo que jamás me podría imaginar. Si bien, mi primera reacción, al conocer la noticia, fue de cabreo, mezclado con ganas irrefrenables de quemar la empresa e, incluso, recuerdo que me asaltaron terribles pensamientos asesinos hacia el bueno de don Cipriano. Mi esposa trató de ayudarme a salir del bache de una manera muy espe­ cial. Repetía constantemente que yo había perdido años de mi juventud en esa empresa X, pero que si le hubiese

hehecho caso a ella y hubiese acepta­ do la propuesta de la empresa Y, en su momento, no estaría­ mos como estábamos. Sonia se dedicó a ma­ chacarme con todo aquello que, según ella, había he­ cho yo de manera errónea. Me restregaba todas mis equivocaciones, pero nunca me daba verdadero aliento y empuje para luchar y volver a salir a flote. Por eso, harto de la situación, decidí dejar mi casa y marcharme a un apartamento al­ quilado, a varios kilómetros de dis­ tancia. Con el finiquito, el paro y algo que tenía ahorrado, mis necesidades están cubiertas, al menos, durante un tiempo. Por eso, he comenzado a despreocuparme un poco de la obse­ sión por encontrar trabajo. Llevo ha­ ciéndome esta pregunta desde aquel día: —¿Eusebio, realmente has disfruta­ do de tu juventud? ¿Has conocido lo que es divertirse de veras? A manera de respuesta, decidí em­ pezar a salir por las noches. Primero iba a tomarme solo una copa al pub de la esquina y regresaba a casa 95


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pronto, pero, poco a poco, me di cuenta de que la ciudad, a esas horas de la madrugada, tenía unos atracti­ vos que yo no conocía y que me lla­ maban poderosamente la atención. Por lo pronto, la fauna humana era muy diferente de la que se movía du­ rante el día. No se apreciaba el tránsi­ to de ejecutivos y ejecutivas corriendo, estresados. Ni a las típicas marujas con los carros de la compra (ni los marujos, que van en aumento, y que son, si cabe, más molestos aún que ellas…). Tampoco había los imper­ tinentes niños, con sus gritos y su manía de ponerse en medio, cuando uno caminaba tranquilamente por la calle. Bueno, me queda un sector de la población que me solía sacar de quicio cuando iba con prisas al traba­ jo: los ancianitos con sus bastones o andadores. Ya sé que nos pasará a to­ dos, si llegamos a su edad, pero reco­ nocer que incordian mucho no me parece ser cruel, al contrario, es un hecho más que probado. Mi primera impresión sobre la vida nocturna fue que, paradójicamente, había menos «vida» que durante el día. De la vorágine, de los atascos y ruidos diurnos infernales, se pasaba al silencio y a la escasez de personas deambulando, sobre todo, cuanto más avanzaba la noche y se alcanzaba de lleno la madrugada. Ahora, que puedo considerarme un noctámbulo de pro, creo estar en la mejor situación para hablar, con fun­ damento, de aquellos que pueblan la ciudad cuando la mayoría duerme. Quizás no sea tan silenciosa la ciu­ dad de noche como creía al principio. Pienso en los basureros, con sus ca­ miones y trasteo de contenedores, o en aquellos y aquellas que cantan Pa­ quito el Chocolatero —o lo que se les ocurra—, a pleno pulmón, con su par­ ticular coreografía, risas y gritos. De vez en cuando, causan algún que otro destrozo del mobiliario urbano, lo cual 96

no resulta muy agradable, ni a la vis­ ta, ni al oído. No son los únicos que trasnochan. No descansan en los hospitales, en determinadas factorías como las eléc­ tricas, por ejemplo. Trabajan también los taxistas, los hosteleros, los pana­ deros… los clubs de alterne están atestados de clientes a esas horas, y los ladrones también se aprovechan de la nocturnidad para hacer sus fe­ chorías. Los policías, por supuesto, han de estar despiertos para dar con ellos. Los periodistas deben trabajar con premura para poder publicar su periódico, cuando aún no es de día… ¡Si al final va a haber más gente trabajando que durante la jornada diurna! Yo soy un insomne, como tan­ tos otros, que decide salir a la calle en busca de no sé bien qué, todas las noches. Pero hay gente que trasnocha sin salir de casa. Recuerdo a mi ma­ dre esperando, desvelada, a que llegara mi hermana, que, despreocu­ pada del sufrimiento que estaba cau­ sando, disfrutaba plenamente de sus juergas discotequeras. Luisa siempre fue una díscola. Yo, buen estudiante, también sé lo que es pasar la noche sin dormir porque el examen en cues­ tión era inminente y había que expri­ mir el tiempo al máximo. Últimamente, no me encuentro bien. Padezco de problemas intestinales y, como no duermo de noche, tengo que hacerlo de día y casi nunca me dejan los vecinos, con los molestos ruidos que producen. Esta mañana he ido a ver los resultados de unos análisis. Mi médica de cabecera, una señora que me conoce desde niño, con ternura, me reprende por vivir del modo en que lo hago. Me dice que el cuerpo humano necesita unos hábitos regula­ res, de comidas y de descanso. Los resultados no son buenos y ella me manda hacer más pruebas. Me encuentro muy cansado. He per­ dido toda la agilidad de movimientos


Número 2

que tenía, cuando trabajaba. Cada vez me duelen más partes del cuerpo. Me estoy haciendo viejo a pasos agi­ gantados. Quizás tenga razón mi querida doctora: los excesos nocturnos me están pasando factura.

En ocasiones, me siento morir. Sin embargo, y parafraseando a mi querida Escarlata, afirmo, orgulloso: «A Dios pongo por testigo, que jamás dejaré de amar la noche». Dixit.

María José Viz Blanco (A Coruña ­ España) Facebook: María José Viz Blanco

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El Callejón de las Once Esquinas

Sueños escondidos en el desván M.Carme Marí Había varias tarjetas por año...

Volviendo del camposanto, Inés su­ mergió su tristeza entre los recuerdos del desván. —¡Qué preciosidad de fotos! La abuela está guapísima. A pesar del color sepia y los años transcurridos, la imagen todavía transmitía la ilusión que irradiaban sus ojos. Se apreciaba el trabajo de un buen profesional y dejaba ver cier­ ta complicidad con la modelo. —Sí, Inés, deben ser las que hizo el americano. No las había visto nunca, aunque tu abuela me habló de ellas cuando murió papá. Un fotógrafo ex­ tranjero llegó al pueblo haciendo fotos de la vida rural, y me dijo que se la quiso llevar con él, como ayudante, a ver mundo. Pero justo esa Navidad sus hermanos partieron al frente. La noticia llegó como un mazazo y le hizo sentirse clavo que con el golpe queda­ ba fijada a la aldea, pues en la granja faltaban manos y sólo quedaban las suyas. El trabajo en el campo deman­ daba brazos fuertes, así que al poco se casó con tu abuelo, y luego nací yo, y… —Y aquí se quedó. —Siempre me animó a salir del pue­ blo... Inés abrió una antigua caja metáli­ ca, de galletas, parecía ser. Contenía postales, decenas de ellas, de distin­ tas partes del mundo: Lisboa, la Costa Azul, París, Florencia, Roma, Berlín, Frankfurt, Londres, Moscú, India, Chi­ 98

na, Japón, Sudamérica... —Van a nombre de la abuela pero la calle no es la suya. ¡Ni la población! ¿Cómo le llegarían? —Déjame ver. Reconozco esa direc­ ción. Las recibía su amiga de infancia que se trasladó al pueblo vecino, y debía contar con su complicidad y la del cartero... Seguro que papá desco­ nocía su existencia. Madre e hija las empezaron a ojear con gran asombro. Había varias tarje­ tas por año. En todas ellas una o dos frases junto a una dirección de con­ tacto cambiante, según el país de ori­ gen de la estampa, y la misma firma que en las fotografías. «Mayo 1937. Te echo mucho de menos. Richard», «Enero 1939. Siempre te recuerdo. Cuídate mucho. Richard», «Septiem­ bre 1942. La guerra aquí es tan dura como lo fue la vuestra. Richard». Y el remite iba mudando de ciudad y país, hasta quedar fijado en Estados Unidos en las postales de la última década. La más reciente era de hacía un mes. En un lado de la caja sobresalía una cartulina: un billete de avión a Minne­ sota, sólo ida. —¡Lleva el nombre de la abuela! —¿De cuándo es? 2007... El año de mi operación y luego la quimioterapia. —Fue cuando se vino a vivir con no­ sotros a la ciudad, ¿verdad? Una pena añadida a la pérdida iba inundando el corazón de madre e hija. —Anotaré esta dirección y le enviaré


Número 2

una nota a Richard. Debe saber que ya no tiene que enviar más post... —se le anudaban las palabras en la garganta. —Buena idea —dijo Inés reponiéndo­ se—. Voy a buscar un papel... ¡Ay! —añadió llevándose la mano al vientre. —Ve con cuidado. ¡A ver si Lucía quie­ re salir sietemesina como yo! —rió la futura abuela. Inés se quedó pensativa: —Un momento, mamá. ¿Cuándo dices que se marchó del pueblo el america­ no?

M.Carme Marí (Castelldefels, Barcelona ­ España) Blog: PetitesHistories.wordpress.com Twitter: @carme_tuit

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El Callejón de las Once Esquinas

CALLE ASALTO Si te asomas, pagas...

PILAR ZARAGOZA FERNÁNDEZ Zaragoza es su apellido, el nombre de su ciudad de nacimiento y el de la universidad en la que se ha for­ mado y trabaja. Pilar Zaragoza, profesora de la Facultad de Veterinaria, es una mujer emprendedora, ejemplo de tesón y valentía. Catedrática de Genética desde 1996, además de por su vocación docente, destaca por su trayectoria investigadora: es la responsable del grupo de investigación LAGENBIO, cuyo laboratorio, reconocido internacionalmente, representa un antes y un después en el estudio de la genética en Aragón. Su actividad se desarrolla en el campo de la Genética Mo­ lecular Animal, de interés en Producción Animal, Bioin­ dustria y Sanidad. Sus publicaciones abarcan ocho libros, más de 175 artículos científicos, más de 300 comunicaciones a congresos internacionales y ha dirigido trece tesis doctorales. Su compromiso con la Universidad de Zaragoza se plasma también en las actividades en las que se ha volcado desde sus cargos de responsabilidad, apostando por el acercamiento de la universidad a la sociedad de su tiempo. Así, como Vicerrectora de Relaciones Institucionales y Comunicación, de 2008 a 2012, renovó la imagen corporativa de la institución, impulsó la colaboración con empresas y organismos a través de la creación de numerosas cátedras institucionales y de empresa y puso en marcha el Observatorio de Igualdad de Género. Desde 2012 su prioridad ha sido impulsar el emprendimiento universi­ tario, como Vicerrectora de Transferencia e Innovación Tecnológica. Su empuje ha fomentado la creación de empresas de base tecnológica, se han incremen­ tado las patentes y se han creado nuevas estructuras de apoyo a la investiga­ ción: el Centro de Transferencia (CIT) y el Centro Mixto de Investigación con Empresas (CEMINEM). La Sabina, Club de Opinión de Mujeres de Zaragoza, acaba de otorgarle el premio Sabina de Oro 2017, en reconocimiento a su trayectoria vital y profesional que ha conjugado su pasión por la ciencia con el compromiso social de una mujer que ha luchado contra los estereotipos. Amante de la montaña, del esquí y de la bicicleta, entre sus aficiones no se contaba la de la escritura… hasta que fue asaltada por las sombras del Ca­ llejón. ¡Gracias, Pilar! 100


Número 2

El faro Pilar Zaragoza Fernández Aquellos meses fueron muy importantes para mí, sin darme cuenta, mi alumno se convirtió en mi profesor... Nunca me hubiera imaginado que ser profesora podía darme tanto y es gracias a ti, mi alumno de la oscuri­ dad, mi alumno preferido. Un día llegaste a mí, me dijiste: «Quiero ser veterinario». Y yo te pre­ gunté: «Pero, ¿cómo lo vas a conse­ guir? Tu mundo está oscuro.» Me equivocaba, su mundo estaba lleno de luz, de esfuerzo, de esperan­ za. Aquellos meses fueron muy impor­ tantes para mí, sin darme cuenta, mi alumno se convirtió en mi profesor y cada día me enseñaba un poco más. Qué ingenua, pensaba que era yo su faro y que le marcaba un sendero pa­ ra convertirlo en un profesional. Pero no, él me dio la luz, con su alegría y su capacidad de superación, me marcó para siempre, se convirtió en un faro en el camino de mi vida. Él no llegó a acabar porque se fue y,

a pesar de sus problemas, que fueron muchos y muy duros, siempre estuvo seguro de seguir, de esforzarse. Yo, expectante, me decía a mí misma: «Cómo puedo quejarme, cómo puedo protestar, por qué no tengo siempre una sonrisa en la cara». Está claro que no era una verdadera profesora en aquella época, me quedaba tanto por aprender. Este faro que se cruzó en mi camino me hizo entender que siempre, si tú quieres, hay una luz que te guía. Mi alumno de la oscuridad fue mi res­ plandor y me ayudó a enfrentarme a mis tinieblas, a mis miedos, a mi ce­ guera y a entender que luchar merece la pena, porque siempre hay faros que te vas encontrando en el camino de tu vida y que impiden que naufra­ gues y que allí estarán siempre para recordarte que debes seguir haciendo tu camino.

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El Callejón de las Once Esquinas

CAMINO DE LAS TORRES La esquina de los libros de autoedición

JULIA Y MIRANDA Luisa Horno Delgado Esa pistola, fría y dura entre mis manos. Rompo a sudar. ¿Sabré hacerlo? Sabrás, tienes que saber. Recuerdo mis antiguos cursos de tiro, los peluches de las ferias. Introduzco el índice en el gatillo. Agarro el arma con las dos manos y le apunto a la cabeza. Primero a la cabeza, luego si acaso al corazón... Novela finalista en el IX Premio Bubok de Creación Literaria (2017). Luisa Horno es una mujer sorprendente. Bibliotecaria jubilada de la Universidad de Zaragoza, le gusta definirse como una abuela que escribe. ¡Ja! No os dejéis engañar; detrás de esa plácida fa­ chada que ha construido desde que, libre de obligaciones laborales, se lanzó a su pasión por la letras, se esconde la mente de una escritora de las buenas. Sí, de esas que escriben con oficio, seleccionando la palabra precisa, armando argumentos con la habilidad de un prestidigitador, cautivando con un estilo conciso y sin adornos, como escriben los que saben. Julia y Miranda es una novela corta que te va a fascinar. Los contrastes y las semejanzas entre las dos protagonistas constituyen el telón de fondo del que se vale Luisa para narrar una historia que deja sin respiración al lector. ¿Se pueden desenredar los hilos de una marioneta rota? ¿Estamos preparados para conocer las verdades que se nos ocultaron? Preguntas como estas son inevitables durante la lectura de esta novela, que te sorprenderá, te estreme­ cerá y te emocionará. Desde el Callejón de las Once Esquinas lanzamos una pregunta al cierzo: Luisa, ¿habrá segunda parte? Queremos saber más sobre Julia y Miranda, por favor. Venta, a través de Bubok, en papel y formato electrónico: http://www.bubok.es/libros/248673/Julia­y­Miranda 102


Número 2

Julia y Miranda no es el primer libro de Luisa Horno. Si quieres leer más de esta autora zaragozana, no te pierdas su libro de relatos Vida normal, que ya va por la segunda edición, también autoeditado por ella en Bubok. ¿Existe la vida "normal"? No, no contestes ahora... Lee estos relatos, explora el universo de Luisa Horno y saca tus propias conclusiones. Te dejamos uno de sus cuentos como muestra:

DESHABITADA

Salgo de la oficina dando un porta­ zo. Ignoro al ascensor. Brinco los es­ calones de tres en tres. Sin mirar al asombrado conserje, corro hasta el portal, que abro y cierro con estruen­ do. Quince metros de calle más abajo, me detengo jadeante junto al conte­ nedor. Tiro con rabia las cosas recogi­ das de mi despacho. A la mierda. Ya está. Ha sucedido. Me han despedido. Ya estoy en el pa­ ro. Todo ha cambiado, todo es distin­ to. Ya no sé quién soy. Doblo la esquina que llamábamos oscura y avanzo por el callejón. Ahí está. La famosa casa. Deshabitada. Abandonada. Como yo. Descubro un resquicio en una de las ventanas ba­ jas. La abro con facilidad y entro. Me encuentro en un salón amuebla­ do por completo. Con mil detalles aja­ dos, enmohecidos. Entre mis pies se desliza raudo un gato asustado. Cuán­ tos más habrá, es buen refugio para ellos. Antes de desaparecer por la abierta ventana, el gato derriba una

mesita. Algo se hace añicos. En el sucio mármol del suelo, frag­ mentos de barro rojizo. De algo que parece un búcaro —mi abuela lo hu­ biera llamado así—. Entre ellos, un papel doblado mil veces. Alargo la mano con curiosidad. Un suave papel gris perla. Creo percibir en él un te­ nue aroma de lavanda. Tiene algo es­ crito, con caligrafía picuda, ya emborronada. Es una carta. La desdoblo y aliso. Intento no bo­ rrar aún más sus picudas letras. Saco el mechero de mi bolsillo y lo encien­ do. Se lee perfectamente. Has vencido. Yo sólo te quiero. Pero eso ya no sirve. Quieres tu casa, quie­ res tus hijos. Aquí están. Te lo dejo todo. Pero permaneceré aquí. En mi casa. Aunque no volváis a verme. Es­ toy y estaré. Tuya para siempre, B. P.D. La puerta pequeña del sótano no cierra bien.

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El Callejón de las Once Esquinas

Me sorprende la postdata, de tono tan diferente. Doblo de nuevo el papel y lo guardo en mi bandolera. Recorro la casa, toda amueblada, aunque en estado ruinoso. Parece haber sido abandonada con mucha prisa. Las ca­ mas cubiertas con desordenados jiro­ nes. Pienso en los gatos. En la cocina, una hermosa chimenea. Sobre un apagado fuego, una vasija de latón que contuvo algo, a juzgar por su in­ descriptible interior. Un vaso opaco, repleto de telarañas… En una esquina,

una pequeña puerta mal encajada. La puerta del sótano. Domino un in­ cipiente miedo e intento abrirla. Chirría pero se abre. No la debieron de arreglar. Ante mí una estrecha es­ calera desciende hacia la negrura. Al­ go me empuja hacia allí. Incluso olvido el mechero. Con las manos apoyadas en las húmedas paredes, oi­ go desde la oscuridad una suave voz de bienvenida. El aroma a lavanda es ahora intenso.

Venta, a través de Bubok, en papel y formato electrónico: http://www.bubok.es/libros/250105/Vida­Normal­2­Edicion­revisada

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Fecha de publicaciรณn: 15 de septiembre


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El Callejón de las Once Esquinas #2  

Revista de letras agitadas por el cierzo - Junio 2017

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