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Una morsa en mi jardín

Alex Nogués

Sonia Pulido Ediciones Ekaré


Para Loïc, Sergi, Cristina, Júlia, Max, Teo y Pema; brújulas para no perder el Norte. A. N. A Júlia, descubridora de mundos. S. P.


Una morsa en mi jardín Alex Nogués • Sonia Pulido

Ediciones Ekaré


Hace unos días cayó una morsa en mi jardín.


La morsa le cayó encima a mamá. Por suerte, descendía en paracaídas y aterrizó con delicadeza. Desde entonces, mamá se ha duchado como veinte veces, pero dice que sigue oliendo a tripas viejas de calamar.


Mi padre al ver la morsa dijo que como mínimo pesaba mil kilos y que era preciosa. De inmediato empezó a rociarla con la manguera. Mi hermano dijo que era un macho porque era muy grande y gordo, y tenía bigote. Yo estoy segura de que es una hembra: me recuerda a tía Edna. Mi madre, en cambio, no dijo nada.


Al día siguiente, la morsa parecía estar hambrienta y le dimos de comer las acelgas que había preparado papá. Las vomitó. Mi hermano y yo probamos darle helado de chocolate, pero estornudó. Los mocos de una morsa son casi tan asquerosos como las acelgas, pero mucho más pegajosos. Después de aquello, a mi padre ya no le pareció tan preciosa y tuvimos que rociarlo a él con la manguera. Mi madre se limitó a suspirar.


A los tres días, mi padre pensó que el jardín no era un buen lugar para una morsa. La puso en la bañera, pero fue un error.


Mi hermano propuso que compartiera la pecera con Willy, pero era demasiado pequeña para los dos. Volvimos a sacar a la morsa al jardín y le inflamos una piscinita. Mi madre tan solo miraba.


Cuando una morsa aterriza en el jardín de una apacible familia, es difícil lograr que se sienta cómoda. Hay que alimentarla, darle un nombre y buscarle un lugar donde dormir. ¿Será posible que todos logren estar a gusto?

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