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Silvia Di Luzio

El corazón es una puerta 8QDKLSyWHVLVFLHQWtÀFD de evolución

Traducción de Juan Carlos Postigo Ríos Cubierta: Amritagraphic

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EL CORAZÓN ES UNA PUERTA. UNA HIPÓTESIS CIENTÍFICA DE EVOLUCIÓN

1ª edición 2015 - ISBN 978-88-97951-30-8

Título original: Il cuore è una porta. Dalla scienza, un’ipotesi di evoluzione. © 2011 BlossomingBooks™/Edizioni Amrita srl, Torino - Italia. (Reservados todos los derechos para la presente edición) BlossomingBooks es una marca registrada de: Edizioni Amrita srl Corso Stati Uniti, 41 10129 Torino - Italia www.blossomingbooks.com Impreso en Italia. Reservados todos los derechos. Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la cubierta, puede ser reproducida, almacenada, transmitida o utilizada en manera alguna ni por ningún medio, ya sea eléctrico, químico, mecánico, óptico, de grabación o electrográfico, sin el previo consentimiento por escrito del editor.

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A NUESTROS LECTORES

Los libros que publicamos son nuestra contribución a un mundo que está emergiendo, basado en la cooperación en vez de en la competitividad, en la afirmación del espíritu humano antes que en la duda de su valor, y en la certeza de que existe una conexión entre todos los individuos. Nuestro propósito es tocar tantas vidas como nos sea posible con un mensaje de esperanza en un mundo mejor. Detrás de estos libros hay horas y horas de trabajo, de búsqueda, de cuidado: desde la elección de qué publicar –realizada por los comités de lectura– hasta la traducción meticulosa, pasando por las investigaciones a menudo extensas y apasionantes de la redacción. Deseamos que los lectores sean conscientes de ello para que puedan saborear, además del contenido del libro, el amor y la dedicación brindados en su realización. Los editores

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A mi hijo Giulio, cuyo amor puro e incondicional ha abierto de par en par la puerta de mi coraz贸n.

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PRÓLOGO DE LA AUTORA

Un libro nace del deseo de transmitir lo que consideramos importante, vital o al menos interesante. En estos años, tanto en mi mente como en mi corazón, he acumulado y guardado muchos descubrimientos, observaciones y emociones. Ahora siento la necesidad de manifestarlos, de someterlos a discusión y a la crítica y, sobre todo, de darles a las personas la posibilidad de conocerlos. Hace ya más de veinte años que trabajo en medicina, y en particular con el corazón. En el mismo momento en que empecé a estudiar la fisiología del corazón recibí como una “iluminación”, intuyendo que podía encontrarse ahí la solución al misterio de la vida. En este pequeño libro he intentado aunar el saber científico tradicional con el espiritual que he adquirido durante estos años, en el trascurso de una búsqueda personal del significado profundo de la vida; además, todo estará impregnado de un espíritu poético, que espero queráis perdonarme. Sin duda no seré yo quien quiera convenceros de que lo que encontraréis en este libro es la Verdad con mayúscula; sin embargo, expongo hechos con el respaldo de teorías que han dado confirmación, en primer lugar, a mi práctica clínica, y también a muchos textos que me han caído en las manos y que en la actualidad gozan de buen crédito en el ambiente científico tradicional. Con este libro quiero conduciros hasta el descubrimiento de una nueva perspectiva en la que el corazón,

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Silvia Di Luzio entendido tanto como órgano físico que como centro emocional, se revaloriza y al fin asciende a la misma importancia que nuestro cerebro, que en estos últimos siglos ha personificado el papel de protagonista absoluto. El viaje comienza con la decisión de hacer la carrera de médico tradicional y sigue por la senda de maduración y “despertar” desencadenado gracias a episodios que me animaron a comprender cuáles son los límites ligados a la medicina tradicional, cuáles son las cualidades ligadas a otros enfoques terapéuticos y, principalmente, cuáles son las ventajas de una integración entre los dos aspectos. Lo que a lo largo de este camino más me ha fascinado, y que en este libro comparto con vosotros, es la gran sabiduría de nuestro cuerpo que, si se observa con atención, nos da un ejemplo concreto de cómo debería funcionar una sociedad altamente evolucionada. Partiendo de la toma de conciencia del hecho de que nuestro cuerpo tiene una extraordinaria sabiduría interior, de que nuestro organismo es un conjunto de cincuenta trillones de células que colaboran por el bien del conjunto, es espontáneo reformular los conceptos de salud y enfermedad, y por lo tanto de forma automática el de enfoque terapéutico y de tratamiento, llegando a deducir que focalizarse en la enfermedad en vez de en la salud es como notar más los posibles errores de ortografía que el significado profundo de una maravillosa poesía. Estaré muy agradecida a quien quiera enviarme un comentario, para sentirme así parte de una gran comunidad de personas deseosas de contribuir a un cambio importante, que creen en la colaboración, en el respeto, en la alegría y en el amor como ingredientes para una vida totalmente satisfactoria. ¡Que disfrutéis de la lectura! Silvia Di Luzio 2

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INTRODUCCIÓN

Una tarde, hace cerca de diez años, hacia octubre, volvía con un amigo de un fin de semana de descanso y de reposo en la maravillosa costa amalfitana. Las condiciones meteorológicas eran extrañas, pasaban del sol a la lluvia y a una espesa neblina que hacían irreal el fantástico paisaje de la costa. Íbamos en el coche y estábamos hablando de nuestras experiencias recíprocas de vida y de trabajo; en especial de mi rabia al escuchar a muchos decir, compañeros o no, que el corazón tiene una simple función de bomba mecánica. Mientras nos adentrábamos en una nube, rodeados completamente por la blancura, muy indignada y conmovida por un fuerte impulso interior, dije con gran vehemencia: «Yo conseguiré demostrar que no es así. Un día conseguiré hacer entender qué es realmente el corazón». De pronto, una sensación que no había sentido nunca antes, como una fuerte vibración, de la que casi pude percibir el sonido, me invadió, recorriendo mi cuerpo de arriba abajo con un movimiento circular. Sin quererlo, mis ojos se llenaron de lágrimas, como señal de aquella extrema emoción que “toca el corazón”. En aquel preciso instante, escuché una frase dentro de mí, que no puede expresarse con palabras, era como si fuese consciente de algo que traducido verbalmente decía: El corazón es una puerta. Unos segundos después, la vibración comenzó a dismi-

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Silvia Di Luzio nuir hasta desaparecer por completo, dejándome una maravillosa sensación de dulzura y de coherencia, así como de desagrado por la pérdida de esta magnífica conexión. Todavía no sé qué fue aquello. En mi mente no he encontrado ninguna referencia para dar una explicación científica a aquel acontecimiento. Ahora era consciente de aquellas “palabras silenciosas”, cuyo significado era oscuro para mí y que, sin embargo, me habían dejado desconcertada. Como cardióloga “iluminada”, siempre había pensado que el corazón podía ser realmente el centro de las emociones (o del alma, como decían los antiguos), pero no había pensado nunca en el corazón como una puerta. Aquel momento marcó el inicio de una búsqueda que podría acercarme a la solución de este misterio, a la interpretación más correcta de esa intuición de verdad. Este libro cuenta precisamente ese recorrido. Desde los primeros capítulos hasta los últimos, encontraréis lo que durante estos años he descubierto sobre el corazón, como órgano, como fiel compañero de vida, como centro de las emociones y como… ¡puerta! He guardado en mi corazón este suceso durante mucho tiempo, casi con el temor a ser malinterpretada. Después de diez años, en cambio, algo dentro de mí se ha desencadenado: he entendido que mis creencias limitativas me impedían reconocer este hecho como un don divino, que me exhortase a realizar el cometido de… “mensajera del corazón” en esta vida, cometido que hoy trato de cumplir con este libro.

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CAPÍTULO

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Cómo nace un médico: la certeza que deriva del conocimiento Toda la filosofía natural se resume en un principio: conocer las leyes de los fenómenos. Toda la problemática experimental conduce a una sola y única cosa: prever los fenómenos y dirigirlos. Claude Bernard1 Con once años ya tenía decidido que quería ser médico. Me acuerdo del momento exacto en que entendí que este sería mi deber en la Tierra en esta vida. La idea de poder hacer el bien a personas enfermas, de poder ayudar a los demás, me colmaba el corazón de una energía y una fuerza increíbles y me producía una alegría inconmensurable. No había casos de enfermos graves en mi familia, ni pensaba en lo que podía llegar a ganar, ni mucho menos en la “fama” ligada a la figura del médico… Recuerdo tan sólo las oleadas de pura alegría por la idea de poder ver sonreír a una persona que sufría. No obstante, cuando llegó el momento de la matriculación en la universidad, pasé por una fase de duda. Los tres meses posteriores a la selectividad se caracterizaron 1 Leszek Kolakowski, La filosofía positiva, Ed. Cátedra, Madrid, 1988.

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Silvia Di Luzio por el tormento y la indecisión: había empezado a tomar consciencia de lo que realmente significaba ser médico, dedicar enteramente la existencia al servicio de los demás, a menudo sacrificando la de uno mismo; pero sobre todo me daba miedo la responsabilidad. Un médico, pensaba, tiene en sus manos la vida de sus pacientes: no puede fallar, de lo contrario puede comprometer la vida de otro ser humano. Esta tremenda verdad me atenazaba: era consciente de que, en cuanto ser humano, podría equivocarme, y no me sentía preparada para afrontar un posible error que pudiese dañar la vida de alguien. En definitiva, pasaban los días y quedaba poco tiempo antes de que venciera el plazo para matricularse en cualquier facultad. Un día me encontré a un profesor que me había ayudado en la preparación de la selectividad. Me preguntó en qué carrera había entrado y le revelé las dudas y los miedos que me impedían tomar una decisión. Él me dijo: «Si todos los médicos mostrasen esta sensibilidad, iríamos sobre seguro. El miedo que sientes es un don: matricúlate, estudia al máximo y acuérdate siempre de estas sensaciones, de la importancia de tu trabajo: intenta ser siempre la más preparada, y verás que serás de ayuda a muchas personas». Estas palabras han sido para mí un faro todos esos años de estudio que siguieron. Me licencié con matrícula de honor terminando todos los exámenes con una convocatoria de adelanto… pero no porque esto me aportase un placer en sí mismo o porque estuviese orgullosa de mi currículum: sencillamente porque siempre he considerado absurdo no conocer a la perfección cada tema. ¿Qué habría hecho en el futuro frente al paciente si no hubiese sabido interpretar sus síntomas o, peor, si no hubiese sabido de qué estaba hablando porque me había saltado las páginas de su dolencia? Tuve, a la postre, la fortuna de escoger la carrera que 6

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El corazón es una puerta quería. El estudio intenso de aquellos seis años fue para mí muy enriquecedor: estaba en el lugar donde quería estar haciendo lo que quería hacer. Todos los sacrificios que según los demás hacía, en realidad eran decisiones dictadas por la alegría y que me producían una gran felicidad; tras acabar un examen no podía esperar a hacer el siguiente para descubrir algo más sobre el gran misterio de la vida. Ya cuando en el tercer año estudié la fisiología, experimenté un enorme interés por el corazón y el aparato cardiovascular: me impresionaba su servicio continuo, generoso y silencioso, su capacidad de ser flexible, de saber qué hacer para el bien de todo el organismo, siempre y en cualquier caso; ante todo, desde el principio tuve la percepción de que a través del corazón se pudiese “ir más allá”…, como cuando se admira el mar y nos preguntamos qué puede haber al otro lado, más allá de lo visible. A mí el corazón me inspiraba esta sensación de infinito, mientras el cerebro, tan cerrado en su vitrina craneal, me transmitía más bien una sensación de “estrechez”, de opresión, en las antípodas de aquella potencia y libertad que veía en cambio en el órgano cardíaco, cálido y vibrante, en continuo movimiento. Centrada así en el corazón y en sus maravillas, conseguí con tan sólo veinticinco años ganar la oposición de admisión en una escuela de especialización en cardiología entre las más prestigiosas de Italia. Era por entonces una médica recién licenciada, con cara de niña: ahora entiendo por qué los pacientes reaccionaban con frecuencia con temor y desconcierto al enterarse de que sería yo quien les haría el seguimiento. En aquella época me enfadaba mucho… pero ahora lo comprendo. Era feliz porque podía tener contacto humano con los pacientes, contaba con los conocimientos básicos adecuados, podía tener como modelo a los mejores cardiólogos italianos del momento y aprender con los casos más complejos y difí7

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Silvia Di Luzio ciles que, desde todos los rincones de Italia, llegaban a nuestro centro, considerado la vanguardia nacional. En definitiva, pasé cuatro años de mi vida trabajando hasta setenta horas a la semana sin llegar a cansarme: sentía que vivía valiosas experiencias y daba gracias por esta oportunidad. Me alimentaba, entonces, de la gratitud de los pacientes, un sustento muy sabroso del que se corre el peligro de hacerse dependiente. Además, era feliz de poder aplicar las nociones estudiadas durante seis años y poder seguir las enseñanzas de mis profesores, convencida en aquel tiempo de que fuesen los guardianes de la verdad absoluta. Siempre trataba a los pacientes con mucha sensibilidad y humanidad, pero mis recomendaciones y mis conclusiones se basaban rígidamente en todo momento en la aplicación de las directrices y de las nociones resultantes de investigaciones internacionales, aceptadas por la comunidad científica mundial. Esto me daba seguridad: la seguridad de proponer lo correcto para cada paciente, la seguridad de no causar daño… Seguridad que más tarde entendí que era sólo mera ilusión en un campo que deja muy poco espacio a las certezas. No sé si gracias a mi sensibilidad, o por sincronicidad, o por casos fortuitos, según cómo se quiera interpretar la realidad, me ocurrieron episodios que comenzaron a minar mis seguridades, a hacerme abrir los ojos al principio absoluto según el cual la medicina no es y jamás podrá ser una ciencia exacta. Empecé así a vislumbrar las grietas en el enfoque adoptado por la medicina tradicional, las incongruencias… y cuanto más crecía como médica, más clara se me mostraba esta realidad.

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CAPÍTULO

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Cómo cambia un médico El más sabio es aquel que reconoce que su sabiduría no es nada. Platón, Apología de Sócrates Los milagros que acontecen a diario en un hospital pueden ser reconocidos solamente si se dispone de los ojos apropiados para ver. Durante casi veinte años de actividad en cardiología, diferentes casos clínicos excepcionales me han mostrado los límites del enfoque de la medicina tradicional. Un suceso en particular me marcó y plantó de forma definitiva en mí una semilla que aún no ha terminado de germinar. Cuando me encontraba en el último año de especialización, uno de los dirigentes del instituto transfirió de cuidados intensivos a la unidad de hospitalización de la que me encargaba a un paciente en estado muy grave, al que en su opinión no le quedaban más de veinte días de vida, con estas palabras: «Intenta liberarlo de los fármacos intravenosos para que pueda morir en su casa». Al escuchar estas frías palabras, me sentí de algún modo molesta con la idea de afrontar una situación tan dolorosa y sin esperanza. Le pregunté a mi superior si el paciente y la familia estaban al corriente de la situación. Me confirmó que había hablado él

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El corazón es una puerta  

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